Fructificad y multiplicaos 1

Este es un mandato que Dios agregó para la criatura. Pero, buen Dios, ¡cuánto hemos perdido por el pecado! ¡Cuán bendito era el estado del hombre cuando engendrar hijos estaba enlazado con el mayor respeto y sabiduría, de hecho, con el conocimiento de Dios! En la actualidad, la carne está tan abrumada por la lepra de la lascivia que, en el acto de procreación, el cuerpo se vuelve groseramente animal y no puede concebir en el conocimiento de Dios.

La raza humana mantuvo el poder de procreación, pero muy degradado y hasta totalmente abrumado por la lepra de la lascivia, de modo que la procreación es, apenas un poco, más moderada que la de los animales. Agréguense a esto los riesgos y peligros del embarazo y de dar a luz, la dificultad de alimentar al hijo y muchos otros males, los cuales nos señalan la enormidad del pecado original. Por lo tanto, la bendición, que sigue hasta ahora en la naturaleza, lleva consigo, por así decirlo, una maldición en sí y degrada la bendición, si la comparamos con la primera. No obstante, Dios la estableció y la preserva.

Por lo tanto, reconozcamos con agradecimiento esta “bendición estropeada”. Y tengamos en mente que la inevitable lepra de la carne, que no es más que desobediencia y aborrecimiento adheridos al cuerpo y a la mente, es el castigo por el pecado. Por lo demás, esperemos con anhelo la muerte de esta carne para ser liberados de estas condiciones aborrecibles y ser restaurados aún más allá del punto de aquella primera creación de Adán…

Aunque Adán había caído por su pecado, contaba con la promesa… que de su carne, que ahora estaba sujeta a la muerte, nacería para él un renuevo de vida. Comprendió que produciría hijos, especialmente porque la bendición “fructificad y multiplicaos” (Gn. 1:28), no había sido retirada, sino reafirmada en la promesa de la Simiente, quien aplastaría la cabeza de la serpiente (Gn. 3:15). En consecuencia, creo que Adán no conoció a su Eva simplemente por la pasión de su carne, sino que también lo impulsaba la necesidad de lograr salvación por medio de la Simiente bendita.

Por lo tanto, nadie debe sentirse contrariado ante la mención de que Adán conoció a su Eva. Aunque el pecado original ha hecho de esta obra de procreación, la cual debe su origen a Dios, algo vergonzoso que incomoda a oídos puros, el hombre de pensamiento espiritual debe hacer una distinción entre el pecado original y el producto de la creación. La obra de procreación es algo bueno y santo que Dios ha creado, porque procede de él, quien le da su bendición. Además, si el hombre no hubiera caído, hubiera sido una obra muy pura y muy honrosa. Así que como nadie siente recelo acerca de conversar, comer o beber con su esposa –pues estas son todas acciones honrosas– así también, el acto de engendrar tendría que haber sido algo de gran estima.


Entonces, pues, la procreación continuó en la naturaleza, aun cuando se había depravado, pero se le agregó el veneno del diablo, a saber, la lascivia de la carne y el agravante de la concupiscencia que son también la causa de diversas adversidades y pecados, de los que la naturaleza en su estado de perfección se hubiera librado. Conocemos por experiencia los deseos excesivos de la carne y, para muchos, ni el matrimonio es un remedio adecuado. Si lo fuera, no habría casos de adulterio y fornicación que, lamentablemente, son demasiado frecuentes. Aun entre los casados mismos, ¡qué diversas son las maneras como se manifiesta la debilidad de la carne! Todo esto viene, no de lo que fue creado [originalmente] ni de la bendición que viene de Dios, sino del pecado y la maldición, que es producto del pecado. Por lo tanto, tienen que considerarse aparte de la creación de Dios, que es buena; y vemos que el Espíritu Santo no tiene ningún recelo en hablar de ella.

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Martín Lutero (1483-1546): Monje alemán, ex-sacerdote católico, teólogo y líder influyente de la Reforma Protestante del siglo XVI; nacido en Eisleben, Sajonia.

El estado de Gloria

Hace ya mucho tiempo, mientras entrenaba en un campo de práctica de golf, un hombre un tanto mayor que yo me ofreció su moderno palo vanguardista de última tecnología, que tenía una gran cabeza. «Prueba este, hijo», me dijo. Y me insistió. Dejé a un lado mi viejo palo de cabeza de madera (lo había comprado usado por £5) y probé su versión ultramoderna de cabeza de metal. La bola salió disparada y aún se mantenía en el aire cuando pasó sobre mis intentos anteriores. De pronto, el golf pareció más fácil, y mi golpe, mucho más poderoso.

No podía creerlo. Tampoco podía costear mi propio palo de última tecnología. Sin embargo, pensé que así es como debe ser la resurrección del cuerpo en el estado de gloria. Ya no será más débil, sino poderoso; la obediencia ya no será una batalla contra el mundo, la carne y el diablo, sino algo natural, al ritmo afable y alegre de un mundo libre del pecado. Si puedo disfrutar de esta nueva tecnología en un palo de golf, qué maravilloso será vivir en el pleno resplandor de la presencia de Dios.

Aunque era escocés, no existe ningún registro de que Thomas Boston (1676-1732), el autor del libro Human Nature in Its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], haya jugado golf. No obstante, tuvo razones más importantes para reflexionar en la vida libre de pecado y enfermedades, y en la felicidad perfecta que traerá el estado de gloria. Durante los años en que Boston trabajó en los sermones y luego en el manuscrito que se convirtió en dicho libro, su amada esposa Catherine padeció una enfermedad invalidante y angustiosa, y la muerte infantil entró en su hogar. Por eso, la expectativa de la gloria por venir fue una realidad que lo sostuvo en medio de las pruebas y a la vez una motivación para vivir por su Señor Jesús a la luz de esa esperanza.

El conocimiento del estado de gloria no hará menos por nosotros. Pero, ¿qué podemos decir al respecto? Las Escrituras tienen mucho que decir sobre el estado de gloria. Algunas de sus enseñanzas pueden resumirse, quizá apropiadamente, bajo siete encabezados.

PROMETIDO POR LA PALABRA DE DIOS

Piensa en esto: no sabríamos nada del estado de gloria si no fuera por la Palabra de Dios y Sus promesas. Dios no necesitaba decirnos nada; después de todo, pudo haberse guardado todo como una sorpresa futura.

No obstante, nuestro Padre celestial es demasiado bondadoso como para negarles a Sus hijos la esperanza en un mundo de desesperación o la luz en un mundo de tinieblas. En Su gracia, nos ha dicho mucho, aunque no todo (no podríamos entender todo), sobre el mundo futuro. Entonces, «según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia» (2 Pe 3:13). Pedro nos dice que este conocimiento debería tener un impacto transformador en nuestras vidas (v. 17).

Pero ¿qué es exactamente lo que se promete?

El punto de los contrastes entre este mundo y el siguiente es simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

EN CONTRASTE CON LA VIDA PRESENTE

Una de las formas en que aprendemos es contrastando lo que ya sabemos con lo que aún necesitamos descubrir. La Escritura emplea este método en referencia a la resurrección. Nuestros cuerpos son como semillas que se siembran en la tierra. Perecen, pero luego emergen como flores gloriosas.

Nosotros también morimos y somos «sembrados» en el suelo. Pareciera que en los momentos finales de la vida está escrita la palabra «fin». Como observó el filósofo Thomas Hobbes, la vida puede ser «repugnante, brutal y corta». Por naturaleza estamos «sin esperanza», y cuando se acerca la muerte que todo lo conquista, la evidencia parece confirmar esa realidad. Sin embargo, señala Pablo, así como la semilla que cae en el suelo se desintegra y «muere» solo para «resucitar» otra vez como una hermosa flor, lo mismo ocurre con nuestros cuerpos:

Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual… Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (1 Co 15:42-44, 53).

Piensa en eso: tendremos un cuerpo imperecedero, glorioso, poderoso, espiritual e inmortal.

Pero eso no es todo, Pablo también contrasta la vida que termina en la muerte con la muerte que termina en la vida. Aquí experimentamos aflicción; allí, gloria. Aquí todo es temporal; allí todo es eterno. Lo que aquí parece pesado allí parecerá «ligero» y lo que hay allí parecerá un «peso». Aquí este mundo parece sustancial y lo que «no se ve» parece insustancial, pero allí la realidad será precisamente lo opuesto.

¿Cuál es el punto de estos contrastes? Simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

LA CONSUMACIÓN DE LOS PROPÓSITOS YA HA COMENZADO

Aun así, también existe continuidad entre el «ahora» y el «todavía no», pues con la resurrección de Cristo el futuro ya ha comenzado en nuestra historia. Él es «primicias de los que durmieron» (1 Co 15:20). Su resurrección garantiza la nuestra, así como las primicias garantizan la cosecha final.

¿Cómo así? Debido a nuestra unión con Cristo, como notó Agustín, nuestro Señor se considera a Sí mismo incompleto sin nosotros. Entonces, cuando Él resucitó de los muertos, nosotros resucitamos en Él; cuando fuimos unidos al Salvador resucitado mediante la fe, fuimos ligados al Resucitado de manera tal que es imposible que no volvamos a resucitar un día. De hecho, tan indestructible es esta unión que el día «cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria» (Col 3:4).

En un cierto sentido, ya nos ha sido dada «vida juntamente con Cristo… y con Él nos resucitó» (Ef 2:5-6). La vida del futuro ya ha echado raíces en nosotros. Aunque aún residimos en un mundo moribundo, ya hemos muerto (al pecado) y hemos sido resucitados a novedad de vida (Rom 6:1-4). Ya no estamos bajo el dominio del pecado, de su culpa ni del poder de Satanás. La libertad de la gracia ya es nuestra, aunque todavía no gozamos de la plena «libertad de la gloria» (8:21). Sin embargo, estamos seguros de que Dios le dará los retoques finales a la buena obra que comenzó en nosotros (Flp 1:6). El mundo por venir nos parecerá asombrosamente nuevo, pero algo de él nos parecerá vagamente familiar.

El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

SECUELAS DEL JUICIO FINAL

«Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio» (Heb 9:27). No todas las cosas se resuelven en esta vida: los impíos prosperan a menudo, los rectos con frecuencia incluso sufren martirio. No solo es cierto (como comenta Hamlet, el personaje de Shakespeare) que «el tiempo está fuera de quicio»: el mundo entero está fuera de quicio.

La justicia final no prevalece en este mundo. Pero en el día que dará paso al estado de gloria, todos los males se rectificarán. Todas las personas serán evaluadas: «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo» (2 Co 5:10).

El «todos» que Pablo usa aquí significa «todos». Como escribiera el joven Robert Murray M’Cheyne (cuando estaba cerca de experimentar por sí mismo esa realidad): «Mientras caminaba por los campos, me vino el pensamiento, casi con poder apabullante, de que cada miembro de mi rebaño pronto estará en el cielo o en el infierno».

En aquel día, se verá la justicia perfecta de Dios, pues todos serán juzgados «conforme a sus obras» e incluso los secretos serán juzgados «mediante Cristo Jesús» (Rom 2:6, 16). El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

No habrá excusas. Si estamos sin Cristo y sin el vestido de bodas que Él nos da para cubrirnos en Su justicia, seremos excomulgados a las tinieblas de afuera de las que nuestro Señor dio repetidas advertencias a lo largo de Su ministerio (Mt 8:12; 22:13; 25:30). Luego de amar más las tinieblas que la luz (Jn 3:19), luego de rebelarse contra Dios y de haber insistido en decir: «Hágase mi voluntad así en la tierra como en el cielo», los incrédulos oirán las palabras más terribles del universo ―«Hágase Tu voluntad»― y las tinieblas «de afuera» serán su destino.

Pero ¿y qué del creyente? ¿Cómo es posible que el hecho de que seamos juzgados «conforme a nuestras obras» derive en el estado de gloria? Es posible porque el Señor siempre juzga a los justificados conforme a su «obra de fe, [su] trabajo de amor y la firmeza de [su] esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 1:3). Al que ha sido fiel en lo poco no solo se le dará «más», sino «mucho». El siervo que produjo cinco minas (un poco más de un año de salario) a partir de una fue puesto sobre cinco ciudades. El juicio de su señor fue en proporción a la fidelidad del siervo (cinco por cinco), pero la recompensa desproporcionada vino de la abundante gracia de su señor (Lc 19:18-19).

Lo mismo ocurrirá en el estado de gloria. Lo que ahora está oculto será revelado. De seguro habrá sorpresas.

En este mundo, a veces nos encontramos con viejos amigos a los que no hemos visto en décadas, y mentalmente tenemos que estirar sus arrugas o volver a ponerles pelo en la cabeza para poder reconocerlos. Sin embargo, en ese mundo, bien puede ser que las primeras palabras que nos digamos sean: «¡Vaya, así es como en verdad eras!» (ver 1 Jn 3:1-2). La verdad oculta de lo que Dios nos ha hecho por fin será visible para todos. Este juicio de nuestras obras también será en conformidad a la gracia de Cristo, en quien hemos sido justificados y santificados.

LA REGENERACIÓN DE TODAS LAS COSAS

En la actualidad, no vemos que todo esté puesto bajo los pies de Jesús (Heb 2:5-9), pero cuando Él vuelva, subyugará todo lo que es malo y consumará lo que inauguró en Su resurrección. Esta es Su obra como el segundo hombre y el postrer Adán, el Verdadero Hortelano (Gn 1:28).

No toda la tierra era un huerto; Adán, Eva y su posteridad tenían que convertirla en uno. A lo mejor María no estaba tan equivocada «pensando que era el hortelano» (Jn 20:15).

De esta manera, Cristo llevará a cabo la renovación de este mundo caído en lo que Él llamó la palingenesis de todas las cosas (Mt 19:28, la única ocurrencia de la palabra «regeneración» en los evangelios). No es de sorprender que la Nueva Jerusalén esté inmersa en el nuevo huerto del Edén (Ap 22:1-5) y que las puertas que permiten el ingreso a ella nunca se cierren de día y que no haya noche allí.

Todo esto vendrá como resultado de una limpieza apocalíptica (1 Pe 3:10). Por ese día, cuando la verdadera identidad de los hijos de Dios será revelada en plenitud, toda la creación gime como mujer de parto. De hecho (como escribe J. B. Phillips al captar brillantemente un matiz del griego de Pablo): «Toda la creación está de puntillas para ver la maravillosa imagen de los hijos de Dios siendo lo que son» (Rom 8:19). Qué gran día será ese.

CRISTO EN EL CENTRO

En el estado de gloria, veremos a nuestro Salvador. «Ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido» (1 Co 13:12). ¡Una reunión cara a cara con el Señor Jesús! ¡Verlo como Él es! ¡Ser semejantes a Él (1 Jn 3:2)! ¡Transformados al nivel final de gloria (2 Co 3:18)!

Sin embargo, precisamente porque estaremos libres del pecado, no nos veremos consumidos por un interés en nuestra propia santificación perfecta. Tampoco reaccionaremos admirándonos los unos a los otros. No. Solo tendremos ojos para Uno: el León de la tribu de Judá, el Cordero inmolado pero ahora resucitado y puesto en Su posición legítima en el centro del trono de Dios (Ap 5:1-14).

Recuerdo que, cuando era adolescente, una noche soñé que moría y era recibido «al otro lado» por amigos que se acercaban para darme la bienvenida con los brazos abiertos. Vi que los apartaba a empujones y oí salir estas palabras de mis labios: «¡Déjenme ir a Jesús! ¡Déjenme ver a Jesús!». Ese es nuestro destino, pues en verdad:

La novia, su vestido
Allí no mirará,
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

DIOS SERÁ TODO EN TODOS

En un pasaje notable, Pablo nos pasea por el «orden» divino de los «días» (1 Co 15:23) de la inauguración de este estado de gracia (vv. 20-28):

  • El día de la resurrección de Cristo, cuando todo comenzó (vv. 22-23a).
  • El día de nuestra resurrección, cuando se inaugurará su consumación (v. 23b).
  • El día de la destrucción, cuando los enemigos de Cristo y de nosotros serán vencidos (vv. 24-25).
  • El día de la victoria, cuando incluso el último enemigo, la muerte, será destruido (vv. 26-27).
  • El día de la consumación, cuando Dios será todo en todos (vv. 24, 28).

Ese día de la consumación, el segundo hombre llevará a una creación restaurada y a un pueblo redimido y resucitado a la presencia de Su Padre. Allí, como el postrer Adán, le presentará ese mundo, perfeccionado como resultado de Su obediencia hasta la muerte y de Su resurrección a novedad de vida. La obra que el Padre planificó y el Hijo realizó en nuestro lugar por el Espíritu estará completa.

Pablo aquí no está pensando en una subordinación dentro de la Trinidad eterna, sino en la sumisión legítima hecha por nosotros y con nosotros por parte de Su Hijo como Mediador, como nuestro representante, en nuestra carne y sangre humanas. Entonces, quizá, las palabras que pronunció en la cruz del Calvario ―«¡Consumado es!»― volverán a oírse.

¿Qué descendiente de la primera pareja que ha experimentado el estado de naturaleza, que ha probado la amargura del estado de pecado y que ahora ha sido introducido al estado de gracia no anhela el día cuando se dé paso al estado de gloria? Es que entonces la oración que nuestro Salvador hizo por nosotros será respondida a cabalidad: «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo» (Jn 17:24).

Robert M’Cheyne tenía razón. Será solo

Cuando el mundo pase ya,
Cuando el sol no brille más,
Con Jesús en gloria estemos
Y nuestra vida observemos,
Mi Señor, recién allí
Pesaré mi deuda a Ti.

«Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20).

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El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

La imagen de Dios y la Bendición de Dios 3

Moisés agrega, “a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Esa repetición no es superflua, ya que aunque reuniéramos todas las mejores palabras en el mundo para expresar esa obra excelente de Dios, distaríamos mucho de poder hacerlo… Moisés tenía buenas razones para querer darnos la oportunidad de considerar con más atención el hecho de que fuimos creados a la imagen de Dios. Si consideramos nuestros cuerpos, ellos fueron formados del polvo … con la intención de que fueran una morada para las benevolencias divinas y los dones de su Espíritu Santo para que llevaran su imagen. Esa, pues, es la intención de la repetición de Moisés. Es para que podemos glorificar a nuestro Dios a menudo por ser generoso con nosotros y contarnos entre sus criaturas y aun darnos superioridad sobre ellas, pero también imprimiendo en nosotros sus características y queriendo que seamos sus hijos…

Ahora bien, dice que “varón y hembra los creó”. Y Moisés, a veces, escribe aquí en plural y, a veces, en singular [para referirse a ambos sexos], como cuando dice “Hagamos al hombre a nuestra imagen” y más adelante dice “los creó”. Podríamos afirmar que los hombres que descienden de Adán son los destinados a “señorear”, pero no excluyó a
la mujer, agregando: “varón y hembra”; así fueron creados. Aquí podríamos comparar esto con el pasaje donde Pablo dice que sólo el hombre, no la mujer, es la imagen de Dios (1 Co. 11:7) y creer que hay alguna contradicción, pero la respuesta es fácil porque aquí Moisés está hablando de los dones que fueron dados a ambos sexos. El hombre y la
mujer por igual, tienen el poder de razonar y comprender. Tienen voluntad y la habilidad de diferenciar entre lo bueno y lo malo. En suma, todo lo que pertenece a la imagen de Dios… Es digno de notar que otros pasajes afirman que en nuestro Señor Jesucristo no hay varón ni mujer (Gá. 3:28). Eso significa que su gracia se extiende al hombre y a la mujer, de modo que todos somos partícipes de su gracia. Habiendo resuelto este punto que no deja lugar a discusión, podemos ver que el hombre fue creado no como varón únicamente, sino también como mujer, y que ambos son partícipes de la imagen de Dios…

Luego el texto habla de la bendición que Dios le dio a Adán. Primero le dice a él y a su mujer: “Fructificad y multiplicaos” y agrega, en segundo lugar: “Señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”. La primera bendición es la misma para humanos, animales, peces y pájaros. Tienen que multiplicarse generación tras generación. Ya hemos mencionado que el hombre no debe atribuir su origen a alguna causa inferior de la naturaleza, sino que debe tener un Creador. ¿Por qué? ¡Porque todos somos producto de su bendición! Por eso es que las Escrituras nos dicen, a menudo, que el fruto del vientre es una herencia de Dios, es decir, un don especial (Sal. 127:3) a fin de que no seamos tan ignorantes como para creer que el hombre engendra y la mujer concibe por su propio poder y que Dios no es el autor de su linaje.

Así que hemos de tomar nota de cuál es la bendición de Dios a la que se refiere aquí porque [vemos en Gn. 30:2] que Jacob le dijo a su esposa Raquel, cuando lo importunaba para que le diera un hijo: “¿Soy yo acaso Dios?”. Con esto indica que los hombres no deben hablar de esta manera, sino que Dios debe ser glorificado porque les otorga la gracia de ser padres y a las mujeres de ser madres… Éste, pues, es el resultado de esa bendición: Saber que Dios declaró, al principio, que quería que la raza humana se multiplicara y que, en nuestra época, cuando da un linaje e hijos, es una bendición especial que otorga a los padres y madres y un tesoro especial que tienen que reconocer que procede de él y por el cual deben rendirle homenaje.

Además, comprendamos que el pecado produce la desigualdad que vemos en el hecho de que no todos los hombres tendrán hijos, que no todos los hijos del vientre de la mujer serán iguales, porque habrá algunos que nacen débiles y a un paso de la tumba, y que algunos serán encorvados, tuertos, ciegos, jorobados o cojos. Dios muestra en todo lo que es desfigurado y deforme que su bendición es menor, aunque no se ha extinguido del todo. Aun veremos a mujeres que, a menudo, pierden a un hijo en gestación. ¿Cuál es la razón? El pecado de Adán es dado como razón, a fin de que nos humillemos al comprender que somos rechazados y echados lejos de la gracia que nos fue conferida por Dios en la primera creación. Con respecto a la bendición de Dios, esto es lo que hemos de tener en cuenta: En virtud de aquella palabra que dijo una vez para siempre, nacen ahora todos los hijos de esta manera, el mundo es sostenido y las generaciones se suceden una tras otra.

Asimismo, esta bendición incluye un privilegio mucho más grande que el que tienen las bestias porque los bueyes, los asnos y los perros engendran en su juventud, como los zorros y todos los demás. Peor, ¿acaso gozan sus crías de la misma dignidad que la del hombre? Por lo tanto, cuando Dios da hijos a hombres y mujeres, los establece como sus comisionados, porque el hombre no puede ser padre, a menos que esté allí como representante de la Persona de Dios. Hay sólo un Padre, hablando con propiedad, como dijo nuestro Señor Jesucristo: “Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (Mt. 23:9). Y eso significa [que Dios es] Padre de nuestra alma y nuestro cuerpo. Por lo tanto, ese título tan honorable le pertenece a nuestro Creador. Es decir, él es nuestro Padre, aunque nos permite decir “mi padre” y “mi madre” en este mundo, esto resulta del don de Dios por el cual se complace él en compartir su título con criaturas tan frágiles como nosotros. Asimismo, sepamos que el privilegio que Dios da a los que producen descendientes es que él quiso hacerlos sus representantes, por así decir. Por esto, con más razón, tenemos que valorar y magnificar su gracia…

Ahora bien, siendo este el caso, Moisés propone correctamente la segunda bendición, la cual había sido dada anteriormente al mundo, específicamente, entre las criaturas. Antes de que fuera creado el hombre había plantas y pastura, había luces en el cielo. Pero, aunque el sol es llamado a guiar de día y la luna a guiar de noche, no les corresponde gobernar. En realidad, es imposible que lo hagan. Porque ¿qué bien le hubiera hecho a la tierra las muchas cosas buenas que provee si no hubiera alguien que las poseyera? Así que Adán tenía que ser creado para vivir sobre ella y tenía que contar con la gracia de Dios para producir un linaje y, de esta manera, multiplicarse.

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Juan Calvino (1509-1564): Teólogo y pastor francés, líder importante durante la Reforma Protestante; nacido en Noyon, Picardia, Francia.

El aguijón en la carne

“Hemos perdido la salud, pero no el gozo… Nos pueden quitar la vida, pero no la esperanza”. Mujer cuyo esposo está luchando contra un cáncer desde hace varios años.

Este libro constituye una lectura interesante y bien argumentada. En él encontramos una mezcla equilibrada de contenido bíblico, sólidamente fundamentado en las Escrituras, y de ejemplos prácticos y relevantes. Viene a ser una importantísima contribución a la literatura cristiana sobre el tema del sufrimiento, sobre todo porque contempla también la perspectiva psicológica. Ofrecerá un gran consuelo a aquellos cuyas vidas están marcadas por persistentes aguijones en la carne. Nos proporciona una dieta rica en contenido bíblico, sabio consejo pastoral y una orientación pertinente, todo ello nacido de la experiencia personal y de un profundo estudio de las Escrituras.

El autor reflexiona sobre sus profundas experiencias como psiquiatra, como lider cristiano y también como alguien que ha sufrido mucho, destilando lo mejor de ellas para escribir este magnífico libro. El aguijón en la carne se compone de una combinación única de experiencia clinica profesional, junto con el sufrimiento personal y una robusta reflexión teológica. Nos revela el extraordinario poder explicativo y la coherencia de la cosmovisión bíblica, ofreciéndole al lector, a la vez, el poder transformador del evangelio de la gracia.

¿Que es un aguijón? Pablo Martínez conoce la respuesta por experiencia propia: “Casi toda mi vida he luchado contra un duro aguijón. Una enfermedad en la vista, glaucoma juvenil, me ha abofeteado” desde que tenía dieciocho años. He sufrido catorce operaciones en los ojos. Otros han experimentado pérdidas traumáticas, demasiado terribles para expresar en palabras. A lo largo del libro, el autor recoge las experiencias de muchas de estas personas. Pablo Martínez define el aguijón como una situación de sufrimiento crónico en la que encontramos cinco rasgos distintivos:

Es dolorosa • Es limitativa • Es humillante • Es prolongada • Implica lucha

En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo comparte sobre su aguijón (2ª Corintios 12:7-10). Dios decidió no quitárselo aunque Pablo se lo rogó encarecidamente. En la cruz, Cristo experimentó el sufrimiento humano en su máxima expresión, tanto física como moral. Nadie ha sufrido más que Él. La identificación de Dios con la tragedia del ser humano queda perfectamente plasmada en el nombre Emmanuel, Dios con nosotros. De forma humilde pero sabia, Pablo Martínez nos conduce más allá de los porqués del sufrimiento, para acercarnos a la puerta de la esperanza, allí donde uno encuentra fuerzas renovadas.

El propósito de este libro es proporcionar fuerzas y esperanza respondiendo a preguntas muy prácticas. Al esbozar estas preguntas ahora, también anticipamos algunas de las ideas clave:

• ¿Cuál fue el secreto que permitió al apóstol Pablo transformar una pesada carga en un estímulo para su vida? Descu-briremos cómo el aguijón le recordaba constantemente no tanto sus limitaciones —su insuficiencia— sino la plena suficiencia de Cristo.

• ¿En qué consiste una aceptación auténtica? ¿Cómo podemos lograr una perspectiva bíblica y madura de esta «arma secreta» que nos capacita para ver el aguijón con ojos distintos y pensar en él de forma positiva? «Aceptar» significa alcanzar la convicción serena de que Dios puede usar mi vida no sólo a pesar de mi aguijón, sino a través de él.

• ¿De qué formas prácticas nos ayuda la gracia a superar el aguijón? La gracia moldea nuestras reacciones naturales como el enojo, la ansiedad, la baja autoestima y la depresión. Pero, por encima de todo, la gracia es el conjunto de recursos sobrenaturales que nos equipa con el poder de Dios para luchar con valentía y paciencia ante el aguijón.

• ¿Podemos hacer algo por recuperar la ilusión de vivir y evitar la amargura? ¿Qué es la felicidad para un cristiano? La gracia cambia no sólo nuestra actitud hacia el aguijón, sino hacia toda nuestra vida que pasa a tener un nuevo sentido y una nueva escala de prioridades. Sin duda, hay vida después del aguijón.

Si estás buscando salir del desánimo o incluso de la desesperación asociada a una aflicción en tu propia vida, este breve pero profundo libro te abrirá una puerta hacia un nuevo camino de esperanza y de ayuda práctica.

Índice

Reconocimientos

Prólogo del Profesor Andrew Sims

Introducción del autor

CAPÍTULO 1 El aguijón de Pablo y el nuestro Identificando al enemigo

CAPÍTULO 2 El aguijón duele En lucha con Dios y con uno mismo

CAPÍTULO 3 La aceptación Arma clave para derrotar al enemigo

CAPÍTULO 4 “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” La gracia de Dios y la fuerza de la debilidad

CAPÍTULO 5 Ángeles en mi camino El amor que cura

CAPÍTULO 6 Recuperando la ilusión de vivir Valores nuevos para una vida diferente

Apéndice I: testimonios personales

Apéndice II: tipos de aguijón

*Andamio Editorial 257 pp. Rústica. -2008

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/1164-el-aguijon-en-la-carne.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

¿Qué significa CORAM DEO?

Recuerdo a mi madre parada frente a mí, con sus manos en la cadera, sus ojos radiantes como carbones encendidos y diciendo con tono fuerte: «¿Cuál es el plan, jovencito?».

Por instinto sabía que mi madre no me estaba haciendo una pregunta abstracta de teoría. Su pregunta no era una pregunta en absoluto, era más bien una acusación apenas velada. Sus palabras se traducían fácilmente en: «¿Por qué haces lo que estás haciendo?». Ella me desafiaba a justificar mi comportamiento con una razón válida, pero no tenía ninguna.

Recientemente un amigo me hizo la misma pregunta con toda sinceridad. Preguntó: «¿Cuál es el plan de la vida cristiana?». Le interesaba saber cuál era el objetivo principal y final de la vida cristiana.

Vivir toda la vida coram Deo es vivir una vida de integridad.

Para responder su pregunta, recurrí a mi facultad de teólogo y le di un término en latín. Dije: «El plan de la vida cristiana es coram DeoCoram Deo captura la esencia de la vida cristiana».

Esta frase literalmente se refiere a algo que sucede en la presencia o delante del rostro de Dios. Vivir coram Deo es vivir toda la vida en la presencia de Dios, bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios.

Vivir en la presencia de Dios es entender que lo que sea que hagamos y donde sea que lo hagamos, estamos haciéndolo bajo la mirada de Dios. Dios es omnipresente. No existe lugar tan remoto que podamos escapar de Su mirada penetrante.

Ser consciente de la presencia de Dios es también ser muy consciente de Su soberanía. La experiencia universal de los santos es reconocer que si Dios es Dios, entonces es realmente soberano. Cuando Saúl fue confrontado por la refulgente gloria del Cristo resucitado en el camino a Damasco, su pregunta inmediata fue: «¿Quién eres, Señor?». No estaba seguro de quién le hablaba, pero sabía que quienquiera que fuera, era ciertamente soberano sobre él.

Vivir bajo la soberanía divina envuelve más que una sumisión reacia a la soberanía absoluta motivada por el miedo al castigo. Implica el reconocer que no hay una meta más alta que dar honor a Dios. Nuestras vidas deben ser sacrificios vivos, oblaciones ofrecidas con un espíritu de adoración y gratitud.

Vivir toda la vida coram Deo es vivir una vida de integridad. Es una vida de plenitud que encuentra su unidad y coherencia en la majestad de Dios. Una vida fragmentada es una vida de desintegración. Está marcada por la inconsistencia, la desarmonía, la confusión, el conflicto, la contradicción y el caos.

El cristiano que compartimenta su vida en dos secciones, la religiosa y la no religiosa, no ha entendido el plan. El plan es que, o toda la vida es religiosa, o nada de ella lo es. Dividir la vida entre lo religioso y lo no religioso es, en sí mismo, un sacrilegio.

Esto significa que si una persona cumple su vocación como herrero, abogado o ama de casa coram Deo, entonces esa persona está actuando tan religiosamente como un evangelista ganador de almas que cumple su vocación. Significa que David fue tan religioso cuando obedeció el llamado de Dios para ser pastor como lo fue cuando fue ungido con la gracia especial para ser rey. Significa que Jesús fue tan religioso cuando trabajó en la carpintería de Su padre como lo fue en el huerto de Getsemaní.

La integridad está presente en los hombres y mujeres que viven sus vidas con un patrón de consistencia. Es un patrón que funciona de la misma forma básica tanto en la iglesia como fuera de ella. Es una vida que está abierta ante Dios. Es una vida en la que todo lo que se hace se hace como para el Señor. Es una vida vivida por principios, no por conveniencia; con humildad ante Dios, no en desafío. Es una vida vivida bajo la guía de una conciencia que está cautiva de la Palabra de Dios.

Coram Deo… ante el rostro de Dios. Ese es el plan. Al lado de esta idea nuestras otras metas y ambiciones se convierten en meras nimiedades.

Pasajes de la Escritura para un estudio más profundo: Mateo 24:13; Romanos 8:31-36; 2 Corintios 4:7-16; Hebreos 6:9-12; 10:35-39.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La imagen de Dios y la Bendición de Dios 2

Tenemos que comprender ahora en qué consiste esa imagen y esa semejanza o ese parecido y conformidad con Dios. ¿Es en el cuerpo o en alma, o se trata del señorío que le ha sido dado al hombre? Muchos lo relacionan con el cuerpo. Por cierto que en la forma del cuerpo humano, hay tal habilidad creativa que podemos decir que es una imagen de Dios porque si su majestuosidad aparece en cada parte del mundo, mayor razón hay para que aparezca en aquello que es más excelente. Pero la realidad es que no encontramos tal perfección en el cuerpo humano como la imagen y semejanza a la que Moisés se refiere. ¡Al contrario!

En consecuencia, ni el cabello ni los ojos, ni los pies ni las manos nos conducirán hacia donde Moisés nos guía. En cuanto a la superioridad y la preeminencia de estas características humanas que han sido dadas al hombre por sobre todas las criaturas, no reflejan la imagen de Dios porque son características externas que no nos llevarán muy lejos. Debido a todo eso, tenemos que enfocar el alma, que es la parte más digna y valiosa del hombre. Aunque Dios ha mostrado los grandes tesoros de su poder, bondad y sabiduría al formarnos, el alma, como he dicho, es la que tiene raciocinio, comprensión y voluntad, que es mucho más de lo que puede encontrarse en el cuerpo exterior.

Ahora bien, como hemos tratado exhaustivamente y resuelto el punto de que la imagen de Dios está principalmente en el alma y se extiende al cuerpo como un accesorio, tenemos que considerar ahora en qué consiste la imagen de Dios y en qué sentido nos conformamos a él y nos parecemos a él…

Nuestro padre Adán, habiéndose enemistado con su Creador, fue entregado a la vergüenza e ignominia y, como consecuencia, Dios le quitó los dones excelentes con que lo había dotado anteriormente… Pero porque Dios, a través de nuestro Señor Jesucristo, repara su imagen en nosotros que había sido borrada en Adán, podemos comprender mejor la importancia de esa imagen y semejanza que el hombre tenía con Dios al principio. Porque cuando Pablo dice en Colosenses 3 que debemos ser renovados según la imagen de Aquel que nos creó (Col. 3:10) y, luego en Efesios 4, cuando menciona la justicia y verdadera santidad como las características a las cuales tenemos que ser conformados (Ef. 4:24), muestra que la imagen de Dios es importante; que nuestra alma al igual que nuestro cuerpo, debe ser guiada por una rectitud innegable y que nada hay en nosotros que se asemeje a la justicia y rectitud de Dios. Es cierto que Pablo no presenta aquí una lista completa, pero tampoco habla en términos generales a fin de incluir todo lo que testifica de la imagen de Dios. En cambio, cuando habla de las características principales, nos dice cuáles son las características auxiliares.

En suma, el alma debe ser limpiada de toda vanidad y toda falsedad y la claridad de Dios tiene que brillar en ella para que haya un capacidad de juicio, discreción y prudencia. Por eso es que Dios repara su imagen en nosotros cuando nos conforma a su justicia y nos renueva por su Espíritu Santo para que podamos andar en santidad. Porque eso es cierto, podemos ver en qué punto tenemos que comenzar si queremos determinar lo que es la imagen de Dios. Tal es el comienzo de la imagen de Dios en nosotros, pero eso no es todo… cuando se menciona la imagen de Dios en el hombre y no entendemos la causa de la confusión causada por el pecado, tenemos que tomar nota de esos pasajes de
Pablo y, a la vez, encontrar en Jesucristo lo que ya no hay dentro de nosotros porque nos fue quitado por nuestro padre Adán. Entonces veremos que el hombre fue creado con una naturaleza tan pura e íntegra que su alma poseía una prudencia maravillosa y no estaba cubierta de falsedad, hipocresía e ignorancia, fruto por el cual ahora no hay en
nosotros más que vanidad y tinieblas. En consecuencia, había un anhelo sincero de obedecer a Dios y gozar de todo lo bueno, no había ningún deseo o impulso de hacer el mal, en cambio ahora, todos nuestros afectos son actos de rebelión contra Dios. En aquel entonces, el cuerpo estaba tan bien y apropiadamente equilibrado que cada segmento pequeño estaba listo y ansioso por servir y honrarle. Así era el hombre, predispuesto a andar en santidad y toda justicia. En él había una abundancia de dones divinos para que la gloria de Dios brillara por doquier, interior y exteriormente. Eso, pues, caracteriza a aquella imagen…

Tomado de John Calvin’s Sermons on Genesis.

Continuará …


Juan Calvino (1509-1564): Teólogo y pastor francés, líder importante durante la Reforma Protestante; nacido en Noyon, Picardia, Francia.

Teología Digital

Los artículos sobre los desafíos de la tecnología solían comenzar con una larga lista de estadísticas que prueban la seriedad de los problemas morales, espirituales, relacionales y cognitivos que surgen de la revolución digital. En la actualidad, no necesito gastar tinta o espacio en tales asuntos. Todos saben por observación o experiencia personal cuántos problemas existen y cuán grandes son. Además, la gran mayoría de los cristianos están lo suficientemente preocupados como para querer hacer algo al respecto. Pero, ¿qué podemos hacer?

Cero tecnología

Probablemente todavía existan unas cuantas personas que siguen intentando el enfoque de «cero tecnología». Ellos dicen: «Los peligros son demasiado grandes; las consecuencias, demasiado terribles. Por lo tanto, nos vamos a mantener separados del mundo rechazando la tecnología. No la compraremos y también le prohibiremos a nuestros hijos usarla».

Este enfoque es admirable y comprensible, pero imposible. La tecnología digital está tan generalizada que intentar evitarla es como intentar no respirar. Incluso si logramos evadir la contaminación, nuestros hijos de seguro no lo lograrán. Ellos la encontrarán o ella los encontrará a ellos. Entonces van a usarla sin que lo sepamos y sin tener ninguna formación o enseñanza, lo que probablemente es el peor escenario posible.

Más tecnología

Otras personas intentan la estrategia de «más tecnología». Esta es la estrategia en la que yo más solía enfocarme; la idea es que usamos la tecnología buena para derrotar a la tecnología mala.  Así que, usamos herramientas para bloquear canales de televisión por cable, establecemos contraseñas y límites de tiempo en las computadoras personales, añadimos aplicaciones de monitoreo en los celulares de nuestros hijos, instalamos aplicaciones de rendición de cuentas en nuestros portátiles, etc. Todas estas cosas son buenas y ciertamente pueden ser parte útil de un conjunto de acciones para cuidarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos.

Sin embargo, hay algunos problemas con confiar exclusivamente en el enfoque «más tecnología». El primero de ellos es que nunca podemos tener suficiente tecnología buena para vencer la tecnología mala. Los adolescentes son particularmente hábiles para evadir los controles y encontrar brechas en los sistemas más seguros. Por supuesto, podemos frenarlos, podemos hacer que sea más difícil si ponemos algunos obstáculos en el camino, pero si están lo suficientemente decididos, nos van a ganar. Ellos siempre podrán encontrar más tecnología para frustrar nuestro plan de batalla de «más tecnología».

Además, incluso si logramos asegurar sus dispositivos, apenas salen por la puerta, pueden acceder a lo que quieran en los dispositivos de sus amigos. O incluso pueden simplemente obtener otro dispositivo y esconderlo de nosotros. Este enfoque también tiene una tendencia al legalismo y socava las relaciones al crear un escenario similar al del «gato y el ratón» que da lugar a la sospecha en una de las partes y al escondite en la otra. Necesitamos algo más que «más tecnología».

Cuanto más reconozcamos que la tecnología es un don de Dios, más aborreceremos el tomar Su don y usarlo contra Él.

Más teología

Mientras más he luchado con este problema en mi propia familia, más me he convencido de que la respuesta final no es ni «cero tecnología» ni «más tecnología», sino «más teología». Si queremos una solución profunda, duradera y espiritual, necesitamos aprender y enseñar verdades profundas, duraderas y espirituales. La sana teología digital es la respuesta a la tecnología digital; las verdades más antiguas son la mejor respuesta a los nuevos desafíos. «Más Trinidad» es más efectivo que «más tecnología».

Dios es Tres-en-Uno

¿De verdad la Trinidad es la solución para la tecnología? En parte sí. Las tres personas de la Divinidad gozan de una perfecta relación entre ellas y buscan compartir esa relación con nosotros al invitarnos a esa comunidad sagrada.

Las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están caracterizadas por el amor, la confianza, la apertura y la comunicación. ¿Acaso no es ese el modelo para nuestras relaciones con nuestros hijos, en especial con respecto a la tecnología? ¿No es eso lo que queremos cultivar e imitar? Mientras más sanas sean nuestras relaciones con nuestros hijos, más sanas serán sus relaciones con la tecnología. Las relaciones más profundas son más efectivas que las reglas más detalladas.

Además, esta unidad trinitaria no solo es una relación para ser imitada, sino también una relación para ser disfrutada. Estamos invitados a entrar en esa comunión, a vivir en esa santa familia. Mientras más hagamos eso, más la Trinidad reemplazará a la tecnología o, al menos, más nuestra comunión con la Trinidad regulará la tecnología, para que nuestra relación con esta última sea más balanceada y beneficiosa.

