Cielos nuevos y tierra nueva

Right Now Counts Forever (El ahora cuenta para siempre). El título de la columna del Dr. Sproul en cada edición de la Tabletalk Magazine captura de forma concisa la relación entre el evangelio y los cielos nuevos y la tierra nueva. Las buenas nuevas de la muerte sacrificial de Cristo y Su resurrección gloriosa, tienen ramificaciones eternas para el destino de cada ser humano. Su respuesta a ese mensaje, ya sea con una confianza humilde o con una incredulidad desafiante, hará la diferencia entre una felicidad sin límites más allá de sus mejores sueños y un tormento implacable más allá de sus peores pesadillas.

El Dios viviente, soberano sobre cada átomo en Su universo y cada nanosegundo de la historia, está dirigiendo el cosmos hacia una consumación que muestre la majestad de Su sabiduría, poder, justicia y misericordia para que todas las criaturas de todo el mundo la contemplen. Los cielos y la tierra actuales, manchados por el pecado humano y la maldición a que fueron sometidos, «envejecerán» y “serán mudados» (Heb 1:11-12), temblarán y serán removidos (Heb 12:26-27). Para el primer cielo y tierra, no se encontrará «lugar», sino que en su lugar aparecerán un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 20:11; 21:1).

La promesa es tan antigua como la profecía de Isaías: «Pues he aquí, yo creo cielos nuevos y una tierra nueva, y no serán recordadas las cosas primeras ni vendrán a la memoria» (Is 65:17-18; véase Is 66:22-23). El apóstol Pedro afirma que la justicia morará en los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos (2 Pe 3:13). Pablo agrega que toda la creación, ahora sujeta a vanidad y decadencia, se une a los hijos de Dios en su anhelo de liberación de “la esclavitud de la corrupción» el día de nuestra resurrección (Rom 8:19-22).

¿Cómo describir los cielos nuevos y la tierra nueva? Para describir el cosmos venidero negativamente, podemos decir que las miserias que ahora causan tanto daño y angustia se habrán ido: no habrá duelo, dolor, muerte; no quedará ningún resto de maldición (Ap 21:4; 22:3). Es más difícil describir positivamente lo que será un mundo libre de maldad y aflicción. Los profetas y los apóstoles llevan el lenguaje hasta sus límites para así poder ofrecer vistazos de realidades gloriosas más allá de nuestra experiencia. Podemos decir que la resurrección de Jesús es el primer fruto de la nueva creación consumada, por lo que Su glorioso cuerpo resucitado anuncia la resurrección que le espera a Su pueblo (1 Cor 15:20-22, Fil 3:21). Después de levantarse, podía comer y ser tocado (Lc 24:39-43), así que la materialidad de Su cuerpo nos lleva a esperar que el panorama pintado en el libro de Apocalipsis —las hojas curativas y la fertilidad incesante del árbol de la vida, por ejemplo (Ap 22:1-5)— no es totalmente simbólico. Al menos podemos decir que nuestro hogar final no es etéreo e inmaterial, sino una robusta reafirmación del diseño original del Creador, ya que Él declaró el primer cielo y tierra como «muy buenos» (Gen 1:31).

La Palabra de Dios revela lo suficiente acerca de los cielos nuevos y la tierra nueva para hacernos reflexionar en la urgencia de la pregunta: «¿Cómo puedo entrar a esa patria prometida, repleta de puro placer en la presencia de Dios?» Esta pregunta nos lleva al evangelio. Los cielos nuevos y la tierra nueva serán poblados por los «siervos» de Dios (Ap 22:3-5), que se han aferrado a la Palabra de Dios y han confesado a Jesús (Ap 1:2, 9; 20:4). Han sido redimidos por la sangre del Cordero, y sus nombres están escritos en Su Libro de la Vida (Ap 12:11; 20:12, 15; 21:27).

Sin embargo, las visiones de Apocalipsis subrayan la importancia crucial del evangelio desde otra perspectiva muy edificante. Aquellos cuyos nombres no están en el libro del Cordero serán juzgados por sus propias acciones a lo largo de la vida. Sin la cobertura de la sangre expiatoria del Cordero, ellos estarán expuestos a la justa ira de Dios, serán condenados y «arrojados al lago de fuego», la muerte segunda (Ap 20:13-15). Sus almas serán reunidas con los cuerpos de usaron para su rebelión, y en ese lago ardiente experimentarán no solo una incesante angustia física, sino también una absoluta privación de alivio mental y espiritual. Jesús mismo habló de esta muerte terrible y eterna que espera a los rebeldes, un lugar donde «el gusano de ellos no muere, y el fuego no se apaga” (Mr 9:43-48; Is 66:24).

Esa perspectiva de una aflicción eterna, garantizada por la inquebrantable justicia de Dios, ¿no aterroriza tu corazón? Debería. Ahora es el momento de confiar en el Cordero y Su sangre redentora.

Esos deleites que han de venir en los cielos nuevos y la tierra nueva, ¿no despiertan los anhelos de tu corazón? Deberían. Ahora es el momento de confiar en el Cordero y Su sangre redentora. Este instante realmente cuenta para siempre.

El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..

Predicándote el Evangelio a ti mismo

Hay una gran seguridad en la salvación del Señor. Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo, y Su decisión permanece. El Espíritu Santo nos ha hecho nacer de nuevo, y no hay ningún medio por el cual podamos destruir la vida que Él nos ha dado. Cada creyente ha sido crucificado con Cristo, y en ninguna parte de las Escrituras encontramos una manera en que esto pueda ser revertido. Todos los que han creído en Jesucristo son justificados, y ninguna obra del hombre o Satanás puede revocar el veredicto de Dios. Jesús ejerce el cuidado soberano sobre todo Su pueblo. Los que están en Sus manos no pueden ser arrebatados de Él. Sin embargo, a pesar de la seguridad de nuestra salvación y nuestra posición ante Dios a través de Jesucristo, aún podemos encontrarnos en problemas cuando nos alejamos de la esperanza del evangelio.

Y usualmente nos alejamos. Mientras que el alejarse puede venir en forma de ceder a la inmoralidad, más a menudo se enmascara como una especie de cristianismo. Para muchos, la vida cristiana está impulsada por una precisión doctrinal. Bien podemos valorar nuestro legado confesional y ver la importancia de una teología sólida, pero esto puede convertirse en el objetivo por el que nos esforzamos, mientras perdernos la conexión de toda la teología con el evangelio. El conocimiento a menudo se «hincha» y nuestro orgullo nos lleva a tener más convicción en nuestra doctrina que en el evangelio. Algunos cristianos basan su vida espiritual en las emociones: esas intensas agitaciones del corazón que a menudo están conectadas con las verdades profundas de Dios. Pero mientras que las verdades de Dios nunca cambian, nuestras experiencias sí. Y cuando los sentimientos no están ahí, nuestra fe termina en crisis. Al encontrar confianza en nuestras emociones, nos alejamos de lo que debería ser nuestra única esperanza en la vida y en la muerte. Muchos de nosotros perdemos de vista el evangelio mientras nos enfocamos en nuestras propias obras y en lo bien que lo estamos haciendo espiritualmente. Al medirnos en base a estándares autoimpuestos, creemos que somos fuertes o débiles, pero en cada caso encontramos la solución en hacer nuestro mejor esfuerzo, en lugar de la obra de Cristo.

Fundamentalmente, el evangelio es olvidado cuando ya no funciona como nuestra esperanza y confianza permanentes delante de Dios, o cuando llega a perder su importancia para el diario vivir de la vida cristiana. El evangelio que a menudo olvidamos debe ser reclamado y retenido por el bienestar y seguridad de nuestras almas, y esto se logra predicándonos el evangelio a nosotros mismos.

Predicarnos el evangelio a nosotros mismos es hacernos un llamado a regresar a Jesús en busca de perdón, limpieza, empoderamiento y propósito. Es responder nuestras dudas y temores con las promesas de Dios. ¿Mis pecados me condenan? Jesús los ha cubierto todos con Su sangre. ¿Mis obras se quedan cortas? La justicia de Jesús es contada como mía. ¿Están conspirando contra mí el mundo, el diablo y mi propia carne? Ni siquiera un cabello puede caerse de mi cabeza, fuera de la voluntad de mi Padre celestial, y Él ha prometido cuidarme y conservarme para siempre. ¿Realmente puedo negarme a mí mismo, llevar mi cruz y seguir a Jesús? Sí, porque Dios está trabajando en mí, dispuesto a obrar en mí para Su propio deleite. Así es como luce el predicarnos a nosotros mismos.

Esta predicación privada y personal solo puede suceder cuando la Palabra de Dios es conocida y creída; cuando la ley de Dios revela nuestro pecado e impotencia, y Su gracia cubre ese pecado y supera nuestras debilidades. Predicarnos el evangelio a nosotros mismos no es simplemente el acto de estudiar la Biblia (aunque podemos predicarnos a nosotros mismos de esa manera), sino que es el activamente hacernos un llamado a creer las promesas de Dios en Jesús, Su Hijo.

Nos predicamos a nosotros mismos a través de las disciplinas de oración y meditación en las Escrituras. Al orar, esperamos que Dios satisfaga misericordiosamente nuestras necesidades, y en el acto mismo ejercitamos la fe. En su exposición del Padrenuestro, Thomas Manton dijo: «La oración … es una predicación a nosotros mismos ante el oído de Dios. Hablamos con Dios para exhortarnos a nosotros mismos, no para Su información, sino para nuestra edificación». Las promesas del evangelio en la Palabra de Dios nos guían en la oración, guiándonos hacia la seguridad que se encuentra en la obra y el sacrificio de Jesús. Al meditar, recordamos el evangelio; mediante la oración, reclamamos el evangelio como nuestra gran esperanza.

La mayoría de nosotros necesitamos redescubrir el evangelio. Y esta es una tarea de todos los días ya que nuestra necesidad es constante y nuestros corazones son propensos a alejarse. Pero la recuperación del evangelio solo ocurre cuando sentimos el peso de nuestros pecados, la debilidad de nuestra carne y la fragilidad de nuestra fe. Esto significa que solo aquellos que saben que son pecadores indignos y que la Palabra de Dios es verdadera, encontrarán que el evangelio no solo es una buena noticia, sino que es una buena noticia para sus propias almas.

Joe Thorn es el pastor principal de Redeemer Fellowship en Saint Charles, Illinois.

Amor y cuidado del niñito 3

Es necesario decir algo acerca de la instrucción de los hijos. Hay que recordar que el objetivo del hogar es el desarrollo de las niñas y los niños hasta la madurez. La obra de instruir les corresponde al padre y a la madre y es intransferible. Es un deber sumamente delicado del cual un alma reflexiva se acobardaría con sobrecogimiento y temor si no fuera por la seguridad de la ayuda divina. Sin embargo, hay muchos padres que no se detienen a pensar en la responsabilidad que tienen cuando se agrega un hijito a su hogar.

Mírelo por un momento. ¿Qué puede haber tan débil, tan indefenso, tan dependiente como un recién nacido? Pero mire también hacia el futuro y vea el tiempo de vida que le espera a este débil infante, aun hasta la eternidad. Piense en el enorme potencial en este cuerpo indefenso y en las posibilidades que tiene su futuro. ¿Quién puede decir qué habilidades encierran esos deditos, qué elocuencia o canto latente hay en esos pequeños labios, qué facultades intelectuales hay en ese cerebro, qué capacidad de amor o compasión tiene ese corazón? El padre y la madre deben tomar a este infante y criarlo hasta la madurez para desarrollar estas capacidades latentes y enseñarle a usarlas. Es
decir, Dios quiere un adulto capacitado para cumplir una gran misión en el mundo y la vida pone en las manos de progenitores jóvenes a un infante pequeño, y les manda guiarlo y enseñarle a serle útil hasta estar preparado para su misión o, al menos, estar exclusivamente a cargo de sus primeros años cuando se graban las primeras impresiones que moldearán y darán forma a toda su carrera. Cuando miramos a un pequeñito y recordamos todo esto, ¡cuánta dignidad tiene la tarea de cuidarlo! ¿Da Dios a los ángeles alguna obra más grandiosa que ésta?

Las mujeres suspiran por querer fama. Les gustaría ser escultoras para labrar la roca fría hasta darle una hermosura que el mundo admire por su habilidad. O les gustaría ser poetas, para escribir cantos que encantaran a la nación y se entonaran alrededor del mundo. Pero, ¿es alguna obra de mármol tan grande como la de aquella que tiene una
vida inmortal en sus manos para darle forma a su destino? ¿Es la escritura de algún poema en una línea musical una obra tan noble como la instrucción que convierte las capacidades de un alma humana en pura armonía? No obstante, hay mujeres que consideran los cuidados y preocupaciones de la maternidad como tareas demasiado insignificantes y comunes para sus manos. Cuando llega un hijo, emplean a una niñera, quien por una compensación semanal, acuerda hacerse cargo del pequeñito para que la madre pueda estar libre de esa carga y dedicarse a cosas que considera más distinguidas y valiosas.

¿Será demasiado fuerte la siguiente acusación? “Para librarse de la carga que es su pequeñito, una madre se valdrá de los oficios de la niñera que le resulte más fácil conseguir, le pasará a esta empleada, a esta extraña ignorante, el deber de nutrir el alma que Dios ha puesto en sus manos. La madre ha nutrido su cuerpito hasta nacer, ahora cualquiera sirve para nutrir su alma. Al hacer esto, la madre ha dejado en manos de esta empleada lo que es su propia responsabilidad, lo ha puesto bajo su constante influencia, lo ha dejado sujeto a la sutil impresión de su espíritu, a grabar en su ser interior la vida, sea cual fuera, de esta alma inculta. La niñera despierta sus primeros pensamientos, aviva sus primeras
emociones, da comienzo a la delicada acción de las motivaciones sobre la voluntad —generalmente estar en tales manos implica el uso de una fuerza combinada de intimidación y soborno. Estar bajo el supuesto cuidado de la niñera incluye intensos temores e intensas exigencias— ella forma sus tendencias, de ella aprende a jugar y de ella aprende a vivir. Así la joven madre queda en libertad para vestirse y salir, visitar y recibir, disfrutar de los bailes y las óperas, ¡cumpliendo su responsabilidad de una vida inmortal por medio de una representante! ¿Existe en esta época deshonrosa, algo más deshonroso que esto? Nuestras mujeres abarrotan las iglesias con el fin de recibir la inspiración
de la fe cristiana para cumplir sus obligaciones cotidianas, y luego reniegan de la principal de las fidelidades, la más solemne de todas las responsabilidades…”.

¡Oh, que Dios quiera darle a cada madre una visión de la gloria y esplendor de la obra que le ha encomendado cuando pone en su regazo a un infante para alimentar y enseñar! Si pudiera siquiera vislumbrar tenuemente el futuro de esa vida hasta la eternidad; si tuviera esa visión podría ver dentro de su alma sus posibilidades, podría comprender su propia responsabilidad personal de la educación de este hijo, del desarrollo de su vida, de su destino, vería que en todo el mundo de Dios, no existe otra obra más noble y digna de sus mejores capacidades y no entregaría a otras manos la responsabilidad sagrada y santa que a ella le es dada…

Lo que queremos hacer con nuestros hijos no es sólo controlarlos y que tengan buenos modales, sino implantar principios verdaderos en lo profundo de su corazón, valores que rijan toda su vida, que formen su

carácter desde adentro hasta llegar a tener una hermosura semejante a la de Cristo y hacer de ellos hombres y mujeres nobles, fuertes para la batalla y fieles en el cumplimiento de su deber. Deben ser instruidos, más bien que gobernados. La formación del carácter, no meramente la buena conducta, es el objetivo de toda dirección y enseñanza del hogar…

Cuando un pequeñito en los brazos de su madre es amado, nutrido, acariciado, y cuando lo acuna cerca de su corazón, ora por él, llora por él, habla con él durante días, semanas, meses y años no es ilusorio decir que la vida de la madre ha pasado al alma del hijo. Lo que el niño llega a ser es determinado por lo que es la madre. Los primeros años establecen lo que será su carácter y estos años son los de la madre.

Oh madre de hijos pequeños, me inclino ante usted con reverencia. Su obra es muy sagrada. Está determinando el destino de un alma inmortal. Las capacidades latentes en el pequeñito que acunó en su regazo anoche son capacidades que existirán para siempre. Lo está preparando para su destino e influencia inmortal. Sea fiel. Asuma su encargo sagrado con reverencia. Asegúrese de que su corazón sea puro y que su vida sea dulce y limpia. La fábula persa dice que el trozo de arcilla era fragante porque había estado encima de una rosa. Sea su vida como la rosa y entonces, su hijo absorberá su fragancia en sus brazos. Si no hay aroma en la rosa, la arcilla no será perfumada.

En la historia humana abundan las ilustraciones del poder de la influencia de los padres. Dicha influencia ilumina o apaga la vida del hijo hasta el final. Es una bendición que hace que cada día sea mejor y más feliz, o es una maldición que deja ruina y sufrimiento a cada paso. Miles han sido librados de ir por mal camino gracias a los recuerdos santos de su hogar feliz y piadoso, o se han perdido por su pésima influencia. No existen lazos más fuertes que las cuerdas que un verdadero hogar tiende alrededor del corazón.

Cuando pienso en lo sagrado y la magnitud de la responsabilidad de los padres, no comprendo cómo un padre o madre pueda mirar y pensar en el pequeñito que les ha sido dado y considerar su obligación por él sin sentirse impulsados a acudir a Dios y, por el propio peso de la carga que llevan, clamar a él pidiendo ayuda y sabiduría. Cuando un hombre impenitente se inclina sobre la cuna de su primer nacido, cuando comienza a comprender que aquí hay un alma que tiene que instruir, enseñar, moldear y guiar por este mundo hasta llegar el tribunal del Dios, ¿cómo puede seguir apartado de Dios? Pregúntese, al inclinarse sobre la cuna de su hijo y besar sus dulces labios: “¿Soy consecuente
con mi hijo mientras descarto a Dios de mi propia vida? ¿Soy capaz de cumplir yo solo esta solemne responsabilidad de ser padre, en mi debilidad humana, sin ayuda divina?”. No entiendo cómo puede haber algún padre que pueda hacerle frente a estas preguntas con sinceridad cuando contempla a su criatura inocente e indefensa, que le ha sido dada para cobijar, guardar y guiar, y no caer de rodillas al instante y entregarse a Dios.

Tomado de Homemaking, The Vision Forum.

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J. R. Miller (1840-1912): Pastor presbiteriano y dotado escritor, superintendente de la Junta Presbiteriana de Publicaciones, nacido en Frankfort Spring, PA, EE.UU.

Un tiempo de gran sequía espiritual

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

El fin de los Tiempos

Este es un libro sobre profecía cristiana, técnicamente llamada escatología, una palabra que significa la doctrina o el estudio de las últimas cosas. Es, por lo tanto, un libro sobre lo que muchos llaman profecía bíblica. No es un libro teórico. Es un libro escrito a raíz de varias convicciones profundas: que la escatología es profundamente importante, que el sistema escatológico de la Biblia es básicamente simple y que las perspectivas populares de la profecía en nuestros días son profundamente no bíblicas.

La mayoría de nosotros somos intimidados en cuanto a las cosas futuras y profecías de las Escrituras. Las otras cuestiones de la verdad bíblica parecen más sencillas para entender, y equivocadamente creemos que la doctrina sobre la segunda venida de Jesús es la de menos importancia. El pastor Sam Waldron reta esta creencia, demostrando que la escatología está integrada vitalmente con el sistema completo de la Biblia. Este libro clarifica las cuestiones que frecuentemente se confunden en cuanto a la venida del Hijo de Dios y la manifestación de la redención completa de nuestro bendito Redentor y Reconciliador. 

“La escatología popular que se enseña ampliamente en las iglesias evangélicas en nuestros días realmente tiene comparativamente muy poco que ver con el evangelio de Cristo. En la iglesia evangélica en la que yo me crié se enseñaba la profecía con frecuencia. Una de las cosas que recuerdo intensamente que se enseñaba era que la edad de la iglesia en la que vivimos era un gran paréntesis en la profecía bíblica, un período de misterio imprevisto por la profecía bíblica. Acabaría con el rapto de la iglesia por la venida secreta de Cristo en el aire antes del período de la tribulación. Puesto que esta venida era inminente, es decir, que puede ocurrir en cualquier momento, no estaría precedida por ningún acontecimiento profético. Sólo con este rapto secreto se pondría en marcha de nuevo el reloj profético. Con el rapto secreto de la iglesia los acontecimientos importantes de la profecía bíblica comenzarían a desplegarse. Estos incluían la aparición del Anticristo y su imperio mundial, la reedificación del templo en Jerusalén, una tribulación de siete años, una aparición gloriosa de Cristo, y un reinado de mil años de Cristo en la tierra todo ello teniendo que ver con el otro pueblo de Dios, terrenal, la nación judía, no con Su pueblo celestial, la iglesia. Recuerdo haberme sentido decepcionado por vivir en un período tan vacío o desprovisto con respecto a la profecía bíblica.”

Ahora bien, yo no era el único enseñado en ese sistema. Por aquel entonces dominaba las iglesias evangélicas. A pesar de muchas críticas, aún mantiene su popularidad. Desde novelas best sellers a películas repletas de afectos especiales asombrosos, aún domina la imaginación cristiana en nuestros días.  Tal sistema de profecía realmente tiene muy poco que ver con el evangelio de Cristo. No nos sorprende que la reacción del público cristiano sea de fascinación o de irritación. Si la iglesia es un paréntesis misterioso en la historia del mundo, y si el reloj profético sólo comienza a marchar de nuevo con el rapto de la iglesia sin peligro a la dicha del cielo, y si la profecía bíblica es realmente acerca del plan de Dios para los judíos, entonces la reacción de los cristianos sólo puede ser de fascinación por lo especulativo, por un lado, o de irritación por lo práctico, por el otro.  

Este libro provee una presentación simple, pero sistemática de la escatología cristiana. Mostrará que este sistema popular es erróneo y sin base bíblica en todas sus características distintivas. Esto sorprenderá a muchos lectores que pensarán que es una afirmación increíble. ¡Pero recuerda al niño que exclamó que el precioso conjunto nuevo del emperador realmente no lo era! Si tienes paciencia y un oído bíblico, tal vez adoptes la misma opinión sobre la ropa del emperador.

Nuestra esperanza con este libro es que provea a los cristianos un conjunto de vestidos escatológicos. Este conjunto de vestidos proféticos no es una enseñanza que vaya más allá del evangelio ni está apegado a él de manera artificial. El evangelio cristiano tiene todo que ver con la escatología, y la escatología tiene todo que ver con el evangelio cristiano.

Jesús habla del objetivo de la escatología como “la regeneración” (Mat. 19:28). Pedro la llama “la restauración de todas las cosas” (Hech. 3:21). Pablo habla de ella como “la creación… libertada de la esclavitud de corrupción” (Rom. 8:21). La escatología tiene que ver con el llevar a la creación y a la humanidad a su destino original propuesto por Dios. La escatología tiene que ver con la derrota de los propósitos destructivos de Satanás y con la victoria de los propósitos redentores de Dios. La escatología, por tanto, tiene todo que ver con el evangelio que proclama el propósito de Dios de “por medio de él (de Cristo) reconciliar consigo todas las cosas… haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Col. 1:20). La profecía bíblica, pues, no tiene que ver con ninguna otra cosa que no sea el evangelio de Cristo. Tiene todo que ver con la cruz de Cristo, con la iglesia de Cristo, y con la venida de Cristo.  Eso sería algo, ¿verdad? ¡Una escatología simple, bíblica! ¡Supón que el emperador realmente no tiene vestiduras! ¡Supón que la profecía realmente es acerca de Cristo, Su cruz, y Su iglesia!

Contenido  

Parte I ¿QUÉ EDAD TIENE TU ESCATOLOGÍA?  

Capítulo 1 Se necesita… Una escatología del Evangelio  

Capítulo 2 Pero, ¿cómo puede todo el mundo estar tan equivocado?  

Parte II ¡LA ESCATOLOGÍA HECHA SIMPLE  

Capítulo 3 Un Asunto De Interpretación  

Capítulo 4 El Propio Sistema de la Biblia

Capítulo 5 El Propio Sistema de la Biblia – El Esquema Básico  

Capítulo 6 El Propio Sistema de la Biblia – El Esquema Optimizado  

Capítulo 7 La Línea Divisoria – El Juicio General  

Capítulo 8 La Venida del Reino Presentada  

Capítulo 9 La Venida del Reino en las Parábolas de Cristo del Reino  

Capítulo 10 La Venida del Reino en la Prosa de Pablo  

Capítulo 11 La Venida del Reino en la Visión de Juan  

Capítulo 12 La venida del Reino en la Visión de Juan  

Capítulo 13 La venida del Reino en la Visión de Juan  

Parte III ¡LA SIGUIENTE  PREGUNTA, POR FAVOR!  

Capítulo 14 ¿Qué Tiene que Decir la Biblia Acerca del Cielo?  

Capítulo 15 El Seol,  el Hades y el Infierno  

Capítulo 16 Las Esperanzas  de la Iglesia durante el Siglo del  Evangelio – ¿Tribulación?  

Capítulo 17 ¿Son Israel y la Iglesia Distintos Pueblos de Dios

Capítulo 18 ¿Son Israel y la Iglesia lo Mismo?  

Capítulo 19 ¿Ha Venido ya Cristo?  

Capítulo 20 ¿Se Puede Calcular la Fecha de la Venida de Cristo?  

Capítulo 21 ¿Vendrá Cristo Antes de la Tribulación Final?  

Capítulo 22 Argumentados a Favor del Pretribulacionismo Contestados  

Capítulo 23 ¿Qué Enseña la Biblia Acerca de la Resurrección?  

Capítulo 24 El Castigo Eterno  

Capítulo 25 ¿El Cielo en la Tierra?  

* Publicaciones Faro de Gracia 2008. -280 pp. Rústica

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/doctrina-y-teologia/176-el-fin-de-los-tiempos.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Amor y cuidado del niñito 2

La respuesta principal radica en los padres. Son ellos los que edifican el hogar. De ellos recibe el hijo su carácter, para bien o para mal. El hijo será precisamente lo que los padres hagan de él. Si es feliz, ellos habrán sido los autores de su felicidad. Si es infeliz, la culpa es de ellos. Su humor, su ambiente, su espíritu y su influencia surgen de ellos. Tienen en sus manos lo que será el hogar y Dios les hace responsables por él.

Esta responsabilidad es de ambos padres. Algunos varones parecen olvidar que les corresponde una parte de la carga y de los deberes del hogar. Se lo dejan todo a la madre. Sin ningún interés activo en el bienestar de sus hijos, van y vienen como si fueran poco más que inquilinos en su propia casa. Se justifican de su negligencia poniendo como pretexto las demandas de su trabajo. Pero, ¿dónde está el trabajo tan importante que pueda justificar el abandono de los deberes sagrados que el hombre debe a su propia familia? No puede haber ninguna ocupación que tenga el hombre que lo justifique ante el tribunal de Dios por haber abandonado el cuidado de su propio hogar y la educación de sus propios hijos. Ningún éxito en ningún sector laboral de este mundo podría expiar su fracaso en esto. No hay ninguna fortuna almacenada de este mundo que pueda compensar al hombre por la pérdida de esas joyas incomparables: Sus propios hijos.

En la parábola del profeta, éste le dijo al rey: “Y mientras tu siervo estaba ocupado en una y en otra cosa, el hombre desapareció” (1 R. 20:40). Que no sea la única defensa que algunos padres tengan para ofrecer cuando comparecen ante Dios sin sus hijos: “Como yo estaba ocupado en esto y aquello, mis hijos se fueron”. Los hombres están ocupados en sus asuntos del mundo, ocupados en cumplir sus planes y ambiciones, ocupados en acumular dinero para tener una fortuna, en buscar los honores del mundo y ser reconocidos. Mientras están ocupados en su búsqueda de conocimiento, sus hijos crecen y cuando los padres se vuelven para ver si les va bien, ya no están. Entonces intentan con toda seriedad recobrarlos, pero sus esfuerzos tardíos de nada valen. Es demasiado tarde para hacer ese trabajo de bendición para ellos que hubiera sido tan fácil en sus primeros años. El libro del Dr. Geikie, titulado Life (Vida), comienza con estas palabras: “Dios da algunas cosas con frecuencia, otras las da sólo una vez. Las estaciones del año se suceden continuamente y las flores cambian con los meses, pero la juventud no se repite en nadie”. La niñez viene sólo una vez con sus oportunidades. Lo que se quiera hacer para sellarla con belleza debe hacerse con rapidez.

Entonces, no importa lo capaz, lo sabia, lo dedicada que sea la madre, el hecho de que ella cumpla bien su obligación no libra al padre de ninguna parte de su responsabilidad. Los deberes no pueden ser transferidos. La fidelidad de otro no puede justificar o expiar mi infidelidad. Además, es incorrecto y de poca hombría que un hombre fuerte y capaz, que pretende ser el vaso más fuerte, responsabilice a la mujer, a quien llama vaso más frágil, de los deberes que le pertenecen sólo a él. En cierto sentido, la madre es la verdadera ama de casa. En sus manos está la tierna vida para darle sus primeras impresiones. Ella es quien más se involucra en toda su educación y cultura. Su espíritu es el que determina el ambiente del hogar. No obstante, desde el principio hasta el final de las Escrituras, la Ley de Dios designa al padre cabeza de la familia y, como tal, le transfiere la responsabilidad del bienestar de su hogar, la educación de sus hijos y el cuidado de todos los intereses sagrados de su familia.

Los papás deben tener conciencia de que ocupan un lugar en el desarrollo de la vida de sus propios hogares, además de proveer el alimento y la ropa, y pagar los impuestos y los gastos. Le deben a sus hogares las mejores influencias de su vida. Sean cuales fueren los otros deberes que los presionan, siempre deben encontrar el tiempo para trazar planes
para el bienestar de sus propias familias. El centro de la vida de cada hombre debiera ser su hogar. En lugar de ser para él meramente una pensión donde come y duerme, y desde donde emprende su trabajo cada mañana, debiera ser un lugar donde su corazón está anclado, donde están cifradas sus esperanzas, a donde se vuelven sus pensamientos mil veces al día, la razón de sus labores y esfuerzos y al cual aporta siempre las cosas más ricas y mejores de su vida. Debiera tener conciencia de que es responsable por el carácter y la influencia de su vida de hogar, y que si no hace lo que debiera hacer, la culpa estará sobre su alma… Aun en esta época cristiana, los hombres —hombres que profesan
ser seguidores de Cristo y creen en la superioridad de la vida misma por sobre todas las cosas— piensan infinitamente más y se preocupan más por criar el ganado, atender las cosechas y hacer prosperar sus negocios, que en instruir a sus hijos. Algo debe quedar fuera de cada vida seria y ocupada. Nadie puede hacer todo lo que le viene a la mano para hacer. Pero es un error fatal que un padre deje de lado los deberes que le corresponde cumplir en su hogar. Más bien debiera tenerlos en primer lugar. Es mejor descuidar cualquier otra cosa que los hijos; inclusive, la obra religiosa en el reino de Cristo, en general, no debe interferir con los asuntos del reino de Cristo en su hogar. A nadie se le requiere, por sus votos y su consagración, cuidar las viñas de otros con tanta fidelidad que no pueda cuidar la propia. Que un hombre sea un pastor devoto o un diligente oficial de la iglesia no justificará el hecho de que sea un padre de familia infiel…

Tomado de Homemaking, The Vision Forum.

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J. R. Miller (1840-1912): Pastor presbiteriano y dotado escritor, superintendente de la Junta Presbiteriana de Publicaciones, nacido en Frankfort Spring, PA, EE.UU.

¿Qué son la Justificación y la Santificación?

Las palabras justificación y santificación han caído en gran medida fuera de uso en la cultura occidental. Lamentablemente, también están desapareciendo en la iglesia cristiana. Una razón por la cual esta decadencia es angustiante es que la Biblia usa las palabras justificación y santificación para expresar la obra salvadora de Cristo por los pecadores. Es decir, ambos términos se encuentran en el corazón del evangelio bíblico. Entonces, ¿qué enseña la Biblia acerca de la justificación y la santificación? ¿Cómo se diferencian entre sí? ¿Cómo estas nos ayudan a comprender mejor la relación del creyente con Jesucristo?

La justificación es tan simple como el A-B-C-D. La justificación es un acto de Dios. Esta no describe la forma en que Dios interiormente renueva y cambia a una persona, sino más bien es una declaración legal en la que Dios perdona al pecador de todos sus pecados y lo acepta y considera como justo ante Sus ojos. Dios declara al pecador justo en el momento en que el pecador pone su confianza en Jesucristo (Rom 3:21-26, 5:16, 2 Cor 5:21).

¿Cuál es la base de este veredicto legal? Dios justifica al pecador únicamente sobre la base de la obediencia y muerte de Su Hijo, nuestro representante, Jesucristo. La perfecta obediencia de Cristo y la plena satisfacción de la deuda del pecado son el único fundamento sobre el cual Dios declara al pecador justo (Rom 5:18-19, Gál 3:13, Ef 1:7, Fil 2:8). No somos justificados por nuestras propias obras; somos justificados únicamente en base a la obra de Cristo a nuestro favor. Esta justicia es imputada al pecador. En otras palabras, en la justificación, Dios pone la justicia de Su Hijo en la cuenta del pecador. Así como mis pecados fueron transferidos o puestos sobre Cristo en la cruz, así también Su justicia me es contada (2 Cor 5:21).

¿De qué manera es justificado el pecador? Los pecadores son justificados solo por la fe cuando confiesan su confianza en Cristo. No somos justificados por ningún bien que hayamos hecho, estemos haciendo o hagamos. La fe es el único instrumento de justificación. La fe no agrega nada a lo que Cristo ha hecho por nosotros en la justificación. La fe simplemente recibe la justicia de Jesucristo ofrecida en el evangelio (Rom 4:4-5).

Finalmente, la fe salvadora debe demostrarse a sí misma como genuina al producir buenas obras. Es posible profesar fe salvadora pero no tener fe salvadora (Stgo 2:14-25). Lo que distingue a la verdadera fe de una simple profesión de fe es la presencia de buenas obras (Gal 5:6). De ninguna manera somos justificados por nuestras buenas obras. Pero nadie puede considerarse a sí mismo como una persona justificada a menos que vea en su vida el fruto y la evidencia de la fe justificadora; es decir, buenas obras.

Tanto la justificación como la santificación son gracias del evangelio; siempre se acompañan mutuamente y tratan con el pecado del pecador. Pero difieren en algunos puntos importantes. Primero, mientras que la justificación se dirige a la culpa de nuestro pecado, la santificación aborda el dominio y la corrupción del pecado en nuestras vidas. La justificación es Dios declarando al pecador justo; la santificación es Dios renovando y transformando todo nuestro ser: nuestras mentes, voluntades, afectos y conductas. Unidos a Jesucristo en Su muerte y resurrección y siendo habitados por el Espíritu de Cristo, estamos muertos para el reino del pecado y vivos para la justicia (Rom 6:1-23; 8:1-11). Por lo tanto, estamos obligados a matar el pecado y presentar nuestros «miembros a Dios como instrumentos de justicia» (6:13; véase 8:13).

