La Iglesia debe predicar a Cristo

La Iglesia del siglo XXI se enfrenta a muchas crisis. Una de las más graves es la crisis de la predicación. Diversas filosofías de predicación compiten por ser aceptadas entre los ministros contemporáneos. Algunos ven el sermón como una charla informal; otros, como un estímulo para la salud psicológica; otros, como un comentario sobre la política contemporánea. Sin embargo, algunos aún ven la exposición de las Sagradas Escrituras como un ingrediente necesario en el oficio de la predicación. A la luz de estos puntos de vista, siempre es útil ir al Nuevo Testamento para buscar o averiguar el método y el mensaje que se encuentra en el registro bíblico de la predicación apostólica.

Primeramente, debemos hacer distinción entre dos tipos de predicación. La primera ha sido llamada kerigma; la segunda, didaché. Esta distinción se refiere a la diferencia entre proclamación (kerigma) y la enseñanza o instrucción (didaché). La estrategia de la iglesia apostólica era ganar convertidos por medio de la proclamación del evangelio. Una vez que la gente respondía a ese evangelio, eran bautizados y recibidos en la iglesia visible. En seguida se sometían a una exposición regular y sistemática de la enseñanza de los apóstoles, a través de la predicación ordinaria (homilías), y en grupos particulares de instrucción catequista. Cuando se comenzó a compartir a los gentiles, los apóstoles no entraron en gran detalle sobre la historia redentiva del Antiguo Testamento. Ese conocimiento ya se asumía entre las audiencias judías, pero no se manejaba entre los gentiles. Sin embargo, incluso en las audiencias judías, el énfasis central de la predicación evangelística era el anuncio de que el Mesías había venido y establecido el reino de Dios.

Después de predicar los detalles de su muerte, resurrección, y ascensión a la diestra de Dios, los apóstoles llamaban al pueblo a convertirse a Cristo, arrepentirse de sus pecados, y recibir a Cristo por fe.

Si tomamos un tiempo para examinar los sermones de los apóstoles que se registran en el libro de Hechos, vemos una estructura algo común y familiar en ellos. En este análisis, podemos discernir el kerigma apostólico, la proclamación básica del evangelio. Aquí, el enfoque en la predicación estaba en la persona y la obra de Jesús. El evangelio mismo fue llamado el evangelio de Jesucristo. El evangelio es acerca de Él; involucra la proclamación y declaración de lo que Él logró en su vida, en su muerte, y en su resurrección. Después de predicar los detalles de su muerte, resurrección, y ascensión a la diestra de Dios, los apóstoles llamaban al pueblo a convertirse a Cristo, arrepentirse de sus pecados, y recibir a Cristo por fe.

Cuando buscamos extrapolar, a partir de estos ejemplos, cómo evangelizó la iglesia apostólica, debemos preguntarnos: al transferir a la iglesia contemporánea los principios apostólicos de la predicación, ¿qué es apropiado? Algunas iglesias creen que es un requisito predicar el evangelio o comunicar el kerigma en cada sermón que se predica. Este punto de vista ve un énfasis evangelístico en la predicación del domingo en la mañana. Sin embargo, muchos predicadores hoy en día dicen que predican el evangelio regularmente cuando en algunos casos nunca han predicado el evangelio en absoluto, porque lo que ellos llaman el evangelio, no es el mensaje de la persona y la obra de Cristo, y de cómo su obra cumplida y sus beneficios pueden ser apropiados por el individuo por medio de la fe. Más bien, el evangelio de Cristo es intercambiado por promesas terapéuticas de una vida con propósito o de cómo llegar a una realización personal al venir a Jesús. En los mensajes así, la atención se centra en nosotros y no en Él.

Por otro lado, al estudiar el patrón de los servicios de adoración de la iglesia primitiva, vemos que la asamblea semanal de los santos involucraba reunirse para adoración, comunión, oración, celebración de la cena del Señor, y devoción a la enseñanza de los apóstoles. Si estuviéramos allí, veríamos que la predicación apostólica abarcaba la totalidad de la historia de la redención y la suma de la revelación divina; no se limitaba simplemente al kerigma evangelístico.

Así que, de nuevo, el kerigma es la proclamación esencial de la vida, muerte, resurrección, ascensión, y gobierno de Jesucristo, así como un llamado a la conversión y al arrepentimiento. Es este kerigma que el Nuevo Testamento indica como el poder de Dios para salvación (Rom. 1:16). No puede haber ningún sustituto aceptable para ello. Cuando la iglesia pierde su kerigma, pierde su identidad.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Los finos puntos del Calvinismo

El ya fallecido teólogo Cornelius Van Til una vez observó que el calvinismo no debe ser identificado con los llamados cinco puntos del calvinismo. Más bien, Van Til concluyó que los cinco puntos funcionan como una vía, o un puente, a toda la estructura de la teología reformada. Del mismo modo, Charles Spurgeon argumentó que el calvinismo no es más que un apodo para la teología bíblica. Estos titanes del pasado entendieron que la esencia de la teología reformada no puede reducirse a cinco puntos particulares, los cuales surgieron como puntos de controversia en Holanda hace siglos con los remonstrantes, quienes se opusieron a cinco puntos específicos del sistema de doctrina encontrado en el calvinismo histórico. Esos cinco puntos se han asociado con el acróstico TULIP (por sus siglas en inglés): depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible, y la perseverancia de los santos.

El punto central de la teología reformada es Dios, y es la doctrina de Dios que impregna la totalidad de la sustancia del pensamiento reformado.

Este artículo busca abordar la cuestión de la teología reformada desde la perspectiva de lo que en la filosofía se llama: la vía negativa. Este método de acercarse a la verdad define las cosas en términos de lo que no son; por lo tanto, se le llama el “camino de la negación”. Por ejemplo, cuando hablamos de la naturaleza de Dios, decimos que Él es infinito, lo que simplemente significa que Él no es “finito”. Este es un ejemplo de cómo se utiliza la forma de negación. Cuando comprendemos claramente cómo emplear este método, la forma de afirmación, su opuesto, se hace manifiesta. Si nos fijamos en lo que la teología reformada no es, nos ayuda a comprender lo que es.

Comenzamos diciendo que la teología reformada no es un conjunto caótico de ideas inconexas. Por el contrario, la teología reformada es sistemática. Vivimos en una época en que los sistemas de pensamiento son censurados en un mundo posmoderno, no solo en el ámbito secular de las ideas, pero incluso dentro de seminarios cristianos. Históricamente el principio de la teología sistemática ha sido el siguiente: la Biblia, siendo la Palabra de Dios, refleja la coherencia y la unidad del Dios cuya palabra es. Por supuesto, sería una distorsión tomar un sistema externo de pensamiento y forzarlo a la Escritura, obligando a la Escritura a ajustarse a él como si fuera una especie de lecho de Procusto. Ese no es el objetivo de la sana teología sistemática. Por el contrario, la verdadera teología sistemática trata de comprender el sistema de teología que está contenido dentro de todo el ámbito de la sagrada Escritura. No impone ideas sobre la Biblia; sino que escucha las ideas que son enunciadas por la Biblia y las entiende de una manera coherente.

El siguiente punto que hacemos a través de la negación es que la teología Reformada no es antropocéntrica. Es decir, la teología reformada no está centrada en los seres humanos. El punto central de la teología reformada es Dios, y es la doctrina de Dios que impregna la totalidad de la sustancia del pensamiento reformado. Por lo tanto la teología reformada, a modo de afirmación, puede llamarse teocéntrica.

Aunque no suele ser útil hablar de paradojas en nuestra comprensión de la verdad, hay sin embargo una paradoja que me gusta mantener. Por un lado, la doctrina adecuada de Dios, es decir, la doctrina de la naturaleza, atributos, y carácter de Dios, afirmada por diversos credos de pensamiento reformados, tiene poca deferencia con otras teologías y otras expresiones de fe que se encuentran entre los luteranos, católicos, metodistas, y otros. Al mismo tiempo, y en ello radica la paradoja, pues la dimensión más distintiva de la teología reformada es su doctrina de Dios. Aunque suena como que estoy escribiendo “con los dos lados de mi pluma”, permítanme apresurarme a aclarar esta afirmación paradójica. Después de que la teología reformada articula su doctrina de la naturaleza y el carácter de Dios en los primeros principios de su sistema doctrinal, no se olvida de estas afirmaciones cuando pasa a otras doctrinas. Por el contrario, nuestra comprensión de la naturaleza de Dios es principal y determinante con respecto a nuestra comprensión de todas las otras doctrinas. Es decir, nuestra comprensión de la salvación tiene como factor de control, justo en el corazón de sí misma, nuestra comprensión del carácter de Dios.

La teología de la reforma no es anticatólica. Esto puede parecer extraño, ya que la teología reformada surge directamente del movimiento protestante del siglo XVI, movimiento que se llama “protestante” porque se trataba de una “protesta” en contra de la enseñanza y de la actividad del catolicismo romano. Pero el término católico se refiere al cristianismo católico, la esencia de lo cual se puede encontrar en los credos ecuménicos de los primeros mil años de historia de la Iglesia, en particular los primeros credos y concilios de la Iglesia, tales como el Concilio de Nicea en el siglo IV, y el Concilio de Calcedonia en el siglo V. Es decir, esos credos contienen artículos de fe comunes y compartidos por todas las denominaciones que abrazan el cristianismo ortodoxo, doctrinas como la Trinidad y la expiación de Cristo. Las doctrinas afirmadas por todos los cristianos están en el centro y el núcleo del calvinismo. El calvinismo no se aparta en busca de una nueva teología ni rechaza la base común de la teología que toda la Iglesia comparte.

La teología de la reforma no es católica romana en su comprensión de la justificación. Esto es simplemente para decir que la teología reformada es evangélica, en el sentido histórico de la palabra. En este sentido, la teología reformada se sostiene fuerte y firmemente con Martín Lutero y los reformadores magisteriales en su articulación de la doctrina de la justificación por la fe sola. Afirma las solas de la Reforma, que son las causas formales y materiales de la Reforma del siglo XVI. Estos dos principios son las doctrinas de la sola Scriptura y sola fide. Ninguna de estas doctrinas se declaran explícitamente en los cinco puntos del calvinismo; sin embargo, en cierto sentido, se convierten en la base para las demás características de la teología reformada.

stas declaraciones introductorias acerca de lo que la teología reformada no es son expresadas de una manera mucho más amplia y profunda en mi libro: ¿Qué es la Teología Reformada?, que fue escrito para ayudar a laicos y líderes cristianos a entender la esencia de la teología reformada. En este artículo estoy dando un enfoque escueto de la doctrina, recordando a los lectores que la teología reformada trasciende de los meros cinco puntos del calvinismo, porque es una cosmovisión de la vida y el mundo. Es del pacto. Es sacramental. Está comprometida a transformar la cultura. Está subordinada a la operación de Dios el Espíritu Santo, y tiene un marco rico para comprender la totalidad del consejo de Dios revelado en la Biblia.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

El único pecado que puedes derrotar

John Stephen Piper Nacido el 11 de enero de 1946, Tennessee, Estados Unidos es un predicador, evangelista, autor, escritor Calvinista y sirvió como pastor en la iglesia Bautista de Bethlehem en Minneapolis, Minnesota durante 33 años.

La incapacidad humana 3

“En la Epístola a los Efesios, Pablo declara que antes de la vivificación del Espíritu de Dios, cada alma yace muerta en transgresiones y pecados. Ahora, seguramente se puede asegurar que estar muerto y estar muerto en pecado, es evidencia clara y positiva de que no queda ni aptitud ni poder para la realización de ninguna acción espiritual. Si un hombre está muerto, en un sentido natural y físico, de inmediato se declara su inhabilidad para realizar cualquier acción física. Un cadáver no puede actuar de ninguna manera y un hombre que se atreve a afirmar lo contrario sería recordado como alguien que ha perdido el juicio. Si un hombre está muerto espiritualmente, por lo tanto, es igualmente evidente que es incapaz de realizar ninguna acción espiritual, y, por lo tanto, la doctrina de la incapacidad moral del hombre descansa sobre una fuerte evidencia bíblica”.


“Según el principio de que nada limpio puede salir de lo que es impuro (Job 14:4), todos los que nacen de mujer son declarados ‘abominables y sucios’, para cuya naturaleza sólo la iniquidad es atractiva (Job 15:14-16). Por consiguiente, para volverse pecadores, los hombres no esperan hasta que llega la edad de su uso de razón. Más bien, son apóstatas desde el vientre y, tan pronto como nacen, se desvían, diciendo mentiras (Sal. 58:3); incluso son moldeados en la iniquidad y concebidos en el pecado (Sal. 51:5). La propensión ( יעֵֶר ) de su corazón es mala desde su juventud (Gn. 8:21) y es del corazón de donde todos los asuntos de la vida proceden (Pr. 4:23; 20:11). Los actos de pecado, por lo tanto, no son sino la expresión del corazón natural, que es engañoso sobre todas las cosas y está desesperadamente enfermo (Jer. 17:9)”.


Ezequiel presenta esta misma verdad en un lenguaje gráfico y nos da la imagen de la recién nacida indefensa que fue arrojada afuera en su sangre y dejada a morir, pero que el Señor, en su gracia, encontró y cuidó (Ez. 16).

Esta doctrina del pecado original supone que los hombres caídos tienen la misma clase y grado de libertad para pecar bajo la influencia de una naturaleza corrupta que el diablo y los demonios, o que pueden actuar correctamente bajo la influencia de una naturaleza santa, como los santos en gloria y los santos ángeles. Es decir, los hombres y los ángeles actúan de acuerdo a su naturaleza. Así como los santos y los ángeles son confirmados en santidad, es decir, poseen una naturaleza totalmente inclinada a la justicia y adversa al pecado, la naturaleza de los hombres caídos y de los demonios es tal que no pueden realizar un solo acto con motivos correctos hacia Dios. De ahí, la necesidad de que Dios cambie soberanamente el carácter de la persona en la regeneración.


Las ceremonias de circuncisión del niño recién nacido y de purificación de la madre del Antiguo Testamento fueron diseñadas para enseñar que el hombre viene al mundo pecaminoso, que desde la caída, la naturaleza humana es corrupta en su origen mismo.


Pablo declaró esta verdad de una manera más fuerte en 2 Corintios 4:3-4: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”. En una palabra entonces, los hombres caídos sin las operaciones del Espíritu de Dios están bajo el gobierno de Satanás. Son llevados cautivos por él a su voluntad (2 Ti. 2:26). Mientras este hombre fuerte y totalmente armado no sea expulsado por aquel que es “más fuerte que él”, mantendrá su reino en paz y sus cautivos cumplirán voluntariamente sus órdenes. Pero el “más fuerte que él” lo ha vencido, le ha quitado su armadura y ha liberado parte de sus cautivos (Lc. 11:21-22; Mt. 12:29-30; Mr. 3:27-28). Dios, ahora ejerce el derecho de liberar a quien Él quiera y todos los cristianos nacidos de nuevo son pecadores rescatados de ese reino.


Las Escrituras declaran que el hombre caído es un cautivo, un esclavo dispuesto al pecado, y completamente incapaz de liberarse de su esclavitud y corrupción. Es incapaz de comprender y, mucho menos, de hacer las cosas de Dios. Existe lo que podríamos llamar “la libertad de la esclavitud”, un estado en el que el sujeto es libre sólo de hacer la voluntad de su amo, que en este caso es el pecado. A esto se refirió Jesús cuando dijo: “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn. 8:34).


Y siendo tal la profundidad de la corrupción del hombre, está totalmente más allá de su propio poder limpiarse a sí mismo. Su única esperanza de enmendar su vida, yace de acuerdo a esto, en un cambio de corazón, el cual es traído por el poder soberano del Espíritu Santo “capaz de crear de la nada”, Quien trabaja cuando, donde y como le plazca (Jn. 3:8). Es como si se intentara bombear el agua de un barco con fugas mientras estas aún no han sido reparadas, del mismo modo ocurre si se trata de reformar a los que no se han regenerado sin este cambio interior. O también como muy bien dice la Escritura: ¿Mudará el etíope su piel y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23). Este cambio de la muerte espiritual a la vida espiritual lo llamamos regeneración58. En las Escrituras, se hace referencia a ella en varios términos: La “regeneración”, la vivificación, la llamada de las tinieblas a la luz, un despertar, el nuevo nacimiento, la eliminación del corazón de piedra y la entrega del corazón de carne, etc., cuya obra es exclusivamente del Espíritu Santo (Tit. 3: 5; Ef. 2:5; 1 P. 2:9; Ez. 36:26). Como resultado de este cambio, un hombre llega a ver la verdad y la acepta con gusto. Sus mismos instintos e impulsos íntimos se trasladan al lado de la Ley, en la que la obediencia se convierte en la expresión espontánea de su naturaleza. Se dice que la regeneración es obra del mismo poder sobrenatural que Dios hizo en Cristo cuando lo resucitó de los muertos (Ef. 1:18-20). El hombre no posee el poder de la auto-regeneración y hasta que este cambio interior tenga lugar, no puede ser convencido de la verdad del evangelio por ninguna cantidad de testimonio externo. “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos” (Lc. 16:31).

De (The Reformed Doctrine of Predestination).

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Loraine Boettner (1901-1990): Teólogo presbiteriano americano; nacido en Linden, Missouri, USA.

La incapacidad humana 2

En otras palabras, el hombre caído es tan moralmente ciego que prefiere y escoge el mal en vez del bien de manera uniforme, como lo hacen los ángeles caídos o los demonios. Cuando el cristiano es completamente santificado, llega a un estado en el que prefiere y elige uniformemente el bien, como lo hacen los santos ángeles. Ambos estados son consecuentes con la libertad y la responsabilidad de los agentes morales. Sin embargo, mientras el hombre caído actúa así imperceptiblemente, nunca es obligado a pecar, sino que lo hace libremente y se deleita en ello. Sus disposiciones y deseos son tan inclinados, y él actúa consciente y voluntariamente desde el movimiento espontáneo del corazón. Este sesgo natural o apetito por lo malo es característico de la naturaleza caída y corrupta del hombre, de modo que, como dice Job, el hombre es “abominable y vil, que bebe la iniquidad como
agua” (Job 15:16).


Leemos que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). No podemos entender cómo alguien puede tener una visión clara y de sentido común de este pasaje de las Escrituras y, sin embargo, luchar a favor de la doctrina de la capacidad humana para hacer el bien. El hombre en su estado natural ni siquiera puede ver el reino de Dios, mucho menos puede entrar en él. Una persona
inculta puede ver una hermosa obra de arte como un objeto de visión, pero no tiene ninguna apreciación de su excelencia. Puede que vea las figuras de una ecuación matemática compleja, pero no tienen ningún significado para él. Los caballos y el ganado pueden ver la misma hermosa puesta de sol u otro fenómeno en la naturaleza que los hombres ven, pero están ciegos a toda la belleza artística. Así es cuando el evangelio de la cruz es presentado al hombre no regenerado. Puede que tenga un conocimiento intelectual de los hechos y doctrinas de la Biblia, pero carece de todo discernimiento espiritual de su excelencia y no se deleita en ellos. Lo mismo sucede con Cristo, quien para un hombre es un ser sin forma ni encanto para desearlo; pero para otro es el Príncipe de la vida y el Salvador del mundo, Dios manifestado en la carne, a quien es imposible no adorar, amar y obedecer.


Esta incapacidad total, sin embargo, surge, no sólo de una naturaleza moral pervertida, sino también de la ignorancia. Pablo escribió que los gentiles “andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Ef. 4:17-18). Y otra vez: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Co. 1:18). Cuando escribió acerca de cosas que “Ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9), se refirió, no a las glorias del estado celestial, como se supone comúnmente, sino a las realidades espirituales de esta vida que no pueden ser vistas por la mente no regenerada, como se pone de manifiesto en las palabras del versículo siguiente: “Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu” (1 Co. 2:10). En una ocasión, Jesús dijo: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt. 11:27). Aquí se nos dice claramente que el hombre en su naturaleza no regenerada y no iluminada, no conoce a Dios en ningún sentido digno, y que el Hijo es soberano en la elección de quién entrará en este conocimiento salvador de Dios.


El hombre caído, entonces, carece del poder del discernimiento espiritual. Su razón o entendimiento está cegado y, tanto sus gustos como sus sentimientos, son pervertidos. Y puesto que este estado de su mente es innato como condición de la naturaleza del hombre, está más allá del poder de su voluntad el cambiarlo. Más bien, controla tanto los afectos como sus preferencias. El efecto de la regeneración55 se enseña claramente en la comisión divina que Pablo recibió en su conversión cuando se le dijo que debía ser enviado a los gentiles “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios” (Hch. 26:18).


Jesús enseñó la misma verdad bajo otra figura cuando dijo a los fariseos: “¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Jn. 8:43-44). Ellos no podían entender, ni siquiera escuchar, sus palabras de una manera inteligible. Para ellos sus palabras eran sólo tonterías, locura y lo acusaron de ser poseído por un demonio (Jn. 8:48, 52). Sólo sus discípulos podían conocer la verdad (Jn. 8:31-32); los fariseos eran hijos del diablo (Jn. 8:42, 44) y esclavos del pecado (Jn. 8:34), aunque se creían libres (Jn. 8:33).


En otro tiempo, Jesús enseñó que no puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Y puesto que en este símil, los árboles buenos y malos representan a los hombres buenos y malos, ¿qué significa sino que una clase de hombres está gobernada por un conjunto de principios básicos, mientras que la otra clase está gobernada por otro conjunto de principios básicos? Los frutos de estos dos árboles son actos, palabras, pensamientos que, si son buenos, proceden de una buena naturaleza y, si son malos, proceden de una mala naturaleza. Es imposible entonces, que la misma raíz produzca frutos de diferentes tipos. Por lo tanto, negamos la existencia en el hombre de un poder que pueda actuar de cualquier manera sobre la base lógica de que, tanto la virtud como el vicio, no pueden salir de la misma condición moral del agente. Y afirmamos que las acciones humanas que se relacionan con Dios, proceden de una condición moral que necesariamente produce buenas acciones o de una condición moral que necesariamente produce malas acciones.

Continuará …

De (The Reformed Doctrine of Predestination).

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Loraine Boettner (1901-1990): Teólogo presbiteriano americano; nacido en Linden, Missouri, USA.

¡No eres Libre! de escoger a Dios

Robert Charles Sproul (nacido el 13 de febrero de 1939) es un teólogo calvinista estadounidense, autor y pastor. Él es el fundador y presidente de Ligonier Ministries (nombrado después del valle de Ligonier apenas fuera de Pittsburgh , donde el ministerio comenzó como centro de estudio para estudiantes de la universidad y del seminario) y puede ser oído diariamente en la radio de la renovación internacionalmente.

«Renovar su mente con el Dr. R.C. Sproul» también se transmite en Sirius y la radio por satélite XM. A finales de julio de 2012, Ligonier Ministries anunció una nueva emisora de radio cristiana llamada RefNet (Red de Reforma), en un esfuerzo por llegar a «tantas personas como sea posible» donde haya acceso a Internet. Ligonier Ministries organiza varias conferencias teológicas cada año, incluyendo la conferencia principal que se celebra cada año en Orlando, FL , en la que Sproul es uno de los principales oradores.

Libros de R.C. Sproul y literatura reformada de calidad en http://www.solosanadoctrina.com

La incapacidad humana

Declaración de la doctrina: En la Confesión de Westminster, la doctrina de la incapacidad total se establece de la siguiente manera:

“El hombre, por su caída en un estado de pecado, ha perdido por completo toda capacidad de voluntad para obtener cualquier bien espiritual que acompañe a la salvación; así como un hombre natural, completamente reacio al bien y muerto en pecado, no es capaz, por su propia fuerza, de convertirse a sí mismo, o prepararse para ello”.

Pablo, Agustín y Calvino tienen como punto de partida, el hecho de que toda la humanidad pecó en Adán y que todos los hombres están sin excusa (Ro. 2:1). Una y otra vez, Pablo nos dice que estamos muertos en delitos y pecados, alejados de Dios e indefensos. Al escribir a los cristianos de Éfeso, les recordó que antes de recibir el Evangelio estaban “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef. 2:12). Allí notamos el énfasis quíntuple al apilar frase sobre frase para enfatizar esta verdad.


El alcance y los efectos del pecado original: Esta doctrina de la inhabilidad total, que declara que los hombres están muertos en pecado, no significa que todos los hombres sean igualmente malos, ni que cualquier hombre sea tan malo como podría serlo, ni que alguien sea completamente destituido de la virtud, ni que la naturaleza humana sea mala en sí misma, ni que el espíritu del hombre sea inactivo y, mucho menos, que el cuerpo esté muerto. Lo que sí significa es que desde la Caída, el hombre yace bajo la maldición del pecado el cual es activado por principios equivocados y que es totalmente incapaz de amar a Dios o de hacer algo que merezca la salvación…

Es en este sentido que el hombre desde la Caída “está totalmente indispuesto, incapacitado, hace lo opuesto a todo lo bueno y está totalmente inclinado a todo lo malo”. Posee un sesgo fijo de la voluntad contra Dios e, instintiva y voluntariamente, se vuelve hacia el mal. Es un extranjero de nacimiento y un pecador por elección. La incapacidad bajo la cual trabaja no es una incapacidad para ejercer voluntades, sino una incapacidad para estar dispuesto a ejercer voluntades santas. Y es esta faceta, la que llevó a Lutero a declarar que “el libre albedrío es una frase vacía, en la cual la realidad se ha perdido. La libertad perdida, según mi gramática, no es libertad en absoluto”. En lo que concierne a su salvación, el hombre no regenerado no tiene libertad para elegir entre el bien y el mal, sino sólo para elegir entre el mal mayor y el menor, que no es propiamente libre albedrío. El hecho de que el hombre caído todavía tenga la habilidad de hacer ciertos actos moralmente buenos en sí mismos, no prueba que pueda hacer actos que merezcan la salvación, pues sus motivos pueden ser totalmente erróneos.

El hombre es un agente libre, pero no puede originar el amor de Dios en su corazón. Su voluntad es libre en el sentido de que no está controlada por ninguna fuerza fuera de sí mismo. Así como el pájaro con el ala rota es “libre” para volar, pero no puede, así el hombre natural es libre para venir a Dios, pero no puede. ¿Cómo puede arrepentirse de su pecado cuando él lo ama? ¿Cómo puede acercarse a Dios cuando lo odia? Ésta es la incapacidad de la voluntad bajo la cual el hombre trabaja. Jesús dijo: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19) y otra vez: “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Jn. 5:40). La ruina del hombre reside principalmente en su propia voluntad perversa. No puede venir porque no quiere. La ayuda es suficiente si sólo está dispuesto a aceptarla. Pablo nos dice: “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Ro. 8:7).

Asumir que porque el hombre tiene la habilidad de amar, por lo tanto tiene la habilidad de amar a Dios, es tan sabio como asumir que ya que el agua tiene la habilidad de fluir, por lo tanto tiene la habilidad de fluir hacia arriba; o razonar que debido a que un hombre tiene el poder de lanzarse desde la cima de un precipicio hacia abajo, tiene el mismo poder para transportarse de abajo hacia arriba.

El hombre caído no ve nada deseable en Aquel que es “todo él codiciable… señalado entre diez mil” (Cnt. 5:16, 10). Puede que admire a Jesús como hombre, pero no quiere tener nada que ver con Él como Dios y resiste las influencias santas externas del Espíritu con todo su poder. El pecado, se ha convertido en su elemento natural, de tal suerte que no tiene ningún deseo de salvación; olvidando por completo la justicia. La naturaleza caída del hombre da lugar a una ceguera, estupidez y oposición muy obstinada con respecto a las cosas de Dios. Su voluntad está bajo el control de un entendimiento oscuro, que pone dulce por amargo y amargo por dulce, bueno por malo y malo por bueno (Is. 5:20). En lo que se refiere a su relación con Dios, sólo quiere lo que es malo y lo desea libremente. La espontaneidad y la esclavitud existen realmente juntas.

Continuará …

De (The Reformed Doctrine of Predestination).

