Iglesia Radical

En este libro, hay dos principios clave fundamentales que deberían dar forma a la manera en que ‘hacemos iglesia’: el evangelio y la comunidad. Los cristianos estamos llamados a una fidelidad doble, fidelidad primeramente al núcleo esencial del evangelio, y fidelidad también al contexto particular de la comunidad en que se vive lo que se cree. Sea que pensemos en la evangelización, en un compromiso social, en el cuidado pastoral, en la apologética, en el discipulado o en la enseñanza y formación, el contenido esencial tendrá siempre como referencia el evangelio cristiano, siendo su contexto el de una comunidad cristiana comprometida. Nuestra identidad como creyentes queda necesariamente configurada por el evangelio y por la comunidad. Centralidad en el contenido y mensaje del evangelio que tiene una doble vertiente. En primer lugar, supone un estar centrados en palabras, porque así es como se comunica. El evangelio es una buena noticia y es un mensaje muy concreto y particular. En segundo lugar, conlleva plantearse una misión especial por ser el evangelio palabra para proclamación —el evangelio es buena noticia y también un mensaje para ser proclamado y difundido. Todo ello se traduce en el fondo en ¡tres principios fundamentales! Una adecuada puesta en práctica ha de caracterizarse por (1) estar centrada en la palabra contenida en el Evangelio, (2) una fidelidad a su contenido por ser palabra misionera y (3) estar centrada en la comunidad.

Centrada en el Evangelio:

a. centrada en la palabra.

b. centrada en la misión.

2. Centrada en la comunidad.

Tal vez el lector piense que es decir algo obvio. Y, de hecho, eso es precisamente lo que esperamos que ocurra. Pero, antes de seguir adelante, nos gustaría dejar bien claros un par de puntos más a modo de introducción.

En su práctica, los creyentes evangélicos conservadores ponían un debido énfasis en el Evangelio o en la Palabra. Otros, en cambio, y de forma más o menos simultánea, como los que pertenecen a la denominada iglesia emergente, resaltan la importancia de la comunidad. La iglesia emergente es un movimiento de contornos no muy bien definidos, constituido por personas que se plantean nuevas formas de hacer iglesia. Cada uno de estos grupos recela del enfoque contrario, considerándolo débil y no muy adecuado en los puntos en que, respectivamente, creen ser más fuertes que la parte contraria. A los creyentes de talante conservador les preocupa que la iglesia emergente se toma a la ligera lo relacionado con una verdad y el que estén excesivamente influidos por el posmodernismo. La iglesia emergente, a su vez, acusa a las iglesias tradicionales de estar demasiado institucionalizadas, excesivamente centradas en la programación y con un trato duro y poco considerado entre sus miembros.

Llegados a este punto (Dicen los autores), permítasenos, como autores, mostrar nuestra enseña personal al respecto. De entrada, coincidimos con los conservadores en que la iglesia emergente no se toma en serio la existencia de una verdad básica de referencia. Aun así, no creemos que la solución esté en sospechar de su valor comunitario. De hecho, estamos convencidos de que la iglesia emergente puede errar en la faceta comunitaria por no prestar la necesaria atención al factor de la verdad esencial. Si la comunidad cristiana deja de gobernarse por la verdad, tal como debería ser en todos sus posibles apartados, puede caer muy fácilmente en lo caprichoso o indulgente. Existe el peligro real de que la comunidad se reduzca al plano limitado de mi persona y de aquellos con los que me reúno para hablar sencillamente de Dios —una especie de iglesia al estilo de la generación de Friends, esto es, de treintañeros de clase media. No es que esto sea cierto en todas las congregaciones que se autodenominan iglesia emergente, pero el peligro sigue estando ahí. Únicamente la verdad del Evangelio traspasa las barreras de edad, raza y clase social.

Con frecuencia, nos encontramos con personas que reaccionan en contra de la experiencia tenida en iglesias conservadoras de corte muy institucional, con programas en extremo rígidos y con una falta de autenticidad. En esos casos, la iglesia emergente parece ser la única opción viable. Pero también tenemos contacto con personas dentro del movimiento de la iglesia emergente que tienen un deseo de ‘hacer iglesia’ en una forma distinta, pero que, aun así, no quieren aceptar sin más las nociones posmodernas o postevangélicas de la noción de verdad. En ese sentido, creemos que existe una alternativa. Tenemos que volver a entusiasmarnos con la verdad y con la misión evangelizadora, y debemos asimismo mostrar entusiasmo en nuestras relaciones personales y en la comunidad de la fe.

La fiel aplicación de estos principios tiene el potencial necesario para poner en marcha cambios fundamentales y de largo alcance respecto a nuestro modo de vivir esa realidad que es la iglesia local. La teología que realmente cuenta no es aquella que decimos creer, sino la que realmente practicamos y hacemos nuestra. John Stott expresó unas muy acertadas palabras al respecto:

‘Las estructuras estáticas, inflexibles y centradas en ellas mismas no merecen otro calificativo que el de ‘estructuras heréticas’, y ello por encerrar en sí una doctrina herética de la iglesia’. Si, en nuestra vivencia particular, la vida de iglesia se ha convertido en ‘una estructura que se tiene a sí misma como fin, no siendo un medio para transmitir salvación al mundo, será, sin duda alguna, una estructura herética.

Como puntos distintivos de una iglesia centrada en el Evangelio y en la comunidad, cabe señalar:

Ver la iglesia como una seña de identidad y no como una carga de responsabilidad que solucionar junto con otros compromisos; disfrutar con las cosas cotidianas de la existencia como contexto en el que la palabra de Dios se proclama de forma espontánea y natural; no sobrecargar a la iglesia con actividades propias para poder dedicar más tiempo a personas no creyentes; poner en marcha nuevas congregaciones, en lugar de engrosar las ya existentes; preparar charlas bíblicas con otras personas, en vez de limitarnos a estudiar la Biblia por nuestra cuenta y a solas; hacer verdaderamente nuestra una conciencia de misión pastoral que abarque la totalidad de nuestra existencia y no empeñarnos en solucionarlo todo con ministerios específicos; cambiar el énfasis de enseñanza de la Biblia a aprendizaje de la Biblia, y a una puesta en acción; pasar más tiempo con los marginados de la sociedad; aprender a ‘discipularnos’ entre nosotros en el trato diario; ser congregaciones con compromiso, aun con sus fallos, antes que ser iglesias de apariencias.

El título que hemos escogido para este libro, Iglesia radical, apunta a una Iglesia que no es tan sólo un local al que asistir o visitar. La iglesia tiene que ser una identidad hecha nuestra en Cristo. Identidad que da forma y fondo a la totalidad de nuestras vidas, y ello de tal forma que vida y misión se fundan en una ‘iglesia total’. ¿Es nuestra experiencia la de un ‘evangelio y algo más’, y que requiere por tanto un ‘extra’ —en nuestro caso, una comunidad cristiana—, o, por el contrario, es algo que pone trabas al poder de salvación del Evangelio? La respuesta, evidentemente, variará según transmitamos el contenido y mensaje de ese evangelio, dependiendo todo ello en gran medida de si vemos el Evangelio tan sólo como la historia de Dios salvando a las personas de forma individual, o si es Dios dando forma y fondo a una nueva humanidad en Cristo. La primera parte del libro está dedicada al ‘Evangelio y comunidad como principios’, indicándose varias de las razones que han de llevarnos a hacer del evangelio y de la vida de comunidad lo esencial y principal en la práctica cristiana como vivencia y como misión. En la segunda parte, ‘Evangelio y comunidad en la práctica’, se aplica ese doble enfoque a diversas áreas de funcionamiento dentro de la vida de iglesia. Los miembros de la iglesia más dados a la actividad puede que tengan la tentación de saltarse la primera parte para concentrarse directamente en la segunda, pero lo cierto es que las aplicaciones prácticas de la segunda parte están ligadas al contenido y convicciones de la primera. Nuestra intención es ir más allá de una mera recopilación de ‘buenas ideas’ para la vida de iglesia. Es por eso por lo que analizamos detalladamente las implicaciones de lo que proclamamos y creemos respecto al Evangelio y su mensaje.

ÍNDICE

Introducción

Parte 1: El Evangelio y la comunidad como principios fundamentales.

1 ¿Por qué el Evangelio?

2 ¿Por qué la comunidad?

Parte 2: El Evangelio y la comunidad en la práctica.

3 La evangelización

4 El compromiso social

5 Creación de nuevas iglesias

6 La misión mundial

7 Discipulado y formación

8 El cuidado pastoral

9 La espiritualidad

10 La teología

11 La apologética

12 Niños y jóvenes

13 El éxito

Conclusión: Pasión por Dios

Andamio Editorial 254 pp. Junio 2014

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El estado de naturaleza

La vida en el Edén era maravillosa. Nuestros primeros padres experimentaron la vitalidad completa en lo mejor de una creación prístina y hermosa. Era un mundo sin sufrimiento ni muerte. Todo era muy bueno, y, en el centro de todo, Adán y Eva disfrutaban de una comunión perfecta con Dios y entre ellos en su estado de inocencia.

Luego del gozo del matrimonio de Adán y Eva en Génesis 2, la serpiente, que «era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho» (Gn 3:1), apareció en el Edén. Sabemos por otros pasajes de la Escritura que Dios, quien es soberano sobre todo en santidad perfecta, no es ni puede ser el autor del mal (Dt 32:4; Job 34:10; Is 6:3). Génesis no revela la razón por la que Dios permitió a Satanás rebelarse, calumniar y engañar, ni tampoco está revelado plenamente por qué Dios se propuso que el hombre pudiera pecar contra Él. Pero, como en el caso del libro de Job, sí se nos revela lo que necesitamos saber. Los eventos de Génesis 3 son acordes al consejo de la santa voluntad de Dios, y, en última instancia, sirven para revelar Su gloria y cooperan para el bien de Su pueblo.

Luego de haber caído de la gloria angelical en su propia rebelión, Satanás entabló una conversación con Eva en el Edén. Usando el engaño y la calumnia, tentó a Eva a que probara el fruto del único árbol que Dios había prohibido: «¿Conque Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”?… Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal» (Gn 3:1, 4-5).

Eva interiorizó la tentación externa de Satanás, dando espacio en su corazón y en su mente a la narrativa de la serpiente, pasando de la atracción al deseo de actuar. Y a pesar de esto, el pecado de Eva no fue el más importante: Adán estaba allí a su lado (v. 6). El apóstol Pablo nos dice que «el pecado entró en el mundo por un hombre» (Rom 5:12). Dios había creado primero a Adán y le ordenó personalmente que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:17). Adán era el esposo y la cabeza federal de Eva; él representaba a Eva y a todos los hijos que ellos tendrían delante de Dios. Si bien Eva también estaba consciente de la prohibición de Dios respecto a comer del árbol, Adán sabía en todo momento que las palabras de Satanás eran mentira. Él no fue engañado (1 Tim 2:14), aunque Eva sí lo fue. Adán sabía que ella estaba siendo engañada, pero permaneció en silencio. En lugar de reprender y rechazar la tentación externa, tanto Adán como Eva eligieron libremente interiorizarla y aprobarla. Este fue el comienzo de su pecado, que precedió al acto de tomar el fruto y comerlo: «Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer… y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6). El deseo pecaminoso dio a luz al acto pecaminoso cuando Adán y Eva fueron «llevados y seducidos» por sus propios deseos (Stg 1:14).

Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él. 

Cuando Adán y Eva pecaron, ocurrió un cambio masivo. Dios los había creado con «conocimiento, justicia y verdadera santidad, según su propia imagen. Ellos tenían la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder para cumplirla… sin embargo, con la posibilidad de transgredirla, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad» (Confesión de Fe de Westminster 4.2). Tenían la capacidad tanto de no pecar como de pecar (posse non peccare et posse peccare). Pero ahora sucedió aquello de lo que Dios les había advertido amorosamente: «En el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:17). Adán y Eva comenzarían a morir físicamente, encontrándose ahora expuestos a la enfermedad, los accidentes y a la muerte inevitable. Sin embargo, también murieron espiritualmente, cayendo a un estado de ser incapaces de no pecar (non posse non peccare). El pecado, la culpa y la incapacidad de no pecar se convirtieron en realidades determinantes de su estado de existencia. La Confesión de Fe de Westminster lo expresa de esta manera: «Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo» (6:2). En ese momento, pasaron de la maravillosa luz y comunión con Dios a la muerte espiritual, las tinieblas y la separación de Él.

El cambio de Adán y Eva fue dramático. La ley de Dios escrita en sus corazones ya no era su gozo y sabiduría, sino su condenación. Luego de comer del fruto, los marcó de inmediato un sentido de vergüenza, culpa, y exposición, tanto entre ellos como ante Dios. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Gn 3:7). Su instinto inmediato como pecadores fue tratar de cubrir su vergüenza con hojas de higuera, escondiéndose entre los árboles del jardín en un intento inútil de evitar la presencia de Dios. Tenían miedo de Él, así que buscaron la oscuridad en lugar de la luz. Cuando fueron llamados a rendir cuentas, tanto Adán como Eva rehusaron responder honestamente las preguntas del Señor. «Con injusticia [restringieron] la verdad… Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido» (Rom 1:18, 21). Adán culpó a Eva; Eva culpó a la serpiente. Su integridad anterior en conocimiento, justicia y santidad desapareció. Aunque la imagen de Dios permaneció en ellos, ahora estaba distorsionada y desfigurada por el pecado.

La vida de Adán y Eva en el jardín antes de la caída existía en el contexto del pacto de vida (también conocido como pacto de obras) realizado con ellos. Los teólogos consideran que dicho pacto fue establecido en la creación de Adán y Eva a la imagen de Dios y fue expresado tanto de forma positiva en la bendición y el llamado a ser fructíferos, multiplicarse y ejercer dominio (Gn 1:28-30) como en la provisión de todo árbol del jardín para sustento junto con la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2:16-17). La Escritura deja claro que este pacto de vida fue realizado específicamente con Adán como el representante federal de toda la humanidad. Pablo habla de esto en Romanos 5, donde describe a Adán como el hombre por medio del cual el pecado, con la consecuencia de la muerte, entró al mundo «a todos los hombres» (Rom 5:12). Primera a los Corintios 15 hace eco de esto al comparar al primer hombre, «Adán [en quien] todos mueren», con Cristo (1 Co 15:22, 45-49).

Mientras el Nuevo Testamento nos habla de la posición de Adán como cabeza pactual, cuando leemos Génesis 1 – 3 con esto en mente, nos damos cuenta que ya era evidente. El Señor le ordena a Adán las disposiciones y la prohibición del pacto de vida antes de la creación de Eva. Cuando Adán y Eva caen en pecado, Adán es el primero en ser llamado a rendir cuentas. Él es quien, como cabeza del pacto, recibe las palabras que promulgan la maldición pactual de la muerte: «Comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (3.19). Como Adán era el primer padre de toda la humanidad y también su cabeza pactual, la consecuencia de su pecado tuvo un alcance universal: «Toda la raza humana descendiente de Adán por generación ordinaria, pecó y cayó en él en su primera transgresión» (Catecismo Menor de Westminster, 16). Es por esto que todos desde Adán, excepto nuestro Señor Jesucristo, han sido concebidos y han nacido en pecado (Sal 51.5). Es por esto que «no hay justo, ni aun uno» (Rom 3:10). Pecamos en Adán: su pecado como nuestra cabeza federal nos es imputado. Como sus descendientes, nacemos en el consecuente estado caído de la naturaleza. 

Pero el alcance de las consecuencias va más allá de la humanidad universalmente caída. John Murray observa:

El pecado se origina en el espíritu y reside en el espíritu… pero afecta drásticamente lo físico y lo no espiritual. Sus relaciones son cósmicas. «Maldita será la tierra por tu causa… espinos y abrojos… la creación fue sometida a vanidad… la creación entera a una gime».

El desorden, el sufrimiento y la muerte se introdujeron en el tejido de todo el cosmos bajo el peso de la maldición.

Cuando entendemos estas realidades, comenzamos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Por qué el sufrimiento y la muerte afligen a la creación? ¿Por qué deseamos las cosas que deseamos? ¿Por qué las personas que nos rodean hacen lo que hacen de la manera en que lo hacen? Es porque estamos caídos en Adán en el estado de naturaleza, separados de la vida y la comunión con Dios, y bajo Su maldición. Es porque, libremente y apartados de la gracia, solo queremos «cambiar la verdad de Dios por la mentira» y adorar y servir «a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos» (Rom 1:25). Estos efectos del pecado en la raza humana se describen con los términos teológicos de depravación total e incapacidad total. A menos que sean traídos por Dios al estado de gracia, todos los seres humanos son «por nacimiento hijos de ira, incapaces de ningún bien salvífico, e inclinados al mal, muertos en pecados y esclavos del pecado… y no quieren ni pueden volver a Dios… sin la gracia del Espíritu Santo, que es quien regenera» (Cánones de Dort 3/4.3).

Esto no significa que Adán, Eva y toda su posteridad sean inmediata o constantemente tan malvados como podrían serlo. Génesis narra mucho pecado y miseria, pero queda claro que algunos en el estado de naturaleza son más malvados que otros (ver Gn 4:23-24) y que ha habido momentos en los que la maldad aumentó y fue «mucha en la tierra» (6:5) en mayor medida que en otros tiempos. Los creyentes muestran el pecado remanente al mismo tiempo que los incrédulos muestran la gracia común. Tanto Faraón como Abimelec hicieron un bien externo al reprender a Abraham por su engaño (Gn 12:18, 20:9-10). Los Cánones de Dort señalan de manera útil que «después de la caída aún queda en el hombre alguna luz de la naturaleza, mediante la cual conserva algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales, de la distinción entre lo lícito y lo ilícito, y también muestra alguna práctica hacia la virtud y la disciplina externa» (3/4.4). Aunque sigue estando distorsionada, la imagen de Dios en el hombre no está perdida completamente en el estado de naturaleza, debido a Su gracia común o restrictiva. Por eso, disfrutamos de la compañía de los buenos vecinos que no son cristianos, pero comparten sus herramientas de jardinería o nos ayudan después de una tormenta, aunque viven desafiando a Dios. No obstante, sus «buenas obras» no son verdaderas buenas obras que se conforman al estándar de Dios para lo que es bueno porque no son hechas en obediencia a Dios, para Su gloria ni son fruto de la fe en Cristo.

Hoy en día, las realidades del estado de naturaleza que nos son reveladas en la Escritura están siendo cuestionadas en varios frentes. Uno de ellos se encuentra en nuestro contexto evangélico contemporáneo, donde hay esfuerzos continuos por rechazar la historicidad de Adán y Eva como los primeros padres de toda la humanidad. Hay una creciente variedad de intentos de leer los primeros capítulos de Génesis usando nuevos métodos hermenéuticos. Aunque el impulso parece ser el deseo de armonizar el Génesis con la teoría de la evolución, las pérdidas bíblicas y teológicas son significativas. Algunos revisionistas tratan de argumentar que los primeros capítulos de Génesis no importan siempre y cuando haya existido un «Adán» en algún momento de la historia evolutiva que haya funcionado como cabeza federal de la humanidad contemporánea, futura y posiblemente incluso anterior. Si bien podemos estar agradecidos de que conserven vestigios de un Adán histórico, este planteamiento trae consigo la pregunta del lugar que tiene el hecho de que Adán haya actuado como cabeza pactual en su relación con todos sus descendientes por generación ordinaria. Si abandonamos eso, también estamos abandonando el fundamento bíblico y teológico de la generación extraordinaria y única de Jesús, la Simiente de la mujer, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María como el segundo Adán.

Un segundo cuestionamiento de la comprensión bíblica del pecado dice relación con la doctrina del pecado sostenida por los evangélicos en las discusiones sobre la sexualidad humana. Algunos han adoptado una visión terapéutica del pecado o incluso articulan una doctrina católico romana de la concupiscencia. Según el catolicismo romano, la inclinación a pecar, o la «concupiscencia», no puede dañar a quienes luchan con ella y no es una ofensa para Dios a menos que sea puesta en acción. La visión terapéutica del pecado es muy similar. Ninguna de las dos concuerda con el testimonio de Génesis y de toda la Escritura: el pecado no solo incluye las acciones sino también las atracciones y los deseos pecaminosos que pueden producir el fruto de la acción pecaminosa. Aquí hay un peligro espiritual y teológico importante. Dar lugar al pecado en las atracciones y los deseos de los cristianos es, sin duda, una negación de la doctrina bíblica de la santificación y, en consecuencia, tendrá también repercusiones en la visión que se tiene de la persona y la obra de Cristo. En Gálatas, el apóstol Pablo, proclamando la palabra del Cristo ascendido, nos dice que «[el deseo] del Espíritu es contra la carne» (Gal 5:17). Los deseos que «llevan y seducen» no son neutrales, sino que son «terrenales, naturales y diabólicos» (Stg 1:14; 3:15).  

Aunque ninguno de nosotros se regocija grandemente cuando le recuerdan las realidades de nuestra condición caída en Adán, entenderla como el Señor nos la revela en Su gracia es esencial para recibir Su evangelio. Es esencial para recibir la plenitud de Su revelación en la persona y obra de Cristo. Es para nuestro bien. Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él.  «Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino… Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (Sal 119:105, 111).

El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .

La adoración dirigida por mujeres

Pregunta: Algunos han deseado recibir la siguiente información: “¿En el caso de la ausencia o enfermedad de un esposo, en una familia, le correspondería a la esposa mantener dicho deber familiar?”. Y ocurre lo mismo con las viudas u otras personas de ese mismo sexo que son las únicas que están a la cabeza de las familias.

Respuesta: Debemos decir que una norma no puede adaptarse a todos los casos. Puede haber una gran variedad porque las circunstancias difieren. Pero,

  1. Nada es tan claro como que mientras la relación conyugal permanece, la parte femenina desempeña una parte real en el gobierno de la familia. Esto se afirma de forma explícita en 1 Timoteo 5:14: “…que gobiernen su casa”. El término es oikodespotein, tener un poder despótico en la familia, un poder de gobierno que debe recaer en ella exclusivamente en ausencia o pérdida del otro cónyuge, y esto es algo que no puede abandonarse ni dejarse de hacer en modo alguno. Y dado que todo el poder y toda orden proceden de Dios, no se puede negar, repudiar ni dejar a un lado sin herirle.
  2. De modo que, si en una familia hay un hijo o un criado prudente y piadoso a quien se le pueda asignar esta labor, estos podrían hacerlo de manera bastante adecuada por asignación de ella. Y, así, la autoridad que le pertenece a ella por su rango se conserva y el deber queda realizado. Que semejante tarea pueda serle adjudicada a otra persona más adecuada que lo haga como es debido, queda fuera de toda duda y debería ser así. Y nadie cuestiona lo apropiado de asignar esa tarea oficialmente a otro en las familias donde las personas se mantienen con el propósito de desempeñar los deberes familiares.
  3. Es posible que haya familias que, en la actualidad, estén formadas por completo por personas del sexo femenino; en cuanto a ellas no hay pregunta alguna.
  4. Donde la familia es más numerosa, está formada por personas del sexo masculino y ninguno es adecuado ni está dispuesto a emprender esa tarea, y la mujer no puede hacerlo con propiedad, en ese caso, deberá seguir el ejemplo de Ester (digno de gran elogio), con sus criadas y los niños más pequeños cumpliendo con esta adoración en su familia; en todo lo que esté en su mano, deberá advertir y encargar al resto que no omitan su parte (aunque no estén de acuerdo), juntos o por separado, que invoquen el nombre del Señor a diario.

Tomado de Family Religion and Worship, Sermón 5.

John Howe (17 Mayo 1630 – 2 Abril 1705) fue un teólogo puritano inglés. Sirvió como capellán de Oliver Cromwell.

La Predicación Cristocéntrica

¿Cómo puedo predicar y enseñar mejor? Esta es una de las preguntas que domina los artículos y libros cristianos en la actualidad. Y con razón. Muchos han pensado que predicar es fácil: elegir un texto —el que sea— y simplemente hacer comentarios sobre él.

La predicación es un arma fundamental para el crecimiento espiritual en las iglesias. A través de esta forma de enseñanza comprendemos quién es Dios, qué ha hecho por nosotros, y cómo debe ser nuestra respuesta. ¿Qué pasa entonces si se reduce el tiempo de la predicación, o si el predicador usa muchas ilustraciones e incluso chistes para mantener despierta una congregación que muestra poco interés?

En el Nuevo Testamento, Pablo insiste en la importancia de dar a conocer la enseñanza de Dios. Romanos 10:14 dice: “¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”. 2 Timoteo 4:1-2 expone: “Te encargo solemnemente:  Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción”. Ambos textos animan a los maestros a predicar con fidelidad, sin importar las circunstancias.

Sea cual sea la realidad de la congregación y su interés por la Biblia, quienes se encargan del ministerio de la Palabra deben prepararse correctamente para mejorar su enseñanza a través de la predicación. En el libro La predicación Cristocéntrica, el Dr. Bryan Chapell propone una metodología y un enfoque centrados en la Escritura para responder a esta necesidad.

El libro se compone de 11 capítulos y 13 apéndices. Todo el contenido de este recurso es altamente recomendado y de mucha edificación.

Los primeros nueve capítulos componen todo el fundamento teórico a tener en cuenta al desarrollar un sermón. Dentro de estos, los cuatro primeros capítulos tratan acerca del sermón, qué es, y qué debe contener. Chapell distingue tres partes del sermón centrado en el evangelio: ethospathos, y logos. Es decir, el predicador (ethos) —cómo vive, su credibilidad, y compasión—, la convicción profunda de lo que se está predicando (pathos), y la Palabra (logos). Adicionalmente, apunta la necesidad de que el sermón tenga unidadpropósitoenfoque determinado en la condición de caída (ECC), y aplicación.

Los siguientes cinco capítulos hacen mayor énfasis en los elementos que componen la estructura del sermón. Chapell desarrolla el material de manera fácil de comprender y sencilla de llevar a la práctica. Aun siendo similar en contenido a otros libros que tratan sobre la predicación, la forma en que el autor explica la necesidad de cada elemento y la manera en que nos lleva a desarrollar cada uno de forma práctica, hacen de La predicación Cristocéntrica un recurso destacable.

Finalmente, los capítulos 10 y 11 —capítulos clave en este libro— hacen énfasis en el enfoque Cristocéntrico y redentor de cualquier sermón. Puede parecer secundario, pero Chapell nos muestra que todo lo visto anteriormente debe llevarnos a que el mensaje esté realmente centrado en Jesús. Cristo es el fin de nuestra enseñanza; quienes nos escuchan deben encontrar gozo al confiar en Dios y saber que su vida tiene sentido a través de la obra de Cristo por medio del Espíritu Santo. La vida cristiana no es un conjunto de acciones morales para “agradar” a Dios, sino la respuesta de una fe viva y apasionada en la obra de Cristo y el carácter de Dios.

A través de este libro, Chapell demuestra su experiencia tanto en lo académico como en lo pastoral. La predicación Cristocéntrica es una obra que conjuga ambas facetas de este gran escritor. Este libro es altamente recomendable para todo aquel que enseña dentro de la iglesia, desde los pastores y predicadores, mujeres que enseñan a otras mujeres, maestros de niños, y también para los estudiantes de institutos bíblicos.

La predicación Cristocéntrica me impactó profundamente. De todos los libros sobre predicación que he tenido la oportunidad de leer, este es el más completo. Encontré refrescante la manera en que Chapell me confrontó sobre algunos elementos de mi predicación que eran pobres o no contaban con un objetivo claro. Este recurso no es para leerse una sola vez, sino también para consultar cada vez que se prepara un sermón. La predicación Cristocéntrica es una obra de arte que debería estar en la biblioteca de todo predicador.

POIEMA PUBLICACIONES. 560 PP.

Iñigo García de Cortázar, junto con su esposa Ana Cristina, es misionero actualmente en Cali, Colombia.

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El Padre y la Adoración Familiar 3

La hora de la oración y la alabanza domésticas también es el momento de la instrucción bíblica. El padre ha abierto la palabra de Dios en presencia de su pequeña manada. Admite, pues, ser su maestro y subpastor. Tal vez no sea más que un hombre sencillo, que vive de su trabajo, poco familiarizado con escuelas o bibliotecas y, como Moisés, “tardo en el habla y torpe de lengua” (Éx. 4:10). No obstante, está junto al pozo abierto de la sabiduría y, como el mismísimo Moisés, puede sacar el agua suficiente y dar de beber al rebaño (Éx. 2:19). Por ahora, se sienta en “la silla de Moisés” y ya no “ocupa el lugar de simple oyente” (1 Co. 14:16). Esto es alentador y ennoblecedor. Así como la madre amorosa se regocija de ser la fuente de alimentación del bebé que se aferra a su cálido seno, el padre cristiano se deleita en transmitir mediante la lectura reverente “la leche espiritual no adulterada” (1 P. 2:2). Ha resultado buena para su propia alma; se regocija en un medio señalado para transmitírsela a sus retoños. El señor más humilde de una casa puede muy bien sentirse exaltado reconociendo esta relación con aquellos que están a su cuidado.

Se reconoce que el ejemplo del padre es importantísimo. No se puede esperar que el manantial sea más alto que la fuente. El cabeza de familia cristiano se sentirá constreñido a decir: “Estoy guiando a mi familia a dirigirse solemnemente a Dios; ¿qué tipo de hombre debería ser? ¿Cuánta sabiduría, santidad y ejemplaridad?”. Éste ha sido, sin duda y en casos innumerables, el efecto que la adoración familiar ha tenido sobre el padre de familia. Como sabemos, los hombres mundanos y los cristianos profesantes que no son consecuentes, están disuadidos de llevar a cabo este deber mediante la conciencia de una discrepancia entre su vida y cualquier acto de devoción. Así también, los cristianos humildes se guían por la misma comparación para ser más prudentes y para ordenar sus caminos de manera que puedan edificar a los que dependen de ellos. No pueden haber demasiados motivos para una vida santa ni demasiadas salvaguardas para el ejemplo parental. Establece la adoración a Dios en cualquier casa y habrás erigido una nueva barrera en torno a ella contra la irrupción del mundo, de la carne y del diablo.

En la adoración familiar, el señor de la casa aparece como el intercesor de su familia. El gran Intercesor está verdaderamente arriba, pero “rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias” (1 Ti. 2:1) han de hacerse aquí abajo y ¿por quién si no el padre por su familia? Este pensamiento debe producir solemnes reflexiones. El padre, quien con toda sinceridad viene a diario a implorar las bendiciones sobre su esposa, sus hijos y sus trabajadores domésticos, tendrá la oportunidad de pensar en las necesidades de cada uno de ellos. Aquí existe un motivo urgente para preguntar sobre sus carencias, sus tentaciones, sus debilidades, sus errores y sus transgresiones. El ojo de un padre genuino es rápido; su corazón es sensible a estos puntos; y la hora de la devoción reunirá estas solicitudes. Por tal motivo, como ya hemos visto, después de las fiestas de sus hijos, el santo Job “enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5). Cualquiera que haya sido el efecto que esto tuvo en sus hijos, el efecto sobre Job mismo, sin duda, fue un despertar sobre su responsabilidad parental. Y éste es el efecto de la adoración familiar en el cabeza de familia.

