Antídoto contra el papado [6]

Aquí se empleó a fondo el ingenio de los hombres para hallar una imagen de esta comunión espiritual que no podían experimentar en sus mentes. A pesar de todo fueron haciendo una por etapas, y engrandecieron el misterio con palabras y expresiones (aunque no sabían nada de su poder) que respondieran a aquello que iban a levantar en su lugar; acabaron engendrando el horrendo monstruo de la transubstanciación y el sacrificio de la misa. Con esto estipularon que todas aquellas cosas que son espirituales en esta comunión, debían convertirse y actuar como cosas carnales: el pan será el cuerpo físico de Cristo, la boca será la fe, los dientes serán el ejercicio, el vientre será el corazón, y el sacerdote entregará a Cristo en ofrenda a Dios. Jamás se inventó una imagen más vil. En esto no se requiere nada de fe, porque no es más que reforzar la imaginación contra todo sentido y razón. Por este misterio singular de la unión sacramental entre los signos externos y las cosas que señalan —donde los unos se llaman por el nombre de las otras, así como el pan se define como cuerpo de Cristo—, y que la fe discierne en su manifestación y recepción, ellos han inventado para su representación, con una prodigiosa imaginación, la conversión real, o transubstanciación, de la sustancia del pan y del vino en la del cuerpo y la sangre de Cristo, de tal manera que se destruye toda fe, razón y también sentido. En el lugar de aquella reverencia santa de Cristo mismo cuando instituyó esta ordenanza; en la mística manifestación de sí mismo a las almas de los creyentes; en la demostración de su amor, gracia y sufrimientos por ellos, han levantado la espantosa imagen de una adoración y un culto idolatras a la “Hostia” —como la llaman—, para ruina de las almas de los hombres. El Señor Jesucristo, “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”, y designó esta ordenanza en memoria de ello. Pero ellos habían perdido”la luz espiritual por la cual podían discernir la eficacia de aquella ofrenda única que se realizó mucho tiempo atrás. Por tanto, al aplicarla por medio de esta ordenanza para el verdadero perfeccionamiento de la iglesia, han erigido una nueva imagen de ella, en una pretendida repetición diaria del mismo sacrificio, en el cual profesan ofrecer a Cristo otra vez por los pecados de vivos y muertos, para destrucción del fundamento principal de la fe y de la religión. Todas estas abominaciones surgieron tras haber perdido la experiencia de aquella comunión espiritual con Cristo, y la participación de él por la fe, que hay en esta ordenanza de institución divina. Esto arrastró los pensamientos de los hombres a la invención de estas imágenes, para adecuar la noción de verdad a la superstición de sus mentes carnales. Tampoco resulta posible, por lo general, liberarlos de estos encaprichamientos, a menos que le plazca a Dios transmitirles la luz espiritual que les haga discernir la gloria de este misterio celestial, y experimentar la manifestación de Cristo a las almas de los creyentes en él, sin necesidad de aquellos. Con sus innumerables prejuicios y sus inflamados afectos por sus ídolos no solo morarán en su oscuridad contra todo medio de convicción, sino que se esforzarán en la destrucción temporal y eterna de todos los que piensen de otro modo.

Levantaron una vez esta imagen, como la de Nabucodonosor, en esta nación con una ley: que todo aquel que no se inclinare ante ella y la adorare, fuese arrojado en el homo de fuego. ¡Dios no lo permita nunca más! Pero, si así fuere, contra la influencia de la fuerza y el fuego no hay más que una cosa que nos pueda proteger: la verdadera experiencia de una comunicación eficaz de Cristo a nuestras almas en esta santa ordenanza, administrada segun el dispuso. Por tanto, en esto deberíamos esforzarnos con toda diligencia, y no solo como único medio y forma de edificación en esta ordenanza, por medio del ejercicio de la gracia, el fortalecimiento de nuestra fe y la consolación presente, sino como el medio efectivo de nuestra preservación en la profesión de la verdad, y nuestra liberación de los lazos de nuestros adversarios. Aún siendo innegable que esta singular institución, distinta de todas las demás, pretende ser y se ofrece como comunicación y manifestación distintas de Cristo, al insistir en que se deben hacer por la transubstanciación y masticación oral de él, y de ningún otro modo, lo único que podrá protegemos contra sus pretensiones es haber experimentado el poder y la eficacia de la comunión mística con Cristo en esta ordenanza, antes descrita. Por consiguiente, en todo lo que sabemos de la gracia y la verdad no hay nada que deba preocupar más a los creyentes que el debido ejercicio de la luz espiritual y de la fe que nos lleva a experimentar satisfactoriamente la participación singular de Cristo en esta institución santa.

Con la iglesia y todos sus asuntos principales ha ocurrido lo mismo entre ellos, por haber perdido lo que pertenecía a su constitución primitiva, o por haber renunciado a ello. En su lugar han erigido una imagen deformada, como mostrare en algunos ejemplos.

Es un principio de verdad incuestionable que la Iglesia de Cristo es, en sí misma, un cuerpo, que tiene una cabeza de la que depende, y sin la que se vería inmediatamente disuelto.

