Los discípulos persiguen la Santidad

Uno de los malentendidos comunes sobre la doctrina de la justificación solo por la fe es de que es una especie de ficción sin consecuencias prácticas en la vida misma. Este ha sido un argumento polémico utilizado por los apologistas católicos contra la visión protestante de sola fide: la verdad bíblica de que somos justificados por gracia por medio de la fe en Cristo solamente. Además, los antinomianos de todo tipo han argumentado que, dado que los creyentes están bajo la gracia y ya no están bajo la ley, se les permite vivir de una manera moralmente «relajada».

No importa de donde vengan estas caricaturas de la vida cristiana, Pablo no es la fuente de ninguna de ellas. En realidad, él se opone totalmente a ellas. En la carta a los Romanos, el Apóstol describe las profundidades del evangelio de la justificación solo por la fe sobre la cual está enraizada y se desarrolla la nueva vida en Cristo. La justificación es la base de la santificación. La primera es la base de la postrera, y la postrera es el resultado espiritual de la primera. Como Charles Hodge escribió en su comentario de 1886 sobre Romanos: «Es imposible que alguien comparta los beneficios de Su muerte [es decir, Jesucristo] sin conformarse a Su vida».

Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente.

Aquí es donde entra la santidad. La santidad es la marca inevitable del discípulo de Jesucristo. Una vida cristiana impía es simplemente un oxímoron, una contradicción en los términos, una negación de la realidad de la justificación solo por la fe. En Romanos 6:12-16, Pablo revela el significado de una vida santa en términos de una transición radical que tuvo lugar: de estar bajo la ley, lo que significa que el individuo estaba muerto en su pecado y al servicio de la injusticia, a estar ahora bajo la gracia, lo que significa que el individuo ha revivido para Dios y está ahora sirviendo a la causa de la justicia.

La santidad es la evidencia espiritual y práctica de que esta transición ha tenido lugar y está funcionando correctamente en términos reales. Una vez más, vale la pena citar a Hodge: «La gracia, en lugar de conducir a la indulgencia del pecado, es esencial para el ejercicio de la santidad». Bajo la gracia, la santidad es la señal de que la justificación ha ocurrido. Sin la evidencia de santidad en la vida cristiana, todas las caricaturas de la justificación ficticia y el antinomianismo desafortunadamente son posibles. Una vida impía es una excusa para que los burladores de la fe cristiana sean reforzados en sus prejuicios equivocados contra el evangelio. Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente. Qué gran responsabilidad sobre nosotros los discípulos de Jesús, de ser santos, porque Dios es santo (1 Pedro 1:16).

El Dr. Leonardo De Chirico es el pastor de la iglesia Breccia di Roma en Roma, vicepresidente de la Alianza Evangélica Italiana y director de la Iniciativa Reformanda.

Cristo mandó que haya arrepentimiento 3

Esto me lleva a la segunda mitad del mandato, el cual es: “Creed en el evangelio”. Fe significa confianza en Cristo. Ahora bien, debo volver a recalcar que algunos han predicado tan bien y tan completamente esta confianza en Cristo que no puedo menos que admirar su fidelidad y bendecir a Dios por ellos. No obstante, hay una dificultad y un peligro. Puede ser que en la predicación de una simple confianza en Cristo como el medio de salvación, dejen de recordar al pecador que ninguna fe puede ser auténtica a menos que esté íntimamente consistente con el arrepentimiento de pecados del pasado. Me parece a mí que mi texto indica que: Ningún arrepentimiento es verdadero si no se compromete con la fe; ninguna fe es verdadera si no está relacionada con un arrepentimiento honesto y sincero debido a los pecados del pasado. Por lo tanto, queridos amigos, aquellos que tienen una fe que permite que no tomen en serio los pecados cometidos en el pasado, tienen la fe de los demonios, no la fe de los escogidos de Dios… Los hombres que tienen una fe que los deja vivir de manera despreocupada en el presente, que dicen: “Bueno, soy salvo simplemente por fe”, y luego se sientan con los ebrios, o están parados en el bar con los bebedores de bebidas fuertes, o andan con compañías mundanas y disfrutan de los placeres y las lascivias de la carne,
los tales son mentirosos; no tienen la fe que salva el alma. Tienen una hipocresía engañadora, no tienen una fe que los lleve al cielo.

Y luego, hay otros que tienen una fe que no los lleva a aborrecer el pecado. Observan los pecados de otros sin ningún tipo de vergüenza. Es cierto que no harían lo que otros hacen, pero pueden divertirse viendo lo que hacen. Disfrutan de los vicios de otros, se ríen de los chistes profanos y sonríen ante su vocabulario burdo. No corren del pecado como de una serpiente, no lo detestan como al asesino de su mejor amigo. No, juegan con él. Lo excusan. Cometen en privado lo que en público condenan. Llaman pequeños errores o defectos a las ofensas graves. En los negocios, se encojen de hombros cuando ven desviaciones de lo recto y las consideran meramente cosas del trabajo, la realidad siendo que tienen una fe que se sienta codo a codo con el pecado, y comen y beben en la misma mesa con la impiedad. ¡Oh! Si alguno de ustedes tiene una fe así, pido a Dios que la transforme de principio a fin. ¡No les sirve para nada! Cuanto antes sean limpiados de ella, mejor será para ustedes, porque cuando este fundamento arenoso sea arrasado por la corriente, quizá comiencen a edificar sobre la Roca.

Mis queridos amigos, quiero ser sincero en cuanto a la condición de sus almas, y, aplicar el bisturí al corazón de cada uno. ¿En qué consiste el arrepentimiento de ustedes? ¿Tienen un arrepentimiento que los lleva de mirarse a sí mismos a mirar a Cristo únicamente? Por otro lado, ¿tienen esa fe que los lleva al verdadero arrepentimiento? ¿A odiar la idea misma del pecado? ¿De tal modo que al ídolo más querido que han conocido, sea lo que sea, lo quieran destronar para poder adorar a Cristo y únicamente a Cristo? Estén seguros de que nada de esto les servirá al final. Un
arrepentimiento y una fe de cualquier otro tipo pueden satisfacerles ahora, tal como a los niños les satisface una golosina. Pero cuando estén en su lecho de muerte y vean la realidad de las cosas, se sentirán compelidos a decir que son falsos y un refugio de mentiras. Encontrarán que han sido meramente tapados con cal, que se han dicho a sí mismos: “Paz, Paz”, cuando no había nada de paz. Nuevamente lo repito con las palabras de Cristo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Confíen en Cristo para que los salve, laméntense de que necesitan ser salvos, y lloren porque esta necesidad ha expuesto al Salvador a la vergüenza, a sufrimientos espantosos y a una muerte terrible.

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Cristo mandó que haya arrepentimiento

Nuestro Señor Jesucristo comienza su ministerio anunciando sus mandatos principales. Surge del desierto recién ungido, como el novio sale de su cámara. Sus notas de amor son arrepentimiento y fe. Viene totalmente preparado para su misión, habiendo estado en el desierto, “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15)… Oíd, oh cielos, escuchad, oh tierra, porque el Mesías habla en la grandeza de su poder. Clama a los hijos de los hombres: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Prestemos atención a estas palabras, las que, igual que su Autor, están llenas de gracia y de verdad. Ante nosotros tenemos la suma y sustancia de la totalidad de las enseñanzas de Jesucristo, el Alfa y el Omega de todo su ministerio. Por salir de la boca de tal Ser, en tal momento, con un poder tan singular, démosles nuestra atención más seria. Dios nos ayude a obedecerlas desde lo más profundo de nuestro corazón.

Comenzaré diciendo que el evangelio que Cristo predicó fue claramente un mandato: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”. Nuestro Señor condescendió a razonar con nosotros. En su gracia, su ministerio con frecuencia ponía en práctica el texto antiguo: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Isa. 1:18). Persuade a los hombres con sus poderosos argumentos, los que debiera llevarlos a buscar la salvación de sus almas. Sí, llama a los hombres y oh, con cuánto amor los convence a
ser sabios: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28). Ruega a los hombres. Se rebaja para ser, por así decir, un mendigo para sus propias criaturas pecadoras, rogándoles que vengan a él. Ciertamente, hace de esto la responsabilidad de sus siervos: “Como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Cor. 5:20). No obstante, recordemos, que aunque condesciende a razonar, persuadir, llamar y rogar, el evangelio tiene en sí toda la dignidad y fuerza de un mandato. Si hemos de predicarlo en esta época como lo hizo Cristo, tenemos que hacerlo como un mandato de Dios, acompañado de una sanción divina que no debe descuidarse, so pena de poner el alma en infinito peligro… “Arrepentíos” es un mandato de Dios tanto como lo es “No hurtarás” (Éxo. 20:15). “Cree en el Señor Jesucristo” tiene tanta autoridad divina como “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Luc. 10:27).

¡No crean, oh, hombres, que el evangelio es algo opcional, que pueden optar por aceptarlo o no! ¡No sueñen, oh pecadores, que pueden despreciar la Palabra de lo Alto y no cargar con ninguna culpa! ¡No crean poder descuidarlo sin sufrir las consecuencias! Es justamente este descuido y desprecio de ustedes lo que llenará la medida de nuestra iniquidad. Por esto clamamos: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Heb. 2:3). ¡Dios manda que se arrepientan! El mismo Dios ante quien el Sinaí tembló y se cubrió de humo, ese mismo Dios quien proclamó la Ley con sonido de trompeta, con relámpagos y truenos, nos habla a nosotros con más suavidad, sonido de trompeta, con truenos y relámpagos, nos habla con suavidad y tan divinamente, por medio de su Hijo unigénito, cuando nos dice: “Arrepentíos, y creed en el evangelio”…

Entonces, a todas las naciones sobre la tierra hagamos llegar este decreto de Dios. Oh hombres, Jehová quien nos hizo, nos dio aliento, él, a quien hemos ofendido, nos manda este día que nos arrepintamos y creamos en el evangelio.

Sé que a algunos hermanos no les gustará esto, pero no lo puedo remediar. Nunca seré esclavo de ningún sistema, porque el Señor me ha librado de esta esclavitud de hierro. Ahora soy el siervo gozoso de la verdad que nos hace libres. Ya sea que ofenda o agrade, con la ayuda de Dios predicaré cada verdad que voy aprendiendo de la Palabra. Sé que si algo hay escrito en la Biblia, está escrito como con un rayo del sol: Dios en Cristo manda a los hombres que se arrepientan y crean el evangelio. Es una de las pruebas más tristes de la depravación total del hombre el que no quiera
obedecer este mandato, sino que desprecia a Cristo y de este modo hace que su condenación sea peor que la condenación de Sodoma y Gomorra…

Continuará …

De un sermón predicado el domingo por la mañana del 13 de julio, 1862, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): Bautista británico influyente; la colección de sus sermones llena 63 tomos y contiene entre 20 y 25 millones de palabras, la serie de libros más grandes de un solo autor en la historia del cristianismo. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

¿Cuándo una Iglesia deja de ser Iglesia?

¿Cuándo una iglesia deja de ser iglesia? Esta pregunta ha recibido varias respuestas a lo largo de la historia, dependiendo de la perspectiva y evaluación de ciertos grupos. No existe una interpretación rígida sobre lo que constituye una iglesia verdadera. Sin embargo, en la ortodoxia cristiana clásica han surgido ciertos estándares que definen lo que llamamos el cristianismo “católico” o universal. Este cristianismo universal apunta a las verdades esenciales que han sido expresadas históricamente en los credos del primer milenio y son parte de la confesión de prácticamente cada denominación cristiana en la historia. Entonces, hay al menos dos formas en las que un grupo religioso falla en cumplir con los estándares de ser una iglesia.

‪La primera es cuando caen a la apostasía. La apostasía ocurre cuando una iglesia deja sus amarres históricos, abandona su posición confesional histórica, y se degenera a un estado en el cual las verdades cristianas esenciales son negadas descaradamente, o la negación de tales verdades es ampliamente tolerada.

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable.

Otra prueba de la apostasía es a nivel moral. Una iglesia se convierte en apóstata de facto cuando sanciona y fomenta pecados graves y atroces. Tales prácticas se pueden encontrar hoy en ciertos sistemas de denominaciones controversiales, tales como los conocidos episcopalismo y presbiterianismo tradicionales, los cuales se han alejado de sus amarras confesionales históricas, así como su posición confesional sobre cuestiones éticas básicas. (Nota del editor: Estas denominaciones han apoyado el matrimonio homosexual y aun permitido la ordenación de homosexuales hombres y mujeres).

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable. De manera particular, nos referimos a las sectas heréticas. Aquí una vez más no encontramos ninguna definición rígida universal sobre lo que constituye una secta. El término tiene más de un significado o denotación. Por ejemplo, todas las iglesias que practican ritos y rituales tienen en su núcleo una preocupación por su “cultus” o “culto”. El “cultus” es el cuerpo organizado de la adoración que se encuentra en cualquier iglesia. Sin embargo, esta dimensión puede ser distorsionada a tal grado que el uso del término “culto” es aplicado en su sentido peyorativo. Por ejemplo, el diccionario puede definir el término “culto” como una religión que es considerada falsa, poco ortodoxa, o extremista. Cuando hablamos de cultos en este sentido, lo que viene a la mente son las distorsiones radicales en grupos marginales, como el fenómeno de Jonestown. Allí un grupo de devotos se sometieron a su líder megalómano, Jim Jones, e ilustraron su devoción a tal grado que voluntariamente se sometieron a la orden de Jones de suicidarse. Esto muestra el comportamiento extremista de las sectas.

Vale la pena notar que casi cualquier compendio que trata con la historia de las sectas incluirá dentro de sus estudios las grandes masas de la religión, tales como los mormones y testigos de Jehová. Sin embargo, el tamaño y la permanencia de estos grupos tienden a darles más credibilidad al paso del tiempo y a medida que más gente se asocia con sus creencias. Cuando miramos a grupos, tales como los mormones y los testigos de Jehová, encontramos elementos de verdad en sus confesiones. Sin embargo, al mismo tiempo, expresan claras negaciones de lo que históricamente podrían ser consideradas verdades esenciales de la fe cristiana. Esto ciertamente incluye su descarada negación de la deidad de Cristo. Los testigos de Jehová y los mormones tienen esta negación en común. Aunque ambos colocan a Jesús en algún tipo de posición exaltada en sus respectivos credos, Él no alcanza el nivel de deidad. Los dos grupos consideran a Cristo una criatura exaltada. Siguiendo la línea de pensamiento del antiguo hereje Arrio, los mormones y testigos de Jehová sostienen que el Nuevo Testamento no enseña la deidad de Cristo; más bien, ellos argumentan que enseña que Él es el primogénito exaltado de toda la creación. Dicen que Él es la primera criatura hecha por Dios, a quien luego se le dio poder superior y autoridad sobre el resto de la creación. Aunque Jesús es exaltado en tal cristología, todavía está muy lejos de la ortodoxia cristiana que confiesa la deidad de Cristo. Los pasajes en el Nuevo Testamento que se refieren a Jesús como siendo “engendrado” y “el primogénito de la creación” se utilizan incorrectamente para justificar esta definición de Cristo como criatura.

En los tres primeros siglos de la historia cristiana, el pasaje bíblico que dominó la reflexión sobre la comprensión de Cristo en la iglesia fue el prólogo del Evangelio de Juan. Este prólogo afirma que Cristo es el “Logos”, o la Palabra eterna de Dios. Juan declara en su Evangelio que el Logos estaba “con Dios en el principio, y era Dios”. Este “con Dios” sugiere una distinción entre el Logos y Dios, pero la identificación por el verbo que une “era” indica una identidad entre el Logos y Dios. La forma en que los mormones y los testigos de Jehová y otros grupos niegan esta verdad es por la substitución del artículo determinado en el texto por el artículo indeterminado, lo que hace que el Logos sea “un dios”. Con el fin de forzar esta interpretación del texto, uno debe afirmar previamente alguna forma el politeísmo. Tal politeísmo es totalmente ajeno a la teología judeocristiana, donde la deidad se entiende en términos monoteístas.

La amenaza de las distorsiones de las sectas es algo con lo que la iglesia tendrá que luchar en cada generación y en cada época. También es importante entender que incluso las iglesias legítimas pueden encontrar en su interior prácticas que reflejan el comportamiento de las sectas. Las sectas pueden surgir dentro de las estructuras de ciertas iglesias. En la comunión romana, por ejemplo, vemos en Haití una mezcla de teología católica romana con las prácticas del culto vudú. También en esa misma comunión no hay duda de que grandes grupos de personas veneran a María a un grado que va más allá de los límites defendidos por la propia iglesia, degenerando su adoración en una mentalidad de secta. Pero tal puede ser el caso entre los luteranos, presbiterianos, o cualquier grupo, cuando la ortodoxia es sacrificada por la devoción a los ídolos.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

La Hermosura de Cristo

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos.​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary. Está casado con Charo de nacionalidad Peruana, con quien tiene 4 hijos: Ian, Evan,Rowan y Bronwyn, actualmente viven en Radford, Virginia.

¿Qué estabas esperando?

La dura realidad del matrimonio es que no todo es tan bonito como nos gustaría. Muchas veces le echamos la culpa a nuestra pareja o a nuestras circunstancias. Muy pocas veces tomamos en serio la naturaleza de nuestro propio pecado. ¿Qué Estabas Esperando? te retará a verte en el espejo de la Palabra de Dios y verte a ti mismo con claridad. Quizás eres tú. Quizás te amas más de lo que amas a tu pareja. Quizás amas tu pequeño reino en lugar del gran Reino de Dios. Cuando llegas a alcanzar ese nivel de honestidad, estás al borde de entrar a tiempos verdaderamente buenos en tu matrimonio. Comienza a trabajar en un matrimonio de unidad, comprensión y amor.

Noel y yo escuchamos la mayor parte de este libro mientras íbamos en el automóvil. Palabras sabias. Experiencia auténtica. Aplicación provocativa. Este libro cambió un largo viaje en automóvil en un fructífero seminario de matrimonio para dos. —John Piper, Desiring God Ministries.

La razón por la que el libro ¿Qué Estabas Esperando? es tan poderoso no es porque Paul Tripp sea un experto en matrimonio con tips y trucos para resolver tus problemas, es porque su enseñanza está empapada en el Evangelio y en la Palabra de Dios. Este libro honesto te ayudará a verte a ti y a tu pareja bajo una nueva luz mientras de muestra quién es Jesús y como conectar Su Gracia redentora a las realidades diarias de tu matrimonio. Personas solteras o parejas comprometidas se beneficiarán de este libro también. —Joshua Harris, pastor, Covenant Life Church, Gaithersburg, Maryland.

Lo que he llegado a esperar de Paul Tripp es consejo consistentemente profundo, transparente, sabio, práctico y motivado por el evangelio. En lugar de ensuciar el agua con estrategias egocéntricas diseñadas para satisfacer nuestras necesidades, Paul, tal como un experto cirujano del alma, diagnostica correctamente nuestros problemas y provee la cura&mdash fe humilde en Jesucristo. No me decepcioné. Tú tampoco te decepcionarás. —Elyse Fitzpatrick, consejera, autora, Give Them Grace.

Contenido

  • PREFACIO
  • ¿QUÉ ESTABAS ESPERANDO?
  • UNA RAZÓN PARA CONTINUAR
  • ¿EL REINO DE QUIÉN?
  • DIA A DIA
  • COMPROMISO I: Nos entregaremos a un estilo de vida de confesión y perdón.
  • SIENDO HONESTOS: LA CONFESIÓN
  • CANCELANDO DEUDAS
  • COMPROMISO 2: Haremos del crecimiento y el cambio nuestra agenda diaria.
  • ARRANCANDO LA MALEZA
  • PLANTANDO SEMILLAS
  • COMPROMISO 3: Trabajaremos unidos para formar un vínculo robusto de confianza.
  • ARRIESGANDO EL CUELLO
  • UNA PERSONA CONFIABLE
  • COMPROMISO 4: Nos comprometeremos a cultivar una relación de amor.
  • TODO LO QUE NECESITAMOS ES EL AMOR
  • PREPARADOS, DISPUESTOS Y ESPERANDO
  • COMPROMISO 5: Negociaremos nuestras diferencias con aprecio y gracia.
  • MARAVILLOSA GRACIA
  • ANTES DE QUE OSCUREZCA 215

*Faro de Gracia Editorial 220

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La belleza de Cristo

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos.​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary. Está casado con Charo de nacionalidad Peruana, con quien tiene 4 hijos: Ian, Evan,Rowan y Bronwyn, actualmente viven en Radford, Virginia.

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Cuatro gracias necesarias 2

[Sin duda], toda esposa cristiana debe amar al Señor Jesucristo. Tiene que amar a Cristo en Él mismo y su fe en él debe ser una “obra por el amor” (Gá. 5:6). Debe dar la primacía de su afecto a Cristo mismo. Está obligada, sobre todo, a amar al Señor Jesucristo, su Esposo espiritual, con todo su ser y su corazón. Sea éste el desvelo principal de la esposa cristiana, de modo que pueda decir con razón que Cristo es de ella y ella es de él (Cnt. 2:16). Ahora bien, si la buena esposa tiene a Cristo presente con ella en todos sus dolores —como lo tienen todos los que lo aman con un amor firme en todas sus aflicciones— tiene todo, teniéndolo a él, quien “manda salvación a Jacob” (Sal. 44:4) y “bendición”
(Lv. 25:21).

Además de Cristo, la buena esposa tiene que amar más que a nadie a su propio esposo y esto, “entrañablemente, de corazón puro” (1 Co. 7:2; Tit. 2:4; 1 P. 1:22). Sí y nunca debe tener pensamientos negativos acerca de él, a quien una vez creyó digno de ser su esposo. Donde este amor conyugal es consecuente con el amor cristiano anterior, todo será fácil. Así fue con Mrs. Wilkinson, “una esposa sumamente cariñosa, cuya paciencia era admirable en medio de los terribles dolores que sufría en la [concepción] y en dar a luz a sus hijos. Decía: ‘No le temo a ningún dolor. Me temo a mí misma no sea que por impaciencia diga alguna palabra impropia’”. “Es un estado bendito”, dijo el teólogo antiguo quien la citó “cuando el dolor parece liviano y el pecado pesado”.

“SANTIDAD”— que interpreto, como a la fe y el amor, desde lo cristiano y conyugal, a lo más general y especial.

Está la santidad que se considera más generalmente, como una gracia universal, que es congruente con una cristiana como tal, forjada por el Espíritu en la nueva criatura por la paz lograda por Cristo. [Por esto] —en el alma cambiada a su semejanza— hay una permanencia, por gracia, en un estado de aceptación con Dios y también un esfuerzo por ser santo como él es santo, en cada partícula de su [comportamiento], tanto hacia Dios como hacia el hombre, en público y en privado. Al igual que como todo cristiano debe vivir su salvación en la “santificación del Espíritu” (2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2) y “en paz con todos” por medio de Cristo (He. 12:14; 13:12), la esposa cristiana en gestación se preocupa seriamente de la buena obra que tiene como fruto “la santificación” (Ro. 6:22), hasta donde pueda al producir el fruto de su vientre.

La santidad puede considerarse en un sentido más especial como conyugal y singularmente apropiada al estado matrimonial, siendo ésta un ejercicio más particular de santidad cristiana en el matrimonio. [Aunque] esto concierne a todos (tanto al esposo como la esposa) en esa relación, la mujer que espera un hijo está obligada a vivir “en santidad
y honor” (1 Ts. 4:4-5), es decir, en una forma especial de limpieza y castidad conyugal que es lo opuesto a la “concupiscencia” o la apariencia de ella. [Entonces] no debe haber, hasta donde sea posible, ninguna apariencia o mancha de impureza en el lecho matrimonial; para que haya una simiente santa y que se mantenga ella pura de cualquier sombra de lascivia.

“MODESTIA” —así llamamos nosotros a esa gracia. Otros la llaman “temperancia”, otros “sobriedad”, otros “castidad”. Y, en general, “la palabra parece significar aquel hábito gentil que se manifiesta en la madre de familia como una propensión a ser prudente, seria y moderada” … ya que esto parece expresar lo que quiere decir el Apóstol y, por
ende, interpreto esto, como en el caso de las gracias anteriores, en un sentido general al igual que específico.

En un sentido general como cristiana, “todo aquel que invoca el nombre de Cristo” tiene por tanto que “apartarse de iniquidad” (2 Ti. 2:19). Por ende, la esposa cristiana y la que espera un hijo, se preocupa por ser sobria y modesta, lo cual limpia la mente de (conflictos) y ordena los afectos de manera que sean aceptables a Dios.

En un sentido específico, la gracia conyugal especial de temperancia y modestia debe ser practicada por la mujer embarazada con sobriedad, castidad y [gentileza], en lo que atañe a sus afectos y sentidos,

(1) Con modestia —debe controlar sus pasiones y afectos.

(2) Con temperancia —debe moderar sus sentidos, especialmente controlar bien los del gusto y tacto. (i) Sobriedad —que se aplica más estrictamente a moderación de su apetito y sentido de gusto, para desear lo que es conveniente y evitar el descontrol… La mujer (embarazada) tiene como gran preocupación cuidar su seguridad y la del hijo que
espera… Las mujeres en gestación quienes “se visten del Señor Jesucristo y no proveen para los deseos de la carne” (Ro. 13:14) deben comer y beber para su salud, no para consentir sus gustos. (ii) Castidad —se refiere a la esposa cristiana que evita cualquier sugerencia ni participa en ninguna [conversación] que pueda poner en riesgo su contrato
matrimonial o que la lleve a cometer un [acto] incongruente con el estado “honroso” en que se encuentra, o el uso indebido de “el lecho sin mancilla” (He. 13:4).

En la práctica de esto y con las gracias enunciadas anteriormente, la esposa buena, habiendo aprendido bien la lección de negarse a sí misma, puede llevar su carga confiando humildemente en las ayudas de lo Alto a la hora de sus dolores de parto y estar segura de que tendrá el mejor de los resultados. Porque, con estas cualidades, tiene, por las preciosas promesas en mi texto, una base segura de ser objeto de una excepción grata de la maldición de dar a luz y de la liberación de aquella culpa original que, de otra manera, agrava los dolores de la mujer en estos casos.

Tomado de “How May Child-Bearing Women Be Most Encouraged and Supported against, in, and under the Hazard of Their Travail? en Puritan Sermons.

Richard Adams (c. 1626-1698)Pastor inglés presbiteriano; nacido en Worrall, Inglaterra.

La falsa enseñanza adentro y afuera 4

Pastoreando con la Palabra

Al final, la única esperanza de preservarnos a nosotros mismos y a nuestra gente es enseñando y predicando todo el consejo de Dios. De hecho, el mejor medio que tenemos a mano para pastorear o guiar al pueblo de Dios es el ministerio de la Palabra desde el púlpito en nuestra reunión semanal de adoración corporativa. Eso significa que tenemos que ser intencionales en la forma en que predicamos y enseñamos la Palabra de Dios “a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo” (Col. 1:28).

Una forma de ser intencional al guiar al pueblo de Dios con la Palabra es abrazar la predicación expositiva consecutiva a través de libros bíblicos. Si bien puede haber temporadas en las que una serie temática sea de gran beneficio, la mayor necesidad que tiene el pueblo de Dios es comprender la Palabra de Dios y aplicarla a sus vidas. Y la mejor manera de ayudar a las personas a entender la Palabra de Dios es predicándola expositivamente para que puedan irse a sus casas no solo entendiendo el mensaje general de un libro bíblico, sino también de textos específicos dentro de este.

A medida que los pastores predican y enseñan a través de los libros de la Biblia, surgen oportunidades para abordar diversas formas de falsa enseñanza. Predicar a través de Gálatas naturalmente le permite a los expositores abordar el moralismo y el legalismo como formas de falsa enseñanza. Predicar el evangelio de Juan o sus cartas requerirá que el predicador aborde el antinomianismo. La predicación a través del evangelio de Mateo le permite al pastor lidiar con una variedad de problemas, que incluyen el divorcio fácil, la inmoralidad sexual y la idolatría política. La predicación a través de Génesis pondrá la mayor suposición cultural de autonomía bajo el microscopio. Y la predicación a través del Cantar de los Cantares brinda una manera natural de enseñar sobre la excelencia y la belleza del deseo sexual y el amor dentro de un matrimonio bíblico.

Mientras más podamos estar entre nuestra gente, escuchándola, y mientras más podamos escuchar y analizar nuestra cultura, más posibilidades tendremos de enseñar y aplicar la Palabra de Dios de una manera que nuestra gente pueda entender y aplicar en su vida.

Estos ejemplos sugieren otra forma de ser proposital en el pastoreo con la Palabra: los ancianos, maestros y pastores deben exponer al pueblo a varias secciones de la Biblia: yendo y viniendo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, navegando a través de la historia en el Antiguo Testamento y del evangelio en el Nuevo Testamento, explicando literatura de sabiduría o apocalíptica. Todo esto es necesario para enseñarle al pueblo todo el consejo de Dios, pero también para proporcionarle ejemplos de cómo estudiar y aplicar la Biblia por sí mismo. Además de que estudiar distintas secciones de la Palabra de Dios brinda oportunidades naturales para abordar la falsa enseñanza en sus diversas formas y ropajes y reemplazarla con la verdad.

Otro aspecto del pastoreo con la Palabra de Dios es la disposición del pastor para «redargüir, reprender y exhortar con mucha paciencia e instrucción» (2 Tim 4:2). La mayoría de los predicadores preferimos un modo particular en nuestra predicación y enseñanza; sin embargo, nuestra gente a veces necesita reproche y reprensión, otras veces exhortación y motivación. Si siempre estamos motivando pero nunca reprendiendo, nuestra gente quizá pudiera estar expuesta a distintas porciones de las Escrituras, pero no siempre la recibirá como la necesita en ese momento. Si siempre estamos reprobando pero nunca exhortando, es posible que la gente no reciba las fuerzas o el estímulo necesarios para seguir avanzando en la vida.

Eso significa, entonces, que tenemos que conocer a nuestra gente. Una de las partes más difíciles del ministerio pastoral es nuestro aislamiento: en un ministerio de predicación semanal, tendemos a mantener un ritmo de vida definido, preparando sermones y lecciones. Con el tiempo, asumimos que todos ven el mundo como nosotros; pero de hecho, debido a que nuestros días están llenos de reflexiones bíblicas y cosas de nuestro ministerio, podemos llegar a perder el contacto con la realidad de nuestra gente y su manera de razonar o ver las cosas.

Entonces, mientras más podamos estar entre nuestra gente, escuchándola, y mientras más podamos escuchar y analizar nuestra cultura, más posibilidades tendremos de enseñar y aplicar la Palabra de Dios de una manera que nuestra gente pueda entender y aplicar en su vida. Esa es una de las razones, pienso yo, por la cual el modelo bíblico para el ministerio pastoral es el pastoreo o apacentamiento, y es una de las razones por las que las Escrituras nos llaman a «pastoread el rebaño de Dios entre vosotros» (1 Pe 5: 2). Existe la presunción de que vamos a conocer a nuestra gente, no solo por nombre, sino también en términos de lo que están pensando, lo que le da forma a su cosmovisión y cómo enfrentan la vida.

Creo que esta es la razón por la cual el apóstol Pablo le dice a Timoteo: «ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza» (1 Tim 4:13). La Palabra de Dios es el mejor medio para cultivar cristianos sólidos. Nuestro llamado como pastores y maestros es a equipar nuestra gente para que puedan discernir el camino correcto, el camino ordenado por Dios y caminar en él. Sabemos que los herejes siempre apelan a la Biblia, por eso debemos equipar a nuestra gente no solo para que sepan por qué algunas formas de enseñanza «cristiana» son falsas, pero aún más, para que sepan cuál es la forma correcta de enseñanza.

Al hacer esto, cumpliremos con este ministerio que Dios nos ha encomendado, un ministerio que tiene como objetivo el que cada persona confiada a nuestro cargo llegue al cielo de manera segura. Para ese fin, trabajamos y luchamos con toda la fuerza de Dios otorgada por el Espíritu Santo.

El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

La falsa enseñanza adentro y afuera 2

El peligro de adentro

Ciertamente, dentro de la iglesia evangélica hay una variedad de errores que requieren corrección y reprensión ministerial. La mayoría de estos tienen algo que ver con el trabajo del evangelio en la vida del creyente; la falsa enseñanza en esta área inevitablemente plantea preguntas sobre la esencia misma del evangelio.

Quizás la falsa enseñanza que más comúnmente se disfraza del evangelio es el moralismo. Típicamente en las iglesias evangélicas el evangelio básico es predicado y enseñado: los pecadores que confían solo en Jesús tienen sus pecados perdonados y se les promete el cielo. Sin embargo, a partir de ahí, muchas de estas mismas iglesias enseñan a sus feligreses que una vez son salvos les corresponde a ellos «caminar bien y mejorarse». La vida cristiana es de esfuerzo, y Dios bendice a quienes se ayudan a sí mismos, trabajan duro, no se meten en problemas, dicen la verdad y «viven una vida buena «. Inconscientemente, tal vez, las personas comienzan a creer que este es el evangelio, una transacción casi económica en la que le damos a Dios nuestra obediencia y Él nos da bendición: suficiente comida y refugio, buenos matrimonios y niños bien educados, buen trabajo y vacaciones ocasionales.

Claro está que este no es el evangelio en lo absoluto, es moralismo. Y sin embargo, como el sociólogo Christian Smith nos mostró hace varios años en su libro Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers (Un examen de conciencia: La vida religiosa y espiritual de los adolescentes estadounidenses), esta es la fe básica de la mayoría de los adolescentes evangélicos y, por extensión, la de sus padres y sus iglesias. Dios está relativamente distante de nuestras vidas, excepto en tiempos de tristeza o dolor cuando se acerca para sanarnos; lo que Él realmente quiere de nosotros es que seamos buenos y amables con los demás, y Él les da la bendición del cielo a las personas buenas cuando mueren.

En el peor de los casos, este tipo de moralismo puede deslizarse hacia una versión ligera del evangelio de la prosperidad. Aquí las bendiciones no son meramente alimentos suficientes o refugio, matrimonios y niños relativamente buenos; más bien, nuestra obediencia es el camino hacia un fantástico éxito material . Aquellos que viven bien son los que conducen los Cadillac Escalades con un «Bendecido» escrito en letras brillantes en la ventana trasera; supuestamente, la bendición de conducir el Cadillac fue el resultado de que Dios honró nuestra obediencia. Los que agradan a Dios son esos que pueden pagar la educación privada de sus hijos o los campamentos de verano más caros. Aquellos que son cristianos obedientes son los que viven en las grandes comunidades privadas. Este tipo de compensación o “quid pro quo” es el corazón mismo del moralismo, que es el meollo del pensamiento en el evangelio de la prosperidad.

Necesitamos prestar atención a nosotros mismos y a nuestra enseñanza, incluso mientras tratamos de proteger al pueblo de Dios de los errores que puedan ocurrir adentro.