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Loraine Boettner (1901-1990): Teólogo presbiteriano americano; nacido en Linden, Missouri, USA.

Pensamientos de John LaidLaw

«Ahora, ¿cuál es el corazón en el lenguaje de las Escrituras? Corazón, en el lenguaje de la psicología bíblica, significa “el centro de la vida personal y moral”. En el uso bíblico, se incluye el intelectual, así como todos los demás movimientos del alma. Sin duda, sin embargo, aunque es considerado como el hogar de todo fenómeno interno —mental, emocional, moral—, denota más particularmente lo que constituye el carácter. Es lo que determina todo el ser moral: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Pr. 4:23). Claramente, por lo tanto, cuando se habla del corazón como la sede del pecado, esto indica la naturaleza radical de la corrupción humana. No consiste en palabras, actos, apariencias. Estos simplemente lo muestran, porque reina en su interior. Ha contaminado las raíces de la vida, las fuentes formativas del carácter. Así se explica su influencia sobre todos los poderes y facultades, su efecto cegador sobre la autoconciencia. El pecado, del cual Dios ha resucitado para redimirnos, está donde sólo Dios debe habitar, en la fuente de nuestro ser moral y espiritual. Mente y corazón, como estos términos se usan en la Biblia en general, nunca implican la distinción entre la naturaleza intelectual y la emocional que denotan en el lenguaje popular. La doctrina escritural de la corrupción, por lo tanto, de acuerdo con su propia simple psicología, es ésta: el corazón, es decir, la fuente del ser del hombre, es corrupto. Por lo tanto, todos sus actos o, como deberíamos decir, el alma entera en todos sus poderes y facultades, [están] pervertidos.» —John Laidlaw

¡EVANGELIO!

Robert Charles Sproul (nacido el 13 de febrero de 1939) es un teólogo calvinista estadounidense, autor y pastor. Él es el fundador y presidente de Ligonier Ministries (nombrado después del valle de Ligonier apenas fuera de Pittsburgh , donde el ministerio comenzó como centro de estudio para estudiantes de la universidad y del seminario) y puede ser oído diariamente en la radio de la renovación internacionalmente. «Renovar su mente con el Dr. RC Sproul» también se transmite en Sirius y la radio por satélite XM. A finales de julio de 2012, Ligonier Ministries anunció una nueva emisora de radio cristiana llamada RefNet (Red de Reforma), en un esfuerzo por llegar a «tantas personas como sea posible» donde haya acceso a Internet. Ligonier Ministries organiza varias conferencias teológicas cada año, incluyendo la conferencia principal que se celebra cada año en Orlando, FL , en la que Sproul es uno de los principales oradores. Libros de R.C. Sproul y literatura reformada de calidad en http://www.solosanadoctrina.com

Una mente depravada y corrupta 2

El hombre natural puede conocer el camino de la justicia como una simple declaración (2 P. 2:21). También puede saber otras cosas, simplemente como ideas que le han sido presentadas (Tit. 1:16; Ro. 2:23-24). Pero estas verdades no tienen ningún efecto transformador en su vida. El hombre espiritual, por otro lado, las conoce en realidad y tienen un efecto transformador en su vida (Ro. 12:2; Ef. 4:22-24).


Ahora bien, antes de que las cosas espirituales puedan ser recibidas, dos cosas son necesarias. Es necesario que las entendamos, estemos de acuerdo con ellas y las recibamos porque están de acuerdo con la sabiduría, santidad y justicia de Dios (1 Co. 1:23-24). Esto también es necesario para que veamos cuán bien adaptados están para glorificar a Dios, la salvación de los pecadores y llevar a la Iglesia a la gracia y la gloria.


El hombre natural no puede hacer esto. Sin embargo, puede recibir exhortaciones, promesas, mandamientos y amenazas en el evangelio (1 Jn. 5:20). Pero para él, la sabiduría de Dios es una locura. Pablo dice: “Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Co. 1:25). Pero para el hombre natural son una
tontería.


El hombre natural no puede conocer las cosas espirituales porque es el Espíritu de Dios quien dota a las mentes de los hombres de esa habilidad, y la luz misma por la cual sólo las cosas espirituales pueden ser discernidas espiritualmente, es creada en nosotros por un acto todopoderoso del poder de Dios (2 Co. 4:6)… El hombre natural no puede discernir las cosas espirituales para marchar hacia la salvación de su alma porque su mente está oscurecida por su propia depravación. Ésta es la miseria de nuestras personas
y el pecado de nuestra naturaleza. Pero no puede ser usado como excusa en el Día del Juicio para no recibir cosas espirituales.


También hay en las mentes de los hombres no regenerados una incapacidad moral por la cual la mente nunca recibirá cosas espirituales porque está dirigida y gobernada por varias lujurias, corrupciones y prejuicios. Estos están tan fijos en la mente no regenerada que le hacen pensar que las cosas espirituales son tontas (Jn. 6:44; 5:40; 3:19).


Pablo nos enseña que Cristo “nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Col. 1:13). En este versículo, se dice que somos liberados del “poder de las tinieblas” (Ef. 5:11; Hch. 26:18; Is. 60:2; Ef. 2:2; 2 Co. 4:4). Pedro habla de “prisiones de oscuridad” (2 P. 2:4). De éstos no hay escapatoria.


Esta oscuridad llena la mente de enemistad contra Dios y contra todas las cosas de Dios (Col. 1: 21; Ro. 8:7). Si Dios es grande en bondad y belleza, ¿por qué le odian los hombres? Este odio surge de esta oscuridad, que es la corrupción y depravación de nuestra naturaleza. Esta oscuridad llena la mente de lujurias perversas que resisten la voluntad de Dios (Ef. 2:3; Fil. 3:19; Col. 2:18; Ro. 8:5). Esta oscuridad llena la mente de prejuicios contra todas las cosas espirituales y la mente es totalmente incapaz de liberarse de estos prejuicios.


La mente oscura ve primero las cosas que desea. Luego, más tarde, reconoce esos deseos en sí mismo. Pero cuando los hombres son llamados a buscar a Dios por encima de todos los demás deseos, entonces esto se considera una tontería porque la mente inconversa piensa que las cosas espirituales nunca traerán contentamiento, felicidad y satisfacción. En particular, la mente no regenerada tiene un sesgo especial en contra del evangelio.


Ahora bien, en el evangelio se predican dos cosas: En primer lugar, están aquellas cosas que pertenecen sólo al evangelio y que no tienen nada de la Ley o de la luz de la naturaleza. Vienen a nosotros sólo por revelación y son únicas al evangelio. Ellas son las que hacen que el Evangelio sea el Evangelio. Y son todas esas cosas concernientes al amor y la voluntad de Dios en Cristo Jesús (1 Co. 2:2; Ef. 3:7-11).


En segundo lugar, están las cosas declaradas en el evangelio que tienen su fundamento en la Ley y en la luz de la naturaleza. Estos son todos los deberes morales. Estos deberes morales son conocidos en cierta medida aparte del evangelio (Ro. 1:19; 2:14-15). Hay en todos los hombres una obligación de obedecer estas leyes morales de acuerdo a la luz que se les ha dado.


Ahora, es en este estado que el evangelio añade dos cosas a la mente de los hombres. En primer lugar, muestra la manera correcta de obedecer. Muestra que la obediencia sólo puede surgir de un corazón regenerado que ya no está en enemistad con Dios. También muestra que el propósito de la obediencia es traer gloria a Dios. Muestra que no podemos obedecer hasta que hayamos
sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo. Todas estas cosas ponen los deberes morales en un nuevo marco —el marco del evangelio—.


En segundo lugar, al darnos su Espíritu, Dios nos fortalece y nos permite obedecer de acuerdo al marco del evangelio. El evangelio nos declara las cosas que hacen que la obediencia al evangelio sea obediencia al evangelio y no obediencia legal (1 Co. 15:3; Ro. 6:17; Gá. 4:19; Tit. 2:11, 12; 1 Co. 13:11; 2 Co. 3:18): Primero, el evangelio enseña los misterios de la fe y los pone como
fundamento de la fe y la obediencia. Segundo, el evangelio injerta entonces, todos los deberes de obediencia moral en este árbol de fe en Jesucristo. Esto es lo que Pablo hace en sus epístolas. Comienza enseñando los misterios de la fe cristiana. Entonces, sobre la base de estos misterios y maravillas del evangelio que nos ha traído la gracia y la misericordia de Dios, enseña que, por gratitud, debemos buscar agradar a Aquel que tanto nos amó obedeciéndole…


Así que, mientras la mente del hombre permanezca sin regenerarse, no hay esperanza de que el alma salga de las tinieblas hacia la luz del glorioso evangelio de Cristo.


Conclusión: La mente en el estado de la naturaleza, es tan depravada y corrupta que no es capaz de entender, recibir y abrazar las cosas espirituales. Por lo tanto, mientras la mente permanezca sin regenerarse, el alma no puede ni quiere recibir a Cristo para salvación, ni puede ser hecha santa y apta para el cielo. El corazón y la voluntad no pueden actuar independientemente de la mente. La voluntad no es libre de actuar por sí sola. El ojo es la luz natural del cuerpo. Por medio del ojo, el cuerpo es conducido con seguridad alrededor de obstáculos peligrosos, y así se evita que se lastime a sí mismo. Pero si el ojo está ciego o está rodeado de oscuridad y, por lo tanto, no puede ver, entonces el cuerpo no tiene idea a dónde va e, inevitablemente, chocará con objetos o tropezará con obstáculos.


Lo que el ojo es para el cuerpo, la mente es para el alma. Si la mente ve la gloria y la belleza de Cristo y su salvación presentada en el evangelio, estimulará al corazón para desearlas como verdaderamente buenas y a la voluntad para recibirlas y abrazarlas. Pero si la mente es ignorante del evangelio o está cegada por el prejuicio, entonces el corazón no se despertará para desear a
Cristo ni se le instará a abrazarlo. Si la mente es engañada, tanto la voluntad como el corazón serán engañados también. Donde la mente es depravada, también lo será el corazón (Ro. 1:28-32; 1 Ti. 2:14; He. 3:12, 13; 2 Co. 11:3).


Vemos pues, cuán importantes son las palabras de Jesús cuando dijo: “Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7).

De (The Holy Spirit), compendio R. J. K. Law


John Owen (1616-1683): Pastor congregacional inglés, autor y teólogo. Nacido en Stadhampton, Oxfordshire, Reino Unido.

Una mente depravada y corrupta

La Escritura enseña que la voluntad del hombre y los deseos del corazón son corruptos y depravados. Esto es visto como debilidad o impotencia, y conduce a la terquedad y la obstinación. El alma entera yace en un estado de muerte espiritual.


Las tinieblas espirituales están en todos los hombres y recaen sobre todos los hombres hasta que Dios, por medio de la obra todopoderosa del Espíritu Santo, resplandece en los corazones de los hombres o crea luz en ellos (Mt. 4:16; Jn. 1:5; Hch. 26:18; Ef. 5:8; Col. 1:13; 1 P. 2:9)… La naturaleza de estas tinieblas espirituales debe ser entendida. Cuando los hombres no tienen luz para ver, entonces están en tinieblas (Éx. 10:23). Los ciegos están en tinieblas, ya sea por nacimiento, por enfermedad o accidente (Sal. 69:23; Gn. 19:11; Hch. 13:11). Un hombre, espiritualmente ciego, está en tinieblas espirituales y es ignorante de las cosas espirituales.


Hay una oscuridad exterior sobre el hombre y una oscuridad interior dentro del hombre. Oscuridad exterior es cuando los hombres no tienen esa luz que les permite ver. Entonces, la oscuridad exterior está sobre los hombres cuando no hay nada que los ilumine sobre Dios y las cosas espirituales (Mt. 4:16; Sal. 119:105; Sal. 19:1-4, 8; 2 P. 1:19; Ro. 10:15, 18). Es obra del Espíritu Santo quitar esta oscuridad enviando la luz del evangelio (Hch. 13:2, 4;
16:6-10; Sal. 147:19, 20).


Por otro lado, la oscuridad interior surge de la depravación y corrupción natural de las mentes de los hombres con respecto a las cosas espirituales. La mente del hombre es depravada y corrompida en cosas que son naturales, civiles, políticas y morales, así como en cosas que son espirituales, celestiales y evangélicas. Esta depravación, a menudo, se ve impedida de tener sus efectos completos por la gracia común del Espíritu Santo. Entonces, al oscurecerse la mente del hombre, es incapaz de ver, recibir, comprender o creer para salvar su alma. Las cosas espirituales o los misterios del evangelio, no pueden traer la salvación sin que el Espíritu Santo primero, cree dentro del alma una nueva luz por la cual puedan ver y recibir esas cosas.


Por muy brillante que sea la mente y por muy brillante que sea la predicación y presentación del evangelio, sin que el Espíritu Santo cree esta luz en ellos, no pueden recibir, entender y estar de acuerdo con las verdades predicadas y, por lo tanto, no serán guiados a la salvación (Ef. 4:17-18). Así pues, los no regenerados “andan en la vanidad [futilidad] de su mente” (Ef. 4:17). La inclinación natural de la mente no regenerada es buscar las cosas que no pueden satisfacer (Gn. 6:5).

Es una mente inestable (Pr. 7:11-12). El entendimiento no regenerado se oscurece y no puede juzgar las cosas correctamente (Jn. 1:5). El corazón no regenerado está ciego. En la Escritura, el corazón también incluye la voluntad. La luz es recibida por la mente, aplicada por el entendimiento y utilizada por el corazón. “Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas,…” —dijo Jesús—, “… ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” (Mt. 6:23).


Hay tres cosas que surgen de la futilidad46 natural de la mente en su condición depravada entre los creyentes. En primer lugar, hace que el creyente vacile y sea inestable e inconstante en los deberes sagrados de meditación, oración y escucha de la Palabra. La mente deambula y se distrae con muchos pensamientos mundanos. En segundo lugar, esta inestabilidad es la causa de las recaídas en los creyentes, llevándolos a conformarse al mundo, y a sus hábitos y costumbres, que son vanos y tontos. Y, en tercer lugar, esta futilidad de la mente engaña a los creyentes para que provean para la carne y los deseos de la carne. Puede y, a menudo, conduce a la autocomplacencia.


Para obtener la victoria sobre esta mente corrupta y fútil, debemos fijar nuestras mentes y deseos en las cosas espirituales que nos muestra el Espíritu Santo. Pero al fijar nuestras mentes en las cosas espirituales, debemos observar que la mente no vuelva a caer en pensamientos e ideas vanas, insensatas e inútiles. Debemos adquirir el hábito de meditar en cosas santas y espirituales (Col. 3:2). Debemos ser humillados al darnos cuenta de cuán insensatas y vanas son nuestras mentes.


La mente no regenerada es perversa y depravada, así que los hombres son “ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Ef. 4:18). Esta separación de la vida de Dios es porque sus mentes son pecaminosas y depravadas (Col. 1:21).


La vida de Dios de la cual los hombres están extraviados, es la vida que Dios requiere de nosotros para que podamos agradarle aquí y disfrutar de Él en el futuro (Ro. 1:17; Gá. 2:20; Ro. 6 y 7). Es la vida que Dios obra en nosotros… espiritualmente por su gracia (Ef. 2:1, 5; Fil. 2:13). Es la vida por la cual vivimos para Dios (Ro. 6 y 7). Dios es la meta suprema de esa vida, ya que Él es también el creador de esa vida.


Por medio de esta vida, buscamos hacer todas las cosas para la gloria de Dios (Ro. 14:7-8). Por esta vida, llegamos al gozo eterno de Dios como nuestra bendición y recompensa eterna (Gn. 15:1). La vida de Dios es aquella vida por la cual Dios vive en nosotros por medio de su Espíritu a través de Jesucristo (Gá. 2:20; Col. 3:3). Es aquella vida cuyos frutos son la santidad y la obediencia espiritual evangélica (Ro. 6:22; Fil. 1:11). Y esta vida de Dios nunca muere porque es eterna (Jn. 17:3).

Ahora, la mente no regenerada está extraviada de esta vida de Dios, y esta separación se revela de dos maneras. Se revela por la falta de voluntad y la incapacidad de la mente inconversa para recibir las cosas concernientes a esta vida de Dios (Lc. 24:25; He. 5:11-12; Jer. 4:22). También se revela por la mente inconversa que escoge cualquier otra vida que no sea la vida de Dios (1 Ti. 5:6; Stg. 5:5; Ro. 7:9; 9:32; 10:3). Aunque la mente inconversa es altamente educada y talentosa, es totalmente incapaz de recibir y entender espiritualmente esas cosas necesarias para su salvación eterna. No responderá a la predicación del evangelio hasta que sea renovada, iluminada y capacitada para hacerlo por el Espíritu Santo: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). El tema de este versículo es el hombre natural (el hombre no regenerado). El hombre natural es muy opuesto al hombre espiritual (1 Co. 15:44; Jud. v. 19)…


En el versículo catorce, vemos cosas opuestas al hombre natural. Estas cosas son “las cosas del Espíritu de Dios”. ¿Qué son estas cosas del Espíritu de Dios que son opuestas al hombre natural? He aquí algunas de ellas, todas del capítulo 2 de 1 Corintios: “A Jesucristo, y a éste crucificado” (2:2); “la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” (2:7); “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (2:12); “la mente de Cristo” (2:16).


Estas son las cosas del Espíritu de Dios. Estas son cosas que no pueden ser recibidas excepto por la soberana y sobrenatural iluminación. Estas son las cosas que “ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9). Son cosas del consejo eterno de Dios. Estas son las cosas que la mente del hombre, en su primera creación, no tenía idea de que existían (Ef. 3:8-11).


Se pueden decir dos cosas del hombre natural y las cosas del Espíritu de Dios. Primero, que él no las recibe. Y segundo, que él no puede conocerlas.


En esta doble afirmación, aprendemos, en primer lugar, que el poder de recibir cosas espirituales se le niega al hombre natural (Ro. 8:7). No puede recibirlas porque son discernidas espiritualmente. Aprendemos, en segundo lugar, que el hombre natural las rechaza voluntariamente. Esto está implícito en las palabras “no recibe las cosas del Espíritu de Dios”. Y las rechaza porque le parecen tontas. El hombre natural no puede, no quiere y no recibe las cosas del Espíritu de Dios. Puede conocer el sentido literal de las doctrinas que se le presentan. Puede saber que Jesucristo fue crucificado, pero hay una gran diferencia entre recibir doctrinas como meras declaraciones que se le presentan y conocer la realidad que esas declaraciones presentan. Continuará …

De (The Holy Spirit), compendio R. J. K. Law


John Owen (1616-1683): Pastor congregacional inglés, autor y teólogo. Nacido en Stadhampton, Oxfordshire, Reino Unido.

La depravación del corazón

A corrupción del género humano después de la caída fue radical y universal: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). Parecería sorprendente que alguien leyera este pasaje de la Biblia y, sin embargo, negara la doctrina de la depravación humana, si no conociéramos la ceguera natural del
entendimiento por razón del pecado.

Sin embargo, una dolorosa verdad está claramente enunciada: el corazón del hombre es malo. Y para que esta solemne verdad pueda ser puesta en una luz más fuerte, se añade además que, no sólo los pensamientos, sino también la imaginación de los pensamientos de su corazón son malos. Por esta declaración, aprendemos cómo la Caída ha corrompido todo el funcionamiento secreto de la mente humana, ya que el bosquejo mismo o el esquema básico de los pensamientos, está contaminado.

Si la fuente está envenenada de esta manera, ¿podemos sorprendernos por esos arroyos mortales que salen de ella? Todos los que se conocen a sí mismos a través de la enseñanza del Espíritu divino pueden dar testimonio de la verdad de esta Escritura desde su propia experiencia. “El corazón conoce la amargura de su alma” (Pr. 14:10). ¡Oh, que la gracia soberana derribe toda imaginación orgullosa y pecaminosa que sea contraria a la santa ley de Dios y lleve cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo!

Algunos, confiando en que el hombre posee algo de bondad natural, tal vez puedan decir: “Es cierto que, a menudo, los pensamientos se contaminan; pero, ¿no debemos reconocer algunos restos de virtud? ¿Qué dice la Escritura? “…que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. (Gn. 6:5). Asumiendo que esto es cierto, ¿no puede haber alguna mezcla del bien con el mal? ¿Qué dice la Escritura? “…que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Admitiendo esto, ¿no puede haber algunos momentos de bondad? ¿Qué dice la Escritura? “… que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Si éste es, en verdad, el estado del corazón del hombre, ¿no puede ser que los inocentes tiempos de la juventud sean un indulto de este terrible cargo? ¿Qué dice la Escritura? “Porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud” (Gn. 8:21). “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Sal. 58:3). “La necedad está ligada en el corazón del muchacho” (Pr. 22:15). “…porque la adolescencia y la juventud son vanidad” (Ec. 11:10). Y, como si estuviera decidido a humillar el orgullo del hombre caído y a poner la doctrina del pecado original fuera de toda duda, David, hablando bajo la influencia del Espíritu de la Verdad, declara: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5).

Podrían aducirse muchos pasajes pertinentes e importantes, todos los cuales atestiguan esta solemne verdad del pecado original. “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie” (Job 14:4). “¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, y para que se justifique el nacido de mujer?” (Job 15:14). “¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?” (Job 25:4). Así pues, concluimos, con inspiración divina, que somos “por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef.
2:3); que “no hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10).

¡Oh alma mía! No discutas con tu Creador justamente ofendido, sino confiesa tu culpa, tanto la original como la presente. Buscad la gracia de permanecer a sus pies y de aceptar con corazón gozoso los ofrecimientos de gracia, de perdón y de paz, que tan gratuitamente se os hacen a través del gran sacrificio propiciatorio de su Hijo amado.

La gracia de Dios cuando se ve, como siempre debe ser, en relación con el miserable estado del hombre pecador, brilla como el hermoso arco iris sobre la nube oscura. Sus hermosos tonos alegran y deleitan la mente en medio de la oscuridad que la rodea.

Cuán consoladoras son para un alma contrita bajo un sentido de culpa, las siguientes promesas: “Y yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y cuando estabas en tus sangres te dije ¡Vive! Sí, te dije, cuando estabas en tus sangres: ¡Vive!” (Ez. 16:6). Luego viene la fuente de la misericordia: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jer. 31:3).

Pero, ¿cómo puede una criatura contaminada agradar a un Dios puro y santo? Contemplen los efectos de la gracia soberana: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez. 36: 25-27).

La seguridad y perseverancia de los redimidos está dulcemente declarada en la siguiente maravillosa promesa: “Y les daré un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente, para que tengan bien ellos, y sus hijos después de ellos. Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer. 32:39-40).

El apoyo y el éxito final también se prometen al creyente bajo las diversas pruebas y dificultades para que pueda ser llamado a soportar la causa de su Dios y Salvador del pacto: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10). “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador” (Is. 43:2-3).

Para el consuelo presente y eterno del creyente, se declara por gracia un perdón completo y gratuito de todo pecado: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Is. 43:25). “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Is. 44:22)…

Bien puede el pecador rescatado exclamar: “Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado. He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí” (Is. 12:1- 2). “Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre” (Sal. 145:1-2). “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias” (Sal. 103:1-4). “Bendito Jehová Dios, el Dios de Israel, el único que hace maravillas. Bendito su nombre glorioso para siempre, y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén” (Sal. 72:18-19).

De (Spiritual Exercises of the Heart).

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Thomas Reade (1776-1841)

Conocer a Dios 2

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe. Todos los libros en castellano de Lloyd-Jones encuéntralos en: http://www.solosanadoctrina.com/tienda

La depravación humana 2

Tercero, la depravación total significa que el pecado está trágicamente incluido, es decir, que impacta terriblemente cada parte de nosotros. Hay algo terriblemente malo, no sólo con lo que somos interiormente, sino con cada aspecto de nuestro ser. Ningún elemento de nuestra personalidad es menos afectado por el pecado que otro. Nuestro intelecto, nuestra conciencia, nuestras emociones, nuestras ambiciones y nuestra voluntad, que son las ciudadelas de nuestras almas, están todas esclavizadas al pecado por naturaleza. Por eso Jesús se quejó: “Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste” (Mt. 23:27).

La depravación total no es depravación absoluta… [esto] no significa que los hombres sean animales o demonios, o que sean tan depravados como podrían ser o serán. Este mundo no es el infierno. La depravación total no significa que un incrédulo sea totalmente malvado en todo lo que hace, sino que nada de lo que hace es totalmente bueno. El hombre no está tan caído para que haya perdido toda sensibilidad hacia Dios o en su conciencia; por la benevolencia común de Dios, todavía es capaz de demostrar afecto familiar, de hacer el bien cívico y de cumplir con sus deberes como ciudadano. Es capaz de un gran heroísmo, de un gran valor físico y de grandes actos de abnegación. Sin embargo, es un pecador corrupto en todos los aspectos de su naturaleza y, como tal, es totalmente incapaz de realizar ningún bien espiritual a los ojos de Dios.


La depravación total significa que cuando Dios escudriña el corazón humano, los afectos, la conciencia, la voluntad o cualquier parte del cuerpo, encuentra cada parte dañada y contaminada por el pecado. Aparte de la gracia salvadora, cada parte se aleja de Dios y persigue activamente el pecado. Si el Espíritu nos enseña mediante nuestra experiencia personal, entenderemos la confesión de Jonathan Edwards: “Cuando miro mi corazón y veo mi maldad, parece un abismo, infinitamente más profundo que el
infierno” . Como escribe D. Martyn Lloyd-Jones: “Cuando un hombre realmente se ve a sí mismo, sabe que nadie puede decir nada de él que sea demasiado malo”.

Cuarto, la depravación total significa incapacidad. Significa que somos activos “adictos al pecado” por naturaleza. No hay pensamiento, ni palabra, ni acto, ni área de la vida humana que no esté afectada por el pecado. Romanos 6:16 dice que somos por naturaleza esclavos del pecado: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?”. Considere esto literalmente por un momento. Un esclavo era propiedad de su amo. Un esclavo no tenía tiempo, propiedad o riqueza propia. No tuvo ningún momento del que pudiera decir: “Este momento es mío; mi amo no tiene derechos sobre este momento”. Siempre fue propiedad de su amo; cada uno de sus movimientos, cada uno de sus talentos, cada una de sus posesiones era enteramente de su amo. Así que, dice Pablo, ustedes eran por naturaleza esclavos del pecado (Ro. 6:16). El pecado era tu amo. El pecado se enseñoreó de ti. El pecado estaba en control. Y, sin embargo, el pecado dio la impresión todo el tiempo de que estabas libre y a cargo de tu propio destino.

La depravación total implica, por lo tanto, una incapacidad moral. Nosotros mismos, no somos capaces de hacer nada con respecto a nuestra condición. Somos espiritualmente impotentes por naturaleza, incapaces y no deseamos la salvación. No podemos apreciar la fe cristiana y somos impotentes para trabajar hacia nuestra conversión. “No podemos hacer otra cosa que pecar”, dice Calvino, “hasta que Él (el Espíritu Santo) forme una nueva voluntad dentro de nosotros”. Por mucho que el hombre natural sea impulsado por la ley o el evangelio a creer en Cristo y apartarse del pecado, “no es capaz, por sus propias fuerzas, de convertirse o de prepararse para ello” (Confesión de Westminster, 9.3). Charles Hodge lo dice de manera conmovedora: “El rechazo del evangelio es una prueba tan clara de depravación moral, como la incapacidad de ver la luz del sol al mediodía es una prueba de ceguera”. El hombre natural puede querer estar libre de algún pecado y de las consecuencias del pecado; puede incluso hacer algún esfuerzo en esa dirección. Pero es demasiado esclavo de ella. No está simplemente “perdido” o “muriendo”, está perdido y está muerto en delitos y pecados (Ef. 2:1).

Cada persona en el mundo es por naturaleza un esclavo del pecado. El mundo, por naturaleza, está en manos del pecado. Qué choque para nuestra autocomplacencia: que todo de nosotros por naturaleza pertenece al pecado. Nuestros silencios pertenecen al pecado, nuestras omisiones pertenecen al pecado, nuestros talentos pertenecen al pecado, nuestras acciones pertenecen al pecado. Cada faceta de nuestra personalidad pertenece al pecado; nos posee y nos domina. Somos sus sirvientes.

