El costo del Discipulado

Es fácil seguir a la gente hoy día. Nos seguimos con el clic de un botón en las redes sociales. El costo es minúsculo. Como mucho, perdemos un poco de dignidad (dependiendo de a quién sigamos). Por lo general, queremos seguir a amigos y familiares, o personas cuyas vidas codiciamos. Las celebridades tienen millones de seguidores y no piden mucho a cambio, tal vez un «me gusta» ocasionalmente. Hoy en día, seguir a alguien es fácil, tan fácil que podemos seguir a cientos, incluso miles de personas. Me pregunto si este fenómeno ha ayudado a confundirnos con las palabras de Jesús: «Sígueme».

La comodidad y la gloria que a menudo deseamos para nosotros mismos son radicalmente contrarias a la cruz.

La vida que Jesús nos llama a emular en realidad no fue codiciada por nadie. Si Instagram hubiera existido en el primer siglo, no estoy seguro de que Jesús hubiera tenido muchos seguidores. Él era un marginado religioso, así que los piadosos de aquel tiempo no hubieran querido ser identificados con Él o seguirle. En nuestros días, a «los espirituales pero no religiosos» les resulta igualmente difícil seguir a Jesús por dos razones.

Primero, Jesús exige que le sigamos de manera exclusiva. «Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14:26). Familiares y celebridades están felices de compartir sus seguidores, pero Jesús no. No puedes seguir a Jesús y dedicarte a los demás de la misma manera que te consagras a Él. Este tipo de exclusividad es especialmente difícil en sociedades como la nuestra, donde los no cristianos se alegran de incluir a Jesús entre los grandes maestros religiosos, pero no sobre ellos. Sin embargo, Jesús no compartirá escenario con nadie más, y exige que nuestro amor por Él sea único.

Segundo, Jesús exige que le sigamos precisamente cuando no sea emocionante o cómodo. «El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (v. 27). La comodidad y la gloria que a menudo deseamos para nosotros mismos son radicalmente contrarias a la cruz. Sin embargo, seguir a Jesús es abrazar una vida cruciforme. Juan Calvino escribió que los seguidores de Cristo «debían prepararse para una vida dura, trabajosa e inquieta, llena de muchos y diversos tipos de maldad». Tan grande es el costo de seguir a Jesús que Él nos exhorta a considerar la decisión cuidadosamente antes de que hagamos «clic» (vv. 28-32).

Jesús concluyó Su llamado al discipulado en Lucas 14 diciendo: «Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo» (v. 33). En pocas palabras, seguir a Jesús te costará todo, pero lo que ganas es más grande que lo que pierdes. A través de la cruz, obtenemos al Cristo, que por nuestra salvación lo soportó antes que nosotros.

El Rev. Adriel Sánchez es el pastor principal de la iglesia North Park Presbyterian Church en San Diego y conductor del programa de radio Core Christianity.

Pensamientos de C.H. Spurgeon

“El adorno de buenas obras, el adorno con que esperamos entrar al cielo es la sangre y la justicia de Jesucristo; pero el adorno del cristiano aquí en la tierra es su santidad, su piedad, su perseverancia. Si algunos tuvieran un poquito más de piedad, no necesitarían ropa tan llamativa; si tuvieran un poquito más de santidad para motivarlos, no tendrían ninguna necesidad de estar siempre adornándose. Los mejores aretes que una mujer puede lucir son los aretes de escuchar la Palabra con atención. El mejor anillo que nos podemos poner en un dedo es el anillo que el padre le puso en el dedo al hijo pródigo cuando Dios lo trajo de regreso y el mejor vestido que podemos jamás usar es uno confeccionado por el Espíritu Santo, el vestido de una conducta consecuente. Pero es asombroso ver que mientras tantos se preocupan por adornar este pobre cuerpo, tienen muy pocos ornamentos para su alma, se olvidan de vestir su alma”. —C. H. Spurgeon

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892) fue un teólogo, predicador, misionero, erudito bíblico, escritor y pastor bautista reformado inglés, conocido porque, según la Internet Christian Library (ICLnet), a lo largo de su vida evangelizó alrededor de 10 millones de personas y a menudo predicaba 10 veces a la semana en distintos lugares. Sus sermones han sido traducidos a varios idiomas y es conocido como el «Príncipe de los Predicadores».

La Libertad del Discipulado

Cuando yo era adolescente, consideraba la fe cristiana como restrictiva y opresiva. Tenía miedo de que la manera cristiana de vivir fuera esclavizante, que me llevara a una vida de miseria. Por lo tanto, estaba esperando mi tiempo hasta que pudiera escaparme de la supervisión de mis padres y buscar una vida de libertad en la universidad.

Sin embargo, gracias a Dios, durante mi último año de secundaria descubrí que lo que yo pensaba que era libertad era en verdad esclavitud, y lo que pensaba que sería esclavizante era, de hecho, la verdadera libertad, la libertad del discipulado. Llegué a la conclusión de que, aparte de Jesús, no existe la verdadera libertad, solo la esclavitud del pecado.

Es solo cuando nos sometemos al señorío de Jesús y nos convertimos en Sus discípulos que experimentamos la verdadera libertad.

El hombre fue creado por Dios para gobernar sobre la tierra, para aprovechar el mundo material para la gloria de Dios y el beneficio del hombre. Pero cuando el hombre se rebeló contra Dios, se encontró a sí mismo bajo el dominio de la creación en lugar de ejercer el dominio sobre ella. Esto es lo que vemos en la esclavitud de las adicciones. El hombre se convierte en el esclavo de sus propios deseos. Él se convierte en esclavo del pecado. El hombre natural está bajo el cautiverio del pecado.

Este fue, por supuesto, uno de los énfasis principales de los reformadores mientras recuperaban el evangelio de la gracia soberana de Dios. Martín Lutero, en su obra La esclavitud de la voluntad, trata este punto con gran claridad. El hombre natural no es libre sino esclavo del pecado. Él no puede hacer lo contrario. Él debe ser liberado del poder del pecado que lo ata. Esta es la libertad del discipulado.

Jesús dijo: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8:31-32). Es solo cuando nos sometemos al señorío de Jesús y nos convertimos en Sus discípulos que experimentamos la verdadera libertad. Él rompe el poder del pecado en nuestras vidas y nos otorga la libertad bajo Su gobierno benevolente. Somos hechos libres para ser lo que Dios quiere que seamos: seres que están llenos de gozo indescriptible mientras le obedecemos y cumplimos los propósitos para los cuales Él nos creó.

Aquí es cuando somos realmente libres. No es la falsa libertad de la anarquía, sino la verdadera libertad que se experimenta cuando vivimos la vida para la gloria de Dios como discípulos de Jesús. Esto es lo que el apóstol Pablo nos dice en Romanos 6: 20-23. Cuando nuestra esclavitud al pecado y la muerte se rompe por el poder de la gracia de Dios en Jesús, nos convertimos en esclavos (discípulos) de Jesús. En verdad, es una servidumbre gozosa, porque Jesús trata a Sus discípulos como hijos e hijas. De hecho, entramos en la gozosa libertad de los hijos de Dios.

El reverendo Roland Barnes es pastor principal de Trinity Presbyterian Church (PCA) en Statesboro, Georgia.

Los discípulos persiguen la Santidad

Uno de los malentendidos comunes sobre la doctrina de la justificación solo por la fe es de que es una especie de ficción sin consecuencias prácticas en la vida misma. Este ha sido un argumento polémico utilizado por los apologistas católicos contra la visión protestante de sola fide: la verdad bíblica de que somos justificados por gracia por medio de la fe en Cristo solamente. Además, los antinomianos de todo tipo han argumentado que, dado que los creyentes están bajo la gracia y ya no están bajo la ley, se les permite vivir de una manera moralmente «relajada».

No importa de donde vengan estas caricaturas de la vida cristiana, Pablo no es la fuente de ninguna de ellas. En realidad, él se opone totalmente a ellas. En la carta a los Romanos, el Apóstol describe las profundidades del evangelio de la justificación solo por la fe sobre la cual está enraizada y se desarrolla la nueva vida en Cristo. La justificación es la base de la santificación. La primera es la base de la postrera, y la postrera es el resultado espiritual de la primera. Como Charles Hodge escribió en su comentario de 1886 sobre Romanos: «Es imposible que alguien comparta los beneficios de Su muerte [es decir, Jesucristo] sin conformarse a Su vida».

Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente.

Aquí es donde entra la santidad. La santidad es la marca inevitable del discípulo de Jesucristo. Una vida cristiana impía es simplemente un oxímoron, una contradicción en los términos, una negación de la realidad de la justificación solo por la fe. En Romanos 6:12-16, Pablo revela el significado de una vida santa en términos de una transición radical que tuvo lugar: de estar bajo la ley, lo que significa que el individuo estaba muerto en su pecado y al servicio de la injusticia, a estar ahora bajo la gracia, lo que significa que el individuo ha revivido para Dios y está ahora sirviendo a la causa de la justicia.

La santidad es la evidencia espiritual y práctica de que esta transición ha tenido lugar y está funcionando correctamente en términos reales. Una vez más, vale la pena citar a Hodge: «La gracia, en lugar de conducir a la indulgencia del pecado, es esencial para el ejercicio de la santidad». Bajo la gracia, la santidad es la señal de que la justificación ha ocurrido. Sin la evidencia de santidad en la vida cristiana, todas las caricaturas de la justificación ficticia y el antinomianismo desafortunadamente son posibles. Una vida impía es una excusa para que los burladores de la fe cristiana sean reforzados en sus prejuicios equivocados contra el evangelio. Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente. Qué gran responsabilidad sobre nosotros los discípulos de Jesús, de ser santos, porque Dios es santo (1 Pedro 1:16).

El Dr. Leonardo De Chirico es el pastor de la iglesia Breccia di Roma en Roma, vicepresidente de la Alianza Evangélica Italiana y director de la Iniciativa Reformanda.

Los discípulos reciben corrección

No es por casualidad que las palabras discípulo y disciplina se parecen. Un “discípulo” es alguien “disciplinado”. Esto puede referirse a la auto-disciplina, como cuando Pablo dice que él “golpea” (o como se traduce en la NTV y otras versiones modernas: “disciplina”) su cuerpo para mantenerlo bajo control (1 Cor. 9:27). O bien puede significar recibir disciplina o corrección cuando uno se desvía, sea por parte de los padres (Ef. 6:4), de otros creyentes (Gal. 6:1) o de Dios (Heb. 12:57-811). La disciplina, particularmente cuando se refiere a la corrección, es vital para el que quiere ser discípulo.