Otro tipo de falsa enseñanza es el legalismo. El legalismo y el moralismo están relacionados entre sí, pero mientras el moralismo afirma su intercambio con Dios en términos generales —moralidad por bendición— el legalismo tiene un entendimiento muy específico, aunque no bíblico, del tipo de obediencia que Dios demanda y bendice. En Gálatas, el legalismo tomó el aspecto de prácticas judías particulares requeridas para ser parte del pueblo de Dios: circuncisión, leyes dietéticas y días festivos. En nuestros días, el legalismo puede lucir como maneras muy específicas y extra escriturales de honrar el Día del Señor; puede lucir como prácticas o reglas especiales para el noviazgo; o puede lucir como una manera de rechazar o relacionarse con la cultura popular que hace de una preferencia personal o familiar un mandato bíblico. En el fondo, sin embargo, el legalismo es un tipo de moralismo que hace ver como el evangelio enseñara que ultimadamente nos ganamos el favor de Dios por lo que hacemos.

Lo que hace que el moralismo y el legalismo sean tan difíciles de manejar para nosotros es que el evangelio sí prescribe prácticas espirituales particulares. El evangelio dice que si en verdad estamos en Jesús daremos fruto visibles. Jesús dijo: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14:15), y: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor «(Jn 15:10).

La diferencia, sin embargo, entre la obediencia al evangelio y un tipo de pensamiento moralista o legalista es la siguiente: obedecemos en respuesta al amor de Dios que se nos muestra en Jesucristo. No obedecemos para obtener ganancias de Dios, ya sean Sus bendiciones o Su amor. De hecho, ninguno de nosotros puede obedecer a Dios en el estándar requerido para Su bendición; nuestras obras son aceptables para Él solo porque Él las recibe en y por medio de Jesús. Y nuestra obediencia no ocurre independientemente de la influencia y el poder del Espíritu Santo, quien trabaja en nosotros para querer y hacer Su voluntad.

Hay otro tipo de falsa enseñanza que es lo opuesto al moralismo y el legalismo. Algunos pueden ver todo esto y decir: «Todo este énfasis sobre la obediencia realmente distorsiona el evangelio. Dios no exige nada de nosotros, sino el confiar en Su Hijo. Mientras creamos en Jesús, Él nos recibe tal como somos con Su «amor unilateral». Como resultado, estos cristianos restan importancia a la obediencia hasta tal punto que se vuelven antinomianos.

Estrictamente hablando, los antinomianos están «en contra de la ley», negándole cualquier lugar legítimo a la ley de Dios como guía para la vida cristiana. La mayoría de los evangélicos no son tan tontos como para negar específicamente el lugar que ocupa la obediencia a la ley de Dios; no pueden negar las enseñanzas explícitas de Jesús, Pablo, Santiago y Juan sobre la obediencia cristiana. El antinomianismo contemporáneo tiende a ser un poco más sutil: denigrando el papel de los imperativos en la predicación, restando énfasis a la necesidad de cualquier esfuerzo en la vida cristiana, ofreciendo condiciones fáciles para la restauración en casos de pecados graves y restándole importancia a la disciplina en la iglesia.

De nuevo, lo que hace que el antinomianismo sea difícil es que está muy cerca de la verdad. Nuestra justificación se basa no en algo que hacemos, sino en la obra de Cristo que recibimos solo por la fe. Como ya lo dijimos, nuestro esfuerzo viene como resultado de la influencia y el empoderamiento del Espíritu. Y el perdón es gratuito para el arrepentido, ya que venimos una y otra vez al Padre arrepentidos de nuestro pecado y nuestra transgresión. La diferencia entre el antinomianismo y el evangelio, sin embargo, es una de énfasis. Somos justificados libremente en Cristo, pero eso nos lleva a actuar: debemos trabajar y luchar contra nuestro pecado. El arrepentimiento requiere que nos alejemos del pecado y nos sometamos a la disciplina de la iglesia.

Estos peligros están todos dentro de la iglesia evangélica. Tal vez los reconozcas y los hayas escuchado, o tal vez incluso los hayas creído. Y sin embargo, el moralismo, el legalismo y el antinomianismo son todas formas de falsa enseñanza. Necesitamos prestar atención a nosotros mismos y a nuestra enseñanza, incluso mientras tratamos de proteger al pueblo de Dios de los errores que puedan ocurrir adentro.

El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

La herencia del Señor 2

[3] En dar fuerza para dar a luz. Los paganos tenían una diosa que presidía sobre esta obra. No obstante, la providencia de Dios alcanza aun a los animales. “La voz del Señor hace parir a las ciervas” (Sal. 29:9 LBLA4). Y hay una promesa para los que le temen: “Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia” (1 Ti. 2:15). Debe ser entendido, como todas promesas lo son, con la excepción de su voluntad. Pero esto es lo que deducimos: Es una bendición que cae bajo el cuidado de su Providencia y, que por ser promesa, se cumplirá hasta cuando Dios lo quiera. Raquel murió en este trance, no toda mujer piadosa tiene este destino. También lo tuvo la esposa de Finees (1 S. 4:20). Dios puede haber ejercido esta prerrogativa contra usted, haciendo o permitiendo que pierda la vida. Si el parto no fuera tan común, sería considerado milagroso. Los sufrimientos y los dolores de la tribulación son un monumento al desagrado de Dios: “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus
preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Gn. 3:16). Para preservar una vasija débil que corre gran peligro, los dolores de las mujeres son peores que los de las hembras de otras especies. Y para el hijo, su sentencia de muerte es detenida mientras está naciendo.

[4] Las circunstancias del nacimiento. En todo nacimiento hay circunstancias nuevas que iluminan nuestros pensamientos necios para que pensemos en las obras de Dios, quien da variedad a sus obras, no sea que nos empalaguemos porque todo es siempre lo mismo.

LOS HIJOS SON UNA GRAN BENDICIÓN EN SÍ MISMOS Y CUÁNTOS MÁS SON, MAYOR ES LA BENDICIÓN. Por lo tanto, deben ser reconocidos y enaltecidos como bendiciones. Por cierto, Dios nos muestra un favor más especial en nuestras relaciones que en nuestras posesiones: “La casa y las riquezas son herencia de los padres; mas de Jehová la mujer prudente” (Pr. 19:14). Lo mismo se aplica a los hijos. Por ellos, el progenitor se perpetúa y se multiplica; son parte de él mismo y vive en ellos cuando él ha partido. Es una sombra de la eternidad; por lo tanto, las pertenencias externas de la vida no son tan valiosas como lo son los hijos. Además, estos llevan impresa en ellos la imagen de Dios. Cuando nosotros hayamos partido, por ellos, el mundo seguirá reabasteciéndose, la Iglesia seguirá multiplicándose, los seres humanos seguirán existiendo con el fin de conocer, amar y servir a Dios. Leemos que [la Sabiduría dice]: “Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres” (Pr. 8:31). En la parte habitable de la tierra hay grandes ballenas, pero los hombres eran la delicia de Cristo. Especialmente, para los comprometidos con Dios —padres y madres de familia en un pacto con Dios— los hijos son una bendición más grande. David era uno de ellos. Leemos: “Tus hijos y tus hijas que habías dado a luz para mí” (Ez. 16:20). Estos son, en el mejor sentido, una herencia del Señor. Fue dicho: “Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra” (Gn. 6:12). [Sem] engendró hijos e hijas para Dios: “También le nacieron hijos a Sem, padre de todos los hijos de Heber, y hermano mayor de Jafet” (Gn. 10:21).

Dios ha implantado en los padres amor por sus hijos: Él mismo tiene un Hijo, sabe cuánto lo ama y lo ama por su santidad. “Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (He. 1:9). Muchas veces es condescendiente con los padres buenos. Les brinda [el privilegio de tener] hijos piadosos. Para el pastor, aquellos que por él se convierten a Dios son su gloria, su gozo y su corona para regocijarse en el día del Señor (cf. 1 Ts. 2:19-20). Los que han venido al mundo por nuestro medio; si están en el pacto de gracia, son para nosotros una bendición más grande que verlos llegar a ser reyes del mundo…

Continuará …

Tomado de “Sermon upon Psalm CXXVII.3” en The Works of Thomas Manton.

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Thomas Manton (1620-1677): Predicador puritano no conformista, nacido en Lawrence-Lydiat, condado de Somerset, Inglaterra.

El trauma de la santidad

No hace mucho, una mujer de Oakland, California, se me acercó y me dijo que estaba enojada. Estaba muy angustiada, y lo que me dijo fue que ella estaba muy enojada con su pastor. Le dije: «Bueno ¿y por qué estás así con él?» Ella dijo: «Tengo la sensación de que por alguna razón, mi pastor, cada domingo en la mañana, hace todo lo posible por ocultar la verdadera identidad de Dios a la iglesia». Me dijo: «Vengo a la iglesia con el anhelo de tener la oportunidad de adorar, que mi alma experimente reverencia hacia Dios y adoración” dijo ella “pero el Dios del que oigo hablar está completamente paralizado. Ha sido reprimido. Lo han vuelto inofensivo y “estoy segura de que la razón por la que el pastor hace eso es porque no quiere atemorizarnos explicando el verdadero carácter de Dios».

Ahora señoras y señores, no sé qué tan cierta fue la queja de esta mujer, pero yo sé que todos tenemos una tendencia a suavizar el retrato bíblico de Dios, y hay una razón para ello. La razón es simple: la santidad de Dios es traumática para las personas no santas, y eso se hace evidente si vemos el resto del texto de Isaías.

Ya hemos visto el relato que Isaías hace de su visión de la santidad de Dios, y lo que me gustaría ver ahora es qué sucedió con Isaías en respuesta a lo que vio. Antes de hacer esto, quisiera comentar que en los primeros capítulos de la “Institución de la Religión Cristiana”, escrita por Juan Calvino. Él hace una declaración parecida a esto: «Allí está el temor y temblor con que los santos de la antigüedad temblaron delante de Dios, (coma) como toda la Biblia lo relata». Lo que Calvino decía es esto: que en la Escritura existe un patrón en las respuestas humanas a la presencia de Dios, y pareciera que mientras más justa es descrita la persona, más temblará cuando entra en la inmediata presencia de Dios.

No hay nada despreocupado ni casual en la respuesta de Habacuc cuando encuentra al Dios santo. ¿Recuerdas la queja de Habacuc, donde vio toda la degradación y las injusticias que se estaban extendiendo a lo largo y ancho de toda su patria? Él estaba tan ofendido por esas cosas, que subió a su puesto de guardia y se quejó contra Dios, diciéndole: «Muy limpios son tus ojos para mirar el mal ni … ver el agravio ¿Por qué ves a los menospreciadores, y callas…?» Y Dijo: «… velaré para ver lo que se me dirá, y qué ha de responder… tocante a mi queja». ¿Puedes recordar lo que pasó? Que cuando Dios se le apareció a Habacuc, él dijo: «… temblaron mis labios; pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí». ¿Qué pasó con Job cuando esperaba la voz de Dios? Y cuando Dios se mostró a sí mismo a Job, él dijo: «… me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza… Una vez hablé, más no responderé… Mi mano pongo sobre mi boca».

Como dijo Calvino, el reporte uniforme de la Sagrada Escritura afirma que todo ser humano que ha sido expuesto a la santidad de Dios, tiembla en su presencia. Eso no fue menos cierto para Isaías. Ahora pensemos en Isaías. No he hecho ninguna investigación moral del siglo octavo en Israel, pero no puedo imaginar que hubiese un humano caminando por la nación judía de aquel entonces que, en términos humanos, fuera más justo que Isaías. Isaías era de los seres humanos más justos que se podían encontrar en aquellos días. Y es él quien tiene ese atisbo de la santidad de Dios, y lo primero que hace al ver la santidad de Dios es gritar de terror, y la versión Reina Valera de 1960 registra sus palabras de esta manera: «¡Ay de mí! que soy muerto». Sé que las traducciones más recientes han tratado de actualizar el lenguaje de Isaías allí porque ya nadie habla más así. Nadie dice: «¡Ay de mí!». Es una expresión un tanto anticuada. Los expertos lo llaman arcaísmo. Es como si alguien dijera hoy «Pardiez» o “Recórcholis (2)» Nadie habla así a menos que seas contemporáneo de Don Quijote.

A veces, se puede escuchar a los judíos decir, » Oy veyzmir», que es la forma judía de la misma expresión, «¡Ay de mí!» No es usual escuchar hablar de este modo en nuestra cultura. Por eso los traductores, tratan de comunicar la Palabra de Dios con expresiones modernas, quitando algunas de estas expresiones arcaicas. Pero al hacerlo, por desgracia, caemos en el peligro de perder otra de esas joyas semiocultas de la literatura bíblica. Hay una razón por la que Isaías utiliza la palabra «ay».

En el Antiguo Testamento, un profeta era un ser humano que fue ungido por Dios para ser portavoz de Dios. La definición más simple que distinguía al profeta del sacerdote en Israel era esta: que era la tarea del sacerdote hablar con Dios en nombre del pueblo. Era la tarea del profeta hablar con el pueblo en nombre de Dios. Cuando el profeta declaraba su mensaje, no presentaba su declaración diciendo: «En mi humilde opinión,» o, «Considero que» o «Creo que quizás este puede ser el caso». Esa no es la forma en que se dirigían al pueblo. Ustedes saben lo que hacían. Cuando entregaban su mensaje, ¿qué es lo que decían al iniciar sus palabras? «Así dice el Señor» porque entendían que eran recipientes de un anuncio divino. Entonces, la forma literaria que era común a los profetas de Israel fue la forma conocida como oráculo.

De seguro que has escuchado del oráculo griego de Delfos, quien entregaba anuncios acerca del futuro. Pues entre los judíos, el recurso literario oracular, el oráculo, era de dos tipos. Existían oráculos de bienestar y oráculos de calamidad. Ahora, esto significa simplemente esto: que había anuncios que procedían de Dios que eran buenas noticias, y había anuncios que venían de Dios que eran malas noticias. Un oráculo de bienestar, o un oráculo de prosperidad, usaba una palabra que, entre los judíos, era importante para este oráculo al presentar buenas noticias, y era la palabra «bienaventurado». Es obvio que Jesús usa la forma del oráculo, consciente de su rol como profeta, cuando predica el sermón del monte. El pueblo de su tiempo habría reconocido la importancia de su presentación al dar esa lista de dichos en las que dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu. Bienaventurados los que lloran. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia y los de limpios de corazón»… «Bienaventurados los mansos”. Él estaba pronunciando el oráculo de bienestar de Dios sobre el pueblo, la bendición divina, la bendición para los que hicieran determinadas cosas. Pero la otra cara del oráculo de bienestar era el oráculo de aflicción, que era un anuncio sombrío y aterrador del juicio de Dios. Escucha al profeta Amós cuando anuncia el juicio de Dios sobre las naciones y sobre las ciudades. «Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no revocaré su castigo». Jesús, cuando realizó la dura denuncia contra los fariseos, inició sus palabras de juicio usando el oráculo profético del Antiguo Testamento al decir: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros».

Mencioné en nuestra primera sesión lo raro que es, en toda la Biblia, que algo se levante al nivel repetitivo del superlativo, y señalé que el único atributo de Dios que siempre es repetido al tercer grado es el atributo de la santidad: santo, santo, santo. Pero no es lo único que se repite hasta el tercer grado. El profeta Jeremías, cuando fue y pronunció el juicio de Dios delante del templo de los judíos, les dijo con sobriedad: «No fieis en palabras de mentira, diciendo: templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este”. Jeremías estaba, en efecto, diciendo «Tu hipocresía es a la enésima potencia. Confían en palabras mentirosas, palabras sin valor». Y en la hora más oscura de este planeta se nos predice en el Apocalipsis del Nuevo Testamento, y allí se nos dice que en la última hora, la copa de la ira divina se derramará sobre este planeta, y oímos de esa figura celestial volando por el cielo oscurecido, anunciando el juicio final de Dios con la repetición de una sola palabra. ¿Qué es lo que dice? «¡Ay, ay, ay!» No querrás estar cerca cuando esa ave empiece a cantar.

Pero, volviendo al sexto capítulo de Isaías, ¿ves a aquel que es llamado por Dios y separado, cuyas palabras las mismas palabras de Dios mismo en su boca el primer oráculo que pronuncia es un oráculo de condenación sobre sí mismo. «¡Ay de mí!» Tan pronto como se le descubre a Isaías la santidad de Dios, por primera vez en su vida, él entiende quién es Dios; y al segundo de que Isaías entendió quién era Dios, por primera vez en su vida, él entendió quién era Isaías. Y lo que salió de su boca fue algo muy parecido a un grito profundo, en que se maldice a sí mismo. «¡Ay de mí, que soy deshecho!». Las traducciones más modernas utilizan » soy muerto», pero me gusta la vieja versión inglesa King James que dice «deshecho». Porque si nos fijamos en lo que está pasando aquí a través de los lentes del psicoanálisis moderno, describiríamos la experiencia que narra Isaías, como una experiencia de desintegración psicológica, es decir una desintegración.

Utilizamos palabras para describir cuando una persona está sana al decir que está completa. Todo está en su lugar. Y cuando vemos a alguien que lo está perdiendo, ¿Qué decimos? Que se está cayendo a pedazos. ¿No es interesante que un sinónimo que usamos para «virtud» sea la palabra «integridad»? que significa que tenemos todo lo relacionado con nuestra vida bien unido de forma coherente y consistente.

Ahora, señoras y señores, aquí tenemos al hombre que posee la mayor integridad del pueblo judío, quien logra darle un vistazo a la santidad de Dios, e inmediatamente sufre su propia desintegración. Se hace pedazos. Eso es lo que pasa con las personas que le dan una mirada al carácter de Dios, porque ¿Te das cuenta de que pasamos toda nuestra vida escondiéndonos del carácter de Dios? Porque nuestra inclinación natural, amados, es ocultarnos de Dios porque sabemos, instintivamente, que tan pronto como el santo aparece, queda expuesto y se revela todo aquello y todo aquel que no es santo en virtud de ese estándar.

Tenemos un justificativo por cada pecado que cometemos. Somos maestros del autoengaño. Calvino declaró esto: «Mientras nuestra mirada esté fija en el suelo, estamos a salvo”. Nos halagamos. Nos consideramos como semidioses, un poco inferiores a las deidades eternas. Hacemos lo que Pablo nos advirtió que no hiciéramos: «… pero ellos mismos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos».

Déjenme decirles algo de la naturaleza humana. Podríamos salir a las calles de cualquier ciudad y preguntar a todo el mundo, y no creerían cuánta gente contestaría de la misma manera. Si yo preguntara, «¿Es usted perfecto?» Podría apostar que el noventa y nueve por ciento de las personas interrogadas, sin importar cuál sea su trasfondo, dirían: «No, yo no soy perfecto». La afirmación por la que todos los humanos votarían es que nadie es perfecto. “Errare humanum est”: errar es humano. Nadie es perfecto, y eso pareciera no molestarnos en absoluto. No hay persona alguna en el planeta que pueda negar que no es perfecto. (Esta es una doble negación. Lo diré de otra manera): No hay persona alguna en el planeta que pueda afirmar ser perfecta; y amados, no hay una sola persona que entienda la gravedad del no ser perfectos, porque el estándar por el cual seremos finalmente juzgados no es a través del promedio, sino del estándar de la perfección de Dios.

Podría escuchar esto: «Claro, todos tenemos derecho a un error.» ¿Quién lo dice? ¿Es que acaso Dios dijo: «Puedes cometer un error un pecado gratis, un acto gratuito de traición contra mi autoridad, un insulto gratuito a mi integridad”? Nunca lo dijo, ¿O sí? Pero incluso si lo hubiera dicho, ¿Hace cuánto tiempo que ya usaste el tuyo? ¡Todos tienen derecho a cometer un error! Espero tengamos derecho a más de uno. Por lo menos uno por segundo sería mejor. Pero ya ven, estamos cómodos con nuestra imperfección. Nos juzgamos midiéndonos unos a otros. No importa cuán avergonzado esté de las debilidades en mi vida y, hay veces que cuando me miro a mí mismo llego a sentir asco.

¿Se han sentido así? ¿Alguna vez han sentido repulsión de ustedes? “¡No puedo creerlo! No puedo creer que sea tan egoísta”, o ”No puedo creer que sea tan codicioso” o lujurioso, o lo que sea. Pero somos rápidos para excusarnos porque miramos alrededor y siempre podremos encontrar a alguien que es más depravado que nosotros al menos en la superficie. Podemos ser como el publicano o mejor como el fariseo, del cual Jesús dijo que fue al templo a orar. Él dijo: «Dios te doy gracias porque no soy… ni aun como este publicano». Y así encontramos la manera de excusarnos y halagarnos hasta que vemos el estándar, y cuando eso sucede, quedamos deshechos como Isaías fue desbaratado. Cuando vio la santidad pura, pudo comprender lo que era y lo que él no era. No pudo soportarlo y cayó sobre su rostro, y gritó de dolor mientras decía: «¡Ay de mí, que soy deshecho! Porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey…». Me pregunto por qué dijo lo que dijo. Cuando él clamaba en medio de su terror, dijo, «Estoy deshecho porque tengo una boca inmunda». Me pregunto por qué ¿Por qué su boca? Si leemos las enseñanzas de Jesús, podrán notar que una de las cosas que se observa una y otra vez en su enseñanza es una lección que ya casi nadie llega a creer en nuestro siglo nunca más.

Jesús, sí Jesús de Nazaret, enseñó algo, Él enseñó varias veces que algún día todos los seres humanos serían llamados ante el tribunal de Dios. Que cada uno de nosotros tendrá que dar cuentas ante el Creador santo del cielo y de la tierra, y Jesús dijo que en ese día toda palabra ociosa que hayamos dicho será puesta en juicio, todo aquello que hemos hecho, todo aquello que hemos dicho, cada promesa que hicimos y que no cumplimos, cada declaración blasfema que haya salido de nuestros labios, toda calumnia que hayamos levantado contra nuestro prójimo, todo será traído y puesto sobre la mesa. Jesús dijo: «No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale, esto contamina…». Dios nos ha dado la boca como instrumento para alabarle, para expresar su verdad; en lugar de eso mentimos, hacemos daño a otros, blasfemamos contra Dios. Tenemos labios inmundos. Cuando Isaías vio la santidad de Dios, su mano se dirigió automáticamente a su boca, mientras clamaba y se maldecía a sí mismo.

Ahora, señoras y señores, ¿Qué hizo Dios? ¿Miró Dios desde su trono y vio a su siervo retorciéndose en el polvo en todo su remordimiento y arrepentimiento como un monje medieval en un monasterio, autoflagelándose? ¿Acaso le dijo: «Ya, ya, ya… vamos Isaías. Ya te estás tomando demasiado en serio. No te tortures tanto, preocupándote de forma enfermiza con tu propia culpa. Le vas a dar material de estudio para toda una vida a gente como Sigmund Freud, si sigues así. No seas tan neurótico. Estás con sentimientos de culpa. Seguro que has estado leyendo a Jonathan Edwards o de algún otro puritano con sus excesos acerca de la pureza”?

Eso no fue lo que hizo. Ni tampoco Dios vio a su siervo retorciéndose en el suelo, y le dijo: «Sufre, gusano miserable. Mereces ser destrozado y arruinarte. Continúa así. Que la maldición caiga sobre ti. Estoy harto de personas como tú, Isaías. Nos vemos luego». Eso no fue lo que hizo.

Les diré algo más que Él no hizo, señoras y señores. Dios no dijo a Isaías una sola palabra acerca de la gracia barata. Dios no dijo: «Mira Isaías, todo lo que quiero que hagas es poner tu nombre en una tarjeta de visita o levantar tu mano. Así podrás entrar en mi reino». No, Dios vio su siervo en dolor, e hizo una señal a uno de los serafines, y el serafín se acercó al altar, donde los carbones encendidos al rojo vivo ardían en el lugar santo. Y las brasas estaban tan calientes que incluso la piel del ángel no podía tocarlas. Tuvo que usar unas tenazas, y con ellas tomó uno de esos carbones al rojo vivo, y voló hacia Isaías; y leemos en el texto que colocó este carbón caliente en sus labios. ¿Saben cuán sensibles son los labios humanos? Es con nuestros labios que expresamos una de las formas más íntimas de comunicación táctil el beso. Las terminales nerviosas de los labios son hipersensibles y este hombre tuvo que saber lo que es tener un carbón caliente en sus labios. Lo que pasó fue que tan pronto el carbón tocó sus labios, apareció una enorme ampolla sobre ellos. Se podía oír su carne chisporroteando. ¿Por qué? ¿Porque Dios estaba siendo cruel y bárbaro en su castigo para con Isaías? No. El carbón se aplicó para cauterizar sus labios, para purificarlo, para sanarlos, a fin de prepararlos para el mensaje que iba a dar. Escucha lo que dice. «Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con las tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado».

Soy protestante por convicción, pero una de las cosas que echo de menos de la tradición romana es el confesionario. Sé que el confesionario está en el centro de la controversia protestante, pero es sólo uno de los elementos, y tenemos la tendencia a botar al bebé junto con el agua de baño. Qué ganas de poder ir a algún lugar, a alguien al que puedo ver, oír y experimentar su con una presencia real y decir: «Padre, he pecado. Esto es lo que he hecho», y enumerar mis rebeliones, sacarlas de mi pecho, y luego ser capaz de ponerme de rodillas y escuchar a alguien decir en el nombre de Jesucristo, «Te absuelvo» te libero. Tus pecados te son perdonados. Cómo me gustaría oír a Cristo entrar en este salón ahora mismo y caminar hasta ti, de forma privada, y que te diga: «Conozco cada uno de tus pecados, pero ahora mismo quiero decirte que todo pecado que alguna vez has cometido es perdonado. Tu maldad ha sido borrada: toda. Nunca más tendrás que preocuparte por los pecados que cometiste contra Dios. Yo te perdono y te limpio en este momento y para siempre». ¿Cuánto darías por escuchar a Jesús decir eso hoy? Eso es lo que Dios le dijo a Isaías. «Se ha ido, Isaías toda tu culpa. No tienes que hablar más de la maldición. La he quitado. Tus pecados son perdonados. Han sido expiados».

Y ahora, mientras Isaías trata de lidiar con eso, Dios habla una vez más, y le dice: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» Y ¿Qué es lo primero que dice Isaías después de maldecirse? «Heme aquí, envíame a mí». Noten que él no dijo: «Aquí estoy». Eso sería decirle a Dios su ubicación geográfica. No, él dijo: «Dios, aquí estoy». Difícilmente podía decirlo a través de esos labios. Señoras y señores, el precio del arrepentimiento es muy, muy doloroso. El verdadero arrepentimiento es sincero delante de Dios, y el entrar en la presencia del Dios santo es algo doloroso, pero cuando venimos con humildad, como Isaías; cuando vamos rostro a tierra, Dios está listo para perdonar, limpiar, y enviar. La única justificación para la misión de cualquier misionero, para la predicación de cualquier predicador, es que esa persona ha experimentado el perdón de Dios.

Padre, también tenemos bocas inmundas, y no podríamos sobrevivir en tu presencia de no ser por la expiación que has hecho por nosotros en Cristo. Oramos para que podamos conocer tu perdón ahora y siempre, y que podamos decirte «Heme aquí, envíame a mí». Amén.

El estado de Gloria

Hace ya mucho tiempo, mientras entrenaba en un campo de práctica de golf, un hombre un tanto mayor que yo me ofreció su moderno palo vanguardista de última tecnología, que tenía una gran cabeza. «Prueba este, hijo», me dijo. Y me insistió. Dejé a un lado mi viejo palo de cabeza de madera (lo había comprado usado por £5) y probé su versión ultramoderna de cabeza de metal. La bola salió disparada y aún se mantenía en el aire cuando pasó sobre mis intentos anteriores. De pronto, el golf pareció más fácil, y mi golpe, mucho más poderoso.

No podía creerlo. Tampoco podía costear mi propio palo de última tecnología. Sin embargo, pensé que así es como debe ser la resurrección del cuerpo en el estado de gloria. Ya no será más débil, sino poderoso; la obediencia ya no será una batalla contra el mundo, la carne y el diablo, sino algo natural, al ritmo afable y alegre de un mundo libre del pecado. Si puedo disfrutar de esta nueva tecnología en un palo de golf, qué maravilloso será vivir en el pleno resplandor de la presencia de Dios.

Aunque era escocés, no existe ningún registro de que Thomas Boston (1676-1732), el autor del libro Human Nature in Its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], haya jugado golf. No obstante, tuvo razones más importantes para reflexionar en la vida libre de pecado y enfermedades, y en la felicidad perfecta que traerá el estado de gloria. Durante los años en que Boston trabajó en los sermones y luego en el manuscrito que se convirtió en dicho libro, su amada esposa Catherine padeció una enfermedad invalidante y angustiosa, y la muerte infantil entró en su hogar. Por eso, la expectativa de la gloria por venir fue una realidad que lo sostuvo en medio de las pruebas y a la vez una motivación para vivir por su Señor Jesús a la luz de esa esperanza.

El conocimiento del estado de gloria no hará menos por nosotros. Pero, ¿qué podemos decir al respecto? Las Escrituras tienen mucho que decir sobre el estado de gloria. Algunas de sus enseñanzas pueden resumirse, quizá apropiadamente, bajo siete encabezados.

PROMETIDO POR LA PALABRA DE DIOS

Piensa en esto: no sabríamos nada del estado de gloria si no fuera por la Palabra de Dios y Sus promesas. Dios no necesitaba decirnos nada; después de todo, pudo haberse guardado todo como una sorpresa futura.

No obstante, nuestro Padre celestial es demasiado bondadoso como para negarles a Sus hijos la esperanza en un mundo de desesperación o la luz en un mundo de tinieblas. En Su gracia, nos ha dicho mucho, aunque no todo (no podríamos entender todo), sobre el mundo futuro. Entonces, «según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia» (2 Pe 3:13). Pedro nos dice que este conocimiento debería tener un impacto transformador en nuestras vidas (v. 17).

Pero ¿qué es exactamente lo que se promete?

El punto de los contrastes entre este mundo y el siguiente es simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

EN CONTRASTE CON LA VIDA PRESENTE

Una de las formas en que aprendemos es contrastando lo que ya sabemos con lo que aún necesitamos descubrir. La Escritura emplea este método en referencia a la resurrección. Nuestros cuerpos son como semillas que se siembran en la tierra. Perecen, pero luego emergen como flores gloriosas.

Nosotros también morimos y somos «sembrados» en el suelo. Pareciera que en los momentos finales de la vida está escrita la palabra «fin». Como observó el filósofo Thomas Hobbes, la vida puede ser «repugnante, brutal y corta». Por naturaleza estamos «sin esperanza», y cuando se acerca la muerte que todo lo conquista, la evidencia parece confirmar esa realidad. Sin embargo, señala Pablo, así como la semilla que cae en el suelo se desintegra y «muere» solo para «resucitar» otra vez como una hermosa flor, lo mismo ocurre con nuestros cuerpos:

Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual… Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (1 Co 15:42-44, 53).

Piensa en eso: tendremos un cuerpo imperecedero, glorioso, poderoso, espiritual e inmortal.

Pero eso no es todo, Pablo también contrasta la vida que termina en la muerte con la muerte que termina en la vida. Aquí experimentamos aflicción; allí, gloria. Aquí todo es temporal; allí todo es eterno. Lo que aquí parece pesado allí parecerá «ligero» y lo que hay allí parecerá un «peso». Aquí este mundo parece sustancial y lo que «no se ve» parece insustancial, pero allí la realidad será precisamente lo opuesto.

¿Cuál es el punto de estos contrastes? Simplemente estimularnos a ver cuánto más maravilloso que el presente es el futuro que aguarda al cristiano.

LA CONSUMACIÓN DE LOS PROPÓSITOS YA HA COMENZADO

Aun así, también existe continuidad entre el «ahora» y el «todavía no», pues con la resurrección de Cristo el futuro ya ha comenzado en nuestra historia. Él es «primicias de los que durmieron» (1 Co 15:20). Su resurrección garantiza la nuestra, así como las primicias garantizan la cosecha final.

¿Cómo así? Debido a nuestra unión con Cristo, como notó Agustín, nuestro Señor se considera a Sí mismo incompleto sin nosotros. Entonces, cuando Él resucitó de los muertos, nosotros resucitamos en Él; cuando fuimos unidos al Salvador resucitado mediante la fe, fuimos ligados al Resucitado de manera tal que es imposible que no volvamos a resucitar un día. De hecho, tan indestructible es esta unión que el día «cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria» (Col 3:4).

En un cierto sentido, ya nos ha sido dada «vida juntamente con Cristo… y con Él nos resucitó» (Ef 2:5-6). La vida del futuro ya ha echado raíces en nosotros. Aunque aún residimos en un mundo moribundo, ya hemos muerto (al pecado) y hemos sido resucitados a novedad de vida (Rom 6:1-4). Ya no estamos bajo el dominio del pecado, de su culpa ni del poder de Satanás. La libertad de la gracia ya es nuestra, aunque todavía no gozamos de la plena «libertad de la gloria» (8:21). Sin embargo, estamos seguros de que Dios le dará los retoques finales a la buena obra que comenzó en nosotros (Flp 1:6). El mundo por venir nos parecerá asombrosamente nuevo, pero algo de él nos parecerá vagamente familiar.

El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

SECUELAS DEL JUICIO FINAL

«Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio» (Heb 9:27). No todas las cosas se resuelven en esta vida: los impíos prosperan a menudo, los rectos con frecuencia incluso sufren martirio. No solo es cierto (como comenta Hamlet, el personaje de Shakespeare) que «el tiempo está fuera de quicio»: el mundo entero está fuera de quicio.

La justicia final no prevalece en este mundo. Pero en el día que dará paso al estado de gloria, todos los males se rectificarán. Todas las personas serán evaluadas: «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo» (2 Co 5:10).

El «todos» que Pablo usa aquí significa «todos». Como escribiera el joven Robert Murray M’Cheyne (cuando estaba cerca de experimentar por sí mismo esa realidad): «Mientras caminaba por los campos, me vino el pensamiento, casi con poder apabullante, de que cada miembro de mi rebaño pronto estará en el cielo o en el infierno».

En aquel día, se verá la justicia perfecta de Dios, pues todos serán juzgados «conforme a sus obras» e incluso los secretos serán juzgados «mediante Cristo Jesús» (Rom 2:6, 16). El estándar para el juicio será Su vida vivida en nuestra naturaleza humana.

No habrá excusas. Si estamos sin Cristo y sin el vestido de bodas que Él nos da para cubrirnos en Su justicia, seremos excomulgados a las tinieblas de afuera de las que nuestro Señor dio repetidas advertencias a lo largo de Su ministerio (Mt 8:12; 22:13; 25:30). Luego de amar más las tinieblas que la luz (Jn 3:19), luego de rebelarse contra Dios y de haber insistido en decir: «Hágase mi voluntad así en la tierra como en el cielo», los incrédulos oirán las palabras más terribles del universo ―«Hágase Tu voluntad»― y las tinieblas «de afuera» serán su destino.

