La Fidelidad de Dios

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LA INFIDELIDAD es uno de los pecados más preponderantes en esta época impía en que vivimos. En el mundo de los negocios, dar la palabra de uno, con muy raras excepciones, ya no es algo en que se puede confiar. En el mundo social, la infidelidad matrimonial abunda por todas partes, los vínculos sagrados del matrimonio se rompen con la misma facilidad que se descarta una vieja prenda de vestir. En el terreno eclesiástico, miles que han prometido solemnemente predicar la verdad no tienen ningún escrúpulo en atacarla y negarla. Ni puede el lector o el escritor declararse completamente inmune a este terrible pecado: ¡De cuántas maneras hemos sido infieles a Cristo y a la luz y los privilegios que Dios nos confió! Qué refrescante, entonces, que bendición indescriptible es levantar nuestra vista de esta escena de ruina, y contemplar a Aquél que es fiel, fiel en todas las cosas, fiel en todas las épocas.

“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel” (Deut. 7:9). Esta cualidad es esencial a su ser, sin ella él no puede ser Dios. Que Dios fuera infiel sería un acto contrario a su naturaleza, lo cual sería imposible: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo” (2 Tim. 2:13). La fidelidad es una de las perfecciones gloriosas de su ser. Él está cubierto de ella; “Oh Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Quién como tú? Poderoso eres, Jehová, y tu verdad está en torno de ti” (Sal. 89:8). De la misma manera, cuando Dios se encarnó fue dicho: “Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor
de sus riñones” (Isa. 11:5).  Qué palabra es la de Salmo 36:5: “Jehová, hasta los cielos es tu
misericordia; tu verdad hasta las nubes.” Mucho más allá de toda la comprensión finita se encuentra la fidelidad inmutable de Dios. Todo lo que se refiere a Dios es grande, vasto, incomparable. Él nunca olvida, nunca falla, nunca tambalea, nunca es infiel a su palabra. El  Señor se ha ceñido exactamente a cada declaración de promesa o profecía, cumplirá cada pacto o amenaza porque “Dios no es hombre,  para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Por lo tanto, el creyente exclama: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lam. 3:22, 23).

Versiculo 31

En las Escrituras abundan las ilustraciones de la fidelidad de Dios.  Hace más de cuatro mil años dijo: “Todavía serán todos los tiempos de la tierra; la sementera y la siega, y el frío y calor, verano e invierno,  y día y noche, no cesarán” (Gén. 8:22). Cada año que llega brinda un nuevo testimonio del cumplimiento de esta promesa por parte de Dios. En Génesis 15 encontramos que Jehová le declaró a Abraham: “Tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá á los de allí,… Y en la cuarta generación volverán acá” (vv. 13-16). Los siglos pasaron sin pausa. Los descendientes de Abraham se quejaban en medio de los hornos de ladrillos de Egipto. ¿Había olvidado Dios su promesa? Por cierto que no. Lea Éxodo 12:41: “Y pasados cuatrocientos treinta años, en el mismo día salieron todos los ejércitos  de Jehová de la tierra de Egipto.” Por medio de Isaías el Señor declaró: “He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su  nombre Emmanuel” (7:14). Nuevamente pasaron siglos, pero “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer” (Gál. 4:4).

Dios es verdad. Su Palabra de promesa es segura. Dios es fiel en todas sus relaciones con su pueblo. Se puede confiar plenamente en él. Hasta ahora, nadie ha confiado en él en vano. Encontramos esta valiosa verdad expresada casi en todas partes en las Escrituras,
porque su pueblo necesita saber que la fidelidad es una parte esencial  del carácter divino. Esta es la base de nuestra confianza en él. Pero una cosa es aceptar la fidelidad de Dios como una verdad divina, y muy otra actuar de acuerdo con ella. Dios nos ha dado muchas “preciosas y grandísimas promesas”, pero, ¿realmente esperamos que las cumpla? ¿Estamos realmente esperando que haga por nosotros todo lo que ha dicho? ¿Nos apoyamos en la seguridad implícita de estas palabras: “Fiel es el que prometió” (Heb. 10:23)?

Hay temporadas en la vida de todos cuando no es fácil, ni siquiera para los cristianos, creer que Dios es fiel. Nuestra fe es puesta muy a prueba, nuestros ojos están llenos de lágrimas, y ya no podemos distinguir la obra de su amor. Nuestros oídos están distraídos con los ruidos del mundo, acosados por los susurros ateísticos de Satanás, y ya no podemos escuchar los dulces acentos de su quieta y apacible voz. Planes anhelados se han desmoronado, amigos en quienes confiábamos nos han fallado, alguno que profesaba ser hermano o hermana en Cristo nos ha traicionado. Estamos estupefactos.
Quisimos ser fieles a Dios, y ahora una nube tenebrosa lo esconde de nuestra vista. Nos resulta difícil, sí, hasta imposible por razones La fidelidad de Dios, carnales, armonizar su providencia severa con sus promesas llenas de su gracia. Ah, alma que flaquea, compañero peregrino que ha sido probado duramente, busque la gracia para atender lo que dice Isaías 50:10: “¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de
su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios ” Cuando se sienta tentado a dudar de la fidelidad de Dios, clame:
“Retírate, Satanás.” Aunque no pueda armonizar los tratos misteriosos de Dios con las declaraciones de su amor, espere en él hasta recibir más luz. En el momento propicio se lo hará ver con claridad. “Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás
después” (Juan 13:7). Lo que luego vendrá demostrará que Dios no ha abandonado ni engañado a su hijo. “Empero Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto será ensalzado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios de juicio:
bienaventurados todos los que le esperan” (Isa. 30:18). “No juzgues al Señor con la debilidad de los sentidos”.  En cambio, confía en que te hará objeto de su gracia,
Detrás de una providencia que frunce el ceño  Se esconde un rostro que sonríe.

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Santos que teméis, armaos de nueva valentía, Los nubarrones que tanto os aterrorizan,
Están repletos de misericordias, e irrumpirán Derramando bendiciones sobre vuestras cabezas.”  “Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles” (Sal. 119:138). Dios no sólo nos ha dicho lo mejor, no ha reprimido lo peor. Ha descrito fielmente la ruina que la Caída ha producido. Ha diagnosticado fielmente el terrible estado que el pecado ha  producido. Ha dado a conocer fielmente su inveterado odio por el mal, y que debe castigarlo. Nos ha advertido fielmente de que él es “fuego consumidor” (Heb. 12:29). Su Palabra no sólo abunda en ilustraciones de su fidelidad en cumplir sus promesas, sino que también registra numerosos ejemplos de su fidelidad en cumplir sus amenazas. Cada etapa de la historia de Israel es un ejemplo de esta realidad solemne. Así fue que individuos como Faraón, Korah, Achan y muchos otros son prueba de ello. Y lo mismo sucederá con usted, mi lector: a menos que haya huido o huya hacia Cristo en busca de
refugio, el Lago de Fuego que arde eternamente será su porción cierta y segura. Dios es fiel. Dios es fiel en preservar a su pueblo. “Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo…” (1 Cor. 1:9). En el versículo anterior aparece la promesa de que Dios confirmará a su pueblo hasta el fin. La confianza del Apóstol en la seguridad absoluta del creyente  se basaba no en la fuerza de sus resoluciones o en su habilidad de
perseverar, sino en la veracidad de Aquél que no puede mentir. Dado que Dios ha prometido a su Hijo un pueblo determinado como su herencia, librarlos del pecado y la condenación, y hacerlos partícipes de la vida eterna en gloria, ciertamente no dejará que ninguno de ellos perezca.

Dios es fiel en disciplinar a su pueblo. Es fiel en lo que retiene, tanto como en lo que da. Es fiel en enviar dolor tanto como en dar gozo. La fidelidad de Dios es una verdad que hemos de confesar no sólo cuando vivimos tranquilos sino también cuando estamos
sufriendo bajo la más aguda reprensión. Tampoco debe ser esta confesión meramente de nuestros labios, sino también de nuestros corazones. Cuando Dios nos golpea con la vara del castigo, su fidelidad es la mano que la sostiene. Reconocer esto significa que nos
humillamos ante él, admitimos que merecemos plenamente su corrección y, en lugar de murmurar, se la agradecemos. Dios nunca aflige sin tener una razón. “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros” (1 Cor. 11:30), dice Pablo, ilustrando este
principio. Cuando su vara cae sobre nosotros, digamos con Daniel: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro” (9:7). “Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (Sal. 119:75). El sufrimiento y la aflicción no sólo coinciden con el amor de Dios prometido en el pacto eterno, sino que son partes del mismo. Dios no sólo es fiel en impedir aflicciones, sino fiel en enviarlas. “Entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, y ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:32, 33). Disciplinar no sólo va de acuerdo con el amor y bondad de Dios, sino que es su efecto y expresión. Tranquilizaría mucho la mente del pueblo de Dios si recordaran que su amor de pacto lo obliga a ejercer sobre ellos una corrección apropiada. Las aflicciones nos son necesarias: “En su angustia madrugarán a mí” (Oseas 5:15).

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Dios es fiel en glorificar a su pueblo. “Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará” (1 Tes. 5:24). La referencia inmediata aquí es al hecho de que los santos serán “guardados… sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Dios no trata con nosotros en base a nuestros méritos (porque no tenemos ninguno), sino para que
su nombre sea glorificado. Dios es constante a sí mismo y a su propio La fidelidad de Dios propósito de gracia: “A los que llamó… a éstos también glorificó” (Rom. 8:30). Dios brinda una completa demostración de la constancia de su bondad eterna hacia sus elegidos llamándolos eficazmente de las tinieblas a su luz maravillosa, y esto debe darles la plena seguridad de la certidumbre de su continuidad. “El fundamento de Dios está firme” (2 Tim. 2:19). Pablo descansaba sobre la fidelidad de Dios cuando dijo: “Porque yo sé a quién he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito ara aquel día” (2 Tim. 1:12).

Apropiarnos de esta bendita verdad nos guardará de las preocupaciones. Estar llenos de cuidados, ver nuestra situación con oscura aprensión, anticipar el mañana con triste ansiedad, es una mal reflejo de la fidelidad de Dios. El que ha cuidado a su hijo a través de los años no lo abandonará en su vejez. El que ha escuchado sus oraciones en el pasado no se negará a suplir su necesidad en la emergencia del presente. Descanse en Job 5:19: “En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal”

Apropiarnos de esta bendita verdad detendrá nuestras murmuraciones. El Señor sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y uno de los efectos de descansar en esta verdad será silenciar nuestra quejas petulantes. Honramos grandemente a Dios
cuando, pasando por pruebas y disciplinas, tenemos buenos pensamientos de él, vindicamos su sabiduría y justicia, y reconocemos su amor justamente en sus reprimendas.

Apropiarnos de esta bendita verdad engendrará una confianza en Dios que va aumentando. “Y por eso los que son afligidos según la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como a fiel Criador, haciendo bien” (1 Ped. 4:19). Cuando confiadamente nos ponemos nosotros mismos y ponemos todos nuestros asuntos en las manos de Dios, plenamente convencidos de su amor y fidelidad, nos sentiremos satisfechos con sus providencias y comprenderemos que “Él hace bien todas las cosas.”

 

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A. W. Pink (1886-1952): pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

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La confianza en Dios

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El creyente activo, mientras más es abatido por Dios, ya sea por las reprensiones de la providencia o los reproches de sus enemigos, tomará una postura más firme y se unirá más estrechamente con Él.

El hijo de Dios se sobresalta ante la sola idea de perder la esperanza de tener ayuda en Dios. Véase que es Dios para su pueblo, lo que será, lo que hallamos en Él, lo que David encontró en Él.

  1. Seguridad: un escudo para mí; lo cual denota la ventaja de esa protección.
  2. Honra: a quienes Dios reconoce como suyos, tienen verdadera honra sobre ellos.
  3. Gozo y liberación: Si el pueblo de Dios levanta su cabeza con gozo en el peor de los momentos, sabiendo que todo les ayudará a bien, reconocerán a Dios como Quien les da motivo y corazón para regocijarse.

Los cuidados y la tristeza nos hacen bien, cuando nos llevan a orar fervorosamente a Dios. David siempre halló que Dios estaba dispuesto a responder sus oraciones. Nada puede poner una separación entre las comunicaciones de la Gracia de Dios a nosotros, y la obra de su Gracia en nosotros, entre su favor y nuestra fe. Siempre había estado a salvo bajo la protección divina. Esto se aplica a las misericordias comunes de cada noche, por las cuales damos gracias. Muchos se acuestan y no pueden dormir por dolor del cuerpo, por angustia mental o por la alarma continua del terror nocturno. Pero aquí más bien parece que se refiere a la calma del espíritu de David en medio del peligro.

El Señor lo puso en paz por su Gracia y por las consolaciones de su Espíritu. Gran misericordia es que nuestra mente persevere en Dios cuando estamos con problemas. -Contemplad al Hijo de David que se calma para su reposo sobre la cruz, es el lecho de dolores, encomendando su Espíritu a las manos del Padre con plena confianza de la gozosa resurrección. Contempla esto, o Cristiano: deja que la fe te enseñe a dormir y a morir; mientras te asegura que así como dormir es una muerte corta, la muerte es sólo un dormir prolongado; el mismo Dios te cuida en tu lecho y en tu tumba. – La fe de David llegó a ser triunfante.

Él empezó el Salmo con quejas de la fuerza y malicia de sus enemigos, pero concluye regocijándose en el poder y la Gracia de su Dios y, ahora, ve más con Él que contra Él. La salvación pertenece a Jehová; Él tiene poder para salvar aunque el peligro sea inmenso. Todos los que tienen al Señor como su Dios, están seguros de la salvación; porque el que es el Dios de ellos es el Dios de la salvación.

 

Matthew Henry (18 de octubre de 1662 – 22 de junio de 1714) fue un ministro y autor inconformista, nacido en Gales pero que pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra.

Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 8

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14. Confianza en la Providencia

Considerando los tremendos esfuerzos de ambos hombres podríamos llegar a creer que fueron personas voluntariosas y extremadamente autosuficientes, sin embargo se nos revela un aspecto en común totalmente distinto: la confianza irrestricta que ambos pusieron en la soberanía y divina providencia.

Lutero, siguiendo su muy particular estilo lo resumió de la siguiente manera:

 “Y mientras yo dormía o bebía la cerveza de Wittenberg junto a mis amigos Philip y Amsdorf, la Palabra debilitaba al papado de forma tan grandiosa que ningún príncipe o emperador consiguió causarles tantas derrotas. Yo nada hice: la Palabra lo hizo todo

En tanto, Calvino señaló que:

Entonces debemos concluir, que mientras este turbulento estado del mundo nos depriva de juicio, Dios, por la pura luz de su propia justicia y sabiduría, regula estas conmociones en el orden exacto y las dirige hacia el fin adecuado[2]”.

15. Confianza Absoluta en las Escrituras

Lutero insistió sobre la idea de que “El Evangelio no es un libro de leyes ni de preceptos que exigen actos de nosotros. Es un libro de promesas divinas, en el que Dios nos promete, nos presenta y nos da en Jesucristo todo cuanto Él posee y todas sus bienaventuranzas”[3]. En este mismo sentido resume esto con las siguientes palabras:

Hice una alianza con Dios: que Él no me mande visiones, ni sueños, ni siquiera ángeles. Estoy satisfecho con el don de las Escrituras Sagradas, que me dan instrucción abundante y todo lo que preciso conocer tanto para esta vida cuanto para lo que ha de venir

Por otra parte, generalmente se ha considerado a Calvino, más como un intelectual que un maestro o predicador de la Biblia, sin embargo la Institución, en su primera edición iba destinada a los laicos. Fue escrita pensando en un medio particular. La última edición, en cambio, era más un manual de teología para pastores. Pero, igual que en la primera, la última versión pretendía transformar vidas y no tenía principalmente un propósito académico o de información intelectual[4]. Como dice Warfield acerca de la obra literaria de Calvino: “no la cabeza, sino el corazón le hizo un gran teólogo, y no a la cabeza, sino al corazón, se dirige primariamente su teología”.

Algunos acusan a Calvino de ser alguien que impone un sistema predeterminado sobre el texto bíblico que le lleva a extraer conclusiones equivocadas del texto. Alejándose de las interpretaciones alegóricas tan comunes en la Edad Media, Calvino se ciñó al sentido del autor, algunos incluso dicen que Calvino fue el creador del método exegético que hoy día se conoce como “histórico – gramatical”. También, se debe apreciar lo mucho que cita la Biblia en la Institución: 2.474 citas del Antiguo Testamento y 4.330 citas del Nuevo Testamento[5].

Luego de este largo recorrido podemos concluir que sin lugar a dudas Martín Lutero y Juan Calvino desde sus diferencias y coincidencias no fueron los únicos protagonistas del proceso de Reforma Protestante, pero sí se han destacado entre el gran número por su valentía, esfuerzos y tremendas proyecciones para este proceso tan relevante. Aprendamos de sus virtudes, evitemos sus errores y sigamos su ejemplo.

[1] Juan Calvino “Institución de la Religión Cristiana”. Libro I, XVIII, 1.

[2] Juan Calvino “Institución de la Religión Cristiana”. Libro I.XVII.6-11.

[3] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A., Barcelona, 1988, Pág. 8

[4]  Matt Leighton “Juan Calvino: Una aproximación biográfica”, En: “Historia, influencia y legado de Juan Calvino”, Andamio, 2010, Pág. 43

[5] Matt Leighton “Juan Calvino: Una aproximación biográfica”, En: “Historia, influencia y legado de Juan Calvino”, Andamio, 2010, Pág. 43

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 7

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11. Exposición Incansable de las Escrituras

A pesar de las diversas dificultades, penurias de índole ministerial y personal ninguno de ellos dejó de desempeñar la función que consideraban como fundamental en su existencia. Entre febrero y marzo de 1522 el vendaval de anarquía religiosa, la exaltación profética y la iconoclastia sembraron de escombros y desconciertos la pequeña ciudad de Wittenberg, brindando a Lutero y a Melanchton la oportunidad de introducir sin objeciones un orden religioso enteramente nuevo.

De hecho es el momento en que tienen el coraje de declarar abolidos todos los ritos religiosos católicos. Quedaba en pie como motor de la vida comunitaria la predicación[1].  Aunque Martín Lutero se esforzó por mantener las formas litúrgicas de su época, la prédica fue adquiriendo, sin embargo, cada vez mayor

importancia hasta convertirse en el punto céntrico del servicio religioso[2]. Lutero lo resume de la siguiente manera “Por eso, he sido lanzado a la enseñanza y la predicación agarrado por los pelos. Si hubiera sabido lo que ahora sé, ni diez caballos hubieran podido arrastrarme[3].

Así también, la Escritura era central para el entendimiento de Calvino. Podríamos llegar a pensar equivocadamente en la Institución de la Religión Cristiana como un trabajo escolástico de teología sistemática, pero él dijo que tenía como propósito “Preparar e instruir candidatos en sagrada teología para la lectura de la Palabra divina, para que ellos puedan ser capaces de tener fácil acceso a ella y avanzar en ella sin tropezar[4].

 12. Producción Literaria

Este punto es bastante significativo luego de haber recorrido los aspectos públicos y privados de los dos reformadores que hemos analizado, pues si hay algo que podemos dejar claro es que ambos tuvieron vidas muy agitadas. Sin embargo, aún así Lutero escribió al menos 55 obras.

¿Y qué de Calvino? Su obra literaria más conocida es la Institución de la Religión Cristiana. Completó la primera versión cuando tenía 27 años, pero la fue revisando a lo largo de más de veinte años hasta publicar la versión definitiva en 1559. También están sus obras menos conocidas que son los Comentarios, que llegaron a ser de la mayoría de los libros de la Biblia. Pero también, tenemos  muchos otros escritos: un salterio, catecismos, liturgias y libros de ordenanzas para la iglesia. A propósito de su manera de trabajar, Teodoro Beza relata que en 1563, un año antes de su muerte:

Las enfermedades de Calvino se habían agravado mucho y eran tantas que resultaba imposible casi creer que tan fuerte y noble mente pudiese seguir cobijándose en un cuerpo tan frágil, tan agotado por el trabajo y quebrantado por los sufrimientos. Pero ni aun así pudo ser convencido de que se cuidase. Por el contrario, si en alguna ocasión se abstuvo de sus deberes públicos (y nunca lo hizo sin una gran reluctancia), permanecía en su casa respondiendo las numerosas consultas que se le hacían o fatigaba a sus secretarios de tanto dictarles, sin desmayar un momento

La correspondencia de Calvino se extendió por toda Europa, conservándose un número aproximado de 4300 cartas, de las cuales 1369 fueron escritas por Calvino[6].  Un secretario suyo Charles de Jonvilliers estuvo 20 años después de su muerte recogiendo sus cartas. Muchas son largas y muy teológicas (casi tratados), pero otras también nos dejan ver, más que en otros escritos, su lado humano[7].

13. Trabajo Constante

Enlazado con lo anteriormente expuesto queda claro que para Lutero y Calvino el trabajo siempre fue constante. ¿Lo confirman ambos reformadores o es nuestra idea?

Señala Lutero:

Soy un hombre muy ocupado; tengo que desempeñar cuatro trabajos, cada uno de los cuales necesitaría para su cumplimiento la dedicación exclusiva de una persona: tengo que predicar en público cuatro veces por semana, dictar dos veces lecciones, oír las causas, escribir cartas y, además, escribir libros para el pú­blico. No obstante, Dios me ha provisto bien al darme una mujer excelente que cuida de todos los asuntos familiares, para que yo no me tenga que ocupar además de este menester[8]

Calvino no fue un autor cuyas actividades literarias tuvieran lugar en la sosegada soledad de un claustro o academia, con su diario descanso para una meditación ininterrumpida. Por el contrario, su voluminosa producción escrita fluyó de su pluma, o fue dictada, en medio de (casi valdría la pena decir a despecho de) una casi aplastante presión de multitud de otras exigencias sobre su tiempo y su energía; para no mencionar la serie de enfermedades que tan frecuentemente asaltaron su frágil estructura física.

Para concluir este punto recogemos la respuesta de un experto ante la interrogante: “¿Era Calvino trabajólico?”

No cabe duda alguna que sí lo era, Calvino no sólo publicó numerosos escritos y mantuvo una amplia correspondencia, en sus últimos 15 años de vida predicó 2300 sermones, lo que da como resultado aproximadamente tres sermones por semana. Con regularidad también se quedaba trabajando en las noches y a veces sólo dormía cuatro horas. En 1553 Calvino se quejó en una oportunidad que hacía un mes que no salía de las puertas de la ciudad, ni siquiera para recuperar fuerzas. Sus numerosas enfermedades también debieron atribuirse a la sobrecarga de trabajo[9]

[1] José García Oro “Historia de la Iglesia. Tomo III: Edad Moderna” Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2005, Pág. 71

[2] María Cristina Prochell A. “El Protestantismo, su música y músicos” Revista Musical Chilena, Pág. 45 en: http://www.revistamusicalchilena.uchile.cl/index.php/RMCH/article/viewFile/16080/16595

[3] Martín Lutero “Charlas de Sobremesa” Pág. 5

[4] Juan Calvino “Institución de la Religión Cristiana”: “Juan Calvino al Lector” 1559. Filadelfia,: The Westminster Press, 1960, Pág. 4.

[5] Jacob T. Hoogstra “Juan Calvino Profeta Contemporáneo” Libros CLIE; 1973, Pág. 43

[6] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 7 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

[7] Matt Leighton, “Juan Calvino una Aproximación Biográfica” en “Historia, influencia y legado de Juan Calvino”, Andamio, 2010, Pág. 45

[8] Martín Lutero “Charlas de Sobremesa” Pág. 8

[9] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 7 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 6

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9. Enfermedades

Sin embargo, los quebrantos a causa de enfermedades no les fueron ajenas a los mismos padres de familia, pues ellos mismos fueron afectados intensamente por ellas. En la correspondencia de Lutero, podemos encontrar diversas  ocasiones en las cuales registra los quebrantos de su salud:

En 1521, una grave crisis de salud:

En 1527 escribe muy preocupado por la peste: “De manera que si atiendes a las sospechas, ando por aquí en mi casa rodeado de peste; pero si atiendes a la realidad, estamos fuertes y con buena salud, aunque en peligro. Deseo que nos encomiendes a tus oraciones[2]

Reitera su descripción de episodios de enfermedad ahora en 1530:

Pero el «hombre viejo» exterior se iba corrompiendo y se hacía incapaz de seguir y secundar el ímpetu del «hombre nuevo» interior. La cabeza comenzó a llenarse de zumbidos o, mejor, de truenos, y de no haber abandonado todo al instante, hubiera caído en un síncope del que a duras penas he logrado escapar estos dos días últimos[3].

Y dieciséis años después, es decir en 1546, , vuelve a describir los quebrantos de su salud:

En lo personal, esto fue una novedad para mí, pues siempre imaginé a un Lutero vigoroso y pleno de salud y energía. Quizás a los retratos vivaces y su tremendo trabajo además de la comparación con Calvino de quien bien sabidas son sus múltiples enfermedades. De hecho, escribiendo a Farel en febrero de 1550, Calvino se queja de la pérdida de una gran cantidad de tiempo que habría podido emplear en diversos trabajos y que ha perdido en sus enfermedades, una tos fatigante y asmática, catarro crónico, la tortura de la jaqueca y la gastritis[5].

Se presume que Calvino ya desatendía su salud en la juventud a causa del excesivo estudio, lo que posteriormente tampoco cambió.
El inmenso esfuerzo de Calvino por la Reforma tuvo sus consecuencias: padecía de migrañas, cólicos renales y de gota en sus últimos años de vida, además tenía trastornos digestivos y las hemorroides le causaban grandes molestias. Por recomendaciones médicas, Calvino trató de mantener a raya sus enfermedades mediante el reposo en cama, el ayuno y caminatas. Con ayuda de la equitación también logró expulsar en varias oportunidades los atormentadores cálculos renales[6].

Es por ello que describiéndose a sí mismo lo hace de la siguiente manera:

Juan Calvino, siervo de la Palabra de Dios en la iglesia de Ginebra, debilitado por las enfermedades … muchas gracias a Dios que no sólo ha mostrado misericordia para mí, su pobre criatura … y sufrió conmigo en todos los pecados y debilidades, pero lo que es más que eso, me ha hecho partícipe de su gracia para servirle a través de mi trabajo…

A pesar de sus múltiples enfermedades no podríamos decir que era un hipocondríaco. Nunca se condujo como un inválido, sino que constantemente trabajó sin descanso; sin regatear esfuerzo y sin cuidarse en absoluto de su delicada salud. Su íntimo amigo Theodoro Beza nos dice cómo, incluso cuando en 1558 una grave enfermedad le impidió predicar y dar conferencias, privándole además de otros deberes cívicos y pastorales, empleó días enteros y noches dictando o escribiendo cartas:

No tenía otra expresión más frecuentemente en sus labios —dice Beza—que “La vida se haría imposible si tuviese que pasarla en la indolencia”. Cuando sus amigos le rogaron que se ahorrase, mientras estaba enfermo, la fatiga de dictar o escribir, Calvino respondía: “¿Es que queréis que el Señor me encuentre perezoso?

Sin embargo, las enfermedades no fueron exclusivas de ambos reformadores, escribiendo a Felipe Melanchton, Lutero le consuela con las siguientes palabras:

Gracia y paz en el Señor. Aquí se quedaron esas cartas, Felipe mío, por falta de con quién enviártelas, hasta que te las lleve este señor Jorge. Siento lo del cólico que te está consumiendo, y ruego a Cristo cuanto me es posible para que te cure y te conserve[8]

10. Tendencia al Desánimo / Preocupación

Hasta aquí el panorama en la vida familiar y personal resulta bastante desolador, a lo cual no podemos dejar de sumar la férrea oposición a sus respectivos ministerios de allí que no nos sorprenda el hecho de para ambos el desánimo y la preocupación fuese una tendencia que afectara sus vidas con relativa frecuencia. En relación a esto, el caso de Lutero es más evidente a través debido a que sus registros más personales como las Cartas y Charlas de Sobremesa son explícitas al respecto:

Ruega por mí, que soy un miserable y abyecto gusano, al que el espíritu de la tristeza está vejando a su gusto según la buena voluntad del padre de la misericordia, en cuya gloria redunde hasta mi miseria. Mi única gloria consiste en haber transmitido sólo la palabra de Dios, sin haberla adulterado con anhelo alguno de gloria u opulencia. Espero que quien comenzó la obra la perfeccione, ya que ni busco ni anhelo más que al Dios propicio, tal como él mismo exige que se le acepte aún por sus enemigos y por quienes le desprecian

“Gracia y paz en Cristo. No dejes de orar por mí ni de agonizar conmigo, mi Jonas, para que Cristo no me abandone ni permita que sea el tormento de los impíos, sino de los hijos; para que no desfallezca del todo mi fe, porque mi tentación a veces se mitiga, pero otras retorna con más fuerza”

Por eso, quien se viere aquejado por el espíritu de tristeza, que se defienda contra él pensando que no está solo. Porque Dios ha creado la comunidad de la iglesia, y esta hermandad ruega para que sus miembros se sostengan unos a otros, como dice la Escritura: «¡Ay de aquel que está solo, porque si llegare a caer, no habrá quien le ayude» [Ecl 4, 10]. Tampoco le resulta grata a Dios la tristeza del corazón, aunque la permita en el mundo; ni desea que me atormente por su causa, puesto que dice: «No quiero la muerte del pecador, etc.», «alégrense vuestros corazones». No quiere servidores que no confíen en é] de buena gana. Pues bien, a pesar de que soy consciente de esto, cien veces al día me veo sacudido por pensamientos contrarios. No obstante, resisto al diablo […] (WA 122)”[12].

Dada su naturaleza introvertida los vaivenes del ánimo no son tan fácilmente ubicables, sin embargo de acuerdo a los estudiosos de él, se conoce que a Calvino a menudo se le asomaban las lágrimas, existen varias ocasiones: una de ellas cuando se enteró de las graves persecuciones a los Valdenses o cuando debió decidirse si permanecía en Estrasburgo o retornaba a Ginebra. También, las preocupaciones por su esposa Idelette y sus amigos lo inquietaban, por ejemplo cuando durante una estadía en Ratisbona se enteró de la aparición de la peste en Estrasburgo, ciudad en que vivía su mujer, y cuando supo que algunos conocidos ya habían muerto a causa de esta epidemia[13].

[1] Cartas de Lutero, día siguiente a la natividad de María, 1521, Pág. 23

[2] Cartas de Lutero, 1527, lunes después de todos los santos, Pág. 45

[3] Cartas de Lutero, Carta a Felipe Melanchton, 12 mayo, 1530. Pág. 56

[4] Cartas de Lutero, Carta a Catalina Lutherina, Vigilia de la Purificación, 1546. Pág. 71

[5] Jacob T. Hoogstra “Juan Calvino Profeta Contemporáneo” Libros CLIE; 1973, Pág. 43

[6] A. Detmers “Calvino como persona”; Pág. 7-8 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

[7] Última voluntad de Calvino (25 de abril 1564), Cartas de Juan Calvino, Pág. 29

[8] Cartas de Lutero, Domingo, víspera de san Simón y san Judas, 1527.Pág. 43

[9] Cartas de Lutero, Domingo, víspera de san Simón y san Judas, 1527.Pág. 44

[10] Cartas de Lutero, después de la navidad de Cristo, 1527.Pág. 47

[11] Martín Lutero, “Charlas de Sobremesa”, Pág. 3

[12] Lutero, “Charlas de Sobremesa” Pág. 3

[13] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 4 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 5

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7. Relaciones Matrimoniales

Es bien conocido el hecho de que ambos contrajeron nupcias, a esto debemos agregar que se casaron a edades más o menos avanzadas para los estándares de su época, en pleno desarrollo de su ministerios y que para ambos fue un motivo de gratitud a Dios por la gran ayuda y apoyo que encontraron en sus esposas.