Jesús exhorta a los creyentes a confrontarse unos a otros como parte del proceso de la disciplina eclesiástica (Mat. 18:15-20). La corrección de un creyente cuando está en falta es un requisito bíblico, pero también lo es la aceptación de esa corrección y el arrepentimiento de nuestros pecados. De hecho, aquel que no acepta la corrección debe ser visto y tratado como un incrédulo (v.17).

Esta es la clave para aceptar la corrección: reconocer que todo nuestro pecado es una ofensa nefasta en contra del Dios santo quien nos ama tanto que nos ha hecho Sus hijos.

He aquí el problema: Nosotros detestamos corregir y ser corregidos. Nuestro orgullo se interpone en ambas situaciones. No confrontamos al hermano o hermana porque para esto tenemos que ser honestos y vulnerables, o porque no queremos que nos respondan mal, o porque hemos sido heridos y decidimos simplemente ignorar al que nos ofendió. Y en esas ocasiones en que sí hacemos confrontación, con frecuencia lo hacemos hipócritamente (Mat. 7:3-5) o con ira en vez de mansedumbre (Gal. 6:1). Confrontar y corregir no es sinónimo de desahogo.

Nosotros también odiamos ser corregidos debido a nuestro orgullo. No nos gusta cuando otros señalan nuestro pecado. La buena noticia es que Dios, por medio de Su Palabra y el Espíritu Santo, nos ayuda a superar nuestro orgullo. En primer lugar, Cristo ya ha conquistado nuestro orgullo al acercarnos a Él. El pecado interior permanece, pero para el creyente, el poder del pecado del orgullo ha sido derrotado. Se nos ordena humillarnos, pero Dios es quien nos da la gracia para hacerlo.

Además, la Escritura nos da ejemplos maravillosos de santos que han sido confrontados y han respondido en humildad y con arrepentimiento genuino. Cuando el profeta Natán confrontó a David por su pecado doble de adulterio y asesinato, David no solo se arrepintió, sino que nos dio uno de los pasajes más grandiosos que tenemos en la Biblia: el Salmo 51, una oración hermosa de arrepentimiento. No tuvieramos ese salmo hermoso si Natán no hubiera confrontado a David y si David no se hubiera arrepentido en humildad.

Pero, ¿por qué estuvo David tan presto a arrepentirse? Lo vemos en la respuesta que le da a Natán: “He pecado contra el Señor” (2 Sam. 12:13). Nuevamente lo vemos en el Salmo 51 donde David escribe: “Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (v.4). Esta es la clave para aceptar la corrección: reconocer que todo nuestro pecado es una ofensa nefasta en contra del Dios santo quien nos ama tanto que nos ha hecho Sus hijos. Cuando esa es nuestra perspectiva, aquellos que nos confrontan dejan de ser mensajeros de condenación y se convierten en ángeles de misericordia.

El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”.

No me averguenzo. Consejos a Timoteo

¿Qué esperanza tenemos en esta vida, ante tantas dificultades e inseguridades? Las cuestiones a las que se enfrenta esta obra son tan esenciales como el problema de la vida misma, y están en la propia base de nuestra fe. Hay tantas enseñanzas, teorías e ideas, ¿pero han cambiado realmente la vida de alguien? El cristianismo dice tener la respuesta, ¿pero cómo podemos saber si funciona? La prueba que demuestra la verdad de cualquier filosofía es su puesta en práctica. ¿Qué evidencias puede presentar el Evangelio de su capacidad para salvar?; ¿qué diferencia produce realmente en la vida?.

El Doctor, como solían llamar afectuosamente al autor de este libro, Martyn Lloyd-Jones no era un doctor en teología, sino en medicina. Formado en uno de los hospitales más prestigiosos de Londres, llegó a ser asistente con sólo 23 años de uno de los médicos más eminentes de la Inglaterra de los años veinte. Este Lord Horder era especialmente conocido por su habilidad en el diagnóstico. Uno de los legados que Lloyd-Jones recibió de su maestro fue su copia personal de los Principios de Ciencia de Jevon, un tratado sobre el método lógico y científico. Cuando en 1927 su discípulo abandona su brillante carrera para hacerse predicador en un oscuro pueblo de Gales, el Doctor se hace en realidad medico de almas, poniendo su “lógica en fuego y la razón en elocuencia”, como a él le gustaba describir la predicación.

Estos mensajes evangelísticos son en realidad sermones presentados a su congregación en Westminster Chapel, Londres, la primavera de 1964. Son once predicaciones basadas en un mismo texto que encontramos en la Segunda Carta que el apóstol Pablo escribe a Timoteo, capítulo 1, versículo 12: “Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé en quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. Sobre esta grandiosa declaración el Doctor demuestra la verdad del cristianismo, que presenta como la única respuesta a los problemas del mundo. Todos estamos enfermos sin Dios, y necesitamos esta cura, que es la salvación que recibimos por medio de Cristo Jesús en la Cruz.

La verdadera predicación ha de comenzar siempre con el problema. Porque ¿de qué nos sirve saber que Cristo es la respuesta, si no sabemos cuál es la pregunta? Lloyd-Jones siempre empezaba por eso describiendo al mundo tal y como es, perdido y desesperado. El hombre ha buscado muchas soluciones, pero todas han fracasado. ¿Qué podemos hacer entonces?; ¿cuál es la raíz de problema? La verdad es que somos pecadores, en rebelión contra Dios, pero nos cuesta aceptar el diagnóstico. Tenemos que aceptar que no hay otro remedio. Ya que solo hay un camino de salvación, solo un Salvador, Cristo Jesús.

Es esta metodología la que hace de sus sermones algo tan especial. Él trata también el temperamento de Timoteo, que era tímido como sabemos. Pero muestra que el Evangelio es para todos. El cristianismo no va dirigido a cierto tipo de personas, sino que es para todo nosotros, sea cual sea nuestro carácter. El Apóstol no se avergüenza de esta Buena Noticia. Y tampoco debemos hacerlo nosotros.

Índice
Prefacio por Christopher Catherwood

  1. El problema de la vida
  2. El verdadero cristianismo
  3. El diagnóstico correcto
  4. ¿Quién es el hombre?
  5. Cristo nuestro Salvador
  6. El propósito inmutable de Dios
  7. El camino de Dios en cuanto a la redención
  8. Vida abundante
  9. Liberados del temor
  10. «Aquel día»
  11. Seguro

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/apologetica/3-no-me-avergueenzo-consejos-a-timoteo.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Los discípulos atesoran la Palabra de Dios

«¿Yo? ¿Memorizar las Escrituras? Pero ya no soy un niño. Además, ahora enseño a niños. Yo enseño; ellos aprenden». Aunque tal vez no sean las palabras reales de los cristianos adultos, estos sentimientos pueden representar la actitud de muchos. Prácticamente no han memorizado pasajes específicos de las Escrituras en muchos años (o tal vez nunca).

Sin embargo, para un verdadero discípulo de Cristo, que realmente quiere ser como Cristo, memorizar las Escrituras es una disciplina vital. Si memorizaste las Escrituras cuando eras niño, probablemente aprendiste el Salmo 119:11: «En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti». El Salmo 119 no es solo el capítulo más largo de la Biblia, sino que también está saturado de aspectos estilísticos notables. El poema hebreo está dividido en veintidós estrofas, una para cada letra del alfabeto hebreo. Cada verso dentro de una estrofa comienza con una letra particular. Esta estructura alfabética era una ayuda para la memorización.

Cuando la duda y la depresión nos acosen, la verdad de Dios que hemos almacenado será un ancla segura y estable para nuestra arca sacudida por la tempestad.

Este salmo se destaca no solo por su extensión y su forma literaria, sino también por lo elevado de su enfoque. Desde su comienzo hasta su final, cada verso es sobre la Palabra de Dios. La estrofa «beth» comienza: «¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra» (v. 9). La estrofa termina: «Meditaré en tus preceptos, y consideraré tus caminos. Me deleitaré en tus estatutos y no olvidaré tu palabra» (v. 15-16). La clave para evitar y escapar de las trampas del enemigo de nuestras almas es conocer la Palabra, meditar en la Palabra y recordar la Palabra. En medio de estas instrucciones se encuentra el mandato bíblico de memorizarla.

Una de las tareas sagradas de un padre judío era familiarizar a su hijo con la Torá (Génesis-Deuteronomio) y enfatizar la importancia de memorizar con precisión lo que Dios había dicho (Deut 6:4-7). Por lo tanto, la Ley se recitaría en la audiencia del niño desde sus primeros días, y los pasajes clave serían repetidos una y otra vez. Puesto que la mayoría de los hogares eran demasiado pobres para tener su propia colección de pergaminos del Antiguo Testamento, la memorización era esencial.

Quien memorice las Escrituras obtendrá muchos beneficios. En primer lugar se encuentra la ayuda que las Escrituras ofrecen para poder resistir las tentaciones de Satanás. La respuesta de Jesús de «escrito está» para cada una de las tentaciones del adversario en el desierto es el mejor ejemplo de esto (Mat 4:4,7,10). Además, la Palabra de Dios escrita en las tablas del corazón permanece ahí para la meditación todo el día (Sal 119:97). Las Escrituras ayudan a la renovación de nuestra mente para que nuestro pensamiento esté formado por la Palabra que mora en nosotros (Rom 12:22 Cor 10:5). La verdad de Dios guardada en el corazón vendrá más fácil a la mente al momento de tomar de decisiones, aconsejar, evangelizar, enseñar, etc. Cuando la duda y la depresión nos acosen, la verdad de Dios que hemos almacenado será un ancla segura y estable para nuestra arca sacudida por la tempestad.

Entonces no te demores. Comienza ahora. Escoge un verso (o pasaje). Escríbelo. Repásalo de manera continua. Ríndele cuentas a alguien. Apréndetelo no para jactarte, sino para que puedas vivirlo y para que Cristo sea visto en ti.

Robert W. Carver se desempeñó como profesor asociado de griego y Biblia en Clearwater Christian College en Clearwater, Florida, durante más de treinta y cinco años.

