Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 2

Blog144B

3. OTRO DEBER ES LA OBEDIENCIA. “Hijos, obedeced a vuestros padres”, dice el Apóstol en su epístola a los Colosenses. Éste es uno de los dictados más obvios de la naturaleza. Aun las criaturas irracionales son obedientes por instinto y siguen las señales de sus progenitores, sea bestia, ave o reptil. Quizá no haya deber más reconocido generalmente que este. Tu obediencia debe comenzar temprano: más joven eres, más necesitas un guía y autoridad. Debiera ser universal: “Hijos, obedeced a vuestros padres”, dijo el Apóstol, “en todo”.

La única excepción a esto es cuando sus órdenes son, de hecho y en espíritu, contrarios a los mandatos de Dios. En dicho caso, al igual que en todos los demás, hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres. Pero aun en este caso, tu negativa a cumplir la directiva pecaminosa de un padre, debe ser expresada con humildad y respeto, para que sea manifiesto que tu motivación es pura y responsable, no por una mera resistencia rebelde a la autoridad de tus padres. La única excepción a tu obediencia debe ser regida por tu conciencia: si tu situación, inclinación y gusto entran en juego, deben ser puestos a un lado cuando éstos son contrarios a la autoridad paternal.

La obediencia debe ser puntual. En cuanto la orden es expresada, debe ser cumplida. Es una vergüenza para cualquier hijo el que un padre o madre necesite repetir una orden. Debes anticipar, si es posible, sus directivas y no esperar hasta que las tengan que decir. Una obediencia que se demora pierde toda su gloria.

Debe ser alegre. Una virtud practicada a regañadientes no es una virtud. Una obediencia bajo coacción y cumplida con mala disposición es una rebelión en principio: es un mal, vestido con una vestidura de santidad. Dios ama al dador alegre, y también el hombre. Un hijo que se retira de la presencia de uno de sus padres refunfuñando, malhumorado y mascullando su enojo es uno de los espectáculos más feos de la creación: ¿de qué valor es algo que un hijo hace con semejante actitud?

Debe ser negándote a ti mismo. Debes dejar a un lado tu propia voluntad, sacrificar tus propias predilecciones y realizar las acciones que son difíciles al igual que las fáciles. Cuando un soldado recibe una orden, aunque esté disfrutando de la comodidad de su casa, sin vacilar, parte inmediatamente a exponerse al peligro. Considera que no tiene otra opción. El hijo no tiene más margen para la gratificación del yo que la que tiene el soldado: tiene que obedecer. Tiene que ser uniforme. La obediencia filial por lo general tiene lugar sin muchos problemas cuando están presentes los padres, pero no siempre con la misma diligencia cuando están ausentes.

Joven, debes detestar la vileza y aborrecer la maldad de consultar los deseos y obedecer las directivas de tus padres únicamente cuando están presentes y ven tu conducta. Tal hipocresía es detestable. Actúa basándote en principios más nobles. Que sea suficiente para ti saber cuál es la voluntad de tus padres, para asegurar tu obediencia, aunque continentes y océanos te separen de ellos. Lleva esta directiva a todas partes: deja que la voz de la conciencia sea para ti la voz de tu padre o de tu madre, y saber que Dios te ve sea suficiente para asegurar tu obediencia inmediata. Qué sublimemente sencillo e impresionante fue la respuesta del hijo quien, siendo presionado por sus compañeros a tomar algo que sus padres ausentes le habían prohibido tocar, y que, cuando le dijeron que aquellos no estaban presentes para verlo, respondió: “Es muy cierto, pero Dios y mi conciencia sí están presentes”. Decídete a imitar este hermoso ejemplo… y obedece en todo a tus padres aun cuando estén ausentes.

4. SER DÓCIL A LA DISCIPLINA Y REGLAS DE LA FAMILIA NO SON MENOS TU DEBER QUE LA OBEDIENCIA A SUS DIRECTVAS. En cada familia, donde hay orden, hay un control de la autoridad que son los padres: hay subordinación, sistema, disciplina, recompensa y castigo. A todo esto, deben sujetarse todos los hijos. Estar sujeto requiere que si en alguna ocasión te has comportado de manera que se hace necesario el castigo paternal, debes aceptarlo con paciencia y no enfurecerte ni resistirte con pasión. Recuerda que Dios ha ordenado a tus padres que corrijan tus faltas, que han de estar motivados por amor al cumplir este deber con abnegación… Confiesa sinceramente tus faltas y sométete a cualquiera sea el castigo que la autoridad y sabiduría de ellos dicte. Uno de los espectáculos domésticos más hermosos, después del de un hijo uniformemente obediente, es el de uno desobediente quien entra en razón y reconoce sus faltas cuando se las señalan, y se somete con tranquilidad al castigo que corresponde. Es una prueba de una mente fuerte y de un corazón bien dispuesto decir: “Actué mal, y merezco ser castigado”.

En el caso de hijos mayores… es sumamente doloroso cuando un padre, además del dolor extremo que le causa reprochar a tales hijos, tiene que soportar la angustia producida por su total indiferencia, su sonrisa desdeñosa, sus murmuraciones malhumoradas o respuestas insolentes. Esta conducta es aún más culposa porque el que es culpable de ella ha llegado a una edad cuando se supone que ha madurado su comprensión lo suficiente como para percibir cuán profundos son los fundamentos de la autoridad paternal –en la naturaleza, la razón y revelación—y cuán necesario es que las riendas de la disciplina paternal no se aflojen. Por lo tanto, si has cometido un error que merece reprensión, no cometas otro por resentirla. Permanece quieto en tu interior, no dejes que tus pasiones se rebelen contra tu sano juicio, sino que reprime al instante el tumulto que comienza en tu alma.

La conducta de algunos hijos después de un reproche es una herida más profunda en el corazón de un padre o una madre que la anterior que mereció el reproche. Por otra parte, no sé de otra señal más grande de nobleza ni nada que tienda a elevar la opinión del joven por parte de uno de sus padres ni generar en ellos más ternura que el sometimiento humilde al reproche y una confesión sincera de su falta. Un amigo mío tenía un hijo (que hace tiempo ha fallecido), quien habiendo desagradado a sus padres delante de sus hermanos y hermanas, no sólo se sometió humildemente a la amonestación de su padre, sino que cuando la familia se reunió a la mesa para comer, se puso de pie delante de todos ellos. Después de haber confesado su falta y pedido el perdón de su padre, aconsejó a sus hermanos menores que tomaran su ejemplo como una advertencia y tuvieran cuidado de no hacer sufrir nunca a sus padres, a quienes les correspondía amar y respetar. No puede haber nada más hermoso ni más impresionante que esta acción tan noble. Con sus disculpas, aumentó el aprecio de sus padres y de su
familia a un nivel más alto aún del que gozaba antes de haber cometido la falta. El mal humor, la impertinencia y la resistencia obstinada son vilezas, cobardías y mezquindad en comparación con una acción como ésta, que combina una nobleza heroica y valiente con la más profunda humildad.

Continuará …

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en
Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

El profeta pródigo

Reseña 44

Existen historias que dejan huellas en las arenas del tiempo. El relato de Jonás es una de ellas. No necesitamos esforzarnos mucho para recordar al profeta rebelde y al gran pez que lo tuvo en sus entrañas. Tanto es el impacto de esta historia, que existe la costumbre de llamar “Jonás” a un navegante que trae desgracia al resto de la tripulación.

En el libro El profeta pródigo, Timothy Keller —pastor fundador de Redeemer Presbyterian Church en Manhattan— nos invita a adentrarnos en la historia de Jonás. A lo largo de las páginas Keller nos ayuda a conocer “el misterio de la misericordia de Dios” junto a este profeta.

Con sensibilidad literaria y precisión histórica, Keller expone el libro de Jonás verso a verso en 12 capítulos cortos pero profundos. Estos se mueven de una parte expositiva a una parte práctica, usando una historia que seguro resonará en el oído del lector: la parábola del hijo pródigo.

El profeta pródigo es un recurso necesario tanto para el joven como para el anciano; para el recién nacido de nuevo y para el avanzado en la carrera. Léelo y pronto te encontrarás maravillado por las profundidades de la misericordia de Dios que Keller expone en todo su esplendor.

 

“En la primera parte Jonás interpreta al ‘hijo pródigo’ de la famosa parábola de Jesús (Luc. 15:11-24), que huyó de su padre. Sin embargo, en la segunda mitad del libro, Jonás es como el ‘hermano mayor’ (Luc. 15:25-32), que obedeció a su padre, pero lo reprochó por su compasión hacia los pecadores arrepentidos” (loc. 188).

 

Con esta reveladora afirmación, Keller prepara el camino para exponer una de las historias bíblicas conocidas por niños y adultos. Lo mejor de todo es que el autor no teme mostrar cómo el relato apunta a Alguien mucho más grande que Jonás.

¿Cómo podía Dios mantener sus promesas?

Ante el imperativo de ir a Nínive para llevar el mensaje de Dios, Jonás decide hacer todo lo contrario a lo que se le ordenó. Así es como el profeta desciende primero a Jope, luego al fondo del barco, y finalmente al fondo del océano mismo.

En las profundidades de Jonás había un problema teológico; Keller menciona que la duda que aquejaba la mente del profeta era la de un filósofo: “¿Cómo podía Dios mantener Sus promesas de defender a Su pueblo y al mismo tiempo mostrar misericordia a los enemigos de este mismo pueblo? ¿Cómo podía afirmar ser un Dios de justicia y permitir que tanta maldad y violencia quedaran impunes?” (loc. 1039).

Jonás sentía que el amor de Dios no debía extenderse a los no israelitas, especialmente a personas malvadas como los habitantes de Nínive. Fue así como Jonás se encontró con un problema con el que muchos hemos luchado: la aparente contradicción entre la bondad de Dios y su justicia. La respuesta a este dilema, por supuesto, está en la cruz. Es a través del sacrificio de Cristo que Dios satisface su justicia y al mismo tiempo ofrece salvación a pecadores de toda lengua, tribu, y nación.

En la segunda sección del libro, Keller se mueve a una parte más práctica. A partir de lo visto en la primera parte, concluimos que la historia de Jonás termina de una manera inusual, como esperando que nosotros demos respuesta a la pregunta que Dios hace al final del capítulo 4: “¿No habría yo de compadecerme?”. De esta manera, la historia de Jonás nos muestra tres relaciones: Jonás y la palabra de Dios, Jonás y el mundo de Dios, y Jonás y la gracia de Dios. Keller abre esta sección haciéndonos reflexionar: ¿Cuál es nuestra relación con la palabra de Dios, el mundo de Dios, y la gracia de Dios?

La relación de Jonás con Dios y Su Palabra fue decisiva para su relación con todo lo demás. Esto también es cierto para nosotros. Keller afirma que la raíz de toda desobediencia es la desconfianza en la bondad de Dios revelada en Su Palabra.

Ante toda encrucijada moral, pecamos cuando pensamos que la obediencia que Dios demanda nos llevará a ser infelices, y que nosotros somos más sabios y capaces de alcanzar nuestra felicidad. Este pecado (que el autor rastrea hasta el Edén) es la causa de cómo luce la relación de Jonás con el resto del mundo. No comprender la Palabra de Dios hizo que el profeta fuera incapaz de amar a su prójimo (en este caso, un pueblo diferente).

 “En el capítulo uno, [Jonás] huyó porque concluyó que la gracia y la misericordia de Dios eran un misterio inexplicable. En el capítulo dos, en el vientre del pez, lo encontramos luchando con ese mismo misterio. Solo cuando avanzó en su comprensión sobre la gracia es que fue liberado. Solo entonces se convirtió en un predicador valiente. El propósito principal de Dios es que Jonás comprendiera la gracia. El propósito principal del Libro de Jonás es que nosotros comprendamos la gracia” (loc. 2003).

 

Maravillados por el misterio de la misericordia de Dios 

Luego de una lectura interesante y emocionante, no solo sentirás la misma tormenta que Jonás sintió, sino que caminarás hasta el final en los zapatos del profeta rebelde y te asombrarás de la gracia que inunda su historia. El profeta pródigo es un recurso necesario tanto para el joven como para el anciano; para el recién nacido de nuevo y para el avanzado en la carrera. Léelo y pronto te encontrarás maravillado por las profundidades de la misericordia de Dios que Keller expone en todo su esplendor.

 

Editorial B&H ESPAÑOL.- 304 pp

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

El profeta Prodigo 2

Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 1

Blog144

CONSIDERA con cuidado la relación que tienes con tus padres. Existe una conexión natural entre ustedes, por el hecho de que son ellos los propios instrumentos de tu existencia: una circunstancia que de por sí parece investirlos… de una autoridad casi absoluta sobre ti. Lo usual, la universalidad del vínculo, distrae de pensar en su intimidad, su ternura y su santidad1. Eres, literalmente, parte de ellos y no puedes reflexionar en ningún momento en tu nacimiento sin que te impresione el peso maravilloso y solemne que llevas de tu obligación hacia tu padre y tu madre. Pero considera que no hay solamente una cuestión natural de tu deber hacia ellos, sino una conexión establecida entre ustedes. Jehová mismo ha intervenido y, uniendo el lenguaje de revelación con los dictados de la razón y la fuerza de autoridad a los impulsos de la naturaleza, te ha llamado a la piedad filial2, no sólo como una cuestión de sentimientos, sino de principios. Estudia entonces la relación: piensa cuidadosa y seriamente en la conexión que existe entre ustedes. Pesa bien la importancia de las palabras padre y madre. Piensa cuánto contiene que tiene que ver contigo, cuántos oficios contiene en sí: protector, defensor, maestro, guía, benefactor, sostén de la familia. ¿Cuáles, entonces, tienen que ser las obligaciones del hijo? Lo siguiente es un breve resumen de los deberes filiales:

1. DEBES AMAR A TUS PADRES. El amor es la única actitud de la cual pueden surgir todos los demás deberes que te corresponden hacia ellos. Al decir amor, nos referimos al anhelo de cumplir los deseos de ellos. Por cierto que es lo que un padre y una madre merecen. La propia relación que tienes con respecto a ellos lo demanda. Si te falta esto, si no tienes en tu corazón una predisposición hacia ellos, tu actitud es extraña y culpable. Hasta que contraigas matrimonio, o estés por hacerlo, deben ellos, en la mayoría de los casos, ser los objetos supremos de tu cariño terrenal. No basta con que seas respetuoso y obediente y aun amable, sino que, donde no existan razones [bíblicas] para alejarte de ellos, tienes que quererlos. Es de importancia infinita que cuides tus sentimientos y no caigas en una antipatía, un distanciamiento o una indiferencia hacia ellos y que se apague tu cariño. No adoptes ningún prejuicio contra ellos ni permitas que algo en ellos te impresione desfavorablemente. El respeto y la obediencia, si no brotan del amor… son muy precarios.

Si los amas, te encantará estar en su compañía y te agradará estar en casa con ellos. A ellos les resulta doloroso ver que estás más contento en cualquier parte que en casa y que te gusta más cualquier otra compañía que la de ellos. Ninguna compañía debe ser tan valorada por ti como la de una madre o un padre bueno.

Si los amas, te esforzarás por complacerles en todo. Siempre ansiamos agradar a aquellos que queremos y evitamos todo lo que pudiera causarles un dolor. Si somos indiferentes en cuanto a agradar o desagradar a alguien es obviamente imposible que sintamos algún afecto por él. La esencia de la piedad hacia Dios es un anhelo profundo de agradarle, y la esencia de la piedad filial es un anhelo por agradar a tus padres. Joven, reflexiona en este pensamiento sencillo: el placer del hijo debiera ser complacer a sus padres. Esto es amor y la suma de todos tus deberes. Si adoptas esta regla, si la escribes en tu corazón y si la conviertes en la norma de tu conducta, dejaría a un lado mi pluma: porque ya estaría todo dicho. Ojalá pudiera hacerte entrar en razón y determinar esto: “Estoy comprometido por todos los lazos con Dios y el hombre, de la razón y revelación, del honor y la gratitud, hacer todo lo posible para hacer felices a mis padres, por hacer lo que sea que les produce placer y por evitar todo lo que les cause dolor; con la ayuda de Dios, desde este instante, averiguar y hacer todo lo que promueva su bienestar. Haré que mi voluntad consista en hacer la de ellos y que mi felicidad terrenal provenga de hacerlos felices a ellos. Sacrificaré mis propias predilecciones y me conformaré con lo que ellos decidan”. ¡Noble resolución, justa y apropiada! Adóptala, llévala a la práctica y nunca te arrepentirás. No disfrutes de ninguna felicidad terrenal que sea a expensas de ellos.

Si los amas, desearás que tengan una buena opinión de ti. Es natural que valoremos la estima de aquellos a quienes amamos: queremos que piensen bien de nosotros. Si no nos importa su opinión de nosotros es una señal segura de que ellos no nos importan. Los hijos deben anhelar y ansiar que sus padres tengan una opinión excelente de ellos. No hay prueba más decisiva de una mala disposición en un hijo o una hija que ser indiferente a lo que sus padres piensan de él o ella. En un caso así, no hay nada de amor, y el joven va camino a la rebelión y destrucción…

2. EL PRÓXIMO DEBER ES REVERENCIAR A TUS PADRES. “Honra a tu madre y a tu madre”, dice el mandamiento. Esta reverencia tiene que ver con tus sentimientos, tus palabras y tus acciones. Consiste, en parte, de tener conciencia de su posición de superioridad, o sea de autoridad, y un esfuerzo por conservar una actitud reverente hacia ellos como personas que Dios puso para estar por encima ti. Tiene que haber… un sometimiento del corazón a la autoridad de ellos que se expresa en un respeto sincero y profundo… Si no hay reverencia en el corazón, no puede esperarse en la conducta. En toda virtud, ya sea la más elevada que respeta a Dios o la clase secundaria que se relaciona con otros humanos como nosotros, tiene que ser de corazón: sin esto, dicha virtud no existe.

Tus palabras tienen que coincidir con los sentimientos reverentes de tu corazón. Cuando hablas con ellos, tu manera de hacerlo, tanto tus palabras como tu tono, deben ser modestos, sumisos y respetuosos, sin levantar la voz, sin enojo ni impertinencia ni tampoco descaro. Porque ellos no son tus iguales, son tus superiores. Si alguna vez no concuerdas con su opinión, debes expresar tus puntos de vista no con displicencia ni intransigencia como con alguien con quien disputas sino con la curiosidad humilde de un alumno. Si ellos te reprenden y quizá más fuerte de lo que te crees que mereces, tienes que taparte la boca con la mano y no ser respondón ni mostrar resentimiento. Tu reverencia por ellos tiene que ser tan grande que refrena tus palabras cuando estás en su compañía, por todo lo que ellos se merecen. Es extremadamente ofensivo escuchar a un joven irrespetuoso, grosero, hablador, que no se controla en la presencia de su madre o su padre y que no hace más que hablar de sí mismo. Los jóvenes deben ser siempre modestos y sosegados cuando está con otros, pero con mayor razón cuando sus padres están presentes. También debes tener cuidado de cómo hablas de ellos a otros. Nunca debes hablar de sus faltas… ni decir nada que puede llevar a otros a pensar mal de ellos o a ver que tú piensas mal de ellos. Si alguien ataca la reputación de ellos, con presteza y firmeza, aunque con humildad, has de defenderlos hasta donde la verdad te permita, y aun si la acusación es verdad, justifícalos hasta donde la veracidad te lo permita y protesta en contra de la crueldad de denigrar a tus padres en tu presencia.

La reverencia debe incluir toda tu conducta hacia tus padres. En toda tu conducta con ellos, dales el mayor honor. Condúcete de manera que otros noten que haces todo lo posible por respetarlos, y que ellos mismos lo vean cuando no hay nadie alrededor. Tu conducta debe ser siempre con compostura cuando están cerca, no la compostura del
temor, sino de la estima…

Continuará …

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en
Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

¿Qué es la Teología Reformada?

Reseña 42

“Sproul no solo tiene un entendimiento increíblemente amplio sobre la teología reformada, sino que también tiene la habilidad para explicar teología compleja de una manera tanto interesante como entendible… Este es un gran libro de R. C. Sproul en su mejor punto: defendiendo la pureza del evangelio”. – Tim Chales, pastor, autor y reseñador de libros para World Magazine

La mayoría de los cristianos han escuchado acerca de la teología reformada. Muchos piensan que la entienden bastante. Pero la experiencia me ha mostrado que pocos realmente la conocen como ellos piensan. Y eso es así tanto para personas que afirman ser reformadas como para aquellas que no lo son. Esto no se puede decir de R. C. Sproul. Sproul no solo tiene una comprensión asombrosamente amplia pero detallada de la teología reformada, sino que además ha sido dotado con la capacidad de explicar teología compleja de una forma que es tanto interesante como comprensible. Ese no es un don común.

¿Qué es la teología reformada?, que anteriormente fue publicado en inglés con el título más desconocido Grace Unknown, es el intento de Sproul de ayudar a otros a entender lo básico de la teología reformada. Es sorprendente que solo el cincuenta por ciento del libro está dedicado a una discusión de los cinco puntos del calvinismo. La primera mitad trata acerca de los fundamentos de la teología reformada que muchos libros similares han pasado por alto. Sin entender primero los fundamentos, al lector se le hará muchos más difícil entender los cinco puntos. Así que Sproul comienza analizando la soberanía de Dios; la importancia de la Escritura como la única regla infalible para nuestra fe; la sola fe; el triple oficio de Cristo como Profeta, Sacerdote y Rey; y la teología del pacto. Cada uno de estos temas se explica en detalle, pero con precisión suficiente que los hace fáciles de entender.

La segunda parte del libro es un examen de los cinco puntos del calvinismo: depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible, y perseverancia de los santos. Al igual que muchos otros teólogos, Sproul ha llegado a ver que este acróstico, aunque es útil, hace tanto por oscurecer los puntos como por aclararlos. Sproul prefiere hablar de corrupción radical, elección soberana, expiación con propósito, llamado efectivo, y preservación de los santos. Estos términos ayudan mucho a aclarar malentendidos comunes. Por ejemplo, con la frase «depravación total» es fácil suponer que los cristianos reformados creen que los humanos son todo lo depravados que podrían ser; su depravación es total. No obstante, la teología reformada enseña que, si bien los seres humanos son corruptos, y aun radicalmente corruptos, lo son en extensión, no en grado. La depravación se extiende a cada aspecto de la persona, pero por la gracia de Dios, el grado puede ser mayor o menor.

Debo señalar que, con todo lo útil que es este libro, no es para regalarlo a tu amigo que no es salvo. Sproul presupone que uno conoce la Biblia y la teología cristiana. Incluso a un joven cristiano puede resultarle difícil lidiar con algunos términos y conceptos. No obstante, es ideal para el creyente reformado que está intentando clarificar sus creencias, o para el cristiano no reformado que quiere entender de qué se trata la teología reformada.

Un libro accesible, bíblico, y educativo, uno de los mejores que he leído sobre la materia, y se da el caso de que he leído bastantes. Sproul le ha prestado un servicio al cristianismo al articular con tanta claridad los fundamentos y creencias de la teología reformada. No hace falta decir que lo recomiendo.

* Editorial Poiema 2016. -240 pp.

Contenido

Introducción: La teología reformada es una teología 7

I. FUNDAMENTOS DE LA TEOLOGÍA REFORMADA
1 Dios en el centro 23
2 Basada solo en la Palabra de Dios 43
3 Comprometida con la sola fe 61
4 Comprometida con el profeta, sacerdote y rey 83
5 Apodo: Teología del Pacto 103

II. LOS CINCO PUNTOS DE LA TEOLOGÍA REFORMADA
6 La corrupción radical de la humanidad 121
7 La elección soberana de Dios 143
8 El sacrificio con propósito de Cristo 167
9 El llamado eficaz del Espíritu 183
10 La divina preservación de los santos 203
Epílogo 225
Notas 227
Índices 231

ÍNDICE DE DIAGRAMAS
Diagrama 0.1 – Una teología centrada en Dios 15
Diagrama 0.2 – Una teología centrada en el hombre 16
Diagrama 7.1 – La cadena de oro de la salvación 148
ÍNDICE DE TABLAS
Tabla 1.1 – La primera piedra fundacional 24
Tabla 2.1 – La segunda piedra fundacional 44
Tabla 2.2 – El canon 55
Tabla 3.1 – La tercera piedra fundacional 62
Tabla 3.2 – La justificación 81
Tabla 4.1 – La cuarta piedra fundacional 84
Tabla 4.2 – Los concilios cristológicos 87
Tabla 5.1 – La quinta piedra fundacional 104
Tabla 5.2 – La estructura de los pactos antiguos 111
Tabla 5.3 – Tres tipos de pacto 116
Tabla 6.1 – El primer pétalo del “TULIP” 122
Tabla 6.2 – Agustín y la habilidad humana 128
Tabla 7.1 – El segundo pétalo del “TULIP” 144
Tabla 7.2 – La predestinación 165
Tabla 8.1 – El tercer pétalo del “TULIP” 168
Tabla 8.2 – La voluntad de Dios 173
Tabla 9.1 – El cuarto pétalo del “TULIP” 184
Tabla 10.1 – El quinto pétalo del “TULIP” 204

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/doctrina-y-teologia/1097-que-es-la-teologia-reformada.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Qué es la Teología Reformada 1

 

¿Qué es la Teología Reformada?

Qué es la teología reformada

¿Qué es la Teología Reformada?
R.C. Sproul

Has escuchado acerca de la teología reformada, pero no estás seguro de lo que es. Algunos comentarios han sido positivos, otros negativos. Parece ser importante y te gustaría saber más. Y quieres una explicación completa, no algo simplista..

¿Qué Es la Teología Reformada? No es un libro académico, sino una introducción accesible a las creencias que han sido inmensamente impactantes en la iglesia cristiana a través de toda su historia. En este libro revelador, R. C. Sproul te mostrará los fundamentos de la doctrina reformada y te explicará cómo las creencias reformadas están centradas en Dios, basadas en Su palabra y comprometidas con la fe en Jesucristo. Te mostrará claramente la realidad de la inmensa gracia de Dios.

“Sproul no solo tiene un entendimiento increíblemente amplio sobre la teología reformada, sino que también tiene la habilidad para explicar teología compleja de una manera tanto interesante como entendible… Este es un gran libro de R. C. Sproul en su mejor punto: defendiendo la pureza del evangelio”. – Tim Chales, pastor, autor y reseñador de libros para World Magazine

240 pp. Rústica
Ref. 1949 – 13,99 €

Honra a tu Padre y a tu Madre 2

Blog143B

III. Las razones por las cuales los hijos deben honrar a sus padres son:

(1) Es un mandato serio de Dios. “Honra a tu padre”: así como la Palabra de Dios es la regla, su voluntad debe ser la razón de nuestra obediencia.

(2) Merecen la honra por el gran amor y afecto que sienten por sus hijos. La evidencia de ese amor es en su cuidado al igual que el costo. Su cuidado en criar y educar a sus hijos es una señal de que sus corazones están llenos de amor por ellos. Muchas veces los padres cuidan mejor a sus hijos a que lo que se cuidan ellos mismos. Los cuidan cuando son tiernos, no suceda que sean como frutales en un muro que son podados cuando apenas florecen. Al ir creciendo los hijos, aumenta el cuidado de los padres. Temen que sus hijos se caigan cuando son chicos y que tengan cosas peores que caídas cuando son más grandes. Su amor se evidencia en su costo (2 Cor. 12:14). Ahorran y gastan para sus hijos. No son como los avestruces que son crueles con sus hijos (Job 39:16). Los padres a veces se empobrecen ellos mismos para enriquecer a sus hijos. Los hijos nunca pueden igualar el amor de un padre, porque los padres son instrumentos de vida para los hijos, y los hijos no pueden ser eso para sus padres.

(3) Agrada al Señor (Col. 3:20). Tal como produce gozo en los padres, es un gozo para el Señor. ¡Hijos! ¿No es vuestro deber agradar a Dios? Al honrar y obedecer a sus padres, agradan a Dios tal como lo hacen cuando se arrepienten y creen en él. Para demostrar cuánto le agrada a Dios, quien los recompensa cumpliendo la promesa: “para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. Jacob no dejaba ir al ángel hasta que lo bendijera, y Dios no dejó este mandamiento hasta que lo bendijo. Pablo lo llama “el primer mandamiento con promesa” (Ef. 6:2)… Una larga vida es mencionada como una bendición. “Y veas a los hijos de tus hijos” (Sal. 128:6). Fue un gran favor de Dios a Moisés el que, aunque tenía ciento veinte años, no necesitaba anteojos: “Sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor” (Deut. 34:7). Dios amenazó a Elí con la maldición de que nadie en su familia llegaría a la ancianidad (1 Sam. 2:31). Desde el diluvio, la vida es mucho más breve: para algunos, la matriz es su tumba. Otros cambian su cuna por su sepultura. Otros mueren en la flor de la vida. La muerte se lleva todos los días a unos u otros. Ahora, aunque la muerte nos acecha continuamente, Dios nos sacia de larga vida, diciendo (como en el Sal. 91:16): “Lo saciaré de larga vida”, algo que hemos de apreciar como una bendición. Es una bendición cuando Dios nos da mucho tiempo para arrepentirnos, mucho tiempo para servirle y largo tiempo para disfrutar a nuestros seres queridos.

IV. ¿Para quiénes es esta bendición de larga vida sino para los hijos obedientes? “Honra a tu padre para que tus días se alarguen”. Nada acorta la vida más pronto que la desobediencia a los padres. Absalón fue un hijo desobediente que quiso quitarle la vida y la corona a su padre. No vivió ni la mitad de lo que hubiera sido normal. El asno que montaba, cansado de tanta carga, lo dejó colgando de una rama de árbol entre el cielo y la tierra, como si no mereciera caminar sobre una ni entrar el otro. La obediencia a los padres va desenrollando la vida. La obediencia a los padres no sólo alarga la vida, sino que la hace más dulce. Vivir una larga vida y no poseer nada de bienes es una miseria, pero la obediencia a los padres asegura la herencia de tierras para el hijo. “¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme también a mí, padre mío” (Gén. 27:38). Dios tiene más que una bendición para el hijo obediente. No sólo gozará de larga vida, sino de una tierra que da fruto: y no sólo tendrá tierras, sino que ellas le serán dadas con amor: “la tierra que Jehová tu Dios te da”. Disfrutaras de tierras no sólo por el favor de Dios, sino por su amor. Todos estos son argumentos poderosos para hacer que los hijos honren y obedezcan a sus padres.

Tomado de The Ten Commandments.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano protestante no conformista y
autor; se desconocen el lugar exacto y la fecha de su nacimiento.

Honra a tu Padre y a tu Madre

Blog143

I. Los hijos deben honrar a sus padres teniéndoles un aprecio respetuoso.
Tienen que demostrarles un respeto cortés y profundo. Por eso, cuando el apóstol habla de los padres terrenales, habla también de reverenciarlos (Heb. 12:9). Esta reverencia ha de ser expresada:

(1) Interiormente, con un temor combinado con amor. “Cada uno temerá a su madre y a su padre” (Lev. 19:3). En el mandamiento, el padre es mencionado primero; aquí, la madre es mencionada primero, en parte para honrar a la madre, porque en razón de las debilidades inherentes a su sexo, es propensa a ser desdeñada por sus hijos. Y en parte porque la madre soporta más por sus hijos.

(2) Externamente tanto con palabras como con acciones. Reverenciar a los padres con palabras se refiere a cuando se habla directamente con ellos o cuando se habla de ellos a otros. “Pide, madre mía”, dijo el rey Salomón a Betsabé, su madre (1 Rey. 2:20).Cuando hablan de sus padres, los hijos deben hablar honorablemente. Tienen que hablar bien de ellos, si eso merecen. “Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada” (Prov. 31:28). Y en caso de que, por debilidad, un padre o una madre cometa una indiscreción, el hijo debe hacer todo lo posible por disculparlo con sabiduría para cubrir la desnudez de sus padres.

(3) Teniendo una conducta sumisa… José, aunque era un gran príncipe y su padre había empobrecido, se inclinó ante él y se comportó con una humildad como si su padre hubiera sido un príncipe y él mismo fuera un pobre hombre (Gén. 46:29). El rey Salomón, cuando su madre se acercó a él, “se levantó a recibirla, y se inclinó ante ella” (1 Rey. 2:19)… ¡Ay, cuántos hijos distan de rendir esta reverencia a sus padres! En cambio, los desprecian. Se comportan con tanto orgullo e indiferencia hacia ellos que son una vergüenza para el evangelio, y causan que sus padres ya ancianos vayan al sepulcro con dolor. “Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre” (Deut. 27:16). Si todos los que deshonran a sus padres son malditos, ¡cuántos hijos en nuestra época se encuentran bajo esa maldición! Si los que son irrespetuosos con sus padres viven hasta tener hijos, sus propios hijos serán una espina en su carne, y Dios les recordará sus pecados en el día de su castigo.

II. Los hijos deben honrar a los padres siendo cuidadosamente obedientes.
“Hijos, obedeced a vuestros padres en todo” (Col. 3:20). El Señor Jesús fue un ejemplo en esto para los hijos. Se sujetó a sus padres (Luc. 2:51). Él, a quien se le sujetaban los ángeles, se sujetaba a sus padres. Esta obediencia a los padres se demuestra de tres maneras:

(1) Siguiendo sus consejos. “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre” (Prov. 1:8). Los padres ocupan, por así decir, el lugar de Dios. Para que te puedan enseñar el temor del Señor, tienes que atender sus palabras como si fueran oráculos y no ser como una víbora sorda, tapándote los oídos. Los hijos de Elí no siguieron los consejos de su padre y fueron llamados “impíos” (1 Sam. 2:12, 25). Y así como los hijos deben seguir los consejos de sus padres en cuestiones espirituales, deben también hacerlo en asuntos que se relacionan con esta vida, como la elección de una carrera y de contraer matrimonio. Jacob no se iba a casar, aunque ya tenía cuarenta años, sin la aprobación de sus padres (Gén. 28:1-2)… Si los padres de familia [evangélicos] aconsejaran a un hijo a formar pareja con un inconverso o católico romano, creo que este caso es obvio, y muchos de los letrados opinan que en este caso el hijo puede negarse y no está obligado a hacer lo que el padre pide. Los hijos deben “casarse en el Señor”, por lo tanto, no con personas inconversas, porque eso no es casarse en el Señor (1 Cor. 7:39).

(2) Cumpliendo sus órdenes. El hijo debe ser el eco de los padres: cuando el padre habla, el hijo debe ser su eco obedeciendo. El padre de los recabitas les prohibió beber vino. Le obedecieron y fueron felicitados por ello (Jer. 35:14). Los hijos deben obedecer a sus padres en todo (Col. 3:20). En las cosas en que no coinciden, por más que les cueste, tienen que obedecer a sus padres. Esaú obedeció a su padre cuando le ordenó que le trajera carne de venado porque probablemente le gustaba cazar. Pero se negó a obedecerle en una cuestión más importante: la elección de una esposa. Pero aunque los hijos tienen que obedecer a sus padres “en todo”, no obstante, “es dentro de la limitación de cosas justas y honestas”. “Obedeced en el Señor”, es decir, siempre que las órdenes de los padres coincidan con las órdenes de Dios (Ef. 6:1). Si ordenan algo que es contrario a Dios, pierden su derecho a ser obedecidos. En dichos casos, tienen que desobedecer.

(3) Satisfaciendo sus necesidades. José se ocupó de suplir las necesidades de su padre en su vejez (Gén 47:12). Se trata meramente de pagar una deuda justa. Los padres crían a sus hijos cuando son chicos, y los hijos deben ocuparse de sus padres en su ancianidad… Los hijos, o monstruos debiera llamarlos, son ellos mismos una vergüenza cuando se avergüenzan de sus padres cuando envejecen y decaen, y les dan una piedra cuando piden pan. Cuando las casas se ven cerradas, decimos que allí está la plaga, cuando el corazón de los hijos se cierra contra sus padres, tienen la plaga. Nuestro bendito Salvador cuidó mucho a su madre. En la cruz, encargó a su discípulo Juan que la llevara a su casa con él como si fuera su madre y se ocupara de que no le faltara nada
(Juan 19:26-27).