Pero ¿y qué del creyente? ¿Cómo es posible que el hecho de que seamos juzgados «conforme a nuestras obras» derive en el estado de gloria? Es posible porque el Señor siempre juzga a los justificados conforme a su «obra de fe, [su] trabajo de amor y la firmeza de [su] esperanza en nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes 1:3). Al que ha sido fiel en lo poco no solo se le dará «más», sino «mucho». El siervo que produjo cinco minas (un poco más de un año de salario) a partir de una fue puesto sobre cinco ciudades. El juicio de su señor fue en proporción a la fidelidad del siervo (cinco por cinco), pero la recompensa desproporcionada vino de la abundante gracia de su señor (Lc 19:18-19).

Lo mismo ocurrirá en el estado de gloria. Lo que ahora está oculto será revelado. De seguro habrá sorpresas.

En este mundo, a veces nos encontramos con viejos amigos a los que no hemos visto en décadas, y mentalmente tenemos que estirar sus arrugas o volver a ponerles pelo en la cabeza para poder reconocerlos. Sin embargo, en ese mundo, bien puede ser que las primeras palabras que nos digamos sean: «¡Vaya, así es como en verdad eras!» (ver 1 Jn 3:1-2). La verdad oculta de lo que Dios nos ha hecho por fin será visible para todos. Este juicio de nuestras obras también será en conformidad a la gracia de Cristo, en quien hemos sido justificados y santificados.

LA REGENERACIÓN DE TODAS LAS COSAS

En la actualidad, no vemos que todo esté puesto bajo los pies de Jesús (Heb 2:5-9), pero cuando Él vuelva, subyugará todo lo que es malo y consumará lo que inauguró en Su resurrección. Esta es Su obra como el segundo hombre y el postrer Adán, el Verdadero Hortelano (Gn 1:28).

No toda la tierra era un huerto; Adán, Eva y su posteridad tenían que convertirla en uno. A lo mejor María no estaba tan equivocada «pensando que era el hortelano» (Jn 20:15).

De esta manera, Cristo llevará a cabo la renovación de este mundo caído en lo que Él llamó la palingenesis de todas las cosas (Mt 19:28, la única ocurrencia de la palabra «regeneración» en los evangelios). No es de sorprender que la Nueva Jerusalén esté inmersa en el nuevo huerto del Edén (Ap 22:1-5) y que las puertas que permiten el ingreso a ella nunca se cierren de día y que no haya noche allí.

Todo esto vendrá como resultado de una limpieza apocalíptica (1 Pe 3:10). Por ese día, cuando la verdadera identidad de los hijos de Dios será revelada en plenitud, toda la creación gime como mujer de parto. De hecho (como escribe J. B. Phillips al captar brillantemente un matiz del griego de Pablo): «Toda la creación está de puntillas para ver la maravillosa imagen de los hijos de Dios siendo lo que son» (Rom 8:19). Qué gran día será ese.

CRISTO EN EL CENTRO

En el estado de gloria, veremos a nuestro Salvador. «Ahora vemos por un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, como he sido conocido» (1 Co 13:12). ¡Una reunión cara a cara con el Señor Jesús! ¡Verlo como Él es! ¡Ser semejantes a Él (1 Jn 3:2)! ¡Transformados al nivel final de gloria (2 Co 3:18)!

Sin embargo, precisamente porque estaremos libres del pecado, no nos veremos consumidos por un interés en nuestra propia santificación perfecta. Tampoco reaccionaremos admirándonos los unos a los otros. No. Solo tendremos ojos para Uno: el León de la tribu de Judá, el Cordero inmolado pero ahora resucitado y puesto en Su posición legítima en el centro del trono de Dios (Ap 5:1-14).

Recuerdo que, cuando era adolescente, una noche soñé que moría y era recibido «al otro lado» por amigos que se acercaban para darme la bienvenida con los brazos abiertos. Vi que los apartaba a empujones y oí salir estas palabras de mis labios: «¡Déjenme ir a Jesús! ¡Déjenme ver a Jesús!». Ese es nuestro destino, pues en verdad:

La novia, su vestido
Allí no mirará,
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

DIOS SERÁ TODO EN TODOS

En un pasaje notable, Pablo nos pasea por el «orden» divino de los «días» (1 Co 15:23) de la inauguración de este estado de gracia (vv. 20-28):

  • El día de la resurrección de Cristo, cuando todo comenzó (vv. 22-23a).
  • El día de nuestra resurrección, cuando se inaugurará su consumación (v. 23b).
  • El día de la destrucción, cuando los enemigos de Cristo y de nosotros serán vencidos (vv. 24-25).
  • El día de la victoria, cuando incluso el último enemigo, la muerte, será destruido (vv. 26-27).
  • El día de la consumación, cuando Dios será todo en todos (vv. 24, 28).

Ese día de la consumación, el segundo hombre llevará a una creación restaurada y a un pueblo redimido y resucitado a la presencia de Su Padre. Allí, como el postrer Adán, le presentará ese mundo, perfeccionado como resultado de Su obediencia hasta la muerte y de Su resurrección a novedad de vida. La obra que el Padre planificó y el Hijo realizó en nuestro lugar por el Espíritu estará completa.

Pablo aquí no está pensando en una subordinación dentro de la Trinidad eterna, sino en la sumisión legítima hecha por nosotros y con nosotros por parte de Su Hijo como Mediador, como nuestro representante, en nuestra carne y sangre humanas. Entonces, quizá, las palabras que pronunció en la cruz del Calvario ―«¡Consumado es!»― volverán a oírse.

¿Qué descendiente de la primera pareja que ha experimentado el estado de naturaleza, que ha probado la amargura del estado de pecado y que ahora ha sido introducido al estado de gracia no anhela el día cuando se dé paso al estado de gloria? Es que entonces la oración que nuestro Salvador hizo por nosotros será respondida a cabalidad: «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde Yo estoy, para que vean Mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo» (Jn 17:24).

Robert M’Cheyne tenía razón. Será solo

Cuando el mundo pase ya,
Cuando el sol no brille más,
Con Jesús en gloria estemos
Y nuestra vida observemos,
Mi Señor, recién allí
Pesaré mi deuda a Ti.

«Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20).

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El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

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El Cristiano con toda La Amardura de Dios

El libro de William Gurnall, El cristiano con toda la armadura de Dios, es sin duda excepcional por varias razones.

En primer lugar este autor puritano editó el material en tres tomos entre 1655 y 1662, dedicando el primero a los habitantes de Lavenham, donde fue rector de la iglesia en ese lugar, en Sufflok, ciudad entonces de unos 1800 habitantes, de los cuales la mitad eran feligreses suyos. Es decir, estamos ante una rareza porque fue profeta en su propia tierra. De hecho, las evidencias indican que vivió y murió a 50 km de su lugar de nacimiento, y salvo el pastorado y su vida familiar tras casarse con Sarah Mott, con la que tuvo diez hijos en sus 35 años de matrimonio sabemos pocas cosas de este escritor, de no ser por esta gran obra literaria que en vida del autor acumuló seis ediciones. Por otro lado, es uno de esos personajes que a pesar de tener mala salud, centró todos sus esfuerzos en servir a Dios en la iglesia local, dejando a un lado otros compromisos cuando empezaron a conocerle por la relevancia de sus predicaciones, llegando incluso a rechazar una invitación para predicar ante la Cámara de los Comunes en Londres. Gurnall vivió como puritano una vida celosa guardando las enseñanzas de la Palabra de Dios, y abrazando las doctrinas de la Reforma que seguían convulsionando Europa.

Las recomendaciones a la obra de Gurnall durante décadas llegan de hombres como John Newton, quien después de la Biblia tenía este libro como favorito, J. C. Ryle, o Charles Haddon Spurgeon, quien decía que “tiendo a pensar que habrá sugerido más sermones que ningún otro volumen no inspirado. A menudo he recurrido al mismo cuando mi propio fuego ardía bajo, y pocas veces he dejado de encontrar algún carbón encendido en el hogar de Gurnall”. Por todo esto, esta versión abreviada de la obra original, es una buena manera de buscar textos en tiempos próximos a la Reforma de autores con grandes convicciones morales y fuego del Espíritu.

No sé si este libro sirvió como inspiración a C.S. Lewis, cuando escribió Cartas del diablo a su sobrino, donde un diablo experimentado enseñaba las malas artes como tentador y acusador a un joven aprendiz en un tono irónico, pero también Gurnall con mucha sabiduría consigue discernir el comportamiento humano, y en esa línea destila una comprensión poco común de la forma en la que Satanás intenta derribar al cristiano de múltiples formas.

La guerra espiritual tratada con equilibrio y de la que deberían aprender algunos de los supuestos nuevos teólogos neuróticos actuales, fue seguida en momentos históricos complejos e ilumina nuestra experiencia cristiana hoy.

Esta edición recoge de forma resumida los tres libros originales de Gurnall en un solo volumen con un lenguaje actual bien revisado, algo que no es fácil encontrar cuando tratamos obras algo lejanas en el tiempo y es por este motivo que hay que felicitar a la Editorial Peregrino y el Estandarte de la Verdad. Es un libro que a pesar de su extensión se lee con relativa facilidad, y donde destaca el lenguaje para ser soldados en base al texto de Efesios sobre la armadura del cristiano que con ese tono de alerta recorre la Biblia, para mostrar la forma en la cual debemos velar ante las asechanzas de Satanás y sus huestes.

La primera sección que corresponde al primer tomo: Es una llamada al valor y servicio siendo fuertes en el Señor explicando el motivo por el que el cristiano debe armarse, mientras razona cómo es nuestro enemigo y la naturaleza de esta batalla espiritual. No es el momento de dormirse, vivimos para luchar siempre al igual que Satanás está a nuestro alrededor habitualmente buscando a quien devorar (1 P. 5:8). En palabras del autor: “Todo soldado está llamado a una vida de servicio activo, igual que el creyente. La misma naturaleza de ese llamamiento excluye una vida ociosa. Si pensabas ser soldado de verano, considera con cuidado tu comisión” (pág. 46). “En el presente debes vestir el traje de reglamento día y noche. Has de andar, trabajar y dormir con él puesto… Y si ese tentador descarado vigiló tan de cerca a Cristo, ¿no te parece que también te acechará a ti, esperando tarde o temprano sorprenderte con las virtudes dormidas” (pág. 86-87).

La segunda sección que contiene el resumen del segundo tomo:Describe la armadura del cristiano enfatizando la necesidad de un corazón sincero, es necesaria integridad cuyas deficiencias cubre el amor de Dios. En esta parte nos adentramos en la importancia de la santidad, cuestión que caracterizó muchos de los mensajes de los autores puritanos que aspiraban a vivir conforme a la voluntad de Dios en todo. Aquí también se muestra la importancia del evangelio, un mensaje tan grande como bueno, en palabras de Gurnall: “El evangelio trae promesas que anuncian el bien que Dios tiene reservado para los pecadores, mientras que las amenazas son la lengua nativa de la ley. La ley no puede hablar más que juicio para los pecadores; pero el evangelio de la gracia de Cristo les sonríe y alisa las arrugas de la frente de la ley” (pág. 478).

La tercera sección, vinculada al tercer tomo: Continúa desarrollando más elementos de la armadura, exhortándonos porque como se menciona en la segunda sección: “Vivimos en una época crucial. El que esté tan preocupado por proteger su nombre que no tolere sufrir por Cristo ni soportar el barro lanzado por las malas lenguas contra él, tendrá que buscar su propio camino al Cielo… Los reproches externos se pueden soportar y llevar triunfalmente como una corona, si no tienes que luchar con una conciencia que te reproche desde dentro” (pág. 380).

Sólo podemos decir, que este libro es una joya literaria evangélica y que la edición que presentamos tiene todo nuestro respeto por su calidad. Puede solicitarse por Internet siguiendo este enlace: 

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/411-el-cristiano-con-toda-la-armadura-de-dios.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Lo que Dios es para las familias 1

PROPUESTA 1: Dios es el Fundador de todas las familias; por tanto, estas deberían orar a Él. La sociedad familiar suele estar formada por estas tres combinaciones: Marido y mujer, padres e hijos, amos y siervos, aunque puede haber una familia donde esto no sea así, aun estando dentro de estos parámetros, todas estas combinaciones son de Dios. La institución de marido y mujer viene de Dios (Gn. 2:21-24) y también la de padres e hijos, y amos y siervos. La autoridad de uno sobre otro y la sujeción del otro al uno están instituidas por Dios y fundadas en la ley de la naturaleza, que es la ley de Dios. Él no sólo creó a las personas consideradas por separado, sino también a esta sociedad. Y, así como la persona individual está sujeta a dedicarse al servicio de Dios y orar a Él, así también la sociedad familiar está sujeta conjuntamente a lo mismo, porque la sociedad es de Dios. ¿Acaso ha designado Dios a esta sociedad sólo para el consuelo mutuo de sus miembros o del conjunto de la familia, o también para que el grupo mismo le brinde su propia gloria? ¿Y puede darle gloria a Dios esta sociedad familiar si no le sirve y ora a Él? ¿Le ha dado Dios autoridad a aquel que manda y gobierna, y al otro el encargo de obedecer, sólo en referencia a las cosas mundanas y no en las espirituales? ¿Puede ser el consuelo de la criatura el fin supremo de Dios? No; el fin es su propia gloria. ¿Acaso alguien, por la autoridad de Dios y el orden de la naturaleza, es el paterfamilias, “el amo de la familia”, así llamado en referencia a sus sirvientes y también a sus hijos, por el cuidado que debería tener de las almas de los siervos y de que adoren a Dios con él, como también lo hacen sus hijos? ¿No debería mejorar el poder que ha recibido de Dios sobre todos ellos, para Él y para el bienestar de las almas de ellos, llamándolos conjuntamente a adorar a Dios y a orarle? Que juzguen la razón y la fe.

PROPUESTA 2: Dios es el Dueño de nuestras familias; por tanto, deberíamos orarle a Él, que es nuestro Dueño y Propietario absoluto; no sólo por la supereminencia de su naturaleza, sino también por medio del derecho de creación al habernos dado el ser y todo lo que tenemos. Nosotros mismos y todo lo que es nuestro (siendo nosotros y lo nuestro más suyo que nuestro), estamos incuestionablemente sujetos a entregarnos a Dios en lo que pudiéramos ser más útil para el interés y la gloria de nuestro Dueño. ¿De quién son, pues, sus familias, sino de Dios? ¿Desmentirán ustedes a Dios como Dueño suyo? Aunque lo hicieran, en cierto modo siguen siendo suyos, a pesar de que no sería mediante la resignación ni consagrándose por completo a Él. ¿De quién prefieren que sean sus familias, de Dios o del diablo? ¿Tiene el diablo algún derecho a sus familias? ¿Servirán estas al diablo que no tiene derecho alguno sobre ustedes ni sobre la creación, la preservación o la redención? ¿Y no servirán ustedes a Dios que, por medio de todo esto, tiene derecho sobre ustedes y una propiedad absoluta y completa en ustedes? Si dicen que sus familias son del diablo, sírvanle a él. Pero si afirman que son de Dios, entonces sírvanle a Él. ¿O acaso dirán: “Somos de Dios, pero serviremos al diablo”? Si no lo dicen, pero lo hacen, ¿no es igual de malo? ¿Por qué no se avergüenzan de proceder así y sí se abochornan de hablar y decirle al mundo lo que hacen? Hablen, pues, en el temor de Dios. Si sus familias como tales son de Dios, ¿no sería razonable que le sirvieran y le oraran a Él?

Continuará …

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?” Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 – c. 1707): Escritor de talento y predicador; uno de los puritanos más conocidos de su tiempo. Nació en Kidderminster, Worcestershire, Inglaterra

La Naturaleza, La reivindicación y La Historia de La Adoración en Familia 3

Pero en ningún país ha brillado la luz hogareña con mayor resplandor que en Escocia. La adoración familiar en toda su plenitud fue simultánea con el primer periodo reformador. Es probable que ningún territorio tuviera jamás tantas familias orando en proporción a sus habitantes; tal vez ninguno tenga tantas hoy. En 1647, la Asamblea General emitió un Directorio para la adoración familiar en la que hablan como sigue:

“Los deberes corrientes abarcados en el ejercicio de la piedad que deberían llevarse a cabo en las familias cuando se reúnen a tal efecto son estos: Primero, la oración y las alabanzas realizadas con una referencia especial, tanto a la condición del Kirk (la Iglesia) de Dios y su reino, como al estado presente de la familia y cada miembro de la misma. A continuación, la lectura de las Escrituras, con la instrucción en la doctrina de una forma clara para posibilitar de la mejor manera la comprensión de los más simples y que se beneficien bajo las ordenanzas públicas y se les pueda ayudar a ser más capaces de entender las Escrituras cuando estas se lean; junto con conferencias piadosas que tiendan a la edificación de todos los miembros en la fe más santa; así también la amonestación y la reprensión por razones justas de quienes tengan la autoridad en la familia. El cabeza de familia debe tener cuidado de que ninguno de los miembros se retire de ninguna parte de la adoración en familia y, viendo que el ejercicio ordinario de todas las partes de esta adoración le pertenecen al cabeza de familia, el ministro debe instar a los que son perezosos y formar a los que son débiles para que sean adecuados en la realización de estos ejercicios”.

“Tantos como puedan concebir la oración, deberían hacer uso de ese don de Dios, aunque los que sean toscos y más débiles pueden comenzar con una forma establecida de oración; esto se hace con el fin de que no sean perezosos en despertar en sí mismos (según sus necesidades diarias) el espíritu de la oración que han recibido todos los hijos de Dios en cierta medida; a este efecto, deberían de ser más fervientes y frecuentes en la oración secreta a Dios para que capacite sus corazones para concebir y expresar peticiones legítimas a favor de sus familias”. “Estos ejercicios deberían llevarse a cabo con gran sinceridad, sin demora, dejando a un lado todos los asuntos mundanos o estorbos, a pesar de las burlas de los ateos y de los hombres profanos, teniendo en cuenta las grandes mercedes de Dios sobre esta tierra y las correcciones mediante las cuales Él nos ha disciplinado últimamente. Y, a este efecto, las personas de eminencia y todos los ancianos de la Iglesia, no sólo deberían estimularse ellos mismos y sus familias a la diligencia en todo esto, sino también contribuir de forma eficaz para que en todas las demás familias que estén bajo su influencia y cuidado, se realicen estos ejercicios mencionados con plena consciencia”.

La fidelidad del cristiano individual con respecto a este deber se convirtió en cuestión de investigación por parte de los tribunales de la Iglesia. Mediante el Acta de Asamblea de 1596, ratificado el 17-18 de diciembre de 1638, entre otras estipulaciones para la visitación de las iglesias por parte de los presbíteros, se propusieron las siguientes preguntas para que les fueran formuladas a los cabezas de familias:

“¿Visitan los ancianos a las familias dentro del barrio y de los límites que se les ha asignado a cada uno de ellos? ¿Son cuidadosos de que se establezca la adoración de Dios en las familias de sus zonas? Se le sugiere al ministro que también pregunte, en sus visitas pastorales, si se adora a Dios en la familia mediante oraciones, alabanzas y la lectura de las Escrituras. En cuanto a la conducta de los siervos hacia Dios y hacia los hombres, ¿se aseguran de que también participen de la adoración en familia y en público? ¿Catequizan a su familia?”.

Cuando la Iglesia de Escocia adoptó la Confesión de Fe de la Asamblea de Teólogos de Westminster, contenía esta estipulación que sigue siendo válida entre nosotros: “Dios ha de ser adorado en todo lugar, en espíritu y en verdad, en las familias privadas a diario y también en secreto, cada uno por sí mismo”

En conformidad con estos principios, la práctica de la adoración en familia se convirtió en algo universal por todo el cuerpo presbiteriano de Escocia y entre todos los disentidores de Inglaterra. Especialmente en Escocia, las personas más humildes de las chozas más lejanas honraban a Dios mediante la alabanza diaria y no hay nada más característico de las personas de aquella época que esto. “En ocasiones he visto la adoración en familia en grandes casas —dice el Sr. Hamilton—, pero he sentido que Dios estaba igual de cerca cuando me he arrodillado con una familia que oraba, sobre el suelo de tierra de su choza. He conocido la adoración en familia entre los segadores en un granero. Solía ser algo común en los barcos de pesca en los estuarios y los lagos de Escocia. He oído que esto se observaba incluso, en las profundidades de un pozo de carbón”.

Los padres de la Nueva Inglaterra, habiendo bebido del mismo espíritu, dejaron el mismo legado a sus hijos.

La adoración en familia es altamente honorable, especialmente cuando el servicio espiritual languidece y decae en tiempos en los que el error y la mundanalidad hacen incursiones en la Iglesia. Éste ha sido el caso notable entre algunas comunidades protestantes del continente europeo. En términos generales, debemos decir que la adoración en familia no se practica tan extensamente allí y, por supuesto, no se le valora tan altamente como en las iglesias de Gran Bretaña y de los Estados Unidos. Esto es cierto, in-cluso cuando se hace la comparación entre las que están en los respectivos países, cuyo apego al evangelio parece ser el mismo. Hay muchas, sobre todo en Francia y Suiza, que le dan tan alto valor y mantienen con regularidad la adoración diaria a Dios como muchos de sus hermanos en Inglaterra o en los Estados Unidos. Sin embargo, constituyen excepciones a la declaración anterior sin ser una refutación de la misma. Los viajeros cristianos observan, no obstante, que las mejores opiniones sobre este tema, como en la observancia del Día de reposo, están creciendo decididamente en Francia y Suiza, y, probablemente, en cierta medida también en Alemania y en otros países del Continente. Esto se le debe atribuir a la traducción de muchas obras excelentes del inglés al francés y a su circulación en esos países en los últimos años.

De lo que se ha dicho, queda de manifiesto que, la voz universal de la Iglesia en sus mejores épocas, se ha pronunciado a favor de la adoración en familia. El motivo de esto también se ha manifestado. Es un servicio que se le debe a Dios con respecto a su relación abundante y misericordiosa para con las familias como tales, algo que se ha hecho necesario por las carencias, las tentaciones, los peligros y los pecados del estado de la familia y, en los más altos niveles, es algo adecuado y correcto, dadas las oportunidades que ofrece la misma condición de la familia.

Tomado de Thoughts on Family Worship.


James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas institu-ciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Vir-ginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.

No hay otro Evangelio

De Spurgeon se sabe que fue un gran predicador; que miles y miles de almas se convirtieron bajo su ministerio; que fue bautista, y que dio muestras prodigiosas de una ironía sana y oportuna desde el púlpito. Se conocen y repiten muchas de sus anécdotas e ilustraciones; pero poco, muy poco, se sabe del contenido doctrinal de su predicación. Se supone y se cree ¡claro está!, que fue sano en sus creencias; pero en qué consistía la ortodoxia “spurgeoniana” ¡ah! eso ya son aguas de otro molino. Pero aún así, lo que muchos protestantes no pueden ni tan siquiera imaginar, es que la sana predicación de Spurgeon descansara en aquellas gloriosas doctrinas bíblicas comúnmente conocidas bajo el nombre de calvinistas.

En el prólogo del primer volumen del “New Park Street Pulpit” de cuya colección provienen los sermones de este libro; Spurgeon decía:

“Recurrimos con frecuencia a la palabra calvinismo por designar esta corta palabra aquella parte de la verdad divina que enseña que la salvación es sólo por la gracia”. Y añadía: “Creemos firmemente que lo que comúnmente se llama calvinismo no es más, ni menos, que aquel sano y antiguo evangelio de los puritanos, de los mártires, de los Apóstoles y del Señor Jesucristo”.

Spurgeon se mantuvo siempre fiel a las doctrinas de la gracia. Las páginas de este libro -como toda la producción literaria del gran predicador-, están estampadas con aquel inconfundible sello del Soli Deo Gloria, tan genuinamente bíblico. Y como sucede siempre que el Evangelio es predicado en toda su pureza, la oposición de la mente carnal no tarda en desatarse. ¡Cómo odian los hombres a quienes exaltan la soberanía de Dios! ¡Y con cuán poco escrúpulo la desfiguran! Modernistas y arminianos hicieron causa común en un intento vano para acallar la voz evangélica del joven predicador. La crítica más mordaz y severa se volcó sobre él; su nombre era satirizado en la prensa y “pateado por la calle como una pelota de fútbol”.

El 25 de octubre de 1856, un semanario londinense escribía:

“Creemos que las actividades del señor Spurgeon no merecen en lo más mínimo la aprobación de sus correligionarios. Apenas hay un ministro independiente de cierta categoría que esté asociado con él”. Y todo como resultado de sus convicciones doctrinales.

Con referencia a los sermones que tienes en tus manos, lector, Spurgeon comentaba:

“Nada más zahiriente queda por decir en contra de ellos que no se haya dicho ya; las formas más externas de vejación ya se han agotado; se ha llegado ya al no va más del vocabulario libélico, y las críticas más mordaces ya no dan más veneno”. Con todo, Spurgeon se gozaba en el glorioso hecho de que Dios había estampado estos sermones con el sello de numerosas conversiones genuinas. Y aun después de la muerte del gran predicador, el Espíritu de Dios se sirve de estos mensajes -que son locura y escándalo a la mente carnal- como medio de salvación para muchos pecadores”.

(Uno de los traductores de estos sermones fue alcanzado por el poder de la gracia de Dios a través de la lectura de los mismos en su versión original).

Spurgeon se alzó ante la rutina y la superficialidad. El Señor usó para desempolvar las Biblias de una multitud de “cristianos del domingo”, y despertarlos a la realidad de su condición. Y eso no podía conseguirse por la predicación del Spurgeon tradicionalmente conocido por los lectores. Era necesaria la publicación de sermones íntegros de ese siervo de Dios para que fuese por fin conocido. Acostumbrados como estamos a la predicación superficial y soporífera de nuestro tiempo, la lectura de estos sermones causará, por necesidad, revuelo espiritual en los círculos protestantes de habla hispana. Estos mensajes son llamadas directas al espíritu y exigen como contestación, un examen profundo de nuestra pretendida fe cristiana.

Introducción
La Biblia
El glorioso Evangelio
Predicad el Evangelio
El propósito de la Ley
Los dos efectos del Evangelio
Un sermón sencillo para las almas que buscan
Un llamamiento a los pecadores
La Soberanía Divina
La Justificación por la Gracia
Soberanía y Salvación
¿Por qué son salvados los hombres?
El libre albedrío: un esclavo
La incapacidad humana
La intención de la carne es enemistad contra Dios
La Redención limitada
La elección
Las alegorías de Sara y Agar
El poder del Espíritu Santo
El llamamiento eficaz
La resurrección espiritual
El nuevo corazón
Un pueblo voluntarioso y un Caudillo inmutable
La Fe
La responsabilidad humana
La Salvación del Señor
Solamente Dios es la salvación de su pueblo
Salvación hasta lo sumo
¡Despertad! ¡Despertad!
La contienda de la verdad

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El Cristiano con toda la Armadura de Dios

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“La obra de Gurnall no tiene igual y es valiosísima. Cada una de sus líneas está llena de sabiduría; cada frase es sugestiva. Esta ‘armadura completa’ es, por encima de todo, un libro de predicador. Tiendo a pensar que habrá sugerido más sermones que ningún otro volumen no inspirado. A menudo he recurrido a él cuando mi propio fuego ardía bajo, y pocas veces he dejado de encontrar algún carbón encendido en el hogar de Gurnall.” Charles Haddon Spurgeon 

“Creo que El cristiano con toda la armadura de Dios, bien en esta versión abreviada o en la original que The Banner of Truth aún tiene en existencia, debería formar parte de la biblioteca de cada hombre y mujer de Dios. A ningún dirigente cristiano, maestro, pastor, evangelista u obrero debería faltarle. Esta obra respira santidad, pureza, y nos mueve a la oración y a una dedicación más plena a Jesucristo. De todos los escritores puritanos, pienso que es Gurnall quien habla más directamente a esta generación. Este es uno de los libros más importantes jamás escritos aparte de la Palabra de Dios. Bendeciré eternamente el día en que lo hicieron llegar a mis manos.” David Wilkerson: Autor de La cruz y el puñal.

Los Puritanos

Este volumen reúne, por primera vez, las diecinueve ponencias que el Dr. Lloyd-Jones dio en las conferencias de Estudios Puritanos y de Westminster desde 1959 hasta 1978. Es conveniente recordar que, como el día de su nacimiento había sido el 20 de diciembre de 1899, la edad del Dr. Lloyd-Jones coincidía con los años del siglo XX; por ende, cuando dio la primera de estas ponencias -el 16 de diciembre de 1959- estaba en vísperas de su sexagésimo cumpleaños, y cuando pronunció la última iba a cumplir setenta y nueve años.

La Conferencia Puritana se reunía el martes y miércoles de la semana previa a la Navidad en Westminster Chapel, Londres, habiéndose convocado por primera vez el 19 de diciembre de 1950. Esta Conferencia se originó porque, a finales de los años cuarenta del siglo XX, entre un pequeño grupo de estudiantes miembros de la Oxford Inter-Collegiate Christian Union (Unión Cristiana Universitaria de Oxford) -una rama de Inter-Varsity Fellowship (IVF, en España GBU)-, comenzó a aumentar el interés por los escritos de los puritanos ingleses. Fue sorprendente que surgiera en ellos dicho interés, porque en aquel momento prácticamente no existían libros puritanos en circulación y el movimiento evangélico al que ellos pertenecían se ocupaba comúnmente de otros temas. Como aquellos estudiantes de licenciatura habían escogido autores tan difíciles de encontrar como John Owen y Richard Baxter, sentían que estaban descubriendo las ruinas de algún mítico El Dorado.

Fue al cruzarse los caminos de ellos con los del pastor de la londinense Westminster Chapel cuando nació la idea de una Conferencia. Le conocieron en las reuniones y encuentros de Inter-Varsity donde él era el orador, o por medio de su hija Elizabeth, también estudiante de licenciatura en Oxford durante ese mismo período y miembro de la Unión Universitaria de esa ciudad. En los sermones del Dr. Lloyd-Jones oyeron por primera vez a un ministro de Dios cuya enseñanza armonizaba claramente con las doctrinas que habían comenzado recientemente a leer y descubrir, el cual abogaba por seguir a la vez la perspectiva bíblica del pecado y de la gracia al tiempo que instaba a los creyentes a hacer tal cosa. En su presentación del evangelio ponía a Dios en primer lugar, y la necesidad de ser santos antes que cualquier promesa de felicidad. En vez de compartir el tipo de evangelización que se enfocaba en ciertos esfuerzos particulares y específicos, y en determinados métodos modernos, llamaba a la gente a una vida centrada en Dios, en la cual el ser testigos de Cristo llegara a formar parte espontánea del comportamiento diario de todo cristiano. Con estas prioridades, resultó evidente para aquellos estudiantes que habían encontrado a un predicador moderno cuyas afinidades espirituales eran aquellas de una tradición mucho más antigua que el de los evangélicos  de finales del siglo XX.

James I. Packer, uno de aquellos estudiantes de Oxford, llegó a Londres en 1948 para ser tutor por un año de los alumnos de Oak Hill College, y asistía regularmente a Westminster Chapel, los domingos por la tarde. Fue su amigo Raymond Johnston -respaldado probablemente por Elizabeth Lloyd-Jones- quien primero solicitó al «Doctor» que dirigiera una nueva Conferencia bajo los auspicios de Tyndale Fellowship (la rama teológica de Inter-Varsity). Puesto que ya existían varias conferencias de Tyndale, la idea de una más centrada en los puritanos era novedosa y probablemente recibiría escasa aceptación. Sin embargo, el Dr. Lloyd-Jones aceptó de buena gana. El número de The Christian Graduate (El graduado cristiano) correspondiente a junio de 1950 publicó un breve anuncio que decía: «Días 19 y 20 de diciembre: La contribución teológica distintiva de los puritanos ingleses. Entre los oradores contaremos con el Rvdo. Dr. Martyn Lloyd-Jones». No se nombraba a ningún otro conferenciante; y lo cierto es que para una conferencia que duraba dos días no era fácil encontrar a un orador que compartiera aquel entusiasmo por los autores puritanos.

La primera Conferencia tuvo comienzos pequeños: solo veinte personas se reunieron en el salón de Westminster Chapel, y J.I. Packer recuerda haber dado tres de las ponencias mientras que el Dr. Lloyd-Jones se dedicaba a hablar acerca de los puritanos y de la seguridad de la fe. Sin embargo, la contribución de Lloyd-Jones fue la mayor de todas. Presidió los períodos de discusión y las sesiones que siguieron a cada una de las seis ponencias, la mayoría de las cuales fueron tan valiosas como las ponencias mismas. Desde el comienzo, la Conferencia constituyó mucho más que un mero interés intelectual acerca de los puritanos. Cada sesión comenzaba y terminaba con oración y, a pesar del debate, en ocasiones bastante enérgico, el tenor distintivo se asemejaba más al de una reunión de alabanza que a aquel de las aulas. «Los intereses de la Conferencia -escribió Packer- son prácticos y constructivos, no solo académicos. Consideramos a los puritanos como nuestros hermanos en Cristo que ahora comparten con nosotros, por medio de los libros, todo lo bueno que Dios les concedió hace tres siglos. No solo nos planteamos la pregunta histórica de qué fue lo que ellos hicieron y enseñaron, sino que inquirimos más bien hasta qué punto su exposición de las Escrituras es correcta y cuáles son los principios bíblicos que dicha exposición nos proporciona como guías para nuestra fe y nuestra vida propias en la actualidad.»

Durante los años cincuenta del siglo XX, el interés por los puritanos creció sensiblemente y, como resultado de una combinación de influencias, James I. Packer, Raymond Johnston y otros antiguos estudiantes de Oxford, escribieron artículos en Inter-Varsity y en The Christian Graduate. La Biblioteca Evangélica permitió un acceso más fácil y directo a los libros más peculiares, y Ernest F. Kevan, director del London Bible College, dio testimonio acerca del valor de aquellos antiguos autores. En 1955 se publicó por primera vez la revista Banner of Truth, seguida de una edición a gran escala de libros en 1957; y relacionado muy de cerca con cada uno de estos esfuerzos estuvo el liderazgo y ministerio, semana tras semana, del Dr. Lloyd-Jones. En su discurso correspondiente a la reunión anual de 1955 de la Biblioteca Evangélica, el «Doctor» dijo lo siguiente: «Hay otra cosa extraordinaria que debo mencionar: tengo la impresión de que estamos asistiendo a un verdadero avivamiento de interés por los puritanos, y contamos con un grupo de jóvenes que estudian constantemente los escritos de aquellos. Anualmente, se lleva a cabo una Conferencia Puritana con la asistencia de setenta personas, y la Biblioteca ha desempeñado un papel muy importante en este asunto».

La historia cobra vida cada vez que el Dr. Martyn Lloyd-Jones aborda un determinado tema o personaje, y sorprende la comprensión y el conocimiento que tiene de la historia de la Iglesia. Lejos de compartir la idea de que toda enseñanza del pasado es inútil y está fuera de lugar, Lloyd-Jones creía que el estudio de la historia resulta esencial para el bienestar de la iglesia de nuestros días. Escritos en un estilo cautivador e inspirador, estos estudios siguen hablando con gran discernimiento y pertenencia a la Iglesia del siglo XXI.