Las Escrituras y las buenas obras 2

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos el lugar correcto de las buenas obras. “Muchos, en su anhelo por apoyar la ortodoxia como un sistema, hablan de la salvación por gracia y fe de un modo que le restan importancia a la santidad y a la vida consagrada a Dios. Pero esto no se fundamenta en las Sagradas Escrituras. El mismo evangelio que declara que la salvación es dada libremente por la gracia de Dios por fe en la sangre de Cristo, también dice que la fe sin obras es muerta. Si por un lado asegura, de la manera más enfática, que el pecador es justificado por la justicia del Salvador que le es imputada cuando cree en él sin ninguna relación con las obras de la Ley, también nos asegura que sin santidad nadie verá a Dios, que los creyentes son limpios por la sangre de la expiación, que sus corazones son purificados por fe, que obra por amor y vence al mundo. La gracia que da salvación a todo hombre, enseña a todo el que lo recibe, que dejando toda impiedad y lascivias mundanas, deben vivir modesta, recta y devotamente en este mundo. Temer que la doctrina de la gracia
puede sufrir por inculcar debidamente las buenas obras sobre un fundamento bíblico denota un conocimiento inadecuado y muy defectuoso de la verdad divina. Y cualquier manipulación de las Escrituras con el fin de silenciar su testimonio a favor de los frutos de la justicia como algo absolutamente necesario en el cristiano, es una perversión y una falsificación de la Palabra de Dios”.

Pero, ¿qué fuerza (preguntan algunos) tiene este mandato de Dios de realizar buenas obras, cuando, a pesar de que no lo obedecemos, de igual manera somos justificados por la imputación de la justicia de Cristo, pudiendo ser salvos sin ellas? Una objeción sin sentido como ésta es por pura ignorancia del estado presente del creyente y su relación con Dios. Suponer que el corazón del regenerado no es tan eficazmente influenciado por la autoridad y los mandatos de Dios como para ser obedecidos como si fueron dados a fin de ser justificados, es ignorar lo que es la fe auténtica y los argumentos y motivaciones que afectan y constriñen principalmente la mente del cristiano. Además, es no tener en cuenta la conexión inseparable que Dios ha hecho entre nuestra justificación y nuestra santificación. Suponer que uno de los dos existe sin el otro es descartar todo el evangelio. El Apóstol trata justamente con esta objeción en Romanos 6:1-3.

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos la necesidad absoluta de las buenas obras. Está escrito que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22) y que “sin fe es imposible agradar a Dios” (He. 11:6). Las Escrituras de la Verdad, también declaran: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (He. 12:14). La vida que viven los santos en el cielo no es más que la consumación plena de la vida que, después de la regeneración, viven aquí en la tierra. La diferencia entre ambas no es de tipos, sino de grados. “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Pr. 4:18). Si no hay un andar con Dios aquí en la tierra, no habrá una morada con Dios allá en el cielo. Si no hay una verdadera comunión con él en el tiempo, no la habrá con él en la eternidad. La muerte no obra ningún cambio vital en el corazón. Es cierto que los pecados dejados atrás cuando muere el santo, son dejados para siempre, pero en ese momento no se le imparte ninguna nueva naturaleza. Si antes de morir no aborrecía el pecado y amaba la santidad, tampoco lo hará después.

En realidad, nadie quiere irse al infierno, aunque son pocos los que están dispuestos a dejar el camino ancho que inevitablemente allí los lleva. A todos les gustaría ir al cielo, ¿pero están realmente dispuestos
y decididos los cristianos profesantes a andar por el camino angosto, el único que los puede llevar allí? Es a estas alturas que podemos discernir el lugar preciso que las buenas obras ocupan en relación con la salvación. No la merecen, pero son inseparables de ella. No obtienen un título en el cielo, pero están entre los medios que Dios ha dispuesto para que su pueblo llegue al cielo. Las buenas obras no son en ningún sentido lo que causa la obtención de la vida eterna, pero son parte del medio (como lo son la obra del Espíritu en nosotros y el arrepentimiento, la fe y la obediencia nuestras) que conduce a ella. Dios ha dispuesto el camino por el que tenemos que andar para llegar a la herencia que Jesús compró para nosotros. Una vida de obediencia diaria a Dios es lo único que nos da la felicidad que Cristo compró para su pueblo. Somos admitidos ahora por fe, entraremos en ella al morir y la disfrutaremos a plenitud cuando él vuelva.

La Palabra nos es provechosa cuando por ella aprendemos la verdadera naturaleza de las buenas obras… La verdadera naturaleza de las “buenas obras” fue demostrada perfectamente por el Señor Jesús. Todo lo que hizo fue en obediencia a su Padre. Él no “se agradó a sí mismo” (Ro. 15:3), sino que obedeció las órdenes de Aquel que lo envió (Jn. 6:38). Pudo decir: “yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). No había límites cuando Cristo se sometía a la voluntad del Padre. Él siempre fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8). Asimismo, todo lo que hizo procedía de su amor al Padre y a su prójimo. El amor es el cumplimiento de la Ley; sin amor, el cumplimiento de ley no es sino una sujeción servil que no puede ser aceptable a Aquel que es Amor. La prueba de que la obediencia de Cristo fluía del amor se encuentra en sus palabras: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Sal. 40:8). Igualmente, todo lo que hacía Cristo buscaba la gloria del Padre: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn. 12:28). En todas sus acciones revelaba siempre su motivación.

La Palabra nos es provechosa cuando nos enseña el verdadero alcance de las buenas obras. Esto es tan amplio que incluye el cumplimiento de nuestras obligaciones en cada relación en la que Dios nos ha colocado. Es interesante e instructivo notar que la primera “buena obra” (que describen) las Escrituras es la unción del Salvador por parte de María de Betania (Mt. 26:10; Mr. 14:6). Indiferente por igual a la gloria o la crítica de los hombres, con sus ojos puestos solamente en el “señalado entre diez mil”, le prodigó su precioso ungüento. Otra mujer, Dorcas (Hch. 9:36), se menciona como alguien que “abundaba en buenas
obras”; después de adorar al Señor sale del recinto de adoración y se consagra al servicio que glorifica a Dios entre los hombres y beneficia a sus prójimos.

“Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra” (Col. 1:10). La crianza de los hijos (sin provocarlos a ira), practicar la hospitalidad (espiritual); lavar los pies de los santos (satisfacer necesidades temporales) y socorrer a los afligidos (1 Ti. 5:10) son acciones llamadas “buenas obras”. A menos que nuestra lectura y estudio de las Escrituras nos convierta en mejores soldados de Jesucristo, mejores ciudadanos de nuestro país, mejores miembros de nuestra familia terrenal (más buenos, gentiles y generosos) “enteramente preparados para toda buena obra”, poco o nada nos aprovecha.

Tomado de “The Scriptures and Good Works”, en Profiting from the Word.

_________________________________________________

A.W. Pink (1886-1952): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y numerosos libros, incluyendo el reconocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios). Oriundo de Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y regresó a su patria en 1934. Nacido en Nottingham, Inglaterra.

Las Escrituras y las buenas obras 1

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Ti. 3:16, 17).

Al hombre, dejado a su suerte, siempre le ha sido imposible discernir la verdad entre lo que parecen ser doctrinas conflictivas, como son la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre; la elección por gracia y la proclamación universal del evangelio; la justificación por la fe de Pablo y la demostración de la fe por las obras de Santiago. Con demasiada frecuencia, donde se ha insistido en la soberanía absoluta de Dios, se ha ignorado la responsabilidad del hombre y donde se ha mantenido con firmeza la elección incondicional, se ha descuidado la predicación sin límites del evangelio a los incrédulos. Por otro lado, donde se ha enfatizado la responsabilidad humana y un ministerio evangélico, la soberanía de Dios y la verdad de la elección, por lo general se han ido reduciendo o se han ignorado por completo.

Muchos de nuestros lectores han visto ejemplos que ilustran la verdad presentada en el párrafo anterior, pero pocos se percatan de que existe exactamente la misma dificultad cuando se intenta mostrar la
relación precisa entre fe y buenas obras. Si, por un lado, algunos han errado atribuyéndoles a las buenas obras un lugar que las Escrituras no justifican, por otro lado, algunos no le dan a las buenas obras la
función que las Escrituras les asignan. Si, por un lado es un error grave adjudicar nuestra justificación delante de Dios a algo que nosotros hacemos, por otro lado, son igual de culpables los que niegan que las buenas obras son necesarias para poder llegar al cielo y afirman que son simplemente evidencias o frutos de nuestra justificación. Sabemos muy bien que estamos ahora, por así decir, en terreno difícil, y que corremos el peligro de ser acusados de herejía. No obstante, consideramos indispensable buscar la ayuda divina al encarar esta dificultad y luego dejarla en sus manos.

En algunos sectores, las demandas de la fe, aunque no totalmente negadas, han sido degradadas debido al celo por magnificar las buenas obras. En otros círculos, conocidos como ortodoxos (y son los que ahora
tenemos principalmente en mente), rara vez se les adjudica a las buenas obras el lugar que les corresponde y, muy pocas veces, reciben los creyentes exhortaciones serias para que las realicen. Sin duda, a veces esto se debe al temor de valorar menos la fe y llevar al pecador al error de confiar más en sus propias acciones que en la justicia de Cristo. Pero estos temores no debieran impedir que el predicador declare “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27)… ni que olvide el mandato divino: “que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras” (Tit. 3:8).

Este versículo recién citado es el más pertinente para estos días de libertinaje y liberalismo, de profesiones de fe que nada valen y de jactancia vacía. La expresión “buenas obras” aparece en el Nuevo Testamento en plural o en singular más de treinta veces, no obstante lo cual muchos predicadores reconocidos por lo correcto de su fe, rara vez los usan, enfatizan y se explayan en ellos, tanto que muchos que los escuchan podrían llegar a la conclusión de que esas palabras aparecen una o dos veces en la Biblia…Además, Efesios 2:8-10 afirma que Dios ha juntado dos cosas benditas de vital importancia que nunca deben ser separadas en nuestro corazón ni en nuestra mente, a pesar de que muy a menudo se las separa en el púlpito moderno. ¿Cuántos sermones se predican basados en estos primeros dos versículos que declaran con tanta claridad que la salvación es por fe y no por obras? Y por otro lado, casi nunca nos recuerdan que la frase que comienza con gracia y fe, se completa en el versículo 10, que nos dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

Iniciamos esta serie destacando que la palabra de Dios puede usarse por diversos motivos y leída con diferentes intenciones, pero que 2 Timoteo 3:16-17, da a conocer para qué es realmente “útil”, de hecho para adoctrinar o enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia y todo esto para que “el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”… consideremos ahora cómo es que nos prepara para “toda buena obra”. Hay aquí otro criterio vital por el cual el alma sincera, con la ayuda del Espíritu Santo, puede juzgar si su lectura y estudio de la Palabra, en realidad le está siendo provechosa.

