Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 5

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7. Relaciones Matrimoniales

Es bien conocido el hecho de que ambos contrajeron nupcias, a esto debemos agregar que se casaron a edades más o menos avanzadas para los estándares de su época, en pleno desarrollo de su ministerios y que para ambos fue un motivo de gratitud a Dios por la gran ayuda y apoyo que encontraron en sus esposas.

Se cuenta que Lutero tardó muchos años en decidirse a contraer matrimonio, y no porque le fuese difícil encontrar una mujer a su gusto, sino quizás porque el fraile o el espíritu monacal seguía viviendo dentro de él aun después de haber abandonado la Iglesia y quemado públicamente todas las leyes canónicas. En mayo o a principios de junio de 1525 se conoció en el círculo íntimo de Lutero su intención de casarse con Catalina. Cuando le faltaban cinco meses para cumplir los cuarenta y dos años, optó por el casamiento. Para evitar cualquier objeción por parte de sus amigos, actuó rápidamente: en la mañana del martes 13 de junio de 1525 se casó legalmente con Catalina, a quien afectuosamente llamaba “Katy”. En las “Charlas de Sobremesa” comenta el mismo Lutero sobre el proceso:

Hablaba el doctor Martín de su compromiso matrimonial y decía: Si hace trece años me hubiera decidido a casarme, habría tomado por esposa a Ave Schónfeldin, que ahora lo es del doctor Basilio, médico en Prusia. No estaba en aquel entonces enamorado de mi Kethe, porque me daba la sensación de ser orgullosa y engreída. Plugo a Dios que me apiadase de ella, y gracias a él, la cosa ha salido bien, porque tengo una mujer piadosa y fiel, en la que puede descansar el corazón del marido, como dice Salomón[1]

Una señal de la alegría que su matrimonio le brindaba se dió cuando en 1526 Lucas Cranach hizo el retrato de Catalina de Bora, su marido Martín lo colgó en la pared del comedor, donde continuamente lo contemplaba lo cual confirmó con las siguientes declaraciones:

Me ha tocado un felicísimo matrimonio por la gracia de Dios. Tengo una mujer fiel, según las palabras de Salomón: Confidit in eam cor viri sui. Ella no me traiciona. ¡Ah, Señor Dios mío! El matrimonio no es una cosa puramente material y física, sino que es un don de Dios, una vida dulcísima; más aún, castísima por encima de todo celibato. Pero, cuando cae mal, es un infierno”

En el caso de Calvino podemos notar varias coincidencias. El 19 de mayo de 1539, Calvino escribiendo a Farel comenta lo siguiente sobre su visión respecto a las relaciones amorosas:

No me considero uno de esos locos enamoradizos que lo olvidan todo cuando ven una cara bonita… la única hermosura que me llama la atención es una mujer que sea amable, casta, sencilla, buena ama de casa, paciente y que se ocupe exclusivamente a atender a su marido[3]

En 1539, a sus 30 años, y luego de rechazar a varias candidatas Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Sobre su matrimonio uno de sus discípulos,  Teodoro Beza nos cuenta lo siguiente:

Todavía no ha nacido el hombre que pudiera atreverse a inculparlo de aquello que se habló [acusaciones de inmoralidad]… Él vivió nueve años en intachable matrimonio. Luego del fallecimiento de su esposa vivió 16 años en viudez hasta su muerte… ¿Quién podría ser un enemigo más firme de toda forma de adulterio que él? Es cierto que en este respecto el Señor lo puso a prueba duramente, a saber, en las personas que estuvieron cerca suyo[4]

 8. Tragedias Familiares

Así como la alegría de la amistad y la calidez de la vida familiar visitó a los reformadores también lo hicieron las tragedias en sus núcleos familiares, como lo pudimos adelantar a partir de la cita anterior. Estas tragedias tuvieron un profundo impacto en las vidas de ambos.

 Los Lutero tuvieron tres hijos y tres hijas, su crianza no estuvo exenta de preocupaciones debido a las varias plagas que amenazaron su salud y lamentablemente dos de sus hijas fallecieron a temprana edad:

  • Johannes[5] Vivió 49 años y durante su infancia sufrió los efectos de la peste según lo que su mismo padre relata: “Mi Hánschen[6] hace ya ocho días que está enfermo con un mal incierto, que yo sospecho que es el que nos azota, aunque crean y digan que es debido a la dentición. No ha fallecido nadie en los dos últimos días después que murió la mujer del capellán. Quiera Cristo que la peste esté ya acabándose[7]
  • Elizabeth[8]. Su temprana muerte a los ocho meses de edad afectó mucho a su padre: “Ha fallecido mi hija Isabelita. Ha dejado mi corazón enfermo, como el de una mujer, que hasta tal punto me ha herido el dolor. Nunca hubiera sospechado antes cómo ablandan los hijos el corazón de los padres. Ruega a Dios por mí y quédate con él[9].
  • Magdalena[10]: La tragedia vuelve a la casa de los Lutero pues a los 13 años la segunda hija muerte en los brazos de su padre, este episodio fue muy duro para sus padres. Escribe Lutero:

Me imagino que habrá llegado a tus oídos la noticia de que mi queridísima Magdalena ha renacido para el reino eterno de Cristo. Es cierto que tanto yo como mi mujer deberíamos estar agradecidos y contentos por este feliz tránsito y por el fin bienaventurado que la ha puesto a salvo del poder de la carne, del mundo, del turco y del diablo; pero es tan grande la fuerza de la ternura, que no podemos librarnos de los sollozos, de los gemidos y de una sensación como de muerte. Están tan fijos aún en lo hondo del corazón el semblante, las palabras, los gestos de esta hija tan respetuosa y obediente, mientras vivía y agonizaba, que ni siquiera el pensar en la muerte de Cristo (en cuya comparación nada significan las demás) puede borrar esta impresión[11].

  • Luego nacieron: Martín[12]; Paul[13] y Margaretha[14], de los cuales sólo Paul vivió una vida más longeva de 60 años, sus hermanos fallecieron relativamente jóvenes.

En la casa de los Calvino, la conformación familiar desde un inicio fue diferente pues Idelette de Bure, la esposa de Calvino, tenía un hijo de su primer matrimonio (cuyo nombre se desconoce) y una hija llamada Judith. Calvino se preocupó de la hija como su verdadero padre, el hijo mayor de Idelette se había quedado en Alemania, sin embargo, gracias a los esfuerzos de Calvino logró llevarlo a Ginebra.

El único hijo en común de la pareja, Jacques, sólo vivió unos pocos días. Desde su nacimiento y muerte en agosto en 1542, la salud de Idelette se vio afectada y no pudo volver a recuperarse por completo de los problemas de salud que le acarreó el alumbramiento. Calvino aceptó la muerte de su hijo como expresión de la voluntad de Dios: “El Señor me dio un hijo, pero pronto se lo llevó. Se reconoce esto entre mis desgracias, que no tenga hijos. Tengo miríadas de hijos a lo largo del mundo cristiano[15]”.

Pero Idelette sufrió una serie de enfermedades y murió siete en el año 1549 de una “enfermedad del sueño”[16]. Este hecho está documentado brevemente en correspondencia que Calvino mantuvo con Pierre Viret y Jean Sturm en aquel año[17]. Luego del fallecimiento de su querida esposa, Calvino se volcó de lleno en el trabajo para olvidar el dolor de esta pérdida. Él mismo señaló que:

Perdí la mejor compañera de vida, una persona que de haber llegado a tal punto no sólo me habría acompañado gustosamente en el exilio y la pobreza, sino hasta la muerte. Mientras vivía fue una fiel ayudante en mi ministerio, jamás me importunó con sus problemas, nunca temió o se preocupó de sí misma

A pesar de su profundo dolor, reflexionando sobre los sufrimientos Calvino comenta:

El apóstol declara que Dios tiene destinado este fin a Sus hijos: que sean conformados con Cristo. De este hecho surge una singular consolación que consiste en que, soportando toda suerte de desdichas y desventuras a las que nosotros llamamos adversidad y mal, participamos en la cruz de Cristo… Cuanto más nos sintamos afligidos por la miseria, más es confirmada nuestra aproximación con Cristo[19].

[1] Martín Lutero “Charlas de Sobremesa” Pág. 6

[2] Ricardo García-villoslada “Martin Lutero el fraile Hambriento de Dios” Biblioteca Autores Cristianos, Pág. 175

[3] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 7 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[4] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 2 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[5] Nacimiento: el 7 de junio de 1526; Fallecimiento: 1575

[6] Hánschen, el hijo mayor de Lutero (ver carta 33).

[7] Cartas de Lutero, 1527, lunes después de todos los santos, Pág. 45

[8] Nacida el 10 de diciembre de 1527, murió prematuramente el 3 de agosto de 1528.

[9] Cartas de Lutero, Wittenberg, 5 agosto 1528.Pág. 48

[10] Magdalena Luther, nacida en 4 mayo 1529 y muerta el 20 septiembre del 1542.

[11] Cartas de Lutero, Al preclarísimo señor Justus Jonas, Sábado después de Mateo, 1542, Pág. 65

[12] Martín hijo, nacido el 9 de noviembre de 1531, estudió Teología pero nunca tuvo un llamado pastoral regular antes de su muerte en 1565.

[13] Paul, nacido el 28 de enero de 1533, fue médico, padre de seis hijos y murió el 8 de marzo de 1593 [60 años], continuando la línea masculina de la familia de Lutero mediante Juan Ernesto, que se extinguiría en 1759.

[14] Margaretha, nacida el 17 de diciembre de 1534, casada con el noble prusiano George von Kunheim, pero falleció en 1570 a la edad de 36 años; es el único linaje de Lutero que se mantiene hasta la actualidad.

[15] Chapman, William. “Idelette de Calvino”.  (1884). En: http://www.contra-mundum.org/castellano/chapman/Idelette.pdf

[16] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 8 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[17] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 2 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[18] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 9 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[19] Juan Calvino, “Institución de la Religión Cristiana”, Tomo III, viii, 1

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

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Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 2

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.- Como ya lo hemos repetido en varias ocasiones con Martín Lutero comienza el proceso de Reforma. Ahora bien, este comienzo no fue fácil, sabido es que él tuvo que comparecer dos veces antes las llamadas Dietas (Worms 1521 y Spira 1529).

En este punto definir los conceptos es fundamental, cuando decimos “Dieta” evidentemente no nos referimos a la acepción contemporánea relacionada con la alimentación, la definición para este proceso quiere decir que se convocó a una asamblea de todas las autoridades del imperio. Nótese, todas las autoridades del Imperio, es decir el Sacro Imperio Romano.

A la cabeza de ese imperio se encontraba Carlos V, también conocido como Carlos I de España. Él reinó junto con su madre (esta última de forma solamente nominal) en todos los reinos y territorios hispánicos con el nombre de Carlos I desde 1516 a hasta 1556, reuniendo así por primera vez en una misma persona las Coronas de Castilla (el Reino de Navarra inclusive) y Aragón por su ascendencia heredó el patrimonio los territorios austriacos, Castilla, Navarra, las Indias, Nápoles, Sicilia y Aragón. Su hijo Felipe hereda aquellos territorios y anexiona otros, de allí que declaró “En mi imperio nunca se pone el sol” ¡Porque era cierto![1]

Entonces, poniendo el asunto en perspectiva Lutero debió comparecer ante la persona más poderosa del mundo de aquel entonces, y en esa comparecencia no se amedrentó, expuso sus argumentos y lamentablemente, no logró convencer al Emperador de su postura en cambio, hizo una declaración de lealtad y fidelidad a los principios de la Iglesia católica. A partir de entonces, la dinastía de los Habsburgo se convertirá en la primera defensora de la Iglesia católica contra los protestantes. Como los Habsburgo eran también reyes de España, la defensa del catolicismo se convertiría en una de las bases de la identidad española, durante siglos.

La experiencia de Calvino es bastante diferente: Calvino empezó a exponer sus ideas en París, pero como Francia era católica tuvo que huir del Reino y refugiarse en el extranjero. Ya empezaba a ser conocido entre los protestantes europeos como un hombre firme y enérgico, un gran teólogo y un buen organizador que sabía dirigir a los hombres, y por esta razón fue llamado por los protestantes de Ginebra, allí tuvo diferencias con las autoridades locales hasta que lograron llegar a un equilibrio. Vemos que en la trayectoria del reformador francés hubo desacuerdos con la autoridad política aunque no fue con la tremenda intensidad que le tocó a Lutero.

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Similitudes.

Como señalábamos al principio, se puede caer en la tentación de disociar el proceso de Reforma de sus grandes impulsores como así también acentuar sus diferencias, bastante evidentes, por sobre sus puntos de encuentro los cuales pasamos a comentar a continuación.

1) Estudiantes y conocedores del Derecho.

Lutero procedía de una familia de campesinos y, por tanto, en sus orígenes perteneció al pueblo llano. Sus padres estaban de tránsito en Eisleben cuando nació, su casa natal fue pasto de las llamas en 1689. Hans Lutero, su padre, se trasladó a la región minera de Mansfeld, donde trabajó en una mina de cobre. Con el tiempo prosperó, dirigió su propio negocio y la familia pudo librarse de las penurias económicas.

Sus primeros estudios los hizo en las escuelas de Magdeburgo y Eisenach. Luego se incorporaria a la Universidad de Erfurt, donde obtuvo una licenciatura en artes (1502) y en Filosofía en 1505. Cuando era un prometedor estudiante de Derecho en la Universidad de Erfurt, pero un incidente cambió su vida de forma drástica. Regresaba de una visita a casa de sus padres en Mansfeld cuando se vio sorprendido por una tormenta eléctrica. Un rayo cayó cerca de él y, aterrorizado, prometió a santa Ana que se haría monje si lo libraba del peligro. Pocos días después cumplió su promesa e ingresó en el monasterio agustino de Erfurt. Cumpliendo con su promesa entró al convento de los Agustinos en Erfurt en el 17 de julio 1505 contra la voluntad de su padre. Este convento era conocido por ser muy estricto. Siguiendo las reglas del orden Lutero trataba de tener una conducta impecable. Conocidas son sus luchas por alcanzar la santidad y paz con Dios. Hasta que en el contexto de sus cátedras en Wittemberg, estudió los textos bíblicos más profundo y hizo lecturas, especialmente sobre los Salmos, la carta a los Romanos y la carta a los Gálatas que le condujeron al redescubrimiento de la justificación por la fe y gracia divina, lo cual le llevó a pronunciarse sobre la controversial venta de indulgencias a través de sus la publicación de sus 95 Tesis, que serían el inicio de la Reforma Protestante.

Lutero se preocupó por definir el comportamiento del cristiano en su vida temporal, tocando temas como la familia, el trabajo, la economía, las ciencias, las artes o la política. En general, creía que la fe del cristiano debía hacerse explícita en las obras de la vida civil, y que el cristiano debía realizar su trabajo para servir al prójimo y glorificar a Dios. Se dice que a Lutero no le interesaba especialmente el mundo de la política, pero tuvo que reflexionar sobre él con motivo de los disturbios que agitaron Alemania entre 1523 y 1525, y cuando los príncipes protestantes se enfrentaron al emperador[2], aunque no fueron los únicos escritos del reformador en esa materia y de hecho, su pensamiento político sigue siendo estudiado por expertos hasta el presente[3].

Calvino, cuyo nombre francés era Jean Cauvin o Calvin, nació en Noyon, localidad de la Picardía, en el norte de Francia, el 10 de julio de 1509. Hijo del secretario del obispado de su ciudad natal, se formó para el sacerdocio en el Collège de la Marche y en el Collège de Montaigue, reputados centros donde estudiaron otros personajes contemporáneos importantes como Erasmo de Rotterdam[4].

Como su padre quería que Calvino se dedicase al Derecho en lugar de a la Teología, ingresó también en las universidades de Orléans y Bourgues, donde tuvo como maestros a importantes pensadores de la época. En 1532, Calvino evidenció sus sólidos conocimientos de latín e historia con su edición del tratado de Séneca De clementia (Sobre la clemencia).  Su asociación con Cop, que acababa de ser elegido rector de la Universidad de París, obligó a ambos a huir cuando Cop anunció su apoyo en 1535 a Martin Lutero. En 1536 publicó la primera edición de su Christianae Religionis Institutio (Institución de la Religión Cristiana), y en ese mismo año visita Ginebra donde desarrollará una extensa y fundamental labor, la cual incluyó también el desarrollo de la teoría política de Calvino (que incluye una distinción entre iglesia y estado, controles y balances en el poder, y la sumisión ciudadana al estado, y la responsabilidad del estado frente a Dios)[5].

2) Legado y Referencias a Augustín de Hipona.

Ciertamente ambos teólogos son deudores de la obra de Agustín de Hipona (354 – 430 d.C.). En el caso de Lutero el vínculo es más que evidente pues él militó en la orden religiosa que seguía su legado y en las Charlas de sobremesa aparece esta declaración: “No conozco a ninguno de nuestros doctores (salvo, quizá, a Brenz y Justo Menio) que pueda compararse en ingenio con Agustín)[7].

[1] En su reinado nunca se ponía el sol, porque cuando se ocultaba por el oeste ya había vuelto a salir por el este. Como el Imperio Español estaba extendido en ambos Hemisferios: Este y Oeste, el movimiento de la Tierra alrededor del Sol provocaba ese fenómeno. Los dominios de Felipe II, al momento de heredarlos de su padre Carlos V, eran: tierras europeas, africanas, americanas, oceánicas y asiáticas, a saber: Europa: Toda la Península Ibérica, Italia: Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Milanesado, Países Bajos: Holanda y Bélgica, Franco Condado. áfrica: Orán, Bujía, Túnez, Melilla, Islas Canarias. Insulindia: las islas Filipinas. Oceanía: varios archipiélagos de la Micronesia. América: Desde México hasta el Paraguay y el Plata.
[2] Antonio Carrasco Rodríguez, “La Reforma Lutero y Calvino” en http://blogs.ua.es/ideaspoliticas/la-reforma-lutero-y-calvino/
[3] Para profundizar más: Javier Simiele  “Lutero y la política” Enfoques vol.22 no.1 Libertador San Martín otoño 2010 en http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1669-27212010000100006; Marco A. Huesbe Llanos “La Propuesta Política de Matín Lutero a través de su doctrina de los dos reinos” Rev. estud. hist.-juríd.  n.22 Valparaíso  2000, en http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-54552000002200016.
[4] “Biografía de Juan Calvino” en https://redhistoria.com/biografia-de-juan-calvino/
[5] G. Jose Gatis, “La Teoria Politica de Juan Calvino”, http://thirdmill.org/files/spanish/94976~3_9_01_1-28-27_PM~sCalvinsPolitics.html
[6] Lutero, “Charlas de Sobremesa” Pág. 17
[7] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A.,Barcelona, 1988, Pág. 20

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

Perdón para el más grande pecador

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Por amor de tu nombre, oh Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande (Salmo 25:11).

Doctrina: Si de verdad nos acercamos a Dios pidiendo misericordia, lo inmenso de nuestro pecado no será un impedimento para que nos perdone…

Esto es lo que necesitamos a fin de poder acercarnos a Dios pidiendo misericordia:
Necesitamos ver nuestra desdicha a fin de ser sensibles a nuestra necesidad de misericordia. Los que no tienen conciencia de su desdicha no pueden acudir a Dios en busca de misericordia, porque es justamente la noción de la misericordia divina lo que constituye la bondad y gracia de Dios hacia el desdichado. Sin la desdicha en la ecuación, no se puede ejercer misericordia. Es una contradicción querer misericordia sin sentir
desdicha, o comprensión sin tener una calamidad. Por lo tanto, los hombres no pueden considerarse objetos adecuados de misericordia, a menos que tengan primero conciencia de que son desdichados. Así que, a menos que éste sea el caso, es imposible que acudan a Dios en busca de misericordia.

Jonathan Edwards 2

Tienen que ser sensibles al hecho de que son hijos de ira, que la Ley está en su contra y que están expuestos a su maldición: que la ira de Dios mora en ellos y que él está disgustado con ellos cada día que están bajo la culpa del pecado. Tienen que ser sensibles al hecho de que es cosa terrible ser el objeto de la ira de Dios, que es cosa terrible tenerlo como enemigo, y tienen que saber que no pueden sobrevivir su ira. Tienen que ser sensibles a que la culpa del pecado los convierte en criaturas desdichadas, sean cuales sean los placeres temporales que tienen; que no pueden ser más que criaturas desdichadas, arruinadas, en tanto Dios está disgustado con ellos; que no tienen fuerza y deben perecer, y esto, eternamente, a menos que Dios los ayude. Tienen que ver que su caso es totalmente desesperante, que no hay nada que nadie puede hacer por ellos; que están al borde del foso de la desdicha eterna; y que tendrán que caer en él, si Dios no tiene misericordia de ellos…

1. La misericordia de Dios es suficiente para perdonar los pecados más grandes, así como lo es para perdonar los más pequeños, porque su misericordia es infinita. Lo que es infinito es tan superior a lo que es grande como lo es a lo que es pequeño. Entonces, siendo Dios infinitamente grande es superior a los reyes, así como lo es a los mendigos. Es superior al ángel principal, así como lo es al gusano más inferior. Una medida de lo infinito no depende de la distancia entre lo infinito y lo que no lo es. Por lo tanto, siendo la misericordia de Dios infinita, es tan suficiente para perdonar todo pecado, así como lo es para perdonar uno solo…

Jonathan Edwards 3

2. Lo que Cristo pagó por el pecado es suficiente para quitar la culpabilidad más grande, así como lo es para quitar la más pequeña. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). “De todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hech. 13:39). Todos los pecados de
quienes verdaderamente se acercan a Dios para pedir misericordia, sean los que sean, han sido saldados si Dios, quien lo dice, no miente. Y si la pena de todos ha sido saldada, es fácil creer que Dios está listo para perdonarla. De modo que Cristo, habiendo satisfecho plenamente el castigo de todos los pecados, y habiendo hecho un pago que es apto para todos, no desmerece la gloria de los atributos divinos perdonar los pecados
más grandes de aquellos que de una manera correcta acuden a él pidiendo perdón. Dios puede ahora perdonar a los pecadores más grandes sin menoscabar el honor de su santidad. La santidad de Dios no lo deja pasar por alto el pecado, sino que lo lleva a dar testimonios claros de su aborrecimiento por él. Porque Cristo satisfizo el castigo por el pecado, Dios puede ahora amar al pecador y no tener en cuenta para nada su pecado, no importa lo grande que haya sido. El hecho que descargó su ira en su propio Hijo amado cuando éste tomó sobre sí la culpa del pecado es testimonio suficiente de cuánto aborrece Dios al pecado. No hay nada mejor que esto para mostrar el odio que Dios siente por el pecado…

Dios puede, por medio de Cristo, perdonar al más grande pecador sin menoscabar el honor de su majestad. El honor de la majestad divina ciertamente requiere ser satisfecho, pero los sufrimientos de Cristo reparan plenamente el agravio. Aunque la ofensa sea muy grande, si una persona tan honorable como Cristo asume la función de Mediador del que cometió la ofensa y sufre tanto por él, repara plenamente el agravio hecho a la Majestad del cielo y de la tierra. Los sufrimientos de Cristo satisfacen
plenamente su justicia. La justicia de Dios, como Soberano y Juez de la tierra, requiere que el pecado sea castigado. El Juez supremo tiene que juzgar al mundo de acuerdo con la ley de la justicia…

La Ley no es un impedimento para el perdón del pecado más grande, siempre y cuando el hombre realmente acuda a Dios pidiendo misericordia, porque Cristo, por medio de sus sufrimientos, ha cumplido la Ley, él cargó con la condena del pecado, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en su madero)” (Gál. 3:13).

Versiculo 159.jpg

3. Cristo no se negará a salvar a los más grandes pecadores, quienes de la manera correcta acuden a Dios pidiendo misericordia, porque esa es su obra. Es su deber ser el Salvador de los pecadores, pues es la obra por la que vino al mundo y, por lo tanto, no se opondrá a hacerlo. No vino a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento (Mat. 9:13). El pecado es justamente el mal que vino al mundo a remediar: por lo tanto,
no tendrá objeciones contra nadie porque sea muy pecador. Más pecador es, más necesita a Cristo. La pecaminosidad del hombre fue la razón por la que Cristo vino al mundo… El médico no se niega a sanar a alguien que acude a él porque tiene gran necesidad de su ayuda….

4. En esto consiste la gloria de la gracia por la redención de Cristo: en que es suficiente para perdonar a los más grandes pecadores. Todo el plan del camino de salvación es hacia este fin: glorificar la gracia de Dios. Desde toda la eternidad fue la intención de Dios glorificar este atributo; y por lo tanto es así que concibió el recurso de salvar al pecador a través de Cristo. La grandeza de la gracia divina se muestra claramente en esto: que Dios por medio de Cristo salva a los más grandes ofensores. Más grande la
culpa de cualquier pecador, más gloriosa y maravillosa es la gracia manifestada en su perdón: “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20)… El Redentor es glorificado, en el sentido que da prueba de ser suficiente para redimir a los que son excesivamente pecadores, en el sentido que su sangre prueba ser suficiente para limpiar
la culpa más grande, en que puede salvar al máximo y en que redime hasta de la desdicha más grande.

Es el honor de Cristo salvar a los más grandes pecadores cuando acuden a él, así como es un honor para el médico poder curar las enfermedades o heridas más desesperantes. Por lo tanto, no cabe duda de que Cristo estará dispuesto a salvar a los más grandes pecadores si acuden a él, porque no vacilará en glorificarse a sí mismo y de elogiar el valor y la virtud de su propia sangre. Siendo que se dio a sí mismo para redimir a
los pecadores, no le faltará disposición para mostrar que es capaz de redimir al máximo… Si tú no aceptas la suficiencia de Cristo para perdonarte, sin ninguna rectitud y justicia propia que te recomiende, nunca llegarás al punto de ser aceptado por él. La manera de ser aceptado es acudir—no por ningún aliento que te da el saber que has podido mejorar, o que eres más digno, y no tan indigno sino—por el mero aliento
de lo digno que es Cristo y lo misericordioso que es Dios.

De “Great Guilt No Obstacle to the Pardon of the Returning Sinner” (Una gran
culpa no es obstáculo al perdón del pecador que vuelve) en The Works of Jonathan
Edwards.

