Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 3

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La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Por medio de estas escenas de la vida de Jesús, hemos de guiarlos a conocer su muerte. Hemos de mostrarles con cuánta facilidad hubiera podido librarse de esa muerte—de lo cual dio clara evidencia de que hubiera podido aniquilar con una palabra a los que llegaron para apresarlo (Juan 18:6)—pero con cuánta paciencia se sometió a lasheridas más crueles: ser azotado y dejar que lo escupieran, ser coronado de espinas y cargar su cruz. Hemos de mostrarles cómo esta Persona divina inocente y santa fue llevada como un cordero el matadero; y, mientras los soldados clavaban con clavos, en lugar de cargarlos de maldiciones, oró por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Y cuando sus pequeños corazones se hayan maravillado y derretido ante una historia tan extraña, hemos de contarles que sufrió, sangró y murió por nosotros, recordándoles con frecuencia cómo están ellos incluidos en esos sucesos.

Hemos de guiar sus pensamientos a fin de que vean la gloria de la resurrección y ascensión de Cristo, y contarles con cuánta bondad todavía recuerda a su pueblo en medio de su exaltación, defendiendo la causa de criaturas pecadoras, y utilizando su interés en el tribunal del cielo para procurar la vida y gloria para todos los que creen en él y lo aman.

Hemos luego de seguir instruyéndoles en los detalles de la obediencia por la cual la sinceridad de nuestra fe y nuestro amor recibirá aprobación. A la vez, tenemos que recordarles su propia debilidad y contarles cómo Dios nos ayuda enviando su Espíritu Santo a morar en nuestro corazón para hacernos aptos para toda palabra y obra buena. ¡Es una lección importante sin la cual nuestra instrucción será en vano y lo que ellos oigan será igualmente en vano!

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa)
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [7]

al negarlo estamos renunciando al evangelio en general, sino porque habían hallado una manera de tornarlo en su provecho. Harían, por tanto, una imagen de Cristo como cabeza de la iglesia, para poseer el lugar y ejercer todos sus poderes. Dicen: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible (como si la iglesia católica, como tal, fuese visible de una manera distinta de como lo es en su cabeza, es decir, por fe). Debe haber una cabeza y un centro de unión en el que todos los miembros de la iglesia puedan estar de acuerdo y unidos, a pesar de sus distintas capacidades y circunstancias; sin embargo, desconocían la forma en que esta debería ser Cristo mismo. Sin un gobernador supremo presente en la iglesia, para resolver todas las diferencias y decidir sobre todas las controversias, incluso las referentes a sí mismo —cosa que pretenden en vano— y afirman expresamente que nunca hubo una sociedad tan neciamente ordenada como la de la iglesia. Y, por esta razón, deciden la insuficiencia de Cristo para ser esta cabeza única de la iglesia. Necesitan otra para estos menesteres. Y esta fue su papa: una imagen de tal clase que es uno de los peores ídolos que jamás hubo en el mundo. A él le dan todos los títulos de Cristo que se relacionan con la iglesia, y le atribuyen todos los poderes de Cristo en y sobre esta, en cuanto a su gobiemo. Pero, aquí, cayeron en un error: cuando creyeron darle el poder de Cristo, le dieron el poder del dragón para usarlo contra Cristo y los suyos. Y cuando creyeron hacer una imagen de Cristo, hicieron una imagen de la primera bestia, impuesta por el dragón, que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón, cuyo carácter y acción se describen detalladamente en Apocalipsis 13:11-1 7.

Este es el resumen de lo que ofreceré bajo este apartado: los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”, perdieron toda luz espiritual que les ayudaba a discernir la belleza y la gloria del gobierno de Cristo sobre la iglesia como cabeza suya. Y aquí, sus mentes acabaron por no poder experimentar el poder y la eficacia de su Espíritu y Palabra para ordenar continuamente sus asuntos, mediante los medios, los usos y las maneras que el mismo señaló. No sabían como consentir estas cosas ni de que forma podían estas proteger a la iglesia. Por tanto, en este caso, “cada cual ayudó a su vecino, y a su hermano dijo: Esfuérzate. El carpintero animó al platero, y el que alisaba con el martillo al que batía con el yunque”. Se pusieron, según sus diversas capacidades, a forjar este ídolo que levantaron en el lugar y en el puesto de Cristo, estableciéndolo así en el templo de Dios, de modo que pudiera mostrarse desde allí como Dios. Este ídolo tampoco se expulsará jamás de la iglesia hasta que todos los cristianos en general lleguen a experimentar, de una forma espiritual, la autoridad de Cristo ejercida en el gobiemo de la iglesia por su Espíritu y palabra, con todos los fines de unidad, orden, paz y edificación. Hasta que esto no ocurra, seguirán pensando que un papa, o algo parecido a él, son necesarios para estos fines. Jamás hubo una imagen más horrenda y deformada de una cabeza tan bella y gloriosa: toda la astucia de Satanás, todo el ingenio de los hombres no podrían inventar algo más distinto de Cristo, como cabeza de la iglesia, que este papa. No puede haber ni se podría hacer peor figura ni representación de él.

Es alguien de quien no se puede pensar o decir nada que no sea grande, poco común, que no exceda el estado normal de la humanidad, por un lado u otro. Unos dicen que es “la cabeza y el marido de la iglesia”; “el vicario de Cristo sobre todo el mundo”; “el representante de Dios”; “un vice-dios”; “el sucesor de Pedro”; “la cabeza y centro de unidad” de toda la iglesia católica, dotado de plenitud de poder, y con otras innumerables atribuciones de la misma naturaleza. Por todo esto, es necesario que toda el alma este sujeta a él, so pena de condenación. Otros afirman que es el “anticristo”; “el hombre de pecado”; “el hijo de perdición”; “la bestia que subía de la tierra con dos cuernos semejantes a los de un cordero pero que hablaba como dragón”; “el falso profeta”; “el pastor idolatra”; “el siervo malo que golpea a sus consiervos”; “el adúltero de una iglesia engañosa o falsa”. Y no hay término medio entre estos; sin duda es lo uno o lo otro. El Señor Jesucristo, que ya ha determinado esta controversia en su palabra, no tardará en darle el desenlace final en su gloriosa persona y por el resplandor de su venida. Y este es un ídolo eminente en la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Pero, por ahora, es evidente donde reside la protección de los creyentes para que no sean inducidos a inclinarse ante esta imagen y adorarla. Un debido sentido de la única autoridad de Cristo en y sobre su iglesia, y experimentar el poder de su palabra y de su Espíritu para todos los fines de su gobiemo y orden, será lo que los guarde en la verdad. Ninguna otra cosa lo hará. Si alguna vez bajan de este nivel en algún caso en particular, por muy pequeño que parezca, y llegan a admitir alguna cosa en la iglesia o en su adoración que no proceda directamente de su autoridad, estarán preparados para admitir otro guía y cabeza en todas las demás cosas también.

Existen muchas profecías y predicciones en cuanto a esto, con respecto a que así debía ser, y a tal efecto se nos dan diversas descripciones. Su relacion con Cristo, con el amor y la valoración de él hacia ella, requerían que fuera muy gloriosa. En efecto; su gran propósito hacia ella era hacerla de este modo [cf. Ef. v. 25-27). Por tanto, todos los que profesan la religion cristiana están de acuerdo en esto. Pero no recuerdan cuál es esta gloria y en que consiste; de dónde viene y en qué es gloriosa. En realidad la Escritura declara de forma muy clara que esta gloria es espiritual e interna; que consiste en su unión con Cristo y en su presencia en ella; en la comunicación de su Espíritu vivifícador; en vestirla de su justicia, su santificación; y en purificarla de la contaminación del pecado; así como en sus frutos de obediencia para alabanza de Dios. Añadan a esto la celebración del culto divino en ella, con su gobierno y orden, según el mandamiento de Cristo, y tendremos la sustancia de esta gloria. Los creyentes la disciernen de tal manera que se sienten satisfechos con su excelencia. Saben que todas las glorias del mundo no pueden, en modo alguno, compararse a ella, porque consiste y se origina en cosas que valoran y prefieren, infinitamente, sobre todo lo que este mundo pueda proporcionar. Ellas son un reflejo de la gloria de Dios, o de Cristo mismo, sobre la iglesia; ¡sí!, una comunicación de él a ella. Es algo que valoran en el conjunto y en cada miembro de ella. Ni la naturaleza ni el uso, ni el fin de la iglesia admitirán que su gloria pueda consistir en cosas de cualquier otra naturaleza. Sin embargo, la humanidad en general perdió aquella luz espiritual que era la única que les permitía discernir esta gloria. No podían ver forma ni belleza en la esposa de Cristo, solamente adornada con sus gracias. Hablar de un estado glorioso de los hombres, cuando son pobres y están destituídos, quizá vestidos de harapos, y son arrastrados a las prisiones o a las hogueras, como ha sido la suerte de la iglesia en la mayoría de las épocas, era a su juicio absurdo y necio. Por tanto, viendo que es cierto que la iglesia de Cristo es muy gloriosa e ilustre a la vista de Dios, los santos ángeles y los buenos hombres, debía hallarse una manera de hacerla así para que el mundo también la viera así. Por consiguiente, acordaron una imagen mentirosa de esta gloria, es decir, la dignidad, la promoción, la riqueza, el dominio, el poder, y el esplendor de todos los que tenían el gobierno de la iglesia. Y, aunque para todos sea evidente que estas cosas pertenecen a las glorias de este mundo, de las que la gloria de la iglesia no solo se distingue, sino que es lo opuesto a todo esto, no tendrán más remedio que contemplarla [¿a ellas?] como aquello que representa su gloria. Y es así, aunque no tenga una gracia salvífica en sí, como expresamente afirman. Cuando se alcanzan estas cosas, todas las predicciones de su gloria se cumplen. A esta imagen corrupta de la verdadera gloria espiritual de la iglesia —originada en la ignorancia y la carencia de una auténtica experiencia del valor, y la excelencia de las cosas internas, espirituales y celestiales— se le ha prestado atención, con perniciosas consecuencias en el mundo. Muchos se han encaprichado y enamorado de ella, para su propia perdición. Porque, como maestra de mentiras, solo es adecuada para desviar las mentes de los hombres de una comprensión y valoración de la verdadera gloria; sin dejan de tener interés en ella, deben perecer para siempre.

Considerad las regiones extranjeras como Italia o Francia, donde estos hombres pretenden que su iglesia está en su mayor gloria: ¿Cuál es esta si no la riqueza, y la pompa, y el poder de los hombres, en su mayor parte manifiestamente ambiciosos, sensuales y mundanos? ¿Es esta la gloria de la Iglesia de Cristo? ¿Pertenecen estas cosas a su reino? [No], sino que por el levantamiento de esta imagen, por el avance de esta noción, toda la gloria de la iglesia se ha perdido y despreciado. Sin embargo, por mucho que estas cosas fueran adecuadas para los propósitos de las mentes carnales de los hombres, y satisfactorias para todas sus concupiscencias —con esta pintura y el falso brillo sobre ella para que la Iglesia de Cristo sea gloriosa—, han sido el medio para llenar este mundo de oscuridad, sangre y con fusión. Porque esta es la gloria de la iglesia por la que se contiende con ira y violencia. Y no pocos están aún encandilados por estas imágenes, y no son partícipes del provecho que traen a sus principales adoradores, cuyo encaprichamiento es de lamentar.

El medio que nos protege contra la adoración de estas imágenes es, también, evidente en los principios sobre los que seguimos adelante. No se hará sin luz para discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles, que son las únicas en las que la iglesia es gloriosa. A la luz de la fe, aparecen como lo que son realmente en sí mismas, de la misma naturaleza que la gloria que está arriba. Y yo digo que la gloria presente de la iglesia es su iniciación en la gloria del Cielo y, en general, es de la misma naturaleza que ella. Aquí está en sus amaneceres e inicios; allí en su plenitud y perfección. Buscar algo que sea afin, o estrechamente ligado a la gloria del Cielo, o que guarde algún cercano parecido con ella, en las glorias externas de este mundo, es una imaginación vana. Cuando la mente está capacitada para discernir la belleza y la gloria verdadera de las cosas espirituales, y su alianza con lo que está arriba, se verá protegida contra el deseo de buscar la gloria de la iglesia en las cosas de este mundo y de colocar algún valor sobre ellas con este fin.

La abnegación, indispensablemente prescrita en el evangelio a todos los discípulos de Cristo, es también un requisito aquí. Su poder y su práctica son completamente incoherentes con el entendimiento de que el poder, la riqueza y el dominio secular contribuyen en algo a la gloria de la iglesia. Si la mente está así crucificada a una valoración y estimación de estas cosas, nunca las entenderá como parte de aquellas vestiduras de la iglesia que la hacen gloriosa. Sin embargo, cuando la innata oscuridad discapacita las mentes de los hombres para discernir la gloria de las cosas espirituales y, mediante su afecto carnal e inmortificado, se aferran y sienten la más alta estima por la grandeza mundana, no resulta extraño que supongan que la belleza y gloria de la iglesia consistan en esto.

John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 2

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2. Hay que criar a los hijos en el camino de la fe en el Señor Jesucristo. Ustedes saben, mis amigos, y espero que muchos de ustedes lo sepan por la experiencia cotidiana de gozo en sus almas, que Cristo es “el camino, la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Es por él que podemos acercarnos a Dios confiadamente, que de otro modo es “un fuego
consumidor” (Heb. 12:29). Por lo tanto, es de suma importancia guiar a los niños lo más pronto posible hacia el conocimiento de Cristo, que es sin duda, una parte considerable de la “disciplina y amonestación” del Señor que el Apóstol recomienda y que quizá fue lo que intentó decir con esas palabras (Ef. 6:4).

Por lo tanto, tenemos que enseñarles lo antes posible que los primeros padres de la raza humana se rebelaron contra Dios y se sometieron a sí mismos y a sus descendientes a la ira y maldición divina (Gén. 1-3). Debe explicar las terribles consecuencias de esto, y esforzarse por convencerlos que ellos se hacen responsables de desagradar a Dios—¡cosa terrible!—por sus propias culpas. De este modo, por medio del conocimiento de la Ley, abrimos el camino el evangelio, a las nuevas gozosas de la liberación por medio de Cristo.

Al ir presentando esto, hemos de tener sumo cuidado de no llenarles la mente con una antipatía hacia una persona sagrada mientras tratamos de atraerlos hacia otra. El Padre no debe ser presentado como severo y casi implacable, convencido casi por fuerza, por la intercesión de su Hijo compasivo, a ser misericordioso y perdonador. Al contrario,  hemos de hablar de él como la fuente llena de bondad, que tuvo compasión de nosotros en nuestro sufrimiento impotente, cuyo brazo todopoderoso se extendió para salvarnos, cuyos consejos eternos de sabiduría y amor dieron forma a ese importante plan al cual debemos toda nuestra esperanza. Les he mostrado a ustedes que esta es la doctrina bíblica. Debemos enseñarla a nuestros niños a una edad temprana, y enseñar lo que era ese plan, en la medida que sean capaces de recibirlo y nosotros capaces de explicarlo. Debemos decirles repetidamente que Dios es tan santo, tan generoso que, en lugar de destruir con una mano o con la otra dejar sin castigo al pecado, hizo que su propio Hijo fuera un sacrificio por él, haciendo que él se humillara a fin de que nosotros pudiéramos ser exaltados, que muriera a fin de que nosotros pudiéramos vivir.

También hemos de presentarles—¡con santa admiración y gozo!— con cuánta disposición consintió el Señor Jesucristo procurar nuestra liberación de un modo tan caro. ¡Con cuánta alegría dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb. 10:7, 9)! Para mostrar el valor de este asombroso amor, debemos esforzarnos, según nuestra débil capacidad, por enseñarles quién es este Redentor compasivo, presentarles algo de su gloria como Hijo eterno de Dios y el gran Señor de ángeles y hombres. Hemos de instruirles en su asombrosa condescendencia al dejar esta gloria para ser un niño pequeño, débil e indefenso, y luego un hombre afligido y de dolores. Hemos de guiarlos al conocimiento de esas circunstancias en la historia de Jesús que tengan el impacto más grande sobre su mente y para inculcarles desde pequeños, un sentido de gratitud y amor por él. Hemos de contarles cuán pobre se hizo a fin de enriquecernos a nosotros, con cuánta diligencia anduvo haciendo el bien, con cuánta disposición predicaba el evangelio a los más humildes. Debemos contarles especialmente lo bueno que era con los niñitos y cómo mostró su desagrado a sus discípulos cuando trataban de impedir que se acercaran a él. La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios

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PRIMERAMENTE tengo que reconocer que no hay esfuerzo humano, ni de pastores ni de padres de familia, que pueda ser eficaz para llevar un alma al conocimiento salvador de Dios en Cristo sin la colaboración de las influencias transformadoras del Espíritu Santo. No obstante, usted sabe muy bien, y espero que seriamente considere, que esto no debilita su obligación de usar con mucha diligencia los medios correctos. El gran Dios ha declarado las reglas de operación en el mundo de la gracia al igual que en la naturaleza. Aunque no se limita a ellas, sería arrogante de nuestra parte y destructivo esperar que se desvíe de ellas a favor de nosotros o de los nuestros.

Vivimos no sólo de pan, “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Si el Señor ha determinado continuar la vida de usted o la vida de sus hijos, sin duda lo alimentará o sostendrá con sus milagros. No obstante, usted se cree obligado a cuidar con prudencia su pan cotidiano. Concluiría usted, y con razón, que si dejara de
alimentar a su infante, sería culpable de homicidio delante de Dios y del hombre; ni puede creer que puede dar la excusa que se lo encargó al cuidado divino milagroso mientras usted lo dejó desamparado sin suministrar nada de ayuda humana. Tal pretexto sólo agregaría impiedad1 a su crueldad y sólo serviría para empeorar el crimen que quiso excusar. Así de absurdo sería que nos engañáramos con la esperanza de que nuestros hijos fueran enseñados por Dios, y regenerados y santificados por las influencias de su gracia, si descuidamos el cuidado prudente y cristiano de su educación que quiero ahora describir y recomendar…

1. Los niños deben, sin lugar a dudas, ser criados en el camino de la piedad y devoción a Dios. Esto, como usted bien lo sabe, es la suma y el fundamento de todo lo que es realmente bueno. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Sal. 111:10). El salmista por lo tanto invita a los hijos a acercarse a él con la promesa de instruirlos en ella: “Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré” (Sal. 34:11). Y, algunas nociones correctas del Ser Supremo deben ser implantadas en la mente de los hijos antes de que pueda haber un fundamento razonable para enseñarles las doctrinas que se refieren particularmente a Cristo como el Mediador. “Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6).

La prueba de la existencia de Dios y algunos de los atributos de la naturaleza divina que más nos preocupan dependen de principios tan sencillos que aun las mentes más simples pueden comprenderlos. El niño aprenderá fácilmente que como cada casa es construida por algún hombre y que no puede haber una obra sin un autor, así también el
que construyó todas las cosas es Dios. Partiendo de la idea obvia de que Dios es el Hacedor de todo, podemos presentarlo con naturalidad como sumamente grande y sumamente bueno, a fin de que aprendan ya a reverenciarlo y amarlo.

Es de mucha importancia que los niños sean imbuidos de un  sentido de maravilla hacia Dios y una veneración humilde ante sus perfecciones y sus glorias. Por lo tanto, es necesario presentárselos como el gran Señor de todo. Y, cuando les mencionamos otros agentes invisibles, sean ángeles o demonios, debemos… siempre presentarlos como seres enteramente bajo el gobierno y control de Dios…

Tenemos que ser particularmente cautos cuando les enseñamos a estos infantes a pronunciar ese nombre grande y terrible: El Señor nuestro Dios; que no lo tomen en vano, sino que lo utilicen con la solemnidad que corresponde, recordando que nosotros y ellos no somos más que polvo y cenizas delante de él. Cuando oigo a los pequeños hablar del Dios grande, del Dios santo, del Dios glorioso, como sucede a veces, me causa placer. Lo considero como una prueba de la gran sabiduría y piedad de los que tienen a su cargo su educación.

Pero hemos de tener mucho cuidado de no limitar nuestras palabras a esos conceptos extraordinarios, no sea que el temor a Dios los domine tanto que sus excelencias los lleve a tener miedo de acercarse a él. Hemos de describirlo no sólo como el más grande, sino también el mejor de los seres. Debemos enseñarles a conocerlo por el nombre más
alentador de: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éxo. 34:6-7). Debemos presentarlo como el padre universal,  bondadoso, indulgente, que ama a sus criaturas y por medios correctos les provee lo necesario para su felicidad. Y debemos presentar particularmente su bondad hacia ellos: con qué más que su ternura paternal protegió sus cunas, con qué más que compasión escuchó sus débiles llantos antes de que sus pensamientos infantiles
pudieran dar forma a una oración. Tenemos que decirles que viven cada momento dependiendo de Dios y que todo nuestro cariño por  ellos no es más que el que él pone en nuestro corazón y que nuestro poder para ayudarles no es más que el que él coloca en nuestras manos. Hemos también de recordarles solemnemente que en poco tiempo sus espíritus regresarán a este Dios. Así como ahora el Señor está siempre con ellos y sabe todo lo que hacen, dicen o piensan, traerá toda obra a juicio y los hará felices o infelices para siempre, según son, en general, encontrados obedientes o rebeldes. Debemos presentarles también las descripciones más vívidas y emocionantes que las Escrituras nos dan del cielo y el infierno, animándolos a que reflexionen en ellos.

Cuando echa tal cimiento creyendo en la existencia y providencia de Dios y en un estado futuro de recompensas al igual que de castigos, debe enseñarles a los niños los deberes que tienen hacia Dios. Debe enseñarles particularmente a orar a él y a alabarle. Lo mejor de todo sería que, con un profundo sentido de las perfecciones de Dios y las necesidades de ellos, pudieran volcar sus almas delante de él usando sus propias palabras, aunque sean débiles y entrecortadas. Pero tiene que reconocer que hasta que pueda esperarse esto de ellos, es muy apropiado enseñarles algunas formas de oración y acción de gracias, que consistan de pasajes sencillos y claros o de otras expresiones que les son familiares y que se ajustan mejor a sus circunstancias y su comprensión…

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

La razón de Dios

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Desde Solo Sana Doctrina damos el testigo a José Moreno Berrocal, pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica de Alcázar de San Juan y Presidente del Consejo Evangélico de Castilla La Mancha (España) CECLAM, cuyo escrito sobre el presente libro, protagonista en nuestras reseñas, “La razón de Dios” de Tim Keller, representa una oportunidad de hacernos una clara y concisa visión de esta obra. 

A uno de mis más queridos profesores en el Seminario donde estudié en Inglaterra, Daniel Webber, le gustaba decir que, hoy, más que nunca, es necesario hacer apologética. Y esto es lo que justamente lleva a cabo Timothy Keller en La razón de Dios, defender la fe cristiana histórica. Vivimos, en pleno siglo XXI, en una época de creciente escepticismo. Pero, al mismo tiempo, se han levantado, ya en el siglo anterior, numerosos defensores de la fe cristiana histórica.

Nombres como C.S. Lewis, Francis  Schaeffer, R.C. Sproul, Ravi Zacharias, Alister MacGrath, Vishal Mangalwadi o José Grau entre otros, por mencionar algunos de mis favoritos. Yo colocaría a Tim Keller en esta lista también, como uno de los pensadores evangélicos más incisivos de nuestros días. Todavía recuerdo vívidamente el impacto que me causó leer este libro cuando apareció en inglés en 2008.Aquella primera lectura me proporcionó un fuerte estímulo para proseguir con denuedo en esta imprescindible labor apologética. Tuve la oportunidad de leerlo nada más salir de la imprenta. De hecho, tengo la primera edición en tapa dura que me regaló mi buen amigo Steve Phillips, pastor de una iglesia en Vilassar de Mar, en Barcelona. Creo, por tanto, que es un gran acierto que esta obra se haya traducido al español.

El libro comienza con una inteligente Introducción en la que Keller, de entrada, traza un breve bosquejo autobiográfico, acompañado por el testimonio de otros neoyorquinos y esto, para analizar la situación actual de la fe y el escepticismo “desde Manhattan”, pp 17. Desde esta plataforma, el pastor de Nueva York desafía a creyentes y escépticos por igual, a reconocer sus dudas y a examinar lo que hay debajo de las mismas. Keller nos dice que su libro puede ser de utilidad para creyentes y escépticos. Es más, Keller lanza un reto personal a cada uno. En sus propias palabras, que puedas “avanzar en tu compresión del origen y naturaleza de tus dudas”, pp 30.

El libro está dividido en dos partes, El Salto de la Duda y Las Razones de la Fe. Entre las mismas coloca Keller un Intermedio, que es, en un sentido, un resumen de la primera parte, concluyendo la obra con un fascinante Epílogo. En la primera parte, El Salto de la Duda, Timothy Keller contesta a siete objeciones a la fe cristiana que aparecen constantemente en nuestros días. Estas son: No puede haber una sola religión verdadera. ¿Cómo puede un Dios bueno permitir el sufrimiento? El Cristianismo es una camisa de fuerza. La iglesia es la responsable de tanta injusticia. ¿Cómo puede un Dios bueno condenar a tantas personas al infierno? La ciencia ha demostrado que el Cristianismo está en un error y, finalmente, la Biblia no puede tomarse al pie de la letra. La manera en la que Keller aborda estas serias objeciones es, en mi opinión, uno de los grandes aciertos de este libro. A Keller le gusta desentrañar las suposiciones que la gente tiene a la hora de opinar y, poniéndolas de manifiesto, contestar a las mismas.

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El pastor Keller es un maestro en desvelar nuestras premisas ocultas o, incluso, desconocidas por nosotros mismos, pero que están detrás de nuestra manera de pensar y actuar. Él pone de manifiesto las razones, o falta de ellas, por las que creemos o no creemos. Keller sigue un método de argumentación que va desde pensadores clásicos como Agustín de Hipona, pasando por su querido C.S. Lewis, hasta llegar a la apologética de Alvin Plantinga. Por otro lado, me gusta mucho la manera en la que Keller trata a sus oponentes. Bien se le puede aplicar el conocido adagio latino suaviter in modo fortiter in re, es decir, amable en las formas, pero formidable en la argumentación. Creo que esta actitud es la que nos inculca el Apóstol Pedro a la hora de dar testimonio: “… santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 P. 3.15). Keller es siempre respetuoso, ¿se puede acaso dar testimonio sin serlo, me pregunto?

Al mismo tiempo, Keller siempre toma el punto de vista más fuerte de su oponente para refutar. No hace, como se suele decir, un hombre de paja de aquellos que disienten de su pensamiento. Esto, en sí mismo, le da una gran robustez a sus argumentos, pues enfrenta las objeciones en su punto más fuerte. Así, por ejemplo, en cuanto a la afirmación de que no puede haber una sola religión verdadera, Keller contesta, básicamente, que aquel que hace una afirmación tan categórica como esa, asume que su premisa ¡sí es absoluta y no puede cuestionarse! Sin darse cuenta se está colocando a sí mismo en una posición superior y que considera que es inabordable. Pero, ¿por qué su afirmación acerca de las religiones debería ser considerada infalible? De hecho, Keller deja entrever que esa misma afirmación ¡tiene también naturaleza religiosa!

En la segunda parte, bajo el título de Las Razones de Dios, el pastor de Nueva York detalla una serie de evidencias positivas a favor de depositar nuestra confianza en el Dios que nos presenta la Biblia, el Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Son otros siete capítulos: Los indicios de Dios. El conocimiento de Dios. El problema del pecado. La religión y el Evangelio. La (verdadera) historia de la cruz. La realidad de la resurrección y finalmente, La danza de Dios. Las razones para creer, admite el mismo Keller, puede que no sean más que indicios de la divinidad. Ahora bien, todas ellas juntas tienen un formidable efecto apologético. Me gustan los sistemas apologéticos que favorecen esta idea del testimonio acumulativo acerca de la fe. En este sentido es aquí donde podemos apreciar también su confesada deuda con la apologética integral de C.S. Lewis.

En esta segunda parte se exponen más detalladamente las doctrinas cristianas más, aparentemente, conocidas, centrándose en los aspectos esenciales de las mismas, lo que llamamos el evangelio. Keller nos ayuda a distinguir nítidamente entre el mensaje de las religiones y el de la cruz. De hecho, Keller es muy cuidadoso aquí. Le preocupa, no solo el escepticismo sino también la religiosidad que, aunque se disfrace incluso con un ropaje cristiano, no hace sino oscurecer, cuando no negar, el mensaje del Evangelio de una salvación por gracia y solo por la cruz de Cristo. Este acento de Keller es extraordinariamente relevante, pues, como enseña repetidamente el Nuevo Testamento, el gran peligro de la iglesia es siempre el de sustituir el evangelio por la religión. Particularmente notable es la reflexión sobre la necesidad de la cruz del capítulo titulado La (verdadera) historia de la cruz.

El libro concluye con un excelente Epílogo. Este es una invitación a considerar seriamente a Cristo y su Evangelio, resumiendo admirablemente los temas centrales de su exposición con vistas a que los lectores puedan alcanzar una conclusión. Un compromiso que requiere arrepentimiento y fe, y una comunidad o iglesia donde vivirla. Solo Dios puede salvarnos es la nota distintiva de esta parte final del libro.

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Finalmente, en los Agradecimientos, Timothy Keller reconoce, con gratitud, su dependencia de C.S. Lewis y de Jonathan Edwards. ¡Creo que hay pocos autores tan lúcidos como estos dos, algunos no nos cansamos de releerlos constantemente! La influencia de Edwards reside en el hecho de que su impronta, en palabras del mismo Keller, conforma el fondo “de lo que podría considerarse mi teología”, pp 358. Es decir, no lo cita directamente, como si hace frecuentemente con los escritos de C.S. Lewis, pero el pensamiento del pastor de Northampton está presente en toda su obra. Donde sí aparece explícitamente es en el capítulo titulado La Danza de Dios. Unos de los capítulos más originales, pues basa su apologética en la doctrina de la Trinidad. Creo que el pensamiento de Richard F. Lovelace por medio de su extraordinario volumen Dynamics of Spiritual Life ha dejado también su huella en Keller.

Además de estos pensadores, Keller se hace eco de otros muchos más, como reflejan sus copiosas Notas. Maneja una gran cantidad de pensadores y de fuentes que informan, enriquecen y fortalecen su argumentación. En este sentido, me recuerda a algunos de los libros de John R.W. Stott, que también refuerza sus posiciones con múltiples referencias.

Considero que La razón de Dios es el buque insignia de la flota de obras de Tim Keller. El pastor de Nueva York posee una gran capacidad para hablar con amenidad e interés al público de nuestra creciente aldea global. Estamos ante uno de esos libros que ¡uno no puede dejar sin leer y sin recomendar o regalar a otros!

 

Antídoto contra el papado [6]

Aquí se empleó a fondo el ingenio de los hombres para hallar una imagen de esta comunión espiritual que no podían experimentar en sus mentes. A pesar de todo fueron haciendo una por etapas, y engrandecieron el misterio con palabras y expresiones (aunque no sabían nada de su poder) que respondieran a aquello que iban a levantar en su lugar; acabaron engendrando el horrendo monstruo de la transubstanciación y el sacrificio de la misa. Con esto estipularon que todas aquellas cosas que son espirituales en esta comunión, debían convertirse y actuar como cosas carnales: el pan será el cuerpo físico de Cristo, la boca será la fe, los dientes serán el ejercicio, el vientre será el corazón, y el sacerdote entregará a Cristo en ofrenda a Dios. Jamás se inventó una imagen más vil. En esto no se requiere nada de fe, porque no es más que reforzar la imaginación contra todo sentido y razón. Por este misterio singular de la unión sacramental entre los signos externos y las cosas que señalan —donde los unos se llaman por el nombre de las otras, así como el pan se define como cuerpo de Cristo—, y que la fe discierne en su manifestación y recepción, ellos han inventado para su representación, con una prodigiosa imaginación, la conversión real, o transubstanciación, de la sustancia del pan y del vino en la del cuerpo y la sangre de Cristo, de tal manera que se destruye toda fe, razón y también sentido. En el lugar de aquella reverencia santa de Cristo mismo cuando instituyó esta ordenanza; en la mística manifestación de sí mismo a las almas de los creyentes; en la demostración de su amor, gracia y sufrimientos por ellos, han levantado la espantosa imagen de una adoración y un culto idolatras a la “Hostia” —como la llaman—, para ruina de las almas de los hombres. El Señor Jesucristo, “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”, y designó esta ordenanza en memoria de ello. Pero ellos habían perdido”la luz espiritual por la cual podían discernir la eficacia de aquella ofrenda única que se realizó mucho tiempo atrás. Por tanto, al aplicarla por medio de esta ordenanza para el verdadero perfeccionamiento de la iglesia, han erigido una nueva imagen de ella, en una pretendida repetición diaria del mismo sacrificio, en el cual profesan ofrecer a Cristo otra vez por los pecados de vivos y muertos, para destrucción del fundamento principal de la fe y de la religión. Todas estas abominaciones surgieron tras haber perdido la experiencia de aquella comunión espiritual con Cristo, y la participación de él por la fe, que hay en esta ordenanza de institución divina. Esto arrastró los pensamientos de los hombres a la invención de estas imágenes, para adecuar la noción de verdad a la superstición de sus mentes carnales. Tampoco resulta posible, por lo general, liberarlos de estos encaprichamientos, a menos que le plazca a Dios transmitirles la luz espiritual que les haga discernir la gloria de este misterio celestial, y experimentar la manifestación de Cristo a las almas de los creyentes en él, sin necesidad de aquellos. Con sus innumerables prejuicios y sus inflamados afectos por sus ídolos no solo morarán en su oscuridad contra todo medio de convicción, sino que se esforzarán en la destrucción temporal y eterna de todos los que piensen de otro modo.

Levantaron una vez esta imagen, como la de Nabucodonosor, en esta nación con una ley: que todo aquel que no se inclinare ante ella y la adorare, fuese arrojado en el homo de fuego. ¡Dios no lo permita nunca más! Pero, si así fuere, contra la influencia de la fuerza y el fuego no hay más que una cosa que nos pueda proteger: la verdadera experiencia de una comunicación eficaz de Cristo a nuestras almas en esta santa ordenanza, administrada segun el dispuso. Por tanto, en esto deberíamos esforzarnos con toda diligencia, y no solo como único medio y forma de edificación en esta ordenanza, por medio del ejercicio de la gracia, el fortalecimiento de nuestra fe y la consolación presente, sino como el medio efectivo de nuestra preservación en la profesión de la verdad, y nuestra liberación de los lazos de nuestros adversarios. Aún siendo innegable que esta singular institución, distinta de todas las demás, pretende ser y se ofrece como comunicación y manifestación distintas de Cristo, al insistir en que se deben hacer por la transubstanciación y masticación oral de él, y de ningún otro modo, lo único que podrá protegemos contra sus pretensiones es haber experimentado el poder y la eficacia de la comunión mística con Cristo en esta ordenanza, antes descrita. Por consiguiente, en todo lo que sabemos de la gracia y la verdad no hay nada que deba preocupar más a los creyentes que el debido ejercicio de la luz espiritual y de la fe que nos lleva a experimentar satisfactoriamente la participación singular de Cristo en esta institución santa.