Segundo, nuestra justificación es un acto completo y terminado. La justificación significa que cada creyente ha sido finalmente liberado por completo de la condenación y la ira de Dios (Rom 8:1, 33-34, Col 2:13b-14). La santificación, sin embargo, es un trabajo continuo y progresivo en nuestras vidas. Aunque cada creyente es sacado de una vez y por todas de la esclavitud del pecado, no somos inmediatamente hechos perfectos. No seremos completamente liberados del pecado hasta que recibamos nuestros cuerpos de resurrección en el día final.

Cristo ha ganado la justificación y la santificación para Su pueblo. Ambas gracias tienen que ver con la fe en Jesucristo, pero de diferentes maneras. En la justificación, nuestra fe resulta en que seamos perdonados, aceptados y justificados a los ojos de Dios. En la santificación, esa misma fe acepta activa y ansiosamente todos los mandamientos que Cristo le ha dado al creyente. No osamos separar o mezclar la justificación y la santificación. Sabemos cómo distinguirlas. Y, en ambas gracias, entramos en la riqueza y el gozo de la comunión con Cristo por medio de la fe en Él.

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

Amor y cuidado del niñito 1

Dios nos ha creado de manera que en el amor y cuidado de nuestros propios hijos, se manifiesten los mejores rasgos de nuestra naturaleza. Muchas de las lecciones más profundas y valiosas que jamás aprendemos, las leemos en las páginas del desarrollo del niño. Comprendemos mejor los sentimientos y afectos que tiene Dios por nosotros cuando nos inclinamos sobre nuestro propio hijo y vemos en nuestra paternidad humana una imagen tenue de la Paternidad
divina. No hay nada que nos conmueva tanto como tener en nuestros brazos a nuestros propios bebés. Verlos tan indefensos apela a cada principio noble en nuestro corazón. Su inocencia ejerce sobre nosotros un poder purificador. El hecho de pensar en nuestra responsabilidad por ellos exalta cada facultad de nuestra alma. El cuidado mismo que requieren, nos trae bendiciones. Cuando llega la vejez, ¡muy solitario es el hogar que no tiene hijo o hija que regresa con gratitud para brindar cuidados amorosos dando alegría y tranquilidad a los padres en sus últimos años!

El matrimonio se renueva cuando llega al hogar el primogénito. Inspira a los casados a vivir en una intimidad que nunca habían conocido. Toca las cuerdas de sus corazones que habían permanecido silenciosas hasta ese momento. Exterioriza cualidades que nunca habían ejercido antes. Aparecen atractivos insospechados del carácter. La joven de risa fácil y despreocupada de un año atrás se transforma en una mujer seria y reflexiva. El joven inmaduro e inestable se convierte en un hombre con fuerza varonil y de carácter maduro cuando contempla el rostro de su propio hijo y lo toma en sus brazos. Aparecen nuevas metas ante los jóvenes padres; comienzan a surgir nuevos impulsos en su corazón. La vida de pronto cobra un significado nuevo y más profundo. Vislumbrar el misterio solemne que les ha sido develado los hace madurar. Tener entre sus manos una carga nueva y sagrada, una vida inmortal para ser guiada y educada por ellos, los hace conscientes de su responsabilidad lo cual los torna reflexivos. El yo, ya no es lo principal. Hay un nueva motivación por la cual vivir, un sujeto tan grande que llena sus vidas e involucra sus más grandes capacidades. Es solo cuando llegan los hijos que la vida se hace realidad, que los padres comienzan a aprender a vivir. Hablamos de instruir a nuestros hijos, pero primero nos instruyen ellos a nosotros enseñándonos muchas lecciones sagradas, despertando en nosotros muchos dones y posibilidades desconocidas, y sacando a luz muchas gracias escondidas y transformando nuestras características caprichosas hasta moldearlas en un carácter fuerte y armonioso…

Nuestros hogares serían muy fríos y lóbregos sin nuestros hijos. A veces nos cansamos de sus ruidos. Sin duda exigen mucho cuidado y nos causan mucha preocupación. Nos dan muchísimo trabajo. Cuando son pequeños, muchas son las noches cuando interrumpen nuestro sueño con sus cólicos y su dentición; y cuando son más grandes, muchas veces nos destrozan el corazón con sus rebeldías. Cuando los tenemos, mejor es que nos despidamos de vivir para nosotros mismos y de toda tranquilidad personal e independencia, si es que vamos a cumplir con fidelidad nuestra obligación de padres de familia.

Hay algunos que, por lo tanto, consideran la llegada de los hijos como una desgracia. Hablan de ellos superficialmente como “responsabilidades”. Los consideran como obstáculos para sus diversiones. No ven en ellos ninguna bendición. Pero demuestra un gran egoísmo el que piensa de los hijos de esta manera. Los hijos traen bendiciones del cielo cuando llegan y las siguen siendo mientras viven.

Cuando llegan los hijos, ¿qué vamos a hacer con ellos? ¿Cuáles son nuestros deberes como padres? ¿Cómo debemos cumplir nuestra responsabilidad? ¿Cuál es la parte de los padres en el hogar y la vida familiar? Es imposible exagerar la importancia de estas preguntas… Es grandioso tomar estas vidas jóvenes y tiernas, ricas en posibilidades de
hermosura, de gozo y de dones. Sin embargo, debemos ser conscientes de que todo este potencial puede ser destrozado, si somos irresponsables en su formación, su educación y en el desarrollo de su carácter. En esto es en lo que hay que pensar al formar un hogar. Tiene que ser un hogar en el cual los hijos maduran para vivir una vida noble y auténtica, para Dios y para el cielo.

Tomado de Homemaking, The Vision Forum.

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J. R. Miller (1840-1912): Pastor presbiteriano y dotado escritor, superintendente de la Junta Presbiteriana de Publicaciones, nacido en Frankfort Spring, PA, EE.UU.

¿Cuál es nuestra respuesta?

Las buenas obras no son malas, son buenas. Como cristianos, deberíamos querer hacerlas. El hecho de que no seamos salvos por nuestras obras no significa que no debemos preocuparnos por vivir una vida de obediencia gozosa a la Palabra de Dios. Jesús declara enfáticamente: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14:15). La obediencia, por frágil y débil que sea, es evidencia de nuestro amor por Cristo. Lejos de socavar el evangelio de la gracia, las buenas obras son el complemento perfecto para el evangelio.

Salvos, no por buenas obras

Para estar claros, las buenas obras son malas cuando se les considera como la base de la salvación. Una persona no es salva por sus obras sino por la gracia de Dios a través de la fe en Cristo. El apóstol Pablo explica:

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Ef 2:8-10).

Las obras no son meritorias. La salvación «no es de vosotros» y «no es por obras». Incluso la fe a través de la cual recibimos la salvación es un don generoso de Dios. Como criaturas caídas, nuestros mejores esfuerzos están llenos de pecado. Tomando prestado de Francis Schaeffer: ¿Cuántos cubos finitos de buenas obras se necesitarían para llenar el abismo infinito que existe entre Dios y nosotros debido a nuestro pecado? Las buenas obras no proporcionan ninguna base para jactarse porque son completamente inútiles para salvar. El único fundamento de la salvación es Cristo. Somos salvos por Sus obras, no las nuestras.

Salvos para buenas obras

Las buenas obras no son malas cuando son vistas como el objetivo de la salvación, no su base. Si bien las buenas obras no son meritorias para la salvación, son un componente necesario de la fe cristiana. Como dice Santiago, «la fe sin las obras está muerta» (Sant 2:26). Pablo hace esta misma observación cuando afirma que no somos salvos por buenas obras, sino que somos salvos para buenas obras.

Cada palabra en Efesios 2:10 es importante para poder explicar el papel que juegan las buenas obras en la vida cristiana. Aprendemos que las buenas obras son el resultado, no la causa, de que seamos nuevas criaturas, y ellas atestiguan el hecho de que hemos sido redimidos para que nuestras vidas puedan reflejar las cualidades y el carácter de Dios. Las buenas obras son también el resultado de estar unidos a Cristo. Fuera de Él, no podemos hacer nada que agrade a Dios. Pero en Cristo, fuimos creados para realizar actos de obediencia que honran a Dios. En Cristo, podemos estar seguros de que Dios acepta nuestros débiles e inestables esfuerzos . Pablo declara además que las buenas obras son el resultado del patrón de Dios para la vida cristiana. No necesitamos preguntarnos qué es lo que Dios requiere de nosotros. Él nos lo dijo en Su Palabra. Las buenas obras son actos hechos en conformidad con la Palabra de Dios.

Una fe que nunca está sola

Las buenas obras son buenas porque no surgen de una fe muerta sino de una «fe viva y verdadera» (Confesión de Fe de Westminster, 16.2). Somos justificados solo por gracia a través de la fe en Cristo solamente; sin embargo, la fe que salva nunca está sola, sino que va acompañada de vida espiritual y obediencia amorosa . Cristo es el fundamento de nuestra salvación, la fe es el instrumento de nuestra salvación, y las obras son el fruto de nuestra salvación. Cada vez que el evangelio echa raíces en nuestras vidas, siempre produce frutos del Espíritu (Gal 5:16-26). El Espíritu nos permite caminar de una manera digna de nuestro llamado a seguir vidas que reflejen a Cristo (Ef 4:1-7).

El valor de caminar por el camino de la obediencia es múltiple. La Confesión de Fe de Westminster establece que hay al menos seis beneficios de las buenas obras. Primero, las buenas obras manifiestan nuestra gratitud a Dios por el regalo de Su Hijo (Col 2:6). Segundo, las buenas obras refuerzan la seguridad de la fe (1 Jn 2:1-6). Tercero, las buenas obras son un medio para motivar a otros cristianos a hacer mayores actos de amor centrado en Cristo (Heb 10:24). Cuarto, las buenas obras son vías concretas para engalanar la doctrina de Dios nuestro Salvador en la vida y el ministerio (Tito 2:7-10). Quinto, las buenas obras silencian a los críticos que devalúan la bondad del cristianismo bíblico (1 Pe 2:12, 15). Sexto, las buenas obras glorifican a Dios al mostrar Su obra de amor en nuestras vidas (Jn 15:8-11).

¿Cuál es nuestra respuesta al evangelio? Un antiguo himno lo expresa muy bien: «Obedecer, cumple a nuestro deber. Si queréis ser felices, debéis obedecer».

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

¿Qué es la Fe?

Una de las declaraciones que más he repetido durante los últimos quince años de ministerio es ese comentario genial de J.I.Packer de que las medias verdades disfrazadas de verdades enteras son en realidad mentiras completas. La observación de Packer es un bello recordatorio de que las verdades a medias son solo eso: verdades a medias. Cuando estas se presentan como si no hubiera nada más que decir, el resultado es que la verdad es comprometida. Decir que Jesús es cien por ciento humano es verdad. Pero es solo la mitad de la historia. Jesús también es cien por ciento divino. Si nos enfocamos solo en la humanidad de Jesús y nunca decimos nada acerca de Su divinidad, somos culpables de presentar una verdad a medias como si fuera toda la verdad, y por ende, terminamos con una mentira completa.

Mi temor es que muchos de nosotros en la iglesia de hoy podemos estar peligrosamente cerca de violar este precepto en nuestra predicación del evangelio. No hay duda de que el llamado del evangelio es a creer en Jesucristo, por lo que nuestra predicación debe llamar regularmente a las personas a la fe. Pero si nuestra predicación se detiene allí sin llamar a la gente al arrepentimiento, estamos peligrosamente cerca de presentar una verdad a medias como si fuera toda la verdad. El arrepentimiento y la fe son inseparables. Son dos caras de la misma moneda. La fe es el lado positivo de volverse a Cristo, y el arrepentimiento es el lado negativo de apartarse del pecado. Es imposible volverse a Cristo y volverse al pecado, así como es imposible viajar en dos direcciones diferentes al mismo tiempo. Por definición, viajar al este significa no viajar al oeste, y volverse a Cristo en consecuencia significa apartarse del pecado. La fe y el arrepentimiento necesariamente van de la mano.

Podemos ver este vínculo inseparable entre la fe y el arrepentimiento en varios pasajes de la Escritura. En Hechos 2:38, por ejemplo, Pedro les responde a aquellos que han sido «compungidos de corazón» y que han preguntado: «hermanos, ¿qué haremos?», diciéndoles: «arrepentíos y sed bautizados … en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados.» Él no les dice: «creáis y sed bautizados», como lo hace Pablo en casi las mismas circunstancias con el carcelero de Filipos en Hechos 16:30-34, en cambio les dice: «arrepentíos y sed bautizados «. La razón parece clara, especialmente cuando estudiamos a Pedro y a Pablo juntos : la fe y el arrepentimiento son inseparables. Es imposible arrepentirse y no creer, y es imposible creer y no arrepentirse.

Vemos esto nuevamente en Lucas 24:47, cuando Jesús les dice a Sus discípulos que deben proclamar un evangelio de «arrepentimiento para el perdón de los pecados», y en Hechos 3:19, cuando uno de esos discípulos presta atención a las palabras de Jesús y les dice a sus oyentes: “arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados». En ambos casos, nuevamente se nos dice que el llamado del evangelio no es simplemente: «cree, y serás perdonado», sino: «arrepiéntete, y serás perdonado». La razón es que la fe y el arrepentimiento van de la mano.

Marcos hace que esta conexión sea aún más explícita en su descripción de la vida de Cristo. En Marcos 1:14-15, este registra a Jesús proclamando un evangelio que llama abiertamente a las personas a «arrepentirse y creer». Para Jesús, la fe y el arrepentimiento, obviamente, van de la mano. El evangelio nos llama a ambos.

Esto no es para negar la doctrina de la justificación solo por la fe. Jesús no está agregando nada a la fe sino, más bien, definiendo cómo es la fe en realidad. La fe justificadora no es una fe simple o llana, por así decirlo, sino una fe compungida, es decir, una fe que siempre va acompañada de arrepentimiento. Sin duda, es posible que la fe genuina sea impenitente por un tiempo. El ejemplo de David al no mostrar arrepentimiento por un buen tiempo luego de su pecado con Betsabé demuestra esto (2 Sam 11-12). Pero un espíritu impenitente no puede durar para siempre. Los cristianos pueden no arrepentirse inmediatamente, pero eventualmente se arrepentirán. Dios se encargará de eso, tal como lo hizo con David, porque la fe y el arrepentimiento necesariamente van de la mano. Donde uno está, allí también estará el otro.

El mismo evangelio que nos llama a la fe también nos llama al arrepentimiento. Si nos enfocamos solo en el llamado a la fe, nos estamos enfocando solo en un lado de la moneda e ignorando el hecho de que hay otro lado. Para establecer un paralelo con una de las enseñanzas más famosas de Jesús, proclamar la fe pero no el arrepentimiento es como enseñar a la gente a «dar al César lo que es del César» sin mencionar que también deben dar «a Dios lo que es de Dios» (Mat 22:21). Estaríamos peligrosamente cerca de presentar una verdad a medias como si fuera toda la verdad y, por lo tanto, diciendo toda una mentira.

El Dr. Guy M. Richard es director ejecutivo y profesor adjunto de teología sistemática en el Seminario Teológico Reformado de Atlanta. Es autor de varios libros, entre ellos Baptism: Answers to Common Questions [El bautismo: Respuestas a las preguntas más comunes].

Sabios con el Planeta

¿Por qué deberíamos cambiar la manera en que vivimos? ¿Por qué deberíamos cuidar del planeta? ¿Existen razones mejores que el mero interés propio?

Existen cientos de libros, campañas y páginas webs que te pueden ayudar con consejos prácticos acerca de cómo vivir. La diferencia con el enfoque de “Vivir reduciendo 24:1” es que esta iniciativa no tiene que ver solo con la manera de actuar. Actuar de manera diferente viene emparedado entre creer de manera diferente y pertenecer de manera diferente. Los tres son esenciales.

Creer de manera diferente, el tema de este libro, significa examinar el “¿porqué?” con mucha más atención. ¿Por qué deberíamos cambiar la manera en que vivimos? ¿Por qué deberíamos cuidar del planeta? ¿Existen razones mejores que el mero interés propio? Mientras el cambio de vida no provenga de una relación con Dios, existe el peligro de que se convierta rápidamente en un nuevo tipo de religión legalista. No deberíamos querer vivir reduciendo nuestro impacto por deber, miedo, o culpa, sino por amor: amor a nuestro prójimo, amor por el resto de las criaturas, amor a las futuras generaciones, y en lo más profundo, amor a Dios. Sin esto, nos puede ocurrir que reduzcamos nuestra huella de carbono para acabar descubriendo que nos hemos convertido en unos miserables fariseos que piensan que son mejores que sus vecinos. Existe un peligro real de transformarse de un tipo de hipócrita en otro. Del cristiano cuya vida no está a la altura a la hora de reflejar que de verdad cree que este mundo pertenece a Dios, a ese otro tipo de hipócrita, condenado igualmente por Jesús: el que se cree mejor que los que le rodean. “Más ecologista que tú” en lugar de “más santo que tú”. Jesús se guardó su lenguaje más duro para algunos de los personajes más éticos y moralmente correctos de su tiempo, los fariseos, porque pensaban que eran superiores a los demás.

La manera más segura de evitar convertirse en un “eco-fariseo” es mantener una relación sencilla, humilde e ingenua de confianza en y dependencia de Jesús.Pertenecer de manera diferente también tiene una importancia extrema. Es prácticamente imposible cambiar radicalmente el modo en que vives si estás aislado. Necesitas un grupo, aunque sea pequeño, de otra gente que esté haciendo el mismo viaje. En parte, porque todos necesitamos alguien que nos anime y ante quien rendir cuentas. En parte, porque vivir reduciendo es compartir, darse cuenta de que no todos necesitamos un cortacésped o una freidora, sino que podemos compartir e intercambiar. En parte, porque la moda de las familias unipersonales es muy dañina para el medioambiente (ya ni hablemos de lo dañina que es socialmente). La manera más sencilla de reducir tu huella de carbono es compartir un hogar, compartiendo así la calefacción, la cocina, el transporte, la electricidad y los bienes de consumo con unos cuantos más.

Pertenecer de manera diferente importa también a un nivel más profundo. En un mundo fragmentado, desenraizado y que se desintegra, necesitamos gente que se comprometa unos con otros y con las necesidades locales, generando así una transformación que comienza localmente, pero que tiene como resultado la visión contagiosa y atractiva de vivir de manera distinta.

¿Te puedes imaginar el día en que las iglesias locales se conviertan en puntos de luz en una época en la que la oscuridad medioambiental no para de crecer? Este es mi sueño: vidas que sean un ejemplo tanto de cómo vivir vidas sostenibles, como de vivir reduciendo y gozándose en el mundo de Dios. Más relaciones en armonía unos con otros, con Dios y con la creación, podrían ser el elemento clave para transformar nuestra cultura de cabo a rabo. La gente está cada vez más desilusionada con la recompensa vacía del consumismo y el escapismo.

Millones de personas buscan una manera de vivir más auténtica que conecte con la naturaleza y les haga entender la crisis medioambiental; una manera de vivir que use los beneficios de la tecnología sabia y prudentemente, que entienda y acepte la búsqueda de una realidad espiritual, aprecie a la gente aún en su quebranto y ofrezca la oportunidad de relaciones que sanen y transformen.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/estudios-biblicos/943-sabios-con-el-planeta.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

La herencia del Señor 3

APLICACIÓN 1: Es reprobable la actitud de aquellos que no están agradecidos por los hijos los resienten y los consideran una carga cuando Dios los bendice dándoles muchos. Se quejan de lo que en sí es un favor. Cuando[no] los tenemos, los valoramos; cuando tenemos muchos hijos desconfiamos de ellos y nos quejamos. En Israel, ser padre era considerado un honor. ¡Por cierto que aquellos que temen a Dios no debieran contar una felicidad como una carga! “Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa. He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová” (Sal. 128:3-4).

APLICACIÓN 2: Son dignos de reproche los que no reconocen y enaltecen este favor. No cabe duda de que los padres debieran reconocer a Dios en cada hijo que les da. Gran parte de su Providencia se manifiesta en dar y no dar hijos. Encontramos con mucha frecuencia en las Escrituras, cantos de agradecimiento en estas ocasiones. Es una de las cosas en las que Dios quiere que su bondad sea reconocida con alabanzas solemnes. Por cada hijo ¡Dios debiera recibir una nueva honra de los padres!… ¡Oh! ¡Será una gran felicidad ser padres de los que serán herederos de la gloria! Así como los hijos deben ser considerados como una gran bendición, también deben serlo como una gran responsabilidad que, según se maneje, puede producir mucho gozo o mucho dolor. Si los padres los consienten demasiado, los convierten en ídolos, no en siervos del Señor, si descuidan su educación o si los contaminan con su ejemplo, resultarán serles cruces y maldiciones.

APLICACIÓN 3: Es importante exhortar a los padres a que eduquen a sus hijos para Dios. Porque si son una herencia del Señor, tienen que ser una herencia para el Señor. Entrégueselos de vuelta a él, pues de él los recibió, porque todo lo que viene de él tiene que ser mejorado para él. Dedíquelos a Dios, edúquelos para Dios y él tomará posesión de ellos a su debido tiempo. Ahora bien, si su dedicación es correcta, se verá involucrado en una educación seria. Dios trata con nosotros como lo hizo la hija de faraón con la madre de Moisés, a la cual dijo: “Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crió” (Éx. 2:9).

MOTIVOS: 1. El encargo expreso de Dios a los padres de familia es: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4). “Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Dt. 6:7)… Debemos tomar conciencia de estos mandatos ahora porque hemos de rendir cuentas a Dios [en el Día del Juicio].

2. El ejemplo de los santos, que han sido cuidadosos en cumplir con esta responsabilidad. Dios lo espera de Abraham: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él” (Gn. 18:19)… No hay duda de que son indignos de tener hijos los que no se ocupan de que Cristo se interese por ellos.

3. La importancia de esta responsabilidad. Aparte de la predicación de la Palabra, la educación de los hijos es una de los obligaciones más grandes en el mundo porque el servicio a Cristo, a la Iglesia y al estado dependen de ello. La familia es el seminario de la Iglesia y la nación. La fe cristiana surgió primero allí [en la familia] y es allí donde el diablo procura aplastarla…

4. Para contraatacar a Satanás, que siempre ha envidiado la multiplicación de iglesias y el avance del reino de Cristo. [Él] por lo tanto, procura destruir el embrión, tratando de pervertir a las personas cuando aún son jóvenes, maleables como arcilla, cuando puede darles la forma e impresión que quiera. Así como Faraón quiso destruir a los israelitas matando a sus infantes, Satanás, que detesta en gran manera al reino de Cristo, sabe que no hay una manera mejor de socavarla y vencerla que pervertir a los jóvenes y suplantar los deberes familiares. Sabe que esto es un golpe de raíz. Por lo tanto, ¡cuánta diligencia deben ejercer los padres de familia para inculcar en sus hijos los principios santos a fin de que puedan vencer al Maligno con la Palabra de Dios morando en ellos!

Tomado de “Sermon upon Psalm CXXVII.3” en The Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista, nacido en Lawrence-Lydiat, condado de Somerset, Inglaterra.

¿Qué es el hombre?

Cada tarde, después del trabajo, me siento para pasar unos minutos poniéndome al día con las noticias diarias. Aunque son unos minutos de descanso para mi cuerpo y mente, tengo que admitir que no encuentro en esos momentos mucho descanso para mi corazón. Eso es porque lo que veo en los titulares me recuerda una realidad profundamente arraigada: algo está mal con nuestro mundo, e incluso con nosotros mismos como seres humanos. ¿Pero, qué es esto?

La gente ha dado diferentes respuestas a esa pregunta. Algunos dicen que los problemas son principalmente económicos, otros que son sociales, y otros que son psicológicos. Ciertamente, estas respuestas pueden darnos una idea de algunos de los síntomas de nuestra aflicción, pero la Biblia enseña que esta condición crítica es causada por algo mucho más profundo y significativo. En una palabra, el problema es el pecado: nuestra rebelión contra el Dios que nos creó.

El libro de Génesis relata cómo Dios creó el mundo por el poder de Su Palabra, y según Génesis 1:26-28, el acto de coronación de la obra de Dios fue la creación de seres humanos. Únicos entre todas las criaturas del universo, los seres humanos están hechos «a Su propia imagen». Ser creados a la imagen de Dios significa muchas cosas. Nosotros, los seres humanos, reflejamos el carácter y la naturaleza de Dios en nuestra racionalidad, nuestra creatividad e incluso nuestra capacidad de relacionarnos con Dios y con los demás. Pero la imagen de Dios no se refiere simplemente a lo que somos; también se refiere a lo que Dios nos creó para hacer.

Además de vivir en comunión con Dios, a Adán y Eva se les dio el trabajo de administrar y cuidar de Su creación como Sus vicegobernadores. Por lo tanto, Dios les dijo que debían «sojuzgar» la tierra y «tener dominio» sobre ella, no abusándola y tiranizándola, sino «cultivándola y cuidándola» (Gén 2:15). Al hacer esto, ellos comunicarán a toda la creación el amor, el poder y la bondad del Creador. Quizás más fundamentalmente, esto es lo que significa ser la imagen de Dios en el mundo: así como un antiguo rey del Cercano Oriente podría establecer una «imagen» de sí mismo en una montaña como un recordatorio a su pueblo de quién estaba en el trono, Adán representaba la autoridad de Dios para el mundo sobre el cual se le dio el dominio.

Sin embargo, la autoridad de Adán sobre la creación no era absoluta. Esta autoridad era delegada y circunscrita por Dios mismo. La gente a menudo se pregunta por qué Dios puso el Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal en el jardín. La razón es que ese árbol les recordaba a Adán y Eva que su autoridad para gobernar y sojuzgar la tierra no era absoluta. Es por eso que el Adán y Eva comer la fruta fue un pecado tan trágico. Al comer la fruta, Adán y Eva estaban tratando de hacer precisamente lo que la serpiente les dijo falsamente que podían hacer: estaban tratando de «llegar a ser como Dios» (Gen 3:5). Estaban buscando más poder y autoridad de lo que Dios les había dado, y por lo tanto, apostaron al trono supremo.

Las consecuencias del pecado de Adán fueron catastróficas. Dios había prometido que si los humanos comían del árbol prohibido, seguramente morirían. Lo que Él quiso decir no fue solo muerte física, sino también, y más horriblemente, muerte espiritual. Este fue un castigo justo y correcto. No solo porque un Dios perfectamente santo y justo nunca podría tolerar tal maldad y pecado en Su presencia, sino también porque, al declarar su independencia de Dios, Adán y Eva se despegaron a sí mismos de la fuente de toda vida y bondad. Ellos merecían la ira de Dios por su rebelión contra Él, y la paga de su pecado era nada menos que la muerte, el juicio y el infierno eternos.

Peor aún, cuando Adán pecó, él lo hizo como representante de cada ser humano. Es por eso que Pablo les escribió a los Romanos: «por la transgresión de uno murieron los muchos» (Rom 5:15). Por lo tanto, con nuestro propio pecado, cada uno de nosotros ratifica una y otra vez el acto de rebelión de Adán contra Dios. Nosotros también anhelamos ser libres de la autoridad y el gobierno de Dios, y por eso nos entregamos a la búsqueda del placer y la alegría en las cosas creadas como meta suprema. En el proceso, declaramos que Dios no es digno de nuestra adoración, y así demostramos que somos dignos de la maldición de la muerte espiritual que Dios pronunció al principio.

Si la historia de la Biblia terminara allí, con seres humanos bajo la ira de Dios sin posibilidad de escape, viviríamos en una realidad sin esperanza. Pero alabado sea Dios que la historia no termina ahí. En lugar de dejarnos morir en nuestro pecado, Dios actúa para salvar. A través de la encarnación, la muerte y la resurrección de Su Hijo, Jesús, Él salva a Su pueblo de sus pecados y hace todo perfecto de una vez y por todas, finalmente y para siempre.

El Dr. Greg D. Gilbert es el pastor principal de la Third Avenue Baptist Church en Louisville, KY.

¿Quién es Cristo?


El 16 de diciembre de 1739, George Whitefield predicó un sermón sobre Mateo 22:42 en la Bruton Parish Church en Williamsburg, Virginia, en el que le preguntó a su audiencia la misma pregunta que Jesús le había hecho a sus oyentes 1,700 años antes: «¿Qué piensas de Cristo?»

El idioma que Whitefield hablaba era diferente al de su Señor, pero las consecuencias eternas de la respuesta fueron las mismas. Algunas de las respuestas en los días de Jesús—que Él era Juan el Bautista resucitado de los muertos, o uno de los profetas, o Elías (véase Mc 8:27-28)—fueron similares a las respuestas dadas en los días de Whitefield. Los deístas como Benjamín Franklin, un buen amigo de Whitefield, consideraban a Jesús como un maestro sin igual, pero nunca llegaron a confesar Su deidad. Otros consideraban a Jesús como divino, pero de tal manera que Su deidad es menor que la del Padre. Whitefield, fiel al testimonio de la Escritura, no se avergonzó de decirle a la gente que Jesucristo es verdaderamente Dios y que «si Jesucristo no fuera Dios verdadero de Dios verdadero, nunca más predicaría el evangelio de Cristo». Porque no sería evangelio; sería solo un sistema de ética moral».

Dios verdadero de Dios verdadero

La evidencia de la completa deidad del Señor Jesús se encuentra en todo el Nuevo Testamento. Jesús es explícitamente llamado «nuestro gran Dios y Salvador» (Tito 2:13). La plenitud de la Deidad mora en Él (Col 1:19; 2:9). Él lleva los títulos y nombres dados a Yahweh en el Antiguo Testamento (compara, por ejemplo, Is 44:6 y Ap 1:17). Él es presentado como el objeto de adoración (Heb 1: 6) y se le ora directamente (Hch 7: 59-60, 1 Cor 16:22, 2 Cor 12:8). Él hace cosas que solo Dios puede hacer, como crear el universo (Jn 1: 3; Col 1:16), perdonar pecados (Mc 2:5-10; Col 3:13) y juzgarnos en el dia final (Hch 10:42; 17:31; 2 Cor 5:10). Él posee atributos divinos, tales como la omnipresencia (Heb 1:3, Ef 4:10), la omnisciencia (Ap 2:23), la omnipotencia (Mt 28:18) y la inmutabilidad (Heb 13:8). La completa deidad de Cristo es parte integral del evangelio. Cualquier otra posición distorsiona el Nuevo Testamento.

Quién se encarnó

El Nuevo Testamento también da testimonio de la otra verdad acerca de la identidad de Cristo: Su completa humanidad . Como lo dice el apóstol Pablo, Él es «Cristo Jesús hombre» (1 Tim 2:5; cursiva añadida). Él fue criado en circunstancias humildes (Mt 13:55). Él experimentó los dolores del hambre (4: 2). Él conoció el cansancio y la sed (Jn 4: 6-7). Lloró lágrimas de dolor genuinas (11:35). Sin embargo, mientras Su humanidad es como la nuestra en todos estos aspectos, hay una manera en que es totalmente diferente a la nuestra: es sin pecado. Cuando miramos la vida de Cristo, no hay un incidente al que podamos señalar y decir: «Mira, un pecado». Negar la humanidad de Cristo es socavar el evangelio (ver 1 Jn 4:1-3; 2 Jn 7-9).

Por nuestra salvación … crucificado

Después de toda una vida haciendo el bien, sanando a los enfermos y predicando el evangelio, Jesús fue arrestado por las autoridades judías y romanas. Aquel que es la Verdad y un perfecto amante de Dios fue acusado de ser un blasfemo. Sufrió vergonzosamente a manos de guardias judíos y soldados romanos, siendo azotado y burlado. Lo despojaron de todas Sus ropas y lo mataron sin nada para cubrir Su desnudez (Jn 19:23-24; Mc 15:24). Su muerte fue la muerte más vergonzosa y dolorosa que los romanos conocían: la crucifixión (Heb 12:2, Jn 19:16-18). El Autor de la vida, que había resucitado a los muertos, fue enterrado en una tumba. Lo más horrible de todo, sin embargo, fue la sensación de abandono de parte de Dios que inundó el alma de Jesús cuando murió (Mt 27:46; Mc 15:34), porque en Su muerte Él llevó y experimentó por los pecadores la ira infernal que estos merecían (1 Cor 15:3; 2 Cor 5:21; Heb 9:11-14, 28). Su muerte fue nada menos que una muerte vicaria y propiciatoria. Negar esto es negar el evangelio.

Pero la muerte no pudo mantener a Jesús en la tumba, porque ni la muerte ni Satanás tenían ningún derecho sobre Él (Sal 16:10, Hch 2:24-31). Entonces, Dios el Padre, por el Espíritu Santo, resucitó a Jesús de entre los muertos al tercer día (Mt 28:6-7, Hch 2:32, Rom 8:11), y Él fue visto en varias ocasiones por Sus Apóstoles y testigos selectos (Hch 1:3-8, 1 Cor 15:4-8). Rechazar la resurrección corporal corta nuestra esperanza de salvación.

Este es el evangelio que el Nuevo Testamento enseña, que Whitefield predicó, y que todavía predicamos: Cristo, completamente Dios, se hizo hombre por nuestra salvación, murió por nuestros pecados y resucitó de los muertos. Cree esto y serás salvo.

El Dr. Michael Haykin es profesor de Historia de la Iglesia y Espiritualidad Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky.

¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?

¿Qué dice la Biblia sobre la dirección de Dios? Dice que si reconocemos a Dios en todos nuestros caminos, Él dirigirá nuestras sendas (Pr. 3:5-6). Las Escrituras nos animan a aprender cuál es la voluntad de Dios para nuestras vidas, y lo hacemos al enfocar nuestra atención no en la voluntad de decreto de Dios, sino en la voluntad de precepto de Dios. Si quieres saber la voluntad de Dios para tu vida, la Biblia te dice: “Porque ésta es la voluntad de Dios: su santificación” (1 Ts. 4:3). Así que cuando alguien se pregunta si debe tomar un trabajo en esta ciudad o en aquella, o si casarse con Johana o Marta, debe estudiar cuidadosamente la voluntad de precepto de Dios. Debe estudiar la ley de Dios para aprender los principios por los cuales debe vivir su vida diariamente.

El salmista escribe: “¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del SEÑOR está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche!”. El deleite del hombre piadoso está en la voluntad de precepto de Dios, y el que se enfoca de esta manera será “como árbol plantado junto a corrientes de agua que da su fruto a su tiempo” (v. 3). El impío, sin embargo, no es así, más bien es “como paja que se lleva el viento” (v. 4).

