Señales y características del hombre piadoso 5ª Parte

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El hombre piadoso demuestra su amor por la Palabra escrita.

1. Por medio de leerla con diligencia: los nobles bereanos escudriñaban diariamente las Escrituras (Hech. 17:11). Apolo era poderoso en las Escrituras. La Palabra es nuestra Carta Magna, debemos leerla diariamente. La Palabra muestra qué es la verdad y qué es el error. Es el campo donde está escondida la Perla de Gran Precio: ¡cuánto  debiéramos escarbar para encontrar esta Perla! El corazón del hombre piadoso es la biblioteca para guardar la Palabra de Dios; mora en abundancia en él (Col. 3:16). La Palabra tiene una tarea doble: enseñarnos y juzgarnos. Los que se niegan a ser enseñados por la Palabra serán juzgados por la Palabra. ¡Oh, que la Palabra nos sea
familiar! ¿Qué si este fuera un tiempo como el de Diocleciano que ordenó por proclamación que la Biblia fuera quemada, o como los días de la Reina Mary de Inglaterra, cuando poseer una Biblia en inglés era pena de muerte?

Conversando diligentemente con las Escrituras, podemos llevar una Biblia en la mente.

2. Por medio de meditación frecuente: “Todo el día es ella mi meditación” (Sal 119:97). El alma piadosa medita sobre la veracidad y santidad de la Palabra. No solo tiene pensamientos pasajeros, sino que empapa su mente de las Escrituras: al meditar bebe de esta dulce flor y fija la verdad santa en su mente.

3. Por medio de deleitarse en ella. Es su recreación. “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jer. 15:16). Nunca nadie ha disfrutado tanto de una comida que le encanta, como disfruta el profeta de la Palabra. Efectivamente, ¿cómo podría un santo escoger otra cosa que deleitarse
grandemente en la Palabra cuando contiene todo lo que es y será siempre de más valor para él? ¿Acaso no se deleita un hijo al leer el testamento de su padre en que le deja todos sus bienes?

4. Por medio de guardarla. “En mi corazón he guardado tus dichos” (Sal 119:11), tal como uno guarda un tesoro para que nadie lo robe. La Palabra es una joya, el corazón es el joyero donde se debe guardar bajo llave. Muchos guardan la Palabra en su memoria, pero no en su corazón. ¿Y para qué guardaría David la Palabra en su corazón? “Para
no pecar contra ti”. Así como uno llevaría consigo un antídoto cuando va a un lugar infectado, el hombre piadoso lleva la Palabra en su corazón para prevenirse de la infección del pecado. ¿Por qué tantos se han envenenado del error, otros de vicios morales, solo por no haber escondido la Palabra como un antídoto santo en su corazón?

5. Por medio de preferirla por sobre todas las cosas como lo más preciado:
a. por sobre el alimento: “Guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job 23:12).

b. por sobre las riquezas: “Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata”   (Sal. 119:72).

c. por sobre toda honra mundana. Es famosa la anécdota del rey Eduardo VI de
Inglaterra, quien, cuando en el día de su coronación le presentaron  Diocleciano (245-313) – emperador romano que persiguió a los cristianos.

6. Por medio de conformarse a ella. La Palabra es el reloj por el cual uno pone la hora de su vida, la balanza sobre la cual pesa sus acciones. El hombre piadoso vive la Palabra en su diario andar. El hombre piadoso ama la Palabra predicada que en realidad es un
comentario de la Palabra escrita. Las Escrituras son el oleo y bálsamo, la predicación de la Palabra es verterlos. Las Escrituras son las especies preciosas, la predicación de la Palabra es el molido de estas especies que producen una fragancia y un placer maravillosos… La predicación de la Palabra es llamada “poder de Dios para salvación”
(Rom. 1:16). Dice la Biblia que así es como Cristo nos habla desde el cielo (Heb. 12:25). El hombre piadoso ama la Palabra predicada en parte por el bien que ha derivado de ella: ha sentido el rocío caer con este maná, y en parte por ser la institución de Dios: el Señor ha designado esta ordenanza para salvarlo.

El hombre piadoso es un hombre que ora. Esto aparece en el texto: “Por esto orará a ti todo santo” (Sal. 32:6). En cuanto la gracia es derramada en el interior, la oración es derramada en el exterior: “Mas yo oraba” (Sal. 109:4). En el hebreo es: “Pero yo oración”. La oración y yo somos uno. La oración es el camino del alma hacia el cielo. Dios
desciende hasta nosotros por medio de su Espíritu, y nosotros subimos a él por medio de la oración. El hombre piadoso no puede vivir sin oración. El hombre no puede vivir sin respirar, tampoco puede el alma si no exhala hacia Dios sus anhelos. En cuanto nace el
infante de gracia, llora; en cuanto Pablo se convirtió: “Porque he aquí, él ora” (Hech. 9:11). Habiendo sido un fariseo, sin duda habría orado antes, pero lo había hecho superficial o livianamente, pero cuando la obra de gracia se había llevado a cabo en su alma, entonces realmente oraba. El hombre piadoso permanece todos los días en el monte de oración, comienza su día con oración, antes de abrir su negocio, le
descubre su corazón a Dios. Antes solíamos quemar perfumes dulces en nuestros hogares; la casa del hombre piadoso es una casa perfumada: extiende el perfume con el incienso de la oración. No comienza ninguna actividad sin buscar a Dios. El hombre piadoso consulta a Dios en todo.

Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil”  en The Sermons of Thomas Watson.
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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de    A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.

 

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Señales y características del hombre piadoso 4ª Parte

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El hombre piadoso es amante de la Palabra: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley” (Sal. 119:97).

El hombre piadoso ama la Palabra escrita.

Crisóstomo compara las Escrituras a un jardín con canteros y flores. El hombre piadoso se deleita en caminar en este jardín y encontrar allí dulce descanso; ama cada rama y cada parcela de la Palabra.
1. Ama la parte consejera de la Palabra, dado que es una guía y una regla para la vida. Contiene credenda et facienda, que significa “cosas para 2 Juan Crisóstomo (347-407) – teólogo y expositor de la iglesia griega primitiva cuyo nombre, Crisóstomo, es un apelativo que significa “Boca de oro”.
2. El hombre piadoso ama la parte intimidante de la Palabra. Las Escrituras, como el Jardín del Edén, porque tiene el árbol de la vida, tiene también una espada flameante en sus portales. Esta es la amenaza de la Palabra: lanza fuego en el rostro de todo el que sigue obstinadamente en sus maldades: “Ciertamente Dios herirá la cabeza de sus enemigos, la testa cabelluda del que camina en sus pecados” (Sal 68:21). La Palabra no tolera la maldad. No deja que el hombre se quede entre el pecado y Dios: la verdadera madre no dejó que el niño fuera dividido en dos (1 Rey. 2:26), y Dios no deja que el corazón se divida.
3. El hombre piadoso ama las amenazas de la Palabra. Sabe que hay amor en cada amenaza; Dios no quiere que ninguno de nosotros se pierda, por lo tanto nos amenaza misericordiosamente, para que, con temor, nos apartemos del pecado. Las amenazas de Dios son como balizas en el mar que indican que hay rocas debajo del agua que son una amenaza de muerte para los que se acerquen. Las amenazas son un freno para que nos detengamos y no sigamos galopando derecho al infierno; hay misericordia en cada amenaza.
4. El hombre piadoso ama cada parte consoladora de la Palabra: las promesas. Se alimenta constantemente de ellas, como Sansón iba por su camino alimentándose de la miel del panal. Las promesas son puro alimento y dulzura, son nuestro aliento cuando desfallecemos, son los cauces del agua de vida. “En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma” (Sal. 94:24). Las promesas eran el arpa de David para espantar los pensamientos tristes; eran los pechos que le daban leche de consolación divina.

El hombre piadoso demuestra su amor por la Palabra escrita.
1. Por medio de leerla con diligencia: los nobles bereanos escudriñaban diariamente las Escrituras (Hech. 17:11). Apolo era poderoso en las Escrituras. La Palabra es nuestra Carta Magna, debemos leerla diariamente. La Palabra muestra qué es la verdad y qué es el error. Es el campo donde está escondida la Perla de Gran Precio: ¡cuánto debiéramos escarbar para encontrar esta Perla! El corazón del hombre piadoso es la biblioteca para guardar la Palabra de Dios; mora en abundancia en él (Col. 3:16). La Palabra tiene una tarea doble: enseñarnos y juzgarnos. Los que se niegan a ser enseñados por la Palabra serán juzgados por la Palabra. ¡Oh, que la Palabra nos sea familiar! ¿Qué si este fuera un tiempo como el de Diocleciano que ordenó por proclamación que la Biblia fuera quemada, o como los días de la Reina Mary de Inglaterra, cuando poseer una Biblia en inglés era pena de muerte? Conversando diligentemente con las Escrituras, podemos llevar una Biblia en la mente.

 

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Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil”. en The Sermons of Thomas Watson.
Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros.

Señales y características del hombre piadoso 3

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Pregunta: ¿En qué encuentra el piadoso su santidad?

Respuesta:

1. En aborrecer la vestidura manchada por la carne (Jud.23). El piadoso se afirma contra la maldad, tanto en sus propósitos como en sus prácticas. Teme a lo que puede parecer pecado (1 Tes. 5:22). La apariencia del mal puede influenciar al creyente débil; si no
profana su propia conciencia, puede ofender la conciencia de su prójimo; y pecar contra él es pecar contra Cristo (1 Cor. 8:12). El hombre piadoso no aprovecha ir hasta donde puede, no sea que vaya más allá de lo que debe.
2. El piadoso descubre su santidad al ser defensor de la santidad: “Hablaré de tus testimonios delante de los reyes, y no me avergonzaré” (Sal. 119:46). Cuando en el mundo se calumnia la piedad, el piadoso se pone de pie para defenderla. Le quita el polvo de
reproche al rostro de la religión. La santidad defiende al piadoso, y el piadoso defiende la santidad. Lo defiende del peligro, y él la defiende de modo que no la avergüencen.
El hombre piadoso es muy exacto e inquisitivo en cuanto a la adoración a Dios. La palabra griega traducida piadoso significa “un adorador correcto de Dios”. El hombre piadoso reverencia las instituciones divinas y prefiere la pureza en la adoración en lugar del esplendor de los ritos… El Señor quiso que Moisés construyera el tabernáculo según el diseño dado en el monte (Éxo. 25:9). Si Moisés hubiera dejado de incluir algo o hubiera agregado algo hubiera sido una provocación. El Señor siempre ha dado testimonios de su
desagrado por todos los que han corrompido el culto a él: Nadab y Abiú “ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová” (Lev. 10:1, 2). Todo aquello que no es ordenado por Dios para el culto a él, lo considera como un fuego extraño. No nos sorprenda que le indigne tanto, como si Dios no tuviera suficiente sabiduría para determinar la manera como se le ha de servir, los hombres pretenden determinarlo, y como si las reglas para la adoración fueran defectuosas, intentan corregirlas y agregarles vez tras vez sus propias invenciones… El hombre piadoso no se atreve a variar el diseño que Dios le ha mostrado en las Escrituras. Esta puede ser una de las razones por las cuales David es llamado un hombre según el corazón de Dios: mantuvo la pureza de la adoración a Dios y en cuestiones sacras no agregó nada de su propia invención.
El hombre piadoso es el que compite para ganar a Cristo como su premio. A manera de ilustración, mostraré que Cristo es precioso en sí: “He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa” (1 Ped. 2:6). Cristo es comparado con cosas muy preciosas. Cristo es precioso en su Persona. Él es la representación de la gloria de su Padre (Heb. 1:3). Cristo es precioso en sus oficios, que son varios rayos del Sol de
Justicia (Mal. 4:2).

1. El oficio profético de Cristo es precioso: Él es el gran oráculo del cielo: Es más precioso que todos los profetas que lo precedieron. Enseña no solo al oído a escuchar, sino también al corazón para que atesore sus palabras. El que tiene la llave de David en su mano abrió el corazón de Lidia (Hech. 16:14).

2. El oficio sacerdotal de Cristo es precioso: Esta es la base sólida de nuestro consuelo: “Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo” (Heb. 9:26). En virtud de este sacrificio, el alma puede presentarse ante Dios con confianza y decir: “Señor, dame el cielo; Cristo me lo compró; colgó en la cruz para que yo pudiera sentarme en el trono”. La sangre de Cristo y el incienso son las dos bisagras sobre las cuales gira nuestra salvación.

3. El oficio legal de Cristo es precioso “Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apoc. 19:16). En lo que a majestad se refiere, Cristo tiene preeminencia sobre todos los demás reyes. Tiene el trono más elevado, la corona de más precio, los dominios más extensos y el reinado más duradero: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo” (Heb. 1:8)… Cristo establece su cetro donde
ningún otro rey lo hace. Gobierna la voluntad y los afectos; su poder obliga la conciencia de los hombres. Si somos competidores para obtener a Cristo como premio, entonces
lo preferimos por encima de todo lo demás. Valoramos a Cristo más que la honra y las riquezas; lo que más anhelamos en nuestro corazón es la perla de gran precio (Mat. 13:46). El que quiere a Cristo como su premio, valora las cosechas de Cristo más que las vendimias del mundo. Considera las peores cosas de Cristo mejor que las mejores cosas del mundo: “Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (Heb. 11:26). ¿Sucede así con nosotros? Algunos dicen que valoran mucho a Cristo, pero prefieren sus tierras y propiedades antes que a él. El joven rico en el Evangelio prefirió sus bolsas de oro antes que a Cristo (Mar. 10:17-22); Judas valoró las treinta piezas de plata más que a él (Mat. 26:15). Es de temer que cuando llega el tiempo de pruebas, muchos prefieren renunciar a su bautismo y descartar la ropa de siervo de Cristo antes que arriesgar por él la pérdida de sus posesiones terrenales.
Si preferimos a Cristo por encima de todas las cosas, no podemos vivir sin él. No podemos arreglarnos sin las cosas que valoramos: uno puede vivir sin música, pero no sin alimento. Un hijo de Dios puede carecer de salud y amigos, pero no puede carecer de Cristo. En la ausencia de Cristo, dice como Job: “Ando ennegrecido, y no por el sol” (Job 30:28). Tengo las más brillantes de las comodidades terrenales, pero quiero el Sol de Justicia. “Dame hijos, o si no, me muero” dijo Raquel (Gén 30:1). Lo mismo dice el alma: “¡Señor, dame a Cristo o muero; una gota del agua de vida para apagar mi sed!”… ¿Acaso
prefieren a Cristo los que pueden andar tranquilos sin él? Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, no nos duele tener que pasar por lo que sea para obtenerlo. Aquel que valora el oro se tomará el trabajo de cavar en la mina para encontrarlo: “Está mi alma apegada a ti (Dios)” (Sal 63:8).