Continuará …

Tomado de “The Scriptures and Good Works”, en Profiting from the Word.

__________________________________________________________________________________

A.W. Pink (1886-1952): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y numerosos libros, incluyendo el reconocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios). Oriundo de Inglaterra, emigró a los Estados Unidos y regresó a su patria en 1934. Nacido en Nottingham, Inglaterra.

Los discípulos obedecen a sus padres en el Señor

Si es verdad que un discípulo es un aprendiz, ninguna relación es más adecuada para la práctica del discipulado que la relación de los hijos con sus padres. La familia es el primer gobierno en prácticamente todos los tiempos, culturas y religiones. La vida comienza con una asociación y autoridad. En esta economía natural, las partes interesadas actúan de acuerdo con el amor filial, el interés propio, la tradición y la comunidad para crear un entorno que fomente la salud, el crecimiento, el aprendizaje y la maduración hasta la edad adulta. Pero esta disposición común difícilmente implica un estándar universal. Los padres pueden ser duros, flexibles, prácticos, idealistas, pasivos, activos, cerrados o abiertos; todo antes de que hayan dicho una sola palabra sobre sus objetivos para ti.

Desde la perspectiva del niño, ningún otro mecanismo en la vida es tan adecuado para el discipulado como el hogar.

Pero el hogar cristiano posee tanto el método como la meta en la Palabra revelada de Dios. Considere la forma simple de Efesios 6:1-4:

Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor.

El mandato: obedecer en el Señor. La evaluación: es justo. La promesa: prosperidad y vida. El método: la disciplina y la instrucción del Señor. La manera: sin ira. Este es el discipulado: aprender obediencia a lo que es correcto y bueno mediante la enseñanza, ejemplo, amonestación y práctica.

Desde la perspectiva del niño, ningún otro mecanismo en la vida es tan adecuado para el discipulado como el hogar. No requiere reubicación, no te cuesta nada, y nunca tendrás otro maestro tan invertido en tu éxito. Al simplemente crecer en el hogar de discípulos cristianos, si puedes aprender algo, seguramente aprenderás lealtad, respeto, sumisión y servicio al Señor.

Todo esto debe ser visto en términos de obligaciones de pacto entre padre e hijo. Sigue el paradigma de Deuteronomio 6:4-9: comienza con teología («El Señor uno es»). Habla de la relación («Amarás al Señor tu Dios»). Da dirección («Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón»). Se aplica generacionalmente («Diligentemente las enseñarás a tus hijos»). Y proporciona una metodología («Hablarás de ellas cuando te sientes…andes …te acuestes…te levantes»). Mientras las familias del mundo tienen una versión natural del discipulado, los hogares cristianos tienen el discipulado del evangelio, anclado en la obra salvadora de Cristo, la verdad de Su Palabra, las leyes de Su reino y la disposición del amor. Este discipulado es para bien (Prov. 1:9). Dios obliga a los padres a enseñarlo. Dios obliga a los niños a aprender de sus padres.

El reverendo Scotty Anderson es pastor asistente de familias y jóvenes en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, SC

Obras, Gracia y Salvación 3

Esto nos trae al último principio, que resumiré de esta manera: El hecho de que seamos cristianos es enteramente el resultado de la obra de Dios. El verdadero problema de muchos de nosotros es que nuestro concepto de lo que nos hace cristianos es tan bajo, tan pobre. Somos incapaces de comprender la grandeza de lo que significa ser cristianos. ¡Pablo dice que “somos hechura suya”! Es Dios quien ha hecho algo, es Dios quien está obrando; somos hechura suya. No nuestras obras, sino su obra. Entonces, vuelvo a repetir que no es nuestra vida recta, ni son todos nuestros esfuerzos, ni nuestra esperanza de ser cristianos al final, lo que nos hace cristianos.

Pero permítanme decir algo más. No es tampoco nuestra decisión, nuestra “decisión de seguir a Cristo” lo que nos hace cristianos; esa es obra nuestra. La decisión tiene su lugar, pero no es nuestra decisión lo
que nos hace cristianos. Pablo dice que somos hechura suya. Vemos, pues, ¡cuán extremadamente grave es nuestro pensamiento superficial y cómo nuestras palabras superficiales representan mal al cristianismo! Recuerdo a un buen hombre —sí, un buen hombre cristiano— cuya manera de dar su testimonio era siempre: “Hace treinta años decidí seguir a Cristo y nunca me he arrepentido”. Éste era su modo de expresarlo. Éste no es el modo como Pablo describe cómo se llega a ser cristiano. “¡Somos hechura suya!”, ese es el énfasis. No algo que yo emprendí, no algo que yo decidí, sino algo que Dios me ha hecho. Aquel hombre lo hubiera expresado mejor si hubiera dicho: “Treinta años atrás, yo estaba muerto en delitos y pecados, pero Dios empezó a hacer algo conmigo, tenía conciencia de que Dios estaba haciendo algo en mí, sentía que Dios me quebrantaba, sentía las manos de Dios que me estaban renovando”. Así era como lo decía Pablo: No decía yo decidí, no yo acepté el cristianismo, no yo decidí seguir a Cristo, no señores. Eso es parte, pero viene después.

Somos hechura suya. El cristiano es alguien en el cual Dios ha obrado. Y podemos notar qué tipo de obra es, según Pablo. No es nada menos que una creación. “Creados en Cristo Jesús para buenas obras”. Al Apóstol le gustaba decir esto. Miren como lo expresa a los filipenses: “[Estoy] convencido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (1:6). ¡Dios! ¡Él es el que ha comenzado la buena obra en ustedes! ¡Es la obra de Dios! Vino cuando estaban muertos y les vivificó, les dio vida. Esto es lo que los convierte en cristianos. No nuestras buenas obras, no nuestra decisión, sino la determinación de Dios en cuanto a nosotros llevada a la práctica.

Es aquí donde comprobamos cómo nuestras ideas de lo que es ser cristiano están irremediablemente equivocadas cuando las consideramos a la luz de lo que enseña la Biblia. El cristiano es una nueva creación. No es simplemente un hombre bueno o un hombre que ha mejorado algo, es un hombre nuevo, “creado en Cristo Jesús”. Ha sido colocado en Cristo y la vida de Cristo mora en él. Somos “participantes de la naturaleza divina” (2 P. 1:4). “¡Participantes de la naturaleza divina!”. ¿Qué es un cristiano? ¿Es un hombre bueno, un hombre de buena moralidad, un hombre que cree ciertas cosas? ¡Sí, pero infinitamente más! ¡Es un hombre nuevo; la vida de Dios ha venido a su alma; ha sido “creado en Cristo, es “hechura de Dios”! ¿Se habían dado cuenta ustedes de que eso es lo que los hace cristianos? No es su asistencia a los cultos. No es cumplir ciertos deberes. Estas cosas son todas excelentes, pero nunca pueden convertirnos en cristianos. (¡Podrían convertirnos en fariseos!). Es Dios quien convierte al hombre y ésta es su manera de hacerlo. Creó todo de la nada al principio y se acerca al hombre y lo
vuelve a crear dándole una nueva naturaleza, convirtiéndolo en un hombre nuevo. El cristiano es “una nueva creación”, nada menos que esto.

“Si están ustedes interesados en las obras”, dice Pablo, “les diré qué tipos de obras son las que le interesan a Dios”. No son las obras lamentables que podemos hacer por naturaleza como criaturas en pecado. Es un nuevo tipo de obra —“Creados en Cristo Jesús para buenas obras”— ¡las buenas obras de Dios! ¿Qué significa esto? Significa que nuestro problema no es sólo que nuestro concepto del cristianismo es inadecuado, sino que nuestro concepto de las buenas obras es más inadecuado todavía. Anote en un papel las buenas obras que, según la gente, son suficientemente buenas para convertir a alguien en un cristiano. Pídales que anoten ellos todas las cosas en que confían. Anótenlas en papel y luego llévenselas a Dios y díganle: “Esto es lo que he hecho”. ¡Es una acción ridícula, es monstruosa! ¡Observen lo que están haciendo! No son las buenas obras lo que le interesa a Dios. ¿Cuáles son las buenas obras de Dios? El Sermón del Monte y la vida de Jesucristo tienen la respuesta: No sólo un poquito de bondad y moralidad, ni hacer ocasionalmente algo bondadoso y tenerlo muy en cuenta, ¡no!
¡Se trata de un amor desinteresado! “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:5-8), que se da a otros sin contar el costo. Esas son las buenas obras de Dios. ¡Amarlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos! ¡No se trata de una buena acción de cuando en cuando, sino de amarlo como a nosotros mismos! ¡Olvidarnos de nosotros mismos mientras nos preocupamos por nuestro prójimo! Esas son las buenas obras de Dios. Y esas son las obras para las cuales nos ha creado.

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

___________________________________________________________________________

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

El Amor de Dios por un pequeño pastor de la Selva

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos1​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.

Los discípulos aman a otros discípulos

Hablamos mucho sobre el amor en la iglesia cristiana. Y con razón, ya que el amor es el centro de nuestro mensaje, el evangelio (Jn 3:16). Pero, ¿qué significa amar a otros cristianos? ¿Es realmente tan importante? ¿No podemos vivir la vida cristiana por nuestra propia cuenta?

La Confesión de Fe de Westminster nos dice: «Los santos, por profesión, están obligados a mantener una comunión y un compañerismo santos en la adoración a Dios y a realizar los otros servicios espirituales que promueven su edificación mutua; y también a socorrerse los unos a los otros en las cosas externas, de acuerdo con sus diferentes habilidades y necesidades». (CFW, cap 26-2). La asistencia regular al culto corporativo es una parte importante de cómo cumplimos con este deber. Nos unimos a nuestros hermanos en Cristo para escuchar la Palabra, participar de los sacramentos, orar juntos, mezclar nuestras voces en canciones de alabanza y confesar la fe que compartimos.