Con la iglesia y todos sus asuntos principales ha ocurrido lo mismo entre ellos, por haber perdido lo que pertenecía a su constitución primitiva, o por haber renunciado a ello. En su lugar han erigido una imagen deformada, como mostrare en algunos ejemplos.

Es un principio de verdad incuestionable que la Iglesia de Cristo es, en sí misma, un cuerpo, que tiene una cabeza de la que depende, y sin la que se vería inmediatamente disuelto.

Un cuerpo sin cabeza no es sino un cadáver o parte de él. Esta cabeza debe estar siempre presente con él. Una cabeza distante del cuerpo —separada de él, que no este unida a él por los medios y maneras propias de su naturaleza— no tiene utilidad alguna. Véase Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:19.

Pero existe una doble noción de cabeza, como también la hay de cuerpo, porque ambos son naturales o políticos. Hay un cuerpo natural y uno político. Y, en cada uno de estos sentidos, debe tener una cabeza del mismo tipo. Un cuerpo natural debe tener una cabeza de influencia vital, y un cuerpo político debe tener una cabeza de dominio y gobiemo. A la iglesia se le llama cuerpo y —comparándola con lo anterior— es un cuerpo en ambos sentidos, o en ambas partes de la comparación, y en ambas debe tener una cabeza. Puesto que es un cuerpo espiritualmente vivo, si lo comparamos con el natural, debe tener una cabeza de influencia vital, sin la cual no puede subsistir. Y, puesto que es una sociedad ordenada para los fines comunes de su institución, comparándola con el político, debe tener una cabeza de dominio y gobiemo, sin la cual no se pueden conservar ni su ser ni su uso. Pero estas no son sino distintas consideraciones de la iglesia, que, en cada sentido es una sola. No son dos cuerpos, por qué entonces debería tener dos cabezas. Es un cuerpo bajo dos perspectives distintas que no dividen su esencia, sino que declaran la relación distinta de cada una con su cabeza.

Hasta este punto, y de forma general, todos los que se llaman cristianos están de acuerdo: nada es de la iglesia, nada le pertenece que no dependa, o este unido a la cabeza. Lo que sostiene a la cabeza es la verdadera iglesia; aquella que no lo hace, no es una iglesia en absoluto. En esto estamos de acuerdo con nuestros adversarios, es decir, en que todos los privilegios de la iglesia, todo derecho y título de los hombres en ella dependen, totalmente, de la debida relación con su cabeza, según sus distintas consideraciones. Sea esa cabeza quien o lo que sea, lo que no este unido a la cabeza, no dependa de ella o este separado de ella, no pertenece a la iglesia. Solo Cristo Jesús es la cabeza de la iglesia. Porque la iglesia no es sino una aunque, en diversas consideraciones, se compare con dos tipos de cuerpo. La iglesia católica se considera como creyente, o como profesante. Pero la iglesia creyente no es una y la profesante otra. Si imagináis otra iglesia católica aparte de esta, quienquiera que fuere su cabeza, no nos interesa. Pero, de esta iglesia, la única cabeza es Cristo. Solo él responde a todas las propiedades y propósitos de una cabeza adecuada para la iglesia. La Escritura lo afirma de una forma tan positiva y frecuente, y sin la menor insinuación, directa o indirecta a otra cabeza, que es formidable ver que alguien lo pueda imaginar en su mente y desecharlo en la Biblia.

Pero, así como la cabeza debe estar presente con el cuerpo, o este no puede subsistir, la pregunta es: ¿En qué forma está presente el Señor Jesucristo con su iglesia? Y la Escritura no ha dejado posibilidad de duda en cuanto a esto. Lo está por su Espíritu y por su palabra, mediante los cuales comunica continuamente todos los poderes y las virtudes de una cabeza. Por este medio y de esta manera, multiplica las promesas de su presencia a la iglesia. De esto dependen su ser, su vida, su uso y su continuidad. Donde Cristo no está presente por su Espíritu y su palabra, no hay iglesia. Y aquellas que pretenden que sea así, son sinagogas de Satanás. Ellos son inseparables y forman un conjunto en su operación, puesto que él es la cabeza de influencia para la iglesia, así como también es cabeza de gobiemo. En el primer sentido, el Espíritu opera por la palabra y, en este último, la palabra se hace efectiva por el Espíritu. Pero, durante mucho tiempo, el sentido y la comprensión de esto se perdieron en el mundo, entre los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”. La iglesia —reconocían— debe tener una cabeza, sin la cual no puede subsistir. Y confesaron que, en algún sentido, él era cabeza de influencia para esta. No sabían cómo tener una imagen suya, aunque con muchas otras perniciosas doctrinas destruyeron su eficacia y beneficio. Pero no podían entender de qué manera debía él ser la única cabeza de gobierno para la iglesia. No veían como podría ejercer la sabiduría y la autoridad de una cabeza semejante y, por otra parte, sin ella, la iglesia debía quedarse sin cabeza. Decían: “El está ausente y es invisible”. Debían tener a uno al que pudieran ver y al que poder acceder. El está en el Cielo y no saben como dirigirse a él cuando la ocasión lo requiere. Todas las cosas se desordenarían a pesar de tenerle por cabeza. Pensaban: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible. Asimismo, lo adecuado era que esa cabeza tuviera toda la grandeza y la pompa en el mundo que correspondía a la cabeza de una sociedad tan grande y tan gloriosa como la iglesia. No sabían como aplicar estas cosas a Cristo y a su presencia en la iglesia, por su palabra y por su Espíritu. ¿Renunciarán, entonces, al principio de que la iglesia ha de tener una cabeza y un gobernador supremo como el que ellos imaginaban? Esto es algo que no se debe hacer, sino que hay que retenerlo de una forma sagrada. Y no es solamente porque…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

 

Obligaciones principales de los padres 4

Padres, si aman a sus hijos, hagan todo lo que está en su poder para instruirlos de modo que hagan un hábito de la oración. Muéstreles cómo comenzar. Indíqueles qué decir. Anímelos a perseverar. Recuérdeles que lo hagan si la descuidan. Al menos, que no sea culpa suya el que nunca oren al Señor.

Éste, recuerde, es el primer paso espiritual que puede tomar el niño. Mucho antes de que pueda leer, puede enseñarle a arrodillarse junto a su madre y decir las palabras sencillas de oración y alabanza que ella le sugiere. Y como, en cualquier empresa, los primeros pasos son siempre los más importantes, también lo son en el modo como sus hijos oran sus oraciones—un punto que merece su máxima atención. Pocos son los que parecen saber cuánto depende de esto. Necesita usted que tener cuidado: no sea que se acostumbren a decirlas de un modo apurado, descuidado e irreverente. Tenga cuidado… de confiar demasiado en que sus hijos lo harán cuando les deja que lo hagan por sí mismos. No puedo elogiar a aquella madre que nunca cuida ella misma la parte más importante de la vida diaria de su hijo. Sin duda alguna, si existe un hábito que su propia mano y sus ojos deben ayudar a formar, es el hábito de la oración. Créame, si nunca escucha orar a sus hijos, usted es quien tiene la culpa.

La oración es, entre todos los hábitos, el que recordamos por más tiempo. Muchos que ya peinan canas podrían contarle cómo su mamá los hacía orar cuando eran niños. Quizá han olvidado otras cosas. La iglesia donde eran llevados al culto, el pastor que oían predicar, los compañeros que jugaban con ellos—todo esto probablemente se ha borrado de su memoria sin dejar una marca. Pero encontrará con frecuencia que es muy diferente cuando de sus primeras oraciones se trata. Con frecuencia le podrá decir dónde se arrodillaban, qué les enseñaba a decir, y aun describir el aspecto de su madre en esas ocasiones. Lo recordarán como si hubiera sido ayer. Lector, si usted ama a sus hijos, le insto a que no deje pasar el tiempo de siembra sin mejorar el hábito de orar, instrúyalos en el hábito de orar.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [5]

Todos los cristianos tienen la convicción universal e incuestionable de la existencia de una comunión estrecha e íntima con Cristo, y participacion de él, en la cena del Señor.

No es cristiano quien piense de otro modo. Por consiguiente, desde el principio se consideró, merecidamente, que este era el misterio principal en el programa de la iglesia, porque esta convicción se afirma sobre testimonios divinos infalibles. La comunicación de Cristo en ella y nuestra participación de él, se expresan de tal modo que resultan exclusivas hasta tal punto que no se pueden conseguir de ninguna otra manera ni ordenanza divina; ni en la oración, ni en la predicación, ni en ningún otro ejercicio de fe en la palabra o las promesas. En ella se come el cuerpo y se bebe la sangre de Cristo y esto entraña una incorporación espiritual que solo existe en esta ordenanza. Sin embargo, esta comunión especial y particular con Cristo, y la participación de él, son algo espiritual y místico, por fe; no es carnal ni corporal. Imaginar una participación de Cristo en esta vida, que no sea por fe, es echar por tierra el evangelio. Expresar la verdadera comunicación de sí mismo y los beneficios de su mediación a los que creen, y que esto llegue a ser la comida de sus almas que los nutra para vida eterna, es lo que el mismo define al principio de su ministerio como “comer su came” y “beber su sangre”. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn. 6:53). Sin embargo, muchos se ofendieron al suponer que se refería a comer su carne y beber su sangre de un modo literal, y que les estaba enseñando a ser caníbales. Por tanto, con el fin de instruir a sus discípulos de un modo correcto en cuanto a este misterio, da una regla eterna de la interpretación de dichas expresiones, v. 63: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espiritu y son vida”. Buscar cualquier otro tipo de comunicación con Cristo, o de su carne y sangre, que no sea espiritual es contradecirle en la interpretación que él da de sus propias palabras.

Por consiguiente, esta comunión especial con Cristo y la participación de él son por fe. Si no fuese así, todos los incrédulos deberían participar de Cristo del mismo modo que los creyentes. Esto sería una contradicción, porque creer en Cristo y ser hechos partícipes de él son una misma cosa. Debemos, por tanto, encontrar esta singular participación de Cristo en los actos especiales de la fe, en lo que se refiere a la manifestación especial y particular de Cristo a nosotros en esta ordenanza.

Y estos actos de la fe son muchos y diversos, pero se pueden presentar en cuatro apartados:

1.Actúa en sí misma en obediencia a la autoridad de Cristo en esta institución. Este es el fundamento de toda comunión con Cristo, o participación de él, en todas y cada una de las ordenanzas de adoración divina y, en particular, la de su propia designación soberana. Se debe hacer en aquellas circunstancias (en cuanto a tiempo, ocasión y manera) que requieren actos especiales de fe. La institución de esta ordenanza se produjo en el desenlace de su ministerio u oficio profético en la tierra, y cuando empezó a ejercer su oficio sacerdotal ofreciéndose a si mismo en sacrificio a Dios por los pecados de la iglesia. En ese intervalo y con el fin de que ambos fueran eficaces para nosotros, interpuso un decreto de su oficio real al instituir esta ordenanza. Y esto fue “la misma noche en que fue entregado”, cuando su corazón santo estaba en el más elevado ejercicio de celo por la gloria de Dios y compasión por las almas de los pecadores. La fe tiene, en esto, un respeto especial hacia todas estas cosas. No actua solamente por sujeción del alma y la conciencia a la autoridad de Cristo en la institución, sino que también respeta el ejercicio de su autoridad en el desenlace de su oficio profético y el inicio del ejercicio de su oficio sacerdotal en la tierra, con todas las demás circunstancias que la recomiendan a las almas y conciencias de los creyentes. Esto es característico de esta ordenanza y, por tanto, de la participación de Cristo. En ella la fe, ejercida como es debido, proporciona al alma una conversación intima con Cristo.

2.En esta ordenanza divina existe una representación particular del amor y la gracia de Cristo en su muerte y sufrimientos, en cuanto al medio y a la forma de nuestra reconciliación con Dios por su sangre. Sin embargo, la representación de ambos es tan eminente que no se puede hacer solo de palabra. Es una imagen espiritual de Cristo que se nos propone y que afecta, íntimamente, a toda nuestra alma. Estas cosas —es decir, el inefable amor y la gracia de Cristo; la amargura de sus sufrimientos y muerte en nuestro lugar; el sacrificio que ofreció a Dios por su sangre, con su efecto de expiación y reconciliación—, reunidas aquí en una propuesta completa para nuestras almas, hacen que la fe se ejercite de una manera especial como en ninguna [otra] ordenanza divina, o manera de proponérnoslas. En realidad, las Escrituras nos presentan todas estas cosas de forma distinta y por partes para nuestra instrucción y edificación. La luz se creó primero y se difundió por toda la creación, y bastó para iluminarla toda ella de forma general. Sin embargo, fue mucho mas útil, gloriosa y llamativa al ser reducida y contraída en el cuerpo del sol. Lo mismo ocurre con las verdades con respecto a Cristo: cuando se difunden a lo largo de la Escritura son suficientes para iluminar e instruir a la iglesia; pero cuando, por sabiduría e instrucción divina, son contraídas en esta ordenanza, su gustación y eficacia son más eminentes y comunicativas a los ojos de nuestro entendimiento —es decir, nuestra fe— que meras propuestas parciales en la Palabra. De este modo, la fe conduce al alma a una comunión particular con Cristo y, en ella, participa de él de una manera especial.

3.Aquí, la fe respeta la manera particular de la comunicación y de manifestarse Cristo a nosotros por símbolos o signos externos perceptibles que son el pan y el vino. En su elección encuentra la sabiduría divina y soberanía de Cristo, no teniendo otro fundamento en la razón o la luz de la naturaleza. Y la representación que aquí se hace de él junto con los beneficios de su muerte y oblación solo es adecuada para la fe, sin ayuda de los sentidos o la imaginación. Aunque los símbolos sean visibles, los sentidos y la razón no pueden discernir su relación con aquellas cosas que dan a entender. Si él hubiese escogido para este fin una imagen, un crucifijo, o acciones que, por un tipo de semejanza natural y significativa, manifestasen su pasión, lo que el hizo y sufrió, la fe no habría sido necesaria en este asunto. Por tanto, como veremos, son aquellos que, habiendo perdido el uso y el ejercicio de la fe en este menester, han descubierto estas cosas. Además, la fe es la única que abarca la unión sacramental existente entre los signos externos y las cosas que representan, en virtud de la institución divina. De este modo, lo uno [estas últimas] (es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo) se manifiesta realmente y se comunica a las almas de los creyentes del mismo modo que los signos externos lo hacen con sus sentidos corporales. De este modo, por medio del sacramento, los signos llegan a ser para nosotros aquello que las cosas señaladas son en sí mismas, y, por tanto, se las llama por sus nombres. Esto conlleva un ejercicio exclusivo de fe y una participación propia de Cristo, que no se haya en ninguna otra ordenanza. En efecto; los actos de la fe con respecto a la unión y la relación sacramental entre los signos y las cosas que señalan, en virtud de la institución y la promesa divina, son aqui su uso y su ejercicio principal.

4.Existe un ejercicio de fe singular en la recepción de Cristo, puesto que su cuerpo y sangre se nos ofrecen y presentan en sus signos externos. Aunque no contienen fisicamente la carne y sangre de Cristo en ellos ni se transforman en ellas, al participar de ellos Cristo se está manifestando verdaderamente a los que creen. La fe es la gracia que hace que el alma reciba a Cristo y, el medio por el cual lo recibe realmente. “A todos los que le reciben, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Y lo recibe según nos lo propone y manifiesta la declaración y la promesa del evangelio, que es donde se presenta. Lo recibe por el asentimiento de la mente a esta verdad, por medio de la gracia, eligiéndole a él, aferrándose y confiando en él con la voluntad, el corazón y el afecto, en todos los fines de su persona y sus decisiones como mediador entre Dios y el hombre. En su misterioso ofrecimiento sacramental, su cuerpo y su sangre —es decir, en la eficacia de su muerte y sacrificio— en esta ordenanza de adoración, al recibirlo la fe actúa en toda el alma, en todos los propósitos especiales para los cuales se manifiesta a nosotros por este medio y de esta forma. Este no es el lugar adecuado para declarar cuales son estos fines que dan fuerza y eficacia a los actos de la fe en este menester.

He mencionado estas cosas por ser la gran alegación de los papistas de hoy, en nombre de su transubstanciación: si rechazamos la masticación oral o material de la carne de Cristo y beber de su sangre, no existirá ninguna otra manera de participar de Cristo al recibirlo en este sacramento, aparte de la que se hace en la predicación de la palabra. Sin embargo, como veremos, con esto no hacen más que declarar que ignoran este misterio celestial. En la institución divina del culto, los creyentes experimentan esta bendita e íntima comunión con Cristo con gozo inefable y para su satisfacción. Descubren que es la comida espiritual de sus almas que los nutre para vida eterna, mediante la incorporación espiritual con él. Disciernen la verdad de este misterio y experimentan su poder. Aunque al ser cada vez más carnales y destituidos de la luz espiritual junto con la sabiduría de la fe, los hombres perdieron toda experiencia de comunión con Cristo y participación de él en este sacramento. Basándose en los principios de la verdad del evangelio no podían encontrar nada en esto: ningún poder, ninguna eficacia —nada que respondiese a las grandes y gloriosas cosas que se decían sobre ello—, y tampoco era posible que lo hicieran. Y es que ciertamente esto no contiene nada en sí mismo excepto para la fe, así como la luz del sol no significa nada para los que no tienen ojos. Un perro y un bastón son de más utilidad para un ciego que el sol. Tampoco la música más melodiosa representa nada para los sordos. Pero, a pesar de haber perdido esta experiencia espiritual, retuvieron la noción de la verdad: en este sacramento debe haber una participación particular de Cristo distinta de todos los demás medios y formas de la misma gracia.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [4]

pero que el evangelio trajo a la luz y la reveló. Así habla nuestro bendito Salvador mismo a sus discípulos: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habeis pedido en mi nombre; pedid, y recibireis…” (Jn. 16:23-24). Pedir a Dios expresamente en el nombre del Hijo, como mediador, forma parte de la gloria de la adoración del evangelio.

Los ejemplos especiales de esta gloria son mas de los que se pueden enumerar. Podemos
reducirlos principales a estos tres apartados:

1. El hace que la persona de los adoradores y sus deberes, sean aceptos a Dios. Véase Hebreos 2:17-18; 4:16; 10:19.

2. El es el administrador de toda la adoración de la iglesia en el lugar santo en las
alturas, como su gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios. Hebreos 8:2; Apocalipsis 8:3.

3. Su presencia, con y entre los adoradores del evangelio en la adoración, le da gloria. Esto es algo que el declara y promete:

“Si dos de vosotros se pusieran de acuerdo en la tierra de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:19-20). El éxito de las oraciones de la iglesia depende, y surge, de la presencia de Cristo en medio de ellos; el está presente para ayudarlos y consolarlos. Esta presencia de un Cristo vivo, y no la de un crucifijo muerto, da gloria a la adoración divina. Quien no vea la gloria de esta adoración, desde la relación con Cristo, no esta familiarizado con el evangelio ni con toda la luz, las gracias y privilegios que conlleva.

c) Cuando adoramos tenemos acceso a Dios en un solo Espíritu en cuya administración sitúa el apóstol la gloria de esta, en oposición a toda la gloria del Antiguo Testamento. Así es también como lo hace nuestro Señor Jesucristo en el lugar antes referido. Porque:

1. Según la mente de Dios, solo el tiene la capacidad de observarla y cumplirla. La iglesia da gloria a Dios en su servicio divino únicamente porque él le ha comunicado la gracia y los dones para ello. Si dejara de hacerlo, toda adoración aceptable cesaría en el mundo. Pensar en observar la adoración del evangelio sin la ayuda y la asistencia del Espíritu del evangelio es una imaginación lasciva. Pero donde él está, allí hay libertad y gloria (cf. 2 Co. 3; 17:18).

2. Por él, las mentes santificadas de los creyentes se convierten en templos de Dios y,
por tanto, en el sello principal de la adoración evangélica (cf. 1 Co. 3:16; 6:19). Al haber
sido constituido por Dios y, adomado por medio de su Espíritu, este templo esta hecho de
un material mucho mas glorioso que el que cualquier mano de hombre pudiera erigir.

3. Él es quien dirige a la iglesia en la comunión y la conversación interna con Dios en
Cristo, en luz, amor y deleite, con santo valor. El apóstol expresa esta gloria en Hebreos
10:19,21,22.

En estas cosas, pues, consiste la verdadera gloria de la adoración evangélica. De no ser así, carece de toda gloria en comparación con aquella que destacó en la antigua adoración legal.

Y es que el ingenio del hombre jamás fue capaz de realzarla con la mitad de la belleza y gloria externa de la adoración del templo. No obstante, no se trata solamente de que no permita gloria alguna que pueda compararse a la suya, sino que supera de forma indescriptible cualquier cosa que el ingenio y la riqueza de los hombres puedan lograr.

Sin embargo, se requiere una luz espiritual, para poder discemir la gloria de esta adoración y, por medio de ella, experimentar su poder y su eficacia con respecto a los fines de su designación. Esto es algo que tiene la iglesia de los creyentes. Ellos lo ven como un bendito medio de dar gloria a Dios, y de recibir comunicaciones de gracia de parte de él, que son los fines de todas las instituciones divinas de adoración. Y en ello han experimentado su eficacia hasta tal punto, que sus almas disfrutan del descanso, la paz, y la satisfacción. Sienten que, así como su adoración les dirige a una bendita visión, por fe, de Dios en su existencia inefable, con las gloriosas actuaciones de cada una de lastres personas en la dispensación de gracia que llenan sus corazones de una alegría indecible, también se van ejercitando, incrementando y fortaleciendo todas las gracias a medida que las observan con amor y deleite.

Pero toda luz, toda percepción de esta gloria, toda experiencia de su poder se perdieron en su mayoría en el mundo. En todos estos casos tengo en mente la apostasía papal. Los responsables de dirigir la religión, no podían discernir gloria alguna en estas cosas ni experimentar su poder.
Cualquiera que fuere la adoración, no podían ver gloria en ella, ni sus mentes quedaban satisfechas, porque, no teniendo luz para discenir su gloria, tampoco podían experimentar su poder ni su eficacia.

¿Qué hacer, entonces? Se debía retener la noción de que la adoración divina ha de ser bella y gloriosa, debe ser retenida, pero no conseguian ver nada de esto en la adoración espiritual del evangelio. Por tanto, creyeron necesario fabricar una gloria para ella, o eliminarla del mundo y erigir una imagen de ella que sus mentes carnales consideraran bella y les produjera satisfacción. Con este fin, pusieron en marcha su imaginación para inventar ceremonias, vestiduras, gestos, ornamentos, música, altares, imágenes, pinturas, con prescripciones de gran veneración corporal. A esta pompa la definen como la belleza, el orden y la gloria de la adoración divina. Esto es lo que ven y sienten y, en su opinión, dispone sus mentes a la devoción. Sin esto no saben como mostrar reverencia al propio Dios. Y, cuando esto falta, toda vida, poder, espiritualidad de la adoración en los adoradores —cualquiera que sea su eficacia con respecto a todos susfines propios—, independientemente del orden que sigan según la prescripción de la palabra, ellos la consideran vacía e indecente. No hallan belleza ni gloria en ella. Una vez perdidas esta luz y esta experiencia,se introdujeron elemenfos miserables y ceremonias carnales en la adoración de la iglesia con la intención de hacerla decorosa y bella, mediante ritos y observancias supersticiosas que la han contaminado y corrompido como ocurrió, y sigue sucediendo, en la Iglesia de Roma. Con esto no hicieron mas que sustituirla por una imagen deformada, pero esto les agrada. Pueden ver y sentir la belleza y la gloria que aportan al servicio divino tallas, pinturas, vestiduras bordadas, en salmos musicales, y posturas de veneración.

En su propia imaginación, todo esto incita sus sentidos a la devoción. Sin embargo, en vez de representar la verdadera gloria de la adoración del evangelio, que supera aun a la del Antiguo Testamento, lo único que han conseguido es que no tenga gloria alguna al compararse con ella. Todas las ceremonias y ornamentos inventados con este propósito se quedan indescriptiblemente cortos frente a la belleza, el orden y la gloria de lo que Dios mismo designó para el templo, y ni los paganos jamás consiguieron igualar.

Algunos dirán que las cosas a las que atribuimos la gloria de esta adoración son espirituales e invisibles. Pero esto no es lo que estamos buscando, sino aquello cuya belleza podemos contemplar, y sentirnos conmovidos. Y puede ser que se trate de aquello que estamos condenando abiertamente, al menos algunas de ellas —aunque debo decir que si hay gloria en alguna de ellas, cuanto mas se multipliquen mejor, si es necesario. Lo que nosotros alegamos es lo siguiente: que al no ser capaces los hombres, de discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles por la luz de la fe,se hacen imágenes de ellas, dioses que van delante de ellos. Y se motivan con ellas.
Pero la adoración de la iglesia es espiritual, y su gloria es invisible a los ojos de la came. Tanto nuestro Salvador como los apóstoles testifican así de su celebración: “Os habeis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, a la companía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espiritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:22-24). La gloria de esta congregación, aunque ciertamente superior a la de órganos,
flautas, crucifijos, y vestiduras, no se manifiesta a los sentidos ni a la imaginación de los hombres.

Mi propósito es obviar los rimbombantes atractivos de la adoración de Roma, y las pretensiones de su eficacia para suscitar devoción y veneración por su belleza y decoro. Todo esto no es sino una imagen deformada de aquella gloria que no pueden contemplar. Experimentar y conservar en nuestros corazones el poder y la eficacia de esa adoración de Dios que es en espíritu y en verdad, así como los verdaderos fines de la adoración divina, es lo único que nos protegerá.

Mientras retengamos las nociones correctas en cuanto al objeto adecuado de la adoración del evangelio, y de nuestro acercamiento inmediato a él; del medio y de la forma en que nos aproximemos, a través de la mediación de Cristo y la asistencia del Espíritu; mientras conservemos la fe y el amor, y los ejercitemos como es debido (en la parte que nos corresponde), preservando la experiencia del beneficio y provecho espiritual que nos proporcionan, no resultara fácil persuadirnos a renunciar a todo ello para entregarnos a los brazos de esta imagen sin vida…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Hablemos de “El papado”

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Este libro es el segundo de la serie “Hablemos de …”, que juntamente al primero “Hablemos de … El Espíritu Santo”, proponen responder de una forma coloquial y cercana diferentes temas sobre nuestra fe en un formato condensado, pero sin prescindir por ello de toda su rigurosidad y contundencia.

La revista Time nombró «persona del año» al papa Francisco en el año 2013. La razón principal de su nominación fue su «rechazo de los lujos». La personalidad modesta del papa y su estilo le hacen una de las figuras más populares en la cultura de celebridades contemporánea. Francisco se ve como un papa que considera que el dogma es menos importante que la actitud personal, la misericordia más relevante que la verdad y la generosidad de espíritu más adecuada que la afirmación de creencias tradicionales. A pesar de todo esto, su figura descansa sobre la tradición de una de las instituciones más antiguas del mundo, que ha generado «dogmas» vinculantes y un código moral muy tradicional, moldeando así la civilización occidental, y liderando el grupo religioso más numeroso del mundo: la Iglesia católica romana.

Existen diferentes maneras de ver el papado, más allá de los lugares comunes y las caricaturas que presentan los medios de comunicación. Este libro intentará responder las siguientes preguntas introductorias: ¿Quienes son los papas y como define la Iglesia católica romana su papel? ¿Cómo una posición de liderazgo en la iglesia cristiana pudo llegar a tener una expresión tan «imperial»? ¿Por qué fue Roma tan importante en ese proceso? ¿Qué papel jugó la historia en el desarrollo del papado? ¿Cómo vieron ese papel los reformadores protestantes del siglo XVI y de épocas posteriores? ¿Qué sabemos sobre los papas de hoy en día? ¿Cuál es el significado ecuménico del papado y cuáles son sus perspectivas en cuanto al mundo global? Estas y otras preguntas formarán el trasfondo de nuestra investigación bíblica, histórica y teológica del papado.

Esta obra es parte del constante intento del autor de entender el corazón teológico de la visión católica romana. Él enseña Teología Histórica en IFED (Istituto di Formazione Evangelica e Documentazione en Padua, Italia) donde regularmente enseña cursos sobre teología patrística, católica romana y contemporánea. Escribió su tesis doctoral acerca de las interpretaciones evangélicas del Concilio Vaticano II, el evento más importante para la Iglesia católica romana en el siglo XX. Estudiar las encíclicas y los documentos de los papas fue, y todavía es, parte de su trabajo profesional. Ocasionalmente escribe informes sobre el catolicismo romano (Vatican Files, los archivos del Vaticano), donde estudia eventos y tendencias que surgen del Vaticano. En sus estudios sobre el catolicismo romano trató de analizar todos sus escritos como parte de un «todo» teológico.

Este breve  libro es indispensable para quien busque comprender mejor la institución papal, desde sus orígenes hasta los papas actuales. Leonardo De Chirico nos presenta la figura del papado tal y como la propia Iglesia católica define su papel, para después analizarlo desde un punto de vista bíblico, teológico e histórico. El autor no olvida plantear otras cuestiones como el peso del papado en los movimientos ecuménicos o sus perspectivas de futuro para completar su introducción a este tema clave.

Acerca del autor: Leonardo De Chirico es reconocido internacionalmente por su estudio del catolicismo romano. Es pastor en la iglesia Breccia de Roma, vicepresidente de la Alianza Evangélica Italiana, director adjunto y profesor en el Istituto di Forma-zione Evangelica e Documentazione y editor de la revista de dicho centro, Studi di Teología.
Índice

  1. ¡Tenemos papa! / ¡Habemus papam! – El oficio papal: sus títulos y símbolos.
  2. Tú eres Pedro / Tu es Petrus – ¿La base bíblica del papado?
  3. Cabeza de la Iglesia / Caput Ecclesiae – El desarrollo histórico del papado hasta el Renacimiento.
  4. ¿Es el papa el anticristo? – Evaluaciones protestantes del papado.
  5. ¿Soberano absoluto o padre acogedor? El papado desde la Contrarreforma hasta el movimiento ecuménico.
  6. Retratos de los papas modernosJuan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco.
  7. Para que sean uno / Las perspectivas de futuro del papado.
  8. Bibliografía.

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

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Obligaciones principales de los padres 3

Blog132C

Ocúpese de que sus hijos lean la Biblia con reverencia. Instrúyales a considerarla no como la palabra de los hombres, sino lo que verdaderamente es: la Palabra de Dios, escrita por el Espíritu Santo mismo—toda verdad, toda beneficiosa y capaz de hacernos sabios para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús.

Ocúpese de que la lean regularmente. Instrúyales de modo que la consideren como el alimento diario del alma, como algo esencial a la salud cotidiana del alma. Sé bien que no puede hacer que esto sea otra cosa que una práctica, pero quién sabe la cantidad de pecados que una mera práctica puede indirectamente frenar.

Ocúpese de que la lean toda. No deje de hacerles conocer toda doctrina. No se suponga que las doctrinas principales del cristianismo son cosas que los niños no pueden comprender. Los niños comprenden mucho más acerca de la Biblia de lo que por lo general suponemos.

Hábleles del pecado —su culpa, sus consecuencias, su poder, su vileza. Descubrirá que pueden comprender algo de esto.

Hábleles del Señor Jesucristo y de su obra a favor de nuestra salvación— la expiación, la cruz, la sangre, el sacrificio, la intercesión. Descubrirá que hay algo en todo esto que no escapa a su entendimiento.

Hábleles de la obra del Espíritu Santo en el corazón del hombre, cómo lo cambia, renueva, santifica y purifica. Pronto comprobará que pueden, en cierta medida, seguir lo que le va enseñando. En suma, sospecho que no tenemos idea de cuánto puede un niñito entender acerca del alcance y la amplitud del glorioso evangelio. Capta mucho más de lo que suponemos acerca de estas cosas.

Llene su mente con las Escrituras. Permita que la Palabra more ricamente en sus hijos. Deles la Biblia, toda la Biblia, aun cuando sean chicos.

Entrénelos en el hábito de orar. La oración es el aliento mismo de vida de la verdadera religión. Es una de las primeras evidencias que el hombre ha nacido de nuevo. Dijo el Señor acerca de Saulo el día que le envió a Ananías, “He aquí, él ora” (Hech. 9:11). Había empezado a orar, y eso era prueba suficiente.

La oración era la marca que distinguía al pueblo del Señor el día que comenzó una separación entre ellos y el mundo. “Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová” (Gén. 4:26).

La oración es ahora la característica de todos los verdaderos cristianos. Oran, porque le cuentan a Dios sus necesidades, sus sentimientos, sus anhelos, sus temores y lo que dicen es sincero. El cristiano nominal puede recitar oraciones, y oraciones buenas, pero nada más.

La oración es el momento decisivo en el alma del hombre. Nuestro ministerio es estéril y nuestra labor en vano mientras no caigamos de rodillas. Hasta entonces, no tenemos esperanza.

La oración es un gran secreto de la prosperidad espiritual. Cuando hay mucha comunión privada con Dios, el alma crece como el pasto después de la lluvia. Cuando hay poco, estará detenida, apenas podrá mantener su alma con vida. Muéstreme un cristiano que crece, un cristiano que marcha adelante, un cristiano fuerte, un cristiano triunfante, y estoy seguro de que es alguien que habla frecuentemente con su Señor. Le pide mucho, y tiene mucho. Le cuenta todo a Jesús, por lo que siempre sabe cómo actuar.

La oración es el motor más poderoso que Dios ha puesto en nuestras manos. Es la mejor arma para usar en cualquier dificultad y el remedio más seguro para todo problema. Es la llave que abre el tesoro de promesas y la mano que genera gracia y ayuda en el tiempo de la adversidad. Es la trompeta de plata que Dios nos ordena que hagamos sonar en todos nuestros momentos de necesidad, y es el clamor que ha prometido escuchar siempre, tal como una madre cariñosa responde a la voz de su hijo.

La oración es el modo más sencillo que el hombre puede usar para acudir a Dios. Está dentro del alcance de todos —de los enfermos, los ancianos, los débiles, los paralíticos, los ciegos, los pobres, los iletrados—todos pueden orar. De nada le sirve a usted excusarse porque no tiene memoria, porque no tiene educación, porque no tiene libros o porque no tiene erudición en este sentido. Mientras tenga usted una lengua para explicar el estado de su alma, puede y debe orar. Esas palabras: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2) será la temible condenación para muchos en el Día del Juicio.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [3]

Y es que, en lo que respecta a la representación de Cristo como objeto presente de la fe y del amor del hombre que opera con eficacia en sus afectos, en la Iglesia de Roma hay mil veces más adscritos a ellas que al evangelio en sí. El apóstol escribe sobre todo este asunto: “La justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Más ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 1 0:6-8). La pregunta es: ¿Cómo podemos llegar a ser partícipes de Cristo y, por él, convertirnos en justicia? ¿O cómo podemos sentir interés por él, o tenerle presente con nosotros? El apóstol dice que esto es obra de la palabra del evangelio que se predica y está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestros corazones. Y estos hombres dicen: “iNol, no podemos entender que esto tenga que ser así; no nos parece que sea así; que esta palabra acerque a Cristo hasta nosotros y haga que esté presente con nosotros. Por tanto, subiremos al Cielo para bajar a Cristo; haremos imágenes suyas en su glorioso estado en el Cielo y, así, estará presente con nosotros, o cerca de nosotros. Y descenderemos al abismo para hacer subir a Cristo de entre los muertos; y lo haremos fabricando primero crucifijos y, a continuación, imágenes de su gloriosa resurrección que le traigan de nuevo a nosotros de entre los muertos. Esto ocupará el lugar de la palabra del evangelio que según vosotros es la única útil y efectiva para estos fines”.