Plutarco reporta que los galos, pueblo antiguo de Francia, una vez que probaron el vino dulce de las uvas italianas, preguntaron de dónde provenía y no descansaron hasta dar con ellas. Todo el que considera precioso a Cristo no descansa hasta obtenerlo. “Hallé
luego al que ama mi alma; lo así, y no lo dejé” (Cantares 3:1-2, 4). Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, renunciaremos por él a nuestras concupiscencias más queridas. Pablo dice de los gálatas, que tanto lo estimaban, que estaban dispuestos a arrancarse sus propios ojos y dárselos a él (Gál. 4:15). El que estima a Cristo se sacará esas concupiscencias, como lo haría con su ojo derecho (Mat. 5:29). El hombre sabio rechaza lo que es veneno prefiriendo un refresco sano; el que valora grandemente a Cristo se despojará de su orgullo, sus ganancias injustas, sus pasiones pecaminosas. Pondrá sus pies sobre el cuello de sus pecados (Jos. 10:24). Piénselo: ¿Cómo pueden valorar a Cristo por sobre todas las cosas aquellos que no dejan sus vanidades por él? ¡Cuánto se burlan y desprecian al Señor Jesús los que prefieren las concupiscencias antes que a Cristo quien los salva! Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, estaremos dispuestos a ayudar a otros a tener parte con él. Anhelamos compartir con nuestro  amigo aquello que consideramos excelente. Si un hombre ha encontrado un manantial de agua, llamará a otros para que beban y satisfagan su sed. ¿Recomendamos a Cristo a otros? ¿Los tomamos de la mano y los conducimos a Cristo? Qué pocos hay que valoran a
Cristo, porque no tienen interés en que otros lo conozcan. Adquieren tierras y riquezas para su posteridad, pero no se ocupan de dejarles la Perla de Gran Precio como su legado…

Oh entonces, tengamos pensamientos afectuosos de Cristo; hagamos que sea él nuestro
principal tesoro y placer. Esta es la razón por la cual millones mueren: porque no valoran a Cristo por sobre todas las cosas. Cristo es la Puerta por la cual los hombres entran al cielo (Juan 10:9). Si no saben de esta Puerta, o si son tan soberbios que se niegan a inclinarse para pasar por ella, ¿cómo, entonces, han de ser salvos?
El hombre piadoso es amante de la Palabra: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley” (Sal. 119:97).
Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil”. en The Sermons of Thomas Watson.
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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros.

Señales y características del hombre piadoso 2

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Aunque Pablo conocía a Cristo, más lo quería conocer: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección” (Fil. 3:10).

Pregunta: ¿Cómo podemos obtener este conocimiento salvador?

Respuesta: No por el poder de la naturaleza. Algunos hablan del alcance que puede tener la razón desarrollada para bien. Ay, la plomada de la razón es demasiado corta para ver las cosas profundas de Dios. Lo mismo pasa con el poder de razonamiento del hombre, que no basta para alcanzar el conocimiento salvador de Dios. La luz de la naturaleza no nos puede ayudar a ver a Cristo, como tampoco puede la luz de una vela ayudarnos a entender. “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios…, y no las puede entender” (1 Cor. 2:14). ¿Qué haremos, entonces, a fin de
conocer a Dios para salvación? Mi respuesta es: “Imploremos la ayuda del Espíritu de Dios”. Pablo nunca se había considerado ciego hasta que lo cegó la luz del cielo (Hech. 9:3). Dios tiene que ungirnos los ojos para que podamos ver. ¿Por qué les iba a pedir Cristo a los de la iglesia en Laodicea que acudieran a él para que los ungiera con colirio
si ya lo podían ver? (Apoc. 3:18). Oh, elevemos nuestro ruego al Espíritu de revelación (Ef. 1:17). El conocimiento salvador no es por especulación, sino por inspiración (Job 32:8). La inspiración del Todopoderoso da comprensión.

Quizá tengamos nociones teológicas excelentes, pero es el Espíritu Santo quien tiene que darnos la capacidad de conocerlas espiritualmente; el hombre puede notar las figuras en un reloj, pero no puede decir qué hora es a menos que la luz lo ilumine. Podemos leer muchas verdades en la Biblia, pero no las podemos conocer para salvación hasta que el Espíritu de Dios nos ilumina. “El Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1 Cor. 2:10). Las Escrituras nos revelan a Cristo, pero el Espíritu nos revela a Cristo en nosotros (Gál. 1:16). El Espíritu da a conocer lo que nada en el mundo puede,  concretamente, la certidumbre del amor de Dios.