La depravación total está activa en nosotros. No es simplemente la ausencia de justicia, sino la presencia de corrupción. Nuestra depravación es enormemente creativa e inventiva, siempre ideando nuevas formas de violar la voluntad de Dios. Es un cáncer creciendo dentro de nosotros, una entidad desenfrenada, productiva, energética y auto-propagadora. Es fuego fuera de control, una fuerza viva, feroz y poderosa. En los horrores del Holocausto, la monstruosidad del terrorismo moderno y los terribles titulares de nuestros periódicos diarios, se nos muestra de lo que es capaz nuestra naturaleza humana corrupta y activa, dadas las condiciones necesarias, si Dios nos deja solos.

Mi querido amigo no salvo, eres un “adicto al pecado”. Eres un esclavo a esta misma hora, un esclavo en tu cama esta noche, incluso cuando oras. Y serás un esclavo hasta que el poder todopoderoso de Dios te levante de la muerte espiritual, abra tus ojos ciegos, abra tus oídos sordos y rompa las cadenas de depravación que te envuelven. Y aun así, hasta tu último aliento, lucharás contra tu adicción al pecado porque permanecemos como adictos al pecado en recuperación hasta el fin (Ro. 7:24).

Finalmente, la depravación total es un recordatorio descarnado del problema final del pecado: La paga del pecado es la muerte (Ro 6:23). Si sirves al pecado, recibirás la paga del pecado. Éste es un universo moral. Vivimos y nos movemos, y tenemos nuestro ser en Dios. Cada aliento de nuestras vidas está en sus manos. Siembren una semilla de pecado y recogerán la cosecha del juicio. Siembra el viento de la incredulidad y cosecharás el torbellino de la destrucción. “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). El juicio es siempre inminente. Hay un momento en el cual Dios envía la factura y debemos rendir cuentas.

El hecho de la muerte física es totalmente inevitable. Tú y yo tenemos una cita unilateral con la muerte en el libro del registro eterno de Dios. La única certeza absoluta sobre cada uno de nosotros es el desgarramiento de nuestros cuerpos y nuestras almas. Pero más allá de eso, está la muerte espiritual, la separación de nuestra alma de Dios, para que perdamos la imagen de Dios y la comunión con Él, y permanezcamos bajo su maldición. Sobre todo, hay una muerte eterna: el desgarramiento del alma y del cuerpo de Dios para siempre, sin ningún alivio de la gracia común. La muerte eterna es el infierno, la realidad solemne y asombrosa que el libro del Apocalipsis llama “el lago que arde con fuego y azufre… la segunda muerte” (21:8). El infierno es la cloaca del universo. Es ese espantoso incinerador cósmico en el que un día, el Dios Todopoderoso recogerá la basura del mundo, ese lugar que está siempre bajo su Ira sin diluir, donde el gusano de la memoria no muere, donde está el falso profeta, donde están el Dragón y la Bestia (Ap. 12-13), y donde todos estarán, a menos que traten con su pecado. El infierno es la lógica detrás del pecado. Es la respuesta divina a la impenitencia persistente y a la desobediencia final. La contaminación es el precursor de la perdición. Y el infierno es lo que Dios finalmente piensa del pecado impenitente y de la depravación total.

La Escritura enseña la pecaminosidad del pecado y la depravación. Pero declara que el pecado y la depravación son anomalías. En última instancia, están más allá de toda razón. No se los puede describir como demasiado atroces y ruines. Representan el colmo de la estupidez y la locura espiritual. La magnitud de nuestro pecado y depravación exhibe la magnitud o dimensión de nuestra necesidad del camino de salvación del evangelio de Dios.

De (Living for God’s Glory).

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Joel R. Beeke: Autor, teólogo y pastor estadounidense. Presidente del Seminario Teológico Puritano Reformado, donde es maestro de Teología Sistemática y Homilética.

La depravación humana

La Biblia nos dice que aunque el hombre caído es capaz de hacer algunos actos externamente buenos, no puede hacer nada verdaderamente bueno o agradable a los ojos de Dios (Ro. 8:8), a menos que sea regenerado por el Espíritu Santo (Jn. 3:1-8). Desde el punto de vista de Dios, que es el único punto de vista verdadero, el hombre natural es incapaz de ser bueno en pensamiento, palabra o acción y, por lo tanto, no puede contribuir en nada a su salvación. Él está en total rebelión contra Dios.

Cuando hablamos de depravación total, estamos confesando nuestra falta de mérito y corrupción ante Dios por nuestros pecados originales y actuales. No podemos ni borrar nuestra falta de mérito ni hacer nada para merecer el favor salvador de Dios. Para comprender todas las implicaciones de esta verdad, debemos entender cinco cosas que se encuentran en el corazón de lo que la Escritura presenta como depravación total.

Primero, la depravación total es inseparable de la iniquidad. La depravación total es el resultado inevitable de nuestro pecado, y el pecado es el resultado inevitable de nuestra depravación total. No puedes entender lo que es la depravación total, si no entiendes lo que es el pecado. La Biblia nos dice: “Pues el pecado es infracción de la ley” de Dios (1 Jn. 3:4). Por lo tanto, el pecado es cualquier falla en cumplir la ley moral de Dios en nuestras acciones, actitudes o naturaleza —ya sea haciendo o siendo lo que no debemos hacer o ser (pecados de comisión), o no haciendo o no siendo lo que debemos hacer o ser (pecados de omisión)—. El pecado es injusticia y toda injusticia es anti-Dios. En esencia, el pecado es todo lo que está en oposición a Dios. El pecado desafía a Dios; viola su Carácter, su Ley y su Pacto. Se opone, como dijo Martín Lutero, a “dejar que Dios sea Dios”. El pecado apunta a destronar a Dios y se esfuerza por colocar a alguien o a algo más, en su legítimo trono.

La Biblia usa una variedad de palabras para referirse al pecado. Tomados individualmente, significan (1) perder la marca que Dios ha establecido como nuestra meta; es decir, no vivir para su gloria; (2) ser impíos e irreverentes, lo cual es mostrar la ausencia de justicia; (3) transgredir los límites de la ley de Dios; es decir, violar sus límites establecidos; (4) participar en la iniquidad, es decir, desviarse de un curso correcto, mostrar una falta de integridad o fallar en hacer lo que Él ha mandado; (5) desobedecer y rebelarse contra Dios a través de una violación de la confianza o un acto consciente de traición; (6) cometer una perversión al torcer la mente contra Dios y (7) cometer abominación contra Dios al realizar actos particularmente reprensibles ante Dios.

Cada vida —incluyendo la suya y la mía— ha fallado en su objetivo y es irreverente por naturaleza. Cada vida ha transgredido las líneas de las prohibiciones de Dios y se ha comprometido en la iniquidad. Toda vida ha desobedecido la voz de Dios, se ha rebelado contra Él, y es propensa a cometer inmoralidad y abominación. Isaías 53:6 dice que “todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” y Romanos 3:23 dice que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.

Por lo tanto, la depravación total significa que somos violadores de la ley en todo momento. Por naturaleza, nunca amamos a Dios sobre todo o a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Estamos en “enemistad contra Dios” (Ro. 8:7), viviendo en una hostilidad activa y frenética hacia Él, y somos “aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3). Siempre estamos pecando porque nuestros motivos nunca son del todo puros.

Segundo, la depravación total es principalmente interna, una interioridad que proviene de nuestra profunda y trágica caída en Adán. Cuando pensamos en el pecado, somos propensos a limitarnos a acciones externas como el asesinato, el robo, el homicidio, la crueldad y cualquier otra cosa que sea externa y observable en el comportamiento humano. Pero la Biblia es mucho más rigurosa y radical. No mira simplemente a lo que es exterior, palpable y escuchado; va a las profundidades de la vida humana y dice que el pecado y la depravación existen también allí, en nuestros pensamientos, nuestras ambiciones, nuestras decisiones, nuestros motivos y nuestras aspiraciones.

Jesús dijo que no es lo que un hombre come o toca lo que lo contamina, sino lo que sale de él lo que lo contamina y afecta todo lo que piensa y hace (Mt. 15:17-20). No es tanto que las acciones o los discursos humanos hayan perdido el objetivo; es que el corazón del hombre ha perdido el objetivo. El corazón mismo del hombre es incrédulo, egoísta, codicioso, sensual y siempre deseoso de desplazar a Dios mismo. Por lo tanto, el mismo deseo de pecar es pecado. Juan Calvino lo dijo de esta manera: “Según la constitución de nuestra naturaleza, el aceite puede ser extraído de una piedra, antes de que podamos realizar una buena obra”.

¿Por qué es esto? ¿Por qué todos somos tan interiormente depravados? ¿Por qué es imposible que el hombre natural produzca justicia? Para responder a estas preguntas, debemos regresar al Paraíso. Allí fuimos afectados por el pecado de Adán de dos maneras. Primero, la culpabilidad de su pecado fue imputada a todos nosotros, así que somos pecadores culpables ante Dios, como Pablo nos dice gráficamente en Romanos 5:18a: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres,…”. Segundo, heredamos la contaminación de su pecado, así que somos pecadores corruptos ante Dios, concebidos y nacidos en iniquidad, como David nos dice gráficamente en Salmo 51:5: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. De este modo, somos completamente depravados en nuestro ser interior a través de nuestra caída en Adán, tanto en nuestro estado de culpabilidad como en nuestra condición de contaminación. Isaías dijo que lo mejor de nuestra justicia —es decir, lo mejor de lo mejor de nosotros— es como “trapo de inmundicia” delante del Dios santo (Is. 64:6). Somos peores de lo que podemos imaginar. Jeremías 17:9 dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”. Calvino declara que nadie sabe ni siquiera el uno por ciento de su pecado. Y un antiguo proverbio común dice: “Si las faltas del mejor hombre estuvieran escritas en su frente, le haría ponerse el sombrero hasta sus ojos”.

Tenemos dos problemas a los ojos de Dios: Tenemos un mal historial y un mal corazón y, el segundo problema es, con mucho, el mayor de los dos. Cuando entendemos nuestra depravación interior en términos bíblicos (Ro. 3:9-20), vemos que esta condición —conocida por el término teológico de pecado original— es una carga mucho mayor que nuestros pecados actuales porque todos nuestros pecados actuales fluyen de la fuente de nuestro pecado original y de nuestro mal corazón. Pecamos porque somos depravados internamente, no porque estemos incapacitados externamente. Por eso Calvino escribe: “Todo pecado debe convencernos de la verdad general de la corrupción de nuestra naturaleza”.

Cuando Pablo vislumbró las profundidades de su depravación, confesó que él era el “principal” pecador entre la humanidad (1 Ti. 1:15). Cuando John Bunyan vio un poco de su depravación interior, dijo que intercambia ría su corazón con cualquiera en toda Inglaterra. Lutero resume bien nuestro problema: “El pecado original está en nosotros como nuestra barba. Hoy estamos afeitados y parecemos limpios; mañana nuestra barba ha vuelto a crecer, y no deja de crecer mientras permanezcamos en la tierra. Del mismo modo, el pecado original no puede ser extirpado de nosotros; brota en nosotros mientras vivimos”

De (Living for God’s Glory).

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Joel R. Beeke: Autor, teólogo y pastor estadounidense. Presidente del Seminario Teológico Puritano Reformado, donde es maestro de Teología Sistemática y Homilética.

Conocer a Dios 1

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe. Todos los libros en castellano de Lloyd-Jones encuéntralos en: http://www.solosanadoctrina.com/tienda

En Adán todos Mueren

A doctrina de la Caída, con todas sus horribles consecuencias, resplandece con terrible claridad en el libro de Dios: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12).

La doctrina de la Caída está en el fundamento de la expiación: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Lc. 5:31). Jesús no vino “a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc. 5:32). Vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15). Su gloriosa obra fue anunciada a José por el ángel, cuando dijo: Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21).

Mientras vemos a la entonces feliz pareja20, después de su terrible caída, nos vemos obligados a usar el lenguaje del profeta llorón: “¡Cómo se ha ennegrecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo!” (Lam. 4:1). El pecado de Adán fue un compuesto de incredulidad, orgullo, sensualidad, ingratitud y rebelión. La incredulidad, al dar crédito al tentador, más que a Dios. Orgullo, en el deseo de ser sabios como dioses, conociendo el bien y el mal. La sensualidad, en la lujuria por el fruto prohibido. Ingratitud, en alianza con los ángeles caídos. Rebelión, al pisotear la autoridad de Jehová.

El Apóstol dice: “Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1Ti. 2:14). La serpiente sedujo primero a Eva con su sutileza y luego, Eva ganó una fácil conquista sobre su marido porque está escrito: “Y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella” (Gn. 3:6). Por este acto, Adán [cedió] a la gratificación pecaminosa de la tentación y se convirtió en un participante pleno de su culpa y miseria. En esta culpa, toda su descendencia estaba igualmente involucrada, pues está escrito: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres” (Ro. 5:18). “… en Adán todos mueren,…” (1 Co. 15:22).

El efecto de la Caída fue la vergüenza, el compañero inseparable del pecado. “Y conocieron que estaban desnudos;…” (Gn. 3:7). La imagen de Dios se había ido. Su túnica de natural inocencia se había ido. Su paz y pureza se habían ido. ¡Horrible condición! De hecho, estaban en verdad, desnudos y sin protección ante todos los terrores de la justicia indignada de Dios y sin ninguna cobertura para apaciguar su ira.

Otro efecto de la Caída fue la oscuridad de la mente. “Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Gn. 3:8). Asombrosa ceguera: esconderse de ese Ser, cuyos ojos son más brillantes que diez mil soles, que llena el cielo y la tierra con su presencia, y de quien no se esconde ningún secreto.

El miedo esclavizante fue otro fruto de la Caída. Cuando Dios le preguntó a Adán por qué se escondía, él respondió: “Tuve miedo” (Gn. 3:10). ¡Ah, qué tormento interior produjo el pecado en el alma de nuestros primeros padres! ¡Cómo cambió su condición! Ahora tenían miedo de mirar a Aquel cuya presencia era su cielo y su alegría.

La impiedad y la impenitencia fueron también los viles hijos de la Caída. Cuando Dios amonestó a Adán por comer del árbol del cual Él le había ordenado que no comiera, Adán respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn. 3:12). Note la impiedad: “La mujer que me diste por compañera”, cargando la culpa sobre el Todopoderoso, como si hubiera dicho: “Si nunca me hubieras dado a esta mujer, nunca habría pecado contra ti”. ¡Oh! ¡Qué insulto impío a la benevolencia, bondad y amor divinos! Note también la impenitencia de Adán: “Ella me dio del árbol, y yo comí”, evadiendo la responsabilidad de haber comido el fruto que le dio Eva, como si se viera obligado a comer porque ella le presentó el fruto y como si su propia voluntad no tuviera nada que ver con ello.

No vemos aquí ninguna convicción de pecado, ninguna confesión de culpabilidad, ningún [remordimiento] a causa de ello. En el Jardín del Edén no se vieron signos de penitencia, ni de quebrantamiento de un corazón… Eva era tan mala como su marido. Ella, de la misma manera, se esforzó por [justificarse] diciendo: “La serpiente me engañó, y comí” (Gn. 3:13).

Ahora observa, oh alma mía; sí, observa con asombro, gratitud y amor la ilimitada gracia y misericordia de Jehová. Aquel que no perdonó a los ángeles que pecaron, proclamó una salvación rica y libre para el hombre rebelde. El Señor prometió un libertador, la simiente de la mujer, que hiriera la cabeza de la serpiente. En la plenitud de los tiempos, Jesús, el Salvador, nació de una virgen pura, nacido para salvar a su pueblo de sus pecados y para vencer los poderes de la muerte y el infierno. Este precioso Jesús es predicado ahora, a través del evangelio eterno a todos los hijos e hijas culpables de Adán, con la bendita seguridad de que todos los que creen en Él serán salvos.

De esta breve visión de la apostasía y la recuperación del hombre, es evidente que el hombre es el único autor de su destrucción y que su salvación es por gracia, totalmente gratuita, no buscada e inmerecida. A través de la Caída, el hombre perdió todo el poder espiritual y la voluntad de amar y servir a Dios. Pero por el pacto de la gracia, él recupera ambos, “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).

Una atenta lectura de los capítulos tercero y cuarto del Génesis convencerá a todo humilde indagador de la verdad, mediante la enseñanza del Espíritu divino, de que todo hombre nacido en este mundo, no merece otra cosa que la condenación eterna, puesto que “lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn. 3:6) y “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:50). “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7), fue la respuesta del Salvador al inquisitivo Nicodemo. El pecador puede poner reparos y discutir, pero su propio corazón lo condenará. Su propia vida lo condenará. La ley de Dios lo condenará. El pecado de su naturaleza, como hijo caído de Adán, lo condenará. Él no encontrará nada más que condenación aquí y juicio en el mundo venidero. Pero que mire fuera de sí mismo al segundo Adán, el Señor del cielo —a Jesucristo, el libertador prometido. Allí encontrará todo lo necesario para reparar las ruinas de la Caída—, sí, para elevarlo a un estado más glorioso, tanto como si Adán nunca hubiera pecado…

¡Un misterio asombroso! ¡Oh! ¡Maravillosa sabiduría de Dios!, al impartir así tanto bien a partir de tanto mal, y lo hizo para mostrar, aún más, las riquezas de su gloria y manifestar el resplandor de sus perfecciones; aunque Satanás desatara una terrible plaga sobre su nueva y justa creación.

Así, Satanás fue frustrado, y “así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Ro. 5:21). “Cantad loores, oh cielos, porque Jehová lo hizo; gritad con júbilo, profundidades de la tierra; prorrumpid, montes, en alabanza; bosque, y todo árbol que en él está; porque Jehová redimió a Jacob, y en Israel será glorificado” (Is. 44:23).

Con seguridad, sólo los tontos pueden burlarse del pecado… El orgullo, la malicia, la envidia, la murmuración, la impureza y toda abominación odiosa a un Dios santo, y destructiva para nuestra raza miserable, brotan de esta raíz venenosa. Cada partícula de pecado contiene una infinidad de maldad y merece la condenación eterna.

Pero, oh alma mía, si quieres ver el pecado en los colores más oscuros y en los efectos más terribles, ve a Belén y pregunta: “¿Por qué el Rey del cielo se convirtió en un niño de días? ¿Por qué estaba Él, que llena todo el espacio, envuelto en pañales y acostado en un pesebre?”. Ve a Getsemaní y pregunta: “¿Por qué el Dios encarnado agonizó y sudó grandes gotas de sangre?”. Ve al tribunal y pregunta: “¿Por qué se sometió a juicio el Juez soberano de los hombres y de los ángeles? ¿Por qué el inocente sufrió tales
indignidades? ¿Por qué fue condenado a morir el inocente?”. Ve al Calvario y pregunta: “¿Por qué el Señor de la gloria colgó del árbol maldito? ¿Por qué el Señor de la vida se dignó derramar su alma hasta la muerte?”.

Fue para salvarte de tu pecado, para redimirte de la maldición de la Ley al ser hecho maldición por ti, para liberarte de ir al infierno, convirtiéndose en tu rescate. Fue para merecer el cielo para ti por su preciosa expiación y obediencia hasta la muerte. Fue para comprar para vosotros el Espíritu eterno, por cuya poderosa ayuda podéis creer y amar, y deleitaros en este precioso Salvador, este adorable Redentor, este libertador Todopoderoso, a través del cual vuestros pecados son perdonados y por el cual tenéis acceso
a Dios como vuestro Padre reconciliado. ¡Oh alma mía! Alabado sea el Señor por su misericordia y nunca deje de hablar bien de su nombre.

El pecado —incluso tu pecado— clavó, traspasó y afligió al Señor de la gloria. ¡Oh! Entonces odien el pecado y evítenlo como si temblaran al clavar una lanza en el pecho de su Salvador, como si temblaran al pisotear su sangre sagrada. “La paga del pecado es muerte,…”. ¡Oh, pero regocijaos en esta amable declaración!: “…más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

De (Spiritual Exercises of the Heart), Reformation Heritage Books,


Thomas Reade (1776-1841): Laico inglés y autor; nacido en Manchester, Inglaterra, Reino Unido.

La Gloria del hombre

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.

Una pregunta vital para hoy 2

Éste no es un dogma sombrío inventado por la Iglesia en “las edades oscuras”, sino una verdad de la Sagrada Escritura. George Whitefield dijo: “Lo veo, no sólo como una doctrina de las Escrituras, la gran fuente de la verdad, sino como una muy fundamental, de la cual espero que Dios no permita que ninguno de ustedes sea seducido”. Es un tema al que la Biblia da gran importancia. Cada parte de las Escrituras tiene mucho que decir sobre el terrible estado de degradación y esclavitud al que la Caída ha llevado al hombre. Constantemente, se insiste en la corrupción, la ceguera, la hostilidad de todos los descendientes de Adán a todo lo que sea de naturaleza espiritual. No sólo se describe plenamente la ruina total del hombre, sino también su impotencia para salvarse a sí mismo de la misma. En las declaraciones y denuncias de los profetas, de Cristo y de sus Apóstoles, se exponen repetidamente, no de manera indirecta y vaga, sino enfáticamente y con gran detalle, la esclavitud de todos los hombres a Satanás y su completa impotencia para volverse a Dios en busca de liberación. Ésta es una de las cientos de pruebas de que la Biblia no es un invento humano, sino una revelación del tres veces Santo.

Es un tema tristemente descuidado. A pesar de las claras y unívocas enseñanzas de la Escritura, la condición de ruina del hombre y su separación de Dios son débilmente percibidas y rara vez escuchadas en el púlpito moderno, y se les da poco lugar, incluso en lo que se considera como los centros de la ortodoxia. Más bien, toda la tendencia del pensamiento y la enseñanza actuales van en la dirección opuesta e, incluso, cuando no aceptan la hipótesis darwiniana, a menudo, se ven sus influencias perniciosas. Como
consecuencia del silencio culpable del púlpito moderno, ha surgido una generación de feligreses que, deplorablemente, ignoran las verdades básicas de la Biblia, de modo que, quizás no más de uno de cada mil, tiene un conocimiento mental de las cadenas de dureza e incredulidad que atan el corazón natural o la mazmorra de las tinieblas en la que yacen. Miles de predicadores, en lugar de exponer fielmente a sus oyentes acerca de su lamentable estado natural, están perdiendo el tiempo relatando las últimas noticias del Kremlin o del desarrollo de armas nucleares. Es, por lo tanto, una doctrina de prueba, especialmente de la solidez del
predicador en la fe. La ortodoxia de un hombre sobre este tema determina su punto de vista de muchas otras doctrinas de gran importancia. Si su creencia aquí es bíblica, entonces percibirá claramente cuán imposible es que los hombres se mejoren a sí mismos y que Cristo es su única esperanza. Él sabrá que, a menos que el pecador nazca de nuevo, no puede entrar en el reino de Dios. Tampoco considerará la idea del libre albedrío de la criatura caída para alcanzar la bondad. Será preservado de muchos errores. Andrew Fuller declaró: “Nunca conocí a una persona que estuviera al lado del arminiano, el arriano, el sociniano o el antinomiano, sin antes distraerse con las diminutas nociones de depravación humana o dedad”….

Es una doctrina de gran valor práctico y de importancia espiritual. El fundamento de toda la verdadera piedad, yace en una visión correcta de nosotros mismos y de nuestra vileza, y en una creencia bíblica en Dios y en su Gracia. No puede haber un verdadero aborrecimiento de sí mismo o arrepentimiento, ni una apreciación real de la misericordia salvadora de Dios, ni fe en Cristo, sin ella. No hay nada como un conocimiento de esta doctrina tan bien calculado para desengañar al hombre vano, y convencerlo de la inutilidad y la podredumbre de su propia justicia. Sin embargo, el predicador que es consciente de la plaga de su propio corazón, sabe muy bien que no puede presentar esta verdad de tal manera que sus oyentes realmente se den cuenta y sientan lo mismo, y que les ayude a dejar de estar enamorados de sí mismos y hacer que renuncien para siempre a toda esperanza en sí mismos. Por lo tanto, en lugar de confiar en su fidelidad al presentar la verdad, se la confiará a Dios para que la aplique con gracia y poder a quienes lo escuchen y bendiga sus débiles esfuerzos.

Es una doctrina excesivamente iluminadora. Puede ser triste y humillante; sin embargo, arroja una avalancha de luz sobre misterios que, de otro modo, serían insolubles. Proporciona la clave para el curso de la historia humana y muestra por qué gran parte de ella ha sido escrita con sangre y lágrimas. Proporciona una explicación de muchos problemas que desconciertan y turban a los pensativos. Revela por qué el niño es propenso al mal y tiene que ser enseñado y disciplinado a todo lo que es bueno. Explica por qué cada mejora en el ambiente del hombre, cada intento de educarlo, todos los esfuerzos de los reformadores sociales, no están disponibles para efectuar ninguna mejora radical en su naturaleza y carácter. Esto explica el horrible trato que recibió Cristo cuando obró tan misericordiosamente en este mundo, y por qué todavía es despreciado y rechazado por los hombres. Permite, al mismo cristiano, comprender mejor el doloroso conflicto que siempre está presente en su interior y que le hace gritar a menudo: “¡Oh, miserable de mí!” (Ro. 7:24).

Por lo tanto, es una doctrina muy necesaria, pues la gran mayoría de nuestros semejantes la ignoran. A veces, se piensa que los siervos de Dios hablan demasiado fuerte y tristemente del terrible estado del hombre a través de su apostasía de Dios. El hecho es que es imposible exagerar en el lenguaje humano la oscuridad y la contaminación del corazón del hombre, o describir la miseria y la total impotencia de una condición como la que la Palabra de verdad describe en estos pasajes solemnes: “Pero si nuestro
evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co. 4:3-4). “Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane”. (Jn. 12:39-40). Esto es aún más evidente cuando contrastamos el estado de ánimo de aquellos en quienes se realiza un milagro de gracia (Lc. 1:78-79).

Es una doctrina [beneficiosa] —una que Dios usa a menudo para hacer que los hombres recobren el sentido—… Nada más que un sentido real de nuestra condición perdida nos pone en el polvo ante Dios.

De (Studies in the Scriptures).

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Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor; nacido en Nottingham, Inglaterra, Reino Unido.

Una pregunta vital para hoy

ESTAMOS profundamente convencidos de que la pregunta vital que más se debe plantear hoy es ésta: ¿Es el hombre una criatura total y completamente depravada 1 por naturaleza? ¿Entra en el mundo completamente arruinado e indefenso, espiritualmente ciego y muerto en delitos y pecados? Acorde con nuestra respuesta a esta pregunta, serán nuestros puntos de vista sobre muchas otras cosas. Es sobre la base de este oscuro telón de fondo que toda la Biblia se genera. Cualquier intento de modificar o disminuir, repudiar o atenuar la enseñanza de las Escrituras sobre el asunto es fatal. Ponga la pregunta en otra forma: ¿Está el hombre ahora en tal condición que no puede ser salvado sin la intervención especial y directa del Dios trino en su favor? En otras palabras, ¿hay alguna esperanza para él aparte de la elección personal del Padre, su redención particular por el Hijo y las operaciones sobrenaturales del Espíritu dentro de él? O, dicho de otra manera: Si el hombre es un ser totalmente depravado, ¿puede dar el primer paso para regresar a Dios?