Se cuenta que Lutero tardó muchos años en decidirse a contraer matrimonio, y no porque le fuese difícil encontrar una mujer a su gusto, sino quizás porque el fraile o el espíritu monacal seguía viviendo dentro de él aun después de haber abandonado la Iglesia y quemado públicamente todas las leyes canónicas. En mayo o a principios de junio de 1525 se conoció en el círculo íntimo de Lutero su intención de casarse con Catalina. Cuando le faltaban cinco meses para cumplir los cuarenta y dos años, optó por el casamiento. Para evitar cualquier objeción por parte de sus amigos, actuó rápidamente: en la mañana del martes 13 de junio de 1525 se casó legalmente con Catalina, a quien afectuosamente llamaba “Katy”. En las “Charlas de Sobremesa” comenta el mismo Lutero sobre el proceso:

Hablaba el doctor Martín de su compromiso matrimonial y decía: Si hace trece años me hubiera decidido a casarme, habría tomado por esposa a Ave Schónfeldin, que ahora lo es del doctor Basilio, médico en Prusia. No estaba en aquel entonces enamorado de mi Kethe, porque me daba la sensación de ser orgullosa y engreída. Plugo a Dios que me apiadase de ella, y gracias a él, la cosa ha salido bien, porque tengo una mujer piadosa y fiel, en la que puede descansar el corazón del marido, como dice Salomón[1]

Una señal de la alegría que su matrimonio le brindaba se dió cuando en 1526 Lucas Cranach hizo el retrato de Catalina de Bora, su marido Martín lo colgó en la pared del comedor, donde continuamente lo contemplaba lo cual confirmó con las siguientes declaraciones:

Me ha tocado un felicísimo matrimonio por la gracia de Dios. Tengo una mujer fiel, según las palabras de Salomón: Confidit in eam cor viri sui. Ella no me traiciona. ¡Ah, Señor Dios mío! El matrimonio no es una cosa puramente material y física, sino que es un don de Dios, una vida dulcísima; más aún, castísima por encima de todo celibato. Pero, cuando cae mal, es un infierno”

En el caso de Calvino podemos notar varias coincidencias. El 19 de mayo de 1539, Calvino escribiendo a Farel comenta lo siguiente sobre su visión respecto a las relaciones amorosas:

No me considero uno de esos locos enamoradizos que lo olvidan todo cuando ven una cara bonita… la única hermosura que me llama la atención es una mujer que sea amable, casta, sencilla, buena ama de casa, paciente y que se ocupe exclusivamente a atender a su marido[3]

En 1539, a sus 30 años, y luego de rechazar a varias candidatas Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Sobre su matrimonio uno de sus discípulos,  Teodoro Beza nos cuenta lo siguiente:

Todavía no ha nacido el hombre que pudiera atreverse a inculparlo de aquello que se habló [acusaciones de inmoralidad]… Él vivió nueve años en intachable matrimonio. Luego del fallecimiento de su esposa vivió 16 años en viudez hasta su muerte… ¿Quién podría ser un enemigo más firme de toda forma de adulterio que él? Es cierto que en este respecto el Señor lo puso a prueba duramente, a saber, en las personas que estuvieron cerca suyo[4]

 8. Tragedias Familiares

Así como la alegría de la amistad y la calidez de la vida familiar visitó a los reformadores también lo hicieron las tragedias en sus núcleos familiares, como lo pudimos adelantar a partir de la cita anterior. Estas tragedias tuvieron un profundo impacto en las vidas de ambos.

 Los Lutero tuvieron tres hijos y tres hijas, su crianza no estuvo exenta de preocupaciones debido a las varias plagas que amenazaron su salud y lamentablemente dos de sus hijas fallecieron a temprana edad:

  • Johannes[5] Vivió 49 años y durante su infancia sufrió los efectos de la peste según lo que su mismo padre relata: “Mi Hánschen[6] hace ya ocho días que está enfermo con un mal incierto, que yo sospecho que es el que nos azota, aunque crean y digan que es debido a la dentición. No ha fallecido nadie en los dos últimos días después que murió la mujer del capellán. Quiera Cristo que la peste esté ya acabándose[7]
  • Elizabeth[8]. Su temprana muerte a los ocho meses de edad afectó mucho a su padre: “Ha fallecido mi hija Isabelita. Ha dejado mi corazón enfermo, como el de una mujer, que hasta tal punto me ha herido el dolor. Nunca hubiera sospechado antes cómo ablandan los hijos el corazón de los padres. Ruega a Dios por mí y quédate con él[9].
  • Magdalena[10]: La tragedia vuelve a la casa de los Lutero pues a los 13 años la segunda hija muerte en los brazos de su padre, este episodio fue muy duro para sus padres. Escribe Lutero:

Me imagino que habrá llegado a tus oídos la noticia de que mi queridísima Magdalena ha renacido para el reino eterno de Cristo. Es cierto que tanto yo como mi mujer deberíamos estar agradecidos y contentos por este feliz tránsito y por el fin bienaventurado que la ha puesto a salvo del poder de la carne, del mundo, del turco y del diablo; pero es tan grande la fuerza de la ternura, que no podemos librarnos de los sollozos, de los gemidos y de una sensación como de muerte. Están tan fijos aún en lo hondo del corazón el semblante, las palabras, los gestos de esta hija tan respetuosa y obediente, mientras vivía y agonizaba, que ni siquiera el pensar en la muerte de Cristo (en cuya comparación nada significan las demás) puede borrar esta impresión[11].

  • Luego nacieron: Martín[12]; Paul[13] y Margaretha[14], de los cuales sólo Paul vivió una vida más longeva de 60 años, sus hermanos fallecieron relativamente jóvenes.

En la casa de los Calvino, la conformación familiar desde un inicio fue diferente pues Idelette de Bure, la esposa de Calvino, tenía un hijo de su primer matrimonio (cuyo nombre se desconoce) y una hija llamada Judith. Calvino se preocupó de la hija como su verdadero padre, el hijo mayor de Idelette se había quedado en Alemania, sin embargo, gracias a los esfuerzos de Calvino logró llevarlo a Ginebra.

El único hijo en común de la pareja, Jacques, sólo vivió unos pocos días. Desde su nacimiento y muerte en agosto en 1542, la salud de Idelette se vio afectada y no pudo volver a recuperarse por completo de los problemas de salud que le acarreó el alumbramiento. Calvino aceptó la muerte de su hijo como expresión de la voluntad de Dios: “El Señor me dio un hijo, pero pronto se lo llevó. Se reconoce esto entre mis desgracias, que no tenga hijos. Tengo miríadas de hijos a lo largo del mundo cristiano[15]”.

Pero Idelette sufrió una serie de enfermedades y murió siete en el año 1549 de una “enfermedad del sueño”[16]. Este hecho está documentado brevemente en correspondencia que Calvino mantuvo con Pierre Viret y Jean Sturm en aquel año[17]. Luego del fallecimiento de su querida esposa, Calvino se volcó de lleno en el trabajo para olvidar el dolor de esta pérdida. Él mismo señaló que:

Perdí la mejor compañera de vida, una persona que de haber llegado a tal punto no sólo me habría acompañado gustosamente en el exilio y la pobreza, sino hasta la muerte. Mientras vivía fue una fiel ayudante en mi ministerio, jamás me importunó con sus problemas, nunca temió o se preocupó de sí misma

A pesar de su profundo dolor, reflexionando sobre los sufrimientos Calvino comenta:

El apóstol declara que Dios tiene destinado este fin a Sus hijos: que sean conformados con Cristo. De este hecho surge una singular consolación que consiste en que, soportando toda suerte de desdichas y desventuras a las que nosotros llamamos adversidad y mal, participamos en la cruz de Cristo… Cuanto más nos sintamos afligidos por la miseria, más es confirmada nuestra aproximación con Cristo[19].

[1] Martín Lutero “Charlas de Sobremesa” Pág. 6

[2] Ricardo García-villoslada “Martin Lutero el fraile Hambriento de Dios” Biblioteca Autores Cristianos, Pág. 175

[3] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 7 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[4] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 2 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[5] Nacimiento: el 7 de junio de 1526; Fallecimiento: 1575

[6] Hánschen, el hijo mayor de Lutero (ver carta 33).

[7] Cartas de Lutero, 1527, lunes después de todos los santos, Pág. 45

[8] Nacida el 10 de diciembre de 1527, murió prematuramente el 3 de agosto de 1528.

[9] Cartas de Lutero, Wittenberg, 5 agosto 1528.Pág. 48

[10] Magdalena Luther, nacida en 4 mayo 1529 y muerta el 20 septiembre del 1542.

[11] Cartas de Lutero, Al preclarísimo señor Justus Jonas, Sábado después de Mateo, 1542, Pág. 65

[12] Martín hijo, nacido el 9 de noviembre de 1531, estudió Teología pero nunca tuvo un llamado pastoral regular antes de su muerte en 1565.

[13] Paul, nacido el 28 de enero de 1533, fue médico, padre de seis hijos y murió el 8 de marzo de 1593 [60 años], continuando la línea masculina de la familia de Lutero mediante Juan Ernesto, que se extinguiría en 1759.

[14] Margaretha, nacida el 17 de diciembre de 1534, casada con el noble prusiano George von Kunheim, pero falleció en 1570 a la edad de 36 años; es el único linaje de Lutero que se mantiene hasta la actualidad.

[15] Chapman, William. “Idelette de Calvino”.  (1884). En: http://www.contra-mundum.org/castellano/chapman/Idelette.pdf

[16] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 8 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[17] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 2 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[18] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 9 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[19] Juan Calvino, “Institución de la Religión Cristiana”, Tomo III, viii, 1

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

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Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 4

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5. Amistades Complementarias

Además de su círculo amplio de amistades ambos fueron protagonistas de amistades muy profundas y significativas. Un autor aplicó el concepto de simbiosis para la relación entre Lutero y Mellanchton[1], y en este sentido la definición aporta mucho pues la simbiosis es una:  “Asociación íntima de organismos de especies diferentes para beneficiarse mutuamente en su desarrollo vital”. Esta definición refleja de manera excelente los casos los amigos anteriormente mencionados como así también para Calvino y Farel.

  • Caso Martín Lutero / Felipe Melanchton: Sobre esta se ha dicho que: “La simbiótica unión entre Lutero y Melanchton y, por lo tanto, entre el nuevo movimiento de la Reforma y el Humanismo, iba a poner de manifiesto la importancia de ambos. Lutero se benefició sobre todo del conocimiento de Melanchton de las lenguas antiguas y bíblicas — sus traducciones del Nuevo Testamento (1522) y del Antiguo (1534), grandes acontecimientos en la historia de la lengua alemana, probablemente no habrían sido posibles sin la ayuda de Melanchton, al menos no en la forma en que las conocemos ahora — mientras que Melanchton logró, con la ayuda de Lutero, penetrar en las más recónditas profundidades teológicas y poner sus recién adquiridos conocimientos al servicio del movimiento de la Reforma[2].

En tanto, Lutero mismo se refiere a su amistad a través de las siguientes palabras: “Soy rudo, vocinglero, tormentoso y completamente belicoso… Mi tarea es quitar los troncos y piedras, cortar la maleza y las zarzas, y limpiar los bosques salvajes, y el maestro Felipe viene después suave y gentilmente, sembrando y regando con gozo, según los dones que Dios abundantemente le ha dado

  • Caso Juan Calvino / Guillermo Farel: Repitiendo el patrón anterior, y evidentemente gracias a la acción de la Providencia, tenemos otra notable asociación la cual tiene su dramático inicio durante el inicialmente breve paso de Calvino por Ginebra. El cual se verá alterado por la siguiente escena: “Sentado en una silla, se encontraba el otro hombre, mas joven, delgado y pálido, con ojos penetrantes que sobresalían de su rostro barbudo; movía la cabeza y levantaba las manos para interrumpir. Cuando encontró un hueco en el torrente de palabras del otro, el joven protestó diciendo que no podía hacerlo. “No es para mi -dijo- soy tímido y vergonzoso. Odio el meterme en problemas. Por otra parte caigo enfermo muy a menudo. Mi lugar está en los estudios. Soy hombre de libros y escritos. ¿Cómo puedo atarme a una iglesia, si quiero servirlas a todas? No puede pedir esto de mi. En el nombre del Señor tenga piedad de mi y déjenle servir a Dios de otra forma. La candela encima de la mesa se consumía lentamente. Ambos personajes seguían discutiendo. Finalmente el mas anciano, señalando con el dedo al cielo rugió con voz de trueno: Te digo, en nombre del Dios todopoderoso, que si solamente te ocupas de tus estudios, y no nos ayudas a llevar a cabo la obra de Dios. El te maldecirá, porque estarás buscando tu propia gloria y no la de Cristo[4]

Luego de tan tremenda reconvención Calvino se queda por varios años en Ginebra en donde cuenta con el apoyo de Farel, tanto así que para resumir de manera gráfica, a Calvino junto con sus dos amigos y compañeros reformadores Farel y Viret se les llamaba en Ginebra medio en broma y medio sarcásticamente “trípode” (le trepied), en comparación a un taburete que con sus tres patas se mantiene estable, pero que se vuelca al quebrarse una de ellas[5].

6. Preocupación por la Música:

Como podemos notar, ambos reformadores no se abstraían de asuntos de la vida cotidiana como la amistad, en este mismo sentido hemos encontrado un área que debido a la diferencia en las personalidades de ambos hubiera parecido poco probable, sin embargo ambos valoraron el aporte de la música en sus vidas y congregaciones.

La relación de Lutero con la música fue más intensa, se dice que fue un apasionado admirador de la música. Se dice que de niño poseía una bella voz y se ganaba la vida como “kurrende-singer”, es decir, cantaba en las calles frente a las casas de los ricos burgueses quienes recompensaban estos servicios. Más tarde, ayudado financieramente por la viuda Cotta de Eisenach, amplió sus conocimientos musicales con el estudio de teoría y el aprendizaje de la flauta y el laúd[6].

Se puede inferir que era un buen conocedor de la música, gustaba de ella y conocía el arte de la composición. Además ejecutaba el laúd, admiraba el canto gregoriano y apreciaba los motetes católicos de famosos compositores. Por otro lado, conocía diversas melodías populares, muchas de las cuales se convirtieron en cánticos de contenido religioso[7].

En una carta de 1530, declara:

“…Sólo después de la teología, la música produce lo que la teología, al margen de ella, es única en producir: a saber, un alma tranquila y alegre, y es evidentemente por esta razón que el Diablo, causante de tristes preocupaciones, de turbaciones o inquietudes, huye al oír la música como huye ante la voz de la teología. De ahí que los profetas no usaran otro arte que la música para expresar su teología. Ni la geometría, ni la aritmética, ni la astronomía, sino la música. De esta forma, teología y música se encuentran íntimamente unidas y con ello nos anuncian la Verdad por salmos y cánticos[8]

En tanto, en Francia Calvino o destierra del todo la música como lo hizo Zwinglio; aunque también modfica radicalmente las formas del servicio religioso de su época. Reemplaza el latín por la lengua nacional, conserva de la Misa solamente el Kyrie y el Gloria (Misa Brevis), no es muy tolerante con cantos corales ni música figural, aleja el órgano y permite solamente el canto en su forma más sencilla, a una voz. Fue así como nació el salterio hugonote, obra de Clément Marot y Thedor Beza[9]. En 1539 editó en Estrasburgo una colección, que después se difundió en Ginebra. Comprendía como la versión española actual, sólo diecinueve Salmos, el canto de Simeón, los Diez Mandamientos y el Símbolo o Credo Apostólico, todos ellos en verso[10].

Hasta aquí hemos examinado los aspectos coincidentes del perfil público de los reformadores. A lo largo de los siguientes cuatro puntos examinaremos la esfera más privada de ambos donde nos encontraremos con similitudes gozosas y trágicas de las cuales podemos sacar valiosas lecciones de vida.

 

[1] Del gr. συμβίωσις symbíōsis ‘vida en común’, de συν- syn- ‘sin-1‘ y βίωσις bíōsis ‘modo de vivir’.

[2] Horst F. Rupp “Philipp Melanchton (1497-1560)” Perspectivas: revista trimestral de educación comparada (París. UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXVI, n° 3, septiembre 1996, Pág. 4 en: http://www.ibe.unesco.org/sites/default/files/melanchs.pdf

[3] Citado por H. H. Lentz, “Reformation Crossroads: A Comparison the Theology Luther and Melanchthon” Minneapolis, 1958, Pág. 2

[4] Van Hanselma, Tea. “Así fue Calvino”, Zondervan Publishing House, Gran Rapids, Michigan, Pág.91

[5] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 5 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

[6] María Cristina Prochell A. “El Protestantismo, su música y músicos” Revista Musical Chilena, Pág. 43 en: http://www.revistamusicalchilena.uchile.cl/index.php/RMCH/article/viewFile/16080/1659

[7] Jerónimo Granados “Martín Lutero y la Música” Cuadernos de Teología, Vol XXVI, 2007, Pág. 131

[8] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A., Barcelona, 1988, Pág. 9

[9] María Cristina Prochell A. “El Protestantismo, su música y músicos” Revista Musical Chilena, Pág. 42 en: http://www.revistamusicalchilena.uchile.cl/index.php/RMCH/article/viewFile/16080/16595

[10] José de Segovia “Calvino y la Música de los Salmos” Boletín del Jubileo de Juan Calvino 2009

Núm. 10-11 | México, D.F.-Barcelona, España | septiembre-octubre de 2009 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/Materialpool/Boletin10-11JubileoJuanCalvino.pdf

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Un evangelio por el que vale la pena morir

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“Para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24).

Pablo dice que, en comparación con su gran objetivo de predicar el evangelio, no estimaba su vida como algo a qué aferrarse; no obstante, estamos seguros de que Pablo consideraba valiosa su vida.

Amaba la vida, igual que los demás, y asimismo sabía que su propia vida era de gran valor para las iglesias y para la causa de Cristo. En otro lugar dijo: “Pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros” (Fil. 1:24). No estaba cansado de la vida, ni era alguien que apreciaba tan poco su vida que podía desperdiciarla como si fuera una broma. Valoraba la vida, pues estimaba el tiempo, que es aquello de lo que está hecha la
vida, y rendía cuentas de cada día y hora, “aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:16). Aun así, les dijo seriamente a los ancianos de la iglesia en Éfeso que no consideraba que su vida fuera de tanto valor en comparación con el testificar el evangelio de la gracia de Dios. Según el versículo que acabamos de citar, el Apóstol consideraba la vida como una carrera que tenía que ser corrida. Ahora bien, cuanto más rápido se corre una carrera, mejor; ciertamente, la distancia no es el objetivo que se debe tener en cuenta. El único pensamiento que domina al corredor es cómo puede alcanzar la  meta lo más rápido posible. No le importa el suelo debajo de sus pies, no le importa el curso de la carrera excepto en lo que se refiere a la manera como tiene que correr para llegar al final deseado. Así fue la vida para Pablo. Todas las energías de su espíritu estaban consagradas a la búsqueda de un objetivo: que en todas partes pudiera testificar del evangelio de la gracia de Dios, y que valoraba la vida que vivía aquí en la tierra únicamente como un medio a ese fin. También consideraba el evangelio y su ministerio de testificar de él como un depósito sagrado que le había sido encargado por el Señor mismo. Se veía a sí mismo como alguien a quien se le había confiado el evangelio (1 Tes. 2:4), y resolvió ser fiel aunque le costara la vida… En su mente, veía al Salvador tomar en sus manos, que habían sido atravesadas por los clavos, la caja inapreciable que contiene la joya celestial de la gracia de Dios, y diciéndole: “Te he redimido con mi sangre, te he llamado por tu nombre, y ahora pongo en tus manos este objeto de valor inapreciable y te encargo que lo cuides y lo guardes aun con tu propia sangre. Te envío para que vayas a todas partes en mi lugar, y hagas conocer a todos los pueblos debajo del cielo el
evangelio de la gracia de Dios”. Todos los creyentes tienen un encargo similar. Ninguno de nosotros ha sido llamado al apostolado, y quizá no hayamos sido llamados a predicar en público la Palabra de Dios, pero todos hemos sido encomendados a ser valientes en pro de la verdad sobre esta tierra y a contender dedicadamente por la fe que otrora fuera entregada a los santos. ¡Oh, hagamos esto en el espíritu del Apóstol de los
gentiles! Como creyentes todos somos llamados a alguna forma de ministerio. Esto debe hacer de nuestra vida una carrera y causar que nos consideremos guardianes del evangelio, de igual forma como el que lleva el estandarte de un regimiento se considera comprometido a sacrificar todo por su preservación…

C.H Spurgeon10

¿Cuál era este evangelio por el cual Pablo estaba dispuesto a morir? No todo lo que se denomina “evangelio” produce tal entusiasmo… tenemos evangelios en la actualidad por el cual no moriría ni recomendaría que ninguno de ustedes viviera por él, ya que son evangelios que desaparecerán en pocos años. Nunca vale la pena morir por una doctrina
que por sí misma morirá. He vivido lo suficiente como para ver surgir, florecer y decaer a media docena de nuevos evangelios. Hace mucho tiempo me dijeron que mi antigua doctrina calvinista era anticuada y que ya había sido desmentida. Después, escuché decir que la enseñanza evangélica en cualquiera de sus formas era cosa del pasado, para ser
suplantada por el “pensamiento avanzado”…

Pero antes había en el mundo un evangelio que consistía de verdades que los cristianos nunca cuestionaban. Antes había en la iglesia un evangelio que los creyentes abrazaban cerca de sus corazones como si fuera la vida de su alma. Antes había en el mundo un evangelio que generaba entusiasmo y requería sacrificio. Decenas de miles se juntaban
para escuchar este evangelio aunque significaba poner en peligro sus vidas. Los hombres lo han proclamado a los tiranos, han sufrido la pérdida de todo lo que poseían e ido a la cárcel y a la muerte por él, cantando salmos todo el tiempo. ¿Queda algo todavía de tal evangelio? ¿O hemos llegado a un punto ilusorio, donde las almas permanecen hambrientas porque viven de suposiciones y se tornan incapaces de sentir confianza o ardor? ¿Son ahora los discípulos de Jesús alimentados con “pensamientos” banales y cosas imaginarias, que llevan a los hombres a ser obstinados y arrogantes? ¡No! En cambio, volvamos a la carne sustancial de la revelación infalible y clamemos al Espíritu Santo que nos alimente de su propia Palabra inspirada.

¿Cuál es este evangelio que Pablo valoraba más que a su propia vida? Él lo llamó “el evangelio de la gracia de Dios”. Lo que tuvo más fuerte impacto sobre el Apóstol con respecto al evangelio fue que era un mensaje de gracia y solo de gracia. Entre la música de las buenas nuevas, se destacaba una nota sobre todas las demás y ésta cautivó al Apóstol. Esa nota era gracia, la gracia de Dios. Él consideraba esa nota como una
característica de toda la melodía: el evangelio era “el evangelio de la gracia de Dios”. En estos días, se escucha con poca frecuencia la palabra gracia: se nos habla de deberes morales, de adaptaciones a la ciencia y del progreso humano; pero, ¿quién nos cuenta de “la gracia de Dios” excepto unos pocos anticuados que pronto ya no estarán? Siendo yo uno de esos anticuados… trataré de explicar esta palabra gracia, para que se gocen los
que conocen su alegre sonido, y los que la detestan se arrepientan.

C.H Spurgeon11
Gracia es la esencia del evangelio. ¡La gracia es la única esperanza para este mundo caído! ¡La gracia es el único consuelo de los santos que esperan la gloria con anticipación!  Es posible que Pablo tuviera una idea más clara de la gracia que aun Pedro, Santiago o Juan, y por ende habla mucho más de ella en el Nuevo Testamento. Los otros escritores
apostólicos sobrepasaban a Pablo en algunos aspectos, pero Pablo con respecto a su profundidad y claridad en lo que concierne a la doctrina de la gracia, ocupaba el primer y más importante lugar. Necesitamos otra vez a Pablo, o al menos el evangelismo paulino y su firmeza. Daría por tierra muy pronto con los nuevos evangelios y diría de los que los siguen: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la
gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo” (Gál. 1:6-7).

Trataré de explicar brevemente cómo el evangelio es las buenas nuevas de gracia: El evangelio es el anuncio de que Dios está preparado para enfrentarse con el hombre culpable sobre la base de su favor gratuito y por pura misericordia. No habría buenas nuevas en decir que Dios es justo; porque, en primer lugar, esa no es una novedad. Ya sabemos que Dios es justo; la conciencia natural le enseña esto al hombre. Que Dios
castigará el pecado y recompensará la rectitud y justicia no es tampoco nada nuevo. Si fuera una noticia, no sería una buena noticia; porque todos hemos pecado, y sobre la base de su justicia tenemos que perecer. Pero es noticia, y noticia de la mejor clase, que el Juez de todos está preparado para perdonar las transgresiones y justificar al impío. Para el pecador es una buena nueva el que el Señor borrará el pecado, lo cubrirá de justicia, y lo recibirá como suyo, y que no es por nada que el pecador haya hecho,
sino por su gracia soberana. Todos, sin excepción, somos culpables, y todos merecemos ser condenados por nuestros pecados; no obstante, Dios está listo para librarnos de la maldición de su Ley y, como un acto de pura misericordia, darnos cuanta bendición le corresponde al hombre justificado. Este es el mensaje por el cual vale la pena morir: ¡que por el pacto de gracia, Dios puede ser justo, y aun así ser el Justificador de aquel que cree en Jesús; que puede ser el Juez justo del hombre, y aun así los hombres que creen pueden ser justificados gratuitamente por su gracia a través de la redención que es en Cristo Jesús! Que Dios es misericordioso y lleno de gracia y está listo para bendecir al más indigno es una noticia maravillosa, la cual merece que el hombre tenga cien vidas para contarla.

Mi corazón salta de gozo cuando lo anuncio en este auditorio y cuando le digo al penitente, al desanimado y al desesperado, que aunque sus pecados merecen el infierno, la gracia les puede dar el cielo y hacerlos aptos para él, y que es un acto soberano de amor, totalmente independiente del carácter de ellos o de lo que merecen. Porque el Señor ha dicho: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Rom. 9:15), hay esperanza para el más desesperanzado. Dado que “no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Rom. 9:16), hay una puerta abierta de esperanza para aquellos que de otra manera perderían toda esperanza… ¡Ah, Pablo, puedo comprender tu entusiasmo sagrado ante una revelación como la gracia ofrecida sin merecerla! Puedo comprender
tu disposición de dar tu vida a fin de contar a tus hermanos pecadores que la gracia reina a través de la justicia para obtener la vida eterna.

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Pero el evangelio nos dice mucho más que esto, principalmente, que a fin de tratar con el hombre sobre la base de su favor inmerecido, Dios el Padre ha quitado el gran obstáculo que había en el camino de la misericordia. Dios es justo, ésta es una verdad innegable, la conciencia del hombre sabe que lo es, y la conciencia del hombre nunca estará tranquila
a menos que pueda ver que la justicia de Dios es vindicada. Por lo tanto, a fin de que Dios pueda actuar con justicia y por pura misericordia hacia los hombres, dio a su Hijo unigénito, a fin de que por medio de su muerte, la Ley fuera cumplida, y pudieran mantenerse los principios eternos de su gobierno. Jesús fue nombrado para tomar el lugar del hombre, para cargar con los pecados del hombre y sufrir el castigo por la culpabilidad del hombre. ¡Con qué claridad declara esto Isaías en su capítulo cincuenta y
tres! El hombre es ahora salvo sin sombra de dudas, porque el mandamiento no ha sido dejado a un lado, ni se ha revocado la pena. Todo lo que hubiera exigido la ley más dura ha sido cumplido y sufrido, y aún así las manos de la gracia se han desatado para repartir el perdón a quien le plazca. El deudor queda en libertad, porque la deuda ha sido pagada. Vean al Salvador moribundo, y escuchen decir al profeta: “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5). También aquí, todo es por gracia. Hermanos, fue la gracia por parte de Dios decidir, concebir y aceptar una expiación, y especialmente brindar esa expiación a su propio costo.
¡He aquí la maravilla! ¡Aquel quien fue ofendido proporciona la reconciliación! Tenía un solo Hijo, y a fin de evitar cualquier obstáculo para hacer frente a los hombres sobre la base de la gracia pura, tomó a ese Hijo de su regazo, y le permitió asumir nuestra débil naturaleza, y estando en esa naturaleza, le permitió morir, el justo por los injustos para
acercarnos a Dios… “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). Éste, pues, es el evangelio de la gracia de Dios: que Dios puede, sin ser injusto, tratar al hombre con absoluta misericordia, totalmente aparte de sus pecados o sus méritos, porque sus pecados le fueron cargados a Jesucristo, su Hijo amado, quien pagó totalmente el castigo, satisfaciendo así la justicia divina, de modo que Dios es glorioso en santidad y no obstante rico en misericordia. Ah, Pablo querido, aquí sí hay algo que merece ser predicado.

A fin de cumplir los designios de la gracia, además fue necesario que el mensaje del evangelio se anunciara lleno de promesa, aliento y bendición. En verdad, ese es el mensaje que nos ha sido entregado, porque ese evangelio que predicamos hoy está lleno de gracia hasta rebosar. Nos habla sabiamente: Pecador, tal como eres, vuélvete al Señor y él te recibirá, por su gracia y amor, sin costo alguno. Dios ha dicho: “Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Heb. 8:12). Por lo que Cristo hizo, y no por ninguna agonía, lágrima o sufrimiento de tu parte, te quitará tus pecados y los echará tan lejos como el este está del oeste (Sal. 103:12). Dijo: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isa. 1:18). Puedes venir a Jesús tal como eres, y él te otorgará el perdón completo en cuanto creas en él. El Señor dice hoy: “No mires en tu interior, como si buscaras allí algún mérito, en cambio, mírame a mí, y sé salvo. Te bendeciré no por ningún mérito tuyo, sino por la expiación de Cristo a Jesús”. Dice: “No mires en tu interior, como si buscaras allí fuerza para una vida futura: Yo soy tu fuerza al igual que tu salvación; porque cuando estabas sin fuerzas, en el momento preciso, Cristo murió por el impío”… El mensaje del evangelio es de gracia porque va dirigido a aquel cuyo único clamor es su necesidad. Los sanos no necesitan del médico, pero los enfermos sí. Cristo no vino a llamar a los justos sino a los pecadores al arrepentimiento. Ven, pues, tú que estás moralmente enfermo; tú que sufres la lepra del pecado; ven y sé bienvenido, porque para ti es el evangelio gratuito proclamado por autoridad divina.

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Indudablemente un mensaje como éste vale la pena el trabajo de extenderlo, y es tan bendecido, tan divino, que bien vale la pena derramar nuestra sangre para proclamarlo.
Además, hermanos, a fin de que la bendición de este evangelio sea accesible a los hombres, la gracia de Dios ha adoptado un método apropiado a nuestra condición. “¿Cómo puedo ser perdonado?”, pregunta uno. “¡Dime la verdad de inmediato!” “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hech. 16:31). Dios no nos pide buenas obras, ni buenos sentimientos, sino que estemos dispuestos a aceptar lo que nos da
tan gratuitamente. Salva en el momento que creemos. Esto es la fe: creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que podemos entregarnos confiadamente a él: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Si crees, serás salvo. La salvación “es por fe, para que sea por gracia, a fin de
que la promesa sea firme para toda su descendencia” (Rom. 4:16). ¿Dices: “Pero la fe misma parece estar fuera de mi alcance”? El evangelio de la gracia de Dios nos dice que aun la fe es un don de Dios y que él la da a los hombres por medio de su Espíritu Santo.