Tomado de The Ten Commandments.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano protestante no conformista y
autor; se desconocen el lugar exacto y la fecha de su nacimiento.

La Oración del Señor

Reseña 39

Imagínese lo que debió haber sido tener el privilegio de seguir a Jesús día tras día, escuchando su enseñanza y viéndolo realizar sus milagros. Podemos imaginar muchas cosas que quienes tuvieron ese privilegio pudieron haberle pedido que les enseñase. Quizás los discípulos pudieron haberle pedido: “Jesús, enséñanos a convertir el agua en vino”. Pudieron haber pedido: ‘Enséñanos a caminar sobre el agua”. O pudieron haber dicho: “Enséñanos a levantar a la gente de entre los muertos”. En una ocasión los discípulos vinieron y le dijeron: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1b). Resulta fascinante que esta fuera la pregunta candente que le formularon a Jesús. Ellos vieron el vínculo entre la extraordinaria vida de oración de Jesús y su poder, su enseñanza, su carácter, toda su persona. Vieron la intimidad que Jesús tenía con el Padre e hicieron la conexión entre su oración y su poder. Esta petición resultó en esa magnífica oración de Jesús que conocemos como “El Padre Nuestro”, “La Oración Modelo” o “La Oración del Señor”. Una herramienta poderosísima que Jesús pone a nuestra disposición para que la usemos una y otra vez. Una oración que se convierte en parte de la fibra de nuestro pensamiento. Empieza a hacerse parte de nuestra alma para que nos apoyemos en ella cuando no sepamos cómo deberíamos orar. Siempre podemos orar la Oración del Señor.

R. C. Sproul fue fundador de Ligonier Ministries, pastor fundador de Saint Andrevy’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College, y editor ejecutivo de la revista Tabletolk. Su programa radial, Renewing Your Mind, todavía se transmite diariamente en cientos de estaciones radiales alrededor del mundo y también se puede escuchar en línea. Fue autor de más de cien libros, incluyendo Sorprendido por el sufrimiento, Si Dios existe, ¿por qué hay tantos ateos? y Todos somos teólogos, publicados por Editorial Mundo Hispano. Fue reconocido en todo el mundo por su defensa elocuente de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga en su Palabra con firmeza y convicción.

“R. C. Sproul tiene un asombroso don para explicar verdades difíciles de manera concisa, memorable y fácil de entender. Es el maestro ideal para un estudio de la Oración del Señor porque esa oración es una lección profunda que Jesús dio a sus discípulos con una asombrosa economía de palabras acerca de un tema dificil. Usted será grandemente bendecido y edificado por este libro.” —Doctor John MacArthur Pastor-maestro Grace Community Church Sun Valley, California

“Este es un libro muy especial acerca de la oración. No lo dejará abrumado por el fracaso ni lo empujará a “darle a la oración una oportunidad más”, como lo hacen muchos libros y sermones acerca de la oración. En cambio, lo tomará delicadamente de la mano, como lo hizo Jesús cuando enseñó a los discípulos la oración en la que se basan estas páginas. Lo llevará a sentir el privilegio de la oración, a estimular nuevos deseos para orar, e incluso dejarlo con una sensación de los deleites de la oración. Estas páginas tienen una atmósfera de luz y están impregnadas de una sensación de frescura y gozo. Verdaderamente feliz es el teólogo que puede estimular la oración. Y nosotros estamos felices de que R. C. Sproul sea ese teólogo. La Oración del Señor es, sencillamente, un placer espiritual.” —Doctor Sinclair B. Ferguson Profesor Ligonier Ministries

“Me encanta escuchar a R. C. Sproul enseñando, y este libro suena exactamente como él: presenta verdades penetrantes ilustradas sorprendentemente. Sus citas apropiadas y su sabiduría pastoral hacen que sea tan fácil de leer como encantador de escuchar (y los capítulos cortos ayudan!). Sproul explica claramente las Escrituras con declaraciones que son simples y precisas. Él sabe lo suficiente como para decir cosas importantes de manera clara y concisa: verdades acerca del reino, la paternidad de Dios, la historia y, por supuesto, la oración. Incluso hay una sección útil de preguntas y respuestas al final. Este librito ahora ocupa su lugar junto con los clásicos sobre la oración.” —Doctor Mark Dever Pastor principal Iglesia Bautista Capitol Hill Washington, D. C.

“Históricamente, el discipulado evangélico en la iglesia ha usado mucho el Credo de los Apóstoles, la ley de Dios y el Padre Nues-tro. Ahora, a través de esta maravillosa y perspicaz exposición de la Oración del Señor, R. C. ha provisto a los cristianos que hacen discípulos y a las iglesias de un instrumento excelente y útil para dirigir y satisfacer los deseos del corazón de cada creyente que clame: “Señor, enséñanos a orar».” Doctor Harry L. Reeder III Pastor principal Iglesia Presbiteriana BriaNTood Birmingham, Alabama

CONTENIDO

  • Uno – Cómo no orar 9
  • Dos – Padre nuestro que estás en los cielos 25
  • Tres – Santificado sea tu nombre 35
  • Cuatro – Venga tu reino 45
  • Cinco – Sea hecha tu voluntad 57
  • Seis – El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy 67
  • Siete – Perdónanos nuestras deudas 77 
  • Ocho – No nos metas en tentación 91
  • Nueve – Tuyo es el reino 101
  • Diez – Preguntas y respuestas 109
  • Apéndice: Si Dios es soberano, ¿por qué orar? 115

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/oracion/1065-la-oracion-del-senor.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

La oración del Señor 1

Una oración para los lectores, especialmente para hijos e hijas 2

Blog142B

Considera también: Si estuvieras por hacer un viaje, te prepararías para hacerlo. ¿No es verdad que lo harías si fueras a viajar unas cien o doscientas millas? Si estuvieras a esta distancia de tu hogar, ¿no pensarías en éste con frecuencia? Si aparecieran obstáculos en el camino que amenazaran impedir que jamás regresaras, ¿no usarías todos tus medios y tus fuerzas para eliminarlos? ¿Eres realmente sólo un extraño y viajero sobre la tierra? ¿Vas hacia delante en un corto lapso de tiempo a un mundo eterno, donde encontrarás una morada sin fin del más profundo sufrimiento o el más perfecto gozo? ¿Se juntan muchas cosas para impedirte alcanzar el reino de los cielos? ¿Es éste tu caso? Sí, lo es. ¿Irás hacia delante, sin importante a dónde vas? ¿Sin importarte lo que te espera al entrar en aquel mundo oculto: ese mundo oculto, desconocido y sin fin de gozo inefable o de sufrimiento imposible de imaginar?… Es imposible ser demasiado serio contigo. Si alguna vez alcanzas a conocer el valor de la verdadera piedad, estarás convencido de que así es. Si viéramos a miles durmiendo al borde de un precipicio y a otros cayendo y muriendo continuamente, ¿no sentiríamos una pasión por despertar a los que todavía no han caído?

¡Ay, mi joven amigo, si has sido indiferente al evangelio de Cristo, el peligro es infinitamente peor, un peligro eterno te amenaza! ¡Despierta! ¡Despierta! ¡Te ruego que despiertes! ¡Despierta antes de que sea demasiado tarde! ¡Antes de que la eternidad selle tu condenación!… ¡Despierta! Te ruego que comiences a pensar en esa sola cosa que tanto necesitas, ¡el alimento no es ni la mitad de necesario para el pobre desgraciado que se muere de hambre, ni lo es la ayuda para aquel que se hunde en el mar o para el que se está quemando en las llamas!

Quizá todo lo que te digo para conseguir tu atención lo digo en vano. ¿Será así? ¿Despreciarás a tu Dios asegurándote tu propia destrucción? ¿Serás un enemigo más cruel de ti mismo que los diablos mismos pudieran ser? ¡Ay! Si así es, ¿en qué condición estarás pronto? Pero tengo mejores esperanzas para ti, y te hago un pedido: Mira a Dios… conmigo, elevando la siguiente oración. Luego pide que tenga de ti misericordia:

UNA ORACIÓN PIDIENDO LA BENDICIÓN DIVINA SOBRE ESTE ARTÍCULO: Dios eternamente bendito y santo, tu sonrisa es vida, tu ceño fruncido es muerte. Tú tienes acceso a cada corazón y conoces todos los pensamientos de toda criatura en tu amplio dominio. Desde tu trono eterno dígnate a mirar y enseñar a una de tus criaturas más indignas a implorar humildemente tu misericordia. Sin tu amor, somos pobres en medio de la abundancia y desdichados en medio del gozo del mundo. Tu amor es placer aunque estemos en medio de sufrimientos y es riqueza en medio de la pobreza mundana. El que te conoce y te ama, aunque muerto de pobreza y hambre, es infinitamente más rico y feliz que el rey que gobierna el más amplio de los imperios, pero no te conoce. Tú eres nuestra única felicidad; no obstante, no hemos buscado en ti el bien. Tú eres nuestra única dicha; no obstante, te hemos pedido que te alejes. Tú tienes el primer y más razonable derecho a nuestro corazón; no obstante, por naturaleza, los corazones están cerrados contra ti. Pero si tú has bendecido al que da voz a esta oración porque te conoce, bendice también a los que la leen o la dicen con el mismo conocimiento del cielo.

Dios grande, sólo tú sabes lo que es el hombre: un desdichado y miserable, una criatura rebelde y esclava del pecado, un heredero merecedor de ira y condenación. Tu compasión ha abierto para él el camino de vida, ¡pero cuán pocos son los que lo encuentran! Y, ¡ah!, ninguna mano sino la tuya puede guiar al pecador en esa senda llena de paz. Duro es el corazón que tu bondad no derrite: ninguna piedra es tan dura. Frío es el corazón que tu bondad no calienta: ningún hielo es tan frío. No obstante, ¡ay!, Dios grande, así es todo corazón humano por naturaleza… ¡Pero tú tienes poder para ablandar la roca, derretir el hielo y cambiar el corazón! ¿Y acaso no es eso lo que deseas? Creador misericordioso… tú has dicho: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). Miles ahora en gloria han experimentado tu poder salvador. Los instrumentos más débiles pueden en tu mano realizar las obras más poderosas. Una piedrita y una honda pueden arrasar con el enemigo más orgulloso. Ahora, entonces, Dios compasivo, demuestra tu poder para salvar. Concede que los que lean este artículo cedan a tu persuasión y consideren seriamente lo que más los beneficia. Por medio de instrumentos débiles, tú has despertado muchos corazones indiferentes. Aun si éste es el más débil de los débiles instrumentos, magnifica tu poder y misericordia haciendo que llegue a un alma (¡Oh, que sean muchas!) con un llamado solemne y avivador. Permite que algunos de sus lectores aprendan el fin para el cual la vida les fue dada. ¡Oh, no dejes que duerman el sueño del pecado y la muerte para ser despertados por el juicio y la destrucción!

Dios benigno, enséñales que la vida no es dada para perderla por negligencia y pecado. Por el poder del evangelio, somete tú al corazón de Una oración para los lectores,especialmente para hijos e hijas  piedra y rompe la piedra de hielo. Con una voz eficaz como la que despertará a los muertos, llama a los muertos en pecado a levantarse y vivir. Llama al joven pecador que lea estas palabras a huir de la ira que vendrá. Dios misericordioso, por tu Espíritu Conquistador haz que este escrito, que en sí es una débil caña, sea poderoso para llevar al arrepentimiento, la oración y la conversión, a algún joven que se haya descarriado de las sendas de la paz. ¡Oh tú que te compadeces del hombre desdichado, enseña a los jóvenes lectores… a tener compasión de sí mismos! No dejes que por su pecado y su necedad hagan aun de la inmortalidad una maldición. No dejes que desprecien tus llamados misericordiosos, ni que pisoteen tu amor hasta la muerte. No dejes que el infierno se regocije y el cielo llore por ellos, sino que deja que los ángeles que moran en tu presencia y los santos que rodean tu trono se gocen por
algún penitente despertado por este débil instrumento: por algún joven que acepta el evangelio de tu Hijo, encontrando en él todo bien.

¡Dios grande, concede este pedido! ¡Haz que los sufrimientos del Salvador lo impulsen! ¡Haz que la intercesión del Salvador lo obtenga! ¡Haz que las influencias del Espíritu lleven a cabo lo que aquí anhelamos!… ¡Confiérale tu Espíritu a este ruego, oh Dios de amor! ¡Confiere esas influencias de bendición, oh tú, Salvador de la humanidad, que has recibido dones para los hombres! ¡Confiérelos, oh Padre y Señor de todo, y trae a algún joven pecador a los pies de tu Hijo crucificado! Aunque sea sólo uno, haz que éste acuda a él para vida… Ahora, oh Dios de gracia, oye esta súplica y enseña al joven sincero de corazón que preste toda su atención a lo que sigue. Concede esto, Dios grande, en nombre del que murió en el Calvario aquí en la tierra, que vive, reina y ruega por el hombre en los cielos, y cuyo reino, poder y gloria son para siempre jamás. AMÉN.

Tomado de Persuasives to Early Piety.
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J. G. Pike (1784-1854): pastor bautista, nacido en Edmonton, Alberta, Canadá.

Una oración para los lectores, especialmente para hijos e hijas 1

Blog142A

Mi querido joven: Si alguien se levantara de entre los muertos para hablarte, si pudiera venir del otro mundo para contarte lo que allí vio, ¡con cuánta atención escucharías sus palabras y cuánto te afectarían! No obstante, un mensajero de entre los muertos no te podría decir cosas más importantes que las que ahora te ruego escuches.

He venido para rogarte que creas en DIOS, que ahora sigas al REDENTOR divino, y que andes tempranamente en la agradable senda de la piedad. ¡Ah, que pudiera yo con todo el fervor de un moribundo rogarte que te ocupes de los únicos asuntos realmente importantes! Porque, ¡de qué poca consecuencia es para ti este pobre mundo transitorio cuando tienes un mundo eterno que atender! ¡No es una insignificancia que pido des tu atención a tu vida, tu todo, tu todo eterno, tu Dios, tu Salvador, tu cielo y a todas las cosas que merecen que reflexiones en ellas y las anheles! No dejes que un extraño esté más ansioso que tú de tu bienestar eterno. Si hasta ahora no has tomado esto en serio, hazlo ahora. Ya es hora que lo hagas. Ya has malgastado
bastantes años.

Piensa en las palabras de Sir Francis Walsingham2: “Aunque reímos, todas las cosas a nuestro alrededor son serias. Dios, él que nos preserva y nos tiene paciencia, es serio. Cristo, él que derramó su sangre por nosotros, es serio. El Espíritu Santo es serio, cuando lucha por nosotros. Toda la creación es seria en servir a Dios y en servirnos a nosotros. Todos en el más allá son serios. ¡Qué apropiado es que el ser humano sea serio! Entonces, ¿cómo podemos nosotros ser superficialmente alegres?”

¿Sonríes ante estas palabras graves y dices: “Este es el lenguaje del fanatismo eeligioso”?… La advertencia amistosa puede descuidarse y las verdades de la Biblia rechazarse, pero la muerte y la eternidad pronto obligan a los corazones aun más indiferentes a estar profundamente convencidos de que la religión es lo que necesitan. Sí, mi joven amigo, es lo que necesitas. Así lo dijo el Señor de la vida (Luc. 10:42), es lo que necesitamos tú, yo y todos. Los vivientes la descuidan, pero los muertos conocen su valor. Cada santo en el cielo siente el valor de la religión al ser partícipes de las bendiciones a las que lleva. Y cada alma en el infierno sabe su valor al carecer de ellas. Es sólo sobre la tierra que encontramos a los indiferentes: ¿Serás tú uno de ellos? ¡No lo permita Dios!

Lee, te ruego, este breve mensaje orando seriamente. Recuerda que lo que busco es tu bienestar. Anhelo que seas feliz aquí y, cuando tu tiempo se haya cumplido, que seas feliz para siempre. Anhelo persuadirte que busques un Refugio en los cielos y amigos que nunca fallan. Defiendo ante ti un caso que es más importante que cualquiera que jamás se haya presentado ante un juez. No es uno que concierne al tiempo solamente, sino que concierne a una larga eternidad. No es uno del que depende alguna riqueza o reputación, sino uno del cual dependen tus riquezas eternas o pobreza eterna, gloria eterna o vergüenza eterna, la sonrisa o el ceño fruncido de Dios, un cielo eterno o un infierno eterno. Es tu caso el que defiendo y no el mío: ¿Lo defenderé en vano ante ti? ¡Ay, mi Dios, no lo permitas!

Sé, mi joven amigo, que tenemos la tendencia de leer los llamados más serios como si fueran meras formalidades, de un poco más de consecuencia para nosotros que las trivialidades que publica el periódico, pero no leas de esta manera estas líneas. Créeme: te hablo muy en serio. Lee, te ruego, lo que sigue tomándolo como un serio mensaje… de Dios para ti.

Reflexiona en lo que significarán dentro de cien años los consejos que aquí te daré. Mucho antes de entonces, habrás dejado este mundo para siempre. Para entonces, tu cuerpo, ahora vigoroso y juvenil, se habrá convertido en polvo y tu nombre probablemente habrá sido olvidado sobre la tierra. No obstante, tu alma inmortal estará viviendo en otro mundo en un gozo o sufrimiento más consciente de lo que ahora es posible. En aquel entonces, mi querido joven, ¿qué pensarás de esta advertencia de amigo? ¡Qué feliz estarás si seguiste los consejos que contiene! No te creas que los habrás olvidado. Los llamados y las bendiciones olvidados aquí serán recordados allá, cuando cada pecado será traído a la memoria del pecador… pero tu día de gracia es ahora; después, otra generación será la que viva su día de gracia.

Piénsalo: mientras tú lees esto, miles se están regocijando en el cielo porque hicieron caso en años pasados a llamados tan importantes. Antes fueron tan indiferentes como quizá lo has sido tú, pero la gracia divina les dio disposición para escuchar la Palabra de vida. Hicieron caso a las advertencias dirigidas a ellos. Encontraron salvación. Han ido a su descanso. Ahora, con cuánto placer pueden recordar el sermón ferviente Una oración para los lectores,especialmente para hijos e hijas o el librito que bajo la mano de Dios, primero despertó su atención y primero impresionó sus corazones… Sí, creo que mientras tú lees… miles de almas desgraciadas en total oscuridad y desesperación están maldiciendo esa locura descabellada que los llevó a no escuchar las advertencias amistosas que alguna vez les dirigieron. ¡Ay, mi joven amigo, te ruego por los gozos de los santos en el cielo y por los horrores de los pecadores en el infierno que no trates con ligereza este afectuoso llamado!

Continuará …

Tomado de Persuasives to Early Piety.
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J. G. Pike (1784-1854): pastor bautista, nacido en Edmonton, Alberta, Canadá.

Una oportunidad única de testificar al mundo

Blog140

El Apóstol nos recuerda que en las épocas de apostasía, en las épocas de gran impiedad e irreligiosidad, cuando los fundamentos mismos tiemblan, una de las manifestaciones más destacadas de desorden es ser “desobedientes a los padres” (2 Tim. 3:2)… ¿Cuándo aprenderán las autoridades civiles de que existe una conexión indisoluble entre la impiedad y la falta de moralidad y de conducta decente?… La tragedia es que las autoridades civiles—sea cual fuere el partido político que esté en el poder—parecen estar todas gobernadas por la sicología moderna en lugar de las Escrituras. Todos están convencidos que pueden solucionar directamente y solos la falta de justicia y de rectitud. Pero eso es imposible.

La falta de justicia y rectitud es siempre el resultado de la impiedad, y la única esperanza de volver a tener alguna medida de justicia y rectitud en la vida es tener un avivamiento de la piedad. Eso es precisamente lo que les está diciendo el Apóstol a los efesios y nos está diciendo a nosotros (Ef. 6:1-4). Los mejores y más morales periodos en la historia de este país, y de cualquier otro país, siempre han sido esos periodos después de poderosos avivamientos religiosos. Este problema de anarquismo y falta de disciplina, el problema de niños y jóvenes, no existía hace cincuenta años como existe ahora. ¿Por qué? Porque todavía operaba la gran tradición del Avivamiento Evangélico del Siglo XVIII. Pero como ya ha desaparecido, estos terribles problemas morales y sociales están volviendo, como nos enseña el Apóstol, y como siempre han vuelto a lo largo de los siglos.

Por lo tanto, las condiciones presentes demandan que observemos la declaración del Apóstol. Yo creo que los padres e hijos cristianos y las familias cristianas tienen una oportunidad única de testificar al mundo en la actualidad siendo simplemente distintos. Podemos ser verdaderos evangelistas al mostrar esta disciplina, esta ley y este orden, esta relación auténtica entre padres e hijos. Podríamos ser los medios, bajo la mano de Dios, de llevar a muchos al conocimiento de la Verdad. Por lo tanto, creamos que así es.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 al 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

“Los padres deben pulir la naturaleza ruda de sus hijos con buenos modales.”
—Thomas Boston (1676-1732)

“Vivimos en una época que se caracteriza por su irreverencia, y, en consecuencia, el espíritu de anarquía, que no tolera ninguna clase de restricciones y que anhela librarse de todo lo que interfiere con la libertad de hacer lo que se le da la gana, envuelve velozmente a la tierra como una gigantesca marejada. Los de la nueva generación son los ofensores más flagrantes; y en la decadencia y desaparición de la autoridad paternal, tenemos el precursor seguro de la abolición de la autoridad cívica. Por lo tanto, en vista de la creciente falta de respeto por las leyes humanas y el no querer dar honra al que honra merece, no nos asombremos de que el reconocimiento de la majestad, la autoridad y la soberanía del Todopoderoso vaya desapareciendo cada vez más, y que las masas tengan cada vez menos paciencia con los que insisten en dar ese reconocimiento.”—A. W. Pink (1886-1952)

Cómo Jesús transforma los Diez Mandamientos

Reseña 36

Edmund P. Clowney (1917 – 2005) fue Profesor Emérito de Teología Práctica en Westminster Theological Seminary de Filadelfia, puesto que ocupó por espacio de más de tres décadas, siendo durante dieciséis años presidente del seminario. Autor de varios libros, destaca de forma muy particular el renombrado The Unfolding Mystery: Discovering Christ in the Old Testament.

“No penséis que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento”.

Estas palabras de Jesús resultan extrañas, incluso incompatibles con el evangelio de la gracia, a muchos cristianos que se sienten condicionados a recalcar nuestra libertad de la ley. Si Jesús no anuló la ley, entonces ¿qué opinión deberíamos tener hoy en día acerca de los Diez Mandamientos?

Clowney explica cómo Jesús refuerza la ley y expande su alcance a cualquier situación de la vida. Sin embargo, va más allá y encuentra a Cristo en la ley y muestra cómo la cumple para su pueblo. De este modo, los creyentes aprenderán no solo del carácter de Dios revelado en la ley, sino también del evangelio centrado en Cristo.

Este libro, dividido en once capítulos, con preguntas para la reflexión y aplicación, es un recurso perfecto para el estudio en grupo y el crecimiento individual.

Este libro pertenece a la categoría TEOLOGÍA BÍBLICA.

Cómo Jesús 2

Sobre este libro nos cuenta el mismo autor:

“Cada verano en el suroeste de Filadelfia, donde me crié en una casa adosada antes de los días en los que había aire acondicionas asistí al programa infantil de verano en la iglesia Westminster Prebyterian Church. Allí, cuando tenía diez años, me esforcé por memorizar el Catecismo Menor de Westminster para que me diesen la Biblia de Estudio Scofield, ¡que tenía la cubierta de cuero de verdad! La utilicé durante años y aprendí mucho a través de las notas. Pero al leer y estudiar esa Biblia, encontré una nota confusa sobre el Padre Nuestro. Decía que no debía orar el Padre Nuestro porque no era para la era de la iglesia. Si la utilizaba, estaría orando sobre “la base de la ley”. Esta oración se dio únicamente para el reinado de Cristo en el milenio, cuando los cristianos se hallen de nuevo bajo la ley. Solo entonces podrá ser posible que nuestros pecados sean perdonados sobre la base de que nosotros perdonamos a nuestros deudores.

Este consejo no me pareció correcto. Después de todo, acababa de memorizar todas las preguntas del Catecismo Menor sobre la ley de Dios y el Padre Nuestro. El catecismo daba por sentado que yo aún tenía que tomarme en serio los mandamientos de Dios. Pregunta 42: “¿Cuál es el resumen de los Diez Mandamientos?”. Respuesta: “El resumen de los Diez Mandamientos es: Amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente; y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”. El catecismo también recomendaba conocer el Padre Nuestro. En relación a perdonar a los demás, el catecismo me había enseñado: “rogamos que Dios, por causa de Cristo, nos perdone gratuitamente todos nuestros pecados; y somos estimulados a pedir esto, porque por su gracia, somos capacitados para perdonar a otros con sinceridad de corazón”) Me quedé dándole vueltas a la pregunta: ¿Qué lugar ocupan los Diez Mandamientos hoy en día en la vida cristiana?

La Biblia Scofield y su influencia

Hasta la publicación de la Biblia de Estudio Scofield, las formulaciones doctrinales, con ayuda de los textos que las justifican, habían dado forma a la mayoría de Biblias de estudio. Sin embargo, la Biblia Scofield, prestaba atención a la historia bíblica y las épocas o períodos en la revelación de Dios. Debido a que tenía diez años, no entendía las diferencias entre el Dr. Scofield y los hombres que redactaron el catecismo al que tanto esfuerzo había dedicado a memorizar. La Biblia Scofield enseñaba el dispensacionalismo, daba énfasis a las diferencias entre los períodos de la historia bíblica. De hecho, la idea de los períodos o eras tenía que ver con los estándares de Westminster,  ya que los miembros de la asamblea de Westminster recalcaron los períodos de la historia de salvación, incluso usaron la palabra “dispensación”. La Confesión de Westminster distingue entre el pacto de las obras, hecho con Adán en el huerto del Edén, y el pacto de la gracia “según el cual Dios ofrece libremente a los pecadores vida y salvación por Cristo…”.

La gracia de Dios fluye a través del Antiguo y del Nuevo Testamento como una corriente constante e inagotable. No obstante, Dios estableció el pacto de la gracia de manera diferente en el tiempo de la ley y en el tiempo del evangelio. La Confesión incluye un capítulo sobre los pactos de Dios donde dice: “No hay dos pactos de gracia diferentes en sustancia, sino uno y el mismo bajo diversas dispensaciones”. La Confesión reconoce que Dios establece el camino de salvación en momentos concretos y usa la palabra “dispensación” en el sentido de “establecimiento”.

Respecto a esta cuestión, J. Nelson Darby, un eruditchl de las Asambleas de Hermanos en Inglaterra, fue aún más lejos que la asamblea de Westminster. Enseñó que las dispensaciones diferían en sustancia y que, por tanto, los distintos períodos de tiempo ofrecían diversos medios de salvación. Según la perspectiva de Darby, el pacto mosaico era uno de obras: si cumplías la ley bajo esta dispensación, obtendrías la salvación. El pacto con Abraham, por el contrario, era un pacto de promesa. Esta es la perspectiva más radical de las diferentes “eras” que descubrí al leer la Biblia Scofield. De acuerdo con este enfoque, los autores del Antiguo Testamento no podían vislumbrar la “era de la iglesia”. Su tiempo de profecía terminó al comenzar la era de la iglesia. Cuando los judíos rechazaron a Jesús, empezó un paréntesis en la historia de la profecía. El pacto de la ley se suspendió y solo volverá cuando Jesús retorne en el milenio, momento en el cual la salvación se obtendrá de nuevo por las obras: por la obediencia a Cristo, que reinará en el trono de David.

Esta lectura de las Escrituras se ha denominado la perspectiva “dispensacional”. Este punto de vista enfatiza las diferencias entre cada era. Aunque muchos la han rechazado (ya que presenta algunos peligros, como veremos), fue útil para muchos cristianos ya que les dio la valiosa sensación de que Biblia presenta una cosmovisión. Para leer la Biblia de forma correcta, uno ha de entender su estructura global. A medida que maduré en mi propia fe, llegué a comprender que no todo el mundo veía la estructura de la Biblia de la manera en la que la Biblia Scofield la presentaba. Muchos argumentaron con contundencia que la gracia siempre debe ser el origen de nuestra salvación. Con el paso del tiempo, un gran número de maestros dispensacionalistas empezaron a cambiar su opinión respecto a la de Darby en lo que se refiere a este punto crucial.

Cómo Jesús 1

Diálogo reformado-dispensacional

Hoy en día este tema parece que ha pasado de moda. Muchos cristianos no conocen lo que significa la palabra “dispensacional” o la importancia que aún tiene en nuestro modo de ver el mundo. Sin embargo, ha ejercido una gran influencia en la opinión que tienen los cristianos de la ley en concreto, pero también, de otros aspectos de la vida cristiana. Hubo una época en la que los dispensacionalistas y los cristianos reformados no tenían mucho tiempo para ocuparse los unos de los otros. No obstante, en los últimos años, han encontrado más puntos de coincidencia.

Un gran número de dispensacionalistas se ha dado cuenta de que la gracia siempre debe ser parte de la salvación y ya no enseñan que la salvación era por obras en el Antiguo Testamento. Esta comprensión ha abierto un diálogo con los seminarios reformados, que siempre se han opuesto con fuerza al dispensacionalismo en este punto. Otro factor que favorece el diálogo es la creciente apreciación de la teología bíblica en los seminarios reformados. Los pensadores reformados se han dado cuenta de que la Biblia no es como un diccionario. La Biblia incluye historias y todas estas historias están unidas en una, la historia global. De este modo, cuando los dispensacionalistas afirman que la gracia de Dios es el origen de la salvación en ambos Testamentos y cuando los pensadores reformados enseñan acerca de la historia de salvación, ambos grupos se unen para apreciar las riquezas desplegadas en la revelación de Dios en las Escrituras.

La “teología bíblica” es el término que ahora usamos en el sentido especial de la teología que no solo es bíblica, sino que se extrae de la historia de la revelación en la Biblia. La Confesión de fe de Westminster y los Catecismos Mayor y Menor siguieron el método temático que comenzaba con la pregunta: “¿Cuál la finalidad principal de la existencia del hombre? La finalidad principal de la existencia del hombre es glorificar a Dios y gozar de él para siempre”. La enseñanza de la Biblia se resume de forma temática de la siguiente manera: “Las Escrituras principalmente enseñan lo que el hombre debe creer respecto a Dios y los deberes que Dios exige al hombre”.

En cambio, la teología bíblica resume la enseñanza de la Biblia siguiendo la historia de la revelación de Dios en los períodos o épocas de la obra de Dios en la creación y en la redención. La a lo que teología bíblica sigue la historia de la Biblia en lugar de los temas únicame que se encuentran en la Biblia. Como disciplina de estudio, la también teología bíblica llegó a Estados Unidos desde Europa, en concreto no solo c desde Alemania y los Países Bajos. En el Seminario de Princeton, significad Geerhardus Vos (1862-1949) enseñó esta disciplina a los alumnos que después la expusieron en el Seminario de Princeton y en el Por eje, de Westminster.

Cómo Jesús 3

La historia interminable

Desde el libro de Génesis en adelante, la Biblia sigue la historia de la simiente de la promesa: el hijo de la mujer que ha de venir para por fin aplastar la cabeza de la Serpiente. Para poder descubrir la historia de la redención en la historia bíblica debemos reconocer los periodos o épocas de esa historia. El dispensacionalismo reconoció de manera correcta que existían diferencias entre esos periodos. Sin embargo, falló al permitir que las diferencias rompiesen la continuidad de la historia del pacto.

He mencionado las diferencias entre la Biblia Scofield y el Catecismo de Westminster, pero mi pregunta original aún se mantiene. ¿Qué papel desempeña la ley en la historia de la redención? Si la ley de Moisés no ofrece la salvación por las obras, ¿cómo prepara el camino para la venida de Cristo? ¿Por qué Dios demandó obediencia a la ley, si la ley nunca podría acercarnos a él?

Jesús señaló que la ley revelada por Dios en el Antiguo Testamento era en sí misma una especie de profecía, una parte de la historia del pacto. Esa historia, que incluye a la ley, apuntaba a lo que iba a venir. En ese sentido, Jesús cumplió la ley no únicamente al obedecerla de forma perfecta por nosotros, sino también al transformar nuestra compresión de la ley. Cristo no solo obedeció la ley, sino que también mostró su verdadero significado y profundidad.

Por ejemplo, piensa en el Gran Mandamiento: ‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” (Mt. 22:37). Jesús transformó tanto este mandamiento como el segundo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:39). La interpretación de Jesús de esta ley y cómo la aplica a su propia vida es radical. Redefine todo desde el término de prójimo hasta el significado de amar a Dios. El amor de Jesús por el Padre era tan grande que estaba dispuesto a ser maldito por el Padre con el fin de llevar a cabo el plan de salvación para aquellos que el Padré le había dado. El amor de Jesús por su prójimo era tan grande que dio su vida por esos “prójimos” (que le odiaban). Una noción tan profunda y radical de la ley muestra el verdadero requisito de este mandamiento: tomar la cruz y seguirle. Del mismo modo que Jesús transforma el mayor de todos los mandamientos, nos muestra un nuevo nivel de interpretación de toda la ley de Dios. Sin Jesús, no tenemos una verdadera comprensión de la ley.

Jesús transfigura la ley en el monte de la transfiguración

Cuando la gloria de Jesús cegó a Pedro, Jacobo y Juan en el Monte de la Transfiguración, también vieron a Moisés y a Elías hablando con Jesús. Pero ni Moisés (el gran dador de la ley) ni Elías (el profeta más poderoso) dieron ninguna explicación a los discípulos de Jesús. La voz del Padre desde la nube dijo: “Este es mi Hijo amado. ¡Escuchadle!” (Marcos 9:7). Jesús no vino a complementar ni a explicar la ley, ni a vivir tan solo por ella. Vino a cumplir la ley en su sentido más profundo. Tenemos que escuchar a Jesús si queremos escuchar la voluntad del Padre. Jesús cumple y transforma toda la ley y todos los profetas. De hecho, ¡él es la nueva ley de Dios!

ÍNDICE

Introducción
1. El Señor del pacto cumple la ley: Jesús y los Diez Mandamientos
2. El primer mandamiento: Un Dios y Salvador
3. El segundo mandamiento: Adoramos la imagen perfecta del Dios invisible
4. El tercer mandamiento: Reverenciar el nombre de Dios
5. El cuarto mandamiento: Descansar en el Señor
6. El quinto mandamiento: La familia de Dios
7. El sexto mandamiento: El Señor de la vida
8. El séptimo mandamiento: La pureza en Cristo
9. El octavo mandamiento: El Señor de la herencia
10. El noveno mandamiento: El Señor, la Verdad
11. El décimo mandamiento: Buscar al Rey y a su reino
12. Conclusión

* Editorial Andamio 2019Nº páginas: 232 pp.

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Cómo Jesús 2

 

Advertencias sobre la Oración

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Necesito hacer una advertencia. En nuestros días, muchas personas han vuelto a descubrir el poder de la oración. Esto es algo bueno; no hay nada más emocionante en la vida cristiana que orar específicamente, para expresar un deseo, para hacer una solicitud o una petición a Dios, y luego ver cómo Él responde esa solicitud de manera específica y clara. Es bueno recibir lo que pedimos, pero el beneficio añadido es la seguridad que adquirimos de que Dios escucha nuestras oraciones y las responde.

Sin embargo, algunos llevan esto a un extremo y saltan a la conclusión de que la oración es una especie de varita mágica, que si oramos con el sonido correcto, de la manera correcta, con las frases correctas, y en la postura correcta, Dios está obligado a responder. La idea parece ser que tenemos la capacidad para obligar al Dios Todopoderoso para que haga por nosotros lo que nosotros queremos que se haga, pero Dios no es un botones celestial que está disponible cada vez que presionamos el botón, a la espera de servirnos en cada una de nuestras solicitudes.