Nuestro amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por nosotros en Cristo.

También estamos llamados a aliviar las necesidades externas de nuestros hermanos en la fe como podamos. Esto puede hacerse en forma de donaciones al fondo de diáconos de la iglesia, donaciones para la obra misionera o participando directamente en operaciones de ayuda: preparando comidas para nuevas madres, visitando a los enfermos y confinados en casa, o ayudando después de un desastre.

El ser un cuerpo en Cristo tiene implicaciones importantes para nuestras relaciones con otros creyentes. Juan nos dice que debemos amarnos los unos a los otros, «porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4: 7). Juan también registra a Cristo mismo hablando del mismo tema: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13: 34-35). Nuestro amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por nosotros en Cristo.

El amor de Dios por nosotros obra en nuestras vidas de varias maneras. Nos mueve a responder a Dios con amor, y nos mueve a amar a nuestros hermanos y hermanas en la fe (1 Jn 4: 11-125: 1-3). Esto se debe a que somos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Nadie odia su propio cuerpo, sino que desea lo que es bueno para él (Ef 5:29); de la misma manera, aquellos que están unidos al cuerpo de Cristo hacen su parte para cuidar ese cuerpo. Adoramos juntos, usamos los dones dados por Dios para el beneficio del cuerpo, sufrimos juntos, nos regocijamos juntos y llevamos los unos las cargas de los otros (1 Cor. 12: 12-31Gal. 6:2).

Juan advierte que si no somos movidos de esta manera, es posible que no seamos parte del cuerpo (1 Jn 4:20). Cualquiera que se separe de este cuerpo no tiene ninguna base de seguridad. Un cristiano solitario no tiene sentido bíblico: estamos unidos en Cristo como el nuevo templo de Dios (Ef. 2: 19-22). Cristo no mora en nadie que no esté unido a ese cuerpo.

Así que, amigos, no abandonemos la santa comunión del cuerpo de Cristo, sino amémonos unos a otros, animémonos unos a otros y cuidemonos unos a otros (1 Jn 4:21Heb. 10: 23-25).

Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.

Obras, Gracia y Salvación 2

El primero es esta cuestión de las obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Siempre es en relación con las
obras que somos más susceptibles de jactarnos. Es aquí donde el diablo nos tienta a todos de una manera muy sutil. ¡Obras! Esa era la razón por la cual los fariseos eran los peores enemigos de Jesucristo: no porque simplemente hablaban, sino porque realmente hacían. Cuando aquel fariseo dijo: “ayuno dos veces a la semana”, estaba diciendo la verdad. Cuando dijo: “doy diezmos de todo lo que gano” era exactamente lo que hacía (Lc. 18:12). No era que los fariseos simplemente dijeran que hacían cosas, en realidad las hacían. Y por esto, resintieron tanto la predicación del Hijo de Dios y fueron los más responsables de su crucifixión. ¿Es demasiado decir que siempre es más difícil convertir a una persona buena que a una mala? Creo que la historia de la Iglesia da prueba de ello. Los peores opositores de la religión evangélica han sido siempre gente buena y religiosa. Algunos de los perseguidores más crueles en la historia de la Iglesia han sido de esta clase. Los santos siempre han sufrido al extremo a manos de gente buena, moral y religiosa. ¿Por qué? Por las obras. El verdadero evangelio siempre denuncia la dependencia de las obras y el orgullo por las obras y el jactarse de las obras, y la gente así no puede soportarlo. Toda su posición se basa en eso: En lo que son y lo que han hecho y lo que siempre han estado haciendo. Ésta es toda su posición y si se les quita eso, no tienen nada. Por lo tanto, aborrecen tal predicación y se defenderán hasta el último suspiro. El evangelio nos convierte en mendigos a todos.
Nos condena a cada uno. Nos desnuda. Pablo argumenta en todas partes que no hay diferencia ante Dios, entre el gentil que está fuera del redil y el judío religioso. “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Las
obras deben continuar, pero no ser motivo de jactancia. Sin embargo, tenemos la tendencia de jactarnos de ellas. Nos jactamos de nuestra vida recta, de nuestras buenas obras, de nuestras prácticas religiosas, de nuestra asistencia a los cultos (y particularmente si asistimos temprano en la mañana) y de muchas cosas más. Estas son las cosas, o sea, las actividades religiosas, que nos hacen cristianos. Ese es el argumento.

Pero el Apóstol expone y denuncia todo esto y lo hace, sencillamente, diciendo que hablar de las obras es volver a estar bajo la Ley. Dice que si usted piensa que su vida recta es lo que lo hace cristiano, está
volviendo a estar bajo la Ley. Agrega que hacerlo es inútil, por esta razón: Si vuelve a ponerse bajo la Ley, se condena a sí mismo porque “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de
él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Ro. 3:20). Si trata usted de justificarse por su vida y por sus obras, va rumbo a la condenación porque las mejores obras del hombre no son suficientes a los ojos de Dios. La Ley ha condenado a todos: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Por tanto, dice Pablo, no sean necios, no le den la espalda a la gracia porque al hacerlo, van camino a la condenación. Las obras de ningún hombre serán jamás suficientes para justificarlo a los ojos de Dios. ¡Qué necio pues, es volver a estar bajo las obras!

Pero no sólo eso, sigue explicando en el versículo diez, hacerlo es poner las cosas al revés. La gente como la mencionada, cree que por sus buenas obras se convierte en cristiana, mientras que Pablo dice
que es exactamente lo contrario: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. La tragedia es que las gentes piensan que hacer ciertas cosas y evitar otras, y que ayudar a los demás, es la manera de llegar a ser cristianos. “¡Qué ceguera!”, dice Pablo. La manera de considerar las buenas obras es ésta: Dios nos convierte en cristianos a fin de que podamos hacer buenas obras. No es cuestión de que las buenas obras conduzcan al cristianismo, sino que el cristianismo conduce a las buenas obras. Es exactamente lo contrario de lo que la gente tiende a creer. Por lo tanto, no hay nada que sea tan completamente contradictorio a la verdadera posición cristiana que esta tendencia de jactarse de las obras y de pensar que por lo que somos y hacemos nos convertimos en cristianos. ¡No! Dios hace que la persona
llegue a ser cristiana por gracia, por medio de la fe, y luego, siendo cristiana ésta hace sus buenas obras. La jactancia queda excluida en lo que llegar a ser cristiano se refiere. No debemos jactarnos de nuestras obras. Si de alguna manera somos conscientes de nuestra bondad o si estamos dependiendo de algo que hemos hecho, estamos negando la gracia de Dios. Es lo opuesto al cristianismo.

Pero, por desgracia, no son sólo las obras y acciones las que tienden a insinuarse. Hay algo más: ¡La fe! La fe tiende a entrar y hace que nos jactemos. Hay mucha controversia sobre el versículo 8 de Efesios 2:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La gran pregunta es a qué se refiere el “esto”. Y hay dos corrientes de opiniones. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [o sea la fe] no de vosotros, pues es don de Dios”, dice una corriente. Pero según la otra corriente, el “esto” no se refiere a la “fe”, sino a la “gracia” mencionada al principio de la frase: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [esta posición de gracia] no de vosotros, pues es don de Dios”. ¿Es posible resolver la disputa? No lo es. No es una cuestión de gramática, no es una cuestión de palabras… es una cuestión que no puede ser resuelta. Y hay un sentido en el que realmente no importa para nada porque, al final de cuentas, resulta lo mismo. O sea que es importante que evitemos convertir a la fe en “obras”.

Pero hay muchos que lo hacen. Convierten su fe en un tipo de obras. Existe en nuestros días una enseñanza popular sobre evangelización que afirma que la diferencia en el Nuevo Testamento es la siguiente: En el Antiguo Testamento, Dios se dirigió a su pueblo y dijo: “Ésta es mi Ley, estos son los Diez Mandamientos, cúmplanlos y les perdonaré, y serán salvos”. Pero siguen diciendo, ahora no es así. Dios ha descartado todo eso, ya no hay ninguna Ley. Dios simplemente dice: “Cree en el Señor Jesucristo” y si lo haces, serás salvo. En otras palabras, dicen que por creer en el Señor Jesucristo el hombre se salva a sí mismo. Esto es convertir a la fe en obras porque indica que nuestra acción es lo que nos salva. En cambio, el Apóstol dice “esto”. Si “esto” se refiere a la fe o a la gracia no importa; “usted es salvo”, dice Pablo, “por gracia… y esto no de vosotros”. Si es mi creencia lo que me salva, me he salvado a mí mismo. Pero Pablo dice “no de vosotros”, no se trata de mí mismo, por lo que nunca debo hablar de mi fe de manera que sea “de mí”. Y no sólo eso. Si llegara a ser cristiano de esa manera, entonces me da algo de razón para jactarme; pero Pablo dice: “no por obras, Algunas autoridades en la lengua griega creen que esto se refiere a toda la frase “porque por gracia sois salvos por medio de la fe”, lo cual incluye la fe para que nadie se gloríe”. El jactarme tiene que ser totalmente excluido.

Por lo tanto, cuando pensamos en la fe, hemos de tener cuidado de considerarla con base en eso. La fe no es la causa de la salvación. Cristo es la causa de la salvación. La gracia de Dios en el Señor Jesucristo es la causa de salvación y nunca debemos hablar de modo que presentamos a la fe como la causa de nuestra salvación. Entonces, ¿qué es la fe? La fe no es más que el instrumento por medio del cual nos llega. “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe”. La fe es el canal, es el instrumento por medio del cual nos llega esta salvación que es por la gracia de Dios. Somos salvos por gracia “por medio de la fe”. Ésta es simplemente el medio por el cual la gracia de Dios que salva, entra en nuestra vida. Por ende, tenemos que tener siempre mucho cuidado de nunca decir que el hecho de que creemos es lo que nos salva. Creer no salva. La fe no salva. Cristo salva, Cristo y su obra consumada. No nuestra creencia, no nuestra fe, no nuestro entendimiento, nada que podamos hacer nosotros; “no de vosotros”, “la jactancia queda excluida”, “por gracia, mediante la fe”.

