Hijos, autoridad y sociedad 3

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Consideremos las razones por las cuales el Apóstol da esta orden. La primera es –y las estoy poniendo en este orden particular por una razón que verás más adelante—“porque esto es justo”. En otras palabras: está volviendo a todo el orden de la creación establecido desde el principio, empezando por el libro de Génesis… Nos dice que, en lo que se refiere a los hijos, el principio existe desde el principio. Siempre ha sido así, es una parte del orden de la naturaleza, es parte de las reglas básicas de la vida. Esto es algo que encontramos no sólo entre los seres humanos, sino también en los animales. En el mundo animal, la madre cuida a su hijo pequeño que acaba de nacer, vela por él, lo alimenta y lo protege… Este es el orden de la naturaleza. La cría en su debilidad e ignorancia, necesita la protección, dirección, ayuda e instrucción que le da su progenitor. Por eso, el Apóstol Pablo dice: “Obedeced a vuestros padres… porque esto es justo”. Los cristianos no están divorciados del orden natural encontrado en toda la creación.

Es lamentable que sea necesario decirles esto a los cristianos. ¿Cómo puede ser posible que la gente se desvíe de algo que es tan totalmente obvio y se aplica al orden y curso de la naturaleza? Aun la sabiduría del mundo lo reconoce. Hay personas a nuestro alrededor que no son cristianas, pero creen firmemente en la disciplina y el orden. ¿Por qué? Porque toda la vida y toda la naturaleza lo indica. Que un hijo se rebele contra sus padres y se niegue a escucharles y obedecerles es ridículo y necio… Es antinatural que los hijos no obedezcan a sus padres. Están violando algo que claramente es parte de la estructura misma sobre la que se edifica la naturaleza humana, se ve en todas partes, de principio a fin. La vida ha sido planeada sobre esta base. Si no lo fuera, por supuesto, la vida muy pronto sería caótica, y terminaría con el fin de su propia existencia.

¡“Esto es justo”! Hay algo en este aspecto de las enseñanzas del Nuevo Testamento que me parece muy maravilloso. Demuestra que no debemos dividir el Antiguo Testamento del Nuevo. No hay nada que demuestre más ignorancia que el que un cristiano diga: “Es claro que siendo ahora cristiano, el Antiguo Testamento no me interesa”. Esto es totalmente equivocado porque, como el Apóstol nos recuerda aquí, es Dios el que creó todo al principio y es Dios el que salva. Es un mismo Dios desde principio a fin. Dios creó a varón y hembra, a padres e hijos, en todos los seres vivientes que encontramos en la naturaleza. Lo hizo de esa manera, y la vida tiene que conducirse según estos
principios. Por lo tanto, el Apóstol comienza su exhortación diciendo prácticamente: “¡Esto es justo, esto es básico, esto es fundamental, esto es parte del orden de la naturaleza! ¡No se aparten de eso! Si lo hacen, están negando su cristianismo, y negando al Dios quien estableció la vida de esta manera y la hizo funcionar según estos principios. La obediencia es justa”.

Habiendo dicho esto el Apóstol procede a su segundo punto. No sólo es lo justo, dice, sino que es también “el primer mandamiento con promesa”. “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa”. Quiere significar que honrar a los padres no sólo es esencialmente justo, sino que es una de las cosas que Dios señaló en los Diez Mandamientos. Este es el Quinto Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxo. 20:12)…

¿Qué quiere decir el Apóstol con la expresión “el primer mandamiento con promesa”? Este es un punto difícil, y no podemos dar una respuesta absoluta. Es obvio que no significa que este es el primer mandamiento que tiene una promesa adjunta, porque hemos de notar que ninguno de los otros mandamientos tiene una promesa adjunta. Si fuera cierto decir que los mandamientos 6, 7, 8, 9 y 10 tienen promesas adjuntas, entonces podríamos decir: “Pablo dice que ciertamente este es el ‘primero’ de los mandamientos al que le incluye una promesa”. Pero ninguno de los otros tiene una promesa, así que ese no puede ser el significado.

Entonces, ¿qué significa? Puede significar que aquí en el quinto mandamiento comenzamos a tener enseñanzas con respecto a nuestras relaciones unos con los otros. Hasta ese momento han sido con respecto a nuestra relación con Dios, su nombre, su día, etc. Pero aquí empieza a hablar de nuestras relaciones unos con otros, por lo que puede ser el primero en ese sentido. Pero sobre todo, puede significar que es el primer mandamiento, no tanto en cuanto al orden sino al rango, y que Dios ansiaba grabar esto en la mente de los hijos de Israel por lo que agregó esta promesa a fin de hacerlo cumplir. Primero, por así decir, en rango y ¡primero en importancia! No que en última instancia alguno de éstos sea más importante que los demás, porque son todos importantes. No obstante, existe una importancia relativa.

Por lo tanto, lo interpreto así: esta es una de esas leyes que, cuando se descuidan, llevan al colapso de la sociedad. Nos guste o no, el colapso de la vida familiar tarde o temprano lleva al colapso en todas partes. Este es, sin lugar a dudas, el aspecto más peligroso de la sociedad en la actualidad. Una vez que la idea de la familia, la unidad familiar, la vida familiar se quebranta: pronto se desprovee de toda otra lealtad. Es lo más serio de todo. Y esa es quizá la razón por la cual Dios le agregó esta promesa.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Hijos, autoridad y sociedad 2

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Pero existe una segunda razón por la que todos necesitamos esta enseñanza. Según las Escrituras, no sólo la necesitan los cristianos en la forma como he estado indicando, sino que los cristianos necesitan esta exhortación también porque el diablo aparece en este momento de una forma muy sutil y trata de desviarnos. En el capítulo quince del Evangelio de Mateo, nuestro Señor toca este tema con los religiosos de su época porque, de un modo sutil, estaban evadiendo uno de los claros mandatos de los Diez Mandamientos. Los Diez Mandamientos les decían que honraran a sus padres, que los respetaran y cuidaran. Pero lo que estaba sucediendo era que algunos, que pretendían ser ultra religiosos, en lugar de hacer lo que el mandamiento ordenaba, decían en efecto: “Ah, he dedicado este dinero que tengo al Señor. Por lo tanto, no puedo cuidarlos a ustedes, mis padres”. El Señor lo dijo así: “Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre” (Mat. 15:5-6). Estaban diciendo: “Esto es corbán, esto es dedicado al Señor. Por supuesto que quisiera cuidarlos y ayudarlos, pero esto lo he dedicado al Señor”. De esta manera, estaban descuidando a sus padres y sus obligaciones hacia ellos…

Por lo tanto, a la luz de estas cosas, notemos cómo el Apóstol expresa el asunto. Comienza con los hijos, valiéndose del mismo principio que usó en el caso de la relación matrimonial. Es decir, comienza con los que deben obediencia, los que han de sujetarse a ella. Comenzó con las esposas y luego siguió con los maridos. Aquí comienza con los hijos y sigue con los padres. Lo hace porque está ilustrando este punto fundamental: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:21). La orden es: “Hijos, obedeced a vuestros padres”. Luego les recuerda el Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”.

De pasada, notamos el punto interesante de que aquí, nuevamente, tenemos algo que distingue al cristianismo del paganismo. Los paganos en estos asuntos no relacionaban a la madre con el padre, sino que hablaban únicamente del padre. La posición cristiana, que es la posición judía según fue dada por Dios a Moisés, coloca a la madre con el padre. El mandato es que los hijos tienen que obedecer a sus padres, y la palabra obedecer significa, no sólo escucharles, sino escucharles sabiendo que están bajo su autoridad… No sólo escuchar, sino reconocer su posición de subordinación, y proceder a ponerla en
práctica.

Pero es imprescindible que esto sea gobernado y controlado por la idea que lo acompaña: la de “honrar”. “Honra a tu padre y a tu madre”. Esto significa “respeto”, “reverencia”. Esta es una parte esencial del Mandamiento. Los hijos no deben obedecer mecánicamente o a regañadientes. Eso es malo. Eso es observar la letra y no el espíritu. Eso es lo que nuestro Señor condenaba tan fuertemente en los fariseos. No, tienen que observar el espíritu al igual que la letra de la Ley. Los hijos deben reverenciar y respetar a sus padres, tienen que comprender su posición para con ellos, y deben regocijarse en ella. Tienen que considerarla un gran privilegio, y por lo tanto, tienen que hacer lo máximo siempre para demostrar esta reverencia y este respeto en cada una de sus acciones.

La súplica del Apóstol da a entender que los hijos cristianos deben ser totalmente lo opuesto a los hijos descarriados que por lo general muestran irreverencia hacia sus padres y preguntan: “Y ellos, ¿quiénes son?” “¿Por qué tengo que escucharles?” Consideran a sus padres “pasados de moda” y hablan de ellos irrespetuosamente. Imponen su opinión y sus propios derechos y su “modernismo” en toda esta cuestión de conducta. Eso estaba sucediendo en la sociedad pagana de la cual provenían estos efesios, tal como está sucediendo en la sociedad pagana a nuestro alrededor en la actualidad. Leemos constantemente en los periódicos de cómo se está infiltrando este desorden, y cómo los hijos, según lo expresan: “están madurando tempranamente”. Por supuesto, tal cosa no existe. La fisiología no cambia. Lo que está cambiando es la mentalidad y actitud que llevan a la agresividad y un apartarse de ser gobernados por principios bíblicos y enseñanzas bíblicas. Uno escucha esto por todas partes: los hijos hablan irrespetuosamente a sus padres, los miran sin respeto insubordinándose abiertamente a todo lo que les dicen, e imponen su propia opinión y sus propios derechos. Es una de las manifestaciones más feas de la pecaminosidad y el desorden de esta época. Ahora bien, una y otra vez, el Apóstol se declara contra tal conducta, diciendo: “Hijos, obedeced a vuestros padres, honrad a vuestros padres y vuestras madres, tratadlos con respeto y reverencia, demostradles que sabéis vuestra posición y lo que significa”.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Hijos, autoridad y sociedad

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Vivimos en un mundo en que vemos un alarmante colapso en la disciplina. El desorden en este sentido reina por doquier. Hay un colapso en la disciplina en todas las siguientes unidades fundamentales de la vida: en el matrimonio y en las relaciones familiares. Cunde un espíritu de anarquía, y las cosas que antes prácticamente se daban por hecho no sólo se cuestionan sino que son ridiculizadas y desechadas. No hay duda de que estamos viviendo en una época en que hay un fermento de maldad obrando activamente en la sociedad en general. Podemos decir más, –y estoy diciendo sencillamente algo en que todos los observadores de la vida coinciden, sean cristianos o no– y afirmar que de muchas maneras estamos frente a un colapso y desintegración total de lo que llamamos “civilización” y sociedad. Y no hay ningún aspecto en que esto sea más evidente que en la relación entre padres e hijos.

Sé que mucho de lo que estamos viendo es probablemente una reacción de algo que, desafortunadamente, era demasiado común hacia el final de la era victoriana y en los primeros años del siglo XX. Hablaré más de esto más adelante, pero lo menciono ahora de pasada a fin de presentar este problema con claridad. No hay duda de que existe una reacción contra el tipo de padre victoriano severo, legalista y casi cruel. No estoy excusando la posición actual, pero es importante que la comprendamos, y que tratemos de investigar su origen. Pero sea cual fuere la causa, no hay duda que tiene su parte en este colapso total en materia de disciplina y en las normas de conducta.

La Biblia, en su enseñanza y en su historia, nos dice que esto es algo que siempre pasa en épocas irreligiosas, en épocas de impiedad. Por ejemplo, tenemos un excelente ejemplo en lo que el apóstol Pablo dice acerca del mundo en la epístola a los Romanos en la segunda mitad del primer capítulo, desde el versículo 18 hasta el final. Allí nos da una descripción horrorosa del estado del mundo en el momento cuando vino nuestro Señor. Era un estado de total descontrol. Y entre las diversas manifestaciones de ese descontrol que lista, incluye precisamente el asunto que estamos ahora considerando.

Primero, dice: “Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (1:28). Enseguida sigue la descripción: Están “atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades, murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia”. En esa lista horrible, Pablo incluye esta idea de ser desobedientes a los padres.

También en la Segunda Epístola a Timoteo, probablemente la última carta que escribiera, lo encontramos diciendo en el capítulo 3, versículo 1: “En los postreros días vendrán tiempos peligrosos”. Luego detalla las características de esos tiempos: “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos,desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:2-4).

En ambos casos, el Apóstol nos recuerda que en los tiempos de apostasías, en los tiempos de total impiedad e irreligión, cuando los mismos fundamentos tiemblan, una de las manifestaciones más impresionantes de descontrol es la “desobediencia a los padres”. Así que no sorprende que llamara la atención a aquello aquí, al darnos ilustraciones de cómo la vida que está “llena del Espíritu” de Dios se manifiesta (Ef. 5:18). ¿Cuándo se darán por enterados todas las autoridades civiles de que hay una relación indisoluble entre la impiedad e inmoralidad y la decencia? Existe un orden en estas cuestiones. “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”, dice el Apóstol en Romanos 1:18. Si tienes impiedad, serás siempre insubordinado. Pero la tragedia es que las autoridades civiles – sea cual fuere el partido político en el poder– parecen todas regirse por la psicología moderna en lugar de las Escrituras. Todas están convencidas de que pueden manejar la insubordinación directamente, aisladamente. Pero eso es imposible. La insubordinación es siempre el resultado de la impiedad. La única esperanza de recuperar alguna medida de la rectitud y justicia en la vida es tener un avivamiento de la piedad. Eso es precisamente lo que el Apóstol les está diciendo a los efesios y a nosotros…

Por lo tanto, las condiciones actuales demandan que consideremos la afirmación del Apóstol. Creo que los padres e hijos cristianos, las familias cristianas, tienen una oportunidad única de testificar al mundo en esta época sencillamente por ser diferentes. Podemos ser verdaderos evangelistas demostrando esta disciplina, este respeto al orden público, esta verdadera relación entre padres e hijos. Podemos, actuando bajo la mano de Dios, llevar a muchos al conocimiento de la verdad. Por lo tanto, sea ésta nuestra actitud.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 3

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Estar sujeto también requiere el cumplimiento que corresponde a las reglas establecidas para mantener el orden familiar. En las familias en que todo funciona bien, las cosas no se dejan al azar, sino que se regulan con reglas fijas. Hay un tiempo para cada cosa y cada cosa en su tiempo… Las comidas, oraciones, acostarse a la noche y levantarse a la mañana se realizan en el tiempo determinado para cada una. Es el deber obvio de cada miembro de la familia someterse a estas reglas. Los hijos y las hijas pueden estar ya mayores y pueden haber llegado a la adultez, esto no importa, tienen que someterse a las reglas de la casa, y su edad es una razón más para ser sumisos, ya que se supone que la madurez de su juicio los capacita para percibir con mayor claridad la razón de cada obligación moral. Quizá opinen que las reglas son demasiado estrictas, pero si el padre o la madre las estableció, tienen que sujetarse a ellas, en tanto sigan siendo integrantes de ese núcleo familiar, aunque sea hasta casi su vejez. Corresponde también al padre o a la madre decidir qué visitas entran en la casa: y es totalmente
incorrecto que un hijo traiga o quiera traer a la casa una amistad a la cual él sabe que se opone uno de sus padres. Lo mismo se aplica a las diversiones: los padres determinan cuales serán, y ningún hijo que tiene los sentimientos correctos de un hijo querrá establecer diversiones que el gusto, y especialmente que la conciencia, de la madre o el padre prohíbe. Han ocurrido casos en que los jóvenes han invitado a tales amigos para tales diversiones en la ausencia de sus padres, aunque saben que esto es decididamente contrario a las reglas de la casa. No hay palabras para expresar lo abominable que es una acción de rebelión vil y malvada contra la autoridad paternal, y un desprecio tan carente de escrúpulos de lo que saben es la voluntad de los padres. Aun los libros que entran a la casa deben coincidir con las reglas domésticas. Si el padre o la madre prohíbe traer novelas, romances o cualquier otro libro, el hijo, en la mayoría de los casos, tiene que renunciar a sus propias predilecciones y acatar una autoridad a la cual no se puede oponer sin oponerse a los dictados de la naturaleza y la religión.

5. ES EL DEBER DE LOS HIJOS CONSULTAR CON SUS PADRES: Ellos son los guías de tu juventud, tus consejeros naturales, cuyos consejos y respuestas debes recibir con piadosa reverencia. Aun si con justa razón sospechas de la solidez o percepción que ha generado la determinación de ellos, es por tu relación con ellos que no debes emprender nada sin explicarles el asunto y obtener su opinión. Cuanto más dispuesto debes estar de hacer esto cuando tienes toda la razón de confiar en su criterio. Eres joven y sin experiencia: todavía no has andado por la senda de la vida, y siempre surgen contingencias que no
tienes la experiencia para comprender… Ellos ya han andado por esa senda y conocen sus curvas, sus peligros y sus dificultades. Recurre, pues a tus padres en cada circunstancia: consulta con ellos en cuanto a tus amigos, libros y diversiones. Haz que el oído de tu padre o tu madre sea el receptor de todos tus cuidados. No tengas secretos que guardas de ellos. Consúltalos especialmente en los temas relacionados con tu vocación y matrimonio. En cuanto a lo primero, quizá necesites de su ayuda [económica], ¿y cómo puedes esperar esto si no sigues sus consejos en cuanto a la mejor manera de invertir su inversión en ti? En cuanto al matrimonio… las Escrituras nos brindan muchos ejemplos
excelentes de la deferencia de los hijos a los padres en las épocas patriarcales. Isaac y Jacob parecen haber dejado la selección de sus esposas a sus padres. Rut, aunque nuera, estaba dispuesta a ser guiada enteramente por Noemí. Ismael le pidió a su madre su consejo. Sansón buscó el consentimiento de sus padres. La simplicidad de aquellas épocas ha desaparecido, y el avance de la sociedad ha traído aparejado más poder de elección por parte de los hijos. Pero éste no debe ser practicado independientemente del consejo paternal. Un anciano consagrado le dijo esto a sus hijos: “Mientras son ustedes jóvenes, escojan su vocación, cuando sean hombres, escojan a sus esposas, pero llévenme con ustedes. Es posible que los ancianos veamos más lejos que ustedes”… En todo esto, tienes que esforzarte de manera especial de que tu fe en Cristo sea consecuente y práctica, visible en toda tu conducta y más particularmente evidente en la manera amable, tierna y diligente en que cumples tus obligaciones para con ellos.

Hasta aquí el compendio de los deberes filiales. Hijos e hijas: léanlos, estúdienlos, anhelen sinceramente cumplirlos, y oran pidiendo al Dios Todopoderoso que la gracia de Cristo Jesús les ayude a llevar a cabo sus obligaciones.

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 2

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3. OTRO DEBER ES LA OBEDIENCIA. “Hijos, obedeced a vuestros padres”, dice el Apóstol en su epístola a los Colosenses. Éste es uno de los dictados más obvios de la naturaleza. Aun las criaturas irracionales son obedientes por instinto y siguen las señales de sus progenitores, sea bestia, ave o reptil. Quizá no haya deber más reconocido generalmente que este. Tu obediencia debe comenzar temprano: más joven eres, más necesitas un guía y autoridad. Debiera ser universal: “Hijos, obedeced a vuestros padres”, dijo el Apóstol, “en todo”.

La única excepción a esto es cuando sus órdenes son, de hecho y en espíritu, contrarios a los mandatos de Dios. En dicho caso, al igual que en todos los demás, hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres. Pero aun en este caso, tu negativa a cumplir la directiva pecaminosa de un padre, debe ser expresada con humildad y respeto, para que sea manifiesto que tu motivación es pura y responsable, no por una mera resistencia rebelde a la autoridad de tus padres. La única excepción a tu obediencia debe ser regida por tu conciencia: si tu situación, inclinación y gusto entran en juego, deben ser puestos a un lado cuando éstos son contrarios a la autoridad paternal.

La obediencia debe ser puntual. En cuanto la orden es expresada, debe ser cumplida. Es una vergüenza para cualquier hijo el que un padre o madre necesite repetir una orden. Debes anticipar, si es posible, sus directivas y no esperar hasta que las tengan que decir. Una obediencia que se demora pierde toda su gloria.

Debe ser alegre. Una virtud practicada a regañadientes no es una virtud. Una obediencia bajo coacción y cumplida con mala disposición es una rebelión en principio: es un mal, vestido con una vestidura de santidad. Dios ama al dador alegre, y también el hombre. Un hijo que se retira de la presencia de uno de sus padres refunfuñando, malhumorado y mascullando su enojo es uno de los espectáculos más feos de la creación: ¿de qué valor es algo que un hijo hace con semejante actitud?

Debe ser negándote a ti mismo. Debes dejar a un lado tu propia voluntad, sacrificar tus propias predilecciones y realizar las acciones que son difíciles al igual que las fáciles. Cuando un soldado recibe una orden, aunque esté disfrutando de la comodidad de su casa, sin vacilar, parte inmediatamente a exponerse al peligro. Considera que no tiene otra opción. El hijo no tiene más margen para la gratificación del yo que la que tiene el soldado: tiene que obedecer. Tiene que ser uniforme. La obediencia filial por lo general tiene lugar sin muchos problemas cuando están presentes los padres, pero no siempre con la misma diligencia cuando están ausentes.

Joven, debes detestar la vileza y aborrecer la maldad de consultar los deseos y obedecer las directivas de tus padres únicamente cuando están presentes y ven tu conducta. Tal hipocresía es detestable. Actúa basándote en principios más nobles. Que sea suficiente para ti saber cuál es la voluntad de tus padres, para asegurar tu obediencia, aunque continentes y océanos te separen de ellos. Lleva esta directiva a todas partes: deja que la voz de la conciencia sea para ti la voz de tu padre o de tu madre, y saber que Dios te ve sea suficiente para asegurar tu obediencia inmediata. Qué sublimemente sencillo e impresionante fue la respuesta del hijo quien, siendo presionado por sus compañeros a tomar algo que sus padres ausentes le habían prohibido tocar, y que, cuando le dijeron que aquellos no estaban presentes para verlo, respondió: “Es muy cierto, pero Dios y mi conciencia sí están presentes”. Decídete a imitar este hermoso ejemplo… y obedece en todo a tus padres aun cuando estén ausentes.

4. SER DÓCIL A LA DISCIPLINA Y REGLAS DE LA FAMILIA NO SON MENOS TU DEBER QUE LA OBEDIENCIA A SUS DIRECTVAS. En cada familia, donde hay orden, hay un control de la autoridad que son los padres: hay subordinación, sistema, disciplina, recompensa y castigo. A todo esto, deben sujetarse todos los hijos. Estar sujeto requiere que si en alguna ocasión te has comportado de manera que se hace necesario el castigo paternal, debes aceptarlo con paciencia y no enfurecerte ni resistirte con pasión. Recuerda que Dios ha ordenado a tus padres que corrijan tus faltas, que han de estar motivados por amor al cumplir este deber con abnegación… Confiesa sinceramente tus faltas y sométete a cualquiera sea el castigo que la autoridad y sabiduría de ellos dicte. Uno de los espectáculos domésticos más hermosos, después del de un hijo uniformemente obediente, es el de uno desobediente quien entra en razón y reconoce sus faltas cuando se las señalan, y se somete con tranquilidad al castigo que corresponde. Es una prueba de una mente fuerte y de un corazón bien dispuesto decir: “Actué mal, y merezco ser castigado”.

En el caso de hijos mayores… es sumamente doloroso cuando un padre, además del dolor extremo que le causa reprochar a tales hijos, tiene que soportar la angustia producida por su total indiferencia, su sonrisa desdeñosa, sus murmuraciones malhumoradas o respuestas insolentes. Esta conducta es aún más culposa porque el que es culpable de ella ha llegado a una edad cuando se supone que ha madurado su comprensión lo suficiente como para percibir cuán profundos son los fundamentos de la autoridad paternal –en la naturaleza, la razón y revelación—y cuán necesario es que las riendas de la disciplina paternal no se aflojen. Por lo tanto, si has cometido un error que merece reprensión, no cometas otro por resentirla. Permanece quieto en tu interior, no dejes que tus pasiones se rebelen contra tu sano juicio, sino que reprime al instante el tumulto que comienza en tu alma.

La conducta de algunos hijos después de un reproche es una herida más profunda en el corazón de un padre o una madre que la anterior que mereció el reproche. Por otra parte, no sé de otra señal más grande de nobleza ni nada que tienda a elevar la opinión del joven por parte de uno de sus padres ni generar en ellos más ternura que el sometimiento humilde al reproche y una confesión sincera de su falta. Un amigo mío tenía un hijo (que hace tiempo ha fallecido), quien habiendo desagradado a sus padres delante de sus hermanos y hermanas, no sólo se sometió humildemente a la amonestación de su padre, sino que cuando la familia se reunió a la mesa para comer, se puso de pie delante de todos ellos. Después de haber confesado su falta y pedido el perdón de su padre, aconsejó a sus hermanos menores que tomaran su ejemplo como una advertencia y tuvieran cuidado de no hacer sufrir nunca a sus padres, a quienes les correspondía amar y respetar. No puede haber nada más hermoso ni más impresionante que esta acción tan noble. Con sus disculpas, aumentó el aprecio de sus padres y de su
familia a un nivel más alto aún del que gozaba antes de haber cometido la falta. El mal humor, la impertinencia y la resistencia obstinada son vilezas, cobardías y mezquindad en comparación con una acción como ésta, que combina una nobleza heroica y valiente con la más profunda humildad.

Continuará …

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en
Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Los deberes de hijos e hijas hacia sus padres 1

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CONSIDERA con cuidado la relación que tienes con tus padres. Existe una conexión natural entre ustedes, por el hecho de que son ellos los propios instrumentos de tu existencia: una circunstancia que de por sí parece investirlos… de una autoridad casi absoluta sobre ti. Lo usual, la universalidad del vínculo, distrae de pensar en su intimidad, su ternura y su santidad. Eres, literalmente, parte de ellos y no puedes reflexionar en ningún momento en tu nacimiento sin que te impresione el peso maravilloso y solemne que llevas de tu obligación hacia tu padre y tu madre. Pero considera que no hay solamente una cuestión natural de tu deber hacia ellos, sino una conexión establecida entre ustedes. Jehová mismo ha intervenido y, uniendo el lenguaje de revelación con los dictados de la razón y la fuerza de autoridad a los impulsos de la naturaleza, te ha llamado a la piedad filial, no sólo como una cuestión de sentimientos, sino de principios. Estudia entonces la relación: piensa cuidadosa y seriamente en la conexión que existe entre ustedes. Pesa bien la importancia de las palabras padre y madre. Piensa cuánto contiene que tiene que ver contigo, cuántos oficios contiene en sí: protector, defensor, maestro, guía, benefactor, sostén de la familia. ¿Cuáles, entonces, tienen que ser las obligaciones del hijo? Lo siguiente es un breve resumen de los deberes filiales:

1. DEBES AMAR A TUS PADRES. El amor es la única actitud de la cual pueden surgir todos los demás deberes que te corresponden hacia ellos. Al decir amor, nos referimos al anhelo de cumplir los deseos de ellos. Por cierto que es lo que un padre y una madre merecen. La propia relación que tienes con respecto a ellos lo demanda. Si te falta esto, si no tienes en tu corazón una predisposición hacia ellos, tu actitud es extraña y culpable. Hasta que contraigas matrimonio, o estés por hacerlo, deben ellos, en la mayoría de los casos, ser los objetos supremos de tu cariño terrenal. No basta con que seas respetuoso y obediente y aún amable, sino que, donde no existan razones [bíblicas] para alejarte de ellos, tienes que quererlos. Es de importancia infinita que cuides tus sentimientos y no caigas en una antipatía, un distanciamiento o una indiferencia hacia ellos y que se apague tu cariño. No adoptes ningún prejuicio contra ellos ni permitas que algo en ellos te impresione desfavorablemente. El respeto y la obediencia, si no brotan del amor… son muy precarios.

Si los amas, te encantará estar en su compañía y te agradará estar en casa con ellos. A ellos les resulta doloroso ver que estás más contento en cualquier parte que en casa y que te gusta más cualquier otra compañía que la de ellos. Ninguna compañía debe ser tan valorada por ti como la de una madre o un padre bueno.

Si los amas, te esforzarás por complacerles en todo. Siempre ansiamos agradar a aquellos que queremos y evitamos todo lo que pudiera causarles un dolor. Si somos indiferentes en cuanto a agradar o desagradar a alguien es obviamente imposible que sintamos algún afecto por él. La esencia de la piedad hacia Dios es un anhelo profundo de agradarle, y la esencia de la piedad filial es un anhelo por agradar a tus padres. Joven, reflexiona en este pensamiento sencillo: el placer del hijo debiera ser complacer a sus padres. Esto es amor y la suma de todos tus deberes. Si adoptas esta regla, si la escribes en tu corazón y si la conviertes en la norma de tu conducta, dejaría a un lado mi pluma: porque ya estaría todo dicho. Ojalá pudiera hacerte entrar en razón y determinar esto: “Estoy comprometido por todos los lazos con Dios y el hombre, de la razón y revelación, del honor y la gratitud, hacer todo lo posible para hacer felices a mis padres, por hacer lo que sea que les produce placer y por evitar todo lo que les cause dolor; con la ayuda de Dios, desde este instante, averiguar y hacer todo lo que promueva su bienestar. Haré que mi voluntad consista en hacer la de ellos y que mi felicidad terrenal provenga de hacerlos felices a ellos. Sacrificaré mis propias predilecciones y me conformaré con lo que ellos decidan”. ¡Noble resolución, justa y apropiada! Adóptala, llévala a la práctica y nunca te arrepentirás. No disfrutes de ninguna felicidad terrenal que sea a expensas de ellos.

Si los amas, desearás que tengan una buena opinión de ti. Es natural que valoremos la estima de aquellos a quienes amamos: queremos que piensen bien de nosotros. Si no nos importa su opinión de nosotros es una señal segura de que ellos no nos importan. Los hijos deben anhelar y ansiar que sus padres tengan una opinión excelente de ellos. No hay prueba más decisiva de una mala disposición en un hijo o una hija que ser indiferente a lo que sus padres piensan de él o ella. En un caso así, no hay nada de amor, y el joven va camino a la rebelión y destrucción…

2. EL PRÓXIMO DEBER ES REVERENCIAR A TUS PADRES. “Honra a tu madre y a tu madre”, dice el mandamiento. Esta reverencia tiene que ver con tus sentimientos, tus palabras y tus acciones. Consiste, en parte, de tener conciencia de su posición de superioridad, o sea de autoridad, y un esfuerzo por conservar una actitud reverente hacia ellos como personas que Dios puso para estar por encima ti. Tiene que haber… un sometimiento del corazón a la autoridad de ellos que se expresa en un respeto sincero y profundo… Si no hay reverencia en el corazón, no puede esperarse en la conducta. En toda virtud, ya sea la más elevada que respeta a Dios o la clase secundaria que se relaciona con otros humanos como nosotros, tiene que ser de corazón: sin esto, dicha virtud no existe.

Tus palabras tienen que coincidir con los sentimientos reverentes de tu corazón. Cuando hablas con ellos, tu manera de hacerlo, tanto tus palabras como tu tono, deben ser modestos, sumisos y respetuosos, sin levantar la voz, sin enojo ni impertinencia ni tampoco descaro. Porque ellos no son tus iguales, son tus superiores. Si alguna vez no concuerdas con su opinión, debes expresar tus puntos de vista no con displicencia ni intransigencia como con alguien con quien disputas sino con la curiosidad humilde de un alumno. Si ellos te reprenden y quizá más fuerte de lo que te crees que mereces, tienes que taparte la boca con la mano y no ser respondón ni mostrar resentimiento. Tu reverencia por ellos tiene que ser tan grande que refrena tus palabras cuando estás en su compañía, por todo lo que ellos se merecen. Es extremadamente ofensivo escuchar a un joven irrespetuoso, grosero, hablador, que no se controla en la presencia de su madre o su padre y que no hace más que hablar de sí mismo. Los jóvenes deben ser siempre modestos y sosegados cuando está con otros, pero con mayor razón cuando sus padres están presentes. También debes tener cuidado de cómo hablas de ellos a otros. Nunca debes hablar de sus faltas… ni decir nada que puede llevar a otros a pensar mal de ellos o a ver que tú piensas mal de ellos. Si alguien ataca la reputación de ellos, con presteza y firmeza, aunque con humildad, has de defenderlos hasta donde la verdad te permita, y aún si la acusación es verdad, justifícalos hasta donde la veracidad te lo permita y protesta en contra de la crueldad de denigrar a tus padres en tu presencia.

La reverencia debe incluir toda tu conducta hacia tus padres. En toda tu conducta con ellos, dales el mayor honor. Condúcete de manera que otros noten que haces todo lo posible por respetarlos, y que ellos mismos lo vean cuando no hay nadie alrededor. Tu conducta debe ser siempre con compostura cuando están cerca, no la compostura del temor, sino de la estima…

Continuará …

Tomado de A Help to Domestic Happiness.
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John Angell James (1785-1859): pastor y autor congregacionalista inglés, nacido en
Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Honra a tu Padre y a tu Madre 2

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III. Las razones por las cuales los hijos deben honrar a sus padres son:

(1) Es un mandato serio de Dios. “Honra a tu padre”: así como la Palabra de Dios es la regla, su voluntad debe ser la razón de nuestra obediencia.

(2) Merecen la honra por el gran amor y afecto que sienten por sus hijos. La evidencia de ese amor es en su cuidado al igual que el costo. Su cuidado en criar y educar a sus hijos es una señal de que sus corazones están llenos de amor por ellos. Muchas veces los padres cuidan mejor a sus hijos a que lo que se cuidan ellos mismos. Los cuidan cuando son tiernos, no suceda que sean como frutales en un muro que son podados cuando apenas florecen. Al ir creciendo los hijos, aumenta el cuidado de los padres. Temen que sus hijos se caigan cuando son chicos y que tengan cosas peores que caídas cuando son más grandes. Su amor se evidencia en su costo (2 Cor. 12:14). Ahorran y gastan para sus hijos. No son como los avestruces que son crueles con sus hijos (Job 39:16). Los padres a veces se empobrecen ellos mismos para enriquecer a sus hijos. Los hijos nunca pueden igualar el amor de un padre, porque los padres son instrumentos de vida para los hijos, y los hijos no pueden ser eso para sus padres.

(3) Agrada al Señor (Col. 3:20). Tal como produce gozo en los padres, es un gozo para el Señor. ¡Hijos! ¿No es vuestro deber agradar a Dios? Al honrar y obedecer a sus padres, agradan a Dios tal como lo hacen cuando se arrepienten y creen en él. Para demostrar cuánto le agrada a Dios, quien los recompensa cumpliendo la promesa: “para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. Jacob no dejaba ir al ángel hasta que lo bendijera, y Dios no dejó este mandamiento hasta que lo bendijo. Pablo lo llama “el primer mandamiento con promesa” (Ef. 6:2)… Una larga vida es mencionada como una bendición. “Y veas a los hijos de tus hijos” (Sal. 128:6). Fue un gran favor de Dios a Moisés el que, aunque tenía ciento veinte años, no necesitaba anteojos: “Sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor” (Deut. 34:7). Dios amenazó a Elí con la maldición de que nadie en su familia llegaría a la ancianidad (1 Sam. 2:31). Desde el diluvio, la vida es mucho más breve: para algunos, la matriz es su tumba. Otros cambian su cuna por su sepultura. Otros mueren en la flor de la vida. La muerte se lleva todos los días a unos u otros. Ahora, aunque la muerte nos acecha continuamente, Dios nos sacia de larga vida, diciendo (como en el Sal. 91:16): “Lo saciaré de larga vida”, algo que hemos de apreciar como una bendición. Es una bendición cuando Dios nos da mucho tiempo para arrepentirnos, mucho tiempo para servirle y largo tiempo para disfrutar a nuestros seres queridos.