El padre de una familia se encuentra bajo una influencia sana cuando se le lleva cada día a tomar un puesto de observación y dice a su propio corazón: “Por este sencillo medio, además de todos los demás, estoy ejerciendo alguna influencia definida, buena o mala, sobre todos los que me rodean. No puedo omitir este servicio de manera innecesaria; tal vez no puedo omitirlo por com-pleto sin que sea en detrimento de mi casa. No puedo leer la Palabra, no puedo cantar ni orar sin dejar alguna huella en esas tiernas mentes. ¡Con cuánta solemnidad, afecto y fe debería, pues, acercarme a esta ordenanza! ¡Con cuánto temor piadoso y preparación! Mi conducta en esta adoración puede salvar o matar. He aquí mi gran canal para llegar al caso de quienes están sometidos a mi cargo”. Estos son pensamientos sanos, engendrados naturalmente por una ordenanza diaria que, para demasiadas personas, no es más que una formalidad.

El marido cristiano necesita que se le recuerden sus obligaciones; nunca será demasiado. El respeto, la paciencia, el amor que las Escrituras imponen hacia la parte más débil y más dependiente de la alianza conyugal, y que es la corona y la gloria del vínculo matrimonial cristiano, no se ponen tanto en marcha como cuando aquellos que se han prometido fe el uno al otro hace años son llevados día tras día al lugar de oración y elevan un corazón unido a los pies de una misericordia infinita. Como la Cabeza de todo hombre es Cristo, así también la cabeza de la mujer es el hombre (cf. 1 Co. 11:3). Su puesto es responsable, sobre todo en lo espiritual. Rara vez lo siente con mayor sensibilidad que cuando cae con la compañera de sus cargas ante el trono de gracia.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

El estado de inocencia

Es importante entender que el mundo como fue creado al principio era un lugar muy distinto al mundo en que vivimos hoy en día. El mundo en que vivimos es un lío enredado. Cada día, las noticias documentan desastres naturales y la conducta violenta de los seres humanos. Los primeros dos capítulos del Génesis describen la creación original intacta, lo que tiene implicaciones para nuestro entendimiento de la vida actual.

Génesis 1 comienza con Dios, quien ha existido por toda la eternidad: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (v. 1). El primer capítulo de la Biblia narra el poder de Dios para tomar la tierra, que era un lugar inhabitable («sin orden y vacía»), y volverla habitable en seis días para los seres humanos (v. 2). Dios es poderoso, majestuoso y trascendente. Él habla, y las cosas comienzan a existir, y Él ordena el mundo que ha creado. En Génesis 1, Dios es Elohim, un nombre en la forma hebrea intensiva plural que enfatiza Su majestuosa Deidad. A diferencia de los relatos de la creación en el antiguo Cercano Oriente, en la narrativa de Génesis no hay un poder opositor que Dios tenga que vencer al crear el mundo ni tampoco está la muerte que pueda estropear la creación de Dios. Por el contrario, se hace varias veces la siguiente afirmación: «Y vio Dios que era bueno» (vv. 10, 18, 21, 25), además de la declaración final: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (v. 31). La creación de Dios es un lugar hermoso y magnífico para el disfrute de todas Sus criaturas, pero en especial de los seres humanos.

Es importante discutir el lugar y la labor del ser humano en el contexto de un mundo que no ha sido afectado por el pecado. La creación de la humanidad por parte de Dios es distinguida de Su creación de los animales con las palabras «Hagamos al hombre» (v. 26). Ya sea que estas palabras expresen una autodeliberación o una autoexhortación por parte de Dios, ellas enfatizan que Dios se involucró personalmente en la creación de la humanidad, de una forma diferente a como interactuó con los animales. Los seres humanos son hechos a la imagen de Dios y exhiben la «semejanza» de Dios. A pesar de que existen muchas maneras en que podríamos describir la imagen y semejanza de Dios, los aspectos principales que separan a los seres humanos de los animales son la autoconciencia, la habilidad de comunicarse, la habilidad de razonar y la habilidad de tomar decisiones morales. La imagen de Dios nos da una dignidad que no poseen los animales porque somos un reflejo de Dios. Estamos hechos de una forma única en la creación de Dios. Somos capaces de tener una relación personal con Dios al comunicarnos y tener comunión con Él. Hemos sido creados para adorarlo y para encontrar nuestro mayor propósito en vivir nuestras vidas para Su gloria. 

Cuando fueron creados por primera vez, Adán y Eva se encontraban en un estado de inocencia que todavía no estaba manchado por el pecado, y poseían tanto la habilidad de pecar (posse peccare) como la habilidad de no pecar (posse non peccare). Esta era una condición natural llamada justicia original. Había armonía en las facultades humanas, de modo que la mente, la voluntad y los afectos eran rectos y sumisos a Dios. Esta condición habría sido legada a los descendientes de Adán si él no hubiera pecado. Por otro lado, el catolicismo romano argumenta que la justicia original era un don sobrenatural añadido a la condición natural de la humanidad, pero esa perspectiva contradice la enseñanza de la Escritura. Dicha perspectiva asume que había algo faltante en la condición original de la humanidad, pero toda la creación que Dios había hecho, incluyendo la humanidad, fue declarada buena (v. 31). Cuando Dios le dio a Adán el mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (2:17), Adán tenía la habilidad de obedecerlo. En otras palabras, Adán tenía la habilidad de «no pecar». 

A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien.

Cuando Dios creó a la humanidad a Su imagen, también les dio dominio sobre Su creación, mencionando específicamente a los peces, las aves y el ganado (1:26). El dominio humano se ha convertido en un punto de discordia debido a que muchos han negado el lugar especial de los seres humanos en la creación al atribuirles a los animales el mismo nivel de importancia. Sin embargo, el dominio debe entenderse en el contexto de Génesis 1 – 2, donde el papel de los seres humanos refleja la manera en que se presenta Dios. En Génesis 1, Dios es el Creador poderoso y majestuoso que le da forma a Su creación para que sea habitable para la humanidad. El dominio humano sobre la creación es un reflejo de la actividad de Dios. A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien. La palabra hebrea traducida como «dominio» en Génesis 1:26-28 significa «gobernar» y ocurre en contextos donde un grupo gobierna a otro grupo, por ejemplo, el del gobierno de Israel sobre sus enemigos (Is 14:2) y el de las naciones gentiles sobre los pueblos sometidos a ellas (v. 6). La palabra «sojuzgar» aparece en Génesis 1:28, donde la humanidad recibe la orden de ser fructífera, multiplicarse y llenar la tierra, orden que es seguida de los mandamientos de sojuzgarla y ejercer dominio sobre ella. Esta palabra es un término fuerte que se refiere a poner algo bajo control. Aparte de Génesis 1:28, aparece en el contexto de un mundo caído donde existe oposición expresa y, de ahí, la necesidad de que haya algún tipo de coerción (Nm 3:22, 29; Jos 18:1; Miq 7:10). Antes de la caída, Adán debía ejercer este papel llevando el mundo ordenado y domesticado del jardín hacia el mundo virgen y bueno pero salvaje fuera del jardín.

Génesis 1 presenta una de las caras del papel de los seres humanos en la creación de Dios, que es descrita en los términos del dominio y el gobierno. Génesis 2 presenta la otra cara, donde el énfasis está en el cuidado de la creación. Este papel también sigue el modelo de la actividad de Dios, donde el Dios creador poderoso y trascendente de Génesis 1 ingresa a Su creación para crear personalmente a Adán y a Eva, y para prepararles un lugar especial para vivir. El nombre de Dios no solo es Elohim, como en Génesis 1, sino «SEÑOR Dios» (Yahweh Elohim). El nombre Yahweh se vuelve significativo como el nombre pactual de Dios en el éxodo de Egipto, donde Dios escucha el clamor de Su pueblo y lucha para librarlos. El papel de Adán en el jardín sigue el modelo de la actividad de Dios, pues es colocado «en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara» (2:15). De esta manera, el papel adecuado de los seres humanos en el mundo de Dios sigue el modelo de la actividad de Dios e incluye tanto el dominio como el cuidado de la creación.

Génesis 1 presenta el panorama general de la creación de los cielos y la tierra por parte de Dios. Génesis 2 se enfoca en la actividad de Dios en el huerto al describir cómo creó a Adán y a Eva y les proveyó un lugar especial para vivir y trabajar. Estos capítulos son importantes porque establecen el diseño de Dios para la humanidad en varias áreas que son fundamentales para la vida humana. Dios interactúa con los seres humanos a través de un pacto, así que no es sorpresa que encontremos evidencia de una relación pactual en Génesis 2. A pesar de que la palabra pacto no aparece en Génesis 2, tampoco aparece en 2 Samuel 7, pero otros pasajes bíblicos señalan que en ese capítulo se establece un pacto (2 Sam 23:5; Sal 89:3, 28; 132:11-12). Hay una relación similar entre Génesis 3 y Oseas 6:7. La clave no es si el término pacto aparece, sino si los elementos de un pacto están presentes. Este pacto hecho con Adán es comúnmente llamado el pacto de obras, ya que ofrece vida con la condición de una obediencia personal y perfecta, la condición de que Adán haga perfectamente las obras que Dios le encomendó (Confesión de Fe de Westminster 7.2).

Las partes del pacto eran Dios y Adán. La condición de su relación pactual era el mandato que Dios le dio a Adán de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17). La bondad abundante de Dios fue demostrada al permitirle a Adán comer de todos los árboles del jardín prohibirle comer de solo un árbol. Dios probó a Adán para ver si desdeñaría Su provisión benéfica de alimento para comer del árbol prohibido. Este mandato ligado a un castigo se enfoca en la necesidad de que Adán obedeciera a Dios en todo. Le enfrenta a una clara elección entre la obediencia y la desobediencia a Dios.

Los pactos también tienen bendiciones y maldiciones. En Génesis 1:28, Dios bendice a la humanidad y les ordena que se multipliquen y llenen la tierra. Las bendiciones de Dios se experimentan en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Las bendiciones de Dios también se ven en cómo Él provee todo lo que Adán necesita en el jardín para tener una vida plena y productiva (Gn 2). La maldición está conectada con la prohibición de que Adán comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal: «porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (v. 17). El castigo por quebrantar el mandato de Dios es la muerte. Si Adán desobedece, ocurrirán cambios trascendentales en su relación con Dios, su relación con su esposa Eva, su relación con la creación y su autopercepción. La muerte incluiría la pérdida de la vida física, pero también tendría consecuencias espirituales inmediatas.

Los pactos operan sobre la base de un principio representativo, de modo que las acciones del representante pactual afectan a los demás que son parte de la relación del pacto, incluyendo a los descendientes del representante (Gn 17:7; Dt 5:2-3; 2 Sam 7:12-16). La pena establece claramente que si Adán come del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirá. La entrada del pecado y la muerte al mundo no solo lo afectaría a él (Gn 3:9-12) y a sus descendientes (ver las consecuencias del pecado en Gn 4), sino también al resto de la creación (Gn 3:17-19). Adán era la cabeza pactual de la raza humana, y su pecado afectó negativamente a todos sus descendientes naturales. Teológicamente hablando, a cada descendiente natural de Adán le fue imputado o acreditado el pecado debido a su transgresión (Rom 5:12-13). Esto implica que si Adán hubiera obedecido el mandato de Dios y hubiera pasado la prueba, habría disfrutado de la vida con una bendición aún mayor. Adán fue creado en un estado de santidad positiva y no estaba sujeto a la ley de la muerte, pero tenía la posibilidad de pecar. Todavía no disfrutaba de la vida plena en el grado máximo de la perfección, de la vida que no se puede perder. Habría alcanzado la condición de non posse peccare (no poder pecar). Esta vida era simbolizada por el árbol de la vida (Gn 3:22), una prenda del pacto de vida (Catecismo Mayor de Westminster, pregunta 20), la recompensa prometida por la obediencia. 

Aunque Adán no cumplió con los términos del pacto de obras al comer del fruto prohibido, las ordenanzas fundamentales de la creación establecidas por Dios para la humanidad en ese pacto continúan. Dios estableció el matrimonio para que se pueda cumplir el mandato de fructificar, multiplicarse y llenar la tierra (Gn 1:28). La creación de la humanidad como varón y hembra por parte de Dios está diseñada para establecer la relación de una sola carne del matrimonio, tanto para el compañerismo como para la procreación de hijos (2:24). Dios le dio a Adán la tarea de labrar y cuidar el jardín (v. 15), que incluía plantar y cultivar las plantas (v. 5), ejerciendo un papel de dominio real al nombrar a los animales del jardín (vv. 19-20), y cuidar su espacio sagrado (un rol sacerdotal que tiene su foco de atención en el capítulo 3). Adán debía cumplir su papel como mayordomo de la creación de Dios, como portador de la imagen de Dios sumiso a la voluntad de Dios (un rol profético) y como alguien que debía honrar a Dios en todo lo que hacía. Dios formó personalmente a Adán del polvo de la tierra, le infundió vida (2:7) y sacó una costilla de su costado para proporcionarle una ayuda idónea (vv. 21-22). Dios es el Creador de Adán, pero es más que su Creador, ya que el jardín era un lugar especial donde la primera pareja podía tener comunión con Dios (las asociaciones entre el jardín y el templo como los querubines, el árbol de la vida y el agua que fluía del lugar de la presencia de Dios respaldan esto). Dios debe haber acudido al jardín muchas veces para tener comunión con Sus criaturas antes de dirigirse a él para juzgarlas, ya que, en lugar de ir al encuentro de Dios, Adán y Eva se escondieron de Él (3:8). Nuestros primeros padres, al igual que todos los seres humanos, fueron creados para adorar (Rom 1:21-23). La tarea de Adán en el huerto era más que solo una manera de sostener físicamente a su familia; era una vocación porque tenía el propósito de glorificar a Dios.

Al final del relato de la creación, Dios terminó Su obra de creación y reposó el séptimo día (Gn 2:1-3). De esta manera, ese día se volvió especial ya que Dios lo bendijo y lo apartó como santo. Más tarde, Moisés se refiere a este mismo patrón en el contexto del cuarto mandamiento como una razón para acordarse del día de reposo y santificarlo (Ex 20:11). Aunque no hay ninguna mención específica de la observancia del día de reposo en el huerto, tampoco hay menciones específicas de la adoración ni de ninguno de los otros mandamientos del Decálogo. Sin embargo, muchos de ellos están implicados en la estructura vital establecida en el jardín. Dios le dio a Adán un trabajo que debía realizar para cubrir sus necesidades diarias. El trabajo implica que las personas deben contentarse con lo que tienen (ver el décimo mandamiento) y no robar para conseguir lo que quieren (ver el octavo mandamiento). La relación exclusiva de una sola carne del matrimonio respalda la prohibición del adulterio del séptimo mandamiento. Las consecuencias negativas de las mentiras y el engaño de Satanás muestran la importancia de decir la verdad (ver el noveno mandamiento). El hecho de que Dios sea el único Dios verdadero y busque establecer una relación con Adán y Eva implica la importancia de los mandamientos sobre la adoración y el honor del nombre de Dios (ver el primero, el segundo y el tercer mandamiento). La bendición del séptimo día y el hecho de que haya sido apartado como santo es importante porque tiene implicaciones para la humanidad como un patrón de nuestros seis días de trabajo por uno de reposo (el cuarto mandamiento). Experimentamos este patrón todas las semanas cuando cesamos de trabajar y adoramos en el día de la resurrección de Cristo.

La salvación que Cristo aseguró para nosotros trae el descanso final (Mt 11:28-29) porque Él cumplió toda justicia al guardar la ley en nuestro lugar (cumpliendo el pacto de obras). Sin embargo, no entraremos a la plenitud de ese reposo hasta que Él vuelva otra vez. Hasta entonces, qué privilegio tenemos de experimentar un anticipo de ese reposo en la presencia de Dios con el pueblo de Dios en la adoración semanal mientras nos preparamos para esa adoración gloriosa al final de los tiempos, cuando experimentaremos la plenitud del reposo de nuestra salvación al regreso de Cristo. Entonces alcanzaremos la gloria escatológica y el reposo de no poder pecar (non posse peccare), llegando a la meta que Dios había planeado originalmente para la humanidad.

El Dr. Richard P. Belcher Jr. es profesor de Antiguo Testamento y decano académico en Reformed Theological Seminary en Charlotte, N.C., y Atlanta, y es un anciano de la Iglesia Presbiteriana en América.

El Padre y la Adoración Familiar 2

El mantenimiento de la adoración doméstica en cada casa se le encomienda principalmente al cabeza de familia, quienquiera que pueda ser. Si es del todo inadecuado para el cargo por tener una mente incrédula o una vida impía, esta consideración debería sobresaltarlo y horrorizarlo; se le somete con afecto a cualquier lector cuya conciencia pueda declararse culpable de semejante imputación. Existen casos donde la gracia divina ha dotado en ese sentido a alguno de la familia, aunque no sea el padre, la madre ni el más mayor para delegar en él la realización de este deber. La madre viuda, la hermana mayor o el tutor de la familia puede ocupar el lugar del padre. Puesto que en una gran mayoría de casos, si se celebra este culto ha de ser dirigido por el padre, trataremos el tema bajo esta suposición, teniendo como premisa que los principios establecidos se aplican en su mayoría a todas las demás influencias.

Ningún hombre puede acercarse al deber de dirigir a su familia en un acto de devoción sin una solemne reflexión sobre el lugar que ocupa con respecto a ellos. Él es su cabeza. Lo es por constitución divina e inalterable. Son deberes y prerrogativas que no puede enajenar. Hay algo más que una mera precedencia en la edad, el conocimiento o la sustancia. Es el padre y señor. Ninguno de sus actos y nada en su carácter puede no dejar una marca en aquellos que lo rodean. Será apto para sentirlo cuando los llame a su presencia para orar a Dios. Y cuanto mayor devoción ponga en la labor, más lo sentirá. Aunque todo el sacerdocio, en el sentido estricto, haya acabado en la tierra y haya sido absorbido en las funciones del gran Sumo Sacerdote, sigue habiendo algo parecido a una intervención sacerdotal en el servicio del patriarca cristiano. Ahora está a punto de ir un paso por delante de la pequeña morada en la ofrenda del sacrificio espiritual de la oración y la adoración. Por ello, se dice en cuanto a Cristo: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (He. 13:15). Ésta es la ofrenda perpetua que el cabeza de familia está a punto de presentar. Hasta que la larga perseverancia en una aburrida formalidad rutinaria haya mitigado toda sensibilidad, debe entregarse a la solemne impresión. A veces lo sentirá como una carga para su corazón; se hinchará en ocasiones con sus afectos como “vino que no tiene respiradero” (Job 32:19). Son emociones saludables que elevan, que van a formar el serio y noble carácter que se puede observar en el viejo campesinado de Escocia.

Aunque no fuera más que un pobre hombre iletrado que inclina su canosa cabeza entre una cuadrilla de hijos e hijas, siente mayor y más sublime veneración que los reyes que no oran. Su cabeza está ceñida de esa “corona de honra” que se encuentra “en el camino de justicia” (Pr. 16:31). El padre que, año tras año preside en la sagrada asamblea doméstica, se somete a una fuerte in-fluencia que tiene un efecto incalculable sobre su propio carácter de padre.

¿Dónde es más verosímil que un padre sienta el peso de su responsabilidad que donde reúne a su familia para adorar? Es verdad que debe siempre vigilar sus almas; pero ahora está en el lugar donde no puede sino probar la certeza de esta responsabilidad. Se reúne con su familia con un propósito piadoso y cada uno mira hacia él para obtener guía y dirección. Su ojo no puede detenerse en un solo miembro del grupo que no esté bajo su cuidado especial. Entre todas estas personas no hay una sola por la que no tenga que rendir cuenta delante del trono de juicio de Cristo. ¡La esposa de su juventud! ¿A quién recurrirá ella para la vigilancia espiritual, sino a él? ¡Y qué relación familiar tan poco natural cuando esta vigilancia se repudia y esta relación se invierte! ¡Los hijos! Si llegan a ser salvos es probable que, en cierto grado, se deba a los esfuerzos de su padre. Los empleados domésticos, los aprendices, los viajeros, todos están encomendados por tiempo más largo o más corto a su cuidado. El ministro doméstico clamará con seguridad: “¿Quién es suficiente para estas cosas?” y, sobre todo, cuando esté realizando estos deberes. Si su conciencia se mantiene despierta por una relación personal con Dios, nunca entrará a la adoración familiar sin sentimientos que impliquen esta misma responsabilidad y tales sentimientos no pueden sino grabarse en el carácter parental.

Le seguirá un bien indecible, si cualquier padre pudiera sentirse como el manantial terrenal principal de la influencia piadosa de su familia, así desig-nado por Dios. ¿No es verdad? ¿Habría algún otro medio de hacerle sentir que eso es cierto que se pueda comparar con la institución de la adoración familiar? Ahora ha asumido su lugar de pleno derecho como instructor, guía y alguien ejemplar en la devoción. Ahora, aunque sea un hombre silencioso o tímido, su boca está abierta.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

El Padre y la Adoración Familiar 1

No hay miembro de una familia cuya piedad tenga tanta importancia para el resto como el padre o cabeza. Y no hay nadie cuya alma esté tan directamente influenciada por el ejercicio de la adoración domés-tica. Donde el cabeza de familia es tibio o mundano, hará que el frío recorra toda la casa. Y si se da alguna feliz excepción y otros lo sobrepasan en fidelidad, será a pesar de su mal ejemplo. Él, que mediante sus instrucciones y su vida, debería proporcionar una motivación perpetua a sus subalternos y sus hijos, se sentirá culpable de que en el caso de semejante negligencia ellos tengan que buscar dirección en otra parte, aunque no lloren en lugares secretos por el descuido de él. Donde la cabeza de la familia es un hombre de fe, de afecto y de celo, que consagra todas sus obras y su vida a Cristo, resulta muy raro encontrar que toda su familia piense de otro modo. Ahora bien, uno de los medios principales para fomentar estas gracias individuales en la cabeza es éste: Su ejercicio diario de devoción con los miembros. Le incumbe más a él que a los demás. Es él quien preside y dirige en ello, quien selecciona y transmite la preciosa Palabra y quien conduce la súplica, la confesión y la alabanza en común. Para él equivale a un acto adicional de devoción personal en el día; pero es mucho más. Es un acto de devoción en el que su afecto y su deber para con su casa son llevados de forma especial a su mente y en el que él se pone en pie y defiende la causa, de todo lo que más ama en la tierra. No es necesario preguntarse, pues, por qué situamos la oración en familia entre los medios más importantes de revivir y mantener la piedad de aquel que la dirige.

La observación muestra que las familias que no tienen adoración familiar se encuentran de capa caída en las cosas espirituales; que las familias donde se realiza de un modo frío, perezoso, descuidado o presuroso, se ven poco afectadas por ella y por cualquier medio de gracia; y que las familias en las que se adora a Dios cada mañana y cada tarde, en un culto solemne y afectuoso de todos los que viven en la casa, reciben la bendición de un aumento de piedad y felicidad. Cada individuo es bendecido. Cada uno recibe una porción del alimento celestial.

La mitad de los defectos y de las transgresiones de nuestros días surgen de la falta de consideración. De ahí el valor indecible de un ejercicio que, dos veces al día, llama a cada miembro de la familia, como poco, a pensar en Dios. Hasta el hijo o criado más negligente e impío debe, de vez en cuando, ser forzado a hablar un poco con la conciencia y meditar en el juicio cuando el padre, ya de cabello gris, se inclina delante de Dios, con voz temblorosa y derrama una fuerte súplica y oración. ¡Cuánto más poderosa debe ser la influencia sobre ese número más amplio de personas que, en diez mil familias cristianas del país tengan grabada, en mayor o menor medida, la importancia de las cosas divinas! ¡Y qué peculiar, tierna y educativa debe ser la misma in-fluencia en aquellos del grupo doméstico que adoran a Dios en espíritu y que con frecuencia secan las lágrimas que salen a borbotones, cuando se levantan después de haber estado arrodillados, y miran a su alrededor al esposo, padre, madre, hermano, hermana, niño, todos recordados en la misma devoción, todos bajo la misma nube del incienso de la intercesión!

Tal vez entre nuestros lectores, más de uno pueda decir: “Durante tiempos inmemoriales he sentido la influencia de la adoración doméstica en mi propia alma. Cuando todavía era niño, ningún medio de gracia público o privado despertó tanto mi atención como cuando se oraba por los niños día a día. En la rebelde juventud nunca me sentí tan acuciado por mi convicción de pecado como cuando mi respetable padre suplicaba con fervor a Dios por nuestra salvación. Cuando, por fin, en infinita misericordia empecé a abrir el oído a la instrucción, ninguna oración llegó tanto a mi corazón ni expresó mis afectos más profundos como las que pronunciaba mi venerado padre”.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

No temas porque Yo estoy contigo

El temor paraliza a las personas. Es una plaga que puede devastar al pueblo de Dios, impidiendo que caminemos confiadamente con nuestro Dios y hagamos Su voluntad. Cuando nos sentimos abrumados por los «gigantes de la tierra», lo único que puede eliminar nuestro temor es la poderosa presencia de Dios.

El libro de Josué comienza con una nota desalentadora. Moisés había muerto. El gran profeta y líder de Israel a quien Dios usó como agente humano para sacar al pueblo de Israel de Egipto ya no estaba con ellos. Moisés murió fuera de la tierra prometida como resultado de sus pecados. Sería difícil exagerar lo categóricamente desconcertante que esto debió haber sido para Israel: el hombre que los había sacado no podría entrar. Además, toda una generación de israelitas había muerto en el desierto debido a su incredulidad. De esa generación, solo Josué y Caleb estaban vivos. Los hijos de esa generación que habían crecido y remplazado a sus padres entrarían en la tierra. El temor no fue simplemente una plaga que amenazó al pueblo de Israel sino que dio a luz a la incredulidad en sus corazones y les impidió obtener la promesa.

Es contra este telón de fondo tan aleccionador que Dios establece Su promesa redentora de esperanza. Dios le había dado dos regalos a Israel para ayudarlos a superar su temor y entrar en la tierra prometida. El primer regalo fue Josué. Dios sabía que el pueblo de Israel necesitaba un líder, un hombre elegido por Él para proporcionarles un liderazgo decisivo y visible, uno que llevara al pueblo desde donde estaban hasta donde tenían que ir. Josué era el hombre para un tiempo como este, y Dios colocó claramente el manto de Moisés sobre sus hombros. Josué estaría con ellos y los guiaría.

El mayor consuelo que cualquiera de nosotros puede tener, sin importar cuán aterrador o desalentador pueda ser este mundo, es que Jesús, el Capitán de nuestra salvación, está con nosotros siempre, hasta el fin del mundo.

Por muy bueno que fuera, Josué era solo un hombre, pero Dios le dio a Israel algo mucho más valioso que el liderazgo de Josué: Dios se dio a Sí mismo. Lo que Dios le dio a Israel en Josué 1 para remover su temor fue la promesa de Su propia presencia permanente: «¿No te lo he ordenado Yo? ¡Sé fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas» (Jos 1:9). Josué fue el líder que los precedió, pero Dios mismo fue el verdadero Capitán de su salvación, su Retaguardia y su Consolador permanente.

Lo que Dios esperaba de Su pueblo era fe en Su promesa y en Su presencia. Lo opuesto a estar «temeroso y acobardado» es ser «fuerte y valiente». Solo había un problema: el pueblo estaba lleno de un temor pecaminoso. Su valor menguaba más de lo que aumentaba, y con el tiempo Dios tendría que hacer aún más por Su pueblo pactual. Y lo hizo. Muchos años y episodios más tarde, en el contexto de una etapa aún más sombría, Dios levantó a otro libertador: el Profeta que superó la fidelidad de Moisés y el Capitán que superó el éxito de Josué: Jesús, el Hijo de Dios, quien vino al mundo para transformar esta etapa de oscuridad en una de esperanza radiante. Vino a luchar contra todo lo que nos amenaza y venció nuestro mayor temor, la muerte misma, con Su propia vida, muerte y resurrección.

¿Resulta acaso sorprendente que en la narración de la resurrección, en Mateo 28, se le dijera al pueblo de Dios que no temiera? Primero, los ángeles dijeron a las mujeres en la tumba que no tuvieran temor (v. 5); luego, Jesús —habiendo resucitado de entre los muertos— dijo a las mujeres que dijeran lo mismo a los discípulos (v. 10); y finalmente, Jesús nos encargó la gran comisión con la singular promesa que echa fuera todo nuestro temor: «He aquí, Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (v. 20).

La tendencia de Israel era a estar «temerosos y acobardados». También es la nuestra. En ocasiones, el temor se apodera del corazón y aturde la mente, y esto a veces nos lleva a lo incorrecto o nos impide hacer lo debido. Pero debemos recordar que nos acompaña Aquel que es mucho más fuerte que cualquier cosa que nos amenace, y Él no tiene temor. Todavía hay muchos gigantes en la tierra, pero el que está con nosotros es mayor. Él ya derrotó a Sus enemigos y a los nuestros. Él está subyugando victoriosamente los corazones, tal como lo prometió. Él está produciendo fe en nosotros, tal como lo prometió. Y el mayor consuelo que cualquiera de nosotros puede tener, sin importar cuán aterrador o desalentador pueda ser este mundo, es que Jesús, el Capitán de nuestra salvación, está con nosotros siempre, hasta el fin del mundo.

El Dr. Eric B. Watkins es el pastor principal de Covenant Presbyterian Church (OPC) en St. Augustine, Florida, y autor de The Drama of Preaching [El drama de la predicación].

Construir Puentes

¿Qué es la apologética cristiana? En su sentido básico, es la apología de la fe cristiana, la exposición y la defensa de su afirmación de ser la verdad y de tener relevancia en el gran mercado de las ideas. A medida que en nuestros tiempos la evangelización adquiere cada vez más importancia dentro de la comunidad cristiana, se vuelve progresivamente más relevante la necesidad de justificar responsable y seriamente los temas esenciales de la fe cristiana. La apologética tiene como meta dotar a la evangelización de integridad y de profundidad intelectuales, garantizando que la fe permanezca arraigada en la mente tanto como en el corazón. La fe cristiana no consiste solamente en sentimientos o emociones, sino en creencias. Creer a Jesucristo no supone tan solo amarle, adorarle y poner la confianza en él; conlleva creer determinados aspectos concluyentes sobre su persona, creencias que aseguran firmemente y justifican ese amor, esa adoración y esa confianza. La creencia en Dios está unida indisolublemente a las creencias sobre Dios. La meta principal de la apologética cristiana es generar un clima intelectual e imaginativo propicio para el nacimiento y el crecimiento de la fe, la fe en toda su plenitud y su riqueza.

Este libro aspira a reformular la apologética cristiana. No pretende descartar ni desacreditar los enfoques tradicionales sobre la apologética; lo que desea es complementarlos. Su meta es exponer diversas maneras de concebir y desarrollar la labor apologética, maneras que complementen los enfoques más tradicionales. Este libro no tiene un tono especialmente académico, aunque descansa sobre unos fundamentos que lo son rigurosamente. No defiende ninguna teoría única de la apologética, ni una sola manera de ver las cosas ni las obras de un determinado apologista destacado. Más bien, intenta que los recursos sustanciales de la tradición apologética cristiana incidan sobre las personas y las situaciones de mayor relevancia dentro de la sociedad moderna.