Es posible que respondas que la Biblia parece decir que Dios está dispuesto a darnos prácticamente cualquier cosa que pidamos. Podrías mencionar que Jesús dijo: “Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá” (Mat. 7 :7). Podrías recordar que Jesús dijo, “Y todo lo que pidan en oración, creyendo, lo recibirán” (Mat. 21:22). Podrías incluso mencionar que Él dijo: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mat.18:19).

Versos en su contexto

Tenemos que ser muy cuidadosos en nuestro manejo de estos versos, teniendo cuidado de interpretarlos en su contexto. Piensa en ello: a cualquier número de personas le gustaría ver una cura para el cáncer. Estoy seguro de que podría encontrar al menos unas pocas personas que estarían de acuerdo conmigo en esto, así que si dos o tres de nosotros nos reunimos y acordamos que una cura para el cáncer sería bueno, y luego oramos sobre eso, ¿estaría Dios obligado a responder?

Jesús dijo claramente: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo… les será hecho”, pero Él hizo esta declaración en el contexto de una gran cantidad de información acerca de la oración auténtica que Él ya había dado a sus discípulos. No podemos simplemente venir a un texto y escoger un verso sin examinar todas las cualificaciones que nuestro Señor dio en su enseñanza completa de la oración. Hacerlo así es arriesgarse a terminar con una visión mágica del asunto.

Criaturas del tiempo

Una de las razones por las que somos atraídos a la superstición y prácticas impías es que somos criaturas del tiempo. Como resultado de ello, estamos ansiosos. No sabemos lo que el mañana va a traer. Mi primera oración de niño fue: “Ahora me acuesto a dormir. Le pido al Señor que cuide mi alma. Si muero antes de despertar, pido al Señor que tome mi alma”. Esa última frase siempre me dio miedo, la parte de morir antes de despertar. No sabía si iba a morir antes de que me despertara. En realidad, no mucho ha cambiado desde entonces. No sé lo que esta tarde va a traer a mi vida. No sé lo que el mañana, la próxima semana, o el próximo año va a traer a mi vida, y tampoco tú. Vivimos siempre al borde de la eternidad, como criaturas finitas. Y eso trae ansiedad a nuestras almas.

¿No es interesante que uno de los negocios más lucrativos en los Estados Unidos de América en el siglo XXI, un tiempo de gran progreso en la educación, un tiempo de explosión del conocimiento, sigue siendo la práctica de la astrología? Lo he dicho muchas veces, que podría pedir a mis estudiantes del seminario a que nombren las doce tribus de Israel, y estaría muy feliz si pudieran nombrar ocho o nueve. Pero podría pedirles que nombren los doce signos del zodíaco, y prácticamente cada uno de ellos, dado el tiempo suficiente, podría nombrar todos los doce. No creo que ello signifique que estén más interesados en la astrología que en la historia bíblica, pero ello sugiere que la astrología es un fenómeno que está muy extendido en nuestra cultura. ¿Por qué? Porque queremos conocer el futuro.

Eso no es lo que significa vivir en la fe cristiana. Mi mañana y tus mañanas están en las manos de Dios. Hacemos nuestras peticiones ante Él y confiamos nuestros mañanas a su soberanía. Estoy encantado de que mi futuro no esté en las manos de las estrellas o los adivinos. Más bien, mi futuro está en las manos de la voluntad del Dios soberano.

Este extracto se toma del folleto, Preguntas Cruciales” de R.C. Sproul.

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El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Directivas ante el dolor de tener hijos impios II

Blog139B

DIRECTIVA 6: Esfuércese por fortalecer sus gracias bajo esta gran aflicción; porque necesita usted más conocimiento, sabiduría, fe, esperanza, amor, humildad y paciencia para capacitarlo y hacerlo apto para sobrellevar esta aflicción más que los que necesita para sobrellevar otras. Y tiene que ver y disfrutar más de Dios y Cristo a fin de mantener el ánimo bajo este sufrimiento más que la mayoría de los demás sufrimientos. Por el poder de Cristo será no sólo capaz de sobrellevar esta tribulación sino también de gloriarse en ella. Y más grande sea el problema, más grande será lo bueno que de él derive usted.

DIRECTIVA 7: Consuélese en que las cosas más grandes y mejores por las que usted más ha orado, confiado, esperado y principalmente amado y anhelado están a salvo y seguras. Dios es y será bendecido y glorioso para siempre, pase lo que le pase a su hijo. Todas sus perfecciones infinitas están obrando para su gloria. Cristo mismo es de Dios y cumple toda la obra de Mediador como su siervo y para su gloria. Todos los ángeles y santos benditos le honrarán, admirarán, amarán y alabarán para siempre.

Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo son suyos para siempre y será glorificado en toda la eternidad haciendo que usted sea bendito y glorioso. Tiene usted un hijo malo, pero un Dios bueno. Toda su obra acabará, sus pecados serán perdonados y aniquilados, sus gracias perfeccionadas y su cuerpo y alma glorificados ¿Y cree que un hijo impío podría empequeñecer todas sus consolaciones?

DIRECTIVA 8: Por último, considere que este dolor durará sólo por un tiempo. Confieso que no conozco ni podría encontrar aunque investigara, nada que pueda elevar al corazón por sobre este dolor fuera del conocimiento y el sentido del amor infinito de Dios en Cristo hacia el hombre y de la eternidad santa y gloriosa a la cual pronto lo llevará este amor. Decirle que esto es y ha sido el caso de otros padres píos, puede aplacar algo de su dolor. Pero ¿qué valor tiene decirle que otros están y han estado tan afligidos como usted o contarle que hijos tan malos como los suyos han sido santificados y salvados, más que darle algo de esperanza sin fundamento? No tiene más valor que el que lo tiene pensar que pueden ser salvos o pueden ser condenados, porque hay razón justificada para creer lo primero y tener esperanza en lo último. Pero para que el hombre tenga una muerte victoriosa, esté listo para vivir en ese mundo donde no hay nada de este dolor y saber que en el Día del Juicio… él mismo se sentará con Cristo para juzgarlos, y que amará y se gozará en la santidad y justicia del Juez de todo el mundo quien les dará aquella sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41)—esto basta para superar todo dolor inmoderado por sus hijos impíos.

Tomado de Concerns for Their Unsaved Children

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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia
Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito
en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como
Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

Formación Bíblica de los hijos en el hogar 2

J.C. Ryle

“El hijo necio es pesadumbre de su padre, y amargura a la que le dio a luz”. —Proverbios 17:25

Aprenda a decirles “No” a sus hijos. Demuéstreles que puede negarse a aceptar todo lo que usted considera que no es bueno para ellos. Demuéstreles que está listo para castigar la desobediencia, y que cuando habla de castigo, no está sólo listo para amenazar sino también para actuar.

Quiera el Señor enseñarles a todos ustedes qué valioso es Cristo y qué obra poderosa y completa ha realizado en pro de nuestra salvación. Estoy seguro de que entonces usarán todos los medios para traer a sus hijos a Jesús para que vivan por medio de él. Quiera el Señor enseñarles todo lo que necesitan para que el Espíritu Santo renueve, santifique y vivifique sus almas. Estoy seguro de que entonces instarán a sus hijos a que oren sin cesar por tener a Jesús, hasta que ha entrado en sus corazones con poder y los ha convertido en nuevas criaturas. Quiera el Señor conceder esto, y si así sucede, tengo esperanza de que realmente instruirán bien a sus hijos—que los instruirán bien para esta vida y los instruirán bien para la vida venidera, los instruirán bien para la tierra y los instruirán bien para el cielo; los instruirán para Dios, para Cristo y para la eternidad.—J. C. Ryle (1816-1900)

 

Formación Bíblica de los Hijos en el Hogar

C.H. Spurgeon

“Criadlos en disciplinay amonestación del Señor.” Efesios 6:4b

El sauce crece con rapidez, y lo mismo sucede con los creyentes jóvenes. Si quiere ver hombres de nota en la iglesia de Dios, búsquelos entre los que se convirtieron en su juventud… nuestros Samuel y Timoteo surgen de los que conocen las Escrituras desde su juventud. ¡Oh Señor! Envíanos muchos así cuyo crecimiento y desarrollo nos sorprenda tanto como lo hace el crecimiento de los sauces junto a los ríos.

A menos que nos mantengamos en guardia cuidando a los niños, podría suceder que no quedaría nadie para llevar el estandarte del Señor cuando nuestro cuerpo vuelva al polvo. En cuestiones de doctrina, encontramos con frecuencia que congregaciones ortodoxas cambian a una heterodoxia en el curso de treinta o cuarenta años, y esto se debe con demasiada frecuencia a que no ha existido un adoctrinamiento bíblico de los niños que incluya las doctrinas esenciales del evangelio.—Charles Spurgeon

 

Directivas ante el dolor de tener hijos impíos I

Blog139

DIRECTIVA 1: Considere como un gran pecado desmayar ante este sufrimiento, es decir, sufrir tanto que no puede cumplir sus obligaciones o que deja de sentir gozo en su vida. Porque desmayar ante esta calamidad significa que ha basado demasiado de su felicidad en sus hijos. Sólo argumentaré con usted como Joab lo hizo con David cuando se lamentaba tan amargamente por su hijo Absalón en 2 Samuel 19:6: “Hoy has declarado que nada te importan tus príncipes y siervos”. Lo mismo le digo a usted que si su alma desmaya bajo la carga de un hijo desobediente declara usted que Dios y Cristo no le importan.

DIRECTIVA 2: Considere… que este es un dolor común entre los hijos más queridos de Dios. Usted piensa en esto como si fuera el primer padre piadoso que ha tenido un hijo impío, como si fuera raro lo que le ha sucedido. Confieso que donde una calamidad parece singular o extraordinaria, tiene más posibilidad de que el que sufre se sienta abrumado porque piensa que ha desagradado grandemente a Dios, de modo que dice con la iglesia: “Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido; porque Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente furor” (Lam. 1:12). Pero este dolor es común y coincide con la gracia salvadora y electiva de Dios hacia ellos, y es una prueba que por lo general le toca a los justos.

DIRECTIVA 3: Considere que le hubieran podido pasar desgracias peores que esta. Le voy a dar tres males peores que lo hubieran hecho sufrir más. Primero, podría haber sido usted mismo un infeliz malo e impío. Y que el gran Jehová lo hubiera maldecido y condenado para siempre lo hubiera hecho sufrir mucho más que sentirse atormentado por un tiempo por un hijo impío. Segundo, hubiera podido tener un cónyuge que fuera como podredumbre en sus huesos. Salomón parece decir que un cónyuge pendenciero es peor que un hijo impío. Proverbios 19:13: “Dolor es para su padre el hijo necio, y gotera continua las contiendas de la mujer”. Es como una gotera constante en la casa cuando llueve que pudre el edificio, destruye los alimentos y arruina tanto a la casa como a los que en ella viven…

DIRECTIVA 5: Deje que las Escrituras y la razón guíen su dolor, a fin de no provocar a Dios, envilecer su alma y herir su conciencia con quejas y lágrimas pecaminosas. Con este fin, observe dos reglas: Primero, laméntese más por los pecados de sus hijos con los que provocan y deshonran a Dios y se corrompen y se destruyen a sí mismos y destruyen a otros, que por cualquier vergüenza o pérdida de cosas materiales que le puedan suceder. De este modo, demostrará que el amor a Dios y al alma de sus hijos, y no el amor al mundo, tiene la mayor influencia sobre su dolor. Porque me temo que por lo general hay en padres buenos demasiada aflicción carnal y no suficiente aflicción espiritual cuando sufren esta gran calamidad. Segundo, no deje que su dolor enferme su cuerpo y afecte su salud. Dios no requiere que se lamente por los pecados de sus hijos más que por los propios, y tampoco jamás nos pide que por dolor destruyamos nuestro cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo. La verdad es que el dolor santo es la salud del alma y nunca perjudica al cuerpo. Porque la gracia siempre es una amiga y nunca una enemiga de la naturaleza. Por lo tanto, no se prive de ninguna oportunidad de honrar a Dios y servir a su iglesia. No cause el desconsuelo de su cónyuge ni que sus hijos queden huérfanos por culpa de un dolor que no agradará a Dios, no lo tranquilizará a usted ni les hará ningún bien a sus hijos malos y desgraciados.

Tomado de Concerns for Their Unsaved Children

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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia
Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito
en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como
Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

Asombrados por Dios

Reseña 37

CAMBIA TU MUNDO POR COMPLETO

JOHN PIPER, por más de 30 años, ha pastoreado en las duras realidades del centro de Mineápolis, predicando a sus oyentes en medio de las altas y bajas de la vida, un domingo a la vez. Al tratar de cautivar a una generación de gozo en una serie final de sermones, Piper vuelve a diez verdades fundamentales que desea hacer resonar en los oídos de sus oyentes. Estas diez verdades hacen temblar al mundo, cada una de ellas en su propia forma. Primero, cambiaron el mundo de Piper. Luego, el de su iglesia. Y continuarán cambiando el inundo mientras el evangelio avance en su anchura y profundidad. Estas doctrinas sorprendentes, como escribe Piper, son «salvajemente indomables, explosivamente incontenibles y eléctricamente creadoras del futuro».

¿Asocias las palabras asombro y compasión con la palabra doctrina? Yo sí. Y no solo esas palabras, sino también alegría, vida y esperanza. Doctrina significa «enseñanza». En algunas ocasiones, se utiliza para referirse a grupos de enseñanza que pertenecen a un grupo religioso, pero cada vez que la palabra doctrina aparece en la Biblia, se traduce de la palabra ordinaria para enseñanza.  Entonces, cuando Jesús observó que la multitud era «como ovejas sin pastor», Marcos nos declara que tuvo compasión de ellos «comenzó a enseñarles muchas cosas» (Mar. 6:34). La compasión de Jesús produjo enseñanza: doctrina. Esto es lo que Jesús hizo más que cualquier otra cosa: El enseñó. «Jesús recorría todos los pueblos y aldeas enseñando» (Mat. 9:35). Generalmente, la respuesta era asombro. «Al oír esto, la gente quedó admirada de su enseñanza» (Mat. 22:33). El asombro era provocado por la enseñanza, la doctrina, de Jesús. Es sorprendente la forma en que el apóstol Juan hace una conexión entre la doctrina y nuestra relación con Dios.

Él dice:

«Todo el que se descarría y no permanece en la enseñanza de Cristo no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza sí tiene al Padre y al Hijo» (2 Jn. 1:9). Si atesoramos las verdaderas enseñanzas de Jesús, tenemos a Dios. Esto es asombroso. No en vano, Jesús nos dice que su enseñanza es para nuestra «alegría» (Jn. 15:11) y nuestra «vida» (Jn. 6:68). Y el apóstol Pablo dijo que toda la doctrina de la Biblia es para nuestra «esperanza»
(Rom. 15:4).

Así que, al acercarme al final de mis 33 años como pastor en la Iglesia Bautista Bethlehem en Minneapolis, Minnesota, consideré que sería bueno mirar hacia atrás y analizar las doctrinas: las asombrosas, compasivas, vivificantes, alegres y esperanzadoras enseñanzas que mantienen todo unido. Eso es lo que hice en mis últimos sermones en la iglesia. Pienso en ellos como un legado de mensajes. ¿Cuáles eran las principales verdades que deseaba dejar grabadas en la memoria y en la mente de mi gente? Terminé con diez verdades que dieron un giro a mi mundo y al de nuestra iglesia, y continuarán asombrando al mundo entero mientras el evangelio progresa por el poder de Dios. En este libro, quiero guiarte a través de esas diez verdades, así como lo hice con esos sermones finales en Bethlehem. Ciertamente, este libro es un resumen de las principales cosas que traté de impartir durante esos 33 años.

Sin embargo, sería un error leer este libro con nostalgia. Estos mensajes están orientados hacia el futuro. Son para vivir la vida hoy y mañana. En el capítulo 1, explico que el objetivo no era aterrizY el avión después de un vuelo de 33 años en Bethlehem, sino hacer despegar una nueva etapa en la vida de mi gente y en la mía. Estas doctrinas son, como leerás pronto, «indomables, incontenibles y creadoras del futuro». Cada día inicias el resto de tu vida. No tienes obligación con tu pasado. No, si te vuelves a Jesús y crees en sus enseñanzas. No, si estás asombrado por Dios. En cambio, conocerás la verdad, la
doctrina, y la verdad te hará libre (Juan 8:32).

John Piper
Minneapolis, Minnesota
marzo de 2018

Únete a un autor, pastor y conferencista cristiano veterano, mientras él te cautiva con estas diez verdades que te sorprenderán, te llenarán de compasión, te darán vida, despertarán tu gozo y sostendrán tu esperanza, así como lo han hecho para él.

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Asombrados por Dios 2

La calamidad de tener hijos impíos 2

Blog138B

DOLOR: Se ven profundamente afectados por la congoja y el dolor que sienten por la maldad de sus hijos. Las gracias de los padres causan que se lamenten por los pecados de sus hijos. Su conocimiento de la salvación hace sangrarles el corazón al ver a sus hijos burlarse y despreciar la gloria que ellos ven en Dios y en Cristo. Y aunque ellos, por fe, se alimentan en Cristo, les duele ver a sus hijos alimentarse de los placeres inmundos del pecado. Su amor a Dios los hace gemir porque sus hijos aman el pecado y las peores maldades, y aborrecen a Dios, el mejor bien.

La enormidad de esta aflicción se ve en estos ocho factores que la empeoran: Primero, empeora su dolor recordar cuánto placer y delicia les daban estos hijos cuando eran chicos. Los atormenta ahora ver sus dulces y alegres sonrisas convertidas en miradas burlonas y despreciativas hacia sus padres, y sus lindas e inocentes palabras convertidas en blasfemias y mentiras y otras podredumbres. Los atormenta pensar que éstos, que se lanzaban hacia ellos para recibir un abrazo, para besarlos y para hacer lo que ellos pidieran, ahora los rechazan.

Segundo, empeora su dolor verse tan miserablemente decepcionados en las esperanzas que tenían para estos hijos. “La esperanza que se demora es tormento del corazón”, dijo Salomón en Prov. 13:12, pero verse frustrados y desilusionados en su esperanza en algo de tanta importancia que hasta les destroza el corazón. Cuando estos padres recuerdan qué agradable les resultaba oír a estos hijos contestar preguntas de la Biblia y hablar bien de Dios y Cristo, no pueden sentirse más que afligidos al ver que estos mismos hijos quienes, como Ana, presentaron al Señor, se venden al diablo.

Tercero, empeora su dolor ver a sus hijos quienes los amaban como padres, en compañía de mentirosos, borrachos, mujeriegos y ladrones cuya compañía les resulta más agradable que la de sus padres.

Cuarto, empeora su dolor ver a los hijos de otros que andan en los caminos del Señor y decir: “¡Esos hijos hacen felices a sus padres y a su madre mientras que los hijos de nuestro cuerpo y consejos y oraciones y promesas y lágrimas viven como si su padre fuera amorreo y su madre hetea”! (Ez. 16:3)

Quinto, empeora el dolor de los padres cuando sólo tienen un hijo, y éste es necio y desobediente. Hay muchos ejemplos de esto. La Biblia, para describir el tipo de dolor más triste lo compara con el dolor de un hijo único. Jeremías 6:26: “Ponte luto, como por hijo único, llanto de amarguras”. Zacarías 12:10: “Llorarán como se llora por hijo unigénito”. Sé que estos versículos se refieren a padres que lloran la muerte de un hijo único, pero no es tan triste seguir a un hijo único a la tumba como es ver a un hijo único vivir para deshonrar a Dios y ser una maldición para su generación destruyendo continuamente su alma preciosa. Es muy amargo cuando uno vuelca en un hijo tanto amor, bondad, cuidado, costo, esfuerzos, oraciones y ayunos tal como hacen otros padres con muchos hijos. Y, a pesar de todo esto, el hijo único resulta ser este monstruo de maldad, como si los pecados de muchos hijos impíos se concentraran en él.

Sexto, es peor cuando los ministros santos de Dios son padres de necios, lo cual… sucede con frecuencia. Y es muy lamentable porque éstos tienen las llaves del reino de los cielos, no obstante lo cual tienen que entregar a sus propios hijos a la ira de Dios. Los tales conocen los terrores del Señor y los tormentos del infierno más que los demás, y les afecta más creer que ahora eso es lo que les espera a sus propios hijos.

Séptimo, es peor para los padres cuando los hijos, a quienes dedicaron para servir a Dios en el ministerio del evangelio, resultan ser impíos. Esto es motivo de grandes lamentaciones, porque los padres tienen la intención de que ocupen los lugares más importantes en la iglesia, les dan una educación con miras a ello, y después estos chicos se hacen como la sal sin sabor, que no sirve para nada sino para tirar y ser pisoteada por los hombres.

Octavo, es peor cuando los hijos son un dolor para sus padres en su vejez, y, por decirlo así, tiran tierra sobre sus canas, que es su corona de gloria. El mandato de Dios en Proverbios 23:22 es: “Cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies”. Salomón dice que los días de la vejez son días malos (Ecl. 12), su edad es en sí una enfermedad problemática e incurable. Los ancianos son como la langosta: aun lo más liviano es para ellos una carga. Por lo tanto, es más problemático para ellos ser atormentados por hijos malos cuando habiendo sido hombres fuertes (según piensan los teólogos) se encorvan, y sus hijos que deberían ser un apoyo para ellos, les destrozan el corazón y causan que bajen con dolor a su tumba.

Tomado de Parents’ Concerns for Their Unsaved Children.
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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

La calamidad de tener hijos impíos 1

Blog138

“El hijo necio es pesadumbre de su padre, y amargura a la que le dio a luz”. —Proverbios 17:25

Es una gran calamidad para padres piadosos tener hijos malos e impíos. “El hijo necio [dice el texto de Proverbios] es pesadumbre de su padre, y amargura a la que le dio a luz”. Lo mismo expresa Proverbios 17:21: “El que engendra al insensato, para su tristeza lo engendra; y el padre del necio no se alegrará”. El hijo necio le quita toda la alegría. Y Proverbios 19:13 dice: “Dolor es para su padre el hijo necio”…

Lo grande de este dolor, o calamidad, se manifiesta en los sentimientos que produce en los padres y los afectan. Daré sólo tres: temor, ira y tristeza.
TEMOR: Este es un sentimiento perturbador, y los padres píos nunca dejan de tenerlo por sus hijos impíos. Temen que cada uno que llama a la puerta, que cada mensaje y cada amigo que llegan les traerán malas noticias de sus hijos desobedientes. Ampliaré esto dando tres grandes males que causan gran temor en estos padres.

Tienen miedo de que sus hijos estén cometiendo pecados grandes. Este era el temor de Job por sus hijos cuando éstos se juntaban para realizar fiestas (Job 1:5). Job decía: “Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones”. Aunque quizá rara vez están sus hijos fuera de su vista, los padres buenos tienen este temor. Saben que sus hijos están siempre expuestos a las tentaciones del diablo, las trampas del mundo y la atracción de las malas compañías, de modo que sus corazones corruptos están predispuestos a caer en todo esto, y que pueden provocar a Dios a entregarlos a sus propias concupiscencias. Y por lo tanto, sienten un temor constante de que sus hijos estén mintiendo, blasfemando, andando con malas mujeres, o emborrachándose, corrompiéndose, destruyéndose a sí mismos y destruyendo a otros.

Temen que sus hijos caigan víctima del juicio severo de Dios en esta vida. David, cuando su hijo Absalón encabezaba una gran rebelión contra su padre y tenía que ir a batalla contra los rebeldes, temía que su hijo pereciera en sus pecados. Los padres como estos saben que sus pobres hijos se han apartado del camino de Dios, y que son como pájaros que se escapan del nido (Prov. 27:8) exponiéndose a toda clase de peligros. Saben las amenazas de la Palabra en su contra y qué ejemplos terribles hay de la venganza de Dios sobre los hijos desobedientes. Y por esta razón, temen que sus pecados les lleven a una muerte prematura y vergonzosa.

Temen la condenación eterna para ellos. Son sensibles al hecho de que sus hijos son hijos de ira y viven en los pecados por los cuales la ira de Dios se manifiesta a los hijos de desobediencia. Y estos padres creen en lo que es el infierno. Porque así como la fe en las promesas es la sustancia de las cosas que esperamos, la fe cree que las amenazas son la sustancia de las cosas que temen. Por eso, no pueden menos que temblar al pensar en que sus queridos corderos, a quienes alimentaron y cuidaron con ternura, a cada momento corren en peligro de ser arrojados al lago de fuego preparado para el diablo y los suyos.

IRA: La ira es otra pasión que aflora en padres piadosos por la maldad de sus hijos. Y esto es problemático, porque al hombre no le faltan problemas cuando está airado. Y cuanto más se empecinan estos padres en que sus hijos sean piadosos, más los disgustan y exasperan los pecados de ellos. Sienten enojo cuando los ven que provocan a aquel Dios a quien ellos mismos tienen tanto cuidado en agradar, verlos destruir sus almas preciosas que ellos trabajan para salvar, y verlos despilfarrar con sus sucias lascivias esos bienes que han obtenido con su dedicación, trabajo y oraciones. No pueden menos que pensar en ellos con ira, hablar de ellos con ira y mirarlos con ira. Y así, sus hijos, que deberían ser motivo de gozo y placer, les son una cruz e irritación continua.

Tomado de Parents’ Concerns for Their Unsaved Children.
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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

Cómo Jesús transforma los Diez Mandamientos

Cómo Jesús transforma los diez mandamientos

¿Cómo Jesús transforma los diez mandamientos?
Edmund P. Clowney y Rebecca Clowney Jones

“No penséis que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento”.

Estas palabras de Jesús resultan extrañas, incluso incompatibles con el evangelio de la gracia, a muchos cristianos que se sienten condicionados a recalcar nuestra libertad de la ley. Si Jesús no anuló la ley, entonces ¿qué opinión deberíamos tener hoy en día acerca de los Diez Mandamientos?

Clowney explica cómo Jesús refuerza la ley y expande su alcance a cualquier situación de la vida. Sin embargo, va más allá y encuentra a Cristo en la ley y muestra cómo la cumple para su pueblo. De este modo, los creyentes aprenderán no solo del carácter de Dios revelado en la ley, sino también del evangelio centrado en Cristo.

Este libro, dividido en once capítulos, con preguntas para la reflexión y aplicación, es un recurso perfecto para el estudio en grupo y el crecimiento individual.

ÍNDICE

Introducción
1. El Señor del pacto cumple la ley: Jesús y los Diez Mandamientos
2. El primer mandamiento: Un Dios y Salvador
3. El segundo mandamiento: Adoramos la imagen perfecta del Dios invisible
4. El tercer mandamiento: Reverenciar el nombre de Dios
5. El cuarto mandamiento: Descansar en el Señor
6. El quinto mandamiento: La familia de Dios
7. El sexto mandamiento: El Señor de la vida
8. El séptimo mandamiento: La pureza en Cristo
9. El octavo mandamiento: El Señor de la herencia
10. El noveno mandamiento: El Señor, la Verdad
11. El décimo mandamiento: Buscar al Rey y a su reino
12. Conclusión

232 pp. Rústica
Ref. 1882 – 17,00 €

Obstáculos principales en la formación 3

Blog137C

CUARTO: La conducta inconstante de los padres mismos es frecuentemente un obstáculo poderoso para obtener el éxito en la educación cristiana… ¿Cómo, pues, tiene que ser la influencia del ejemplo de los padres? Ahora bien, como me estoy dirigiendo a padres de familia cristianos, doy por hecho que demuestran, en alguna medida, la realidad de la religión cristiana… Los hijos pueden captar algo de ésta en la conducta de sus padres. Pero cuando ésta incluye tantas pequeñas contradicciones, tal bruma de imperfecciones, qué poco aporta a que formen una buena opinión o que la estimen más. En algunos cristianos hay tanta mundanalidad, tanto conformarse a las necedades de moda, tanta irregularidad en la piedad doméstica, tantos arranques de ira que nada tienen de cristianos, tanto dolor inconsolable y quejas lastimeras bajo las pruebas de la vida, tantas frecuentes actitudes negativas hacia sus hermanos cristianos que sus hijos ven a la religión como algo sumamente desagradable. La consecuencia es que rebaja su opinión de la piedad o inspira en ellos puro disgusto.

Padre de familia, si quiere que sus enseñanzas y amonestaciones a su familia tengan éxito, hágalas respetar por el poder de un ejemplo santo. No basta que sea usted piadoso en general, sino que debe serlo totalmente; no sólo debe ser un verdadero discípulo, sino uno excelente; no sólo un creyente sincero, sino uno consecuente. Sus normas religiosas tienen que ser muy altas. Me atrevo a dar este consejo a algunos padres: Hablen menos acerca de religión a sus hijos o demuestren más de su influencia. Dejen a un lado la oración familiar o dejen a un lado los pecados familiares. Tengan cuidado de cómo actúan, porque todas sus acciones son vistas en el hogar. Nunca hablen de la religión cristiana si no es con reverencia. No se apuren en hablar de las faltas de sus hermanos cristianos. Cuando se presenta el tema, que sea en un espíritu caritativo hacia el ofensor y de un decidido aborrecimiento por la falta. Muchos padres han dañado irreparablemente la mente de sus hijos por su tendencia a averiguar, comentar y casi alegrarse de las inconstancias de otros que profesan ser cristianos. Nunca pongan reparos triviales ni traten de encontrar faltas en las actividades de su pastor. En cambio, elogien sus sermones a fin de que sus hijos quieran escucharlos con más atención. Guíe sus pensamientos hacia los mejores cristianos. Destáqueles la hermosura de una piedad ejemplar. En resumen, en vista de que su ejemplo puede ayudar o frustrar sus esfuerzos por lograr la conversión de sus hijos, considere el imperativo: “debéis andar en santa y piadosa manera de vivir” (2 Ped. 3:11).

QUINTO: Otro obstáculo para lograr el éxito en la educación religiosa se encuentra a veces en la conducta desenfrenada de alguien mayor en la familia, especialmente en el caso de un hijo libertino. En general los hijos mayores tienen una influencia considerable sobre los demás, y muchas veces establecen el tono moral entre ellos. Sus hermanos y hermanas menores los admiran. Traen amigos, libros, diversiones a la casa y con ello forman el carácter de los menores. Por lo tanto, es muy importante que los padres presten particular atención a sus hijos mayores. Si, por desgracia, los hábitos de éstos son decididamente contraproducentes para la formación cristiana de los otros, deben ser separados de la familia, si es factible hacerlo. Un hijo disoluto puede llevar a todos sus hermanos por mal camino. He visto algunos casos dolorosos de esto. El padre puede vacilar en echar de casa a un hijo libertino por temor de que empeore más. Pero ser bueno con él de esta manera es una crueldad hacia los demás. La maldad es contagiosa, especialmente cuando la persona con esta enfermedad es un hermano.

SEXTO: Las malas compañías fuera de casa neutralizan toda la influencia de la enseñanza cristiana del hogar. El padre creyente tiene que mantenerse siempre atento para vigilar las amistades que sus hijos tienden a tener. He dicho mucho a los jóvenes mismos sobre este tema en otra obra. Pero es un tema que también concierne a los padres. Un amigo mal escogido por sus hijos puede dar por tierra todo lo bueno que usted está haciendo en su casa. Es imposible que usted sea demasiado cuidadoso en esto. Desde la primera infancia de sus hijos, anímelos a verlo a usted como el seleccionador de sus compañías. Enséñeles la necesidad de que usted lo sea, y forme en ellos la costumbre de consultarlo en todo momento. Nunca aliente una amistad que difícilmente tenga una influencia positiva en el carácter cristiano de ellos. Nunca como ahora ha sido necesaria esta advertencia. Las instituciones cristianas de ahora acercan al evangelio a los niños y jóvenes que a ellas asisten… Pero aun en el mejor de los casos, es demasiado pretender que todos los amigos activos en la escuela dominical, grupo juvenil, etc., sean amigos adecuados para nuestros hijos y nuestras hijas.

SÉPTIMO: Las divisiones que surgen a veces en nuestras iglesias y que causan enemistad entre cristianos tienen una influencia muy negativa sobre la mente de los niños y jovencitos. Ven en ambas partes tanto que es contrario al espíritu y carácter distintivo del cristianismo y ello tiene un impacto tan profundo sobre sus opiniones y
sentimientos acerca de una de las partes, que su atención deja de centrarse en lo esencial de la religión cristiana, o brota un prejuicio contra ella. Considero esto como una de las consecuencias más dolorosas y malas de las controversias en la iglesia…

POR ÚLTIMO: El espíritu de independencia filial, sancionada por las costumbres, si no las opiniones de esta época, es el último obstáculo que mencionaré, sobre el tema de lograr buenos resultados en la educación cristiana. La tendencia, demasiado aparente en esta época, de aumentar los privilegios de los hijos por medio de reducir la prerrogativa de sus padres, no es para bien de unos ni de otros. La rebeldía contra una autoridad constituida correctamente nunca puede ser una bendición; todos los padres sabios, junto con todos los niños y jóvenes sabios, coinciden en que la autoridad paternal es una bendición. Algunos chicos precoces pueden sentirla opresiva, pero otros cuya madurez es más natural y lenta reconocerán que es una bendición. Los hijos que sienten que el yugo de los padres es una carga, raramente considerarán a Cristo como un beneficio.

Mis queridos amigos, pienso que éstos son los obstáculos principales para lograr el éxito en los esfuerzos que muchos hacen para lograr la formación cristiana de sus hijos. Considérenlos seriamente, y habiéndolo hecho, procuren evitarlos… A la vez, no descuiden ninguno de los otros medios que promueven el bienestar, reputación y utilidad de ellos en este mundo, concéntrense en emplear sus mejores energías para poner en práctica un plan bíblico y sensato de educación religiosa.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Lo que los ángeles anhelan leer

Reseña 34

La última frase de 1 Pedro 1:12 ilustra profundamente que la experiencia que tenemos cada vez que abrimos las Escrituras es nada menos que un privilegio celestial, un privilegio que los ángeles no tienen ipero anhelarían disfrutar!

Mark Meynell, con gran maestría, inserta el Nuevo Testamento en la vida. Este libro, que guía al lector por la predicación de Hechos de los Apóstoles, las epístolas y Apocalipsis, además de recurrir a toda una batería de ejemplos trabajados, sermones de muestra y ejercicios personales, ofrece ideas y paradigmas que podrán ayudar incluso a los predicadores más avezados.