Porque separado de ese espíritu, el hombre está muerto en sus transgresiones y pecados. ¡Oh, qué gracia es ésta! ¡La fe que se ordena es también conferida! “Pero”, dirán algunos, “si yo creyera en Cristo y mis pecados del pasado fueran perdonados, aun así tendría miedo de volver a pecar, porque me faltan las fuerzas para asegurar lo que haría en el futuro”. ¡Escucha! El evangelio de la gracia de Dios es éste: que él te mantendrá a salvo hasta el final, él mantendrá encendido dentro de ti el fuego que él mismo enciende; porque dice “doy vida eterna a mis ovejas”. Y dice también “el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14). Las ovejas de Cristo nunca perecerán, ni tampoco serán arrebatadas de las manos de Cristo. ¿Oyes esto, tú que eres culpable, tú que no tienes ningún derecho a la gracia de Dios? Su gracia es
para ti, hasta para ti. Y si estás dispuesto a recibirla, eres este día un hombre salvo, y salvo para siempre sin sombra de duda. Vuelvo a repetirlo: éste es un evangelio que vale la pena predicar, que puedo comprender por qué Pablo dijo: “ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”…  ¿Estás dispuesto a aceptar el camino y el método de la gracia? Te pondré a prueba. Algunos piensan que aman algo y sin embargo no es así, pues se han equivocado. ¿Comprendes que no tienes derecho a reclamar nada de Dios? Él dice: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Rom. 9:15). Cuando se trata estrictamente de la gracia, nadie puede acercarse exigiendo sus derechos.

De hecho, no existe un reclamo. Si es por gracia, no se debe nada, y si es una deuda, no es por gracia. Si Dios desea salvar a un hombre, y deja a otro morir en sus propios pecados caprichosos, el primero no puede atreverse a disputar con Dios. Si lo hace, la respuesta es: “¿Acaso no puedo hacer lo que me plazca con los míos?” ¡Oh, pero ahora parece como
si te arrepintieras de ello! ¿Sabes? Tu orgullo se rebela contra la soberanía de la gracia. Permíteme hacerte otra vez la invitación. Aunque no tienes ningún derecho, existe otra verdad que te favorece; porque además, no hay ningún impedimento para obtener misericordia. Si no se necesita ningún tipo de bondad para ser recomendado ante Dios, ya que todo lo que él hace es estrictamente por misericordia, entonces tampoco hay nada tan malo que te pueda negar ese favor. Por más culpable que seas, Dios puede mostrarte misericordia. En otros casos ha llamado al más grande de los pecadores: ¿por qué no también en tu caso? Sea como fuere, ningún pecado, por más grave que sea, ninguna continuación en el pecado,  ninguna extensión del pecado, puede ser razón por la cual no te confiera su gracia; porque si es pura gracia y nada más que la gracia lo que ha de
transformar al transgresor más manchado de pecado, éste puede ser salvo.

En este caso, hay lugar para que la gracia manifieste su grandeza. He oído a los hombres hacer excusas basadas en la doctrina de la elección, y han dicho: “¿Qué si yo no soy escogido?” Me parece más sabio decir: “¿Qué si soy escogido?” Sí, soy escogido si creo en Jesús, porque nunca ha existido todavía un alma que ha aceptado la expiación de Cristo que no haya sido escogida por Dios desde antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4). Este es el evangelio de la gracia de Dios y sé que conmueve el corazón de muchos de ustedes. Me conmueve el alma pensar que la gracia de mi Señor es desde toda la eternidad, una gracia que es constante en su elección y será constante a ella cuando todas estas cosas visibles desaparezcan como chispas que vuelan de la chimenea. Mi corazón se alegra tener que predicar acerca de la gracia ofrecida libremente y del amor… ¡Hay algo en un evangelio de gracia que vale la pena predicar, que vale la pena escuchar, por el cual vale la pena vivir y por el cual vale la pena morir!

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Mi amigo, si el evangelio no ha hecho nada por ti, calla o no hables en su contra. Pero si el evangelio ha hecho por ti lo que hace por algunos de nosotros: si ha cambiado tu vida, si te ha levantado del estiércol y hecho sentar en un trono, si es hoy tu comida y tu bebida, si para tu vida es el propio centro del sol, entonces sé testigo constante de ello. Si el evangelio ha llegado a ser para ti lo que es para mí, la luz de lo más profundo de mi
corazón, el centro de mi ser, entonces, cuéntalo, cuéntalo dondequiera que vayas, y haz saber a los hombres que aun si lo rechazan, para ti es el poder para salvación y que será lo mismo para cada aquel que cree. Se me acaba el tiempo, pero debo demorarlos un minuto más para recordarles las razones por las cuales, mis hermanos, debemos vivir para dar a conocer el evangelio de la gracia de Dios:

Primero, porque, después de todo es el único evangelio en el mundo. Estos evangelios que brotan como hongos por una hora, que vienen y van como un periódico diario, que tienen su día y luego se descartan, no tienen derecho a la consagración del hombre… Pero para escuchar el evangelio de la gracia de Dios vale la pena caminar muchas leguas, y su fuera explicado claramente en todas nuestras iglesias y capillas les aseguro que veríamos menos bancos vacíos: la gente vendría y lo escucharía, porque siempre lo ha hecho. Es el evangelio sin gracia que hace morir de hambre a las manadas hasta que por fin se apartan… El hombre quiere algo que le alegre el corazón en medio de su labor y le dé esperanza bajo convicción de pecado. Así como el sediento necesita agua, necesita el
hombre el evangelio de la gracia de Dios. Y no hay dos evangelios en el mundo así como no hay dos soles en el cielo que alumbran la tierra. Hay una sola atmósfera para que respiremos y un solo evangelio por el cual vivir…

Hazlo, también, porque es para la gloria de Dios. ¿No te das cuenta cómo el evangelio glorifica a Dios? Rebaja al pecador, hace que el hombre no sea nadie, en cambio, Dios es todo en todo. Coloca a Dios en un trono y arrastra al hombre en el polvo; y luego dulcemente lo guía a adorar y reverenciar al Dios de toda gracia, quien pasa por alto la transgresión, la iniquidad y el pecado.  Por lo tanto, propágalo. Hazlo porque así glorificarás a Cristo. ¡Oh, si Cristo subiera a esta plataforma esta mañana, con cuánta alegría lo recibiríamos! ¡Con cuánta devoción lo adoraríamos! Si solo viéramos esa
sien, esa preciada sien majestuosa, ¿no nos inclinaríamos para adorarlo? Y si nos hablara y dijera: “Amados míos, les he encargado a ustedes el evangelio. ¡Sean fieles a él tal como lo recibieron! No se dejen llevar por las nociones e invenciones de los hombres, sino que manténganse fieles a la verdad que han recibido; y vayan y hablen de mi Palabra, porque tengo otras ovejas que todavía no son de mi redil, y tienen que ser rescatadas. ¡Y
ustedes tienen hermanos que todavía son pródigos, y tienen que volver a casa!” Digo que si él los mirara a cada uno en la cara y les dijera eso, el alma de cada uno respondería: “¡Señor, viviré para ti! ¡Haré que te conozcan! Moriré por ti, si es necesario, para anunciar el evangelio de Jesucristo.”

De un sermón predicado el Día del Señor por la mañana, el 12 de agosto, 1883, en Exeter Hall.

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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista influyente en Inglaterra. La colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20 – 25 millones de palabras en sus sermones son equivalentes a 27 tomos de la novena edición de la Enciclopedia Británica. La serie constituye la mayor colección de libros por un solo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Inglaterra.

Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 3

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3) Desencuentros y oposición con Intelectuales (Lutero / Erasmo; Calvino / Servet)

Como señalamos anteriormente ambos vivieron en épocas, y países, diferentes sin embargo una importante semejanza entre ambos fue la confrontación con los poderes políticos y sobre todo espirituales de la época, a saber la en ese tiempo muy contaminada Iglesia Católica. Sin embargo, aquel no fue el único frente pues se abrió otro flanco en sus batallas: la oposición y posteriores desencuentros con intelectuales.

El caso Lutero/ Erasmo: En 1516, un año antes de que Martín Lutero clavara las noventa y cinco tesis que iniciaron la reforma protestante en Europa, Erasmo de Rótterdam, un prestigioso académico de la época, publicó un Nuevo Testamento en un principio parecía haber cierta consonancia entre ambos sin embargo tras una serie de intercambios epistolares después de ser aliado de la reforma en sus inicios Erasmo, se hizo después su opositor provocando una amarga separación con Lutero, al respectó comentó: “Prescindiré, por fin, de la Apología de Erasmo, pero me afecta vehementemente el duelo que ha desencadenado entre estos dos príncipes de las letras . Erasmo está muy por encima de todos y es el que mejor habla, pero también es el más amargo a pesar de sus esfuerzos por conservar la amistad[1] Podemos complementar “Mas ahora ¿qué puedo hacer? Las cosas han llegado a su punto álgido por ambas partes. Si me fuere posible, optaría por hacer de medianero para que cesasen ellos de atacarte con tanta animosidad y permitieran que tu vejez durmiera pacíficamente en el Señor[2].

El caso Calvino/Servet: Sin duda alguna este es el caso más conocido de desencuentro entre un reformador y su oponente el cual ha generado gran controversia hasta el día de hoy. Necesitaríamos una instancia especial para abordar los detalles del dramático desarrollo y conclusión de él, sin embargo de este caso mostraremos el final de la tempestuosa relación entre Servet, el inquieto librepensador y Calvino el teólogo, pastor y asesor político de Ginebra que tuvo su punto más álgido y dramático durante el juicio a Miguel de Servet, se cuenta del comportamiento de este último que “No escatimó epítetos burlones contra Calvino, como si este fuera el acusado. Le llamó criminal, asesino, perverso, mentiroso, mono ridículo ... ¿Te crees capaz de ensordecer los oídos de los jueces con tus ladridos de perro?[4]

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4) Importancia de los Amigos

Para ambos el apoyo y ayuda de sus amigos en los diversos momentos de sus vidas claramente fue fundamental, comenta Lutero: “Te lo diré con franqueza: he pasado apuros mayores que los que tú nunca tendrás ni a nadie se los deseo -ni siquiera a los que nos atacan con crueldad, aunque sean malignos e impíos-. Pues bien, siempre he superado estas angustias gracias a las palabras de algún hermano como Pomerano, tú mismo, Jonas u otros

En tanto, a pesar de la imagen distante que pueden transmitir sus retratos, Calvino era un amigo solicitado que se ganaba la simpatía de otros. Entabló varias amistades por largos años, entre ellas con importantes personalidades del siglo XVI como por ej. Farel, Viret, Bucer, Melanchthon, Bullinger y Beza, también poseía muchos amigos entre los refugiados franceses en Ginebra. Era muy exigente con sus amigos, pues no sólo esperaba el aliento amistoso y el apoyo activo, sino también una voz crítica con la que él mismo acompañaba la vida y trabajo de sus amistades.

Un ejemplo clave de esto es cuando Farel a los 69 años se enamoró de una muchacha de 18 años de edad, a causa de esto Calvino no escatimó en críticas a su colega por haber legalizado demasiado tarde el amorío secreto y dar lugar a que se expandieran los rumores. Este suceso naturalmente provocó un quiebre en la amistad, resultando un largo distanciamiento entre Calvino y Farel. A pesar de ello, Calvino lo seguía considerando como amigo, lo que Farel le agradeció en una visita reconciliadora en 1564 cuando Calvino se encontraba en su lecho de muerte[6].

[1] Carta a Spalatino. 18 enero 1518, Cartas de Lutero

[2] Cartas de Lutero, 1524, Pág. 35

[3] Van Hanselma, Tea. “Así fue Calvino, Zondervan Publishing House, Gran Rapids, Michigan, Pág. 239

[4] Van Hanselma, Tea. “Así fue Calvino”, Zondervan Publishing House, Gran Rapids, Michigan, 230-231/ Pedro Puigvert “Calvino-Servet: Una relación tempestuosa” En: “Historia, influencia y legado de Juan Calvino” , Andamio, 2010, Pág, 139

[5] Cartas de Lutero, A Melanchton, Día último de junio, 1530.Pág. 63

[6] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 4 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

 

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 2

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.- Como ya lo hemos repetido en varias ocasiones con Martín Lutero comienza el proceso de Reforma. Ahora bien, este comienzo no fue fácil, sabido es que él tuvo que comparecer dos veces antes las llamadas Dietas (Worms 1521 y Spira 1529).

En este punto definir los conceptos es fundamental, cuando decimos “Dieta” evidentemente no nos referimos a la acepción contemporánea relacionada con la alimentación, la definición para este proceso quiere decir que se convocó a una asamblea de todas las autoridades del imperio. Nótese, todas las autoridades del Imperio, es decir el Sacro Imperio Romano.

A la cabeza de ese imperio se encontraba Carlos V, también conocido como Carlos I de España. Él reinó junto con su madre (esta última de forma solamente nominal) en todos los reinos y territorios hispánicos con el nombre de Carlos I desde 1516 a hasta 1556, reuniendo así por primera vez en una misma persona las Coronas de Castilla (el Reino de Navarra inclusive) y Aragón por su ascendencia heredó el patrimonio los territorios austriacos, Castilla, Navarra, las Indias, Nápoles, Sicilia y Aragón. Su hijo Felipe hereda aquellos territorios y anexiona otros, de allí que declaró “En mi imperio nunca se pone el sol” ¡Porque era cierto![1]

Entonces, poniendo el asunto en perspectiva Lutero debió comparecer ante la persona más poderosa del mundo de aquel entonces, y en esa comparecencia no se amedrentó, expuso sus argumentos y lamentablemente, no logró convencer al Emperador de su postura en cambio, hizo una declaración de lealtad y fidelidad a los principios de la Iglesia católica. A partir de entonces, la dinastía de los Habsburgo se convertirá en la primera defensora de la Iglesia católica contra los protestantes. Como los Habsburgo eran también reyes de España, la defensa del catolicismo se convertiría en una de las bases de la identidad española, durante siglos.

La experiencia de Calvino es bastante diferente: Calvino empezó a exponer sus ideas en París, pero como Francia era católica tuvo que huir del Reino y refugiarse en el extranjero. Ya empezaba a ser conocido entre los protestantes europeos como un hombre firme y enérgico, un gran teólogo y un buen organizador que sabía dirigir a los hombres, y por esta razón fue llamado por los protestantes de Ginebra, allí tuvo diferencias con las autoridades locales hasta que lograron llegar a un equilibrio. Vemos que en la trayectoria del reformador francés hubo desacuerdos con la autoridad política aunque no fue con la tremenda intensidad que le tocó a Lutero.

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Similitudes.

Como señalábamos al principio, se puede caer en la tentación de disociar el proceso de Reforma de sus grandes impulsores como así también acentuar sus diferencias, bastante evidentes, por sobre sus puntos de encuentro los cuales pasamos a comentar a continuación.

1) Estudiantes y conocedores del Derecho.

Lutero procedía de una familia de campesinos y, por tanto, en sus orígenes perteneció al pueblo llano. Sus padres estaban de tránsito en Eisleben cuando nació, su casa natal fue pasto de las llamas en 1689. Hans Lutero, su padre, se trasladó a la región minera de Mansfeld, donde trabajó en una mina de cobre. Con el tiempo prosperó, dirigió su propio negocio y la familia pudo librarse de las penurias económicas.

Sus primeros estudios los hizo en las escuelas de Magdeburgo y Eisenach. Luego se incorporaria a la Universidad de Erfurt, donde obtuvo una licenciatura en artes (1502) y en Filosofía en 1505. Cuando era un prometedor estudiante de Derecho en la Universidad de Erfurt, pero un incidente cambió su vida de forma drástica. Regresaba de una visita a casa de sus padres en Mansfeld cuando se vio sorprendido por una tormenta eléctrica. Un rayo cayó cerca de él y, aterrorizado, prometió a santa Ana que se haría monje si lo libraba del peligro. Pocos días después cumplió su promesa e ingresó en el monasterio agustino de Erfurt. Cumpliendo con su promesa entró al convento de los Agustinos en Erfurt en el 17 de julio 1505 contra la voluntad de su padre. Este convento era conocido por ser muy estricto. Siguiendo las reglas del orden Lutero trataba de tener una conducta impecable. Conocidas son sus luchas por alcanzar la santidad y paz con Dios. Hasta que en el contexto de sus cátedras en Wittemberg, estudió los textos bíblicos más profundo y hizo lecturas, especialmente sobre los Salmos, la carta a los Romanos y la carta a los Gálatas que le condujeron al redescubrimiento de la justificación por la fe y gracia divina, lo cual le llevó a pronunciarse sobre la controversial venta de indulgencias a través de sus la publicación de sus 95 Tesis, que serían el inicio de la Reforma Protestante.

Lutero se preocupó por definir el comportamiento del cristiano en su vida temporal, tocando temas como la familia, el trabajo, la economía, las ciencias, las artes o la política. En general, creía que la fe del cristiano debía hacerse explícita en las obras de la vida civil, y que el cristiano debía realizar su trabajo para servir al prójimo y glorificar a Dios. Se dice que a Lutero no le interesaba especialmente el mundo de la política, pero tuvo que reflexionar sobre él con motivo de los disturbios que agitaron Alemania entre 1523 y 1525, y cuando los príncipes protestantes se enfrentaron al emperador[2], aunque no fueron los únicos escritos del reformador en esa materia y de hecho, su pensamiento político sigue siendo estudiado por expertos hasta el presente[3].

Calvino, cuyo nombre francés era Jean Cauvin o Calvin, nació en Noyon, localidad de la Picardía, en el norte de Francia, el 10 de julio de 1509. Hijo del secretario del obispado de su ciudad natal, se formó para el sacerdocio en el Collège de la Marche y en el Collège de Montaigue, reputados centros donde estudiaron otros personajes contemporáneos importantes como Erasmo de Rotterdam[4].

Como su padre quería que Calvino se dedicase al Derecho en lugar de a la Teología, ingresó también en las universidades de Orléans y Bourgues, donde tuvo como maestros a importantes pensadores de la época. En 1532, Calvino evidenció sus sólidos conocimientos de latín e historia con su edición del tratado de Séneca De clementia (Sobre la clemencia).  Su asociación con Cop, que acababa de ser elegido rector de la Universidad de París, obligó a ambos a huir cuando Cop anunció su apoyo en 1535 a Martin Lutero. En 1536 publicó la primera edición de su Christianae Religionis Institutio (Institución de la Religión Cristiana), y en ese mismo año visita Ginebra donde desarrollará una extensa y fundamental labor, la cual incluyó también el desarrollo de la teoría política de Calvino (que incluye una distinción entre iglesia y estado, controles y balances en el poder, y la sumisión ciudadana al estado, y la responsabilidad del estado frente a Dios)[5].

2) Legado y Referencias a Augustín de Hipona.

Ciertamente ambos teólogos son deudores de la obra de Agustín de Hipona (354 – 430 d.C.). En el caso de Lutero el vínculo es más que evidente pues él militó en la orden religiosa que seguía su legado y en las Charlas de sobremesa aparece esta declaración: “No conozco a ninguno de nuestros doctores (salvo, quizá, a Brenz y Justo Menio) que pueda compararse en ingenio con Agustín)[7].

[1] En su reinado nunca se ponía el sol, porque cuando se ocultaba por el oeste ya había vuelto a salir por el este. Como el Imperio Español estaba extendido en ambos Hemisferios: Este y Oeste, el movimiento de la Tierra alrededor del Sol provocaba ese fenómeno. Los dominios de Felipe II, al momento de heredarlos de su padre Carlos V, eran: tierras europeas, africanas, americanas, oceánicas y asiáticas, a saber: Europa: Toda la Península Ibérica, Italia: Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Milanesado, Países Bajos: Holanda y Bélgica, Franco Condado. áfrica: Orán, Bujía, Túnez, Melilla, Islas Canarias. Insulindia: las islas Filipinas. Oceanía: varios archipiélagos de la Micronesia. América: Desde México hasta el Paraguay y el Plata.
[2] Antonio Carrasco Rodríguez, “La Reforma Lutero y Calvino” en http://blogs.ua.es/ideaspoliticas/la-reforma-lutero-y-calvino/
[3] Para profundizar más: Javier Simiele  “Lutero y la política” Enfoques vol.22 no.1 Libertador San Martín otoño 2010 en http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1669-27212010000100006; Marco A. Huesbe Llanos “La Propuesta Política de Matín Lutero a través de su doctrina de los dos reinos” Rev. estud. hist.-juríd.  n.22 Valparaíso  2000, en http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-54552000002200016.
[4] “Biografía de Juan Calvino” en https://redhistoria.com/biografia-de-juan-calvino/
[5] G. Jose Gatis, “La Teoria Politica de Juan Calvino”, http://thirdmill.org/files/spanish/94976~3_9_01_1-28-27_PM~sCalvinsPolitics.html
[6] Lutero, “Charlas de Sobremesa” Pág. 17
[7] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A.,Barcelona, 1988, Pág. 20

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

Perdón para el más grande pecador

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Por amor de tu nombre, oh Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande (Salmo 25:11).

Doctrina: Si de verdad nos acercamos a Dios pidiendo misericordia, lo inmenso de nuestro pecado no será un impedimento para que nos perdone…

Esto es lo que necesitamos a fin de poder acercarnos a Dios pidiendo misericordia:
Necesitamos ver nuestra desdicha a fin de ser sensibles a nuestra necesidad de misericordia. Los que no tienen conciencia de su desdicha no pueden acudir a Dios en busca de misericordia, porque es justamente la noción de la misericordia divina lo que constituye la bondad y gracia de Dios hacia el desdichado. Sin la desdicha en la ecuación, no se puede ejercer misericordia. Es una contradicción querer misericordia sin sentir
desdicha, o comprensión sin tener una calamidad. Por lo tanto, los hombres no pueden considerarse objetos adecuados de misericordia, a menos que tengan primero conciencia de que son desdichados. Así que, a menos que éste sea el caso, es imposible que acudan a Dios en busca de misericordia.

Jonathan Edwards 2

Tienen que ser sensibles al hecho de que son hijos de ira, que la Ley está en su contra y que están expuestos a su maldición: que la ira de Dios mora en ellos y que él está disgustado con ellos cada día que están bajo la culpa del pecado. Tienen que ser sensibles al hecho de que es cosa terrible ser el objeto de la ira de Dios, que es cosa terrible tenerlo como enemigo, y tienen que saber que no pueden sobrevivir su ira. Tienen que ser sensibles a que la culpa del pecado los convierte en criaturas desdichadas, sean cuales sean los placeres temporales que tienen; que no pueden ser más que criaturas desdichadas, arruinadas, en tanto Dios está disgustado con ellos; que no tienen fuerza y deben perecer, y esto, eternamente, a menos que Dios los ayude. Tienen que ver que su caso es totalmente desesperante, que no hay nada que nadie puede hacer por ellos; que están al borde del foso de la desdicha eterna; y que tendrán que caer en él, si Dios no tiene misericordia de ellos…

1. La misericordia de Dios es suficiente para perdonar los pecados más grandes, así como lo es para perdonar los más pequeños, porque su misericordia es infinita. Lo que es infinito es tan superior a lo que es grande como lo es a lo que es pequeño. Entonces, siendo Dios infinitamente grande es superior a los reyes, así como lo es a los mendigos. Es superior al ángel principal, así como lo es al gusano más inferior. Una medida de lo infinito no depende de la distancia entre lo infinito y lo que no lo es. Por lo tanto, siendo la misericordia de Dios infinita, es tan suficiente para perdonar todo pecado, así como lo es para perdonar uno solo…

Jonathan Edwards 3

2. Lo que Cristo pagó por el pecado es suficiente para quitar la culpabilidad más grande, así como lo es para quitar la más pequeña. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). “De todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hech. 13:39). Todos los pecados de
quienes verdaderamente se acercan a Dios para pedir misericordia, sean los que sean, han sido saldados si Dios, quien lo dice, no miente. Y si la pena de todos ha sido saldada, es fácil creer que Dios está listo para perdonarla. De modo que Cristo, habiendo satisfecho plenamente el castigo de todos los pecados, y habiendo hecho un pago que es apto para todos, no desmerece la gloria de los atributos divinos perdonar los pecados
más grandes de aquellos que de una manera correcta acuden a él pidiendo perdón. Dios puede ahora perdonar a los pecadores más grandes sin menoscabar el honor de su santidad. La santidad de Dios no lo deja pasar por alto el pecado, sino que lo lleva a dar testimonios claros de su aborrecimiento por él. Porque Cristo satisfizo el castigo por el pecado, Dios puede ahora amar al pecador y no tener en cuenta para nada su pecado, no importa lo grande que haya sido. El hecho que descargó su ira en su propio Hijo amado cuando éste tomó sobre sí la culpa del pecado es testimonio suficiente de cuánto aborrece Dios al pecado. No hay nada mejor que esto para mostrar el odio que Dios siente por el pecado…

Dios puede, por medio de Cristo, perdonar al más grande pecador sin menoscabar el honor de su majestad. El honor de la majestad divina ciertamente requiere ser satisfecho, pero los sufrimientos de Cristo reparan plenamente el agravio. Aunque la ofensa sea muy grande, si una persona tan honorable como Cristo asume la función de Mediador del que cometió la ofensa y sufre tanto por él, repara plenamente el agravio hecho a la Majestad del cielo y de la tierra. Los sufrimientos de Cristo satisfacen
plenamente su justicia. La justicia de Dios, como Soberano y Juez de la tierra, requiere que el pecado sea castigado. El Juez supremo tiene que juzgar al mundo de acuerdo con la ley de la justicia…

La Ley no es un impedimento para el perdón del pecado más grande, siempre y cuando el hombre realmente acuda a Dios pidiendo misericordia, porque Cristo, por medio de sus sufrimientos, ha cumplido la Ley, él cargó con la condena del pecado, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en su madero)” (Gál. 3:13).

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3. Cristo no se negará a salvar a los más grandes pecadores, quienes de la manera correcta acuden a Dios pidiendo misericordia, porque esa es su obra. Es su deber ser el Salvador de los pecadores, pues es la obra por la que vino al mundo y, por lo tanto, no se opondrá a hacerlo. No vino a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento (Mat. 9:13). El pecado es justamente el mal que vino al mundo a remediar: por lo tanto,
no tendrá objeciones contra nadie porque sea muy pecador. Más pecador es, más necesita a Cristo. La pecaminosidad del hombre fue la razón por la que Cristo vino al mundo… El médico no se niega a sanar a alguien que acude a él porque tiene gran necesidad de su ayuda….

4. En esto consiste la gloria de la gracia por la redención de Cristo: en que es suficiente para perdonar a los más grandes pecadores. Todo el plan del camino de salvación es hacia este fin: glorificar la gracia de Dios. Desde toda la eternidad fue la intención de Dios glorificar este atributo; y por lo tanto es así que concibió el recurso de salvar al pecador a través de Cristo. La grandeza de la gracia divina se muestra claramente en esto: que Dios por medio de Cristo salva a los más grandes ofensores. Más grande la
culpa de cualquier pecador, más gloriosa y maravillosa es la gracia manifestada en su perdón: “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20)… El Redentor es glorificado, en el sentido que da prueba de ser suficiente para redimir a los que son excesivamente pecadores, en el sentido que su sangre prueba ser suficiente para limpiar
la culpa más grande, en que puede salvar al máximo y en que redime hasta de la desdicha más grande.

Es el honor de Cristo salvar a los más grandes pecadores cuando acuden a él, así como es un honor para el médico poder curar las enfermedades o heridas más desesperantes. Por lo tanto, no cabe duda de que Cristo estará dispuesto a salvar a los más grandes pecadores si acuden a él, porque no vacilará en glorificarse a sí mismo y de elogiar el valor y la virtud de su propia sangre. Siendo que se dio a sí mismo para redimir a
los pecadores, no le faltará disposición para mostrar que es capaz de redimir al máximo… Si tú no aceptas la suficiencia de Cristo para perdonarte, sin ninguna rectitud y justicia propia que te recomiende, nunca llegarás al punto de ser aceptado por él. La manera de ser aceptado es acudir—no por ningún aliento que te da el saber que has podido mejorar, o que eres más digno, y no tan indigno sino—por el mero aliento
de lo digno que es Cristo y lo misericordioso que es Dios.

De “Great Guilt No Obstacle to the Pardon of the Returning Sinner” (Una gran
culpa no es obstáculo al perdón del pecador que vuelve) en The Works of Jonathan
Edwards.

_______________________
Jonathan Edwards: (1703-1758) Predicador congregacionalista norteamericano usado
poderosamente por Dios durante el Gran Avivamiento. Nacido en East Windsor,
Colonia de Connecticut.

Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 1

Blog51

Diferentes, complementarios ¿y similares?

En unas semanas celebraremos el aniversario 500 de la Reforma Protestante. En estas fechas los evangélicos nos acordamos de cómo en ese entonces un desconocido monje agustino revolucionó la faz de Europa cuando clavó sus 95 tesis a la puerta de una iglesia, aunque algunos dicen que este hecho no fue así esta acusación resulta irrelevante y de acuerdo a investigaciones sin fundamento[1].

Aquélla iglesia donde sucedió este hecho aún está en Wittenberg (Alemania) y el monje, como todos sabemos, fue el mundialmente reconocido Martín Lutero. Gracias a las hazañas de Lutero, nació la Reforma protestante (aunque el apodo protestante no sería usado hasta doce años después). Señala un autor: “Desde el punto de vista histórico, no cabe la menor duda de que la influencia de Lutero ha sido y continúa siendo enorme y que ha modificado el curso de la historia europea. En principio, es el Padre reconocido del protestantismo[2].

Su pasión por las Escrituras engendró a una serie de teólogos pro-Reforma tales como Matthias Flacius, Urbanus Rhegius, Johannes Brenz y Martín Chemnitz –“el segundo Martín”- dentro del campo luterano. ¿Y cómo no hacer mención del brazo derecho de Lutero: su amado amigo Felipe Melanchthon? Es como si los dos hubiesen sido diseñados para ministrar juntos.

Comentó Lutero en una ocasión, “Yo soy duro, ruidoso y escandaloso. Nací para pelear contra monstruos y diablos. Tengo que quitar tocones y piedras, echar fuera cardos y espinas, y limpiar bosques silvestres; pero luego viene el Señor Felipe de una forma tan suave y dulce, sembrando agua con gozo según los dones que Dios ha derramado abundantemente sobre él”. También preparó el camino para un campo más reformado dentro del protestantismo con gigantes de la talla de Martín Bucer, Ulrico Zuinglio, Enrique Bullinger y Theodore Beza.

No obstante, mucho más importante que cualquiera de los antes mencionados teólogos es otro pensador reformado cuya fama iguala – algunos podrían decir que supera- aquélla de Lutero. Nacido en Francia en el 1509, pasó la mayor parte de su vida ministerial en Ginebra (Suiza) desarrollando lo que el reformador escocés John Knox llamaría, “Ni temo ni me avergüenzo al afirmar que es la más perfecta escuela de Cristo que había existido en la tierra desde los días de los apóstoles. En otros lugares, confieso que predican a Cristo correctamente; pero en muy pocos sitios he visto las costumbres y la religión tan sinceramente reformadas, no he visto jamás en parte alguna[3].