Por tanto, resulta evidente que la introducción de esta abominación, destructiva en la teoría y en la práctica para las almas de los hombres, surgió cuando se dejó de experimentar la representación de Cristo en el evangelio y el poder transformador en las mentes de los hombres que la acompaña en los que creen. “Haznos dioses [dicen los israelitas] que vayan delante de nosotros; porque a este Moises [que nos mostró a Dios] no sabemos que le haya acontecido”. ¿Qué queréis que hagan los hombres? ¿Acaso pretendéis que vivan sin sentido alguno de la presencia de Cristo, o de su cercanía, con ellos? ¿Deberán quedarse sin una representación de él?

No, no. Haznos dioses que vayan delante de nosotros —tengamos imágenes con ese propósito—, porque no entendemos de qué otro modo se puede hacer. Y esta es la razón de su obstinación en esta práctica, contra todo medio de convicción. iSi! Desde entonces viven en una perpetua contradicción consigo mismos. Sus templos están llenos de imágenes talladas, como la casa de Micaías “casa de dioses”— y, sin embargo, en ellos se encuentran las Escrituras (aunque en una lengua desconocida para el pueblo), en las que se condena totalmente esta práctica. Uno creería, pues, que están trastornados: escuchan lo que su libro dice y ven lo que hacen en el mismo lugar. Pero nada logrará convencerles hasta que se aparte el velo de la ceguera y de la ignorancia de sus mentes. Mientras no tengan luz espiritual que les capacite para discernir la gloria de Cristo tal como la representa el evangelio, y para experimentar el poder y la eficacia transformadora de dicha revelación en sus propias almas, nunca se desprenderán de ese medio que les parece útil para conseguir el mismo fin, y que se adecua a su inclinación. Pase lo que pase, aunque les cueste sus almas, jamás se desprenderán de algo que a su modo de ver resulta tan útil para su grandioso fin de acercar a Cristo hasta ellos, para cambiarlo por algo en lo que no encuentran nada de esto y cuyo poder no pueden experimentar en modo alguno.

Pero el propósito principal de este discurso es advertir a otros de estas abominaciones e indicarles el camino para evitarlas. Si se viesen externamente instigados a la práctica de esta idolatría, cualquier afecto carnal, ciega devoción o superstición que haya en ellos se aprovechará rápidamente para conspirar contra sus convicciones. Entonces, lo único que podrá protegerlos será haber experimentado la eficacia de la representación de Cristo que se hace en el evangelio. Por consiguiente, la sabiduría y el deber de todos los que deseen estabilidad en la profesión de la verdad están en esforzarse continuamente por obtener esta experiencia y seguir progresando en ella. Aquel que viva en el ejercicio de la fe en el Señor Jesucristo, y del amor a él, tal como revela el evangelio, claramente crucificado y exaltado, y compruebe el resultado de ello en su propia alma, será preservado en el tiempo de la prueba. Sin esto, los hombres acabarán pensando que más vale tener un Cristo falso que ninguno en absoluto. Al no ser capaces de encontrar nada en el evangelio, se figurarán que se debe encontrar algo en las imágenes.

Sección 2

Que la adoración de Dios debería ser bella y gloriosa es una noción predominante de verdad.

La misma luz de la naturaleza parece dirigirmos a este tipo de conceptos. Todo lo que no sea así se puede rechazar, en justicia, por ser impropio de la majestad divina. Por tanto, cuanto más santa y celestial pretenda ser una religión, más gloriosa es la adoración que en ella se prescribe, o así debería ser. En efecto, la verdadera adoración de Dios es el punto más alto y la excelencia de toda la gloria de este mundo. No es inferior a nada, excepto a lo que está en el Cielo, de lo cual es el comienzo, el camino y la mejor preparación. En consecuencia, hasta dicha adoración se declara gloriosa y, esto, de forma eminente sobre toda la adoración externa del Antiguo Testamento, en el tabernáculo y en el templo cuya gloria era enorme, y su pompa externa inimitable. Con este propósito, el apóstol debate extensamente en 2 Corintios 3:6-11. Se acuerda, por tanto, que debería haber belleza y gloria en la adoración divina, y de forma eminente en lo que ordena y requiere el evangelio. Pero, el apóstol declara además, en el mismo lugar, que esta gloria es espiritual y no carnal. Así predijo nuestro Señor Jesucristo que había de ser y que, a tal fin, cualquier distinción de lugares junto con sus ventajas y ornamentos extemos inherentes debían ser abolidos (cf. Jn. 4:20-24). Por tanto, forma parte de nuestro propósito presente dar una breve explicación de su gloria, y señalar en que supera a todas las demás maneras de adoración divina habidas en el mundo, incluida la del Antiguo Testamento que fue de institución divina, y en la que todas las cosas fueron ordenadas “para belleza y gloria”. Se pueden resumir en los puntos siguientes:

1. Dios es su objeto expreso no considerado de manera absoluta, sino como existente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es la glo ria principal de la religión cristiana y su adoración. Bajo el Antiguo Testamento, las concepciones de la iglesia sobre la existencia de la naturaleza divina en personas distintas eran muy oscuras y difusas. La revelación completa no se haría sino en las distintas actuaciones de cada una de esas personas en las obras de redención y salvación de la iglesia —es decir, en la encarnación del Hijo y la misión del Espíritu después de que el fuera glorificado— (cf. Jn. 7:39). Por tanto, en ninguna de las maneras de adoración natural hubo jamás el más mínimo atisbo de respeto hacia este concepto. Sin embargo, este es el fundamento de toda la gloria de la adoración evangélica. Su objeto, en la fe del adorador, es la sagrada Trinidad, y consiste en una atribución de gloria divina a cada una de las personas, en la misma naturaleza individual, por el mismo acto de la mente. Cuando esto falta, la adoración religiosa carece de toda gloria.

2. Su gloria consiste en el respeto constante hacia cada una de las personas divinas, por su obra y sus actuaciones particulares para la salvación de la iglesia. Se describe como sigue: “Por medio de él [es decir, el hijo como mediador] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:18). Esta es la gloria inmediata de la adoración evangélica que abarca todas las gracias y privilegios del evangelio. Suponer que su gloria consiste en cualquier cosa que no sea la luz, las gracias y los privilegios que ella misma exhibe, es una imaginación vana. No tomará prestada la gloria que proceda de la invención de los hombres. Por tanto, consideraremos brevemente como la presenta aquí el apóstol:

a)Bajo esta perspectiva, su objeto máximo es Dios como el Padre: “Tenemos acceso [en ella] al Padre”. Y, en nuestra adoración, considerar a Dios como Padre —por toda la dispensación de su amor y gracia a través de Jesucristo, al ser su Dios y nuestro Dios, su Padre y nuestro Padre— es característico de la adoración del evangelio, y contiene el indicio clave de su gloria. Nosotros no solo adoramos a Dios como Padre —hasta los paganos tenían la noción de que él era el Padre de todas las cosas—, sino que veneramos al que es el Padre, porque serlo en lo que respecta al engendramiento eterno del Hijo así como en la comunicación de la gracia, por medio de él, a nosotros como nuestro Padre. Así, “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, el le ha dado a conocer” (Jn. 1: 1 8). Este acceso que tenemos en la adoración a la persona del Padre, en el Cielo, lugar santo en las alturas, y en un trono de gracia, es la gloria del evangelio. Véase Mateo 4:9; Hebreos 4:16; 10:19-21.

b)El Hijo se considera aquí como Mediador: a través de él tenemos entrada al Padre. Esta es la gloria que se mantuvo oculta en épocas anteriores…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

¿Hasta cuándo Señor?

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Más vale que aclare ahora mismo sobre qué no habla este libro. No es una respuesta rápida a preguntas complicadas sobre el sufrimiento. Ni tampoco es (excepto de forma implícita) una defensa de la existencia de Dios. Ni siquiera es el tipo de libro que regalaría a muchas personas que están padeciendo un dolor inconsolable. Menos aún es una discusión académica de problemas filosóficos.

Así que, ¿de qué trata? Es, en primer lugar, un libro escrito por un cristiano para ayudar a otros cristianos a reflexionar sobre el sufrimiento y el mal. Eso quiere decir, por ejemplo, que no me dirijo primariamente a inconversos que piensan que el problema del sufrimiento y el mal es tan espinoso que pone en tela de juicio la mismísima existencia de Dios. Hay una serie de libros excelentes que tratan el tema desde esa perspectiva, pero éste no es uno de ellos. Si es usted un inconverso, le invito a seguir leyendo. De hecho, puede que descubra que el «mundo» en el que está entrando es tan atractivo que desee convertirse al cristianismo. Pero no es usted el tipo de lector que tengo en mente cuando escribo.

Principalmente, este es un libro de medicina preventiva. Uno de los motivos principales del dolor devastador y la confusión entre los cristianos es que tenemos expectativas equivocadas. No le concedemos al tema del mal y el sufrimiento la reflexión que merece hasta que nos vemos inmersos en una tragedia. Si en ese punto nuestras creencias —no demasiado meditadas pero profundamente enraizadas— se hallan en su mayor parte desfasadas respecto al Dios que se ha revelado en la Biblia y, de forma suprema, en Jesús, entonces el dolor producido por la tragedia personal puede verse multiplicado muchas veces, a medida que empezamos a cuestionamos los mismísimos fundamentos de nuestra fe.

Hasta cuando Señor 4.jpg

Tristemente, hay momentos en los que nuestra fe se ve sorprendida por la aflicción. Donald Carson quiere ayudar a los cristianos a crear estructuras y formas de pensamiento que sean tan fuertes que, cuando las preguntas más enrevesadas golpeen el alma, haya menos vacilación, más fe, más gozo y más esperanza. Este libro desarrolla una serie de temas, seleccionados por haber sido de ayuda para diferentes personas, como: el precio del pecado, la pobreza, la guerra, el infierno, la enfermedad, la muerte, la fe, el Dios sufriente, el misterio y el consuelo de la providencia.

Acerca de su libro es el propio autor el que nos presenta la mejor descripción posible:

Por supuesto, no todas las dudas y temores nacen de expectativas erróneas basadas en creencias cuestionables. En un nivel intelectual, puede que un cristiano sea tan ortodoxo como el apóstol Pablo, pero carezca hasta tal punto de la madurez propia del apóstol que, cuando se enfrente a la primera crisis, su «entrega» intelectual vuelva a caer en el crisol. No obstante, resulta difícil imaginar a cristianos agonizando sobre cuestiones básicas si su sufrimiento no se ha visto, como mínimo, exacerbado por falsas expectativas sobre cómo es Dios, qué hace, qué lugar tiene en este mundo el sufrimiento. Por ejemplo, el dolor puede hacer brotar la pregunta: «¿Por qué a mí?» Esta pronto deja paso a: «¿Por qué me estás castigando?» o «¿Por qué me pruebas?» Y éste es sólo un atisbo de pensamientos mucho más crudos, los manifestemos o no «Quizás no eres un Dios de amor. A lo mejor eres caprichoso. Quizás no seas justo, y mucho menos santo. Quizás ni siquiera existas». C. S. Lewis fue capaz de describir su conversión en el memorable título «Cautivado por la alegría»; la mayoría de los cristianos admitimos, tristemente, que hay momentos en los que nuestra fe se ve sorprendida por la aflicción.

Este libro, por tanto, va destinado a ayudar. No ofrece una guía completa al problema del sufrimiento; sólo desarrolla unos cuantos temas, elegidos un tanto arbitrariamente en base a lo que me ha sido de ayuda, a mí y a algunos de aquellos a los cuales ministro. Con franqueza: puede que este  libro, como ya he dejado entrever, no pueda ser de ayuda a aquellos cuyo desespero es tan devastador que no puedan forzarse a leer, pensar y orar. Pero me sentiré satis-fecho si contribuye a que algunos cristianos creen estructuras y formas de pensamiento que sean tan fuertes que, cuando las preguntas más enrevesadas golpeen su alma, haya menos vacilación y más fe, gozo y esperanza.

Como este libro va destinado al público en general, he evitado en gran parte las bibliografías y discusiones técnicas. Por lo general, los libros y artículos que menciono son los que también ato. A pesar de mis mejores esfuerzos, el capítulo 11 es un tanto difícil. Si le resulta demasiado amedrentador, puede saltárselo; pero si es capaz de asimilarlo, haga el esfuerzo, porque estoy convencido de que las verdades bíblicas en él perfiladas poseen un enorme potencial para estabilizar la fe del pueblo de Dios.

El dolor y el sufrimiento generan a menudo un tremendo sentimiento de soledad. Pensamos que estamos aislados de los demás, sentimos que nadie puede comprendernos de verdad. La verdad es que a menudo ayuda hablar de estas cosas con otros cristianos. Por ese motivo se incluye una serie de preguntas al final de cada capítulo. Idealmente, deberían usarse en un grupo de estudio. Reflexionar sobre semejantes cuestiones en un completo aislamiento no resultará tan terapéutico, ni mucho menos. Soli Deo gloria.

INDICE

Prefacio

PARTE 1. REFLEXIONANDO SOBRE EL SUFRIMIENTO Y EL MAL

1. Los primeros pasos

2. Pasos en falso

PARTE 2. LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS: Temas bíblicos para la gente que sufre

3. El precio del pecado

4. Los males sociales, la pobreza, la guerra, los desastres naturales

5. El pueblo de Dios que sufre

6. Maldiciones y guerras santas y el infierno

7. La enfermedad, la muerte y la aflicción que producen

8. Desde la perspectiva del Fin

9. Job: Misterio y Fe

10. El Dios Sufriente

PARTE 3. ATISBOS DEL ROMPECABEZAS COMPLETO: el mal y el sufrimiento en el mundo de un Dios bueno y soberano

11. El misterio de la providencia

12. El consuelo de la providencia: aprendiendo a confiar

13. Algunas reflexiones pastorales 

Un libro de Editorial Andamio, 283 páginas,  2012


 

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Antídoto contra El Papado [2]

Como veremos, de este modo casi se perdió por completo la verdad de la religión en el mundo. Sin embargo, no llegará a perderse ni de otra manera ni por ningún otro medio. Cuando las iglesias o las naciones poseen la verdad y la profesan, no habrá leyes ni multas, ni encarcelamientos, ni horcas, ni hogueras que las desposean o priven de ella. Aunque se siguió experimentando el poder de la religión en los tiempos primitivos, toda la ira sangrienta y la crueldad del mundo, la astucia de Satanás y la sutileza de los seductores, que abundaban, fracasaron rotundamente en su intento de privar a los cristianos de la verdad y de su profesión. Sin embargo, cuando comenzó a decaer y a perderse entre ellos, fueron rápidamente engañados y apartados de la simplicidad del evangelio. En cuanto a la reforma de la religión en estas partes del mundo —cuando la verdad se recibía en su amor y poder, y las multitudes experimentaban el beneficio y el provecho espiritual que recibían por ella en libertad, santidad y paz—, todas las prisiones, torturas, espadas y hogueras empleadas para su extirpación no hicieron más que difundir su profesión y arraigarla con más firmeza en las mentes de los hombres. De esta forma no se pudo perder; tendría que ser de otra manera y por otros medios. Los jesuitas y sus asociados llevan cien años ideando métodos y artes para desposeer a naciones e iglesias de la verdad recibida, e introducir la superstición romana. Han escrito libros acerca de ello, y actuado según sus principios en cada reino y estado de Europa de religión protestante. Pero la necedad de la mayoría de sus pretendidas artimañas y maquinaciones para este fin, ha sido ridícula y sin éxito. Y lo que han añadido a esto de fuerza se ha derrotado por mediación divina. Solo existe una manera, un motor efectivo para privar a cualquier pueblo de profesar la verdad que un día recibió: conducirlo por una vida profana y de ignorancia que les impida experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas y, con ello, les prive de todo sentido del provecho que podrían haber tenido por ella. Cuando esto ocurre, los hombres se deshacen de la profesión de la religión con la misma facilidad con la que dejan la ropa de abrigo en verano.

Se debate mucho sobre la existencia de un complot y una conspiración para destruir la religión protestante e introducir, de nuevo, el papado entre nosotros. Quiénes se ocupan de los asuntos públicos harían bien en tener cuidado con esto, pero, en lo referente a la acción, solo hay una conspiración que se deba temer: la que hay entre Satanás y las concupiscencias de los hombres. Si consiguen prevalecer y privar a los hombres, en términos generales, de experimentar en sus propias mentes el poder y eficacia de la verdad, con el provecho espiritual que de ella puedan obtener, los convertirá en presa fácil para los demás maquinadores. Con este propósito se utilizan dos motores: la ignorancia y la vida profana, o sensual. Siempre que uno de ellos prevalezca, se perderá y se excluirá de necesidad la experiencia procurada. Los medios para prevalecer son: la carencia de la instrucción debida por parte de los líderes del pueblo, y el fomento de la sensualidad a causa de la impunidad y de los grandes ejemplos. Esta es la única conspiración formidable contra la profesión de la verdad en esta nación, sin cuya ayuda todo poder y fuerza se verán finalmente frustrados. Y puesto que, según puede parecer, cuentan con el permiso divino para tal estado de cosas en la actualidad, entre nosotros, si además las dirige el consejo, y la ignorancia y la sensualidad se apoyan y promueven con este mismo fin, al haberse perdido el poder de la verdad, resultará fácil renunciar a su profesión: solo la gracia soberana puede detener este propósito. Y es que el principio que hemos declarado es irresistible en razón y experiencia, es decir, que al dejar de experimentar el poder de la religión, de una manera u otra, el resultado será la pérdida de la verdad de la religión y su profesión. ¿Qué ha causado que tantas opiniones corruptas hayan hecho tal incursión en la religión protestante y su profesión? ¿Acaso no será porque muchos han dejado de experimentar el poder y la eficacia de la verdad, apartándose así de ella? ¿Cómo es que la profanidad y la sensualidad de vida, con toda suerte de concupiscencias corruptas de la carne, han crecido, para verguenza de la profesión? ¿No será por la misma razón que el apóstol declara expresamente? (cf. 2 Timoteo 4:2-5). De una manera u otra, la pérdida de la experiencia del poder de la verdad desembocará en la pérdida de su profesión.

Pero procedo con el particular que me propongo en la Iglesia de Roma; a día de hoy, su religión no es sino una imagen muerta del evangelio erigida sobre la pérdida de la experiencia de su poder espiritual, deponiendo su uso, adecuándose al gusto de los hombres, carnales, ignorantes y supersticiosos. Demostraré esto con toda clase de ejemplos, en lo referente a: 1. La persona y los oficios de Cristo; 2. El estado, el orden y la adoración de la Iglesia; y 3. Las gracias y deberes de obediencia requeridos en el evangelio. Mi propósito principal es demostrar cuál es la única manera y el medio de guardar nuestras almas —ya sea una iglesia o una nación— para que no las atrape y las venza el papado.

Sección 1

En su persona y su gracia, se ha de proponer a Cristo el Señor a los hombres y representarlo ante ellos como el principal objeto de su fe y amor, esto es una noción general de verdad.

En su persona divina, es absolutamente invisible para nosotros y, en su naturaleza humana, está ausente, ya que el Cielo debe recibirle “hasta el tiempo de la restitución de todas las cosas”. Por tanto, debemos hacemos una imagen o representación de él en nuestras mentes o no podría ser el objeto adecuado de nuestra fe, confianza, amor y deleite. Esto es exactamente lo que se hace en el evangelio y en predicación del mismo, porque lo “presenta claramente” ante nuestros ojos como “crucificado” entre nosotros (cf. Gd. 3:1), y, del mismo modo, plantea todas las demás cuestiones sobre su persona y oficios con claridad. ¡Si! Este es el fin principal del evangelio: representar debidamente la persona, los oficios, la gracia y la gloria de Cristo a las almas de los hombres para que crean en él y, “creyendo, tengan vida eterna” (cf. Jn. 20:31). Sobre esta representación de Cristo y su gloria que hacen el evangelio y la predicación del mismo, los creyentes experimentan el poder y la eficacia de la verdad divina que contiene, en la manera antes mencionada, como declara el apóstol: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Con esa luz espiritual para discernir y contemplar la gloria de Cristo, representada en el espejo del evangelio, experimentan su poder transformador y su eficacia que los cambian a la semejanza de esa imagen que les ha sido presentada —es decir, de Cristo mismo— que es el efecto salvífico del poder del evangelio. Pero esta luz espiritual se perdió entre los hombres por la eficacia de su oscuridad e incredulidad. No conseguían descubrir la gloria de Cristo según la revela y la plantea el evangelio, con el fin de convertirlo a él en el objeto presente de su fe y su amor. Una vez perdida esta luz, ya no podían experimentar en modo alguno el poder de la verdad divina en cuanto a ser cambiados a su imagen. Ya no podían descubrir algo impresionante o conmovedor en cuanto a él en la Escritura. Todo su contenido les resultaba oscuro y confuso o, como poco, parecían ser un misterio inaccesible que no podían llevar a la práctica. Por consiguiente, los responsables de dirigir publicamente la religión, apartaron a la gente de la lectura de la Escritura, como si fuera algo inútil y más bien peligroso para ellos. ¿A qué se dirigirán, entonces, estos hombres? ¿Rechazarán la noción general de que es necesario hacer una representación de Cristo en las mentes de los hombres que encienda su devoción, suscite su fe y avive su amor por él? Es imposible hacerlo sin renunciar abiertamente a él y considerar que el evangelio es una fábula. Por tanto, descubrirán otra manera —otro medio para el mismo fin—: la fabricación de imágenes suyas de madera y piedra, u oro y plata, o pintura. Pensaron que, de esta forma, estaría presente para sus adoradores, que esto lo representaría de tal manera que se sentirían inmediatamente impulsados a abrazar la fe y el amor. Para su gran satisfacción, con esto si consiguieron efectos apreciables, porque siendo sus mentes oscuras, carnales y propensas a la superstición —como es la mente de todo hombre naturaleza—, no veían nada en la representación espiritual de él en el evangelio que tuviera poder alguno sobre ellos ni que les afectara en ninguna medida. Por medio de la vista y la imaginación, estas imágenes demostraron operar verdaderamente en sus afectos y, como ellos pensaban, les incitaba al amor de Cristo.

Y este fue el verdadero origen de toda la imaginería de la Iglesia de Roma, así como algo de esta misma naturaleza, en general, lo fue de todo el culto a las imágenes en el mundo. Lo mismo ocurrió con los israelitas en el desierto: cuando hicieron el becerro de oro buscaban tener la representación de una deidad cerca de ellos, de un modo visible que afectara sus almas. Asi lo expresaron ellos mismos en Éxodo 32:1. De este modo, Por encontrarse en este estado, habiendo perdido la luz y la experiencia espiritual, las mentes supersticiosas de los hombres hicieron que se enredaran. Sabían que era necesaria una representación de Cristo que lo convirtiera en el objeto presente de la fe y el amor que los emocionara inmediatamente. No sabían como se hacia esto en el evangelio, como tampoco lo podían entender u experimentar en modo alguno su poder y su eficacia para conseguirlo. Sin embargo, el principio mismo debe ser retenido como aquello sin lo cual no podía haber religión. No obstante, el principio en sí debe retenerse como algo sin lo cual no podría haber religión; por esta razón y para zafarse de esta dificultad, volvieron del revés los mandamientos de Dios, y se dedicaron a fabricar imágenes de Cristo, y a adorarlas. A medida que iban creciendo la oscuridad y la superstición en las mentes de los hombres, y a partir de aquellos pequeños comienzos, esta práctica fue progresando hasta que las imágenes arrebataron, por asi decirlo, la totalidad de la obra de representación de Cristo y de su gloria de manos del evangelio, y se adueñaron de ella. No me estoy refiriendo a ellas ahora como imágenes de Cristo, u objetos de adoración, sino como imágenes muertas del evangelio; es decir, que en cierto modo se han erguido en el lugar y con los fines del evangelio, como medio de enseñanza e instrucción. Ellas harán la obra que Dios había designado para el evangelio.

(Continuará)…

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano.

Obligaciones principales de los padres 2

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Instruya con el siguiente pensamiento continuamente en mente: que el alma de su hijo es lo primero que debe considerar. Preciosos, sin duda, son los pequeños a sus ojos, pero si los ama, piense con frecuencia en el alma de ellos. No debe sentir la responsabilidad de otros intereses tanto como la de los intereses eternos de ellos. Ninguna parte de ellos debiera ser tan querida por usted como esa parte que nunca morirá. El mundo con toda su gloria pasará, los montes se derretirán, los cielos se envolverán como un rollo, el sol dejará de brillar. Pero el espíritu que mora en esas pequeñas criaturas, a quienes tanto ama, sobrevivirá todo eso, y en los momentos felices al igual que los de sufrimiento (hablando como un hombre) dependerán de usted.

Este es el pensamiento que debe ser el principal en su mente en todo lo que hace por sus hijos. En cada paso que toma en relación con ellos, en cada plan y proyecto y arreglo que los afecta, no deje de considerar esa poderosa pregunta: “¿Cómo afectará su alma?”

El amor al alma es el alma de todo amor. Mimar, consentir y malcriar a su hijo, como si este mundo fuera lo único que tiene y esta vida la única oportunidad de ser feliz—hacer esto no es verdadero amor, sino crueldad. Es tratarlo como una bestia del campo que no tiene más que un mundo que tener en cuenta, y nada después de la muerte. Es esconder de él esa gran verdad que debe ser obligado a aprender desde su misma infancia: el fin principal de su vida es la salvación de su alma.

El cristiano verdadero no debe ser esclavo de las costumbres si quiere instruir a sus hijos para el cielo. No debe contentarse con hacer las cosas meramente porque son la costumbre del mundo; ni enseñarles e instruirles en cierta forma, meramente porque es la práctica; ni dejarles leer libros de contenido cuestionable, meramente porque todos los leen; ni dejarles formar hábitos con tendencias dudosas, meramente porque son los hábitos de la época. Debe instruir a sus hijos con su vista en el alma de ellos. No debe avergonzarse de saber que su instrucción es llamada singular y extraña. ¿Y qué si lo es?
El tiempo es breve—las costumbres de este mundo pasarán. El padre que ha instruido a sus hijos para el cielo en lugar de la tierra—para Dios, en lugar del hombre—es el que al final será llamado sabio.

Instruya a su hijo en el conocimiento de la Biblia. Lo admito, no puede obligar usted a sus hijos a amar la Biblia. Ninguno fuera del Espíritu Santo nos puede dar un corazón que disfrute de su Palabra. Pero puede usted familiarizar a sus hijos con la Biblia. Tenga por seguro que nunca puede ser que conozcan la Biblia demasiado pronto ni demasiado bien.

Un conocimiento profundo de la Biblia es el fundamento de toda opinión clara acerca de la religión cristiana. El que está bien fundamentado en ella, por lo general no será indeciso, llevado de aquí y para allá por cualquier doctrina nueva. Cualquier sistema de instrucción que no dé primera prioridad a las Escrituras es inseguro y precario.

Usted tiene que prestar atención a este punto ahora mismo, porque el diablo anda suelto y el error abunda. Hay entre nosotros algunos que la dan a la iglesia el honor que le corresponde a Jesucristo. Hay quienes hacen de los sacramentos sus salvadores y su pasaporte a la vida eterna. Y también hay los que honran un catecismo más que la Biblia y llenan la mente de sus hijos con patéticos libritos de cuentos en lugar de las Escrituras de la verdad. Pero si usted ama a sus hijos, permita que la Biblia sencillamente sea todo en la instrucción de sus almas, y haga que todos los demás libros sean secundarios.

No se preocupe tanto porque sean versados en el catecismo, sino que sean versados en las Escrituras. Créame, esta es la instrucción que Dios honra. El salmista dice del Señor: “Has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas” (Sal. 138:2). Pienso que el Señor da una bendición especial a todos los que engrandecen su palabra entre los hombres.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Antídoto contra El Papado [1]

PREGUNTA: ¿Cómo es el amor práctico a la verdad la mejor protección contra el papado?

“Si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2: 3).

Cuando la falsa adoración prevaleció en la iglesia de antaño, para ruina de esta, Dios la mostró y la representó a su profeta bajo el nombre y la apariencia de “una cámara pintada de imágenes” (Ez. 8:11-12), porque en ella se retrataban todas las abominaciones que contaminaron la adoración de Dios y corrompieron la religión. Todo lo relacionado con la verdad y la adoración divinas han vuelto a tomar el mismo curso en el mundo, especialmente en la Iglesia de Roma. Mi propósito, aquí, es contemplar sus cámaras pintadas de imágenes y mostrar cuáles fueron la ocasión y las circunstancias de su construcción. En ellas veremos toda la abominación que ha corrompido la adoración divina del evangelio y arruinado la religión cristiana. Para ello será necesario establecer algunos principios de verdad sagrada que demuestren, y manifiesten, los fundamentos y las causas de esa transformación de la sustancia y del poder de la religión en la imagen sin vida que, como demostraremos, ha surgido entre ellos. Y puesto que procuro el beneficio, principalmente, de quienes resuelven toda su convicción en la Palabra de Dios, deduciré estos principios del texto en 1 Pedro 2:1-3.

El primer versículo contiene una exhortación, o mandato de santidad universal, que aparta o desecha todo lo que sea contrario a ella: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones”, cuyo dominio se extiende a todos los demás hábitos viciosos de la mente, cualesquiera que sean.

En el segundo hay una profesión del medio por el cual se puede alcanzar este fin, a saber: cómo puede fortalecer la gracia a una persona de manera que consiga desechar toda inclinación y práctica pecaminosa contrarias a la santidad, como se nos requiere (es decir, la palabra divina que se compara con la comida, medio preservador de la vida natural que aumenta su fuerza): “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis”.

Sobre esto, el apóstol procede a declarar en el versículo tres la condición de la que dependen nuestro beneficio, crecimiento y prosperidad por la palabra y que es haber experimentado su poder, puesto que es el instrumento por el cual Dios nos comunica su gracia: “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor”. Véase 1 Tesalonicenses 1: 5. En esto reside el primer principio esencial de nuestra subsiguiente demostración:

Principio 1: Todo beneficio y provecho que cualquier hombre reciba, o pueda recibir, por la palabra o las verdades del evangelio dependen de experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas.

Este principio es evidente en sí mismo y no puede ser cuestionado por nadie, excepto por quienes nunca tuvieron el menor sentido verdadero de religión en sus propias mentes. Además, está evidentemente contenido en el testimonio del apóstol antes declarado. Junto a este se dan por sentados otros tres principios de igual evidencia implicitamente contenidos en él.

Principio 2: Hay poder y eficacia en la Palabra y en su predicación. “No me averguenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación” (Ro. 1:16).

Tiene un poder divino, el poder de Dios, que la acompaña y se manifiesta en ella para sus fines propios: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz” (He. 4: 12).

Principio 3: El poder de la Palabra de Dios consiste en su eficacia para comunicar la gracia de Dios a las almas de los hombres.

En y por Él, gustan la benignidad del Señor. Esa es su eficacia para alcanzar sus fines propios, es decir, la salvación con todo lo que ella requiere: la iluminación de nuestra mente, la renovación de nuestra naturaleza, la justificación de nuestras personas, la vida de Dios en adoración y obediencia santas que nos conduzcan al pleno disfrute eterno de Él. Estos son los fines para los cuales el evangelio está diseñado en la sabiduría de Dios y a los cuales se limita su eficacia.

Principio 4: Se puede experimentar el poder y la eficacia de la palabra.

En el pasaje del apóstol se define como “gustar”. Pero antes de la gustación, que es como se denominaba concretamente, existe algo que la causa y que es inseparable de ella; por tanto, se trata de algo que pertenece a la experiencia de la que hablamos:

1. Lo primero que aquí se requiere es luz, una luz espiritual y sobrenatural que nos capacite espiritualmente para discernir la sabiduría, la voluntad y la mente de Dios en la Palabra. Sin ella no podemos experimentar su poder en forma alguna. Por consiguiente, el evangelio está oculto a los que perecen, aunque se les declare externamente (cf. 2 Co. 4:3). Este es el único medio que introduce en la mente y la conciencia un sentido de esta eficacia. El apóstol ruega, en nombre de los creyentes, que puedan recibirla y que vaya en aumento para que tengan esta experiencia (cf. Ef. 1:16-19; 3:16-19), y declara su naturaleza (cf. 2 Co. 4:6).

2. La gustación que se procura viene después de esto. En ella consisten la vida y la sustancia de la experiencia suplicada. Y esta gustación consiste en un sentido espiritual de la bondad, del poder y de la eficacia de la palabra, y todo lo que ella contiene; en la transmisión de la gracia de Dios a nuestras almas; en los particulares mencionados y otros más de similar naturaleza. Y es que, en la gustación hay dulzura al paladar y satisfacción del apetito. La una refresca nuestras mentes en esta gustación y, la otra, nutre nuestras almas; los creyentes experimentan ambas cosas. La luz espiritual es la que introduce todo esto en la mente y, sin ella, nada de ello es alcanzable. “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese luz [que resplandezca en vuestros corazones, para iluminación del conocimiento de su gloria] en la faz de Jesucristo” (cf. 2 Co. 4:6).

3. Para completar la experiencia procurada, debe seguirle una conformidad de toda el alma y de la manera de vivir a la verdad de la Palabra, o de la mente de Dios en ella, operada en nosotros por su poder y eficacia. Asi lo expresa el apóstol: “Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por el enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:20-24). A esto le sigue nuestro último principio que es el fundamento inmediato del subsiguiente discurso, o aquello que ha de ser confirmado:

Principio 5: La verdad de la religión se ha perdido por haber dejado de experimentar el poder de la religión. Esto ha causado el rechazo de su sustancia y ha conducido a levantar una sombra, o imagen, en su lugar.

Esta transformación de todo lo que forma la religión comenzó, y procedió, desde esta base. Los responsables de conducirla siempre poseyeron las nociones generales de la verdad que no podían abandonar sin una renuncia total del evangelio mismo. Pero, habiendo perdido toda experiencia de este poder en sí mismos, las transformaron en cosas de una naturaleza muy distinta, destructivas para la verdad y desprovistas de su poder. Aconteció que se fabricó una imagen muerta de la religión y se levantó en todas sus partes. Recibió el nombre de aquello que era verdadero y vivo, pero que se había perdido irremediablemente. Sin experimentar ya el poder y la eficacia del misterio del evangelio y su verdad en la comunicación de la gracia de Dios a las almas de los hombres, se retuvo una noción general con la que idearon y forjaron una imagen externa, o representación de ella, adecuada a su ignorancia y su superstición…

(Continuará…)

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Obligaciones principales de los padres

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Me imagino que la mayoría de los cristianos que profesan su fe conocen el texto recién citado. Su sonido seguramente es familiar a sus oídos, como lo es una vieja tonada. Es probable que lo ha oído, lo ha leído, ha hablado de él y lo ha citado muchas veces. ¿Acaso no es así? Pero, aun con todo eso, ¡cuán poco se tiene en cuenta la sustancia de este texto! Pareciera que mayormente se desconoce la doctrina que contiene; pareciera que muy pocas veces se pone en práctica el compromiso que nos presenta. Lector, ¿no es cierto que digo la verdad?