Si quieres saber qué trabajo tomar, debes conocer los principios bíblicos a perfección. Al hacerlo, descubrirás que la voluntad de Dios es que hagas un análisis sobrio de tus dones y talentos. Entonces debes considerar si un trabajo en particular va de acuerdo a tus dones; si no va de acuerdo a ellos, no deberías aceptarlo. En ese caso, la voluntad de Dios es que busques un trabajo diferente. La voluntad de Dios también es que hagas compatible tu vocación, es decir tu llamado, con las oportunidades de trabajo que tengas, y eso requiere mucho más trabajo que usar una tabla Ouija. Significa que debes aplicar la ley de Dios a las muchas cosas de la vida.

Cuando se trata de decidir con quién casarte, debes mirar a todo lo que dicen las Escrituras con respecto a la bendición de Dios sobre el matrimonio. Habiendo hecho eso, quizá descubras que hay varias prospectas o prospectos que cubren los requisitos bíblicos. Entonces, ¿con quién te casas? La respuesta a eso es sencilla: cásate con quien quieras casarte. Siempre y cuando la persona que escojas esté dentro de los parámetros de la voluntad de precepto de Dios, tienes completa libertad para actuar de acuerdo a lo que te plazca, y no tienes por qué perder el sueño preguntando si estás fuera o dentro de la voluntad escondida o de decreto de Dios. Primeramente, no puedes estar fuera de la voluntad de decreto de Dios. Segundo, la única manera en que sabrás la voluntad escondida de Dios para ti hoy es esperar hasta mañana, y mañana será clara porque podrás mirar hacia atrás y saber que cualquiera cosa que sucedió es la obra de la voluntad secreta de Dios. En otras palabras, solo conocemos la voluntad secreta de Dios después de que se ha efectuado. Usualmente queremos saber la voluntad de Dios sobre el futuro, mientras que el énfasis en las Escrituras es en la voluntad de Dios para nosotros en el presente, y eso se refiere a sus mandamientos.

“Las cosas secretas” le pertenecen a Dios, no a nosotros. “Las cosas secretas” no nos incumben porque no nos pertenecen; son de Dios. Sin embargo, Dios ha tomado algunos de sus planes secretos y les ha quitado el secreto, y esas cosas sí nos pertenecen a nosotros. Él ha quitado el velo. A esto lo llamamos revelación. Una revelación es mostrar algo que antes estaba oculto.

El conocimiento que es nuestro a través de la revelación propiamente le pertenece a Dios, pero Dios nos lo ha dado. A eso se refería Moisés en Deuteronomio 29:29. Las cosas secretas le pertenecen a Dios, pero aquello que ha revelado nos pertenece, y no solamente a nosotros, sino también a nuestros hijos. A Dios le ha placido revelarnos ciertas cosas, y tenemos la bendición inefable de compartir esas cosas con nuestros hijos y con otras personas. La prioridad de pasar ese conocimiento a nuestros hijos es uno de los grandes énfasis en Deuteronomio. La voluntad revelada de Dios es dada en y a través de su voluntad de precepto, y esta revelación es dada para que seamos obedientes.

Como dije, muchas personas me preguntan cómo saber la voluntad de Dios para sus vidas, pero rara vez alguien me pregunta cómo puede saber la ley de Dios. La gente no pregunta eso porque sabe cómo conocer la ley de Dios: la encuentra en la Biblia. Uno puede estudiar la ley de Dios para conocerla. La pregunta más difícil es cómo podemos llevar a cabo la ley de Dios. Algunos se preocupan por eso, pero no muchos. La mayoría que pregunta sobre la voluntad de Dios quiere saber algo sobre el futuro, pero eso está cerrado. Si quieres saber la voluntad de Dios en términos de lo que Dios autoriza, de lo que a Dios le agrada, y por lo que Dios te bendecirá, de nuevo, la respuesta se encuentra en su voluntad de precepto, la ley, la cual es clara.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College.

El evangelismo y la Soberanía de Dios

Reseña 48

Todo creyente debe atender al llamado de nuestro Señor Jesucristo registrado en las páginas del evangelio de Mateo capítulo 28 versículo 19: “Por tanto, id, y hacer discípulos a todas las naciones…”

El llamado esta hecho, debemos por tanto obedecer e ir a las naciones a evangelizar. ¿Qué nos impide atender a un elemento tan esencial en la vida del cristiano? Dentro de la amplia gama de respuestas que se pueden dar a esta pregunta, el autor del libro reseñado, J.I. Packer, se detiene a analizar la doctrina de la soberanía de Dios versus a la responsabilidad del hombre.

Producto de un desbalance al enfrentar esta antinomia, como nos expone Packer en el capítulo 2, en ciertos sectores religiosos se ha descuidado el evangelismo al mal interpretar que si Dios es soberano no es necesario el evangelismo activo por cuanto Dios sabe quiénes han de ser salvos.

Packer hace un análisis muy lúcido de los errores en los métodos que las iglesias han estado aplicando al evangelismo, en el capítulo 4 nos escribe:

“Habíamos formulado la evangelización de tal manera que la buena organización más la técnica distintiva equivalían a resultados inmensos. Habíamos creído que la poción mágica se hacía con una reunión especial, un coro, un solista y un predicador especial, de renombre quizás. Estábamos seguros de que la fórmula y la poción mágica darían vida a cualquier iglesia, pueblo o misión que estaba muerta. Muchos de nosotros todavía creemos esto… Pero en nuestros corazones estamos desilusionados, desanimados y aprensivos”

De esta forma se desarrolla el libro, como una obra de razonamiento bíblico y teológico que pretende esclarecer la relación entre tres realidades: La soberanía de Dios, la responsabilidad del hombre y el deber evangelístico del cristiano. Este último es el tema; la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre se tratan solo en conexión del evangelismo. Packer dice que su objetivo es, pues, abolir la sospecha de que la fe en la soberanía de Dios limita nuestro reconocimiento y nuestra respuesta a la responsabilidad evangelística, pretende mostrar que solo este tipo de fe puede fortalecer a los cristianos para ganar terreno en la obra evangelística.

Si Dios está en control de todo, ¿quiere decir que el cristiano puede confiar en Dios sin esforzarse en evangelizar? O ¿el evangelismo activo del hombre implica que Dios no es soberano en la salvación del hombre?

El Dr. Packer, profesor de Teología Sistemática e Histórica en Regent College, demuestra en este libro que las dos actitudes son falsas. Su estudio cuidadoso, incisivo y penetrante de la biblia nos enseña que el entendimiento correcto de la soberanía de Dios no es un impedimento para la evangelización sino un ánimo y apoyo poderoso para ello.

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El Evangelismo y la Soberanía de Dios 1

¿Qué es el Evangelio?

En cierto sentido, toda la Biblia es el evangelio. Al leerla desde Génesis hasta Apocalipsis, vemos la vasta extensión del maravilloso mensaje de Dios para la humanidad.

Pero muchos leen toda la Biblia y su comprensión del evangelio difiere ampliamente, no están claros, o simplemente están equivocados. Algunos hablan del evangelio en términos del favor de Dios derramando prosperidad financiera. Otros describen una utopía política en el nombre de Cristo. Y otros hacen hincapié en seguir a Cristo, proclamar Su reino o buscar la santidad. Algunos de estos temas son bíblicos, pero ninguno de ellos es el evangelio.

Afortunadamente, encontramos pasajes bíblicos que nos dicen, explícita y claramente, qué es el evangelio. Por ejemplo, el apóstol Pablo explica lo que es «de primera importancia» dentro del mensaje bíblico:

Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual también recibisteis, en el cual también estáis firmes, por el cual también sois salvos, si retenéis la palabra que os prediqué, a no ser que hayáis creído en vano. Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras (1 Cor 15:1-4).

Pablo les recuerda a los creyentes de Corinto el mensaje del evangelio y su relevancia integral para ellos. Ellos lo recibieron; ellos están cimentados en él; ellos están siendo salvados por él. Estos beneficios, sagrados y poderosos, fluyen en su vida diaria mientras se aferran a la Palabra del evangelio que Pablo les dio. Los corintios no merecen tal bendición, pero el evangelio anuncia la gracia de Dios en Cristo para los que no la merecen. El único fracaso catastrófico de los corintios sería la incredulidad. Con tantas cosas buenas que decir sobre el evangelio, no es de extrañar que Pablo lo califique como «de primera importancia» en sus prioridades.

¿Qué es, entonces, el evangelio? Primeramente, el evangelio es la buena noticia de Dios: que «Cristo murió por nuestros pecados». La Biblia dice que Dios creó a Adán sin pecado, apto para gobernar sobre una creación buena (Gen 1). Entonces, Adán se separó de Dios y arrastró a toda la humanidad con él a la culpa, la miseria y la ruina eterna (capítulo 3). Pero Dios, en Su gran amor por nosotros, unos rebeldes ahora totalmente indignos de Él, envió un mejor Adán, que vivió la vida perfecta que nunca hemos vivido y murió la muerte criminal que no queremos morir. «Cristo murió por nuestros pecados» en el sentido de que, en la cruz, Él expió los crímenes que hemos cometido contra Dios, nuestro Rey. Jesucristo, muriendo como nuestro sustituto, absorbió en Sí mismo toda la ira de Dios contra la verdadera culpa moral de Su pueblo. No dejó deuda sin pagar. Él mismo dijo: «Consumado es» (Jn 19:30). Y siempre diremos: «¡El Cordero que fue inmolado es digno!» (Ap 5:12).

Segundo, el evangelio dice: «Él fue sepultado». Esto hace énfasis en que los sufrimientos y la muerte de Jesús fueron completamente reales, extremos y definitivos. La Biblia dice: «Y fueron y aseguraron el sepulcro; y además de poner la guardia, sellaron la piedra» (Mt 27:66). Después de matarlo, Sus enemigos se aseguraron de que todos supieran que Jesús estaba más muerto que una piedra. No solo la muerte de nuestro Señor fue tan definitiva como la muerte puede ser, sino que también fue humillante: «Se dispuso con los impíos Su sepultura» (Is 53:9). En Su asombroso amor, Jesús se identificó por completo con pecadores enfermos como nosotros, sin omitir nada.

Tercero, el evangelio dice: «Él fue resucitado al tercer día». Hace años, escuché a S. Lewis Johnson decirlo de esta manera: “La resurrección es el ‘¡Amén!’ de Dios al ‘¡Consumado es!’ de Cristo. Jesús fue “resucitado para nuestra justificación” (Rom 4:25). Su obra en la cruz logró expiar nuestros pecados, de manera obvia. Además, por Su resurrección, Cristo «fue declarado Hijo de Dios con poder», es decir, nuestro Mesías triunfante que reinará para siempre (Rom. 1: 4). Solo el Cristo resucitado puede decirnos: «No temas, Yo soy el primero y el último, y el que vive, y estuve muerto; y he aquí, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades» (Ap 1:17-18). Aquel que vive conquistó la muerte y ahora está preparando un lugar para nosotros: un cielo nuevo y una tierra nueva, donde todo Su pueblo vivirá gozosamente con Él para siempre.

Este es el evangelio de la inmensa gracia de Dios hacia pecadores como nosotros. Cualquier otra cosa que se pudiese decir, solamente nos diría más sobre la poderosa obra de Jesucristo. Permanezcamos firmes en la Palabra que se nos predicó. Si creemos en este evangelio, no creeremos en vano.

El Dr. Ortlund es pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tenn., presidente de Renewal Ministries, y autor de varios libros, incluyendo When God Comes to Church.

La herencia del Señor 2

[3] En dar fuerza para dar a luz. Los paganos tenían una diosa que presidía sobre esta obra. No obstante, la providencia de Dios alcanza aun a los animales. “La voz del Señor hace parir a las ciervas” (Sal. 29:9 LBLA4). Y hay una promesa para los que le temen: “Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia” (1 Ti. 2:15). Debe ser entendido, como todas promesas lo son, con la excepción de su voluntad. Pero esto es lo que deducimos: Es una bendición que cae bajo el cuidado de su Providencia y, que por ser promesa, se cumplirá hasta cuando Dios lo quiera. Raquel murió en este trance, no toda mujer piadosa tiene este destino. También lo tuvo la esposa de Finees (1 S. 4:20). Dios puede haber ejercido esta prerrogativa contra usted, haciendo o permitiendo que pierda la vida. Si el parto no fuera tan común, sería considerado milagroso. Los sufrimientos y los dolores de la tribulación son un monumento al desagrado de Dios: “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus
preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Gn. 3:16). Para preservar una vasija débil que corre gran peligro, los dolores de las mujeres son peores que los de las hembras de otras especies. Y para el hijo, su sentencia de muerte es detenida mientras está naciendo.

[4] Las circunstancias del nacimiento. En todo nacimiento hay circunstancias nuevas que iluminan nuestros pensamientos necios para que pensemos en las obras de Dios, quien da variedad a sus obras, no sea que nos empalaguemos porque todo es siempre lo mismo.

LOS HIJOS SON UNA GRAN BENDICIÓN EN SÍ MISMOS Y CUÁNTOS MÁS SON, MAYOR ES LA BENDICIÓN. Por lo tanto, deben ser reconocidos y enaltecidos como bendiciones. Por cierto, Dios nos muestra un favor más especial en nuestras relaciones que en nuestras posesiones: “La casa y las riquezas son herencia de los padres; mas de Jehová la mujer prudente” (Pr. 19:14). Lo mismo se aplica a los hijos. Por ellos, el progenitor se perpetúa y se multiplica; son parte de él mismo y vive en ellos cuando él ha partido. Es una sombra de la eternidad; por lo tanto, las pertenencias externas de la vida no son tan valiosas como lo son los hijos. Además, estos llevan impresa en ellos la imagen de Dios. Cuando nosotros hayamos partido, por ellos, el mundo seguirá reabasteciéndose, la Iglesia seguirá multiplicándose, los seres humanos seguirán existiendo con el fin de conocer, amar y servir a Dios. Leemos que [la Sabiduría dice]: “Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres” (Pr. 8:31). En la parte habitable de la tierra hay grandes ballenas, pero los hombres eran la delicia de Cristo. Especialmente, para los comprometidos con Dios —padres y madres de familia en un pacto con Dios— los hijos son una bendición más grande. David era uno de ellos. Leemos: “Tus hijos y tus hijas que habías dado a luz para mí” (Ez. 16:20). Estos son, en el mejor sentido, una herencia del Señor. Fue dicho: “Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra” (Gn. 6:12). [Sem] engendró hijos e hijas para Dios: “También le nacieron hijos a Sem, padre de todos los hijos de Heber, y hermano mayor de Jafet” (Gn. 10:21).

Dios ha implantado en los padres amor por sus hijos: Él mismo tiene un Hijo, sabe cuánto lo ama y lo ama por su santidad. “Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (He. 1:9). Muchas veces es condescendiente con los padres buenos. Les brinda [el privilegio de tener] hijos piadosos. Para el pastor, aquellos que por él se convierten a Dios son su gloria, su gozo y su corona para regocijarse en el día del Señor (cf. 1 Ts. 2:19-20). Los que han venido al mundo por nuestro medio; si están en el pacto de gracia, son para nosotros una bendición más grande que verlos llegar a ser reyes del mundo…

Continuará …

Tomado de “Sermon upon Psalm CXXVII.3” en The Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista, nacido en Lawrence-Lydiat, condado de Somerset, Inglaterra.

¿Revela la naturaleza a Dios?

¿Revela la naturaleza a Dios? Esta pregunta indica una preocupación acerca de una cuestión fundamental para el cristianismo. La cuestión es: ¿puede Dios ser conocido fuera de la iglesia o de un ambiente religioso?

El secularista de hoy responde a esta pregunta diciendo que no. Con frecuencia se dice que el mundo natural es antitético a creer en Dios, presentándonos tantas anomalías que hacen insostenible la existencia de Dios.

Debido a estas afirmaciones, ya sea desde la esquina del ateísmo militante o de las preguntas del agnóstico turbado, muchos cristianos se han retirado a una esfera de “fe religiosa” como el único marco dentro del cual Dios puede ser conocido. Aquí la naturaleza se negocia para proteger la arena del espacio.

Los Salmos de la naturaleza en el Antiguo Testamento indican que la majestad del Creador brilla a través de la creación. Dios no solo se revela claramente en la creación, sino que la revelación se muestra. Es percibida por los hombres. El juicio de Dios no se retiene ya que los hombres se niegan a recibir la revelación (Ro. 1:18).

El problema es que no solo Dios se revela a sí mismo, sino que los hombres perciben esa revelación y se niegan a reconocerla. Pablo dice: “Pues aunque conocían a Dios, no Lo honraron como a Dios ni Le dieron gracias” (Rom. 1:21). Aquí se dice que el hombre conoce a Dios. Su pecado es que no glorifica ni agradece al Dios que sabe que existe. Pablo sostiene que Dios se manifiesta tan claramente en la creación que todos los hombres saben que Él existe. La revelación de Dios en la naturaleza hace que el ateísmo honesto sea una imposibilidad intelectual.

El conocimiento de Dios manifiesto en la naturaleza no es de ninguna manera exhaustivo. La revelación natural nunca nos proporcionará conocimiento redentor. Una cosa es saber que Dios existe. Es otra muy distinta tener un conocimiento personal e íntimo del Dios que existe.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk.

Una misión vital

A muchos se nos hace difícil el relatar nuestro caminar con el Señor sin la entrada del Dr. Sproul en algún punto de nuestro viaje. Para mí, fue como estudiante universitario hace unos veintiséis años, un domingo por la noche, en el estacionamiento de una iglesia en la costa este de Florida. Yo estaba haciendo preguntas acerca de la voluntad de Dios para mi vida y un amigo estaba usando las enseñanzas de R.C. para ayudarme a entender la soberanía de Dios y Su carácter lleno de gracia y fiel. ¿Dónde estabas cuando el ministerio de enseñanza bíblica de R.C. Sproul tocó tu vida? ¿Qué historia relatarías? Como lo atestiguan los muchos testimonios y tributos, Dios usó a R.C.

Dios continúa usando a R.C. a través del trabajo de Ligonier Ministries en las vidas de innumerables personas, familias e iglesias alrededor del mundo. Proclamando, enseñando, y defendiendo la santidad de Dios en toda su plenitud es una tarea que trasciende todas nuestras vidas. Al igual que la obra de la Reforma protestante continuó en los días posteriores a la muerte de Martín Lutero, así tu trabajo y mi trabajo para difundir el evangelio bíblico en nuestra generación continúa.

Nuestro ministerio

Nadie puede reemplazar a R.C., pero su visión no era encontrar a una persona para sucederlo. Fundó Ligonier Ministries para ser una confraternidad de enseñanza diseñada para inundar la cultura con cristianos preparados y elocuentes para la gloria de Dios solamente. A través del trabajo de muchos pastores, teólogos y maestros, Ligonier ha servido incansablemente durante más de cuarenta y siete años a discípulos cristianos siendo un puente entre la escuela dominical y el seminario a través de la radiodifusión, publicaciones, conferencias y otras actividades educativas especiales alrededor del mundo.

Hace varios años, como parte de una cuidadosa planificación de sucesión, anunciamos que el Dr. Sproul había identificado maestros específicos para ayudar a Ligonier Ministries a seguir comprometidos con su propósito fundacional en el futuro. Hoy, los Drs. Sinclair Ferguson, W. Robert Godfrey, Steven Lawson, Stephen Nichols, Burk Parsons y Derek Thomas forman un equipo de hermanos fieles que son predicadores y maestros dotados. En los próximos años, la Junta Directiva de Ligonier añadirá otros maestros.

La sabiduría y el discernimiento de nuestros compañeros de enseñanza fortalecen todo lo que hacemos. En oración, nos sometemos a la sabiduría de las Escrituras cuando se trata de encontrar maestros fieles para asegurar la fidelidad bíblica y teológica de Ligonier en los años venideros (2 Tim 2:2). La verdad puede resonar en un credo, pero la morada de la verdad debe estar en el alma de una persona para que se transmita de generación en generación. Nuestro mayor aliento es cuando nos encontramos con personas a quienes nuestro Señor ha alcanzado con Su verdad y escuchamos cómo esta verdad se pone en práctica en sus vidas.

Nuestra misión

Rechazamos el pragmatismo y buscamos tener un ministerio de principios. Hacemos hincapié en una perspectiva a largo plazo, y estamos dispuestos a luchar por la verdad debido a nuestro amor por el alma de nuestro prójimo. Trabajamos en asociación con iglesias y organizaciones hermanas de todo el mundo, enfatizando la necesidad de un ministerio expositivo bendecido por el Espíritu para despertar y renovar las mentes. Le pedimos al Señor que use los recursos de enseñanza y discipulado bíblicos de Ligonier para traer a los cristianos valentía y convicción, aun cuando puedan experimentar abandono y dejadez en muchas partes de la iglesia visible. Los desafíos a la fe cristiana seguirán viniendo desde afuera y desde dentro. Falsas religiones, cultos, expertos, celebridades y filósofos se están alineando para engañar y destruir. El mundo, la carne y el diablo forman un triunvirato poderosamente tentador de pecaminosidad que debe ser enfrentado en todas sus formas.

Muchos en el mundo de hoy creen que el juicio no viene, que el ahora es todo lo que hay, y que los riesgos pequeños valen hasta sus propias vidas. Pocos en el mundo de hoy saben que sus pecados están perdonados, que el ahora cuenta para siempre, y que los tesoros celestiales valen hasta sus propias vidas.

Somos redimidos por el Señor para gastar nuestras vidas por el bien de Dios y Sus propósitos en este mundo. Una vez que doblamos la rodilla ante el Señor Jesucristo, nos arrepentimos y huimos a Él como nuestra única justicia, somos impulsados de regreso al mundo, de regreso a proclamar Su santidad al mayor número posible de personas. Así fue como R.C. enseñó sobre el encuentro de Isaías con la santidad de Dios. Esta fue la historia de vida de R.C., y es la historia de cada hijo de Dios.

Esta es la razón por la que la misión de Ligonier perdura: al igual que el problema fundamental de la pecaminosidad de la humanidad perdura, la Palabra de Dios perdura, es siempre relevante, y está siempre penetrando hasta la raíz de nuestras necesidades más profundas. A través de la Palabra de Dios, el Espíritu Santo trae vida donde había muerte y luz donde había oscuridad. Nuestra oración es que Ligonier Ministries, a través de nuestros muchos ministerios de alcance, sea utilizado por el Espíritu Santo para equiparte a ti y a las generaciones futuras a fin de que conozcan al Dios de la Biblia y, por Su gracia, cambien el mundo para Su gloria solamente.

Nuestro método

A través de nuestros muchos y variados ministerios de alcance en radiodifusión, publicación y reuniones educativas, existe una poderosa idea que impulsa nuestro trabajo. Cuando pensamos en nuestro creciente esfuerzo de alcance mundial, pensamos en ello en estos términos: queremos ser el ministerio «primero en servir» en cualquier lugar donde cristianos necesiten mayor claridad y mejor comprensión del carácter de Dios. Cuando busquen respuestas frente a las pruebas o las alegrías, cuando anhelen una comprensión más completa de la gracia de Dios en Jesucristo, queremos ser quienes proporcionen los recursos que ellos encuentren y lean o miren o escuchen. No queremos que estas almas que andan en búsqueda de respuestas sean absorbidas por la falsa teología y por prácticas eclesiásticas destructivas. Cuando comiencen a buscar, queremos estar allí con enseñanza fidedigna y respuestas veraces.

Esto significa que necesitamos una gran expansión en nuestros esfuerzos de traducción y publicación en otros idiomas, un número creciente de donantes visionarios y generosos, y un ejército de socios eclesiales alrededor del mundo que puedan financiar nuestro trabajo y poner los recursos de discipulado de Ligonier en manos de sus congregaciones y comunidades.

Ya no pensamos en Ligonier como un ministerio solo en inglés. Nuevas personas están descubriendo la fe cristiana histórica a través de lo que leen, miran y escuchan de parte de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier. Y este esfuerzo de alcance ocurre en su propio idioma, todos los días, en todo el mundo. Nuestro equipo ministerial busca encontrarse con la gente en esos momentos cruciales cuando hacen las grandes preguntas. Este es el punto crítico de nuestra interacción efectiva con tanta gente. Lo que es más, muchas almas están escuchando respuestas bíblicas a las preguntas fundamentales de la vida por primera vez.

Nuestro movimiento

Imagínense el crecimiento que podría experimentar Ligonier Ministries al nosotros administrar bien esta visión. Esta es precisamente la visión que el Dr. Sproul nos trazó y que por la gracia de Dios está sucediendo más y más cada año. Esto se ha logrado en asociación con miles de socios fieles que no solo se benefician de nuestros recursos de enseñanza, sino que apoyan la increíble expansión del ministerio. El impacto de nuestro ministerio se ha duplicado en tamaño en los últimos años.

La gracia de Dios en la vida y el ministerio de R.C. no solo se mide por su visión bíblica y teológica, su precisión lógica y su valiente defensa del evangelio, sino también por la forma en que pensó sobre el futuro de Ligonier. En más de una ocasión, él me dijo que no quería que Ligonier simplemente continuara, sino que floreciera y se expandiera. Así hemos orado y trabajado para ello, en función de la bendición de Dios.

Que se me haya confiado la oportunidad de servir al Dr. Sproul y Ligonier Ministries es una bondad del Señor que nunca podré explicar. Tenemos una misión vital para hacer llegar enseñanza cristiana fidedigna al mayor número de personas posible. Y el ministerio está respaldado por una Junta comprometida, un equipo de empleados increíblemente talentoso y miles de socios que oran y dan. Soli Deo gloria: solo a Dios sea la gloria (Rom.11:36).

Chris es el presidente y jefe ejecutivo de Ligonier. Dirige todas las iniciativas de alcance y operaciones ministeriales con el fin de difundir la histórica fe cristiana a tantas personas como sea posible.

La herencia del Señor 1

Nuestro texto presenta a los hijos como una bendición y en él vemos dos cosas: (1) El autor del cual proceden los hijos: El Señor. (2) En qué recibimos esta bendición: (1) En calidad de “herencia” y (2) como “su recompensa”.

La palabra herencia es, a menudo, un hebraísmo que significa “la porción del hombre”, sea buena o mala. Es usada en un sentido malo en Job 20:29: “Ésta es la porción que Dios prepara al hombre impío, y la heredad que Dios le señala por su palabra”. En un sentido bueno tenemos a Isaías 54:17: “Ésta es la herencia de los siervos de Jehová”. Recompensa se usa en el sentido de un regalo que se recibe por una promesa o en relación con la obediencia porque una promesa incluye implícitamente un contrato: Si nosotros hacemos esto y aquello, Dios hará esto y aquello por nosotros.

DOCTRINA: Es una bendición que recibimos de Dios –y así debemos considerarlo– el que tengamos hijos nacidos de nuestras entrañas. No es sólo un regalo sin más, aunque así lo considera el impío, sino que es una bendición, una de las misericordias temporales del Pacto: “Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, que anda en sus caminos” (Sal. 128:1). Una de las bendiciones es el versículo 3: “Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa”. Ésta es parte de nuestra porción y herencia. Los santos así lo reconocieron: “¿Quiénes son éstos? Y él respondió: Son los niños que Dios ha dado a tu siervo” (Gn. 33:5). Jacob habla como un padre, como un padre piadoso. Eran dádivas recibidas por la gracia de Dios. Como padre, reconocía que eran regalos de Dios, lo cual implica que eran de pura gracia.

Podemos llegar a esta misma conclusión por la historia de Job. Compare 1:2-3 con 1:18-19. Observe que cuando cuenta sus bendiciones, primero menciona a sus numerosos hijos, antes que a sus grandes posesiones. La parte principal de la riqueza y prosperidad del hombre son sus hijos, las más preciadas bendiciones externas… Observe también, en los versículos 18 y 19, que la pérdida de sus hijos es presentada como la aflicción más grande…

MUCHA DE LA PROVIDENCIA DE DIOS SE MANIFIESTA EN Y ACERCA DE LOS HIJOS.

[1] En dar la capacidad de concebir. No es una misericordia extendida a todos. Sara la obtuvo por fe: “Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido” (He. 11:11). Aunque tener hijos es algo que sigue el curso de la naturaleza, Dios tiene un importante papel en ello. A muchos matrimonios piadosos les ha sido negado el beneficio de los hijos y necesitan otras promesas para compensar esa carencia: “Porque así dijo Jehová: A los eunucos que guarden mis días de reposo, y escojan lo que yo quiero, y abracen mi pacto, yo les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá” (Is. 56:4-5).

[2] En dar forma al hijo en el vientre. No lo dan los padres, sino Dios. Los padres no pueden decir si será varón o hembra, hermoso o deforme3. No conocen el número de venas y arterias, huesos y músculos. “Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Sal. 139:13-16).

Continuará …

Tomado de “Sermon upon Psalm CXXVII.3” en The Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista, nacido en Lawrence-Lydiat, condado de Somerset, Inglaterra.

La garantía y las advertencias del Evangelio

El evangelio de Jesucristo es el más grande de todos los tesoros dado a la iglesia y al cristiano. No es un mensaje entre muchos otros, sino el mensaje sobre todos. Es el poder de Dios para salvación a los pecadores y la revelación más grande de la multiforme sabiduría de Dios para los hombres y los ángeles. Es por esta razón que el apóstol Pablo dio al evangelio el primer lugar en su predicación, esforzándose por proclamarlo claramente e incluso imprecando a aquellos que pervirtieran su veracidad.

Cada generación de cristianos es administradora del mensaje del evangelio, y, a través del poder del Espíritu Santo, Dios la llama a guardar este tesoro que Ie ha sido confiado. Si queremos ser fieles administradores debemos concentrarnos en el estudio del evangelio, hacer todo lo posible por entender sus verdades, y comprometernos a guardar su contenido. Al hacerlo así, aseguramos la salvación tanto para nosotros como para aquellos que nos escuchan.

Esta administración, mueve a escribir estos libros a Paul Washer.

No debería sorprendernos que los malos entendidos sobre el mensaje del evangelio y la naturaleza de la conversión verdadera generen un gran problema con respecto a la seguridad genuina de la salvación. Un evangelio falso de “creencia facilista” ha llevado a muchos a tener una actitud despreocupada, mientras que un entendimiento pobre de la salvación ha empujado a conciencias débiles al borde de la desesperación espiritual. En La Garantía y las Advertencias del Evangelio, Paul Washer resalta la esperanza del evangelio y a la vez nos advierte sobre los peligros de hacer vana nuestra profesión de fe; usa la Escritura para explicarnos de manera clara y profunda cuál es la base para establecer y mantener la seguridad de nuestra salvación.

“Pocas cosas son más importantes que la pregunta sobre la seguridad de nuestra salvación. El peligro de una falsa seguridad es obvio, y la Escritura nos advierte que dentro de la iglesia hay un gran número de personas cuya seguridad de salvación no es genuina Lo triste de aquellos que se preocupan innecesariamente es que sus frutos y su obediencia se verán limitados por su temor y su incredulidad. Tal y como yo quiero que mis hijos tengan la seguridad de que son míos, Dios quiere que Sus hijos sepan que son Suyos. Washer ha provisto un fabuloso y pro-fundo recurso para los que deseen ahondar en la pregunta: ‘¿Soy realmente salvo?’ y deseen enseñar la respuesta a otros. Este libro está repleto de análisis bíblico y de consejo pastoral. Es un libro obligatorio en la biblioteca de cualquiera que en realidad se preocupe por las almas”. — J. D. Greear, presidente de la Convención Bautista del Sur

“Paul Washer nos ha dado una herramienta que será tremendamente útil a la hora de confirmar la seguridad de que de que somos salvos del pecado por la gracia de Dios, La Palabra de Dios es corno un espejo que nos invita a autoexaminarnos. La primera epístola del apóstol Juan nos ayuda particularmente en esta tarea. Usando el contenido de esta carta de manera magistral. VVasher explica doce marcas de la gracia salvadora en el alma. Al mismo tiempo, este libro no nos anima a descansar en nuestra experiencia pasada, sino que nos impulsa a crecer espiritualmente en la dependencia del Espíritu de Cristo. Esta es una dulce ayuda para los hijos de Dios que luchan por disfrutar la seguridad de la aceptación y el perdón de su Padre. Pero también es una sobria advertencia para los que se engañan a si mismos. Quiera Dios usar este libro para Su gloria. para el consuelo de Su pueblo y para la conversión de los pecadores”. — Joel R. Beeke editor general de la Biblia de Estudio Herencia Reformada

PAUL WASHER sirvió como misionero y pastor en Perú durante 10 años y fundó la sociedad misionera HeartCry. Es conocido por muchos gracias a sus predicaciones publicadas en Internet, particularmente por su “Mensaje impactante a los jóvenes” que ha sido visto más de dos millones de veces. Actualmente sirve en la sociedad misionera HeartCry enseñando y predicando el evangelio. Paul y su esposa Charo tienen tres hijos: lan; Evan y Rowan.

*Poiema Editorial 227 pp. -2017

Prefacio de la serie: recuperando el evangelio.

PARTE UNO: LA SEGURIDAD BÍBLICA

1. Una falsa seguridad

2. Un autoexarnen

3. Virviendo en la revelación de Dios

4. Confesando el pecado

5. Obedeciendo los mandamientos de Dios

6. Imitando a Cristo

7. Amando a los cristianos

8. Rediazando al mundo

9. Permaneciendo en la iglesia

10. Confesando a Cristo

11. Purificándose a sí mismo

12. Practicando la justicia

13. Venciendo al mundo

14. Creyendo en Jesús

PARTE DOS: ADVERTENCIAS DEL EVANGELIO, PARA LOS QUE HACEN UNA CONFESIÓN VACÍA

15. La reducción del evangelio

16. La puerta estrecha

17. El camino angosto

18. La evidencia externa de una realidad interna

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Soy feliz no necesito a Jesús

Eso es lo que escucho de mucha gente. Me dicen: “Simplemente no siento la necesidad de Cristo”. ¡Como si el cristianismo fuera algo empaquetado y vendido en una tienda comercial! Eso es muchas veces lo que comunicamos, “Aquí hay algo que te va a hacer sentir bien, y todo mundo necesita un poquito de esto en su clóset o refrigerador”, como si fuera una comodidad que va a agregar un poquito de alegría a nuestras vidas.

Si la única razón por la que un ser humano necesita a Jesús es para ser feliz, y la persona ya es feliz sin Jesús, entonces definitivamente no necesita a Jesús.

Sin embargo, el Nuevo Testamento indica que hay otra razón por la que tú o cualquier otra persona necesita a Jesús. Hay un Dios que es completamente santo, completamente justo, y que declara que juzgará el mundo, y hará responsable a cada ser humano por su vida.

Siendo un Dios perfectamente santo y justo, requiere de cada uno de nosotros una vida de perfecta obediencia y perfecta justicia.

