El Gozo del Cielo y el Arrepentimiento 1


“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:10).

¿Por qué se regocijan los moradores del cielo cuando se arrepienten los pecadores?… Dios no se regocija en el
arrepentimiento de pecadores porque pueda agregar algo a su felicidad o gloria esencial. Él ya es infinitamente glorioso y feliz, y lo seguiría siendo aunque todos los hombres sobre la tierra y todos los ángeles del cielo se lanzaran frenéticamente al infierno… Entonces, ¿por qué se regocija Dios cuando nos arrepentimos?

Se regocija porque entonces sus propósitos eternos de gracia y sus compromisos con su Hijo se cumplen. Aprendemos de las Escrituras que todos los que se arrepienten fueron escogidos por él en Cristo Jesús antes de la fundación del mundo y que se los dio como pueblo suyo en el pacto de redención…

Dios se regocija cuando los pecadores se arrepienten porque traerlos al arrepentimiento es obra de él mismo. Es una consecuencia del don de su Hijo y se efectúa por el poder de su Espíritu. Las Escrituras nos informan que él se regocija en todas su obras. Se regocija en ellas con razón, pues todas son muy buenas. Si se regocija en sus demás obras, mucho más se regocija en esta, pues de entre todas sus obras es la más grande, la más gloriosa y la más digna de él. En esta obra, la imagen de Satanás es borrada y la imagen de Dios restaurada en el alma mortal. En esta obra, el
hijo de ira se transforma en heredero de gloria. En esta obra, el hierro candente es quitado del fuego eterno y plantado entre las estrellas en el firmamento celestial, ¡para allí brillar con una luz cada vez más esplendorosa para toda la eternidad! ¿No es cierto que esta es una obra digna de Dios, una obra en la que Dios puede… regocijarse?

Dios se regocija en el arrepentimiento de los pecadores porque esto le brinda una oportunidad de hacer misericordia y demostrar su amor por Cristo al perdonarlos en su nombre. Cristo es su Hijo amado en quien siempre se complace. Lo ama como se ama a sí mismo con un amor infinito, un amor que para nosotros es imposible de concebir tal como lo
son su poder creativo y duración eterna. Ama [a Cristo] no solo por su relación cercana y la unión inseparable que subsiste entre ellos, sino también por la santidad y la excelencia de su carácter, especialmente por la benevolencia infinita que demostró al hacerse cargo la gran obra de la redención del hombre y cumplirla. Como es la naturaleza del amor manifestarse en actos bondadosos hacia el objeto amado, Dios no puede menos que querer demostrar su amor por Cristo y mostrarles a todos los seres inteligentes lo totalmente complacido que está con su carácter y conducta como Mediador…

Dios se regocija cuando los pecadores se arrepienten porque le satisface verlos escapar de la tiranía y las consecuencias del pecado. Dios es luz: santidad perfecta. Dios es amor: benevolencia pura. Su santidad junto con
su benevolencia lo impulsa a regocijarse cuando los pecadores escapan del pecado. El pecado es esa cosa abominable que él aborrece. Lo aborrece por ser algo impío o maligno y algo amargo o destructivo. Indudablemente es ambas cosas. Es la plaga, la lepra, la muerte de seres inteligentes. Infecta y envenena todas sus facultades. Los hunde en las profundidades más bajas de culpabilidad y desdicha y los contamina con una mancha, la cual ni todas las aguas del mar pueden quitar, que todos los fuegos del infierno no pueden quitar, de la cual nadie los puede limpiar sino la sangre de Cristo.

Tal es la perversidad de su naturaleza que si pudiera ser admitido en las regiones celestiales, instantáneamente transformaría a los ángeles en demonios y convertiría el cielo en el infierno… El pecado ya ha transformado a ángeles en demonios. Ya ha convertido a este mundo de ser un paraíso a ser una prisión… Ha traído la muerte al mundo y todas nuestras desgracias… Aun ahora anda por toda la tierra acechando a nuestro mundo subyugado, trayendo ruina y sufrimiento de diez mil diferentes maneras. En su estela deja pleitos y discordias, guerras y derramamientos de sangre, hambrunas y pestilencia, dolor y enfermedad…

Consideren estos males consumados, y para saber la medida entera de la desdicha que tiende a producir el pecado, tienen que seguirla hasta la eternidad. [Tienen] que descender a esas regiones donde la paz y la esperanza nunca llegan. Allí, por la luz de la revelación, contemplen el pecado tiranizando a sus desdichadas víctimas con furia incontrolable, avivando el fuego inextinguible y afilando los dientes del gusano inmortal. Vean ángeles y arcángeles, tronos y dominios, principalidades y poderes despojados de toda su gloria y hermosura original, amarrados con cadenas eternas y ardiendo de furia y malicia contra aquel Ser en cuya presencia antes se gozaron y cuyas alabanzas antes cantaron. Vean multitudes de la raza humana en agonías indescriptibles de angustia y desesperación, maldiciendo al Regalo, al Dador del regalo y Prolongador de su existencia, anhelando en vano ser aniquilados para dar fin a sus sufrimientos. Síganlos a través de largas, largas eras de eternidad y véanlos hundiéndose cada vez más en el abismo sin fondo de la ruina, blasfemando perpetuamente a Dios por sus plagas, y recibiendo el castigo de estas
blasfemias en continuos agregados a sus desdichas. Tal es la paga del pecado. Tal es la condenación inevitable del impenitente hasta el final.

Desde estas profundidades de angustia y desesperación, alcen su mirada a las mansiones de los benditos y vean a qué alturas de gloria y felicidad la gracia de Dios elevará a todo pecador que se arrepiente. Vean a aquellos que han sido así favorecidos en los éxtasis indescriptibles de gozo, amor y alabanza, contemplando a Dios cara a cara, reflejando su imagen perfecta, brillando con un esplendor como el de su glorioso Redentor. Véanlos llenos de la plenitud de la Deidad y bañándose en esos ríos de placer que fluyen eternamente a la diestra de Dios… ¡Contemplen esto, y luego digan si la santidad y benevolencia infinita no tiene razón para regocijarse por cada pecador que por arrepentimiento escapa de las desventuras y se asegura la felicidad aquí descritas con tanta imperfección!

Continuará …

De “Joy in Heaven over Repenting Sinners” en The Complete Works of Edward Payson (Las obras completas de Edward Payson).


Edward Payson (1783-1827): Predicador congregacional norteamericano; sus sermones han sido coleccionados en tres tomos; nacido en Rindge, New Hampshire, EE.UU.

Los Discípulos adoran a Dios

Si me permiten tomar prestado (y ligeramente modificar) un modismo que escuché una vez, diría que existe el discipulado porque no existe la adoración. La razón misma por la cual Jesús ha dado el mandato de discipular a las naciones es porque Él desea que gente de cada tribu, lengua y nación se reúna en una eterna sinfonía armoniosa de adoración al trino Dios. Eso quiere decir, que en la medida en que cumplimos fielmente el mandato del discipulado, debemos buscar la manera de concientizar a la gente de cuán importante es la adoración.

Al escribirle a la iglesia en Filipo, el apóstol Pablo conecta el discipulado con la adoración: “Porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne” (Fil. 3:3). La razón por la cual Pablo apela a la circuncisión es por el contexto en que está escribiendo. Tal como fue ordenado por Dios, la circuncisión tuvo la intención de servir por una señal en la carne que visualmente marcaba al pueblo de Dios, era una muestra del pacto de Dios. Aquellos que habían sido circuncidados conforme a la promesa hecha a Abraham eran seguidores de Jehová. Otra manera de verlo es que en el Antiguo Testamento, la marca de un discípulo era la circuncisión.

La adoración es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a nuestros corazones un entendimiento de la justicia de Jesús provista en el evangelio al nosotros adorar Su gloriosa gracia.

Sin embargo, en Filipo, ciertos maestros habían intentado enseñar su propio estilo de justicia o rectitud. Ellos insistían en lo que Pablo llamaba “la mutilación de la carne”. Al hacer esto, estaban demostrando que no entendían el propósito de la circuncisión al poner su confianza en la carne y no en Jesús. Esto contradice por completo al evangelio de la gracia gratuita de Dios. Cuando no entendemos lo que es el evangelio, trágica e inevitablemente, no logramos entender lo que es la adoración. Eso se da porque reemplazamos a Jesús de tal modo que no le podemos dar toda nuestra adoración, honor y gloria. Ese fue el paso fatal que dieron estos falsos maestros. La circuncisión tenía como propósito ver más allá de la señal física, pero ellos eran de vista muy corta para poder ver la verdad espiritual y se gloriaron en un sustituto de Cristo. Pablo no contuvo su lengua al denunciar esta malvada y vana confianza en la carne.

Los que verdaderamente han sido circuncidados, no en la carne, son aquellos que adoran por medio del Espíritu de Dios y que se glorían en Cristo Jesús. Pablo insiste en esto porque la adoración verdadera no es solo superficial. La adoración es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a nuestros corazones un entendimiento de la justicia de Jesús provista en el evangelio al nosotros adorar Su gloriosa gracia. Esto, según el apóstol, caracteriza una vida de discipulado. El ser un discípulo de Jesús significa renunciar a toda confianza en cualquier cosa fuera de Jesús y gloriarnos en Su persona y obra con la melodía de nuestras bocas y corazones.

El reverendo Kyle Borg es pastor principal de Winchester Reformed Presbyterian Church en Winchester, Kans.

Los medios ordinarios del Discipulado

En Hechos 2:42, Lucas proporciona un resumen de las formas en que los creyentes de la iglesia primitiva crecieron como discípulos. Él escribe: «Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración». Según Lucas, estos cristianos se consagraron a cuatro medios básicos por los cuales habían sido discipulados. Consideremos estos medios y la forma en que el Cristo resucitado todavía los usa hoy en la vida de Su pueblo.

Primero, Lucas nos dice que los discípulos primitivos se dedicaron a las «enseñanzas de los apóstoles». Debemos notar que Lucas elige caracterizar esta actividad en términos de devoción. En otras palabras, ellos hicieron del escuchar y estudiar la verdad tal como se revela en Jesucristo una prioridad, una parte regular e innegociable de sus vidas. Todavía hoy, la mayoría de los ministros te dirán que aquellos que hacen esto son los que, usualmente, llevan la vida cristiana más intensa y fructífera. Aquellos que asisten fielmente a la enseñanza pública de la Palabra con un hambre genuina son los discípulos que hacen discípulos. Cuando la Palabra es predicada con fidelidad, audacia y sabiduría en el poder del Espíritu, estos discípulos son equipados para ser fieles, audaces y sabios influenciadores de Cristo en cada esfera de sus vidas.

Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos.

Lucas también habla de la devoción de los primeros discípulos “a la comunión». Nuestro Dios trino es el Dios de la comunión eterna, y nosotros, como aquellos hechos a Su imagen, fuimos creados para tener comunión con Él y con los demás. Nuestras vidas son deficientes sin un compañerismo genuino con otros, especialmente con otros que comparten nuestro amor por Cristo. A medida que nos animamos proactivamente unos a otros, el cuerpo de Cristo se edifica espiritualmente y, muy a menudo, numéricamente. Cuando somos conocidos por nuestro amor mutuo, aquellos que aún no han probado y visto que el Señor es bueno a menudo se vuelven curiosos y abiertos a escuchar más acerca del Jesús que está en el centro de toda nuestra comunión, y, por la gracia de Dios, también llegan a ser verdaderos partícipes de esa comunión.

Tercero, Lucas nos dice que la iglesia primitiva estaba dedicada “al partimiento del pan». Esto probablemente se refiere a su observancia de la Cena del Señor, lo cual hacían, junto con el bautismo (lee Hechos 2:41), de acuerdo con las instrucciones de Cristo. Metafóricamente, los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor comunican el amor adoptivo del Padre, la gracia sacrificial del Hijo y la comunión vivificante del Espíritu de tal manera que transforman y equipan a los discípulos.

Los sacramentos, como la comunión de los santos, nos recuerdan que estamos destinados a reunirnos corporativamente para crecer como individuos. En una época donde somos tan bendecidos con tantos libros y sermones cristianos disponibles a través de Internet y de otros medios, los sacramentos nos mantienen regresando a la iglesia reunida, para la cual no hay sustituto. Dios se complace en encontrarse con Su pueblo reunido de una manera especial a través de nuestra observancia de los sacramentos.

En cuanto a la forma en que Cristo se encuentra con nosotros cuando participamos de la Cena del Señor por fe, incluso el erudito estudioso Juan Calvino tuvo que admitir: «Lo experimento en lugar de entenderlo». Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos. No hay sustituto para ellos en la vida del discípulo.

Por último, pero no menos importante, Lucas nos dice que los primeros discípulos se dedicaron a «la oración». La oración corporativa ha sido referida como el último mandato de Cristo y la primera responsabilidad de la iglesia (ver Hechos 1:14). La iglesia primitiva conoció por experiencia propia el poder de la oración y se valió de este mientras los discípulos oraban por la llenura, la sabiduría, la guía y la audacia del Espíritu. Como dijo Spurgeon: «Las reuniones de oración fueron las arterias de la iglesia primitiva. A través de ellas corría el poder de sostener la vida».

«La oración» en Hechos 2:42 probablemente sea representativa de la adoración general de la iglesia primitiva. Todavía hoy, cuando la iglesia busca el rostro del Padre mediante la mediación del Hijo encarnado con la ayuda del Espíritu, el Dios trino se complace en habitar entre las alabanzas de Su pueblo para la gloria de Su nombre, la derrota de Sus enemigos. y la edificación de Su iglesia (ver 2 Cro 20:22; Sal 8: 2; Col. 3:16).

Estos medios de gracia pueden parecer débiles a los ojos del mundo, pero a los ojos del Señor y del creyente que discierne, ellos son canales a través de los cuales los pecadores se relacionan con el Cristo resucitado y los discípulos son facultados para vivir vidas agradecidas que dan un maravilloso testimonio de su Salvador.

En lugar de confiar en la última innovación o novedad, sigamos los pasos de la iglesia primitiva y hagamos uso de estos medios ordinarios de gracia. Al hacerlo, Cristo equipará a Sus discípulos para hacer discípulos, y Su alabanza continuará extendiéndose hasta los confines de la tierra.

El Dr. Mantle A. Nance es pastor de la iglesia presbiteriana Ballantyne en Charlotte, N.C.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 3

Ahora ha llegado el gran periodo en que el estado final y eterno de la humanidad ha sido determinado sin posibilidad de cambios. Desde esta era de primordial importancia, su felicidad o infelicidad sigue en un tenor
uniforme e ininterrumpido: ningún cambio, ninguna graduación, sino de gloria en gloria en la escala de la perfección o de abismo en abismo en el infierno. Este es el día en que terminan todos los designios de la Providencia, los cuales se fueron cumpliendo durante miles de años.

¡El tiempo era, pero ya no es más! Ahora todos los hijos de los hombres entran en una duración que no se mide por las revoluciones del sol ni por los días, meses y años. Ahora amanece la eternidad, un día que nunca tendrá noche. Esta mañana terriblemente gloriosa está solemnizada con la ejecución de la sentencia. En cuanto es dictada, los impíos pasan inmediatamente a su castigo eterno, mientras que los justos a vida eterna. ¡Vean la multitud atónita a la izquierda, con sus miradas de horror, dolor y desesperación, llorando y retorciéndose las manos y contemplando con
ansiedad aquel cielo que perdieron! ¡Ahora un adiós eterno a la tierra y todos sus placeres! ¡Adiós a la alegre luz del cielo! ¡Adiós a la esperanza, el dulce consuelo del sufrimiento!

El cielo muestra su desaprobación desde lo alto, los horrores del infierno se extienden por todas partes a su alrededor, y desde adentro, la conciencia les carcome el corazón. ¡Conciencia! ¡Oh tú, poder maltratado y exasperado que duerme ahora en tantos seres, qué venganza severa y abundante te tomarás sobre los que ahora se atreven a violentarte! ¡Oh,
qué nefastas reflexiones sugerirá entonces la mente! ¡El recuerdo de misericordias atropelladas! ¡De un Salvador despreciado! ¡De medios y oportunidades de salvación desaprovechados y perdidos! Estos recuerdos arderán en el corazón como escorpiones. Pero, ¡oh eternidad! ¡Eternidad! ¡Con cuánto horror circulará tu nombre por los abismos del infierno! ¡Eternidad de sufrimiento! ¡Aflicción sin fin, sin ninguna esperanza de un final! ¡Oh, este es el infierno de los infiernos! ¡Este es el padre de la desesperación! Desesperación: el ingrediente directo del sufrimiento, la pasión más atormentadora que sienten los demonios.

Pasemos a contemplar una escena más encantadora y gloriosa. Observen el ejército brillante y triunfador marchando, bajo la dirección del Capitán de su salvación, hacia su hogar eterno donde estarán para siempre con el Señor, todo lo feliz que su naturaleza en su más elevada expresión puede serlo. ¡Con qué exclamaciones de gozo y triunfo ascienden! ¡Con qué aleluyas sublimes coronan a su Libertador!…

Y ahora cuando todos los habitantes de nuestro mundo, para quienes este fue formado, son llevados a otras regiones, también la tierra se encuentra con su destino. Es apropiado que un planeta tan culpable, que ha sido el escenario del pecado durante tantos miles daños, que sostuvo la cruz sobre la cual su Hacedor expiró, se ha convertido en un monumento de la desaprobación divina… Y ¡vean! ¡La llamarada universal comienza! ¡Los cielos desaparecen con gran estruendo! ¡Los elementos se derriten en el calor intenso! ¡La tierra y las obras que en ella hay se consumen en el
fuego! Ahora las estrellas se salen de sus órbitas, los cometas centellean iracundos, la tierra se estremece. ¡Los Alpes, los Andes y todos los altos picos de largas cadenas montañosas estallan como Montes Etna ardientes, o truenan y relampaguean y humean y flamean y se sacuden como el Sinaí cuando Dios descendió sobre él para publicar su fogosa Ley! Las rocas se derriten y corren en torrentes de llamas; los ríos, lagos y océanos hierven y se evaporan. Irrumpen capas de fuego y columnas de humo, se escuchan ensordecedores e insufribles truenos y relámpagos, y todo arde y se extiende en la atmósfera de polo a polo… ¡Todo el planeta se ha disuelto ahora en un desordenado océano de fuego líquido! ¿Dónde encontraremos ahora los lugares donde estaban las ciudades, donde los ejércitos luchaban,
donde las montañas extendían sus crestas y levantaban sus cabezas en alto? ¡Ay! Todos se han perdido y no han dejado ni un vestigio en los lugares que una vez eran. ¿Dónde estás, o patria mía? Sumida con todo lo demás como una gota en el océano ardiente…

Todos tendremos que aparecer ante el Tribunal Divino y recibir nuestra sentencia según nuestras obras realizadas en el cuerpo. Si es así, ¿qué estamos haciendo que no nos preparamos con más diligencia?… ¿Qué piensan ahora los pecadores entre ustedes acerca del arrepentimiento? El arrepentimiento es el gran preparativo para este terrible día. En mi texto, como lo he destacado ya, el Apóstol menciona el juicio final como un motivo poderoso para arrepentirse. ¿Y qué pensarán los criminales acerca del arrepentimiento cuando vean que el Juez asciende al trono? Ven, pecador,
mira hacia delante y ve el tribunal ardiente ya listo, tus crímenes expuestos, tu condenación pronunciada y tu infierno que ya comienza. ¡Ve al mundo entero destruido y arrasado por el fuego inagotable debido a tus pecados!

Con estos estas realidades por delante, ¡te llamo al arrepentimiento!… Dios, el Dios grande a quien obedecen cielo y tierra, manda que te arrepientas. Sea cual fuere tu reputación, seas rico o pobre, anciano o joven, blanco o negro, sea donde sea que te sientas o paras, este mandato te llega a ti. Dios manda ahora que todos los hombres en todas partes se arrepientan. Estás este día firmemente obligado a hacerlo por su autoridad. ¿Te atreves a desobedecer ante la perspectiva de todas las terribles consecuencias del Juicio que pronto te espera?… Arrepiéntete por orden de
Dios porque él ha designado un día en que juzgará al mundo en justicia por medio de aquel Hombre que él ha decretado, de lo cual te ha dado total seguridad de que lo ha levantado de entre los muertos.

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 2

Ya el Juez ha venido, el tribunal divino ha sido constituido, los muertos han resucitado. ¿Y ahora, qué sigue? Pues, ahora es la convención universal de todos los hijos de los hombres ante el tribunal divino. ¡Qué convocación augusta, qué asamblea vasta es esta! Todos los hijos de los hombres se reúnen en una numerosísima asamblea. Adán contempla la larga línea de su posteridad, y esta contempla al padre que tienen en común… En esa asamblea prodigiosa, hermanos míos, tenemos que estar ustedes y yo. No nos perderemos en el gentío, ni pasaremos desapercibidos para nuestro Juez: fijará su vista en cada uno en particular como si no hubiera más que uno ante él.

Ahora el Juez ha tomado asiento. Millones de personas ansiosas permanecen de pie delante de él, esperando su condenación. Hasta entonces, no existe ninguna separación entre ellos… Pero, ¡miren! A la orden del Juez, el gentío entra en movimiento. Se separan. Se agrupan según su carácter y se dividen a la derecha y la izquierda… ¡Oh! ¡Qué
separaciones sorprendentes se hacen ahora! ¡Cuántas multitudes que antes se contaban entre los santos y eran altamente estimados por otros —y por ellos mismos— debido a su consagración, ahora han sido desterrados de
entre ellos y han sido colocados con los criminales temblando de terror en el lado izquierdo! ¡Y cuántas almas pobres, sinceras de corazón y desalentadas, cuyos temores aprensivos frecuentemente los habían colocado allí, se encuentran ahora con la agradable sorpresa de estar en el lado derecho de su Juez quien con su sonrisa, les muestra su aprobación! ¡Cuántas conexiones se han quebrantado ahora! ¡Cuántos corazones destrozados! ¡Cuántos amigos cercanos, cuántos seres queridos, separados para siempre! Vecino de vecino, amos de sus siervos, amigo de amigo,
padres de sus hijos, esposos de sus esposas… Porque, ¿quiénes son esas multitudes miserables en el lado izquierdo? Allí, por el medio de la revelación, veo al borracho, al maldiciente, al rufián, al mentiroso, al fraudulento, y a las diversas clases de pecadores profanos y lascivos. Allí veo a las familias que no claman al Señor, naciones enteras que lo olvidan.
Y, ¡oh! ¡Qué multitudes vastas, cuántos millones de millones de millones son!

Pero, ¿quiénes son esos inmortales gloriosos en el lado derecho? Son los que ahora lloran por sus pecados, los resisten y abandonan. Son los que se han entregado enteramente a Dios por medio de Jesucristo, que han cumplido con entusiasmo el plan de salvación revelado en el evangelio; que han sido hechos criaturas nuevas por el soberano poder de Dios; que han intentado por todos los medios y con perseverancia obrar en su vida su propia salvación y vivir correcta, sobria y piadosamente en el mundo…

Ahora comienza el juicio. Dios juzga los secretos de los hombres a través de Jesucristo. Todas las obras de todos los hijos de los hombres serán juzgadas… ¡Qué descubrimientos extraños habrá en este juicio! ¡Qué inclinaciones nobles que nunca brillaron en toda su hermosura ante la vista mortal; qué acciones piadosas y nobles escondidas detrás del velo de la modestia; qué aspiraciones afectuosas, qué devotos ejercicios del corazón vistos solo por los ojos de Omnisciencia, son ahora traídos a plena luz para recibir la aprobación del Juez supremo ante el universo reunido!