El libro que nos ocupa representa ser el tercer volumen de la colección “Taller de Predicación”, colección que hasta la fecha lo componen cuatro obras:

Por supuesto, ni Jesús ni Pablo hicieron lo que este libro pretende hacer para sus lectores. Nunca predicaron del Nuevo Testamento. Nunca lo leyeron tampoco (aunque podamos pensar que Pablo releyó sus cartas dictadas antes de enviarlas, y a veces quizá quisiéramos que, en ciertos lugares, las hubiera editado más a fondo). Aunque parece un pensamiento inusual, creo que vale la pena considerarlo por un momento.
Cuando leemos, predicarnos y enseñamos desde el Antiguo Testamento, estamos manejando lo que Jestiif y Pablo (y todos los apóstoles) sabían con gran profundidad. Tenemos la garantía de que esas Escrituras hablan con autoridad, fueron inspiradas por Dios, escritas para nuestro aprendizaje, provechosas para la instrucción, corrección y enseñanza en justicia, etcétera. Seguimos las claves hermenéuticas de Jesús tras su resurrección en Lucas 24, o por lo menos el patrón de estas, en toda la lev, los profetas y los salmos. Ponemos lo mejor de nosotros para desentrañar la exegesis de Pablo y nos encanta la manera en la que él percibe toda la historia de Dios e Israel en el Antiguo Testamento recapitulada y cumplida en Cristo y que ahora está siendo ampliada a todas las naciones, hacia donde siempre se había dirigido. Dado la significativa proporción de la exposición del Antiguo Testamento en el Nuevo, uno creería que tenemos toda la motivación y buenos modelos de predicación para nosotros mismos. Pero el hecho de que muchos predicadores no saben cómo o encuentran difícil predicar desde el Antiguo
Testamento, justifica necesariamente la edición de este libro, como la del mío, (www.solosanadoctrina.com/tienda/ministerio/722-como-predicar-desde-el-antiguo-testamento.html) Cómo Predicar desde el Antiguo Testamento.
Sin embargo, a pesar de que no vemos a Jesús o a Pablo predicar desde lo que ahora llamamos Nuevo Testamento, ciertamente vemos en ellos algunos modelos maravillosos de comunicación para diversas audiencias. Como este libro hace hermosamente claro, Jesús era un magnífico predicador, profesor, narrador- un comunicador con enorme habilidad y poder. Y Lucas se aseguró de que podamos ver y oír algunos ejemplos clásicos de Pablo predicando, ya sea exponiendo las Escrituras a los judíos, o predicando el mensaje y la verdad de las Escrituras, sin necesariamente citarlas, a los gentiles.
Pero no solo nos proporcionan modelos. Aunque no predicaron del Nuevo Testamento (porque no pudieron), tanto Jesús como Pablo mandaron a sus discípulos a predicar y enseñar lo que eventualmente se convirtió en el Nuevo Testamento. La comisión de Jesús especifica que la tarea de hacer discípulos incluye ‘enseñándoles a obedecer todo lo que yo os he encomendado.’ Y el legado de todo lo que Jesús hizo, enseñó y mandó, se nos ha confiado en los cuatro Evangelios. La pura obediencia misional debe llevarnos a predicar los Evangelios.
Y Pablo instruye a Timoteo a tomar todo lo que de él había aprendido (lo que incluiría el contenido de lo que ahora tenemos en sus cartas) y confiárselo a aquellos que fielmente lo compartirían con otros- por lo tanto, la tarea de predicar las epístolas es, al menos en principio, mandada por Pablo mismo. De manera que, por su ejemplo e instrucción, Jesús y Pablo nos llaman a hacer lo que ellos nunca hicieron- predicar y enseñar esa colección de escritos inspirados que ahora tenemos el privilegio de denominar Nuevo Testamento.
¿Pero por qué deberíamos hacerlo? Quizá la respuesta más concisa a esto, apropiada para un libro de la serie de Recursos de Predicación Langham sea recordar la lógica Langham’ que es un legado del fundador de Langharn Partnership, John Stott. Tenemos tres convicciones bíblicas y una conclusión ineludible, el diría:
Primero Dios quiere que su iglesia madure- no solamente que crezca. Eso quiere decir Dios quiere que su iglesia crezca en madurez en Cristo.
Segundo la iglesia crece a través de la palabra de Dios. Cuando a la iglesia se le alimenta con la palabra, esta crecerá en profundidad y madurez. Cuando no es así, fácilmente caerá en el error o morirá.
Tercero la Palabra de Dios llega a su pueblo principahnente por medio de la predicación. Aunque puede que haya otras maneras en las que los cristianos puedan estudiar la palabra por sí mismos, para muchos creyentes la única forma en la que se alimentan de la Palabra de Dios es cuando alguien más abre la palabra y la predica.
Si estas tres cosas son ciertas, John Stott diría, entonces la pregunta lógica seria: ¿Qué podemos hacer para mejorar el nivel de la predicación bíblica?

Este libro de Mark Meynell jugará sin duda un papel muy significativo para elevar el nivel de la predicación del Nuevo Testamento.

Lo que los angeles anhelan leer 1
Índice
Prólogo 13
Prefacio 17
1. Comprensión del panorama general de la Biblia 21
Sección 1. Predicar sobre los Evangelios y Hechos 53
2. Los desafíos al predicar los Evangelios 55
3. La naturaleza de los Evangelios 63
4. Siguiendo “las pistas” de los Evangelios 69
5. Cuatro rutas desde Jesús hasta nosotros 109
6. Hechos: Trazar el segundo viaje de Lucas 147
Sección 2. Predicar sobre las parábolas 173
7. Predicar las historias de Jesús 177
Sección 3. Predicar sobre las epístolas 217
8. Entender las situaciones particulares de las cartas 221
9. Estudiar los detalles de las cartas 239
Sección 4. Predicar sobre el Apocalipsis 261
10. Acercamiento al libro de Apocalipsis 265
11. El acercamiento a la escritura apocalíptica 279
12. La aplicación del libro de Apocalipsis 299
Conclusión 323
Apéndice 1. Las parábolas de Jesús 327
Apéndice 2. La planificación de series de predicación 331
Apéndice 3. El Milenio 337
Apéndice 4. Citas en el Nuevo Testamento del Antiguo Testamento 341
* Editorial Andamio 2019Nº páginas: 341 pp.

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Lo que los angeles anhelan leer

Obstáculos principales en la formación 2

Blog137B

SEGUNDO: El descuido de la disciplina doméstica es otro obstáculo en el camino hacia una educación cristiana exitosa. Los padres son investidos por Dios con un grado de autoridad sobre sus hijos, que no pueden dejar de ejercer sin ser culpables de pisotear las instituciones del cielo. Cada familia es una comunidad, un gobierno que es estrictamente despótico, aunque no tirano. Cada padre es un soberano, pero no un opresor. Es el legislador, no meramente el consejero. Su voluntad debe ser ley, no sólo consejo. Debe ordenar, refrenar, castigar; los hijos tienen que obedecer. Él, en caso necesario, tiene que amenazar, reprender, disciplinar; y ellos tienen que someterse con reverencia. Él tiene que decidir qué libros leerán, qué amigos pueden tener, qué actividades pueden realizar y lo que harán con su tiempo libre. Si ve algo incorrecto, no debe responder con una protesta tímida, débil, ineficaz como la de Elí: “¿Por qué hacéis cosas semejantes?” (1 Sam. 2:23), sino con una firme, aunque cariñosa prohibición. Tiene que gobernar su propia casa y por medio de toda su conducta, hacer que sus hijos sientan que tiene derecho a exigirles su obediencia.

Dondequiera que existe la falta de disciplina, ésta va acompañada de confusión y anarquía doméstica. Si falta la disciplina todo anda mal. El jardinero puede sembrar las mejores semillas. Pero si no quita las malezas y poda el crecimiento excesivo no puede esperar que sus flores crezcan ni que su jardín florezca. De la misma manera, el padre puede presentar las mejores enseñanzas. Si no desarraiga el mal carácter, corrige los malos hábitos, reprime las corrupciones flagrantes, no puede esperar nada excelente. Puede ser un buen profeta y un buen sacerdote, pero si no es también un buen rey todo lo demás es en vano. Cuando un hombre rompe su cetro y deja que sus hijos lo usen como un juguete, puede renunciar a sus esperanzas de ser exitoso con la educación cristiana… La desgracia en muchas familias es que la disciplina es inconstante e  inestable, a veces realizada con tiranía y otras, tan descuidada que hasta parece que se ha suspendido la ley. En estos casos, los hijos a veces tiemblan como esclavos, y otras veces, se sublevan como rebeldes; a veces gimen bajo la mano de hierro, otras veces se amotinan en un estado de libertad sin ley. Este es un sistema maligno, y sus efectos son generalmente lo que se puede esperar de él.

En algunos casos, la disciplina comienza demasiado tarde. En otros, termina demasiado pronto. El oficio del padre como autoridad dura casi lo mismo que la relación paternal. El niño, en cuanto puede razonar, tiene que aprender que debe ser obediente a sus padres. Si llega a la edad escolar antes de estar sujeto al control cariñoso de la autoridad paternal, probablemente se resista al yugo, como lo resiste el toro que no ha sido domado. Por otro lado, mientras los hijos sigan bajo el techo paternal, tienen que estar sujetos a las reglas de una disciplina doméstica. Muchos padres se equivocan grandemente por abdicar el trono a favor de un hijo o hija porque está llegando a ser un hombre o una mujer. Es realmente lamentable ver a un chico o chica de quince… a quien le dejan sembrar las semillas de la rebeldía en el hogar y actuar en contra de la autoridad paternal de un padre demasiado conformista, que hasta pone las riendas del gobierno en las manos de sus hijos o cae en alguna otra conducta que muestra que se conforma porque considera que sus hijos son independientes. No tiene que haber ninguna lucha por el poder. Donde un hijo ha estado acostumbrado a obedecer, aun desde la primera infancia, el yugo de la obediencia será generalmente ligero y fácil de llevar. Si no, y un carácter rebelde comienza a notarse tempranamente, el padre sensato tiene que estar en guardia y no tolerar ninguna intrusión en sus prerrogativas como padre. A la misma vez, el creciente poder de su autoridad, tal como sucede con la presión creciente de la atmósfera, debe ser sentida sin ser vista. Esto la hará irresistible.

TERCERO: Por otro lado, una severidad indebida es tan perjudicial como una tolerancia ilimitada. La transigencia desatinada ha matado sus diez miles, la dureza innecesaria también ha destruido sus miles. Una autoridad que infalible nos ha dicho que las cuerdas del amor son los lazos que unen a los seres humanos. Hay un poder formativo en el amor. La mente humana fue hecha de manera que cede con gusto a la influencia del cariño. Es más fácil guiar a alguien a cumplir su deber que forzarlo a hacerlo… El amor parece un elemento tan esencial en el carácter paternal que hay algo repugnante no sólo en un padre cruel, en un padre hiriente o severo sino también en un padre de corazón frío. Estudie el carácter paternal como lo presenta ese exquisitamente conmovedor retrato moral que es la Parábola del Hijo Pródigo. No se puede esperar que la formación cristiana prospere cuando un padre gobierna enteramente por medio de una autoridad fría, estricta, mísera, meramente con órdenes, prohibiciones y amenazas, con el ceño fruncido sin suavizarlo con una sonrisa; cuando el amigo nunca está combinado con el legislador, ni la autoridad modificada con amor; cuando su conducta produce sólo un temor servil en el corazón de sus hijos en lugar de un afecto generoso; cuando le sirven por temor a los efectos de la desobediencia en lugar de un sentido de placer en la obediencia; cuando en el círculo familiar temen al padre porque parece estar siempre de mal humor más bien que considerarlo el ángel guardián de sus alegrías; cuando aún alguna acción accidental desata una tormenta o las faltas producen un huracán de pasiones en su pecho, cuando los ofensores se ven obligados a disimular o mentir con la esperanza de no ser objeto de las severas correcciones que enterarse de ellas siempre generan en sus padres; cuando se hacen interrupciones innecesarias a los inocentes momentos de diversión; cuando de hecho no pueden ver nada del padre pero todo del tirano. La formación cristiana no puede prosperar en un ambiente así de la misma manera como uno no puede esperar que una planta tierna de invernadero prospere en los rigores de una helada eterna.

Es inútil que un padre así pretenda enseñar bíblicamente. Enfría el alma de sus alumnos. Endurece sus corazones. Los prepara para que corran con premura a su ruina en cuanto se hayan librado del yugo de su esclavitud y puedan dar rienda suelta a su libertad que expresan con una gratificación descontrolada.

Por lo tanto, los padres deben combinar su conducta de legisladores con la de amigos, atemperar su autoridad con gentileza… Deben actuar de tal manera que los hijos lleguen a la convicción de que su ley es santa y sus mandatos santos, y justos, y buenos, y que ser gobernados de esta manera es ser bendecidos.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Obstáculos principales en la formación 1

Blog137A

El hecho de que en muchos casos los métodos usados por padres de familias cristianas para lograr el bienestar espiritual de sus hijos no tienen éxito es una triste realidad comprobada por abundantes evidencias que se siguen acumulando. ¡No estoy hablando de aquellas familias donde no existe la piedad doméstica, ni la instrucción, ni un altar familiar2, donde tampoco se oyen las oraciones familiares, ni las amonestaciones de parte de los padres! ¡Esta negligencia cruel, maligna, mortal, de los intereses inmortales de los hijos sucede en familias que profesan ser cristianas! ¡Inconstancia monstruosa! ¡Sorprendente abandono de sus principios! Con razón los hijos se desvían. Esto es fácil de explicar. Algunos de los peores inmorales que conozco han venido de tales hogares. Sus prejuicios en contra de la religión y su antipatía por sus prácticas son mayores que los de los hijos de padres mundanos. Los que profesan ser religiosos y son inconstantes, hipócritas y negligentes, con frecuencia generan en sus hijos e hijas una aversión y desilusión contra la piedad imposible de cambiar, y parece producir en ellos una firme determinación de apartarse lo más lejos posible de su influencia.

Hablaré ahora del fracaso de una educación religiosa donde se ha llevado a cabo en alguna medida, de la cual abundan ejemplos… Vemos con frecuencia a niños que han sido objeto de muchas oraciones y muchas esperanzas y que, aun así olvidan las enseñanzas que han recibido, y siguen al mundo para hacer el mal. Lo que menos quiero hacer es agregar aflicciones a las aflicciones diciendo que esto se puede rastrear en todos los casos a la negligencia de los padres. No quiero echar, por decir así, sal y vinagre3 a las heridas sangrantes con que la impiedad de los hijos ha lacerado la mente de algún padre. No quiero causar que algún padre adolorido exclame: “El reproche me ha quebrantado el corazón, ya herido por la mala conducta de mi hijo”. Sé que en muchos de los casos no se les puede adjudicar culpa alguna a los padres. Es únicamente por la depravación del hijo, que nada fuera del poder del Espíritu Santo puede subyugar, que lo llevó a un resultado tan triste. En algunos casos, los mejores métodos de educación cristiana, cumplidos sensatamente y mantenidos con la mayor perseverancia, han fracasado totalmente. Dios es soberano, y tiene misericordia de los que él quiere (Rom. 9:15). No obstante, en la educación cristiana existe la tendencia de querer asegurar el resultado deseado. Por lo general, Dios sí bendice con su influencia salvadora a tales esfuerzos. “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Prov. 22:6). Por regla general, esto se cumple, aunque hay muchas excepciones.

Presentaré ahora los obstáculos que considero los principales para lograr el éxito en la educación cristiana.

PRIMERO: Con frecuencia se realiza con negligencia y arbitrariamente, aun cuando no se omite totalmente. Es obvio que, si se quiere realizar, se debe hacer con seriedad, con un orden sistemático y con permanente regularidad. No debe realizarse de un
modo aburrido, desagradablemente pesado, sino como algo profundo y de placentero interés. El corazón del padre debe estar entera y obviamente dedicado a ella. Una parte de cada domingo debe dedicarse a la enseñanza de sus hijos bajo su cuidado. Su dedicación tiene que notarse en toda su conducta como padres. El padre puede dirigir los momentos devocionales del culto familiar. La madre debe acompañarle, enseñando a los hijos la doctrina, los himnos y las Escrituras. Pero si esto no va acompañado de serias amonestaciones, visible ansiedad y un vigoroso esfuerzo por motivar a sus hijos a pensar seriamente en la religión cristiana como un asunto de importancia infinita, poco puede esperarse. Un sistema de enseñanza cristiana frío, ceremonioso e inestable más bien generará un prejuicio contra la religión en lugar de una predisposición por ella.

Además, la educación cristiana debe ser consecuente. Tiene que incluir todo lo que pueda ayudar en la formación del carácter… Debe tener en cuenta las escuelas, las compañías, las diversiones, los libros juveniles. Porque si no hace más que enseñar palabras sanas para que las comprendan y las recuerden, y descuida el impacto sobre el corazón y la formación del carácter, poco puede esperarse de sus esfuerzos. No se puede esperar que un puñado de semillas, desparramadas de vez en cuando en la tierra sin orden o  perseverancia, pueda producir una buena cosecha. De la misma manera, no se puede esperar que una educación cristiana tibia, inestable, produzca una piedad auténtica. Si no es evidente que el padre toma esto en serio, no se puede esperar que lo haga el niño. Todo padre cristiano reconoce en teoría que la religión cristiana es lo
más importante en el mundo. Pero si en la práctica parece mil veces más ansioso de que su hijo sea un buen alumno en la escuela que un verdadero cristiano, y la madre tiene más interés en que su hija sepa bailar bien o tocar música que ser un hijo o una hija de Dios, pueden enseñar lo que quieran sobre la sana doctrina pero no esperen una piedad genuina como resultado. Esto puede esperarse únicamente donde se enseña e inculca como lo más indispensable.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Formación del carácter de los niños 3

Blog136C

Hay que enseñar a los niños a ser humildes. Esta es una gracia que el Señor nos invita particularmente a aprender de él y lo que con más frecuencia nos recomienda, sabiendo muy bien que sin ella un plan tan humillante como el que vino a presentar nunca hubiera sido recibido. Y en cuanto a la vida presente, es un adorno muy hermoso que se gana la estima y el afecto universal, de modo que antes de la honra viene la humildad (Prov. 15:33). En general, encontramos que el se exalta a sí mismo será humillado, y el que se humilla a sí mismo será exaltado, tanto por Dios como por el hombre.

Por lo tanto, querer el bienestar, la honra y la felicidad de nuestros hijos debiera llevarnos a un esforzarnos tempranamente a frenar ese orgullo que fue el primer pecado y la ruina de nuestra naturaleza y que se extiende tan ampliamente y se hunde tan profundamente en todo lo que tiene su origen en la degeneración de Adán. Debemos enseñarles a expresar humildad y modestia en toda su manera de ser con todos.

Hay que enseñarles que traten a sus superiores con especial respeto y, en los momentos debidos, acostumbrase a guardar silencio y ser prudentes ante ellos. De este modo aprenderán en algún grado a gobernar su lengua, una rama de la sabiduría que, al ir avanzando la vida, será de gran importancia para la tranquilidad de otros y para su propio confort y reputación.

Tampoco debe permitirles ser insolentes con sus pares, sino enseñarles a ceder, a favorecer y a renunciar a sus derechos para mantener la paz. Para lograrlo, pienso que es de desear que por lo general se acostumbren a tratarse unos a otros con respeto y en conformidad con los modales de las personas bien educadas de su clase. Sé que estas cosas son en sí mismas meras insignificancias, pero son los guardias de la humanidad y la amistad, e impiden eficazmente muchos ataques groseros que puedan surgir por cualquier pequeñez con posibles consecuencias fatales…

En último lugar, hay que enseñar a los niños a negarse a sí mismos. Sin un grado de esta cualidad, no podemos seguir a Cristo ni esperar ser suyos como discípulos, ni podemos pasar tranquilos por el mundo. Pero, no obstante lo que pueda soñar el joven sin experiencia, muchas circunstancias desagradables y mortificantes ocurrirán en su vida que descontrolarán su mente continuamente si no puede negar sus apetitos, pasiones y su temperamento. Por lo tanto, hemos de esforzarnos por enseñar inmediatamente esta importante lección a nuestros hijos, y, si tenemos éxito en hacerlo, los dejaremos mucho más ricos y felices por ser dueños de sus propios espíritus, que si les dejáramos los bienes materiales más abundantes o el poder ilimitado que el poder sobre otros pudiera producir.

Cuando un ser racional se convierte en el esclavo del apetito, pierde la dignidad de su naturaleza humana al igual que la profesión de su fe cristiana. Es, por lo tanto, digno de notar que cuando el Apóstol menciona las tres ramas grandiosas de la religión práctica, pone la sobriedad primero, quizá sugiriendo que donde ésta se descuida lo demás no puede ser practicado. La gracia de Dios, es decir, el evangelio, nos enseña a vivir sobria, recta y piadosamente. Por lo tanto, hay que exhortar a los niños, al igual que a los jóvenes, a ser sobrios, y hay que enseñarles desde temprano a negarse a sí mismos.

Es un hecho que sus propios apetitos y gustos determinarán el tipo y la cantidad de sus alimentos, muchos de ellos destruirían rápidamente su salud y quizá su vida, dado que con frecuencia el antojo más grande es por las cosas que son más dañinas. Y parece muy acertada la observación de un hombre muy sabio (quien era él mismo un triste ejemplo de ello) que el cariño de las madres por sus hijos, por el que los dejan comer y beber lo que quieran, pone el fundamento de la mayoría de las calamidades en la vida humana que proceden de la mala condición de sus cuerpos. Más aún, agregaré que es parte de la sabiduría y del amor no sólo negar lo que sería dañino, sino también tener cuidado de no consentirlos con respecto a los alimentos ni la ropa. Las personas con sentido común no pueden menos que ver, si reflexionaran, que saber ser sencillos, y a veces, un poco sacrificados, ayuda a enfrentar muchas circunstancias en la vida que el lujo y los manjares harían casi imposible hacerlo.

El control de las pasiones es otra rama del negarse a sí mismo a la que deben habituarse temprano los niños, y especialmente porque en una edad cuando la razón es tan débil, las pasiones pueden aparecer con una fuerza y violencia única. Por lo tanto, hay que tener un cuidado prudencial para impedir sus excesos. Con ese propósito, es de suma importancia que nunca permita que hagan sus caprichos por su obstinación, sus gritos y clamores, permitirlo sería recompensarlos por una falta que merece una severa reprimenda. Es más, me atrevo a agregar que es muy inhumano disfrutar de incomodarlos con mortificaciones innecesarias, no obstante, cuando anhelan irrazonablemente alguna insignificancia, por esa misma razón, a veces, se les debe negar, a fin de enseñarles algo de moderación para el futuro. Y si, por dichos métodos, aprenden gradualmente a dominar su genio y antojos, aprenden un aspecto considerable de verdadera fuerza y sabiduría…

 

Tomado de The Godly Family.

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Philip Doddridge DD (26 de junio de 1702 – 26 de octubre de 1751) fue un ministro, educador y compositor de himnos inglés no conformista.

Caminar con Dios a través del dolor y el sufrimiento

Reseña 35

«Todos sufrimos, o sufriremos». O como D.A. Carson lo describe, «todos vamos a sufrir, solo necesitamos vivir lo suficiente».

Timothy Keller, intenta escribir este libro para aquellos que están sufriendo o van a sufrir y usa la imagen del horno de fuego en el libro de Daniel para guiarnos a enfrentar el problema del sufrimiento de una manera conceptual a una más práctica. Cada sección del libro se enfoca en una perspectiva a través de la cual debemos abordar el sufrimiento.

Primero, la visión filosófica, «Conociendo el horno». Aquí, en su típico estilo apologético, Keller busca responder a las inquietudes de aquellos que cuestionan a Dios o a la cosmovisión cristiana. Por supuesto, hace un excelente trabajo describiendo el trasfondo de cada enfoque y argumenta cómo la visión cristiana es la que mejor hace sentido y ofrece la mejor alternativa para enfrentar el sufrimiento. No les voy a mentir, la primera parte es la más difícil de digerir, pero al mismo tiempo trae muchos momentos en los que uno se pregunta: ¿por qué no pensé en esto antes? Excelentemente documentado histórica y académicamente, esta sección nos ayuda a entender mejor las diversas respuestas que hay al sufrimiento y cómo acercar a otros a la visión cristiana.

En la segunda parte, «Enfrentando el horno», el autor navega mucho más cerca de las costas de la teología bíblica. El lenguaje es mucho más sencillo y fundamenta sus argumentos con pasajes bíblicos clave. Una y otra vez se apoya en autores evangélicos (en gran parte reformados) para consolidar sus puntos. Esta sección es lejos la más valiosa para aquellos creyentes que quieran fortalecer sus convicciones y mantener la vista puesta en Jesús, el Dios soberano, el Dios que sufre, y que abre las puertas de la eternidad para dar sentido a nuestro sufrimiento. Además, nos ayuda a mantener una postura bíblica y no subjetiva de manera que entendamos el sufrimiento dentro de los propósitos de Dios y su gloria. Keller escribe: «Jesús no sufrió para que nosotros nunca sufriéramos, sino que para que cuando suframos seamos como Él. Su sufrimiento condujo a la gloria» (199). Aprendemos a poner el sufrimiento en el lugar que le corresponde y así no caer en la culpa o el fatalismo.

Por último, «Caminando con Dios en el horno», responde «cómo, en la práctica, enfrentar y superar el sufrimiento que nos ha sobrevenido» (249). Definitivamente, esta sección es la más pastoral y habla más a los que están actualmente sufriendo que a los que van a sufrir. Lo maravilloso es ver cómo Dios usa las cosas más sencillas para caminar con nosotros en el sufrimiento como el llanto, la gratitud, y la esperanza. Pero, no deja de ser honesto y demuestra que como pastor, e incluso en forma personal (Tim fue operado de cáncer a la tiroides, 350), ha aprendido a caminar con Dios en el horno. En un estilo mayoritariamente devocional, Keller sigue sosteniendo sus posturas por medio de la Escritura y citas de autores tremendamente inspiradoras. Aunque esta tercera parte es la más práctica, cada capítulo termina con una «Historia de vida» o testimonio. Todas son valiosas y no están ahí para rellenar, sino que cada una muestra cómo la perspectiva cristiana ofrece un mejor apoyo para aquellos que han sufrido.

Ya sea que actualmente estés sufriendo o no, este libro es para ti. Pero, no recomiendo la primera sección para aquellos que están sufriendo, te animo a ir a la tercera sección. Al dar un paso atrás y ver el libro completo, aprecio y agradezco cada enfoque; el filosófico, el teológico, y el pastoral, pero creo que por lo mismo es un libro al que hay que volver en diferentes etapas o momentos de nuestro sufrimiento. Recuerdo haber escuchado a C.J. Mahaney hablar de cómo debemos prepararnos y a nuestras iglesias para el sufrimiento antes de que este llegue. Caminar con Dios a través de el dolor y el sufrimiento, es un recurso indispensable para intentar prepararnos para ese momento y ayudarnos a caminar con Dios cuando más lo necesitemos.

ÍNDICE

Introducción. El estruendo del pánico debajo de todo

PRIMERA PARTE: COMPRENDER EL HORNO
01 >Las culturas del sufrimiento
02 >La victoria del cristianismo
03 >El desafío a lo secular
04 >El problema del mal

SEGUNDA PARTE: ENFRENTAR EL HORNO
05 > El desafío a la fe
06 >La soberanía de Dios
07 >El sufrimiento de Dios
08 >La razón del sufrimiento
09 >Aprender a caminar
10 >Las variedades del sufrimiento

TERCERA PARTE: CAMINAR CON DIOS EN EL HORNO
11 >Caminar
12 >Llorar
13 >Confiar
14 >Orar
15 >Pensar, agradecer, amar
16 >Esperar

* Editorial Andamio 2019Nº páginas: 552 pp.

 

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http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/945-caminar-con-dios-a-traves-del-dolor-y-el-sufrimiento.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Caminar con Dios en el dolor y el sufrimiento 2

 

Formación del carácter de los niños 2

Blog136B

Hay que educar a los niños de modo que sean diligentes. Esto sin duda debe ser nuestra preocupación si en algo estimamos el bienestar de sus cuerpos o de sus almas. En sea cual fuere la posición que terminen ocupando en la vida, habrá poca posibilidad de que sean de provecho, y reciban honra y ventajas si no tienen una dedicación firme y resuelta de la cual el más sabio de los príncipes y de los hombres ha dicho: “¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará, no estará delante de los de baja condición” (Prov. 22:29). Y es evidente que el cumplimiento diligente de nuestras obligaciones nos mantiene lejos de miles de tentaciones que la ociosidad parece atraer, llevando al hombre a innumerables vicios y necedades porque no tiene nada mejor que hacer.

Por lo tanto, el padre prudente y cristiano se ocupará de que sus hijos no vayan a caer temprano en un hábito tan pernicioso, ni encaren la vida como personas que no tienen más tarea que ocupar espacio y ser un obstáculo para quienes emplean mejor su tiempo. En lugar de dejar que vayan de un lado a otro (como muchos jóvenes hacen sin ningún propósito imaginable de ser útiles o como distracción) más bien les dará tempranamente tareas para emplear su tiempo, tareas tan moderadas y diversificadas que no los abrume ni fatigue su tierno espíritu, pero lo suficiente como para mantenerlos atentos y activos.
Esto no es tan difícil como algunos se pueden imaginar, porque los niños son criaturas activas, les gusta aprender cosas nuevas y mostrar lo que pueden hacer. Por eso, estoy convencido de que si se les impone total inactividad como castigo aunque sea por una hora, estarán tan cansados que estarán contentos de escapar de esto haciendo cualquier cosa que usted les dé para hacer…

Hay que enseñar a los niños que sean íntegros. Una sinceridad sencilla y piadosa no sólo es muy deseable, sino una parte esencial del carácter cristiano… Es muy triste observar qué pronto los artificios y engaños de una naturaleza corrupta comienzan a hacerse ver. En este sentido, somos transgresores desde antes de nacer, y nos desviamos diciendo mentiras, casi desde el momento que nacemos (Sal. 58:3). Por lo tanto, debemos ocuparnos con cuidado de formar la mente de los niños de modo que amen la verdad y la sinceridad, y se sientan mal al igual que culpables si mienten. Debemos obrar con cautela para no exponerlos a ninguna tentación de este tipo, ya sea por ser irrazonablemente severos ante faltas pequeñas o por decisiones precipitadas cuando preguntamos sobre cualquier cuestión que quieren disimular con una mentira. Cuando los encontramos culpables de una mentira consciente y deliberada, hemos de expresar nuestro horror por ella no sólo con una reprensión o corrección inmediata, sino por un comportamiento hacia ellos por algún tiempo después que les muestre cuánto nos ha afectado, entristecido y desagradado. Actuar con esta seriedad cuando aparecen las primeras faltas de esta clase, puede ser una manera de prevenir muchas más.

Agregaré, además, que no sólo debemos responder severamente a una mentira directa, sino igualmente, en un grado correcto, desalentar toda clase de evasivas y palabras de doble sentido, y esas pequeñas tretas y engaños que quieran atribuirse uno al otro o a los que son mayores que ellos. Hemos de inculcarles con frecuencia el excelente pasaje: “El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado” (Prov. 10:9). Demostrémosles cada día cuán fácil, cuán agradable, cuán honroso y ventajoso es mantener un carácter justo, abierto y honesto, y, por el contrario, qué necio es mostrar malicia y deshonestidad en cualquiera de sus formas, y cuán cierto es que cuando piensan y actúan maliciosa y deshonestamente, están tomando el camino más rápido para ser malignos e inútiles, infames y odiosos. Sobre todo, hemos de
recordarles que el Señor justo y recto ama la justicia y rectitud, y mira con agrado a los rectos, pero los labios mentirosos son para él tal abominación que declaró  expresamente: “Todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde de fuego y azufre” (Apoc. 21:8).

Tomado de The Godly Family.

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Philip Doddridge DD (26 de junio de 1702 – 26 de octubre de 1751) fue un ministro, educador y compositor de himnos inglés no conformista.

Caminar con Dios a través del dolor y el sufrimiento

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Caminar con Dios a través del dolor y el sufrimiento
Timothy Keller

En este esperado libro, Timothy Keller, cuyo estilo se dirige tanto a los lectores religiosos como a los seculares, explora una de las preguntas más difíciles de la vida: ¿por qué hay tanto dolor y sufrimiento en el mundo? ¿Y cómo lo manejamos de manera que no nos destruya, sino que en realidad pueda hacernos más fuertes y sabios?

Muchos libros intentan explicar el mal y el sufrimiento intelectualmente, mientras que otros ofrecen meras historias inspiradoras. En este libro, Keller intenta unificar las preguntas y experiencias complejas relacionadas con el sufrimiento. Explora el problema filosófico del sufrimiento, después la rica enseñanza bíblica sobre el tema y, finalmente, la experiencia real de tratar con el sufrimiento en términos más prácticos. Servirá como recurso indispensable para todos los que quieran prepararse, o preparar a otros, para afrontar la perspectiva inevitable del dolor y el sufrimiento.

ÍNDICE

Introducción. El estruendo del pánico debajo de todo

PRIMERA PARTE: COMPRENDER EL HORNO
01 >Las culturas del sufrimiento
02 >La victoria del cristianismo
03 >El desafío a lo secular
04 >El problema del mal

SEGUNDA PARTE: ENFRENTAR EL HORNO
05 >El desafío a la fe
06 >La soberanía de Dios
07 >El sufrimiento de Dios
08 >La razón del sufrimiento
09 >Aprender a caminar
10 >Las variedades del sufrimiento

TERCERA PARTE: CAMINAR CON DIOS EN EL HORNO
11 >Caminar
12 >Llorar
13 >Confiar
14 >Orar
15 >Pensar, agradecer, amar
16 >Esperar

552 pp. Rústica
Ref. 1883 – 20,00 €

Antídoto contra El papado [14]

El primero de ellos es la doctrina y la gracia de la mortificación. Todo aquel que tenga algo de religión cristiana en sí mismo debe reconocer que esto no es solamente un importante deber evangélico, sino también de indispensable necesidad para la salvación. La Escritura también determina claramente cual es su naturaleza, sus causas, así como en qué hechos y deberes consiste. Porque se declara con frecuencia que es la crucifixión del cuerpo de pecado, con todas sus concupiscencias. La mortificación debe consistir en traer algo a la muerte, y esto es el pecado. Dar muerte al pecado consiste en la expulsión de todo hábito e inclinación viciosa que surjan de la depravación original de la naturaleza. Por su debilitamiento y gradual extirpación o destrucción, en sus raíces, principios, y operaciones, el alma queda en libertad para actuar, universalmente, por el principio contrario de vida y gracia espiritual. El medio, por parte de Cristo, por el que esto se realiza y efectúa en los creyentes es la comunicación de su Espíritu a ellos, para hacer una aplicación efectiva de la virtud de su muerte a la del pecado. Por su Espíritu mortificamos las obras de la carne y la propia carne y, esto, al ser implantados por él en la semejanza de la muerte de Cristo. Por virtud de ello somos crucificados y muertos al pecado, y la Escritura abunda en tales cosas. El medio de esto, por parte de los creyentes, es el ejercicio de la fe en Cristo crucificado, de quien derivan para la crucifixión del cuerpo de muerte. Y este ejercicio de fe va siempre acompañado de diligencia y perseverancia en todos los deberes santos de la oración, con ayuno, aflicción santa, arrepentimiento diariamente renovado, con vigilia continua frente a toda ventaja del pecado. En esto consiste, principalmente, la batalla y conflicto espiritual a que los creyentes son llamados. Esta es toda la obra de muerte que el evangelio requiere. La de dar muerte a otros hombres por la religión es de fecha posterior y de otro origen. No hay nada, en la manera de su obediencia, que aporte más experiencia de la necesidad, el poder, y la eficacia de las gracias del evangelio.

La Iglesia de Roma retiene este principio de verdad, en cuanto a la necesidad de la mortificación. En efecto: lo pretende, grandemente, para sí, sobre cualquier otra sociedad cristiana. La mortificación de sus devotos es uno de los principales argumentos que alegan, para guiar a almas incautas a su superstición. Sin embargo, en la grandeza de sus pretensiones con respecto a ella, han perdido toda experiencia de su naturaleza, con el poder y la eficacia de la gracia de Cristo. Por tanto, han forjado una imagen suya para sí mismos. Porque:

1. Colocan su eminencia y grandeza en una vida monástica y pretendida separación del mundo. Pero esto puede ocurrir, y así ha sido, en todos o en la mayoría de los casos, sin la menor obra auténtica de mortificación en sus almas. Porque nada se requiere en las más estrictas reglas de estos devotos monásticos que no pueda cumplirse sin la menor operación del Espíritu Santo en sus mentes, con la aplicación de la virtud de la muerte de Cristo. Además, todo este estilo de vida que recomiendan bajo este nombre no se señala ni aprueba en el evangelio. Y algunos de los que han sido más reconocidos por sus severidades en él, fueron hombres de sangre, que promovieron la cruel matanza de multitudes de cristianos, en el nombre de su profesión del evangelio y en quienes no podía haber una sola gracia evangélica: “Porque ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”.

2.Las maneras y los medios que prescriben y usan para su obtención no están dictados en modo alguno por la sabiduría de Cristo en la Escritura, como multiplicadas confesiones a los sacerdotes, irregulares y ridículos ayunos, penitencias, flagelaciones del cuerpo, votos ilícitos, reglas de disciplina y hábitos inventados, con hojarasca parecida innumerable.