No se puede decir que el tema es nuevo. El mundo es viejo, y contamos con la experiencia de casi seis mil años para ayudarnos. Vivimos en una época cuando hay una gran dedicación a la educación en todas las áreas. Oímos que por todas partes surgen nuevas escuelas. Nos cuentan de sistemas nuevos y libros nuevos de todo tipo para niños y jóvenes. Aun con todo esto, la gran mayoría de los niños no recibe instrucción sobre el camino que debe tomar, porque cuando llegan a su madurez, no caminan con Dios.

Ahora bien, ¿por qué están así las cosas? La pura verdad es que el mandato del Señor en nuestro texto no es tenido en cuenta. Por lo tanto, la promesa del Señor que el mismo contiene no se cumple.

Lector, esta situación debiera generar un profundo análisis del corazón. Reciba pues, una palabra de exhortación de un pastor acerca de la educación correcta de los niños. Créame, el tema es tal que debiera conmover a cada conciencia y hacer que cada uno se pregunte: “En esta cuestión, ¿estoy haciendo todo lo que puedo?”

Es un tema que concierne a casi todos. Pocos son los hogares a los cuales no se aplica. Padres de familia, niñeras, maestros, padrinos, madrinas, tíos, tías, hermanos, hermanas —todos están involucrados.

No todos los comentaristas, pastores y teólogos cristianos interpretan que esta es una promesa de que todos los hijos de creyentes serán salvos infaliblemente. Son pocos, creo yo, los que no influyan sobre algún padre en el manejo de su familia o afecte la educación de algún hijo por sus sugerencias o consejos. Sospecho que todos podemos hacer algo en este sentido, ya sea directa o indirectamente, y quiero mover a todos a recordarlo…

Primero, entonces, si va a instruir correctamente a sus hijos, instrúyalos en el camino que deben andar, y no en el camino que a ellos les gustaría andar. Recuerde que los niños nacen con una predisposición decidida hacia el mal. Por lo tanto, si los deja usted escoger por sí mismos, es seguro que escogerán mal.

La madre no puede saber lo que su tierno infante será cuando sea adulto—alto o bajo, débil o fuerte, sabio o necio. Puede o no ser uno de estos—todo es incierto. Pero una cosa puede la madre decir con certidumbre: tendrá un corazón corrupto. Es natural para nosotros hacer lo malo. Dice Salomón: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho” (Prov. 22:15). “El muchacho consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Nuestro corazón es como la tierra en que caminamos: dejada a su suerte, es seguro que producirá malezas.

Entonces, para tratar con sabiduría a su hijo, no debe dejar que se guíe según su propia voluntad. Piense por él, juzgue por él, actúe por él, tal como lo haría por alguien débil y ciego. Por favor no lo entregue a sus propios gustos e inclinaciones erradas. No son sus gustos y deseos lo que tiene que consultar. El niño no sabe todavía lo que es bueno para su mente y su alma del mismo modo como no sabe lo que es bueno para su cuerpo. Usted no lo deja decidir lo que va a comer, lo que va a tomar y la ropa que va a vestir. Sea consecuente, y trate su mente de la misma manera. Instrúyalo en el camino que es bíblico y bueno y no en el camino que se le ocurra.

Si no se decide usted en cuanto a este primer principio de instrucción cristiana, es inútil que siga leyendo. La obstinación es lo primero que aparece en la mente del niño. Resistirla debe ser el primer paso que usted dé.

Instruya a su hijo con toda su ternura, afecto y paciencia. No quiero decir que debe consentirlo, lo que sí quiero decir es que debe hacer que vea que usted lo ama. El amor debe ser el hilo de plata de toda su conducta. La bondad, dulzura, mansedumbre, tolerancia, paciencia, comprensión, una disposición de identificarse con los problemas del niño, la disposición de participar en las alegrías infantiles—estas son las cuerdas por las cuales el niño puede ser guiado con mayor facilidad—estas son las pistas que usted debe seguir para encontrar su camino hacia el corazón de él…

Ahora bien, la mente de los niños ha sido fundida en el mismo molde que la nuestra. La dureza y severidad de nuestro comportamiento los dejará fríos y los apartará de usted. Esto cierra el corazón de ellos, y se cansará usted de tratar de encontrar la puerta de su corazón. Pero hágales ver que usted siente cariño por ellos—que realmente quiere hacerlos felices y hacerles bien—que si los castiga, es para el propio beneficio de ellos, y que, como el pelícano, daría usted la sangre de su corazón para alimentar el alma de ellos. Deje que vean eso, digo yo, y pronto serán todo suyos. Pero tienen que ser atraídos con bondad si es que va a lograr que le presten atención… El cariño es un gran secreto de la instrucción exitosa. La ira y la dureza pueden dar miedo, pero no persuadirán al niño de que usted tiene razón. Si nota con frecuencia que usted pierde la paciencia, pronto dejará de respetarlo. Un padre que le habla a su hijo como lo hizo Saúl a Jonatán (1 Sam. 20:30) no puede pretender que conservará su influencia sobre la mente de ese hijo.

Esfuércese mucho por conservar el cariño de su hijo. Es peligroso hacer que le tema. Casi cualquier cosa es mejor que el silencio y la coacción entre su hijo y usted, y esto aparecerá con el temor. El temor da fin a la posibilidad de que su hijo sienta la confianza de poder hablar con usted. El temor lleva a la ocultación y el fingimiento—el temor siembra la semilla de mucha hipocresía y produce muchas mentiras. Hay mucha verdad en las palabras del Apóstol en Colosenses: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Col. 3:21). No desatienda este consejo.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

La implicación del cristiano en la sociedad 3

4. Recordarás emplear el sábado y domingo solo para ti mismo y no desperdiciarás el tiempo asistiendo a alguna iglesia.

5.Serás feliz con tus dos madres, o tus dos padres si tienes tal privilegio, y aprenderás a ser como ellos. Pero si tienes una madre y un padre, no dudes en denunciarlos a la policía si quieren que hagas algo que no te gusta. (¡A los niños les encanta este mandamiento!).

6.No ejecutarás criminales ni matarás a enemigos en la guerra, ni usarás la fuerza para defender a gente inocente. Pero matarás a cualquier bebé no deseado, antes de que nazca, y a personas mayores si no tienen calidad de vida.

7.Tendrás tantas esposas como desees, a condición de que sea una después de otra. Para la poligamia tendrás que esperar hasta el 2038, cuando el Islam será la religión mayoritaria en Gran Bretaña y quizá en otros paises europeos.

8. No hurtarás abiertamente, pero hazlo en los negocios, en el pago de impuestos y de otras formas en que no te puedan pillar.

9.No mentirás excepto cuando sea necesario y nadie lo advierta.

10. Codiciarás todo tipo de cosas y entretenimientos, con toda clase de malos pensamientos, mientras no dañes a otras personas. Vive y deja vivir.

Si eres consciente de esta agenda secreta, tu deber es exponerla y denunciarla para que la gente sepa lo que está por venir.

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque tiene la perspectiva del Reino de Dios. El Reino incluye a la Iglesia, pero abarca mucho más que la Iglesia. Nosotros no somos solo miembros de la Iglesia sino también ciudadanos del Reino de Dios. Nuestra ciudadanía está en los cielos, pero estamos también sobre la tierra. El mundo necesita la voz profética que solo el pueblo de Dios puede dar sobre los grandes problemas del mundo.

El cristiano debería implicarse en la sociedad, porque tiene derecho a demandar de los gobernantes el cumplimiento de sus responsabilidades, puesto que ellos son también designados por Dios. Tenemos el derecho a exigir a nuestros gobernantes que no excedan sus competencias: no se supone que estén para dar directrices morales a la nación. Los ciudadanos tendrían que tener el derecho a educar a sus hijos como quieran (dentro de unos límites, por supuesto). Debemos ver el peligro del totalitarismo. El Estado no debe usurpar el lugar de Dios. Ese fue el gran pecado de la Alemania nazi (mucho peor que la matanza de seis millones de judíos). Debemos ser celosos de la gloria de Dios.

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque tiene los mismos derechos que otros ciudadanos. Pablo reclamó sus derechos como ciudadano romano. Sacó provecho de una ley que, en un sentido, era discriminatoria. ¿Es equivocado unir nuestras fuerzas con otros, para cambiar las leyes terrenales y asi conseguir ciertas ventajas? Las leyes actuales en diferentes países europeos están dificultando que los cristianos extiendan el evangelio. Por ejemplo, la ley sobre el “odio religioso” que el Parlamento británico ha estado intentando aprobar. ¿No tenemos que intentar cambiar tales leyes? ¿Es erróneo intentar cambiar las leyes de la tierra si van contra las de Dios? ¿Tenemos que esperar para ello que un porcentaje significativo de la población se convierta?

En el futuro, a los cristianos no se les permitirá hablar en contra de la homosexualidad, de otras religiones, etc. ¿Seremos felices convirtiéndonos solamente en mártires del nuevo totalitarismo? El Señor dijo a sus discípulos: “Pero cuando os persigan en una ciudad, huid a la otra” (Mt. 10:23).

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque el hecho de que la Iglesia esté separada del Estado no significa que el cristiano no pueda tratar de influir en él. El más claro ejemplo de esto son los EE.UU. de América, donde la Constitucion separa a la Iglesia del Estado, pero donde las leyes tienen una gran influencia cristiana. La situación en España es que el Gobierno ha conseguido que la mayoría de las iglesias, de toda índole, se unan para negociar con ellas diferentes asuntos. El resultado es que hay tal mezcla de ideas en estas iglesias que no pueden presentar un frente común de cara al Gobierno sobre las distintas cuestiones. Hitler intentó precisamente formar una Iglesia alemana que aceptara su régimen, pero no logró su propósito. (Es interesante que en España el Gobierno intente algo similar). De hecho, la Iglesia confesante, apoyada por Bonhoeffer, Neimoller y otros, se opuso a ese acuerdo y reaccionó contra el régimen. Las otras iglesias no hablaron claramente contra el régimen nazi y, por tanto, en un sentido colaboraron con él.

La Declaración Barmen en Alemania (1934), contra los llamados “cristianos alemanes”, es un ejemplo de lo que los cristianos pueden hacer para resistir las tendencias equivocadas en la nación y ejercer una buena influencia.

III. ¿En qué forma debería implicarse el cristiano en la sociedad?
La manera como el cristiano debería implicarse en la sociedad es individualmente, no como iglesia. Es el cristiano individual en principio quien se implica, no la iglesia como tal. Pero dónde trazar la línea divisoria es algunas veces muy difícil de determinar. No obstante, esto no debería ser un obstáculo.

La forma en que el cristiano debería implicarse en la sociedad es denunciando leyes y prácticas que son descaradamente contra la ley de Dios: leyes que permiten tales atrocidades como matar a millones de inocentes por medio del aborto, eutanasia, experimentos con embriones, leyes inmorales que dan paso a una educación ética equivocada (no es la función del Gobierno de turno decidir entre lo que es correcto o incorrecto); matrimonios homosexuales y la adopción de niños por ellos, de modo que tengan dos madres o dos padres; prácticas como blasfemias contra Cristo, etc. Los primeros cristianos hablaron claramente contra los pecados de la sociedad. Clamaron: “Vosotros le crucificasteis”, no solo: “El fue crucificado por nuestros pecados”. Nosotros podemos decir ahora: “Vosotros habéis matado a millones de personas. iArrepentíos!”.

Yo, personalmente, he sido criticado por publicar folletos contra el aborto y películas blasfemas. Se me ha dicho que lo que hay que hacer es precisamente predicar el evangelio, porque la sociedad no cambiará de otro modo. Pero la Biblia es clara sobre estos temas: “Abre tu boca por los mudos, por los derechos de los desdichados. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende los derechos del afligido y del necesitado” (Pr. 31:8-9). “Libra a los que son llevados a la muerte y retén a los que van con pasos vacilantes a la matanza” (Pr. 24:11). En el pasado, otros cristianos han denunciado malas leyes y prácticas y han cambiado la situación. Wilberforce apoyó la campaña por la completa abolición de la esclavitud. La Clapham Sect (compuesta por conser- vadores) movilizó a la opinión pública y presionó al Parlamento para abolir la esclavitud y legalizar el envio de misioneros a la India.

La forma en que el cristiano debería implicarse en la sociedad es anunciándole el juicio, tanto si escuchan como si no. Noé lo hizo durante cien años.

“Porque sobre ti vendrán días, cuando tus enemigos echarán terraplén delante de ti, te sitiarán y te acosarán por todas partes. Y te derribarán a tierra y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo de tu visitación”(Lc. 19:43-44).

Finalmente, la manera como el cristiano debería implicarse en la sociedad no es solo denunciando el mal y anunciando juicio, sino también haciendo bien a toda clase de personas.

Estas son las implicaciones de la gracia común. Cristo hizo bien a las personas además de predicar el evangelio. Existe el peligro de producir “cristianos de arroz” (como los llaman en Gran Bretaña) y caer en un evangelio social. Pero no obstante, aun deberíamos actuar de esa forma. Grandes hombres y mujeres cristianos hicieron mucha obra social en el pasado, sin comprometer su responsabilidad con el evangelio: reforma de prisiones, orfanatos, hospitales, trabajo de niños, crueldad hacia los animales, la Cruz Roja, etc.

No hay duda que nuestra prioridad es predicar el evangelio. Nunca deberíamos perder esto de vista. El evangelio es la única y última esperanza para la grave situación del hombre y la sociedad. Pero no usemos el evangelio como tapadera para no hacer ninguna otra cosa. El evangelio implica que el mundo, todo, pertenece a Dios. Y así nosotros deberíamos traer la influencia de Dios a todas las esferas de este mundo.

 

 

La implicación del cristiano en la sociedad 2

Expresamos también nuestro arrepentimiento tanto por nuestra negligencia como por haber concebido a veces una evangelización y preocupación social como dos cosas que se excluyen la una a la otra”.

El Doctor Williamson (profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Lousiana), citado con aprobación por José Grau dice: “La evangelización personal no es suficiente […] tiene que haber un más amplio mensaje que tome en consideración los intereses financieros, políticos y sociales del ser humano hecho de came y hueso, a quien tenemos que evangelizar”.

Nuestra implicación en la sociedad no se debe malinterpretar. No se supone que vayamos a traer una especie de teocracia a la sociedad, como pretende la llamada Teonomía. No, no podemos esperar que la sociedad vaya a seguir las leyes de Dios. En 1 Corintios 2:14 dice: “Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para el son necedad, y no las puede entender porque se disciernen espiritualmente”. No deberíamos intentar transformar el mundo hasta el punto de no aceptar nuestras responsabilidades. ¿Deberían nuestras ciudades convertirse en la Ginebra de Calvino? No creo que las autoridades civiles deban dar reglas morales para la sociedad. Su responsabilidad es hacer leyes que respeten el orden natural establecido por el Creador y castigar el crimen. Pero uno de los peores malentendidos con respecto a nuestra implicación en la sociedad es pensar que podemos cambiar su condición moral o la del hombre. Yo rechazo por completo este punto de vista.

Solo el evangelio de Jesucristo puede producir tal transformación por el nuevo nacimiento. Pero, como hemos visto, predicar el evangelio no es lo único que podemos hacer como cristianos.
Nuestra implicacion en la sociedad no debe malentenderse como en los casos de malos ejem- plos que ha dado algunas veces la Iglesia. En la Alemania nazi, grandes secciones de la Iglesia guardaron un silencio culpable ante las atrocidades que estaban sucediendo. Solo un obispo católico (Cle ments von Galen) habló contra la eutanasia y, poco después, Hitler la detuvo, pero no antes de que setenta mil personas hubiesen sido asesinadas de esa forma. Se calcula que hoy, en Holanda, el 76% de los casos de eutanasia se efectuan sin pedir permiso a los pacientes o a sus familiares.

Esto demuestra como estas leyes (malas como son) representan solo la punta del iceberg: la realidad es mucho peor. Y esto está llegando a Españaa y a otros países. Las grandes organizaciones evangélicas en España han desempeñado un papel de muy bajo perfil en temas éticos en fechas muy recientes. A cierto Iíder evangélico se le preguntó hace años si las iglesias evangélicas tenían una postura sobre la homosexualidad y respondió: “iNol”. Los evangélicos, sin embargo, deberíamos tener una postura sobre temas morales y darla a conocer ampliamente.

II. ¿Por qué debería el cristiano implicarse en la sociedad?
El cristiano se deberia implicar en la sociedad, porque la ley moral se propuso para todo el mundo y no solo para el pueblo de Dios. “Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los [dictados] de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para si mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos” (Ro. 2:14-15). Nadie está mas allá del alcance de la ley de Dios, pero esta no debe ser usada solo para convencer de pecado y de juicio, sino también para mostrar a las personas como deberían vivir.
“Porque Juan le decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Mr. 6:18). Y esta clase de cosas se pueden decir a individuos, gobiernos y naciones.

¿Tiene Dios algo que decir a los inconversos aparte de que deben arrepentirse? Caín no era cre- yente pero Dios le dijo: “¿Por qué estás enojado, y por qué se ha demudado tu semblante? Si haces bien, ¿no serás aceptado? Y si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tu debes dominarlo” (Gn. 4:6-7). ¿Por qué los profetas del Antiguo Testamento denunciaban a las naciones paganas y no solo a Israel? Algunos cristianos evangélicos creen en la apologética aristotélica, así que pretenden poder razonar con el hombre natural y persuadirle para que crea ciertas cosas. ¿Pero cuál es la utilidad de esta creencia, si se limitan ellos mis mos a predicar solo el evangelio?

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque solo la Iglesia sabe la maldad que existe de- trás de las altas esferas. Los no creyentes ignoran que el pecado es una fuerza moral. El cristiano es consciente de las fuerzas espirituales del mal que controlan la sociedad: “Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12). Las demás personas no lo saben y, por tanto, no pueden resistir la marea. Ellos tratan los síntomas pero no la causa.

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque el pueblo, en general, no está advertido de la existencia de una agenda secreta en la sociedad para quitar de en medio a Dios y colocar al Estado en el lugar de Dios, controlar el pensamiento del pueblo y así todos tendrán los mismos principios. El Estado usurpará el lugar de Dios y te dirá lo que es correcto o incorrecto por medio de sus “Diez Manda mientos”:
1.Podrás tener tantos dioses como gustes excepto el Dios cristiano.

2. Harás un ídolo de cualquier cosa: riqueza, sexo, fama o cualquier otro objeto bajo el sol.

3.Ridiculizarás a Cristo, al cristianismo y a tantas otras religiones como gustes. Solo se cuidadoso con el Islam para que tus días puedan ser prolongados…

Continuará…

Disciplina y amonestación 2

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Es muy interesante observar, en la larga historia de la iglesia cristiana, cómo este asunto en particular siempre reaparece y recibe gran prominencia en cada periodo de avivamiento y despertar espiritual. Los reformadores protestantes se preocuparon por la cuestión, y le dieron mucha importancia a la instrucción de los niños en cuestiones morales y espirituales. Los puritanos le dieron aún más importancia, y los líderes del avivamiento evangélico de hace doscientos años hicieron lo mismo. Se han escrito libros sobre este asunto y se han predicado muchos sermones sobre él.

Esto sucede, por supuesto, porque cuando alguien acepta a Cristo como su Salvador, afecta la totalidad de su vida. No es meramente algo individual y personal; afecta la relación matrimonial y, por lo tanto, hay muchos menos divorcios entre cristianos que entre no cristianos. También afecta la vida de la familia, afecta a los hijos, afecta el hogar, afecta cada aspecto de la vida humana. Una de las épocas más grandes en la historia de esta nación, y de otras naciones, siempre han sido los años inmediatamente después de un avivamiento cristiano, un avivamiento de la verdadera religión. El tono moral de toda la sociedad se ha elevado, aun los que no han aceptado a Cristo han recibido su influencia y han sido afectados por él.

En otras palabras, no hay esperanza de hacer frente a los problemas morales de la sociedad, excepto en términos del evangelio de Cristo. El bien nunca se establecerá aparte de la santidad; cuando las personas son consagradas, proceden a aplicar sus principios en todos los aspectos, y la rectitud y justicia se notan en la nación en general. Pero, desafortunadamente, tenemos que enfrentar el hecho de que por alguna razón este aspecto de la cuestión ha sido tristemente descuidado en este siglo… Por una razón u otra, la familia no tiene el mismo peso que antes. No es el centro ni la unidad que antes era. Toda la idea de la vida familiar ha declinado, y esto en parte es cierto también en los círculos cristianos. La importancia central de la familia que encontramos en la Biblia y en todos los grandes periodos a los cuales nos hemos referido parece haber desaparecido. Ya no se le da la atención y prominencia que otrora recibió. Todo esto hace que sea mucho más importante que descubramos los principios que deberían  gobernarnos en este sentido.

Primero y principal, criar a los hijos “en disciplina y amonestación del Señor” es algo que deben hacer los padres, y hacerlo en el hogar. Este es el énfasis a lo largo de la Biblia. No es algo a ser entregado a la escuela, por más buena que sea. Es la obligación de los padres su principal y más esencial obligación. Es responsabilidad de ellos, y no
deslindarse de ella pasándosela a otros. Enfatizo esto porque todos sabemos muy bien lo que ha estado sucediendo en los últimos años. Más y más, los padres están transfiriendo sus responsabilidades y obligaciones a las escuelas.

Considero que este asunto es muy serio. No hay influencia más importante en la vida de un niño que la influencia de su hogar. El hogar es la unidad fundamental de la sociedad, y los niños nacen en un hogar, en una familia. Allí está el círculo que es la influencia principal en sus vidas. No hay duda de eso. Es lo que toda la Biblia enseña. En todas las civilizaciones, las ideas concernientes al hogar son las que siempre comienzan a causar el deterioro de su sociedad que al final se desintegra…

En el Antiguo Testamento es muy claro que el padre es una especie de sacerdote en su hogar y su familia: representaba a Dios. Era responsable no sólo por la moralidad y el comportamiento sino también por la instrucción de sus hijos. Toda la Biblia enfatiza que ésta es la obligación y tarea principal de los padres. Sigue siendo así hasta estos días. Si somos cristianos, tenemos que ser conscientes de que este gran énfasis se basa en las unidades fundamentales ordenadas por Dios: matrimonio, familia y hogar. No podemos tratarlas livianamente…

¿Qué pueden hacer los padres de familia? Tienen que complementar la enseñanza de la iglesia, y tienen que aplicar la enseñanza de la iglesia. Se puede hacer muy poco con un sermón. Tiene que ser aplicado, explicado, ampliado y complementado. Es aquí donde los padres cumplen su parte. Y si esto siempre ha sido lo correcto e importante, ¡cuánto más lo es hoy! ¿Alguna vez ha pensado usted seriamente acerca de este asunto? Probablemente usted enfrenta una de las tareas más grande que jamás han tenido los padres, y por la siguiente razón. Considere la enseñanza que reciben ahora los niños en las escuelas. La teoría e hipótesis de la evolución orgánica les son enseñadas como un hecho. No se las presentan como una mera teoría que no ha sido comprobada, se les da la impresión de que es un hecho absoluto, y que todas las personas científicas y educadas la creen. Y los que no la aceptan son considerados raros. Tenemos que encarar esa situación. Les están enseñando a los niños cosas perversas en la escuela. Las oyen en la radio y las ven en la televisión. Todo el énfasis es anti Dios, anti Biblia, anti cristianismo verdadero, anti milagroso y anti sobrenatural. ¿Quién va a contrarrestar estas tendencias? Esa es, precisamente, la responsabilidad de los padres: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Esto requiere gran esfuerzo por parte de los padres porque en la actualidad las fuerzas en contra nuestra son muy grandes. Los padres cristianos de la actualidad tienen esta muy difícil tarea de proteger a sus hijos contra las poderosas fuerzas adversas que tratan de indoctrinarlos. ¡Ese es, pues, el ambiente!

Para ser práctico, quisiera, en segundo lugar, mostrar cómo esto no debe ser realizado. Hay una manera de tratar de encarar esta situación que es desastrosa y hace mucho más daño que bien. ¿Cómo no debe realizarse?

Nunca deber hacerse de un modo mecánico y abstracto, casi automático, como si fuera una especie ejercicio militar. Recuerdo una experiencia que tuve sobre esto hace unos diez años. Me hospedé con unos amigos mientras predicaba en cierto lugar, y encontré a la esposa, la madre de la familia, muy afligida. Conversando con ella, descubrí la causa de su aflicción. Esa misma semana cierta dama había dado allí conferencias sobre el tema: “Cómo criar a todos los hijos de su familia como buenos cristianos”. ¡Habían sido maravillosas! La conferencista tenía cinco o seis hijos, y había organizado su hogar y su vida de modo que terminaba todo el trabajo de su casa para las nueve de la mañana, y luego se dedicaba a diversas actividades cristianas. Todos sus hijos eran excelentes cristianos, y todo parecía ser tan fácil, tan maravilloso. La madre con quien yo conversaba, que tenía dos hijos, se sentía muy afligida porque se sentía un total y absoluto fracaso. ¿Qué podía yo aconsejarle? Le dije esto: “Un momento, ¿qué edad tienen los hijos de esta señora?” Yo sabía la respuesta, y también la sabía mi amiga. Ninguno de ellos en ese momento tenía más de dieciséis años. Seguí diciendo: “Espere y veamos. Esta señora dice que todos son cristianos, y que lo único que se necesita es un plan para llevar a cabo disciplinadamente. Espere un poco, dentro de unos años la historia puede ser muy diferente”. Y, así fue. Es dudoso que más de uno de esos hijos sea cristiano. Varios de ellos son abiertamente anti cristianos y le han dado la espalda a todo. No se puede criar de esa manera a los hijos para que sean cristianos. No es un proceso mecánico, y de cualquier manera, lo que ella hacía era todo tan frío y clínico… El niño no es una máquina, así que no se puede realizar esta tarea mecánicamente.

Ni debe realizarse jamás la tarea de un modo completamente negativo o restrictivo. Si uno le da a sus hijos la impresión de que ser cristiano es ser infeliz y que el cristianismo consiste de prohibiciones y constantes reprensiones, los estará ahuyentando hacia los brazos del diablo y del mundo. Nunca sea enteramente negativo y represivo…

Mi último punto negativo es que nunca debemos forzar a un niño a tomar una decisión. ¡Cuántos problemas y desastres han surgido a causa de esto! “¿No es maravilloso?” dicen los padres, “mi fulanito, que es apenas un niño, ha decidido seguir a Cristo”. En el culto se le presionó. Pero eso nunca debe hacerse. Con ello se viola la personalidad del niño. Además, uno está demostrando una ignorancia profunda sobre el camino de salvación. Usted puede hacer que un pequeño decida cualquier cosa. Usted tiene el poder y la habilidad de hacerlo, pero es un error, es contrario al espíritu cristiano… No lo fuerce a tomar una decisión.

Entonces, ¿cuál es la manera correcta?… El punto importante es que tenemos que dar siempre la impresión de que Cristo es la Cabeza de la casa o el hogar. ¿Cómo podemos dar esa impresión? ¡Principalmente por nuestra conducta y ejemplo en general! Los padres deben estar viviendo de tal manera que los hijos siempre sientan que ellos mismos están bajo Cristo, que Cristo es su Cabeza. Este hecho debe ser evidente en su conducta y comportamiento. Sobre todo, debe haber un ambiente de amor… El fruto del Espíritu es el amor, y si el hogar está lleno de un ambiente de amor producido por el Espíritu, la mayoría de sus problemas se resuelven. Eso es lo que da resultado, no las presiones y los llamados directos, sino un ambiente de amor…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9
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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el mejor predicador
expositivo del Siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68; nacido en Gales.

Hablemos de… “El Espíritu Santo”

Reseña 24

Para Javier, ¡Que el Señor te fortalezca por su Espíritu! Andrés.

Tuve el privilegio de estar en la presentación de este libro, durante unas conferencias en Valdepeñas, en 2016. En el mismo conocimos en persona mi esposa y yo a Andrés Birch, digo en persona, porque durante años habíamos venido escuchando sus predicaciones, estudios, artículos. De hecho su voz era escuchada en el salón de mi casa durante largo tiempo en un estudio bíblico con otros hermanos un día a la semana. Junto a Luis Cano, pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica de Ciudad Real y otros pocos, se convirtieron en fieles referentes  de la palabra viva, inerrante y viva de Dios en sus homilías.

Este es el primero de una serie de libros de los que hasta este momento se han publicado dos, en el que encontramos de forma condensada, una brillante y muy cercana exposición sobre “El Espíritu Santo”.

Al profundizar en este libro, le damos el testigo al escritor del prólogo, el pastor José de Segovia.

Podemos haber tenido malas o buenas experiencias con nuestros padres o hijos, pero cuando mencionamos a un padre o un hijo, pensamos en una persona, no en una cosa. Hablar de espíritus suena algo fantasmal, ¡incluso da miedo! Nada personal, desde luego. Ahí está el problema. Vemos al Espíritu como algo, pero el Espíritu no es una cosa, sino una persona.

Si creemos que detrás del universo hay una realidad personal, tenemos que entender que el Espíritu Creador que renueva este mundo no es otro que una persona. Solo él puede suplir nuestra necesidad de amor, valor, significado y propósito. Las acciones que la Biblia atribuye al Espíritu Santo son personales, hasta en los pronombres. Su invisibilidad, poder y soberanía, incontrolable e impredecible, no es impersonal. Él tiene que ver personalmente con nosotros.

Al ser divino, el Espíritu nos revela a Dios y su salvación. Es «el Señor» (2 Co. 3:17), Yahvé en el Antiguo Testamento. El Espíritu da vida (v. 6), como solo Dios puede hacerlo. Nos reveló estas cosas «por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios, porque entre los hombres, ¿quién conoce los pensamientos de un hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Asimismo, nadie conoce los pensamientos de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Co. 2:10-11).

Si el médico te da la peor noticia, le puedes decir que vas a buscar una segunda opinión, pero ¿qué dirías si en ese momento sale de la habitación y vuelve con una máscara, para decirte exactamente lo mismo? Así, cuando Jesús prometió a sus discípulos «otro
Consolador para que esté con vosotros para siempre; es decir, el Espíritu de verdad» (Jn. 14:16-17), no sería otro si fuera Jesús de otra forma. El Espíritu es distinto del Padre y del Hijo, pero igualmente divino.

El Espíritu que dio vida al universo, lo recrea dando nueva vida al levantar a Jesús de los muertos (Ro. 8:11). Como Dios sopló vida al primer hombre, así Jesús nos da nueva vida, diciendo: «recibid el Espíritu Santo» (Jn. 10:22).

El Espíritu Creador nos libera por medio de Cristo Jesús. Es él quien nos hace creer. Ya que nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo (1 Co. 12:3). No es que Dios no nos deje. Es que no somos capaces.

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Andrés Birch nos muestra en este libro nuestra de-pendencia del Espíritu Santo en el sentido trinitario del cristianismo clásico. El Espíritu hace que crea en el Hijo, quien me permite acercarme a Dios como Padre, ya que solo por la obra del Hijo y el Espíritu podemos llegar a él. De ello nos da testimonio el autor, por su propia experiencia. El Espíritu Santo le cambió. Le hizo un hijo de Dios y le da testimonio de ello (Gá. 4:4-7).

En pocas personas he visto tantas evidencias del fruto del Espíritu como en el escritor de estas páginas. No solo le ha dado entendimiento, sino el amor, el gozo, la paz, la paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio que solo Dios puede darnos (Gá. 5:22-23). Andrés es la persona que yo hubiera querido ser de mayor, pero a la edad que ya tengo y dado el desastre que soy, me temo que ya no lo seré nunca…

Su amor por la Palabra es impresionante; la claridad con la que enseña es meridiana; y el sentimiento con el que habla de estas cosas es conmovedor. Disfrutarás de estas páginas, que te pueden enseñar mucho para tu vida cristiana, pero desde luego te llevarán a dar gracias a Dios por el mayor don que puede darnos, el Espíritu Santo. Y si no lo tienes, ¡ruega al Señor por él! Es el mejor regalo que puede darte.

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José de Segovia
Andrés (Andrew) Birch nació en Inglaterra, estudió Filología Clásica en la Universidad de Nottingham y Teología en la Universidad Queens de Belfast. Tras un curso de preparación en la Escuela bíblica de European Missionary Fellowship, llegó a España con su esposa, Viviana (Vivienne), en 1983. Andrés y Viviana tienen tres hijos (casados) y seis nietos. Actualmente, es pastor de la Iglesia Bautista Reformada en Palma de Mallorca. También es miembro del Comité del ministerio nacional Taller de Predicación  colabora con el ministerio 9Marks, es uno de los promotores del curso de formación de líderes C222 y es miembro del Consejo pastoral de Coalición por el Evangelio. Ha contribuido como conferenciante y articulista en distintos ministerios, y ha publicado varios libros, entre ellos Ante la Cruz. Andrés es un amante de la lectura y la música, y también le gusta el deporte.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/doctrina-y-teologia/208-hablemos-de-el-espiritu-santo.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

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La implicación del cristiano en la sociedad 1

“Vosotros soís la sal de la tierra, pero si la sal se ha vuelto insípida ¿con qué se hará salada [otra vez]? Ya para nada sirve sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. Vosotros, sois la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar, ni se enciende una Iámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5:13-16).

Me gustaría sugerir que hay un más amplio, quizá más profundo, significado de estas palabras en Mateo 5:1 3-1 6 que el que nosotros les damos. Este significado tiene que ver con la implicación del cristiano en la sociedad en una forma que va más allá de la predicación del evangelio y dar buen testimonio. Y esta es un área donde desafortunadamente no todos los cristianos estamos de acuerdo.

I.- ¿Cuál debería ser la implicación del cristiano en la sociedad?
En otras palabras, ¿qué significa para el cristiano ser sal y luz en este sentido más amplio?
Nuestra implicacion en la sociedad se deberia entender en lo que se refiere a ser sal. Su principal significado, según Hendriksen, es preservar los alimentos de la corrupcion. Vivimos en una sociedad corrompida y que se está corrompiendo cada dia más y más.

¿Cómo podemos preservar nuestra sociedad de mas corrupción? ¿Solo predicando en nuestras pequeñas congregaciones? ¿Sólo viviendo una vida delante de una docena de personas a las que conocemos individualmente? Indudablemente debemos predicar el evangelio y vivir una vida santa, ¿pero a cuántas personas alcanzamos de esa manera? En España hay un cristiano por cada mil personas. ¿Qué grado de influencia tenemos sobre la sociedad española y cómo podemos preservarla de la corrupción? Algunos esperan que llegue el avivamiento, ¿pero qué hacemos mientras tanto?