Para que Knox dijera esto –un hombre, por cierto, no conocido por sus halagos- Ginebra tenía que haber sido algo especial. Entonces, ¿de quién estamos hablando? ¡De Juan Calvino, claro está! Así que los dos campeones de la fe protestante son Martín Lutero y Juan Calvino. ¿Cómo diferenciar entre ellos? Eso lo responderemos en la primera parte.

Sin embargo, también proponemos una continuación: las semejanzas que podemos encontrar entre estos dos hombres. Consideramos que este es un ejercicio más que necesario por tres razones:

  • Con el correr de estos casi quinientos años el trabajo de los dos por el movimiento reformador se ha ido separando de tal manera que pareciera que no trabajaron en un proyecto común.
  • En segundo lugar, resulta muy llamativo el hecho de que a pesar de que pareciera que son personajes muy diferentes es posible encontrar varias semejanzas en sus personalidades y circunstancias.
  • Finalmente, y dado la cantidad de tiempo que ha pasado (¡casi quinientos años!) una mirada cercana desde la cotidianeidad, o “humana”, a la personalidad y circunstancias de ambos reformadores nos ayudarán a apreciar de una manera distinta la intensa actividad en la que ambos se involucraron animándonos con su ejemplo y por supuesto mostrándonos también cómo la divina Providencia guio las vidas de ambos.

Diferencias entre Lutero y Calvino.

Comenzaremos esta primera sección citando el aporte del escritor y conferencista Will Graham[4], quien compiló diez diferencias, más una que agregamos en nuestra investigación con aportes a partir de la investigación bibliográfica.

  1. Dos Generaciones: Primero Lutero luego Calvino.
  2. Enfoques Diferentes: Un profeta y un intelectual.
  3. Dos Personalidades Distintas: Extrovertido e introvertido.
  4. Dos Ocupaciones: El pastor y el profesor.
  5. Aspecto físico.
  6. Énfasis Teológicos: ¿Justificación o la gloria de Dios?
  7. Asuntos Políticos en Discusión: Relación Iglesia y estado
  8. Controversias Sacramentales 1: La cena del Señor
  9. Controversias Sacramentales 2: El bautismo
  10. Énfasis: La ley y el evangelio
  11. Visitas a Tribunales

Durante las próximas semanas hablaremos de Lutero, de Calvino, de la Reforma. Acompáñanos.

[1]Leyendas en torno a Lutero: la fijación de las tesis” En: http://www.luther.de/es/legenden/tanschl.html

[“Esta escena aparece en muchísimas ilustraciones y fue considerada, hasta muy entrado el siglo XX, como una realidad histórica. Es una imagen que, como pocas otras, se ha convertido en un símbolo de la Reforma. De ahí el tremendo remezón cuando el teólogo católico e investigador de Lutero, Erwin Iserloh, publicó un estudio según el cual la fijación de las tesis sería parte de la leyenda. Sin embargo, los hechos que aduce no dejan de convencer. Por una parte, la primera alusión escrita a este suceso proviene de Felipe (Philipp) Melanchthon, que no puede haber sido testigo presencial, ya que recién en 1518 fue llamado a la universidad de Wittenberg. Además, esta relación es publicada después de la muerte del Lutero; de modo que no conocemos ningún comentario del reformador mismo, en cuanto a su martilleo de 1517. Por lo tanto, hemos de limitarnos a lo que sabemos con seguridad: que Lutero escribió cartas a sus superiores, fechadas a 31/10/1517, en las cuales denunciaba la práctica de la venta de indulgencias e instaba a terminar con esta lacra. Adjuntó a sus misivas 95 tesis para que sirvieran de base a una disputa sobre el tema. A pesar de que la mayoría de los investigadores considera probado que en aquel día Lutero no utilizó otra herramienta que la pluma, la imagen de él clavando las tesis es una de las más populares en relación a Lutero, la reforma y la ciudad de Lutero, Wittenberg”].

[2] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A.,Barcelona, 1988, Pág. 5

[3] En: “Historia, influencia y legado de Juan Calvino”, Andamio, 2010, Pág. 11

[4] Will Graham, 24 de octubre de 2015, http://protestantedigital.com/magacin/37684/10_diferencias_entre_Lutero_y_Calvino

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”)

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

EL EVANGELIO Y EL JUICIO

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“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó”   (Hechos 17:30-31).

Ahora bien, según la revelación del evangelio, este Juicio será dirigido por el Hombre Cristo Jesús. Dios juzgará al mundo; pero será por medio de su Hijo, a quien ha ordenado y nombrado para ser el que lleva a cabo la obra de aquel tremendo día final. El que se
sentará en el trono es “el Hijo del hombre”. Será así entronizado, supongo, en parte porque está involucrado en la obra de mediación, sobre la cual el Señor ha puesto todas las cosas “bajo sus pies” (Heb. 2:8). Se encuentra a la diestra de Dios, “y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (1 Ped. 3:22). A Dios le place poner al mundo, no bajo el gobierno directo de una deidad personal, sino bajo el gobierno del Mediador, a fin de que nos trate con misericordia. Ese Mediador es Profeta, Sacerdote y Rey, y su realeza estaría despojada de su gloria si el Rey no tuviera el poder sobre la vida y la muerte, y el poder de formar un tribunal y de juzgar a sus súbditos. Jesucristo, por lo tanto, siendo el Rey y Soberano mediador, a quien le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra, hará uso de su gran poder al final y juzgará a todas las naciones.

Versiculo 158.jpg

Esta posición es también dada a nuestro Señor como un honor por parte del Padre, por medio de la cual borra todo vestigio de vergüenza y deshonor por la que pasó cuando estuvo entre los hijos de los hombres. Los reyes de la tierra se alzaron para juzgarlo, pero comparecerán delante de él para ser juzgados. Los gobernantes se juntaron para decidir condenarlo, pero los gobernantes comparecerán ante su tribunal para ellos
mismos ser condenados. Estará allí Poncio Pilato y estarán allí los sacerdotes principales, y César y todos los césares, zares, emperadores, reyes y príncipes quienes le rendirán homenaje con toda humildad, presentándose ante su tribunal como prisioneros para ser juzgados por él. No tendrán memoria de su caña cascada porque destruirá a sus enemigos con una vara de hierro (Mat. 12:20; Apoc. 19:15). No tendrá marcas de la
corona de espinas, porque en su sien lucirá muchas diademas. Los hombres ya no podrán pensar en él como “hombre de dolores” con su semblante estropeado por el dolor y la vergüenza, porque sus ojos serán como llamas de fuego y su rostro como el sol brillando en toda su plenitud.

¡Oh Cruz, toda la vergüenza que te rodeó será borrada para siempre entre los hijos de los hombres porque este hombre se sentará en el trono del Juicio! El Padre tuvo a bien darle este honor, y él bien se lo merece. C.H Spurgeon8.jpg

Jesucristo, siendo Dios, tiene la gloria que tenía con el Padre antes de que existiera el mundo; pero como Dios-hombre, tiene una gloria que su Padre le ha dado como recompensa de esa obra de vida y muerte por la que ha redimido a su pueblo. “Dad a Jehová la gloria y el poder” (Sal. 96:7) es la atribución de todos sus santos, y Dios el Padre eterno ha hecho esto por su Hijo, de quien ha jurado que “se doble toda rodilla” ante él y
“toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:10-11). “He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Judas1:14-15)…

Es como Hijo del Hombre al igual que Hijo de Dios que nuestro Señor juzgará al mundo en aquel gran día final. Estemos, pues, seguros de su imparcialidad. Él es Dios, pero también hombre, por lo que tiene una intensa compenetración tanto con el Rey como con sus súbditos, habiendo manifestado su gracia aun a los rebeldes y estando también lleno de un amor intenso por el Padre y su Ley. Si pudiéramos escoger un juez, ¿qué ser suponemos podría ser más imparcial o tan imparcial como el Señor, quien “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6-7)? ¡Oh Juez bendito, sé tu entronizado ya por la voluntad de toda la creación!

C.H Spurgeon9

El veredicto [del Hijo del Hombre] será final e irreversible. Una vez que Jesús se haya pronunciado, no habrá ninguna apelación, no un segundo juicio por algún error en el primero, ninguna revocación de su decisión. Él mismo lo ha dicho: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mat. 25:46). No habrá ninguna demora en la ejecución ni evasión de la condenación. No habrá endurecimiento del corazón para
soportarlo y nada que sobreviva a la condenación. Durará en todo su terror el veredicto final del Juez de toda la tierra, pronunciado por el Cristo de amor. No sé ni cómo hablar de un tema así, por lo que tengo que dejarlo ante mis lectores tal como lo he presentado. Quiera el Espíritu Santo grabarlo en sus mentes.

De un sermón predicado el Día del Señor por la mañana, 25 de mayo de 1879, en
el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
_______________________

Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista influyente en Inglaterra. La
colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20-25
millones de palabras en sus sermones son equivalentes a 27 tomos de la novena edición
de la Enciclopedia Británica. La serie constituye la mayor colección de libros por un
solo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Inglaterra.

Las Mujeres de la Reforma: Jane Fitch de Trumbull (estimado entre 1795 y 1855/ …)

Blog49

 

Mujeres Latinas: el caso de Chile

Blog48

Jane Fitch de Trumbull (estimado entre 1795 y 1855/ …)

En el año 1850 David Trumbull viaja a los EE.UU. y contrae matrimonio con quien sería su esposa por 39 años. Trumbull, será ministro en Valparaíso durante cuarenta años.

Los Fitch al igual que los Trumbull tenían ancestros británicos y puritanos, que figuraban dentro de una larga lista de antepasados: ministros, militares magistrados y docentes. El Reverendo Eleazar T. Fitch, tío de Jane y profesor de homilética (oratoria sagrada), en Yale cuidó de ella al quedar huérfana, siendo esta institución donde conoce a David Trumbull.

En nuestra investigación realizada a partir de las publicaciones de su esposo pudimos notar aspectos personales de la vida de Trumbull: La publicación reportó las defunciones de sus hijos. Las circunstancias de la muerte del hijo mayor de los Trumbull (David Trumbull Fitch), fueron bastante trágicas pues la causa del deceso fue por ahogamiento en el 3 de julio en New London, Conneticut[1], luego de haber terminado la carrera de medicina y teniendo como meta regresar a Chile. También la prometedora jovencita Mary Trumbull (nacida el 2 de diciembre de 1859) murió repentinamente en Valparaíso, Chile, en mayo de 1882, a causa de un infarto mientras cabalgaba con el señor A. M. Merwin, un colega de su padre.

A pesar de las adversidades familiares, y la férrea oposición del catolicismo local en el ámbito público, colaboró apoyando el ministerio de su esposo haciéndose cargo de la Sociedad Bíblica de Valparaíso y de la dirección de una de las primeras escuelas femeninas de Valparaíso (inspiración del Liceo 1 de Niñas de Valparaíso).

Algunas conclusiones

Realizar esta investigación no fue una tarea fácil, pero sí tremendamente enriquecedora. A pesar de las corrientes de la historiografía y cultura fue posible encontrar las huellas de mujeres piadosas dispuestas a servir a Dios y a sus hermanos y compañeros. De algunas, probablemente nunca podamos saber sus nombres, ocupaciones o nacionalidad pero a través de su servicio prepararon el camino y sostuvieron a quienes desempeñaron las labores más públicas.

Otras fueron conocidas por ser las compañeras o esposas de los reformadores, notable fue su servicio especialmente destacable en tiempos en los cuales las labores más sencillas son poco valoradas, pero vaya qué complicado es cuando faltan y qué difícil hubiese sido para esos varones el haber lidiado con sus labores sin el apoyo de sus compañeras. Finalmente, otras mujeres cargaron con el peso de llevar la autoridad y sus convicciones en medio del constante examen y oposición de sus cortes.

En medio de la diversidad biográfica de las mujeres de la reforma resuena en mi mente la frase: “Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21), pues quizás desde este lado de la eternidad el aporte de algunas de ellas pudo parecer muy pequeño o muy grande pero cada una de acuerdo al lugar y tiempo que les fue permitido vivir fue fiel en la fe y las labores que desempeñaron.

[1] Stephen Trumbull. The Record, Volumen 7, N° 92, September 7th, 1878, Pág. 10; véase Dr. Stephen Trumbull, The Record, Volumen 15, N° 222, May 26th 1886, Pág. 1

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Las mujeres de la reforma. Reformadas reformando hogares y reinos”)

 

 

 

Oración y Fe

Blog47

La fe cubre las necesidades temporales y espirituales; disipa la ansiedad y los cuidados sobre lo que comeremos, beberemos o con qué nos vestiremos. La fe vive en el presente y mira cada día como suficiente dentro de su propio afán, disipando todos los temores del mañana; lleva descanso a la mente y perfecta paz al corazón:

“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera” (Is. 26:3).

Y aquel que vive en el presente saca lo mejor de la vida, pues sus planes y su “horario” siempre coinciden con los de Dios.

Las verdaderas oraciones surgen de las pruebas y necesidades presentes: el pan para hoy es suficiente para la necesidad presente, y constituye la garantía más sobresaliente de que también habrá pan para mañana; la victoria de hoy día, es la seguridad de que mañana habrá victoria … Por ello, nuestras oraciones han de estar enfocadas sobre el presente. Debemos confiar en Dios cada día, y dejar el mañana enteramente en sus manos.

El presente es nuestro y la oración es la tarea y el deber para cada día; pero el futuro pertenece sólo a Dios.  De lo dicho concluimos, pues, que así como cada día requiere su pan, del mismo modo requiere su oración. Ninguna oración, por más larga que haya sido hoy, suplirá a la de mañana. Por otra parte, ninguna oración dedicada al mañana es de valor para el día de hoy. El maná de hoy es lo que realmente necesitamos; mañana Dios se encargará de que nuestras necesidades estén suplidas. Ésta es la fe que Dios desea inspirar. De manera que dejemos el mañana, con sus cuidados, necesidades y problemas, en las manos de Dios: “Baste a cada día su propio mal” (Mt. 6:34)

 

 

Extraido de “La necesidad de la oración”

 

Edward McKendree Bounds (15 de agosto de 1835 – 24 de agosto de 1913) conocido como EM Bounds , fue un autor estadounidense y abogado. Él es conocido por escribir 11 libros, nueve de los cuales se centraron en el tema de la oración . Sólo dos de los libros de Bounds fueron publicados antes de su muerte. Después de su muerte, el Rev. Claudius (Claude) Lysias Chilton, Jr., nieto de William Parish Chilton y admirador de Bounds, trabajó en la preservación y preparación de la colección de Bounds de manuscritos para su publicación. Hacia 1921, más trabajo editorial estaba siendo hecho por el Rev. Homer W. Hodge.

Las Mujeres de la Reforma: Catalina de Borbón (1559 – 1604). Isabel I (1553 – 1603).

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Las Mujeres de la Reforma: Catalina de Borbón (1559 – 1604). Isabel I (1553 – 1603).

 

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Catalina de Borbón (1559 – 1604)

Catalina de Borbón (París, 7 de febrero de 1559, Nancy, 13 de febrero de 1604), fue hija de la reina Juana de Navarra y Antonio de Borbón y nieta de Margarita de Navarra (Angulema, hermana del rey Francisco I de Francia). Su madre como y abuela fueron ejemplares en cultura y amor por su fe reformada.

Fue educada, junto con su hermano (el futuro rey de Francia), en un cristianismo consecuente; su madre había hecho profesión pública de fe calvinista la navidad de 1560. Durante 13 años fue preparada a través de la enseñanza en las artes y cultura, pero especialmente en el temor de Dios por los brazos protectores de su madre, y todo ello en medio de dificultades sin número (guerras de religión, persecuciones, traiciones, deserción religiosa y moral de su padre, etc.). El cristianismo que la madre de los hermanos trató de inculcar se resumía en dos conceptos: “Firmeza”, y “Hasta la muerte”. Catalina mantuvo su fe firme.

Sin embargo, no podemos decir lo mismo de su hermano el príncipe Enrique, pues su fe tenía una fuerte competencia ante la influencia de los valores de la educación y práctica política católica. De tal manera que ante la posibilidad de acceder al trono y siguiendo la máxima de “París bien vale una misa” que le propuso uno de sus consejeros[1], de esta manera aplicó la llamada razón de estado (es decir, la justificación, basada en la conveniencia política, que un gobierno o individuo aduce para actuar de una manera determinada) y renunció a la fe protestante a través de varios episodios de abjuraciones hasta el ritual final para ser coronado rey de Francia en 1594.

Cuando su hermano le propuso, bajo amenazas de negarle su protección, también la conveniencia de su conversión a la iglesia papal, Catalina le contestó: “Si me desamparáis, Dios nunca lo hará: esa es mi confianza. Prefiero ser la más miserable en la tierra, que dejarle por los hombres.” Siempre mostró gran respeto a su hermano, como hermano y como rey, pero sin negar el fundamento donde se encontraba para ella la fuente de toda autoridad y respeto: la fidelidad a la Escritura.

Un episodio trágico en la vida de Catalina fue cuando abjuró de su fe protestante en el contexto de la de su propio hermano en la masacre de la noche de San Bartolomé. En ese momento tenía 13 años (acababa de perder a su madre y estaba en un ambiente infernal en París), y así formalmente permaneció varios años. Pero luego se reafirmó en su calvinismo hasta su muerte. Cuando tuvo que vivir la renuncia de su hermano a la fe de su madre para ser coronado rey de Francia, ella se mantuvo fiel, y así lo refirió expresamente a Teodoro de Beza (del que solicitaba se orase por ella en tan difícil situación)

En 1577, a la edad de 18 años fue nombrada regente de sus territorios por su hermano allí  se dedicó en cuerpo y alma a la preservación de la obra religiosa y política que había iniciado su madre. No fue fácil, pues algunos sectores nunca admitieron de buen grado las reformas religiosas y políticas instauradas por Juana de Albret. Debió defender los derechos de esos territorios, especialmente del Bearne y del reino de Navarra, en el proceso de coronación de su hermano (Enrique III de Navarra y IV de Francia), que al final quedan excluidos de la anexión a Francia, conservando su autonomía y leyes propias.

Catalina fue la reconocida (aunque muy borrada de la memoria histórica) defensora de los derechos de los hugonotes en la corte, donde ganó para ellos batallas muy importantes, aunque sin el ruido de las armas en el campo abierto. Sin duda, es el pilar necesario para comprender incluso el edicto posterior de tolerancia de Nantes. Y a pesar de que solo fue regente de unos pequeños y problemáticos territorios, es toda una mujer de estado, pero sin seguir los patrones de la época. En este sentido es el contrapeso de la acción de su hermano. Catalina se puede considerar la propulsora de una política “laica”.

Como cristiana fiel era consciente de sus deberes y responsabilidades. Renunció por ello a sentimientos y gustos; no pudo casarse con quien amaba. Su hermano “la casó” en 1599 como pieza de un tratado político. Ella aceptó, pero con una sola condición: conservar la fe de su casa. Catalina escribió: “Oh Dios, tú has prometido, por tu bondad divina, ayudar a los afligidos que acuden a ti. Mi corazón está lleno de aflicción. Padre, consuélame, hazme sentir el efecto de tu favor divino. …. Mi pecado aborrezco. Perdóname, Señor, mira tu promesa y no mi error, en tu bondad espero, no en mi inocencia. …. Cuando hay que ir a escuchar tu palabra, mis pies se entumecen y van a paso lento, pero si hay que ir a las diversiones mundanas, en lugar de caminar, parece que vuelo. …. Pero recíbeme, Señor, de mirada dulce y propicia, pues reconozco mis pecados ante ti. Mira a tu amado Hijo, sacrificado por mí, quien tomando mis pecados, me reviste de su justicia[2]

[1] Enrique pudo ser rey protestante de Francia debido a sus victorias militares con el bando hugonote, pero la intervención final de Felipe II ordenando la colaboración de los tercios fue decisiva para que se produjera una situación de equilibrio, de la que finalmente no se percibió otra salida que la de su abjuración. La iglesia papal entendió su conversión como disimulo de razón de estado y lo consideró, en la práctica, enemigo..
[2] Emilio Monjo Bellido “Catalina de Borbón” Leer más: http://protestantedigital.com/magacin/11846/Catalina_de_Borbon Traducción en formato libre] (R. Ritter: Lettres et poésies de Catherine de Bourbon (1570-1605). Paris, Champion, 1927)

 

Blog46

Isabel I (1553 – 1603)

En inglés, Elizabeth I, a menudo referida como La Reina Virgen, Gloriana o La Buena Reina Bess (Greenwich, 7 de septiembre de 1533-Richmond, 24 de marzo de 1603) fue reina de Inglaterra e Irlanda desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el día de su muerte. Isabel fue la quinta y última monarca de la Dinastía Tudor.

Hija de Enrique VIII, nació como princesa, pero su madre, Ana Bolena, fue ejecutada cuando ella tenía tres años, con lo que Isabel fue declarada hija ilegítima. Sin embargo, tras la muerte de sus hermanos Eduardo VI y María I, Isabel asumió el trono.

El reinado de la reina Isabel I de Inglaterra fue uno de los más largos y determinantes de la historia de su país. Llegó al poder después de ver cómo su madre era decapitada por orden de su propio padre y vivir unos años recluida y alejada del orden sucesorio. Pero el destino quiso que Isabel subiera al trono en 1558 y reinara sobre Inglaterra e Irlanda hasta su muerte, en 1603[1]. La reina estrechó lazos con Francia, se enfrentó a su rival María de Escocia y plantó cara al imperio de Felipe II. Una de las primeras medidas que tomó fue establecer una iglesia protestante independiente de Roma, que luego evolucionaría en la actual Iglesia de Inglaterra, de la que se convirtió en la máxima autoridad.

El principal objetivo de Isabel I al sentarse en el trono fue poner orden en la cuestión religiosa que venía sacudiendo el país desde tiempos de Enrique VIII. Su estrategia en este sentido consistió en el restablecimiento del anglicanismo como religión oficial.

A pesar de haber sido coronada según el rito romano, Isabel pronto evidenció su voluntad de continuar la política eclesiástica de su padre. En ello se dejó guiar por consideraciones puramente políticas: la reina deseaba ejercer la autoridad eclesiástica suprema, lo que al mismo tiempo la oponía a católicos y calvinistas. Actuando con gran prudencia, promulgó en 1559 el Acta de Supremacía que puso nuevamente en vigor las leyes religiosas de Enrique VIII y Eduardo VI, abolidas en tiempos de María Tudor. Una parte integral de la conciencia histórica protestante fue el martirio de los protestantes ingleses con la hija de Enrique VIII y hermanastra de Isabel, «María la sangrienta». El libro de los mórtires de Foxe (1563), que detallaba del modo más cruento este martirio, fue enormemente popular durante el periodo victoriano[2].

El edicto de 1559, aunque reforzaba el protestantismo y declaraba la celebración de la misa ilegal, era excepcionalmente tolerante con la población católica. Los católicos quedaron en principio exentos de la asistencia obligatoria a la iglesia parroquial a cambio del pago de una moderada contribución, y la celebración privada de su culto no fue perseguida excepto en los casos en que se sospechara traición a la monarquía.

El Acta de Uniformidad, votada ese mismo año por el Parlamento, restableció el Libro de la Plegaria Común de Eduardo VI eliminando las fórmulas que pudieran resultar más ofensivas para los católicos. Los obispos católicos nombrados durante el reinado de María I protestaron e Isabel respondió deponiéndolos a todos, quedando así renovada por completo la alta jerarquía eclesiástica del reino. Sin embargo, Isabel se cuidó de no verse superada por el fanatismo protestante. En 1563, cuando el Parlamento adoptó la profesión de fe de los Treinta y Nueve Artículos que rechazaba la transubstanciación y sólo admitía dos sacramentos, la reina decretó al mismo tiempo el mantenimiento de la jerarquía y la liturgia católicas.

Isabel tuvo que hacer frente a una doble oposición: la de los católicos, que se consideraron desligados de su deber de lealtad tras la excomunión de 1570 y que pusieron sus esperanzas en la católica reina de Escocia, María Estuardo, y la de los calvinistas presbiterianos, que rechazaban la jerarquía episcopal y cualquier vestigio de catolicismo dentro de la Iglesia reformada. Isabel recrudeció las medidas represivas contra la disidencia religiosa. La celebración de la misa católica fue prohibida por completo, así como los sínodos presbiterianos de los calvinistas, que ya por entonces comenzaban a conocerse como puritanos. En 1595 se hizo obligatoria, bajo pena de prisión, la asistencia al culto anglicano. Sin embargo, hubo muchas menos ejecuciones por motivos religiosos durante los veintiocho años del reinado isabelino que durante los cinco en que María Tudor se sentó en el trono. La obra religiosa de Isabel fue duradera: dio al anglicanismo su carácter definitivo y emprendió el camino hacia la convivencia de las distintas sectas religiosas[3].

Su reinado sentó las bases de un largo tiempo de hegemonía inglesa sobre los mares y amplios territorios de ultramar. También fueron años de gran esplendor en el mundo del arte y de la literatura, con Marlowe y Shakespeare como adalides de las letras inglesas. Solamente su extraña aversión al matrimonio y su empeño por ser recordada como la reina virgen exaltando su relación con su pueblo por encima de un solo hombre, hicieron de ella un personaje un tanto excéntrico y misterioso.

[1] María Tudor se convertía en María I el 1 de octubre de 1553. Durante su reinado, Inglaterra volvió al catolicismo y se vivieron tiempos convulsos en los que la nueva reina se ganó el triste apodo de María la Sanguinaria. Su matrimonio con su primo, Felipe II, tampoco fue del agrado de los ingleses quienes intentaron colocar a Isabel en el trono. La princesa terminó recluida en la Torre de Londres pero su hermana no consiguió que fuera alejada de la sucesión ni tampoco su conversión al catolicismo.
[2] http://www.victorianweb.org/espanol/religion/protestantheritage.html
[3] Isabel I Tudor, http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=isabel-i-tudor-reina-de-inglaterra

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Las mujeres de la reforma. Reformadas reformando hogares y reinos”)

¿Por qué se requiere fe?

 

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¿Por qué se requiere fe para recibir las bendiciones de Cristo?

Por razones: 1. Con respecto a Dios; 2. Con respecto a Cristo; 3. Con respecto a la criatura; 4. Con respecto a nuestras consolaciones.
1. Con respecto a Dios:

Para que nuestro corazón posea una percepción completa de su gracia, quien en el Nuevo Pacto10 aparece no como un Dios vengador y condenatorio, sino como un Dios perdonador. El Apóstol lo explica así: “Es por fe, para que sea por gracia” (Rom. 4:16). La Ley produjo pavor hacia Dios, por ser dicha ley el instrumento que revelaba el pecado y el castigo que se merecía: “Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión” (4:15), tampoco habrá ningún sentido de victoria. Pero el evangelio trajo la gracia. La Ley declaró las faltas, pero el evangelio mostró el camino de nuestra recuperación. Y por lo tanto, la fe coincide más con la gracia, ya que hace que Dios, para nosotros, sea más cariñoso y bueno, y amado por nosotros al descubrir su bondad y su gracia. La salvación del hombre por medio de Cristo, es decir, por su encarnación, vida, sufrimientos, muerte, resurrección y ascensión, tiende a llenar nuestro corazón de gracias abundantes. Lo mismo tiende a suceder con su pacto misericordioso, sus promesas generosas y todas las bendiciones que nos son dadas: su Espíritu, perdón y comunión con Dios en gloria, todo para llenar nuestro corazón con un sentimiento del amor  de Dios. Y todo esto es necesario. Porque una conciencia culpable no se soluciona con facilidad, ni le es fácil buscar cualquier clase de felicidad proveniente de Aquel a quien tanto hemos ofendido. Adán, cuando ya era pecador, se escondía de Dios (Gén. 3:10); y el pecado todavía hace que vacilemos en acercarnos a él. La culpabilidad es desconfiada, y si no contamos con alguien que nos lleve de la mano y nos acerque a Dios, no podemos aguantar su presencia. Para esto sirve la fe: para que los pecadores, siendo poseídos de la bondad y gracia de Dios, puedan recuperarse y volver a él por un medio adecuado. En el Nuevo Pacto, el arrepentimiento se relaciona más claramente con Dios, y la fe, con Cristo:

Versiculo 149

“Arrepentimiento para con Dios; y… fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hech. 20:21).

El arrepentimiento se relaciona más con Dios porque de Dios caímos y a Dios hemos de volver. Caímos de él cuando le retiramos nuestra alianza y buscamos en otra parte nuestra felicidad; a él volvemos como nuestra felicidad legítima y correcta. Pero la fe tiene que ver con el Mediador,11 el que es el único remedio para nuestro sufrimiento y el medio para obtener nuestra felicidad eterna. Él abrió el camino a Dios por sus méritos y satisfacción por el pecado, y realmente nos pone en este camino por su gracia renovadora y reconciliadora, a fin de que tengamos la capacidad de agradar a Dios y
disfrutarlo. Y esa es la razón por la cual insistimos tanto en la fe en Cristo como nuestro derecho y prerrogativa a la santidad del Nuevo Pacto. Tiene una habilidad y capacidad de recuperarnos del pecado para acercarnos a Dios porque se trata especialmente del Mediador por medio de quien acudimos a él.
2. Con respecto a Cristo:
[1] Porque la dispensación total de la gracia de Cristo no puede ser percibida por nada que no sea la fe. En parte porque el camino de nuestra recuperación es tan sobrenatural, extraño y maravilloso que ¿cómo podemos convencernos de él a menos que creamos el testimonio de Dios? Que el hijo del carpintero sea el Hijo del Gran Arquitecto y Constructor que diseñó el cielo y la tierra; que obtuviéramos vida por medio de la
muerte de otro; que Dios se hiciera hombre y el Juez un copartícipe; y que el que no conoció pecado fuera condenado como un criminal; que un crucificado obtuviera la salvación del mundo entero y fuera Señor de la vida y de la muerte y tuviera tal poder sobre toda carne como para dar vida eterna al que él quiere, ¡la razón no entiende todo esto! Solo la fe puede darle significado… La razón considera solo las cosas que ve y
siente; la razón ve los efectos y sus causas… pero la fe es creer las cosas que Dios ha revelado porque él las reveló. Ciertamente, esto es lo único que puede mantenernos a la expectativa de la gracia y misericordia de Dios para vida eterna. Mientras actuamos tan opuestamente a las inclinaciones del corazón carnal y tengamos tantas tentaciones contrarias, ¿qué nos puede mantener firmes más que una fe fuerte y viva?

Thomas Manton 2
[2] Hasta que creamos en Cristo, no podremos tener consuelo ni disfrutar de todo lo que él nos ofrece. ¿Cómo podemos aprender de él el camino de salvación? Cuando creamos que él es el Profeta enviado por Dios para enseñar al mundo el camino hacia la verdadera felicidad. “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mat. 17:5). ¿Cómo podemos obedecerle? Solo cuando creamos en él como nuestro Señor,
quien tiene poder sobre toda carne y ante cuyo juicio caeremos o saldremos victoriosos. “[Dios] ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hech. 17:30-31). Y, ¿cómo podemos depender del mérito de su obediencia y sacrificio, ser confortados por sus promesas y su pacto dados por su gracia, acercarnos ante Dios con confianza y esperanza de misericordia en su nombre, y estar seguros de que él nos justificará, santificará y salvará? Solo cuando creamos que es un Sacerdote que una vez hizo una expiación e intercede continuamente por nosotros (Heb. 9:25). En los días de su encarnación, cuando alguien se acercaba para obtener un beneficio de él, lo ponía a
prueba diciendo: “¿Creéis que puedo hacer esto?” (Mat. 9:28). “Jesús le dijo: ‘Si puedes creer, al que cree todo le es posible’” (Mar. 9:23). “¿Crees esto?” le preguntó a Marta (Juan 11:26). Esto demuestra que no se podía recibir ningún beneficio hasta haber creído.