En consecuencia, cualquiera que sea su designio, pueden decir de él, en esta cuestión,
lo que Aarón dijo de su ídolo: “Eché oro en el fuego, y salió este becerro”. Solo han obtenido una imagen de la mortificación, apartando las mentes de los hombres para que no buscaran lo que ella es verdadera y espiritualmente. Y, bajo esta pretensión, han formado un estado y condición de vida que ha llenado el mundo de toda suerte de pecados y maldad. Muchos de los que han alcanzado algunos de los más altos grados de esta mortificación, basándose en sus principios y por los medios diseñados para dicho fin, han sido preparados de este modo para toda clase de maldad.

Por tanto, la mortificación que retienen, y de la cual se glorían, no es más que una imagen miserable de lo real, puesta en su lugar, y abrazada por aquellos que nunca alcanzaron una experiencia de la naturaleza o el poder de la gracia del evangelio en la verdadera mortificación del pecado.

En lo que respecta a las buenas obras —el segundo deber evangélico del que se glorían—
también tenemos algo que decir. Todos reconocemos la necesidad de estas buenas obras para la salvación, según las oportunidades y capacidades de los hombres, y la gloria de nuestra profesión en este mundo consiste en que abundemos en ellas. Pero la Escritura declara y limita su principio, su naturaleza, sus motivos, su uso, sus fines. Ellos hacen que se distingan de lo que puede parecer materialmente lo mismo que las que realizan los incrédulos. En resumen: son los hechos y deberes de los creyentes  únicamente y, en ellos, son el resultado de la gracia divina, o la operación del Espíritu Santo. Son “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviesen en ellas”. Pero el principal misterio de su gloria, sobre el cual la Escritura insiste, es que aún siendo necesarias como medio para la salvación de los creyentes, no quedan completamente excluidas de toda influencia para la justificación de los pecadores; por tanto, jamás hubo obra evangélicamente buena realizada por alguien que no fuera, antes, gratuitamente justificado.

De estas buenas obras, aquellos de quienes tratamos hacen vehemente reclamación, como si fueran los únicos patronos y abogados de ellas. Pero también las han excluido de la religión cristiana y han levantado una imagen deformada de ellas, en desafio a Dios, a Cristo, y al evangelio. Las obras por las que abogan son unas que, en tal medida, proceden de su libre albedrío y son hechas meritorias ante los ojos de Dios. Las han limitado en parte a actos de devoción supersticiosa, en parte a los de caridad y, principalmente, a los que no lo son de este modo, como la construcción de monasterios, conventos, y otras pretendidas casas religiosas para el mantenimiento de enjambres
de monjes y frailes, llenando el mundo de superstición y corrupción. Decimos que las hacen meritorias y satisfactorias, porque algunas de ellas, que califican de supererogación por encima de todo lo que Dios requiere de nosotros, y de las causas de nuestra justificación delante de Dios. Les atribuyen un merecimiento de la recompensa celestial, haciéndolas de obras y, por tanto, no de gracia, junto con muchas otras imaginaciones contaminantes. Pero cualquier cosa que se haga a partir de estos principios, y con estos fines, es completamente ajeno a aquellas buenas obras que el evangelio recoge como parte de nuestra obediencia nueva o evangélica. Pero, así como en otros casos, han perdido todo sentido y experiencia del poder y la eficacia de la gracia de Cristo que operan en los creyentes para este deber de obediencia, para la gloria de Dios y para beneficio de la humanidad, han levantado la imagen de ellos en desafio a Cristo, su gracia, y su evangelio.

Estas son algunas de las abominaciones que se encuentran retratadas sobre los muros
de la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Y se añadirán más en la consideración de la propia imagen del celo que, Dios mediante, seguirá en otra ocasión. Estas son las sombras a que se entregan, ante la pérdida de la luz espiritual para discernir la verdad y gloria del misterio del evangelio, y la carencia de una experiencia de su poder y eficacia, para todos los fines de la vida de Dios en sus propias mentes y almas. Y, aunque la letra de la Escritura las condena todas de forma expresa —y con esto es suficiente para guardar a las mentes de los verdaderos creyentes de admitirlas—, su afianzamiento contra todas las alegaciones, pretensiones, y fuerza para su cumplimiento, dependen de su experiencia del poder de cada verdad del evangelio con su fin propio, al comunicarnos la gracia de Dios y transformar nuestras mentes a imagen y semejanza de Jesucristo.

FIN

John Owen. Extraído de N. R

Formación del carácter de los niños 1

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Hay que educar a los niños de modo que sean obedientes a sus padres. Este es un mandato que Dios ordenó desde el Monte Sinaí anexando al mismo la singular promesa de larga vida, una bendición que los jóvenes desean mucho (Éxo. 20:12). Es por eso que el Apóstol observa que es el primer mandamiento con promesa, o sea, un mandato muy excepcional por la forma como incluye la promesa. Y es por cierto una disposición sabia de la Providencia la que otorga a los padres tanta autoridad, especialmente durante sus primeros años, cuando mentalmente no pueden juzgar y actuar por sí mismos en cuestiones importantes. Por lo tanto hay que enseñar temprano y con un convencimiento bíblico de que Dios los ha puesto en manos de sus padres. En consecuencia, hay que enseñarles que la reverencia y obediencia a sus padres es parte de sus deberes hacia Dios y que la desobediencia es una rebelión contra él. Los padres no deben dejar que los niños actúen directamente y resueltamente en oposición a sus padres en cuestiones grandes y chicas, recordando: “El muchacho consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Y con respecto a la sujeción al igual que el afecto: “Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud” (Lam. 3:27).

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Hay que educar a los niños de modo que sean considerados y buenos con todos. El gran Apóstol nos dice que “el cumplimiento de la ley es el amor” (Rom. 13:10), y que todas sus ramificaciones que se relacionan con nuestro prójimo se resumen en esa sola palabra: amor. Entonces, hemos de esforzarnos por enseñarles este amor. Descubriremos que en muchos casos será una ley en sí y los guiará bien en muchas acciones en particular, cuyo cumplimiento puede depender de principios de equidad que escapan a su comprensión infantil. No existe una instrucción relacionada con nuestro deber que se adapte mejor a la capacidad de los niños que la Regla de Oro (tan importante para los adultos): “Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mat. 7:12). Debemos enseñarles esta regla, y por ella debemos examinar sus acciones. Desde su cuna hemos de inculcarles con frecuencia que gran parte de la religión consiste en hacer el bien, que la sabiduría de lo Alto está llena de misericordia y buenos frutos, y que todos los cristianos deben hacer el bien a todos los que tengan oportunidad de hacerlo.

Para que nuestros hijos reciban con buena disposición tales enseñanzas, hemos de esforzarnos usando todos los métodos prudenciales, por ablandar sus corazones predisponiéndolos hacia sentimientos de humanidad y ternura, y de cuidarse de todo que pueda ser una tendencia opuesta. En lo posible, hemos de prevenir que vean cualquier tipo de espectáculo cruel y sangriento, y desalentar con cuidado que traten mal a los animales. De ninguna manera hemos de permitirles que tomen en broma la muerte o el sufrimiento de animales domésticos, sino más bien enseñarles a tratarlos bien y a cuidarlos, sabiendo que no hacerlo es una señal despreciable de una disposición salvaje y maligna. “El justo cuida la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel” (Prov. 12:10).

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Debemos, igualmente, asegurarnos de enseñarles lo odioso y necio de un temperamento egoísta y animarles a estar dispuestos a hacerles a los demás lo que les gusta que les hagan a ellos mismos. Hemos de esforzarnos especialmente de fomentar en ellos sentimientos de compasión por los pobres. Hemos de mostrarles donde Dios ha dicho: “Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová”. El que muestra compasión hacia el pobre es como si lo hiciera para el Señor, y lo que le da le será devuelto. Y tenemos que mostrarles, con nuestra propia práctica que realmente creemos que estas promesas son ciertas e importantes. No sería impropio que alguna vez hagamos que nuestros hijos sean los mensajeros cuando enviamos alguna pequeña ayuda al indigente o al que sufre necesidad; y si descubren una disposición de dar algo de lo poco que ellos tienen que les permitimos llamar suyo, debemos animarlos con gozo y asegurarnos que nunca salgan perdedores por su caridad, sino que de un modo prudencial hemos de compensarlos con abundancia. Es difícil imaginar que los niños educados así vayan a ser más adelante perjudiciales u opresivos; en cambio serán los ornamentos de la religión y las bendiciones del mundo, y probablemente se cuenten entre los últimos que la Providencia deje sufrir necesidad.

Tomado de The Godly Family.

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Philip Doddridge DD (26 de junio de 1702 – 26 de octubre de 1751) fue un ministro, educador y compositor de himnos inglés no conformista.

Dioses que fallan

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Existen muchas y buenas razones para leer un libro de Timothy Keller. De entrada, sus escritos recogen sus atinadas reflexiones sobre la realidad política, económica y cultural de nuestra sociedad Occidental. Esto, de por sí, los hace muy interesantes. Pero, sobre todo, el pastor de Nueva York tiene una rara habilidad para mostrar la relevancia de la Biblia para ese mismo mundo actual, y, en particular, la pertinencia del mensaje del evangelioJosé Moreno Berrocal

Dioses que fallan, que tiene como subtítulo las promesas vacías del dinero, el sexo y el poder, y la única esperanza verdadera, trata de un tema tan impopular en estos días como es el del pecado. Keller lo enfoca desde uno de las conceptos bíblicos que, con mayor amplitud, se refieren a la transgresión de la Ley de la Dios, el de la idolatría. Esto no significa que no haya otras perspectivas en las Escrituras para identificar lo que llamamos pecado, pero es la idolatría la que demuestra que el pecado es, esencialmente, oposición y sustitución de Dios. Es fascinante notar cómo Keller, siguiendo a Martín Lutero, cree que no solo el segundo mandamiento prohíbe la idolatría. El primero también lo hace. Como lo expresaba ya nuestro gran reformador y traductor de la Biblia, Cipriano de Valera: “En el primer mandamiento se prohíbe la idolatría interna y mental, y en el segundo, la externa y visible”. Asimismo, la noción de idolatría es un excelente punto de contacto con nuestra cultura, tan familiarizada con la idea de la adicción. Keller, acertadamente, conecta la adicción con la de la idolatría.

Entonces, “¿Qué es un ídolo?” se pregunta Keller y responde así: “es algo que es más importante para usted que Dios, cualquier cosa que cautive su corazón y su imaginación más que Dios, cualquier cosa que espere que le proporcione lo que solamente Dios puede darle”, (19). La idolatría hunde sus raíces en la Caída de la Humanidad en Adán, por lo que está presente en la vida de cada ser humano, nos demos cuenta o no. Como ya cantaba Bob Dylan a finales de los años 70 del siglo pasado: “You gonna have to serve somebody / tienes que servir a alguien”. Todos servimos a algo o a alguien, nos dice Dylan. Y, además, esos ídolos son muchos más de los que nos imaginamos. Como también enseñaba Juan Calvino: “nuestro corazón es una fábrica de ídolos”. Así, Keller menciona muchos tipos de ídolos, analizando el concepto desde muchos y sorprendentes puntos de vista, incluso trayendo una lista de “categorías idolátricas” (195-196).

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Para entender bien la idea bíblica de la idolatría es igualmente importante subrayar que ella toma cosas que en sí mismo no son malas, pero que, si se convierten en absolutos, se transforman en ídolos. En las palabras de Thomas C. Oden: “… uno tiene un dios cuando adora un valor último, al que considera algo sin lo cual no se puede vivir feliz” (184, nota 9). Las consecuencias de la idolatría son letales. Los ídolos ciegan a sus seguidores y, finalmente, los esclavizan. El pastor de Manhattan advierte: “Los ídolos no solo distorsionan nuestros pensamientos, sino también nuestros sentimientos”,(152). La idolatría nos coloca bajo el justo juicio de Dios.

El pastor Keller no solo trata de investigar los variados rostros que las Escrituras nos presentan de la idolatría. También se ocupa de la única solución: el evangelio de Jesucristo y este crucificado. Cada capítulo, aparte de un riguroso análisis de la realidad social de nuestro mundo occidental actual y de los ídolos que ha levantado, se centra en algún pasaje bíblico que incida en el tema en cuestión. Así desfilan ante nuestros ojos personajes del Antiguo Testamento como Abraham, Jacob, Zaqueo, Naamán, Nabucodonosor y Jonás. Todos ellos aparecen con el propósito de dirigirnos a Cristo y su salvación. Esto no puede sorprendernos puesto que Keller es discípulo, aventajado, del famoso profesor de Westminster Theological Seminary en Philadelphia, Pennsylvania, Edmund P. Clowney, conocido por enfatizar la importancia de encontrar a Cristo en todas las Escrituras. Por ello, el propósito de Keller siempre es que: “…las verdades del evangelio… conformen todo lo que sentimos y hacemos” (179). Keller presenta el evangelio de la salvación por la obra de la Persona de Jesús en la cruz reiteradamente, de manera inusual a veces, pero siempre exhibiendo la suficiencia de la obra de Cristo. Así, por ejemplo, cuando nos cuenta la historia de Jacob en Peniel, relatada en Génesis 32: 24-31, Keller se pregunta: “¿cómo es que Jacob pudo acercarse tanto a Dios y no morir?”. Su respuesta es esta: “Fue porque Jesús se hizo débil y murió en la cruz para pagar el castigo por nuestro pecado”, (168, 169). Este enfoque cristocéntrico es un aspecto primordial en los libros de Keller y es lo que hace, en mi opinión, que sus libros sean tan oportunos.

Pero no es solo que Keller se refiera a la obra de Cristo, además, muestra magistralmente nuestra necesidad de ese evangelio, al explorar las motivaciones más oscuras que habitan en lo más profundo de nuestros corazones. “La idolatría” dice también Keller, “no consiste solamente en no obedecer a Dios: es poner todo el corazón en algo aparte de Dios”, (176). La solución que trae el evangelio, según el pastor de Manhattan, puede ser perfectamente resumida por una de las frases más impactantes del teólogo escocés Thomas Chalmers: el poder expulsivo de un nuevo afecto. La idolatría es tan poderosa que solo Cristo mismo puede derrotarla. El poder para sustituir a lo que nos esclaviza reside exclusivamente en la cruz del Señor Jesús.

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Keller es bíblico y realista, y por ello sabe que ser como Cristo, es la labor de toda una vida y que solo en la eternidad seremos perfectos. Por ello, en el último capítulo de su libro, nos llama a concebir la vida cristiana como un camino de identificación y sustitución de los ídolos de nuestro corazón por una nueva y creciente relación con Cristo. Esta tiene como norte la adoración de Dios, que es el emblema que identifica al pueblo de Dios. Esa vida en Cristo usa como medios de gracia, entre otros, lo que se conoce como las disciplinas espirituales: “como la adoración privada, la adoración colectiva y la meditación” (179).

Estamos, pues, ante otra gran obra de Timothy Keller. Dioses que fallan es un libro que nos examina y que nos revela el gran valor del evangelio de Dios. Solo Cristo puede salvarnos del pecado y de las manos de los falsos dioses que siempre acabarán fallando. Solo Jesús trae la única esperanza verdadera.

 

Te ofrecemos a continuación una porción del libro:

“TODO LO QUE SIEMPRE HAS QUERIDO Lo peor que puede pasar La mayoría de personas se pasa la vida intentando hacer realidad los deseos más profundos de su corazón. ¿Acaso la vida no consiste en esto, en “la búsqueda de la felicidad”? Nunca dejamos de buscar maneras de adquirir las cosas que necesitamos y estamos dispuestos a sacrificar mucho para conseguirlas. Nunca imaginamos que obtener los anhelos más profundos de nuestro corazón pueda ser lo peor que nos puede pasar en esta vida. En cierta ocasión, mi esposa y yo conocimos a una mujer soltera, Anna, que quería desesperadamente tener hijos. Al final, se casó y, contrariamente a las expectativas de sus médicos dada la edad de la madre, pudo dar a luz dos niños sanos. Pero sus sueños no se hicieron realidad. Su impulso abrumador de dar a sus hijos una vida perfecta impidió que pudiera disfrutar de ellos. Su sobreprotección, sus temores y sus ansiedades, así como su necesidad de controlar hasta el último detalle de la vida de sus hijos, hizo que su familia padeciera las consecuencias. El hijo mayor de Anna tenía un rendimiento muy bajo en la escuela y evidenciaba síntomas de graves problemas emocionales. El hijo menor estaba dominado por la ira. Es muy probable que el impulso que siente Anna de ofrecer a sus hijos una vida maravillosa sea en realidad lo que acabe arruinándosela. Es posible que obtener el deseo de su corazón haya sido lo peor que le haya pasado en esta vida. A finales de la década de 1980, Cynthia Heimel escribió: “En el mismo instante en que una persona se convierte en una celebridad, se transforma en un monstruo”; y después dio los nombres de tres famosísimas estrellas de Hollywood a las que había conocido antes de que se hicieran famosas. En aquella época, eran “seres humanos realmente agradables… pero ahora se han vuelto semidioses y su ira es implacable”. Luego añadió que, bajo la presión de la fama y de la celebridad, todas las lacras y las miserias del carácter de una persona duplican su virulencia. Puede que sienta curiosidad por saber quiénes fueron esas estrellas de los años 80, pero no hace falta que lo sepa. Justo ahora mismo existen muchos “nombres en negrita” que siguen la misma pauta en su vida, como vemos en las primeras planas de los diarios. Los nombres cambian, pero el patrón es el mismo. La inevitabilidad de la idolatría ¿Cómo es posible que tan a menudo obtener los deseos de nuestro corazón sea catastrófico? En el libro de Romanos, el apóstol Pablo escribió que una de las peores cosas que Dios puede hacerle a una persona es entregarla a los deseos de su corazón (Ro. 1:24). ¿Por qué el máximo castigo imaginable consiste en permitir que alguien alcance el sueño que más ansía? Se debe a que nuestros corazones convierten en ídolos esos deseos. En este mismo capítulo, Pablo resumió? la historia de la raza humana en una sola frase: “honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Ro. 1:25). Todo ser humano debe vivir por algo. Siempre tiene que haber algo que capture nuestra imaginación, la lealtad más fundamental de nuestros corazones y nuestras esperanzas. Pero, como nos dice la Biblia, sin la intervención del Espíritu Santo, ese objeto nunca será el propio Dios. Si esperamos que alguna cosa creada nos dé el sentido, la esperanza y la felicidad que solo puede darnos Dios, al final no conseguirá hacerlo y nos romperá el corazón. Aquella mujer, Anna, que estaba arruinando las vidas de su familia, no es que “amara demasiado a sus hijos”, sino que más bien amaba a Dios demasiado poco en relación a ellos. Como resultado, sus hijos-dioses se vieron aplastados por el peso de las expectativas de su madre. Dos filósofos judíos que conocían a fondo las Escrituras llegaron a esta conclusión: “El principio central… de la Biblia es el rechazo de la idolatría”. La Biblia, por lo tanto, está repleta de una historia tras otra que habla de las innumerables formas y los efectos devastadores de la adoración a los ídolos. Todos dios falso que pueda elegir un corazón (sea el amor, el dinero, el éxito o el poder) tiene un relato bíblico poderoso que explica cómo ese tipo concreto de idolatría afecta a nuestras vidas. Uno de los personajes centrales de la Biblia es Abraham. Como la mayoría de los hombres de la antigüedad, deseaba un hijo que pudiera llevar su nombre. Sin embargo, en el caso de Abraham aquel deseo se había convertido en el más profundo de su corazón. Por último, más allá de toda esperanza, Dios le dio un hijo. Ahora disponía de todo lo que deseaba. Entonces, Dios le pidió que renunciara a él (…). Tu camino al monte Piense en las muchas decepciones y problemas que nos acosan. Écheles un vistazo más de cerca y se dará cuenta de que los más poderosos de ellos tienen que ver con nuestros propios “Isaacs”. En nuestras vidas, siempre hay cosas en las que invertimos para obtener cierto grado de alegría y de plenitud que solo puede darnos Dios. Los momentos más dolorosos de nuestras vidas son aquellos en los que nuestros Isaacs, nuestros ídolos, corren peligro o alguien nos los quita. Cuando sucede esto, podemos reaccionar de dos maneras. Podemos decantarnos por la amargura y el desespero. Nos creeremos con derecho a revolcarnos en esos sentimientos, diciendo: “¡Llevo toda la vida trabajando para llegar a este punto de mi carrera, y ahora ha desaparecido todo!”; o “¡Me he pasado la vida trabajando como un esclavo para ofrecerle una buena vida a esa mujer, y así me lo paga!”. Podemos sentirnos con libertad para mentir, engañar, vengarnos o renunciar a nuestros principios para aliviar nuestra angustia. O podemos limitarnos a vivir en la melancolía permanente. La otra manera de reaccionar es la de Abraham: dar un paseo monte arriba. Podría decir: “Veo que me llamas a vivir mi vida sin algo de lo que yo pensaba que no podría prescindir. Pero, si te tengo, poseo la única riqueza, salud, amor, honor y seguridad que realmente necesito y que nunca perderé”. Como muchos han aprendido y más tarde enseñado, hasta que lo único que usted tenga sea Jesús, no se dará cuenta de que Él es todo lo que necesita. Muchos de estos dioses falsos, por no decir la mayoría, pueden quedarse en nuestras vidas una vez los hayamos “degradado” a un puesto inferior a Dios. Entonces, no nos dominarán ni asediarán con ansiedad, orgullo, ira y agobio. A pesar de todo, no debemos cometer el error de pensar que esto significa que lo único que debemos hacer es estar dispuestos a separarnos de nuestros ídolos, en lugar de abandonarlos por completo. Si Abraham hubiera subido a la montaña pensando “Lo único que tengo que hacer es poner a Isaac sobre el altar, pero sin sacrificarlo de verdad”, ¡no habría superado la prueba! Para que un elemento presente en nuestras vidas sea seguro, tiene que haber dejado de ser un ídolo. Esto solo puede suceder cuando estamos realmente dispuestos a vivir sin ello, cuando decimos desde el corazón: “Como tengo a Dios, puedo vivir sin ti”. A veces, parece que Dios nos mata cuando, en realidad, nos esta? salvando. En este caso, estaba transformando a Abraham en un gran hombre, pero aparentemente daba la sensación de que Dios era cruel. Seguir a Dios en semejantes circunstancias parece ser un tipo de “fe ciega”, pero en realidad es una fe vigorosa y agradecida. La Biblia está llena de relatos sobre personajes como José, Moisés y David, que hablan de momentos en los que Dios pareció abandonarles, aunque más adelante se reveló que lo que hizo fue destruir los ídolos perniciosos de sus vidas, algo que solamente se podía hacer si ellos pasaban por aquella experiencia difícil. Igual que Abraham, Jesús luchó intensamente con el llamado de Dios. En el huerto de Getsemaní, preguntó al Padre si no había ninguna otra alternativa, pero al final subió obediente al Calvario y a la cruz. No podemos saber todos los motivos por los que nuestro Padre permite que nos pasen cosas malas, pero, como hizo Jesús, podemos confiar en Él en esos momentos difíciles. Cuando le contemplemos y nos regocijemos en lo que hizo por nosotros, tendremos la alegría y la esperanza necesarias (además de vernos libres de los dioses falsos) para seguir el llamado de Dios cuando las circunstancias parecen tan oscuras como difíciles.”

* Editorial Andamio 1ª edición Enero 2015Nº páginas: 208 pp.

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

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El arte de una disciplina equilibrada 3

Blog135C

Me estoy refiriendo no sólo a reacciones por haber perdido la paciencia, sino también a su conducta. El padre que no es consecuente en su conducta no puede realmente aplicar disciplina al hijo. El padre que hace una cosa hoy y lo opuesto mañana no puede aplicar una disciplina sana. Tiene que ser sistemáticamente constante, no sólo en las reacciones sino también en su conducta. Tiene que haber una modalidad constante en la vida del padre, porque el hijo está siempre mirando y observando. Pero si observa que la conducta de su padre es imprevisible y que él mismo hace lo que le prohíbe a su hijo que haga, tampoco puede esperar que éste se beneficie de la aplicación de tal disciplina…

Otro principio importante es que los padres nunca pueden ser irrazonables o no estar dispuestos a escuchar el punto de vista de su hijo. No hay nada que indigne más al que está recibiendo una disciplina que sentir que todo el procedimiento es totalmente
irrazonable. En otras palabras, es un padre realmente malo el que no toma en consideración ninguna circunstancia y que no está dispuesto a escuchar ninguna explicación. Algunos padres y madres, en un anhelo por aplicar disciplina corren el peligro de ser totalmente irrazonables, y de ser culpables de esto. El informe que recibieron acerca de su hijo puede estar equivocado, o puede haber circunstancias que desconocen, pero ni siquiera dejan que el niño les dé su punto de vista ni ninguna clase de explicación. Es cierto que el niño puede aprovecharse. Lo único que estoy diciendo es que nunca debemos ser irrazonables. Permita que el niño presente su explicación, y si no es una razón válida, puede castigarlo por eso también, al igual que por el hecho particular que constituye la ofensa. Pero negarse a escuchar, prohibir todo tipo de respuestas es inexcusable… Tal conducta es incorrecta, y provoca a ira a los hijos. Es seguro que los exasperará e irritará llevándolos a una actitud de rebeldía y de antagonismo…

Eso lleva inevitablemente a otro principio: La disciplina nunca debe ser demasiado severa. Éste, quizá, sea el peligro que enfrentan muchos buenos padres de familia en la actualidad al ver el desorden social todo alrededor, que con razón lamentan y condenan. El peligro es estar tan profundamente influenciado por la repugnancia que le produce que se van a este otro extremo y son demasiado severos. Lo contrario a no disciplinar para nada no es la crueldad, sino que es una disciplina equilibrada, es una disciplina controlada…

Permítame resumir mi argumento. La disciplina debe ser aplicada siempre con amor; y si no puede usted aplicarla con amor, no la intente. En ese caso, necesita mirarse usted mismo primero. El Apóstol ya nos ha dicho que digamos la verdad con amor en un sentido más general, pero lo mismo se aplica aquí. Hable la verdad, pero con amor. Sucede precisamente lo mismo con la disciplina: tiene que ser gobernada y controlada por el amor. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, antes bien sed llenos del Espíritu”. ¿Qué es “el fruto del espíritu”? “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad… templanza” (Gál. 5:22). Si, como padres de familia, estamos “llenos del Espíritu” y producimos esos frutos, en lo que a nosotros concierne, la disciplina será un problema muy pequeño… Debe usted tener un concepto correcto de lo que significa la formación de sus hijos en el hogar y considerar al niño como una vida que Dios le ha dado. ¿Para qué? ¿Para guardárselo y para moldearlo conforme a como usted es, para imponerle la personalidad de usted? ¡De ninguna manera! Dios lo puso a su cuidado y se lo ha encargado para que su alma pueda llegar a conocerle y a conocer al Señor Jesucristo…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

Antídoto contra El papado [13]

Aun mencionaré otros ejemplos de la misma abominación, pero con más brevedad. Tendremos que pasar otros por alto en estos momentos y dejarlos sin descubrir. El conocido método de la fe y la obediencia del evangelio —manera en que Dios trata a los creyentes en el pacto de gracia— es que, después de su iniciación e implantación en Cristo, deben trabajar por prosperar y crecer en la gracia, por su continuo ejercicio, hasta llegar a ser fortalecidos y confirmados en ella. Y esto, en la manera normal en que Dios trata a su iglesia, nunca les faltará, a menos que sea por su propia negligencia. Porque hay muchas promesas divinas con este propósito, y esto reside en la naturaleza de las propias cosas. Las simientes de la gracia son de aquel tipo de constitución  que se incrementa y se fortalece por el ejercicio. Por tanto, esta confirmación en la gracia es la de la que los creyentes tienen una bendita experiencia. Esta verdad, en general, de una  implantación en Cristo y la subsiguiente confirmación en la gracia, se admite universalmente. Nadie puede negarla sin rechazar toda la doctrina del evangelio. Pero su sentido y experiencia se perdieron entre aquellos de quienes estamos tratando. Sin embargo, no renunciarán a la profesión del propio principio, que los habría proclamado apóstatas de la gracia de Cristo. Por tanto, formaron una imagen de ella, o de sus distintas partes, para poder dirigirlas hacia sus propios fines, y hacer que las mentes carnales de los hombres estuviesen dispuestas a obedecer y a descansar en ellas. Así como en el otro sacramento convirtieron los signos externos en las cosas señaladas, en este del bautismo lo colocan en el lugar de la propia cosa; esto lo convierte, si no en un ídolo, al menos en una imagen suya. La participación externa de esta ordenanza es, para ellos, la regeneración e implantación en Cristo, sin consideración de la gracia interna que ella significa. De este modo, lo que en sí mismo es una representación sagrada, se convierte en una imagen para engañar a las almas de los hombres.

Y lo que impondrían en el lugar de la confirmación espiritual en la gracia es aún más extraño. La imagen que levantaron de esto es la imposición episcopal de manos. Cuando alguien bautizado es capaz de responder a unas pocas preguntas de un catecismo, por muy ignorante y manifiestamente vicioso que sea en su conversación, esta imposición de manos le confirma en la gracia.

Puede que algunos digan que, en cierto modo, este tipo de cosas no tienen mayor importancia. Confieso que yo no pienso así. Aunque hubiera en ella cualquier cosa menos mera formalidad y costumbre —aunque se confiara en ellas como las cosas de las que llevan el nombre— son perniciosas a las almas de los hombres. Porque, si todos los que se han bautizado externamente sobre esta base se juzgaran implantados en Cristo, sin considerar el lavamiento interno de regeneración y renovación del Espíritu Santo, y si hubiéramos de suponer que todos los que han tenido esta imposición de manos sin más, estuvieran confirmados en la gracia, la verdad es que están en el camino correcto que lleva a la ruina eterna.

Todos los cristianos admiten que nuestras ayudas, nuestro socorro, nuestra liberación del pecado, de Satanás y del mundo vienen únicamente de Cristo.

Esto se incluye en todas sus relaciones con la iglesia —en todos sus oficios y en el desempeño de estos—, y es la expresa doctrina del evangelio. Por lo general no resulta menos reconocido —al menos, la Escritura no es menos clara y positiva en ello— que recibimos y derivamos todas nuestras provisiones de socorro de Cristo por la fe. Otras maneras de participación de cualquier cosa suya no conoce la Escritura. Por tanto, es nuestro deber, en todas las ocasiones, encomendarnos a él por la fe, para toda provisión, socorro y liberación. Pero estos hombres no pueden hallar vida ni poder en esto. Aún admitiendo que se pudiera hacer algo en este sentido, no saben como hacerlo, siendo ignorantes de la vida de la fe y de su ejercicio debido. Deben tener una manera más disponible y sencilla, asequible a las capacidades de toda clase de personas, buenas o malas. En efecto: ella servirá a los peores de los hombres para estos fines. Una imagen, por tanto, debe levantarse para uso común, en el lugar de esta encomienda espiritual a Cristo para obtener socorro.: hacer el signo de la cruz. Que un hombre no haga más que el signo de la cruz en su frente, su pecho, o algo parecido —que puede hacer tan fácilmente como recoger o soltar una paja— y no se requiere nada más para involucrar a Cristo en su asistencia, en cualquier momento. Y las virtudes que atribuyen a esto son innumerables. Pero esto también es un ídolo, un maestro de mentiras, no inventado ni levantado para otro fin que satisfacer las mentes carnales de los hombres con una suposición presuntuosa, ante la negligencia del ejercicio de la fe, espiritualmente laborioso. Una experiencia de la obra de la fe, en la derivación de toda provisión de vida, gracia, y fuerza espiritual, con liberación y provisiones, de Jesucristo, guardará a los creyentes de prestar atención a este trivial engaño.

Podemos mencionar una cosa más del mismo tipo, entre otras muchas. Es una noción de verdad que se deriva de la luz de la naturaleza: Los que se acercan a Dios en adoración divina, deberían tener cuidado de ser puros y limpios, sin contaminaciones ofensivas.
De esto, los propios paganos dan testimonio, y Dios lo confirma en las instituciones de la ley. ¿Pero cuáles son estas contaminaciones y poluciones que nos hacen inapropiados para acercarnos a la presencia de Dios? ¿Cómo y por qué medios podemos ser purificados y limpiados de ellas? El evangelio es el único que lo declara. En oposición a todas las demás formas y maneras de hacerlo, revela claramente que solo podemos servir al Dios vivo por la sangre de Cristo rociada sobre nuestras conciencias, para limpiarlas de obras muertas. Véase Hebreos 9:14; 10:19-22. Pero esto es una cosa misteriosa: nada excepto la luz espiritual y la fe salvífica pueden dirigirnos aquí. Los hombres, destituidos de ellas, nunca pudieron alcanzar una experiencia de purificación en este sentido. Por tanto, retuvieron la propia noción de verdad, pero hicieron una imagen suya para su uso, desatendiendo la propia cosa. Y fue lo más ridículo que podían imaginar: rociarse a sí mismos y a otros con lo que llaman agua bendita cuando entran en los lugares de culto sagrado, algo que además tomaron de los paganos. ¡Tan estúpidas y embrutecidas son las mentes de los hombres, tan oscuras e ignorantes de las cosas celestiales, que han dejado que sus almas sean engañadas y arruinadas por semejantes vanas y supersticiosas trivialidades!

Este discurso ha alcanzado ya una extensión mayor de lo que, en un principio, se pretendía. Y muchísimo más lo haría si nos adentráramos en todas las partes de esta Cámara pintada de imágenes y expusieramos todas las abominaciones que hay ella. Acabaré, por tanto, con uno o dos detalles en los que la Iglesia de Roma se gloría de retener la verdad y el poder del evangelio de modo particular, cuando, en realidad, los han destruido y levantado imágenes corruptas, de su propiedad, en su lugar.

(Continuará)…
________________________
John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

 

Antídoto contra El papado [12]

De esta generalidad procederé a casos más particulares. En su mayor parte llevaron importantes principios de religión en los que la fe y la práctica cristiana están sumamente implicadas. Y comenzaré con aquello que es de señalado provecho para los forjadores de estas imágenes —como también lo son las demás cosas en su medida porque, con esta astucia, obtienen su sustento y su riqueza—, y sumamente pernicioso para las almas de otros hombres.

Que existe una contaminación espiritual en el pecado es un principio de verdad en el que todo el curso de la obediencia cristiana esta implicado.

La Escritura lo declara por todas partes y representa su naturaleza misma mediante la
inmundicia espiritual que es lo contrario a la santidad de la naturaleza divina, como nos la presenta la ley. Esta contaminación está, igualmente, en todos los hombres por naturaleza. Todos han nacido, del mismo modo, en pecado y en la corrupción de este: “¿Quién hará limpio a lo inmundo ?”. Y esto ocurre en todos de manera personal, en diversos grados. Algunos están más contaminados con pecados reales que otros, pero todos lo están en su grado y medida. Esta contaminación del pecado debe ser limpiada y quitada antes de nuestra entrada en el Cielo, porque ninguna cosa inmunda entrará en el reino de Dios. El pecado debe ser destruido en su naturaleza, su práctica, su poder, y sus efectos, o no seremos salvos de él. Esta purificación del pecado se opera en nosotros, de forma inicial y gradual, en esta vida, y se cumple en la muerte, cuando los espíritus de los hombres justos son hechos perfectos. Una importante parte de la obediencia de los creyentes en este mundo y del ejercicio de su fe consiste en el cumplimiento de esta obra de la gracia de Dios hacia ellos, por el cual se purifican. La causa principal, interna, inmediata y eficiente de esta purificación de pecados es la sangre de Cristo, de Jesucrislo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado (cf. 1 Jn. 1:7). La sangre de Jesús limpia nuestras conciencias de obras muertas (cf. He. 9:1 4). Él nos lava en su sangre (cf. Ap. 1:5). Existe una causa externa que contribuye a esto: las pruebas y las aflicciones, efectivas por la palabra y cumplidas en la muerte.