La respuesta bíblica a esa pregunta pone de manifiesto la absoluta futilidad de los esquemas de los reformadores sociales para “la elevación moral de las masas”, los planes de los políticos para la paz de las naciones y las ideologías de los soñadores para dar paso a una edad de oro para este mundo. Es patético y trágico ver a muchos de nuestros más grandes hombres poniendo su fe en tales quimeras4. Las divisiones y las discordias, el odio y el derramamiento de sangre, no pueden ser desterrados mientras la naturaleza humana sea lo que es. Pero durante el siglo pasado, la tendencia constante de una cristiandad en deterioro, ha sido subestimar la maldad del pecado y sobrevalorar la capacidad moral de los hombres. En vez de proclamar la atrocidad del pecado, se ha insistido más en sus inconvenientes y, la descripción abrumadora de la condición perdida del hombre como se establece en la Sagrada Escritura, ha sido oscurecida, si no borrada, por las halagadoras disquisiciones6 sobre el progreso humano. Si la religión popular de “las iglesias” —incluido el noventa por ciento de lo que se denomina Cristianismo Evangélico— se pone a prueba en este momento, se descubrirá que riñe directamente con la idea del hombre caído, arruinado y espiritualmente muerto.

Por lo tanto, hoy existe una necesidad imperiosa de que el pecado sea visto a la luz de la ley de Dios y del evangelio, para que su excesiva pecaminosidad pueda ser demostrada y las oscuras profundidades de la depravación humana sean expuestas por la enseñanza de la Sagrada Escritura, para que podamos aprender lo que implican esas temibles palabras “muerto en delitos y pecados”. El gran objetivo de la Biblia es darnos a conocer a Dios, describir al hombre tal como aparece a los ojos de su Creador y mostrar la relación de uno con el otro. Es, por lo tanto, asunto de sus siervos, no sólo declarar el carácter y las perfecciones divinas, sino también delinear la condición original y la apostasía del hombre, así como el remedio divino para su ruina. Hasta que no veamos realmente el horror del pozo en el que por naturaleza yacemos, nunca podremos apreciar apropiadamente la gran
salvación de Cristo. Es la condición caída del hombre, la terrible enfermedad para la cual la redención divina es la única cura, y nuestra estimación y valoración de las provisiones de la gracia divina serán necesariamente modificadas, en la medida en que modifiquemos la necesidad que se pretendía satisfacer.

David Clarkson, uno de los puritanos, señaló este hecho en su sermón sobre el Salmo 51:5: “El fin del ministerio del evangelio es traer a los pecadores a Cristo. Su camino hacia este fin radica en el sentido de su miseria sin Cristo. Los ingredientes de esta miseria son nuestra pecaminosidad, original y actual; la ira de Dios, a la cual el pecado nos ha expuesto; y nuestra impotencia para liberarnos del pecado o de la ira. Para que podamos promover este gran fin, nos esforzaremos, tanto como el Señor nos asista, para guiarlo de esta manera, por un sentido de miseria, hacia a Aquel que es el único que puede librar de ella. Ahora, siendo la corrupción el origen de la miseria de nuestras naturalezas o del pecado original, pensamos que era apropiado comenzar aquí y, por lo tanto, hemos puesto estas palabras como muy apropiadas para nuestro propósito”: …He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.

Este tema es realmente muy solemne y nadie puede escribirlo o predicarlo, a menos que su corazón esté profundamente impresionado por él. No es algo de lo que cualquier hombre pueda desprenderse, y escribir largo y tendido como si no estuviera directamente involucrado en él; menos aún, desde un nivel superior despreciando a aquellos a quienes denuncia. Nada es más [inadecuado] e impropio que un joven predicador capaz de recitar los pasajes de la Escritura que retratan su propia vileza natural. Más bien, deben ser leídos o citados con la mayor solemnidad. J. C. Philpot declaró: “Como ningún corazón puede concebir suficientemente, tampoco ninguna lengua puede expresar adecuadamente, el estado de miseria y ruina en el cual el pecado ha hecho al hombre culpable y miserable. Al separarlo de Dios, lo ha separado de la única fuente y origen de toda felicidad y toda
santidad. Lo ha arruinado, en cuerpo y alma. Lo ha llenado de enfermedad y dolencia; ha desfigurado y destruido la imagen de Dios en la cual fue creado. Ha destrozado todas sus facultades humanas; ha roto su juicio, ha contaminado su imaginación y ha enajenado sus afectos. Le ha hecho amar el pecado y odiar a Dios”.

La doctrina de la depravación total es muy humillante. No es que el hombre se incline hacia un lado y necesite apoyo, ni que sea meramente ignorante y requiera instrucción, ni que esté agotado y pida un tónico; sino más bien que está deshecho, perdido, espiritualmente muerto. En consecuencia, él está “sin fuerzas” y es completamente incapaz de valerse por sí mismo. Él está expuesto a la ira de Dios y es incapaz de realizar una sola obra que pueda ser aceptada por Él. Casi todas las páginas de la Biblia dan testimonio de esta verdad. Todo el esquema de redención lo da por sentado. El plan de salvación enseñado en las Escrituras no se podía establecer sobre ninguna otra hipótesis. La imposibilidad de que un hombre obtenga la aprobación de Dios por sus propias obras aparece claramente en el caso del joven rico que vino a Cristo. Juzgado por los estándares humanos, fue un modelo
de virtud y logros religiosos. Sin embargo, como todos los que confían en el esfuerzo propio, ignoraba la espiritualidad y el rigor de la Ley de Dios; cuando Cristo lo puso a prueba, sus justas expectativas fueron desvanecidas y “se fue triste” (Mt. 19:22).

Por lo tanto, es una doctrina de lo más desagradable11. Y no puede ser de otra manera para el amor no regenerado que quiere oír hablar de la grandeza, la dignidad y la nobleza del hombre. El hombre natural piensa muy bien de sí mismo y sólo aprecia lo que le es halagador. Nada le agrada más que escuchar lo que ensalza la naturaleza humana y alaba el estado de la humanidad, aunque sea en términos que, no sólo repudian la enseñanza de la Palabra de Dios, sino que se contradicen de plano por la observación común y la experiencia universal. Y hay muchos que [lo gratifican] por sus abundantes elogios de la excelencia de la civilización y el progreso constante de la raza humana. Por lo tanto, afirmar que la popular teoría de la evolución es mentira, es muy desagradable para sus engañados adeptos. Sin embargo, el deber de los siervos de Dios es manchar el orgullo de todo aquello en lo que el hombre se gloría, despojarlo de sus plumas robadas, ponerlo en el polvo ante Dios. Por repugnante que sea esta enseñanza, el
emisario de Dios debe cumplir fielmente con su deber así “escuchen o dejen de escuchar” (Ez. 3:11).

Continuará …

De (Studies in the Scriptures).

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Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor; nacido en Nottingham, Inglaterra, Reino Unido.

El Juicio y la recompensa de los Santos 2

Tercero, en esa ocasión también seremos recompensados por todas esas dificultades y constantes aflicciones que soportamos por nuestro Señor cuando estábamos en el mundo. Aquí ahora Cristo, comenzando con el peor sufrimiento y terminando con el más pequeño, nos dará por cada uno de ellos una recompensa: Desde la sangre del mártir hasta la pérdida de un cabello. A nada le faltará su recompensa (He. 11:36-40; 2 Co. 8:8-14). “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17). Veamos en las Escrituras cómo Dios ha registrado los
sufrimientos de su pueblo y también cómo ha prometido recompensarlo: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo… Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas” (Mt. 5:11, 12; Lc. 6:22-23). “Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mt. 19:29).

Cuarto, habrá también en aquel día una recompensa por todas las obras más secretas y más desconocidas de la cristiandad. a. No habrá en aquel día ni un acto de fe de nuestra alma, ya sea para Cristo o contra el Diablo y el Anticristo, que no será revelado y elogiado, honrado y glorificado en los cielos (1 P. 1:7). b. No habrá ni una plegaria a Dios en secreto contra nuestras propias lascivias o cuando pedimos más gracia, luz, más de su Espíritu, santificación y fortaleza para vivir en este mundo como un fiel cristiano, que Cristo no recompensará abiertamente cuando venga (Mt. 6:6). c. No habrá ni una lágrima derramada
contra nuestras lascivias y amor por este mundo, ni por una comunión más estrecha con Jesucristo, que no esté en la redoma de Dios, por lo que en aquel día traerá una recompensa tan profusa que resultará ser una abundancia como nunca nos imaginamos que existiera. “Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis” (Lc. 6:21). “Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están ellas en tu libro?” (Sal. 56:8). “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal. 126:5, 6)…

Queda por decir unas pocas palabras para mostrarles también algo de lo que serán las recompensas.

Primero, los que serán encontrados en el día de su propia resurrección… Los que Dios considere que fueron los más laboriosos en su obra cuando estuvieron aquí, en aquel día disfrutarán de la porción más grande de Dios o poseerán la mayor parte de la gloria del Altísimo. Porque esa es la porción de los santos en general (Ro. 8:17; Lm. 3:24). ¿Y por qué el que hace más para el Señor en este mundo habrá de disfrutar más de él en la vida venidera? Porque por el hacer y el obrar, el corazón y cada facultad del alma se expande y aumenta su capacidad, teniendo así más lugar para la gloria. En ese día, cada vaso de gloria estará lleno
de ella. Pero no todos serán capaces de contener la misma medida. Si se les tratara de dar la medida entera no tendrían lugar para ella porque hay “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” que los santos disfrutarán en aquel día (2 Co. 4:17) y en ese día, todo vaso se llenará, es decir, tendrá su porción celestial de ella.

No todos los cristianos disfrutan de Dios en igual medida en esta vida, ni serían capaces de hacerlo si tuvieran la oportunidad (1 Co. 3:2). Pero los cristianos que más han trabajado para Dios en esta vida, ya tienen la mayor parte de él en su alma. Esto no es sólo porque ser diligentes en los caminos de Dios es el medio por el cual el Señor se comunica, sino también
porque los sentidos se fortalecen y pueden, en razón de su uso, comprender a Dios y discernir el bien, al igual que el mal (He. 5:13-14)… Pongamos para nosotros mismos un buen fundamento para el día cuando podamos echar mano de la vida eterna (1 Ti. 6:19). Aquí, vida eterna no se refiere a nuestra justificación del pecado a los ojos de Dios porque ésta es dada gratuitamente por gracia por medio de la fe en la sangre de Cristo (de lo que habla el Apóstol aquí es de dar limosnas). Pero es la misma parte que en el otro lugar llama “excelente y eterno peso de gloria”. Y es así que, queriendo motivarlos a realizar buenas obras, les dice que no los exhorta por gusto, “sino que busco fruto que abunde en vuestra cuenta” (Fil. 4:17), tal como lo dice en otro lugar: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58). Por lo tanto, vuelvo a recalcar que la recompensa que los santos recibirán en aquel Día por todo el bien que han hecho, es disfrutar de Dios según sus obras, aunque de hecho, serán justificados y glorificados por gracia sin las obras.

Tomado de “The Resurrection of the Dead and Eternal Judgment” en The Works of John Bunyan, Tomo II

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John Bunyan (28 de noviembre de 1628​ – 31 de agosto de 1688) fue un escritor y predicador cristiano inglés, famoso por su novela El progreso del peregrino.

El Juicio y la recompensa de los Santos

“Ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos” (Hechos 24:15).

Cuando los santos resuciten tendrán que dar cuenta de todas las cosas que hicieron aquí en este mundo, en general, hayan sido
buenas o malas… En esa ocasión, todas las acciones serán contadas, desde la primera buena que hizo Adán o Abel, hasta la última
que se realizará en el mundo…

Primero, entonces [cuando los santos resuciten] habrá una recompensa para todos los que han andado sinceramente en la Palabra y la doctrina, sí, una recompensa para todas las almas que han sido salvas y regadas por sus palabras. Ese día, Pablo, el que plantó, y Apolo, el que regó, junto con todos sus compañeros, recibirán su recompensa conforme a su labor (1 Co. 3:6-8).

Ese día, toda la predicación, oración, fidelidad y labor en que nos hemos ocupado para quitarle gente a Satanás y llevarla a Dios, será recompensada con una gloria esplendorosa. Cada alma que hayamos llevado al Señor Jesús, cada alma que hayamos consolado, fortalecido o ayudado con sanos consejos, exhortaciones y conversaciones útiles, será una perla en nuestra corona: “la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Ti. 4:7-8). Esto es, si hemos enaltecido, entusiasta y gozosamente, el nombre de Dios entre los hombres y si lo hemos hecho con amor, anhelando la salvación de los pecadores porque, de otra manera, tendremos sólo la carga que significó nuestros esfuerzos y nada más. “Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si
de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada” (1 Co. 9:17; Fil. 1:15). Repito, si lo hacemos por gracia, recibiremos una recompensa: “Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo” (1 Ts. 2:19, 20). Por lo tanto, cobremos aliento porque Cristo nos ha puesto a trabajar en su cosecha, animémonos en medio de toda nuestra aflicción y sepamos que Dios reconoce que “el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Stg. 5:20). Por lo tanto, trabajemos para convertir, trabajemos para regar, trabajemos para edificar y para atender el consejo apostólico: “Apacentad la
grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto, y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:2, 4).

Segundo, así como los ministros del evangelio de Cristo serán recompensados en aquel día, lo serán también los miembros de la congregación de los santos. El Señor posará sus ojos sobre ellos con tierno amor y serán recompensados por toda su obra de amor al servir a sus santos y sufrir por su nombre (He. 6:10). “Sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre” (Ef. 6:8). ¡Ah! El pueblo de Dios rara vez piensa con cuánta generosidad y plenitud reconocerá y recompensará él todas las buenas y santas acciones de su pueblo en aquel día. Cada detalle, cada gota de agua, cada vestido y cada
acto de hospitalidad, aunque haya parecido ser lo más insignificante, será recompensado delante de los hombres y de los ángeles, “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Mt. 10:42). Por lo tanto, dice él: “Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos” (Lc. 14:13-14). Si acaso hubiera algún arrepentimiento entre los fieles en aquel día, sería porque no habrían honrado más, ni tenido más en cuenta ni servido más al Señor Jesús con sus hechos y palabras cuando estaban en este mundo. Porque será extraordinario para todos comprobar la importancia que le da el Señor Jesús a las monedas de las viudas. Traerá a luz todos los actos de misericordia y bondad que por él hicieron cuando estaban aquí entre los hombres. Él recordará, anunciará y proclamará ante ángeles y santos aquellos hechos nuestros que ya hemos olvidado creyendo que en aquel día no merecían ninguna mención. Él las presentará con tanta presteza y tan plenamente que nos hará clamar: “Señor, ¿cuándo hice esto? ¿Y cuándo hice aquello?
¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? ¿O sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te servimos? ¿O desnudo y te vestimos? ¿O cuando te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a visitarte? Entonces el Rey responderá diciendo: ‘De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Me nutrí con el alimento que me dieron y disfruté la calidez del abrigo que me hicieron llegar. Recuerdo sus amables y reconfortantes visitas cuando estuve tan enfermo y cuando caí en prisión… y tantas otras buenas obras. Bien, buen siervo y fiel… Entra en el gozo de tu Señor’” (cf. Mt. 25:21-23, 34-47).

Continuará …

Tomado de “The Resurrection of the Dead and Eternal Judgment” en The Works of John Bunyan, Tomo II

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John Bunyan (28 de noviembre de 1628​ – 31 de agosto de 1688) fue un escritor y predicador cristiano inglés, famoso por su novela El progreso del peregrino.

Fuimos creador para Glorificar a Dios

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos1​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.

El Tulip y las Doctrinas de la Gracia

La verdad central de la gracia salvadora de Dios se establece de forma resumida en la afirmación: “La salvación es del Señor”. Esta fuerte declaración significa que cada aspecto de la salvación del hombre proviene de Dios y depende totalmente de Dios. La única contribución que hacemos es el pecado que fue puesto sobre Jesucristo en la cruz. El apóstol Pablo afirmó esto cuando escribió: “Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre” (Ro. 11:36). Esto quiere decir que la salvación es determinada por Dios, comprada por Dios, aplicada por Dios y asegurada en Dios. De principio a fin, la salvación es solo del Señor.

Esta verdad se resume mejor en las doctrinas de la gracia, que son: la depravación total, la elección incondicional, la expiación definida, el llamado eficaz, y la gracia que preserva. Estas verdades presentan al Dios trino como el autor de nuestra salvación de principio a fin. Cada miembro de la divinidad, Padre, Hijo, y Espíritu, juega un papel en la redención, y trabajan juntos como un solo Dios para rescatar a aquellos que perecen bajo la ira divina. En perfecta unidad, las tres personas divinas hacen el trabajo que los pecadores destinados al infierno, quienes son completamente incapaces de salvarse a sí mismos, no pueden hacer.

La única contribución que hacemos es el pecado que fue puesto sobre Jesucristo en la cruz.

Depravación total

El primer hombre, Adán, pecó, y su transgresión y culpa fueron inmediatamente imputadas a toda la humanidad (excepto Cristo). Con este único acto de desobediencia, contaminó moralmente cada parte de su ser: mente, afectos, cuerpo, y voluntad. Por este pecado, la muerte entró al mundo, y la comunión de Adán con Dios se rompió.

La culpa y la corrupción de Adán fue transmitida a su descendencia natural en el momento de la concepción. A su vez, cada uno de los hijos de sus hijos hereda esta misma caída radical. De manera consecuente se ha transmitido a cada generación hasta el día de hoy. La naturaleza perversa de Adán se ha extendido a la totalidad de cada persona.

Fuera de la gracia, nuestras mentes están oscurecidas por el pecado, incapaces de comprender la verdad. Nuestros corazones están contaminados, incapaces de amar la verdad. Nuestros cuerpos están muriendo, progresando hacia la muerte física. Nuestras voluntades están muertas, incapaces de elegir lo bueno. La incapacidad moral para agradar a Dios contamina a todas las personas desde su entrada en el mundo. En su estado no regenerado, nadie busca a Dios. Nadie es capaz de hacer el bien. Todos están bajo la maldición de la ley, que es la muerte eterna.

Elección incondicional

Mucho antes de que Adán pecara, Dios ya había decretado y determinado la salvación para los pecadores. En la eternidad pasada, el Padre eligió a un pueblo que sería salvo en Cristo. Antes de que el tiempo comenzara, Dios eligió a muchos entre la humanidad a quienes se proponía salvar de su ira. Esta selección no se basó en ninguna fe prevista en aquellos a quienes eligió. Tampoco fue motivado por su bondad inherente. En su lugar, de acuerdo con su amor infinito y su sabiduría inescrutable, Dios puso su afecto en sus elegidos.

El Padre dio a los elegidos a su Hijo para ser su novia. Cada uno de los elegidos fue predestinado por el Padre para ser hecho a la imagen de su Hijo y cantar sus alabanzas para siempre. El Padre comisionó a su Hijo para venir este mundo y entregar su vida para salvar a estos mismos elegidos. Del mismo modo, el Padre comisionó al Espíritu para traer a estos mismos elegidos a la fe en Cristo. El Hijo y el Espíritu concurrieron libremente en todas estas decisiones, haciendo de la salvación la obra indivisible del Dios trino.

Expiación definida

En la plenitud de los tiempos, Dios el Padre envió a su Hijo a entrar en este mundo caído con la misión de redimir a su pueblo. Nació de una virgen, sin naturaleza pecaminosa, para vivir una vida sin pecado. Jesús nació bajo la ley divina para obedecerla por completo en nombre de los pecadores desobedientes que la habían roto repetidamente. Esta obediencia activa de Cristo cumplió todas las justas exigencias de la ley. Al guardar la ley, el Hijo de Dios logró una justicia perfecta, la cual es contada a los pecadores creyentes para que sean declarados justos (justificados) ante Dios.

Esta vida sin pecado de Jesús lo calificó para ir a la cruz y morir en lugar de los pecadores culpables y destinados al infierno. En la cruz, Jesús soportó la completa ira del Padre por los pecados de su pueblo. En esta muerte vicaria, el Padre transfirió a su Hijo todos los pecados de todos aquellos que creerían en Él. Siendo un sacrificio y cargando el pecado, Jesús murió como sustituto en lugar de los elegidos de Dios. En la cruz, Él propició la justa ira de Dios hacia los elegidos. Por la sangre de la cruz, Jesús reconcilió al Dios santo con el hombre pecador, estableciendo la paz entre ambos. En su muerte redentora, Él compró a su novia, su pueblo elegido, de la esclavitud del pecado y la liberó.

La muerte de Jesús no solo hizo a toda la humanidad potencialmente salvable. Tampoco su muerte simplemente logró un beneficio hipotético que puede o no ser aceptado. Su muerte, tampoco, simplemente hizo a toda la humanidad redimible. En su lugar, Jesús en realidad redimió a un pueblo específico a través de su muerte, asegurando y garantizando su salvación. Ni una gota de la sangre de Jesús se derramó en vano. Él verdaderamente salvó a todos por quienes murió. Esta doctrina de la expiación definida se conoce en ocasiones como expiación limitada.

Llamado eficaz

Con unidad de propósito, el Padre y el Hijo enviaron el Espíritu Santo al mundo para aplicar esta salvación a los elegidos y redimidos. El Espíritu vino a convencer a los elegidos de pecado, justicia, y juicio, y a volverse al Hijo, a todos aquellos que el Padre le dio. En el tiempo divinamente señalado, el Espíritu quita de cada elegido su incrédulo corazón de piedra, endurecido y muerto en pecado, y lo reemplaza con un corazón creyente de carne, receptivo y vivo para Dios. El Espíritu implanta vida eterna dentro del alma espiritualmente muerta. Él concede a los hombres y mujeres elegidos los dones del arrepentimiento y la fe, lo que les permite creer que Jesucristo es el Señor.

De repente, todas las cosas se vuelven nuevas. La nueva vida del Espíritu produce un nuevo amor por Dios. Nuevos deseos de obedecer la Palabra de Dios producen una nueva búsqueda de la santidad. Hay una nueva dirección de vida, vivida con una nueva pasión por Dios. Estos nacidos de nuevo dan evidencia de su elección con el fruto de la justicia. Este llamado del Espíritu es efectivo, lo que significa que los elegidos ciertamente responderán cuando se les dé dicho llamado. Finalmente no se resistirán. Por este motivo, la doctrina del llamado eficaz en ocasiones se le llama la doctrina de la gracia irresistible.

Gracia que preserva

Una vez convertido, cada creyente se mantiene eternamente seguro por las tres personas de la Trinidad. A todos los que Dios conoció de antemano y predestinó en la eternidad pasada, glorificará en la eternidad futura. Ningún creyente abandonará a Dios o se apartará. Cada creyente está firmemente retenido por las manos soberanas del Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, y nunca se perderá. Ninguna de las ovejas por las cuales Jesús dio su vida perecerá. El Espíritu Santo sella de manera permanente en Cristo a todos los que atrae a la fe. Una vez nacido de nuevo, no podría no haber nacido. Una vez creyente, ninguno puede convertirse en incrédulo. Una vez salvo, ninguno puede dejar de serlo. Dios los preservará en la fe para siempre, y perseverarán hasta el fin. Es por esto que la doctrina de la gracia que preserva a menudo se llama la doctrina de la preservación de los santos.

De principio a fin, la salvación es del Señor. En realidad, estas cinco doctrinas de la gracia forman un cuerpo completo de verdad con respecto a la salvación. Están inseparablemente conectadas y por lo tanto se mantienen o caen todas juntas. Abrazar cualquiera de las cinco requiere abrazar las cinco. Negar una es negar las otras y fracturar la Trinidad, poniendo a las tres personas en desacuerdo entre sí. Estas doctrinas hablan juntas a una sola voz para dar la mayor gloria a Dios. Esta alta teología produce alta doxología. Cuando se comprende correctamente que solo Dios: Padre, Hijo, y Espíritu, salva a los pecadores, entonces toda la gloria es para Él.

El Dr. Steven J. Lawson es fundador y presidente de OnePassion Ministries. Es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, director del programa de doctorado en The Master’s Seminary y anfitrión del Instituto de Predicación Expositiva. Ha escrito más de dos docenas de libros.

¿Qué significa expiación y propiciación?

Cuando hablamos del aspecto vicario de la redención, dos palabras técnicas aparecen una y otra vez: expiación y propiciación. Estas palabras despiertan todo tipo de argumentos acerca de cuál se debe utilizar para traducir una palabra griega en particular, y algunas versiones de la Biblia utilizan una de estas palabras, y otras versiones utilizaran la otra. A menudo se me pide explicar la diferencia entre propiciación y expiación. La dificultad es que a pesar de que estas palabras están en la Biblia, no las utilizamos como parte de nuestro vocabulario diario, y por eso no estamos seguros exactamente de lo que comunican en la Escritura. Nos faltan puntos de referencia en relación a estas palabras.

Expiación y propiciación

Pensemos en lo que significan estas palabras, entonces, comenzando con la palabra expiación. El prefijo ex significa “fuera de” o “de”, por lo que la expiación tiene que ver con eliminar algo o quitar algo. En términos bíblicos, tiene que ver con quitar la culpa mediante el pago de una sanción, o mediante la ofrenda de un sacrificio. En contraste, la propiciación tiene que ver con el objeto de la expiación. El prefijo pro significa “por”, así que la propiciación provoca un cambio en la actitud de Dios, para que Él pase de estar en enemistad con nosotros a estar por nosotros. A través del proceso de la propiciación somos restaurados a la comunión y al favor delante de Él.

En conjunto, la expiación y la propiciación constituyen un acto de aplacamiento.

En cierto sentido, la propiciación tiene que ver con el apaciguar a Dios. Sabemos cómo la palabra apaciguamiento funciona en conflictos militares y políticos. Pensamos en la llamada “política de apaciguamiento”, que es esa filosofía usada cuando se tiene a un estrepitoso conquistador del mundo suelto y haciendo sonar la espada; en lugar de arriesgar que se enoje, le das (como en la Segunda Guerra Mundial) los Sudetes de Checoslovaquia o alguna porción de territorio. Intentas mitigar su ira al darle algo que lo va a satisfacer para que no entre a tu país y te acribille. Eso es una manifestación impía de apaciguamiento. Pero si tú estás enojado y eres atacado, y yo satisfago tu ira o te apaciguo, entonces soy restaurado a tu favor y el problema es eliminado.

La misma palabra griega se traduce usando las palabras expiación y propiciación de cuando en cuando. Pero hay una ligera diferencia en los términos. La expiación es el acto que resulta en el cambio de la disposición de Dios para con nosotros. Es lo que Cristo hizo en la cruz, y el resultado del trabajo de expiación de Cristo es la propiciación: la ira de Dios es removida. La distinción es la misma que existe entre el rescate que se paga y la actitud de la persona que recibe el rescate.

La obra de Cristo fue un acto de aplacamiento

En conjunto, la expiación y la propiciación constituyen un acto de aplacamiento. Cristo hizo su obra en la cruz para aplacar la ira de Dios. Esta idea de aplacar la ira de Dios ha hecho poco para aplacar la ira de los teólogos modernos. De hecho, se vuelven iracundos sobre cualquier la idea de aplacar la ira de Dios. Creen que está por debajo de la dignidad de Dios que tenga que ser aplacado, o que debamos hacer algo para calmarle o apaciguarle. Tenemos que ser muy cuidadosos en la manera de como entendemos la ira de Dios, pero quisiera recordarles que el concepto de aplacar la ira de Dios tiene que ver aquí no con un punto periférico o tangencial de la teología, sino con la esencia de la salvación.

¿Qué es la salvación?

Permítanme hacer una pregunta muy básica: ¿qué significa el término salvación? Tratar de explicarlo rápidamente le puede dar un dolor de cabeza, debido a que la palabra salvación se utiliza de casi setenta diferentes maneras en la Biblia. Si alguien es rescatado de una derrota segura en la batalla, él experimenta salvación. Si alguien sobrevive una enfermedad que amenaza su vida, esa persona experimenta salvación. Si unas plantas reverdecen después de estar marchitas, son salvas. Ese es lenguaje bíblico, y realmente no es diferente a nuestra propia lengua. Un boxeador es salvado por la campana, lo que significa que se salvó de perder la pelea por knockout, no que fue transportado al reino eterno de Dios. En resumen, experimentar liberación de un peligro claro y presente se puede decir que es una forma de salvación.