Si existe un Dios así, y si has vivido una vida de perfecta justicia y obediencia —en otras palabras, si eres perfecto— entonces definitivamente no necesitas a Jesús. No necesitas un salvador porque los únicos que tienen un problema son las personas que no son justas.

El problema sencillamente es este: si Dios es justo y requiere perfección de mí, y yo no soy perfecto, entonces Él me tratará con justicia, y por lo tanto me espera en el futuro un castigo a manos de un Dios santo.

Si la única manera de escapar el castigo es a través de un salvador, y si quiero escaparme de dicho castigo, entonces necesito un salvador. Algunos dicen que estamos tratando de predicar a Jesús como un boleto que nos saque del infierno, como una manera de escapar el castigo eterno. Esa no es la única razón por la cual recomendaría a Jesús a una persona, pero es una de las razones.

Creo que mucha gente en la cultura de hoy en realidad no cree que Dios los hará responsable por sus vidas; que Dios en realidad no requiere piedad. Cuando creemos eso, no sentimos el peso de la amenaza del juicio. Si no tienes temor de lidiar con el castigo de Dios, entonces puedes vivir tan feliz como quieras. Yo estaría viviendo en terrible terror y temblor al pensar en caer en las manos de un Dios santo.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Fructificad y multiplicaos 3

Los paganos y otros sin Dios no comprenden la gloria del matrimonio. Se limitan a compilar las debilidades que existen tanto en la vida matrimonial como en el género femenino. Separan lo inmundo de lo limpio, de tal manera que retienen lo inmundo y no ven lo limpio. También, de esta manera, algunos eruditos de la ley emiten juicios impíos sobre este libro de Génesis diciendo que no contiene más que las actividades lascivas de los judíos. Si, además de esto, cunde un desprecio por el matrimonio y se practica un celibato impuro, ¿acaso no son estos hebreos culpables de los crímenes de los habitantes de Sodoma y merecedores del mismo castigo? Pero dejemos a un lado a estos hombres y escuchemos a Moisés.

No bastó que el Espíritu Santo afirmara: “Conoció Adán a… Eva”, sino que incluye también “su mujer” [significando su esposa]. Porque el Espíritu no aprueba el libertinaje disoluto ni la cohabitación promiscua. Quiere que cada uno viva tranquilo con su propia esposa. A pesar de que la relación íntima de un matrimonio no es de ninguna manera tan pura como lo hubiera sido en el estado de inocencia, en medio de esa debilidad causada por la lascivia y de el resto de todas nuestras desgracias, la bendición de Dios persiste. Esto fue escrito aquí, no por Adán y Eva (porque ellos hacía mucho que habían sido reducidos al polvo cuando Moisés escribió estas palabras), sino por nosotros para que aquellos que no se pueden contener, vivan satisfechos con su propia Eva y no toquen a otras mujeres.

La expresión “conoció a… su mujer…” es exclusiva del hebreo porque el latín y el griego no se expresan de esta manera. No obstante, es una expresión muy acertada, no sólo por su castidad y modestia, sino también por su significado específico, porque en hebreo tiene un significado más amplio que el que tiene el verbo “conocer” en nuestro idioma. Denota, no sólo un conocimiento abstracto sino, por así decir, sentimiento y experiencia. Por ejemplo, cuando Job dice de los impíos que conocerán [o sabrán] lo que significa actuar en contra de Dios, está queriendo decir: “Sabrán por experiencia y lo sentirán”. También el Salmo 51:3 dice: “Porque yo reconozco mis rebeliones”, significando: “Lo siento y por experiencia”. Igualmente, cuando Génesis 22:12 dice: “Ya conozco que temes a Dios”, se trata de “Ya he comprendido el hecho por experiencia”. Así también, Lucas 1:34: “Pues no conozco varón”. De hecho, María conocía a muchos hombres, pero no había tenido la experiencia ni sentido a ningún hombre físicamente. En el pasaje que tratamos, Adán conoció a Eva, su mujer, no objetiva ni especulativamente, sino que realmente había sentido por experiencia a su Eva como una mujer.

El agregado “la cual concibió y dio a luz a Caín” es indicación segura de una mejor condición física que la que hay en la actualidad porque en aquella época no había tantos habitantes ineficaces como los hay en este mundo en decadencia; pero cuando Eva fue conocida, sólo una vez por Adán, quedó embarazada inmediatamente.

Aquí surge la pregunta de por qué Moisés dice “dio a luz a Caín” y no “dio a luz un hijo y lo llamó Set”. Caín y Abel eran también hijos. Entonces, ¿por qué no son llamados hijos? La respuesta es que esto sucedió a causa de sus descendientes. Abel, que fue muerto por su hermano, murió físicamente; en cambio, Caín murió espiritualmente por su pecado y no propagó la simiente de la Iglesia ni del reino de Cristo. Toda su posteridad pereció en el Diluvio. Por lo tanto, ni el bendecido Abel ni el condenado Caín llevan el nombre de hijo, sino que fue de los descendientes de Set de quienes nació Cristo, la Simiente prometida.

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Martín Lutero (1483-1546): Monje alemán, ex-sacerdote católico, teólogo y líder influyente de la Reforma Protestante del siglo XVI; nacido en Eisleben, Sajonia.

Tu testimonio no es el evangelio

“Por segunda vez los Judíos llamaron al hombre que había sido ciego y le dijeron: ‘Da gloria a Dios; nosotros sabemos que este hombre es un pecador’. Entonces él les contestó: ‘Si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo’”, Juan 9:24-25.

Este dicho: “Da gloria a Dios”, parece positivo hasta que leemos el resto de la oración, en donde los fariseos revelaron que habían concluido que Jesús era un pecador, y por lo tanto no podía haber hecho el milagro. Estaban diciendo que el hombre debía dar gloria a Dios, no a Jesús. El hombre fue directo al punto con ellos, diciendo: “No sé si sea pecador. Ni siquiera lo conozco. Todo lo que sé es esto: yo era ciego y ahora veo”.

Con estas sencillas palabras, el hombre dio testimonio de Cristo. Testificó de la obra redentora de Cristo. Sin embargo, no predicó el evangelio. ¿Qué intento decir? En la comunidad cristiana evangélica a veces usamos lenguaje que no es siempre correcto o bíblico. Has escuchado esa jerga. Va algo así: “Planeo ser evangelista para poder dar testimonio de Cristo”. Algunas veces decimos: “Tuve la oportunidad de testificar el otro día”, lo que quiere decir: “Compartí el evangelio con alguien”. Tendemos a usar los términos evangelismo y testificar de manera intercambiable, pero no son sinónimos. Cuando apunto a la persona y obra de Cristo, estoy dando testimonio de Cristo. Pero eso no es lo mismo que predicar el evangelio.

Hace más de 30 años aprendí una técnica de evangelismo enseñada por Evangelismo explosivo, y entrené a más de 250 personas en ese programa, y los guíe en actividades evangelísticas en Ohio. Uno de los aspectos más finos de ese programa es que toda persona que lo toma debe escribir y memorizar su testimonio. Tu testimonio es la historia de cómo te convertiste en cristiano. Creo que es muy importante que los cristianos sean capaces de articular a otras personas cómo y por qué se convirtieron en creyentes. Todos deberíamos tener un testimonio preparado, y deberíamos estar dispuestos a compartirlo en cualquier momento.

Pero no debemos confundir nuestro testimonio personal con el evangelio. Compartir nuestro testimonio personal no es evangelismo. Es simplemente pre-evangelismo, una preparación para el evangelismo. Nuestro testimonio pudiera ser o no ser significativo o útil para aquellos con quienes hablamos. Hay muchas personas que pueden identificarse con mi historia; dicen: “Sí, sé de lo que habla porque yo también vivía así”. Pero no todos pueden identificarse con mi historia. De todas maneras, el evangelio no es lo que me pasó a mí. Dios no promete que usará mi historia como su poder para salvación. El evangelio no se trata de mí. El evangelio se trata de Jesús. Es la proclamación de la persona y obra de Cristo, y cómo una persona puede apropiarse de los beneficios de la obra de Cristo por la fe sola.

Vemos esto en este pasaje en el Evangelio de Juan. El hombre sanado podría decir: “Yo era ciego y ahora veo”, y eso es un testimonio maravilloso. Pero no es el evangelio. El hombre no podía decirle a los fariseos sobre la obra salvadora de Jesús y cómo podían ser rescatados de sus pecados por fe en Él. Así que debemos aprender no solamente nuestros testimonios, sino también los elementos concretos y contenido del evangelio bíblico. El evangelismo sucede cuando la buena nueva es proclamada y anunciada a las personas. Eso es el evangelio.

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El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

El trauma de la santidad

No hace mucho, una mujer de Oakland, California, se me acercó y me dijo que estaba enojada. Estaba muy angustiada, y lo que me dijo fue que ella estaba muy enojada con su pastor. Le dije: «Bueno ¿y por qué estás así con él?» Ella dijo: «Tengo la sensación de que por alguna razón, mi pastor, cada domingo en la mañana, hace todo lo posible por ocultar la verdadera identidad de Dios a la iglesia». Me dijo: «Vengo a la iglesia con el anhelo de tener la oportunidad de adorar, que mi alma experimente reverencia hacia Dios y adoración” dijo ella “pero el Dios del que oigo hablar está completamente paralizado. Ha sido reprimido. Lo han vuelto inofensivo y “estoy segura de que la razón por la que el pastor hace eso es porque no quiere atemorizarnos explicando el verdadero carácter de Dios».

Ahora señoras y señores, no sé qué tan cierta fue la queja de esta mujer, pero yo sé que todos tenemos una tendencia a suavizar el retrato bíblico de Dios, y hay una razón para ello. La razón es simple: la santidad de Dios es traumática para las personas no santas, y eso se hace evidente si vemos el resto del texto de Isaías.

Ya hemos visto el relato que Isaías hace de su visión de la santidad de Dios, y lo que me gustaría ver ahora es qué sucedió con Isaías en respuesta a lo que vio. Antes de hacer esto, quisiera comentar que en los primeros capítulos de la “Institución de la Religión Cristiana”, escrita por Juan Calvino. Él hace una declaración parecida a esto: «Allí está el temor y temblor con que los santos de la antigüedad temblaron delante de Dios, (coma) como toda la Biblia lo relata». Lo que Calvino decía es esto: que en la Escritura existe un patrón en las respuestas humanas a la presencia de Dios, y pareciera que mientras más justa es descrita la persona, más temblará cuando entra en la inmediata presencia de Dios.

No hay nada despreocupado ni casual en la respuesta de Habacuc cuando encuentra al Dios santo. ¿Recuerdas la queja de Habacuc, donde vio toda la degradación y las injusticias que se estaban extendiendo a lo largo y ancho de toda su patria? Él estaba tan ofendido por esas cosas, que subió a su puesto de guardia y se quejó contra Dios, diciéndole: «Muy limpios son tus ojos para mirar el mal ni … ver el agravio ¿Por qué ves a los menospreciadores, y callas…?» Y Dijo: «… velaré para ver lo que se me dirá, y qué ha de responder… tocante a mi queja». ¿Puedes recordar lo que pasó? Que cuando Dios se le apareció a Habacuc, él dijo: «… temblaron mis labios; pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí». ¿Qué pasó con Job cuando esperaba la voz de Dios? Y cuando Dios se mostró a sí mismo a Job, él dijo: «… me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza… Una vez hablé, más no responderé… Mi mano pongo sobre mi boca».

Como dijo Calvino, el reporte uniforme de la Sagrada Escritura afirma que todo ser humano que ha sido expuesto a la santidad de Dios, tiembla en su presencia. Eso no fue menos cierto para Isaías. Ahora pensemos en Isaías. No he hecho ninguna investigación moral del siglo octavo en Israel, pero no puedo imaginar que hubiese un humano caminando por la nación judía de aquel entonces que, en términos humanos, fuera más justo que Isaías. Isaías era de los seres humanos más justos que se podían encontrar en aquellos días. Y es él quien tiene ese atisbo de la santidad de Dios, y lo primero que hace al ver la santidad de Dios es gritar de terror, y la versión Reina Valera de 1960 registra sus palabras de esta manera: «¡Ay de mí! que soy muerto». Sé que las traducciones más recientes han tratado de actualizar el lenguaje de Isaías allí porque ya nadie habla más así. Nadie dice: «¡Ay de mí!». Es una expresión un tanto anticuada. Los expertos lo llaman arcaísmo. Es como si alguien dijera hoy «Pardiez» o “Recórcholis (2)» Nadie habla así a menos que seas contemporáneo de Don Quijote.

A veces, se puede escuchar a los judíos decir, » Oy veyzmir», que es la forma judía de la misma expresión, «¡Ay de mí!» No es usual escuchar hablar de este modo en nuestra cultura. Por eso los traductores, tratan de comunicar la Palabra de Dios con expresiones modernas, quitando algunas de estas expresiones arcaicas. Pero al hacerlo, por desgracia, caemos en el peligro de perder otra de esas joyas semiocultas de la literatura bíblica. Hay una razón por la que Isaías utiliza la palabra «ay».

En el Antiguo Testamento, un profeta era un ser humano que fue ungido por Dios para ser portavoz de Dios. La definición más simple que distinguía al profeta del sacerdote en Israel era esta: que era la tarea del sacerdote hablar con Dios en nombre del pueblo. Era la tarea del profeta hablar con el pueblo en nombre de Dios. Cuando el profeta declaraba su mensaje, no presentaba su declaración diciendo: «En mi humilde opinión,» o, «Considero que» o «Creo que quizás este puede ser el caso». Esa no es la forma en que se dirigían al pueblo. Ustedes saben lo que hacían. Cuando entregaban su mensaje, ¿qué es lo que decían al iniciar sus palabras? «Así dice el Señor» porque entendían que eran recipientes de un anuncio divino. Entonces, la forma literaria que era común a los profetas de Israel fue la forma conocida como oráculo.

De seguro que has escuchado del oráculo griego de Delfos, quien entregaba anuncios acerca del futuro. Pues entre los judíos, el recurso literario oracular, el oráculo, era de dos tipos. Existían oráculos de bienestar y oráculos de calamidad. Ahora, esto significa simplemente esto: que había anuncios que procedían de Dios que eran buenas noticias, y había anuncios que venían de Dios que eran malas noticias. Un oráculo de bienestar, o un oráculo de prosperidad, usaba una palabra que, entre los judíos, era importante para este oráculo al presentar buenas noticias, y era la palabra «bienaventurado». Es obvio que Jesús usa la forma del oráculo, consciente de su rol como profeta, cuando predica el sermón del monte. El pueblo de su tiempo habría reconocido la importancia de su presentación al dar esa lista de dichos en las que dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu. Bienaventurados los que lloran. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia y los de limpios de corazón»… «Bienaventurados los mansos”. Él estaba pronunciando el oráculo de bienestar de Dios sobre el pueblo, la bendición divina, la bendición para los que hicieran determinadas cosas. Pero la otra cara del oráculo de bienestar era el oráculo de aflicción, que era un anuncio sombrío y aterrador del juicio de Dios. Escucha al profeta Amós cuando anuncia el juicio de Dios sobre las naciones y sobre las ciudades. «Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no revocaré su castigo». Jesús, cuando realizó la dura denuncia contra los fariseos, inició sus palabras de juicio usando el oráculo profético del Antiguo Testamento al decir: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros».

Mencioné en nuestra primera sesión lo raro que es, en toda la Biblia, que algo se levante al nivel repetitivo del superlativo, y señalé que el único atributo de Dios que siempre es repetido al tercer grado es el atributo de la santidad: santo, santo, santo. Pero no es lo único que se repite hasta el tercer grado. El profeta Jeremías, cuando fue y pronunció el juicio de Dios delante del templo de los judíos, les dijo con sobriedad: «No fieis en palabras de mentira, diciendo: templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este”. Jeremías estaba, en efecto, diciendo «Tu hipocresía es a la enésima potencia. Confían en palabras mentirosas, palabras sin valor». Y en la hora más oscura de este planeta se nos predice en el Apocalipsis del Nuevo Testamento, y allí se nos dice que en la última hora, la copa de la ira divina se derramará sobre este planeta, y oímos de esa figura celestial volando por el cielo oscurecido, anunciando el juicio final de Dios con la repetición de una sola palabra. ¿Qué es lo que dice? «¡Ay, ay, ay!» No querrás estar cerca cuando esa ave empiece a cantar.

Pero, volviendo al sexto capítulo de Isaías, ¿ves a aquel que es llamado por Dios y separado, cuyas palabras las mismas palabras de Dios mismo en su boca el primer oráculo que pronuncia es un oráculo de condenación sobre sí mismo. «¡Ay de mí!» Tan pronto como se le descubre a Isaías la santidad de Dios, por primera vez en su vida, él entiende quién es Dios; y al segundo de que Isaías entendió quién era Dios, por primera vez en su vida, él entendió quién era Isaías. Y lo que salió de su boca fue algo muy parecido a un grito profundo, en que se maldice a sí mismo. «¡Ay de mí, que soy deshecho!». Las traducciones más modernas utilizan » soy muerto», pero me gusta la vieja versión inglesa King James que dice «deshecho». Porque si nos fijamos en lo que está pasando aquí a través de los lentes del psicoanálisis moderno, describiríamos la experiencia que narra Isaías, como una experiencia de desintegración psicológica, es decir una desintegración.

Utilizamos palabras para describir cuando una persona está sana al decir que está completa. Todo está en su lugar. Y cuando vemos a alguien que lo está perdiendo, ¿Qué decimos? Que se está cayendo a pedazos. ¿No es interesante que un sinónimo que usamos para «virtud» sea la palabra «integridad»? que significa que tenemos todo lo relacionado con nuestra vida bien unido de forma coherente y consistente.

Ahora, señoras y señores, aquí tenemos al hombre que posee la mayor integridad del pueblo judío, quien logra darle un vistazo a la santidad de Dios, e inmediatamente sufre su propia desintegración. Se hace pedazos. Eso es lo que pasa con las personas que le dan una mirada al carácter de Dios, porque ¿Te das cuenta de que pasamos toda nuestra vida escondiéndonos del carácter de Dios? Porque nuestra inclinación natural, amados, es ocultarnos de Dios porque sabemos, instintivamente, que tan pronto como el santo aparece, queda expuesto y se revela todo aquello y todo aquel que no es santo en virtud de ese estándar.

Tenemos un justificativo por cada pecado que cometemos. Somos maestros del autoengaño. Calvino declaró esto: «Mientras nuestra mirada esté fija en el suelo, estamos a salvo”. Nos halagamos. Nos consideramos como semidioses, un poco inferiores a las deidades eternas. Hacemos lo que Pablo nos advirtió que no hiciéramos: «… pero ellos mismos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos».

Déjenme decirles algo de la naturaleza humana. Podríamos salir a las calles de cualquier ciudad y preguntar a todo el mundo, y no creerían cuánta gente contestaría de la misma manera. Si yo preguntara, «¿Es usted perfecto?» Podría apostar que el noventa y nueve por ciento de las personas interrogadas, sin importar cuál sea su trasfondo, dirían: «No, yo no soy perfecto». La afirmación por la que todos los humanos votarían es que nadie es perfecto. “Errare humanum est”: errar es humano. Nadie es perfecto, y eso pareciera no molestarnos en absoluto. No hay persona alguna en el planeta que pueda negar que no es perfecto. (Esta es una doble negación. Lo diré de otra manera): No hay persona alguna en el planeta que pueda afirmar ser perfecta; y amados, no hay una sola persona que entienda la gravedad del no ser perfectos, porque el estándar por el cual seremos finalmente juzgados no es a través del promedio, sino del estándar de la perfección de Dios.

Podría escuchar esto: «Claro, todos tenemos derecho a un error.» ¿Quién lo dice? ¿Es que acaso Dios dijo: «Puedes cometer un error un pecado gratis, un acto gratuito de traición contra mi autoridad, un insulto gratuito a mi integridad”? Nunca lo dijo, ¿O sí? Pero incluso si lo hubiera dicho, ¿Hace cuánto tiempo que ya usaste el tuyo? ¡Todos tienen derecho a cometer un error! Espero tengamos derecho a más de uno. Por lo menos uno por segundo sería mejor. Pero ya ven, estamos cómodos con nuestra imperfección. Nos juzgamos midiéndonos unos a otros. No importa cuán avergonzado esté de las debilidades en mi vida y, hay veces que cuando me miro a mí mismo llego a sentir asco.

¿Se han sentido así? ¿Alguna vez han sentido repulsión de ustedes? “¡No puedo creerlo! No puedo creer que sea tan egoísta”, o ”No puedo creer que sea tan codicioso” o lujurioso, o lo que sea. Pero somos rápidos para excusarnos porque miramos alrededor y siempre podremos encontrar a alguien que es más depravado que nosotros al menos en la superficie. Podemos ser como el publicano o mejor como el fariseo, del cual Jesús dijo que fue al templo a orar. Él dijo: «Dios te doy gracias porque no soy… ni aun como este publicano». Y así encontramos la manera de excusarnos y halagarnos hasta que vemos el estándar, y cuando eso sucede, quedamos deshechos como Isaías fue desbaratado. Cuando vio la santidad pura, pudo comprender lo que era y lo que él no era. No pudo soportarlo y cayó sobre su rostro, y gritó de dolor mientras decía: «¡Ay de mí, que soy deshecho! Porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey…». Me pregunto por qué dijo lo que dijo. Cuando él clamaba en medio de su terror, dijo, «Estoy deshecho porque tengo una boca inmunda». Me pregunto por qué ¿Por qué su boca? Si leemos las enseñanzas de Jesús, podrán notar que una de las cosas que se observa una y otra vez en su enseñanza es una lección que ya casi nadie llega a creer en nuestro siglo nunca más.

Jesús, sí Jesús de Nazaret, enseñó algo, Él enseñó varias veces que algún día todos los seres humanos serían llamados ante el tribunal de Dios. Que cada uno de nosotros tendrá que dar cuentas ante el Creador santo del cielo y de la tierra, y Jesús dijo que en ese día toda palabra ociosa que hayamos dicho será puesta en juicio, todo aquello que hemos hecho, todo aquello que hemos dicho, cada promesa que hicimos y que no cumplimos, cada declaración blasfema que haya salido de nuestros labios, toda calumnia que hayamos levantado contra nuestro prójimo, todo será traído y puesto sobre la mesa. Jesús dijo: «No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale, esto contamina…». Dios nos ha dado la boca como instrumento para alabarle, para expresar su verdad; en lugar de eso mentimos, hacemos daño a otros, blasfemamos contra Dios. Tenemos labios inmundos. Cuando Isaías vio la santidad de Dios, su mano se dirigió automáticamente a su boca, mientras clamaba y se maldecía a sí mismo.

Ahora, señoras y señores, ¿Qué hizo Dios? ¿Miró Dios desde su trono y vio a su siervo retorciéndose en el polvo en todo su remordimiento y arrepentimiento como un monje medieval en un monasterio, autoflagelándose? ¿Acaso le dijo: «Ya, ya, ya… vamos Isaías. Ya te estás tomando demasiado en serio. No te tortures tanto, preocupándote de forma enfermiza con tu propia culpa. Le vas a dar material de estudio para toda una vida a gente como Sigmund Freud, si sigues así. No seas tan neurótico. Estás con sentimientos de culpa. Seguro que has estado leyendo a Jonathan Edwards o de algún otro puritano con sus excesos acerca de la pureza”?

Eso no fue lo que hizo. Ni tampoco Dios vio a su siervo retorciéndose en el suelo, y le dijo: «Sufre, gusano miserable. Mereces ser destrozado y arruinarte. Continúa así. Que la maldición caiga sobre ti. Estoy harto de personas como tú, Isaías. Nos vemos luego». Eso no fue lo que hizo.

Les diré algo más que Él no hizo, señoras y señores. Dios no dijo a Isaías una sola palabra acerca de la gracia barata. Dios no dijo: «Mira Isaías, todo lo que quiero que hagas es poner tu nombre en una tarjeta de visita o levantar tu mano. Así podrás entrar en mi reino». No, Dios vio su siervo en dolor, e hizo una señal a uno de los serafines, y el serafín se acercó al altar, donde los carbones encendidos al rojo vivo ardían en el lugar santo. Y las brasas estaban tan calientes que incluso la piel del ángel no podía tocarlas. Tuvo que usar unas tenazas, y con ellas tomó uno de esos carbones al rojo vivo, y voló hacia Isaías; y leemos en el texto que colocó este carbón caliente en sus labios. ¿Saben cuán sensibles son los labios humanos? Es con nuestros labios que expresamos una de las formas más íntimas de comunicación táctil el beso. Las terminales nerviosas de los labios son hipersensibles y este hombre tuvo que saber lo que es tener un carbón caliente en sus labios. Lo que pasó fue que tan pronto el carbón tocó sus labios, apareció una enorme ampolla sobre ellos. Se podía oír su carne chisporroteando. ¿Por qué? ¿Porque Dios estaba siendo cruel y bárbaro en su castigo para con Isaías? No. El carbón se aplicó para cauterizar sus labios, para purificarlo, para sanarlos, a fin de prepararlos para el mensaje que iba a dar. Escucha lo que dice. «Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con las tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado».

Soy protestante por convicción, pero una de las cosas que echo de menos de la tradición romana es el confesionario. Sé que el confesionario está en el centro de la controversia protestante, pero es sólo uno de los elementos, y tenemos la tendencia a botar al bebé junto con el agua de baño. Qué ganas de poder ir a algún lugar, a alguien al que puedo ver, oír y experimentar su con una presencia real y decir: «Padre, he pecado. Esto es lo que he hecho», y enumerar mis rebeliones, sacarlas de mi pecho, y luego ser capaz de ponerme de rodillas y escuchar a alguien decir en el nombre de Jesucristo, «Te absuelvo» te libero. Tus pecados te son perdonados. Cómo me gustaría oír a Cristo entrar en este salón ahora mismo y caminar hasta ti, de forma privada, y que te diga: «Conozco cada uno de tus pecados, pero ahora mismo quiero decirte que todo pecado que alguna vez has cometido es perdonado. Tu maldad ha sido borrada: toda. Nunca más tendrás que preocuparte por los pecados que cometiste contra Dios. Yo te perdono y te limpio en este momento y para siempre». ¿Cuánto darías por escuchar a Jesús decir eso hoy? Eso es lo que Dios le dijo a Isaías. «Se ha ido, Isaías toda tu culpa. No tienes que hablar más de la maldición. La he quitado. Tus pecados son perdonados. Han sido expiados».

Y ahora, mientras Isaías trata de lidiar con eso, Dios habla una vez más, y le dice: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» Y ¿Qué es lo primero que dice Isaías después de maldecirse? «Heme aquí, envíame a mí». Noten que él no dijo: «Aquí estoy». Eso sería decirle a Dios su ubicación geográfica. No, él dijo: «Dios, aquí estoy». Difícilmente podía decirlo a través de esos labios. Señoras y señores, el precio del arrepentimiento es muy, muy doloroso. El verdadero arrepentimiento es sincero delante de Dios, y el entrar en la presencia del Dios santo es algo doloroso, pero cuando venimos con humildad, como Isaías; cuando vamos rostro a tierra, Dios está listo para perdonar, limpiar, y enviar. La única justificación para la misión de cualquier misionero, para la predicación de cualquier predicador, es que esa persona ha experimentado el perdón de Dios.

Padre, también tenemos bocas inmundas, y no podríamos sobrevivir en tu presencia de no ser por la expiación que has hecho por nosotros en Cristo. Oramos para que podamos conocer tu perdón ahora y siempre, y que podamos decirte «Heme aquí, envíame a mí». Amén.

Fructificad y multiplicaos 2

No sólo no hay ninguna deshonra en lo que está diciendo Moisés aquí sobre la creación de Dios y su bendición, sino que es también necesario que impartiera él esta enseñanza y la pusiera por escrito debido a herejías futuras como las de los nicolaítas y tacianos, etc., pero específicamente por el papado. Vemos que a los papistas no les impresiona
para nada lo escrito anteriormente (Gn. 1:27): Dios “varón y hembra los creó”. Por la forma cómo viven y la manera como se vinculan y encadenan con votos, pareciera que no se consideran ni varones ni mujeres. No les impresiona para nada que está escrito que el Señor formó a Eva para Adán y que éste dijo: “Esto es ahora hueso de mis huesos” (cf. Gn. 2:22-23). La promesa y la bendición no les causa ninguna impresión:

“Fructificad y multiplicaos” (Gn. 1:28). Los Diez Mandamientos tampoco les causa ninguna impresión: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éx. 20:12). ¡Tampoco les hace mella el hecho de haber nacido como resultado de la unión de un hombre con una mujer! Haciendo caso omiso a todas estas consideraciones, obligan a sus sacerdotes, monjes y monjas a un celibato perpetuo, como si la vida de los casados, de las cuales habla Moisés aquí, fuera detestable y reprochable.

Pero el Espíritu Santo tiene una boca más pura y ojos más puros que el papa. Por esta razón, no tiene ningún recelo en referirse a la unión de esposo y esposa, que aquellos eruditos católicos condenan como execrable e inmunda.Tampoco el Espíritu Santo condena esa unión en ningún pasaje. Las Escrituras están llenas de referencias como ésta, por lo que algunos han prohibido que los monjes y monjas jóvenes lean los libros sagrados. ¿Qué necesidad hay de decir más? Tal fue la furia del diablo contra la santidad del matrimonio y creación de Dios, que por medio de los papistas obligó que los hombres renunciaran a la vida matrimonial… Por lo tanto, hay que guardarse contra esas doctrinas de demonios (1 Ti. 4:1) y aprender a honrar al matrimonio y hablar con respeto acerca de esta manera de vivir porque vemos que Dios lo instituyó y es alabado en los Diez Mandamientos, donde dice: “Honra a tu madre y a tu padre” (Éx. 20:12). Y a esto se agrega la bendición: “Fructificad y multiplicaos” (Gn. 1:28). Aquí, al que oímos hablar es al Espíritu Santo y su boca es casta. No debemos ridiculizar ni burlarnos de los vicios e ignominias que se adjuntaron a lo que Dios había creado, sino cubrirlos, tal como vemos a Dios cubrir la desnudez de Adán y Eva con túnicas de pieles después de que pecaron. El matrimonio debe ser tratado con honra; de él provenimos todos porque es un semillero, no sólo para el Estado, sino también para la Iglesia y el reino de Cristo hasta el fin del mundo.

Continuará …


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Martín Lutero (1483-1546): Monje alemán, ex-sacerdote católico, teólogo y líder influyente de la Reforma Protestante del siglo XVI; nacido en Eisleben, Sajonia.

Jonathan Edwards. La pasión por la Gloria de Dios

El libro trata sobre una de las grandes figuras de la historia evangélica, el predicador del avivamiento de Nueva Inglaterra, Jonathan Edwards, que conmovió América el siglo XVIII.

El autor/pastor manchego se acerca a la figura de este gran pensador, trazando su biografía, que es francamente apasionante. Describe su formación, ministerio y matrimonio, hasta el avivamiento de los años treinta. Considera este gran despertar del movimiento misionero, hasta su despedida de Northampton, su obra literaria en Stockbridge y sus últimos días en Princeton. Todo este relato está ampliamente ilustrado con grabados de la época. El motivo del autor es comunicar la importancia de la pasión por la gloria de Dios, que vemos en Edwards. Este fue el aspecto que resaltó el escritor, teólogo y periodista José de Segovia, en su presentación de la obra. Llamó la atención a la importancia de reflexionar qué es un avivamiento. ¿Cuál es la naturaleza de la verdadera espiritualidad? En este movimiento encuentra José de Segovia las señales de una piedad genuina, obra del Espíritu Santo. La orientación misionera de Edwards nos muestra el carácter evangelistico del verdadero calvinismo, frente a todo hiper-calvinismo. El avivamiento de Nueva Inglaterra es también el inicio de un movimiento de “conciertos de oración”, que parten de una teología optimista. Moreno nos cuenta la historia de Brainerd, en su esfuerzo por llevar el Evangelio a los indios, apoyado por Edwards. El libro concluye con una traducción del autor de un importante sermón de Edwards, hasta ahora inédito en castellano. Trata de la luz divina y sobrenatural, impartida directamente al alma por el Espíritu de Dios, según Mateo 16:17.

1. La vida de Jonathan Edwards.

2. Jonathan Edwards y el avivamiento.

3. Jonathan Edwards y las misiones.

90 pp. Rústica .- Andamio Editorial 2008

José Moreno Berrocal casado y con dos hijas, estudió Teología en el Colegio Bíblico de la Gracia (España) y en la School of Biblical and Theological Studies of the European Mission Fellowship (EMF) en Welwyn (Inglaterra). Es pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica de Alcázar de San Juan y Presidente del Consejo Evangélico de Castilla La Mancha (España) CECLAM. Es también traductor, conferenciante y escritor. Entre sus obras tenemos su reciente ensayo La Influencia de la Reforma en el trabajo y la protección social  y junto con Ángel Romera Valero, Juan Calderón Espadero: primer cervantista manchego y primer periodista protestante español. También 50 años de la muerte de C.S. Lewis: el legado de las Crónicas de NarniaWilliam Wilberforce: la lucha por la abolición de la esclavitud y Jonathan Edwards: pasión por la gloria de Dios.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/biografia-e-historia/517-jonathan-edwards-la-pasion-por-la-gloria-de-dios.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Lo que necesitas saber antes de unirte a una Iglesia

Antes de asistir a una iglesia, debemos cerciorarnos de que sea una iglesia legítima. Ahora, obviamente, si sobre la puerta de enfrente se leyera: “iglesia de Satanás”, sabríamos que no es un cuerpo legítimo de creyentes. ¿Pero qué de iglesias que no son legítimas por razones no tan obvias? Algunos cuerpos religiosos dicen ser cristianos, pero a mi juicio y el de muchos otros cristianos, no son iglesias cristianas, sino cuerpos apóstatas. Inclusive, asistir a sus servicios podría ser pecado. No podemos esperar que una iglesia sea perfecta. Pero, ¿obedece a los fundamentos esenciales de la fe? ¿Practica una fe sana en la deidad de Cristo, y en aspectos de Cristo que encontramos bosquejados en el Nuevo Testamento?

Ahora bien, puede ser que estemos adorando cada día con personas que profesan ser cristianas sin serlo. Esto no lo podemos evitar porque Dios no nos ha dado la habilidad de mirar al corazón de otra persona y discernir dónde está espiritualmente. Pero sí podemos inquirir sobre las creencias básicas de un cuerpo eclesiástico, y queremos unirnos en adoración solamente con un grupo de personas que intentan hacer lo que es propio a los ojos de Dios.