Sobre todo, este libro pretende estimular a sus lectores a explorar y a desarrollar modos de defender el evangelio que se adapten a sus propias necesidades y oportunidades especiales. Aunque reconoce los puntos fuertes de la ciencia apologética centrada en los problemas universales, propugna el arte de un enfoque basado en las personas. La apologética responsable se fundamenta tanto en el conocimiento del evangelio como en el de su público. Las personas tienen diversas razones para no ser cristianas; ofrecen puntos de contacto distintos para el evangelio. Una apologética que sea insensible a la individualidad humana y a la diversidad de situaciones en las que se encuentran las personas llegará a un callejón sin salida… y además rápidamente.

Este libro tuvo su origen en una serie de conferencias pronunciadas en la Universidad de Oxford, y se desarrolló durante giras de conferencias en los Estados Unidos y en Australia. Se espera que este libro contribuya a equipar y a animar al pueblo de Dios en los años venideros. Tienen por delante una gran labor y necesitan todos Ios recursos a los que puedan acceder.

Entonces, ¿cómo cumplir esa misión? ¿Cómo lograr que la ciencia y el arte de la apologética estén conectados? Empecemos echando unos sólidos cimientos teológicos sobre los que poder edificar…

“¡Por fin! Un libro brillante sobre la apologética crilta a (esa materia olvidada) de una de las mentes teológicas más lúcidas de nuestros tiempos”. — Michael Green

“Ameno, actualizado y con un alcance impresionante”. — Gordon R. Lewis

“Riqueza de erudición… con utilidad práctica”. — Evangelical Quarterly

“No reserves este libro para los especialistas. Es para tí — John Allan

El autor Alister McGrath es profesor de Teología histórica en la Universidad de Oxford y director de Wycliffe Hall. Ha escrito numerosos libros influyentes, incluyendo Teología práctica y La autoestima y la cruz (con Joanna McGrath).

ÍNDICE

PRIMERA PARTE: Abrir camino para la fe
1. El punto de contacto: Los fundamentos teológicos de la apologética eficaz
2. Los puntos de contacto: Su identidad y su potencial
3. El paso de fe: De la aceptación al compromiso

SEGUNDA PARTE: Superar las barreras para la fe
4. ¿Qué impide que una persona se haga cristiana? Identificar las barreras para la fe
5. Las barreras intelectuales para la fe
6. El choque entre cosmovisiones: Los rivales modernos del cristianismo
Conclusión

* 436 pp. Editorial Andamio .- 2020

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/apologetica/1161-construir-puentes.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

7 razones por las que las familias deberían orar 3

RAZÓN Nº 5: Deberían orar a Dios en familia a diario porque todos están sujetos cada día a las tentaciones. Tan pronto como se levantan, el diablo estará luchando por sus primeros pensamientos. Y cuando se hayan levantado, los instará a hacerle a él el primer servicio y los ayudará todo el día para arrastrarlos a algún pecado odioso antes de la noche. ¿No es el diablo un enemigo sutil, vigilante, poderoso e incansable? ¿No necesitan todos ustedes juntarse por la mañana para que Satanás no pueda prevalecer contra ninguno de ustedes antes de la noche, hasta que vengan de nuevo juntos delante de Dios? ¡A cuántas tentaciones se enfrentarán en sus llamados y su compañía, que, sin Dios, no podrán resistir! ¡Y cómo caerían y deshonrarían a Dios, desacreditarían su profesión, contaminarían sus almas, perturbarían su paz y herirían sus conciencias! Orígenes lo denunciaba en su lamento. Y es que ese día [en el que] omitió la oración, pecó odiosamente: “Pero yo, ¡oh infeliz criatura! Me deslicé de mi cama al amanecer del día y no pude acabar mi acostumbrado devocional ni llevar a cabo mi habitual oración; [sino que] cedí y me envolví en las trampas del diablo”.

RAZÓN Nº 6: Deberían orar en familia a diario porque todos están sujetos a los riesgos, las casualidades y las aflicciones cotidianas y la oración puede prevenirlos, dar fuerza para soportarlos y prepararlos para ellos. ¿Saben ustedes qué aflicción podría caer sobre su familia en un momento del día o de la noche, ya sea por una enfermedad, la muerte o pérdidas externas en su propiedad? ¿Tal vez podría ser una persona que no paga una deuda y se marcha con mucho de tu dinero y otra persona se lleva otro tanto? ¿Están ustedes realmente tan alejados del mundo que esto no provocaría en ustedes una mala reacción que los haría pecar contra Dios? ¿O será que pueden soportarlo sin murmurar y sin descontento, que no necesitan orar para tener un corazón sereno, si estas cosas vienen sobre ustedes? ¿Si salen al extranjero o envían a un hijo o criado están seguros que ustedes o ellos regresarán con vida? Aunque salgan con vida, pueden ser traídos de vuelta muertos. ¿No tienen, pues, necesidad de orar a Dios por la mañana para que guarde sus salidas y entradas, y no deben bendecirle juntos por la noche si lo hiciera? ¿A cuántos males está el hombre expuesto, esté en su casa o fuera? Los pecados que se cometen diariamente, ¿no claman en voz alta que también merecen un castigo diario? ¿Y no deberían ustedes clamar tan alto en su oración diaria que Dios, en sus misericordias, los impida? ¿O si caen sobre ustedes, que los santifique para su bien o los quite? ¿O si permanecen, que los afirme bajo el peso de ellos? Sepan que en ningún lugar estarán a salvo sin la protección de Dios, de día o de noche. Si sus casas tuvieran cimientos de piedra y los muros estuvieran hechos de cobre o de diamante, y las puertas de hierro, con todo, no podrían seguir estando a salvo si Dios no los protege de todo peligro. Oren, entonces.

RAZÓN Nº 7: Deben orar a Dios en familia a diario o los paganos mismos se levantarán contra ustedes, los cristianos, y los condenarán. Los que nunca tuvieron los medios de gracia (como ustedes los han tenido) ni una Biblia para dirigirlos y enseñarles (como ustedes la han tenido), ni ministros enviados hasta ellos (como ustedes los han tenido en abundancia), avergüenzan a muchos de los que se llaman “cristianos” y que hasta hacen grandes profesiones. Cuando he leído lo que dicen algunos paganos que mostraban lo que acostumbraban hacer, y observado la práctica y la negligencia de muchos cristianos en sus familias, he estado a punto de concluir que los paganos eran mejores hombres. Como ustedes pueden saber a través de sus poetas, era su costumbre el sacrificar a sus dioses por la mañana y por la tarde, para poder tener el favor de ellos y tener éxito en sus propiedades.

¿No avergüenzan los paganos a muchos de ustedes? Decían: “Ahora hemos sacrificado, vayamos a la cama”. Ustedes dicen: “Ahora que hemos cenado, acostémonos” o “juguemos una partida o dos de naipes y vayámonos a la cama”. ¿Son ustedes hombres o cerdos con aspecto humano? El Sr. Perkins asemejó a tales hombres a los cerdos que viven sin oración en sus familias, “que están siempre alimentándose de bellotas
con avaricia, pero que nunca miran la mano que las hace caer ni al árbol del que han caído”.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

La Sangre de la Vida


La Biblia dice que el amor de Dios es mejor que la vida (Sal 63:3 NVI). A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido quienes han tomado en serio Su Palabra, eligiendo creer que es mejor morir por el amor de Dios que vivir sin este. Esos son los mártires, quienes bebieron de la copa del sufrimiento hasta lo más profundo, y lo consideraron como un privilegio.

Joseph Tson, de la Sociedad Misionera de Rumania, dijo: «El cristianismo es una religión de martirio porque su fundador fue un mártir». De hecho, la palabra griega traducida como «mártir», que en realidad significa «testigo», llegó a referirse a aquellos que murieron por su fe. 

En la Iglesia del primer siglo (así como hoy), ser un testigo fiel a menudo significaba la muerte. Esteban fue apedreado porque dio un testimonio fiel (Hch 7:59). Más tarde, Jacobo se convirtió en el primer apóstol en ser asesinado cuando Herodes lo mató a espada (Hch 12:2). La tradición afirma que Pablo, Pedro y todos los demás apóstoles, a excepción de Juan, fueron ejecutados, así como también muchos otros santos ordinarios sufrieron el martirio. 

Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia.

Luego, cerca del final del período del Nuevo Testamento, el apóstol Juan tuvo una visión del cielo y vio bajo el altar las almas de los que habían sido martirizados. Ellos clamaban a Dios, preguntándole cuándo se levantaría, mostraría Su triunfo y los reivindicaría (Ap 6:10), algo que los santos que estaban vivos deben haberse preguntado también. 

La respuesta de Dios en Apocalipsis 6:11 es impresionante. Él les dice a los santos martirizados que descansen un poco más, hasta que fuera completado tanto el número de sus consiervos como el de sus hermanos que habrían de ser muertos como ellos. La clara implicación es que hay un número de mártires determinado por el Señor y ese número debe cumplirse antes de que llegue la consumación. «Descansen —dice el Señor— hasta que se complete el número de personas que morirán como ustedes murieron». 

El martirio no es algo accidental, no es algo que toma a Dios desprevenido, no es inesperado, y enfáticamente, no es una derrota estratégica para la causa de Cristo. Sí, puede parecer una derrota, pero es parte de un plan celestial que ningún estratega humano concebiría ni podría diseñar jamás. 

La muerte de Esteban debió haber aturdido a la Iglesia de Jerusalén. Dios permitió que tomaran al portavoz más brillante de la Iglesia, pero la persecución que surgió después de la muerte de Esteban hizo que la Iglesia se dispersara por todas partes en servicio misionero (Hch 8:1, 4). Del mismo modo, la muerte de Jacobo debió haber sacudido a la comunidad. Dios permitió que uno de los doce, el fundamento de la Iglesia, fuera brutalmente asesinado, pero un gran torrente de oración se desató cuando la cabeza de Pedro corría la misma suerte (Hch 12:5). Más tarde, las muertes de Pablo y Pedro en Roma debieron haber provocado que los miembros de este joven movimiento se preguntaran qué sería de ellos si los dos líderes más importantes pudieron ser asesinados en una sola persecución. Muchos vacilaron, pero muchos también se mantuvieron firmes y durante tres siglos el cristianismo creció en un suelo empapado con la sangre de los mártires. 

Hasta la llegada del emperador Trajano (cerca del año 98), la persecución estaba permitida pero no era legal. Desde Trajano hasta Decio (cerca del año 250), la persecución fue legal pero principalmente local. Desde Decio, que odiaba a los cristianos y temía el impacto de ellos en sus reformas, hasta el primer edicto de tolerancia en el 311, la persecución no solo era legal, sino también extendida y generalizada. 

Así es como un escritor describió la situación en este tercer período: «El horror se extendió por todas partes en las congregaciones; y el número de lapsi (los que renunciaban a su fe cuando eran amenazados) … era enorme. Sin embargo, no faltaron quienes permanecieron firmes y sufrieron el martirio en lugar de ceder; y, a medida que la persecución se hacía más amplia y más intensa, el entusiasmo de los cristianos y su poder de resistencia se hicieron más y más fuertes» (Schaff-Herzog Encyclopedia, Enciclopedia Schaff-Herzog, Vol. 1). 

Tertuliano, el defensor de la fe que murió en el 225, dijo a sus enemigos: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por ustedes: la sangre de los cristianos es [la] semilla [de la Iglesia]» (Apologeticus, Cap. 50). Y Jerónimo dijo unos cien años después: «La Iglesia de Cristo se ha fundado derramando su propia sangre, no la de otros; soportando el oprobio, no infligiéndolo. Las persecuciones la han hecho crecer; los martirios la han coronado» (Carta 82). 

Durante trescientos años, ser cristiano era un inmenso riesgo para la vida, las posesiones y la familia. Era una prueba a lo que más amaba una persona. En el extremo de esa prueba estaba el martirio, pero por encima de ese martirio estaba un Dios soberano que dijo: «Hay un número determinado». 

Y continúa siendo así hoy en día. Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia. Tienen un papel especial que desempeñar para taparle la boca a Satanás, quien constantemente dice que el pueblo de Dios solo le sirve por conveniencia, porque le va mejor en la vida, y porque tienen un lugar especial en el coro celestial. Los mártires no están muertos; ellos están vivos, y alaban a Dios en el cielo hoy; el noble ejército de mártires continúa alabando a Dios porque todos dijeron: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21). Todos creyeron que Cristo valía más que la vida, más que enamorarse, más que casarse y tener hijos, más que ver a sus hijos crecer, más que hacerse de una reputación para ellos mismos, más que tener el cónyuge de sus sueños, la casa de sus sueños y el crucero de sus sueños. Para ellos Cristo valía más que todos sus planes y sus sueños. Todos ellos dijeron: «Es mejor ser privado de mis sueños, si es que puedo ganar a Cristo». 

¿Dirías tú con el apóstol Pablo que el deseo de tu corazón es que Cristo sea exaltado en tu cuerpo, ya sea por vida o por muerte? ¿Amas tanto a Jesús? ¿Lo amas tanto que perderlo todo para estar con Él (2 Co 5:8) sería una ganancia? 

¿Amas a Cristo más que a la vida?

John Stephen Piper (11 de enero de 1946, Tennessee, Estados Unidos) es un  predicador  evangélico bautista evangelista, autor, escritor bautista, y sirvió como pastor en la iglesia Bautista de Bethlehem en Minneapolis, afiliada a Converge, durante 33 años.

7 razones por las que las familias deberían orar 2

RAZÓN Nº 3: Deberían ustedes elevar sus plegarias a Dios en familia cada día porque son muchas las carencias que tienen a diario y nadie las puede suplir, sino Él. ¡Dios no [necesita] sus oraciones, pero ustedes y los suyos [necesitan] las misericordias que vienen de Él! Si desean estas bendiciones ¿por qué no oran por ellas? ¿Pueden ustedes suplir las necesidades de su familia? Si les falta salud, ¿acaso pueden ustedes dársela? Si no tienen pan, ¿pueden ustedes proporcionárselo, a menos que Dios lo provea? ¿Por qué, pues, nos dirigió Cristo a orar de la siguiente manera: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mt. 6:11)? Si están faltos de gracia, ¿pueden ustedes obrarla en ellos? ¿O es que nos les importa que mueran sin ella? ¿No es Dios el Dador de toda cosa buena? “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (Stg. 1:17).

Las bendiciones son del cielo y las buenas dádivas vienen de lo alto; la oración es un medio señalado por Dios para hacerlas descender. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios” (Stg. 1:5). ¿Piensan que no necesitan sabiduría para realizar sus deberes hacia Dios y hacia el hombre, para guiar a sus familias para su bien temporal, espiritual y eterno? Si es ésta su convicción, son ustedes unos necios. Y si creen que no tienen necesidad de sabiduría, por esos mismos pensamientos pueden discernir su [falta] de ella. Si creen que tienen suficiente, es evidente que no tienen ninguna. ¿Y no se la pedirían a Dios si quisieran tenerla? Si ustedes y los suyos carecen de salud en sus familias, ¿no deberían pedírsela a Dios? ¿Pueden ustedes vivir sin depender de Él? ¿O pueden decir que no necesitan su ayuda para suplir sus necesidades? Si es así, ustedes se contradicen y es que estar pasando necesidades y no ser seres dependientes es una contradicción. Pensar que no viven en dependencia de Dios es creer que no son hombres ni criaturas. Y si en verdad dependen de Él y necesitan su ayuda para suplir sus [necesidades], su propia pobreza debería hacerlos caer de rodillas para orar a Él.

RAZÓN Nº 4: Deberían orar en familia a diario, por los empleos y las tareas cotidianas. Cada uno que pone su mano a trabajar, su cabeza a idear, debería poner su corazón a orar. ¿No sería su actividad comercial en vano, su labor y su trabajo, sus preocupaciones y sus proyectos para el mundo, sin propósito sin la bendición de Dios? ¿Les convencería que Dios mismo se lo dijera? Entonces lean el Salmo 127:1-2:“Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican… Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores”. ¡Pan de dolores! Sin Dios, trabajan en vano para conseguir pan para ustedes y sus familias. Podrían sufrir necesidad aun después de todo su afán. Y sin la bendición de Dios, si lo comen cuando lo han conseguido con mucho esfuerzo y preocupación, lo comerán en vano porque sin Él no podrá nutrir sus cuerpos.

Después de considerar estas cosas, ¿no es necesario orar a Dios para prosperar y tener éxito en sus llamados? La oración y el duro trabajo deberían fomentar aquello que es su objetivo. Orar y no hacer las obras de sus llamados sería esperar provisiones mientras son negligentes. Trabajar duro y comerciar sin orar sería esperar prosperar y tener provisión sin Dios. La fe cristiana que les da deberes santos no les enseña a descuidar sus llamados ni tampoco a confiar en sus propios esfuerzos sin orar a Dios. Pero ambas cosas deben mantener su lugar y tener una porción de su tiempo. La oración es una cosa media entre la dádiva de Dios y nuestra recepción. ¿Cómo pueden recibir si Dios no da? ¿Y por qué esperan que Dios de, si no piden? “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2).

Oren por aquello por lo que trabajan. Y en aquello por lo que oran, trabajen y esfuércense. Y ésta es la verdadera conjunción de trabajo y oración. ¿O acaso serán ustedes como [aquellos] a los que les habla el apóstol? “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos” (Stg. 4:13). ¿Harán, pero no pedirán permiso a Dios con respecto a si pueden o no? ¿Irán, aunque Dios los postre en una cama de enfermedad o en sus tumbas? Háganlo si pueden. ¿Pasarán allá un año? ¿Y qué si la muerte los arrastra tan pronto como lleguen allí? Si la muerte manda que sus cuerpos vuelvan al polvo, a la tumba y los demonios vienen a buscar sus almas para llevarlas al infierno, después de esto “¿seguirán en esa ciudad durante un año?”. Si una parte de ustedes está en la tumba y la otra en el in-fierno, ¿qué parte de ustedes va a seguir en la ciudad? ¿Comprarán y venderán? ¿Y si Dios no les da ni dinero ni crédito? Me pregunto con quiénes negociarán. ¿Obtendrán ganancia? Están decididos a hacerlo; piensan que lucharán y prosperarán y que se harán ricos. ¿Y si Dios maldice sus esfuerzos y dice: “¡No lo harán!”? Quieren todo esto y tendrán lo que quieren; pero su poder no equivale a su voluntad. Aquí hay mucha voluntad, pero ni una palabra de oración. No deberían ir a su trabajo ni a sus tiendas y llamados hasta haber orado primero a Dios.

Continuará …

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

365 días con J.C.Ryle

El primer advenimiento del Mesías debía ser un advenimiento de humillación. Esa humillación comenzaría desde el momento de su concepción y nacimiento.

A través de una cuidadosa recopilación de lecturas diarias, extraídas de las Meditaciones sobre los Evangelios de J.C. Ryle, Robert Sheehan nos ofrece un encuentro diario con las verdades de los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas comentadas con profundidad y claridad. Sus palabras de reto y ánimo, llenas de amor al Señor Jesucristo y de sabiduría práctica, las convierten en una estupenda herramienta de reflexión y meditación para el tiempo devocional individual o familiar. 

Este libro incluye una reflexión y lectura de J.C. Ryle para cada día del año, que junto al versículo diario, la lectura adicional recomendada y la meditación, convierten esta obra en una herramienta idonea para tener un momento devocional diario. Junto a 365 días con Juan Calvino y 365 días con George Whitefield forman una serie de libros devocionales para al menos 3 años con lo mejor de estos 3 autores.

Te presentamos a continuación los 5 primeros días del mes de Enero para que tengas un acercamiento a estas obras sobre el terreno.

1 ENERO Lucas 1:5-7 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Hebreos 12:4-13

Señalemos en este pasaje, por un lado, el buen testimonio que ofrecen los personajes de Zacarías y Elisabet. Se nos dice: «eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor». Importa poco si interpretamos esta justicia como aquella que se imputa a todos los creyentes para su justificación o como aquella que el Espíritu Santo obra interiormente en los creyentes para su santificación. Estas dos clasesde justicia nunca están desvinculadas. No hay justificados que no sean santificados; y no hay santificados que no sean justificados. Nos basta con saber que Zacarías y Elisabet recibieron gracia cuando la gracia era algo muy raro, y que guardaban todas las gravosas ordenanzas de las leyes ceremoniales con reverente rigurosidad cuando pocos israelitas se preocupaban de ellas excepto de manera nominal y formal.

Respecto a nosotros, destaca en este pasaje el ejemplo que esta santa pareja enseña a los cristianos. Esforcémonos por servir a Dios fielmente y por vivir plenamente conforme a la luz recibida como hicieron ellos.

Cabe destacar, por otro lado, la gran prueba por la que Dios quiso que pasaran Zacarías y Elisabet; se nos dice: «no tenían hijo» (v. 7). Difícilmente puede comprender un cristiano moderno todo lo que implicaban estas palabras. Para un judío de la Antigüedad representaba una aflicción muy grande. Carecer de hijos era una de las pruebas más amargas (cf. 1 S 1:10).

La gracia de Dios no evita a nadie los problemas. A pesar de que este santo sacerdote y su esposa eran «justos», tenían un pesar en sus vidas. Recordemos esto si servimos a Cristo y no consideremos las pruebas como algo extraño. Más bien creamos que la sabiduría perfecta de Dios actúa según lo que más nos conviene, y que, cuando Dios nos disciplina, es para «que participemos de su santidad» (He 12:10). Si las aflicciones nos conducen más cerca de Cristo y de la Biblia y nos llevan a orar más, son verdaderas bendiciones. Puede que no pensemos eso ahora, pero pensaremos así cuando nos despertemos en el otro mundo.

MEDITACIÓN: Dios hace que todas las circunstancias obren para nuestro bien si le amamos (Ro 8:28). Él sabe lo que pasaría si nuestras circunstancias fueran diferentes (Sal 81:13-15; Mt 11:21-23). ¿Acaso no podemos confiar en que su sabiduría haya orquestado las circunstancias que más nos convienen para cada situación?

2 ENERO Lucas 1:8-12 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Salmo 111

Dios anunció el futuro nacimiento de Juan el Bautista. Se nos dice que a Zacarías se le apareció un ángel del Señor. El ministerio de los ángeles es sin duda una cuestión profunda. En ningún lugar de la Biblia encontramos tan frecuente mención de ellos como en el período del ministerio terrenal de nuestro Señor. Y en ningún momento leemos de tantas apariciones de ángeles como en el de la encarnación y entrada en el mundo de nuestro Señor. El significado de esta circunstancia es bastante claro. Su propósito era enseñar a la Iglesia que el Mesías no era un ángel, sino el Señor de los ángeles, así como el de los hombres. Los ángeles anunciaron su llegada. Los ángeles proclamaron su nacimiento. Los ángeles se regocijaron por su aparición. Y, al hacerlo así, dejaron claro que aquel que venía a morir por los pecadores no era uno de ellos, sino alguien que estaba por encima de ellos: el Rey de reyes y Señor de señores.

De todas las cosas acerca de los ángeles, hay algo que nunca debemos olvidar: tienen un profundo interés en la obra de Cristo y en la salvación que Cristo ha provisto. Cantaron excelsas alabanzas cuando el Hijo de Dios descendió para hacer la paz entre Dios y el hombre por medio de su propia sangre. Se regocijan cuando los pecadores se arrepienten y nacen hijos de nuestro Padre celestial. Se deleitan en ministrar a aquellos que serán los herederos de la salvación. Esforcémonos por ser como ellos mientras estamos en la tierra, tengamos su mentalidad y compartamos sus alegrías. Señalemos en este pasaje, por último, el efecto que produjo en la mente de Zacarías la aparición de un ángel. Esta experiencia de este hombre justo concuerda exactamente con la de otros santos bajo circunstancias parecidas. Como él, cuando tuvieron visiones de cosas que pertenecían al otro mundo temblaron y tuvieron temor.

¿Cómo explicamos este temor? Para esta pregunta solo hay una respuesta. Surge de nuestro sentimiento interno de debilidad, culpa y corrupción. La visión de un habitante del Cielo nos recuerda a la fuerza nuestra propia imperfección y nuestra inadecuación natural para estar delante de Dios. Si los ángeles son tan grandes y terribles, ¿cómo será el Señor de los ángeles?

Bendigamos a Dios porque tenemos un poderoso mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. Creyendo en él, podemos acercarnos a Dios con confianza y mirar hacia adelante al día del juicio sin temor. Sin embargo, temblemos al pensar en el terror de los impíos en el día final.

MEDITACIÓN: Nuestro mundo moderno es un testimonio de la sabiduría y el conocimiento de hombres que han desechado el temor de Dios (Ro 3:18). Pero donde no hay temor de Dios, no hay ni verdadera sabiduría ni conocimiento (Sal 111:10; Pr 1:7).

3 ENERO Lucas 1:13-17 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Salmo 40:1-10

El que la respuesta a las oraciones se retrase no necesariamente indica que estas sean rechazadas. Zacarías, sin duda, habría orado a menudo pidiendo la bendición de tener hijos y, al parecer, había orado en vano. En esta avanzada etapa de su vida, probablemente habría cesado de mencionar esta cuestión delante de Dios y habría abandonado toda esperanza de ser padre. Pero las primeras palabras del ángel muestran claramente que las oraciones pasadas de Zacarías no habían sido olvidadas (v. 13).

Haremos bien en recordar este hecho cuando nos arrodillemos a orar. Debemos evitar concluir precipitadamente que nuestras súplicas son inútiles, y especialmente cuando se trata de la oración intercesora a favor de otros. No nos corresponde prescribir el tiempo o la forma en que han de ser respondidas nuestras peticiones.

El versículo 14 nos enseña que ningún hijo produce tanto gozo como los que reciben la gracia de Dios. Es mil veces mejor para ellos que la belleza, las riquezas, los honores, el rango o los contactos importantes. Sin gracia, no sabemos lo que pueden llegar a hacer. Es posible que hagan descender nuestras canas con pesar a la tumba.

Los hijos nunca son demasiado jóvenes para recibir la gracia de Dios (v. 15). No hay mayor error que pensar que los niños, por razón de su tierna edad, son incapaces de experimentar la operación del Espíritu Santo. Tengamos cuidado de no limitar el poder y la compasión de Dios. Con él nada es imposible.

La medida de la grandeza que predomina entre los hombres es tremendamente falsa y engañosa. Los príncipes y potentados, los conquistadores y los que dirigen ejércitos, los gobernantes y filósofos, artistas y autores, son la clase de hombres a quienes el mundo considera «grandes». Esa grandeza no es la que reconocen los ángeles de Dios. Ellos consideran grandes a aquellos que hacen grandes cosas para Dios. A los que hacen poco para Dios, los tienen en poco.

MEDITACIÓN: ¿Estamos buscando la alabanza y aprecio de Dios o la de los hombres? (Jn 5:44; Ro 2:29; 1 Co 4:2-5).

4 ENERO Lucas 1:18-25 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Hebreos 3:7-13

En este pasaje vemos el sorprendente ejemplo del poder de la incredulidad en un hombre bueno. A pesar de ser justo y santo, a Zacarías, el anuncio del ángel le parece increíble (v. 18).

Un judío docto como Zacarías no debería haber planteado semejante pregunta. Sin duda estaba bien versado en las Escrituras del Antiguo Testamento. Debería haber recordado los maravillosos nacimientos de Isaac, Sansón y Samuel en tiempos pasados. Debería haber recordado que lo que Dios ha hecho una vez puede volver a hacerlo y que para él no hay nada imposible. Pero se olvidó de todo eso. No pensó más que en los argumentos del razonamiento humano y el sentido humano. Y suele ocurrir en cuestiones religiosas que, cuando comienza la razón, se acaba la fe.

Cuán pecaminoso es el pecado de la incredulidad a los ojos de Dios (v. 20). Las dudas y preguntas de Zacarías le acarrearon un duro castigo. Fue un castigo acorde con la ofensa: la lengua que no estaba dispuesta a hablar el lenguaje de la alabanza confiada se quedó muda. Durante nueve largos meses, por lo menos, Zacarías estuvo condenado al silencio, lo cual le supuso un recordatorio diario de que, por su incredulidad, había ofendido a Dios.

Pocos pecados parecen tan especialmente provocadores para Dios como el pecado de incredulidad. Dudar de que Dios pueda hacer algo cuando promete hacerlo es negar en la práctica que es el Todopoderoso. Dudar de que Dios vaya a hacer algo cuando ha prometido claramente que lo hará es pensar que Dios miente.

Vigilemos y oremos diariamente contra este pecado destructor del alma. Las concesiones en cuanto al mismo roban a los creyentes su paz interior, debilitan sus manos en el día de la batalla, traen nubarrones sobre sus esperanzas. La incredulidad es la verdadera causa de miles de enfermedades espirituales. En todo lo que respecta al perdón de nuestros pecados y a la aprobación de nuestras almas, a las obligaciones y a las pruebas de nuestra vida cotidiana, establezcamos la máxima religiosa de confiar en la Palabra de Dios incondicionalmente y guardémonos de la incredulidad.

MEDITACIÓN: ¿Obtienes poco provecho de la Palabra de Dios, leída o predicada, porque recibes muy poco de ella con fe? (He 4:2).

5 ENERO Lucas 1:26-33 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Mateo 12:46-50

En estos versículos tenemos el anuncio del acontecimiento más maravilloso que ha ocurrido en este mundo: la encarnación y el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

El primer advenimiento del Mesías debía ser un advenimiento de humillación. Esa humillación comenzaría desde el momento de su concepción y nacimiento. Guardémonos de despreciar la pobreza en otros o en nosotros mismos. El nivel de vida que Jesús escogió voluntariamente debería ser considerado siempre con santa reverencia. Debemos resistirnos a la común tendencia de nuestros días a inclinarnos ante los ricos y a convertir el dinero en un ídolo, y no debemos fomentarla. El ejemplo de nuestro Señor es suficiente respuesta para un millar de máximas serviles bastante corrientes entre los hombres acerca de la riqueza (2 Co 8:9).

Notemos, en segundo lugar, cuán gran privilegio tuvo la virgen María. El lenguaje que utiliza el ángel Gabriel con ella es extraordinario. Es bien sabido el hecho de que la Iglesia católica romana honra a la virgen María de manera poco inferior a como honra a su bendito Hijo. La Iglesia católica romana declara acerca de ella que fue «concebida sin pecado». Es objeto de adoración por parte de los católicos romanos y se ora a ella como mediadora entre Dios y los hombres, considerándola tan poderosa como Cristo mismo. Respecto a esto debemos recordar que no existe la más ligera justificación para ello en la Escritura. Pero, al tiempo que decimos esto, debemos admitir con imparcialidad que ninguna mujer fue nunca tan honrada como la madre de nuestro Señor. Por medio del parto de una mujer, la vida y la inmortalidad salieron a la luz cuando Cristo nació.

Los cristianos no deben olvidar una cosa en relación con este asunto. Existe una relación con Cristo que se halla alcance de todos nosotros; una relación mucho más cercana que la de la carne y la sangre; una relación que pertenece a todos aquellos que se arrepienten y creen (Mr 3:35; Lc 11:28).

¡Cuán gloriosa descripción acerca de nuestro Señor Jesucristo! (vv. 32-33). Acerca de su grandeza ya sabemos algo: ha provisto una poderosa salvación. Ha demostrado ser un Profeta mayor que Moisés. Es el gran Sumo Sacerdote y será mayor aun cuando se convierta en Rey.