Pero, por otro lado, ¡qué obras vergonzosas y tenebrosas; qué deshonestidades secretas; qué nefastos secretos de traiciones, hipocresías, lascivias y diversas formas de maldad, astuta y cuidadosamente escondidos de la vista humana; qué explotaciones horribles de pecado ahora se iluminan de todos los colores infernales para confusión de los culpables y asombro y horror del universo! ¡Sí, la historia de la humanidad parecerá ser entonces los anales del infierno o la biografía de los demonios! Allí la marca de la hipocresía será arrancada. Caracteres nebulosos se verán con
claridad, y tanto los hombres como las cosas se verán como realmente son. ¿No les horroriza a algunos de ustedes la perspectiva de tal descubrimiento? Porque muchas de sus acciones, y en especial sus corazones, no aguantarán la luz. ¡Cómo les desconcertaría si fueran publicados ahora, aun en el pequeño círculo de sus conocidos! ¿Cómo pueden, entonces, soportar que sean expuestos totalmente delante de Dios, los ángeles y los hombres?

Llegamos ahora a la gran crisis, a lo que el estado eterno de toda la humanidad depende. Me refiero a dictar la gran sentencia decisiva. Cielo y tierra guardan silencio y escuchan atentamente mientras el Juez, con rostro sonriente y una voz más dulce que una música celestial, se vuelve a la gloriosa compañía a su derecha y derrama todas las alegrías del cielo en sus almas en esa extática frase de la cual en su gracia nos dejó una copia. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mat. 25:34). Cada palabra está llena de
énfasis, llena del cielo y coincide exactamente con los deseos de aquellos a quienes va dirigida. Ellos deseaban, anhelaban y ansiaban estar cerca de su Señor. Ahora su Señor les invita: “Acérquense a mí, y moren conmigo
para siempre”. No anhelaban otra cosa que la bendición de Dios, no temían más que su maldición. Ahora sus temores han sido totalmente eliminados, y sus deseos totalmente cumplidos porque el Juez supremo los pronuncia benditos de su Padre. Habían sido pobres en espíritu, la mayoría de ellos pobres en este mundo, y todos conscientes de su falta de mérito. ¡Qué contentos están entonces ante la sorpresa de oír que son… invitados a heredar un reino, como príncipes de sangre real nacidos para los tronos y coronas!… Pero ¡escuchen! Otra sentencia es pronunciada como un trueno
vengador por un Juez airado. ¡La naturaleza lanza un profundo y tremendo gemido! ¡Los cielos se oscurecen y quedan en tinieblas, la tierra tiembla, y los millones de culpables languidecen con horror ante su sonido! Y vean, Aquel cuyas palabras son obras, cuyo puño produjo de la nada los mundos, Aquel que puede reducir diez mil mundos a la nada con son solo fruncir su seño; Aquel cuyo trueno venció la insurrección de ángeles rebeldes en el cielo y los lanzó de cabeza a las profundidades del infierno; vean, se vuelve a su izquierda, hacia el gentío culpable. Su rostro denota la justa indignación que late en su pecho. Su rostro se muestra inexorable, que no hay ya lugar para oraciones y lágrimas. Ahora ya ha pasado la hora dulce, gentil, mediadora, y nada aparece más que la majestad y el terror del Juez. Horror y tinieblas surcan su frente, y de sus ojos salen relámpagos vindicadores. Ahora — ¡Oh! ¡Quién puede tolerar el rugido! El Señor habla: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41). ¡Oh, el énfasis cortante de cada palabra! ¡Apartaos! ¡Apartaos de mí! De mí, el autor de todo lo bueno, la fuente de toda felicidad. Apartados de mí con todo mi profunda y total maldición sobre vosotros. Apartaos al fuego, al fuego
eternal preparado, abastecido de combustible y que arde con furia, preparado para el diablo y sus ángeles.

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 1

“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31).

En los tiempos oscuros de ignorancia que precedieron a la publicación del evangelio, Dios parecía pasar por alto o cerrar los ojos a la idolatría y a las diversas formas de impiedad que se habían extendido por el mundo. Es decir, parecía no tener en cuenta ni notarlas como para castigarlas ni para dar a las naciones llamados explícitos para
que se arrepintieran. Ahora, dice San Pablo, la situación ha cambiado. Ahora el evangelio es publicado por todo el mundo, y por lo tanto Dios ya no parece indiferente a la maldad y la impenitencia de la humanidad, sino que publica su gran mandato a un mundo rebelde, explícitamente y a gran voz, mandando que todos los hombres en todas partes se arrepientan. Les da motivos y exhortaciones particulares a este fin.

Un motivo de mayor peso, que antes no había sido publicado clara y extensivamente, es la doctrina del juicio universal. Sin lugar a dudas, la perspectiva de un juicio debe ser una motivación fuerte para que los pecadores se arrepientan; esto, si acaso se puede, tiene que despertarlos de su seguridad irreflexiva y traerlos al arrepentimiento.

Dios ha asegurado a todos los hombres, es decir, a todos los que oyen el evangelio, que tiene un día designado a este gran propósito, y que Jesucristo, el Dios-hombre, habrá de presidir en persona esta majestuosa solemnidad. Ha garantizado esto… La resurrección de Cristo lo garantiza varios modos. Es un ejemplo y promesa de una resurrección general, ese gran preparativo para el Juicio. Es también una prueba auténtica de que el Señor es quien afirma ser y prueba irrefutable de su misión divina…

Entremos ahora a la escena majestuosa. Pero, ¡ay!, ¿qué imágenes usaré para representarlo? Nada que hayamos visto, nada que hayamos oído, nada que jamás haya sucedido en el curso del tiempo puede proporcionarnos ilustraciones adecuadas. Todo es bajo y humillante, todo es débil y obsceno debajo del sol en comparación con el gran fenómeno de aquel día. Estamos tan acostumbrados a lo bajo y a las pequeñeces que es imposible elevar nuestro pensamiento a una altura apropiada. Dentro de pronto seremos espectadores atónitos de estas maravillas majestuosas, y nuestros ojos y nuestros oídos serán nuestros instructores. Pero ahora es necesario que tengamos los conceptos de ellos que puedan afectar nuestro corazón y prepararnos para la escena. Pasemos, pues, a mostrar esas representaciones que nos da la revelación divina que es nuestra única guía para este caso…

En cuanto a la persona del Juez, nos dice el salmista, Dios mismo es el Juez. Sin embargo, Cristo nos dice que el Padre no juzga a nadie, sino que ha encargado todo el juicio a su Hijo, y que le ha dado autoridad para ejecutar el juicio porque él es el Hijo del hombre. Es, por lo tanto, Cristo Jesús, el Dios-hombre, como ya lo mencioné, quien tendrá esta elevada misión. Por razones ya mencionadas, comprendemos que es muy apropiado que le fuera delegada a él. Siendo Dios y hombre, todas las ventajas de la divinidad y la humanidad se centran en él y lo hacen más digno para este oficio que si fuera únicamente Dios o únicamente hombre. Este es el Juez augusto ante quien hemos de comparecer. Tal perspectiva puede inspirarnos reverencia, gozo y terror.

En cuanto a la forma de su aparición, será la apropiada para la dignidad de su persona y oficio. Brillará en todas las glorias intachables de la Divinidad y en las glorias más moderadas del hombre perfecto. Sus asistentes agregarán dignidad a su gran aparición, y la alegría de la naturaleza aumentará la solemnidad y el terror de ese día. Sus propias
palabras lo describen: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria” (Mat. 25:31). “Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 1:7-8). Este es el Juez ante quien hemos de comparecer…

Continuará …

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

No tienes la capacidad de cambiar a tus hijos

El Dr. Paul David Tripp es pastor, conferencista en eventos y autor galardonado y de mayor venta. Con más de 30 libros y series de videos sobre la vida cristiana, la pasión que impulsa a Paul es conectar el poder transformador de Jesucristo con la vida cotidiana. Paul asistió al Colegio Bíblico de Columbia (ahora Universidad Internacional de Columbia) y se especializó en Educación Bíblica y Cristiana. Luego recibió su maestría en Div del Seminario Episcopal Reformado y su maestría en Consejería Bíblica del Seminario Teológico de Westminster.

¿Qué es un Discípulo?

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?

En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o «aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo, si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc 1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro. En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús, es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo.

Un discípulo escucha a Jesús

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd» (Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.

Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69). Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree. Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita en ellas día y noche (Sal 1:2).

Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus mandamientos (Jn 14:21, 23; 15:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos, fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y así sigue siendo hoy.

El reverendo Anthony Carter es pastor de East Point Church en East Point, Ga. Es autor de varios libros, incluido Blood Work.

El Espíritu Santo

¡El Espíritu Santo! En mis días de estudiante, era habitual que autores, profesores y predicadores comenzasen sus comentarios acerca del tema del Espíritu Santo con una afirmación como: “El Espíritu Santo ha sido hasta hace poco la persona olvidada de la Trinidad”. Nadie que escribiese sobre este asunto actualmente emplearía ese lenguaje. El impacto generalizado del pentecostalismo y el movimiento carismático ha sido tan grande que la literatura sobre el Espíritu Santo ha adquirido tal proporción que el dominio del corpus estaría fuera del alcance de la capacidad de cualquier individuo.

El Espíritu Santo ya no se considera más la “persona olvidada” de la Trinidad y, siempre que ello sea cierto, los cristianos de todas las tendencias deberían regocijarse. De hecho, podríamos pensar que el péndulo ha llegado tan lejos en la dirección de la obsesión con los poderes del Espíritu, que sería deseable una moratoria en los libros sobre este asunto; únicamente las exigencias de una serie parecerían justificar la elaboración de otro estudio acerca de un tema actualmente bien trillado.

No obstante, la suposición que pasó a ser prácticamente un artículo de ortodoxia entre los evangélicos, así como entre otros, de que el Espíritu Santo se había descubierto casi de novo en el siglo XX, está en peligro ante la herejía de la modernidad, y es culpable al menos de una cortedad de miras histórica. Se olvida de que existían buenas razones para describir al pastor-teólogo de la Reforma Juan Calvino como “el teólogo del Espíritu Santo”) Además, desde su época, cada siglo ha sido testigo de acontecimientos atribuidos a la obra inusual del Espíritu Santo. Incluso a finales del siglo XX, las dos opera magna sobre el mismo siguen siendo los estudios exhaustivos llevados a cabo por el puritano del siglo XVII John Owen, vicecanciller de la Universidad de Oxford, y por el gran teólogo-político holandés Abraham Kuyper, fundador de la Universidad Libre de Amsterdam. Si nos remontamos aún más atrás, la suposición de que el siglo XX había recuperado la verdad perdida desde los dos primeros siglos exhibe una actitud arrogante hacia el material descubierto por H. B. Swete en su valiosa serie de estudios sobre el Espíritu iniciada hace más de un siglo. Estas obras demuestran abundantemente la atención prestada a honrar al Espíritu junto al Padre y el Hijo en los siglos anteriores.

Ya no es necesario volver a formular la afirmación de que el Espíritu Santo, olvidado en el pasado, lo es asimismo en la actualidad, porque, aunque muchos reconocen su obra, él mismo sigue teniendo un aspecto anónimo y sin rostro para muchos cristianos. Incluso el título “Espíritu Santo” evoca un abanico de emociones diferente de las expresadas en respuesta a los títulos “Padre” e “Hijo”. Es posible que los hechos de la situación puedan exponerse mejor describiéndolo como la persona desconocida de la Trinidad, en lugar de la olvidada (o incluso “tímida”, como se ha dicho recientemente).

Las exigencias de una serie doctrinal requieren colaboradores que cubran el terreno básico del lugar que se les ha asignado. En este volumen de la serie de Perfiles de teología cristiana, la preocupación se centra en trazar la revelación de la identidad y la obra del Espíritu de una forma bíblico-teológica y redentora-histórica. Esto no quiere decir que la teología histórica se encuentra en bancarrota, y tampoco significa una negación del principio apostólico de que entendemos las riquezas del evangelio acordes con la iglesia en su conjunto (Efesios 3:18-19). Espero que mi interés en el entendimiento del Espíritu por parte de la iglesia y mi sentido de endeudamiento con el mismo sean evidentes.

Según Tomás de Aquino, la teología viene de Dios, enseña sobre él y nos lleva a él (a Deo docetun Deum docet, ad Deum ducit). Eso es cierto en un sentido especial de la teología del Espíritu Santo. El gran objetivo., esencial en toda nuestra reflexión sobre el Espíritu es sin duda la meta de la comunión personal e íntima con aquel que nos lleva a adorar, glorificar y obedecer al Padre y al Hijo. Este matrimonio de la teología con la doxología es normativo a lo largo de las Escrituras y esta es la razón por la que las páginas que siguen trazan la obra del Espíritu de una forma bíblico-teológica.

Lo que viene a continuación dejará claro que he seguido al pie de la letra el canon del Antiguo y Nuevo Testamentos, con la creencia de que en ellos tenemos la palabra de Dios y de que la forma en que nos ha llegado (indudablemente por diversos medios) es el único fundamento fiable sobre el que construir una teología del Espíritu Santo. No obstante, de acuerdo con el interés general de la serie Perfiles de teología cristiana, junto con el Padre Peregrino John Robinson, comparto la convicción de que la palabra de Dios sigue proyectando nueva luz sobre la iglesia.

La persona y la obra del Espíritu Santo siguen constituyendo un área de controversia entre los cristianos. A este respecto, algunos lectores, quizá muchos, creerán ver luz donde yo no la veo. Hay que destacar que, en la historia reciente de la iglesia, convicciones controvertidas en mi época de estudiante en los años 60 y 70 se han adoptado actualmente de forma tan amplia que las corrientes principales de aquellos días son los que se consideran discutibles hoy. A pesar de todo, he tratado de tener en mente tanto la orden apostólica de mantener la unidad en el vínculo de la paz como los votos de mi propia ordenación de preservar un espíritu de hermandad con todo el pueblo del Señor. Mi esperanza y oración son que las opiniones expresadas en áreas de controversia tocadas en este libro no creen prejuicios en los cristianos contra el conjunto.

Este volumen de la serie Perfiles de teología cristiana se encuentra situado entre el estudio de La obra de Cristo y el de La Iglesia. Incluye, por tanto, alguna exposición sobre elementos de soteriología (la aplicación de la obra de Cristo) y eclesiología (los dones del Espíritu al cuerpo de Cristo). Así pues, sirve como puente entre esos estudios complementarios y se espera que se lea junto a los mismos.

Me gustaría dar las gracias a Gerald Bray, editor general de esta serie, por la invitación a contribuir con el volumen El Espíritu Santo. Estoy agradecido a David Kingdon, editor de libros teológicos de IVP, tanto por su amistad como por su paciencia con un autor que se demora, ¡avezado únicamente con una pizca ocasional de persuasión! La terminación de estas páginas representa un primer pago de dos deudas más: la primera con el Consejo de administración del Seminario Teológico de Westminster, Philadelphia, por concederme un permiso sabático en el semestre de otoño de 1994; y principalmente con mi esposa Dorothy, que me ha animado más que nadie a completar esta obra.


Sinclair B. Ferguson Westminster Theological Seminary Philadelphia, Pennsylvania.

El Espíritu Santo, una vez olvidado, se ha “vuelto a descubrir” en el siglo XXI, ¿o no? Sinclair Ferguson cree que deberíamos reformular de nuevo esta afirmación común: “Aunque su obra se ha reconocido, el Espíritu mismo sigue siendo hoy un aspecto anónimo y sin rostro del ser divino para muchos cristianos”. Con el fin de restablecer el equilibrio, Ferguson busca recuperar por completo el quién del Espíritu así como el qué y el cómo, en la misma medida.

El estudio de Ferguson está arraigado en la historia bíblica del Espíritu en la creación y en la redención, e impulsado por ella. De principio a fin demuestra ser absolutamente conocedor de la teología histórica que la iglesia mantiene con respecto al Espíritu, a la vez que está familiarizado con la amplia variedad de cristianos contemporáneos que han explorado la doctrina del Espíritu Santo.

Se hace un estudio de las cuestiones fundamentales y se aclaran estas. Se escudriñan las preguntas difíciles y se les da respuesta. Cada página irradia claridad y un profundo conocimiento. Cristianos de todos los trasfondos teológicos pueden aprender mucho de este enfoque amplio de la doctrina del Espíritu Santo.

ÍNDICE

Prefacio

Capítulo 1. El Espíritu Santo y su historia

Capítulo 2. El Espíritu de Cristo

Capítulo 3. El don del Espíritu

Capítulo 4. ¿Pentecostés hoy?

Capítulo 5. El Espíritu del orden

Capítulo 6. Spiritus recreator

Capítulo 7. El Espíritu de la santidad

Capítulo 8. La comunión del Espíritu

Capítulo 9. El Espíritu y el cuerpo

Capítulo 10. Dones para el ministerio

Capítulo 11. El Espíritu cósmico

* Andamio Editorial 290 pp. Rústica.- 2016

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Pensamientos de John Bunyan

“Cuántos hay en nuestro día quienes, debido a que el evangelio se ha hecho tan popular, de pronto tienen una noción de cosas buenas y por esa noción hacen una profesión del nombre de Cristo, entran en las iglesias, obtienen la designación de hermano, santo, miembro de una congregación evangélica, habiendo ignorado totalmente el arrepentimiento.”

John Bunyan (28 de noviembre de 1628 – 31 de agosto de 1688) fue un escritor y predicador cristiano inglés, famoso por su novela El progreso del peregrino. A pesar de ser un bautista reformado, en la Iglesia de Inglaterra es recordado con un festival el 30 de agosto y en el calendario litúrgico de la Iglesia Episcopal el 29 de agosto.

El motivo principal para el Arrepentimiento 2

Mira fijamente al que fue traspasado, y nota el sufrimiento que incluye la palabra “traspasado”. Nuestro Señor sufrió mucho y terriblemente. No puedo en un discurso cubrir la historia de sus sufrimientos; los sufrimientos de su vida de pobreza y persecución; los sufrimientos de Getsemaní y de su sudor de sangre; los sufrimientos de haber sido objeto
de deserción, negación y traición; los sufrimientos ante Pilato; los azotes, las escupidas y las burlas; los sufrimientos de la cruz con su deshonra y agonía… Nuestro Señor fue hecho maldición por nosotros. La pena del pecado, o lo que es equivalente, él soportó: “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Ped. 2:24). “El castigo de
nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5).

¡Hermanos, los sufrimientos de Jesús debieran derretir nuestro corazón! Lloro esta mañana porque no lloro como debiera hacerlo. Me acuso a mí mismo de esa dureza del corazón que condeno porque puedo contarles esta
historia sin emocionarme. Los sufrimientos de mi Señor son inimaginables. ¡Pensemos y consideremos si alguna vez hubo dolor como su dolor! Aquí nos inclinamos para ver un abismo aterrador y mirar en sus profundidades sin fondo… Si consideramos tenazmente el que Jesús fuera traspasado por nuestros pecados y todo lo que esto significa, nuestro
corazón tendría que ceder. Tarde o temprano, la cruz sacará a luz todos los sentimientos de los cuales somos capaces y nos dará capacidad para más. Cuando el Espíritu Santo pone la cruz en el corazón, el corazón se disuelve de ternura… La dureza del corazón muere cuando vemos a Jesús morir tan trágicamente.

Hemos de notar también quiénes lo hirieron: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron”. En cada caso, los que están actuando son las mismas personas. Nosotros dimos muerte al Salvador, aun nosotros, los que miramos a él y vivimos… En el caso del Salvador, el pecado fue la causa de su muerte. Las transgresiones lo traspasaron. Pero, ¿las transgresiones de quién? No fueron las de él, porque él no conoció pecado, ni había malicia alguna en su boca. Pilato dijo: “Ningún delito hallo en este hombre” (Luc. 23:4). Hermanos, el Mesías fue ajusticiado, pero no por su propia culpa. Fueron nuestros pecados los que mataron al Salvador. Él sufrió porque no había otra manera de vindicar la justicia de Dios y dejarnos escapar. La espada, que nos hubiera herido a nosotros, entró en acción contra el Pastor
del Señor, contra el Hombre que era el Compañero de Jehová (Zac. 13:7)… Si esto no nos destroza y derrite el corazón, pasemos entonces a notar por qué llegó al punto en que pudo ser traspasado por nuestros pecados. Fue amor, amor poderoso, ninguna cosa sino el amor lo que lo llevó a la cruz. Ningún otro cargo más que este puede jamás serle imputado: “Fue culpable de un exceso de amor”. Se puso a disposición para ser traspasado porque estaba decidido a salvarnos… ¿Podemos oír esto, pensar en esto, considerar esto y aún permanecer indiferentes? ¿Somos peores que
las bestias? ¿Hemos dejado toda humanidad que es humana? Si Dios el Espíritu Santo está obrando ahora, una mirada de Cristo indudablemente derretirá nuestro corazón de piedra…

Quiero decirles también, amados, que cuanto más se fijen en Jesús crucificado, más se afligirán por sus pecados. Cuanto más piensen en él más se enternecerán. Quiero que miren mucho al Traspasado, para que aborrezcan mucho al pecado. Los libros que tratan sobre la pasión de nuestro Señor y los himnos que cantan acerca de su cruz han sido muy atesorados por la mente de los santos debido a su influencia santa sobre el corazón y la conciencia. Vivan en el Calvario, amados, porque allí vivirán una vida cada vez más plena en él. Vivan en el Calvario, hasta que vivir y amarle sea una misma cosa. Les digo, miren al Traspasado hasta que su propio corazón haya sido traspasado. Un teólogo del pasado dijo: “Mira la cruz hasta que todo lo que está en la cruz esté en tu corazón”. Dijo además: “Mira a Jesús hasta que él te mire a ti”. Miren constantemente a su persona sufriente hasta que él parezca volver la cabeza y mirarlos a
ustedes, como lo hizo con Pedro cuando este salió y lloró amargamente. Miren a Jesús hasta que se vean así mismos: lloren por él hasta que lloren por sus propios pecados… Él sufrió en el lugar, reemplazo y sustitución de hombres pecadores. Este es el evangelio. Sea lo que sea que otros prediquen, “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Cor. 1:23). Siempre llevaremos la cruz en la mente. La sustitución de Cristo por el pecador es la esencia del evangelio. No restamos importancia a la doctrina de la Segunda Venida; pero, primero y ante todo, predicamos al Traspasado: esto es lo que los llevará al arrepentimiento evangélico cuando el Espíritu de gracia se derrame.

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).

El motivo principal para el Arrepentimiento

LA SENSIBILIDAD DIVINA QUE HACE QUE LOS HOMBRES SE AFLIJAN POR HABER PECADO SURGE DE UNA OPERACIÓN DIVINA. No está en el hombre caído renovar su propio corazón. ¿Puede el adamantino convertirse en cera o el granito ablandarse hasta llegar a ser barro? Solo él, que extiende el cielo y pone el fundamento de la tierra, puede formar y reformar desde adentro el espíritu del hombre. El poder para que la roca de nuestra naturaleza fluya con ríos de arrepentimiento no radica en la roca misma. El poder radica en el Espíritu omnipotente de Dios…
Cuando trata con la mente humana por medio de sus operaciones secretas y misteriosas, la llena de nueva vida, percepción y emoción. “Dios me debilita el corazón”, dijo Job (Job 23:16, Reina Valera Contemporánea); y, en el mejor sentido de la palabra, esto es verdad. El Espíritu Santo nos ablanda como cera, de manera que puede grabar en nosotros su sello sagrado… Pero ahora paso al núcleo y meollo de nuestro tema—

LA SENSIBILIDAD DE CORAZÓN Y AFLICCIÓN POR EL PECADO DE HECHO ES CAUSADA POR UNA MIRADA DE FE AL HIJO DE DIOS QUE FUE TRASPASADO. El verdadero dolor por el pecado no viene sin el Espíritu de Dios. Pero aun el Espíritu de Dios mismo no obra sino por medio de llevarnos a mirar a Jesús el crucificado. No existe un verdadero pesar por el pecado hasta que la mirada se pose en Cristo… Oh alma, cuando te acercas a mirar al que todos los ojos debieran mirar, a aquel que fue traspasado, entonces tus ojos comienzan a llorar por aquello que los ojos debieran llorar, ¡el pecado que dio muerte a tu Salvador! No existe el arrepentimiento salvador a menos que esté a la vista de la cruz… El arrepentimiento evangélico y ningún otro, es el arrepentimiento aceptable. La esencia del arrepentimiento evangélico es que posa su mirada en él, a quien hirió con su pecado… Ten por seguro que por dondequiera que el
Espíritu Santo realmente se acerque, siempre conduce al alma a mirar a Cristo. Hasta ahora nadie ha recibido el Espíritu de Dios para salvación, a menos que lo haya recibido por haber sido llevado a mirar a Cristo y a afligirse por el pecado.