Dios es bueno

A veces podemos ver la tecnología con tanto terror que damos la impresión de que toda tecnología es «del diablo». No, la tecnología es un regalo maravilloso de Dios. Somos bendecidos por vivir en este tiempo y beneficiarnos tanto del rol que juega la tecnología en nuestras vidas cotidianas. ¿Cuántas vidas han sido salvadas gracias a los celulares? ¿Cuántas familias separadas se han mantenido unidas gracias a Skype y FaceTime? ¿Cuántas predicaciones y enseñanzas se han diseminado por el mundo gracias a ministerios cristianos como Ligonier? El diablo no creó ni inventó la tecnología; Dios lo hizo, en Su calidad de dador de toda buena dádiva y todo don perfecto.

Es verdad que el diablo abusa del regalo. Es cierto que nosotros lo pervertimos para darle usos pecaminosos. Sin embargo, nada de eso cambia el hecho de que Dios creó los materiales, las fuerzas y las mentes que han producido tanta tecnología beneficiosa. Cuanto más reconozcamos que la tecnología es un don de Dios, más aborreceremos el tomar Su don y usarlo contra Él, y más tomaremos Su don y lo usaremos de la forma que Él desea.

Dios es omnisciente

Nuestros padres o cónyuges no pueden verlo todo ni estar en todo lugar. El software de aplicación de rendición de cuentas puede ser evadida y las personas a las que les rendimos cuentas pueden ser engañadas. Sin embargo, no podemos evadir, engañar ni escapar del ojo del Dios que todo lo ve. Él lo ve todo: cada lugar, cada segundo, cada pantalla, cada clic, cada pulsación. Él tiene un informe diario de todos los sitios que visitamos, todos los mensajes que enviamos, todas las cuentas de Instagram que seguimos. Si realmente supiéramos que Él sabe, qué diferencia eso haría. Mientras más podamos recordarnos a nosotros mismos de la omnipresencia y la omnisciencia de Dios, más buscaremos usar la tecnología de formas que le agraden a Él y no de formas que provoquen Su ira. Sí, nuestro uso de la tecnología puede agradar a Dios. Él se deleita en ver la verdad en lugar de la falsedad en Facebook, en oír que la verdad se transmite por el mundo y en presenciar nuestro testimonio en línea ante los incrédulos.

Dios es juez

El conocimiento que Dios tiene de nosotros no está siendo almacenado en un mueble polvoriento o en un servidor lejano que algún día se perderá o será borrado. No, como Juez, un día Él nos llamará a rendir cuentas no solo por cada palabra ociosa, sino también por cada clic ocioso e idólatra, por cada segundo que pasamos inútilmente perdiendo el tiempo. Puede que silenciemos a nuestro juez interno, nuestra conciencia; podemos ser más listos que nuestros jueces terrenales, nuestros padres y las personas a las que les rendimos cuentas; pero jamás escaparemos del juicio de Dios. Es cierto que la gracia de Dios en Cristo cubre todo pecado; ningún creyente verdadero en Jesús será jamás separado de Cristo por su pecado, y Su justicia que nos ha sido imputada nos asegura el cielo. No obstante, sabemos que en aquel día final, Dios pesará las obras de los cristianos. Nos presentaremos ante el gran Juez, quien estará frente a nosotros no como nuestro condenador, sino como nuestro evaluador que juzgará lo que hemos hecho y le otorgará a Su pueblo mayores o menores recompensas conforme a su obediencia. Deja que Su discernimiento  te ayude a juzgar con discernimiento respecto a tu uso de la tecnología.

Dios es el Salvador

A veces, la culpa detiene al pecado; nuestras conciencias nos duelen y nos advierten para que cambiemos nuestros caminos. Sin embargo, con mayor frecuencia, la culpa multiplica el pecado; nos deja desesperanzados e impotentes. Una vez más hemos pecado con nuestro celular, fallamos otra vez en nuestro iPad. Nos sentimos tan condenados, ¿qué sentido tiene seguir intentando? Hemos pecado tanto, ¿qué daño va a causar otro pecado?

La culpa también multiplica el pecado al crear distancia entre nosotros y Dios. Nos enajena y nos separa de Dios y, en consecuencia, hace que pecar sea mucho más fácil. Esta es la razón por la que necesitamos escuchar sobre la salvación, la gracia y el perdón otra vez.

Nada desalienta al pecado como el perdón de los pecados, ya que no solo quita la culpa, sino que también multiplica el amor por el Perdonador. Cuanto más podamos abrazar el perdón divino, más abrazaremos al Perdonador y más amor por Cristo disfrutaremos.

Dios es poderoso

A veces podemos tener el deseo de rendirnos ante la batalla contra los peligros de la tecnología. Vemos los ejércitos alineados contra nosotros y nuestros hijos, y preguntamos: «¿Qué sentido tiene luchar si estoy contra tanto?».

Tienes razón; los ejércitos son demasiados, y demasiado poderosos. Sin embargo, mayor es el que está con nosotros que el que está con ellos. Con Dios, todas las cosas son posibles, y Él ama demostrar Su capacidad, especialmente en nuestra incapacidad. Su poder es manifestado especialmente en nuestra debilidad. Cuando sentimos y confesamos nuestra impotencia, es que Él hace Su entrada con Su omnipotencia. Él puede mantenernos seguros a nosotros y a nuestros hijos. Él es capaz y poderoso para salvar. Él también puede darnos a nosotros y a todos nuestros hijos Su Espíritu Santo para resistir la tentación y hacer lo que es justo y bueno. Su Espíritu es mucho más influyente que el espíritu de la época.

Dios es sabio

A veces podemos ser tentados a pensar que Dios no previó este enorme desafío moral y espiritual, que no lo anticipó y que, por lo tanto, no ha provisto nada en Su Palabra para ayudarnos. Después de todo, la Biblia fue escrita hace miles de años. ¿Qué puede la era del papiro decirle a la era digital? Afortunadamente, Dios sí lo previó, sí lo anticipó y ha dejado suficiente verdad en la Biblia para guiarnos por este campo minado. Muchos versículos del Nuevo Testamento sobre la ética cristiana pueden ser aplicados a la tecnología, pero me he dado cuenta de que el libro de Proverbios es especialmente útil como fuente de sabiduría divina para la era digital. ¿Por qué no leerlo mientras pedimos a Dios luz para saber cómo aplicar estos antiguos principios de sabiduría a los tiempos modernos? Dios es más sabio que los magnates tecnológicos más sabios y ha anticipado cada desarrollo tecnológico hasta el fin de los tiempos. Nunca llegará el día en que digamos: «Bueno, a la Biblia se le agotó la verdad».

Apenas he rozado la superficie, pero espero que estés convencido de que la respuesta final para la tecnología digital es la teología digital.

El Dr. David P. Murray es profesor de Antiguo Testamento y teología práctica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan, y pastor de Grand Rapids Reformed Church.

La Cruz y el ministerio cristiano

Reseña 45

Don Carson es el profesor de investigación del Nuevo Testamento de Trinity Evangelical Divinity School en Deerfield, Illinois, y cofundador (junto a Tim Keller) de The Gospel Coalition.

“Principios para un liderazgo dinámico y cristocéntrico”

La cruz de Jesucristo es un ejemplo único para toda clase de servicio cristiano. Este libro presenta una visión exhaustiva de lo que la muerte de Cristo supone en la predicación y en el pastorado del pueblo de Dios. El autor encuentra en 1ª Corintios los principios para un liderazgo dinámico y cristocéntrico.

La Cruz y el ministerio cristiano expone el poder que proviene de la locura de predicar a Cristo crucificado; explica cómo únicamente el Espíritu Santo puede revelarnos la profunda sabiduría de Dios en la cruz; demuestra que aquellos cuya perspectiva está centrada en la cruz no se verán envueltos en enmarañadas discusiones; muestra cómo el hecho de centrarse en la cruz capacita a los líderes a que sean siervos y señala, además, cómo la cruz moldea a los cristianos “mundanos”.

Cuando leemos los primeros capítulos de 1 Corintios, es fácil preguntarnos: ¿es que los creyentes corintios necesitan tener una visión más completa de lo que implica el liderazgo cristiano? Muy bien, dice Pablo, este es el cuadro: “Hasta ahora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (1 Co. 4:11-13).

No es necesario analizar con detalle estas chocantes líneas, pero comentarlas un poco acentuará su impacto. Las frases “hasta esta hora” y “hasta ahora” son, probablemente, la forma que tiene Pablo de atraer la atención hacia la situación escatológica. Pablo y sus colegas apóstoles siguen padeciendo, hasta este momento, aunque ya se haya inaugurado el reino escatológico por medio del triunfo de Cristo. Los corintios, en otras palabras, están montando su teología olvidando la evidencia que tienen delante. La falta de ministerio itinerante (“tenemos hambre”, ”estamos desnudos”, ”somos abofeteados”), la auténtica sustancia de la vida apostólica, culmina en el “no tenemos morada fija”, precisamente porque su “morada” no está atada a este mundo.

A primera vista, lo que parece estar fuera de esta lista es el “nos fatigamos trabajando con nuestras manos”. De hecho, como los maestros en el mundo helenístico consideraban estar por encima del trabajo manual, mientras que Pablo con frecuencia ganaba para él y su equipo (y a veces insistía en hacerlo) gracias a su habilidad como fabricante de tiendas, era fácil que los corintios lo rechazaran como a un ejemplar inferior de la raza de los maestros. Pero lo que ellos desprecian, él lo presenta como ejemplar. Y por lo que respecta al modo en que responde a las puyas y ataques de un mundo escéptico, Pablo ofrece su testimonio como modelo: “nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos” (1 Co. 4:12-13). Así refleja, en su práctica, la enseñanza (Lc. 6:28) y el ejemplo (Lc. 23:34) del mismo señor Jesús.

Resumiendo: Pablo dice que, él y sus compañeros de apostolado, han “venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos” (4:13), los parias, los rechazados, la basura de todos… todo lo despreciable en una sociedad llena de personas guapas y exitosas.

Si Pablo insiste en que él es un modelo para otros, diciéndoles que le imiten, es porque él mismo sigue el ejemplo de Cristo. 

De repente, ya no podemos ignorar el modelo de liderazgo de Pablo, no el modelo que él era para otros, sino el modelo que eligió para seguir él mismo. Porque se nos vuelve a recordar, una y otra vez, la cruz. El profeta escribió sobre el siervo sufriente: “Le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is. 53:2-3). Pablo testifica a los filipenses su deseo de experimentar no solo el poder de la resurrección de Cristo, sino también la comunión que supone participar en sus sufrimientos (Fil. 3: 10). Ciertamente, en otro pasaje les escribe a los cristianos en Roma y les dice que son “también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Ro. 8:17). Si Pablo insiste en que él es un modelo para otros, diciéndoles que le imiten (1 Co. 4:16), es porque él mismo sigue el ejemplo de Cristo (1 Co. 11:1).

Pablo no es tan ingenuo que piense que todos los cristianos deberían, en teoría, sufrir en el mismo grado. De hecho, en un pasaje testifica de su voluntad de participar en un grado desproporcionado de sufrimientos, para que otros no lo hagan. Pero lo que está en juego para Pablo es algo fundamental, una forma de mirar las cosas. Podemos resumirlo en tres puntos.

La Cruz y el ministerio cristiano

1. Seguimos a un Mesías crucificado. Todas las promesas escatológicas que conciernen al nuevo cielo y la nueva tierra, todas las bendiciones del perdón de pecados y el bendito Espíritu de Dios, no niegan el hecho de que las buenas nuevas que exponemos se centran en la locura de Cristo crucificado. Y este mensaje no puede comunicarse adecuadamente desde la elevada posición de un triunfalista condescendiente. Llevaremos nuestra cruz hasta el fin de los tiempos; es decir, moriremos a nuestro propio interés cada día, y seguiremos a Jesús. Cuanto menos conozca una sociedad esta actitud, más insensatos pareceremos y más sufrimientos soportaremos. Que así sea: no hay otra forma de seguir a Jesús.

2. Los líderes de la Iglesia padecen más. No son como los generales en el ejército, que se quedan tras las líneas. Son las tropas de asalto, la gente de vanguardia, que nos guía tanto con su ejemplo como con su palabra. Alabar una forma de liderazgo que desprecia el sufrimiento es, por tanto, negar la fe.

Necesitamos una pasión renovada no solo por centrar nuestra predicación en el evangelio del Mesías crucificado, sino también nuestras vidas y las de nuestros líderes. 

3. En cierta medida, todos los cristianos son llamados a esta visión de la vida y el discipulado. Pablo está a punto de decir: “Por tanto, os ruego que me imitéis. Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias” (4:16-17 LBLA, énfasis añadido).

Debemos reconocer honradamente que esta afirmación resulta extraña a muchas de nuestras experiencias en el mundo occidental. Hasta hace bastante poco, aun los inconversos en occidente se adherían a los valores judeocristianos. No obstante, esta actitud está decayendo rápidamente, y a medida que lo hace habrá más y más oposición a cualquier forma de cristianismo que intente seguir siendo fiel a la Biblia.

Pero una parte del motivo por el cual la afirmación de Pablo nos resulta extraña a tantos de nosotros, es que, inconscientemente, nos hemos vuelto más como los cristianos corintios que como cristianos paulinos (¡es decir, bíblicos!). Muchos de nosotros somos acomodados, estamos a gusto, con pocos incentivos para vivir en la vibrante anticipación del regreso de Cristo. A menudo nuestro deseo por la aprobación del mundo aventaja a nuestro deseo del “¡Bien hecho!” de Jesús, en aquel último día. El lugar adecuado para empezar a cambiar esta profunda traición del evangelio es la cruz… en arrepentimiento, contricción, y una pasión renovada no solo por centrar nuestra predicación en el evangelio del Mesías crucificado, sino también nuestras vidas y las de nuestros líderes.

ÍNDICE

  1. La cruz y la predicación (1ª Corintios 1:18-2:5)
  2. La cruz y el Espíritu Santo (1ª Corintios 2:6-16)
  3. La cruz y las divisiones (1ª Corintios 3)
  4. La cruz y el liderazgo cristiano (1ª Corintios 4)
  5. La cruz y el cristiano transcultural (1ª Corintios 9:19-27)

*Editorial Andamio 2ª edición Marzo 2011. – 154 pp.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/574-la-cruz-y-el-ministerio-cristiano.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

La cruz y el ministerio cristiano 1

La imagen de Dios y la bendición de Dios 1

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:26-28).

El hombre es una criatura noble por encima de todas las demás y tiene en sí un valor que supera a todas las criaturas visibles. Por eso es que Dios delibera cuando se prepara para crearlo. Es cierto que el hombre fue hecho poco menor que los ángeles porque estos disfrutan de la presencia de Dios y su posición es más honorable de lo que podemos imaginar porque son los mensajeros de Dios.

Inclusive, son ministros de su poder y de la soberanía que ejerce en este mundo. Pero de todas las cosas en el cielo y en la tierra, nada se compara con el hombre.

Es por eso que los filósofos lo han llamado “un pequeño mundo”. Si quisiéramos reflexionar sobre lo que hay en el hombre, encontraríamos tantas cosas maravillosas que sería como hacer una excursión alrededor del mundo. Es de destacar, entonces, que es en este punto donde Dios empieza su consulta; no que se encuentre con problemas, sino que lo hace a fin de expresar mejor la bondad infinita que nos quería demostrar. Por lo tanto, si Moisés hubiera afirmado simplemente que por último Dios creó al hombre, no nos conmoveríamos y emocionaríamos tanto ante su gracia, tal como la revela en su naturaleza. Pero cuando Dios compara al hombre con una obra singular y excelente, y parece que estuviera consultando sobre un tema de gran importancia, nos conmueve aun más profundamente saber que es en el hombre donde Dios quería que brillara su gloria. De lo contrario, ¿por qué es tan importante que nos diferenciemos de los animales irracionales? ¿Es una parte de nuestra sustancia? Hemos sido formados del polvo de la tierra. Es la misma tierra de la que fueron tomados los bueyes, asnos y perros. ¿Cómo es, pues, que tenemos una posición tan alta que nos acercamos a nuestro Dios, que tenemos la capacidad de razonar y comprender, y luego, señorío sobre todo lo demás? ¿De dónde viene eso fuera del hecho de que a Dios le agradó hacernos diferentes? Esa diferencia es señalada cuando Dios declara que quiere realizar una obra importante que es más grande que todo lo demás que ha creado. Aunque el sol y la luna son creaciones tan nobles que parecen divinas, aunque los cielos
tienen un aspecto que maravilla y alegra al hombre, aunque la gran diversidad de frutas y otras cosas que vemos aquí en la tierra son diseñadas para declararnos la majestad de Dios, la realidad es que si comparamos todo eso con el hombre, encontramos en él características mucho más grandiosas y más excelentes…

Al llegar a este punto, podríamos preguntar: “¿Con quién consulta Dios?”… El Padre fue la causa y fuente soberana de todas las cosas y aquí consulta con su sabiduría y su poder… Nuestro Señor Jesucristo es la Sabiduría sempiterna que reside en Dios y ha tenido su esencia siempre en él. ¡Él es uno de la Trinidad! El Espíritu Santo es el Poder de Dios. Las ideas fluirán muy bien si decimos que la Persona del Padre es presentada aquí porque tenemos el punto de partida para hablar acerca de Dios cuando dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”… Cuando dice que el hombre será creado a imagen de Dios, conforme a su semejanza, es para declarar que habrá en él poderes y dones que servirán como señales y marcas que muestran que la raza humana es como el linaje de Dios, tal como lo prueba Pablo con el dicho del poeta gentil en el capítulo 17 de Hechos: “Porque linaje suyo somos” (Hch. 17:28)…

Tomado de John Calvin’s Sermons on Genesis.

Continuará …


Juan Calvino (1509-1564): Teólogo y pastor francés, líder importante durante la Reforma Protestante; nacido en Noyon, Picardia, Francia.

La exposición de los lobos

El siglo II de la era cristiana vio a la Iglesia emerger de las sombras y comenzar a empuñar armas en el mundo de las ideas. 

El inicio no fue fácil. A principios de siglo, el emperador Trajano (98-117), uno de los cuatro «emperadores buenos» (junto con sus sucesores Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), tomó como política no buscar cristianos y rechazar las denuncias anónimas. De este modo, los cristianos eran perseguidos solamente cuando se daban a conocer. Esta política pudiera entenderse como tolerante y benevolente, pero el resultado, por supuesto, fue el martirio precisamente de aquellos cristianos que no estaban dispuestos a guardar silencio sobre su fe. 

Las autoridades imperiales no fueron los únicos que hostigaron a los cristianos. La hostilidad pagana hacia el cristianismo creció a lo largo del siglo, y numerosos paganos escribieron duramente en contra de este. Los más famosos fueron Luciano de Samósata y el filósofo Celso, cuya diatriba anticristiana, Discurso Verdadero, inspiró la obra apologética de Orígenes de Alejandría, Contra Celso

No obstante, fue un movimiento al interior de la misma Iglesia, un movimiento que se mostraba a sí mismo como una élite, con un entendimiento superior del cristianismo, el que presentó el desafío más significativo a la Iglesia creciente. Este movimiento fue conocido como gnosticismo. 

Irónicamente, el martirio de Potino, obispo de Lyon en la Galia, quien fue llevado a la muerte por Marco Aurelio, el «emperador filósofo», alrededor del 177 d. C., trajo a la fama al hombre que más hábilmente respondió a los gnósticos. Ireneo sucedió a Potino como obispo y llegó a ser uno de los más efectivos defensores tempranos de la verdad cristiana, entregándole a la Iglesia una clara definición frente a la desviación más peligrosa de la ortodoxia cristiana. 

En una época se creyó que el gnosticismo había surgido desde dentro de los círculos cristianos, esto debido a que se había hecho notorio principalmente por los intentos de los cristianos ortodoxos de refutarlo. Más recientemente ha salido a la luz que el gnosticismo, por el cual se entiende un fenómeno subversivo existente dentro del campo cristiano, era el aspecto cristiano de un movimiento gnóstico mucho más grande, que incluso afectaba al judaísmo y al mundo pagano. Hoy existe un paralelo distinto al movimiento gnóstico del segundo siglo. Es conocido como Nueva Era, y tal como el antiguo gnosticismo, tiene representantes dentro de la cristiandad y fuera de ella. 

El gnosticismo, así como el movimiento gnóstico más amplio fuera de la Iglesia, era un fenómeno de muchos rasgos como para caracterizarlo en un par de párrafos —tal como lo es hoy la Nueva Era— pero hay algunas características sobresalientes que eran comunes a la mayoría de los gnósticos. Como su nombre implica (tomado de la palabra griega gnosis, que significa «conocimiento»), los gnósticos consideraban que el conocimiento, o un tipo particular de conocimiento, era la clave para la comprensión de toda verdad y la fuente de salvación. Los gnósticos «cristianos» enseñaron que el Cristo de los Evangelios y los Evangelios mismos eran de hecho una revelación, pero de un nivel inferior, adecuada para los de mente simple (tal como el mundo intelectual y la élite mediática mira hoy a la religión evangélica).

Por lo tanto, el gnosticismo era elitista, pues consideraba que solo una parte de la humanidad, la verdaderamente espiritual, era capaz de recibir la gnosis salvadora o conocimiento oculto, que se transmitía en secreto y que no estaba disponible para la gran masa de personas. Las personas menos espirituales, irremediablemente sumidas en el mundo material, eran rechazadas como «terrenales».

En términos tanto de contenido como de actitud, el movimiento gnóstico representaba una tendencia humana recurrente; como ya se ha sugerido, ha reaparecido en nuestra propia época como el movimiento Nueva Era, con su increíble variedad de ideas fantásticas. Por esta razón, es útil observar el gnosticismo cuasi-cristiano y ver cómo la Iglesia evitó ser subvertida por él, con Ireneo como figura destacada en la lucha.

El combate no solamente se libró en el plano intelectual; parte de la razón del éxito que tuvo la Iglesia en su autodefensa yació en la prontitud con la que líderes de congregaciones individuales tomaron medidas contra los infiltrados o conversos gnósticos. Estos fueron rápidamente identificados, denunciados como falsos creyentes y expulsados. La mayoría de los líderes verdaderamente cristianos reconocieron instintivamente el peligro de tolerar sus ideas, que alegaban, tal como lo ofrecieron, un tipo de conocimiento más elevado a la élite intelectual o la élite en potencia en sus congregaciones. Aún así, la pronta acción disciplinaria de los líderes congregacionales no habría sido suficiente sin el trabajo de los primeros teólogos, quienes contrarrestaron la amenaza gnóstica al tratar en detalle tanto sus principios generales como sus errores particulares.

Uno de los enfoques favoritos de los gnósticos era afirmar que creían y respetaban las enseñanzas del evangelio, y que simplemente estaban trayendo verdades más grandes y secretas a aquellos que eran lo suficientemente espirituales como para recibirlas. En consecuencia, una de las principales tácticas de opositores tales como Ireneo fue insistir en que el mensaje canónico del evangelio era completamente suficiente y que otras verdades aparentes no eran mejoras sino que, de hecho, representaban un peligro real para la salvación, porque la salvación viene por creer en el evangelio, no por aceptar una gnosis elitista.

La necesidad de definir, aclarar y justificar la legítima creencia cristiana frente a las nociones fantasiosas del gnosticismo llevó a Ireneo a producir una de las primeras obras importantes en la teología cristiana, Adversus Haereses [Contra las herejías]. Al leer a Ireneo, incluso podríamos decir que el gnosticismo fue una ayuda para el cristianismo porque estimuló la buena teología cristiana.

Ireneo sucedió a Potino como obispo de Lyon alrededor del 177 d. C., luego de que Potino fuera martirizado. Anteriormente, había sido discípulo de Policarpo, quien también había sido martirizado ya anciano cerca del 167 d. C., durante el reinado del mismo «emperador bueno», Marco Aurelio. Por lo tanto, Ireneo sabía de primera mano el peligro de defender a Cristo en el mundo multicultural y tolerante a la religión del emperador filósofo. Los cristianos del siglo XXI en Estados Unidos probablemente no enfrentan un peligro mayor que ser despreciados y posiblemente perder sus empleos por presentar la enseñanza exclusivista de que la salvación se encuentra solo en Jesucristo. Pero si Ireneo pudo defender la verdad cristiana contra el gnosticismo en los días en que atraer la atención pública como cristiano podía llevar a la muerte, ciertamente deberíamos ser capaces de rechazar sus variantes modernas cuando el peor peligro que corremos es ser denunciados como políticamente incorrectos o intolerantes. Desde la perspectiva de los protestantes ortodoxos del siglo XXI, la exaltación de Ireneo de la suficiencia del evangelio contra las supuestas mejoras de los gnósticos también ofrece un ejemplo útil de cómo manejar la afirmación del catolicismo romano de que la tradición es una fuente esencial de doctrina además de las Escrituras.

El gnosticismo presentaba tres grandes amenazas para los primeros cristianos. Primero, se agregaron «verdades» gnósticas secretas al registro del evangelio, diluyendo los fundamentos de la fe bíblica con enseñanzas extrañas y a menudo fantásticas. Segundo, la afirmación de los maestros gnósticos de tener acceso a verdades secretas socavaba la autoridad de los obispos y presbíteros. Tercero, la impartición de la gnosis solo a un cuerpo selecto o autoseleccionado de buscadores dividió las congregaciones y les dio a los gnósticos neófitos una razón para exaltarse a sí mismos como miembros verdaderamente «espirituales» de una clase de élite muy por encima del rebaño común de aquellos que tenían únicamente una «fe simple».

Además de la Nueva Era, el gnosticismo del siglo II tiene un paralelo en nuestros días en otro tipo de tentación gnóstica, a saber, una fascinación por la experiencia teológica y una disposición acompañante para tomar lo que los «expertos» nos dicen en sus palabras. Algunos que han obtenido doctorados y otras distinciones en el estudio de las Escrituras y la teología actúan como si supieran algo nuevo y verdaderamente esencial, a lo que los cristianos más simples solo pueden acceder al escucharlos. Naturalmente, estos «cristianos más simples», crédulos, inadvertidamente alimentan el elitismo autoinfatuado de estos maestros cuando con su aprendizaje superior difieren, cuestionan o contradicen las claras enseñanzas de las Escrituras.

Como obispo, Ireneo comenzó insistiendo en la autoridad de la comunidad de obispos, afirmando que uno puede estar seguro de la verdad solo si está en comunión con los líderes que han sido designados para defenderla. Su insistencia en la autoridad de los obispos como grupo y no en el obispo de Roma como único jefe de la Iglesia a menudo se ha utilizado como argumento en contra de la supremacía papal. En un controvertido pasaje en Contra las herejías, Ireneo habla de Roma como el lugar donde las iglesias se reúnen y dan fe de su unidad, pero no el lugar al que se someten.

Nadie de la generación de Ireneo pudo estar mejor arraigado que él en la tradición ni, de haber sido necesario, tenido un mejor acceso al conocimiento secreto, porque Ireneo había sido alumno de Policarpo, y Policarpo había sido alumno del apóstol Juan. Esta herencia le da a sus escritos la autenticidad inusual de una conexión distante con el último de los discípulos originales de Cristo. Si Cristo realmente hubiera impartido un conocimiento secreto a su círculo más íntimo durante los 40 días posteriores a la resurrección, que es una de las supuestas fuentes de gnosis, Ireneo habría estado en una buena posición para aprenderlo.

Al igual que Lucas en su Evangelio y en Hechos, Ireneo escribió Contra las herejías para un amigo. El amigo le había preguntado sobre el sistema de Valentín, un atractivo maestro que quería ser considerado un verdadero cristiano, solo que más conocedor (gnóstico) que el rebaño común. Valentín, el gnóstico más importante del siglo II, era un hombre altamente educado y sensible, lleno de celo y pathos religioso. Desafortunadamente, sus doctrinas transformaron la fe simple del evangelio en algo muy diferente. Podríamos comparar a Valentín con un teólogo moderno cuya genialidad y encanto nos hacen perder de vista la naturaleza errónea de sus enseñanzas.

En varios capítulos del Libro I, Ireneo describe el elaborado sistema de Valentín con cierto detalle; de hecho, Contra las herejías es una de nuestras mejores fuentes para conocer a Valentín y su típico rechazo gnóstico de la doctrina bíblica de la creación. Para los gnósticos, la entidad espiritual suprema era demasiado elevada para que se contaminara (a sí misma) mediante la producción o interacción con la materia básica. (La adhesión de la mayor parte del mundo educativo contemporáneo a la evolución naturalista es una presuposición tan grande como la idea gnóstica de que el espíritu no puede afectar la materia). A los ojos gnósticos, la materia era mala y el único Proarché (Protoprincipio) espiritual del cual vinieron todas las cosas no pudo haberse contaminado mediante el contacto con ellas. Valentín, por lo tanto, concibió un orden descendente de entidades espirituales, llamadas eones, un número inmenso con muchos nombres exóticos, agrupados en formaciones con otros nombres exóticos, que incluyen, por ejemplo, la Pléroma (plenitud), la Ogdóada (grupo de ocho), la Década (10) y la Docena (12). Finalmente, al final de una larga y confusa lista de entidades espirituales cada vez menos puras, se genera el mundo burdo de la materia.

Por supuesto, Valentín realmente no tuvo éxito en explicar cómo la creación ex nihilo de la Escritura pudo ser pasada por alto por los eones espirituales que gradualmente se convirtieron en materia, pues nunca resolvió realmente la cuestión de cómo la materia puede existir a través de la degeneración de aquello que es espiritual. La proliferación de sus eones simplemente ocultó la contradicción.

Sin embargo, Ireneo lo expuso de manera brillante y con mucho humor. Luego de entrar en el sistema de eones de Valentín, con sus nombres imaginativos y fascinantes, Ireneo escribió una parodia que expone lo absurdo de evadir la doctrina de la creación mejor que cualquier descripción que podamos idear:

Nada obstaculiza a nadie, al tratar el mismo tema (el origen de la materia a partir del espíritu), para colocar nombres de la siguiente manera: hay un cierto Proarché (Protopincipio), real, que supera todo pensamiento, un poder que existe antes que cualquier otra sustancia, y extendido en el espacio en todas las direcciones. Pero junto con él existe un poder que yo llamo Calabaza, y junto con esta Calabaza existe un poder que nuevamente llamo Vacío Absoluto. Esta Calabaza y este Vacío, dado que son uno, produjeron (y, sin embargo, no produjeron, para estar separados de sí mismos), una fruta, visible en todas partes, comestible y deliciosa, que el lenguaje de las frutas llama Pepino. Junto con este Pepino existe un poder de la misma esencia, que nuevamente llamo Melón. Estos poderes, la Calabaza, el Vacío Absoluto, el Pepino y el Melón, produjeron la multitud restante de los melones delirantes de Valentín.

Ireneo merece respeto por la amplitud y claridad de su pensamiento, y se ubica entre los principales teólogos del cristianismo primitivo. Hizo mucho más que refutar el gnosticismo, contribuyendo a nuestra comprensión de la encarnación, de la obra de Cristo y de la naturaleza humana. Sin embargo, su exitosa defensa contra el gnosticismo haría más para las futuras generaciones que cualquier otro trabajo suyo. ¿Podemos seguir su ejemplo de los melones delirantes al tratar con los innumerables absurdos de la Nueva Era?

El Dr. Harold O.J. Brown fue profesor de teología en Reformed Seminario Theological Seminary en Charlotte, N.C.

Pensamientos de A.W. Pink

El escritor ha conocido a muchas personas que profesan ser cristianas, pero cuya vida diaria no se diferencia en nada de los miles de no profesantes que los rodean. Rara vez, por no decir ninguna, se les encuentra en la reunión de oración, no tienen adoración familiar, pocas veces leen las Escrituras, no hablan con nadie de las cosas de Dios, su caminar es absolutamente mundano y ¡a pesar de todo, están bastante seguros de que irán al cielo! Investiga en el campo de su confianza y te dirán que hace mucho tiempo aceptaron a Cristo como su Salvador y que ahora su consuelo es que “una vez salvo, siempre salvo”. Existen miles de personas como estas en la tierra hoy que, a pesar de
ello, se encuentran en la senda ancha que lleva a destrucción, caminando por ella con una paz falsa en sus corazones y una profesión vana en sus labios. — A. W. Pink

Arthur Walkington Pink (Nottingham, Inglaterra 1 de abril de 1886 – Stornoway, 15 de julio de 1952) fue un teólogo, evangelista, predicador, misionero, escritor y erudito bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas de las doctrinas puritanas en medio de una era dominada por la oposición a las tradiciones teológicas. Por ejemplo, llamaba al Dispensacionalismo “un error moderno y pernicioso”. Como suscriptores de su revista mensual Estudio sobre las Escrituras estaban Martyn Lloyd-Jones y el Dr. Douglas Johnson, primer director general del InterVarsity.

Paganos y Cristianos

Lo que sigue es un extracto de John G. Paton: Missionary to the New Hebrides (John G. Paton: Misionero a las Nuevas Hébridas) editado por James Paton. Esta extraordinaria autobiografía exhibe las maravillas de la gracia salvífica de Dios. Tras años trabajando duramente entre los caníbales, Dios usó el que Paton cavara un pozo para extraer agua, para quebrantar la garra del paganismo y llevar a los caníbales a inclinarse delante de nuestro Dios soberano. Asombrados al ver el agua saliendo de la tierra, en el pozo, el viejo jefe Namakey dio más tarde su testimonio en la iglesia misionera de Paton:

“Mi pueblo… el pueblo de Aniwa… ¡el mundo está trastocado desde que la palabra de Jehová vino a esta tierra! ¿Quién esperó jamás ver la lluvia subiendo y atravesando la tierra? ¡Siempre había descendido de las nubes! Maravillosa es la obra de este Dios Jehová. Ningún dios de Aniwa había respondido jamás las oraciones como lo ha hecho el Dios de Missi. Amigos de Namakey, todos los poderes del mundo no podían habernos obligado a creer que la lluvia podía salir de las profundidades de la tierra, si no lo hubiéramos visto con nuestros ojos, tocado y probado como lo hacemos aquí. Ahora, con la ayuda de Jehová Dios, el Missi puso ante nuestros ojos esa lluvia invisible de la que nunca habíamos oído hablar ni habíamos visto y… (golpeándose el pecho con la mano, exclamó)… Aquí, dentro de mi corazón, algo me dice que Jehová Dios existe de verdad, el Invisible del que nunca supimos hasta que Missi lo puso en nuestro conocimiento. Se ha eliminado el coral y la tierra se ha limpiado y ¡he aquí que surge el agua! Invisible hasta este día, aunque de todos modos estaba allí, pero nuestros ojos eran demasiado débiles. De modo que yo, vuestro jefe, ahora creo firmemente que cuando muera, cuando se quiten los trozos de coral y los montones de polvo que ahora ciegan mis viejos ojos, veré al invisible Dios Jehová con mi alma, como me dice Missi. Y así será, tan cierto como que he visto la lluvia subir de la tierra de abajo. Desde este día, pueblo mío, debo adorar al Dios que ha abierto el pozo para nosotros y que nos llena de lluvia de abajo. Los dioses de Aniwa no pueden escuchar, no pueden ayudarnos como el Dios de Missi. De aquí en adelante soy un seguidor de Jehová Dios. Que todo aquel que piense como yo vaya ahora a buscar a los ídolos de Aniwa, los dioses a los que temían nuestros padres y los echen al suelo, a los pies de Missi. Quememos estas cosas de madera y piedra, enterrémoslas y destruyámoslas, y que Missi nos enseñe cómo servir al Dios al que no podemos escuchar, el Jehová que nos dio el pozo y que nos dará cualquier otra bendición porque Él envió a su Hijo Jesús a morir por nosotros y llevarnos al cielo. Esto es lo que Missi nos ha estado diciendo cada día desde que desembarcó en Aniwa. Nos reímos de él, pero ahora creemos lo que nos dice. El Dios Jehová nos ha enviado lluvia de la tierra. ¿Por qué no nos mandaría también a su Hijo desde el cielo? ¡Namakey, levántate para Jehová!

Este discurso y la perforación del pozo hicieron el trabajo de quebrantar el paganismo que había en Aniwa. Aquella misma tarde, el viejo jefe y varios hombres de su pueblo trajeron sus ídolos y los echaron a mis pies, junto a la puerta de nuestra casa. ¡Oh, qué entusiasmo tan intenso durante las semanas que siguieron! Unos tras otros vinieron hasta allí, cargados con sus dioses de madera y piedra, haciendo montones con ellos, entre las lágrimas y los sollozos de algunos y los gritos de otros, entre los que se podía oír la palabra “¡Jehová! ¡Jehová!” repetida una y otra vez. Echamos a las llamas todo lo que se podía quemar; otras cosas fueron enterradas en hoyos de entre tres metros y medio y cuatro metros y medio de profundidad y, unas pocas, las más susceptibles de poder alimentar o despertar la superstición, las hundimos muy lejos, en la profundidad del mar. ¡Que ningún ojo pagano pueda volver a fijarse en ellos nunca más!

Con esto no quiero indicar que, en todos los casos, sus motivaciones fueran elevadas o iluminadas. No faltaron los que deseaban hacer pagar a este nuevo movimiento ¡y se disgustaron en gran manera cuando nos negamos a “comprar” sus dioses! Al decirles que Jehová no estaría satisfecho, a menos que ellos los entregaran por su propia voluntad y los destruyeran sin dinero o recompensa, algunos se los volvieron a llevar y esperaron toda una estación junto a ellos y otros, los tiraron con desprecio. Se celebraron reuniones y se pronunciaron discursos, ya que estos vanuatuenses son oradores irreprensibles, floridos y sorprendentemente gráficos. A esto, le seguía mucha conversación y la destrucción de los ídolos continuó aprisa. Enseguida dos Hombres Sagrados y algunas otras personas escogidas se constituyeron como una especie de comité detective que descubriera y expusiera a quienes fingieron entregarlos todos, pero seguían escondiendo ciertos ídolos en secreto, y para alentar a los indecisos a que vinieran a una profunda [conversión] a Jehová. En aquellos días intensos, llenos de entusiasmo, “estuvimos quietos” y vimos la salvación del Señor.

Ahora nos rodeaban en manadas en cada reunión que celebrábamos. Escuchaban con avidez la historia de la vida y la muerte de Jesús. Voluntariamente iban adoptando alguna que otra prenda de vestir. Y todo lo que sucedía, se nos sometía de forma completa y fiel buscando nuestro consejo o información. Uno de los primerísimos pasos en la disciplina cristiana que dieron con buena disposición y casi de forma unánime fue pedir la bendición de Dios en cada comida y alabar al gran Jehová por su pan de cada día. A cualquiera que no actuara así se le consideraba pagano. (Pregunta: ¿cuántos blancos paganos hay?). El siguiente paso, que se dio como si fuera por consenso común y que no fue menos sorprendente que gozoso, fue una forma de adoración familiar, cada mañana y cada noche. Sin lugar a duda, las oraciones eran con frecuencia muy extrañas y se mezclaban con muchas supersticiones que quedaban; pero eran oraciones al gran Jehová, el compasivo Padre, el Invisible… no más dioses de piedra.

Eran características llamativas, por necesidad, de nuestra vida como cristianos en medio de ellos: oración familiar mañana y tarde, y gracia a la mesa; de ahí que, de la forma más natural, su instintiva adopción e imitación de aquello, como primeras muestras externas de la disciplina cristiana. Cada casa donde no hubiera oración a Dios en la familia, se consideraba por ello pagana. Era una prueba directa y práctica de la nueva fe; en un sentido amplio (y, en lo que cabe, es desde luego muy amplio, cuando subyace algo de sinceridad), la prueba era una sobre la que no podía haber error por ninguna de las partes.


Tomado de John G. Paton y James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

La Adoración familiar puesta en práctica 4

3. Para orar

Sean breves: Con pocas excepciones, no oren durante más de cinco minutos. Las oraciones tediosas hacen más mal que bien.

No enseñen en su oración: Dios no necesita la instrucción. Enseñen con los ojos abiertos; oren con los ojos cerrados.
Sean simples sin ser superficiales: Oren por cosas de las que sus hijos sepan ya algo, pero no permitan que sus oraciones se vuelvan triviales. No reduzcan sus oraciones a las peticiones egoístas y poco profundas.

Sean directos: Desplieguen sus necesidades delante de Dios, defiendan su causa y pidan misericordia. Nombren a sus hijos adolescentes y a los pequeños, y las necesidades de cada uno de ellos a diario. Esto tiene un peso tremendo en ellos.

Sean naturales, pero solemnes: Hablen con claridad y reverencia. No usen una voz poco natural, aguda o monótona. No oren demasiado alto ni bajo, demasiado rápido o lento.

Sean variados: No oren todos los días por las mismas cosas; eso se vuelve monótono. Desarrollen mayor variedad en la oración recordando y enfatizando los diversos ingredientes de la oración verdadera como: La invocación, la adoración y la dependencia. Empiecen mencionando uno o dos títulos o atributos de Dios, como “Señor misericordioso y santo…”. Añadan a esto una declaración de su deseo de adorar a Dios y su dependencia de Él por su ayuda en la oración. Por ejemplo, digan: “Nos inclinamos humildemente en tu presencia. Tú que eres digno de ser adorado, oramos para que nuestras almas puedan elevarse a ti. Ayúdanos por tu Espíritu. Ayúdanos a invocar tu Nom-bre, por medio de Jesucristo, el único por quien podemos acercarnos a ti”.

Confesión de los pecados familiares: Confiesen la depravación de nuestra naturaleza, luego los pecados reales, sobre todo los cotidianos y los familiares. Reconozcan el castigo que merecemos a manos de un Dios santo y pídanle a Él que perdone todos sus pecados por amor a Cristo.

Petición por las mercedes familiares: Pídanle a Dios que los libre del pecado y del mal. Podrían decir: “Oh Señor, perdona nuestros pecados a través de tu Hijo. Somete nuestras iniquidades por tu Espíritu. Líbranos de la oscuridad natural de nuestra mente y la corrupción de nuestros propios corazones; de las tentaciones a las que fuimos expuestos hoy”.