Thomas Manton 3
3. Con respecto a la santidad y obediencia que Dios esperaba de la criatura:      

Cristo vino para restaurarnos ante Dios, lo cual hace como el Salvador al igual que el Dador de la Ley a su iglesia. Y hasta que creamos en él, estas dos cualidades y funciones no tienen efecto.
[1] Como Salvador, vino para quitar la maldición de la Ley y darnos capacidad de servir y agradar a Dios por medio de darnos su Espíritu para renovar nuestra naturaleza y sanar nuestra alma: “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5). “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y
por cuya herida fuisteis sanados” (1 Ped. 2:24). Jamás podremos comprender nuestro deber ni ser capaces de cumplirlo, a menos que creamos que él es un Salvador tal.
[2] Como Dador de la Ley, nos motiva por su autoridad a vivir obedientes a Dios. El reino del Mediador está claramente subordinado al reino de Dios. Porque no vino para anular nuestra responsabilidad, sino para establecerla. Vino para devolver la moneda perdida a su dueño, la oveja perdida a su pastor, al hijo perdido a su padre. Así como la gracia de
Cristo no descarta la misericordia de Dios, la autoridad de Cristo… no nos libra de la autoridad de Dios. Ahora bien, ¿quién se somete a una autoridad que no le convence que lo sea o en la cual no cree? Pero en cuanto creemos, nos doblegamos enteramente ante él de corazón y de hecho.
4. Con respecto a nuestro consuelo:

Las Escrituras con frecuencia representan la fe como una gracia que calma. El consuelo, la quietud y la paz del alma dependen mucho de la fe en Cristo: un Salvador totalmente
suficiente, que quita nuestros temores y hace que en nuestros peores sufrimientos le confiemos nuestra felicidad a Cristo y deleitemos el alma con una paz constante y un gozo eterno. Aunque este mundo sea trastornado y se desvaneciera, aunque estemos en pobreza y enfermedad, o gocemos de salud o riquezas, aunque tengamos mala o buena reputación; aunque tengamos persecución o prosperidad, qué poco nos afectará, si
sabemos en quién hemos creído (2 Tim. 1:12). El cielo está donde siempre estuvo, y Cristo está a la diestra de Dios. Qué poco, entonces, deben todas estas cosas afectar la paz y la tranquilidad del alma que vivirá con Dios para siempre (Sal. 112:7). Pero el pecado es nuestro problema más grande. Si el pecado es su problema, le respondo: “¿Es por la debilidad de la carne o su iniquidad?” Si es por debilidad “ninguna condenación hay para los que están en Cristo” (Rom. 8:1). Si es por iniquidad, apártate de tu pecado y arrepiéntete; y entonces puede haber para ti consuelo, porque Cristo vino para salvarnos de nuestros pecados.
APLICACIÓN 1: Refutar las presunciones de los hombres en cuanto a su buena condición para la eternidad, por las cuales muchos engañan, para condenación, a sus propias almas.
1. Algunos, cuando oyen que todo aquel que cree será salvo, tienen una noción carnal de Cristo. Creen que si estuviera vivo aquí en la tierra, se apropiarían de él, lo recibirían en sus casas y serían más amistosos con él de lo que lo fueron los judíos. Pero es más que conocer a Cristo “en la carne” (2 Cor. 5:16). No es cuestión de recibirlo en nuestra casa, sino en nuestro corazón. Además, no conocemos nuestros propios corazones o lo
que hubiéramos hecho si hubiéramos vivido en aquel entonces. Una persona de una apariencia tan despreciable como era la de Cristo y tan franco en sus reprensiones de los pecados de la época, no nos hubiera caído bien como no les cayó a ellos. Los judíos dijeron: “Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas” (Mat. 23:30). El recuerdo de Coré, Datán y
Abiram era tan detestable para los judíos carnales como lo son Judas y Poncio Pilato para los cristianos; pero no eran ellos mejores hombres, ni tampoco lo somos nosotros.
2. Reverencian mucho su nombre y su recuerdo de él, profesan ser cristianos, y aborrecen a turcos e infieles. No, esto tampoco da resultado. Muchos valoran el nombre de Cristo pero descuidan su responsabilidad. Honrar al médico sin tomar sus remedios nunca sanó a nadie. Han aprendido a hablar bien de Cristo imitando a otros, pero no creen en él sinceramente para salvación, para curar y sanar sus almas ni dejar que él
haga allí su obra de mediador…
3. Están dispuestos a ser perdonados por Cristo y a obtener vida eterna, pero esto es lo menos que se requiere de ellos. No lo dejan realizar toda su obra con el fin de que los santifique y los prepare para vivir para Dios, de apartarlos de sus lascivias más queridas y obvias, y de hacerlos obedientes al evangelio; o se dan por satisfechos cuando aceptan el perdón de Cristo, sin aprovechar estos beneficios o sus medios santos. Pero “puesto que tenemos tales promesas” y un Redentor tan bendito, tenemos que “limpiarnos” (2 Cor. 7:1). La obra es nuestra, pero la gracia procede de él. De allí que Gálatas 5:24 dice: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”.
4. Algunos, por su arrogancia, creen que serán salvos y que Cristo los perdonará. Esto, que ellos llaman su fe, puede ser la falta de fe más grande del mundo. Los hombres que viviendo en sus pecados creen estar en buen camino, están creyendo exactamente lo contrario a lo que Dios ha dicho en su Palabra “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los que se echan con varones… heredarán el reino de Dios” (1 Cor. 6:9-10). No es la fuerza de nuestro engreimiento, sino el fundamento seguro de nuestra esperanza, lo que nos sostendrá…
APLICACIÓN 2: ¿Creemos en el Hijo de Dios? Ésta será la gran cuestión para decidir nuestro destino eterno.
1. Si crees, Cristo te será precioso: “Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso” (1 Ped. 2:7). Cristo no puede ser aceptado donde no es valorado. Y cuando otras cosas compiten con él, Dios no será pródigo con su gracia.
2. Donde hay fe, el corazón será purificado: “Purificando por la fe sus corazones” (Hech. 15:9).
3. Si tú realmente crees en Cristo, tu corazón se apartará del mundo:
“Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4).
4. Si tú tienes una fe auténtica, obra por amor: “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gál. 5:6).
Por estas cosas se determinará el caso. Entonces, el consuelo y la dulzura de esta verdad invaden nuestro corazón: que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

 
De Sermón XVI, “Sermons upon John III.16”  The Complete Works of Thomas Manton,  Tomo 2.
Thomas Manton (1620-1677): prolífico predicador puritano no conformista cuyas
obras comprenden veintidós tomos. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.

Las Mujeres de la Reforma: Idelete de Bure (1509 – 1549). Margarita de Navarra (1492 – 1549).

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Mujeres Poderosas, unas más piadosas que otras

 

 

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Margarita de Navarra (1492 – 1549)

Margarita de Navarra, de Angulema o de Orléans (11 de abril de 1492-21 de diciembre de 1549), como también se le conoce. Margarita fue una poeta humanista reconocida, además de ser una persona de convicciones firmes, con todo y que se vio exigida por las costumbres de las cortes y fue capaz de superar la banalidad de su clase social

Ella quien dio cobijo a Calvino cuando huyó de la persecución en Francia. Se le dio el título de “primera ministra de los pobres”, a pesar de que era la reina de Navarra. Fue también una escritora creativa. En una época tan inmoral, cuando la corte francesa se deleitaba con la lectura de los cuentos del Decamerón, de Boccaccio, ella escribió el Heptamerón, en el que denunció a los clérigos inmorales, por lo que se arriesgó a ser asesinada su objetivo con la obra que escribió fue introducir la moralidad, el modelo bíblico para un público que no leía la Biblia. Al final de cada cuento puso un comentario y un versículo de la Biblia.

Sin duda, fue también una reformadora que luchó por la causa protestante. Ya que fue la primera mujer en desempeñar un papel activo en los esfuerzos del Círculo Evangélico de Meaux y en promover el estudio y la publicación en francés de las Escrituras traducidas del arameo, hebreo y griego, en busca del camino a la salvación personal mediante la biblia.

Por su creencia de que la salvación eterna podía ser recibida gracias a la sinceridad de la fe individual y del arrepentimiento sincero por los pecados más que de oraciones rutinarias, peregrinaciones, buenas obras o ritos religiosos fue rechazada por la Facultad de Teología de la Universidad de París y por los miembros de la corte que condenaron su proselitismo considerándolo peligroso para la estabilidad de la corona, sin embargo eso no fue obstáculo para tratar de crear en su reino un ambiente propicio para el movimiento protestante.

Sus acciones incluyeron dar refugio a reformadores perseguidos, solicitando y consiguiendo de su hermano Francisco I, Rey de Francia, el perdón y la cancelación de muchos procesos incluyendo del propio Calvino, más tarde en gratitud por este perdón Calvino dedicaría la Institución de la Religión Cristiana al Rey y siguó manteniendo frecuente correspondencia con Margarita. En su reino de Navarra, la cena se distribuía en sus dos partes, los sacerdotes podían casarse y llevaban ropa de calle, además de que el idioma para el culto no era el latín, sino el de la gente.

Cuando murió, el tributo más importante que se le ofreció fueron las lágrimas derramadas por su pueblo alrededor de su tumba.

 

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Idelete de Bure (1509 – 1549)

 “Ten siempre presente lo que busco hallar en ella; porque no soy yo uno de esos enamorados locos que abrazan incluso los vicios de sus amadas cuando pierden el juicio por la hermosa figura de una mujer. La única belleza que me satisface es esta: que ella sea casta, atenta, ni demasiado bonita ni fastidiosa, económica, paciente y cuidadosa de mi salud”.

Estos eran los requisitos que Juan Calvino buscaba en una esposa. Había permanecido soltero hasta la edad de 31 años, pero sus colegas reformadores William Farel y Martin Bucer le animaban a considerar la posibilidad del matrimonio por causa de su salud, de una casa en orden y de liberarse de esas preocupaciones para servir mejor a la iglesia. Incluso llegaron a ofrecerse para echarle una mano en el asunto, pero después de dos intentos fallidos, la cosa quedó en manos de la providencia.

En 1538 Calvino marchó al exilio desde Ginebra y fijó su residencia en la ciudad de Estrasburgo, en Alemania. Durante este período pastoreaba una congregación de refugiados franceses entre los cuales estaban John Stordeur, de la ciudad de Liege, y su esposa Idelette de Bure.

Idelette de Bure, fue su nombre de soltera, nació en Geldern, fue la única esposa de Juan Calvino. Idelette vivió bajo la sombra de la persecución tanto en casa como en el extranjero. El primer esposo de Idelette fue Jean Storder, pastor anabaptista de Lüttich con el que tuvo un hijo y una hija. El matrimonio Storder estaba fascinado con los sermones de Calvino y concordaba con sus doctrinas religiosas. Calvino se hizo amigo de la pareja y a menudo los visitaba en su casa en Estrasbugo. La peste asoló la ciudad llevándose la vida de Stordeur y dejando a su esposa viuda con dos niños. Aunque no se sabe nada de su noviazgo, Juan Calvino e Idelette se casaron en agosto de 1540.

En la correspondencia de Calvino encontramos muy poca información sobre los ocho años y medio que duró su matrimonio, y muy poco se sabe también de la misma Idelette, pero debió ser una mujer notable y una gran ayuda para el reformador de Ginebra. Su marido la llamaba “una mujer de raras cualidades” y “la fiel ayudante de mi ministerio”. Teodoro de Beza también la describe como una “dama sobria y honorable”.

Su vida no fue fácil. Vivir en el siglo XVI ya era bastante difícil si lo comparamos con nuestros niveles de vida actuales, con epidemias continuas, falta de cuidado médico y turbulencias civiles y políticas. A todo esto se añadió aún más tristeza. Su primer hijo, Jacques, nació prematuramente en 1542 y murió poco después. Pero incluso en aquella desgracia, la soberanía de Dios fue un ancla para sus almas. “El Señor ciertamente nos ha infligido una amarga herida con la muerte de nuestro hijo. Pero Él es Padre y sabe lo que es necesario para sus hijos”. Dos años después, Idelette dio a luz a una hija que moriría de fiebres, y más tarde a un tercer hijo que también murió en la infancia, de lo cual ella nunca se recuperó.

Calvino no se separó de la cama de su esposa hasta que murió a la edad de 40 años en marzo de 1549, probablemente de tuberculosis. Pierre Viret describe la condición de su amigo como “un corazón tan roto y lacerado” que a la vez buscaba la fuerza para que la pena no lo venciera y poder seguir cumpliendo con sus deberes. Calvino nunca volvió a casarse.

Respecto al impacto duradero que Idelette supuso en la vida y el ministerio de su marido, dejaremos que sea el propio Calvino el que hable por sí mismo: “Sabes bien qué tierna, o más bien blanda, es mi mente. Si no se me hubiera concedido un poderoso autocontrol, no podría haber resistido tanto tiempo. Y ciertamente, la mía no es una clase de dolor corriente. He sido privado de la mejor compañía de mi vida, de una que, si hubiera estado así dispuesto, habría compartido con gusto no sólo mi pobreza sino también mi muerte. Durante su vida, ella fue la fiel ayudante de mi ministerio. Nunca experimenté por su parte la más mínima pega. Nunca me creó ningún problema, y procuraba no preocuparme durante todo el curso de su enfermedad, y estaba más ansiosa por sus hijos que por ella misma. Como yo me temía que estas preocupaciones mías podrían molestarla, tres días antes de su muerte le mencioné que no dejaría de cumplir con mi deber hacia sus hijos. A lo que ella, yendo directamente al grano, respondió: “Ya los he encomendado a Dios”. Cuando le dije que no me impidiese cuidar de ellos, ella contestó: “Ya sé que no dejarás de cuidar lo que sabes que te ha sido encomendado por Dios”. Su bondad era tan grande que parecía haber abandonado ya el mundo.

Sobre la hora sexta del día, en la que entregó su alma al Señor, nuestro hermano Bourgouin (un anciano de la iglesia de Ginebra) le dirigió algunas piadosas palabras, y mientras lo hacía, ella habló en voz alta, para que todos vieran que su corazón se estaba levantando por encima de este mundo. Porque estas fueron sus palabras: “¡Oh resurrección gloriosa! ¡Oh, Dios de Abraham y de todos nuestros padres, en Ti tan confiado los fieles durante tantos siglos pasados, y ninguno de ellos confió en Ti en vano! ¡Yo también esperaré!”

 

 

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

 

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Las mujeres de la reforma. Reformadas reformando hogares y reinos”)

El llamado al arrepentimiento

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“Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

El arrepentimiento es una de las piedras fundamentales del cristianismo. En el Nuevo Testamento encontramos por lo menos sesenta referencias al arrepentimiento. ¿Cuál fue la primera doctrina que predicó nuestro Señor Jesucristo? El Evangelio nos cuenta que dijo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mar. 1:15). ¿Qué proclamaron los apóstoles la primera vez que el Señor los envió en una misión? “Predicaban que los hombres se arrepintiesen” (Mar. 6:12). ¿Cuál fue la comisión que Jesús dio a sus discípulos cuando dejó este mundo? “Que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de
pecados en todas las naciones” (Luc. 24:47). ¿Cuál fue la apelación con la que Pedro concluyó sus primeros discursos? “Arrepentíos, y bautícese cada uno”. “Arrepentíos y convertios” (Hech. 2:38; 3:19). ¿Cuál fue el resumen de la doctrina que Pablo dio a los ancianos de Éfeso cuando se despedía de ellos? Les dijo que les había enseñado públicamente, y casa por casa, “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hech. 20:21). ¿Cuál fue la descripción que Pablo dio de su propio ministerio cuando presentó
su defensa ante Festo y Agripa? Les dijo que les había mostrado a los hombres que “se arrepintiesen… haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hech. 26:20). ¿Cuál fue la explicación dada por los creyentes en Jerusalén acerca de la conversión de los gentiles? Cuando la oyeron dijeron: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios
arrepentimiento para vida!” (Hech. 11:18)… Seguramente todos coincidimos en que estas son cuestiones serias. Demuestran la importancia de la pregunta que estoy haciendo. Un error acerca del arrepentimiento es un error muy peligroso. Una equivocación en cuanto al arrepentimiento es una equivocación que yace en las raíces mismas de nuestra religión. Entonces, ¿qué es el arrepentimiento? ¿Qué podemos decir de cualquiera que se arrepiente? El arrepentimiento es un cambio absoluto del corazón del hombre natural con respecto al tema del pecado. Todos nacemos en pecado. Amamos el pecado por naturaleza. Empezamos a pecar en cuanto podemos actuar y pensar, así como el pájaro comienza a volar por naturaleza y el pez a nadar. Nunca existió un niño al que había que
educarlo a fin de que aprendiera acerca del engaño, la sensualidad, la pasión, el egocentrismo, la glotonería, el orgullo y la insensatez. Estas cosas no se aprenden de las malas compañías o gradualmente mediante un curso de tediosa instrucción. Surgen solos, aun si los niños y las niñas se crían solos. Las semillas en ellos son evidentemente el producto natural del corazón. La tendencia natural de todos los niños hacia todas estas
cosas es prueba indubitable de la corrupción y la caída del hombre. Ahora, cuando este corazón nuestro es cambiado por el Espíritu Santo, cuando el amor natural por el pecado ha sido echado fuera, entonces sucede ese cambio que la Palabra de Dios llama “arrepentimiento”. Se dice que el hombre, en quien ocurrió este cambio, se “arrepintió”.

J.C.Ryle 4

Puede ser llamado, en una palabra, un hombre “penitente”…

(1) El verdadero arrepentimiento comienza con un entendimiento del pecado. Los ojos del penitente son abiertos. Ve con consternación y confusión lo largo y ancho de la Ley santa de Dios, y lo extensas, lo enormemente extensas que son sus propias transgresiones. Descubre, para su sorpresa, que al creerse “un hombre bueno” y un hombre “de buen corazón” se ha estado engañando tremendamente. Descubre que es, en
realidad, perverso, culpable, corrupto y malo ante los ojos de Dios. Su orgullo se desploma. Sus opiniones elevadas de sí mismo se desvanecen. Ve que no es nada más ni nada menos que un gran pecador. Éste es el primer paso hacia el verdadero arrepentimiento.

(2) El verdadero arrepentimiento continúa con un sentimiento de tristeza por el pecado. El corazón del hombre penitente se llena de profundo remordimiento por sus transgresiones del pasado. Se le destroza el corazón al pensar que ha vivido tan alocada y ruinmente. Se lamenta por el tiempo perdido, por los talentos desaprovechados, por haber deshonrado a Dios, por su propia alma herida. El recuerdo de estas cosas
le duele. La carga de estas cosas a veces es casi intolerable. Cuando un hombre sufre, tiene el segundo paso del verdadero arrepentimiento.

(3) El verdadero arrepentimiento procede, luego, a producir en el hombre una confesión de pecado. Se suelta la lengua del penitente. Siente que tiene que hablar con Dios contra quien ha pecado. Algo dentro de él le dice que tiene que clamar a Dior, orar a Dios y hablar con Dios acerca del estado de su alma. Tiene que abrir su corazón y reconocer sus
iniquidades ante el Trono de Gracia. Son una carga pesada dentro de él, y ya no puede guardar silencio. No puede reservarse nada. No puede esconder nada. Va delante de Dios, sin pedir nada para él mismo y dispuesto ha decir: “He pecado contra el cielo y contra ti… mi iniquidad es grande… ¡Dios, se propicio a mí, pecador!” Cuando el hombre se presenta de esta manera ante Dios con su confesión, está en el tercer paso del verdadero arrepentimiento.

(4) Además, el verdadero arrepentimiento se demuestra ante el mundo por un apartarse totalmente del pecado. La vida del hombre penitente se ha alterado. Su conducta diaria ha cambiando completamente. Un nuevo Rey reina en su corazón. Se despoja del viejo hombre (Ef. 4:22). Lo que Dios ordena, ahora anhela y realiza; y lo que Dios prohíbe, ahora anhela evitar (Luc. 8:15; Sal. 25:11; Luc. 18:13). Se esfuerza por evitar el pecado
por todos los medios, luchar contra el pecado, hacerle guerra al pecado, lograr la victoria sobre el pecado. Deja de hacer lo malo. Aprende a hacer lo bueno. Repentinamente se despoja de sus malas costumbres y malas compañías. Se esfuerza, aunque sea débilmente, por vivir una vida nueva. Cuando el hombre hace esto, está en el cuarto paso del verdadero arrepentimiento.

J.C.Ryle 5

(5) Por último, el verdadero arrepentimiento se demuestra por producir en el corazón un hábito bien establecido de odio profundo contra todo pecado. La mente del penitente se convierte en una mente habitualmente santa. Aborrece lo malo y se aferra a lo que es bueno (Rom. 12:9). Se deleita en la Ley de Dios (Sal. 1:2). Con frecuencia no puede cumplir sus propios anhelos. Encuentra en sí mismo un principio de maldad que guerrea contra el Espíritu de Dios (Gál. 5:17). Encuentra también que está frío cuando debiera estar caliente, que retrocede cuando quiere avanzar, indiferente cuando quiere ser entusiasta en su servicio a Dios. Es profundamente consciente de sus propias debilidades. Se lamenta porque siente que la corrupción mora en él. Sin embargo, a pesar de todo eso, la inclinación general de su corazón es hacia Dios y contra el
mal. Puede decir con David: “Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrecí todo camino de mentira” (Sal. 119:128). Cuando el hombre puede decir esto, cumple el quinto paso o el paso culminante al verdadero arrepentimiento.
El verdadero arrepentimiento, como el que acabo de describir, nunca está solo en el corazón del hombre. Siempre tiene un compañero, un compañero bendito. Está siempre acompañado de una fe viva en nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Dondequiera que hay fe, hay arrepentimiento; donde quiera que hay arrepentimiento, siempre hay fe. Yo no soy el que decido cuál viene primero, si el arrepentimiento viene antes de la fe o la fe antes del arrepentimiento. Pero me atrevo a decir que ambas gracias nunca están separadas la una de la otra…

Cuídate de no equivocarte en cuanto a la naturaleza del verdadero arrepentimiento. El diablo bien sabe el valor de esa gracia preciosa, tanto que no la disfraza con imitaciones falsas. Donde quiera que haya una moneda buena siempre hay dinero malo. Donde quiera que haya una gracia valiosa, el diablo pone en circulación falsificaciones y parodias de esa gracia y trata de que el alma del hombre las acepte. Asegúrate de no
ser engañado. Sí, ten cuidado de no ser engañado.

(1) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea asunto de tu corazón. No es el gesto adusto, el rostro santurrón ni de imponerte a ti mismo una serie de penitencias o de mortificar tu cuerpo, no es esto en sí lo que constituye el verdadero arrepentimiento hacia Dios. La verdadera gracia es mucho más profunda que una mera cuestión del rostro, la ropa, los días santos y los formulismos. Acab se ponía el saco de duelo cuando le convenía, pero Acab nunca se arrepintió.

(2) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea un arrepentimiento que te lleve a Dios… Félix temblaba cuando escuchaba predicar al Apóstol Pablo. Pero… ese no es el verdadero arrepentimiento. Cerciórate de que tu arrepentimiento te lleve a Dios y te haga acudir a él como tu mejor Amigo.

(3) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea un arrepentimiento que incluye una renuncia total al pecado. La gente sentimental puede derramar lágrimas cuando los domingos escucha sermones llenos de emoción, y no obstante, vuelven al baile, al teatro y a la ópera durante la semana… los sentimientos en la religión son más que inservibles, a menos que estén acompañados por la práctica. Una mera emoción sentimental, sin abandonar totalmente el pecado, no es el arrepentimiento que Dios aprueba.

(4) Asegúrate, sobre todo, de que tu arrepentimiento esté bien arraigado en la fe en el Señor Jesucristo. Cerciórate de que tus convicciones sean convicciones, que nunca descansan, excepto al pie de la Cruz donde murió Jesucristo. Judas Iscariote podía decir: “He pecado” (Mat. 27:4), pero Judas nunca se volvió a Jesús. Judas nunca puso su fe en
Jesús, y por lo tanto, Judas murió en sus pecados. Dame esa convicción de pecado que te obliga a correr a Cristo y lamentarte porque tus pecados han herido al Señor quien te compró. Dame esa contrición del alma bajo la cual sientes mucho amor hacia Cristo y se duele al pensar en los desprecios que la ha hecho al Salvador tan lleno de gracia. Yendo al Sinaí, escuchando acerca de los Diez Mandamientos, contemplando el infierno,
pensando en los terrores de la condenación, todo esto puede atemorizar a contrición – tristeza o remordimiento por haber hecho algo malo. Las personas, y tiene su lugar. Pero ningún arrepentimiento dura si el hombre no pone su vista en el Calvario más que en el Sinaí, y ve en un Jesús sangrando la motivación más fuerte para la contrición. Tal
arrepentimiento baja del cielo. Tal arrepentimiento está plantado en el corazón del hombre por Dios el Espíritu Santo.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; respetado autor de Holiness (http://www.solosanadoctrina.com/tienda/index.php?id_product=183&controller=product&search_query=La+Santidad&results=19)
Knots Untied, Old Paths (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas).

Crucifixión, Resurrección y Sustitución

Blog35

Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 6:8-11).

Los hechos a los que estos cuatro versículos se refieren constituyen el glorioso evangelio que predicamos: 1. El primer hecho indicado aquí muy claramente es que Jesús murió. Él, quien era divino y por lo tanto inmortal, se sujetó a la muerte. Él, cuya naturaleza humana estaba entrelazada con la omnipotencia de su naturaleza divina, accedió gustosa y voluntariamente a someterse a la espada de la muerte. Él, quien era puro y perfecto, y por lo tanto no merecía la muerte, la cual es la paga del pecado, por nuestro bien aceptó entregarse para morir. Esta es la segunda nota en la escala musical del evangelio. La primera nota es la encarnación: Jesucristo se hizo hombre. Los ángeles consideraron esto digno de sus cantos e hicieron vibrar los cielos con sus melodías de la
medianoche. La segunda nota, digo yo, es esta: “Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8).

Murió como sacrificio. Opino que después de que muchos corderos de las manadas de los hombres habían derramado su sangre al pie del altar, era un espectáculo extraño ver al Cordero de Dios llevado a ese mismo altar para ser sacrificado, sin mancha ni defecto ni
nada parecido. Él es la primicia de la manada; él es el Único del Gran Soberano, miembro de la realeza, el Cordero celestial. Nunca antes se había visto un Cordero semejante. Él es el Cordero que es adorado en el cielo, y es digno de ser adorado por toda la eternidad.

¿Aceptará esa Cabeza Sagrada sentir el golpe del hacha? ¿Será esa víctima gloriosa
realmente sacrificada? ¿Es posible que ese Cordero de Dios de veras se someta a morir? Lo hizo sin ofrecer ninguna resistencia. No abre su boca en el matadero a mano de sus verdugos; cede a ellos la tibia sangre de su corazón a fin de expiar la ira de Dios. ¡A contarlo! ¡Haya música en el cielo y que el infierno esté lleno de confusión! Jesús, el Hijo eterno de Dios, el Cordero de la Pascua de Jehová, murió. Sus manos fueron traspasadas, y su corazón fue quebrantado. Como prueba de la puntería con que la punta de la lanza dio en el blanco, el fluido vital brotó en una inundación doble, aun hasta el suelo, y así Jesús murió. Si hubiera alguna duda de esto, habría dudas sobre la salvación de ustedes y de la mía. Si hubiera alguna razón para cuestionar este hecho, entonces podríamos cuestionar la posibilidad de la salvación. Pero Jesús murió y el pecado fue pagado. El humo del sacrificio sube al cielo; Jehová siente el dulce aroma y se complace a través de
Cristo, la Víctima, en aceptar las oraciones, las ofrendas y a los que constituyen su pueblo. C.H Spurgeon3

Tampoco murió como una víctima solamente: murió como un sustituto. Fuimos llamados como soldados para la gran batalla, y no pudimos ir; éramos débiles, hubiéramos caído en la batalla y dejado nuestros huesos para ser devorados por los perros del infierno. Pero él, el poderoso Hijo de Dios, se convirtió en un Sustituto por nosotros, salió al campo de batalla y se sostuvo ante el primer ataque del adversario en el desierto. Tres veces
repulsó al nefasto Maligno y todas sus huestes, hiriendo a sus atacantes con la espada del Espíritu, hasta que su enemigo huyó y los ángeles comenzaron a servir al cansado Vencedor. El conflicto no había terminado, el enemigo solo se había retirado para fabricar nueva artillería y reclutar las fuerzas dispersas para una arremetida más terrible. Durante tres años, el gran Sustituto mantuvo su terreno contra asaltos continuos de las fuerzas de avanzada del enemigo, permaneciendo vencedor en cada encuentro…

Los demonios de los poseídos por ellos fueron echados fuera, legiones enteras fueron obligadas a encontrar refugio en una manada de cerdos, y Lucifer mismo cayó como relámpago del cielo de su poder. Por fin llega el momento cuando el infierno junta todas sus fuerzas y es también el momento cuando Cristo, como nuestro Sustituto, tiene que
demostrar su obediencia hasta las últimas consecuencias, tiene que ser obediente hasta la muerte. Hasta ahora ha sido un Sustituto, ¿renunciará ahora a su carácter vicario?¿Renunciará a sus responsabilidades y dirá que nos defendamos solos? No, él no. Se ofreció y tiene que cumplir. Sudando grandes gotas de sangre, no vacila ante el aterrador asalto. Con manos y pies lastimados se mantiene firme. Y, a fin de ser fiel en su obediencia, se entregó para morir, y al morir mató la muerte, puso su pie sobre el cuello del dragón, aplastó la cabeza de la antigua serpiente, y venció a nuestros adversarios como si fueran polvo del campo. Sí, el bendito Sustituto ha muerto. Digo, si existe alguna duda en cuanto a esto, entonces tal vez tengamos que morir, pero como él murió por nosotros, el creyente no tiene que morir. La deuda ha sido saldada hasta el último
centavo… La espada de Dios ha sido envainada para siempre, y la muerte de Cristo la ha sellado en su vaina. ¡Somos libres, porque Cristo fue constreñido! ¡Nosotros vivimos, porque Jesús murió! Así como murió como un sacrificio y como un sustituto es un consuelo para nosotros saber que Cristo también murió como Mediador entre Dios
y el hombre. Existía un gran abismo entre ambos, de modo que si queríamos cruzarlo para acercarnos a Dios, no podíamos; tampoco podía él cruzarlo para acercarse a nosotros si se hubiera dignado a rebajarse para hacerlo; pero Jesús viene vestido con su ropaje sacerdotal, usando una coraza, portando el efod, un sacerdote eterno de la orden de Melquisedec. Su carácter real no es olvidado, porque su cabeza está adornada con una corona reluciente, y sobre sus hombros lleva el manto del profeta. ¿Cómo puedo describir las glorias sin par del Profeta-rey, el Sacerdote Real? ¿Se arrojará al abismo? Lo hará. ¡Se lanza a la tumba, el abismo se cierra! ¡Se tiende un puente sobre el vacío, y Dios puede tener comunión con el hombre! C.H Spurgeon2

Veo ante mí el pesado velo que protege de los ojos mortales el lugar donde brilla la gloria de Dios. Ningún hombre debe tocar ese velo, de otra manera muere. ¿Existe el hombre que puede rasgarlo? Tal hombre puede acercarse al trono de Dios. ¡Oh, que el velo que separa nuestras almas de él, que mora entre los querubines, pudiera ser rasgado totalmente de arriba abajo! Arcángel poderoso, ¿te atreves a rasgarlo? Si te atrevieras,
renunciarías a tu inmortalidad, y tendrías que morir. Pero viene Jesús, el Rey Inmortal, Invisible, con sus manos poderosas: él rasga el velo de arriba abajo, y ahora los hombres se acercan con confianza, porque cuando murió Jesús se abrió un camino de vida. ¡Cantad, oh cielos, y regocijaos, oh tierra! ¡Ya no hay una pared separadora, porque Cristo la derrumbó!… Ésta, pues, es una de las grandes maravillas del evangelio, el hecho de que Jesús murió! ¡Oh, ustedes que anhelan ser salvos, crean que Jesús murió! Crean que el Hijo de Dios expiró. Confíen en esa muerte para salvarlos, y serán salvos.