Nuestra implicación en la sociedad debería entenderse en lo referente a ser luz del mundo. ¿Cuántas personas en nuestra sociedad pueden ver la luz cristiana o son conscientes que tal luz existe? ¿Se podría describir como una ciudad situada sobre un monte? Nuestra sociedad necesita luz en los temas morales. Debería conocer el camino de Dios y su juicio. Los cristianos deberíamos ser conscientes de la situación de la sociedad (Juan el Bautista era consciente de la situacion de Herodes). Pero para hacerlo, deberíamos hablar alto y claro en la forma más amplia posible.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender en lo que se refiere a tratar directamente diversos asuntos morales. Esto es lo que encontramos en la Biblia. Los profetas del Antiguo Testamento denunciaban a las naciones paganas. Juan el Bautista denunció a los fariseos y a Herodes. Nuestro Señor Jesucristo dejó en evidencia la hipocresía de los fariseos.

Tomemos, por ejemplo el tema de la esclavitud ahora que celebramos el bicentenario de su abolición. El despertar evangélico fue un hecho espiritual muy poderoso tanto en Gran Bretaña  como en América. Sin embargo no abolió la esclavitud. John Newton estuvo involucrado en ella  (comerciaba con esclavos) y salió de ella. Pero su ministerio no detuvo la esclavitud, sino que fueron Wilberforce y otros que lo hicieron. No solo predicaron el evangelio y vivieron una vida piadosa sino que la denunciaro en el Parlamento, y se logró su abolición. La esclavitud no es un problema en la sociedad occidental (al menos no en la misma forma que en el pasado). Pero tenemos problemas morales que son aún peores que la esclavitud: aborto, eutanasia, experimentos con embriones humanos, matrimonios homosexuales, educación sexual pervertida en los colegios, libros, películas  y obras teatrales blasfemas sobre Cristo, etc. Existen los denominados pecados contra naturaleza y degradantes que deberían ser expresamente denunciados. “Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes, porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra naturaleza.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender sobre la base del derecho que tenemos a esperar que el hombre natural escuche a su conciencia, que es la voz de Dios y la de su ley en el hombre. Esto nada tiene que ver con imposiciones religiosas o morales en una sociedad secular. El papel del cristiano en la sociedad no es imponer valores cristianos en ella, sino presentar estos valores a la conciencia del hombre. Nosotros no deberíamos perseguir imponer la moralidad o resistir a la inmoralidad.

Sabemos que el problema con la sociedad no son “los pecados” sino “el pecado”. Pero tampoco deberíamos generalizar tanto sobre el concepto de pecado que al final las personas no entiendan de qué estamos hablando. Amós dijo en su día a las naciones vecinas cuáles eran sus pecados. “Así dice el Señor: Por tres transgresiones de los hijos de Amón, y por cuatro, no revocaré su (castigo), porque abrieron los vientres de las (mujeres) encintas  de Galaad para ensanchar sus límites” (Am. 1:13). Él no buscaba producir un cambio en ellos sino declarar la justicia de Dios y también anunciar el juicio divino.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender en lo que se refiere a buscar el bienestar  material de nuestra sociedad. “Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). No solo de pan, pero también de pan. (Spurgeon dijo: “Si das un folleto a un mendigo. dáselo envolviendo un bocadillo”). “Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado. Y rogad al Señor por ella, porque en su bienestar tendréis bienestar”. (Jeremías 29:7).

Algunos cristianos dan la impresión de que lo único que les importa en este mundo es la salvación de las almas. A veces tratamos con las personas como si se tratase de potenciales conversos y nada más.  Nuestra implicación en la sociedad se debería entender incluso en lo referente a derribar el statu quo. Por ejemplo, ¿tenía Oliver Cromwell derecho a cambiar la situación política por la fuerza? ¿Solo predicó el evangelio al rey? (¡Creo que lo decapitó!). Nuestra implicación en la sociedad se debería entender como otros cristianos la han concebido. El pacto de Lausana (Suiza, 16-25 de Julio de 1974) que se acordó durante el Congreso Internacional sobre Evangelización Mundial, dice entre otras cosas Afirmamos que Dios es a la vez el Creador y juez de todos los hombres. Por tanto, debemos compartir su preocupación por la justicia, la reconciliación entre toda la sociedad humana y por la liberación de los hombres de toda clase de opresión.

El hombre fue hecho a imagen de Dios; por eso todas las personas tienen una dignidad esencial y por esa razón tienen que ser respetados y servidos, no explotados.

Continuará …

 

Disciplina y amonestación 1

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Si hemos de cumplir el mandato del Apóstol… tenemos que hacer una pausa y considerar lo que debemos hacer. Cuando llega un hijo, tenemos que decirnos: “Somos guardianes y custodios de esta alma”. ¡Qué responsabilidad tan tremenda! En el mundo de los negocios y el profesional, los hombres son muy conscientes de la gran responsabilidad que tienen con respecto a las decisiones que deben tomar. Pero, ¿son conscientes de la responsabilidad infinitamente mayor que tienen con respecto a sus propios hijos? ¿Les dedican la misma o más reflexión, atención y tiempo? ¿Sienten el peso de la responsabilidad tanto como lo sienten en estas otras áreas? El Apóstol nos urge a considerar esto como la ocupación más grande de la vida, el asunto más grande que jamás tendremos que encarar y realizar.

El Apóstol no se limita a: “Criadlos”, sino que dice: “en disciplina y amonestación del Señor”. Las dos palabras que usa están llenas de significado. La diferencia entre ellas es que la primera, disciplina, es más general que la segunda. Es la totalidad de disciplinar, criar, formar al hijo. Incluye, por lo tanto, una disciplina general. Y como todas las autoridades coinciden en señalar, su énfasis es en las acciones. La segunda palabra, amonestación, se refiere más bien a las palabras que se dicen. Disciplina es el término más general que incluye todo lo que hacemos por nuestros hijos. Incluye todo el proceso en general de cultivar la mente y el espíritu, la moralidad y la conducta moral, toda la personalidad del niño. Esa es nuestra tarea. Es dar atención al niño, cuidarlo y protegerlo…

La palabra amonestación tiene un significado muy similar, excepto que coloca más énfasis en el habla. Por lo tanto, esta cuestión incluye dos aspectos. Primero, tenemos que encarar la conducta en general, las cosas que tenemos que hacer por medio de nuestras acciones. Luego, sumado a esto, hay ciertas amonestaciones que debieran ser dirigidas al niño: palabras de exhortación, palabras de aliento, palabras de reprensión, palabras de culpa. El término usado por Pablo incluye todas éstas, o sea todo lo que les decimos a los niños con palabras cuando estamos definiendo una posición e indicando lo que es bueno y lo que es malo, alentando, exhortando, etc. Tal es el significado de la palabra amonestación.

Los hijos deben ser criados en “la disciplina y amonestación”—y luego viene la frase más importante de todas—“del Señor”. Aquí es donde los padres de familia cristianos, ocupados en sus obligaciones hacia sus hijos, se encuentran en una categoría totalmente diferente de todos los demás padres. En otras palabras, esta apelación a los padres cristianos no es simplemente para exhortarlos a criar a sus hijos para que tengan buena moralidad o buenos modales o una conducta loable en general. Eso, por supuesto está incluido. Todos deben hacer eso, los padres no cristianos deben hacerlo. Deben preocuparse porque tengan buenos modales, una buena conducta en general y que eviten el mal. Deben enseñar a sus hijos a ser honestos, responsables y toda esta variedad de virtudes. Eso no es más que una moralidad común, y, hasta aquí, el cristianismo no ha comenzado su influencia. Aun los escritores paganos interesados en que haya orden en la sociedad han exhortado siempre a sus prójimos a enseñar tales principios. La sociedad no puede continuar sin un modicum de disciplina y de leyes y orden en todos los niveles y en todas las edades. Pero el apóstol no se está refiriendo a esto únicamente. Dice que los hijos de los creyentes deben ser criados “en disciplina y amonestación del Señor”.

Es aquí donde entra en juego específicamente el pensamiento y la enseñanza cristiana. Que sus hijos tienen que ser criados en el conocimiento del Señor Jesucristo como Salvador y Señor, debe ser siempre una prioridad en la mente de los padres cristianos. Esa es la tarea singular a la cual sólo los padres cristianos son llamados. No es  únicamente su tarea suprema: su mayor anhelo y ambición para sus hijos debe ser que conozcan al Señor Jesucristo como su Salvador y como su Señor. ¿Es esa la mayor ambición para nuestros hijos? ¿Tiene prioridad el que “lleguen a conocer a aquel cuyo conocimiento es vida eterna”, que lo conozcan como su Salvador y que lo sigan como su Señor? ¡“En disciplina y amonestación del Señor”! Estas, pues, son las expresiones que usa el Apóstol.

… La Biblia misma pone mucho énfasis en la formación de los hijos. Observe, por ejemplo, las palabras en el sexto capítulo de Deuteronomio. Moisés ha llegado al final de su vida, y los hijos de Israel pronto entrarán a la Tierra Prometida. Les recuerda la Ley de Dios y les dice cómo tenían que vivir cuando entraran a la tierra que habían heredado. Y tuvo el cuidado de decirles, entre otras cosas, que tenían que enseñarles la Ley a sus hijos. No bastaba con que ellos mismos la conocieran y cumplieran, tenían que pasarle su conocimiento a sus hijos. Los hijos tienen que aprenderla y nunca olvidarla …

Continuará …

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9
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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el mejor predicador
expositivo del Siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68; nacido en Gales.

Cómo educar a los hijos para Dios 2

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En tercer lugar, si educamos a nuestros hijos para Dios, tenemos  que hacer todo lo que hacemos por ellos basados en motivaciones correctas. Casi la única motivación que las Escrituras consideran correcta es hacerlo para la gloria de Dios y tener un anhelo devoto de promoverla; y no consideran que nada se hace realmente para Dios que no fluye de esta fuente. Sin esto, por más ejemplar que sea, no hacemos más que dar fruto para nosotros mismos y no somos más que una vid sin vida. Por lo tanto, tenemos que ser gobernados por esta motivación al educar a nuestros hijos si queremos educarlos para Dios y no para nosotros mismos. En todos nuestros cuidados, labores y sufrimientos por ellos, una consideración por la gloria divina debe ser el incentivo principal que nos mueve. Si actuamos meramente basados en nuestro afecto paternal y maternal, no actuamos basados en un principio más elevado que el de los animales irracionales a nuestro alrededor, muchos de los cuales parecen amar a sus hijos con no menos ardor ni estar menos listos para enfrentar peligros, esfuerzos y sufrimientos para promover su felicidad que nosotros para promover el bienestar de los nuestros. Pero si el afecto paternal puede ser santificado por la gracia de Dios y las obligaciones paternales
santificadas por un anhelo de promover su gloria, entonces nos elevamos por encima del mundo irracional para ocupar nuestro lugar correcto y poder educar a nuestros hijos para Dios. Aquí, mis amigos, podemos observar que la verdadera religión, cuando prevalece en el corazón, santifica todo. Hace que aun las acciones más comunes de la vida sean aceptables a Dios y les da una dignidad e importancia que en sí mismas no merecen… Por lo tanto, el cuidado y la educación de los hijos, por más insignificantes le parezcan a algunos, deben realizarse teniendo en cuenta la gloria divina. Cuando así se hace, se convierte en una parte importante de la verdadera religión.

En cuarto lugar, si hemos de educar a nuestros hijos para Dios, tenemos que educarlos para su servicio. Los tres puntos anteriores que hemos mencionado se refieren principalmente a nosotros mismos y nuestras motivaciones. Pero este punto tiene una relación más inmediata con nuestros hijos mismos. A fin de capacitarnos para instruir y preparar a nuestros hijos para el servicio de Dios, tenemos que estudiar diligentemente su Palabra para asegurarnos de lo que él requiere de ellos, tenemos que orar con frecuencia pidiendo la ayuda de su Espíritu para ellos al igual que para nosotros… Hemos de cuidarnos mucho de decir o hacer algo que pueda, ya sea directa o indirectamente, llevarlos a considerar la religión como algo de importancia secundaria. Por el contrario, hemos de trabajar constantemente para poner en sus mentes la convicción de que consideramos la religión como la gran ocupación de la vida, el favor de Dios como el único objetivo al cual apuntamos y el disfrutar de él de aquí en adelante como la única felicidad, mientras que, en comparación, todo lo demás es de poca consecuencia, no obstante lo importante que de otro modo sea.

Tomado de “Children to Be Educated for God” en The Complete Works of Edward Payson, Vol. III (Las obras completas de Edward Payson.
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Edward Payson (1783-1827): Predicador norteamericano; pastor de la Congregational Church de Portland, ME; nacido en Rindge, NH, EE.UU.

El significado del matrimonio

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Debe ser intimidante escribir un libro acerca del matrimonio. Los estantes de las librerías crujen debido al peso de los títulos que aseguran tener la clave para un matrimonio feliz o bíblico o centrado en el evangelio. Para sobresalir en un área tan poblada, es necesario que un libro ofrezca algo diferente, algo único, algo que lo distinga del resto. Tim y Kathy Keller salen a la palestra con su nuevo libro El significado del matrimonio, que se distingue por su profunda centralidad en el evangelio. Esto lleva a que los autores inviten al lector a profundizar en el evangelio de Jesucristo y también los obliga a mostrar cómo éste abarca cada parte del matrimonio. 

Aunque, en primera instancia, El significado del matrimonio fue escrito por Tim Keller, su esposa Kathy contribuye en diversas formas, particularmente, al escribir uno de los capítulos y al ser la esposa de Tim por casi cuatro décadas. Tim explica que el libro tiene tres raíces profundas: la primera de ellas es su matrimonio con Kathy; la segunda, es su ministerio pastoral, particularmente en Nueva York en una iglesia compuesta en su mayoría por solteros; y la tercera, y más fundamental, es la enseñanza bíblica sobre el matrimonio tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. “Hace ya casi cuatro décadas, Kathy y yo estudiamos lo que la Biblia dice respecto al sexo, el género y el matrimonio. En los quince años siguientes, lo fuimos experimentando y aplicando en nuestro propio matrimonio. Y en estos últimos veintidós años, hemos puesto en práctica, además, todo lo aprendido de las Escrituras y de nuestra experiencia personal para guiar, animar, aconsejar y enseñar a jóvenes del entorno urbano en todo lo concerniente al sexo y al matrimonio”. Ellos hablan desde la poderosa combinación del conocimiento de las Escrituras y la experiencia de la vida real.

Este libro se compone de ocho capítulos que tienen una fluidez lógica desde el fundamento bíblico para el matrimonio hasta las relaciones sexuales dentro de éste. En el capítulo 1, se enseñan los fundamentos para el matrimonio, mostrando cómo éste es idea de Dios y fue hecho para reflejar su amor salvífico por nosotros en Jesucristo. En el capítulo 2, se muestra cómo la obra del Espíritu Santo es fundamental para luchar contra el enemigo principal del matrimonio: el egocentrismo pecaminoso. En el capítulo 3, se toca el tema del amor, viendo cómo el sentimiento se relaciona (o no) con las acciones de amor. El capítulo 4 “La misión del matrimonio” apunta al propósito del matrimonio y entrega una larga discusión sobre las amistades espirituales, mientras que el capítulo 5 “Amar a la persona desconocida” nos enseña tres capacidades que cada esposo y esposa debe buscar.

El capítulo 6, escrito por Kathy, celebra las diferencias entre sexos, observando el complicado tema del rol de género y complementariedad. La soltería y la sabiduría al buscar el matrimonio son temas del capítulo 7; por último, en el capítulo final se reflexiona sobre las relaciones sexuales, mostrando por qué la Biblia dice que el sexo es para el matrimonio y cómo esta relación puede darse dentro de ese contexto.

EVANGELIO, EVANGELIO Y MÁS EVANGELIO

Desde el principio dije que la característica sobresaliente de este libro —también, su mayor fortaleza— es su profunda dependencia en el evangelio. El matrimonio simplemente no puede entenderse o practicarse sin estar arraigado al evangelio. “Si en los planes de Dios, el evangelio hubiera sido únicamente para la salvación en Jesús, el matrimonio exclusivamente ‘funcionaría’ en la medida en que nos aproximara al amor que entrega de Dios en Cristo”. Por esa razón, el libro no va a ninguna parte hasta que Keller expone Efesios 5, donde se nos dice que el matrimonio es un “misterio profundo” que refleja la relación de Cristo con la iglesia. Junto a nuestra relación con Dios, no hay ninguna otra relación más importante que el matrimonio, “esa es la razón de que, igual que conocer a Dios, el llegar a conocer y amar a nuestra pareja sea una tarea difícil pero sumamente gratificante y plena. Como lo más doloroso, y lo más extraordinario: así es como la Biblia presenta el matrimonio. Y es posible que no haya habido otro momento histórico en nuestra cultura y en nuestra sociedad en el que sea más significativo alzar la voz a favor suyo desde esa perspectiva y singular”.

Esta centralidad en el evangelio continúa capítulo tras capítulo, siendo la base de las discusiones de amistad, soltería, sexo y roles complementarios.

Un componente del libro que merece especial atención es su utilidad para los solteros. La iglesia de Keller está compuesta predominantemente por solteros y cualquier cosa que él enseñe tiene que aplicarse a ellos. Esto lo llevó a dedicar gran parte de este libro a la soltería y a la búsqueda del matrimonio. La enseñanza que Keller entrega es animante y útil para aquellos que han elegido una vida de soltería y para los que están buscando un esposo o esposa.

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CONCLUSIÓN

Este es un libro potente. El significado del matrimonio eleva el matrimonio haciéndolo algo hermoso, santo y agradable. Junto con el matrimonio, viene la amistad, la compañía, el sexo y todo lo demás que Dios ha puesto para la relación matrimonial. Este libro celebra el matrimonio y lo hace dentro del contexto más grande de todos: el evangelio de Jesucristo.

Una reseña original del pastor reformado Tim Challies (nacido en 1976).

Un libro de Editorial Andamio, 324 páginas, Febrero de 2014

 

Puedes solicitar su ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/matrimonio-y-familia/540-el-significado-del-matrimonio.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

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Cómo educar a los hijos para Dios 1

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“Lleva este niño y críamelo, y yo te lo pagaré”.—Éxodo 2:9

Estas palabras fueron dichas por la hija de Faraón a la madre de Moisés. Es muy probable que no sea necesario informarle de las circunstancias que las ocasionaron. Seguramente no es necesario decirle que al poco tiempo de nacer este futuro líder de Israel sus padres se vieron obligados, por la crueldad del rey egipcio, a esconderlo en una arquilla de juncos a la orilla del río Nilo. Estando allí, fue encontrado por la hija de Faraón. Su llanto infantil la movió a compasión con tanto poder que decidió no sólo rescatarlo de una tumba de agua, sino educarlo como si fuera de ella. Miriam, la hermana de Moisés, quien había observado todo sin ser vista, se acercó ahora como alguien que desconocía las circunstancias que habían ocasionado que el niño estuviera allí. Al escuchar la decisión de la princesa, Miriam ofreció conseguir una mujer hebrea para que cuidara al niño hasta tener edad suficiente como para aparecer en la corte de
su padre. Este ofrecimiento fue aceptado, por lo que Miriam fue inmediatamente y llamó a la madre a quien la princesa le encomendó el niño con las palabras de nuestro texto: “Lleva este niño y críamelo, y yo te lo pagaré”.

Con palabras similares, mis amigos, se dirige Dios a los padres de familia. A todos los que les da la bendición de tener hijos, dice en su Palabra y por medio de la voz de su providencia: “Lleva este niño y edúcalo para mí, y yo te lo pagaré”. Por lo tanto, usaremos este pasaje para mostrar lo que implica educar a los hijos para Dios.

Lo primero que implica educar a los hijos para Dios es tener conciencia y una convicción sincera, de que son propiedad de él, hijos de él más bien que nuestros. Nos encarga su cuidado por un tiempo, con el mero propósito de formarlos de la misma manera como ponemos a nuestros hijos bajo el cuidado de maestros humanos con el
mismo propósito. A pesar de lo cuidadoso que seamos para educar a los hijos, no podemos decir que los educamos para Dios a menos que creamos que son de él, porque si creemos que son exclusivamente nuestros los educaremos para nosotros mismos y no para él. Saber que son de él es sentir profundamente y estar persuadidos de que él tiene un derecho soberano de hacer con ellos lo que quiere y de quitárnoslos cuando él disponga. Que son de él y que posee él este derecho es evidente según innumerables pasajes de las Sagradas Escrituras. Éstas nos dicen que Dios es el que forma nuestro cuerpo y es el Padre de nuestro espíritu, que todos somos sus hijos, y que, en consecuencia, no somos nuestros, sino de él. También nos aseguran que tal como es de él el alma del padre y la madre, de él es el alma de los hijos. Dios reprendió y amenazó varias veces a los judíos porque sacrificaban los hijos de él en el fuego de Moloc (Eze. 16:20-21). A pesar de lo claro y explícito que son estos pasajes, son pocos los padres que parecen sentir su fuerza. Son pocos los que parecen sentir y actuar como si tuvieran conciencia de que ellos y los suyos son propiedad absoluta de Dios, que ellos son meramente padres temporarios de sus hijos, y que, en todo lo que hacen para ellos, debieran estar actuando para Dios. Pero resulta evidente que tienen que sentir esto antes de poder criar a sus hijos para él, porque ¿cómo pueden educar a sus hijos para un ser cuya existencia no conocen, cuyo derecho a ellos no reconocen y cuyo carácter no aman?

Una segunda implicación, muy relacionada con lo anterior de educar a los hijos para Dios, se trata de dedicarlos o entregarlos sincera y seriamente para ser de él eternamente. Ya hemos demostrado que son propiedad de él y no nuestra. Al decir, dedicarlos a él, queremos decir sencillamente que reconocemos explícitamente esta
verdad o que reconocemos que los consideramos enteramente de él y que los entregamos sin reservas a él para el tiempo y la eternidad… Si nos negamos a dárselos a Dios, ¿cómo podemos decir que los educamos para él?

Continuará …

Tomado de “Children to Be Educated for God” en The Complete Works of Edward Payson, Vol. III (Las obras completas de Edward Payson.
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Edward Payson (1783-1827): Predicador norteamericano; pastor de la Congregational Church de Portland, ME; nacido en Rindge, NH, EE.UU.

 

Eduque a los niños para Cristo 6

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HERMANOS EN EL SAGRADO OFICIO DEL MINISTERIO:

¿Hemos hecho todo lo posible, según considerábamos nuestra responsabilidad, en cuanto a este asunto? Nuestras labores, ¿han sido realizadas con suficiente atención a nuestros oyentes más jóvenes y su preparación para servir al “Señor de la mies”? El pastor debe conocer a los niños bajo su cuidado y saber lo que sus padres están haciendo para su bien y para prepararlos con el fin de servir al Señor Jesucristo. Hemos de
influir constante y eficazmente sobre la mente de los padres, predicarles, conversar con ellos, sacudirles la conciencia con respecto a sus deberes. Debemos sentarnos con ellos en la tranquilidad de sus hogares y hacerles preguntas como éstas: Según su opinión, ¿cuál es su deber a Dios con respecto a sus hijos? ¿Qué expectativas tiene en cuanto a su futura contribución al reino de Dios sobre la tierra? ¿Está cumpliendo su deber con sus ojos puestos en el tribunal de Cristo? ¿Qué medios emplea a fin de que sus expectativas lleguen a ser una realidad? ¿Anhela ver la gloria de Dios y la conversión de su mundo perdido, con la ayuda de “los hijos que Dios en su gracia le ha dado”? Tales preguntas, hechas con la seriedad afectuosa de los guardias de almas, tocarán el corazón en el que hay gracia; despertará sus pensamientos e impulsará a la acción. Hemos de ayudar a
los padres de familia a ver cómo ellos y sus familias se relacionan con Dios y este mundo rebelde. Y si promovemos su prosperidad personal en la vida divina, no hay mejor manera que ésta, de estimularlos a cumplir sus altos y solemnes deberes.

PADRES CRISTIANOS:

Nuestros hijos han sido educados durante demasiado tiempo sin ninguna referencia directa a la gloria de Cristo y al bien de este mundo caído que nos rodea. Su dedicación a la obra de Cristo también ha sido muy imperfecta. Por esta razón, entre otras, la obra de
evangelizar el mundo ha sido tan lenta. Usando las palabras de cierto padre de familia cristiano profundamente interesado en este tema, diremos: “Se dice mucho y con razón, acerca del deber del cristiano de considerar sus bienes materiales como algo consagrado a Cristo y se comenta con frecuencia que hasta que actúe basado en principios más
elevados; el mundo no podrá ser ganado para Cristo”. Es cierto; pero nuestro descuido en esto no es la base de nuestra infidelidad. Me temo que muchos de los que sienten su obligación en cuanto a sus bienes materiales, olvidan que deben responder por sus hijos ante Cristo, ante la iglesia y ante los paganos. Se necesitan millones en oro y plata para llevar adelante la obra de evangelizar el mundo; pero mil mentes santificadas lograrán más que millones de dinero. Y, cuando los hijos de padres consagrados se entreguen,
con el espíritu de verdaderos cristianos, a la salvación del mundo, ya no habrá “tenebrosidades de la tierra llenas… de habitaciones de violencia”.

“¿Han tenido los hombres un deber más grande que el que los compromete a educar sus hijos para beneficio del mundo? Si esto fuera nuestro anhelo constante, prominente, daría firmeza a nuestras enseñanzas y oraciones; hemos de guardarnos de todo hábito o influencia que obstaculice el cumplimiento de nuestros anhelos. Enseñaríamos a nuestros hijos a gobernarse a sí mismos, a negarse a sí mismos, a ser industriosos y
esforzados. No seríamos culpables de una vacilación tan triste entre Cristo y el mundo. Cada padre sabría para qué está enseñando a sus hijos. Cada hijo sabría para qué vive. Su conciencia sentiría la presión del deber. No podría ser infiel al objetivo que tiene por delante sin violar su conciencia. Semejante educación, ¿no sería obra del Espíritu de Dios y bendecida por él, y acaso no se convertirían temprano nuestros hijos? Entonces
entregarían todos sus poderes a Dios”.

Padres cristianos, “todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”. El pupilaje de sus hijos desaparece en las veloces alas del tiempo. Imitemos el espíritu de los primeros propagadores del cristianismo y llevemos a nuestros hijos con nosotros en las labores de amor. Sea nuestra meta lograr una consagración más alta. Los débiles
deben llegar a ser como David y David como el Hijo de Dios. El que sólo unos pocos hombres y mujeres en todo un siglo aparezcan con el espíritu de Taylor, Brainerd, Martyn y Livingston debe terminar. Debería haber cristianos como ellos en cada iglesia. Sí, por qué no ha de estar compuesta de los tales cada iglesia a fin de que sus moradas sean demasiado “pequeñas para ellos” y ellos, con el Espíritu de Cristo que los constriñe,
salgan, en el espíritu infatigable de la empresa cristiana, a los confines del mundo. Con tales columnas y “piedras labradas”, el templo del Señor sería ciertamente hermoso. Bendecida con los que apoyan la causa de Cristo en su hogar, la iglesia será fuerte para la obra de su Señor. Bendecida con tales mensajeros de salvación a los paganos, la obra de evangelizar las naciones avanzará con rapidez. Al marchar hacia adelante y proclamar el amor del Salvador, saldrá de todas las “tenebrosidades” la exclamación;

“ !Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: !Tu Dios reina! ” (Isa. 52:7).

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

Eduque a los niños para Cristo 5

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10. Cuídese de aceptar que sus hijos vivan “según la costumbre del mundo”; buscando sus honores, involucrándose en sus luchas ambiciosas, en sus costumbres y modas secularizadoras. Los hijos de padres consagrados no deben encontrarse entre los adeptos a la moda; emulando sus alardes y logros inútiles. “¿Cómo le roban a Cristo lo suyo?”, dijo un padre de familia cristiano. “He observado muchos casos de padres ejemplares, fieles y atinados con sus hijos hasta, quizá los quince años. Luego desean que se asocien con personas distinguidas y el temor de que sean distintos, les ha llevado a dar un giro y vestirlos como gente mundana. Hasta les han escogido sus amistades íntimas. Y los padres han sufrido severamente bajo la vara del castigo divino; sí, han sido mortificados, sus corazones han sido quebrantados por tales pecados, debido a las desastrosas consecuencias en lo que al carácter de sus hijos respecta.

11. Cuídese de los conceptos y sentimientos que promueve en sus hijos con respecto a los BIENES MATERIALES. En las familias llamadas cristianas, el amor por los bienes materiales es uno de los mayores obstáculos para el extendimiento del evangelio. Cada año, las instituciones cristianas de benevolencia sufren por esta causa. Los padres enseñan a sus hijos a “apurarse a enriquecerse”, como si esto fuera lo único para lo cual Dios los hizo. Dan una miseria a la causa de Cristo. Y los hijos e hijas siguen su ejemplo, aun después de haber profesado que conocen el camino de santidad y han dicho “no somos nuestros”. Se podrían mencionar hechos que, pensando en la iglesia de Dios, harían sonrojar a cualquier cristiano sincero. Enseñe a sus hijos a recordar lo que Dios ha dicho: “Tu plata y tu oro son míos”. Recuérdeles que usted y ellos son mayordomos que un día darán cuenta de lo suyo. Considere la adquisición de bienes materiales de importancia sólo para poder hacer el bien y honrar a Cristo. No deje que sus hijos esperen que los haga herederos de grandes posesiones. Deje que lo vean dar anualmente “según Dios lo ha prosperado” a todas las grandes causas de benevolencia cristiana. Ellos seguirán su ejemplo cuando usted haya partido. Dejar a sus hijos la herencia de su propio espíritu devoto y sus costumbres benevolentes será infinitamente más deseable que dejarles “miles en oro y plata”. Hemos visto ejemplos tales.

Para ayudar en esto, cada padre debe enseñar a su familia a ser económica, como un principio religioso. Influya en ellos a temprana edad para que se decidan a practicar una economía altruista y entusiasta. Enséñeles que “más bienaventurado es dar que recibir”, a escribir “santidad al Señor” en el dinero que tienen en el bolsillo, en lugar de gastarlo en placeres dañinos; a procurar la sencillez y economía en el vestir, los muebles, su manera de vivir y a considerar todo uso fútil del dinero como un pecado contra Dios.

12. Cuídese de no frustrar sus esfuerzos por lograr el bien espiritual de sus hijos, teniendo malos hábitos en su familia. Las conversaciones livianas, una formalidad aburrida y apurada en el culto familiar; conversaciones mundanas el día del Señor o comentarios de censura provocan que todos los hijos de familias enteras descuiden la religión. Guárdese contra ser pesimista, moralista, morboso. Algunos padres creyentes parecen tener apenas la religión suficiente para hacerlos infelices y para tener toda la fealdad del temperamento y de los hábitos religiosos que proviene naturalmente de una conciencia irritada por su infiel “manera de vivir”. Hay en algunos cristianos una alegría y dulzura celestiales que declaran a sus familias que la religión es una realidad tanto bendita como seria, dándoles influencia y poder para ganarlos para la obra de Cristo. Cultive esto. Deje que “el amor de Dios [que] está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” pruebe constantemente a sus hijos que la religión es el origen del placer más auténtico, de las bendiciones más ricas.

13. Si desea que sus hijos sean siervos obedientes de Cristo, debe gobernarlos bien. La subordinación es una gran ley de su reino. La obediencia implícita a su autoridad es como la sumisión que su hijo debe rendir a Cristo. ¡Cómo aumenta las penurias de su cristianismo conflictivo el hábito de la insubordinación y terquedad! Muchas veces lo hacen antipático e incómodo en sus relaciones sociales y domésticas, en la iglesia termina siendo un miembro rebelde o un pastor antipático o, si está en la obra
misionera, resulta ser un problema constante y amargo para todos sus colegas. Comentaba un pastor con respecto a un miembro de su iglesia que había partido y para quien había hecho todo lo que podía: “Era uno de los robles más tercos que jamás haya crecido sobre el Monte Sión”.

Cuando se convierte el niño bien gobernado, está listo para “servir al Señor Jesucristo, con toda humildad” en cualquier obra a la cual lo llama y trabajará amable, armoniosa y eficientemente con los demás. Entra al campo del Señor diciendo: “Sí, sí, vengo para hacer tu voluntad, oh mi Dios”. Tendrá el espíritu celestial, “la humildad y gentileza de Cristo” y al marchar hacia adelante de un deber a otro, podrá decir con David: “Como un niño destetado está mi alma”. “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado”. Y con ese espíritu, encontrará preciosa satisfacción en una vida de exitosa labor para su Señor sobre la tierra y “en la esperanza de la gloria de Dios”.

Si desea gobernarlos correctamente a fin de que sus hijos sean aptos para servir a Cristo, estudie la manera como gobierna un Dios santo. El suyo es el gobierno de un Padre, convincente y sin debilidad; de amor y misericordia, pero justo; paciente y tolerante, pero estricto en reprender y castigar las ofensas. Ama a sus hijos, pero los disciplina para su bien; alienta para que lo obedezcan, pero en su determinación de ser obedecido es tan firme como su trono eterno. Da a sus hijos razón para que teman ofenderlo; a la vez, les asegura que amarle y servirle será para ellos el comienzo del cielo sobre la tierra.

Hemos mencionado casualmente el interés de las MADRES en este asunto. A la verdad, el deber y la influencia maternal constituyen el fundamento de toda la obra de educar a los hijos para servir a Cristo. La madre cristiana puede bendecir más ricamente al mundo a través de sus hijos, que muchos que se han sentado sobre un trono. ¡Madres! La Divina Providencia pone a sus hijos bajo su cuidado en un periodo de la vida cuando se forjan las primeras y eternas impresiones.

Sea su influencia “santificada por la palabra de Dios y la oración” y consagrada al alto objetivo de educar a sus hijos e hijas para “la obra de Cristo”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

El significado del matrimonio

El significado del matrimonio

El significado del matrimonio

Timothy Keller

Estoy cansado de oír charlas sentimentales respecto al matrimonio. En las bodas, en la iglesia, en la Escuela Dominical, mucho de lo que se dice no tiene más profundidad que lo que podemos leer en una postal comercial al uso. El matrimonio es, sin duda, muchas cosas, pero nunca mero sentimentalismo. El matrimonio es verdaderamente algo maravilloso, pero también algo muy duro. En el matrimonio, hay gozo y potenciación, pero también sangre, sudor y lágrimas; derrotas que nos enseñan humildad y victorias que nos dejan exhaustos. No conozco ninguna pareja que, a las pocas semanas de casados, puedan hablar de su matrimonio como un cuento de hadas hecho realidad. Por eso, no ha de sorprendernos que la única frase de referencia en el conocido discurso de Pablo en Efesios 5 sea la que encontramos en el versículo arriba citado. Hay días en los que, tras agotadores esfuerzos por tratar de llegar a un mutuo entendimiento, lo máximo que se puede hacer es suspirar y reconocer que ‘¡El matrimonio es un profundo misterio!’. Son muchas las veces en las que nos encontramos perplejos ante un puzzle que no sabemos cómo resolver, en un laberinto del que no sabemos salir”. (Extracto del capítulo 1)

342 pp. Rústica

Ref. 1532 – 17,00 €

Eduque a los niños para Cristo 4

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7. Mantenga siempre vivo en la mente de su hijo que el gran propósito para el cual debe vivir es la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Hacemos mucho para dar dirección a la mente y formar el carácter del hombre, colocando delante de él un objetivo para la vida. Los hombres del mundo conocen y aplican este principio. Lo mismo debe hacer el cristiano. El objetivo ya mencionado es el único digno de un alma inmortal y renovada y prepara el camino para la nobleza más alta en ella. La elevará por
encima del vivir para sí misma y la constreñirá a ser fiel en la obra de su Señor. Enséñele a su hijo a poner al pie de la cruz sus logros, su personalidad, sus influencias, riquezas; todas las cosas y a vivir anhelando: “Padre, glorifica tu nombre”.