La fe y el arrepentimiento nacen juntos, viven juntos y prosperan juntos. ¡No separe el hombre lo que Dios ha juntado! Nadie puede arrepentirse del pecado sin creer en Jesús ni creer en Jesús sin arrepentirse de su pecado. Acuda entonces con amor a él quien sangró por usted en la cruz, porque al hacerlo encontrará perdón y será maleable en sus manos. Qué maravillo es que todas nuestras impiedades son remediadas por esa única receta: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). No obstante, nadie mirará hasta que el Espíritu de Dios lo impulse a hacerlo. No obra en nadie para salvación a menos que se someta a sus influencias y pose su vista en Jesús…

La mirada que nos bendice con el fin de ablandar el corazón es una que ve a Jesús como aquel que fue traspasado. Quiero comentar esto por una razón. No es mirar a Jesús como Dios lo único que afecta el corazón, sino que es mirar a este mismo Señor y Dios como crucificado por nosotros. Es cuando vemos al Señor herido, que nuestro propio corazón comienza a ser herido. Cuando el Señor nos revela a Jesús, empieza a revelarnos nuestros pecados…

Vengan, almas queridas, vayamos juntos a la cruz por un ratito y fijémonos quién fue el que recibió la estocada del soldado romano. Miren su costado, y noten esa terrible herida que ha traspasado su corazón y dio inicio al doble torrente. El centurión exclamó: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mat. 27:54). Él, quien por naturaleza es Dios sobre todas las cosas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3), tomó sobre sí nuestra naturaleza y se hizo hombre como nosotros, excepto que no estaba manchado por el pecado. En su condición de hombre, fue
obediente hasta la muerte, aun la muerte en la cruz. ¡Fue él quien murió! ¡Él, el único que tiene inmortalidad, condescendió a morir! ¡Fue todo amor y gracia, no obstante, murió! ¡La bondad infinita fue crucificada en un madero! ¡Una riqueza sin medida fue traspasada por una lanza! ¡Esta tragedia excede a todas las demás! Por más deplorable que pueda ser la ingratitud del hombre, ¡es en este caso la más deplorable de todas! Por más horrible que sea su inquina contra la virtud, ¡esa inquina es más cruel en este caso! Aquí el infierno ha sobrepasado todas sus villanías anteriores, clamando: “Este es el heredero; venid, matémosle” (Mat. 21:38).

Dios vivió entre nosotros, y el hombre nada quiso saber de él. Hasta donde el hombre pudo herir a su Dios y dar muerte a su Dios, se ocupó de cometer este horroroso crimen. ¡El hombre dio muerte al Señor Jesucristo y lo traspasó con una lanza! Al hacerlo, demostró lo que le haría al Eterno mismo si pudiera. El hombre es, de hecho, un deicida. Estaría contento si no hubiera un Dios. Dice en su corazón: “No hay Dios” (Sal. 14:1). Si su mano se pudiera extender todo lo que se puede extender su corazón, Dios no existiría ni una hora más. Esto es lo que significa herir a nuestro Señor con tanta intensidad de pecado: significó herir a Dios.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué es el buen Dios perseguido de este modo? Por la bondad de nuestro Señor Jesús, por la gloria de su persona y por la perfección de su carácter, les ruego: ¡Siéntanse sobrecogido y avergonzados de que fue herido! ¡Esta no es una muerte común! Este homicidio no es un crimen cualquiera. ¡Oh hombre, aquel que fue herido con la lanza era tu Dios! Allí, en la cruz, ¡contempla a tu Creador, tu Benefactor, tu mejor Amigo!

Continuará …

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).

El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

La necesidad de ilustraciones en la Predicación

Nosotros no ponemos nuestra confianza en técnicas. Sin embargo, Martín Lutero no menospreció las enseñanzas de ciertos principios de comunicación que pensó eran importantes. Hay cosas que los predicadores pueden aprender sobre cómo construir y entregar un sermón, y cómo transmitir información de manera efectiva desde el púlpito.

Él también dijo que la composición del ser humano es una clave importante para la predicación. Dios nos ha hecho a Su imagen y nos ha dado mentes. Por lo tanto, un sermón está dirigido a la mente, pero no solo es transmisión de información; también hay amonestación y exhortación. Tiene sentido el que nos dirijamos a la voluntad de las personas y los llamemos a cambiar. Los llamamos a actuar de acuerdo a su entendimiento. En otras palabras, queremos llegar al corazón, pero sabemos que el camino al corazón es a través de la mente. Así que, primero la gente debe ser capaz de entender de qué estamos hablando. Es por ello que Lutero dijo que una cosa es enseñar en el seminario, como lo hizo en la universidad, y otra cosa es enseñar desde el púlpito. Dijo que los domingos por la mañana dirigiría sus prédicas a los niños en la congregación para asegurarse que todos pudieran entender. El sermón no es un ejercicio de pensamiento abstracto.

Para Lutero, los tres principios más importantes de comunicación pública eran ilustrar, ilustrar e ilustrar.

Aquello que hace la impresión más profunda y duradera en la gente es la ilustración concreta. Para Lutero, los tres principios más importantes de comunicación pública eran ilustrar, ilustrar e ilustrar. Él animó a los predicadores a usar imágenes y relatos concretos. Aconsejó que, al predicar sobre una doctrina abstracta, el pastor debe encontrar un relato en la Escritura que comunique esa verdad para comunicar lo abstracto a través de lo concreto.

De hecho, así fue como predicó Jesús. Alguien vino a Él y quería debatir lo que significaba amar al prójimo como a uno mismo. “Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores…” (Lucas 10:29-30). No solo dio una respuesta abstracta y teórica a la pregunta; contó la parábola del Buen Samaritano. Respondió a la pregunta en forma concreta dando una situación de la vida real que de seguro aclararía el tema.

Jonathan Edwards predicó su famoso sermón “Pecadores en manos de un Dios airado” en Enfield, Conn. Leyó el sermón de un manuscrito con una voz monótona. Sin embargo, empleó imágenes concretas y aun gráficas. Por ejemplo, Edwards dijo: “Dios… te sostiene sobre el infierno, así como uno sostiene a una araña o algún insecto detestable sobre el fuego”. Luego dijo: “El arco de la ira de Dios está encorvado, la flecha lista en la cuerda”. También declaró: “Cuelgas de un hilo delgado, con las llamas de la ira divina destellando”. Edwards entendía que mientras más gráfica la imagen, más gente estaría dispuesta a escucharla y recordarla.

Lutero dijo lo mismo. No estaba sustituyendo la técnica por la sustancia, sino diciendo que la sustancia de la Palabra de Dios debe ser comunicada al pueblo de Dios de formas ilustrativas simples, gráficas y directas. Ese era todo el asunto para Lutero –el ministro debe ser un portador de la Palabra de Dios– nada más ni nada menos. De esta forma, el predicador enseña al pueblo de Dios.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Los Frutos del Arrepentimiento 3

Acompañado de restitución donde es necesario y posible. Ningún arrepentimiento puede ser auténtico si no va acompañado por una transformación total de la vida. La oración del alma auténticamente arrepentida es: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:10). Y cuando uno realmente anhela
estar bien con Dios, anhela estarlo también con sus prójimos. Aquel que en su vida pasada ha agraviado a alguien, y ahora no hace todo lo que esté dentro de su alcance para reparar el mal que hizo, ¡por cierto no se ha arrepentido! John G. Paton cuenta cómo después de que cierto sirviente se convirtió, ¡lo primero que hizo fue devolverle a su amo todos los artículos que le había robado!

Estos frutos son permanentes. Porque el verdadero arrepentimiento va precedido por una comprensión de la hermosura y excelencia del carácter divino y una aprehensión por lo extremadamente grave del pecado de haber tratado con desprecio a un Ser tan infinitamente glorioso, la contrición y el aborrecimiento hacia toda impiedad permanecen. Al ir creciendo en la gracia y en el conocimiento del Señor, y de nuestra deuda y responsabilidades para con él, nuestro arrepentimiento se profundiza, nos juzgamos a nosotros mismos más a fondo, y asumimos un lugar cada vez más bajo ante él. Cuanta más sed tiene el corazón por un andar más íntimo con Dios, más descartaremos todo lo que lo impide.

No obstante, el arrepentimiento nunca es perfecto en esta vida. Nuestra fe nunca es tan completa como para llegar al punto en que el corazón ya no es acosado por las dudas. Y nuestro arrepentimiento nunca es tan puro como para estar totalmente libre de la dureza del corazón. El arrepentimiento es un acto de por vida. Tenemos que orar diariamente
pidiendo un arrepentimiento más profundo.

En vista de todo lo dicho, confiamos que ahora le sea muy claro a todo lector imparcial de que aquellos predicadores que repudian el arrepentimiento son, para las almas perdidas, “médicos que no valen nada”. Los que omiten de su predicación el arrepentimiento están predicando “un evangelio diferente” (Gál. 1:6) que el que Cristo (Marc. 1:15; 6:12) y sus apóstoles (Hch. 17:30; 20:21) proclamaron. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, aunque no se puede confiar en ella porque no contribuye nada para salvación. Los que nunca se han arrepentido siguen estando engañados por el diablo (2 Tim. 2:25-26) y están atesorando para sí ira para el día de ira (Rom. 2:4-5).

“Si, por lo tanto, los pecadores han de tomar el camino más sabio a fin de ser más aptos para el uso de los medios de gracia, tienen que procurar seguir los designios de Dios y las influencias del Espíritu, y esforzarse por ver y sentir su estado pecaminoso, culpable y perdido. Para este fin tienen que renunciar a las malas compañías, desistir de sus pasatiempos desmedidamente mundanos, abandonar todo lo que tiende a mantenerlos en pecado y que apaga las acciones del Espíritu, y hacia estos fines tienen que leer, meditar y orar; comparándose con la Ley santa de Dios, tratando de verse a sí mismos como Dios los ve, y emitirse el mismo juicio que él les emite, a fin de estar capacitados para aprobar de la Ley y admirar la gracia del evangelio, de juzgarse a sí mismos y apelar humildemente a la gracia de Dios a través de Jesucristo para todas las cosas, y por medio de él, volver a Dios”

Un resumen de lo antedicho puede ser provechoso para algunos: 1. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, y ningún predicador merece ser considerado siervo de Cristo si guarda silencio sobre el tema (Luc. 24:47). 2. El arrepentimiento es requerido por Dios en esta dispensación (Hch. 17:30) al igual que en todas las anteriores. 3. El arrepentimiento de ninguna manera constituye un mérito, no obstante, sin él no se puede creer para salvación (Mat. 21:32; Mar. 1:15). 4. El arrepentimiento es una comprensión dada por el Espíritu de lo extremadamente grave del pecado y de ponerse del lado de Dios y en contra de sí mismo. 5. El arrepentimiento presupone una aprobación total de la Ley de Dios y un consentimiento pleno de sus requerimientos justos, los cuales se resumen todos en: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…” 6. El arrepentimiento va acompañado de un auténtico aborrecimiento y dolor por el pecado. 7. El arrepentimiento se evidencia por la renuncia al pecado. 8. El arrepentimiento se reconoce por su permanencia, tiene que haber un rechazo continuo del pecado y dolor por él cada vez que uno cae. 9. El arrepentimiento, aunque permanente, nunca es completo ni perfecto en esta vida. 10. El arrepentimiento debe buscarse como un don de Cristo (Hch. 5:31).

De Repentance: What Saith the Scriptures? (Arrepentimiento: ¿Qué dicen las Escrituras?), reimpreso y disponible de Chapel Library.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

Los Frutos del Arrepetimiento 2

Confesión de pecado. “El que encubre sus pecados no prosperará” (Prov. 28:13). Es “segunda naturaleza” del pecador negar sus pecados, directa o indirectamente, restarles importancia o excusarlos. Eso hicieron Adán y Eva en el principio. Pero cuando el Espíritu Santo obra en un alma, sus pecados son expuestos a la luz, y él, a su vez, los reconoce ante
Dios. No hay alivio para el corazón quebrantado hasta que lo hace: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos. En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Sal. 32:3-4). Reconocer francamente y con corazón contrito nuestros pecados es imperativo si hemos de mantener en paz nuestra conciencia. Este es el cambio de actitud que Dios requiere.

Dejar definitivamente el pecado. “Seguramente no habrá nadie aquí tan aturdido por el láudano1 de una indiferencia infernal como para imaginar que puede deleitarse en sus lascivias y después usar las vestiduras blancas de los redimidos en el Paraíso. Si se imaginan ustedes que pueden ser partícipes de la sangre de Cristo, y a la vez beber de la
copa de Belial; si se imaginan que pueden ser miembros de Satanás y a la vez miembros de Cristo, tienen menos inteligencia de la que parecen tener. No, ustedes saben que la mano derecha tiene que ser amputada y el ojo derecho arrancado —que tienen que renunciar a los pecados más queridos— si van a entrar en el reino de Dios” (de Spurgeon sobre Lucas 12:24).

El Nuevo Testamento usa tres palabras griegas para presentar diferentes fases del arrepentimiento. Primero, metanoeo, que significa “un cambio en la manera de pensar” (Mat. 3:2; Mar. 1:15, etc.). Segundo, metanolomai, que significa “un cambio en la manera de sentir” (Mat. 21:29, 32; Heb. 7:21). Tercero, metanoia, que significa “un cambio en la manera
de vivir” (Mat. 3:8; 9:13; Hch. 20:21). Tienen que darse los tres para que haya un arrepentimiento auténtico. Muchos experimentan un cambio en su manera de pensar: son educados y saben la diferencia entre el bien y el mal, pero siguen desobedeciendo a Dios. Algunos hasta se sienten inquietos o les remuerde la conciencia, pero siguen en pecado. Algunos se reforman, pero no por amor a Dios y aborrecimiento por el pecado. Tienen que darse los tres. “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). El que no lo anhela de todo corazón y deja, cada vez más, sus malos caminos en su diario vivir, no se ha arrepentido. Si yo realmente aborrezco el pecado y me duelo por él, ¿acaso no lo abandonaré? ¡Fíjese cuidadosamente en la frase “en otro tiempo” de Efesios 2:2 y el “éramos” de Tito 3:3! “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia” (Isa. 55:7). Este es el cambio en la manera de vivir que Dios requiere.

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures? (Arrepentimiento: ¿Qué dicen las Escrituras?), reimpreso y disponible de Chapel Library.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Jesús entre Dioses Seculares

Ha medida que crecen las creencias en dioses seculares como el ateísmo, hedonismo, relativismo y humanismo hoy más que nunca es importante para los creyentes ser capaces de defender y compartir las afirmaciones de Cristo.
Por supuesto, este choque de cosmovisiones no es nada nuevo. A través de los escritos de Pablo en el Nuevo Testamento hay referencias de las fuerzas que buscan separar a los creyentes de la verdad y el amor de Jesús.
No solo la visión del cristianismo ha sido devaluada y rechazada por la cultura moderna, sus creyentes también han sido ridiculizados como irrelevantes.

Este libro pone a prueba a las filosifías populares y de moda en estos días, señalando hábilmente las falacias de sus afirmaciones, presentando evidencia convincente de la verdad absoluta encontrada en Jesús y revelada en las Escrituras.

Este estudio ayuda a explorar la verdad de Cristo y entrega a cristianos el conocimiento necesario para afirmar que Jesús esta por encima de los demás dioses.

Si alguien te pregunta “¿Qué da sentido a nuestra vida?”, ¿qué le responderías? A lo largo de la historia, el ser humano ha intentado responder a esa pregunta fundamental de muchas maneras distintas. ¿Cuántas filosofías, creencias e -ismos podrías mencionar? Ravi y Vince hacen un viaje a través de muchos de los -ismos con los que convivimos, desgranando las implicaciones que cada uno de ellos tiene para nuestro día a día. ¿Qué nos aporta el ateísmo cuando nos preguntamos sobre el sentido de la vida? ¿Qué nos aporta el hedonismo cuando lo estamos pasando mal? ¿Qué nos aporta el humanismo cuando las noticias que vemos o leemos a diario nos hacen perder la confianza en el ser humano? ¿Qué nos aporta el relativismo cuando las naciones más democráticas están empezando a atentar contra los derechos fundamentales?

En medio de todas esas filosofías, este libro —profundo y ameno a la vez— nos presenta a una persona, Jesús, que hizo las afirmaciones más contraculturales que jamás hayas escuchado. Y lo hace desgranando.

ÍNDICE

Capítulo 1 Altares contra Dios · Ravi Zacharias

Capítulo 2 Ateísmo · Ravi Zacharias

Capítulo 3 Cientificismo · Vince Vitale

Capítulo 4 Pluralismo · Vince Vitale

Capítulo 5 Humanismo · Ravi Zacharias

Capítulo 6 Relativismo · Ravi Zacharias

Capítulo 7 Hedonismo · Vince Vitale

Capítulo 8 Ama la verdad · Vince Vitale

Te ofrecemos a continuación un fragmento de “Jesús entre dioses seculares. Las afirmaciones contraculturales de Cristo:

Tan antiguo como el mundo

Pensamos que el ateísmo es una filosofía moderna, que la ciencia y su legado han dado lugar a la autonomía y a nuestra soledad en el universo. No es así. Puede que haya tardado en formalizarse y en obtener cierto respeto intelectual, pero la pregunta se remonta al principio de los tiempos. Desde los inicios, la pregunta no giró en torno al origen de las especies sino en torno a la autonomía de las especies. Somos más dados a citar el debate entre Wilberforce y Huxley o el conflicto entre Galileo y la Iglesia que a mirar hacia atrás y ver dónde empezó la verdadera tensión.

Pensamos que Darwin enterró a Dios pero, de hecho, en Génesis 3, el primer hombre creado también quiso enterrar a Dios. El primer intento de asesinato fue matar a Dios. Ese intento estuvo seguido del asesinato de Abel por parte de su hermano Caín. La Biblia aborda este conflicto desde la era premosaica. Después de todo, la batalla del Génesis está basada en dos preguntas. La batalla entre el teísmo y el ateísmo es el debate filosófico más antiguo. No nació con los filósofos franceses o los empiristas británicos.

¿Cuáles son las dos preguntas que existen desde el principio de los tiempos? El primer disparo contra Dios en el Edén fue “¿Es verdad que Dios dijo…?”. En el Evangelio, cuando Jesús es tentado aparece la misma pregunta, ya sea cuestionando un pasaje bíblico o sacándolo de contexto. El examen al que Jesús se enfrentó en el desierto, que es el mismo al que el ser humano se enfrentó en el Edén, fue “¿Dios ha dicho…?” y “¿Lo que ha dicho es verdad?”. De forma implícita, esas preguntas planteaban si tenemos a alguien por encima. ¿Existe un marco prescriptivo? ¿No puedo ser yo quien defina lo que está bien y lo que está mal para mí? ¿Estoy sujeto a algún tipo de autoridad superior e intangible?

En su artículo sobre “Religión”, Thomas Paine recoge esta tensión como si se tratara de algo nuevo y hace unas afirmaciones sorprendentes cuestionando la posibilidad de creer que Dios se revela y habla. A continuación puedes leer lo que dice:

En cuanto a la biblia (sic.), sea verdad o fábula, es historia, y la historia no es revelación. Si Salomón tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas, y si Sansón durmió recostado sobre la falda de Dalila y ella le cortó el cabello, el relato que tenemos de esos hechos es mera historia, una historia que para ser narrada no precisa de revelación divina. Del mismo modo que tampoco precisa de revelación divina para decirnos que Sansón era un necio y culpable de sus males, y Salomón también.

En cuanto a las expresiones tan usadas en la biblia, que la palabra del Señor vino a fulano y a mengano (sic.) […] era una forma de hablar de aquellos tiempos. […] Pero aún si aceptamos que Dios podría condescender y revelarse a través de palabras, no creamos que lo haría a través de las historias inmorales y mundanas que aparecen en la biblia. […] Los deístas niegan que el libro llamado “biblia” sea la palabra de Dios o religión revelada.

Este fragmento es una fascinante mezcla de prejuicio y perversión. A uno le entran ganas de preguntarle a Paine si estaba presente en el Edén desde el principio. A los relatos sobre Salomón y Sansón les otorga la categoría de “historia”. ¿Haría lo mismo con la crucifixión y la resurrección, o a esos relatos les otorga otra categoría?

Lo que ocurre es que él no concibe siquiera que Dios pudiera revelarse a sí mismo por medio de verdades proposicionales. Paine no inventó ese dilema. Existía desde el principio. La revelación no se dio en una ausencia de creencias. La revelación vino acompañada de evidencias y fue aceptada porque una y otra vez era posible comprobar su veracidad. El medio que nos sirve para establecer la verdad no es meramente una voz interior sino la lógica de por qué estamos aquí.

Realmente, la pregunta que deberíamos hacernos es por qué pensamos en un ser supremo. ¿Por qué nos preguntamos si existe un poder soberano sobre el universo? ¿Es porque nos engañamos a nosotros mismos haciéndonos creer que debería existir, o es porque la razón demanda una causa y un propósito? ¿Es posible que detrás de nuestros anhelos más profundos esté ese deseo por saber por qué estamos aquí, y que la displicencia con la que el naturalista rechaza esa pregunta recaiga sobre las almas inquietas que buscan una razón tal como el cuerpo ansía encontrar agua?

En la creación original no había profesores de ciencia para cuestionar la revelación. El desafío de la autonomía, el deseo de traspasar los límites establecidos, surgió de dentro del alma humana. Así que dejemos atrás dos memeces: la que dice que lo que ocurre es que el hombre moderno se está sublevando, y la que dice que los intelectuales no creen en Dios y solo los ingenuos o los estúpidos continúan creyendo en Dios. Yo he conocido a intelectuales en ambos lados del debate, así que no es meramente una lucha intelectual. Es una lucha por construir puentes, por intentar vincular estructuras teóricas a realidades profundas y de búsqueda genuina.

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Los Frutos del Arrepentimiento

CON el fin de ayudar al lector preocupado a identificar el verdadero arrepentimiento, consideremos los frutos que demuestran un arrepentimiento según Dios.

Un aborrecimiento auténtico por el pecado como pecado, no meramente por sus consecuencias. Un aborrecimiento no solo por este o aquel pecado, sino por todo pecado, y particularmente por la raíz misma: contumacia. “Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones” (Eze. 14:6). El que no aborrece el pecado, lo ama. La demanda de Dios es: “y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis” (Eze. 20:43). El que realmente se ha arrepentido puede decir honestamente: “He aborrecido todo camino de mentira” (Sal. 119:104). El mismo que en el pasado creía que vivir una vida santa era una cosa lúgubre, piensa muy distinto ahora. El que anteriormente considerara una vida de autocomplacencia como atractiva, ahora la detesta y se ha propuesto dejar todo pecado para siempre. Este es el cambio de manera de pensar que Dios requiere.