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Jonathan Edwards: (1703-1758) Predicador congregacionalista norteamericano usado
poderosamente por Dios durante el Gran Avivamiento. Nacido en East Windsor,
Colonia de Connecticut.

Las Mujeres de la Reforma: Catalina de Borbón (1559 – 1604). Isabel I (1553 – 1603).

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Las Mujeres de la Reforma: Catalina de Borbón (1559 – 1604). Isabel I (1553 – 1603).

 

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Catalina de Borbón (1559 – 1604)

Catalina de Borbón (París, 7 de febrero de 1559, Nancy, 13 de febrero de 1604), fue hija de la reina Juana de Navarra y Antonio de Borbón y nieta de Margarita de Navarra (Angulema, hermana del rey Francisco I de Francia). Su madre como y abuela fueron ejemplares en cultura y amor por su fe reformada.

Fue educada, junto con su hermano (el futuro rey de Francia), en un cristianismo consecuente; su madre había hecho profesión pública de fe calvinista la navidad de 1560. Durante 13 años fue preparada a través de la enseñanza en las artes y cultura, pero especialmente en el temor de Dios por los brazos protectores de su madre, y todo ello en medio de dificultades sin número (guerras de religión, persecuciones, traiciones, deserción religiosa y moral de su padre, etc.). El cristianismo que la madre de los hermanos trató de inculcar se resumía en dos conceptos: “Firmeza”, y “Hasta la muerte”. Catalina mantuvo su fe firme.

Sin embargo, no podemos decir lo mismo de su hermano el príncipe Enrique, pues su fe tenía una fuerte competencia ante la influencia de los valores de la educación y práctica política católica. De tal manera que ante la posibilidad de acceder al trono y siguiendo la máxima de “París bien vale una misa” que le propuso uno de sus consejeros[1], de esta manera aplicó la llamada razón de estado (es decir, la justificación, basada en la conveniencia política, que un gobierno o individuo aduce para actuar de una manera determinada) y renunció a la fe protestante a través de varios episodios de abjuraciones hasta el ritual final para ser coronado rey de Francia en 1594.

Cuando su hermano le propuso, bajo amenazas de negarle su protección, también la conveniencia de su conversión a la iglesia papal, Catalina le contestó: “Si me desamparáis, Dios nunca lo hará: esa es mi confianza. Prefiero ser la más miserable en la tierra, que dejarle por los hombres.” Siempre mostró gran respeto a su hermano, como hermano y como rey, pero sin negar el fundamento donde se encontraba para ella la fuente de toda autoridad y respeto: la fidelidad a la Escritura.

Un episodio trágico en la vida de Catalina fue cuando abjuró de su fe protestante en el contexto de la de su propio hermano en la masacre de la noche de San Bartolomé. En ese momento tenía 13 años (acababa de perder a su madre y estaba en un ambiente infernal en París), y así formalmente permaneció varios años. Pero luego se reafirmó en su calvinismo hasta su muerte. Cuando tuvo que vivir la renuncia de su hermano a la fe de su madre para ser coronado rey de Francia, ella se mantuvo fiel, y así lo refirió expresamente a Teodoro de Beza (del que solicitaba se orase por ella en tan difícil situación)

En 1577, a la edad de 18 años fue nombrada regente de sus territorios por su hermano allí  se dedicó en cuerpo y alma a la preservación de la obra religiosa y política que había iniciado su madre. No fue fácil, pues algunos sectores nunca admitieron de buen grado las reformas religiosas y políticas instauradas por Juana de Albret. Debió defender los derechos de esos territorios, especialmente del Bearne y del reino de Navarra, en el proceso de coronación de su hermano (Enrique III de Navarra y IV de Francia), que al final quedan excluidos de la anexión a Francia, conservando su autonomía y leyes propias.

Catalina fue la reconocida (aunque muy borrada de la memoria histórica) defensora de los derechos de los hugonotes en la corte, donde ganó para ellos batallas muy importantes, aunque sin el ruido de las armas en el campo abierto. Sin duda, es el pilar necesario para comprender incluso el edicto posterior de tolerancia de Nantes. Y a pesar de que solo fue regente de unos pequeños y problemáticos territorios, es toda una mujer de estado, pero sin seguir los patrones de la época. En este sentido es el contrapeso de la acción de su hermano. Catalina se puede considerar la propulsora de una política “laica”.

Como cristiana fiel era consciente de sus deberes y responsabilidades. Renunció por ello a sentimientos y gustos; no pudo casarse con quien amaba. Su hermano “la casó” en 1599 como pieza de un tratado político. Ella aceptó, pero con una sola condición: conservar la fe de su casa. Catalina escribió: “Oh Dios, tú has prometido, por tu bondad divina, ayudar a los afligidos que acuden a ti. Mi corazón está lleno de aflicción. Padre, consuélame, hazme sentir el efecto de tu favor divino. …. Mi pecado aborrezco. Perdóname, Señor, mira tu promesa y no mi error, en tu bondad espero, no en mi inocencia. …. Cuando hay que ir a escuchar tu palabra, mis pies se entumecen y van a paso lento, pero si hay que ir a las diversiones mundanas, en lugar de caminar, parece que vuelo. …. Pero recíbeme, Señor, de mirada dulce y propicia, pues reconozco mis pecados ante ti. Mira a tu amado Hijo, sacrificado por mí, quien tomando mis pecados, me reviste de su justicia[2]

[1] Enrique pudo ser rey protestante de Francia debido a sus victorias militares con el bando hugonote, pero la intervención final de Felipe II ordenando la colaboración de los tercios fue decisiva para que se produjera una situación de equilibrio, de la que finalmente no se percibió otra salida que la de su abjuración. La iglesia papal entendió su conversión como disimulo de razón de estado y lo consideró, en la práctica, enemigo..
[2] Emilio Monjo Bellido “Catalina de Borbón” Leer más: http://protestantedigital.com/magacin/11846/Catalina_de_Borbon Traducción en formato libre] (R. Ritter: Lettres et poésies de Catherine de Bourbon (1570-1605). Paris, Champion, 1927)

 

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Isabel I (1553 – 1603)

En inglés, Elizabeth I, a menudo referida como La Reina Virgen, Gloriana o La Buena Reina Bess (Greenwich, 7 de septiembre de 1533-Richmond, 24 de marzo de 1603) fue reina de Inglaterra e Irlanda desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el día de su muerte. Isabel fue la quinta y última monarca de la Dinastía Tudor.

Hija de Enrique VIII, nació como princesa, pero su madre, Ana Bolena, fue ejecutada cuando ella tenía tres años, con lo que Isabel fue declarada hija ilegítima. Sin embargo, tras la muerte de sus hermanos Eduardo VI y María I, Isabel asumió el trono.

El reinado de la reina Isabel I de Inglaterra fue uno de los más largos y determinantes de la historia de su país. Llegó al poder después de ver cómo su madre era decapitada por orden de su propio padre y vivir unos años recluida y alejada del orden sucesorio. Pero el destino quiso que Isabel subiera al trono en 1558 y reinara sobre Inglaterra e Irlanda hasta su muerte, en 1603[1]. La reina estrechó lazos con Francia, se enfrentó a su rival María de Escocia y plantó cara al imperio de Felipe II. Una de las primeras medidas que tomó fue establecer una iglesia protestante independiente de Roma, que luego evolucionaría en la actual Iglesia de Inglaterra, de la que se convirtió en la máxima autoridad.

El principal objetivo de Isabel I al sentarse en el trono fue poner orden en la cuestión religiosa que venía sacudiendo el país desde tiempos de Enrique VIII. Su estrategia en este sentido consistió en el restablecimiento del anglicanismo como religión oficial.

A pesar de haber sido coronada según el rito romano, Isabel pronto evidenció su voluntad de continuar la política eclesiástica de su padre. En ello se dejó guiar por consideraciones puramente políticas: la reina deseaba ejercer la autoridad eclesiástica suprema, lo que al mismo tiempo la oponía a católicos y calvinistas. Actuando con gran prudencia, promulgó en 1559 el Acta de Supremacía que puso nuevamente en vigor las leyes religiosas de Enrique VIII y Eduardo VI, abolidas en tiempos de María Tudor. Una parte integral de la conciencia histórica protestante fue el martirio de los protestantes ingleses con la hija de Enrique VIII y hermanastra de Isabel, «María la sangrienta». El libro de los mórtires de Foxe (1563), que detallaba del modo más cruento este martirio, fue enormemente popular durante el periodo victoriano[2].

El edicto de 1559, aunque reforzaba el protestantismo y declaraba la celebración de la misa ilegal, era excepcionalmente tolerante con la población católica. Los católicos quedaron en principio exentos de la asistencia obligatoria a la iglesia parroquial a cambio del pago de una moderada contribución, y la celebración privada de su culto no fue perseguida excepto en los casos en que se sospechara traición a la monarquía.

El Acta de Uniformidad, votada ese mismo año por el Parlamento, restableció el Libro de la Plegaria Común de Eduardo VI eliminando las fórmulas que pudieran resultar más ofensivas para los católicos. Los obispos católicos nombrados durante el reinado de María I protestaron e Isabel respondió deponiéndolos a todos, quedando así renovada por completo la alta jerarquía eclesiástica del reino. Sin embargo, Isabel se cuidó de no verse superada por el fanatismo protestante. En 1563, cuando el Parlamento adoptó la profesión de fe de los Treinta y Nueve Artículos que rechazaba la transubstanciación y sólo admitía dos sacramentos, la reina decretó al mismo tiempo el mantenimiento de la jerarquía y la liturgia católicas.

Isabel tuvo que hacer frente a una doble oposición: la de los católicos, que se consideraron desligados de su deber de lealtad tras la excomunión de 1570 y que pusieron sus esperanzas en la católica reina de Escocia, María Estuardo, y la de los calvinistas presbiterianos, que rechazaban la jerarquía episcopal y cualquier vestigio de catolicismo dentro de la Iglesia reformada. Isabel recrudeció las medidas represivas contra la disidencia religiosa. La celebración de la misa católica fue prohibida por completo, así como los sínodos presbiterianos de los calvinistas, que ya por entonces comenzaban a conocerse como puritanos. En 1595 se hizo obligatoria, bajo pena de prisión, la asistencia al culto anglicano. Sin embargo, hubo muchas menos ejecuciones por motivos religiosos durante los veintiocho años del reinado isabelino que durante los cinco en que María Tudor se sentó en el trono. La obra religiosa de Isabel fue duradera: dio al anglicanismo su carácter definitivo y emprendió el camino hacia la convivencia de las distintas sectas religiosas[3].

Su reinado sentó las bases de un largo tiempo de hegemonía inglesa sobre los mares y amplios territorios de ultramar. También fueron años de gran esplendor en el mundo del arte y de la literatura, con Marlowe y Shakespeare como adalides de las letras inglesas. Solamente su extraña aversión al matrimonio y su empeño por ser recordada como la reina virgen exaltando su relación con su pueblo por encima de un solo hombre, hicieron de ella un personaje un tanto excéntrico y misterioso.

[1] María Tudor se convertía en María I el 1 de octubre de 1553. Durante su reinado, Inglaterra volvió al catolicismo y se vivieron tiempos convulsos en los que la nueva reina se ganó el triste apodo de María la Sanguinaria. Su matrimonio con su primo, Felipe II, tampoco fue del agrado de los ingleses quienes intentaron colocar a Isabel en el trono. La princesa terminó recluida en la Torre de Londres pero su hermana no consiguió que fuera alejada de la sucesión ni tampoco su conversión al catolicismo.
[2] http://www.victorianweb.org/espanol/religion/protestantheritage.html
[3] Isabel I Tudor, http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=isabel-i-tudor-reina-de-inglaterra

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Las mujeres de la reforma. Reformadas reformando hogares y reinos”)

Las Mujeres de la Reforma: Idelete de Bure (1509 – 1549). Margarita de Navarra (1492 – 1549).

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Mujeres Poderosas, unas más piadosas que otras

 

 

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Margarita de Navarra (1492 – 1549)

Margarita de Navarra, de Angulema o de Orléans (11 de abril de 1492-21 de diciembre de 1549), como también se le conoce. Margarita fue una poeta humanista reconocida, además de ser una persona de convicciones firmes, con todo y que se vio exigida por las costumbres de las cortes y fue capaz de superar la banalidad de su clase social

Ella quien dio cobijo a Calvino cuando huyó de la persecución en Francia. Se le dio el título de “primera ministra de los pobres”, a pesar de que era la reina de Navarra. Fue también una escritora creativa. En una época tan inmoral, cuando la corte francesa se deleitaba con la lectura de los cuentos del Decamerón, de Boccaccio, ella escribió el Heptamerón, en el que denunció a los clérigos inmorales, por lo que se arriesgó a ser asesinada su objetivo con la obra que escribió fue introducir la moralidad, el modelo bíblico para un público que no leía la Biblia. Al final de cada cuento puso un comentario y un versículo de la Biblia.

Sin duda, fue también una reformadora que luchó por la causa protestante. Ya que fue la primera mujer en desempeñar un papel activo en los esfuerzos del Círculo Evangélico de Meaux y en promover el estudio y la publicación en francés de las Escrituras traducidas del arameo, hebreo y griego, en busca del camino a la salvación personal mediante la biblia.

Por su creencia de que la salvación eterna podía ser recibida gracias a la sinceridad de la fe individual y del arrepentimiento sincero por los pecados más que de oraciones rutinarias, peregrinaciones, buenas obras o ritos religiosos fue rechazada por la Facultad de Teología de la Universidad de París y por los miembros de la corte que condenaron su proselitismo considerándolo peligroso para la estabilidad de la corona, sin embargo eso no fue obstáculo para tratar de crear en su reino un ambiente propicio para el movimiento protestante.

Sus acciones incluyeron dar refugio a reformadores perseguidos, solicitando y consiguiendo de su hermano Francisco I, Rey de Francia, el perdón y la cancelación de muchos procesos incluyendo del propio Calvino, más tarde en gratitud por este perdón Calvino dedicaría la Institución de la Religión Cristiana al Rey y siguó manteniendo frecuente correspondencia con Margarita. En su reino de Navarra, la cena se distribuía en sus dos partes, los sacerdotes podían casarse y llevaban ropa de calle, además de que el idioma para el culto no era el latín, sino el de la gente.

Cuando murió, el tributo más importante que se le ofreció fueron las lágrimas derramadas por su pueblo alrededor de su tumba.

 

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Idelete de Bure (1509 – 1549)

 “Ten siempre presente lo que busco hallar en ella; porque no soy yo uno de esos enamorados locos que abrazan incluso los vicios de sus amadas cuando pierden el juicio por la hermosa figura de una mujer. La única belleza que me satisface es esta: que ella sea casta, atenta, ni demasiado bonita ni fastidiosa, económica, paciente y cuidadosa de mi salud”.

Estos eran los requisitos que Juan Calvino buscaba en una esposa. Había permanecido soltero hasta la edad de 31 años, pero sus colegas reformadores William Farel y Martin Bucer le animaban a considerar la posibilidad del matrimonio por causa de su salud, de una casa en orden y de liberarse de esas preocupaciones para servir mejor a la iglesia. Incluso llegaron a ofrecerse para echarle una mano en el asunto, pero después de dos intentos fallidos, la cosa quedó en manos de la providencia.

En 1538 Calvino marchó al exilio desde Ginebra y fijó su residencia en la ciudad de Estrasburgo, en Alemania. Durante este período pastoreaba una congregación de refugiados franceses entre los cuales estaban John Stordeur, de la ciudad de Liege, y su esposa Idelette de Bure.

Idelette de Bure, fue su nombre de soltera, nació en Geldern, fue la única esposa de Juan Calvino. Idelette vivió bajo la sombra de la persecución tanto en casa como en el extranjero. El primer esposo de Idelette fue Jean Storder, pastor anabaptista de Lüttich con el que tuvo un hijo y una hija. El matrimonio Storder estaba fascinado con los sermones de Calvino y concordaba con sus doctrinas religiosas. Calvino se hizo amigo de la pareja y a menudo los visitaba en su casa en Estrasbugo. La peste asoló la ciudad llevándose la vida de Stordeur y dejando a su esposa viuda con dos niños. Aunque no se sabe nada de su noviazgo, Juan Calvino e Idelette se casaron en agosto de 1540.

En la correspondencia de Calvino encontramos muy poca información sobre los ocho años y medio que duró su matrimonio, y muy poco se sabe también de la misma Idelette, pero debió ser una mujer notable y una gran ayuda para el reformador de Ginebra. Su marido la llamaba “una mujer de raras cualidades” y “la fiel ayudante de mi ministerio”. Teodoro de Beza también la describe como una “dama sobria y honorable”.

Su vida no fue fácil. Vivir en el siglo XVI ya era bastante difícil si lo comparamos con nuestros niveles de vida actuales, con epidemias continuas, falta de cuidado médico y turbulencias civiles y políticas. A todo esto se añadió aún más tristeza. Su primer hijo, Jacques, nació prematuramente en 1542 y murió poco después. Pero incluso en aquella desgracia, la soberanía de Dios fue un ancla para sus almas. “El Señor ciertamente nos ha infligido una amarga herida con la muerte de nuestro hijo. Pero Él es Padre y sabe lo que es necesario para sus hijos”. Dos años después, Idelette dio a luz a una hija que moriría de fiebres, y más tarde a un tercer hijo que también murió en la infancia, de lo cual ella nunca se recuperó.

Calvino no se separó de la cama de su esposa hasta que murió a la edad de 40 años en marzo de 1549, probablemente de tuberculosis. Pierre Viret describe la condición de su amigo como “un corazón tan roto y lacerado” que a la vez buscaba la fuerza para que la pena no lo venciera y poder seguir cumpliendo con sus deberes. Calvino nunca volvió a casarse.

Respecto al impacto duradero que Idelette supuso en la vida y el ministerio de su marido, dejaremos que sea el propio Calvino el que hable por sí mismo: “Sabes bien qué tierna, o más bien blanda, es mi mente. Si no se me hubiera concedido un poderoso autocontrol, no podría haber resistido tanto tiempo. Y ciertamente, la mía no es una clase de dolor corriente. He sido privado de la mejor compañía de mi vida, de una que, si hubiera estado así dispuesto, habría compartido con gusto no sólo mi pobreza sino también mi muerte. Durante su vida, ella fue la fiel ayudante de mi ministerio. Nunca experimenté por su parte la más mínima pega. Nunca me creó ningún problema, y procuraba no preocuparme durante todo el curso de su enfermedad, y estaba más ansiosa por sus hijos que por ella misma. Como yo me temía que estas preocupaciones mías podrían molestarla, tres días antes de su muerte le mencioné que no dejaría de cumplir con mi deber hacia sus hijos. A lo que ella, yendo directamente al grano, respondió: “Ya los he encomendado a Dios”. Cuando le dije que no me impidiese cuidar de ellos, ella contestó: “Ya sé que no dejarás de cuidar lo que sabes que te ha sido encomendado por Dios”. Su bondad era tan grande que parecía haber abandonado ya el mundo.

Sobre la hora sexta del día, en la que entregó su alma al Señor, nuestro hermano Bourgouin (un anciano de la iglesia de Ginebra) le dirigió algunas piadosas palabras, y mientras lo hacía, ella habló en voz alta, para que todos vieran que su corazón se estaba levantando por encima de este mundo. Porque estas fueron sus palabras: “¡Oh resurrección gloriosa! ¡Oh, Dios de Abraham y de todos nuestros padres, en Ti tan confiado los fieles durante tantos siglos pasados, y ninguno de ellos confió en Ti en vano! ¡Yo también esperaré!”

 

 

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

 

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Crucifixión, Resurrección y Sustitución

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Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 6:8-11).

Los hechos a los que estos cuatro versículos se refieren constituyen el glorioso evangelio que predicamos: 1. El primer hecho indicado aquí muy claramente es que Jesús murió. Él, quien era divino y por lo tanto inmortal, se sujetó a la muerte. Él, cuya naturaleza humana estaba entrelazada con la omnipotencia de su naturaleza divina, accedió gustosa y voluntariamente a someterse a la espada de la muerte. Él, quien era puro y perfecto, y por lo tanto no merecía la muerte, la cual es la paga del pecado, por nuestro bien aceptó entregarse para morir. Esta es la segunda nota en la escala musical del evangelio. La primera nota es la encarnación: Jesucristo se hizo hombre. Los ángeles consideraron esto digno de sus cantos e hicieron vibrar los cielos con sus melodías de la
medianoche. La segunda nota, digo yo, es esta: “Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8).

Murió como sacrificio. Opino que después de que muchos corderos de las manadas de los hombres habían derramado su sangre al pie del altar, era un espectáculo extraño ver al Cordero de Dios llevado a ese mismo altar para ser sacrificado, sin mancha ni defecto ni
nada parecido. Él es la primicia de la manada; él es el Único del Gran Soberano, miembro de la realeza, el Cordero celestial. Nunca antes se había visto un Cordero semejante. Él es el Cordero que es adorado en el cielo, y es digno de ser adorado por toda la eternidad.

¿Aceptará esa Cabeza Sagrada sentir el golpe del hacha? ¿Será esa víctima gloriosa
realmente sacrificada? ¿Es posible que ese Cordero de Dios de veras se someta a morir? Lo hizo sin ofrecer ninguna resistencia. No abre su boca en el matadero a mano de sus verdugos; cede a ellos la tibia sangre de su corazón a fin de expiar la ira de Dios. ¡A contarlo! ¡Haya música en el cielo y que el infierno esté lleno de confusión! Jesús, el Hijo eterno de Dios, el Cordero de la Pascua de Jehová, murió. Sus manos fueron traspasadas, y su corazón fue quebrantado. Como prueba de la puntería con que la punta de la lanza dio en el blanco, el fluido vital brotó en una inundación doble, aun hasta el suelo, y así Jesús murió. Si hubiera alguna duda de esto, habría dudas sobre la salvación de ustedes y de la mía. Si hubiera alguna razón para cuestionar este hecho, entonces podríamos cuestionar la posibilidad de la salvación. Pero Jesús murió y el pecado fue pagado. El humo del sacrificio sube al cielo; Jehová siente el dulce aroma y se complace a través de
Cristo, la Víctima, en aceptar las oraciones, las ofrendas y a los que constituyen su pueblo. C.H Spurgeon3

Tampoco murió como una víctima solamente: murió como un sustituto. Fuimos llamados como soldados para la gran batalla, y no pudimos ir; éramos débiles, hubiéramos caído en la batalla y dejado nuestros huesos para ser devorados por los perros del infierno. Pero él, el poderoso Hijo de Dios, se convirtió en un Sustituto por nosotros, salió al campo de batalla y se sostuvo ante el primer ataque del adversario en el desierto. Tres veces
repulsó al nefasto Maligno y todas sus huestes, hiriendo a sus atacantes con la espada del Espíritu, hasta que su enemigo huyó y los ángeles comenzaron a servir al cansado Vencedor. El conflicto no había terminado, el enemigo solo se había retirado para fabricar nueva artillería y reclutar las fuerzas dispersas para una arremetida más terrible. Durante tres años, el gran Sustituto mantuvo su terreno contra asaltos continuos de las fuerzas de avanzada del enemigo, permaneciendo vencedor en cada encuentro…

Los demonios de los poseídos por ellos fueron echados fuera, legiones enteras fueron obligadas a encontrar refugio en una manada de cerdos, y Lucifer mismo cayó como relámpago del cielo de su poder. Por fin llega el momento cuando el infierno junta todas sus fuerzas y es también el momento cuando Cristo, como nuestro Sustituto, tiene que
demostrar su obediencia hasta las últimas consecuencias, tiene que ser obediente hasta la muerte. Hasta ahora ha sido un Sustituto, ¿renunciará ahora a su carácter vicario?¿Renunciará a sus responsabilidades y dirá que nos defendamos solos? No, él no. Se ofreció y tiene que cumplir. Sudando grandes gotas de sangre, no vacila ante el aterrador asalto. Con manos y pies lastimados se mantiene firme. Y, a fin de ser fiel en su obediencia, se entregó para morir, y al morir mató la muerte, puso su pie sobre el cuello del dragón, aplastó la cabeza de la antigua serpiente, y venció a nuestros adversarios como si fueran polvo del campo. Sí, el bendito Sustituto ha muerto. Digo, si existe alguna duda en cuanto a esto, entonces tal vez tengamos que morir, pero como él murió por nosotros, el creyente no tiene que morir. La deuda ha sido saldada hasta el último
centavo… La espada de Dios ha sido envainada para siempre, y la muerte de Cristo la ha sellado en su vaina. ¡Somos libres, porque Cristo fue constreñido! ¡Nosotros vivimos, porque Jesús murió! Así como murió como un sacrificio y como un sustituto es un consuelo para nosotros saber que Cristo también murió como Mediador entre Dios
y el hombre. Existía un gran abismo entre ambos, de modo que si queríamos cruzarlo para acercarnos a Dios, no podíamos; tampoco podía él cruzarlo para acercarse a nosotros si se hubiera dignado a rebajarse para hacerlo; pero Jesús viene vestido con su ropaje sacerdotal, usando una coraza, portando el efod, un sacerdote eterno de la orden de Melquisedec. Su carácter real no es olvidado, porque su cabeza está adornada con una corona reluciente, y sobre sus hombros lleva el manto del profeta. ¿Cómo puedo describir las glorias sin par del Profeta-rey, el Sacerdote Real? ¿Se arrojará al abismo? Lo hará. ¡Se lanza a la tumba, el abismo se cierra! ¡Se tiende un puente sobre el vacío, y Dios puede tener comunión con el hombre! C.H Spurgeon2

Veo ante mí el pesado velo que protege de los ojos mortales el lugar donde brilla la gloria de Dios. Ningún hombre debe tocar ese velo, de otra manera muere. ¿Existe el hombre que puede rasgarlo? Tal hombre puede acercarse al trono de Dios. ¡Oh, que el velo que separa nuestras almas de él, que mora entre los querubines, pudiera ser rasgado totalmente de arriba abajo! Arcángel poderoso, ¿te atreves a rasgarlo? Si te atrevieras,
renunciarías a tu inmortalidad, y tendrías que morir. Pero viene Jesús, el Rey Inmortal, Invisible, con sus manos poderosas: él rasga el velo de arriba abajo, y ahora los hombres se acercan con confianza, porque cuando murió Jesús se abrió un camino de vida. ¡Cantad, oh cielos, y regocijaos, oh tierra! ¡Ya no hay una pared separadora, porque Cristo la derrumbó!… Ésta, pues, es una de las grandes maravillas del evangelio, el hecho de que Jesús murió! ¡Oh, ustedes que anhelan ser salvos, crean que Jesús murió! Crean que el Hijo de Dios expiró. Confíen en esa muerte para salvarlos, y serán salvos.