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¿Qué es el día de la Reforma?

Un solo evento en un solo día cambió el mundo. Ocurrió el 31 de octubre de 1517. El hermano Martín, monje y erudito, había luchado durante años con su iglesia, la Iglesia en Roma. Se sentía grandemente perturbado por la venta sin precedentes de indulgencias. La historia tiene todos los elementos de un éxito de taquilla en Hollywood. Conozcamos al elenco.

Primero, está el joven obispo —demasiado joven según las leyes de la Iglesia— Alberto de Maguncia. No solo era obispo sobre dos diócesis, sino que deseaba un arzobispado adicional sobre Maguncia. Esto también iba en contra las leyes de la Iglesia. Así que Alberto apeló al Papa en Roma, León X. Proveniente de la familia de Médici, León X avariciosamente permitió que sus gustos excedieran sus recursos financieros. Entran los artistas y escultores, Rafael y Miguel Ángel.

Cuando Alberto de Maguncia apeló por una dispensación papal, León X estaba preparado para negociar. Alberto, con la bendición papal, vendería indulgencias por los pecados pasados, presentes y futuros. Todo esto molestó al monje Martín Lutero. ¿Podemos comprar nuestro acceso al cielo? Lutero tuvo que protestar.

Pero ¿por qué el 31 de octubre? El 1 de noviembre ocupaba un lugar especial en el calendario de la Iglesia como el Día de Todos los Santos. El 1 de noviembre de 1517, una exposición masiva de reliquias recién adquiridas serían exhibidas en Wittenberg, la ciudad de Lutero. Los peregrinos vendrían de todas partes, harían una genuflexión ante las reliquias, y eliminarían así cientos si no miles de años de tiempo en el purgatorio. El alma de Lutero se enfurecía cada vez más. Nada de esto parecía correcto.

Martín Lutero, un erudito, tomó la pluma en la mano, la sumergió en su tintero y publicó sus 95 Tesis el 31 de octubre de 1517. Estas tenían la intención de suscitar un debate, para estimular la reflexión entre sus hermanos y compañeros en la Iglesia. Las 95 Tesis suscitaron mucho más que un debate. Estas 95 Tesis también revelaron que la Iglesia ya no podía ser rehabilitada. Se necesitaba una reforma. La Iglesia y el mundo nunca volverían a ser los mismos.

Una de las 95 Tesis de Lutero de manera simple declara: «El verdadero tesoro de la Iglesia es el Evangelio de Jesucristo». Esa declaración sola es el significado del Día de la Reforma. La Iglesia había perdido de vista el Evangelio porque hacía mucho tiempo que había cubierto las páginas de la Palabra de Dios con capas y capas de tradición. La tradición siempre produce sistemas de obras para ganar tu camino de regreso a Dios. Fue así en el caso de los fariseos como también en el catolicismo romano medieval. ¿No dijo el mismo Cristo: “Mi yugo es fácil y mi carga ligera?” El Día de la Reforma celebra la gozosa belleza del Evangelio liberador de Jesucristo.

¿Qué es el Día de la Reforma? Es el día en que la luz del Evangelio prorrumpió de las tinieblas. Fue el día en que comenzó la Reforma protestante. Fue un día que llevó a Martín Lutero, Juan Calvino, John Knox y a otros reformadores a ayudar a la Iglesia a encontrar su camino de regreso a la Palabra de Dios como la única autoridad para la fe y la vida y a guiar a la Iglesia de regreso a las gloriosas doctrinas de la justificación por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo. Este día encendió el fuego de los esfuerzos misioneros, motivó la composición de himnos y el canto congregacional y promovió la centralidad del sermón y la predicación para el pueblo de Dios. Es la celebración de una transformación teológica, eclesiástica y cultural.

Es por eso que celebramos el Día de la Reforma. Este día nos recuerda que debemos estar agradecidos por nuestro pasado y al monje convertido en reformador. Además, este día nos recuerda nuestro deber, nuestra obligación de mantener la luz del Evangelio en el centro de todo lo que hacemos.

El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our SalvationJonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and ThoughtPeace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life.

Una causa de la decadencia de la fe cristiana en nuestro tiempo

Oh! Si pudiéramos poner a un lado las demás contiendas y que en el futuro la única preocupación y contienda de todos aquellos sobre los cuales se invoca el nombre de nuestro bendito Redentor, sea caminar humildemente con su Dios y perfeccionar la santidad en el temor del Señor, ejercitando todo amor y mansedumbre los unos hacia los otros, esforzándose cada uno por dirigir su conducta tal como se presenta en el evangelio y, de una forma adecuada a su lugar y capacidad; fomentar enérgicamente en los demás la práctica de la religión verdadera y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre. Y que en esta época de decadencia no gastemos nuestras energías en quejas improductivas con respecto a las maldades de otros, sino que cada uno pueda empezar en su hogar a reformar, en primer lugar, su propio corazón y sus costumbres; que después de esto, agilice todo aquello en lo que pueda tener influencia, con el mismo fin; que si la voluntad de Dios así lo quisiera, nadie pudiera engañarse a sí mismo descansando y confiando en una forma de piedad sin el poder de la misma y sin la experiencia interna de la eficacia de aquellas verdades que profesa.

Ciertamente existe un origen y una causa para la decadencia de la reli-gión en nuestro tiempo, algo que no podemos pasar por alto y que nos insta con empeño a una corrección. Se trata del descuido de la adoración a Dios en las familias por parte de aquellos a quienes se ha puesto a cargo de ellas encomendándoles que las dirijan. ¿No se acusará, y con razón, a los padres y cabezas de familia por la burda ignorancia y la inestabilidad de muchos, así como por la falta de respeto de otros, por no haberlos formado en cuanto a la forma de comportarse, desde que tenían edad para ello? Han descuidado los mandamientos frecuentes y solemnes que el Señor impuso sobre ellos para que catequizaran e instruyeran a los suyos y que su más tierna infancia estuviera sazonada con el conocimiento de la verdad de Dios, tal como lo revelan las Escrituras. Asimismo, su propia omisión de la oración y otros deberes de la religión en sus familias, junto con el mal ejemplo de su conversación disoluta, los ha endurecido llevándolos en primer lugar a la dejadez y, después, al desdén de toda piedad. Sabemos que esto no excusará la ceguera ni la impiedad de nadie, pero con toda seguridad caerá con dureza sobre aquellos que han sido, por su propio proceder, la ocasión de tropiezo. De hecho, estos mueren en sus pecados, ¿pero no se les reclamará su sangre a aquellos bajo cuyo cuidado estaban y que han permitido que partiesen sin advertencia alguna? ¡Los han llevado a las sendas de per-dición! ¿No saben que la diligencia de los cristianos en el desempeño de estos deberes, en los años pasados, se levantará en juicio y condenará a muchos de aquellos que estén careciendo de ella en la actualidad?

Concluiremos con nuestra ferviente oración pidiéndole al Dios de toda gracia que derrame esas medidas necesarias de su Espíritu Santo sobre nosotros para que la profesión de la verdad pueda ir acompañada por la sana creencia y la práctica diligente de la misma y que su Nombre pueda ser glorificado en todas las cosas por medio de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Tomado del prefacio de La Segunda Confesión Bautista de Londres de 1689.

La Santidad – Su naturaleza, obstáculos, dificultades y raices

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*Envíos Internacionales (Todos los Paises).

«Durante muchos años he sentido la profunda convicción de que la santidad práctica y la consagración absoluta de las personas a Dios no reciben la suficiente atención por parte de los cristianos modernos de este país. La política, la controversia, el espíritu partidista o la mundanalidad han socavado los cimientos de la piedad viva en muchos de nosotros. La cuestión de la piedad personal ha quedado lamentablemente relegada a un segundo plano y el listón vital ha caído deplorablemente bajo en muchas áreas. Con frecuencia, la inmensa importancia de «[adornar] la doctrina de Dios nuestro Salvador» (Tit. 2:10) y de hacerla hermosa por medio de nuestros hábitos se pasa completamente por alto […]. La sana doctrina […] es inútil si no va acompañada de una vida santa. Es peor que inútil: es perniciosa […]. Tengo la clara convicción de que precisamos un profundo avivamiento en lo referente a la santidad bíblica.»John Charles Ryle sirvió durante casi cuarenta años como ministro del evangelio antes de ser nombrado primer obispo de Liverpool, en 1880. Otras obras suyas publicadas en lengua española incluyen Meditaciones sobre los EvangeliosCristianismo práctico, Sendas antiguas, Advertencias a las iglesias, El camino de salvación, ¿Vivo o muerto?, Seguridad de salvación, El Aposento Alto, Nueva vida, El secreto de la vida cristiana y Sencillez en la predicación.

Apuntes de Spurgeon

Sobre la Adoración Familiar.

Confío en que no haya nadie aquí, entre los presentes, que profese ser seguidor de Cristo y no practique también la oración en su familia. Tal vez no tengamos ningún mandamiento específico para ello, pero creemos que está tan de acuerdo con el don y el espíritu del evangelio, y que el ejemplo de los santos lo recomienda tanto que descuidarlo sería una extraña incoherencia. Ahora bien, ¡cuántas veces se dirige esa adoración con familia con descuido! Se fija una hora inconveniente; alguien llama a la puerta, suena el timbre, llama un cliente y todo esto apresura al creyente que está de rodillas a levantarse a toda prisa para atender sus preocupaciones mundanas. Por supuesto, se pueden presentar numerosas excusas, pero el hecho sigue siendo el mismo: Hacerlo de este modo reprime la oración.

Ciertamente, la alabanza no es tan común en la oración familiar como otras formas de adoración. No todos nosotros podemos alabar a Dios en la familia uniéndonos en los cánticos porque no todos somos capaces de seguir una melodía, pero estaría bien si lográramos hacerlo. Coincido con Matthew Henry cuando afirma: “Aquellos que oran en familia hacen bien; los que oran y leen las Escrituras, mejor; pero los que oran, leen y cantan son los que mejor hacen”. En ese tipo de adoración familiar existe una completitud que se debería desear por encima de todo.—

C.H. Spurgeon

La historia de la Reforma

«Un vertedero de herejías». Este fue el juicio pronunciado por el santo emperador romano Carlos V el 26 de mayo de 1521, poco después de que Martín Lutero compareciera en la Dieta de Worms.  

Anteriormente, en la bula Exsurge Domine, el papa León X describió a Lutero como un cerdo salvaje, suelto en la viña de Cristo y como un hereje terco, escandaloso y condenado. El 4 de mayo de 1521, Lutero fue «secuestrado» por unos amigos y llevado al castillo de Wartburg, donde lo mantuvieron escondido y disfrazado de caballero. Allí Lutero asumió de inmediato la tarea de traducir la Biblia a la lengua vernácula.  

La Biblia de Estudio de La Reforma

La Reforma se describe frecuentemente como un movimiento que giraba en torno a dos cuestiones fundamentales. La llamada causa «material» fue el debate sobre la sola fide («justificación por la fe sola»). La causa «formal» fue sobre la sola Scriptura, es decir, que la Biblia, esto es, la Biblia sola, tiene la autoridad para atar la conciencia del creyente. Los reformadores respetaron la tradición de la Iglesia, pero no la consideraron una fuente normativa de revelación. La «protesta» del protestantismo fue más allá del tema de la justificación por la fe sola, desafiando muchos dogmas que surgieron en Roma, especialmente durante la Edad Media.  

La Reforma fue más que una doctrina sobre la Biblia. Fue impulsada por un estudio profundo y serio de la Biblia.

En poco tiempo, la Reforma se expandió por toda Alemania, pero no se detuvo allí. Gracias a la traducción de la Biblia en otras naciones, llegó a Escocia, Inglaterra, Suiza, Hungría, Holanda y a los hugonotes en Francia. Ulrico Zuinglio dirigió el movimiento de la Reforma en Suiza, John Knox en Escocia y Juan Calvino entre los protestantes franceses. 

En 1534, Calvino dio un discurso llamando a la Iglesia a regresar al evangelio puro del Nuevo Testamento. Su discurso fue quemado y Calvino huyó de París a Ginebra. Se disfrazó de viñador y escapó de la ciudad en una canasta. Durante el año siguiente, más de dos decenas de protestantes fueron quemados vivos en Francia. Esto llevó a que Calvino escribiera la Institución de la religión cristiana, la cual fue dirigida al rey de Francia. El contenido de la Institución se convirtió en la teología dominante para la expansión internacional de la Reforma.  

La primera edición de la Institución fue completada en 1536, el mismo año en que Calvino fue persuadido por Farel de ir a Suiza para convertir a Ginebra en una ciudad modelo de la Reforma. En 1538, Farel y Calvino fueron obligados a abandonar Ginebra. Él vivió y ministró en Estrasburgo por tres años hasta que fue llamado a regresar a Ginebra en 1541.  

La teología de Calvino enfatizó la soberanía de Dios sobre todos los aspectos de la vida. Su pasión principal fue la reforma de la adoración a tal nivel de pureza que no promoviera ni apoyara la inclinación humana hacia la idolatría. Ginebra atrajo a líderes de toda Europa que iban para observar el modelo y para ser instruidos por el mismo Calvino. 

La turbulencia se extendió a Inglaterra durante este período cuando el rey Enrique VIII se resistió a la autoridad de Roma. En 1534, Enrique se convirtió en el jefe supremo de la Iglesia anglicana. Él asumió la persecución de los evangélicos, la cual se intensificó con el reinado de «María la sanguinaria», provocando que muchos huyeran a Ginebra en busca de refugio. 

Las persecuciones fueron suspendidas bajo el reinado de «la buena reina Bess», Isabel I, cuya postura provocó una bula papal contra ella en 1570. La Reforma se expandió rápidamente a Escocia, mayormente bajo el liderazgo de John Knox, quien sirvió por 19 meses como esclavo de galera antes de irse a Inglaterra y luego a Ginebra. En 1560, el Parlamento escocés rechazó la autoridad papal. En 1561, se reorganizó la «Kirk» reformada escocesa.  

Una interesante nota al margen es que el primer hombre que John Knox ordenó al ministerio de la iglesia fue un clérigo desconocido llamado Robert Charles Sproul, de quien soy descendiente directo.  

A principios del siglo XVII, la Reforma se extendió al nuevo mundo con la llegada de los peregrinos y las colonias de puritanos que trajeron la teología reformada y la Biblia de Ginebra con ellos. 

La teología de la Reforma dominó el evangelicalismo protestante por décadas, pero más tarde se diluyó bajo las influencias del pietismo y el finneyismo.  

A finales del siglo XX, la teología de la Reforma declinó drásticamente en el mundo occidental, siendo atacada por un lado por la teología liberal del siglo XIX, y por el otro lado por la influencia de la teología arminiana. Esto fue especialmente cierto en los Estados Unidos. 

En el escenario actual del evangelicalismo estadounidense, la teología de la Reforma es minoritaria. Las corrientes teológicas dominantes en los círculos evangélicos actuales son el dispensacionalismo y el pensamiento carismático neopentecostal. La expansión y el crecimiento fenomenales de la teología dispensacional en los Estados Unidos es un capítulo fascinante en la historia de la Iglesia. Con sus raíces en las suposiciones de los Hermanos de Plymouth, el dispensacionalismo se extendió rápidamente a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Impulsado por el movimiento de los institutos bíblicos, las conferencias de profecías y la predicación de hombres como D. L. Moody, el dispensacionalismo obtuvo un gran apoyo popular. 

La versión estadounidense del dispensacionalismo fue potenciada por la publicación de la Biblia Anotada de Scofield. La Biblia de Scofield, con sus notas de estudio, sirvió como una herramienta popular para la expansión de la teología dispensacional. Esta teología fue forjada por hombres cuyas raíces estaban principalmente en las ideas de la Reforma. Los temas de la teología reformada clásica fueron modificados significativamente por este movimiento.  

The Reformation Study Bible [La Biblia de Estudio de La Reforma] —publicada originalmente en inglés como New Geneva Bible [Biblia de Estudio de Ginebra]— es la primera Biblia de estudio distintivamente reformada desde la publicación de la Biblia de Ginebra en el siglo XVI. Ella busca recuperar la teología de la Reforma y proveer una guía para que el laicado entienda la riqueza de su sistema histórico, doctrinal y bíblico. Su importancia para el cristianismo es enorme. Espero que esta Biblia ayude a los evangélicos a regresar a sus raíces reformadas. Más importante aún, está diseñada para llamar a los evangélicos de regreso a la Palabra y a sus confesiones históricas de teología bíblica.  

Más allá de las fronteras de los Estados Unidos, The Reformation Study Bible [La Biblia de Estudio de La Reforma] puede ser utilizada para expandir la luz de la Reforma a tierras donde la Reforma original nunca llegó, especialmente Rusia y Europa del Este. 

En nuestros días hemos visto un avivamiento del interés en la Biblia y un compromiso renovado con la autoridad y la confiabilidad de las Escrituras. Pero la Reforma fue más que una doctrina sobre la Biblia. Fue impulsada por un estudio profundo y serio de la Biblia. No basta con ensalzar la virtud de las Escrituras; tenemos que volver a escuchar la enseñanza de las Escrituras, una vez más. La única manera de evitar caer en un nuevo vertedero de herejías es mediante una recuperación seria y ferviente de la verdad bíblica.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Este artículo fue publicado originalmente por Ligonier Ministries.

A los hijos de padres consagrados

Creo que para cualquier chico o chica que ha tenido un padre y una madre consagrados, el mejor camino de vida que pueden planear es seguir el camino en el cual los principios de ellos los conduce. Por supuesto, hemos avanzado mucho más que los adultos, ¿no es cierto? Los jóvenes son maravillosamente despiertos e inteligentes y los mayores no llegan a su altura. Sí, sí: esto es lo que decimos antes de crecer la barba. Es posible que cuando seamos más maduros, no nos sentiremos tan engreídos. De cualquier modo, yo, que no soy muy mayor pero que ya no me atrevo a llamarme joven, me arriesgo a decir que, en lo que a mí respecta, anhelo únicamente continuar las tradiciones de mi familia. No quiero encontrar otra senda que no corra paralela a la de los que me precedieron. Y creo, queridos amigos, que ustedes que han visto la vida santa y feliz de sus
antepasados cristianos, harán bien en hacer una pausa y pensarlo bien
antes de desviarse, ya sea a la derecha o a la izquierda, del curso tomado por esos seres queridos consagrados. No creo que comience la vida de un modo que seguramente Dios bendeciría, y que él a la larga juzgaría sabio, aquel que lo hace con la noción de que cambiará todo: que descartará todo lo que su familia piadosa practicó.

No quiero tener reliquias de oro o plata: pero aunque muriera mil
veces, nunca podría descartar al Dios de mi padre, al Dios de mi
abuelo, al Dios del padre de él ni al Dios del padre de su padre. Tengo
que considerar esto como el haber principal que poseo. Mi oración es
que los jóvenes y las señoritas piensen de la misma manera. No
manchen las tradiciones gloriosas de las vidas nobles que les fueron
legadas. No avergüencen el escudo de sus padres, no manchen el honor
de sus predecesores con ningún pecado y transgresión suya. ¡Dios les
ayude a creer que la mejor manera de vivir una vida noble es actuar
como actuaron los que les educaron en el temor de Dios!

Salomón nos dice que hagamos dos cosas con las enseñanzas que
hemos recibido de nuestros padres.
Primero, las llama “mandamientos” y dice: “átalos siempre en tu corazón” porque merecen ser adoptados. Muestren que aman estas cosas atándolas en su corazón. ¡El corazón es el punto vital! Hagan que haya allí consagración. Amen las cosas de Dios. Si pudiéramos tomar a los chicos y las chicas y hacer que profesen ser cristianos sin realmente amar la santidad, eso sería simplemente convertirlos en hipócritas, lo cual no es lo que deseamos. No queremos que digan ustedes que creen lo que no creen ni que parezcan gozarse de lo que realmente no gozan. Pero nuestra oración –¡oh que fuera la oración de ustedes también!– es que reciban ayuda para atar estas cosas en su corazón. Merecen que vivan por ellas, merecen que estén dispuestos a morir por ellas y valen más que todo el resto del mundo: los principios inmortales de la vida divina que proviene de la muerte de Cristo. “Átalos siempre en tu
corazón”.

Luego Salomón, porque no quería mantener en secreto estas cosas como si se avergonzara de ellas, agrega: “enlázalos a tu cuello”, porque merecen ser mostradas con atrevimiento. ¿Viste alguna vez a un dignatario usando la franja de su puesto? No se avergüenza de usarla. Y los policías usan sus insignias. Recuerdo muy bien la enorme importancia que llegan a tener, y se aseguran de usarlas. Ahora bien, ustedes que aman a Dios enlacen sus creencias a su cuello. ¡No se avergüencen de ellas! Úsenlas como un adorno. Úsenlas como el dignatario usa su franja. Cuando están en un grupo, nunca se avergüencen de decir que son cristianos. Y si hay compañías con quienes no pueden estar como cristianos, pues entonces, evítenlas totalmente. Díganse a sí mismos: “No iré donde no puedo presentar a mi Señor. No iré a donde no pueda él ir conmigo”. Descubrirán que esa decisión les será de gran ayuda para determinar a dónde irán y a dónde no irán. Por lo tanto, átenlas a su corazón, enlácenlas a su cuello. ¡Dios les ayude a hacer esto, y de esta manera seguir en los pasos de aquellos santos que los precedieron!…

Pero primero, ¡crean en el Señor Jesucristo! Entréguense totalmente a
él, y él les dará la gracia para permanecer firmes hasta el fin.

Predicado en el Metropolitan Tabernacle, Newington, en el culto del domingo a la noche del 27 de marzo de 1887, reimpreso por Pilgrim Publishers.


Charles H. Spurgeon (1834-1892): bautista británico y el predicador más leído en el mundo, aparte de los que se encuentran en las Escrituras; nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Los diez mandamientos

El libro está compuesto de cuatro secciones: la primera es una amplia introducción de 73 páginas, en la que se trata de la obediencia a Dios y del amor a Dios, el más grande de los mandamientos. Luego sigue un prefacio a los mandamientos en que expone Éx. 20:1-2,  y sobre la comprensión apropiada de la ley. Sin duda este último punto es muy oportuno porque responde a una serie de preguntas que muchos se formulan sobre el lugar de la ley en la vida cristiana, tales como: “¿En qué se diferencian la ley moral y el evangelio?; ¿Qué utilidad tiene la ley moral para nosotros?; Sigue teniendo vigencia la ley para los creyentes?  ¿Cómo fue hecho Cristo maldición por nosotros?” Después de responder a estas preguntas, Watson desprende de las mismas ocho reglas.  En este libro las aplicaciones prácticas las denomina el autor “utilidades”, que expone al final de cada explicación a un mandamiento.

La segunda sección es ya la interpretación de cada uno de los diez mandamientos y constituye la parte central de la obra. El primer y el segundo mandamientos están relacionados, “pues en el primer mandamiento se prohíbe adorar a un dios falso; en este (el segundo) se veta la adoración del Dios verdadero de una forma falsa” (pp.103-104). Da algunas razones acerca de la prohibición de hacer imágenes para adorarlas: a) Confeccionar una imagen fiel de Dios es imposible porque él es Espíritu e invisible; b) adorar a Dios por medio de una imagen es absurdo e ilegítimo; c) la adoración de imágenes es contraria a la práctica de los santos de la antigüedad. En las aplicaciones condena sin paliativos la adoración que el catolicismo hace a lo que la imagen significa. En cuanto al tercer mandamiento es magnífica la exposición del sentido  que tiene tomar el nombre de Dios en vano, dando once motivos en que se cae en este pecado.

Podemos calificar de sobresaliente la extensa demostración que hace sobre la santificación del día de reposo al que dedica 48 páginas. Queremos destacar sobre todo la primera aplicación y de ella la interpretación del Sal. 118:24. Es bastante conocido que los salmos 113-118 eran cantados por los judíos durante la cena pascual. Ellos recordaban su redención de Egipto y para nosotros el domingo es también un día para recordar la redención hecha por Cristo. Watson interpreta que la frase este es el día que hizo Yahweh se refiere al domingo: “Dios hizo todos los días, pero bendijo este en particular. Tal como Jacob recibió la bendición de su hermano, así también el día de reposo recibe la bendición de todos los demás días de la semana” (p. 168).   Con este mandamiento se cierra la primera parte de la tabla, es decir, los mandamientos que se refieren a Dios y con el quinto mandamiento empieza la segunda parte con los deberes para con el prójimo.

El quinto mandamiento no lo limita a los progenitores de cada ser humano, sino que para él, padre en este mandamiento es un término con diversos sentidos: el gobernante, el rey en especial. Considera padres a los reyes de Israel que hicieron lo bueno y también los emperadores romanos como Constantino y Teodosio. Están también los padres que son venerables por su edad y los que lo son por su piedad. Asimismo, menciona a los padres espirituales, los pastores y los ministros. Y por último nombra al pater familias, el señor de la casa, al que lo siervos deben honrar y  por descontado, a los  padres naturales, padre y madre. En el sexto mandamiento hay una prohibición (no matar) que lleva implícito un deber: proteger la vida propia y la de los demás. En cuanto al séptimo mandamiento, positivamente es la protección de la pureza. Hay una prohibición explícita (no cometer adulterio) y una obligación implícita, guardar la ordenanza del matrimonio (1 Co. 7:2, He. 13:4). El octavo mandamiento es la prohibición de apropiarse de los bienes de otros. Señala como causa interna la incredulidad y como causa externa la incitación de Satanás. Menciona nueve tipos de hurto, siendo el más llamativo de todos,  el ladrón eclesiástico o el pluriempleado  que recibe varios sueldos, pero raramente predica a su congregación. Entiende que en el noveno mandamiento se prohíben dos cosas: a) verter calumnias sobre nuestro prójimo [“el escorpión lleva su veneno en la cola, mientras que el calumniador lo lleva en su lengua”] y b) el falso testimonio, que incluye hablar con falsedad, dar testimonio de algo falso y jurar falsamente. El décimo mandamiento prohíbe la codicia en general y de forma particular. Codiciar es un deseo insaciable de obtener el mundo. Agustín de Hipona definió la codicia como plus velle quam sat est (desear más de lo que es suficiente).

La tercera sección trata sobre la ley y el pecado en tres capítulos: 1) La incapacidad del ser humano para cumplir la ley moral; 2) Grados de pecado y 3) La ira de Dios. El primero, diríamos que es de obligada lectura, pues debe formar parte del mensaje del evangelio que predicamos y en nuestros días se suele pasar por alto descafeinando el anuncio de la salvación.

La cuarta y última sección de esta obra presenta el camino de la salvación desarrollándolo en seis capítulos: 1) La fe; 2) El arrepentimiento; 3) La Palabra; 4) El bautismo; 5) La Cena del Señor; 6) La oración. Su presentación del bautismo la formula desde la posición clásica  de un teólogo reformado paidobautista. La manera en que rebate las objeciones al bautismo infantil es, a nuestro entender, la parte más débil de todo el libro, porque algunos de sus argumentos los basa sobre suposiciones, aunque el texto bíblico guarde silencio al respecto, cuando en realidad deberían adquirir carta de naturaleza los textos que explícitamente mencionan que el bautismo debe administrarse a los adultos que han creído en  el evangelio. A la oración dedica solamente once páginas porque ya la consideraría más exhaustivamente en su obra “El Padrenuestro”.

En líneas generales, la exposición de los diez mandamientos que hace Watson es una de las mejores que hemos leído porque está impregnada de sabiduría bíblica y bien fundamentada  bíblica y teológicamente. Además, las aplicaciones no han perdido un ápice de actualidad a pesar de haber sido escritas hace más de trescientos años. Por todo lo dicho, recomendamos encarecidamente la lectura de esta obra.

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El Padre Nuestro

Las primeras palabras de la oración modelo enseñada por Jesús, son un patrón de cómo debemos orar: el que sea un modelo no significa que tenemos que emplear las mismas palabras, sino que las palabras deben estar en consonancia con el contenido del Padrenuestro. Tertuliano denomina la oración modelo como sumario y compendio del evangelio y Calvino dijo que debemos ajustar nuestras preces a esta norma. Como muchos teólogos del tiempo de la Reforma y posteriores, con grandes  conocimientos de los escritos de los Padres de la Iglesia y otros–entonces no había la cantidad de libros que tenemos ahora- Watson no es una excepción,  su obra está sembrada de citas en latín de autores y libros antiguos, la mayoría sin mencionar la procedencia o la autoría, aunque las frases en latín están traducidas.

Watson, distribuye su obra del siguiente modo: en el primer capítulo  explica el significado de la frase introductoria  Vosotros pues oraréis así… y el prefacio Padre nuestro que estás en los cielos. Siguen seis capítulos, uno por cada petición. En realidad, expone cada palabra de manera exhaustiva, como se puede comprobar por el número de páginas que tiene el libro. Por ejemplo, a Padre nuestro le dedica 52 páginas y 10 a que estás en los cielos.

La primera petición, santificado sea tu nombre, no es tanto una petición como una alabanza a Dios, aunque el autor no lo diga explícitamente, pero sí con otras palabras: “que el nombre de Dios resplandezca gloriosamente” o “alabar a Dios santifica su nombre”. Aquí también, como en la obra anterior, las aplicaciones se nombran como “utilidades” de dos tipos. De enseñanza y de exhortación. La segunda aplicación de la primera petición está formulada de manera negativa, es decir, la deshonra del nombre de Dios y especifica el tipo de personas que hacen tal cosa: los paganos, los turcos (se refiere a los musulmanes), los judíos, los papistas y los protestantes. Sobre todo arremete contra el catolicismo señalando sus errores, entre los que se encuentran la idolatría, la misa, las indulgencias, la mariolatría, las reliquias, el papado, etc. Un libro escrito hace 300 años forzosamente dice cosas que pertenecen a su época o que la fuente de donde obtuvo la información no era correcta. Por ejemplo, critica al catolicismo por “confinar las Escrituras en una lengua extranjera”, que suponemos se refiere a la Vulgata, pero desde el siglo pasado ya no es así; también dice que los albigenses eran protestantes, lo que además de erróneo es anacrónico, pues surgieron en siglo XI y fueron exterminados en el siglo XIV.

Las dos siguientes peticiones tienen que ver también con Dios. Una con el reino de Dios y la otra con la voluntad de Dios. Su exposición del reino de Dios es muy amplia, pero carga excesivamente las tintas en el ámbito personal del reino, es decir, en el corazón del creyente y en su dimensión celestial. La exposición de la consumación del reino es como la entrada en un paraíso onírico, sin referencias a su establecimiento en la tierra. En cuanto a la voluntad de Dios, entiende que es doble: la voluntad oculta y la revelada. Al formular esta petición entendemos que tiene dos sentidos: la obediencia de lo que nos manda y el sometimiento a lo que nos inflige, es decir, a alguna providencia desastrosa. Su explicación es esta: “el cristiano puede ser profundamente sensible a la aflicción, y, sin embargo, someterse con paciencia a los designios de Dios”. En este caso las aplicaciones son de reprensión a los que no han aprendido el significado de hágase tu voluntad y de admonición a soportar con ánimo sereno las adversidades que Dios nos depare y someter nuestros deseos a Dios. En sentido escribe una frase lapidaria en latín que dice: “los justos son afligidos para que, en su aflicción, oren” y pone como ejemplo a Jonás y a Jacob cuando contendió con Dios, además de Is. 26:16.

Las tres últimas peticiones tienen que ver con nosotros y con nuestras necesidades. Es cierto lo que dice sobre las dos partes de la oración modelo: en primer lugar debemos pensar en Dios y en segundo lugar en nosotros mismos, por este orden. En cierta ocasión, escuchamos a alguien que estaba enseñando sobre la oración y mencionaba sus partes tomando los dedos de una mano como modelo mnemotécnico: empezó por el dedo pulgar de la mano derecha al que le adjudicó la alabanza, siguió con el índice para la acción de gracias, el corazón para la confesión, el anular para la intercesión y el meñique para la petición. Siempre por este orden; le dio la vuelta a su mano mostrando que no se podía empezar por las necesidades propias y dejar a Dios para el final. La cuarta petición del Padrenuestro está relacionada con las necesidades materiales diarias.  Como dice muy bien Watson, “Esta oración se puede resumir diciendo que Dios nos proporcionará el disfrute de las cosas materiales que sea más apropiado para nosotros” (cf. Pr. 30:8). Nos hace observar el autor que el verbo de esta frase está en plural y la explicación es que “en la oración debemos tener un espíritu colectivo.  No solo hemos de orar por nosotros  mismos, sino también por los demás” (p. 345). Está en lo cierto al decir que el término pan es la figura de dicción llamada sinécdoque, en que se toma la parte por el todo. Si la cuarta petición tenía que ver con el cuerpo, la quinta y la sexta se relacionan con el alma, según el teólogo puritano. De manera poética Watson describe lo que es el alma: “el alma es una substancia inmaterial, una chispa celestial encendida por el aliento de Dios”. Sin embargo, observamos que en su exposición tiende hacia la dicotomía en vez de la unidad que constituyen cuerpo y alma en el ser humano. Como dice correctamente Berkhof, “Por una parte la Biblia nos enseña a considerar la naturaleza del hombre como una unidad, y no como dualidad consistente de dos elementos diferentes, cada uno de los cuales se movería paralelamente al otro; pero sin unirse, verdaderamente, para formar un simple organismo. La idea de un mero paralelismo entre los dos elementos de la naturaleza humana que se encuentra en la filosofía griega y también en las obras de algunos filósofos posteriores, es enteramente extraña a la Biblia (…) No es alma sino el hombre el que peca; no es el cuerpo el que muere, sino muere el hombre; y no es meramente el alma sino el hombre, que es cuerpo y alma, al que Cristo redime”. En varias frases se observa que Watson da más importancia al alma que al cuerpo y no tiene en cuenta su unidad, el ser humano: “¡Concéntrate, pues, en lo principal y haz que tu alma ocupe el lugar más importante!”  Llegamos a un aspecto muy importante de la oración que se está perdiendo en la actualidad y que debemos recuperar: la confesión de pecado. El comentario de esta parte de la petición,  trata tanto sobre la confesión como también del perdón.

La sexta y última petición tiene para Watson dos partes: la primera es un expresión de modestia y la segunda una demanda. Dios no tienta a nadie, permite el pecado o es una prueba. Lo que pedimos a Dios es que no nos deje sucumbir al pecado. La petición de liberación del mal, lo que suplica es que Dios nos proteja del mal.

A diferencia de la obra reseñada anteriormente del mismo autor, esta no lleva introducción, pues en el prefacio ya trata la primera frase del Padrenuestro. En ambas obras, no hay conclusión dando la impresión de que falta algo. Si dejamos de lado algunos aspectos que hemos mencionado, en general es una obra excelente.

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Por qué necesitan nuestros hijos e hijas fe en Cristo


Mi joven lector… el escritor te habla como un amigo. ¿Escucharás lo que dice? ¿Dedicarás tu mente al estudio de este importante tema? Si lo haces con seriedad, puedes llegar a ser sabio para salvación. De las personas de tu edad, Dios dice en las Escrituras: “Me hallan los que temprano me buscan” (Prov. 8:17).