MEDITACIÓN: Los verdaderos hermanos de nuestro Señor poseen un parecido familiar (Ro 8:29).

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7 razones por las que las familias deberían orar 1

RAZÓN Nº 1: Porque cada día recibimos misericordias de la mano de Dios para la familia. Cada día nos colma de beneficios (Sal. 68:19). Cuando se despiertan por la mañana y encuentran que su morada está segura, que no la ha consumido el fuego ni ha sido allanada por ladrones, ¿no es esto una misericordia de Dios para la familia? Cuando despiertan y no encuentran a nadie muerto en su cama, ni reciben malas noticias por la mañana, ni hay ningún niño muerto en una cama y otro en otra; y no hay dormitorio en la casa, en el que la noche anterior muriera alguien, sino que, al contrario, los encuentran a todos bien por la mañana, refrescados por el descanso y el sueño de la noche, ¿no son estas y muchas otras bendiciones de Dios sobre la familia suficientes para que al levantarse ustedes llamen a su familia y todos juntos bendigan a Dios por ello? De haber sido de otro modo, [si] el amo o la ama de casa [estuvieran] muertos, o los niños, o los criados, ¿no diría el resto: “Habría sido una misericordia para todos nosotros si Dios lo hubiera dejado vivo a él, a ella, a ellos?”. Si sus casas hubieran sido consumidas por las llamas y Dios los hubiera dejado a todos en la calle antes del amanecer, ¿no habrían dicho: “Habría sido una misericordia si Dios nos hubiera mantenido a salvo a nosotros y nuestra morada, y hubiéramos descansado, dormido y nos hubiéramos levantado a salvo?”. ¿Por qué no reconocen ustedes, señores, que las misericordias son misericordias hasta que Dios se las quita? Y si lo admiten, ¿no deberían alabar a diario a Dios? ¿Acaso no fue Él mismo quien vigilaba mientras ustedes dormían y no podían cuidar de ustedes mismos? “Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia… Pues que a su amado dará Dios el sueño” (Sal. 127:1-2).

De la misma manera en que las familias reciben muchas misericordias durante la noche para que bendigan a Dios por la mañana, también tienen muchas otras durante el día para que puedan darle gracias, por la noche, antes de acostarse. Me parece que no deberían dormir tranquilamente hasta haber estado juntos, arrodillados, no vaya a ser que Dios diga: “Esta familia que no ha reconocido mi misericordia hacia ellos en este día ni me ha dado la gloria por esos beneficios con los que los he confortado, no volverá a ver la luz de otro día ni tendrá misericordias un día más por las que bendecirme”. ¿Qué ocurriría si Dios les dijera cuando ya están acostados en su cama: “Esta noche vendrán a pedir sus almas, ustedes que se han ido a la cama antes de alabarme por las misericordias que he tenido con ustedes durante todo el día y antes de que oraran pidiendo mi protección sobre ustedes en la noche”? Pongan atención: Aunque Dios sea paciente, no lo provoquen.

RAZÓN Nº 2: Deberían orar a Dios a diario con sus familias porque hay pecados que se cometen a diario en la familia. ¿Pecan ustedes juntos y no orarán juntos? ¿Y si fueran condenados todos juntos? ¿Acaso no comete cada miembro de su familia muchos pecados cada día? ¿Cuán grande es el número de todos ellos cuando se consideran o se contemplan juntos? ¡Cómo! ¿Tantos pecados cada día bajo el mismo techo, entre sus paredes, cometidos contra el glorioso y bendito Dios, y ni una sola oración? Un pecado debería lamentarse con un millar de lágrimas; pero no se ha derramado ni una sola, nadie ha llorado por nada, juntos en oración, ni por un millar de pecados. ¿Es esto arrepentirse cada día cuando no confiesan sus pecados a diario? ¿Quieren que Dios perdone todos los pecados de su familia? ¡Contesten! ¿Sí o no? Si no quieren, Dios podría dejarles ir a la tumba y también al infierno con la culpa del pecado sobre sus almas. Si quieren [que Dios perdone todos los pecados de su familia], ¿no merece la pena pedir perdón? ¿Querrían y no lo suplicarían de las manos de Dios? ¿No juzgarían todos que un hombre justamente condenado, que aún pudiera tener vida solo con pedirla y no lo hiciera, merecería la muerte? ¿Cómo pueden acostarse tranquilamente y dormir con la culpa de tantos pecados sobre sus almas, sin haber orado para que sean borrados? ¿De qué está hecha su almohada, que sus cabezas pueden descansar sobre ella bajo el peso y la carga de tanta culpa? ¿Acaso es su cama tan mullida o su corazón tan duro que pueden descansar y dormir cuando a todos los pecados que han cometido en el día le añaden por la noche, este otro de la omisión? Tómense en serio los pecados que a diario se cometen en sus familias y sentirán que hay una razón por la que deberían orar a Dios juntos cada día.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

Una Iglesia del primer Siglo

No es raro escuchar a los cristianos modernos decir que asisten a una iglesia del Nuevo Testamento. Tomando en cuenta todo lo que eso podría significar, mi primer impulso es preguntar algo como: «¿Por qué querrías hacer eso?». ¿Borracheras en la Cena del Señor? ¿Controversias sobre tocino, idolatría y circuncisión? Por supuesto, si el que hace la declaración simplemente intenta afirmar la sola Scriptura, entonces no hay nada excepcional en esa opinión, aunque haría bien en incluir el Antiguo Testamento. Sin embargo, la situación suele ser mucho más compleja.

Un conjunto de suposiciones románticas sobre la revelación y la historia impulsa esta opinión. En este punto de vista, la Iglesia en el primer siglo era pura, bien gobernada y madura, y no fue hasta que los apóstoles empezaron a morir que las corrupciones comenzaron a inundarla. En esto vemos la típica creencia evangélica sobre la historia de la Iglesia: hubo una Edad de Oro que duró de cien a trescientos años, luego mil años o más de oscuridad. 

A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. 

Ahora, todos los herederos de la Reforma reconocen que sí hubo corrupciones de doctrina y de práctica —de lo contrario, ¿para qué hacer una Reforma entonces?— pero la posición protestante clásica  coloca el verdadero problema mucho más adelante en el tiempo, y lo ve como un proceso muy gradual que infectó a algunas facciones de la Iglesia mucho más que a otras. Por ejemplo, sabemos que en la corte de Carlomagno estaban sucediendo cosas maravillosas, y durante la Plena Edad Media encontramos a santos fieles trabajando en la obra del evangelio. 

La insatisfacción con la forma en la que algunas cosas marchaban fue lo que impulsó la Reforma, un movimiento desde dentro de la Iglesia para reformar esa misma Iglesia. Ahora, esto nos lleva de regreso al siglo I. Nuestras perspectivas de ese siglo son una buena prueba de fuego para los cristianos modernos. Una perspectiva es que la Iglesia moderna es una restauración: la Iglesia original casi desapareció, pero Dios la ha traído de vuelta. Esta mentalidad restauracionista ve la obra de Dios en este continente en los últimos dos siglos como si Dios hubiera comenzado de nuevo. Cuando se hace la pregunta: «¿Dónde estaba tu iglesia antes de (inserta la fecha de la fundación de tu denominación)?», la respuesta habitual es: «En el siglo I». Pero el protestante clásico, cuando se le pregunta dónde estaba su iglesia antes de la Reforma, responde preguntando: «¿Dónde estaba tu cara antes de que te la lavaras?». 

El contraste es entre una visión de la historia que ve la levadura trabajando a través del pan y una visión que ve el reino de Dios viniendo de manera definitiva pero inconstante, con altas y bajas. Según este último punto de vista, debido a que la Iglesia del primer siglo estaba completa, lo que tenemos ahora debe estar completo. Es una mentalidad de todo o nada. La visión inicial contempla espacio para el desarrollo, el retroceso, la reforma, el avance del credo y así sucesivamente; no es perfeccionista. Pero la suposición de todo o nada es perfeccionista, y esto explica su dogmatismo defensivo sobre las cosas más indefendibles. 

Considera algunos de los problemas con nuestros estilos de adoración, con nuestras tradiciones. Debido a nuestro compromiso a priori de ser «la Iglesia del Nuevo Testamento», tendemos a entender nuestras prácticas anacrónicamente.  A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. Es por esto que se ha llegado a creer que formas de adoración inventadas en la frontera de Kentucky fueron las prácticas de Pedro, Santiago y Juan. Un coro con tres acordes acompañados de una guitarra parece mucho más espiritual, simple, sencillo y piadoso que, digamos, una pared de tubos para un órgano. Y hay gente que realmente cree que el vino del Nuevo Testamento era 100% jugo de uva, y piensan esto porque alguien empezó a insistir en que era jugo de uva en algún lugar en Missouri hace poco más de un siglo. Pero a la luz de la historia, insistir en que Pablo sirvió jugo de uva en la Cena del Señor es tan tonto como afirmar que él usó una corbata. 

Algunas tradiciones de la Iglesia medieval se alejaron de los estándares establecidos por la Escritura en el primer siglo, y esta desviación era de condenar y requería una reforma. Los reformadores querían, con razón, regresar ad fontes, «a las fuentes». Sin embargo, las fuentes a las que apelaban no se limitaban a la Escritura, aunque la Escritura era la norma final e infalible. Los reformadores eran los mejores eruditos patrísticos en la Europa de su tiempo, y comprendían los patrones fieles que la Iglesia había seguido durante siglos. 

En contraste a esto, en lugar de ver nuestra era a la luz de la revelación y la historia subsiguiente, tendemos a colocar las Escrituras en un contexto cultural —el nuestro— y leerlas e interpretarlas de acuerdo a ello. Por la gracia de Dios, muchos de los elementos del evangelio han sido interpretados con precisión. No obstante, de muchas otras maneras, nuestras tradiciones evangélicas son simplemente tontas o absurdas, y esto se debe a que, en muchos aspectos, lo último que quisiéramos tener es una Iglesia del primer siglo.

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Douglas Wilson es pastor de Christ Church en Moscow, Idaho, y escritor de numerosos libros.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

La Palabra de Dios y la oración familiar 2

  1. Considera los grandes y profundos misterios contenidos en la Palabra de Dios que deben leer juntos. Verás que también aparecerá la necesidad de orar juntos. ¿No encierra, acaso, esa Palabra la doctrina concerniente a Dios, la forma en que se le debería conocer, amar, obedecer, adorar y deleitarse uno en Él? En cuanto a Cristo, Dios y hombre, es un misterio sobre el cual se maravillan los ángeles y que ningún hombre puede entender o expresar, y que ninguno puede explicar por completo. Con respecto a los oficios de Cristo, la Palabra declara que son los de Profeta, Sacerdote y Rey. El ejemplo y la vida de Cristo, sus milagros, las tentaciones que soportó, sus sufrimientos, su muerte, sus victorias, su resurrección, ascensión e intercesión y su venida para juzgar se plasman en la Palabra divina. ¿No se encuentran en las Escrituras la doctrina de la Trinidad, de la miseria del hombre por el pecado y su remedio en Cristo? ¿Y también el pacto de gracia, las condiciones de éste y los sellos del mismo? ¿Los muchos privilegios preciosos y gloriosos que tenemos por Cristo: La reconciliación con Dios, la justificación, la santificación y la adopción? ¿Las diversas gracias por obtener, los deberes que realizar y el estado eterno de los hombres en el cielo o en el infierno? ¿No están estas cosas y otras como ellas, en la Palabra de Dios que se debe leer a diario en tu hogar? ¿Y sigues sin ver la necesidad de orar antes y después de leer la Palabra de Dios? Sopésalo bien y lo comprenderás.

3. Considera cuánto le incumbe a toda la familia saber y entender estas cosas tan necesarias para la salvación. Si las ignoran, están perdidos. Si no conocen a Dios, ¿cómo podrán amarlo? Podemos amar a un Dios y a un Cristo invisibles (1 P. 1:8), pero nunca a un Dios desconocido. Si tu familia no conoce a Cristo, ¿cómo creerán en Él? Y, sin embargo, tienen que perecer y ser condenados de no hacerlo. Tendrán que perder para siempre a Dios y a Cristo, al cielo y sus almas, si no se arrepienten, creen y se convierten. Y dime, si la lectura de este Libro es la que los hará comprender la naturaleza de la verdadera gracia salvífica, ¿no será necesaria la oración? Sobre todo cuando muchos poseen la Biblia y la leen, pero no entienden las cosas que tienen que ver con su paz.

4. Considera, además, la ceguera de sus mentes y su incapacidad, sin las enseñanzas del Espíritu de Dios, para conocer y comprender estas cosas. ¿No es necesaria la oración?

5. Considera también, que el atraso de sus corazones a la hora de prestar atención a estas verdades importantes y necesarias de Dios, y su falta de disposición natural al aprendizaje demuestran que es necesario que Dios los capacite y les dé la voluntad de recibirlas.

6. Una vez más, considera que la oración es el medio especial para obtener conocimiento de Dios y su bendición sobre las enseñanzas y las instrucciones del cabeza de familia. David oró pidiéndole a Dios: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Sal. 119:18). En la Palabra de Dios hay “maravillas”. Que el hombre caído pueda ser salvo es algo maravilloso. Que un Dios santo se reconciliara con el hombre pecador es maravilloso. Que el Hijo de Dios adoptara la naturaleza del hombre, que Dios se manifestara en la carne y que el creyente fuera justificado por la justicia de otro son, todas ellas, cosas maravillosas.

Sin embargo, existe oscuridad en nuestra mente y un velo sobre nuestros ojos; además, las Escrituras forman un libro con broche, cerrado, de manera que no podemos entender estas cosas grandiosas y maravillosas de una forma salvífica, y depositar nuestro amor y nuestro deleite principalmente en ellas, a menos que el Espíritu de Dios aparte el velo, quite nuestra ignorancia e ilumine nuestra mente. Y esta sabiduría es algo que debemos buscar en Dios, mediante la oración ferviente. Ustedes, los que son cabezas de familias, ¿no querrían que sus hijos y criados conocieran estas cosas y que estas tuvieran un efecto sobre ellos? ¿No querrían, ustedes, que se grabaran en sus mentes y en sus corazones las grandes preocupaciones de su alma? ¿Los instruyen ustedes a este respecto? La pregunta es: ¿Pueden ustedes llegar a sus corazones? ¿Pueden ustedes despertar sus conciencias? ¿No pueden? Y aun así, ¿no te lleva esto a orar a Dios con ellos para que Él lo lleve a cabo? Mientras estén orando juntamente con ellos, Dios puede estar disponiendo en secreto y preparando poderosamente sus corazones para que reciban su Palabra y las instrucciones de ustedes a partir de estas.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”. Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

La Cruz de Cristo

¿Por qué dedicarnos a reflexionar sobre la muerte de Jesucristo en el Monte Calvario en las afueras de Jerusalén? ¿No es una pérdida de tiempo dar tanta importancia a un acontecimiento lejano en el tiempo, del que, fuera de la Biblia, tenemos muy pocos datos, y que pasó desapercibido para la inmensa mayoría de los contemporáneos de Jesús de Nazaret?

Entre muchas razones, podemos destacar tres. Primero, porque la cruz de Cristo se halla en el centro del evangelio cristiano que tenemos la misión de proclamar. John Stott afirmó en su magnum opus sobre la cruz que “la cruz ocupa el centro mismo de la fe evangélica […], ocupa el lugar central en la fe bíblica e histórica”. Este fue el mensaje que los seguidores de Jesús comenzaron a propagar con enorme celo desde pocos días después de su muerte y resurrección, y que siguen proclamando hoy en día en todo el mundo. Para una humanidad atrapada por la maldad, perdida en la oscuridad y que es incapaz de resolver los problemas acuciantes del egoísmo, el odio, la violencia y la crueldad que marcan al ser humano de manera innegable, no existen mejores noticias que las que aporta el evangelio de Cristo. Solo el mensaje de perdón, transformación y salvación que Dios nos ofrece, en base al sacrificio de Cristo en la cruz, presenta la solución que el mundo necesita de manera desesperada. Sin la predicación del evangelio, no hay esperanza para el mundo. Sin la cruz de Cristo, no hay evangelio que predicar.

En segundo lugar, la cruz de Cristo es lo que mejor nos ilumina a nosotros y a nuestra situación existencial. Es a través de la cruz cómo podemos llegar a comprender el peligro de gravedad incalculable que nos amenaza a los seres humanos caídos, colocados bajo el juicio de Dios, el justo Juez de toda la tierra, él que “tiene poder para arrojar al infierno”. La maldad anida en el corazón humano, como enseñó Jesucristo,’ y como demuestra de manera indiscutible la historia de la humanidad. Siglos y milenios de esfuerzo humano han sido incapaces de resolver este problema fundamental y universal. La cruz nos enseña que no hay escapatoria para los que somos pecadores ante Dios, que no sea la muerte de su Hijo en el Calvario, donde tomó el lugar que nos correspondía a nosotros. Pablo el apóstol habló acerca de “la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo para todos los que creen, porque no hay distinción; por cuanto todos pecaron, y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe”. Solo la cruz de Cristo ofrece un camino de liberación de nuestra esclavitud al mal. Solo el poder del evangelio es capaz de transformar a pecadores en santos.

Podemos aducir una tercera razón: la cruz ilumina también a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo. “Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. La cruz nos proporciona la evidencia más contundente acerca del amor inagotable de Dios hacia sus criaturas rebeldes y empedernidas en la maldad. “En esto conocemos el amor, en que él [Cristo] puso su vida por nosotros”. A pesar del hecho de que nosotros habíamos dado la espalda a Dios, despreciando su invitación a experimentar la reconciliación y la paz, él tomó la iniciativa, por medio de su Hijo Jesucristo, para buscar nuestra redención de la situación de esclavitud al maligno, al pecado y a la muerte en que estábamos atrapados. Lo hizo al impulso de su compasión y amor, aun cuando el precio de nuestro rescate fue tan alto.

El apóstol Pablo comprendió perfectamente la centralidad de la cruz de Cristo en el mensaje del evangelio. En su primera carta a los cristianos en Corinto, afirma de forma contundente: “En verdad, los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos y necedad para los gentiles, pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios Y sabiduría de Dios”. Seguía insistiendo: “pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y este crucificado”. Casi al final de la misma carta, señaló los elementos esenciales del evangelio que predicaba: “Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. En el corazón de su fe y de su predicación se encontraba la cruz de Cristo.

A lo largo del tiempo, y de forma más destacada en los últimos siglos, ha habido una tendencia a reducir el significado de la muerte de Cristo a un ejemplo de cómo enfocar el sufrimiento injusto. Es cierto que el apóstol Pedro señala este aspecto de la cruz: “Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas”. Pero el argumento de Pedro no se reduce a esta faceta ejemplar, sino que insiste en que “[Cristo] mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por sus heridas fuisteis sanados”. Más tarde en la misma carta vuelve a enfatizar este aspecto expiatorio y sustitutorio del sacrificio de Jesús: “Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”. Al citar las palabras de otro apóstol, Pablo, a su discípulo Timoteo, “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, Andrew Birch afirma: “En el centro mismo de este mensaje está la cruz. Jesús de Nazaret murió crucificado. Pero su cruz es mucho más que solo el lugar y la manera de su muerte; es también el lugar y la manera de nuestra salvación”.

Si desplazamos la predicación de la cruz de su lugar central en el mensaje cristiano, seremos culpables de pervertir el evangelio de Cristo. Esto es lo que ocurría en las iglesias de Galacia, hecho que impulsó el asombro y la denuncia vehemente del apóstol Pablo, a la vez que un resumen enfático de las verdades centrales del evangelio.” Si reconocemos que el mensaje de la cruz es el fundamento irremplazable de la fe cristiano, es de vital importancia que reflexionemos constantemente sobre él, que lo proclamemos con plena convicción y que lo vivamos en todas sus implicaciones insoslayables. “Pero jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo”.

TIMOTEO GLASSCOCK
Estudió derecho en Inglaterra antes de llegar a Madrid como misionero en 1972. Tuvo el privilegio de tener como mentores en sus primeros años en España a personas como Ernesto Trenchard, Pablo Wickham y Juan Solé. Se casó con Elena Gil y en 1982 se trasladaron a Galicia, donde formaron parte del equipo pastoral de la Iglesia de Marín durante veintitrés años. Después de once años colaborando con una iglesia de Salamanca, volvieron a Marín, donde residen en la actualidad. Timoteo tiene un ministerio itinerante de enseñanza bíblica entre las iglesias evangélicas en España y colabora con Proyecto Éfeso, IBSTE y la Escuela Evangélica de Teología. Tienen tres hijos y seis nietos.

ÍNDICE

Capítulo 1. Anticipar la Cruz: la pasión profetizada

Capítulo 2. Contemplar la Cruz: la pasión narrada. Los Evangelios

Capítulo 3. Meditar en la Cruz: la pasión analizada. La primera carta de Pedro

Capítulo 4. Gloriarse en la Cruz: la pasión aplicada. La carta a los Gálatas

112 pp. Andamio Editorial – 2020

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Trazando la historia de la Navidad

Para poder entender la historia de la Navidad, necesitamos retroceder en el tiempo. No solo un par de miles de años hasta el nacimiento de Jesús, sino retroceder por completo hasta llegar a nuestros primeros padres, Adán y Eva. Dios los puso en el frondoso y perfecto jardín del Edén. Ellos tenían todo lo que necesitaban. Era perfecto. Pero luego, ellos pecaron. Como consecuencia, Dios los expulsó del jardín. Y desde ese entonces, Adán y Eva vivieron bajo maldición. Pero mientras Dios resonaba desde el cielo declarando la maldición, también les dio una promesa.

Dios les dio la promesa de una Simiente, una Simiente que nacería de una mujer. Esa Simiente transformaría todo el mal en bien. Él restauraría completamente todo lo que estuviera roto. Esta Simiente traería paz y armonía donde las luchas y los conflictos bramaran como un mar tempestuoso.

Dios dijo que el hijo de David sería Rey para siempre y que Su Reino no tendría fin.

En el Antiguo Testamento, el tercer capítulo del primer libro, Génesis, habla de conflicto y enemistad. Adán y Eva, quienes habían conocido solo la experiencia de la tranquilidad, ahora vivirían continuamente en conflictos amargos. Incluso la tierra los desafiaría. Los pinchazos de las espinas serían un recordatorio constante. Como dicen los poetas: “La naturaleza, roja en uñas y dientes”. Hasta la Simiente prometida entraría en este conflicto, luchando contra la Serpiente, el gran saboteador. Pero Génesis 3 promete que la Simiente triunfaría contra la Serpiente, asegurando así la victoria final y marcando el comienzo de una ola de paz tras otra.

Sin embargo, la Simiente tardaría mucho en llegar.

Adán y Eva tuvieron a Caín y a Abel, y ninguno resultó ser la Simiente. Cuando Caín mató a Abel, Dios trajo a Set a través de Adán y Eva, una pequeña muestra de gracia en un mundo lleno de problemas. Pero Set no era la Simiente. Más hijos nacieron. Generaciones llegaron y generaciones pasaron.

Luego apareció Abraham en el escenario mundial. Dios llamó a este hombre desde tiempos antiguos para crear a través de él y de su esposa Sara una nación nueva y grande que sería un faro de luz en medio de un mundo perdido y sin esperanza. Dios nuevamente prometió una Simiente a esta pareja, un hijo. Ellos pensaron que era Isaac, pero Isaac murió.

La misma historia se repitió de generación en generación, aumentando la expectación sobre la llegada de Aquel que vendría a traer paz y rectitud. Una viuda llamada Noemí y su nuera viuda, Rut, también fueron parte de esta historia. Ellas se encontraban en circunstancias desesperantes. En el mundo antiguo no existían ayudas sociales que se encargaran de personas tan marginadas.

Sin esposos y sin hijos, sin derechos y sin recursos, las viudas vivían sin saber de dónde vendría su próxima comida. Cada día era una lucha por no perder la esperanza. Luego llegó Booz y se dio la clásica historia de un chico que conoce a una chica. Booz conoció a Rut y se casó con ella. Poco tiempo después, casi al final de la historia bíblica de Rut, vemos que ella dio a luz un hijo, una simiente. Este hijo sería un restaurador de vidas, un redentor. Pero él era solo una sombra de la Simiente que vendría. Él también murió.

El hijo de Rut y Booz fue llamado Obed. Obed tuvo un hijo llamado Isaí. Isaí tuvo muchos hijos, y uno de ellos fue un pastor de ovejas. Un día, este pastor tomó un puñado de piedras y derribó a un gigante. Se enfrentó a leones, y también fue un gran músico. Para sorpresa de todos, incluso para su padre, este hijo de Isaí, el bisnieto de Rut y Booz, fue ungido como rey de Israel.

Mientras David ocupaba el trono, Dios hizo otra promesa a él directamente. Esta era otra promesa de un hijo. Dios dijo que el hijo de David sería Rey para siempre y que Su Reino no tendría fin. Esa fue la promesa de Dios.

El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our SalvationJonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and ThoughtPeace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life.

La Palabra de Dios y la oración familiar 1

Los cabeza de familia deberían leer las Escrituras a sus familias e instruir a sus hijos y criados en los asuntos y las doctrinas de la salvación. Por tanto, deben orar en familia y con sus familias. Ningún hombre que no niegue las Escrituras, puede oponerse al incuestionable deber de leerlas en el hogar; [el deber que tienen] los gobernantes de la familia de enseñar e instruir a sus miembros de acuerdo con la Palabra de Dios. Entre una multitud de versículos expresos, analicemos estos: “Y sucederá que cuando vuestros hijos os pregunten: “¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas” (Éx. 12:26-27). Los padres cristianos tienen el mismo deber de explicar a sus hijos los sacramentos del Nuevo Testamento para instruirlos en la naturaleza, el uso y los fines del Bautismo y de la Santa Cena: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”, es decir, mañana y tarde (Dt. 6:6-7; 11:18-19). “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4). Y a Dios le agradó esto en Abraham: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová” (Gn. 18:19). Esto es, pues, innegable si se ha de creer en la Palabra que hemos recibido como reglamento y a la que debemos brindar obediencia. Incluso los paganos enseñaban la necesidad de instruir a la juventud a tiempo.

La razón de esta consecuencia, desde la lectura familiar hasta las instrucciones de orar en familias, es evidente ya que necesitamos rogar a Dios para que nos proporcione la iluminación de Su Espíritu, que abra los ojos de todos los miembros de la misma y que derrame su bendición sobre todos nuestros esfuerzos, sin la cual no hay salvación. Esto será más paten-te si consideramos y reunimos los siguientes argumentos:

  1. ¿De quién es la palabra que se ha de leer juntos en familia? Acaso no es la Palabra del Dios eterno, bendito y glorioso. ¿No requiere esto y, hasta exige, oración previa en mayor medida que si uno fuera a leer el libro de algún hombre mortal? La Palabra de Dios es el medio a través del cual Él habla con nosotros. Por medio de ella nos instruye y nos informa acerca de las preocupaciones más elevadas e importantes de nuestras almas. En ella debemos buscar los remedios para la cura de nuestras enfermedades espirituales. De ella debemos sacar las armas de defensa contra los enemigos espirituales que asaltan nuestras almas para ser dirigidos en las sendas de la vida. ¿Acaso no es necesario orar juntos, pues, para que Dios prepare todos los corazones de la familia para recibir y obedecer lo que se les lea, procedente de la mente de Dios? ¿Es tan formal y sensible toda la familia a la gloria, la santidad y la majestad de aquello que Dios les transmite en su Palabra que ya no haya necesidad de orar para que así sea? Y si ven la necesidad, ¿no debería ser lo primero que hagan? Después de leer las Escrituras y de escuchar las amenazas, los mandamientos y las promesas del glorioso Dios; cuando los pecados han quedado al descubierto y también la ira divina contra ellos; cuando se han impuesto los deberes y explicado los preciosos privilegios y las promesas de un Dios fiel, “promesas grandes y preciosas” para quienes se arrepienten, creen y acuden a Dios con todo su corazón, sin fingimientos, ¿no tienen ustedes la necesidad de caer juntos de rodillas, rogar, llorar e invocar a Dios pidiendo perdón por esos pecados de los que los ha convencido esta Palabra, de los que son culpables y por los que deben lamentarse delante del Señor? ¿[No tienen la necesidad de orar] para que cuando se descubra el deber, todos tengan un corazón dispuesto para obedecer y ponerlo en práctica, y juntos arrepentirse sin fingimientos y acudir a Dios, para que puedan aplicarse esas promesas y ser copartícipes de esos privilegios? Basándonos en todo esto, pues, existe una buena razón para que cuando lean juntos, también oren juntos.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”. Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

El Enrejado y la Vid

¿Cuál es la meta de la iglesia? ¿Llenar los asientos cada domingo? ¿Aumentar su presupuesto? ¿Crear un montón de programas populares?

En “El Enrejado y La Vid”, Colin Marshall y Tony Payne sugieren algo más sencillo y sumamente más importante: hacer y desarrollar discípulos. El enfoque de la iglesia debe ser el hacer discípulos, alcanzando a los perdidos para madurarlos en Cristo para la gloria de Dios.

La metáfora principal del libro describe la relación de la Iglesia (la vid) y su infraestructura, comités, programas, y actividades (el enrejado). El argumento de los autores es que el enrejado debe apoyar el crecimiento de la vid, no dominarlo. Sin embargo, muchas iglesias se enfocan en los programas, la administración, las actividades y viajes, y no en el crecimiento de las personas en el evangelio.

¿Cómo es que crecen los discípulos?

“La tarea fundamental de todo ministerio cristiano es la de predicar el evangelio de Jesucristo en el poder del Espíritu Santo, cuidando que la gente se convierta, cambie y alcance una mayor madurez en ese evangelio. Este trabajo es como plantar, regar, fertilizar y cuidar una planta”. (p. 14)

Cuando una iglesia se enfoca demasiado en las actividades del enrejado, el hacer de discípulos se deja a un lado. La iglesia necesita un enfoque que tome en serio la meta de hacer discípulos. Además, es necesario que los pastores y las congregaciones entiendan que el hacer discípulos es la responsabilidad de cada creyente, no sólo de los pastores.

“Nuestro argumento es que las estructuras no hacen crecer el ministerio, así como los enrejados no hacen crecer las vides, y que la mayoría de las iglesias necesitan hacer un cambio deliberado: dejar de erigir y mantener estructuras, y dedicarse a formar personas que sean discípulos de Cristo hacedores de discípulos de Cristo. Eso puede requerir de algunos cambios de mentalidad radicales que pueden ser dolorosos”. (p. 23)

Cambios de mentalidad radicales

Los autores presentan a lo menos once cambios de mentalidad en el capítulo que se llama “Todos los cristianos deben ser viñadores”. Los nuevos enfoques incluyen:

  1. Enfocarnos en las personas, en vez de llevar a cabo programas.
  2. Preparar a las personas, en vez de llevar a cabo eventos.
  3. Desarrollar a las personas, en vez de usarlas.
  4. Capacitar a nuevos trabajadores, en vez de llenar vacantes.
  5. Ayudar a las personas a avanzar, en vez de solucionar problemas.
  6. Desarrollar liderazgo de equipo, en vez de aferrarse a los pastores ordenados.
  7. Forjar sociedades pastorales, en vez de concentrarse en la estructura política de la iglesia.
  8. Establecer sistemas locales de capacitación, en vez de depender de otras instituciones dedicadas a ella.
  9. Apuntar a una expansión a largo plazo, en vez de concentrarnos en las presiones inmediatas.
  10. Ocuparse del ministerio, en vez de en la administración.
  11. Buscar el crecimiento del evangelio, en vez del crecimiento de la iglesia.