Un dolor profundo por haber pecado. El arrepentimiento de tantos, que no salva, es principalmente una angustia ocasionada por una aprensión de la ira divina. En cambio, el arrepentimiento evangélico produce un dolor profundo que nace del sentido de haber ofendido a un Ser tan infinitamente excelente y glorioso como lo es Dios. El uno es el
efecto del temor, el otro del amor. El uno es solo por poco tiempo, el otro es una práctica habitual para toda la vida. Muchos están llenos de pesar y remordimiento por una vida desaprovechada, pero aun así no tienen un dolor agudo en el corazón por su ingratitud y rebelión contra Dios. En cambio, el alma regenerada se duele hasta el alma por haber hecho caso omiso y haberse opuesto a su gran Benefactor y legítimo Soberano. Este es el cambio de corazón que Dios requiere.

“Fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios…, porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Cor. 7:9-10). Tal contrición es producida en el corazón por el Espíritu Santo y tiene a Dios como su objeto. Es dolor por haber despreciado a un Dios tal, por haberse rebelado
contra su autoridad y haber sido indiferente hacia su gloria. Es esto lo que causa que lloremos “amargamente” (Mat. 26:75). El que no se ha entristecido por el pecado siente placer en él. Dios requiere que “aflijamos” nuestra alma (Lev. 16:29). Su llamado es: “Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente” (Joel 2:12-13). Solo esa aflicción por el pecado es auténtica causando que crucifiquemos “la carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24).

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures?


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

La Cruz. El Camino de Salvación según Dios

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” Gálatas 6:14

Pueden caber pocas dudas de que el Dr. Martyn Lloyd-Jones ha sido el predicador más importante que haya alumbrado el mundo anglófono en el siglo XX. Los que tuvimos el privilegio de escucharle no olvidaremos con facilidad la reverencia experimentada cuando la gloria del Evangelio se apoderaba de su alma y Dios hablaba con tal poder a través de él. Sin embargo, no era un hombre que se quedara en el intelecto, ni tampoco eran unos dones humanos o una capacidad intelectual lo que más huella dejaba. Más bien era el poder de la Verdad, la grandeza de Dios, la pobreza del hombre y la gloriosa pertinencia y autoridad de la Santa Escritura los que marcaban de forma indeleble a sus oyentes.

La publicación de sus sermones, pues, debe ser motivo de inmensa gratitud para toda la Iglesia cristiana. Esta serie en particular se predicó en Westminster Chapel, Londres, en otoño de 1963, inspirada por las palabras del Apóstol en Gálatas 6:14: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. Es un magnífico ejemplo de la exhaustiva exposición que hacía el doctor de un texto como este, pero también es una brillante muestra de su predicación de Cristo crucificado.

Cuando observas la Cruz de Cristo, ¿qué ves? ¿La derrota de un hombre crucificado que sufre injusta y vergonzosamente?

No —dice el Dr. Lloyd-Jones—. Considerar la Cruz un fracaso es perder de vista el propósito y la gloria de ese acontecimiento decisivo que se produjo en el monte Calvario. Porque en Jesucristo, y especialmente en su muerte. Dios estaba cumpliendo una promesa hecha en el amanecer de la Historia humana. Estaba posibilitando que mujeres y hombres imperfectos tuvieran una relación personal con su Creador perfecto.

En el presente libro, el Dr. Lloyd-Jones muestra clara y detalladamente la veracidad de esta impresionante afirmación y analiza sus enormes implicaciones para todo el mundo en la actualidad.

La predicación del Dr. Martyn Lloyd-Jones era una extraordinaria combinación de apasionada elocuencia y de razonamiento lógico, de una profundidad que era motivo de reflexión para el más maduro de sus oyentes y de una sencillez que permitía que hasta los niños pudieran entenderle. Todas estas características quedan ejemplificadas en esta serie de sermones. Difícilmente podrían ser más necesarios en la actualidad, en parte por el declive de una predicación bíblica poderosa en el mundo anglófono y en parte por la cuestión que tratan. Necesitamos que se nos recuerde urgentemente esta verdad esencial del Evangelio cristiano, estudiarla y proclamarla y, por encima de todo, gloriarnos en ella. En otro contexto, el Dr. Lloyd-Jones dijo en cierta ocasión: “Las ideas superficiales con respecto a la obra de Cristo conducen a vidas cristianas superficiales”. Que Dios utilice grandemente la lectura de estas páginas para alentar en nosotros un renovado gloriarnos en la Cruz, un renovado deseo de predicación bíblica y un renovado amor a Cristo.

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¿Qué es un Discípulo?

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?

En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o «aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo, si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc 1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro. En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús, es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo.

Un discípulo escucha a Jesús

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd» (Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.

Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69). Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree. Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita en ellas día y noche (Sal 1:2).

Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus mandamientos (Jn 14:21, 23; 15:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos, fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y así sigue siendo hoy.

El reverendo Anthony Carter es pastor de East Point Church en East Point, Ga. Es autor de varios libros, incluido Blood Work.

Pecado, Pecadores y Arrepentimiento 2

(6) Sexto, no solo hay que arrepentirse de pecados reales y transgresiones del pensamiento, las palabras y las acciones, sino también del pecado original que mora en nosotros. Por eso David, cuando cometió pecados
terribles y fue llevado a un auténtico sentimiento de sincero arrepentimiento por ellos, no solo los confesó en el salmo de arrepentimiento que escribió en esa ocasión, sino que fue guiado a notar, reconocer y lamentarse de la corrupción original de su naturaleza. De esto se originaban todas sus acciones pecaminosas: “He aquí, en maldad he sido formado” (Sal. 51:5)… Ahora bien, cuando un pecador sensible confiesa, lamenta y sufre por la corrupción original de su naturaleza y del pecado que mora en él, es una indicación clara de que su arrepentimiento es auténtico y sincero…

EN SEGUNDO LUGAR, EL TEMA DEL ARREPENTIMIENTO GIRA ALREDEDOR DE LOS PECADORES Y SOLO TALES. Adán, en un estado de inocencia, no estaba sujeto al arrepentimiento. No habiendo pecado, no tenía ningún pecado del cual arrepentirse. Los tales, que en su propia opinión son perfectamente justos y sin pecado, no necesitan arrepentirse. Por lo tanto, Cristo dice: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mat. 9:13; Luc. 15:7). Ahora bien,

(1) Todos los hombres son pecadores, todos descendientes de Adán. Toda su posteridad, estando seminalmente en él y representada por él cuando pecó, peca en él. A todos les es imputado su pecado y de él derivan una naturaleza corrupta. Por lo tanto, son transgresores desde la matriz y son todos culpables de pecados y transgresiones concretos. Por lo tanto, todos necesitan arrepentirse, aun los que se creen que son justos y desprecian a los demás como menos santos que ellos mismos. Estos creen que no necesitan arrepentirse, pero sí necesitan hacerlo. Y no solo ellos, sino los que son justos en el mejor sentido de la palabra necesitan arrepentirse cotidianamente, dado que continuamente pecan en todo lo que hacen.

(2) Los hombres de todas las naciones, judíos y gentiles, deben arrepentirse. Todos pecan, se encuentran bajo el poder del pecado, son culpables de él y por él les corresponde ser castigados. Dios mandó “a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). Durante el tiempo de Juan el Bautista y de nuestro Señor sobre la tierra, la
doctrina del arrepentimiento era predicada solo a los judíos. Pero después de su resurrección, Cristo instruyó y ordenó a sus apóstoles “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). En consecuencia, los apóstoles primero exhortaron a los judíos y luego a los
gentiles que se arrepintieran. Y particularmente el apóstol Pablo testificó “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios”, al igual que “de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21).

(3) Los hombres son el tema del arrepentimiento solo en la vida presente. Cuando esta vida se acabe, acaba la dispensación del evangelio, y cuando Cristo vuelva, la puerta del arrepentimiento, al igual que la de la fe, se cerrará. No se encontrará ningún lugar para hacerlo, ninguna oportunidad, ningún medio, ni nadie capaz de hacerlo. En cuanto a los santos en el cielo, no lo necesitan, ya que están completamente sin pecado. En cuanto a los impíos en el infierno, se encuentran en total desamparo y sin la capacidad de arrepentirse para vida… porque aunque allí hay llanto y lamentos, no hay arrepentimiento. Es por eso que el rico en el infierno estaba tan ansioso de que Lázaro fuera enviado a sus hermanos en vida, con la esperanza de que se arrepentirían si alguien ya muerto les llegara para advertirles acerca del lugar de tormento. Él sabía que nunca lo harían, si no en la vida presente, antes de llegar al lugar donde él estaba.
Por lo tanto, el arrepentimiento no debe dejarse para mañana.

De A Complete Body of Doctrinal Divinity Deduced from Sacred Scripture.


John Gill (1697-1771): Pastor, teólogo y erudito bíblico bautista; nacido en Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.

Pecado, Pecadores y Arrepentimiento 1

EL OBJETO DEL ARREPENTIMIENTO ES EL PECADO. Por lo tanto, se denomina “arrepentimiento de obras muertas” (Heb. 6:1), lo cual son los pecados. De esto, la sangre de Cristo limpia la conciencia del pecador arrepentido y le da paz y perdón (Heb. 9:14). Y,

(1) Primero, es necesario arrepentirse no solo de los pecados más terribles, sino también de los más pequeños. Existen diferencias en los pecados. Algunos son mayores, otros menores (Juan 19:11). De ambos hay que arrepentirse. Los pecados contra la primera y la segunda tabla de la Ley: pecados más directamente contra Dios, y pecados contra los hombres. Algunos contra los hombres son más atroces y enormes que otros, al igual que los que son contra Dios, como ser: adorar a los demonios e ídolos de oro y plata, etc., y homicidios, brujerías, fornicaciones y robos… Y no solo
eso, sino también de pecados menores hay que arrepentirse, hasta de los pensamientos pecaminosos, porque “el pensamiento del necio es pecado” (Prov. 24:9)… El pecador tiene que arrepentirse de sus pensamientos y apartarse de ellos, tal como el impío de sus caminos, y volverse al Señor. No solo hay que arrepentirse de pensamientos impuros, soberbios, maliciosos, envidiosos y vengativos, sino aun de los pensamientos que buscan justificación1 ante Dios sobre la base de la justicia del hombre, a lo cual puede estar refiriéndose el texto (Isa. 55:7).

(2) Segundo, es necesario arrepentirse no solo de los pecados públicos sino también de los privados. Algunos pecados son cometidos de un modo muy público, a la luz de día, y todos los conocen. Otros son más secretos.
El verdadero pecador sensible2 de sus pecados… se arrepiente de ellos con todo su ser, hasta de los pecados desconocidos por todos, excepto Dios y su propia alma. Esto es una prueba de la autenticidad de su arrepentimiento.

(3) Tercero, existen pecados de omisión al igual que de comisión de los cuales hay que arrepentirse. Cuando alguien excluye las cuestiones más importantes de la religión y solo se ocupa de las menores, cuando debió haber hecho lo primero sin haber dejado de hacer lo segundo; y debido a 1 justificación – La justificación es un acto de la gracia de Dios, por la cual perdona todos nuestros pecados y nos acepta como justos delante de él solo por la justicia de Cristo imputada que Dios perdona ambos (Isa. 43:22-25), de ambos hay que arrepentirse. Sentir su gracia perdonadora impulsará al pecador sensato a hacerlo.

(4) Cuarto, existen pecados que son cometidos en el culto más solemne, serio, religioso y santo del pueblo de Dios, de los cuales hay que arrepentirse. No existe justo que haga lo bueno y que no peque en eso bueno que hace. Hay no solo una imperfección, sino una impureza en la mejor rectitud y justicia de los santos las cuales son sus propias acciones y por lo tanto se las llama “trapo de inmundicia” (Isa. 64:6)…

(5) Quinto, existen pecados del diario vivir de los cuales hay que arrepentirse. Nadie vive sin pecado. Aun el mejor de los hombres lo comete cotidianamente. Todos ofendemos de muchas maneras, y también en todas las cosas. Así como necesitamos orar y somos guiados a orar diariamente pidiendo el perdón de los pecados, necesitamos arrepentirnos
de ellos diariamente… Tiene que ser algo practicado continuamente por los creyentes, debido a que pecan continuamente contra Dios con el pensamiento, las palabras y las acciones.

Continuará …

De A Complete Body of Doctrinal Divinity Deduced from Sacred Scripture.


John Gill (1697-1771): Pastor, teólogo y erudito bíblico bautista; nacido en Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.

Si Dios es Soberano, ¿Por qué Orar?

Nada escapa a la atención de Dios; nada sobrepasa los límites de su poder. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas. Si pensara siquiera por un momento que una sola molécula estuviera corriendo suelta en el universo fuera del control y dominio del Dios omnipotente, no dormiría esta noche. Mi confianza en el futuro descansa en mi confianza en el Dios que controla la historia. Pero, ¿cómo es que Dios ejerce ese control y revela esa autoridad? ¿Cómo Dios lleva a cabo las cosas que Él soberanamente decreta?

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden.

Agustín dice que nada pasa en este universo aparte de la voluntad de Dios y que, en cierto sentido, Dios ordena todo lo que sucede. Agustín no estaba tratando de absolver a los hombres de la responsabilidad de sus acciones, pero su enseñanza plantea una pregunta: ¿Si Dios es soberano sobre las acciones y las intenciones de los hombres, ¿por qué orar entonces? Una preocupación secundaria gira en torno a la pregunta: “¿Realmente la oración cambia algo?” Permítanme responder a la primera pregunta diciendo que el Dios soberano ordena por su Santa Palabra a que oremos. La oración no es opcional para el cristiano, es requerida.

Podríamos preguntar, “¿Qué pasa si no sucede nada?” Ese no es el problema. Independientemente de si la oración haga algún bien, si Dios nos manda a orar, entonces debemos orar. Que el Señor Dios del universo, el creador y sustentador de todas las cosas lo ordene es razón suficiente. Sin embargo, Él no solo nos manda a orar, sino que también nos invita a hacer conocer nuestras peticiones. Santiago dice que nosotros no tenemos es porque no pedimos (Santiago 4:2). También nos dice que la oración del justo puede mucho (Santiago 5:16). Una y otra vez, la Biblia dice que la oración es una herramienta eficaz. Es útil, funciona.

Juan Calvino, en “Institución de la Religión Cristiana”, hace algunas observaciones profundas con respecto a la oración:

Pero nos dirá alguno, “¿Es que no sabe Él muy bien, sin necesidad de que nadie se lo diga, las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario, por lo que podría parecer en cierta manera superflua que Él debería ser movido por nuestras oraciones, como si Él hiciese que no nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor?” Pero los que así razonan no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado a su pueblo a orar, porque lo ordenó no tanto por su propio bien sino por el nuestro. Él que, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo; es decir, que todo cuanto el hombre desee y en lo que le sirva de provecho, proviene de Él y de la manifestación de las oraciones. Sin embargo, el beneficio de este sacrificio, con el que Él es adorado, vuelve a nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había concedido a ellos y a los demás, tanto más vivamente se animaban a orar. . .

Aun así, es muy importante para nosotros el clamarle: En primer lugar, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y servirle siempre, acostumbrándonos a acogernos solamente a Él en todas nuestras necesidades como a una ancla sagrada. En segundo lugar, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo en el cual no nos atrevamos por vergüenza a ponerlo a Él como testigo, mientras aprendemos a poner todos nuestros deseos ante sus ojos y derramemos todo nuestro corazón sin ocultarle nada. En tercer lugar, para prepararnos a recibir sus beneficios con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias; beneficios que nuestra oración nos recuerda que todo viene de su mano.

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden. Todo lo que Dios hace, todo lo que Dios permite y ordena es, en todo sentido, para su gloria. También es cierto que mientras Dios busca su propia gloria enteramente, el hombre se beneficia cuando Dios es glorificado. Oramos para glorificar a Dios, pero también oramos con el fin de recibir los beneficios de la oración de su mano. La oración es para nuestro beneficio, aun conociendo el hecho de que Dios conoce el fin desde el inicio. Es nuestro privilegio llevar enteramente nuestra existencia finita a la gloria de su presencia infinita.

Uno de los grandes temas de la Reforma fue la idea de que toda la vida es para ser vivida bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios, en la presencia de Dios. La oración no es simplemente un soliloquio, un mero ejercicio de autoanálisis terapéutico, o una recitación religiosa. La oración es un discurso con el mismo Dios personal. Allí, en el acto y la dinámica de la oración, es que traigo toda mi vida bajo su atenta mirada. Sí, Él sabe lo que está en mi mente, pero aun así tengo el privilegio de poder expresarle lo que hay en ella. Dice: “Ven. Háblame. Haz conocer tus peticiones delante de mí”. Entonces vamos con el fin de conocerle, y para ser conocidos por Él.

Hay algo erróneo en la pregunta: “Si Dios lo sabe todo, ¿por qué orar?” La pregunta asume que la oración es unidimensional y se define simplemente como súplica o intercesión. Por el contrario, la oración es multidimensional. La soberanía de Dios no proyecta sombra sobre la oración de adoración. El previo conocimiento o consejo determinado de Dios no niega la oración de alabanza. Lo único que debe hacer es darnos una mayor razón para expresar nuestra adoración por quién es Dios. Si Dios sabe lo que voy a decir antes de que lo diga, su conocimiento, en lugar de limitar mi oración, realza la belleza de mi alabanza.

Mi esposa y yo nos conocemos mejor que nadie. A menudo sé lo que va a decir casi antes de que ella lo diga. Y viceversa también. Pero aun así me gusta oírla decir lo que está en su mente. Si esto es verdad en el hombre, ¿cuánto más cierto es para con Dios? Tenemos el privilegio inigualable de compartir nuestros pensamientos más íntimos con Dios. Por supuesto que podríamos simplemente entrar en nuestro espacio de oración, dejar que Dios lea nuestras mentes, y llamar a eso oración. Pero eso no es comunión y ciertamente tampoco es comunicación.

Somos criaturas que se comunican principalmente a través del habla. La oración hablada es, obviamente, una forma de expresión, una manera en la que nosotros nos relacionamos íntimamente y comunicamos con Dios. Hay un cierto sentido en el que la soberanía de Dios debe influir en nuestra actitud hacia la oración, al menos con respecto a la adoración. En todo caso, nuestra comprensión de la soberanía de Dios debe provocarnos a una intensa vida de oración de gratitud. Al conocer eso, deberíamos ver que cada beneficio, todo don bueno y perfecto, es una expresión de la abundancia de su gracia. Cuanto más entendamos la soberanía de Dios, nuestras oraciones estarán más llenas de acciones de gracias.

¿De qué manera podría la soberanía de Dios afectar negativamente a la oración de contrición o confesión? Tal vez podríamos llegar a la conclusión de que nuestro pecado es, en última instancia, la responsabilidad de Dios y que nuestra confesión es una “acusación de culpabilidad contra Dios mismo. Cada cristiano verdadero sabe que no puede culpar a Dios por su pecado. Quizás no pueda entender la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, pero me puedo dar cuenta de que lo que se deriva de la maldad de mi propio corazón no puede ser culpado a la voluntad de Dios. Así que debemos orar porque somos culpables, suplicando el perdón del Dios Santo a quien hemos ofendido.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Cristo mandó que haya arrepentimiento 3

Esto me lleva a la segunda mitad del mandato, el cual es: “Creed en el evangelio”. Fe significa confianza en Cristo. Ahora bien, debo volver a recalcar que algunos han predicado tan bien y tan completamente esta confianza en Cristo que no puedo menos que admirar su fidelidad y bendecir a Dios por ellos. No obstante, hay una dificultad y un peligro. Puede ser que en la predicación de una simple confianza en Cristo como el medio de salvación, dejen de recordar al pecador que ninguna fe puede ser auténtica a menos que esté íntimamente consistente con el arrepentimiento de pecados del pasado. Me parece a mí que mi texto indica que: Ningún arrepentimiento es verdadero si no se compromete con la fe; ninguna fe es verdadera si no está relacionada con un arrepentimiento honesto y sincero debido a los pecados del pasado. Por lo tanto, queridos amigos, aquellos que tienen una fe que permite que no tomen en serio los pecados cometidos en el pasado, tienen la fe de los demonios, no la fe de los escogidos de Dios… Los hombres que tienen una fe que los deja vivir de manera despreocupada en el presente, que dicen: “Bueno, soy salvo simplemente por fe”, y luego se sientan con los ebrios, o están parados en el bar con los bebedores de bebidas fuertes, o andan con compañías mundanas y disfrutan de los placeres y las lascivias de la carne,
los tales son mentirosos; no tienen la fe que salva el alma. Tienen una hipocresía engañadora, no tienen una fe que los lleve al cielo.

Y luego, hay otros que tienen una fe que no los lleva a aborrecer el pecado. Observan los pecados de otros sin ningún tipo de vergüenza. Es cierto que no harían lo que otros hacen, pero pueden divertirse viendo lo que hacen. Disfrutan de los vicios de otros, se ríen de los chistes profanos y sonríen ante su vocabulario burdo. No corren del pecado como de una serpiente, no lo detestan como al asesino de su mejor amigo. No, juegan con él. Lo excusan. Cometen en privado lo que en público condenan. Llaman pequeños errores o defectos a las ofensas graves. En los negocios, se encojen de hombros cuando ven desviaciones de lo recto y las consideran meramente cosas del trabajo, la realidad siendo que tienen una fe que se sienta codo a codo con el pecado, y comen y beben en la misma mesa con la impiedad. ¡Oh! Si alguno de ustedes tiene una fe así, pido a Dios que la transforme de principio a fin. ¡No les sirve para nada! Cuanto antes sean limpiados de ella, mejor será para ustedes, porque cuando este fundamento arenoso sea arrasado por la corriente, quizá comiencen a edificar sobre la Roca.

Mis queridos amigos, quiero ser sincero en cuanto a la condición de sus almas, y, aplicar el bisturí al corazón de cada uno. ¿En qué consiste el arrepentimiento de ustedes? ¿Tienen un arrepentimiento que los lleva de mirarse a sí mismos a mirar a Cristo únicamente? Por otro lado, ¿tienen esa fe que los lleva al verdadero arrepentimiento? ¿A odiar la idea misma del pecado? ¿De tal modo que al ídolo más querido que han conocido, sea lo que sea, lo quieran destronar para poder adorar a Cristo y únicamente a Cristo? Estén seguros de que nada de esto les servirá al final. Un
arrepentimiento y una fe de cualquier otro tipo pueden satisfacerles ahora, tal como a los niños les satisface una golosina. Pero cuando estén en su lecho de muerte y vean la realidad de las cosas, se sentirán compelidos a decir que son falsos y un refugio de mentiras. Encontrarán que han sido meramente tapados con cal, que se han dicho a sí mismos: “Paz, Paz”, cuando no había nada de paz. Nuevamente lo repito con las palabras de Cristo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Confíen en Cristo para que los salve, laméntense de que necesitan ser salvos, y lloren porque esta necesidad ha expuesto al Salvador a la vergüenza, a sufrimientos espantosos y a una muerte terrible.