Pídanle a Dios el bien temporal y espiritual: Oren por su provisión para toda necesidad en la vida diaria. Rueguen por sus bendiciones espirituales. Supliquen que sus almas estén preparadas para la eternidad.

Recuerden las necesidades familiares e intercedan por los amigos de la familia: Recuerden orar para que, en todas estas peticiones, se haga la voluntad de Dios. Sin embargo, no permitan que la sujeción a la voluntad de Dios les impida suplicarle que escuche sus peticiones. Implórenle por cada miembro de su familia, en su viaje a la eternidad. Oren por ellos basándose en la misericordia de Dios, en su relación de pacto con ustedes y en el sacrificio de Cristo.

Acción de gracias como una familia: Den gracias al Señor por la comida y la bebida, por las misericordias providenciales, las oportunidades espirituales, las oraciones contestadas, la salud recobrada y la liberación del mal.

Confiesen: “Por tus misericordias no hemos sido consumidos como familia”. Recuerden la Pregunta 116 del Catecismo de Heidelberg, que declara: “Dios dará su gracia y su Espíritu Santo sólo a aquellos que, con deseos sinceros, le piden de forma continua y son agradecidos por ellos”.

Bendigan a Dios por quien Él es y por lo que ha hecho. Pidan que su Reino, poder y gloria se manifiesten para siempre. Luego, acaben con “Amén” que significa “ciertamente así será”.

Matthew Henry dijo que la adoración familiar matinal es, de forma especial, un tiempo de alabanza y petición de fuerza para el día y de bendición divina sobre las actividades de la familia. La adoración vespertina debería centrarse en el agradecimiento, las reflexiones de arrepentimiento y las humildes súplicas para la noche.

4. Para cantar

Canten canciones doctrinalmente puras: No hay excusa para cantar un error doctrinal, por atractiva que resulte su melodía. (De ahí la necesidad de himnos doctrinalmente sanos como el Himnario Trinity).

Canten salmos principalmente sin descuidar los himnos sólidos: Recuerden que los Salmos, denominados por Calvino “una anatomía de todas las partes del alma”, son la mina de oro más rica de la piedad profunda, viva y experimental que sigue disponible hoy para nosotros.

Canten salmos sencillos si tienen hijos pequeños: Al escoger Salmos para cantar, busquen cánticos que los niños puedan dominar fácilmente y canciones que sean particularmente importantes para que puedan aprenderlas. Elijan canciones que expresen las necesidades espirituales de sus hijos en cuanto al arrepentimiento, la fe, la renovación del corazón y de la vida; cánticos que revelen el amor de Dios por Su pueblo y el amor de Cristo por los corderos de su rebaño. Palabras como justicia, bondad y misericordia deberían ser señaladas y explicadas de antemano.

Canten con ganas y con sentimiento: Como afirma Colosenses 3:23: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Mediten en las palabras que están cantando. En ocasiones, expliquen una frase del cántico.

Después de la adoración familiar

Al retirarse para pasar la noche, oren pidiendo la bendición de Dios sobre la adoración familiar: “Señor, usa la instrucción para salvar a nuestros hijos y hacer que crezcan en gracia para que puedan depositar su esperanza en ti. Usa la alabanza que brindamos a tu nombre en los cánticos para acercar tu nombre, tu Hijo y tu Espíritu a sus almas inmortales. Usa nuestras oraciones para llevar a nuestros hijos al arrepentimiento. Señor Jesucristo, que tu soplo esté sobre nuestra familia durante este tiempo de adoración con tu Palabra y tu Espíritu. Haz que sean tiempos vivificantes”.


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

El llamado del Evangelio y la conversión verdadera

El Evangelio de Jesucristo es el más grande de todos los tesoros dados a la iglesia y al cristiano individual. No es un mensaje entre muchos, sino el mensaje por encima de todos ellos. Es el poder de Dios para la salvación y la mayor revelación de la multiforme sabiduría de Dios a los hombres y ángeles. Es por esta razón que el apóstol Pablo dio al evangelio el primer lugar en su predicación, se esforzó con toda su fuerza para proclamarlo claramente, e incluso pronunció una maldición sobre todos los que quieren pervertir su verdad.

Cada generación de cristianos es un mayordomo del mensaje del evangelio, y por el poder del Espíritu Santo, Dios nos llama a cuidar este tesoro que ha sido confiado a nosotros. Si vamos a ser fieles mayordomos , debemos estar absortos en el estudio del Evangelio , haciendo grandes esfuerzos por comprender sus verdades , y nos compro-metemos a proteger su contenido. Al hacerlo, nos aseguraremos de la salvación tanto para nosotros como para los que oyen nosotros.

Esta mayordomía impulso a Paul Washer a escribir esta trilogía. Dice el autor “Como Jeremías, si yo no hablo este mensaje, pero si digo: No le recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo. Como el apóstol Pablo exclamó: ¡Ay de mí si no predicara el evangelio!”.

Uno de los mayores crímenes cometidos por la presente generación cristiana es su abandono del evangelio, y es a partir de esta negligencia que todas las otras enfermedades brotan. El mundo perdido no es está tan endurecido del Evangelio, como lo es ignorante del evangelio, porque muchos de los que anuncian el evangelio también son ignorantes de sus verdades más básicas. Los temas esenciales que conforman el núcleo del evangelio la justicia de Dios, la depravación radical del hombre, la expiación por la sangre, la naturaleza de la verdadera conversión, y la base bíblica de la seguridad – están ausentes de muchos púlpitos. Las iglesias reducen el mensaje del evangelio a algunas afirmaciones de credo, enseñan que la conversión es una mera decisión humana, y pronuncian seguridad de la salvación a través de cualquier persona que reza la oración del pecador. El resultado de este reduccionismo del Evangelio ha sido de largo alcance:

En primer lugar, se endurece aún más los corazones de los inconversos. Pocos de los “convertidos” de hoy en día cada vez se abren camino en la comunión de la iglesia, y los que lo hacen a menudo se apartan o tienen vidas marcadas por carnalidad habitual. Incontables millones caminan nuestras calles y se sientan en las bancas sin cambios por el verdadero evangelio de Jesucristo, y sin embargo, están convencidos de su salvación, porque una vez en su vida levantaron una mano en una campaña evangelística o repitieron una oración. Esta falsa sensación de seguridad crea una gran barrera que aísla a menudo este tipo de individuos de haber escuchado el verdadero Evangelio.

En segundo lugar, tal evangelio deforma la iglesia a partir de un cuerpo espiritual de creyentes regenerados en una reunión de hombres carnales que profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan. Con la predicación del verdadero evangelio, los hombres llegan a la iglesia sin el evangelio de entretenimiento, actividades especiales, o la promesa de beneficios más allá de las que ofrece el evangelio. Los que vienen lo hacen porque desean Cristo y tienen hambre de la verdad bíblica, la adoración sincera, y oportunidades de servicio. Cuando la Iglesia proclama un evangelio menor, se llena con hombres carnales que comparten poco interés en las cosas de Dios, y el mantenimiento de tales hombres es una pesada carga para el iglesia. La iglesia entonces atenúa las exigencias radicales del Evangelio a una moral práctica, y la verdadera devoción a Cristo da paso a las actividades destinadas a satisfacer las necesidades sentidas de sus miembros. La iglesia se convierte en impulsada por la actividad en lugar de centrada en Cristo, y se filtra con cuidado, o empaqueta la verdad a fin de no ofender a la mayoría carnal. La iglesia deja a un lado las grandes verdades de la Escritura y el cristianismo ortodoxo, y el pragmatismo (es decir, cual sea lo que mantenga en marcha y creciendo a la iglesia) se convierte en la regla del día.

En tercer lugar, tal evangelio reduce el evangelismo y las misiones a poco más que un esfuerzo humanista impulsado por estrategias de marketing inteligentes basadas en un cuidadoso estudio de las últimas tendencias en la cultura. Después de años de ser testigo de la impotencia de un evangelio que no es bíblico, muchos evangélicos parecen convencidos de que el evangelio no va a funcionar y que el hombre se ha convertido de alguna manera en un ser demasiado complejo para ser salvado y transformado por un mensaje tan simple y escandaloso. Ahora hay un mayor énfasis en la comprensión de nuestra cultura caída y sus caprichos que en la comprensión y proclamación del único mensaje que tiene el poder para salvarlo. Como resultado, el evangelio está siendo constantemente reenvasado para encajar lo que la cultura contemporánea considere más pertinente. Hemos olvidado que el verdadero evangelio es siempre relevante para todas las culturas porque es la Palabra eterna de Dios a todos los hombres.

En cuarto lugar, tal evangelio trae oprobio al nombre de Dios. A través de la proclamación de un evangelio disminuido, el carnal y no convertido entra en la comunión de la iglesia, y por el abandono casi total de la disciplina de la iglesia bíblica, se les permite quedarse sin corrección o reprensión. Esto ensucia la pureza y la reputación de la iglesia y blasfema el nombre de Dios entre los incrédulos. Al final, Dios no es glorificado, la iglesia no está edificada, el miembro de la iglesia no convertidos no se salva , y la iglesia tiene poca o ningún testimonio al mundo no creyente .

No nos favorece como ministros o laicos estar de pie tan cerca y no hacer nada cuando vemos “el glorioso evangelio del Dios bendito” sustituido por un evangelio de menor gloria. Como administradores de esta confianza, tenemos la obligación de recuperar al único verdadero evangelio y proclamarlo con valentía y claridad a todos.

Haríamos bien en prestar atención a las palabras de Charles Haddon Spurgeon:

“En estos días, me siento obligado a repasar las verdades elementales del evangelio en varias ocasiones. En tiempos de paz, podemos sentirnos libres para hacer excursiones en aspectos interesantes de verdad que se encuentran muy lejos, pero ahora hay que quedarse en casa y cuidar los corazones y hogares de la iglesia por la defensa de los principios básicos de la fe En esta época, se han levantado hombres en sí de la iglesia que hablan perversidades. Hay muchos que nos molestan con sus filosofías y nuevas interpretaciones, por lo que niegan las doctrinas que profesan enseñar, y socavan la fe que se han comprometido a mantener. Es así que algunos de nosotros, que sabemos lo que creemos, y no tienen significados secretos de nuestras palabras, debería simplemente poner nuestro pie en el suelo y mantener nuestra posición , asidos de la palabra de vida y claramente declarando las verdades fundamentales del Evangelio de Jesucristo”.

Aunque la serie Recuperando el Evangelio no representa una presentación enteramente sistemática del evangelio,si hace frente a la mayor parte de los elementos esenciales, especialmente aquellos que son los más descuidados en el cristianismo contemporáneo. Tengo la esperanza de que estas palabras podrían ser una guía para ayudar a redescubrir el Evangelio en toda su belleza, escándalo y poder salvador. Es mi oración que tal redescubrimiento pueda transformar su vida, fortalecer su proclamación, y traer mayor gloria de Dios.

“Ser cristiano no solo consiste en “tomar una decisión por Jesús” o “pasar página”; es un milagro de la gracia, en el cual un pecador es trasladado de muerte a vida por el poder de Dios. En El Llamado del Evangelio & la Conversión Verdadera, de manera clara y brillante, Paul Washer nos ayuda a entender la verdad; abre las Escrituras y explica cómo el poder del evangelio debe impactar nuestras vidas como cristianos. Este es un libro muy necesario, desafiante y pastoral”. – Greg Gilbert, pastor de Third Avenue Baptist Church y autor de ¿Qué es el evangelio?​ 

“Por la gracia soberana de Dios, el ministerio de Paul Washer ha sido particularmente bendecido para instruir a esta generación acerca del llamado del evangelio y la conversión verdadera. Recomiendo enormemente este simple pero profundo estudio sobre estos temas esenciales”. – Sam Waldron, decano académico de MCTS y autor de El Fin de los Tiempos

“Si Cristo va a ser algo en tu vida, debe ser toda tu vida. Ese es el mensaje del evangelio que tanto necesitamos recordar y reconocer en América Latina. No hay “medios-cristianos”, ya que Cristo vino por un pueblo celoso de buenas obras, que da buen fruto, siempre unido a Él. Este libro es un regalo para ayudarnos como Iglesia de Cristo a no desviarnos de esta antigua senda hermosa y llena de gracia, y Paul Washer ha sido probado como un hombre fiel al llamado de Jesús. Léelo si quieres ser retado en tu caminar con Jesús, y vive sus verdades si quieres glorificar a Dios en tu diario vivir”. – Jairo Namnún, director ejecutivo de Coalición por el Evangelio

INDICE

Prefacio: Recuperando el Evangelio
PRIMERA PARTE: INTRODUCCIÓN APOSTOLICA
Un Evangelio Para Conocerse y Dar a Conocer
Un Evangelio Para Ser Recibido
El Evangelio en el Cual Somos Salvos
Un Evangelio de Primera Importancia
Un Evangelio Transmitido y Entregado

SEGUNDA PARTE: EL PODER DE DIOS PARA LA SALVACIÓN
El Evangelio
Un Evangelio Escandaloso
Un Evangelio Poderoso
Un Evangelio Para Todo Aquel Que Cree

TERCERA PARTE: LA ACRÓPOLIS DE LA FE CRISTIANA
Dar Importancia al Pecado
La Exaltación de Dios
Pecadores Todos y Cada Uno
Pecadores Destituidos
Pecadores Hasta la Médula
Indignación Justa
Guerra Santa
Un Regalo Más Costoso
El Dilema Divino
Un Redentor Calificado
La Cruz de Jesucristo
La Vindicación de Dios
La Resurrección de Jesucristo
El Fundamento de Fe en la Resurrección
La Ascensión de Cristo Como el Sumo Sacerdote de Su Pueblo
La Ascensión de Cristo Como el Señor de Todo
La Ascensión de Cristo Como el Juez de Todos

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La Adoración familiar puesta en práctica 3

3. Solemnidad esperanzada. “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor”, nos dice el Salmo 2. Es necesario que mostremos este equilibrio de esperanza y sobrecogimiento, de temor y fe, de arrepentimiento y confianza en la adoración familiar. Hablen con naturalidad, pero con reverencia, durante ese tiempo, usando el tono que utilizarían para hablar con un amigo al que respetan profundamente, de un tema serio. Esperen grandes cosas de un gran Dios que cumple el pacto.

Seamos ahora más específicos:

1. Para la lectura de las Escrituras
Tengan un plan: Lean diez o veinte versículos del Antiguo Testamento por la mañana y unos diez a veinte del Nuevo Testamento por la noche. O lean una serie de parábolas, milagros o porciones biográficas. Sólo asegúrense de leer toda la Biblia a lo largo de un periodo de tiempo. Como dijo J. C. Ryle: “Llena sus mentes (de los hijos) con las Escrituras. Que la Palabra more en ellos ricamente. Dales la Biblia, toda la Biblia, aunque sean pequeños”.

Para las ocasiones especiales: Los domingos por la mañana, podrían leer los Salmos 48, 63, 84 o Juan 20. En el Sabbat (el Día del Señor), cuando se debe administrar la Santa Cena, lean el Salmo 22, Isaías 53, Mateo 26 o parte de Juan 6. Antes de abandonar la casa para las vacaciones familiares, reúnan a su familia en el salón y lean el Salmo 91 o el Salmo 121.

Involucren a la familia: Cada miembro de la familia que pueda leer debería tener una Biblia para seguir la lectura. Establezcan el tono leyendo las Escrituras con expresión, como el Libro vivo, viviente que es.

Asignen varias porciones para que las lean sus esposas e hijos: Enseñen a sus hijos cómo leer de manera articulada y con expresión. No les permitan murmurar ni leer a toda prisa. Muéstrenle cómo leer con reverencia. Proporcionen una breve palabra de explicación a lo largo de la lectura, según las necesidades de los hijos más pequeños.

Estimulen la lectura y el estudio de la Biblia en privado: Asegúrense de que sus hijos acaben el día con la Palabra de Dios. Podrían seguir el Calendario para las lecturas de la Biblia de M’Cheyne, de manera que sus hijos lean toda la Biblia por sí mismos una vez al año. Ayuden a cada niño a construir una biblioteca personal de libros basados en la Biblia.

2. Para la instrucción bíblica
Sean claros en cuanto al significado: Pregúntenle a sus hijos si entienden lo que se está leyendo. Sean claros al aplicar los textos bíblicos. A este respecto, el Directorio de la Iglesia de Escocia de 1647 proporciona el siguiente consejo:

“Las Sagradas Escrituras deberían leerse de forma habitual a la familia; es recomendable que, a continuación, consulten y, como asamblea, hagan un buen uso de lo que se ha leído u oído. Por ejemplo, si algún pecado ha sido reprendido en la palabra que se ha leído, se podría utilizar para que toda la familia sea prudente y esté vigilante contra éste. O si se amenaza con algún juicio en dicha porción de las Escrituras leída, se podría usar para hacer que toda la familia tema que un juicio como éste o peor caiga sobre ellos, a menos que tengan cuidado con el pecado que lo provocó. Y, finalmente, si se requiere algún deber o se hace referencia a algún consuelo en una promesa, se puede usar para fomentar que se beneficien de Cristo para recibir la fuerza que los capacite para realizar el deber ordenado y aplicar el consuelo ofrecido en todo lo que el cabeza de familia debe ser el patrón. Cualquier miembro de la familia puede proponer una pregunta o duda para su resolución (Párrafo III)”.

Estimulen el diálogo familiar en torno a la Palabra de Dios, en línea con el procedimiento hebraico de pregunta y respuesta de la familia (cf. Ex. 12; Dt. 6; Sal. 78). Alienten sobre todo a los adolescentes para que formulen preguntas, hagan que salgan de su caparazón. Si desconocen las respuestas, manifiéstenselo; incítenlos a buscar las respuestas. Tengan uno o más, buenos comentarios a mano como los de Juan Calvino, Matthew Poole y Matthew Henry. Recuerden que si no les proporcionan respuestas a sus hijos, irán por ellas a cualquier otro lugar y, con frecuencia, serán las incorrectas.

Sean puros en la doctrina: Tito 2:7 declara: “Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad”. No abandonen la precisión doctrinal cuando enseñen a sus hijos; que su objetivo sea la simplicidad y la solidez.

Que la aplicación sea pertinente: No teman compartir sus experiencias cuando sea adecuado, pero háganlo con sencillez. Usen ilustraciones concretas. Lo ideal es que vinculen la instrucción bíblica con lo que hayan escuchado recientemente en los sermones.

Sean afectuosos: Proverbios usa continuamente la expresión “hijo mío”, mostrando la calidez, el amor y la urgencia en las enseñanzas de un padre temeroso de Dios. Cuando deban tratar las heridas de un padre amigo a sus hijos, háganlo con amor sincero. Díganles que deben transmitirles todo el consejo de Dios porque no pueden soportar la idea de pasar toda la eternidad separados de ellos. Mi padre solía decirnos, con lágrimas en los ojos: “Niños, no quiero echar de menos a ninguno de ustedes en el cielo”. Háganles saber a sus hijos: “Les permitiremos cada privilegio que la Biblia nos permita claramente darles, pero si les negamos algo, deberán saber que lo hacemos por amor”. Como declaró Ryle: “El amor es un gran secreto de entrenamiento exitoso. El amor del alma es el alma de todo amor”.

Exijan atención: Proverbios 4:1 advierte: “Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, y estad atentos, para que conozcáis cordura”. Padres y madres tienen importantes verdades que transmitir. Deben pedir que en sus hogares se escuchen con atención las verdades divinas. Esto puede implicar que se repitan al principio normas como estas: “Siéntate, hijo, y mírame cuando estoy hablando. Estamos hablando de la Palabra de Dios y Él merece ser escuchado”. No permitan que sus hijos abandonen sus asientos durante la adoración familiar.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

La vida a la Luz de la Cruz

Al igual que muchos creyentes reformados, alabo a Dios por Su asombrosa gracia, que no solo se manifestó al salvarme, sino también al hacer que después conociera las doctrinas de la gracia. Recuerdo claramente cuando al fin pude ver que la Escritura enseñaba la soberanía de Dios en todas las cosas: que había nacido de nuevo hace muchos años, no porque yo mismo lo hubiera decidido (Jn 1:13) sino porque Dios me ama (Ef 2:4) y me justificó por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo (2:8); que Él está obrando todo conforme al consejo de Su voluntad (1:11), y que mi vida y mi futuro están seguros en Sus manos (Jn 10:28). Incluso aprendí a cantar: «¡Oh, maravilla de Su amor, por mí murió el Salvador!». Sin embargo, durante muchos años permití que la fe reformada que acababa de descubrir, e incluso la cruz de Cristo, alimentaran un orgullo espiritual pecaminoso en mí. En vez de humillarme y crecer en amor por los demás miembros del cuerpo de Cristo, me gloriaba en mi superioridad teológica. Tomaría muchos años de la obra santificadora del Espíritu para yo poder ver mi corrupción y debilidad remanente, y para que el asombroso amor de mi Salvador crucificado se desbordara en mi vida y alcanzara a los quebrantados, a los débiles y a los heridos que me rodeaban por todos lados.

La Escritura confirma claramente lo que sabemos que es cierto por revelación general: que la vida de este lado de la gloria está marcada por la debilidad. Los espinos, los abrojos y el sudor de la maldición (Gn 3) nos afectan a todos. Incluso después de haber sido justificados únicamente por la gracia de Dios mediante la fe sola (Rom 3:24-25), e incluso después de haber sido salvados por el poder de la palabra de la cruz (1 Co 1:18), gemimos interiormente en este cuerpo de flaqueza, aguardando la redención de nuestro cuerpo (Rom 8:23). Sin embargo, mientras esperamos, debemos ser equipados para poder servir y ministrar en un mundo caído como parte del cuerpo unificado del Señor Jesucristo (Ef 4:12), quien fue prometido «como luz para las naciones, para [abrir] los ojos a los ciegos, para [sacar] de la cárcel a los presos, y de la prisión a los que moran en tinieblas» (Is 42:6-7).

Lamentablemente, a menudo son nuestros propios ojos los que necesitan abrirse a lo que nos rodea y a la obra que Dios nos llama a realizar. En vez de gloriarnos en nuestro conocimiento teológico superior, el Espíritu de Dios nos exhorta a que animemos «a los desalentados, [sostengamos] a los débiles y [seamos] pacientes con todos» (1 Tes 5:14). De hecho, ¿acaso no somos nosotros, los que vivimos a la luz de la cruz, los medios por los cuales Él alcanza a los débiles? Nuestras órdenes son claras: «Porque él librará al necesitado cuando clame, también al afligido y al que no tiene quien le auxilie. Tendrá compasión del pobre y del necesitado, y la vida de los necesitados salvará» (Sal 72:12-13) y «A los débiles me hice débil, para ganar a los débiles» (1 Co 9:22).

Un punto de inflexión en mi propia vida fue cuando empecé a trabajar con «los pobres y necesitados» en la cárcel de mi condado como capellán a tiempo parcial. Aunque durante años me parecía mucho a los cristianos de Éfeso descritos en Apocalipsis 2, que eran prontos para identificar la herejía teológica pero no tenían amor, servir en la cárcel del condado me abrió los ojos para poder ver las maneras prácticas en que la obra consumada de Cristo y Su Espíritu poderoso están actuando en los más estropeados, débiles, extraviados y heridos.

Hay un día específico que se destaca en mi mente, en el que conocí a un joven centroamericano al que acababan de arrestar por ser acusado de un cargo muy serio, uno que ahuyentaría a la gente «respetable». Era tan serio que ameritaba que él estuviera bajo vigilancia para impedir que se suicidara. Le llevé una Biblia en español, busqué la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lc 18:9-14) y lo animé a leerla en voz alta. Con la Biblia sobre los barrotes de su celda, observé que las lágrimas caían a raudales por su rostro y empapaban las páginas del evangelio de Lucas. Luego, al igual que el recaudador de impuestos, clamó con el corazón quebrantado: «Dios, ten piedad de mí, pecador». Fue un momento santo, una obra poderosa del Espíritu de Dios que hizo que ese joven volviera a su litera justificado esa noche y yo regresara a casa profundamente afectado. Volví a darme cuenta de que, ante la cruz de Cristo, ese hombre y yo ahora éramos parte del mismo cuerpo espiritual: que éramos pecadores débiles y heridos, sin esperanza y necesitados de gracia. Pero ahora, en Cristo Jesús, los dos «que en otro tiempo [estábamos] lejos, [hemos] sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2:13).

Justo la semana pasada, otro nuevo creyente de la cárcel me mandó a decir que necesitaba «confesarme algo». Lo primero que pensé fue que aún tenía remanentes del catolicismo romano, pero cuando al fin nos reunimos, admitió humildemente que no había sido honesto conmigo con respecto a un asunto en particular, que no podía dormir sin pedirme perdón y que se preguntaba si siquiera era cristiano. Cuán grande fue el gozo que llenó mi corazón al ver la obra finalizada de Cristo y el poder del Espíritu, que eran evidentes en este nuevo creyente. Abrí la Biblia para asegurarle, a partir del libro de Romanos, que su lucha era un fruto de su justificación. Ahora estaba viviendo una vida nueva, y esta batalla en su corazón era una parte normal de la vida cristiana (Rom 6 – 7). Le mostré que fue la obra interna del Espíritu Santo (cap. 8) lo que lo impulsó a confesar su pecado. Le aseguré que yo lo perdonaba y que debía cobrar ánimo en la seguridad de su salvación por la sangre derramada de Cristo (3:24-25), la promesa del evangelio (10:13) e incluso la obra del Espíritu Santo, que lo estaba convenciendo poderosamente en ese preciso momento.

A la luz de la cruz y el amor de Cristo por mí, a menudo experimento convicción cuando leo la advertencia a los pastores de Israel:

Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad (Ez 34:4).

¿Es la compasión por los débiles, los descarriados y los necesitados una característica común de nuestras iglesias reformadas? Pido en oración que lo sea en las nuestras, así que regularmente oro así por mí mismo: «Señor, abre mis ojos y ablanda mi corazón hacia cada alma que Tú pones en mi camino, sin importar quién sea, qué haya hecho o cuán débil pueda ser». Esto es parte de lo que significa vivir a la luz de la cruz.

El reverendo Eric Hausler es pastor de la Christ the King Presbyterian Church en Naples, Florida.

¿Por quién murió Cristo?

Soy un calvinista extraño. La idea de que la expiación se limita a los elegidos es la última piedra de tropiezo para muchos, pero fue uno de mis primeros pasos en la teología reformada. Si bien muchas personas aceptan de buena gana que somos totalmente depravados, que Dios nos escogió incondicional y eternamente en Cristo, que creemos en Cristo solo por la gracia irresistible del Espíritu, y que el Dios trino nos preserva para que perseveremos hasta el final, les resulta más difícil aceptar que Cristo murió solamente por los elegidos. Vine a los pies de Cristo al entender que Dios le imputó nuestro pecado a Su Hijo para poder imputarnos la justicia de Su Hijo encarnado (2 Co 5:21). Tan pronto alguien señaló que todas las personas deben ser salvas si Cristo hizo estas cosas por todas las personas, fui convencido de la expiación limitada.

Como dice un catecismo infantil: «Cristo murió por todos los que le fueron dados por el Padre». El asunto es el diseño o la intención del Dios trino en la expiación. Podemos entender mejor el hecho de que Cristo vino a salvar a Su pueblo, y solo a ellos, de sus pecados (Mt 1:21) al enraizar la muerte de Cristo en la obra salvadora de toda la Trinidad, y al responder a dos preguntas comunes.

La obra unida de la Trinidad muestra claramente por qué Cristo murió únicamente por los elegidos. El Padre escogió a los creyentes en Cristo antes de que comenzara el tiempo (Ef 1:4-5). El Espíritu Santo es el sello de propiedad del Padre sobre los elegidos (vv. 13-14). Nadie recibe las cosas de Dios o confiesa que Jesús es el Señor excepto por el Espíritu (1 Co 2:10-16; 12:3). El Padre llama a Sus elegidos hacia Cristo por Su Palabra y Espíritu (2 Co 3:16-18; Stg 1:18). La Trinidad es unánime e indivisible. La muerte de Cristo se extiende hasta el propósito de la elección del Padre (Hch 2:23) y el poder efectivo del Espíritu (13:48). No es que el Padre escogió a algunos y el Espíritu cambia a algunos mientras Cristo murió por todos. El Padre salva por elección particular, el Hijo por redención particular, y el Espíritu por llamado particular. El Hijo no será el eslabón roto en la cadena. Tampoco la obra de Cristo está dividida. El no ora por el mundo cuando le pide al Padre que los guarde, que sean uno y que sean santificados en la verdad (Jn 17:11, 19). Oró estas cosas por aquellos a quienes el Padre escogió y entregó a Cristo (vv. 3, 6, 9-10). El Hijo aplica Su muerte a los elegidos a través de Su intercesión para que puedan estar con Él dónde Él está (v. 24). Aquellos por quienes murió mueren al pecado al estar en Él, así como aquellos por quienes resucitó resucitan a una nueva vida (2 Co 5:14-15). Dios hace lo que hace porque es quien es. Dios es trino y la expiación es un acto trinitario unificado en propósito, producción y perfección.

Entonces ¿por qué algunos pasajes de la Escritura parecen universalizar la muerte de Cristo (p. ej.: 1 Jn 2:2)? Porque Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2:5). No discrimina por motivos de raza, sexo, cultura, estatus ni ninguna otra cosa. Él es la propiciación por nuestros pecados y es el único medio para que cualquiera pueda escapar de la ira de Dios. La Biblia no nos llama a recibir la muerte de Cristo porque Él murió por todos los hombres, sino que nos llama a recibir a Cristo quien «es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes» (4:10).

Esto nos lleva a plantear una pregunta relacionada: ¿Limita la expiación limitada la oferta del evangelio solo a los elegidos? El ministerio del evangelio debe reflejar el ministerio del Espíritu. Él llama a las personas a Cristo de forma general y de forma particular, externa e internamente. Él llama a los pecadores a través de la predicación, aunque algunos se resisten a Su llamado (Hch 7:51). Sin embargo, Él también llama a los elegidos a través de este llamado general, asegurando que responderán al extenderles también el llamado interno. El Espíritu abrió la boca de Pablo para que predicara a Cristo, pero abrió el corazón de Lidia para que recibiera a Cristo (Hch 16:14). Quizás nuestro problema es que mientras le decimos a las personas: «Jesús murió por ti», la Biblia dice: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hch 16:31). La Biblia ofrece a Jesús a todas las personas sin distinción y sin ninguna vergüenza de que Cristo no haya muerto por todas las personas sin excepción. Debemos orar para que todas las personas en todas partes sean salvas (1 Tim 2:1-3), y debemos predicar para que todas las personas en todas partes puedan ser salvas (Mt 28:19-20; Mr 16:15). Si queremos ser instrumentos del llamado específico del Espíritu, nuestra predicación y evangelización deben imitar Su llamado general.

Muchos de los cristianos que niegan que Cristo murió solamente por los elegidos creen que Cristo solo salva a los elegidos. Esto es un problema. Cristo vino a salvar a Su pueblo de sus pecados. Es por ellos que Él ora. Él está preparando un lugar para que estén con Él en el cielo. Cristo nació por Su pueblo, vivió por Su pueblo, resucitó por Su pueblo, ascendió al cielo y se sentó allí por Su pueblo, regresará para reunir a Su pueblo, y envía a Su Espíritu a vivir en Su pueblo. ¿Cómo puede Él hacer todas estas cosas por algunas personas y morir por todas las personas? El Hijo es la segunda persona de la Trinidad. Cristo no nos salvará contradiciendo al Padre y al Espíritu, pero tampoco nos salvará sin Ellos. Así como el Espíritu llama a la gente a Cristo a través del evangelio, así debemos presentar a Cristo. Así como Cristo murió por aquellos que le fueron entregados por el Padre, así debemos recibir a Cristo.  

El Dr. Ryan M. McGraw es profesor de teología sistemática Morton H. Smith y decano académico del Greenville Presbyterian Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos The Day of Worship [El día de adoración].

El Poder y el mensaje del Evangelio

El poder y el mensaje del evangelio” de Paul Washer es uno de los título de la serie Recuperando el Evangelio, la cual aborda temas esenciales que han sido incomprendidos, diluidos, e ignorados en muchos púlpitos evangélicos. Mientras lo leía, reflexionaba acerca de cómo luciría la sociedad de hoy si la Iglesia prestara atención a los más pequeños detalles del mensaje más importante de todos los tiempos.

El evangelio es el único mensaje que ha transformado el mundo y dado vida eterna a los hombres.

Una de las características más cautivantes de Washer es su interés por la proclamación y la defensa del mensaje del evangelio, unido a su amor por los perdidos. Esto podemos verlo reflejado en cada una de las páginas de esta obra. El evangelio es el único mensaje que ha transformado el mundo y dado vida eterna a los hombres. Este libro nos invita a reflexionar en la responsabilidad que los creyentes tenemos de tomar con seriedad cada detalle de este mensaje.

“Cuando en muchos púlpitos se está diluyendo, distorsionando y sustituyendo el evangelio, Paul Washer ha sido ampliamente usado por Dios en el mundo de habla hispana para proclamarlo de forma clara y poderosa. Oro para que sus mensajes tengan un alcance aún mayor a través de la página escrita. ¡Lee con cuidado el contenido de este libro, absórbelo, aplícalo a tu propia vida, y luego ve y proclama fielmente este mensaje que hace temblar las puertas del infierno y produce fiesta en los cielos cuando un pecador se arrepiente”. – Sugel Michelén, pastor de la Iglesia Bíblica del Señor Jesús en Santo Domingo, República Dominicana

La locura del evangelio

En este libro, el autor nos deja saber que la “locura del evangelio” es el mensaje fundamental de toda la Escritura. Declara que “intentar eliminar el escándalo del mensaje es anular la cruz de Cristo y su poder salvífico” (p. 52). Washer nos muestra el minucioso cuidado que el apóstol Pablo tuvo con este mensaje en su vida, ministerio, y predicación (1 Cor. 1:18).

El evangelio contiene la revelación de la justicia de Dios, la depravación total del hombre, el perdón de pecados a través de la muerte sustitutiva de Cristo, y la verdadera conversión. Sin embargo, muchos han sustituido este glorioso mensaje por un falso evangelio menos escandaloso, lleno de pragmatismo, revelaciones personales infundadas, humanismo, relativismo, y apoyado en intereses personales de hombres corruptos.

El poder y el mensaje del evangelio” nos lleva a conocer esta realidad a través de tres partes: una introducción apostólica, el poder de Dios para salvación, y la acrópolis de la fe cristiana. Posee un lenguaje sencillo y práctico, presenta citas bíblicas para profundizar en cada tema desarrollado, y es útil para todo aquel que “siempre quiera estar creciendo en el evangelio y en su conocimiento del mismo. [El evangelio] no es la introducción al cristianismo, sino que es cristianismo de la A a la Z” (p. 30).

Oro porque Dios use cada palabra de este libro para desafiarnos a conocer, defender, y proclamar este glorioso mensaje con fidelidad. ¡Tienes que leerlo!

“Estoy profundamente agradecido por la claridad de El Poder & el Mensaje del Evangelio escrito por Paul Washer. Los cristianos de hoy en día parecen tener la falsa impresión de que el evangelio se centra en nosotros como si fuera un plan maravilloso para nuestras vidas, como si fuera una manera de encontrar paz, gozo o realización personal, o como si fuera la manera de alcanzar el cielo. Esas bendiciones (y muchas más) hacen parte de los beneficios de creer en el evangelio, pero no son el punto central ni el objetivo principal del mensaje. El evangelio trata de Dios y de Su gloria eterna […] Paul Washer toca el tema majestuosamente en este poderoso estudio bíblico”. – John MacArthur, pastor-maestro de la Grace Community Church y fundador de Gracia a Vosotros.

Poiema Editorial. – 288 pp. Rústica

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La Doble Cura

Hay un par de versos en el himno «Roca de la eternidad», escrito por Augustus Toplady en el siglo XVIII, que reflejan lo que la expiación de Cristo produce en la vida del cristiano: «Doble cura del pecado: de su culpa, y su poder» (como dice literalmente en sus versos originales en inglés). Si observamos la vida y enseñanza de otra roca, el apóstol Pedro (Petros significa «piedra»), tendremos una mayor perspectiva del significado de estas estas líneas conmovedoras.

PEDRO COMO HOMBRE

La imagen de Pedro que tenemos en los evangelios es la de un discípulo solía terminar en aprietos por su propia cuenta. A ratos, era descaradamente presuntuoso (Mt 16:22; 17:3-4; Mr 14:29) y celoso por el honor del Señor (Lc 22:49-50). En su peor momento, llegó a negar a Cristo (Jn 18:15-18, 25-27).

Sin embargo, entre los evangelios y las epístolas escritas por él, hay un cambio en Pedro. Luego de ser restaurado en Jn 21:15-19, irrumpe en la escena de la Iglesia primitiva testificando de Cristo con valentía. Es más, en sus cartas, ya no es el apóstol torpe; es un creyente maduro que llama a otros creyentes a la madurez.

¿Qué poder obró en su vida para efectuar tal cambio? Desde luego, podemos apuntar al Espíritu Santo, que sembró las semillas que produjeron un fruto cada vez más visible en la personalidad de Pedro. Pero también hay un punto de referencia objetivo al que podemos apuntar, al que el mismo Pedro apuntó: la sangre de Cristo.

EL MENSAJE DE PEDRO

Al inicio de su primera carta, Pedro se dirige a un grupo diverso de cristianos dispersos por toda Asia Menor (que el día de hoy es Turquía) y celebra la obra del Dios triuno en sus vidas: el Padre los conoció de antemano, el Espíritu los santifica y Jesucristo los roció con Su sangre (1:2). 

El lenguaje del rociamiento evoca imágenes del Antiguo Testamento que vinculaban la sangre con el perdón de los pecados. Hay tres de esos pasajes que nos ayudan a entender el mensaje de Pedro con respecto a la sangre de la crucifixión de Cristo.

Levítico 4 es un capítulo saturado del problema del pecado y de la culpa del hombre delante de Dios. No obstante, está igualmente saturado de la gracia de Dios al proveer la remoción de la culpa a través de la ofrenda por el pecado. El sacerdote mataba un novillo y rociaba su sangre siete veces delante del Señor (vv. 6, 17). Como resultado, había expiación y perdón del pecado.

Éxodo 12 tiene lugar en medio de las plagas que sufrió Egipto debido a que Faraón se negó a dejar ir al pueblo de Dios. La última plaga es la matanza de los primogénitos de toda la tierra. La única manera de evitar este horror es que el pueblo de Dios mate un cordero sin defecto y coloque su sangre en los postes y dinteles de sus puertas (vv. 3-13). ¿El resultado? Dios en Su juicio «pasaría sobre» la casa marcada con la sangre; el cordero moriría y recibiría el juicio en lugar de los que estaban dentro de la casa.

Éxodo 24 nos ofrece una imagen vívida de la expiación sangrienta. Moisés confirma el pacto entre el Señor y Su pueblo escogido, momento en el cual el pueblo promete obedecer las palabras del pacto, y, en respuesta, ellos y el altar son rociados con la sangre del pacto (v. 8). Esto simboliza que, aunque el pueblo había prometido obedecer, hay una provisión para la desobediencia, un encubrimiento por medio de la expiación.

Cada uno de estos tres pasajes se cumple en Cristo. Él es nuestra ofrenda por el pecado, ofrecida una vez para siempre, que quita eternamente nuestra culpa delante de Dios por nuestro pecado (Heb 9:11-12). Él es nuestro sustituto (1 Pe 3:18), el Cordero sin defecto por cuya sangre es quitada nuestra culpa, de modo que Dios nos pasa por alto en Su juicio (1 Pe 1:19). Y Su sangre es la provisión para nuestra batalla continua, en la que mortificamos el pecado de forma imperfecta y buscamos obedecer a Jesucristo. Curiosamente, 1 Pedro 1:2 habla de «obedecer a Jesucristo» además de «ser rociados».

Así que cuando Pedro habla de «ser rociados con su sangre», les está diciendo a los cristianos que el registro de su culpa ha sido cubierto con Su sangre. Dios ya no lo ve, así que lo pasa por alto en Su juicio. Hemos sido «sanados» por las heridas sangrantes de Cristo (1 Pe 2:24). Esta es la primera «cura» de la que Toplady quería que cantáramos.

Sin embargo, las implicaciones de Éxodo 24 empiezan a apuntarnos a la segunda «cura» de la expiación de Cristo: por medio de la sangre reconocemos que hay una provisión continua para el pecado en la vida cristiana, de modo que nuestras transgresiones no son usadas en nuestra contra. De hecho, con la conciencia purificada de la culpa mediante la sangre (Heb 9:14), recibimos una libertad poderosa para procurar la obediencia.

Pedro apunta en esta dirección cuando escribe: «Y Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia» (1 Pe 2:24). Gracias a la sangre expiatoria de la cruz, buscamos la justicia. Sin embargo, no lo hacemos de forma irreal, como si no necesitáramos el perdón continuo de los pecados que caracterizará nuestras vidas hasta que Cristo vuelva. No lo hacemos con temor, como si nuestros esfuerzos estuvieran basados en nuestro propio fundamento tambaleante. Más bien, lo hacemos esperanzados, sabiendo que podemos resistir el pecado mediante esfuerzos basados en el fundamento firme de la sangre expiatoria y en el poder del Espíritu Santo. La sangre de Éxodo 24 constituyó al pueblo de Dios para que pudieran comenzar su peregrinación obediente hacia la tierra prometida, y así también la sangre del nuevo pacto de Cristo nos constituye como un pueblo perdonado que camina hacia Dios en santidad obediente.

Pedro sabía que la crucifixión había limpiado su culpa (1 Pe 5:1). Sabía que por el poder de la sangre podía «resistir» al diablo y buscar la obediencia (v. 9). Rociado con la sangre, Pedro fue muriendo cada vez más al pecado y viviendo cada vez más a la justicia. ¿Cuál fue el resultado? El discípulo que una vez fue impetuoso e inmaduro se transformó en un discípulo maduro y arrepentido, en un un discípulo salvado de la culpa del pecado.