Obviamente, leer este libro no es suficiente para llevar todo esto cabo. Tampoco es suficiente predicar dos o tres sermones, o enseñar una clase nueva acerca del discipulado. Cultivar una iglesia llena de discípulos que hacen discípulos requiere intencionalidad, fidelidad y paciencia en cada parte de la iglesia.

Los autores sugieren cuatro etapas en el proceso de crecimiento individual en el evangelio: acercamiento, seguimiento, crecimiento, y discipulado (o capacitación). Esto quiere decir que cada persona en nuestras iglesias requiere que alguien le acerque el evangelio, le hable más sobre el evangelio, le ayude a crecer en el evangelio, y le capacite a servir en alguna forma.

La intencionalidad requiere un plan para capacitar a creyentes y a líderes dentro de la iglesia a cómo ser discípulos que hacen discípulos. Los últimos capítulos del libro hablan de manera práctica sobre cómo buscar y capacitar obreros (capítulos 9 y 10), los beneficios del aprendizaje en el ministerio (capítulo 11), y cómo empezar a crear una cultura de discipulado (capítulo 12).

Un llamado a volver a las Escrituras

El Enrejado y La Vid” ha creado muchas conversaciones importantes sobre el discipulado y el ministerio. No es que Payne y Marshall hayan inventado un sistema radical para discipular; lo que hacen es un llamado para volver a las Escrituras para ver cómo la iglesia debe pensar en su identidad y papel de hacer discípulos.

Este llamado es importante, porque es muy fácil que perdamos el enfoque central. Es más sencillo medir el ministerio por el número de asistentes y por los programas que se ofrecen. Es más difícil medir el crecimiento espiritual en una iglesia; por eso tendemos a ser pragmáticos en vez de esperar a que el Espíritu de Dios use la Palabra de Dios para hacer la obra de Dios, usando las palabras de David Jackman.

No exagero al decir que este libro es para cada pastor y plantador de iglesias que quiere desarrollar una cultura del discipulado dentro de su congregación. Si has sido bendecido por los libros de 9Marks, “El Enrejado y La Vid” te encantará.

El contenido de este libro tiene el potencial de transformar tu iglesia para que sea más bíblica y llena del evangelio. Cómpralo. Léelo. Toma notas. Ora por tu iglesia y por ti. Y, sobre todo, cumple tu llamado a hacer discípulos.

Kevin Halloran trabaja con Leadership Resources International en el equipo de América Latina entrenando pastores cómo predicar la palabra de Dios con el corazón de Dios. También sirve en el ministerio hispano de The Orchard – Arlington Heights en los suburbios de Chicago, IL. Puedes encontrarlo en su blog personal donde escribe semanalmente sobre temas evangelio-céntricos y seguirlo en Facebook y Twitter.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/discipulado/549-el-enrejado-y-la-vid.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Motivos para la Adoración Familiar 2

3. Para producir verdadero gozo en el hogar: ¡Y qué delicia, qué paz, qué felicidad verdadera hallará una familia cristiana al erigir un altar familiar en medio de ellos y al unirse para ofrecer sacrificio al Señor! Tal es la ocupación de los ángeles en el cielo ¡y benditos los que anticipan estos gozos puros e inmortales! “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna” (Sal. 133). ¡Oh qué nueva gracia y vida le proporciona la piedad a una familia! En una casa donde se olvida a Dios, hay falta de educación, mal humor e irritación de espíritu. Sin el conocimiento y el amor de Dios, una familia no es más que una colección de individuos que pueden sentir más o menos afecto natural unos por otros; pero falta el verdadero vínculo, el amor de Dios nuestro Padre en Jesucristo nuestro Señor. Los poetas están llenos de hermosas descripciones de la vida doméstica; ¡pero, desafortunadamente, qué distintas suelen ser las imágenes de la realidad! A veces existe falta de confianza en la providencia de Dios; otras veces hay amor a la riqueza; otras, una diferencia de carácter; otras, una oposición de principios. ¡Cuántas aflicciones, cuantas preocupaciones hay en el seno de las familias!.

La piedad doméstica impedirá todos estos males; proporcionará una confianza perfecta en ese Dios que da alimento a las aves del cielo; proveerá amor verdadero hacia aquellos con quienes tenemos que vivir; no será un amor exigente y susceptible, sino un amor misericordioso que excusa y perdona, como el de Dios mismo; no un amor orgulloso, sino humilde, acompañado por un sentido de las propias faltas y debilidades; no un amor ficticio, sino un amor inmutable, tan eterno como la caridad. “Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos” (Sal. 118:15).

4. Para consolar durante momentos de prueba: Cuando llegue la hora de la prueba, esa hora que tarde o temprano debe llegar y que, en ocasiones, visita el hogar de los hombres más de una vez, ¡qué consuelo proporcionará la piedad! ¿Dónde tienen lugar las pruebas si no en el seno de las familias? ¿Dónde debería administrarse, pues, el remedio para las pruebas si no en el seno de las familias? ¡Cuánta lástima debe dar una familia donde hay lamento, si no hay esa consolación! Los diversos miembros de los que se compone incrementan los unos la tristeza de los otros. Sin embargo, cuando ocurre lo contrario y la familia ama a Dios, si tiene la costumbre de reunirse para invocar el santo nombre de Dios de quien viene toda prueba y también toda buena dádiva, ¡cómo se levantarán las almas desanimadas! Los miembros de la familia que siguen quedando alrededor de la mesa sobre la que está el Libro de Dios, ese libro donde encuentran las palabras de resurrección, vida e inmortalidad, donde hallan promesas seguras de la felicidad del ser que ya no está en medio de ellos, así como la justificación de sus propias esperanzas.

Al Señor le complace enviarles al Consolador; el Espíritu de gloria y de Dios viene sobre ellos; se derrama un bálsamo inefable sobre sus heridas y se les da mucho consuelo; se transmite la paz de un corazón a otro. Disfrutan momentos de felicidad celestial: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4). “Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol… Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal. 30:3, 5).

5. Para influir en la sociedad: ¿Y quién puede decir, hermanos míos, la influencia que la piedad doméstica podría ejercer sobre la sociedad misma? ¡Qué estímulos tendrían todos los hombres al cumplir con su deber, desde el hombre de estado hasta el más pobre de los mecánicos! ¡Cómo se acostumbrarían todos a actuar con respeto, no sólo a las opiniones de los hombres, sino también al juicio de Dios! ¡Cómo aprendería cada uno de ellos a estar satisfecho con la posición en la que ha sido colocado! Se adoptarían buenos hábitos; la voz poderosa de la conciencia se reforzaría: La prudencia, el decoro, el talento, las virtudes sociales se desarrollarían con renovado vigor. Esto es lo que podríamos esperar, tanto para nosotros mismos como para la sociedad. La piedad tiene promesa en la vida que transcurre ahora y la que está por venir.

Tomado de “Family Worship”


J. H. Merle D’Aubigne (1794-1872): Pastor, catedrático de historia de la Iglesia, presidente y catedrático de teología histórica en la Escuela de teología de Ginebra; autor de varias obras sobre la historia de la Reforma, incluido su famoso History of the Reformation of the Sixteenth Century (Historia de la Reforma del siglo XVI) y The Reformation in England (La Reforma en Inglaterra).

¿Es la Navidad un fiesta pagana?

Esa pregunta surge cada año en Navidad. En primer lugar, no hay un mandamiento bíblico directo para celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre. No hay nada en la Biblia que incluso indique que Jesús nació un 25 de diciembre. De hecho, hay mucho en las narrativas del Nuevo Testamento que indicaría que no ocurrió durante esa época del año. Resulta que el 25 de diciembre en el Imperio romano había una fiesta pagana ligada a las religiones mistéricas; los paganos celebraban su fiesta el 25 de diciembre. Los cristianos no querían participar en eso, así que dijeron: «Mientras todos los demás celebran esta cosa pagana, nosotros vamos a tener nuestra propia celebración. Vamos a celebrar lo que es más importante en nuestras vidas, la encarnación de Dios, el nacimiento de Jesucristo. Así que, este va a ser un tiempo de gozosas festividades, celebración y adoración a nuestro Dios y Rey».

No puedo pensar en nada que sea más grato para Cristo que la Iglesia festejando Su cumpleaños cada año. Ten en cuenta que todo el principio de festividad y celebración anual está profundamente arraigado en la antigua tradición judía. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, hubo momentos en que Dios enfáticamente ordenó al pueblo que recordara ciertos eventos con celebraciones anuales. Aunque el Nuevo Testamento no requiere que celebremos la Navidad todos los años, ciertamente no veo nada de malo en que la Iglesia entre en este tiempo de gozo de celebrar la Encarnación, que es el evento que divide toda la historia humana. Originalmente, tuvo la intención de honrar, no a Mitras o a cualquier otro culto de la religión mistérica, sino el nacimiento de nuestro Rey.

No puedo pensar en nada que sea más grato para Cristo que la Iglesia festejando Su cumpleaños cada año.

A propósito, la Pascua puede ser rastreada hasta la diosa Ishtar en el mundo antiguo. Pero que la Iglesia cristiana se reúna para celebrar la resurrección de Jesús no creo que sea algo que provoque la ira de Dios. Ojalá tuviéramos más festividades anuales. La Iglesia católica romana, por ejemplo, celebra con gran gozo la Fiesta de la Ascensión cada año. Algunas entidades protestantes lo hacen, pero la mayoría no. Desearía que celebráramos ese gran evento en la vida de Cristo cuando fue levantado al cielo para ser coronado Rey de reyes y Señor de señores. Celebramos Su nacimiento; celebramos Su muerte. Desearía que también celebráramos Su coronación.

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Motivos para la Adoración Familiar 1

Hemos dicho, hermanos míos, en una ocasión anterior, que si queremos morir su Muerte, debemos vivir su Vida. Es cierto que hay casos en los que el Señor muestra su misericordia y su gloria a los hombres que ya se encuentran en el lecho de muerte y les dice como al ladrón en la cruz: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). El Señor sigue dándole a la Iglesia ejemplos similares de vez en cuando. Y lo hace con el propósito de exhibir su poder soberano por el cual, cuando le agrada hacerlo así, puede quebrantar el más duro de los corazones y convertir a las almas más apartadas de Dios para mostrar que todo depende de su gracia y que tiene misericordia de quien tiene misericordia. Con todo, estas no son sino raras excepciones de las que no pueden depender en absoluto y, mis queridos oyentes, si desean morir la muerte del cristiano, deben vivir la vida del cristiano. Sus corazones deben estar verdaderamente convertidos al Señor; verdaderamente preparados para el reino y confiar sólo en la misericordia de Cristo deseando ir a morar con Él. Ahora, amigos míos, existen varios medios por los cuales pueden prepararse en vida para obtener, un día futuro, un bendito final. Y es en uno de estos medios más eficaces en el que queremos reflexionar ahora. Este medio es la adoración familiar; es decir, la edificación diaria que los miembros de una familia cristiana pueden disfrutar mutuamente. “Pero yo y mi casa [le dijo Josué a Israel] serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). Deseamos hermanos, darles los motivos que deberían inducir-nos a resolver lo mismo que Josué y las directrices necesarias para cumplirlo.

“Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. — Josué 24:15

¿POR QUÉ LA ADORACIÓN FAMILIAR?

  1. Para darle gloria a Dios: Sin embargo, hermanos míos, si el amor de Dios está en sus corazones y si sienten que por haber sido comprados por precio, deberían glorificar a Dios en sus cuerpos y sus espíritus, que son de Él, ¿hay otro lugar aparte de la familia y el hogar en el que prefieren glorificarle? A ustedes les gusta unirse con los hermanos para adorarle públicamente en la iglesia; les agrada derramar su alma delante de Él en el lugar privado de oración. ¿Será que en la presencia de ese ser con el que hay una unión para toda la vida, hecha por Dios, y delante de los hijos es el único lugar donde no se puede pensar en Dios? ¿Será tan solo que no tienen bendiciones que atribuirle? ¿Será tan solo que no tienen que implorar por misericordia y protección? Se sienten libres para hablar de todo cuando están con la familia; sus conversaciones tocan mil asuntos diferentes; ¡pero no cabe lugar en sus lenguas y en sus corazones para una sola palabra sobre Dios! ¿No alzarán la mirada a Él como familia, a Él que es el verdadero Padre de sus familias? ¿No conversará cada uno de ustedes con su esposa y sus hijos sobre ese Ser que un día tal vez sea el único Esposo de su mujer y el único Padre de sus hijos? El evangelio es el que ha formado la sociedad doméstica. No existía antes de él; no existe sin él. Por tanto, parecería que el deber de esa sociedad, llena de gratitud hacia el Dios del evangelio, fuera estar particularmente consagrada a él. A pesar de ello, hermanos míos, ¡cuántas parejas, cuántas familias hay que son cristianas nominales y que incluso sienten algún respeto por la religión y no nombran nunca a Dios! ¡Cuántos ejemplos hay en los que las almas inmortales que han sido unidas nunca se han preguntado quién las unió y cuáles serán su destino futuro y sus objetivos! ¡Con cuánta frecuencia ocurre que, aunque se esfuerzan por ayudarse el uno al otro en todo lo demás, ni siquiera piensan en echarse una mano en la búsqueda de lo único que es necesario, en conversar, en leer, en orar con respecto a sus intereses eternos! ¡Esposos cristianos! ¿Acaso sólo deben estar unidos en la carne y por algún tiempo? ¿No es también en el espíritu y para la eternidad? ¿Son ustedes seres que se han encontrado por accidente y a quienes otro accidente, la muerte, pronto separará? ¿No desean ser unidos por Dios, en Dios y para Dios? ¡La fe cristiana uniría sus almas mediante lazos inmortales! Pero no los rechacen; más bien al contrario, estréchenlos cada día más, adorando juntos bajo el techo doméstico. Los viajantes en el mismo vehículo conversan sobre el lugar al que se dirigen. ¿Y no conversarán ustedes, compañeros de viaje al mundo eterno, sobre ese mundo, del camino que conduce a él, de sus temores y de sus esperanzas? Porque muchos andan —dice San Pablo— como os he dicho muchas veces, y ahora os lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo (Fil. 3:18) por-que nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo (Fil. 3:20).

2. Para proteger a los hijos del pecado: Si tienen el deber de estar comprometidos con respecto a Dios en sus hogares y esto para su propio bien, ¿no deberían también estar comprometidos por amor a los que forman su familia, cuyas almas han sido encomendadas a su cuidado y, en especial, por sus hijos? Les preocupa en gran extremo la prosperidad de ellos, su felicidad temporal; ¿pero no hace esta preocupación que el descuido de ustedes por su prosperidad eterna y su felicidad sea aún más palpable? Sus hijos son jóvenes árboles que les han sido confiados; el hogar es el vivero donde deberían de crecer y ustedes son los jardineros. ¡Pero oh! ¿Plantarán esos jóvenes árboles tiernos y preciosos en una tierra estéril y arenosa? Y sin embargo es lo que están haciendo, si no hay nada en el hogar que los haga crecer en el conocimiento y el amor de su Dios y Salvador. ¿No están ustedes preparando para ellos una tierra favorable de la que puedan derivar savia y vida? ¿Qué será de sus hijos en medio de todas las tentaciones que los rodearán y los arrastrarán al pecado? ¿Qué les ocurrirá en esos momentos turbulentos en los que es tan necesario fortalecer el alma del joven con el temor de Dios y, así, proporcionarle a esa frágil barca el lastre necesario para botarla sobre el inmenso océano?

“Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea la suya”. —Números 23:10

¡Padres! Si sus hijos no se encuentran con un espíritu de piedad en el hogar, si por el contrario, el orgullo de ustedes consiste en rodearlos de regalos externos, introduciéndolos en la sociedad mundana, permitiendo todos sus caprichos, dejándoles seguir su propio curso, ¡los verán crecer como personas superficiales, orgullosas, ociosas, desobedientes, insolentes y extravagantes! Ellos los tratarán con desprecio y cuanto más se preocupen ustedes por ellos, menos pensarán ellos en ustedes. Este caso se ve con mucha frecuencia; pero pregúntense a ustedes mismos si no son responsables de sus malos hábitos y prácticas. Y sus conciencias responderán que sí, que están comiendo ahora el pan de amargura que ustedes mismos han preparado. ¡Ojalá que la consciencia les haga entender lo grande que ha sido su pecado contra Dios al descuidar los medios que estaban en su poder para influir en los corazones de sus hijos y pueda ser que otros queden advertidos por la desgracia de ustedes! No hay nada más eficaz que el ejemplo de la piedad doméstica. La adoración pública es, a menudo, demasiado vaga y general para los niños, y no les interesa suficientemente. En cuanto a la adoración en secreto, todavía no la entienden. Si una lección que se aprende de memoria no va acompañada por nada más, puede llevarlos a considerar la fe cristiana como un estudio, como los de lenguas extranjeras o historia. Aquí como en cualquier otra parte e incluso más que en otro lugar, el ejemplo es más eficaz que el precepto. No se les debe enseñar que deben de amar a Dios a partir de un mero libro elemental, sino que deben demostrarle amor por Dios. Si observan que no se brinda adoración alguna a ese Dios de quien ellos oyen hablar, la mejor instrucción resultará ser inútil. Sin embargo, por medio de la adoración familiar, estas jóvenes plantas crecerán “como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae” (Sal. 1:3). Los hijos pueden abandonar el techo parental, pero recordarán en tierras extrañas las oraciones que se elevaban en el hogar y esas plegarias los protegerán. “Si alguna… tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia” (1 Ti. 5:4).

Tomado de “Family Worship”


J. H. Merle D’Aubigne (1794-1872): Pastor, catedrático de historia de la Iglesia, presidente y catedrático de teología histórica en la Escuela de teología de Ginebra; autor de varias obras sobre la historia de la Reforma, incluido su famoso History of the Reformation of the Sixteenth Century (Historia de la Reforma del siglo XVI) y The Reformation in England (La Reforma en Inglaterra).

El Cristiano con toda La Amardura de Dios

El libro de William Gurnall, El cristiano con toda la armadura de Dios, es sin duda excepcional por varias razones.

En primer lugar este autor puritano editó el material en tres tomos entre 1655 y 1662, dedicando el primero a los habitantes de Lavenham, donde fue rector de la iglesia en ese lugar, en Sufflok, ciudad entonces de unos 1800 habitantes, de los cuales la mitad eran feligreses suyos. Es decir, estamos ante una rareza porque fue profeta en su propia tierra. De hecho, las evidencias indican que vivió y murió a 50 km de su lugar de nacimiento, y salvo el pastorado y su vida familiar tras casarse con Sarah Mott, con la que tuvo diez hijos en sus 35 años de matrimonio sabemos pocas cosas de este escritor, de no ser por esta gran obra literaria que en vida del autor acumuló seis ediciones. Por otro lado, es uno de esos personajes que a pesar de tener mala salud, centró todos sus esfuerzos en servir a Dios en la iglesia local, dejando a un lado otros compromisos cuando empezaron a conocerle por la relevancia de sus predicaciones, llegando incluso a rechazar una invitación para predicar ante la Cámara de los Comunes en Londres. Gurnall vivió como puritano una vida celosa guardando las enseñanzas de la Palabra de Dios, y abrazando las doctrinas de la Reforma que seguían convulsionando Europa.

Las recomendaciones a la obra de Gurnall durante décadas llegan de hombres como John Newton, quien después de la Biblia tenía este libro como favorito, J. C. Ryle, o Charles Haddon Spurgeon, quien decía que “tiendo a pensar que habrá sugerido más sermones que ningún otro volumen no inspirado. A menudo he recurrido al mismo cuando mi propio fuego ardía bajo, y pocas veces he dejado de encontrar algún carbón encendido en el hogar de Gurnall”. Por todo esto, esta versión abreviada de la obra original, es una buena manera de buscar textos en tiempos próximos a la Reforma de autores con grandes convicciones morales y fuego del Espíritu.

No sé si este libro sirvió como inspiración a C.S. Lewis, cuando escribió Cartas del diablo a su sobrino, donde un diablo experimentado enseñaba las malas artes como tentador y acusador a un joven aprendiz en un tono irónico, pero también Gurnall con mucha sabiduría consigue discernir el comportamiento humano, y en esa línea destila una comprensión poco común de la forma en la que Satanás intenta derribar al cristiano de múltiples formas.

La guerra espiritual tratada con equilibrio y de la que deberían aprender algunos de los supuestos nuevos teólogos neuróticos actuales, fue seguida en momentos históricos complejos e ilumina nuestra experiencia cristiana hoy.

Esta edición recoge de forma resumida los tres libros originales de Gurnall en un solo volumen con un lenguaje actual bien revisado, algo que no es fácil encontrar cuando tratamos obras algo lejanas en el tiempo y es por este motivo que hay que felicitar a la Editorial Peregrino y el Estandarte de la Verdad. Es un libro que a pesar de su extensión se lee con relativa facilidad, y donde destaca el lenguaje para ser soldados en base al texto de Efesios sobre la armadura del cristiano que con ese tono de alerta recorre la Biblia, para mostrar la forma en la cual debemos velar ante las asechanzas de Satanás y sus huestes.

La primera sección que corresponde al primer tomo: Es una llamada al valor y servicio siendo fuertes en el Señor explicando el motivo por el que el cristiano debe armarse, mientras razona cómo es nuestro enemigo y la naturaleza de esta batalla espiritual. No es el momento de dormirse, vivimos para luchar siempre al igual que Satanás está a nuestro alrededor habitualmente buscando a quien devorar (1 P. 5:8). En palabras del autor: “Todo soldado está llamado a una vida de servicio activo, igual que el creyente. La misma naturaleza de ese llamamiento excluye una vida ociosa. Si pensabas ser soldado de verano, considera con cuidado tu comisión” (pág. 46). “En el presente debes vestir el traje de reglamento día y noche. Has de andar, trabajar y dormir con él puesto… Y si ese tentador descarado vigiló tan de cerca a Cristo, ¿no te parece que también te acechará a ti, esperando tarde o temprano sorprenderte con las virtudes dormidas” (pág. 86-87).

La segunda sección que contiene el resumen del segundo tomo:Describe la armadura del cristiano enfatizando la necesidad de un corazón sincero, es necesaria integridad cuyas deficiencias cubre el amor de Dios. En esta parte nos adentramos en la importancia de la santidad, cuestión que caracterizó muchos de los mensajes de los autores puritanos que aspiraban a vivir conforme a la voluntad de Dios en todo. Aquí también se muestra la importancia del evangelio, un mensaje tan grande como bueno, en palabras de Gurnall: “El evangelio trae promesas que anuncian el bien que Dios tiene reservado para los pecadores, mientras que las amenazas son la lengua nativa de la ley. La ley no puede hablar más que juicio para los pecadores; pero el evangelio de la gracia de Cristo les sonríe y alisa las arrugas de la frente de la ley” (pág. 478).

La tercera sección, vinculada al tercer tomo: Continúa desarrollando más elementos de la armadura, exhortándonos porque como se menciona en la segunda sección: “Vivimos en una época crucial. El que esté tan preocupado por proteger su nombre que no tolere sufrir por Cristo ni soportar el barro lanzado por las malas lenguas contra él, tendrá que buscar su propio camino al Cielo… Los reproches externos se pueden soportar y llevar triunfalmente como una corona, si no tienes que luchar con una conciencia que te reproche desde dentro” (pág. 380).

Sólo podemos decir, que este libro es una joya literaria evangélica y que la edición que presentamos tiene todo nuestro respeto por su calidad. Puede solicitarse por Internet siguiendo este enlace: 

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/411-el-cristiano-con-toda-la-armadura-de-dios.html

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Lo que Dios es para Las Familias 2

PROPUESTA 3: Dios es el Amo y Gobernador de sus familias; por tanto, como tales, ellas deberían servirle y orar a Él. Si Él es su Dueño, también es su Soberano y, ¿acaso no le da leyes por las que caminar y obedecer, no sólo como personas particulares, sino también como sociedad combinada? (Ef. 5:25-33; 6:1-10; Col. 3:19-25; 4:1). ¿Es, pues, Dios el Amo de su familia, y no debería ésta servirle? ¿Acaso no le deben obediencia los súbditos a sus gobernantes? “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor?” (Mal. 1:6). Sí, ¿dónde? Desde luego no en las familias impías que no oran.

PROPUESTA 4: Dios es el Benefactor de sus familias, por tanto, deberían servir a Dios en oración y alabanza a Él. Dios no los hace buenos y les da misericordias como personas individuales solamente, sino también como una sociedad conjunta. ¿No es la continuidad del padre de familia una merced hacia toda la familia y no sólo hacia él? ¿No es la continuidad de la madre, los hijos y los siervos en vida, salud y existencia, una clemencia para toda la familia? Que tengan ustedes una casa donde vivir juntos y comida para compartir en familia ¿no son para ustedes misericordias familiares? ¿No clama esto a gritos en sus oídos y su consciencia para que den gracias, juntos, a su espléndido Benefactor, y para orar todos por la continuidad de estos así como para que se concedan más cosas según las vayan necesitando? No tendría fin declarar de cuántas formas Dios es el Benefactor de sus familias de manera conjunta y serán ustedes unos desvergonzados si no le alaban juntamente por su generosidad. Una casa así es más una pocilga de cerdos que una morada de criaturas racionales.

¿No llamará Dios a dar cuentas a estas familias que no oran como lo hizo en Jeremías 2:31? “¡Oh generación! atended vosotros a la palabra de Jehová. ¿He sido yo un desierto para Israel, o tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: Somos libres; nunca más vendremos a ti?”. ¿Se ha olvidado Dios de ustedes? Hablen familias impías que no oran. ¿Se ha olvidado Dios de ustedes? ¡No! Cada bocado de pan [que] comen les dice que Dios no se olvida de ustedes. Cada vez [que] ven su mesa puesta y la comida sobre ella, comprueban que Dios no se olvida de ustedes. “Entonces, ¿por qué —dice Dios— no vendrá esta familia a mí? Cuando tienen con qué no lloran pidiendo pan, [de manera que] el padre no se ve obligado a decir: “¡Te daría pan, hijo mío, pero no lo tengo!”. ¿Por qué no vienen a mí? Viven juntos y comen juntos a mis expensas, cuidado y custodia y, a pesar de ello, pasan los meses y nunca vienen a mí. Y que sus hijos estén en su sano juicio, tengan ropa, miembros, no hayan nacido ciegos ni tenido un nacimiento monstruoso, y les haya hecho bien de mil maneras, puede decir Dios, ¿por qué, pues, viven años enteros juntos y, sin embargo, no vienen a mí juntos? ¿Han encontrado a alguien más capaz o más dispuesto a hacerles el bien? Jamás lo hallarán. ¿Por qué son, pues, tan ingratos que no vienen a mí?”.

Saben cuando Dios es el Benefactor de las personas (y existe la misma razón para las familias) y no le sirven, ¡qué monstruosa perversidad! Dios los ha mantenido a salvo en la noche y, sin embargo, por la mañana no dicen: “¿Dónde está el Señor que nos ha preservado? ¡Vengan, vengan, alabémosle juntos!”. Dios les ha hecho bien a ustedes y a sus familias durante tantos años; pero no dicen: “¿Dónde está el Señor que ha hecho tan grandes cosas por nosotros? ¡Vengan! Reconozcamos juntos su misericordia”. Dios los ha acompañado en la aflicción y en la enfermedad de la familia: La plaga ha estado en la casa y, a pesar de ello, están vivos —la viruela y las ardientes fiebres han estado en sus casas y, con todo, ustedes siguen vivos—, su compañero/a conyugal ha estado enfermo/a y se ha recuperado; los niños casi han muerto y se han curado. Pero ustedes no dicen: “¿Dónde está el Señor que nos ha salvado de la tumba y nos ha rescatado del abismo para que no nos pudramos entre los muertos?”. Pero no oran a él ni alaban juntos a su maravilloso Benefactor. ¡Que se asombren de esto los muros mismos entre los cuales viven estos ingratos desgraciados! ¡Que tiemblen las vigas y las columnas de sus casas! ¡Que los travesaños mismos del suelo que pisan y sobre el que caminan se asusten horriblemente! ¡Porque aquellos que viven juntos en semejante casa se van a la cama antes de orar conjuntamente! ¡Que la tierra se sorprenda porque las familias que el Señor alimenta y mantiene son rebeldes y desagradecidas, y son peores que el buey mismo que conoce a su dueño y tienen menos entendimiento que el asno (Is. 1:2-3)!

De lo que se ha dicho razono de esta manera: Si Dios es el Fundador, Dueño, Gobernador y Benefactor de las familias, que estas le adoren conjuntamente y oren a Él.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?” Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 – c. 1707): Escritor de talento y predicador; uno de los puritanos más conocidos de su tiempo. Nació en Kidderminster, Worcestershire, Inglaterra

¿Pueden los incrédulos hacer buenas obras?

Imagine un círculo que representa el carácter de la humanidad. Ahora imagine que cuando alguien peca, aparece en el círculo una mancha, una especie de mancha moral, que arruina el carácter del hombre. Si ocurrieran otros pecados, aparecerían más manchas en el círculo. Bueno, si los pecados continuaran multiplicándose, eventualmente todo el círculo estaría lleno de manchas y manchas. Pero, ¿han llegado las cosas a ese punto? El carácter humano está claramente contaminado por el pecado, pero el debate es sobre el alcance de esa mancha. La Iglesia católica romana sostiene su posición en que el carácter del hombre no está completamente contaminado, sino que retiene una pequeña isla de justicia. Sin embargo, los reformadores protestantes del siglo XVI afirmaron que la contaminación pecaminosa y la corrupción del hombre caído es completa, haciéndonos totalmente corruptos.

Hay un gran malentendido acerca de lo que los reformadores querían decir con esa afirmación. El término que se utiliza a menudo para el predicamento humano en la teología reformada clásica es la “depravación total”. La gente tiende a estremecerse cada vez que usamos ese término ya que hay una confusión profunda entre el concepto de depravación total y el concepto de depravación absoluta. La depravación absoluta significaría que el hombre es tan malo y tan corrupto como podría serlo. No creo que haya un ser humano en este mundo que sea totalmente corrupto, aunque eso es solo por la gracia de Dios y por el poder contenedor de su gracia común. De los muchos pecados que hemos cometido, podríamos haber hecho muchos peores. Podríamos haber pecado más a menudo. Podríamos haber cometido pecados que eran más atroces. O podríamos haber cometido un mayor número de pecados. La depravación total, entonces, no significa que los hombres son tan malos como pueden ser.

Cuando los reformadores protestantes hablaban de la depravación total, querían decir que el pecado —su poder, su influencia, su inclinación— afecta a la persona entera. Nuestros cuerpos están caídos, nuestros corazones están caídos, y nuestras mentes están caídas; no hay parte de nosotros que pueda escapar los estragos de nuestra pecaminosa naturaleza humana. El pecado afecta nuestro comportamiento, nuestro pensamiento, e incluso nuestra conversación. La persona entera está caída. Esa es la extensión real de nuestra pecaminosidad cuando somos juzgados por el estándar y la norma de la perfección y santidad de Dios.