Pero esta manera de limpiar los pecados por la sangre de Cristo es misteriosa. No hay
discernimiento de su gloria excepto por la luz espiritual ni experiencia de su poder, excepto por la fe. En consecuencia, la mayoría la desprecia y la descuida, aunque profesa la doctrina del evangelio extemamente. Por lo general, los hombres piensan que hay mil maneras mejores de limpiar el pecado que esta que no pueden entender. Véase Miqueas 6:6-7. Es misteriosa en su aplicación a las almas de los creyentes por el Espíritu Santo. Lo es en la fuente de su eficacia que es su oblación para la propiciación; y en su relación con el nuevo pacto que primero lo establece y después lo hace efectivo con este fin. Su obra es gradual e imperceptible a todo lo que no sea los ojos de la fe y la diligente experiencia espiritual.

De nuevo: La sabiduría divina ordena y requiere estrictamente comenzar, suscitar y alentar la máxima diligencia de los creyentes en el cumplimiento de su eficacia con el mismo fin. Lo que Cristo hizo por nosotros, lo llevo a cabo sin nosotros, sin nuestra ayuda o colaboración. Así como Dios nos hizo sin nosotros mismos, Cristo nos redimió. Pero lo que él hace en nosotros, también lo hace por nosotros; lo que él obra en forma de gracia, nosotros lo realizamos en forma de deber. Y nuestro deber, aquí, consiste, como en el continuo ejercicio de todos los hábitos bondadosos, en renovar, cambiar y transformar el alma a semejanza de Cristo (porque el que espera verle, “se purifica asímismo, como él es puro”); asímismo, en la mortificación universal, permanente e ininterrumpida, con este fin, y de la que hablaremos después. Esto también hace que la obra sea misteriosa y difícil. El progreso de las aflicciones con el mismo fin es una parte principal de la sabiduría de la fe, sin la cual no pueden ser de utilidad espiritual alguna a las almas de los hombres.

Esta noción de la contaminación del pecado y de la necesidad de su purificación, fueron retenidas en la Iglesia de Roma, porque no podían perderse sin el rechazo de la Escritura solamente, sino también sin la asfixia de las concepciones naturales sobre ellas, indeleblemente fijadas en las conciencias de los hombres. Pero la luz espiritual sobre la gloria de la propia cosa en sí, o la purificación mística del pecado con una experiencia del poder y la eficacia de la sangre de Cristo, aplicadas a las conciencias de los creyentes con este fin, por el Espíritu Santo, se perdieron entre ellos. En vano buscaremos una cosa de esta naturaleza, ya sea en su doctrina o en su práctica. Por tanto, habiendo perdido la sustancia de esta verdad y toda experiencia de su poder, para poder retener el uso de su nombre se han hecho diversas y pequeñas imágenes de ella —cosas rastreras— a las que atribuyen el poder de limpiar el pecado, como el agua bendita, los peregrinajes, las disciplinas, las misas, y diversas conmutaciones. Pero pronto encontraron, por experiencia, que estas cosas no purificaban el corazón ni apaciguaban las conciencias de
los pecadores mas allá de lo que la sangre de los toros y los machos cabríos podían hacerlo bajo la ley; en realidad, más allá de lo que las ilustraciones y expiaciones del pecado podían efectuar. Por tanto, finalmente han formado una imagen más majestuosa y engañosa de ella, para adaptarse a todas las circunstancias de los pecadores convencidos. Se trata de un purgatorio después de esta vida, es decir, un lugar subterráneo donde, por diversos medios, se limpia las almas de los hombres de todos sus
pecados y se preparan para el Cielo, cuando Cristo el Señor crea adecuado enviar a buscarlas, o el papa juzgue apropiado enviarlas a él.

Hasta aquí, que pretendan lo que les plazca: la gente bajo su dirección confía mil veces
más en la limpieza de sus pecados en el purgatorio que en la sangre de Cristo. Pero esto no es más que una imagen maldita de la virtud de esta que se levanta para apartar a las mentes de los pobres pecadores del interés en participar de la eficacia de dicha sangre para ese fin, que se obtiene, únicamente, por la fe (Ro.3:25). Se han limitado a colocar esta imagen detrás de la cortina de la mortalidad, para que su engaño no pudiera ser descubierto. Nadie que se sienta engañado por ella puede volver para quejarse o advertir a otros que tengan cuidado de sí mismos. Y esto era, de modo especial, adecuado para el engaño de los que vivían en los placeres o en la búsqueda de ganancias injustas, sin el ejercicio de las aflicciones en este mundo. De estas dos clases de personas, con esta maquinaria, recaudaron un ingreso para sí superior al de los reyes y príncipes. Porque todas las donaciones de sus casas y sociedades religiosas no fueron sino conmutaciones para el aplacamiento del fuego de este purgatorio. Pero, puesto que en sí misma era un poste podrido que no podría permanecer en pie ni subsistir, se vieron obligados a sujetarla con muchas otras imaginaciones. Con este fin y para asegurar el funcionamiento de este purgatorio, idearon la distinción de pecados mortales y veniales—no en cuanto a su fin, con respecto a la fe y al arrepentimiento ni en cuanto a los grados del pecado, con respecto a los agravios, sino en cuanto a la naturaleza de
los mismos—; algunos de ellos (a saber, los veniales) son susceptibles de una expiación purificadora después de esta vida, aunque los hombres mueran sin arrepentirse de ellos. Cuando se ideó esto, colocaron casi todos los pecados que se puedan nombrar bajo este orden. Y, lo que a esto se refiere, esta imagen ha llegado a ser una maquinaria para defraudar a toda la doctrina del evangelio y precipitar a pecadores confiados a la ruina eterna.

Para reforzar esta confianza engañosa, añadieron otra invención con respecto a cierto
almacen de méritos eclesiásticos, cuyas llaves le son encomendadas al papa para que haga uso de ellos, como crea oportuno, para la calma y el alivio de los que están en este purgatorio. Mientras muchos de su iglesia y comunión han hecho, como dicen, más buenas obras de las que eran necesarias para su salvación (las cuales han colocado en una balanza de justicia conmutativa), los excedentes les son encomendados al papa para conmutarlos por el castigo de los pecados de quienes son enviados al purgatorio para sufrir por ellos. No podían haber hallado maquinaria más poderosa para evacuar la eficacia de la sangre de Cristo, ofrecida o rociada y, con ella, la doctrina del evangelio concerniente a la fe y al arrepentimiento. Además, para darle mayor consistencia (como una mentira debe estar tejida con otra o, rápidamente, se rasgará todo) han imaginado una separación que ha de hacerse entre la culpabilidad y el castigo de modo que, cuando la culpabilidad se remite plenamente y se perdona, puede, sin embargo, quedar castigo a causa del pecado. Porque este es el caso de los que están en el purgatorio: sus pecados
son perdonados, de modo que su culpabilidad no les entregará a la condenación eterna,
aunque “la paga del pecado es muerte”. Sin embargo, deben ser diversamente castigados
por los pecados que se les perdona. Pero, así como esto se contradice en sí mismo, ya que
es completamente imposible que haya ningún castigo así llamado, excepto donde hay culpabilidad como su causa, resulta altamente injurioso tanto para la gracia de Dios como para la sangre de Cristo, al procurar y conceder tal perdón cojo de pecados que deje lugar para el castigo junto al que es eterno. Estos son algunos de los apoyos podridos que han colocado en las mentes de las personas crédulas y supersticiosas, aterrorizadas con la culpabilidad y las tinieblas, para sostener esta tambaleante imagen deformada, levantada en el lugar de la eficacia de la sangre de Cristo para limpiar las almas y conciencias de los creyentes de pecado. Pero el motivo principal de establecerla y conservarla es: la oscuridad, la ignorancia, la culpabilidad, el temor, el pánico de conciencia, acompañados de un amor al pecado, al que la mayoría de ellos esta detestablemente sujeta. Intranquilos, desconcertados, y atormentados con estas cosas y,siendo completamente ignorantes del verdadero y único camino de separación y liberación de ellas, abrazan ávidamente esta provisión para su presente desasosiego
y alivio, acomodándose a lo máximo que la astucia humana o diabólica puedan alcanzar
para disminuir su temor, aplacar sus tormentos y dar seguridad a sus mentes supersticiosas. Y así, esto ha llegado a ser la vida y el alma de su religión, difundiéndose por todas sus partes y asuntos. Se confía más en esto que en Dios, en Cristo, y en el evangelio.

La luz y la experiencia espiritual, con sus resultados para la paz para con Dios, salvaguardarán las mentes de los creyentes de inclinarse ante esta horrenda imagen, aunque los reconocimientos de su divinidad les sean impuestos con astucia y fuerza. De otro modo no se hará, porque, sin esto, una fuerte inclinación y disposición surgida de la mezcla del temor supersticioso y el amor al pecado se apropiaron de las mentes de los hombres para acercarse a este pretendido alivio y satisfacción. El fundamento de nuestra preservación, aquí, reside en la luz espiritual, o en una capacidad de la mente procedente de iluminación sobrenatural, para discernir la belleza, la gloria, y la eficacia de la limpieza de nuestros pecados por la sangre de Cristo. Cuando se manifieste a nosotros la gloria de la sabiduría y la gracia de Dios, del amor y la gracia de Cristo, y del poder del Espíritu Santo, despreciaremos todas las pinturas de esta invención; Dagón caerá ante el arca. Todas estas cosas resplandecen gloriosamente y se manifiestan a los creyentes en esta misteriosa manera de limpiar todos nuestros pecados por la sangre de Cristo. A continuación experimentaremos la eficacia de esta verdad celestial en nuestras propias almas. No hay hombre cuyo corazón y camino sean limpiados por la sangre de Cristo mediante su efectiva aplicación por el Espíritu Santo, en la ordenanza del evangelio, a menos que tenga o pueda tener una experiencia reconfortante de esto en su propia alma. Por el poder que ella comunica se siente movido a todo el ejercicio de fe y todos los deberes de obediencia por los cuales la obra de purificación y limpieza de toda la persona puede ser continuada hacia la perfección. Véase 2 Corintios 7:1; 1 Tesalonicenses 5:23; 1 Juan 3:3. Quien esté continuamente involucrado en esta obra con éxito, verá la necedad y la vanidad de cualquier otra pretendida manera de limpiar los pecados, en el presente o en el futuro. El resultado de estas cosas es paz para con Dios, porque son promesas seguras de nuestra justificación y aceptación de él; siendo justificados por fe, tenemos paz para con Dios. Y, cuando alcanzamos esto por el evangelio, toda la estructura del purgatorio cae a tierra, porque está edificada sobre estos fundamentos: que ninguna seguridad del amor de Dios, o de un estado de justificado, puede obtenerse en esta vida, porque si esto fuera posible, el purgatorio no tendría ninguna utilidad. Esto, entonces, guardará seguras a las almas de los creyentes en un desprecio de lo que no es sino un falso alivio para los pecadores turbados en su mente por la carencia de paz para con Dios.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

El arte de una disciplina equilibrada 2

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Llegamos ahora a la cuestión de la administración de la disciplina… La disciplina es esencial y tenemos que llevarla a cabo. Pero el Apóstol nos exhorta a ser muy cuidadosos en cómo la llevamos a la práctica porque podemos hacer más daño que bien si no la dispensamos de la manera correcta…

El Apóstol divide sus enseñanzas en dos secciones: la negativa y la positiva. Dice que este problema no se limita a los hijos: los padres de familia también deben tener cuidado. Negativamente, les dice: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Positivamente, dice: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Mientras recordemos ambos aspectos todo andará bien.

Comencemos con lo negativo: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Estas palabras podrían traducirse: “No exasperen a sus hijos, no irriten a sus hijos, no provoquen a sus hijos a tener resentimiento”. Existe siempre un peligro muy real cuando disciplinamos. Y si somos culpables de generar estos sentimientos haremos más daño que bien… Como hemos visto, ambos extremos son totalmente malos. En otras palabras, tenemos que disciplinar de una manera que no irritemos a nuestros hijos o los provoquemos a tener un resentimiento pecaminoso. Se requiere de nosotros que seamos equilibrados.

¿Cómo lo logramos? ¿Cómo pueden los padres llevar a cabo una disciplina equilibrada? Una vez más tenemos que referirnos a Efesios, esta vez al capítulo 5, versículo 8. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” Esta es siempre la llave. Vimos cuando tratábamos ese versículo que la vida vivida en el Espíritu, la vida del que está lleno del Espíritu, se caracteriza siempre por dos factores principales: poder y control. Es un poder disciplinado. Recuerde cómo Pablo lo expresa cuando escribe a Timoteo. Dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino
de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7). No un poder descontrolado, sino un poder controlado por el amor y el dominio propio: ¡disciplina!. Esa es siempre la característica del hombre que está “lleno del Espíritu”…

¿Cómo, entonces, aplicamos disciplina? “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Este debe ser el primer principio que gobierna nuestras acciones. No podemos aplicar una disciplina verdadera a menos que podamos poner en práctica nosotros mismos dominio propio y auto disciplina… Las personas que están llenas del Espíritu siempre se caracterizan por su control. Cuando disciplina usted a un niño, primero tiene que controlarse a sí mismo. Si trata de disciplinar a su hijo cuando ya perdió la paciencia, ¿qué derecho tiene de decirle a su hijo que necesita disciplina cuando resulta obvio que usted mismo la necesita? Tener dominio propio, controlar el mal genio es un requisito esencial para controlar a otros… Así que el primer principio es que tenemos que empezar con nosotros mismos. Tenemos que estar seguros de que estamos controlados, no alterados… Tenemos que ejercitar esta disciplina personal, o sea el dominio propio que nos capacita para ver la situación objetivamente y manejarla de un modo equilibrado y controlado. ¡Qué importante es esto!…

El segundo principio se deriva, en cierto sentido, del primero. Si el padre o la madre va a aplicar esta disciplina correctamente, nunca puede hacerlo caprichosamente. No hay nada más irritante para el que está siendo disciplinado que sentir que la persona que la aplica es caprichosamente inestable y que no es digna de confianza porque no es consecuente. No hay cosa que enoje más a un niño que tener el tipo de padre que, un día, estando de buen humor es indulgente y deja que el chico haga casi cualquier cosa que quiere, pero que al día siguiente se enfurece por cualquier cosa que hace. Esto hace imposible la vida para el niño. Un progenitor así, vuelvo a repetirlo, no aplica una disciplina correcta y provechosa, y el niño termina en una posición imposible. Se siente provocado e irritado a ira y no tiene respeto por ese progenitor.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

Antídoto contra el papado [11]

Todavía hay entre ellos otra imagen de un principio general, no menos horrenda que la
mencionada anteriormente, y esto con respecto a la obediencia religiosa. Es el gran fundamento de toda religión y, en especial, de la religión cristiana: Dios ha de ser obedecido, absoluta y universalmente, en todas las cosas.

Para toda nuestra obediencia, no hay otra razón excepto que es su voluntad y sabemos
que es así. Es lo que sigue, necesariamente, a las infinitas perfecciones de la naturaleza
divina. Como primera verdad esencial, debemos creer lo que revela sobre y en contra de
toda contradicción de pretendidos argumentos, o imaginaciones varias. Y, puesto que es
el único Ser independiente y absoluto, bondad esencial, y Señor Soberano de todas las cosas, debemos obedecer, sin más razones, motivos o argumentos, absolutamente todos sus mandatos. Un ejemplo de esto es el de Abraham ofreciendo a su único hijo sin disputa ni vacilación, conforme a la revelación y el mandato divino.

Parecerá muy difícil forjar una imagen de esto entre los hombres que no tengan el menor atisbo de estas perfecciones divinas, es decir, la verdad esencial y la soberanía absoluta en conjunción con la sabiduría y la bondad infinita, que son las únicas que hacen que esta obediencia sea legítima, útil o conveniente a los principios de nuestras naturalezas racionales. Pero aquellos de quienes hablamos no se han visto carentes de ellas, especialmente los principales artífices de esta industria de imágenes. La orden de los jesuitas ha hecho un notable esfuerzo para su forja. Su voto de obediencia ciega (como lo llaman) a sus superiores, por el cual someten toda conducción de sus almas, en todos los asuntos de la religión, en todos los deberes hacia Dios y el hombre, a su guía y disposición, es una imagen maldita de esta obediencia absoluta a los mandatos de Dios que él requiere de nosotros. En consecuencia, el fundador de su orden no se avergonzó, en su epístola ad Fratres Lusitanos, de instar y promover esta obediencia ciega tomada del ejemplo de Abraham, que rinde obediencia a Dios, sin discusión ni consideración, como si los superiores de la orden fueran hombres buenos y no malvados y pecadores. Mientras este honor se reservó a Dios, mientras se juzgó que era únicamente su prerrogativa —es decir, que sus mandatos han de obedecerse en todas las cosas, sin razonamientos ni escudriñamientos en cuanto a sustancia, justicia, y equidad, meramente porque son suyos, y esto hace que sean absoluta e infaliblemente buenos, santos, y justos—, se proporcionó seguridad al gobierno justo del mundo y a la preservación de los hombres en todos sus derechos. Él no quiere ni puede mandar sino lo santo, justo y bueno. Pero, desde la atribución de tal autoridad divina a los hombres, para asegurar la obediencia ciega a todos sus mandatos, se han originado innumerables males, en forma de asesinatos, sediciones y perjuras, de forma manifiesta y basadas en ella. Pero, además de aquellos males particulares que verdaderamente han procedido de esta fuente corrupta, esta persuasión arrebata enseguida a la humanidad toda base para la paz y la seguridad. ¿Quién sabe lo que un cuerpo, o una clase de hombres llamados los superiores de los jesuitas, solamente conocidos por su incesante ambición y sus prácticas
malvadas en el mundo, pueden mandar hacer a sus vasallos que han jurado ejecutar cualquier cosa que manden, sin considerar que sea correcta o incorrecta, buena o mala?

Gloriense los príncipes y otros grandes hombres mientras les plazca de que, bajo una
consideración u otra, serán objetos solo de su bondad. Si tales hombres, según su profesión, tienen sus conciencias sometidas a sus superiores para ejecutar cualquier cosa que les manden —no menos que Abraham la tenía para sacrificar a su hijo ante el mandato de Dios—, entregan sus vidas a la merced y buena naturaleza de estos superiores que siempre están a salvo, fuera del alcance de la venganza. Es sorprendente que la humanidad no se dedica a demoler esta imagen maldita, o la atribución de un poder divino a los hombres que requieren obediencia ciega a sus mandatos, especialmente considerando los efectos que han producido en el mundo. Todos los hom-
bres saben quien fue el artífice primero que la levantó y la erigió; por quién, por qué medios o con qué fin, se confirmó y se consagró. A día de hoy la mantiene una sociedad de hombres de estrato y origen inciertos, como el de los jenízaros en el imperio turco, que solían aparecer, generalmente, de la oscuridad y de entre los mas humildes y bajos del pueblo. Así son quienes, por las reglas de su educación, aprenden a renunciar a todo respeto a sus países de origen, y a aliarse con ellos solo para que los conviertan en el camino y la sustancia para el avance del interés de esta nueva sociedad. Y no es de extrañar que esta clase de hombres, nutridos desde su inicio mismo en la conducción de la sociedad, con esperanzas y expectativas de riqueza, honor, poder, interés en la disposición de todos los asuntos públicos de la humanidad, y la regulación de las con-
ciencias de los hombres, utilicen al máximo sus artes y diligencia y se esfuercen por levantar y preservar esta imagen que han erigido, de la cual esperan sacar todo el provecho que se proponen. Pero esto puedo tratarlo de forma más completa cuando hable de la imagen del celo en sí.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Amordazando a Dios

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¿Cómo predicar a Cristo en una generación pluralista como la nuestra? Carson  responde esta pregunta magistralmente en este libro. Excelente recurso para todo aquel que desee entender la generación en la que nos ha tocado vivir y ministrar. Sugel Michelén

Donald Arthur Carson nació el 21 de diciembre de 1946 y es un reconocido teólogo evangélico reformado que obtuvo su título de Doctorado en la Universidad de Cambridge.

Es Pastor Bautista y Profesor Asociado de Nuevo Testamento en la Trinity Evangelical Divinity School Deerfield, Illinois, EE. UU. Es editor de The Tyndale Consultations, para la World Evangelical Fellowship (Alianza Evangélica Mundial).

Carson consigue un enfoque tanto intelectual como pastoral, reconociendo correctamente que las macro filosofías del mundo tienden a ser asimiladas inconscientemente por la enseñanza popular de las iglesias dentro de una generación.

El libro «Amordazando a Dios» está dividido en 4 secciones:

Primera parte

Su punto de partida, como es debido, es definir lo que es el pluralismo, cómo se ve a diferentes niveles, y cuál es su impacto en nuestra sociedad contemporánea. Como maestro de la Palabra de Dios, advierte del desafío en el campo de la interpretación bíblica. Procede a hablar acertadamente en la primera sección, acerca del “laberinto hermenéutico” y cómo escaparse de ello, mientras debemos reconocer las perspectivas que la nueva hermenéutica abre.

Segunda parte

En la segunda sección, enfoca sobre el pluralismo religioso y se centra en la autoridad de la revelación bíblica. Es la parte más extensa del libro porque cualquier idea que intenta marginar o cuestionar el mensaje único del evangelio tiene que ocupar nuestra mayor atención. Donald A. Carson consigue llevar al día la línea desarrollada por la obra magistral de Carl F. Henry quien advirtió de estas tendencias hace treinta años.

El autor reconoce que la ofensa intelectual del evangelio procede del hecho de que si Dios ha hablado y reconocemos su única autoridad, entonces la misma claridad de la revelación separa lo que es la verdad de lo que no lo es. La exclusividad que siempre ha estado implícita en predicar el evangelio de un solo Dios y mediador, llega a ser un enfoque primordial en la batalla con el pensamiento de esta generación, por el dogma avasallador de la falsa tolerancia, en una sociedad que se considera plural hasta que el evangelio le confronta con las verdaderas alternativas.

Tercera parte

Carson no pretende legislar, en la tercera parte, sobre la forma de vida del cristiano en medio del pluralismo, pero sugiere pautas sabias para vivir entre el pleno convencimiento de la verdad del evangelio y un mundo que niega tal posibilidad. Y presenta una visión espiritual y realista de cómo debemos conducirnos sin caer en las trampas de las “respuestas fáciles” que se presentan.

Cuarta parte

La última sección mira hacia el campo evangélico para ver hasta qué punto muchos teólogos “evangélicos” se han acomodado a los vientos recios del pluralismo, no es “una caza de brujas”.Sabiamente, Carson concentra sus esfuerzos en ilustrar su tesis con referencia a los temas de polémica contemporánea – ¿cómo se debe relacionar el evangelio con la cultura de hoy?, ¿cuál es la naturaleza del infierno?-.

El conjunto de 740 páginas es un desafío bíblico a reconocer la única y exclusiva fuente de la verdad en Dios, discernir los elementos de la filosofía y la cultura que confirman o minan la enseñanza bíblica y, por nuestra fidelidad al evangelio transformador, dejar a Dios hablar a un mundo necesitado.

ÍNDICE

Prefacio

El desafío del pluralismo contemporáneo

Primera parte: Hermenéutica
Segunda parte: Pluralismo religioso
Tercera parte: Forma de vida del cristiano en medio de una cultura pluralista
Cuarta parte: El pluralismo dentro de nuestro campo

Apéndice: ¿Cuándo es espiritual la espiritualidad?

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Te ofrecemos a continuación una porción del libro:

“Mi interés en el tema del pluralismo procede de una gran diversidad de experiencias. La primera de ellas es la siempre presente necesidad de comprender la propia cultura de uno. Esa necesidad aparece con mayor intensidad en aquellos que se trasladan de una cultura a otra: su movilidad los expone a una gran diversidad de puntos de vista, lo que les lleva a preguntarse de repente qué es lo que diferencia su propio mundo. Es una necesidad que aparece no con menor desafío entre quienes disfrutan leyendo biografías y otros estudios históricos: al ir formando nuestra opinión acerca de pasados movimientos y períodos, comenzamos a preguntarnos qué dirá la gente algún día acerca de nuestra propia cultura y período histórico. Por supuesto, el tiempo transcurrido se exagera considerablemente: no se caracteriza por algo así como el vacío que la gente le suele asignar. No obstante, el tiempo transcurrido es mucho más preciso que los pronósticos acerca del futuro (esos extravagantes horóscopos de las ciencias sociales dignas del mayor descrédito); también es más comprensible que la mayoría de valoraciones actuales. Puesto que vivimos en el presente, no obstante, el presente es lo que debemos tratar de comprender, por mucho que intentemos arrojar luz sobre el pasado de la cuestión. Y el tema común de la gran mayoría de comentaristas que intentan definir la cultura occidental de finales del siglo XX es el pluralismo. Por tanto, es inevitable que me haya sumergido dentro de la vasta literatura sobre esta cuestión y que me encuentre luchando con ella.

La segunda clase de experiencia que me ha empujado a pensar acerca de estas cuestiones procede de mi vocación como maestro cristiano. Durante años he enseñado cursos de hermenéutica. He observado que la hermenéutica va desde el arte y la ciencia de la interpretación bíblica hasta la «nueva hermenéutica» de la deconstrucción, con muchas paradas a lo largo del viaje y muchas carreteras comarcales interesantes. Todo el que ha reflexionado acerca de estas cosas ha tenido que reconocer muy pronto que muchas formas de pluralismo contemporáneo van ligadas a determinadas aproximaciones a la hermenéutica. Un maestro cristiano no puede pensar mucho acerca de lo primero sin leer más acerca de lo último. Como antídoto para las pretensiones arrogantes del conocimiento positivo de hace un siglo, la nueva hermenéutica es bastante moderada. Pero, cuando resulta que debería enseñarnos a ser humildes, se ha convertido en la mayor ideología imperial de nuestros días. Nos amenaza con un nuevo totalitarismo ideológico que resulta francamente alarmante en sus pretensiones y prescripciones. La tercera clase de experiencia que me ha impulsado a reflexionar sobre las características del pluralismo contemporáneo deriva de mi vocación como predicador cristiano. Por ejemplo, las campañas en la universidad deben encararse en la actualidad con aproximaciones y puntos de vista sustancialmente diferentes de aquellos a los que me enfrentaba cuando me gradué hace treinta años. Muchas de estas diferencias no son más que la obra que ha ido llevando a cabo una u otra forma de pluralismo, tanto en el mundo académico como en nuestra cultura. Escribo como cristiano. En mis momentos más sombríos, a veces me pregunto si la terrible cara de lo que denomino pluralismo filosófico es la amenaza más peligrosa para el evangelio desde la herejía gnóstica del siglo II, y por razones parecidas. Parte del peligro surge del hecho de que la nueva hermenéutica y sus muchas ramificaciones no son del todo erróneas: sería más fácil enfrentarse a una ideología que fuese total y profundamente corrupta. Pero otra parte del peligro deriva de la cruda realidad de que, hasta donde alcanzo a discernir, las nuevas hermenéuticas y sus descendientes son a menudo profundamente erróneas, y tan populares que resultan perniciosas. Desde un punto de vista más optimista, temo que la expresión de estas sospechas puede sonar muy severa y, en cualquier caso, la verdad es que me siento pobremente capacitado para hacer semejantes juicios. Además, el posmodernismo está demostrando tener mucho éxito en minar el extraordinario orgullo del modernismo, y a ningún cristiano cabal le entristece esto del todo. En cualquier caso, no se puede contradecir de manera razonable que los desafíos contemporáneos son extraordinariamente complejos y dolorosamente serios.

La complejidad del tema deja a un autor ante una difícil elección. Cabe optar por un libro popular que examine por encima un montón de material de manera superficial, o bien por un estudio profundo de una parte del tema. Yo he intentado hacer ambas cosas a la vez: gran parte de este libro pinta un cuadro a grandes trazos con brocha gorda; pero de vez en cuando me centro en aspectos particulares del desafío, excavando debajo de la superficie para hacer frente a algunas cuestiones que me parecen más urgentes, o quizás menos valoradas en la literatura. Si algo de lo que escribo en las páginas siguientes sirve para equipar a algunos cristianos para llegar a una inteligente, sensible culturalmente y apasionada fidelidad al evangelio de Jesucristo, o si anima a algunas personas que piensan y no son creyentes a examinar de nuevo los fundamentos y así llegar a darse cuenta de que Jesús es el Señor, estaré profundamente agradecido.

Quizás ayudo a algunos lectores reconociendo que los capítulos 2 y 3 son los más teóricos. Si resultan demasiado difíciles para empezar, hay posibilidad de saltarlos. Aunque contienen un fundamento para el resto del libro, los últimos capítulos se pueden leer y aprovechar sin los primeros.

Parte del material de estas páginas ha sido obtenido a partir de conferencias dadas en Cambridge, Inglaterra; en el Seminario Teológico de Erskine, en Carolina del Sur; en los Grupos Bíblicos de Graduados de Wisconsin y de Michigan; y en otros lugares. En particular, parte del material que aparece aquí vio la luz por primera vez en alguno de los tres ensayos siguientes: «Testimonio cristiano en una era pluralista», en God and Culture [Dios y la cultura], Festschrift for Carl F.H. Henry, ed. D. A. Carson y John Woodbridge (Gran Rapids: Eerdmans, 1993), 31-66; y dos ensayos publicados en Criswell Theological Journal: «El desafío del pluralismo para la predicación del evangelio» y «El desafío de la predicación del evangelio al pluralismo». El apéndice fue publicado por primera vez (en portugués) en forma sencilla en el Festschrift for Rusell Shedd, Chamado para servir, ed. Alan Pieratt (Sao Paulo: Ediciones Vida Nova, 1994), y (en inglés), en forma parecida, en el Journal of the Evangelical Theological Society 37 (1994), 381-394. Estoy muy agradecido a los editores por permitirme incorporar aquí ese material.

También quiero comentar algo acerca de la estructura del libro. El primer capítulo es una presentación del pluralismo en sus diversas formas, exponiendo muchos de los puntos que son explorados con detalle más adelante. Es inevitable que el capítulo 1 y los capítulos posteriores se solapen en algunos momentos, pero pensamos que merece la pena tener una visión general a pesar de que eso ocasione alguna que otra repetición.

El título de Amordazando a Dios fue utilizado por vez primera en un libro de Gavin Reid. Su título completo era: Amordazando a Dios: El fracaso de la Iglesia para comunicarse en la era de la televisión. (Londres: Hodder & Stoughton. 1969). Su subtítulo aclara lo que Reid quería decir en el título. El que yo utilice las mismas palabras se debe a dos razones, como podrán descubrir los lectores de este libro. También descubrirán que, a pesar de nuestros grandes esfuerzos por amordazar a Dios, él sigue allí, y no está callado (como solía decir Francis Schaeffer).”

* Editorial Andamio 2ª edición Enero 2016Nº páginas: 740 pp.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/apologetica/968-amordazando-a-dios.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

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El arte de una disciplina equilibrada

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“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.—Efesios 6:4

Note que Pablo menciona a los padres únicamente. Acaba de citar las palabras de la Ley: “Honra a tu padre y a tu madre”. Pero ahora señala en particular a los papás porque su enseñanza ha sido, como hemos visto, que el padre es el que tiene la posición de autoridad. Eso es lo que encontramos siempre en el Antiguo Testamento, así es como Dios siempre ha enseñado a las personas a portarse bien, así que naturalmente dirige este mandato en particular a los padres. Pero el mandato no se limita a los padres, incluye también a las madres; y en una época como la actual, ¡hemos llegado a un estado en que el orden es a la inversa! Vivimos en una especie de sociedad matriarcal donde el padre y marido ha renunciado a su posición en el hogar de modo que deja casi todo a la madre. Por lo tanto, tenemos que comprender que lo que aquí dice de los padres se aplica igualmente a las madres. Se aplica al que está en la posición de disciplinar. En otras palabras, lo que la Biblia nos presenta aquí en este cuarto versículo, y está incluido en el versículo anterior, es todo el problema de la disciplina.

Tenemos que examinar este tema con cuidado, y es, por supuesto, uno muy extenso. No hay tema, repito, cuya importancia sea más urgente en este país y en todos los demás países, que el problema de la disciplina. Estamos viendo un desmoronamiento de la sociedad, y éste se relaciona principalmente con esta cuestión de disciplina. Lo vemos en el hogar, lo vemos en las escuelas, lo vemos en la industria, lo vemos en todas partes. El problema que enfrenta hoy la sociedad en todos sus aspectos es ultimadamente un problema de disciplina. ¡Responsabilidad, relaciones, cómo se vive la vida, cómo debe proceder la vida! El futuro entero de la civilización, creo yo, depende de esto…
Me aventuro a afirmar, a profetizar: Si el Occidente se desploma y es vencido, será por una sola razón: podredumbre interna… Si seguimos viviendo por los placeres, trabajando cada vez menos, exigiendo más y más dinero, más y más placeres y supuesta felicidad, abusando más y más de las lascivias de la carne, negándonos a aceptar nuestras responsabilidades, habrá sólo un resultado inevitable: un fracaso completo y lamentable. ¿Por qué pudieron los godos y los vándalos y otros pueblos bárbaros conquistar el antiguo Imperio Romano? ¿Por su superioridad militar? ¡Por supuesto que no! Los historiadores saben que hay una sola respuesta: la caída de Roma sucedió porque un espíritu de tolerancia invadió el mundo romano: los juegos, los placeres, los baños públicos. La podredumbre moral que había entrado en el corazón del Imperio Romano fue la causa de la “declinación y caída” de Roma. No fue un poder superior desde afuera, sino la podredumbre interna lo que significó la ruina para Roma. Y lo que es realmente alarmante en la actualidad es que estamos siendo testigos de una declinación similar en este país y en otros de Occidente. Esta desidia, esta falta de disciplina, todo el modo de pensar y ese espíritu es característico de un periodo de decadencia. La manía por los placeres, la manía por los deportes, la manía por las bebidas y las drogas han dominado a las masas. Este el problema principal: ¡La pura ausencia de disciplina y de orden y de integridad en el gobierno!

Estas cuestiones, según creo, son tratadas con mucha claridad en estas palabras del Apóstol. Procederé a presentarlas en más detalle para identificarlas y mostrar cómo las Escrituras nos iluminan con respecto a ellas. Pero antes de hacerlo, quiero mencionar algo que ayudará y estimulará todo el proceso de su propio pensamiento. Los periódicos lo hacen en nuestro lugar, los entrevistados en la radio y televisión lo hacen en nuestro lugar, y nos sentamos muy cómodos y escuchamos. Esa es una manifestación del desmoronamiento de la autodisciplina. ¡Tenemos que aprender a disciplinar nuestra mente! Por eso daré dos citas de la Biblia, una de un extremo y una del otro extremo de esta posición. El problema de la disciplina cae entremedio de ambas. En un extremo, el límite es: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece” (Prov. 13:24). El otro extremo es: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos”. Todo el problema de la disciplina se  encuentra entre estos dos extremos, y ambos se encuentran en las Escrituras. Resuelva el problema basándose en las Escrituras, trate de saber los principios que gobiernan esta cuestión vital y urgente, que es en este momento, el peor problema que enfrentan todas las naciones de Occidente y probablemente otras. Todos nuestros problemas son el resultado de que practicamos un extremo o el otro. La Biblia nunca recomienda ninguno de los dos extremos. Lo que caracteriza las enseñanzas de la Biblia siempre y en todas partes, es su equilibrio perfecto, una postura justa que nunca falla, el modo  extraordinario en que la gracia y la ley armonizan divinamente…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

Antídoto contra el papado [10]

Un principio de la religión cristiana y una verdad reconocida es el siguiente: Es el deber de los discípulos de Cristo, sobre todo cuando están unidos en iglesias, propagar la fe del evangelio y dar a conocer su doctrina a todos cuantos tengan oportunidad.

En efecto; este es un fin principal para la constitución de las iglesias y de los ministros en ellas (cf. Mt. 5:13-1 6; 1 Ti. 3:15).

