La depravación del corazón

A corrupción del género humano después de la caída fue radical y universal: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). Parecería sorprendente que alguien leyera este pasaje de la Biblia y, sin embargo, negara la doctrina de la depravación humana, si no conociéramos la ceguera natural del
entendimiento por razón del pecado.

Sin embargo, una dolorosa verdad está claramente enunciada: el corazón del hombre es malo. Y para que esta solemne verdad pueda ser puesta en una luz más fuerte, se añade además que, no sólo los pensamientos, sino también la imaginación de los pensamientos de su corazón son malos. Por esta declaración, aprendemos cómo la Caída ha corrompido todo el funcionamiento secreto de la mente humana, ya que el bosquejo mismo o el esquema básico de los pensamientos, está contaminado.

Si la fuente está envenenada de esta manera, ¿podemos sorprendernos por esos arroyos mortales que salen de ella? Todos los que se conocen a sí mismos a través de la enseñanza del Espíritu divino pueden dar testimonio de la verdad de esta Escritura desde su propia experiencia. “El corazón conoce la amargura de su alma” (Pr. 14:10). ¡Oh, que la gracia soberana derribe toda imaginación orgullosa y pecaminosa que sea contraria a la santa ley de Dios y lleve cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo!

Algunos, confiando en que el hombre posee algo de bondad natural, tal vez puedan decir: “Es cierto que, a menudo, los pensamientos se contaminan; pero, ¿no debemos reconocer algunos restos de virtud? ¿Qué dice la Escritura? “…que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. (Gn. 6:5). Asumiendo que esto es cierto, ¿no puede haber alguna mezcla del bien con el mal? ¿Qué dice la Escritura? “…que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Admitiendo esto, ¿no puede haber algunos momentos de bondad? ¿Qué dice la Escritura? “… que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Si éste es, en verdad, el estado del corazón del hombre, ¿no puede ser que los inocentes tiempos de la juventud sean un indulto de este terrible cargo? ¿Qué dice la Escritura? “Porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud” (Gn. 8:21). “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Sal. 58:3). “La necedad está ligada en el corazón del muchacho” (Pr. 22:15). “…porque la adolescencia y la juventud son vanidad” (Ec. 11:10). Y, como si estuviera decidido a humillar el orgullo del hombre caído y a poner la doctrina del pecado original fuera de toda duda, David, hablando bajo la influencia del Espíritu de la Verdad, declara: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5).

Podrían aducirse muchos pasajes pertinentes e importantes, todos los cuales atestiguan esta solemne verdad del pecado original. “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie” (Job 14:4). “¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, y para que se justifique el nacido de mujer?” (Job 15:14). “¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?” (Job 25:4). Así pues, concluimos, con inspiración divina, que somos “por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef.
2:3); que “no hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10).

¡Oh alma mía! No discutas con tu Creador justamente ofendido, sino confiesa tu culpa, tanto la original como la presente. Buscad la gracia de permanecer a sus pies y de aceptar con corazón gozoso los ofrecimientos de gracia, de perdón y de paz, que tan gratuitamente se os hacen a través del gran sacrificio propiciatorio de su Hijo amado.

La gracia de Dios cuando se ve, como siempre debe ser, en relación con el miserable estado del hombre pecador, brilla como el hermoso arco iris sobre la nube oscura. Sus hermosos tonos alegran y deleitan la mente en medio de la oscuridad que la rodea.

Cuán consoladoras son para un alma contrita bajo un sentido de culpa, las siguientes promesas: “Y yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y cuando estabas en tus sangres te dije ¡Vive! Sí, te dije, cuando estabas en tus sangres: ¡Vive!” (Ez. 16:6). Luego viene la fuente de la misericordia: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jer. 31:3).

Pero, ¿cómo puede una criatura contaminada agradar a un Dios puro y santo? Contemplen los efectos de la gracia soberana: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez. 36: 25-27).

La seguridad y perseverancia de los redimidos está dulcemente declarada en la siguiente maravillosa promesa: “Y les daré un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente, para que tengan bien ellos, y sus hijos después de ellos. Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer. 32:39-40).

El apoyo y el éxito final también se prometen al creyente bajo las diversas pruebas y dificultades para que pueda ser llamado a soportar la causa de su Dios y Salvador del pacto: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10). “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador” (Is. 43:2-3).

Para el consuelo presente y eterno del creyente, se declara por gracia un perdón completo y gratuito de todo pecado: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Is. 43:25). “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Is. 44:22)…

Bien puede el pecador rescatado exclamar: “Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado. He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí” (Is. 12:1- 2). “Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre” (Sal. 145:1-2). “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias” (Sal. 103:1-4). “Bendito Jehová Dios, el Dios de Israel, el único que hace maravillas. Bendito su nombre glorioso para siempre, y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén” (Sal. 72:18-19).