IV. ¿Para quiénes es esta bendición de larga vida sino para los hijos obedientes? “Honra a tu padre para que tus días se alarguen”. Nada acorta la vida más pronto que la desobediencia a los padres. Absalón fue un hijo desobediente que quiso quitarle la vida y la corona a su padre. No vivió ni la mitad de lo que hubiera sido normal. El asno que montaba, cansado de tanta carga, lo dejó colgando de una rama de árbol entre el cielo y la tierra, como si no mereciera caminar sobre una ni entrar el otro. La obediencia a los padres va desenrollando la vida. La obediencia a los padres no sólo alarga la vida, sino que la hace más dulce. Vivir una larga vida y no poseer nada de bienes es una miseria, pero la obediencia a los padres asegura la herencia de tierras para el hijo. “¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme también a mí, padre mío” (Gén. 27:38). Dios tiene más que una bendición para el hijo obediente. No sólo gozará de larga vida, sino de una tierra que da fruto: y no sólo tendrá tierras, sino que ellas le serán dadas con amor: “la tierra que Jehová tu Dios te da”. Disfrutaras de tierras no sólo por el favor de Dios, sino por su amor. Todos estos son argumentos poderosos para hacer que los hijos honren y obedezcan a sus padres.

Tomado de The Ten Commandments.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano protestante no conformista y
autor; se desconocen el lugar exacto y la fecha de su nacimiento.

Honra a tu Padre y a tu Madre

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I. Los hijos deben honrar a sus padres teniéndoles un aprecio respetuoso.
Tienen que demostrarles un respeto cortés y profundo. Por eso, cuando el apóstol habla de los padres terrenales, habla también de reverenciarlos (Heb. 12:9). Esta reverencia ha de ser expresada:

(1) Interiormente, con un temor combinado con amor. “Cada uno temerá a su madre y a su padre” (Lev. 19:3). En el mandamiento, el padre es mencionado primero; aquí, la madre es mencionada primero, en parte para honrar a la madre, porque en razón de las debilidades inherentes a su sexo, es propensa a ser desdeñada por sus hijos. Y en parte porque la madre soporta más por sus hijos.

(2) Externamente tanto con palabras como con acciones. Reverenciar a los padres con palabras se refiere a cuando se habla directamente con ellos o cuando se habla de ellos a otros. “Pide, madre mía”, dijo el rey Salomón a Betsabé, su madre (1 Rey. 2:20).Cuando hablan de sus padres, los hijos deben hablar honorablemente. Tienen que hablar bien de ellos, si eso merecen. “Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada” (Prov. 31:28). Y en caso de que, por debilidad, un padre o una madre cometa una indiscreción, el hijo debe hacer todo lo posible por disculparlo con sabiduría para cubrir la desnudez de sus padres.

(3) Teniendo una conducta sumisa… José, aunque era un gran príncipe y su padre había empobrecido, se inclinó ante él y se comportó con una humildad como si su padre hubiera sido un príncipe y él mismo fuera un pobre hombre (Gén. 46:29). El rey Salomón, cuando su madre se acercó a él, “se levantó a recibirla, y se inclinó ante ella” (1 Rey. 2:19)… ¡Ay, cuántos hijos distan de rendir esta reverencia a sus padres! En cambio, los desprecian. Se comportan con tanto orgullo e indiferencia hacia ellos que son una vergüenza para el evangelio, y causan que sus padres ya ancianos vayan al sepulcro con dolor. “Maldito el que deshonrare a su padre o a su madre” (Deut. 27:16). Si todos los que deshonran a sus padres son malditos, ¡cuántos hijos en nuestra época se encuentran bajo esa maldición! Si los que son irrespetuosos con sus padres viven hasta tener hijos, sus propios hijos serán una espina en su carne, y Dios les recordará sus pecados en el día de su castigo.

II. Los hijos deben honrar a los padres siendo cuidadosamente obedientes.
“Hijos, obedeced a vuestros padres en todo” (Col. 3:20). El Señor Jesús fue un ejemplo en esto para los hijos. Se sujetó a sus padres (Luc. 2:51). Él, a quien se le sujetaban los ángeles, se sujetaba a sus padres. Esta obediencia a los padres se demuestra de tres maneras:

(1) Siguiendo sus consejos. “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre” (Prov. 1:8). Los padres ocupan, por así decir, el lugar de Dios. Para que te puedan enseñar el temor del Señor, tienes que atender sus palabras como si fueran oráculos y no ser como una víbora sorda, tapándote los oídos. Los hijos de Elí no siguieron los consejos de su padre y fueron llamados “impíos” (1 Sam. 2:12, 25). Y así como los hijos deben seguir los consejos de sus padres en cuestiones espirituales, deben también hacerlo en asuntos que se relacionan con esta vida, como la elección de una carrera y de contraer matrimonio. Jacob no se iba a casar, aunque ya tenía cuarenta años, sin la aprobación de sus padres (Gén. 28:1-2)… Si los padres de familia [evangélicos] aconsejaran a un hijo a formar pareja con un inconverso o católico romano, creo que este caso es obvio, y muchos de los letrados opinan que en este caso el hijo puede negarse y no está obligado a hacer lo que el padre pide. Los hijos deben “casarse en el Señor”, por lo tanto, no con personas inconversas, porque eso no es casarse en el Señor (1 Cor. 7:39).

(2) Cumpliendo sus órdenes. El hijo debe ser el eco de los padres: cuando el padre habla, el hijo debe ser su eco obedeciendo. El padre de los recabitas les prohibió beber vino. Le obedecieron y fueron felicitados por ello (Jer. 35:14). Los hijos deben obedecer a sus padres en todo (Col. 3:20). En las cosas en que no coinciden, por más que les cueste, tienen que obedecer a sus padres. Esaú obedeció a su padre cuando le ordenó que le trajera carne de venado porque probablemente le gustaba cazar. Pero se negó a obedecerle en una cuestión más importante: la elección de una esposa. Pero aunque los hijos tienen que obedecer a sus padres “en todo”, no obstante, “es dentro de la limitación de cosas justas y honestas”. “Obedeced en el Señor”, es decir, siempre que las órdenes de los padres coincidan con las órdenes de Dios (Ef. 6:1). Si ordenan algo que es contrario a Dios, pierden su derecho a ser obedecidos. En dichos casos, tienen que desobedecer.

(3) Satisfaciendo sus necesidades. José se ocupó de suplir las necesidades de su padre en su vejez (Gén 47:12). Se trata meramente de pagar una deuda justa. Los padres crían a sus hijos cuando son chicos, y los hijos deben ocuparse de sus padres en su ancianidad… Los hijos, o monstruos debiera llamarlos, son ellos mismos una vergüenza cuando se avergüenzan de sus padres cuando envejecen y decaen, y les dan una piedra cuando piden pan. Cuando las casas se ven cerradas, decimos que allí está la plaga, cuando el corazón de los hijos se cierra contra sus padres, tienen la plaga. Nuestro bendito Salvador cuidó mucho a su madre. En la cruz, encargó a su discípulo Juan que la llevara a su casa con él como si fuera su madre y se ocupara de que no le faltara nada
(Juan 19:26-27).

Tomado de The Ten Commandments.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano protestante no conformista y
autor; se desconocen el lugar exacto y la fecha de su nacimiento.

Una oración para los lectores, especialmente para hijos e hijas 2

Blog142B

Considera también: Si estuvieras por hacer un viaje, te prepararías para hacerlo. ¿No es verdad que lo harías si fueras a viajar unas cien o doscientas millas? Si estuvieras a esta distancia de tu hogar, ¿no pensarías en éste con frecuencia? Si aparecieran obstáculos en el camino que amenazaran impedir que jamás regresaras, ¿no usarías todos tus medios y tus fuerzas para eliminarlos? ¿Eres realmente sólo un extraño y viajero sobre la tierra? ¿Vas hacia delante en un corto lapso de tiempo a un mundo eterno, donde encontrarás una morada sin fin del más profundo sufrimiento o el más perfecto gozo? ¿Se juntan muchas cosas para impedirte alcanzar el reino de los cielos? ¿Es éste tu caso? Sí, lo es. ¿Irás hacia delante, sin importante a dónde vas? ¿Sin importarte lo que te espera al entrar en aquel mundo oculto: ese mundo oculto, desconocido y sin fin de gozo inefable o de sufrimiento imposible de imaginar?… Es imposible ser demasiado serio contigo. Si alguna vez alcanzas a conocer el valor de la verdadera piedad, estarás convencido de que así es. Si viéramos a miles durmiendo al borde de un precipicio y a otros cayendo y muriendo continuamente, ¿no sentiríamos una pasión por despertar a los que todavía no han caído?

¡Ay, mi joven amigo, si has sido indiferente al evangelio de Cristo, el peligro es infinitamente peor, un peligro eterno te amenaza! ¡Despierta! ¡Despierta! ¡Te ruego que despiertes! ¡Despierta antes de que sea demasiado tarde! ¡Antes de que la eternidad selle tu condenación!… ¡Despierta! Te ruego que comiences a pensar en esa sola cosa que tanto necesitas, ¡el alimento no es ni la mitad de necesario para el pobre desgraciado que se muere de hambre, ni lo es la ayuda para aquel que se hunde en el mar o para el que se está quemando en las llamas!

Quizá todo lo que te digo para conseguir tu atención lo digo en vano. ¿Será así? ¿Despreciarás a tu Dios asegurándote tu propia destrucción? ¿Serás un enemigo más cruel de ti mismo que los diablos mismos pudieran ser? ¡Ay! Si así es, ¿en qué condición estarás pronto? Pero tengo mejores esperanzas para ti, y te hago un pedido: Mira a Dios… conmigo, elevando la siguiente oración. Luego pide que tenga de ti misericordia:

UNA ORACIÓN PIDIENDO LA BENDICIÓN DIVINA SOBRE ESTE ARTÍCULO: Dios eternamente bendito y santo, tu sonrisa es vida, tu ceño fruncido es muerte. Tú tienes acceso a cada corazón y conoces todos los pensamientos de toda criatura en tu amplio dominio. Desde tu trono eterno dígnate a mirar y enseñar a una de tus criaturas más indignas a implorar humildemente tu misericordia. Sin tu amor, somos pobres en medio de la abundancia y desdichados en medio del gozo del mundo. Tu amor es placer aunque estemos en medio de sufrimientos y es riqueza en medio de la pobreza mundana. El que te conoce y te ama, aunque muerto de pobreza y hambre, es infinitamente más rico y feliz que el rey que gobierna el más amplio de los imperios, pero no te conoce. Tú eres nuestra única felicidad; no obstante, no hemos buscado en ti el bien. Tú eres nuestra única dicha; no obstante, te hemos pedido que te alejes. Tú tienes el primer y más razonable derecho a nuestro corazón; no obstante, por naturaleza, los corazones están cerrados contra ti. Pero si tú has bendecido al que da voz a esta oración porque te conoce, bendice también a los que la leen o la dicen con el mismo conocimiento del cielo.

Dios grande, sólo tú sabes lo que es el hombre: un desdichado y miserable, una criatura rebelde y esclava del pecado, un heredero merecedor de ira y condenación. Tu compasión ha abierto para él el camino de vida, ¡pero cuán pocos son los que lo encuentran! Y, ¡ah!, ninguna mano sino la tuya puede guiar al pecador en esa senda llena de paz. Duro es el corazón que tu bondad no derrite: ninguna piedra es tan dura. Frío es el corazón que tu bondad no calienta: ningún hielo es tan frío. No obstante, ¡ay!, Dios grande, así es todo corazón humano por naturaleza… ¡Pero tú tienes poder para ablandar la roca, derretir el hielo y cambiar el corazón! ¿Y acaso no es eso lo que deseas? Creador misericordioso… tú has dicho: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). Miles ahora en gloria han experimentado tu poder salvador. Los instrumentos más débiles pueden en tu mano realizar las obras más poderosas. Una piedrita y una honda pueden arrasar con el enemigo más orgulloso. Ahora, entonces, Dios compasivo, demuestra tu poder para salvar. Concede que los que lean este artículo cedan a tu persuasión y consideren seriamente lo que más los beneficia. Por medio de instrumentos débiles, tú has despertado muchos corazones indiferentes. Aun si éste es el más débil de los débiles instrumentos, magnifica tu poder y misericordia haciendo que llegue a un alma (¡Oh, que sean muchas!) con un llamado solemne y avivador. Permite que algunos de sus lectores aprendan el fin para el cual la vida les fue dada. ¡Oh, no dejes que duerman el sueño del pecado y la muerte para ser despertados por el juicio y la destrucción!

Dios benigno, enséñales que la vida no es dada para perderla por negligencia y pecado. Por el poder del evangelio, somete tú al corazón de Una oración para los lectores,especialmente para hijos e hijas  piedra y rompe la piedra de hielo. Con una voz eficaz como la que despertará a los muertos, llama a los muertos en pecado a levantarse y vivir. Llama al joven pecador que lea estas palabras a huir de la ira que vendrá. Dios misericordioso, por tu Espíritu Conquistador haz que este escrito, que en sí es una débil caña, sea poderoso para llevar al arrepentimiento, la oración y la conversión, a algún joven que se haya descarriado de las sendas de la paz. ¡Oh tú que te compadeces del hombre desdichado, enseña a los jóvenes lectores… a tener compasión de sí mismos! No dejes que por su pecado y su necedad hagan aun de la inmortalidad una maldición. No dejes que desprecien tus llamados misericordiosos, ni que pisoteen tu amor hasta la muerte. No dejes que el infierno se regocije y el cielo llore por ellos, sino que deja que los ángeles que moran en tu presencia y los santos que rodean tu trono se gocen por
algún penitente despertado por este débil instrumento: por algún joven que acepta el evangelio de tu Hijo, encontrando en él todo bien.

¡Dios grande, concede este pedido! ¡Haz que los sufrimientos del Salvador lo impulsen! ¡Haz que la intercesión del Salvador lo obtenga! ¡Haz que las influencias del Espíritu lleven a cabo lo que aquí anhelamos!… ¡Confiérale tu Espíritu a este ruego, oh Dios de amor! ¡Confiere esas influencias de bendición, oh tú, Salvador de la humanidad, que has recibido dones para los hombres! ¡Confiérelos, oh Padre y Señor de todo, y trae a algún joven pecador a los pies de tu Hijo crucificado! Aunque sea sólo uno, haz que éste acuda a él para vida… Ahora, oh Dios de gracia, oye esta súplica y enseña al joven sincero de corazón que preste toda su atención a lo que sigue. Concede esto, Dios grande, en nombre del que murió en el Calvario aquí en la tierra, que vive, reina y ruega por el hombre en los cielos, y cuyo reino, poder y gloria son para siempre jamás. AMÉN.

Tomado de Persuasives to Early Piety.
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J. G. Pike (1784-1854): pastor bautista, nacido en Edmonton, Alberta, Canadá.

Una oración para los lectores, especialmente para hijos e hijas 1

Blog142A

Mi querido joven: Si alguien se levantara de entre los muertos para hablarte, si pudiera venir del otro mundo para contarte lo que allí vio, ¡con cuánta atención escucharías sus palabras y cuánto te afectarían! No obstante, un mensajero de entre los muertos no te podría decir cosas más importantes que las que ahora te ruego escuches.

He venido para rogarte que creas en DIOS, que ahora sigas al REDENTOR divino, y que andes tempranamente en la agradable senda de la piedad. ¡Ah, que pudiera yo con todo el fervor de un moribundo rogarte que te ocupes de los únicos asuntos realmente importantes! Porque, ¡de qué poca consecuencia es para ti este pobre mundo transitorio cuando tienes un mundo eterno que atender! ¡No es una insignificancia que pido des tu atención a tu vida, tu todo, tu todo eterno, tu Dios, tu Salvador, tu cielo y a todas las cosas que merecen que reflexiones en ellas y las anheles! No dejes que un extraño esté más ansioso que tú de tu bienestar eterno. Si hasta ahora no has tomado esto en serio, hazlo ahora. Ya es hora que lo hagas. Ya has malgastado
bastantes años.

Piensa en las palabras de Sir Francis Walsingham2: “Aunque reímos, todas las cosas a nuestro alrededor son serias. Dios, él que nos preserva y nos tiene paciencia, es serio. Cristo, él que derramó su sangre por nosotros, es serio. El Espíritu Santo es serio, cuando lucha por nosotros. Toda la creación es seria en servir a Dios y en servirnos a nosotros. Todos en el más allá son serios. ¡Qué apropiado es que el ser humano sea serio! Entonces, ¿cómo podemos nosotros ser superficialmente alegres?”

¿Sonríes ante estas palabras graves y dices: “Este es el lenguaje del fanatismo eeligioso”?… La advertencia amistosa puede descuidarse y las verdades de la Biblia rechazarse, pero la muerte y la eternidad pronto obligan a los corazones aun más indiferentes a estar profundamente convencidos de que la religión es lo que necesitan. Sí, mi joven amigo, es lo que necesitas. Así lo dijo el Señor de la vida (Luc. 10:42), es lo que necesitamos tú, yo y todos. Los vivientes la descuidan, pero los muertos conocen su valor. Cada santo en el cielo siente el valor de la religión al ser partícipes de las bendiciones a las que lleva. Y cada alma en el infierno sabe su valor al carecer de ellas. Es sólo sobre la tierra que encontramos a los indiferentes: ¿Serás tú uno de ellos? ¡No lo permita Dios!

Lee, te ruego, este breve mensaje orando seriamente. Recuerda que lo que busco es tu bienestar. Anhelo que seas feliz aquí y, cuando tu tiempo se haya cumplido, que seas feliz para siempre. Anhelo persuadirte que busques un Refugio en los cielos y amigos que nunca fallan. Defiendo ante ti un caso que es más importante que cualquiera que jamás se haya presentado ante un juez. No es uno que concierne al tiempo solamente, sino que concierne a una larga eternidad. No es uno del que depende alguna riqueza o reputación, sino uno del cual dependen tus riquezas eternas o pobreza eterna, gloria eterna o vergüenza eterna, la sonrisa o el ceño fruncido de Dios, un cielo eterno o un infierno eterno. Es tu caso el que defiendo y no el mío: ¿Lo defenderé en vano ante ti? ¡Ay, mi Dios, no lo permitas!

Sé, mi joven amigo, que tenemos la tendencia de leer los llamados más serios como si fueran meras formalidades, de un poco más de consecuencia para nosotros que las trivialidades que publica el periódico, pero no leas de esta manera estas líneas. Créeme: te hablo muy en serio. Lee, te ruego, lo que sigue tomándolo como un serio mensaje… de Dios para ti.

Reflexiona en lo que significarán dentro de cien años los consejos que aquí te daré. Mucho antes de entonces, habrás dejado este mundo para siempre. Para entonces, tu cuerpo, ahora vigoroso y juvenil, se habrá convertido en polvo y tu nombre probablemente habrá sido olvidado sobre la tierra. No obstante, tu alma inmortal estará viviendo en otro mundo en un gozo o sufrimiento más consciente de lo que ahora es posible. En aquel entonces, mi querido joven, ¿qué pensarás de esta advertencia de amigo? ¡Qué feliz estarás si seguiste los consejos que contiene! No te creas que los habrás olvidado. Los llamados y las bendiciones olvidados aquí serán recordados allá, cuando cada pecado será traído a la memoria del pecador… pero tu día de gracia es ahora; después, otra generación será la que viva su día de gracia.

Piénsalo: mientras tú lees esto, miles se están regocijando en el cielo porque hicieron caso en años pasados a llamados tan importantes. Antes fueron tan indiferentes como quizá lo has sido tú, pero la gracia divina les dio disposición para escuchar la Palabra de vida. Hicieron caso a las advertencias dirigidas a ellos. Encontraron salvación. Han ido a su descanso. Ahora, con cuánto placer pueden recordar el sermón ferviente Una oración para los lectores,especialmente para hijos e hijas o el librito que bajo la mano de Dios, primero despertó su atención y primero impresionó sus corazones… Sí, creo que mientras tú lees… miles de almas desgraciadas en total oscuridad y desesperación están maldiciendo esa locura descabellada que los llevó a no escuchar las advertencias amistosas que alguna vez les dirigieron. ¡Ay, mi joven amigo, te ruego por los gozos de los santos en el cielo y por los horrores de los pecadores en el infierno que no trates con ligereza este afectuoso llamado!

Continuará …

Tomado de Persuasives to Early Piety.
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J. G. Pike (1784-1854): pastor bautista, nacido en Edmonton, Alberta, Canadá.

Una oportunidad única de testificar al mundo

Blog140

El Apóstol nos recuerda que en las épocas de apostasía, en las épocas de gran impiedad e irreligiosidad, cuando los fundamentos mismos tiemblan, una de las manifestaciones más destacadas de desorden es ser “desobedientes a los padres” (2 Tim. 3:2)… ¿Cuándo aprenderán las autoridades civiles de que existe una conexión indisoluble entre la impiedad y la falta de moralidad y de conducta decente?… La tragedia es que las autoridades civiles—sea cual fuere el partido político que esté en el poder—parecen estar todas gobernadas por la sicología moderna en lugar de las Escrituras. Todos están convencidos que pueden solucionar directamente y solos la falta de justicia y de rectitud. Pero eso es imposible.

La falta de justicia y rectitud es siempre el resultado de la impiedad, y la única esperanza de volver a tener alguna medida de justicia y rectitud en la vida es tener un avivamiento de la piedad. Eso es precisamente lo que les está diciendo el Apóstol a los efesios y nos está diciendo a nosotros (Ef. 6:1-4). Los mejores y más morales periodos en la historia de este país, y de cualquier otro país, siempre han sido esos periodos después de poderosos avivamientos religiosos. Este problema de anarquismo y falta de disciplina, el problema de niños y jóvenes, no existía hace cincuenta años como existe ahora. ¿Por qué? Porque todavía operaba la gran tradición del Avivamiento Evangélico del Siglo XVIII. Pero como ya ha desaparecido, estos terribles problemas morales y sociales están volviendo, como nos enseña el Apóstol, y como siempre han vuelto a lo largo de los siglos.

Por lo tanto, las condiciones presentes demandan que observemos la declaración del Apóstol. Yo creo que los padres e hijos cristianos y las familias cristianas tienen una oportunidad única de testificar al mundo en la actualidad siendo simplemente distintos. Podemos ser verdaderos evangelistas al mostrar esta disciplina, esta ley y este orden, esta relación auténtica entre padres e hijos. Podríamos ser los medios, bajo la mano de Dios, de llevar a muchos al conocimiento de la Verdad. Por lo tanto, creamos que así es.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 al 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

“Los padres deben pulir la naturaleza ruda de sus hijos con buenos modales.”
—Thomas Boston (1676-1732)

“Vivimos en una época que se caracteriza por su irreverencia, y, en consecuencia, el espíritu de anarquía, que no tolera ninguna clase de restricciones y que anhela librarse de todo lo que interfiere con la libertad de hacer lo que se le da la gana, envuelve velozmente a la tierra como una gigantesca marejada. Los de la nueva generación son los ofensores más flagrantes; y en la decadencia y desaparición de la autoridad paternal, tenemos el precursor seguro de la abolición de la autoridad cívica. Por lo tanto, en vista de la creciente falta de respeto por las leyes humanas y el no querer dar honra al que honra merece, no nos asombremos de que el reconocimiento de la majestad, la autoridad y la soberanía del Todopoderoso vaya desapareciendo cada vez más, y que las masas tengan cada vez menos paciencia con los que insisten en dar ese reconocimiento.”—A. W. Pink (1886-1952)

Directivas ante el dolor de tener hijos impios II

Blog139B

DIRECTIVA 6: Esfuércese por fortalecer sus gracias bajo esta gran aflicción; porque necesita usted más conocimiento, sabiduría, fe, esperanza, amor, humildad y paciencia para capacitarlo y hacerlo apto para sobrellevar esta aflicción más que los que necesita para sobrellevar otras. Y tiene que ver y disfrutar más de Dios y Cristo a fin de mantener el ánimo bajo este sufrimiento más que la mayoría de los demás sufrimientos. Por el poder de Cristo será no sólo capaz de sobrellevar esta tribulación sino también de gloriarse en ella. Y más grande sea el problema, más grande será lo bueno que de él derive usted.

DIRECTIVA 7: Consuélese en que las cosas más grandes y mejores por las que usted más ha orado, confiado, esperado y principalmente amado y anhelado están a salvo y seguras. Dios es y será bendecido y glorioso para siempre, pase lo que le pase a su hijo. Todas sus perfecciones infinitas están obrando para su gloria. Cristo mismo es de Dios y cumple toda la obra de Mediador como su siervo y para su gloria. Todos los ángeles y santos benditos le honrarán, admirarán, amarán y alabarán para siempre.

Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo son suyos para siempre y será glorificado en toda la eternidad haciendo que usted sea bendito y glorioso. Tiene usted un hijo malo, pero un Dios bueno. Toda su obra acabará, sus pecados serán perdonados y aniquilados, sus gracias perfeccionadas y su cuerpo y alma glorificados ¿Y cree que un hijo impío podría empequeñecer todas sus consolaciones?

DIRECTIVA 8: Por último, considere que este dolor durará sólo por un tiempo. Confieso que no conozco ni podría encontrar aunque investigara, nada que pueda elevar al corazón por sobre este dolor fuera del conocimiento y el sentido del amor infinito de Dios en Cristo hacia el hombre y de la eternidad santa y gloriosa a la cual pronto lo llevará este amor. Decirle que esto es y ha sido el caso de otros padres píos, puede aplacar algo de su dolor. Pero ¿qué valor tiene decirle que otros están y han estado tan afligidos como usted o contarle que hijos tan malos como los suyos han sido santificados y salvados, más que darle algo de esperanza sin fundamento? No tiene más valor que el que lo tiene pensar que pueden ser salvos o pueden ser condenados, porque hay razón justificada para creer lo primero y tener esperanza en lo último. Pero para que el hombre tenga una muerte victoriosa, esté listo para vivir en ese mundo donde no hay nada de este dolor y saber que en el Día del Juicio… él mismo se sentará con Cristo para juzgarlos, y que amará y se gozará en la santidad y justicia del Juez de todo el mundo quien les dará aquella sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25:41)—esto basta para superar todo dolor inmoderado por sus hijos impíos.

Tomado de Concerns for Their Unsaved Children

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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia
Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito
en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como
Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

Formación Bíblica de los hijos en el hogar 2

J.C. Ryle

“El hijo necio es pesadumbre de su padre, y amargura a la que le dio a luz”. —Proverbios 17:25

Aprenda a decirles “No” a sus hijos. Demuéstreles que puede negarse a aceptar todo lo que usted considera que no es bueno para ellos. Demuéstreles que está listo para castigar la desobediencia, y que cuando habla de castigo, no está sólo listo para amenazar sino también para actuar.

Quiera el Señor enseñarles a todos ustedes qué valioso es Cristo y qué obra poderosa y completa ha realizado en pro de nuestra salvación. Estoy seguro de que entonces usarán todos los medios para traer a sus hijos a Jesús para que vivan por medio de él. Quiera el Señor enseñarles todo lo que necesitan para que el Espíritu Santo renueve, santifique y vivifique sus almas. Estoy seguro de que entonces instarán a sus hijos a que oren sin cesar por tener a Jesús, hasta que ha entrado en sus corazones con poder y los ha convertido en nuevas criaturas. Quiera el Señor conceder esto, y si así sucede, tengo esperanza de que realmente instruirán bien a sus hijos—que los instruirán bien para esta vida y los instruirán bien para la vida venidera, los instruirán bien para la tierra y los instruirán bien para el cielo; los instruirán para Dios, para Cristo y para la eternidad.—J. C. Ryle (1816-1900)

 

Formación Bíblica de los Hijos en el Hogar

C.H. Spurgeon

“Criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” Efesios 6:4b

El sauce crece con rapidez, y lo mismo sucede con los creyentes jóvenes. Si quiere ver hombres de nota en la iglesia de Dios, búsquelos entre los que se convirtieron en su juventud… nuestros Samuel y Timoteo surgen de los que conocen las Escrituras desde su juventud. ¡Oh Señor! Envíanos muchos así cuyo crecimiento y desarrollo nos sorprenda tanto como lo hace el crecimiento de los sauces junto a los ríos.

A menos que nos mantengamos en guardia cuidando a los niños, podría suceder que no quedaría nadie para llevar el estandarte del Señor cuando nuestro cuerpo vuelva al polvo. En cuestiones de doctrina, encontramos con frecuencia que congregaciones ortodoxas cambian a una heterodoxia en el curso de treinta o cuarenta años, y esto se debe con demasiada frecuencia a que no ha existido un adoctrinamiento bíblico de los niños que incluya las doctrinas esenciales del evangelio.—Charles Spurgeon

Directivas ante el dolor de tener hijos impíos I

Blog139

DIRECTIVA 1: Considere como un gran pecado desmayar ante este sufrimiento, es decir, sufrir tanto que no puede cumplir sus obligaciones o que deja de sentir gozo en su vida. Porque desmayar ante esta calamidad significa que ha basado demasiado de su felicidad en sus hijos. Sólo argumentaré con usted como Joab lo hizo con David cuando se lamentaba tan amargamente por su hijo Absalón en 2 Samuel 19:6: “Hoy has declarado que nada te importan tus príncipes y siervos”. Lo mismo le digo a usted que si su alma desmaya bajo la carga de un hijo desobediente declara usted que Dios y Cristo no le importan.

DIRECTIVA 2: Considere… que este es un dolor común entre los hijos más queridos de Dios. Usted piensa en esto como si fuera el primer padre piadoso que ha tenido un hijo impío, como si fuera raro lo que le ha sucedido. Confieso que donde una calamidad parece singular o extraordinaria, tiene más posibilidad de que el que sufre se sienta abrumado porque piensa que ha desagradado grandemente a Dios, de modo que dice con la iglesia: “Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido; porque Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente furor” (Lam. 1:12). Pero este dolor es común y coincide con la gracia salvadora y electiva de Dios hacia ellos, y es una prueba que por lo general le toca a los justos.

DIRECTIVA 3: Considere que le hubieran podido pasar desgracias peores que esta. Le voy a dar tres males peores que lo hubieran hecho sufrir más. Primero, podría haber sido usted mismo un infeliz malo e impío. Y que el gran Jehová lo hubiera maldecido y condenado para siempre lo hubiera hecho sufrir mucho más que sentirse atormentado por un tiempo por un hijo impío. Segundo, hubiera podido tener un cónyuge que fuera como podredumbre en sus huesos. Salomón parece decir que un cónyuge pendenciero es peor que un hijo impío. Proverbios 19:13: “Dolor es para su padre el hijo necio, y gotera continua las contiendas de la mujer”. Es como una gotera constante en la casa cuando llueve que pudre el edificio, destruye los alimentos y arruina tanto a la casa como a los que en ella viven…

DIRECTIVA 5: Deje que las Escrituras y la razón guíen su dolor, a fin de no provocar a Dios, envilecer su alma y herir su conciencia con quejas y lágrimas pecaminosas. Con este fin, observe dos reglas: Primero, laméntese más por los pecados de sus hijos con los que provocan y deshonran a Dios y se corrompen y se destruyen a sí mismos y destruyen a otros, que por cualquier vergüenza o pérdida de cosas materiales que le puedan suceder. De este modo, demostrará que el amor a Dios y al alma de sus hijos, y no el amor al mundo, tiene la mayor influencia sobre su dolor. Porque me temo que por lo general hay en padres buenos demasiada aflicción carnal y no suficiente aflicción espiritual cuando sufren esta gran calamidad. Segundo, no deje que su dolor enferme su cuerpo y afecte su salud. Dios no requiere que se lamente por los pecados de sus hijos más que por los propios, y tampoco jamás nos pide que por dolor destruyamos nuestro cuerpo, que es el templo del Espíritu Santo. La verdad es que el dolor santo es la salud del alma y nunca perjudica al cuerpo. Porque la gracia siempre es una amiga y nunca una enemiga de la naturaleza. Por lo tanto, no se prive de ninguna oportunidad de honrar a Dios y servir a su iglesia. No cause el desconsuelo de su cónyuge ni que sus hijos queden huérfanos por culpa de un dolor que no agradará a Dios, no lo tranquilizará a usted ni les hará ningún bien a sus hijos malos y desgraciados.

Tomado de Concerns for Their Unsaved Children

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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia
Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito
en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como
Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

La calamidad de tener hijos impíos 2

Blog138B

DOLOR: Se ven profundamente afectados por la congoja y el dolor que sienten por la maldad de sus hijos. Las gracias de los padres causan que se lamenten por los pecados de sus hijos. Su conocimiento de la salvación hace sangrarles el corazón al ver a sus hijos burlarse y despreciar la gloria que ellos ven en Dios y en Cristo. Y aunque ellos, por fe, se alimentan en Cristo, les duele ver a sus hijos alimentarse de los placeres inmundos del pecado. Su amor a Dios los hace gemir porque sus hijos aman el pecado y las peores maldades, y aborrecen a Dios, el mejor bien.

La enormidad de esta aflicción se ve en estos ocho factores que la empeoran: Primero, empeora su dolor recordar cuánto placer y delicia les daban estos hijos cuando eran chicos. Los atormenta ahora ver sus dulces y alegres sonrisas convertidas en miradas burlonas y despreciativas hacia sus padres, y sus lindas e inocentes palabras convertidas en blasfemias y mentiras y otras podredumbres. Los atormenta pensar que éstos, que se lanzaban hacia ellos para recibir un abrazo, para besarlos y para hacer lo que ellos pidieran, ahora los rechazan.

Segundo, empeora su dolor verse tan miserablemente decepcionados en las esperanzas que tenían para estos hijos. “La esperanza que se demora es tormento del corazón”, dijo Salomón en Prov. 13:12, pero verse frustrados y desilusionados en su esperanza en algo de tanta importancia que hasta les destroza el corazón. Cuando estos padres recuerdan qué agradable les resultaba oír a estos hijos contestar preguntas de la Biblia y hablar bien de Dios y Cristo, no pueden sentirse más que afligidos al ver que estos mismos hijos quienes, como Ana, presentaron al Señor, se venden al diablo.

Tercero, empeora su dolor ver a sus hijos quienes los amaban como padres, en compañía de mentirosos, borrachos, mujeriegos y ladrones cuya compañía les resulta más agradable que la de sus padres.

Cuarto, empeora su dolor ver a los hijos de otros que andan en los caminos del Señor y decir: “¡Esos hijos hacen felices a sus padres y a su madre mientras que los hijos de nuestro cuerpo y consejos y oraciones y promesas y lágrimas viven como si su padre fuera amorreo y su madre hetea”! (Ez. 16:3)

Quinto, empeora el dolor de los padres cuando sólo tienen un hijo, y éste es necio y desobediente. Hay muchos ejemplos de esto. La Biblia, para describir el tipo de dolor más triste lo compara con el dolor de un hijo único. Jeremías 6:26: “Ponte luto, como por hijo único, llanto de amarguras”. Zacarías 12:10: “Llorarán como se llora por hijo unigénito”. Sé que estos versículos se refieren a padres que lloran la muerte de un hijo único, pero no es tan triste seguir a un hijo único a la tumba como es ver a un hijo único vivir para deshonrar a Dios y ser una maldición para su generación destruyendo continuamente su alma preciosa. Es muy amargo cuando uno vuelca en un hijo tanto amor, bondad, cuidado, costo, esfuerzos, oraciones y ayunos tal como hacen otros padres con muchos hijos. Y, a pesar de todo esto, el hijo único resulta ser este monstruo de maldad, como si los pecados de muchos hijos impíos se concentraran en él.