Pero Jesús resucitó: ésta no es una parte insignificante del evangelio. Jesús muere, lo colocan en el sepulcro nuevo, embalsaman su cuerpo con especias, sus adversarios se cuidan de que su cuerpo no sea robado. La piedra, el sello, los guardias son prueba de su vigilancia. ¡Ajá ¡Ajá! ¿Qué hacen, señores? ¿Pueden encerrar la inmortalidad en una tumba? Los demonios del infierno, también, sin duda, observaban el sepulcro, preguntándose qué significaba todo eso. Pero llega el tercer día, y con él el mensajero del cielo. Toca la piedra y ésta rueda, dejando abierta la entrada; se sienta sobre ella, como si desafiara a todo el universo a volver a colocarla. Jesús despierta de su sueño como un hombre poderoso, se quita la venda de la cabeza y la pone a un lado, desenrolla los lienzos con que lo envolvieron con amor y los coloca aparte, porque tiene bastante tiempo, no tiene apuro, no está por huir como un criminal que se escapa de la cárcel, sino que se comporta como uno a quien le ha llegado el momento de quedar en liberad y tranquilamente sale de su celda. Da un paso hacia arriba en el aire, brillante, resplandeciente, glorioso y hermoso ¡Él vive! ¡Había muerto, pero se levantó de entre los muertos! No hace falta que nos explayemos sobre el tema. Solo hacemos una pausa para comentar que ésta es una de las notas más jubilosas en la escala musical del evangelio…
¡La muerte ha sido vencida! Tenemos aquí a un hombre quien por su propio poder pudo forcejear con la muerte y derribarla. ¡La tumba está abierta! Tenemos aquí a un hombre que pudo retirar rápidamente los cerrojos y robar sus tesoros. Y así, hermanos, habiéndose liberado él mismo, puede también liberarnos a nosotros. También el pecado fue manifiestamente perdonado. Cristo estaba en la cárcel como un rehén, guardado allí como fianza. Ahora que ha sufrido para ser libre, es una declaración en nombre de Dios de que nada tiene contra nosotros. Nuestro Sustituto ha sido liberado; nosotros somos
liberados. El que asumió la responsabilidad de pagar nuestra deuda ha sido puesto en libertad; ¡nosotros somos puestos en libertad en él! “El cual fue… resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4:25). Aún más, en cuanto se levantó de los muertos, nos da su promesa de que el infierno ha sido derrotado. Este era el objetivo del infierno: mantener a Cristo bajo su calcañar. “Y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15). Se habían posesionado del calcañar de Cristo, su carne mortal bajo su poder, pero el  calcañar herido salió curado. Cristo no sufrió ninguna herida por haber muerto… Amados, en esto triunfaremos: el infierno ha sido derrotado, Satanás ha sido turbado, y todas sus huestes han caído ante Emmanuel. ¡Pecador, cree esto! Es el evangelio de salvación. Cree que Jesús de Nazaret resucitó de entre los muertos, y confía en él; ¡confía que salvará tu alma!

Porque arrasó con las puertas de la tumba, confía que él cargó tus pecados para justificarte, para vivificar tu espíritu y para levantar tu cuerpo muerto: y de cierto, de cierto te digo, ¡serás salvo! Ahora tocamos una tercera nota, sin la cual el evangelio no está completo: así como Jesús murió, ahora vive. No sucedió que después de cuarenta días volvió a la tumba. Dejó esta tierra, pero de otro modo. Desde la cima del Olivar ascendió hasta que lo recibió una nube desapareciendo de nuestra vista. Y ahora, este mismo día, él vive. ¡Allí está, sentado a la diestra de su Padre, resplandeciente como un sol, vestido de majestad, disfrutando del gozo de todos los espíritus glorificados y del
gozo inmenso de su Padre! Allí sentado ¡Señor de Providencia! A su costado cuelgan las llaves del cielo, de la tierra y del infierno. Allí sentado, espera la hora cuando sus enemigos yacerán a sus pies. Me parece verlo también viviendo para interceder. Extiende sus manos cicatrizadas, señala su coraza que lleva los nombres de los que son de su pueblo, y por el bien de Sión no permanece quieto, por el bien de Jerusalén no descansa ni de día ni de noche, sino que ruega constantemente: ¡Oh Dios! Bendice tu
herencia; reúne a tu heredad. “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24). Versiculo 136

Penitente temeroso, deja que el Salvador viviente te alegre. Ten fe en él, el único que tiene inmortalidad. Él vive para oír tu oración; clama a él, él vive para presentar esa oración ante el rostro de su Padre. ¡Ponte en sus manos! Él vive para juntar a aquellos que compró con su sangre, para integrar en su manada a aquellos que compró. Pecador, ¿crees que esto es cierto? De ser así, que tu alma repose en esta verdad, hazla la razón de tu confianza, y entonces serás salvo.

Una nota más y nuestro canto del evangelio va llegando a su fin: Jesús murió, resucitó, vive y vive para siempre. No volverá a morir “la muerte no se enseñorea más de él” (Rom. 6:9)… Las enfermedades pueden visitar al mundo y llenar las tumbas, pero no hay enfermedad ni plaga que pueda tocar al Salvador inmortal. El shock de la catástrofe
postrera sacudirá al cielo al igual que a la tierra, hasta que las estrellas caigan como hojas secas de la higuera, pero nada moverá al Salvador inalterable. ¡Vive para siempre! No existe posibilidad de que sea vencido por una muerte nueva… Esto, también, revela otra parte de nuestro precioso evangelio, porque ahora es seguro que, porque vive para siempre, ningún enemigo puede vencerlo. ¡Ha vencido y ha hecho huir de tal manera a sus enemigos del campo de batalla que nunca se atreverán a volver a atacarlo! Esto prueba también que la vida eterna de su pueblo es segura… ¡Él vive para siempre! Oh, Semilla de Abraham, eres salvo con una salvación imperecedera por las misericordias seguras de David. Tu posición en la tierra y en el cielo ha sido confirmada eternamente. Dios es honrado, los santos son confortados, los pecadores son vitoreados porque “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Ahora ruego a Dios que puedas afirmar tu fe en una de estas cuatro anclas a fin de hallar descanso. Jesús murió, pobre temeroso. Si él murió y cargó con tus pesares, ¿acaso no te salvará su expiación? Descansa en esto. Millones de almas han descansado en nada más que la muerte de Jesús, y éste es un fundamento de granito. ¡Ninguna tormenta del infierno puede sacudirlo! Aférrate bien a su Cruz; sostenla, y ella te sostendrá a ti. No puedes depender de su muerte y ser engañado… Pero si esto no te basta: Él volvió a vivir. Apégate a esto. Ha dado pruebas de ser el Triunfador sobre el pecado y sobre tu adversario, por lo tanto ¿acaso no podrás depender de él? No cabe duda de que han existido miles de santos que han encontrado el más rico consuelo en el hecho de que Jesús resucitó de entre los muertos. Resucitó para nuestra justificación. Pecador, aférrate a eso. C.H Spurgeon1

Habiendo resucitado, vive. No es un Salvador muerto, un sacrificio muerto. Debe poder oír nuestras plegarias para presentar las propias. Entrégate al Salvador viviente, entrégate a él ahora. Él vive para siempre, por lo tanto no es demasiado tarde para que te salve. Si clamas a él, él escuchará tu oración, aun si fuera en el último instante de tu vida, ¡porque él vive para siempre! Aunque llegara el fin del mundo y tú fueras el último ser humano, aun así él vive para interceder ante su Padre. ¡No andes deambulando tratando de encontrar alguna otra esperanza! Aquí tienes cuatro grandes rocas para ti. Edifica tu esperanza sobre éstas, no puedes desear fundamentos más seguros: ¡Él muere, él resucita, él vive, él vive para siempre! Te digo, alma, que ésta es mi única esperanza, y
aunque me apoyo en ella con todo mi peso, no se doblega. Ésta es la esperanza de todo el pueblo de Dios que permanece seguro en ella. Ven, te ruego, ven ahora y descansa en ella. ¡Quiera el Espíritu de Dios traer a muchos de ustedes a Cristo! No tenemos otro evangelio. Te pareció que sería algo difícil, algo sabihondo, un tema que tendrías que aprender en el colegio, que la universidad te daría. No tiene nada que ver con aprendizaje ni erudición. Tu hijo pequeñito lo sabe, y puede ser salvo por ella. Tú, que no tienes educación, tú que apenas puedes leer un libro, tú puedes comprender esto. Él muere: está la Cruz. Él resucita: está la tumba abierta. Él vive: está el Salvador que ruega. Él vive para siempre: está su mérito perpetuo. ¡Confía en él! Pon tu alma en sus manos… y sé salvo.

De un sermón predicado el domingo 5 de abril de 1863 por la mañana en el Tabernáculo Metropolitano, Newington. 

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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista influyente en Inglaterra. La colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20-25 millones de palabras en sus sermones son equivalentes a 27 tomos de la novena edición de la Enciclopedia Británica. La serie constituye la mayor colección de libros por un solo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Inglaterra.

Una comprensión correcta del Pecado

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“El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

La verdad lisa y llana es que una comprensión correcta del pecado es la raíz de todo cristianismo salvador. Sin ella, las doctrinas como justificación, conversión, santificación son “palabras y nombres” que no tienen nada de significado para la mente. Lo primero, entonces, que Dios realiza cuando hace de alguien una nueva criatura en Cristo es darle luz a su corazón para mostrarle que es un pecador culpable… Creo que una de las mayores carencias de la iglesia contemporánea ha sido, y es, una enseñanza más clara y más completa acerca del pecado.

1. Comenzaré el tema ofreciendo algunas definiciones del pecado.
Todos, por supuesto, estamos familiarizados con los términos “pecado” y “pecadores”. Hablamos con frecuencia del “pecado” que hay en el mundo y de los hombres que cometen “pecados”. Pero, ¿qué queremos decir con estos términos y frases? ¿Lo sabemos realmente? Me temo que existe mucha confusión e incertidumbre en cuanto a ellos. Trataré, lo más brevemente posible, dar una respuesta.
“Pecado”, hablando en general es… “la imperfección y corrupción de la naturaleza de todo hombre que ha sido engendrado naturalmente de los descendientes de Adán; por lo cual el hombre dista de tener la justicia y rectitud original, y está, por su propia naturaleza, predispuesto al mal, de manera que la carne lucha siempre contra el espíritu; y, por lo tanto, cada persona nacida en el mundo merece la ira y condenación de Dios”.
Pecado es esa enfermedad moral extensa que afecta a toda la raza humana de toda posición, clase, nombre, nación, pueblo y lengua, una enfermedad sin la cual solo uno nació de mujer. ¿Necesito decir que ese Uno es Cristo Jesús el Señor?
Es más, afirmo que “un pecado”, hablando más particularmente, consiste en hacer, decir, pensar o imaginar cualquier cosa que no se conforma perfectamente a la mente y Ley de Dios. “Pecado”, en suma, como dicen las Escrituras, es “infracción de la ley” (1 Juan 3:4). El más leve desvío externo o interno del paralelismo matemático absoluto con la voluntad y el carácter revelado de Dios es un pecado, e inmediatamente nos hace culpables ante Dios.
Por supuesto que no tengo que decirle a nadie que lea su Biblia con atención que uno puede quebrantar la Ley de Dios en su corazón y pensamiento sin que necesariamente haya un acto exterior y visible de maldad. Nuestro Señor lo hizo muy claro e inequívoco en el Sermón del Monte (Mat. 5:21-28)… Tampoco tengo que decirle a un estudiante serio
del Nuevo Testamento que existen pecados de omisión al igual que de comisión, y que pecamos, como nuestro Libro de Oración acertadamente nos recuerda, al “no hacer las cosas que deberíamos hacer”, tanto como “hacer las cosas que no deberíamos hacer”… Creo que en estos tiempos es necesario recordar a mis lectores que uno puede cometer pecado y aun así ignorar que lo ha cometido, creyéndose inocente cuando es culpable…
Nuestro Señor enseña expresamente que “el que sin conocer la voluntad de Señor no la hizo”, no fue excusado por su ignorancia sino que fue “azotado” o castigado (Luc. 12:48). Nos conviene recordar que cuando hacemos que nuestro lamentosamente imperfecto conocimiento y conciencia sea la medida con la cual medimos nuestra pecaminosidad,
andamos en un terreno muy peligroso…

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2. En cuanto al origen y la raíz de esta extensa enfermedad moral llamada “pecado”, me temo que los puntos de vista de muchos que profesan ser cristianos lamentablemente son defectuosos y carecen de fundamento en este sentido. No puedo pasar esto por alto. Entonces, sepamos y fijémoslo en nuestra mente que la pecaminosidad del hombre
no comienza de afuera, sino de adentro. No es resultado de una mala formación en los primeros años. No se contagia de las malas compañías y los malos ejemplos, como les gusta decir a algunos cristianos débiles. ¡No! Es una enfermedad de familia, que todos heredamos de Adán y Eva, nuestros primeros padres, y con la cual nacemos. Creados “a la imagen de Dios”, inocentes y rectos al principio, nuestros padres cayeron de la rectitud y justicia original, y pasaron a ser pecadores y corruptos. Y desde ese día hasta ahora, todos los hombres y mujeres nacen caídos, a la imagen de Adán y Eva, y heredan un corazón y naturaleza con una predisposición al mal. “El pecado entró al mundo por un hombre”. “Lo que es nacido de la carne, carne es”. “Éramos por naturaleza hijos de ira”. “Los designios de la carne son enemistad contra Dios”. “Porque de dentro, del corazón…
salen los malos pensamientos, los adulterios” y cosas similares (Rom. 5:12; Juan 3:6; Ef. 2:3; Rom. 8:7; Mar. 7:21).
El más hermoso de los infantes nacido este año y que es el rayito de sol de la familia, no es un “angelito” o “chiquito inocente”, como su madre lo llama cariñosamente, sino un chiquito “pecador”. ¡Qué triste! Ese infante, sea niño o niña, sonriendo y gorgojeando en su cuna, ¡esta pequeña criatura tiene en su corazón las semillas de todo tipo de maldad! No tenemos más que observarlo con cuidado mientras va creciendo en estatura y su mente se va desarrollando a fin de detectar pronto su incesante tendencia a hacer lo malo, y un retroceso en hacer lo que es bueno. Veremos en él los brotes y gérmenes del engaño, mal humor, egoísmo, egocentrismo, terquedad, avaricia, envidia, celos, pasión, los cuales, si se aceptan y se dejan sin atender, crecerán con dolorosa rapidez. ¿Quién le enseñó al niño estas cosas? ¿Dónde las aprendió? ¡Solo la Biblia puede contestar estas preguntas!…
3. En cuanto a la extensión de esta extensa enfermedad moral llamada “pecado”, cuidémonos de no equivocarnos. El único fundamento seguro es el que nos presenta las Escrituras. “Todo designio de los pensamientos de su corazón” es por naturaleza “malo” y eso “continuamente” (Gén. 6:5).
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). El pecado es una enfermedad que invade y se extiende por cada parte de nuestra fibra moral y cada facultad de nuestra mente. El entendimiento, los afectos, el poder de razonar y la voluntad están todos infectados de un modo u otro. Aun la conciencia está tan ciega que no se puede depender de ella como un guía seguro, y puede llevar a los hombres al mal
haciéndolo parecer bien, a menos que sean iluminados por el Espíritu Santo. En suma “desde la planta del pie hasta la cabeza no hay… cosa sana” en nosotros (Isa. 1:6). La enfermedad puede disimularse bajo un velo fino de cortesía, buena educación, buenos modales y decoro exterior, pero duerme en las profundidades del ser… en lo espiritual está totalmente “muerto” y no tiene nada de conocimiento natural, ni amor, ni temor de Dios. Lo mejor del ser humano está entrelazado y entremezclado con corrupción de tal modo que el contraste no hace más que destacar más claramente la verdad y la amplitud de la Caída. Que una misma criatura sea en algunas cosas tan altruista y en otras tan interesada, tan grande en unas y tan poca cosa en otras, a veces tan noble y otras veces tan innoble; tan magnífico en su concepción y ejecución de cosas materiales y sin
embargo tan bajo y vil en lo que concierne a sus afectos… todo es una gran enigma para los que desprecian la “Palabra escrita de Dios” y se burlan de nosotros considerándonos idólatras de la Biblia. Pero es un nudo que podemos desatar con la Biblia en nuestras manos…

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Además de esto, recordemos que cada parte del mundo testifica del hecho que el pecado es la enfermedad universal de toda la humanidad. Hagamos un sondeo en todo el mundo de este a oeste, de polo a polo; investiguemos cada nación de cada clima en todos los puntos cardinales de la tierra; investiguemos cada rango y clase en nuestro propio país,
desde el más elevado al más inferior, y bajo toda circunstancia y condición, el resultado será siempre el mismo… En todas partes el corazón humano es por naturaleza “engañoso más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Por mi parte, no conozco una prueba más fuerte de la inspiración de Génesis y el relato de Moisés del origen del hombre, que el poder, la extensión y la universalidad del pecado…

4. En cuanto a la culpabilidad, vileza y lo ofensivo del pecado ante los ojos de Dios, mis palabras serán pocas… No creo que, por la naturaleza de las cosas, el hombre pueda percibir para nada la pecaminosidad extrema del pecado ante los ojos de ese Ser santo y perfecto con quien tenemos que contender. Por un lado, Dios es aquel Ser eterno que “notó necedad en sus ángeles” y a cuyos ojos “ni aun los cielos son limpios”. Él es aquel que lee los pensamientos y las motivaciones al igual que las acciones, y requiere “la verdad en lo íntimo” (Job 4:18; 15:15; Sal. 51:6). Nosotros, por otra parte, pobres criaturas ciegas, hoy aquí y mañana no, nacidos en pecado, rodeados de pecadores, viviendo en un ambiente constante de debilidad, enfermedad e imperfección, no podemos formar más que los conceptos totalmente inadecuados de lo aborrecible que es la impiedad. No tenemos un perfil por medio del cual comprenderla ni una medida para calcularla… Pero de igual manera fijemos firmemente en nuestra mente que el pecado es lo “abominable” que Dios “aborrece”, que Dios es “muy limpio de ojos para ver el mal, ni puede ver el agravio”, que la transgresión aun más pequeña a la Ley de Dios nos “hace culpable de
todas”, que “el alma que pecare, esa morirá”, que “la paga del pecado es muerte” que Dios “juzgará… los secretos de los hombres”, que hay un gusano que nunca muere y un fuego que nunca se apaga, que “los malos serán trasladados al Seol” e “irán éstos al castigo eterno”, y que “no entrará [en el cielo] ninguna cosa inmunda” (Jer. 44:4; Hab. 1:13; Stg. 2:10; Eze. 18:4; Rom. 6:23; 2:16; Mar. 9:44; Sal. 9:17; Mat. 25:46; Apoc. 21:27). ¡Éstas son, ciertamente, palabras tremendas, cuando tenemos en cuenta que están escritas en el libro de un Dios sumamente misericordioso!

Ninguna prueba de la plenitud del pecado es, al final de cuentas, tan abrumadora e irrebatible como la Cruz y la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y toda la doctrina de su sustitución y expiación. Muy negra ha de ser esa culpa por la que nada que no sea la sangre del Hijo de Dios, puede ofrecer satisfacción. Pesado ha de ser el peso del pecado humano que hizo gemir a Jesús y sudar gotas de sangre en la agonía del Getsemaní
y clamar en el gólgota: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46). Estoy convencido de que nada nos asombrará tanto, al despertar en el Día de resurrección, como la vista que tendremos del pecado y ver retrospectivamente nuestras propias faltas y defectos. Jamás hasta la hora cuando Cristo venga por segunda vez
comprenderemos plenamente la “pecaminosidad del pecado”.

5. Queda solo un punto por considerar acerca del tema del pecado… lo engañoso que es. Es un punto de suma importancia, y me atrevo a decir que no recibe la atención que merece. Se ve lo engañoso que es en: 1) la predisposición increíble de los hombres de considerar al pecado menos pecaminoso y peligroso de lo que es a los ojos de Dios, y en lo pronto que pretenden atenuarlo, excusarlo y minimizar su culpabilidad. “¡Es
insignificante! ¡Dios es misericordioso! Dios no es tan extremista como para tener en cuenta los errores que cometo! ¡Tenemos buenas intenciones! ¡Uno no puede ser tan puntilloso! ¿Qué tiene de malo? ¡Hacemos lo que hace todo el mundo!” ¿A quién no le resulta familiar este tipo de justificaciones? Las vemos en el montón de palabras y frases
suaves que los hombres han acuñado a fin de darles una designación a las cosas que Dios llama totalmente impías y ruinosas para el alma. ¿Qué significan expresiones como “mujer fácil”, “divertido”, “loco”, “inestable”, “desconsiderado” y “tuvo un desliz”. Demuestra que los hombres tratan de engañarse de que el pecado no es tan pecaminoso como Dios dice que lo es, y que ellos no son tan malos como realmente son. Lo podemos ver en la tendencia aún de los creyentes que consienten a sus hijos aprobando sus conductas cuestionables, y que son ciegos al resultado inevitable de amar el dinero, jugar con la tentación y sancionar normas bajas para la religión familiar. Me temo que no percibimos suficientemente la sutileza extrema de la enfermedad de nuestra alma.
Tendemos a olvidar que la tentación de pecar raramente se nos presenta en su verdadera forma, diciendo: “Soy tu enemigo mortal y quiero tu ruina eterna en el infierno”. ¡Ah no!

Y ahora… Sentémonos ante el cuadro del pecado que nos muestra la Biblia y consideremos qué criaturas culpables, viles y corruptas somos todos a los ojos de Dios. ¡Cuánta necesidad tenemos todos de un cambio total de corazón llamado regeneración, nuevo nacimiento o conversión!… Les pido a mis lectores que observen lo profundamente agradecidos que deberíamos estar por el glorioso evangelio de la gracia de Dios. Existe un remedio para la necesidad del hombre, tan amplia y grande y profunda como la enfermedad de éste. No tenemos que tener miedo de mirar el pecado y estudiar su naturaleza, origen, poder, amplitud y vileza, siempre y cuando a la vez miremos el medicamento todopoderoso provisto para nosotros en la salvación que es en Jesucristo.

De Holiness (Part One): Its Nature, Hindrances, Difficulties, and Roots.
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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; respetado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos sobre los Evangelios) y muchos otros. Nacido
en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

La Reforma y el hombre

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La Reforma tuvo consecuencias extraordinarias e hizo posible la cultura que muchos de nosotros amamos: aunque nuestra generación quiera ahora echarla por la borda. La Reforma nos confronta con un Adán que, para usar una expresión contemporánea, era un hombre no programado: no una simple pieza de algún sistema de computadoras. Una de las cosas que caracterizan al hombre del siglo XX es que no tiene discernimiento para darse cuenta de esto, dado que se halla empapado por un concepto de determinismo. Pero, la postura bíblica resulta: es imposible explicar el ser humano como totalmente condicionado o determinado, y esta postura es la que vindicó el concepto de la dignidad del hombre. La gente hoy intenta aferrarse a la dignidad humana, pero no sabe cómo, porque ha perdido la verdad de que el hombre es hecho a imagen de Dios.

El hombre que describe la Biblia, el hombre que presentó la Reforma, es el Adán que, pese a sus pecados, es un ser humano no programado, un hombre con significado inmerso en una historia con significado, un hombre, en suma, que puede cambiar la historia. En el pensamiento reformado tenemos, pues, un hombre que es alguien. Mas, al mismo tiempo, se trata de un hombre que se ha rebelado: y se ha rebelado realmente; no es la suya una -contestación- para -hacer teatro-. Ahora bien, por cuanto es un ser no programado y se ha rebelado realmente, tiene verdadera responsabilidad moral. Es éticamente culpable. Y de ahí que los reformadores comprendieran algo más. Tenían una comprensión bíblica de la obra de Cristo. Entendieron que Jesucristo murió en la cruz como sustituto y como propiciación para salvar a los hombres de su culpa verdadera. Hemos de comprenderlo bien: tan pronto como comenzamos a minimizar el concepto bíblico de la culpa moral auténtica, bien sea mediante contemporizaciones psicológicas, o teológicas o de cualquier otra clase, nuestras opiniones sobre la obra de Jesús no serán ya más bíblicas. Cristo murió por un hombre que tenía verdadera culpa moral, por cuanto había hecho una elección real y verdadera.

Francis August Schaeffer (30 de enero de 1912 – 15 de mayo de 1984) fue un teólogo , filósofo y pastor presbiteriano cristiano evangélico americano.

Extraido de Huyendo de la Razón.

El amor inefable de Dios

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“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Tenemos en estas palabras la suma y sustancia del evangelio.

Observamos en ellas:

1. La fuente y el origen de toda gracia y salvación que nos es brindada, el amor inefable de Dios a la humanidad: Porque de tal manera amó Dios al mundo. 2. Lo que Dios usó para recuperarnos de nuestra condición caída o el efecto y fruto que fluye de esta condición: Ha dado a su Hijo unigénito. 3. Su finalidad: Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna…

PRIMERO: EL ORIGEN Y COMIENZO DE TODO ES EL AMOR INFALIBLE DE DIOS: “De tal manera amó Dios al mundo”. Veamos aquí:

1. El objeto: el mundo, la acción: amó; 3. El grado: de tal manera amó… Observemos en estas palabras que el comienzo y la primera causa de nuestra salvación es puramente el amor de Dios. La ocasión externa era nuestra ruina, la causa motivadora interior era el amor de Dios.