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Apagando el Espíritu 1

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Pensamientos Martyn Lloyd-Jones

“La necesidad de arrepentimiento es otra premisa fundamental de la fe cristiana, y es también una de las verdades que más ofende a las personas. Hablar de arrepentimiento enfurece a la gente de hoy, tanto como lo hizo entre los gobernantes en Jerusalén. No existe diferencia alguna en este sentido entre el siglo I y el actual. El hecho de que el
mensaje de arrepentimiento sea considerado como un gran insulto es una prueba más de ese fariseísmo fatal que siempre es el obstáculo más grande para aceptar el mensaje del evangelio”.

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

La fe a prueba

¿Por qué la próspera sociedad que nos rodea parece marchar tan bien sin Dios? Cuando el mundo parece tan rico, tan exitoso, ¿cómo permite Él que el cristiano pase por problemas, tentaciones y angustia? ¿Cómo puede hallar el cristiano un asidero en el resbaladizo camino de la duda y la desesperación?

Estos problemas no son nuevos. El autor del Salmo 73 participó acusadamente de ellos. Aquí tenemos el testimonio de un hombre que afrontó sus dudas y sus temores de forma honrada y realista, que clamó a Dios y halló una respuesta que le llevó de la desesperación a una fe renovada.

El Salmo 73 trata un problema que ha confundido y desanimado con frecuencia al pueblo de Dios. Es un problema doble: ¿por qué tienen que sufrir los piadosos frecuentemente, especialmente en vista del hecho de que los impíos suelen parecer más prósperos?

Es una declaración clásica de la forma que tiene la Biblia de tratar ese problema. El Salmista relata su propia experien-cia, expone su alma a nuestra mirada de una manera sumamente dramática, y nos lleva paso a paso desde la práctica desesperación hasta el triunfo y la certidumbre finales. Estos son los motivos de que haya apelado siempre a los predicadores y los asesores espirituales.

La preparación y la predicación de los siguientes sermones, y la exposición de esta provechosa enseñanza durante una serie de cultos dominicales matinales, fue un “trabajo de amor” y de verdadero gozo. Dios utilizó el sermón de esta serie titulado “Con todo” para proporcionar alivio inmediato y un inmenso gozo a un hombre cuya alma estaba experimentando un sufrimiento atroz y se encontraba al borde del colapso. Había viajado unos 9000 km y había llega-do a Londres justo el día anterior. Estaba convencido, y lo sigue estando, de que Dios en su infinita gracia le hizo reco-rrer esa distancia para escuchar el sermón.

Deseo que ese sermón y los demás resulten una “puerta de esperanza” para muchos otros cuyos pies “casi se hayan deslizado” y sus pasos “por poco hayan resbalado”.

El Dr. Martyn Lloyd-Jones, antiguo pastor de Westminster Chapel, conduce al lector por esta experiencia. Escribe impulsado por una profunda preocupación por los problemas de la vida cristiana hoy día. No nos ofrece meros retazos devocionales o clichés irreales. Tampoco nos presenta el Salmo meramente como una forma de escapismo emocional. Por medio de un análisis pormenorizado, nos muestra en términos concretos y prácticos la forma en que un hombre llegó a entender los caminos de Dios, y alcanzó una fe renovada en Él.

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Si nadie se pierde, entonces la Misión de Cristo fue una perdida de Tiempo

Es fácil recluirnos en nosotros mismos, no de forma consciente, ni maliciosamente; sin embargo pasamos por el otro lado a fin de mantenernos desentendidos del dolor y la desesperanza espiritual que nos rodea. Ese no fue el ejemplo de Jesús. Él buscó el dolor. Buscó a los perdidos. Ese fue su primer paso en la redención de los perdidos.

Jesús ganó una reputación por asociarse con aquellos que eran considerados marginados. Los indeseables, los desestimados de la cultura judía, todos estos se reunían con Jesús. Esto molestó a los fariseos y los escribas, los dignatarios y el clero de la época. Estos habían adoptado una tradición la cual enseñaba que la salvación era por segregación: mantente apartado de todo aquel involucrado en pecado, así es como puedes asegurar tu propia redención. Era parte de su filosofía de trabajo el aislarse de todos aquellos que fuesen pecadores. Jesús vino y desafió aquella tradición al asociarse abiertamente con los rechazados de la cultura.

Jesús no se limitó a decir que vino solo a salvar a los perdidos, sino que vino a buscarlos y salvarlos.

Fue en una de estas ocasiones cuando los fariseos comenzaron a murmurar y a quejarse sobre los compañeros de Jesús. En respuesta, Jesús cuenta una serie de parábolas, la primera de las cuales dice lo siguiente:

¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la que está perdida hasta que la halla? Al encontrarla, la pone sobre sus hombros, gozoso; y cuando llega a su casa, reúne a los amigos y a los vecinos, diciéndoles: “Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido.” Os digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento (Lucas 15:4-7).

Esta parábola se llama «la parábola de la oveja perdida». Hay aquellos hoy en día que no creen que haya quien se pierda, rechazan por completo el concepto de estar perdido. Hay quienes son universalistas, que creen todas las personas irán directo al cielo de forma automática; la justificación no es por fe ni obras, sino simplemente por la muerte, porque nadie está realmente perdido. Luego, hay quienes dicen que dado el tiempo suficiente, los perdidos eventualmente encontrarán su camino de regreso; solo necesitamos dejarlos solos.

Sin embargo, si nadie se pierde o si al final todos terminan encontrando su camino de regreso, entonces la misión de Cristo fue una perdida de tiempo; la expiación de Cristo no era necesaria. Esto ensombrece la misión de Jesús.

Jesús definió su misión diciendo: “el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). No se limitó a decir que vino solo a salvar a los perdidos, sino que vino a buscarlos y salvarlos. Esto es, antes de que los perdidos puedan ser redimidos, estos tienen que ser hallados.

Es el encontrar a los perdidos lo que requiere la labor de las misiones. Es fácil engañarnos a nosotros mismos pensando que no hay nadie perdido y una forma de hacer esto es hacernos a un lado de la búsqueda, esto es, asegurarnos de mantenernos desinformados sobre las necesidades del perdido, aislarnos de forma tal de desconocer qué es lo que realmente está pasando en el mundo. Por ejemplo, no nos salimos de nuestro camino para entender y aprender sobre todas las personas que mueren de hambre en el mundo. Cuando somos confrontados con ello, nuestras conciencias son punzadas y somos movidos a acción. Pero no salimos de nuestro andar para encontrar la miseria; pensamos que ya hay suficiente miseria en nuestras propias vidas, sin tener que buscar más.

Cuando era chico, aún era común que un doctor hiciera visitas a domicilio, y en realidad viniera hasta tu casa. Todos los días conducía por el barrio y visitaba a niños, ancianos y todo aquel que estuviera enfermo. Hoy en día, si estás enfermo, el doctor no es quien va a ti, sino que eres tú quien debe ir al doctor. Por desgracia, muchas iglesias se manejan de esta forma, cuelgan un letrero e invitan a que la gente vaya a ellas.

Jesús no tenía un edificio, no esperaba detrás de puertas cerradas a que la gente se acercara a verlo. Su ministerio era uno de “andar caminando”. Él salía a donde las personas estaban. De eso es lo que se tratan las misiones. El ministerio de Cristo era un ministerio de buscar el dolor y a aquellos que están perdidos.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Cristo mandó que haya arrepentimiento 2

Aunque el evangelio es un mandato, es un mandato de dos partes que se explican por sí mismas. “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Conozco algunos muy excelentes hermanos —Dios quisiera que hubiera más como ellos en su celo y su amor— quienes, en su celo por predicar una fe sencilla en Cristo, han tenido un poco de dificultad en cuanto al asunto del arrepentimiento. Conozco a algunos que han tratado de superar la dificultad suavizando la dureza aparente de la palabra arrepentimiento, explicándola según su equivalente griego más común, palabra que aparece en el original de mi texto y significa “cambiar de idea”. Aparentemente interpretan el arrepentimiento como algo menos importante de lo que nosotros usualmente concebimos, dicen que es, de hecho, un mero cambiar de idea. Ahora bien, sugiero a aquellos queridos hermanos que el Espíritu Santo nunca predica el arrepentimiento como algo insignificante. El cambio de idea o comprensión del que habla el evangelio es una obra muy profunda y seria, y no debe ser menoscabado de manera alguna.

Además, existe otra palabra que también se usa en el griego original para significar arrepentimiento, aunque con menos frecuencia, lo admito. No obstante, es usada. Significa “un cuidado posterior”, que incluye algo más de tristeza y ansiedad que lo que significa cambiar de idea. Tiene que haber tristeza por el pecado y aborrecimiento hacia él en el verdadero arrepentimiento, de no ser así leemos la Biblia con poco provecho… Arrepentirse sí significa cambiar de idea. Pero es un cambio total en la comprensión y en todo lo que hay en la mente, de modo que incluye una iluminación, sí, una iluminación del Espíritu Santo. Creo que incluye un descubrimiento de la iniquidad y un aborrecimiento por ella, sin lo cual no puede haber un arrepentimiento auténtico. Opino que no debemos subestimar al arrepentimiento. Es una gracia bendita de Dios el Espíritu Santo, y es absolutamente necesaria para salvación.

El mandato es muy fácil de entender. Consideremos, primero, el arrepentimiento. Es bastante seguro que sea cual sea el arrepentimiento aquí mencionado, es un arrepentimiento totalmente enlazado con la fe. Por lo tanto, obtenemos la explicación de qué debe ser el arrepentimiento por su vínculo con el próximo mandato: “creed en el evangelio”…
Recuerden, entonces, que ningún arrepentimiento es digno de tener que no sea totalmente consecuente con la fe en Cristo. Un santo anciano en su lecho de enfermo usó esta notable expresión: “Señor, húndeme en el arrepentimiento tan bajo como el infierno, pero” —y aquí va lo hermoso— “elévame en fe tan alto como el cielo”. Ahora bien, ¡el arrepentimiento que hunde al hombre tan bajo como el infierno de nada vale si no está la fe que también lo eleva tan alto como el cielo! Los dos son totalmente consecuentes, el uno con el otro. Alguien puede sentir desprecio y abominación por sí mismo, y a la vez, saber que Cristo puede salvarlo y lo ha salvado. De hecho, así es como viven los verdaderos cristianos. Se arrepienten tan amargamente por el pecado como si supieran que deberían ser condenados por él, pero se regocijan tanto en Cristo como si el pecado no fuera nada.

¡Oh, qué bendición es saber dónde se encuentran estas dos líneas, el desnudarnos de arrepentimiento y vestirnos de fe! El arrepentimiento que expulsa el pecado como un inquilino malvado y la fe que da entrada a Cristo como el único Soberano del corazón; el arrepentimiento que purga el alma de las obras muertas y la fe que llena el alma con obras vivientes; el arrepentimiento que tira abajo y la fe que levanta; el arrepentimiento

que desparrama las piedras y la fe que agrupa las piedras; el arrepentimiento que establece un tiempo para llorar y la fe que ofrece un tiempo para danzar. Estas dos cosas unidas componen la obra de gracia interior por medio de la cual las almas de los hombres son salvas. Sea pues declarado como una gran verdad, escrita muy claramente en nuestro texto: el arrepentimiento que tenemos que predicar es uno conectado con la fe. Siendo así, podemos predicar a una el arrepentimiento y la fe sin ninguna dificultad…

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Cristo mandó que haya arrepentimiento

Nuestro Señor Jesucristo comienza su ministerio anunciando sus mandatos principales. Surge del desierto recién ungido, como el novio sale de su cámara. Sus notas de amor son arrepentimiento y fe. Viene totalmente preparado para su misión, habiendo estado en el desierto, “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15)… Oíd, oh cielos, escuchad, oh tierra, porque el Mesías habla en la grandeza de su poder. Clama a los hijos de los hombres: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Prestemos atención a estas palabras, las que, igual que su Autor, están llenas de gracia y de verdad. Ante nosotros tenemos la suma y sustancia de la totalidad de las enseñanzas de Jesucristo, el Alfa y el Omega de todo su ministerio. Por salir de la boca de tal Ser, en tal momento, con un poder tan singular, démosles nuestra atención más seria. Dios nos ayude a obedecerlas desde lo más profundo de nuestro corazón.

Comenzaré diciendo que el evangelio que Cristo predicó fue claramente un mandato: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Nuestro Señor condescendió a razonar con nosotros. En su gracia, su ministerio con frecuencia ponía en práctica el texto antiguo: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Isa. 1:18). Persuade a los hombres con sus poderosos argumentos, los que debiera llevarlos a buscar la salvación de sus almas. Sí, llama a los hombres y oh, con cuánto amor los convence a
ser sabios: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28). Ruega a los hombres. Se rebaja para ser, por así decir, un mendigo para sus propias criaturas pecadoras, rogándoles que vengan a él. Ciertamente, hace de esto la responsabilidad de sus siervos: “Como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Cor. 5:20). No obstante, recordemos, que aunque condesciende a razonar, persuadir, llamar y rogar, el evangelio tiene en sí toda la dignidad y fuerza de un mandato. Si hemos de predicarlo en esta época como lo hizo Cristo, tenemos que hacerlo como un mandato de Dios, acompañado de una sanción divina que no debe descuidarse, so pena de poner el alma en infinito peligro… “Arrepentíos” es un mandato de Dios tanto como lo es “No hurtarás” (Éxo. 20:15). “Cree en el Señor Jesucristo” tiene tanta autoridad divina como “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Luc. 10:27).

¡No crean, oh, hombres, que el evangelio es algo opcional, que pueden optar por aceptarlo o no! ¡No sueñen, oh pecadores, que pueden despreciar la Palabra de lo Alto y no cargar con ninguna culpa! ¡No crean poder descuidarlo sin sufrir las consecuencias! Es justamente este descuido y desprecio de ustedes lo que llenará la medida de nuestra iniquidad. Por esto clamamos: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Heb. 2:3). ¡Dios manda que se arrepientan! El mismo Dios ante quien el Sinaí tembló y se cubrió de humo, ese mismo Dios quien proclamó la Ley con sonido de trompeta, con relámpagos y truenos, nos habla a nosotros con más suavidad, sonido de trompeta, con truenos y relámpagos, nos habla con suavidad y tan divinamente, por medio de su Hijo unigénito, cuando nos dice: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”…

Entonces, a todas las naciones sobre la tierra hagamos llegar este decreto de Dios. Oh hombres, Jehová quien nos hizo, nos dio aliento, él, a quien hemos ofendido, nos manda este día que nos arrepintamos y creamos en el evangelio.

Sé que a algunos hermanos no les gustará esto, pero no lo puedo remediar. Nunca seré esclavo de ningún sistema, porque el Señor me ha librado de esta esclavitud de hierro. Ahora soy el siervo gozoso de la verdad que nos hace libres. Ya sea que ofenda o agrade, con la ayuda de Dios predicaré cada verdad que voy aprendiendo de la Palabra. Sé que si algo hay escrito en la Biblia, está escrito como con un rayo del sol: Dios en Cristo manda a los hombres que se arrepientan y crean el evangelio. Es una de las pruebas más tristes de la depravación total del hombre el que no quiera
obedecer este mandato, sino que desprecia a Cristo y de este modo hace que su condenación sea peor que la condenación de Sodoma y Gomorra…

Continuará …

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Si Dios es Soberano, ¿Por qué orar?

Nada escapa a la atención de Dios; nada sobrepasa los límites de su poder. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas. Si pensara siquiera por un momento que una sola molécula estuviera corriendo suelta en el universo fuera del control y dominio del Dios omnipotente, no dormiría esta noche. Mi confianza en el futuro descansa en mi confianza en el Dios que controla la historia. Pero, ¿cómo es que Dios ejerce ese control y revela esa autoridad? ¿Cómo Dios lleva a cabo las cosas que Él soberanamente decreta?

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden.

Agustín dice que nada pasa en este universo aparte de la voluntad de Dios y que, en cierto sentido, Dios ordena todo lo que sucede. Agustín no estaba tratando de absolver a los hombres de la responsabilidad de sus acciones, pero su enseñanza plantea una pregunta: ¿Si Dios es soberano sobre las acciones y las intenciones de los hombres, ¿por qué orar entonces? Una preocupación secundaria gira en torno a la pregunta: “¿Realmente la oración cambia algo?” Permítanme responder a la primera pregunta diciendo que el Dios soberano ordena por su Santa Palabra a que oremos. La oración no es opcional para el cristiano, es requerida.

Podríamos preguntar, “¿Qué pasa si no sucede nada?” Ese no es el problema. Independientemente de si la oración haga algún bien, si Dios nos manda a orar, entonces debemos orar. Que el Señor Dios del universo, el creador y sustentador de todas las cosas lo ordene es razón suficiente. Sin embargo, Él no solo nos manda a orar, sino que también nos invita a hacer conocer nuestras peticiones. Santiago dice que nosotros no tenemos es porque no pedimos (Santiago 4:2). También nos dice que la oración del justo puede mucho (Santiago 5:16). Una y otra vez, la Biblia dice que la oración es una herramienta eficaz. Es útil, funciona.

Juan Calvino, en Institución de la Religión Cristiana, hace algunas observaciones profundas con respecto a la oración:

Pero nos dirá alguno, “¿Es que no sabe Él muy bien, sin necesidad de que nadie se lo diga, las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario, por lo que podría parecer en cierta manera superflua que Él debería ser movido por nuestras oraciones, como si Él hiciese que no nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor?” Pero los que así razonan no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado a su pueblo a orar, porque lo ordenó no tanto por su propio bien sino por el nuestro. Él que, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo; es decir, que todo cuanto el hombre desee y en lo que le sirva de provecho, proviene de Él y de la manifestación de las oraciones. Sin embargo, el beneficio de este sacrificio, con el que Él es adorado, vuelve a nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había concedido a ellos y a los demás, tanto más vivamente se animaban a orar. . .

Aun así, es muy importante para nosotros el clamarle: En primer lugar, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y servirle siempre, acostumbrándonos a acogernos solamente a Él en todas nuestras necesidades como a una ancla sagrada. En segundo lugar, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo en el cual no nos atrevamos por vergüenza a ponerlo a Él como testigo, mientras aprendemos a poner todos nuestros deseos ante sus ojos y derramemos todo nuestro corazón sin ocultarle nada. En tercer lugar, para prepararnos a recibir sus beneficios con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias; beneficios que nuestra oración nos recuerda que todo viene de su mano.

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden. Todo lo que Dios hace, todo lo que Dios permite y ordena es, en todo sentido, para su gloria. También es cierto que mientras Dios busca su propia gloria enteramente, el hombre se beneficia cuando Dios es glorificado. Oramos para glorificar a Dios, pero también oramos con el fin de recibir los beneficios de la oración de su mano. La oración es para nuestro beneficio, aun conociendo el hecho de que Dios conoce el fin desde el inicio. Es nuestro privilegio llevar enteramente nuestra existencia finita a la gloria de su presencia infinita.

Uno de los grandes temas de la Reforma fue la idea de que toda la vida es para ser vivida bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios, en la presencia de Dios. La oración no es simplemente un soliloquio, un mero ejercicio de autoanálisis terapéutico, o una recitación religiosa. La oración es un discurso con el mismo Dios personal. Allí, en el acto y la dinámica de la oración, es que traigo toda mi vida bajo su atenta mirada. Sí, Él sabe lo que está en mi mente, pero aun así tengo el privilegio de poder expresarle lo que hay en ella. Dice: “Ven. Háblame. Haz conocer tus peticiones delante de mí”. Entonces vamos con el fin de conocerle, y para ser conocidos por Él.

Hay algo erróneo en la pregunta: “Si Dios lo sabe todo, ¿por qué orar?” La pregunta asume que la oración es unidimensional y se define simplemente como súplica o intercesión. Por el contrario, la oración es multidimensional. La soberanía de Dios no proyecta sombra sobre la oración de adoración. El previo conocimiento o consejo determinado de Dios no niega la oración de alabanza. Lo único que debe hacer es darnos una mayor razón para expresar nuestra adoración por quién es Dios. Si Dios sabe lo que voy a decir antes de que lo diga, su conocimiento, en lugar de limitar mi oración, realza la belleza de mi alabanza.

Mi esposa y yo nos conocemos mejor que nadie. A menudo sé lo que va a decir casi antes de que ella lo diga. Y viceversa también. Pero aun así me gusta oírla decir lo que está en su mente. Si esto es verdad en el hombre, ¿cuánto más cierto es para con Dios? Tenemos el privilegio inigualable de compartir nuestros pensamientos más íntimos con Dios. Por supuesto que podríamos simplemente entrar en nuestro espacio de oración, dejar que Dios lea nuestras mentes, y llamar a eso oración. Pero eso no es comunión y ciertamente tampoco es comunicación.

Somos criaturas que se comunican principalmente a través del habla. La oración hablada es, obviamente, una forma de expresión, una manera en la que nosotros nos relacionamos íntimamente y comunicamos con Dios. Hay un cierto sentido en el que la soberanía de Dios debe influir en nuestra actitud hacia la oración, al menos con respecto a la adoración. En todo caso, nuestra comprensión de la soberanía de Dios debe provocarnos a una intensa vida de oración de gratitud. Al conocer eso, deberíamos ver que cada beneficio, todo don bueno y perfecto, es una expresión de la abundancia de su gracia. Cuanto más entendamos la soberanía de Dios, nuestras oraciones estarán más llenas de acciones de gracias.

¿De qué manera podría la soberanía de Dios afectar negativamente a la oración de contrición o confesión? Tal vez podríamos llegar a la conclusión de que nuestro pecado es, en última instancia, la responsabilidad de Dios y que nuestra confesión es una “acusación de culpabilidad contra Dios mismo. Cada cristiano verdadero sabe que no puede culpar a Dios por su pecado. Quizás no pueda entender la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, pero me puedo dar cuenta de que lo que se deriva de la maldad de mi propio corazón no puede ser culpado a la voluntad de Dios. Así que debemos orar porque somos culpables, suplicando el perdón del Dios Santo a quien hemos ofendido.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero? 2

El evangelio no es solo que por gracia somos salvos por medio de la fe, sino que es también el evangelio de arrepentimiento. Cuando Jesús, después de su resurrección, abrió el entendimiento de sus discípulos a fin de que
pudieran comprender las Escrituras, les dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Luc. 24:46-47). Cuando Pedro predicó a las multitudes en Pentecostés, se sintieron constreñidos a decir: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hch. 2:37-38). Más adelante, de igual manera, Pedro interpretó la exaltación de Cristo como una exaltación en la capacidad de “Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados” (Hch. 5:31). ¿Puede haber algo que certifique con más claridad que el evangelio es el evangelio del arrepentimiento más que el hecho de que el ministerio celestial de Jesús como Salvador consiste en dispensar arrepentimiento para perdón de los pecados? Por lo tanto, Pablo, cuando dio un informe de su propio ministerio
a los ancianos de Éfeso, dijo que había testificado “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Y el escritor de la epístola a los Hebreos indica que “el arrepentimiento de obras muertas” es uno de los primeros principios de la doctrina de Cristo (Heb. 6:1). No puede ser de otra manera. La vida nueva en Cristo Jesús significa que las ataduras que nos amarran al dominio del pecado han sido rotas. El creyente está muerto al pecado por el cuerpo de Cristo, el viejo hombre ha sido crucificado para que el cuerpo del pecado sea destruido, y de allí en adelante no sirve al pecado (Rom. 6:2, 6). Esta ruptura con el pasado queda registrada conscientemente al volverse del pecado a Dios “con total propósito de y procurando una nueva obediencia”…

El arrepentimiento es lo que describe la respuesta de volverse del pecado a Dios. Este es su carácter específico tal como es el carácter específico de la fe recibir a Cristo y confiar exclusivamente en él para salvación. El arrepentimiento nos recuerda que si la fe que profesamos es una fe que nos permite andar en los caminos de este mundo corrupto de hoy, en la lascivia de la carne, la lascivia de la vista y la vanagloria de la vida y en la comunión con las obras de tinieblas, entonces nuestra fe es una burla y un engaño. La fe verdadera está saturada de arrepentimiento. Y así como la fe no es solo un acto momentáneo, sino una actitud permanente de fe y confianza en el Salvador, así también el arrepentimiento resulta en una contrición constante. El espíritu quebrantado y el corazón contrito son señales
permanentes del alma creyente… la sangre de Cristo es el lavabo del limpiamiento inicial, pero es también la fuente a la cual el creyente tiene que recurrir continuamente. Es en la cruz de Cristo que el arrepentimiento tiene su comienzo; es en la cruz de Cristo que tiene que seguir revelando sus sentimientos en las lágrimas de confesión y contrición.