Sabes que la Biblia dice mucho acerca de la fe. Sabes que toda persona tiene que tener fe [en Cristo], de otro modo no puede ser bueno y feliz. La Biblia dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb. 11:6). Entonces, si esperas complacer a Dios, contar con su bendición y morar en su presencia cuando dejes este mundo, tienes que tener fe. Como ves, es de primordial importancia que sepas qué es la fe…

Sabes que la Santa Biblia es la Palabra de Dios. Sabes que en la Biblia
Dios nos habla y nos cuenta muchas cosas que nunca sabríamos si no nos
lo hubiera dicho en ese Santo Libro. Sabes que Dios nos habla en la Biblia acerca de sí mismo. Nos dice quién es, dónde mora, lo que ha hecho y lo que hará. Dios nos habla también de lo que nosotros mismos somos, lo que hemos hecho y lo que debemos hacer para complacerle. Nos cuenta acerca de otro mundo, de una existencia más allá de la tumba: un lugar de felicidad para los justos y de sufrimiento para los malos. Además, Dios nos habla de Jesucristo quien vino al mundo y murió para salvar a los pecadores, a fin de que los que creen en Cristo sean salvos, y que los que creen no sean condenados. Todo esto y mucho más nos revela Dios en la Biblia.

Ahora estoy listo para decirte qué es la fe: Es creer lo que Dios ha dicho y hacer lo que ha ordenado. ¿Comprendes esto? Quiero que lo comprendas. Por lo tanto, lo expresaré con palabras un poco diferentes. Fe es creer lo que Dios ha dicho. Es creer de tal manera que te lleve a hacer lo que él ha mandado. Esta es una definición en términos generales, y la fe en este sentido es aplicable a todas las cosas que Dios ha dicho en la Biblia. Incluye todo lo que dijo de sí mismo, su soberanía y su Hijo Jesucristo. Es respetar sea lo que sea que Dios ha ordenado y sea lo que sea que ha prohibido. Pero más particularmente, la fe cristiana, o la fe por la cual el pecador es salvo, puede explicarse de esta manera: Es esa creencia o confianza en Jesucristo que nos llevará a depender sólo de él para ser salvos. [Esta fe nos llevará] a consagrar nuestra alma, a nosotros mismos, y nuestro todo a él como el único Salvador, y a obedecer sus mandamientos.

No basta decir que crees la Biblia o pensar que la crees si no la
obedeces.
Fe no es tener una especie de creencia general de que la Biblia
es la Palabra de Dios y que es toda cierta. Muchos que no tienen fe
verdadera tienen esta clase de creencia. Si alguien tiene fe verdadera, no
sólo creerá lo que Dios ha dicho en la Biblia, sino que actuará demostrando que la cree. Ni basta decir que crees que Cristo es el único Salvador si no le sigues. Fe en Cristo no es limitarse a reconocerlo como el único Redentor. Miles que carecen totalmente de la fe verdadera tienen este tipo de creencia. Obedecerás al Salvador si tienes fe verdadera en él. Como dijo Jesús mismo, te negarás a ti mismo, tomarás tu cruz y le seguirás… El gran objeto de la fe cristiana es el Señor Jesucristo. Él es el único Salvador. Y la única manera en que podemos ser salvos es por medio de la fe en él. La Biblia dice: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hech. 16:31). Dice también: “El que no creyere, será condenado” (Mar. 16:16). Resulta claro, pues, que nuestra salvación depende de que tengamos fe verdadera en el Salvador.

Tomado de Repentance and Faith Explained to the Uniderstanding of the Young,.

Charles Walker (1791-1870): Pastor congregacional, consagrado a enseñar la
verdad de Dios a los jóvenes; nacido en Woodstock, Connecticut.

Honra a tu Padre y a tu Madre 2

Blog143B

III. Las razones por las cuales los hijos deben honrar a sus padres son:

(1) Es un mandato serio de Dios. “Honra a tu padre”: así como la Palabra de Dios es la regla, su voluntad debe ser la razón de nuestra obediencia.

(2) Merecen la honra por el gran amor y afecto que sienten por sus hijos. La evidencia de ese amor es en su cuidado al igual que el costo. Su cuidado en criar y educar a sus hijos es una señal de que sus corazones están llenos de amor por ellos. Muchas veces los padres cuidan mejor a sus hijos a que lo que se cuidan ellos mismos. Los cuidan cuando son tiernos, no suceda que sean como frutales en un muro que son podados cuando apenas florecen. Al ir creciendo los hijos, aumenta el cuidado de los padres. Temen que sus hijos se caigan cuando son chicos y que tengan cosas peores que caídas cuando son más grandes. Su amor se evidencia en su costo (2 Cor. 12:14). Ahorran y gastan para sus hijos. No son como los avestruces que son crueles con sus hijos (Job 39:16). Los padres a veces se empobrecen ellos mismos para enriquecer a sus hijos. Los hijos nunca pueden igualar el amor de un padre, porque los padres son instrumentos de vida para los hijos, y los hijos no pueden ser eso para sus padres.

(3) Agrada al Señor (Col. 3:20). Tal como produce gozo en los padres, es un gozo para el Señor. ¡Hijos! ¿No es vuestro deber agradar a Dios? Al honrar y obedecer a sus padres, agradan a Dios tal como lo hacen cuando se arrepienten y creen en él. Para demostrar cuánto le agrada a Dios, quien los recompensa cumpliendo la promesa: “para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. Jacob no dejaba ir al ángel hasta que lo bendijera, y Dios no dejó este mandamiento hasta que lo bendijo. Pablo lo llama “el primer mandamiento con promesa” (Ef. 6:2)… Una larga vida es mencionada como una bendición. “Y veas a los hijos de tus hijos” (Sal. 128:6). Fue un gran favor de Dios a Moisés el que, aunque tenía ciento veinte años, no necesitaba anteojos: “Sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor” (Deut. 34:7). Dios amenazó a Elí con la maldición de que nadie en su familia llegaría a la ancianidad (1 Sam. 2:31). Desde el diluvio, la vida es mucho más breve: para algunos, la matriz es su tumba. Otros cambian su cuna por su sepultura. Otros mueren en la flor de la vida. La muerte se lleva todos los días a unos u otros. Ahora, aunque la muerte nos acecha continuamente, Dios nos sacia de larga vida, diciendo (como en el Sal. 91:16): “Lo saciaré de larga vida”, algo que hemos de apreciar como una bendición. Es una bendición cuando Dios nos da mucho tiempo para arrepentirnos, mucho tiempo para servirle y largo tiempo para disfrutar a nuestros seres queridos.

IV. ¿Para quiénes es esta bendición de larga vida sino para los hijos obedientes? “Honra a tu padre para que tus días se alarguen”. Nada acorta la vida más pronto que la desobediencia a los padres. Absalón fue un hijo desobediente que quiso quitarle la vida y la corona a su padre. No vivió ni la mitad de lo que hubiera sido normal. El asno que montaba, cansado de tanta carga, lo dejó colgando de una rama de árbol entre el cielo y la tierra, como si no mereciera caminar sobre una ni entrar el otro. La obediencia a los padres va desenrollando la vida. La obediencia a los padres no sólo alarga la vida, sino que la hace más dulce. Vivir una larga vida y no poseer nada de bienes es una miseria, pero la obediencia a los padres asegura la herencia de tierras para el hijo. “¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme también a mí, padre mío” (Gén. 27:38). Dios tiene más que una bendición para el hijo obediente. No sólo gozará de larga vida, sino de una tierra que da fruto: y no sólo tendrá tierras, sino que ellas le serán dadas con amor: “la tierra que Jehová tu Dios te da”. Disfrutaras de tierras no sólo por el favor de Dios, sino por su amor. Todos estos son argumentos poderosos para hacer que los hijos honren y obedezcan a sus padres.

Tomado de The Ten Commandments.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano protestante no conformista y
autor; se desconocen el lugar exacto y la fecha de su nacimiento.

Antídoto contra El papado [14]

El primero de ellos es la doctrina y la gracia de la mortificación. Todo aquel que tenga algo de religión cristiana en sí mismo debe reconocer que esto no es solamente un importante deber evangélico, sino también de indispensable necesidad para la salvación. La Escritura también determina claramente cual es su naturaleza, sus causas, así como en qué hechos y deberes consiste. Porque se declara con frecuencia que es la crucifixión del cuerpo de pecado, con todas sus concupiscencias. La mortificación debe consistir en traer algo a la muerte, y esto es el pecado. Dar muerte al pecado consiste en la expulsión de todo hábito e inclinación viciosa que surjan de la depravación original de la naturaleza. Por su debilitamiento y gradual extirpación o destrucción, en sus raíces, principios, y operaciones, el alma queda en libertad para actuar, universalmente, por el principio contrario de vida y gracia espiritual. El medio, por parte de Cristo, por el que esto se realiza y efectúa en los creyentes es la comunicación de su Espíritu a ellos, para hacer una aplicación efectiva de la virtud de su muerte a la del pecado. Por su Espíritu mortificamos las obras de la carne y la propia carne y, esto, al ser implantados por él en la semejanza de la muerte de Cristo. Por virtud de ello somos crucificados y muertos al pecado, y la Escritura abunda en tales cosas. El medio de esto, por parte de los creyentes, es el ejercicio de la fe en Cristo crucificado, de quien derivan para la crucifixión del cuerpo de muerte. Y este ejercicio de fe va siempre acompañado de diligencia y perseverancia en todos los deberes santos de la oración, con ayuno, aflicción santa, arrepentimiento diariamente renovado, con vigilia continua frente a toda ventaja del pecado. En esto consiste, principalmente, la batalla y conflicto espiritual a que los creyentes son llamados. Esta es toda la obra de muerte que el evangelio requiere. La de dar muerte a otros hombres por la religión es de fecha posterior y de otro origen. No hay nada, en la manera de su obediencia, que aporte más experiencia de la necesidad, el poder, y la eficacia de las gracias del evangelio.

La Iglesia de Roma retiene este principio de verdad, en cuanto a la necesidad de la mortificación. En efecto: lo pretende, grandemente, para sí, sobre cualquier otra sociedad cristiana. La mortificación de sus devotos es uno de los principales argumentos que alegan, para guiar a almas incautas a su superstición. Sin embargo, en la grandeza de sus pretensiones con respecto a ella, han perdido toda experiencia de su naturaleza, con el poder y la eficacia de la gracia de Cristo. Por tanto, han forjado una imagen suya para sí mismos. Porque:

1. Colocan su eminencia y grandeza en una vida monástica y pretendida separación del mundo. Pero esto puede ocurrir, y así ha sido, en todos o en la mayoría de los casos, sin la menor obra auténtica de mortificación en sus almas. Porque nada se requiere en las más estrictas reglas de estos devotos monásticos que no pueda cumplirse sin la menor operación del Espíritu Santo en sus mentes, con la aplicación de la virtud de la muerte de Cristo. Además, todo este estilo de vida que recomiendan bajo este nombre no se señala ni aprueba en el evangelio. Y algunos de los que han sido más reconocidos por sus severidades en él, fueron hombres de sangre, que promovieron la cruel matanza de multitudes de cristianos, en el nombre de su profesión del evangelio y en quienes no podía haber una sola gracia evangélica: “Porque ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”.

2.Las maneras y los medios que prescriben y usan para su obtención no están dictados en modo alguno por la sabiduría de Cristo en la Escritura, como multiplicadas confesiones a los sacerdotes, irregulares y ridículos ayunos, penitencias, flagelaciones del cuerpo, votos ilícitos, reglas de disciplina y hábitos inventados, con hojarasca parecida innumerable.

En consecuencia, cualquiera que sea su designio, pueden decir de él, en esta cuestión,
lo que Aarón dijo de su ídolo: “Eché oro en el fuego, y salió este becerro”. Solo han obtenido una imagen de la mortificación, apartando las mentes de los hombres para que no buscaran lo que ella es verdadera y espiritualmente. Y, bajo esta pretensión, han formado un estado y condición de vida que ha llenado el mundo de toda suerte de pecados y maldad. Muchos de los que han alcanzado algunos de los más altos grados de esta mortificación, basándose en sus principios y por los medios diseñados para dicho fin, han sido preparados de este modo para toda clase de maldad.

Por tanto, la mortificación que retienen, y de la cual se glorían, no es más que una imagen miserable de lo real, puesta en su lugar, y abrazada por aquellos que nunca alcanzaron una experiencia de la naturaleza o el poder de la gracia del evangelio en la verdadera mortificación del pecado.

En lo que respecta a las buenas obras —el segundo deber evangélico del que se glorían—
también tenemos algo que decir. Todos reconocemos la necesidad de estas buenas obras para la salvación, según las oportunidades y capacidades de los hombres, y la gloria de nuestra profesión en este mundo consiste en que abundemos en ellas. Pero la Escritura declara y limita su principio, su naturaleza, sus motivos, su uso, sus fines. Ellos hacen que se distingan de lo que puede parecer materialmente lo mismo que las que realizan los incrédulos. En resumen: son los hechos y deberes de los creyentes  únicamente y, en ellos, son el resultado de la gracia divina, o la operación del Espíritu Santo. Son “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviesen en ellas”. Pero el principal misterio de su gloria, sobre el cual la Escritura insiste, es que aún siendo necesarias como medio para la salvación de los creyentes, no quedan completamente excluidas de toda influencia para la justificación de los pecadores; por tanto, jamás hubo obra evangélicamente buena realizada por alguien que no fuera, antes, gratuitamente justificado.

De estas buenas obras, aquellos de quienes tratamos hacen vehemente reclamación, como si fueran los únicos patronos y abogados de ellas. Pero también las han excluido de la religión cristiana y han levantado una imagen deformada de ellas, en desafio a Dios, a Cristo, y al evangelio. Las obras por las que abogan son unas que, en tal medida, proceden de su libre albedrío y son hechas meritorias ante los ojos de Dios. Las han limitado en parte a actos de devoción supersticiosa, en parte a los de caridad y, principalmente, a los que no lo son de este modo, como la construcción de monasterios, conventos, y otras pretendidas casas religiosas para el mantenimiento de enjambres
de monjes y frailes, llenando el mundo de superstición y corrupción. Decimos que las hacen meritorias y satisfactorias, porque algunas de ellas, que califican de supererogación por encima de todo lo que Dios requiere de nosotros, y de las causas de nuestra justificación delante de Dios. Les atribuyen un merecimiento de la recompensa celestial, haciéndolas de obras y, por tanto, no de gracia, junto con muchas otras imaginaciones contaminantes. Pero cualquier cosa que se haga a partir de estos principios, y con estos fines, es completamente ajeno a aquellas buenas obras que el evangelio recoge como parte de nuestra obediencia nueva o evangélica. Pero, así como en otros casos, han perdido todo sentido y experiencia del poder y la eficacia de la gracia de Cristo que operan en los creyentes para este deber de obediencia, para la gloria de Dios y para beneficio de la humanidad, han levantado la imagen de ellos en desafio a Cristo, su gracia, y su evangelio.

Estas son algunas de las abominaciones que se encuentran retratadas sobre los muros
de la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Y se añadirán más en la consideración de la propia imagen del celo que, Dios mediante, seguirá en otra ocasión. Estas son las sombras a que se entregan, ante la pérdida de la luz espiritual para discernir la verdad y gloria del misterio del evangelio, y la carencia de una experiencia de su poder y eficacia, para todos los fines de la vida de Dios en sus propias mentes y almas. Y, aunque la letra de la Escritura las condena todas de forma expresa —y con esto es suficiente para guardar a las mentes de los verdaderos creyentes de admitirlas—, su afianzamiento contra todas las alegaciones, pretensiones, y fuerza para su cumplimiento, dependen de su experiencia del poder de cada verdad del evangelio con su fin propio, al comunicarnos la gracia de Dios y transformar nuestras mentes a imagen y semejanza de Jesucristo.

FIN

John Owen. Extraído de N. R

Antídoto contra El papado [13]

Aun mencionaré otros ejemplos de la misma abominación, pero con más brevedad. Tendremos que pasar otros por alto en estos momentos y dejarlos sin descubrir. El conocido método de la fe y la obediencia del evangelio —manera en que Dios trata a los creyentes en el pacto de gracia— es que, después de su iniciación e implantación en Cristo, deben trabajar por prosperar y crecer en la gracia, por su continuo ejercicio, hasta llegar a ser fortalecidos y confirmados en ella. Y esto, en la manera normal en que Dios trata a su iglesia, nunca les faltará, a menos que sea por su propia negligencia. Porque hay muchas promesas divinas con este propósito, y esto reside en la naturaleza de las propias cosas. Las simientes de la gracia son de aquel tipo de constitución  que se incrementa y se fortalece por el ejercicio. Por tanto, esta confirmación en la gracia es la de la que los creyentes tienen una bendita experiencia. Esta verdad, en general, de una  implantación en Cristo y la subsiguiente confirmación en la gracia, se admite universalmente. Nadie puede negarla sin rechazar toda la doctrina del evangelio. Pero su sentido y experiencia se perdieron entre aquellos de quienes estamos tratando. Sin embargo, no renunciarán a la profesión del propio principio, que los habría proclamado apóstatas de la gracia de Cristo. Por tanto, formaron una imagen de ella, o de sus distintas partes, para poder dirigirlas hacia sus propios fines, y hacer que las mentes carnales de los hombres estuviesen dispuestas a obedecer y a descansar en ellas. Así como en el otro sacramento convirtieron los signos externos en las cosas señaladas, en este del bautismo lo colocan en el lugar de la propia cosa; esto lo convierte, si no en un ídolo, al menos en una imagen suya. La participación externa de esta ordenanza es, para ellos, la regeneración e implantación en Cristo, sin consideración de la gracia interna que ella significa. De este modo, lo que en sí mismo es una representación sagrada, se convierte en una imagen para engañar a las almas de los hombres.

Y lo que impondrían en el lugar de la confirmación espiritual en la gracia es aún más extraño. La imagen que levantaron de esto es la imposición episcopal de manos. Cuando alguien bautizado es capaz de responder a unas pocas preguntas de un catecismo, por muy ignorante y manifiestamente vicioso que sea en su conversación, esta imposición de manos le confirma en la gracia.

Puede que algunos digan que, en cierto modo, este tipo de cosas no tienen mayor importancia. Confieso que yo no pienso así. Aunque hubiera en ella cualquier cosa menos mera formalidad y costumbre —aunque se confiara en ellas como las cosas de las que llevan el nombre— son perniciosas a las almas de los hombres. Porque, si todos los que se han bautizado externamente sobre esta base se juzgaran implantados en Cristo, sin considerar el lavamiento interno de regeneración y renovación del Espíritu Santo, y si hubiéramos de suponer que todos los que han tenido esta imposición de manos sin más, estuvieran confirmados en la gracia, la verdad es que están en el camino correcto que lleva a la ruina eterna.

Todos los cristianos admiten que nuestras ayudas, nuestro socorro, nuestra liberación del pecado, de Satanás y del mundo vienen únicamente de Cristo.

Esto se incluye en todas sus relaciones con la iglesia —en todos sus oficios y en el desempeño de estos—, y es la expresa doctrina del evangelio. Por lo general no resulta menos reconocido —al menos, la Escritura no es menos clara y positiva en ello— que recibimos y derivamos todas nuestras provisiones de socorro de Cristo por la fe. Otras maneras de participación de cualquier cosa suya no conoce la Escritura. Por tanto, es nuestro deber, en todas las ocasiones, encomendarnos a él por la fe, para toda provisión, socorro y liberación. Pero estos hombres no pueden hallar vida ni poder en esto. Aún admitiendo que se pudiera hacer algo en este sentido, no saben como hacerlo, siendo ignorantes de la vida de la fe y de su ejercicio debido. Deben tener una manera más disponible y sencilla, asequible a las capacidades de toda clase de personas, buenas o malas. En efecto: ella servirá a los peores de los hombres para estos fines. Una imagen, por tanto, debe levantarse para uso común, en el lugar de esta encomienda espiritual a Cristo para obtener socorro.: hacer el signo de la cruz. Que un hombre no haga más que el signo de la cruz en su frente, su pecho, o algo parecido —que puede hacer tan fácilmente como recoger o soltar una paja— y no se requiere nada más para involucrar a Cristo en su asistencia, en cualquier momento. Y las virtudes que atribuyen a esto son innumerables. Pero esto también es un ídolo, un maestro de mentiras, no inventado ni levantado para otro fin que satisfacer las mentes carnales de los hombres con una suposición presuntuosa, ante la negligencia del ejercicio de la fe, espiritualmente laborioso. Una experiencia de la obra de la fe, en la derivación de toda provisión de vida, gracia, y fuerza espiritual, con liberación y provisiones, de Jesucristo, guardará a los creyentes de prestar atención a este trivial engaño.

Podemos mencionar una cosa más del mismo tipo, entre otras muchas. Es una noción de verdad que se deriva de la luz de la naturaleza: Los que se acercan a Dios en adoración divina, deberían tener cuidado de ser puros y limpios, sin contaminaciones ofensivas.
De esto, los propios paganos dan testimonio, y Dios lo confirma en las instituciones de la ley. ¿Pero cuáles son estas contaminaciones y poluciones que nos hacen inapropiados para acercarnos a la presencia de Dios? ¿Cómo y por qué medios podemos ser purificados y limpiados de ellas? El evangelio es el único que lo declara. En oposición a todas las demás formas y maneras de hacerlo, revela claramente que solo podemos servir al Dios vivo por la sangre de Cristo rociada sobre nuestras conciencias, para limpiarlas de obras muertas. Véase Hebreos 9:14; 10:19-22. Pero esto es una cosa misteriosa: nada excepto la luz espiritual y la fe salvífica pueden dirigirnos aquí. Los hombres, destituidos de ellas, nunca pudieron alcanzar una experiencia de purificación en este sentido. Por tanto, retuvieron la propia noción de verdad, pero hicieron una imagen suya para su uso, desatendiendo la propia cosa. Y fue lo más ridículo que podían imaginar: rociarse a sí mismos y a otros con lo que llaman agua bendita cuando entran en los lugares de culto sagrado, algo que además tomaron de los paganos. ¡Tan estúpidas y embrutecidas son las mentes de los hombres, tan oscuras e ignorantes de las cosas celestiales, que han dejado que sus almas sean engañadas y arruinadas por semejantes vanas y supersticiosas trivialidades!

Este discurso ha alcanzado ya una extensión mayor de lo que, en un principio, se pretendía. Y muchísimo más lo haría si nos adentráramos en todas las partes de esta Cámara pintada de imágenes y expusieramos todas las abominaciones que hay ella. Acabaré, por tanto, con uno o dos detalles en los que la Iglesia de Roma se gloría de retener la verdad y el poder del evangelio de modo particular, cuando, en realidad, los han destruido y levantado imágenes corruptas, de su propiedad, en su lugar.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

 

Antídoto contra El papado [12]

De esta generalidad procederé a casos más particulares. En su mayor parte llevaron importantes principios de religión en los que la fe y la práctica cristiana están sumamente implicadas. Y comenzaré con aquello que es de señalado provecho para los forjadores de estas imágenes —como también lo son las demás cosas en su medida porque, con esta astucia, obtienen su sustento y su riqueza—, y sumamente pernicioso para las almas de otros hombres.

Que existe una contaminación espiritual en el pecado es un principio de verdad en el que todo el curso de la obediencia cristiana esta implicado.

La Escritura lo declara por todas partes y representa su naturaleza misma mediante la
inmundicia espiritual que es lo contrario a la santidad de la naturaleza divina, como nos la presenta la ley. Esta contaminación está, igualmente, en todos los hombres por naturaleza. Todos han nacido, del mismo modo, en pecado y en la corrupción de este: “¿Quién hará limpio a lo inmundo ?”. Y esto ocurre en todos de manera personal, en diversos grados. Algunos están más contaminados con pecados reales que otros, pero todos lo están en su grado y medida. Esta contaminación del pecado debe ser limpiada y quitada antes de nuestra entrada en el Cielo, porque ninguna cosa inmunda entrará en el reino de Dios. El pecado debe ser destruido en su naturaleza, su práctica, su poder, y sus efectos, o no seremos salvos de él. Esta purificación del pecado se opera en nosotros, de forma inicial y gradual, en esta vida, y se cumple en la muerte, cuando los espíritus de los hombres justos son hechos perfectos. Una importante parte de la obediencia de los creyentes en este mundo y del ejercicio de su fe consiste en el cumplimiento de esta obra de la gracia de Dios hacia ellos, por el cual se purifican. La causa principal, interna, inmediata y eficiente de esta purificación de pecados es la sangre de Cristo, de Jesucrislo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado (cf. 1 Jn. 1:7). La sangre de Jesús limpia nuestras conciencias de obras muertas (cf. He. 9:1 4). Él nos lava en su sangre (cf. Ap. 1:5). Existe una causa externa que contribuye a esto: las pruebas y las aflicciones, efectivas por la palabra y cumplidas en la muerte.

Pero esta manera de limpiar los pecados por la sangre de Cristo es misteriosa. No hay
discernimiento de su gloria excepto por la luz espiritual ni experiencia de su poder, excepto por la fe. En consecuencia, la mayoría la desprecia y la descuida, aunque profesa la doctrina del evangelio extemamente. Por lo general, los hombres piensan que hay mil maneras mejores de limpiar el pecado que esta que no pueden entender. Véase Miqueas 6:6-7. Es misteriosa en su aplicación a las almas de los creyentes por el Espíritu Santo. Lo es en la fuente de su eficacia que es su oblación para la propiciación; y en su relación con el nuevo pacto que primero lo establece y después lo hace efectivo con este fin. Su obra es gradual e imperceptible a todo lo que no sea los ojos de la fe y la diligente experiencia espiritual.

De nuevo: La sabiduría divina ordena y requiere estrictamente comenzar, suscitar y alentar la máxima diligencia de los creyentes en el cumplimiento de su eficacia con el mismo fin. Lo que Cristo hizo por nosotros, lo llevo a cabo sin nosotros, sin nuestra ayuda o colaboración. Así como Dios nos hizo sin nosotros mismos, Cristo nos redimió. Pero lo que él hace en nosotros, también lo hace por nosotros; lo que él obra en forma de gracia, nosotros lo realizamos en forma de deber. Y nuestro deber, aquí, consiste, como en el continuo ejercicio de todos los hábitos bondadosos, en renovar, cambiar y transformar el alma a semejanza de Cristo (porque el que espera verle, “se purifica asímismo, como él es puro”); asímismo, en la mortificación universal, permanente e ininterrumpida, con este fin, y de la que hablaremos después. Esto también hace que la obra sea misteriosa y difícil. El progreso de las aflicciones con el mismo fin es una parte principal de la sabiduría de la fe, sin la cual no pueden ser de utilidad espiritual alguna a las almas de los hombres.

Esta noción de la contaminación del pecado y de la necesidad de su purificación, fueron retenidas en la Iglesia de Roma, porque no podían perderse sin el rechazo de la Escritura solamente, sino también sin la asfixia de las concepciones naturales sobre ellas, indeleblemente fijadas en las conciencias de los hombres. Pero la luz espiritual sobre la gloria de la propia cosa en sí, o la purificación mística del pecado con una experiencia del poder y la eficacia de la sangre de Cristo, aplicadas a las conciencias de los creyentes con este fin, por el Espíritu Santo, se perdieron entre ellos. En vano buscaremos una cosa de esta naturaleza, ya sea en su doctrina o en su práctica. Por tanto, habiendo perdido la sustancia de esta verdad y toda experiencia de su poder, para poder retener el uso de su nombre se han hecho diversas y pequeñas imágenes de ella —cosas rastreras— a las que atribuyen el poder de limpiar el pecado, como el agua bendita, los peregrinajes, las disciplinas, las misas, y diversas conmutaciones. Pero pronto encontraron, por experiencia, que estas cosas no purificaban el corazón ni apaciguaban las conciencias de
los pecadores mas allá de lo que la sangre de los toros y los machos cabríos podían hacerlo bajo la ley; en realidad, más allá de lo que las ilustraciones y expiaciones del pecado podían efectuar. Por tanto, finalmente han formado una imagen más majestuosa y engañosa de ella, para adaptarse a todas las circunstancias de los pecadores convencidos. Se trata de un purgatorio después de esta vida, es decir, un lugar subterráneo donde, por diversos medios, se limpia las almas de los hombres de todos sus
pecados y se preparan para el Cielo, cuando Cristo el Señor crea adecuado enviar a buscarlas, o el papa juzgue apropiado enviarlas a él.

Hasta aquí, que pretendan lo que les plazca: la gente bajo su dirección confía mil veces
más en la limpieza de sus pecados en el purgatorio que en la sangre de Cristo. Pero esto no es más que una imagen maldita de la virtud de esta que se levanta para apartar a las mentes de los pobres pecadores del interés en participar de la eficacia de dicha sangre para ese fin, que se obtiene, únicamente, por la fe (Ro.3:25). Se han limitado a colocar esta imagen detrás de la cortina de la mortalidad, para que su engaño no pudiera ser descubierto. Nadie que se sienta engañado por ella puede volver para quejarse o advertir a otros que tengan cuidado de sí mismos. Y esto era, de modo especial, adecuado para el engaño de los que vivían en los placeres o en la búsqueda de ganancias injustas, sin el ejercicio de las aflicciones en este mundo. De estas dos clases de personas, con esta maquinaria, recaudaron un ingreso para sí superior al de los reyes y príncipes. Porque todas las donaciones de sus casas y sociedades religiosas no fueron sino conmutaciones para el aplacamiento del fuego de este purgatorio. Pero, puesto que en sí misma era un poste podrido que no podría permanecer en pie ni subsistir, se vieron obligados a sujetarla con muchas otras imaginaciones. Con este fin y para asegurar el funcionamiento de este purgatorio, idearon la distinción de pecados mortales y veniales—no en cuanto a su fin, con respecto a la fe y al arrepentimiento ni en cuanto a los grados del pecado, con respecto a los agravios, sino en cuanto a la naturaleza de
los mismos—; algunos de ellos (a saber, los veniales) son susceptibles de una expiación purificadora después de esta vida, aunque los hombres mueran sin arrepentirse de ellos. Cuando se ideó esto, colocaron casi todos los pecados que se puedan nombrar bajo este orden. Y, lo que a esto se refiere, esta imagen ha llegado a ser una maquinaria para defraudar a toda la doctrina del evangelio y precipitar a pecadores confiados a la ruina eterna.

Para reforzar esta confianza engañosa, añadieron otra invención con respecto a cierto
almacen de méritos eclesiásticos, cuyas llaves le son encomendadas al papa para que haga uso de ellos, como crea oportuno, para la calma y el alivio de los que están en este purgatorio. Mientras muchos de su iglesia y comunión han hecho, como dicen, más buenas obras de las que eran necesarias para su salvación (las cuales han colocado en una balanza de justicia conmutativa), los excedentes les son encomendados al papa para conmutarlos por el castigo de los pecados de quienes son enviados al purgatorio para sufrir por ellos. No podían haber hallado maquinaria más poderosa para evacuar la eficacia de la sangre de Cristo, ofrecida o rociada y, con ella, la doctrina del evangelio concerniente a la fe y al arrepentimiento. Además, para darle mayor consistencia (como una mentira debe estar tejida con otra o, rápidamente, se rasgará todo) han imaginado una separación que ha de hacerse entre la culpabilidad y el castigo de modo que, cuando la culpabilidad se remite plenamente y se perdona, puede, sin embargo, quedar castigo a causa del pecado. Porque este es el caso de los que están en el purgatorio: sus pecados
son perdonados, de modo que su culpabilidad no les entregará a la condenación eterna,
aunque “la paga del pecado es muerte”. Sin embargo, deben ser diversamente castigados
por los pecados que se les perdona. Pero, así como esto se contradice en sí mismo, ya que
es completamente imposible que haya ningún castigo así llamado, excepto donde hay culpabilidad como su causa, resulta altamente injurioso tanto para la gracia de Dios como para la sangre de Cristo, al procurar y conceder tal perdón cojo de pecados que deje lugar para el castigo junto al que es eterno. Estos son algunos de los apoyos podridos que han colocado en las mentes de las personas crédulas y supersticiosas, aterrorizadas con la culpabilidad y las tinieblas, para sostener esta tambaleante imagen deformada, levantada en el lugar de la eficacia de la sangre de Cristo para limpiar las almas y conciencias de los creyentes de pecado. Pero el motivo principal de establecerla y conservarla es: la oscuridad, la ignorancia, la culpabilidad, el temor, el pánico de conciencia, acompañados de un amor al pecado, al que la mayoría de ellos esta detestablemente sujeta. Intranquilos, desconcertados, y atormentados con estas cosas y,siendo completamente ignorantes del verdadero y único camino de separación y liberación de ellas, abrazan ávidamente esta provisión para su presente desasosiego
y alivio, acomodándose a lo máximo que la astucia humana o diabólica puedan alcanzar
para disminuir su temor, aplacar sus tormentos y dar seguridad a sus mentes supersticiosas. Y así, esto ha llegado a ser la vida y el alma de su religión, difundiéndose por todas sus partes y asuntos. Se confía más en esto que en Dios, en Cristo, y en el evangelio.

La luz y la experiencia espiritual, con sus resultados para la paz para con Dios, salvaguardarán las mentes de los creyentes de inclinarse ante esta horrenda imagen, aunque los reconocimientos de su divinidad les sean impuestos con astucia y fuerza. De otro modo no se hará, porque, sin esto, una fuerte inclinación y disposición surgida de la mezcla del temor supersticioso y el amor al pecado se apropiaron de las mentes de los hombres para acercarse a este pretendido alivio y satisfacción. El fundamento de nuestra preservación, aquí, reside en la luz espiritual, o en una capacidad de la mente procedente de iluminación sobrenatural, para discernir la belleza, la gloria, y la eficacia de la limpieza de nuestros pecados por la sangre de Cristo. Cuando se manifieste a nosotros la gloria de la sabiduría y la gracia de Dios, del amor y la gracia de Cristo, y del poder del Espíritu Santo, despreciaremos todas las pinturas de esta invención; Dagón caerá ante el arca. Todas estas cosas resplandecen gloriosamente y se manifiestan a los creyentes en esta misteriosa manera de limpiar todos nuestros pecados por la sangre de Cristo. A continuación experimentaremos la eficacia de esta verdad celestial en nuestras propias almas. No hay hombre cuyo corazón y camino sean limpiados por la sangre de Cristo mediante su efectiva aplicación por el Espíritu Santo, en la ordenanza del evangelio, a menos que tenga o pueda tener una experiencia reconfortante de esto en su propia alma. Por el poder que ella comunica se siente movido a todo el ejercicio de fe y todos los deberes de obediencia por los cuales la obra de purificación y limpieza de toda la persona puede ser continuada hacia la perfección. Véase 2 Corintios 7:1; 1 Tesalonicenses 5:23; 1 Juan 3:3. Quien esté continuamente involucrado en esta obra con éxito, verá la necedad y la vanidad de cualquier otra pretendida manera de limpiar los pecados, en el presente o en el futuro. El resultado de estas cosas es paz para con Dios, porque son promesas seguras de nuestra justificación y aceptación de él; siendo justificados por fe, tenemos paz para con Dios. Y, cuando alcanzamos esto por el evangelio, toda la estructura del purgatorio cae a tierra, porque está edificada sobre estos fundamentos: que ninguna seguridad del amor de Dios, o de un estado de justificado, puede obtenerse en esta vida, porque si esto fuera posible, el purgatorio no tendría ninguna utilidad. Esto, entonces, guardará seguras a las almas de los creyentes en un desprecio de lo que no es sino un falso alivio para los pecadores turbados en su mente por la carencia de paz para con Dios.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

Antídoto contra el papado [11]

Todavía hay entre ellos otra imagen de un principio general, no menos horrenda que la
mencionada anteriormente, y esto con respecto a la obediencia religiosa. Es el gran fundamento de toda religión y, en especial, de la religión cristiana: Dios ha de ser obedecido, absoluta y universalmente, en todas las cosas.