1. El amor es el fundamento de todo. Podemos mencionar otras cosas como razones, pero no podemos dar el porqué de su amor. Dios mostró su sabiduría, poder, justicia y santidad en nuestra redención por medio de Cristo. Si preguntamos por qué dio tanta importancia a una criatura que  no tiene ningún valor, creada al principio del polvo de la tierra, para luego caer en la deshonra y no poder serle de ninguna utilidad, tenemos
aquí la respuesta: porque nos amó. Si continuamos y preguntamos: “Pero, ¿por qué nos amó? No tenemos otra respuesta más que: “Porque nos amó”; porque no podemos ir más allá del origen de las cosas. Y Moisés expresa la  misma razón: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó” (Deut. 7:7-8), es decir, en pocas palabras, Te amó porque te amó. Nuestro Señor Jesucristo dio la misma razón: “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mat. 11:26). Todo procedió de su misericordia gratuita y no merecida; y más allá de esto es inútil que vayamos en busca del porqué de lo que hizo para nuestra salvación.

2. Lo más notable que es visible en el progreso y la perfección de nuestra salvación por Cristo es el amor. Y es apropiado que el principio, el centro y el final coincidan. Más aún, si el amor es tan evidente en todo el diseño y puesta en práctica de esta obra bendita, lo es mucho más en su origen y principio. La gran finalidad de Dios en nuestra redención es la expresión de su amor y misericordia hacia la humanidad, sí, no solo la expresión sino la demostración de su amor. Esto es lo que dice el Apóstol:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5:8). Se puede expresar que algo es real sin que necesariamente se muestre o presente como algo grande. El designio de Dios fue que no solo creyéramos la realidad, sino que también admiremos la grandeza de su amor. Ahora bien, de principio a fin el amor es tan evidente que no podemos pasarlo por alto. La luz no es más conspicua en el sol que el amor de Dios en nuestra redención por medio de Cristo.

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3. Si hubiera otra causa, tendría que o ser los méritos de Cristo o algo de nuestra parte que fuera digno. (1) Los méritos de Cristo no fueron la primera causa del amor de Dios, sino la manifestación, fruto y el efecto del mismo. El texto nos dice que primero Dios amó al mundo y luego dio a su Hijo unigénito. Juan dice “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros” (1 Juan 3:16). Veamos: así como percibimos y encontramos causas por sus resultados, percibimos también el amor de Dios por la muerte de Cristo. Cristo es el medio principal por el cual Dios cumple los propósitos de su
gracia,  y por lo tanto es representado en las Escrituras como el Siervo de sus decretos.

(2) No hay nada digno en nosotros: Porque cuando su amor lo llevó a dar a Cristo por nosotros, tenía en su mira a toda la humanidad como una masa viviendo en la contaminación o en un estado de pecado y sufrimiento, y por eso nos proveyó un Redentor. Dios al principio hizo una ley perfecta, que prohibía todo pecado so pena de muerte. El hombre desobedeció esta ley, y la seguirá desobedeciendo día tras día cometiendo  toda clase de pecados. Ahora bien, cuando los hombres vivían y seguían en
pecado y hostilidad contra Dios, le plugo enviar a su Hijo para tomar nuestra naturaleza y morir por nuestras transgresiones. Por lo tanto, dar un Redentor fue la obra de su misericordia por gracia. El hombre no amaba a Dios, de hecho, era enemigo de Dios cuando Cristo vino para hacer la expiación: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). “A vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado” (Col. 1:21). Estábamos inconscientes de nuestro sufrimiento, indiferentes a nuestro remedio, tan lejos de merecerlo, que ni lo deseábamos. En el principio estaba el amor de Dios, no el nuestro.

Versiculo 130

APLICACIÓN 1: Refutemos todo malentendido en cuanto a Dios. Es el gran designio de Satanás rebajar nuestra opinión de la bondad de Dios. Entonces asaltó primero a nuestros padres, sugiriéndoles que Dios (a pesar de toda su bondad al crearlos) envidiaba la felicidad y dicha del hombre. Y no se ha desviado de su propósito. Busca esconder la bondad de Dios y presentarlo como un Dios que se deleita en nuestra destrucción y condenación, en lugar de nuestra salvación, como si fuera inexorable y no
quisiera hacernos bien. ¿Y para qué? Para que nos mantengamos distanciados de Dios y lo consideremos aborrecible. O si no puede lograr tanto, nos tienta a tener pensamientos burdos, indignos y malos acerca de su bondad y misericordia. No podemos eludir la tentación más que por medio de reflexionar en su amor por el cual Dios dio a su Hijo para salvar al mundo. Esto demuestra que está más lleno de misericordia y bondad que el sol lo está de luz o el mar de agua. Un efecto tan inmenso demuestra la grandeza de la causa. ¿Por qué expresó su amor de una manera tan maravillosa y asombrosa sino para que tuviéramos pensamientos más elevados y grandes de su bondad y misericordia? Por otros efectos, vemos fácilmente la perfección de sus atributos: que su poder es omnipotente (Rom. 1:20), que su conocimiento es omnisciente (Heb. 4:12-13). Y por este efecto, nos es fácil concebir que su amor es infinito o que Dios es amor.

Versiculo 131

APLICACIÓN 2: Seamos vivificados de modo que admiremos el amor de Dios en Cristo. Hay tres características que expresan el regalo de Dios: (1) La buena voluntad del que da; (2) La grandeza del regalo; (3) La falta de mérito del que lo recibe. Las tres coinciden aquí.

(1) La buena voluntad del que da: Su propio amor y nada más movió a Dios a hacer esto. Fue la libre intervención de su propio corazón sin que nosotros lo pensáramos o puidiéramos. No se da ni puede darse otra razón. Nosotros no pedimos tal cosa, no se le ocurriría a nuestra mente y a nuestro corazón, ni en nuestra mente concebirlo ni en nuestro corazón desear tal remedio para recobrarnos del estado caído de la humanidad. No en nuestra mente, porque es un gran misterio: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad” (1 Tim. 3:16). No en nuestro corazón para pedir o desear, porque hubiera sido una solicitud extraña que pidiéramos que el Hijo eterno de Dios se hiciera carne, pecado y maldición por nosotros. En cambio, la gracia ha obrado “mucho más
abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20), más allá de lo que podemos imaginar y más allá de lo que podemos pedirle en oración.

(2) La grandeza del regalo: Grandes cosas penetran nuestra mente, querámoslo o no. El regalo de Jesucristo es tan inmenso que expresa a qué extremo llega el amor de Dios. No tiene un Cristo mejor, ni un Redentor más digno, ni otro Hijo para morir por nosotros, ni hubiera podido el Hijo de Dios sufrir peores humillaciones que las que sufrió por nosotros… Por eso sabemos ahora que Dios nos ama, tenemos aquí una muestra o señal que lo manifiesta.

(3) La falta de mérito del que lo recibe: Esto también es cierto. Somos totalmente indignos de que el Hijo de Dios se encarnara y muriera por nosotros. El Apóstol bien lo recalca: “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:7-8). El Apóstol alude a la
distinción que era familiar entre los judíos: Tenían sus hombres buenos o ricos, sus hombres justos, celosos de la Ley y sus hombres malos, sujetos a condenación. Quizá daría uno su vida por alguien muy misericordioso, pero sería imposible encontrar alguien que fuera tan generoso y estuviera El amor inefable de Dios  dispuesto a dar su vida por un justo, o alguien totalmente inocente. Pero subrayemos que hay términos mitigantes: quizá y pudiera ser. Sería raro que alguien muriera por otro, por más bueno y justo que fuera. En cambio, la expresión de misericordia fue infinitamente superior a la que cualquier hombre ha demostrado, por más amistoso que hubiera sido. No había nada en el objeto que lo impulsara a hacerlo, porque no somos ni buenos ni justos, sino impíos. Sin tener en cuenta que no hay ningún mérito en nosotros, porque todos estamos en un estado de condenación, envió a su Hijo a morir por nosotros y librarnos de la muerte eterna, y hacernos partícipes de la vida eterna. Dios de tal manera amó al mundo
cuando habíamos pecado y nos habíamos arrojado conscientemente a un estado de condenación.

De Sermon XVI, “Sermons upon John III.16”  The Complete Works of Thomas Manton, D.D. 

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Thomas Manton (1620-1677): prolífico predicador puritano no conformista cuyas obras comprenden veintidós tomos. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.

¿Es vivo mi sacrificio?

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“Edificó allí Abraham un altar …, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar…” (Génesis 22:9)”

Este acontecimiento muestra una imagen del error que cometemos al pensar que lo mayor que Dios quiere de nosotros es el sacrificio de la muerte. Lo que Dios quiere es el sacrificio por medio de la muerte. Lo que Dios quiere es el sacrificio por medio de la muerte, cosa que nos capacita para hacer lo que hizo Jesús: el sacrificio de nuestras vidas. No se trata de “Señor, estoy dispuesto a ir contigo…a la muerte” (Lucas 22:33), sino más bien: “Estoy dispuesto a identificarme con tu muerte de modo que pueda presentar mi vida como un sacrificio a Dios”.

¡A veces pensamos que Dios nos exige que dejemos cosas! A Abraham le purificó de este error, y el mismo proceso está en marcha en nuestras vidas. Dios nunca nos pide que abandonemos nada por el mero hecho de dejarlo, pero nos dice que lo dejemos por causa de la única cosa que vale la pena tener, es decir, la vida en Él mismo. Es cuestión de aflojar las ataduras que retienen nuestras vidas. Estas ataduras quedan deshechas en el acto por la identificación con la muerte de Jesús. Entonces entramos en una relación con Dios a través de la cual podemos ofrecerle en sacrificio nuestras vidas. De nada le sirve a Dios que le des tu vida en muerte.

Él quiere que seas un “sacrificio vivo” -que dejes que Él tenga el dominio sobre todas tus fuerzas que han sido salvadas y santificadas por medio de Jesús (Romanos 12:1). Esto es lo verdaderamente aceptable para Dios.

Extraído de “En pos de lo Supremo”.
Oswald Chambers (24 de julio de 1874 – 15 de noviembre de 1917) fue un evangelista y maestro escocés bautista. [1] de principios del siglo XX, más conocido por el devocional “My Utmost for His Highest” .

 

 

Un informe del cielo

Blog28

El evangelio es un informe del cielo para ser creído y en el cual confiar para salvación.

 

Primero, consideraremos el evangelio como un informe en general. Y,

1. Está el tema del informe en sí o lo que se reporta, es decir, algún designio, acción o evento, cierto o falso. El tema del informe del evangelio es un designio del amor de Dios para salvación de los pecadores de la humanidad (2 Tim. 1:9-10). Tal fue el informe del evangelio que fue dado al principio del mundo (Gén. 3:15). Es el informe de un acto de gracia y bondad de Dios a favor de los pecadores, por medio del cual les ha dado a su Hijo como Salvador (Juan 3:16; Isa. 9:6) y vida eterna en él (1 Juan 5:11). Es el informe del evento de la muerte de Cristo por los pecadores y de un Cristo crucificado listo para desposarse con pecadores (Mat. 22:4), lo cual es un tema de primordial importancia.

2. Está el lugar de donde procede originalmente el informe. Y el lugar aquí es el cielo, el corazón del Padre. Por lo tanto, el evangelio es llamado cosas “celestiales” (Juan 3:12), revelado por el corazón del Padre. El lugar originario de un informe es el lugar donde se lleva a cabo la transacción, y hay cierta distancia entre éste y el lugar donde se reporta.

Por lo tanto:
(1) El evangelio es un informe que procede del cielo, donde se originó el designio de amor, se hizo el regalo del Hijo y de donde vino él a morir por los pecadores, y donde ahora está él listo para tener comunión con ellos. El evangelio puede ir de un lugar en la tierra a otro, como lo hizo desde Jerusalén a otros lugares del mundo (Isa. 2:3; Luc. 24:47). Pero originalmente procedió del cielo (Luc. 2:13-14).

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(2) El evangelio es las buenas nuevas de un país distante, y, como tal, debiera ser tan aceptable como el agua fría lo es al sediento (Prov. 25:25). Cuanto más lejos está el país de donde procede el informe, menos parece interesarnos; y es así, con poco interés, que el hombre carnal trata el informe del evangelio. Ciertamente procede de lejos. Pero así de lejos como está su origen, pasaremos en él o en el infierno nuestra eternidad, y por lo tanto, es de vital importancia para nosotros.
3. El tema de un informe es algo que no ven aquellos a quienes se les presenta el informe. Y así es el tema del informe de evangelio. Es tan invisible a la vista del hombre como lo es Dios (Juan 1:18), un Salvador no visto (1 Ped. 1:8) y cosas que no se ven (2 Cor. 4:18) que el evangelio nos predica. Por lo tanto, el evangelio es un objeto de fe, no algo que se acepta por vista (Heb. 11:1). Lo recibimos por el oír no por verlo (Isa.55:3). No es algo que vemos de primera mano, sino que lo recibimos por el testimonio de otro, es decir, Dios. Y por lo tanto, el mundo carnal al que le gustan los objetos que ve (Sal. 4:6), es lento para creer el evangelio.
4. Hay un reportero o muchos. Y en este caso, el informe es de muchos. Pero (1) El reportero de primera mano es el testigo ocular, es decir, Jesucristo. Cristo mismo fue el que dio a conocer el informe del evangelio (Heb. 2:3). ¿Y quién otro hubiera podido hacerlo (Juan 1:18)? Él vio lo que reportó, y nos da su testimonio de que es verdad porque lo vio (Juan 3:11). De allí que él nos es presentado como el testigo fiel y verdadero (Apoc. 3:14), quien desde la eternidad fue participante de todo el designio que nos es
revelado en el evangelio. (2) Los profetas, apóstoles y ministros del evangelio. Ellos son reporteros de segunda mano. Los primeros lo recibieron directamente de Cristo, los que
los sucedieron, de aquellos primeros…
5. En último lugar está la manifestación del tema por medio del informe a las partes a quienes se les da el informe. De esta manera la gracia de Dios a favor de los pobres pecadores se manifiesta a ellos por medio del evangelio (2 Tim. 1:9-10). Ya no es un secreto que se guarda de ellos, sino que se les permite tener el conocimiento del designio, la acción y los eventos que tienen que ver con su salvación. Se abre el evangelio y se
revela el secreto de la gracia de Dios a los pecadores por medio de comunicarlo, de comunicar todo el plan de salvación que desde la eternidad se hallaba escondido en el corazón de Dios (Juan 1:18)…

thomas Boston 2

Consideraremos el informe del evangelio y el confiar en él como una unidad.
1. El evangelio es el informe desde el cielo para pobres pecadores sobre la salvación del pecado (Mat. 1:21) y de la ira de Dios (Juan 3:16). La salvación se compró por gran precio, pero es dada gratuitamente al pecador como promesa, de modo que puede hacerse poseedor de ella gratuitamente (Isa. 55:1). Habiendo presentado este informe al pecador,
por fe confía en que es un informe fidedigno, cree que Dios lo ha dado, cree que es bueno y le confía a él su propia salvación. Entonces el alma abraza con todo su ser al Salvador y a la salvación que anuncia ese informe, tal como el hombre que se ahoga se toma de una soga que se le extiende para rescatarlo del agua.
2. El evangelio es el informe de un Cristo crucificado dado a los pecadores como el medio del cielo para salvación de ellos. Es proclamado por la autoridad del cielo que Cristo murió y que con su muerte compró la vida y salvación para los hijos perdidos de Adán, y que ellos y cada uno de ellos, puede tener completo y libre acceso a él (Mat. 22:4). La fe que confía que este informe es bueno y cierto, lleva al alma a la conclusión: “El Salvador es mío”, y se apoya en él por todo lo que su muerte compró, para vida y salvación de él en particular (1 Cor. 2:2).
3. El evangelio es el informe de una justificación por la cual nosotros los culpables podemos comparecer delante de un Dios santo. “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito:
Mas el justo por la fe vivirá” (Rom. 1:17). Y por fe, uno cree que tal justificación existe, que es suficiente para cubrirlo, y que le es ofrecida para confiar en ella para justicia. Y entonces el creyente confía en ella como su justificación ante los ojos de Dios, descartando todas las demás y aferrándose exclusivamente a ella (Gál. 2:16).

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4. El evangelio es el informe de un perdón bajo el gran sello del cielo, en Cristo, para todos los que lo aceptan. “Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hech. 13:38-39). Este perdón es proclamado abiertamente por la autoridad del cielo, completa y libremente, sin excepción alguna en la raza perdida de Adán, a quien le viene el informe. El alma por fe cree que esto es cierto y lo aplica a sí misma diciendo: “¡Este perdón es para mí! Es bueno y adecuado para mi caso. Por lo tanto me atengo a esta palabra de gracia para recibir mi perdón y la acepto, porque es la Palabra de Dios, quien no puede mentir”.
5. El evangelio es el informe de un Médico que cura infaliblemente todas las enfermedades del alma (Mat. 9:12-13; Heb. 7:26), lo hace gratuitamente (Ose. 14:4) y no rechaza a ningún paciente (Juan 6:37). El alma lo cree, lo aplica a su propio caso, y dice: “Entonces confiaré en él para que me quite el corazón de piedra, para que me cure del mal de desviarme, de la fiebre de la corrupción rugiente, del problema constante de la lascivia que predomina y la lepra universal de la corrupción de mi naturaleza”.
6. El evangelio es el informe de un banquete para almas hambrientas (Isa. 25:6), al cual todos estamos invitados y del cual Cristo mismo es el Creador y la Sustancia (Isa. 55:2). El alma, cansada de las cascarillas de cosas creadas y creyendo este informe, comienza a alimentarse de Cristo— su carne que ciertamente es alimento y su sangre que ciertamente es una bebida—creyendo y aplicando a sí misma todo lo que Cristo fue, hizo y sufrió, de modo que el alma cosechará el beneficio, el cual es alimentarse por fe en el Salvador que fue muerto.
7. El evangelio es el informe de un tesoro (2 Cor. 4:7). En él están las preciadas promesas—en ellas, Cristo amado con su mérito—como el oro mencionado: “Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico” (Apoc. 3:18). Este campo en que está escondido puede ser tuyo (Mat. 13:44); el evangelio te ofrece el pacto como ese campo. La fe cree el informe, y el alma se aferra al pacto y confía totalmente en el tesoro allí escondido para el pago de todas sus deudas, para el mantenimiento durante su vida y a través de la muerte, y para la adquisición de felicidad eterna.
8. El evangelio es el informe de una victoria sobre el pecado, Satanás, la muerte y el mundo obtenida por Jesucristo, y ello para beneficio de todos los que acuden al glorioso Conquistador (Sal. 98:1). La fe cree este informe, y el alma confía en él para obtener su victoria sobre todos estos enemigos frustrados (1 Juan 5:4). Basta solo decir,
9. Por último, el evangelio es el informe de una paz comprada por la sangre de Cristo para pobres pecadores (Ef. 2:14)…La fe lo cree, y, confiando en ella, el alma se presenta ante Dios como ante un Padre reconciliado en Cristo, trayendo sus súplicas para depositar ante el trono, creyendo que la comunicación se ha establecido entre el cielo y ellos…

APLICACIÓN: Esto muestra que el evangelio es el medio divinamente escogido para salvación de los pecadores. Por lo tanto, es llamado “el evangelio de vuestra salvación” (Ef. 1:13), y “se ha manifestado para salvación” (Tito 2:11). La luz de la naturaleza no es el medio externo o instrumento de salvación, porque no presenta ningún informe de Cristo
(Hech. 4:12). Tampoco lo es la Ley, la cual es el ministerio de muerte y condenación (2 Cor. 3:7-9), sino solo el evangelio. Porque es únicamente en el evangelio que se revela una justificación para los impíos (Rom 1:16- 17), y por el evangelio el Espíritu es dado a pecadores muertos (Gál. 3:2). Despreciar el evangelio, entonces, es despreciar al único medio de salvación… Por lo tanto sepa, amigo, que su vida depende de él, y que no hay otra salvación fuera de aceptar por fe el informe del evangelio.

De “The Unsuccessfulness of the Gospel…” The Complete Works of Thomas Boston.

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Thomas Boston (1676-1732): Pastor y erudito presbiteriano; autor de Human Nature in
its Fourfold State (La naturaleza humana en su estado cuadriplicado) (1720) y otros
muchos tratados y sermones. Nació en Duns, Berwickshire, Escocia.

¿Qué es el evangelio?

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No hay mayor mensaje que el evangelio. Pero a pesar de su importancia, muy a menudo es distorsionado masivamente o simplificado de más. La gente piensa que está predicando el evangelio cuando te dice: “Puedes tener un propósito en la vida”, o “puedes encontrar significado en tu vida”, o “puedes tener una relación personal con Jesús”. Todo eso es verdad y es importante, pero no llega al corazón de lo que es el evangelio.

Al evangelio se le llama “buenas nuevas” ya que habla sobre el problema más serio que tú y yo tenemos como seres humanos, y ese problema es simplemente esto: Dios es santo y Él es justo, y yo no lo soy. Y al final de mi vida estaré delante de un Dios justo y santo, y seré juzgado. Y seré juzgado ya sea en base a mi propia justicia, la falta de ella, o en base a la justicia de otro. Las buenas nuevas del evangelio son que Jesús vivió una vida de perfecta rectitud y perfecta obediencia a Dios, no a su propio favor, sino por su pueblo. Él ha hecho por mí lo que yo no podía hacer por mí mismo. Pero no solo vivió esa vida de perfecta obediencia, sino que se ofreció a sí mismo como un sacrificio perfecto para satisfacer la justicia de Dios.

El gran error en nuestros días es el siguiente: creer que Dios no se preocupa de proteger su propia integridad. Que es una deidad debilucha, que solo pasa su varita mágica de un lado a otro perdonando a todos. No. El que Dios te perdone es algo muy costoso. Le costó el sacrificio de su propio Hijo. Fue tan valioso el sacrificio que Dios lo pronunció valioso al levantarlo de los muertos. Así que Cristo murió por nosotros, y fue levantado para nuestra justificación. Por lo que el evangelio es algo objetivo. Es el mensaje de quién es y qué hizo Jesús. Y también tiene una dimensión subjetiva. ¿Cómo nos apropiamos subjetivamente de los beneficios de Jesús? ¿Cómo los consigo? La Biblia deja en claro que no somos justificados por nuestras obras, ni por nuestros esfuerzos, ni por nuestras acciones, sino por la fe —y solo mediante la fe. La única manera en que puedes recibir el beneficio de la vida y la muerte de Cristo es poniendo tu fe en Él y solo en Él. Si haces esto, eres declarado justo por Dios, adoptado en su familia, perdonado de todos tus pecados, y habrás comenzado tu peregrinación hacia la eternidad.

Robert Charles Sproul (nacido el 13 de febrero de 1939) es un teólogo calvinista estadounidense, autor y pastor.

http://www.ligonier.org

Cristo para siempre jamás

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Viene llegando el momento —¡ay, con qué velocidad!— que será el más solemne y severo, y no obstante la prueba más dulce y auténtica del poder sustentador y tranquilizador de lo preciado que es Cristo en la experiencia de sus santos: la última enfermedad y la escena final de la vida. Imagínese que ha llegado el momento. Desaparecen las atracciones del mundo y todo auxilio humano se acaba. Todo se está acabando. Se están acabando el corazón y las fuerzas, se está acabando la capacidad mental, se están acabando los afectos humanos. Los ojos están velados por la muerte, y las realidades invisibles del mundo del espíritu van apareciendo ante la vista. Inclinado sobre usted, su ser querido que lo ha acompañado a la ribera del río helado pide una señal. Usted está demasiado débil para formar un pensamiento, o decir una palabra, demasiado absorto para responder con una mirada. No puede declarar su fe recitando un credo detallado, y no tiene ninguna experiencia profunda, emoción estática ni visiones celestiales para describir. Una frase breve, pero firme y expresiva demuestra todo lo que usted sabe, cree y siente hasta ahora.

Es la profesión de su fe, la suma de su experiencia, la base de su esperanza: “¡Cristo lo es todo para mi alma!”. ¡Suficiente! El cristiano moribundo no puede dar más, ni el ser querido esperar más. Querido Salvador: ¡Está tú conmigo en ese momento solemne! Camina por el valle a mi lado, reposa mi cabeza [débil, cansada] en tu pecho, dile palabras alentadoras a mi alma atribulada: “No temas, porque yo estoy contigo” (Isa. 41:10). Entonces, será para mí una felicidad morir. La muerte perderá su ponzoña, el sepulcro su dolor, la eternidad su incertidumbre. Y, por la experiencia de tu cariño en la tierra, pasaré triunfante por el oscuro portal al sol radiante y la comprensión perfecta y el gozo eterno de todo lo que la fe ha creído, el amor anhelado y la esperanza esperada de la gloria absoluta y la felicidad en el cielo. “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Sal. 16:11).

Tomado de The Precious Things of God 

Octavio Winslow (1808-1878)

El Método de la Gracia

Blog25

Mis queridos amigos, debemos mantener un andar dócil, íntimo con el Señor Jesucristo.

Muchos de nosotros perdemos nuestra paz por nuestro andar indisciplinado; alguna cosa u otra se interpone entre Cristo y nosotros, y caemos en la oscuridad; una cosa u otra nos aparta de Dios y esto entristece al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo nos deja librados a nuestros propios recursos. Permítanme, pues, exhortarles a ustedes que tienen paz con Dios, que se cuiden de no perder esta paz. Es cierto que una vez que están en Cristo, no pueden apartarse permanentemente de Dios: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Pero aunque no pueden apartarse permanentemente, si pueden apartarse desastrosamente, y pueden vivir el resto de sus días con huesos rotos.

Cuídense de retroceder en nombre de Jesucristo, no entristezcan al Espíritu Santo porque puede ser que nunca en su vida recobren su bienestar. Oh, cuídense de no andar rodando por este mundo de Dios después de haber acudido a Jesucristo. Mis queridos amigos, yo he pagado caro mi infidelidad.

Nuestros corazones son tan malditamente impíos, que si no nos cuidamos, si no nos mantenemos continuamente en guardia, nuestro impío corazón nos engañará y desviará. Será triste ser objeto del azote de un Padre que corrige; recuerde los azotes de Job, David y otros santos en las Escrituras. Por lo tanto, permítanme exhortarles a ustedes que tienen paz, que anden cerca de Jesucristo, se diferencian tan poco de los demás que casi ni se reconocen como verdaderos cristianos. Son cristianos que tienen miedo de hablar por Dios se dejan llevar por la corriente; hablan del mundo como si estuvieran en su elemento; esto no lo hacen cuando recién descubren el amor de Cristo; entonces pueden hablar sin parar de la luz del Señor que brilló en su corazón.