Sexto, es peor cuando los ministros santos de Dios son padres de necios, lo cual… sucede con frecuencia. Y es muy lamentable porque éstos tienen las llaves del reino de los cielos, no obstante lo cual tienen que entregar a sus propios hijos a la ira de Dios. Los tales conocen los terrores del Señor y los tormentos del infierno más que los demás, y les afecta más creer que ahora eso es lo que les espera a sus propios hijos.

Séptimo, es peor para los padres cuando los hijos, a quienes dedicaron para servir a Dios en el ministerio del evangelio, resultan ser impíos. Esto es motivo de grandes lamentaciones, porque los padres tienen la intención de que ocupen los lugares más importantes en la iglesia, les dan una educación con miras a ello, y después estos chicos se hacen como la sal sin sabor, que no sirve para nada sino para tirar y ser pisoteada por los hombres.

Octavo, es peor cuando los hijos son un dolor para sus padres en su vejez, y, por decirlo así, tiran tierra sobre sus canas, que es su corona de gloria. El mandato de Dios en Proverbios 23:22 es: “Cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies”. Salomón dice que los días de la vejez son días malos (Ecl. 12), su edad es en sí una enfermedad problemática e incurable. Los ancianos son como la langosta: aun lo más liviano es para ellos una carga. Por lo tanto, es más problemático para ellos ser atormentados por hijos malos cuando habiendo sido hombres fuertes (según piensan los teólogos) se encorvan, y sus hijos que deberían ser un apoyo para ellos, les destrozan el corazón y causan que bajen con dolor a su tumba.

Tomado de Parents’ Concerns for Their Unsaved Children.
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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

La calamidad de tener hijos impíos 1

Blog138

“El hijo necio es pesadumbre de su padre, y amargura a la que le dio a luz”. —Proverbios 17:25

Es una gran calamidad para padres piadosos tener hijos malos e impíos. “El hijo necio [dice el texto de Proverbios] es pesadumbre de su padre, y amargura a la que le dio a luz”. Lo mismo expresa Proverbios 17:21: “El que engendra al insensato, para su tristeza lo engendra; y el padre del necio no se alegrará”. El hijo necio le quita toda la alegría. Y Proverbios 19:13 dice: “Dolor es para su padre el hijo necio”…

Lo grande de este dolor, o calamidad, se manifiesta en los sentimientos que produce en los padres y los afectan. Daré sólo tres: temor, ira y tristeza.
TEMOR: Este es un sentimiento perturbador, y los padres píos nunca dejan de tenerlo por sus hijos impíos. Temen que cada uno que llama a la puerta, que cada mensaje y cada amigo que llegan les traerán malas noticias de sus hijos desobedientes. Ampliaré esto dando tres grandes males que causan gran temor en estos padres.

Tienen miedo de que sus hijos estén cometiendo pecados grandes. Este era el temor de Job por sus hijos cuando éstos se juntaban para realizar fiestas (Job 1:5). Job decía: “Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones”. Aunque quizá rara vez están sus hijos fuera de su vista, los padres buenos tienen este temor. Saben que sus hijos están siempre expuestos a las tentaciones del diablo, las trampas del mundo y la atracción de las malas compañías, de modo que sus corazones corruptos están predispuestos a caer en todo esto, y que pueden provocar a Dios a entregarlos a sus propias concupiscencias. Y por lo tanto, sienten un temor constante de que sus hijos estén mintiendo, blasfemando, andando con malas mujeres, o emborrachándose, corrompiéndose, destruyéndose a sí mismos y destruyendo a otros.

Temen que sus hijos caigan víctima del juicio severo de Dios en esta vida. David, cuando su hijo Absalón encabezaba una gran rebelión contra su padre y tenía que ir a batalla contra los rebeldes, temía que su hijo pereciera en sus pecados. Los padres como estos saben que sus pobres hijos se han apartado del camino de Dios, y que son como pájaros que se escapan del nido (Prov. 27:8) exponiéndose a toda clase de peligros. Saben las amenazas de la Palabra en su contra y qué ejemplos terribles hay de la venganza de Dios sobre los hijos desobedientes. Y por esta razón, temen que sus pecados les lleven a una muerte prematura y vergonzosa.

Temen la condenación eterna para ellos. Son sensibles al hecho de que sus hijos son hijos de ira y viven en los pecados por los cuales la ira de Dios se manifiesta a los hijos de desobediencia. Y estos padres creen en lo que es el infierno. Porque así como la fe en las promesas es la sustancia de las cosas que esperamos, la fe cree que las amenazas son la sustancia de las cosas que temen. Por eso, no pueden menos que temblar al pensar en que sus queridos corderos, a quienes alimentaron y cuidaron con ternura, a cada momento corren en peligro de ser arrojados al lago de fuego preparado para el diablo y los suyos.

IRA: La ira es otra pasión que aflora en padres piadosos por la maldad de sus hijos. Y esto es problemático, porque al hombre no le faltan problemas cuando está airado. Y cuanto más se empecinan estos padres en que sus hijos sean piadosos, más los disgustan y exasperan los pecados de ellos. Sienten enojo cuando los ven que provocan a aquel Dios a quien ellos mismos tienen tanto cuidado en agradar, verlos destruir sus almas preciosas que ellos trabajan para salvar, y verlos despilfarrar con sus sucias lascivias esos bienes que han obtenido con su dedicación, trabajo y oraciones. No pueden menos que pensar en ellos con ira, hablar de ellos con ira y mirarlos con ira. Y así, sus hijos, que deberían ser motivo de gozo y placer, les son una cruz e irritación continua.

Tomado de Parents’ Concerns for Their Unsaved Children.
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Edward Lawrence (1623-1695): Pastor inglés que no pertenecía a la Iglesia Anglicana; educado en Magdalene College, Cambridge; fue echado de su púlpito en 1662 por el Acto de Uniformidad; amado y respetado por otros puritanos como Matthew Henry y Nathanael Vincent; nacido en Moston, Shropshire, Inglaterra.

Obstáculos principales en la formación 3

Blog137C

CUARTO: La conducta inconstante de los padres mismos es frecuentemente un obstáculo poderoso para obtener el éxito en la educación cristiana… ¿Cómo, pues, tiene que ser la influencia del ejemplo de los padres? Ahora bien, como me estoy dirigiendo a padres de familia cristianos, doy por hecho que demuestran, en alguna medida, la realidad de la religión cristiana… Los hijos pueden captar algo de ésta en la conducta de sus padres. Pero cuando ésta incluye tantas pequeñas contradicciones, tal bruma de imperfecciones, qué poco aporta a que formen una buena opinión o que la estimen más. En algunos cristianos hay tanta mundanalidad, tanto conformarse a las necedades de moda, tanta irregularidad en la piedad doméstica, tantos arranques de ira que nada tienen de cristianos, tanto dolor inconsolable y quejas lastimeras bajo las pruebas de la vida, tantas frecuentes actitudes negativas hacia sus hermanos cristianos que sus hijos ven a la religión como algo sumamente desagradable. La consecuencia es que rebaja su opinión de la piedad o inspira en ellos puro disgusto.

Padre de familia, si quiere que sus enseñanzas y amonestaciones a su familia tengan éxito, hágalas respetar por el poder de un ejemplo santo. No basta que sea usted piadoso en general, sino que debe serlo totalmente; no sólo debe ser un verdadero discípulo, sino uno excelente; no sólo un creyente sincero, sino uno consecuente. Sus normas religiosas tienen que ser muy altas. Me atrevo a dar este consejo a algunos padres: Hablen menos acerca de religión a sus hijos o demuestren más de su influencia. Dejen a un lado la oración familiar o dejen a un lado los pecados familiares. Tengan cuidado de cómo actúan, porque todas sus acciones son vistas en el hogar. Nunca hablen de la religión cristiana si no es con reverencia. No se apuren en hablar de las faltas de sus hermanos cristianos. Cuando se presenta el tema, que sea en un espíritu caritativo hacia el ofensor y de un decidido aborrecimiento por la falta. Muchos padres han dañado irreparablemente la mente de sus hijos por su tendencia a averiguar, comentar y casi alegrarse de las inconstancias de otros que profesan ser cristianos. Nunca pongan reparos triviales ni traten de encontrar faltas en las actividades de su pastor. En cambio, elogien sus sermones a fin de que sus hijos quieran escucharlos con más atención. Guíe sus pensamientos hacia los mejores cristianos. Destáqueles la hermosura de una piedad ejemplar. En resumen, en vista de que su ejemplo puede ayudar o frustrar sus esfuerzos por lograr la conversión de sus hijos, considere el imperativo: “debéis andar en santa y piadosa manera de vivir” (2 Ped. 3:11).

QUINTO: Otro obstáculo para lograr el éxito en la educación religiosa se encuentra a veces en la conducta desenfrenada de alguien mayor en la familia, especialmente en el caso de un hijo libertino. En general los hijos mayores tienen una influencia considerable sobre los demás, y muchas veces establecen el tono moral entre ellos. Sus hermanos y hermanas menores los admiran. Traen amigos, libros, diversiones a la casa y con ello forman el carácter de los menores. Por lo tanto, es muy importante que los padres presten particular atención a sus hijos mayores. Si, por desgracia, los hábitos de éstos son decididamente contraproducentes para la formación cristiana de los otros, deben ser separados de la familia, si es factible hacerlo. Un hijo disoluto puede llevar a todos sus hermanos por mal camino. He visto algunos casos dolorosos de esto. El padre puede vacilar en echar de casa a un hijo libertino por temor de que empeore más. Pero ser bueno con él de esta manera es una crueldad hacia los demás. La maldad es contagiosa, especialmente cuando la persona con esta enfermedad es un hermano.

SEXTO: Las malas compañías fuera de casa neutralizan toda la influencia de la enseñanza cristiana del hogar. El padre creyente tiene que mantenerse siempre atento para vigilar las amistades que sus hijos tienden a tener. He dicho mucho a los jóvenes mismos sobre este tema en otra obra. Pero es un tema que también concierne a los padres. Un amigo mal escogido por sus hijos puede dar por tierra todo lo bueno que usted está haciendo en su casa. Es imposible que usted sea demasiado cuidadoso en esto. Desde la primera infancia de sus hijos, anímelos a verlo a usted como el seleccionador de sus compañías. Enséñeles la necesidad de que usted lo sea, y forme en ellos la costumbre de consultarlo en todo momento. Nunca aliente una amistad que difícilmente tenga una influencia positiva en el carácter cristiano de ellos. Nunca como ahora ha sido necesaria esta advertencia. Las instituciones cristianas de ahora acercan al evangelio a los niños y jóvenes que a ellas asisten… Pero aun en el mejor de los casos, es demasiado pretender que todos los amigos activos en la escuela dominical, grupo juvenil, etc., sean amigos adecuados para nuestros hijos y nuestras hijas.

SÉPTIMO: Las divisiones que surgen a veces en nuestras iglesias y que causan enemistad entre cristianos tienen una influencia muy negativa sobre la mente de los niños y jovencitos. Ven en ambas partes tanto que es contrario al espíritu y carácter distintivo del cristianismo y ello tiene un impacto tan profundo sobre sus opiniones y
sentimientos acerca de una de las partes, que su atención deja de centrarse en lo esencial de la religión cristiana, o brota un prejuicio contra ella. Considero esto como una de las consecuencias más dolorosas y malas de las controversias en la iglesia…

POR ÚLTIMO: El espíritu de independencia filial, sancionada por las costumbres, si no las opiniones de esta época, es el último obstáculo que mencionaré, sobre el tema de lograr buenos resultados en la educación cristiana. La tendencia, demasiado aparente en esta época, de aumentar los privilegios de los hijos por medio de reducir la prerrogativa de sus padres, no es para bien de unos ni de otros. La rebeldía contra una autoridad constituida correctamente nunca puede ser una bendición; todos los padres sabios, junto con todos los niños y jóvenes sabios, coinciden en que la autoridad paternal es una bendición. Algunos chicos precoces pueden sentirla opresiva, pero otros cuya madurez es más natural y lenta reconocerán que es una bendición. Los hijos que sienten que el yugo de los padres es una carga, raramente considerarán a Cristo como un beneficio.

Mis queridos amigos, pienso que éstos son los obstáculos principales para lograr el éxito en los esfuerzos que muchos hacen para lograr la formación cristiana de sus hijos. Considérenlos seriamente, y habiéndolo hecho, procuren evitarlos… A la vez, no descuiden ninguno de los otros medios que promueven el bienestar, reputación y utilidad de ellos en este mundo, concéntrense en emplear sus mejores energías para poner en práctica un plan bíblico y sensato de educación religiosa.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Obstáculos principales en la formación 2

Blog137B

SEGUNDO: El descuido de la disciplina doméstica es otro obstáculo en el camino hacia una educación cristiana exitosa. Los padres son investidos por Dios con un grado de autoridad sobre sus hijos, que no pueden dejar de ejercer sin ser culpables de pisotear las instituciones del cielo. Cada familia es una comunidad, un gobierno que es estrictamente despótico, aunque no tirano. Cada padre es un soberano, pero no un opresor. Es el legislador, no meramente el consejero. Su voluntad debe ser ley, no sólo consejo. Debe ordenar, refrenar, castigar; los hijos tienen que obedecer. Él, en caso necesario, tiene que amenazar, reprender, disciplinar; y ellos tienen que someterse con reverencia. Él tiene que decidir qué libros leerán, qué amigos pueden tener, qué actividades pueden realizar y lo que harán con su tiempo libre. Si ve algo incorrecto, no debe responder con una protesta tímida, débil, ineficaz como la de Elí: “¿Por qué hacéis cosas semejantes?” (1 Sam. 2:23), sino con una firme, aunque cariñosa prohibición. Tiene que gobernar su propia casa y por medio de toda su conducta, hacer que sus hijos sientan que tiene derecho a exigirles su obediencia.

Dondequiera que existe la falta de disciplina, ésta va acompañada de confusión y anarquía doméstica. Si falta la disciplina todo anda mal. El jardinero puede sembrar las mejores semillas. Pero si no quita las malezas y poda el crecimiento excesivo no puede esperar que sus flores crezcan ni que su jardín florezca. De la misma manera, el padre puede presentar las mejores enseñanzas. Si no desarraiga el mal carácter, corrige los malos hábitos, reprime las corrupciones flagrantes, no puede esperar nada excelente. Puede ser un buen profeta y un buen sacerdote, pero si no es también un buen rey todo lo demás es en vano. Cuando un hombre rompe su cetro y deja que sus hijos lo usen como un juguete, puede renunciar a sus esperanzas de ser exitoso con la educación cristiana… La desgracia en muchas familias es que la disciplina es inconstante e  inestable, a veces realizada con tiranía y otras, tan descuidada que hasta parece que se ha suspendido la ley. En estos casos, los hijos a veces tiemblan como esclavos, y otras veces, se sublevan como rebeldes; a veces gimen bajo la mano de hierro, otras veces se amotinan en un estado de libertad sin ley. Este es un sistema maligno, y sus efectos son generalmente lo que se puede esperar de él.

En algunos casos, la disciplina comienza demasiado tarde. En otros, termina demasiado pronto. El oficio del padre como autoridad dura casi lo mismo que la relación paternal. El niño, en cuanto puede razonar, tiene que aprender que debe ser obediente a sus padres. Si llega a la edad escolar antes de estar sujeto al control cariñoso de la autoridad paternal, probablemente se resista al yugo, como lo resiste el toro que no ha sido domado. Por otro lado, mientras los hijos sigan bajo el techo paternal, tienen que estar sujetos a las reglas de una disciplina doméstica. Muchos padres se equivocan grandemente por abdicar el trono a favor de un hijo o hija porque está llegando a ser un hombre o una mujer. Es realmente lamentable ver a un chico o chica de quince… a quien le dejan sembrar las semillas de la rebeldía en el hogar y actuar en contra de la autoridad paternal de un padre demasiado conformista, que hasta pone las riendas del gobierno en las manos de sus hijos o cae en alguna otra conducta que muestra que se conforma porque considera que sus hijos son independientes. No tiene que haber ninguna lucha por el poder. Donde un hijo ha estado acostumbrado a obedecer, aun desde la primera infancia, el yugo de la obediencia será generalmente ligero y fácil de llevar. Si no, y un carácter rebelde comienza a notarse tempranamente, el padre sensato tiene que estar en guardia y no tolerar ninguna intrusión en sus prerrogativas como padre. A la misma vez, el creciente poder de su autoridad, tal como sucede con la presión creciente de la atmósfera, debe ser sentida sin ser vista. Esto la hará irresistible.

TERCERO: Por otro lado, una severidad indebida es tan perjudicial como una tolerancia ilimitada. La transigencia desatinada ha matado sus diez miles, la dureza innecesaria también ha destruido sus miles. Una autoridad que infalible nos ha dicho que las cuerdas del amor son los lazos que unen a los seres humanos. Hay un poder formativo en el amor. La mente humana fue hecha de manera que cede con gusto a la influencia del cariño. Es más fácil guiar a alguien a cumplir su deber que forzarlo a hacerlo… El amor parece un elemento tan esencial en el carácter paternal que hay algo repugnante no sólo en un padre cruel, en un padre hiriente o severo sino también en un padre de corazón frío. Estudie el carácter paternal como lo presenta ese exquisitamente conmovedor retrato moral que es la Parábola del Hijo Pródigo. No se puede esperar que la formación cristiana prospere cuando un padre gobierna enteramente por medio de una autoridad fría, estricta, mísera, meramente con órdenes, prohibiciones y amenazas, con el ceño fruncido sin suavizarlo con una sonrisa; cuando el amigo nunca está combinado con el legislador, ni la autoridad modificada con amor; cuando su conducta produce sólo un temor servil en el corazón de sus hijos en lugar de un afecto generoso; cuando le sirven por temor a los efectos de la desobediencia en lugar de un sentido de placer en la obediencia; cuando en el círculo familiar temen al padre porque parece estar siempre de mal humor más bien que considerarlo el ángel guardián de sus alegrías; cuando aún alguna acción accidental desata una tormenta o las faltas producen un huracán de pasiones en su pecho, cuando los ofensores se ven obligados a disimular o mentir con la esperanza de no ser objeto de las severas correcciones que enterarse de ellas siempre generan en sus padres; cuando se hacen interrupciones innecesarias a los inocentes momentos de diversión; cuando de hecho no pueden ver nada del padre pero todo del tirano. La formación cristiana no puede prosperar en un ambiente así de la misma manera como uno no puede esperar que una planta tierna de invernadero prospere en los rigores de una helada eterna.

Es inútil que un padre así pretenda enseñar bíblicamente. Enfría el alma de sus alumnos. Endurece sus corazones. Los prepara para que corran con premura a su ruina en cuanto se hayan librado del yugo de su esclavitud y puedan dar rienda suelta a su libertad que expresan con una gratificación descontrolada.

Por lo tanto, los padres deben combinar su conducta de legisladores con la de amigos, atemperar su autoridad con gentileza… Deben actuar de tal manera que los hijos lleguen a la convicción de que su ley es santa y sus mandatos santos, y justos, y buenos, y que ser gobernados de esta manera es ser bendecidos.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Obstáculos principales en la formación 1

Blog137A

El hecho de que en muchos casos los métodos usados por padres de familias cristianas para lograr el bienestar espiritual de sus hijos no tienen éxito es una triste realidad comprobada por abundantes evidencias que se siguen acumulando. ¡No estoy hablando de aquellas familias donde no existe la piedad doméstica, ni la instrucción, ni un altar familiar2, donde tampoco se oyen las oraciones familiares, ni las amonestaciones de parte de los padres! ¡Esta negligencia cruel, maligna, mortal, de los intereses inmortales de los hijos sucede en familias que profesan ser cristianas! ¡Inconstancia monstruosa! ¡Sorprendente abandono de sus principios! Con razón los hijos se desvían. Esto es fácil de explicar. Algunos de los peores inmorales que conozco han venido de tales hogares. Sus prejuicios en contra de la religión y su antipatía por sus prácticas son mayores que los de los hijos de padres mundanos. Los que profesan ser religiosos y son inconstantes, hipócritas y negligentes, con frecuencia generan en sus hijos e hijas una aversión y desilusión contra la piedad imposible de cambiar, y parece producir en ellos una firme determinación de apartarse lo más lejos posible de su influencia.

Hablaré ahora del fracaso de una educación religiosa donde se ha llevado a cabo en alguna medida, de la cual abundan ejemplos… Vemos con frecuencia a niños que han sido objeto de muchas oraciones y muchas esperanzas y que, aun así olvidan las enseñanzas que han recibido, y siguen al mundo para hacer el mal. Lo que menos quiero hacer es agregar aflicciones a las aflicciones diciendo que esto se puede rastrear en todos los casos a la negligencia de los padres. No quiero echar, por decir así, sal y vinagre3 a las heridas sangrantes con que la impiedad de los hijos ha lacerado la mente de algún padre. No quiero causar que algún padre adolorido exclame: “El reproche me ha quebrantado el corazón, ya herido por la mala conducta de mi hijo”. Sé que en muchos de los casos no se les puede adjudicar culpa alguna a los padres. Es únicamente por la depravación del hijo, que nada fuera del poder del Espíritu Santo puede subyugar, que lo llevó a un resultado tan triste. En algunos casos, los mejores métodos de educación cristiana, cumplidos sensatamente y mantenidos con la mayor perseverancia, han fracasado totalmente. Dios es soberano, y tiene misericordia de los que él quiere (Rom. 9:15). No obstante, en la educación cristiana existe la tendencia de querer asegurar el resultado deseado. Por lo general, Dios sí bendice con su influencia salvadora a tales esfuerzos. “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Prov. 22:6). Por regla general, esto se cumple, aunque hay muchas excepciones.

Presentaré ahora los obstáculos que considero los principales para lograr el éxito en la educación cristiana.

PRIMERO: Con frecuencia se realiza con negligencia y arbitrariamente, aun cuando no se omite totalmente. Es obvio que, si se quiere realizar, se debe hacer con seriedad, con un orden sistemático y con permanente regularidad. No debe realizarse de un
modo aburrido, desagradablemente pesado, sino como algo profundo y de placentero interés. El corazón del padre debe estar entera y obviamente dedicado a ella. Una parte de cada domingo debe dedicarse a la enseñanza de sus hijos bajo su cuidado. Su dedicación tiene que notarse en toda su conducta como padres. El padre puede dirigir los momentos devocionales del culto familiar. La madre debe acompañarle, enseñando a los hijos la doctrina, los himnos y las Escrituras. Pero si esto no va acompañado de serias amonestaciones, visible ansiedad y un vigoroso esfuerzo por motivar a sus hijos a pensar seriamente en la religión cristiana como un asunto de importancia infinita, poco puede esperarse. Un sistema de enseñanza cristiana frío, ceremonioso e inestable más bien generará un prejuicio contra la religión en lugar de una predisposición por ella.

Además, la educación cristiana debe ser consecuente. Tiene que incluir todo lo que pueda ayudar en la formación del carácter… Debe tener en cuenta las escuelas, las compañías, las diversiones, los libros juveniles. Porque si no hace más que enseñar palabras sanas para que las comprendan y las recuerden, y descuida el impacto sobre el corazón y la formación del carácter, poco puede esperarse de sus esfuerzos. No se puede esperar que un puñado de semillas, desparramadas de vez en cuando en la tierra sin orden o  perseverancia, pueda producir una buena cosecha. De la misma manera, no se puede esperar que una educación cristiana tibia, inestable, produzca una piedad auténtica. Si no es evidente que el padre toma esto en serio, no se puede esperar que lo haga el niño. Todo padre cristiano reconoce en teoría que la religión cristiana es lo
más importante en el mundo. Pero si en la práctica parece mil veces más ansioso de que su hijo sea un buen alumno en la escuela que un verdadero cristiano, y la madre tiene más interés en que su hija sepa bailar bien o tocar música que ser un hijo o una hija de Dios, pueden enseñar lo que quieran sobre la sana doctrina pero no esperen una piedad genuina como resultado. Esto puede esperarse únicamente donde se enseña e inculca como lo más indispensable.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Formación del carácter de los niños 3

Blog136C

Hay que enseñar a los niños a ser humildes. Esta es una gracia que el Señor nos invita particularmente a aprender de él y lo que con más frecuencia nos recomienda, sabiendo muy bien que sin ella un plan tan humillante como el que vino a presentar nunca hubiera sido recibido. Y en cuanto a la vida presente, es un adorno muy hermoso que se gana la estima y el afecto universal, de modo que antes de la honra viene la humildad (Prov. 15:33). En general, encontramos que el se exalta a sí mismo será humillado, y el que se humilla a sí mismo será exaltado, tanto por Dios como por el hombre.

Por lo tanto, querer el bienestar, la honra y la felicidad de nuestros hijos debiera llevarnos a un esforzarnos tempranamente a frenar ese orgullo que fue el primer pecado y la ruina de nuestra naturaleza y que se extiende tan ampliamente y se hunde tan profundamente en todo lo que tiene su origen en la degeneración de Adán. Debemos enseñarles a expresar humildad y modestia en toda su manera de ser con todos.

Hay que enseñarles que traten a sus superiores con especial respeto y, en los momentos debidos, acostumbrase a guardar silencio y ser prudentes ante ellos. De este modo aprenderán en algún grado a gobernar su lengua, una rama de la sabiduría que, al ir avanzando la vida, será de gran importancia para la tranquilidad de otros y para su propio confort y reputación.

Tampoco debe permitirles ser insolentes con sus pares, sino enseñarles a ceder, a favorecer y a renunciar a sus derechos para mantener la paz. Para lograrlo, pienso que es de desear que por lo general se acostumbren a tratarse unos a otros con respeto y en conformidad con los modales de las personas bien educadas de su clase. Sé que estas cosas son en sí mismas meras insignificancias, pero son los guardias de la humanidad y la amistad, e impiden eficazmente muchos ataques groseros que puedan surgir por cualquier pequeñez con posibles consecuencias fatales…

En último lugar, hay que enseñar a los niños a negarse a sí mismos. Sin un grado de esta cualidad, no podemos seguir a Cristo ni esperar ser suyos como discípulos, ni podemos pasar tranquilos por el mundo. Pero, no obstante lo que pueda soñar el joven sin experiencia, muchas circunstancias desagradables y mortificantes ocurrirán en su vida que descontrolarán su mente continuamente si no puede negar sus apetitos, pasiones y su temperamento. Por lo tanto, hemos de esforzarnos por enseñar inmediatamente esta importante lección a nuestros hijos, y, si tenemos éxito en hacerlo, los dejaremos mucho más ricos y felices por ser dueños de sus propios espíritus, que si les dejáramos los bienes materiales más abundantes o el poder ilimitado que el poder sobre otros pudiera producir.

Cuando un ser racional se convierte en el esclavo del apetito, pierde la dignidad de su naturaleza humana al igual que la profesión de su fe cristiana. Es, por lo tanto, digno de notar que cuando el Apóstol menciona las tres ramas grandiosas de la religión práctica, pone la sobriedad primero, quizá sugiriendo que donde ésta se descuida lo demás no puede ser practicado. La gracia de Dios, es decir, el evangelio, nos enseña a vivir sobria, recta y piadosamente. Por lo tanto, hay que exhortar a los niños, al igual que a los jóvenes, a ser sobrios, y hay que enseñarles desde temprano a negarse a sí mismos.

Es un hecho que sus propios apetitos y gustos determinarán el tipo y la cantidad de sus alimentos, muchos de ellos destruirían rápidamente su salud y quizá su vida, dado que con frecuencia el antojo más grande es por las cosas que son más dañinas. Y parece muy acertada la observación de un hombre muy sabio (quien era él mismo un triste ejemplo de ello) que el cariño de las madres por sus hijos, por el que los dejan comer y beber lo que quieran, pone el fundamento de la mayoría de las calamidades en la vida humana que proceden de la mala condición de sus cuerpos. Más aún, agregaré que es parte de la sabiduría y del amor no sólo negar lo que sería dañino, sino también tener cuidado de no consentirlos con respecto a los alimentos ni la ropa. Las personas con sentido común no pueden menos que ver, si reflexionaran, que saber ser sencillos, y a veces, un poco sacrificados, ayuda a enfrentar muchas circunstancias en la vida que el lujo y los manjares harían casi imposible hacerlo.

El control de las pasiones es otra rama del negarse a sí mismo a la que deben habituarse temprano los niños, y especialmente porque en una edad cuando la razón es tan débil, las pasiones pueden aparecer con una fuerza y violencia única. Por lo tanto, hay que tener un cuidado prudencial para impedir sus excesos. Con ese propósito, es de suma importancia que nunca permita que hagan sus caprichos por su obstinación, sus gritos y clamores, permitirlo sería recompensarlos por una falta que merece una severa reprimenda. Es más, me atrevo a agregar que es muy inhumano disfrutar de incomodarlos con mortificaciones innecesarias, no obstante, cuando anhelan irrazonablemente alguna insignificancia, por esa misma razón, a veces, se les debe negar, a fin de enseñarles algo de moderación para el futuro. Y si, por dichos métodos, aprenden gradualmente a dominar su genio y antojos, aprenden un aspecto considerable de verdadera fuerza y sabiduría…

 

Tomado de The Godly Family.

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Philip Doddridge DD (26 de junio de 1702 – 26 de octubre de 1751) fue un ministro, educador y compositor de himnos inglés no conformista.

Formación del carácter de los niños 2

Blog136B

Hay que educar a los niños de modo que sean diligentes. Esto sin duda debe ser nuestra preocupación si en algo estimamos el bienestar de sus cuerpos o de sus almas. En sea cual fuere la posición que terminen ocupando en la vida, habrá poca posibilidad de que sean de provecho, y reciban honra y ventajas si no tienen una dedicación firme y resuelta de la cual el más sabio de los príncipes y de los hombres ha dicho: “¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará, no estará delante de los de baja condición” (Prov. 22:29). Y es evidente que el cumplimiento diligente de nuestras obligaciones nos mantiene lejos de miles de tentaciones que la ociosidad parece atraer, llevando al hombre a innumerables vicios y necedades porque no tiene nada mejor que hacer.

Por lo tanto, el padre prudente y cristiano se ocupará de que sus hijos no vayan a caer temprano en un hábito tan pernicioso, ni encaren la vida como personas que no tienen más tarea que ocupar espacio y ser un obstáculo para quienes emplean mejor su tiempo. En lugar de dejar que vayan de un lado a otro (como muchos jóvenes hacen sin ningún propósito imaginable de ser útiles o como distracción) más bien les dará tempranamente tareas para emplear su tiempo, tareas tan moderadas y diversificadas que no los abrume ni fatigue su tierno espíritu, pero lo suficiente como para mantenerlos atentos y activos.
Esto no es tan difícil como algunos se pueden imaginar, porque los niños son criaturas activas, les gusta aprender cosas nuevas y mostrar lo que pueden hacer. Por eso, estoy convencido de que si se les impone total inactividad como castigo aunque sea por una hora, estarán tan cansados que estarán contentos de escapar de esto haciendo cualquier cosa que usted les dé para hacer…

Hay que enseñar a los niños que sean íntegros. Una sinceridad sencilla y piadosa no sólo es muy deseable, sino una parte esencial del carácter cristiano… Es muy triste observar qué pronto los artificios y engaños de una naturaleza corrupta comienzan a hacerse ver. En este sentido, somos transgresores desde antes de nacer, y nos desviamos diciendo mentiras, casi desde el momento que nacemos (Sal. 58:3). Por lo tanto, debemos ocuparnos con cuidado de formar la mente de los niños de modo que amen la verdad y la sinceridad, y se sientan mal al igual que culpables si mienten. Debemos obrar con cautela para no exponerlos a ninguna tentación de este tipo, ya sea por ser irrazonablemente severos ante faltas pequeñas o por decisiones precipitadas cuando preguntamos sobre cualquier cuestión que quieren disimular con una mentira. Cuando los encontramos culpables de una mentira consciente y deliberada, hemos de expresar nuestro horror por ella no sólo con una reprensión o corrección inmediata, sino por un comportamiento hacia ellos por algún tiempo después que les muestre cuánto nos ha afectado, entristecido y desagradado. Actuar con esta seriedad cuando aparecen las primeras faltas de esta clase, puede ser una manera de prevenir muchas más.

Agregaré, además, que no sólo debemos responder severamente a una mentira directa, sino igualmente, en un grado correcto, desalentar toda clase de evasivas y palabras de doble sentido, y esas pequeñas tretas y engaños que quieran atribuirse uno al otro o a los que son mayores que ellos. Hemos de inculcarles con frecuencia el excelente pasaje: “El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado” (Prov. 10:9). Demostrémosles cada día cuán fácil, cuán agradable, cuán honroso y ventajoso es mantener un carácter justo, abierto y honesto, y, por el contrario, qué necio es mostrar malicia y deshonestidad en cualquiera de sus formas, y cuán cierto es que cuando piensan y actúan maliciosa y deshonestamente, están tomando el camino más rápido para ser malignos e inútiles, infames y odiosos. Sobre todo, hemos de
recordarles que el Señor justo y recto ama la justicia y rectitud, y mira con agrado a los rectos, pero los labios mentirosos son para él tal abominación que declaró  expresamente: “Todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde de fuego y azufre” (Apoc. 21:8).

Tomado de The Godly Family.

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Philip Doddridge DD (26 de junio de 1702 – 26 de octubre de 1751) fue un ministro, educador y compositor de himnos inglés no conformista.

Antídoto contra El papado [14]

El primero de ellos es la doctrina y la gracia de la mortificación. Todo aquel que tenga algo de religión cristiana en sí mismo debe reconocer que esto no es solamente un importante deber evangélico, sino también de indispensable necesidad para la salvación. La Escritura también determina claramente cual es su naturaleza, sus causas, así como en qué hechos y deberes consiste. Porque se declara con frecuencia que es la crucifixión del cuerpo de pecado, con todas sus concupiscencias. La mortificación debe consistir en traer algo a la muerte, y esto es el pecado. Dar muerte al pecado consiste en la expulsión de todo hábito e inclinación viciosa que surjan de la depravación original de la naturaleza. Por su debilitamiento y gradual extirpación o destrucción, en sus raíces, principios, y operaciones, el alma queda en libertad para actuar, universalmente, por el principio contrario de vida y gracia espiritual. El medio, por parte de Cristo, por el que esto se realiza y efectúa en los creyentes es la comunicación de su Espíritu a ellos, para hacer una aplicación efectiva de la virtud de su muerte a la del pecado. Por su Espíritu mortificamos las obras de la carne y la propia carne y, esto, al ser implantados por él en la semejanza de la muerte de Cristo. Por virtud de ello somos crucificados y muertos al pecado, y la Escritura abunda en tales cosas. El medio de esto, por parte de los creyentes, es el ejercicio de la fe en Cristo crucificado, de quien derivan para la crucifixión del cuerpo de muerte. Y este ejercicio de fe va siempre acompañado de diligencia y perseverancia en todos los deberes santos de la oración, con ayuno, aflicción santa, arrepentimiento diariamente renovado, con vigilia continua frente a toda ventaja del pecado. En esto consiste, principalmente, la batalla y conflicto espiritual a que los creyentes son llamados. Esta es toda la obra de muerte que el evangelio requiere. La de dar muerte a otros hombres por la religión es de fecha posterior y de otro origen. No hay nada, en la manera de su obediencia, que aporte más experiencia de la necesidad, el poder, y la eficacia de las gracias del evangelio.