De (Spiritual Exercises of the Heart).

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Thomas Reade (1776-1841)

En Adán todos Mueren

A doctrina de la Caída, con todas sus horribles consecuencias, resplandece con terrible claridad en el libro de Dios: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12).

La doctrina de la Caída está en el fundamento de la expiación: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Lc. 5:31). Jesús no vino “a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc. 5:32). Vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15). Su gloriosa obra fue anunciada a José por el ángel, cuando dijo: Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21).

Mientras vemos a la entonces feliz pareja20, después de su terrible caída, nos vemos obligados a usar el lenguaje del profeta llorón: “¡Cómo se ha ennegrecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo!” (Lam. 4:1). El pecado de Adán fue un compuesto de incredulidad, orgullo, sensualidad, ingratitud y rebelión. La incredulidad, al dar crédito al tentador, más que a Dios. Orgullo, en el deseo de ser sabios como dioses, conociendo el bien y el mal. La sensualidad, en la lujuria por el fruto prohibido. Ingratitud, en alianza con los ángeles caídos. Rebelión, al pisotear la autoridad de Jehová.

El Apóstol dice: “Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1Ti. 2:14). La serpiente sedujo primero a Eva con su sutileza y luego, Eva ganó una fácil conquista sobre su marido porque está escrito: “Y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella” (Gn. 3:6). Por este acto, Adán [cedió] a la gratificación pecaminosa de la tentación y se convirtió en un participante pleno de su culpa y miseria. En esta culpa, toda su descendencia estaba igualmente involucrada, pues está escrito: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres” (Ro. 5:18). “… en Adán todos mueren,…” (1 Co. 15:22).

El efecto de la Caída fue la vergüenza, el compañero inseparable del pecado. “Y conocieron que estaban desnudos;…” (Gn. 3:7). La imagen de Dios se había ido. Su túnica de natural inocencia se había ido. Su paz y pureza se habían ido. ¡Horrible condición! De hecho, estaban en verdad, desnudos y sin protección ante todos los terrores de la justicia indignada de Dios y sin ninguna cobertura para apaciguar su ira.

Otro efecto de la Caída fue la oscuridad de la mente. “Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Gn. 3:8). Asombrosa ceguera: esconderse de ese Ser, cuyos ojos son más brillantes que diez mil soles, que llena el cielo y la tierra con su presencia, y de quien no se esconde ningún secreto.

El miedo esclavizante fue otro fruto de la Caída. Cuando Dios le preguntó a Adán por qué se escondía, él respondió: “Tuve miedo” (Gn. 3:10). ¡Ah, qué tormento interior produjo el pecado en el alma de nuestros primeros padres! ¡Cómo cambió su condición! Ahora tenían miedo de mirar a Aquel cuya presencia era su cielo y su alegría.

La impiedad y la impenitencia fueron también los viles hijos de la Caída. Cuando Dios amonestó a Adán por comer del árbol del cual Él le había ordenado que no comiera, Adán respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn. 3:12). Note la impiedad: “La mujer que me diste por compañera”, cargando la culpa sobre el Todopoderoso, como si hubiera dicho: “Si nunca me hubieras dado a esta mujer, nunca habría pecado contra ti”. ¡Oh! ¡Qué insulto impío a la benevolencia, bondad y amor divinos! Note también la impenitencia de Adán: “Ella me dio del árbol, y yo comí”, evadiendo la responsabilidad de haber comido el fruto que le dio Eva, como si se viera obligado a comer porque ella le presentó el fruto y como si su propia voluntad no tuviera nada que ver con ello.

No vemos aquí ninguna convicción de pecado, ninguna confesión de culpabilidad, ningún [remordimiento] a causa de ello. En el Jardín del Edén no se vieron signos de penitencia, ni de quebrantamiento de un corazón… Eva era tan mala como su marido. Ella, de la misma manera, se esforzó por [justificarse] diciendo: “La serpiente me engañó, y comí” (Gn. 3:13).

Ahora observa, oh alma mía; sí, observa con asombro, gratitud y amor la ilimitada gracia y misericordia de Jehová. Aquel que no perdonó a los ángeles que pecaron, proclamó una salvación rica y libre para el hombre rebelde. El Señor prometió un libertador, la simiente de la mujer, que hiriera la cabeza de la serpiente. En la plenitud de los tiempos, Jesús, el Salvador, nació de una virgen pura, nacido para salvar a su pueblo de sus pecados y para vencer los poderes de la muerte y el infierno. Este precioso Jesús es predicado ahora, a través del evangelio eterno a todos los hijos e hijas culpables de Adán, con la bendita seguridad de que todos los que creen en Él serán salvos.