 

George Whitefield (16 de diciembre de 1714 – 30 de septiembre de 1770)

Para Glorificar a Dios debemos renunciar a toda gloria personal

Blog23

Así es sin duda. Jamás nos gloriamos como se debe en Él, sino cuando totalmente nos despojamos de nuestra gloria. Por el contrario, debemos tener por regla general, que todos los que se glorían de sí mismos se glorían contra Dios. Porque san Pablo dice que los hombres se sujetan finalmente a Dios cuando toda materia de gloria les es quitada (Rom. 3,19).

Por eso Isaías al anunciar que Israel tendrá todo su justicia en Dios, añade juntamente que tendrá también su alabanza (Is. 4 5, 2 5); como si dijera: éste es el fin por el que los elegidos son justificados por el Señor, para que en Él. Y en ninguna otra cosa, se gloríen. En cuanto al modo de ser nosotros alabados en Dios, lo había enseñado en el versículo; a saber, que juremos que nuestra justicia y nuestra fuerza están en Él. Consideremos que no se pide una simple confesión cualquiera, sino que esté confirmada con juramento; para que no pensemos que podemos cumplir con no sé qué fingida humildad. Y que nadie replique que no se gloría  cuando, dejando a un lado toda arrogancia, reconoce su propia justicia; porque tal estimación de sí mismo no puede tener lugar sin que engendre confianza, ni la confianza sin que produzca gloria y alabanza.

Recordemos, pues, que en toda la discusión acerca de la justicia debemos siempre poner ante nuestros ojos como fin, dejar el honor de la misma entero y perfecto para Dios; pues para demostrar su justicia, como dice el Apóstol, derramó su gracia sobre nosotros, a fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Rom.3, 2-6). Por eso en otro lugar, después de haber enseñado que el Señor nos adquirió la salvación para alabanza de la gloria de su gracia (Ef. 1:6), como repitiendo lo mismo dice: “Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8-9). Y san Pedro, al advertimos de que somos llamados a la esperanza de la salvación para anunciar las virtudes de Aquél que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9), sin duda alguna quiere inducir a los fieles a que de tal manera canten las solas alabanzas de Dios, que pasen en silencio toda la arrogancia de la carne.

 

Extraído de Institución de la religión cristiana.

Juan Calvino (10 de Julio de 1509 – Ginebra, 27 de Mayo de 1564)

Cristo El Rey

Blog22

Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo     (2 Corintios 10:5).

Ahora llegamos al oficio real por medio del cual nuestro glorioso Mediador ejecuta y cumple el diseño establecido para nuestra redención. Si como nuestro Profeta no hubiera abierto el camino de la vida y salvación a los hijos de los hombres, nunca lo hubieran conocido. Si lo hubieran conocido bien, excepto como su Sacerdote y se hubiera ofrecido a sí mismo para darles salvación, no hubieran podido ser redimidos virtualmente por su sangre. Y de haber sido redimidos, si él no hubiera vivido en la capacidad de Rey para
aplicarles este sacrificio de su sangre, no hubieran tenido ningún beneficio verdadero y personal de su muerte. Porque lo que reveló como Profeta, lo compró como Sacerdote, y lo que así reveló y compró como Profeta y Sacerdote, lo aplica como Rey, primero sometiendo el alma de sus escogidos a su gobierno espiritual, luego gobernándolos
como sus súbditos y ordenando todas las cosas en el reino de Dios para bien de ellos…

DOCTRINA: Jesucristo ejerce su poder como Rey sobre el alma de todos aquellos a quienes el evangelio somete a su obediencia. Después de que los colosenses fueron liberados del poder de las tinieblas, fueron trasladados inmediatamente al reino de Cristo, el Hijo amado (Col. 1:13). El reino de Cristo, que es nuestro tema aquí, es el reino espiritual interior que la Biblia dice mora dentro de los santos. “El reino de Dios está entre vosotros” (Luc. 17:20-21). Cristo mora como un rey sobre su trono en el corazón, la conciencia y los sentimientos de su pueblo (Sal. 110:3). Y su reino consiste de “justicia,
paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom. 14:17)…

Versiculo 110
PRIMERO, COMENCEMOS CON LA MANERA COMO CRISTO OBTIENE EL TRONO EN EL CORAZÓN DE LOS HOMBRES, Y ESO ES CONQUISTÁNDOLO. Aunque las almas de los escogidos sonsuyas porque le fueron dadas por derecho de redención, [y aunque] el Padre se las dio y Jesús murió por ellas, Satanás las poseyó primero. Y así sucede con Cristo, igual que como con Abraham con quien Dios hizo un pacto prometiéndole la tierra. De hecho eran los cananeos, los ferezeos y los hijos de Anac quienes poseían la tierra, y la posteridad de Abraham tendría que luchar por ella y conquistarla centímetro por centímetro antes de poder disfrutarla. El palacio es legado a Cristo por aquel que lo construyó, pero el hombre armado tiene posesión de él hasta que otro más fuerte que él llega y se lo quita (Luc. 11:20-22). Cristo tiene que luchar para llegar a poseer el alma, aunque tiene derecho a ella, por ser su posesión por lo caro que le costó. Y lo hace, porque cuando llega el momento de recobrarla, envía a sus ejércitos para poseerla, tal como dice el Salmo 110:3, “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder”, frase que en hebreo también puede significar “en el día de tus ejércitos”, cuando el Señor Jesús envió a sus ejércitos de profetas, apóstoles, evangelistas, pastores, maestros, bajo la dirección de su Espíritu y armados con una espada de dos filos, la Palabra de Dios, cortante y poderosa (Heb. 4:12). Pero eso no es todo:
Él causa que ejércitos de convicciones y tribulaciones los ataquen y los cerquen por todas direcciones, de modo que no sepan qué hacer. Estas convicciones, como una lluvia de saetas, pegan en el centro mismo de sus conciencias. “Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hech. 2:37). Las saetas de Cristo son punzantes en el corazón de sus enemigos, de modo que los hombres caen bajo su ataque (Sal. 45:5-6). Por medio de estas convicciones, arrasa con todas sus esperanzas vanas.

Ahora todos sus débiles ruegos y argumentos en su defensa, por la misericordia general de Dios, el ejemplo de otros, etc., no les sirven para nada. Estas convicciones les sacuden profundamente el corazón y desbaratan cada pensamiento que se levanta contra Dios. Ese día en que Cristo se sienta ante el alma y la llama por medio de mensajeros como estos, es un día de sufrimiento interior. ¡Sí, es un día de tribulación como nunca se ha visto! ¡Pero aun así, Satanás se ha arraigado tan profundamente en la mente y la voluntad que el alma resiste el llamado, hasta que se queda sin recursos y que sus torres de orgullo y muros de vana confianza son derrumbados por el evangelio!
Es entonces que el alma anhela a Cristo y lo busca. Claro, ahora acepta los términos, los términos que sean, con tal de salvar su vida. Ahora envía muchos mensajeros como estos a Cristo, quien ha llegado ahora a los portales mismos del alma: “¡Ten misericordia, Señor! ¡Si solo tuviera la seguridad de que me recibirás y perdonarás, me entregaría a
ti en este mismo instante!” Así, el alma queda “encerrada para aquella fe” [en Cristo] (Gál. 3:23) y reducida a la mayor estrechez y pérdida imaginables.

C.H Spurgeon7

Y ahora el Rey misericordioso, cuyos designios son conquistar el corazón, extiende su bandera de misericordia al alma, dándole la esperanza de que tendrá misericordia de ella y que será perdonada, a pesar de su rebelión contra él por tantos años, con solo que se entregue a Cristo. Ahora afloran en el corazón del hombre muchas perplejidades, vacilaciones, dudas, temores, titubeos, irresoluciones y argumentos a favor y en contra de la invitación. A veces no hay esperanza: “Cristo me matará, si me acerco a él”, y entonces tiembla. Pero, ¿quién ha existido que le sucediera esto? Otras almas se han entregado y encontrado misericordia en una medida que no hubieran imaginado. “Ay, pero yo he sido un terrible enemigo suyo”. Lo admito, pero tenemos la promesa del Rey: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”       (Isa. 55:7).

“Pero el tiempo de misericordia ha pasado; ¡he esperado demasiadotiempo! Pero si esto es así, ¿cómo es que Cristo no me ha descartado,no ha quemado mi alma en el fuego, el fuego del infierno?” Él sigueesperando para mostrar su gracia y compasión. Hay mil argumentoscomo este, hasta que, al fin, el alma se convence que si sigue rebelde,perecerá. Y sintiéndose algo animado por los mensajes de gracia enviados a su alma, tales como: “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (Heb. 7:25); y,” al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37), y “venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28), por fin se decide acudir a Cristo y dice: “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el rey de gloria” (Sal. 24:7). ¡Ahora la voluntad se da espontáneamente a Cristo! El baluarte se entrega y se rinde a Cristo. La voluntad cede a Cristo las llaves de todos los cuartos del alma. El corazón duro se parte en dos. Una pobre
alma recurre a la Palabra, llena de ignorancia, orgullo, amor por sí misma, con tal dureza que la deja sin esperanza y resoluciones firmes de seguir en su camino, y después de una hora de discurso, la marea baja… “¿Qué te aqueja, voluntad firme, que te entregas a Cristo, tú, corazón duro que te ablandas y entonces de ti corren las aguas?” Así, el alma es ganada para Cristo. Él anota sus términos y el alma voluntariamente los acepta. Viene a Cristo sometiéndose voluntariamente y con entusiasmo, no queriendo otra cosa que estar bajo su soberanía de ahora y para siempre.

SEGUNDO, CONSIDEREMOS CÓMO CRISTO GOBIERNA EL ALMA DE LOS QUE SE SOMETEN A ÉL. Ejerce su autoridad como Rey sobre ellos en cuatro aspectos:

1. Les impone una nueva ley y les manda que sean estrictos y puntuales en obedecerla. El alma había sido antes un instrumento de Belial y no podía tolerar ninguna restricción: se regía por sus concupiscencias. “Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos,
rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos” (Tito 3:3). Fuera lo que fuera que la carne quería y el apetito sensual ansiaba, tenía que tenerlo, costara lo que costara. Si la condenación era su precio, no había problema siempre que no tuviera que pagarlo ya. Pero ahora ya no podía estar sin la ley de Dios, sin la ley de Cristo. El alma acepta de buena voluntad los artículos de paz el día que pasa a ser objeto de misericordia: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí” (Mat. 11:29). Esta “ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom. 8:2). Aquí hay rigurosidad pero no esclavitud; porque la ley no solo está escrita en la Biblia, el libro de los estatutos de Cristo, sino escrita por su Espíritu en el corazón de sus súbditos. Esto hace de la obediencia un placer, y fácil el negarse a uno mismo. El yugo de Cristo está recubierto de amor, de modo que nunca irrita el cuello de su pueblo…

2. Reprende y disciplina a las almas por las violaciones y transgresiones contra su ley. Ese es otro acto de la autoridad de Cristo:
“El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo (Heb. 12:6-7). Estas disciplinas de Cristo son aplicadas con la vara de providencia en sus cuerpos y consolaciones externas o en sus espíritus y consolaciones interiores. A veces sus reprensiones le duelen al hombre exterior: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (1 Cor. 11:30). No tenían el respeto debido por su cuerpo [en la Cena del Señor] que [era apropiado para ellos], y hará que sus cuerpos sufran por ello. Y prefiere el Señor que su carne sufra, a que sus almas perezcan. A veces les ahorra los sufrimientos externos y se los produce al hombre interior, lo cual es una vara que causa mucho más dolor. Quita la paz y el gozo del espíritu de su pueblo. El hecho que esconda su rostro es una severa reprensión. Sin embargo, todo es para corregir, no para destruir. Y no es poco privilegio el que los súbditos de Cristo reciban una disciplina a tiempo y santificada para apartarlos de sus pecados. “Tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:3). A otros les deja seguir en la obstinación de sus propios corazones: Cristo no los disciplina para su bien, no los llama a cuenta por ninguna de sus transgresiones, sino que lidia con todas ellas en el infierno.

Versiculo 111
3. Otro acto de Cristo como Rey es el refrenar a sus siervos e impedirles que caigan en iniquidad y que tomen esos rumbos que sus propios corazones tienen una inclinación de tomar. Porque en ellos hay todavía un espíritu con inclinación de apartarse, pero el Señor en su ternura por ellos no deja que sus almas hagan iniquidad, y que cuando están a punto de pecar: Cuando “casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos” (Sal. 73:2). Es entonces que el Señor previene el pecar quitando providencialmente la ocasión o ayudándolos a resistir la tentación, en su gracia auxiliándoles el espíritu para protegerlos de la tentación que los acecha. Les da una salida para que puedan soportar (1 Cor. 10:13). Por esto su pueblo tiene frecuentes ocasiones de bendecir su nombre por su bondad cuando están expuesto a cualquier impiedad. Y esto, me parece ser el significado de Gálatas 5:16: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”, o sea: “Puede que seas tentado por ellos, pero no cedas, no. Mi espíritu hará que la tentación desaparezca sin haberse manifestado del todo, de modo que muera antes de haberse desarrollado”.

4. Los protege y no deja que se aparten de él y caigan en un estado pecaminoso y de esclavitud a Satanás. Así es, Satanás no cesa en sus constantes intentos para hacer que vuelvan a obedecerle. Nunca deja de tentarlos para que regresen, y donde encuentra un creyente falso, prevalece; pero Cristo protege a los suyos para que no se aparten. “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Juan 17:12).
Son “guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación” (1 Ped. 1:5). Guardados, como en un cuartel, de acuerdo con la importancia de esa palabra. ¡Ninguno es más solicitado, más seguro que el pueblo de Dios! Son “guardados en Jesucristo” (Jud. 1). No es la gracia de ellos lo que los mantiene a salvo, sino el cuidado y
continua vigilancia de Cristo… Este es su pacto con ellos: “Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer. 32:40). Como Rey, los guarda. Como Rey, recompensa su obediencia y los anima a servirle sinceramente. Aunque todo lo que hacen para Cristo es por obligación, él ha unido su consolación con su deber: “Estas bendiciones tuve porque guardé tus mandamientos” (Salmo 119:56). Se comprometen a hacerlo en medio de cada deber: “El que se acerca a Dios… es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6). ¡Oh a qué gran Señor sirven los santos!

Versiculo 112
6. Calma todas las dificultades y da paz cuando sus espíritus están alborotados. Le “paz de Dios” gobierna en sus corazones (Col. 3:15)… Cuando afloran las emociones tumultuosas, cuando la ira, el odio y el deseo de venganza comienzan a aparecer en el alma, esto soluciona todo. “Escucharé lo que hablará Jehová Dios; porque hablará paz a su pueblo y a sus santos” (Salmo 85:8). Es el que dice al mar embravecido: “Cálmate” y le obedece, él es el único que puede dar paz al espíritu inquieto… Estos son los actos de Cristo como Rey. Los realiza con poder, dulzura y poderosamente en el alma de su pueblo.

(1) Con poder: Ya sea que nos refrena de pecar o nos impulsa a cumplir nuestros deberes, lo hace eficazmente en el alma: “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Cor. 4:20). Y aquellos a quienes el Espíritu guía, marchan adelante ligados en el
espíritu para cumplir sus deberes (Hech. 20:22). También:

(2) No gobierna por compulsión, sino con gran dulzura. Su ley es una ley de amor escrita en sus corazones. La Iglesia es la esposa del Cordero (Apoc. 19:7). “No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia” (Isa. 42:3). “Os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo”, dice el apóstol (2Cor. 10:1). Porque se complace en la obediencia voluntaria, no forzada. Gobierna a hijos, no a esclavos, de modo que su poder como Rey está mezclado con su amor paternal. Su yugo no está hecho de hierro, sino de oro.

(3) Gobierna de una manera racional, según el carácter de ellos. “Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor” (Os. 11:4), o sea de una manera adecuada para apelar a su razonamiento y obrar sobre [su capacidad intelectual]. Su reino eterno es administrado por su Espíritu, a quien le dio la misión de representarlo en nuestros
corazones.

John Flavel (c. 1630-1691)
Tomado de “The Fountains of Life” en The Works of John Flavel. Tomo 1

El Ejemplo Cristiano

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El argumento más efectivo a favor del Cristianismo es todavía las buenas vidas de aquellos que lo profesan. Una compañía de Cristianos felices de vida pura en la comunidad es una prueba más poderosa que Cristo ha resucitado que cualquier tratado erudito pudiera ser. Y otra ventaja adicional es que, mientras que la persona promedio, común y corriente, no leería una obra teológica ni que se le pagara, nadie puede evadir el argumento práctico presentado por la presencia de mujeres y hombres santos.

Para los hijos e hijas de esta era tensa y altamente mecanizada una vida santa pareciera indiscutiblemente aburrida y aburridora y totalmente sin brillo, carente de interés, pero entre todos los juguetes imaginativos de fantasía que captan el interés del mundo, una vida santa se alza aparte como la única cosa destinada a perdurar.

*Las estrellas no hacen ruido*, dice el proverbio italiano, sin embargo han perdurado a través de todas las civilizaciones y en su modesto silencio han seguido brillantes por los siglos, predicando su sencilla doctrina de Dios y las cosas que perduran. Francisco de Asís compuso unos himnos sublimes y predicó unos sermones hermosos y amenos, pero no se le recuerda ni conoce por ninguno de éstos, sino que ha captado la imaginación moral de la humanidad. La pureza prístina de su vida es la que le ganó un lugar perdurable en los corazones de todos los que buscan a Dios.

El Cristiano que sea celoso de promover la causa de Cristo puede comenzar viviendo en el poder del Espíritu y así reproducir la vida de Cristo a la vista de los hombres. En profunda humildad y sin ostentación, él puede permitir que su luz brille. Tal vez el mundo pretenda no ver, pero lo verá y notará, sin embargo, y es probable que le moleste su conciencia de manera seria por lo que haya visto.

 

Extraído de “Orientando las velas”.

Aiden Wilson Tozer (21 de abril de 1897- 12 de mayo de 1963) fue un reconocido pastor cristiano estadounidense, predicador, escritor,  y conferenciante bíblico.

 

CRISTO EL INTERCESOR

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La oración intercesora es el segundo elemento del oficio sacerdotal [de Cristo], de quien leemos “que también intercede por nosotros” (Rom. 8:34); está “viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25) “… para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Heb. 9:24); “abogado tenemos para con el Padre” (1 Juan 2:1).

En cuanto a su intercesión tenemos que considerar su necesidad, naturaleza y eficacia.

PRIMERO CONSIDERAREMOS LA NECESIDAD DE SU INTERCESIÓN. La intercesión es una tarea que corresponde al oficio de Cristo como Sumo Sacerdote: “Tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Heb. 8:1).
Como Sumo Sacerdote, está en el cielo; como Sumo Sacerdote está sentado a la diestra de Dios. La tarea de que se ocupa como Sumo Sacerdotes es presentarse ante su Padre en nombre de sus escogidos, intercediendo por ellos. Así es que el oficio de Cristo como Sumo Sacerdote es interceder. Los asuntos por los cuales intercede son: (1) Todo lo que los escogidos necesitan en esta vida a fin de capacitarlos para ir rumbo al cielo —concretamente, el Espíritu Santo que los ilumina, consuela y santifica. Vemos esto en Juan 14:16-17: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con
vosotros para siempre: el Espíritu de verdad”. (2) Intercede para que puedan poseer perfectamente la salvación después de esta vida. “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24). Hebreos 7:25 lo confirma: “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”.

Para que los hombres fueran salvos, no era suficiente que por su sufrimiento, muerte y santidad ameritaran salvación; sino que era necesario también que por medio de su intercesión aplicara él la salvación y los hiciera de hecho partícipes de ella. Representativo de esto en el Antiguo Testamento es el Sumo Sacerdote, quien habiendo
terminado la ofrenda de sacrificio, tenía que entrar en el Lugar Santísimo con sangre a fin de rociarla sobre el propiciatorio y quemar incienso. El Señor Jesús, siendo el antetipo, de igual manera tenía que entrar con su propia sangre (Lev. 16; Heb. 9:12). Este requisito previo era tan necesario que sin él no podía ser un sumo sacerdote. “Así que,
si estuviese sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote” (Heb. 8:4). Si no hubiera sido sacerdote, no habría salvación para los escogidos, porque tienen que venir a Dios y ser salvos por medio de un sacerdote. Por esta razón, sacrificio y oración van juntos. “Cristo es el que murió… el que también intercede por nosotros” (Rom. 8:34). “Abogado tenemos
para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 2:1-2). Esta necesidad también es evidente por las siguientes razones:

Versiculo 106

Primero, le place a Dios que sea reconocido continuamente que fue despreciado por los hombres, que su justicia no permite que el hombre se acerque a él ni él al hombre, excepto por medio de un Garante o Garantía que está continuamente demostrando su expiación. Por lo tanto, está “viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Segundo, dado que la majestad de Dios ha sido despreciada, no podía tolerar que pudiera acercarse al hombre o aun a la Garantía, sino más bien que la Garantía debiera acercarse a él, y que, por así decirlo, lo haría trayéndole y entregándole el rescate.

Tercero, en cuanto al hombre al igual que el pago del Garante, es también la voluntad de Dios que su gracia al salvar al pecador sea exhibida y siempre reconocida, “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Rom. 3:24). Por lo tanto, aunque el sacrificio de Cristo es perfecto y que su expiación es eternamente eficaz, tiene que ser aplicado por medio de una intercesión “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios…acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y
hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:14, 16)…

Cuarto, fue también necesario en referencia al Señor Jesús mismo. Él era el Garante y no podía ser eximido de su función en tanto sus escogidos no hubieran sido salvos. A fin de preparar un lugar para los escogidos y de llevarlos a la salvación, tenía que necesariamente haber una intercesión (compárese con Juan 17:24; Heb. 7:25). Por lo tanto el Señor Jesús tiene que continuar con su intercesión hasta que todos sus
escogidos sean reunidos en el cielo.

Quinto, la voluntad del [Padre] es también que el Señor Jesús sea reconocido como todavía involucrado [para beneficio de los escogidos], a fin de que, por él, acudan al trono, y que al hacerlo, encuentren que Cristo es un Garante que lleva sus oraciones ante el Padre (Apoc. 8:3- 4)…Es necesario que el Garante presente continuamente la expiación
ante el trono. Pablo puntualizó esto en Romanos 5:10: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida”. ¿Y por qué somos salvos por su vida? Porque está “viviendo siempre para interceder por ellos [nosotros]” (Heb. 7:25).

Versiculo 107

EL SEGUNDO FACTOR QUE DEBE SER CONSIDERADO EN RELACIÓN CON LA INTERCESIÓN ES EL MODO COMO SON SUS ORACIONES POR SUS ESCOGIDOS.

Primero, así como Cristo ejecutó el primer elemento de su oficio de Sumo Sacerdote como Garante, o sea, el sacrificio de su cuerpo, también administra el segundo elemento de su oficio, o sea, intercesión, como Garante. No se limita a comparecer ante el trono como un amigo que habla bien en defensa de su pueblo sino que, como Garante, se presenta para hacerse responsable de lograr cabalmente la salvación de los suyos. Esto se hace evidente en Hebreos 7:22-25. En el versículo 22, el apóstol lo llama expresamente “fiador” [garante]. Habla también de él en los versículos subsiguientes: “Mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable” y sigue “viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:24-25). Además, dado que cumplió el primer aspecto de su oficio sacerdotal como Dios y hombre, la eficacia de su sacrificio que se deriva de su oficio sacerdotal como Dios y hombre, la eficacia de su sacrificio siendo derivada de su naturaleza divina —de la persona divina— Cristo tiene que ser considerado tanto Dios y como hombre en relación con el segundo elemento de su
ministerio sacerdotal. El que la eficacia de su intercesión se deriva también de su Persona, esto es, su naturaleza divina, es avalada por el apóstol en Hebreos 4:14: “[Tenemos] un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios”. Grande es él, pues, siendo el Hijo de Dios, es igual al Padre. Ese es el punto crítico, y es lo que brinda consuelo y valentía…

Segundo, no pensemos que Cristo cae allí de rodillas y ora con fuertes clamores y lágrimas (Heb. 5:7). No, eso fue lo que hizo antes, durante su humillación. No obstante, su intercesión consiste de su aparición con su sangre en el santuario ante el rostro de su Padre: “Que habla mejor que la de Abel” (Heb. 12:24). Consiste de la demostración de la eficacia de su sufrimiento y su muerte.

Tercero, consiste de su voluntad eficaz por la que, en base al pacto, demanda el cumplimiento de todas las promesas para sus escogidos tanto en esta vida (Juan 17:15-17) con en la vida venidera. “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24). El Padre le da licencia para hacer tales
demandas, al decir: “Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra”. Esto es lo que el Padre le promete. “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada” (Isa. 53:10). Esto es lo que demanda el Hijo.

Cuarto, su intercesión consiste en abogar y defender a sus escogidos contra todas las acusaciones en su contra. Por eso, el apóstol Juan lo llama Abogado (1 Juan 2:1) y lo confirma el apóstol que dice: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también
resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Rom. 8:33-34). Dado que puede demostrar que ha pagado completamente por cada pecado y ha cumplido la Ley en su lugar poniéndose bajo la Ley y siendo obediente a ella, llega a la conclusión que no hay condenación para sus escogidos, sino que tienen
derecho a una felicidad eterna.

Quinto, consiste de presentar las oraciones de sus hijos que han ofrecido en su nombre a través del Espíritu de gracia y suplicación. Dado que han sido ofrecidas en su nombre, sus méritos tienen tanta eficacia que sus oraciones son escuchadas…

EL TERCER FACTOR QUE DEBE SER CONSIDERADO CON RELACIÓN A LA INTERECESIÓN ES SU EFICACIA.