El hombre piadoso es un hombre que actúa por fe. Así como el oro es el más precioso entre los metales, la fe lo es entre las gracias. La fe nos corta del olivo silvestre que es la naturaleza y nos injerta en Cristo. La fe es la arteria vital del alma: “Mas el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4). El que no tiene fe, aunque respira, no tiene vida. La fe es la vivificante de las gracias; ninguna gracia se mueve hasta que la fe la agita. La fe es al alma lo que la respiración y los latidos del corazón son al cuerpo: impulsa al resto del organismo. La fe impulsa al arrepentimiento. Cuando creo en el amor que Dios tiene por mí, el hecho de pecar contra un Dios tan bueno me hace derramar lágrimas. La fe es la madre de la esperanza: primero, creemos la promesa, luego la esperamos. La fe es el aceite que alimenta la lámpara de la esperanza. La fe y esperanza son siamesas; si se quita una y otra languidece. Si se corta el nervio de la fe, la esperanza queda lisiada.

La fe es el fundamento de la paciencia, el que cree que Dios es su Dios y que todo obra para su bien, se entrega con paciencia a la voluntad de Dios. Por lo tanto, la fe es un principio vivo, y la vida del santo no es otra cosa que una vida de fe. Su oración es la respiración de la fe (Sgt. 5:15). Su obediencia es el resultado de la fe (Rom. 16:26).
El hombre piadoso vive por fe en Cristo, como el rayo de sol vive en el sol: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gál. 2:20) El cristiano, por el poder de la fe, ve más allá de la lógica, anda más allá de la luna (2 Cor. 4:18). Por fe finalmente se tranquiliza su corazón (Sal. 12:7). Se pone a sí mismo y a todos sus asuntos en las manos de Dios, como en
la guerra los hombres entran a su baluarte y allí se ponen a salvo junto con sus tesoros. Igualmente, el nombre del Señor es torre fuerte (Prov. 18:10). Y el creyente confía plenamente en este baluarte: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Tim. 1:12). Dios confió su evangelio a
Pablo, y Pablo confió a Dios su alma. La fe es un remedio universal para todos los problemas. Es el áncora que se echa al mar de la misericordia de Dios y previene que uno se hunda en la desesperación.

Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil” en The Sermons of Thomas Watson.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.

Señales y características del hombre piadoso 1

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“Por esto orará a ti todo santo [piadoso]” Salmo 32:6.

¿Cómo es el hombre piadoso? Para dar una respuesta completa, describiré varias señales y características específicas del hombre piadoso.

La primera señal fundamental del hombre piadoso se muestra en que es un hombre con conocimiento sabio: “los prudentes se coronarán de sabiduría” (Prov. 14:18). Los santos son llamados vírgenes “prudentes” en Mateo 25:4. El hombre natural puede tener algún
conocimiento superficial de Dios, pero no sabe nada como debiera saberlo (1 Cor. 8:2). No conoce a Dios para salvación; puede conocerlo con la razón, pero no discierne las cosas de Dios de un modo espiritual. El agua no puede ir más arriba de su manantial, el vapor no puede elevarse más allá del sol que lo genera. El hombre natural no puede actuar por encima de su esfera. No puede discernir con certidumbre lo sagrado, así como el ciego no puede discernir los colores. 1. No ve la maldad de su corazón: por más que un rostro sea negro o deforme, bajo un velo no se puede ver. El corazón del pecador es tan negro, que nada excepto el infierno le puede dar su forma, no obstante, el velo de la ignorancia lo esconde. 2. No ve las hermosuras de un Salvador: Cristo es una perla, pero una perla escondida.

El conocimiento del hombre piadoso es vivificante. “Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado” (Sal. 119:93). El conocimiento en la cabeza del hombre natural es como una antorcha en la mano de un muerto, el conocimiento verdadero aviva. El hombre piadoso es como Juan el Bautista: “Antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35). No solo brilla por iluminación, sino que también arde de afecto. El conocimiento de la esposa la hizo estar “enferma de amor” (Cant. 2:5), o “Estoy herida de amor. Soy como el ciervo que ha sido herido con un dardo; mi alma
yace sangrando y nada me puede curar, sino una visión de Él a quien mi alma ama”.
El conocimiento del hombre piadoso es aplicable. “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25). Un medicamento da resultado cuando se aplica; este conocimiento aplicativo es gozoso. Cristo es llamado Fiador (Heb. 7:22). Cuando me estoy ahogando en deudas, ¡qué gozo es saber que Cristo es mi Fiador! Cristo es llamado Abogado (1 Juan 2:1). La palabra griega traducida abogado significa “consolador”.

Versiculo 198

Cuando tengo un caso difícil, ¡qué consuelo es saber que Cristo es mi Abogado, quien jamás ha perdido un caso en una litigación!

Pregunta: ¿Cómo puedo saber si estoy aplicando correctamente lo que sé acerca de Cristo? El hipócrita puede creer que sí lo está haciendo cuando en realidad no es así.
Respuesta: Todo aquel que aplica el evangelio de Cristo, acepta a Jesús y Señor como uno (Fil. 3:8). Cristo Jesús, es mi Señor: Muchos aceptan a Cristo como Jesús, pero lo rechazan como Señor. ¿El Príncipe y el Salvador son uno para usted? (Hech. 5:31). ¿Acepta ser gobernado por las leyes de Cristo al igual que ser salvo por su sangre? Cristo “desde su trono servirá como sacerdote” (Zac. 6:13, Nueva Traducción Viviente). Nunca será un sacerdote que intercede a menos que el corazón de usted sea el trono donde él alza su cetro. Aplicamos bien el evangelio de Cristo cuando lo tomamos como esposo y nos entregamos a él como Señor.