El Dr. D. Blair Smith es profesor auxiliar de teología sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, Carolina del Norte.

Expiación y Propiciación

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento. 

EXPIACIÓN

La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIÓN

La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28). 

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios. 

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

La doble obediencia de Cristo


Los teólogos hablan con frecuencia de la obediencia activa y pasiva de Cristo. Su obediencia activa consistió en guardar la ley de Dios perfectamente a lo largo de Su vida. Su obediencia pasiva consistió en Su recepción voluntaria del castigo que merecían los pecadores por quebrantar la ley. Ambas les son imputadas a los pecadores que confían en Cristo, de modo que ellos son considerados perfectamente justos en Él, sin condena alguna por quebrantar la ley (ver Confesión de Fe de Westminster, cap. 11). El término «obediencia pasiva» es algo inexacto, ya que cuando Cristo soportó la pena del pecado lo hizo activamente.

El pasaje que afirma con más ímpetu la imputación positiva de la justicia de Cristo es 1 Corintios 1:30: «Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención». La unión de los creyentes con Cristo significa que «en Cristo Jesús» se considera que tenemos la misma «sabiduría… justificación… santificación, y redención» (perfectas) que Cristo posee. Eso no significa que tengamos tales atributos en nuestra existencia personal en esta tierra, sino que Cristo es nuestro representante y que todo eso nos es atribuido gracias a nuestra unión con Él (es decir, a que «estamos en Cristo»). La frase «para nosotros» se refiere a nuestra posición «en Cristo Jesús» y al hecho de que compartimos Sus atributos.

Algunos objetan esta conclusión porque parece difícil entender cómo es que Cristo fue «redimido» de la misma manera en que somos «redimidos» los creyentes. De igual modo, algunos argumentan que las referencias a la «sabiduría», «justificación» y «santificación» tampoco deben interpretarse de forma representativa. Según ellos, el versículo solo se refiere al hecho de que los creyentes se vuelven sabios, santos, justos y redimidos a través de Cristo, y las primeras tres características son cualidades piadosas que deberían caracterizar cada vez más las vidas de los cristianos.

Este problema se mitiga cuando llevamos a cabo un estudio sencillo de las palabras. La palabra que se traduce como «redención» se utiliza a veces en el Antiguo Testamento griego para aludir a la liberación del pecado, pero se usa con mayor frecuencia para hacer referencia a la liberación de la opresión severa. A la luz de esto, parecería normal utilizar la palabra «redención» en 1 Corintios 1:30 para indicar una liberación de la opresión, en particular con respecto a Cristo. Si ese es el caso, hace referencia a Su liberación de la muerte y de la esclavitud a los poderes de Satanás en la resurrección.

La primera parte del versículo refuerza la idea de que los cristianos son representados por estos atributos de Cristo: es por «obra suya» (de Dios) que estamos «en Cristo Jesús», y debido a que estamos «en» Él, compartimos posicionalmente Sus características perfectas. Por lo tanto, no debemos gloriarnos en nuestras propias capacidades (vv. 29, 31), sino en los beneficios resultantes de la representación de Cristo.

En consecuencia, 1 Corintios 1:30 respalda la idea de que los creyentes somos representados por la justicia perfecta de Cristo y, en un sentido posicional, somos tan plenamente justos como Él (ver Rom 5:15-19; Flp 3:9). En 2 Corintios 5:21, Pablo escribe: «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». Pablo asegura que Cristo asumió una culpa ajena y sufrió un castigo que Él mismo no merecía para que los pecadores por quienes Jesús sufrió el castigo fueran «hechos justicia de Dios en Él [Cristo]». Esto significa que Dios nos ve como «inocentes» que no merecen condena aunque hayamos cometido pecado. Sin embargo, que seamos hechos «justicia de Dios» también significa que estamos identificados con la «justicia de Dios», no solo en la ofrenda de la muerte de Cristo, sino también explícitamente en el Cristo resucitado, de modo que nos es imputado un aspecto positivo de la justicia de Cristo.

Génesis 1:28 y sus reiteraciones a lo largo del Antiguo Testamento nos brindan un trasfondo importante para entender la obra justificadora de Cristo con respecto a Su obediencia activa. La comisión de Génesis 1:26-28 involucraba los siguientes aspectos: (1) «los bendijo Dios»; (2) «sed fecundos y multiplicaos»; (3) «llenad la tierra»; (4) «sojuzgad» la «tierra»; (5) «ejerced dominio sobre… [toda] la tierra». El hecho de que Dios creara a Adán a Su «imagen» y «semejanza» es lo que le permitiría a este último ejecutar los diversos aspectos de la comisión. Como portador de la imagen de Dios, Adán debía reflejar Su carácter, lo que incluía reflejar la gloria divina. Además de la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17), la esencia de la comisión consistía en sojuzgar y ejercer dominio sobre la tierra, llenándola de la gloria de Dios, en especial al procrear una descendencia gloriosa de portadores de la imagen divina. Si Adán hubiera obedecido su comisión, habría recibido las bendiciones del fin de los tiempos en magnitud ampliada; en esencia, estas habrían consistido en una incorrupción irreversible y eterna de la vida física y espiritual, que habría tenido lugar en un universo incorruptible, libre de todo mal y toda amenaza pecaminosa.

Sin embargo, Adán desobedeció la comisión al desobedecer la palabra de Dios y no ejercer dominio sobre la creación como debería haberlo hecho, permitiendo que la serpiente irrumpiera y lo corrompiera a él y a su esposa (Gn 3; ver 2:16-17). Pero la comisión de Adán no fue revocada. Hay muchos pasajes bíblicos que indican que la comisión de Adán fue legada a otras figuras semejantes a él, como Noé, los patriarcas y el Israel del Antiguo Testamento. No obstante, todos fallaron al momento de cumplir la comisión. A partir de los tiempos de los patriarcas, las repeticiones de la comisión adánica fueron combinadas con la promesa de una «descendencia» que «bendeciría» a las naciones. Eso indica que, a la postre, la comisión sería cumplida por la «descendencia».

Desde los tiempos de Abraham, las reiteraciones de la comisión de Génesis 1 se presentan como una promesa de un acto positivo que tendría lugar en el futuro o como un mandamiento que resultaría en una obediencia positiva. Tanto las reiteraciones promisorias como las imperativas de la comisión guardan relación con los aspectos positivos de la conquista, la posesión (o herencia), la multiplicación, el incremento y la expansión de la «descendencia». En vista de ello, sería extraño que el Nuevo Testamento nunca se refiriera a Jesús como el último Adán de esa misma manera positiva. En efecto, el Nuevo Testamento ve la sumisión de Cristo a la muerte en la cruz como parte de Su obediencia a la comisión de Adán (ver Rom 5:12-17; Flp 2:5-11; Heb 2:6-10). Jesús no solo hizo lo que el primer Adán debió hacer, sino que también fue obediente hasta la muerte, lo que lo llevó a la victoria de la resurrección y la exaltación.

Pablo habla más de lo que se denomina la obediencia pasiva de Cristo en Su muerte que de Su obediencia activa al salvar a Su pueblo. Sin embargo, hay pasajes que presentan a Jesús como el último Adán sin aludir a Su muerte, sino al hecho de que hizo lo que Adán debió haber hecho. Un ejemplo es Su tentación en el desierto (Mt 4; Lc 4). Allí, Cristo funcionó como el último Adán y también como el verdadero Israel (es decir, como el Adán colectivo) que obedeció en las mismas áreas en que desobedecieron el primer Adán y el primer Israel.

De la misma manera, Pablo presenta a Cristo como el último Adán que recibió la posición triunfante y la recompensa del señorío incorruptible y glorioso como resultado de Su cumplimiento de todas las condiciones de la obediencia que se requerían del primer Adán, en especial, las de posesión y conquista. En 1 Corintios 15:27 y Efesios 1:22, Pablo afirma que Cristo cumplió el ideal del Salmo 8:6 que el primer Adán debió haber cumplido: «Dios ha puesto todo en sujeción bajo sus pies», lo que significa que Cristo mismo, como el último Adán, también ha ejercido el «poder… para sujetar todas las cosas a sí mismo» (Flp 3:21). 1 Corintios 15:45 se refiere claramente a Cristo como el «último Adán» que obtuvo la bendición exacerbada de la incorruptibilidad que el primer Adán no consiguió. Además, 1 Corintios y Efesios identifican a los creyentes ya sea con el hecho de que Cristo tiene todas las cosas en sujeción a Él (Ef 2:5-6) o de que posee bendiciones incorruptibles (1 Co 15:49-57; ver también Heb 2:6-17).

Pablo entiende que Cristo cumplió la comisión adánica del Salmo 8. Esto significa que Cristo ejerció dominio, sojuzgó, multiplicó Su descendencia espiritual (aunque ese elemento está ausente en el Sal 8) y llenó la tierra con la gloria de Dios de forma perfecta, tanto como le es posible a una persona a lo largo de su vida. Esta idea tiene que ver con la inauguración del fin de los tiempos, pues la obediencia fiel de Cristo como el último Adán se tradujo en la recompensa eterna de transformarse en la nueva creación incorruptible y en el Rey de esa creación. En otras palabras, el cuerpo resucitado de Cristo fue el comienzo de la nueva creación del fin de los tiempos y de Su señorío obediente en esa nueva creación. Así como los cristianos estamos identificados con la posición de Cristo en Su resurrección y exaltación real en el cielo, también lo estamos con Su recompensa, que es el señorío exaltado y la obediencia fiel que sigue caracterizando ese señorío. El señorío de Cristo resucitado y exaltado y Su estatus como el Adán obediente constituyen una irrupción de la nueva creación futura en la era presente. No es una nueva creación perfeccionada, pues los cristianos del siglo presente aún no son reyes perfectamente obedientes ni han experimentado la recompensa consumada de la resurrección plena. No obstante, estamos unidos a Cristo, el último Adán que fue perfectamente obediente.

La doctrina que enseña que Cristo fue el sustituto penal de los pecadores que han quebrantado la ley, a fin de que estos puedan ser considerados inocentes, es la doctrina de la obediencia pasiva de Cristo. 2 Corintios 5:21 también alude a esta noción: el hecho de que Cristo se haya transformado en una ofrenda por el pecado para pagar la pena del pecado de los creyentes se traduce en que nosotros somos declarados inocentes; sin embargo, como vimos antes, los creyentes también recibimos la justicia del Cristo resucitado.

Romanos 3:23-26 también se refiere a la obediencia pasiva de Cristo; la palabra «propiciación», en el versículo 25, hace referencia al «propiciatorio», la cubierta del arca del pacto donde se derramaba la sangre de los sacrificios para representar la sustitución de la pena del pecado de Israel. Ahora, Cristo se ha transformado en el «propiciatorio» donde Él vierte Su propia sangre para pagar la pena del pecado a fin de que los pecadores sean declarados «inocentes» o «justos».

De esta manera, la vida y muerte vicaria de Cristo le atribuyen justicia a Su pueblo y nos declaran inocentes de nuestros pecados. Estaríamos perdidos sin nuestro Salvador.

El Dr. Gregory K. Beale es profesor de Nuevo Testamento y teología bíblica y ocupa la cátedra J. Gresham Machen de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia. Es autor de numerosos libros, entre ellos God Dwells among Us [Dios habita entre nosotros].

Representación federal

El apóstol Pablo no creía que los seres humanos son básicamente buenas personas que hacen cosas malas. Los primeros capítulos de su epístola a los Romanos están dedicados a la proposición de que, con la excepción de Jesucristo, todo ser humano es por naturaleza injusto, culpable y digno de muerte. Pablo concluye que «tanto judíos como griegos están todos bajo pecado» (Rom 3:9).

Este retrato desolador y despiadado de la humanidad plantea al menos dos preguntas: ¿Por qué no vemos excepciones a la depravación humana universal? ¿Hay esperanza alguna para pecadores que están bajo la justa condenación de Dios y que no pueden hacer nada para librarse a sí mismos del juicio divino?

Pablo responde a ambas preguntas de una manera inesperada en Romanos. Nuestra difícil situación como pecadores se remonta en última instancia a Adán. Nuestra única esperanza como pecadores está en el segundo Adán, Jesucristo. En Romanos 5:12-21, el apóstol nos ayuda a ver cómo la obra de cada hombre, Adán y Jesús, afecta a los seres humanos hoy.

En Romanos 5:14, Pablo dice que Adán «es figura del que había de venir», es decir, Jesucristo. Al igual que Jesús, Adán fue un verdadero ser humano histórico. Aunque Jesús no es un simple hombre, es un verdadero hombre. Aquí Pablo afirma una correspondencia entre Adán y Jesús, pero en 1 Corintios el apóstol usa un lenguaje que nos ayuda a comprender mejor su relación. Si Adán es «el primer hombre», entonces Jesús es «el último Adán» (1 Co 15:45). Adán es «el primer hombre»; Jesús, «el segundo hombre» (v. 47). Adán y Jesús son hombres representativos. Nadie se interpone entre el primer hombre y el último Adán. Y nadie sigue a Jesús, el segundo hombre. Todo ser humano en todos los tiempos y lugares del mundo, nos dice Pablo, tiene una relación representativa con Adán o con Jesús (ver vv. 47-48). Es en el contexto de esta relación que lo que ha hecho el representante pasa a manos del representado.

En Romanos 5, Pablo examina estas relaciones representativas bajo el microscopio. El apóstol quiere que veamos cómo «una transgresión» de Adán afecta a todos los que están en Adán. Lo hace para ayudar a los creyentes (aquellos que están «en Cristo») a ver cómo les afecta la obediencia y la muerte de Cristo.

Algunos de los términos más importantes que usa Pablo en Romanos 5:12-21 se derivan de la sala de tribunal. Contra la «condenación» que pertenece a los que están en Adán está la «justificación» que pertenece a los que están en Cristo (vv. 16, 18). La palabra que a menudo se traduce como «constituidos» en el versículo 19 («Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» [énfasis añadido]) se traduce más precisamente como «designados». El punto de Pablo en este versículo no es que el pecado de Adán nos transforma personalmente en pecadores, ni que la obediencia de Jesús nos transforma personalmente en justos. Su punto aquí es que, a la luz de la desobediencia de Adán, aquellos a quienes Adán representa pertenecen a una nueva categoría legal (pecador). De manera similar, es debido a la obediencia de Jesús que a Su pueblo se le concede la entrada a una nueva categoría legal (justo).

El término teológico técnico que describe esta transacción que involucra al representante y al representado es imputación. El único pecado de Adán es imputado (aplicado) a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Adán» entran en condenación. Es decir, están sujetos a la justicia divina por el único pecado de Adán que se les imputa. Por otro lado, la justicia de Cristo se imputa a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Cristo» son justificados. Dios los considera justos, no por nada que hayan hecho, estén haciendo o hagan. Dios justifica a los pecadores únicamente sobre la base de la perfecta obediencia y plena satisfacción de Cristo, que Dios les imputa y que reciben por medio de la fe sola. 

Las dos imputaciones de Romanos 5:12-21 proporcionan la respuesta a las dos preguntas que planteamos anteriormente. La razón por la que «no hay justo, ni aun uno» (3:10) se deriva del hecho de que todos los seres humanos, excepto el segundo Adán, están por naturaleza condenados en Adán. Pablo nos muestra que junto con la condenación universal está la depravación universal. Es a la luz de la imputación del primer pecado de Adán a los seres humanos que estos seres humanos culpables, desde el momento de su concepción, heredan una naturaleza caída de sus padres.

Por estas razones, no hay esperanza ni ayuda que se pueda encontrar entre los que están «en Adán». Pero la esperanza y la ayuda están disponibles para los pecadores. Se encuentran solo en Jesucristo, el segundo y último Adán. El pecador recibe la justicia de Cristo solo por medio de la fe en Cristo. El pecador es justificado únicamente sobre la base de esta justicia. Sus pecados son perdonados y se le considera justo en el tribunal de Dios. Unido a Cristo y justificado por la fe en Él, el creyente llega a ser transformado a la imagen de Cristo por el poder del Espíritu Santo.

Una dificultad que la gente ha expresado a menudo con la enseñanza de Pablo en Romanos 5:12-21 se puede resumir en la objeción: «¡No es justo!». Muchos preguntan: «¿Es realmente justo que Dios me castigue por algo que otro ha hecho? Después de todo, nadie me preguntó si quería ser representado por Adán. ¿Cómo puede un Dios justo y bueno condenarme de esa manera?».

Esta objeción es seria y merece una cuidadosa reflexión. La realidad es que la relación representativa que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos destaca la bondad, la soberanía y la justicia de Dios. La bondad de Dios es evidente en Sus tratos con Adán en el jardín del Edén, tratos que se relacionan con cada persona a quien Adán representó. Dios creó a Adán como un hombre justo. Los pensamientos, las elecciones, los sentimientos y el comportamiento de Adán fueron todos sin pecado. Dios puso a Adán en el paraíso y le permitió disfrutar de Su generosidad. Dios le ofreció a Adán la promesa de la vida eterna confirmada y solo le pidió que se abstuviera, por un tiempo, de comer de un solo árbol en el jardín. Es difícil concebir circunstancias más ventajosas para nuestro representante, Adán. Cada detalle del pacto que Dios hizo con Adán refleja la bondad de Dios. Como pecadores que viven entre pecadores en un mundo pecaminoso, ¿habríamos tenido esperanza alguna de hacerlo mejor que Adán como nuestro representante en el jardín del Edén?

La relación representativa que Dios designó entre Adán y su descendencia ordinaria también da testimonio de la soberanía y la justicia de Dios. Tanto Adán como nosotros somos criaturas en las manos de Dios. Dios tiene el derecho de ordenar nuestras vidas de la manera que Él quiera, y nosotros no tenemos derecho a pedirle cuentas (ver Rom 9:19-20). Al actuar como lo hace, no nos hace ninguna injusticia. Al contrario, actúa de acuerdo con Su propio carácter justo.

Al pensar en la relación que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos, debemos recordar al menos dos consideraciones adicionales que están relacionadas. Primero, Dios no instituyó tal relación entre los ángeles. Cada ángel es individual ante Dios. Algunos ángeles han permanecido obedientes a Dios, mientras que otros ángeles cayeron en pecado. Dios no ha provisto ningún mediador para estos ángeles caídos y no les ofrece misericordia salvífica. Habiendo abandonado «su morada legítima, los ha guardado en prisiones eternas, bajo tinieblas para el juicio del gran día» (Jud 6).

En segundo lugar, Dios ha redimido a pecadores caídos e indignos a través del mismo tipo de relación representativa en la que caímos en pecado por medio de Adán. Cuando el pecador se une a Jesucristo por la fe sola, pasa de la condenación a la justificación y recibe gratuitamente la justicia de Jesucristo. El pecador no recibe este regalo de justicia por nada que él mismo haya hecho, esté haciendo o haga. Más bien, Dios en Su gracia atribuye esa justicia al pecador, quien la recibe por fe. E incluso esa fe es un don de Dios (Ef 2:8; Flp 1:29).

Por esta razón, como cristianos miramos la salvación que hemos recibido en Cristo y decimos: «¡No es justo!». Decimos esto no con un puño cerrado que muestra ira y desafío, sino con una mano abierta que muestra alabanza y acción de gracias. La buena noticia del evangelio es que Dios no nos ha dado lo que merecemos. Lo que merecemos es la condenación eterna. Pero Dios cargó nuestros pecados sobre Jesucristo en la cruz, y nos imputó la justicia de Su Hijo cuando creímos (2 Co 5:21). Dios no nos ha dado lo que nos corresponde. Nos ha dado lo que corresponde a Cristo. Él nos ha dado bendición en vez de maldición, justificación en vez de condenación, vida en vez de muerte y esperanza en vez de desesperación. Y al hacerlo, ha mostrado ser justo y el justificador del que tiene fe en Su Hijo (ver Rom 3:26).

En el día del juicio, los pecadores impenitentes no podrán culpar a nadie más que a sí mismos (2:1-11). Serán sentenciados y condenados justamente, y toda boca callará (Rom 3:19). Ese mismo día, los redimidos no nos jactaremos de nosotros mismos. Daremos toda alabanza y gloria a nuestro Salvador, el segundo Adán, el Señor Jesucristo.

Ese día aún no ha llegado. Hasta entonces, los cristianos podemos comenzar la obra de alabar a Cristo con nuestros cuerpos y nuestras mentes, con nuestras palabras y nuestras obras. Y podemos apuntar a otros hacia el Dios que, al ser rico en misericordia y abundante en amor, da vida junto con Cristo a pecadores muertos (Ef 2:4-5).

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

La teología de la cruz

Uno de mis mayores miedos con respecto a la Iglesia en la actualidad es que nos aburramos de la cruz de Cristo. Me preocupa que cualquier mención de Jesucristo, y este crucificado, lleve a muchos cristianos profesantes a decirse a sí mismos: «Sí, ya sé que Jesús murió en la cruz por mis pecados; pasemos a otra cosa. Vayamos más allá de lo básico y tratemos asuntos teológicos mayores». Creo firmemente que Satanás está decidido a intentar destruirnos, pero se conformaría con solo conseguir que perdamos nuestro asombro ante Jesucristo, y este crucificado. Esa pérdida del asombro suele comenzar en el púlpito, y pronto llega a los corazones y los hogares de quienes se sientan en las bancas. Cuando los pastores dejan de predicar sobre la cruz o solo la mencionan cuando tienen que hacerlo, es fácil que el pueblo de Dios comience a ver la cruz como un asunto superficial que solo debe considerarse de vez en cuando.

Todos los cristianos profesantes saben que la cruz es importante, pero con frecuencia no comprendemos su importancia integral, es decir, que la cruz no solo es central para nuestra fe sino que también abarca toda la existencia de nuestra fe, nuestra vida y nuestra adoración. Para que tengamos una teología adecuada de la cruz, la realidad de Cristo y este crucificado debe permear todo lo que creemos y todo lo que hacemos. La cruz no solo debe estar a la cabeza de nuestra lista de prioridades teológicas sino en el centro de todas nuestras prioridades teológicas. Si nos aburrimos de la cruz de Cristo y perdemos nuestro asombro por Jesucristo, y este crucificado, pronto empezaremos a perder la totalidad de la doctrina y la práctica cristiana.

Por lo tanto, la pregunta es esta: ¿por qué hay tantos cristianos que no escuchan mucho sobre la cruz de Cristo? ¿Por qué hay predicadores que no cavan las profundidades de la teología de la cruz? Algunos predicadores no pasan mucho tiempo tratando el tema de la cruz porque si lo hicieran, tendrían que hablar sobre el pecado, la ira de Dios, la santidad de Dios y la condenación eterna que Dios infligirá en el infierno sobre todos los que no se arrepientan al pie de la cruz. Hacemos bien al enfocarnos en el amor de Dios demostrado en la cruz, pero si no entendemos que la ira de Dios no es solo contra el pecado sino también contra los pecadores, no podremos entender el amor de Dios por los pecadores. Si no entendemos de qué nos salva Dios ―de la ira, el juicio y el infierno―, nunca entenderemos Su misericordia. Si no somos confrontados con la miseria de nuestro pecado, no podremos descansar en Su gracia asombrosa. Solo podremos empezar a ver lo que Dios hizo por nosotros en la cruz cuando comprendamos que nosotros, en nuestro pecado, fuimos los responsables de que Jesús fuera a la cruz.

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship.

La vida de José

¿Las dificultades de la vida están produciendo en mí el carácter de José o el de Jacob?

La vida de José es, sin duda, retadora. Desde un punto de vista humano, padeció muchas penurias: su madre murió a los pocos años de su nacimiento; sufrió el desprecio de sus hermanos por ser el favorìto de su padre; fue vendido como esclavo y deportado a Egipto cuando era joven; estuvo acusado falsamente y encarcelado, etc. Si atendemos a la explicación que ofrece nuestra sociedad, tendría que haberse convertido en un hombre amargado y lleno de rencor porque “el mundo le ha hecho así”, como diría la canción.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La vida de José, desgranada en este libro, nos muestra formidablemente cómo atraviesa las distintas pruebas creyendo de corazón que Dios las está permitiendo y se halla a su lado en todo momento. Dios tiene todo bajo control y, en su bondad, permite que José vea el fruto de sus lágrimas: la salvación de su pueblo.

Detrás del escenario humano, se percibe claramente la presencia de Dios. Yahweh estaba con José, guiando todas las etapas y circunstancias de su vida, como el Padre lo estuvo también con Jesús.

¿Las dificultades de la vida están produciendo en mí el carácter de José o el de Jacob? Esta es la cuestión. Y es muy relevante, pues nos atañe a todos. Si no hacemos algo por impedirlo, la vida nos va endureciendo poco a poco. Por lo tanto, necesitamos aprender a vivir como lo hizo José, dependiendo de Dios y confiando en su carácter y promesas, para ser cada vez más como Cristo: personas gozosas, sensibles a la necesidad y agradecidas en todo y por todo.

ÍNDICE

Prefacio
1. ¿La historia de José? Génesis 37 a 50
2. Una familia disfuncional (25:19-37:2)
3. La envidia de los diez hermanos (37:2b-11)
4. José, víctima de la envidia de sus hermanos (37:12-28)
5. Jacob, devastado (37:29-36)
6. Judá y Tamar (38:1-30)
7. José en casa de Potifar (39:1-6a)
8. José y la mujer de Potifar (39:6b-18)
9. José, en la cárcel (39:19-23)
10. Los sueños del copero y del panadero (40:1-23)
11. José comparece ante el Faraón (41:1-32)
12. José, exaltado (41:33-57)
13. El primer viaje de los hermanos a Egipto (42:1-20)
14. Los hermanos vuelven a Jacob (42:21-38)
15. Preparativos para el regreso a Egipto (43:1-15)
16. La segunda estancia en Egipto (43:16-34)
17. Benjamín y la copa del Faraón (44:1-34)
18. José se revela a los hermanos (45:1-15)
19. El retorno a Jacob (45:16-28)
20. Jacob, en Egipto (46:1-30)
21. Jacob, ante el Faraón (46:31-47:12)
22. Hambruna y esclavitud (47:13-26)
23. El juramento de José ante Jacob (47:27-31)
24. Jacob adopta a Manasés y Efraín (48:1-12)
25. Jacob bendice a Efraín y Manasés (48:13-22)
26. El testamento profético de Jacob: (1) Los cuatro hermanos mayores (49:1-12)
27. (2) Los hijos de Lea y de las concubinas (49:13-21)
28. (3) Los hijos de Raquel (49:22-28)
29. La muerte de Jacob (49:29-50:3)
30. El entierro de Jacob (50:4-14)
31. José y sus hermanos (50:15-21)
32. La última voluntad de José (50:22-26)
33. José, el testimonio bíblico

396 pp. Editorial Andamio 2020

SOBRE EL AUTOR
David F. Burt cursó estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Oxford. En 1967 se instaló en Madrid, donde colaboró en el inicio de los Grupos Bíblicos Universitarios de España (GBU). En 1978 se trasladó a Barcelona, donde durante trece años ejerció como pastor de una iglesia evangélica. Actualmente se dedica
a un ministerio de enseñanza y predicación, así como a sus tareas de escritor. Entre sus obras figuran comentarios del Nuevo Testamento como Tito, Filemón, Efesios y Hebreos. Dentro de la serie de comentarios del Antiguo Testamento ha escrito Jonás, Rut, Esdras y Ester.

Te ofrecemos un fragmento de “La vida de José”, de David F. Burt.

Difícilmente podemos afirmar que hemos hecho justicia a la historia de José si hacemos caso omiso de lo que otros textos de la Biblia dicen acerca de él. Por tanto, vamos a concluir nuestra meditación sobre su vida examinando tres textos que dan una exposición resumida de la vida de José.

Salmo 105:16-22. José, ejemplo de la providencia divina

En este repaso histórico, naturalmente José tiene un protagonismo importante. Pero la historia se escribe desde la perspectiva divina, no humana. Por eso, es Dios quien envía a José a Egipto, no sus hermanos, y lo hace a fin de solucionar la hambruna, que en realidad iba a tener lugar años después de la llegada de José al país, pero que ocupa el principio de este resumen (105:16). De hecho, este es el enfoque que José mismo iba a adquirir en cuanto a su vida en Egipto. Cuando se encontró nuevamente con sus hermanos, no les dijo: “Vosotros me vendisteis como esclavo y me enviasteis a Egipto, pero después vino una hambruna y yo estaba en condiciones de ayudar al faraón para solventar la falta de comida”, sino que trazó la providencia divina detrás de las acciones humanas (45:7-8 y 50:20). Sí. Los seres humanos actúan responsable y culpablemente, y tendrán que ser juzgados por sus acciones. Pero el creyente sabe (como José llegó a saberlo) que, más allá de las acciones humanas, Dios está obrando todas cosas para bien de los que le aman (Romanos 8:28). (…)

Así, según el salmo, con José se establece un patrón de aflicción inicial y vindicación final que se ha repetido una y otra vez en la historia del pueblo de Dios, e iba a encontrar su expresión máxima en la humillación y exaltación del Señor Jesucristo. Por supuesto, es un patrón que sigue vigente en nuestra generación y debe caracterizar la experiencia de todos los seguidores de Jesús (2 Timoteo 2:11-12).

Hechos 7:9-15. José, ejemplo de la vida vivida con Dios y tipo de Jesucristo

En la sección de su discurso dedicado a José, Esteban sigue de cerca la narración de Génesis: la traición de los diez hermanos a causa de su envidia; la venta de José como esclavo y su descenso a Egipto; los aflicciones que él sufrió allí; su posterior exaltación por mano del faraón; la llegada de los años de hambruna; la salvación de los egipcios y cananeos por medio de la previsión y buena administración de José; y los tres viajes de los hijos de Jacob a Egipto, culminando en el establecimiento de toda la familia en Gosén. (…)

Lo extraordinario de estas situaciones, sin embargo, es que, detrás del escenario humano, se percibe claramente la presencia de Dios. Yahweh estaba con José, guiando todas las etapas y circunstancias de su vida, como el Padre lo estuvo también con Jesús. Dios “libró a José de todas sus aflicciones”, y a Jesucristo Dios lo resucitó de entre los muertos. A pesar de la maldad responsable de los seres humanos, Dios obra todas las cosas para bien y para salvación. Las tribulaciones de José lo llevaron a ser el salvador de muchos pueblos, y también de aquellos miembros de su propia familia que habían intentado destruirlo; de manera parecida, los terribles sufrimientos de Jesucristo fueron el medio por el cual Dios proporcionó salvación a sus enemigos, no solamente entre los judíos, sino entre los habitantes de todas las naciones que creen en él.

Igualmente, la exaltación de José a manos del faraón anticipa la exaltación de Jesús por el Padre (Filipenses 2:9-10). José fue “designado gobernador sobre Egipto y sobre toda la casa de Faraón”; Jesús ha recibido señorío, gloria y un reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieran. Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será jamás destruido (Daniel 7:14).

Hebreos 11:22. José, ejemplo de fe

En su gran capítulo dedicado a los héroes de la fe, el autor de Hebreos no podía dejar de incluir a José. Él ocupa su lugar de honor entre los patriarcas (Abraham, Isaac y Jacob) y Moisés. Sin embargo, el texto dedicado a José sorprende por lo breve, por lo que no dice. El autor podría habernos hablado de la fe de José manifestada en su interpretación de sueños; en su confianza en la providencia de Dios en medio de la tribulación; en su perseverancia en la fe de sus padres a pesar de encontrarse solo y abandonado; en su testimonio fiel ante la corte de Egipto… Pero salta por encima de todo ello y concentra nuestra atención en los últimos momentos de la vida de José.

La esencia de la fe consiste siempre en la apropiación personal de las promesas de Dios y la vivencia a la luz de ellas. Es “la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). José vivió toda la vida bajo la convicción de que Dios cumpliría fielmente lo que había prometido a los patriarcas. No puso su corazón en la sabiduría de Egipto, ni en su cultura, ni en sus dioses, sino en el pacto y las promesas de Yahweh. Y la prueba de ello es que, al final de su vida, pudiendo haber sucumbido a la “tentación egipcia” y haber aspirado a tener un entierro lujoso en su país adoptivo, renunció a ello, ordenando el traslado de sus restos mortales a la Tierra Prometida. No solamente eso, sino que también mandó que sus huesos no fueran trasladados allí hasta el momento del éxodo. (…)

Por supuesto, el autor de Hebreos no nos cuenta este momento de la vida de José únicamente para hacer un repaso histórico, sino con la intención de fomentar en nosotros la misma fe que vemos en él. La fe de José se manifestó en la completa coherencia de su vida con respecto a las promesas de Dios. Vivió y murió de una manera consecuente con ellas. (…)

Estos tres textos, por tanto, subrayan para nosotros el significado y la importancia de la vida de José. Debemos considerar su ejemplo como motivo de consuelo y de buen ánimo, porque es la ilustración poderosa de alguien que vivió bajo la providencia de Dios. (…) Sin embargo, su vida no es solamente motivo de consuelo y esperanza, sino también de reto y desafío.

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Conociéndome a mi mismo

«¿Qué quieres ser cuando seas grande?». Prácticamente todas las personas enfrentan esta pregunta en algún momento de su niñez.

Cuando yo era pequeño, las respuestas más comunes de los niños varones incluían «vaquero», «bombero» o  «jugador de béisbol», sin embargo, pocos de nosotros terminamos siendo vaqueros, bomberos o jugadores de béisbol. En algún momento, cuando la persona deja la niñez, pasa por la adolescencia y entra en la adultez, la pregunta «¿quién soy?» se libera (al menos en parte) de la fantasía infantil y es respondida en términos más serios, términos que a menudo están determinados por los duros golpes de la realidad.

Lo que es cierto para niños y niñas suele también serlo para las instituciones. De la misma forma que los individuos buscan una identidad, así también lo hacen las organizaciones . La Iglesia no es la excepción. Durante el segundo siglo de la historia cristiana, la Iglesia estuvo ocupada respondiendo la pregunta «¿quiénes somos?». Fue un tiempo de amalgama, codificación y definición. En ese siglo, la Iglesia reflexionó sobre su autoridad suprema (la Escritura), su teología y su organización.

Muy frecuentemente las organizaciones, incluso las naciones, se ven forzadas a definirse con mayor claridad y precisión por sus competidores o enemigos. Eso fue lo que le ocurrió a la Iglesia. Los primeros apologistas cristianos, como Justino Mártir, se esmeraron por clarificar la naturaleza de la Iglesia y el cristianismo para contrarrestar las falsas concepciones difundidas por personas ajenas a la Iglesia como los paganos y los judíos. De forma similar, la doctrina «ortodoxa» fue forjada con el martillo de la herejía. En ese entonces, al igual que ahora, la mayoría de los herejes afirmaban ser defensores del cristianismo verdadero. Sus errores y tergiversaciones obligaron a la Iglesia a definir sus creencias con más claridad.

La Iglesia del siglo II hizo importantes avances para definir la vida eclesiástica y la práctica cristiana.

El año 2001 Hans Küng, el controvertido teólogo católico-romano, publicó un nuevo libro sobre la Iglesia. Este tenía el simple título de La Iglesia católica: breve historia universal. Küng observó un cambio decisivo en cuanto a la actividad y la autoconciencia de la Iglesia prístina del primer siglo y la «institucionalización» de la Iglesia en el segundo siglo. Él señala que, para responder a los gnósticos y otros herejes como Marción y Montano, la Iglesia estableció claros cánones o estándares con respecto a lo que es verdaderamente cristiano, dentro de los cuales tenemos:

  1. Un credo resumido que comúnmente se usaba en el bautismo. El primer credo bautismal fue la simple afirmación «Jesús es el Señor». Más tarde, esta fórmula fue expandida para incluir afirmaciones de fe en el Dios Todopoderoso y en Jesucristo, el Hijo de Dios nacido el Espíritu Santo. Los rudimentos de lo que llegó a conocerse como «el Símbolo» o el Credo Apostólico, fueron añadidos en este momento. Posteriormente, se agregaron más afirmaciones para formar la versión final del credo.
  2. El canon del Nuevo Testamento. La elaboración de la lista de los libros inspirados fue provocada en gran parte por el trabajo del hereje Marción, que produjo su propio Nuevo Testamento expurgado. A pesar de que el canon neotestamentario no fue finalizado sino hasta finales del siglo IV, casi todo estaba formalmente en su lugar para fines del siglo II.
  3. El oficio docente episcopal. Este oficio evolucionó a medida que la Iglesia se movía en dirección al episcopado monárquico. Se volvió común apelar a las enseñanzas de los obispos para resolver las controversias teológicas. Küng sostiene que este tercer estándar representó un giro con respecto a la Iglesia de la era apostólica, que estaba compuesta por comunidades libres sin un único episcopado ni presbiterio. Él considera que las comunidades apostólicas eran iglesias completas y bien equipadas, que no carecían de nada. Más adelante, las iglesias congregacionalistas (y muchos puritanos) apelarían a estas comunidades como representantes de la estructura original de la Iglesia.

A pesar de que en ciertos aspectos estos cambios históricos lo entristecen, Küng afirma: «No se puede ignorar el hecho de que con los tres estándares mencionados anteriormente, la Iglesia católica creó una estructura para la teología y la organización, y junto a ella, un orden interno muy sólido».

La apreciación de Küng no es muy diferente del análisis protestante. En el libro Historia de la Iglesia cristiana, Williston Walker señala: «Así, de la lucha contra el gnosticismo y el montanismo surgió la Iglesia católica, con su fuerte organización episcopal, estándar de credo y canon autoritario. Era muy diferente de la Iglesia apostólica, pero había preservado el cristianismo histórico y lo había resguardado durante una tremenda crisis». 

Por cierto, Küng señala que los tres estándares establecidos por la Iglesia en el siglo II fueron atacados en eras posteriores. En el siglo XVI, la Reforma planteó dudas con respecto a la estructura episcopal de Roma. Luego, la Ilustración cuestionó tanto el canon de la Escritura como también la Regla de la fe del credo.

La Iglesia del siglo II también hizo importantes avances para definir la vida eclesiástica y la práctica cristiana. Durante los comienzos de la historia del cristianismo, la Iglesia hizo una distinción entre la proclamación (kerygma) y la instrucción (didache). La Iglesia apostólica era una iglesia misionera que iba más allá de las fronteras del judaísmo. Los gentiles eran alcanzados por la proclamación del evangelio en su forma básica. Se hacía énfasis en la persona y la obra de Cristo, en Su muerte y resurrección. Cuando los convertidos abrazaban a Cristo por medio de la fe, eran bautizados e ingresaban a la comunidad de la Iglesia. Luego, se les daba una instrucción más rigurosa en cuanto a la fe. Para este fin, en el siglo II se produjo un manual de orden eclesiástico conocido como Didaché o «La enseñanza de los doce apóstoles».

Este manual, descubierto apenas en 1873, provee reglas simples para las congregaciones locales, y aborda el bautismo, el aborto (que era considerado como asesinato), las limosnas, el ayuno, la Cena del Señor y otros asuntos. Establece un marcado contraste entre dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. Muchas de las amonestaciones que se encuentran en él son citas textuales de las Escrituras del Nuevo Testamento.

La Didaché terminó siendo utilizada como herramienta catequística y también como una guía para la vida cristiana. Como tal, representa el primer código escrito posapostólico de moralidad cristiana. A pesar de que no forma parte del canon de la Escritura, ofrece valiosas perspectivas sobre la manera en que la Iglesia primitiva se veía a sí misma.

La Iglesia del siglo II desarrolló un fuerte sentido de identidad. Este proceso continuó hasta bien entrado el siglo III, cuando nuevas herejías y nuevos conflictos con el Estado produjeron incluso más desarrollo y nuevas estructuras en la Iglesia.

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El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La Adoración familiar puesta en práctica 2

2. El dónde. La adoración familiar puede celebrarse alrededor de la mesa del comedor. Sin embargo, es posible que sea mejor trasladarse al salón, donde hay menos distracciones. Cualquiera que sea la habitación escogida, asegúrense de que contenga todo el material devocional. Antes de comenzar, descuelguen el teléfono u organicen que sea el contestador automático o el correo de voz, quien responda. Los hijos deben entender que la adoración familiar es la acti-vidad más importante del día y que no debe interrumpirse por nada.

  1. El cuándo. De manera ideal, la adoración familiar debería llevarse a cabo dos veces al día, por la mañana y por la tarde. Esto encaja mejor con las directrices bíblicas para la adoración en la administración del Antiguo Testamento, en el que se santificaba el principio y el final de cada día mediante el ofrecimiento de un sacrificio matutino y otro vespertino, así como las oraciones de la mañana y de la tarde. El Directorio de Adoración de Westminster declara: “La adoración familiar que debería realizar cada familia, es generalmente por la mañana y por la tarde, y consiste en oración, lectura de las Escrituras y alabanzas cantadas”.

Para algunos, la adoración familiar es rara vez posible más de una vez al día, después de la cena. De una manera u otra, los cabezas de familia deberían ser sensibles al programa familiar y mantener implicados a todos sus miembros. Cuando no puedan cumplir con los horarios programados, planeen con esmero y prepárense de antemano para que cada minuto cuente. Luchen contra todos los enemigos de la adoración familiar.

Durante la adoración familiar, que sus objetivos sean los siguientes:

  1. Brevedad. Como dijo Richard Cecil: “Haz que la adoración familiar sea breve, agradable, sencilla, tierna y celestial”. Cuando es demasiado larga, los niños se vuelven intranquilos y pueden ser provocados a ira.

Si adoran dos veces al día, prueben con diez minutos por la mañana y un poco más por la noche. Un periodo de veinticinco minutos de adoración familiar podría dividirse como sigue: Diez minutos para la lectura de las Escrituras y la instrucción; cinco minutos para leer una porción diaria o un libro edificante, o conversar sobre alguna preocupación bajo una luz bíblica; cinco minutos para cantar y cinco minutos para la oración.

2. Coherencia. Más vale tener veinte minutos de adoración familiar cada día que probar periodos más extensos unos cuantos días, por ejemplo cuarenta y cinco minutos el lunes y saltarse el martes. La adoración familiar nos proporciona “el maná que cae cada día a la puerta de la tienda, para que nuestras almas se mantengan vivas”, escribió James W. Alexander en su excelente libro sobre la adoración familiar.