Es indudable que toda la finalidad de los tres primeros versículos de este capítulo es mostrar que no hay otra posición posible. ¿Cómo puede el “muerto” en delitos y pecados salvarse a sí mismo? ¿Cómo puede
el hombre “muerto”, cuyo corazón está “enemistado contra Dios” (porque eso es lo que la Biblia nos dice del hombre natural), hacer algo meritorio? Es imposible. Lo primero que nos sucede, nos ha dicho el
Apóstol en los versículos 4 al 7, es que Dios “nos dio vida”. Puso una nueva vida dentro de nosotros. ¿Por qué? Porque sin vida nada podemos hacer. Lo primero que necesita el pecador es vida. No puede pedirla
porque está muerto. Dios le da vida y demuestra que la tiene creyendo en el evangelio. Tener vida es el primer paso. Es lo primero que sucede. Yo no pido tener vida. Si lo pidiera, no necesitaría que me
dieran vida porque ya la tengo. Pero estoy muerto y soy un enemigo, y estoy en contra de Dios; no entiendo y estoy lleno de odio. Pero Dios me da vida. Me ha dado vida juntamente con Cristo. Por lo tanto, jactarse queda totalmente excluido, tanto jactarse de las obras como jactarse de la fe. La jactancia tiene que quedar excluida. La salvación es exclusivamente de Dios.

Continuará …

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

______________________________________________________________

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

Los Discípulos discipulan a sus hijos

El Señor diseñó el hogar como un lugar especial para el desarrollo de discípulos. En Deuteronomio 6:6-7 se les ordena a los padres a enseñar a sus hijos la palabra de Dios diligentemente y a hablar de ella cuando se sienten en su casa, cuando anden por el camino, cuando se acuesten y cuando se levanten. En el Nuevo Testamento, cuando una cabeza de familia se convertía en discípulo, traía consigo implicaciones para su familia (Lc. 19:91 Cor. 7:142 Tim. 1:5). Efesios 6:4 contiene un mandamiento directo de discipular a los hijos: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor”. El Señor claramente llama a Sus discípulos a discipular a sus hijos.

La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de opciones o el establecimiento de límites.

Nunca es demasiado temprano para empezar con las rutinas del discipulado. Canta salmos e himnos cuando acurrucas a los más pequeños y aparta tiempo a diario para una lectura familiar de la Biblia y para orar. Eventualmente, puedes motivarlos a memorizar las Escrituras y a estudiar catecismos (Sal. 119:9-11). Haz que la adoración el día del Señor sea una prioridad y una delicia. Háblales frecuentemente de la Palabra de Dios, de las obras en Su creación, de Sus providencias y de las oraciones contestadas. Estos hábitos sentarán las bases para el resto de sus vidas.

A medida que los hijos van creciendo, el discipulado debe estar ligado aún más con la vida cotidiana. La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de opciones o el establecimiento de límites. Los hijos necesitan reglas basadas en la Palabra de Dios para poder aprender cómo obedecer y cuáles son las consecuencias de la desobediencia. Este proceso no debería causar una relación disfuncional, sino que debería llevar a un mejor entendimiento de que la disciplina es amorosa (Heb. 12:2-11). Busca la manera de hacerles ver cómo cada situación los puede alejar de Dios o llevarlos a la cruz de Cristo y a la reconciliación.

A medida que los hijos crecen, las conversaciones se convierten en el aspecto más importante del discipulado. El Salvador respondió muchísimas preguntas de Sus discípulos, y los padres también deberían convertirse en una fuente primaria de respuestas. Esto puede ser un gran reto, por lo tanto, no dudes en tomarte tu tiempo para responder, para investigar o hasta para tú mismo pedir consejo, pero se constante en dar respuestas. Convierte tu hogar en un lugar de discusiones piadosas, hasta de debates saludables. Enséñales a tus hijos dónde encontrar las respuestas correctas, particularmente en esta era informática, lo que incluye ayudarlos a cultivar relaciones con sus mayores. Cuando las preguntas se tornan difíciles, ora con tus hijos pidiendo sabiduría al Espíritu Santo (Lc. 11:13; San. 1:5).

Podemos decir que los hogares cristianos son como invernaderos donde los hijos crecen como plantitas por un tiempo. Se les da agua y son nutridos por la Palabra, cultivados y podados, y hasta cierto punto protegidos. Es tu llamado como padre ser diligente en discipular y proteger, pero también de ser alentado por el hecho de que el Espíritu Santo usa hogares santos para nutrir la fe, a pesar de nuestros fracasos inevitables. Confía en Su obra por encima de todo y se fiel orando para que Dios dé el crecimiento.

El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

Los discípulos hacen discípulos

Tito 2 describe la dinámica entre los creyentes bajo el Nuevo Pacto donde el pastor enseña la sana doctrina y una generación discípula a la próxima generación; y a veces el discipulado es específico de acuerdo al género: «las ancianas… que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes» (v. 3-4).

Las mujeres enseñamos lo que es bueno al reforzar la buena doctrina enseñada desde nuestros púlpitos. Enseñamos al mostrar cómo la sana doctrina informa y transforma nuestras actitudes y acciones. Pablo practicó esta dinámica de discipulado informacional/relacional. «Más bien demostramos ser benignos entre vosotros, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos… nos hemos complacido en impartiros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas», Pablo escribe a los Tesalonicenses (1 Tes 2: 7-8).

Las mujeres somos madres espirituales de otras mujeres al compartir con ellas el evangelio y nuestras vidas, mientras las animamos y equipamos para vivir para la gloria de Dios.

Las mujeres somos madres espirituales de otras mujeres al compartir con ellas el evangelio y nuestras vidas, mientras las animamos y equipamos para vivir para la gloria de Dios. Esto es tan importante en la vida de la iglesia que cuando Dios envió a Su Hijo al mundo, proporcionó una mujer mayor para discipular a la joven elegida para ser madre del Mesías. Elisabet y María personifican el discipulado de Tito 2.

Cuando Elisabet quedó embarazada, dijo: «Así ha obrado el Señor conmigo en los días en que se dignó mirarme para quitar mi afrenta entre los hombres» (Lc 1:25), haciéndose eco de la oración de Ana: «Oh Señor de los ejércitos, si tú te dignas mirar la aflicción de tu sierva» (1 Sam 1:11).

Después del anuncio del ángel a María, ella «fue con prisa» a la casa de Elisabet. La mujer joven fue; la mujer mayor le dio la bienvenida.

«…y Elisabet fue llena del Espíritu Santo» (Lc 1:41). Dios nos da poder para ser y hacer discípulos.

«Y bienaventurada la que creyó … lo que le fue dicho de parte del Señor»(v. 45). Elisabet le enseña a María que la bendición proviene de la obediencia a la Palabra de Dios.

Mientras María ayuda a Elisabet en sus quehaceres cotidianos y mientras hablan sobre cómo ser esposa y madre, no es difícil imaginar a Elisabet diciendo con asombro: «María, el Señor me miró. . . . el Señor me miró. . . .Él se llevó mi vergüenza». Y cuando María canta, hay una hermosa continuidad con su madre espiritual: «Mi alma engrandece al Señor …. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva» (v 46-48).

María salió de la casa de Elisabet preparada para glorificar a Dios, incluso en la cruz cuando el Padre apartó la mirada de Su Hijo porque Este estaba cubierto por el pecado de ella y por el nuestro para que así pudiéramos vivir coram Deo, ante el rostro de Dios por el bien de Su gloria. Nosotros hoy podemos continuar contando la historia: Él ha mirado mi humilde condición.

Dios nos llama a ser discípulos que hacen discípulos. La continuidad del Nuevo Pacto es convincente. El resultado también es convincente: «para que la palabra de Dios no sea blasfemada» (Tito 2:5).

Susan Hunt es esposa, madre, abuela y ex directora de ministerios de mujeres de la Iglesia Presbiteriana en América. Es autora de Spiritual Mothering [Maternidad espiritual] y Titus 2 Tools [Las herramientas de Tito 2].

Obras, Gracia y Salvación 1

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. (Efesios 2:8-10).

Somos cristianos total y exclusivamente como resultado de la gracia de Dios. Recordemos que gracia significa “favor inmerecido”. Es una acción que surge enteramente del carácter divino lleno de gracia. Entonces, la proposición fundamental es que la salvación es algo que nos viene enteramente de parte de Dios. Lo que es aún más importante es que, no sólo viene de parte de Dios, sino que viene a pesar de nosotros mismos, es un favor “inmerecido”. Es decir, no es la respuesta de Dios a algo en nosotros. Hay muchos que parecen creer que lo es, que la salvación es la respuesta de Dios a algo en nosotros. Pero la palabra gracia niega eso. Es a pesar de nosotros. El Apóstol, como hemos visto, se ha preocupado mucho por afirmar esto… Préstele atención: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” y luego, en lugar de seguir con su tema, dice en paréntesis “(por gracia sois salvos)” (Ef. 2:5). Aquí lo dice un poco más explícitamente. La salvación no es en ningún sentido la respuesta de Dios a algo en nosotros. No es algo que en ningún sentido merezcamos o nos ganemos. La esencia total de la enseñanza aquí y en todo el Nuevo Testamento es que no tenemos ningún derecho a la salvación; que no
merecemos nada más que castigo y el infierno y ser quitados de la presencia de Dios por toda la eternidad y que, sin embargo Dios, por su propio amor, gracia y maravillosa misericordia, nos ha otorgado esta salvación. Ese pues, es el significado más exacto del término gracia.

Continuemos con este tema que enfocaron los siete versículos anteriores. ¿Cuál es la finalidad de esos versículos? ¿No es simplemente para mostrarnos el mismo tema negativa y positivamente? ¿Cuál es la
finalidad de esa horrible descripción del hombre natural como resultado del pecado en los primeros tres versículos de Efesios 2, sino para mostrar que el hombre, por estar en pecado, sólo merece castigo? Es
hijo de ira por naturaleza y, no sólo por naturaleza, sino también por su comportamiento, su conducta, por toda su actitud hacia Dios, viviendo según las normas de este mundo, siendo gobernado por el príncipe de la potestad del aire. Esa es la clase de criatura que es: Muerta en sus delitos y pecados, una criatura de pasiones, deseos de la carne, “haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos” (Ef. 2:3). No hay descripción posible más atroz. Es imposible imaginar un estado peor. Una criatura así, ¿puede merecer algo? ¿Tiene tal criatura derecho alguno a estar en la presencia de Dios? ¿Puede presentarse con un pedido o una exigencia? La finalidad del Apóstol es declarar que una criatura tal no merece nada de parte de Dios, sino justo castigo. Y luego se prepara para presentar su gran contraste: “pero Dios”… Y todo el propósito de eso es indudablemente exaltar la gracia y la misericordia de Dios, y mostrar que, aunque el hombre no merece nada de nada, Dios no sólo le da, le da generosamente y hasta lo colma de las “abundantes riquezas de su gracia” (Ef. 2:7).