Esto es evidente por tres razones: Primero está la justicia de la causa. Aquí no entran en juego el favoritismo, ni el pasar por alto, ni meramente hace Cristo un pedido. En cambio, el asunto por el cual ruega Cristo como Abogado es totalmente justo y está avalado por una documentación superlativa. Cristo aparece en nombre de sus escogidos con el rescate que él mismo pagó, tan perfecto que no le falta ni un centavo: “… habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo”(Heb. 1:3); “Por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Heb. 9:12).

Versiculo 108

Cumplió la Ley tan perfectamente en nombre de los escogidos que son ellos “justicia de Dios en él”. La justicia de la Ley se cumple en nosotros (Rom. 8:4). Esto le demostró a su Padre, y por lo tanto esto es lo único que puede ser seguido para verdadera justificación y el otorgamiento del derecho de poseer felicidad eterna.

Segundo, la eficacia de su intercesión se hace evidente en su relación entre Dios y los escogidos, como lo es entre un padre y sus hijos. El Señor Jesús ora por aquellos a quienes ha amado el Padre con amor eterno, los ha aceptado como sus hijos, los ha designado para ser objetos de su gracia y bondad, y los ama tiernamente. Por esto, el
Padre anhela que alguien le hable en nombre de ellos. Entonces, ¿cómo podría ser que este Abogado fuera rechazado?

Tercero, esta eficacia se hace evidente también en la persona misma que es el Abogado. Él es el gran Sumo Sacerdote (compárese con Heb. 4:14; 10:21). Es grande en su persona, siendo de la misma naturaleza que su Padre, y grande es la amistad entre él y su Padre. “Porque el Padre ama al Hijo” (Juan 5:20). Con total aceptación, sometimiento y placer se ha convertido en Abogado. Por juramento, se ha consagrado a su oficio sacerdotal y ha obedecido a su Padre en todas las cosas, aun hasta la muerte en la cruz. El Padre mismo dice de él: “Pídeme, y te daré” (Sal. 2:8). ¿Cómo puede un Intercesor tal ser rechazado?

Ahora consideremos todas estas cosas juntas. Como semejante Sumo Sacerdote —el propio Hijo de Dios quien siendo una de las partes en el pacto de redención se ha sometido voluntaria y obedientemente a todo— representa la causa más justa, lo cual puede confirmar por medio de su pasión y muerte y probar con su obediencia a la Ley. Con todo esto, defiende la causa de sus escogidos, haciéndolo ante un Padre benevolente y generoso en nombre de sus hijos y herederos amados.

Por estas razones, su intercesión es eficaz en su máximo grado. Es por esto que es totalmente cierto que prevalecerá y que bendecirá a sus hijos. Sí, si Cristo, mientras estaba sobre la tierra, siempre era escuchado (Job 11:41-42), mucho más él, estando ahora en el cielo recibirá todo lo que pide.

Tomado de The Christian’s Reasonable Service 
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Wilhelmus à Brakel (1635-1711): Teólogo holandés representando la Segunda Reforma Holandesa; nació en Leeuwarden, Holanda.

 

Cristo el Sacerdote

Blog18

Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado (Hebreos 9:26).

PREGUNTA: ¿Cómo cumple Cristo el oficio de sacerdote?

RESPUESTA: En que se ofreció una vez y para siempre como sacrificio para satisfacer la justicia divina y reconciliarnos con Dios, y para interceder continuamente por nosotros.

¿Cuáles son los elementos del oficio sacerdotal de Cristo? El oficio sacerdotal de Cristo
consiste de dos elementos: Su satisfacción y su intercesión.
SU SATISFACCIÓN: Esta consta de dos partes: (1) Su obediencia activa: Cumplió toda justicia (Mat. 3:15). Cristo hizo todo lo que la Ley requería. Su vida santa es un comentario perfecto de la Ley de Dios; y es por nosotros que obedeció la Ley. (2) Su obediencia pasiva: Habiéndole sido transferida y cargada a él nuestra culpa, sufrió el castigo que nos correspondía a nosotros. [Vino al mundo] para quitar el pecado por
medio de ofrecerse como sacrificio. El cordero pascual sacrificado era un tipo de Cristo quien se ofreció como sacrificio por nosotros. El pecado no podía ser quitado sin derramamiento de sangre. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado (Heb. 9:22). Cristo no solo fue un cordero sin mancha, sino un cordero sacrificado.
¿Por qué era un requisito que hubiera un sacerdote? Tenía que haber un sacerdote que fuera un árbitro que mediara entre la criatura culpable y el Dios santo. ¿Cómo podía Cristo sufrir, siendo Dios? Cristo sufrió solo en su naturaleza humana. Pero si solo sufrió la naturaleza humana de Cristo, ¿cómo podía este sufrimiento ser una satisfacción por el
pecado? Estando la naturaleza humana unida a la divina, la naturaleza humana sufrió y la naturaleza divina fue satisfecha. La divinidad de Cristo sostuvo a la naturaleza humana de modo que no desmayó y le otorgó virtud a sus sufrimientos. El altar santifica lo que es ofrecido sobre él (Mat. 23:19). El altar de la naturaleza divina de Cristo santificó
el sacrificio de su muerte y le dio valor infinito.
¿Dónde se manifiesta la grandeza de los sufrimientos de Cristo?
(1) En los sufrimientos de su cuerpo. Sufrió de verdad, no solo en apariencia. El apóstol lo llama “muerte de cruz” (Fil. 2:8)… Pensar en esto hizo que Cristo sudara gotas de sangre en el huerto (Luc. 22:44). La suya fue una muerte ignominiosa, dolorosa y maldita. Cristo sufrió en todos sus sentidos. Sus ojos vieron dos escenas dolorosas: A sus
enemigos insultándole y a su madre llorando. Sus oídos se llenaron de los vilipendios del pueblo. “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar” (Mat. 27:42).

Su olfato sintió el asco de las escupidas en su rostro. Su gusto sufrió cuando le dieron hiel y vinagre para beber. Su sentido del tacto fue lacerado por las espinas de la corona sobre su sien, y por los clavos en sus manos y sus pies. Su cuerpo entero fue una gran herida;
ahora este blanco lirio estaba teñido de púrpura, (2) En los sufrimientos de  su alma. Fue prensado como en una prensa de vino ––la prensa de la ira de su Padre. Esto causó el grito y el clamor desde la cruz: “Dios mío, Dios mío” (Mat. 27:46). Cristo sufrió un eclipse doble en la cruz ––un eclipse del sol y un eclipse de la luz del rostro de Dios. ¡Cuán amarga fue esta agonía!… Cristo sintió los dolores del infierno en su alma, aunque no en ese lugar precisamente, sino de forma parecida. ¿Por qué sufrió Cristo? No por nada que él mismo merecía. “Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí” (Dan. 9:26; Isa. 53:6): fue por nosotros… Sufrió para poder satisfacer la justicia de Dios en nuestro lugar. Nosotros, por nuestros pecados, ofendimos infinitamente a Dios; y, ni con derramar ríos de lágrimas, ni con ofrecer millones de holocaustos y ofrendas quemadas, podríamos haber apaciguado a una Deidad airada. Por lo tanto, Cristo tenía que morir para que la justicia
de Dios fuera satisfecha. Los teólogos debaten acaloradamente si Dios podía haber perdonado el pecado libremente sin un sacrificio. Sin entrar a disputar lo que Dios
podría haber hecho, cuando resolvió que la Ley se satisficiera y que el hombre fuera salvo de un modo justo al igual que misericordioso, se hizo necesario que Cristo diera su vida como un sacrificio.
(1) Para cumplir las predicciones de las Escrituras: “Así fue necesario que el Cristo padeciese” (Luc. 24:46).
(2) Para reconciliarnos con Dios. Una cosa es que a un traidor se le perdone, y otra que llegue a ser un favorito. La Biblia no solo llama sacrificio a la sangre de Cristo, por la cual Dios es aplacado, sino también propiciación, por medio de la cual Dios pasa a ser benevolente y cariñoso con nosotros. Cristo es nuestro propiciatorio desde el cual
Dios nos da respuestas de paz.
(3) Cristo murió para avalar su última voluntad y testamento con su sangre. Cristo dejó muchos legados a los creyentes, que hubieran sido anulados y sin valor si no hubiera muerto y con su muerte confirmado su voluntad (Heb. 9:16).

Thomas Watson 6

Un testamento no es vigente hasta después de la muerte del que lo hizo: La misión del Espíritu, las promesas, esos legados, no entraron en vigor hasta la muerte de Cristo; Cristo con su muerte los selló, y los creyentes tienen derecho a ellos y pueden reclamarlos.
(4) Murió para poder adquirir para nosotros mansiones gloriosas. Por ello, el cielo es llamado no solo una posesión prometida sino una “posesión adquirida” (Ef. 1:14). Cristo murió para darnos una nueva posición, sufrió para que pudiéramos reinar, colgó de la cruz para que pudiéramos sentarnos en el trono. El cielo fue cerrado. La cruz de Cristo es la escalera por la cual ascendemos al cielo. Su crucifixión fue nuestra coronación.
Primer valor: En el sacrificio sangriento de Cristo, vemos la naturaleza horrorosa del pecado. El pecado, de hecho, es aborrecible pues por él Adán fue desterrado del paraíso y los ángeles fueron echados al infierno. Pero lo que lo hace más horroroso es esto: Hizo que Cristo cubriera su gloria y derramara su sangre… Ver el cuerpo sangriento de Cristo debiera indignarnos en contra del pecado… No dejemos que aquello que hizo de Cristo un hombre de dolores sea nuestro gozo.
Segundo valor: ¿Es Cristo nuestro Sacerdote sacrificado? Contemplemos una demostración de la misericordia y justicia de Dios. Podríamos decir como el apóstol: “Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios” (Rom. 11:22).

(1) La bondad de Dios en proveer un sacrificio. Si Cristo no hubiera sufrido en la cruz, habríamos caído en el infierno para siempre, satisfaciendo así la justicia de Dios. (2) La severidad de Dios. Aunque se trataba de su único Hijo, su Hijo amado, y aunque nuestros
pecados les fueron imputados a él, Dios no lo libró de nuestros pecados, sino que su ira se encendió contra él (Rom. 8:32). Si Dios fue así de severo con su propio Hijo, ¡qué terrible será un día con sus enemigos!
Los que mueren siendo impenitentes empedernidos tienen que sentir la misma ira que Cristo sintió, pero como no lo pueden soportar de una sola vez, tienen que soportarla para siempre.

Thomas Watson 7
Tercer valor: ¿Es Cristo nuestro Sacerdote, quien fue sacrificado por nosotros? Entonces veamos el tierno afecto de Cristo para con nosotros, pecadores. “La cruz fue un púlpito desde el cual Cristo predicó su amor al mundo”, dijo San Agustín10. El que Cristo muriera significaba más que si todos los ángeles se hubieran convertido en polvo, y especialmente que Cristo muriera como un malhechor, cargando con el peso de… los
pecados de los hombres, y que muriera por sus enemigos (Rom. 5:10). El árbol de bálsamo destila su preciosa savia para curar a los que lo cortan o queman; de la misma manera, Cristo derramó su sangre para curar a aquellos que lo habían crucificado. Murió por su propia voluntad. Es llamado la ofrenda del cuerpo de Jesús (Heb. 10:10). Aunque sus sufrimientos fueron tan intensos que le hicieron suspirar, llorar y sangrar; no pudieron hacer que se arrepintiera. “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isa. 53:11). Cristo tuvo aflicciones duras en el Calvario, pero a pesar de ellas no se arrepiente de haber estado en la cruz, sino que comprende que su sudor y su sangre valieron la pena porque ve la redención que trajo al mundo. ¡Oh amor de Cristo infinito y maravilloso! ¡Un amor que sobrepasa todo entendimiento! Un amor que
no tiene paralelo ni en hombre ni en ángel alguno (Ef. 3:19). ¡Cuánto debiera afectarnos este amor!… Ante la muerte y pasión de Cristo, las rocas mismas se partieron (Mat. 27:5). No sentirse afectado por el amor de Cristo al morir es tener corazones más duros que las rocas.
Cuarto valor: ¿Es Cristo nuestro sacrificio? Siendo así veamos la excelencia de su sacrificio. (1) Es perfecto. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14). Por lo tanto, ¡cuán impíos son [los que agregan] sus méritos y las oraciones de los santos al sacrificio de Cristo! Lo ofrecen cotidianamente en la misa,
como si el sacrificio de Cristo en la cruz hubiera sido insuficiente. Esto es una blasfemia contra el oficio sacerdotal de Cristo. (2) El sacrificio de Cristo es meritorio. No solo murió para sernos ejemplo, sino para merecer la salvación. La persona que sufrió siendo Dios igual que hombre, le puso virtud a sus sufrimientos; y nuestros pecados fueron expiados y Dios fue aplacado… En cuanto Cristo murió, la ira de Dios se aplacó. (3) Este sacrificio es beneficioso… Procura nuestra justificación, la aceptación de nuestro servicio, acceso libre a Dios y entrada al Lugar Santísimo en el cielo (Heb. 10:19)… Israel pasó por el Mar Rojo a Canaán; de la misma manera por el mar rojo de la sangre de Cristo, entramos a la Canaán celestial.

Juan Calvino 1

Quinto valor: Apliquemos esta sangre de Cristo. Su aplicación tiene la virtud de un medicamento. Aunque este medicamento está compuesto por la sangre de Dios, no sana a menos que se aplique con fe… La fe hace que el sacrificio de Cristo sea nuestro. “Cristo Jesús, mi Señor” (Fil. 3:8). No es el oro de las minas que enriquece, sino el oro en la mano. La fe es la mano que recibe los méritos de oro de Cristo… La fe abre las heridas de Cristo y bebe el preciado [tónico] de su sangre… Sin fe, Cristo mismo no nos sirve.

Sexto valor: Este sacrificio de la sangre de Cristo puede consolarnos infinitamente. Esta es la sangre de la expiación. “La cruz de Cristo es la bisagra de nuestra liberación” (Juan Calvino), la bisagra y fuente de nuestra consolación. (1) ¡Esta sangre consuela en caso de culpabilidad! Mi alma dice: “Oh, mis pecados me intranquilizan, pero la sangre de Cristo
fue derramada para remisión de pecado (Mat. 26:28)”. Asegurémonos que nuestros pecados le sean cargados a Cristo, y entonces ya no serán nuestros sino de él. (2) En caso de contaminación. La sangre de Cristo es una sangre que cura y limpia. Cura. “Por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5)… Y aunque Cristo está en el cielo, podemos sentir la virtud de su sangre curando nuestras heridas. Y limpia. Por lo tanto la Biblia la compara con el agua de un manantial (Zac. 13:1). La palabra es un [espejo] para mostrarnos nuestras manchas, y la sangre de Cristo es un manantial para quitarlas; convierte la lepra en pureza. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Sin embargo, hay una mancha tan negra que la sangre de Cristo no quita, es el pecado contra el Espíritu Santo. No que le falta virtud a la sangre de Cristo para quitarla, pero el que ha cometido ese pecado no será limpiado; desprecia la sangre de Cristo y la pisotea (Heb. 10:29). Así es que vemos qué [tónico] potente es la sangre de Cristo: es el ancla de nuestra fe, el manantial de nuestro gozo, la corona de nuestros anhelos y el único sostén tanto en la vida como en la muerte. En medio de nuestros temores, consolémonos en el sacrificio propiciatorio de la sangre de Cristo. Cristo murió como un comprador al igual que un conquistador: como un comprador con respecto a Dios habiendo obtenido por su sangre nuestra salvación y como un conquistador con respecto a Satanás, habiendo la cruz sido una carroza triunfante con la que puso el infierno y la muerte en cautividad.
Séptimo valor: Bendito sea Dios por este precioso sacrificio de la muerte de Cristo: “Bendice, alma mía, a Jehová” (Sal. 103:1). ¿Y por qué lo bendice David? Porque es “el que rescata del hoyo tu vida”. Cristo se ofreció a sí mismo como una ofrenda de pecado por nosotros; ofrezcámonos nosotros como una ofrenda de gratitud a él. Si alguien  redime a otro de una deuda, ¿no estará acaso agradecido? Presentémosle a Cristo frutos de justicia, que son para la gloria y alabanza a Dios.
Tomado de A Body of Divinity.

Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano no conformista y prolíficoautor; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.

Huir del Pecado

Blog17

“Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.”        Génesis 4:7 

Dios pronunciará una terrible sentencia contra Caín si se endurece en su maldad y se entrega a su delito. La advertencia es clara: Dios no solo desestima la queja injusta de Caín, sino que también le muestra que no hay mayor adversario para él que el pecado que él mismo desea. Dios, con estas concisas palabras, deja al impío sin escapatoria. Es como si le dijera: «Tu obstinación no te rendirá beneficio alguno, puesto que, aun cuando no quieras tener relación conmigo, tu pecado no te dará tregua, sino que te hostigará, te perseguirá, te apremiará y no te dejará salida». Caín está airado, pero no le sirve de nada. Es culpable de su propia condena interior aunque nadie le acuse. La expresión el pecado está a la puerta hace referencia al juicio interior de la conciencia que convence al ser humano de su pecado y le asedia por todos lados. Quizá el impío imagine que Dios dormita en el Cielo. Puede que intente ahuyentar el miedo al juicio. Sin embargo, el pecado arrastrará a estos fugitivos renuentes de vuelta al tribunal del que desean huir. La expresión de Moisés es especialmente contundente. El pecado está a la puerta, lo cual da a entender que el pecador no sufre el tormento inmediato del temor al juicio. En lugar de eso, rodeándose de todos los deleites posibles para engañarse a sí mismo, parece caminar libremente por el campo abierto y los prados. Sin embargo, al llegar a la puerta, se topa con el pecado, que hace guardia constantemente. Luego la conciencia, que anteriormente estaba libre, también queda arrestada, por lo que el retraso le cuesta un doble castigo.

Cuando pecamos y Dios nos convence de ese pecado, intentamos huir del juicio de muchas formas. Sin embargo, ¿por qué es imposible escapar de los efectos del pecado? ¿Qué clase de castigo podemos aguardar cuando por fin dejemos de correr?

 

LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Eclesiastés 8:1-14

 

Extraído del libro “365 días con Juan Calvino” (Editorial Peregrino 2016)

CRISTO EL PROFETA

Blog15
Aunque hay muchos nombres y títulos dados a Cristo, todos se pueden reducir a los oficios de Profeta, Sacerdote y Rey. Estos son ejecutados por Cristo en el orden que los he enunciado:
Primero ejerció el oficio profético, desde su bautismo hasta el final de su vida terrenal. Al morir como Sacerdote, se ofreció como sacrificio a Dios por los pecados de su pueblo y ahora vive para siempre intercediendo por ellos. Al ascender al cielo, fue hecho y declarado Señor y Cristo. Sentado como un Rey en su trono desde entonces ha ejercido su oficio real. Lo hará aún más aparente en el más allá.
Comenzaré con su oficio profético…
PRIMERO: FUE PREDICHO QUE CRISTO APARECERÍA COMO UN PROFETA.

Por lo tanto, los judíos lo esperaban como tal. Es por eso que cuando vieron los milagros que hizo, dijeron: “Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo” (Juan 6:14), significando lo que Moisés había profetizado, habiéndole dicho el Señor: “Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú” (Deut. 18:15, 18). Esto no puede comprenderse como una sucesión de profetas, como afirman los judíos; porque aquí habla de una sola persona… no Josué, ni David ni Jeremías, sino solo Jesús de Nazaret, a quien se refieren [los escritos de Moisés y los profetas] (Hech. 3:22; 7:37)… Fue “levantado” por Dios como profeta. De estos tenían conciencia los judíos; y por lo tanto glorificaron a Dios considerándolo como una visitación suya bondadosa y llena de gracia (Luc. 7:16). Fue levantado “en medio de sus hermanos”, siendo el Hijo de Abraham,
Hijo de David, de la tribu de Judá, nacido en Belén; de hecho era israelita según la carne.
Era “como Moisés”, un profeta, como él y más grande que él. Así como la Ley vino por Moisés, la gracia y verdad vinieron por Cristo. Así como Moisés fue levantado y enviado a ser redentor de Israel, sacándolo de la esclavitud en Egipto, Cristo fue levantado y enviado a ser Salvador y Redentor de su pueblo de una esclavitud peor que la egipcia. Así como Moisés fue fiel en la casa de Dios, lo fue también Jesús: En Hebreos 3:2-6 encontramos una comparación entre ambos en la cual Cristo tiene la preferencia. Las palabras de Dios fueron “puestas en la boca” de Cristo. La doctrina que predicaba no era suya propia, sino de su Padre. No hablaba por sí mismo, sino lo que el Padre le decía, eso hablaba; y hablaba “todo” lo que recibía de este y lo que este le mandaba. Así es que Cristo fue fiel a Aquel que lo había ungido (Juan 7:16; 8:29; 12:49-50; 15:15; 17:6, 8). Por lo tanto, Cristo fue escuchado, tal como su Padre les indicó a sus apóstoles que lo hicieran: “Este es mi Hijo amado…a él oíd” (Mat. 17:5), refiriéndose claramente a la profecía ya enunciada.

Versiculo 88
Las cualidades de Cristo para este oficio profético también fueron predichas, estas se encuentran en los dones y las gracias del Espíritu, los cuales recibió sin medida: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos” (Isa. 61:1). Cristo predicó su primer sermón en
Nazaret tomando este pasaje de las Escrituras, y habiendo leído el texto, dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Luc. 4:16-21; ver Isa. 11:1-2).
También hay en el Antiguo Testamento varios nombres dados a Cristo que se refieren a su oficio profético: “Mensajero”, el mensajero del pacto, cuya tarea era explicar y declarar su significado. Igualmente como el apóstol de nuestra profesión: “elocuente mediador muy escogido, que anuncie al hombre su deber” (Job 33:23) —un intérprete de la mente y la voluntad de Dios a quien llevaba dentro y se las revelaba, siendo su misión predicar justicia y rectitud, aun la suya, en la gran congregación. Y lo hizo (Sal. 40:9)… Es llamado “Consejero”, no solo porque estaba ocupado en el consejo de la paz, sino también porque da orientación y consejos sobre el evangelio, tanto a santos como a
pecadores (Isa. 9:6; Apoc. 3:18). Es presentado como un “Maestro” de los caminos de Dios y de las verdades del evangelio, llamados Ley o doctrina (Isa. 2:2-3; 42:4; Joel 2:23)… Además, es llamado “Luz” para alumbrar a los gentiles al igual que a los judíos y para impartir un conocimiento claro de la verdad tal como está en él mismo (Isa. 9:2; 42:6). De la misma manera, [es llamado] “testigo a los pueblos” (Isa. 55:4, y para ser testigo de la verdad es que vino al mundo. ¡Y un testigo fiel es él (Juan 18:37; Apoc. 3:14)! Todo lo que le pertenecía y que señalaba al oficio profético de Cristo apareció y se cumplió en nuestro Jesús. Sí, el mismísimo lugar y los sectores más específicos de Judea, donde principalmente iba a ejercer su función de profeta fueron predichos (ver Isa. 9:1; cf Mat. 4:12-15).

John Gill 2
SEGUNDO, LA EVIDENCIA Y PRUEBA DE QUE CRISTO ERA ESE PROFETA QUE VENDRÍA SON LOS MILAGROS QUE FUERON REALIZADOS POR ÉL.