Cuando hablamos de la salvación en la Biblia, debemos tener cuidado de afirmar de qué somos salvos. El apóstol Pablo hace exactamente eso por nosotros en 1 Tesalonicenses 1:10, donde dice que Jesús “nos libra de la ira venidera”. En última instancia, Jesús murió para salvarnos de la ira de Dios. Simplemente no podemos entender la enseñanza y la predicación de Jesús de Nazaret aparte de esto, porque Él constantemente advirtió a la gente que todo el mundo algún día pasaría a estar bajo el juicio divino. Estas son algunas de sus advertencias sobre el juicio: “Pero Yo les digo que todo aquél que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte” (Mat. 5:22); “Y yo os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio” (Mat. 12:36); y “Los hombres de Nínive se levantarán con esta generación en el juicio y la condenarán, porque ellos se arrepintieron con la predicación de Jonás; y miren, algo más grande que Jonás está aquí” (Mat. 12:41). La teología de Jesús era una teología de crisis. La palabra griega crisis significa “juicio”. Y la crisis de la que Jesús predicó era la crisis de un juicio inminente al mundo, en el cual Dios derramará su ira contra los no redimidos, los impíos, y los impenitentes. La única manera de escapar ese derramamiento de ira es ser cubierto a través de la expiación de Cristo.

Por lo tanto, el logro supremo de Cristo en la cruz es que Él aplacó la ira de Dios, la cual nos destruiría de no haber sido cubiertos por el sacrificio de Cristo. Así que si alguien argumenta en contra del aplacamiento, o de la idea de que Cristo satisface la ira de Dios, debes estar alerta, porque el evangelio está en juego. Se trata de la esencia de la salvación — que como personas que estamos cubiertas por la expiación, somos redimidos del supremo peligro al que se expone cualquier persona. Es algo terrible caer en las manos de un Dios santo que está airado. Pero no hay ira para aquellos cuyos pecados han sido pagados. De eso es lo que se trata la salvación.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

¡¡¡ Glorificar a Dios !!!

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos1​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.

Un tiempo para llorar

Soy muy consciente de que probablemente este artículo te encuentre en un momento de profundo dolor. Por supuesto, puede que estés intelectualmente interesado en el tema del lamento, o puede que seas alguien que regularmente ayuda a personas en momentos de duelo y tragedia: un anciano, consejero o miembro de la iglesia. Pero para algunos de ustedes, este artículo los encontrará en un profundo dolor. Empiezo diciendo que sé lo difícil que es enseñar en el cementerio donde las lágrimas son mejores compañeras que las palabras y las frases plasmadas en una página. Lector afligido, quiero comenzar diciendo: «Lo siento mucho. ¿Podríamos reunirnos alrededor de la Biblia, en tu momento de dolor, y dejar que el Señor coloque Su brazo sobre nuestros hombros, escuchando Su invitación a hacer lo que Su pueblo ha hecho y siempre hará hasta el día en que no haya más lágrimas; llorar, lamentarnos, afligirnos?»

¿Una tristeza descontrolada?

Debo comenzar desde una posición algo extraña, aparentemente. Y eso es solo porque el lamento es muy malentendido hoy día. Muy a menudo, vemos el lamento como un arrebato emocional continuo y desenfrenado, un torrente de sentimientos oscuros y llenos de dolor. Es como el hombre que golpea una pared de yeso con su puño y le abre un hoyo, quien, por el bien de su puño y la pared de yeso, nunca aconsejaría hacer tal cosa, y aun así en su ira apasionada y sin sentido se encuentra queriendo dañar a ambos. Se piensa que el luto y la ira tienen esto en común: la pérdida de control, la incapacidad de pensar con claridad, y el flagelo de una vida tomada por sorpresa por circunstancias no deseadas y siempre evitadas.

Pero el lamento bíblico no es una tristeza o emoción desenfrenada. Pablo aconseja a los cristianos afligidos en Tesalónica, diciendo:

Pero no queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como lo hacen los demás que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús (1 Tes 4:13-14).

En este pasaje Pablo está poniendo límites al dolor, ofreciendo una doctrina para guiar el lamento. Él está corrigiendo y enseñando en el cementerio. Aquellos que tienen esperanza, una confianza demostrada y sobrenatural en las promesas de Dios, cuando se lamentan bíblicamente, lo hacen de manera diferente a aquellos que no tienen esperanza. Este mismo patrón aparece en la segunda carta de Pablo a la iglesia de Corinto, donde él compara dos clases de dolor o tristeza por el pecado, diciendo: «Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte» (2 Cor. 7:10). Los muchos salmos de lamentos y el libro de Lamentaciones muestran una precisión artística y una profundidad teológica que no fueron escritos durante un estallido emocional descontrolado, una especie de torrente desconsolado de conocimiento. No, el lamento bíblico es algo más que una tristeza descontrolada. Es preciso, planificado y gobernado por las Escrituras.

Ahora lloramos en el cementerio con la misma certeza con que danzaremos en la resurrección cuando Jesús regrese.

La verdad del lamento

También es importante agregar, por controvertido que parezca a los oídos modernos, que las emociones son tan correctas o incorrectas como lo son las declaraciones de verdad. Ten en cuenta que estoy hablando de veracidad y no de validez. La validez de las emociones proviene de que somos criaturas creadas para sentir profundamente y, sin embargo, también criaturas finitas y caídas. Una persona sin emociones es una anomalía extraña y obtusa. Alguien puede tener una emoción válida ante circunstancias desconcertantes que, después de un tiempo, se convierte en una emoción totalmente diferente. Por ejemplo, la reacción ante la pérdida de alguien que ha muerto joven puede comenzar con una emoción de ira ante una corta vida pero luego, con el tiempo, convertirse en una emoción de gratitud por los años disfrutados con esa persona. Esas emociones de ira y eventual agradecimiento son igualmente válidas, aunque en última instancia, el agradecimiento es una emoción más apropiada para expresarle a un Dios que hace bien todas las cosas, que no corta la vida antes de tiempo ni la prolonga demasiado. Y entonces vemos que la validez y la veracidad son cosas diferentes. Fuimos hechos para sentir, de inmediato y con frecuencia. Pero podemos darnos cuenta de que un sentimiento particular fue totalmente equivocado, inapropiado o incorrecto después de que el paso del tiempo nos trae una mayor claridad.

Esto me lleva de vuelta a mi afirmación de que las emociones son verdaderas o falsas. Podemos reconocer que una emoción es incorrecta. Pablo instruye a los cristianos en Roma diciendo: «Gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran» (Rom 12:15). Eso parecería un consejo extraño si todas las emociones estuvieran libres de juicio, es decir, fueran amorales en su expresión. Pero, ¿cuántos de nosotros conocemos la tentación de lamentarnos cuando alguien más celebra la promoción en el trabajo que queríamos? ¿Cuántos de nosotros conocemos la tentación de regocijarnos ante la desgracia de otros a quienes despreciamos en secreto, o incluso no tan en secreto? Y a esto debemos agregarle este último pensamiento: somos criaturas que buscamos darle significado a las cosas. No nos limitamos a ver pasar la vida. Damos significado, asignando a los eventos de la vida las categorías apropiadas de bueno, malo, justo, malvado, bello, feo, pecaminoso o santo. Nuestras vidas emocionales, al igual que nuestras vidas intelectuales, son nuestro intento de asignar veracidad a los acontecimientos de la vida. Y nuestro Dios de verdad, que nos llama a ser un pueblo que dice la verdad, nos ha dado emociones para que sean asignadas con precisión a todos los eventos que componen cada una de nuestras vidas. Para ser más específico y limitar el alcance de esta discusión al tema en cuestión, el lamento no es solo una emoción válida sino que debe ser una emoción verdadera, asignada de acuerdo con las instrucciones bíblicas, para determinar o indicar aquello que verdaderamente es triste o doloroso. El lamento es tan ortodoxo o poco ortodoxo como una declaración doctrinal.

No ignoremos cuán inusuales son el lamento y la tristeza bíblicos en comparación con lo que usualmente se conoce con esas mismas palabras en nuestros días. El lamento no es la liberación desenfrenada de dolor o tristeza. El lamento no es alborotado e incomprensible. Como las emociones son verdaderas o falsas en su expresión, el lamento no puede ser simplemente la validez de las lágrimas cada vez que salen de nuestros ojos. El lamento es un regalo de Dios para el pueblo de Dios, las migajas de dolor que conducen a la celebración del gozo.

Un Salvador que lamenta

No hay mejor manera de examinar el lamento cristiano que observar el lamento en Cristo, ese hombre grande y perfecto, expresivo de emociones profundas que siempre fueron verdaderas y piadosas. En la narración de la muerte y resurrección de Lázaro, tenemos un ejemplo instructivo de dónde y cuándo Jesús muestra Sus emociones más profundas.La historia se divide en tres partes: el reconocimiento de Jesús de la muerte de Lázaro mientras está con Sus discípulos, Su conversación final con las hermanas afligidas de Lázaro, y luego Su milagrosa resurrección de Lázaro en la tumba. Contrariamente a lo que podríamos pensar, Jesús guarda las más profundas expresiones de tristeza y lamento para la tumba, no para cuando recibe la llamada telefónica por primera vez, ni para cuando está sentado en la sala de espera con la familia afligida. Su lamento y tristeza —»se conmovió profundamente en el espíritu, y se entristeció» (Jn 11:33), «Jesús lloró» (v. 35), y «de nuevo profundamente conmovido» (v. 38)— ocurre entre la segunda y tercera parte de esta narración, después de Sus conversaciones con María y Marta, y sirven como prefacio y preparación para Su batalla contra la muerte y victoria definitiva frente a la tumba de Lázaro.

En su obra «La vida emocional de nuestro Señor», BB Warfield muestra que el lamento de Jesús no es un colapsante sollozo de tristeza o melancolía; en cambio, lo que revela el original en griego es que las lágrimas de Jesús son una mezcla precisa y controlada de verdaderos sentimientos de dolor, lamento, duelo, tristeza y especialmente, ira contra la muerte misma.

Pero la emoción que desgarró Su pecho y clamó por ser exteriorizada fue la de ira justa. La expresión incluso de esta ira, sin embargo, fue fuertemente contenida. . . Juan nos da a entender que la expresión externa de la furia de nuestro Señor fue marcadamente restringida: su manifestación fue muy inferior a su intensidad real. . . El espectáculo de la angustia de María y sus compañeros enfureció a Jesús porque trajo conmovedoramente a Su conciencia la maldad de la muerte, su antinaturalidad, su «tiranía violenta» como la califica Calvino (en el versículo 38). . . Es la muerte el objeto de Su ira, y detrás de la muerte aquel que tiene el poder de la muerte, y a quien Él ha venido al mundo para destruir. . . La resurrección de Lázaro se convierte así, no en una maravilla aislada, sino —como en verdad se presenta a lo largo de toda la narración (compara especialmente, versículos 24-26)— en un ejemplo decisivo y un símbolo público de la conquista de Jesús sobre la muerte y el infierno.

Lo que Warfield describe tan vívidamente es el lamento y la tristeza bíblicos, controlados intencionalmente y exhibidos por Jesús frente a la tumba de Su amigo. La emoción bíblica apropiada del Mesías ante la muerte no es la resignación o un falso lloriqueo, sino las lágrimas de una ira llena de dolor y tristeza que el Conquistador del pecado, la muerte y el diablo mostró durante Su asalto certero y violento a las puertas del mismo infierno. Como Sus seguidores, nos unimos a Jesús en el mismo tipo de lamento preciso e intencional contra el pecado, la muerte y la obra de satanás.

El lamento bíblico es dolor y tristeza mezclados con justa ira y rabia. Nuestra doctrina nos enseña que el reino de Jesús ha sido inaugurado pero aún no consumado, que las lágrimas corren por nuestras mejillas hoy, pero no en ese día (Apocalipsis 21:4), que los santos siguen muriendo una muerte sin aguijón; cuando estas doctrinas verdaderas son enseñadas, el lamento y la tristeza se unen a ellas, uniendo mente y afectos, añadiendo significado emocional a la conquista continua del Rey Jesús sobre el pecado, la muerte y el diablo. Ahora lloramos en el cementerio con la misma certeza con que danzaremos en la resurrección cuando Jesús regrese. Pero cada cosa según su orden: el llanto antes de la risa, el sepulcro antes de la resurrección.

El Rev. Joe Holland es un editor asociado de Ligonier Ministries y un anciano docente en la Presbyterian Church in America.

Pensamientos de John Owen

El corazón en la Escritura se usa de varias maneras, a veces para la mente y la comprensión, a veces para la voluntad, a veces para los afectos, a veces para la conciencia, a veces para el alma entera. Generalmente, denota toda el alma del hombre y todas sus facultades, no absolutamente, sino, cómo todos ellos, son un principio de las operaciones morales, ya que todos coinciden en nuestro hacer el bien o el mal… Y, en este sentido, es que decimos que la sede y el sujeto de esta ley de pecado es el corazón del hombre. —John Owen

¿Qué significa temer a Dios?

Tenemos que hacer algunas distinciones importantes sobre el significado bíblico de “temer” a Dios. Estas distinciones pueden ser útiles, pero también un poco peligrosas. Cuando Lutero lidió con ello, hizo la siguiente distinción, que desde entonces llegó a ser famosa: él distinguió entre un temor servil y un temor filial.

Si realmente tenemos una sana adoración por Dios, deberíamos tener certeza también de que Dios puede ser aterrador.

El temor servil es una especie de temor que un prisionero en una cámara de tortura tiene para con su torturador, el carcelero, o el verdugo. Es ese tipo de terrible ansiedad en la que alguien se asusta por el peligro claro y presente que representa otra persona. O es el tipo de miedo que un esclavo tendría a manos de un amo malicioso que viene con el látigo para atormentarlo. Servil se refiere a una postura de servidumbre hacia un propietario malévolo.

Lutero distinguió eso de lo que él llamó temor filial, que viene del concepto latino del cual obtenemos la idea de familia. Se refiere al temor que un niño tiene por su padre. En este sentido, Lutero estaba pensando en un niño que tiene un gran respeto y amor por su padre o madre y que realmente quiere complacerlos. Tiene temor o ansiedad de ofender a quien ama, no por miedo a una tortura, o incluso a un castigo, sino más bien porque tiene miedo de disgustar a aquel que es —en el mundo de ese niño—, la fuente de seguridad y amor.

Creo que esta distinción es muy útil debido a que el significado básico de temer al Señor que leemos en Deuteronomio está presente también en los libros de Sabiduría, donde se nos dice que “el temor del Señor es el principio de la sabiduría”. El enfoque aquí se centra en un sentido de admiración y respeto por la majestad de Dios. Esto es algo que a menudo falta en el cristianismo evangélico contemporáneo. Nos comportamos de una forma muy descarada y arrogante delante de Dios, como si tuviéramos una relación informal con el Padre. Se nos invita a llamarlo Abba, Padre, y a gozar de la intimidad personal con Él que nos ha sido prometida, pero sin ser impertinentes. Siempre debemos mantener un sano respeto y adoración hacia Él.

Un último punto: si realmente tenemos una sana adoración por Dios, deberíamos tener certeza también de que Dios puede ser aterrador. “¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!” (Heb. 10:31). Como gente pecadora, tenemos todas las razones del mundo para temer el juicio de Dios; esto es parte de nuestra motivación para reconciliarnos con Dios.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La mejor manera de motivar las buenas obras 2

TERCERO, LA DOCTRINA DEL PERDÓN DE LOS PECADOS POR FE TENDRÁ UN EFECTO EXTRAORDINARIO EN EL CORAZÓN DEL PECADOR PARA PRODUCIR BUENAS OBRAS. Pero, dado que hay un cuerpo de muerte y
pecado en todo el que tiene la gracia de Dios en este mundo y, dado que, como dice el Apóstol (Ro. 7:21), este cuerpo de pecado seguirá oponiéndose siempre a lo bueno, tratemos más detenidamente estos temas para poder descartar lo que nos impide vivir una vida fructífera.

Mantengámonos continuamente en guardia por lo miserable de nuestro propio corazón, no para desanimarnos ante su vileza, sino para prevenir su maldad. Esta vileza procurará impedir que hagamos buenas obras o nos impulsará a hacer las malas porque en nosotros mora el mal con estos dos propósitos. Cuidémonos entonces, de no prestarle atención, sino rechazar las obras del pecado, aunque nos exija muchísimo esfuerzo.

Estemos continuamente conscientes de que Dios tiene sus ojos sobre nosotros y ve cada impulso secreto de nuestro corazón, ya sea cuando nos acercamos o cuando nos alejamos de él. “Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (He. 4:13).

Si nos negamos a realizar el bien que nos corresponde hacer con lo que Dios nos ha dado, sepamos que aunque él ama nuestra alma, igual nos puede castigar: Primero, puede castigar nuestro ser interior con tantas aflicciones que nuestra vida estará llena de agitación y confusión. Segundo, puede también arruinar tanto a nuestro ser exterior que todo lo que ganamos caerá en saco roto (Sal. 89:31-33; Hag. 1:6). Supongamos que Dios permitiera a un ladrón apoderarse de nuestros bienes o que una chispa de fuego incendiara lo que hemos almacenado, ¡qué rápido y sin haberlo querido, podríamos quedarnos sin nada, cuando lo que teníamos, si hubiéramos querido, podríamos haberlo usado para gloria de Dios! Y digo más: Si no tenemos un corazón predispuesto a hacer el bien cuando tenemos con qué hacerlo, no recibiremos tampoco ningún bien de otros, cuando lo nuestro nos haya sido quitado (ver Jue. 1:6-7).

Reflexionemos en que una vida llena de buenas obras es la única manera que tenemos de responder a la misericordia de Dios que hemos recibido. Dios no vaciló en darnos su Hijo, su Espíritu y el reino de los cielos. Pablo dice: “Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Ro. 12:1; Mt. 18:32-33).

Consideremos que éste es el camino para convencer a todos que el poder de las cosas de Dios se ha apoderado de nuestro corazón. Me dirijo ahora a los que le dan importancia a su vida religiosa: Digan lo que digan, si su fe no va acompañada de una vida santa, será juzgado como un rama seca, como alguien cuya fe en Cristo es pura palabrería, sal sin sabor y tan muerta como metal que resuena y címbalo que retiñe (Jn. 15; Mt. 13; 1 Co. 13:1, 2). Y los demás le pedirán que les muestre su fe con sus obras porque no pueden ver su corazón (Stg. 2:18). Pero yo digo que al contrario, si usted anda como es digno por haber sido salvo por gracia, será un testigo a la conciencia de otros que usted es auténtico, y hará que el malo se sienta culpable (1 S. 24:16, 17). De esta manera, usted da la oportunidad de seguir al Señor a los que quieran hacerlo y ya no es culpable de la sangre de todos ellos (2 Co. 11:12; Hch. 20:26, 31-35). Y también motivará a otros a ocuparse en buenas obras. El que lo oye, lo bendecirá, el que lo ve, testificará de usted. Dijo David: “Por lo cual no resbalará jamás; en memoria eterna será el justo” (Sal. 112:6; He. 10:24; Job 29:11).

Además, el corazón que está lleno de buenas obras no tiene ningún espacio para las tentaciones de Satanás. Y esto es lo que quiere significar Pedro cuando escribe: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P. 5:8). El que anda en rectitud, anda seguro. Y los que agregan a la fe “virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2 P. 1:5-10, Pr. 10:9).

El que más lleno está de buenas obras, es el que está en mejor condición para vivir y en mejor condición para morir. “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano” (2 Ti. 4:6). En cambio el improductivo no está en condición para vivir ni para morir; él mismo sabe muy bien que no está en condición para morir y Dios mismo sabe que no está en condición para vivir: “Córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra?” (Lc. 13:7).

Para concluir, como motivación para ocuparnos de buenas obras, pensemos que cuando estemos en gloria, recibiremos de Dios una recompensa por todo lo que hicimos por él en la tierra. Pocos son los hijos de Dios que piensan en cuán ricamente Dios recompensará lo que hicieron para él aquí, movidos por un principio correcto y para un fin correcto. Ni un pedazo de pan para el pobre, ni una gota de agua dada por los que son de Cristo, ni la caída de un cabello de su cabeza quedará sin su recompensa en aquel día (Lc. 14:13-14; Mt. 10:42). “Porque esta leve tribulación momentánea” y todos los demás actos de negarnos a nosotros mismos “produce[n] en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17). Abundemos en buenas obras, pues entonces, tendremos más que salvación. La salvación ya la tenemos a través de Cristo por gracia y sin obras (Ef.2:8-10), pero ahora, siendo justificados y salvos, como fruto de serlo, somos renovados por el Espíritu Santo. Después de esto, seremos recompensados por toda obra que demostró ser buena.

Tomado de “Christian Behavior” (Comportamiento cristiano) en The Works of John Bunyan.

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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, uno de los escritores más influyentes del siglo XVII. Amado autor de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchos otros. Nacido en Elstow cerca de Bedford, Inglaterra.

La mejor manera de motivar las buenas obras

“Para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres” (Tito 3:7-8).

La mejor manera de motivar las buenas obras en otros y en nosotros mismos es declarar la doctrina de la justificación por gracia
y nosotros creerla. “Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren
ocuparse en buenas obras” (Tit. 3:8)… La mejor manera de abundar en ellas es estar consciente siempre de la doctrina de la justificación por gracia. Y ambas coinciden porque así como la fe estimula las buenas obras, la doctrina de la gracia estimula la fe. Por lo cual, la manera de abundar en buenas obras es abundar en la fe y la manera de abundar en la fe es declarar sin cesar a otros la doctrina de la gracia y nosotros mismos creerla.

PRIMERO, DECLARAR SIN CESAR A OTROS: Pablo le dice a Timoteo que si enseña a los hermanos las verdades del evangelio, no sólo será un buen ministro de Jesucristo, sino que él mismo será nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina (1 Ti. 4:6). Dios ordena que los cristianos declaren frecuentemente las cosas de Dios unos a otros y afirma que haciéndolo se edificarán mutuamente (He. 10:24, 25; 1 Ts. 5:11).

La doctrina del evangelio es como el rocío y la llovizna sobre la hierba por lo cual ésta crece y mantiene su verdor (Dt. 32:2). Los cristianos son como las diversas flores en un jardín cubiertas de rocío que, cuando sacudidas por el viento, lo dejan caer en las raíces de unas y otras nutriéndose mutuamente. El que los cristianos compartan unos con otros con amor los asuntos de Dios es como si acercaran al rostro de los demás frascos de perfume para que disfruten su aroma. Dice Pablo a la iglesia en Roma: “Porque deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; esto es, para ser mutuamente confortados por la fe que nos es común a vosotros y a mí” (Ro. 1:11, 12). Los cristianos deben declarar entre ellos con frecuencia la doctrina de la gracia.


SEGUNDO, A MEDIDA QUE HACEN ESTO, DEBEN VIVIR ELLOS MISMOS EN EL PODER QUE ESTO GENERA. Deben absorber esta doctrina por fe, tal como el suelo absorbe la lluvia y, una vez hecho esto, proclamar las buenas obras. Pablo declara lo siguiente a los colosenses: “Siempre orando por vosotros, damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, habiendo oído de vuestra fe en Cristo Jesús, y del amor que tenéis a todos los santos, a causa de la esperanza que os está guardada
en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad”. ¿Desde cuándo? “desde el día que lo oíste”. ¿Por qué? “Porque conocía la gracia de Dios en verdad” (Col. 1:3-6).

A las manzanas y las flores no las hace el granjero, sino que son el efecto de haber sembrado y regado. Si se siembra en el pecador la buena doctrina y se riega con el mensaje de gracia, los efectos serán frutos de santidad y, al final, vida eterna (Ro. 6:22). La buena doctrina es la doctrina del evangelio que le muestra al pecador que Dios lo cubre por gracia con la justicia de su Hijo y lo reviste con todos sus beneficios. Por esa gracia, el pecador es [declarado] justo ante Dios. Y porque lo es, satura al corazón con un principio de gracia, por lo que cobra vida y da fruto (Ro. 3:21-26; 1 Co. 1:30; 2Co. 5:21; Jn. 1:16).

Ahora bien, viendo que las buenas obras fluyen de la fe y viendo que la fe es nutrida por la declaración de la doctrina del evangelio, tenga en cuenta las siguientes consideraciones acerca de la doctrina del evangelio para apoyar su fe, a fin de poder dar fruto y abundar en buenas obras.

Primera consideración: Toda la Biblia fue escrita precisamente con este fin: Que creamos esta doctrina y la vivamos en su consolación y dulzura. “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Ro. 15:4; Jn. 20:31). Segunda consideración: Que, por lo tanto, cada promesa de la Biblia es nuestra para fortalecer, avivar y alentar a nuestro corazón para que crea.

Segunda consideración: Que, por lo tanto, cada promesa de la Biblia es nuestra para fortalecer, avivar y alentar a nuestro corazón para que crea.

Tercera consideración: Que nada podemos hacer que agrade más a Dios que creer: “Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia” (Sal. 147:11). Agradamos a Dios cuando aceptamos su justicia, etc.

Cuarta consideración: Que todo lo que Dios nos quita no es para debilitarnos, sino para probar nuestra fe. Igualmente, cuando permite que Satanás haga algo contra nosotros o que lo haga nuestro propio corazón, no es para debilitar nuestra fe (Job 23:8-10; 1 P. 1:7).

Quinta consideración: Que creer es lo que mantiene a la vista las cosas celestiales y la gloria y lo que desanima al diablo, debilita al pecado y aviva y endulza nuestro corazón (He. 11:27; Stg. 4:7; 1 P. 5:9; Ef. 6:16; Ro. 15:13).

Última consideración: Al creer, el que ama a Dios vive con calidez en su corazón y esto le motiva a bendecir continuamente a Dios por Cristo, por su gracia, por su fe y esperanza; y todas estas cosas, sea ya que se manifiesten en Dios o en él mismo, son corolarios de la salvación (2 Co. 2:14; Sal. 103:1-3).

Continuará ….

Tomado de “Christian Behavior” (Comportamiento cristiano) en The Works of John Bunyan.

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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, uno de los escritores más influyentes del siglo XVII. Amado autor de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchos otros. Nacido en Elstow cerca de Bedford, Inglaterra.

EL EVANGELIO

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos1​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.

La necesidad de ocuparnos en buenas obras 2

ME PREGUNTO AHORA, QUÉ IMPLICA ESA FRASE QUE HABLA DE PROCURAR OCUPARSE EN BUENAS OBRAS. Y respondo a mi pregunta brevemente, con las siguientes implicaciones:

Implica una atención diligente a las reglas de la Palabra. De acuerdo con David: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Sal. 119:9), el joven convierte las reglas de Dios en su consejero. Cuando es llamado a servir de una manera u otra, sigue la recomendación de este consejero en cuanto a responder o no al llamado. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105). Así como Israel seguía la columna de nube o de fuego en todas sus acciones y avances porque le daban dirección a través del desierto, así el alma llena de gracia sigue la Ley o el Testimonio a cada paso en su peregrinaje hacia la Canaán celestial.

Implica un anhelo y preocupación del alma de que sus acciones sean manejadas y ordenadas de acuerdo con esas reglas. Es el anhelo profundo de su alma estar en el camino del Señor, como lo era para David: “¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!” (Sal. 119:5). No sólo desea que su andar exterior, sino también que el sentir interior de su alma –todos los pensamientos en ella— sean moldeados de modo que coincidan con la Ley de Dios: “Sea mi corazón íntegro en tus estatutos, para que no sea yo avergonzado” (Sal.119:80). Tanta es su preocupación por esto que guarda la Ley de Diosen el centro mismo de su corazón como antídoto contra el pecado: “Enmi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal.119:11).

Implica un cuidado santo contra toda tentación, sugerencia u ocasión de pecar con los pensamientos, palabras o acciones: “Yo dije:
Atenderé a mis caminos” (Sal. 39:1). Mantenerse en guardia cuidando su corazón es cumplir aquel mandato que dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Pr. 4:23). Es mantener en guardia los ojos y hacer un pacto con ellos y con la boca, no sea que el pecado entre o salga por una de esas puertas.

Implica aprovechar cada oportunidad de realizar las buenas obras que Dios pone en sus manos y mejorarlas. Cuando Dios da oportunidad o talento, estúdielo, a fin de que sea útil para el Señor y para provecho y beneficio de los demás y de uno mismo, como lo enseña Salomón: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas” (Ec. 9:10).