Para toda nuestra obediencia, no hay otra razón excepto que es su voluntad y sabemos
que es así. Es lo que sigue, necesariamente, a las infinitas perfecciones de la naturaleza
divina. Como primera verdad esencial, debemos creer lo que revela sobre y en contra de
toda contradicción de pretendidos argumentos, o imaginaciones varias. Y, puesto que es
el único Ser independiente y absoluto, bondad esencial, y Señor Soberano de todas las cosas, debemos obedecer, sin más razones, motivos o argumentos, absolutamente todos sus mandatos. Un ejemplo de esto es el de Abraham ofreciendo a su único hijo sin disputa ni vacilación, conforme a la revelación y el mandato divino.

Parecerá muy difícil forjar una imagen de esto entre los hombres que no tengan el menor atisbo de estas perfecciones divinas, es decir, la verdad esencial y la soberanía absoluta en conjunción con la sabiduría y la bondad infinita, que son las únicas que hacen que esta obediencia sea legítima, útil o conveniente a los principios de nuestras naturalezas racionales. Pero aquellos de quienes hablamos no se han visto carentes de ellas, especialmente los principales artífices de esta industria de imágenes. La orden de los jesuitas ha hecho un notable esfuerzo para su forja. Su voto de obediencia ciega (como lo llaman) a sus superiores, por el cual someten toda conducción de sus almas, en todos los asuntos de la religión, en todos los deberes hacia Dios y el hombre, a su guía y disposición, es una imagen maldita de esta obediencia absoluta a los mandatos de Dios que él requiere de nosotros. En consecuencia, el fundador de su orden no se avergonzó, en su epístola ad Fratres Lusitanos, de instar y promover esta obediencia ciega tomada del ejemplo de Abraham, que rinde obediencia a Dios, sin discusión ni consideración, como si los superiores de la orden fueran hombres buenos y no malvados y pecadores. Mientras este honor se reservó a Dios, mientras se juzgó que era únicamente su prerrogativa —es decir, que sus mandatos han de obedecerse en todas las cosas, sin razonamientos ni escudriñamientos en cuanto a sustancia, justicia, y equidad, meramente porque son suyos, y esto hace que sean absoluta e infaliblemente buenos, santos, y justos—, se proporcionó seguridad al gobierno justo del mundo y a la preservación de los hombres en todos sus derechos. Él no quiere ni puede mandar sino lo santo, justo y bueno. Pero, desde la atribución de tal autoridad divina a los hombres, para asegurar la obediencia ciega a todos sus mandatos, se han originado innumerables males, en forma de asesinatos, sediciones y perjuras, de forma manifiesta y basadas en ella. Pero, además de aquellos males particulares que verdaderamente han procedido de esta fuente corrupta, esta persuasión arrebata enseguida a la humanidad toda base para la paz y la seguridad. ¿Quién sabe lo que un cuerpo, o una clase de hombres llamados los superiores de los jesuitas, solamente conocidos por su incesante ambición y sus prácticas
malvadas en el mundo, pueden mandar hacer a sus vasallos que han jurado ejecutar cualquier cosa que manden, sin considerar que sea correcta o incorrecta, buena o mala?

Gloriense los príncipes y otros grandes hombres mientras les plazca de que, bajo una
consideración u otra, serán objetos solo de su bondad. Si tales hombres, según su profesión, tienen sus conciencias sometidas a sus superiores para ejecutar cualquier cosa que les manden —no menos que Abraham la tenía para sacrificar a su hijo ante el mandato de Dios—, entregan sus vidas a la merced y buena naturaleza de estos superiores que siempre están a salvo, fuera del alcance de la venganza. Es sorprendente que la humanidad no se dedica a demoler esta imagen maldita, o la atribución de un poder divino a los hombres que requieren obediencia ciega a sus mandatos, especialmente considerando los efectos que han producido en el mundo. Todos los hom-
bres saben quien fue el artífice primero que la levantó y la erigió; por quién, por qué medios o con qué fin, se confirmó y se consagró. A día de hoy la mantiene una sociedad de hombres de estrato y origen inciertos, como el de los jenízaros en el imperio turco, que solían aparecer, generalmente, de la oscuridad y de entre los mas humildes y bajos del pueblo. Así son quienes, por las reglas de su educación, aprenden a renunciar a todo respeto a sus países de origen, y a aliarse con ellos solo para que los conviertan en el camino y la sustancia para el avance del interés de esta nueva sociedad. Y no es de extrañar que esta clase de hombres, nutridos desde su inicio mismo en la conducción de la sociedad, con esperanzas y expectativas de riqueza, honor, poder, interés en la disposición de todos los asuntos públicos de la humanidad, y la regulación de las con-
ciencias de los hombres, utilicen al máximo sus artes y diligencia y se esfuercen por levantar y preservar esta imagen que han erigido, de la cual esperan sacar todo el provecho que se proponen. Pero esto puedo tratarlo de forma más completa cuando hable de la imagen del celo en sí.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [10]

Un principio de la religión cristiana y una verdad reconocida es el siguiente: Es el deber de los discípulos de Cristo, sobre todo cuando están unidos en iglesias, propagar la fe del evangelio y dar a conocer su doctrina a todos cuantos tengan oportunidad.

En efecto; este es un fin principal para la constitución de las iglesias y de los ministros en ellas (cf. Mt. 5:13-1 6; 1 Ti. 3:15).

Esto fue algo que nuestro Señor Jesucristo encargó de manera especial a sus apóstoles
en el principio (cf. Mt. 28:19-20; Mr. 16:15-16). De este modo, se les encomendó la obra
de propagar la fe del evangelio y el conocimiento de Cristo en él en todo lugar y, al hacerlo, fueron justificados. Lo realizaron con tal eficacia y éxito que, en poco tiempo, fue como la luz del sol: “Por toda la tierra ha salido la voz de ellos, y hasta los fines de la tierra sus palabras” (Ro. 10:18). Se dijo que se predicara el evangelio “en toda la creación que está debajo del cielo” (cf. Col. 1:23). El medio por el que propagaron la fe fue, por tanto, la predicación diligente y laboriosa de la doctrina del evangelio a toda persona, en todo lugar, con paciencia y magnanimidad en el padecimiento de toda clase de sufrimientos en su nombre, y una declaración de todas aquellas virtudes y gracias útiles y ejemplares para la humanidad. Es cierto: su ministerio y el ejercicio de éste cesaron hace mucho tiempo. Sin embargo, no puede negarse que la propia obra no deja de ser competencia, en forma de deber, de todas las iglesias, a todos los creyentes, mientras tengan llamamientos providenciales y oportunidades para ello. Esta es la principal manera por la que pueden glorificar a Dios y beneficiar a los hombres de su mayor posesión; a esto, sin duda, estan obligados.

La Iglesia de Roma retiene esta noción de verdad y se apropian de la misma obra únicamente para sí. A ellos, y solo a ellos, como suponen, pertenece el cuidar de la propagación de la fe del evangelio, con la conversión de los infieles y herejes. Condenan y abominan cualquier cosa que otros hagan con este propósito. ¿Qué piensan de la manera primitiva de hacerlo, mediante la predicación, los sentimientos y la santidad personal? ¿Asumirán el papa, sus cardenales y sus obispos esta obra o esta manera de hacerlo? Cristo no ha indicado otra. Los apóstoles y sus sucesores no conocían otra;
ninguna otra pertenece al evangelio ni tuvo éxito jamás. No; ellos detestan y abominan esta manera. ¿Qué ha de hacerse, entonces? ¿Se negará la verdad? ¿Se desechará completa y reconocidamente la obra? Tampoco esto les complacerá, porque no es adecuado para su honra. Por tanto, han erigido una funesta imagen de esto, para horrible oprobio de la religión cristiana. De hecho, han provisto una doble pintura para la imagen que han levantado. La primera es la constante consulta de algunas personas en Roma, que ellos llaman Congregatio de Propagandá Fide, un consejo para la propagación de la fe, bajo el efecto de cuyas consultas la cristiandad ha gemido durante mucho tiempo. Y la otra es el envío de misioneros, como los llaman, o una sobrecarga de frailes de sus numerosísimas hermandades, enviados a remotas naciones.

Pero la verdadera imagen en sí consta de estas tres partes: 1. La espada; 2. La inquisición; 3. Complots y conspiraciones.

Por medio de ellas se proponen propagar la fe y promover la religión cristiana. Y, si el propio Infierno puede inventar una imagen y representación de la verdad y obra sagrada más deformada, de las cuales esto sea una falsificación, es que estoy muy equivocado.

1.Así, por medio de la primera manera, han llevado la religión cristiana a las Indias,
especialmente a las regiones occidentales del mundo así llamado. Primero el papa, de la plenitud de su poder, da a los españoles todos aquellos países y sus habitantes, para que se conviertan al cristianismo. Pero Cristo no actuó así con sus apóstoles, aunque era Señor de todo, cuando los envió a enseñar y bautizar a todas las naciones. El no desposeyó a ninguna de ellas de sus derechos o disfrutes temporales ni dio a sus apóstoles un solo pie de heredad entre ellas. Pero, en base a esta concesión, los católicos españoles propagaron la fe y llevaron la religión cristiana entre ellos. Y lo hicieron matando y asesinando a muchos millones de personas inocentes, como algunos
de ellos mismos dicen, más de las que han vivido en Europa en cualquier época. Y esta salvaje crueldad ha hecho que se deteste el nombre de los cristianos entre todos los que quedaron de ellos con uso de razón, traídos por la fuerza, [tan sólo] unos pocos esclavos embrutecidos, para someterse a este nuevo tipo de idolatría. Y debemos pensar que se hizo en obediencia a aquel mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado”. Esta es la imagen deformada de obediencia a sus santos mandatos que han levantado, y a la que aplican la voz que Pedro oyó con respecto a comer todo tipo de criatura: “Levanta, Pedro; mata, y come”. Así han actuado con aquellas pobres naciones a quienes han devorado. Pero la sangre, el asesinato y la guerra injusta (como lo es toda guerra para la propagación de la religión), con persecución, comenzó en Caín, a quien le llegó por medio del diablo, aquel “asesino desde el diablo”. Porque “era del maligno y mató a su hermano” (cf. 1 Jn. 3:12). Jesucristo, el hijo de Dios, fue manifestado para “deshacer las obras del diablo” (cf. 1 Jn. 3:8). Y él lo hace, en este mundo, por su palabra y doctrina, juzgando y condenándolas. Y lo hace en sus discípulos por su Espíritu, extirpándolas de sus mentes, corazones y caminos. De manera que no hay condición más ciertamente derivada de un espíritu malvado que la fuerza y la sangre en la religión, para su propagación.

2.La siguiente parte de esta imagen —la siguiente manera utilizada por ellos para la
propagación de la fe y la conversión de los que llaman herejes— es la Inquisición. Tanto se ha declarado y se conoce de ella que es innecesario hacer ahora un retrato suyo. Nos basta con decir que hace mucho tiempo que se abrió, como el antro de Caco, y se descubrió que era el mayor arsenal de crueldad, el más terrible caos de sangre y matanza que jamás hubo en el mundo. Esta es la maquinaria que ha suministrado a la ramera escarlata la sangre de los santos y la de los mártires de Jesús, hasta que se embriagó de ella. Es la segunda manera o medio por el que propagan la fe del evangelio y se esfuerzan, como dicen, por la conversión de las almas de los hombres. Esta es la segunda parte de aquella imagen que han levantado en el lugar del santo llamamiento de Jesucristo.

3. La tercera manera en que insisten con este propósito —la tercera parte de esta imagen— consiste en complots y artimañas para asesinar a príncipes, inmiscuir a naciones en
sangre, levantar sedición para su ruina, persuadir y seducir a toda clase de personas viciosas, indigentes, y ambiciosas para asociarse con ellos, con el fin de introducir la religión católica en los lugares que se proponen subyugar. Esta maquinaria para la propagación de la fe se ha puesto en marcha, con diversos éxitos, en muchas naciones de Europa, y sigue funcionando con el mismo propósito. A ella pertenecen todas las artes usadas para encantar las mentes de los príncipes y grandes hombres, todos los cebos que colocan ante otros, de todas las clases, para ponerlos al servicio de sus designios.

De estas partes —digo—, esta formada y compuesta aquella terrible imagen que levantan, abrazan, y adoran en el lugar de la santa manera para la propagación del evangelio señalada por Jesucristo. En su manera no pueden ver belleza alguna —no pueden esperar ningún éxito—, no pueden creer que el mundo se convierta jamás por ella, o sea traído en sujeción al Papa. Y, por tanto, se entregan a la suya propia. La fe, la oración, la predicación, el sufrimiento, todo en expectación de la presencia y asistencia de Cristo prometidas, no son caminos para la eficacia, éxito y provecho que puedan compararse a la espada, la inquisición y los designios bajo cuerda. ¡Y esto, también, es lo que llaman celo de la gloria de Dios y la honra de Cristo; ¡otra imagen deformada que han traído a la religión! Mientras aquella gracia consiste principalmente en anteponer la gloria de Dios y los deberes especiales por los que esta pueda promoverse, a uno mismo y a todo interés propio, este designio impio de destruir a toda la humanidad por medio de toda forma de sutileza y crueldad, para su provecho propio, se levanta en su lugar. Pero la consideración de la naturaleza y del espíritu, del uso y del fin del evangelio —del designio de Cristo en él y por él— es suficiente para preservar a las almas de los hombres que no están completamente encantados, en un aborrecimiento de esta imagen de su propagación. En esto es en lo que “el dios de este mundo”, con ayuda de su ceguera y concupiscencias, ha engañado a la humanidad y ha prevalecido sobre ella, con la pretensión de dar honra a Cristo, presentando ante el mundo la representación más vil de él que se pueda concebir. Si él ha señalado esta manera para la propagación del
evangelio, no se puede distinguir bien de Mahoma. Pero no hay nada mas contrario a él,
nada que su alma santa aborrezca más. Y, si los hombres no hubieran perdido todo sentido espiritual de la naturaleza y de los fines del evangelio, no se habrían entregado nunca a estas abominaciones. Cualquiera que suponga que la fe del evangelio puede propagarse con semejante crueldad y sangre —con arte y sutileza—, con complots, conspiraciones y artimañaas—de cualquier manera excepto por la locura de la predicación que, con tal fin, es poder y sabiduría de Dios—, esta declarando su propia ignorancia de ella y su desinterés por ella. Si los hombres no hubieran concebido y abrazado otra religión distinta de la que aquí se enseña, o no hubieran abusado de una pretensión de ella con fines y provechos propios, esta imaginación de su propagación nunca se habría producido en sus mentes, por ser tan diametralmente opuesta a toda la naturaleza y a todos los fines de ella.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

Antídoto contra el papado [9]

A los detalles concretos anteriores con respecto a la iglesia, aún añadiré uno más general que es, en realidad, el que los abarca todos, o la raíz de donde brotan: una raíz portadora de hiel y ajenjo, que concierne a la Iglesia católica.

El apóstol declara lo que pertenece a esta Iglesia católica, lo que constituye su comunión [cf. He. 12:22-24). Es la recapitulación de todas las cosas en el Cielo y la tierra en Cristo Jesús (cf. Ef. 1:10): su cuerpo; su cónyuge o novia; la esposa del Cordero; el templo glorioso donde Dios mora por su Espíritu; una sociedad mística y santa, comprada y purificada por la sangre de Cristo y unida a él por su Espíritu; o la habitación del mismo Espíritu en él y en aquellos que la componen. Por consiguiente, a ellos con él como el cuerpo con su cabeza se les llama místicamente Cristo (cf. 1 Co. 12:12).

Y hay dos partes de él, una de las cuales ya es perfecta en el Cielo en cuanto a sus espíritus.Y la otra aún continúa en el camino de la fe y la obediencia en este mundo. Ambas constituyen “una familia en el cielo y la tierra” (cf.Ef. 3:15), en conjunción con los santos ángeles, un cuerpo místico, una iglesia católica. Y, aunque hay una gran diferencia en su estado y condición presentes entre estas dos ramas de la misma familia, ambas han sido, sin embargo, igualmente compradas por Cristo y unidas a él como su cuerpo. Ambas tienen eficazmente el mismo principio de la vida de Dios en ellas. De una tercera parte de esta iglesia que no está ni en el Cielo ni en la tierra, que se halla en un estado temporal, participando un poco del Cielo y otro poco del Infierno y se llama purgatorio, la Escritura no sabe nada en absoluto. Tampoco es coherente con la analogía de la fe ni de las promesas de Dios a los que creen, como veremos inmediatamente. Esta iglesia, incluso en su parte que esta en este mundo, al estar adornada con todas las gracias del Espíritu Santo, es el más bello y glorioso efecto —junto con la formación y la producción de su Cabeza, en la encarnación del Hijo de Dios— a que la sabiduría, el poder y la gracia divinos se encaminarán aquí abajo. Pero estas cosas —la gloria de este estado— solo son visibles al ojo de la fe. En efecto: solo Cristo mismo las ve y las conoce de una manera perfecta. Nosotros las vemos obscuramente, a la luz de la fe y la revelación, y las experimentamos según participamos de las gracias y de los privilegios de que constan.

Pero aquella luz espiritual necesaria para el discernimiento de esta gloria se perdió entre aquellos de quienes hablamos. No podían ver realidad ni belleza en estas cosas, ni nada que pudiera serles de provecho. De acuerdo con su principio de la absoluta incertidumbre del estado y la condición espiritual de los hombres en este mundo, es evidente que no podían tener ninguna convicción satisfactoria de algún interés en esto. Pero se habían asido de la noción de una iglesia católica, que, con artífices misteriosos, remodelaron para su propio e increíble provecho secular. Se glorían de ella, apropiándosela para sí mismos y convirtiéndola en un pretexto para destruir a otros; lo que reside en ellos de forma temporal y también eterna. Con este fin han elaborado la imagen más deformada y detestable de ella que el mundo contempló jamás. La Iglesia católica que ellos poseen, y de la que se glorían, no tiene nada que ver con la de Cristo. Es una compañía o sociedad de hombres a quienes, para constituir toda esta sociedad, no se les requiere ninguna gracia cristiana verdadera ni unión espiritual con Cristo, la cabeza. Solo tienen que hacer una profesión externa de estas cosas, como expresamente sostienen: es una sociedad unida al papa de Roma, como su cuerpo, mediante una sujeción a él y a su gobiemo según las leyes y cánones por los cuales los guiará. Esta
es la razón y la causa formal que constituye la Iglesia católica que es. Esta concertada en sí misma por horrendos lazos y ligamentos con los fines de la ambición, el dominio mundano y la avaricia. Es una Iglesia católica manifiestamente perversa en la generalidad de sus gobernantes y de los que son gobernados; es cruel en su condición, opresora y esta tenida con la sangre de innumerables santos y mártires. Esta —digo— es la imagen de la santa Iglesia católica, la esposa de Cristo, que han levantado. Y ha sido como la imagen de Moloc que devoró y consumió a los hijos de la Iglesia cuyos gemidos, cuando su cruel madrastra no los compadeció y sus pretendidos padres espirituales los echaron en el fuego, subieron hasta los oídos de Yahveh de los ejércitos. Su sangre aún clama venganza sobre esta generación idólatra. Sin embargo, esta pretensión de la Iglesia católica está impresa en la mente de muchos, con tantos artificios sofisticados, mediante las artimañas de los hombres y la astucia, por los cuales están al acecho para engañar. Se ofrece con el cebo de muchas ventajas seculares y, a menudo,se les impone a los cristianos con tanta fuerza y crueldad, que nada puede guardarnos de su admisión, para la absoluta derrota de la religión, excepto el medio sobre el cual antes hemos insistido.

Aquí se necesita una luz espiritual, para discernir la belleza, la gloria interna y la espiritual de la verdadera Iglesia católica de Cristo. Cuando esté en su poder, todas las pinturas y ropajes de su deformada imagen caerán de ella, y su abominable suciedad tendrá que aparecer. Esto irá acompañado de una experiencia efectiva de la gloria y la excelencia de la gracia en las almas de los que creen. Procederá de Cristo, la única cabeza de esta iglesia por la cual son transformados “de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor”. El poder, la vida y la dulzura de esto darán satisfacción a sus almas, para verguenza del pretendido orden o dependencia del papa como cabeza. Por estos medios, la verdadera Iglesia católica —que es el cuerpo de Cristo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo—, que crece en todas las cosas en aquel que es la cabeza, desprecia esta imagen, y Dagón caerá al suelo cuando este Arca sea traída; ¡sí!, aunque sea en su propio templo.

3. En la siguiente apertura de esta cámara pintada de imágenes todavía veremos, si es
posible, mayores abominaciones. Como mínimo, la que sigue a continuación es escasamente inferior a cualquiera de las que fueron antes.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

Antídoto contra el papado [8]

Añadiré un particular mas con referencia al estado de la iglesia, que se halla en su gobierno y disciplina.

Aquí, también ha habido un desacierto fatal como nunca antes se había visto en la religión cristiana. Habiéndose perdido la verdad en cuanto al sentido y la experiencia de su eficacia o poder, enseguida se levantó en su lugar una imagen sangrienta destructiva para las vidas y las almas de los hombres. También trataremos este tema brevemente. Todos reconocen ciertos principios de verdad con respecto a esto, como:

1. Que Cristo el Señor ha señalado un gobierno y disciplina en su iglesia para su bien y su protección. Ninguna sociedad puede subsistir sin el poder y el ejercicio de algún gobierno en sí misma, porque el gobierno no es otra cosa que el mantenimiento del orden, sin el cual no hay sino confusión. La iglesia es la sociedad más perfecta de la tierra, al estar unida y concertada por los mejores y más excelsos lazos de que es capaz nuestra naturaleza (cf. Ef. 4:16; Col. 2:1 9). Debe, por tanto, tener un gobierno y una disciplina en sí misma; teniendo en cuenta la sabiduría y la autoridad de aquel por quien fue instituida, debemos suponer que son los más perfectos.

2.Que esta disciplina es poderosa y efectiva para todos sus fines propios. Así debe estimarse, teniendo en cuenta la sabiduría de aquel que la seña. Y, desde luego, así es. Suponer que Cristo el Señor ordenase un gobierno y una disciplina en su iglesia que no alcanzasen sus fines en sí mismos, y por su sola administración, es proyectar la mayor deshonra sobre él. En efecto: si cualquier iglesia o sociedad de cristianos profesantes cae en este estado y condición, en el cual la disciplina señalada por Cristo no puede ser efectiva para sus fines propios, Cristo ha abandonado a esa iglesia o sociedad. Además, el Espíritu Santo afirma que el ministerio de la iglesia, en su administración, es “poderoso en Dios” para todos sus fines (cf. 2 Co. 10:4,5).

3.Los fines de esta disciplina son el orden, la paz, la pureza, y la santidad de la iglesia, con una representación del amor, el cuidado, y la atención de Cristo sobre ella, y un testimonio de su juicio futuro. La imaginación de otros fines cualesquiera ha sido su ruina.

Y, hasta aquí, todos los que se confiesan cristianos están de acuerdo, al menos de palabra. Ninguno se atreve a negar ninguno de estos principios. No, puesto que ello no aseguraría el abuso de ellos, que es el interés de muchos.

4.Pero a todos ellos debemos añadir también, y esto con la misma evidencia irresistible de verdad, que el poder y la eficacia de esta disciplina, que tiene de la institución de Cristo, son solamente espiritual, y tienen todos sus efectos en las almas y conciencias de aquellos que profesan sujeción a él, con respecto a los fines antes mencionados. Así lo describe, expresamente, el apóstol: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:4, 5). Estos son los fines de la predicación del evangelio, así como también de la disciplina de la iglesia. Son las maneras y los medios de su eficacia: ella es espiritualmente poderosa en Dios para todos estos fines, y no tiene ningún otro. Pero, inmediatamente, veremos la total inversión de este orden en una imagen que se ha puesto en su lugar.

5.Al menos, los cristianos primitivos, experimentaron el poder y la eficacia de esta disciplina espiritual para su fin propio. Durante trescientos años, la iglesia no tuvo otra manera o medio para mantener su orden, su paz, su pureza, y su santidad, excepto la eficacia espiritual de esta disciplina en las almas y las conciencias de los cristianos profesantes. No fracasó en esto ni las iglesias conservaron mejor la paz y la pureza que cuando tuvieron esta única disciplina para su preservación, sin la menor contribución de la asistencia del poder secular ni nada que pudiera operar en los asuntos externos de la humanidad. No podemos dar otra razón de por qué no debería seguir teniendo la misma utilidad y eficacia en todas las iglesias”, sino tan solo la pérdida de todas aquellas gracias internas necesarias para hacer efectiva la institución del evangelio.

Por tanto, todo sentido y experiencia de esto —del poder y la eficacia espiritual de esta dísciplina— se perdieron por completo entre la mayoría de los que se llamaban cristianos. Ni los que habían asumido la pretensión de su administración ni aquellos hacia quienes se administraba, podían encontrar nada en ella que afectara a las conciencias de los hombres, con respecto a sus propios fines. Les parecía algo del todo inútil en la iglesia, por lo que ninguna clase de persona se interesaría. ¿Qué harán ahora? ¿Qué curso tomarán? ¿Renunciarán a todos aquellos principios de verdad que hemos expuestos con respecto a ella, y la excluirán a ella y hasta su nombre de la iglesia? Probablemente esto habría sido su fin, de no haber hallado una manera de arrebatarle su pretensión, para su indecible provecho. Por tanto, idearon y fabricaron una horrenda imagen del gobierno y la disciplina santos y espirituales del evangelio. Era una imagen coherente en fuerza y tiranía externas sobre las personas, las libertades y las vidas de los hombres, ejercitadas con armas poderosas por medio del diablo, para arrojar a los hombres a las prisiones y destruirlos. De este modo, habiéndose perdido aquello que fue señalado para la paz y la edificación de la iglesia, se constituyó una maquinaria, bajo su nombre y pretensión, para su ruina y destrucción. Y así sigue siendo hasta el dia de hoy.

En los corazones de los hombres nunca había entrado la disposición de establecer una disciplina en la Iglesia de Cristo con leyes, tribunales, multas, sanciones, encarcelamientos, y hogueras, excepto que hubiesen perdido por completo, y causado que otros implicados también lo hicieran, toda experiencia del poder y la eficacia de la disciplina de Cristo hacia las almas y las conciencias de los hombres. Pero aquí la dejaron a un lado, como una herramienta inútil que podía prestar algún servicio en las manos de los apóstoles y las iglesias primitivas, mientras quedara vida y sentido espiritual entre los cristianos. Pero, en cuanto a ellos y lo que ellos se proponían, no era de ninguna utilidad en absoluto. Sería muy largo de explicar la deformidad de esta imagen en sus varias partes; su disimilitud universal con respecto a aquello cuyo nombre lleva y que pretende ser; las distintas fases en las que fue forjada, formada y erigida, y las ocasiones y ventajas tomadas para su exaltación. Y es que fue sutilmente entretejida con otras abominaciones, en el completo Misterio de la Iniquidad, hasta que llegó a ser la misma vida, o principio animador, del anticristianismo. Porque, comoquiera que los hombres puedan proyectar luz mediante el gobierno y la disciplina de Cristo en su iglesia, así como su poder y su eficacia espiritual hacia las almas y las conciencias de los hombres, el rechazo de ella y el levantamiento de una horrenda imagen de poder, dominio y fuerza mundana en su lugar, y bajo su nombre, fue lo que comenzó, continuó y sigue manteniendo la fatal apostasia de la Iglesia de Roma.

llustraré tan solo un detalle. Sobre el cambio de este gobierno de Cristo y, al mismo tiempo, la colocación de Mauzzim, o una imagen, o “dios de las fortalezas” [Dn. 6:38], en su lugar, se vieron obligados a cambiar todos los fines de aquella disciplina, y a hacer una imagen de ellos también. La razón es que este nuevo instrumento de fuerza externa no tenía ninguna utilidad con respecto a ellos, que son la paz, la pureza, el amor, y la edificación espiritual de la iglesia, como ya hemos dicho. La fuerza externa no es, en modo alguno, adecuada para alcanzar ninguno de estos fines. Por tanto, deben hacer una imagen de ellos también, o poner alguna forma muerta en su lugar. Y fue la sujeción universal al papa, según todas las reglas, órdenes y cánones que debían inventar. Uniformidad, aquí, y obediencia canónica, es todo el fin que permitirán a la disciplina de su iglesia. Y estas cosas concuerdan porque nada, excepto la fuerza externa, por medio de leyes y sanciones, sirve para alcanzar este fin. Así que se fabricó y se erigió una imagen de la santa disciplina de Cristo y de sus benditos fines, que consistía en estas dos partes: la fuerza externa y la sujeción fingida. Difícilmente se podría dar en el mundo el ejemplo de un hombre que se inclinara alguna vez ante esta imagen, o se sometiera a alguna censura eclesiástica, por respeto personal a ella. La fuerza y el temor lo gobiernan todo.

Esta es la disciplina para cuya ejecución se ha derramado la sangre de una innumerable compañía de santos mártires, la que actúa en todos los espíritus vitales del papado y por la cual este subsiste. Aún siendo la imagen del celo, o de la primera bestia levantada por el dragón, no se puede negar que se ha acomodado muy sabiamente al estado presente de los que, entre ellos, se llaman cristianos. Siendo tan ciegos como carnales, y habiendo perdido de ese modo todo sentido y experiencia del poder espiritual del gobierno de Cristo en sus conciencias, se han convertido en un rebaño que no es adecuado para ser gobernado o dirigido de ninguna otra manera. Por tanto, deben morar bajo su servidumbre, hasta que se aparte el velo de ceguera, y vuelvan a Dios por su Palabra y su Espíritu. Porque, “donde está el Espíritu del Señor”, allí y únicamente allí, “hay libertad”.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [7]

al negarlo estamos renunciando al evangelio en general, sino porque habían hallado una manera de tornarlo en su provecho. Harían, por tanto, una imagen de Cristo como cabeza de la iglesia, para poseer el lugar y ejercer todos sus poderes. Dicen: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible (como si la iglesia católica, como tal, fuese visible de una manera distinta de como lo es en su cabeza, es decir, por fe). Debe haber una cabeza y un centro de unión en el que todos los miembros de la iglesia puedan estar de acuerdo y unidos, a pesar de sus distintas capacidades y circunstancias; sin embargo, desconocían la forma en que esta debería ser Cristo mismo. Sin un gobernador supremo presente en la iglesia, para resolver todas las diferencias y decidir sobre todas las controversias, incluso las referentes a sí mismo —cosa que pretenden en vano— y afirman expresamente que nunca hubo una sociedad tan neciamente ordenada como la de la iglesia. Y, por esta razón, deciden la insuficiencia de Cristo para ser esta cabeza única de la iglesia. Necesitan otra para estos menesteres. Y esta fue su papa: una imagen de tal clase que es uno de los peores ídolos que jamás hubo en el mundo. A él le dan todos los títulos de Cristo que se relacionan con la iglesia, y le atribuyen todos los poderes de Cristo en y sobre esta, en cuanto a su gobiemo. Pero, aquí, cayeron en un error: cuando creyeron darle el poder de Cristo, le dieron el poder del dragón para usarlo contra Cristo y los suyos. Y cuando creyeron hacer una imagen de Cristo, hicieron una imagen de la primera bestia, impuesta por el dragón, que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón, cuyo carácter y acción se describen detalladamente en Apocalipsis 13:11-1 7.

Este es el resumen de lo que ofreceré bajo este apartado: los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”, perdieron toda luz espiritual que les ayudaba a discernir la belleza y la gloria del gobierno de Cristo sobre la iglesia como cabeza suya. Y aquí, sus mentes acabaron por no poder experimentar el poder y la eficacia de su Espíritu y Palabra para ordenar continuamente sus asuntos, mediante los medios, los usos y las maneras que el mismo señaló. No sabían como consentir estas cosas ni de que forma podían estas proteger a la iglesia. Por tanto, en este caso, “cada cual ayudó a su vecino, y a su hermano dijo: Esfuérzate. El carpintero animó al platero, y el que alisaba con el martillo al que batía con el yunque”. Se pusieron, según sus diversas capacidades, a forjar este ídolo que levantaron en el lugar y en el puesto de Cristo, estableciéndolo así en el templo de Dios, de modo que pudiera mostrarse desde allí como Dios. Este ídolo tampoco se expulsará jamás de la iglesia hasta que todos los cristianos en general lleguen a experimentar, de una forma espiritual, la autoridad de Cristo ejercida en el gobiemo de la iglesia por su Espíritu y palabra, con todos los fines de unidad, orden, paz y edificación. Hasta que esto no ocurra, seguirán pensando que un papa, o algo parecido a él, son necesarios para estos fines. Jamás hubo una imagen más horrenda y deformada de una cabeza tan bella y gloriosa: toda la astucia de Satanás, todo el ingenio de los hombres no podrían inventar algo más distinto de Cristo, como cabeza de la iglesia, que este papa. No puede haber ni se podría hacer peor figura ni representación de él.

Es alguien de quien no se puede pensar o decir nada que no sea grande, poco común, que no exceda el estado normal de la humanidad, por un lado u otro. Unos dicen que es “la cabeza y el marido de la iglesia”; “el vicario de Cristo sobre todo el mundo”; “el representante de Dios”; “un vice-dios”; “el sucesor de Pedro”; “la cabeza y centro de unidad” de toda la iglesia católica, dotado de plenitud de poder, y con otras innumerables atribuciones de la misma naturaleza. Por todo esto, es necesario que toda el alma este sujeta a él, so pena de condenación. Otros afirman que es el “anticristo”; “el hombre de pecado”; “el hijo de perdición”; “la bestia que subía de la tierra con dos cuernos semejantes a los de un cordero pero que hablaba como dragón”; “el falso profeta”; “el pastor idolatra”; “el siervo malo que golpea a sus consiervos”; “el adúltero de una iglesia engañosa o falsa”. Y no hay término medio entre estos; sin duda es lo uno o lo otro. El Señor Jesucristo, que ya ha determinado esta controversia en su palabra, no tardará en darle el desenlace final en su gloriosa persona y por el resplandor de su venida. Y este es un ídolo eminente en la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Pero, por ahora, es evidente donde reside la protección de los creyentes para que no sean inducidos a inclinarse ante esta imagen y adorarla. Un debido sentido de la única autoridad de Cristo en y sobre su iglesia, y experimentar el poder de su palabra y de su Espíritu para todos los fines de su gobiemo y orden, será lo que los guarde en la verdad. Ninguna otra cosa lo hará. Si alguna vez bajan de este nivel en algún caso en particular, por muy pequeño que parezca, y llegan a admitir alguna cosa en la iglesia o en su adoración que no proceda directamente de su autoridad, estarán preparados para admitir otro guía y cabeza en todas las demás cosas también.