El conocimiento del hombre piadoso es transformador. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Cor. 3:18). Así como el pintor mira un rostro y dibuja uno similar, al mirar a Cristo en el espejo del evangelio somos transformados a similitud de él. Podemos mirar otros objetos que son gloriosos, pero no por mirarlos nos hacen gloriosos; un rostro deforme puede mirar a uno hermoso pero no por eso se convierte él mismo en uno hermoso. El herido puede mirar al doctor y no por eso curarse. En cambio esta es la excelencia del conocimiento divino: nos brinda tal visión de Cristo que nos hace participar de su naturaleza. Como sucedió con Moisés, cuando su rostro resplandeció cuando vio la espalda de Dios porque algunos de los rayos de la luz de su gloria lo alcanzaron.

El conocimiento del hombre piadoso es creciente. “Creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:10). El conocimiento verdadero es como la luz del amanecer que va en aumento hasta su cenit. Tan dulce es el conocimiento espiritual, que más sabe el creyente, más ansía saber. La Palabra llama a esto enriquecerse en toda ciencia
[conocimiento] (1 Cor. 1:5). Más riquezas tiene uno, más quiere tener.

Thomas Watson 8

Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil” en The Sermons of Thomas Watson.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.

Cristo el Sacerdote

Blog18

Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado (Hebreos 9:26).

PREGUNTA: ¿Cómo cumple Cristo el oficio de sacerdote?

RESPUESTA: En que se ofreció una vez y para siempre como sacrificio para satisfacer la justicia divina y reconciliarnos con Dios, y para interceder continuamente por nosotros.

¿Cuáles son los elementos del oficio sacerdotal de Cristo? El oficio sacerdotal de Cristo
consiste de dos elementos: Su satisfacción y su intercesión.
SU SATISFACCIÓN: Esta consta de dos partes: (1) Su obediencia activa: Cumplió toda justicia (Mat. 3:15). Cristo hizo todo lo que la Ley requería. Su vida santa es un comentario perfecto de la Ley de Dios; y es por nosotros que obedeció la Ley. (2) Su obediencia pasiva: Habiéndole sido transferida y cargada a él nuestra culpa, sufrió el castigo que nos correspondía a nosotros. [Vino al mundo] para quitar el pecado por
medio de ofrecerse como sacrificio. El cordero pascual sacrificado era un tipo de Cristo quien se ofreció como sacrificio por nosotros. El pecado no podía ser quitado sin derramamiento de sangre. Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado (Heb. 9:22). Cristo no solo fue un cordero sin mancha, sino un cordero sacrificado.
¿Por qué era un requisito que hubiera un sacerdote? Tenía que haber un sacerdote que fuera un árbitro que mediara entre la criatura culpable y el Dios santo. ¿Cómo podía Cristo sufrir, siendo Dios? Cristo sufrió solo en su naturaleza humana. Pero si solo sufrió la naturaleza humana de Cristo, ¿cómo podía este sufrimiento ser una satisfacción por el
pecado? Estando la naturaleza humana unida a la divina, la naturaleza humana sufrió y la naturaleza divina fue satisfecha. La divinidad de Cristo sostuvo a la naturaleza humana de modo que no desmayó y le otorgó virtud a sus sufrimientos. El altar santifica lo que es ofrecido sobre él (Mat. 23:19). El altar de la naturaleza divina de Cristo santificó
el sacrificio de su muerte y le dio valor infinito.
¿Dónde se manifiesta la grandeza de los sufrimientos de Cristo?
(1) En los sufrimientos de su cuerpo. Sufrió de verdad, no solo en apariencia. El apóstol lo llama “muerte de cruz” (Fil. 2:8)… Pensar en esto hizo que Cristo sudara gotas de sangre en el huerto (Luc. 22:44). La suya fue una muerte ignominiosa, dolorosa y maldita. Cristo sufrió en todos sus sentidos. Sus ojos vieron dos escenas dolorosas: A sus
enemigos insultándole y a su madre llorando. Sus oídos se llenaron de los vilipendios del pueblo. “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar” (Mat. 27:42).