Implica seguir adelante y progresar en los deberes de obediencia sin volver a la vieja vida de pecado. El cristiano no es como el perro que vuelve a su propio vómito o el cerdo lavado sólo para volver a revolcarse en el cieno. No, el justo sigue firme en su camino; se ocupa de buenas obras, se hace cada vez más fuerte, se olvida de las cosas pasadas y se extiende a lo que está delante (Fil. 3:13).

La palabra aquí, como ya lo insinué en la explicación, implica entusiasmar o influenciar a otros para que hagan buenas obras. La palabra, como dije, es una expresión militar que se refiere a capitanes o comandantes que van al frente de la batalla, alentando a los soldados para que sigan su ejemplo. El creyente procura dar un buen ejemplo siendo una expresión fiel de lo que son la santidad y las buenas obras para que otros quieran imitarlo.

En último lugar, ocuparse de buenas obras requiere hacerlas todas por fe y utilizando mejor el poder que Cristo da. “Vendré a los hechos poderosos de Jehová el Señor; haré memoria de tu justicia, de la tuya sola” (Sal. 71:16).

Tomado de “The Necessity and Profitableness of Good Works Asserted”.

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Ebenezer Erskine, fundador de la Iglesia secesionista escocesa, nació en Dryburgh, Berwickshire, el 22 de junio de 1680 y murió en Stirling el 2 de junio de 1754.

La necesidad de ocuparnos en buenas obras

“Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres” (Tito 3:8).

Por el Espíritu de profecía, el Apóstol previó que la doctrina de la gracia tendría que enfrentar una oposición extraña en las épocas
futuras. La oposición ya había comenzado en su propia época, según parece indicar en su epístola a los Gálatas. Lo ratifica con más solemnidad al afirmar: “Palabra fiel es esta”. De esto concluyo que como ministros de Cristo tenemos que ser constantes en todo el consejo de Dios, conscientes de que hay algunas verdades que necesitan ser más declaradas y explicadas que otras, particularmente aquellas que son fundamentales y controvertidas por lo que hay quienes no las aceptan y las rechazan. A tales verdades se les recalca, advirtiendo que se requiere mayor seriedad, diligencia y atención al considerarlas. Entonces el Apóstol aquí, consciente de la oposición a la doctrina de la gracia que enfrentaría por parte de hombres que creían que las buenas obras son necesarias para estar en comunión con Dios, agrega estas palabras que son como un broche de oro para concluir el tema: “Palabra
fiel es esta”.

Los pastores son guardianes designados para defender la verdad. Por lo tanto, cuando alguna verdad de Dios corre peligro, tienen que estar doblemente en guardia y mantenerse firmes para que estas verdades que el enemigo más ataca no sean descartadas. Y mientras que el deber del pastor es enseñar, inculcar y apoyar esas verdades que son desafiadas o contradichas, es también la obligación de los hermanos estudiar estas verdades y los argumentos que las apoyan. De esta manera tendrán la capacidad de distinguir entre la verdad y el error, y dar razón de su fe y esperanza (1 P. 3:15). Los bereanos recibieron notables elogios por esto (Hch. 17:10, 11). Son llamados nobles por la siguiente razón: No aceptaban implícitamente las doctrinas que les enseñaban, ni siquiera las que enseñaban los apóstoles mismos. No, en cambio comparaban la doctrina apostólica con las normas de la Ley y
el Testimonio. Y esto es algo, no sólo ordenado y aprobado en la Escrituras de la verdad, sino muy consecuentes con los dictados de un razonamiento correcto. ¿Cómo puede ser útil que las gentes puedan obedecer el mandato de “contender por la fe una vez dada a los santos” si no comprenden la doctrina de la fe y, particularmente, estas doctrinas que corren peligro de serles quitadas? Los pastores son llamados “administradores de Dios” (Ti. 1:7) y “administradores de los misterios de Dios” (1 Co. 4:1, 2). Ahora bien, sabemos que es por beneficio del hogar o la familia que el encargado de la comida les dé de comer alimento sano y nutritivo, si no, les puede suceder que se traguen una piedra, en lugar de un pan o un escorpión, en lugar de un pescado. Les llamamos, señores, a examinar y poner a prueba nuestras doctrinas ante el tribunal de la Palabra y si no ganan el juicio allí, déjenlas hundirse
y morir eternamente. Siempre es motivo de desconfianza cuando alguien se niega a poner a prueba sus doctrinas porque “el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Jn. 3:21).

En las palabras de Pablo, tenemos un mandato apostólico a Tito y a todos los ministros del evangelio: “Estas cosas quiero que insistas con firmeza”. La palabra en el original, traducida como insistas, es tomada de la práctica de quienes compran o venden algo, e insisten en la veracidad de lo que dicen del producto para poder defenderlo contra cualquier imputación legal en su contra. Tito y otros pastores, no sólo deben enseñar las doctrinas del evangelio, sino confirmarlas y tener respuesta para cualquier acusación o cuestionamiento en su contra.

Hay una doctrina en particular que, en sus palabras, el Apóstol pide a Tito que enseñe, a saber: “que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras”. Notemos que el fundamento de todas las buenas obras es creer en Dios, en Dios tal como se manifestó en Cristo, Dios reconciliando al mundo con sí mismo. Porque, sin Cristo, él no puede ser el objeto de fe, sino de consternación al pecador culpable. Al final de cuentas, creer en Dios es el fundamento mismo de toda buena obra porque “sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6) y los que han creído están comisionados a ocuparse de buenas obras. La palabra en el original es un vocablo militar, que se refiere particularmente, a los que se colocan en la primera línea en el campo de batalla y marchan adelante para alentar a todo el ejército a seguirlos. “Los creyentes”, diría el Apóstol, “no sólo deben hacer buenas obras, sino que deben ser modelo y ejemplo para los demás”, como lo expresa Cristo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).

Continuará…

Tomado de “The Necessity and Profitableness of Good Works Asserted”.

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Ebenezer Erskine, fundador de la Iglesia secesionista escocesa, nació en Dryburgh, Berwickshire, el 22 de junio de 1680 y murió en Stirling el 2 de junio de 1754.

A través de los Años

Pasan los años, pero el mensaje de un Siervo Fiel es siempre el mismo. Soli Deo Gloria.

Robert Charles Sproul, (13 de febrero de 1939, en Pittsburgh – 14 de diciembre de 2017, Pensilvania) fue un teólogo reformado estadounidense y pastor ordenado en la iglesia Presbiteriana de Estados Unidos. También fundador y presidente de Ligonier Ministries (una organización sin fin lucrativo) poseía un programa de radio Renewing Your Mind, que se podía escuchar a diario en los Estados Unidos y en otros 60 países.

Bajo la dirección de Sproul, Ligonier Ministries produjo la Declaración Ligonier sobre la inerrancia bíblica, que eventualmente se convertiría en la Declaración de Chicago sobre la inerrancia bíblica de 1978, de la cual Sproul, junto con Norman Geisler, fue uno de los principales arquitectos. Sproul ha sido descrito como «el proponente más grande e influyente de la recuperación de la teología reformada en el último siglo»

El fracaso y la decepción en las escrituras

Si organizáramos una conferencia sobre “El fracaso y la decepción”, ¿crees que alguien asistiría? Si escribiéramos un libro con ese título, ¿crees que alguien lo compraría? El fracaso y la decepción no son temas muy populares. No venden taquillas ni libros. No generan tráfico, como nos aseguran los mercadólogos de Internet. No nos interesa pensar en nuestros fracasos y decepciones, y mucho menos escuchar los de otras personas. Vivimos en una “cultura del éxito” que endiosa el ganar y la realización; sin embargo, todo eso es tan irreal.

Leer la Biblia es como echarse un balde de agua fría. El fracaso y la decepción se encuentran en casi cada página. Aunque no nos guste, eso es más real que las historias de éxito a las que solemos aspirar alcanzar. Sin duda, ponte metas altas, pero al hacerlo, debes tomar en cuenta que nadie se libra de los fracasos y las decepciones. Entonces, mejor es prepararse para sacarle provecho a esos momentos.

“¿En serio? ¿Sacarle provecho al fracaso y a la decepción?” Así es; igual que muchos dentro del pueblo de Dios, me he dado cuenta de que los momentos más productivos espiritualmente hablando son cuando he fracasado y estoy decepcionado.

Antes de ver cómo la Biblia nos puede ayudar a planificarnos, prepararnos y beneficiarnos de nuestros fracasos y decepciones, debemos definir unos conceptos. El fracaso es la falta de éxito al hacer algo. Es no llenar las expectativas del estándar personal que nos hemos trazado o que otros han determinado por nosotros. Puede ser culpa nuestra (p. ej., reprobamos un examen porque no estudiamos suficiente), o culpa de otro (p. ej., fracasamos en el matrimonio porque nuestro cónyuge nos fue infiel). Y a veces podemos tener una sensación de fracaso cuando en realidad no hemos fallado (p. ej., nos despiden del trabajo porque hubo una fusión o una reestructuración). La decepción es la sensación de tristeza y frustración que proviene del fracaso, ya sea de nuestro propio fracaso, el de otros, o de ambos. Con estas definiciones a mano, ¿qué nos enseña la Biblia sobre el fracaso y la decepción?

El fracaso es inevitable

Si nuestros centros educativos realmente quisieran preparar a nuestros hijos para enfrentar la vida, darían clases sobre el fracaso y la decepción. Puede ser que nuestros hijos jamás tengan que usar álgebra o química en sus vidas, pero sí tendrán que saber lidiar con los fracasos y las decepciones. Sin importar donde nos encontramos en la Biblia, hallamos fracaso y decepción: Adán y Eva (Gen. 3), Caín y Abel (Gen. 4), Noé y sus hijos (Gen. 9), Abraham y Sara (Gen. 16), Lot y sus hijas (Gen. 19), Jacob y Esaú (Gen. 27), José y sus hermanos (Gen. 37), Nadab y Abiú (Lev. 10), Aarón y María (Num. 12), Israel y Canaán (Num. 14), Moisés y la peña (Num. 20), Sansón y Dalila (Jueces 16), Samuel y sus hijos (1 Sam. 8), David y Betsabé (2 Sam. 11), Salomón y su harén (1 Re. 11). Y así continúa, incluso hasta en el Nuevo Testamento, donde vemos discípulo tras discípulo e iglesia tras iglesia marcados por el fracaso y la decepción. El mensaje uniforme de la Biblia es que el fracaso y la decepción son una parte inevitable de la experiencia humana. Imagínate un discurso de graduación o de inauguración con este énfasis bíblico. Esto prepararía a nuestros hijos aún mejor para la vida, particularmente ayudándoles a manejar apropiadamente sus expectativas.

El fracaso es variado

Al examinar el récord bíblico, nos asombra la variedad y la diversidad de fracasos. Si no llega de una forma, lo hará de otra. Los fracasos espirituales y morales son los más comunes, con múltiples ejemplos muy claros de desobediencia a los Diez Mandamientos de Dios. Por ejemplo, Israel no adoró exclusivamente a Dios (Isa. 2:8), Aarón fracasó al hacer un becerro de oro para adorar (Ex. 32:4); Uza fracasó al no reverenciar a Dios (2 Sam. 6:7); Israel no guardó el día de reposo para santificarlo (Ex. 16:27-30); Elí no disciplinó a sus hijos y sus hijos no lo honraron (1Sam. 2:22-25); David no respetó la santidad de la vida y del matrimonio (2 Sam. 11:1-21); Acán fracasó al robarse objetos de oro (Jos. 7:1); Ananías y Safira fracasaron al mentirle al Espíritu Santo (Hch. 5:3); y Demas fracasó al codiciar las riquezas de este mundo (2 Tim. 4:10). Diez Mandamientos, diez fracasos.

Fracasos familiares se pueden notar en como Abraham y Sara trataron a Agar (Gen. 16:21) y en la rivalidad celosa entre Jacob y Esaú (Gen. 25:29-34). Amistades fracasadas son visibles en el saludo y beso engañoso de aquel que traicionó a Jesús (Mat. 26:49) y en el desacuerdo entre el apóstol Pablo y Bernabé a causa de la utilidad de Marcos (Hch. 15:36-41). Fracasos de liderazgo se evidencian en cada rey de Israel y de Judá (2Cr. 12:14-22:9-10). Vemos fracasos eclesiásticos en casi cada congregación del Nuevo Testamento, como es evidenciado en el tono decepcionado que encontramos en muchas de las cartas de Pablo (1 Co. 1:11-13Gá. 1:6) y en cinco de las cartas de Cristo a las siete iglesias (Ap. 2-3). Fracasos financieros ocurren en las vidas de Giezi (2 Re. 5:22-27), del hombre con un talento (Mat. 25:24-30), y del rico insensato (Lc. 12:16-21). Fracasos nacionales y políticos son muy evidentes en la historia de constante rebelión de Israel en contra de Dios. La Biblia hasta nos muestra un fracaso social con el invitado mal vestido para la boda (Mat. 22:11-13). El fracaso usa una gran variedad de atuendos.

El fracaso puede venir luego de un gran éxito

Una de las lecciones que estas variadas experiencias de fracaso y decepción nos enseñan es que somos más vulnerables cuando tenemos más éxito. El éxito genera confianza, que en muchos casos se convierte en exceso de confianza, que suele ser la antesala del desastre (Pro. 16:18). Sansón, David y Salomón son pruebas dolorosas de esto en el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento destaca a Pedro como un ejemplo de esto (Mat. 26:33-3569-75). Él era de los amigos íntimos de Jesús, hablaba grandes cosas acerca de Dios, estaba siendo grandemente usado por el Señor y tenía una gran confianza en su capacidad de ser fuerte en el momento de la prueba. Pero fracasó en tres ocasiones, dos veces negando a Cristo frente a una joven sierva y una vez ante desconocidos. La narrativa bíblica sobre el peligro de la arrogancia y el orgullo ha probado ser verdadera a través de toda la historia, incluyendo nuestros días, cuando hombres poderosos y exitosos son derrumbados diariamente por las víctimas débiles e indefensas que ellos previamente habían oprimido y abusado.

El fracaso puede ser repetido

Hay muchos dichos trillados y simplistas en cuanto al fracaso, incluyendo: “El fracaso es el mejor maestro” y “En todo fracaso hay una oportunidad nueva”. Gracias a Dios, como veremos más adelante, muchas personas logran aprender de sus fracasos y muchos individuos logran avanzar después de una caída. Pero esto no siempre es así. Como nos advierte la Biblia, el fracaso puede ser repetido. Por ejemplo, Abraham no pudo confiar en Dios para cuidar de Sara cuando fueron a Egipto. Terminó diciendo mentiras sobre su relación con ella a un rey pagano que finalmente se enteró de la verdad y lo reprendió por eso (Gen.12:10-20). Pero eso no lo detuvo de hacer prácticamente lo mismo más adelante (Gen. 20). Uno pensaría que Jacob hubiera aprendido la dolorosa lección del favoritismo al recordar la amarga historia de su propia familia. No obstante, hizo lo mismo al demostrar demasiado favoritismo para con su hijo José (Gen.37:3-4). Hasta los mismos discípulos de Jesús, a pesar de que tenían el beneficio de Sus constantes y afectuosas amonestaciones, fracasaron repetidamente en comprender quién era Cristo y qué vino a hacer (Mat. 16:21-23Lc. 18:3423:25-27). A veces el fracaso se duplica al ir de un extremo al otro tal como hizo la iglesia en Corinto. En primera instancia, no disciplinan a un hermano impenitente (1 Co. 5), y luego no le dan la bienvenida cuando se arrepiente (2 Co. 2:5-11). El fracaso no es un maestro perfecto, en parte porque nosotros no somos estudiantes perfectos.

El fracaso es doloroso

Todos los ejemplos bíblicos del fracaso demuestran la dolorosa decepción que le sigue: decepción personal, decepción con otros y hasta decepción con Dios. Pero hay tres fracasos bíblicos que son particularmente agonizantes. Primeramente, tenemos la amarga decepción de Moisés al no poder entrar a la Tierra Prometida por haber golpeado la peña en vez de hablarle a esta como Dios le había pedido. (Nu. 20:10-13). Imagínate todo ese esfuerzo, todo ese estrés, esos cuarenta años vagando por el desierto, todas las quejas y murmuraciones de los Israelitas, para venir a ser detenido en la misma frontera de su destino final, todo por haber perdido los estribos una vez. Moisés le suplicó a Dios que aliviara su decepción y le permitiera entrar a la Tierra Prometida. Pero Dios se negó y en cambio le dio la consolación de verla de lejos (Deu. 3:23-27). Imagínate la decepción de Moisés.

El segundo fracaso bíblico que es particularmente agonizante es el del Rey David, quien fracasó moralmente al cometer adulterio con Betsabé y luego matar a su esposo, Urías (2 Sam. 11). Como nos enseñan los Salmos 32 y 51, la dolorosa decepción de David consigo mismo no fue solo mental, espiritual y emocional, pero también fue física. Aun cuando había sido perdonado, las consecuencias de sus fracasos se evidenciaron durante el resto de su vida en la desintegración de su familia y la pérdida temporal del trono. Grandes convulsiones acompañaron sus fracasos.

El tercer fracaso es el de Pedro, quien negó a Cristo tres veces. Este era un hombre a quien Jesús le había advertido una y otra vez sobre su exceso de confianza; a quien Jesús le dijo claramente que le negaría tres veces y aun así lo hizo. Luego cantó el gallo, los ojos de Jesús se encontraron con los de Pedro, “y saliendo fuera, lloró amargamente” (Lc. 22:62). Piensa en cuánto dolor debió haber llenado la vida de Pedro en los días después de este triple fracaso al pensar en lo que hizo. Cuántas veces debieron haber deseado Moisés, David y Pedro no haber fracasado. Puede ser que los videos de fracasos o “fails” en YouTube nos hagan reír, pero los fracasos de nuestros héroes bíblicos nos hacen llorar.

El fracaso debe ser compartido

Uno de los problemas con las constantes historias de éxito que se nos venden hoy día es el mensaje de que el éxito es para todos y todos serán exitosos. Eso da como resultado la realidad de que nadie está preparado cuando el éxito nunca hace acto de presencia y en cambio es el fracaso que continuamente visita. Consciente de este desequilibrio, Johannes Haushofer de la Universidad de Princeton publicó en Twitter una lista de todos sus fracasos. Hizo esto “en un intento de buscar cierto equilibrio y animar así a otras personas a continuar esforzándose aún frente al fracaso.” Él dice: “La mayoría de las cosas que intento fracasan, pero esos fracasos suelen ser invisibles, mientras que los éxitos son visibles. He notado que esto a veces les da a otros la impresión de que la mayoría de las cosas me salen bien”.

La Biblia publica la lista de fracasos de prácticamente todos sus personajes. Algunos hasta publican sus propios fracasos. Por ejemplo, los salmistas no solo confiesan sus fracasos, sino que también cantan de ellos no para celebrarlos sino para lamentarse de ellos y buscar la ayuda de Dios. Son muy sinceros en cuanto a sus vidas y cómo en realidad no todo les sale bien. En los Salmos 73 y 78, Asaf confiesa como él fracasa mientras que los malhechores tienen éxito, llevándolo a fallar en su fe. Él deja todo sobre la mesa y básicamente confiesa: “No estoy manejando bien esta situación”. Es entonces que Dios interviene para recordarle Sus promesas y propósitos, y Asaf empieza a recuperar su compostura y equilibrio espiritual. ¡Cuán agradecidos debemos estar por estos cantos de fracaso con los cuales podemos identificarnos, recordándonos que no estamos solos, ayudándonos a aceptar que lo anormal es normal y guiándonos a llevar nuestros fracasos ante Dios al igual que compartirlos con otros!

Job es otro ejemplo de un fracaso compartido. Él era un hombre justo (Job 1:1). Sin embargo, cuando le tocó un sufrimiento extremo, en parte, terminó culpando a Dios. Es cierto, se mantuvo firme al inicio (vv.20-22), y es verdad que hubo grandes momentos de éxito espiritual ante grandes pruebas espirituales (19:23-27; 23:8-10). Pero esa no es toda la historia; ni siquiera es la mayor parte de la historia. Su libro incluye momentos en que su respuesta fue muy inadecuada, mientras expresaba decepción con sus amigos y hasta con Dios y Su providencia. Nuevamente, somos animados por el registro honesto tanto de los fracasos como los éxitos de Job (aunque escritores y predicadores suelen ignorar lo primero).

El compartir los fracasos de estos hombres nos motiva a ser honestos y abiertos en cuanto a nuestras propias vidas. Dejemos a un lado las historias de éxito que el mundo nos cuenta para seguir el ejemplo bíblico de autenticidad valiente al compartir con otros creyentes las altas y bajas de nuestras vidas. ¡Cuán diferente sería esto de tantos perfiles en Facebook!

El fracaso evita peores fracasos

Una cosa que he notado al reflexionar sobre mi propia vida es que mis fracasos me han evitado peores fracasos, no sólo por lo que he aprendido a través de ellos, pero también al enseñar a otros. Esto también lo vemos en la Biblia. Si las iglesias del Nuevo Testamento no hubieran fracasado tan miserablemente en muchos aspectos, en nuestras biblias no tuviéramos hoy las cartas que les fueron enviadas y de las cuales aprendemos y tomamos medidas para evitar o lidiar con fracasos similares. ¿Cuántas iglesias han evitado caer en el caos carismático gracias a las cartas a los corintios fracasados? ¿Cuántas iglesias han evitado comprometer la doctrina de la justificación solo por fe gracias a la carta a los gálatas fracasados? ¿Cuántas iglesias han sido libradas de la fiebre de los últimos tiempos gracias a las cartas de Pablo a los tesalonicenses fracasados? ¿Cuántas iglesias han retornado a su primer amor gracias a la carta de Cristo a los efesios fracasados en Apocalipsis? ¿Cuántos cristianos han evitado el exceso de confianza gracias a los fracasos de Pedro?

Podemos mirar a nuestro alrededor y escuchar las sirenas sonando al lado de los escombros de iglesias y pastores que han fracasado en permanecer firme en pureza doctrinal y moral. Ni siquiera tenemos que ver más allá de nuestras propias vidas para ver las señales de advertencia. Hace un par de años mi salud se deterioró a causa del mucho trabajo y estrés. Terminé siendo hospitalizado en dos ocasiones con enfermedades que amenazaban mi vida. Sin embargo, al reflexionar sobre lo acontecido, puedo ver cómo Dios usó el fracaso de mi salud para evitarme posibles fracasos espirituales. En ese sentido, el fracaso puede ser un regalo precioso. Dios usa hasta nuestros fracasos para nuestro bien (Ro. 8:28).

El fracaso puede ser perdonado

En muchos sentidos, la pregunta no es cuándo, dónde ni cómo fracasaremos. La interrogante más importante es: ¿qué haremos con nuestros fracasos? Como hemos podido ver, muchos fracasos no solamente son lecciones para ser aprendidas sino también pecados para ser confesados. No se trata simplemente de recordarlos para aprender de ellos; debemos llevarlos ante Dios para recibir el perdón por ellos. Eso es difícil, pero a la vez libertador. La confesión nos libra de culpa y vergüenza y nos asegura perdón y aceptación (Pro. 28:13). En vez de negar, minimizar, ocultar o evitar nuestros fracasos, debemos sacarlosa la luz del día y ante la luz de Dios, confesar ante Él nuestra culpabilidad, y en oración pedir de Su misericordia. Sin importar la gravedad, la frecuencia o la torpeza de nuestra caída, si confesamos nuestros fracasos ante Dios, hallaremos misericordia (1Jn. 1:9). Le puedes llevar fracasos de cada área de tu vida y Él te hará más blanco que la nieve. Si me permitieran hacerle un cambio al muy querido villancico navideño, lo titularía: “Venid fracasados todos”.

No solo eso, pero Cristo también nos da Su perfección. Así es, Él no solo nos quita lo negativo dejándonos en un estado neutral, Él nos da Su justicia para que estemos más que bien (2 Co. 5:21). La perfección de Cristo se nos otorga y es contada como nuestra (Ro.3:21-26). No importa lo que ha sucedido en nuestro pasado o lo que sucederá en nuestro futuro, cuando Dios nos juzga, Él no ve fracaso sino éxito, no ve imperfección sino perfección, no ve injusticia sino justicia, no ve razones para condenar sino para celebrar (Ro. 8:1). Por fe en Cristo, nuestros fracasos son intercambiados por Sus logros.

El fracaso no nos define

El resultado de esto no es que nunca más fracasamos. No, el resultado es que el fracaso ya no es lo que nos define. Nuestro Dios y Salvador no define a Su pueblo por sus fracasos sino por su fe. Mira los fracasos de los santos en el Antiguo Testamento, sin embargo, mira como Dios los define en Hebreos 11. No es el salón del fracaso sino el salón de la fe. Él no recuerda sus tropezones, sino que celebra sus éxitos por su fe solo en Cristo. El fracaso sigue siendo parte de nuestra identidad, pero ya no es la mayor parte. Sigue siendo parte de nuestras vidas, pero ya no es crucial, no tiene la última palabra, y definitivamente no tiene la primera palabra tampoco. El fracaso no es lo que Dios ve a primera vista cuando mira a Su pueblo, y no debe ser lo primero que veamos nosotros al mirarnos a nosotros mismos o a otros cristianos. En Cristo somos justos. Esa es nuestra identidad primordial. Eso es lo que Dios ve primero, y, por lo tanto, eso es lo que nosotros debemos ver primero también.

El fracaso nos acerca al cielo

Sin importar cuantas veces confesamos nuestros fracasos, somos perdonados por nuestros fracasos, e intercambiamos nuestros fracasos por la justicia de Cristo. Mientras estemos en este mundo, fracasaremos; una y otra vez, fracasaremos. Esto nos mantiene humildes, nos mantiene dependientes y nos mantiene mirando hacia Cristo. Pero, sobre todo, nos mantiene con la mirada hacia el cielo, el lugar donde no habrá más fracasos. ¿Recordaremos nuestros fracasos allí? Si, pero sin dolor, solo como algo cubierto del perdón de Cristo, y solo para motivarnos a alabarle más:

Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con Su sangre, e hizo de nosotros un reino y sacerdotes para Su Dios y Padre, a Él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén. (Ap. 1:5-6)

Todos veremos nuestros fracasos desde una nueva perspectiva, no solo nuestros fracasos morales y espirituales, pero también las decepciones relacionales y vocacionales. Veremos la sabia providencia de Dios al permitir esa ruptura relacional, esa entrevista fatal, esa pérdida del trabajo y ese examen reprobado. Cuando Dios re-enmarca nuestros fracasos, poniéndoles el marco dorado de Su sabia soberanía, estos son transformados de feas casualidades abstractas a diseños bellamente elaborados.

¿Fracasaremos allá? No, nunca. No fracasaremos, ni tampoco lo hará nadie más. Las lágrimas de la decepción serán parte del torrente que serán enjugado de nuestros ojos (Ap. 21:4). El cielo será una gran y larga historia de éxito: éxito moral, éxito espiritual, éxito intelectual, éxito físico, éxito relacional, éxito vocacional y éxito eclesiástico.

Así que, sí, nuestros fracasos del presente deben llevarnos a Cristo, pero a la vez, nos deben hacer anhelar el cielo, para apresurar el día en que el dolor del fracaso y la tortura de la decepción desaparecerán para siempre.

El Dr. David P. Murray es profesor de Antiguo Testamento y teología práctica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan, y pastor de Grand Rapids Reformed Church.

Ver no siempre es creer

Uno de los comentarios que los pastores cristianos a veces escuchan de la gente que aconsejan es que sería más fácil para ellos tener una fe fuerte si pudieran ver a Dios hacer el mismo tipo de milagros hoy en día que los que se muestran en la Biblia. La suposición implícita es que se necesita ver para creer —que las personas que vivían en los tiempos de Jesús pudieron confiar más fácilmente en Él ya que podían ver sus grandes obras.

Esos comentarios demuestran la necesidad de leer más profundamente las Escrituras, ya que hay muchos casos en los que ver grandes milagros no movieron a la gente hacia tener fe.