8. Elija con mucho cuidado los maestros de sus hijos. Sepa elegir la influencia a la cual entrega su hijo o hija. Tiene usted un objetivo grande y sagrado que cumplir. Los maestros de sus hijos deben ser tales que les ayuden a cumplir ese objetivo. Un carácter moral correcto en el maestro no basta. Esto, muchas veces viene acompañado de opiniones religiosas sumamente peligrosas. Su hijo debe ser puesto bajo el cuidado de un maestro consagrado, quien en relación con su alumno debe sentir: “Tengo que ayudar a este padre a capacitar a un siervo para Cristo”. En su elección de una escuela o academia, nunca se deje llevar meramente por su reputación literaria, su lugar en la sociedad, su popularidad, sin considerar también la posibilidad de que su ambiente no cuente con la vitalidad de una decidida influencia religiosa y que hasta puede estar envenenada por los conceptos religiosos erróneos de sus maestros. En cuanto a enviar a su hija a un convento católico para que se eduque, un pastor sensato dijo a un feligrés: “Si no quiere que su hija se queme, no la ponga en el fuego” [Nota del editor: Cuánto más se aplica esto al sistema de escuelas públicas con su educación sexual, evolucionismo y burlas de Dios]. A cierta viuda le ofrecieron educar a uno de sus hijos donde prevalecía la influencia del Unitarismo. Ella rechazó la oferta, confiando que Dios la ayudaría a lograrlo en un ambiente más seguro. Su firmeza y fe fueron recompensadas con el éxito. Una señorita fue puesta bajo el cuidado de una maestra que no era piadosa. Cuando su mente se interesaba profunda y ansiosamente en temas religiosos, la idea “qué pensará de mí mi maestra” y el temor a su indiferencia y aun desprecio, influenciaron sus decisiones y contristaron al Espíritu de Dios. Padre de familia cristiano, sus oraciones, sus mejores esfuerzos pueden verse frustrados por un maestro que no tiene religión.

9. Cuídese de no echar por tierra sus propios esfuerzos por el bienestar espiritual de sus hijos. Ser negligente en algún deber esencial, aunque realice otros, lo causará. La oración sin la instrucción no sirve; tampoco la instrucción sin el ejemplo correcto; ni la oración en familia sin las serias batallas en la cámara de oración; ni todos estos juntos, si no los está vigilando para que no caigan en tentación. Tema consentirlos con entretenimientos vanos. En cierta oportunidad, una madre fue a la reunión de sus amigas y les pidió que oraran por su hija a quien aparentemente ella había permitido, en ese mismo momento, asistir a un baile y justificaba lo impulsivo e inconsistente de su permiso, en sus propios hábitos juveniles de buscar entretenimientos. Si los padres permiten que sus hijos se arrojen directamente en “las trampas del diablo”, al menos, que no se burlen de Dios pidiendo a los creyentes que oren para que los cuide allí. Si lo hacen, no se sorprendan si sus hijos viven como “siervos del pecado” y mueren como vasos de la ira. Guárdese de ser un ejemplo de altibajos en la religión: Ahora, puro fervor y actividad; luego, languidez, casi sin hálito de vida espiritual. El hijo o hija perspicaz dirá: “La religión de mi padre es de saltos y arranques, de tiempos y temporadas. Es todo ahora, pero pronto no será nada, igual que antes”. Si usted anhela que sus hijos sirvan a Cristo con constancia, sírvalo así usted. Tema esa religión periódica, que de pronto brota de en medio de la mundanalidad e infidelidad y en la cual los sentimientos afloran como “una corriente engañosa” o, como lo expresara un autor, “como un torrente de montaña, crecido por las inundaciones primaverales, encrespado, rugiendo, que corre con bríos, pareciendo un río portentoso y permanente, pero que, después de unos días, baja, se
convierte en apenas un hilo de agua o desparece dejando un cauce seco, rocoso, silencioso como la muerte”. La consagración más profunda es como un río profundo y lleno; silencioso, alimentado por fuentes vivas; que nunca desencanta, siempre fluye, fertiliza, embellece. Sea así la humildad, la constancia, el sentimiento, la laboriosidad del carácter cristiano activo, en el cual nuestros hijos vean que servir a Cristo es la gran ocupación de la vida y se sientan constreñidos a hacerlo “de todo corazón”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

Eduque a los niños para Cristo 3

4. Empiece la instrucción religiosa TEMPRANO. Esté atento para ver las oportunidades para esto en todas las etapas de la niñez. Las impresiones tempranas duran toda la vida, aun cuando las posteriores desaparecen. Dijo una misionera americana: “Recuerdo particularmente que cierta vez, estando yo sentada en la puerta, mi mamá se acercó y se paró junto a mí y me habló tiernamente acerca de Dios y de asuntos relacionados con mi alma, y sus lágrimas cayeron sobre mi cabeza. Eso me convirtió en una misionera” Cecil dice: “Tuve una madre piadosa, siempre me daba consejos. Nunca me podía librar de ellos. Yo era un inconverso profeso, pero en aquel entonces, prefería ser un inconverso con compañía que estar solo. Me sentía desdichado cuando estaba solo. La influencia de los padres se aferra al hombre; lo acosa; se pone continuamente en su camino”. John Newton nunca pudo quitarse las impresiones que dejaron en él, las enseñanzas de su madre.

5. Procure la conversión temprana de sus hijos. Considere cada día que siguen sin Cristo como un aumento del peligro en que están y la culpa que llevan. Cuenta una misionera: “Alguien le preguntó a cierta madre que había criado a muchos hijos, todos de los cuales eran creyentes consagrados, qué medios había usado para lograr su conversión. Ella respondió: ‘Sentía que si no se convertían antes de los siete u ocho años, probablemente se perderían y cuando llegaban a esa edad, yo me angustiaba ante la posibilidad de que pasaran impenitentes a la eternidad y me acercaba al Señor con mi angustia. Él no rechazó mis oraciones ni me negó su misericordia”. Ore por esto: “Levántate y da voces en la noche, en el comienzo de las vigilias. Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor. Levanta hacia él tus manos por la vida de tus pequeñitos”. Espere el don temprano de gracia divina basado en promesas como ésta: “Mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos; y brotarán entre hierba, como sauces junto a las riberas de las aguas. Este dirá: Yo soy de Jehová; el otro se llamará del nombre de Jacob, y otro escribirá con su mano: A Jehová, y se apellidará con el nombre de Israel” (Isa. 44:3-5). La historia de algunas familias es un deleitoso cumplimiento de
esta promesa. Los corazones jóvenes son los mejores en los cuales echar, profunda y ampliamente, los fundamentos de una vida útil. No se puede esperar que su hijo haga nada para Cristo hasta no verlo al pie de la cruz, arrepentido, creyendo y consagrándose al Señor.

Algunos suponen que la religión no puede penetrar la mente del niño; que se requiere haber llegado a una edad madura para “arrepentirse y creer el evangelio”. Por lo tanto, el niño creyente es considerado muchas veces como un prodigio y que la gracia en un alma joven es una dispensación de la misericordia divina demasiado inusual como para esperar que suceda normalmente. “Padres”, decía cierta madre, “trabajen y oren por la conversión de sus hijos”. Hemos visto a padres llorando por la muerte de sus hijos de cuatro, cinco, seis, siete años, quienes no parecían sentir ninguna inquietud, si acaso habrían muerto en un estado espiritual seguro, ningún auto reproche por haber sido negligentes en procurar su conversión. Es un hecho interesante y uno serio, en relación con la negligencia de los padres, que se ha sabido de niños menores de cuatro años que han sentido convicciones profundas de haber pecado contra Dios y de su estado perdido, se han arrepentido de sus pecados, han creído en Cristo, han demostrado su amor por Dios y han dado todas las evidencias de la gracia que se observan en personas adultas. El biógrafo de la que fuera en vida la Sra. Huntington, cuenta que, escribiéndole ella a su hijo “habla de tener un recuerdo vívido de una solemne consulta en su mente a los tres años de edad con respecto a que si en ese momento era mejor ser creyente o no, y que había llegado a la decisión que no”. La biografía de Janeway y de muchos otros prohíben la idea de que la religión en el corazón joven sea un milagro y muestran que los padres tienen razón de preocuparse ante la posibilidad que sus hijos pequeños mueran sin esperanza, a la vez que se les debe alentar a procurar su conversión.

Hemos de ser cautelosos en desconfiar sin razón de la aparente conversión de los niños. Cuide a los pequeños discípulos cariñosa y fielmente. Sus tiernos años demandan una protección más cuidadosa y tierna. No les dé razón para decir: “Fueron negligentes conmigo porque pensaban que era demasiado pequeño para ser creyente”. Es cierto, muchas veces padres de familia y pastores se han decepcionado con niños que parecían haberse entregado al Señor. Pero el día del juicio posiblemente revele que han habido, entre los adultos, más casos de decepción e hipocresía que no se han detectado, que desengaños con respecto a niños que se supone se han entregado al Señor. La niñez es más cándida que la adultez; el niño es más propenso a quitarse la máscara de la religión, si de hecho es la suya una máscara y siendo sensible nuevamente a la convicción de pecado, quizá de veras, se convierta. El adulto, más cauteloso, engañador, atrevido en su falsa profesión de fe, usa la máscara, hace a un lado la convicción, exclama: “Paz y seguridad” y sigue decente, solemne y formalmente su descenso al infierno.

Anhele la conversión temprana de sus hijos a fin de que tengan el mayor tiempo posible en este mundo para servir a Cristo. Si “el rocío de nuestra juventud” se dedica a Dios, sin duda, con el transcurso de los años se notará una madurez proporcional de su carácter cristiano y su capacidad para realizar obras más eficaces para Cristo.

6. Mantenga una relación familiar cristiana con sus hijos. Converse con ellos tan libre y cariñosamente sobre temas religiosos como conversa sobre otros. Si es usted un cristiano próspero y cariñoso, le resultará natural y fácil hacerlo. Deje que la intimidad religiosa se entreteja con todas las costumbres de su familia. De esta manera, sabrá cómo aconsejar, advertir, reprender, alentar; sabrá también cómo van madurando; cuál es la “la razón de la fe que hay en ellos”; particularmente para qué tipo de obra para Cristo tienen capacidad. Y si mueren jóvenes o antes de usted, tendrá usted el consuelo de haber observado y conocido el progreso de su preparación para “partir y estar con Cristo”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 7

El tratado de Calvino se acercaba a su fin. Pero Calvino no podía finalizarlo sin antes dar respuesta a una grave acusación, una de las principales que se pueda hacer a la Reforma, que es la siguiente: por el hecho mismo de emprender una Reforma, se rompía la unidad de la Iglesia. Dicho de otra manera, no tenían que haber hecho la Reforma de la Iglesia, para guardar su unidad. ¿Cuál fue la respuesta de Calvino a esto? Afirmaba, en primer lugar, que la verdad de Dios estaba del lado de la Reforma, como estaba dispuesto a demostrar personalmente y, de hecho, demostró en sus muchos escritos. Si la verdad de Dios estaba de su lado, pues, también lo estaba la Iglesia verdadera de Dios. Y para mostrar este punto, presenta el ejemplo de Jeremías en el Antiguo Testamento. ¿Dónde estaba, entonces, la Iglesia, de parte del profeta de Dios o de los sacerdotes oficiales que se le opusieron?

En segundo lugar, Calvino habla de que la Iglesia tiene unas señales por las cuales debe ser reconocida como tal. Es de esa Iglesia, la Iglesia verdadera, de la que nadie tiene el derecho de separarse. En palabras de la Confesión de Fe Belga (1562) en su artículo 28: “Todos aquellos que se separan de ella, o que no se unen a ella, obran contra lo establecido por Dios”.

Con todo, todavía hay una última objeción que se puede presentar, a saber, que la Reforma de la Iglesia debe ser obra de toda la Iglesia, no de personas, o ministerios particulares. Dicho de otra manera, se tiene que esperar a que la Iglesia se reuna para ello y mantenga un concilio, presidido por el papa. Esperar a Trento, digamos. De esta manera, la Reforma será una Reforma de toda la Iglesia, no de una parte de ella.

Aparentemente, esta es una objeción de peso. Pero que responde Calvino a ello? Pues de entrada hay que decir que ni Calvino ni los reformadores, ni las Iglesias reformadas han tenido nunca problema alguno con los concilios de la Iglesia. Todo lo contrario. El gobierno eclesiástico instaurado por Calvino y las iglesias reformadas no fue otro que recuperar el gobierno sinodal de la Iglesia antigua. La Iglesia reformada y presbiteriana es una Iglesia sinodal. Si hemos de buscar algunos precedentes históricos, podríamos perfectamente ver en la Iglesia española visigótica de los siglos anteriores a la invasión musulmana. La Reforma verdaderamente enseña este modelo y aspira a que toda la Iglesia en general sea regida por el mismo.

Este punto es de la mayor importancia: precisamente la Reforma se hizo en base al sistema sinodal de la Iglesia antigua. En la Iglesia antigua había sínodos provinciales, regulares (unas dos veces al año) y luego sínodos ecuménicos de toda la Iglesia (mucho mas esporádicos, cuando había una necesidad apremiante de ello). La cuestión es que los sínodos provinciales no eran subordinados o incompletos: entre sus competencias estaban precisamente el tratar herejías o reformar abusos en la Iglesia dentro de su jurisdicción. Y lo hicieron repetidamente, durante siglos.

La misma lógica se impone aquí. Iglesias particulares, por medio de sus ministros oficiales, oyen la voz de la Reforma y deciden en sínodo ponerla en práctica, bajo una Confesión de Fe que las reagrupe a todas ellas. Si el resto de las iglesias no se suma a la Reforma, ¿debe detenerse la Reforma por ello? Y el honor de Dios? ¿Y la verdad de la Palabra de Dios? ¿Y la verdadera faz de la Iglesia? ¿Y la salvación de las almas? La única verdad en todo esto es que cada uno tiene que cumplir con su deber delante del Señor y aquel que ha visto claramente la verdad no puede callarse ni dejarla sepultada. Por supuesto que lo ideal es que toda la Iglesia a una se reforme, y esta era la súplica incesante de los reformados al Señor. En todo caso, ellos eran guiados por las palabras de Dios a sus profetas, con declaraciones como estas: “Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. Mas tú, hijo de hombre, oye lo que yo te hablo, no seas rebelde como la casa rebelde” (Ez. 2: 7-8). “Vuélvanse ellos a ti, y tú no te vuelvas a ellos” (Jer. 15:19).

Conclusión
Como decíamos al inicio, el propósito de esta conferencia era presentar las razones por las cuales los reformadores acometieron la empresa de reformar la Iglesia, y no hacerlo volcando sobre ellos nuestros propios pensamientos y las ideas de nuestra mentalidad actual, sino dejando que ellos mismos nos hablen por medio de sus escritos, y fundamentalmente Calvino en su tratado dirigido al emperador Carlos V. Esperamos haber podido cumplir debidamente con este propósito.

En realidad, si hemos estado atentos a lo largo de toda esta conferencia, en la actualidad no estamos en una situación muy distinta de la que vivieron los reformadores hace casi quinientos años. Los actores son los mismos, solo que los evangélicos hace mucho que en verdad no siguen en la Reforma.

El combate es el mismo. La autoridad de los hombres, o la autoridad de Dios hablando en su Palabra. El consenso y las componendas o la verdad de Dios. Ciertamente, como en los días de Calvino, la voz imperante dice que no se tiene que ser radical, sino que siempre se tiene que buscar la moderación. O, en términos dialécticos, la síntesis entre contrarios. Pero la verdad nunca es radical. La verdad es, simplemente, verdad, tiene su luz propia, y no tiene necesidad de estar atenuada al ser situada entre una escala de grises.

El honor de Dios sigue siendo el asunto mas importante de esta vida. Y esta siendo pisoteado en este mundo moderno, sobre el cual él, a pesar de todo, es misericordioso, sí, pero sobre el cual el también gobierna enviando sus juicios. Todo esto debería hacer que nos conmoviéramos. El espectáculo de ver a la Iglesia del Señor Jesucristo presa de la confusión y el error debería hacer que nos consumiéramos. El Señor Jesucristo ganó a su Iglesia al precio de su inmaculada sangre, de incalculable e infinito valor. El merece, por tanto, reinar sobre una Iglesia visible conforme a las ordenanzas que él ha establecido y que proclame la verdad que él ha revelado.

Esta, y no otra, es la necesidad de la Reforma de la Iglesia, ayer y hoy.

 

Eduque a los niños para Cristo 2

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2. Cualidades intelectuales. Es error de algunos pensar que cualidades mediocres bastan para “la obra de Cristo”. ¿Han de contentarse los cristianos con éstas en los negocios del reino del Redentor, cuando los hombres del mundo no las aceptan en sus negocios? Tenga cuidado en pervertir su dependencia de la ayuda divina, confiando que la calidez de su corazón compense su falta de conocimiento. El mandato: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu mente” se aplica tanto a la obra del Señor como al amor a él. Su hijo necesita una mente bien equilibrada y cultivada, tanto como necesita un corazón piadoso. No permita que sus anhelos por hacer el bien, se vean frustrados debido a su negligencia en ofrecerle una educación intelectual. No estamos diciendo que envíe a todos sus hijos a la universidad y a todas sus hijas a academias para señoritas, sino que los prepare para hacer frente a las mentalidades bajo el dominio del pecado en cualquier parte; provistos de cualidades intelectuales nada despreciables.

3. Cualidades relacionadas con la constitución física. Los intereses de la religión han sufrido ya bastante por el quebrantamiento físico y la muerte prematura de jóvenes que prometían mucho. No dedique un hijo débil, enfermizo al ministerio porque no es lo suficientemente robusto como para tener un empleo o profesión secular. Nadie necesita una salud de hierro más que los pastores y misioneros. “Si ofrecen los cojos y enfermos en sacrificio, ¿no es esto perverso?”. Usted tiene una hija a quien la Providencia puede llamar a los sacrificios de la vida misionera. No la críe dándole todos los caprichos, ni la deje caer en hábitos y modas que dañan la salud, ni que llegue a ser una mujer “sensible y delicada, que por su delicadeza y sensibilidad no se aventura a poner su pie en el suelo”, que queda librada a una sensibilidad morbosa o a un temperamento nervioso lleno de altibajos. ¿Se contentaría con dar semejante ofrenda al Rey de Sión? ¿Sería una bondad para con ella, quien puede ser llamada a sufrir mucho y a quien le faltará la capacidad de resistencia, al igual que de acción que puede ser adquirida por medio de una buena educación física? No; dedique “a Cristo y la iglesia” sus “jóvenes que son fuertes” y sus hijas preparadas para ser compañeras de los tales en las obras y los sufrimientos en nombre de Cristo.

Hasta aquí las cualidades. Hablaremos ahora más particularmente de los DEBERES DE LOS PADRES en educar a sus hijos e hijas para la obra de Cristo.

1. Ore mucho, con respecto a la gran obra que tiene entre manos. “¿Quién es suficiente para estas cosas?”, se pregunta usted. Pero Dios dice: “Bástate mi gracia”. Manténgase cerca del trono de gracia con el peso de este importante asunto sobre su espíritu. La mitad de su trabajo ha de hacerlo en su cámara de oración. Si falla allí, fallará en todo lo que hace fuera de ella. Tiene que contar con sabiduría de lo Alto para poder formar siervos para el Altísimo. Esté en comunión con Dios respecto al caso particular de cada uno de sus hijos. Al hacerlo, obtendrá perspectivas de su deber que nunca podría haber obtenido por medio de la sabiduría humana y sentirá motivos que en ninguna otra parte se apreciarían debidamente. Sin duda, en el día final se revelarán las transacciones de padres de familia cristianos con Dios, con respecto a sus hijos, que explicarán gozosamente el secreto de su devoción y de lo útiles que fueron. Se sabrá entonces más de lo que se puede saber ahora, especialmente en cuanto a las oraciones de las madres. La madre de Mill realizaba algunos ejercicios peculiares en su cámara de oración, respecto a él, lo cual ayuda a entender su vida tan útil. Uno de nuestros periódicos religiosos consigna el dato interesante de que “de ciento veinte alumnos en unos de nuestros seminarios teológicos, cien eran el fruto de las oraciones de una madre y fueron guiados al Salvador por los consejos de una madre”. Vea lo que puede lograr la oración. “Sea constante en la oración”.

2. Cultive una tierna sensibilidad hacia su responsabilidad como padre. Dios lo hace responsable por el carácter de sus hijos con relación a su fidelidad en usar los dones que le ha dado. Usted ha de rendir cuentas” en el día del juicio por lo que hace o no hace, para formar correctamente el carácter de sus hijos. Puede educarlos de tal manera que, por la gracia santificadora de Dios, sean los instrumentos para salvación de cientos, sí, de miles, o que por descuidarlos, cientos, miles se pierdan y la sangre de ellos esté en sus manos. No puede usted deslindarse de esta responsabilidad. Debe actuar bajo ella y encontrarse con ella “en el juicio”. Recuerde esto con un temor piadoso, a la vez que “exhórtese en el nombre del Señor”. Si es fiel en su cámara de oración y en hacer lo que allí reconoce como su deber, encontrará la gracia para sostenerlo. Y el pensamiento será delicioso al igual que solemne: “Se me permite enseñar a estos inmortales a glorificar a Dios por medio de la salvación de las almas”.

3. Tenga usted mismo un espíritu devoto. Su alma debe estar sana y debe prosperar; debe arder con amor a Cristo y su reino, y todas sus enseñanzas tienen que ser avaladas por un ejemplo piadoso, si es que a de guiar a sus hijos a vivir devotamente. Alguien le preguntó al padre de numerosos hijos, la mayoría de ellos consagrados al Señor: ¿Qué medios ha usado con sus hijos?

He procurado vivir de tal manera, que les mostrara que mi propio gran propósito es ir al cielo y llevármelos conmigo.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 6

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Por último, Calvino pasa revista a los defectos del gobierno eclesiástico. Afirma resueltamente que el “oficio pastoral mismo, tal como Cristo lo instituyó, por mucho tiempo desapareció”. Lo que constituye el ministerio pastoral es la enseñanza y predicación de la Palabra de Dios. Pues difícilmente uno entre cien obispos —dice Calvino— subía al púlpito para enseñar, habiendo degenerado los obispos en príncipes seculares. Su vida estaba llena de lujos, entretenimientos, bailes, cazas, eran dados a la avaricia, a la rapiña y a los desenfrenos sexuales, que se extendía a toda la orden ministerial gracias a la desgraciada imposición del celibato forzoso del clero. Los ministros, en vez de haber sido elegidos de acuerdo con las normas de la Escritura y de los concilios antiguos, habían sido comprados por dinero.

Al leer todo esto, alguien podría decir hoy: Calvino exagera diciendo todo esto. Bien, pues si todo esto no fuera cierto, y no fuera evidente para todos, sería una muy pobre defensa la de Calvino ante el emperador, ¿verdad?

Pero hay una cosa más que Calvino dice acerca del gobierno eclesiástico que nos sorprenderá tratándose de la Iglesia de aquella época, porque nos resultará, a nosotros los evangélicos, extrañamente actual. Cito: “Sin embargo, ahora los que quieren ser tenidos por gobernantes de la Iglesia se arrogan a sí mismos una libertad para hablar cualquier cosa que les agrade, e insisten que tan pronto como ellos han hablado deben ser obedecidos sin ninguna consideración. Se afirmará que esto es una calumnia, y que el único derecho que ellos asumen es ratificar por su propia autoridad lo que el Espíritu Santo ha revelado”.

Es decir, los gobernantes se arrogaban el ser “oráculos del Espíritu Santo” en afirmaciones fuera del terreno de la revelación de la Escritura. De esta manera, concluye Calvino, “no habrá límites a su autoridad”.

c) La Reforma de los males

La Reforma protestante, por tanto, se presentaba como el remedio a tales males. Y Calvino encabeza su listado de reformas hablando de la Confesión de Fe que los protestantes esgrimían. Imaginémonos por un momento la situación en la que Calvino intentaba no solo abogar por la Reforma ante el emperador, sino que incluso él la abrazara y que él adelantara su causa. Bien, pues el emperador perfectamente podría decir: “¿De qué habláis? ¿Y quiénes sois vosotros?”.

Vemos, por tanto, la importancia para la Reforma de la Confesión de Fe, así como del mantenimiento del principio del ministerio pastoral en la Iglesia. Ambas cosas son las que identifican y sitúan la Reforma ante todos. La Confesión de Fe es la expresión pública de la doctrina predicada en la Iglesia. Igualmente ocurre con el ministerio pastoral. La Reforma fue llevada a cabo por pastores de iglesias. Por tanto, todo esto no era algo oculto o reservado, todos lo podían examinar debidamente.

Los males eran los que hemos citado, y en los territorios protestantes habían sido remediados de una manera clara y evidente. Todos lo podían ver, todos lo podían comprobar. ¿No es mucho mejor—pregunto yo, no Calvino— este tipo de Reforma que el tipo de negociaciones entre bastidores, tendentes al cambio progresivo, al acuerdo y el compromiso no solo entre distintas facciones, sino más aún entre la verdad y el error, entre la autoridad de Dios y la usurpación de su autoridad por los hombres, entre la virtud cristiana y el pecado y la perversión?

d) La urgencia de la Reforma

En definitiva, el tratado de Calvino hace un tratamiento exhaustivo de todas estas razones o motivos de Reforma, de las cuales ahora en esta conferencia solo podemos hacer brevemente mención. En todo caso, lo visto hasta ahora basta para confirmar lo que hemos dicho al inicio, es decir, que la Reforma no se hizo para una hipotética emancipación del creyente individual frente a la férrea y dogmática Iglesia. La Reforma se hizo, precisamente, para reformar la Iglesia. Parece una banalidad recordarlo, pero no lo es. Lo otro, el discurso contemporáneo, es precisamente el de la no-Reforma.

¿Por qué los Reformadores, pues, tomaron para sí la responsabilidad de emprender la Reforma? Sin ella, su vida habría sido sin duda más tranquila, podrían haber vivido más años y con más salud, habrían optado a los lugares más prestigiosos de su tiempo, y de esta manera, de haber pasado a la historia, lo habrían hecho como hombres más simpáticos y tolerantes. ¿Qué es lo que les movió a un combate semejante que marcaría definitivamente sus vidas?

Pues simplemente, el celo por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Sin este celo por el Señor —dice Calvino— se es peor que los paganos, pues ellos lo tienen por sus divinidades falsas. Pero peor aún: sigue diciendo Calvino que los perros ladrarán si ven a su amo ser atacado, ¿y hemos de callar nosotros si vemos el sagrado nombre de Dios deshonrado?”

Es indudable que Calvino tenía este celo por el Señor y lo expresaba de manera memorable. Cito sus palabras: “Hay algo de engañoso en el nombre de moderación y la tolerancia es una cualidad que tiene una apariencia justa y parece digna de elogio; pero la regla que debemos observar en todo lo que está en juego es esta: nunca soportar con paciencia que el nombre sagrado de Dios sea atacado con blasfemias impías; que su verdad eterna sea suprimida por las mentiras del diablo; que Cristo sea insultado, sus misterios sacrosantos contaminados, las infelices almas cruelmente destruidas, y la Iglesia se retuerza en agonía bajo los efectos de una herida mortal. Esto sería no mansedumbre, sino una indiferencia sobre cosas a las cuales todas las demás deberían posponerse”.

Continuará …

Eduque a los niños para Cristo 1

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A Iglesia del Señor Jesucristo fue instituida en este mundo pecador para procurar su conversión. Hace mil ochocientos años recibió el mandato: “Predicad el evangelio a toda criatura”. Debe su tiempo, talentos y recursos a su Señor, para cumplir su propósito. No obstante, “todo el mundo está puesto en maldad”. Pocos, comparativamente hablando, han oído “el nombre de Jesús”; “que hay un Espíritu Santo” o que existe un Dios que gobierna en la tierra.

En esta condición moral que afecta a este mundo, los amigos de Cristo han de considerar seriamente las preguntas: “¿No tenemos algo más que hacer? ¿No hay algún gran deber que hemos pasado por alto; algún pacto que hemos hecho con nuestro Señor, que no hemos cumplido?”. Encontramos la respuesta si observamos a los hijos de padres cristianos, quienes han profesado dedicar todo a Dios pero que, mayormente, han descuidado educar a sus hijos con el propósito expreso de servir a Cristo en la extensión de su reino. Dijo cierta madre cristiana, cuyo corazón está profundamente interesado en este tema: “Me temo que muchos de nosotros pensamos que nuestro deber parental se limita a labores en pro de la salvación de nuestros hijos; que hemos orado por ellos sólo que sean salvos; los hemos instruido sólo para que sean salvos”. Pero si ardiera en nuestro corazón, como una flama inextinguible, el anhelo ferviente por la gloria de nuestro Redentor y por la salvación de las almas, las oraciones más sinceras desde su nacimiento serían que, no sólo ellos mismos sean salvos, sino que fueran instrumentos usados para salvar a otros.

En lo que respecta al servicio de Cristo, parece ser que consiste en llegar a ser creyente, profesar la religión, cuidar el alma de uno mismo, mantener una buena reputación en la iglesia, querer lo mejor para la causa de Cristo, ofrendar cuanto sea conveniente para su extensión y, al final, dejar piadosamente este mundo y ser feliz en el cielo. De este modo, “pasa una generación y viene otra” para vivir y morir de la misma manera. Y realmente la tierra “permanece para siempre” y la masa de su población sigue en ruinas, si los cristianos siguen viviendo así.

Existe pues, la necesidad de apelar a los PADRES DE FAMILIA CRISTIANOS, en vista de la actual condición del mundo. Usted da sus oraciones y una porción de su dinero. Pero, como dijera la creyente ya citada: “¿Qué padre cariñoso no ama a sus hijos más que a su dinero? ¿Y por qué no han de darse a Cristo estos tesoros vivientes?”. Este “procurar lo nuestro, no las cosas que son de Cristo” debe terminar, si es que alguna vez el mundo se convertirá. Debemos poner manos a la obra y enseñar a nuestros hijos a conducirse con fidelidad, de acuerdo con ese versículo: “por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, más para aquel que murió y resucitó por ellos”.

Entiéndanos. No decimos que dedique sus hijos a la causa de la obra misionera exclusivamente o a alguna obra de beneficencia. Debe dejar su designación al “Señor de la mies”. Él les asignará sus posiciones, sean públicas o privadas; o esferas de extensa o limitada influencia, según “le parezca bien”. Su deber es realizar todo lo que incluye el requerimiento “instruye a tus hijos en la ley de Jehová” con la seguridad de que llegará el momento cuando la voz del Señor diga, con respecto a cada uno “el Señor tiene necesidad de él” y será guiado hacia esa posición en la que al Señor le placerá bendecirlo. Y si es retirada y humilde o pública y eminente, esté seguro de esto: Encontrará suficiente trabajo asignado a él y suficientes obligaciones designadas a él, como para mantenerlo de rodillas, buscando gracia para fortalecerlo y para pedir el empleo intenso y diligente de todos sus poderes mientras viva.

Por lo tanto, padres de familia cristianos, una pregunta interesante es: “¿Qué CUALIDADES prepararán mejor a nuestros hijos para ser siervos eficaces de Cristo?”. Hay muchas relacionadas con el CORAZÓN, la MENTE y la CONSTITUCIÓN FÍSICA.

Ante todo, piedad. Deben amar fervientemente a Cristo y su reino; consagrarse de corazón a su obra y estar listos para negarse a sí mismos y sacrificarse en la obra a la cual él puede llamarlos. Debe ser una piedad sobresaliente, “pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo”.

Dijo una mujer, actualmente esposa de un misionero americano: “Hacer y recibir visitas, intercambiar saludos cordiales, ocuparse de la ropa, cultivar un jardín, leer libros buenos y entretenidos y, aun, asistir a reuniones religiosas para complacerme a mí misma, nada de esto me satisface. Quiero estar donde cada detalle se relacione, constantemente y sin reservas, con la eternidad. En el campo misionero espero encontrar pruebas y obstáculos nuevos e inesperados; aun así, escojo estar allí y, en lugar de pensar que es difícil sacrificar mi hogar y mi patria, siento que debo volar como un pájaro hacia aquella montaña”.

Una piedad tal que brilla y anhela vivir, trabajar y sufrir para Cristo es la primera y gran cualidad para inculcar en su hijo. Es necesario actuar eficazmente para Cristo en cualquier parte, en casa o afuera; en una esfera elevada o en una humilde. El Señor Jesús no tiene trabajo adaptado a los cristianos que viven en “un pobre estado moribundo” con el cual tantos se conforman. Es todo trabajo para aquellos que son “firmes en la gracia que es en Cristo Jesús” y están dispuestos y decididos a ser “fieles hasta la muerte”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

Reforma protestante y medicina

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Reforma protestante y medicina

Unión Médica Evangélica

La Reforma protestante, de la que ya se ha celebrado el V Centenario, supuso una nueva forma de entender el mundo y las relaciones sociales, fundamentada en un retorno a la Biblia. Esta transformación afectó a todas las áreas de la actividad humana, desde la música a la política, desde la economía a la ciencia, y sus consecuencias perduran hasta hoy; el Mundo Occidental no se puede comprender sin el Protestantismo.

La Reforma cambió profundamente la forma de entender al ser humano y su intocable dignidad. Cambió igualmente la forma de acercarse al mundo creado y liberó a la ciencia de su dependencia de las restricciones teológicas; en estas áreas supuso una dignificación de toda persona y una democratización del acceso al conocimiento. Todo ello transformó profundamente la investigación y la práctica médicas; desde entonces, buena parte de los avances médicos se han producido en países de cultura protestante.

El libro que tiene en sus manos recoge el trabajo de miembros de la Unión Médica Evangélica, que nos comprometimos en nuestro encuentro de 2017 a descubrir entre todos la huella de la Reforma en la Medicina, y a compartirla con los demás. En ese proceso cooperativo fuimos comprobando la sorprendente escasez de estudios sobre el tema y nos fuimos entusiasmando con la profunda impronta que nuestros antepasados médicos protestantes dejaron en Europa y América, con su excelencia y la humanitaria entrega evangélica de su trabajo. Como consecuencia fue surgiendo un reto para nosotros mismos: formarnos mejor para ofrecer a la sociedad actual la misma excelencia en nuestro progreso en el conocimiento médico y en la atención a nuestros pacientes.