Pero Jesús resucitó: ésta no es una parte insignificante del evangelio. Jesús muere, lo colocan en el sepulcro nuevo, embalsaman su cuerpo con especias, sus adversarios se cuidan de que su cuerpo no sea robado. La piedra, el sello, los guardias son prueba de su vigilancia. ¡Ajá ¡Ajá! ¿Qué hacen, señores? ¿Pueden encerrar la inmortalidad en una tumba? Los demonios del infierno, también, sin duda, observaban el sepulcro, preguntándose qué significaba todo eso. Pero llega el tercer día, y con él el mensajero del cielo. Toca la piedra y ésta rueda, dejando abierta la entrada; se sienta sobre ella, como si desafiara a todo el universo a volver a colocarla. Jesús despierta de su sueño como un hombre poderoso, se quita la venda de la cabeza y la pone a un lado, desenrolla los lienzos con que lo envolvieron con amor y los coloca aparte, porque tiene bastante tiempo, no tiene apuro, no está por huir como un criminal que se escapa de la cárcel, sino que se comporta como uno a quien le ha llegado el momento de quedar en liberad y tranquilamente sale de su celda. Da un paso hacia arriba en el aire, brillante, resplandeciente, glorioso y hermoso ¡Él vive! ¡Había muerto, pero se levantó de entre los muertos! No hace falta que nos explayemos sobre el tema. Solo hacemos una pausa para comentar que ésta es una de las notas más jubilosas en la escala musical del evangelio…
¡La muerte ha sido vencida! Tenemos aquí a un hombre quien por su propio poder pudo forcejear con la muerte y derribarla. ¡La tumba está abierta! Tenemos aquí a un hombre que pudo retirar rápidamente los cerrojos y robar sus tesoros. Y así, hermanos, habiéndose liberado él mismo, puede también liberarnos a nosotros. También el pecado fue manifiestamente perdonado. Cristo estaba en la cárcel como un rehén, guardado allí como fianza. Ahora que ha sufrido para ser libre, es una declaración en nombre de Dios de que nada tiene contra nosotros. Nuestro Sustituto ha sido liberado; nosotros somos
liberados. El que asumió la responsabilidad de pagar nuestra deuda ha sido puesto en libertad; ¡nosotros somos puestos en libertad en él! “El cual fue… resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4:25). Aún más, en cuanto se levantó de los muertos, nos da su promesa de que el infierno ha sido derrotado. Este era el objetivo del infierno: mantener a Cristo bajo su calcañar. “Y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3:15). Se habían posesionado del calcañar de Cristo, su carne mortal bajo su poder, pero el  calcañar herido salió curado. Cristo no sufrió ninguna herida por haber muerto… Amados, en esto triunfaremos: el infierno ha sido derrotado, Satanás ha sido turbado, y todas sus huestes han caído ante Emmanuel. ¡Pecador, cree esto! Es el evangelio de salvación. Cree que Jesús de Nazaret resucitó de entre los muertos, y confía en él; ¡confía que salvará tu alma!

Porque arrasó con las puertas de la tumba, confía que él cargó tus pecados para justificarte, para vivificar tu espíritu y para levantar tu cuerpo muerto: y de cierto, de cierto te digo, ¡serás salvo! Ahora tocamos una tercera nota, sin la cual el evangelio no está completo: así como Jesús murió, ahora vive. No sucedió que después de cuarenta días volvió a la tumba. Dejó esta tierra, pero de otro modo. Desde la cima del Olivar ascendió hasta que lo recibió una nube desapareciendo de nuestra vista. Y ahora, este mismo día, él vive. ¡Allí está, sentado a la diestra de su Padre, resplandeciente como un sol, vestido de majestad, disfrutando del gozo de todos los espíritus glorificados y del
gozo inmenso de su Padre! Allí sentado ¡Señor de Providencia! A su costado cuelgan las llaves del cielo, de la tierra y del infierno. Allí sentado, espera la hora cuando sus enemigos yacerán a sus pies. Me parece verlo también viviendo para interceder. Extiende sus manos cicatrizadas, señala su coraza que lleva los nombres de los que son de su pueblo, y por el bien de Sión no permanece quieto, por el bien de Jerusalén no descansa ni de día ni de noche, sino que ruega constantemente: ¡Oh Dios! Bendice tu
herencia; reúne a tu heredad. “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Juan 17:24). Versiculo 136

Penitente temeroso, deja que el Salvador viviente te alegre. Ten fe en él, el único que tiene inmortalidad. Él vive para oír tu oración; clama a él, él vive para presentar esa oración ante el rostro de su Padre. ¡Ponte en sus manos! Él vive para juntar a aquellos que compró con su sangre, para integrar en su manada a aquellos que compró. Pecador, ¿crees que esto es cierto? De ser así, que tu alma repose en esta verdad, hazla la razón de tu confianza, y entonces serás salvo.

Una nota más y nuestro canto del evangelio va llegando a su fin: Jesús murió, resucitó, vive y vive para siempre. No volverá a morir “la muerte no se enseñorea más de él” (Rom. 6:9)… Las enfermedades pueden visitar al mundo y llenar las tumbas, pero no hay enfermedad ni plaga que pueda tocar al Salvador inmortal. El shock de la catástrofe
postrera sacudirá al cielo al igual que a la tierra, hasta que las estrellas caigan como hojas secas de la higuera, pero nada moverá al Salvador inalterable. ¡Vive para siempre! No existe posibilidad de que sea vencido por una muerte nueva… Esto, también, revela otra parte de nuestro precioso evangelio, porque ahora es seguro que, porque vive para siempre, ningún enemigo puede vencerlo. ¡Ha vencido y ha hecho huir de tal manera a sus enemigos del campo de batalla que nunca se atreverán a volver a atacarlo! Esto prueba también que la vida eterna de su pueblo es segura… ¡Él vive para siempre! Oh, Semilla de Abraham, eres salvo con una salvación imperecedera por las misericordias seguras de David. Tu posición en la tierra y en el cielo ha sido confirmada eternamente. Dios es honrado, los santos son confortados, los pecadores son vitoreados porque “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Ahora ruego a Dios que puedas afirmar tu fe en una de estas cuatro anclas a fin de hallar descanso. Jesús murió, pobre temeroso. Si él murió y cargó con tus pesares, ¿acaso no te salvará su expiación? Descansa en esto. Millones de almas han descansado en nada más que la muerte de Jesús, y éste es un fundamento de granito. ¡Ninguna tormenta del infierno puede sacudirlo! Aférrate bien a su Cruz; sostenla, y ella te sostendrá a ti. No puedes depender de su muerte y ser engañado… Pero si esto no te basta: Él volvió a vivir. Apégate a esto. Ha dado pruebas de ser el Triunfador sobre el pecado y sobre tu adversario, por lo tanto ¿acaso no podrás depender de él? No cabe duda de que han existido miles de santos que han encontrado el más rico consuelo en el hecho de que Jesús resucitó de entre los muertos. Resucitó para nuestra justificación. Pecador, aférrate a eso. C.H Spurgeon1

Habiendo resucitado, vive. No es un Salvador muerto, un sacrificio muerto. Debe poder oír nuestras plegarias para presentar las propias. Entrégate al Salvador viviente, entrégate a él ahora. Él vive para siempre, por lo tanto no es demasiado tarde para que te salve. Si clamas a él, él escuchará tu oración, aun si fuera en el último instante de tu vida, ¡porque él vive para siempre! Aunque llegara el fin del mundo y tú fueras el último ser humano, aun así él vive para interceder ante su Padre. ¡No andes deambulando tratando de encontrar alguna otra esperanza! Aquí tienes cuatro grandes rocas para ti. Edifica tu esperanza sobre éstas, no puedes desear fundamentos más seguros: ¡Él muere, él resucita, él vive, él vive para siempre! Te digo, alma, que ésta es mi única esperanza, y
aunque me apoyo en ella con todo mi peso, no se doblega. Ésta es la esperanza de todo el pueblo de Dios que permanece seguro en ella. Ven, te ruego, ven ahora y descansa en ella. ¡Quiera el Espíritu de Dios traer a muchos de ustedes a Cristo! No tenemos otro evangelio. Te pareció que sería algo difícil, algo sabihondo, un tema que tendrías que aprender en el colegio, que la universidad te daría. No tiene nada que ver con aprendizaje ni erudición. Tu hijo pequeñito lo sabe, y puede ser salvo por ella. Tú, que no tienes educación, tú que apenas puedes leer un libro, tú puedes comprender esto. Él muere: está la Cruz. Él resucita: está la tumba abierta. Él vive: está el Salvador que ruega. Él vive para siempre: está su mérito perpetuo. ¡Confía en él! Pon tu alma en sus manos… y sé salvo.

De un sermón predicado el domingo 5 de abril de 1863 por la mañana en el Tabernáculo Metropolitano, Newington. 

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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista influyente en Inglaterra. La colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20-25 millones de palabras en sus sermones son equivalentes a 27 tomos de la novena edición de la Enciclopedia Británica. La serie constituye la mayor colección de libros por un solo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Inglaterra.

Las mujeres de la reforma

Blog34

Reformadas, reformando hogares y reinos.

Este 2017 es un año muy especial, estamos a las puertas de celebrar el Quinto Centenario del comienzo de la Reforma Protestante.

Se conoce como Reforma al movimiento desarrollado en la iglesia occidental a partir del siglo XVI que planteó transformaciones doctrinales e institucionales de enorme trascendencia para el cristianismo, los cuales llevaron a la separación de algunas iglesias, conocidas a partir de entonces con el nombre de protestantes.

Cuando leemos y aprendemos sobre dicho proceso los nombres de los referentes son, en su gran mayoría, masculinos: Martín Lutero, Juan Calvino, Felipe Melanchton, Ulrich Swinglio, Guillermo Farel, John Knox, Gaspar de Colligny y así suma y sigue.

Sin embargo, una autora afirmó: “Nuestro pueblo no sólo tiene padres, también tiene madres. La historia protestante también tiene nombre mujer ”

Esto nos lleva a plantearnos muchas dudas: ¿Qué ha pasado con la memoria de las mujeres en el movimiento de la Reforma protestante del siglo XVI? ¿Participaron las mujeres en el movimiento de la Reforma? ¿Existen remembranzas escritas acerca de ellas? ¿Por qué no han llegado hasta nosotras el día de hoy? ¿Qué fue lo que pasó?
Ante esto podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos que las mujeres protestantes tenemos historia, hubo mujeres que contribuyeron a la Reforma Protestante, el objetivo de esta serie es recuperar parte de ésta. En el siglo XVI el protagonismo de la mujer aunque fue escaso, también fue significativo, existieron mujeres que se impusieron por encima de las costumbres de su tiempo y desempeñaron un papel muy importante en la escena política o religiosa de su tiempo. A favor de la Reforma se proclaman jóvenes y adultas mayores, burguesas y campesinas.

¿A qué se debe esta ausencia del registro de las mujeres en el desarrollo de la Reforma Protestante?

En primer lugar a un asunto propio del desarrollo de la disciplina histórica, esto debido a que cuando comenzó el registro los temas más relevantes tenían relación con hechos bélicos, líderes y en general con los procesos que afectaban la conformación de las grandes unidades territoriales (Reinos e Imperios principalmente). Con la llegada del siglo XIX y la sistematización de la Historia como disciplina científica, aquella costumbre continuó. Entonces, aquellos primeros textos seguían la llamada corriente positivista, estos libros son los más abundantes y hablan muy poco sobre las mujeres y su participación en los grandes procesos (como también la Reforma Protestante), en este mismo sentido ocurre con otros actores sociales y temas (tales como jóvenes, niños, minorías, entre otros). En consecuencia, el contexto de la Reforma algunos mencionan a las mujeres cuando están asociadas a hombres destacados.

En segundo lugar, a mediados del siglo XX surgieron nuevas formas de ver y escribir la historia considerando los temas “olvidados”, entre ellos el aporte de las mujeres a través de los tiempos. Sin embargo, existe el problema del acceso a la información por los límites de las fuentes de información debido a la época en la que fueron registrados los hechos y personajes lo cual no es un obstáculo insalvable.

Por eso, a pesar de no haber estado considerados en la historiografía tradicional, un considerable número de mujeres estuvieron implicadas en la Reforma Protestante y podemos seguir sus rastros en diferentes ámbitos, a diferentes niveles y en varios países como Alemania, Italia, Francia, Inglaterra y España. Algunas de ellas tenían cierta actividad política: reinas como Margarita de Navarra, Juana de Albret quienes patrocinaron, influyeron en su corte y hombres cercanos a ellas, promulgaron leyes o escribieron para promover la Reforma. Así también, no sólo las de familias nobles participaron en este movimiento de cambio eclesiástico, mujeres anónimas y de estamentos más humildes lucharon a favor de su fe.

Las Predecesoras: Las Beguinas

Las beguinas fueron importante movimiento religioso. Surgieron en un momento de sobrepoblación femenina, cuando dos siglos de guerras habían reducido una gran proporción de los hombres y los conventos estaban colmados como la alternativa al matrimonio o a la clausura.

Corría el siglo XII y las comunidades de beguinas, integrados por mujeres de todas los estamentos sociales, empezaron a extenderse en Flandes, Brabante y Renania. Gracias a las labores que hacían para la comunidad: eran enfermeras, atendían desvalidos y maestras para niñas sin recursos e incluso fueron responsables de numerosas ceremonias litúrgicas, muchas familias adineradas les dejaban herencias y así también, mujeres ricas se instalaban en las beguinarias (las casas donde desarrollaban las labores y algunas vivían en comunidad). La mayoría de hermanas practicaban algún arte, especialmente la música

Las beguinas eran intensamente religiosas. Querían servir a Dios, dentro y fuera de sus comunidades en el servicio a los demás por eso daban alimentos y enseñaron la Palabra de Dios en los idiomas locales.

Esto fue considerado un sacrilegio porque el lenguaje permitido para el mensaje sagrado era solamente el latín. Y, por escribir y predicar en el idioma de la gente la beguina itinerante Margarita Porette fue acusada por la Inquisición y llevada a la hoguera. Ella escribió la obra “Espejo de las almas simples y aniquiladas por amor a Dios”, que describe la trayectoria de un alma hasta la aniquilación total.

Estas eran ideas contrarias a la predicación de la Iglesia e incluso contrarias a nuestra propia comprensión y a la posterior predicación de la Reforma sobre la salvación por la fe y no por obras. Para Porette, había que hacer un esfuerzo, un camino a seguir para que la persona alcanzase la salvación. Su libro fue quemado, y a ella se le prohibió difundir su mensaje, pero no obedeció y fue quemada por no retractarse de sus creencias. Serenamente llegó hasta la hoguera y muchos lloraron al verla en sus últimos momentos.

La condena de Margarita Porette tuvo como consecuencia el aumento de opositores al movimiento y el desarrollo desde el Siglo XIV al XVII de iniciativas para desalentar su crecimiento. El 14 de abril de 2013, murió en Kortrijk (Bélgica) la hermana Marcella Pattyn, a los 92 años, siendo la última representante de este movimiento religioso.
Gracias a a este movimiento comenzado en el Siglo XII las mujeres como se incluyeron como actores sociales y religiosos. Al comenzar la Reforma, un significativo número de mujeres estuvieron involucradas, en diferentes grados y circunstancias, en la Reforma en países como Alemania, Francia, Italia o Reino Unido.

Nos encontramos con muchas mujeres, como:
Catalina de Bora (1499-1550), quien fue la esposa de Martín Lutero;
Idelete de Bure (1509 – 1549), quien fue la esposa de Juan Calvino;
Argula de Grumbach ( 1492-1563);
Catalina Zell (de Schütz) (1497-1562);
Elisabeth Cruciger (1500-1535) que también participaba en las discusiones teológicas de Lutero y Melanchton;
Elisabeth Ron Brandenburgo (1485-1545);
Olimpia de Morato (1526-1555) que a los 13 años ya sabía griego y latín y leía a Cicerón;
Giulia Gonzaga (1513-1556);
Elisabeth de Brunswick (1510-1558);
Margarita de Navarra (1555-1572);
Juana de Albret (1528-1572);
Renata Ferrara (1510-175);
Giulia Gonzaga (1512-1566);
Catherina Cibo (1501-1557);
Vittoria Colona (14901547);
Isabella Bresegna (1510-1567), española pero exiliada en Nápoles huyendo de la Inquisición)

Nuestra invitación en las próximas semanas en Solo Sana Doctrina, es a analizar los casos más significativos a través de algunas categorías, sin embargo la invitación a profundizar queda más que extendida.

 

[1] Joanna Ortega. «La Reforma Protestante: ¿Qué pasó con las mujeres?» 2 de julio de 2008.

[2] Amparo Lerín Cruz. «Las mujeres en la Reforma Protestante del siglo XVI».  Diario los Andes. 13 de octubre de 2013, año 21, nº 935, p. 18. 

 

 

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

 

 

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Las mujeres de la reforma. Reformadas reformando hogares y reinos”)

 

Una comprensión correcta del Pecado

Blog33

“El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

La verdad lisa y llana es que una comprensión correcta del pecado es la raíz de todo cristianismo salvador. Sin ella, las doctrinas como justificación, conversión, santificación son “palabras y nombres” que no tienen nada de significado para la mente. Lo primero, entonces, que Dios realiza cuando hace de alguien una nueva criatura en Cristo es darle luz a su corazón para mostrarle que es un pecador culpable… Creo que una de las mayores carencias de la iglesia contemporánea ha sido, y es, una enseñanza más clara y más completa acerca del pecado.

1. Comenzaré el tema ofreciendo algunas definiciones del pecado.
Todos, por supuesto, estamos familiarizados con los términos “pecado” y “pecadores”. Hablamos con frecuencia del “pecado” que hay en el mundo y de los hombres que cometen “pecados”. Pero, ¿qué queremos decir con estos términos y frases? ¿Lo sabemos realmente? Me temo que existe mucha confusión e incertidumbre en cuanto a ellos. Trataré, lo más brevemente posible, dar una respuesta.
“Pecado”, hablando en general es… “la imperfección y corrupción de la naturaleza de todo hombre que ha sido engendrado naturalmente de los descendientes de Adán; por lo cual el hombre dista de tener la justicia y rectitud original, y está, por su propia naturaleza, predispuesto al mal, de manera que la carne lucha siempre contra el espíritu; y, por lo tanto, cada persona nacida en el mundo merece la ira y condenación de Dios”.
Pecado es esa enfermedad moral extensa que afecta a toda la raza humana de toda posición, clase, nombre, nación, pueblo y lengua, una enfermedad sin la cual solo uno nació de mujer. ¿Necesito decir que ese Uno es Cristo Jesús el Señor?
Es más, afirmo que “un pecado”, hablando más particularmente, consiste en hacer, decir, pensar o imaginar cualquier cosa que no se conforma perfectamente a la mente y Ley de Dios. “Pecado”, en suma, como dicen las Escrituras, es “infracción de la ley” (1 Juan 3:4). El más leve desvío externo o interno del paralelismo matemático absoluto con la voluntad y el carácter revelado de Dios es un pecado, e inmediatamente nos hace culpables ante Dios.
Por supuesto que no tengo que decirle a nadie que lea su Biblia con atención que uno puede quebrantar la Ley de Dios en su corazón y pensamiento sin que necesariamente haya un acto exterior y visible de maldad. Nuestro Señor lo hizo muy claro e inequívoco en el Sermón del Monte (Mat. 5:21-28)… Tampoco tengo que decirle a un estudiante serio
del Nuevo Testamento que existen pecados de omisión al igual que de comisión, y que pecamos, como nuestro Libro de Oración acertadamente nos recuerda, al “no hacer las cosas que deberíamos hacer”, tanto como “hacer las cosas que no deberíamos hacer”… Creo que en estos tiempos es necesario recordar a mis lectores que uno puede cometer pecado y aun así ignorar que lo ha cometido, creyéndose inocente cuando es culpable…
Nuestro Señor enseña expresamente que “el que sin conocer la voluntad de Señor no la hizo”, no fue excusado por su ignorancia sino que fue “azotado” o castigado (Luc. 12:48). Nos conviene recordar que cuando hacemos que nuestro lamentosamente imperfecto conocimiento y conciencia sea la medida con la cual medimos nuestra pecaminosidad,
andamos en un terreno muy peligroso…

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2. En cuanto al origen y la raíz de esta extensa enfermedad moral llamada “pecado”, me temo que los puntos de vista de muchos que profesan ser cristianos lamentablemente son defectuosos y carecen de fundamento en este sentido. No puedo pasar esto por alto. Entonces, sepamos y fijémoslo en nuestra mente que la pecaminosidad del hombre
no comienza de afuera, sino de adentro. No es resultado de una mala formación en los primeros años. No se contagia de las malas compañías y los malos ejemplos, como les gusta decir a algunos cristianos débiles. ¡No! Es una enfermedad de familia, que todos heredamos de Adán y Eva, nuestros primeros padres, y con la cual nacemos. Creados “a la imagen de Dios”, inocentes y rectos al principio, nuestros padres cayeron de la rectitud y justicia original, y pasaron a ser pecadores y corruptos. Y desde ese día hasta ahora, todos los hombres y mujeres nacen caídos, a la imagen de Adán y Eva, y heredan un corazón y naturaleza con una predisposición al mal. “El pecado entró al mundo por un hombre”. “Lo que es nacido de la carne, carne es”. “Éramos por naturaleza hijos de ira”. “Los designios de la carne son enemistad contra Dios”. “Porque de dentro, del corazón…
salen los malos pensamientos, los adulterios” y cosas similares (Rom. 5:12; Juan 3:6; Ef. 2:3; Rom. 8:7; Mar. 7:21).
El más hermoso de los infantes nacido este año y que es el rayito de sol de la familia, no es un “angelito” o “chiquito inocente”, como su madre lo llama cariñosamente, sino un chiquito “pecador”. ¡Qué triste! Ese infante, sea niño o niña, sonriendo y gorgojeando en su cuna, ¡esta pequeña criatura tiene en su corazón las semillas de todo tipo de maldad! No tenemos más que observarlo con cuidado mientras va creciendo en estatura y su mente se va desarrollando a fin de detectar pronto su incesante tendencia a hacer lo malo, y un retroceso en hacer lo que es bueno. Veremos en él los brotes y gérmenes del engaño, mal humor, egoísmo, egocentrismo, terquedad, avaricia, envidia, celos, pasión, los cuales, si se aceptan y se dejan sin atender, crecerán con dolorosa rapidez. ¿Quién le enseñó al niño estas cosas? ¿Dónde las aprendió? ¡Solo la Biblia puede contestar estas preguntas!…
3. En cuanto a la extensión de esta extensa enfermedad moral llamada “pecado”, cuidémonos de no equivocarnos. El único fundamento seguro es el que nos presenta las Escrituras. “Todo designio de los pensamientos de su corazón” es por naturaleza “malo” y eso “continuamente” (Gén. 6:5).
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). El pecado es una enfermedad que invade y se extiende por cada parte de nuestra fibra moral y cada facultad de nuestra mente. El entendimiento, los afectos, el poder de razonar y la voluntad están todos infectados de un modo u otro. Aun la conciencia está tan ciega que no se puede depender de ella como un guía seguro, y puede llevar a los hombres al mal
haciéndolo parecer bien, a menos que sean iluminados por el Espíritu Santo. En suma “desde la planta del pie hasta la cabeza no hay… cosa sana” en nosotros (Isa. 1:6). La enfermedad puede disimularse bajo un velo fino de cortesía, buena educación, buenos modales y decoro exterior, pero duerme en las profundidades del ser… en lo espiritual está totalmente “muerto” y no tiene nada de conocimiento natural, ni amor, ni temor de Dios. Lo mejor del ser humano está entrelazado y entremezclado con corrupción de tal modo que el contraste no hace más que destacar más claramente la verdad y la amplitud de la Caída. Que una misma criatura sea en algunas cosas tan altruista y en otras tan interesada, tan grande en unas y tan poca cosa en otras, a veces tan noble y otras veces tan innoble; tan magnífico en su concepción y ejecución de cosas materiales y sin
embargo tan bajo y vil en lo que concierne a sus afectos… todo es una gran enigma para los que desprecian la “Palabra escrita de Dios” y se burlan de nosotros considerándonos idólatras de la Biblia. Pero es un nudo que podemos desatar con la Biblia en nuestras manos…

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Además de esto, recordemos que cada parte del mundo testifica del hecho que el pecado es la enfermedad universal de toda la humanidad. Hagamos un sondeo en todo el mundo de este a oeste, de polo a polo; investiguemos cada nación de cada clima en todos los puntos cardinales de la tierra; investiguemos cada rango y clase en nuestro propio país,
desde el más elevado al más inferior, y bajo toda circunstancia y condición, el resultado será siempre el mismo… En todas partes el corazón humano es por naturaleza “engañoso más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Por mi parte, no conozco una prueba más fuerte de la inspiración de Génesis y el relato de Moisés del origen del hombre, que el poder, la extensión y la universalidad del pecado…

4. En cuanto a la culpabilidad, vileza y lo ofensivo del pecado ante los ojos de Dios, mis palabras serán pocas… No creo que, por la naturaleza de las cosas, el hombre pueda percibir para nada la pecaminosidad extrema del pecado ante los ojos de ese Ser santo y perfecto con quien tenemos que contender. Por un lado, Dios es aquel Ser eterno que “notó necedad en sus ángeles” y a cuyos ojos “ni aun los cielos son limpios”. Él es aquel que lee los pensamientos y las motivaciones al igual que las acciones, y requiere “la verdad en lo íntimo” (Job 4:18; 15:15; Sal. 51:6). Nosotros, por otra parte, pobres criaturas ciegas, hoy aquí y mañana no, nacidos en pecado, rodeados de pecadores, viviendo en un ambiente constante de debilidad, enfermedad e imperfección, no podemos formar más que los conceptos totalmente inadecuados de lo aborrecible que es la impiedad. No tenemos un perfil por medio del cual comprenderla ni una medida para calcularla… Pero de igual manera fijemos firmemente en nuestra mente que el pecado es lo “abominable” que Dios “aborrece”, que Dios es “muy limpio de ojos para ver el mal, ni puede ver el agravio”, que la transgresión aun más pequeña a la Ley de Dios nos “hace culpable de
todas”, que “el alma que pecare, esa morirá”, que “la paga del pecado es muerte” que Dios “juzgará… los secretos de los hombres”, que hay un gusano que nunca muere y un fuego que nunca se apaga, que “los malos serán trasladados al Seol” e “irán éstos al castigo eterno”, y que “no entrará [en el cielo] ninguna cosa inmunda” (Jer. 44:4; Hab. 1:13; Stg. 2:10; Eze. 18:4; Rom. 6:23; 2:16; Mar. 9:44; Sal. 9:17; Mat. 25:46; Apoc. 21:27). ¡Éstas son, ciertamente, palabras tremendas, cuando tenemos en cuenta que están escritas en el libro de un Dios sumamente misericordioso!

Ninguna prueba de la plenitud del pecado es, al final de cuentas, tan abrumadora e irrebatible como la Cruz y la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y toda la doctrina de su sustitución y expiación. Muy negra ha de ser esa culpa por la que nada que no sea la sangre del Hijo de Dios, puede ofrecer satisfacción. Pesado ha de ser el peso del pecado humano que hizo gemir a Jesús y sudar gotas de sangre en la agonía del Getsemaní
y clamar en el gólgota: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46). Estoy convencido de que nada nos asombrará tanto, al despertar en el Día de resurrección, como la vista que tendremos del pecado y ver retrospectivamente nuestras propias faltas y defectos. Jamás hasta la hora cuando Cristo venga por segunda vez
comprenderemos plenamente la “pecaminosidad del pecado”.

5. Queda solo un punto por considerar acerca del tema del pecado… lo engañoso que es. Es un punto de suma importancia, y me atrevo a decir que no recibe la atención que merece. Se ve lo engañoso que es en: 1) la predisposición increíble de los hombres de considerar al pecado menos pecaminoso y peligroso de lo que es a los ojos de Dios, y en lo pronto que pretenden atenuarlo, excusarlo y minimizar su culpabilidad. “¡Es
insignificante! ¡Dios es misericordioso! Dios no es tan extremista como para tener en cuenta los errores que cometo! ¡Tenemos buenas intenciones! ¡Uno no puede ser tan puntilloso! ¿Qué tiene de malo? ¡Hacemos lo que hace todo el mundo!” ¿A quién no le resulta familiar este tipo de justificaciones? Las vemos en el montón de palabras y frases
suaves que los hombres han acuñado a fin de darles una designación a las cosas que Dios llama totalmente impías y ruinosas para el alma. ¿Qué significan expresiones como “mujer fácil”, “divertido”, “loco”, “inestable”, “desconsiderado” y “tuvo un desliz”. Demuestra que los hombres tratan de engañarse de que el pecado no es tan pecaminoso como Dios dice que lo es, y que ellos no son tan malos como realmente son. Lo podemos ver en la tendencia aún de los creyentes que consienten a sus hijos aprobando sus conductas cuestionables, y que son ciegos al resultado inevitable de amar el dinero, jugar con la tentación y sancionar normas bajas para la religión familiar. Me temo que no percibimos suficientemente la sutileza extrema de la enfermedad de nuestra alma.
Tendemos a olvidar que la tentación de pecar raramente se nos presenta en su verdadera forma, diciendo: “Soy tu enemigo mortal y quiero tu ruina eterna en el infierno”. ¡Ah no!

Y ahora… Sentémonos ante el cuadro del pecado que nos muestra la Biblia y consideremos qué criaturas culpables, viles y corruptas somos todos a los ojos de Dios. ¡Cuánta necesidad tenemos todos de un cambio total de corazón llamado regeneración, nuevo nacimiento o conversión!… Les pido a mis lectores que observen lo profundamente agradecidos que deberíamos estar por el glorioso evangelio de la gracia de Dios. Existe un remedio para la necesidad del hombre, tan amplia y grande y profunda como la enfermedad de éste. No tenemos que tener miedo de mirar el pecado y estudiar su naturaleza, origen, poder, amplitud y vileza, siempre y cuando a la vez miremos el medicamento todopoderoso provisto para nosotros en la salvación que es en Jesucristo.