La Iglesia de Roma retiene este principio de verdad, en cuanto a la necesidad de la mortificación. En efecto: lo pretende, grandemente, para sí, sobre cualquier otra sociedad cristiana. La mortificación de sus devotos es uno de los principales argumentos que alegan, para guiar a almas incautas a su superstición. Sin embargo, en la grandeza de sus pretensiones con respecto a ella, han perdido toda experiencia de su naturaleza, con el poder y la eficacia de la gracia de Cristo. Por tanto, han forjado una imagen suya para sí mismos. Porque:

1. Colocan su eminencia y grandeza en una vida monástica y pretendida separación del mundo. Pero esto puede ocurrir, y así ha sido, en todos o en la mayoría de los casos, sin la menor obra auténtica de mortificación en sus almas. Porque nada se requiere en las más estrictas reglas de estos devotos monásticos que no pueda cumplirse sin la menor operación del Espíritu Santo en sus mentes, con la aplicación de la virtud de la muerte de Cristo. Además, todo este estilo de vida que recomiendan bajo este nombre no se señala ni aprueba en el evangelio. Y algunos de los que han sido más reconocidos por sus severidades en él, fueron hombres de sangre, que promovieron la cruel matanza de multitudes de cristianos, en el nombre de su profesión del evangelio y en quienes no podía haber una sola gracia evangélica: “Porque ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”.

2.Las maneras y los medios que prescriben y usan para su obtención no están dictados en modo alguno por la sabiduría de Cristo en la Escritura, como multiplicadas confesiones a los sacerdotes, irregulares y ridículos ayunos, penitencias, flagelaciones del cuerpo, votos ilícitos, reglas de disciplina y hábitos inventados, con hojarasca parecida innumerable.

En consecuencia, cualquiera que sea su designio, pueden decir de él, en esta cuestión,
lo que Aarón dijo de su ídolo: “Eché oro en el fuego, y salió este becerro”. Solo han obtenido una imagen de la mortificación, apartando las mentes de los hombres para que no buscaran lo que ella es verdadera y espiritualmente. Y, bajo esta pretensión, han formado un estado y condición de vida que ha llenado el mundo de toda suerte de pecados y maldad. Muchos de los que han alcanzado algunos de los más altos grados de esta mortificación, basándose en sus principios y por los medios diseñados para dicho fin, han sido preparados de este modo para toda clase de maldad.

Por tanto, la mortificación que retienen, y de la cual se glorían, no es más que una imagen miserable de lo real, puesta en su lugar, y abrazada por aquellos que nunca alcanzaron una experiencia de la naturaleza o el poder de la gracia del evangelio en la verdadera mortificación del pecado.

En lo que respecta a las buenas obras —el segundo deber evangélico del que se glorían—
también tenemos algo que decir. Todos reconocemos la necesidad de estas buenas obras para la salvación, según las oportunidades y capacidades de los hombres, y la gloria de nuestra profesión en este mundo consiste en que abundemos en ellas. Pero la Escritura declara y limita su principio, su naturaleza, sus motivos, su uso, sus fines. Ellos hacen que se distingan de lo que puede parecer materialmente lo mismo que las que realizan los incrédulos. En resumen: son los hechos y deberes de los creyentes  únicamente y, en ellos, son el resultado de la gracia divina, o la operación del Espíritu Santo. Son “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviesen en ellas”. Pero el principal misterio de su gloria, sobre el cual la Escritura insiste, es que aún siendo necesarias como medio para la salvación de los creyentes, no quedan completamente excluidas de toda influencia para la justificación de los pecadores; por tanto, jamás hubo obra evangélicamente buena realizada por alguien que no fuera, antes, gratuitamente justificado.

De estas buenas obras, aquellos de quienes tratamos hacen vehemente reclamación, como si fueran los únicos patronos y abogados de ellas. Pero también las han excluido de la religión cristiana y han levantado una imagen deformada de ellas, en desafio a Dios, a Cristo, y al evangelio. Las obras por las que abogan son unas que, en tal medida, proceden de su libre albedrío y son hechas meritorias ante los ojos de Dios. Las han limitado en parte a actos de devoción supersticiosa, en parte a los de caridad y, principalmente, a los que no lo son de este modo, como la construcción de monasterios, conventos, y otras pretendidas casas religiosas para el mantenimiento de enjambres
de monjes y frailes, llenando el mundo de superstición y corrupción. Decimos que las hacen meritorias y satisfactorias, porque algunas de ellas, que califican de supererogación por encima de todo lo que Dios requiere de nosotros, y de las causas de nuestra justificación delante de Dios. Les atribuyen un merecimiento de la recompensa celestial, haciéndolas de obras y, por tanto, no de gracia, junto con muchas otras imaginaciones contaminantes. Pero cualquier cosa que se haga a partir de estos principios, y con estos fines, es completamente ajeno a aquellas buenas obras que el evangelio recoge como parte de nuestra obediencia nueva o evangélica. Pero, así como en otros casos, han perdido todo sentido y experiencia del poder y la eficacia de la gracia de Cristo que operan en los creyentes para este deber de obediencia, para la gloria de Dios y para beneficio de la humanidad, han levantado la imagen de ellos en desafio a Cristo, su gracia, y su evangelio.

Estas son algunas de las abominaciones que se encuentran retratadas sobre los muros
de la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Y se añadirán más en la consideración de la propia imagen del celo que, Dios mediante, seguirá en otra ocasión. Estas son las sombras a que se entregan, ante la pérdida de la luz espiritual para discernir la verdad y gloria del misterio del evangelio, y la carencia de una experiencia de su poder y eficacia, para todos los fines de la vida de Dios en sus propias mentes y almas. Y, aunque la letra de la Escritura las condena todas de forma expresa —y con esto es suficiente para guardar a las mentes de los verdaderos creyentes de admitirlas—, su afianzamiento contra todas las alegaciones, pretensiones, y fuerza para su cumplimiento, dependen de su experiencia del poder de cada verdad del evangelio con su fin propio, al comunicarnos la gracia de Dios y transformar nuestras mentes a imagen y semejanza de Jesucristo.

FIN

John Owen. Extraído de N. R

Formación del carácter de los niños 1

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Hay que educar a los niños de modo que sean obedientes a sus padres. Este es un mandato que Dios ordenó desde el Monte Sinaí anexando al mismo la singular promesa de larga vida, una bendición que los jóvenes desean mucho (Éxo. 20:12). Es por eso que el Apóstol observa que es el primer mandamiento con promesa, o sea, un mandato muy excepcional por la forma como incluye la promesa. Y es por cierto una disposición sabia de la Providencia la que otorga a los padres tanta autoridad, especialmente durante sus primeros años, cuando mentalmente no pueden juzgar y actuar por sí mismos en cuestiones importantes. Por lo tanto hay que enseñar temprano y con un convencimiento bíblico de que Dios los ha puesto en manos de sus padres. En consecuencia, hay que enseñarles que la reverencia y obediencia a sus padres es parte de sus deberes hacia Dios y que la desobediencia es una rebelión contra él. Los padres no deben dejar que los niños actúen directamente y resueltamente en oposición a sus padres en cuestiones grandes y chicas, recordando: “El muchacho consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Y con respecto a la sujeción al igual que el afecto: “Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud” (Lam. 3:27).

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Hay que educar a los niños de modo que sean considerados y buenos con todos. El gran Apóstol nos dice que “el cumplimiento de la ley es el amor” (Rom. 13:10), y que todas sus ramificaciones que se relacionan con nuestro prójimo se resumen en esa sola palabra: amor. Entonces, hemos de esforzarnos por enseñarles este amor. Descubriremos que en muchos casos será una ley en sí y los guiará bien en muchas acciones en particular, cuyo cumplimiento puede depender de principios de equidad que escapan a su comprensión infantil. No existe una instrucción relacionada con nuestro deber que se adapte mejor a la capacidad de los niños que la Regla de Oro (tan importante para los adultos): “Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mat. 7:12). Debemos enseñarles esta regla, y por ella debemos examinar sus acciones. Desde su cuna hemos de inculcarles con frecuencia que gran parte de la religión consiste en hacer el bien, que la sabiduría de lo Alto está llena de misericordia y buenos frutos, y que todos los cristianos deben hacer el bien a todos los que tengan oportunidad de hacerlo.

Para que nuestros hijos reciban con buena disposición tales enseñanzas, hemos de esforzarnos usando todos los métodos prudenciales, por ablandar sus corazones predisponiéndolos hacia sentimientos de humanidad y ternura, y de cuidarse de todo que pueda ser una tendencia opuesta. En lo posible, hemos de prevenir que vean cualquier tipo de espectáculo cruel y sangriento, y desalentar con cuidado que traten mal a los animales. De ninguna manera hemos de permitirles que tomen en broma la muerte o el sufrimiento de animales domésticos, sino más bien enseñarles a tratarlos bien y a cuidarlos, sabiendo que no hacerlo es una señal despreciable de una disposición salvaje y maligna. “El justo cuida la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel” (Prov. 12:10).

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Debemos, igualmente, asegurarnos de enseñarles lo odioso y necio de un temperamento egoísta y animarles a estar dispuestos a hacerles a los demás lo que les gusta que les hagan a ellos mismos. Hemos de esforzarnos especialmente de fomentar en ellos sentimientos de compasión por los pobres. Hemos de mostrarles donde Dios ha dicho: “Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová”. El que muestra compasión hacia el pobre es como si lo hiciera para el Señor, y lo que le da le será devuelto. Y tenemos que mostrarles, con nuestra propia práctica que realmente creemos que estas promesas son ciertas e importantes. No sería impropio que alguna vez hagamos que nuestros hijos sean los mensajeros cuando enviamos alguna pequeña ayuda al indigente o al que sufre necesidad; y si descubren una disposición de dar algo de lo poco que ellos tienen que les permitimos llamar suyo, debemos animarlos con gozo y asegurarnos que nunca salgan perdedores por su caridad, sino que de un modo prudencial hemos de compensarlos con abundancia. Es difícil imaginar que los niños educados así vayan a ser más adelante perjudiciales u opresivos; en cambio serán los ornamentos de la religión y las bendiciones del mundo, y probablemente se cuenten entre los últimos que la Providencia deje sufrir necesidad.

Tomado de The Godly Family.

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Philip Doddridge DD (26 de junio de 1702 – 26 de octubre de 1751) fue un ministro, educador y compositor de himnos inglés no conformista.

El arte de una disciplina equilibrada 3

Blog135C

Me estoy refiriendo no sólo a reacciones por haber perdido la paciencia, sino también a su conducta. El padre que no es consecuente en su conducta no puede realmente aplicar disciplina al hijo. El padre que hace una cosa hoy y lo opuesto mañana no puede aplicar una disciplina sana. Tiene que ser sistemáticamente constante, no sólo en las reacciones sino también en su conducta. Tiene que haber una modalidad constante en la vida del padre, porque el hijo está siempre mirando y observando. Pero si observa que la conducta de su padre es imprevisible y que él mismo hace lo que le prohíbe a su hijo que haga, tampoco puede esperar que éste se beneficie de la aplicación de tal disciplina…

Otro principio importante es que los padres nunca pueden ser irrazonables o no estar dispuestos a escuchar el punto de vista de su hijo. No hay nada que indigne más al que está recibiendo una disciplina que sentir que todo el procedimiento es totalmente
irrazonable. En otras palabras, es un padre realmente malo el que no toma en consideración ninguna circunstancia y que no está dispuesto a escuchar ninguna explicación. Algunos padres y madres, en un anhelo por aplicar disciplina corren el peligro de ser totalmente irrazonables, y de ser culpables de esto. El informe que recibieron acerca de su hijo puede estar equivocado, o puede haber circunstancias que desconocen, pero ni siquiera dejan que el niño les dé su punto de vista ni ninguna clase de explicación. Es cierto que el niño puede aprovecharse. Lo único que estoy diciendo es que nunca debemos ser irrazonables. Permita que el niño presente su explicación, y si no es una razón válida, puede castigarlo por eso también, al igual que por el hecho particular que constituye la ofensa. Pero negarse a escuchar, prohibir todo tipo de respuestas es inexcusable… Tal conducta es incorrecta, y provoca a ira a los hijos. Es seguro que los exasperará e irritará llevándolos a una actitud de rebeldía y de antagonismo…

Eso lleva inevitablemente a otro principio: La disciplina nunca debe ser demasiado severa. Éste, quizá, sea el peligro que enfrentan muchos buenos padres de familia en la actualidad al ver el desorden social todo alrededor, que con razón lamentan y condenan. El peligro es estar tan profundamente influenciado por la repugnancia que le produce que se van a este otro extremo y son demasiado severos. Lo contrario a no disciplinar para nada no es la crueldad, sino que es una disciplina equilibrada, es una disciplina controlada…

Permítame resumir mi argumento. La disciplina debe ser aplicada siempre con amor; y si no puede usted aplicarla con amor, no la intente. En ese caso, necesita mirarse usted mismo primero. El Apóstol ya nos ha dicho que digamos la verdad con amor en un sentido más general, pero lo mismo se aplica aquí. Hable la verdad, pero con amor. Sucede precisamente lo mismo con la disciplina: tiene que ser gobernada y controlada por el amor. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, antes bien sed llenos del Espíritu”. ¿Qué es “el fruto del espíritu”? “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad… templanza” (Gál. 5:22). Si, como padres de familia, estamos “llenos del Espíritu” y producimos esos frutos, en lo que a nosotros concierne, la disciplina será un problema muy pequeño… Debe usted tener un concepto correcto de lo que significa la formación de sus hijos en el hogar y considerar al niño como una vida que Dios le ha dado. ¿Para qué? ¿Para guardárselo y para moldearlo conforme a como usted es, para imponerle la personalidad de usted? ¡De ninguna manera! Dios lo puso a su cuidado y se lo ha encargado para que su alma pueda llegar a conocerle y a conocer al Señor Jesucristo…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

Antídoto contra El papado [13]

Aun mencionaré otros ejemplos de la misma abominación, pero con más brevedad. Tendremos que pasar otros por alto en estos momentos y dejarlos sin descubrir. El conocido método de la fe y la obediencia del evangelio —manera en que Dios trata a los creyentes en el pacto de gracia— es que, después de su iniciación e implantación en Cristo, deben trabajar por prosperar y crecer en la gracia, por su continuo ejercicio, hasta llegar a ser fortalecidos y confirmados en ella. Y esto, en la manera normal en que Dios trata a su iglesia, nunca les faltará, a menos que sea por su propia negligencia. Porque hay muchas promesas divinas con este propósito, y esto reside en la naturaleza de las propias cosas. Las simientes de la gracia son de aquel tipo de constitución  que se incrementa y se fortalece por el ejercicio. Por tanto, esta confirmación en la gracia es la de la que los creyentes tienen una bendita experiencia. Esta verdad, en general, de una  implantación en Cristo y la subsiguiente confirmación en la gracia, se admite universalmente. Nadie puede negarla sin rechazar toda la doctrina del evangelio. Pero su sentido y experiencia se perdieron entre aquellos de quienes estamos tratando. Sin embargo, no renunciarán a la profesión del propio principio, que los habría proclamado apóstatas de la gracia de Cristo. Por tanto, formaron una imagen de ella, o de sus distintas partes, para poder dirigirlas hacia sus propios fines, y hacer que las mentes carnales de los hombres estuviesen dispuestas a obedecer y a descansar en ellas. Así como en el otro sacramento convirtieron los signos externos en las cosas señaladas, en este del bautismo lo colocan en el lugar de la propia cosa; esto lo convierte, si no en un ídolo, al menos en una imagen suya. La participación externa de esta ordenanza es, para ellos, la regeneración e implantación en Cristo, sin consideración de la gracia interna que ella significa. De este modo, lo que en sí mismo es una representación sagrada, se convierte en una imagen para engañar a las almas de los hombres.

Y lo que impondrían en el lugar de la confirmación espiritual en la gracia es aún más extraño. La imagen que levantaron de esto es la imposición episcopal de manos. Cuando alguien bautizado es capaz de responder a unas pocas preguntas de un catecismo, por muy ignorante y manifiestamente vicioso que sea en su conversación, esta imposición de manos le confirma en la gracia.

Puede que algunos digan que, en cierto modo, este tipo de cosas no tienen mayor importancia. Confieso que yo no pienso así. Aunque hubiera en ella cualquier cosa menos mera formalidad y costumbre —aunque se confiara en ellas como las cosas de las que llevan el nombre— son perniciosas a las almas de los hombres. Porque, si todos los que se han bautizado externamente sobre esta base se juzgaran implantados en Cristo, sin considerar el lavamiento interno de regeneración y renovación del Espíritu Santo, y si hubiéramos de suponer que todos los que han tenido esta imposición de manos sin más, estuvieran confirmados en la gracia, la verdad es que están en el camino correcto que lleva a la ruina eterna.

Todos los cristianos admiten que nuestras ayudas, nuestro socorro, nuestra liberación del pecado, de Satanás y del mundo vienen únicamente de Cristo.

Esto se incluye en todas sus relaciones con la iglesia —en todos sus oficios y en el desempeño de estos—, y es la expresa doctrina del evangelio. Por lo general no resulta menos reconocido —al menos, la Escritura no es menos clara y positiva en ello— que recibimos y derivamos todas nuestras provisiones de socorro de Cristo por la fe. Otras maneras de participación de cualquier cosa suya no conoce la Escritura. Por tanto, es nuestro deber, en todas las ocasiones, encomendarnos a él por la fe, para toda provisión, socorro y liberación. Pero estos hombres no pueden hallar vida ni poder en esto. Aún admitiendo que se pudiera hacer algo en este sentido, no saben como hacerlo, siendo ignorantes de la vida de la fe y de su ejercicio debido. Deben tener una manera más disponible y sencilla, asequible a las capacidades de toda clase de personas, buenas o malas. En efecto: ella servirá a los peores de los hombres para estos fines. Una imagen, por tanto, debe levantarse para uso común, en el lugar de esta encomienda espiritual a Cristo para obtener socorro.: hacer el signo de la cruz. Que un hombre no haga más que el signo de la cruz en su frente, su pecho, o algo parecido —que puede hacer tan fácilmente como recoger o soltar una paja— y no se requiere nada más para involucrar a Cristo en su asistencia, en cualquier momento. Y las virtudes que atribuyen a esto son innumerables. Pero esto también es un ídolo, un maestro de mentiras, no inventado ni levantado para otro fin que satisfacer las mentes carnales de los hombres con una suposición presuntuosa, ante la negligencia del ejercicio de la fe, espiritualmente laborioso. Una experiencia de la obra de la fe, en la derivación de toda provisión de vida, gracia, y fuerza espiritual, con liberación y provisiones, de Jesucristo, guardará a los creyentes de prestar atención a este trivial engaño.

Podemos mencionar una cosa más del mismo tipo, entre otras muchas. Es una noción de verdad que se deriva de la luz de la naturaleza: Los que se acercan a Dios en adoración divina, deberían tener cuidado de ser puros y limpios, sin contaminaciones ofensivas.
De esto, los propios paganos dan testimonio, y Dios lo confirma en las instituciones de la ley. ¿Pero cuáles son estas contaminaciones y poluciones que nos hacen inapropiados para acercarnos a la presencia de Dios? ¿Cómo y por qué medios podemos ser purificados y limpiados de ellas? El evangelio es el único que lo declara. En oposición a todas las demás formas y maneras de hacerlo, revela claramente que solo podemos servir al Dios vivo por la sangre de Cristo rociada sobre nuestras conciencias, para limpiarlas de obras muertas. Véase Hebreos 9:14; 10:19-22. Pero esto es una cosa misteriosa: nada excepto la luz espiritual y la fe salvífica pueden dirigirnos aquí. Los hombres, destituidos de ellas, nunca pudieron alcanzar una experiencia de purificación en este sentido. Por tanto, retuvieron la propia noción de verdad, pero hicieron una imagen suya para su uso, desatendiendo la propia cosa. Y fue lo más ridículo que podían imaginar: rociarse a sí mismos y a otros con lo que llaman agua bendita cuando entran en los lugares de culto sagrado, algo que además tomaron de los paganos. ¡Tan estúpidas y embrutecidas son las mentes de los hombres, tan oscuras e ignorantes de las cosas celestiales, que han dejado que sus almas sean engañadas y arruinadas por semejantes vanas y supersticiosas trivialidades!

Este discurso ha alcanzado ya una extensión mayor de lo que, en un principio, se pretendía. Y muchísimo más lo haría si nos adentráramos en todas las partes de esta Cámara pintada de imágenes y expusieramos todas las abominaciones que hay ella. Acabaré, por tanto, con uno o dos detalles en los que la Iglesia de Roma se gloría de retener la verdad y el poder del evangelio de modo particular, cuando, en realidad, los han destruido y levantado imágenes corruptas, de su propiedad, en su lugar.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

 

El arte de una disciplina equilibrada 2

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Llegamos ahora a la cuestión de la administración de la disciplina… La disciplina es esencial y tenemos que llevarla a cabo. Pero el Apóstol nos exhorta a ser muy cuidadosos en cómo la llevamos a la práctica porque podemos hacer más daño que bien si no la dispensamos de la manera correcta…

El Apóstol divide sus enseñanzas en dos secciones: la negativa y la positiva. Dice que este problema no se limita a los hijos: los padres de familia también deben tener cuidado. Negativamente, les dice: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Positivamente, dice: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Mientras recordemos ambos aspectos todo andará bien.

Comencemos con lo negativo: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Estas palabras podrían traducirse: “No exasperen a sus hijos, no irriten a sus hijos, no provoquen a sus hijos a tener resentimiento”. Existe siempre un peligro muy real cuando disciplinamos. Y si somos culpables de generar estos sentimientos haremos más daño que bien… Como hemos visto, ambos extremos son totalmente malos. En otras palabras, tenemos que disciplinar de una manera que no irritemos a nuestros hijos o los provoquemos a tener un resentimiento pecaminoso. Se requiere de nosotros que seamos equilibrados.

¿Cómo lo logramos? ¿Cómo pueden los padres llevar a cabo una disciplina equilibrada? Una vez más tenemos que referirnos a Efesios, esta vez al capítulo 5, versículo 8. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” Esta es siempre la llave. Vimos cuando tratábamos ese versículo que la vida vivida en el Espíritu, la vida del que está lleno del Espíritu, se caracteriza siempre por dos factores principales: poder y control. Es un poder disciplinado. Recuerde cómo Pablo lo expresa cuando escribe a Timoteo. Dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino
de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7). No un poder descontrolado, sino un poder controlado por el amor y el dominio propio: ¡disciplina!. Esa es siempre la característica del hombre que está “lleno del Espíritu”…

¿Cómo, entonces, aplicamos disciplina? “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Este debe ser el primer principio que gobierna nuestras acciones. No podemos aplicar una disciplina verdadera a menos que podamos poner en práctica nosotros mismos dominio propio y auto disciplina… Las personas que están llenas del Espíritu siempre se caracterizan por su control. Cuando disciplina usted a un niño, primero tiene que controlarse a sí mismo. Si trata de disciplinar a su hijo cuando ya perdió la paciencia, ¿qué derecho tiene de decirle a su hijo que necesita disciplina cuando resulta obvio que usted mismo la necesita? Tener dominio propio, controlar el mal genio es un requisito esencial para controlar a otros… Así que el primer principio es que tenemos que empezar con nosotros mismos. Tenemos que estar seguros de que estamos controlados, no alterados… Tenemos que ejercitar esta disciplina personal, o sea el dominio propio que nos capacita para ver la situación objetivamente y manejarla de un modo equilibrado y controlado. ¡Qué importante es esto!…

El segundo principio se deriva, en cierto sentido, del primero. Si el padre o la madre va a aplicar esta disciplina correctamente, nunca puede hacerlo caprichosamente. No hay nada más irritante para el que está siendo disciplinado que sentir que la persona que la aplica es caprichosamente inestable y que no es digna de confianza porque no es consecuente. No hay cosa que enoje más a un niño que tener el tipo de padre que, un día, estando de buen humor es indulgente y deja que el chico haga casi cualquier cosa que quiere, pero que al día siguiente se enfurece por cualquier cosa que hace. Esto hace imposible la vida para el niño. Un progenitor así, vuelvo a repetirlo, no aplica una disciplina correcta y provechosa, y el niño termina en una posición imposible. Se siente provocado e irritado a ira y no tiene respeto por ese progenitor.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

El arte de una disciplina equilibrada

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“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.—Efesios 6:4

Note que Pablo menciona a los padres únicamente. Acaba de citar las palabras de la Ley: “Honra a tu padre y a tu madre”. Pero ahora señala en particular a los papás porque su enseñanza ha sido, como hemos visto, que el padre es el que tiene la posición de autoridad. Eso es lo que encontramos siempre en el Antiguo Testamento, así es como Dios siempre ha enseñado a las personas a portarse bien, así que naturalmente dirige este mandato en particular a los padres. Pero el mandato no se limita a los padres, incluye también a las madres; y en una época como la actual, ¡hemos llegado a un estado en que el orden es a la inversa! Vivimos en una especie de sociedad matriarcal donde el padre y marido ha renunciado a su posición en el hogar de modo que deja casi todo a la madre. Por lo tanto, tenemos que comprender que lo que aquí dice de los padres se aplica igualmente a las madres. Se aplica al que está en la posición de disciplinar. En otras palabras, lo que la Biblia nos presenta aquí en este cuarto versículo, y está incluido en el versículo anterior, es todo el problema de la disciplina.

Tenemos que examinar este tema con cuidado, y es, por supuesto, uno muy extenso. No hay tema, repito, cuya importancia sea más urgente en este país y en todos los demás países, que el problema de la disciplina. Estamos viendo un desmoronamiento de la sociedad, y éste se relaciona principalmente con esta cuestión de disciplina. Lo vemos en el hogar, lo vemos en las escuelas, lo vemos en la industria, lo vemos en todas partes. El problema que enfrenta hoy la sociedad en todos sus aspectos es ultimadamente un problema de disciplina. ¡Responsabilidad, relaciones, cómo se vive la vida, cómo debe proceder la vida! El futuro entero de la civilización, creo yo, depende de esto…
Me aventuro a afirmar, a profetizar: Si el Occidente se desploma y es vencido, será por una sola razón: podredumbre interna… Si seguimos viviendo por los placeres, trabajando cada vez menos, exigiendo más y más dinero, más y más placeres y supuesta felicidad, abusando más y más de las lascivias de la carne, negándonos a aceptar nuestras responsabilidades, habrá sólo un resultado inevitable: un fracaso completo y lamentable. ¿Por qué pudieron los godos y los vándalos y otros pueblos bárbaros conquistar el antiguo Imperio Romano? ¿Por su superioridad militar? ¡Por supuesto que no! Los historiadores saben que hay una sola respuesta: la caída de Roma sucedió porque un espíritu de tolerancia invadió el mundo romano: los juegos, los placeres, los baños públicos. La podredumbre moral que había entrado en el corazón del Imperio Romano fue la causa de la “declinación y caída” de Roma. No fue un poder superior desde afuera, sino la podredumbre interna lo que significó la ruina para Roma. Y lo que es realmente alarmante en la actualidad es que estamos siendo testigos de una declinación similar en este país y en otros de Occidente. Esta desidia, esta falta de disciplina, todo el modo de pensar y ese espíritu es característico de un periodo de decadencia. La manía por los placeres, la manía por los deportes, la manía por las bebidas y las drogas han dominado a las masas. Este el problema principal: ¡La pura ausencia de disciplina y de orden y de integridad en el gobierno!

Estas cuestiones, según creo, son tratadas con mucha claridad en estas palabras del Apóstol. Procederé a presentarlas en más detalle para identificarlas y mostrar cómo las Escrituras nos iluminan con respecto a ellas. Pero antes de hacerlo, quiero mencionar algo que ayudará y estimulará todo el proceso de su propio pensamiento. Los periódicos lo hacen en nuestro lugar, los entrevistados en la radio y televisión lo hacen en nuestro lugar, y nos sentamos muy cómodos y escuchamos. Esa es una manifestación del desmoronamiento de la autodisciplina. ¡Tenemos que aprender a disciplinar nuestra mente! Por eso daré dos citas de la Biblia, una de un extremo y una del otro extremo de esta posición. El problema de la disciplina cae entremedio de ambas. En un extremo, el límite es: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece” (Prov. 13:24). El otro extremo es: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos”. Todo el problema de la disciplina se  encuentra entre estos dos extremos, y ambos se encuentran en las Escrituras. Resuelva el problema basándose en las Escrituras, trate de saber los principios que gobiernan esta cuestión vital y urgente, que es en este momento, el peor problema que enfrentan todas las naciones de Occidente y probablemente otras. Todos nuestros problemas son el resultado de que practicamos un extremo o el otro. La Biblia nunca recomienda ninguno de los dos extremos. Lo que caracteriza las enseñanzas de la Biblia siempre y en todas partes, es su equilibrio perfecto, una postura justa que nunca falla, el modo  extraordinario en que la gracia y la ley armonizan divinamente…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

Antídoto contra el papado [10]

Un principio de la religión cristiana y una verdad reconocida es el siguiente: Es el deber de los discípulos de Cristo, sobre todo cuando están unidos en iglesias, propagar la fe del evangelio y dar a conocer su doctrina a todos cuantos tengan oportunidad.

En efecto; este es un fin principal para la constitución de las iglesias y de los ministros en ellas (cf. Mt. 5:13-1 6; 1 Ti. 3:15).

Esto fue algo que nuestro Señor Jesucristo encargó de manera especial a sus apóstoles
en el principio (cf. Mt. 28:19-20; Mr. 16:15-16). De este modo, se les encomendó la obra
de propagar la fe del evangelio y el conocimiento de Cristo en él en todo lugar y, al hacerlo, fueron justificados. Lo realizaron con tal eficacia y éxito que, en poco tiempo, fue como la luz del sol: “Por toda la tierra ha salido la voz de ellos, y hasta los fines de la tierra sus palabras” (Ro. 10:18). Se dijo que se predicara el evangelio “en toda la creación que está debajo del cielo” (cf. Col. 1:23). El medio por el que propagaron la fe fue, por tanto, la predicación diligente y laboriosa de la doctrina del evangelio a toda persona, en todo lugar, con paciencia y magnanimidad en el padecimiento de toda clase de sufrimientos en su nombre, y una declaración de todas aquellas virtudes y gracias útiles y ejemplares para la humanidad. Es cierto: su ministerio y el ejercicio de éste cesaron hace mucho tiempo. Sin embargo, no puede negarse que la propia obra no deja de ser competencia, en forma de deber, de todas las iglesias, a todos los creyentes, mientras tengan llamamientos providenciales y oportunidades para ello. Esta es la principal manera por la que pueden glorificar a Dios y beneficiar a los hombres de su mayor posesión; a esto, sin duda, estan obligados.

La Iglesia de Roma retiene esta noción de verdad y se apropian de la misma obra únicamente para sí. A ellos, y solo a ellos, como suponen, pertenece el cuidar de la propagación de la fe del evangelio, con la conversión de los infieles y herejes. Condenan y abominan cualquier cosa que otros hagan con este propósito. ¿Qué piensan de la manera primitiva de hacerlo, mediante la predicación, los sentimientos y la santidad personal? ¿Asumirán el papa, sus cardenales y sus obispos esta obra o esta manera de hacerlo? Cristo no ha indicado otra. Los apóstoles y sus sucesores no conocían otra;
ninguna otra pertenece al evangelio ni tuvo éxito jamás. No; ellos detestan y abominan esta manera. ¿Qué ha de hacerse, entonces? ¿Se negará la verdad? ¿Se desechará completa y reconocidamente la obra? Tampoco esto les complacerá, porque no es adecuado para su honra. Por tanto, han erigido una funesta imagen de esto, para horrible oprobio de la religión cristiana. De hecho, han provisto una doble pintura para la imagen que han levantado. La primera es la constante consulta de algunas personas en Roma, que ellos llaman Congregatio de Propagandá Fide, un consejo para la propagación de la fe, bajo el efecto de cuyas consultas la cristiandad ha gemido durante mucho tiempo. Y la otra es el envío de misioneros, como los llaman, o una sobrecarga de frailes de sus numerosísimas hermandades, enviados a remotas naciones.

Pero la verdadera imagen en sí consta de estas tres partes: 1. La espada; 2. La inquisición; 3. Complots y conspiraciones.

Por medio de ellas se proponen propagar la fe y promover la religión cristiana. Y, si el propio Infierno puede inventar una imagen y representación de la verdad y obra sagrada más deformada, de las cuales esto sea una falsificación, es que estoy muy equivocado.

1.Así, por medio de la primera manera, han llevado la religión cristiana a las Indias,
especialmente a las regiones occidentales del mundo así llamado. Primero el papa, de la plenitud de su poder, da a los españoles todos aquellos países y sus habitantes, para que se conviertan al cristianismo. Pero Cristo no actuó así con sus apóstoles, aunque era Señor de todo, cuando los envió a enseñar y bautizar a todas las naciones. El no desposeyó a ninguna de ellas de sus derechos o disfrutes temporales ni dio a sus apóstoles un solo pie de heredad entre ellas. Pero, en base a esta concesión, los católicos españoles propagaron la fe y llevaron la religión cristiana entre ellos. Y lo hicieron matando y asesinando a muchos millones de personas inocentes, como algunos
de ellos mismos dicen, más de las que han vivido en Europa en cualquier época. Y esta salvaje crueldad ha hecho que se deteste el nombre de los cristianos entre todos los que quedaron de ellos con uso de razón, traídos por la fuerza, [tan sólo] unos pocos esclavos embrutecidos, para someterse a este nuevo tipo de idolatría. Y debemos pensar que se hizo en obediencia a aquel mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado”. Esta es la imagen deformada de obediencia a sus santos mandatos que han levantado, y a la que aplican la voz que Pedro oyó con respecto a comer todo tipo de criatura: “Levanta, Pedro; mata, y come”. Así han actuado con aquellas pobres naciones a quienes han devorado. Pero la sangre, el asesinato y la guerra injusta (como lo es toda guerra para la propagación de la religión), con persecución, comenzó en Caín, a quien le llegó por medio del diablo, aquel “asesino desde el diablo”. Porque “era del maligno y mató a su hermano” (cf. 1 Jn. 3:12). Jesucristo, el hijo de Dios, fue manifestado para “deshacer las obras del diablo” (cf. 1 Jn. 3:8). Y él lo hace, en este mundo, por su palabra y doctrina, juzgando y condenándolas. Y lo hace en sus discípulos por su Espíritu, extirpándolas de sus mentes, corazones y caminos. De manera que no hay condición más ciertamente derivada de un espíritu malvado que la fuerza y la sangre en la religión, para su propagación.

2.La siguiente parte de esta imagen —la siguiente manera utilizada por ellos para la
propagación de la fe y la conversión de los que llaman herejes— es la Inquisición. Tanto se ha declarado y se conoce de ella que es innecesario hacer ahora un retrato suyo. Nos basta con decir que hace mucho tiempo que se abrió, como el antro de Caco, y se descubrió que era el mayor arsenal de crueldad, el más terrible caos de sangre y matanza que jamás hubo en el mundo. Esta es la maquinaria que ha suministrado a la ramera escarlata la sangre de los santos y la de los mártires de Jesús, hasta que se embriagó de ella. Es la segunda manera o medio por el que propagan la fe del evangelio y se esfuerzan, como dicen, por la conversión de las almas de los hombres. Esta es la segunda parte de aquella imagen que han levantado en el lugar del santo llamamiento de Jesucristo.

3. La tercera manera en que insisten con este propósito —la tercera parte de esta imagen— consiste en complots y artimañas para asesinar a príncipes, inmiscuir a naciones en
sangre, levantar sedición para su ruina, persuadir y seducir a toda clase de personas viciosas, indigentes, y ambiciosas para asociarse con ellos, con el fin de introducir la religión católica en los lugares que se proponen subyugar. Esta maquinaria para la propagación de la fe se ha puesto en marcha, con diversos éxitos, en muchas naciones de Europa, y sigue funcionando con el mismo propósito. A ella pertenecen todas las artes usadas para encantar las mentes de los príncipes y grandes hombres, todos los cebos que colocan ante otros, de todas las clases, para ponerlos al servicio de sus designios.