Existen muchas profecías y predicciones en cuanto a esto, con respecto a que así debía ser, y a tal efecto se nos dan diversas descripciones. Su relacion con Cristo, con el amor y la valoración de él hacia ella, requerían que fuera muy gloriosa. En efecto; su gran propósito hacia ella era hacerla de este modo [cf. Ef. v. 25-27). Por tanto, todos los que profesan la religion cristiana están de acuerdo en esto. Pero no recuerdan cuál es esta gloria y en que consiste; de dónde viene y en qué es gloriosa. En realidad la Escritura declara de forma muy clara que esta gloria es espiritual e interna; que consiste en su unión con Cristo y en su presencia en ella; en la comunicación de su Espíritu vivifícador; en vestirla de su justicia, su santificación; y en purificarla de la contaminación del pecado; así como en sus frutos de obediencia para alabanza de Dios. Añadan a esto la celebración del culto divino en ella, con su gobierno y orden, según el mandamiento de Cristo, y tendremos la sustancia de esta gloria. Los creyentes la disciernen de tal manera que se sienten satisfechos con su excelencia. Saben que todas las glorias del mundo no pueden, en modo alguno, compararse a ella, porque consiste y se origina en cosas que valoran y prefieren, infinitamente, sobre todo lo que este mundo pueda proporcionar. Ellas son un reflejo de la gloria de Dios, o de Cristo mismo, sobre la iglesia; ¡sí!, una comunicación de él a ella. Es algo que valoran en el conjunto y en cada miembro de ella. Ni la naturaleza ni el uso, ni el fin de la iglesia admitirán que su gloria pueda consistir en cosas de cualquier otra naturaleza. Sin embargo, la humanidad en general perdió aquella luz espiritual que era la única que les permitía discernir esta gloria. No podían ver forma ni belleza en la esposa de Cristo, solamente adornada con sus gracias. Hablar de un estado glorioso de los hombres, cuando son pobres y están destituídos, quizá vestidos de harapos, y son arrastrados a las prisiones o a las hogueras, como ha sido la suerte de la iglesia en la mayoría de las épocas, era a su juicio absurdo y necio. Por tanto, viendo que es cierto que la iglesia de Cristo es muy gloriosa e ilustre a la vista de Dios, los santos ángeles y los buenos hombres, debía hallarse una manera de hacerla así para que el mundo también la viera así. Por consiguiente, acordaron una imagen mentirosa de esta gloria, es decir, la dignidad, la promoción, la riqueza, el dominio, el poder, y el esplendor de todos los que tenían el gobierno de la iglesia. Y, aunque para todos sea evidente que estas cosas pertenecen a las glorias de este mundo, de las que la gloria de la iglesia no solo se distingue, sino que es lo opuesto a todo esto, no tendrán más remedio que contemplarla [¿a ellas?] como aquello que representa su gloria. Y es así, aunque no tenga una gracia salvífica en sí, como expresamente afirman. Cuando se alcanzan estas cosas, todas las predicciones de su gloria se cumplen. A esta imagen corrupta de la verdadera gloria espiritual de la iglesia —originada en la ignorancia y la carencia de una auténtica experiencia del valor, y la excelencia de las cosas internas, espirituales y celestiales— se le ha prestado atención, con perniciosas consecuencias en el mundo. Muchos se han encaprichado y enamorado de ella, para su propia perdición. Porque, como maestra de mentiras, solo es adecuada para desviar las mentes de los hombres de una comprensión y valoración de la verdadera gloria; sin dejan de tener interés en ella, deben perecer para siempre.

Considerad las regiones extranjeras como Italia o Francia, donde estos hombres pretenden que su iglesia está en su mayor gloria: ¿Cuál es esta si no la riqueza, y la pompa, y el poder de los hombres, en su mayor parte manifiestamente ambiciosos, sensuales y mundanos? ¿Es esta la gloria de la Iglesia de Cristo? ¿Pertenecen estas cosas a su reino? [No], sino que por el levantamiento de esta imagen, por el avance de esta noción, toda la gloria de la iglesia se ha perdido y despreciado. Sin embargo, por mucho que estas cosas fueran adecuadas para los propósitos de las mentes carnales de los hombres, y satisfactorias para todas sus concupiscencias —con esta pintura y el falso brillo sobre ella para que la Iglesia de Cristo sea gloriosa—, han sido el medio para llenar este mundo de oscuridad, sangre y con fusión. Porque esta es la gloria de la iglesia por la que se contiende con ira y violencia. Y no pocos están aún encandilados por estas imágenes, y no son partícipes del provecho que traen a sus principales adoradores, cuyo encaprichamiento es de lamentar.

El medio que nos protege contra la adoración de estas imágenes es, también, evidente en los principios sobre los que seguimos adelante. No se hará sin luz para discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles, que son las únicas en las que la iglesia es gloriosa. A la luz de la fe, aparecen como lo que son realmente en sí mismas, de la misma naturaleza que la gloria que está arriba. Y yo digo que la gloria presente de la iglesia es su iniciación en la gloria del Cielo y, en general, es de la misma naturaleza que ella. Aquí está en sus amaneceres e inicios; allí en su plenitud y perfección. Buscar algo que sea afin, o estrechamente ligado a la gloria del Cielo, o que guarde algún cercano parecido con ella, en las glorias externas de este mundo, es una imaginación vana. Cuando la mente está capacitada para discernir la belleza y la gloria verdadera de las cosas espirituales, y su alianza con lo que está arriba, se verá protegida contra el deseo de buscar la gloria de la iglesia en las cosas de este mundo y de colocar algún valor sobre ellas con este fin.

La abnegación, indispensablemente prescrita en el evangelio a todos los discípulos de Cristo, es también un requisito aquí. Su poder y su práctica son completamente incoherentes con el entendimiento de que el poder, la riqueza y el dominio secular contribuyen en algo a la gloria de la iglesia. Si la mente está así crucificada a una valoración y estimación de estas cosas, nunca las entenderá como parte de aquellas vestiduras de la iglesia que la hacen gloriosa. Sin embargo, cuando la innata oscuridad discapacita las mentes de los hombres para discernir la gloria de las cosas espirituales y, mediante su afecto carnal e inmortificado, se aferran y sienten la más alta estima por la grandeza mundana, no resulta extraño que supongan que la belleza y gloria de la iglesia consistan en esto.

John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [6]

Aquí se empleó a fondo el ingenio de los hombres para hallar una imagen de esta comunión espiritual que no podían experimentar en sus mentes. A pesar de todo fueron haciendo una por etapas, y engrandecieron el misterio con palabras y expresiones (aunque no sabían nada de su poder) que respondieran a aquello que iban a levantar en su lugar; acabaron engendrando el horrendo monstruo de la transubstanciación y el sacrificio de la misa. Con esto estipularon que todas aquellas cosas que son espirituales en esta comunión, debían convertirse y actuar como cosas carnales: el pan será el cuerpo físico de Cristo, la boca será la fe, los dientes serán el ejercicio, el vientre será el corazón, y el sacerdote entregará a Cristo en ofrenda a Dios. Jamás se inventó una imagen más vil. En esto no se requiere nada de fe, porque no es más que reforzar la imaginación contra todo sentido y razón. Por este misterio singular de la unión sacramental entre los signos externos y las cosas que señalan —donde los unos se llaman por el nombre de las otras, así como el pan se define como cuerpo de Cristo—, y que la fe discierne en su manifestación y recepción, ellos han inventado para su representación, con una prodigiosa imaginación, la conversión real, o transubstanciación, de la sustancia del pan y del vino en la del cuerpo y la sangre de Cristo, de tal manera que se destruye toda fe, razón y también sentido. En el lugar de aquella reverencia santa de Cristo mismo cuando instituyó esta ordenanza; en la mística manifestación de sí mismo a las almas de los creyentes; en la demostración de su amor, gracia y sufrimientos por ellos, han levantado la espantosa imagen de una adoración y un culto idolatras a la “Hostia” —como la llaman—, para ruina de las almas de los hombres. El Señor Jesucristo, “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”, y designó esta ordenanza en memoria de ello. Pero ellos habían perdido”la luz espiritual por la cual podían discernir la eficacia de aquella ofrenda única que se realizó mucho tiempo atrás. Por tanto, al aplicarla por medio de esta ordenanza para el verdadero perfeccionamiento de la iglesia, han erigido una nueva imagen de ella, en una pretendida repetición diaria del mismo sacrificio, en el cual profesan ofrecer a Cristo otra vez por los pecados de vivos y muertos, para destrucción del fundamento principal de la fe y de la religión. Todas estas abominaciones surgieron tras haber perdido la experiencia de aquella comunión espiritual con Cristo, y la participación de él por la fe, que hay en esta ordenanza de institución divina. Esto arrastró los pensamientos de los hombres a la invención de estas imágenes, para adecuar la noción de verdad a la superstición de sus mentes carnales. Tampoco resulta posible, por lo general, liberarlos de estos encaprichamientos, a menos que le plazca a Dios transmitirles la luz espiritual que les haga discernir la gloria de este misterio celestial, y experimentar la manifestación de Cristo a las almas de los creyentes en él, sin necesidad de aquellos. Con sus innumerables prejuicios y sus inflamados afectos por sus ídolos no solo morarán en su oscuridad contra todo medio de convicción, sino que se esforzarán en la destrucción temporal y eterna de todos los que piensen de otro modo.

Levantaron una vez esta imagen, como la de Nabucodonosor, en esta nación con una ley: que todo aquel que no se inclinare ante ella y la adorare, fuese arrojado en el homo de fuego. ¡Dios no lo permita nunca más! Pero, si así fuere, contra la influencia de la fuerza y el fuego no hay más que una cosa que nos pueda proteger: la verdadera experiencia de una comunicación eficaz de Cristo a nuestras almas en esta santa ordenanza, administrada segun el dispuso. Por tanto, en esto deberíamos esforzarnos con toda diligencia, y no solo como único medio y forma de edificación en esta ordenanza, por medio del ejercicio de la gracia, el fortalecimiento de nuestra fe y la consolación presente, sino como el medio efectivo de nuestra preservación en la profesión de la verdad, y nuestra liberación de los lazos de nuestros adversarios. Aún siendo innegable que esta singular institución, distinta de todas las demás, pretende ser y se ofrece como comunicación y manifestación distintas de Cristo, al insistir en que se deben hacer por la transubstanciación y masticación oral de él, y de ningún otro modo, lo único que podrá protegemos contra sus pretensiones es haber experimentado el poder y la eficacia de la comunión mística con Cristo en esta ordenanza, antes descrita. Por consiguiente, en todo lo que sabemos de la gracia y la verdad no hay nada que deba preocupar más a los creyentes que el debido ejercicio de la luz espiritual y de la fe que nos lleva a experimentar satisfactoriamente la participación singular de Cristo en esta institución santa.

Con la iglesia y todos sus asuntos principales ha ocurrido lo mismo entre ellos, por haber perdido lo que pertenecía a su constitución primitiva, o por haber renunciado a ello. En su lugar han erigido una imagen deformada, como mostrare en algunos ejemplos.

Es un principio de verdad incuestionable que la Iglesia de Cristo es, en sí misma, un cuerpo, que tiene una cabeza de la que depende, y sin la que se vería inmediatamente disuelto.

Un cuerpo sin cabeza no es sino un cadáver o parte de él. Esta cabeza debe estar siempre presente con él. Una cabeza distante del cuerpo —separada de él, que no este unida a él por los medios y maneras propias de su naturaleza— no tiene utilidad alguna. Véase Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:19.

Pero existe una doble noción de cabeza, como también la hay de cuerpo, porque ambos son naturales o políticos. Hay un cuerpo natural y uno político. Y, en cada uno de estos sentidos, debe tener una cabeza del mismo tipo. Un cuerpo natural debe tener una cabeza de influencia vital, y un cuerpo político debe tener una cabeza de dominio y gobiemo. A la iglesia se le llama cuerpo y —comparándola con lo anterior— es un cuerpo en ambos sentidos, o en ambas partes de la comparación, y en ambas debe tener una cabeza. Puesto que es un cuerpo espiritualmente vivo, si lo comparamos con el natural, debe tener una cabeza de influencia vital, sin la cual no puede subsistir. Y, puesto que es una sociedad ordenada para los fines comunes de su institución, comparándola con el político, debe tener una cabeza de dominio y gobiemo, sin la cual no se pueden conservar ni su ser ni su uso. Pero estas no son sino distintas consideraciones de la iglesia, que, en cada sentido es una sola. No son dos cuerpos, por qué entonces debería tener dos cabezas. Es un cuerpo bajo dos perspectives distintas que no dividen su esencia, sino que declaran la relación distinta de cada una con su cabeza.

Hasta este punto, y de forma general, todos los que se llaman cristianos están de acuerdo: nada es de la iglesia, nada le pertenece que no dependa, o este unido a la cabeza. Lo que sostiene a la cabeza es la verdadera iglesia; aquella que no lo hace, no es una iglesia en absoluto. En esto estamos de acuerdo con nuestros adversarios, es decir, en que todos los privilegios de la iglesia, todo derecho y título de los hombres en ella dependen, totalmente, de la debida relación con su cabeza, según sus distintas consideraciones. Sea esa cabeza quien o lo que sea, lo que no este unido a la cabeza, no dependa de ella o este separado de ella, no pertenece a la iglesia. Solo Cristo Jesús es la cabeza de la iglesia. Porque la iglesia no es sino una aunque, en diversas consideraciones, se compare con dos tipos de cuerpo. La iglesia católica se considera como creyente, o como profesante. Pero la iglesia creyente no es una y la profesante otra. Si imagináis otra iglesia católica aparte de esta, quienquiera que fuere su cabeza, no nos interesa. Pero, de esta iglesia, la única cabeza es Cristo. Solo él responde a todas las propiedades y propósitos de una cabeza adecuada para la iglesia. La Escritura lo afirma de una forma tan positiva y frecuente, y sin la menor insinuación, directa o indirecta a otra cabeza, que es formidable ver que alguien lo pueda imaginar en su mente y desecharlo en la Biblia.

Pero, así como la cabeza debe estar presente con el cuerpo, o este no puede subsistir, la pregunta es: ¿En qué forma está presente el Señor Jesucristo con su iglesia? Y la Escritura no ha dejado posibilidad de duda en cuanto a esto. Lo está por su Espíritu y por su palabra, mediante los cuales comunica continuamente todos los poderes y las virtudes de una cabeza. Por este medio y de esta manera, multiplica las promesas de su presencia a la iglesia. De esto dependen su ser, su vida, su uso y su continuidad. Donde Cristo no está presente por su Espíritu y su palabra, no hay iglesia. Y aquellas que pretenden que sea así, son sinagogas de Satanás. Ellos son inseparables y forman un conjunto en su operación, puesto que él es la cabeza de influencia para la iglesia, así como también es cabeza de gobiemo. En el primer sentido, el Espíritu opera por la palabra y, en este último, la palabra se hace efectiva por el Espíritu. Pero, durante mucho tiempo, el sentido y la comprensión de esto se perdieron en el mundo, entre los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”. La iglesia —reconocían— debe tener una cabeza, sin la cual no puede subsistir. Y confesaron que, en algún sentido, él era cabeza de influencia para esta. No sabían cómo tener una imagen suya, aunque con muchas otras perniciosas doctrinas destruyeron su eficacia y beneficio. Pero no podían entender de qué manera debía él ser la única cabeza de gobierno para la iglesia. No veían como podría ejercer la sabiduría y la autoridad de una cabeza semejante y, por otra parte, sin ella, la iglesia debía quedarse sin cabeza. Decían: “El está ausente y es invisible”. Debían tener a uno al que pudieran ver y al que poder acceder. El está en el Cielo y no saben como dirigirse a él cuando la ocasión lo requiere. Todas las cosas se desordenarían a pesar de tenerle por cabeza. Pensaban: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible. Asimismo, lo adecuado era que esa cabeza tuviera toda la grandeza y la pompa en el mundo que correspondía a la cabeza de una sociedad tan grande y tan gloriosa como la iglesia. No sabían como aplicar estas cosas a Cristo y a su presencia en la iglesia, por su palabra y por su Espíritu. ¿Renunciarán, entonces, al principio de que la iglesia ha de tener una cabeza y un gobernador supremo como el que ellos imaginaban? Esto es algo que no se debe hacer, sino que hay que retenerlo de una forma sagrada. Y no es solamente porque…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

 

Antídoto contra el papado [5]

Todos los cristianos tienen la convicción universal e incuestionable de la existencia de una comunión estrecha e íntima con Cristo, y participacion de él, en la cena del Señor.

No es cristiano quien piense de otro modo. Por consiguiente, desde el principio se consideró, merecidamente, que este era el misterio principal en el programa de la iglesia, porque esta convicción se afirma sobre testimonios divinos infalibles. La comunicación de Cristo en ella y nuestra participación de él, se expresan de tal modo que resultan exclusivas hasta tal punto que no se pueden conseguir de ninguna otra manera ni ordenanza divina; ni en la oración, ni en la predicación, ni en ningún otro ejercicio de fe en la palabra o las promesas. En ella se come el cuerpo y se bebe la sangre de Cristo y esto entraña una incorporación espiritual que solo existe en esta ordenanza. Sin embargo, esta comunión especial y particular con Cristo, y la participación de él, son algo espiritual y místico, por fe; no es carnal ni corporal. Imaginar una participación de Cristo en esta vida, que no sea por fe, es echar por tierra el evangelio. Expresar la verdadera comunicación de sí mismo y los beneficios de su mediación a los que creen, y que esto llegue a ser la comida de sus almas que los nutra para vida eterna, es lo que el mismo define al principio de su ministerio como “comer su came” y “beber su sangre”. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn. 6:53). Sin embargo, muchos se ofendieron al suponer que se refería a comer su carne y beber su sangre de un modo literal, y que les estaba enseñando a ser caníbales. Por tanto, con el fin de instruir a sus discípulos de un modo correcto en cuanto a este misterio, da una regla eterna de la interpretación de dichas expresiones, v. 63: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espiritu y son vida”. Buscar cualquier otro tipo de comunicación con Cristo, o de su carne y sangre, que no sea espiritual es contradecirle en la interpretación que él da de sus propias palabras.

Por consiguiente, esta comunión especial con Cristo y la participación de él son por fe. Si no fuese así, todos los incrédulos deberían participar de Cristo del mismo modo que los creyentes. Esto sería una contradicción, porque creer en Cristo y ser hechos partícipes de él son una misma cosa. Debemos, por tanto, encontrar esta singular participación de Cristo en los actos especiales de la fe, en lo que se refiere a la manifestación especial y particular de Cristo a nosotros en esta ordenanza.

Y estos actos de la fe son muchos y diversos, pero se pueden presentar en cuatro apartados:

1.Actúa en sí misma en obediencia a la autoridad de Cristo en esta institución. Este es el fundamento de toda comunión con Cristo, o participación de él, en todas y cada una de las ordenanzas de adoración divina y, en particular, la de su propia designación soberana. Se debe hacer en aquellas circunstancias (en cuanto a tiempo, ocasión y manera) que requieren actos especiales de fe. La institución de esta ordenanza se produjo en el desenlace de su ministerio u oficio profético en la tierra, y cuando empezó a ejercer su oficio sacerdotal ofreciéndose a si mismo en sacrificio a Dios por los pecados de la iglesia. En ese intervalo y con el fin de que ambos fueran eficaces para nosotros, interpuso un decreto de su oficio real al instituir esta ordenanza. Y esto fue “la misma noche en que fue entregado”, cuando su corazón santo estaba en el más elevado ejercicio de celo por la gloria de Dios y compasión por las almas de los pecadores. La fe tiene, en esto, un respeto especial hacia todas estas cosas. No actua solamente por sujeción del alma y la conciencia a la autoridad de Cristo en la institución, sino que también respeta el ejercicio de su autoridad en el desenlace de su oficio profético y el inicio del ejercicio de su oficio sacerdotal en la tierra, con todas las demás circunstancias que la recomiendan a las almas y conciencias de los creyentes. Esto es característico de esta ordenanza y, por tanto, de la participación de Cristo. En ella la fe, ejercida como es debido, proporciona al alma una conversación intima con Cristo.

2.En esta ordenanza divina existe una representación particular del amor y la gracia de Cristo en su muerte y sufrimientos, en cuanto al medio y a la forma de nuestra reconciliación con Dios por su sangre. Sin embargo, la representación de ambos es tan eminente que no se puede hacer solo de palabra. Es una imagen espiritual de Cristo que se nos propone y que afecta, íntimamente, a toda nuestra alma. Estas cosas —es decir, el inefable amor y la gracia de Cristo; la amargura de sus sufrimientos y muerte en nuestro lugar; el sacrificio que ofreció a Dios por su sangre, con su efecto de expiación y reconciliación—, reunidas aquí en una propuesta completa para nuestras almas, hacen que la fe se ejercite de una manera especial como en ninguna [otra] ordenanza divina, o manera de proponérnoslas. En realidad, las Escrituras nos presentan todas estas cosas de forma distinta y por partes para nuestra instrucción y edificación. La luz se creó primero y se difundió por toda la creación, y bastó para iluminarla toda ella de forma general. Sin embargo, fue mucho mas útil, gloriosa y llamativa al ser reducida y contraída en el cuerpo del sol. Lo mismo ocurre con las verdades con respecto a Cristo: cuando se difunden a lo largo de la Escritura son suficientes para iluminar e instruir a la iglesia; pero cuando, por sabiduría e instrucción divina, son contraídas en esta ordenanza, su gustación y eficacia son más eminentes y comunicativas a los ojos de nuestro entendimiento —es decir, nuestra fe— que meras propuestas parciales en la Palabra. De este modo, la fe conduce al alma a una comunión particular con Cristo y, en ella, participa de él de una manera especial.

3.Aquí, la fe respeta la manera particular de la comunicación y de manifestarse Cristo a nosotros por símbolos o signos externos perceptibles que son el pan y el vino. En su elección encuentra la sabiduría divina y soberanía de Cristo, no teniendo otro fundamento en la razón o la luz de la naturaleza. Y la representación que aquí se hace de él junto con los beneficios de su muerte y oblación solo es adecuada para la fe, sin ayuda de los sentidos o la imaginación. Aunque los símbolos sean visibles, los sentidos y la razón no pueden discernir su relación con aquellas cosas que dan a entender. Si él hubiese escogido para este fin una imagen, un crucifijo, o acciones que, por un tipo de semejanza natural y significativa, manifestasen su pasión, lo que el hizo y sufrió, la fe no habría sido necesaria en este asunto. Por tanto, como veremos, son aquellos que, habiendo perdido el uso y el ejercicio de la fe en este menester, han descubierto estas cosas. Además, la fe es la única que abarca la unión sacramental existente entre los signos externos y las cosas que representan, en virtud de la institución divina. De este modo, lo uno [estas últimas] (es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo) se manifiesta realmente y se comunica a las almas de los creyentes del mismo modo que los signos externos lo hacen con sus sentidos corporales. De este modo, por medio del sacramento, los signos llegan a ser para nosotros aquello que las cosas señaladas son en sí mismas, y, por tanto, se las llama por sus nombres. Esto conlleva un ejercicio exclusivo de fe y una participación propia de Cristo, que no se haya en ninguna otra ordenanza. En efecto; los actos de la fe con respecto a la unión y la relación sacramental entre los signos y las cosas que señalan, en virtud de la institución y la promesa divina, son aqui su uso y su ejercicio principal.

4.Existe un ejercicio de fe singular en la recepción de Cristo, puesto que su cuerpo y sangre se nos ofrecen y presentan en sus signos externos. Aunque no contienen fisicamente la carne y sangre de Cristo en ellos ni se transforman en ellas, al participar de ellos Cristo se está manifestando verdaderamente a los que creen. La fe es la gracia que hace que el alma reciba a Cristo y, el medio por el cual lo recibe realmente. “A todos los que le reciben, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Y lo recibe según nos lo propone y manifiesta la declaración y la promesa del evangelio, que es donde se presenta. Lo recibe por el asentimiento de la mente a esta verdad, por medio de la gracia, eligiéndole a él, aferrándose y confiando en él con la voluntad, el corazón y el afecto, en todos los fines de su persona y sus decisiones como mediador entre Dios y el hombre. En su misterioso ofrecimiento sacramental, su cuerpo y su sangre —es decir, en la eficacia de su muerte y sacrificio— en esta ordenanza de adoración, al recibirlo la fe actúa en toda el alma, en todos los propósitos especiales para los cuales se manifiesta a nosotros por este medio y de esta forma. Este no es el lugar adecuado para declarar cuales son estos fines que dan fuerza y eficacia a los actos de la fe en este menester.

He mencionado estas cosas por ser la gran alegación de los papistas de hoy, en nombre de su transubstanciación: si rechazamos la masticación oral o material de la carne de Cristo y beber de su sangre, no existirá ninguna otra manera de participar de Cristo al recibirlo en este sacramento, aparte de la que se hace en la predicación de la palabra. Sin embargo, como veremos, con esto no hacen más que declarar que ignoran este misterio celestial. En la institución divina del culto, los creyentes experimentan esta bendita e íntima comunión con Cristo con gozo inefable y para su satisfacción. Descubren que es la comida espiritual de sus almas que los nutre para vida eterna, mediante la incorporación espiritual con él. Disciernen la verdad de este misterio y experimentan su poder. Aunque al ser cada vez más carnales y destituidos de la luz espiritual junto con la sabiduría de la fe, los hombres perdieron toda experiencia de comunión con Cristo y participación de él en este sacramento. Basándose en los principios de la verdad del evangelio no podían encontrar nada en esto: ningún poder, ninguna eficacia —nada que respondiese a las grandes y gloriosas cosas que se decían sobre ello—, y tampoco era posible que lo hicieran. Y es que ciertamente esto no contiene nada en sí mismo excepto para la fe, así como la luz del sol no significa nada para los que no tienen ojos. Un perro y un bastón son de más utilidad para un ciego que el sol. Tampoco la música más melodiosa representa nada para los sordos. Pero, a pesar de haber perdido esta experiencia espiritual, retuvieron la noción de la verdad: en este sacramento debe haber una participación particular de Cristo distinta de todos los demás medios y formas de la misma gracia.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [4]

pero que el evangelio trajo a la luz y la reveló. Así habla nuestro bendito Salvador mismo a sus discípulos: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habeis pedido en mi nombre; pedid, y recibireis…” (Jn. 16:23-24). Pedir a Dios expresamente en el nombre del Hijo, como mediador, forma parte de la gloria de la adoración del evangelio.

Los ejemplos especiales de esta gloria son mas de los que se pueden enumerar. Podemos
reducirlos principales a estos tres apartados:

1. El hace que la persona de los adoradores y sus deberes, sean aceptos a Dios. Véase Hebreos 2:17-18; 4:16; 10:19.

2. El es el administrador de toda la adoración de la iglesia en el lugar santo en las
alturas, como su gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios. Hebreos 8:2; Apocalipsis 8:3.

3. Su presencia, con y entre los adoradores del evangelio en la adoración, le da gloria. Esto es algo que el declara y promete:

“Si dos de vosotros se pusieran de acuerdo en la tierra de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:19-20). El éxito de las oraciones de la iglesia depende, y surge, de la presencia de Cristo en medio de ellos; el está presente para ayudarlos y consolarlos. Esta presencia de un Cristo vivo, y no la de un crucifijo muerto, da gloria a la adoración divina. Quien no vea la gloria de esta adoración, desde la relación con Cristo, no esta familiarizado con el evangelio ni con toda la luz, las gracias y privilegios que conlleva.

c) Cuando adoramos tenemos acceso a Dios en un solo Espíritu en cuya administración sitúa el apóstol la gloria de esta, en oposición a toda la gloria del Antiguo Testamento. Así es también como lo hace nuestro Señor Jesucristo en el lugar antes referido. Porque:

1. Según la mente de Dios, solo el tiene la capacidad de observarla y cumplirla. La iglesia da gloria a Dios en su servicio divino únicamente porque él le ha comunicado la gracia y los dones para ello. Si dejara de hacerlo, toda adoración aceptable cesaría en el mundo. Pensar en observar la adoración del evangelio sin la ayuda y la asistencia del Espíritu del evangelio es una imaginación lasciva. Pero donde él está, allí hay libertad y gloria (cf. 2 Co. 3; 17:18).

2. Por él, las mentes santificadas de los creyentes se convierten en templos de Dios y,
por tanto, en el sello principal de la adoración evangélica (cf. 1 Co. 3:16; 6:19). Al haber
sido constituido por Dios y, adomado por medio de su Espíritu, este templo esta hecho de
un material mucho mas glorioso que el que cualquier mano de hombre pudiera erigir.

3. Él es quien dirige a la iglesia en la comunión y la conversación interna con Dios en
Cristo, en luz, amor y deleite, con santo valor. El apóstol expresa esta gloria en Hebreos
10:19,21,22.

En estas cosas, pues, consiste la verdadera gloria de la adoración evangélica. De no ser así, carece de toda gloria en comparación con aquella que destacó en la antigua adoración legal.

Y es que el ingenio del hombre jamás fue capaz de realzarla con la mitad de la belleza y gloria externa de la adoración del templo. No obstante, no se trata solamente de que no permita gloria alguna que pueda compararse a la suya, sino que supera de forma indescriptible cualquier cosa que el ingenio y la riqueza de los hombres puedan lograr.

Sin embargo, se requiere una luz espiritual, para poder discemir la gloria de esta adoración y, por medio de ella, experimentar su poder y su eficacia con respecto a los fines de su designación. Esto es algo que tiene la iglesia de los creyentes. Ellos lo ven como un bendito medio de dar gloria a Dios, y de recibir comunicaciones de gracia de parte de él, que son los fines de todas las instituciones divinas de adoración. Y en ello han experimentado su eficacia hasta tal punto, que sus almas disfrutan del descanso, la paz, y la satisfacción. Sienten que, así como su adoración les dirige a una bendita visión, por fe, de Dios en su existencia inefable, con las gloriosas actuaciones de cada una de lastres personas en la dispensación de gracia que llenan sus corazones de una alegría indecible, también se van ejercitando, incrementando y fortaleciendo todas las gracias a medida que las observan con amor y deleite.

Pero toda luz, toda percepción de esta gloria, toda experiencia de su poder se perdieron en su mayoría en el mundo. En todos estos casos tengo en mente la apostasía papal. Los responsables de dirigir la religión, no podían discernir gloria alguna en estas cosas ni experimentar su poder.
Cualquiera que fuere la adoración, no podían ver gloria en ella, ni sus mentes quedaban satisfechas, porque, no teniendo luz para discenir su gloria, tampoco podían experimentar su poder ni su eficacia.

¿Qué hacer, entonces? Se debía retener la noción de que la adoración divina ha de ser bella y gloriosa, debe ser retenida, pero no conseguian ver nada de esto en la adoración espiritual del evangelio. Por tanto, creyeron necesario fabricar una gloria para ella, o eliminarla del mundo y erigir una imagen de ella que sus mentes carnales consideraran bella y les produjera satisfacción. Con este fin, pusieron en marcha su imaginación para inventar ceremonias, vestiduras, gestos, ornamentos, música, altares, imágenes, pinturas, con prescripciones de gran veneración corporal. A esta pompa la definen como la belleza, el orden y la gloria de la adoración divina. Esto es lo que ven y sienten y, en su opinión, dispone sus mentes a la devoción. Sin esto no saben como mostrar reverencia al propio Dios. Y, cuando esto falta, toda vida, poder, espiritualidad de la adoración en los adoradores —cualquiera que sea su eficacia con respecto a todos susfines propios—, independientemente del orden que sigan según la prescripción de la palabra, ellos la consideran vacía e indecente. No hallan belleza ni gloria en ella. Una vez perdidas esta luz y esta experiencia,se introdujeron elemenfos miserables y ceremonias carnales en la adoración de la iglesia con la intención de hacerla decorosa y bella, mediante ritos y observancias supersticiosas que la han contaminado y corrompido como ocurrió, y sigue sucediendo, en la Iglesia de Roma. Con esto no hicieron mas que sustituirla por una imagen deformada, pero esto les agrada. Pueden ver y sentir la belleza y la gloria que aportan al servicio divino tallas, pinturas, vestiduras bordadas, en salmos musicales, y posturas de veneración.

En su propia imaginación, todo esto incita sus sentidos a la devoción. Sin embargo, en vez de representar la verdadera gloria de la adoración del evangelio, que supera aun a la del Antiguo Testamento, lo único que han conseguido es que no tenga gloria alguna al compararse con ella. Todas las ceremonias y ornamentos inventados con este propósito se quedan indescriptiblemente cortos frente a la belleza, el orden y la gloria de lo que Dios mismo designó para el templo, y ni los paganos jamás consiguieron igualar.

Algunos dirán que las cosas a las que atribuimos la gloria de esta adoración son espirituales e invisibles. Pero esto no es lo que estamos buscando, sino aquello cuya belleza podemos contemplar, y sentirnos conmovidos. Y puede ser que se trate de aquello que estamos condenando abiertamente, al menos algunas de ellas —aunque debo decir que si hay gloria en alguna de ellas, cuanto mas se multipliquen mejor, si es necesario. Lo que nosotros alegamos es lo siguiente: que al no ser capaces los hombres, de discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles por la luz de la fe,se hacen imágenes de ellas, dioses que van delante de ellos. Y se motivan con ellas.
Pero la adoración de la iglesia es espiritual, y su gloria es invisible a los ojos de la came. Tanto nuestro Salvador como los apóstoles testifican así de su celebración: “Os habeis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, a la companía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espiritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:22-24). La gloria de esta congregación, aunque ciertamente superior a la de órganos,
flautas, crucifijos, y vestiduras, no se manifiesta a los sentidos ni a la imaginación de los hombres.

Mi propósito es obviar los rimbombantes atractivos de la adoración de Roma, y las pretensiones de su eficacia para suscitar devoción y veneración por su belleza y decoro. Todo esto no es sino una imagen deformada de aquella gloria que no pueden contemplar. Experimentar y conservar en nuestros corazones el poder y la eficacia de esa adoración de Dios que es en espíritu y en verdad, así como los verdaderos fines de la adoración divina, es lo único que nos protegerá.