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero?

¿Cuál viene primero? ¿Fe o arrepentimiento? Es una pregunta innecesaria, e insistir que uno es anterior al otro es en vano. No existe una prioridad. La fe que es para salvación es una fe penitente y el arrepentimiento que es para vida es un arrepentimiento que cree… La interdependencia de fe y arrepentimiento puede notarse enseguida cuando recordamos que la fe es fe en Cristo para salvación de los pecados. Pero si se dirige la fe hacia la salvación del pecado, tiene que haber aborrecimiento por el pecado y el anhelo de ser salvo de él. Tal aborrecimiento del pecado involucra arrepentimiento, que esencialmente consiste en volvernos del pecado hacia Dios. Lo recalco, si recordamos que el arrepentimiento es volvernos del pecado hacia Dios, el volvernos hacia Dios implica fe en la misericordia de Dios tal como fue revelada en Cristo. Es imposible desenredar la fe del arrepentimiento. La fe salvadora está saturada de arrepentimiento y el arrepentimiento está saturado de fe. La regeneración se expresa conforme practicamos la fe y el arrepentimiento.

El arrepentimiento consiste esencialmente de un cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad. El cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad se refiere principalmente a cuatro cosas. Es un cambio en la mente respecto a Dios, respecto a nosotros mismos, respecto al pecado y respecto a la justicia. Sin la regeneración, nuestro pensamiento acerca de Dios, de nosotros mismos, del pecado y de la justicia se encuentra radicalmente pervertido. La regeneración cambia nuestro corazón y nuestra mente. Los renueva radicalmente. Por lo tanto, sucede un cambio radical en nuestros
pensamientos y sentimientos. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas. Es muy importante observar que la fe que es para salvación es una fe que va acompañada por el cambio en los pensamientos y en las actitudes. Con demasiada frecuencia en los círculos evangélicos, particularmente en la evangelización popular, lo trascendental del cambio que la fe simboliza no es comprendido ni apreciado. Existen dos errores. Uno es poner la fe fuera del contexto que le da significado. El otro es pensar en la fe en términos de una simple decisión y una, por cierto, bastante barata. Estos errores se relacionan íntimamente y se condicionan mutuamente. El énfasis sobre el arrepentimiento y sobre el cambio profundo de pensamiento y sentimientos que esto involucra es precisamente lo que se necesita para corregir este concepto de la fe, que empobrece y destruye el alma. La naturaleza del arrepentimiento sirve para acentuar la urgencia de las cuestiones en juego en la demanda del evangelio, el apartarse del pecado que la aceptación del
evangelio significa, y la totalmente nueva manera de ver las cosas que la fe del evangelio imparte.

No hemos de pensar en el arrepentimiento como algo que consiste meramente de un cambio general en la manera de pensar. Es muy particular y concreto. Y como es un cambio en la manera de pensar con respecto al pecado, es un cambio en la manera de pensar con respecto a pecados en particular, pecados en toda la particularidad e individualidad que tienen nuestros pecados. Nos es muy fácil hablar del pecado, de censurarlos, y censurar los pecados particulares de otros, y a la vez no estar arrepentidos de nuestros propios pecados en particular. La prueba del
arrepentimiento es la autenticidad y firmeza de nuestro arrepentimiento con respecto a nuestros propios pecados, pecados caracterizados por lo peculiarmente insoportable que nos resultan ser. El arrepentimiento, en el caso de los tesalonicenses, se manifestó en el hecho de que se apartaron de los ídolos para servir al Dios viviente. Era su idolatría lo que caracterizaba la evidencia de su enemistad con Dios, y era el arrepentimiento de esta enemistad la prueba de la autenticidad de su fe y esperanza (1 Tes. 1:9-10).

Continuará …

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Seis ingredientes del Arrepentimiento 3

INGREDIENTE 4: VERGÜENZA POR EL PECADO. El cuarto ingrediente del arrepentimiento es la vergüenza: “Avergüéncense de sus pecados” (Eze. 43:10). El rubor es el color de la virtud. Cuando el corazón está negro por
el pecado, la gracia hace que el rostro se sonroje: “Avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti” (Esd. 9:6). El hijo pródigo arrepentido estaba tan avergonzado de sus excesos que no se sentía merecedor de ser llamado hijo (Luc. 15:21). El arrepentimiento causa una timidez generada por la vergüenza. Si la sangre de Cristo no estuviera en el corazón del pecador, no aparecería tanta sangre en el rostro. Existen… consideraciones sobre el pecado que pueden causar vergüenza:

(1) Cada pecado nos hace culpables, y la culpabilidad por lo general produce vergüenza.
(2) En cada pecado, hay mucha ingratitud; y eso es motivo de vergüenza. Abusar de la bondad de un Dios tan bueno, ¡cuánta vergüenza nos da!… Ser ingratos es un pecado tan grande que Dios mismo se sorprende de él (Isa. 1:2).
(3) El pecado nos ha desnudado, y eso puede generar vergüenza. El pecado nos ha despojado de nuestro lino blanco de santidad. Nos ha desnudado y deformado ante la vista de Dios, lo cual puede causar que nos sonrojemos…
(4) Nuestros pecados han avergonzado a Cristo ¿y no debiéramos nosotros estar avergonzados? Él se vistió de púrpura, ¿y no se ruborizarán nuestras mejillas?…
(5) Lo que puede hacernos sonrojar es que los pecados que cometemos son peores que los pecados de los paganos. Actuamos en contra de más luz.
(6) Nuestros pecados son peores que los pecados de los demonios. Los ángeles caídos nunca pecaron contra la sangre de Cristo. Cristo no murió por ellos… Ciertamente si hemos pecado más que los demonios, esto nos hará ruborizar.

INGREDIENTE 5: ODIO POR EL PECADO. El quinto ingrediente del arrepentimiento es el odio por el pecado. Los “Schoolmen” se distinguían por un odio doble: odio por las abominaciones y odio por la enemistad.

Primero, hay odio o aborrecimiento por las abominaciones: “Y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades” (Eze. 36:31). El arrepentido auténtico es un aborrecedor del pecado. Si alguien detesta aquello que le descompone el estómago, mucho más detestará aquello que le descompone la conciencia. Aborrecer el pecado representa más que meramente dejarlo… Cristo nunca es amado hasta que uno aborrece el pecado. Nunca se anhela el cielo hasta que uno aborrece el pecado… Segundo, hay odio por la enemistad. No hay mejor manera de descubrir la
vida que por medio del movimiento. Los ojos se mueven, el pulso late. Así que para descubrir el arrepentimiento no hay mejor señal que una antipatía santa contra el pecado… El arrepentimiento firme comienza en el amor de Dios y termina en el odio por el pecado.

¿Cómo puede reconocerse el verdadero odio por el pecado?

  1. Cuando el espíritu del hombre se opone al pecado. No solo la boca se expresa contra el pecado, sino que también lo aborrece el corazón, de modo que no importa lo atractivo que parezca el pecado, lo encontramos detestable, tal como detestamos el retrato de alguien que aborrecemos mortalmente, por más hermoso que se haya dibujado… No importa que el diablo cocine y aderece el pecado con placeres y ventajas, el arrepentido auténtico con un aborrecimiento secreto por él se siente disgustado por él y no se mezclará con él.
  2. El verdadero odio por el pecado es universal. El verdadero odio por el pecado es universal de dos maneras: con respecto a las facultades y al objeto. (1) El odio es universal con respecto a las facultades; es decir, que hay una antipatía por el pecado no solo mental, sino también de la voluntad y los sentimientos. Muchos están convencidos de que el pecado es una cosa vil y mentalmente tienen una aversión por él. No obstante gustan de su dulzura y se complacen secretamente en él. En estos casos se manifiesta en una aversión mental por el pecado y a la vez en un amor por él; mientras que el verdadero arrepentimiento, el odio por el pecado está en todas las facultades, no solo en la parte intelectual, sino principalmente en la voluntad: “Lo que aborrezco, eso hago” (Rom. 7:15). Pablo no estaba
    libre de pecado, no obstante estaba en contra de él. (2) El odio es universal con respecto al objeto. El que aborrece un pecado aborrece todos… El hipócrita aborrece algunos pecados que pueden arruinar su reputación, pero el verdadero convertido aborrece todos los pecados, los pecados que le producen ganancias, los pecados por sus debilidades y los primeros indicios de corrupción. Pablo odiaba la propensión a pecar (Rom. 7:23).
  3. El verdadero odio contra el pecado es contra el pecado en todas sus formas. El corazón santo detesta el pecado por su contaminación intrínseca. El pecado deja una mancha en el alma. La persona regenerada aborrece el pecado no solo por la maldición, sino también por lo contagioso. Aborrece esta serpiente no solo por su picadura, sino también por su veneno. Aborrece el pecado no solo por el infierno, sino como el infierno.
  4. El verdadero odio es implacable. Nunca volverá a reconciliarse con el pecado. El enojo puede reconciliarse, pero el aborrecimiento, no…
  5. Donde hay verdadero odio, no solo nos oponemos al pecado en nosotros mismos sino también en los demás. La iglesia en Éfeso no podía tolerar a los malos (Apoc. 2:2). Pablo censuró tremendamente a Pedro por su duplicidad aunque él era un Apóstol. Cristo, en un disgusto justificado, echó con azotes a los cambistas del templo (Juan 2:15). No toleraba que hicieran del templo una casa de cambio. Nehemías reprendió a los nobles por su usura (Neh. 5:7) y su profanación del día de reposo (Neh. 13:17). El que odia el pecado no lo tolera en su familia: “No habitará dentro de mi
    casa el que hace fraude” (Sal. 101:7). ¡Qué vergüenza el que las autoridades puedan demostrar mucho entusiasmo por sus pasiones, pero nada de heroísmo para reprimir la corrupción! Los que no sienten antipatía por el pecado desconocen el arrepentimiento. El pecado es en ellos lo que el veneno es en una serpiente, el cual, siendo parte de su
    naturaleza, les brinda placer.

¡Qué lejos están del arrepentimiento los que, en lugar de odiar el pecado, lo aman! Para el fiel, el pecado es como una espina en el ojo; para los malos, es como una corona sobre su cabeza: “…Habiendo hecho tantas abominaciones… ¿Puedes gloriarte de eso?” (Jer. 11:15). Amar el pecado es peor que cometerlo. Un hombre bueno puede caer en una acción pecaminosa sin darse cuenta, pero amar el pecado es el colmo. ¿Qué hace que a un porcino le encante revolcarse en el fango? ¿Qué hace que el diablo ame aquello que se opone a Dios? Amar el pecado demuestra que la
voluntad está en pecado; y cuanto más de la voluntad está en pecado, más grande el pecado. La obstinación lo convierte en un pecado que no puede ser purgado por medio de un sacrificio (Heb. 10:26). ¡Oh, cuántos hay que
aman el fruto prohibido! Aman sus juramentos y adulterios; aman el pecado y aborrecen la reprensión… Así que los que aman el pecado, los que se aferran a aquello que les significa la muerte, los que juegan con la condenación, “está[n] lleno[s]… de insensatez en su corazón” (Ecl. 9:3). Nos persuade a demostrar nuestro arrepentimiento por medio de un odio implacable por el pecado…

INGREDIENTE 6: DEJAR EL PECADO. El sexto ingrediente del arrepentimiento es dejar el pecado… Este dejar el pecado se llama dejar el mal camino (Isa. 55:7), tal como el hombre deja la compañía de un ladrón o adivino. Se llama echar lejos el pecado (Job 11:14), tal como Pablo echó la víbora en el fuego (Hch. 28:5). Morir al pecado es la vida de arrepentimiento. El mismo día que el cristiano deja el pecado, tiene que aplicar una abstinencia perpetua. La vista tiene que abstenerse de miradas impuras. Los oídos tienen que abstenerse de escuchar calumnias. La lengua tiene que
abstenerse de jurar. Las manos tienen que abstenerse de los sobornos. Los pies tienen que abstenerse del sendero de la ramera. Y el alma tiene que abstenerse del amor al mal. Este dejar el pecado implica un cambio importante… Dejar el pecado es tan visible que los demás lo notan. Por eso se le llama pasar de la oscuridad a la luz (Ef. 5:8). Pablo, después de haber visto la visión celestial, cambió tanto que todos estaban atónitos ante el cambio (Hch. 9:21). El arrepentimiento convirtió al carcelero en enfermero y médico (Hch. 16:33). Este tomó a los apóstoles, les lavó las heridas y les dio de comer. El barco puede estar yendo hacia el este; pero viene un viento que lo hace girar para el oeste. De la misma manera, el hombre puede haber estado rumbo al infierno antes de que soplara el viento del Espíritu que le cambió el curso y causó que se dirigiera rumbo al cielo… Así de visible es el cambio que el arrepentimiento produce en la persona, como si fuera otra el alma que mora en el mismo cuerpo.

Para que el dejar el pecado sea legítimo tiene que reunir estas condiciones:

  1. Tiene que, de todo corazón, dejar el pecado. El corazón es el primum vivens, lo primero que vive, y tiene que ser el primum vertens, lo primero que se transforma. El corazón es aquello por lo que el diablo más se esfuerza por dominar… En la religión, el corazón lo es todo. Si el corazón no deja el pecado, no es más que una mentira… Dios exige que todo el corazón deje el pecado. El verdadero arrepentimiento no puede tener ninguna reserva o prisioneros.
  2. Tiene que ser dejar todo pecado. “Deje el impío su camino” (Isa. 55:7). El que se ha arrepentido verdaderamente deja el camino del pecado. Abandona cada pecado… Aquel que esconde a un rebelde en su casa es un traidor de la nación, y el que practica un pecado es un traidor hipócrita.
  3. Tiene que ser dejar el pecado sobre un fundamento espiritual. El hombre puede refrenarse de cometer un pecado y, no obstante, no dejar el pecado de un modo correcto. Los actos pecaminosos pueden refrenarse por temor o designio, pero el arrepentido auténtico deja de pecar sobre la base de principios religiosos, específicamente, el amor a Dios… Tres hombres se preguntaban unos a otros qué los había impulsado a dejar el pecado. El primero respondió: “Pienso en los gozos del cielo”, el segundo dijo: “Pienso en los tormentos del infierno”, pero el tercero dijo: “Pienso en el amor de Dios, y eso me hace abandonarlos. ¿Cómo podría yo ofender al Dios de amor?”

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

Sublime gratitud

“¿Cómo podemos tener corazones rebosantes de alegría?”.

Mientras cantábamos junto a los niños de la clase bíblica, mi amiga y hermana en Cristo hizo esta pregunta a los pequeños para que meditaran en lo que estaban cantando. La respuesta se encontraba en los mismos versos de la alabanza: “Rebosando está mi copa desde que Él me salvó; grande gozo tengo yo”. El gozo de nuestra salvación se refleja en corazones agradecidos, o por lo menos debería. ¿Será que realmente manifestamos gratitud de corazón por lo que Dios ha hecho con nosotros? ¿O nuestra “oración de gratitud” parece más bien una lista de supermercado que completar rápidamente cada mañana?

En el libro Sublime gratitud, Mary K. Mohler — esposa del presidente del Southern Baptist Theological Seminary— nos recuerda que nuestra principal fuente de gratitud, alabanza, y gozo es la salvación que Cristo ofrece. A través de ocho capítulos de lectura sencilla y reflexiva, la autora propone que consideremos nuestra actitud actual de agradecimiento: ¿Cómo luce realmente nuestra vida cristiana? ¿Cuáles son nuestros obstáculos más grandes para tener un corazón agradecido? Para ayudarnos a meditar al finalizar cada capítulo, Mohler nos guía en oración y haciéndonos algunas preguntas de reflexión.

Sublime gratitud es un libro que te permite examinar tu vida y encaminarla hacia la voluntad de Dios. Mientras avanzaba a través de las páginas, consideraba más y más cómo mis actitudes diarias muchas veces no reflejan un corazón agradecido y que ello no daba buen testimonio de mi Salvador. Afortunadamente, Mary no nos deja ahí. Luego de ser confrontada con mi pecado, fui exhortada para ver cómo puedo cambiar en el poder del Espíritu y para la gloria de Dios.

Tipos de gratitud

En cada capítulo (todos, por cierto, te hacen sentir como si Mary te estuviese exhortando en persona) se distinguen dos tipos de gratitud, propuestas originalmente por el teólogo norteamericano Jonathan Edwards (1730-1733). La primera de ellas —la gratitud natural—, consiste en agradecer a Dios por las dádivas y bendiciones que nos permite gozar día a día, incluso aquellas por las quizá nunca se nos habría ocurrido agradecer, como las dificultades (p. 79). Un segundo tipo de gratitud es la que se ha llamado “gratitud espiritual”, que nos lleva a pensar en el carácter de Dios —en cómo y quién es Él— y agradecer por ello en adoración.

​Ser intencionalmente agradecidos de ambas maneras, incluso en las dificultades, tiene un propósito: glorificar a Dios. Nuestra gratitud puede ser un poderoso testimonio; Mary escribe que debemos “rebosar agradecimiento al Señor y dejar que se derrame en el modo en que tratamos a los demás” (p. 122).

Comienza hoy

Sin duda, Sublime gratitud es un libro que te permite examinar tu vida y encaminarla hacia la voluntad de Dios. Mientras avanzaba a través de las páginas, consideraba más y más cómo mis actitudes diarias muchas veces no reflejan un corazón agradecido y que ello no daba buen testimonio de mi Salvador. Afortunadamente, Mary no nos deja ahí. Luego de ser confrontada con mi pecado, fui exhortada para ver cómo puedo cambiar en el poder del Espíritu y para la gloria de Dios.

No importa quiénes seamos o de dónde vengamos, aún estamos a tiempo de llenar nuestras mentes y corazones de aquello que nos lleva a glorificar al Señor en gratitud. Te invito a descubrir cuánto gozo puede alcanzar tu corazón al mostrar agradecimiento hacia nuestro Salvador y, si es necesario, eliminar de raíz las situaciones o posturas que nos impiden ser agradecidos. Sublime gratitud es un excelente recurso para empezar a dar pasos en la dirección correcta.

Seis ingredientes del Arrepentimiento 2

INGREDIENTE 3: CONFESIÓN DEL PECADO. El dolor es una pasión tan intensa que tiene que desahogarse. Se desahoga por los ojos con el llanto y por la boca con la confesión: “Y estando en pie, confesaron sus pecados” (Neh. 9:2). Gregory Nazianzen4 llama a la confesión “un bálsamo para el alma herida”.

La confesión es una acusación hacia uno mismo “Yo pequé” (2 Sam. 24:17)… Y lo cierto es que por medio de esta autoacusación prevenimos la acusación de Satanás. En nuestras confesiones nos acusamos de orgullo, infidelidad, pasión, de modo que cuando Satanás, llamado el acusador de los hermanos, ponga estas cosas a nuestra cuenta, Dios dirá: “Ellos mismos ya se han acusado. Por lo tanto, Satanás, tus cargos no corresponden, tus acusaciones llegan demasiado tarde”… Y escuche lo que dice el apóstol Pablo: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no
seríamos juzgados” (1 Cor. 11:31).

Pero, ¿acaso hombres malvados como Judas y Saúl no confesaron su pecado? Sí, pero la suya no fue una confesión auténtica. Para que la confesión de pecado sea correcta y genuina, estos… tienen que cumplir estos requisitos:

  1. La confesión tiene que ser voluntaria. Tiene que brotar como el agua de un manantial, libremente. La confesión del malvado es arrancada a la fuerza, como en el caso de las torturas. Cuando una chispa de la ira de Dios penetra en su conciencia o si teme la muerte, entonces confiesa… Pero la verdadera confesión brota de los labios como mirra del árbol o miel del panal, libremente…
  2. La confesión tiene que ser por compunción. El corazón tiene que sentirla profundamente. Las confesiones del hombre natural pasan por él como el agua por un caño. No lo afectan para nada. En cambio, la confesión auténtica deja en el hombre las marcas del corazón herido. David sentía un peso en su alma cuando confesó sus pecados. “Como carga pesada se han agravado sobre mí” (Sal. 38:4). Una cosa es confesar el pecado y otra es sentirlo.
  3. La confesión tiene que ser sincera. Nuestro corazón tiene que acompañar nuestras confesiones. El hipócrita confiesa su pecado pero lo ama, igualmente, el ladrón confiesa lo que robó, pero la encanta hacerlo. Cuántos confiesan orgullo y codicia con la boca pero los saborean debajo de la lengua como a la miel… Un buen cristiano es más honesto. Su
    corazón se mantiene a ritmo con su boca. Está convencido de los pecados que confiesa y aborrece los pecados de los que está convencido.
  4. En la confesión auténtica, el hombre especifica los pecados. El hombre malo reconoce que es un pecador en general. Confiesa el pecado al mayoreo. El convertido auténtico reconoce sus pecados específicos. Es como el herido que acude al médico y le muestra cada una de sus heridas: “Aquí tengo un tajo en la cabeza, allí me dispararon en el brazo”. Del
    mismo modo el pecador atribulado confiesa las diversas condiciones desordenadas, las enfermedades, de su alma.
  5. El verdadero doliente confiesa el pecado desde su origen. Admite lacontaminación de su naturaleza. Lo pecaminoso de nuestra naturaleza noes solo falta de lo bueno, sino una infusión de maldad… Nuestranaturaleza es un abismo y semillero de toda maldad, desde la cualprovienen esos escándalos que infectan al mundo. Es esta depravación dela naturaleza lo que envenena nuestras cosas sagradas. Es esto lo que traelos juicios de Dios y causa que al nacer nazcamos sin nuestrasmisericordias. ¡Oh, confiese el pecado desde su origen!…

Continuará …

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

El mensaje de la Biblia

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Seis ingredientes del Arrepentimiento

El arrepentimiento es una gracia del Espíritu de Dios por la cual el pecador es interiormente humillado y visiblemente reformado. Para aclararlo más ampliamente, sepa que el arrepentimiento es un medicamento espiritual compuesto de seis ingredientes especiales… si uno de ellos falta, pierde su virtud.