La Escritura también registra ocasiones en las que la gente experimentó incredulidad después de ver muchos milagros.

Por ejemplo, Juan 11 registra la resurrección de Lázaro por parte de Jesús. Si ha existido una señal convincente alguna vez, fue esa. Sin embargo, las autoridades tomaron el milagro como una razón para oponerse a Jesús, no para creer en Él (vv. 45-53).

La Escritura también registra ocasiones en las que la gente experimentó incredulidad después de ver muchos milagros. Considere Josué 7, que muestra lo que pasó en Hai no mucho después de que los israelitas conquistaran Jericó. Después de la conquista de Jericó, cuando con un grito “la muralla se vino abajo” (cap. 6), uno puede imaginarse lo que sentía el pueblo de Israel. Dios los había salvado de una manera dramática y sobrenatural, quitando de su camino el mayor obstáculo para la conquista de Canaán. Él había cumplido su promesa de darles todo lugar donde Josué pusiera su pie. Por lo tanto pensaríamos que no habría nada mas que euforia y confianza entre las tropas, y en especial en el corazón de Josué. Pero lo que estaba por suceder era un importante castigo para Josué y los israelitas. Después de que unos espías informaran que Hai era fácil de vencer, Josué envía tropas a tomar la ciudad, pero salen huyendo, y treinta y seis personas mueren (7:2-5). ¿Cómo responde Josué?

Entonces Josué rasgó sus vestidos y postró su rostro en tierra delante del arca del Señor hasta el anochecer, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas. Y Josué dijo: ‘¡Ah, Señor Dios! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos después en manos de los Amorreos y destruirnos? ¡Ojalá nos hubiéramos propuesto habitar al otro lado del Jordán! ¡Ah, Señor! ¿Qué puedo decir, ya que Israel ha vuelto la espalda ante sus enemigos? Porque los Cananeos y todos los habitantes de la tierra se enterarán de ello, y nos rodearán y borrarán nuestro nombre de la tierra. ¿Y qué harás Tú por Tu gran nombre?’ (vv. 6-9).

Aquí vemos a Josué, quien en el pasado siempre había sido valiente, el hombre de fe que dio la noticia a la nación de que Israel tomaría Canaán, ahora rasgando sus vestidos y quejándose delante del Señor, diciendo: “¿Por qué no simplemente dejaste las cosas como estaban? Podríamos haber vivido felices para siempre al otro lado del Jordán, y ahora hemos sido humillados, y la noticia de esta derrota irá por todos lados en la tierra prometida”. Josué, en un momento de incredulidad, le está diciendo a Dios: “¿Qué has hecho por mí últimamente?”. Su fe es tan frágil que después de un contratiempo menor, pierde su confianza y está de luto. Josué pensó que comprendía el compromiso total de Dios hacia él y su ejército, pero ahora está fuera de sí al ser derrotado por un enemigo que Israel debió conquistar sin la ayuda de Dios. Incluso teniendo la promesa de Dios, sufren esta derrota humillante. De repente Josué se pregunta: “¿Fue la promesa de Dios una ilusión? ¿Estaba yo escuchando cosas? Dios prometió que nunca seríamos derrotados, y fuimos derrotados”. Lo que le sucede a Josué aquí, como vemos en su ayuno, luto, y búsqueda del rostro de Dios, es una crisis de fe.

¿Por qué fueron derrotados los israelitas? Josué 7:1 nos dice: “Pero los Israelitas fueron infieles en cuanto a las cosas dedicadas al anatema, porque Acán […] de la tribu de Judá, tomó de las cosas dedicadas al anatema. Entonces la ira del Señor se encendió contra los Israelitas”. Sí, Dios prometió la victoria a Israel, pero también ordenó al pueblo obedecer escrupulosamente los términos de guerra. Dios instituyó la prohibición contra los cananeos, lo que significaba que en esta conquista de guerra santa los soldados no podían obtener ningún botín. Y un hombre en el ejército desobedeció. Acán sucumbió a la tentación de llenar sus bolsillos con los despojos de la victoria en Jericó. Y por el pecado de un solo hombre, Dios responsabilizó a toda la nación de Israel. Debido a esta violación, la ira de Dios se mostró en contra de Israel, y su juicio providencial causó la derrota.

La Escritura nos advierte que en este lado de la gloria no hay una correlación directa entre la obediencia y bendición. Los fieles tienen éxito a menudo, pero a veces experimentan grandes derrotas. El infiel con frecuencia sufre por sus malas acciones, pero a veces disfruta de muchos éxitos externos.

Sin embargo, tener éxito y una fe fuerte son algunas de las bendiciones que el Señor da a los que guardan sus mandamientos (Salmo 1). Aunque Dios no ha prometido actuar milagrosamente hoy como lo hizo en los días de antaño, podemos confiar en que Él actúa en favor de nosotros. Nuestra obediencia no merece justificación delante de nuestro Padre; pero la gracia del Señor es tan grande que Él nos bendice a pesar de nuestra desobediencia. Aún así, quizá veríamos más bendición y experimentaríamos menos duda si le sirviéramos con mayor fidelidad.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Libro de Regalo

Durante el mes de Noviembre REGALAMOS el Comentario a Romanos de JOHN STOTT. Infórmate en nuestra web: http://www.solosanadoctrina.com/…/5-concursos-y-libros

¿Realmente conoces quién es Dios?

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos1​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.

La realidad de la decepción

La vida es una larga y constante decepción. La mayoría de la gente se da cuenta de esto cuando llega a sus treintas. En la niñez todo se ve posible. Los años de la adolescencia están llenos  de angustia y ansiedad, pero incluso esa ansiedad deja entrever algo de esperanza, ya que es solo una indignación silenciosa ante la idea de que las cosas podrían ser mejores. En sus veintes, una persona puede todavía conservar la ilusión de que el mundo pronto florecerá. No es hasta los treintas que una persona se da cuenta de que mucho de lo que viene no será mejor de lo que ya ha pasado. Los cuarentas, cincuentas y siguientes, con frecuencia reafirman la famosa bienaventuranza de Alexander Pope: “Bienaventurado el hombre que no espera nada, porque nunca será decepcionado”. Vivir es ser decepcionado.

Así que anímate. Por extraño que parezca, la decepción puede ser un indicador de que estás viendo el mundo correctamente. Nadie disfruta sentirse decepcionado. En sí misma, la decepción es similar a la tristeza por una pérdida y, en última instancia, no fuimos diseñados para ella. Pero, como todas las emociones, la decepción es un indicador de cómo una persona percibe su vida: qué es lo que cree y quiere de ella. Cuando estás viviendo en un mundo caído, a veces creer y querer lo correcto significa que serás decepcionado.

La experiencia de la decepción

Los seres humanos pueden decepcionarse porque son capaces de tener expectativas. Estamos hechos para anhelar mejores días. Todo fanático de un equipo perdedor sabe esto. Lo mismo ocurre con cada adolescente con acné, cada padre insomne de un recién nacido, cada joven profesional en búsqueda de una carrera, cada recién divorciado sentado en una casa ahora vacía. Todos en nuestra mente soñamos en pantalla gigante con una mejor vida, libre de las partes más dolorosas del presente. Vivimos en un desierto, pero imaginamos un jardín.

La decepción es lo que experimentamos cuando ese jardín nunca florece. Por supuesto, sabemos que no florecerá de inmediato. Pero, ¿tal vez lo hará incrementalmente? ¿Tal vez en el próximo capítulo  de la vida? ¿Tal vez al doblar la próxima esquina? Todos estos “tal vez” son los proyectores en la pantalla de la mente. Lo que proyectan podríamos llamar expectativas.

Experimentamos decepción como una sensación de pérdida cuando la realidad no cumple con nuestras expectativas. Las palabras clave son realidad y expectativas, y ambos términos están cargados de significado teológico.

La decepción es un indicador de cómo una persona percibe su vida: qué es lo que cree y quiere de ella.

Una teología de la decepción

La realidad es el mundo que nos rodea, un mundo que existía antes de que cualquiera de nosotros tomara su primer respiro. El mundo es un componente dado de nuestra experiencia, el contexto en el que nacemos y en el que nos movemos. Está fuera de nuestro control, está fuera de nuestra determinación y opera de acuerdo a leyes que no legislamos. En pocas palabras,la realidad es realidad. Y esta realidad constantemente falla en parecerse al Edén imaginario en el que tanto amamos habitar.

La realidad es el mundo en el que Dios nos colocó. Es fácil pasar por alto el significado teológico de Génesis 2:8: «Y plantó el Señor Dios un huerto hacia el oriente, en Edén; y puso allí al hombre que había formado». Dios hizo a Adán como una imagen corporal de Él en una ubicación física. Este mundo precedió a Adán. Estaba fuera de su determinación aunque bajo su dominio para ser el contexto de su obediencia (1:28). Adán no podría simplemente haber vivido en su mente; él tenía que moverse en una realidad fuera de su mente.

Las expectativas, por otro lado, son una respuesta humana a la realidad; y como respuestas, tenemos participación en ellas. Las expectativas son en parte esperanza, en parte predicción de lo que será la realidad. Son en parte esperanza en el sentido de que son una expectativa de lo bueno. Nadie se decepciona cuando no sucede algo malo que esperaban; en cambio, experimentan alivio. La esperanza es la anticipación de que la realidad se caracterizará por un mayor gozo, una mayor provisión, mayores logros, mayor paz.

Adán perdió su lugar en una realidad ideal al desobedecer a Dios, quien lo envió a él y a su esposa fuera del Edén y hacia la decepción suprema de un mundo acechado por la muerte y la decadencia (Gé 3:8-24). Un mundo que una vez fue generoso con fruto se volvió hostil con espinas. Esta es la realidad que los nietos de Adán han heredado. Pero también han heredado la memoria de ese jardín. Nuestra misma capacidad para decepcionarnos muestra que tenemos expectativas de un mundo mejor que el que vivimos.

Entonces, en cierto sentido, la decepción es una respuesta correcta a un mundo decepcionante. Vemos expectativas decepcionadas en todas partes en las Escrituras: desde Job maldiciendo el día en que nació, hasta los hijos de Coré comparando este lugar con la tierra de los muertos, hasta Pablo describiendo a la creación misma gimiendo de dolor y desilusión (Job 3:3Sal 88:12Ro 8:19-22). Esta decepción colectiva es una señal segura de que sabemos que podemos esperar más.

Entonces, ¿cómo procesamos nuestra decepción personal? Aquí hay algunos principios.

Tus decepciones específicas son solo la manifestación de una decepción más amplia. Como dijimos al principio, la vida es una decepción larga y constante. Esta gran decepción se manifiesta en muchas otras que son pequeñas. Familias rotas, carreras fallidas, salud en declive. Años de planificación y trabajo que resultan solo en más incertidumbre, no menos. Temor de que tus hijos adultos no mantengan los valores de la familia. Las relaciones que deberían haber sido de por vida ni siquiera alcanzan su vida media. O quizás lo peor de todo es que has obtenido las posesiones que deseabas y simplemente no te dan la satisfacción que buscabas.

Estas decepciones ordinarias guardan relación con cosas que van más allá de la situación que te decepciona. El sabio de Eclesiastés, sentado bajo los árboles frutales de su jardín soleado, festejando con funcionarios aduladores de todo el mundo, miraba fijamente al cielo, diciendo: «He visto todas las obras que se han hecho bajo el sol, y he aquí, todo es vanidad y correr tras el viento» (Ecl 1:14).

La decepción del predicador no se debió a los árboles, la comida o los funcionarios. Su decepción fue una comprensión abarcadora y exhaustiva, no de que simplemente este mundo no proporciona la satisfacción final, sino que no puede proporcionar la satisfacción final. Sus decepciones específicas son solo el reconocimiento propio de esta misma realidad.

Si deseas manejar la decepción de una manera piadosa, debes comenzar simplemente reconociendo que tus decepciones específicas no son exclusivas. El mundo no es particularmente injusto contigo. Es injusto con todos. Pensar que tus propias decepciones son una carga mayor para ti que las de los demás, te conducirá rápidamente a la autocompasión y al primo más sutil de la autocompasión, el auto-desprecio.

Tus decepciones pueden mostrar que tus expectativas no se alinean con lo que Dios dice acerca de la realidad. Dios nos dice que el mundo está caído. Tus decepciones pueden deberse a que esperas más de este mundo de lo que Dios dijo que daría. Todos prefieren secretamente un regreso inmediato al jardín anterior que esperar por el nuevo. Pero Dios dice que este mundo está marcado por futilidad y dificultad. La felicidad que experimentamos es genuina, pero es fugaz. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a vivir a la manera de Dios en un mundo caído?

Tomemos, por ejemplo, los tipos de decepción que acabo de mencionar: una familias rotas, una carrera fallida o una salud en declive. Dios, de hecho, diseñó la familia para proporcionar intimidad y seguridad, pero en un mundo caído, las relaciones se rompen. El esperar una familia ideal ha impedido que muchas personas disfruten de su familia real. El trabajo y la carrera son una parte esencial de nuestro llamado o vocación, destinados a proporcionar satisfacción y provisión, pero en un mundo caído, las carreras no están garantizadas. Esperar por la carrera ideal no nos permite disfrutar el trabajo que ahora tenemos. Lo mismo sucede con la salud. Dios hizo al cuerpo humano con la facultad de auto sanarse, pero nuestra condición caída es evidente en cada molestia y dolor. Nuestro anhelo de una buena salud puede llevarnos a ser ingratos por cada día de vida.

Esperamos un mundo no afectado por la caída. Cuando hacemos eso, estamos insistiendo en nuestra propia versión de lo que el mundo debería ser, en lugar de confiar en Dios por el mundo que es.

Tus decepciones pueden, por otro lado, mostrar que tus expectativas se alinean con lo que Dios dice acerca de la realidad. Aunque Dios te dice que el mundo está caído, Él también te dice que no debería ser así. Tus desilusiones pueden mostrar que estás de acuerdo con Él. Sientes el dolor de una familia rota porque sabes que fuimos creados para estar en cercanía. Estás desilusionado por la pérdida inesperada de tu trabajo porque Dios diseñó el trabajo para producir una recompensa. Estás frustrado con un cuerpo que no responde cómo quieres porque sabes que Dios hizo los cuerpos para sean perfectos. La diferencia entre las expectativas que se alinean con las de Dios y las que no lo hacen está en tu disposicion de someterte a la manera de Dios de ver la vida: plagada de dificultades por ahora con el fin de agudizar tu anhelo por el mundo venidero. El dolor de darse cuenta de que el mundo está roto puede ser una plataforma para adorar al Dios que, incluso ahora, está preparando un mundo inquebrantable.

Tus decepciones deberían producir dos acciones en ti: lamentación y búsqueda. El predicador de Eclesiastés nos enseña a lamentar nuestra decepción. Lamentar significa quejarse con fe delante de Dios. Expresar nuestras decepciones a Dios es lo opuesto de albergarlas en nuestras almas. El lamento es una manera de entregar nuestras expectativas a Él, confiando en que Él va a solucionar la situación de acuerdo con Su sabiduría y en Su tiempo.

La gente de fe en Hebreos 11 nos enseña a buscar una mejor nación. La fe hace que las personas actúen de forma extraña en su realidad presente: no se conforman con ella. Habitantes de tierra firme construyen botes para salvarse de la destrucción venidera. Hombres ricos dejan todo para deambular. Ancianas deshonradas engendran naciones. Príncipes se identifican con esclavos para obtener un mejor reino. Prostitutas se convierten en las únicas con ojos para ver una vida mejor. Todos estaban insatisfechos con el presente con la esperanza de un futuro mejor, un futuro con Dios.

Así que anímate. La decepción puede ser refinada para un buen uso. Si nuestra realidad actual nos enseña a lamentarnos y a buscar, estamos bien encaminados a través de esta  larga y constante decepción. Y en el mundo inquebrantable que nos espera, llegaremos firmemente al final de la decepción.

El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de Consejería Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky., pastor en Clifton Baptist Church y coautor de The Pastor and Counseling [El pastor y la consejería].

El mensaje de Romanos

John R.W. Stott (1921-2011) es conocido en todo el mundo como predicador, evangelista, escritor y comunicador de las Escrituras. Fue el principal artífice del histórico Pacto de Lausana (1974), autor de más de 40 libros traducidos a más de 60 idiomas y fundador de Langham Partnership International que trabaja para equipar a nuevas generaciones de maestros de la Biblia en todo el mundo. El reverendo Dr. John Stott fue durante muchos años rector de All Souls Church, Langham Place en Londres, Inglaterra donde llevó a cabo un eficaz ministerio pastoral urbano. Estuvo en la lista de la revista Time de las “100 personas más influyentes” (abril, 2005) y fue nombrado en la Lista de Honor del Año Nuevo de la Reina como Comandante del Imperio Británico, el 31 de diciembre del 2005. Stott, quien falleció el 27 de julio de 2011, dejó tras de sí un legado que continúa expandiéndose a través de sus libros.

La carta de Pablo a la joven iglesia en Roma ha influido a los cristianos a través del tiempo. Es una proclama extraordinaria sobre la libertad que tenemos a través de Jesucristo. En todo el Nuevo Testamento, es la declaración más plena, más sencilla y más grandiosa acerca del evangelio. ¡Cuántos asuntos reciben la atención de Pablo en la carta a los Romanos! La evangelización, los fundamentos para vivir una vida santa, la ley y el Espíritu, la soberanía divina y la responsabilidad humana en la salvación… Estos temas son apenas un muestrario de los que, directa o indirectamente, presenta y analiza la carta de Pablo a los romanos.

En Romanos, Pablo da a conocer las buenas noticias de la liberación: liberación de la santa ira de Dios y de la condenación que impone su ley, liberación de la alienación gracias a la reconciliación, liberación del temor a la muerte; liberación de conflictos étnicos en la iglesia, como también liberación para entregarnos al amoroso servicio de Dios y de otros.

El Mensaje de Romanos se caracteriza por exponer el texto bíblico con fidelidad y relacionarlo con la vida contemporánea. Toma como base la Nueva Versión Internacional y hace referencia a otras traducciones de la Biblia. El libro incluye una guía de estudio para su uso personal o en grupos pequeños.

Este comentario de John Stott se caracteriza por el propósito de exponer el texto bíblico con fidelidad y aplicarlo a la vida contemporánea.

Temas como: la evangelización, los fundamentos para vivir una vida santa, la ley y el Espíritu, la soberanía divina y la responsabilidad humana en la salvación son apenas un muestrario de los que, directa o indirectamente, presenta y analiza la carta de Pablo a los Romanos. Esta carta de Pablo a la joven iglesia en Roma ha influido en forma dramática a los cristianos a través del tiempo.

Es una proclama extraordinaria sobre la libertad que tenemos a través de Jesucristo. Es la declaración más plena, más sencilla y más grandiosa acerca del Evangelio.

Introducción
1. La ira de Dios contra toda la humanidad
2. La gracia de Dios en el evangelio
3. El plan de Dios para judíos y gentiles
4. La voluntad de Dios para relaciones transformadas
Conclusión: La providencia de Dios en el ministerio de Pablo

*Andamio Editorial 2007. -544 pp. Rústica

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La Fe que Salva y las Buenas Obras

PRIMERO, LO QUE SIGNIFICA CREER EN DIOS: Significa conocer a Dios en concordancia con la revelación de él mismo, que nos ha sido dada a través de Cristo en los Evangelios. Reconozco que aun los paganos mismos, saben de su poder eterno por las maravillas que han visto. Pero el pecador culpable no tiene ningún conocimiento salvador de Dios. En cambio, el que está en Cristo vive bajo esta premisa: “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). Y sean las que fueren las brillantes ideas o especulaciones que pueda tener la gente acerca de Dios y de sus excelencias descubiertas en las obras de su creación y sus providencias, si esas nociones acerca de él no están basadas en la revelación del evangelio, no es fe auténtica. Y si
la revelación de Dios en Cristo no es revelada por el Espíritu de sabiduría, quitando el velo de ignorancia e incredulidad que hay en la mente por naturaleza, no puede haber un conocimiento de Dios que salva, satisface y santifica. Sin el fundamento de la Palabra, ninguna fe o creencia es auténtica. Sólo una iluminación verdadera de la mente con el conocimiento de Dios en Cristo reconciliando al mundo con sí mismo, puede producir una fe que salva. Y este conocimiento es tan esencial para tener fe o creer, que lo encontramos a menudo en las Escrituras, expresado con la palabra conocer: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3).

Creer en Dios implica una aceptación firme y constante de la verdad y la veracidad de lo que Dios dice en su Palabra. Es creer y aceptar el testimonio de sí mismo. Esto es llamado “recibir la evidencia de Dios, reconocer definitivamente que Dios es auténtico, creer en la veracidad de lo que nos narra el evangelio”. Cuando el hombre escucha “la palabra verdadera del evangelio” (Col. 1:5), está listo para clamar con el Apóstol: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos” (1 Ti. 1:15). Esta palabra está establecida en los cielos; cielo y tierra pasarán, pero esta Palabra de Dios permanece para siempre…

Procederé ahora a examinar qué influencia tiene esta fe sobre las buenas obras:

La fe auténtica une al alma con Cristo, quien es la raíz misma y la fuente de toda santidad. “De mí [dice el Señor] será hallado tu fruto. El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”, esto es por fe. Es cierto que en nuestro estado natural podemos llevar muchos frutos que son moral y materialmente buenos, pero sin estar unidos a Cristo, no podemos hacer ninguna obra que sea espiritualmente buena y aceptable, porque como dice el Maestro: “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn. 15:4). Así como es imposible cosechar uvas de las espinas o higos de los cardos igual de imposible es que alguien lejos de Cristo realice obras espiritualmente buenas…

La fe obra por el amor, y el amor es el cumplimiento de la ley. Amar a Dios en Cristo es el próximo e inmediato fruto de la fe auténtica que salva. El corazón ungido con el amor de Dios en Cristo hace que el hombre abunde en buenas obras: “El amor de Cristo nos constriñe…”, dice el Apóstol (2 Co. 5:14). El amor causa que el hombre guarde los mandamientos de Dios. El amor impulsa al hombre a correr a través del fuego y el agua por él. “Las muchas aguas no podrán apagar el amor” (Cnt. 8:7). “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Ro. 8:35).

La fe aplica las promesas del Nuevo Pacto y de él obtiene gracia para obedecer los preceptos de la ley. La fe, por así decir, se desplaza entre el precepto y la promesa: Lleva al hombre del precepto a la promesa y de la promesa al precepto. Como por ejemplo cuando la ley dice “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt. 6:5; Lc. 10:27), la fe pasa a la promesa, donde Dios dijo: “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios” (Dt. 30:6)… ¿Dice la ley: “y conocerás a Jehová”? (Os. 2:20). Pues bien, la fe confía en la promesa: “Y les daré corazón para que me conozcan” (Jer. 24:7). ¿Nos obliga la ley a guardar todos sus mandamientos? La fe recurre a la promesa y la aplica: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos” (Ez. 36:27).

La fe tiene influencia sobre las buenas obras cuando contempla la autoridad de Dios en Cristo interpuesta en cada mandamiento de la Ley. Los ojos de la razón, quizá vean, como hemos sugerido, la autoridad de Dios creador, que es tan evidente en el caso del pagano al contemplar los cielos; pero es únicamente con ojos de la fe que proviene del Señor, que podemos contemplar la autoridad de Dios en Cristo y recibir de sus manos la Ley… ¡Oh! Cuando Dios en Cristo es visto por fe, el alma no puede dejar de clamar: “Dios es mi rey desde tiempo antiguo; el que obra salvación en medio de la tierra, sus mandamientos no son gravosos porque su yugo es fácil y ligera su carga. Ya no lo veo más como un pacto de obras para mí, sino como una regla de obediencia, endulzada con amor y gracia redentora”. Así pues, vemos qué influencia tiene la fe sobre las buenas obras.

Tomado de “The Necessity and Profitableness of Good Works Asserted”en The Whole Works of the Late Rev. Ebenezer Erskine.

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Ebenezer Erskine (1680-1754): Predicador evangélico escocés, fundador principal de la Iglesia Separada de Escocia (formada con disidentes de la Iglesia de Escocia), padre de quince hijos, nacido en Dryburgh, Berwickshire, Escocia.

Celoso de Buenas Obras 3

Consideremos cómo nosotros mismos hemos sido apasionados y activos en los caminos del pecado: ¿Acaso no lo seremos aún más en los caminos de Dios? Muchos podríamos decir: “Cuando era malo y carnal, lo era de todo corazón y ¿seré menos ahora en un estado de gracia?”. El Apóstol lo dice de esta manera interesante: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación” (Ro. 6:19). Notemos cómo el Apóstol lo presenta con un prefacio: “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad”, es decir, el hombre con sentido común y buen juicio considera que debe ser tan diligente en superarse para alcanzar
la altura de santificación y ser celoso de buenas obras, como lo fue para elevarse a la altura del pecado y ser celoso del infierno. ¿No debiéramos querer salvarnos como quisimos arruinarnos y condenarnos a nosotros mismos? Si nos apresurábamos a cometer perversidades como si ansiáramos ser condenados, ahora, por lógica, debiéramos ser tan celosos de Dios como lo fuimos de Satanás. Antes podíamos estar de juerga de día y de noche y ¿entonces, ahora no podemos pasar algunos días ayunando y orando? ¿Nos sentimos impacientes por cada hora que le dedicamos a Dios?… Es justo que nos propongamos, hasta donde nos permitan nuestras fuerzas, ser tan activos y celosos de Dios, y crecer en gracia como lo éramos para incrementar nuestro pecado y culpabilidad. Antes, no nos rendíamos porque queríamos hacer el mayor mal posible; ser tan perversos que hubiera sido imposible serlo más. ¿Por qué no debiéramos ahora procurar crecer en la gracia? ¿Puede una conversión ser correcta cuando el pecado ocupa más de nuestros pensamientos que los que ocupa Dios?…

Consideremos lo que Cristo ha hecho para comprar nuestra salvación. No fue un juego ni una broma redimir [a pecadores]. Cristo se entregó para ser tentado, para ser perseguido, para ser crucificado, para sufrir amargas agonías, ¿y para que todo este sacrificio no sirva para nada? Las tentaciones de Cristo y los sufrimientos de su cruz muestran que no es cosa fácil llevar un alma al cielo y, por lo tanto, ¿no hemos de ser celosos de Dios? El cristiano carnal e indiferente le resta importancia a los sufrimientos de Cristo, como si no fueran parte del plan de Dios para la salvación. Pierden el tiempo y lo consideran un complemento de la religión de modo que no es una cuestión indispensable para salvar sus almas: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?” (Lc. 24:26) y “fue necesario que el Cristo padeciese” (24:46). Dios dispuso todo de manera que
ninguna otra cosa podía tomar su lugar. Que Cristo tuviera que sufrir fue ordenado de antemano.

Pero alguien puede objetar: “¡Cómo insiste usted en este celo e intensidad para hacer buenas obras con base en lo que Cristo ha hecho! Porque si él ya hizo tanto, ¿qué necesidad tenemos de más?”. Respondo: “Él se ha ido al cielo como Capitán de nuestra salvación y nosotros debemos ir en pos de él; ha ido para establecer en el cielo nuestro derecho a él, pero tenemos que esforzarnos en nuestra marcha hacia él. Canaán fue dada a Israel, pero tuvieron que tomar posesión de ella con la espada. [De igual manera], Caleb tuvo que vencer y echar fuera de Hebrón a los gigantes, aunque de antemano Dios le había dado esa ciudad. Por lo tanto, aunque el cielo ya nos ha sido dado y Cristo ya lo ha tomado por nuestro derecho, tenemos nuestras luchas antes de poseerlo;
sí, el poder de Satanás ha sido quebrantado, su calcañar ha sido herido, y, sin embargo, quedan algunas reliquias de la batalla que tenemos que vencer. Por lo tanto, seamos dedicados, seamos celosos hasta alcanzar la meta.