Ese, por lo tanto, es el primer principio: Somos cristianos, total y exclusivamente, como resultado de la gracia de Dios. Me he referido a ese quinto versículo porque es de suma importancia en esta discusión.
Notemos la manera cómo el Apóstol lo insertó aquí, lo deslizó, lo insinuó. ¿Por qué lo hizo? Notemos el contexto. Dice que cuando “aun estando nosotros muertos en pecados”, Dios nos dio vida. Allí de inmediato agrega: “…por gracia sois salvos”. Si no lo comprendemos a estas alturas, no lo comprende-remos nunca. Lo que ha estado diciendo es esto: Estábamos muertos, lo que significa totalmente sin vida, y, por lo tanto, sin ningún tipo de habilidad y, necesariamente, lo primero era que nos vivificara, que nos diera vida. Y dice que eso es exactamente lo que Dios ha hecho por nosotros. Por lo tanto dice: “¿No lo entienden? Es por gracia que sois salvos”. Lo incluye aquí obviamente por esa razón. Es la única conclu-sión a la que podemos llegar. Las criaturas que se encontraban espiritualmente muertas, ahora están vivas, ¿cómo sucedió? ¿Puede un muerto resucitarse a sí mismo? Imposible. Hay sólo una respuesta: “Por gracia sois salvos”. Llegamos, por lo tanto, a esta conclusión inevitable: Somos cristianos en este instante, total y exclusivamente por la gracia de Dios.

El Apóstol nunca se cansaba de decirlo. ¿Qué más podía decir? Cuando recordaba aquel Saulo de Tarso blasfemo, que aborrecía a Cristo, a la Iglesia Cristiana, que respiraba amenazas y muerte y se empeñaba por exterminar al cristianismo; y luego observaba cómo era ahora, ¿qué más podía decir que: “Soy lo que soy por la gracia de Dios?”. Y tengo que confesar que no puedo comprender cómo ningún cristiano puede observarse a sí mismo y decir algo diferente. Cuando se arrodilla usted ante Dios y no percibe que sólo es “un deudor de su misericordia”, confieso que no lo entiendo. Tiene algo trágicamente defectuoso, ya sea en su sentido de pecado o en su comprensión de la grandeza del amor de Dios. Éste es un tema constante del Nuevo Testamento, es la razón por la cual los santos, a través de los siglos, siempre han alabado al Señor Jesucristo. Ven que cuando no tenían ninguna esperanza, cuando estaban realmente muertos y eran viles y repugnantes, “aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3), como lo expresa Pablo cuando le escribe a Tito, Dios posó su vista sobre ellos. Mientras éramos “aún pecadores”, “siendo enemigos” (Ro. 5:8, 10) —estando enemistados, sabiéndonos extraños, viviendo totalmente
opuestos a él— fuimos reconciliados con Dios por medio de su Hijo. No podemos dejar de ver que es por gracia y sólo por gracia que somos cristianos. Es algo enteramente inmerecido, es sólo como resultado de
la bondad de Dios.

La segunda proposición, como lo he indicado, es presentada por el Apóstol en una forma negativa. Dice que el hecho de que seamos cristianos, no nos da ningún derecho a jactarnos. Esa es la forma negativa de la primera proposición. La primera es que somos cristianos, total y exclusivamente como resultado la gracia de Dios. Por lo tanto, en segundo lugar, tenemos que decir que el hecho de ser cristianos no nos da ningún derecho a jactarnos. El Apóstol lo dice en dos declaraciones. La primera es: “esto no de vosotros”. Pero no se conforma con eso, tiene que ser aún más explícito con estas palabras: “para que nadie se gloríe”. Tenemos aquí dos declaraciones de vital importancia. Es indudable que nada puede ser más fuerte que esto: “no de vosotros, para que nadie se gloríe”. Este tiene que ser siempre la prueba crucial de nuestro concepto de la salvación y de lo que nos hace cristianos.

Examínese por un momento. ¿Cuál es su idea de usted mismo como cristiano? ¿Cómo llegó a ser cristiano? Serlo, ¿de qué depende? ¿Cuál es el antecedente, cuál es la razón? Esa es la pregunta crucial, según el Apóstol la prueba vital. Su idea de cómo llegó usted a ser cristiano, ¿le dio algún derecho de jactarse de sí mismo? ¿Refleja de alguna manera sus propios méritos? De ser así, de acuerdo con esta declaración —y no vacilo en decirlo— usted no es cristiano. “No de vosotros, para que nadie se gloríe”. En el tercer capítulo de la epístola a los Romanos, el Apóstol lo dice con más claridad todavía. Hace su pregunta. Aquí, dice, está el camino de salvación y enseguida pregunta en el versículo 27: “¿Dónde, pues, está la jactancia?”. Y contesta diciendo: “Queda excluida”, fue echada por la puerta y se puso bajo llave. Aquí no hay ningún lugar para esto.

No es de sorprender que al apóstol Pablo le gustara tanto expresar esto en esa manera particular porque antes de su conversión, antes de ser cristiano, sabía mucho de jactancias. Nunca hubo alguien más
satisfecho de sí mismo, ni más seguro de sí mismo que Saulo de Tarso. Estaba orgulloso de sí mismo en todo sentido: Orgulloso de su nacionalidad, orgulloso de la tribu israelita en que había nacido, orgulloso
del hecho que había sido educado como fariseo y a los pies de Gamaliel, orgulloso de su religión, orgulloso de su moralidad, orgulloso de sus conocimientos. Nos revela todo esto en el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses. Se jactaba. Se ponía de pie y afirmaba, por así decir: “¿Quién puede negar esto? Aquí estoy, un hombre bueno, moral y religioso. Vean cómo cumplo mis deberes religiosos, vean cómo vivo mi vida, véanme en todo sentido; me he entregado a esta vida pía, santa y estoy satisfaciendo a Dios”. Esa era su actitud. Se jactaba. Se creía ser un hombre así y que había vivido de una manera de la que podía sentirse orgulloso. Jactancioso es una de las palabras que mejor lo describían. Pero cuando fue salvo, comprendió que una de las mayores diferencias de ser cristiano le significó que todo eso fue echado fuera y era irrelevante. Por eso es que usaba un lenguaje bastante fuerte. Cuando recordaba todo de lo que tanto se jactaba, decía que estimaba todo como: “pérdida y basura”. No se conformaba con decir que era malo; era vil, sucio, repugnante. ¿Jactancia? ¡Excluida! Pero el Apóstol conoce tan bien el peligro que esto representa, que no se conforma con una declaración general, sino que indica dos sentidos en particular en que somos más susceptibles de jactarnos.

Continuará …

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

______________________________________________________________

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

Asuntos de Vida y Muerte

Este libro tiene sus orígenes en las Conferencias de Londres sobre Cristianismo Contemporáneo de 1997, que atrajeron una audiencia numerosa, variada y participativa. Ahora que de esas conferencias se ha llegado a conformar un libro, aventuro que atraerá a lectores que lo apreciarán de forma similar.

Lo que impresiona tanto del autor es que combina en sí a «tres personas». En primer lugar, es un científico preparado y al día, con amplios conocimientos de Biología, Genética, Pediatría y Tecnologías de la reproducción. También es capaz de generar en los lectores esa confianza, comparte con ellos su saber y espera que saquen sus propias conclusiones en todos los asuntos aunque sólo tras haberles proporcionado los datos relevantes.

En segundo lugar, es un cristiano que se apoya firmemente en el cristianismo histórico. Su bien fundada fe cristiana impregna todo su pensamiento, en su intento de relacionar su cosmovisión bíblica con las complejidades del mundo moderno.

En tercer lugar, es un ser humano, con toda la vulnerabilidad personal que eso conlleva. Ve en la encarnación el modelo perfecto de empatía, de introducirse a fondo en la experiencia humana del dolor. Como neonatólogo, con cierta regularidad tiene que afrontar la triste responsabilidad de comunicar a los padres que su bebé ha muerto. Entonces llora con los que lloran.

La integridad personal de John Wyatt sale a relucir en su libro de principio a fin. No intenta en ningún momento esconder datos que incomoden o camuflar sus propias inquietudes e incertidumbres. No esquiva pregunta alguna ni ofrece soluciones simplistas a problemas contemporáneos complejos.

Tampoco subestima lo serio del ataque liberal actual a la doctrina y ética cristianas tradicionales, ni mucho menos a la santidad de los seres humanos porque están hechos a la imagen de Dios. Ha leído a los principales profesionales asaltantes. Los nombres de Richard Dawkins, Peter Singer, Ronald Dworkin, Max Charlesworth y John Harris aparecen una y otra vez. Sus obras son resumidas y citadas y John Wyatt formula una respuesta razonada a ellos.

Me parece especialmente refrescante e imaginativo cuando desarrolla su analogía de Dios como el artista y el ser humano como su obra maestra defectuosa. Cada persona es una obra maestra de la creación divina, que refleja la imagen divina y, por tanto, posee un valor incalculable. Sin embargo, el mal ha estropeado la creación de Dios.

Una cita servirá a los lectores como aperitivo de la capacidad de John Wyatt:

“La obra maestra original, creada con tal amor y que materializa tal arte, se ha convertido en otra defectuosa, emborronada, contaminada… El reflejo del carácter de Dios resulta distorsionado y parcialmente oscurecido. Pero, en medio de todas las imperfecciones, todavía podemos ver las líneas maestras de la obra original. Aún produce un sentimiento de asombro el diseño que hay detrás.
La tarea de los profesionales de la salud —sigue— es la de proteger y restaurar las obras maestras, cuyo cuidado nos ha sido encomendado, acorde con las intenciones del Creador original.” John Stott Rector Emeritus de All Souls Church, Langham Place, Londres, y Presidente del Instituía of Contemporary Christianity.