Esto fue algo que nuestro Señor Jesucristo encargó de manera especial a sus apóstoles
en el principio (cf. Mt. 28:19-20; Mr. 16:15-16). De este modo, se les encomendó la obra
de propagar la fe del evangelio y el conocimiento de Cristo en él en todo lugar y, al hacerlo, fueron justificados. Lo realizaron con tal eficacia y éxito que, en poco tiempo, fue como la luz del sol: “Por toda la tierra ha salido la voz de ellos, y hasta los fines de la tierra sus palabras” (Ro. 10:18). Se dijo que se predicara el evangelio “en toda la creación que está debajo del cielo” (cf. Col. 1:23). El medio por el que propagaron la fe fue, por tanto, la predicación diligente y laboriosa de la doctrina del evangelio a toda persona, en todo lugar, con paciencia y magnanimidad en el padecimiento de toda clase de sufrimientos en su nombre, y una declaración de todas aquellas virtudes y gracias útiles y ejemplares para la humanidad. Es cierto: su ministerio y el ejercicio de éste cesaron hace mucho tiempo. Sin embargo, no puede negarse que la propia obra no deja de ser competencia, en forma de deber, de todas las iglesias, a todos los creyentes, mientras tengan llamamientos providenciales y oportunidades para ello. Esta es la principal manera por la que pueden glorificar a Dios y beneficiar a los hombres de su mayor posesión; a esto, sin duda, estan obligados.

La Iglesia de Roma retiene esta noción de verdad y se apropian de la misma obra únicamente para sí. A ellos, y solo a ellos, como suponen, pertenece el cuidar de la propagación de la fe del evangelio, con la conversión de los infieles y herejes. Condenan y abominan cualquier cosa que otros hagan con este propósito. ¿Qué piensan de la manera primitiva de hacerlo, mediante la predicación, los sentimientos y la santidad personal? ¿Asumirán el papa, sus cardenales y sus obispos esta obra o esta manera de hacerlo? Cristo no ha indicado otra. Los apóstoles y sus sucesores no conocían otra;
ninguna otra pertenece al evangelio ni tuvo éxito jamás. No; ellos detestan y abominan esta manera. ¿Qué ha de hacerse, entonces? ¿Se negará la verdad? ¿Se desechará completa y reconocidamente la obra? Tampoco esto les complacerá, porque no es adecuado para su honra. Por tanto, han erigido una funesta imagen de esto, para horrible oprobio de la religión cristiana. De hecho, han provisto una doble pintura para la imagen que han levantado. La primera es la constante consulta de algunas personas en Roma, que ellos llaman Congregatio de Propagandá Fide, un consejo para la propagación de la fe, bajo el efecto de cuyas consultas la cristiandad ha gemido durante mucho tiempo. Y la otra es el envío de misioneros, como los llaman, o una sobrecarga de frailes de sus numerosísimas hermandades, enviados a remotas naciones.

Pero la verdadera imagen en sí consta de estas tres partes: 1. La espada; 2. La inquisición; 3. Complots y conspiraciones.

Por medio de ellas se proponen propagar la fe y promover la religión cristiana. Y, si el propio Infierno puede inventar una imagen y representación de la verdad y obra sagrada más deformada, de las cuales esto sea una falsificación, es que estoy muy equivocado.

1.Así, por medio de la primera manera, han llevado la religión cristiana a las Indias,
especialmente a las regiones occidentales del mundo así llamado. Primero el papa, de la plenitud de su poder, da a los españoles todos aquellos países y sus habitantes, para que se conviertan al cristianismo. Pero Cristo no actuó así con sus apóstoles, aunque era Señor de todo, cuando los envió a enseñar y bautizar a todas las naciones. El no desposeyó a ninguna de ellas de sus derechos o disfrutes temporales ni dio a sus apóstoles un solo pie de heredad entre ellas. Pero, en base a esta concesión, los católicos españoles propagaron la fe y llevaron la religión cristiana entre ellos. Y lo hicieron matando y asesinando a muchos millones de personas inocentes, como algunos
de ellos mismos dicen, más de las que han vivido en Europa en cualquier época. Y esta salvaje crueldad ha hecho que se deteste el nombre de los cristianos entre todos los que quedaron de ellos con uso de razón, traídos por la fuerza, [tan sólo] unos pocos esclavos embrutecidos, para someterse a este nuevo tipo de idolatría. Y debemos pensar que se hizo en obediencia a aquel mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado”. Esta es la imagen deformada de obediencia a sus santos mandatos que han levantado, y a la que aplican la voz que Pedro oyó con respecto a comer todo tipo de criatura: “Levanta, Pedro; mata, y come”. Así han actuado con aquellas pobres naciones a quienes han devorado. Pero la sangre, el asesinato y la guerra injusta (como lo es toda guerra para la propagación de la religión), con persecución, comenzó en Caín, a quien le llegó por medio del diablo, aquel “asesino desde el diablo”. Porque “era del maligno y mató a su hermano” (cf. 1 Jn. 3:12). Jesucristo, el hijo de Dios, fue manifestado para “deshacer las obras del diablo” (cf. 1 Jn. 3:8). Y él lo hace, en este mundo, por su palabra y doctrina, juzgando y condenándolas. Y lo hace en sus discípulos por su Espíritu, extirpándolas de sus mentes, corazones y caminos. De manera que no hay condición más ciertamente derivada de un espíritu malvado que la fuerza y la sangre en la religión, para su propagación.

2.La siguiente parte de esta imagen —la siguiente manera utilizada por ellos para la
propagación de la fe y la conversión de los que llaman herejes— es la Inquisición. Tanto se ha declarado y se conoce de ella que es innecesario hacer ahora un retrato suyo. Nos basta con decir que hace mucho tiempo que se abrió, como el antro de Caco, y se descubrió que era el mayor arsenal de crueldad, el más terrible caos de sangre y matanza que jamás hubo en el mundo. Esta es la maquinaria que ha suministrado a la ramera escarlata la sangre de los santos y la de los mártires de Jesús, hasta que se embriagó de ella. Es la segunda manera o medio por el que propagan la fe del evangelio y se esfuerzan, como dicen, por la conversión de las almas de los hombres. Esta es la segunda parte de aquella imagen que han levantado en el lugar del santo llamamiento de Jesucristo.

3. La tercera manera en que insisten con este propósito —la tercera parte de esta imagen— consiste en complots y artimañas para asesinar a príncipes, inmiscuir a naciones en
sangre, levantar sedición para su ruina, persuadir y seducir a toda clase de personas viciosas, indigentes, y ambiciosas para asociarse con ellos, con el fin de introducir la religión católica en los lugares que se proponen subyugar. Esta maquinaria para la propagación de la fe se ha puesto en marcha, con diversos éxitos, en muchas naciones de Europa, y sigue funcionando con el mismo propósito. A ella pertenecen todas las artes usadas para encantar las mentes de los príncipes y grandes hombres, todos los cebos que colocan ante otros, de todas las clases, para ponerlos al servicio de sus designios.

De estas partes —digo—, esta formada y compuesta aquella terrible imagen que levantan, abrazan, y adoran en el lugar de la santa manera para la propagación del evangelio señalada por Jesucristo. En su manera no pueden ver belleza alguna —no pueden esperar ningún éxito—, no pueden creer que el mundo se convierta jamás por ella, o sea traído en sujeción al Papa. Y, por tanto, se entregan a la suya propia. La fe, la oración, la predicación, el sufrimiento, todo en expectación de la presencia y asistencia de Cristo prometidas, no son caminos para la eficacia, éxito y provecho que puedan compararse a la espada, la inquisición y los designios bajo cuerda. ¡Y esto, también, es lo que llaman celo de la gloria de Dios y la honra de Cristo; ¡otra imagen deformada que han traído a la religión! Mientras aquella gracia consiste principalmente en anteponer la gloria de Dios y los deberes especiales por los que esta pueda promoverse, a uno mismo y a todo interés propio, este designio impio de destruir a toda la humanidad por medio de toda forma de sutileza y crueldad, para su provecho propio, se levanta en su lugar. Pero la consideración de la naturaleza y del espíritu, del uso y del fin del evangelio —del designio de Cristo en él y por él— es suficiente para preservar a las almas de los hombres que no están completamente encantados, en un aborrecimiento de esta imagen de su propagación. En esto es en lo que “el dios de este mundo”, con ayuda de su ceguera y concupiscencias, ha engañado a la humanidad y ha prevalecido sobre ella, con la pretensión de dar honra a Cristo, presentando ante el mundo la representación más vil de él que se pueda concebir. Si él ha señalado esta manera para la propagación del
evangelio, no se puede distinguir bien de Mahoma. Pero no hay nada mas contrario a él,
nada que su alma santa aborrezca más. Y, si los hombres no hubieran perdido todo sentido espiritual de la naturaleza y de los fines del evangelio, no se habrían entregado nunca a estas abominaciones. Cualquiera que suponga que la fe del evangelio puede propagarse con semejante crueldad y sangre —con arte y sutileza—, con complots, conspiraciones y artimañaas—de cualquier manera excepto por la locura de la predicación que, con tal fin, es poder y sabiduría de Dios—, esta declarando su propia ignorancia de ella y su desinterés por ella. Si los hombres no hubieran concebido y abrazado otra religión distinta de la que aquí se enseña, o no hubieran abusado de una pretensión de ella con fines y provechos propios, esta imaginación de su propagación nunca se habría producido en sus mentes, por ser tan diametralmente opuesta a toda la naturaleza y a todos los fines de ella.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

Antídoto contra el papado [9]

A los detalles concretos anteriores con respecto a la iglesia, aún añadiré uno más general que es, en realidad, el que los abarca todos, o la raíz de donde brotan: una raíz portadora de hiel y ajenjo, que concierne a la Iglesia católica.

El apóstol declara lo que pertenece a esta Iglesia católica, lo que constituye su comunión [cf. He. 12:22-24). Es la recapitulación de todas las cosas en el Cielo y la tierra en Cristo Jesús (cf. Ef. 1:10): su cuerpo; su cónyuge o novia; la esposa del Cordero; el templo glorioso donde Dios mora por su Espíritu; una sociedad mística y santa, comprada y purificada por la sangre de Cristo y unida a él por su Espíritu; o la habitación del mismo Espíritu en él y en aquellos que la componen. Por consiguiente, a ellos con él como el cuerpo con su cabeza se les llama místicamente Cristo (cf. 1 Co. 12:12).

Y hay dos partes de él, una de las cuales ya es perfecta en el Cielo en cuanto a sus espíritus.Y la otra aún continúa en el camino de la fe y la obediencia en este mundo. Ambas constituyen “una familia en el cielo y la tierra” (cf.Ef. 3:15), en conjunción con los santos ángeles, un cuerpo místico, una iglesia católica. Y, aunque hay una gran diferencia en su estado y condición presentes entre estas dos ramas de la misma familia, ambas han sido, sin embargo, igualmente compradas por Cristo y unidas a él como su cuerpo. Ambas tienen eficazmente el mismo principio de la vida de Dios en ellas. De una tercera parte de esta iglesia que no está ni en el Cielo ni en la tierra, que se halla en un estado temporal, participando un poco del Cielo y otro poco del Infierno y se llama purgatorio, la Escritura no sabe nada en absoluto. Tampoco es coherente con la analogía de la fe ni de las promesas de Dios a los que creen, como veremos inmediatamente. Esta iglesia, incluso en su parte que esta en este mundo, al estar adornada con todas las gracias del Espíritu Santo, es el más bello y glorioso efecto —junto con la formación y la producción de su Cabeza, en la encarnación del Hijo de Dios— a que la sabiduría, el poder y la gracia divinos se encaminarán aquí abajo. Pero estas cosas —la gloria de este estado— solo son visibles al ojo de la fe. En efecto: solo Cristo mismo las ve y las conoce de una manera perfecta. Nosotros las vemos obscuramente, a la luz de la fe y la revelación, y las experimentamos según participamos de las gracias y de los privilegios de que constan.

Pero aquella luz espiritual necesaria para el discernimiento de esta gloria se perdió entre aquellos de quienes hablamos. No podían ver realidad ni belleza en estas cosas, ni nada que pudiera serles de provecho. De acuerdo con su principio de la absoluta incertidumbre del estado y la condición espiritual de los hombres en este mundo, es evidente que no podían tener ninguna convicción satisfactoria de algún interés en esto. Pero se habían asido de la noción de una iglesia católica, que, con artífices misteriosos, remodelaron para su propio e increíble provecho secular. Se glorían de ella, apropiándosela para sí mismos y convirtiéndola en un pretexto para destruir a otros; lo que reside en ellos de forma temporal y también eterna. Con este fin han elaborado la imagen más deformada y detestable de ella que el mundo contempló jamás. La Iglesia católica que ellos poseen, y de la que se glorían, no tiene nada que ver con la de Cristo. Es una compañía o sociedad de hombres a quienes, para constituir toda esta sociedad, no se les requiere ninguna gracia cristiana verdadera ni unión espiritual con Cristo, la cabeza. Solo tienen que hacer una profesión externa de estas cosas, como expresamente sostienen: es una sociedad unida al papa de Roma, como su cuerpo, mediante una sujeción a él y a su gobiemo según las leyes y cánones por los cuales los guiará. Esta
es la razón y la causa formal que constituye la Iglesia católica que es. Esta concertada en sí misma por horrendos lazos y ligamentos con los fines de la ambición, el dominio mundano y la avaricia. Es una Iglesia católica manifiestamente perversa en la generalidad de sus gobernantes y de los que son gobernados; es cruel en su condición, opresora y esta tenida con la sangre de innumerables santos y mártires. Esta —digo— es la imagen de la santa Iglesia católica, la esposa de Cristo, que han levantado. Y ha sido como la imagen de Moloc que devoró y consumió a los hijos de la Iglesia cuyos gemidos, cuando su cruel madrastra no los compadeció y sus pretendidos padres espirituales los echaron en el fuego, subieron hasta los oídos de Yahveh de los ejércitos. Su sangre aún clama venganza sobre esta generación idólatra. Sin embargo, esta pretensión de la Iglesia católica está impresa en la mente de muchos, con tantos artificios sofisticados, mediante las artimañas de los hombres y la astucia, por los cuales están al acecho para engañar. Se ofrece con el cebo de muchas ventajas seculares y, a menudo,se les impone a los cristianos con tanta fuerza y crueldad, que nada puede guardarnos de su admisión, para la absoluta derrota de la religión, excepto el medio sobre el cual antes hemos insistido.

Aquí se necesita una luz espiritual, para discernir la belleza, la gloria interna y la espiritual de la verdadera Iglesia católica de Cristo. Cuando esté en su poder, todas las pinturas y ropajes de su deformada imagen caerán de ella, y su abominable suciedad tendrá que aparecer. Esto irá acompañado de una experiencia efectiva de la gloria y la excelencia de la gracia en las almas de los que creen. Procederá de Cristo, la única cabeza de esta iglesia por la cual son transformados “de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor”. El poder, la vida y la dulzura de esto darán satisfacción a sus almas, para verguenza del pretendido orden o dependencia del papa como cabeza. Por estos medios, la verdadera Iglesia católica —que es el cuerpo de Cristo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo—, que crece en todas las cosas en aquel que es la cabeza, desprecia esta imagen, y Dagón caerá al suelo cuando este Arca sea traída; ¡sí!, aunque sea en su propio templo.

3. En la siguiente apertura de esta cámara pintada de imágenes todavía veremos, si es
posible, mayores abominaciones. Como mínimo, la que sigue a continuación es escasamente inferior a cualquiera de las que fueron antes.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

El Evangelio para los Musulmanes

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«No crean que cuando oramos a Dios… y ellos oran a Alá…» Nos encontrábamos en una conferencia misionera enfocada en la evangelización mundial. La encuesta se relacionaba con los medios de comunicación cristianos, pero aquella mirada arrogante asumía que cualquier persona razonable estaría de acuerdo con la evaluación generosa que él estaba a punto de hacer. —¿No creen que le estamos hablando al mismo Dios? —concluyó. —Y… la verdad que no —dije—. En realidad, creo que pensar así es peligroso.¿Peligroso? —respondió, mirándome fijamente—. ¿Por qué?Bueno —dije—, por supuesto que hay algunas similitudes entre ambas creencias, especialmente si hablamos de ciertas acciones morales. Sin embargo, cuando nos referimos a los temas más importantes (por ejemplo, cómo conocer a Dios) confundir al dios del islam con el Dios de la Biblia hace que el evangelio (punto crucial de nuestra salvación eterna) se torne confuso.

SUPONGA QUE HOY TIENE LA OPORTUNIDAD DE COMPARTIR EL EVANGELIO CON UN MUSULMÁN ¿SE SENTIRLA PREPARADO’?

Desearía sentirse preparado y emocionado. En vez de eso, se siente con el pecho tenso mientras que un pánico ligero empieza a surgir.

¿Qué pasaría si digo algo equivocado?

¿Y si me preguntan y no se cómo responder?

¿Qué pasaría si la situación se torna insoportablemente extraña?

Todos nos hemos hecho estas preguntas, pero la confianza no llega por casualidad: viene de la preparación. En El evangelio para los musulmanes, Thabiti Anyabwile, un exmusulmán que encontró a Jesús, le equipará para evangelizar con confianza, enseñándole:

• A maravillarse ante el evangelio y a confiar en el Espíritu Santo;

• Qué preguntas esperar y cómo responderlas;

• Cómo permanecer firme y mostrar gracia cuando es importante.

Es este un libro esencial en este plano de evangelización por cuatro razones:

En primer lugar, Thabiti es una persona compasiva. Aunque nunca lo vi amilanarse ante la verdad, tampoco es descortés. Su modo de hablar está lleno de gracia y verdad, y eso se destaca en este libro.

En segundo lugar, Thabiti es audaz. Lo he visto hablar de Jesús en una multitudinaria conferencia de musulmanes, de los cuales la gran mayoría era amigable, algunos estaban muy enojados y todos estaban en desacuerdo. Y, aun así, honró a Dios y no a los hombres diciendo toda la verdad acerca de la cruz. Después de todo, él sabe qué es lo que está en juego. Él mismo cruzó la línea del islamismo al cristianismo. Y lo he visto poner su fe al límite entre sus amigos musulmanes una y otra vez.

Tercero, en un mundo abarrotado de métodos y técnicas, él detalla claramente que el método más importante para estar equipados para transmitir nuestra fe a amigos y vecinos musulmanes es conocer el evangelio del derecho y del revés. Nos llama a confiar en que el evangelio es verdaderamente «el poder de Dios para la salvación». Si usted conoce el evangelio tiene la herramienta más importante que existe para transmitir su fe a un musulmán.

Finalmente, Thabiti convoca a todos los cristianos a que perfeccionen su fe. La doctrina islámica ortodoxa es siniestramente similar a la nuestra al punto de que puede falsificar el cristianismo. Los musulmanes creen que Jesús era simplemente un profeta, no Dios; y que nuestras buenas obras nos dan la entrada al cielo. Creen que la Biblia está corrompida y que, por lo tanto, contiene algunas palabras de Dios pero no es la Palabra de Dios. Creen que la expiación substitutiva es un escándalo y que Dios nunca permitiría que su Hijo sufriera el horror del sacrificio y el derramamiento de su sangre en la cruz. Además dicen que, de todas maneras, no somos tan pecadores.

¿Acaso estas doctrinas ortodoxas del islam no suenan como los malentendidos nominales y populares del cristianismo de Occidental? Durante varios he escuchado que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo; que Jesús era solo un gran maestro que enseñaba moral; que la Biblia está llena de errores. Hoy en día hasta a expiación penal sustitutiva de la cruz está bajo ataque y se la presenta como un abuso infantil cósmico. Por lo tanto, no debe sorprendernos que mi amigo de los medios de comunicación de aquella conferencia misionera estuviera confundido acerca de a quién oramos.

Thabiti nos convoca a que agudicemos nuestro pensamiento acerca de los fundamentos básicos de la fe cristiana a fin de que sepamos de qué estamos hablando.

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THABITI ANYABWILE es un esposo que brinda atención permanente a su amorosa esposa y es padre de tres hijos adorables. Actualmente, sirve como pastor de la iglesia Anacostia River en Washington, D. C. Previamente, sirvió como pastor principal en la Primera Iglesia Bautista en Gran Caimán, Islas Caimán, y como pastor asistente en la iglesia bautista Capitol Hill. Thabiti cuenta con grados de licenciatura y maestría en psicología de la universidad North Carolina State. n es el autor de los libros Reviving of the Black Church, The Decline of African American Theology, The Faithful Preacher y Miembro Saludable de la Iglesia, ¿Qué Significa?.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/apologetica/953-el-evangelio-para-los-musulmanes.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

El evangelio para los musulmanes 3.jpg

Antídoto contra el papado [8]

Añadiré un particular mas con referencia al estado de la iglesia, que se halla en su gobierno y disciplina.

Aquí, también ha habido un desacierto fatal como nunca antes se había visto en la religión cristiana. Habiéndose perdido la verdad en cuanto al sentido y la experiencia de su eficacia o poder, enseguida se levantó en su lugar una imagen sangrienta destructiva para las vidas y las almas de los hombres. También trataremos este tema brevemente. Todos reconocen ciertos principios de verdad con respecto a esto, como:

1. Que Cristo el Señor ha señalado un gobierno y disciplina en su iglesia para su bien y su protección. Ninguna sociedad puede subsistir sin el poder y el ejercicio de algún gobierno en sí misma, porque el gobierno no es otra cosa que el mantenimiento del orden, sin el cual no hay sino confusión. La iglesia es la sociedad más perfecta de la tierra, al estar unida y concertada por los mejores y más excelsos lazos de que es capaz nuestra naturaleza (cf. Ef. 4:16; Col. 2:1 9). Debe, por tanto, tener un gobierno y una disciplina en sí misma; teniendo en cuenta la sabiduría y la autoridad de aquel por quien fue instituida, debemos suponer que son los más perfectos.

2.Que esta disciplina es poderosa y efectiva para todos sus fines propios. Así debe estimarse, teniendo en cuenta la sabiduría de aquel que la seña. Y, desde luego, así es. Suponer que Cristo el Señor ordenase un gobierno y una disciplina en su iglesia que no alcanzasen sus fines en sí mismos, y por su sola administración, es proyectar la mayor deshonra sobre él. En efecto: si cualquier iglesia o sociedad de cristianos profesantes cae en este estado y condición, en el cual la disciplina señalada por Cristo no puede ser efectiva para sus fines propios, Cristo ha abandonado a esa iglesia o sociedad. Además, el Espíritu Santo afirma que el ministerio de la iglesia, en su administración, es “poderoso en Dios” para todos sus fines (cf. 2 Co. 10:4,5).

3.Los fines de esta disciplina son el orden, la paz, la pureza, y la santidad de la iglesia, con una representación del amor, el cuidado, y la atención de Cristo sobre ella, y un testimonio de su juicio futuro. La imaginación de otros fines cualesquiera ha sido su ruina.

Y, hasta aquí, todos los que se confiesan cristianos están de acuerdo, al menos de palabra. Ninguno se atreve a negar ninguno de estos principios. No, puesto que ello no aseguraría el abuso de ellos, que es el interés de muchos.

4.Pero a todos ellos debemos añadir también, y esto con la misma evidencia irresistible de verdad, que el poder y la eficacia de esta disciplina, que tiene de la institución de Cristo, son solamente espiritual, y tienen todos sus efectos en las almas y conciencias de aquellos que profesan sujeción a él, con respecto a los fines antes mencionados. Así lo describe, expresamente, el apóstol: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:4, 5). Estos son los fines de la predicación del evangelio, así como también de la disciplina de la iglesia. Son las maneras y los medios de su eficacia: ella es espiritualmente poderosa en Dios para todos estos fines, y no tiene ningún otro. Pero, inmediatamente, veremos la total inversión de este orden en una imagen que se ha puesto en su lugar.

5.Al menos, los cristianos primitivos, experimentaron el poder y la eficacia de esta disciplina espiritual para su fin propio. Durante trescientos años, la iglesia no tuvo otra manera o medio para mantener su orden, su paz, su pureza, y su santidad, excepto la eficacia espiritual de esta disciplina en las almas y las conciencias de los cristianos profesantes. No fracasó en esto ni las iglesias conservaron mejor la paz y la pureza que cuando tuvieron esta única disciplina para su preservación, sin la menor contribución de la asistencia del poder secular ni nada que pudiera operar en los asuntos externos de la humanidad. No podemos dar otra razón de por qué no debería seguir teniendo la misma utilidad y eficacia en todas las iglesias”, sino tan solo la pérdida de todas aquellas gracias internas necesarias para hacer efectiva la institución del evangelio.

Por tanto, todo sentido y experiencia de esto —del poder y la eficacia espiritual de esta dísciplina— se perdieron por completo entre la mayoría de los que se llamaban cristianos. Ni los que habían asumido la pretensión de su administración ni aquellos hacia quienes se administraba, podían encontrar nada en ella que afectara a las conciencias de los hombres, con respecto a sus propios fines. Les parecía algo del todo inútil en la iglesia, por lo que ninguna clase de persona se interesaría. ¿Qué harán ahora? ¿Qué curso tomarán? ¿Renunciarán a todos aquellos principios de verdad que hemos expuestos con respecto a ella, y la excluirán a ella y hasta su nombre de la iglesia? Probablemente esto habría sido su fin, de no haber hallado una manera de arrebatarle su pretensión, para su indecible provecho. Por tanto, idearon y fabricaron una horrenda imagen del gobierno y la disciplina santos y espirituales del evangelio. Era una imagen coherente en fuerza y tiranía externas sobre las personas, las libertades y las vidas de los hombres, ejercitadas con armas poderosas por medio del diablo, para arrojar a los hombres a las prisiones y destruirlos. De este modo, habiéndose perdido aquello que fue señalado para la paz y la edificación de la iglesia, se constituyó una maquinaria, bajo su nombre y pretensión, para su ruina y destrucción. Y así sigue siendo hasta el dia de hoy.

En los corazones de los hombres nunca había entrado la disposición de establecer una disciplina en la Iglesia de Cristo con leyes, tribunales, multas, sanciones, encarcelamientos, y hogueras, excepto que hubiesen perdido por completo, y causado que otros implicados también lo hicieran, toda experiencia del poder y la eficacia de la disciplina de Cristo hacia las almas y las conciencias de los hombres. Pero aquí la dejaron a un lado, como una herramienta inútil que podía prestar algún servicio en las manos de los apóstoles y las iglesias primitivas, mientras quedara vida y sentido espiritual entre los cristianos. Pero, en cuanto a ellos y lo que ellos se proponían, no era de ninguna utilidad en absoluto. Sería muy largo de explicar la deformidad de esta imagen en sus varias partes; su disimilitud universal con respecto a aquello cuyo nombre lleva y que pretende ser; las distintas fases en las que fue forjada, formada y erigida, y las ocasiones y ventajas tomadas para su exaltación. Y es que fue sutilmente entretejida con otras abominaciones, en el completo Misterio de la Iniquidad, hasta que llegó a ser la misma vida, o principio animador, del anticristianismo. Porque, comoquiera que los hombres puedan proyectar luz mediante el gobierno y la disciplina de Cristo en su iglesia, así como su poder y su eficacia espiritual hacia las almas y las conciencias de los hombres, el rechazo de ella y el levantamiento de una horrenda imagen de poder, dominio y fuerza mundana en su lugar, y bajo su nombre, fue lo que comenzó, continuó y sigue manteniendo la fatal apostasia de la Iglesia de Roma.

llustraré tan solo un detalle. Sobre el cambio de este gobierno de Cristo y, al mismo tiempo, la colocación de Mauzzim, o una imagen, o “dios de las fortalezas” [Dn. 6:38], en su lugar, se vieron obligados a cambiar todos los fines de aquella disciplina, y a hacer una imagen de ellos también. La razón es que este nuevo instrumento de fuerza externa no tenía ninguna utilidad con respecto a ellos, que son la paz, la pureza, el amor, y la edificación espiritual de la iglesia, como ya hemos dicho. La fuerza externa no es, en modo alguno, adecuada para alcanzar ninguno de estos fines. Por tanto, deben hacer una imagen de ellos también, o poner alguna forma muerta en su lugar. Y fue la sujeción universal al papa, según todas las reglas, órdenes y cánones que debían inventar. Uniformidad, aquí, y obediencia canónica, es todo el fin que permitirán a la disciplina de su iglesia. Y estas cosas concuerdan porque nada, excepto la fuerza externa, por medio de leyes y sanciones, sirve para alcanzar este fin. Así que se fabricó y se erigió una imagen de la santa disciplina de Cristo y de sus benditos fines, que consistía en estas dos partes: la fuerza externa y la sujeción fingida. Difícilmente se podría dar en el mundo el ejemplo de un hombre que se inclinara alguna vez ante esta imagen, o se sometiera a alguna censura eclesiástica, por respeto personal a ella. La fuerza y el temor lo gobiernan todo.

Esta es la disciplina para cuya ejecución se ha derramado la sangre de una innumerable compañía de santos mártires, la que actúa en todos los espíritus vitales del papado y por la cual este subsiste. Aún siendo la imagen del celo, o de la primera bestia levantada por el dragón, no se puede negar que se ha acomodado muy sabiamente al estado presente de los que, entre ellos, se llaman cristianos. Siendo tan ciegos como carnales, y habiendo perdido de ese modo todo sentido y experiencia del poder espiritual del gobierno de Cristo en sus conciencias, se han convertido en un rebaño que no es adecuado para ser gobernado o dirigido de ninguna otra manera. Por tanto, deben morar bajo su servidumbre, hasta que se aparte el velo de ceguera, y vuelvan a Dios por su Palabra y su Espíritu. Porque, “donde está el Espíritu del Señor”, allí y únicamente allí, “hay libertad”.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 3

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La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Por medio de estas escenas de la vida de Jesús, hemos de guiarlos a conocer su muerte. Hemos de mostrarles con cuánta facilidad hubiera podido librarse de esa muerte—de lo cual dio clara evidencia de que hubiera podido aniquilar con una palabra a los que llegaron para apresarlo (Juan 18:6)—pero con cuánta paciencia se sometió a lasheridas más crueles: ser azotado y dejar que lo escupieran, ser coronado de espinas y cargar su cruz. Hemos de mostrarles cómo esta Persona divina inocente y santa fue llevada como un cordero el matadero; y, mientras los soldados clavaban con clavos, en lugar de cargarlos de maldiciones, oró por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Y cuando sus pequeños corazones se hayan maravillado y derretido ante una historia tan extraña, hemos de contarles que sufrió, sangró y murió por nosotros, recordándoles con frecuencia cómo están ellos incluidos en esos sucesos.

Hemos de guiar sus pensamientos a fin de que vean la gloria de la resurrección y ascensión de Cristo, y contarles con cuánta bondad todavía recuerda a su pueblo en medio de su exaltación, defendiendo la causa de criaturas pecadoras, y utilizando su interés en el tribunal del cielo para procurar la vida y gloria para todos los que creen en él y lo aman.

Hemos luego de seguir instruyéndoles en los detalles de la obediencia por la cual la sinceridad de nuestra fe y nuestro amor recibirá aprobación. A la vez, tenemos que recordarles su propia debilidad y contarles cómo Dios nos ayuda enviando su Espíritu Santo a morar en nuestro corazón para hacernos aptos para toda palabra y obra buena. ¡Es una lección importante sin la cual nuestra instrucción será en vano y lo que ellos oigan será igualmente en vano!

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa)
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [7]

al negarlo estamos renunciando al evangelio en general, sino porque habían hallado una manera de tornarlo en su provecho. Harían, por tanto, una imagen de Cristo como cabeza de la iglesia, para poseer el lugar y ejercer todos sus poderes. Dicen: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible (como si la iglesia católica, como tal, fuese visible de una manera distinta de como lo es en su cabeza, es decir, por fe). Debe haber una cabeza y un centro de unión en el que todos los miembros de la iglesia puedan estar de acuerdo y unidos, a pesar de sus distintas capacidades y circunstancias; sin embargo, desconocían la forma en que esta debería ser Cristo mismo. Sin un gobernador supremo presente en la iglesia, para resolver todas las diferencias y decidir sobre todas las controversias, incluso las referentes a sí mismo —cosa que pretenden en vano— y afirman expresamente que nunca hubo una sociedad tan neciamente ordenada como la de la iglesia. Y, por esta razón, deciden la insuficiencia de Cristo para ser esta cabeza única de la iglesia. Necesitan otra para estos menesteres. Y esta fue su papa: una imagen de tal clase que es uno de los peores ídolos que jamás hubo en el mundo. A él le dan todos los títulos de Cristo que se relacionan con la iglesia, y le atribuyen todos los poderes de Cristo en y sobre esta, en cuanto a su gobiemo. Pero, aquí, cayeron en un error: cuando creyeron darle el poder de Cristo, le dieron el poder del dragón para usarlo contra Cristo y los suyos. Y cuando creyeron hacer una imagen de Cristo, hicieron una imagen de la primera bestia, impuesta por el dragón, que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón, cuyo carácter y acción se describen detalladamente en Apocalipsis 13:11-1 7.

Este es el resumen de lo que ofreceré bajo este apartado: los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”, perdieron toda luz espiritual que les ayudaba a discernir la belleza y la gloria del gobierno de Cristo sobre la iglesia como cabeza suya. Y aquí, sus mentes acabaron por no poder experimentar el poder y la eficacia de su Espíritu y Palabra para ordenar continuamente sus asuntos, mediante los medios, los usos y las maneras que el mismo señaló. No sabían como consentir estas cosas ni de que forma podían estas proteger a la iglesia. Por tanto, en este caso, “cada cual ayudó a su vecino, y a su hermano dijo: Esfuérzate. El carpintero animó al platero, y el que alisaba con el martillo al que batía con el yunque”. Se pusieron, según sus diversas capacidades, a forjar este ídolo que levantaron en el lugar y en el puesto de Cristo, estableciéndolo así en el templo de Dios, de modo que pudiera mostrarse desde allí como Dios. Este ídolo tampoco se expulsará jamás de la iglesia hasta que todos los cristianos en general lleguen a experimentar, de una forma espiritual, la autoridad de Cristo ejercida en el gobiemo de la iglesia por su Espíritu y palabra, con todos los fines de unidad, orden, paz y edificación. Hasta que esto no ocurra, seguirán pensando que un papa, o algo parecido a él, son necesarios para estos fines. Jamás hubo una imagen más horrenda y deformada de una cabeza tan bella y gloriosa: toda la astucia de Satanás, todo el ingenio de los hombres no podrían inventar algo más distinto de Cristo, como cabeza de la iglesia, que este papa. No puede haber ni se podría hacer peor figura ni representación de él.

Es alguien de quien no se puede pensar o decir nada que no sea grande, poco común, que no exceda el estado normal de la humanidad, por un lado u otro. Unos dicen que es “la cabeza y el marido de la iglesia”; “el vicario de Cristo sobre todo el mundo”; “el representante de Dios”; “un vice-dios”; “el sucesor de Pedro”; “la cabeza y centro de unidad” de toda la iglesia católica, dotado de plenitud de poder, y con otras innumerables atribuciones de la misma naturaleza. Por todo esto, es necesario que toda el alma este sujeta a él, so pena de condenación. Otros afirman que es el “anticristo”; “el hombre de pecado”; “el hijo de perdición”; “la bestia que subía de la tierra con dos cuernos semejantes a los de un cordero pero que hablaba como dragón”; “el falso profeta”; “el pastor idolatra”; “el siervo malo que golpea a sus consiervos”; “el adúltero de una iglesia engañosa o falsa”. Y no hay término medio entre estos; sin duda es lo uno o lo otro. El Señor Jesucristo, que ya ha determinado esta controversia en su palabra, no tardará en darle el desenlace final en su gloriosa persona y por el resplandor de su venida. Y este es un ídolo eminente en la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Pero, por ahora, es evidente donde reside la protección de los creyentes para que no sean inducidos a inclinarse ante esta imagen y adorarla. Un debido sentido de la única autoridad de Cristo en y sobre su iglesia, y experimentar el poder de su palabra y de su Espíritu para todos los fines de su gobiemo y orden, será lo que los guarde en la verdad. Ninguna otra cosa lo hará. Si alguna vez bajan de este nivel en algún caso en particular, por muy pequeño que parezca, y llegan a admitir alguna cosa en la iglesia o en su adoración que no proceda directamente de su autoridad, estarán preparados para admitir otro guía y cabeza en todas las demás cosas también.