Mientras retengamos las nociones correctas en cuanto al objeto adecuado de la adoración del evangelio, y de nuestro acercamiento inmediato a él; del medio y de la forma en que nos aproximemos, a través de la mediación de Cristo y la asistencia del Espíritu; mientras conservemos la fe y el amor, y los ejercitemos como es debido (en la parte que nos corresponde), preservando la experiencia del beneficio y provecho espiritual que nos proporcionan, no resultara fácil persuadirnos a renunciar a todo ello para entregarnos a los brazos de esta imagen sin vida…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [3]

Y es que, en lo que respecta a la representación de Cristo como objeto presente de la fe y del amor del hombre que opera con eficacia en sus afectos, en la Iglesia de Roma hay mil veces más adscritos a ellas que al evangelio en sí. El apóstol escribe sobre todo este asunto: “La justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Más ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 1 0:6-8). La pregunta es: ¿Cómo podemos llegar a ser partícipes de Cristo y, por él, convertirnos en justicia? ¿O cómo podemos sentir interés por él, o tenerle presente con nosotros? El apóstol dice que esto es obra de la palabra del evangelio que se predica y está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestros corazones. Y estos hombres dicen: “iNol, no podemos entender que esto tenga que ser así; no nos parece que sea así; que esta palabra acerque a Cristo hasta nosotros y haga que esté presente con nosotros. Por tanto, subiremos al Cielo para bajar a Cristo; haremos imágenes suyas en su glorioso estado en el Cielo y, así, estará presente con nosotros, o cerca de nosotros. Y descenderemos al abismo para hacer subir a Cristo de entre los muertos; y lo haremos fabricando primero crucifijos y, a continuación, imágenes de su gloriosa resurrección que le traigan de nuevo a nosotros de entre los muertos. Esto ocupará el lugar de la palabra del evangelio que según vosotros es la única útil y efectiva para estos fines”.

Por tanto, resulta evidente que la introducción de esta abominación, destructiva en la teoría y en la práctica para las almas de los hombres, surgió cuando se dejó de experimentar la representación de Cristo en el evangelio y el poder transformador en las mentes de los hombres que la acompaña en los que creen. “Haznos dioses [dicen los israelitas] que vayan delante de nosotros; porque a este Moises [que nos mostró a Dios] no sabemos que le haya acontecido”. ¿Qué queréis que hagan los hombres? ¿Acaso pretendéis que vivan sin sentido alguno de la presencia de Cristo, o de su cercanía, con ellos? ¿Deberán quedarse sin una representación de él?

No, no. Haznos dioses que vayan delante de nosotros —tengamos imágenes con ese propósito—, porque no entendemos de qué otro modo se puede hacer. Y esta es la razón de su obstinación en esta práctica, contra todo medio de convicción. iSi! Desde entonces viven en una perpetua contradicción consigo mismos. Sus templos están llenos de imágenes talladas, como la casa de Micaías “casa de dioses”— y, sin embargo, en ellos se encuentran las Escrituras (aunque en una lengua desconocida para el pueblo), en las que se condena totalmente esta práctica. Uno creería, pues, que están trastornados: escuchan lo que su libro dice y ven lo que hacen en el mismo lugar. Pero nada logrará convencerles hasta que se aparte el velo de la ceguera y de la ignorancia de sus mentes. Mientras no tengan luz espiritual que les capacite para discernir la gloria de Cristo tal como la representa el evangelio, y para experimentar el poder y la eficacia transformadora de dicha revelación en sus propias almas, nunca se desprenderán de ese medio que les parece útil para conseguir el mismo fin, y que se adecua a su inclinación. Pase lo que pase, aunque les cueste sus almas, jamás se desprenderán de algo que a su modo de ver resulta tan útil para su grandioso fin de acercar a Cristo hasta ellos, para cambiarlo por algo en lo que no encuentran nada de esto y cuyo poder no pueden experimentar en modo alguno.

Pero el propósito principal de este discurso es advertir a otros de estas abominaciones e indicarles el camino para evitarlas. Si se viesen externamente instigados a la práctica de esta idolatría, cualquier afecto carnal, ciega devoción o superstición que haya en ellos se aprovechará rápidamente para conspirar contra sus convicciones. Entonces, lo único que podrá protegerlos será haber experimentado la eficacia de la representación de Cristo que se hace en el evangelio. Por consiguiente, la sabiduría y el deber de todos los que deseen estabilidad en la profesión de la verdad están en esforzarse continuamente por obtener esta experiencia y seguir progresando en ella. Aquel que viva en el ejercicio de la fe en el Señor Jesucristo, y del amor a él, tal como revela el evangelio, claramente crucificado y exaltado, y compruebe el resultado de ello en su propia alma, será preservado en el tiempo de la prueba. Sin esto, los hombres acabarán pensando que más vale tener un Cristo falso que ninguno en absoluto. Al no ser capaces de encontrar nada en el evangelio, se figurarán que se debe encontrar algo en las imágenes.

Sección 2

Que la adoración de Dios debería ser bella y gloriosa es una noción predominante de verdad.

La misma luz de la naturaleza parece dirigirmos a este tipo de conceptos. Todo lo que no sea así se puede rechazar, en justicia, por ser impropio de la majestad divina. Por tanto, cuanto más santa y celestial pretenda ser una religión, más gloriosa es la adoración que en ella se prescribe, o así debería ser. En efecto, la verdadera adoración de Dios es el punto más alto y la excelencia de toda la gloria de este mundo. No es inferior a nada, excepto a lo que está en el Cielo, de lo cual es el comienzo, el camino y la mejor preparación. En consecuencia, hasta dicha adoración se declara gloriosa y, esto, de forma eminente sobre toda la adoración externa del Antiguo Testamento, en el tabernáculo y en el templo cuya gloria era enorme, y su pompa externa inimitable. Con este propósito, el apóstol debate extensamente en 2 Corintios 3:6-11. Se acuerda, por tanto, que debería haber belleza y gloria en la adoración divina, y de forma eminente en lo que ordena y requiere el evangelio. Pero, el apóstol declara además, en el mismo lugar, que esta gloria es espiritual y no carnal. Así predijo nuestro Señor Jesucristo que había de ser y que, a tal fin, cualquier distinción de lugares junto con sus ventajas y ornamentos extemos inherentes debían ser abolidos (cf. Jn. 4:20-24). Por tanto, forma parte de nuestro propósito presente dar una breve explicación de su gloria, y señalar en que supera a todas las demás maneras de adoración divina habidas en el mundo, incluida la del Antiguo Testamento que fue de institución divina, y en la que todas las cosas fueron ordenadas “para belleza y gloria”. Se pueden resumir en los puntos siguientes:

1. Dios es su objeto expreso no considerado de manera absoluta, sino como existente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es la glo ria principal de la religión cristiana y su adoración. Bajo el Antiguo Testamento, las concepciones de la iglesia sobre la existencia de la naturaleza divina en personas distintas eran muy oscuras y difusas. La revelación completa no se haría sino en las distintas actuaciones de cada una de esas personas en las obras de redención y salvación de la iglesia —es decir, en la encarnación del Hijo y la misión del Espíritu después de que el fuera glorificado— (cf. Jn. 7:39). Por tanto, en ninguna de las maneras de adoración natural hubo jamás el más mínimo atisbo de respeto hacia este concepto. Sin embargo, este es el fundamento de toda la gloria de la adoración evangélica. Su objeto, en la fe del adorador, es la sagrada Trinidad, y consiste en una atribución de gloria divina a cada una de las personas, en la misma naturaleza individual, por el mismo acto de la mente. Cuando esto falta, la adoración religiosa carece de toda gloria.

2. Su gloria consiste en el respeto constante hacia cada una de las personas divinas, por su obra y sus actuaciones particulares para la salvación de la iglesia. Se describe como sigue: “Por medio de él [es decir, el hijo como mediador] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:18). Esta es la gloria inmediata de la adoración evangélica que abarca todas las gracias y privilegios del evangelio. Suponer que su gloria consiste en cualquier cosa que no sea la luz, las gracias y los privilegios que ella misma exhibe, es una imaginación vana. No tomará prestada la gloria que proceda de la invención de los hombres. Por tanto, consideraremos brevemente como la presenta aquí el apóstol:

a)Bajo esta perspectiva, su objeto máximo es Dios como el Padre: “Tenemos acceso [en ella] al Padre”. Y, en nuestra adoración, considerar a Dios como Padre —por toda la dispensación de su amor y gracia a través de Jesucristo, al ser su Dios y nuestro Dios, su Padre y nuestro Padre— es característico de la adoración del evangelio, y contiene el indicio clave de su gloria. Nosotros no solo adoramos a Dios como Padre —hasta los paganos tenían la noción de que él era el Padre de todas las cosas—, sino que veneramos al que es el Padre, porque serlo en lo que respecta al engendramiento eterno del Hijo así como en la comunicación de la gracia, por medio de él, a nosotros como nuestro Padre. Así, “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, el le ha dado a conocer” (Jn. 1: 1 8). Este acceso que tenemos en la adoración a la persona del Padre, en el Cielo, lugar santo en las alturas, y en un trono de gracia, es la gloria del evangelio. Véase Mateo 4:9; Hebreos 4:16; 10:19-21.

b)El Hijo se considera aquí como Mediador: a través de él tenemos entrada al Padre. Esta es la gloria que se mantuvo oculta en épocas anteriores…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra El Papado [2]

Como veremos, de este modo casi se perdió por completo la verdad de la religión en el mundo. Sin embargo, no llegará a perderse ni de otra manera ni por ningún otro medio. Cuando las iglesias o las naciones poseen la verdad y la profesan, no habrá leyes ni multas, ni encarcelamientos, ni horcas, ni hogueras que las desposean o priven de ella. Aunque se siguió experimentando el poder de la religión en los tiempos primitivos, toda la ira sangrienta y la crueldad del mundo, la astucia de Satanás y la sutileza de los seductores, que abundaban, fracasaron rotundamente en su intento de privar a los cristianos de la verdad y de su profesión. Sin embargo, cuando comenzó a decaer y a perderse entre ellos, fueron rápidamente engañados y apartados de la simplicidad del evangelio. En cuanto a la reforma de la religión en estas partes del mundo —cuando la verdad se recibía en su amor y poder, y las multitudes experimentaban el beneficio y el provecho espiritual que recibían por ella en libertad, santidad y paz—, todas las prisiones, torturas, espadas y hogueras empleadas para su extirpación no hicieron más que difundir su profesión y arraigarla con más firmeza en las mentes de los hombres. De esta forma no se pudo perder; tendría que ser de otra manera y por otros medios. Los jesuitas y sus asociados llevan cien años ideando métodos y artes para desposeer a naciones e iglesias de la verdad recibida, e introducir la superstición romana. Han escrito libros acerca de ello, y actuado según sus principios en cada reino y estado de Europa de religión protestante. Pero la necedad de la mayoría de sus pretendidas artimañas y maquinaciones para este fin, ha sido ridícula y sin éxito. Y lo que han añadido a esto de fuerza se ha derrotado por mediación divina. Solo existe una manera, un motor efectivo para privar a cualquier pueblo de profesar la verdad que un día recibió: conducirlo por una vida profana y de ignorancia que les impida experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas y, con ello, les prive de todo sentido del provecho que podrían haber tenido por ella. Cuando esto ocurre, los hombres se deshacen de la profesión de la religión con la misma facilidad con la que dejan la ropa de abrigo en verano.

Se debate mucho sobre la existencia de un complot y una conspiración para destruir la religión protestante e introducir, de nuevo, el papado entre nosotros. Quiénes se ocupan de los asuntos públicos harían bien en tener cuidado con esto, pero, en lo referente a la acción, solo hay una conspiración que se deba temer: la que hay entre Satanás y las concupiscencias de los hombres. Si consiguen prevalecer y privar a los hombres, en términos generales, de experimentar en sus propias mentes el poder y eficacia de la verdad, con el provecho espiritual que de ella puedan obtener, los convertirá en presa fácil para los demás maquinadores. Con este propósito se utilizan dos motores: la ignorancia y la vida profana, o sensual. Siempre que uno de ellos prevalezca, se perderá y se excluirá de necesidad la experiencia procurada. Los medios para prevalecer son: la carencia de la instrucción debida por parte de los líderes del pueblo, y el fomento de la sensualidad a causa de la impunidad y de los grandes ejemplos. Esta es la única conspiración formidable contra la profesión de la verdad en esta nación, sin cuya ayuda todo poder y fuerza se verán finalmente frustrados. Y puesto que, según puede parecer, cuentan con el permiso divino para tal estado de cosas en la actualidad, entre nosotros, si además las dirige el consejo, y la ignorancia y la sensualidad se apoyan y promueven con este mismo fin, al haberse perdido el poder de la verdad, resultará fácil renunciar a su profesión: solo la gracia soberana puede detener este propósito. Y es que el principio que hemos declarado es irresistible en razón y experiencia, es decir, que al dejar de experimentar el poder de la religión, de una manera u otra, el resultado será la pérdida de la verdad de la religión y su profesión. ¿Qué ha causado que tantas opiniones corruptas hayan hecho tal incursión en la religión protestante y su profesión? ¿Acaso no será porque muchos han dejado de experimentar el poder y la eficacia de la verdad, apartándose así de ella? ¿Cómo es que la profanidad y la sensualidad de vida, con toda suerte de concupiscencias corruptas de la carne, han crecido, para verguenza de la profesión? ¿No será por la misma razón que el apóstol declara expresamente? (cf. 2 Timoteo 4:2-5). De una manera u otra, la pérdida de la experiencia del poder de la verdad desembocará en la pérdida de su profesión.

Pero procedo con el particular que me propongo en la Iglesia de Roma; a día de hoy, su religión no es sino una imagen muerta del evangelio erigida sobre la pérdida de la experiencia de su poder espiritual, deponiendo su uso, adecuándose al gusto de los hombres, carnales, ignorantes y supersticiosos. Demostraré esto con toda clase de ejemplos, en lo referente a: 1. La persona y los oficios de Cristo; 2. El estado, el orden y la adoración de la Iglesia; y 3. Las gracias y deberes de obediencia requeridos en el evangelio. Mi propósito principal es demostrar cuál es la única manera y el medio de guardar nuestras almas —ya sea una iglesia o una nación— para que no las atrape y las venza el papado.

Sección 1

En su persona y su gracia, se ha de proponer a Cristo el Señor a los hombres y representarlo ante ellos como el principal objeto de su fe y amor, esto es una noción general de verdad.

En su persona divina, es absolutamente invisible para nosotros y, en su naturaleza humana, está ausente, ya que el Cielo debe recibirle “hasta el tiempo de la restitución de todas las cosas”. Por tanto, debemos hacemos una imagen o representación de él en nuestras mentes o no podría ser el objeto adecuado de nuestra fe, confianza, amor y deleite. Esto es exactamente lo que se hace en el evangelio y en predicación del mismo, porque lo “presenta claramente” ante nuestros ojos como “crucificado” entre nosotros (cf. Gd. 3:1), y, del mismo modo, plantea todas las demás cuestiones sobre su persona y oficios con claridad. ¡Si! Este es el fin principal del evangelio: representar debidamente la persona, los oficios, la gracia y la gloria de Cristo a las almas de los hombres para que crean en él y, “creyendo, tengan vida eterna” (cf. Jn. 20:31). Sobre esta representación de Cristo y su gloria que hacen el evangelio y la predicación del mismo, los creyentes experimentan el poder y la eficacia de la verdad divina que contiene, en la manera antes mencionada, como declara el apóstol: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Con esa luz espiritual para discernir y contemplar la gloria de Cristo, representada en el espejo del evangelio, experimentan su poder transformador y su eficacia que los cambian a la semejanza de esa imagen que les ha sido presentada —es decir, de Cristo mismo— que es el efecto salvífico del poder del evangelio. Pero esta luz espiritual se perdió entre los hombres por la eficacia de su oscuridad e incredulidad. No conseguían descubrir la gloria de Cristo según la revela y la plantea el evangelio, con el fin de convertirlo a él en el objeto presente de su fe y su amor. Una vez perdida esta luz, ya no podían experimentar en modo alguno el poder de la verdad divina en cuanto a ser cambiados a su imagen. Ya no podían descubrir algo impresionante o conmovedor en cuanto a él en la Escritura. Todo su contenido les resultaba oscuro y confuso o, como poco, parecían ser un misterio inaccesible que no podían llevar a la práctica. Por consiguiente, los responsables de dirigir publicamente la religión, apartaron a la gente de la lectura de la Escritura, como si fuera algo inútil y más bien peligroso para ellos. ¿A qué se dirigirán, entonces, estos hombres? ¿Rechazarán la noción general de que es necesario hacer una representación de Cristo en las mentes de los hombres que encienda su devoción, suscite su fe y avive su amor por él? Es imposible hacerlo sin renunciar abiertamente a él y considerar que el evangelio es una fábula. Por tanto, descubrirán otra manera —otro medio para el mismo fin—: la fabricación de imágenes suyas de madera y piedra, u oro y plata, o pintura. Pensaron que, de esta forma, estaría presente para sus adoradores, que esto lo representaría de tal manera que se sentirían inmediatamente impulsados a abrazar la fe y el amor. Para su gran satisfacción, con esto si consiguieron efectos apreciables, porque siendo sus mentes oscuras, carnales y propensas a la superstición —como es la mente de todo hombre naturaleza—, no veían nada en la representación espiritual de él en el evangelio que tuviera poder alguno sobre ellos ni que les afectara en ninguna medida. Por medio de la vista y la imaginación, estas imágenes demostraron operar verdaderamente en sus afectos y, como ellos pensaban, les incitaba al amor de Cristo.

Y este fue el verdadero origen de toda la imaginería de la Iglesia de Roma, así como algo de esta misma naturaleza, en general, lo fue de todo el culto a las imágenes en el mundo. Lo mismo ocurrió con los israelitas en el desierto: cuando hicieron el becerro de oro buscaban tener la representación de una deidad cerca de ellos, de un modo visible que afectara sus almas. Asi lo expresaron ellos mismos en Éxodo 32:1. De este modo, Por encontrarse en este estado, habiendo perdido la luz y la experiencia espiritual, las mentes supersticiosas de los hombres hicieron que se enredaran. Sabían que era necesaria una representación de Cristo que lo convirtiera en el objeto presente de la fe y el amor que los emocionara inmediatamente. No sabían como se hacia esto en el evangelio, como tampoco lo podían entender u experimentar en modo alguno su poder y su eficacia para conseguirlo. Sin embargo, el principio mismo debe ser retenido como aquello sin lo cual no podía haber religión. No obstante, el principio en sí debe retenerse como algo sin lo cual no podría haber religión; por esta razón y para zafarse de esta dificultad, volvieron del revés los mandamientos de Dios, y se dedicaron a fabricar imágenes de Cristo, y a adorarlas. A medida que iban creciendo la oscuridad y la superstición en las mentes de los hombres, y a partir de aquellos pequeños comienzos, esta práctica fue progresando hasta que las imágenes arrebataron, por asi decirlo, la totalidad de la obra de representación de Cristo y de su gloria de manos del evangelio, y se adueñaron de ella. No me estoy refiriendo a ellas ahora como imágenes de Cristo, u objetos de adoración, sino como imágenes muertas del evangelio; es decir, que en cierto modo se han erguido en el lugar y con los fines del evangelio, como medio de enseñanza e instrucción. Ellas harán la obra que Dios había designado para el evangelio.

(Continuará)…

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano.

Antídoto contra El Papado [1]

PREGUNTA: ¿Cómo es el amor práctico a la verdad la mejor protección contra el papado?

“Si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2: 3).

Cuando la falsa adoración prevaleció en la iglesia de antaño, para ruina de esta, Dios la mostró y la representó a su profeta bajo el nombre y la apariencia de “una cámara pintada de imágenes” (Ez. 8:11-12), porque en ella se retrataban todas las abominaciones que contaminaron la adoración de Dios y corrompieron la religión. Todo lo relacionado con la verdad y la adoración divinas han vuelto a tomar el mismo curso en el mundo, especialmente en la Iglesia de Roma. Mi propósito, aquí, es contemplar sus cámaras pintadas de imágenes y mostrar cuáles fueron la ocasión y las circunstancias de su construcción. En ellas veremos toda la abominación que ha corrompido la adoración divina del evangelio y arruinado la religión cristiana. Para ello será necesario establecer algunos principios de verdad sagrada que demuestren, y manifiesten, los fundamentos y las causas de esa transformación de la sustancia y del poder de la religión en la imagen sin vida que, como demostraremos, ha surgido entre ellos. Y puesto que procuro el beneficio, principalmente, de quienes resuelven toda su convicción en la Palabra de Dios, deduciré estos principios del texto en 1 Pedro 2:1-3.

El primer versículo contiene una exhortación, o mandato de santidad universal, que aparta o desecha todo lo que sea contrario a ella: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones”, cuyo dominio se extiende a todos los demás hábitos viciosos de la mente, cualesquiera que sean.

En el segundo hay una profesión del medio por el cual se puede alcanzar este fin, a saber: cómo puede fortalecer la gracia a una persona de manera que consiga desechar toda inclinación y práctica pecaminosa contrarias a la santidad, como se nos requiere (es decir, la palabra divina que se compara con la comida, medio preservador de la vida natural que aumenta su fuerza): “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis”.

Sobre esto, el apóstol procede a declarar en el versículo tres la condición de la que dependen nuestro beneficio, crecimiento y prosperidad por la palabra y que es haber experimentado su poder, puesto que es el instrumento por el cual Dios nos comunica su gracia: “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor”. Véase 1 Tesalonicenses 1: 5. En esto reside el primer principio esencial de nuestra subsiguiente demostración:

Principio 1: Todo beneficio y provecho que cualquier hombre reciba, o pueda recibir, por la palabra o las verdades del evangelio dependen de experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas.

Este principio es evidente en sí mismo y no puede ser cuestionado por nadie, excepto por quienes nunca tuvieron el menor sentido verdadero de religión en sus propias mentes. Además, está evidentemente contenido en el testimonio del apóstol antes declarado. Junto a este se dan por sentados otros tres principios de igual evidencia implicitamente contenidos en él.

Principio 2: Hay poder y eficacia en la Palabra y en su predicación. “No me averguenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación” (Ro. 1:16).

Tiene un poder divino, el poder de Dios, que la acompaña y se manifiesta en ella para sus fines propios: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz” (He. 4: 12).

Principio 3: El poder de la Palabra de Dios consiste en su eficacia para comunicar la gracia de Dios a las almas de los hombres.

En y por Él, gustan la benignidad del Señor. Esa es su eficacia para alcanzar sus fines propios, es decir, la salvación con todo lo que ella requiere: la iluminación de nuestra mente, la renovación de nuestra naturaleza, la justificación de nuestras personas, la vida de Dios en adoración y obediencia santas que nos conduzcan al pleno disfrute eterno de Él. Estos son los fines para los cuales el evangelio está diseñado en la sabiduría de Dios y a los cuales se limita su eficacia.

Principio 4: Se puede experimentar el poder y la eficacia de la palabra.

En el pasaje del apóstol se define como “gustar”. Pero antes de la gustación, que es como se denominaba concretamente, existe algo que la causa y que es inseparable de ella; por tanto, se trata de algo que pertenece a la experiencia de la que hablamos:

1. Lo primero que aquí se requiere es luz, una luz espiritual y sobrenatural que nos capacite espiritualmente para discernir la sabiduría, la voluntad y la mente de Dios en la Palabra. Sin ella no podemos experimentar su poder en forma alguna. Por consiguiente, el evangelio está oculto a los que perecen, aunque se les declare externamente (cf. 2 Co. 4:3). Este es el único medio que introduce en la mente y la conciencia un sentido de esta eficacia. El apóstol ruega, en nombre de los creyentes, que puedan recibirla y que vaya en aumento para que tengan esta experiencia (cf. Ef. 1:16-19; 3:16-19), y declara su naturaleza (cf. 2 Co. 4:6).

2. La gustación que se procura viene después de esto. En ella consisten la vida y la sustancia de la experiencia suplicada. Y esta gustación consiste en un sentido espiritual de la bondad, del poder y de la eficacia de la palabra, y todo lo que ella contiene; en la transmisión de la gracia de Dios a nuestras almas; en los particulares mencionados y otros más de similar naturaleza. Y es que, en la gustación hay dulzura al paladar y satisfacción del apetito. La una refresca nuestras mentes en esta gustación y, la otra, nutre nuestras almas; los creyentes experimentan ambas cosas. La luz espiritual es la que introduce todo esto en la mente y, sin ella, nada de ello es alcanzable. “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese luz [que resplandezca en vuestros corazones, para iluminación del conocimiento de su gloria] en la faz de Jesucristo” (cf. 2 Co. 4:6).

3. Para completar la experiencia procurada, debe seguirle una conformidad de toda el alma y de la manera de vivir a la verdad de la Palabra, o de la mente de Dios en ella, operada en nosotros por su poder y eficacia. Asi lo expresa el apóstol: “Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por el enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:20-24). A esto le sigue nuestro último principio que es el fundamento inmediato del subsiguiente discurso, o aquello que ha de ser confirmado:

Principio 5: La verdad de la religión se ha perdido por haber dejado de experimentar el poder de la religión. Esto ha causado el rechazo de su sustancia y ha conducido a levantar una sombra, o imagen, en su lugar.

Esta transformación de todo lo que forma la religión comenzó, y procedió, desde esta base. Los responsables de conducirla siempre poseyeron las nociones generales de la verdad que no podían abandonar sin una renuncia total del evangelio mismo. Pero, habiendo perdido toda experiencia de este poder en sí mismos, las transformaron en cosas de una naturaleza muy distinta, destructivas para la verdad y desprovistas de su poder. Aconteció que se fabricó una imagen muerta de la religión y se levantó en todas sus partes. Recibió el nombre de aquello que era verdadero y vivo, pero que se había perdido irremediablemente. Sin experimentar ya el poder y la eficacia del misterio del evangelio y su verdad en la comunicación de la gracia de Dios a las almas de los hombres, se retuvo una noción general con la que idearon y forjaron una imagen externa, o representación de ella, adecuada a su ignorancia y su superstición…

(Continuará…)

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Deberes Familiares 5

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Objeción: Pero mi marido es inconverso, ¿qué puedo hacer?

Respuesta: En este caso, lo que he dicho antes se aplica con más razón.

Porque,
1. Debido a esta condición, su esposo estará atento para aprovechar sus deslices y debilidades con el fin de echárselo en cara a Dios y a su Salvador.

2. Es probable que interprete de la peor manera, cada una de sus palabras, acciones y gestos.

3. Y todo esto tiende a endurecer más su corazón, sus prejuicios y su oposición a su propia salvación; por lo tanto, como dice Pedro: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa” (1 Pedro 3:1, 2). La salvación o la condenación de su marido depende mucho de su buena conducta delante de él; por lo tanto, si teme a Dios o si ama a su marido,
procure, por medio de su comportamiento lleno de mansedumbre, modestia, santidad y humildad delante de él, predisponerlo a querer su propia salvación y, haciendo esto, “porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido?” (1 Cor. 7:16).

Objeción: Pero mi marido, no sólo es inconverso, sino que es un contencioso, malhumorado y cascarrabias, sí, tan contencioso, que no sé cómo hablarle ni cómo comportarme en su presencia.

Respuesta: Es cierto que algunas esposas viven en una verdadera esclavitud en razón de sus esposos impíos y, como tales, deben inspirar lástima y oraciones a su favor, de manera que sean, tanto más cuidadosas y sobrias, en todo lo que hacen.

1. Por lo tanto, sea muy fiel a él en todas las cosas de esta vida.

2. Sea paciente con su conducta desenfrenada e inconversa. Usted está viva, él está muerto; usted está bajo la gracia, él bajo el pecado. Ahora, entonces, teniendo en cuenta que la gracia es más fuerte que el pecado y la virtud que lo vil, no se deje vencer por su vileza, en cambio, vénzala con sus virtudes (Rom. 12:12-21). Es una vergüenza que los que viven bajo la gracia, sean tan habladores, como los que no la tienen: “El que tarda en airarse es grande de entendimiento; Mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad” (Prov. 14:29).

3. Si en algún momento desea hablar a su esposo para convencerle acerca de algo, sea bueno o malo, sepa discernir el momento propicio: Hay “tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Ecl. 3:7). Ahora bien, con respecto a encontrar el momento propicio:

1) Considere su estado de ánimo y acérquese a él en el momento que más lejos esté de esas sucias pasiones que la afligen. Abigail no quiso decirle ni una palabra a su esposo ebrio hasta que se le pasara el efecto del vino y estuviera sobrio (1 Sam. 25:36, 37). No hacer caso de esta observación es la razón por la que se habla mucho y se logra poco.

2) Háblele en esos momentos cuando el corazón de él se siente atraído a usted y cuando da muestras de su cariño y de lo complacido que se siente con usted. Esto es lo que hizo Ester con su marido el rey y prevaleció (Ester 5:3, 6; 7:1, 2).

3) Esté atenta para notar cuándo las convicciones despiertan su conciencia y sígalas con dichos profundos y certeros de las Escrituras. En forma parecida trató la esposa de Manoa a su esposo (Jue. 13:22, 23).

Aun entonces:

a. Sean pocas sus palabras.
b. Y ninguna de ellas disfrutando cuando puede echarle en cara algo. En cambio, diríjase aun a él como su cabeza y señor, con ruegos y súplicas.
c. Y todo en tal espíritu de comprensión y un corazón tan lleno de afecto por su bien, que su forma de hablar y su conducta al hablarle, le sea claro a él que habla por cariño, que es sensible a la desdicha de él y que su alma está inflamada del anhelo de que sea salvo.
d. Y apoye sus palabras y su conducta con oraciones a Dios, a favor de su alma.
e. Manteniendo usted una conducta santa, casta y modesta ante él.

Objeción: Pero mi esposo es estúpido, un necio que no tiene la inteligencia suficiente para desenvolverse en este mundo.

Respuesta:
1. Aunque todo esto sea cierto, tiene que saber que él es su cabeza, su señor y su esposo.

2. Por lo tanto, no quiera ejercer su autoridad sobre él. Él no fue hecho para usted, para que usted tenga dominio sobre él, sino para ser su esposo y ejercer su autoridad sobre usted (1 Tim. 2:12; 1 Cor. 11:3, 8).

3. Por lo tanto, aunque en realidad tenga usted más discernimiento que él, debe saber que usted y todo lo que es de usted, debe ser usado bajo su esposo; “en todo” (Ef. 5:24).

Cuídese, entonces, de que lo que usted hace no aparezca bajo su nombre, sino bajo el de él; no para su propia exaltación, sino para la de él; haciendo todo de modo que por su destreza y prudencia, nadie pueda ver ni una de las debilidades de su esposo: “La mujer virtuosa es corona de su marido; mas la mala, como carcoma en sus huesos” (Prov. 12:4) y así entonces, como dice el sabio: “Le da ella bien y no mal, todos los días de su vida” (Prov. 31:12).

4. Por lo tanto actúe como si estuviera, y de hecho esté, bajo el poder y la autoridad de su marido.

Ahora tocante a su conducta con sus hijos y sirvientes. Usted es una madre y la señora de su casa, y debe comportarse como tal. Y además, al considerar a la mujer creyente como una figura de la iglesia, debe, como la iglesia, nutrir y enseñar a sus hijos, sus sirvientes y, como la iglesia, también dar razón de sus acciones y, ciertamente, al estar la esposa siempre en casa, tiene una gran ventaja en ese sentido; por lo tanto, hágalo y el Señor prosperará su quehacer.

Continuará …

Tomado del folleto “Christian Behavior”
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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

Testimonio de la buena profesión de Alexís Barón von Roenne 2

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Continuación de …

Carta de despedida a su madre

Berlín, 11 de octubre de 1944. Al atardecer.

Así que no temas en modo alguno. Padre solía contarme que nuestro abuelo, en su lecho de muerte, rechazó una medicina sedante con las palabras: “Se tiene que soportar todo”. ¡Él permaneció tan soberano por encima de la muerte, fue magnífico!

Hace ya una semana que he estado esperando la muerte día a día; en este momento, por ejemplo, la espero mañana, y el Señor en su inmensa misericordia me ha librado de todo terror. Todo el día oro y pienso en perfecta calma y casi exclusivamente acerca de él y, al mismo tiempo, desde luego, sobre quienes son muy queridos para mí. Tengo buen apetito, me gozo en tomar el sol, y he tratado de librarme del mundo solo en la medida en que he dejado de leer y, tanto como me es posible, de mantener mis pensamientos fuera de todos los asuntos militares y políticos, y a disposición solo del Salvador. Voy a la cama temprano, en oración; duermo pacífica y profundamente, como un niño, toda la noche, e inmediatamente después de despertarme me vuelvo a él. Con todo esto, en lo espiritual me siento completamente libre y, aún más, aparte de mis pensamientos acerca de mi esposa y mis dos pequeños niños, soy un hombre completamente feliz, fenómeno que a menudo se considera asombroso aquí y que tiene su explicación en él.

Al principio me proponía encontrar modos que me dieran fuerza y una disposición gozosa para morir. Después, de pronto, Dios me mostró dos medios de ayuda. En primer lugar, tuve que imaginarme mi muerte en toda su realidad y después compararla con la suya. Eso me ha ayudado enormemente: por un lado, la víctima inocente que sufrió voluntariamente una muerte de martirio de muchas horas, a manos de aquellos que él había venido a salvar; por otro lado, un acontecimiento de un momento de duración con el que, en cualquier caso, estaba obligado a enfrentarme en algún momento, quizá de una forma mucho más dolorosa, o tras una larga enfermedad. Obtuve esta sugerencia de dos bellos versos: “Cuando las fuerzas me fallen un día,” y especialmente: “Y déjame ver tu figura coronada en Tu agonía”. Por consiguiente, me avergoncé de todas mis inhibiciones y me vi libre de temor. Y después, él me señaló que el momento de la muerte es, al mismo tiempo, por supuesto, el primer momento de la vida en su bendito descanso y en la paz de Dios. Al guardar estos pensamientos firmemente en mi mente, durante días he estado, cada hora, en completa calma y desapego, con pensamientos perfectamente pacíficos y pulso firme, deseando la llegada de mi partido o mi veloz viaje a casa, y estoy completamente confiado en que el breve acontecimiento final estará igualmente irradiado por su indescriptible gracia.

Te escribo esto con tanto detalle, mi querida mamá, porque quizá con ello pueda, actuando a su servicio, darte un poco de ayuda. Desde el comienzo mismo de este último excepcional periodo de gracia (dos meses y medio) no ha habido ninguna duda en mi mente en cuanto a que debo toda esta inmerecida gracia, en muy gran medida, a tus oraciones durante una década, y las palabras no son suficientes para expresar mi gratitud a ti. Considero esta intercesión tuya como el mayor regalo, con mucho, de tu amor sin fin por mí, y en la vida venidera hablaremos de ello con frecuencia. Pero te ruego con todo mi corazón que, por el resto de tu tiempo sobre la tierra, transfieras estas oraciones a Úrsula y a mis dos pequeños. Hazlo, te ruego fervientemente, con el mismo amor y lealtad. Es un indescriptible tesoro que tú estarás dando a mis queridos esposa e hijitos que lo necesitan tan desesperadamente. Estoy seguro de que cumplirás mi deseo.

Continuará …

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Jonathan Watson (The Banner of Truth).