No se permitan excusas para evitar la adoración familiar. Si pierden el dominio propio con su hijo media hora antes de la reunión, no digan: “Sería una hipocresía dirigir la adoración familiar, de modo que esta noche lo vamos a dejar”. No tienen que escapar de Dios en esos momentos. Más bien, deben regresar a él como el publicano arrepentido. Empiecen el tiempo de adoración pidiéndoles a cada uno de los que han presenciado su falta de dominio propio que les perdonen; a continuación, oren a Dios pidiendo perdón. Los niños los respetarán por ello. Tolerarán las debilidades y hasta los pecados en sus padres, siempre y cuando estos confiesen sus equivocaciones y procuren seguir al Señor con sinceridad. Ellos y ustedes saben que el sumo sacerdote del Antiguo Testamento no era descalificado por ser un pecador, pero sí tenía que ofrecer sacrificio primeramente por sí mismo, antes de poder presentarlo por los pecados del pueblo. Tampoco quedamos descalificados, ni ustedes ni nosotros, por el pecado confesado, porque nuestra suficiencia está en Cristo y no en nosotros mismos. Como afirmó A. W. Pink: “No son los pecados del cristiano, sino sus pecados no confesados, los que estrangulan el canal de bendición y hacen que tantos otros se pierdan lo mejor de Dios”.

Dirijan la adoración familiar con una mano firme, paternal y un corazón blando y arrepentido: Aun cuando estén extenuados después de su día de trabajo, oren pidiendo la fuerza de llevar a cabo su deber paternal. Recuerden que Cristo Jesús fue a la cruz por ustedes, agotado y exhausto, pero nunca dio un paso atrás en su misión. Al negarse ustedes a sí mismos, verán cómo Él los fortalece durante la adoración familiar, de manera que en el momento en que acaben, habrán vencido su agotamiento.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

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365 días con George Whitefield

Algunos datos sobre George Whitefield son casi increíbles. ¿En verdad predicó a audiencias atentas de hasta ochenta mil personas al aire libre en una época sin micrófonos? ¿Es cierto que su cuerpo resistió predicar hasta sesenta horas semanales por varios meses a lo largo de su ministerio?

La realidad es que Whitefield fue un hombre usado por Dios de manera única en la historia. El teólogo John Wesley, líder del movimiento metodista, expresó en el funeral de este evangelista:

“¿Hemos leído u oído hablar de alguna persona desde los apóstoles, que haya testificado el evangelio de la gracia de Dios a través de un espacio tan ampliamente extendido, a través de una parte tan grande del mundo habitable? ¿Hemos leído o escuchado de cualquier persona que haya llamado a tantos miles, tantas miríadas de pecadores al arrepentimiento?… ¿Hemos leído o escuchado a cualquiera que haya sido un instrumento bendito en Su mano para traer tantos pecadores de tinieblas a luz, y del poder de Satanás a Dios [como Whitefield]?”.

Predicadores como Martyn Lloyd-Jones, Charles Spurgeon, y J. C. Ryle, —entre otros muy usados por el Señor— han dicho palabras similares sobre Whitefield. Diversos historiadores están de acuerdo con ellas.

¿Quién era este evangelista, qué lo movía, y qué podemos aprender de él?

Renacido para predicar a Cristo

George Whitefield nació el 16 de diciembre de 1714 en Gloucester, Inglaterra. Fue el hijo menor de su familia. Cuando era joven estuvo involucrado en pleitos, mentiras, y robos. El teatro fue su mayor interés en aquel entonces. Tenía un talento indiscutible para la actuación y la oratoria, que luego emplearía en su predicación. El actor David Garrick diría años más tarde: “Daría 100 guineas si tan solo pudiera decir ‘¡Oh!’ como el señor Whitefield”.

A los 18 años, Whitefield entró en Pembroke College, en la Universidad de Oxford, trabajando como conserje. Atendía a estudiantes más adinerados para así poder costear sus estudios. Allí conoció a los hermanos Charles y John Wesley, y se unió a un grupo de estudiantes llamado El Club Santo de Oxford. La meta de los integrantes del grupo era vivir en correcta moralidad religiosa a través de extensos ayunos, oraciones, lectura de la Biblia, etc. Sin embargo, ninguno de sus miembros era un creyente genuino en aquella época.

Whitefield esforzó tanto su cuerpo ayunando y soportando dolores mientras buscaba ser aceptado por Dios, que esto le ocasionó una profunda debilidad física por el resto de su vida. En medio de su esfuerzo agonizante, leyó un libro que le dio su amigo Charles Wesley, “La vida de Dios en el alma del hombre”. Este clásico de la literatura cristiana, escrito por Henry Scougal, habla sobre los primeros versos del capítulo ocho de Romanos. El Señor usó ese libro para que Whitefield entendiera la necesidad del nuevo nacimiento. A los 21 años, George escribió:

“¡Dios me mostró que debo nacer de nuevo o estar condenado! Aprendí que un hombre puede ir a la iglesia, decir oraciones, recibir los sacramentos, y aún así no ser un cristiano… ¡Señor, si no soy un cristiano… muéstrame lo que es el cristianismo, para que yo no sea condenado al final!”.

Whitefield se vio en una intensa lucha dentro de sí al ser confrontado con su incapacidad de salvarse a sí mismo y el significado del evangelio. La tormenta duró hasta el día en que escribió en su diario, estando aún en Oxford,

“Dios se complació en quitar la pesada carga, para permitirme aferrarme a su querido Hijo por una fe viva, y al darme el Espíritu de adopción, para sellarme, hasta el día de la redención eterna. ¡Oh! Con qué alegría, gozo inefable, hasta el gozo lleno y grande de gloria, mi alma se llenó cuando el peso del pecado se apagó, y una sensación permanente del amor de Dios entró en mi alma desconsolada. Seguramente fue un día para ser tenido en eterno recuerdo”.

Desde entonces, Whitefield tuvo el deseo de profundizar en la Palabra y predicarla. La doctrina del nuevo nacimiento fue clave en toda su predicación. Su testimonio nos recuerda que no podemos nacer de nuevo y salvarnos por nuestros esfuerzos. Dependemos por completo de la gracia de Dios.

Predicación sin descanso

Los hermanos Wesley, aún inconversos, partieron de Oxford a la colonia americana de Georgia y dejaron a Whitefield como líder del Club Santo. Allí George predicó el evangelio y organizó reuniones de estudio bíblico. Los miembros de este grupo de estudiantes llegaron a ser etiquetados como Metodistas, debido a su estricta disciplina de profundizar en la Palabra.

Luego de su graduación, George fue ordenado como diácono y poco después como pastor. Empezó a predicar el evangelio en distintas iglesias y cada vez más personas se acercaban a donde él estuviese para escucharlo. En una época donde la predicación del evangelio había estado oscurecida en incontables púlpitos, Whitefield fue como un relámpago dondequiera que fuera.

Impulsado por su amigo Howell Harris, Whitefield comenzó a predicar al aire libre a multitudes. Esta fue una de las decisiones más importantes en la vida del predicador, en vista de que algunas iglesias cerraron sus puertas a él. Tal acción del evangelista fue controversial y vista por muchas personas como fanatismo. Su predicación fue confrontante, exponiendo el evangelio, señalando que muchos ministros en la iglesia de sus días no habían nacido de nuevo en realidad, y causando extremo fervor sobre su audiencia de miles y miles.

Cuando llegó a Norteamérica en 1738 a petición de los Wesley, ellos habían regresado a Europa. Allí asumieron el liderazgo del nuevo movimiento conocido como Metodismo. Whitefield aprovechó su viaje a América para predicar a Cristo. Muchedumbres le seguían a todas partes, pueblos enteros fueron trastornados por su predicación. Ese fue el primero de siete viajes que realizó a Norteamérica, entre 1738 y 1770.

Así Whitefield fue instrumento de avivamiento tanto en Europa como al otro lado del Atlántico. “El mundo entero es ahora mi parroquia”, dijo en 1739 y otra vez 30 años después, cerca de su muerte. “A donde sea que mi Maestro me llame, estoy listo para ir y predicar el evangelio eterno”.

Durante su ministerio soportó fuerte adversidad por parte de muchas personas. Incluso por algún tiempo fue vilipendiado por John Wesley, quien se opuso con denuedo al calvinismo enseñado por Whitefield. Más adelante, ambos volvieron a llegar a términos amistosos, aunque tomando caminos separados. A pesar de su popularidad, George fue perseguido en varios lugares a los que iba a predicar. “Somos inmortales hasta que nuestro trabajo en la tierra esté hecho”, dijo, reconociendo la soberanía de Dios luego de sobrevivir a uno de varios intentos de asesinato. Este hombre era imparable en su ambición de anunciar a Cristo.

Se estima que Whitefield predicó a tal vez 10 millones de oyentes durante su ministerio. La historia testifica del poder en sus sermones y el avivamiento polémico que se desató en su predicación, con multitudes llorando a gritos al ser encaradas con los sufrimientos de Cristo y la gracia de Dios, y siendo transformadas por la Palabra. William Cowper, poeta y escritor de himnos, llegó a decir que en Whitefield “los tiempos apostólicos parecen haber regresado a nosotros”.

Whitefield fue conocido por predicar desde el corazón, con una convicción incontenible. Lloraba a menudo por los pecadores en sus sermones y usaba toda su capacidad oratoria en la exposición de la Palabra. Su pasión era conducir a la gente a mirar a Cristo y aferrarse a Él.

Aunque plantó tres iglesias y fundó un orfanato, la proclamación de la Palabra como evangelista itinerante fue el centro de su ministerio; fue lo que consumió su vida en una época en la que no era fácil viajar largas distancias. Su titánico ritmo de predicación tuvo terribles efectos sobre su cuerpo, acortando sus días.

El 29 de septiembre de 1770, cuando George se preparaba para predicar al aire libre en el pueblo de Exeter, en los Estados Unidos, alguien le dijo: “Señor, usted está más apto para ir a la cama que para predicar”. “Eso es verdad”, respondió Whitefield. Entonces oró: “Señor Jesús, estoy cansado en tu obra, pero no de tu obra. Si no he terminado mi curso todavía, déjame ir una vez más y hablar por ti en los campos, sellar tu verdad, y venir a casa y morir”.

Cuando Whitefield subió al púlpito luego de esa oración, se hizo un silencio en la multitud mientras él se encontraba muy débil para hablar. “Esperaré por la asistencia de gracia del Señor”, dijo luego de varios minutos. Y entonces predicó sobre 2 Corintios 13:5, tal vez su sermón más célebre. A la mañana siguiente, Whitefield partió a la presencia del Salvador que lo llamó a predicar su Palabra.

Las doctrinas de la gracia nos impulsan a evangelizar

Así como Whitefield nos confronta a buscar vivir en más integridad, también nos reta a evangelizar más si hemos creído las doctrinas de la gracia. Estas enseñanzas permeaban su predicación, con la convicción de que eran bíblicas y preciosas.

“Yo abrazo el esquema calvinista, no por Calvino, sino porque Jesucristo me lo ha enseñado”, expresó. A su amigo, James Harvey, le escribió en una carta: “Déjame aconsejarte, querido señor Harvey, dejando todo prejuicio a un lado, que leas y ores sobre las epístolas de Pablo a los Romanos y Gálatas, y entonces déjale decirme qué piensa de esta doctrina”. También afirmó:

“Las doctrinas de nuestra elección y justificación gratuita en Cristo Jesús se imprimen cada día más y más en mi corazón. Ellas llenan mi alma con un fuego santo y me brindan una gran confianza en Dios mi Salvador. Espero que el fuego se contagie entre cada uno de nosotros… Nada más que la doctrina de la Reforma puede hacer esto”.

Las doctrinas de la gracia llenaban de gozo a Whitefield. Él no las veía como simple información para el entretenimiento intelectual, sino como combustible para su ambición de alcanzar a los perdidos para Cristo y adorar al Señor. En una carta sobre predicación a su amigo a Howell Harris, dijo:

“Coloca en sus mentes la libertad y la eternidad del amor elector de Dios, y anímalos a apoderarse de la perfecta justicia de Jesucristo por la fe. Habla con ellos, oh habla con ellos hasta la medianoche, de las riquezas de Su gracia . Diles, oh diles, lo que Él ha hecho por sus almas, y cuán fervientemente Él está ahora intercediendo por ellos en el cielo … ¡Presiona sobre ellos para [llamarlos a] creer inmediatamente! Dispersa oraciones con tus exhortaciones, y por tanto llama al fuego del cielo, incluso el fuego del Espíritu Santo [para que descienda]… Habla en todo momento, mi querido hermano, como si fuera el último. Llora, si es posible, cada argumento y, por así decirlo, obliga a gritar: ‘¡Mira cómo nos ama [Dios]!’”.

La soberanía de Dios en la salvación debe conducirnos a decir con Pablo, “todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna” (2 Tim 2:10). Whitefield entendió eso. Su ejemplo es relevante para quienes estamos en el despertar a las doctrinas de la gracia que vemos hoy en la iglesia de habla hispana.

Los calvinistas deberíamos ser los más fervientes evangelistas, caracterizados por humildad y amor. Si nuestro Dios es el mismo que rescató a George Whitefield, y creemos las mismas verdades que él, ¿cómo podemos justificar a menudo tanto orgullo en nosotros, y tan poca pasión para compartir el evangelio con otras personas? Esta pregunta retumba en mi mente cuando veo a este hombre.

Whitefield fue un personaje único en la historia que Dios está escribiendo en y con la Iglesia, pero la Biblia sí nos dice a cada creyente que somos “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquél que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1 Pedro 2:9). Por tanto, cobremos ánimo al mirar el ejemplo de este gran evangelista. Busquemos anunciar más el evangelio en medio de las diversas vocaciones que el Señor nos ha dado.

Te ofrecemos los 7 primeros días del mes de Enero:

1 ENERO

El hombre natural

«Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden». Romanos 8:7

Caminar con Dios significa que su bendito Espíritu quita el poder de la enemistad que prevalece en el corazón de una persona. Quizá a algunos les resulte difícil escuchar tal cosa, pero nuestra experiencia diaria demuestra, tal como las Escrituras afirman en tantos pasajes, que la mente carnal, la mente del hombre natural inconverso, y aun la mente del regenerado, en la medida en que cualquier parte suya siga sin renovar, es enemistad, no solo un enemigo, sino «enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden». Ciertamente, uno puede sorprenderse ante el hecho de que una criatura, especialmente una criatura maravillosa como el ser humano, creada a imagen y semejanza de su Creador, pudiera tener algún tipo de enemistad, y mucho menos una enemistad continuada, contra el mismísimo Dios en quien vive, se mueve y tiene su ser. Pero, por desgracia, así es. Nuestros primeros padres la contrajeron cuando cayeron de Dios al comer del fruto prohibido […] y esta misma enemistad gobierna y prevalece en todo hombre engendrado naturalmente del linaje de Adán […]. Quien no es capaz de aprehender esto sigue viviendo en la ignorancia, en términos de salvación, de las Sagradas Escrituras y el poder de Dios. Y todos los que lo sepan, reconocerán de buen grado que, para que una persona pueda caminar con Dios, es preciso destruir el poder de esta enemistad que prevalece en el corazón, puesto que quienes albergan una enemistad y una hostilidad recíproca no caminan juntos ni mantienen relación entre sí […]. Queda destruida en toda alma verdaderamente nacida de Dios y se va debilitando gradualmente a medida que el creyente crece en gracia y el Espíritu de Dios adquiere un dominio cada vez mayor sobre el corazón.

2 ENERO

Orad por nosotros

«Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros». 2 Tesalonicenses 3:1

Debemos orar por aquellos a los que el Espíritu Santo ha encomendado nuestro cuidado. Esto es lo que S. Pablo ruega una y otra vez a las iglesias a las que escribe […]. Sin duda, si el gran S. Pablo, ese vaso escogido, ese predilecto del Cielo, necesitaba las más importunas oraciones de sus conversos cristianos, mucho más habrán de necesitar los ministros comunes del evangelio la intercesión de sus respectivos rebaños […]. Son muchos los que a menudo se privan de un gran bien por su falta de oración por sus ministros, un bien que habrían disfrutado si hubiesen orado por ellos como debieran. Eso por no hablar de la extendida queja por la falta de pastores fieles y diligentes. Pero, ¿cómo habrán de merecer buenos pastores quienes no oran fervientemente a Dios por ellos? Si no oramos al Señor por la cosecha, ¿acaso podremos esperar que envíe a segadores para recolectarla? ¡Qué ingrato es, además, no orar por nuestros ministros! Porque, ¿habrán de velar y obrar en la Palabra y la doctrina por nosotros y por nuestra salvación y no habremos de orar nosotros por ellos a cambio? […] A esto debemos añadirle que orar por nuestros ministros será una prueba tangible de nuestra creencia en que, si bien Pablo planta y Apolos riega, es únicamente Dios quien da el crecimiento. Y también comprobaremos que es el mejor medio que podemos emplear para la mejora de nuestro propio bienestar; porque Dios, en respuesta a nuestras oraciones, quizá les imparta una doble medida de su Espíritu Santo, lo que a su vez les permitirá multiplicar la medida del conocimiento de las cosas espirituales que pueden ofrecernos y usar más eficazmente la palabra de verdad.

3 ENERO

Salmo 46

«Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones». Salmo 46:1

Había una tradición entre los antiguos judíos de que el maná que caía del cielo, a pesar de ser como una pequeña semilla de cilantro, satisfacía todos los paladares, y era como leche para los niños y alimento sólido para los adultos. Con independencia de que esta suposición sea verídica o no, es una observación que mantiene una gran validez con respecto a las afirmaciones de David; si tenemos ojos para ver y oídos para oír, si Dios se ha complacido en retirar el velo de nuestros corazones, tendremos la feliz experiencia de que el libro de Salmos, sin que importen nuestras circunstancias, nos sirva de arsenal espiritual, del que extraer armas espirituales en la batalla más encarnizada, especialmente aquellos que atraviesan tribulaciones, cuando la mano del Señor parece oponerse a ellos. Cuando la incredulidad les impulsa a exclamar: «¡Tengo todo en mi contra!». Si tenemos la presencia de ánimo de acudir al libro de Salmos, podremos encontrar algo que se ajuste a nuestra situación, una palabra de estímulo en la lucha contra nuestro enemigo espiritual. Esto es especialmente aplicable al Salmo 46 […]. No se sabe en qué momento o por qué motivo lo escribió David. Es probable que estuviera atravesando alguna difícil aflicción que lo llevara a expresarse con semejante elocuencia; o que fuera cuando la aflicción hubo pasado, cuando su corazón rebosaba de gratitud y de amor, y esa profunda conciencia de ello le diera a su pluma la precisión de un escribiente muy ligero. Era uno de los salmos favoritos de Lutero. Y cuandoquiera que Philip Melanchthon o cualquier otro de sus amigos le traía noticias tristes, solía decir: «Vamos, cantemos el Salmo 46» y, tras haberlo cantado, su corazón estaba en paz.

4 ENERO

Agradecimiento debido

«El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios». Salmo 50:23

Cuando Dios puso al primer hombre en el paraíso, es indudable que este rebosaba de tal conciencia de las riquezas del amor divino que dedicaba continuamente su aliento vital, que el Todopoderoso le acababa de infundir, a bendecir y exaltar a ese infinitamente generoso y misericordioso Dios en quien vivía, se movía y tenía su ser. Y la mejor idea que podemos formarnos de la jerarquía angélica de lo alto, así como de los espíritus de los justos que acaban de ser perfeccionados, es que rodean continuamente el trono de Dios y claman incesantemente, noche y día: «El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza» (Apocalipsis 5:12). Aquello que era la perfección del hombre en el comienzo de los tiempos, y que será su dedicación cuando la muerte haya quedado derrotada y el tiempo ya no exista, es indiscutiblemente parte de nuestra perfección, y debiera ser nuestra práctica habitual en este mundo. No dudo que esos benditos espíritus, enviados a ministrar a quienes serán herederos de la salvación, se admiran con frecuencia al acampar a nuestro alrededor y ver nuestros corazones tan escasamente henchidos, y nuestros labios tan infrecuentemente abiertos, para manifestar el bondadoso amor del Señor o cantar sus alabanzas.

5 ENERO

Nuestra primogenitura

«Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él». Efesios 1:17

Dios es amor. Si nuestras propias voluntades o el mundo pudieran hacernos felices, jamás habría enviado a Jesucristo, su Hijo amado, para que muriese y resucitase, y de tal forma liberarnos del dominio de ellos. Pero, debido a que solo pueden atormentarnos y son incapaces de satisfacernos, Dios nos pide que renunciemos a ellos. Si alguien hubiese persuadido al profano Esaú de que no perdiera tan glorioso privilegio, tan solo por satisfacer la inclinación corrupta del momento, cuando le vio a punto de vender su primogenitura por un pequeño plato de lentejas, ¿no cabría pensar que tal persona habría sido amiga de Esaú? Y esa es la situación entre Dios y nosotros. Por medio de la muerte y resurrección de Jesucristo, somos recién nacidos con una herencia celestial junto con todos los santificados; sin embargo, nuestras voluntades corruptas nos tientan a vender tal gloriosa primogenitura a cambio de las vanidades del mundo, que, tal como sucedía con las lentejas de Esaú, pueden satisfacernos durante un tiempo, pero pronto se agotarán. Dios lo sabe; nos pide que renunciemos a ellas un tiempo, en lugar de perder el glorioso privilegio de esa primogenitura a cambio de un breve disfrute, ya que, si conocemos el poder de la resurrección de Jesucristo, estamos acreditados a la primera. ¡Qué profundas son las riquezas y la excelencia del cristianismo! Bien podía estimar el gran S. Pablo todas las cosas como pérdida y basura por la excelencia de su conocimiento. ¡Bien podemos desear conocer tan ardientemente a Jesús y el poder de su resurrección! Porque aun en este lado de la eternidad nos eleva por encima del mundo y nos hace sentarnos en los lugares celestiales en Jesucristo.

6 ENERO

Los muertos resucitarán

«En los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. 2 Corintios 4:4

Existen más incrédulos en el seno de la iglesia que fuera de ella. Permítaseme repetirlo, puedes pensar en ello cuando yo esté arremetiendo contra el bramido de las olas4, hay más incrédulos en el seno de la iglesia que fuera de ella. No todo el que hace profesión de fe la posee, no todos poseen lo que se ha prometido, no todos participan de la promesa, ni los que hablan de Dios y lo bendicen tienen al Salvador prometido. Puede que yo lo tenga entre los labios y en la lengua, sin tener lo que se ha prometido o la bendita promesa en el corazón. Una persona moral e intachable en lo que a la ley respecta, una persona que se considera justa debido a que no sabe en qué se basa para ello, una persona que no tiene otra religión más que ir a un lugar de adoración, se valora a sí misma por pertenecer a la iglesia oficial o ser un independiente […]. Sin embargo, por mucho que se consideren a salvo, esas personas no tardarán en ir a un lugar, lo crean o no. Pronto se les convocará ante un tribunal, ante la voz de un arcángel que resuene diciendo: «Levantaos, muertos, y venid a juicio». Los muertos se levantarán y se presentarán ante el Hijo de Dios como Juez de toda la humanidad. Estos, al igual que los infieles, querrán que se les exima de ello, y tal como estos en tiempos dijeron: «Desearía que se me dispensara de presentarme ante Cristo», también querrán evitar presentarse ante él y sufrir su condena. Pero todos habrán de ir al mismo sitio y, dado que no conocen a Dios ni la vida divina, deberán oír y sufrir esta terrible sentencia: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (Mateo 25:41).

7 ENERO

Un cambio profundo

«El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía». Apocalipsis 22:11

Nuestro Señor lanzó terribles endechas contra los fariseos. Así también los ministros deben enfrentarse a todos los que no se sometan a la justicia de Jesucristo y advertirlos diciendo «ay de vosotros». Casi diría que este fue el último golpe que Jesús asestó a Pablo al convertirlo al cristianismo real; puesto que, tras haberlo golpeado como perseguidor de la religión verdadera, le hizo entrar en razón manifestando su persona y su papel de Salvador. «Yo soy Jesús», dijo nuestro Señor. De ahí que el apóstol escriba: «Aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Filipenses 3:8). No solo le oímos hablar como un blasfemo, sino también como un fariseo; y de nada nos servirá hablar de estar convertidos hasta que se nos haga entrar en razón y acudamos al Señor Jesucristo como pobres pecadores perdidos para ser lavados en su sangre y vestidos con su gloriosa justicia imputada. La consecuencia de esta imputación o aplicación de la justicia de nuestro Señor será una conversión del pecado a la santidad […]. Quienes están verdaderamente convertidos a Jesús y justificados por medio de la fe en el Hijo de Dios se ocuparán de dar muestras de su conversión, no solo por tener la gracia implantada en sus corazones, sino con esa gracia propagándose por todas las facultades del alma y obrando un cambio universal en todo el hombre.

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La Adoración familiar puesta en práctica 1

Acontinuación, unas sugerencias para ayudarles a establecer en sus hogares una adoración familiar que honre a Dios. Confiamos en que esto evite dos extremos: El planteamiento idealista que supera el alcance hasta del hogar más temeroso de Dios y el enfoque minimalista que abandona la adoración familiar diaria porque el ideal parece estar absolutamente por encima de sus capacidades.

Preparación para la adoración familiar
Antes de que ésta dé comienzo, deberíamos orar en privado pidiendo la bendición divina sobre esa adoración. A continuación, deberíamos planear el qué, el dónde y el cuándo de la misma.

El qué. Hablando de forma general, esto incluye la instrucción en la Palabra de Dios, la oración delante de su trono y cantar para su gloria. Sin embargo, es necesario determinar más detalles de la adoración familiar.

Primero, tengan Biblias y copias de El Salterio y hojas de canciones para todos los niños que saben leer. En el caso de niños demasiados pequeños, que no saben leer, lean unos cuantos versículos de las Escrituras y seleccionen un texto para memorizarlo como familia. Repítanlo en alto, todos juntos, varias veces como familia. A continuación, refuércenlo con una breve historia de la Biblia para ilustrar el texto. Tómense tiempo para enseñar sobre una o dos estrofas de una selección del Salterio a estos niños y aliéntenlos a cantar con ustedes.

Para los niños no tan pequeños, intenten usar Truths of God’s Word [Verdades de la Palabra de Dios], una guía para maestros y padres que ilustra cada doctrina. Para niños de nueve años en adelante, pueden usar Bible Doctrine [La doctrina bíblica] de James W. Beeke, una serie que va acompañada de directrices para el maestro. En cualquier caso, expliquen lo que han leído a sus hijos y formúlenles una o dos preguntas.

A continuación, canten uno o dos salmos, un buen himno o coro como “Dare to be a Daniel” (Atrévete a ser como Daniel). Terminen con una oración.

Para niños más mayores, lean un pasaje de las Escrituras, memorícenlo juntos y lean un proverbio y aplíquenlo. Hagan unas preguntas sobre cómo aplicar estos versículos a la vida cotidiana o, tal vez, lean una porción de los Evangelios y su correspondiente sección en el libro Expository Thoughts on the Gospels [Meditaciones sobre los Evangelios] de J. C. Ryle. Este autor es sencillo, a la vez que profundo. Sus claras ideas ayudan a generar conversación. Quizás les gustaría leer partes de una biografía inspiradora. No obstante, no permitan que la lectura de la literatura edificante sustituya la lectura de la Biblia o su aplicación.

El progreso del peregrino de John Bunyan, Guerra Santa o meditaciones diarias de Charles Spurgeon [como Morning and Evening (Mañana y tarde) o Faith’s Checkbook (Cheques del banco de la fe)] son adecuados para niños más espirituales. Los niños más mayores también se beneficiarán de Morning and Evening Exercises (Ejercicios matinales y vespertinos) de William Jay, Spiritual Treasury (Antología espiritual) de William Mason o Poor Man’s Morning and Evening Portions (Porciones matinales y vespertinas del pobre) de Robert Hawker. Después de esas lecturas, canten unos cuantos salmos familiares y, tal vez, podrían aprender uno nuevo antes de acabar con oración.

Asimismo, deberían utilizar los credos y las confesiones de su iglesia. Se les debería enseñar a los niños pequeños a recitar el Padrenuestro. Si se adhieren a los principios de Westminster, hagan que sus hijos memoricen poco a poco el Catecismo Menor. (Si su iglesia usa La Segunda Confesión Bautista de Londres, pueden usar el Catecismo de Spurgeon o el Catecismo de Keach.) Si en su congregación se usa el Catecismo de Heidelberg, la mañana del Sabbat cristiano (domingo) lean en el Catecismo la parte correspondiente al Día del Señor, del que predicará el ministro en la iglesia. Si tienen El Salterio, pueden hacer un uso ocasional de las formas de devoción que se encuentran en las oraciones cristianas. Utilizando estas formas en el hogar les dará la oportunidad —a ustedes y a sus hijos— de aprender a usarlas de una forma edificante y provechosa, una técnica que resulta muy útil cuando se usan las formas litúrgicas como parte de la adoración pública.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

Recuerdos de la adoración familiar 2

Cada uno de nosotros, desde nuestra más temprana edad, no considerábamos un castigo ir con nuestro padre a la iglesia; por el contrario, era un gran gozo. Los seis kilómetros y medio (4 millas) eran un placer para nuestros jóvenes espíritus, la compañía por el camino era una nueva incitación y, de vez en cuando, algunas de las maravillas de la vida de la ciudad recompensaban nuestros ávidos ojos. Otros cuantos hombres y mujeres piadosos del mejor tipo evangélico iban desde la misma parroquia a uno u otro de los clérigos favoritos en Dumfries; durante todos aquellos años, el servicio de la iglesia parroquial era bastante desastroso. Y, cuando aquellos campesinos temerosos de Dios se “juntaban” en el camino a la Casa de Dios o al regresar de ella, nosotros los más jóvenes captábamos inusuales vislumbres de lo que puede y debería ser la conversación cristiana. Iban a la iglesia llenos de hermosas ansias de espíritu; sus almas estaban en la expectativa de Dios. Volvían de la iglesia preparados e incluso ansiosos por intercambiar ideas sobre lo que habían oído y recibido sobre las cosas de la vida. Tengo que dar mi testimonio en cuanto a que la fe cristiana se nos presentaba con gran cantidad de frescura intelectual y que, lejos de repelernos, encendía nuestro interés espiritual. Las charlas que escuchábamos eran, sin embargo, genuinas; no era el tipo de conversación religiosa fingida, sino el sincero resultado de sus propias personalidades. Esto, quizás, marca toda la diferencia entre un discurso que atrae y uno que repele.

Teníamos, asimismo, lecturas especiales de la Biblia cada noche del Día del Señor: Madre e hijos junto con los visitantes leían por turnos, con nuevas e interesantes preguntas, respuestas y exposición, todo ello con el objeto de grabar en nosotros la infinita gracia de un Dios de amor y misericordia en el gran don de su amado Hijo Jesús, nuestro Salvador. El Catecismo menor se repasaba con regularidad, cada uno de nosotros contestábamos a la pregunta formulada, hasta que la totalidad quedaba explicada y su fundamento en las Escrituras demostrado por los textos de apoyo aducidos. Ha sido sorprendente para mí, encontrarme de vez en cuando con hombres que culpaban a esta “catequización” de haberles producido aversión por la fe cristiana; todos los que forman parte de nuestro círculo piensan y sienten exactamente lo contrario. Ha establecido los fundamentos sólidos como rocas de nuestra vida cristiana. Los años posteriores le han dado a estas preguntas y a sus respuestas un significado más profundo o las han modificado, pero ninguno de nosotros ha soñado desear siquiera que hubiéramos sido entrenados de otro modo. Por supuesto, si los padres no son devotos, sinceros y afectivos, —si todo el asunto por ambos lados no es más que trabajo a destajo o, peor aún, hipócrita y falso—, ¡los resultados deben ser de verdad muy distintos!

¡Oh, cómo recuerdo aquellas felices tardes del Día de reposo; no cerrábamos las persianas ni las contraventanas para que no entrara ni el sol, como afirman algunos escandalosamente! Era un día santo, feliz, totalmente humano que pasaban un padre, una madre y sus hijos. ¡Cómo paseaba mi padre de un lado a otro del suelo de losas, hablando de la sustancia de los sermones del día a nuestra querida madre quien, a causa de la gran distancia y de sus muchos impedimentos, iba rara vez a la iglesia, pero aceptaba con alegría cualquier oportunidad, cuando surgía la posibilidad o la promesa, de que algunos amigos la llevaran en su carruaje! ¡Cómo nos convencía él para que le ayudáramos a recordar una idea u otra, recompensándonos cuando se nos ocurría tomar notas y leyéndolas cuando regresábamos! ¡Cómo se las arreglaba para convertir la conversación de una forma tan natural hasta alguna historia bíblica, al recuerdo de algún mártir o cierta alusión feliz al Progreso del peregrino! Luego, sucedía algo parecido a una competición. Cada uno de nosotros leía en voz alta, mientras el resto escuchaba y mi padre añadía aquí y allí algún pensamiento alegre, una ilustración o una anécdota. Otros deben escribir y decir lo que quieran como quieran; pero yo también. Éramos once, criados en un hogar como éste, y nunca se oyó decir a ninguno de los once, chico o chica, hombre o mujer, ni se nos oirá, que el Día de reposo era aburrido o pesado para nosotros, o sugerir que hubiéramos oído hablar o visto una forma mejor de hacer brillar el Día del Señor y que fuera igual de bendito para los padres como para los hijos. ¡Pero que Dios ayude a los hogares donde estas cosas se hacen a la fuerza y no por amor!

Tomado de John G. Paton and James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

El estado de Gracia

Aunque no es muy probable que los lectores de la revista Tabletalk saquen su teología de las calcomanías para autos, sin duda algunos de ustedes habrán visto una que dice: «¡No soy perfecto, solo perdonado!». Si bien esta calcomanía pretende encapsular la verdad respecto a nuestro estado como pecadores salvados por el perdón de Dios en Cristo que nos llega por gracia, en realidad no logra su objetivo.

Sin duda, los cristianos no son perfectos. No obstante, esa no es toda la historia respecto a lo que la gracia salvadora de Dios en Cristo les otorga en esta vida. La frase pone de relieve una de las principales bendiciones de la obra salvadora de Cristo: el perdón. Pero, deja sin mencionar muchas bendiciones inherentes que también les son impartidas a los creyentes que están unidos a Cristo por medio de la fe. Cuando Cristo, por Su Espíritu y Su Palabra, imparte las múltiples bendiciones de Su obra salvadora como Mediador, estas bendiciones no solo incluyen el perdón, sino también la liberación del dominio del pecado y la renovación mediante el poder santificador de Su Espíritu.

Siguiendo el lenguaje del libro Human Nature in its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], escrito por el gran puritano escocés Thomas Boston, cuando Dios salva a los pecadores perdidos mediante la obra de Cristo y el ministerio del Espíritu, no los deja impotentes ante la tiranía del diablo, de su propia carne pecaminosa y del mundo bajo el dominio del pecado. Los saca de su estado de perdición en Adán y los introduce a su nuevo estado de gracia en Cristo. Si bien todos los pecadores caídos son incapaces de no pecar (non posse non peccare), los pecadores redimidos sí son capaces de no pecar (posse non peccare). Los creyentes son capacitados por gracia mediante el Espíritu de Cristo para comenzar a conformarse a la voluntad de Dios en verdadero conocimiento, justicia y santidad. Este comienzo puede ser «pequeño», pero es un comienzo de «obediencia perfecta», como bien lo expresa el Catecismo de Heidelberg. Los creyentes en unión con Cristo fueron sellados «con el Espíritu Santo de la promesa», quien garantiza su herencia hasta que tomen completa posesión de ella (Ef 1:13-14). Experimentan los albores de la vida eterna en comunión con Dios y estos albores son una especie de primicias de la plenitud de vida que gozarán en los nuevos cielos y la nueva tierra.

LA UNIÓN CON CRISTO Y EL ORDEN DE LA SALVACIÓN

Para poder apreciar las riquezas de las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes en el estado de gracia, debemos recordar que Cristo imparte estos beneficios a través del ministerio del Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Juan Calvino usa una frase encantadora para capturar la relación entre lo que Cristo ha obtenido para Su pueblo y la forma en que el Espíritu obra para unirlos a Cristo de modo que puedan participar en todos los beneficios de Su obra salvadora. El Espíritu Santo, dice Calvino, es el «ministro de la liberalidad de Cristo». Mediante el Espíritu, Cristo otorga libre y generosamente a Su pueblo las bendiciones que ha obtenido para ellos. Tan íntima es la relación entre el Espíritu y Cristo que el apóstol Pablo puede decir que «el Señor es el Espíritu» (2 Co 3:17) o que Él fue hecho «espíritu que da vida» (1 Co 15:45). Como lo expresa Calvino, el Espíritu es el «vínculo de comunión» entre Cristo y Su novia elegida. Él les comunica a los creyentes las riquezas de su herencia en Cristo.

En discusiones recientes en torno a la salvación mediante la unión con Cristo, se ha dicho mucho con respecto a la cuestión de cómo se relaciona esta unión con las bendiciones espirituales que se enumeran en lo que ha sido denominado el orden de la salvación (ordo salutis) en el estado de gracia. Estas discusiones a ratos han generado más calor que luz. Sin embargo, por lo general hay consenso en que el orden de la salvación ofrece un relato bíblico de todas las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes que están unidos a Cristo. A través del ministerio del Espíritu y la Palabra de Dios, los creyentes son llevados a la comunión con Cristo y comienzan a disfrutar de las bendiciones espirituales que son suyas en Él. El orden de la salvación busca proporcionar un relato bíblico de estas bendiciones como aspectos diferentes pero a la vez inseparables de la excepcional y gran obra del Espíritu en la salvación de los pecadores.

Quizás el testimonio bíblico más claro referente a los rudimentos del orden de la salvación es Romanos 8:29-30. En este pasaje, hallamos lo que a menudo se denomina la cadena de oro de la salvación:

Porque a los que [Dios] de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó.

Este pasaje es importante, no porque ofrece un orden completo de la salvación, sino porque nos provee un relato claro de la manera en que el propósito elector de Dios en gracia está ligado al llamamiento eficaz del evangelio, que lleva a los pecadores perdidos a Cristo por la senda de la fe y el arrepentimiento, les otorga la bendición de la justificación y asegura la glorificación del creyente. Cuando se observa en conjunto con otros testimonios escriturales sobre la obra de la gracia de Dios en la salvación de los elegidos, este pasaje es una piedra angular para formular el orden de la salvación de una manera más completa.

Puede ser útil distinguir tres grupos de beneficios que son otorgados mediante el ministerio del Espíritu cuando lleva a los creyentes a la comunión salvadora con Cristo. El primer grupo de beneficios describe la manera en que, normalmente, el Espíritu lleva a los elegidos a la unión con Cristo mediante el llamamiento eficaz, la regeneración y la conversión (la fe y el arrepentimiento). El segundo grupo de beneficios describe el nuevo estatus que los creyentes reciben en unión con Cristo, es decir, la justificación y la adopción. Por último, el tercer grupo de beneficios describe la nueva condición otorgada a los creyentes en unión con Cristo, es decir, su santificación y renovación en conformidad a la imagen de Cristo, que al final culmina en la glorificación. En consecuencia, la representación del orden de la salvación, que es efectuada mediante la unión con Cristo producida por el Espíritu, comúnmente incluye los siguientes aspectos: el llamamiento eficaz, la regeneración, la conversión (la fe y el arrepentimiento), la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación. Algunas de estas bendiciones son inconfundible y definitivamente obra de Dios (el llamamiento eficaz y la regeneración). Otras son acciones que Dios obra en los creyentes, pero que a la vez son propias de ellos (la fe y el arrepentimiento, la santificación y la perseverancia). Algunas se centran en actos judiciales de Dios que tienen relación con el estado del creyente ante Él (la justificación y la adopción). Otras son bendiciones transformadoras o renovadoras que renuevan progresivamente a los creyentes en santidad y conformidad a la imagen de Cristo (la santificación y la perseverancia). Todas ellas son propias del estado de gracia al que son llevados los pecadores perdidos según el propósito salvador de Dios.

EL LLAMAMIENTO EFICAZ, LA REGENERACIÓN Y LA CONVERSIÓN

La aplicación de la obra salvadora de Cristo por parte del Espíritu Santo comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración. Por la Palabra del evangelio, el Espíritu lleva a las personas que Dios escoge a la comunión con Cristo. El Espíritu acompaña la proclamación del evangelio convenciéndonos de nuestro pecado y de nuestra miseria, iluminando nuestras mentes en el conocimiento de Cristo, y renovando nuestras voluntades (Catecismo Menor de Westminster, 31). Cuando el llamado del evangelio va acompañado del Espíritu vivificador de Cristo, los elegidos son persuadidos, capacitados y llevados a responder a la Palabra con fe y arrepentimiento. Por esta razón, el apóstol Pablo habla del llamamiento eficaz del evangelio como una «demostración del Espíritu y de poder» para que nuestra fe «no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2:4-5). Sin la obra del Espíritu en la regeneración o el nuevo nacimiento, la Palabra por sí sola es incapaz de producir fe y arrepentimiento en los que son llamados a creer en Cristo y volverse de sus pecados. A menos que el Espíritu regenere u otorgue el nuevo nacimiento a los que son llamados por el evangelio, los pecadores perdidos permanecerán muertos en sus delitos y pecados, incapaces e indispuestos a cumplir las demandas del llamado del evangelio. Como Jesús anuncia en Su discurso sobre el nuevo nacimiento, nadie puede «ver» ni «entrar» en el Reino de Dios sin la obra del Espíritu (Jn 3:3-5). El nuevo nacimiento es, por completo, la obra del Espíritu. No producimos nuestro nuevo nacimiento en el plano espiritual más de lo que producimos nuestro nacimiento en el plano natural. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (3:6). Fuera de la obra del Espíritu en la regeneración, el estado de los pecadores caídos queda bien encapsulado en el dicho: «No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír». No obstante, en virtud de la obra del Espíritu en la regeneración, los ciegos pueden ver la gloria de Cristo y los ciegos pueden oír la Palabra hablada en el poder del Espíritu (1 Co 2:13; 2 Co 4:6).