Es obvio que esas preguntas básicas deben aplicarse antes de asistir a una iglesia. Antes de unirse a una iglesia me parece que debes mirar aún con más atención. Harías preguntas como: “¿Es esta una iglesia en donde se predica el evangelio, donde hay fidelidad a las Escrituras? ¿Es esta una comunidad en la cual estoy preparado para comprometerme, además de mi tiempo, mi dinero, mi devoción, en dónde seré instruido en crecimiento espiritual, con mi familia?”.

Creo que esas son las preguntas que debes hacerte con mucho cuidado antes de comprometerte y unirte. En nuestro país muchas veces nos unimos a iglesias de la misma manera en que nos unimos a cualquier otra organización, olvidando que cuando nos unimos a una iglesia, tomamos un voto sagrado ante Dios a hacer ciertas cosas: estar presentes en la adoración, hacer uso diligente de los medios de gracia, y ser un miembro activo en esa iglesia. Antes de hacer un voto a hacer algo así, necesitas saber a qué te unes y luego, habiendo hecho dicho voto, prepararte para cumplirlo.

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El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Testigos de la persecución

Rústico, el prefecto de Roma, estaba tan decidido a obligar a los cristianos a obedecer los dioses romanos que les prometió una muerte extremadamente dolorosa si se rehusaban. Pero Justino Mártir, un maestro de la fe cristiana que residía  en Roma en ese tiempo, resistió su acoso con una presentación calmada y firme de la verdad cristiana. Finalmente, el prefecto confrontó a Justino con una pregunta fundamental: «¿Supones entonces que ascenderás al cielo a recibir alguna recompensa?». Justino le respondió: «No lo supongo, sino que lo sé y estoy totalmente persuadido de ello». 

Tan seguro estaba Justino de las verdades de la fe cristiana que podía decir con confianza: «Ninguna persona que piense correctamente se aleja de la piedad a la impiedad». Pero no siempre había estado tan seguro.

Aprendemos de su diálogo con Trifón, un inquisidor judío, que Justino nació de padres paganos en Flavia Neapolis, una ciudad de Samaria en Palestina. Estudió filosofía intensamente bajo varios maestros: un estoico, un peripatético, un pitagórico y un platonista. Aunque el platonismo le dio a Justino más satisfacción que los otros sistemas filosóficos, no le proveyó la certeza de la verdad que estaba buscando.

La conversión de Justino en el año 130 d. C. vino después de una vigorosa discusión con un cristiano experimentado. Tal conversación expuso la superficialidad de la comprensión de Justino de la verdad y lo llevó a considerar seriamente a Cristo. Consumido por un celo por conocer a los profetas y a los «amigos de Cristo», comenzó a estudiar las palabras de Jesús. Concluyó, como lo dice en sus palabras a Trifón, que la enseñanza de Cristo «era la única filosofía verdadera».

Después de su conversión, Justino estableció una «escuela» en Roma para enseñar la fe cristiana y debatir con los paganos. Procuró también hacer evangelismo entre los judíos. Sus enseñanzas le dieron una amplia notoriedad entre los intelectuales de la ciudad y le llevaron a un debate con un influyente filósofo cínico llamado Crescente. El derrotar a Crescente en este debate fue probablemente lo que condujo a su arresto y a su eventual decapitación en el año 165 d. C., inmediatamente tras el juicio de Rústico. 

La mayoría de los escritos de Justino no están disponibles para nosotros hoy. Nuestro conocimiento de su pensamiento, por lo tanto, viene de dos obras conservadas: Apología (I y II) y Diálogo con Trifón. Estas obras nos facilitan una deleitante entrada a la mente de Justino y nos muestran cómo presentó el evangelio a su cultura, dándole forma y definición a la fe de paganos y judíos.

Tres Temas Comunes 

Hay tres características que son comunes al testimonio de Justino tanto a los paganos como a los judíos. Lo fundamental de todo es la regla de la fe, es decir, los aspectos históricos de la misión redentora de Jesús.. En segundo lugar, el cumplimiento de Jesús de la profecía del Antiguo Testamento encuentra aplicación apropiada e ingeniosa para las muy diferentes audiencias de Justino. En tercer lugar, Justino presenta claramente a Jesús como el eterno Hijo de Dios, digno de adoración, y desde Su encarnación, un verdadero hombre. En todas sus presentaciones, Justino sostiene la Escritura como la más alta y única inerrante autoridad, incapaz de contradicción. Su apego profundo a las doctrinas del cristianismo, por las cuales está dispuesto a morir, le da poder a su enérgica defensa.  

Por ejemplo, Justino presenta repetidamente los eventos de la vida de Cristo ante Trifón como virtualmente auto-evidentes de Su mesianismo. «Pero si Juan llegó como precursor —señala Justino— exhortando a los hombres a que se arrepientan, y luego llegó Cristo …y predicó el evangelio en persona, afirmando que el Reino de los cielos es inminente, y que tenía que sufrir mucho en manos de los escribas y fariseos, y ser crucificado, y levantarse otra vez al tercer día, y aparecer nuevamente en Jerusalén para comer y beber con Sus discípulos», estos hechos en sí mismos muestran que Él cumple todas las profecías y tipos del Antiguo Testamento. Justino cita y ofrece exposición de grandes porciones de la profecía para demostrar que en la aparición de Cristo en el mundo, Sus enseñanzas, Sus sanaciones, Sus sufrimientos y muerte, Su resurrección y ascensión, y Su promesa de venir otra vez, solo Él podía cumplir las profecías del Antiguo Testamento. 

Estos mismos hechos del evangelio sirvieron a Justino para argumentar tanto la claridad y la antigüedad de la verdad en el cristianismo como la vaguedad del paganismo y la filosofía griega.  Aunque Justino concede demasiado al decir que «los que han vivido por la razón son cristianos», incluyendo a varios de los antiguos filósofos griegos, su punto es que cualquier verdad real que hayan descubierto se hace más clara en la persona, enseñanzas y obra de Cristo. «Por  todo lo que se ha dicho —argumentó Justino insistentemente— un hombre inteligente puede entender por qué, a través del poder de la Palabra, de acuerdo con la voluntad de Dios, el Padre y Señor de todo, Él nació como hombre de una virgen, se le puso por nombre Jesús, fue crucificado, murió, resucitó y ascendió a los cielos» (Apología, 46). La aparición de Cristo en la tierra para hablar las palabras que el Padre le dio y para llevar a cabo la tarea redentora que el Padre le asignó, así como Su cumplimiento de todo lo que los profetas dijeron sobre Él, le da credibilidad superior a todas las enseñanzas del cristianismo.

Argumentos para los paganos 

Justino usó algunos argumentos especialmente diseñados para confrontar el paganismo. Uno era su insistencia en la superioridad moral del cristianismo. Él usa muchos ejemplos de la crudeza de la cultura pagana, de cómo excusan injustamente sus abominaciones y cómo hipócritamente acusan a los cristianos de crímenes morales de los cuales ellos mismos son los verdaderos perpetradores.  Escribe: «Nosotros los que antes nos deleitabamos en las impurezas, ahora nos aferramos a la pureza» porque «nos consagramos al buen e inconcebido Dios» (Apología, 14).  Los dotados artesanos que hacían dioses paganos son «hombres licenciosos… experimentados en todo vicio conocido», quienes «hasta deshonran a las doncellas que trabajan con ellos». ¡Qué estupidez! Las enseñanzas de Cristo, citadas abundantemente por Justino, muestran la clara superioridad moral del cristianismo y también lo absurdo de las acusaciones falsas presentadas contra los cristianos.

La determinación de los cristianos de escapar de la contaminación mundana y revertir los estándares aceptados de crueldad e irrespeto por la vida, aunque provocan la ira del mundo en el proceso, muestra que su entendimiento moral está fundamentado en la verdad eterna.

Justino también argumentó que el cristianismo se destingue en la claridad de la verdad. Ridiculizó la ingenuidad y criticó la inconsistencia de los griegos que recibían, sin prueba, las enseñanzas de que, cuando se trataba sobre Cristo con mayor amplitud y con demostración histórica, lo condenaban como un absurdo. Justino se aprestó a demostrar que el absurdo pertenecía a los paganos porque la verdad estaba en Jesús.

En el argumento de Justino, la prueba consiste de tres elementos: realidad histórica, cumplimiento de la profecía y argumentos superiores. Primero, el cristianismo se deleita en la irreducible realidad de sus eventos históricos. No existe evidencia histórica o documentación para las fábulas que se cuentan de Zeus, Júpiter, Minerva y demás. Aun si existiera evidencia histórica, sería inservible ya que esas deidades no inspiran o redimen la humanidad sino que la brutalizan y la degradan. No obstante, la certeza de las acciones y las palabras de Jesús va mucho más allá de todo cuestionamiento, como materia de documentación y como tema recordado en las comunidades cristianas.   

Segundo, el cumplimiento de la profecía de Jesús, como ya se mencionó, fue dominante, preciso e imposible de inventar. El mundo estaba cuidadosamente preparado para Su venida a través de las Escrituras del Antiguo Testamento. Juan el Bautista la anunció inmediatamente antes de Su aparición, y Jesús reclamó ser el cumplimiento de todas las profecías. Estos hechos muestran que Él nos da verdadero conocimiento de Aquel que creó el mundo, lo sostiene, conoce todas las cosas y da tanto recompensas como castigos eternos de acuerdo con los principios de justicia inefable. 

Tercero, por causa de que Jesús es la manifestación histórica de la verdad, y no hay verdad que Él no haya originado, todo lo que es verdadero tiene su fundamento en Cristo. Justino argumentaba que todo lo que fue correctamente planteado por los filósofos vino como resultado de la contemplación seria y dificultosa de «alguna parte del Logos». Por causa de que no podían contemplar la «Palabra completa», aun cuando hablaban bien, algunas veces se contradecían a sí mismos y siempre sabían que hablar de Dios era un asunto difícil. Cristo, sin embargo, habló con amplitud, precisión absoluta y confianza total. Sus palabras provenían de Su propio poder, que surgiendo del entendimiento intrínseco y divino. Nadie está dispuesto a morir por Sócrates o Heráclito. Pero por la causa de Cristo, no solo el educado y filosófico, sino también el obrero, los esclavos y el inculto, no solo menosprecian toda gloria, sino que tampoco le temen a la muerte. 

Justino argumentó de forma convincente contra los principios dominantes de varios sistemas filosóficos, mostrando la absurdidad a la que conducían. Tales fueron sus interacciones con el cinismo y el estoicismo, así como sus claras opiniones sobre los epicúreos y de gran número de poetas obscenos.  A pesar de su gran respeto por el platonismo, lo veía como inadecuado, porque la «simiente de algo y su imitación …es una cosa, pero la cosa misma, que es compartida e imitada de acuerdo a Su gracia, es totalmente otra».  

El propósito de Justino no era puramente defensivo ante el paganismo, sino que «de modo que si fuera posible, llegaran a convertirse». Concluyó su segunda apología con la plegaria de que «los hombres de toda nación consideren conveniente el recibir la verdad». 

Argumentos para los judíos 

La presentación de Justino a los judíos tenía mucho del mismo contenido teológico pero el contexto y empuje de sus argumentos eran diferentes. No obstante, su celo por la evidencia permaneció intacto. Él le dice a Trifón: «Te probaré, aquí y ahora, que no creemos en mitos infundados ni en enseñanzas que no estén basadas en la razón, sino en doctrinas que son inspiradas por el Espíritu Divino, abundantes de poder y llenas de gracia».  

Justino compartió con su audiencia judía la creencia en la revelación divina, en la inspiración del Antiguo Testamento, en la unidad de Dios y en la promesa de un Mesías. Sin embargo, de varias maneras infinitamente importantes, vió el cristianismo como superior. Los cristianos tienen un entendimiento preciso del significado del Antiguo Testamento porque perciben su tipología (tales como el Éxodo, la serpiente en el desierto, el sistema de sacrificios, la redención de Rahab y así sucesivamente) como cumplida en Cristo. Saben que la circuncisión es cumplida en la circuncisión del corazón. La profecía es clara para ellos porque la ven en el contexto de los eventos de la vida de Cristo. Su conocimiento del pacto es más completo porque son los recipientes del nuevo pacto prometido en el antiguo. Y mantienen un conocimiento más maduro de Dios porque conocen al Ungido, el verdadero Hijo de Dios, cuyo engendramiento asegura que Él es de una naturaleza con el Padre y por lo tanto es digno de adoración. 

Después de laborar con profundo denuedo e intensidad para convencer a Trifón y a sus amigos de la verdad de la obra de Cristo para la redención de los pecadores, Justino cerró su diálogo con estas palabras: «Les ruego que pongan todo su esfuerzo en esta gran lucha por su propia salvación, y que abracen al Cristo del Dios Todopoderoso en lugar de a sus maestros». 

De la misma manera, nuestra pasión por la verdad también debe incluir una preocupación por las almas.

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Tom sirvió por muchos años como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary.

Fructificad y multiplicaos 1

Este es un mandato que Dios agregó para la criatura. Pero, buen Dios, ¡cuánto hemos perdido por el pecado! ¡Cuán bendito era el estado del hombre cuando engendrar hijos estaba enlazado con el mayor respeto y sabiduría, de hecho, con el conocimiento de Dios! En la actualidad, la carne está tan abrumada por la lepra de la lascivia que, en el acto de procreación, el cuerpo se vuelve groseramente animal y no puede concebir en el conocimiento de Dios.

La raza humana mantuvo el poder de procreación, pero muy degradado y hasta totalmente abrumado por la lepra de la lascivia, de modo que la procreación es, apenas un poco, más moderada que la de los animales. Agréguense a esto los riesgos y peligros del embarazo y de dar a luz, la dificultad de alimentar al hijo y muchos otros males, los cuales nos señalan la enormidad del pecado original. Por lo tanto, la bendición, que sigue hasta ahora en la naturaleza, lleva consigo, por así decirlo, una maldición en sí y degrada la bendición, si la comparamos con la primera. No obstante, Dios la estableció y la preserva.

Por lo tanto, reconozcamos con agradecimiento esta “bendición estropeada”. Y tengamos en mente que la inevitable lepra de la carne, que no es más que desobediencia y aborrecimiento adheridos al cuerpo y a la mente, es el castigo por el pecado. Por lo demás, esperemos con anhelo la muerte de esta carne para ser liberados de estas condiciones aborrecibles y ser restaurados aún más allá del punto de aquella primera creación de Adán…

Aunque Adán había caído por su pecado, contaba con la promesa… que de su carne, que ahora estaba sujeta a la muerte, nacería para él un renuevo de vida. Comprendió que produciría hijos, especialmente porque la bendición “fructificad y multiplicaos” (Gn. 1:28), no había sido retirada, sino reafirmada en la promesa de la Simiente, quien aplastaría la cabeza de la serpiente (Gn. 3:15). En consecuencia, creo que Adán no conoció a su Eva simplemente por la pasión de su carne, sino que también lo impulsaba la necesidad de lograr salvación por medio de la Simiente bendita.

Por lo tanto, nadie debe sentirse contrariado ante la mención de que Adán conoció a su Eva. Aunque el pecado original ha hecho de esta obra de procreación, la cual debe su origen a Dios, algo vergonzoso que incomoda a oídos puros, el hombre de pensamiento espiritual debe hacer una distinción entre el pecado original y el producto de la creación. La obra de procreación es algo bueno y santo que Dios ha creado, porque procede de él, quien le da su bendición. Además, si el hombre no hubiera caído, hubiera sido una obra muy pura y muy honrosa. Así que como nadie siente recelo acerca de conversar, comer o beber con su esposa –pues estas son todas acciones honrosas– así también, el acto de engendrar tendría que haber sido algo de gran estima.


Entonces, pues, la procreación continuó en la naturaleza, aun cuando se había depravado, pero se le agregó el veneno del diablo, a saber, la lascivia de la carne y el agravante de la concupiscencia que son también la causa de diversas adversidades y pecados, de los que la naturaleza en su estado de perfección se hubiera librado. Conocemos por experiencia los deseos excesivos de la carne y, para muchos, ni el matrimonio es un remedio adecuado. Si lo fuera, no habría casos de adulterio y fornicación que, lamentablemente, son demasiado frecuentes. Aun entre los casados mismos, ¡qué diversas son las maneras como se manifiesta la debilidad de la carne! Todo esto viene, no de lo que fue creado [originalmente] ni de la bendición que viene de Dios, sino del pecado y la maldición, que es producto del pecado. Por lo tanto, tienen que considerarse aparte de la creación de Dios, que es buena; y vemos que el Espíritu Santo no tiene ningún recelo en hablar de ella.

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Martín Lutero (1483-1546): Monje alemán, ex-sacerdote católico, teólogo y líder influyente de la Reforma Protestante del siglo XVI; nacido en Eisleben, Sajonia.

El estado de Gloria

Hace ya mucho tiempo, mientras entrenaba en un campo de práctica de golf, un hombre un tanto mayor que yo me ofreció su moderno palo vanguardista de última tecnología, que tenía una gran cabeza. «Prueba este, hijo», me dijo. Y me insistió. Dejé a un lado mi viejo palo de cabeza de madera (lo había comprado usado por £5) y probé su versión ultramoderna de cabeza de metal. La bola salió disparada y aún se mantenía en el aire cuando pasó sobre mis intentos anteriores. De pronto, el golf pareció más fácil, y mi golpe, mucho más poderoso.

No podía creerlo. Tampoco podía costear mi propio palo de última tecnología. Sin embargo, pensé que así es como debe ser la resurrección del cuerpo en el estado de gloria. Ya no será más débil, sino poderoso; la obediencia ya no será una batalla contra el mundo, la carne y el diablo, sino algo natural, al ritmo afable y alegre de un mundo libre del pecado. Si puedo disfrutar de esta nueva tecnología en un palo de golf, qué maravilloso será vivir en el pleno resplandor de la presencia de Dios.

Aunque era escocés, no existe ningún registro de que Thomas Boston (1676-1732), el autor del libro Human Nature in Its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], haya jugado golf. No obstante, tuvo razones más importantes para reflexionar en la vida libre de pecado y enfermedades, y en la felicidad perfecta que traerá el estado de gloria. Durante los años en que Boston trabajó en los sermones y luego en el manuscrito que se convirtió en dicho libro, su amada esposa Catherine padeció una enfermedad invalidante y angustiosa, y la muerte infantil entró en su hogar. Por eso, la expectativa de la gloria por venir fue una realidad que lo sostuvo en medio de las pruebas y a la vez una motivación para vivir por su Señor Jesús a la luz de esa esperanza.

El conocimiento del estado de gloria no hará menos por nosotros. Pero, ¿qué podemos decir al respecto? Las Escrituras tienen mucho que decir sobre el estado de gloria. Algunas de sus enseñanzas pueden resumirse, quizá apropiadamente, bajo siete encabezados.

PROMETIDO POR LA PALABRA DE DIOS

Piensa en esto: no sabríamos nada del estado de gloria si no fuera por la Palabra de Dios y Sus promesas. Dios no necesitaba decirnos nada; después de todo, pudo haberse guardado todo como una sorpresa futura.

No obstante, nuestro Padre celestial es demasiado bondadoso como para negarles a Sus hijos la esperanza en un mundo de desesperación o la luz en un mundo de tinieblas. En Su gracia, nos ha dicho mucho, aunque no todo (no podríamos entender todo), sobre el mundo futuro. Entonces, «según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia» (2 Pe 3:13). Pedro nos dice que este conocimiento debería tener un impacto transformador en nuestras vidas (v. 17).

Pero ¿qué es exactamente lo que se promete?

El punto de los contrastes entre este mundo y el siguiente es simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

EN CONTRASTE CON LA VIDA PRESENTE

Una de las formas en que aprendemos es contrastando lo que ya sabemos con lo que aún necesitamos descubrir. La Escritura emplea este método en referencia a la resurrección. Nuestros cuerpos son como semillas que se siembran en la tierra. Perecen, pero luego emergen como flores gloriosas.

Nosotros también morimos y somos «sembrados» en el suelo. Pareciera que en los momentos finales de la vida está escrita la palabra «fin». Como observó el filósofo Thomas Hobbes, la vida puede ser «repugnante, brutal y corta». Por naturaleza estamos «sin esperanza», y cuando se acerca la muerte que todo lo conquista, la evidencia parece confirmar esa realidad. Sin embargo, señala Pablo, así como la semilla que cae en el suelo se desintegra y «muere» solo para «resucitar» otra vez como una hermosa flor, lo mismo ocurre con nuestros cuerpos:

Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual… Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (1 Co 15:42-44, 53).

Piensa en eso: tendremos un cuerpo imperecedero, glorioso, poderoso, espiritual e inmortal.

Pero eso no es todo, Pablo también contrasta la vida que termina en la muerte con la muerte que termina en la vida. Aquí experimentamos aflicción; allí, gloria. Aquí todo es temporal; allí todo es eterno. Lo que aquí parece pesado allí parecerá «ligero» y lo que hay allí parecerá un «peso». Aquí este mundo parece sustancial y lo que «no se ve» parece insustancial, pero allí la realidad será precisamente lo opuesto.

¿Cuál es el punto de estos contrastes? Simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

LA CONSUMACIÓN DE LOS PROPÓSITOS YA HA COMENZADO

Aun así, también existe continuidad entre el «ahora» y el «todavía no», pues con la resurrección de Cristo el futuro ya ha comenzado en nuestra historia. Él es «primicias de los que durmieron» (1 Co 15:20). Su resurrección garantiza la nuestra, así como las primicias garantizan la cosecha final.

¿Cómo así? Debido a nuestra unión con Cristo, como notó Agustín, nuestro Señor se considera a Sí mismo incompleto sin nosotros. Entonces, cuando Él resucitó de los muertos, nosotros resucitamos en Él; cuando fuimos unidos al Salvador resucitado mediante la fe, fuimos ligados al Resucitado de manera tal que es imposible que no volvamos a resucitar un día. De hecho, tan indestructible es esta unión que el día «cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria» (Col 3:4).

En un cierto sentido, ya nos ha sido dada «vida juntamente con Cristo… y con Él nos resucitó» (Ef 2:5-6). La vida del futuro ya ha echado raíces en nosotros. Aunque aún residimos en un mundo moribundo, ya hemos muerto (al pecado) y hemos sido resucitados a novedad de vida (Rom 6:1-4). Ya no estamos bajo el dominio del pecado, de su culpa ni del poder de Satanás. La libertad de la gracia ya es nuestra, aunque todavía no gozamos de la plena «libertad de la gloria» (8:21). Sin embargo, estamos seguros de que Dios le dará los retoques finales a la buena obra que comenzó en nosotros (Flp 1:6). El mundo por venir nos parecerá asombrosamente nuevo, pero algo de él nos parecerá vagamente familiar.

El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

SECUELAS DEL JUICIO FINAL

«Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio» (Heb 9:27). No todas las cosas se resuelven en esta vida: los impíos prosperan a menudo, los rectos con frecuencia incluso sufren martirio. No solo es cierto (como comenta Hamlet, el personaje de Shakespeare) que «el tiempo está fuera de quicio»: el mundo entero está fuera de quicio.

La justicia final no prevalece en este mundo. Pero en el día que dará paso al estado de gloria, todos los males se rectificarán. Todas las personas serán evaluadas: «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo» (2 Co 5:10).

El «todos» que Pablo usa aquí significa «todos». Como escribiera el joven Robert Murray M’Cheyne (cuando estaba cerca de experimentar por sí mismo esa realidad): «Mientras caminaba por los campos, me vino el pensamiento, casi con poder apabullante, de que cada miembro de mi rebaño pronto estará en el cielo o en el infierno».

En aquel día, se verá la justicia perfecta de Dios, pues todos serán juzgados «conforme a sus obras» e incluso los secretos serán juzgados «mediante Cristo Jesús» (Rom 2:6, 16). El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

No habrá excusas. Si estamos sin Cristo y sin el vestido de bodas que Él nos da para cubrirnos en Su justicia, seremos excomulgados a las tinieblas de afuera de las que nuestro Señor dio repetidas advertencias a lo largo de Su ministerio (Mt 8:12; 22:13; 25:30). Luego de amar más las tinieblas que la luz (Jn 3:19), luego de rebelarse contra Dios y de haber insistido en decir: «Hágase mi voluntad así en la tierra como en el cielo», los incrédulos oirán las palabras más terribles del universo ―«Hágase Tu voluntad»― y las tinieblas «de afuera» serán su destino.

Pero ¿y qué del creyente? ¿Cómo es posible que el hecho de que seamos juzgados «conforme a nuestras obras» derive en el estado de gloria? Es posible porque el Señor siempre juzga a los justificados conforme a su «obra de fe, [su] trabajo de amor y la firmeza de [su] esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 1:3). Al que ha sido fiel en lo poco no solo se le dará «más», sino «mucho». El siervo que produjo cinco minas (un poco más de un año de salario) a partir de una fue puesto sobre cinco ciudades. El juicio de su señor fue en proporción a la fidelidad del siervo (cinco por cinco), pero la recompensa desproporcionada vino de la abundante gracia de su señor (Lc 19:18-19).

Lo mismo ocurrirá en el estado de gloria. Lo que ahora está oculto será revelado. De seguro habrá sorpresas.

En este mundo, a veces nos encontramos con viejos amigos a los que no hemos visto en décadas, y mentalmente tenemos que estirar sus arrugas o volver a ponerles pelo en la cabeza para poder reconocerlos. Sin embargo, en ese mundo, bien puede ser que las primeras palabras que nos digamos sean: «¡Vaya, así es como en verdad eras!» (ver 1 Jn 3:1-2). La verdad oculta de lo que Dios nos ha hecho por fin será visible para todos. Este juicio de nuestras obras también será en conformidad a la gracia de Cristo, en quien hemos sido justificados y santificados.

LA REGENERACIÓN DE TODAS LAS COSAS

En la actualidad, no vemos que todo esté puesto bajo los pies de Jesús (Heb 2:5-9), pero cuando Él vuelva, subyugará todo lo que es malo y consumará lo que inauguró en Su resurrección. Esta es Su obra como el segundo hombre y el postrer Adán, el Verdadero Hortelano (Gn 1:28).

No toda la tierra era un huerto; Adán, Eva y su posteridad tenían que convertirla en uno. A lo mejor María no estaba tan equivocada «pensando que era el hortelano» (Jn 20:15).

De esta manera, Cristo llevará a cabo la renovación de este mundo caído en lo que Él llamó la palingenesis de todas las cosas (Mt 19:28, la única ocurrencia de la palabra «regeneración» en los evangelios). No es de sorprender que la Nueva Jerusalén esté inmersa en el nuevo huerto del Edén (Ap 22:1-5) y que las puertas que permiten el ingreso a ella nunca se cierren de día y que no haya noche allí.

Todo esto vendrá como resultado de una limpieza apocalíptica (1 Pe 3:10). Por ese día, cuando la verdadera identidad de los hijos de Dios será revelada en plenitud, toda la creación gime como mujer de parto. De hecho (como escribe J. B. Phillips al captar brillantemente un matiz del griego de Pablo): «Toda la creación está de puntillas para ver la maravillosa imagen de los hijos de Dios siendo lo que son» (Rom 8:19). Qué gran día será ese.

CRISTO EN EL CENTRO

En el estado de gloria, veremos a nuestro Salvador. «Ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido» (1 Co 13:12). ¡Una reunión cara a cara con el Señor Jesús! ¡Verlo como Él es! ¡Ser semejantes a Él (1 Jn 3:2)! ¡Transformados al nivel final de gloria (2 Co 3:18)!

Sin embargo, precisamente porque estaremos libres del pecado, no nos veremos consumidos por un interés en nuestra propia santificación perfecta. Tampoco reaccionaremos admirándonos los unos a los otros. No. Solo tendremos ojos para Uno: el León de la tribu de Judá, el Cordero inmolado pero ahora resucitado y puesto en Su posición legítima en el centro del trono de Dios (Ap 5:1-14).

Recuerdo que, cuando era adolescente, una noche soñé que moría y era recibido «al otro lado» por amigos que se acercaban para darme la bienvenida con los brazos abiertos. Vi que los apartaba a empujones y oí salir estas palabras de mis labios: «¡Déjenme ir a Jesús! ¡Déjenme ver a Jesús!». Ese es nuestro destino, pues en verdad:

La novia, su vestido
Allí no mirará,
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

DIOS SERÁ TODO EN TODOS

En un pasaje notable, Pablo nos pasea por el «orden» divino de los «días» (1 Co 15:23) de la inauguración de este estado de gracia (vv. 20-28):

  • El día de la resurrección de Cristo, cuando todo comenzó (vv. 22-23a).
  • El día de nuestra resurrección, cuando se inaugurará su consumación (v. 23b).
  • El día de la destrucción, cuando los enemigos de Cristo y de nosotros serán vencidos (vv. 24-25).
  • El día de la victoria, cuando incluso el último enemigo, la muerte, será destruido (vv. 26-27).
  • El día de la consumación, cuando Dios será todo en todos (vv. 24, 28).

Ese día de la consumación, el segundo hombre llevará a una creación restaurada y a un pueblo redimido y resucitado a la presencia de Su Padre. Allí, como el postrer Adán, le presentará ese mundo, perfeccionado como resultado de Su obediencia hasta la muerte y de Su resurrección a novedad de vida. La obra que el Padre planificó y el Hijo realizó en nuestro lugar por el Espíritu estará completa.

Pablo aquí no está pensando en una subordinación dentro de la Trinidad eterna, sino en la sumisión legítima hecha por nosotros y con nosotros por parte de Su Hijo como Mediador, como nuestro representante, en nuestra carne y sangre humanas. Entonces, quizá, las palabras que pronunció en la cruz del Calvario ―«¡Consumado es!»― volverán a oírse.

¿Qué descendiente de la primera pareja que ha experimentado el estado de naturaleza, que ha probado la amargura del estado de pecado y que ahora ha sido introducido al estado de gracia no anhela el día cuando se dé paso al estado de gloria? Es que entonces la oración que nuestro Salvador hizo por nosotros será respondida a cabalidad: «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo» (Jn 17:24).

Robert M’Cheyne tenía razón. Será solo

Cuando el mundo pase ya,
Cuando el sol no brille más,
Con Jesús en gloria estemos
Y nuestra vida observemos,
Mi Señor, recién allí
Pesaré mi deuda a Ti.

«Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20).

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El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

La imagen de Dios y la Bendición de Dios 3

Moisés agrega, “a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Esa repetición no es superflua, ya que aunque reuniéramos todas las mejores palabras en el mundo para expresar esa obra excelente de Dios, distaríamos mucho de poder hacerlo… Moisés tenía buenas razones para querer darnos la oportunidad de considerar con más atención el hecho de que fuimos creados a la imagen de Dios. Si consideramos nuestros cuerpos, ellos fueron formados del polvo … con la intención de que fueran una morada para las benevolencias divinas y los dones de su Espíritu Santo para que llevaran su imagen. Esa, pues, es la intención de la repetición de Moisés. Es para que podemos glorificar a nuestro Dios a menudo por ser generoso con nosotros y contarnos entre sus criaturas y aun darnos superioridad sobre ellas, pero también imprimiendo en nosotros sus características y queriendo que seamos sus hijos…

Ahora bien, dice que “varón y hembra los creó”. Y Moisés, a veces, escribe aquí en plural y, a veces, en singular [para referirse a ambos sexos], como cuando dice “Hagamos al hombre a nuestra imagen” y más adelante dice “los creó”. Podríamos afirmar que los hombres que descienden de Adán son los destinados a “señorear”, pero no excluyó a
la mujer, agregando: “varón y hembra”; así fueron creados. Aquí podríamos comparar esto con el pasaje donde Pablo dice que sólo el hombre, no la mujer, es la imagen de Dios (1 Co. 11:7) y creer que hay alguna contradicción, pero la respuesta es fácil porque aquí Moisés está hablando de los dones que fueron dados a ambos sexos. El hombre y la
mujer por igual, tienen el poder de razonar y comprender. Tienen voluntad y la habilidad de diferenciar entre lo bueno y lo malo. En suma, todo lo que pertenece a la imagen de Dios… Es digno de notar que otros pasajes afirman que en nuestro Señor Jesucristo no hay varón ni mujer (Gá. 3:28). Eso significa que su gracia se extiende al hombre y a la mujer, de modo que todos somos partícipes de su gracia. Habiendo resuelto este punto que no deja lugar a discusión, podemos ver que el hombre fue creado no como varón únicamente, sino también como mujer, y que ambos son partícipes de la imagen de Dios…

Luego el texto habla de la bendición que Dios le dio a Adán. Primero le dice a él y a su mujer: “Fructificad y multiplicaos” y agrega, en segundo lugar: “Señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”. La primera bendición es la misma para humanos, animales, peces y pájaros. Tienen que multiplicarse generación tras generación. Ya hemos mencionado que el hombre no debe atribuir su origen a alguna causa inferior de la naturaleza, sino que debe tener un Creador. ¿Por qué? ¡Porque todos somos producto de su bendición! Por eso es que las Escrituras nos dicen, a menudo, que el fruto del vientre es una herencia de Dios, es decir, un don especial (Sal. 127:3) a fin de que no seamos tan ignorantes como para creer que el hombre engendra y la mujer concibe por su propio poder y que Dios no es el autor de su linaje.

Así que hemos de tomar nota de cuál es la bendición de Dios a la que se refiere aquí porque [vemos en Gn. 30:2] que Jacob le dijo a su esposa Raquel, cuando lo importunaba para que le diera un hijo: “¿Soy yo acaso Dios?”. Con esto indica que los hombres no deben hablar de esta manera, sino que Dios debe ser glorificado porque les otorga la gracia de ser padres y a las mujeres de ser madres… Éste, pues, es el resultado de esa bendición: Saber que Dios declaró, al principio, que quería que la raza humana se multiplicara y que, en nuestra época, cuando da un linaje e hijos, es una bendición especial que otorga a los padres y madres y un tesoro especial que tienen que reconocer que procede de él y por el cual deben rendirle homenaje.

Además, comprendamos que el pecado produce la desigualdad que vemos en el hecho de que no todos los hombres tendrán hijos, que no todos los hijos del vientre de la mujer serán iguales, porque habrá algunos que nacen débiles y a un paso de la tumba, y que algunos serán encorvados, tuertos, ciegos, jorobados o cojos. Dios muestra en todo lo que es desfigurado y deforme que su bendición es menor, aunque no se ha extinguido del todo. Aun veremos a mujeres que, a menudo, pierden a un hijo en gestación. ¿Cuál es la razón? El pecado de Adán es dado como razón, a fin de que nos humillemos al comprender que somos rechazados y echados lejos de la gracia que nos fue conferida por Dios en la primera creación. Con respecto a la bendición de Dios, esto es lo que hemos de tener en cuenta: En virtud de aquella palabra que dijo una vez para siempre, nacen ahora todos los hijos de esta manera, el mundo es sostenido y las generaciones se suceden una tras otra.