De estas partes —digo—, esta formada y compuesta aquella terrible imagen que levantan, abrazan, y adoran en el lugar de la santa manera para la propagación del evangelio señalada por Jesucristo. En su manera no pueden ver belleza alguna —no pueden esperar ningún éxito—, no pueden creer que el mundo se convierta jamás por ella, o sea traído en sujeción al Papa. Y, por tanto, se entregan a la suya propia. La fe, la oración, la predicación, el sufrimiento, todo en expectación de la presencia y asistencia de Cristo prometidas, no son caminos para la eficacia, éxito y provecho que puedan compararse a la espada, la inquisición y los designios bajo cuerda. ¡Y esto, también, es lo que llaman celo de la gloria de Dios y la honra de Cristo; ¡otra imagen deformada que han traído a la religión! Mientras aquella gracia consiste principalmente en anteponer la gloria de Dios y los deberes especiales por los que esta pueda promoverse, a uno mismo y a todo interés propio, este designio impio de destruir a toda la humanidad por medio de toda forma de sutileza y crueldad, para su provecho propio, se levanta en su lugar. Pero la consideración de la naturaleza y del espíritu, del uso y del fin del evangelio —del designio de Cristo en él y por él— es suficiente para preservar a las almas de los hombres que no están completamente encantados, en un aborrecimiento de esta imagen de su propagación. En esto es en lo que “el dios de este mundo”, con ayuda de su ceguera y concupiscencias, ha engañado a la humanidad y ha prevalecido sobre ella, con la pretensión de dar honra a Cristo, presentando ante el mundo la representación más vil de él que se pueda concebir. Si él ha señalado esta manera para la propagación del
evangelio, no se puede distinguir bien de Mahoma. Pero no hay nada mas contrario a él,
nada que su alma santa aborrezca más. Y, si los hombres no hubieran perdido todo sentido espiritual de la naturaleza y de los fines del evangelio, no se habrían entregado nunca a estas abominaciones. Cualquiera que suponga que la fe del evangelio puede propagarse con semejante crueldad y sangre —con arte y sutileza—, con complots, conspiraciones y artimañaas—de cualquier manera excepto por la locura de la predicación que, con tal fin, es poder y sabiduría de Dios—, esta declarando su propia ignorancia de ella y su desinterés por ella. Si los hombres no hubieran concebido y abrazado otra religión distinta de la que aquí se enseña, o no hubieran abusado de una pretensión de ella con fines y provechos propios, esta imaginación de su propagación nunca se habría producido en sus mentes, por ser tan diametralmente opuesta a toda la naturaleza y a todos los fines de ella.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

Antídoto contra el papado [9]

A los detalles concretos anteriores con respecto a la iglesia, aún añadiré uno más general que es, en realidad, el que los abarca todos, o la raíz de donde brotan: una raíz portadora de hiel y ajenjo, que concierne a la Iglesia católica.

El apóstol declara lo que pertenece a esta Iglesia católica, lo que constituye su comunión [cf. He. 12:22-24). Es la recapitulación de todas las cosas en el Cielo y la tierra en Cristo Jesús (cf. Ef. 1:10): su cuerpo; su cónyuge o novia; la esposa del Cordero; el templo glorioso donde Dios mora por su Espíritu; una sociedad mística y santa, comprada y purificada por la sangre de Cristo y unida a él por su Espíritu; o la habitación del mismo Espíritu en él y en aquellos que la componen. Por consiguiente, a ellos con él como el cuerpo con su cabeza se les llama místicamente Cristo (cf. 1 Co. 12:12).

Y hay dos partes de él, una de las cuales ya es perfecta en el Cielo en cuanto a sus espíritus.Y la otra aún continúa en el camino de la fe y la obediencia en este mundo. Ambas constituyen “una familia en el cielo y la tierra” (cf.Ef. 3:15), en conjunción con los santos ángeles, un cuerpo místico, una iglesia católica. Y, aunque hay una gran diferencia en su estado y condición presentes entre estas dos ramas de la misma familia, ambas han sido, sin embargo, igualmente compradas por Cristo y unidas a él como su cuerpo. Ambas tienen eficazmente el mismo principio de la vida de Dios en ellas. De una tercera parte de esta iglesia que no está ni en el Cielo ni en la tierra, que se halla en un estado temporal, participando un poco del Cielo y otro poco del Infierno y se llama purgatorio, la Escritura no sabe nada en absoluto. Tampoco es coherente con la analogía de la fe ni de las promesas de Dios a los que creen, como veremos inmediatamente. Esta iglesia, incluso en su parte que esta en este mundo, al estar adornada con todas las gracias del Espíritu Santo, es el más bello y glorioso efecto —junto con la formación y la producción de su Cabeza, en la encarnación del Hijo de Dios— a que la sabiduría, el poder y la gracia divinos se encaminarán aquí abajo. Pero estas cosas —la gloria de este estado— solo son visibles al ojo de la fe. En efecto: solo Cristo mismo las ve y las conoce de una manera perfecta. Nosotros las vemos obscuramente, a la luz de la fe y la revelación, y las experimentamos según participamos de las gracias y de los privilegios de que constan.

Pero aquella luz espiritual necesaria para el discernimiento de esta gloria se perdió entre aquellos de quienes hablamos. No podían ver realidad ni belleza en estas cosas, ni nada que pudiera serles de provecho. De acuerdo con su principio de la absoluta incertidumbre del estado y la condición espiritual de los hombres en este mundo, es evidente que no podían tener ninguna convicción satisfactoria de algún interés en esto. Pero se habían asido de la noción de una iglesia católica, que, con artífices misteriosos, remodelaron para su propio e increíble provecho secular. Se glorían de ella, apropiándosela para sí mismos y convirtiéndola en un pretexto para destruir a otros; lo que reside en ellos de forma temporal y también eterna. Con este fin han elaborado la imagen más deformada y detestable de ella que el mundo contempló jamás. La Iglesia católica que ellos poseen, y de la que se glorían, no tiene nada que ver con la de Cristo. Es una compañía o sociedad de hombres a quienes, para constituir toda esta sociedad, no se les requiere ninguna gracia cristiana verdadera ni unión espiritual con Cristo, la cabeza. Solo tienen que hacer una profesión externa de estas cosas, como expresamente sostienen: es una sociedad unida al papa de Roma, como su cuerpo, mediante una sujeción a él y a su gobiemo según las leyes y cánones por los cuales los guiará. Esta
es la razón y la causa formal que constituye la Iglesia católica que es. Esta concertada en sí misma por horrendos lazos y ligamentos con los fines de la ambición, el dominio mundano y la avaricia. Es una Iglesia católica manifiestamente perversa en la generalidad de sus gobernantes y de los que son gobernados; es cruel en su condición, opresora y esta tenida con la sangre de innumerables santos y mártires. Esta —digo— es la imagen de la santa Iglesia católica, la esposa de Cristo, que han levantado. Y ha sido como la imagen de Moloc que devoró y consumió a los hijos de la Iglesia cuyos gemidos, cuando su cruel madrastra no los compadeció y sus pretendidos padres espirituales los echaron en el fuego, subieron hasta los oídos de Yahveh de los ejércitos. Su sangre aún clama venganza sobre esta generación idólatra. Sin embargo, esta pretensión de la Iglesia católica está impresa en la mente de muchos, con tantos artificios sofisticados, mediante las artimañas de los hombres y la astucia, por los cuales están al acecho para engañar. Se ofrece con el cebo de muchas ventajas seculares y, a menudo,se les impone a los cristianos con tanta fuerza y crueldad, que nada puede guardarnos de su admisión, para la absoluta derrota de la religión, excepto el medio sobre el cual antes hemos insistido.

Aquí se necesita una luz espiritual, para discernir la belleza, la gloria interna y la espiritual de la verdadera Iglesia católica de Cristo. Cuando esté en su poder, todas las pinturas y ropajes de su deformada imagen caerán de ella, y su abominable suciedad tendrá que aparecer. Esto irá acompañado de una experiencia efectiva de la gloria y la excelencia de la gracia en las almas de los que creen. Procederá de Cristo, la única cabeza de esta iglesia por la cual son transformados “de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor”. El poder, la vida y la dulzura de esto darán satisfacción a sus almas, para verguenza del pretendido orden o dependencia del papa como cabeza. Por estos medios, la verdadera Iglesia católica —que es el cuerpo de Cristo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo—, que crece en todas las cosas en aquel que es la cabeza, desprecia esta imagen, y Dagón caerá al suelo cuando este Arca sea traída; ¡sí!, aunque sea en su propio templo.

3. En la siguiente apertura de esta cámara pintada de imágenes todavía veremos, si es
posible, mayores abominaciones. Como mínimo, la que sigue a continuación es escasamente inferior a cualquiera de las que fueron antes.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

Antídoto contra el papado [8]

Añadiré un particular mas con referencia al estado de la iglesia, que se halla en su gobierno y disciplina.

Aquí, también ha habido un desacierto fatal como nunca antes se había visto en la religión cristiana. Habiéndose perdido la verdad en cuanto al sentido y la experiencia de su eficacia o poder, enseguida se levantó en su lugar una imagen sangrienta destructiva para las vidas y las almas de los hombres. También trataremos este tema brevemente. Todos reconocen ciertos principios de verdad con respecto a esto, como:

1. Que Cristo el Señor ha señalado un gobierno y disciplina en su iglesia para su bien y su protección. Ninguna sociedad puede subsistir sin el poder y el ejercicio de algún gobierno en sí misma, porque el gobierno no es otra cosa que el mantenimiento del orden, sin el cual no hay sino confusión. La iglesia es la sociedad más perfecta de la tierra, al estar unida y concertada por los mejores y más excelsos lazos de que es capaz nuestra naturaleza (cf. Ef. 4:16; Col. 2:1 9). Debe, por tanto, tener un gobierno y una disciplina en sí misma; teniendo en cuenta la sabiduría y la autoridad de aquel por quien fue instituida, debemos suponer que son los más perfectos.

2.Que esta disciplina es poderosa y efectiva para todos sus fines propios. Así debe estimarse, teniendo en cuenta la sabiduría de aquel que la seña. Y, desde luego, así es. Suponer que Cristo el Señor ordenase un gobierno y una disciplina en su iglesia que no alcanzasen sus fines en sí mismos, y por su sola administración, es proyectar la mayor deshonra sobre él. En efecto: si cualquier iglesia o sociedad de cristianos profesantes cae en este estado y condición, en el cual la disciplina señalada por Cristo no puede ser efectiva para sus fines propios, Cristo ha abandonado a esa iglesia o sociedad. Además, el Espíritu Santo afirma que el ministerio de la iglesia, en su administración, es “poderoso en Dios” para todos sus fines (cf. 2 Co. 10:4,5).

3.Los fines de esta disciplina son el orden, la paz, la pureza, y la santidad de la iglesia, con una representación del amor, el cuidado, y la atención de Cristo sobre ella, y un testimonio de su juicio futuro. La imaginación de otros fines cualesquiera ha sido su ruina.

Y, hasta aquí, todos los que se confiesan cristianos están de acuerdo, al menos de palabra. Ninguno se atreve a negar ninguno de estos principios. No, puesto que ello no aseguraría el abuso de ellos, que es el interés de muchos.

4.Pero a todos ellos debemos añadir también, y esto con la misma evidencia irresistible de verdad, que el poder y la eficacia de esta disciplina, que tiene de la institución de Cristo, son solamente espiritual, y tienen todos sus efectos en las almas y conciencias de aquellos que profesan sujeción a él, con respecto a los fines antes mencionados. Así lo describe, expresamente, el apóstol: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:4, 5). Estos son los fines de la predicación del evangelio, así como también de la disciplina de la iglesia. Son las maneras y los medios de su eficacia: ella es espiritualmente poderosa en Dios para todos estos fines, y no tiene ningún otro. Pero, inmediatamente, veremos la total inversión de este orden en una imagen que se ha puesto en su lugar.

5.Al menos, los cristianos primitivos, experimentaron el poder y la eficacia de esta disciplina espiritual para su fin propio. Durante trescientos años, la iglesia no tuvo otra manera o medio para mantener su orden, su paz, su pureza, y su santidad, excepto la eficacia espiritual de esta disciplina en las almas y las conciencias de los cristianos profesantes. No fracasó en esto ni las iglesias conservaron mejor la paz y la pureza que cuando tuvieron esta única disciplina para su preservación, sin la menor contribución de la asistencia del poder secular ni nada que pudiera operar en los asuntos externos de la humanidad. No podemos dar otra razón de por qué no debería seguir teniendo la misma utilidad y eficacia en todas las iglesias”, sino tan solo la pérdida de todas aquellas gracias internas necesarias para hacer efectiva la institución del evangelio.

Por tanto, todo sentido y experiencia de esto —del poder y la eficacia espiritual de esta dísciplina— se perdieron por completo entre la mayoría de los que se llamaban cristianos. Ni los que habían asumido la pretensión de su administración ni aquellos hacia quienes se administraba, podían encontrar nada en ella que afectara a las conciencias de los hombres, con respecto a sus propios fines. Les parecía algo del todo inútil en la iglesia, por lo que ninguna clase de persona se interesaría. ¿Qué harán ahora? ¿Qué curso tomarán? ¿Renunciarán a todos aquellos principios de verdad que hemos expuestos con respecto a ella, y la excluirán a ella y hasta su nombre de la iglesia? Probablemente esto habría sido su fin, de no haber hallado una manera de arrebatarle su pretensión, para su indecible provecho. Por tanto, idearon y fabricaron una horrenda imagen del gobierno y la disciplina santos y espirituales del evangelio. Era una imagen coherente en fuerza y tiranía externas sobre las personas, las libertades y las vidas de los hombres, ejercitadas con armas poderosas por medio del diablo, para arrojar a los hombres a las prisiones y destruirlos. De este modo, habiéndose perdido aquello que fue señalado para la paz y la edificación de la iglesia, se constituyó una maquinaria, bajo su nombre y pretensión, para su ruina y destrucción. Y así sigue siendo hasta el dia de hoy.

En los corazones de los hombres nunca había entrado la disposición de establecer una disciplina en la Iglesia de Cristo con leyes, tribunales, multas, sanciones, encarcelamientos, y hogueras, excepto que hubiesen perdido por completo, y causado que otros implicados también lo hicieran, toda experiencia del poder y la eficacia de la disciplina de Cristo hacia las almas y las conciencias de los hombres. Pero aquí la dejaron a un lado, como una herramienta inútil que podía prestar algún servicio en las manos de los apóstoles y las iglesias primitivas, mientras quedara vida y sentido espiritual entre los cristianos. Pero, en cuanto a ellos y lo que ellos se proponían, no era de ninguna utilidad en absoluto. Sería muy largo de explicar la deformidad de esta imagen en sus varias partes; su disimilitud universal con respecto a aquello cuyo nombre lleva y que pretende ser; las distintas fases en las que fue forjada, formada y erigida, y las ocasiones y ventajas tomadas para su exaltación. Y es que fue sutilmente entretejida con otras abominaciones, en el completo Misterio de la Iniquidad, hasta que llegó a ser la misma vida, o principio animador, del anticristianismo. Porque, comoquiera que los hombres puedan proyectar luz mediante el gobierno y la disciplina de Cristo en su iglesia, así como su poder y su eficacia espiritual hacia las almas y las conciencias de los hombres, el rechazo de ella y el levantamiento de una horrenda imagen de poder, dominio y fuerza mundana en su lugar, y bajo su nombre, fue lo que comenzó, continuó y sigue manteniendo la fatal apostasia de la Iglesia de Roma.

llustraré tan solo un detalle. Sobre el cambio de este gobierno de Cristo y, al mismo tiempo, la colocación de Mauzzim, o una imagen, o “dios de las fortalezas” [Dn. 6:38], en su lugar, se vieron obligados a cambiar todos los fines de aquella disciplina, y a hacer una imagen de ellos también. La razón es que este nuevo instrumento de fuerza externa no tenía ninguna utilidad con respecto a ellos, que son la paz, la pureza, el amor, y la edificación espiritual de la iglesia, como ya hemos dicho. La fuerza externa no es, en modo alguno, adecuada para alcanzar ninguno de estos fines. Por tanto, deben hacer una imagen de ellos también, o poner alguna forma muerta en su lugar. Y fue la sujeción universal al papa, según todas las reglas, órdenes y cánones que debían inventar. Uniformidad, aquí, y obediencia canónica, es todo el fin que permitirán a la disciplina de su iglesia. Y estas cosas concuerdan porque nada, excepto la fuerza externa, por medio de leyes y sanciones, sirve para alcanzar este fin. Así que se fabricó y se erigió una imagen de la santa disciplina de Cristo y de sus benditos fines, que consistía en estas dos partes: la fuerza externa y la sujeción fingida. Difícilmente se podría dar en el mundo el ejemplo de un hombre que se inclinara alguna vez ante esta imagen, o se sometiera a alguna censura eclesiástica, por respeto personal a ella. La fuerza y el temor lo gobiernan todo.

Esta es la disciplina para cuya ejecución se ha derramado la sangre de una innumerable compañía de santos mártires, la que actúa en todos los espíritus vitales del papado y por la cual este subsiste. Aún siendo la imagen del celo, o de la primera bestia levantada por el dragón, no se puede negar que se ha acomodado muy sabiamente al estado presente de los que, entre ellos, se llaman cristianos. Siendo tan ciegos como carnales, y habiendo perdido de ese modo todo sentido y experiencia del poder espiritual del gobierno de Cristo en sus conciencias, se han convertido en un rebaño que no es adecuado para ser gobernado o dirigido de ninguna otra manera. Por tanto, deben morar bajo su servidumbre, hasta que se aparte el velo de ceguera, y vuelvan a Dios por su Palabra y su Espíritu. Porque, “donde está el Espíritu del Señor”, allí y únicamente allí, “hay libertad”.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 3

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La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Por medio de estas escenas de la vida de Jesús, hemos de guiarlos a conocer su muerte. Hemos de mostrarles con cuánta facilidad hubiera podido librarse de esa muerte—de lo cual dio clara evidencia de que hubiera podido aniquilar con una palabra a los que llegaron para apresarlo (Juan 18:6)—pero con cuánta paciencia se sometió a lasheridas más crueles: ser azotado y dejar que lo escupieran, ser coronado de espinas y cargar su cruz. Hemos de mostrarles cómo esta Persona divina inocente y santa fue llevada como un cordero el matadero; y, mientras los soldados clavaban con clavos, en lugar de cargarlos de maldiciones, oró por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Y cuando sus pequeños corazones se hayan maravillado y derretido ante una historia tan extraña, hemos de contarles que sufrió, sangró y murió por nosotros, recordándoles con frecuencia cómo están ellos incluidos en esos sucesos.

Hemos de guiar sus pensamientos a fin de que vean la gloria de la resurrección y ascensión de Cristo, y contarles con cuánta bondad todavía recuerda a su pueblo en medio de su exaltación, defendiendo la causa de criaturas pecadoras, y utilizando su interés en el tribunal del cielo para procurar la vida y gloria para todos los que creen en él y lo aman.

Hemos luego de seguir instruyéndoles en los detalles de la obediencia por la cual la sinceridad de nuestra fe y nuestro amor recibirá aprobación. A la vez, tenemos que recordarles su propia debilidad y contarles cómo Dios nos ayuda enviando su Espíritu Santo a morar en nuestro corazón para hacernos aptos para toda palabra y obra buena. ¡Es una lección importante sin la cual nuestra instrucción será en vano y lo que ellos oigan será igualmente en vano!

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa)
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [7]

al negarlo estamos renunciando al evangelio en general, sino porque habían hallado una manera de tornarlo en su provecho. Harían, por tanto, una imagen de Cristo como cabeza de la iglesia, para poseer el lugar y ejercer todos sus poderes. Dicen: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible (como si la iglesia católica, como tal, fuese visible de una manera distinta de como lo es en su cabeza, es decir, por fe). Debe haber una cabeza y un centro de unión en el que todos los miembros de la iglesia puedan estar de acuerdo y unidos, a pesar de sus distintas capacidades y circunstancias; sin embargo, desconocían la forma en que esta debería ser Cristo mismo. Sin un gobernador supremo presente en la iglesia, para resolver todas las diferencias y decidir sobre todas las controversias, incluso las referentes a sí mismo —cosa que pretenden en vano— y afirman expresamente que nunca hubo una sociedad tan neciamente ordenada como la de la iglesia. Y, por esta razón, deciden la insuficiencia de Cristo para ser esta cabeza única de la iglesia. Necesitan otra para estos menesteres. Y esta fue su papa: una imagen de tal clase que es uno de los peores ídolos que jamás hubo en el mundo. A él le dan todos los títulos de Cristo que se relacionan con la iglesia, y le atribuyen todos los poderes de Cristo en y sobre esta, en cuanto a su gobiemo. Pero, aquí, cayeron en un error: cuando creyeron darle el poder de Cristo, le dieron el poder del dragón para usarlo contra Cristo y los suyos. Y cuando creyeron hacer una imagen de Cristo, hicieron una imagen de la primera bestia, impuesta por el dragón, que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón, cuyo carácter y acción se describen detalladamente en Apocalipsis 13:11-1 7.

Este es el resumen de lo que ofreceré bajo este apartado: los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”, perdieron toda luz espiritual que les ayudaba a discernir la belleza y la gloria del gobierno de Cristo sobre la iglesia como cabeza suya. Y aquí, sus mentes acabaron por no poder experimentar el poder y la eficacia de su Espíritu y Palabra para ordenar continuamente sus asuntos, mediante los medios, los usos y las maneras que el mismo señaló. No sabían como consentir estas cosas ni de que forma podían estas proteger a la iglesia. Por tanto, en este caso, “cada cual ayudó a su vecino, y a su hermano dijo: Esfuérzate. El carpintero animó al platero, y el que alisaba con el martillo al que batía con el yunque”. Se pusieron, según sus diversas capacidades, a forjar este ídolo que levantaron en el lugar y en el puesto de Cristo, estableciéndolo así en el templo de Dios, de modo que pudiera mostrarse desde allí como Dios. Este ídolo tampoco se expulsará jamás de la iglesia hasta que todos los cristianos en general lleguen a experimentar, de una forma espiritual, la autoridad de Cristo ejercida en el gobiemo de la iglesia por su Espíritu y palabra, con todos los fines de unidad, orden, paz y edificación. Hasta que esto no ocurra, seguirán pensando que un papa, o algo parecido a él, son necesarios para estos fines. Jamás hubo una imagen más horrenda y deformada de una cabeza tan bella y gloriosa: toda la astucia de Satanás, todo el ingenio de los hombres no podrían inventar algo más distinto de Cristo, como cabeza de la iglesia, que este papa. No puede haber ni se podría hacer peor figura ni representación de él.

Es alguien de quien no se puede pensar o decir nada que no sea grande, poco común, que no exceda el estado normal de la humanidad, por un lado u otro. Unos dicen que es “la cabeza y el marido de la iglesia”; “el vicario de Cristo sobre todo el mundo”; “el representante de Dios”; “un vice-dios”; “el sucesor de Pedro”; “la cabeza y centro de unidad” de toda la iglesia católica, dotado de plenitud de poder, y con otras innumerables atribuciones de la misma naturaleza. Por todo esto, es necesario que toda el alma este sujeta a él, so pena de condenación. Otros afirman que es el “anticristo”; “el hombre de pecado”; “el hijo de perdición”; “la bestia que subía de la tierra con dos cuernos semejantes a los de un cordero pero que hablaba como dragón”; “el falso profeta”; “el pastor idolatra”; “el siervo malo que golpea a sus consiervos”; “el adúltero de una iglesia engañosa o falsa”. Y no hay término medio entre estos; sin duda es lo uno o lo otro. El Señor Jesucristo, que ya ha determinado esta controversia en su palabra, no tardará en darle el desenlace final en su gloriosa persona y por el resplandor de su venida. Y este es un ídolo eminente en la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Pero, por ahora, es evidente donde reside la protección de los creyentes para que no sean inducidos a inclinarse ante esta imagen y adorarla. Un debido sentido de la única autoridad de Cristo en y sobre su iglesia, y experimentar el poder de su palabra y de su Espíritu para todos los fines de su gobiemo y orden, será lo que los guarde en la verdad. Ninguna otra cosa lo hará. Si alguna vez bajan de este nivel en algún caso en particular, por muy pequeño que parezca, y llegan a admitir alguna cosa en la iglesia o en su adoración que no proceda directamente de su autoridad, estarán preparados para admitir otro guía y cabeza en todas las demás cosas también.

Existen muchas profecías y predicciones en cuanto a esto, con respecto a que así debía ser, y a tal efecto se nos dan diversas descripciones. Su relacion con Cristo, con el amor y la valoración de él hacia ella, requerían que fuera muy gloriosa. En efecto; su gran propósito hacia ella era hacerla de este modo [cf. Ef. v. 25-27). Por tanto, todos los que profesan la religion cristiana están de acuerdo en esto. Pero no recuerdan cuál es esta gloria y en que consiste; de dónde viene y en qué es gloriosa. En realidad la Escritura declara de forma muy clara que esta gloria es espiritual e interna; que consiste en su unión con Cristo y en su presencia en ella; en la comunicación de su Espíritu vivifícador; en vestirla de su justicia, su santificación; y en purificarla de la contaminación del pecado; así como en sus frutos de obediencia para alabanza de Dios. Añadan a esto la celebración del culto divino en ella, con su gobierno y orden, según el mandamiento de Cristo, y tendremos la sustancia de esta gloria. Los creyentes la disciernen de tal manera que se sienten satisfechos con su excelencia. Saben que todas las glorias del mundo no pueden, en modo alguno, compararse a ella, porque consiste y se origina en cosas que valoran y prefieren, infinitamente, sobre todo lo que este mundo pueda proporcionar. Ellas son un reflejo de la gloria de Dios, o de Cristo mismo, sobre la iglesia; ¡sí!, una comunicación de él a ella. Es algo que valoran en el conjunto y en cada miembro de ella. Ni la naturaleza ni el uso, ni el fin de la iglesia admitirán que su gloria pueda consistir en cosas de cualquier otra naturaleza. Sin embargo, la humanidad en general perdió aquella luz espiritual que era la única que les permitía discernir esta gloria. No podían ver forma ni belleza en la esposa de Cristo, solamente adornada con sus gracias. Hablar de un estado glorioso de los hombres, cuando son pobres y están destituídos, quizá vestidos de harapos, y son arrastrados a las prisiones o a las hogueras, como ha sido la suerte de la iglesia en la mayoría de las épocas, era a su juicio absurdo y necio. Por tanto, viendo que es cierto que la iglesia de Cristo es muy gloriosa e ilustre a la vista de Dios, los santos ángeles y los buenos hombres, debía hallarse una manera de hacerla así para que el mundo también la viera así. Por consiguiente, acordaron una imagen mentirosa de esta gloria, es decir, la dignidad, la promoción, la riqueza, el dominio, el poder, y el esplendor de todos los que tenían el gobierno de la iglesia. Y, aunque para todos sea evidente que estas cosas pertenecen a las glorias de este mundo, de las que la gloria de la iglesia no solo se distingue, sino que es lo opuesto a todo esto, no tendrán más remedio que contemplarla [¿a ellas?] como aquello que representa su gloria. Y es así, aunque no tenga una gracia salvífica en sí, como expresamente afirman. Cuando se alcanzan estas cosas, todas las predicciones de su gloria se cumplen. A esta imagen corrupta de la verdadera gloria espiritual de la iglesia —originada en la ignorancia y la carencia de una auténtica experiencia del valor, y la excelencia de las cosas internas, espirituales y celestiales— se le ha prestado atención, con perniciosas consecuencias en el mundo. Muchos se han encaprichado y enamorado de ella, para su propia perdición. Porque, como maestra de mentiras, solo es adecuada para desviar las mentes de los hombres de una comprensión y valoración de la verdadera gloria; sin dejan de tener interés en ella, deben perecer para siempre.

Considerad las regiones extranjeras como Italia o Francia, donde estos hombres pretenden que su iglesia está en su mayor gloria: ¿Cuál es esta si no la riqueza, y la pompa, y el poder de los hombres, en su mayor parte manifiestamente ambiciosos, sensuales y mundanos? ¿Es esta la gloria de la Iglesia de Cristo? ¿Pertenecen estas cosas a su reino? [No], sino que por el levantamiento de esta imagen, por el avance de esta noción, toda la gloria de la iglesia se ha perdido y despreciado. Sin embargo, por mucho que estas cosas fueran adecuadas para los propósitos de las mentes carnales de los hombres, y satisfactorias para todas sus concupiscencias —con esta pintura y el falso brillo sobre ella para que la Iglesia de Cristo sea gloriosa—, han sido el medio para llenar este mundo de oscuridad, sangre y con fusión. Porque esta es la gloria de la iglesia por la que se contiende con ira y violencia. Y no pocos están aún encandilados por estas imágenes, y no son partícipes del provecho que traen a sus principales adoradores, cuyo encaprichamiento es de lamentar.

El medio que nos protege contra la adoración de estas imágenes es, también, evidente en los principios sobre los que seguimos adelante. No se hará sin luz para discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles, que son las únicas en las que la iglesia es gloriosa. A la luz de la fe, aparecen como lo que son realmente en sí mismas, de la misma naturaleza que la gloria que está arriba. Y yo digo que la gloria presente de la iglesia es su iniciación en la gloria del Cielo y, en general, es de la misma naturaleza que ella. Aquí está en sus amaneceres e inicios; allí en su plenitud y perfección. Buscar algo que sea afin, o estrechamente ligado a la gloria del Cielo, o que guarde algún cercano parecido con ella, en las glorias externas de este mundo, es una imaginación vana. Cuando la mente está capacitada para discernir la belleza y la gloria verdadera de las cosas espirituales, y su alianza con lo que está arriba, se verá protegida contra el deseo de buscar la gloria de la iglesia en las cosas de este mundo y de colocar algún valor sobre ellas con este fin.

La abnegación, indispensablemente prescrita en el evangelio a todos los discípulos de Cristo, es también un requisito aquí. Su poder y su práctica son completamente incoherentes con el entendimiento de que el poder, la riqueza y el dominio secular contribuyen en algo a la gloria de la iglesia. Si la mente está así crucificada a una valoración y estimación de estas cosas, nunca las entenderá como parte de aquellas vestiduras de la iglesia que la hacen gloriosa. Sin embargo, cuando la innata oscuridad discapacita las mentes de los hombres para discernir la gloria de las cosas espirituales y, mediante su afecto carnal e inmortificado, se aferran y sienten la más alta estima por la grandeza mundana, no resulta extraño que supongan que la belleza y gloria de la iglesia consistan en esto.

John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 2

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2. Hay que criar a los hijos en el camino de la fe en el Señor Jesucristo. Ustedes saben, mis amigos, y espero que muchos de ustedes lo sepan por la experiencia cotidiana de gozo en sus almas, que Cristo es “el camino, la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Es por él que podemos acercarnos a Dios confiadamente, que de otro modo es “un fuego
consumidor” (Heb. 12:29). Por lo tanto, es de suma importancia guiar a los niños lo más pronto posible hacia el conocimiento de Cristo, que es sin duda, una parte considerable de la “disciplina y amonestación” del Señor que el Apóstol recomienda y que quizá fue lo que intentó decir con esas palabras (Ef. 6:4).

Por lo tanto, tenemos que enseñarles lo antes posible que los primeros padres de la raza humana se rebelaron contra Dios y se sometieron a sí mismos y a sus descendientes a la ira y maldición divina (Gén. 1-3). Debe explicar las terribles consecuencias de esto, y esforzarse por convencerlos que ellos se hacen responsables de desagradar a Dios—¡cosa terrible!—por sus propias culpas. De este modo, por medio del conocimiento de la Ley, abrimos el camino el evangelio, a las nuevas gozosas de la liberación por medio de Cristo.

Al ir presentando esto, hemos de tener sumo cuidado de no llenarles la mente con una antipatía hacia una persona sagrada mientras tratamos de atraerlos hacia otra. El Padre no debe ser presentado como severo y casi implacable, convencido casi por fuerza, por la intercesión de su Hijo compasivo, a ser misericordioso y perdonador. Al contrario,  hemos de hablar de él como la fuente llena de bondad, que tuvo compasión de nosotros en nuestro sufrimiento impotente, cuyo brazo todopoderoso se extendió para salvarnos, cuyos consejos eternos de sabiduría y amor dieron forma a ese importante plan al cual debemos toda nuestra esperanza. Les he mostrado a ustedes que esta es la doctrina bíblica. Debemos enseñarla a nuestros niños a una edad temprana, y enseñar lo que era ese plan, en la medida que sean capaces de recibirlo y nosotros capaces de explicarlo. Debemos decirles repetidamente que Dios es tan santo, tan generoso que, en lugar de destruir con una mano o con la otra dejar sin castigo al pecado, hizo que su propio Hijo fuera un sacrificio por él, haciendo que él se humillara a fin de que nosotros pudiéramos ser exaltados, que muriera a fin de que nosotros pudiéramos vivir.

También hemos de presentarles—¡con santa admiración y gozo!— con cuánta disposición consintió el Señor Jesucristo procurar nuestra liberación de un modo tan caro. ¡Con cuánta alegría dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb. 10:7, 9)! Para mostrar el valor de este asombroso amor, debemos esforzarnos, según nuestra débil capacidad, por enseñarles quién es este Redentor compasivo, presentarles algo de su gloria como Hijo eterno de Dios y el gran Señor de ángeles y hombres. Hemos de instruirles en su asombrosa condescendencia al dejar esta gloria para ser un niño pequeño, débil e indefenso, y luego un hombre afligido y de dolores. Hemos de guiarlos al conocimiento de esas circunstancias en la historia de Jesús que tengan el impacto más grande sobre su mente y para inculcarles desde pequeños, un sentido de gratitud y amor por él. Hemos de contarles cuán pobre se hizo a fin de enriquecernos a nosotros, con cuánta diligencia anduvo haciendo el bien, con cuánta disposición predicaba el evangelio a los más humildes. Debemos contarles especialmente lo bueno que era con los niñitos y cómo mostró su desagrado a sus discípulos cuando trataban de impedir que se acercaran a él. La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios

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PRIMERAMENTE tengo que reconocer que no hay esfuerzo humano, ni de pastores ni de padres de familia, que pueda ser eficaz para llevar un alma al conocimiento salvador de Dios en Cristo sin la colaboración de las influencias transformadoras del Espíritu Santo. No obstante, usted sabe muy bien, y espero que seriamente considere, que esto no debilita su obligación de usar con mucha diligencia los medios correctos. El gran Dios ha declarado las reglas de operación en el mundo de la gracia al igual que en la naturaleza. Aunque no se limita a ellas, sería arrogante de nuestra parte y destructivo esperar que se desvíe de ellas a favor de nosotros o de los nuestros.

Vivimos no sólo de pan, “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Si el Señor ha determinado continuar la vida de usted o la vida de sus hijos, sin duda lo alimentará o sostendrá con sus milagros. No obstante, usted se cree obligado a cuidar con prudencia su pan cotidiano. Concluiría usted, y con razón, que si dejara de
alimentar a su infante, sería culpable de homicidio delante de Dios y del hombre; ni puede creer que puede dar la excusa que se lo encargó al cuidado divino milagroso mientras usted lo dejó desamparado sin suministrar nada de ayuda humana. Tal pretexto sólo agregaría impiedad1 a su crueldad y sólo serviría para empeorar el crimen que quiso excusar. Así de absurdo sería que nos engañáramos con la esperanza de que nuestros hijos fueran enseñados por Dios, y regenerados y santificados por las influencias de su gracia, si descuidamos el cuidado prudente y cristiano de su educación que quiero ahora describir y recomendar…

1. Los niños deben, sin lugar a dudas, ser criados en el camino de la piedad y devoción a Dios. Esto, como usted bien lo sabe, es la suma y el fundamento de todo lo que es realmente bueno. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Sal. 111:10). El salmista por lo tanto invita a los hijos a acercarse a él con la promesa de instruirlos en ella: “Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os enseñaré” (Sal. 34:11). Y, algunas nociones correctas del Ser Supremo deben ser implantadas en la mente de los hijos antes de que pueda haber un fundamento razonable para enseñarles las doctrinas que se refieren particularmente a Cristo como el Mediador. “Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6).