Consideremos lo aborrecible que es para Dios la falta de celo. No aceptará un espíritu frío, indiferente y neutral: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Ap. 3:16). Los creyentes fríos y perezosos, que no tienen más que formulismos muertos, son como agua tibia en el estómago. No hay nada que cause tantas náuseas al estómago como algo tibio. De manera similar, Dios vomitará con repugnancia a los tibios.

Consideremos lo deshonroso que es para el Dios viviente el que le sirvamos con un corazón muerto y sentimientos fríos, después de haber hecho un pacto con nosotros en términos tan gloriosos y nobles… “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (He. 9:14). Dios, quien es un Dios viviente, debe contar con un servicio ferviente, pero los hombres lo adoran como un ídolo muerto… Lo que hacemos, tenemos que hacerlo de todo corazón y con todas nuestras fuerzas. Recordemos
que la fe cristiana no es fruto de nuestra imaginación. No adoramos las vanidades de los gentiles, por lo tanto, no seamos muertos, fríos e indiferentes. Adoramos al Dios vivo y merece que le sirvamos con vida, celo y toda la fuerza del amor.

Tomado del Sermón 22 en “Sermons upon Titus 2:11-14” en The Complete Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista. James Ussher lo llamó “uno de los mejores predicadores en Inglaterra”. Nombrado como una de los tres secretarios de la Asamblea de Westminster. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.

¿Qué significa «Danos hoy nuestro pan de cada día?

Jesús nos enseña a orar a Dios que nos dé el pan de cada día (Mateo 6:11). Obviamente, Jesús no les estaba diciendo a sus discípulos que solo oraran por pan. Pero el pan era un alimento básico en la dieta de los judíos y lo había sido durante muchos años. Por otra parte, el pan era un símbolo poderoso en el Antiguo Testamento de la provisión de Dios con su pueblo.

Recordamos cómo Dios cuidó de los Israelitas cuando estaban en el desierto después de su salida de Egipto. La vida en el desierto era difícil, y pronto la gente comenzó a quejarse de que sería mejor volver a estar en Egipto, donde tuvieron comida excelente para comer. En respuesta a estas quejas, Dios les prometió hacer “llover pan del cielo” (Éxodo 16:4). A la mañana siguiente, cuando la capa de rocío se evaporó, había sobre la superficie “una cosa delgada, como copos, menuda, como la escarcha sobre la tierra… Era como la semilla del cilantro, blanco, y su sabor era como de hojuelas con miel” (vv. 14, 31). Cuando Dios alimentó milagrosamente desde el cielo a su pueblo, lo hizo dándoles pan.

No se nos da licencia para pedir grandes riquezas, pero se nos anima a hacer conocer nuestras necesidades a Él, confiando en que Él proveerá.

Es interesante que en el lenguaje de la cultura occidental, a veces nos referimos a una de las personas en el matrimonio (lo que solía ser casi exclusivamente del marido, pero no tanto en estos días) como el asalariado del hogar. Sin embargo, más coloquialmente, llamamos a esa persona el “que trae el pan a la casa”. Incluso en nuestra jerga, usamos la palabra pan como sinónimo de “dinero”. El pan sigue siendo, al menos en nuestro idioma, un símbolo poderoso de la base rudimentaria de provisión para nuestras necesidades.

Después de que termino la Guerra de Corea, Corea del Sur se quedó con un gran número de niños huérfanos. Hemos visto lo mismo en el conflicto de Vietnam, en Bosnia, y en otros lugares. En el caso de Corea, muchas agencias de ayuda llegaron para hacer frente a todos los problemas que surgieron por consecuencia de tener tantos niños huérfanos. Una de las personas que fue parte de este esfuerzo de ayuda me comentó de un problema que había encontrado con los niños que estaban en los orfanatos: A pesar de que a los niños se les proveía tres comidas al día, llegando la noche se ponían inquietos y tenía dificultad para dormir. Hablando mas con ellos, se dieron cuenta de que la ansiedad se debía a la incertidumbre de si tendrían comida para el día siguiente.

Para ayudar a resolver este problema, los trabajadores de ayuda de un orfanato en particular decidieron que cada noche cuando los niños se fueran a la cama, las enfermeras les pondrían un pedazo de pan en cada una de sus manos. El pan no era para que se lo comieran sino para que lo pudieran sostener en sus manitas mientras se quedaban dormidos. Era como una “manta de seguridad” para ellos, recordándoles que habría provisión para sus necesidades diarias. Efectivamente, el pan les calmó la ansiedad y los ayudó a dormir. Del mismo modo, a nosotros nos consuela saber que no nos faltara comida, o “pan” para suplir nuestras necesidades físicas.

Entonces, la petición que se encuentra en el Padre Nuestro nos enseña a venir al Señor con un espíritu humillado dependiente de Él, pidiéndole que supla nuestras necesidades y que nos sostenga diariamente. No se nos da licencia para pedir grandes riquezas, pero se nos anima a hacer conocer nuestras necesidades a Él, confiando en que Él proveerá.

Si nos parece como si la mano de Dios nos es invisible y que no podemos discernir su intrusión providencial en nuestras vidas, puede ser por la manera en la que oramos. Tenemos una tendencia a orar en general. Cuando oramos en general, solo vemos la mano de la providencia de Dios en lo general. Al entrar en la oración, por medio de la conversación y comunión con Dios, hay que poner nuestras peticiones delante de Él. Al derramar nuestras almas y nuestras necesidades en específico veremos respuestas específicas a nuestras oraciones. Nuestro Padre nos ha invitado a ir a Él y pedirle nuestro pan de cada día. Él no fallará en proveerlo.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Masculinidad Bíblica

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos1​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.

Celoso de Buenas Obras 2

PRIMERA APLICACIÓN: La gracia no es enemiga de las buenas obras. El libertinaje siempre ha existido y es natural. Cristo murió para mejorar la piedad, no para disminuirla, para elevarla a su nivel más alto, para hacernos celosos de buenas obras, a fin de que podamos ser llevados al cielo a toda marcha. Por otro lado, el que flaquea no se mantiene en guardia contra el pecado, es menos diligente en el ejercicio de la santidad, tiene menos comunión con Dios, es menos humilde y menos arrepentido después de cometer un pecado, lo cual es el peor abuso de la gracia que puede haber, pervirtiendo su aplicación natural. Al lado del fuego no nos congelamos. Es muy distinto que estar al lado de la pintura de una fogata donde nos podemos congelar y sufrir enfriamiento
y sopor. En cambio, la verdadera gracia es un fuego que calienta y da fervor a nuestros afectos. Cristo vino para que seamos más alegres y entusiastas, no perezosos, indiferentes y fríos. Un cristiano frío tendrá poco consuelo. ¿Por quiénes murió Jesús? Por los que son celosos de buenas obras… No son las oraciones frías, las devociones aburridas ni los deseos soñolientos del hombre medio dormido lo que servirá en este caso. El cielo se toma por fuerza y se le arremete con intensidad. Es romper barreras y todos los impedimentos que intentan apartarnos de Dios.

SEGUNDA APLICACIÓN: Es hora de intensificar este celo de buenas obras. En esta época de muertos y somnolientos necesitamos una voz de alarma. El conocimiento ha devorado la práctica de buenas obras en estos tiempos decadentes. Séneca se quejaba de que los hombres estudiaban con el fin de llenar sus cerebros, dejando vacíos sus corazones; y que, en cuanto los hombres eran más letrados, eran menos buenos. El mundo está totalmente a favor de almacenar ideas en la cabeza, ideas vacías y superficiales, de modo que si apareciera Cristo entre nosotros, encontraría pocos celosos, pero muchos cristianos perezosos que viven un cristianismo superficial y barato. Somos altisonantes con nuestras fantasías, nuestras nociones y pretensiones, pero callados y apagados en la práctica y conversación. Por lo general, esto sucede durante las épocas de prosperidad de la iglesia, a semejanza de un río que pierde su profundidad a medida que aumenta su caudal. Entonces tiene muchos amigos, pero su amor no es tan fuerte ni ardiente como en otras épocas… Por eso, a menudo sucede con la iglesia de Dios, que cuando la religión es atractiva muchos la siguen, pero ¡ay! lamentablemente es débil y sin espíritu, exenta de vida y vigor… Por lo tanto, pensemos en qué tipo de refuerzos y consideraciones serían los más eficaces para impulsarnos a tener este celo y cuidado de las buenas obras.

Consideremos qué violentos y apasionados son los hombres carnales en los caminos del pecado ¿y servirán ellos a Satanás mejor que nosotros a Dios? Pensemos en que tenemos un dueño mejor, un trabajo mejor y mejor pago. El dueño de los hombres carnales es el diablo, su obra es la conducta más baja, puesto que son esclavos de sus propias lascivias, y la paga que reciben es la que merecen: Su recompensa es condenación eterna y separación de la presencia de Dios ¡Cuán activos son los hombres impíos en el reino de las tinieblas! ¡Qué celosos y dedicados son en lograr su propia ruina, como si no pudieran esperar a ser condenados…!
[Dios le ordena al profeta Jeremías que considere una visión]. “¿No ves lo que éstos hacen en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén? Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para provocarme a ira” (Jer. 7:17-18). ¡Cuánta actividad diligente vemos aquí para promover su adoración falsa! Padres, hijos, esposos y esposas, todos ponen sus manos al arado y encuentran algo que hacer para lograr su objetivo. ¿Dónde encontraríamos una familia así, tan trabajadora y celosa para realizar la obra de Dios? ¡Oh! ¿Cómo podemos observar semejante espectáculo sin avergonzarnos? ¿Cómo imaginarnos que la lujuria pueda tener más poder sobre ellos
que el amor que Dios tiene por nosotros? Nosotros tenemos motivos más elevados y la ocupación más noble; nuestra obra es perfeccionar a la criatura para lo cual se practican las obras más insignes, de las maneras más nobles, nuestras recompensas son más excelentes y tenemos mayores ventajas y ayuda. ¿Se esforzarán más ellos por arruinar sus almas que nosotros por salvar las nuestras? Hay un pasaje en la historia de la Iglesia que narra que cuando Pambus, [un santo de la Edad Media] vio una prostituta extravagantemente vestida, lloró, en parte, por ver lo mucho que se esforzó para su propia ruina eterna y, en parte, porque él mismo no había puesto tanto empeño por complacer a Cristo y vestir su alma para Cristo como la había hecho ella para complacer a su amante de ocasión. Los cristianos deberíamos, por lo menos, sonrojarnos cada vez que vemos tal clase de espectáculo. Cuando caminamos por la calle y en los comercios vemos a tantas personas trabajando arduamente por una ganancia temporal, deberíamos avergonzarnos de lo negligentes y descuidados que hemos sido en la obra de Dios.

Continuará …

Tomado del Sermón 22 en “Sermons upon Titus 2:11-14” en The Complete Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista. James Ussher lo llamó “uno de los mejores predicadores en Inglaterra”. Nombrado como una de los tres secretarios de la Asamblea de Westminster. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.

Celoso de Buenas Obras 1

“Se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

Debemos anhelar hacer el bien y estar contentos de hacerlo. Celo es “un grado más elevado del amor”; cuanto más amamos,
más anhelamos demostrarlo. Es indudable que el celo por algo nos pone en acción inmediatamente para hacer todo voluntaria,
libre y alegremente, como sugiere el Apóstol: “Pues conozco vuestra buena voluntad, de la cual yo me glorío entre los de Macedonia, que Acaya está preparada desde el año pasado; y vuestro celo ha estimulado a la mayoría” (2 Co. 9:2). Estar atacando y argumentando a cada momento con el Espíritu de Dios no es celo. No somos llamados a la simple práctica de buenas obras, sino que tenemos que tomar la delantera, ser los más entusiastas y ser adalides. Estemos atentos para ver las oportunidades de hacer el bien y aprovecharlas. Debiéramos estar contentos por las oportunidades de demostrar nuestro afecto por Dios y nuestro
aborrecimiento por el pecado. Esto es celo: Estar dispuestos y anhelar hacer el bien.

Ser celoso es negarse a uno mismo y mantenerse firme a pesar de los desalientos. El celo es un afecto mezclado; en parte consiste de amor y, en parte, de indignación. Cuando soy celoso de algo, amo ese algo y aborrezco y me libro de todo lo que lo obstruye. El celo nos pone a trabajar y nos hace perseverar a pesar de los desalientos. El celo no vacila en trabajar duro o llevar una carga; ¡mayor es la dedicación, mayor es la gloria! Los hijos de Dios se alegran de que no pueden servir a Dios sin que les cueste algo, como declara David: “No ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” (2 S. 24:24). Los hombres, definitivamente, no son celosos y sus corazones no están firmes en los caminos de Dios cuando cualquier excusa débil y pequeña
ganancia material los aparta y cada pequeñez los afecta de modo que rompen su comunión con Dios y cada débil tentación interrumpe y echa por tierra todos sus propósitos y resoluciones relacionados con el deber y la obediencia, ya sea respecto de la oración, caridad o acciones rectas. Tenemos que ser decididos porque “bueno es mostrar celo en lo bueno siempre” (Gá. 4:18).

Ser celoso de buenas obras significa diligencia y seriedad para llevar la piedad a su nivel más elevado… ¿Acaso es celoso el que se contenta con un poquito de caridad o un poquito de adoración? La pereza e inactividad son opuestas al celo: “No perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Ro. 12:11). Esto es así cuando nuestro espíritu arde…Un gran afecto no se contenta con cosas mezquinas ni la escasez de santidad… Aquellos que están plantados en la Vid noble que es Jesucristo, están llenos de buenas obras.

Ser celosos de buenas obras es ser constantes hasta el final. El fuego sobre el altar nunca se apagaba, siempre se mantenía ardiendo; de la misma manera nunca dejemos que el fuego de nuestro celo se apague. Celo no es como el fuego en la paja. ¡Ay! los fervores repentinos que pronto desaparecen… En cambio, el verdadero celo es como el fuego de una brazada de leña cuyo calor es duradero: “Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre” (Gá. 4:18). El celo auténtico no se esfuma apenas un momento como un ataque de entusiasmo, que no proviene de la santificación; por lo tanto, mantengamos nuestro fervor. Cuidémonos de todo decaimiento, especialmente cuando vamos envejeciendo. Las actividades de la juventud son muy apasionadas porque los jóvenes desbordan de entusiasmo y todos parecen estar llenos de ardor, pero a veces, estas actividades no son tan sinceras. En cambio,
las acciones en la madurez son más firmes, aunque muchas veces les falte vigor y ardor. Por lo tanto, procuremos conservar nuestro celo: “Vosotros corríais bien; ¿quién os estorbó?” (Gá. 5:7). Cuando al hombre carnal se le acaba el entusiasmo, se da por vencido, se enfría, es negligente e indiferente a cuestiones religiosas…

LA RELACIÓN Y EL LUGAR DEL CELO EN LAS BUENAS OBRAS ES UNA CARACTERÍSTICA DEL PUEBLO DE DIOS Y UN FRUTO DE LA MUERTE DE CRISTO:

Es una característica del pueblo de Dios. Hay en la nueva criatura una predisposición e inclinación por hacer buenas obras. Como todas las criaturas han sido creadas con una inclinación por hacer lo correcto, esta predisposición en la nueva criatura es de realizar actos celestiales. Así como las chispas vuelan hacia arriba y las piedras caen hacia abajo, la nueva criatura es llevada a la obediencia y santidad por un principio de gracia interior… Las buenas obras son una característica de la nueva criatura: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef. 2:10). Así como un artífice pone una marca en su obra para identificarla, Dios coloca una marca visible en sus siervos; no crea una nueva criatura para obras de la vieja vida. Las buenas obras son testigos de que podemos ofrecer evidencia de la verdad y el poder de la gracia. Lutero dice: “Las buenas obras son la fe
encarnada”, es decir que la fe se manifiesta en ellas, tal como el Hijo se manifestó en la carne. Son testigos para el mundo, para nosotros y para Dios demostrando que de él somos. Son señales y testimonios para el mundo. Ésta es la insignia por la que Dios quiere que sean conocidos sus hijos, no por pompa y esplendor mundano, no por excelencias externas, riquezas, grandezas ni posesiones, sino por nuestro celo de buenas obras.

No hay árboles infértiles en el huerto de Cristo… Nuestro Padre es glorificado en sus siervos que dan mucho fruto: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Jn.15:8). Para Dios es muy importante; por eso dice en 1 Crónicas 16:29: “Dad a Jehová la honra debida a su nombre”. Ahora bien, es para honra de Dios que somos plantados e injertados en Cristo, a fin de abundar en buenas obras… Piensen que al igual que en un árbol la savia y la vida no están a la vista, pero se evidencia en su fruto, el celo de buenas obras es lo que se ve… Es la diferencia entre nosotros y los hipócritas; el hipócrita, al igual que un rubí, parece arder, pero al tocarlo, es muy frío. Lo mismo sucede con los que pretenden ser religiosos, hablan
mucho, pero no tienen verdadero celo ni calor espiritual. Es de notar que nuestro Señor mismo da prueba de su origen divino por medio de sus obras: “Aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn. 10:38). Lo mismo sucede con nuestras obras: Son evidencia sensible de que estamos en Cristo y Cristo en nosotros.

Las gracias no siempre se evidencian en sentir, sino en dar fruto, los efectos no se pueden esconder. Son señales y evidencias a Dios mismo. El Señor las considerará como marcas y evidencias de su pueblo… él producirá obras, a fin de que la fe de sus escogidos sea para alabanza y honra. No que Dios quiera evidencias de nuestra sinceridad, sino que quiere que todo el mundo sepa que no hemos sido estériles. El hombre que sabe que será interrogado se prepara para dar respuestas y daría mucho por saber las preguntas de antemano. Cristo nos ha dicho cuáles son las preguntas con las que seremos examinados y juzgados el Día del Juicio. Dirá: “¿Has alimentado y vestido a mi pueblo? ¿Has satisfecho sus necesidades? ¿Lo has consolado con amonestaciones y
exhortaciones espirituales? ¿Has sido bueno, santo y justo?” (ver Mt. 25:31-46). Por lo tanto, ocupémonos de poder dar una respuesta que no nos avergüence en el Día Final. Este celo de buenas obras ocupa el lugar de un testigo: Ante Dios, como la regla y medida de su proceso; a nosotros, como una razón de nuestra seguridad y al mundo como la gran vindicación del honor de la fe que profesamos.

Es el fruto de la muerte de Cristo… Es indudable que Dios no ha invertido todo este costo y trabajo para nada. No se propuso enviar a Cristo al mundo y Jesucristo no se entregó a sí mismo sin ningún propósito en mente, sino para hacer arder en nosotros el fuego de una gran piedad. Los que viven en un nivel bajo de santidad son una afrenta y deshonran todos los designios del evangelio. No muestran conciencia del amor de Dios a Cristo ni el amor de Cristo al darse a sí mismo. Nuestra redención se cumplió, no sólo para nuestro beneficio, sino también para que pudiéramos cumplir nuestros deberes en el nivel más elevado de piedad.

En parte, Cristo también nos dio el don del Espíritu, a fin de capacitarnos para buenas obras, sí, para que seamos celosos de ellas: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Ti. 3:5, 6). Ahora el Espíritu mora en nuestro corazón para impulsarnos a practicar nuestros dones. “El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Jn. 4:14). Así lo afirma Juan 7:38-39, “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él”. El Espíritu no es una fuente tapada, sino que sigue fluyendo. ¡El Espíritu de Dios es un Espíritu todopoderoso y penetra en el alma, no sólo como una brisa suave, sino como un fuerte viento! Viene, no sólo en la forma de paloma, sino como lenguas de fuego repartidas (Hch. 2). Viene como un Espíritu de poder para avivar y dar vida al alma elevándola a grandes alturas y dándole fervor por la obediencia.

Consideremos lo siguiente: Así como el hombre bajo la influencia de Satanás (el espíritu inmundo) es malo y es llevado como manada de cerdos al mar, el que es influenciado por el Espíritu de Dios es llevado con gran intensidad por el camino de Dios. El diablo no tiene las ventajas sobre sus instrumentos como las tiene el Espíritu de Dios sobre nosotros. El diablo obra y se manifiesta en todos los hijos de desobediencia: Es “el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Ef. 2:2), pero el diablo no puede obrar más que con el consentimiento del hombre, ni puede hacerlo de inmediato en el alma, sino en los sentidos y en su ilusoria imaginación; en cambio, Dios puede obrar inmediatamente en aquellos sobre los cuales tiene dominio. Por lo tanto, siendo influenciados por él, por fuerza son celosos y dedicados, porque el Espíritu de Dios no se mueve “en cámara lenta”… Cuando
el Espíritu manifiesta su poder en el alma, los que tienen el Espíritu Santo no lo toman a la ligera, como lo hacen los hombres carnales, sino en serio. No juegan con la fe cristiana, sino que hacen de ella su misión más importante para asombrar al cielo y tener una comunión constante con Dios: “El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt. 11:12).

Continuará …

Tomado del Sermón 22 en “Sermons upon Titus 2:11-14” en The Complete Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista. James Ussher lo llamó “uno de los mejores predicadores en Inglaterra”. Nombrado como una de los tres secretarios de la Asamblea de Westminster. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.

Satanás echado fuera

Hubo un tiempo en que el término demonología solo se escuchaba en reuniones misioneras y seminarios teológicos. Pero desde la última parte del siglo XX, Satanás y lo oculto se han convertido en cuestiones de interés casi general. Este interés ha despertado nuevos peligros. Mientras que antes la influencia de Satanás se rechazaba comúnmente, ahora su poder se exagera a menudo, y los fenómenos demoníacos —reales o supuestos— se interpretan sin tener en cuenta el testimonio de Cristo de que el diablo «es un engañador».

Es, pues, la convicción del autor que es preciso algo mucho más importante que el mero comentario acerca de lo demoníaco en el panorama contemporáneo. La necesidad básica es una afirmación de principios escriturarios claros y fundamentalmente aquellos que demuestran la verdadera posición de impotencia de Satanás ante Dios y el Señor Jesucristo. El cristiano vence a Satanás conociendo y creyendo la Verdad.

Este estudio bien documentado y escrito con claridad por Frederick S. Leahy, pastor y también profesor de teología sistemática y ética cristiana en la Iglesia Reformada Presbiteriana de Irlanda, se originó por necesidades prácticas surgidas en la experiencia de los misioneros de su denominación en la obra en el extranjero. Haciendo mucho hincapié en la Escritura y en el Espíritu Santo y su obra, ofrece una auténtica guía a los cristianos así como advertencias contra un enfoque de esta cuestión desde la perspectiva de la teología liberal o de un subjetivismo malsano que incurre en lo sensacionalista.

El material presentado en este libro se reunió en gran medida como respuesta a una necesidad práctica en el campo misionero extranjero. En colaboración con el Comité de la Misión en el Extranjero de la Iglesia Reformada Presbiteriana de Irlanda, acordé llevar a cabo un estudio específico de la cuestión de la demonología con visos de guiar a los misioneros que son confrontados a menudo por el fenómeno de la posesión demoníaca. Sin lugar a dudas, sucede que en la actualidad hay testimonios del mismo fenómeno siniestro en muchos lugares del mundo.

En los colegios bíblicos, la demonología solo se debate de una manera muy general. Sencillamente no hay tiempo para estudiar la cuestión a fondo. Como consecuencia de ello, hay mucha vaguedad —y en ocasión errores— desde el púlpito protestante al mencionar a Satanás y los demonios. No se ha escrito nada de valor sobre la cuestión desde una perspectiva reformada desde que John L. Nevius, un misionero presbiteriano destacado en China, escribiera su Demon Possession and Allied Themes (La posesión demoníaca y cuestiones afines) en 1894. Ha habido un goteo constante de literatura dispensacionalista al respecto, y en los últimos años se ha publicado una serie de libros de escritores evangélicos. En su mayor parte son superficiales en el tratamiento de la cuestión. Algunos de ellos contienen aseveraciones infundadas y disparatadas, y unos pocos son de lectura realmente peligrosa para los incautos. Los editores han intuido un mercado para semejantes libros, y en unos tiempos en que tanto oímos hablar de percepción extrasensorial, tablas ouija, brujas, exorcismos y cosas semejantes, se ha dado una tendencia a generar libros acerca de lo oculto, los espíritus y la posesión demoníaca que prestan escasa atención a la evidencia bíblica, caen en el sen-sacionalismo y a menudo llegan a conclusiones sin base alguna.

Existe la clamorosa necesidad de un examen de todo este asunto a la luz de la Sola Escritura, teniendo en mente que las Escrituras son nuestra única regla de fe y práctica. Nos concierne confesar lo que nos ha sido revelado en la Escritura y no lo que es en parte el resultado de la deducción lógica y en parte de nuestra opinión subjetiva. Se deben estudiar todos los informes y detalles relacionados con la actividad satánica y la posesión demoníaca, pero se deben interpretar a la luz de la Escritura y no utilizar como base para unas conclusiones o influir en la interpretación de la Escritura.

Las conclusiones basadas en una serie de «casos» y reforzadas por textos bíblicos específicos se derivan de un método utilizado demasiado a menudo en recientes libros populares sobre demonología y cuestiones afines y deben rechazarse. Algunos evangélicos que han escrito acerca de la demonología no se han detenido a examinar su método y han perdido de vista el hecho de que «el Juez Supremo, por quien deben decidirse todas las controversias religiosas, y todos los decretos de concilios, opiniones de antiguos autores, y doctrinas de hombres y espíritus individuales deben ser examinados, y en cuya sentencia debemos descansar, no es otro que el Espíritu Santo, que habla en la Escritura» (Confesión de fe de Westminster, I, 10). En consecuencia han sido engañados por las afirmaciones de la parapsicología en sus muchas manifestaciones, incluyendo la psicometría, la clarividencia y la precognición. Es así como hemos asistido al debate de la profecía bíblica en términos de precognición («segunda visión»). Se alega que Jeremías dictó parte de la profecía (el capítulo 36) que había recibido a lo largo de un período de veinte años, y que después de ser destruida la reprodujo por medio de psicometría (la utilización de un objeto a efectos de adivinación o recuerdo). Y el Día del Juicio se ha descrito en términos de retrocognición (la capacidad para viajar hacia atrás en el tiempo). ¡Todo esto y mucho más ha provenido de las plumas de escritores evangélicos, resultando en un deprimente y peligroso potpurrí de Escritura, parapsicología e investigaciones psíquicas». Esto no es «[usar] bien de la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15). «La regla infalible de interpretación de la Escritura es la propia Escritura» (Confesión de Fe,
I, 9), ¡no la Escritura leída a través de los ojos de Freud, Adler y Jung!

El Dr. Nevius tiene dos valiosos capítulos que tratan la evidencia bíblica, dedicando el resto del libro al examen y refu-tación de otras teorías o explicaciones del fenómeno de la posesión demoníaca, tales como las teorías patológicas y psicológicas, y a la consideración de un vasto número de testimonios de misioneros en China, India, Japón y otras áreas. Si bien lo último es interesante y necesario, solo sirve para recalcar la necesidad de un estudio en profundidad de esta cuestión en el marco de la Santa Escritura.

Si bien debemos intentar evaluar el actual avivamiento del interés en el fenómeno de lo oculto y demoníaco, necesitamos recordar que los principales esfuerzos de Satanás se dan en el terreno de la creencia y la moral. Ese es el principal campo de batalla. Y el dominio del adversario sobre los no regenerados en ningún modo depende del demonismo y el ocultismo, tal como se entienden estos términos popularmente.

Indice
Introducción

  1. Ángeles: buenos y malos
  2. La posición actual de Satanás
  3. La estrategia del enemigo
  4. Nuestro adversario el diablo
  5. El testimonio de la actividad demoníaca en el Antiguo Testamento
  6. El testimonio de la actividad demoníaca en el Nuevo Testamento
  7. Cristo y los demonios
  8. La actividad demoníaca desde los tiempos del Nuevo Testamento
  9. La posesión demoníaca y la autoridad de la Escritura
  10. Cristianismo y ocultismo
  11. El desafío de los demonios a la Iglesia de Cristo
    Epílogo
    Apéndices

*176 pp. Rústica .´2002

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¡¡Ora por el Poder del Dios Viviente!!

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos1​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.