De Holiness (Part One): Its Nature, Hindrances, Difficulties, and Roots.
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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; respetado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos sobre los Evangelios) y muchos otros. Nacido
en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

La Reforma y el hombre

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La Reforma tuvo consecuencias extraordinarias e hizo posible la cultura que muchos de nosotros amamos: aunque nuestra generación quiera ahora echarla por la borda. La Reforma nos confronta con un Adán que, para usar una expresión contemporánea, era un hombre no programado: no una simple pieza de algún sistema de computadoras. Una de las cosas que caracterizan al hombre del siglo XX es que no tiene discernimiento para darse cuenta de esto, dado que se halla empapado por un concepto de determinismo. Pero, la postura bíblica resulta: es imposible explicar el ser humano como totalmente condicionado o determinado, y esta postura es la que vindicó el concepto de la dignidad del hombre. La gente hoy intenta aferrarse a la dignidad humana, pero no sabe cómo, porque ha perdido la verdad de que el hombre es hecho a imagen de Dios.

El hombre que describe la Biblia, el hombre que presentó la Reforma, es el Adán que, pese a sus pecados, es un ser humano no programado, un hombre con significado inmerso en una historia con significado, un hombre, en suma, que puede cambiar la historia. En el pensamiento reformado tenemos, pues, un hombre que es alguien. Mas, al mismo tiempo, se trata de un hombre que se ha rebelado: y se ha rebelado realmente; no es la suya una -contestación- para -hacer teatro-. Ahora bien, por cuanto es un ser no programado y se ha rebelado realmente, tiene verdadera responsabilidad moral. Es éticamente culpable. Y de ahí que los reformadores comprendieran algo más. Tenían una comprensión bíblica de la obra de Cristo. Entendieron que Jesucristo murió en la cruz como sustituto y como propiciación para salvar a los hombres de su culpa verdadera. Hemos de comprenderlo bien: tan pronto como comenzamos a minimizar el concepto bíblico de la culpa moral auténtica, bien sea mediante contemporizaciones psicológicas, o teológicas o de cualquier otra clase, nuestras opiniones sobre la obra de Jesús no serán ya más bíblicas. Cristo murió por un hombre que tenía verdadera culpa moral, por cuanto había hecho una elección real y verdadera.

Francis August Schaeffer (30 de enero de 1912 – 15 de mayo de 1984) fue un teólogo , filósofo y pastor presbiteriano cristiano evangélico americano.

Extraido de Huyendo de la Razón.

El amor inefable de Dios

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“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Tenemos en estas palabras la suma y sustancia del evangelio.

Observamos en ellas:

1. La fuente y el origen de toda gracia y salvación que nos es brindada, el amor inefable de Dios a la humanidad: Porque de tal manera amó Dios al mundo. 2. Lo que Dios usó para recuperarnos de nuestra condición caída o el efecto y fruto que fluye de esta condición: Ha dado a su Hijo unigénito. 3. Su finalidad: Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna…

PRIMERO: EL ORIGEN Y COMIENZO DE TODO ES EL AMOR INFALIBLE DE DIOS: “De tal manera amó Dios al mundo”. Veamos aquí:

1. El objeto: el mundo, la acción: amó; 3. El grado: de tal manera amó… Observemos en estas palabras que el comienzo y la primera causa de nuestra salvación es puramente el amor de Dios. La ocasión externa era nuestra ruina, la causa motivadora interior era el amor de Dios.

1. El amor es el fundamento de todo. Podemos mencionar otras cosas como razones, pero no podemos dar el porqué de su amor. Dios mostró su sabiduría, poder, justicia y santidad en nuestra redención por medio de Cristo. Si preguntamos por qué dio tanta importancia a una criatura que  no tiene ningún valor, creada al principio del polvo de la tierra, para luego caer en la deshonra y no poder serle de ninguna utilidad, tenemos
aquí la respuesta: porque nos amó. Si continuamos y preguntamos: “Pero, ¿por qué nos amó? No tenemos otra respuesta más que: “Porque nos amó”; porque no podemos ir más allá del origen de las cosas. Y Moisés expresa la  misma razón: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó” (Deut. 7:7-8), es decir, en pocas palabras, Te amó porque te amó. Nuestro Señor Jesucristo dio la misma razón: “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mat. 11:26). Todo procedió de su misericordia gratuita y no merecida; y más allá de esto es inútil que vayamos en busca del porqué de lo que hizo para nuestra salvación.

2. Lo más notable que es visible en el progreso y la perfección de nuestra salvación por Cristo es el amor. Y es apropiado que el principio, el centro y el final coincidan. Más aún, si el amor es tan evidente en todo el diseño y puesta en práctica de esta obra bendita, lo es mucho más en su origen y principio. La gran finalidad de Dios en nuestra redención es la expresión de su amor y misericordia hacia la humanidad, sí, no solo la expresión sino la demostración de su amor. Esto es lo que dice el Apóstol:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5:8). Se puede expresar que algo es real sin que necesariamente se muestre o presente como algo grande. El designio de Dios fue que no solo creyéramos la realidad, sino que también admiremos la grandeza de su amor. Ahora bien, de principio a fin el amor es tan evidente que no podemos pasarlo por alto. La luz no es más conspicua en el sol que el amor de Dios en nuestra redención por medio de Cristo.

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3. Si hubiera otra causa, tendría que o ser los méritos de Cristo o algo de nuestra parte que fuera digno. (1) Los méritos de Cristo no fueron la primera causa del amor de Dios, sino la manifestación, fruto y el efecto del mismo. El texto nos dice que primero Dios amó al mundo y luego dio a su Hijo unigénito. Juan dice “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros” (1 Juan 3:16). Veamos: así como percibimos y encontramos causas por sus resultados, percibimos también el amor de Dios por la muerte de Cristo. Cristo es el medio principal por el cual Dios cumple los propósitos de su
gracia,  y por lo tanto es representado en las Escrituras como el Siervo de sus decretos.

(2) No hay nada digno en nosotros: Porque cuando su amor lo llevó a dar a Cristo por nosotros, tenía en su mira a toda la humanidad como una masa viviendo en la contaminación o en un estado de pecado y sufrimiento, y por eso nos proveyó un Redentor. Dios al principio hizo una ley perfecta, que prohibía todo pecado so pena de muerte. El hombre desobedeció esta ley, y la seguirá desobedeciendo día tras día cometiendo  toda clase de pecados. Ahora bien, cuando los hombres vivían y seguían en
pecado y hostilidad contra Dios, le plugo enviar a su Hijo para tomar nuestra naturaleza y morir por nuestras transgresiones. Por lo tanto, dar un Redentor fue la obra de su misericordia por gracia. El hombre no amaba a Dios, de hecho, era enemigo de Dios cuando Cristo vino para hacer la expiación: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). “A vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado” (Col. 1:21). Estábamos inconscientes de nuestro sufrimiento, indiferentes a nuestro remedio, tan lejos de merecerlo, que ni lo deseábamos. En el principio estaba el amor de Dios, no el nuestro.

Versiculo 130

APLICACIÓN 1: Refutemos todo malentendido en cuanto a Dios. Es el gran designio de Satanás rebajar nuestra opinión de la bondad de Dios. Entonces asaltó primero a nuestros padres, sugiriéndoles que Dios (a pesar de toda su bondad al crearlos) envidiaba la felicidad y dicha del hombre. Y no se ha desviado de su propósito. Busca esconder la bondad de Dios y presentarlo como un Dios que se deleita en nuestra destrucción y condenación, en lugar de nuestra salvación, como si fuera inexorable y no
quisiera hacernos bien. ¿Y para qué? Para que nos mantengamos distanciados de Dios y lo consideremos aborrecible. O si no puede lograr tanto, nos tienta a tener pensamientos burdos, indignos y malos acerca de su bondad y misericordia. No podemos eludir la tentación más que por medio de reflexionar en su amor por el cual Dios dio a su Hijo para salvar al mundo. Esto demuestra que está más lleno de misericordia y bondad que el sol lo está de luz o el mar de agua. Un efecto tan inmenso demuestra la grandeza de la causa. ¿Por qué expresó su amor de una manera tan maravillosa y asombrosa sino para que tuviéramos pensamientos más elevados y grandes de su bondad y misericordia? Por otros efectos, vemos fácilmente la perfección de sus atributos: que su poder es omnipotente (Rom. 1:20), que su conocimiento es omnisciente (Heb. 4:12-13). Y por este efecto, nos es fácil concebir que su amor es infinito o que Dios es amor.

Versiculo 131

APLICACIÓN 2: Seamos vivificados de modo que admiremos el amor de Dios en Cristo. Hay tres características que expresan el regalo de Dios: (1) La buena voluntad del que da; (2) La grandeza del regalo; (3) La falta de mérito del que lo recibe. Las tres coinciden aquí.

(1) La buena voluntad del que da: Su propio amor y nada más movió a Dios a hacer esto. Fue la libre intervención de su propio corazón sin que nosotros lo pensáramos o puidiéramos. No se da ni puede darse otra razón. Nosotros no pedimos tal cosa, no se le ocurriría a nuestra mente y a nuestro corazón, ni en nuestra mente concebirlo ni en nuestro corazón desear tal remedio para recobrarnos del estado caído de la humanidad. No en nuestra mente, porque es un gran misterio: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad” (1 Tim. 3:16). No en nuestro corazón para pedir o desear, porque hubiera sido una solicitud extraña que pidiéramos que el Hijo eterno de Dios se hiciera carne, pecado y maldición por nosotros. En cambio, la gracia ha obrado “mucho más
abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef. 3:20), más allá de lo que podemos imaginar y más allá de lo que podemos pedirle en oración.

(2) La grandeza del regalo: Grandes cosas penetran nuestra mente, querámoslo o no. El regalo de Jesucristo es tan inmenso que expresa a qué extremo llega el amor de Dios. No tiene un Cristo mejor, ni un Redentor más digno, ni otro Hijo para morir por nosotros, ni hubiera podido el Hijo de Dios sufrir peores humillaciones que las que sufrió por nosotros… Por eso sabemos ahora que Dios nos ama, tenemos aquí una muestra o señal que lo manifiesta.

(3) La falta de mérito del que lo recibe: Esto también es cierto. Somos totalmente indignos de que el Hijo de Dios se encarnara y muriera por nosotros. El Apóstol bien lo recalca: “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:7-8). El Apóstol alude a la
distinción que era familiar entre los judíos: Tenían sus hombres buenos o ricos, sus hombres justos, celosos de la Ley y sus hombres malos, sujetos a condenación. Quizá daría uno su vida por alguien muy misericordioso, pero sería imposible encontrar alguien que fuera tan generoso y estuviera El amor inefable de Dios  dispuesto a dar su vida por un justo, o alguien totalmente inocente. Pero subrayemos que hay términos mitigantes: quizá y pudiera ser. Sería raro que alguien muriera por otro, por más bueno y justo que fuera. En cambio, la expresión de misericordia fue infinitamente superior a la que cualquier hombre ha demostrado, por más amistoso que hubiera sido. No había nada en el objeto que lo impulsara a hacerlo, porque no somos ni buenos ni justos, sino impíos. Sin tener en cuenta que no hay ningún mérito en nosotros, porque todos estamos en un estado de condenación, envió a su Hijo a morir por nosotros y librarnos de la muerte eterna, y hacernos partícipes de la vida eterna. Dios de tal manera amó al mundo
cuando habíamos pecado y nos habíamos arrojado conscientemente a un estado de condenación.

De Sermon XVI, “Sermons upon John III.16”  The Complete Works of Thomas Manton, D.D. 

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Thomas Manton (1620-1677): prolífico predicador puritano no conformista cuyas obras comprenden veintidós tomos. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.

¿Es vivo mi sacrificio?

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“Edificó allí Abraham un altar …, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar…” (Génesis 22:9)”

Este acontecimiento muestra una imagen del error que cometemos al pensar que lo mayor que Dios quiere de nosotros es el sacrificio de la muerte. Lo que Dios quiere es el sacrificio por medio de la muerte. Lo que Dios quiere es el sacrificio por medio de la muerte, cosa que nos capacita para hacer lo que hizo Jesús: el sacrificio de nuestras vidas. No se trata de “Señor, estoy dispuesto a ir contigo…a la muerte” (Lucas 22:33), sino más bien: “Estoy dispuesto a identificarme con tu muerte de modo que pueda presentar mi vida como un sacrificio a Dios”.

¡A veces pensamos que Dios nos exige que dejemos cosas! A Abraham le purificó de este error, y el mismo proceso está en marcha en nuestras vidas. Dios nunca nos pide que abandonemos nada por el mero hecho de dejarlo, pero nos dice que lo dejemos por causa de la única cosa que vale la pena tener, es decir, la vida en Él mismo. Es cuestión de aflojar las ataduras que retienen nuestras vidas. Estas ataduras quedan deshechas en el acto por la identificación con la muerte de Jesús. Entonces entramos en una relación con Dios a través de la cual podemos ofrecerle en sacrificio nuestras vidas. De nada le sirve a Dios que le des tu vida en muerte.

Él quiere que seas un “sacrificio vivo” -que dejes que Él tenga el dominio sobre todas tus fuerzas que han sido salvadas y santificadas por medio de Jesús (Romanos 12:1). Esto es lo verdaderamente aceptable para Dios.

Extraído de “En pos de lo Supremo”.
Oswald Chambers (24 de julio de 1874 – 15 de noviembre de 1917) fue un evangelista y maestro escocés bautista. [1] de principios del siglo XX, más conocido por el devocional “My Utmost for His Highest” .

 

 

Un informe del cielo

Blog28

El evangelio es un informe del cielo para ser creído y en el cual confiar para salvación.

 

Primero, consideraremos el evangelio como un informe en general. Y,

1. Está el tema del informe en sí o lo que se reporta, es decir, algún designio, acción o evento, cierto o falso. El tema del informe del evangelio es un designio del amor de Dios para salvación de los pecadores de la humanidad (2 Tim. 1:9-10). Tal fue el informe del evangelio que fue dado al principio del mundo (Gén. 3:15). Es el informe de un acto de gracia y bondad de Dios a favor de los pecadores, por medio del cual les ha dado a su Hijo como Salvador (Juan 3:16; Isa. 9:6) y vida eterna en él (1 Juan 5:11). Es el informe del evento de la muerte de Cristo por los pecadores y de un Cristo crucificado listo para desposarse con pecadores (Mat. 22:4), lo cual es un tema de primordial importancia.

2. Está el lugar de donde procede originalmente el informe. Y el lugar aquí es el cielo, el corazón del Padre. Por lo tanto, el evangelio es llamado cosas “celestiales” (Juan 3:12), revelado por el corazón del Padre. El lugar originario de un informe es el lugar donde se lleva a cabo la transacción, y hay cierta distancia entre éste y el lugar donde se reporta.

Por lo tanto:
(1) El evangelio es un informe que procede del cielo, donde se originó el designio de amor, se hizo el regalo del Hijo y de donde vino él a morir por los pecadores, y donde ahora está él listo para tener comunión con ellos. El evangelio puede ir de un lugar en la tierra a otro, como lo hizo desde Jerusalén a otros lugares del mundo (Isa. 2:3; Luc. 24:47). Pero originalmente procedió del cielo (Luc. 2:13-14).

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(2) El evangelio es las buenas nuevas de un país distante, y, como tal, debiera ser tan aceptable como el agua fría lo es al sediento (Prov. 25:25). Cuanto más lejos está el país de donde procede el informe, menos parece interesarnos; y es así, con poco interés, que el hombre carnal trata el informe del evangelio. Ciertamente procede de lejos. Pero así de lejos como está su origen, pasaremos en él o en el infierno nuestra eternidad, y por lo tanto, es de vital importancia para nosotros.
3. El tema de un informe es algo que no ven aquellos a quienes se les presenta el informe. Y así es el tema del informe de evangelio. Es tan invisible a la vista del hombre como lo es Dios (Juan 1:18), un Salvador no visto (1 Ped. 1:8) y cosas que no se ven (2 Cor. 4:18) que el evangelio nos predica. Por lo tanto, el evangelio es un objeto de fe, no algo que se acepta por vista (Heb. 11:1). Lo recibimos por el oír no por verlo (Isa.55:3). No es algo que vemos de primera mano, sino que lo recibimos por el testimonio de otro, es decir, Dios. Y por lo tanto, el mundo carnal al que le gustan los objetos que ve (Sal. 4:6), es lento para creer el evangelio.
4. Hay un reportero o muchos. Y en este caso, el informe es de muchos. Pero (1) El reportero de primera mano es el testigo ocular, es decir, Jesucristo. Cristo mismo fue el que dio a conocer el informe del evangelio (Heb. 2:3). ¿Y quién otro hubiera podido hacerlo (Juan 1:18)? Él vio lo que reportó, y nos da su testimonio de que es verdad porque lo vio (Juan 3:11). De allí que él nos es presentado como el testigo fiel y verdadero (Apoc. 3:14), quien desde la eternidad fue participante de todo el designio que nos es
revelado en el evangelio. (2) Los profetas, apóstoles y ministros del evangelio. Ellos son reporteros de segunda mano. Los primeros lo recibieron directamente de Cristo, los que
los sucedieron, de aquellos primeros…
5. En último lugar está la manifestación del tema por medio del informe a las partes a quienes se les da el informe. De esta manera la gracia de Dios a favor de los pobres pecadores se manifiesta a ellos por medio del evangelio (2 Tim. 1:9-10). Ya no es un secreto que se guarda de ellos, sino que se les permite tener el conocimiento del designio, la acción y los eventos que tienen que ver con su salvación. Se abre el evangelio y se
revela el secreto de la gracia de Dios a los pecadores por medio de comunicarlo, de comunicar todo el plan de salvación que desde la eternidad se hallaba escondido en el corazón de Dios (Juan 1:18)…

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Consideraremos el informe del evangelio y el confiar en él como una unidad.
1. El evangelio es el informe desde el cielo para pobres pecadores sobre la salvación del pecado (Mat. 1:21) y de la ira de Dios (Juan 3:16). La salvación se compró por gran precio, pero es dada gratuitamente al pecador como promesa, de modo que puede hacerse poseedor de ella gratuitamente (Isa. 55:1). Habiendo presentado este informe al pecador,
por fe confía en que es un informe fidedigno, cree que Dios lo ha dado, cree que es bueno y le confía a él su propia salvación. Entonces el alma abraza con todo su ser al Salvador y a la salvación que anuncia ese informe, tal como el hombre que se ahoga se toma de una soga que se le extiende para rescatarlo del agua.
2. El evangelio es el informe de un Cristo crucificado dado a los pecadores como el medio del cielo para salvación de ellos. Es proclamado por la autoridad del cielo que Cristo murió y que con su muerte compró la vida y salvación para los hijos perdidos de Adán, y que ellos y cada uno de ellos, puede tener completo y libre acceso a él (Mat. 22:4). La fe que confía que este informe es bueno y cierto, lleva al alma a la conclusión: “El Salvador es mío”, y se apoya en él por todo lo que su muerte compró, para vida y salvación de él en particular (1 Cor. 2:2).
3. El evangelio es el informe de una justificación por la cual nosotros los culpables podemos comparecer delante de un Dios santo. “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito:
Mas el justo por la fe vivirá” (Rom. 1:17). Y por fe, uno cree que tal justificación existe, que es suficiente para cubrirlo, y que le es ofrecida para confiar en ella para justicia. Y entonces el creyente confía en ella como su justificación ante los ojos de Dios, descartando todas las demás y aferrándose exclusivamente a ella (Gál. 2:16).

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4. El evangelio es el informe de un perdón bajo el gran sello del cielo, en Cristo, para todos los que lo aceptan. “Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hech. 13:38-39). Este perdón es proclamado abiertamente por la autoridad del cielo, completa y libremente, sin excepción alguna en la raza perdida de Adán, a quien le viene el informe. El alma por fe cree que esto es cierto y lo aplica a sí misma diciendo: “¡Este perdón es para mí! Es bueno y adecuado para mi caso. Por lo tanto me atengo a esta palabra de gracia para recibir mi perdón y la acepto, porque es la Palabra de Dios, quien no puede mentir”.
5. El evangelio es el informe de un Médico que cura infaliblemente todas las enfermedades del alma (Mat. 9:12-13; Heb. 7:26), lo hace gratuitamente (Ose. 14:4) y no rechaza a ningún paciente (Juan 6:37). El alma lo cree, lo aplica a su propio caso, y dice: “Entonces confiaré en él para que me quite el corazón de piedra, para que me cure del mal de desviarme, de la fiebre de la corrupción rugiente, del problema constante de la lascivia que predomina y la lepra universal de la corrupción de mi naturaleza”.
6. El evangelio es el informe de un banquete para almas hambrientas (Isa. 25:6), al cual todos estamos invitados y del cual Cristo mismo es el Creador y la Sustancia (Isa. 55:2). El alma, cansada de las cascarillas de cosas creadas y creyendo este informe, comienza a alimentarse de Cristo— su carne que ciertamente es alimento y su sangre que ciertamente es una bebida—creyendo y aplicando a sí misma todo lo que Cristo fue, hizo y sufrió, de modo que el alma cosechará el beneficio, el cual es alimentarse por fe en el Salvador que fue muerto.
7. El evangelio es el informe de un tesoro (2 Cor. 4:7). En él están las preciadas promesas—en ellas, Cristo amado con su mérito—como el oro mencionado: “Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico” (Apoc. 3:18). Este campo en que está escondido puede ser tuyo (Mat. 13:44); el evangelio te ofrece el pacto como ese campo. La fe cree el informe, y el alma se aferra al pacto y confía totalmente en el tesoro allí escondido para el pago de todas sus deudas, para el mantenimiento durante su vida y a través de la muerte, y para la adquisición de felicidad eterna.
8. El evangelio es el informe de una victoria sobre el pecado, Satanás, la muerte y el mundo obtenida por Jesucristo, y ello para beneficio de todos los que acuden al glorioso Conquistador (Sal. 98:1). La fe cree este informe, y el alma confía en él para obtener su victoria sobre todos estos enemigos frustrados (1 Juan 5:4). Basta solo decir,
9. Por último, el evangelio es el informe de una paz comprada por la sangre de Cristo para pobres pecadores (Ef. 2:14)…La fe lo cree, y, confiando en ella, el alma se presenta ante Dios como ante un Padre reconciliado en Cristo, trayendo sus súplicas para depositar ante el trono, creyendo que la comunicación se ha establecido entre el cielo y ellos…

APLICACIÓN: Esto muestra que el evangelio es el medio divinamente escogido para salvación de los pecadores. Por lo tanto, es llamado “el evangelio de vuestra salvación” (Ef. 1:13), y “se ha manifestado para salvación” (Tito 2:11). La luz de la naturaleza no es el medio externo o instrumento de salvación, porque no presenta ningún informe de Cristo
(Hech. 4:12). Tampoco lo es la Ley, la cual es el ministerio de muerte y condenación (2 Cor. 3:7-9), sino solo el evangelio. Porque es únicamente en el evangelio que se revela una justificación para los impíos (Rom 1:16- 17), y por el evangelio el Espíritu es dado a pecadores muertos (Gál. 3:2). Despreciar el evangelio, entonces, es despreciar al único medio de salvación… Por lo tanto sepa, amigo, que su vida depende de él, y que no hay otra salvación fuera de aceptar por fe el informe del evangelio.

De “The Unsuccessfulness of the Gospel…” The Complete Works of Thomas Boston.

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Thomas Boston (1676-1732): Pastor y erudito presbiteriano; autor de Human Nature in
its Fourfold State (La naturaleza humana en su estado cuadriplicado) (1720) y otros
muchos tratados y sermones. Nació en Duns, Berwickshire, Escocia.

¿EN QUÉ CONSISTE EL MENSAJE DEL EVANGELIO?

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En pocas palabras, el mensaje evangelizador es el evangelio de Cristo y de él crucificado, el mensaje del pecado del hombre y de la gracia de Dios, de la culpabilidad humana y del perdón de Dios, de un nuevo nacimiento y de una vida nueva por el don del Espíritu Santo.

Es un mensaje compuesto de cuatro ingredientes esenciales.
1. El evangelio es un mensaje acerca de Dios. Nos cuenta quién es él, cómo es su carácter, cuáles son sus normas y qué requiere de nosotros, sus criaturas. Nos dice que le debemos nuestra existencia; que para bien o para mal estamos siempre en sus manos y bajo su mirada; y que nos hizo para adorarle y servirle, para expresar nuestra alabanza y para vivir para su gloria. Estas verdades son el fundamento de la religión teísta;  y hasta que se comprendan, el resto del mensaje del evangelio no será ni convincente ni relevante. Es aquí, con la afirmación de la total y constante dependencia del hombre en su Creador, que se inicia la historia cristiana. Podemos aprender de Pablo en esta coyuntura. Cuando predicaba a los judíos, como en Antioquía de Pisidia, no necesitaba mencionar el hecho
de que todos los seres humanos son criaturas de Dios. Podía dar por sentado este conocimiento por parte de sus oidores porque éstos profesaban la fe del Antiguo Testamento. Podía empezar inmediatamentea declararles que Cristo era el cumplimiento de las esperanzas del Antiguo Testamento. Pero cuando predicaba a los gentiles, que no
conocían el Antiguo Testamento, Pablo tenía que ir más atrás y comenzar desde el principio. Y el principio desde donde Pablo comenzaba en dichos casos era la doctrina de Dios como Creador y el hombre como criatura creada. Por eso, cuando los atenienses le pidieron que explicara lo que estaba diciendo acerca de Jesús y la resurrección, Pablo les habló primero de Dios el Creador y para qué hizo al hombre. “El Dios que hizo el mundo… pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y… ha hecho todo el linaje de los hombres… para que busquen a Dios” (Hech. 17:24-27). Esto no fue, como han supuesto algunos, un trozo de apologética filosófica de un tipo al cual renunció Pablo más adelante, sino la primera lección básica de la fe teísta. El evangelio comienza   enseñándonos que nosotros, como criaturas, dependemos totalmente de Dios, y que él, como Creador, tiene derecho absoluto sobre nosotros. Solo cuando hemos comprendido esto podemos ver lo que es el pecado, y solo cuando vemos lo que es el pecado podemos comprender las buenas nuevas de salvación del pecado. Tenemos que saber lo que significa llamar Creador a Dios antes de poder captar lo que significa hablar de él como
Redentor. No se logra nada hablar del pecado y la salvación en situaciones donde esta lección preliminar no ha sido aprendida en alguna medida.

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2. El evangelio es un mensaje acerca del pecado. Nos explica cómo hemos fallado en cumplir las normas de Dios, cómo llegamos a ser culpables, inmundos y dependientes del pecado, y cómo nos encontramos ahora bajo la ira de Dios. Nos dice que la razón por la cual pecamos continuamente es que somos pecadores por naturaleza, y que nada de lo que hacemos o tratamos de hacer por nosotros mismos puede reconciliarnos o conseguirnos el favor de Dios. Nos muestra cómo Dios nos ve y nos enseña a pensar de nosotros mismos como Dios piensa de nosotros. Por lo tanto, nos lleva a desesperarnos de nosotros mismos. Y éste es también un paso necesario. No podemos llegar a conocer al Cristo que salva del pecado hasta no haber comprendido nuestra necesidad de reconciliarnos con Dios y nuestra inhabilidad de lograrlo por medio de ningún esfuerzo propio. He aquí una dificultad. La vida de cada uno incluye cosas que causan insatisfacción y vergüenza. Cada uno tiene algún cargo de conciencia por cosas en su pasado, cosas en que no han alcanzado la norma que se puso para uno mismo o que de él esperaban otros. El peligro es que en nuestra evangelización nos conformemos con evocar recuerdos de estas cosas y hacer que la gente se sienta incómoda por ellas, y luego describir a Cristo como el que nos salva de estas faltas que cargamos, sin siquiera cuestionar nuestra relación con Dios. Pero ésta es justamente la cuestión que tiene que ser presentada cuando hablamos del pecado. Porque la idea misma del pecado en la Biblia es que es una ofensa contra Dios que obstaculiza la relación del hombre con Dios. A menos que veamos nuestras faltas a la luz de la Ley y santidad de Dios, no las consideramos en absoluto como pecados. Porque el pecado no es un concepto social, es un concepto teológico. Aunque los pecados son cometidos por el hombre, y muchos pecados son contra la sociedad, el pecado no puede definirse ni en términos del hombre ni de la sociedad. Nunca sabemos qué realmente es el pecado hasta no haber aprendido a pensar en él en términos de Dios y a medirlo, no por normas humanas, sino por el criterio de la demanda total de Dios sobre nuestra vida. Lo que tenemos que entender, entonces, es que los remordimientos del hombre natural no son de ninguna manera lo mismo que la convicción del pecado. No es, por lo tanto, que un hombre se convenza del pecado cuando está afligido por sus debilidades y las faltas que ha cometido.

Convicción de pecado no es meramente sentirse abatido por lo que uno es, por sus fracasos y su ineptitud para cumplir las demandas de la vida. Tampoco es salvadora una fe si el hombre en esa condición recurre al Señor Jesucristo meramente para que lo tranquilice, le levante el ánimo y lo haga sentirse seguro de sí mismo. Tampoco estaríamos predicando el evangelio (aunque podamos suponernos que sí) si lo único que hiciéramos fuera presentar a Cristo en términos de lo que el hombre siente que quiere: “¿Eres feliz? ¿Te sientes satisfecho? ¿Quieres tener tranquilidad? ¿Sientes que has fracasado? ¿Estás harto de ti mismo? ¿Quieres un amigo? Entonces acércate a Cristo, él satisfará todas sus necesidades”—como si el Señor Jesucristo fuera un hada madrina o un superpsiquiatra… Estar  convencido de pecado significa no solo sentir que uno es un total fracaso, sino comprender que uno ha ofendido a Dios, y ha despreciado su autoridad, le ha desobedecido y se ha puesto en su contra, de manera que ha arruinado su relación con él. Predicar a Cristo significa presentarlo como Aquel quien por su cruz vuelve a reconciliar al hombre con Dios… Es muy cierto que el Cristo real, el Cristo de la Biblia quien se nos revela como un Salvador del pecado y un Abogado ante Dios, en realidad da paz, gozo, fortaleza moral y el privilegio de ser amigo de los que confían en él. Pero el Cristo que es descrito y deseado meramente para hacer que los reveses de la vida sean más fáciles porque brinda ayuda y consolación, no es el Cristo verdadero, sino un Cristo mal representado y mal concebido; de hecho, un Cristo imaginario. Y si enseñamos a las personas a confiar en un Cristo imaginario, no tendremos nada de base para esperar que encuentren una salvación verdadera. Hemos de estar en guardia, entonces, contra equiparar una conciencia naturalmente mala y el sentirnos desagraciados con la convicción espiritual de pecado, y así omitir de nuestra evangelización el hacer entender a los pecadores la verdad básica acerca de su condición, a saber, que su pecado los ha separado de Dios y los ha expuesto a su condenación, su hostilidad e ira, de modo que su primera necesidad es restaurar su relación con él…

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3. El evangelio es un mensaje acerca de Cristo: Cristo, el Hijo de Dios, encarnado; Cristo, el Cordero de Dios, muriendo por el pecado; Cristo, el Señor resucitado; Cristo, el Salvador perfecto. Es necesario destacar dos cosas en cuanto a declarar esta parte del mensaje: (i) No se debe presentar a la Persona de Cristo aparte de su obra salvadora. A veces se afirma que es la presentación de la Persona de Cristo, en lugar de las doctrinas acerca de él, lo que atrae a los pecadores a sus pies. Es cierto que es el Cristo viviente quien salva y que ninguna teoría sobre la expiación, por más ortodoxa que sea, puede sustituirlo. Pero cuando alguien hace esta observación, lo que usualmente sugiere es que una enseñanza doctrinal no es indispensable en la predicación evangelística, y que lo único que el evangelista necesita hacer es presentar una descripción vívida del hombre de Galilea que iba por todas partes haciendo el bien, y luego asegurar a sus oyentes que este Jesús todavía está vivo para ayudarles en sus dificultades. Pero a un mensaje así no se le puede  llamar evangelio. No sería en realidad más que una adivinanza, que sirve solo para desconcertar… la verdad es que la figura histórica de Jesús no adquiere sentido hasta no saber de la Encarnación: que este Jesús era realmente Dios, el Hijo, hecho hombre para salvar a los pecadores de acuerdo con el propósito eterno del Padre. Tampoco tiene sentido la vida de Jesús hasta que uno sabe de la expiación, que él vivió como hombre a fin de morir como hombre para los hombres, y que su Pasión y su homicidio judicial fueron realmente su acción salvadora de quitar los pecados del mundo. Ni puede uno saber sobre qué base acudir a él hasta saber acerca de su resurrección, ascensión y actividad celestial: que Jesús ha sido levantado, entronizado y coronado Rey, y que vive para salvar eternamente a todos los que aceptan su señorío. Estas doctrinas, sin mencionar otras, son esenciales al evangelio… La realidad es que sin estas doctrinas no tendríamos ningún evangelio que predicar.
(ii) Pero hay un segundo punto complementario: no debemos presentar la obra salvadora de Cristo separadamente de su Persona. Los predicadores evangelísticos y los que hacen obra personal a veces cometen este error. En su preocupación por enfocar la atención en la muerte expiatoria de Cristo como el fundamento único y suficiente para que los pecadores puedan ser aceptados por Dios, presentan la invitación a tener una fe
salvadora en estos términos: “Cree que Cristo murió por tus pecados”. El efecto de esta exposición es representar la obra salvadora de Cristo en el pasado, disociada de su Persona en el presente, como el objeto total de nuestra confianza. Pero no es bíblico aislar de este modo la obra del Obrador. En ninguna parte del Nuevo Testamento el llamado a creer es expresado en estos términos. Lo que requiere el Nuevo Testamento es fe en (en) o adentrarse en (eis) o sobre (epi) Cristo mismo, poner nuestra fe en el Salvador viviente quien murió por los pecados. Por lo tanto, hablando estrictamente, el objeto de la fe salvadora no es la expiación, sino el Señor Jesucristo, quien hizo la expiación. Al presentar el evangelio, no debemos aislar la cruz y sus beneficios del Cristo a quien pertenecía la cruz. Porque las personas a quienes les pertenecen los beneficios de la muerte de Cristo son simplemente las que confían en su Persona y creen, no simplemente por su muerte salvadora, sino en él, el Salvador viviente “Cree en el Señor
Jesucristo, y serás salvo” dijo Pablo (Hech. 16:31). “Venid a mí…y yo os haré descansar,” dijo nuestro Señor (Mat.11:28).