La prueba de la existencia de Dios y algunos de los atributos de la naturaleza divina que más nos preocupan dependen de principios tan sencillos que aun las mentes más simples pueden comprenderlos. El niño aprenderá fácilmente que como cada casa es construida por algún hombre y que no puede haber una obra sin un autor, así también el
que construyó todas las cosas es Dios. Partiendo de la idea obvia de que Dios es el Hacedor de todo, podemos presentarlo con naturalidad como sumamente grande y sumamente bueno, a fin de que aprendan ya a reverenciarlo y amarlo.

Es de mucha importancia que los niños sean imbuidos de un  sentido de maravilla hacia Dios y una veneración humilde ante sus perfecciones y sus glorias. Por lo tanto, es necesario presentárselos como el gran Señor de todo. Y, cuando les mencionamos otros agentes invisibles, sean ángeles o demonios, debemos… siempre presentarlos como seres enteramente bajo el gobierno y control de Dios…

Tenemos que ser particularmente cautos cuando les enseñamos a estos infantes a pronunciar ese nombre grande y terrible: El Señor nuestro Dios; que no lo tomen en vano, sino que lo utilicen con la solemnidad que corresponde, recordando que nosotros y ellos no somos más que polvo y cenizas delante de él. Cuando oigo a los pequeños hablar del Dios grande, del Dios santo, del Dios glorioso, como sucede a veces, me causa placer. Lo considero como una prueba de la gran sabiduría y piedad de los que tienen a su cargo su educación.

Pero hemos de tener mucho cuidado de no limitar nuestras palabras a esos conceptos extraordinarios, no sea que el temor a Dios los domine tanto que sus excelencias los lleve a tener miedo de acercarse a él. Hemos de describirlo no sólo como el más grande, sino también el mejor de los seres. Debemos enseñarles a conocerlo por el nombre más
alentador de: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éxo. 34:6-7). Debemos presentarlo como el padre universal,  bondadoso, indulgente, que ama a sus criaturas y por medios correctos les provee lo necesario para su felicidad. Y debemos presentar particularmente su bondad hacia ellos: con qué más que su ternura paternal protegió sus cunas, con qué más que compasión escuchó sus débiles llantos antes de que sus pensamientos infantiles
pudieran dar forma a una oración. Tenemos que decirles que viven cada momento dependiendo de Dios y que todo nuestro cariño por  ellos no es más que el que él pone en nuestro corazón y que nuestro poder para ayudarles no es más que el que él coloca en nuestras manos. Hemos también de recordarles solemnemente que en poco tiempo sus espíritus regresarán a este Dios. Así como ahora el Señor está siempre con ellos y sabe todo lo que hacen, dicen o piensan, traerá toda obra a juicio y los hará felices o infelices para siempre, según son, en general, encontrados obedientes o rebeldes. Debemos presentarles también las descripciones más vívidas y emocionantes que las Escrituras nos dan del cielo y el infierno, animándolos a que reflexionen en ellos.

Cuando echa tal cimiento creyendo en la existencia y providencia de Dios y en un estado futuro de recompensas al igual que de castigos, debe enseñarles a los niños los deberes que tienen hacia Dios. Debe enseñarles particularmente a orar a él y a alabarle. Lo mejor de todo sería que, con un profundo sentido de las perfecciones de Dios y las necesidades de ellos, pudieran volcar sus almas delante de él usando sus propias palabras, aunque sean débiles y entrecortadas. Pero tiene que reconocer que hasta que pueda esperarse esto de ellos, es muy apropiado enseñarles algunas formas de oración y acción de gracias, que consistan de pasajes sencillos y claros o de otras expresiones que les son familiares y que se ajustan mejor a sus circunstancias y su comprensión…

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [6]

Aquí se empleó a fondo el ingenio de los hombres para hallar una imagen de esta comunión espiritual que no podían experimentar en sus mentes. A pesar de todo fueron haciendo una por etapas, y engrandecieron el misterio con palabras y expresiones (aunque no sabían nada de su poder) que respondieran a aquello que iban a levantar en su lugar; acabaron engendrando el horrendo monstruo de la transubstanciación y el sacrificio de la misa. Con esto estipularon que todas aquellas cosas que son espirituales en esta comunión, debían convertirse y actuar como cosas carnales: el pan será el cuerpo físico de Cristo, la boca será la fe, los dientes serán el ejercicio, el vientre será el corazón, y el sacerdote entregará a Cristo en ofrenda a Dios. Jamás se inventó una imagen más vil. En esto no se requiere nada de fe, porque no es más que reforzar la imaginación contra todo sentido y razón. Por este misterio singular de la unión sacramental entre los signos externos y las cosas que señalan —donde los unos se llaman por el nombre de las otras, así como el pan se define como cuerpo de Cristo—, y que la fe discierne en su manifestación y recepción, ellos han inventado para su representación, con una prodigiosa imaginación, la conversión real, o transubstanciación, de la sustancia del pan y del vino en la del cuerpo y la sangre de Cristo, de tal manera que se destruye toda fe, razón y también sentido. En el lugar de aquella reverencia santa de Cristo mismo cuando instituyó esta ordenanza; en la mística manifestación de sí mismo a las almas de los creyentes; en la demostración de su amor, gracia y sufrimientos por ellos, han levantado la espantosa imagen de una adoración y un culto idolatras a la “Hostia” —como la llaman—, para ruina de las almas de los hombres. El Señor Jesucristo, “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”, y designó esta ordenanza en memoria de ello. Pero ellos habían perdido”la luz espiritual por la cual podían discernir la eficacia de aquella ofrenda única que se realizó mucho tiempo atrás. Por tanto, al aplicarla por medio de esta ordenanza para el verdadero perfeccionamiento de la iglesia, han erigido una nueva imagen de ella, en una pretendida repetición diaria del mismo sacrificio, en el cual profesan ofrecer a Cristo otra vez por los pecados de vivos y muertos, para destrucción del fundamento principal de la fe y de la religión. Todas estas abominaciones surgieron tras haber perdido la experiencia de aquella comunión espiritual con Cristo, y la participación de él por la fe, que hay en esta ordenanza de institución divina. Esto arrastró los pensamientos de los hombres a la invención de estas imágenes, para adecuar la noción de verdad a la superstición de sus mentes carnales. Tampoco resulta posible, por lo general, liberarlos de estos encaprichamientos, a menos que le plazca a Dios transmitirles la luz espiritual que les haga discernir la gloria de este misterio celestial, y experimentar la manifestación de Cristo a las almas de los creyentes en él, sin necesidad de aquellos. Con sus innumerables prejuicios y sus inflamados afectos por sus ídolos no solo morarán en su oscuridad contra todo medio de convicción, sino que se esforzarán en la destrucción temporal y eterna de todos los que piensen de otro modo.

Levantaron una vez esta imagen, como la de Nabucodonosor, en esta nación con una ley: que todo aquel que no se inclinare ante ella y la adorare, fuese arrojado en el homo de fuego. ¡Dios no lo permita nunca más! Pero, si así fuere, contra la influencia de la fuerza y el fuego no hay más que una cosa que nos pueda proteger: la verdadera experiencia de una comunicación eficaz de Cristo a nuestras almas en esta santa ordenanza, administrada segun el dispuso. Por tanto, en esto deberíamos esforzarnos con toda diligencia, y no solo como único medio y forma de edificación en esta ordenanza, por medio del ejercicio de la gracia, el fortalecimiento de nuestra fe y la consolación presente, sino como el medio efectivo de nuestra preservación en la profesión de la verdad, y nuestra liberación de los lazos de nuestros adversarios. Aún siendo innegable que esta singular institución, distinta de todas las demás, pretende ser y se ofrece como comunicación y manifestación distintas de Cristo, al insistir en que se deben hacer por la transubstanciación y masticación oral de él, y de ningún otro modo, lo único que podrá protegemos contra sus pretensiones es haber experimentado el poder y la eficacia de la comunión mística con Cristo en esta ordenanza, antes descrita. Por consiguiente, en todo lo que sabemos de la gracia y la verdad no hay nada que deba preocupar más a los creyentes que el debido ejercicio de la luz espiritual y de la fe que nos lleva a experimentar satisfactoriamente la participación singular de Cristo en esta institución santa.

Con la iglesia y todos sus asuntos principales ha ocurrido lo mismo entre ellos, por haber perdido lo que pertenecía a su constitución primitiva, o por haber renunciado a ello. En su lugar han erigido una imagen deformada, como mostrare en algunos ejemplos.

Es un principio de verdad incuestionable que la Iglesia de Cristo es, en sí misma, un cuerpo, que tiene una cabeza de la que depende, y sin la que se vería inmediatamente disuelto.

Un cuerpo sin cabeza no es sino un cadáver o parte de él. Esta cabeza debe estar siempre presente con él. Una cabeza distante del cuerpo —separada de él, que no este unida a él por los medios y maneras propias de su naturaleza— no tiene utilidad alguna. Véase Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:19.

Pero existe una doble noción de cabeza, como también la hay de cuerpo, porque ambos son naturales o políticos. Hay un cuerpo natural y uno político. Y, en cada uno de estos sentidos, debe tener una cabeza del mismo tipo. Un cuerpo natural debe tener una cabeza de influencia vital, y un cuerpo político debe tener una cabeza de dominio y gobiemo. A la iglesia se le llama cuerpo y —comparándola con lo anterior— es un cuerpo en ambos sentidos, o en ambas partes de la comparación, y en ambas debe tener una cabeza. Puesto que es un cuerpo espiritualmente vivo, si lo comparamos con el natural, debe tener una cabeza de influencia vital, sin la cual no puede subsistir. Y, puesto que es una sociedad ordenada para los fines comunes de su institución, comparándola con el político, debe tener una cabeza de dominio y gobiemo, sin la cual no se pueden conservar ni su ser ni su uso. Pero estas no son sino distintas consideraciones de la iglesia, que, en cada sentido es una sola. No son dos cuerpos, por qué entonces debería tener dos cabezas. Es un cuerpo bajo dos perspectives distintas que no dividen su esencia, sino que declaran la relación distinta de cada una con su cabeza.

Hasta este punto, y de forma general, todos los que se llaman cristianos están de acuerdo: nada es de la iglesia, nada le pertenece que no dependa, o este unido a la cabeza. Lo que sostiene a la cabeza es la verdadera iglesia; aquella que no lo hace, no es una iglesia en absoluto. En esto estamos de acuerdo con nuestros adversarios, es decir, en que todos los privilegios de la iglesia, todo derecho y título de los hombres en ella dependen, totalmente, de la debida relación con su cabeza, según sus distintas consideraciones. Sea esa cabeza quien o lo que sea, lo que no este unido a la cabeza, no dependa de ella o este separado de ella, no pertenece a la iglesia. Solo Cristo Jesús es la cabeza de la iglesia. Porque la iglesia no es sino una aunque, en diversas consideraciones, se compare con dos tipos de cuerpo. La iglesia católica se considera como creyente, o como profesante. Pero la iglesia creyente no es una y la profesante otra. Si imagináis otra iglesia católica aparte de esta, quienquiera que fuere su cabeza, no nos interesa. Pero, de esta iglesia, la única cabeza es Cristo. Solo él responde a todas las propiedades y propósitos de una cabeza adecuada para la iglesia. La Escritura lo afirma de una forma tan positiva y frecuente, y sin la menor insinuación, directa o indirecta a otra cabeza, que es formidable ver que alguien lo pueda imaginar en su mente y desecharlo en la Biblia.

Pero, así como la cabeza debe estar presente con el cuerpo, o este no puede subsistir, la pregunta es: ¿En qué forma está presente el Señor Jesucristo con su iglesia? Y la Escritura no ha dejado posibilidad de duda en cuanto a esto. Lo está por su Espíritu y por su palabra, mediante los cuales comunica continuamente todos los poderes y las virtudes de una cabeza. Por este medio y de esta manera, multiplica las promesas de su presencia a la iglesia. De esto dependen su ser, su vida, su uso y su continuidad. Donde Cristo no está presente por su Espíritu y su palabra, no hay iglesia. Y aquellas que pretenden que sea así, son sinagogas de Satanás. Ellos son inseparables y forman un conjunto en su operación, puesto que él es la cabeza de influencia para la iglesia, así como también es cabeza de gobiemo. En el primer sentido, el Espíritu opera por la palabra y, en este último, la palabra se hace efectiva por el Espíritu. Pero, durante mucho tiempo, el sentido y la comprensión de esto se perdieron en el mundo, entre los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”. La iglesia —reconocían— debe tener una cabeza, sin la cual no puede subsistir. Y confesaron que, en algún sentido, él era cabeza de influencia para esta. No sabían cómo tener una imagen suya, aunque con muchas otras perniciosas doctrinas destruyeron su eficacia y beneficio. Pero no podían entender de qué manera debía él ser la única cabeza de gobierno para la iglesia. No veían como podría ejercer la sabiduría y la autoridad de una cabeza semejante y, por otra parte, sin ella, la iglesia debía quedarse sin cabeza. Decían: “El está ausente y es invisible”. Debían tener a uno al que pudieran ver y al que poder acceder. El está en el Cielo y no saben como dirigirse a él cuando la ocasión lo requiere. Todas las cosas se desordenarían a pesar de tenerle por cabeza. Pensaban: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible. Asimismo, lo adecuado era que esa cabeza tuviera toda la grandeza y la pompa en el mundo que correspondía a la cabeza de una sociedad tan grande y tan gloriosa como la iglesia. No sabían como aplicar estas cosas a Cristo y a su presencia en la iglesia, por su palabra y por su Espíritu. ¿Renunciarán, entonces, al principio de que la iglesia ha de tener una cabeza y un gobernador supremo como el que ellos imaginaban? Esto es algo que no se debe hacer, sino que hay que retenerlo de una forma sagrada. Y no es solamente porque…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

 

Obligaciones principales de los padres 4

Padres, si aman a sus hijos, hagan todo lo que está en su poder para instruirlos de modo que hagan un hábito de la oración. Muéstreles cómo comenzar. Indíqueles qué decir. Anímelos a perseverar. Recuérdeles que lo hagan si la descuidan. Al menos, que no sea culpa suya el que nunca oren al Señor.

Éste, recuerde, es el primer paso espiritual que puede tomar el niño. Mucho antes de que pueda leer, puede enseñarle a arrodillarse junto a su madre y decir las palabras sencillas de oración y alabanza que ella le sugiere. Y como, en cualquier empresa, los primeros pasos son siempre los más importantes, también lo son en el modo como sus hijos oran sus oraciones—un punto que merece su máxima atención. Pocos son los que parecen saber cuánto depende de esto. Necesita usted que tener cuidado: no sea que se acostumbren a decirlas de un modo apurado, descuidado e irreverente. Tenga cuidado… de confiar demasiado en que sus hijos lo harán cuando les deja que lo hagan por sí mismos. No puedo elogiar a aquella madre que nunca cuida ella misma la parte más importante de la vida diaria de su hijo. Sin duda alguna, si existe un hábito que su propia mano y sus ojos deben ayudar a formar, es el hábito de la oración. Créame, si nunca escucha orar a sus hijos, usted es quien tiene la culpa.

La oración es, entre todos los hábitos, el que recordamos por más tiempo. Muchos que ya peinan canas podrían contarle cómo su mamá los hacía orar cuando eran niños. Quizá han olvidado otras cosas. La iglesia donde eran llevados al culto, el pastor que oían predicar, los compañeros que jugaban con ellos—todo esto probablemente se ha borrado de su memoria sin dejar una marca. Pero encontrará con frecuencia que es muy diferente cuando de sus primeras oraciones se trata. Con frecuencia le podrá decir dónde se arrodillaban, qué les enseñaba a decir, y aun describir el aspecto de su madre en esas ocasiones. Lo recordarán como si hubiera sido ayer. Lector, si usted ama a sus hijos, le insto a que no deje pasar el tiempo de siembra sin mejorar el hábito de orar, instrúyalos en el hábito de orar.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [5]

Todos los cristianos tienen la convicción universal e incuestionable de la existencia de una comunión estrecha e íntima con Cristo, y participacion de él, en la cena del Señor.

No es cristiano quien piense de otro modo. Por consiguiente, desde el principio se consideró, merecidamente, que este era el misterio principal en el programa de la iglesia, porque esta convicción se afirma sobre testimonios divinos infalibles. La comunicación de Cristo en ella y nuestra participación de él, se expresan de tal modo que resultan exclusivas hasta tal punto que no se pueden conseguir de ninguna otra manera ni ordenanza divina; ni en la oración, ni en la predicación, ni en ningún otro ejercicio de fe en la palabra o las promesas. En ella se come el cuerpo y se bebe la sangre de Cristo y esto entraña una incorporación espiritual que solo existe en esta ordenanza. Sin embargo, esta comunión especial y particular con Cristo, y la participación de él, son algo espiritual y místico, por fe; no es carnal ni corporal. Imaginar una participación de Cristo en esta vida, que no sea por fe, es echar por tierra el evangelio. Expresar la verdadera comunicación de sí mismo y los beneficios de su mediación a los que creen, y que esto llegue a ser la comida de sus almas que los nutra para vida eterna, es lo que el mismo define al principio de su ministerio como “comer su came” y “beber su sangre”. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn. 6:53). Sin embargo, muchos se ofendieron al suponer que se refería a comer su carne y beber su sangre de un modo literal, y que les estaba enseñando a ser caníbales. Por tanto, con el fin de instruir a sus discípulos de un modo correcto en cuanto a este misterio, da una regla eterna de la interpretación de dichas expresiones, v. 63: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espiritu y son vida”. Buscar cualquier otro tipo de comunicación con Cristo, o de su carne y sangre, que no sea espiritual es contradecirle en la interpretación que él da de sus propias palabras.

Por consiguiente, esta comunión especial con Cristo y la participación de él son por fe. Si no fuese así, todos los incrédulos deberían participar de Cristo del mismo modo que los creyentes. Esto sería una contradicción, porque creer en Cristo y ser hechos partícipes de él son una misma cosa. Debemos, por tanto, encontrar esta singular participación de Cristo en los actos especiales de la fe, en lo que se refiere a la manifestación especial y particular de Cristo a nosotros en esta ordenanza.

Y estos actos de la fe son muchos y diversos, pero se pueden presentar en cuatro apartados:

1.Actúa en sí misma en obediencia a la autoridad de Cristo en esta institución. Este es el fundamento de toda comunión con Cristo, o participación de él, en todas y cada una de las ordenanzas de adoración divina y, en particular, la de su propia designación soberana. Se debe hacer en aquellas circunstancias (en cuanto a tiempo, ocasión y manera) que requieren actos especiales de fe. La institución de esta ordenanza se produjo en el desenlace de su ministerio u oficio profético en la tierra, y cuando empezó a ejercer su oficio sacerdotal ofreciéndose a si mismo en sacrificio a Dios por los pecados de la iglesia. En ese intervalo y con el fin de que ambos fueran eficaces para nosotros, interpuso un decreto de su oficio real al instituir esta ordenanza. Y esto fue “la misma noche en que fue entregado”, cuando su corazón santo estaba en el más elevado ejercicio de celo por la gloria de Dios y compasión por las almas de los pecadores. La fe tiene, en esto, un respeto especial hacia todas estas cosas. No actua solamente por sujeción del alma y la conciencia a la autoridad de Cristo en la institución, sino que también respeta el ejercicio de su autoridad en el desenlace de su oficio profético y el inicio del ejercicio de su oficio sacerdotal en la tierra, con todas las demás circunstancias que la recomiendan a las almas y conciencias de los creyentes. Esto es característico de esta ordenanza y, por tanto, de la participación de Cristo. En ella la fe, ejercida como es debido, proporciona al alma una conversación intima con Cristo.

2.En esta ordenanza divina existe una representación particular del amor y la gracia de Cristo en su muerte y sufrimientos, en cuanto al medio y a la forma de nuestra reconciliación con Dios por su sangre. Sin embargo, la representación de ambos es tan eminente que no se puede hacer solo de palabra. Es una imagen espiritual de Cristo que se nos propone y que afecta, íntimamente, a toda nuestra alma. Estas cosas —es decir, el inefable amor y la gracia de Cristo; la amargura de sus sufrimientos y muerte en nuestro lugar; el sacrificio que ofreció a Dios por su sangre, con su efecto de expiación y reconciliación—, reunidas aquí en una propuesta completa para nuestras almas, hacen que la fe se ejercite de una manera especial como en ninguna [otra] ordenanza divina, o manera de proponérnoslas. En realidad, las Escrituras nos presentan todas estas cosas de forma distinta y por partes para nuestra instrucción y edificación. La luz se creó primero y se difundió por toda la creación, y bastó para iluminarla toda ella de forma general. Sin embargo, fue mucho mas útil, gloriosa y llamativa al ser reducida y contraída en el cuerpo del sol. Lo mismo ocurre con las verdades con respecto a Cristo: cuando se difunden a lo largo de la Escritura son suficientes para iluminar e instruir a la iglesia; pero cuando, por sabiduría e instrucción divina, son contraídas en esta ordenanza, su gustación y eficacia son más eminentes y comunicativas a los ojos de nuestro entendimiento —es decir, nuestra fe— que meras propuestas parciales en la Palabra. De este modo, la fe conduce al alma a una comunión particular con Cristo y, en ella, participa de él de una manera especial.

3.Aquí, la fe respeta la manera particular de la comunicación y de manifestarse Cristo a nosotros por símbolos o signos externos perceptibles que son el pan y el vino. En su elección encuentra la sabiduría divina y soberanía de Cristo, no teniendo otro fundamento en la razón o la luz de la naturaleza. Y la representación que aquí se hace de él junto con los beneficios de su muerte y oblación solo es adecuada para la fe, sin ayuda de los sentidos o la imaginación. Aunque los símbolos sean visibles, los sentidos y la razón no pueden discernir su relación con aquellas cosas que dan a entender. Si él hubiese escogido para este fin una imagen, un crucifijo, o acciones que, por un tipo de semejanza natural y significativa, manifestasen su pasión, lo que el hizo y sufrió, la fe no habría sido necesaria en este asunto. Por tanto, como veremos, son aquellos que, habiendo perdido el uso y el ejercicio de la fe en este menester, han descubierto estas cosas. Además, la fe es la única que abarca la unión sacramental existente entre los signos externos y las cosas que representan, en virtud de la institución divina. De este modo, lo uno [estas últimas] (es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo) se manifiesta realmente y se comunica a las almas de los creyentes del mismo modo que los signos externos lo hacen con sus sentidos corporales. De este modo, por medio del sacramento, los signos llegan a ser para nosotros aquello que las cosas señaladas son en sí mismas, y, por tanto, se las llama por sus nombres. Esto conlleva un ejercicio exclusivo de fe y una participación propia de Cristo, que no se haya en ninguna otra ordenanza. En efecto; los actos de la fe con respecto a la unión y la relación sacramental entre los signos y las cosas que señalan, en virtud de la institución y la promesa divina, son aqui su uso y su ejercicio principal.

4.Existe un ejercicio de fe singular en la recepción de Cristo, puesto que su cuerpo y sangre se nos ofrecen y presentan en sus signos externos. Aunque no contienen fisicamente la carne y sangre de Cristo en ellos ni se transforman en ellas, al participar de ellos Cristo se está manifestando verdaderamente a los que creen. La fe es la gracia que hace que el alma reciba a Cristo y, el medio por el cual lo recibe realmente. “A todos los que le reciben, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Y lo recibe según nos lo propone y manifiesta la declaración y la promesa del evangelio, que es donde se presenta. Lo recibe por el asentimiento de la mente a esta verdad, por medio de la gracia, eligiéndole a él, aferrándose y confiando en él con la voluntad, el corazón y el afecto, en todos los fines de su persona y sus decisiones como mediador entre Dios y el hombre. En su misterioso ofrecimiento sacramental, su cuerpo y su sangre —es decir, en la eficacia de su muerte y sacrificio— en esta ordenanza de adoración, al recibirlo la fe actúa en toda el alma, en todos los propósitos especiales para los cuales se manifiesta a nosotros por este medio y de esta forma. Este no es el lugar adecuado para declarar cuales son estos fines que dan fuerza y eficacia a los actos de la fe en este menester.

He mencionado estas cosas por ser la gran alegación de los papistas de hoy, en nombre de su transubstanciación: si rechazamos la masticación oral o material de la carne de Cristo y beber de su sangre, no existirá ninguna otra manera de participar de Cristo al recibirlo en este sacramento, aparte de la que se hace en la predicación de la palabra. Sin embargo, como veremos, con esto no hacen más que declarar que ignoran este misterio celestial. En la institución divina del culto, los creyentes experimentan esta bendita e íntima comunión con Cristo con gozo inefable y para su satisfacción. Descubren que es la comida espiritual de sus almas que los nutre para vida eterna, mediante la incorporación espiritual con él. Disciernen la verdad de este misterio y experimentan su poder. Aunque al ser cada vez más carnales y destituidos de la luz espiritual junto con la sabiduría de la fe, los hombres perdieron toda experiencia de comunión con Cristo y participación de él en este sacramento. Basándose en los principios de la verdad del evangelio no podían encontrar nada en esto: ningún poder, ninguna eficacia —nada que respondiese a las grandes y gloriosas cosas que se decían sobre ello—, y tampoco era posible que lo hicieran. Y es que ciertamente esto no contiene nada en sí mismo excepto para la fe, así como la luz del sol no significa nada para los que no tienen ojos. Un perro y un bastón son de más utilidad para un ciego que el sol. Tampoco la música más melodiosa representa nada para los sordos. Pero, a pesar de haber perdido esta experiencia espiritual, retuvieron la noción de la verdad: en este sacramento debe haber una participación particular de Cristo distinta de todos los demás medios y formas de la misma gracia.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [4]

pero que el evangelio trajo a la luz y la reveló. Así habla nuestro bendito Salvador mismo a sus discípulos: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habeis pedido en mi nombre; pedid, y recibireis…” (Jn. 16:23-24). Pedir a Dios expresamente en el nombre del Hijo, como mediador, forma parte de la gloria de la adoración del evangelio.

Los ejemplos especiales de esta gloria son mas de los que se pueden enumerar. Podemos
reducirlos principales a estos tres apartados:

1. El hace que la persona de los adoradores y sus deberes, sean aceptos a Dios. Véase Hebreos 2:17-18; 4:16; 10:19.

2. El es el administrador de toda la adoración de la iglesia en el lugar santo en las
alturas, como su gran Sumo Sacerdote sobre la casa de Dios. Hebreos 8:2; Apocalipsis 8:3.

3. Su presencia, con y entre los adoradores del evangelio en la adoración, le da gloria. Esto es algo que el declara y promete:

“Si dos de vosotros se pusieran de acuerdo en la tierra de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:19-20). El éxito de las oraciones de la iglesia depende, y surge, de la presencia de Cristo en medio de ellos; el está presente para ayudarlos y consolarlos. Esta presencia de un Cristo vivo, y no la de un crucifijo muerto, da gloria a la adoración divina. Quien no vea la gloria de esta adoración, desde la relación con Cristo, no esta familiarizado con el evangelio ni con toda la luz, las gracias y privilegios que conlleva.

c) Cuando adoramos tenemos acceso a Dios en un solo Espíritu en cuya administración sitúa el apóstol la gloria de esta, en oposición a toda la gloria del Antiguo Testamento. Así es también como lo hace nuestro Señor Jesucristo en el lugar antes referido. Porque:

1. Según la mente de Dios, solo el tiene la capacidad de observarla y cumplirla. La iglesia da gloria a Dios en su servicio divino únicamente porque él le ha comunicado la gracia y los dones para ello. Si dejara de hacerlo, toda adoración aceptable cesaría en el mundo. Pensar en observar la adoración del evangelio sin la ayuda y la asistencia del Espíritu del evangelio es una imaginación lasciva. Pero donde él está, allí hay libertad y gloria (cf. 2 Co. 3; 17:18).

2. Por él, las mentes santificadas de los creyentes se convierten en templos de Dios y,
por tanto, en el sello principal de la adoración evangélica (cf. 1 Co. 3:16; 6:19). Al haber
sido constituido por Dios y, adomado por medio de su Espíritu, este templo esta hecho de
un material mucho mas glorioso que el que cualquier mano de hombre pudiera erigir.

3. Él es quien dirige a la iglesia en la comunión y la conversación interna con Dios en
Cristo, en luz, amor y deleite, con santo valor. El apóstol expresa esta gloria en Hebreos
10:19,21,22.

En estas cosas, pues, consiste la verdadera gloria de la adoración evangélica. De no ser así, carece de toda gloria en comparación con aquella que destacó en la antigua adoración legal.

Y es que el ingenio del hombre jamás fue capaz de realzarla con la mitad de la belleza y gloria externa de la adoración del templo. No obstante, no se trata solamente de que no permita gloria alguna que pueda compararse a la suya, sino que supera de forma indescriptible cualquier cosa que el ingenio y la riqueza de los hombres puedan lograr.

Sin embargo, se requiere una luz espiritual, para poder discemir la gloria de esta adoración y, por medio de ella, experimentar su poder y su eficacia con respecto a los fines de su designación. Esto es algo que tiene la iglesia de los creyentes. Ellos lo ven como un bendito medio de dar gloria a Dios, y de recibir comunicaciones de gracia de parte de él, que son los fines de todas las instituciones divinas de adoración. Y en ello han experimentado su eficacia hasta tal punto, que sus almas disfrutan del descanso, la paz, y la satisfacción. Sienten que, así como su adoración les dirige a una bendita visión, por fe, de Dios en su existencia inefable, con las gloriosas actuaciones de cada una de lastres personas en la dispensación de gracia que llenan sus corazones de una alegría indecible, también se van ejercitando, incrementando y fortaleciendo todas las gracias a medida que las observan con amor y deleite.

Pero toda luz, toda percepción de esta gloria, toda experiencia de su poder se perdieron en su mayoría en el mundo. En todos estos casos tengo en mente la apostasía papal. Los responsables de dirigir la religión, no podían discernir gloria alguna en estas cosas ni experimentar su poder.
Cualquiera que fuere la adoración, no podían ver gloria en ella, ni sus mentes quedaban satisfechas, porque, no teniendo luz para discenir su gloria, tampoco podían experimentar su poder ni su eficacia.

¿Qué hacer, entonces? Se debía retener la noción de que la adoración divina ha de ser bella y gloriosa, debe ser retenida, pero no conseguian ver nada de esto en la adoración espiritual del evangelio. Por tanto, creyeron necesario fabricar una gloria para ella, o eliminarla del mundo y erigir una imagen de ella que sus mentes carnales consideraran bella y les produjera satisfacción. Con este fin, pusieron en marcha su imaginación para inventar ceremonias, vestiduras, gestos, ornamentos, música, altares, imágenes, pinturas, con prescripciones de gran veneración corporal. A esta pompa la definen como la belleza, el orden y la gloria de la adoración divina. Esto es lo que ven y sienten y, en su opinión, dispone sus mentes a la devoción. Sin esto no saben como mostrar reverencia al propio Dios. Y, cuando esto falta, toda vida, poder, espiritualidad de la adoración en los adoradores —cualquiera que sea su eficacia con respecto a todos susfines propios—, independientemente del orden que sigan según la prescripción de la palabra, ellos la consideran vacía e indecente. No hallan belleza ni gloria en ella. Una vez perdidas esta luz y esta experiencia,se introdujeron elemenfos miserables y ceremonias carnales en la adoración de la iglesia con la intención de hacerla decorosa y bella, mediante ritos y observancias supersticiosas que la han contaminado y corrompido como ocurrió, y sigue sucediendo, en la Iglesia de Roma. Con esto no hicieron mas que sustituirla por una imagen deformada, pero esto les agrada. Pueden ver y sentir la belleza y la gloria que aportan al servicio divino tallas, pinturas, vestiduras bordadas, en salmos musicales, y posturas de veneración.

En su propia imaginación, todo esto incita sus sentidos a la devoción. Sin embargo, en vez de representar la verdadera gloria de la adoración del evangelio, que supera aun a la del Antiguo Testamento, lo único que han conseguido es que no tenga gloria alguna al compararse con ella. Todas las ceremonias y ornamentos inventados con este propósito se quedan indescriptiblemente cortos frente a la belleza, el orden y la gloria de lo que Dios mismo designó para el templo, y ni los paganos jamás consiguieron igualar.

Algunos dirán que las cosas a las que atribuimos la gloria de esta adoración son espirituales e invisibles. Pero esto no es lo que estamos buscando, sino aquello cuya belleza podemos contemplar, y sentirnos conmovidos. Y puede ser que se trate de aquello que estamos condenando abiertamente, al menos algunas de ellas —aunque debo decir que si hay gloria en alguna de ellas, cuanto mas se multipliquen mejor, si es necesario. Lo que nosotros alegamos es lo siguiente: que al no ser capaces los hombres, de discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles por la luz de la fe,se hacen imágenes de ellas, dioses que van delante de ellos. Y se motivan con ellas.
Pero la adoración de la iglesia es espiritual, y su gloria es invisible a los ojos de la came. Tanto nuestro Salvador como los apóstoles testifican así de su celebración: “Os habeis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, a la companía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espiritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (He. 12:22-24). La gloria de esta congregación, aunque ciertamente superior a la de órganos,
flautas, crucifijos, y vestiduras, no se manifiesta a los sentidos ni a la imaginación de los hombres.

Mi propósito es obviar los rimbombantes atractivos de la adoración de Roma, y las pretensiones de su eficacia para suscitar devoción y veneración por su belleza y decoro. Todo esto no es sino una imagen deformada de aquella gloria que no pueden contemplar. Experimentar y conservar en nuestros corazones el poder y la eficacia de esa adoración de Dios que es en espíritu y en verdad, así como los verdaderos fines de la adoración divina, es lo único que nos protegerá.

Mientras retengamos las nociones correctas en cuanto al objeto adecuado de la adoración del evangelio, y de nuestro acercamiento inmediato a él; del medio y de la forma en que nos aproximemos, a través de la mediación de Cristo y la asistencia del Espíritu; mientras conservemos la fe y el amor, y los ejercitemos como es debido (en la parte que nos corresponde), preservando la experiencia del beneficio y provecho espiritual que nos proporcionan, no resultara fácil persuadirnos a renunciar a todo ello para entregarnos a los brazos de esta imagen sin vida…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Obligaciones principales de los padres 3

Blog132C

Ocúpese de que sus hijos lean la Biblia con reverencia. Instrúyales a considerarla no como la palabra de los hombres, sino lo que verdaderamente es: la Palabra de Dios, escrita por el Espíritu Santo mismo—toda verdad, toda beneficiosa y capaz de hacernos sabios para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús.

Ocúpese de que la lean regularmente. Instrúyales de modo que la consideren como el alimento diario del alma, como algo esencial a la salud cotidiana del alma. Sé bien que no puede hacer que esto sea otra cosa que una práctica, pero quién sabe la cantidad de pecados que una mera práctica puede indirectamente frenar.

Ocúpese de que la lean toda. No deje de hacerles conocer toda doctrina. No se suponga que las doctrinas principales del cristianismo son cosas que los niños no pueden comprender. Los niños comprenden mucho más acerca de la Biblia de lo que por lo general suponemos.

Hábleles del pecado —su culpa, sus consecuencias, su poder, su vileza. Descubrirá que pueden comprender algo de esto.

Hábleles del Señor Jesucristo y de su obra a favor de nuestra salvación— la expiación, la cruz, la sangre, el sacrificio, la intercesión. Descubrirá que hay algo en todo esto que no escapa a su entendimiento.