Ahondando más en el tema, cuando el apóstol Pablo explica detalladamente esta condición del humano caído, dice: “No hay justo, ni aun uno; … No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10b-12). Esa es una declaración radical. Pablo está diciendo que el hombre caído nunca, nunca, hace ni una sola buena acción, pero eso es un golpe duro a nuestra experiencia. Cuando miramos a nuestro alrededor podemos ver a muchas personas que no son cristianos pero hacen cosas que aplaudiríamos por su virtud. Por ejemplo, vemos actos de heroísmo sacrificado entre aquellos que no son cristianos, como los policías y bomberos. Muchas personas viven tranquilamente como ciudadanos respetuosos de la ley, nunca desafiando al estado. Escuchamos regularmente acerca de actos de honestidad e integridad, como cuando una persona devuelve una billetera perdida en vez de quedarse con ella. Juan Calvino llamó a estos actos: justicia civil. Pero ¿cómo puede haber obras de bondad cuando la Biblia dice que nadie hace el bien?

La razón de este problema es que cuando la Biblia describe la bondad o la maldad, lo mira desde dos perspectivas distintas. Primero, está la varilla de medición de la Ley, que evalúa el desempeño externo de los seres humanos. Por ejemplo, si Dios dice que no es permitido robar, y usted va toda la vida sin robar, desde una evaluación externa podríamos decir que usted tiene un buen historial. Usted ha guardado la ley externamente.

Pero además de la varilla de medición externa, también está la consideración del corazón, la motivación interna de nuestro comportamiento. Se nos dice que el hombre juzga por las apariencias externas, pero Dios mira el corazón. Desde una perspectiva bíblica, hacer una buena acción, en el sentido más completo, requiere no solo que el hecho se ajuste exteriormente a los estándares de la Ley de Dios, sino que proceda de un corazón que lo ama y quiere honrarlo. Recordad el gran mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mt. 22:37). ¿Hay alguien leyendo esto que haya amado a Dios con todo su corazón durante los últimos cinco minutos? No. Nadie ama a Dios con todo su corazón, no digamos con toda su alma y toda su mente.

Una de las cosas por las que voy a dar cuenta en el día del juicio es la forma en que he desperdiciado mi mente en la búsqueda del conocimiento de Dios. ¿Cuántas veces he sido demasiado perezoso y no me he dedicado con esfuerzo a conocer a Dios? No he amado a Dios con toda mi mente. Si amo a Dios con toda mi mente, nunca habría un pensamiento impuro en mi cabeza. Pero así no sucede en mi cabeza.

Si consideramos el desempeño humano desde esta perspectiva, podemos ver por qué el apóstol Pablo llegó a su conclusión radical de que no hay nadie que haga el bien, que no hay bondad en la humanidad. Incluso nuestros mejores trabajos tienen una mancha de pecado mezclada. Nunca he hecho un acto de caridad, de sacrificio, o de heroísmo que provenga de un corazón, un alma, y una mente que ame a Dios completamente. Externamente, muchos actos virtuosos ocurren tanto entre creyentes como incrédulos, pero Dios considera tanto la obediencia externa como la motivación. Bajo esa estricta norma de juicio, estamos en problemas.

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Lo que Dios es para las familias 1

PROPUESTA 1: Dios es el Fundador de todas las familias; por tanto, estas deberían orar a Él. La sociedad familiar suele estar formada por estas tres combinaciones: Marido y mujer, padres e hijos, amos y siervos, aunque puede haber una familia donde esto no sea así, aun estando dentro de estos parámetros, todas estas combinaciones son de Dios. La institución de marido y mujer viene de Dios (Gn. 2:21-24) y también la de padres e hijos, y amos y siervos. La autoridad de uno sobre otro y la sujeción del otro al uno están instituidas por Dios y fundadas en la ley de la naturaleza, que es la ley de Dios. Él no sólo creó a las personas consideradas por separado, sino también a esta sociedad. Y, así como la persona individual está sujeta a dedicarse al servicio de Dios y orar a Él, así también la sociedad familiar está sujeta conjuntamente a lo mismo, porque la sociedad es de Dios. ¿Acaso ha designado Dios a esta sociedad sólo para el consuelo mutuo de sus miembros o del conjunto de la familia, o también para que el grupo mismo le brinde su propia gloria? ¿Y puede darle gloria a Dios esta sociedad familiar si no le sirve y ora a Él? ¿Le ha dado Dios autoridad a aquel que manda y gobierna, y al otro el encargo de obedecer, sólo en referencia a las cosas mundanas y no en las espirituales? ¿Puede ser el consuelo de la criatura el fin supremo de Dios? No; el fin es su propia gloria. ¿Acaso alguien, por la autoridad de Dios y el orden de la naturaleza, es el paterfamilias, “el amo de la familia”, así llamado en referencia a sus sirvientes y también a sus hijos, por el cuidado que debería tener de las almas de los siervos y de que adoren a Dios con él, como también lo hacen sus hijos? ¿No debería mejorar el poder que ha recibido de Dios sobre todos ellos, para Él y para el bienestar de las almas de ellos, llamándolos conjuntamente a adorar a Dios y a orarle? Que juzguen la razón y la fe.

PROPUESTA 2: Dios es el Dueño de nuestras familias; por tanto, deberíamos orarle a Él, que es nuestro Dueño y Propietario absoluto; no sólo por la supereminencia de su naturaleza, sino también por medio del derecho de creación al habernos dado el ser y todo lo que tenemos. Nosotros mismos y todo lo que es nuestro (siendo nosotros y lo nuestro más suyo que nuestro), estamos incuestionablemente sujetos a entregarnos a Dios en lo que pudiéramos ser más útil para el interés y la gloria de nuestro Dueño. ¿De quién son, pues, sus familias, sino de Dios? ¿Desmentirán ustedes a Dios como Dueño suyo? Aunque lo hicieran, en cierto modo siguen siendo suyos, a pesar de que no sería mediante la resignación ni consagrándose por completo a Él. ¿De quién prefieren que sean sus familias, de Dios o del diablo? ¿Tiene el diablo algún derecho a sus familias? ¿Servirán estas al diablo que no tiene derecho alguno sobre ustedes ni sobre la creación, la preservación o la redención? ¿Y no servirán ustedes a Dios que, por medio de todo esto, tiene derecho sobre ustedes y una propiedad absoluta y completa en ustedes? Si dicen que sus familias son del diablo, sírvanle a él. Pero si afirman que son de Dios, entonces sírvanle a Él. ¿O acaso dirán: “Somos de Dios, pero serviremos al diablo”? Si no lo dicen, pero lo hacen, ¿no es igual de malo? ¿Por qué no se avergüenzan de proceder así y sí se abochornan de hablar y decirle al mundo lo que hacen? Hablen, pues, en el temor de Dios. Si sus familias como tales son de Dios, ¿no sería razonable que le sirvieran y le oraran a Él?

Continuará …

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?” Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 – c. 1707): Escritor de talento y predicador; uno de los puritanos más conocidos de su tiempo. Nació en Kidderminster, Worcestershire, Inglaterra

El Ganador de Almas

A lo largo de los pasados meses, hemos estado leyendo el libro: “El ganador de almas”, de Charles H. Spurgeon (conocido como el “Príncipe de los Predicadores”). En su obra, trata de dar consejos sobre el glorioso ministerio de la predicación que, para él, es «el asunto más importante de todos para el ministro cristiano».

Por ello, queremos compartir con vosotros algunas de las citas impactantes que hemos leído en esta obra. Por supuesto, no son todas, ya que el libro es una joya en la que cada frase está envuelta en una profunda enseñanza avalada por la Palabra de Dios y la experiencia de este conocido predicador. Esperamos que puedan meditar en ellas y, si Dios lo permite, sean edificados al leerlas. Aquí van:

«La fuerza más grande que tiene un sermón depende de lo que ha sucedido antes de pronunciarlo. Es necesario que te prepares para todo el culto a través de la comunión privada con Dios y una auténtica santidad de carácter».

«La fuerza del predicador era la santidad».

«Dios está dispuesto a hablar a través de un tonto, si este tonto es un hombre santo».

«Tu falta de santidad es la razón de tu falta de éxito».

«En la creación antigua, [Dios] no usó nada más que sus propios instrumentos: “Él dijo,  y fue hecho”. En la nueva creación [nuevo nacimiento], el agente eficiente sigue siendo su poderosa Palabra».

«Tal vez al final de un culto, te digas: “¡He aquí una pesca espléndida!”. Espera un poco. Recuerda las palabras de nuestro Salvador: “El reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. No cuentes tus pescados antes de asarlos; no cuentes tus convertidos antes de haberlos probado una y otra vez. Tal vez este proceso te haga trabajar con un poco de lentitud, hermano, pero resultará más seguro».

«Si no hay oración podemos estar bien seguros de que el alma está muerta».

«No podemos olvidar que la fe verdadera siempre ora, y cuando alguien profesa creer en el Señor Jesús, pero no clama a Él a diario, no nos atrevemos a creer en su fe ni en su conversión».

«La fe verdadera y el arrepentimiento genuino son gemelos; sería perder el tiempo tratar de decir cuál de los dos nace primero».

«Si la persona [salva] no vive de una manera distinta a como vivía antes, tanto en su casa como fuera de ella, necesita arrepentirse de su arrepentimiento, porque su conversión sólo es ficticia».

«Lamentablemente, es posible hablar demasiado poco acerca del Espíritu Santo; de hecho, me temo que este sea uno de los pecados más lastimosos de estos tiempos».

«Un ministerio sólo didáctico, que apelara siempre al entendimiento y dejara sin tocar las emociones, sería un ministerio cojo. […] El pecador tiene corazón además de cabeza; tiene emociones además de pensamientos, y nosotros debemos apelar a ambas cosas».

«La mayor de las atracciones es el Evangelio en toda su pureza. El arma con la cual el Señor conquista a los seres humanos es la verdad, tal como se encuentra en Jesús».

«Hacer prosélitos es una labor adecuada de los fariseos; engendrar seres humanos para Dios es la honorable meta de los ministros de Cristo».

«La predicación es el trabajo más digno de la realeza».

Si la lectura de estas breves citas ha sido de vuestro agrado y han sido edificados, les invito a conseguir este libro para su lectura personal. Seguro que merecerá la pena. No obstante, seguiré compartiendo citas de sus próximos capítulos.

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La Naturaleza, La reivindicación y La Historia de La Adoración en Familia 3

Pero en ningún país ha brillado la luz hogareña con mayor resplandor que en Escocia. La adoración familiar en toda su plenitud fue simultánea con el primer periodo reformador. Es probable que ningún territorio tuviera jamás tantas familias orando en proporción a sus habitantes; tal vez ninguno tenga tantas hoy. En 1647, la Asamblea General emitió un Directorio para la adoración familiar en la que hablan como sigue:

“Los deberes corrientes abarcados en el ejercicio de la piedad que deberían llevarse a cabo en las familias cuando se reúnen a tal efecto son estos: Primero, la oración y las alabanzas realizadas con una referencia especial, tanto a la condición del Kirk (la Iglesia) de Dios y su reino, como al estado presente de la familia y cada miembro de la misma. A continuación, la lectura de las Escrituras, con la instrucción en la doctrina de una forma clara para posibilitar de la mejor manera la comprensión de los más simples y que se beneficien bajo las ordenanzas públicas y se les pueda ayudar a ser más capaces de entender las Escrituras cuando estas se lean; junto con conferencias piadosas que tiendan a la edificación de todos los miembros en la fe más santa; así también la amonestación y la reprensión por razones justas de quienes tengan la autoridad en la familia. El cabeza de familia debe tener cuidado de que ninguno de los miembros se retire de ninguna parte de la adoración en familia y, viendo que el ejercicio ordinario de todas las partes de esta adoración le pertenecen al cabeza de familia, el ministro debe instar a los que son perezosos y formar a los que son débiles para que sean adecuados en la realización de estos ejercicios”.

“Tantos como puedan concebir la oración, deberían hacer uso de ese don de Dios, aunque los que sean toscos y más débiles pueden comenzar con una forma establecida de oración; esto se hace con el fin de que no sean perezosos en despertar en sí mismos (según sus necesidades diarias) el espíritu de la oración que han recibido todos los hijos de Dios en cierta medida; a este efecto, deberían de ser más fervientes y frecuentes en la oración secreta a Dios para que capacite sus corazones para concebir y expresar peticiones legítimas a favor de sus familias”. “Estos ejercicios deberían llevarse a cabo con gran sinceridad, sin demora, dejando a un lado todos los asuntos mundanos o estorbos, a pesar de las burlas de los ateos y de los hombres profanos, teniendo en cuenta las grandes mercedes de Dios sobre esta tierra y las correcciones mediante las cuales Él nos ha disciplinado últimamente. Y, a este efecto, las personas de eminencia y todos los ancianos de la Iglesia, no sólo deberían estimularse ellos mismos y sus familias a la diligencia en todo esto, sino también contribuir de forma eficaz para que en todas las demás familias que estén bajo su influencia y cuidado, se realicen estos ejercicios mencionados con plena consciencia”.

La fidelidad del cristiano individual con respecto a este deber se convirtió en cuestión de investigación por parte de los tribunales de la Iglesia. Mediante el Acta de Asamblea de 1596, ratificado el 17-18 de diciembre de 1638, entre otras estipulaciones para la visitación de las iglesias por parte de los presbíteros, se propusieron las siguientes preguntas para que les fueran formuladas a los cabezas de familias:

“¿Visitan los ancianos a las familias dentro del barrio y de los límites que se les ha asignado a cada uno de ellos? ¿Son cuidadosos de que se establezca la adoración de Dios en las familias de sus zonas? Se le sugiere al ministro que también pregunte, en sus visitas pastorales, si se adora a Dios en la familia mediante oraciones, alabanzas y la lectura de las Escrituras. En cuanto a la conducta de los siervos hacia Dios y hacia los hombres, ¿se aseguran de que también participen de la adoración en familia y en público? ¿Catequizan a su familia?”.

Cuando la Iglesia de Escocia adoptó la Confesión de Fe de la Asamblea de Teólogos de Westminster, contenía esta estipulación que sigue siendo válida entre nosotros: “Dios ha de ser adorado en todo lugar, en espíritu y en verdad, en las familias privadas a diario y también en secreto, cada uno por sí mismo”

En conformidad con estos principios, la práctica de la adoración en familia se convirtió en algo universal por todo el cuerpo presbiteriano de Escocia y entre todos los disentidores de Inglaterra. Especialmente en Escocia, las personas más humildes de las chozas más lejanas honraban a Dios mediante la alabanza diaria y no hay nada más característico de las personas de aquella época que esto. “En ocasiones he visto la adoración en familia en grandes casas —dice el Sr. Hamilton—, pero he sentido que Dios estaba igual de cerca cuando me he arrodillado con una familia que oraba, sobre el suelo de tierra de su choza. He conocido la adoración en familia entre los segadores en un granero. Solía ser algo común en los barcos de pesca en los estuarios y los lagos de Escocia. He oído que esto se observaba incluso, en las profundidades de un pozo de carbón”.

Los padres de la Nueva Inglaterra, habiendo bebido del mismo espíritu, dejaron el mismo legado a sus hijos.

La adoración en familia es altamente honorable, especialmente cuando el servicio espiritual languidece y decae en tiempos en los que el error y la mundanalidad hacen incursiones en la Iglesia. Éste ha sido el caso notable entre algunas comunidades protestantes del continente europeo. En términos generales, debemos decir que la adoración en familia no se practica tan extensamente allí y, por supuesto, no se le valora tan altamente como en las iglesias de Gran Bretaña y de los Estados Unidos. Esto es cierto, in-cluso cuando se hace la comparación entre las que están en los respectivos países, cuyo apego al evangelio parece ser el mismo. Hay muchas, sobre todo en Francia y Suiza, que le dan tan alto valor y mantienen con regularidad la adoración diaria a Dios como muchos de sus hermanos en Inglaterra o en los Estados Unidos. Sin embargo, constituyen excepciones a la declaración anterior sin ser una refutación de la misma. Los viajeros cristianos observan, no obstante, que las mejores opiniones sobre este tema, como en la observancia del Día de reposo, están creciendo decididamente en Francia y Suiza, y, probablemente, en cierta medida también en Alemania y en otros países del Continente. Esto se le debe atribuir a la traducción de muchas obras excelentes del inglés al francés y a su circulación en esos países en los últimos años.

De lo que se ha dicho, queda de manifiesto que, la voz universal de la Iglesia en sus mejores épocas, se ha pronunciado a favor de la adoración en familia. El motivo de esto también se ha manifestado. Es un servicio que se le debe a Dios con respecto a su relación abundante y misericordiosa para con las familias como tales, algo que se ha hecho necesario por las carencias, las tentaciones, los peligros y los pecados del estado de la familia y, en los más altos niveles, es algo adecuado y correcto, dadas las oportunidades que ofrece la misma condición de la familia.

Tomado de Thoughts on Family Worship.


James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas institu-ciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Vir-ginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.

No hay otro Evangelio

De Spurgeon se sabe que fue un gran predicador; que miles y miles de almas se convirtieron bajo su ministerio; que fue bautista, y que dio muestras prodigiosas de una ironía sana y oportuna desde el púlpito. Se conocen y repiten muchas de sus anécdotas e ilustraciones; pero poco, muy poco, se sabe del contenido doctrinal de su predicación. Se supone y se cree ¡claro está!, que fue sano en sus creencias; pero en qué consistía la ortodoxia “spurgeoniana” ¡ah! eso ya son aguas de otro molino. Pero aún así, lo que muchos protestantes no pueden ni tan siquiera imaginar, es que la sana predicación de Spurgeon descansara en aquellas gloriosas doctrinas bíblicas comúnmente conocidas bajo el nombre de calvinistas.

En el prólogo del primer volumen del “New Park Street Pulpit” de cuya colección provienen los sermones de este libro; Spurgeon decía:

“Recurrimos con frecuencia a la palabra calvinismo por designar esta corta palabra aquella parte de la verdad divina que enseña que la salvación es sólo por la gracia”. Y añadía: “Creemos firmemente que lo que comúnmente se llama calvinismo no es más, ni menos, que aquel sano y antiguo evangelio de los puritanos, de los mártires, de los Apóstoles y del Señor Jesucristo”.

Spurgeon se mantuvo siempre fiel a las doctrinas de la gracia. Las páginas de este libro -como toda la producción literaria del gran predicador-, están estampadas con aquel inconfundible sello del Soli Deo Gloria, tan genuinamente bíblico. Y como sucede siempre que el Evangelio es predicado en toda su pureza, la oposición de la mente carnal no tarda en desatarse. ¡Cómo odian los hombres a quienes exaltan la soberanía de Dios! ¡Y con cuán poco escrúpulo la desfiguran! Modernistas y arminianos hicieron causa común en un intento vano para acallar la voz evangélica del joven predicador. La crítica más mordaz y severa se volcó sobre él; su nombre era satirizado en la prensa y “pateado por la calle como una pelota de fútbol”.

El 25 de octubre de 1856, un semanario londinense escribía:

“Creemos que las actividades del señor Spurgeon no merecen en lo más mínimo la aprobación de sus correligionarios. Apenas hay un ministro independiente de cierta categoría que esté asociado con él”. Y todo como resultado de sus convicciones doctrinales.

Con referencia a los sermones que tienes en tus manos, lector, Spurgeon comentaba:

“Nada más zahiriente queda por decir en contra de ellos que no se haya dicho ya; las formas más externas de vejación ya se han agotado; se ha llegado ya al no va más del vocabulario libélico, y las críticas más mordaces ya no dan más veneno”. Con todo, Spurgeon se gozaba en el glorioso hecho de que Dios había estampado estos sermones con el sello de numerosas conversiones genuinas. Y aun después de la muerte del gran predicador, el Espíritu de Dios se sirve de estos mensajes -que son locura y escándalo a la mente carnal- como medio de salvación para muchos pecadores”.

(Uno de los traductores de estos sermones fue alcanzado por el poder de la gracia de Dios a través de la lectura de los mismos en su versión original).

Spurgeon se alzó ante la rutina y la superficialidad. El Señor usó para desempolvar las Biblias de una multitud de “cristianos del domingo”, y despertarlos a la realidad de su condición. Y eso no podía conseguirse por la predicación del Spurgeon tradicionalmente conocido por los lectores. Era necesaria la publicación de sermones íntegros de ese siervo de Dios para que fuese por fin conocido. Acostumbrados como estamos a la predicación superficial y soporífera de nuestro tiempo, la lectura de estos sermones causará, por necesidad, revuelo espiritual en los círculos protestantes de habla hispana. Estos mensajes son llamadas directas al espíritu y exigen como contestación, un examen profundo de nuestra pretendida fe cristiana.

Introducción
La Biblia
El glorioso Evangelio
Predicad el Evangelio
El propósito de la Ley
Los dos efectos del Evangelio
Un sermón sencillo para las almas que buscan
Un llamamiento a los pecadores
La Soberanía Divina
La Justificación por la Gracia
Soberanía y Salvación
¿Por qué son salvados los hombres?
El libre albedrío: un esclavo
La incapacidad humana
La intención de la carne es enemistad contra Dios
La Redención limitada
La elección
Las alegorías de Sara y Agar
El poder del Espíritu Santo
El llamamiento eficaz
La resurrección espiritual
El nuevo corazón
Un pueblo voluntarioso y un Caudillo inmutable
La Fe
La responsabilidad humana
La Salvación del Señor
Solamente Dios es la salvación de su pueblo
Salvación hasta lo sumo
¡Despertad! ¡Despertad!
La contienda de la verdad

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Hipócritas en la iglesia

¿Por qué maldijo Jesús a la higuera en Marcos 11? Jesús, entre otras cosas, era un profeta. Una de las formas más gráficas de comunicación profética en el Antiguo Testamento era enseñar por medio de objetos. El profeta tomaba algo de la naturaleza o de la vida cotidiana, como lo hizo Amós con una plomada de albañil para comunicar la verdad de Dios. Aquí Jesús encontró un objeto que ilustraba el pecado de la hipocresía. Tenía la apariencia de fertilidad, pero en realidad era estéril. A lo largo de su ministerio terrenal, Jesús denunció fuertemente el pecado de la hipocresía. Esa era su crítica básica a los fariseos de su tiempo (Lucas 12:1).

En varias ocasiones Jesús reprendió a los líderes religiosos por demostrar espiritualidad y rectitud a pesar de su falta visible de fruto.

Eso debería ser una lección para nosotros. Un ministerio evangelístico encontró durante muchos años que una de las diez principales objeciones al cristianismo es la suposición de que la iglesia está llena de hipócritas. La gente veía las vidas de los miembros de la iglesia a lo largo de la semana y dijeron que se alejaron del cristianismo porque creían que los cristianos no vivían lo que profesaban.

Es cierto que la iglesia está llena de pecadores. De hecho, no conozco de ninguna otra organización en el mundo que requiera que una persona sea un pecador para unirse a ella. Sin embargo, mientras que todos los hipócritas son pecadores, no todos los pecadores son hipócritas. La hipocresía es solo uno de muchos pecados. Es injusto que nuestros críticos digan: “Fulanito es un cristiano, y lo vimos pecando durante la semana; por lo tanto, es un hipócrita”. Eso no es necesariamente así. Si yo afirmo no hacer algo pecaminoso y luego usted me ve hacerlo, soy culpable de hipocresía. Pero si usted me ve hacer algo pecaminoso que nunca dije que no hago, soy un pecador pero no soy un hipócrita. Tenemos que establecer esa clara distinción.

Sin embargo, habiendo dicho eso en defensa de los cristianos que por su naturaleza caída continúan pecando incluso después de abrazar al Salvador, todavía exhorto a que todos tengamos cuidado de evitar el pecado de la hipocresía. Pablo habló de esto cuando dijo: “El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de ustedes” (Ro. 2:24).

Los incrédulos nos ven predicando sin ponerlo en práctica, y eso no debería ser así entre nosotros.

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

La Naturaleza, La reivindicación y La Historia de La Adoración en Familia 2

En el Nuevo Testamento, las huellas de la adoración familiar no son menos obvias. Nos alegra tomar prestado el animado lenguaje del Sr. Hamilton de Londres y preguntar: “¿Envidias a Cornelio, cuyas oraciones fueron oídas y a quien el Señor le envió un mensajero especial que le enseñara el camino de la salvación? Era un hombre “piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre” y que estaba tan ansioso por la salvación de su familia que reunió a sus parientes y sus amigos cercanos para que pudieran estar preparados para escuchar al Apóstol cuando éste llegara y, de esta manera, también beneficiarse (Hch. 10:2, 24 y 31). ¿Admiras a Aquila y Priscila, La naturaleza, la reivindicación y la historia de la adoración en familia “colaboradores [de Pablo] en Cristo Jesús” y tan diestros en las Escrituras que pudieron enseñarle más exactamente el camino de Dios a un joven ministro? Encontrarás que una razón de su familiaridad con las Escrituras era que tenían una iglesia en su casa (Hch. 18:26; Ro. 16:5). Sin lugar a duda, se reconocía con respecto a las cosas espirituales y también a las temporales, que “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo” (1 Ti. 5:8). Ese espíritu de oración social que llevó a los discípulos a unirse en súplica o alabanza, en aposentos altos, en cárceles, y al borde del mar se manifestó en las devociones diarias de la familia (Hch. 1:13; 16:25; Gá. 4:12; 2 Ti. 1:3).

Nuestros registros del cristianismo primitivo están tan distorsionados y contaminados por una tradición supersticiosa que no debe sorprendernos encontrar un culto sencillo y espiritual como éste bajo la sombra de los ritos sacerdotales. A pesar de ello, discernimos lo bastante para enseñarnos que los creyentes de los primeros siglos no descuidaron la adoración familiar.

“En general —dice Neander en una obra que no se ha publicado entre nosotros—, siguieron a los judíos en la observancia de los tres momentos del día, las nueve, las doce y las tres como horas especiales de oración; sin embargo, ellos no los usaron de forma legal, como en contra de la libertad cristiana; pues Tertuliano afirma, hablando sobre los tiempos para la ora-ción, ‘no se nos exige nada excepto que oremos a toda hora y en todo lu-gar’. Los cristianos comenzaban y terminaban el día con la oración. Antes de cada comida, antes del baño, oraban, ya que, como dice Tertuliano, ‘el refresco y la alimentación del alma debe preceder a los del cuerpo; lo celestial antes que lo terrenal’. Cuando un cristiano del extranjero, tras la recepción y la hospitalidad fraternal en casa de otro cristiano se marchaba, la familia cristiana lo despedía con oración, ‘porque —decían— en tu hermano has contemplado a tu Señor’. Para cada asunto de la vida ordinaria se preparaban mediante la oración”.

A esto podemos añadir las declaraciones de un hombre culto que convirtió las antigüedades cristianas en su peculiar estudio: “En lugar de consumir sus horas de ocio en hueca inactividad o derivando su principal diversión del bullicioso regocijo, el recital de cuentos de superstición o cantar las canciones profanas de los paganos, pasaban sus horas de reposo en una búsqueda racional y vigorizante, hallaban placer en ampliar su conocimiento religioso y su entretenimiento en cánticos dedicados a la alabanza de Dios. Esto constituía su pasatiempo en privado y sus recreos favoritos en las reuniones de su familia y sus amigos. Con la mente llena de la influencia inspiradora de estas, regresaban con nuevo ardor a sus escenarios de dura tarea y para gratificar su gusto por una renovación de ellas, anhelaban ser liberados de la labor, mucho más que apaciguar su apetito con las provisiones de la mesa. Jóvenes mujeres sentadas a la rueca y matronas que llevaban a cabo los deberes de la casa, canturreaban constantemente algunas tonadas espirituales.

“Y Jerónimo relata sobre el lugar donde vivía, que uno no podía salir al campo sin escuchar a los labradores con sus aleluyas, los segadores con sus himnos y los viñadores cantando los Salmos de David. Los cristianos primitivos no sólo leían la palabra de Dios y cantaban alabanzas a su Nombre al medio día y a la hora de sus comidas. Muy temprano en la mañana, la familia se reunía y se leía una porción de las Escrituras del Antiguo Testamento, a continuación se cantaba un himno y se elevaba una oración en la que se daba gracias al Todopoderoso por preservarlos durante las silenciosas vigilias de la noche y, por su bondad, al permitirles tener sanidad de cuerpo y una mente saludable y, al mismo tiempo, se imploraba su gracia para defenderlos de los peligros y las tentaciones del día, hacerles fieles a todo deber y capacitarlos en todos los aspectos para caminar dignos de su vocación cristiana. En la noche, antes de retirarse a descansar, la familia volvía a reunirse y se observaba la misma forma de adoración que en la mañana con esta diferencia: Que el servicio se alargaba considerablemente, más allá del periodo que se le podía asignar convenientemente al principio del día. Aparte de todas estas observancias, tenían la costumbre de levantarse a medianoche para entrar en oración y cantar salmos, una práctica de venerable antigüedad y que, como supone con razón el Dr. Cave, tomó su origen de las primeras épocas de la persecución cuando, no atreviéndose a juntarse durante el día, se veían obligados a celebrar sus asambleas religiosas de noche”.

Cuando llegamos al avivamiento de la piedad evangélica en la Reforma, nos encontramos en medio de tal corriente de autoridad y ejemplo que debemos contentarnos con declaraciones generales. Cualquiera que pudie-ra ser la práctica de sus hijos degenerados, los Reformadores primitivos son universalmente conocidos por haber dado gran valor a las devociones familiares. Los contemporáneos de Lutero y sus biógrafos, recogen sus oraciones en su casa con calidez. Las iglesias de Alemania fueron bendeci- das en mejor época, con una amplia prevalencia de la piedad familiar. Se recogen hechos similares en Suiza, Francia y Holanda.

Tomado de Thoughts on Family Worship.


James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas institu-ciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Vir-ginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.

La Santidad

Hablar de Santidad o Santificación en nuestros días, como cosa común y corriente en la vida diaria del creyente, parece algo decadente de lo que no se habla en los tiempos en los que vivimos, donde se da más importancia a otras actitudes más acorde con el ritmo del mundo actual y sus intereses sociales. Muchos ven estos mandatos como exigencias demasiado altas, lejos de poder alcanzar, por lo que no les prestan la atención necesaria. Y ahí es donde damos la bienvenida a esta edición en castellano de este reconocido tratado.

Hace 134 años el autor decía:”Los veinte textos que contiene este volumen son una humilde contribución a una causa que despierta un profundo interés en mí en estos momentos: me refiero a la causa de la santidad. Es una causa que todo aquel que ama a Cristo y desea propagar su Reino en el mundo ha de esforzarse en impulsar. Todo el mundo puede hacer algo, y yo deseo aportar mi grano de arena. Durante muchos años he sentido la profunda convicción de que la santidad práctica y la consagración absoluta de las personas a Dios no recibe la suficiente atención por parte de los cristianos modernos de este país”.

Afirma en el capítulo 2: La santificación. “Temo que la cuestión de la santificación desagrade profundamente a muchos. Algunos hasta lo dejan de lado con desprecio y sarcasmo. Esta es una cuestión de la mayor importancia para nuestras almas. Se trata de una cuestión de gran actualidad en estos tiempos. Últimamente han surgido doctrinas extrañas en lo referente a toda la cuestión de la santificación. Algunos parecen confundirlo con la justificación. Otros, con un fingido celo por la libre gracia, la devalúan y prácticamente la descuidan por completo. Otros aún se fijan el listón de la santificación a una altura equivocada y, al no poder alcanzarlo, malgastan sus vidas vagando de iglesia en iglesia, de capilla en capilla y de secta en secta, en la vana esperanza de encontrar lo que buscan. En tiempos como estos una consideración sosegada de la cuestión, como una de las grandes doctrinas del evangelio, puede ser de gran ayuda para nuestras almas”.