Considerada en su sentido más preciso, la regeneración por el Espíritu puede distinguirse del llamamiento eficaz. En tal sentido, la regeneración se refiere a un acto inefable del Espíritu mediante el cual los pecadores espiritualmente muertos reciben la capacidad de escuchar la Palabra, saber y entender lo que proclama y estar dispuestos a abrazar lo que promete. Sin embargo, como el Espíritu ordinariamente obra con la Palabra, el llamamiento eficaz y la regeneración, aunque son diferentes, no deben separarse. El curso ordinario es que el Espíritu otorgue el nuevo nacimiento mediante el instrumento de la Palabra del evangelio, que es denominada la «simiente de la regeneración» en 1 Pedro 1:23. Mediante el uso que el Espíritu hace de la Palabra de verdad, los pecadores perdidos son nacidos de Dios como una suerte de «primicias de sus criaturas» (Stg 1:18). Cuando la regeneración va ligada a la obra del Espíritu por el ministerio de la Palabra, es virtualmente sinónima al llamamiento eficaz. En su sentido más amplio, la regeneración incluso puede entenderse como algo que incluye la conversión y todos los frutos del ministerio del Espíritu en el estado de gracia. Dichos frutos incluyen la fe y el arrepentimiento, la renovación a la imagen de Cristo, la santificación y la glorificación.

Cuando los pecadores perdidos son eficazmente llamados y convertidos por el ministerio del Espíritu y la Palabra, responden al llamado del evangelio con fe y arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento son gracias evangélicas diferentes pero inseparables que el Espíritu nos otorga a los pecadores perdidos a través del ministerio del evangelio (Hch 11:18; 13:48). La fe verdadera y salvadora consiste en el conocimiento, la convicción y la confianza de que el testimonio de la Palabra de Dios es verídico, en especial la promesa de que Cristo puede salvar «para siempre» a todos los que acuden a Él en fe (Heb 7:25). El arrepentimiento es, a la vez, un dolor profundo por el pecado y un gozo profundo en Dios por medio de Cristo. Cuando los creyentes se arrepienten, se vuelven del pecado a Dios, mortificando su carne pecaminosa y experimentando la vida en su nuevo hombre en Cristo. En lugar de continuar en el sendero del pecado y la desobediencia, comienzan a hacer buenas obras nacidas de la fe verdadera para la gloria de Dios y en conformidad al estándar de Su santa ley. Al igual que la fe, el arrepentimiento no es un mero acto que ocurre al comienzo de la vida del cristiano en el estado de gracia. Toda la vida cristiana, de principio a fin, es un alejamiento continuo o diario del pecado en dirección a Cristo. Durante el curso del peregrinaje del cristiano, la fe necesita ser nutrida y cultivada a través de los medios ordinarios de la gracia (la Palabra, los sacramentos y la oración). De igual forma, la vida del cristiano requiere volverse cada día del pecado a Dios en nueva obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN Y LA ADOPCIÓN: UN NUEVO ESTATUS

Cuando los creyentes son llevados a la unión con Cristo mediante la fe, gozan de dos beneficios por gracia que reflejan su nuevo estatus ante Dios. En su estado natural, los pecadores caídos están expuestos a la justa sentencia divina de la condenación y la muerte. En el estado de gracia, los creyentes ya no están bajo la condenación de la ley ni tampoco obligados a hallar el favor de Dios haciendo lo que la ley requiere. Más bien, gozan de la gracia de la justificación gratuita. La justificación es el veredicto en que Dios declara por Su gracia que los que están en Cristo por medio de la fe son justos ante Él y tienen derecho a la vida eterna. Dios declara a los creyentes justos en Cristo otorgándoles e imputándoles Su obediencia, Su rectitud y la satisfacción de la justicia divina. Cuando los creyentes reciben la justicia de Cristo a través de la sola fe, gozan de la gracia de la aceptación gratuita de Dios. Además, en virtud del acto divino de adopción en Cristo por gracia, también gozan de todos los derechos y privilegios propios de los que son Sus hijos. Reciben un «espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8:15; Gal 4:5-6). Las gracias de la justificación y la adopción gratuitas les permiten a los creyentes vivir en el gozo, la paz y la confianza de que son aceptados en el favor divino y tienen todos los derechos de los hijos adoptados.

LA SANTIFICACIÓN Y LA PERSEVERANCIA: UNA NUEVA CONDICIÓN

Mediante el Espíritu y la Palabra, los creyentes también disfrutan las bendiciones de la santificación y la perseverancia en unión con Cristo. El propósito de la redención del creyente es la conformidad perfecta a Cristo (Rom 8:29). Aunque este objetivo no puede alcanzarse en esta vida, el Espíritu de Cristo comienza a renovar a los creyentes en la senda de la obediencia. El apóstol Pablo nos presenta una descripción impactante de esta obra del Espíritu en Romanos 8:9-11: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en vosotros» (cp. Gal 5:16-26). La bendición de la santificación libra de su antigua esclavitud al pecado a los que están en el estado de gracia y los posiciona en Cristo para que vivan según la «exigencia justa de la ley» (Rom 8:4, NTV, ver 6:15-23). Aunque el estado de gracia nunca es uno de perfección ni de ausencia de pecado en esta vida, sí constituye la inauguración de la vida de la nueva creación que culmina en el estado de glorificación. En este aspecto, el estado de gracia sobrepasa al estado de inocencia del que gozó la raza humana en Adán antes de la caída. Mientras el estado de inocencia era mutable y susceptible a ser perdido por la desobediencia, el estado de gracia viene con la garantía de vida inmutable e inquebrantable en comunión con Dios. En el estado de gracia, los creyentes tienen al Espíritu habitando en ellos, que es prenda y garantía de su herencia completa en Cristo (Jn 14:16-17; 2 Co 5:5).

Dos consecuencias fluyen de lo que las Escrituras enseñan sobre el estado presente de los creyentes en unión con Cristo mediante la obra del Espíritu. En primer lugar, los creyentes son impulsados a repetir las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 3:12-14:

No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello [conocer a Cristo y el poder de Su resurrección] para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. […] Yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Y en segundo lugar, estas enseñanzas motivan a los creyentes a darles todos los usos posibles a los medios de gracia ―el ministerio de la Palabra por parte de la Iglesia, los sacramentos y la oración― a fin de crecer en la gracia y recibir lo que Cristo les otorga por gracia mediante Su Espíritu.

El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

Recuerdos de la adoración familiar 1

El “cuartito de oración” era una habitación pequeña entre las otras dos, que sólo tenía cabida para una cama, una mesita y una silla, con una ventana diminuta que arrojaba luz sobre la escena. Era el santuario de aquel hogar de campo. Allí, a diario y con frecuencia varias veces al día, por lo general después de cada comida, veíamos a mi padre retirarse y encerrarse; nosotros, los niños, llegamos a comprender a través de un instinto espiritual (porque aquello era demasiado sagrado para hablar de ello) que las oraciones se derramaban allí por nosotros, como lo hacía en la antigüedad el Sumo Sacerdote detrás del velo en el Lugar Santísimo. De vez en cuando oíamos los ecos patéticos de una voz temblorosa que suplicaba, como si fuera por su propia vida, y aprendimos a deslizarnos y a pasar por delante de aquella puerta de puntillas para no interrumpir el santo coloquio. El mundo exterior podía ignorarlo, pero nosotros sabíamos de dónde venía esa alegre luz de la sonrisa que siempre aparecía en el rostro de mi padre: Era el reflejo de la Divina Presencia, en cuya conciencia vivía. Jamás, en templo o catedral, sobre una montaña o en una cañada, podría esperar sentir al Señor Dios más cerca, caminando y hablando con los hombres de forma más visible, que bajo el techo de paja, zarzo y roble de aquella humilde casa de campo. Aunque todo lo demás en la religión se barriera de mi memoria por alguna catástrofe impensable, o quedara borrado de mi entendimiento, mi alma volvería a esas escenas tempranas y se encerraría una vez más en aquel cuartito santuario y, oyendo aún los ecos de aquellos clamores a Dios, rechazaría toda duda con el victorioso llamado: “Él caminó con Dios, ¿por qué no lo haría yo?”.

Al margen de su elección independiente de una iglesia para sí mismo, había otra marca y fruto de su temprana decisión piadosa que, a lo largo de todos estos años, parece aún más hermosa. Hasta ese momento, la adoración familiar se había celebrado en el Día de Reposo, en la casa de su padre; pero el joven cristiano conversó con su simpatizante madre y consiguió convencer a la familia que debía haber una oración por la mañana y otra por la noche, cada día, así como una lectura de la Biblia y cánticos sagrados. Y esto, de buena gana, ya que él mismo accedió a tomar parte con regularidad en ello y aliviar así al vie-jo guerrero de las que podrían haber llegado a ser unas tareas espirituales de-masiado arduas para él. Y así comenzó, a sus diecisiete años, esa bendita costumbre de la oración familiar, mañana y tarde, que mi padre practicó probablemente sin una sola omisión hasta que se vio en su lecho de muerte, a los setenta y siete años de edad; cuando, hasta el último día de su vida, se leía una porción de las Escrituras y se oía cómo su voz se unía bajito en el Salmo y sus labios pronunciaban en el soplo de su aliento, la oración de la mañana y la tarde, cayendo en dulce bendición sobre la cabeza de todos sus hijos, muchos de ellos en la distancia por toda la tierra, pero todos ellos reunidos allí ante el Trono de la Gracia. Ninguno de ellos puede recordar que uno solo de aquellos días pasara sin haber sido santificado de ese modo; no había prisa para ir al mercado, ni precipitación para correr a los negocios, ni llegada de amigos o invitados, ni problema o tristeza, ni gozo o entusiasmo que impidiera que, al menos, nos arrodilláramos en torno al altar familiar, mientras que el Sumo Sacerdote dirigiera nuestras oraciones a Dios y se ofreciera allí él mismo y sus hijos. ¡Bendita fue para otros como también para nosotros mismos la luz de semejante ejemplo! He oído decir que muchos años después, la peor mujer del pueblo de Torthorwald, que entonces llevaba una vida inmoral, fue cambiada por la gracia de Dios y se dice que declaró que lo único que había impedido que cayera en la desesperación y en el infierno del suicidio, fue que en las oscuras noches de invierno ella se acercaba con cautela, se colocaba debajo de la ventana de mi padre y lo escuchaba suplicar en la adoración familiar que Dios convirtiera “al pecador del error de los días impíos y lo puliera como una joya para la corona del Redentor”. “Yo sentía —contaba ella— que era una carga en el corazón de aquel buen hombre y sabía que Dios no lo decepcionaría. Ese pensamiento me mantuvo fuera del infierno y, al final, me condujo al único Salvador”.

Mi padre tenía el gran deseo de ser un ministro del evangelio; pero cuando finalmente vio que la voluntad de Dios le había asignado otro lote, se reconcilió consigo mismo haciendo con su propia alma este solemne voto: Que si Dios le daba hijos, los consagraría sin reservas al ministerio de Cristo, si al Señor le parecía oportuno aceptar el ofrecimiento y despejarles el camino. Podría bastar aquí con decir que vivió para ver cómo tres de nosotros entrábamos en el Santo Oficio y no sin bendiciones: Yo, que soy el mayor, mi hermano Walter, varios años menor que yo y mi hermano James, el más joven de los once, el Benjamín de la manada…

Continuará …

Tomado de John G. Paton and James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

Iglesia Radical

En este libro, hay dos principios clave fundamentales que deberían dar forma a la manera en que ‘hacemos iglesia’: el evangelio y la comunidad. Los cristianos estamos llamados a una fidelidad doble, fidelidad primeramente al núcleo esencial del evangelio, y fidelidad también al contexto particular de la comunidad en que se vive lo que se cree. Sea que pensemos en la evangelización, en un compromiso social, en el cuidado pastoral, en la apologética, en el discipulado o en la enseñanza y formación, el contenido esencial tendrá siempre como referencia el evangelio cristiano, siendo su contexto el de una comunidad cristiana comprometida. Nuestra identidad como creyentes queda necesariamente configurada por el evangelio y por la comunidad. Centralidad en el contenido y mensaje del evangelio que tiene una doble vertiente. En primer lugar, supone un estar centrados en palabras, porque así es como se comunica. El evangelio es una buena noticia y es un mensaje muy concreto y particular. En segundo lugar, conlleva plantearse una misión especial por ser el evangelio palabra para proclamación —el evangelio es buena noticia y también un mensaje para ser proclamado y difundido. Todo ello se traduce en el fondo en ¡tres principios fundamentales! Una adecuada puesta en práctica ha de caracterizarse por (1) estar centrada en la palabra contenida en el Evangelio, (2) una fidelidad a su contenido por ser palabra misionera y (3) estar centrada en la comunidad.

Centrada en el Evangelio:

a. centrada en la palabra.

b. centrada en la misión.

2. Centrada en la comunidad.

Tal vez el lector piense que es decir algo obvio. Y, de hecho, eso es precisamente lo que esperamos que ocurra. Pero, antes de seguir adelante, nos gustaría dejar bien claros un par de puntos más a modo de introducción.

En su práctica, los creyentes evangélicos conservadores ponían un debido énfasis en el Evangelio o en la Palabra. Otros, en cambio, y de forma más o menos simultánea, como los que pertenecen a la denominada iglesia emergente, resaltan la importancia de la comunidad. La iglesia emergente es un movimiento de contornos no muy bien definidos, constituido por personas que se plantean nuevas formas de hacer iglesia. Cada uno de estos grupos recela del enfoque contrario, considerándolo débil y no muy adecuado en los puntos en que, respectivamente, creen ser más fuertes que la parte contraria. A los creyentes de talante conservador les preocupa que la iglesia emergente se toma a la ligera lo relacionado con una verdad y el que estén excesivamente influidos por el posmodernismo. La iglesia emergente, a su vez, acusa a las iglesias tradicionales de estar demasiado institucionalizadas, excesivamente centradas en la programación y con un trato duro y poco considerado entre sus miembros.

Llegados a este punto (Dicen los autores), permítasenos, como autores, mostrar nuestra enseña personal al respecto. De entrada, coincidimos con los conservadores en que la iglesia emergente no se toma en serio la existencia de una verdad básica de referencia. Aun así, no creemos que la solución esté en sospechar de su valor comunitario. De hecho, estamos convencidos de que la iglesia emergente puede errar en la faceta comunitaria por no prestar la necesaria atención al factor de la verdad esencial. Si la comunidad cristiana deja de gobernarse por la verdad, tal como debería ser en todos sus posibles apartados, puede caer muy fácilmente en lo caprichoso o indulgente. Existe el peligro real de que la comunidad se reduzca al plano limitado de mi persona y de aquellos con los que me reúno para hablar sencillamente de Dios —una especie de iglesia al estilo de la generación de Friends, esto es, de treintañeros de clase media. No es que esto sea cierto en todas las congregaciones que se autodenominan iglesia emergente, pero el peligro sigue estando ahí. Únicamente la verdad del Evangelio traspasa las barreras de edad, raza y clase social.

Con frecuencia, nos encontramos con personas que reaccionan en contra de la experiencia tenida en iglesias conservadoras de corte muy institucional, con programas en extremo rígidos y con una falta de autenticidad. En esos casos, la iglesia emergente parece ser la única opción viable. Pero también tenemos contacto con personas dentro del movimiento de la iglesia emergente que tienen un deseo de ‘hacer iglesia’ en una forma distinta, pero que, aun así, no quieren aceptar sin más las nociones posmodernas o postevangélicas de la noción de verdad. En ese sentido, creemos que existe una alternativa. Tenemos que volver a entusiasmarnos con la verdad y con la misión evangelizadora, y debemos asimismo mostrar entusiasmo en nuestras relaciones personales y en la comunidad de la fe.

La fiel aplicación de estos principios tiene el potencial necesario para poner en marcha cambios fundamentales y de largo alcance respecto a nuestro modo de vivir esa realidad que es la iglesia local. La teología que realmente cuenta no es aquella que decimos creer, sino la que realmente practicamos y hacemos nuestra. John Stott expresó unas muy acertadas palabras al respecto:

‘Las estructuras estáticas, inflexibles y centradas en ellas mismas no merecen otro calificativo que el de ‘estructuras heréticas’, y ello por encerrar en sí una doctrina herética de la iglesia’. Si, en nuestra vivencia particular, la vida de iglesia se ha convertido en ‘una estructura que se tiene a sí misma como fin, no siendo un medio para transmitir salvación al mundo, será, sin duda alguna, una estructura herética.

Como puntos distintivos de una iglesia centrada en el Evangelio y en la comunidad, cabe señalar:

Ver la iglesia como una seña de identidad y no como una carga de responsabilidad que solucionar junto con otros compromisos; disfrutar con las cosas cotidianas de la existencia como contexto en el que la palabra de Dios se proclama de forma espontánea y natural; no sobrecargar a la iglesia con actividades propias para poder dedicar más tiempo a personas no creyentes; poner en marcha nuevas congregaciones, en lugar de engrosar las ya existentes; preparar charlas bíblicas con otras personas, en vez de limitarnos a estudiar la Biblia por nuestra cuenta y a solas; hacer verdaderamente nuestra una conciencia de misión pastoral que abarque la totalidad de nuestra existencia y no empeñarnos en solucionarlo todo con ministerios específicos; cambiar el énfasis de enseñanza de la Biblia a aprendizaje de la Biblia, y a una puesta en acción; pasar más tiempo con los marginados de la sociedad; aprender a ‘discipularnos’ entre nosotros en el trato diario; ser congregaciones con compromiso, aun con sus fallos, antes que ser iglesias de apariencias.

El título que hemos escogido para este libro, Iglesia radical, apunta a una Iglesia que no es tan sólo un local al que asistir o visitar. La iglesia tiene que ser una identidad hecha nuestra en Cristo. Identidad que da forma y fondo a la totalidad de nuestras vidas, y ello de tal forma que vida y misión se fundan en una ‘iglesia total’. ¿Es nuestra experiencia la de un ‘evangelio y algo más’, y que requiere por tanto un ‘extra’ —en nuestro caso, una comunidad cristiana—, o, por el contrario, es algo que pone trabas al poder de salvación del Evangelio? La respuesta, evidentemente, variará según transmitamos el contenido y mensaje de ese evangelio, dependiendo todo ello en gran medida de si vemos el Evangelio tan sólo como la historia de Dios salvando a las personas de forma individual, o si es Dios dando forma y fondo a una nueva humanidad en Cristo. La primera parte del libro está dedicada al ‘Evangelio y comunidad como principios’, indicándose varias de las razones que han de llevarnos a hacer del evangelio y de la vida de comunidad lo esencial y principal en la práctica cristiana como vivencia y como misión. En la segunda parte, ‘Evangelio y comunidad en la práctica’, se aplica ese doble enfoque a diversas áreas de funcionamiento dentro de la vida de iglesia. Los miembros de la iglesia más dados a la actividad puede que tengan la tentación de saltarse la primera parte para concentrarse directamente en la segunda, pero lo cierto es que las aplicaciones prácticas de la segunda parte están ligadas al contenido y convicciones de la primera. Nuestra intención es ir más allá de una mera recopilación de ‘buenas ideas’ para la vida de iglesia. Es por eso por lo que analizamos detalladamente las implicaciones de lo que proclamamos y creemos respecto al Evangelio y su mensaje.

ÍNDICE

Introducción

Parte 1: El Evangelio y la comunidad como principios fundamentales.

1 ¿Por qué el Evangelio?

2 ¿Por qué la comunidad?

Parte 2: El Evangelio y la comunidad en la práctica.

3 La evangelización

4 El compromiso social

5 Creación de nuevas iglesias

6 La misión mundial

7 Discipulado y formación

8 El cuidado pastoral

9 La espiritualidad

10 La teología

11 La apologética

12 Niños y jóvenes

13 El éxito

Conclusión: Pasión por Dios

Andamio Editorial 254 pp. Junio 2014

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El estado de naturaleza

La vida en el Edén era maravillosa. Nuestros primeros padres experimentaron la vitalidad completa en lo mejor de una creación prístina y hermosa. Era un mundo sin sufrimiento ni muerte. Todo era muy bueno, y, en el centro de todo, Adán y Eva disfrutaban de una comunión perfecta con Dios y entre ellos en su estado de inocencia.

Luego del gozo del matrimonio de Adán y Eva en Génesis 2, la serpiente, que «era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho» (Gn 3:1), apareció en el Edén. Sabemos por otros pasajes de la Escritura que Dios, quien es soberano sobre todo en santidad perfecta, no es ni puede ser el autor del mal (Dt 32:4; Job 34:10; Is 6:3). Génesis no revela la razón por la que Dios permitió a Satanás rebelarse, calumniar y engañar, ni tampoco está revelado plenamente por qué Dios se propuso que el hombre pudiera pecar contra Él. Pero, como en el caso del libro de Job, sí se nos revela lo que necesitamos saber. Los eventos de Génesis 3 son acordes al consejo de la santa voluntad de Dios, y, en última instancia, sirven para revelar Su gloria y cooperan para el bien de Su pueblo.

Luego de haber caído de la gloria angelical en su propia rebelión, Satanás entabló una conversación con Eva en el Edén. Usando el engaño y la calumnia, tentó a Eva a que probara el fruto del único árbol que Dios había prohibido: «¿Conque Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”?… Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal» (Gn 3:1, 4-5).

Eva interiorizó la tentación externa de Satanás, dando espacio en su corazón y en su mente a la narrativa de la serpiente, pasando de la atracción al deseo de actuar. Y a pesar de esto, el pecado de Eva no fue el más importante: Adán estaba allí a su lado (v. 6). El apóstol Pablo nos dice que «el pecado entró en el mundo por un hombre» (Rom 5:12). Dios había creado primero a Adán y le ordenó personalmente que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:17). Adán era el esposo y la cabeza federal de Eva; él representaba a Eva y a todos los hijos que ellos tendrían delante de Dios. Si bien Eva también estaba consciente de la prohibición de Dios respecto a comer del árbol, Adán sabía en todo momento que las palabras de Satanás eran mentira. Él no fue engañado (1 Tim 2:14), aunque Eva sí lo fue. Adán sabía que ella estaba siendo engañada, pero permaneció en silencio. En lugar de reprender y rechazar la tentación externa, tanto Adán como Eva eligieron libremente interiorizarla y aprobarla. Este fue el comienzo de su pecado, que precedió al acto de tomar el fruto y comerlo: «Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer… y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6). El deseo pecaminoso dio a luz al acto pecaminoso cuando Adán y Eva fueron «llevados y seducidos» por sus propios deseos (Stg 1:14).

Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él. 

Cuando Adán y Eva pecaron, ocurrió un cambio masivo. Dios los había creado con «conocimiento, justicia y verdadera santidad, según su propia imagen. Ellos tenían la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder para cumplirla… sin embargo, con la posibilidad de transgredirla, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad» (Confesión de Fe de Westminster 4.2). Tenían la capacidad tanto de no pecar como de pecar (posse non peccare et posse peccare). Pero ahora sucedió aquello de lo que Dios les había advertido amorosamente: «En el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:17). Adán y Eva comenzarían a morir físicamente, encontrándose ahora expuestos a la enfermedad, los accidentes y a la muerte inevitable. Sin embargo, también murieron espiritualmente, cayendo a un estado de ser incapaces de no pecar (non posse non peccare). El pecado, la culpa y la incapacidad de no pecar se convirtieron en realidades determinantes de su estado de existencia. La Confesión de Fe de Westminster lo expresa de esta manera: «Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo» (6:2). En ese momento, pasaron de la maravillosa luz y comunión con Dios a la muerte espiritual, las tinieblas y la separación de Él.

El cambio de Adán y Eva fue dramático. La ley de Dios escrita en sus corazones ya no era su gozo y sabiduría, sino su condenación. Luego de comer del fruto, los marcó de inmediato un sentido de vergüenza, culpa, y exposición, tanto entre ellos como ante Dios. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Gn 3:7). Su instinto inmediato como pecadores fue tratar de cubrir su vergüenza con hojas de higuera, escondiéndose entre los árboles del jardín en un intento inútil de evitar la presencia de Dios. Tenían miedo de Él, así que buscaron la oscuridad en lugar de la luz. Cuando fueron llamados a rendir cuentas, tanto Adán como Eva rehusaron responder honestamente las preguntas del Señor. «Con injusticia [restringieron] la verdad… Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido» (Rom 1:18, 21). Adán culpó a Eva; Eva culpó a la serpiente. Su integridad anterior en conocimiento, justicia y santidad desapareció. Aunque la imagen de Dios permaneció en ellos, ahora estaba distorsionada y desfigurada por el pecado.

La vida de Adán y Eva en el jardín antes de la caída existía en el contexto del pacto de vida (también conocido como pacto de obras) realizado con ellos. Los teólogos consideran que dicho pacto fue establecido en la creación de Adán y Eva a la imagen de Dios y fue expresado tanto de forma positiva en la bendición y el llamado a ser fructíferos, multiplicarse y ejercer dominio (Gn 1:28-30) como en la provisión de todo árbol del jardín para sustento junto con la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2:16-17). La Escritura deja claro que este pacto de vida fue realizado específicamente con Adán como el representante federal de toda la humanidad. Pablo habla de esto en Romanos 5, donde describe a Adán como el hombre por medio del cual el pecado, con la consecuencia de la muerte, entró al mundo «a todos los hombres» (Rom 5:12). Primera a los Corintios 15 hace eco de esto al comparar al primer hombre, «Adán [en quien] todos mueren», con Cristo (1 Co 15:22, 45-49).

Mientras el Nuevo Testamento nos habla de la posición de Adán como cabeza pactual, cuando leemos Génesis 1 – 3 con esto en mente, nos damos cuenta que ya era evidente. El Señor le ordena a Adán las disposiciones y la prohibición del pacto de vida antes de la creación de Eva. Cuando Adán y Eva caen en pecado, Adán es el primero en ser llamado a rendir cuentas. Él es quien, como cabeza del pacto, recibe las palabras que promulgan la maldición pactual de la muerte: «Comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (3.19). Como Adán era el primer padre de toda la humanidad y también su cabeza pactual, la consecuencia de su pecado tuvo un alcance universal: «Toda la raza humana descendiente de Adán por generación ordinaria, pecó y cayó en él en su primera transgresión» (Catecismo Menor de Westminster, 16). Es por esto que todos desde Adán, excepto nuestro Señor Jesucristo, han sido concebidos y han nacido en pecado (Sal 51.5). Es por esto que «no hay justo, ni aun uno» (Rom 3:10). Pecamos en Adán: su pecado como nuestra cabeza federal nos es imputado. Como sus descendientes, nacemos en el consecuente estado caído de la naturaleza. 

Pero el alcance de las consecuencias va más allá de la humanidad universalmente caída. John Murray observa:

El pecado se origina en el espíritu y reside en el espíritu… pero afecta drásticamente lo físico y lo no espiritual. Sus relaciones son cósmicas. «Maldita será la tierra por tu causa… espinos y abrojos… la creación fue sometida a vanidad… la creación entera a una gime».

El desorden, el sufrimiento y la muerte se introdujeron en el tejido de todo el cosmos bajo el peso de la maldición.

Cuando entendemos estas realidades, comenzamos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Por qué el sufrimiento y la muerte afligen a la creación? ¿Por qué deseamos las cosas que deseamos? ¿Por qué las personas que nos rodean hacen lo que hacen de la manera en que lo hacen? Es porque estamos caídos en Adán en el estado de naturaleza, separados de la vida y la comunión con Dios, y bajo Su maldición. Es porque, libremente y apartados de la gracia, solo queremos «cambiar la verdad de Dios por la mentira» y adorar y servir «a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos» (Rom 1:25). Estos efectos del pecado en la raza humana se describen con los términos teológicos de depravación total e incapacidad total. A menos que sean traídos por Dios al estado de gracia, todos los seres humanos son «por nacimiento hijos de ira, incapaces de ningún bien salvífico, e inclinados al mal, muertos en pecados y esclavos del pecado… y no quieren ni pueden volver a Dios… sin la gracia del Espíritu Santo, que es quien regenera» (Cánones de Dort 3/4.3).

Esto no significa que Adán, Eva y toda su posteridad sean inmediata o constantemente tan malvados como podrían serlo. Génesis narra mucho pecado y miseria, pero queda claro que algunos en el estado de naturaleza son más malvados que otros (ver Gn 4:23-24) y que ha habido momentos en los que la maldad aumentó y fue «mucha en la tierra» (6:5) en mayor medida que en otros tiempos. Los creyentes muestran el pecado remanente al mismo tiempo que los incrédulos muestran la gracia común. Tanto Faraón como Abimelec hicieron un bien externo al reprender a Abraham por su engaño (Gn 12:18, 20:9-10). Los Cánones de Dort señalan de manera útil que «después de la caída aún queda en el hombre alguna luz de la naturaleza, mediante la cual conserva algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales, de la distinción entre lo lícito y lo ilícito, y también muestra alguna práctica hacia la virtud y la disciplina externa» (3/4.4). Aunque sigue estando distorsionada, la imagen de Dios en el hombre no está perdida completamente en el estado de naturaleza, debido a Su gracia común o restrictiva. Por eso, disfrutamos de la compañía de los buenos vecinos que no son cristianos, pero comparten sus herramientas de jardinería o nos ayudan después de una tormenta, aunque viven desafiando a Dios. No obstante, sus «buenas obras» no son verdaderas buenas obras que se conforman al estándar de Dios para lo que es bueno porque no son hechas en obediencia a Dios, para Su gloria ni son fruto de la fe en Cristo.

Hoy en día, las realidades del estado de naturaleza que nos son reveladas en la Escritura están siendo cuestionadas en varios frentes. Uno de ellos se encuentra en nuestro contexto evangélico contemporáneo, donde hay esfuerzos continuos por rechazar la historicidad de Adán y Eva como los primeros padres de toda la humanidad. Hay una creciente variedad de intentos de leer los primeros capítulos de Génesis usando nuevos métodos hermenéuticos. Aunque el impulso parece ser el deseo de armonizar el Génesis con la teoría de la evolución, las pérdidas bíblicas y teológicas son significativas. Algunos revisionistas tratan de argumentar que los primeros capítulos de Génesis no importan siempre y cuando haya existido un «Adán» en algún momento de la historia evolutiva que haya funcionado como cabeza federal de la humanidad contemporánea, futura y posiblemente incluso anterior. Si bien podemos estar agradecidos de que conserven vestigios de un Adán histórico, este planteamiento trae consigo la pregunta del lugar que tiene el hecho de que Adán haya actuado como cabeza pactual en su relación con todos sus descendientes por generación ordinaria. Si abandonamos eso, también estamos abandonando el fundamento bíblico y teológico de la generación extraordinaria y única de Jesús, la Simiente de la mujer, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María como el segundo Adán.

Un segundo cuestionamiento de la comprensión bíblica del pecado dice relación con la doctrina del pecado sostenida por los evangélicos en las discusiones sobre la sexualidad humana. Algunos han adoptado una visión terapéutica del pecado o incluso articulan una doctrina católico romana de la concupiscencia. Según el catolicismo romano, la inclinación a pecar, o la «concupiscencia», no puede dañar a quienes luchan con ella y no es una ofensa para Dios a menos que sea puesta en acción. La visión terapéutica del pecado es muy similar. Ninguna de las dos concuerda con el testimonio de Génesis y de toda la Escritura: el pecado no solo incluye las acciones sino también las atracciones y los deseos pecaminosos que pueden producir el fruto de la acción pecaminosa. Aquí hay un peligro espiritual y teológico importante. Dar lugar al pecado en las atracciones y los deseos de los cristianos es, sin duda, una negación de la doctrina bíblica de la santificación y, en consecuencia, tendrá también repercusiones en la visión que se tiene de la persona y la obra de Cristo. En Gálatas, el apóstol Pablo, proclamando la palabra del Cristo ascendido, nos dice que «[el deseo] del Espíritu es contra la carne» (Gal 5:17). Los deseos que «llevan y seducen» no son neutrales, sino que son «terrenales, naturales y diabólicos» (Stg 1:14; 3:15).  

Aunque ninguno de nosotros se regocija grandemente cuando le recuerdan las realidades de nuestra condición caída en Adán, entenderla como el Señor nos la revela en Su gracia es esencial para recibir Su evangelio. Es esencial para recibir la plenitud de Su revelación en la persona y obra de Cristo. Es para nuestro bien. Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él.  «Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino… Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (Sal 119:105, 111).

El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .

La adoración dirigida por mujeres

Pregunta: Algunos han deseado recibir la siguiente información: “¿En el caso de la ausencia o enfermedad de un esposo, en una familia, le correspondería a la esposa mantener dicho deber familiar?”. Y ocurre lo mismo con las viudas u otras personas de ese mismo sexo que son las únicas que están a la cabeza de las familias.

Respuesta: Debemos decir que una norma no puede adaptarse a todos los casos. Puede haber una gran variedad porque las circunstancias difieren. Pero,

  1. Nada es tan claro como que mientras la relación conyugal permanece, la parte femenina desempeña una parte real en el gobierno de la familia. Esto se afirma de forma explícita en 1 Timoteo 5:14: “…que gobiernen su casa”. El término es oikodespotein, tener un poder despótico en la familia, un poder de gobierno que debe recaer en ella exclusivamente en ausencia o pérdida del otro cónyuge, y esto es algo que no puede abandonarse ni dejarse de hacer en modo alguno. Y dado que todo el poder y toda orden proceden de Dios, no se puede negar, repudiar ni dejar a un lado sin herirle.
  2. De modo que, si en una familia hay un hijo o un criado prudente y piadoso a quien se le pueda asignar esta labor, estos podrían hacerlo de manera bastante adecuada por asignación de ella. Y, así, la autoridad que le pertenece a ella por su rango se conserva y el deber queda realizado. Que semejante tarea pueda serle adjudicada a otra persona más adecuada que lo haga como es debido, queda fuera de toda duda y debería ser así. Y nadie cuestiona lo apropiado de asignar esa tarea oficialmente a otro en las familias donde las personas se mantienen con el propósito de desempeñar los deberes familiares.
  3. Es posible que haya familias que, en la actualidad, estén formadas por completo por personas del sexo femenino; en cuanto a ellas no hay pregunta alguna.
  4. Donde la familia es más numerosa, está formada por personas del sexo masculino y ninguno es adecuado ni está dispuesto a emprender esa tarea, y la mujer no puede hacerlo con propiedad, en ese caso, deberá seguir el ejemplo de Ester (digno de gran elogio), con sus criadas y los niños más pequeños cumpliendo con esta adoración en su familia; en todo lo que esté en su mano, deberá advertir y encargar al resto que no omitan su parte (aunque no estén de acuerdo), juntos o por separado, que invoquen el nombre del Señor a diario.

Tomado de Family Religion and Worship, Sermón 5.

John Howe (17 Mayo 1630 – 2 Abril 1705) fue un teólogo puritano inglés. Sirvió como capellán de Oliver Cromwell.

La Predicación Cristocéntrica

¿Cómo puedo predicar y enseñar mejor? Esta es una de las preguntas que domina los artículos y libros cristianos en la actualidad. Y con razón. Muchos han pensado que predicar es fácil: elegir un texto —el que sea— y simplemente hacer comentarios sobre él.

La predicación es un arma fundamental para el crecimiento espiritual en las iglesias. A través de esta forma de enseñanza comprendemos quién es Dios, qué ha hecho por nosotros, y cómo debe ser nuestra respuesta. ¿Qué pasa entonces si se reduce el tiempo de la predicación, o si el predicador usa muchas ilustraciones e incluso chistes para mantener despierta una congregación que muestra poco interés?

En el Nuevo Testamento, Pablo insiste en la importancia de dar a conocer la enseñanza de Dios. Romanos 10:14 dice: “¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”. 2 Timoteo 4:1-2 expone: “Te encargo solemnemente:  Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción”. Ambos textos animan a los maestros a predicar con fidelidad, sin importar las circunstancias.

Sea cual sea la realidad de la congregación y su interés por la Biblia, quienes se encargan del ministerio de la Palabra deben prepararse correctamente para mejorar su enseñanza a través de la predicación. En el libro La predicación Cristocéntrica, el Dr. Bryan Chapell propone una metodología y un enfoque centrados en la Escritura para responder a esta necesidad.

El libro se compone de 11 capítulos y 13 apéndices. Todo el contenido de este recurso es altamente recomendado y de mucha edificación.

Los primeros nueve capítulos componen todo el fundamento teórico a tener en cuenta al desarrollar un sermón. Dentro de estos, los cuatro primeros capítulos tratan acerca del sermón, qué es, y qué debe contener. Chapell distingue tres partes del sermón centrado en el evangelio: ethospathos, y logos. Es decir, el predicador (ethos) —cómo vive, su credibilidad, y compasión—, la convicción profunda de lo que se está predicando (pathos), y la Palabra (logos). Adicionalmente, apunta la necesidad de que el sermón tenga unidadpropósitoenfoque determinado en la condición de caída (ECC), y aplicación.

Los siguientes cinco capítulos hacen mayor énfasis en los elementos que componen la estructura del sermón. Chapell desarrolla el material de manera fácil de comprender y sencilla de llevar a la práctica. Aun siendo similar en contenido a otros libros que tratan sobre la predicación, la forma en que el autor explica la necesidad de cada elemento y la manera en que nos lleva a desarrollar cada uno de forma práctica, hacen de La predicación Cristocéntrica un recurso destacable.

Finalmente, los capítulos 10 y 11 —capítulos clave en este libro— hacen énfasis en el enfoque Cristocéntrico y redentor de cualquier sermón. Puede parecer secundario, pero Chapell nos muestra que todo lo visto anteriormente debe llevarnos a que el mensaje esté realmente centrado en Jesús. Cristo es el fin de nuestra enseñanza; quienes nos escuchan deben encontrar gozo al confiar en Dios y saber que su vida tiene sentido a través de la obra de Cristo por medio del Espíritu Santo. La vida cristiana no es un conjunto de acciones morales para “agradar” a Dios, sino la respuesta de una fe viva y apasionada en la obra de Cristo y el carácter de Dios.

A través de este libro, Chapell demuestra su experiencia tanto en lo académico como en lo pastoral. La predicación Cristocéntrica es una obra que conjuga ambas facetas de este gran escritor. Este libro es altamente recomendable para todo aquel que enseña dentro de la iglesia, desde los pastores y predicadores, mujeres que enseñan a otras mujeres, maestros de niños, y también para los estudiantes de institutos bíblicos.

La predicación Cristocéntrica me impactó profundamente. De todos los libros sobre predicación que he tenido la oportunidad de leer, este es el más completo. Encontré refrescante la manera en que Chapell me confrontó sobre algunos elementos de mi predicación que eran pobres o no contaban con un objetivo claro. Este recurso no es para leerse una sola vez, sino también para consultar cada vez que se prepara un sermón. La predicación Cristocéntrica es una obra de arte que debería estar en la biblioteca de todo predicador.

POIEMA PUBLICACIONES. 560 PP.

Iñigo García de Cortázar, junto con su esposa Ana Cristina, es misionero actualmente en Cali, Colombia.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/ministerio/1127-la-predicacion-cristocentrica.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

El Padre y la Adoración Familiar 3

La hora de la oración y la alabanza domésticas también es el momento de la instrucción bíblica. El padre ha abierto la palabra de Dios en presencia de su pequeña manada. Admite, pues, ser su maestro y subpastor. Tal vez no sea más que un hombre sencillo, que vive de su trabajo, poco familiarizado con escuelas o bibliotecas y, como Moisés, “tardo en el habla y torpe de lengua” (Éx. 4:10). No obstante, está junto al pozo abierto de la sabiduría y, como el mismísimo Moisés, puede sacar el agua suficiente y dar de beber al rebaño (Éx. 2:19). Por ahora, se sienta en “la silla de Moisés” y ya no “ocupa el lugar de simple oyente” (1 Co. 14:16). Esto es alentador y ennoblecedor. Así como la madre amorosa se regocija de ser la fuente de alimentación del bebé que se aferra a su cálido seno, el padre cristiano se deleita en transmitir mediante la lectura reverente “la leche espiritual no adulterada” (1 P. 2:2). Ha resultado buena para su propia alma; se regocija en un medio señalado para transmitírsela a sus retoños. El señor más humilde de una casa puede muy bien sentirse exaltado reconociendo esta relación con aquellos que están a su cuidado.

Se reconoce que el ejemplo del padre es importantísimo. No se puede esperar que el manantial sea más alto que la fuente. El cabeza de familia cristiano se sentirá constreñido a decir: “Estoy guiando a mi familia a dirigirse solemnemente a Dios; ¿qué tipo de hombre debería ser? ¿Cuánta sabiduría, santidad y ejemplaridad?”. Éste ha sido, sin duda y en casos innumerables, el efecto que la adoración familiar ha tenido sobre el padre de familia. Como sabemos, los hombres mundanos y los cristianos profesantes que no son consecuentes, están disuadidos de llevar a cabo este deber mediante la conciencia de una discrepancia entre su vida y cualquier acto de devoción. Así también, los cristianos humildes se guían por la misma comparación para ser más prudentes y para ordenar sus caminos de manera que puedan edificar a los que dependen de ellos. No pueden haber demasiados motivos para una vida santa ni demasiadas salvaguardas para el ejemplo parental. Establece la adoración a Dios en cualquier casa y habrás erigido una nueva barrera en torno a ella contra la irrupción del mundo, de la carne y del diablo.

En la adoración familiar, el señor de la casa aparece como el intercesor de su familia. El gran Intercesor está verdaderamente arriba, pero “rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias” (1 Ti. 2:1) han de hacerse aquí abajo y ¿por quién si no el padre por su familia? Este pensamiento debe producir solemnes reflexiones. El padre, quien con toda sinceridad viene a diario a implorar las bendiciones sobre su esposa, sus hijos y sus trabajadores domésticos, tendrá la oportunidad de pensar en las necesidades de cada uno de ellos. Aquí existe un motivo urgente para preguntar sobre sus carencias, sus tentaciones, sus debilidades, sus errores y sus transgresiones. El ojo de un padre genuino es rápido; su corazón es sensible a estos puntos; y la hora de la devoción reunirá estas solicitudes. Por tal motivo, como ya hemos visto, después de las fiestas de sus hijos, el santo Job “enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5). Cualquiera que haya sido el efecto que esto tuvo en sus hijos, el efecto sobre Job mismo, sin duda, fue un despertar sobre su responsabilidad parental. Y éste es el efecto de la adoración familiar en el cabeza de familia.