Hábleles de la obra del Espíritu Santo en el corazón del hombre, cómo lo cambia, renueva, santifica y purifica. Pronto comprobará que pueden, en cierta medida, seguir lo que le va enseñando. En suma, sospecho que no tenemos idea de cuánto puede un niñito entender acerca del alcance y la amplitud del glorioso evangelio. Capta mucho más de lo que suponemos acerca de estas cosas.

Llene su mente con las Escrituras. Permita que la Palabra more ricamente en sus hijos. Deles la Biblia, toda la Biblia, aun cuando sean chicos.

Entrénelos en el hábito de orar. La oración es el aliento mismo de vida de la verdadera religión. Es una de las primeras evidencias que el hombre ha nacido de nuevo. Dijo el Señor acerca de Saulo el día que le envió a Ananías, “He aquí, él ora” (Hech. 9:11). Había empezado a orar, y eso era prueba suficiente.

La oración era la marca que distinguía al pueblo del Señor el día que comenzó una separación entre ellos y el mundo. “Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová” (Gén. 4:26).

La oración es ahora la característica de todos los verdaderos cristianos. Oran, porque le cuentan a Dios sus necesidades, sus sentimientos, sus anhelos, sus temores y lo que dicen es sincero. El cristiano nominal puede recitar oraciones, y oraciones buenas, pero nada más.

La oración es el momento decisivo en el alma del hombre. Nuestro ministerio es estéril y nuestra labor en vano mientras no caigamos de rodillas. Hasta entonces, no tenemos esperanza.

La oración es un gran secreto de la prosperidad espiritual. Cuando hay mucha comunión privada con Dios, el alma crece como el pasto después de la lluvia. Cuando hay poco, estará detenida, apenas podrá mantener su alma con vida. Muéstreme un cristiano que crece, un cristiano que marcha adelante, un cristiano fuerte, un cristiano triunfante, y estoy seguro de que es alguien que habla frecuentemente con su Señor. Le pide mucho, y tiene mucho. Le cuenta todo a Jesús, por lo que siempre sabe cómo actuar.

La oración es el motor más poderoso que Dios ha puesto en nuestras manos. Es la mejor arma para usar en cualquier dificultad y el remedio más seguro para todo problema. Es la llave que abre el tesoro de promesas y la mano que genera gracia y ayuda en el tiempo de la adversidad. Es la trompeta de plata que Dios nos ordena que hagamos sonar en todos nuestros momentos de necesidad, y es el clamor que ha prometido escuchar siempre, tal como una madre cariñosa responde a la voz de su hijo.

La oración es el modo más sencillo que el hombre puede usar para acudir a Dios. Está dentro del alcance de todos —de los enfermos, los ancianos, los débiles, los paralíticos, los ciegos, los pobres, los iletrados—todos pueden orar. De nada le sirve a usted excusarse porque no tiene memoria, porque no tiene educación, porque no tiene libros o porque no tiene erudición en este sentido. Mientras tenga usted una lengua para explicar el estado de su alma, puede y debe orar. Esas palabras: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2) será la temible condenación para muchos en el Día del Juicio.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [3]

Y es que, en lo que respecta a la representación de Cristo como objeto presente de la fe y del amor del hombre que opera con eficacia en sus afectos, en la Iglesia de Roma hay mil veces más adscritos a ellas que al evangelio en sí. El apóstol escribe sobre todo este asunto: “La justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Más ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 1 0:6-8). La pregunta es: ¿Cómo podemos llegar a ser partícipes de Cristo y, por él, convertirnos en justicia? ¿O cómo podemos sentir interés por él, o tenerle presente con nosotros? El apóstol dice que esto es obra de la palabra del evangelio que se predica y está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestros corazones. Y estos hombres dicen: “iNol, no podemos entender que esto tenga que ser así; no nos parece que sea así; que esta palabra acerque a Cristo hasta nosotros y haga que esté presente con nosotros. Por tanto, subiremos al Cielo para bajar a Cristo; haremos imágenes suyas en su glorioso estado en el Cielo y, así, estará presente con nosotros, o cerca de nosotros. Y descenderemos al abismo para hacer subir a Cristo de entre los muertos; y lo haremos fabricando primero crucifijos y, a continuación, imágenes de su gloriosa resurrección que le traigan de nuevo a nosotros de entre los muertos. Esto ocupará el lugar de la palabra del evangelio que según vosotros es la única útil y efectiva para estos fines”.

Por tanto, resulta evidente que la introducción de esta abominación, destructiva en la teoría y en la práctica para las almas de los hombres, surgió cuando se dejó de experimentar la representación de Cristo en el evangelio y el poder transformador en las mentes de los hombres que la acompaña en los que creen. “Haznos dioses [dicen los israelitas] que vayan delante de nosotros; porque a este Moises [que nos mostró a Dios] no sabemos que le haya acontecido”. ¿Qué queréis que hagan los hombres? ¿Acaso pretendéis que vivan sin sentido alguno de la presencia de Cristo, o de su cercanía, con ellos? ¿Deberán quedarse sin una representación de él?

No, no. Haznos dioses que vayan delante de nosotros —tengamos imágenes con ese propósito—, porque no entendemos de qué otro modo se puede hacer. Y esta es la razón de su obstinación en esta práctica, contra todo medio de convicción. iSi! Desde entonces viven en una perpetua contradicción consigo mismos. Sus templos están llenos de imágenes talladas, como la casa de Micaías “casa de dioses”— y, sin embargo, en ellos se encuentran las Escrituras (aunque en una lengua desconocida para el pueblo), en las que se condena totalmente esta práctica. Uno creería, pues, que están trastornados: escuchan lo que su libro dice y ven lo que hacen en el mismo lugar. Pero nada logrará convencerles hasta que se aparte el velo de la ceguera y de la ignorancia de sus mentes. Mientras no tengan luz espiritual que les capacite para discernir la gloria de Cristo tal como la representa el evangelio, y para experimentar el poder y la eficacia transformadora de dicha revelación en sus propias almas, nunca se desprenderán de ese medio que les parece útil para conseguir el mismo fin, y que se adecua a su inclinación. Pase lo que pase, aunque les cueste sus almas, jamás se desprenderán de algo que a su modo de ver resulta tan útil para su grandioso fin de acercar a Cristo hasta ellos, para cambiarlo por algo en lo que no encuentran nada de esto y cuyo poder no pueden experimentar en modo alguno.

Pero el propósito principal de este discurso es advertir a otros de estas abominaciones e indicarles el camino para evitarlas. Si se viesen externamente instigados a la práctica de esta idolatría, cualquier afecto carnal, ciega devoción o superstición que haya en ellos se aprovechará rápidamente para conspirar contra sus convicciones. Entonces, lo único que podrá protegerlos será haber experimentado la eficacia de la representación de Cristo que se hace en el evangelio. Por consiguiente, la sabiduría y el deber de todos los que deseen estabilidad en la profesión de la verdad están en esforzarse continuamente por obtener esta experiencia y seguir progresando en ella. Aquel que viva en el ejercicio de la fe en el Señor Jesucristo, y del amor a él, tal como revela el evangelio, claramente crucificado y exaltado, y compruebe el resultado de ello en su propia alma, será preservado en el tiempo de la prueba. Sin esto, los hombres acabarán pensando que más vale tener un Cristo falso que ninguno en absoluto. Al no ser capaces de encontrar nada en el evangelio, se figurarán que se debe encontrar algo en las imágenes.

Sección 2

Que la adoración de Dios debería ser bella y gloriosa es una noción predominante de verdad.

La misma luz de la naturaleza parece dirigirmos a este tipo de conceptos. Todo lo que no sea así se puede rechazar, en justicia, por ser impropio de la majestad divina. Por tanto, cuanto más santa y celestial pretenda ser una religión, más gloriosa es la adoración que en ella se prescribe, o así debería ser. En efecto, la verdadera adoración de Dios es el punto más alto y la excelencia de toda la gloria de este mundo. No es inferior a nada, excepto a lo que está en el Cielo, de lo cual es el comienzo, el camino y la mejor preparación. En consecuencia, hasta dicha adoración se declara gloriosa y, esto, de forma eminente sobre toda la adoración externa del Antiguo Testamento, en el tabernáculo y en el templo cuya gloria era enorme, y su pompa externa inimitable. Con este propósito, el apóstol debate extensamente en 2 Corintios 3:6-11. Se acuerda, por tanto, que debería haber belleza y gloria en la adoración divina, y de forma eminente en lo que ordena y requiere el evangelio. Pero, el apóstol declara además, en el mismo lugar, que esta gloria es espiritual y no carnal. Así predijo nuestro Señor Jesucristo que había de ser y que, a tal fin, cualquier distinción de lugares junto con sus ventajas y ornamentos extemos inherentes debían ser abolidos (cf. Jn. 4:20-24). Por tanto, forma parte de nuestro propósito presente dar una breve explicación de su gloria, y señalar en que supera a todas las demás maneras de adoración divina habidas en el mundo, incluida la del Antiguo Testamento que fue de institución divina, y en la que todas las cosas fueron ordenadas “para belleza y gloria”. Se pueden resumir en los puntos siguientes:

1. Dios es su objeto expreso no considerado de manera absoluta, sino como existente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es la glo ria principal de la religión cristiana y su adoración. Bajo el Antiguo Testamento, las concepciones de la iglesia sobre la existencia de la naturaleza divina en personas distintas eran muy oscuras y difusas. La revelación completa no se haría sino en las distintas actuaciones de cada una de esas personas en las obras de redención y salvación de la iglesia —es decir, en la encarnación del Hijo y la misión del Espíritu después de que el fuera glorificado— (cf. Jn. 7:39). Por tanto, en ninguna de las maneras de adoración natural hubo jamás el más mínimo atisbo de respeto hacia este concepto. Sin embargo, este es el fundamento de toda la gloria de la adoración evangélica. Su objeto, en la fe del adorador, es la sagrada Trinidad, y consiste en una atribución de gloria divina a cada una de las personas, en la misma naturaleza individual, por el mismo acto de la mente. Cuando esto falta, la adoración religiosa carece de toda gloria.

2. Su gloria consiste en el respeto constante hacia cada una de las personas divinas, por su obra y sus actuaciones particulares para la salvación de la iglesia. Se describe como sigue: “Por medio de él [es decir, el hijo como mediador] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:18). Esta es la gloria inmediata de la adoración evangélica que abarca todas las gracias y privilegios del evangelio. Suponer que su gloria consiste en cualquier cosa que no sea la luz, las gracias y los privilegios que ella misma exhibe, es una imaginación vana. No tomará prestada la gloria que proceda de la invención de los hombres. Por tanto, consideraremos brevemente como la presenta aquí el apóstol:

a)Bajo esta perspectiva, su objeto máximo es Dios como el Padre: “Tenemos acceso [en ella] al Padre”. Y, en nuestra adoración, considerar a Dios como Padre —por toda la dispensación de su amor y gracia a través de Jesucristo, al ser su Dios y nuestro Dios, su Padre y nuestro Padre— es característico de la adoración del evangelio, y contiene el indicio clave de su gloria. Nosotros no solo adoramos a Dios como Padre —hasta los paganos tenían la noción de que él era el Padre de todas las cosas—, sino que veneramos al que es el Padre, porque serlo en lo que respecta al engendramiento eterno del Hijo así como en la comunicación de la gracia, por medio de él, a nosotros como nuestro Padre. Así, “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, el le ha dado a conocer” (Jn. 1: 1 8). Este acceso que tenemos en la adoración a la persona del Padre, en el Cielo, lugar santo en las alturas, y en un trono de gracia, es la gloria del evangelio. Véase Mateo 4:9; Hebreos 4:16; 10:19-21.

b)El Hijo se considera aquí como Mediador: a través de él tenemos entrada al Padre. Esta es la gloria que se mantuvo oculta en épocas anteriores…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra El Papado [2]

Como veremos, de este modo casi se perdió por completo la verdad de la religión en el mundo. Sin embargo, no llegará a perderse ni de otra manera ni por ningún otro medio. Cuando las iglesias o las naciones poseen la verdad y la profesan, no habrá leyes ni multas, ni encarcelamientos, ni horcas, ni hogueras que las desposean o priven de ella. Aunque se siguió experimentando el poder de la religión en los tiempos primitivos, toda la ira sangrienta y la crueldad del mundo, la astucia de Satanás y la sutileza de los seductores, que abundaban, fracasaron rotundamente en su intento de privar a los cristianos de la verdad y de su profesión. Sin embargo, cuando comenzó a decaer y a perderse entre ellos, fueron rápidamente engañados y apartados de la simplicidad del evangelio. En cuanto a la reforma de la religión en estas partes del mundo —cuando la verdad se recibía en su amor y poder, y las multitudes experimentaban el beneficio y el provecho espiritual que recibían por ella en libertad, santidad y paz—, todas las prisiones, torturas, espadas y hogueras empleadas para su extirpación no hicieron más que difundir su profesión y arraigarla con más firmeza en las mentes de los hombres. De esta forma no se pudo perder; tendría que ser de otra manera y por otros medios. Los jesuitas y sus asociados llevan cien años ideando métodos y artes para desposeer a naciones e iglesias de la verdad recibida, e introducir la superstición romana. Han escrito libros acerca de ello, y actuado según sus principios en cada reino y estado de Europa de religión protestante. Pero la necedad de la mayoría de sus pretendidas artimañas y maquinaciones para este fin, ha sido ridícula y sin éxito. Y lo que han añadido a esto de fuerza se ha derrotado por mediación divina. Solo existe una manera, un motor efectivo para privar a cualquier pueblo de profesar la verdad que un día recibió: conducirlo por una vida profana y de ignorancia que les impida experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas y, con ello, les prive de todo sentido del provecho que podrían haber tenido por ella. Cuando esto ocurre, los hombres se deshacen de la profesión de la religión con la misma facilidad con la que dejan la ropa de abrigo en verano.

Se debate mucho sobre la existencia de un complot y una conspiración para destruir la religión protestante e introducir, de nuevo, el papado entre nosotros. Quiénes se ocupan de los asuntos públicos harían bien en tener cuidado con esto, pero, en lo referente a la acción, solo hay una conspiración que se deba temer: la que hay entre Satanás y las concupiscencias de los hombres. Si consiguen prevalecer y privar a los hombres, en términos generales, de experimentar en sus propias mentes el poder y eficacia de la verdad, con el provecho espiritual que de ella puedan obtener, los convertirá en presa fácil para los demás maquinadores. Con este propósito se utilizan dos motores: la ignorancia y la vida profana, o sensual. Siempre que uno de ellos prevalezca, se perderá y se excluirá de necesidad la experiencia procurada. Los medios para prevalecer son: la carencia de la instrucción debida por parte de los líderes del pueblo, y el fomento de la sensualidad a causa de la impunidad y de los grandes ejemplos. Esta es la única conspiración formidable contra la profesión de la verdad en esta nación, sin cuya ayuda todo poder y fuerza se verán finalmente frustrados. Y puesto que, según puede parecer, cuentan con el permiso divino para tal estado de cosas en la actualidad, entre nosotros, si además las dirige el consejo, y la ignorancia y la sensualidad se apoyan y promueven con este mismo fin, al haberse perdido el poder de la verdad, resultará fácil renunciar a su profesión: solo la gracia soberana puede detener este propósito. Y es que el principio que hemos declarado es irresistible en razón y experiencia, es decir, que al dejar de experimentar el poder de la religión, de una manera u otra, el resultado será la pérdida de la verdad de la religión y su profesión. ¿Qué ha causado que tantas opiniones corruptas hayan hecho tal incursión en la religión protestante y su profesión? ¿Acaso no será porque muchos han dejado de experimentar el poder y la eficacia de la verdad, apartándose así de ella? ¿Cómo es que la profanidad y la sensualidad de vida, con toda suerte de concupiscencias corruptas de la carne, han crecido, para verguenza de la profesión? ¿No será por la misma razón que el apóstol declara expresamente? (cf. 2 Timoteo 4:2-5). De una manera u otra, la pérdida de la experiencia del poder de la verdad desembocará en la pérdida de su profesión.

Pero procedo con el particular que me propongo en la Iglesia de Roma; a día de hoy, su religión no es sino una imagen muerta del evangelio erigida sobre la pérdida de la experiencia de su poder espiritual, deponiendo su uso, adecuándose al gusto de los hombres, carnales, ignorantes y supersticiosos. Demostraré esto con toda clase de ejemplos, en lo referente a: 1. La persona y los oficios de Cristo; 2. El estado, el orden y la adoración de la Iglesia; y 3. Las gracias y deberes de obediencia requeridos en el evangelio. Mi propósito principal es demostrar cuál es la única manera y el medio de guardar nuestras almas —ya sea una iglesia o una nación— para que no las atrape y las venza el papado.

Sección 1

En su persona y su gracia, se ha de proponer a Cristo el Señor a los hombres y representarlo ante ellos como el principal objeto de su fe y amor, esto es una noción general de verdad.

En su persona divina, es absolutamente invisible para nosotros y, en su naturaleza humana, está ausente, ya que el Cielo debe recibirle “hasta el tiempo de la restitución de todas las cosas”. Por tanto, debemos hacemos una imagen o representación de él en nuestras mentes o no podría ser el objeto adecuado de nuestra fe, confianza, amor y deleite. Esto es exactamente lo que se hace en el evangelio y en predicación del mismo, porque lo “presenta claramente” ante nuestros ojos como “crucificado” entre nosotros (cf. Gd. 3:1), y, del mismo modo, plantea todas las demás cuestiones sobre su persona y oficios con claridad. ¡Si! Este es el fin principal del evangelio: representar debidamente la persona, los oficios, la gracia y la gloria de Cristo a las almas de los hombres para que crean en él y, “creyendo, tengan vida eterna” (cf. Jn. 20:31). Sobre esta representación de Cristo y su gloria que hacen el evangelio y la predicación del mismo, los creyentes experimentan el poder y la eficacia de la verdad divina que contiene, en la manera antes mencionada, como declara el apóstol: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Con esa luz espiritual para discernir y contemplar la gloria de Cristo, representada en el espejo del evangelio, experimentan su poder transformador y su eficacia que los cambian a la semejanza de esa imagen que les ha sido presentada —es decir, de Cristo mismo— que es el efecto salvífico del poder del evangelio. Pero esta luz espiritual se perdió entre los hombres por la eficacia de su oscuridad e incredulidad. No conseguían descubrir la gloria de Cristo según la revela y la plantea el evangelio, con el fin de convertirlo a él en el objeto presente de su fe y su amor. Una vez perdida esta luz, ya no podían experimentar en modo alguno el poder de la verdad divina en cuanto a ser cambiados a su imagen. Ya no podían descubrir algo impresionante o conmovedor en cuanto a él en la Escritura. Todo su contenido les resultaba oscuro y confuso o, como poco, parecían ser un misterio inaccesible que no podían llevar a la práctica. Por consiguiente, los responsables de dirigir publicamente la religión, apartaron a la gente de la lectura de la Escritura, como si fuera algo inútil y más bien peligroso para ellos. ¿A qué se dirigirán, entonces, estos hombres? ¿Rechazarán la noción general de que es necesario hacer una representación de Cristo en las mentes de los hombres que encienda su devoción, suscite su fe y avive su amor por él? Es imposible hacerlo sin renunciar abiertamente a él y considerar que el evangelio es una fábula. Por tanto, descubrirán otra manera —otro medio para el mismo fin—: la fabricación de imágenes suyas de madera y piedra, u oro y plata, o pintura. Pensaron que, de esta forma, estaría presente para sus adoradores, que esto lo representaría de tal manera que se sentirían inmediatamente impulsados a abrazar la fe y el amor. Para su gran satisfacción, con esto si consiguieron efectos apreciables, porque siendo sus mentes oscuras, carnales y propensas a la superstición —como es la mente de todo hombre naturaleza—, no veían nada en la representación espiritual de él en el evangelio que tuviera poder alguno sobre ellos ni que les afectara en ninguna medida. Por medio de la vista y la imaginación, estas imágenes demostraron operar verdaderamente en sus afectos y, como ellos pensaban, les incitaba al amor de Cristo.

Y este fue el verdadero origen de toda la imaginería de la Iglesia de Roma, así como algo de esta misma naturaleza, en general, lo fue de todo el culto a las imágenes en el mundo. Lo mismo ocurrió con los israelitas en el desierto: cuando hicieron el becerro de oro buscaban tener la representación de una deidad cerca de ellos, de un modo visible que afectara sus almas. Asi lo expresaron ellos mismos en Éxodo 32:1. De este modo, Por encontrarse en este estado, habiendo perdido la luz y la experiencia espiritual, las mentes supersticiosas de los hombres hicieron que se enredaran. Sabían que era necesaria una representación de Cristo que lo convirtiera en el objeto presente de la fe y el amor que los emocionara inmediatamente. No sabían como se hacia esto en el evangelio, como tampoco lo podían entender u experimentar en modo alguno su poder y su eficacia para conseguirlo. Sin embargo, el principio mismo debe ser retenido como aquello sin lo cual no podía haber religión. No obstante, el principio en sí debe retenerse como algo sin lo cual no podría haber religión; por esta razón y para zafarse de esta dificultad, volvieron del revés los mandamientos de Dios, y se dedicaron a fabricar imágenes de Cristo, y a adorarlas. A medida que iban creciendo la oscuridad y la superstición en las mentes de los hombres, y a partir de aquellos pequeños comienzos, esta práctica fue progresando hasta que las imágenes arrebataron, por asi decirlo, la totalidad de la obra de representación de Cristo y de su gloria de manos del evangelio, y se adueñaron de ella. No me estoy refiriendo a ellas ahora como imágenes de Cristo, u objetos de adoración, sino como imágenes muertas del evangelio; es decir, que en cierto modo se han erguido en el lugar y con los fines del evangelio, como medio de enseñanza e instrucción. Ellas harán la obra que Dios había designado para el evangelio.

(Continuará)…

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano.

Obligaciones principales de los padres 2

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Instruya con el siguiente pensamiento continuamente en mente: que el alma de su hijo es lo primero que debe considerar. Preciosos, sin duda, son los pequeños a sus ojos, pero si los ama, piense con frecuencia en el alma de ellos. No debe sentir la responsabilidad de otros intereses tanto como la de los intereses eternos de ellos. Ninguna parte de ellos debiera ser tan querida por usted como esa parte que nunca morirá. El mundo con toda su gloria pasará, los montes se derretirán, los cielos se envolverán como un rollo, el sol dejará de brillar. Pero el espíritu que mora en esas pequeñas criaturas, a quienes tanto ama, sobrevivirá todo eso, y en los momentos felices al igual que los de sufrimiento (hablando como un hombre) dependerán de usted.

Este es el pensamiento que debe ser el principal en su mente en todo lo que hace por sus hijos. En cada paso que toma en relación con ellos, en cada plan y proyecto y arreglo que los afecta, no deje de considerar esa poderosa pregunta: “¿Cómo afectará su alma?”

El amor al alma es el alma de todo amor. Mimar, consentir y malcriar a su hijo, como si este mundo fuera lo único que tiene y esta vida la única oportunidad de ser feliz—hacer esto no es verdadero amor, sino crueldad. Es tratarlo como una bestia del campo que no tiene más que un mundo que tener en cuenta, y nada después de la muerte. Es esconder de él esa gran verdad que debe ser obligado a aprender desde su misma infancia: el fin principal de su vida es la salvación de su alma.

El cristiano verdadero no debe ser esclavo de las costumbres si quiere instruir a sus hijos para el cielo. No debe contentarse con hacer las cosas meramente porque son la costumbre del mundo; ni enseñarles e instruirles en cierta forma, meramente porque es la práctica; ni dejarles leer libros de contenido cuestionable, meramente porque todos los leen; ni dejarles formar hábitos con tendencias dudosas, meramente porque son los hábitos de la época. Debe instruir a sus hijos con su vista en el alma de ellos. No debe avergonzarse de saber que su instrucción es llamada singular y extraña. ¿Y qué si lo es?
El tiempo es breve—las costumbres de este mundo pasarán. El padre que ha instruido a sus hijos para el cielo en lugar de la tierra—para Dios, en lugar del hombre—es el que al final será llamado sabio.

Instruya a su hijo en el conocimiento de la Biblia. Lo admito, no puede obligar usted a sus hijos a amar la Biblia. Ninguno fuera del Espíritu Santo nos puede dar un corazón que disfrute de su Palabra. Pero puede usted familiarizar a sus hijos con la Biblia. Tenga por seguro que nunca puede ser que conozcan la Biblia demasiado pronto ni demasiado bien.

Un conocimiento profundo de la Biblia es el fundamento de toda opinión clara acerca de la religión cristiana. El que está bien fundamentado en ella, por lo general no será indeciso, llevado de aquí y para allá por cualquier doctrina nueva. Cualquier sistema de instrucción que no dé primera prioridad a las Escrituras es inseguro y precario.

Usted tiene que prestar atención a este punto ahora mismo, porque el diablo anda suelto y el error abunda. Hay entre nosotros algunos que la dan a la iglesia el honor que le corresponde a Jesucristo. Hay quienes hacen de los sacramentos sus salvadores y su pasaporte a la vida eterna. Y también hay los que honran un catecismo más que la Biblia y llenan la mente de sus hijos con patéticos libritos de cuentos en lugar de las Escrituras de la verdad. Pero si usted ama a sus hijos, permita que la Biblia sencillamente sea todo en la instrucción de sus almas, y haga que todos los demás libros sean secundarios.

No se preocupe tanto porque sean versados en el catecismo, sino que sean versados en las Escrituras. Créame, esta es la instrucción que Dios honra. El salmista dice del Señor: “Has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas” (Sal. 138:2). Pienso que el Señor da una bendición especial a todos los que engrandecen su palabra entre los hombres.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Antídoto contra El Papado [1]

PREGUNTA: ¿Cómo es el amor práctico a la verdad la mejor protección contra el papado?

“Si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2: 3).

Cuando la falsa adoración prevaleció en la iglesia de antaño, para ruina de esta, Dios la mostró y la representó a su profeta bajo el nombre y la apariencia de “una cámara pintada de imágenes” (Ez. 8:11-12), porque en ella se retrataban todas las abominaciones que contaminaron la adoración de Dios y corrompieron la religión. Todo lo relacionado con la verdad y la adoración divinas han vuelto a tomar el mismo curso en el mundo, especialmente en la Iglesia de Roma. Mi propósito, aquí, es contemplar sus cámaras pintadas de imágenes y mostrar cuáles fueron la ocasión y las circunstancias de su construcción. En ellas veremos toda la abominación que ha corrompido la adoración divina del evangelio y arruinado la religión cristiana. Para ello será necesario establecer algunos principios de verdad sagrada que demuestren, y manifiesten, los fundamentos y las causas de esa transformación de la sustancia y del poder de la religión en la imagen sin vida que, como demostraremos, ha surgido entre ellos. Y puesto que procuro el beneficio, principalmente, de quienes resuelven toda su convicción en la Palabra de Dios, deduciré estos principios del texto en 1 Pedro 2:1-3.

El primer versículo contiene una exhortación, o mandato de santidad universal, que aparta o desecha todo lo que sea contrario a ella: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones”, cuyo dominio se extiende a todos los demás hábitos viciosos de la mente, cualesquiera que sean.

En el segundo hay una profesión del medio por el cual se puede alcanzar este fin, a saber: cómo puede fortalecer la gracia a una persona de manera que consiga desechar toda inclinación y práctica pecaminosa contrarias a la santidad, como se nos requiere (es decir, la palabra divina que se compara con la comida, medio preservador de la vida natural que aumenta su fuerza): “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis”.

Sobre esto, el apóstol procede a declarar en el versículo tres la condición de la que dependen nuestro beneficio, crecimiento y prosperidad por la palabra y que es haber experimentado su poder, puesto que es el instrumento por el cual Dios nos comunica su gracia: “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor”. Véase 1 Tesalonicenses 1: 5. En esto reside el primer principio esencial de nuestra subsiguiente demostración:

Principio 1: Todo beneficio y provecho que cualquier hombre reciba, o pueda recibir, por la palabra o las verdades del evangelio dependen de experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas.

Este principio es evidente en sí mismo y no puede ser cuestionado por nadie, excepto por quienes nunca tuvieron el menor sentido verdadero de religión en sus propias mentes. Además, está evidentemente contenido en el testimonio del apóstol antes declarado. Junto a este se dan por sentados otros tres principios de igual evidencia implicitamente contenidos en él.

Principio 2: Hay poder y eficacia en la Palabra y en su predicación. “No me averguenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación” (Ro. 1:16).

Tiene un poder divino, el poder de Dios, que la acompaña y se manifiesta en ella para sus fines propios: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz” (He. 4: 12).

Principio 3: El poder de la Palabra de Dios consiste en su eficacia para comunicar la gracia de Dios a las almas de los hombres.

En y por Él, gustan la benignidad del Señor. Esa es su eficacia para alcanzar sus fines propios, es decir, la salvación con todo lo que ella requiere: la iluminación de nuestra mente, la renovación de nuestra naturaleza, la justificación de nuestras personas, la vida de Dios en adoración y obediencia santas que nos conduzcan al pleno disfrute eterno de Él. Estos son los fines para los cuales el evangelio está diseñado en la sabiduría de Dios y a los cuales se limita su eficacia.

Principio 4: Se puede experimentar el poder y la eficacia de la palabra.

En el pasaje del apóstol se define como “gustar”. Pero antes de la gustación, que es como se denominaba concretamente, existe algo que la causa y que es inseparable de ella; por tanto, se trata de algo que pertenece a la experiencia de la que hablamos:

1. Lo primero que aquí se requiere es luz, una luz espiritual y sobrenatural que nos capacite espiritualmente para discernir la sabiduría, la voluntad y la mente de Dios en la Palabra. Sin ella no podemos experimentar su poder en forma alguna. Por consiguiente, el evangelio está oculto a los que perecen, aunque se les declare externamente (cf. 2 Co. 4:3). Este es el único medio que introduce en la mente y la conciencia un sentido de esta eficacia. El apóstol ruega, en nombre de los creyentes, que puedan recibirla y que vaya en aumento para que tengan esta experiencia (cf. Ef. 1:16-19; 3:16-19), y declara su naturaleza (cf. 2 Co. 4:6).

2. La gustación que se procura viene después de esto. En ella consisten la vida y la sustancia de la experiencia suplicada. Y esta gustación consiste en un sentido espiritual de la bondad, del poder y de la eficacia de la palabra, y todo lo que ella contiene; en la transmisión de la gracia de Dios a nuestras almas; en los particulares mencionados y otros más de similar naturaleza. Y es que, en la gustación hay dulzura al paladar y satisfacción del apetito. La una refresca nuestras mentes en esta gustación y, la otra, nutre nuestras almas; los creyentes experimentan ambas cosas. La luz espiritual es la que introduce todo esto en la mente y, sin ella, nada de ello es alcanzable. “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese luz [que resplandezca en vuestros corazones, para iluminación del conocimiento de su gloria] en la faz de Jesucristo” (cf. 2 Co. 4:6).

3. Para completar la experiencia procurada, debe seguirle una conformidad de toda el alma y de la manera de vivir a la verdad de la Palabra, o de la mente de Dios en ella, operada en nosotros por su poder y eficacia. Asi lo expresa el apóstol: “Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por el enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:20-24). A esto le sigue nuestro último principio que es el fundamento inmediato del subsiguiente discurso, o aquello que ha de ser confirmado:

Principio 5: La verdad de la religión se ha perdido por haber dejado de experimentar el poder de la religión. Esto ha causado el rechazo de su sustancia y ha conducido a levantar una sombra, o imagen, en su lugar.

Esta transformación de todo lo que forma la religión comenzó, y procedió, desde esta base. Los responsables de conducirla siempre poseyeron las nociones generales de la verdad que no podían abandonar sin una renuncia total del evangelio mismo. Pero, habiendo perdido toda experiencia de este poder en sí mismos, las transformaron en cosas de una naturaleza muy distinta, destructivas para la verdad y desprovistas de su poder. Aconteció que se fabricó una imagen muerta de la religión y se levantó en todas sus partes. Recibió el nombre de aquello que era verdadero y vivo, pero que se había perdido irremediablemente. Sin experimentar ya el poder y la eficacia del misterio del evangelio y su verdad en la comunicación de la gracia de Dios a las almas de los hombres, se retuvo una noción general con la que idearon y forjaron una imagen externa, o representación de ella, adecuada a su ignorancia y su superstición…

(Continuará…)

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Obligaciones principales de los padres

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Me imagino que la mayoría de los cristianos que profesan su fe conocen el texto recién citado. Su sonido seguramente es familiar a sus oídos, como lo es una vieja tonada. Es probable que lo ha oído, lo ha leído, ha hablado de él y lo ha citado muchas veces. ¿Acaso no es así? Pero, aun con todo eso, ¡cuán poco se tiene en cuenta la sustancia de este texto! Pareciera que mayormente se desconoce la doctrina que contiene; pareciera que muy pocas veces se pone en práctica el compromiso que nos presenta. Lector, ¿no es cierto que digo la verdad?

No se puede decir que el tema es nuevo. El mundo es viejo, y contamos con la experiencia de casi seis mil años para ayudarnos. Vivimos en una época cuando hay una gran dedicación a la educación en todas las áreas. Oímos que por todas partes surgen nuevas escuelas. Nos cuentan de sistemas nuevos y libros nuevos de todo tipo para niños y jóvenes. Aun con todo esto, la gran mayoría de los niños no recibe instrucción sobre el camino que debe tomar, porque cuando llegan a su madurez, no caminan con Dios.

Ahora bien, ¿por qué están así las cosas? La pura verdad es que el mandato del Señor en nuestro texto no es tenido en cuenta. Por lo tanto, la promesa del Señor que el mismo contiene no se cumple.

Lector, esta situación debiera generar un profundo análisis del corazón. Reciba pues, una palabra de exhortación de un pastor acerca de la educación correcta de los niños. Créame, el tema es tal que debiera conmover a cada conciencia y hacer que cada uno se pregunte: “En esta cuestión, ¿estoy haciendo todo lo que puedo?”

Es un tema que concierne a casi todos. Pocos son los hogares a los cuales no se aplica. Padres de familia, niñeras, maestros, padrinos, madrinas, tíos, tías, hermanos, hermanas —todos están involucrados.

No todos los comentaristas, pastores y teólogos cristianos interpretan que esta es una promesa de que todos los hijos de creyentes serán salvos infaliblemente. Son pocos, creo yo, los que no influyan sobre algún padre en el manejo de su familia o afecte la educación de algún hijo por sus sugerencias o consejos. Sospecho que todos podemos hacer algo en este sentido, ya sea directa o indirectamente, y quiero mover a todos a recordarlo…

Primero, entonces, si va a instruir correctamente a sus hijos, instrúyalos en el camino que deben andar, y no en el camino que a ellos les gustaría andar. Recuerde que los niños nacen con una predisposición decidida hacia el mal. Por lo tanto, si los deja usted escoger por sí mismos, es seguro que escogerán mal.

La madre no puede saber lo que su tierno infante será cuando sea adulto—alto o bajo, débil o fuerte, sabio o necio. Puede o no ser uno de estos—todo es incierto. Pero una cosa puede la madre decir con certidumbre: tendrá un corazón corrupto. Es natural para nosotros hacer lo malo. Dice Salomón: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho” (Prov. 22:15). “El muchacho consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Nuestro corazón es como la tierra en que caminamos: dejada a su suerte, es seguro que producirá malezas.

Entonces, para tratar con sabiduría a su hijo, no debe dejar que se guíe según su propia voluntad. Piense por él, juzgue por él, actúe por él, tal como lo haría por alguien débil y ciego. Por favor no lo entregue a sus propios gustos e inclinaciones erradas. No son sus gustos y deseos lo que tiene que consultar. El niño no sabe todavía lo que es bueno para su mente y su alma del mismo modo como no sabe lo que es bueno para su cuerpo. Usted no lo deja decidir lo que va a comer, lo que va a tomar y la ropa que va a vestir. Sea consecuente, y trate su mente de la misma manera. Instrúyalo en el camino que es bíblico y bueno y no en el camino que se le ocurra.