Asimismo, esta bendición incluye un privilegio mucho más grande que el que tienen las bestias porque los bueyes, los asnos y los perros engendran en su juventud, como los zorros y todos los demás. Peor, ¿acaso gozan sus crías de la misma dignidad que la del hombre? Por lo tanto, cuando Dios da hijos a hombres y mujeres, los establece como sus comisionados, porque el hombre no puede ser padre, a menos que esté allí como representante de la Persona de Dios. Hay sólo un Padre, hablando con propiedad, como dijo nuestro Señor Jesucristo: “Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mt. 23:9). Y eso significa [que Dios es] Padre de nuestra alma y nuestro cuerpo. Por lo tanto, ese título tan honorable le pertenece a nuestro Creador. Es decir, él es nuestro Padre, aunque nos permite decir “mi padre” y “mi madre” en este mundo, esto resulta del don de Dios por el cual se complace él en compartir su título con criaturas tan frágiles como nosotros. Asimismo, sepamos que el privilegio que Dios da a los que producen descendientes es que él quiso hacerlos sus representantes, por así decir. Por esto, con más razón, tenemos que valorar y magnificar su gracia…

Ahora bien, siendo este el caso, Moisés propone correctamente la segunda bendición, la cual había sido dada anteriormente al mundo, específicamente, entre las criaturas. Antes de que fuera creado el hombre había plantas y pastura, había luces en el cielo. Pero, aunque el sol es llamado a guiar de día y la luna a guiar de noche, no les corresponde gobernar. En realidad, es imposible que lo hagan. Porque ¿qué bien le hubiera hecho a la tierra las muchas cosas buenas que provee si no hubiera alguien que las poseyera? Así que Adán tenía que ser creado para vivir sobre ella y tenía que contar con la gracia de Dios para producir un linaje y, de esta manera, multiplicarse.

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Juan Calvino (1509-1564): Teólogo y pastor francés, líder importante durante la Reforma Protestante; nacido en Noyon, Picardia, Francia.

El aguijón en la carne

“Hemos perdido la salud, pero no el gozo… Nos pueden quitar la vida, pero no la esperanza”. Mujer cuyo esposo está luchando contra un cáncer desde hace varios años.

Este libro constituye una lectura interesante y bien argumentada. En él encontramos una mezcla equilibrada de contenido bíblico, sólidamente fundamentado en las Escrituras, y de ejemplos prácticos y relevantes. Viene a ser una importantísima contribución a la literatura cristiana sobre el tema del sufrimiento, sobre todo porque contempla también la perspectiva psicológica. Ofrecerá un gran consuelo a aquellos cuyas vidas están marcadas por persistentes aguijones en la carne. Nos proporciona una dieta rica en contenido bíblico, sabio consejo pastoral y una orientación pertinente, todo ello nacido de la experiencia personal y de un profundo estudio de las Escrituras.

El autor reflexiona sobre sus profundas experiencias como psiquiatra, como lider cristiano y también como alguien que ha sufrido mucho, destilando lo mejor de ellas para escribir este magnífico libro. El aguijón en la carne se compone de una combinación única de experiencia clinica profesional, junto con el sufrimiento personal y una robusta reflexión teológica. Nos revela el extraordinario poder explicativo y la coherencia de la cosmovisión bíblica, ofreciéndole al lector, a la vez, el poder transformador del evangelio de la gracia.

¿Que es un aguijón? Pablo Martínez conoce la respuesta por experiencia propia: “Casi toda mi vida he luchado contra un duro aguijón. Una enfermedad en la vista, glaucoma juvenil, me ha abofeteado” desde que tenía dieciocho años. He sufrido catorce operaciones en los ojos. Otros han experimentado pérdidas traumáticas, demasiado terribles para expresar en palabras. A lo largo del libro, el autor recoge las experiencias de muchas de estas personas. Pablo Martínez define el aguijón como una situación de sufrimiento crónico en la que encontramos cinco rasgos distintivos:

Es dolorosa • Es limitativa • Es humillante • Es prolongada • Implica lucha

En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo comparte sobre su aguijón (2ª Corintios 12:7-10). Dios decidió no quitárselo aunque Pablo se lo rogó encarecidamente. En la cruz, Cristo experimentó el sufrimiento humano en su máxima expresión, tanto física como moral. Nadie ha sufrido más que Él. La identificación de Dios con la tragedia del ser humano queda perfectamente plasmada en el nombre Emmanuel, Dios con nosotros. De forma humilde pero sabia, Pablo Martínez nos conduce más allá de los porqués del sufrimiento, para acercarnos a la puerta de la esperanza, allí donde uno encuentra fuerzas renovadas.

El propósito de este libro es proporcionar fuerzas y esperanza respondiendo a preguntas muy prácticas. Al esbozar estas preguntas ahora, también anticipamos algunas de las ideas clave:

• ¿Cuál fue el secreto que permitió al apóstol Pablo transformar una pesada carga en un estímulo para su vida? Descu-briremos cómo el aguijón le recordaba constantemente no tanto sus limitaciones —su insuficiencia— sino la plena suficiencia de Cristo.

• ¿En qué consiste una aceptación auténtica? ¿Cómo podemos lograr una perspectiva bíblica y madura de esta «arma secreta» que nos capacita para ver el aguijón con ojos distintos y pensar en él de forma positiva? «Aceptar» significa alcanzar la convicción serena de que Dios puede usar mi vida no sólo a pesar de mi aguijón, sino a través de él.

• ¿De qué formas prácticas nos ayuda la gracia a superar el aguijón? La gracia moldea nuestras reacciones naturales como el enojo, la ansiedad, la baja autoestima y la depresión. Pero, por encima de todo, la gracia es el conjunto de recursos sobrenaturales que nos equipa con el poder de Dios para luchar con valentía y paciencia ante el aguijón.

• ¿Podemos hacer algo por recuperar la ilusión de vivir y evitar la amargura? ¿Qué es la felicidad para un cristiano? La gracia cambia no sólo nuestra actitud hacia el aguijón, sino hacia toda nuestra vida que pasa a tener un nuevo sentido y una nueva escala de prioridades. Sin duda, hay vida después del aguijón.

Si estás buscando salir del desánimo o incluso de la desesperación asociada a una aflicción en tu propia vida, este breve pero profundo libro te abrirá una puerta hacia un nuevo camino de esperanza y de ayuda práctica.

Índice

Reconocimientos

Prólogo del Profesor Andrew Sims

Introducción del autor

CAPÍTULO 1 El aguijón de Pablo y el nuestro Identificando al enemigo

CAPÍTULO 2 El aguijón duele En lucha con Dios y con uno mismo

CAPÍTULO 3 La aceptación Arma clave para derrotar al enemigo

CAPÍTULO 4 “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” La gracia de Dios y la fuerza de la debilidad

CAPÍTULO 5 Ángeles en mi camino El amor que cura

CAPÍTULO 6 Recuperando la ilusión de vivir Valores nuevos para una vida diferente

Apéndice I: testimonios personales

Apéndice II: tipos de aguijón

*Andamio Editorial 257 pp. Rústica. -2008

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/1164-el-aguijon-en-la-carne.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

¿Qué significa CORAM DEO?

Recuerdo a mi madre parada frente a mí, con sus manos en la cadera, sus ojos radiantes como carbones encendidos y diciendo con tono fuerte: «¿Cuál es el plan, jovencito?».

Por instinto sabía que mi madre no me estaba haciendo una pregunta abstracta de teoría. Su pregunta no era una pregunta en absoluto, era más bien una acusación apenas velada. Sus palabras se traducían fácilmente en: «¿Por qué haces lo que estás haciendo?». Ella me desafiaba a justificar mi comportamiento con una razón válida, pero no tenía ninguna.

Recientemente un amigo me hizo la misma pregunta con toda sinceridad. Preguntó: «¿Cuál es el plan de la vida cristiana?». Le interesaba saber cuál era el objetivo principal y final de la vida cristiana.

Vivir toda la vida coram Deo es vivir una vida de integridad.

Para responder su pregunta, recurrí a mi facultad de teólogo y le di un término en latín. Dije: «El plan de la vida cristiana es coram DeoCoram Deo captura la esencia de la vida cristiana».

Esta frase literalmente se refiere a algo que sucede en la presencia o delante del rostro de Dios. Vivir coram Deo es vivir toda la vida en la presencia de Dios, bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios.

Vivir en la presencia de Dios es entender que lo que sea que hagamos y donde sea que lo hagamos, estamos haciéndolo bajo la mirada de Dios. Dios es omnipresente. No existe lugar tan remoto que podamos escapar de Su mirada penetrante.

Ser consciente de la presencia de Dios es también ser muy consciente de Su soberanía. La experiencia universal de los santos es reconocer que si Dios es Dios, entonces es realmente soberano. Cuando Saúl fue confrontado por la refulgente gloria del Cristo resucitado en el camino a Damasco, su pregunta inmediata fue: «¿Quién eres, Señor?». No estaba seguro de quién le hablaba, pero sabía que quienquiera que fuera, era ciertamente soberano sobre él.

Vivir bajo la soberanía divina envuelve más que una sumisión reacia a la soberanía absoluta motivada por el miedo al castigo. Implica el reconocer que no hay una meta más alta que dar honor a Dios. Nuestras vidas deben ser sacrificios vivos, oblaciones ofrecidas con un espíritu de adoración y gratitud.

Vivir toda la vida coram Deo es vivir una vida de integridad. Es una vida de plenitud que encuentra su unidad y coherencia en la majestad de Dios. Una vida fragmentada es una vida de desintegración. Está marcada por la inconsistencia, la desarmonía, la confusión, el conflicto, la contradicción y el caos.

El cristiano que compartimenta su vida en dos secciones, la religiosa y la no religiosa, no ha entendido el plan. El plan es que, o toda la vida es religiosa, o nada de ella lo es. Dividir la vida entre lo religioso y lo no religioso es, en sí mismo, un sacrilegio.

Esto significa que si una persona cumple su vocación como herrero, abogado o ama de casa coram Deo, entonces esa persona está actuando tan religiosamente como un evangelista ganador de almas que cumple su vocación. Significa que David fue tan religioso cuando obedeció el llamado de Dios para ser pastor como lo fue cuando fue ungido con la gracia especial para ser rey. Significa que Jesús fue tan religioso cuando trabajó en la carpintería de Su padre como lo fue en el huerto de Getsemaní.

La integridad está presente en los hombres y mujeres que viven sus vidas con un patrón de consistencia. Es un patrón que funciona de la misma forma básica tanto en la iglesia como fuera de ella. Es una vida que está abierta ante Dios. Es una vida en la que todo lo que se hace se hace como para el Señor. Es una vida vivida por principios, no por conveniencia; con humildad ante Dios, no en desafío. Es una vida vivida bajo la guía de una conciencia que está cautiva de la Palabra de Dios.

Coram Deo… ante el rostro de Dios. Ese es el plan. Al lado de esta idea nuestras otras metas y ambiciones se convierten en meras nimiedades.

Pasajes de la Escritura para un estudio más profundo: Mateo 24:13; Romanos 8:31-36; 2 Corintios 4:7-16; Hebreos 6:9-12; 10:35-39.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La imagen de Dios y la Bendición de Dios 2

Tenemos que comprender ahora en qué consiste esa imagen y esa semejanza o ese parecido y conformidad con Dios. ¿Es en el cuerpo o en alma, o se trata del señorío que le ha sido dado al hombre? Muchos lo relacionan con el cuerpo. Por cierto que en la forma del cuerpo humano, hay tal habilidad creativa que podemos decir que es una imagen de Dios porque si su majestuosidad aparece en cada parte del mundo, mayor razón hay para que aparezca en aquello que es más excelente. Pero la realidad es que no encontramos tal perfección en el cuerpo humano como la imagen y semejanza a la que Moisés se refiere. ¡Al contrario!

En consecuencia, ni el cabello ni los ojos, ni los pies ni las manos nos conducirán hacia donde Moisés nos guía. En cuanto a la superioridad y la preeminencia de estas características humanas que han sido dadas al hombre por sobre todas las criaturas, no reflejan la imagen de Dios porque son características externas que no nos llevarán muy lejos. Debido a todo eso, tenemos que enfocar el alma, que es la parte más digna y valiosa del hombre. Aunque Dios ha mostrado los grandes tesoros de su poder, bondad y sabiduría al formarnos, el alma, como he dicho, es la que tiene raciocinio, comprensión y voluntad, que es mucho más de lo que puede encontrarse en el cuerpo exterior.

Ahora bien, como hemos tratado exhaustivamente y resuelto el punto de que la imagen de Dios está principalmente en el alma y se extiende al cuerpo como un accesorio, tenemos que considerar ahora en qué consiste la imagen de Dios y en qué sentido nos conformamos a él y nos parecemos a él…

Nuestro padre Adán, habiéndose enemistado con su Creador, fue entregado a la vergüenza e ignominia y, como consecuencia, Dios le quitó los dones excelentes con que lo había dotado anteriormente… Pero porque Dios, a través de nuestro Señor Jesucristo, repara su imagen en nosotros que había sido borrada en Adán, podemos comprender mejor la importancia de esa imagen y semejanza que el hombre tenía con Dios al principio. Porque cuando Pablo dice en Colosenses 3 que debemos ser renovados según la imagen de Aquel que nos creó (Col. 3:10) y, luego en Efesios 4, cuando menciona la justicia y verdadera santidad como las características a las cuales tenemos que ser conformados (Ef. 4:24), muestra que la imagen de Dios es importante; que nuestra alma al igual que nuestro cuerpo, debe ser guiada por una rectitud innegable y que nada hay en nosotros que se asemeje a la justicia y rectitud de Dios. Es cierto que Pablo no presenta aquí una lista completa, pero tampoco habla en términos generales a fin de incluir todo lo que testifica de la imagen de Dios. En cambio, cuando habla de las características principales, nos dice cuáles son las características auxiliares.

En suma, el alma debe ser limpiada de toda vanidad y toda falsedad y la claridad de Dios tiene que brillar en ella para que haya un capacidad de juicio, discreción y prudencia. Por eso es que Dios repara su imagen en nosotros cuando nos conforma a su justicia y nos renueva por su Espíritu Santo para que podamos andar en santidad. Porque eso es cierto, podemos ver en qué punto tenemos que comenzar si queremos determinar lo que es la imagen de Dios. Tal es el comienzo de la imagen de Dios en nosotros, pero eso no es todo… cuando se menciona la imagen de Dios en el hombre y no entendemos la causa de la confusión causada por el pecado, tenemos que tomar nota de esos pasajes de
Pablo y, a la vez, encontrar en Jesucristo lo que ya no hay dentro de nosotros porque nos fue quitado por nuestro padre Adán. Entonces veremos que el hombre fue creado con una naturaleza tan pura e íntegra que su alma poseía una prudencia maravillosa y no estaba cubierta de falsedad, hipocresía e ignorancia, fruto por el cual ahora no hay en
nosotros más que vanidad y tinieblas. En consecuencia, había un anhelo sincero de obedecer a Dios y gozar de todo lo bueno, no había ningún deseo o impulso de hacer el mal, en cambio ahora, todos nuestros afectos son actos de rebelión contra Dios. En aquel entonces, el cuerpo estaba tan bien y apropiadamente equilibrado que cada segmento pequeño estaba listo y ansioso por servir y honrarle. Así era el hombre, predispuesto a andar en santidad y toda justicia. En él había una abundancia de dones divinos para que la gloria de Dios brillara por doquier, interior y exteriormente. Eso, pues, caracteriza a aquella imagen…

Tomado de John Calvin’s Sermons on Genesis.

Continuará …


Juan Calvino (1509-1564): Teólogo y pastor francés, líder importante durante la Reforma Protestante; nacido en Noyon, Picardia, Francia.

Teología Digital

Los artículos sobre los desafíos de la tecnología solían comenzar con una larga lista de estadísticas que prueban la seriedad de los problemas morales, espirituales, relacionales y cognitivos que surgen de la revolución digital. En la actualidad, no necesito gastar tinta o espacio en tales asuntos. Todos saben por observación o experiencia personal cuántos problemas existen y cuán grandes son. Además, la gran mayoría de los cristianos están lo suficientemente preocupados como para querer hacer algo al respecto. Pero, ¿qué podemos hacer?

Cero tecnología

Probablemente todavía existan unas cuantas personas que siguen intentando el enfoque de «cero tecnología». Ellos dicen: «Los peligros son demasiado grandes; las consecuencias, demasiado terribles. Por lo tanto, nos vamos a mantener separados del mundo rechazando la tecnología. No la compraremos y también le prohibiremos a nuestros hijos usarla».

Este enfoque es admirable y comprensible, pero imposible. La tecnología digital está tan generalizada que intentar evitarla es como intentar no respirar. Incluso si logramos evadir la contaminación, nuestros hijos de seguro no lo lograrán. Ellos la encontrarán o ella los encontrará a ellos. Entonces van a usarla sin que lo sepamos y sin tener ninguna formación o enseñanza, lo que probablemente es el peor escenario posible.

Más tecnología

Otras personas intentan la estrategia de «más tecnología». Esta es la estrategia en la que yo más solía enfocarme; la idea es que usamos la tecnología buena para derrotar a la tecnología mala.  Así que, usamos herramientas para bloquear canales de televisión por cable, establecemos contraseñas y límites de tiempo en las computadoras personales, añadimos aplicaciones de monitoreo en los celulares de nuestros hijos, instalamos aplicaciones de rendición de cuentas en nuestros portátiles, etc. Todas estas cosas son buenas y ciertamente pueden ser parte útil de un conjunto de acciones para cuidarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos.

Sin embargo, hay algunos problemas con confiar exclusivamente en el enfoque «más tecnología». El primero de ellos es que nunca podemos tener suficiente tecnología buena para vencer la tecnología mala. Los adolescentes son particularmente hábiles para evadir los controles y encontrar brechas en los sistemas más seguros. Por supuesto, podemos frenarlos, podemos hacer que sea más difícil si ponemos algunos obstáculos en el camino, pero si están lo suficientemente decididos, nos van a ganar. Ellos siempre podrán encontrar más tecnología para frustrar nuestro plan de batalla de «más tecnología».

Además, incluso si logramos asegurar sus dispositivos, apenas salen por la puerta, pueden acceder a lo que quieran en los dispositivos de sus amigos. O incluso pueden simplemente obtener otro dispositivo y esconderlo de nosotros. Este enfoque también tiene una tendencia al legalismo y socava las relaciones al crear un escenario similar al del «gato y el ratón» que da lugar a la sospecha en una de las partes y al escondite en la otra. Necesitamos algo más que «más tecnología».

Cuanto más reconozcamos que la tecnología es un don de Dios, más aborreceremos el tomar Su don y usarlo contra Él.

Más teología

Mientras más he luchado con este problema en mi propia familia, más me he convencido de que la respuesta final no es ni «cero tecnología» ni «más tecnología», sino «más teología». Si queremos una solución profunda, duradera y espiritual, necesitamos aprender y enseñar verdades profundas, duraderas y espirituales. La sana teología digital es la respuesta a la tecnología digital; las verdades más antiguas son la mejor respuesta a los nuevos desafíos. «Más Trinidad» es más efectivo que «más tecnología».

Dios es Tres-en-Uno

¿De verdad la Trinidad es la solución para la tecnología? En parte sí. Las tres personas de la Divinidad gozan de una perfecta relación entre ellas y buscan compartir esa relación con nosotros al invitarnos a esa comunidad sagrada.

Las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están caracterizadas por el amor, la confianza, la apertura y la comunicación. ¿Acaso no es ese el modelo para nuestras relaciones con nuestros hijos, en especial con respecto a la tecnología? ¿No es eso lo que queremos cultivar e imitar? Mientras más sanas sean nuestras relaciones con nuestros hijos, más sanas serán sus relaciones con la tecnología. Las relaciones más profundas son más efectivas que las reglas más detalladas.

Además, esta unidad trinitaria no solo es una relación para ser imitada, sino también una relación para ser disfrutada. Estamos invitados a entrar en esa comunión, a vivir en esa santa familia. Mientras más hagamos eso, más la Trinidad reemplazará a la tecnología o, al menos, más nuestra comunión con la Trinidad regulará la tecnología, para que nuestra relación con esta última sea más balanceada y beneficiosa.

Dios es bueno

A veces podemos ver la tecnología con tanto terror que damos la impresión de que toda tecnología es «del diablo». No, la tecnología es un regalo maravilloso de Dios. Somos bendecidos por vivir en este tiempo y beneficiarnos tanto del rol que juega la tecnología en nuestras vidas cotidianas. ¿Cuántas vidas han sido salvadas gracias a los celulares? ¿Cuántas familias separadas se han mantenido unidas gracias a Skype y FaceTime? ¿Cuántas predicaciones y enseñanzas se han diseminado por el mundo gracias a ministerios cristianos como Ligonier? El diablo no creó ni inventó la tecnología; Dios lo hizo, en Su calidad de dador de toda buena dádiva y todo don perfecto.

Es verdad que el diablo abusa del regalo. Es cierto que nosotros lo pervertimos para darle usos pecaminosos. Sin embargo, nada de eso cambia el hecho de que Dios creó los materiales, las fuerzas y las mentes que han producido tanta tecnología beneficiosa. Cuanto más reconozcamos que la tecnología es un don de Dios, más aborreceremos el tomar Su don y usarlo contra Él, y más tomaremos Su don y lo usaremos de la forma que Él desea.

Dios es omnisciente

Nuestros padres o cónyuges no pueden verlo todo ni estar en todo lugar. El software de aplicación de rendición de cuentas puede ser evadida y las personas a las que les rendimos cuentas pueden ser engañadas. Sin embargo, no podemos evadir, engañar ni escapar del ojo del Dios que todo lo ve. Él lo ve todo: cada lugar, cada segundo, cada pantalla, cada clic, cada pulsación. Él tiene un informe diario de todos los sitios que visitamos, todos los mensajes que enviamos, todas las cuentas de Instagram que seguimos. Si realmente supiéramos que Él sabe, qué diferencia eso haría. Mientras más podamos recordarnos a nosotros mismos de la omnipresencia y la omnisciencia de Dios, más buscaremos usar la tecnología de formas que le agraden a Él y no de formas que provoquen Su ira. Sí, nuestro uso de la tecnología puede agradar a Dios. Él se deleita en ver la verdad en lugar de la falsedad en Facebook, en oír que la verdad se transmite por el mundo y en presenciar nuestro testimonio en línea ante los incrédulos.

Dios es juez

El conocimiento que Dios tiene de nosotros no está siendo almacenado en un mueble polvoriento o en un servidor lejano que algún día se perderá o será borrado. No, como Juez, un día Él nos llamará a rendir cuentas no solo por cada palabra ociosa, sino también por cada clic ocioso e idólatra, por cada segundo que pasamos inútilmente perdiendo el tiempo. Puede que silenciemos a nuestro juez interno, nuestra conciencia; podemos ser más listos que nuestros jueces terrenales, nuestros padres y las personas a las que les rendimos cuentas; pero jamás escaparemos del juicio de Dios. Es cierto que la gracia de Dios en Cristo cubre todo pecado; ningún creyente verdadero en Jesús será jamás separado de Cristo por su pecado, y Su justicia que nos ha sido imputada nos asegura el cielo. No obstante, sabemos que en aquel día final, Dios pesará las obras de los cristianos. Nos presentaremos ante el gran Juez, quien estará frente a nosotros no como nuestro condenador, sino como nuestro evaluador que juzgará lo que hemos hecho y le otorgará a Su pueblo mayores o menores recompensas conforme a su obediencia. Deja que Su discernimiento  te ayude a juzgar con discernimiento respecto a tu uso de la tecnología.

Dios es el Salvador

A veces, la culpa detiene al pecado; nuestras conciencias nos duelen y nos advierten para que cambiemos nuestros caminos. Sin embargo, con mayor frecuencia, la culpa multiplica el pecado; nos deja desesperanzados e impotentes. Una vez más hemos pecado con nuestro celular, fallamos otra vez en nuestro iPad. Nos sentimos tan condenados, ¿qué sentido tiene seguir intentando? Hemos pecado tanto, ¿qué daño va a causar otro pecado?

La culpa también multiplica el pecado al crear distancia entre nosotros y Dios. Nos enajena y nos separa de Dios y, en consecuencia, hace que pecar sea mucho más fácil. Esta es la razón por la que necesitamos escuchar sobre la salvación, la gracia y el perdón otra vez.

Nada desalienta al pecado como el perdón de los pecados, ya que no solo quita la culpa, sino que también multiplica el amor por el Perdonador. Cuanto más podamos abrazar el perdón divino, más abrazaremos al Perdonador y más amor por Cristo disfrutaremos.

Dios es poderoso

A veces podemos tener el deseo de rendirnos ante la batalla contra los peligros de la tecnología. Vemos los ejércitos alineados contra nosotros y nuestros hijos, y preguntamos: «¿Qué sentido tiene luchar si estoy contra tanto?».

Tienes razón; los ejércitos son demasiados, y demasiado poderosos. Sin embargo, mayor es el que está con nosotros que el que está con ellos. Con Dios, todas las cosas son posibles, y Él ama demostrar Su capacidad, especialmente en nuestra incapacidad. Su poder es manifestado especialmente en nuestra debilidad. Cuando sentimos y confesamos nuestra impotencia, es que Él hace Su entrada con Su omnipotencia. Él puede mantenernos seguros a nosotros y a nuestros hijos. Él es capaz y poderoso para salvar. Él también puede darnos a nosotros y a todos nuestros hijos Su Espíritu Santo para resistir la tentación y hacer lo que es justo y bueno. Su Espíritu es mucho más influyente que el espíritu de la época.

Dios es sabio

A veces podemos ser tentados a pensar que Dios no previó este enorme desafío moral y espiritual, que no lo anticipó y que, por lo tanto, no ha provisto nada en Su Palabra para ayudarnos. Después de todo, la Biblia fue escrita hace miles de años. ¿Qué puede la era del papiro decirle a la era digital? Afortunadamente, Dios sí lo previó, sí lo anticipó y ha dejado suficiente verdad en la Biblia para guiarnos por este campo minado. Muchos versículos del Nuevo Testamento sobre la ética cristiana pueden ser aplicados a la tecnología, pero me he dado cuenta de que el libro de Proverbios es especialmente útil como fuente de sabiduría divina para la era digital. ¿Por qué no leerlo mientras pedimos a Dios luz para saber cómo aplicar estos antiguos principios de sabiduría a los tiempos modernos? Dios es más sabio que los magnates tecnológicos más sabios y ha anticipado cada desarrollo tecnológico hasta el fin de los tiempos. Nunca llegará el día en que digamos: «Bueno, a la Biblia se le agotó la verdad».

Apenas he rozado la superficie, pero espero que estés convencido de que la respuesta final para la tecnología digital es la teología digital.

El Dr. David P. Murray es profesor de Antiguo Testamento y teología práctica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan, y pastor de Grand Rapids Reformed Church.

La Cruz y el ministerio cristiano

Reseña 45

Don Carson es el profesor de investigación del Nuevo Testamento de Trinity Evangelical Divinity School en Deerfield, Illinois, y cofundador (junto a Tim Keller) de The Gospel Coalition.

“Principios para un liderazgo dinámico y cristocéntrico”

La cruz de Jesucristo es un ejemplo único para toda clase de servicio cristiano. Este libro presenta una visión exhaustiva de lo que la muerte de Cristo supone en la predicación y en el pastorado del pueblo de Dios. El autor encuentra en 1ª Corintios los principios para un liderazgo dinámico y cristocéntrico.

La Cruz y el ministerio cristiano expone el poder que proviene de la locura de predicar a Cristo crucificado; explica cómo únicamente el Espíritu Santo puede revelarnos la profunda sabiduría de Dios en la cruz; demuestra que aquellos cuya perspectiva está centrada en la cruz no se verán envueltos en enmarañadas discusiones; muestra cómo el hecho de centrarse en la cruz capacita a los líderes a que sean siervos y señala, además, cómo la cruz moldea a los cristianos “mundanos”.

Cuando leemos los primeros capítulos de 1 Corintios, es fácil preguntarnos: ¿es que los creyentes corintios necesitan tener una visión más completa de lo que implica el liderazgo cristiano? Muy bien, dice Pablo, este es el cuadro: “Hasta ahora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (1 Co. 4:11-13).

No es necesario analizar con detalle estas chocantes líneas, pero comentarlas un poco acentuará su impacto. Las frases “hasta esta hora” y “hasta ahora” son, probablemente, la forma que tiene Pablo de atraer la atención hacia la situación escatológica. Pablo y sus colegas apóstoles siguen padeciendo, hasta este momento, aunque ya se haya inaugurado el reino escatológico por medio del triunfo de Cristo. Los corintios, en otras palabras, están montando su teología olvidando la evidencia que tienen delante. La falta de ministerio itinerante (“tenemos hambre”, ”estamos desnudos”, ”somos abofeteados”), la auténtica sustancia de la vida apostólica, culmina en el “no tenemos morada fija”, precisamente porque su “morada” no está atada a este mundo.

A primera vista, lo que parece estar fuera de esta lista es el “nos fatigamos trabajando con nuestras manos”. De hecho, como los maestros en el mundo helenístico consideraban estar por encima del trabajo manual, mientras que Pablo con frecuencia ganaba para él y su equipo (y a veces insistía en hacerlo) gracias a su habilidad como fabricante de tiendas, era fácil que los corintios lo rechazaran como a un ejemplar inferior de la raza de los maestros. Pero lo que ellos desprecian, él lo presenta como ejemplar. Y por lo que respecta al modo en que responde a las puyas y ataques de un mundo escéptico, Pablo ofrece su testimonio como modelo: “nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos” (1 Co. 4:12-13). Así refleja, en su práctica, la enseñanza (Lc. 6:28) y el ejemplo (Lc. 23:34) del mismo señor Jesús.

Resumiendo: Pablo dice que, él y sus compañeros de apostolado, han “venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (4:13), los parias, los rechazados, la basura de todos… todo lo despreciable en una sociedad llena de personas guapas y exitosas.

Si Pablo insiste en que él es un modelo para otros, diciéndoles que le imiten, es porque él mismo sigue el ejemplo de Cristo. 

De repente, ya no podemos ignorar el modelo de liderazgo de Pablo, no el modelo que él era para otros, sino el modelo que eligió para seguir él mismo. Porque se nos vuelve a recordar, una y otra vez, la cruz. El profeta escribió sobre el siervo sufriente: “Le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is. 53:2-3). Pablo testifica a los filipenses su deseo de experimentar no solo el poder de la resurrección de Cristo, sino también la comunión que supone participar en sus sufrimientos (Fil. 3: 10). Ciertamente, en otro pasaje les escribe a los cristianos en Roma y les dice que son “también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Ro. 8:17). Si Pablo insiste en que él es un modelo para otros, diciéndoles que le imiten (1 Co. 4:16), es porque él mismo sigue el ejemplo de Cristo (1 Co. 11:1).

Pablo no es tan ingenuo que piense que todos los cristianos deberían, en teoría, sufrir en el mismo grado. De hecho, en un pasaje testifica de su voluntad de participar en un grado desproporcionado de sufrimientos, para que otros no lo hagan. Pero lo que está en juego para Pablo es algo fundamental, una forma de mirar las cosas. Podemos resumirlo en tres puntos.

La Cruz y el ministerio cristiano

1. Seguimos a un Mesías crucificado. Todas las promesas escatológicas que conciernen al nuevo cielo y la nueva tierra, todas las bendiciones del perdón de pecados y el bendito Espíritu de Dios, no niegan el hecho de que las buenas nuevas que exponemos se centran en la locura de Cristo crucificado. Y este mensaje no puede comunicarse adecuadamente desde la elevada posición de un triunfalista condescendiente. Llevaremos nuestra cruz hasta el fin de los tiempos; es decir, moriremos a nuestro propio interés cada día, y seguiremos a Jesús. Cuanto menos conozca una sociedad esta actitud, más insensatos pareceremos y más sufrimientos soportaremos. Que así sea: no hay otra forma de seguir a Jesús.

2. Los líderes de la Iglesia padecen más. No son como los generales en el ejército, que se quedan tras las líneas. Son las tropas de asalto, la gente de vanguardia, que nos guía tanto con su ejemplo como con su palabra. Alabar una forma de liderazgo que desprecia el sufrimiento es, por tanto, negar la fe.

Necesitamos una pasión renovada no solo por centrar nuestra predicación en el evangelio del Mesías crucificado, sino también nuestras vidas y las de nuestros líderes. 

3. En cierta medida, todos los cristianos son llamados a esta visión de la vida y el discipulado. Pablo está a punto de decir: “Por tanto, os ruego que me imitéis. Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias” (4:16-17 LBLA, énfasis añadido).

Debemos reconocer honradamente que esta afirmación resulta extraña a muchas de nuestras experiencias en el mundo occidental. Hasta hace bastante poco, aun los inconversos en occidente se adherían a los valores judeocristianos. No obstante, esta actitud está decayendo rápidamente, y a medida que lo hace habrá más y más oposición a cualquier forma de cristianismo que intente seguir siendo fiel a la Biblia.

Pero una parte del motivo por el cual la afirmación de Pablo nos resulta extraña a tantos de nosotros, es que, inconscientemente, nos hemos vuelto más como los cristianos corintios que como cristianos paulinos (¡es decir, bíblicos!). Muchos de nosotros somos acomodados, estamos a gusto, con pocos incentivos para vivir en la vibrante anticipación del regreso de Cristo. A menudo nuestro deseo por la aprobación del mundo aventaja a nuestro deseo del “¡Bien hecho!” de Jesús, en aquel último día. El lugar adecuado para empezar a cambiar esta profunda traición del evangelio es la cruz… en arrepentimiento, contricción, y una pasión renovada no solo por centrar nuestra predicación en el evangelio del Mesías crucificado, sino también nuestras vidas y las de nuestros líderes.

ÍNDICE

  1. La cruz y la predicación (1ª Corintios 1:18-2:5)
  2. La cruz y el Espíritu Santo (1ª Corintios 2:6-16)
  3. La cruz y las divisiones (1ª Corintios 3)
  4. La cruz y el liderazgo cristiano (1ª Corintios 4)
  5. La cruz y el cristiano transcultural (1ª Corintios 9:19-27)

*Editorial Andamio 2ª edición Marzo 2011. – 154 pp.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/574-la-cruz-y-el-ministerio-cristiano.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

La cruz y el ministerio cristiano 1

La imagen de Dios y la bendición de Dios 1

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:26-28).

El hombre es una criatura noble por encima de todas las demás y tiene en sí un valor que supera a todas las criaturas visibles. Por eso es que Dios delibera cuando se prepara para crearlo. Es cierto que el hombre fue hecho poco menor que los ángeles porque estos disfrutan de la presencia de Dios y su posición es más honorable de lo que podemos imaginar porque son los mensajeros de Dios.

Inclusive, son ministros de su poder y de la soberanía que ejerce en este mundo. Pero de todas las cosas en el cielo y en la tierra, nada se compara con el hombre.