De esta breve visión de la apostasía y la recuperación del hombre, es evidente que el hombre es el único autor de su destrucción y que su salvación es por gracia, totalmente gratuita, no buscada e inmerecida. A través de la Caída, el hombre perdió todo el poder espiritual y la voluntad de amar y servir a Dios. Pero por el pacto de la gracia, él recupera ambos, “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).

Una atenta lectura de los capítulos tercero y cuarto del Génesis convencerá a todo humilde indagador de la verdad, mediante la enseñanza del Espíritu divino, de que todo hombre nacido en este mundo, no merece otra cosa que la condenación eterna, puesto que “lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn. 3:6) y “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:50). “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7), fue la respuesta del Salvador al inquisitivo Nicodemo. El pecador puede poner reparos y discutir, pero su propio corazón lo condenará. Su propia vida lo condenará. La ley de Dios lo condenará. El pecado de su naturaleza, como hijo caído de Adán, lo condenará. Él no encontrará nada más que condenación aquí y juicio en el mundo venidero. Pero que mire fuera de sí mismo al segundo Adán, el Señor del cielo —a Jesucristo, el libertador prometido. Allí encontrará todo lo necesario para reparar las ruinas de la Caída—, sí, para elevarlo a un estado más glorioso, tanto como si Adán nunca hubiera pecado…

¡Un misterio asombroso! ¡Oh! ¡Maravillosa sabiduría de Dios!, al impartir así tanto bien a partir de tanto mal, y lo hizo para mostrar, aún más, las riquezas de su gloria y manifestar el resplandor de sus perfecciones; aunque Satanás desatara una terrible plaga sobre su nueva y justa creación.

Así, Satanás fue frustrado, y “así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Ro. 5:21). “Cantad loores, oh cielos, porque Jehová lo hizo; gritad con júbilo, profundidades de la tierra; prorrumpid, montes, en alabanza; bosque, y todo árbol que en él está; porque Jehová redimió a Jacob, y en Israel será glorificado” (Is. 44:23).

Con seguridad, sólo los tontos pueden burlarse del pecado… El orgullo, la malicia, la envidia, la murmuración, la impureza y toda abominación odiosa a un Dios santo, y destructiva para nuestra raza miserable, brotan de esta raíz venenosa. Cada partícula de pecado contiene una infinidad de maldad y merece la condenación eterna.

Pero, oh alma mía, si quieres ver el pecado en los colores más oscuros y en los efectos más terribles, ve a Belén y pregunta: “¿Por qué el Rey del cielo se convirtió en un niño de días? ¿Por qué estaba Él, que llena todo el espacio, envuelto en pañales y acostado en un pesebre?”. Ve a Getsemaní y pregunta: “¿Por qué el Dios encarnado agonizó y sudó grandes gotas de sangre?”. Ve al tribunal y pregunta: “¿Por qué se sometió a juicio el Juez soberano de los hombres y de los ángeles? ¿Por qué el inocente sufrió tales
indignidades? ¿Por qué fue condenado a morir el inocente?”. Ve al Calvario y pregunta: “¿Por qué el Señor de la gloria colgó del árbol maldito? ¿Por qué el Señor de la vida se dignó derramar su alma hasta la muerte?”.

Fue para salvarte de tu pecado, para redimirte de la maldición de la Ley al ser hecho maldición por ti, para liberarte de ir al infierno, convirtiéndose en tu rescate. Fue para merecer el cielo para ti por su preciosa expiación y obediencia hasta la muerte. Fue para comprar para vosotros el Espíritu eterno, por cuya poderosa ayuda podéis creer y amar, y deleitaros en este precioso Salvador, este adorable Redentor, este libertador Todopoderoso, a través del cual vuestros pecados son perdonados y por el cual tenéis acceso
a Dios como vuestro Padre reconciliado. ¡Oh alma mía! Alabado sea el Señor por su misericordia y nunca deje de hablar bien de su nombre.

El pecado —incluso tu pecado— clavó, traspasó y afligió al Señor de la gloria. ¡Oh! Entonces odien el pecado y evítenlo como si temblaran al clavar una lanza en el pecho de su Salvador, como si temblaran al pisotear su sangre sagrada. “La paga del pecado es muerte,…”. ¡Oh, pero regocijaos en esta amable declaración!: “…más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

De (Spiritual Exercises of the Heart), Reformation Heritage Books,


Thomas Reade (1776-1841): Laico inglés y autor; nacido en Manchester, Inglaterra, Reino Unido.