El padre de una familia se encuentra bajo una influencia sana cuando se le lleva cada día a tomar un puesto de observación y dice a su propio corazón: “Por este sencillo medio, además de todos los demás, estoy ejerciendo alguna influencia definida, buena o mala, sobre todos los que me rodean. No puedo omitir este servicio de manera innecesaria; tal vez no puedo omitirlo por com-pleto sin que sea en detrimento de mi casa. No puedo leer la Palabra, no puedo cantar ni orar sin dejar alguna huella en esas tiernas mentes. ¡Con cuánta solemnidad, afecto y fe debería, pues, acercarme a esta ordenanza! ¡Con cuánto temor piadoso y preparación! Mi conducta en esta adoración puede salvar o matar. He aquí mi gran canal para llegar al caso de quienes están sometidos a mi cargo”. Estos son pensamientos sanos, engendrados naturalmente por una ordenanza diaria que, para demasiadas personas, no es más que una formalidad.

El marido cristiano necesita que se le recuerden sus obligaciones; nunca será demasiado. El respeto, la paciencia, el amor que las Escrituras imponen hacia la parte más débil y más dependiente de la alianza conyugal, y que es la corona y la gloria del vínculo matrimonial cristiano, no se ponen tanto en marcha como cuando aquellos que se han prometido fe el uno al otro hace años son llevados día tras día al lugar de oración y elevan un corazón unido a los pies de una misericordia infinita. Como la Cabeza de todo hombre es Cristo, así también la cabeza de la mujer es el hombre (cf. 1 Co. 11:3). Su puesto es responsable, sobre todo en lo espiritual. Rara vez lo siente con mayor sensibilidad que cuando cae con la compañera de sus cargas ante el trono de gracia.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

El estado de inocencia

Es importante entender que el mundo como fue creado al principio era un lugar muy distinto al mundo en que vivimos hoy en día. El mundo en que vivimos es un lío enredado. Cada día, las noticias documentan desastres naturales y la conducta violenta de los seres humanos. Los primeros dos capítulos del Génesis describen la creación original intacta, lo que tiene implicaciones para nuestro entendimiento de la vida actual.

Génesis 1 comienza con Dios, quien ha existido por toda la eternidad: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (v. 1). El primer capítulo de la Biblia narra el poder de Dios para tomar la tierra, que era un lugar inhabitable («sin orden y vacía»), y volverla habitable en seis días para los seres humanos (v. 2). Dios es poderoso, majestuoso y trascendente. Él habla, y las cosas comienzan a existir, y Él ordena el mundo que ha creado. En Génesis 1, Dios es Elohim, un nombre en la forma hebrea intensiva plural que enfatiza Su majestuosa Deidad. A diferencia de los relatos de la creación en el antiguo Cercano Oriente, en la narrativa de Génesis no hay un poder opositor que Dios tenga que vencer al crear el mundo ni tampoco está la muerte que pueda estropear la creación de Dios. Por el contrario, se hace varias veces la siguiente afirmación: «Y vio Dios que era bueno» (vv. 10, 18, 21, 25), además de la declaración final: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (v. 31). La creación de Dios es un lugar hermoso y magnífico para el disfrute de todas Sus criaturas, pero en especial de los seres humanos.

Es importante discutir el lugar y la labor del ser humano en el contexto de un mundo que no ha sido afectado por el pecado. La creación de la humanidad por parte de Dios es distinguida de Su creación de los animales con las palabras «Hagamos al hombre» (v. 26). Ya sea que estas palabras expresen una autodeliberación o una autoexhortación por parte de Dios, ellas enfatizan que Dios se involucró personalmente en la creación de la humanidad, de una forma diferente a como interactuó con los animales. Los seres humanos son hechos a la imagen de Dios y exhiben la «semejanza» de Dios. A pesar de que existen muchas maneras en que podríamos describir la imagen y semejanza de Dios, los aspectos principales que separan a los seres humanos de los animales son la autoconciencia, la habilidad de comunicarse, la habilidad de razonar y la habilidad de tomar decisiones morales. La imagen de Dios nos da una dignidad que no poseen los animales porque somos un reflejo de Dios. Estamos hechos de una forma única en la creación de Dios. Somos capaces de tener una relación personal con Dios al comunicarnos y tener comunión con Él. Hemos sido creados para adorarlo y para encontrar nuestro mayor propósito en vivir nuestras vidas para Su gloria. 

Cuando fueron creados por primera vez, Adán y Eva se encontraban en un estado de inocencia que todavía no estaba manchado por el pecado, y poseían tanto la habilidad de pecar (posse peccare) como la habilidad de no pecar (posse non peccare). Esta era una condición natural llamada justicia original. Había armonía en las facultades humanas, de modo que la mente, la voluntad y los afectos eran rectos y sumisos a Dios. Esta condición habría sido legada a los descendientes de Adán si él no hubiera pecado. Por otro lado, el catolicismo romano argumenta que la justicia original era un don sobrenatural añadido a la condición natural de la humanidad, pero esa perspectiva contradice la enseñanza de la Escritura. Dicha perspectiva asume que había algo faltante en la condición original de la humanidad, pero toda la creación que Dios había hecho, incluyendo la humanidad, fue declarada buena (v. 31). Cuando Dios le dio a Adán el mandamiento de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (2:17), Adán tenía la habilidad de obedecerlo. En otras palabras, Adán tenía la habilidad de «no pecar». 

A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien.

Cuando Dios creó a la humanidad a Su imagen, también les dio dominio sobre Su creación, mencionando específicamente a los peces, las aves y el ganado (1:26). El dominio humano se ha convertido en un punto de discordia debido a que muchos han negado el lugar especial de los seres humanos en la creación al atribuirles a los animales el mismo nivel de importancia. Sin embargo, el dominio debe entenderse en el contexto de Génesis 1 – 2, donde el papel de los seres humanos refleja la manera en que se presenta Dios. En Génesis 1, Dios es el Creador poderoso y majestuoso que le da forma a Su creación para que sea habitable para la humanidad. El dominio humano sobre la creación es un reflejo de la actividad de Dios. A pesar de que no tenemos la misma capacidad creativa que Dios tiene ―ya que Él creó el mundo ex nihilo (de la nada)―, somos creativos y tenemos la habilidad de entender la creación de Dios y utilizarla para nuestro bien. La palabra hebrea traducida como «dominio» en Génesis 1:26-28 significa «gobernar» y ocurre en contextos donde un grupo gobierna a otro grupo, por ejemplo, el del gobierno de Israel sobre sus enemigos (Is 14:2) y el de las naciones gentiles sobre los pueblos sometidos a ellas (v. 6). La palabra «sojuzgar» aparece en Génesis 1:28, donde la humanidad recibe la orden de ser fructífera, multiplicarse y llenar la tierra, orden que es seguida de los mandamientos de sojuzgarla y ejercer dominio sobre ella. Esta palabra es un término fuerte que se refiere a poner algo bajo control. Aparte de Génesis 1:28, aparece en el contexto de un mundo caído donde existe oposición expresa y, de ahí, la necesidad de que haya algún tipo de coerción (Nm 3:22, 29; Jos 18:1; Miq 7:10). Antes de la caída, Adán debía ejercer este papel llevando el mundo ordenado y domesticado del jardín hacia el mundo virgen y bueno pero salvaje fuera del jardín.

Génesis 1 presenta una de las caras del papel de los seres humanos en la creación de Dios, que es descrita en los términos del dominio y el gobierno. Génesis 2 presenta la otra cara, donde el énfasis está en el cuidado de la creación. Este papel también sigue el modelo de la actividad de Dios, donde el Dios creador poderoso y trascendente de Génesis 1 ingresa a Su creación para crear personalmente a Adán y a Eva, y para prepararles un lugar especial para vivir. El nombre de Dios no solo es Elohim, como en Génesis 1, sino «SEÑOR Dios» (Yahweh Elohim). El nombre Yahweh se vuelve significativo como el nombre pactual de Dios en el éxodo de Egipto, donde Dios escucha el clamor de Su pueblo y lucha para librarlos. El papel de Adán en el jardín sigue el modelo de la actividad de Dios, pues es colocado «en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara» (2:15). De esta manera, el papel adecuado de los seres humanos en el mundo de Dios sigue el modelo de la actividad de Dios e incluye tanto el dominio como el cuidado de la creación.

Génesis 1 presenta el panorama general de la creación de los cielos y la tierra por parte de Dios. Génesis 2 se enfoca en la actividad de Dios en el huerto al describir cómo creó a Adán y a Eva y les proveyó un lugar especial para vivir y trabajar. Estos capítulos son importantes porque establecen el diseño de Dios para la humanidad en varias áreas que son fundamentales para la vida humana. Dios interactúa con los seres humanos a través de un pacto, así que no es sorpresa que encontremos evidencia de una relación pactual en Génesis 2. A pesar de que la palabra pacto no aparece en Génesis 2, tampoco aparece en 2 Samuel 7, pero otros pasajes bíblicos señalan que en ese capítulo se establece un pacto (2 Sam 23:5; Sal 89:3, 28; 132:11-12). Hay una relación similar entre Génesis 3 y Oseas 6:7. La clave no es si el término pacto aparece, sino si los elementos de un pacto están presentes. Este pacto hecho con Adán es comúnmente llamado el pacto de obras, ya que ofrece vida con la condición de una obediencia personal y perfecta, la condición de que Adán haga perfectamente las obras que Dios le encomendó (Confesión de Fe de Westminster 7.2).

Las partes del pacto eran Dios y Adán. La condición de su relación pactual era el mandato que Dios le dio a Adán de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17). La bondad abundante de Dios fue demostrada al permitirle a Adán comer de todos los árboles del jardín prohibirle comer de solo un árbol. Dios probó a Adán para ver si desdeñaría Su provisión benéfica de alimento para comer del árbol prohibido. Este mandato ligado a un castigo se enfoca en la necesidad de que Adán obedeciera a Dios en todo. Le enfrenta a una clara elección entre la obediencia y la desobediencia a Dios.

Los pactos también tienen bendiciones y maldiciones. En Génesis 1:28, Dios bendice a la humanidad y les ordena que se multipliquen y llenen la tierra. Las bendiciones de Dios se experimentan en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Las bendiciones de Dios también se ven en cómo Él provee todo lo que Adán necesita en el jardín para tener una vida plena y productiva (Gn 2). La maldición está conectada con la prohibición de que Adán comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal: «porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (v. 17). El castigo por quebrantar el mandato de Dios es la muerte. Si Adán desobedece, ocurrirán cambios trascendentales en su relación con Dios, su relación con su esposa Eva, su relación con la creación y su autopercepción. La muerte incluiría la pérdida de la vida física, pero también tendría consecuencias espirituales inmediatas.

Los pactos operan sobre la base de un principio representativo, de modo que las acciones del representante pactual afectan a los demás que son parte de la relación del pacto, incluyendo a los descendientes del representante (Gn 17:7; Dt 5:2-3; 2 Sam 7:12-16). La pena establece claramente que si Adán come del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirá. La entrada del pecado y la muerte al mundo no solo lo afectaría a él (Gn 3:9-12) y a sus descendientes (ver las consecuencias del pecado en Gn 4), sino también al resto de la creación (Gn 3:17-19). Adán era la cabeza pactual de la raza humana, y su pecado afectó negativamente a todos sus descendientes naturales. Teológicamente hablando, a cada descendiente natural de Adán le fue imputado o acreditado el pecado debido a su transgresión (Rom 5:12-13). Esto implica que si Adán hubiera obedecido el mandato de Dios y hubiera pasado la prueba, habría disfrutado de la vida con una bendición aún mayor. Adán fue creado en un estado de santidad positiva y no estaba sujeto a la ley de la muerte, pero tenía la posibilidad de pecar. Todavía no disfrutaba de la vida plena en el grado máximo de la perfección, de la vida que no se puede perder. Habría alcanzado la condición de non posse peccare (no poder pecar). Esta vida era simbolizada por el árbol de la vida (Gn 3:22), una prenda del pacto de vida (Catecismo Mayor de Westminster, pregunta 20), la recompensa prometida por la obediencia. 

Aunque Adán no cumplió con los términos del pacto de obras al comer del fruto prohibido, las ordenanzas fundamentales de la creación establecidas por Dios para la humanidad en ese pacto continúan. Dios estableció el matrimonio para que se pueda cumplir el mandato de fructificar, multiplicarse y llenar la tierra (Gn 1:28). La creación de la humanidad como varón y hembra por parte de Dios está diseñada para establecer la relación de una sola carne del matrimonio, tanto para el compañerismo como para la procreación de hijos (2:24). Dios le dio a Adán la tarea de labrar y cuidar el jardín (v. 15), que incluía plantar y cultivar las plantas (v. 5), ejerciendo un papel de dominio real al nombrar a los animales del jardín (vv. 19-20), y cuidar su espacio sagrado (un rol sacerdotal que tiene su foco de atención en el capítulo 3). Adán debía cumplir su papel como mayordomo de la creación de Dios, como portador de la imagen de Dios sumiso a la voluntad de Dios (un rol profético) y como alguien que debía honrar a Dios en todo lo que hacía. Dios formó personalmente a Adán del polvo de la tierra, le infundió vida (2:7) y sacó una costilla de su costado para proporcionarle una ayuda idónea (vv. 21-22). Dios es el Creador de Adán, pero es más que su Creador, ya que el jardín era un lugar especial donde la primera pareja podía tener comunión con Dios (las asociaciones entre el jardín y el templo como los querubines, el árbol de la vida y el agua que fluía del lugar de la presencia de Dios respaldan esto). Dios debe haber acudido al jardín muchas veces para tener comunión con Sus criaturas antes de dirigirse a él para juzgarlas, ya que, en lugar de ir al encuentro de Dios, Adán y Eva se escondieron de Él (3:8). Nuestros primeros padres, al igual que todos los seres humanos, fueron creados para adorar (Rom 1:21-23). La tarea de Adán en el huerto era más que solo una manera de sostener físicamente a su familia; era una vocación porque tenía el propósito de glorificar a Dios.

Al final del relato de la creación, Dios terminó Su obra de creación y reposó el séptimo día (Gn 2:1-3). De esta manera, ese día se volvió especial ya que Dios lo bendijo y lo apartó como santo. Más tarde, Moisés se refiere a este mismo patrón en el contexto del cuarto mandamiento como una razón para acordarse del día de reposo y santificarlo (Ex 20:11). Aunque no hay ninguna mención específica de la observancia del día de reposo en el huerto, tampoco hay menciones específicas de la adoración ni de ninguno de los otros mandamientos del Decálogo. Sin embargo, muchos de ellos están implicados en la estructura vital establecida en el jardín. Dios le dio a Adán un trabajo que debía realizar para cubrir sus necesidades diarias. El trabajo implica que las personas deben contentarse con lo que tienen (ver el décimo mandamiento) y no robar para conseguir lo que quieren (ver el octavo mandamiento). La relación exclusiva de una sola carne del matrimonio respalda la prohibición del adulterio del séptimo mandamiento. Las consecuencias negativas de las mentiras y el engaño de Satanás muestran la importancia de decir la verdad (ver el noveno mandamiento). El hecho de que Dios sea el único Dios verdadero y busque establecer una relación con Adán y Eva implica la importancia de los mandamientos sobre la adoración y el honor del nombre de Dios (ver el primero, el segundo y el tercer mandamiento). La bendición del séptimo día y el hecho de que haya sido apartado como santo es importante porque tiene implicaciones para la humanidad como un patrón de nuestros seis días de trabajo por uno de reposo (el cuarto mandamiento). Experimentamos este patrón todas las semanas cuando cesamos de trabajar y adoramos en el día de la resurrección de Cristo.

La salvación que Cristo aseguró para nosotros trae el descanso final (Mt 11:28-29) porque Él cumplió toda justicia al guardar la ley en nuestro lugar (cumpliendo el pacto de obras). Sin embargo, no entraremos a la plenitud de ese reposo hasta que Él vuelva otra vez. Hasta entonces, qué privilegio tenemos de experimentar un anticipo de ese reposo en la presencia de Dios con el pueblo de Dios en la adoración semanal mientras nos preparamos para esa adoración gloriosa al final de los tiempos, cuando experimentaremos la plenitud del reposo de nuestra salvación al regreso de Cristo. Entonces alcanzaremos la gloria escatológica y el reposo de no poder pecar (non posse peccare), llegando a la meta que Dios había planeado originalmente para la humanidad.

El Dr. Richard P. Belcher Jr. es profesor de Antiguo Testamento y decano académico en Reformed Theological Seminary en Charlotte, N.C., y Atlanta, y es un anciano de la Iglesia Presbiteriana en América.

El Padre y la Adoración Familiar 2

El mantenimiento de la adoración doméstica en cada casa se le encomienda principalmente al cabeza de familia, quienquiera que pueda ser. Si es del todo inadecuado para el cargo por tener una mente incrédula o una vida impía, esta consideración debería sobresaltarlo y horrorizarlo; se le somete con afecto a cualquier lector cuya conciencia pueda declararse culpable de semejante imputación. Existen casos donde la gracia divina ha dotado en ese sentido a alguno de la familia, aunque no sea el padre, la madre ni el más mayor para delegar en él la realización de este deber. La madre viuda, la hermana mayor o el tutor de la familia puede ocupar el lugar del padre. Puesto que en una gran mayoría de casos, si se celebra este culto ha de ser dirigido por el padre, trataremos el tema bajo esta suposición, teniendo como premisa que los principios establecidos se aplican en su mayoría a todas las demás influencias.

Ningún hombre puede acercarse al deber de dirigir a su familia en un acto de devoción sin una solemne reflexión sobre el lugar que ocupa con respecto a ellos. Él es su cabeza. Lo es por constitución divina e inalterable. Son deberes y prerrogativas que no puede enajenar. Hay algo más que una mera precedencia en la edad, el conocimiento o la sustancia. Es el padre y señor. Ninguno de sus actos y nada en su carácter puede no dejar una marca en aquellos que lo rodean. Será apto para sentirlo cuando los llame a su presencia para orar a Dios. Y cuanto mayor devoción ponga en la labor, más lo sentirá. Aunque todo el sacerdocio, en el sentido estricto, haya acabado en la tierra y haya sido absorbido en las funciones del gran Sumo Sacerdote, sigue habiendo algo parecido a una intervención sacerdotal en el servicio del patriarca cristiano. Ahora está a punto de ir un paso por delante de la pequeña morada en la ofrenda del sacrificio espiritual de la oración y la adoración. Por ello, se dice en cuanto a Cristo: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (He. 13:15). Ésta es la ofrenda perpetua que el cabeza de familia está a punto de presentar. Hasta que la larga perseverancia en una aburrida formalidad rutinaria haya mitigado toda sensibilidad, debe entregarse a la solemne impresión. A veces lo sentirá como una carga para su corazón; se hinchará en ocasiones con sus afectos como “vino que no tiene respiradero” (Job 32:19). Son emociones saludables que elevan, que van a formar el serio y noble carácter que se puede observar en el viejo campesinado de Escocia.

Aunque no fuera más que un pobre hombre iletrado que inclina su canosa cabeza entre una cuadrilla de hijos e hijas, siente mayor y más sublime veneración que los reyes que no oran. Su cabeza está ceñida de esa “corona de honra” que se encuentra “en el camino de justicia” (Pr. 16:31). El padre que, año tras año preside en la sagrada asamblea doméstica, se somete a una fuerte in-fluencia que tiene un efecto incalculable sobre su propio carácter de padre.

¿Dónde es más verosímil que un padre sienta el peso de su responsabilidad que donde reúne a su familia para adorar? Es verdad que debe siempre vigilar sus almas; pero ahora está en el lugar donde no puede sino probar la certeza de esta responsabilidad. Se reúne con su familia con un propósito piadoso y cada uno mira hacia él para obtener guía y dirección. Su ojo no puede detenerse en un solo miembro del grupo que no esté bajo su cuidado especial. Entre todas estas personas no hay una sola por la que no tenga que rendir cuenta delante del trono de juicio de Cristo. ¡La esposa de su juventud! ¿A quién recurrirá ella para la vigilancia espiritual, sino a él? ¡Y qué relación familiar tan poco natural cuando esta vigilancia se repudia y esta relación se invierte! ¡Los hijos! Si llegan a ser salvos es probable que, en cierto grado, se deba a los esfuerzos de su padre. Los empleados domésticos, los aprendices, los viajeros, todos están encomendados por tiempo más largo o más corto a su cuidado. El ministro doméstico clamará con seguridad: “¿Quién es suficiente para estas cosas?” y, sobre todo, cuando esté realizando estos deberes. Si su conciencia se mantiene despierta por una relación personal con Dios, nunca entrará a la adoración familiar sin sentimientos que impliquen esta misma responsabilidad y tales sentimientos no pueden sino grabarse en el carácter parental.

Le seguirá un bien indecible, si cualquier padre pudiera sentirse como el manantial terrenal principal de la influencia piadosa de su familia, así desig-nado por Dios. ¿No es verdad? ¿Habría algún otro medio de hacerle sentir que eso es cierto que se pueda comparar con la institución de la adoración familiar? Ahora ha asumido su lugar de pleno derecho como instructor, guía y alguien ejemplar en la devoción. Ahora, aunque sea un hombre silencioso o tímido, su boca está abierta.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

El Padre y la Adoración Familiar 1

No hay miembro de una familia cuya piedad tenga tanta importancia para el resto como el padre o cabeza. Y no hay nadie cuya alma esté tan directamente influenciada por el ejercicio de la adoración domés-tica. Donde el cabeza de familia es tibio o mundano, hará que el frío recorra toda la casa. Y si se da alguna feliz excepción y otros lo sobrepasan en fidelidad, será a pesar de su mal ejemplo. Él, que mediante sus instrucciones y su vida, debería proporcionar una motivación perpetua a sus subalternos y sus hijos, se sentirá culpable de que en el caso de semejante negligencia ellos tengan que buscar dirección en otra parte, aunque no lloren en lugares secretos por el descuido de él. Donde la cabeza de la familia es un hombre de fe, de afecto y de celo, que consagra todas sus obras y su vida a Cristo, resulta muy raro encontrar que toda su familia piense de otro modo. Ahora bien, uno de los medios principales para fomentar estas gracias individuales en la cabeza es éste: Su ejercicio diario de devoción con los miembros. Le incumbe más a él que a los demás. Es él quien preside y dirige en ello, quien selecciona y transmite la preciosa Palabra y quien conduce la súplica, la confesión y la alabanza en común. Para él equivale a un acto adicional de devoción personal en el día; pero es mucho más. Es un acto de devoción en el que su afecto y su deber para con su casa son llevados de forma especial a su mente y en el que él se pone en pie y defiende la causa, de todo lo que más ama en la tierra. No es necesario preguntarse, pues, por qué situamos la oración en familia entre los medios más importantes de revivir y mantener la piedad de aquel que la dirige.

La observación muestra que las familias que no tienen adoración familiar se encuentran de capa caída en las cosas espirituales; que las familias donde se realiza de un modo frío, perezoso, descuidado o presuroso, se ven poco afectadas por ella y por cualquier medio de gracia; y que las familias en las que se adora a Dios cada mañana y cada tarde, en un culto solemne y afectuoso de todos los que viven en la casa, reciben la bendición de un aumento de piedad y felicidad. Cada individuo es bendecido. Cada uno recibe una porción del alimento celestial.

La mitad de los defectos y de las transgresiones de nuestros días surgen de la falta de consideración. De ahí el valor indecible de un ejercicio que, dos veces al día, llama a cada miembro de la familia, como poco, a pensar en Dios. Hasta el hijo o criado más negligente e impío debe, de vez en cuando, ser forzado a hablar un poco con la conciencia y meditar en el juicio cuando el padre, ya de cabello gris, se inclina delante de Dios, con voz temblorosa y derrama una fuerte súplica y oración. ¡Cuánto más poderosa debe ser la influencia sobre ese número más amplio de personas que, en diez mil familias cristianas del país tengan grabada, en mayor o menor medida, la importancia de las cosas divinas! ¡Y qué peculiar, tierna y educativa debe ser la misma in-fluencia en aquellos del grupo doméstico que adoran a Dios en espíritu y que con frecuencia secan las lágrimas que salen a borbotones, cuando se levantan después de haber estado arrodillados, y miran a su alrededor al esposo, padre, madre, hermano, hermana, niño, todos recordados en la misma devoción, todos bajo la misma nube del incienso de la intercesión!

Tal vez entre nuestros lectores, más de uno pueda decir: “Durante tiempos inmemoriales he sentido la influencia de la adoración doméstica en mi propia alma. Cuando todavía era niño, ningún medio de gracia público o privado despertó tanto mi atención como cuando se oraba por los niños día a día. En la rebelde juventud nunca me sentí tan acuciado por mi convicción de pecado como cuando mi respetable padre suplicaba con fervor a Dios por nuestra salvación. Cuando, por fin, en infinita misericordia empecé a abrir el oído a la instrucción, ninguna oración llegó tanto a mi corazón ni expresó mis afectos más profundos como las que pronunciaba mi venerado padre”.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

No temas porque Yo estoy contigo

El temor paraliza a las personas. Es una plaga que puede devastar al pueblo de Dios, impidiendo que caminemos confiadamente con nuestro Dios y hagamos Su voluntad. Cuando nos sentimos abrumados por los «gigantes de la tierra», lo único que puede eliminar nuestro temor es la poderosa presencia de Dios.

El libro de Josué comienza con una nota desalentadora. Moisés había muerto. El gran profeta y líder de Israel a quien Dios usó como agente humano para sacar al pueblo de Israel de Egipto ya no estaba con ellos. Moisés murió fuera de la tierra prometida como resultado de sus pecados. Sería difícil exagerar lo categóricamente desconcertante que esto debió haber sido para Israel: el hombre que los había sacado no podría entrar. Además, toda una generación de israelitas había muerto en el desierto debido a su incredulidad. De esa generación, solo Josué y Caleb estaban vivos. Los hijos de esa generación que habían crecido y remplazado a sus padres entrarían en la tierra. El temor no fue simplemente una plaga que amenazó al pueblo de Israel sino que dio a luz a la incredulidad en sus corazones y les impidió obtener la promesa.

Es contra este telón de fondo tan aleccionador que Dios establece Su promesa redentora de esperanza. Dios le había dado dos regalos a Israel para ayudarlos a superar su temor y entrar en la tierra prometida. El primer regalo fue Josué. Dios sabía que el pueblo de Israel necesitaba un líder, un hombre elegido por Él para proporcionarles un liderazgo decisivo y visible, uno que llevara al pueblo desde donde estaban hasta donde tenían que ir. Josué era el hombre para un tiempo como este, y Dios colocó claramente el manto de Moisés sobre sus hombros. Josué estaría con ellos y los guiaría.

El mayor consuelo que cualquiera de nosotros puede tener, sin importar cuán aterrador o desalentador pueda ser este mundo, es que Jesús, el Capitán de nuestra salvación, está con nosotros siempre, hasta el fin del mundo.

Por muy bueno que fuera, Josué era solo un hombre, pero Dios le dio a Israel algo mucho más valioso que el liderazgo de Josué: Dios se dio a Sí mismo. Lo que Dios le dio a Israel en Josué 1 para remover su temor fue la promesa de Su propia presencia permanente: «¿No te lo he ordenado Yo? ¡Sé fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas» (Jos 1:9). Josué fue el líder que los precedió, pero Dios mismo fue el verdadero Capitán de su salvación, su Retaguardia y su Consolador permanente.

Lo que Dios esperaba de Su pueblo era fe en Su promesa y en Su presencia. Lo opuesto a estar «temeroso y acobardado» es ser «fuerte y valiente». Solo había un problema: el pueblo estaba lleno de un temor pecaminoso. Su valor menguaba más de lo que aumentaba, y con el tiempo Dios tendría que hacer aún más por Su pueblo pactual. Y lo hizo. Muchos años y episodios más tarde, en el contexto de una etapa aún más sombría, Dios levantó a otro libertador: el Profeta que superó la fidelidad de Moisés y el Capitán que superó el éxito de Josué: Jesús, el Hijo de Dios, quien vino al mundo para transformar esta etapa de oscuridad en una de esperanza radiante. Vino a luchar contra todo lo que nos amenaza y venció nuestro mayor temor, la muerte misma, con Su propia vida, muerte y resurrección.

¿Resulta acaso sorprendente que en la narración de la resurrección, en Mateo 28, se le dijera al pueblo de Dios que no temiera? Primero, los ángeles dijeron a las mujeres en la tumba que no tuvieran temor (v. 5); luego, Jesús —habiendo resucitado de entre los muertos— dijo a las mujeres que dijeran lo mismo a los discípulos (v. 10); y finalmente, Jesús nos encargó la gran comisión con la singular promesa que echa fuera todo nuestro temor: «He aquí, Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (v. 20).

La tendencia de Israel era a estar «temerosos y acobardados». También es la nuestra. En ocasiones, el temor se apodera del corazón y aturde la mente, y esto a veces nos lleva a lo incorrecto o nos impide hacer lo debido. Pero debemos recordar que nos acompaña Aquel que es mucho más fuerte que cualquier cosa que nos amenace, y Él no tiene temor. Todavía hay muchos gigantes en la tierra, pero el que está con nosotros es mayor. Él ya derrotó a Sus enemigos y a los nuestros. Él está subyugando victoriosamente los corazones, tal como lo prometió. Él está produciendo fe en nosotros, tal como lo prometió. Y el mayor consuelo que cualquiera de nosotros puede tener, sin importar cuán aterrador o desalentador pueda ser este mundo, es que Jesús, el Capitán de nuestra salvación, está con nosotros siempre, hasta el fin del mundo.

El Dr. Eric B. Watkins es el pastor principal de Covenant Presbyterian Church (OPC) en St. Augustine, Florida, y autor de The Drama of Preaching [El drama de la predicación].

Construir Puentes

¿Qué es la apologética cristiana? En su sentido básico, es la apología de la fe cristiana, la exposición y la defensa de su afirmación de ser la verdad y de tener relevancia en el gran mercado de las ideas. A medida que en nuestros tiempos la evangelización adquiere cada vez más importancia dentro de la comunidad cristiana, se vuelve progresivamente más relevante la necesidad de justificar responsable y seriamente los temas esenciales de la fe cristiana. La apologética tiene como meta dotar a la evangelización de integridad y de profundidad intelectuales, garantizando que la fe permanezca arraigada en la mente tanto como en el corazón. La fe cristiana no consiste solamente en sentimientos o emociones, sino en creencias. Creer a Jesucristo no supone tan solo amarle, adorarle y poner la confianza en él; conlleva creer determinados aspectos concluyentes sobre su persona, creencias que aseguran firmemente y justifican ese amor, esa adoración y esa confianza. La creencia en Dios está unida indisolublemente a las creencias sobre Dios. La meta principal de la apologética cristiana es generar un clima intelectual e imaginativo propicio para el nacimiento y el crecimiento de la fe, la fe en toda su plenitud y su riqueza.

Este libro aspira a reformular la apologética cristiana. No pretende descartar ni desacreditar los enfoques tradicionales sobre la apologética; lo que desea es complementarlos. Su meta es exponer diversas maneras de concebir y desarrollar la labor apologética, maneras que complementen los enfoques más tradicionales. Este libro no tiene un tono especialmente académico, aunque descansa sobre unos fundamentos que lo son rigurosamente. No defiende ninguna teoría única de la apologética, ni una sola manera de ver las cosas ni las obras de un determinado apologista destacado. Más bien, intenta que los recursos sustanciales de la tradición apologética cristiana incidan sobre las personas y las situaciones de mayor relevancia dentro de la sociedad moderna.

Sobre todo, este libro pretende estimular a sus lectores a explorar y a desarrollar modos de defender el evangelio que se adapten a sus propias necesidades y oportunidades especiales. Aunque reconoce los puntos fuertes de la ciencia apologética centrada en los problemas universales, propugna el arte de un enfoque basado en las personas. La apologética responsable se fundamenta tanto en el conocimiento del evangelio como en el de su público. Las personas tienen diversas razones para no ser cristianas; ofrecen puntos de contacto distintos para el evangelio. Una apologética que sea insensible a la individualidad humana y a la diversidad de situaciones en las que se encuentran las personas llegará a un callejón sin salida… y además rápidamente.

Este libro tuvo su origen en una serie de conferencias pronunciadas en la Universidad de Oxford, y se desarrolló durante giras de conferencias en los Estados Unidos y en Australia. Se espera que este libro contribuya a equipar y a animar al pueblo de Dios en los años venideros. Tienen por delante una gran labor y necesitan todos Ios recursos a los que puedan acceder.

Entonces, ¿cómo cumplir esa misión? ¿Cómo lograr que la ciencia y el arte de la apologética estén conectados? Empecemos echando unos sólidos cimientos teológicos sobre los que poder edificar…

“¡Por fin! Un libro brillante sobre la apologética crilta a (esa materia olvidada) de una de las mentes teológicas más lúcidas de nuestros tiempos”. — Michael Green

“Ameno, actualizado y con un alcance impresionante”. — Gordon R. Lewis

“Riqueza de erudición… con utilidad práctica”. — Evangelical Quarterly

“No reserves este libro para los especialistas. Es para tí — John Allan

El autor Alister McGrath es profesor de Teología histórica en la Universidad de Oxford y director de Wycliffe Hall. Ha escrito numerosos libros influyentes, incluyendo Teología práctica y La autoestima y la cruz (con Joanna McGrath).

ÍNDICE

PRIMERA PARTE: Abrir camino para la fe
1. El punto de contacto: Los fundamentos teológicos de la apologética eficaz
2. Los puntos de contacto: Su identidad y su potencial
3. El paso de fe: De la aceptación al compromiso

SEGUNDA PARTE: Superar las barreras para la fe
4. ¿Qué impide que una persona se haga cristiana? Identificar las barreras para la fe
5. Las barreras intelectuales para la fe
6. El choque entre cosmovisiones: Los rivales modernos del cristianismo
Conclusión

* 436 pp. Editorial Andamio .- 2020

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/apologetica/1161-construir-puentes.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

7 razones por las que las familias deberían orar 3

RAZÓN Nº 5: Deberían orar a Dios en familia a diario porque todos están sujetos cada día a las tentaciones. Tan pronto como se levantan, el diablo estará luchando por sus primeros pensamientos. Y cuando se hayan levantado, los instará a hacerle a él el primer servicio y los ayudará todo el día para arrastrarlos a algún pecado odioso antes de la noche. ¿No es el diablo un enemigo sutil, vigilante, poderoso e incansable? ¿No necesitan todos ustedes juntarse por la mañana para que Satanás no pueda prevalecer contra ninguno de ustedes antes de la noche, hasta que vengan de nuevo juntos delante de Dios? ¡A cuántas tentaciones se enfrentarán en sus llamados y su compañía, que, sin Dios, no podrán resistir! ¡Y cómo caerían y deshonrarían a Dios, desacreditarían su profesión, contaminarían sus almas, perturbarían su paz y herirían sus conciencias! Orígenes lo denunciaba en su lamento. Y es que ese día [en el que] omitió la oración, pecó odiosamente: “Pero yo, ¡oh infeliz criatura! Me deslicé de mi cama al amanecer del día y no pude acabar mi acostumbrado devocional ni llevar a cabo mi habitual oración; [sino que] cedí y me envolví en las trampas del diablo”.

RAZÓN Nº 6: Deberían orar en familia a diario porque todos están sujetos a los riesgos, las casualidades y las aflicciones cotidianas y la oración puede prevenirlos, dar fuerza para soportarlos y prepararlos para ellos. ¿Saben ustedes qué aflicción podría caer sobre su familia en un momento del día o de la noche, ya sea por una enfermedad, la muerte o pérdidas externas en su propiedad? ¿Tal vez podría ser una persona que no paga una deuda y se marcha con mucho de tu dinero y otra persona se lleva otro tanto? ¿Están ustedes realmente tan alejados del mundo que esto no provocaría en ustedes una mala reacción que los haría pecar contra Dios? ¿O será que pueden soportarlo sin murmurar y sin descontento, que no necesitan orar para tener un corazón sereno, si estas cosas vienen sobre ustedes? ¿Si salen al extranjero o envían a un hijo o criado están seguros que ustedes o ellos regresarán con vida? Aunque salgan con vida, pueden ser traídos de vuelta muertos. ¿No tienen, pues, necesidad de orar a Dios por la mañana para que guarde sus salidas y entradas, y no deben bendecirle juntos por la noche si lo hiciera? ¿A cuántos males está el hombre expuesto, esté en su casa o fuera? Los pecados que se cometen diariamente, ¿no claman en voz alta que también merecen un castigo diario? ¿Y no deberían ustedes clamar tan alto en su oración diaria que Dios, en sus misericordias, los impida? ¿O si caen sobre ustedes, que los santifique para su bien o los quite? ¿O si permanecen, que los afirme bajo el peso de ellos? Sepan que en ningún lugar estarán a salvo sin la protección de Dios, de día o de noche. Si sus casas tuvieran cimientos de piedra y los muros estuvieran hechos de cobre o de diamante, y las puertas de hierro, con todo, no podrían seguir estando a salvo si Dios no los protege de todo peligro. Oren, entonces.

RAZÓN Nº 7: Deben orar a Dios en familia a diario o los paganos mismos se levantarán contra ustedes, los cristianos, y los condenarán. Los que nunca tuvieron los medios de gracia (como ustedes los han tenido) ni una Biblia para dirigirlos y enseñarles (como ustedes la han tenido), ni ministros enviados hasta ellos (como ustedes los han tenido en abundancia), avergüenzan a muchos de los que se llaman “cristianos” y que hasta hacen grandes profesiones. Cuando he leído lo que dicen algunos paganos que mostraban lo que acostumbraban hacer, y observado la práctica y la negligencia de muchos cristianos en sus familias, he estado a punto de concluir que los paganos eran mejores hombres. Como ustedes pueden saber a través de sus poetas, era su costumbre el sacrificar a sus dioses por la mañana y por la tarde, para poder tener el favor de ellos y tener éxito en sus propiedades.

¿No avergüenzan los paganos a muchos de ustedes? Decían: “Ahora hemos sacrificado, vayamos a la cama”. Ustedes dicen: “Ahora que hemos cenado, acostémonos” o “juguemos una partida o dos de naipes y vayámonos a la cama”. ¿Son ustedes hombres o cerdos con aspecto humano? El Sr. Perkins asemejó a tales hombres a los cerdos que viven sin oración en sus familias, “que están siempre alimentándose de bellotas
con avaricia, pero que nunca miran la mano que las hace caer ni al árbol del que han caído”.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

La Sangre de la Vida


La Biblia dice que el amor de Dios es mejor que la vida (Sal 63:3 NVI). A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido quienes han tomado en serio Su Palabra, eligiendo creer que es mejor morir por el amor de Dios que vivir sin este. Esos son los mártires, quienes bebieron de la copa del sufrimiento hasta lo más profundo, y lo consideraron como un privilegio.

Joseph Tson, de la Sociedad Misionera de Rumania, dijo: «El cristianismo es una religión de martirio porque su fundador fue un mártir». De hecho, la palabra griega traducida como «mártir», que en realidad significa «testigo», llegó a referirse a aquellos que murieron por su fe. 

En la Iglesia del primer siglo (así como hoy), ser un testigo fiel a menudo significaba la muerte. Esteban fue apedreado porque dio un testimonio fiel (Hch 7:59). Más tarde, Jacobo se convirtió en el primer apóstol en ser asesinado cuando Herodes lo mató a espada (Hch 12:2). La tradición afirma que Pablo, Pedro y todos los demás apóstoles, a excepción de Juan, fueron ejecutados, así como también muchos otros santos ordinarios sufrieron el martirio. 

Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia.

Luego, cerca del final del período del Nuevo Testamento, el apóstol Juan tuvo una visión del cielo y vio bajo el altar las almas de los que habían sido martirizados. Ellos clamaban a Dios, preguntándole cuándo se levantaría, mostraría Su triunfo y los reivindicaría (Ap 6:10), algo que los santos que estaban vivos deben haberse preguntado también. 

La respuesta de Dios en Apocalipsis 6:11 es impresionante. Él les dice a los santos martirizados que descansen un poco más, hasta que fuera completado tanto el número de sus consiervos como el de sus hermanos que habrían de ser muertos como ellos. La clara implicación es que hay un número de mártires determinado por el Señor y ese número debe cumplirse antes de que llegue la consumación. «Descansen —dice el Señor— hasta que se complete el número de personas que morirán como ustedes murieron». 

El martirio no es algo accidental, no es algo que toma a Dios desprevenido, no es inesperado, y enfáticamente, no es una derrota estratégica para la causa de Cristo. Sí, puede parecer una derrota, pero es parte de un plan celestial que ningún estratega humano concebiría ni podría diseñar jamás. 

La muerte de Esteban debió haber aturdido a la Iglesia de Jerusalén. Dios permitió que tomaran al portavoz más brillante de la Iglesia, pero la persecución que surgió después de la muerte de Esteban hizo que la Iglesia se dispersara por todas partes en servicio misionero (Hch 8:1, 4). Del mismo modo, la muerte de Jacobo debió haber sacudido a la comunidad. Dios permitió que uno de los doce, el fundamento de la Iglesia, fuera brutalmente asesinado, pero un gran torrente de oración se desató cuando la cabeza de Pedro corría la misma suerte (Hch 12:5). Más tarde, las muertes de Pablo y Pedro en Roma debieron haber provocado que los miembros de este joven movimiento se preguntaran qué sería de ellos si los dos líderes más importantes pudieron ser asesinados en una sola persecución. Muchos vacilaron, pero muchos también se mantuvieron firmes y durante tres siglos el cristianismo creció en un suelo empapado con la sangre de los mártires. 