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Siendo esto así, enseguida vemos claramente que la cuestión de la amplitud de la expiación, que es algo de lo cual se habla mucho en algunos ambientes, no tiene ninguna relación con el contenido del mensaje evangelístico en este sentido en particular. No me propongo discutir esta cuestión ahora, ya lo he hecho en otro lugar.  No estoy preguntando aquí si piensas que es cierto decir que Cristo murió a fin de salvar o no a cada ser humano del pasado, presente y futuro. Ni le estoy invitando ahora a decidirse sobre esta cuestión, si no lo ha hecho ya. Lo único que quiero recalcar aquí es que aun si cree que la afirmación anterior es cierta, su presentación de Cristo al evangelizar no debería diferir de la que presenta al hombre que no cree que sea cierta. Lo que quiero decir es esto: resulta obvio que si un predicador cree que la afirmación “Cristo murió por cada uno de ustedes”, hecha a cualquier congregación, sería algo que no se puede verificar y que probablemente no es cierta, se cuidaría de incluirla en su predicación del evangelio. Uno no encuentra afirmaciones tales en sermones como, por ejemplo, los de
George Whitefield  o de Charles Spurgeon. Pero ahora, la cuestión es que, aun si alguien piensa que esta afirmación sería cierta si la hiciera, no es algo que necesita decir ni tendría jamás razón para decirla cuando predica el evangelio. Porque predicar el evangelio, como acabamos de ver, significa llamar a los pecadores a acudir a Jesucristo, el Salvador viviente, quien, en virtud de su muerte expiatoria, puede perdonar y salvar a todos los que ponen su fe en él. Lo que tiene que decirse acerca de la cruz cuando se predica el evangelio es sencillamente que la muerte de Cristo es el fundamento sobre el cual Cristo perdona. Y eso es lo único que hay que decir. La cuestión de la amplitud designada de la expiación no viene para nada al caso… El hecho es que el Nuevo Testamento nunca llama a nadie al arrepentimiento sobre el fundamento de que Cristo murió específica y particularmente por él.
El evangelio no es: “Cree que Cristo murió por los pecados de todos, y por lo tanto por los tuyos” como tampoco lo es: “Cree que Cristo murió solo por los pecados de ciertas personas, y entonces quizá no por los tuyos”… No nos corresponde pedir a nadie que ponga su fe en ningún concepto de la amplitud de la expiación. Nuestro deber es conducirlos al Cristo vivo, llamarlos a confiar en él. Esto nos trae al ingrediente final del
mensaje del evangelio.

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4. El evangelio es un llamado a la fe y al arrepentimiento. Todos los que escuchan el evangelio son llamados por Dios a arrepentirse y creer. “Pero Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan,” le dijo Pablo a los atenienses (Hech. 17:30). Cuando sus oyentes le preguntaron qué debían hacer para “poner en práctica las obras
de Dios”, nuestro Señor respondió: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29). Y en 1 Juan 3:23 leemos: “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo…”.
El arrepentimiento y la fe pasan a ser una cuestión de deber por el mandato directo de Dios, por lo tanto la impenitencia e incredulidad son señaladas en el Nuevo Testamento como pecados muy serios. Estos mandatos universales, como lo hemos indicado anteriormente, van acompañados con promesas universales de salvación para todos los que obedecen: “Que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hech. 10:43). “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apoc. 22:17). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Estas palabras son promesas que Dios cumplirá mientras dure el tiempo. Necesitamos decir que la fe no es meramente un sentido de optimismo, así como el arrepentimiento no es un mero sentido de lamentarse o de remordimiento. La fe y el arrepentimiento son acciones, y acciones del hombre integral… la fe es esencialmente entregarse, descansar y confiar en las promesas de misericordia que Cristo ha dado a los pecadores, y en el Cristo que dio esas promesas. De igual modo, el arrepentimiento es más que sentir tristeza por el pasado, el arrepentimiento es un cambio de la mentalidad y del corazón, una vida nueva de negarse a uno mismo y servir al Salvador como Rey en lugar de uno mismo…

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Necesitamos presentar también dos puntos más:
(i) Se requiere fe al igual que arrepentimiento. No basta con decidir apartarse del pecado, renunciar a hábitos malos y tratar de poner en práctica las enseñanzas de Cristo siendo religiosos y haciendo todo el bien posible a otros. Aspiraciones, resoluciones, moralidad y religiosidad no son sustitutas de la fe… sino que si ha de haber fe, primero tiene que haber un fundamento de conocimiento: el hombre tiene que saber acerca de Cristo, su cruz y sus promesas antes de que la fe salvadora pueda ser una posibilidad
para él. Por lo tanto, en nuestra presentación del evangelio, tenemos que enfatizar estas cosas, a fin de llevar a los pecadores a abandonar toda confianza en sí mismos y confiar totalmente en Cristo y en el poder de su sangre redentora para hacerlos aceptos a Dios. Nada que sea menos que esto es fe.

(ii) Se requiere arrepentimiento al igual que fe… Si ha de haber arrepentimiento, tiene que haber, volvemos a decirlo, un fundamento de conocimiento… Más de una vez, Cristo deliberadamente llamó la atención a la ruptura radical del pasado que involucra ese
arrepentimiento. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame… todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mat. 16:24-25). “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida [o sea: considerarlos a todos en segundo lugar] no puede ser mi discípulo… cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:26, 33). El arrepentimiento que  Cristo requiere de su pueblo consiste del rechazo contundente a poner cualquier límite a las demandas que él pueda hacer a sus vidas… Él no tenía interés en juntar grandes gentíos que profesaran ser sus seguidores para luego desaparecer en cuanto se enteraban de lo que seguirle requería de ellos. Por lo tanto, en nuestra propia presentación del evangelio de
Cristo, tenemos que poner un énfasis similar en lo que cuesta seguir a Cristo, y hacer que los pecadores lo enfrenten con seriedad antes de instarlos a responder al mensaje de perdón gratuito. Simplemente por honestidad, no debemos ignorar el hecho de que el perdón gratuito en un sentido cuesta todo; de otro modo, nuestro evangelizar se convierte en una especie de estafa. Y donde no existe un conocimiento claro, y por ende
nada de reconocimiento realista de las verdaderas demandas de Cristo, no puede haber arrepentimiento y por lo tanto tampoco salvación. Tal es el mensaje evangelístico que somos enviados a anunciar.

Evangelism & the Sovereignty of God (Evangelismo y la soberanía de Dios)

James (Jim) Innell Packer (nacido el 22 de julio de 1926) es un teólogo cristiano canadiense nacido en Gran Bretaña en las tradiciones Anglicana y Reformada de la iglesia baja . 

¿Qué es el evangelio?

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No hay mayor mensaje que el evangelio. Pero a pesar de su importancia, muy a menudo es distorsionado masivamente o simplificado de más. La gente piensa que está predicando el evangelio cuando te dice: “Puedes tener un propósito en la vida”, o “puedes encontrar significado en tu vida”, o “puedes tener una relación personal con Jesús”. Todo eso es verdad y es importante, pero no llega al corazón de lo que es el evangelio.

Al evangelio se le llama “buenas nuevas” ya que habla sobre el problema más serio que tú y yo tenemos como seres humanos, y ese problema es simplemente esto: Dios es santo y Él es justo, y yo no lo soy. Y al final de mi vida estaré delante de un Dios justo y santo, y seré juzgado. Y seré juzgado ya sea en base a mi propia justicia, la falta de ella, o en base a la justicia de otro. Las buenas nuevas del evangelio son que Jesús vivió una vida de perfecta rectitud y perfecta obediencia a Dios, no a su propio favor, sino por su pueblo. Él ha hecho por mí lo que yo no podía hacer por mí mismo. Pero no solo vivió esa vida de perfecta obediencia, sino que se ofreció a sí mismo como un sacrificio perfecto para satisfacer la justicia de Dios.

El gran error en nuestros días es el siguiente: creer que Dios no se preocupa de proteger su propia integridad. Que es una deidad debilucha, que solo pasa su varita mágica de un lado a otro perdonando a todos. No. El que Dios te perdone es algo muy costoso. Le costó el sacrificio de su propio Hijo. Fue tan valioso el sacrificio que Dios lo pronunció valioso al levantarlo de los muertos. Así que Cristo murió por nosotros, y fue levantado para nuestra justificación. Por lo que el evangelio es algo objetivo. Es el mensaje de quién es y qué hizo Jesús. Y también tiene una dimensión subjetiva. ¿Cómo nos apropiamos subjetivamente de los beneficios de Jesús? ¿Cómo los consigo? La Biblia deja en claro que no somos justificados por nuestras obras, ni por nuestros esfuerzos, ni por nuestras acciones, sino por la fe —y solo mediante la fe. La única manera en que puedes recibir el beneficio de la vida y la muerte de Cristo es poniendo tu fe en Él y solo en Él. Si haces esto, eres declarado justo por Dios, adoptado en su familia, perdonado de todos tus pecados, y habrás comenzado tu peregrinación hacia la eternidad.

Robert Charles Sproul (nacido el 13 de febrero de 1939) es un teólogo calvinista estadounidense, autor y pastor.

http://www.ligonier.org

Cristo para siempre jamás

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Viene llegando el momento —¡ay, con qué velocidad!— que será el más solemne y severo, y no obstante la prueba más dulce y auténtica del poder sustentador y tranquilizador de lo preciado que es Cristo en la experiencia de sus santos: la última enfermedad y la escena final de la vida. Imagínese que ha llegado el momento. Desaparecen las atracciones del mundo y todo auxilio humano se acaba. Todo se está acabando. Se están acabando el corazón y las fuerzas, se está acabando la capacidad mental, se están acabando los afectos humanos. Los ojos están velados por la muerte, y las realidades invisibles del mundo del espíritu van apareciendo ante la vista. Inclinado sobre usted, su ser querido que lo ha acompañado a la ribera del río helado pide una señal. Usted está demasiado débil para formar un pensamiento, o decir una palabra, demasiado absorto para responder con una mirada. No puede declarar su fe recitando un credo detallado, y no tiene ninguna experiencia profunda, emoción estática ni visiones celestiales para describir. Una frase breve, pero firme y expresiva demuestra todo lo que usted sabe, cree y siente hasta ahora.

Es la profesión de su fe, la suma de su experiencia, la base de su esperanza: “¡Cristo lo es todo para mi alma!”. ¡Suficiente! El cristiano moribundo no puede dar más, ni el ser querido esperar más. Querido Salvador: ¡Está tú conmigo en ese momento solemne! Camina por el valle a mi lado, reposa mi cabeza [débil, cansada] en tu pecho, dile palabras alentadoras a mi alma atribulada: “No temas, porque yo estoy contigo” (Isa. 41:10). Entonces, será para mí una felicidad morir. La muerte perderá su ponzoña, el sepulcro su dolor, la eternidad su incertidumbre. Y, por la experiencia de tu cariño en la tierra, pasaré triunfante por el oscuro portal al sol radiante y la comprensión perfecta y el gozo eterno de todo lo que la fe ha creído, el amor anhelado y la esperanza esperada de la gloria absoluta y la felicidad en el cielo. “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Sal. 16:11).

Tomado de The Precious Things of God 

Octavio Winslow (1808-1878)

El Método de la Gracia

Blog25

Mis queridos amigos, debemos mantener un andar dócil, íntimo con el Señor Jesucristo.

Muchos de nosotros perdemos nuestra paz por nuestro andar indisciplinado; alguna cosa u otra se interpone entre Cristo y nosotros, y caemos en la oscuridad; una cosa u otra nos aparta de Dios y esto entristece al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo nos deja librados a nuestros propios recursos. Permítanme, pues, exhortarles a ustedes que tienen paz con Dios, que se cuiden de no perder esta paz. Es cierto que una vez que están en Cristo, no pueden apartarse permanentemente de Dios: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Pero aunque no pueden apartarse permanentemente, si pueden apartarse desastrosamente, y pueden vivir el resto de sus días con huesos rotos.

Cuídense de retroceder en nombre de Jesucristo, no entristezcan al Espíritu Santo porque puede ser que nunca en su vida recobren su bienestar. Oh, cuídense de no andar rodando por este mundo de Dios después de haber acudido a Jesucristo. Mis queridos amigos, yo he pagado caro mi infidelidad.

Nuestros corazones son tan malditamente impíos, que si no nos cuidamos, si no nos mantenemos continuamente en guardia, nuestro impío corazón nos engañará y desviará. Será triste ser objeto del azote de un Padre que corrige; recuerde los azotes de Job, David y otros santos en las Escrituras. Por lo tanto, permítanme exhortarles a ustedes que tienen paz, que anden cerca de Jesucristo, se diferencian tan poco de los demás que casi ni se reconocen como verdaderos cristianos. Son cristianos que tienen miedo de hablar por Dios se dejan llevar por la corriente; hablan del mundo como si estuvieran en su elemento; esto no lo hacen cuando recién descubren el amor de Cristo; entonces pueden hablar sin parar de la luz del Señor que brilló en su corazón.

 

George Whitefield (16 de diciembre de 1714 – 30 de septiembre de 1770)

Para Glorificar a Dios debemos renunciar a toda gloria personal

Blog23

Así es sin duda. Jamás nos gloriamos como se debe en Él, sino cuando totalmente nos despojamos de nuestra gloria. Por el contrario, debemos tener por regla general, que todos los que se glorían de sí mismos se glorían contra Dios. Porque san Pablo dice que los hombres se sujetan finalmente a Dios cuando toda materia de gloria les es quitada (Rom. 3,19).

Por eso Isaías al anunciar que Israel tendrá todo su justicia en Dios, añade juntamente que tendrá también su alabanza (Is. 4 5, 2 5); como si dijera: éste es el fin por el que los elegidos son justificados por el Señor, para que en Él. Y en ninguna otra cosa, se gloríen. En cuanto al modo de ser nosotros alabados en Dios, lo había enseñado en el versículo; a saber, que juremos que nuestra justicia y nuestra fuerza están en Él. Consideremos que no se pide una simple confesión cualquiera, sino que esté confirmada con juramento; para que no pensemos que podemos cumplir con no sé qué fingida humildad. Y que nadie replique que no se gloría  cuando, dejando a un lado toda arrogancia, reconoce su propia justicia; porque tal estimación de sí mismo no puede tener lugar sin que engendre confianza, ni la confianza sin que produzca gloria y alabanza.

Recordemos, pues, que en toda la discusión acerca de la justicia debemos siempre poner ante nuestros ojos como fin, dejar el honor de la misma entero y perfecto para Dios; pues para demostrar su justicia, como dice el Apóstol, derramó su gracia sobre nosotros, a fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Rom.3, 2-6). Por eso en otro lugar, después de haber enseñado que el Señor nos adquirió la salvación para alabanza de la gloria de su gracia (Ef. 1:6), como repitiendo lo mismo dice: “Por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8-9). Y san Pedro, al advertimos de que somos llamados a la esperanza de la salvación para anunciar las virtudes de Aquél que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9), sin duda alguna quiere inducir a los fieles a que de tal manera canten las solas alabanzas de Dios, que pasen en silencio toda la arrogancia de la carne.

 

Extraído de Institución de la religión cristiana.

Juan Calvino (10 de Julio de 1509 – Ginebra, 27 de Mayo de 1564)

Cristo El Rey

Blog22

Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo     (2 Corintios 10:5).

Ahora llegamos al oficio real por medio del cual nuestro glorioso Mediador ejecuta y cumple el diseño establecido para nuestra redención. Si como nuestro Profeta no hubiera abierto el camino de la vida y salvación a los hijos de los hombres, nunca lo hubieran conocido. Si lo hubieran conocido bien, excepto como su Sacerdote y se hubiera ofrecido a sí mismo para darles salvación, no hubieran podido ser redimidos virtualmente por su sangre. Y de haber sido redimidos, si él no hubiera vivido en la capacidad de Rey para
aplicarles este sacrificio de su sangre, no hubieran tenido ningún beneficio verdadero y personal de su muerte. Porque lo que reveló como Profeta, lo compró como Sacerdote, y lo que así reveló y compró como Profeta y Sacerdote, lo aplica como Rey, primero sometiendo el alma de sus escogidos a su gobierno espiritual, luego gobernándolos
como sus súbditos y ordenando todas las cosas en el reino de Dios para bien de ellos…

DOCTRINA: Jesucristo ejerce su poder como Rey sobre el alma de todos aquellos a quienes el evangelio somete a su obediencia. Después de que los colosenses fueron liberados del poder de las tinieblas, fueron trasladados inmediatamente al reino de Cristo, el Hijo amado (Col. 1:13). El reino de Cristo, que es nuestro tema aquí, es el reino espiritual interior que la Biblia dice mora dentro de los santos. “El reino de Dios está entre vosotros” (Luc. 17:20-21). Cristo mora como un rey sobre su trono en el corazón, la conciencia y los sentimientos de su pueblo (Sal. 110:3). Y su reino consiste de “justicia,
paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom. 14:17)…

Versiculo 110
PRIMERO, COMENCEMOS CON LA MANERA COMO CRISTO OBTIENE EL TRONO EN EL CORAZÓN DE LOS HOMBRES, Y ESO ES CONQUISTÁNDOLO. Aunque las almas de los escogidos sonsuyas porque le fueron dadas por derecho de redención, [y aunque] el Padre se las dio y Jesús murió por ellas, Satanás las poseyó primero. Y así sucede con Cristo, igual que como con Abraham con quien Dios hizo un pacto prometiéndole la tierra. De hecho eran los cananeos, los ferezeos y los hijos de Anac quienes poseían la tierra, y la posteridad de Abraham tendría que luchar por ella y conquistarla centímetro por centímetro antes de poder disfrutarla. El palacio es legado a Cristo por aquel que lo construyó, pero el hombre armado tiene posesión de él hasta que otro más fuerte que él llega y se lo quita (Luc. 11:20-22). Cristo tiene que luchar para llegar a poseer el alma, aunque tiene derecho a ella, por ser su posesión por lo caro que le costó. Y lo hace, porque cuando llega el momento de recobrarla, envía a sus ejércitos para poseerla, tal como dice el Salmo 110:3, “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder”, frase que en hebreo también puede significar “en el día de tus ejércitos”, cuando el Señor Jesús envió a sus ejércitos de profetas, apóstoles, evangelistas, pastores, maestros, bajo la dirección de su Espíritu y armados con una espada de dos filos, la Palabra de Dios, cortante y poderosa (Heb. 4:12). Pero eso no es todo:
Él causa que ejércitos de convicciones y tribulaciones los ataquen y los cerquen por todas direcciones, de modo que no sepan qué hacer. Estas convicciones, como una lluvia de saetas, pegan en el centro mismo de sus conciencias. “Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hech. 2:37). Las saetas de Cristo son punzantes en el corazón de sus enemigos, de modo que los hombres caen bajo su ataque (Sal. 45:5-6). Por medio de estas convicciones, arrasa con todas sus esperanzas vanas.

Ahora todos sus débiles ruegos y argumentos en su defensa, por la misericordia general de Dios, el ejemplo de otros, etc., no les sirven para nada. Estas convicciones les sacuden profundamente el corazón y desbaratan cada pensamiento que se levanta contra Dios. Ese día en que Cristo se sienta ante el alma y la llama por medio de mensajeros como estos, es un día de sufrimiento interior. ¡Sí, es un día de tribulación como nunca se ha visto! ¡Pero aun así, Satanás se ha arraigado tan profundamente en la mente y la voluntad que el alma resiste el llamado, hasta que se queda sin recursos y que sus torres de orgullo y muros de vana confianza son derrumbados por el evangelio!
Es entonces que el alma anhela a Cristo y lo busca. Claro, ahora acepta los términos, los términos que sean, con tal de salvar su vida. Ahora envía muchos mensajeros como estos a Cristo, quien ha llegado ahora a los portales mismos del alma: “¡Ten misericordia, Señor! ¡Si solo tuviera la seguridad de que me recibirás y perdonarás, me entregaría a
ti en este mismo instante!” Así, el alma queda “encerrada para aquella fe” [en Cristo] (Gál. 3:23) y reducida a la mayor estrechez y pérdida imaginables.

C.H Spurgeon7

Y ahora el Rey misericordioso, cuyos designios son conquistar el corazón, extiende su bandera de misericordia al alma, dándole la esperanza de que tendrá misericordia de ella y que será perdonada, a pesar de su rebelión contra él por tantos años, con solo que se entregue a Cristo. Ahora afloran en el corazón del hombre muchas perplejidades, vacilaciones, dudas, temores, titubeos, irresoluciones y argumentos a favor y en contra de la invitación. A veces no hay esperanza: “Cristo me matará, si me acerco a él”, y entonces tiembla. Pero, ¿quién ha existido que le sucediera esto? Otras almas se han entregado y encontrado misericordia en una medida que no hubieran imaginado. “Ay, pero yo he sido un terrible enemigo suyo”. Lo admito, pero tenemos la promesa del Rey: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”       (Isa. 55:7).

“Pero el tiempo de misericordia ha pasado; ¡he esperado demasiadotiempo! Pero si esto es así, ¿cómo es que Cristo no me ha descartado,no ha quemado mi alma en el fuego, el fuego del infierno?” Él sigueesperando para mostrar su gracia y compasión. Hay mil argumentoscomo este, hasta que, al fin, el alma se convence que si sigue rebelde,perecerá. Y sintiéndose algo animado por los mensajes de gracia enviados a su alma, tales como: “Puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (Heb. 7:25); y,” al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37), y “venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28), por fin se decide acudir a Cristo y dice: “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el rey de gloria” (Sal. 24:7). ¡Ahora la voluntad se da espontáneamente a Cristo! El baluarte se entrega y se rinde a Cristo. La voluntad cede a Cristo las llaves de todos los cuartos del alma. El corazón duro se parte en dos. Una pobre
alma recurre a la Palabra, llena de ignorancia, orgullo, amor por sí misma, con tal dureza que la deja sin esperanza y resoluciones firmes de seguir en su camino, y después de una hora de discurso, la marea baja… “¿Qué te aqueja, voluntad firme, que te entregas a Cristo, tú, corazón duro que te ablandas y entonces de ti corren las aguas?” Así, el alma es ganada para Cristo. Él anota sus términos y el alma voluntariamente los acepta. Viene a Cristo sometiéndose voluntariamente y con entusiasmo, no queriendo otra cosa que estar bajo su soberanía de ahora y para siempre.

SEGUNDO, CONSIDEREMOS CÓMO CRISTO GOBIERNA EL ALMA DE LOS QUE SE SOMETEN A ÉL. Ejerce su autoridad como Rey sobre ellos en cuatro aspectos:

1. Les impone una nueva ley y les manda que sean estrictos y puntuales en obedecerla. El alma había sido antes un instrumento de Belial y no podía tolerar ninguna restricción: se regía por sus concupiscencias. “Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos,
rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos” (Tito 3:3). Fuera lo que fuera que la carne quería y el apetito sensual ansiaba, tenía que tenerlo, costara lo que costara. Si la condenación era su precio, no había problema siempre que no tuviera que pagarlo ya. Pero ahora ya no podía estar sin la ley de Dios, sin la ley de Cristo. El alma acepta de buena voluntad los artículos de paz el día que pasa a ser objeto de misericordia: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí” (Mat. 11:29). Esta “ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom. 8:2). Aquí hay rigurosidad pero no esclavitud; porque la ley no solo está escrita en la Biblia, el libro de los estatutos de Cristo, sino escrita por su Espíritu en el corazón de sus súbditos. Esto hace de la obediencia un placer, y fácil el negarse a uno mismo. El yugo de Cristo está recubierto de amor, de modo que nunca irrita el cuello de su pueblo…

2. Reprende y disciplina a las almas por las violaciones y transgresiones contra su ley. Ese es otro acto de la autoridad de Cristo:
“El Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo (Heb. 12:6-7). Estas disciplinas de Cristo son aplicadas con la vara de providencia en sus cuerpos y consolaciones externas o en sus espíritus y consolaciones interiores. A veces sus reprensiones le duelen al hombre exterior: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (1 Cor. 11:30). No tenían el respeto debido por su cuerpo [en la Cena del Señor] que [era apropiado para ellos], y hará que sus cuerpos sufran por ello. Y prefiere el Señor que su carne sufra, a que sus almas perezcan. A veces les ahorra los sufrimientos externos y se los produce al hombre interior, lo cual es una vara que causa mucho más dolor. Quita la paz y el gozo del espíritu de su pueblo. El hecho que esconda su rostro es una severa reprensión. Sin embargo, todo es para corregir, no para destruir. Y no es poco privilegio el que los súbditos de Cristo reciban una disciplina a tiempo y santificada para apartarlos de sus pecados. “Tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:3). A otros les deja seguir en la obstinación de sus propios corazones: Cristo no los disciplina para su bien, no los llama a cuenta por ninguna de sus transgresiones, sino que lidia con todas ellas en el infierno.

Versiculo 111
3. Otro acto de Cristo como Rey es el refrenar a sus siervos e impedirles que caigan en iniquidad y que tomen esos rumbos que sus propios corazones tienen una inclinación de tomar. Porque en ellos hay todavía un espíritu con inclinación de apartarse, pero el Señor en su ternura por ellos no deja que sus almas hagan iniquidad, y que cuando están a punto de pecar: Cuando “casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos” (Sal. 73:2). Es entonces que el Señor previene el pecar quitando providencialmente la ocasión o ayudándolos a resistir la tentación, en su gracia auxiliándoles el espíritu para protegerlos de la tentación que los acecha. Les da una salida para que puedan soportar (1 Cor. 10:13). Por esto su pueblo tiene frecuentes ocasiones de bendecir su nombre por su bondad cuando están expuesto a cualquier impiedad. Y esto, me parece ser el significado de Gálatas 5:16: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”, o sea: “Puede que seas tentado por ellos, pero no cedas, no. Mi espíritu hará que la tentación desaparezca sin haberse manifestado del todo, de modo que muera antes de haberse desarrollado”.

4. Los protege y no deja que se aparten de él y caigan en un estado pecaminoso y de esclavitud a Satanás. Así es, Satanás no cesa en sus constantes intentos para hacer que vuelvan a obedecerle. Nunca deja de tentarlos para que regresen, y donde encuentra un creyente falso, prevalece; pero Cristo protege a los suyos para que no se aparten. “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Juan 17:12).
Son “guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación” (1 Ped. 1:5). Guardados, como en un cuartel, de acuerdo con la importancia de esa palabra. ¡Ninguno es más solicitado, más seguro que el pueblo de Dios! Son “guardados en Jesucristo” (Jud. 1). No es la gracia de ellos lo que los mantiene a salvo, sino el cuidado y
continua vigilancia de Cristo… Este es su pacto con ellos: “Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer. 32:40). Como Rey, los guarda. Como Rey, recompensa su obediencia y los anima a servirle sinceramente. Aunque todo lo que hacen para Cristo es por obligación, él ha unido su consolación con su deber: “Estas bendiciones tuve porque guardé tus mandamientos” (Salmo 119:56). Se comprometen a hacerlo en medio de cada deber: “El que se acerca a Dios… es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6). ¡Oh a qué gran Señor sirven los santos!

Versiculo 112
6. Calma todas las dificultades y da paz cuando sus espíritus están alborotados. Le “paz de Dios” gobierna en sus corazones (Col. 3:15)… Cuando afloran las emociones tumultuosas, cuando la ira, el odio y el deseo de venganza comienzan a aparecer en el alma, esto soluciona todo. “Escucharé lo que hablará Jehová Dios; porque hablará paz a su pueblo y a sus santos” (Salmo 85:8). Es el que dice al mar embravecido: “Cálmate” y le obedece, él es el único que puede dar paz al espíritu inquieto… Estos son los actos de Cristo como Rey. Los realiza con poder, dulzura y poderosamente en el alma de su pueblo.

(1) Con poder: Ya sea que nos refrena de pecar o nos impulsa a cumplir nuestros deberes, lo hace eficazmente en el alma: “Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Cor. 4:20). Y aquellos a quienes el Espíritu guía, marchan adelante ligados en el
espíritu para cumplir sus deberes (Hech. 20:22). También:

(2) No gobierna por compulsión, sino con gran dulzura. Su ley es una ley de amor escrita en sus corazones. La Iglesia es la esposa del Cordero (Apoc. 19:7). “No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia” (Isa. 42:3). “Os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo”, dice el apóstol (2Cor. 10:1). Porque se complace en la obediencia voluntaria, no forzada. Gobierna a hijos, no a esclavos, de modo que su poder como Rey está mezclado con su amor paternal. Su yugo no está hecho de hierro, sino de oro.

(3) Gobierna de una manera racional, según el carácter de ellos. “Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor” (Os. 11:4), o sea de una manera adecuada para apelar a su razonamiento y obrar sobre [su capacidad intelectual]. Su reino eterno es administrado por su Espíritu, a quien le dio la misión de representarlo en nuestros
corazones.

John Flavel (c. 1630-1691)
Tomado de “The Fountains of Life” en The Works of John Flavel. Tomo 1