Si no se decide usted en cuanto a este primer principio de instrucción cristiana, es inútil que siga leyendo. La obstinación es lo primero que aparece en la mente del niño. Resistirla debe ser el primer paso que usted dé.

Instruya a su hijo con toda su ternura, afecto y paciencia. No quiero decir que debe consentirlo, lo que sí quiero decir es que debe hacer que vea que usted lo ama. El amor debe ser el hilo de plata de toda su conducta. La bondad, dulzura, mansedumbre, tolerancia, paciencia, comprensión, una disposición de identificarse con los problemas del niño, la disposición de participar en las alegrías infantiles—estas son las cuerdas por las cuales el niño puede ser guiado con mayor facilidad—estas son las pistas que usted debe seguir para encontrar su camino hacia el corazón de él…

Ahora bien, la mente de los niños ha sido fundida en el mismo molde que la nuestra. La dureza y severidad de nuestro comportamiento los dejará fríos y los apartará de usted. Esto cierra el corazón de ellos, y se cansará usted de tratar de encontrar la puerta de su corazón. Pero hágales ver que usted siente cariño por ellos—que realmente quiere hacerlos felices y hacerles bien—que si los castiga, es para el propio beneficio de ellos, y que, como el pelícano, daría usted la sangre de su corazón para alimentar el alma de ellos. Deje que vean eso, digo yo, y pronto serán todo suyos. Pero tienen que ser atraídos con bondad si es que va a lograr que le presten atención… El cariño es un gran secreto de la instrucción exitosa. La ira y la dureza pueden dar miedo, pero no persuadirán al niño de que usted tiene razón. Si nota con frecuencia que usted pierde la paciencia, pronto dejará de respetarlo. Un padre que le habla a su hijo como lo hizo Saúl a Jonatán (1 Sam. 20:30) no puede pretender que conservará su influencia sobre la mente de ese hijo.

Esfuércese mucho por conservar el cariño de su hijo. Es peligroso hacer que le tema. Casi cualquier cosa es mejor que el silencio y la coacción entre su hijo y usted, y esto aparecerá con el temor. El temor da fin a la posibilidad de que su hijo sienta la confianza de poder hablar con usted. El temor lleva a la ocultación y el fingimiento—el temor siembra la semilla de mucha hipocresía y produce muchas mentiras. Hay mucha verdad en las palabras del Apóstol en Colosenses: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Col. 3:21). No desatienda este consejo.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

La implicación del cristiano en la sociedad 3

4. Recordarás emplear el sábado y domingo solo para ti mismo y no desperdiciarás el tiempo asistiendo a alguna iglesia.

5.Serás feliz con tus dos madres, o tus dos padres si tienes tal privilegio, y aprenderás a ser como ellos. Pero si tienes una madre y un padre, no dudes en denunciarlos a la policía si quieren que hagas algo que no te gusta. (¡A los niños les encanta este mandamiento!).

6.No ejecutarás criminales ni matarás a enemigos en la guerra, ni usarás la fuerza para defender a gente inocente. Pero matarás a cualquier bebé no deseado, antes de que nazca, y a personas mayores si no tienen calidad de vida.

7.Tendrás tantas esposas como desees, a condición de que sea una después de otra. Para la poligamia tendrás que esperar hasta el 2038, cuando el Islam será la religión mayoritaria en Gran Bretaña y quizá en otros paises europeos.

8. No hurtarás abiertamente, pero hazlo en los negocios, en el pago de impuestos y de otras formas en que no te puedan pillar.

9.No mentirás excepto cuando sea necesario y nadie lo advierta.

10. Codiciarás todo tipo de cosas y entretenimientos, con toda clase de malos pensamientos, mientras no dañes a otras personas. Vive y deja vivir.

Si eres consciente de esta agenda secreta, tu deber es exponerla y denunciarla para que la gente sepa lo que está por venir.

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque tiene la perspectiva del Reino de Dios. El Reino incluye a la Iglesia, pero abarca mucho más que la Iglesia. Nosotros no somos solo miembros de la Iglesia sino también ciudadanos del Reino de Dios. Nuestra ciudadanía está en los cielos, pero estamos también sobre la tierra. El mundo necesita la voz profética que solo el pueblo de Dios puede dar sobre los grandes problemas del mundo.

El cristiano debería implicarse en la sociedad, porque tiene derecho a demandar de los gobernantes el cumplimiento de sus responsabilidades, puesto que ellos son también designados por Dios. Tenemos el derecho a exigir a nuestros gobernantes que no excedan sus competencias: no se supone que estén para dar directrices morales a la nación. Los ciudadanos tendrían que tener el derecho a educar a sus hijos como quieran (dentro de unos límites, por supuesto). Debemos ver el peligro del totalitarismo. El Estado no debe usurpar el lugar de Dios. Ese fue el gran pecado de la Alemania nazi (mucho peor que la matanza de seis millones de judíos). Debemos ser celosos de la gloria de Dios.

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque tiene los mismos derechos que otros ciudadanos. Pablo reclamó sus derechos como ciudadano romano. Sacó provecho de una ley que, en un sentido, era discriminatoria. ¿Es equivocado unir nuestras fuerzas con otros, para cambiar las leyes terrenales y asi conseguir ciertas ventajas? Las leyes actuales en diferentes países europeos están dificultando que los cristianos extiendan el evangelio. Por ejemplo, la ley sobre el “odio religioso” que el Parlamento británico ha estado intentando aprobar. ¿No tenemos que intentar cambiar tales leyes? ¿Es erróneo intentar cambiar las leyes de la tierra si van contra las de Dios? ¿Tenemos que esperar para ello que un porcentaje significativo de la población se convierta?

En el futuro, a los cristianos no se les permitirá hablar en contra de la homosexualidad, de otras religiones, etc. ¿Seremos felices convirtiéndonos solamente en mártires del nuevo totalitarismo? El Señor dijo a sus discípulos: “Pero cuando os persigan en una ciudad, huid a la otra” (Mt. 10:23).

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque el hecho de que la Iglesia esté separada del Estado no significa que el cristiano no pueda tratar de influir en él. El más claro ejemplo de esto son los EE.UU. de América, donde la Constitucion separa a la Iglesia del Estado, pero donde las leyes tienen una gran influencia cristiana. La situación en España es que el Gobierno ha conseguido que la mayoría de las iglesias, de toda índole, se unan para negociar con ellas diferentes asuntos. El resultado es que hay tal mezcla de ideas en estas iglesias que no pueden presentar un frente común de cara al Gobierno sobre las distintas cuestiones. Hitler intentó precisamente formar una Iglesia alemana que aceptara su régimen, pero no logró su propósito. (Es interesante que en España el Gobierno intente algo similar). De hecho, la Iglesia confesante, apoyada por Bonhoeffer, Neimoller y otros, se opuso a ese acuerdo y reaccionó contra el régimen. Las otras iglesias no hablaron claramente contra el régimen nazi y, por tanto, en un sentido colaboraron con él.

La Declaración Barmen en Alemania (1934), contra los llamados “cristianos alemanes”, es un ejemplo de lo que los cristianos pueden hacer para resistir las tendencias equivocadas en la nación y ejercer una buena influencia.

III. ¿En qué forma debería implicarse el cristiano en la sociedad?
La manera como el cristiano debería implicarse en la sociedad es individualmente, no como iglesia. Es el cristiano individual en principio quien se implica, no la iglesia como tal. Pero dónde trazar la línea divisoria es algunas veces muy difícil de determinar. No obstante, esto no debería ser un obstáculo.

La forma en que el cristiano debería implicarse en la sociedad es denunciando leyes y prácticas que son descaradamente contra la ley de Dios: leyes que permiten tales atrocidades como matar a millones de inocentes por medio del aborto, eutanasia, experimentos con embriones, leyes inmorales que dan paso a una educación ética equivocada (no es la función del Gobierno de turno decidir entre lo que es correcto o incorrecto); matrimonios homosexuales y la adopción de niños por ellos, de modo que tengan dos madres o dos padres; prácticas como blasfemias contra Cristo, etc. Los primeros cristianos hablaron claramente contra los pecados de la sociedad. Clamaron: “Vosotros le crucificasteis”, no solo: “El fue crucificado por nuestros pecados”. Nosotros podemos decir ahora: “Vosotros habéis matado a millones de personas. iArrepentíos!”.

Yo, personalmente, he sido criticado por publicar folletos contra el aborto y películas blasfemas. Se me ha dicho que lo que hay que hacer es precisamente predicar el evangelio, porque la sociedad no cambiará de otro modo. Pero la Biblia es clara sobre estos temas: “Abre tu boca por los mudos, por los derechos de los desdichados. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende los derechos del afligido y del necesitado” (Pr. 31:8-9). “Libra a los que son llevados a la muerte y retén a los que van con pasos vacilantes a la matanza” (Pr. 24:11). En el pasado, otros cristianos han denunciado malas leyes y prácticas y han cambiado la situación. Wilberforce apoyó la campaña por la completa abolición de la esclavitud. La Clapham Sect (compuesta por conser- vadores) movilizó a la opinión pública y presionó al Parlamento para abolir la esclavitud y legalizar el envio de misioneros a la India.

La forma en que el cristiano debería implicarse en la sociedad es anunciándole el juicio, tanto si escuchan como si no. Noé lo hizo durante cien años.

“Porque sobre ti vendrán días, cuando tus enemigos echarán terraplén delante de ti, te sitiarán y te acosarán por todas partes. Y te derribarán a tierra y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo de tu visitación”(Lc. 19:43-44).

Finalmente, la manera como el cristiano debería implicarse en la sociedad no es solo denunciando el mal y anunciando juicio, sino también haciendo bien a toda clase de personas.

Estas son las implicaciones de la gracia común. Cristo hizo bien a las personas además de predicar el evangelio. Existe el peligro de producir “cristianos de arroz” (como los llaman en Gran Bretaña) y caer en un evangelio social. Pero no obstante, aun deberíamos actuar de esa forma. Grandes hombres y mujeres cristianos hicieron mucha obra social en el pasado, sin comprometer su responsabilidad con el evangelio: reforma de prisiones, orfanatos, hospitales, trabajo de niños, crueldad hacia los animales, la Cruz Roja, etc.

No hay duda que nuestra prioridad es predicar el evangelio. Nunca deberíamos perder esto de vista. El evangelio es la única y última esperanza para la grave situación del hombre y la sociedad. Pero no usemos el evangelio como tapadera para no hacer ninguna otra cosa. El evangelio implica que el mundo, todo, pertenece a Dios. Y así nosotros deberíamos traer la influencia de Dios a todas las esferas de este mundo.

 

 

La implicación del cristiano en la sociedad 2

Expresamos también nuestro arrepentimiento tanto por nuestra negligencia como por haber concebido a veces una evangelización y preocupación social como dos cosas que se excluyen la una a la otra”.

El Doctor Williamson (profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Lousiana), citado con aprobación por José Grau dice: “La evangelización personal no es suficiente […] tiene que haber un más amplio mensaje que tome en consideración los intereses financieros, políticos y sociales del ser humano hecho de came y hueso, a quien tenemos que evangelizar”.

Nuestra implicación en la sociedad no se debe malinterpretar. No se supone que vayamos a traer una especie de teocracia a la sociedad, como pretende la llamada Teonomía. No, no podemos esperar que la sociedad vaya a seguir las leyes de Dios. En 1 Corintios 2:14 dice: “Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para el son necedad, y no las puede entender porque se disciernen espiritualmente”. No deberíamos intentar transformar el mundo hasta el punto de no aceptar nuestras responsabilidades. ¿Deberían nuestras ciudades convertirse en la Ginebra de Calvino? No creo que las autoridades civiles deban dar reglas morales para la sociedad. Su responsabilidad es hacer leyes que respeten el orden natural establecido por el Creador y castigar el crimen. Pero uno de los peores malentendidos con respecto a nuestra implicación en la sociedad es pensar que podemos cambiar su condición moral o la del hombre. Yo rechazo por completo este punto de vista.

Solo el evangelio de Jesucristo puede producir tal transformación por el nuevo nacimiento. Pero, como hemos visto, predicar el evangelio no es lo único que podemos hacer como cristianos.
Nuestra implicacion en la sociedad no debe malentenderse como en los casos de malos ejem- plos que ha dado algunas veces la Iglesia. En la Alemania nazi, grandes secciones de la Iglesia guardaron un silencio culpable ante las atrocidades que estaban sucediendo. Solo un obispo católico (Cle ments von Galen) habló contra la eutanasia y, poco después, Hitler la detuvo, pero no antes de que setenta mil personas hubiesen sido asesinadas de esa forma. Se calcula que hoy, en Holanda, el 76% de los casos de eutanasia se efectuan sin pedir permiso a los pacientes o a sus familiares.

Esto demuestra como estas leyes (malas como son) representan solo la punta del iceberg: la realidad es mucho peor. Y esto está llegando a Españaa y a otros países. Las grandes organizaciones evangélicas en España han desempeñado un papel de muy bajo perfil en temas éticos en fechas muy recientes. A cierto Iíder evangélico se le preguntó hace años si las iglesias evangélicas tenían una postura sobre la homosexualidad y respondió: “iNol”. Los evangélicos, sin embargo, deberíamos tener una postura sobre temas morales y darla a conocer ampliamente.

II. ¿Por qué debería el cristiano implicarse en la sociedad?
El cristiano se deberia implicar en la sociedad, porque la ley moral se propuso para todo el mundo y no solo para el pueblo de Dios. “Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los [dictados] de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para si mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos” (Ro. 2:14-15). Nadie está mas allá del alcance de la ley de Dios, pero esta no debe ser usada solo para convencer de pecado y de juicio, sino también para mostrar a las personas como deberían vivir.
“Porque Juan le decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Mr. 6:18). Y esta clase de cosas se pueden decir a individuos, gobiernos y naciones.

¿Tiene Dios algo que decir a los inconversos aparte de que deben arrepentirse? Caín no era cre- yente pero Dios le dijo: “¿Por qué estás enojado, y por qué se ha demudado tu semblante? Si haces bien, ¿no serás aceptado? Y si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tu debes dominarlo” (Gn. 4:6-7). ¿Por qué los profetas del Antiguo Testamento denunciaban a las naciones paganas y no solo a Israel? Algunos cristianos evangélicos creen en la apologética aristotélica, así que pretenden poder razonar con el hombre natural y persuadirle para que crea ciertas cosas. ¿Pero cuál es la utilidad de esta creencia, si se limitan ellos mis mos a predicar solo el evangelio?

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque solo la Iglesia sabe la maldad que existe de- trás de las altas esferas. Los no creyentes ignoran que el pecado es una fuerza moral. El cristiano es consciente de las fuerzas espirituales del mal que controlan la sociedad: “Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12). Las demás personas no lo saben y, por tanto, no pueden resistir la marea. Ellos tratan los síntomas pero no la causa.

El cristiano debería implicarse en la sociedad porque el pueblo, en general, no está advertido de la existencia de una agenda secreta en la sociedad para quitar de en medio a Dios y colocar al Estado en el lugar de Dios, controlar el pensamiento del pueblo y así todos tendrán los mismos principios. El Estado usurpará el lugar de Dios y te dirá lo que es correcto o incorrecto por medio de sus “Diez Manda mientos”:
1.Podrás tener tantos dioses como gustes excepto el Dios cristiano.

2. Harás un ídolo de cualquier cosa: riqueza, sexo, fama o cualquier otro objeto bajo el sol.

3.Ridiculizarás a Cristo, al cristianismo y a tantas otras religiones como gustes. Solo se cuidadoso con el Islam para que tus días puedan ser prolongados…

Continuará…

Disciplina y amonestación 2

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Es muy interesante observar, en la larga historia de la iglesia cristiana, cómo este asunto en particular siempre reaparece y recibe gran prominencia en cada periodo de avivamiento y despertar espiritual. Los reformadores protestantes se preocuparon por la cuestión, y le dieron mucha importancia a la instrucción de los niños en cuestiones morales y espirituales. Los puritanos le dieron aún más importancia, y los líderes del avivamiento evangélico de hace doscientos años hicieron lo mismo. Se han escrito libros sobre este asunto y se han predicado muchos sermones sobre él.

Esto sucede, por supuesto, porque cuando alguien acepta a Cristo como su Salvador, afecta la totalidad de su vida. No es meramente algo individual y personal; afecta la relación matrimonial y, por lo tanto, hay muchos menos divorcios entre cristianos que entre no cristianos. También afecta la vida de la familia, afecta a los hijos, afecta el hogar, afecta cada aspecto de la vida humana. Una de las épocas más grandes en la historia de esta nación, y de otras naciones, siempre han sido los años inmediatamente después de un avivamiento cristiano, un avivamiento de la verdadera religión. El tono moral de toda la sociedad se ha elevado, aun los que no han aceptado a Cristo han recibido su influencia y han sido afectados por él.

En otras palabras, no hay esperanza de hacer frente a los problemas morales de la sociedad, excepto en términos del evangelio de Cristo. El bien nunca se establecerá aparte de la santidad; cuando las personas son consagradas, proceden a aplicar sus principios en todos los aspectos, y la rectitud y justicia se notan en la nación en general. Pero, desafortunadamente, tenemos que enfrentar el hecho de que por alguna razón este aspecto de la cuestión ha sido tristemente descuidado en este siglo… Por una razón u otra, la familia no tiene el mismo peso que antes. No es el centro ni la unidad que antes era. Toda la idea de la vida familiar ha declinado, y esto en parte es cierto también en los círculos cristianos. La importancia central de la familia que encontramos en la Biblia y en todos los grandes periodos a los cuales nos hemos referido parece haber desaparecido. Ya no se le da la atención y prominencia que otrora recibió. Todo esto hace que sea mucho más importante que descubramos los principios que deberían  gobernarnos en este sentido.

Primero y principal, criar a los hijos “en disciplina y amonestación del Señor” es algo que deben hacer los padres, y hacerlo en el hogar. Este es el énfasis a lo largo de la Biblia. No es algo a ser entregado a la escuela, por más buena que sea. Es la obligación de los padres su principal y más esencial obligación. Es responsabilidad de ellos, y no
deslindarse de ella pasándosela a otros. Enfatizo esto porque todos sabemos muy bien lo que ha estado sucediendo en los últimos años. Más y más, los padres están transfiriendo sus responsabilidades y obligaciones a las escuelas.

Considero que este asunto es muy serio. No hay influencia más importante en la vida de un niño que la influencia de su hogar. El hogar es la unidad fundamental de la sociedad, y los niños nacen en un hogar, en una familia. Allí está el círculo que es la influencia principal en sus vidas. No hay duda de eso. Es lo que toda la Biblia enseña. En todas las civilizaciones, las ideas concernientes al hogar son las que siempre comienzan a causar el deterioro de su sociedad que al final se desintegra…

En el Antiguo Testamento es muy claro que el padre es una especie de sacerdote en su hogar y su familia: representaba a Dios. Era responsable no sólo por la moralidad y el comportamiento sino también por la instrucción de sus hijos. Toda la Biblia enfatiza que ésta es la obligación y tarea principal de los padres. Sigue siendo así hasta estos días. Si somos cristianos, tenemos que ser conscientes de que este gran énfasis se basa en las unidades fundamentales ordenadas por Dios: matrimonio, familia y hogar. No podemos tratarlas livianamente…

¿Qué pueden hacer los padres de familia? Tienen que complementar la enseñanza de la iglesia, y tienen que aplicar la enseñanza de la iglesia. Se puede hacer muy poco con un sermón. Tiene que ser aplicado, explicado, ampliado y complementado. Es aquí donde los padres cumplen su parte. Y si esto siempre ha sido lo correcto e importante, ¡cuánto más lo es hoy! ¿Alguna vez ha pensado usted seriamente acerca de este asunto? Probablemente usted enfrenta una de las tareas más grande que jamás han tenido los padres, y por la siguiente razón. Considere la enseñanza que reciben ahora los niños en las escuelas. La teoría e hipótesis de la evolución orgánica les son enseñadas como un hecho. No se las presentan como una mera teoría que no ha sido comprobada, se les da la impresión de que es un hecho absoluto, y que todas las personas científicas y educadas la creen. Y los que no la aceptan son considerados raros. Tenemos que encarar esa situación. Les están enseñando a los niños cosas perversas en la escuela. Las oyen en la radio y las ven en la televisión. Todo el énfasis es anti Dios, anti Biblia, anti cristianismo verdadero, anti milagroso y anti sobrenatural. ¿Quién va a contrarrestar estas tendencias? Esa es, precisamente, la responsabilidad de los padres: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Esto requiere gran esfuerzo por parte de los padres porque en la actualidad las fuerzas en contra nuestra son muy grandes. Los padres cristianos de la actualidad tienen esta muy difícil tarea de proteger a sus hijos contra las poderosas fuerzas adversas que tratan de indoctrinarlos. ¡Ese es, pues, el ambiente!

Para ser práctico, quisiera, en segundo lugar, mostrar cómo esto no debe ser realizado. Hay una manera de tratar de encarar esta situación que es desastrosa y hace mucho más daño que bien. ¿Cómo no debe realizarse?

Nunca deber hacerse de un modo mecánico y abstracto, casi automático, como si fuera una especie ejercicio militar. Recuerdo una experiencia que tuve sobre esto hace unos diez años. Me hospedé con unos amigos mientras predicaba en cierto lugar, y encontré a la esposa, la madre de la familia, muy afligida. Conversando con ella, descubrí la causa de su aflicción. Esa misma semana cierta dama había dado allí conferencias sobre el tema: “Cómo criar a todos los hijos de su familia como buenos cristianos”. ¡Habían sido maravillosas! La conferencista tenía cinco o seis hijos, y había organizado su hogar y su vida de modo que terminaba todo el trabajo de su casa para las nueve de la mañana, y luego se dedicaba a diversas actividades cristianas. Todos sus hijos eran excelentes cristianos, y todo parecía ser tan fácil, tan maravilloso. La madre con quien yo conversaba, que tenía dos hijos, se sentía muy afligida porque se sentía un total y absoluto fracaso. ¿Qué podía yo aconsejarle? Le dije esto: “Un momento, ¿qué edad tienen los hijos de esta señora?” Yo sabía la respuesta, y también la sabía mi amiga. Ninguno de ellos en ese momento tenía más de dieciséis años. Seguí diciendo: “Espere y veamos. Esta señora dice que todos son cristianos, y que lo único que se necesita es un plan para llevar a cabo disciplinadamente. Espere un poco, dentro de unos años la historia puede ser muy diferente”. Y, así fue. Es dudoso que más de uno de esos hijos sea cristiano. Varios de ellos son abiertamente anti cristianos y le han dado la espalda a todo. No se puede criar de esa manera a los hijos para que sean cristianos. No es un proceso mecánico, y de cualquier manera, lo que ella hacía era todo tan frío y clínico… El niño no es una máquina, así que no se puede realizar esta tarea mecánicamente.

Ni debe realizarse jamás la tarea de un modo completamente negativo o restrictivo. Si uno le da a sus hijos la impresión de que ser cristiano es ser infeliz y que el cristianismo consiste de prohibiciones y constantes reprensiones, los estará ahuyentando hacia los brazos del diablo y del mundo. Nunca sea enteramente negativo y represivo…

Mi último punto negativo es que nunca debemos forzar a un niño a tomar una decisión. ¡Cuántos problemas y desastres han surgido a causa de esto! “¿No es maravilloso?” dicen los padres, “mi fulanito, que es apenas un niño, ha decidido seguir a Cristo”. En el culto se le presionó. Pero eso nunca debe hacerse. Con ello se viola la personalidad del niño. Además, uno está demostrando una ignorancia profunda sobre el camino de salvación. Usted puede hacer que un pequeño decida cualquier cosa. Usted tiene el poder y la habilidad de hacerlo, pero es un error, es contrario al espíritu cristiano… No lo fuerce a tomar una decisión.

Entonces, ¿cuál es la manera correcta?… El punto importante es que tenemos que dar siempre la impresión de que Cristo es la Cabeza de la casa o el hogar. ¿Cómo podemos dar esa impresión? ¡Principalmente por nuestra conducta y ejemplo en general! Los padres deben estar viviendo de tal manera que los hijos siempre sientan que ellos mismos están bajo Cristo, que Cristo es su Cabeza. Este hecho debe ser evidente en su conducta y comportamiento. Sobre todo, debe haber un ambiente de amor… El fruto del Espíritu es el amor, y si el hogar está lleno de un ambiente de amor producido por el Espíritu, la mayoría de sus problemas se resuelven. Eso es lo que da resultado, no las presiones y los llamados directos, sino un ambiente de amor…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9
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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el mejor predicador
expositivo del Siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68; nacido en Gales.

La implicación del cristiano en la sociedad 1

“Vosotros soís la sal de la tierra, pero si la sal se ha vuelto insípida ¿con qué se hará salada [otra vez]? Ya para nada sirve sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. Vosotros, sois la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar, ni se enciende una Iámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5:13-16).

Me gustaría sugerir que hay un más amplio, quizá más profundo, significado de estas palabras en Mateo 5:1 3-1 6 que el que nosotros les damos. Este significado tiene que ver con la implicación del cristiano en la sociedad en una forma que va más allá de la predicación del evangelio y dar buen testimonio. Y esta es un área donde desafortunadamente no todos los cristianos estamos de acuerdo.

I.- ¿Cuál debería ser la implicación del cristiano en la sociedad?
En otras palabras, ¿qué significa para el cristiano ser sal y luz en este sentido más amplio?
Nuestra implicacion en la sociedad se deberia entender en lo que se refiere a ser sal. Su principal significado, según Hendriksen, es preservar los alimentos de la corrupcion. Vivimos en una sociedad corrompida y que se está corrompiendo cada dia más y más.

¿Cómo podemos preservar nuestra sociedad de mas corrupción? ¿Solo predicando en nuestras pequeñas congregaciones? ¿Sólo viviendo una vida delante de una docena de personas a las que conocemos individualmente? Indudablemente debemos predicar el evangelio y vivir una vida santa, ¿pero a cuántas personas alcanzamos de esa manera? En España hay un cristiano por cada mil personas. ¿Qué grado de influencia tenemos sobre la sociedad española y cómo podemos preservarla de la corrupción? Algunos esperan que llegue el avivamiento, ¿pero qué hacemos mientras tanto?

Nuestra implicación en la sociedad debería entenderse en lo referente a ser luz del mundo. ¿Cuántas personas en nuestra sociedad pueden ver la luz cristiana o son conscientes que tal luz existe? ¿Se podría describir como una ciudad situada sobre un monte? Nuestra sociedad necesita luz en los temas morales. Debería conocer el camino de Dios y su juicio. Los cristianos deberíamos ser conscientes de la situación de la sociedad (Juan el Bautista era consciente de la situacion de Herodes). Pero para hacerlo, deberíamos hablar alto y claro en la forma más amplia posible.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender en lo que se refiere a tratar directamente diversos asuntos morales. Esto es lo que encontramos en la Biblia. Los profetas del Antiguo Testamento denunciaban a las naciones paganas. Juan el Bautista denunció a los fariseos y a Herodes. Nuestro Señor Jesucristo dejó en evidencia la hipocresía de los fariseos.

Tomemos, por ejemplo el tema de la esclavitud ahora que celebramos el bicentenario de su abolición. El despertar evangélico fue un hecho espiritual muy poderoso tanto en Gran Bretaña  como en América. Sin embargo no abolió la esclavitud. John Newton estuvo involucrado en ella  (comerciaba con esclavos) y salió de ella. Pero su ministerio no detuvo la esclavitud, sino que fueron Wilberforce y otros que lo hicieron. No solo predicaron el evangelio y vivieron una vida piadosa sino que la denunciaro en el Parlamento, y se logró su abolición. La esclavitud no es un problema en la sociedad occidental (al menos no en la misma forma que en el pasado). Pero tenemos problemas morales que son aún peores que la esclavitud: aborto, eutanasia, experimentos con embriones humanos, matrimonios homosexuales, educación sexual pervertida en los colegios, libros, películas  y obras teatrales blasfemas sobre Cristo, etc. Existen los denominados pecados contra naturaleza y degradantes que deberían ser expresamente denunciados. “Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes, porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra naturaleza.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender sobre la base del derecho que tenemos a esperar que el hombre natural escuche a su conciencia, que es la voz de Dios y la de su ley en el hombre. Esto nada tiene que ver con imposiciones religiosas o morales en una sociedad secular. El papel del cristiano en la sociedad no es imponer valores cristianos en ella, sino presentar estos valores a la conciencia del hombre. Nosotros no deberíamos perseguir imponer la moralidad o resistir a la inmoralidad.

Sabemos que el problema con la sociedad no son “los pecados” sino “el pecado”. Pero tampoco deberíamos generalizar tanto sobre el concepto de pecado que al final las personas no entiendan de qué estamos hablando. Amós dijo en su día a las naciones vecinas cuáles eran sus pecados. “Así dice el Señor: Por tres transgresiones de los hijos de Amón, y por cuatro, no revocaré su (castigo), porque abrieron los vientres de las (mujeres) encintas  de Galaad para ensanchar sus límites” (Am. 1:13). Él no buscaba producir un cambio en ellos sino declarar la justicia de Dios y también anunciar el juicio divino.

Nuestra implicación en la sociedad se debería entender en lo que se refiere a buscar el bienestar  material de nuestra sociedad. “Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). No solo de pan, pero también de pan. (Spurgeon dijo: “Si das un folleto a un mendigo. dáselo envolviendo un bocadillo”). “Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado. Y rogad al Señor por ella, porque en su bienestar tendréis bienestar”. (Jeremías 29:7).

Algunos cristianos dan la impresión de que lo único que les importa en este mundo es la salvación de las almas. A veces tratamos con las personas como si se tratase de potenciales conversos y nada más.  Nuestra implicación en la sociedad se debería entender incluso en lo referente a derribar el statu quo. Por ejemplo, ¿tenía Oliver Cromwell derecho a cambiar la situación política por la fuerza? ¿Solo predicó el evangelio al rey? (¡Creo que lo decapitó!). Nuestra implicación en la sociedad se debería entender como otros cristianos la han concebido. El pacto de Lausana (Suiza, 16-25 de Julio de 1974) que se acordó durante el Congreso Internacional sobre Evangelización Mundial, dice entre otras cosas Afirmamos que Dios es a la vez el Creador y juez de todos los hombres. Por tanto, debemos compartir su preocupación por la justicia, la reconciliación entre toda la sociedad humana y por la liberación de los hombres de toda clase de opresión.

El hombre fue hecho a imagen de Dios; por eso todas las personas tienen una dignidad esencial y por esa razón tienen que ser respetados y servidos, no explotados.

Continuará …

 

Disciplina y amonestación 1

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Si hemos de cumplir el mandato del Apóstol… tenemos que hacer una pausa y considerar lo que debemos hacer. Cuando llega un hijo, tenemos que decirnos: “Somos guardianes y custodios de esta alma”. ¡Qué responsabilidad tan tremenda! En el mundo de los negocios y el profesional, los hombres son muy conscientes de la gran responsabilidad que tienen con respecto a las decisiones que deben tomar. Pero, ¿son conscientes de la responsabilidad infinitamente mayor que tienen con respecto a sus propios hijos? ¿Les dedican la misma o más reflexión, atención y tiempo? ¿Sienten el peso de la responsabilidad tanto como lo sienten en estas otras áreas? El Apóstol nos urge a considerar esto como la ocupación más grande de la vida, el asunto más grande que jamás tendremos que encarar y realizar.

El Apóstol no se limita a: “Criadlos”, sino que dice: “en disciplina y amonestación del Señor”. Las dos palabras que usa están llenas de significado. La diferencia entre ellas es que la primera, disciplina, es más general que la segunda. Es la totalidad de disciplinar, criar, formar al hijo. Incluye, por lo tanto, una disciplina general. Y como todas las autoridades coinciden en señalar, su énfasis es en las acciones. La segunda palabra, amonestación, se refiere más bien a las palabras que se dicen. Disciplina es el término más general que incluye todo lo que hacemos por nuestros hijos. Incluye todo el proceso en general de cultivar la mente y el espíritu, la moralidad y la conducta moral, toda la personalidad del niño. Esa es nuestra tarea. Es dar atención al niño, cuidarlo y protegerlo…

La palabra amonestación tiene un significado muy similar, excepto que coloca más énfasis en el habla. Por lo tanto, esta cuestión incluye dos aspectos. Primero, tenemos que encarar la conducta en general, las cosas que tenemos que hacer por medio de nuestras acciones. Luego, sumado a esto, hay ciertas amonestaciones que debieran ser dirigidas al niño: palabras de exhortación, palabras de aliento, palabras de reprensión, palabras de culpa. El término usado por Pablo incluye todas éstas, o sea todo lo que les decimos a los niños con palabras cuando estamos definiendo una posición e indicando lo que es bueno y lo que es malo, alentando, exhortando, etc. Tal es el significado de la palabra amonestación.

Los hijos deben ser criados en “la disciplina y amonestación”—y luego viene la frase más importante de todas—“del Señor”. Aquí es donde los padres de familia cristianos, ocupados en sus obligaciones hacia sus hijos, se encuentran en una categoría totalmente diferente de todos los demás padres. En otras palabras, esta apelación a los padres cristianos no es simplemente para exhortarlos a criar a sus hijos para que tengan buena moralidad o buenos modales o una conducta loable en general. Eso, por supuesto está incluido. Todos deben hacer eso, los padres no cristianos deben hacerlo. Deben preocuparse porque tengan buenos modales, una buena conducta en general y que eviten el mal. Deben enseñar a sus hijos a ser honestos, responsables y toda esta variedad de virtudes. Eso no es más que una moralidad común, y, hasta aquí, el cristianismo no ha comenzado su influencia. Aun los escritores paganos interesados en que haya orden en la sociedad han exhortado siempre a sus prójimos a enseñar tales principios. La sociedad no puede continuar sin un modicum de disciplina y de leyes y orden en todos los niveles y en todas las edades. Pero el apóstol no se está refiriendo a esto únicamente. Dice que los hijos de los creyentes deben ser criados “en disciplina y amonestación del Señor”.

Es aquí donde entra en juego específicamente el pensamiento y la enseñanza cristiana. Que sus hijos tienen que ser criados en el conocimiento del Señor Jesucristo como Salvador y Señor, debe ser siempre una prioridad en la mente de los padres cristianos. Esa es la tarea singular a la cual sólo los padres cristianos son llamados. No es  únicamente su tarea suprema: su mayor anhelo y ambición para sus hijos debe ser que conozcan al Señor Jesucristo como su Salvador y como su Señor. ¿Es esa la mayor ambición para nuestros hijos? ¿Tiene prioridad el que “lleguen a conocer a aquel cuyo conocimiento es vida eterna”, que lo conozcan como su Salvador y que lo sigan como su Señor? ¡“En disciplina y amonestación del Señor”! Estas, pues, son las expresiones que usa el Apóstol.

… La Biblia misma pone mucho énfasis en la formación de los hijos. Observe, por ejemplo, las palabras en el sexto capítulo de Deuteronomio. Moisés ha llegado al final de su vida, y los hijos de Israel pronto entrarán a la Tierra Prometida. Les recuerda la Ley de Dios y les dice cómo tenían que vivir cuando entraran a la tierra que habían heredado. Y tuvo el cuidado de decirles, entre otras cosas, que tenían que enseñarles la Ley a sus hijos. No bastaba con que ellos mismos la conocieran y cumplieran, tenían que pasarle su conocimiento a sus hijos. Los hijos tienen que aprenderla y nunca olvidarla …

Continuará …

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9
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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el mejor predicador
expositivo del Siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68; nacido en Gales.