Hasta la llegada del emperador Trajano (cerca del año 98), la persecución estaba permitida pero no era legal. Desde Trajano hasta Decio (cerca del año 250), la persecución fue legal pero principalmente local. Desde Decio, que odiaba a los cristianos y temía el impacto de ellos en sus reformas, hasta el primer edicto de tolerancia en el 311, la persecución no solo era legal, sino también extendida y generalizada. 

Así es como un escritor describió la situación en este tercer período: «El horror se extendió por todas partes en las congregaciones; y el número de lapsi (los que renunciaban a su fe cuando eran amenazados) … era enorme. Sin embargo, no faltaron quienes permanecieron firmes y sufrieron el martirio en lugar de ceder; y, a medida que la persecución se hacía más amplia y más intensa, el entusiasmo de los cristianos y su poder de resistencia se hicieron más y más fuertes» (Schaff-Herzog Encyclopedia, Enciclopedia Schaff-Herzog, Vol. 1). 

Tertuliano, el defensor de la fe que murió en el 225, dijo a sus enemigos: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por ustedes: la sangre de los cristianos es [la] semilla [de la Iglesia]» (Apologeticus, Cap. 50). Y Jerónimo dijo unos cien años después: «La Iglesia de Cristo se ha fundado derramando su propia sangre, no la de otros; soportando el oprobio, no infligiéndolo. Las persecuciones la han hecho crecer; los martirios la han coronado» (Carta 82). 

Durante trescientos años, ser cristiano era un inmenso riesgo para la vida, las posesiones y la familia. Era una prueba a lo que más amaba una persona. En el extremo de esa prueba estaba el martirio, pero por encima de ese martirio estaba un Dios soberano que dijo: «Hay un número determinado». 

Y continúa siendo así hoy en día. Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia. Tienen un papel especial que desempeñar para taparle la boca a Satanás, quien constantemente dice que el pueblo de Dios solo le sirve por conveniencia, porque le va mejor en la vida, y porque tienen un lugar especial en el coro celestial. Los mártires no están muertos; ellos están vivos, y alaban a Dios en el cielo hoy; el noble ejército de mártires continúa alabando a Dios porque todos dijeron: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21). Todos creyeron que Cristo valía más que la vida, más que enamorarse, más que casarse y tener hijos, más que ver a sus hijos crecer, más que hacerse de una reputación para ellos mismos, más que tener el cónyuge de sus sueños, la casa de sus sueños y el crucero de sus sueños. Para ellos Cristo valía más que todos sus planes y sus sueños. Todos ellos dijeron: «Es mejor ser privado de mis sueños, si es que puedo ganar a Cristo». 

¿Dirías tú con el apóstol Pablo que el deseo de tu corazón es que Cristo sea exaltado en tu cuerpo, ya sea por vida o por muerte? ¿Amas tanto a Jesús? ¿Lo amas tanto que perderlo todo para estar con Él (2 Co 5:8) sería una ganancia? 

¿Amas a Cristo más que a la vida?

John Stephen Piper (11 de enero de 1946, Tennessee, Estados Unidos) es un  predicador  evangélico bautista evangelista, autor, escritor bautista, y sirvió como pastor en la iglesia Bautista de Bethlehem en Minneapolis, afiliada a Converge, durante 33 años.

7 razones por las que las familias deberían orar 2

RAZÓN Nº 3: Deberían ustedes elevar sus plegarias a Dios en familia cada día porque son muchas las carencias que tienen a diario y nadie las puede suplir, sino Él. ¡Dios no [necesita] sus oraciones, pero ustedes y los suyos [necesitan] las misericordias que vienen de Él! Si desean estas bendiciones ¿por qué no oran por ellas? ¿Pueden ustedes suplir las necesidades de su familia? Si les falta salud, ¿acaso pueden ustedes dársela? Si no tienen pan, ¿pueden ustedes proporcionárselo, a menos que Dios lo provea? ¿Por qué, pues, nos dirigió Cristo a orar de la siguiente manera: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mt. 6:11)? Si están faltos de gracia, ¿pueden ustedes obrarla en ellos? ¿O es que nos les importa que mueran sin ella? ¿No es Dios el Dador de toda cosa buena? “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (Stg. 1:17).

Las bendiciones son del cielo y las buenas dádivas vienen de lo alto; la oración es un medio señalado por Dios para hacerlas descender. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios” (Stg. 1:5). ¿Piensan que no necesitan sabiduría para realizar sus deberes hacia Dios y hacia el hombre, para guiar a sus familias para su bien temporal, espiritual y eterno? Si es ésta su convicción, son ustedes unos necios. Y si creen que no tienen necesidad de sabiduría, por esos mismos pensamientos pueden discernir su [falta] de ella. Si creen que tienen suficiente, es evidente que no tienen ninguna. ¿Y no se la pedirían a Dios si quisieran tenerla? Si ustedes y los suyos carecen de salud en sus familias, ¿no deberían pedírsela a Dios? ¿Pueden ustedes vivir sin depender de Él? ¿O pueden decir que no necesitan su ayuda para suplir sus necesidades? Si es así, ustedes se contradicen y es que estar pasando necesidades y no ser seres dependientes es una contradicción. Pensar que no viven en dependencia de Dios es creer que no son hombres ni criaturas. Y si en verdad dependen de Él y necesitan su ayuda para suplir sus [necesidades], su propia pobreza debería hacerlos caer de rodillas para orar a Él.

RAZÓN Nº 4: Deberían orar en familia a diario, por los empleos y las tareas cotidianas. Cada uno que pone su mano a trabajar, su cabeza a idear, debería poner su corazón a orar. ¿No sería su actividad comercial en vano, su labor y su trabajo, sus preocupaciones y sus proyectos para el mundo, sin propósito sin la bendición de Dios? ¿Les convencería que Dios mismo se lo dijera? Entonces lean el Salmo 127:1-2:“Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican… Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores”. ¡Pan de dolores! Sin Dios, trabajan en vano para conseguir pan para ustedes y sus familias. Podrían sufrir necesidad aun después de todo su afán. Y sin la bendición de Dios, si lo comen cuando lo han conseguido con mucho esfuerzo y preocupación, lo comerán en vano porque sin Él no podrá nutrir sus cuerpos.

Después de considerar estas cosas, ¿no es necesario orar a Dios para prosperar y tener éxito en sus llamados? La oración y el duro trabajo deberían fomentar aquello que es su objetivo. Orar y no hacer las obras de sus llamados sería esperar provisiones mientras son negligentes. Trabajar duro y comerciar sin orar sería esperar prosperar y tener provisión sin Dios. La fe cristiana que les da deberes santos no les enseña a descuidar sus llamados ni tampoco a confiar en sus propios esfuerzos sin orar a Dios. Pero ambas cosas deben mantener su lugar y tener una porción de su tiempo. La oración es una cosa media entre la dádiva de Dios y nuestra recepción. ¿Cómo pueden recibir si Dios no da? ¿Y por qué esperan que Dios de, si no piden? “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2).

Oren por aquello por lo que trabajan. Y en aquello por lo que oran, trabajen y esfuércense. Y ésta es la verdadera conjunción de trabajo y oración. ¿O acaso serán ustedes como [aquellos] a los que les habla el apóstol? “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos” (Stg. 4:13). ¿Harán, pero no pedirán permiso a Dios con respecto a si pueden o no? ¿Irán, aunque Dios los postre en una cama de enfermedad o en sus tumbas? Háganlo si pueden. ¿Pasarán allá un año? ¿Y qué si la muerte los arrastra tan pronto como lleguen allí? Si la muerte manda que sus cuerpos vuelvan al polvo, a la tumba y los demonios vienen a buscar sus almas para llevarlas al infierno, después de esto “¿seguirán en esa ciudad durante un año?”. Si una parte de ustedes está en la tumba y la otra en el in-fierno, ¿qué parte de ustedes va a seguir en la ciudad? ¿Comprarán y venderán? ¿Y si Dios no les da ni dinero ni crédito? Me pregunto con quiénes negociarán. ¿Obtendrán ganancia? Están decididos a hacerlo; piensan que lucharán y prosperarán y que se harán ricos. ¿Y si Dios maldice sus esfuerzos y dice: “¡No lo harán!”? Quieren todo esto y tendrán lo que quieren; pero su poder no equivale a su voluntad. Aquí hay mucha voluntad, pero ni una palabra de oración. No deberían ir a su trabajo ni a sus tiendas y llamados hasta haber orado primero a Dios.

Continuará …

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

365 días con J.C.Ryle

El primer advenimiento del Mesías debía ser un advenimiento de humillación. Esa humillación comenzaría desde el momento de su concepción y nacimiento.

A través de una cuidadosa recopilación de lecturas diarias, extraídas de las Meditaciones sobre los Evangelios de J.C. Ryle, Robert Sheehan nos ofrece un encuentro diario con las verdades de los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas comentadas con profundidad y claridad. Sus palabras de reto y ánimo, llenas de amor al Señor Jesucristo y de sabiduría práctica, las convierten en una estupenda herramienta de reflexión y meditación para el tiempo devocional individual o familiar. 

Este libro incluye una reflexión y lectura de J.C. Ryle para cada día del año, que junto al versículo diario, la lectura adicional recomendada y la meditación, convierten esta obra en una herramienta idonea para tener un momento devocional diario. Junto a 365 días con Juan Calvino y 365 días con George Whitefield forman una serie de libros devocionales para al menos 3 años con lo mejor de estos 3 autores.

Te presentamos a continuación los 5 primeros días del mes de Enero para que tengas un acercamiento a estas obras sobre el terreno.

1 ENERO Lucas 1:5-7 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Hebreos 12:4-13

Señalemos en este pasaje, por un lado, el buen testimonio que ofrecen los personajes de Zacarías y Elisabet. Se nos dice: «eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor». Importa poco si interpretamos esta justicia como aquella que se imputa a todos los creyentes para su justificación o como aquella que el Espíritu Santo obra interiormente en los creyentes para su santificación. Estas dos clasesde justicia nunca están desvinculadas. No hay justificados que no sean santificados; y no hay santificados que no sean justificados. Nos basta con saber que Zacarías y Elisabet recibieron gracia cuando la gracia era algo muy raro, y que guardaban todas las gravosas ordenanzas de las leyes ceremoniales con reverente rigurosidad cuando pocos israelitas se preocupaban de ellas excepto de manera nominal y formal.

Respecto a nosotros, destaca en este pasaje el ejemplo que esta santa pareja enseña a los cristianos. Esforcémonos por servir a Dios fielmente y por vivir plenamente conforme a la luz recibida como hicieron ellos.

Cabe destacar, por otro lado, la gran prueba por la que Dios quiso que pasaran Zacarías y Elisabet; se nos dice: «no tenían hijo» (v. 7). Difícilmente puede comprender un cristiano moderno todo lo que implicaban estas palabras. Para un judío de la Antigüedad representaba una aflicción muy grande. Carecer de hijos era una de las pruebas más amargas (cf. 1 S 1:10).

La gracia de Dios no evita a nadie los problemas. A pesar de que este santo sacerdote y su esposa eran «justos», tenían un pesar en sus vidas. Recordemos esto si servimos a Cristo y no consideremos las pruebas como algo extraño. Más bien creamos que la sabiduría perfecta de Dios actúa según lo que más nos conviene, y que, cuando Dios nos disciplina, es para «que participemos de su santidad» (He 12:10). Si las aflicciones nos conducen más cerca de Cristo y de la Biblia y nos llevan a orar más, son verdaderas bendiciones. Puede que no pensemos eso ahora, pero pensaremos así cuando nos despertemos en el otro mundo.

MEDITACIÓN: Dios hace que todas las circunstancias obren para nuestro bien si le amamos (Ro 8:28). Él sabe lo que pasaría si nuestras circunstancias fueran diferentes (Sal 81:13-15; Mt 11:21-23). ¿Acaso no podemos confiar en que su sabiduría haya orquestado las circunstancias que más nos convienen para cada situación?

2 ENERO Lucas 1:8-12 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Salmo 111

Dios anunció el futuro nacimiento de Juan el Bautista. Se nos dice que a Zacarías se le apareció un ángel del Señor. El ministerio de los ángeles es sin duda una cuestión profunda. En ningún lugar de la Biblia encontramos tan frecuente mención de ellos como en el período del ministerio terrenal de nuestro Señor. Y en ningún momento leemos de tantas apariciones de ángeles como en el de la encarnación y entrada en el mundo de nuestro Señor. El significado de esta circunstancia es bastante claro. Su propósito era enseñar a la Iglesia que el Mesías no era un ángel, sino el Señor de los ángeles, así como el de los hombres. Los ángeles anunciaron su llegada. Los ángeles proclamaron su nacimiento. Los ángeles se regocijaron por su aparición. Y, al hacerlo así, dejaron claro que aquel que venía a morir por los pecadores no era uno de ellos, sino alguien que estaba por encima de ellos: el Rey de reyes y Señor de señores.

De todas las cosas acerca de los ángeles, hay algo que nunca debemos olvidar: tienen un profundo interés en la obra de Cristo y en la salvación que Cristo ha provisto. Cantaron excelsas alabanzas cuando el Hijo de Dios descendió para hacer la paz entre Dios y el hombre por medio de su propia sangre. Se regocijan cuando los pecadores se arrepienten y nacen hijos de nuestro Padre celestial. Se deleitan en ministrar a aquellos que serán los herederos de la salvación. Esforcémonos por ser como ellos mientras estamos en la tierra, tengamos su mentalidad y compartamos sus alegrías. Señalemos en este pasaje, por último, el efecto que produjo en la mente de Zacarías la aparición de un ángel. Esta experiencia de este hombre justo concuerda exactamente con la de otros santos bajo circunstancias parecidas. Como él, cuando tuvieron visiones de cosas que pertenecían al otro mundo temblaron y tuvieron temor.

¿Cómo explicamos este temor? Para esta pregunta solo hay una respuesta. Surge de nuestro sentimiento interno de debilidad, culpa y corrupción. La visión de un habitante del Cielo nos recuerda a la fuerza nuestra propia imperfección y nuestra inadecuación natural para estar delante de Dios. Si los ángeles son tan grandes y terribles, ¿cómo será el Señor de los ángeles?

Bendigamos a Dios porque tenemos un poderoso mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. Creyendo en él, podemos acercarnos a Dios con confianza y mirar hacia adelante al día del juicio sin temor. Sin embargo, temblemos al pensar en el terror de los impíos en el día final.

MEDITACIÓN: Nuestro mundo moderno es un testimonio de la sabiduría y el conocimiento de hombres que han desechado el temor de Dios (Ro 3:18). Pero donde no hay temor de Dios, no hay ni verdadera sabiduría ni conocimiento (Sal 111:10; Pr 1:7).

3 ENERO Lucas 1:13-17 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Salmo 40:1-10

El que la respuesta a las oraciones se retrase no necesariamente indica que estas sean rechazadas. Zacarías, sin duda, habría orado a menudo pidiendo la bendición de tener hijos y, al parecer, había orado en vano. En esta avanzada etapa de su vida, probablemente habría cesado de mencionar esta cuestión delante de Dios y habría abandonado toda esperanza de ser padre. Pero las primeras palabras del ángel muestran claramente que las oraciones pasadas de Zacarías no habían sido olvidadas (v. 13).

Haremos bien en recordar este hecho cuando nos arrodillemos a orar. Debemos evitar concluir precipitadamente que nuestras súplicas son inútiles, y especialmente cuando se trata de la oración intercesora a favor de otros. No nos corresponde prescribir el tiempo o la forma en que han de ser respondidas nuestras peticiones.

El versículo 14 nos enseña que ningún hijo produce tanto gozo como los que reciben la gracia de Dios. Es mil veces mejor para ellos que la belleza, las riquezas, los honores, el rango o los contactos importantes. Sin gracia, no sabemos lo que pueden llegar a hacer. Es posible que hagan descender nuestras canas con pesar a la tumba.

Los hijos nunca son demasiado jóvenes para recibir la gracia de Dios (v. 15). No hay mayor error que pensar que los niños, por razón de su tierna edad, son incapaces de experimentar la operación del Espíritu Santo. Tengamos cuidado de no limitar el poder y la compasión de Dios. Con él nada es imposible.

La medida de la grandeza que predomina entre los hombres es tremendamente falsa y engañosa. Los príncipes y potentados, los conquistadores y los que dirigen ejércitos, los gobernantes y filósofos, artistas y autores, son la clase de hombres a quienes el mundo considera «grandes». Esa grandeza no es la que reconocen los ángeles de Dios. Ellos consideran grandes a aquellos que hacen grandes cosas para Dios. A los que hacen poco para Dios, los tienen en poco.

MEDITACIÓN: ¿Estamos buscando la alabanza y aprecio de Dios o la de los hombres? (Jn 5:44; Ro 2:29; 1 Co 4:2-5).

4 ENERO Lucas 1:18-25 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Hebreos 3:7-13

En este pasaje vemos el sorprendente ejemplo del poder de la incredulidad en un hombre bueno. A pesar de ser justo y santo, a Zacarías, el anuncio del ángel le parece increíble (v. 18).

Un judío docto como Zacarías no debería haber planteado semejante pregunta. Sin duda estaba bien versado en las Escrituras del Antiguo Testamento. Debería haber recordado los maravillosos nacimientos de Isaac, Sansón y Samuel en tiempos pasados. Debería haber recordado que lo que Dios ha hecho una vez puede volver a hacerlo y que para él no hay nada imposible. Pero se olvidó de todo eso. No pensó más que en los argumentos del razonamiento humano y el sentido humano. Y suele ocurrir en cuestiones religiosas que, cuando comienza la razón, se acaba la fe.

Cuán pecaminoso es el pecado de la incredulidad a los ojos de Dios (v. 20). Las dudas y preguntas de Zacarías le acarrearon un duro castigo. Fue un castigo acorde con la ofensa: la lengua que no estaba dispuesta a hablar el lenguaje de la alabanza confiada se quedó muda. Durante nueve largos meses, por lo menos, Zacarías estuvo condenado al silencio, lo cual le supuso un recordatorio diario de que, por su incredulidad, había ofendido a Dios.

Pocos pecados parecen tan especialmente provocadores para Dios como el pecado de incredulidad. Dudar de que Dios pueda hacer algo cuando promete hacerlo es negar en la práctica que es el Todopoderoso. Dudar de que Dios vaya a hacer algo cuando ha prometido claramente que lo hará es pensar que Dios miente.

Vigilemos y oremos diariamente contra este pecado destructor del alma. Las concesiones en cuanto al mismo roban a los creyentes su paz interior, debilitan sus manos en el día de la batalla, traen nubarrones sobre sus esperanzas. La incredulidad es la verdadera causa de miles de enfermedades espirituales. En todo lo que respecta al perdón de nuestros pecados y a la aprobación de nuestras almas, a las obligaciones y a las pruebas de nuestra vida cotidiana, establezcamos la máxima religiosa de confiar en la Palabra de Dios incondicionalmente y guardémonos de la incredulidad.

MEDITACIÓN: ¿Obtienes poco provecho de la Palabra de Dios, leída o predicada, porque recibes muy poco de ella con fe? (He 4:2).

5 ENERO Lucas 1:26-33 LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Mateo 12:46-50

En estos versículos tenemos el anuncio del acontecimiento más maravilloso que ha ocurrido en este mundo: la encarnación y el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

El primer advenimiento del Mesías debía ser un advenimiento de humillación. Esa humillación comenzaría desde el momento de su concepción y nacimiento. Guardémonos de despreciar la pobreza en otros o en nosotros mismos. El nivel de vida que Jesús escogió voluntariamente debería ser considerado siempre con santa reverencia. Debemos resistirnos a la común tendencia de nuestros días a inclinarnos ante los ricos y a convertir el dinero en un ídolo, y no debemos fomentarla. El ejemplo de nuestro Señor es suficiente respuesta para un millar de máximas serviles bastante corrientes entre los hombres acerca de la riqueza (2 Co 8:9).

Notemos, en segundo lugar, cuán gran privilegio tuvo la virgen María. El lenguaje que utiliza el ángel Gabriel con ella es extraordinario. Es bien sabido el hecho de que la Iglesia católica romana honra a la virgen María de manera poco inferior a como honra a su bendito Hijo. La Iglesia católica romana declara acerca de ella que fue «concebida sin pecado». Es objeto de adoración por parte de los católicos romanos y se ora a ella como mediadora entre Dios y los hombres, considerándola tan poderosa como Cristo mismo. Respecto a esto debemos recordar que no existe la más ligera justificación para ello en la Escritura. Pero, al tiempo que decimos esto, debemos admitir con imparcialidad que ninguna mujer fue nunca tan honrada como la madre de nuestro Señor. Por medio del parto de una mujer, la vida y la inmortalidad salieron a la luz cuando Cristo nació.

Los cristianos no deben olvidar una cosa en relación con este asunto. Existe una relación con Cristo que se halla alcance de todos nosotros; una relación mucho más cercana que la de la carne y la sangre; una relación que pertenece a todos aquellos que se arrepienten y creen (Mr 3:35; Lc 11:28).

¡Cuán gloriosa descripción acerca de nuestro Señor Jesucristo! (vv. 32-33). Acerca de su grandeza ya sabemos algo: ha provisto una poderosa salvación. Ha demostrado ser un Profeta mayor que Moisés. Es el gran Sumo Sacerdote y será mayor aun cuando se convierta en Rey.

MEDITACIÓN: Los verdaderos hermanos de nuestro Señor poseen un parecido familiar (Ro 8:29).

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7 razones por las que las familias deberían orar 1

RAZÓN Nº 1: Porque cada día recibimos misericordias de la mano de Dios para la familia. Cada día nos colma de beneficios (Sal. 68:19). Cuando se despiertan por la mañana y encuentran que su morada está segura, que no la ha consumido el fuego ni ha sido allanada por ladrones, ¿no es esto una misericordia de Dios para la familia? Cuando despiertan y no encuentran a nadie muerto en su cama, ni reciben malas noticias por la mañana, ni hay ningún niño muerto en una cama y otro en otra; y no hay dormitorio en la casa, en el que la noche anterior muriera alguien, sino que, al contrario, los encuentran a todos bien por la mañana, refrescados por el descanso y el sueño de la noche, ¿no son estas y muchas otras bendiciones de Dios sobre la familia suficientes para que al levantarse ustedes llamen a su familia y todos juntos bendigan a Dios por ello? De haber sido de otro modo, [si] el amo o la ama de casa [estuvieran] muertos, o los niños, o los criados, ¿no diría el resto: “Habría sido una misericordia para todos nosotros si Dios lo hubiera dejado vivo a él, a ella, a ellos?”. Si sus casas hubieran sido consumidas por las llamas y Dios los hubiera dejado a todos en la calle antes del amanecer, ¿no habrían dicho: “Habría sido una misericordia si Dios nos hubiera mantenido a salvo a nosotros y nuestra morada, y hubiéramos descansado, dormido y nos hubiéramos levantado a salvo?”. ¿Por qué no reconocen ustedes, señores, que las misericordias son misericordias hasta que Dios se las quita? Y si lo admiten, ¿no deberían alabar a diario a Dios? ¿Acaso no fue Él mismo quien vigilaba mientras ustedes dormían y no podían cuidar de ustedes mismos? “Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia… Pues que a su amado dará Dios el sueño” (Sal. 127:1-2).

De la misma manera en que las familias reciben muchas misericordias durante la noche para que bendigan a Dios por la mañana, también tienen muchas otras durante el día para que puedan darle gracias, por la noche, antes de acostarse. Me parece que no deberían dormir tranquilamente hasta haber estado juntos, arrodillados, no vaya a ser que Dios diga: “Esta familia que no ha reconocido mi misericordia hacia ellos en este día ni me ha dado la gloria por esos beneficios con los que los he confortado, no volverá a ver la luz de otro día ni tendrá misericordias un día más por las que bendecirme”. ¿Qué ocurriría si Dios les dijera cuando ya están acostados en su cama: “Esta noche vendrán a pedir sus almas, ustedes que se han ido a la cama antes de alabarme por las misericordias que he tenido con ustedes durante todo el día y antes de que oraran pidiendo mi protección sobre ustedes en la noche”? Pongan atención: Aunque Dios sea paciente, no lo provoquen.

RAZÓN Nº 2: Deberían orar a Dios a diario con sus familias porque hay pecados que se cometen a diario en la familia. ¿Pecan ustedes juntos y no orarán juntos? ¿Y si fueran condenados todos juntos? ¿Acaso no comete cada miembro de su familia muchos pecados cada día? ¿Cuán grande es el número de todos ellos cuando se consideran o se contemplan juntos? ¡Cómo! ¿Tantos pecados cada día bajo el mismo techo, entre sus paredes, cometidos contra el glorioso y bendito Dios, y ni una sola oración? Un pecado debería lamentarse con un millar de lágrimas; pero no se ha derramado ni una sola, nadie ha llorado por nada, juntos en oración, ni por un millar de pecados. ¿Es esto arrepentirse cada día cuando no confiesan sus pecados a diario? ¿Quieren que Dios perdone todos los pecados de su familia? ¡Contesten! ¿Sí o no? Si no quieren, Dios podría dejarles ir a la tumba y también al infierno con la culpa del pecado sobre sus almas. Si quieren [que Dios perdone todos los pecados de su familia], ¿no merece la pena pedir perdón? ¿Querrían y no lo suplicarían de las manos de Dios? ¿No juzgarían todos que un hombre justamente condenado, que aún pudiera tener vida solo con pedirla y no lo hiciera, merecería la muerte? ¿Cómo pueden acostarse tranquilamente y dormir con la culpa de tantos pecados sobre sus almas, sin haber orado para que sean borrados? ¿De qué está hecha su almohada, que sus cabezas pueden descansar sobre ella bajo el peso y la carga de tanta culpa? ¿Acaso es su cama tan mullida o su corazón tan duro que pueden descansar y dormir cuando a todos los pecados que han cometido en el día le añaden por la noche, este otro de la omisión? Tómense en serio los pecados que a diario se cometen en sus familias y sentirán que hay una razón por la que deberían orar a Dios juntos cada día.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

Una Iglesia del primer Siglo

No es raro escuchar a los cristianos modernos decir que asisten a una iglesia del Nuevo Testamento. Tomando en cuenta todo lo que eso podría significar, mi primer impulso es preguntar algo como: «¿Por qué querrías hacer eso?». ¿Borracheras en la Cena del Señor? ¿Controversias sobre tocino, idolatría y circuncisión? Por supuesto, si el que hace la declaración simplemente intenta afirmar la sola Scriptura, entonces no hay nada excepcional en esa opinión, aunque haría bien en incluir el Antiguo Testamento. Sin embargo, la situación suele ser mucho más compleja.

Un conjunto de suposiciones románticas sobre la revelación y la historia impulsa esta opinión. En este punto de vista, la Iglesia en el primer siglo era pura, bien gobernada y madura, y no fue hasta que los apóstoles empezaron a morir que las corrupciones comenzaron a inundarla. En esto vemos la típica creencia evangélica sobre la historia de la Iglesia: hubo una Edad de Oro que duró de cien a trescientos años, luego mil años o más de oscuridad. 

A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. 

Ahora, todos los herederos de la Reforma reconocen que sí hubo corrupciones de doctrina y de práctica —de lo contrario, ¿para qué hacer una Reforma entonces?— pero la posición protestante clásica  coloca el verdadero problema mucho más adelante en el tiempo, y lo ve como un proceso muy gradual que infectó a algunas facciones de la Iglesia mucho más que a otras. Por ejemplo, sabemos que en la corte de Carlomagno estaban sucediendo cosas maravillosas, y durante la Plena Edad Media encontramos a santos fieles trabajando en la obra del evangelio. 

La insatisfacción con la forma en la que algunas cosas marchaban fue lo que impulsó la Reforma, un movimiento desde dentro de la Iglesia para reformar esa misma Iglesia. Ahora, esto nos lleva de regreso al siglo I. Nuestras perspectivas de ese siglo son una buena prueba de fuego para los cristianos modernos. Una perspectiva es que la Iglesia moderna es una restauración: la Iglesia original casi desapareció, pero Dios la ha traído de vuelta. Esta mentalidad restauracionista ve la obra de Dios en este continente en los últimos dos siglos como si Dios hubiera comenzado de nuevo. Cuando se hace la pregunta: «¿Dónde estaba tu iglesia antes de (inserta la fecha de la fundación de tu denominación)?», la respuesta habitual es: «En el siglo I». Pero el protestante clásico, cuando se le pregunta dónde estaba su iglesia antes de la Reforma, responde preguntando: «¿Dónde estaba tu cara antes de que te la lavaras?». 

El contraste es entre una visión de la historia que ve la levadura trabajando a través del pan y una visión que ve el reino de Dios viniendo de manera definitiva pero inconstante, con altas y bajas. Según este último punto de vista, debido a que la Iglesia del primer siglo estaba completa, lo que tenemos ahora debe estar completo. Es una mentalidad de todo o nada. La visión inicial contempla espacio para el desarrollo, el retroceso, la reforma, el avance del credo y así sucesivamente; no es perfeccionista. Pero la suposición de todo o nada es perfeccionista, y esto explica su dogmatismo defensivo sobre las cosas más indefendibles. 

Considera algunos de los problemas con nuestros estilos de adoración, con nuestras tradiciones. Debido a nuestro compromiso a priori de ser «la Iglesia del Nuevo Testamento», tendemos a entender nuestras prácticas anacrónicamente.  A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. Es por esto que se ha llegado a creer que formas de adoración inventadas en la frontera de Kentucky fueron las prácticas de Pedro, Santiago y Juan. Un coro con tres acordes acompañados de una guitarra parece mucho más espiritual, simple, sencillo y piadoso que, digamos, una pared de tubos para un órgano. Y hay gente que realmente cree que el vino del Nuevo Testamento era 100% jugo de uva, y piensan esto porque alguien empezó a insistir en que era jugo de uva en algún lugar en Missouri hace poco más de un siglo. Pero a la luz de la historia, insistir en que Pablo sirvió jugo de uva en la Cena del Señor es tan tonto como afirmar que él usó una corbata. 

Algunas tradiciones de la Iglesia medieval se alejaron de los estándares establecidos por la Escritura en el primer siglo, y esta desviación era de condenar y requería una reforma. Los reformadores querían, con razón, regresar ad fontes, «a las fuentes». Sin embargo, las fuentes a las que apelaban no se limitaban a la Escritura, aunque la Escritura era la norma final e infalible. Los reformadores eran los mejores eruditos patrísticos en la Europa de su tiempo, y comprendían los patrones fieles que la Iglesia había seguido durante siglos. 

En contraste a esto, en lugar de ver nuestra era a la luz de la revelación y la historia subsiguiente, tendemos a colocar las Escrituras en un contexto cultural —el nuestro— y leerlas e interpretarlas de acuerdo a ello. Por la gracia de Dios, muchos de los elementos del evangelio han sido interpretados con precisión. No obstante, de muchas otras maneras, nuestras tradiciones evangélicas son simplemente tontas o absurdas, y esto se debe a que, en muchos aspectos, lo último que quisiéramos tener es una Iglesia del primer siglo.

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Douglas Wilson es pastor de Christ Church en Moscow, Idaho, y escritor de numerosos libros.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

La Palabra de Dios y la oración familiar 2

  1. Considera los grandes y profundos misterios contenidos en la Palabra de Dios que deben leer juntos. Verás que también aparecerá la necesidad de orar juntos. ¿No encierra, acaso, esa Palabra la doctrina concerniente a Dios, la forma en que se le debería conocer, amar, obedecer, adorar y deleitarse uno en Él? En cuanto a Cristo, Dios y hombre, es un misterio sobre el cual se maravillan los ángeles y que ningún hombre puede entender o expresar, y que ninguno puede explicar por completo. Con respecto a los oficios de Cristo, la Palabra declara que son los de Profeta, Sacerdote y Rey. El ejemplo y la vida de Cristo, sus milagros, las tentaciones que soportó, sus sufrimientos, su muerte, sus victorias, su resurrección, ascensión e intercesión y su venida para juzgar se plasman en la Palabra divina. ¿No se encuentran en las Escrituras la doctrina de la Trinidad, de la miseria del hombre por el pecado y su remedio en Cristo? ¿Y también el pacto de gracia, las condiciones de éste y los sellos del mismo? ¿Los muchos privilegios preciosos y gloriosos que tenemos por Cristo: La reconciliación con Dios, la justificación, la santificación y la adopción? ¿Las diversas gracias por obtener, los deberes que realizar y el estado eterno de los hombres en el cielo o en el infierno? ¿No están estas cosas y otras como ellas, en la Palabra de Dios que se debe leer a diario en tu hogar? ¿Y sigues sin ver la necesidad de orar antes y después de leer la Palabra de Dios? Sopésalo bien y lo comprenderás.

3. Considera cuánto le incumbe a toda la familia saber y entender estas cosas tan necesarias para la salvación. Si las ignoran, están perdidos. Si no conocen a Dios, ¿cómo podrán amarlo? Podemos amar a un Dios y a un Cristo invisibles (1 P. 1:8), pero nunca a un Dios desconocido. Si tu familia no conoce a Cristo, ¿cómo creerán en Él? Y, sin embargo, tienen que perecer y ser condenados de no hacerlo. Tendrán que perder para siempre a Dios y a Cristo, al cielo y sus almas, si no se arrepienten, creen y se convierten. Y dime, si la lectura de este Libro es la que los hará comprender la naturaleza de la verdadera gracia salvífica, ¿no será necesaria la oración? Sobre todo cuando muchos poseen la Biblia y la leen, pero no entienden las cosas que tienen que ver con su paz.

4. Considera, además, la ceguera de sus mentes y su incapacidad, sin las enseñanzas del Espíritu de Dios, para conocer y comprender estas cosas. ¿No es necesaria la oración?

5. Considera también, que el atraso de sus corazones a la hora de prestar atención a estas verdades importantes y necesarias de Dios, y su falta de disposición natural al aprendizaje demuestran que es necesario que Dios los capacite y les dé la voluntad de recibirlas.

6. Una vez más, considera que la oración es el medio especial para obtener conocimiento de Dios y su bendición sobre las enseñanzas y las instrucciones del cabeza de familia. David oró pidiéndole a Dios: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Sal. 119:18). En la Palabra de Dios hay “maravillas”. Que el hombre caído pueda ser salvo es algo maravilloso. Que un Dios santo se reconciliara con el hombre pecador es maravilloso. Que el Hijo de Dios adoptara la naturaleza del hombre, que Dios se manifestara en la carne y que el creyente fuera justificado por la justicia de otro son, todas ellas, cosas maravillosas.

Sin embargo, existe oscuridad en nuestra mente y un velo sobre nuestros ojos; además, las Escrituras forman un libro con broche, cerrado, de manera que no podemos entender estas cosas grandiosas y maravillosas de una forma salvífica, y depositar nuestro amor y nuestro deleite principalmente en ellas, a menos que el Espíritu de Dios aparte el velo, quite nuestra ignorancia e ilumine nuestra mente. Y esta sabiduría es algo que debemos buscar en Dios, mediante la oración ferviente. Ustedes, los que son cabezas de familias, ¿no querrían que sus hijos y criados conocieran estas cosas y que estas tuvieran un efecto sobre ellos? ¿No querrían, ustedes, que se grabaran en sus mentes y en sus corazones las grandes preocupaciones de su alma? ¿Los instruyen ustedes a este respecto? La pregunta es: ¿Pueden ustedes llegar a sus corazones? ¿Pueden ustedes despertar sus conciencias? ¿No pueden? Y aun así, ¿no te lleva esto a orar a Dios con ellos para que Él lo lleve a cabo? Mientras estén orando juntamente con ellos, Dios puede estar disponiendo en secreto y preparando poderosamente sus corazones para que reciban su Palabra y las instrucciones de ustedes a partir de estas.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”. Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

La Cruz de Cristo

¿Por qué dedicarnos a reflexionar sobre la muerte de Jesucristo en el Monte Calvario en las afueras de Jerusalén? ¿No es una pérdida de tiempo dar tanta importancia a un acontecimiento lejano en el tiempo, del que, fuera de la Biblia, tenemos muy pocos datos, y que pasó desapercibido para la inmensa mayoría de los contemporáneos de Jesús de Nazaret?

Entre muchas razones, podemos destacar tres. Primero, porque la cruz de Cristo se halla en el centro del evangelio cristiano que tenemos la misión de proclamar. John Stott afirmó en su magnum opus sobre la cruz que “la cruz ocupa el centro mismo de la fe evangélica […], ocupa el lugar central en la fe bíblica e histórica”. Este fue el mensaje que los seguidores de Jesús comenzaron a propagar con enorme celo desde pocos días después de su muerte y resurrección, y que siguen proclamando hoy en día en todo el mundo. Para una humanidad atrapada por la maldad, perdida en la oscuridad y que es incapaz de resolver los problemas acuciantes del egoísmo, el odio, la violencia y la crueldad que marcan al ser humano de manera innegable, no existen mejores noticias que las que aporta el evangelio de Cristo. Solo el mensaje de perdón, transformación y salvación que Dios nos ofrece, en base al sacrificio de Cristo en la cruz, presenta la solución que el mundo necesita de manera desesperada. Sin la predicación del evangelio, no hay esperanza para el mundo. Sin la cruz de Cristo, no hay evangelio que predicar.

En segundo lugar, la cruz de Cristo es lo que mejor nos ilumina a nosotros y a nuestra situación existencial. Es a través de la cruz cómo podemos llegar a comprender el peligro de gravedad incalculable que nos amenaza a los seres humanos caídos, colocados bajo el juicio de Dios, el justo Juez de toda la tierra, él que “tiene poder para arrojar al infierno”. La maldad anida en el corazón humano, como enseñó Jesucristo,’ y como demuestra de manera indiscutible la historia de la humanidad. Siglos y milenios de esfuerzo humano han sido incapaces de resolver este problema fundamental y universal. La cruz nos enseña que no hay escapatoria para los que somos pecadores ante Dios, que no sea la muerte de su Hijo en el Calvario, donde tomó el lugar que nos correspondía a nosotros. Pablo el apóstol habló acerca de “la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo para todos los que creen, porque no hay distinción; por cuanto todos pecaron, y no alcanzan la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe”. Solo la cruz de Cristo ofrece un camino de liberación de nuestra esclavitud al mal. Solo el poder del evangelio es capaz de transformar a pecadores en santos.

Podemos aducir una tercera razón: la cruz ilumina también a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo. “Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. La cruz nos proporciona la evidencia más contundente acerca del amor inagotable de Dios hacia sus criaturas rebeldes y empedernidas en la maldad. “En esto conocemos el amor, en que él [Cristo] puso su vida por nosotros”. A pesar del hecho de que nosotros habíamos dado la espalda a Dios, despreciando su invitación a experimentar la reconciliación y la paz, él tomó la iniciativa, por medio de su Hijo Jesucristo, para buscar nuestra redención de la situación de esclavitud al maligno, al pecado y a la muerte en que estábamos atrapados. Lo hizo al impulso de su compasión y amor, aun cuando el precio de nuestro rescate fue tan alto.

El apóstol Pablo comprendió perfectamente la centralidad de la cruz de Cristo en el mensaje del evangelio. En su primera carta a los cristianos en Corinto, afirma de forma contundente: “En verdad, los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos y necedad para los gentiles, pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios Y sabiduría de Dios”. Seguía insistiendo: “pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y este crucificado”. Casi al final de la misma carta, señaló los elementos esenciales del evangelio que predicaba: “Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. En el corazón de su fe y de su predicación se encontraba la cruz de Cristo.

A lo largo del tiempo, y de forma más destacada en los últimos siglos, ha habido una tendencia a reducir el significado de la muerte de Cristo a un ejemplo de cómo enfocar el sufrimiento injusto. Es cierto que el apóstol Pedro señala este aspecto de la cruz: “Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas”. Pero el argumento de Pedro no se reduce a esta faceta ejemplar, sino que insiste en que “[Cristo] mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por sus heridas fuisteis sanados”. Más tarde en la misma carta vuelve a enfatizar este aspecto expiatorio y sustitutorio del sacrificio de Jesús: “Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”. Al citar las palabras de otro apóstol, Pablo, a su discípulo Timoteo, “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, Andrew Birch afirma: “En el centro mismo de este mensaje está la cruz. Jesús de Nazaret murió crucificado. Pero su cruz es mucho más que solo el lugar y la manera de su muerte; es también el lugar y la manera de nuestra salvación”.

Si desplazamos la predicación de la cruz de su lugar central en el mensaje cristiano, seremos culpables de pervertir el evangelio de Cristo. Esto es lo que ocurría en las iglesias de Galacia, hecho que impulsó el asombro y la denuncia vehemente del apóstol Pablo, a la vez que un resumen enfático de las verdades centrales del evangelio.” Si reconocemos que el mensaje de la cruz es el fundamento irremplazable de la fe cristiano, es de vital importancia que reflexionemos constantemente sobre él, que lo proclamemos con plena convicción y que lo vivamos en todas sus implicaciones insoslayables. “Pero jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo”.

TIMOTEO GLASSCOCK
Estudió derecho en Inglaterra antes de llegar a Madrid como misionero en 1972. Tuvo el privilegio de tener como mentores en sus primeros años en España a personas como Ernesto Trenchard, Pablo Wickham y Juan Solé. Se casó con Elena Gil y en 1982 se trasladaron a Galicia, donde formaron parte del equipo pastoral de la Iglesia de Marín durante veintitrés años. Después de once años colaborando con una iglesia de Salamanca, volvieron a Marín, donde residen en la actualidad. Timoteo tiene un ministerio itinerante de enseñanza bíblica entre las iglesias evangélicas en España y colabora con Proyecto Éfeso, IBSTE y la Escuela Evangélica de Teología. Tienen tres hijos y seis nietos.

ÍNDICE

Capítulo 1. Anticipar la Cruz: la pasión profetizada

Capítulo 2. Contemplar la Cruz: la pasión narrada. Los Evangelios

Capítulo 3. Meditar en la Cruz: la pasión analizada. La primera carta de Pedro

Capítulo 4. Gloriarse en la Cruz: la pasión aplicada. La carta a los Gálatas

112 pp. Andamio Editorial – 2020

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