Cuando Cristo hizo el milagro de alimentar a cinco mil personas con cinco panes y dos pececillos, algunos de los judíos que vieron el milagro se convencieron y dijeron:
Cristo el profeta  “Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo”
(Juan 6:14). Y cuando resucitó al hijo de la viuda de Naín a quien llevaban para sepultar, dijeron: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros” (Luc. 7:16). Del mismo modo, por sus milagros, Nicodemo estaba convencido que había “venido de Dios como maestro” (Juan 3:2). Los judíos esperaban que cuando viniera el Mesías, haría muchos y grandes milagros. Tenían buena razón para ello: había sido predicho que así sería (Isa. 35:4-6). Por eso, cuando vieron qué clase de milagros y cuán numerosos eran los que hacía Cristo, algunos de los judíos creyeron que era el Cristo (Juan 7:31). Cuando Juan [el bautista] envió a dos de sus discípulos para que le preguntaran a Cristo si era “el que
había de venir” ––el profeta que había de venir— o si debían esperar a otro, les pide que vayan y le cuenten a Juan lo que habían visto y oído, refiriéndose a los milagros que había realizado. Los menciona específicamente y termina diciendo: “a los pobres es anunciado el evangelio” y con estas palabras finaliza su respuesta (Mat. 11:2-5).
Apelaba frecuentemente a sus milagros, no solo como pruebas de su deidad sino de que era el Mesías (Juan 5:36; 10:37-38). Estos milagros eran reales e indubitables: eran tales que superaban las leyes y el poder de la naturaleza, ¡lo cual una mera criatura nunca hubiera podido hacer!…Lo siguiente a considerar es:
TERCERO, LAS PARTES DEL OFICIO PROFÉTICO CUMPLIDO POR CRISTO, que son:
3.1 Primero, predecir eventos futuros: Por ser Dios omnisciente sabía todas las cosas del futuro… y las anunciaba, [como por ejemplo] un asna atada en cierto lugar a donde mandó a sus discípulos para que la soltaran. Les comunicó lo que los dueños les dirían sobre eso y lo que debían responder. [Predijo] a un hombre llevando una vasija de
agua, a quien sus discípulos debían seguir, lo cual los llevaría al dueño de una casa donde se prepararía la Pascua para él y para ellos (Mar. 11:2-6; 14:13, 16).
Pero más específica y especialmente, Cristo predijo sus sufrimientos y su muerte, cómo habría de morir crucificado (Mat. 16:21; 20:18-19; Juan 12:31-32), y la manera como habría de suceder su muerte ––por la traición de uno de sus discípulos a manos de sus enemigos. Sabía desde el principio quién lo entregaría y les declaró a sus discípulos en
general que sería uno de ellos; y se dirigió a Judas en particular pidiéndole que lo hiciera pronto. Y cuando llegaba el momento para que se cumpliese el ardid de Judas, Cristo le dijo a sus discípulos: “Se acerca el que me entrega”, y enseguida apareció Judas con una gran multitud y una banda de soldados para prenderlo a una señal de Judas  (Juan 6:64; 13:18, 21; Mat. 26:46-47). Cristo predijo la conducta de sus discípulos hacia él una vez preso: se escandalizarían de él lo abandonarían; y que Pedro, específicamente, lo negaría tres veces antes que cantara el gallo, todo lo cual sucedió exactamente como lo anunció (Mat. 26:31, 34, 56, 74-75).
También predijo su resurrección de los muertos el tercer día, lo cual hizo en un lenguaje más oscuro y figurativo, pero con una señal más clara y fácil, [al destacar] la señal del profeta Jonás. Y a pesar de todas las precauciones que tomaron los judíos quienes sabían que lo había predicho, así se cumplió. (Juan. 2:19; 12:39-40; Mat. 16:21; 27:63-66). Habló de cómo sus discípulos serían tratados después de su partida: que serían entregados a los concilios, y azotados en las sinagogas; y delante de gobernadores y reyes serían llevados por causa de él; serían ajusticiados y aquellos que los mataran pensarían que le habían hecho un favor a Dios. Todos esto sucedió y se cumplió en todos sus discípulos (Mat. 10:17-18; Juan 16:2). Predijo la destrucción de Jerusalén, las señales previas, sus sufrimientos y lo que luego seguiría (Mat. 24:1-51)… El libro de Apocalipsis es una profecía dada por Cristo a Juan, concerniente a todo los que sucedería a la iglesia y al mundo, en el primer caso, desde la resurrección de Cristo hasta su Segunda Venida. La mayor parte [de esto] se ha cumplido de un modo asombroso, y hay buena razón para
creer que el resto a su tiempo también se cumplirá.
3.2. Segundo, otra parte del oficio profético de Cristo es la de la predicación de la Palabra. En las Escrituras, esto a veces es llamado profecía (1 Cor. 14:3). Esto realizó Cristo al interpretar la Ley, dándole el verdadero sentido, destacando su espiritualidad y extensión, y vindicándola de los falsos comentarios de los fariseos (Mat. 5:1-48),
pero principalmente predicando el evangelio. Estaba altamente calificado para hacer esto. Lo hacía persistentemente, predicándolo en una ciudad y luego en otra, donde fuera que era enviado, y luego por toda Galilea y otras regiones (Luc. 4:43; Mat. 4:23). Lo hacía con una autoridad que los escribas y fariseos no tenían (Mat. 7:29), declarando
que lo que predicaba lo había recibido del Padre, quien le había dado a conocer su mente y voluntad sellando así las profecías. Por eso, no tenemos que hacer caso a ningunas supuestas profecías y revelaciones de hombre, que no coinciden con la Palabra de Dios (Juan 1:17; 15:15; Heb. 1:1-2; Dan. 9:24), y que Cristo enseñó libremente, con valentía y sin temor ni haciendo acepción de personas, tal como lo admitieron los
judíos mismos (Mat. 22:16). Hablaba con una sabiduría, prudencia y elocuencia, jamás vista hasta entonces (Juan 7:46) y con tal dignidad y Cristo el profeta  con palabras tan llenas de gracia ––la gracia destilaba de sus labios— que los que lo escuchaban no salían de su asombro (Sal. 45:2; Luc. 4:22). Esta parte de su oficio profético no se expresaba únicamente en el ministerio externo de la Palabra, sino también en la iluminación
poderosa e interior de la mente: en abrir el corazón, como sucedió con Lidia (Hech. 16:14) para que prestara atención a lo que se decía, y en abrirle el entendimiento para comprender las Escrituras, para recibir y hacer suyas las verdades divinas: la palabra viniendo no solo como palabra, sino con poder del Espíritu Santo y mucha seguridad.
CUARTO, EL TIEMPO CUANDO CRISTO CUMPLIÓ ESTE OFICIO:

Podemos considerar este oficio como cumplido “inmediatamente” o “mediatamente”.

4.1 Inmediatamente, por Cristo, solo por su persona misma. Esto fue aquí en la tierra en su estado de humillación. Porque vino de Dios como un Maestro, siendo enviado y ungido por él para predicar el evangelio, inició rápidamente este oficio después de su bautismo y siguió ejerciéndolo hasta su muerte, pero solo a las ovejas perdidas de
Israel a las cuales había sido enviado. Les dio a sus discípulos la comisión de predicar el evangelio a ellas solamente en ese tiempo porque era “siervo de la circuncisión”, o sea, un siervo de los judíos circuncidados y a ellos solamente (Rom. 15:8).

4.2 Mediatamente, por su Espíritu, por los profetas del Antiguo Testamento y por los apóstoles y siervos del Nuevo. En este sentido, ejerció el oficio de Profeta tanto antes como después de su estado de humillación.
4.2.1. Antes de su encarnación: De hecho, a veces sí se apareció personalmente en forma humana y predicó el evangelio a los hombres, como a nuestros primeros padres en el huerto del Edén, inmediatamente después de la Caída. Declaró que “la simiente de la
mujer”, dando por entender él mismo, “heriría [a la serpiente] en el calcañar”. Esta buena nueva, estrictamente hablando: fue “anunciada primeramente por el Señor” (Gén. 3:15; Heb. 2:3). Es así que, con el nombre de Ángel del Señor, y muy probablemente en forma humana, se apareció a Abraham y le predicó el evangelio, diciendo: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra” (Gén. 22:15-18; Gál. 3:8). Estuvo con miles de ángeles en el Monte Sinaí… Estuvo con Moisés en el desierto, le habló en el Sinaí y le dio las palabras divinas de vida (Sal. 68:17-18; Hech, 7:38)…Y así como los santos profetas 5 inmediatamente –directamente, sin nadie ni nada entre medio.
mediatamente – indirectamente, actuando a través de alguien o algo. Él mismo – algunos creen que la “semilla” incluía también a los escogidos de Dios.  desde el principio del mundo hablaron de Cristo, él, por su Espíritu, hablaba en ellos y testificaba de sus sufrimientos y de la gloria que luego vendría (1 Ped. 3:18-20; 1:11).

4.2.2. Cristo siguió ejerciendo su oficio profético después de haberse terminado su estado de humillación, y fue resucitado de entre los muertos y fue glorificado. Después de eso, se apareció a sus discípulos y les habló sobre lo que las Escrituras decían de él. Les abrió el entendimiento para que pudieran comprenderlas y les habló de las cosas concernientes al reino de Dios. Los instruyó [en esas cosas] y les renovó la comisión de que predicaran y bautizaran, y la amplió. Cristo les prometió estar con ellos y con sus sucesores hasta el fin del mundo.
Para entonces, no en su propia persona, sino después de su ascensión al cielo, Cristo en y a través de sus siervos, fue y les predicó paz a los que estaban cerca y a los que estaban lejos, tanto judíos como gentiles. Aquellos que los oyen, lo oyen a él. Aquellos que los desprecian, lo desprecian a él. Así continúa y continuará ejerciendo su oficio profético en y a través de sus siervos y a través de su Espíritu, cuidándolos a través de las edades hasta el final de los tiempos, hasta haber recogido a todos sus escogidos.
Tomado de A Complete Body of Doctrinal Divinity Deduced from the Scriptures
_______________________
John Gill (1697-1771): Pastor bautista, teólogo y erudito bíblico; nacido en
Kettering, Northamptonshire, Inglaterra.

 

John Flavel 2
Aquellos que enseñan a los hombres deben primeramente ser enseñados por
Cristo. Todos los profetas del Antiguo Testamento y todos los profetas, pastores y
maestros del Nuevo Testamento han recurrido a su antorcha para prender sus
velas… Lo que Pablo recibió del Señor, él entregó a la iglesia. Jesucristo es el
Pastor principal, y todos los pastores que son sus siervos, de él reciben sus dones y
sus comisiones. Estas cosas se dan a entender claramente en el oficio profético de
Cristo. —John Flavel

NO HAY DOCTRINA MÁS EXCELENTE

Blog12

“Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2).

No hay doctrina más excelente ni más necesaria de predicar y estudiar que la doctrina de Jesucristo y él crucificado. Cualquier otro conocimiento, por más magnificado que sea por el mundo es y debe ser considerado como basura en comparación con la excelencia del conocimiento de Jesucristo (Fil. 3:8), “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3). A Eudoxo le impresionaba tanto la gloria del sol que pensaba que había nacido solo para contemplarlo; con más razón debe el cristiano
considerarse nacido solo para contemplar y deleitarse en la gloria del Señor Jesús. Nos explayaremos en la verdad de este enunciado valiéndonos de un argumento bipartito acerca de la doctrina de Cristo.
Primero, debe ser considerado aparte de todo lo demás, sin relacionarlo o compararlo con cosa alguna. Entonces estas propiedades hermosas que tiene por naturaleza darán como resultado verlo superior a todas las demás ciencias y conocimientos.
1. El conocimiento de Jesucristo es la médula, el meollo mismo de las Escrituras, el alcance y centro de todas las revelaciones divinas: ambos Testamentos se unen en Cristo. La ley ceremonial tiene como tema principal a Cristo, y todo el evangelio también tiene como tema principal a Cristo. Los renglones benditos de ambos Testamentos se conectan en él. Cómo ambos armonizan y se entrelazan dulcemente es el tema principal para descubrir en la excelente epístola a los Hebreos, pues bien podemos llamar a esa epístola la dulce armonía entre ambos Testamentos. Esto expresa con convencimiento la excelencia inexpresable de esta doctrina, cuyo conocimiento es entonces la llave que abre la parte fundamental de las Sagradas Escrituras. Porque es en la comprensión de las Escrituras, tanto como lo es en el conocimiento que los hombres tienen de lógica y filosofía: o sea, que si el erudito llega a comprender el principio fundamental sobre el cual se basa cierto principio, la controversia toma un nuevo rumbo, el conocimiento correcto de ese principio lo sostendrá durante toda la controversia y le dará la respuesta para vencer cualquier argumento. De igual modo, el conocimiento correcto acerca de Jesucristo es la clave que nos lleva con bien por todo el laberinto de las Escrituras.
2. El conocimiento de Jesucristo es un conocimiento fundamental… El conocimiento de Cristo es fundamental para toda gracia, deber, consolación y felicidad.
(1) Es fundamental para toda gracia. Todas empiezan con el conocimiento: El hombre “se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col. 3:10). La nueva creación, al igual que la antigua, comienza con la luz: abrir los ojos es la primera obra del Espíritu. Y al igual que los comienzos de la gracia, todas las mejoras posteriores dependen de este aumento de conocimiento: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Ped. 3:18). Notemos cómo ambos —gracia y conocimiento— actúan a una en el alma del cristiano, en la medida que aumenta uno, aumenta el otro.
(2) El conocimiento de Cristo es fundamental para todo deber. Los deberes, al igual que las gracias de todos los cristianos se fundamentan en el conocimiento de Cristo. El cristiano, ¿debe creer? Nunca podrá hacerlo sin conocer a Cristo. La fe depende tanto de su conocimiento, que es identificado por eso: “Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos” (Isa. 53:11); por lo tanto, ver y creer se convierten en una misma cosa (Juan 6:40). ¿Quiere el hombre poner en práctica su esperanza en Dios? Nunca podrá hacerlo sin conocer a Cristo porque él es el autor de la esperanza (1 Ped. 1:3). Es también su objeto (Heb. 6:19), su base y apoyo (Col. 1:27). Y así como no podemos creer ni tener esperanza, tampoco podemos orar aceptablemente sin tener un grado fehaciente de este conocimiento… La manera apropiada de conversar con Dios y disfrutar de él en oración es por fe en él a través de un Mediador… ¡Oh entonces, qué indispensable es el conocimiento de Cristo para todos los que quieren dirigirse a Dios en cualquier deber!
(3) Es fundamental para toda consolación. Toda consolación del creyente procede de esta fuente. Jesucristo es el objeto mismo del gozo del creyente: nuestro regocijo es en “Cristo Jesús” (Fil. 3:3). Sin el conocimiento de Cristo, los cristianos son las criaturas más tristes y
deprimidas del mundo. Pero, manifiéstese Cristo y lance los rayos de su luz en sus almas, y les hará besar las estaca [en que cuelgan], cantar en la hoguera y gritar cuando está moribundos, cual hombres que se reparten un botín.
(4) Este conocimiento es fundamental para la felicidad eterna de las almas. Como no podemos cumplir ningún deber, disfrutar de ningún confort sin él, tampoco podemos ser salvos sin él. “Y esta es la vida  eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Y, si conocer a Cristo es vida eterna, entonces es condenación eterna no conocerlo. Así como Cristo es la puerta que da acceso al cielo, el conocimiento es la llave que da acceso a Cristo… Por lo tanto, vemos cuan fundamental es el conocimiento de Cristo: [es] imprescindible para todas las gracias, los deberes, las
consolaciones y la felicidad de las almas.
3. El conocimiento de Cristo es profundo y amplio; todas las demás ciencias no son más que sombras. Es un océano sin límites y sin fondo; ninguna criatura tiene una cuerda suficientemente larga para medir su profundidad. La Biblia le adjudica una anchura, una longitud, una profundidad y una altura (Ef. 3:18). Sí, trasciende todo conocimiento.
Hay una “multiforme sabiduría de Dios” en Cristo (Ef. 3:10). Es de muchos tipos y formas, de muchos pliegos y capas; es realmente sencillo, puro y sin mezcla de nada que no sea él mismo; sin embargo, es multiforme en sus niveles, tipos y administraciones. Aunque un poco de Cristo se manifiesta en una época y otro poco en otra, la eternidad misma no puede manifestarlo completamente… Es en el estudio acerca de Cristo, como el asentarse un país recién descubierto. Al principio los hombres se sientan a la orilla del mar, sobre los acantilados y las fronteras del país, y allí se asientan. Pero de a poco, se adentran más y más hacia el centro de país. ¡Ah, el mejor de nosotros sigue apenas en las fronteras de este vasto continente!
4. El estudio de Jesucristo es el tema más noble al que jamás se haya dedicado el alma. Los que se rompen la cabeza estudiando otras cosas, son como los niños que se cansan de un juego tedioso: como el águila busca su renovación en el mismo sol. Los ángeles estudian esta doctrina y se arrodillan para ver dentro de este profundo abismo.¿Cuáles son las
verdades que se descubren en Cristo sino los secretos mismos que desde la eternidad han permanecido escondidos en el corazón de Dios? (Ef. 3:8-9). El corazón de Dios se abre a los hombres en Cristo (Juan 1:18). Esto hace que el evangelio sea una dispensación2 tan gloriosa porque Cristo se revela tan gloriosamente en él; y estudiar a Cristo en el evangelio sella una gloria muy celestial en el alma del que lo hace.
5. Es un conocimiento totalmente dulce y reconfortante. ¿Qué es estar estudiando a Jesucristo, sino escarbando entre las vetas y fuentes de consuelo? Y más profundo escarbamos, más fluyen estas fuentes sobre nosotros. ¡Qué deslumbrados están los corazones con lo que descubren de Cristo en el evangelio! ¡Qué éxtasis, qué enternecedor! El creyente podría quedarse desde la mañana hasta la noche escuchando los discursos de Cristo: “Su paladar, dulcísimo” (Cantares 5:16).

John Flavel 1
En segundo lugar, comparemos este conocimiento con todos los demás conocimientos y, al hacerlo comprobaremos su excelencia.
1. Todos los demás conocimientos son naturales, pero este es totalmente sobrenatural. “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mat. 11:27). Los paganos más sabios nunca podrían descubrir a Cristo por más profundos que sean sus investigaciones de la naturaleza; los filósofos más eruditos no son más que niños en su conocimiento, comparados con los cristianos más iletrados.
2. Otros conocimientos no pueden ser obtenidos por muchos. Todas las ayudas y los medios en el mundo nunca capacitarían a algunos cristianos a dominar las artes y los idiomas. Los hombres más inteligentes y más intelectuales son eruditos en estos; pero he aquí el misterio y la excelencia del conocimiento de Cristo: los hombres de la más baja estirpe e ignorantes, pueden lograr este conocimiento por medio de la enseñanza del Espíritu, que aun los más sabios y entendidos no puede ver. “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños” (Mat. 11:25). “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Cor. 1:26, 27).
3. Otros conocimientos, aunque se obtengan plenamente, nunca llevan al cielo. Estos son defectuosos y débiles en dos sentidos; principalmente, porque no tienen a Cristo, ni a la pureza de su naturaleza. Porque los paganos letrados se envanecen en sus figuraciones y en la eficacia e influencias de estas sobre el corazón y la vida: “Se envanecieron en sus razonamientos” (Rom. 1:21).Su impiedad era más fuerte que su luz (Rom. 1:18). En cambio, este conocimiento de Cristo tiene influencias poderosas, cambiando a las almas a su propia imagen (2 Cor. 3:18); y por ende prueba ser un conocimiento salvador para las hombres (1 Tim. 2:4).

Tomado de “The Fountain of Life” (La fuente de vida) de The Works of John Flavel (Las obras de John Flavel), Vol. 1.

Serie sobre “La Obra de Cristo”.

La Obra Santa

Blog8

Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Génesis 2:15

Ahora Moisés nos dice que la tierra se entregó al ser humano a condición de que la cultivara. Cabe deducir, pues, que el ser humano fue creado para que se dedicara al trabajo y no permaneciera ocioso. Ciertamente, el trabajo se concibió como algo placentero y grato, libre por entero de cansancio y malestar. Dado que Dios había dispuesto que el ser humano cultivara la tierra, también condenaba todo reposo indolente. Nada hay más contra natura que pasarse la vida comiendo, bebiendo y durmiendo sin trabajo que hacer. Afirma Moisés que a Adán se le entregó la custodia del huerto. Tal cosa muestra que poseemos todas las cosas que Dios nos ha entregado a condición de que nos contentemos con utilizarlas de forma frugal y moderada, y de que cuidemos lo restante. Que el dueño de un terreno disfrute de su cosecha anual sin permitir que la tierra resulte perjudicada por su negligencia. Que trabaje para dejarla en herencia a sus descendientes en el mismo estado que la recibió o mejor cuidada si cabe. Que se alimente de su fruto de tal forma que no la agote por el exceso de lujo ni la perjudique o destruya por negligencia. Y no solo eso, que cada uno de nosotros se considere un mayordomo de Dios en todo lo que posea para demostrar economía e inteligencia con todas las buenas cosas que Dios nos ha dado. Obrando así, no nos comportaremos de forma disoluta ni corromperemos por una utilización indebida aquello que Dios nos exige que protejamos.

Trabajar con ahínco es un don de Dios, no una maldición del pecado. Gocémonos, pues, en el trabajo bien hecho. El trabajo diligente y meticuloso glorifica a nuestro Creador al cumplir una parte importante de su voluntad para el género humano. ¿Trabajas «para Dios» o «para los hombres»?

 

Lectura recomendada Mateo 25:14-30 

Extraído del libro “365 días con Juan Calvino” (Editorial Peregrino 2016)

 

 

El Gemido de la creación

Blog3

“Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida”. Génesis 3:17

Dios, en respuesta al pecado de Adán, anuncia que la tierra quedará maldita. Dado que la Escritura nos dice que la bendición de la tierra hace referencia a la fertilidad que Dios le infunde por medio de su poder oculto, la maldición es la privación de eso, lo que significa que Dios le retira su favor. De este modo, pues, el estado del mundo varía con respecto a los seres humanos dependiendo de si Dios está airado con ellos o bien les demuestra su favor. Cabe añadir que el castigo no se aplica a la tierra en sí misma, sino únicamente al hombre, puesto que la tierra no da fruto para sí misma, sino para proveernos de alimento. No obstante, el Señor determinó que su ira, cual diluvio, alcanzara todos los rincones de la tierra, de tal forma que el hombre viera la atrocidad de su pecado allá donde mirara. Antes de la Caída el mundo era un hermoso y límpido espejo de la bondad y el favor paternos de Dios para con el hombre. Ahora todos los elementos nos muestran que estamos malditos. Y, aunque –tal como dice David– la tierra sigue llena de la misericordia de Dios (Sal. 33:5), ahora vemos las señales de su terrible distanciamiento de nosotros. Si esas señales no nos perturban, estaremos traicionando nuestra ceguera y nuestra insensibilidad. Sin embargo, para que la tristeza y el horror no nos abrumen, el Señor también reparte muestras de su bondad por doquier. Y no solo eso, sino que, aun cuando la bendición de Dios nunca se ve de forma tan transparente y pura como en su primera manifestación en la época de la inocencia humana, sus vestigios, considerados por sí mismos, permiten que David exclame veraz y fidedignamente: «De la misericordia de Jehová está llena la tierra».

La perturbadora brutalidad del mundo natural que nos rodea es resultado de nuestro pecado. El sufrimiento y el dolor de los animales es a consecuencia de nuestra transgresión. ¿Acaso no debiera eso impulsarnos a lamentar el pecado y sus consecuencias para toda la creación?

Lectura recomendada Romanos 8:18-25

Extraído del libro “365 días con Juan Calvino” (Editorial Peregrino 2016)

Cristo es el verbo hecho carne

Blog6

La historia de la iglesia muestra muy claramente —en realidad, aun antes de llegar a la historia de la iglesia, el Nuevo Testamento mismo nos muestra— que no hay cosa que le interese más al diablo que descarriar a las personas con respecto a la Persona y la
obra de nuestro bendito Señor Jesucristo. Por eso es que no nos podemos arriesgar y no podemos conformarnos meramente con una declaración de la doctrina de la encarnación. Tenemos que desglosarla y analizarla: tenemos que mostrar lo que sí y lo que no dice, para que ninguno de nosotros caiga en el error sin darse cuenta.

Me propongo, pues, hacer las siguientes declaraciones. La primera es esta:

La doctrina de la Persona de nuestro Señor y la doctrina de la encarnación en particular nos demuestran una vez más la importancia primordial de la doctrina de la Trinidad… En un sentido, toda la posición cristiana depende de la doctrina de la bendita Trinidad. Si no
creemos esto, no podemos ser cristianos; es imposible. El que no cree en la Trinidad no puede ser un cristiano porque no puede creer en la doctrina de la redención. Por lo tanto, al considerar la persona del Hijo, vemos lo importante que es tener siempre presente que Dios existe en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La segunda declaración es que la doctrina de la encarnación no dice que el trino y eterno Dios se encarnara, sino que la Segunda Persona del trino Dios se hizo carne. La Biblia lo dice así: “Aquel Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14). Esto es indudablemente algo que tenemos que enfatizar. Me temo que a menudo hablamos livianamente cuando hablamos de la encarnación, y muchos de nuestros himnos tienden a hacer lo mismo. A mí me parece que es mejor nunca decir que Dios se hizo hombre. Es una afirmación imprecisa que no conviene usar. Lo decimos con frecuencia, pero creyendo como creemos, en las Personas de la Trinidad. Lo que debemos decir es que la Segunda Persona de la Trinidad se hizo carne y apareció como hombre. Si decimos meramente: “Dios se hizo hombre”, podemos estar diciendo algo que está muy equivocado, y si la gente cree algo equivocado como resultado de nuestra afirmación, no podemos culparles. Tenemos que ser precisos, tenemos que ser específicos y siempre tenemos que tener cuidado con lo que decimos.

La tercera declaración es que la doctrina de la encarnación no dice que fue meramente una apariencia o una forma que asumió la Segunda Persona de la Trinidad, sino que fue realmente una verdadera encarnación. Sí, vino en la carne. Enfatizo esto porque en los primeros
años de la iglesia cristiana, hubo quienes cayeron en errores y herejías en cuanto a esto. Los conocidos como gnósticos afirmaban que nuestro Señor meramente parecía ser de carne y hueso, que era un cuerpo fantasma, una aparición en forma de cuerpo humano. Pero esto no es lo que dice la doctrina de la encarnación. Dice que no era una aparición,
era real; era una verdadera encarnación; el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros.

La cuarta declaración es también negativa. La doctrina de la encarnación no dice que se trató meramente de la naturaleza divina que de algún modo se unió con la naturaleza humana, formando así otra persona. No fue eso. Fue la Segunda Persona misma, la Persona, que se
hizo carne. Muchos en la iglesia primitiva, y muchos a través de los siglos, no han comprendido eso. Su creencia acerca de Jesucristo es la de la naturaleza divina y la naturaleza humana uniéndose y dando forma a una nueva persona. Eso no es así. Fue la segunda y eterna Persona de la Trinidad quien tomó sobre sí una naturaleza humana. ¿Podemos comprender la importancia de esto?… La doctrina de la encarnación no
enseña la creación de una persona nueva. Enseña que se hizo carne y apareció en este mundo con el aspecto de un hombre: no como una nueva persona, sino siendo esta Persona eterna.

Por lo tanto, el próximo punto es que la doctrina de la encarnación no enseña, ni incluye la idea, de que sucedió un cambio en la personalidad del Hijo de Dios. Hubo un cambio en la forma como apareció, hubo un cambio en el estado en que se manifestó, pero no hubo ningún cambio en su personalidad. Es siempre la misma persona. En el vientre de la Virgen María y acostado en el pesebre como un bebé indefenso, seguía siendo la Segunda Persona de la Trinidad.

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La próxima definición la digo así: nunca debemos hablar de la doctrina de la encarnación dando la impresión de que estamos diciendo que el Hijo de Dios fue cambiado a hombre. Por eso es que la frase de que Dios fue hecho hombre es engañosa. Hemos visto que Juan 1:14 dice: “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”, y justamente la expresión “fue hecho” ha causado que algunos piensen que el Hijo de Dios fue cambiado a hombre… Al decir “Aquel Verbo fue hecho carne” lo que realmente queremos significar es que llegó a ser carne o que tomó la forma de carne. La idea de “hacer” da la impresión de “cambiar a”, lo cual es equivocado.

En otras palabras, la manera como la Biblia generalmente lo dice es así: Romanos 8:3 nos dice que vino “en semejanza de carne de pecado”. Eso suena mejor. O digamos como lo dice 1 Juan 4:2: “En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios”. Jesucristo no fue cambiado a hombre. Esta Persona eterna es la que ha venido en la carne. Esa es la manera correcta de decirlo.