Un cuerpo sin cabeza no es sino un cadáver o parte de él. Esta cabeza debe estar siempre presente con él. Una cabeza distante del cuerpo —separada de él, que no este unida a él por los medios y maneras propias de su naturaleza— no tiene utilidad alguna. Véase Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:19.

Pero existe una doble noción de cabeza, como también la hay de cuerpo, porque ambos son naturales o políticos. Hay un cuerpo natural y uno político. Y, en cada uno de estos sentidos, debe tener una cabeza del mismo tipo. Un cuerpo natural debe tener una cabeza de influencia vital, y un cuerpo político debe tener una cabeza de dominio y gobiemo. A la iglesia se le llama cuerpo y —comparándola con lo anterior— es un cuerpo en ambos sentidos, o en ambas partes de la comparación, y en ambas debe tener una cabeza. Puesto que es un cuerpo espiritualmente vivo, si lo comparamos con el natural, debe tener una cabeza de influencia vital, sin la cual no puede subsistir. Y, puesto que es una sociedad ordenada para los fines comunes de su institución, comparándola con el político, debe tener una cabeza de dominio y gobiemo, sin la cual no se pueden conservar ni su ser ni su uso. Pero estas no son sino distintas consideraciones de la iglesia, que, en cada sentido es una sola. No son dos cuerpos, por qué entonces debería tener dos cabezas. Es un cuerpo bajo dos perspectives distintas que no dividen su esencia, sino que declaran la relación distinta de cada una con su cabeza.

Hasta este punto, y de forma general, todos los que se llaman cristianos están de acuerdo: nada es de la iglesia, nada le pertenece que no dependa, o este unido a la cabeza. Lo que sostiene a la cabeza es la verdadera iglesia; aquella que no lo hace, no es una iglesia en absoluto. En esto estamos de acuerdo con nuestros adversarios, es decir, en que todos los privilegios de la iglesia, todo derecho y título de los hombres en ella dependen, totalmente, de la debida relación con su cabeza, según sus distintas consideraciones. Sea esa cabeza quien o lo que sea, lo que no este unido a la cabeza, no dependa de ella o este separado de ella, no pertenece a la iglesia. Solo Cristo Jesús es la cabeza de la iglesia. Porque la iglesia no es sino una aunque, en diversas consideraciones, se compare con dos tipos de cuerpo. La iglesia católica se considera como creyente, o como profesante. Pero la iglesia creyente no es una y la profesante otra. Si imagináis otra iglesia católica aparte de esta, quienquiera que fuere su cabeza, no nos interesa. Pero, de esta iglesia, la única cabeza es Cristo. Solo él responde a todas las propiedades y propósitos de una cabeza adecuada para la iglesia. La Escritura lo afirma de una forma tan positiva y frecuente, y sin la menor insinuación, directa o indirecta a otra cabeza, que es formidable ver que alguien lo pueda imaginar en su mente y desecharlo en la Biblia.

Pero, así como la cabeza debe estar presente con el cuerpo, o este no puede subsistir, la pregunta es: ¿En qué forma está presente el Señor Jesucristo con su iglesia? Y la Escritura no ha dejado posibilidad de duda en cuanto a esto. Lo está por su Espíritu y por su palabra, mediante los cuales comunica continuamente todos los poderes y las virtudes de una cabeza. Por este medio y de esta manera, multiplica las promesas de su presencia a la iglesia. De esto dependen su ser, su vida, su uso y su continuidad. Donde Cristo no está presente por su Espíritu y su palabra, no hay iglesia. Y aquellas que pretenden que sea así, son sinagogas de Satanás. Ellos son inseparables y forman un conjunto en su operación, puesto que él es la cabeza de influencia para la iglesia, así como también es cabeza de gobiemo. En el primer sentido, el Espíritu opera por la palabra y, en este último, la palabra se hace efectiva por el Espíritu. Pero, durante mucho tiempo, el sentido y la comprensión de esto se perdieron en el mundo, entre los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”. La iglesia —reconocían— debe tener una cabeza, sin la cual no puede subsistir. Y confesaron que, en algún sentido, él era cabeza de influencia para esta. No sabían cómo tener una imagen suya, aunque con muchas otras perniciosas doctrinas destruyeron su eficacia y beneficio. Pero no podían entender de qué manera debía él ser la única cabeza de gobierno para la iglesia. No veían como podría ejercer la sabiduría y la autoridad de una cabeza semejante y, por otra parte, sin ella, la iglesia debía quedarse sin cabeza. Decían: “El está ausente y es invisible”. Debían tener a uno al que pudieran ver y al que poder acceder. El está en el Cielo y no saben como dirigirse a él cuando la ocasión lo requiere. Todas las cosas se desordenarían a pesar de tenerle por cabeza. Pensaban: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible. Asimismo, lo adecuado era que esa cabeza tuviera toda la grandeza y la pompa en el mundo que correspondía a la cabeza de una sociedad tan grande y tan gloriosa como la iglesia. No sabían como aplicar estas cosas a Cristo y a su presencia en la iglesia, por su palabra y por su Espíritu. ¿Renunciarán, entonces, al principio de que la iglesia ha de tener una cabeza y un gobernador supremo como el que ellos imaginaban? Esto es algo que no se debe hacer, sino que hay que retenerlo de una forma sagrada. Y no es solamente porque…

(Continuará)…
________________________
John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R