Es por eso que los filósofos lo han llamado “un pequeño mundo”. Si quisiéramos reflexionar sobre lo que hay en el hombre, encontraríamos tantas cosas maravillosas que sería como hacer una excursión alrededor del mundo. Es de destacar, entonces, que es en este punto donde Dios empieza su consulta; no que se encuentre con problemas, sino que lo hace a fin de expresar mejor la bondad infinita que nos quería demostrar. Por lo tanto, si Moisés hubiera afirmado simplemente que por último Dios creó al hombre, no nos conmoveríamos y emocionaríamos tanto ante su gracia, tal como la revela en su naturaleza. Pero cuando Dios compara al hombre con una obra singular y excelente, y parece que estuviera consultando sobre un tema de gran importancia, nos conmueve aun más profundamente saber que es en el hombre donde Dios quería que brillara su gloria. De lo contrario, ¿por qué es tan importante que nos diferenciemos de los animales irracionales? ¿Es una parte de nuestra sustancia? Hemos sido formados del polvo de la tierra. Es la misma tierra de la que fueron tomados los bueyes, asnos y perros. ¿Cómo es, pues, que tenemos una posición tan alta que nos acercamos a nuestro Dios, que tenemos la capacidad de razonar y comprender, y luego, señorío sobre todo lo demás? ¿De dónde viene eso fuera del hecho de que a Dios le agradó hacernos diferentes? Esa diferencia es señalada cuando Dios declara que quiere realizar una obra importante que es más grande que todo lo demás que ha creado. Aunque el sol y la luna son creaciones tan nobles que parecen divinas, aunque los cielos
tienen un aspecto que maravilla y alegra al hombre, aunque la gran diversidad de frutas y otras cosas que vemos aquí en la tierra son diseñadas para declararnos la majestad de Dios, la realidad es que si comparamos todo eso con el hombre, encontramos en él características mucho más grandiosas y más excelentes…

Al llegar a este punto, podríamos preguntar: “¿Con quién consulta Dios?”… El Padre fue la causa y fuente soberana de todas las cosas y aquí consulta con su sabiduría y su poder… Nuestro Señor Jesucristo es la Sabiduría sempiterna que reside en Dios y ha tenido su esencia siempre en él. ¡Él es uno de la Trinidad! El Espíritu Santo es el Poder de Dios. Las ideas fluirán muy bien si decimos que la Persona del Padre es presentada aquí porque tenemos el punto de partida para hablar acerca de Dios cuando dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”… Cuando dice que el hombre será creado a imagen de Dios, conforme a su semejanza, es para declarar que habrá en él poderes y dones que servirán como señales y marcas que muestran que la raza humana es como el linaje de Dios, tal como lo prueba Pablo con el dicho del poeta gentil en el capítulo 17 de Hechos: “Porque linaje suyo somos” (Hch. 17:28)…

Tomado de John Calvin’s Sermons on Genesis.

Continuará …


Juan Calvino (1509-1564): Teólogo y pastor francés, líder importante durante la Reforma Protestante; nacido en Noyon, Picardia, Francia.

La exposición de los lobos

El siglo II de la era cristiana vio a la Iglesia emerger de las sombras y comenzar a empuñar armas en el mundo de las ideas. 

El inicio no fue fácil. A principios de siglo, el emperador Trajano (98-117), uno de los cuatro «emperadores buenos» (junto con sus sucesores Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), tomó como política no buscar cristianos y rechazar las denuncias anónimas. De este modo, los cristianos eran perseguidos solamente cuando se daban a conocer. Esta política pudiera entenderse como tolerante y benevolente, pero el resultado, por supuesto, fue el martirio precisamente de aquellos cristianos que no estaban dispuestos a guardar silencio sobre su fe. 

Las autoridades imperiales no fueron los únicos que hostigaron a los cristianos. La hostilidad pagana hacia el cristianismo creció a lo largo del siglo, y numerosos paganos escribieron duramente en contra de este. Los más famosos fueron Luciano de Samósata y el filósofo Celso, cuya diatriba anticristiana, Discurso Verdadero, inspiró la obra apologética de Orígenes de Alejandría, Contra Celso

No obstante, fue un movimiento al interior de la misma Iglesia, un movimiento que se mostraba a sí mismo como una élite, con un entendimiento superior del cristianismo, el que presentó el desafío más significativo a la Iglesia creciente. Este movimiento fue conocido como gnosticismo. 

Irónicamente, el martirio de Potino, obispo de Lyon en la Galia, quien fue llevado a la muerte por Marco Aurelio, el «emperador filósofo», alrededor del 177 d. C., trajo a la fama al hombre que más hábilmente respondió a los gnósticos. Ireneo sucedió a Potino como obispo y llegó a ser uno de los más efectivos defensores tempranos de la verdad cristiana, entregándole a la Iglesia una clara definición frente a la desviación más peligrosa de la ortodoxia cristiana. 

En una época se creyó que el gnosticismo había surgido desde dentro de los círculos cristianos, esto debido a que se había hecho notorio principalmente por los intentos de los cristianos ortodoxos de refutarlo. Más recientemente ha salido a la luz que el gnosticismo, por el cual se entiende un fenómeno subversivo existente dentro del campo cristiano, era el aspecto cristiano de un movimiento gnóstico mucho más grande, que incluso afectaba al judaísmo y al mundo pagano. Hoy existe un paralelo distinto al movimiento gnóstico del segundo siglo. Es conocido como Nueva Era, y tal como el antiguo gnosticismo, tiene representantes dentro de la cristiandad y fuera de ella. 

El gnosticismo, así como el movimiento gnóstico más amplio fuera de la Iglesia, era un fenómeno de muchos rasgos como para caracterizarlo en un par de párrafos —tal como lo es hoy la Nueva Era— pero hay algunas características sobresalientes que eran comunes a la mayoría de los gnósticos. Como su nombre implica (tomado de la palabra griega gnosis, que significa «conocimiento»), los gnósticos consideraban que el conocimiento, o un tipo particular de conocimiento, era la clave para la comprensión de toda verdad y la fuente de salvación. Los gnósticos «cristianos» enseñaron que el Cristo de los Evangelios y los Evangelios mismos eran de hecho una revelación, pero de un nivel inferior, adecuada para los de mente simple (tal como el mundo intelectual y la élite mediática mira hoy a la religión evangélica).

Por lo tanto, el gnosticismo era elitista, pues consideraba que solo una parte de la humanidad, la verdaderamente espiritual, era capaz de recibir la gnosis salvadora o conocimiento oculto, que se transmitía en secreto y que no estaba disponible para la gran masa de personas. Las personas menos espirituales, irremediablemente sumidas en el mundo material, eran rechazadas como «terrenales».

En términos tanto de contenido como de actitud, el movimiento gnóstico representaba una tendencia humana recurrente; como ya se ha sugerido, ha reaparecido en nuestra propia época como el movimiento Nueva Era, con su increíble variedad de ideas fantásticas. Por esta razón, es útil observar el gnosticismo cuasi-cristiano y ver cómo la Iglesia evitó ser subvertida por él, con Ireneo como figura destacada en la lucha.

El combate no solamente se libró en el plano intelectual; parte de la razón del éxito que tuvo la Iglesia en su autodefensa yació en la prontitud con la que líderes de congregaciones individuales tomaron medidas contra los infiltrados o conversos gnósticos. Estos fueron rápidamente identificados, denunciados como falsos creyentes y expulsados. La mayoría de los líderes verdaderamente cristianos reconocieron instintivamente el peligro de tolerar sus ideas, que alegaban, tal como lo ofrecieron, un tipo de conocimiento más elevado a la élite intelectual o la élite en potencia en sus congregaciones. Aún así, la pronta acción disciplinaria de los líderes congregacionales no habría sido suficiente sin el trabajo de los primeros teólogos, quienes contrarrestaron la amenaza gnóstica al tratar en detalle tanto sus principios generales como sus errores particulares.

Uno de los enfoques favoritos de los gnósticos era afirmar que creían y respetaban las enseñanzas del evangelio, y que simplemente estaban trayendo verdades más grandes y secretas a aquellos que eran lo suficientemente espirituales como para recibirlas. En consecuencia, una de las principales tácticas de opositores tales como Ireneo fue insistir en que el mensaje canónico del evangelio era completamente suficiente y que otras verdades aparentes no eran mejoras sino que, de hecho, representaban un peligro real para la salvación, porque la salvación viene por creer en el evangelio, no por aceptar una gnosis elitista.

La necesidad de definir, aclarar y justificar la legítima creencia cristiana frente a las nociones fantasiosas del gnosticismo llevó a Ireneo a producir una de las primeras obras importantes en la teología cristiana, Adversus Haereses [Contra las herejías]. Al leer a Ireneo, incluso podríamos decir que el gnosticismo fue una ayuda para el cristianismo porque estimuló la buena teología cristiana.

Ireneo sucedió a Potino como obispo de Lyon alrededor del 177 d. C., luego de que Potino fuera martirizado. Anteriormente, había sido discípulo de Policarpo, quien también había sido martirizado ya anciano cerca del 167 d. C., durante el reinado del mismo «emperador bueno», Marco Aurelio. Por lo tanto, Ireneo sabía de primera mano el peligro de defender a Cristo en el mundo multicultural y tolerante a la religión del emperador filósofo. Los cristianos del siglo XXI en Estados Unidos probablemente no enfrentan un peligro mayor que ser despreciados y posiblemente perder sus empleos por presentar la enseñanza exclusivista de que la salvación se encuentra solo en Jesucristo. Pero si Ireneo pudo defender la verdad cristiana contra el gnosticismo en los días en que atraer la atención pública como cristiano podía llevar a la muerte, ciertamente deberíamos ser capaces de rechazar sus variantes modernas cuando el peor peligro que corremos es ser denunciados como políticamente incorrectos o intolerantes. Desde la perspectiva de los protestantes ortodoxos del siglo XXI, la exaltación de Ireneo de la suficiencia del evangelio contra las supuestas mejoras de los gnósticos también ofrece un ejemplo útil de cómo manejar la afirmación del catolicismo romano de que la tradición es una fuente esencial de doctrina además de las Escrituras.

El gnosticismo presentaba tres grandes amenazas para los primeros cristianos. Primero, se agregaron «verdades» gnósticas secretas al registro del evangelio, diluyendo los fundamentos de la fe bíblica con enseñanzas extrañas y a menudo fantásticas. Segundo, la afirmación de los maestros gnósticos de tener acceso a verdades secretas socavaba la autoridad de los obispos y presbíteros. Tercero, la impartición de la gnosis solo a un cuerpo selecto o autoseleccionado de buscadores dividió las congregaciones y les dio a los gnósticos neófitos una razón para exaltarse a sí mismos como miembros verdaderamente «espirituales» de una clase de élite muy por encima del rebaño común de aquellos que tenían únicamente una «fe simple».

Además de la Nueva Era, el gnosticismo del siglo II tiene un paralelo en nuestros días en otro tipo de tentación gnóstica, a saber, una fascinación por la experiencia teológica y una disposición acompañante para tomar lo que los «expertos» nos dicen en sus palabras. Algunos que han obtenido doctorados y otras distinciones en el estudio de las Escrituras y la teología actúan como si supieran algo nuevo y verdaderamente esencial, a lo que los cristianos más simples solo pueden acceder al escucharlos. Naturalmente, estos «cristianos más simples», crédulos, inadvertidamente alimentan el elitismo autoinfatuado de estos maestros cuando con su aprendizaje superior difieren, cuestionan o contradicen las claras enseñanzas de las Escrituras.

Como obispo, Ireneo comenzó insistiendo en la autoridad de la comunidad de obispos, afirmando que uno puede estar seguro de la verdad solo si está en comunión con los líderes que han sido designados para defenderla. Su insistencia en la autoridad de los obispos como grupo y no en el obispo de Roma como único jefe de la Iglesia a menudo se ha utilizado como argumento en contra de la supremacía papal. En un controvertido pasaje en Contra las herejías, Ireneo habla de Roma como el lugar donde las iglesias se reúnen y dan fe de su unidad, pero no el lugar al que se someten.

Nadie de la generación de Ireneo pudo estar mejor arraigado que él en la tradición ni, de haber sido necesario, tenido un mejor acceso al conocimiento secreto, porque Ireneo había sido alumno de Policarpo, y Policarpo había sido alumno del apóstol Juan. Esta herencia le da a sus escritos la autenticidad inusual de una conexión distante con el último de los discípulos originales de Cristo. Si Cristo realmente hubiera impartido un conocimiento secreto a su círculo más íntimo durante los 40 días posteriores a la resurrección, que es una de las supuestas fuentes de gnosis, Ireneo habría estado en una buena posición para aprenderlo.

Al igual que Lucas en su Evangelio y en Hechos, Ireneo escribió Contra las herejías para un amigo. El amigo le había preguntado sobre el sistema de Valentín, un atractivo maestro que quería ser considerado un verdadero cristiano, solo que más conocedor (gnóstico) que el rebaño común. Valentín, el gnóstico más importante del siglo II, era un hombre altamente educado y sensible, lleno de celo y pathos religioso. Desafortunadamente, sus doctrinas transformaron la fe simple del evangelio en algo muy diferente. Podríamos comparar a Valentín con un teólogo moderno cuya genialidad y encanto nos hacen perder de vista la naturaleza errónea de sus enseñanzas.

En varios capítulos del Libro I, Ireneo describe el elaborado sistema de Valentín con cierto detalle; de hecho, Contra las herejías es una de nuestras mejores fuentes para conocer a Valentín y su típico rechazo gnóstico de la doctrina bíblica de la creación. Para los gnósticos, la entidad espiritual suprema era demasiado elevada para que se contaminara (a sí misma) mediante la producción o interacción con la materia básica. (La adhesión de la mayor parte del mundo educativo contemporáneo a la evolución naturalista es una presuposición tan grande como la idea gnóstica de que el espíritu no puede afectar la materia). A los ojos gnósticos, la materia era mala y el único Proarché (Protoprincipio) espiritual del cual vinieron todas las cosas no pudo haberse contaminado mediante el contacto con ellas. Valentín, por lo tanto, concibió un orden descendente de entidades espirituales, llamadas eones, un número inmenso con muchos nombres exóticos, agrupados en formaciones con otros nombres exóticos, que incluyen, por ejemplo, la Pléroma (plenitud), la Ogdóada (grupo de ocho), la Década (10) y la Docena (12). Finalmente, al final de una larga y confusa lista de entidades espirituales cada vez menos puras, se genera el mundo burdo de la materia.

Por supuesto, Valentín realmente no tuvo éxito en explicar cómo la creación ex nihilo de la Escritura pudo ser pasada por alto por los eones espirituales que gradualmente se convirtieron en materia, pues nunca resolvió realmente la cuestión de cómo la materia puede existir a través de la degeneración de aquello que es espiritual. La proliferación de sus eones simplemente ocultó la contradicción.

Sin embargo, Ireneo lo expuso de manera brillante y con mucho humor. Luego de entrar en el sistema de eones de Valentín, con sus nombres imaginativos y fascinantes, Ireneo escribió una parodia que expone lo absurdo de evadir la doctrina de la creación mejor que cualquier descripción que podamos idear:

Nada obstaculiza a nadie, al tratar el mismo tema (el origen de la materia a partir del espíritu), para colocar nombres de la siguiente manera: hay un cierto Proarché (Protopincipio), real, que supera todo pensamiento, un poder que existe antes que cualquier otra sustancia, y extendido en el espacio en todas las direcciones. Pero junto con él existe un poder que yo llamo Calabaza, y junto con esta Calabaza existe un poder que nuevamente llamo Vacío Absoluto. Esta Calabaza y este Vacío, dado que son uno, produjeron (y, sin embargo, no produjeron, para estar separados de sí mismos), una fruta, visible en todas partes, comestible y deliciosa, que el lenguaje de las frutas llama Pepino. Junto con este Pepino existe un poder de la misma esencia, que nuevamente llamo Melón. Estos poderes, la Calabaza, el Vacío Absoluto, el Pepino y el Melón, produjeron la multitud restante de los melones delirantes de Valentín.

Ireneo merece respeto por la amplitud y claridad de su pensamiento, y se ubica entre los principales teólogos del cristianismo primitivo. Hizo mucho más que refutar el gnosticismo, contribuyendo a nuestra comprensión de la encarnación, de la obra de Cristo y de la naturaleza humana. Sin embargo, su exitosa defensa contra el gnosticismo haría más para las futuras generaciones que cualquier otro trabajo suyo. ¿Podemos seguir su ejemplo de los melones delirantes al tratar con los innumerables absurdos de la Nueva Era?

El Dr. Harold O.J. Brown fue profesor de teología en Reformed Seminario Theological Seminary en Charlotte, N.C.

Pensamientos de A.W. Pink

El escritor ha conocido a muchas personas que profesan ser cristianas, pero cuya vida diaria no se diferencia en nada de los miles de no profesantes que los rodean. Rara vez, por no decir ninguna, se les encuentra en la reunión de oración, no tienen adoración familiar, pocas veces leen las Escrituras, no hablan con nadie de las cosas de Dios, su caminar es absolutamente mundano y ¡a pesar de todo, están bastante seguros de que irán al cielo! Investiga en el campo de su confianza y te dirán que hace mucho tiempo aceptaron a Cristo como su Salvador y que ahora su consuelo es que “una vez salvo, siempre salvo”. Existen miles de personas como estas en la tierra hoy que, a pesar de
ello, se encuentran en la senda ancha que lleva a destrucción, caminando por ella con una paz falsa en sus corazones y una profesión vana en sus labios. — A. W. Pink

Arthur Walkington Pink (Nottingham, Inglaterra 1 de abril de 1886 – Stornoway, 15 de julio de 1952) fue un teólogo, evangelista, predicador, misionero, escritor y erudito bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas de las doctrinas puritanas en medio de una era dominada por la oposición a las tradiciones teológicas. Por ejemplo, llamaba al Dispensacionalismo “un error moderno y pernicioso”. Como suscriptores de su revista mensual Estudio sobre las Escrituras estaban Martyn Lloyd-Jones y el Dr. Douglas Johnson, primer director general del InterVarsity.

Paganos y Cristianos

Lo que sigue es un extracto de John G. Paton: Missionary to the New Hebrides (John G. Paton: Misionero a las Nuevas Hébridas) editado por James Paton. Esta extraordinaria autobiografía exhibe las maravillas de la gracia salvífica de Dios. Tras años trabajando duramente entre los caníbales, Dios usó el que Paton cavara un pozo para extraer agua, para quebrantar la garra del paganismo y llevar a los caníbales a inclinarse delante de nuestro Dios soberano. Asombrados al ver el agua saliendo de la tierra, en el pozo, el viejo jefe Namakey dio más tarde su testimonio en la iglesia misionera de Paton:

“Mi pueblo… el pueblo de Aniwa… ¡el mundo está trastocado desde que la palabra de Jehová vino a esta tierra! ¿Quién esperó jamás ver la lluvia subiendo y atravesando la tierra? ¡Siempre había descendido de las nubes! Maravillosa es la obra de este Dios Jehová. Ningún dios de Aniwa había respondido jamás las oraciones como lo ha hecho el Dios de Missi. Amigos de Namakey, todos los poderes del mundo no podían habernos obligado a creer que la lluvia podía salir de las profundidades de la tierra, si no lo hubiéramos visto con nuestros ojos, tocado y probado como lo hacemos aquí. Ahora, con la ayuda de Jehová Dios, el Missi puso ante nuestros ojos esa lluvia invisible de la que nunca habíamos oído hablar ni habíamos visto y… (golpeándose el pecho con la mano, exclamó)… Aquí, dentro de mi corazón, algo me dice que Jehová Dios existe de verdad, el Invisible del que nunca supimos hasta que Missi lo puso en nuestro conocimiento. Se ha eliminado el coral y la tierra se ha limpiado y ¡he aquí que surge el agua! Invisible hasta este día, aunque de todos modos estaba allí, pero nuestros ojos eran demasiado débiles. De modo que yo, vuestro jefe, ahora creo firmemente que cuando muera, cuando se quiten los trozos de coral y los montones de polvo que ahora ciegan mis viejos ojos, veré al invisible Dios Jehová con mi alma, como me dice Missi. Y así será, tan cierto como que he visto la lluvia subir de la tierra de abajo. Desde este día, pueblo mío, debo adorar al Dios que ha abierto el pozo para nosotros y que nos llena de lluvia de abajo. Los dioses de Aniwa no pueden escuchar, no pueden ayudarnos como el Dios de Missi. De aquí en adelante soy un seguidor de Jehová Dios. Que todo aquel que piense como yo vaya ahora a buscar a los ídolos de Aniwa, los dioses a los que temían nuestros padres y los echen al suelo, a los pies de Missi. Quememos estas cosas de madera y piedra, enterrémoslas y destruyámoslas, y que Missi nos enseñe cómo servir al Dios al que no podemos escuchar, el Jehová que nos dio el pozo y que nos dará cualquier otra bendición porque Él envió a su Hijo Jesús a morir por nosotros y llevarnos al cielo. Esto es lo que Missi nos ha estado diciendo cada día desde que desembarcó en Aniwa. Nos reímos de él, pero ahora creemos lo que nos dice. El Dios Jehová nos ha enviado lluvia de la tierra. ¿Por qué no nos mandaría también a su Hijo desde el cielo? ¡Namakey, levántate para Jehová!

Este discurso y la perforación del pozo hicieron el trabajo de quebrantar el paganismo que había en Aniwa. Aquella misma tarde, el viejo jefe y varios hombres de su pueblo trajeron sus ídolos y los echaron a mis pies, junto a la puerta de nuestra casa. ¡Oh, qué entusiasmo tan intenso durante las semanas que siguieron! Unos tras otros vinieron hasta allí, cargados con sus dioses de madera y piedra, haciendo montones con ellos, entre las lágrimas y los sollozos de algunos y los gritos de otros, entre los que se podía oír la palabra “¡Jehová! ¡Jehová!” repetida una y otra vez. Echamos a las llamas todo lo que se podía quemar; otras cosas fueron enterradas en hoyos de entre tres metros y medio y cuatro metros y medio de profundidad y, unas pocas, las más susceptibles de poder alimentar o despertar la superstición, las hundimos muy lejos, en la profundidad del mar. ¡Que ningún ojo pagano pueda volver a fijarse en ellos nunca más!

Con esto no quiero indicar que, en todos los casos, sus motivaciones fueran elevadas o iluminadas. No faltaron los que deseaban hacer pagar a este nuevo movimiento ¡y se disgustaron en gran manera cuando nos negamos a “comprar” sus dioses! Al decirles que Jehová no estaría satisfecho, a menos que ellos los entregaran por su propia voluntad y los destruyeran sin dinero o recompensa, algunos se los volvieron a llevar y esperaron toda una estación junto a ellos y otros, los tiraron con desprecio. Se celebraron reuniones y se pronunciaron discursos, ya que estos vanuatuenses son oradores irreprensibles, floridos y sorprendentemente gráficos. A esto, le seguía mucha conversación y la destrucción de los ídolos continuó aprisa. Enseguida dos Hombres Sagrados y algunas otras personas escogidas se constituyeron como una especie de comité detective que descubriera y expusiera a quienes fingieron entregarlos todos, pero seguían escondiendo ciertos ídolos en secreto, y para alentar a los indecisos a que vinieran a una profunda [conversión] a Jehová. En aquellos días intensos, llenos de entusiasmo, “estuvimos quietos” y vimos la salvación del Señor.

Ahora nos rodeaban en manadas en cada reunión que celebrábamos. Escuchaban con avidez la historia de la vida y la muerte de Jesús. Voluntariamente iban adoptando alguna que otra prenda de vestir. Y todo lo que sucedía, se nos sometía de forma completa y fiel buscando nuestro consejo o información. Uno de los primerísimos pasos en la disciplina cristiana que dieron con buena disposición y casi de forma unánime fue pedir la bendición de Dios en cada comida y alabar al gran Jehová por su pan de cada día. A cualquiera que no actuara así se le consideraba pagano. (Pregunta: ¿cuántos blancos paganos hay?). El siguiente paso, que se dio como si fuera por consenso común y que no fue menos sorprendente que gozoso, fue una forma de adoración familiar, cada mañana y cada noche. Sin lugar a duda, las oraciones eran con frecuencia muy extrañas y se mezclaban con muchas supersticiones que quedaban; pero eran oraciones al gran Jehová, el compasivo Padre, el Invisible… no más dioses de piedra.

Eran características llamativas, por necesidad, de nuestra vida como cristianos en medio de ellos: oración familiar mañana y tarde, y gracia a la mesa; de ahí que, de la forma más natural, su instintiva adopción e imitación de aquello, como primeras muestras externas de la disciplina cristiana. Cada casa donde no hubiera oración a Dios en la familia, se consideraba por ello pagana. Era una prueba directa y práctica de la nueva fe; en un sentido amplio (y, en lo que cabe, es desde luego muy amplio, cuando subyace algo de sinceridad), la prueba era una sobre la que no podía haber error por ninguna de las partes.


Tomado de John G. Paton y James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

La Adoración familiar puesta en práctica 4

3. Para orar

Sean breves: Con pocas excepciones, no oren durante más de cinco minutos. Las oraciones tediosas hacen más mal que bien.

No enseñen en su oración: Dios no necesita la instrucción. Enseñen con los ojos abiertos; oren con los ojos cerrados.
Sean simples sin ser superficiales: Oren por cosas de las que sus hijos sepan ya algo, pero no permitan que sus oraciones se vuelvan triviales. No reduzcan sus oraciones a las peticiones egoístas y poco profundas.

Sean directos: Desplieguen sus necesidades delante de Dios, defiendan su causa y pidan misericordia. Nombren a sus hijos adolescentes y a los pequeños, y las necesidades de cada uno de ellos a diario. Esto tiene un peso tremendo en ellos.

Sean naturales, pero solemnes: Hablen con claridad y reverencia. No usen una voz poco natural, aguda o monótona. No oren demasiado alto ni bajo, demasiado rápido o lento.

Sean variados: No oren todos los días por las mismas cosas; eso se vuelve monótono. Desarrollen mayor variedad en la oración recordando y enfatizando los diversos ingredientes de la oración verdadera como: La invocación, la adoración y la dependencia. Empiecen mencionando uno o dos títulos o atributos de Dios, como “Señor misericordioso y santo…”. Añadan a esto una declaración de su deseo de adorar a Dios y su dependencia de Él por su ayuda en la oración. Por ejemplo, digan: “Nos inclinamos humildemente en tu presencia. Tú que eres digno de ser adorado, oramos para que nuestras almas puedan elevarse a ti. Ayúdanos por tu Espíritu. Ayúdanos a invocar tu Nom-bre, por medio de Jesucristo, el único por quien podemos acercarnos a ti”.

Confesión de los pecados familiares: Confiesen la depravación de nuestra naturaleza, luego los pecados reales, sobre todo los cotidianos y los familiares. Reconozcan el castigo que merecemos a manos de un Dios santo y pídanle a Él que perdone todos sus pecados por amor a Cristo.

Petición por las mercedes familiares: Pídanle a Dios que los libre del pecado y del mal. Podrían decir: “Oh Señor, perdona nuestros pecados a través de tu Hijo. Somete nuestras iniquidades por tu Espíritu. Líbranos de la oscuridad natural de nuestra mente y la corrupción de nuestros propios corazones; de las tentaciones a las que fuimos expuestos hoy”.

Pídanle a Dios el bien temporal y espiritual: Oren por su provisión para toda necesidad en la vida diaria. Rueguen por sus bendiciones espirituales. Supliquen que sus almas estén preparadas para la eternidad.

Recuerden las necesidades familiares e intercedan por los amigos de la familia: Recuerden orar para que, en todas estas peticiones, se haga la voluntad de Dios. Sin embargo, no permitan que la sujeción a la voluntad de Dios les impida suplicarle que escuche sus peticiones. Implórenle por cada miembro de su familia, en su viaje a la eternidad. Oren por ellos basándose en la misericordia de Dios, en su relación de pacto con ustedes y en el sacrificio de Cristo.

Acción de gracias como una familia: Den gracias al Señor por la comida y la bebida, por las misericordias providenciales, las oportunidades espirituales, las oraciones contestadas, la salud recobrada y la liberación del mal.

Confiesen: “Por tus misericordias no hemos sido consumidos como familia”. Recuerden la Pregunta 116 del Catecismo de Heidelberg, que declara: “Dios dará su gracia y su Espíritu Santo sólo a aquellos que, con deseos sinceros, le piden de forma continua y son agradecidos por ellos”.

Bendigan a Dios por quien Él es y por lo que ha hecho. Pidan que su Reino, poder y gloria se manifiesten para siempre. Luego, acaben con “Amén” que significa “ciertamente así será”.

Matthew Henry dijo que la adoración familiar matinal es, de forma especial, un tiempo de alabanza y petición de fuerza para el día y de bendición divina sobre las actividades de la familia. La adoración vespertina debería centrarse en el agradecimiento, las reflexiones de arrepentimiento y las humildes súplicas para la noche.

4. Para cantar

Canten canciones doctrinalmente puras: No hay excusa para cantar un error doctrinal, por atractiva que resulte su melodía. (De ahí la necesidad de himnos doctrinalmente sanos como el Himnario Trinity).

Canten salmos principalmente sin descuidar los himnos sólidos: Recuerden que los Salmos, denominados por Calvino “una anatomía de todas las partes del alma”, son la mina de oro más rica de la piedad profunda, viva y experimental que sigue disponible hoy para nosotros.

Canten salmos sencillos si tienen hijos pequeños: Al escoger Salmos para cantar, busquen cánticos que los niños puedan dominar fácilmente y canciones que sean particularmente importantes para que puedan aprenderlas. Elijan canciones que expresen las necesidades espirituales de sus hijos en cuanto al arrepentimiento, la fe, la renovación del corazón y de la vida; cánticos que revelen el amor de Dios por Su pueblo y el amor de Cristo por los corderos de su rebaño. Palabras como justicia, bondad y misericordia deberían ser señaladas y explicadas de antemano.

Canten con ganas y con sentimiento: Como afirma Colosenses 3:23: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Mediten en las palabras que están cantando. En ocasiones, expliquen una frase del cántico.

Después de la adoración familiar

Al retirarse para pasar la noche, oren pidiendo la bendición de Dios sobre la adoración familiar: “Señor, usa la instrucción para salvar a nuestros hijos y hacer que crezcan en gracia para que puedan depositar su esperanza en ti. Usa la alabanza que brindamos a tu nombre en los cánticos para acercar tu nombre, tu Hijo y tu Espíritu a sus almas inmortales. Usa nuestras oraciones para llevar a nuestros hijos al arrepentimiento. Señor Jesucristo, que tu soplo esté sobre nuestra familia durante este tiempo de adoración con tu Palabra y tu Espíritu. Haz que sean tiempos vivificantes”.


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

El llamado del Evangelio y la conversión verdadera

El Evangelio de Jesucristo es el más grande de todos los tesoros dados a la iglesia y al cristiano individual. No es un mensaje entre muchos, sino el mensaje por encima de todos ellos. Es el poder de Dios para la salvación y la mayor revelación de la multiforme sabiduría de Dios a los hombres y ángeles. Es por esta razón que el apóstol Pablo dio al evangelio el primer lugar en su predicación, se esforzó con toda su fuerza para proclamarlo claramente, e incluso pronunció una maldición sobre todos los que quieren pervertir su verdad.

Cada generación de cristianos es un mayordomo del mensaje del evangelio, y por el poder del Espíritu Santo, Dios nos llama a cuidar este tesoro que ha sido confiado a nosotros. Si vamos a ser fieles mayordomos , debemos estar absortos en el estudio del Evangelio , haciendo grandes esfuerzos por comprender sus verdades , y nos compro-metemos a proteger su contenido. Al hacerlo, nos aseguraremos de la salvación tanto para nosotros como para los que oyen nosotros.

Esta mayordomía impulso a Paul Washer a escribir esta trilogía. Dice el autor “Como Jeremías, si yo no hablo este mensaje, pero si digo: No le recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo. Como el apóstol Pablo exclamó: ¡Ay de mí si no predicara el evangelio!”.

Uno de los mayores crímenes cometidos por la presente generación cristiana es su abandono del evangelio, y es a partir de esta negligencia que todas las otras enfermedades brotan. El mundo perdido no es está tan endurecido del Evangelio, como lo es ignorante del evangelio, porque muchos de los que anuncian el evangelio también son ignorantes de sus verdades más básicas. Los temas esenciales que conforman el núcleo del evangelio la justicia de Dios, la depravación radical del hombre, la expiación por la sangre, la naturaleza de la verdadera conversión, y la base bíblica de la seguridad – están ausentes de muchos púlpitos. Las iglesias reducen el mensaje del evangelio a algunas afirmaciones de credo, enseñan que la conversión es una mera decisión humana, y pronuncian seguridad de la salvación a través de cualquier persona que reza la oración del pecador. El resultado de este reduccionismo del Evangelio ha sido de largo alcance:

En primer lugar, se endurece aún más los corazones de los inconversos. Pocos de los “convertidos” de hoy en día cada vez se abren camino en la comunión de la iglesia, y los que lo hacen a menudo se apartan o tienen vidas marcadas por carnalidad habitual. Incontables millones caminan nuestras calles y se sientan en las bancas sin cambios por el verdadero evangelio de Jesucristo, y sin embargo, están convencidos de su salvación, porque una vez en su vida levantaron una mano en una campaña evangelística o repitieron una oración. Esta falsa sensación de seguridad crea una gran barrera que aísla a menudo este tipo de individuos de haber escuchado el verdadero Evangelio.

En segundo lugar, tal evangelio deforma la iglesia a partir de un cuerpo espiritual de creyentes regenerados en una reunión de hombres carnales que profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan. Con la predicación del verdadero evangelio, los hombres llegan a la iglesia sin el evangelio de entretenimiento, actividades especiales, o la promesa de beneficios más allá de las que ofrece el evangelio. Los que vienen lo hacen porque desean Cristo y tienen hambre de la verdad bíblica, la adoración sincera, y oportunidades de servicio. Cuando la Iglesia proclama un evangelio menor, se llena con hombres carnales que comparten poco interés en las cosas de Dios, y el mantenimiento de tales hombres es una pesada carga para el iglesia. La iglesia entonces atenúa las exigencias radicales del Evangelio a una moral práctica, y la verdadera devoción a Cristo da paso a las actividades destinadas a satisfacer las necesidades sentidas de sus miembros. La iglesia se convierte en impulsada por la actividad en lugar de centrada en Cristo, y se filtra con cuidado, o empaqueta la verdad a fin de no ofender a la mayoría carnal. La iglesia deja a un lado las grandes verdades de la Escritura y el cristianismo ortodoxo, y el pragmatismo (es decir, cual sea lo que mantenga en marcha y creciendo a la iglesia) se convierte en la regla del día.