J.C. Ryle ya tiene varias obras en castellano, por lo que no es necesario aportar muchos datos de su vida; sirvió cerca de cuarenta años como ministro del evangelio y llegó a ser el primer obispo de Liverpool en 1880. Pero nos gusta lo que dicen los editores de la versión inglesa de 1995 en el prólogo: Es casi innecesario presentar a John Charles Ryle (1816-1900), puesto que sus obras más conocidas se han reeditado y han tenido numerosos lectores durante muchos años. La exquisita factura literaria de sus libros ha garantizado su popularidad y su utilidad hasta nuestros días. El presente volumen se ha convertido en una obra clásica que goza de difusión y reconocimiento entre muchas personas de todo el mundo. Ryle goza de merecida fama por la maravillosa sencillez de su estilo. Sus sermones, que reflejan la llaneza de sus mensajes orales, son un exquisito ejemplo para todo el que desee comunicarse de manera más eficaz con quienes asisten a la iglesia o con el hombre de la calle. En tiempos en los que a los predicadores evangélicos se los tacha o bien de superficiales o bien de soporíferos, aquí tenemos un gran ejemplo de alguien que no fue ninguna de esas cosas. A medida que el obispo Ryle va explicando y aplicando sus textos con su habitual sencillez y franqueza, el lector siente una punzada en la conciencia y su alma sometida a examen.

Entre sus múltiples citas se hallan excelentes textos de autores puritanos: John Owen, Juan Bunyan. William Gurnall, Samuel Rutherford, Thomas Brooks, Richard Baxter, Thomas Watson, Robert Traill; y él mismo añade dos “pasajes de autores clásicos” en el capítulo 21: de Robert Traill, el primero y de Thomas Brooks el segundo.

Una importante aportación a la buena instrucción, para el cristiano interesado en crecer y para los predicadores.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

La Naturaleza, La reivindicación y La Historia de La Adoración en Familia 1

La adoración en familia, como el nombre lo indica, es la adoración conjunta que se rinde a Dios por parte de todos los miembros de una familia. Existe un impulso irresistible a orar por aquellos a quienes amamos y, no sólo a orar por ellos, sino con ellos. Existe una incitación natural, a la vez que benévola, de orar con aquellos que están cerca de nosotros. La oración es un ejercicio social. La oración que nuestro Señor les enseñó a sus discípulos lleva este sello en cada petición. Es este principio el que conduce a las devociones unidas de las asambleas de iglesias y que se manifiesta de inmediato en las familias cristianas.

Aunque sólo hubiera dos seres humanos sobre la tierra, si tuvieran un corazón santificado, se verían atraídos a orar el uno con el otro. Aquí te-nemos la fuente de la adoración doméstica. Hubo un tiempo en el que sólo había dos seres humanos sobre la tierra y podemos estar seguros de que ofrecieron adoración en común. Fue la adoración familiar en el Paraíso.

Que la religión deba pertenecer especialmente a la relación doméstica no es en absoluto maravilloso. La familia es las más antigua de las sociedades humanas. Es tan antigua como la creación de la raza. Los hombres no se unieron en familias por una determinación voluntaria o convenio social de acuerdo con la absurda invención de los infieles: Fueron creados en familias.

No es nuestro propósito hacer ningún esfuerzo ingenioso por forzar la historia del Antiguo Testamento para nuestro servicio o investigar la ado-ración familiar en cada era del mundo. Que ha existido siempre, no lo po-nemos en duda; que el Antiguo Testamento pretendía comunicar este hecho ya no está tan claro. Pero sin ninguna indulgencia de la imaginación, no podemos dejar de discernir el principio de la adoración familiar que aparece y reaparece como algo familiar en los tiempos más remotos.

Aunque toda la iglesia de Dios estaba en el arca, la adoración era por completo una adoración familiar. Y, después de que las aguas retrocedie-ran, cuando “edificó Noé un altar a Jehová” se trataba de un sacrificio fa-miliar (Gn. 8:20). Los patriarcas parecen haber dejado un registro de su adoración social en cada campamento. Tan pronto como encontramos a Abraham en la Tierra Prometida, le vemos levantando un altar en la llanu-ra de More (Gn. 12:7).

Lo mismo ocurre en el valle entre Hi y Betel. Isaac, no sólo renueva las fuentes que su padre había abierto, sino que mantiene sus devociones, edificando un altar en Beerseba (Gn. 26:25). El altar de Jacob en Betel era eminentemente un monumento familiar y así fue señalado por lo que él le dijo a su familia y a todos los que estaban con él en el camino: “Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros” (Gn. 35:1-2). El altar se llamó El Betel. Esta herencia de ritos religiosos en el linaje de la familia correspondía con aquella declaración de Jehová con respecto a la religión de la familia que debería prevalecer en la casa de Abraham (Gn. 18:19). El servicio de Job en nombre de sus hijos era un servicio perpetuo: “Enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos… De esta manera hacía todos los días” como dice el hebreo, “todos los días” (Job 1:5). El libro de Deuteronomio está lleno de religión familiar y como ejemplo de esto podemos señalar de forma especial el capítulo seis. La Pascua, como veremos de forma más plena más adelante, era un rito familiar.

Por todas partes en el Antiguo Testamento, los hombres buenos tenían en cuenta la unión doméstica en su religión. Josué, aún ante el riesgo de quedarse solo con su familia, se aferra a Dios: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). David, tras su servicio público en el tabernáculo, donde “bendijo al pueblo en el nombre de Jehová de los ejércitos” regresa “para bendecir su casa” (2 S. 6:20). Había aprendido a relacionar el servicio a Dios con los lazos domésticos en la casa de su padre Isaí “porque todos los de su familia celebran allá el sacrificio anual” (1 S. 20:6). Y, en las predicciones de la humillación penitencial que tendrá lugar cuando Dios derrame sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y de súplicas, la idoneidad de tales ejercicios para la familia como tal no se pasan por alto: “Y la tierra lamentará, cada linaje aparte; los descendientes de la casa de David por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Natán por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Leví por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de Simei por sí, y sus mujeres por sí; todos los otros linajes, cada uno por sí, y sus mujeres por sí” (Zac. 12:12-14).

Continuará …

Tomado de Thoughts on Family Worship


James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas instituciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Virginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.

Apuntes de Matthew Henry

¿Te gustaría mantener la autoridad en tu familia? No podrías hacerlo mejor que manteniendo la adoración a Dios en el seno la misma. Si alguna vez, un cabeza de familia ha tenido un aspecto estupendo, realmente extraordinario, es cuando dirige su hogar en el servicio de Dios y preside entre los suyos en las cosas santas. Entonces se muestra digno de doble honra porque les enseña el buen conocimiento del Señor, es la boca de ellos ante Dios en la oración y los bendice en su Nombre. — Matthew Henry

Matthew Henry, teólogo y comentarista no conformista, nació en Broad Oak, cerca de Bangor-Iscoed, Flintshire, Gales, el 18 de octubre de 1662 y murió en Nantwich, Cheshire, Inglaterra, el 22 de junio de 1714.

Un remedio para el decaimiento de la Fe Cristiana

Por amor a ustedes, queridos amigos, me atrevo a aparecer de nuevo en público para ser su monitor fiel para impulsarlos hacia su deber y fomentar la obra de Dios en sus almas y la adoración de Dios en sus familias. Y no sé cómo puede emplear un ministro su nombre, sus estudios y escribir mejor (además de la convicción y la conversión de almas particulares) que imponiendo sobre los cabezas de familia que se ocupen de las almas que estén a su cargo. Esto tiene una tendencia directa a la reforma pública. La fe cristiana empieza en los individuos y se transmite a sus parientes, y las esferas relacionales menores componen una entidad mayor: Las iglesias y las mancomunidades están formadas por familias. Existe una queja general por la decadencia del poder de la piedad y la inundación de las cosas profanas y con razón. No conozco mejor remedio que la piedad doméstica: ¿Acaso enseñaron los gobernadores a sus subalternos mediante consejos y ejemplos? ¿Desanimaron severamente y restringieron las enormidades, fomentando con celo la santidad, clamando a Dios en unidad y con fervor, pidiéndole que obrara con eficacia y realizara aquello que ellos no podían hacer, pudiendo decir qué bendita alteración vendría a continuación?

En vano se quejan de magistrados y ministros, mientras ustedes que son padres de familia son infieles a su deber. Se quejan de que el mundo está en mal estado: ¿Qué hacen ustedes para remediarlo? No se quejen tanto de los demás, sino de ustedes mismos, y no se quejen tanto antes los hombres, sino delante de Dios. Suplíquenle a Dios que haga una reforma y secunden también sus oraciones con ferviente esfuerzo, ocúpense de su propio hogar y actúen para Dios dentro de este ámbito. Conforme vayan teniendo más oportunidad de familiaridad con los que viven dentro de su casa, más au-toridad tendrán sobre ellos porque ellos dependerán de ustedes para que influyan en ellos. Y si no mejoran este talento, tendrán terribles cuentas que rendir, sobre todo cuando sus manos tengan que responder de la sangre de ellos, porque el pecado que cometieron se cargará sobre la negligencia de ustedes.

¡Oh, señores! ¿No han pecado ustedes ya bastante, sino que tienen que acarrear sobre ustedes la culpa de toda su familia? Son ustedes los que hacen que los tiempos sean malos y provocan juicios sobre la nación. ¿Prefieren ver las angustias de sus hijos y oírlos gritar en medio de tormentos infernales que hablarles una palabra para su instrucción, escucharlos llorar bajo su corrección o suplicarle a Dios por su salvación? ¡Oh crueles tigres y monstruos bárbaros! Tal vez imaginen que ustedes son cristianos; sin embargo, a mi juicio, un hombre que no mantiene la adoración de Dios como costumbre en su familia no es digno de ser un participante adecuado de la Santa Cena. Merece amonestación y censura por este pecado de omisión, así como por los escandalosos pecados de comisión; y es que traiciona su vil hipocresía al pretender ser un santo fuera, cuando es una bestia en su casa porque un cristiano bien nacido, es decir, de buenas maneras y refinado, [respeta] todos los mandamientos de Dios. Es de los que son justos delante de Dios y “andan irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lc. 1:6). Que los otros vayan en medio de la manada de los profanos y que les vaya como hagan finalmente, sin conciencia de familia o piedad pertinente. Los que no oren ahora, llorarán más tarde: “Señor, Señor, ábrenos” cuando la puerta se cierre (Mt. 25:11). Sí, los que ahora no quieren clamar por un mendrugo de misericordia, lo harán en el infierno por una “gota de agua que calme sus lenguas abrasadas en los tormentos eternos” (cf. Lc. 16:22-24). A estos hipócritas que se autodestruyen les recomiendo que consideren seriamente Proverbios 1:24-31; Job 8:13-15; 27:8-10. ¡Oh cuán gran honor que el Rey del Cielo le admita a uno en la cámara de su presencia con la familia, dos veces al día para confesar los pecados; pedir perdón y provisiones de misericordia; para darle la gloria por su bondad y depositar la carga sobre Él y obtener alivio! Espero que no sean nunca reacios a esto ni se cansen de ello, ¡que Dios no lo permita! El que quiere tener buena salud no se queja a la hora de comer. Reconozcan y observen esos momentos designados para venir a Dios. Si uno pro-mete encontrarse con una persona importante a una hora concreta, cuando el reloj da la hora se levanta, pide disculpas y le dice a quién lo acompaña que [alguien] le espera, que debe marcharse. No se tomen más libertad con Dios de la que se tomarían con los hombres y mantengan su corazón continuamente en disposición de hacer su deber.

Tomado de “The Family Altar”, The Works of Oliver Heywood


Oliver Heywood (1630-1702): Erudito puritano no conformista. Expulsado de su púlpito en 1662 y excomulgado, Heywood

Por qué la Reforma sigue siendo importante

El 31 de octubre de 2016, el papa Francisco anunció que después de quinientos años, los protestantes y los católicos ahora «tienen la oportunidad de reparar un momento crítico de nuestra historia yendo más allá de las controversias y desacuerdos que a menudo nos han impedido entendernos». Al leer esto, da la impresión de que la Reforma fue una disputa desafortunada e innecesaria por tonterías, un arrebato infantil que todos podemos dejar atrás ahora que hemos crecido.  

Pero dile eso a Martín Lutero, quien sintió tal liberación y gozo al redescubrir la justificación por la fe sola que escribió: «Sentí que había nacido de nuevo y que había entrado en el paraíso mismo por puertas abiertas». Díselo a William Tyndale, a quien le parecieron noticias tan «felices, alegres y gozosas» que lo hicieron «cantar, bailar y saltar de alegría». Díselo a Thomas Bilney, quien descubrió que le proporcionaba «consuelo y reposo maravillosos, tanto así que mis huesos magullados saltaron de alegría». Es evidente que esos primeros reformadores no lo vieron como un pleito juvenil, sino como el descubrimiento de buenas nuevas de gran gozo.

BUENAS NOTICIAS EN 1517

A principios del siglo XVI, Europa llevaba ya unos mil años sin una Biblia que la gente pudiera leer. Por tanto, Thomas Bilney nunca se había encontrado con las palabras: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Tim 1:15). En lugar de comunicarles la Palabra de Dios, se les decía que Dios es un Dios que capacita a las personas para que se ganen su propia salvación. Como solía decir uno de los maestros de la época: «Dios no le negará Su gracia a los que dan lo mejor de sí». Sin embargo, lo que ellos presentaban como palabras de ánimo le dejaba un sabor amargo a todos los que las tomaban en serio. ¿Cómo puede uno estar seguro de haber hecho el mejor esfuerzo? ¿Cómo puede uno saber si se ha convertido en el tipo de persona justa que merece la salvación?

Martín Lutero ciertamente lo intentó. Escribió: «Era un buen monje y mantuve mi orden tan estrictamente que de ser posible que un monje entrara al cielo mediante la disciplina monástica, yo debería haber entrado». Sin embargo, encontró lo siguiente:

Mi conciencia no me daba certeza sino que siempre dudaba y decía: «No lo hiciste bien. No estuviste suficientemente contrito. Dejaste eso fuera de tu confesión». Cuanto más trataba de remediar una conciencia incierta, débil y atribulada con tradiciones humanas, más aumentaba mi incertidumbre, mi debilidad y mi tribulación.

Según el catolicismo romano, Lutero tenía razón al no estar seguro del cielo. Mostrar esa confianza en tener un lugar en el cielo se consideraba una presunción errada, y fue uno de los cargos formulados contra Juana de Arco en su juicio en 1431. Allí, los jueces proclamaron:

Esta mujer peca cuando dice estar tan segura de que será recibida en el Paraíso como si ya fuera partícipe de… la gloria, pues en este camino terrenal ningún peregrino sabe si es digno de gloria o de castigo, algo que solo sabe el Juez soberano.

Ese juicio tenía mucho sentido dentro de la lógica del sistema: si solo podemos entrar al cielo porque (por la gracia habilitadora de Dios) nos hemos vuelto personalmente dignos de él, entonces es obvio que nadie puede estar seguro. Según esa línea de razonamiento, si no puedo afirmar que no tengo pecado, no puedo afirmar que iré al cielo.

Esa fue la razón por la que, siendo un estudiante, el joven Martín Lutero gritó de miedo cuando casi fue alcanzado por un rayo en una tormenta eléctrica. A él le aterrorizaba la muerte, pues sin el conocimiento de la gracia y la suficiencia de la salvación de Cristo, sin el conocimiento de la justificación que es por la fe sola, no tenía esperanza de ir al cielo.

Y fue por eso que su redescubrimiento en las Escrituras de la justificación que es por la fe sola se sintió como entrar al paraíso a través de puertas abiertas. Significaba que, en lugar de toda su angustia y terror, ahora podía escribir:

Cuando el diablo nos arroja nuestros pecados y declara que merecemos la muerte y el infierno, debemos hablar así: «Admito que merezco la muerte y el infierno. ¿Y qué? ¿Significa esto que seré sentenciado a una condenación eterna? De ninguna manera. Porque conozco a Uno que sufrió y proveyó satisfacción por mí. Su nombre es Jesucristo, el Hijo de Dios. Donde Él esté, allí estaré yo también».

Y fue por eso que la Reforma le dio a la gente un gusto por los sermones y por la lectura de la Biblia. Poder leer las palabras de Dios y ver en ellas tan buenas nuevas de que Dios salva a los pecadores, no sobre la base de lo bien que se arrepientan sino por Su propia gracia, fue como un rayo de luz solar en el mundo gris de la culpa religiosa.

BUENAS NOTICIAS EN 2017

Durante los últimos quinientos años no se han desvanecido ni la hermosura ni la relevancia de las ideas de la Reforma. Las respuestas a las mismas preguntas claves todavía marcan la diferencia entre la desesperanza y la felicidad humanas. ¿Qué me pasará cuando muera? ¿Cómo puedo saberlo? ¿Es la justificación el don de un estatus justo (como argumentaron los reformadores) o un proceso para uno volverse más santo (como afirma Roma)? ¿Puedo confiar plena y únicamente en Cristo para ser salvo, o mi salvación depende también de mis propios esfuerzos y mi éxito en la santidad?

Lo que casi siempre hace que la gente se confunda y vea la Reforma como un evento histórico que quedó en el pasado es la idea de que fue solo una reacción a algún problema del día. Pero cuanto más se mira, más claro se vuelve: la Reforma no fue principalmente un movimiento negativo para alejar a las personas de Roma y de su corrupción; fue un movimiento positivo para acercarlas al evangelio. Y eso es precisamente lo que preserva la vigencia de la Reforma hoy en día. Si la Reforma hubiera sido una mera reacción a una situación histórica hace quinientos años, uno esperaría que hubiera terminado. Pero como programa para acercarnos cada vez más al evangelio, no puede terminar.

Durante los últimos quinientos años no se han desvanecido ni la hermosura ni la relevancia de las ideas de la Reforma.

Otra objeción es que el enfoque de la cultura actual en el pensamiento positivo y la autoestima ha eliminado la percepción de necesidad que debe tener todo pecador de ser justificado. En la actualidad no vemos a muchas personas vestidas de cilicio ni haciendo vigilias de oración durante noches heladas para ganarse el favor de Dios. Por esto, el problema de Lutero de ser torturado por su culpa ante el Juez divino se descarta como un problema del siglo XVI, y su solución de la justificación por la fe sola se descarta como innecesaria para nosotros hoy.

Pero es precisamente en este contexto que la solución de Lutero resuena como una noticia tan feliz y relevante. Al descartar la idea de que podríamos ser culpables ante Dios y, por lo tanto, necesitar Su justificación, nuestra cultura ha sucumbido al viejo problema de la culpa de maneras más sutiles y no tiene los medios para solucionarlo. Hoy en día, todos somos bombardeados con el mensaje de que nos amarán más cuando nos hagamos más atractivos. Puede parecer que eso no está relacionado con Dios, pero sigue siendo una religión de obras y una que está profundamente arraigada en el ser humano. Por eso, la Reforma contiene las buenas noticias que más brillan. Lutero pronuncia palabras que atraviesan la penumbra como un rayo de sol glorioso y completamente inesperado:

El amor de Dios no encuentra lo que le agrada sino que lo crea…. En lugar de buscar su propio bien, el amor de Dios fluye y otorga el bien. Por tanto, los pecadores son atractivos porque son amados; no son amados porque sean atractivos.

UNA VEZ MÁS, HA LLEGADO LA HORA

Quinientos años después, la Iglesia católica romana aún no ha sido reformada. A pesar de todo el cálido lenguaje ecuménico utilizado por tantos protestantes y católicos romanos, Roma todavía repudia la justificación que es por la fe sola. Entienden que pueden hacerlo porque no ven las Escrituras como la autoridad suprema a la que deben conformarse los papas, los concilios y las doctrinas. Y debido a que las Escrituras están tan relegadas, no se fomenta la alfabetización bíblica y, por lo tanto, millones de católicos romanos todavía se mantienen alejados de la luz de la Palabra de Dios.

Fuera del catolicismo romano, la doctrina de la justificación que es por la fe sola es evitada rutinariamente por ser considerada insignificante, errada o desconcertante. Algunas nuevas perspectivas sobre lo que el apóstol Pablo quiso decir con justificación, especialmente cuando han tendido a desviar el énfasis de cualquier necesidad de conversión personal, solo han confundido más a las personas, y han abandonado o comprometido precisamente el artículo que Lutero había dicho que no podían renunciar ni comprometer.

Ahora no es momento de ser tímido en cuanto a la justificación o la autoridad suprema de las Escrituras que la proclaman. La justificación por la fe sola no es una reliquia de los libros de historia; hoy permanece como el único mensaje que realmente libera, el mensaje con el poder más profundo para hacer que los humanos se desarrollen y florezcan. Da seguridad ante nuestro Dios santo y convierte a los pecadores que intentan comprar a Dios en santos que le aman y le temen.

¡Y cuántas oportunidades tenemos para difundir esta buena noticia hoy! Hace quinientos años, la invención de Gutenberg de la imprenta significó que la luz del evangelio podría viajar a una velocidad nunca antes vista. Las Biblias de Tyndale y los tratados de Lutero podrían publicarse por miles. Hoy en día, la tecnología digital nos ha dado otro momento como ese en Gutenberg, y el mismo mensaje ahora se puede difundir a velocidades que Lutero nunca podría haber imaginado.

Tanto las necesidades como las oportunidades son tan grandes como hace quinientos años; de hecho, son mayores. Así que imitemos la fidelidad de los reformadores y sostengamos en alto el mismo evangelio maravilloso, porque no ha perdido nada de su gloria ni de su poder para disipar nuestras tinieblas.

El Dr. Michael Reeves es presidente y profesor de teología en Union School of Theology en Gales. Es autor de varios libros, incluyendo Rejoicing in Christ [Regocijo en Cristo]. Es el profesor destacado de la serie de enseñanza de Ministerios Ligonier The English Reformation and the Puritans [La Reforma inglesa y los puritanos].

El Cristiano con toda la Armadura de Dios

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“La obra de Gurnall no tiene igual y es valiosísima. Cada una de sus líneas está llena de sabiduría; cada frase es sugestiva. Esta ‘armadura completa’ es, por encima de todo, un libro de predicador. Tiendo a pensar que habrá sugerido más sermones que ningún otro volumen no inspirado. A menudo he recurrido a él cuando mi propio fuego ardía bajo, y pocas veces he dejado de encontrar algún carbón encendido en el hogar de Gurnall.” Charles Haddon Spurgeon 

“Creo que El cristiano con toda la armadura de Dios, bien en esta versión abreviada o en la original que The Banner of Truth aún tiene en existencia, debería formar parte de la biblioteca de cada hombre y mujer de Dios. A ningún dirigente cristiano, maestro, pastor, evangelista u obrero debería faltarle. Esta obra respira santidad, pureza, y nos mueve a la oración y a una dedicación más plena a Jesucristo. De todos los escritores puritanos, pienso que es Gurnall quien habla más directamente a esta generación. Este es uno de los libros más importantes jamás escritos aparte de la Palabra de Dios. Bendeciré eternamente el día en que lo hicieron llegar a mis manos.” David Wilkerson: Autor de La cruz y el puñal.

Los Puritanos

Este volumen reúne, por primera vez, las diecinueve ponencias que el Dr. Lloyd-Jones dio en las conferencias de Estudios Puritanos y de Westminster desde 1959 hasta 1978. Es conveniente recordar que, como el día de su nacimiento había sido el 20 de diciembre de 1899, la edad del Dr. Lloyd-Jones coincidía con los años del siglo XX; por ende, cuando dio la primera de estas ponencias -el 16 de diciembre de 1959- estaba en vísperas de su sexagésimo cumpleaños, y cuando pronunció la última iba a cumplir setenta y nueve años.

La Conferencia Puritana se reunía el martes y miércoles de la semana previa a la Navidad en Westminster Chapel, Londres, habiéndose convocado por primera vez el 19 de diciembre de 1950. Esta Conferencia se originó porque, a finales de los años cuarenta del siglo XX, entre un pequeño grupo de estudiantes miembros de la Oxford Inter-Collegiate Christian Union (Unión Cristiana Universitaria de Oxford) -una rama de Inter-Varsity Fellowship (IVF, en España GBU)-, comenzó a aumentar el interés por los escritos de los puritanos ingleses. Fue sorprendente que surgiera en ellos dicho interés, porque en aquel momento prácticamente no existían libros puritanos en circulación y el movimiento evangélico al que ellos pertenecían se ocupaba comúnmente de otros temas. Como aquellos estudiantes de licenciatura habían escogido autores tan difíciles de encontrar como John Owen y Richard Baxter, sentían que estaban descubriendo las ruinas de algún mítico El Dorado.

Fue al cruzarse los caminos de ellos con los del pastor de la londinense Westminster Chapel cuando nació la idea de una Conferencia. Le conocieron en las reuniones y encuentros de Inter-Varsity donde él era el orador, o por medio de su hija Elizabeth, también estudiante de licenciatura en Oxford durante ese mismo período y miembro de la Unión Universitaria de esa ciudad. En los sermones del Dr. Lloyd-Jones oyeron por primera vez a un ministro de Dios cuya enseñanza armonizaba claramente con las doctrinas que habían comenzado recientemente a leer y descubrir, el cual abogaba por seguir a la vez la perspectiva bíblica del pecado y de la gracia al tiempo que instaba a los creyentes a hacer tal cosa. En su presentación del evangelio ponía a Dios en primer lugar, y la necesidad de ser santos antes que cualquier promesa de felicidad. En vez de compartir el tipo de evangelización que se enfocaba en ciertos esfuerzos particulares y específicos, y en determinados métodos modernos, llamaba a la gente a una vida centrada en Dios, en la cual el ser testigos de Cristo llegara a formar parte espontánea del comportamiento diario de todo cristiano. Con estas prioridades, resultó evidente para aquellos estudiantes que habían encontrado a un predicador moderno cuyas afinidades espirituales eran aquellas de una tradición mucho más antigua que el de los evangélicos  de finales del siglo XX.

James I. Packer, uno de aquellos estudiantes de Oxford, llegó a Londres en 1948 para ser tutor por un año de los alumnos de Oak Hill College, y asistía regularmente a Westminster Chapel, los domingos por la tarde. Fue su amigo Raymond Johnston -respaldado probablemente por Elizabeth Lloyd-Jones- quien primero solicitó al «Doctor» que dirigiera una nueva Conferencia bajo los auspicios de Tyndale Fellowship (la rama teológica de Inter-Varsity). Puesto que ya existían varias conferencias de Tyndale, la idea de una más centrada en los puritanos era novedosa y probablemente recibiría escasa aceptación. Sin embargo, el Dr. Lloyd-Jones aceptó de buena gana. El número de The Christian Graduate (El graduado cristiano) correspondiente a junio de 1950 publicó un breve anuncio que decía: «Días 19 y 20 de diciembre: La contribución teológica distintiva de los puritanos ingleses. Entre los oradores contaremos con el Rvdo. Dr. Martyn Lloyd-Jones». No se nombraba a ningún otro conferenciante; y lo cierto es que para una conferencia que duraba dos días no era fácil encontrar a un orador que compartiera aquel entusiasmo por los autores puritanos.

La primera Conferencia tuvo comienzos pequeños: solo veinte personas se reunieron en el salón de Westminster Chapel, y J.I. Packer recuerda haber dado tres de las ponencias mientras que el Dr. Lloyd-Jones se dedicaba a hablar acerca de los puritanos y de la seguridad de la fe. Sin embargo, la contribución de Lloyd-Jones fue la mayor de todas. Presidió los períodos de discusión y las sesiones que siguieron a cada una de las seis ponencias, la mayoría de las cuales fueron tan valiosas como las ponencias mismas. Desde el comienzo, la Conferencia constituyó mucho más que un mero interés intelectual acerca de los puritanos. Cada sesión comenzaba y terminaba con oración y, a pesar del debate, en ocasiones bastante enérgico, el tenor distintivo se asemejaba más al de una reunión de alabanza que a aquel de las aulas. «Los intereses de la Conferencia -escribió Packer- son prácticos y constructivos, no solo académicos. Consideramos a los puritanos como nuestros hermanos en Cristo que ahora comparten con nosotros, por medio de los libros, todo lo bueno que Dios les concedió hace tres siglos. No solo nos planteamos la pregunta histórica de qué fue lo que ellos hicieron y enseñaron, sino que inquirimos más bien hasta qué punto su exposición de las Escrituras es correcta y cuáles son los principios bíblicos que dicha exposición nos proporciona como guías para nuestra fe y nuestra vida propias en la actualidad.»

Durante los años cincuenta del siglo XX, el interés por los puritanos creció sensiblemente y, como resultado de una combinación de influencias, James I. Packer, Raymond Johnston y otros antiguos estudiantes de Oxford, escribieron artículos en Inter-Varsity y en The Christian Graduate. La Biblioteca Evangélica permitió un acceso más fácil y directo a los libros más peculiares, y Ernest F. Kevan, director del London Bible College, dio testimonio acerca del valor de aquellos antiguos autores. En 1955 se publicó por primera vez la revista Banner of Truth, seguida de una edición a gran escala de libros en 1957; y relacionado muy de cerca con cada uno de estos esfuerzos estuvo el liderazgo y ministerio, semana tras semana, del Dr. Lloyd-Jones. En su discurso correspondiente a la reunión anual de 1955 de la Biblioteca Evangélica, el «Doctor» dijo lo siguiente: «Hay otra cosa extraordinaria que debo mencionar: tengo la impresión de que estamos asistiendo a un verdadero avivamiento de interés por los puritanos, y contamos con un grupo de jóvenes que estudian constantemente los escritos de aquellos. Anualmente, se lleva a cabo una Conferencia Puritana con la asistencia de setenta personas, y la Biblioteca ha desempeñado un papel muy importante en este asunto».

La historia cobra vida cada vez que el Dr. Martyn Lloyd-Jones aborda un determinado tema o personaje, y sorprende la comprensión y el conocimiento que tiene de la historia de la Iglesia. Lejos de compartir la idea de que toda enseñanza del pasado es inútil y está fuera de lugar, Lloyd-Jones creía que el estudio de la historia resulta esencial para el bienestar de la iglesia de nuestros días. Escritos en un estilo cautivador e inspirador, estos estudios siguen hablando con gran discernimiento y pertenencia a la Iglesia del siglo XXI.

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¿Qué es el día de la Reforma?

Un solo evento en un solo día cambió el mundo. Ocurrió el 31 de octubre de 1517. El hermano Martín, monje y erudito, había luchado durante años con su iglesia, la Iglesia en Roma. Se sentía grandemente perturbado por la venta sin precedentes de indulgencias. La historia tiene todos los elementos de un éxito de taquilla en Hollywood. Conozcamos al elenco.

Primero, está el joven obispo —demasiado joven según las leyes de la Iglesia— Alberto de Maguncia. No solo era obispo sobre dos diócesis, sino que deseaba un arzobispado adicional sobre Maguncia. Esto también iba en contra las leyes de la Iglesia. Así que Alberto apeló al Papa en Roma, León X. Proveniente de la familia de Médici, León X avariciosamente permitió que sus gustos excedieran sus recursos financieros. Entran los artistas y escultores, Rafael y Miguel Ángel.