Su olfato sintió el asco de las escupidas en su rostro. Su gusto sufrió cuando le dieron hiel y vinagre para beber. Su sentido del tacto fue lacerado por las espinas de la corona sobre su sien, y por los clavos en sus manos y sus pies. Su cuerpo entero fue una gran herida;
ahora este blanco lirio estaba teñido de púrpura, (2) En los sufrimientos de  su alma. Fue prensado como en una prensa de vino ––la prensa de la ira de su Padre. Esto causó el grito y el clamor desde la cruz: “Dios mío, Dios mío” (Mat. 27:46). Cristo sufrió un eclipse doble en la cruz ––un eclipse del sol y un eclipse de la luz del rostro de Dios. ¡Cuán amarga fue esta agonía!… Cristo sintió los dolores del infierno en su alma, aunque no en ese lugar precisamente, sino de forma parecida. ¿Por qué sufrió Cristo? No por nada que él mismo merecía. “Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí” (Dan. 9:26; Isa. 53:6): fue por nosotros… Sufrió para poder satisfacer la justicia de Dios en nuestro lugar. Nosotros, por nuestros pecados, ofendimos infinitamente a Dios; y, ni con derramar ríos de lágrimas, ni con ofrecer millones de holocaustos y ofrendas quemadas, podríamos haber apaciguado a una Deidad airada. Por lo tanto, Cristo tenía que morir para que la justicia
de Dios fuera satisfecha. Los teólogos debaten acaloradamente si Dios podía haber perdonado el pecado libremente sin un sacrificio. Sin entrar a disputar lo que Dios
podría haber hecho, cuando resolvió que la Ley se satisficiera y que el hombre fuera salvo de un modo justo al igual que misericordioso, se hizo necesario que Cristo diera su vida como un sacrificio.
(1) Para cumplir las predicciones de las Escrituras: “Así fue necesario que el Cristo padeciese” (Luc. 24:46).
(2) Para reconciliarnos con Dios. Una cosa es que a un traidor se le perdone, y otra que llegue a ser un favorito. La Biblia no solo llama sacrificio a la sangre de Cristo, por la cual Dios es aplacado, sino también propiciación, por medio de la cual Dios pasa a ser benevolente y cariñoso con nosotros. Cristo es nuestro propiciatorio desde el cual
Dios nos da respuestas de paz.
(3) Cristo murió para avalar su última voluntad y testamento con su sangre. Cristo dejó muchos legados a los creyentes, que hubieran sido anulados y sin valor si no hubiera muerto y con su muerte confirmado su voluntad (Heb. 9:16).

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Un testamento no es vigente hasta después de la muerte del que lo hizo: La misión del Espíritu, las promesas, esos legados, no entraron en vigor hasta la muerte de Cristo; Cristo con su muerte los selló, y los creyentes tienen derecho a ellos y pueden reclamarlos.
(4) Murió para poder adquirir para nosotros mansiones gloriosas. Por ello, el cielo es llamado no solo una posesión prometida sino una “posesión adquirida” (Ef. 1:14). Cristo murió para darnos una nueva posición, sufrió para que pudiéramos reinar, colgó de la cruz para que pudiéramos sentarnos en el trono. El cielo fue cerrado. La cruz de Cristo es la escalera por la cual ascendemos al cielo. Su crucifixión fue nuestra coronación.
Primer valor: En el sacrificio sangriento de Cristo, vemos la naturaleza horrorosa del pecado. El pecado, de hecho, es aborrecible pues por él Adán fue desterrado del paraíso y los ángeles fueron echados al infierno. Pero lo que lo hace más horroroso es esto: Hizo que Cristo cubriera su gloria y derramara su sangre… Ver el cuerpo sangriento de Cristo debiera indignarnos en contra del pecado… No dejemos que aquello que hizo de Cristo un hombre de dolores sea nuestro gozo.
Segundo valor: ¿Es Cristo nuestro Sacerdote sacrificado? Contemplemos una demostración de la misericordia y justicia de Dios. Podríamos decir como el apóstol: “Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios” (Rom. 11:22).

(1) La bondad de Dios en proveer un sacrificio. Si Cristo no hubiera sufrido en la cruz, habríamos caído en el infierno para siempre, satisfaciendo así la justicia de Dios. (2) La severidad de Dios. Aunque se trataba de su único Hijo, su Hijo amado, y aunque nuestros
pecados les fueron imputados a él, Dios no lo libró de nuestros pecados, sino que su ira se encendió contra él (Rom. 8:32). Si Dios fue así de severo con su propio Hijo, ¡qué terrible será un día con sus enemigos!
Los que mueren siendo impenitentes empedernidos tienen que sentir la misma ira que Cristo sintió, pero como no lo pueden soportar de una sola vez, tienen que soportarla para siempre.