En tercer lugar, tal evangelio reduce el evangelismo y las misiones a poco más que un esfuerzo humanista impulsado por estrategias de marketing inteligentes basadas en un cuidadoso estudio de las últimas tendencias en la cultura. Después de años de ser testigo de la impotencia de un evangelio que no es bíblico, muchos evangélicos parecen convencidos de que el evangelio no va a funcionar y que el hombre se ha convertido de alguna manera en un ser demasiado complejo para ser salvado y transformado por un mensaje tan simple y escandaloso. Ahora hay un mayor énfasis en la comprensión de nuestra cultura caída y sus caprichos que en la comprensión y proclamación del único mensaje que tiene el poder para salvarlo. Como resultado, el evangelio está siendo constantemente reenvasado para encajar lo que la cultura contemporánea considere más pertinente. Hemos olvidado que el verdadero evangelio es siempre relevante para todas las culturas porque es la Palabra eterna de Dios a todos los hombres.

En cuarto lugar, tal evangelio trae oprobio al nombre de Dios. A través de la proclamación de un evangelio disminuido, el carnal y no convertido entra en la comunión de la iglesia, y por el abandono casi total de la disciplina de la iglesia bíblica, se les permite quedarse sin corrección o reprensión. Esto ensucia la pureza y la reputación de la iglesia y blasfema el nombre de Dios entre los incrédulos. Al final, Dios no es glorificado, la iglesia no está edificada, el miembro de la iglesia no convertidos no se salva , y la iglesia tiene poca o ningún testimonio al mundo no creyente .

No nos favorece como ministros o laicos estar de pie tan cerca y no hacer nada cuando vemos “el glorioso evangelio del Dios bendito” sustituido por un evangelio de menor gloria. Como administradores de esta confianza, tenemos la obligación de recuperar al único verdadero evangelio y proclamarlo con valentía y claridad a todos.

Haríamos bien en prestar atención a las palabras de Charles Haddon Spurgeon:

“En estos días, me siento obligado a repasar las verdades elementales del evangelio en varias ocasiones. En tiempos de paz, podemos sentirnos libres para hacer excursiones en aspectos interesantes de verdad que se encuentran muy lejos, pero ahora hay que quedarse en casa y cuidar los corazones y hogares de la iglesia por la defensa de los principios básicos de la fe En esta época, se han levantado hombres en sí de la iglesia que hablan perversidades. Hay muchos que nos molestan con sus filosofías y nuevas interpretaciones, por lo que niegan las doctrinas que profesan enseñar, y socavan la fe que se han comprometido a mantener. Es así que algunos de nosotros, que sabemos lo que creemos, y no tienen significados secretos de nuestras palabras, debería simplemente poner nuestro pie en el suelo y mantener nuestra posición , asidos de la palabra de vida y claramente declarando las verdades fundamentales del Evangelio de Jesucristo”.

Aunque la serie Recuperando el Evangelio no representa una presentación enteramente sistemática del evangelio,si hace frente a la mayor parte de los elementos esenciales, especialmente aquellos que son los más descuidados en el cristianismo contemporáneo. Tengo la esperanza de que estas palabras podrían ser una guía para ayudar a redescubrir el Evangelio en toda su belleza, escándalo y poder salvador. Es mi oración que tal redescubrimiento pueda transformar su vida, fortalecer su proclamación, y traer mayor gloria de Dios.

“Ser cristiano no solo consiste en “tomar una decisión por Jesús” o “pasar página”; es un milagro de la gracia, en el cual un pecador es trasladado de muerte a vida por el poder de Dios. En El Llamado del Evangelio & la Conversión Verdadera, de manera clara y brillante, Paul Washer nos ayuda a entender la verdad; abre las Escrituras y explica cómo el poder del evangelio debe impactar nuestras vidas como cristianos. Este es un libro muy necesario, desafiante y pastoral”. – Greg Gilbert, pastor de Third Avenue Baptist Church y autor de ¿Qué es el evangelio?​ 

“Por la gracia soberana de Dios, el ministerio de Paul Washer ha sido particularmente bendecido para instruir a esta generación acerca del llamado del evangelio y la conversión verdadera. Recomiendo enormemente este simple pero profundo estudio sobre estos temas esenciales”. – Sam Waldron, decano académico de MCTS y autor de El Fin de los Tiempos

“Si Cristo va a ser algo en tu vida, debe ser toda tu vida. Ese es el mensaje del evangelio que tanto necesitamos recordar y reconocer en América Latina. No hay “medios-cristianos”, ya que Cristo vino por un pueblo celoso de buenas obras, que da buen fruto, siempre unido a Él. Este libro es un regalo para ayudarnos como Iglesia de Cristo a no desviarnos de esta antigua senda hermosa y llena de gracia, y Paul Washer ha sido probado como un hombre fiel al llamado de Jesús. Léelo si quieres ser retado en tu caminar con Jesús, y vive sus verdades si quieres glorificar a Dios en tu diario vivir”. – Jairo Namnún, director ejecutivo de Coalición por el Evangelio

INDICE

Prefacio: Recuperando el Evangelio
PRIMERA PARTE: INTRODUCCIÓN APOSTOLICA
Un Evangelio Para Conocerse y Dar a Conocer
Un Evangelio Para Ser Recibido
El Evangelio en el Cual Somos Salvos
Un Evangelio de Primera Importancia
Un Evangelio Transmitido y Entregado

SEGUNDA PARTE: EL PODER DE DIOS PARA LA SALVACIÓN
El Evangelio
Un Evangelio Escandaloso
Un Evangelio Poderoso
Un Evangelio Para Todo Aquel Que Cree

TERCERA PARTE: LA ACRÓPOLIS DE LA FE CRISTIANA
Dar Importancia al Pecado
La Exaltación de Dios
Pecadores Todos y Cada Uno
Pecadores Destituidos
Pecadores Hasta la Médula
Indignación Justa
Guerra Santa
Un Regalo Más Costoso
El Dilema Divino
Un Redentor Calificado
La Cruz de Jesucristo
La Vindicación de Dios
La Resurrección de Jesucristo
El Fundamento de Fe en la Resurrección
La Ascensión de Cristo Como el Sumo Sacerdote de Su Pueblo
La Ascensión de Cristo Como el Señor de Todo
La Ascensión de Cristo Como el Juez de Todos

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

La Adoración familiar puesta en práctica 3

3. Solemnidad esperanzada. “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor”, nos dice el Salmo 2. Es necesario que mostremos este equilibrio de esperanza y sobrecogimiento, de temor y fe, de arrepentimiento y confianza en la adoración familiar. Hablen con naturalidad, pero con reverencia, durante ese tiempo, usando el tono que utilizarían para hablar con un amigo al que respetan profundamente, de un tema serio. Esperen grandes cosas de un gran Dios que cumple el pacto.

Seamos ahora más específicos:

1. Para la lectura de las Escrituras
Tengan un plan: Lean diez o veinte versículos del Antiguo Testamento por la mañana y unos diez a veinte del Nuevo Testamento por la noche. O lean una serie de parábolas, milagros o porciones biográficas. Sólo asegúrense de leer toda la Biblia a lo largo de un periodo de tiempo. Como dijo J. C. Ryle: “Llena sus mentes (de los hijos) con las Escrituras. Que la Palabra more en ellos ricamente. Dales la Biblia, toda la Biblia, aunque sean pequeños”.

Para las ocasiones especiales: Los domingos por la mañana, podrían leer los Salmos 48, 63, 84 o Juan 20. En el Sabbat (el Día del Señor), cuando se debe administrar la Santa Cena, lean el Salmo 22, Isaías 53, Mateo 26 o parte de Juan 6. Antes de abandonar la casa para las vacaciones familiares, reúnan a su familia en el salón y lean el Salmo 91 o el Salmo 121.

Involucren a la familia: Cada miembro de la familia que pueda leer debería tener una Biblia para seguir la lectura. Establezcan el tono leyendo las Escrituras con expresión, como el Libro vivo, viviente que es.

Asignen varias porciones para que las lean sus esposas e hijos: Enseñen a sus hijos cómo leer de manera articulada y con expresión. No les permitan murmurar ni leer a toda prisa. Muéstrenle cómo leer con reverencia. Proporcionen una breve palabra de explicación a lo largo de la lectura, según las necesidades de los hijos más pequeños.

Estimulen la lectura y el estudio de la Biblia en privado: Asegúrense de que sus hijos acaben el día con la Palabra de Dios. Podrían seguir el Calendario para las lecturas de la Biblia de M’Cheyne, de manera que sus hijos lean toda la Biblia por sí mismos una vez al año. Ayuden a cada niño a construir una biblioteca personal de libros basados en la Biblia.

2. Para la instrucción bíblica
Sean claros en cuanto al significado: Pregúntenle a sus hijos si entienden lo que se está leyendo. Sean claros al aplicar los textos bíblicos. A este respecto, el Directorio de la Iglesia de Escocia de 1647 proporciona el siguiente consejo:

“Las Sagradas Escrituras deberían leerse de forma habitual a la familia; es recomendable que, a continuación, consulten y, como asamblea, hagan un buen uso de lo que se ha leído u oído. Por ejemplo, si algún pecado ha sido reprendido en la palabra que se ha leído, se podría utilizar para que toda la familia sea prudente y esté vigilante contra éste. O si se amenaza con algún juicio en dicha porción de las Escrituras leída, se podría usar para hacer que toda la familia tema que un juicio como éste o peor caiga sobre ellos, a menos que tengan cuidado con el pecado que lo provocó. Y, finalmente, si se requiere algún deber o se hace referencia a algún consuelo en una promesa, se puede usar para fomentar que se beneficien de Cristo para recibir la fuerza que los capacite para realizar el deber ordenado y aplicar el consuelo ofrecido en todo lo que el cabeza de familia debe ser el patrón. Cualquier miembro de la familia puede proponer una pregunta o duda para su resolución (Párrafo III)”.

Estimulen el diálogo familiar en torno a la Palabra de Dios, en línea con el procedimiento hebraico de pregunta y respuesta de la familia (cf. Ex. 12; Dt. 6; Sal. 78). Alienten sobre todo a los adolescentes para que formulen preguntas, hagan que salgan de su caparazón. Si desconocen las respuestas, manifiéstenselo; incítenlos a buscar las respuestas. Tengan uno o más, buenos comentarios a mano como los de Juan Calvino, Matthew Poole y Matthew Henry. Recuerden que si no les proporcionan respuestas a sus hijos, irán por ellas a cualquier otro lugar y, con frecuencia, serán las incorrectas.

Sean puros en la doctrina: Tito 2:7 declara: “Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad”. No abandonen la precisión doctrinal cuando enseñen a sus hijos; que su objetivo sea la simplicidad y la solidez.

Que la aplicación sea pertinente: No teman compartir sus experiencias cuando sea adecuado, pero háganlo con sencillez. Usen ilustraciones concretas. Lo ideal es que vinculen la instrucción bíblica con lo que hayan escuchado recientemente en los sermones.

Sean afectuosos: Proverbios usa continuamente la expresión “hijo mío”, mostrando la calidez, el amor y la urgencia en las enseñanzas de un padre temeroso de Dios. Cuando deban tratar las heridas de un padre amigo a sus hijos, háganlo con amor sincero. Díganles que deben transmitirles todo el consejo de Dios porque no pueden soportar la idea de pasar toda la eternidad separados de ellos. Mi padre solía decirnos, con lágrimas en los ojos: “Niños, no quiero echar de menos a ninguno de ustedes en el cielo”. Háganles saber a sus hijos: “Les permitiremos cada privilegio que la Biblia nos permita claramente darles, pero si les negamos algo, deberán saber que lo hacemos por amor”. Como declaró Ryle: “El amor es un gran secreto de entrenamiento exitoso. El amor del alma es el alma de todo amor”.

Exijan atención: Proverbios 4:1 advierte: “Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, y estad atentos, para que conozcáis cordura”. Padres y madres tienen importantes verdades que transmitir. Deben pedir que en sus hogares se escuchen con atención las verdades divinas. Esto puede implicar que se repitan al principio normas como estas: “Siéntate, hijo, y mírame cuando estoy hablando. Estamos hablando de la Palabra de Dios y Él merece ser escuchado”. No permitan que sus hijos abandonen sus asientos durante la adoración familiar.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

La vida a la Luz de la Cruz

Al igual que muchos creyentes reformados, alabo a Dios por Su asombrosa gracia, que no solo se manifestó al salvarme, sino también al hacer que después conociera las doctrinas de la gracia. Recuerdo claramente cuando al fin pude ver que la Escritura enseñaba la soberanía de Dios en todas las cosas: que había nacido de nuevo hace muchos años, no porque yo mismo lo hubiera decidido (Jn 1:13) sino porque Dios me ama (Ef 2:4) y me justificó por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo (2:8); que Él está obrando todo conforme al consejo de Su voluntad (1:11), y que mi vida y mi futuro están seguros en Sus manos (Jn 10:28). Incluso aprendí a cantar: «¡Oh, maravilla de Su amor, por mí murió el Salvador!». Sin embargo, durante muchos años permití que la fe reformada que acababa de descubrir, e incluso la cruz de Cristo, alimentaran un orgullo espiritual pecaminoso en mí. En vez de humillarme y crecer en amor por los demás miembros del cuerpo de Cristo, me gloriaba en mi superioridad teológica. Tomaría muchos años de la obra santificadora del Espíritu para yo poder ver mi corrupción y debilidad remanente, y para que el asombroso amor de mi Salvador crucificado se desbordara en mi vida y alcanzara a los quebrantados, a los débiles y a los heridos que me rodeaban por todos lados.

La Escritura confirma claramente lo que sabemos que es cierto por revelación general: que la vida de este lado de la gloria está marcada por la debilidad. Los espinos, los abrojos y el sudor de la maldición (Gn 3) nos afectan a todos. Incluso después de haber sido justificados únicamente por la gracia de Dios mediante la fe sola (Rom 3:24-25), e incluso después de haber sido salvados por el poder de la palabra de la cruz (1 Co 1:18), gemimos interiormente en este cuerpo de flaqueza, aguardando la redención de nuestro cuerpo (Rom 8:23). Sin embargo, mientras esperamos, debemos ser equipados para poder servir y ministrar en un mundo caído como parte del cuerpo unificado del Señor Jesucristo (Ef 4:12), quien fue prometido «como luz para las naciones, para [abrir] los ojos a los ciegos, para [sacar] de la cárcel a los presos, y de la prisión a los que moran en tinieblas» (Is 42:6-7).

Lamentablemente, a menudo son nuestros propios ojos los que necesitan abrirse a lo que nos rodea y a la obra que Dios nos llama a realizar. En vez de gloriarnos en nuestro conocimiento teológico superior, el Espíritu de Dios nos exhorta a que animemos «a los desalentados, [sostengamos] a los débiles y [seamos] pacientes con todos» (1 Tes 5:14). De hecho, ¿acaso no somos nosotros, los que vivimos a la luz de la cruz, los medios por los cuales Él alcanza a los débiles? Nuestras órdenes son claras: «Porque él librará al necesitado cuando clame, también al afligido y al que no tiene quien le auxilie. Tendrá compasión del pobre y del necesitado, y la vida de los necesitados salvará» (Sal 72:12-13) y «A los débiles me hice débil, para ganar a los débiles» (1 Co 9:22).

Un punto de inflexión en mi propia vida fue cuando empecé a trabajar con «los pobres y necesitados» en la cárcel de mi condado como capellán a tiempo parcial. Aunque durante años me parecía mucho a los cristianos de Éfeso descritos en Apocalipsis 2, que eran prontos para identificar la herejía teológica pero no tenían amor, servir en la cárcel del condado me abrió los ojos para poder ver las maneras prácticas en que la obra consumada de Cristo y Su Espíritu poderoso están actuando en los más estropeados, débiles, extraviados y heridos.

Hay un día específico que se destaca en mi mente, en el que conocí a un joven centroamericano al que acababan de arrestar por ser acusado de un cargo muy serio, uno que ahuyentaría a la gente «respetable». Era tan serio que ameritaba que él estuviera bajo vigilancia para impedir que se suicidara. Le llevé una Biblia en español, busqué la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lc 18:9-14) y lo animé a leerla en voz alta. Con la Biblia sobre los barrotes de su celda, observé que las lágrimas caían a raudales por su rostro y empapaban las páginas del evangelio de Lucas. Luego, al igual que el recaudador de impuestos, clamó con el corazón quebrantado: «Dios, ten piedad de mí, pecador». Fue un momento santo, una obra poderosa del Espíritu de Dios que hizo que ese joven volviera a su litera justificado esa noche y yo regresara a casa profundamente afectado. Volví a darme cuenta de que, ante la cruz de Cristo, ese hombre y yo ahora éramos parte del mismo cuerpo espiritual: que éramos pecadores débiles y heridos, sin esperanza y necesitados de gracia. Pero ahora, en Cristo Jesús, los dos «que en otro tiempo [estábamos] lejos, [hemos] sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2:13).

Justo la semana pasada, otro nuevo creyente de la cárcel me mandó a decir que necesitaba «confesarme algo». Lo primero que pensé fue que aún tenía remanentes del catolicismo romano, pero cuando al fin nos reunimos, admitió humildemente que no había sido honesto conmigo con respecto a un asunto en particular, que no podía dormir sin pedirme perdón y que se preguntaba si siquiera era cristiano. Cuán grande fue el gozo que llenó mi corazón al ver la obra finalizada de Cristo y el poder del Espíritu, que eran evidentes en este nuevo creyente. Abrí la Biblia para asegurarle, a partir del libro de Romanos, que su lucha era un fruto de su justificación. Ahora estaba viviendo una vida nueva, y esta batalla en su corazón era una parte normal de la vida cristiana (Rom 6 – 7). Le mostré que fue la obra interna del Espíritu Santo (cap. 8) lo que lo impulsó a confesar su pecado. Le aseguré que yo lo perdonaba y que debía cobrar ánimo en la seguridad de su salvación por la sangre derramada de Cristo (3:24-25), la promesa del evangelio (10:13) e incluso la obra del Espíritu Santo, que lo estaba convenciendo poderosamente en ese preciso momento.

A la luz de la cruz y el amor de Cristo por mí, a menudo experimento convicción cuando leo la advertencia a los pastores de Israel:

Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad (Ez 34:4).

¿Es la compasión por los débiles, los descarriados y los necesitados una característica común de nuestras iglesias reformadas? Pido en oración que lo sea en las nuestras, así que regularmente oro así por mí mismo: «Señor, abre mis ojos y ablanda mi corazón hacia cada alma que Tú pones en mi camino, sin importar quién sea, qué haya hecho o cuán débil pueda ser». Esto es parte de lo que significa vivir a la luz de la cruz.

El reverendo Eric Hausler es pastor de la Christ the King Presbyterian Church en Naples, Florida.

¿Por quién murió Cristo?

Soy un calvinista extraño. La idea de que la expiación se limita a los elegidos es la última piedra de tropiezo para muchos, pero fue uno de mis primeros pasos en la teología reformada. Si bien muchas personas aceptan de buena gana que somos totalmente depravados, que Dios nos escogió incondicional y eternamente en Cristo, que creemos en Cristo solo por la gracia irresistible del Espíritu, y que el Dios trino nos preserva para que perseveremos hasta el final, les resulta más difícil aceptar que Cristo murió solamente por los elegidos. Vine a los pies de Cristo al entender que Dios le imputó nuestro pecado a Su Hijo para poder imputarnos la justicia de Su Hijo encarnado (2 Co 5:21). Tan pronto alguien señaló que todas las personas deben ser salvas si Cristo hizo estas cosas por todas las personas, fui convencido de la expiación limitada.

Como dice un catecismo infantil: «Cristo murió por todos los que le fueron dados por el Padre». El asunto es el diseño o la intención del Dios trino en la expiación. Podemos entender mejor el hecho de que Cristo vino a salvar a Su pueblo, y solo a ellos, de sus pecados (Mt 1:21) al enraizar la muerte de Cristo en la obra salvadora de toda la Trinidad, y al responder a dos preguntas comunes.

La obra unida de la Trinidad muestra claramente por qué Cristo murió únicamente por los elegidos. El Padre escogió a los creyentes en Cristo antes de que comenzara el tiempo (Ef 1:4-5). El Espíritu Santo es el sello de propiedad del Padre sobre los elegidos (vv. 13-14). Nadie recibe las cosas de Dios o confiesa que Jesús es el Señor excepto por el Espíritu (1 Co 2:10-16; 12:3). El Padre llama a Sus elegidos hacia Cristo por Su Palabra y Espíritu (2 Co 3:16-18; Stg 1:18). La Trinidad es unánime e indivisible. La muerte de Cristo se extiende hasta el propósito de la elección del Padre (Hch 2:23) y el poder efectivo del Espíritu (13:48). No es que el Padre escogió a algunos y el Espíritu cambia a algunos mientras Cristo murió por todos. El Padre salva por elección particular, el Hijo por redención particular, y el Espíritu por llamado particular. El Hijo no será el eslabón roto en la cadena. Tampoco la obra de Cristo está dividida. El no ora por el mundo cuando le pide al Padre que los guarde, que sean uno y que sean santificados en la verdad (Jn 17:11, 19). Oró estas cosas por aquellos a quienes el Padre escogió y entregó a Cristo (vv. 3, 6, 9-10). El Hijo aplica Su muerte a los elegidos a través de Su intercesión para que puedan estar con Él dónde Él está (v. 24). Aquellos por quienes murió mueren al pecado al estar en Él, así como aquellos por quienes resucitó resucitan a una nueva vida (2 Co 5:14-15). Dios hace lo que hace porque es quien es. Dios es trino y la expiación es un acto trinitario unificado en propósito, producción y perfección.

Entonces ¿por qué algunos pasajes de la Escritura parecen universalizar la muerte de Cristo (p. ej.: 1 Jn 2:2)? Porque Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2:5). No discrimina por motivos de raza, sexo, cultura, estatus ni ninguna otra cosa. Él es la propiciación por nuestros pecados y es el único medio para que cualquiera pueda escapar de la ira de Dios. La Biblia no nos llama a recibir la muerte de Cristo porque Él murió por todos los hombres, sino que nos llama a recibir a Cristo quien «es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes» (4:10).

Esto nos lleva a plantear una pregunta relacionada: ¿Limita la expiación limitada la oferta del evangelio solo a los elegidos? El ministerio del evangelio debe reflejar el ministerio del Espíritu. Él llama a las personas a Cristo de forma general y de forma particular, externa e internamente. Él llama a los pecadores a través de la predicación, aunque algunos se resisten a Su llamado (Hch 7:51). Sin embargo, Él también llama a los elegidos a través de este llamado general, asegurando que responderán al extenderles también el llamado interno. El Espíritu abrió la boca de Pablo para que predicara a Cristo, pero abrió el corazón de Lidia para que recibiera a Cristo (Hch 16:14). Quizás nuestro problema es que mientras le decimos a las personas: «Jesús murió por ti», la Biblia dice: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hch 16:31). La Biblia ofrece a Jesús a todas las personas sin distinción y sin ninguna vergüenza de que Cristo no haya muerto por todas las personas sin excepción. Debemos orar para que todas las personas en todas partes sean salvas (1 Tim 2:1-3), y debemos predicar para que todas las personas en todas partes puedan ser salvas (Mt 28:19-20; Mr 16:15). Si queremos ser instrumentos del llamado específico del Espíritu, nuestra predicación y evangelización deben imitar Su llamado general.

Muchos de los cristianos que niegan que Cristo murió solamente por los elegidos creen que Cristo solo salva a los elegidos. Esto es un problema. Cristo vino a salvar a Su pueblo de sus pecados. Es por ellos que Él ora. Él está preparando un lugar para que estén con Él en el cielo. Cristo nació por Su pueblo, vivió por Su pueblo, resucitó por Su pueblo, ascendió al cielo y se sentó allí por Su pueblo, regresará para reunir a Su pueblo, y envía a Su Espíritu a vivir en Su pueblo. ¿Cómo puede Él hacer todas estas cosas por algunas personas y morir por todas las personas? El Hijo es la segunda persona de la Trinidad. Cristo no nos salvará contradiciendo al Padre y al Espíritu, pero tampoco nos salvará sin Ellos. Así como el Espíritu llama a la gente a Cristo a través del evangelio, así debemos presentar a Cristo. Así como Cristo murió por aquellos que le fueron entregados por el Padre, así debemos recibir a Cristo.  

El Dr. Ryan M. McGraw es profesor de teología sistemática Morton H. Smith y decano académico del Greenville Presbyterian Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos The Day of Worship [El día de adoración].

El Poder y el mensaje del Evangelio

El poder y el mensaje del evangelio” de Paul Washer es uno de los título de la serie Recuperando el Evangelio, la cual aborda temas esenciales que han sido incomprendidos, diluidos, e ignorados en muchos púlpitos evangélicos. Mientras lo leía, reflexionaba acerca de cómo luciría la sociedad de hoy si la Iglesia prestara atención a los más pequeños detalles del mensaje más importante de todos los tiempos.

El evangelio es el único mensaje que ha transformado el mundo y dado vida eterna a los hombres.

Una de las características más cautivantes de Washer es su interés por la proclamación y la defensa del mensaje del evangelio, unido a su amor por los perdidos. Esto podemos verlo reflejado en cada una de las páginas de esta obra. El evangelio es el único mensaje que ha transformado el mundo y dado vida eterna a los hombres. Este libro nos invita a reflexionar en la responsabilidad que los creyentes tenemos de tomar con seriedad cada detalle de este mensaje.

“Cuando en muchos púlpitos se está diluyendo, distorsionando y sustituyendo el evangelio, Paul Washer ha sido ampliamente usado por Dios en el mundo de habla hispana para proclamarlo de forma clara y poderosa. Oro para que sus mensajes tengan un alcance aún mayor a través de la página escrita. ¡Lee con cuidado el contenido de este libro, absórbelo, aplícalo a tu propia vida, y luego ve y proclama fielmente este mensaje que hace temblar las puertas del infierno y produce fiesta en los cielos cuando un pecador se arrepiente”. – Sugel Michelén, pastor de la Iglesia Bíblica del Señor Jesús en Santo Domingo, República Dominicana

La locura del evangelio

En este libro, el autor nos deja saber que la “locura del evangelio” es el mensaje fundamental de toda la Escritura. Declara que “intentar eliminar el escándalo del mensaje es anular la cruz de Cristo y su poder salvífico” (p. 52). Washer nos muestra el minucioso cuidado que el apóstol Pablo tuvo con este mensaje en su vida, ministerio, y predicación (1 Cor. 1:18).

El evangelio contiene la revelación de la justicia de Dios, la depravación total del hombre, el perdón de pecados a través de la muerte sustitutiva de Cristo, y la verdadera conversión. Sin embargo, muchos han sustituido este glorioso mensaje por un falso evangelio menos escandaloso, lleno de pragmatismo, revelaciones personales infundadas, humanismo, relativismo, y apoyado en intereses personales de hombres corruptos.

El poder y el mensaje del evangelio” nos lleva a conocer esta realidad a través de tres partes: una introducción apostólica, el poder de Dios para salvación, y la acrópolis de la fe cristiana. Posee un lenguaje sencillo y práctico, presenta citas bíblicas para profundizar en cada tema desarrollado, y es útil para todo aquel que “siempre quiera estar creciendo en el evangelio y en su conocimiento del mismo. [El evangelio] no es la introducción al cristianismo, sino que es cristianismo de la A a la Z” (p. 30).

Oro porque Dios use cada palabra de este libro para desafiarnos a conocer, defender, y proclamar este glorioso mensaje con fidelidad. ¡Tienes que leerlo!

“Estoy profundamente agradecido por la claridad de El Poder & el Mensaje del Evangelio escrito por Paul Washer. Los cristianos de hoy en día parecen tener la falsa impresión de que el evangelio se centra en nosotros como si fuera un plan maravilloso para nuestras vidas, como si fuera una manera de encontrar paz, gozo o realización personal, o como si fuera la manera de alcanzar el cielo. Esas bendiciones (y muchas más) hacen parte de los beneficios de creer en el evangelio, pero no son el punto central ni el objetivo principal del mensaje. El evangelio trata de Dios y de Su gloria eterna […] Paul Washer toca el tema majestuosamente en este poderoso estudio bíblico”. – John MacArthur, pastor-maestro de la Grace Community Church y fundador de Gracia a Vosotros.

Poiema Editorial. – 288 pp. Rústica

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/discipulado/581-el-poder-y-el-mensaje-del-evangelio.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

La Doble Cura

Hay un par de versos en el himno «Roca de la eternidad», escrito por Augustus Toplady en el siglo XVIII, que reflejan lo que la expiación de Cristo produce en la vida del cristiano: «Doble cura del pecado: de su culpa, y su poder» (como dice literalmente en sus versos originales en inglés). Si observamos la vida y enseñanza de otra roca, el apóstol Pedro (Petros significa «piedra»), tendremos una mayor perspectiva del significado de estas estas líneas conmovedoras.

PEDRO COMO HOMBRE

La imagen de Pedro que tenemos en los evangelios es la de un discípulo solía terminar en aprietos por su propia cuenta. A ratos, era descaradamente presuntuoso (Mt 16:22; 17:3-4; Mr 14:29) y celoso por el honor del Señor (Lc 22:49-50). En su peor momento, llegó a negar a Cristo (Jn 18:15-18, 25-27).

Sin embargo, entre los evangelios y las epístolas escritas por él, hay un cambio en Pedro. Luego de ser restaurado en Jn 21:15-19, irrumpe en la escena de la Iglesia primitiva testificando de Cristo con valentía. Es más, en sus cartas, ya no es el apóstol torpe; es un creyente maduro que llama a otros creyentes a la madurez.

¿Qué poder obró en su vida para efectuar tal cambio? Desde luego, podemos apuntar al Espíritu Santo, que sembró las semillas que produjeron un fruto cada vez más visible en la personalidad de Pedro. Pero también hay un punto de referencia objetivo al que podemos apuntar, al que el mismo Pedro apuntó: la sangre de Cristo.

EL MENSAJE DE PEDRO

Al inicio de su primera carta, Pedro se dirige a un grupo diverso de cristianos dispersos por toda Asia Menor (que el día de hoy es Turquía) y celebra la obra del Dios triuno en sus vidas: el Padre los conoció de antemano, el Espíritu los santifica y Jesucristo los roció con Su sangre (1:2). 

El lenguaje del rociamiento evoca imágenes del Antiguo Testamento que vinculaban la sangre con el perdón de los pecados. Hay tres de esos pasajes que nos ayudan a entender el mensaje de Pedro con respecto a la sangre de la crucifixión de Cristo.

Levítico 4 es un capítulo saturado del problema del pecado y de la culpa del hombre delante de Dios. No obstante, está igualmente saturado de la gracia de Dios al proveer la remoción de la culpa a través de la ofrenda por el pecado. El sacerdote mataba un novillo y rociaba su sangre siete veces delante del Señor (vv. 6, 17). Como resultado, había expiación y perdón del pecado.

Éxodo 12 tiene lugar en medio de las plagas que sufrió Egipto debido a que Faraón se negó a dejar ir al pueblo de Dios. La última plaga es la matanza de los primogénitos de toda la tierra. La única manera de evitar este horror es que el pueblo de Dios mate un cordero sin defecto y coloque su sangre en los postes y dinteles de sus puertas (vv. 3-13). ¿El resultado? Dios en Su juicio «pasaría sobre» la casa marcada con la sangre; el cordero moriría y recibiría el juicio en lugar de los que estaban dentro de la casa.

Éxodo 24 nos ofrece una imagen vívida de la expiación sangrienta. Moisés confirma el pacto entre el Señor y Su pueblo escogido, momento en el cual el pueblo promete obedecer las palabras del pacto, y, en respuesta, ellos y el altar son rociados con la sangre del pacto (v. 8). Esto simboliza que, aunque el pueblo había prometido obedecer, hay una provisión para la desobediencia, un encubrimiento por medio de la expiación.

Cada uno de estos tres pasajes se cumple en Cristo. Él es nuestra ofrenda por el pecado, ofrecida una vez para siempre, que quita eternamente nuestra culpa delante de Dios por nuestro pecado (Heb 9:11-12). Él es nuestro sustituto (1 Pe 3:18), el Cordero sin defecto por cuya sangre es quitada nuestra culpa, de modo que Dios nos pasa por alto en Su juicio (1 Pe 1:19). Y Su sangre es la provisión para nuestra batalla continua, en la que mortificamos el pecado de forma imperfecta y buscamos obedecer a Jesucristo. Curiosamente, 1 Pedro 1:2 habla de «obedecer a Jesucristo» además de «ser rociados».

Así que cuando Pedro habla de «ser rociados con su sangre», les está diciendo a los cristianos que el registro de su culpa ha sido cubierto con Su sangre. Dios ya no lo ve, así que lo pasa por alto en Su juicio. Hemos sido «sanados» por las heridas sangrantes de Cristo (1 Pe 2:24). Esta es la primera «cura» de la que Toplady quería que cantáramos.

Sin embargo, las implicaciones de Éxodo 24 empiezan a apuntarnos a la segunda «cura» de la expiación de Cristo: por medio de la sangre reconocemos que hay una provisión continua para el pecado en la vida cristiana, de modo que nuestras transgresiones no son usadas en nuestra contra. De hecho, con la conciencia purificada de la culpa mediante la sangre (Heb 9:14), recibimos una libertad poderosa para procurar la obediencia.

Pedro apunta en esta dirección cuando escribe: «Y Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia» (1 Pe 2:24). Gracias a la sangre expiatoria de la cruz, buscamos la justicia. Sin embargo, no lo hacemos de forma irreal, como si no necesitáramos el perdón continuo de los pecados que caracterizará nuestras vidas hasta que Cristo vuelva. No lo hacemos con temor, como si nuestros esfuerzos estuvieran basados en nuestro propio fundamento tambaleante. Más bien, lo hacemos esperanzados, sabiendo que podemos resistir el pecado mediante esfuerzos basados en el fundamento firme de la sangre expiatoria y en el poder del Espíritu Santo. La sangre de Éxodo 24 constituyó al pueblo de Dios para que pudieran comenzar su peregrinación obediente hacia la tierra prometida, y así también la sangre del nuevo pacto de Cristo nos constituye como un pueblo perdonado que camina hacia Dios en santidad obediente.

Pedro sabía que la crucifixión había limpiado su culpa (1 Pe 5:1). Sabía que por el poder de la sangre podía «resistir» al diablo y buscar la obediencia (v. 9). Rociado con la sangre, Pedro fue muriendo cada vez más al pecado y viviendo cada vez más a la justicia. ¿Cuál fue el resultado? El discípulo que una vez fue impetuoso e inmaduro se transformó en un discípulo maduro y arrepentido, en un un discípulo salvado de la culpa del pecado.

El Dr. D. Blair Smith es profesor auxiliar de teología sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, Carolina del Norte.

Expiación y Propiciación

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento. 

EXPIACIÓN

La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIÓN

La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28). 

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios. 

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?