165 pp. Rústica

Ref. 1829 – 12,00€

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 5

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b) Los males de la Iglesia 

Comienza, así, Calvino exponiendo los males de la Iglesia primeramente en el área de la adoración. Es muy interesante, dicho sea de paso, notar el orden, pues él sitúa la adoración a Dios por delante de los males en la materia de la doctrina de la salvación. Vemos que, para Calvino y la Reforma en general, la verdadera adoración a Dios era un asunto de la mayor importancia, puesto que se trata de dar al Señor el honor y la honra debida a su nombre.

Y, en este sentido, Calvino comienza exponiendo la regla por la cual se distingue la adoración verdadera a Dios de la adoración falsa. Esta regla consiste en no adoptar “ningún artificio o invención que nos parezca apropiada, sino atender a los mandatos de aquel que solo tiene derecho en prescribir“. La verdadera adoración, por tanto, es la que Dios establece en las Sagradas Escrituras. Esto significa que los creyentes no tenemos la libertad para adorar a Dios según nuestras propias ideas ni siquiera de introducir aquellas cosas que incluso Dios no prohíbe en su Palabra. Significa, por tanto, que debemos adorar a Dios según lo que él nos ordena en las Escrituras. La Palabra de Dios es —debe ser— nuestra regla de adoración.

Por supuesto, esto excluye todas las innovaciones que los hombres han añadido a la adoración. Y Calvino enumera un buen número de ellas: la oración a los santos y a la virgen María, el uso de las imágenes, la introducción de un sinfín de ceremonias tomadas parcialmente del paganismo o el convertir la doctrina del arrepentimiento en toda una serie de ejercicios externos del cuerpo.

Pero Calvino continúa hablando de las doctrinas de la salvación, y cómo ellas habían llegado a ser también extremadamente adulteradas. Aborda así la disminución del pecado original al exaltar el libre albedrío del hombre. O también habla de la gran disputa sobre la justificación no acerca de si los cristianos debemos hacer buenas obras —que eso está fuera de toda discusión—, sino sobre si estas buenas obras cuentan en algo para que seamos justificados, o bien si lo somos exclusivamente gracias a la obra de Cristo a nuestro favor. O también Calvino habla de cómo se había perdido el sentido de la seguridad de la fe en el creyente, lo que le hacía estar en un estado de permanente incertidumbre en cuanto a la obra de la gracia de Dios en él. Todas estas cosas no son cuestiones menores. Los errores en estas áreas, y de tal magnitud, eran, según Calvino, una “herida mortal” para la Iglesia, por ellos “la Iglesia había sido traída al borde de la destrucción”.

Calvino también hace una mención especial acerca de los sacramentos. De entrada, rechaza que los sacramentos en la Iglesia fueran siete, puesto que, a excepción del Bautismo y de la Santa Cena, el resto han sido introducidos no por autoridad divina sino por autoridad humana. Además, también rechaza la concepción de su eficacia que sujeta tan-to la gracia de Dios a ellos que hace que Cristo estuviese presente en ellos: la concepción conocida como el ex opere operato.

Calvino desarrolla especialmente la Santa Cena. De manera bien significativa, afirma que se había convertido en una escena “melodramática”, en la que el sacerdote se excomulga del pueblo, separándose del resto de la asamblea, negando la copa al pueblo y hablando en una lengua que le resultaba desconocida, a saber, el latín. No solo eso, sino que se le había conferido el valor de un sacrificio expiatorio por los pecados no solo de los vivos, sino también de los muertos. O también de haber inventado la superstición de guardar el pan en un tabernáculo para ser adorado.

Continuará …

La sangre del rociamiento y los niños 4

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II. Y ahora dedicaré un momento a recordarles LA INSTITUCIÓN QUE SE RELACIONABA CON EL RECORDATORIO DE LA PASCUA.

“Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué rito es este vuestro? Vosotros responderéis: Es la víctima de la Pascua de Jehová”.

Tenemos que despertar la curiosidad de nuestros hijos. ¡Oh, que pudiéramos conseguir que formularan preguntas acerca de las cosas de Dios! Algunos preguntan a muy temprana edad, otros parecen enfermos de la misma indiferencia que los mayores. Tenemos que encarar ambas posturas. Es bueno explicar a los niños la ordenanza de la Cena del Señor porque muestra simbólicamente la muerte de Cristo. Lamento que los niños no ven esta ordenanza más a menudo. El bautismo y la Cena del Señor deberían colocarse a la vista de la nueva generación, a fin de que pudieran preguntarnos: “¿Qué rito es este vuestro?”. Ahora bien, la Cena del Señor es un sermón evangelístico perenne y enfoca, principalmente, el sacrificio por el pecado. Uno puede eliminar del púlpito la doctrina de la expiación, pero siempre vivirá en la iglesia a través de la Cena del Señor.

No se puede explicar el pan partido y la copa llena del jugo del fruto de la vid, sin hacer referencia a la muerte expiatoria de nuestro Señor. No se puede explicar “la comunión del cuerpo de Cristo” sin incluir, de una forma u otra, la muerte de Jesús en nuestro lugar. Deje pues que sus pequeños vean la Cena del Señor y explíqueles claramente lo que representa. Y si no, en la Cena del Señor –porque esa no es la cuestión en sí, sino sólo la sombra del hecho glorioso— hable mucho y frecuentemente en la presencia de ellos acerca de los sufrimientos y la muerte de nuestro Redentor. Déjelos pensar en Getsemaní, en Gabata y en el Gólgota, y déjelos aprender a cantar canciones de Aquel que dio su vida por nosotros. Cuénteles quién fue el que sufrió y por qué. Sí, aunque no me gustan algunas de las expresiones del himno, yo haría que los niños cantaran:

“Hay un cerro verde en la lejanía
sin el muro de la ciudad”.

Y les haría aprender líneas como éstas:

“Sabía Jesús lo impío que habíamos sido
y que Dios el pecado debe castigar;
La sangre del rociamiento y los niños
así que por misericordia dijo
que el castigo nuestro él habría de cargar”.

Y cuando el mejor de los temas haya captado su atención, estemos preparados para explicar el gran pacto por medio del cual, aun siendo Dios justo, los pecadores reciben justificación. Los niños pueden comprender bien la doctrina del sacrificio expiatorio; su intención fue que fuera el evangelio para los más jóvenes. El evangelio de la sustitución es una cosa simple, aunque es un misterio. No debemos descansar hasta que nuestros pequeños conozcan y confíen en el sacrificio consumado. Este es un conocimiento esencial y la clave a todas las demás enseñanzas espirituales. Conozcan la cruz nuestros hijos queridos y habrán comenzado bien. Entre todo lo que aprenden, aprendan a adquirir conocimiento sobre esto y habrán puesto bien el fundamento.

Esto requiere que usted le enseñe al niño su necesidad de un Salvador. No debe descuidar esta tarea necesaria. No alabe al niño con palabrerías engañosas diciéndole que su naturaleza es buena y que necesita desarrollarla. Dígale que debe nacer de nuevo. No lo aliente con la noción de su propia inocencia, sino muéstrele su pecado. Mencione los pecados infantiles por los cuales tiene una inclinación y ore que el Espíritu Santo obre una convicción en su corazón y su conciencia. Trate a los niños de la misma manera como trata a los adultos. Sea preciso y honesto con ellos. La religión superficial no es buena ni para el joven ni para el adulto. Estos niños y estas niñas necesitan el perdón por medio de la sangre preciosa, tanto como la necesita cualquiera de nosotros. No vacile en explicarle al niño las consecuencias; de otra manera no deseará el remedio. Cuéntele también el castigo del pecado y adviértale de su terror. Sea tierno, pero sea veraz. No esconda la verdad del joven pecador, no importa lo terrible que sea. Ahora que ha llegado a la edad en que es responsable de sus decisiones, si no cree en Cristo, le irá mal en aquel gran día. Háblele del Día del Juicio y recuérdele que tendrá que rendir cuentas por las cosas realizadas corporalmente. Trabaje para despertar la conciencia y ore que Dios el Espíritu Santo obre por intermedio suyo hasta que el corazón se ablande y la mente perciba la necesidad de la gran salvación.

Los niños necesitan aprender la doctrina de la cruz a fin de encontrar una salvación inmediata… ¡Cuántas veces he tenido el gozo de ver a niños y niñas pasar adelante para confesar su fe en Cristo! Y quiero decir nuevamente que los mejores convertidos, los convertidos más sinceros, los convertidos más inteligentes que jamás hemos tenido han sido los pequeños y, en lugar de carecer de conocimiento de la Palabra de Dios y de las doctrinas de gracia, por lo general, hemos descubierto que conocen bien las verdades cardinales de Cristo. Muchos de estos queridos niños han contado con la capacidad de hablar acerca de las cosas de Dios con gran gozo en el corazón y con la fuerza que da la comprensión… No se contenten con sembrar principios en sus mentes que posiblemente puedan desarrollar en años venideros; más bien trabajen para lograr una conversión inmediata. Esperen frutos en sus hijos mientras son niños. Oren por ellos a fin de que no se vayan al mundo y caigan en los males del pecado para luego volver con huesos rotos al Buen Pastor; sino que puedan, por la abundante gracia de Dios, evitar las sendas del destructor y criarse en el redil de Cristo, primero como corderos de su manada y luego como ovejas de su mano.

De una cosa estoy seguro y ésta es que si enseñamos a los niños la doctrina de la expiación en los términos más explícitos, nos estaremos haciendo un favor. A veces tengo la esperanza de que Dios avive su iglesia y la restaure a su fe de antaño por medio de su obra de gracia entre los niños. Si pudiéramos atraer a nuestras iglesia una gran cantidad de jóvenes, ¡cómo aceleraría la sangre perezosa de los letárgicos y soñolientos! Los niños cristianos tienden a mantener viva la casa. ¡Oh, que tuviéramos más de ellos! Si el Señor nos enseñara a enseñar a los niños nos estaríamos enseñando a nosotros mismos. No hay mejor manera de aprender que enseñando, y no sabe usted alguna cosa hasta poder enseñarla a otro. No sabe totalmente ninguna verdad hasta que no se la haya presentado a un niño de manera que la pueda ver. Cuando procura que un niño pequeño comprenda la doctrina de la expiación, usted mismo obtiene conceptos más claros y, por lo tanto, le recomiendo este ejercicio santo.

¡Qué bendición sería si nuestros hijos estuvieran firmemente cimentados en la doctrina de la redención por medio de Cristo! Si reciben advertencias contra los evangelios falsos de esta edad maligna y se les enseña a confiar en la roca eterna de la obra consumada por Cristo, podemos esperar contar con una próxima generación que mantendrá la fe y que será mejor que sus padres… Algunos les hablan a los niños diciéndoles que deben ser buenos, es decir, ¡les predican la ley a los niños aunque predicarían el evangelio a los adultos! ¿Es honesto esto? ¿Es sabio? Los niños necesitan el evangelio, todo el evangelio, el evangelio no adulterado; deben tenerlo y, si son enseñados por el Espíritu de Dios, tienen la capacidad de recibirlo como las personas de edad madura. Enseñe a los pequeños que Jesús murió, el justo por los injustos, para acercarnos a Dios… Ánimo, mis hermanos y hermanas; el Dios que ha salvado a tantos de su niños salvará a muchos más de ellos y sentiremos gran gozo…al ver a cientos que acuden a Cristo. ¡Concédelo, Dios, en nombre de Cristo! Amén.

 

Tomado del sermón “La sangre del rociamiento y los niños”.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 4

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2. La necesidad de la Reforma

a) La cuestión fundamental

Hecha esta aclaración inicial, pasamos ahora a tratar el contenido del tratado de “La necesidad de la Reforma de la Iglesia”, de Juan Calvino. Como nos podemos imaginar, escribir un tratado de defensa de la Reforma evangélica dirigido al emperador no es un asunto baladí. Si alguna posibilidad de éxito podía tener este tratado, residía —además, por supuesto, de que Dios bendijera esta lectura— en el hecho de que Calvino no se expresara de una manera confusa o vaga, sino con una total claridad de ideas. De esta manera, la idea principal de este tratado nos la encontramos en su introducción misma. En ella, Calvino quiere responder a los que acusaban a los reformadores de haber iniciado algo que no tenían el derecho de hacer. Escuchando las siguientes palabras de Calvino comprenderemos este punto perfectamente: “Primero, entonces, la pregunta no es si la Iglesia trabaja con enfermedades graves y numerosas (esto es admitido aun por cualquier juez moderado), sino si las enfermedades son de un tipo que ya no admite más demora, y en cuanto a que, por consiguiente, no es útil ni apropiado aguardar resultados de remedios lentos. Se nos acusa de innovaciones precipitadas e impías, por habernos aventurado a proponer por lo menos algún cambio en el estado anterior de la Iglesia […]. Oigo que hay personas que, aun en este caso, no vacilan en condenarnos; su opinión es que ciertamente teníamos razón en desear cambios, pero no en procurarlos”.

Hasta aquí las palabras de Calvino. Podemos parafrasearlas nosotros diciendo que Calvino está presentando el gran dilema: cambios lentos o Reforma ya. Todo el mundo — dice Calvino— estaría de acuerdo en afirmar que la Iglesia estaba mal y que tenía que cambiar. Pero —dirían— hay que buscar la transición, la evolución. No ser radical, sino buscar más bien la moderación.

Esta es, todavía hoy, la gran queja contra la Reforma protestante desde el punto de vista romanista; ellos dicen: “Reforma sí, y ya se tuvo Reforma ordenada en el Concilio de Trento. Pero nunca puede haber una Reforma que atente contra la constitución de la Iglesia o su esencia misma”. ¿Y qué es, según ellos, la constitución y el ser de la Iglesia? ¿Qué es lo que hace que la Iglesia sea tal? Pues, en última instancia, el gobierno jerárquico, en cuya cúspide está el papa de Roma. Una Reforma sin su visto bueno es para ellos inaceptable, y aquí está, en el fondo, la clave del asunto.

Nosotros, como protestantes, no damos en principio validez alguna a estas pretensiones absolutistas del papado de Roma. No tienen base en la Escritura y tampoco se sostienen por la historia. Pero puestas estas acusaciones en el contexto de su época, son de una gravedad extraordinaria: según ellas, no tenían que haber buscado la Reforma abrupta, sino la gradual, guiada por el papa. De ser cierta esta acusación, los reformadores tendrían que ser vistos, ayer y hoy, como unos exaltados radicales y su obra, por tanto, debería ser desechada como cismática. Bien, ¿cuál fue la respuesta de Calvino? Pues, sencillamente, pedir que tales personas que hacen estas acusaciones “suspendan su juicio —dice—hasta que yo haya mostrado de los hechos que en nada nos hemos precipitado —no hemos procurado nada temerariamente, nada ajeno a nuestro deber— de hecho, nada hemos emprendido hasta vernos obligados por la más suprema necesidad”.

La más suprema necesidad. El tratado quiere demostrar precisamente esto. Para hacerlo, expondrá tres puntos principales, que serán los tres capítulos del libro: primero, mostrando la necesidad real que existía de Reforma. Segundo, exponiendo los remedios que la Reforma dio a tales males. En tercer y último lugar, Calvino dará respuesta a la pregunta fundamental de por qué no se podía esperar, sino que se había procedido a una Reforma inmediata.

Continuará …

 

La sangre del rociamiento y los niños 3

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Además, la sangre rociada no sólo era muy sobresaliente, sino que era muy preciada por el pueblo mismo debido al hecho de que confiaban en ella de la manera más implícita. Después de que los postes de la puerta habían sido marcados, las familias entraron a sus casas, cerraron la puerta y no la volvieron a abrir hasta la mañana. Adentro, se ocuparon de asar el cordero, preparar las hierbas amargas, ceñir sus lomos, aprontarse para la marcha, etc. Pero hicieron todo esto sin temor al peligro, aunque sabían que el
destructor andaba suelto. El mandato de Dios fue: “Ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana”. ¿Qué estaría sucediendo en la calle? No debían salir a ver. La medianoche había llegado. ¿Acaso no lo oyeron? ¡Escuchen ese grito terrible! ¡Otra vez un chillido desgarrador! ¿Qué es? La madre ansiosa pregunta: “¿Qué será?” “Y había un gran clamor en Egipto”. Los israelitas no debían hacer caso a ese clamor ni quebrantar la orden divina que los encerró por un momentito, hasta que hubiera pasado la tormenta. Quizá las personas que dudaron durante esa noche terrible habrán dicho: “Está sucediendo algo terrible. ¡Escuchen esos gritos! Escuchen el pisoteo de la gente en las calles, en su apresurado ir y venir! Quizá esto sea una conspiración para matarnos en la oscuridad de la noche”. “Ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana” fue suficiente para todos los que realmente creían. Estaban a salvo y lo sabían y, entonces, como los polluelos bajo las alas de la gallina, descansaron a salvo de todo mal. Amados, hagamos lo mismo. Honremos la sangre preciosa de Cristo, no sólo hablando valientemente de ella a los demás, sino confiando tranquila y felizmente en ella. Descansemos totalmente seguros. ¿Cree usted que Jesús murió por usted? Entonces, esté en paz.

Notemos a continuación, que el derramamiento de sangre pascual debía mantenerse como un recordatorio eterno. “Y guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre”. Mientras Israel siguiera siendo un pueblo, debían observar la pascua; mientras hay un cristiano sobre la tierra, la muerte sacrificial del Señor Jesús debe ser recordada. Ni el correr de los años ni el progreso de su pensamiento podía quitarle a Israel el recuerdo del sacrificio pascual. Era verdaderamente una noche para recordar aquella en que el Señor librara a su pueblo de la esclavitud en Egipto. Fue una liberación tan maravillosa, incluyendo las plagas que la precedieron y el milagro en el Mar Rojo que la siguió, que ningún evento puede excederlo en interés y gloria. Amados, debemos declarar y dar testimonio de la muerte de nuestro Señor Jesucristo hasta que él venga. Nunca se podrá descubrir una verdad que le dé sombra a su muerte sacrificial. Ocurra lo que ocurra, aunque venga en las nubes del cielo, nuestro canto será eternamente: “Al que nos amó y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre”. En medio del esplendor de su reinado sin fin será “el Cordero que está en medio del trono”. Cristo como el sacrificio por el pecado será siempre el tema de nuestros aleluyas: “Fuiste herido”. En cuanto a nosotros, escuchamos que el Señor nos dice: “Y guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre” y así lo haremos. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” es nuestro orgullo y gloria. Dejemos que otros vayan por donde quieran, nosotros permaneceremos en quien cargó con nuestros pecados en su propio cuerpo en la cruz.

Noten ahora, queridos amigos, que cuando el pueblo entró en la tierra donde no había entrado jamás ningún egipcio, siguieron recordando la pascua. “Y será, cuando habréis entrado en la tierra que Jehová os dará, como tiene hablado, que guardaréis este rito”. En la tierra que fluía leche y miel se seguiría recordando la sangre rociada. Nuestro Señor Jesús, no es sólo para el primer día en que nos arrepentimos, sino para todos los días de nuestra vida. Lo recordamos tanto en medio de nuestros más grandes gozos espirituales como en nuestras más profundas tristezas. El cordero pascual es para Canaán, tanto como para Egipto y el sacrificio por el pecado es para nuestra seguridad total, tanto como para nuestra temblorosa esperanza. Usted y yo nunca lograremos un estado de gracia tal que podamos prescindir de la sangre que limpia el pecado.

Además, hermanos, quiero que noten bien que este rociamiento de la sangre debía ser un recuerdo que saturaba todo. Reflexione en este pensamiento: Los hijos de Israel no podían salir ni entrar a sus casas sin el recuerdo de la sangre rociada. Estaba sobre sus cabezas; debían pasar por debajo de ella. Estaba a la derecha y a la izquierda; estaban rodeados de ella. Casi podían decir también: “¿Adónde nos esconderemos de tu presencia?”. Ya sea que miraran sus propias puertas o las de sus vecinos, allí estaban las tres rayas. Y esto no era todo; cuando dos israelitas se casaban y se ponía el fundamento de la familia, había otro recordatorio. El joven esposo y su esposa tenían el gozo de contemplar a su primogénito y, entonces, recordaban lo que el Señor había dicho: “Santifícame todo primogénito”. Como Israelita, le explicaba esto a su hijo y decía: “Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre; y endureciéndose Faraón para no dejarnos ir, Jehová hizo morir en la tierra de Egipto a todo primogénito, desde el primogénito humano hasta el primogénito de la bestia; y por esta causa yo sacrifico para Jehová todo primogénito macho, y redimo al primogénito de mis hijo”. El inicio de cada familia que conformaba la nación israelita era, de esta manera, un recordatorio especial del rociamiento de la sangre.

Hermanos, debemos ver todo en este mundo a la luz de la redención y, entonces, veremos correctamente. Es un cambio maravilloso, ya sea que usted considere la providencia desde el punto de vista de los méritos humanos o desde el pie de la cruz. Todas las cosas se ven como realmente son cuando se miran a través del cristal, el cristal carmesí del sacrificio expiatorio. Use este telescopio de la cruz y verá lejos y claramente; mire a los pecadores a través de la cruz; mire a los santos a través de la cruz; mire el pecado a través de la cruz; mire las alegrías y las tristezas a través de la cruz; mire el cielo y el infierno a través de la cruz. Vea qué sobresaliente debía ser la sangre de la pascua y luego aprenda de todo esto a dar importancia al sacrificio de Jesús, sí, a darle la máxima importancia porque Cristo es todo.

Amados, ahora ven cómo se hizo todo lo posible por colocar la sangre del cordero pascual en una posición de primera prioridad para el pueblo a quien el Señor sacó de Egipto. Ustedes y yo debemos hacer todo lo que se nos ocurra para dar a conocer y mantener siempre ante la vista de los hombres la doctrina preciosa del sacrificio expiatorio de Cristo. Él fue hecho pecado por nosotros aunque no conoció pecado, a fin de que fuéramos hechos la justicia de Dios en él.

Tomado del sermón “La sangre del rociamiento y los niños”.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Reforma Protestante y Medicina

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“Si estamos orgullosos de nuestros antecedentes protestantes, deberíamos hacer algo por estar hoy a su altura y defender su legado, no solo con palabras dirigidas hacia el pasado, sino también con hechos que miren hacia el futuro”. Pablo de Felipe.

El 31 de octubre de 1517 el monje católico Martín Lutero perteneciente a la Orden de San Agustín y natural de Alemania, dio inicio a un gran movimiento de reforma al interior de la Iglesia Católica. Es el comienzo de lo que se conoce como la Reforma Protestante.

El año 2017 se presentó como un gran abanico de posibilidades, para entre comillas “celebrar, conmemorar y recordar“, en diferentes actos, mediante conferencias, predicaciones, y con la publicación de diferentes obras.

Este mismo año la Unión Médica Evangélica celebró su XXVII Encuentro, bajo el título “Celebrando la Reforma”. La elección del tema era pertinente por completo,  Stuart Park habló con su habitual profundidad de una de las 5 Solas de la Reforma “Sola Scriptura”. ¿Cómo no se hablaría en tal conferencia de lo que represento ser “La Medicina y la Reforma”?. Un tema más difícil de lo que sería razonable encontrar bibliografía adecuada. Por esta misma razón, el último día de esta conferencia se planteó  hacer un trabajo en equipo en el que cada uno abordase un aspecto de la cuestión. Este libro es el resultado de ese interesante trabajo compartido. Fue la oportunidad de aprender y nutrirse mucho unos de otros y se abrieron nuevas vías de estudio para descubrir más sobre la incidencia de la Reforma en la Medicina; además, este libro supuso un reto a asumir el compromiso de progresar en el camino que nuestros antepasados abrieron.

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La Reforma protestante, supuso una nueva forma de entender el mundo y las relaciones sociales, fundamentada en un retorno a la Biblia. Esta transformación afectó a todas las áreas de la actividad humana, desde la música a la política, desde la economía a la ciencia, y sus consecuencias perduran hasta hoy; el Mundo Occidental no se puede comprender sin el Protestantismo.

La Reforma cambió profundamente la forma de entender al ser humano y su intocable dignidad. Cambió igualmente la forma de acercarse al mundo creado y liberó a la ciencia de su dependencia de las restricciones teológicas; en estas áreas supuso una dignificación de toda persona y una democratización del acceso al conocimiento. Todo ello transformó profundamente la investigación y la práctica médicas; desde entonces, buena parte de los avances médicos se han producido en países de cultura protestante.

El libro que tiene en sus manos recoge el trabajo de miembros de la Unión Médica Evangélica, que se comprometieron a descubrir entre todos la huella de la Reforma en la Medicina, y a compartirla con los demás. En ese proceso cooperativo se fue comprobando la sorprendente escasez de estudios sobre el tema y los autores se fueron entusiasmando con la profunda impronta que los doctores en medicina protestantes del pasado dejaron en Europa y América, con su excelencia y la humanitaria entrega evangélica de su trabajo. Como consecuencia fue surgiendo un reto para formarse mejor, para ofrecer a la sociedad actual la misma excelencia del progreso en el conocimiento médico y en la atención a los pacientes.

Editorial Andamio, 164 páginas, Diciembre de 2018

 

ÍNDICE

1. Cosmovisión protestante y Medicina, Xesús Manuel Suárez García
2. El ejercicio de la Medicina en la Reforma Protestante, Ferran Campillo i López y Raúl García Pérez
3. Desarrollo científico y Protestantismo. El método científico. Francis Bacon, Pablo González Álvarez y Marisa Muñoz-Caballero Cayuela
4. Desarrollo científico en el mundo protestante después del siglo XVI. Influencia en el ámbito de la Medicina , Pablo González Álvarez y Marisa Muñoz-Caballero Cayuela
5. Protestantismo y Medicina después del siglo XVI. Atención sanitaria en el mundo protestante. Inicios de la Medicina Preventiva y de la Epidemiología. Medicina y Filantropía, Miguel Menéndez Orenga
6. Florence Nightingale. Algunas notas biográficas, Sagrario Gálvez Gallardo
7. Medicina y movimiento misionero, Teresa Ruiz Desachy
8. Reforma, Medicina y Progreso social. La Cruz Roja, Mercedes Gasanz Saboya
9. Reforma y Medicina en la actualidad, Raquel Barrantes Gallego

Puedes solicitar su ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/novedades/843-reforma-protestante-y-medicina.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

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La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 3

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1.B La verdadera naturaleza de la Reforma

Lutero era doctor de la Iglesia y sabía que una de las potestades de esta es la de definir las enseñanzas de la Palabra de Dios. Su intención al clavar las noventa y cinco tesis era la de iniciar un debate teológico acerca de las prácticas introducidas en la Iglesia medieval, en particular las indulgencias, y acerca de las doctrinas en las que estas se basaban. Cuando la polémica con Roma fue en aumento, Lutero hizo reiterados llamamientos para la celebración de un Concilio de la Iglesia en el que se trataran debidamente todos estos asuntos, y en el que ambos partidos estuvieran debidamente presentes. En vez de llevarlo a cabo, el papa de Roma procedió a excomulgarlo directamente. El Concilio solicitado por Lutero se celebraría finalmente, sí, pero treinta y cuatro años después de su excomunión, sin que Lutero y sus seguidores pudieran estar presentes en él.

La preocupación de Lutero para iniciar la Reforma, por tanto, no fue la de emprender una aventura personal que diera sentido a su vida, lo cual no significa que por causa de la Reforma su vida no tomara un sentido completamente nuevo e inesperado para él, sino que esto no fue su motivación para llevarla a cabo.

Lo mismo se puede decir de Calvino: si leemos los capítulos del libro cuarto de la Institución de la religión cristiana que se corresponden a las doctrinas de la Iglesia, o eclesiología, nos daremos cuenta rápidamente de que su preocupación principal era la Reforma del cuerpo de la Iglesia como tal. En el libro cuarto, capítulo onceavo de la Institución, Calvino describe esta Reforma de manera resumida como la tarea de “destruir el reino del Anticristo —es decir, liberar a la Iglesia del dominio del papa— y levantar otra vez el verdadero reino de Cristo”‘ que, para él, significaba volver a la edad de oro de la Iglesia antigua, la Iglesia de los siglos IV y V y de los primeros grandes concilios ecuménicos a partir del de Nicea, en el año 325 d. C. De esta manera, en su carta de respuesta al cardenal Sadoleto, Calvino podía afirmar: “Sabes muy bien que estamos más de acuerdo con la antigüedad que vosotros; y además no pedimos otra cosa, sino que esta antigua faz de la Iglesia pueda por fin ser restaurada y renovada por entero”.

Por tanto, la Reforma no se concebía a sí misma como una modernidad o una innovación en la Iglesia. Más bien, los reformadores llamaban a una vuelta a su estado original y, desde este punto de vista, la novedad que se había llegado a producir en la Iglesia había sido en realidad el surgimiento de un moderno concepto del papado, gracias a la acumulación cada vez mayor de prerrogativas del obispo de Roma, durante todo el periodo de la Edad Media.

Todo esto es de vital importancia para entender la necesidad de obrar una Reforma en la Iglesia. La preocupación eclesial era algo central para los reformadores. No así con nosotros. ¿Por qué no hay Reforma hoy? Pues en gran parte, porque no vemos la necesidad de reformar la Iglesia. Para nosotros es algo completamente secundario. Pero en la mente de los reformadores no se podía disociar, como la mayoría de las veces hacemos nosotros, evangélicos del siglo XXI, entre, por un lado, el mensaje de la salvación y, por otro, la Iglesia institucional; es decir, en un sentido de Iglesia visible. Porque, por una parte, el mensaje del evangelio es lo que da forma a la Iglesia (lo vemos claramente: somos convertidos y salvos por medio de este mensaje del evangelio); pero, por otra parte, porque es la Iglesia visible e institucional la que debe proclamar este mensaje. Así que ambas estaban unidas, y la definición de la doctrina de la justificación por la fe y todas las demás doctrinas relacionadas —el mensaje a proclamar— demandaba y traía consigo una Reforma análoga de la Iglesia institucional.

Continuará …

La sangre del rociamiento y los niños 2

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En segundo lugar, así como esto era una marca nacional era también la señal salvadora. Aquella noche, el Ángel de la Muerte extendió estruendosamente sus alas y voló descendiendo sobre las calles de Egipto para herir a los poderosos y a los humildes, a los príncipes primogénitos y a los primogénitos de las bestias, de modo que en cada casa y en cada establo alguno moría. Donde veía la marca de la sangre, no entraba para herir; pero en los demás lugares, la venganza del Señor cayó sobre los rebeldes. Las palabras son extraordinarias: “Pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir”. ¿Qué frena la espada? Ninguna otra cosa que la mancha de sangre en la puerta. No obstante, deseo hacerles notar de manera muy especial, las palabras en el versículo 23: “Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta”. ¡Qué expresión  instructiva! “Como verá la sangre”. Es algo muy reconfortante para usted y para mi contemplar la expiación porque, de esta manera, obtenemos paz y descansamos; pero después de todo, la gran razón de nuestra salvación es que el Señor mismo mira la expiación y, por su justicia, se siente muy complacido. En el versículo 13 escuchamos decir al Señor mismo: “Y veré la sangre y pasaré de vosotros”.

La base de nuestra salvación no es el que nosotros veamos la sangre rociada, sino que Dios la vea. La aceptación de Cristo por parte de Dios es la garantía segura de la salvación de aquellos que aceptan su sacrificio. Amado, cuando su mirada de fe es opaca, cuando de sus ojos fluyen copiosas lágrimas, cuando la oscuridad del sufrimiento empaña su vista, entonces Jehová ve la sangre de su Hijo y lo libra a usted. En la densa oscuridad, cuando no puede ver nada, el Señor Dios nunca deja de ver en Jesús lo que mucho le complace y aquello con lo cual la ley se cumple. Él no dejará que el destructor se le acerque y le dañe porque él ve en Cristo aquello que vindica su justicia y establece la regla de la ley. La sangre es la marca salvadora.

Oh mi oyente, culpable y autocondenado, si acude ahora y confía en Jesucristo, sus pecados, que son muchos, serán perdonados y amará usted tanto a cambio, que todas las inclinaciones y los prejuicios de su mente se transformarán de pecado a una obediencia llena de gracia.

Note a continuación, que la marca de la sangre se colocó de la manera más sobresaliente posible. Los israelitas, aunque comieron el cordero pascual en la quietud de sus propias familias, el sacrificio no era ningún secreto. No pusieron la marca indicadora en la pared de una habitación interior, ni en algún lugar donde la podían cubrir con cuadros a fin de que nadie los viera; sino que golpearon la parte superior de la entrada y los dos postes a los costados de la puerta, a fin de que todo el que pasaba frente a la casa podía ver que estaba marcada de un modo peculiar y marcada con sangre. El pueblo del Señor no se avergonzó de poner en esta forma la sangre en el frente de cada vivienda y los que son salvos por el gran sacrificio, no deben tratar la doctrina de substitución como una creencia que se guarda en un rincón para tener en secreto, que no confiesa en público. No debemos avergonzarnos de hablar en ninguna parte de la muerte de Jesús en nuestro lugar como nuestra redención. Está pasada de moda y es anticuada, dicen nuestros críticos; pero no nos avergonzamos de anunciarla a los cuatro vientos y de confesar nuestra confianza en ella. El que se avergüenza de Cristo en esta generación, Cristo se avergonzará cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de todos sus santos ángeles. Cunde una teología en el mundo que admite la muerte de Cristo en algún lugar indefinido de su sistema, pero ese lugar es una posición muy inferior: Yo reclamo para la expiación, el frente y el centro, el Cordero debe estar en medio del trono.

El gran sacrificio es el lugar de reunión para la semilla escogida; nos reunimos ante la cruz, al igual como cada familia israelita se reunió alrededor de la mesa donde se había colocado el cordero y dentro de la casa marcada con sangre. En lugar de considerar el sacrificio vicario como algo muy lejano, lo consideramos como el centro de la iglesia. No, aún más, es de tal manera el centro vital, totalmente esencial, que quitarlo es arrancar el corazón de la iglesia. La congregación que ha rechazado el sacrificio de Cristo no es una iglesia, sino una asamblea de inconversos. Acerca de la iglesia puedo decir ciertamente: “La sangre es su vida”. Al igual que de la doctrina de justificación por fe, de la doctrina de un sacrificio vicario, dependerá el éxito o el fracaso a cada iglesia: La expiación por el sacrificio sustituto de Cristo significa vida espiritual y rechazarla es lo opuesto. Por lo tanto, nunca debemos avergonzarnos de esta verdad tan importante, sino hacerla lo más sobresaliente posible. “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; más a los que se salvan,… es poder de Dios”.

Tomado del sermón “La sangre del rociamiento y los niños”.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino 2

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En cuanto a si estaríamos dispuestos a repetir la Reforma hoy, la respuesta es, evidentemente, no, en la medida que damos por bueno no solo nuestra división en denominaciones, sino incluso el protestantismo liberal del Consejo Mundial de las iglesias, así como a la Iglesia de obediencia romana, posicionándonos con ellos en documentos oficiales.

Sin embargo, quiero llamar la atención sobre el hecho de que, en todas estas respuestas, lo que prevalece es nuestro discurso actual de hoy. Es decir, tenemos nuestro discurso propio y actual acerca de lo que representó la Reforma, un discurso que nos va bien y que nos conviene, pero que no se construye citando y apoyándose en lo que los actores de la Reforma de hace casi cinco siglos dijeron e hicieron. Aquí hay una cuestión funda-mental a tratar, pues, y es que —en vez de tomar nuestras ideas actuales como criterio de verdad o en vez de hacer nuestras proyecciones mentales hacia el pasado— tenemos que intentar recuperar el sentido original de la Reforma, a partir de lo que sus actores, los Reformadores, dijeron y enseñaron. Se tiene que volver a las fuentes originales de la Reforma. Esta es una de las mayores urgencias hoy día.