INGREDIENTE 1: VER EL PECADO. La primera parte del remedio de Cristo es el ungüento para los ojos (Hch. 26:18). Es lo más admirable que se nota en el arrepentimiento del pródigo: “Y volviendo en sí” (Luc. 15:17). Se vio a sí mismo como un pecador y nada más que un pecador. Antes de que el hombre pueda venir a Cristo, tiene que primero volver en sí. Salomón, en su descripción del arrepentimiento considera esto como el primer ingrediente: “Si se convirtieren” (1 Rey. 8:47). El hombre tiene que primero reconocer y considerar cuál es su pecado y conocer la plaga de su corazón antes de poder ser debidamente humillado por él. La primera creación de Dios fue la luz. De igual modo, lo primero que sucede en el arrepentido es la iluminación: “Más ahora sois luz en el Señor” (Ef. 5:8). El ojo se hizo para ver al igual que para llorar. Hay que primero ver el pecado antes de poder llorar por él. Por eso, digo que donde no se ve el pecado, no puede haber arrepentimiento. Muchos que pueden ver faltas en otros no ven ninguna en ellos mismos… Están cegados por un velo de ignorancia y soberbia. Por ello, no ven el alma deformada que tienen. El diablo hace con ellos lo que el halconero hace con el halcón: los ciega y se los lleva tapados al infierno…

INGREDIENTE 2: SENTIR DOLOR POR EL PECADO. “Me contristaré por mi pecado” (Sal. 38:18). Ambrosio1 llama al dolor o contrición la amargura del alma. La palabra hebrea para estar contristado significa “tener un alma, por así decir, crucificada”. Esto debe ser parte del verdadero arrepentimiento: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán” (Zac.
12:10), como si sintieran los clavos de la cruz en sus costados. El que una mujer espere dar luz a un hijo sin dolores es igual a que uno espere tener arrepentimiento sin dolor. Desconfíe del que puede creer sin dudar, desconfíe del que se arrepiente sin dolor… Este dolor por el pecado no es superficial: es una agonía santa. Es lo que las Escrituras llaman
quebrantamiento del corazón: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado” (Sal. 51:17); y un corazón rasgado: “Rasgad vuestro corazón” (Joel 2:13). Las expresiones herirse el muslo (Jer. 31:19), golpearse el pecho (Luc. 18:13), vestir cilicio (Isa. 22:12), arrancarse el pelo de la cabeza (Esd. 9:3), son todas señales exteriores de dolor interior. Este dolor es (1) Para hacer inestimable a Cristo. ¡Oh qué deseable es un Salvador para el alma atribulada! Ahora Cristo es ciertamente Cristo, y la misericordia es ciertamente misericordia. Hasta que el corazón esté lleno de remordimiento después de haber pecado, no puede ser apto para Cristo. ¡Cuán bienvenido es el médico para el hombre cuyas heridas están sangrando! Es (2) Para ahuyentar al pecado. El pecado produce dolor, y el dolor mata al pecado… Lo salado de las lágrimas mata el gusano de la conciencia. Es (3) Para abrir el camino al verdadero consuelo. “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal. 126:5). El arrepentido adquiere una siembra regada de lágrimas, pero también una cosecha deliciosa. El arrepentimiento desintegra los abscesos del pecado y entonces el alma descansa… El que Dios agite el alma por el pecado es como el agitar del estanque por parte del ángel (Juan 5:4), lo cual abría el camino para la curación.

Pero no todo dolor es evidencia verdadera del arrepentimiento… ¿De qué se trata este arrepentimiento piadoso? Tiene seis requisitos:

El auténtico dolor piadoso es interno. Es interno por dos razones: (1) Tiene que ver con un dolor en el corazón. El dolor de los hipócritas se nota en sus rostros: “Demudan sus rostros” (Mat. 6:16). Ponen cara de afligidos, pero su dolor no pasa de allí, así como el rocío sobre una hoja no penetra hasta la raíz. El arrepentimiento de Acab era una demostración externa. Rasgó sus vestiduras pero no su espíritu (1 Rey. 21:27). El dolor piadoso es profundo, como una vena que sangra por dentro. El corazón sangra por el pecado: “se compungieron de corazón” (Hch. 2:37). Como el corazón es el principal responsable del pecado, así también debe ser el dolor. (2) Es un dolor por los pecados del corazón, los primeros brotes y apariciones del pecado. Pablo se entristeció por la ley en sus miembros (Rom. 7:23). El
verdadero doliente llora por las muestras de orgullo y concupiscencia. Sufre por la “raíz de amargura” aunque nunca se manifieste en una acción. El hombre malo puede sentirse mal por los pecados desvergonzados; el verdadero convertido se lamenta por los pecados del corazón.

El dolor piadoso es honesto. Es un dolor por la ofensa más bien que porel castigo. La Ley de Dios ha sido quebrantada, su amor maltratado. Esto deshace en lágrimas al alma. El hombre puede lamentarse, pero no arrepentirse. El ladrón se lamenta cuando lo apresan, no porque haya robado sino porque tiene que pagar por su culpa… Por otro lado, el dolor piadoso es principalmente por haber pecado contra Dios, de modo que aun si no tuviere conciencia que lo molestara, ni el diablo que lo acusara, ni infierno que lo castigara, su alma todavía estaría atribulada por la falta cometida contra Dios… ¡Oh que no ofendiera yo a un Dios tan bueno, que no afligiera a mi Consolador! ¡Esto me destroza el corazón…!

El dolor piadoso es uno que confía. Está entremezclado con la fe… El dolor espiritual hunde el corazón si la polea de la fe no lo levanta. Así como nuestro pecado está siempre delante de nosotros, debe estar también la promesa de Dios siempre delante de nosotros…

El dolor piadoso es un dolor grande. “En aquel día habrá gran llanto…, como el llanto de Hadadrimón” (Zac. 12:11). Dos soles se pusieron el día que murió Josías3, y hubo gran llanto fúnebre. A este extremo tiene que hervir el dolor por el pecado…

El dolor piadoso en algunos casos va acompañado de restitución. Quien haya cometido una falta contra la propiedad de otros por medio de tratos injustos y fraudulentos debe conscientemente hacer restitución. Hay una ley específica para esto: “Y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó” (Núm. 5:7). Por ello, Zaqueo hizo restitución: “Si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadriplicado” (Luc. 19:8).

El dolor piadoso es duradero. No tiene que ver con derramar unas pocas lágrimas por emoción. Algunos lloran a mares durante un sermón, pero es como el chaparrón de primavera, pronto pasa o como abrir una llave de agua que pronto uno cierra. El verdadero dolor tiene que ser habitual. Oh cristiano, la enfermedad de su alma es crónica y con frecuencia recurrente. Por lo tanto, usted tiene que aplicarse continuamente curaciones por medio del arrepentimiento. Tal es el dolor que es para con Dios, verdaderamente “piadoso”.

Continuará …

De The Doctrine of Repentance.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano inconformista y prolífico autor; muy posiblemente nacido en Yorkshire, Inglaterra.

Juan 3:16 y la capacidad del hombre para elegir a Dios

Es irónico que en el mismo capitulo en el cual nuestro Señor enseña la necesidad absoluta del nuevo nacimiento para ver el Reino, o siquiera poder escogerlo, aquellos que no son reformados encuentran uno de los textos principales que “apoyan” que el hombre caído retiene una pequeña capacidad de escoger a Cristo. Me refiero al versículo de Juan 3:16 que dice, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquél que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

¿Qué enseña este famoso versículo de la capacidad que tiene el hombre caído para elegir a Cristo? La repuesta sencilla es que no enseña nada. El argumento usado es que el texto enseña que todas las personas en el mundo tienen el poder para aceptar o rechazar a Cristo. Pero una vista cuidadosa del texto revela que no enseña nada de eso. Lo que el texto enseña es que todos los que creen en Cristo serán salvos. Quienquiera que haga lo primero (creer) recibirá lo segundo (la vida eterna). El texto no dice nada, absolutamente nada, de quiénes creerán. No dice nada de la capacidad moral natural del hombre caído. Tanto la gente reformada como la gente no-reformada están de acuerdo que todos los que creen serán salvos; donde no están de acuerdo es sobre quién tiene la capacidad de creer.

El hombre caído está en la carne; en ese estado él no puede hacer nada para complacer a Dios.

Algunos pueden decir “Está bien. El texto no enseña explícitamente que el hombre caído tiene la capacidad de elegir a Cristo sin primero haber nacido de nuevo, pero eso es lo que insinúa”. No estoy diciendo explícitamente que el texto insinúa algo así. Sin embargo, aun si lo hiciera no marcaría una diferencia en el debate. ¿Por qué no? Nuestra regla de interpretar las Escrituras es que las implicaciones que vienen de las Escrituras siempre necesitan ser subordinadas a la enseñanza explicita de las Escrituras. Nunca, nunca, nunca tenemos que revertir este orden para subordinar la enseñanza explicita de las Escrituras a las implicaciones posibles que vienen de las Escrituras.

Si el versículo de Juan 3:16 mostrara una capacidad humana natural y universal del hombre caído de elegir a Cristo, esta implicación sería arrasada por la enseñanza explicita de Jesús en sentido contrario. Jesús enseñó explícitamente y sin ambigüedad que el hombre no tiene la capacidad de venir a Él excepto si Dios hace algo para darle esa capacidad, a menos que lo atraiga a Él.

El hombre caído está en la carne; en ese estado él no puede hacer nada para complacer a Dios. Pablo declara, “la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede hacerlo. Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:7,8).

Preguntamos, entonces, “¿Quienes son los que están ‘en la carne’?” Pablo continúa declarando: “Sin embargo, ustedes no están en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de El” (Romanos 8:9). La palabra crucial aquí es “si”. Lo que distingue a los que están en la carne de los que no están es la presencia del Espíritu Santo. Nadie que no ha nacido de nuevo tiene la presencia del Espíritu Santo que mora en ellos. La gente que está en la carne no ha nacido de nuevo. A menos que primero hayan nacido de nuevo, nacido del Espíritu Santo, no pueden someterse a la ley de Dios. No pueden complacer a Dios.

Dios nos manda a creer en Cristo. Él se complace con los que eligen a Cristo. Si la gente no regenerada pudiera elegir a Cristo, pudiera someterse por lo menos a uno de los mandamientos de Dios y por lo menos pudieran hacer algo agradable a Dios. Si esto es verdad, el apóstol ha errado aquí cuando insiste que los que están en la carne no pueden someterse a Dios ni complacerle.

Llegamos a la conclusión de que el hombre caído todavía está libre para escoger lo que desea, pero ya que sus deseos son absolutamente malvados, le falta la capacidad moral para venir a Cristo. En tanto que permanece en la carne, el no regenerado nunca elegirá a Cristo. No puede elegir a Cristo precisamente porque no puede actuar en contra de su propia voluntad. No tiene ningún deseo para Cristo. No puede elegir a lo que no desea. Su caída es grande. Es tan grande que solo la gracia eficaz de Dios, obrando en su corazón, puede traerlo a la fe.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

La necesidad de Arrepentimiento 2

(b) Por otro lado, sin arrepentimiento no hay felicidad alguna en la vida presente. Puede haber optimismo, entusiasmo, risa y alegría mientras hay buena salud y dinero en el bolsillo. Pero estas cosas no significan felicidad sólida. Hay en todos los hombres una conciencia, y esa conciencia tiene que ser satisfecha. Mientras que la conciencia sienta que el pecado no ha causado arrepentimiento y no ha sido abandonado, no estará tranquila y no dejará que el hombre se sienta tranquilo por dentro…

(c) Además, sin arrepentimiento no puede haber idoneidad para el cielo en el mundo venidero. El cielo es un lugar preparado, y los que van al cielo tienen que ser un pueblo preparado. Nuestro corazón tiene que estar en armonía con las labores del cielo, de otra manera el cielo mismo sería una morada amarga. Nuestra mente tiene que estar en armonía con los habitantes del cielo, o de hecho la sociedad del cielo pronto nos resultaría intolerable… ¿Qué cosa podría hacer usted en el cielo si llega allí con un corazón que ama el pecado? ¿Con cuál de los santos hablaría? ¿Junto a quién se sentaría? ¡Seguramente los ángeles de Dios no producirían música melodiosa en el corazón del que no puede aguantar a los santos en la tierra y que nunca alabaron al Cordero por su amor redentor! Seguramente la compañía de patriarcas, apóstoles y profetas no sería motivo de gozo para el hombre que no lee su Biblia ahora y a quien no le importa conocer lo que los apóstoles y profetas escribieron. ¡Oh, no! ¡No! No puede haber felicidad alguna en el cielo, si allí llegamos con un corazón impenitente…

Le ruego por las misericordias de Dios que considere profundamente las cosas que he estado diciendo. Vive usted en un mundo de engaños, falsedades y mentiras. Que nadie lo engañe en cuanto a la necesidad del arrepentimiento. ¡Oh, que los que profesan ser cristianos vieran, supieran y sintieran más de lo que hacen, de la necesidad, la necesidad absoluta de un auténtico arrepentimiento ante Dios! Hay muchas cosas que no son necesarias. Las riquezas no son necesarias. La salud no es necesaria. La ropa fina no es necesaria. Los dones y el mucho saber no son necesarios. Millones han llegado al cielo sin todo eso. Miles están llegando al cielo cada año sin todo esto. Pero nadie ha llegado al cielo sin “el arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21).

No permita que nunca nadie lo convenza que cualquier religión, en la que el arrepentimiento ante Dios no ocupa un lugar prominente, merece ser llamada el evangelio. ¡Un evangelio, sí! No es evangelio aquel en que el
arrepentimiento no es lo principal. Un evangelio es el evangelio del hombre, pero no el de Dios. ¡Un evangelio! Viene de la tierra, pero no del cielo. ¡Un evangelio! No es de ninguna manera el evangelio. Es puro antinomianismo3 y nada más. Mientras abrace usted sus pecados y se aferre a sus pecados y tenga sus pecados, puede hablar todo lo que quiera sobre el evangelio, pero sus pecados no han sido perdonados. Si gusta, puede llamarlo legalismo. Si gusta, puede decir que “espero que al final todo resulte bien ––Dios es misericordioso— Dios es amor ––Cristo murió— espero ir al cielo al final”. ¡No! Le afirmo que eso no está bien, nunca estará bien… Está usted pisoteando la sangre de la expiación. No tiene hasta ahora arte ni parte con Cristo. Mientras que no se arrepienta del pecado, el evangelio de nuestro Señor Jesucristo no es evangelio para su alma. Cristo es un Salvador del pecado, no un Salvador para el hombre en pecado. Si el hombre quiere retener sus pecados, el día vendrá cuando ese Salvador misericordioso le dirá: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41).

No permita que nadie le haga creer que puede ser feliz en este mundo sin el arrepentimiento. ¡Oh, no!… Cuanto más sigue sin arrepentirse, más infeliz será ese corazón suyo. Cuando vaya haciéndose anciano y peine canas ––cuando ya no pueda ir a donde una vez iba, y disfrutar de lo que antes disfrutaba— la desdicha y el sufrimiento lo atacarán como un hombre armado. Escríbalo en las tablas de su corazón: ¡sin arrepentimiento no hay paz!

Espero ver muchas maravillas en el día final. Espero ver algunos a la derecha del Señor Jesucristo quienes yo temía ver a su izquierda. Y veré a algunos a la izquierda que suponía buenos creyentes y esperaba ver a la derecha. Pero estoy seguro de una cosa que no veré. No veré a la derecha de Jesucristo a ningún hombre impenitente.

De “Repentance” en Old Paths.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la iglesia anglicana; autor de Holiness (Santidad) y de muchos otros; nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

Roca de mi Alma

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Todos los libros en castellano de Lloyd-Jones encuentralos en: www,solosanadoctrina.com/tienda

La necesidad de Arrepentimiento 1

“Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

El texto que encabeza esta página, a primera vista parece inflexible y severo: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Me imagino que algunos dirían: “¿Es este el evangelio?” “¿Son estas las buenas nuevas?” “¿Son estas las buenas nuevas de las que hablan los ministros?” “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Juan 6:60).

Pero, ¿de la boca de quién salieron estas palabras? Salieron de la boca de Aquel que nos ama con un amor que sobrepasa todo entendimiento, sí, Jesucristo, el Hijo de Dios. Fueron dichas por Aquel que tanto nos amó que dejó el cielo por nosotros, vino al mundo por nosotros, fue a la cruz por nosotros, fue al sepulcro por nosotros y murió por nuestros pecados. Las palabras que salen de una boca como esta son indudablemente palabras de amor.

Después de todo, ¿qué prueba más grande de amor puede haber que el que uno advierta a su amigo de un peligro inminente? El padre que ve a su hijo caminando hacia el borde de un precipicio, al verlo exclama bruscamente: “¡Detente, detente!” ¿Quiere decir esto que ese padre no ama a su hijo? La tierna madre que ve a su infante a punto de comer una mora venenosa y exclama bruscamente: “¡Detente, detente! ¡Deja eso!” ¿Quiere decir esto que la madre no ama a esa criatura? Es la indiferencia la que no molesta a la gente y deja que cada uno se vaya por su propio camino. Es el amor, el amor tierno el que advierte y da el grito de alarma. El grito de “¡Fuego, fuego!” a medianoche puede sobresaltar súbita y desagradablemente al hombre que duerme. Pero, ¿quién se va a quejar si ese grito significa la salvación de una vida? Las palabras: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” al principio pueden parecer duras y severas. Pero son palabras de amor, y pueden ser la única manera de librar del infierno a almas preciosas.

Paso ahora a… considerar la necesidad del arrepentimiento: ¿Por qué es necesario el arrepentimiento? El texto al principio de esta página muestra claramente la necesidad del arrepentimiento. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo son precisas, expresivas y enfáticas: “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. Todos, todos sin excepción necesitan arrepentirse delante de Dios. Es necesario no solo para los ladrones, homicidas, borrachos, adúlteros, fornicarios y reos en las cárceles. No. Todos los nacidos de la semilla de Adán, todos sin excepción
necesitan arrepentirse delante de Dios. La reina en su trono y el indigente en un albergue; el rico en su sala y la sirvienta en la cocina; el profesor de ciencias en la universidad y el muchachito pobre e ignorante detrás del arado… todos, por naturaleza, necesitan el arrepentimiento. Todos son nacidos en pecado; y todos tienen que arrepentirse y convertirse para ser salvos. El corazón de todos tiene que ser cambiado en lo que al pecado respecta. Todos tienen que arrepentirse al igual que creer en el evangelio. “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los
cielos” (Mat. 18:3). “Antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Luc. 13:3).

Pero, ¿de dónde viene la necesidad del arrepentimiento? ¿Por qué se usa un lenguaje tan tremendamente fuerte en relación con esta necesidad? ¿Cuáles son las razones… por las cuales el arrepentimiento es tan indispensable?

(a) Por un lado, sin el arrepentimiento no hay perdón de pecados. Al decir esto, tengo que cuidarme de que se me malinterprete. Le pido enfáticamente que no me entienda mal: las lágrimas de arrepentimiento no lavan ningún pecado. Es mala enseñanza cristiana decir que lo hacen. Ese es el oficio, esa es la obra de la sangre de Cristo exclusivamente. La contrición1 no expía ninguna transgresión. Es una teología espantosa decir que lo hace. De ninguna manera puede. Nuestro mejor arrepentimiento es deficiente, imperfecto y debemos repetirlo una y otra vez. Nuestra mejor contrición tiene suficientes defectos como para hundirnos en el infierno. “Somos contados como justos delante de Dios únicamente por medio de nuestro Señor Jesucristo, por fe, y no por nuestras propias obras ni por nuestros méritos”, ni por nuestro arrepentimiento, santidad, ni obras de caridad, no por recibir ningún sacramento ni nada parecido. Todo esto es absolutamente cierto. No obstante, no es menos cierto que la gente justificada es siempre gente arrepentida y que el pecador perdonado es siempre un hombre que deplora y aborrece sus pecados. Dios en Cristo está dispuesto a recibir al hombre rebelde y darle paz con que solo venga a él en nombre de Cristo, por más malvado que haya sido. Pero Dios requiere, y requiere con justicia, que el rebelde renuncie a sus armas. El Señor Jesucristo está listo para compadecerse, perdonar, quitar, limpiar, lavar, santificar y preparar para el cielo. Pero el Señor Jesucristo anhela ver al hombre aborrecer los pecados que quiere que le sean perdonados. Quien quiera, llame “legalidad” a esto. Quien quiera, llámelo “esclavitud”.

Yo me baso en las Escrituras. El testimonio de la Palabra de Dios es claro e indubitable. La gente justificada es siempre gente arrepentida. Sinarrepentimiento, no hay perdón de pecados.

Continuará …

De “Repentance” en Old Paths.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la iglesia anglicana; autor de Holiness (Santidad) y de muchos otros; nació en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

Verdadera Felicidad

Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. (Salmo 1:1-2)

Una exposición del Salmo 1. La gente busca la felicidad por todas partes sin encontrar más que decepciones. Esto se debe a que la buscan como un fin en sí misma mientras que, según el Dr. Lloyd-Jones, únicamente puede hallarse en el conocimiento de Dios.

En esta exposición del Salmo 1, predicada originariamente en forma de cuatro sermones de Año Nuevo a comienzos de 1963, el Dr. Lloyd-Jones muestra la profunda diferencia que existe entre la verdadera felicidad y los falsos sustitutos que la gente intenta poner en su lugar. El Dr. Lloyd-Jones ministró en Westminster Chapel, Londres, durante treinta años hasta su jubilación en 1965. Murió el 1 de marzo de 1981.

Este primer salmo es de gran interés y los expertos están de acuerdo en que es verdaderamente significativo. Sin lugar a dudas, es una especie de introducción general a todo el libro de los Salmos. Este es un libro que enseña una filosofía concreta, una forma de ver la vida. También la encontramos en Proverbios y en los otros libros de sabiduría (Job, Eclesiastés); asimismo, la encontramos en las partes más didácticas de la Biblia, las teológicas. Pero aquí la tenemos, bajo esta forma poética en concreto, expresada como una experiencia por la que ha pasado el autor, el salmista; cómo ha entendido la enseñanza de Dios con respecto a eso y cómo Dios, en esa misma experiencia, lo ha guiado a una comprensión más profunda de sus caminos con respecto a los hombres. Este salmo es, pues, una introducción y, por tanto, tal como podríamos esperar, en él encontramos la enseñanza y la filosofía básicas de todo el libro.

UN MENSAJE

Pero al mismo tiempo, pues, y por la razón que acabo de exponer, es una introducción y un resumen muy bueno del mensaje de toda la Biblia. Porque la Biblia contiene un solo mensaje: lo expresa de diversas formas, pero se trata de un solo mensaje. Encontramos bastante geografía y geología, y bastante historia; se nos habla mucho de reyes, príncipes, guerras, luchas, nacimientos, bodas, muertes; infinitos detalles, pero un solo tema: los hombres y las mujeres en su relación con Dios y lo que Dios ha hecho por nosotros y nuestra salvación.

Hallamos esto, pues, en cada lugar y pasaje de la Biblia; y puesto que es el gran tema del Libro de los Salmos en general, también lo encontramos concentrado en este Salmo 1. Podemos decir, pues, que aquí tenemos la quintaesencia de la enseñanza de la Biblia con respecto a los hombres y las mujeres y a sus vidas en este mundo y en el tiempo. Por eso pido que prestes atención. Somos criaturas del tiempo y por eso cada año que pasar es significativo para nosotros. Dividimos el tiempo de esa forma: no tiene nada de malo si lo utilizamos correctamente. Cualquier cosa que nos haga detenernos y reflexionar y meditar, cual-quier cosa que nos haga considerar estas cuestiones y nuestra relación con el Dios todopoderoso, es positiva.

«Pero —dirá alguno—, ¿por qué nos cuentas estas cosas? ¿No te has quedado un poco anticuado? ¿No es esto una especie de anacronismo con respecto a este mundo moderno? ¿No nos puedes ofrecer algo más actual? ¿No puedes ofrecernos algo moderno? ¿No puedes ofrecernos una enseñanza nueva? Estamos en un nuevo mundo, en una época científica. ¿No puedes analizar la vida tal como es hoy día y ofrecernos tus conclusiones, así como lo que otros piensan y defienden? ¿Por qué no intentas aventurar lo que sucederá en el futuro? ¿Por qué no nos dices ~que debiéramos hacer, aquello por lo que deberíamos movilizarnos y que tendríamos que intentar que hicieran nuestros gobernantes? ¿Por qué no intentas planificar un nuevo orden mundial o una forma mejor de vivir? ¿Por qué no haces algo así, por qué retroceder a ese viejo Libro tuyo? ¿Por qué no haces algo nuevo?».