El próximo principio es que nuestro Señor no meramente tomó la apariencia de una naturaleza humana: fue verdaderamente de naturaleza humana. Paso a explicar esto. En el Antiguo Testamento tenemos relatos de ángeles que se aparecieron a varios, y nos dice que aparecieron en forma humana. Cuando decimos que los ángeles aparecieron en esa
forma, no estamos hablando de una encarnación, sino de una apariencia. Los ángeles no cambiaron su naturaleza, ni le agregaron nada; sencillamente asumieron esa forma. De hecho…nuestro mismo Señor apareció en esa forma como Ángel del Pacto. El Ángel del Pacto en el Antiguo Testamento es sin duda alguna el Señor Jesucristo mismo, y se
apareció más de una vez a varias personas en la forma de hombre. Eso es lo que llamamos una teofanía. Teofanía es totalmente distinta a encarnación. Teofanía significa que una persona angelical o una divina se aparece en esta forma para un momento dado; en cambio la doctrina de la encarnación asegura que el Señor Jesucristo ha tomado la naturaleza humana misma, no su apariencia, sino su verdadera naturaleza.

Muchos pasajes bíblicos lo afirman. Permítanme compartir dos. Hebreos 2:14: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo”. Realmente adoptó la naturaleza humana. “Porque ciertamente él no tomó para sí los ángeles”, dice el versículo 16 del mismo capítulo, “sino a la descendencia de Abraham. Eso es lo que tomó. Consideremos también 2 Juan 7 donde dice: “Muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne”. No cabe ninguna duda de que Juan escribió sus tres epístolas para contrarrestar la herejía peligrosa que
había surgido, la cual negaba que Jesús hubiera realmente venido en la carne, y aseguraba que era una simple aparición. Algunos decían que el Mesías había entrado en este hombre Jesús cuando fue bautizado y que salió de él en la cruz, mientras que otros decían que no se trataba más que de un fantasma. El Nuevo Testamento —especialmente Juan en sus epístolas— no solo niega eso sino que lo denuncia como un error muy peligroso, como mentira del anticristo; por lo tanto, tenemos que estar seguros de ser claros en estas cosas. Eso me lleva a la próxima declaración.

La doctrina de la encarnación afirma que nuestro Señor tenía una naturaleza humana completa. No era solo parcial: era total. No solo adoptó un cuerpo. Han existido quienes han enseñado esto a través de los siglos: dicen que el cuerpo era lo único humano del Hijo de Dios. Esto es un error. Otros dicen que tomó un cuerpo y una especie de alma animal, pero que la parte espiritual del alma era proporcionada por la Persona eterna. Esto también es un error. La doctrina de la encarnación enseña que adoptó una naturaleza humana completa, cuerpo y alma, incluyendo el espíritu, que era realmente un humano. Volveré a enfatizar esto, pero era necesario destacarlo también aquí.

El último punto bajo este encabezamiento general es que tomó esta naturaleza humana de la Virgen María. Esto significa que no debemos decir que una nueva naturaleza humana fue creada para él. Algunos han enseñado que Dios creó una naturaleza humana nueva para su Hijo, y que esta naturaleza humana simplemente pasó a través de la Virgen María. Eso es un error. La doctrina afirma que derivó su naturaleza humana de su madre, la Virgen María. No era una nueva creación. No se trajo su naturaleza humana con él. La recibió de ella. Por lo tanto, como las Escrituras lo enfatizan a menudo, fue verdaderamente de la simiente de Abraham y de la simiente de David. Así lo dice Mateo 1:1: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Ahora bien, si se hubiera creado una naturaleza humana especial para él, no hubiera sido el hijo de David ni el hijo de Abraham. Pero era ambos porque su naturaleza humana vino de su madre, la Virgen María. Vuelvo a enfatizar que lo que tenía no era una naturaleza humana meramente como la nuestra pero sin ser realmente parte de la nuestra, que orgánicamente no tenía ninguna relación con nosotros. De hecho recibió nuestra naturaleza. Vuelva atrás y lea nuevamente Hebreos 2:14-18. Por lo tanto, realmente pertenece a la raza humana: es uno con nosotros.

No debo detenerme aquí, aunque estoy tentado a hacerlo. Me preocupa el tema porque en última instancia, la doctrina de nuestra redención depende de ello. Si Jesús no hubiera tomado nuestra naturaleza humana, no hubiera podido salvarnos. Como Hebreos 2 tan
claramente argumenta, porque participamos de esta carne y sangre, él tenía que participar de lo mismo. Era la única manera como podía salvarnos. Entonces no podemos darnos el lujo de arriesgarnos en cuanto a esa doctrina. No podemos darnos el lujo de decir: “No importa cómo dice justamente tu declaración”. Eso es absolutamente contrario a las
Escrituras. Tenemos que ser precisos y claros y seguros y definitivos en todas nuestras afirmaciones; de otro modo, sin saberlo, podríamos hacer que la doctrina de nuestra propia redención sea una imposibilidad.

Habiendo, pues, establecido eso volvemos ahora al misterio de la encarnación, e inmediatamente surge la pregunta: ¿Cómo fue que sucedió todo eso? ¿Cómo fue que esta cosa extraordinaria se hizo realidad? Y eso, por supuesto, nos lleva seguidamente a la doctrina del nacimiento virginal… ¿Qué es esto? El Credo de los Apóstoles, el primer
credo de todos, la primera gran confesión de fe, lo dice así: “Fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María”. También aquí tenemos uno de los grandes temas lleno de misterio: es una doctrina que ha sido debatida y discutida y mal entendida y a menudo negada; a muchos les resulta difícil… Tienen problemas con la doctrina de la encarnación porque consideran su lastimosa mentalidad como la prueba definitiva de toda verdad; y porque no pueden entender algo, no lo creen. Pero tenemos que coincidir que en todos estos temas estamos fuera de la esfera de la razón y comprensión natural del ser humano…

Nada sabemos aparte de la revelación. Yo no presento teorías y filosofías; comienzo con esta premisa: que lo que estoy anunciando es lo que Dios ha hecho, lo que Dios ha revelado. Nada es distinto de lo que encuentro en la Biblia. Me atengo totalmente a ella; dependo completamente de ella. Por lo tanto, lo que hago es acercarme a ella como un niñito. “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Cor. 1:21);

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entonces si eso era cierto y lo sigue siendo, tengo que depender de este libro, tengo que aceptar su autoridad, tengo que recibir sus afirmaciones aunque mi mente limitada no siempre las entienda. Esa es la mentalidad y la actitud apropiada para tener al comenzar a considerar esta doctrina extraordinaria, maravillosa y gloriosa del nacimiento virginal.

¿Qué, pues, enseña la Biblia? ¿Qué nos dice? Dos porciones bíblicas son la base de la doctrina del nacimiento virginal. Siempre me ha parecido que tenemos que empezar con las palabras en Lucas 1:26-28 porque relata el anuncio a María del gran acontecimiento a punto de suceder. Notemos los detalles en relación con este anuncio, notemos los hechos y cómo fue que se presentó el ángel a María… Notemos también lo que nos dice acerca de la sorpresa de María, que por supuesto fue muy lógica. Su sorpresa demuestra que comprendió el significado de lo que el ángel le dijo. Aquí está esta joven soltera, una virgen, a quien le fue hecho el anuncio; y ella inmediatamente ve el problema y no vacila en expresarlo. ¿Cómo podría ser madre de un hijo si nunca había estado con un hombre? El ángel le dio la explicación. Le anunció que el Espíritu Santo mismo lo haría. Le dijo que el Altísimo “vendría sobre” ella. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo
de Dios” (Luc. 1:35). Como dice el Credo de los Apóstoles ya mencionado, fue “Concebido por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María”.

También el relato en el primer capítulo de Mateo, en los versículos 18 al 25, es igualmente importante e igualmente interesante porque cuenta lo que le sucedió a José. José descubrió que esta virgen con quien estaba comprometida estaba encinta. Se sentía confundido y triste. Era un hombre bueno, un hombre justo y cariñoso. Decidió no avergonzar públicamente a María, pero igual tendría que romper el compromiso. No hacerlo era quebrantar la Ley. Estaba reflexionando en esto y cómo hacerlo, cuando se le apareció un ángel en un sueño. Lo que hizo el ángel, por supuesto, fue explicarle a José lo que estaba pasando: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella
es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mat. 1:20). A él le fue dada exactamente la misma explicación que a María. Me temo que cuando leemos la historia a menudo no prestamos atención a la fe extraordinaria de José. Creyó el mensaje del ángel, lo aceptó sin reparos, sin vacilación, y procedió a hacer lo que el ángel le había mandado.

Esto es lo que la Biblia registra, y nos enseña que el nacimiento humano del Señor Jesucristo fue totalmente obra de Dios. La doctrina del nacimiento virginal tiene que ser siempre y en primer lugar considerado en un modo negativo, y lo que dice negativamente es que no tenía un padre terrenal. No nació por voluntad de varón ni de la energía de la carne. Lo diré de una manera más contundente todavía. El ser humano varón no tuvo nada que ver con su concepción.

Ahora bien, esto es algo muy sorprendente porque… la gloria de Dios, por así decir, está en el hombre, y la mujer bajo el hombre. Pero aquí el hombre es puesto a un lado; no tuvo nada que ver con esto. Es de notar que la palabra misma, la promesa dada por Dios al hombre y la mujer en el Jardín del Edén fue: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15). Y así fue. El hombre no tuvo nada que ver con esto, el hombre que Dios había nombrado señor de la creación y a quien dio poder sobre la mujer, y a quien la mujer está sujeta por la voluntad y orden de Dios, como resultado de la creación y especialmente como resultado de la caída. A pesar de todo eso, cuando se trató de la
encarnación, el varón fue puesto a un lado y Dios usó únicamente a la mujer.

No cabe duda que la trascendencia y la importancia de esto es evidente a todos: es para enfatizar nuevamente la inhabilidad total del hombre. El hombre, en la persona de José, es visto en todo su fracaso e incapacidad. Dios tomó la naturaleza humana en su expresión más débil, a fin de usar esta naturaleza humana para su propio Hijo. Encontré una frase muy hermosa que creo ayudará a recordar esto: “Así como la naturaleza divina del Señor no tuvo madre, su naturaleza humana no tuvo padre”. Creo que esto lo expresa muy bien. Fue enteramente la obra de Dios. Tomó sobre sí la naturaleza humana de María, pero lo hizo por medio del Espíritu Santo a quien usó como su instrumento.

“¿Qué pasó?” podría preguntar alguien. No tengo respuesta, nadie la tiene. Ese es el gran misterio. Lo que sí sabemos es que el poder del Espíritu Santo vino sobre María y de María, de una célula en su cuerpo se hizo la naturaleza humana de nuestro Señor. No podemos agregar nada. Es un gran misterio. Pero sí tenemos que decir lo que sabemos hasta aquí. Fue la operación del Espíritu Santo y evidentemente fue hecho de una manera que esta naturaleza humana que tomó el Espíritu Santo era sin pecado. Notemos que el ángel le habló a María de “el Santo Ser que nacerá” (Luc. 1:35). Esto no significa que María misma fuera hecha sin pecado y santa. Ni siquiera implica que lo fuera ninguna parte de María. Lo único que sabemos es que algo fue tomado, fue limpiado y librado de toda contaminación de modo que la naturaleza humana del Señor era sin pecado y estaba totalmente libre de todos los efectos y resultados de la caída. Tal fue el efecto de la operación del Espíritu
Santo en ella.

¿Qué, entonces, acerca de esta doctrina? ¿Qué podemos decir de ella en general, especialmente teniendo presente a los que les resulta problemática? Quiero sugerir una vez más que es una doctrina muy inevitable si realmente creemos en la doctrina de la encarnación. Si realmente creemos que el niñito en el pesebre en Belén fue la Segunda
Persona de la Trinidad —y es la pura verdad— entonces no veo que haya ningún problema con esta doctrina del nacimiento virginal. De hecho, tendría mucho más problema si no tuviera la doctrina del nacimiento virginal para creer. El hecho de la encarnación es tan
inusual, tan excepcional, tan milagroso y misterioso que esperaría que todo lo relacionado con él fuera igual, como realmente lo fue. Dicho de otra manera: el nacimiento virginal fue la señal del misterio de la encarnación. Fue una especie de símbolo de aquel misterio. Allí estaba en una forma tangible, este nacimiento virginal.

Todo lo relacionado con nuestro Señor es misterioso. Su venida al mundo fue misteriosa. Su partida fue misteriosa. No vino el mundo como cualquier otro; no partió como cualquier otro. La resurrección fue tan única como el nacimiento virginal. Jamás le había ocurrido a nadie. Él fue “el primogénito de los muertos” (Apoc. 1:5); “el primogénito entre muchos hermanos” (Rom. 8:29). La resurrección fue igualmente sorprendente. Así que le diría a cualquiera que tiene problemas con el nacimiento virginal: ¿Tiene el mismo problema con la resurrección? Si comenzamos con la doctrina de la encarnación sabiendo lo que estamos
diciendo, si tenemos conciencia de que realmente estamos hablando de la Segunda Persona de la Trinidad, entonces ¿no es de esperar que su nacimiento fuera totalmente inusual y excepcional? Y así fue. Fue excepcional de principio a fin.

Trataré de ayudarles diciéndolo así: Si uno no cree en la doctrina del nacimiento virginal, ¿cómo puede explicar que no tenía pecado? O digámoslo así: Si hubiera nacido de la manera usual, de una padre y una madre, entonces hubiera sido como cualquier otra persona, hubiera sido de la descendencia directa de Adán, y se aplicaría a él decir: “como en Adán todos mueren” (1 Cor. 15:22). Hubiera muerto en Adán, y hubiera sido culpable del pecado original y de la culpabilidad original.

Pero la doctrina de la encarnación nos dice inmediatamente que eso no es lo que sucedió. Repito que aquí no fue creada una persona nueva. Esta persona era la Persona eterna, la Segunda Persona de la Trinidad. Cuando marido y mujer se juntan y nace un hijo, este es una persona nueva, una personalidad nueva. Eso no fue lo que sucedió en la encarnación. Con un padre y una madre humanos, tendríamos un humano descendiente directo de Adán, y por lo tanto, pecador y caído. La única manera de prevenir eso sería decir que un tipo similar de operación realizada por el Espíritu Santo en María tendría que haberse
realizado en José.

De hecho, eso no nos ayuda. Si ya estamos teniendo problemas en creer esta operación milagrosa en María, es que la estamos dudando; y esto nos resultaría más imposible todavía de creer. No, si realmente nos aferramos a la doctrina de la encarnación misma, que esta Persona bendita adoptó la naturaleza humana que tenía que ser sin pecado
porque no podía unirse a nada que fuera pecaminosa, entonces existe una sola alternativa, y esta es que tenía que nacer, no de la manera común, sino de esta manera especial.

Es de notar que la doctrina entera está llena de obstáculos y dificultades porque cuando lo digo de esa manera, estoy seguro que muchos pensarán: “¡Ah, comprendo! Dios creó para él una naturaleza humana especial, ¿no es cierto?” ¡No, claro que no! Ya he denunciado
esto como herejía. Jesús obtuvo su naturaleza humana de María, pero fue obrada por el Espíritu Santo de manera que fue totalmente libre del pecado y de toda contaminación.

Así es como estamos ante él. Estamos ante este misterio divino, ¡Dios en la carne! El hecho más extraño, más maravilloso que jamás haya sucedido: sí, no dudo en decirlo, el acto supremo de Dios. Es tan supremo que esperaría que fuera inusual en todo sentido, y encuentro que las Escrituras dicen que lo fue. Fue concebido por el Espíritu Santo, nació de una virgen llamada María. El varón fue totalmente excluido, no intervino para nada. Allí está José para recordarnos ese hecho. Fue enteramente obra de Dios. Y comprendamos y recordemos que todo sucedió para que pudiéramos ser salvos, para que nuestros pecados
pudieran ser perdonados. El Hijo de Dios se hizo hombre a fin de que los hijos de los hombres pudieran llegar a ser hijos de Dios.
_______________________
David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Reconocido predicador expositivo y pastor de Westminster Chapel, Londres, 1938-68; nacido en Gales, Reino Unido.

Tomado de Great Doctrines of the Bible, Volume I: God the Father, God the Son.

Necesidad de la Disciplina

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Es indispensable que en nuestra época endurecida y apóstata la iglesia vuelva a la doctrina neotestamentaria de la disciplina eclesiástica. En nuestros días, la iglesia tolera el pecado aun cuando este se encuentra dentro de su propio pueblo. Esto merece la ira de Dios sobre la iglesia que no es congruente con su santidad. Es una realidad lamentable que muchas iglesias se niegan a tomar al pecado con seriedad. No tenemos el derecho de dialogar acerca del pecado. Ese fue el error de Eva en el Edén. Las sugerencias del tentador debieran haber sido rechazadas de inmediato, pero en cambio se convirtieron en un diálogo (Gn. 3:1-5). La iglesia no puede estar en pie ante sus enemigos mientras ignora al pecado en sus propias filas (Jos. 7:1-26).

Hoy la iglesia enfrenta una crisis moral en su interior y su tendencia a preocuparse más por lo que conviene en el momento que en lo que es correcto, le he robado a la iglesia su integridad bíblica y su poder. Es cierto que, históricamente, la iglesia a veces ha errado en cuanto a la disciplina, pero hoy el problema es uno de negligencia total.

Es irónico que a menudo se justifica este rechazo en el nombre del amor. Cuando el Apóstol Juan escribió que debemos amarnos unos a otros, también escribió: “Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos” (2 Jn. 5,6). La práctica de disciplina eclesiástica, cuando se lleva a cabo correctamente es una muestra profunda de amor cristiano. No tiene nada de amor el que un cristiano vea a su hermano en Cristo viviendo en pecado sin confrontarlo con ello. Si esperamos las bendiciones de Dios en nuestras iglesias, es indispensable que nos conduzcamos en acorde con la Palabra de Dios. El nos dice cómo conducirnos en “la casa de Dios” (1 Ti. 3:15). No hemos de depender del mundo para que nos guíe. Por otro lado, no le hará ningún bien a la iglesia si practicamos las formas correctas de disciplinar sin el espíritu de amor y humildad que debe caracterizar a los discípulos del Señor Jesucristo. El camino a la reforma en la iglesia siempre es el de la revelación divina. Por lo tanto, el propósito de este [artículo], es simplemente señalar el camino de regreso a la práctica bíblica de la disciplina eclesiástica…

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Necesidad y propósito de la disciplina eclesiástica: Así como la iglesia aplica los principios bíblicos para aceptar a alguien como miembro de la iglesia, debe aplicarlos también en el gobierno de la membresía y, de ser necesario, sacar de ella a aquellos que así lo ameriten.

La necesidad y el propósito de la disciplina eclesiástica pueden verse claramente en seis aspectos:

  1. Glorificar a Dios por medio de la obediencia a sus instrucciones para mantener el gobierno correcto de la iglesia.
  2. Recuperar a los ofensores.
  3. Mantener la pureza de la iglesia y su adoración (1 Co. 5:6-8) y evitar la profanación de la [ordenanza] de la Cena del Señor (1 Co. 11:27).
  4. Vindicar la integridad y el honor de Cristo y su religión demostrando fedelidad a sus principios (2 Co. 2:9, 17).
  5. Disuadir a otros de pecar (1 Ti. 5:20).
  6. Evitar que haya motivo para que Dios se ponga en contra de la iglesia local (Ap. 1:14:25).

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La Confesión Belga, Capítulo XXIX, 1561, que surgió de la Reforma, dice: “Las características por las que la iglesia auténtica es reconocida son estas: si en ella se predica la doctrina pura del evangelio, si mantiene la administración pura de las [ordenanzas] tal como las instituyó Cristo, si la disciplina eclesiástica es ejercida castigando el pecado; en suma, si todas las cosas son manejadas de acuerdo con la Palabra pura de Dios, todas las cosas contrarias a ella son rechazadas y Jesucristo es reconocido como la única Cabeza de la Iglesia”.

 

Tomado de Biblical Church Discipline, Solid Ground Christian Books.

Daniel E. Wray: Pastor y autor cogregacionalista, fue pastor de la Congregational Church en Limington, Maine, en 1975.

 

 

 

 

“Pureza Visible: El Propósito de la Disciplina Eclesiástica”

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A lo largo de la Biblia, el pueblo de Dios se caracteriza por una pureza distintiva. Su pureza moral no es un logro propio, sino la obra de Dios en medio de él. Como dijo el Señor a los hijos de Israel: “Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo” (Lv. 11:44a). Dado que habían sido escogidos por un Dios santo como pueblo que llevaría su propio nombre, debían reflejar su santidad por su manera de vivir, de adorar a Dios y por sus creencias.

El código de santidad es elemental para comprender el Antiguo Testamento. Como nación escogida por Dios, Israel debía vivir según la Palabra y la Ley de Dios, que diferenciaría visiblemente a los hijos de Israel de sus vecinos paganos.

El Señor le recuerda a la nación que sería conocida por el nombre de Dios y que por ende debía reflejar su santidad. “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 7:6).

El Nuevo Testamento también describe a la iglesia como el pueblo de Dios que es visible al mundo por la pureza de su vida y la integridad de su testimonio. Como Pedro dijo a la iglesia: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pe. 2:9,10) – (1 Pe. 11,12).

Como el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia debe verse a sí misma como una comunidad forastera habitando en medio de la oscuridad espiritual, forastera para el mundo, que debe abstenerse de las concupiscencias y las tentaciones del mundo. La Iglesia debe distinguirse por su pureza y santidad y firmeza en su confesión de fe dada por los santos una vez para siempre.

El apóstol Pablo relacionó claramente la santidad que se espera de los creyentes con la obra consumada de Cristo en la redención: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1;21,22).

La identidad de la iglesia como el pueblo de Dios debe ser evidente en su confesión pura de Cristo, su testimonio valiente del evangelio y su santidad moral delante de un mundo que la observa.

DISCIPLINA EN EL CUERPO: La primera dimensión de la disciplina en la iglesia es aquella ejercitada directamente por Dios al tratar con los creyentes.  Como advierte el libro de Hebreos: “Habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ?qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?” (He. 12: 5-7).

A menudo esta disciplina es evidente en el sufrimiento, tanto individual como congregacional. La persecución por parte del mundo tiene un efecto purificador sobre la iglesia. Esta persecución no debe buscarse, pero si la iglesia es “probada por fuego”, tiene que dar prueba de ser pura y auténtica, y recibir este sufrimiento como disciplina del Señor, tal como los hijos reciben la disciplina de su padre.

La disciplina cariñosa de dios para con su pueblo es su derecho soberano y se aplica completamente en acorde con su carácter moral, con su propia santidad.

La segunda dimensión de la disciplina en la iglesia es aquella responsabilidad disciplinaria dada a la iglesia misma. Así como es la disciplina paternal de Dios para los que ama, debe ser la disciplina que lleva a cabo la iglesia como una parte integral de su responsabilidad moral y teológica.

El Apóstol Pablo confrontó un caso de fracaso moral escandaloso en la congregación corintia que incluía “fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombre entre los gentiles” (1 Co. 5:1). Les indicó que actuaran con rapidez y audacia para quitar semejante mancha de su congregación. También les advirtió: “Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?” (vv. 6-7a). La indignación moral de un Apóstol herido es evidente en estos incisivos versículos, que llama a la iglesia corintia a la acción y ejercer disciplina. Ahora la iglesia ha caído en un pecado corporativo por tolerar en ella la presencia de un pecador tan descarado y arrogante. El pecado manifiesto en su medio es como un cáncer que, dejado a su suerte, se extenderá por todo el cuerpo.

En la segunda carta a los Tesalonicenses, Pablo ofrece una directiva similar, combinando su preocupación por la pureza moral y la ortodoxia doctrinal: “Os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente y según la enseñanza que recibisteis de nosotros” (2 Ts. 3:6). Pablo indica a los tesalonicenses que sigan su ejemplo: “pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros” (3.7).

EL MODELO DE LA DISCIPLINA CORRECTA: ¿Cómo debían haber respondido los corintios a este pecado público? Pablo habla en 1 Corintios acerca de entregar a este pecador a Satanás y sacarlo de la congregación. ¿Cómo hacer esto? A los gálatas, Pablo escribió diciendo:” Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre,  considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gá.6:1) Esta enseñanza es clara, indicando que los lideres espirituales de la iglesia debían confrontar con espíritu de humildad y mansedumbre al miembro que estaba pecando, y hacerlo con miras a restaurarlo. Pero, ¿cuáles son los pasos precisos a tomar?

El Señor mismo proveyó estas instrucciones cuando enseñó a sus discípulos (Mt. 18:15-17).

El Señor instruyó a sus discípulos indicándoles que debían primero confrontar en privado al hermano que estaba pecando. En caso de que la confrontación privada no lleve al arrepentimiento, la restauración y reconciliación, el paso siguiente es llevar testigos. Si el hermano no escucha aun en la presencia de uno o dos testigos, pasa a ser asunto de la congregación.

Lamentablemente, la confrontación congregacional puede no dar el resultado deseado. Si no lo da, la única alternativa es la separación del hermano en pecado.

¿Qué del líder de la iglesia que está en pecado?  Pablo le indicó a Timoteo que los líderes de la iglesia -los ancianos- deben ser considerados “dignos de doble honor” cuando cumplen bien su ministerio (1 Ti. 5:17) Pero cuando un anciano cae en pecado, eso es un asunto de grandes consecuencias. Primero, ninguna acusación debe ser recibida en base a solo un testigo sin corroborar. Sin embargo, si el cargo es confirmado por dos o tres testigos, (Pablo dice) “repréndelos delante  de todos, para que los demás también teman” (1 Ti. 5:20). Indudablemente, los líderes llevan una carga mayor, y los pecados de un anciano causan aún más perjuicios a la iglesia. La reprensión pública es necesaria, porque el anciano peca contra toda la congregación. Como advirtió Santiago: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Stg. 3;1).

Los escándalos de inmoralidad por parte de los lideres de la iglesia han causado tremendos perjuicios a la causa de Cristo. El juicio más estricto debe ser una viva advertencia para aquellos que violan la Palabra de Dios y, por su ejemplo, causan que otros pequen. El incumplimiento de la iglesia contemporánea en aplicar consistentemente la disciplina bíblica ha dejado la mayoría de estos escándalos sin resolver sobre una base bíblica, por lo que siguen siendo una mancha sobre iglesia.

 

Tomado de The Disappearance of Church Discipline | How Can We Recover?  Partes 1 – 4.

R.Albert Mohler, Jr.