Y es este el propósito de este mismo escrito, al menos en la medida de sus posibilidades, a saber: presentar las razones por las que los Reformadores en su día acometieron la tremenda tarea de llevar a cabo la Reforma de la Iglesia. Para ello nos centraremos principalmente en el Reformador Juan Calvino, por ser un reformador “de segunda generación”, que poseía por tanto una cierta perspectiva temporal con respecto al movimiento iniciado por Lutero. De manera particular, me centraré en un tratado que él escribió directamente al emperador Carlos V (o el rey Carlos I de España), titulado La necesidad de reformar la Iglesia’.

Calvino lo escribió con motivo de la Dieta de Espira del año 1544, prácticamente en vísperas del inicio del Concilio de Trento (1545-1563). En esta Dieta, Carlos V buscaba el apoyo de todos los territorios alemanes en su guerra contra Francia, incluidos por tanto los territorios protestantes. La ocasión política se presentaba propicia entonces, para que estos territorios protestantes pudieran recibir algunas concesiones de parte del Emperador, quien había permanecido fiel a Roma. En este tratado, pues, Calvino hace una defensa en toda regla del movimiento de la Reforma. Pero no solo eso: al final del tratado, incluso instará al emperador a que él mismo la proteja y la adelante en todos sus territorios. ¿Nos imaginamos lo que suponía hacer este llamamiento al hombre más poderoso de aquel tiempo, el emperador Carlos V?

1. La verdadera naturaleza de la Reforma
Pero antes de entrar a considerar sumariamente el contenido del tratado, debemos dejar a un lado, de manera axiomática para nuestra conferencia, la comprensión subjetivista habitual que se tiene acerca de la Reforma, es decir, la de Lutero como encarnación de la conciencia individual del creyente frente al dogmatismo férreo de la Iglesia institucional. Debemos dejarlo de lado porque es, sencillamente, falso. Lutero no inició la Reforma para liberarse del yugo dogmático de la Iglesia. Por supuesto que Lutero se enfrentó a una cierta tradición dentro de la Iglesia católica, desarrollada en el último periodo de la Edad Media, es decir, la teología escolástica. También es cierto que él hablaba mucho en primera persona y que fue un personaje con un gran carisma personal. No hubiera sido posible emprender ninguna Reforma sin este carisma, está claro. Pero la preocupación principal de Lutero no era tanto su persona como el mensaje de la salvación, la procla-mación del evangelio por parte de la Iglesia. Se trataba de un mensaje objetivo de la Palabra de Dios que debía ser recibido por la gente como tal. Prueba evidente de ello es cómo Lutero finalizó su tratado de polémica con Erasmo de Róterdam, El siervo albedrío, recriminando a este su falta de afirmaciones claras, de aserciones como dice Lutero, al hablar la enseñanza de la Palabra. Lutero le dice: “Y no es difícil suponer que, puesto que eres un hombre, tú hayas podido no comprender correctamente ni observar con suficiente cuidado las Escrituras o las palabras de los Padres, bajo cuya dirección crees haber alcanzado el objetivo. De esto nos damos suficientemente cuenta cuando escribes que no escribes nada por aserción, sino “haciendo comparaciones”. No escribe así el que ve el fondo del asunto y quien lo comprende correctamente. En cuanto a mí, con este libro, yo no he “hecho comparaciones”, sino que he sostenido y sostengo por aserción; y no quiero dejar el juicio a nadie, sino que me esfuerzo por persuadir para que asientan”.

Continuará …

La sangre del rociamiento y los niños

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“Y Moisés convocó a todos los ancianos de Israel, y les dijo: Sacad y tomaos corderos por vuestras familias, y sacrificad la pascua. Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en el lebrillo; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana. Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir. Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre. Y cuando entréis en la tierra que Jehová os dará, como prometió, guardaréis este rito. Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró”. –Éxodo 12:21-27

EL cordero pascual era un prototipo especial de nuestro Señor Jesucristo. No deducimos esto por el hecho general de que todos los sacrificios en la antigüedad eran una sombra de la sustancia única y verdadera; sino que el Nuevo Testamento nos asegura que “nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Cor. 5:7). Así como el cordero pascual no debía tener mancha, tampoco la tenía nuestro Señor y la muerte y quemado al fuego de aquel cordero, tipifica su muerte y sufrimiento. Aun con respecto al tiempo, nuestro Señor fue el cumplimiento del prototipo porque su crucifixión sucedió en la pascua. Así como el sello deja su impresión, el sacrificio de nuestro Señor coincide con todos los elementos de la ceremonia pascual. Lo vemos “separado” de entre los hombres y llevado como un cordero al matadero; vemos su sangre derramada y rociada; lo vemos ardiendo en el fuego de la angustia; por fe nos alimentamos de él y damos sabor al banquete con las hierbas amargas de la penitencia. Vemos a Jesús y la salvación donde el ojo carnal sólo ve un cordero sacrificado y a un pueblo salvado de la muerte.

El Espíritu de Dios en la ceremonia pascual enfatiza de manera especial el rociar la sangre. Aquello a lo que los hombres tanto se oponen, él diligentemente presenta como la cabeza y el frente de la revelación. La sangre del cordero escogido se recogía en un tazón y no se derramaba en el suelo desperdiciándola porque la sangre de Cristo es preciosísima. En este tazón con sangre se mojaba un manojo de hisopo. Los ramilletes de ese pequeño arbusto retenían las gotas carmesí de modo que pudieran ser rociadas con facilidad. Luego el padre de familia iba afuera y golpeaba el dintel y los dos postes a los costados de la puerta con el hisopo y, de esta manera, la casa quedaba marcada con rayas carmesí. No se ponía sangre en el umbral. ¡Ay del hombre que pisotea la sangre de Cristo y la trata como una cosa impura! ¡Ay! Me temo que muchos lo están haciendo en esta hora, no sólo los que andan en el mundo, sino también los que profesan a Cristo y se llaman cristianos a sí mismos.

Procuraré presentar dos cosas. Primero, la importancia que se adjudica a la sangre rociada y, segundo, la institución relacionada con ella, principalmente, que los niños deben recibir instrucción con respecto al significado del sacrificio, a fin de que ellos, a su vez, lo enseñen a sus hijos y mantengan vivo el recuerdo de la gran liberación que obró el Señor.

I. Primero, LA IMPORTANCIA QUE SE ADJUDICA A LA SANGRE ROCIADA resulta muy claro aquí. Se nota un esfuerzo especial para que el sacrificio sea visto, sí, para obligar a toda la gente a verlo.

Observo, primero, que se convirtió en la marca nacional y la siguió siendo. Si hubiera usted recorrido las calles de Menfis o Ramesés la noche de Pascua, hubiera podido identificar quiénes eran los israelitas y quiénes los egipcios por una marca sobresaliente. No hubiera tenido que esconderse debajo de la ventana a fin de escuchar lo que se hablaba en la casa, ni esperar a que alguien saliera a la calle para poder observar su vestimenta. Esta señal sola, sería indicación suficiente –el israelita tenía la marca de  sangre en su puerta, el egipcio no. Téngalo por seguro, éste sigue siendo el gran punto de diferencia entre los hijos de Dios y los hijos del maligno. Existen, en realidad, dos denominaciones sobre esta tierra –la iglesia y el mundo; aquellos que son justificados en Cristo Jesús y aquellos que están condenados en sus pecados. Esto será la señal que nunca falla del “verdadero israelita”; él ha acudido a la sangre rociada, que manifiesta
cosas mejores que las de Abel. El que cree en el Hijo de Dios, como el único sacrificio aceptado por el pecado, tiene salvación, y el que no cree en él morirá en sus pecados. El verdadero Israel confía en el sacrificio ofrecido una vez por el pecado; es su descanso, su consuelo, su esperanza. En cuanto a los que no confían en el sacrificio expiatorio, han rechazado el consejo de Dios en su contra, declarando de esta manera su verdadero carácter y condición. Jesús dijo: “No creéis, porque no sois de mis ovejas, como les he dicho” y la falta de fe en el derramamiento de sangre, sin el cual no hay remisión de pecado, es la marca de condenación de aquel que es un extraño para la congregación de Israel. No lo dudemos: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios” (2 Juan 9). Aquel que no acepta la propiciación que Dios ha establecido, tiene que cargar con su propia iniquidad. No obstante, nada más justo, nada más terrible puede sucederle a tal hombre que el hecho de que su iniquidad no sea purgada eternamente por ningún sacrificio ni ninguna ofrenda. Si rechaza a su Hijo, no importa cuál sea su supuesta justicia, ni cómo piensa encomendarse a Dios, él lo rechazará a usted. Si acude ante Dios sin la sangre expiatoria y no está incluido en la herencia del pacto, entonces no se cuenta entre el pueblo de Dios. El sacrificio es la marca nacional del Israel espiritual y el que no la tiene es un extraño; no tendrá herencia entre los santificados, ni verá al Señor en gloria.

Tomado del sermón “La sangre del rociamiento y los niños”.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Deléitate en Dios

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¡Deleitémonos en el Dios al que adoramos!

Cuesta bastante pensar en A. W. Tozer sin que nos venga a la mente los atributos de Dios. Uno de sus libros, que se ha convertido en un clásico devocional, se titula El conocimiento del Dios santo. Este fue el último libro que escribió y representa la culminación de años de estudio, oración y predicación. Personalmente, leo este libro una vez al año.

En cierta ocasión, durante un sermón que pronunció en Chicago, el Dr. Tozer hizo a su congregación una petición bastante personal. Era algo que no solía hacer, pero fue interesante escuchar cómo hacía un llamado tan personal.

<< Quiero que oren por mí. Deseo que pidan a Dios que me ayude y me permita vivir lo suficiente para escribir un libro sobre sus atributos, desde un punto de vista devocional. Lo tengo en mente y quiero hacerlo, pero estoy muy ocupado con todas las otras cosas que tengo entre manos. Oren por mí para que el Señor cumpla su propósito en mi vida. Quisiera hacer esto y exponer a esta generación un concepto elevado del gran Dios Todopoderoso en sus tres Personas. Cuando muera, no me gustaría que el mundo dijera: “¿Verdad que Tozer era listo, elocuente e ingenioso?”. No, me gustaría que dijera: “Te alabamos, Dios. Reconocemos que eres el Señor. Glorifiquemos al Padre eterno; que todos los ángeles clamen diciendo:

“¡Santo, santo, santo, Señor Dios de los ejércitos! ¡El cielo y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria!”. Esto es lo que deseo hacer. Quiero dejar a mis espaldas el aroma de Dios, de modo que la Trinidad reciba todo el mérito. >>

Creo que esta oración ha sido respondida más allá de las humildes expectativas de Tozer. El conocimiento del Dios santo ha sido de bendición para muchas personas desde el momento de su publicación.

La gran pasión del corazón y el ministerio de Tozer era Dios. Quería estimular a las personas y, en consecuencia, muchos le malinterpretaron. Por supuesto, él sabía que no conseguiría que todos subieran a bordo, pero buscaba a ese remanente que sintiera tal pasión por Dios que continuase con el ministerio que Dios le había confiado a él. No predicaba o escribía para todo el mundo, sino, concretamente, para quienes tenían un corazón para Dios.

En este libro, que se basa en sermones que predicó el Dr. Tozer en muy diversos lugares, apreciamos cuál era la carga de su corazón. La mayoría de sermones asociados con este libro se predicó después de la publicación de El conocimiento del Dios santo. A pesar de que escribió el libro, fue incapaz de agotar el tema. Dedicó los últimos años de su vida a predicar acerca de Dios. A veces lo invitaban a una serie de conferencias bíblicas para que predicase sobre un tema concreto, y con frecuencia aceptaba sus directrices, pero su pasión era predicar a Dios.

Lo interesante de este estudio es el hecho de que, según dice el Dr. Tozer, lo que pensamos de Dios afecta a todos los aspectos de nuestras vidas. A menudo decía que es posible adivinar el futuro de una persona si entendemos su percepción de Dios. Esa era la clave. Desde el punto de vista de Tozer, lo más importante era lo que pensaba de Dios una persona.

Creo que esto se le aplicaba a él mismo. Para entender realmente su trabajo y su mente su trabajo y su ministerio, es necesario comprender su percepción de Dios. A Tozer no le interesaban las tendencias pasadas que se infiltraban en la iglesia de su época. Sin embargo, le preocupaban tales cosas porque, como veremos en este libro, desde su punto de vista esas tendencias producían un efecto negativo sobre la iglesia, y eran las culpables de algunas de las carencias que veía en ella.

No todo el mundo apreciaba al Dr. Tozer o su enseñanza, y él  lo entendía. En este libro hallamos una referencia a una carta que escribió un profesor de un seminario, quien con bastante firmeza discrepaba del Dr. Tozer sobre la doctrina del Espíritu Santo. Él raras veces respondía a las críticas. No sé si es que simplemente no tenía tiempo para ello, o si le faltaba la voluntad. Pero algunos se mostraban muy críticos con él, sencillamente porque no comprendían su percepción de Dios.

Incluso en sus tiempos, Tozer se quejaba de la mediocridad de la iglesia cristiana, se quejaba de que la adoración había caído a un nivel muy bajo, despreciable. Me pregunto qué diría hoy día. Tozer creía firmemente que nuestra adoración de Dios debía ser digna de Él. Para conseguir esto, debemos saber quién es Dios en realidad.

A Tozer no le interesa la metodología, la tecnología ni nada por el estilo. No le interesaba saber cuánto sabías acerca de Dios. Por supuesto, eso era el punto de salida. Lo que le interesaba era el propio Dios, su naturaleza y su carácter, y cómo se nos ha revelado por medio de su Palabra.

El problema con el panorama eclesial tal como lo percibía Tozer en su época, era el mismo al que nos  enfrentamos hoy simplemente podemos decir que ha empeorado. Desde aquellos tiempos no ha cambiado gran cosa, excepto que la iglesia cristiana se ha ido deslizando cada vez más con el paso de las generaciones.

Tozer no escribía ni predicaba a los mediocres. A quienes les bastaba con seguir haciendo todo igual no les interesaba leer nada de lo que él tenía que decir. La esencia de Tozer, así como su predicación y sus escritos, fue una pasión por Dios que invadía toda su vida. No importaba nada más. Creía que debemos regocijarnos en Dios todos los días, pero nunca aposentarnos y conformarnos con el punto en el que estamos espiritualmente. Su lema cotidiano era “Avanzar hacia la perfección”.

Este no es un libro que puedas leer y dejarlo luego en una estantería. Creo que lo que Tozer pretende expresar es, simplemente, que tu pasión por Dios determinará tu estilo de vida. No puedes decir que crees en Dios y luego manifestar conductas que entren en conflicto con el carácter y la naturaleza santa de Dios. Ambas cosas son incompatibles. Si en ti hay algo que no sea santo, en realidad es que no hay nada santo en tu vida. El cristianismo no es una religión en la que respetas determinadas normas, reglamentos y rituales; el cristianismo es una pasión por Dios que solo se puede satisfacer cuando acudimos a Jesucristo.

En lo más profundo del alma humana está esa imagen de Dios que solo puede satisfacer la eternidad. Cuando intentamos llenar ese espacio con cosas temporales, nunca quedamos satisfechos. El hombre más rico del país nunca está satisfecho con sus riquezas. La persona más famosa del mundo no está satisfecha con su popularidad. Todas ellas saben que la riqueza y la popularidad de nuestras vidas naturales pueden desaparecer con la misma rapidez con que llegaron. Algunos de los hombres más acaudalados se suicidan porque sus vidas están vacías y carecen de sentido. El hombre fue creado para ser lleno de eternidad. Y esa eternidad empieza con Jesucristo, el Hijo eterno, que entra en nuestras vidas.

Al final de cada capítulo hay un himno que tiene relación con el tema del mismo. Si sabes algo del Dr. Tozer, sabrás que tenía un apetito y un aprecio insaciable por los himnos  de la iglesia. Sus comentarios sobre la himnología son esclarecedores y debemos enfatizarlos en nuestra época. Quizá nos enfrentemos a una generación que le ha dado la espalda por completo a los himnos tradicionales de la iglesia. Esos himnos los escribieron hombres y mujeres que sentían tanta pasión por Dios que muchos de ellos perdieron la vida a causa de ella. Los himnos nacieron de su experiencia personal con Dios que en muchos casos los desbordaba.

Hoy disponemos de canciones breves y llamativas, músicas que nos hacen sentir bien. Esto sería deplorable para el Dr. Tozer. Los himnos de la iglesia no van destinados a hacernos sentir bien, sino a elevarnos por encima de nuestros sentimientos y llegar a lo que se conoce como el mysterium tremendum, la presencia inefable de Dios, un lugar con el que pocos cristianos modernos están familiarizados.

Meditar en los himnos hará que nuestro corazón aprenda a apreciar a Dios. El Dr. Tozer advertía que no podemos pasar rápidamente por un himno y sacar provecho de él. Pasa tiempo con un himno y deja que penetre en tu alma.

El propósito de este libro no es descubrir qué pensaba de Dios el Dr. Tozer. Si ese fuera el caso, a él le habría inquietado mucho. No, el propósito de este libro es encender en tu corazón una pasión por Dios que te lleve a seguirle con todas tus fuerzas, que incluso conmocione a los que están satisfechos con la pasión que sienten por Dios ahora.

Si alguien lee este libro y le impacta profundamente, de modo que quiera buscar a Dios con una pasión que no puede ser satisfecha fuera de Él, esta obra habrá cumplido su propósito.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/888-deleitate-en-dios.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Reseña Deleitate en Dios 1

La necesidad de reformar la iglesia según Juan Calvino

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“¿Por qué nosotros, creyentes del siglo XXI, somos hoy protestantes evangélicos y no cualquier otra cosa? La respuesta que fácilmente se puede dar es: Porque en el siglo XVI hubo la Reforma protestante y nosotros, de una manera u otra, más clara o más difusamente, todavía somos herederos de ese movimiento que en su día transformó la Iglesia”

La necesidad de reformar la Iglesia según Juan Calvino.

Introducción.

Hace poco tiempo celebramos los 500 años del inicio a la Reforma protestante, es decir, la publicación de las noventa y cinco tesis de Lutero. Según se aproximaba la fecha, pudimos asistir a unos espectaculares fuegos artificiales ecuménicos, entre representantes de las iglesias romanista y protestante, incluso algunos destacados lideres evangélicos realizo algún que otro acercamiento o reconocimiento mutuo sin precedentes.

Y cuando hablo de estos más que previsibles, actos de confraternización ecuménica, no me estoy refiriendo solamente a las iglesias del llamado protestantismo histórico (las grandes iglesias protestantes nacionales nacidas de la Reforma y que, a lo largo del tiempo, han caído presas del liberalismo y del pluralismo teológico), sino también del  protestantismo evangélico que es mayoritario en España como en los países de Sudamérica, un protestantismo evangélico que, de la mano de la Alianza Evangélica Mundial, se ha metido en el diálogo ecuménico con la Iglesia Papal. Fruto de este diálogo han visto la luz dos documentos oficiales que sitúan áreas vitales de la vida de la Iglesia como el testimonio y la proclamación del evangelio, en perfecta sintonía con Roma; a saber: el primer documento, “Iglesia, evangelización y los vínculos de la koinonía” (2002) “Testimonio cristiano en un mundo religioso” (2011).

Sí, hemos de tener claro que el mundo evangélico hoy es pluralista de cara al interior (véase su división en denominaciones) y ecumenista de cara al exterior. Con lo cual, la primera pregunta que surge de ello, al menos para mí y creo que también para todo el que piense honestamente al respecto, es: ¿Cómo podemos seguir pidiendo a los demás que lleguen a tener la misma fe que nosotros, cuando hemos justificado precisamente que los demás no la tengan? Está claro que, desde este punto de vista, la evangelización y la misión se convierten al final en superfluas e innecesarias.

Pero hay muchas otras preguntas que se pueden seguir haciendo en este sentido. Hay una pregunta que llevo haciendo desde hace años en conferencias y artículos, y es la siguiente: ¿Por qué nosotros, creyentes del siglo XXI, somos hoy protestantes evangélicos y no cualquier otra cosa? La respuesta que fácilmente se puede dar es: Porque en el siglo XVI hubo la Reforma protestante y nosotros, de una manera u otra, más clara o más difusamente, todavía somos herederos de ese movimiento que en su día transformó la Iglesia.

Bien, pues entonces, teniendo en cuenta todos estos recientes posicionamientos ecumenistas del mundo evangélico, la gran pregunta es si la Reforma del siglo XVI fue un hecho que nosotros hoy podríamos no solo justificar, sino incluso también estaríamos dispuestos a repetir.

¿Justificamos hoy la Reforma protestante? Se puede decir que sí. Sin ir más lejos, normalmente, se sigue celebrando en esta fecha el Día de la Reforma. Pero, en líneas generales, esto no se hace tanto desde el punto de vista del mensaje de la salvación, de la doctrina de la Iglesia, de la adoración a Dios, como desde un punto de vista subjetivista del individuo. Es decir, la Reforma protestante se ve muchas veces, por no decir la mayoría, como la reivindicación de la conciencia individual del creyente, simbolizada por Lutero, ante los dogmatismos de la Iglesia institucional de su tiempo. Tal vez también en el sentido de la libertad de conciencia y de religión. En este sentido, que es el discurso tradicional del liberalismo protestante y que los evangélicos hemos asumido como propio, sí que estamos dispuestos a justificar la Reforma protestante, y lo hacemos. No me invento nada. Todo esto se puede comprobar en las interpretaciones de la Reforma que se hacen aquí y allá en los medios de comunicación evangélicos actuales.

Continuará …

 

Testimonio de la buena profesión de Alexís Barón von Roenne 5

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Kiinigsdamm 7, Berlin-Plátzensee 12 de octubre de 1.944

Mi queridísima amada:

Dentro de un momento iré a casa con nuestro Señor en completa calma y en seguridad de salvación. Mis pensamientos están contigo, con todos vosotros, con el mayor amor y gratitud.

Como último deseo, te ruego que solo te agarres a él y tengas plena confianza en él; él te ama. Cualquier decisión que puedas tomar para todos vosotros, después de orar, tiene mi completa aprobación y mi bendición. Si solo supieras con qué inconcebible lealtad él está ¡unto a mí en este momento, estarías protegida y tranquila para toda tu difícil vida. Él te dará fuerza para todo. Bendigo a nuestros dos amados hijos, y les incluyo en mi última ferviente oración. ¡Que el Señor permita que su rostro brille sobre ellos y les conduzca al hogar celestial! Sinceros saludos y gratitud para mi amada mamá, para tus padres y para mis hermanos y hermanas. Que puedan ellos sobrevivir, salvaguardados por él, a los difíciles tiempos en nuestra fervientemente amada tierra natal.

A ti, mi más amada de todos, pertenece mi ferviente amor y gratitud hasta el último momento y hasta nuestra bendita reunión.

Que Dios te guarde.

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Jonathan Watson (The Banner of Truth).

 

Deberes Familiares 7

Blog122G

DEBERES DE LOS HIJOS HACIA LOS PADRES.
Los hijos tienen un deber hacia sus padres que bajo la ley de Dios y la naturaleza deben cumplir a conciencia. “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres; porque esto es justo”. Y también “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo; porque esto agrada al Señor” (Ef. 6:1; Col. 3:20).

Estas son las cosas en las que los hijos deben dar a sus padres la honra que merecen.

Primero, deben siempre considerarlos a ellos mejores que a sí mismos. Observo un espíritu vil en algunos hijos, que miran con desprecio a sus padres y sus pensamientos con respecto a ellos son despectivos y desdeñosos. Esto es peor que comportarse como un pagano; los que actúan de esta manera, tienen el corazón de un perro o una bestia que muerde a los que lo produjeron y a la que les dio vida.

Objeción: Pero mi padre es ahora pobre y yo soy rico, y sería disminuirme o, por lo menos, un obstáculo para mí, mostrarle el respeto que le mostraría si las cosas fueran distintas.

Respuesta: Le digo que argumenta usted como un ateo o una bestia y su posición en esto, es totalmente opuesta a la del Hijo de Dios (Mar. 7:9-13). Un talento y un poco de la gloria de una mariposa, ¿tienen que convertirlo en un ser que no ayuda y no honra a su padre y a su madre? “El hijo sabio alegra al padre, mas el hombre necio menosprecia a su madre” (Prov. 15:20) Aunque sus padres se encuentren en la posición más baja y usted en la más alta, él sigue siendo su padre y ella su madre y usted debe tenerlos en alta  estima: “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila” (Prov. 30:17)

Segundo, debe demostrar que honra a sus padres con su disposición de ayudarles en lo que necesiten. “Pero si alguna… tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia, y a recompensar a sus padres;…”, dice Pablo, “porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios” (1 Tim. 5:4). José observó esta regla con respecto a su pobre padre, aunque él mismo estaba casi a la altura del rey de Egipto (Gén. 47:12; 41:39-44).

Además, note que deben “recompensar a sus padres”. Hay tres cosas por las cuales, mientras viva, estará en deuda con sus padres.

1. Por estar en este mundo. De ellos, directamente bajo Dios, recibió usted vida.

2. Por su cuidado para preservarlo cuando usted no podía hacer nada por sí mismo, no podía cuidarse ni encargarse de sí mismo.

3. Por los esfuerzos que hicieron para criarlo. Hasta que no tenga usted hijos propios, no podrá comprender los esfuerzos, desvelos, temores, tristezas y aflicciones que han sufrido para criarlo y, cuando lo comprenda, será difícil sentir que ya los ha recompensado por todo lo que hicieron por usted. ¿Cuántas veces han saciado su hambre y arropado su desnudez? ¿Qué esfuerzos han hecho a fin de que tuviera usted los medios para vivir y triunfar aun cuando ya hayan muerto? Es posible que se hayan privado de alimento y vestido y que se hayan empobrecido para que usted pudiera
vivir como un hombre. Es su deber, como hombre, considerar estas cosas y hacer su parte para recompensarlos. Las Escrituras así lo afirman, la razón así lo afirma y sólo los perros y las bestias pueden negarlo. Es deber de los padres cuidar a sus hijos y el deber de los hijos, recompensar a sus padres.

Tercero, por lo tanto, con una conducta humilde y filial demuestre que usted, hasta este día, recuerda con todo su corazón el amor de sus padres.

Todo esto, sobre la obediencia a los padres, en general.

También, si sus padres son piadosos y usted es impío, como lo es si no ha pasado por la segunda obra o el nacimiento de Dios, debe considerar que con más razón debe respetar y honrarlos, no sólo como padres en la carne, sino como padres piadosos; su padre y madre han sido designados por Dios como sus maestros e instructores en el camino de justicia. Por lo tanto, como dijera Salomón: “Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre: Átalos siempre en tu corazón, enlázalos a tu cuello” (Prov. 6:20, 21).

Ahora, le insto que considere esto:

1. Que ésta ha sido siempre la práctica de los que son y han sido hijos obedientes. Sí, de Cristo mismo para con José y María, aun cuando él mismo era Dios bendito para siempre (Luc. 2:51).

2. Con el fin de dejarlo estupefacto, pues tiene usted también los juicios severos de Dios sobre los que han sido desobedientes. Como, 1) Ismael, por haberse burlado de un hecho bueno de su padre y su madre, se vio privado tanto de la herencia de su padre como del reino de los cielos y, eso, con la aprobación de Dios (Gén. 21:9-14; Gál. 4:30). 2) Ophni y Phinees, por rechazar el buen consejo de su padre, provocaron la ira del gran Dios y lo convirtieron en su enemigo: “Pero ellos no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir” (1 Sam. 2:23-25). 3) Absalón fue linchado, por decirlo así, por Dios mismo, porque se había rebelado contra su padre (2 Sam. 18:9-15).

Además, ¡qué poco sabe usted del dolor que significa para sus padres pensar que puede estar condenado! ¿Cuantos suspiros, oraciones y lágrimas habrán brotado en su corazón por esta razón? ¿Cuánto gimió Abraham por Ismael? Le dijo a Dios: “Ojalá Ismael viva delante de ti” (Gén. 17:18). ¿Cuánto sufrieron Isaac y Rebeca por el mal comportamiento de Esaú? (Gén. 26:34, 35). ¿Y con cuánta amargura lloró David a su hijo que había muerto en su maldad? (2 Sam. 18:32, 33).

Por último, ¿es posible imaginar otra cosa que el hecho de que estos suspiros, oraciones, etc. de sus piadosos padres, sólo aumentarán sus tormentos en el infierno si muere en sus pecados?

Por otro lado, si sus padres y usted son piadosos, ¿no es esto una felicidad? ¿Cuánto debe regocijarse porque la misma fe mora tanto en sus padres como en usted? Su conversión, posiblemente, sea el fruto de los gemidos y oraciones de sus padres a favor de su alma y no pueden menos que regocijarse; regocíjese con ellos. Así sucedió en el caso de un hijo mencionado en la parábola: “porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido y es hallado. Y comenzaron a regocijarse” (Luc. 15:24). Sea el hecho de que sus padres viven bajo la gracia, al igual que usted, motivo para proponerse más decididamente a honrarlos, reverenciarlos y obedecerles.

Ahora está en mejores condiciones para considerar los desvelos y el cuidado que sus padres le han brindado, tanto a su cuerpo como a su alma. Por lo tanto, esfuércese por recompensarlos. Usted tiene la fortaleza para responder en cierta medida al mandamiento, por lo tanto, no lo descuide. Es doble pecado el que un hijo creyente no recuerde el mandamiento, sí, el primer mandamiento con promesa (Ef. 6:1, 2). Cuídese de no decirles a sus padres ni una palabra brusca, ni de comportarse indebidamente con ellos.

Nuevamente, si usted es piadoso y sus padres son impíos, como tristemente sucede con frecuencia, entonces:

1. Ansíe su salvación, ¡los que se van al infierno son sus padres!

2. Lo mismo que dije antes a la esposa, tocante a su esposo inconverso, le digo ahora a usted: Cuídese de un lengua que habla ociosidades hábleles con sabiduría, mansedumbre y humildad; atiéndalos fielmente sin quejarse y reciba, con la modestia de un niño, sus reproches, sus quejas y hablar impío. Esté atento a fin de percibir las oportunidades para hacerles ver su condición. ¡Oh! ¡Qué felicidad sería si Dios usara a un hijo para traer a su padre a la fe! Entonces el padre ciertamente podría decir:

Con el fruto de mi cuerpo, Dios ha convertido mi alma. El Señor, si es su voluntad, convierta a nuestros pobres padres, a fin de que, junto con nosotros, sean hijos de Dios.

Tomado del folleto “Christian Behavior” [Conducta cristiana].

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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

Testimonio de la buena profesión de Alexís Barón von Roenne 4

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Últimas cartas a su esposa

25 DE Julio DE 1944. 

Mi querida amada (esta carta fue escrita antes de su encarcelamiento):

Sabes qué acontecimientos están barriendo Alemania y puedes suponer su significado. En vista de mi posición, es fácilmente posible que la ola me arrastre a mí también y me lleve a su peor remolino. Por tanto, quiero decirte una palabra de despedida ahora, aunque solo por este tiempo sobre la tierra, y de ferviente agradecimiento. Primero, tú y los pequeños debéis saber que yo no he tenido parte alguna ni culpa en lo que ha sucedido, sin importar lo que se pueda decir después. Todo lo demás no tiene ninguna importancia en comparación con esto. Sin embargo, este tiempo treméndamente grave me ha traído una enorme ganancia. He vuelto por completo a los brazos abiertos de nuestro Señor y Salvador, a quien había olvidado a menudo con la presión de los acontecimientos. Paso casi todo mi tiempo libre en oración, una oración en la que pido fuerza para mí mismo al afrontar todo lo que ha de venir, y bendición y ayuda para ti, mi queridísima esposa, y para los niños. Y así, siento tan claramente el don de la fortaleza, que me ha venido, que puedo embarcarme en todo con la seguridad gozosa de que no puede terminar en ningún otro sitio, sino ¡unto al corazón de Dios, en eterna paz. Por tanto, de hecho, todo lo que ha ocurrido antes parece bastante sin importancia y no te debe importar en modo alguno. En cada momento, mi ojo interior verá detrás de cualquier cosa solo los brazos abiertos de mi Señor y Salvador. Mi firme consuelo y apoyo son los dichos: “A aquel que viene a mí, no le echo fuera,” y, “Aunque tus pecados sean como escarlata, serán como blanca nieve,” y después muchas otras expresiones impregnadas del amor de Dios como la más profunda razón para su actitud hacia nosotros.

Me agarro a ellas y cobro fuerza, y también especialmente la certeza de que mis fervientes súplicas por ti no serán en vano, pues mis pensamientos y oraciones te pertenecen a ti antes que a cualquier otra cosa, y abarcan con el mayor amor tu vida entera para el futuro. Mi muy queridísima esposa, en todo dolor debes percibir constantemente que no te estás enfrentando a la vida sola: él está contigo en cada momento, e incluso puede que tenga en mente mis súplicas a tu favor cuando te ayude, así como tus oraciones y las de mamá suavizaron el camino para mí. Después, además, está la firme seguridad de que algún día, ¡untos ante su trono, le daremos gracias y alabanzas por todas las misericordias in-merecidas, de las cuales la mayor de todas ha sido unirnos una vez, el mayor como mínimo de los dones terrenales.

Debes saber con absoluta certeza que mi corazón entero te pertenece solo a ti, en virtud de los lazos que se pueden otorgar solo una vez en la vida, porque se extienden más allá de esta hasta la eternidad. Y después de la gratitud que expreso al Señor, mi más ferviente, inacabable gratitud va para ti, querido corazón, y será tuya hasta mi último latido. Gracias por el inexpresable amor que has extendido sobre mí como un manto de oro.

Y, ahora, nuestros dos amados hijos a quienes, por la voluntad de Dios, debo dejar privados de mí, pero sabiendo que están cobijados en su amor y tu cuidado. Diles que las fervientes oraciones finales de su padre y su gran amor les acompañan a través de la vida, y diles que te den todo su amor a ti, y siempre, cuando piensen en mí, hagan algo especialmente agradable para ti como un saludo de mi parte. Lo que ellos sean y hagan en el futuro no tiene importancia. Es cómo lo hagan (esto es, si lo hacen bajo la dirección de Dios) lo que cuenta. Su padre ha fallado a menudo con respecto a esto, pero la mano del Señor nunca lo dejó ir; solo se necesita buscarlo con fervor.

Expresa asimismo mi agradecimiento a todos los que amo: a mamá, a mis hermanos y hermanas, a tus padres. Todos ellos, pero especialmente mi ama-da mamá, me han dado mucho, mucho más amor del que han recibido, y de ese modo han traído mucho más resplandor a mi vida, que ha sido más plena y feliz de lo que ellos se hayan dado cuenta. A ellos también les dedico el deseo: “¡Un día, arriba en la luz!”.

Continuará …

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Jonathan Watson (The Banner of Truth).