Esa, en mi opinión, es una pregunta justa. No pongo objeciones a ella. Y su respuesta se ofrece en un libro de la Biblia llamado Eclesiastés: «Nada hay nuevo debajo del sol» (Eclesiastés 1:9). ¡Nada en absoluto, nada nuevo! Si alguien pudiera demostrarme que la situación en que nos encontramos en la actualidad es verdaderamente distinta, pensaría que la argumentación precisa de un nuevo enfoque; pero creo que podré demostrar que no hay nada diferente en absoluto.

La situación de los hombres y las mujeres en el mundo sigue siendo la de siempre. Podemos advertir lo que la gente buscaba en los tiempos del salmista. La felicidad. «Feliz es el hombre —¡ahí lo tenemos!—, feliz es el hombre que no anduvo en consejo de malos»: Bienaventurado, feliz. Estaban buscando la felicidad, y este hombre lo sabía; él mismo la había estado buscando.

Hoy día, pues, la necesidad fundamental de las personas sigue siendo la felicidad. No somos las primeras personas que han deseado ser felices: el género humano siempre ‘ha estado en busca de ello. Toda la vida, la Historia y la civilización no es sino esta gran búsqueda de la felicidad. Nadie quiere ser desgraciado; nadie quiere ser infeliz; todo el mundo busca el gozo, la felicidad y el regocijo. La situación, pues, es exactamente la misma, no hay nada nuevo.

«¡Ay —dirás—, pero mira el mundo»! Pero el mundo siempre ha sido como es: un lugar de guerra y envidia; un lugar de celos, malicia, pesar y decepción. Siempre ha sido así. Puede adoptar diversas formas, pero eso no supone diferencia alguna en sí. Hubo un tiempo en que el cañón era tan terrible como lo es la bomba para nosotros.

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¿Qué es el arrepentimiento 2?

Pero, ¿qué es el verdadero arrepentimiento? Esta es una pregunta de primordial importancia. Merece toda nuestra atención. La siguiente es probablemente una definición tan buena como hasta ahora se ha dado. “El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora operada en el corazón del pecador por el Espíritu y la palabra de Dios, por la cual hace en él un modo de ver, y un sentimiento no sólo de lo peligroso, sino también de lo inmundo y odioso de sus pecados y al apercibir la misericordia de Dios en Cristo para aquellos que se han arrepentido, se aflige por sus pecados los odia y se aparta de todos ellos a Dios, proponiéndose y esforzándose constantemente en andar con el Señor en todos los caminos de una nueva obediencia”. El que esta definición es irrebatible y bíblica se va viendo con más claridad cuanto más a fondo se examina. El arrepentimiento verdadero es un dolor por el pecado que termina en una reforma. Meramente lamentarse no es arrepentirse, tampoco lo es una reforma que solo sea externa. No es la imitación de la virtud: es la virtud misma…

Aquel que realmente se arrepiente está principalmente afligido por sus pecados; aquel cuyo arrepentimiento es falso, está preocupado principalmente por sus consecuencias. El primero se arrepiente principalmente de que ha hecho una maldad, el último de que ha traído sobre sí una maldad. El uno lamenta profundamente que merece el castigo, el otro que tiene que sufrir el castigo. El uno aprueba de la Ley que lo condena; el otro cree que es tratado con dureza y que la Ley es rigurosa. Al arrepentido sincero, el pecado le parece muy pecaminoso. El que se arrepiente según las normas del mundo, el pecado de alguna manera le parece agradable. Se lamenta que sea prohibido. El uno opina que es una cosa mala y amarga pecar contra Dios, aun cuando no recibe castigo; el otro ve poca maldad en la transgresión si no es seguida por dolorosas consecuencias. Aunque no hubiera un infierno, el primero desearía ser librado del pecado; si no hubiera retribución, el otro pecaría cada vez más. El arrepentido auténtico detesta principalmente el pecado como una ofensa contra Dios. Esto incluye todos los pecados de todo tipo. Pero se ha comentado con frecuencia que dos clases de pecados parecen pesar mucho en la conciencia de aquellos cuyo arrepentimiento es del tipo espiritual. Estos son los pecados secretos y los pecados de omisión. Por otro lado, en el arrepentimiento falso, le mente parece centrase más en los pecados que son cometidos a la vista de otros y en pecados de comisión. El arrepentido auténtico conoce la plaga de un corazón malo y una vida estéril; el arrepentido falso no se preocupa mucho por el verdadero estado del corazón, sino que lamenta que las apariencias estén tanto en su contra.

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.

¿Qué es el arrepentimiento?

El arrepentimiento pertenece exclusivamente a la religión de pecadores. No tiene cabida en las actividades de criaturas no caídas. Aquel que nunca ha cometido un acto pecaminoso, ni ha tenido una naturaleza pecaminosa, no necesita perdón, ni conversión, ni arrepentimiento. Los ángeles santos nunca se arrepienten. No tienen nada de qué arrepentirse. Esto resulta tan claro que no hay razón para discutir el tema. En cambio, los pecadores necesitan todas estas bendiciones. Para ellos, son indispensables. La maldad del corazón humano lo hace necesario.

Bajo todas las dispensaciones, desde que nuestros primeros padres fueran despedidos del Jardín del Edén, Dios ha insistido en el arrepentimiento. Entre los patriarcas, Job dijo: “Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6). Bajo la Ley, David escribió los salmos 32 y 51. Juan el Bautista clamó: “Arrepentíos, porque el reino
de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2). La descripción que Cristo hizo de sí mismo fue que había venido para llamar a “a pecadores, al arrepentimiento” (Mat. 9:13). Justo antes de su ascensión, Cristo mandó “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Luc. 24:47). Y los Apóstoles enseñaron la misma doctrina, “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:21). Por lo tanto, cualquier sistema religioso entre los hombres que no incluya el arrepentimiento de hecho es falso. Dice Matthew Henry: “Si el corazón del hombre hubiera seguido recto y limpio, las consolaciones divinas quizá hubieran sido recibidas sin la previa operación dolorosa; pero siendo pecador, tiene que primero sufrir antes de recibir consolación, tiene que luchar antes de poder descansar. La herida tiene que ser investigada, de otro modo no puede ser curada. La doctrina del arrepentimiento es la doctrina correcta del evangelio. No solo el austero Bautista, que era considerado un hombre triste y mórbido, sino también el dulce y amante Jesús, cuyos labios destilaban miel, predicaba el arrepentimiento…” Esta doctrina no dejará de ser mientras exista el mundo.

Aunque el arrepentimiento es un acto obvio y muchas veces dictaminado, no puede realizarse verdadera y aceptablemente sino por la gracia de Dios. Es un don del cielo. Pablo aconseja a Timoteo que instruya en humildad a los que se oponen, “Por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad” (2 Tim. 2:25). Cristo es exaltado como Príncipe y Salvador “para dar arrepentimiento” (Hch. 5:31). Por lo tanto, cuando los paganos se incorporaban a la iglesia, esta glorificaba a Dios, diciendo: “¡¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios
arrepentimiento para vida!!” (Hch. 11:18). Todo esto coincide con el tenor de las promesas del Antiguo Testamento. Allí, Dios dice que realizará esta obra por nosotros y en nosotros. Escuche sus palabras llenas de gracia: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Eze. 36:26-27)… El verdadero arrepentimiento es una misericordia especial de Dios. Él la da. No procede de ningún otro. Es imposible que la pobre naturaleza que ha caído tan bajo se recupere por sus propias fuerzas como para que realmente se arrepienta. El corazón está aferrado a sus propios caminos y justifica sus propios caminos pecadores con una tenacidad incurable hasta que la gracia divina ejecuta el cambio. Ninguna motivación hacia el bien es lo suficientemente poderosa como para vencer la depravación del corazón natural del hombre. Si hemos de obtener su gracia, tiene que ser por medio del gran amor de Dios hacia los hombres que perecen.

No obstante, el arrepentimiento es sumamente razonable… Cuando somos llamados a cumplir responsabilidades que somos renuentes a cumplir, nos convencemos fácilmente que lo que se nos exige es irrazonable. Por lo tanto es siempre provechoso para nosotros tener un mandato de Dios que compele nuestra conciencia. Es realmente
benevolente que Dios nos hable con tanta autoridad sobre este asunto. Dios “manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hch. 17:30). La base del mandato radica en que todos los hombres en todas partes son pecadores. Nuestro bendito Salvador no tenía pecado, y por supuesto, no podía arrepentirse. Salvo esa sola excepción, desde la Caída no ha habido ni una persona justa que no necesitara el arrepentimiento. Y no hay nadie más digno de lástima que el pobre iluso que no ve nada en su corazón y su vida por lo que debe arrepentirse.

Continuará …

De Vital Godliness: A Treatise on Experimental and Practical Piety.


William S. Plumer (1802-1880): Pastor presbiteriano norteamericano; autor de numerosos libros centrados en Cristo; nació en Greensburg, Pennsylvania, EE.UU.

¿Cuándo una Iglesia deja de ser Iglesia?

¿Cuándo una iglesia deja de ser iglesia? Esta pregunta ha recibido varias respuestas a lo largo de la historia, dependiendo de la perspectiva y evaluación de ciertos grupos. No existe una interpretación rígida sobre lo que constituye una iglesia verdadera. Sin embargo, en la ortodoxia cristiana clásica han surgido ciertos estándares que definen lo que llamamos el cristianismo “católico” o universal. Este cristianismo universal apunta a las verdades esenciales que han sido expresadas históricamente en los credos del primer milenio y son parte de la confesión de prácticamente cada denominación cristiana en la historia. Entonces, hay al menos dos formas en las que un grupo religioso falla en cumplir con los estándares de ser una iglesia.

‪La primera es cuando caen a la apostasía. La apostasía ocurre cuando una iglesia deja sus amarres históricos, abandona su posición confesional histórica, y se degenera a un estado en el cual las verdades cristianas esenciales son negadas descaradamente, o la negación de tales verdades es ampliamente tolerada.

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable.

Otra prueba de la apostasía es a nivel moral. Una iglesia se convierte en apóstata de facto cuando sanciona y fomenta pecados graves y atroces. Tales prácticas se pueden encontrar hoy en ciertos sistemas de denominaciones controversiales, tales como los conocidos episcopalismo y presbiterianismo tradicionales, los cuales se han alejado de sus amarras confesionales históricas, así como su posición confesional sobre cuestiones éticas básicas. (Nota del editor: Estas denominaciones han apoyado el matrimonio homosexual y aun permitido la ordenación de homosexuales hombres y mujeres).

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable. De manera particular, nos referimos a las sectas heréticas. Aquí una vez más no encontramos ninguna definición rígida universal sobre lo que constituye una secta. El término tiene más de un significado o denotación. Por ejemplo, todas las iglesias que practican ritos y rituales tienen en su núcleo una preocupación por su “cultus” o “culto”. El “cultus” es el cuerpo organizado de la adoración que se encuentra en cualquier iglesia. Sin embargo, esta dimensión puede ser distorsionada a tal grado que el uso del término “culto” es aplicado en su sentido peyorativo. Por ejemplo, el diccionario puede definir el término “culto” como una religión que es considerada falsa, poco ortodoxa, o extremista. Cuando hablamos de cultos en este sentido, lo que viene a la mente son las distorsiones radicales en grupos marginales, como el fenómeno de Jonestown. Allí un grupo de devotos se sometieron a su líder megalómano, Jim Jones, e ilustraron su devoción a tal grado que voluntariamente se sometieron a la orden de Jones de suicidarse. Esto muestra el comportamiento extremista de las sectas.

Vale la pena notar que casi cualquier compendio que trata con la historia de las sectas incluirá dentro de sus estudios las grandes masas de la religión, tales como los mormones y testigos de Jehová. Sin embargo, el tamaño y la permanencia de estos grupos tienden a darles más credibilidad al paso del tiempo y a medida que más gente se asocia con sus creencias. Cuando miramos a grupos, tales como los mormones y los testigos de Jehová, encontramos elementos de verdad en sus confesiones. Sin embargo, al mismo tiempo, expresan claras negaciones de lo que históricamente podrían ser consideradas verdades esenciales de la fe cristiana. Esto ciertamente incluye su descarada negación de la deidad de Cristo. Los testigos de Jehová y los mormones tienen esta negación en común. Aunque ambos colocan a Jesús en algún tipo de posición exaltada en sus respectivos credos, Él no alcanza el nivel de deidad. Los dos grupos consideran a Cristo una criatura exaltada. Siguiendo la línea de pensamiento del antiguo hereje Arrio, los mormones y testigos de Jehová sostienen que el Nuevo Testamento no enseña la deidad de Cristo; más bien, ellos argumentan que enseña que Él es el primogénito exaltado de toda la creación. Dicen que Él es la primera criatura hecha por Dios, a quien luego se le dio poder superior y autoridad sobre el resto de la creación. Aunque Jesús es exaltado en tal cristología, todavía está muy lejos de la ortodoxia cristiana que confiesa la deidad de Cristo. Los pasajes en el Nuevo Testamento que se refieren a Jesús como siendo “engendrado” y “el primogénito de la creación” se utilizan incorrectamente para justificar esta definición de Cristo como criatura.

En los tres primeros siglos de la historia cristiana, el pasaje bíblico que dominó la reflexión sobre la comprensión de Cristo en la iglesia fue el prólogo del Evangelio de Juan. Este prólogo afirma que Cristo es el “Logos”, o la Palabra eterna de Dios. Juan declara en su Evangelio que el Logos estaba “con Dios en el principio, y era Dios”. Este “con Dios” sugiere una distinción entre el Logos y Dios, pero la identificación por el verbo que une “era” indica una identidad entre el Logos y Dios. La forma en que los mormones y los testigos de Jehová y otros grupos niegan esta verdad es por la substitución del artículo determinado en el texto por el artículo indeterminado, lo que hace que el Logos sea “un dios”. Con el fin de forzar esta interpretación del texto, uno debe afirmar previamente alguna forma el politeísmo. Tal politeísmo es totalmente ajeno a la teología judeocristiana, donde la deidad se entiende en términos monoteístas.

La amenaza de las distorsiones de las sectas es algo con lo que la iglesia tendrá que luchar en cada generación y en cada época. También es importante entender que incluso las iglesias legítimas pueden encontrar en su interior prácticas que reflejan el comportamiento de las sectas. Las sectas pueden surgir dentro de las estructuras de ciertas iglesias. En la comunión romana, por ejemplo, vemos en Haití una mezcla de teología católica romana con las prácticas del culto vudú. También en esa misma comunión no hay duda de que grandes grupos de personas veneran a María a un grado que va más allá de los límites defendidos por la propia iglesia, degenerando su adoración en una mentalidad de secta. Pero tal puede ser el caso entre los luteranos, presbiterianos, o cualquier grupo, cuando la ortodoxia es sacrificada por la devoción a los ídolos.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Cristo y el Amor al Prójimo

En «Los Hermanos Karamazov», de Fyodor Dostoevsky, se desarrolla una poderosa escena entre el padre Zósimo, el obispo que vive en el monasterio y sirve como mentor de Aliocha, y una dama que se acerca a él para pedirle consejo. Ella le confiesa que teme que no puede «amar activamente» porque a menudo sus motivos son malos. El padre Zósimo responde a su preocupación haciendo referencia a una confesión similar que había escuchado muchos años antes de la boca de un médico.

“Amo a la humanidad», dijo, «pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez» –dijo– «he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido al calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento limitada mi libertad y herido mi amor propio. En veinticuatro horas puedo tomar ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos», dijo. «Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad».

El padre Zósimo concluye su consejo diciendo:

“Lamento no poder decirle nada más consolador, pues el amor activo, comparado con el amor contemplativo, es algo cruel y espantoso. El amor contemplativo está sediento de realizaciones inmediatas y de la atención general. Uno está incluso dispuesto a dar su vida con tal que esto no se prolongue demasiado, que termine rápidamente y como en el teatro, bajo las miradas y los elogios del público. El amor activo es trabajo y tiene el dominio de sí mismo; para algunos es una verdadera ciencia”.

Hay una gran diferencia entre el amor contemplativo y el amor en acción, entre el ideal del amor y su demostración práctica. El amor contemplativo es fácil y no requiere nada de nosotros más que imaginación, mientras que el amor activo es exigente, demanda que nuestra imaginación se ejercite y encuentre expresión a través de nuestro cuerpo. El amor contemplativo es una idea romántica que se desarrolla en nuestra mente con un público admirador ficticio, pero el amor activo es un drama real que requiere presencia y perseverancia. Cuando Jesús y los autores del Nuevo Testamento resumen la ley como amar a Dios y amar a nuestro prójimo, tienen en mente el amor activo.

El apóstol Juan nos llama al amor activo cuando escribe: «Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Jn 3:18). El amor se hace visible al llevar a cabo las demandas severas que requiere. Jesús nos mostró perfectamente este tipo de amor y desea obrarlo en nosotros y a través de nosotros. Pero amar a nuestro prójimo con este amor activo es, como dice el padre Zósimo, «algo cruel y espantoso», y requerirá la ayuda del Espíritu Santo.

Jesús amó a Sus discípulos hasta el final, incluso cuando manifestaron corazones duros, mentes torpes y un carácter débil.

El amor activo es específico
Jesús no solo amaba a la gente en general y a distancia. Amaba a la gente de manera personal y cercana. Su amor no era un vago sentimiento hacia las masas sino un amor tangible dirigido a personas particulares. Él amó a Su familia, sometiéndose a Sus padres terrenales mientras crecía bajo su autoridad (Lc 2:51). Mostró amor por Su madre en Sus momentos de agonía al confiar su bienestar a Su amigo y discípulo Juan (Jn 19:26-27). Jesús amó a Sus discípulos hasta el final, incluso cuando manifestaron corazones duros, mentes torpes y un carácter débil. Él amó a Sus enemigos, no rivales desconocidos en tierras lejanas, sino personas de su misma comunidad que le hacían oposición de manera agresiva, le calumniaban y le rechazaban violentamente (Lc 4:16-30). Jesús amó a personas con nombres, historias y necesidades específicas. Buscó conocer esos nombres, ser parte de esas historias y satisfacer esas necesidades. Sanó a la suegra de un amigo (Mc 1:29-31). En compasión, tocó y sanó a un leproso. Alimentó a los hambrientos, curó a los enfermos, dio vista a los ciegos, liberó a los oprimidos y enseñó a las multitudes que eran como ovejas sin pastor.
El amor contemplativo no requiere que uno realmente entre en la vida y el dolor de otro. Pero el amor activo es tangible en su expresión. Está dirigido a personas reales y busca aliviar necesidades reales. Nos demanda ir más allá del sentimiento por los desconocidos, sino acoger al otro, conocerlo, escucharlo y ayudarlo.

El amor activo es sacrificial
El hombre contemporáneo está abiertamente comprometido con el «individualismo expresivo». Este dogma cultural cree que la persona verdaderamente feliz es la que está libre de responsabilidades, libre para perseguir sus sueños, seguir su corazón y vivir sus más profundos deseos, echando a un lado a cualquier persona o entidad que pueda restringir esa búsqueda. La felicidad es el objetivo, y sacrificarse a sí mismo se considera traición, la forma más segura de arruinar la felicidad propia.

Pero para amar verdaderamente, tenemos que limitar voluntariamente nuestras libertades. El amor «no busca lo suyo» (1 Co 13:5) sino que considera las necesidades de los demás. El amor contemplativo no requiere en realidad la muerte del yo, el sacrificio de las libertades o el llevar las cargas de los demás. Sin embargo, amar «de hecho y en verdad» a menudo requiere que desechemos nuestras propias preferencias, comodidades y calendarios por el bien de otro. En nuestros matrimonios, familias, iglesias, amistades y vecindarios, si queremos amar verdaderamente, tenemos que poner el bien del otro por encima del nuestro. No podemos vivir la visión de autonomía e individualismo radical y experimentar las profundidades del amor, porque el amor, por su propia naturaleza, impone restricciones en nuestras vidas.

Jesús modeló esta verdad. «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20:28). Él no vino a hacer Su propia voluntad, sino la voluntad del Padre (Jn 6:38). Se negó a exigir Su propia voluntad, sino que a causa del amor se sometió a la voluntad del Padre y al bien eterno de aquellos a quienes vino a salvar. Jesús con gusto tomó nuestras cargas y las llevó a la cruz. La muerte sustitutiva de Cristo se convierte en el modelo de amor para la comunidad cristiana. Pablo nos exhorta a «[andar] en amor, así como Cristo también os amó y se dio a sí mismo por nosotros» (Ef. 5:1-2). Si queremos amar a nuestro prójimo como Jesús nos ha amado, debemos renunciar a la autonomía y la libertad egocéntrica y recibir gozosamente las restricciones y cruces que el amor introduce. Debemos dar la bienvenida a las interrupciones e inconvenientes que el amor sacrificial requiere de nosotros.

El amor activo a menudo no es recíproco
El amor contemplativo espera una recompensa inmediata. Ansía ser apreciado, afirmado y celebrado por los esfuerzos que hace, y se cansa cuando el reconocimiento tarda en llegar. Pero el amor activo trabaja y persevera aun cuando no es correspondido.

El amor cristiano no fluctúa según el retorno de la inversión. El amor de Jesús fue y es repudiado, rechazado y no correspondido. Sin embargo, Él es firme en Su amor y no lo niega ni siquiera a las personas que constantemente lo rechazan.

Amar a nuestros amigos, familias y vecinos, como Jesús nos ama, exige la renuncia a los requisitos que naturalmente le otorgamos a los destinatarios de nuestro amor. El amor activo y concreto significa que seguimos amando incluso cuando ese amor es despreciado y no valorado. Nuestro amor debe ser cruciforme, moldeado por la cruz. La cruz no fue solo la manifestación del amor de Dios en Cristo, también fue el rechazo de la humanidad al amor de Dios en Cristo, y la imagen perfecta de la vitalidad de ese amor aún frente al rechazo. Cuando amamos a los demás y nuestro amor es encontrado con ira, amargura, ingratitud o presunción, nuestra visión de Jesús continuamente orando por Sus verdugos mientras lo crucificaban sirve para sustentar nuestro amor.

El amor activo produce belleza en nosotros
Dios desea hacernos más como Jesús. Él nos ha dado el Espíritu Santo para conformarnos a la imagen de Jesús para que podamos llegar a ser más y más lo que Dios quiere que seamos. Al darnos en amor a nuestro prójimo, el Espíritu Santo cultiva nuestra humanidad y produce belleza en nosotros. Esa belleza no vendrá al simplemente imaginarnos actos de amor sino mediante el ejercicio repetitivo del amor desinteresado. Nuestro carácter se forja por los actos que repetimos. Cuando elegimos una y otra vez limitar nuestras libertades en amor sacrificial hacia personas en particular que quizá lo rechacen, nos transformamos en un cierto tipo de persona, un pueblo que ama como Jesús amaba.
No somos justificados por nuestro amor. El mensaje del evangelio no es «ama como Jesús». Jesús murió la muerte que Él murió porque no podemos vivir la vida que Él vivió. Somos justificados solo por la fe en Su obra terminada. Pero aquellos que son justificados por la fe reciben el glorioso llamado de vivir y amar como Jesús, confiando en que Su Espíritu es suficiente para fortalecer nuestros esfuerzos y que Su gracia es suficiente para perdonar nuestros fracasos.

El Rev. J.R. Vassar es el pastor principal de Church at the Cross [La iglesia en la cruz], en Grapevine, TX.