Cuando Alberto de Maguncia apeló por una dispensación papal, León X estaba preparado para negociar. Alberto, con la bendición papal, vendería indulgencias por los pecados pasados, presentes y futuros. Todo esto molestó al monje Martín Lutero. ¿Podemos comprar nuestro acceso al cielo? Lutero tuvo que protestar.

Pero ¿por qué el 31 de octubre? El 1 de noviembre ocupaba un lugar especial en el calendario de la Iglesia como el Día de Todos los Santos. El 1 de noviembre de 1517, una exposición masiva de reliquias recién adquiridas serían exhibidas en Wittenberg, la ciudad de Lutero. Los peregrinos vendrían de todas partes, harían una genuflexión ante las reliquias, y eliminarían así cientos si no miles de años de tiempo en el purgatorio. El alma de Lutero se enfurecía cada vez más. Nada de esto parecía correcto.

Martín Lutero, un erudito, tomó la pluma en la mano, la sumergió en su tintero y publicó sus 95 Tesis el 31 de octubre de 1517. Estas tenían la intención de suscitar un debate, para estimular la reflexión entre sus hermanos y compañeros en la Iglesia. Las 95 Tesis suscitaron mucho más que un debate. Estas 95 Tesis también revelaron que la Iglesia ya no podía ser rehabilitada. Se necesitaba una reforma. La Iglesia y el mundo nunca volverían a ser los mismos.

Una de las 95 Tesis de Lutero de manera simple declara: «El verdadero tesoro de la Iglesia es el Evangelio de Jesucristo». Esa declaración sola es el significado del Día de la Reforma. La Iglesia había perdido de vista el Evangelio porque hacía mucho tiempo que había cubierto las páginas de la Palabra de Dios con capas y capas de tradición. La tradición siempre produce sistemas de obras para ganar tu camino de regreso a Dios. Fue así en el caso de los fariseos como también en el catolicismo romano medieval. ¿No dijo el mismo Cristo: “Mi yugo es fácil y mi carga ligera?” El Día de la Reforma celebra la gozosa belleza del Evangelio liberador de Jesucristo.

¿Qué es el Día de la Reforma? Es el día en que la luz del Evangelio prorrumpió de las tinieblas. Fue el día en que comenzó la Reforma protestante. Fue un día que llevó a Martín Lutero, Juan Calvino, John Knox y a otros reformadores a ayudar a la Iglesia a encontrar su camino de regreso a la Palabra de Dios como la única autoridad para la fe y la vida y a guiar a la Iglesia de regreso a las gloriosas doctrinas de la justificación por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo. Este día encendió el fuego de los esfuerzos misioneros, motivó la composición de himnos y el canto congregacional y promovió la centralidad del sermón y la predicación para el pueblo de Dios. Es la celebración de una transformación teológica, eclesiástica y cultural.

Es por eso que celebramos el Día de la Reforma. Este día nos recuerda que debemos estar agradecidos por nuestro pasado y al monje convertido en reformador. Además, este día nos recuerda nuestro deber, nuestra obligación de mantener la luz del Evangelio en el centro de todo lo que hacemos.

El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our SalvationJonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and ThoughtPeace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life.

Una causa de la decadencia de la fe cristiana en nuestro tiempo

Oh! Si pudiéramos poner a un lado las demás contiendas y que en el futuro la única preocupación y contienda de todos aquellos sobre los cuales se invoca el nombre de nuestro bendito Redentor, sea caminar humildemente con su Dios y perfeccionar la santidad en el temor del Señor, ejercitando todo amor y mansedumbre los unos hacia los otros, esforzándose cada uno por dirigir su conducta tal como se presenta en el evangelio y, de una forma adecuada a su lugar y capacidad; fomentar enérgicamente en los demás la práctica de la religión verdadera y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre. Y que en esta época de decadencia no gastemos nuestras energías en quejas improductivas con respecto a las maldades de otros, sino que cada uno pueda empezar en su hogar a reformar, en primer lugar, su propio corazón y sus costumbres; que después de esto, agilice todo aquello en lo que pueda tener influencia, con el mismo fin; que si la voluntad de Dios así lo quisiera, nadie pudiera engañarse a sí mismo descansando y confiando en una forma de piedad sin el poder de la misma y sin la experiencia interna de la eficacia de aquellas verdades que profesa.

Ciertamente existe un origen y una causa para la decadencia de la reli-gión en nuestro tiempo, algo que no podemos pasar por alto y que nos insta con empeño a una corrección. Se trata del descuido de la adoración a Dios en las familias por parte de aquellos a quienes se ha puesto a cargo de ellas encomendándoles que las dirijan. ¿No se acusará, y con razón, a los padres y cabezas de familia por la burda ignorancia y la inestabilidad de muchos, así como por la falta de respeto de otros, por no haberlos formado en cuanto a la forma de comportarse, desde que tenían edad para ello? Han descuidado los mandamientos frecuentes y solemnes que el Señor impuso sobre ellos para que catequizaran e instruyeran a los suyos y que su más tierna infancia estuviera sazonada con el conocimiento de la verdad de Dios, tal como lo revelan las Escrituras. Asimismo, su propia omisión de la oración y otros deberes de la religión en sus familias, junto con el mal ejemplo de su conversación disoluta, los ha endurecido llevándolos en primer lugar a la dejadez y, después, al desdén de toda piedad. Sabemos que esto no excusará la ceguera ni la impiedad de nadie, pero con toda seguridad caerá con dureza sobre aquellos que han sido, por su propio proceder, la ocasión de tropiezo. De hecho, estos mueren en sus pecados, ¿pero no se les reclamará su sangre a aquellos bajo cuyo cuidado estaban y que han permitido que partiesen sin advertencia alguna? ¡Los han llevado a las sendas de per-dición! ¿No saben que la diligencia de los cristianos en el desempeño de estos deberes, en los años pasados, se levantará en juicio y condenará a muchos de aquellos que estén careciendo de ella en la actualidad?

Concluiremos con nuestra ferviente oración pidiéndole al Dios de toda gracia que derrame esas medidas necesarias de su Espíritu Santo sobre nosotros para que la profesión de la verdad pueda ir acompañada por la sana creencia y la práctica diligente de la misma y que su Nombre pueda ser glorificado en todas las cosas por medio de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Tomado del prefacio de La Segunda Confesión Bautista de Londres de 1689.

La Santidad – Su naturaleza, obstáculos, dificultades y raices

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*Envíos Internacionales (Todos los Paises).

«Durante muchos años he sentido la profunda convicción de que la santidad práctica y la consagración absoluta de las personas a Dios no reciben la suficiente atención por parte de los cristianos modernos de este país. La política, la controversia, el espíritu partidista o la mundanalidad han socavado los cimientos de la piedad viva en muchos de nosotros. La cuestión de la piedad personal ha quedado lamentablemente relegada a un segundo plano y el listón vital ha caído deplorablemente bajo en muchas áreas. Con frecuencia, la inmensa importancia de «[adornar] la doctrina de Dios nuestro Salvador» (Tit. 2:10) y de hacerla hermosa por medio de nuestros hábitos se pasa completamente por alto […]. La sana doctrina […] es inútil si no va acompañada de una vida santa. Es peor que inútil: es perniciosa […]. Tengo la clara convicción de que precisamos un profundo avivamiento en lo referente a la santidad bíblica.»John Charles Ryle sirvió durante casi cuarenta años como ministro del evangelio antes de ser nombrado primer obispo de Liverpool, en 1880. Otras obras suyas publicadas en lengua española incluyen Meditaciones sobre los EvangeliosCristianismo práctico, Sendas antiguas, Advertencias a las iglesias, El camino de salvación, ¿Vivo o muerto?, Seguridad de salvación, El Aposento Alto, Nueva vida, El secreto de la vida cristiana y Sencillez en la predicación.

Apuntes de Spurgeon

Sobre la Adoración Familiar.

Confío en que no haya nadie aquí, entre los presentes, que profese ser seguidor de Cristo y no practique también la oración en su familia. Tal vez no tengamos ningún mandamiento específico para ello, pero creemos que está tan de acuerdo con el don y el espíritu del evangelio, y que el ejemplo de los santos lo recomienda tanto que descuidarlo sería una extraña incoherencia. Ahora bien, ¡cuántas veces se dirige esa adoración con familia con descuido! Se fija una hora inconveniente; alguien llama a la puerta, suena el timbre, llama un cliente y todo esto apresura al creyente que está de rodillas a levantarse a toda prisa para atender sus preocupaciones mundanas. Por supuesto, se pueden presentar numerosas excusas, pero el hecho sigue siendo el mismo: Hacerlo de este modo reprime la oración.

Ciertamente, la alabanza no es tan común en la oración familiar como otras formas de adoración. No todos nosotros podemos alabar a Dios en la familia uniéndonos en los cánticos porque no todos somos capaces de seguir una melodía, pero estaría bien si lográramos hacerlo. Coincido con Matthew Henry cuando afirma: “Aquellos que oran en familia hacen bien; los que oran y leen las Escrituras, mejor; pero los que oran, leen y cantan son los que mejor hacen”. En ese tipo de adoración familiar existe una completitud que se debería desear por encima de todo.—

C.H. Spurgeon

La historia de la Reforma

«Un vertedero de herejías». Este fue el juicio pronunciado por el santo emperador romano Carlos V el 26 de mayo de 1521, poco después de que Martín Lutero compareciera en la Dieta de Worms.  

Anteriormente, en la bula Exsurge Domine, el papa León X describió a Lutero como un cerdo salvaje, suelto en la viña de Cristo y como un hereje terco, escandaloso y condenado. El 4 de mayo de 1521, Lutero fue «secuestrado» por unos amigos y llevado al castillo de Wartburg, donde lo mantuvieron escondido y disfrazado de caballero. Allí Lutero asumió de inmediato la tarea de traducir la Biblia a la lengua vernácula.  

La Biblia de Estudio de La Reforma

La Reforma se describe frecuentemente como un movimiento que giraba en torno a dos cuestiones fundamentales. La llamada causa «material» fue el debate sobre la sola fide («justificación por la fe sola»). La causa «formal» fue sobre la sola Scriptura, es decir, que la Biblia, esto es, la Biblia sola, tiene la autoridad para atar la conciencia del creyente. Los reformadores respetaron la tradición de la Iglesia, pero no la consideraron una fuente normativa de revelación. La «protesta» del protestantismo fue más allá del tema de la justificación por la fe sola, desafiando muchos dogmas que surgieron en Roma, especialmente durante la Edad Media.  

La Reforma fue más que una doctrina sobre la Biblia. Fue impulsada por un estudio profundo y serio de la Biblia.

En poco tiempo, la Reforma se expandió por toda Alemania, pero no se detuvo allí. Gracias a la traducción de la Biblia en otras naciones, llegó a Escocia, Inglaterra, Suiza, Hungría, Holanda y a los hugonotes en Francia. Ulrico Zuinglio dirigió el movimiento de la Reforma en Suiza, John Knox en Escocia y Juan Calvino entre los protestantes franceses. 

En 1534, Calvino dio un discurso llamando a la Iglesia a regresar al evangelio puro del Nuevo Testamento. Su discurso fue quemado y Calvino huyó de París a Ginebra. Se disfrazó de viñador y escapó de la ciudad en una canasta. Durante el año siguiente, más de dos decenas de protestantes fueron quemados vivos en Francia. Esto llevó a que Calvino escribiera la Institución de la religión cristiana, la cual fue dirigida al rey de Francia. El contenido de la Institución se convirtió en la teología dominante para la expansión internacional de la Reforma.  

La primera edición de la Institución fue completada en 1536, el mismo año en que Calvino fue persuadido por Farel de ir a Suiza para convertir a Ginebra en una ciudad modelo de la Reforma. En 1538, Farel y Calvino fueron obligados a abandonar Ginebra. Él vivió y ministró en Estrasburgo por tres años hasta que fue llamado a regresar a Ginebra en 1541.  

La teología de Calvino enfatizó la soberanía de Dios sobre todos los aspectos de la vida. Su pasión principal fue la reforma de la adoración a tal nivel de pureza que no promoviera ni apoyara la inclinación humana hacia la idolatría. Ginebra atrajo a líderes de toda Europa que iban para observar el modelo y para ser instruidos por el mismo Calvino. 

La turbulencia se extendió a Inglaterra durante este período cuando el rey Enrique VIII se resistió a la autoridad de Roma. En 1534, Enrique se convirtió en el jefe supremo de la Iglesia anglicana. Él asumió la persecución de los evangélicos, la cual se intensificó con el reinado de «María la sanguinaria», provocando que muchos huyeran a Ginebra en busca de refugio. 

Las persecuciones fueron suspendidas bajo el reinado de «la buena reina Bess», Isabel I, cuya postura provocó una bula papal contra ella en 1570. La Reforma se expandió rápidamente a Escocia, mayormente bajo el liderazgo de John Knox, quien sirvió por 19 meses como esclavo de galera antes de irse a Inglaterra y luego a Ginebra. En 1560, el Parlamento escocés rechazó la autoridad papal. En 1561, se reorganizó la «Kirk» reformada escocesa.  

Una interesante nota al margen es que el primer hombre que John Knox ordenó al ministerio de la iglesia fue un clérigo desconocido llamado Robert Charles Sproul, de quien soy descendiente directo.  

A principios del siglo XVII, la Reforma se extendió al nuevo mundo con la llegada de los peregrinos y las colonias de puritanos que trajeron la teología reformada y la Biblia de Ginebra con ellos. 

La teología de la Reforma dominó el evangelicalismo protestante por décadas, pero más tarde se diluyó bajo las influencias del pietismo y el finneyismo.  

A finales del siglo XX, la teología de la Reforma declinó drásticamente en el mundo occidental, siendo atacada por un lado por la teología liberal del siglo XIX, y por el otro lado por la influencia de la teología arminiana. Esto fue especialmente cierto en los Estados Unidos. 

En el escenario actual del evangelicalismo estadounidense, la teología de la Reforma es minoritaria. Las corrientes teológicas dominantes en los círculos evangélicos actuales son el dispensacionalismo y el pensamiento carismático neopentecostal. La expansión y el crecimiento fenomenales de la teología dispensacional en los Estados Unidos es un capítulo fascinante en la historia de la Iglesia. Con sus raíces en las suposiciones de los Hermanos de Plymouth, el dispensacionalismo se extendió rápidamente a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Impulsado por el movimiento de los institutos bíblicos, las conferencias de profecías y la predicación de hombres como D. L. Moody, el dispensacionalismo obtuvo un gran apoyo popular. 

La versión estadounidense del dispensacionalismo fue potenciada por la publicación de la Biblia Anotada de Scofield. La Biblia de Scofield, con sus notas de estudio, sirvió como una herramienta popular para la expansión de la teología dispensacional. Esta teología fue forjada por hombres cuyas raíces estaban principalmente en las ideas de la Reforma. Los temas de la teología reformada clásica fueron modificados significativamente por este movimiento.  

The Reformation Study Bible [La Biblia de Estudio de La Reforma] —publicada originalmente en inglés como New Geneva Bible [Biblia de Estudio de Ginebra]— es la primera Biblia de estudio distintivamente reformada desde la publicación de la Biblia de Ginebra en el siglo XVI. Ella busca recuperar la teología de la Reforma y proveer una guía para que el laicado entienda la riqueza de su sistema histórico, doctrinal y bíblico. Su importancia para el cristianismo es enorme. Espero que esta Biblia ayude a los evangélicos a regresar a sus raíces reformadas. Más importante aún, está diseñada para llamar a los evangélicos de regreso a la Palabra y a sus confesiones históricas de teología bíblica.  

Más allá de las fronteras de los Estados Unidos, The Reformation Study Bible [La Biblia de Estudio de La Reforma] puede ser utilizada para expandir la luz de la Reforma a tierras donde la Reforma original nunca llegó, especialmente Rusia y Europa del Este. 

En nuestros días hemos visto un avivamiento del interés en la Biblia y un compromiso renovado con la autoridad y la confiabilidad de las Escrituras. Pero la Reforma fue más que una doctrina sobre la Biblia. Fue impulsada por un estudio profundo y serio de la Biblia. No basta con ensalzar la virtud de las Escrituras; tenemos que volver a escuchar la enseñanza de las Escrituras, una vez más. La única manera de evitar caer en un nuevo vertedero de herejías es mediante una recuperación seria y ferviente de la verdad bíblica.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Este artículo fue publicado originalmente por Ligonier Ministries.

A los hijos de padres consagrados

Creo que para cualquier chico o chica que ha tenido un padre y una madre consagrados, el mejor camino de vida que pueden planear es seguir el camino en el cual los principios de ellos los conduce. Por supuesto, hemos avanzado mucho más que los adultos, ¿no es cierto? Los jóvenes son maravillosamente despiertos e inteligentes y los mayores no llegan a su altura. Sí, sí: esto es lo que decimos antes de crecer la barba. Es posible que cuando seamos más maduros, no nos sentiremos tan engreídos. De cualquier modo, yo, que no soy muy mayor pero que ya no me atrevo a llamarme joven, me arriesgo a decir que, en lo que a mí respecta, anhelo únicamente continuar las tradiciones de mi familia. No quiero encontrar otra senda que no corra paralela a la de los que me precedieron. Y creo, queridos amigos, que ustedes que han visto la vida santa y feliz de sus
antepasados cristianos, harán bien en hacer una pausa y pensarlo bien
antes de desviarse, ya sea a la derecha o a la izquierda, del curso tomado por esos seres queridos consagrados. No creo que comience la vida de un modo que seguramente Dios bendeciría, y que él a la larga juzgaría sabio, aquel que lo hace con la noción de que cambiará todo: que descartará todo lo que su familia piadosa practicó.

No quiero tener reliquias de oro o plata: pero aunque muriera mil
veces, nunca podría descartar al Dios de mi padre, al Dios de mi
abuelo, al Dios del padre de él ni al Dios del padre de su padre. Tengo
que considerar esto como el haber principal que poseo. Mi oración es
que los jóvenes y las señoritas piensen de la misma manera. No
manchen las tradiciones gloriosas de las vidas nobles que les fueron
legadas. No avergüencen el escudo de sus padres, no manchen el honor
de sus predecesores con ningún pecado y transgresión suya. ¡Dios les
ayude a creer que la mejor manera de vivir una vida noble es actuar
como actuaron los que les educaron en el temor de Dios!

Salomón nos dice que hagamos dos cosas con las enseñanzas que
hemos recibido de nuestros padres.
Primero, las llama “mandamientos” y dice: “átalos siempre en tu corazón” porque merecen ser adoptados. Muestren que aman estas cosas atándolas en su corazón. ¡El corazón es el punto vital! Hagan que haya allí consagración. Amen las cosas de Dios. Si pudiéramos tomar a los chicos y las chicas y hacer que profesen ser cristianos sin realmente amar la santidad, eso sería simplemente convertirlos en hipócritas, lo cual no es lo que deseamos. No queremos que digan ustedes que creen lo que no creen ni que parezcan gozarse de lo que realmente no gozan. Pero nuestra oración –¡oh que fuera la oración de ustedes también!– es que reciban ayuda para atar estas cosas en su corazón. Merecen que vivan por ellas, merecen que estén dispuestos a morir por ellas y valen más que todo el resto del mundo: los principios inmortales de la vida divina que proviene de la muerte de Cristo. “Átalos siempre en tu
corazón”.

Luego Salomón, porque no quería mantener en secreto estas cosas como si se avergonzara de ellas, agrega: “enlázalos a tu cuello”, porque merecen ser mostradas con atrevimiento. ¿Viste alguna vez a un dignatario usando la franja de su puesto? No se avergüenza de usarla. Y los policías usan sus insignias. Recuerdo muy bien la enorme importancia que llegan a tener, y se aseguran de usarlas. Ahora bien, ustedes que aman a Dios enlacen sus creencias a su cuello. ¡No se avergüencen de ellas! Úsenlas como un adorno. Úsenlas como el dignatario usa su franja. Cuando están en un grupo, nunca se avergüencen de decir que son cristianos. Y si hay compañías con quienes no pueden estar como cristianos, pues entonces, evítenlas totalmente. Díganse a sí mismos: “No iré donde no puedo presentar a mi Señor. No iré a donde no pueda él ir conmigo”. Descubrirán que esa decisión les será de gran ayuda para determinar a dónde irán y a dónde no irán. Por lo tanto, átenlas a su corazón, enlácenlas a su cuello. ¡Dios les ayude a hacer esto, y de esta manera seguir en los pasos de aquellos santos que los precedieron!…

Pero primero, ¡crean en el Señor Jesucristo! Entréguense totalmente a
él, y él les dará la gracia para permanecer firmes hasta el fin.

Predicado en el Metropolitan Tabernacle, Newington, en el culto del domingo a la noche del 27 de marzo de 1887, reimpreso por Pilgrim Publishers.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): bautista británico y el predicador más leído en el mundo, aparte de los que se encuentran en las Escrituras; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Los diez mandamientos

El libro está compuesto de cuatro secciones: la primera es una amplia introducción de 73 páginas, en la que se trata de la obediencia a Dios y del amor a Dios, el más grande de los mandamientos. Luego sigue un prefacio a los mandamientos en que expone Éx. 20:1-2,  y sobre la comprensión apropiada de la ley. Sin duda este último punto es muy oportuno porque responde a una serie de preguntas que muchos se formulan sobre el lugar de la ley en la vida cristiana, tales como: “¿En qué se diferencian la ley moral y el evangelio?; ¿Qué utilidad tiene la ley moral para nosotros?; Sigue teniendo vigencia la ley para los creyentes?  ¿Cómo fue hecho Cristo maldición por nosotros?” Después de responder a estas preguntas, Watson desprende de las mismas ocho reglas.  En este libro las aplicaciones prácticas las denomina el autor “utilidades”, que expone al final de cada explicación a un mandamiento.

La segunda sección es ya la interpretación de cada uno de los diez mandamientos y constituye la parte central de la obra. El primer y el segundo mandamientos están relacionados, “pues en el primer mandamiento se prohíbe adorar a un dios falso; en este (el segundo) se veta la adoración del Dios verdadero de una forma falsa” (pp.103-104). Da algunas razones acerca de la prohibición de hacer imágenes para adorarlas: a) Confeccionar una imagen fiel de Dios es imposible porque él es Espíritu e invisible; b) adorar a Dios por medio de una imagen es absurdo e ilegítimo; c) la adoración de imágenes es contraria a la práctica de los santos de la antigüedad. En las aplicaciones condena sin paliativos la adoración que el catolicismo hace a lo que la imagen significa. En cuanto al tercer mandamiento es magnífica la exposición del sentido  que tiene tomar el nombre de Dios en vano, dando once motivos en que se cae en este pecado.

Podemos calificar de sobresaliente la extensa demostración que hace sobre la santificación del día de reposo al que dedica 48 páginas. Queremos destacar sobre todo la primera aplicación y de ella la interpretación del Sal. 118:24. Es bastante conocido que los salmos 113-118 eran cantados por los judíos durante la cena pascual. Ellos recordaban su redención de Egipto y para nosotros el domingo es también un día para recordar la redención hecha por Cristo. Watson interpreta que la frase este es el día que hizo Yahweh se refiere al domingo: “Dios hizo todos los días, pero bendijo este en particular. Tal como Jacob recibió la bendición de su hermano, así también el día de reposo recibe la bendición de todos los demás días de la semana” (p. 168).   Con este mandamiento se cierra la primera parte de la tabla, es decir, los mandamientos que se refieren a Dios y con el quinto mandamiento empieza la segunda parte con los deberes para con el prójimo.

El quinto mandamiento no lo limita a los progenitores de cada ser humano, sino que para él, padre en este mandamiento es un término con diversos sentidos: el gobernante, el rey en especial. Considera padres a los reyes de Israel que hicieron lo bueno y también los emperadores romanos como Constantino y Teodosio. Están también los padres que son venerables por su edad y los que lo son por su piedad. Asimismo, menciona a los padres espirituales, los pastores y los ministros. Y por último nombra al pater familias, el señor de la casa, al que lo siervos deben honrar y  por descontado, a los  padres naturales, padre y madre. En el sexto mandamiento hay una prohibición (no matar) que lleva implícito un deber: proteger la vida propia y la de los demás. En cuanto al séptimo mandamiento, positivamente es la protección de la pureza. Hay una prohibición explícita (no cometer adulterio) y una obligación implícita, guardar la ordenanza del matrimonio (1 Co. 7:2, He. 13:4). El octavo mandamiento es la prohibición de apropiarse de los bienes de otros. Señala como causa interna la incredulidad y como causa externa la incitación de Satanás. Menciona nueve tipos de hurto, siendo el más llamativo de todos,  el ladrón eclesiástico o el pluriempleado  que recibe varios sueldos, pero raramente predica a su congregación. Entiende que en el noveno mandamiento se prohíben dos cosas: a) verter calumnias sobre nuestro prójimo [“el escorpión lleva su veneno en la cola, mientras que el calumniador lo lleva en su lengua”] y b) el falso testimonio, que incluye hablar con falsedad, dar testimonio de algo falso y jurar falsamente. El décimo mandamiento prohíbe la codicia en general y de forma particular. Codiciar es un deseo insaciable de obtener el mundo. Agustín de Hipona definió la codicia como plus velle quam sat est (desear más de lo que es suficiente).

La tercera sección trata sobre la ley y el pecado en tres capítulos: 1) La incapacidad del ser humano para cumplir la ley moral; 2) Grados de pecado y 3) La ira de Dios. El primero, diríamos que es de obligada lectura, pues debe formar parte del mensaje del evangelio que predicamos y en nuestros días se suele pasar por alto descafeinando el anuncio de la salvación.

La cuarta y última sección de esta obra presenta el camino de la salvación desarrollándolo en seis capítulos: 1) La fe; 2) El arrepentimiento; 3) La Palabra; 4) El bautismo; 5) La Cena del Señor; 6) La oración. Su presentación del bautismo la formula desde la posición clásica  de un teólogo reformado paidobautista. La manera en que rebate las objeciones al bautismo infantil es, a nuestro entender, la parte más débil de todo el libro, porque algunos de sus argumentos los basa sobre suposiciones, aunque el texto bíblico guarde silencio al respecto, cuando en realidad deberían adquirir carta de naturaleza los textos que explícitamente mencionan que el bautismo debe administrarse a los adultos que han creído en  el evangelio. A la oración dedica solamente once páginas porque ya la consideraría más exhaustivamente en su obra “El Padrenuestro”.

En líneas generales, la exposición de los diez mandamientos que hace Watson es una de las mejores que hemos leído porque está impregnada de sabiduría bíblica y bien fundamentada  bíblica y teológicamente. Además, las aplicaciones no han perdido un ápice de actualidad a pesar de haber sido escritas hace más de trescientos años. Por todo lo dicho, recomendamos encarecidamente la lectura de esta obra.

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Hijos que andan la verdad 2

Te digo que los hijos que andan en la verdad sirven a Dios con un corazón sincero. Estoy seguro de que sabes que es muy posible servir a Dios sirviéndole sólo exteriormente. Muchos así lo hacen. Ponen cara de santos y pretenden ser sinceros cuando en realidad no lo son. Dicen hermosas oraciones con sus labios pero no son sinceros en lo que dicen. Se sientan en sus lugares en la iglesia cada domingo y a la vez están pensando todo el tiempo en otras cosas: y tal servicio es un servicio externo y muy errado.

Lamento tener que decir que hay hijos malos que frecuentemente son culpables de este pecado. Dicen sus oraciones regularmente cuando sus padres les obligan, pero no si no los obligan. Parecen prestar atención en la iglesia cuando los observa el maestro, pero no en otros momentos.

Los hijos que andan en la verdad no son así. Tienen otro espíritu en ellos. Su deseo es ser honestos en todo lo que hacen con Dios y le adoran en espíritu y en verdad. Cuando oran, tratan de ser sinceros y todo lo que dicen lo dicen en serio. Cuando van a la iglesia, tratan de ser serios y concentrarse en lo que oyen. Y uno de sus principales lamentos es que no pueden servir a Dios más de lo que lo hacen.

Niño, jovencito: esta es la tercera señal de que uno anda en la verdad. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Es tu corazón falso o sincero?

Te diré, en último lugar, que los hijos que andan en la verdad
realmente se esfuerzan por hacer las cosas que son correctas ante los
ojos de Dios.
Dios nos ha dicho con mucha claridad lo que él piensa es lo correcto. Nadie que lea la Biblia con un corazón honesto puede quivocarse. Pero es triste ver cómo pocos hombres y mujeres se interesan en complacer a Dios. Muchos desobedecen sus mandamientos continuamente y no parece que esto les importara. Algunos mienten, insultan, se pelean, engañan y roban. Otros dicen malas palabras, no observan el día de reposo, nunca oran a Dios y nunca leen su Biblia. Otros son malos con sus familiares o haraganes o glotones o malhumorados o egoístas. Todas estas cosas, opine lo que opine la gente, son malvadas y desagradan a un Dios Santo.

Los hijos que andan en la verdad siempre tratan de evitar las cosas malas.
No les gustan las cosas pecaminosas de ninguna clase, y no les gusta la
compañía de los que las hacen. Su gran anhelo es ser como Jesús: santo,
inocente y apartado de las prácticas pecaminosas. Se esfuerzan por ser
bondadosos, gentiles, dispuestos a hacer favores, obedientes, honestos,
veraces y buenos en todos sus caminos. Les entristece no ser más santos
de lo que son.

Niño, Jovencito: esta es la última señal de los que andan en la verdad que te daré. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Son tus acciones buenas o malas?

Has oído ahora las señales de andar en la verdad. He tratado de presentártelas claramente. Espero que las hayas entendido. Saber la
verdad acerca del pecado; amar al verdadero Salvador, Jesucristo; servir a Dios con un corazón sincero; hacer las cosas que son buenas y aceptables ante los ojos de Dios: estas son las cuatro. Te ruego que pienses en ellas, y pregúntate: “¿Qué estoy haciendo en este mismo momento? ¿Estoy andando en la verdad?”…

Confía en Cristo, y él se ocupará de todo lo que concierne a tu alma. Confía en él en todo momento. Confía en él sea cual fuere tu condición: en enfermedad y en salud, en tu juventud y cuando seas adulto, en la pobreza o en la riqueza, en la tristeza y en el gozo. Confía en él, y él será un Pastor que te cuidará, un Guía que te guiará, un Rey que te protegerá, un Amigo que te ayudará cuando lo necesites. Confía en él, y recuerda que él mismo dice: “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb. 13:5). Pondrá su Espíritu dentro de ti y te dará un corazón nuevo. Te dará poder para llegar a ser un verdadero hijo de Dios. Te dará gracia para controlar tu temperamento, para dejar de ser egoísta, para amar a los demás como a ti mismo. Hará más livianos tus problemas y más fácil tu trabajo. Te confortará en el momento de aflicción. Cristo puede hacer felices a los que confían en él… Querido niño o jovencito, Juan sabía muy bien estas cosas. Las había aprendido por experiencia. Vio que los hijos de esta señora serían felices en este mundo, ¡con razón se regocijó!

Tomado de Boys and Girls Playing.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana, venerado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) , y muchos otros; nacido en Mcclesfield, Cheshire County, Inglaterra.