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Tercer valor: ¿Es Cristo nuestro Sacerdote, quien fue sacrificado por nosotros? Entonces veamos el tierno afecto de Cristo para con nosotros, pecadores. “La cruz fue un púlpito desde el cual Cristo predicó su amor al mundo”, dijo San Agustín10. El que Cristo muriera significaba más que si todos los ángeles se hubieran convertido en polvo, y especialmente que Cristo muriera como un malhechor, cargando con el peso de… los
pecados de los hombres, y que muriera por sus enemigos (Rom. 5:10). El árbol de bálsamo destila su preciosa savia para curar a los que lo cortan o queman; de la misma manera, Cristo derramó su sangre para curar a aquellos que lo habían crucificado. Murió por su propia voluntad. Es llamado la ofrenda del cuerpo de Jesús (Heb. 10:10). Aunque sus sufrimientos fueron tan intensos que le hicieron suspirar, llorar y sangrar; no pudieron hacer que se arrepintiera. “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isa. 53:11). Cristo tuvo aflicciones duras en el Calvario, pero a pesar de ellas no se arrepiente de haber estado en la cruz, sino que comprende que su sudor y su sangre valieron la pena porque ve la redención que trajo al mundo. ¡Oh amor de Cristo infinito y maravilloso! ¡Un amor que sobrepasa todo entendimiento! Un amor que
no tiene paralelo ni en hombre ni en ángel alguno (Ef. 3:19). ¡Cuánto debiera afectarnos este amor!… Ante la muerte y pasión de Cristo, las rocas mismas se partieron (Mat. 27:5). No sentirse afectado por el amor de Cristo al morir es tener corazones más duros que las rocas.
Cuarto valor: ¿Es Cristo nuestro sacrificio? Siendo así veamos la excelencia de su sacrificio. (1) Es perfecto. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14). Por lo tanto, ¡cuán impíos son [los que agregan] sus méritos y las oraciones de los santos al sacrificio de Cristo! Lo ofrecen cotidianamente en la misa,
como si el sacrificio de Cristo en la cruz hubiera sido insuficiente. Esto es una blasfemia contra el oficio sacerdotal de Cristo. (2) El sacrificio de Cristo es meritorio. No solo murió para sernos ejemplo, sino para merecer la salvación. La persona que sufrió siendo Dios igual que hombre, le puso virtud a sus sufrimientos; y nuestros pecados fueron expiados y Dios fue aplacado… En cuanto Cristo murió, la ira de Dios se aplacó. (3) Este sacrificio es beneficioso… Procura nuestra justificación, la aceptación de nuestro servicio, acceso libre a Dios y entrada al Lugar Santísimo en el cielo (Heb. 10:19)… Israel pasó por el Mar Rojo a Canaán; de la misma manera por el mar rojo de la sangre de Cristo, entramos a la Canaán celestial.

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Quinto valor: Apliquemos esta sangre de Cristo. Su aplicación tiene la virtud de un medicamento. Aunque este medicamento está compuesto por la sangre de Dios, no sana a menos que se aplique con fe… La fe hace que el sacrificio de Cristo sea nuestro. “Cristo Jesús, mi Señor” (Fil. 3:8). No es el oro de las minas que enriquece, sino el oro en la mano. La fe es la mano que recibe los méritos de oro de Cristo… La fe abre las heridas de Cristo y bebe el preciado [tónico] de su sangre… Sin fe, Cristo mismo no nos sirve.

Sexto valor: Este sacrificio de la sangre de Cristo puede consolarnos infinitamente. Esta es la sangre de la expiación. “La cruz de Cristo es la bisagra de nuestra liberación” (Juan Calvino), la bisagra y fuente de nuestra consolación. (1) ¡Esta sangre consuela en caso de culpabilidad! Mi alma dice: “Oh, mis pecados me intranquilizan, pero la sangre de Cristo
fue derramada para remisión de pecado (Mat. 26:28)”. Asegurémonos que nuestros pecados le sean cargados a Cristo, y entonces ya no serán nuestros sino de él. (2) En caso de contaminación. La sangre de Cristo es una sangre que cura y limpia. Cura. “Por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5)… Y aunque Cristo está en el cielo, podemos sentir la virtud de su sangre curando nuestras heridas. Y limpia. Por lo tanto la Biblia la compara con el agua de un manantial (Zac. 13:1). La palabra es un [espejo] para mostrarnos nuestras manchas, y la sangre de Cristo es un manantial para quitarlas; convierte la lepra en pureza. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Sin embargo, hay una mancha tan negra que la sangre de Cristo no quita, es el pecado contra el Espíritu Santo. No que le falta virtud a la sangre de Cristo para quitarla, pero el que ha cometido ese pecado no será limpiado; desprecia la sangre de Cristo y la pisotea (Heb. 10:29). Así es que vemos qué [tónico] potente es la sangre de Cristo: es el ancla de nuestra fe, el manantial de nuestro gozo, la corona de nuestros anhelos y el único sostén tanto en la vida como en la muerte. En medio de nuestros temores, consolémonos en el sacrificio propiciatorio de la sangre de Cristo. Cristo murió como un comprador al igual que un conquistador: como un comprador con respecto a Dios habiendo obtenido por su sangre nuestra salvación y como un conquistador con respecto a Satanás, habiendo la cruz sido una carroza triunfante con la que puso el infierno y la muerte en cautividad.
Séptimo valor: Bendito sea Dios por este precioso sacrificio de la muerte de Cristo: “Bendice, alma mía, a Jehová” (Sal. 103:1). ¿Y por qué lo bendice David? Porque es “el que rescata del hoyo tu vida”. Cristo se ofreció a sí mismo como una ofrenda de pecado por nosotros; ofrezcámonos nosotros como una ofrenda de gratitud a él. Si alguien  redime a otro de una deuda, ¿no estará acaso agradecido? Presentémosle a Cristo frutos de justicia, que son para la gloria y alabanza a Dios.
Tomado de A Body of Divinity.

Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano no conformista y prolíficoautor; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.