Existen muchas profecías y predicciones en cuanto a esto, con respecto a que así debía ser, y a tal efecto se nos dan diversas descripciones. Su relacion con Cristo, con el amor y la valoración de él hacia ella, requerían que fuera muy gloriosa. En efecto; su gran propósito hacia ella era hacerla de este modo [cf. Ef. v. 25-27). Por tanto, todos los que profesan la religion cristiana están de acuerdo en esto. Pero no recuerdan cuál es esta gloria y en que consiste; de dónde viene y en qué es gloriosa. En realidad la Escritura declara de forma muy clara que esta gloria es espiritual e interna; que consiste en su unión con Cristo y en su presencia en ella; en la comunicación de su Espíritu vivifícador; en vestirla de su justicia, su santificación; y en purificarla de la contaminación del pecado; así como en sus frutos de obediencia para alabanza de Dios. Añadan a esto la celebración del culto divino en ella, con su gobierno y orden, según el mandamiento de Cristo, y tendremos la sustancia de esta gloria. Los creyentes la disciernen de tal manera que se sienten satisfechos con su excelencia. Saben que todas las glorias del mundo no pueden, en modo alguno, compararse a ella, porque consiste y se origina en cosas que valoran y prefieren, infinitamente, sobre todo lo que este mundo pueda proporcionar. Ellas son un reflejo de la gloria de Dios, o de Cristo mismo, sobre la iglesia; ¡sí!, una comunicación de él a ella. Es algo que valoran en el conjunto y en cada miembro de ella. Ni la naturaleza ni el uso, ni el fin de la iglesia admitirán que su gloria pueda consistir en cosas de cualquier otra naturaleza. Sin embargo, la humanidad en general perdió aquella luz espiritual que era la única que les permitía discernir esta gloria. No podían ver forma ni belleza en la esposa de Cristo, solamente adornada con sus gracias. Hablar de un estado glorioso de los hombres, cuando son pobres y están destituídos, quizá vestidos de harapos, y son arrastrados a las prisiones o a las hogueras, como ha sido la suerte de la iglesia en la mayoría de las épocas, era a su juicio absurdo y necio. Por tanto, viendo que es cierto que la iglesia de Cristo es muy gloriosa e ilustre a la vista de Dios, los santos ángeles y los buenos hombres, debía hallarse una manera de hacerla así para que el mundo también la viera así. Por consiguiente, acordaron una imagen mentirosa de esta gloria, es decir, la dignidad, la promoción, la riqueza, el dominio, el poder, y el esplendor de todos los que tenían el gobierno de la iglesia. Y, aunque para todos sea evidente que estas cosas pertenecen a las glorias de este mundo, de las que la gloria de la iglesia no solo se distingue, sino que es lo opuesto a todo esto, no tendrán más remedio que contemplarla [¿a ellas?] como aquello que representa su gloria. Y es así, aunque no tenga una gracia salvífica en sí, como expresamente afirman. Cuando se alcanzan estas cosas, todas las predicciones de su gloria se cumplen. A esta imagen corrupta de la verdadera gloria espiritual de la iglesia —originada en la ignorancia y la carencia de una auténtica experiencia del valor, y la excelencia de las cosas internas, espirituales y celestiales— se le ha prestado atención, con perniciosas consecuencias en el mundo. Muchos se han encaprichado y enamorado de ella, para su propia perdición. Porque, como maestra de mentiras, solo es adecuada para desviar las mentes de los hombres de una comprensión y valoración de la verdadera gloria; sin dejan de tener interés en ella, deben perecer para siempre.

Considerad las regiones extranjeras como Italia o Francia, donde estos hombres pretenden que su iglesia está en su mayor gloria: ¿Cuál es esta si no la riqueza, y la pompa, y el poder de los hombres, en su mayor parte manifiestamente ambiciosos, sensuales y mundanos? ¿Es esta la gloria de la Iglesia de Cristo? ¿Pertenecen estas cosas a su reino? [No], sino que por el levantamiento de esta imagen, por el avance de esta noción, toda la gloria de la iglesia se ha perdido y despreciado. Sin embargo, por mucho que estas cosas fueran adecuadas para los propósitos de las mentes carnales de los hombres, y satisfactorias para todas sus concupiscencias —con esta pintura y el falso brillo sobre ella para que la Iglesia de Cristo sea gloriosa—, han sido el medio para llenar este mundo de oscuridad, sangre y con fusión. Porque esta es la gloria de la iglesia por la que se contiende con ira y violencia. Y no pocos están aún encandilados por estas imágenes, y no son partícipes del provecho que traen a sus principales adoradores, cuyo encaprichamiento es de lamentar.

El medio que nos protege contra la adoración de estas imágenes es, también, evidente en los principios sobre los que seguimos adelante. No se hará sin luz para discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles, que son las únicas en las que la iglesia es gloriosa. A la luz de la fe, aparecen como lo que son realmente en sí mismas, de la misma naturaleza que la gloria que está arriba. Y yo digo que la gloria presente de la iglesia es su iniciación en la gloria del Cielo y, en general, es de la misma naturaleza que ella. Aquí está en sus amaneceres e inicios; allí en su plenitud y perfección. Buscar algo que sea afin, o estrechamente ligado a la gloria del Cielo, o que guarde algún cercano parecido con ella, en las glorias externas de este mundo, es una imaginación vana. Cuando la mente está capacitada para discernir la belleza y la gloria verdadera de las cosas espirituales, y su alianza con lo que está arriba, se verá protegida contra el deseo de buscar la gloria de la iglesia en las cosas de este mundo y de colocar algún valor sobre ellas con este fin.

La abnegación, indispensablemente prescrita en el evangelio a todos los discípulos de Cristo, es también un requisito aquí. Su poder y su práctica son completamente incoherentes con el entendimiento de que el poder, la riqueza y el dominio secular contribuyen en algo a la gloria de la iglesia. Si la mente está así crucificada a una valoración y estimación de estas cosas, nunca las entenderá como parte de aquellas vestiduras de la iglesia que la hacen gloriosa. Sin embargo, cuando la innata oscuridad discapacita las mentes de los hombres para discernir la gloria de las cosas espirituales y, mediante su afecto carnal e inmortificado, se aferran y sienten la más alta estima por la grandeza mundana, no resulta extraño que supongan que la belleza y gloria de la iglesia consistan en esto.

John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 2

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2. Hay que criar a los hijos en el camino de la fe en el Señor Jesucristo. Ustedes saben, mis amigos, y espero que muchos de ustedes lo sepan por la experiencia cotidiana de gozo en sus almas, que Cristo es “el camino, la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Es por él que podemos acercarnos a Dios confiadamente, que de otro modo es “un fuego
consumidor” (Heb. 12:29). Por lo tanto, es de suma importancia guiar a los niños lo más pronto posible hacia el conocimiento de Cristo, que es sin duda, una parte considerable de la “disciplina y amonestación” del Señor que el Apóstol recomienda y que quizá fue lo que intentó decir con esas palabras (Ef. 6:4).

Por lo tanto, tenemos que enseñarles lo antes posible que los primeros padres de la raza humana se rebelaron contra Dios y se sometieron a sí mismos y a sus descendientes a la ira y maldición divina (Gén. 1-3). Debe explicar las terribles consecuencias de esto, y esforzarse por convencerlos que ellos se hacen responsables de desagradar a Dios—¡cosa terrible!—por sus propias culpas. De este modo, por medio del conocimiento de la Ley, abrimos el camino el evangelio, a las nuevas gozosas de la liberación por medio de Cristo.

Al ir presentando esto, hemos de tener sumo cuidado de no llenarles la mente con una antipatía hacia una persona sagrada mientras tratamos de atraerlos hacia otra. El Padre no debe ser presentado como severo y casi implacable, convencido casi por fuerza, por la intercesión de su Hijo compasivo, a ser misericordioso y perdonador. Al contrario,  hemos de hablar de él como la fuente llena de bondad, que tuvo compasión de nosotros en nuestro sufrimiento impotente, cuyo brazo todopoderoso se extendió para salvarnos, cuyos consejos eternos de sabiduría y amor dieron forma a ese importante plan al cual debemos toda nuestra esperanza. Les he mostrado a ustedes que esta es la doctrina bíblica. Debemos enseñarla a nuestros niños a una edad temprana, y enseñar lo que era ese plan, en la medida que sean capaces de recibirlo y nosotros capaces de explicarlo. Debemos decirles repetidamente que Dios es tan santo, tan generoso que, en lugar de destruir con una mano o con la otra dejar sin castigo al pecado, hizo que su propio Hijo fuera un sacrificio por él, haciendo que él se humillara a fin de que nosotros pudiéramos ser exaltados, que muriera a fin de que nosotros pudiéramos vivir.

También hemos de presentarles—¡con santa admiración y gozo!— con cuánta disposición consintió el Señor Jesucristo procurar nuestra liberación de un modo tan caro. ¡Con cuánta alegría dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb. 10:7, 9)! Para mostrar el valor de este asombroso amor, debemos esforzarnos, según nuestra débil capacidad, por enseñarles quién es este Redentor compasivo, presentarles algo de su gloria como Hijo eterno de Dios y el gran Señor de ángeles y hombres. Hemos de instruirles en su asombrosa condescendencia al dejar esta gloria para ser un niño pequeño, débil e indefenso, y luego un hombre afligido y de dolores. Hemos de guiarlos al conocimiento de esas circunstancias en la historia de Jesús que tengan el impacto más grande sobre su mente y para inculcarles desde pequeños, un sentido de gratitud y amor por él. Hemos de contarles cuán pobre se hizo a fin de enriquecernos a nosotros, con cuánta diligencia anduvo haciendo el bien, con cuánta disposición predicaba el evangelio a los más humildes. Debemos contarles especialmente lo bueno que era con los niñitos y cómo mostró su desagrado a sus discípulos cuando trataban de impedir que se acercaran a él. La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios

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PRIMERAMENTE tengo que reconocer que no hay esfuerzo humano, ni de pastores ni de padres de familia, que pueda ser eficaz para llevar un alma al conocimiento salvador de Dios en Cristo sin la colaboración de las influencias transformadoras del Espíritu Santo. No obstante, usted sabe muy bien, y espero que seriamente considere, que esto no debilita su obligación de usar con mucha diligencia los medios correctos. El gran Dios ha declarado las reglas de operación en el mundo de la gracia al igual que en la naturaleza. Aunque no se limita a ellas, sería arrogante de nuestra parte y destructivo esperar que se desvíe de ellas a favor de nosotros o de los nuestros.

Vivimos no sólo de pan, “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Si el Señor ha determinado continuar la vida de usted o la vida de sus hijos, sin duda lo alimentará o sostendrá con sus milagros. No obstante, usted se cree obligado a cuidar con prudencia su pan cotidiano. Concluiría usted, y con razón, que si dejara de
alimentar a su infante, sería culpable de homicidio delante de Dios y del hombre; ni puede creer que puede dar la excusa que se lo encargó al cuidado divino milagroso mientras usted lo dejó desamparado sin suministrar nada de ayuda humana. Tal pretexto sólo agregaría impiedad1 a su crueldad y sólo serviría para empeorar el crimen que quiso excusar. Así de absurdo sería que nos engañáramos con la esperanza de que nuestros hijos fueran enseñados por Dios, y regenerados y santificados por las influencias de su gracia, si descuidamos el cuidado prudente y cristiano de su educación que quiero ahora describir y recomendar…

1. Los niños deben, sin lugar a dudas, ser criados en el camino de la piedad y devoción a Dios. Esto, como usted bien lo sabe, es la suma y el fundamento de todo lo que es realmente bueno. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Sal. 111:10). El salmista por lo tanto invita a los hijos a acercarse a él con la promesa de instruirlos en ella: “Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré” (Sal. 34:11). Y, algunas nociones correctas del Ser Supremo deben ser implantadas en la mente de los hijos antes de que pueda haber un fundamento razonable para enseñarles las doctrinas que se refieren particularmente a Cristo como el Mediador. “Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6).

La prueba de la existencia de Dios y algunos de los atributos de la naturaleza divina que más nos preocupan dependen de principios tan sencillos que aun las mentes más simples pueden comprenderlos. El niño aprenderá fácilmente que como cada casa es construida por algún hombre y que no puede haber una obra sin un autor, así también el
que construyó todas las cosas es Dios. Partiendo de la idea obvia de que Dios es el Hacedor de todo, podemos presentarlo con naturalidad como sumamente grande y sumamente bueno, a fin de que aprendan ya a reverenciarlo y amarlo.

Es de mucha importancia que los niños sean imbuidos de un  sentido de maravilla hacia Dios y una veneración humilde ante sus perfecciones y sus glorias. Por lo tanto, es necesario presentárselos como el gran Señor de todo. Y, cuando les mencionamos otros agentes invisibles, sean ángeles o demonios, debemos… siempre presentarlos como seres enteramente bajo el gobierno y control de Dios…

Tenemos que ser particularmente cautos cuando les enseñamos a estos infantes a pronunciar ese nombre grande y terrible: El Señor nuestro Dios; que no lo tomen en vano, sino que lo utilicen con la solemnidad que corresponde, recordando que nosotros y ellos no somos más que polvo y cenizas delante de él. Cuando oigo a los pequeños hablar del Dios grande, del Dios santo, del Dios glorioso, como sucede a veces, me causa placer. Lo considero como una prueba de la gran sabiduría y piedad de los que tienen a su cargo su educación.

Pero hemos de tener mucho cuidado de no limitar nuestras palabras a esos conceptos extraordinarios, no sea que el temor a Dios los domine tanto que sus excelencias los lleve a tener miedo de acercarse a él. Hemos de describirlo no sólo como el más grande, sino también el mejor de los seres. Debemos enseñarles a conocerlo por el nombre más
alentador de: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éxo. 34:6-7). Debemos presentarlo como el padre universal,  bondadoso, indulgente, que ama a sus criaturas y por medios correctos les provee lo necesario para su felicidad. Y debemos presentar particularmente su bondad hacia ellos: con qué más que su ternura paternal protegió sus cunas, con qué más que compasión escuchó sus débiles llantos antes de que sus pensamientos infantiles
pudieran dar forma a una oración. Tenemos que decirles que viven cada momento dependiendo de Dios y que todo nuestro cariño por  ellos no es más que el que él pone en nuestro corazón y que nuestro poder para ayudarles no es más que el que él coloca en nuestras manos. Hemos también de recordarles solemnemente que en poco tiempo sus espíritus regresarán a este Dios. Así como ahora el Señor está siempre con ellos y sabe todo lo que hacen, dicen o piensan, traerá toda obra a juicio y los hará felices o infelices para siempre, según son, en general, encontrados obedientes o rebeldes. Debemos presentarles también las descripciones más vívidas y emocionantes que las Escrituras nos dan del cielo y el infierno, animándolos a que reflexionen en ellos.

Cuando echa tal cimiento creyendo en la existencia y providencia de Dios y en un estado futuro de recompensas al igual que de castigos, debe enseñarles a los niños los deberes que tienen hacia Dios. Debe enseñarles particularmente a orar a él y a alabarle. Lo mejor de todo sería que, con un profundo sentido de las perfecciones de Dios y las necesidades de ellos, pudieran volcar sus almas delante de él usando sus propias palabras, aunque sean débiles y entrecortadas. Pero tiene que reconocer que hasta que pueda esperarse esto de ellos, es muy apropiado enseñarles algunas formas de oración y acción de gracias, que consistan de pasajes sencillos y claros o de otras expresiones que les son familiares y que se ajustan mejor a sus circunstancias y su comprensión…

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

La razón de Dios

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Desde Solo Sana Doctrina damos el testigo a José Moreno Berrocal, pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica de Alcázar de San Juan y Presidente del Consejo Evangélico de Castilla La Mancha (España) CECLAM, cuyo escrito sobre el presente libro, protagonista en nuestras reseñas, “La razón de Dios” de Tim Keller, representa una oportunidad de hacernos una clara y concisa visión de esta obra. 

A uno de mis más queridos profesores en el Seminario donde estudié en Inglaterra, Daniel Webber, le gustaba decir que, hoy, más que nunca, es necesario hacer apologética. Y esto es lo que justamente lleva a cabo Timothy Keller en La razón de Dios, defender la fe cristiana histórica. Vivimos, en pleno siglo XXI, en una época de creciente escepticismo. Pero, al mismo tiempo, se han levantado, ya en el siglo anterior, numerosos defensores de la fe cristiana histórica.

Nombres como C.S. Lewis, Francis  Schaeffer, R.C. Sproul, Ravi Zacharias, Alister MacGrath, Vishal Mangalwadi o José Grau entre otros, por mencionar algunos de mis favoritos. Yo colocaría a Tim Keller en esta lista también, como uno de los pensadores evangélicos más incisivos de nuestros días. Todavía recuerdo vívidamente el impacto que me causó leer este libro cuando apareció en inglés en 2008.Aquella primera lectura me proporcionó un fuerte estímulo para proseguir con denuedo en esta imprescindible labor apologética. Tuve la oportunidad de leerlo nada más salir de la imprenta. De hecho, tengo la primera edición en tapa dura que me regaló mi buen amigo Steve Phillips, pastor de una iglesia en Vilassar de Mar, en Barcelona. Creo, por tanto, que es un gran acierto que esta obra se haya traducido al español.

El libro comienza con una inteligente Introducción en la que Keller, de entrada, traza un breve bosquejo autobiográfico, acompañado por el testimonio de otros neoyorquinos y esto, para analizar la situación actual de la fe y el escepticismo “desde Manhattan”, pp 17. Desde esta plataforma, el pastor de Nueva York desafía a creyentes y escépticos por igual, a reconocer sus dudas y a examinar lo que hay debajo de las mismas. Keller nos dice que su libro puede ser de utilidad para creyentes y escépticos. Es más, Keller lanza un reto personal a cada uno. En sus propias palabras, que puedas “avanzar en tu compresión del origen y naturaleza de tus dudas”, pp 30.

El libro está dividido en dos partes, El Salto de la Duda y Las Razones de la Fe. Entre las mismas coloca Keller un Intermedio, que es, en un sentido, un resumen de la primera parte, concluyendo la obra con un fascinante Epílogo. En la primera parte, El Salto de la Duda, Timothy Keller contesta a siete objeciones a la fe cristiana que aparecen constantemente en nuestros días. Estas son: No puede haber una sola religión verdadera. ¿Cómo puede un Dios bueno permitir el sufrimiento? El Cristianismo es una camisa de fuerza. La iglesia es la responsable de tanta injusticia. ¿Cómo puede un Dios bueno condenar a tantas personas al infierno? La ciencia ha demostrado que el Cristianismo está en un error y, finalmente, la Biblia no puede tomarse al pie de la letra. La manera en la que Keller aborda estas serias objeciones es, en mi opinión, uno de los grandes aciertos de este libro. A Keller le gusta desentrañar las suposiciones que la gente tiene a la hora de opinar y, poniéndolas de manifiesto, contestar a las mismas.

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El pastor Keller es un maestro en desvelar nuestras premisas ocultas o, incluso, desconocidas por nosotros mismos, pero que están detrás de nuestra manera de pensar y actuar. Él pone de manifiesto las razones, o falta de ellas, por las que creemos o no creemos. Keller sigue un método de argumentación que va desde pensadores clásicos como Agustín de Hipona, pasando por su querido C.S. Lewis, hasta llegar a la apologética de Alvin Plantinga. Por otro lado, me gusta mucho la manera en la que Keller trata a sus oponentes. Bien se le puede aplicar el conocido adagio latino suaviter in modo fortiter in re, es decir, amable en las formas, pero formidable en la argumentación. Creo que esta actitud es la que nos inculca el Apóstol Pedro a la hora de dar testimonio: “… santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 P. 3.15). Keller es siempre respetuoso, ¿se puede acaso dar testimonio sin serlo, me pregunto?

Al mismo tiempo, Keller siempre toma el punto de vista más fuerte de su oponente para refutar. No hace, como se suele decir, un hombre de paja de aquellos que disienten de su pensamiento. Esto, en sí mismo, le da una gran robustez a sus argumentos, pues enfrenta las objeciones en su punto más fuerte. Así, por ejemplo, en cuanto a la afirmación de que no puede haber una sola religión verdadera, Keller contesta, básicamente, que aquel que hace una afirmación tan categórica como esa, asume que su premisa ¡sí es absoluta y no puede cuestionarse! Sin darse cuenta se está colocando a sí mismo en una posición superior y que considera que es inabordable. Pero, ¿por qué su afirmación acerca de las religiones debería ser considerada infalible? De hecho, Keller deja entrever que esa misma afirmación ¡tiene también naturaleza religiosa!

En la segunda parte, bajo el título de Las Razones de Dios, el pastor de Nueva York detalla una serie de evidencias positivas a favor de depositar nuestra confianza en el Dios que nos presenta la Biblia, el Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Son otros siete capítulos: Los indicios de Dios. El conocimiento de Dios. El problema del pecado. La religión y el Evangelio. La (verdadera) historia de la cruz. La realidad de la resurrección y finalmente, La danza de Dios. Las razones para creer, admite el mismo Keller, puede que no sean más que indicios de la divinidad. Ahora bien, todas ellas juntas tienen un formidable efecto apologético. Me gustan los sistemas apologéticos que favorecen esta idea del testimonio acumulativo acerca de la fe. En este sentido es aquí donde podemos apreciar también su confesada deuda con la apologética integral de C.S. Lewis.

En esta segunda parte se exponen más detalladamente las doctrinas cristianas más, aparentemente, conocidas, centrándose en los aspectos esenciales de las mismas, lo que llamamos el evangelio. Keller nos ayuda a distinguir nítidamente entre el mensaje de las religiones y el de la cruz. De hecho, Keller es muy cuidadoso aquí. Le preocupa, no solo el escepticismo sino también la religiosidad que, aunque se disfrace incluso con un ropaje cristiano, no hace sino oscurecer, cuando no negar, el mensaje del Evangelio de una salvación por gracia y solo por la cruz de Cristo. Este acento de Keller es extraordinariamente relevante, pues, como enseña repetidamente el Nuevo Testamento, el gran peligro de la iglesia es siempre el de sustituir el evangelio por la religión. Particularmente notable es la reflexión sobre la necesidad de la cruz del capítulo titulado La (verdadera) historia de la cruz.

El libro concluye con un excelente Epílogo. Este es una invitación a considerar seriamente a Cristo y su Evangelio, resumiendo admirablemente los temas centrales de su exposición con vistas a que los lectores puedan alcanzar una conclusión. Un compromiso que requiere arrepentimiento y fe, y una comunidad o iglesia donde vivirla. Solo Dios puede salvarnos es la nota distintiva de esta parte final del libro.

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Finalmente, en los Agradecimientos, Timothy Keller reconoce, con gratitud, su dependencia de C.S. Lewis y de Jonathan Edwards. ¡Creo que hay pocos autores tan lúcidos como estos dos, algunos no nos cansamos de releerlos constantemente! La influencia de Edwards reside en el hecho de que su impronta, en palabras del mismo Keller, conforma el fondo “de lo que podría considerarse mi teología”, pp 358. Es decir, no lo cita directamente, como si hace frecuentemente con los escritos de C.S. Lewis, pero el pensamiento del pastor de Northampton está presente en toda su obra. Donde sí aparece explícitamente es en el capítulo titulado La Danza de Dios. Unos de los capítulos más originales, pues basa su apologética en la doctrina de la Trinidad. Creo que el pensamiento de Richard F. Lovelace por medio de su extraordinario volumen Dynamics of Spiritual Life ha dejado también su huella en Keller.

Además de estos pensadores, Keller se hace eco de otros muchos más, como reflejan sus copiosas Notas. Maneja una gran cantidad de pensadores y de fuentes que informan, enriquecen y fortalecen su argumentación. En este sentido, me recuerda a algunos de los libros de John R.W. Stott, que también refuerza sus posiciones con múltiples referencias.

Considero que La razón de Dios es el buque insignia de la flota de obras de Tim Keller. El pastor de Nueva York posee una gran capacidad para hablar con amenidad e interés al público de nuestra creciente aldea global. Estamos ante uno de esos libros que ¡uno no puede dejar sin leer y sin recomendar o regalar a otros!

 

Antídoto contra el papado [6]

Aquí se empleó a fondo el ingenio de los hombres para hallar una imagen de esta comunión espiritual que no podían experimentar en sus mentes. A pesar de todo fueron haciendo una por etapas, y engrandecieron el misterio con palabras y expresiones (aunque no sabían nada de su poder) que respondieran a aquello que iban a levantar en su lugar; acabaron engendrando el horrendo monstruo de la transubstanciación y el sacrificio de la misa. Con esto estipularon que todas aquellas cosas que son espirituales en esta comunión, debían convertirse y actuar como cosas carnales: el pan será el cuerpo físico de Cristo, la boca será la fe, los dientes serán el ejercicio, el vientre será el corazón, y el sacerdote entregará a Cristo en ofrenda a Dios. Jamás se inventó una imagen más vil. En esto no se requiere nada de fe, porque no es más que reforzar la imaginación contra todo sentido y razón. Por este misterio singular de la unión sacramental entre los signos externos y las cosas que señalan —donde los unos se llaman por el nombre de las otras, así como el pan se define como cuerpo de Cristo—, y que la fe discierne en su manifestación y recepción, ellos han inventado para su representación, con una prodigiosa imaginación, la conversión real, o transubstanciación, de la sustancia del pan y del vino en la del cuerpo y la sangre de Cristo, de tal manera que se destruye toda fe, razón y también sentido. En el lugar de aquella reverencia santa de Cristo mismo cuando instituyó esta ordenanza; en la mística manifestación de sí mismo a las almas de los creyentes; en la demostración de su amor, gracia y sufrimientos por ellos, han levantado la espantosa imagen de una adoración y un culto idolatras a la “Hostia” —como la llaman—, para ruina de las almas de los hombres. El Señor Jesucristo, “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”, y designó esta ordenanza en memoria de ello. Pero ellos habían perdido”la luz espiritual por la cual podían discernir la eficacia de aquella ofrenda única que se realizó mucho tiempo atrás. Por tanto, al aplicarla por medio de esta ordenanza para el verdadero perfeccionamiento de la iglesia, han erigido una nueva imagen de ella, en una pretendida repetición diaria del mismo sacrificio, en el cual profesan ofrecer a Cristo otra vez por los pecados de vivos y muertos, para destrucción del fundamento principal de la fe y de la religión. Todas estas abominaciones surgieron tras haber perdido la experiencia de aquella comunión espiritual con Cristo, y la participación de él por la fe, que hay en esta ordenanza de institución divina. Esto arrastró los pensamientos de los hombres a la invención de estas imágenes, para adecuar la noción de verdad a la superstición de sus mentes carnales. Tampoco resulta posible, por lo general, liberarlos de estos encaprichamientos, a menos que le plazca a Dios transmitirles la luz espiritual que les haga discernir la gloria de este misterio celestial, y experimentar la manifestación de Cristo a las almas de los creyentes en él, sin necesidad de aquellos. Con sus innumerables prejuicios y sus inflamados afectos por sus ídolos no solo morarán en su oscuridad contra todo medio de convicción, sino que se esforzarán en la destrucción temporal y eterna de todos los que piensen de otro modo.

Levantaron una vez esta imagen, como la de Nabucodonosor, en esta nación con una ley: que todo aquel que no se inclinare ante ella y la adorare, fuese arrojado en el homo de fuego. ¡Dios no lo permita nunca más! Pero, si así fuere, contra la influencia de la fuerza y el fuego no hay más que una cosa que nos pueda proteger: la verdadera experiencia de una comunicación eficaz de Cristo a nuestras almas en esta santa ordenanza, administrada segun el dispuso. Por tanto, en esto deberíamos esforzarnos con toda diligencia, y no solo como único medio y forma de edificación en esta ordenanza, por medio del ejercicio de la gracia, el fortalecimiento de nuestra fe y la consolación presente, sino como el medio efectivo de nuestra preservación en la profesión de la verdad, y nuestra liberación de los lazos de nuestros adversarios. Aún siendo innegable que esta singular institución, distinta de todas las demás, pretende ser y se ofrece como comunicación y manifestación distintas de Cristo, al insistir en que se deben hacer por la transubstanciación y masticación oral de él, y de ningún otro modo, lo único que podrá protegemos contra sus pretensiones es haber experimentado el poder y la eficacia de la comunión mística con Cristo en esta ordenanza, antes descrita. Por consiguiente, en todo lo que sabemos de la gracia y la verdad no hay nada que deba preocupar más a los creyentes que el debido ejercicio de la luz espiritual y de la fe que nos lleva a experimentar satisfactoriamente la participación singular de Cristo en esta institución santa.

Con la iglesia y todos sus asuntos principales ha ocurrido lo mismo entre ellos, por haber perdido lo que pertenecía a su constitución primitiva, o por haber renunciado a ello. En su lugar han erigido una imagen deformada, como mostrare en algunos ejemplos.

Es un principio de verdad incuestionable que la Iglesia de Cristo es, en sí misma, un cuerpo, que tiene una cabeza de la que depende, y sin la que se vería inmediatamente disuelto.

Un cuerpo sin cabeza no es sino un cadáver o parte de él. Esta cabeza debe estar siempre presente con él. Una cabeza distante del cuerpo —separada de él, que no este unida a él por los medios y maneras propias de su naturaleza— no tiene utilidad alguna. Véase Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:19.

Pero existe una doble noción de cabeza, como también la hay de cuerpo, porque ambos son naturales o políticos. Hay un cuerpo natural y uno político. Y, en cada uno de estos sentidos, debe tener una cabeza del mismo tipo. Un cuerpo natural debe tener una cabeza de influencia vital, y un cuerpo político debe tener una cabeza de dominio y gobiemo. A la iglesia se le llama cuerpo y —comparándola con lo anterior— es un cuerpo en ambos sentidos, o en ambas partes de la comparación, y en ambas debe tener una cabeza. Puesto que es un cuerpo espiritualmente vivo, si lo comparamos con el natural, debe tener una cabeza de influencia vital, sin la cual no puede subsistir. Y, puesto que es una sociedad ordenada para los fines comunes de su institución, comparándola con el político, debe tener una cabeza de dominio y gobiemo, sin la cual no se pueden conservar ni su ser ni su uso. Pero estas no son sino distintas consideraciones de la iglesia, que, en cada sentido es una sola. No son dos cuerpos, por qué entonces debería tener dos cabezas. Es un cuerpo bajo dos perspectives distintas que no dividen su esencia, sino que declaran la relación distinta de cada una con su cabeza.

Hasta este punto, y de forma general, todos los que se llaman cristianos están de acuerdo: nada es de la iglesia, nada le pertenece que no dependa, o este unido a la cabeza. Lo que sostiene a la cabeza es la verdadera iglesia; aquella que no lo hace, no es una iglesia en absoluto. En esto estamos de acuerdo con nuestros adversarios, es decir, en que todos los privilegios de la iglesia, todo derecho y título de los hombres en ella dependen, totalmente, de la debida relación con su cabeza, según sus distintas consideraciones. Sea esa cabeza quien o lo que sea, lo que no este unido a la cabeza, no dependa de ella o este separado de ella, no pertenece a la iglesia. Solo Cristo Jesús es la cabeza de la iglesia. Porque la iglesia no es sino una aunque, en diversas consideraciones, se compare con dos tipos de cuerpo. La iglesia católica se considera como creyente, o como profesante. Pero la iglesia creyente no es una y la profesante otra. Si imagináis otra iglesia católica aparte de esta, quienquiera que fuere su cabeza, no nos interesa. Pero, de esta iglesia, la única cabeza es Cristo. Solo él responde a todas las propiedades y propósitos de una cabeza adecuada para la iglesia. La Escritura lo afirma de una forma tan positiva y frecuente, y sin la menor insinuación, directa o indirecta a otra cabeza, que es formidable ver que alguien lo pueda imaginar en su mente y desecharlo en la Biblia.

Pero, así como la cabeza debe estar presente con el cuerpo, o este no puede subsistir, la pregunta es: ¿En qué forma está presente el Señor Jesucristo con su iglesia? Y la Escritura no ha dejado posibilidad de duda en cuanto a esto. Lo está por su Espíritu y por su palabra, mediante los cuales comunica continuamente todos los poderes y las virtudes de una cabeza. Por este medio y de esta manera, multiplica las promesas de su presencia a la iglesia. De esto dependen su ser, su vida, su uso y su continuidad. Donde Cristo no está presente por su Espíritu y su palabra, no hay iglesia. Y aquellas que pretenden que sea así, son sinagogas de Satanás. Ellos son inseparables y forman un conjunto en su operación, puesto que él es la cabeza de influencia para la iglesia, así como también es cabeza de gobiemo. En el primer sentido, el Espíritu opera por la palabra y, en este último, la palabra se hace efectiva por el Espíritu. Pero, durante mucho tiempo, el sentido y la comprensión de esto se perdieron en el mundo, entre los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”. La iglesia —reconocían— debe tener una cabeza, sin la cual no puede subsistir. Y confesaron que, en algún sentido, él era cabeza de influencia para esta. No sabían cómo tener una imagen suya, aunque con muchas otras perniciosas doctrinas destruyeron su eficacia y beneficio. Pero no podían entender de qué manera debía él ser la única cabeza de gobierno para la iglesia. No veían como podría ejercer la sabiduría y la autoridad de una cabeza semejante y, por otra parte, sin ella, la iglesia debía quedarse sin cabeza. Decían: “El está ausente y es invisible”. Debían tener a uno al que pudieran ver y al que poder acceder. El está en el Cielo y no saben como dirigirse a él cuando la ocasión lo requiere. Todas las cosas se desordenarían a pesar de tenerle por cabeza. Pensaban: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible. Asimismo, lo adecuado era que esa cabeza tuviera toda la grandeza y la pompa en el mundo que correspondía a la cabeza de una sociedad tan grande y tan gloriosa como la iglesia. No sabían como aplicar estas cosas a Cristo y a su presencia en la iglesia, por su palabra y por su Espíritu. ¿Renunciarán, entonces, al principio de que la iglesia ha de tener una cabeza y un gobernador supremo como el que ellos imaginaban? Esto es algo que no se debe hacer, sino que hay que retenerlo de una forma sagrada. Y no es solamente porque…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

 

Obligaciones principales de los padres 4

Padres, si aman a sus hijos, hagan todo lo que está en su poder para instruirlos de modo que hagan un hábito de la oración. Muéstreles cómo comenzar. Indíqueles qué decir. Anímelos a perseverar. Recuérdeles que lo hagan si la descuidan. Al menos, que no sea culpa suya el que nunca oren al Señor.

Éste, recuerde, es el primer paso espiritual que puede tomar el niño. Mucho antes de que pueda leer, puede enseñarle a arrodillarse junto a su madre y decir las palabras sencillas de oración y alabanza que ella le sugiere. Y como, en cualquier empresa, los primeros pasos son siempre los más importantes, también lo son en el modo como sus hijos oran sus oraciones—un punto que merece su máxima atención. Pocos son los que parecen saber cuánto depende de esto. Necesita usted que tener cuidado: no sea que se acostumbren a decirlas de un modo apurado, descuidado e irreverente. Tenga cuidado… de confiar demasiado en que sus hijos lo harán cuando les deja que lo hagan por sí mismos. No puedo elogiar a aquella madre que nunca cuida ella misma la parte más importante de la vida diaria de su hijo. Sin duda alguna, si existe un hábito que su propia mano y sus ojos deben ayudar a formar, es el hábito de la oración. Créame, si nunca escucha orar a sus hijos, usted es quien tiene la culpa.

La oración es, entre todos los hábitos, el que recordamos por más tiempo. Muchos que ya peinan canas podrían contarle cómo su mamá los hacía orar cuando eran niños. Quizá han olvidado otras cosas. La iglesia donde eran llevados al culto, el pastor que oían predicar, los compañeros que jugaban con ellos—todo esto probablemente se ha borrado de su memoria sin dejar una marca. Pero encontrará con frecuencia que es muy diferente cuando de sus primeras oraciones se trata. Con frecuencia le podrá decir dónde se arrodillaban, qué les enseñaba a decir, y aun describir el aspecto de su madre en esas ocasiones. Lo recordarán como si hubiera sido ayer. Lector, si usted ama a sus hijos, le insto a que no deje pasar el tiempo de siembra sin mejorar el hábito de orar, instrúyalos en el hábito de orar.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.