“Cada persona es una obra maestra de la creación divina, que refleja la imagen divina y, por tanto, posee un valor incalculable.”

Lo que la medicina puede hacer y lo que debería hacer – o no debería – afecta a nuestra vida, a la de nuestra familia y a la sociedad.

En este libro, John Wyatt explora cuestiones que giran en torno al inicio y al final de la vida – los tratamientos de infertilidad, la genética, el aborto, el infanticidio, el bebé en riesgo de muerte, la eutanasia y la ayuda médica al suicidio – teniendo en cuenta el pensamiento de la ética médica actual.
Escribiendo desde la profunda convicción de que la perspectiva bíblica del ser humano marca un camino a seguir, hace sugerencias acerca de cómo tanto los profesionales sanitarios, como la: personas de a pie pueden responder ante los retos y las oportunidades que se nos presentan.

John Wyatt aborda en esta obra diversas cuestiones relativas al inicio y al fin de la vida humana que en la actualidad suscitan interés no solo en la comunidad científica, sino también en medios profanos. Es innegable que el debate jurídico y ético respecto a estos asuntos permanece abierto y la obra de Wyatt viene a ocupar un importante espacio en el mismo, ya que, junto a la descripción científica de las técnicas de reproducción humana asistida, o de los métodos abortivos, entre otras, analiza las que considera influencias más importantes de pensamiento bioético actual: el reduccionismo biológico, la tecnología, el consumismo, la limitación de recursos y la diversidad ética, aportando una visión muy completa del panorama de la bioética del siglo XXI. A lo anterior se añade como valor distintivo una visión de la perspectiva bíblica histórica en lo relativo a la humanidad y la salud, que permite un honesto encuentro con las preguntas fundamentales acerca de la naturaleza humana, y desde la que se fundamenta el especial valor de lo humano frente al resto de la creación.

Todo esto lo hace el autor con rigor y precisión, sin dejar de lado la sencillez, lo que hace de este texto una obra útil para todos. Carmen Delia Medina Castellano Catedrática de E.U. de Bioética y Legislación Sanitaria. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

  • ÍNDICE
  • Prólogo de John Stott
  • Prefacio a la edición española
  • Reconocimientos
  • Introducción
  • Capítulo 01 ¿Qué está pasando? Temas fundamentales en medicina y en la sociedad
  • Capítulo 02 Perspectiva bíblica de lo humano
  • Capítulo 03 Tecnologías de la reproducción y el inicio de la vida
  • Capítulo 04 Análisis fetal y la búsqueda de un bebé sano
  • Capítulo 05 Un mundo feliz: la nueva genética
  • Capítulo 06 Aborto e infanticidio: una perspectiva histórica
  • Capítulo 07 ¿Cuándo se es persona? Perspectiva cristiana del inicio de la vida
  • Capítulo 08 El bebé moribundo: dilemas de la asistencia neonatal
  • Capítulo 09 ¿Una buena muerte? La eutanasia y el suicidio asistido
  • Capítulo 10 Una forma mejor de morir
  • Capítulo 11 Antiguos valores para un nuevo siglo: la tradición hipocrática y la medicina moderna
  • Referencias bibliográficas

*Andamio Editorial 2007. 377 pp.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/1310-asuntos-de-vida-y-muerte.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

¿Cree Ud. que tiene acaso alguna Buena Obra? 2

Además, nada es una buena obra, a menos que se realice con una buena motivación y no hay motivación que se pueda llamar buena, a menos que sea para la gloria de Dios. El que realiza buenas obras con la intención de salvarse, no las hace por un buen motivo porque su motivación es egoísta. El que las hace también para ganarse la estima de sus semejantes y por el bien de la sociedad, tiene un motivo loable en cuanto al hombre se refiere, pero es, después de todo, una motivación inferior. ¿Qué fin persigue? Es para beneficio de sus iguales, entonces que ellos le recompensen porque eso no tiene nada que ver con Dios. Una obra no es buena, a menos que se haga para la gloria de Dios. Y nadie puede hacerla para esto hasta que Dios le haya enseñado lo que es su Gloria y uno se haya sometido a la voluntad divina de Dios, de modo que lo único a que uno aspira es al Altísimo y las obras que promuevan su gloria y honra en el mundo.

Incluso, amados, cuando nuestras obras son realizadas con las mejores motivaciones, nada es una buena obra, a menos que sea realizada con fe porque “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario
que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6). Al igual que Caín, podemos levantar un altar y colocar sobre él los primeros frutos, pareciendo ser un sacrificio aceptable en sí; pero si carece de la sal de la fe, allí quedará. No será aceptado por Dios porque sin fe es imposible agradarle. Traigan un hombre, quien toda su vida ha invertido su salud y sus fuerzas en sus prójimos. Muéstrenme un servidor público que ha cumplido su deber a cabalidad; que ha trabajado día y noche, aun a expensas de su salud, porque creía que su patria esperaba que cada uno cumpliera su deber y él quiso hacerlo. Traigan a aquel otro hombre, déjenme ver sus obras de caridad, su gran benevolencia, su profusa generosidad. Cuéntennos que siempre ha trabajado para su país con perseverancia y luego, si no puede contestar esta pregunta: “¿Cree usted en el Hijo de Dios?”, tendremos
que decirle con toda sinceridad que no ha hecho ni una buena obra en toda su vida, en lo que a Dios se refiere.

Por otra parte, cuando tenemos fe en Dios y realizamos nuestras obras con las mejores motivaciones, aun así, no contamos ni siquiera con una sola buena obra, hasta que sea rociada con la sangre de Cristo. Cuando observamos todo lo que hemos hecho en nuestra vida, ¿podemos encontrar siquiera una cosa que nos atrevamos a llamar buena sin que la sangre de Cristo la haya cubierto? Admitamos que tiene algo de bueno —porque el Espíritu la puso en nuestra alma— pero también tiene mucho de malo. Aun nuestras mejores acciones están tan estropeadas, manchadas y arruinadas por los pecados e imperfecciones en ellas, que no nos atrevemos a llamarlas buenas hasta que Jesucristo las haya rociado con su sangre y les haya quitado las manchas. Oh, cuántas veces he cavilado: “¡He trabajado para predicar la Palabra de Dios! ¡No he dejado de hacerlo siempre delante de amigos o enemigos, y espero no haber dejado de declarar todo el consejo de Dios!”. Y aún así, amados, cuántos de esos sermones no han sido buenas obras en absoluto porque no tenía puestos mis ojos en honrar al Señor en ese momento, o porque no había fe implícita en ello. He predicado con desaliento, con el ánimo por los suelos o quizá con un propósito natural de ganar almas. Porque a menudo hemos temido, aun cuando nos regocijábamos de ver almas convertidas, que quizá lo hicimos con una motivación mala, como honrarnos a nosotros mismos para que el mundo dijera: “¡Miren cuántas almas lleva al Señor!”. Aun cuando la
Iglesia se reúne para hacer obras santas, ¿no han notado que se mete sigilosamente algo egoísta, como el deseo de exaltar a nuestra propia iglesia, glorificar a nuestros propios hermanos y darnos importancia?

Estoy seguro, amados, que si se detienen y rompen en pedazos sus buenas obras, encontrarán tantos puntos malos en ella que se tienen que deshacer del todo y empezar de nuevo. Hay tantas manchas morales en ellas, que necesitan ser lavadas en la sangre de Cristo para que vuelvan a servir para algo.

Y ahora, amados, ¿creen que acaso cuentan con alguna buena obra? “¡Oh!”, responden ustedes: “Me temo que no tengo muchas buenas obras o, mejor dicho, sé que no tengo ninguna. Pero gracias a su amor, el Dios que aceptó mi persona en Cristo, también acepta mis obras en Cristo. Y a Aquel que me bendijo en él para ser una vasija escogida, le ha agradado aceptar lo que él mismo puso en la vasija ‘para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef. 1:6).

Y ahora, usted el moralista5, que está convencido de que es justo, si lo que he dicho es cierto, ¿dónde está su santidad? Usted está diciendo: “Soy un hombre caritativo”. ¡Admitamos que lo es! Le digo que vaya y apele a sus prójimos y que sean ellos quienes le paguen por su caridad. Dice usted: “Ay, pero soy un hombre consecuente y de buena moral, soy un gran orgullo para el país. Si todo actuaran como yo ¡cómo se beneficiaría este mundo y esta generación!”. Por supuesto, ha servido a su generación. Entonces, mándele la factura a su generación. Le digo que ha trabajado en vano. Le advierto que ha echado semillas al viento y es muy posible que siegue torbellinos. Dios no le debe nada. No ha vivido usted para su honra. Tiene que confesar sinceramente que no ha realizado ni una acción con el deseo de agradarle. Ha trabajado para agradarse a usted mismo, esa ha sido la motivación más elevada que ha tenido… Y en cuanto a sus buenas obras, ¿dónde están? ¡Ah! Son producto de su imaginación y pura ficción, motivo de risa y una fantasía. ¿Buenas obras en los pecadores? No existen. Agustín bien
dijo: “Las buenas obras, como las llaman, en los pecadores no son más que pecados espléndidos”. Esto se aplica a las mejores obras del mejor de los hombres que no es de Cristo. No son más que pecados espléndidos, pecados barnizados. ¡Dios les perdone, queridos amigos, por sus buenas obras! Si no están en Cristo, tienen una necesidad muy grande de ser perdonados por sus buenas obras como por las malas porque considero que las dos son igualmente malas, si son pasadas por un cedazo.

De un sermón predicado en la mañana del domingo, 16 de marzo de 1856, en New Park Street Chapel, Southwark.

Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés influyente, el predicador más leído de la historia, aparte de los que se encuentran en las Escrituras. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

¡¡¡Dios suplirá todas tus necesidades!!!

John Stephen Piper Nacido el 11 de enero de 1946, Tennessee, Estados Unidos es un predicador, evangelista, autor, escritor Calvinista y sirvió como pastor en la iglesia Bautista de Bethlehem en Minneapolis, Minnesota durante 33 años.

¿Cree Ud. que tiene acaso alguna Buena Obra? 1

Cristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

Seguramente, ninguno de ustedes terminará con un espíritu legalista esta mañana por lo que vamos a decir, porque después de nuestras repetidas exhortaciones de que eviten cualquier cosa que se parezca a confiar en sus propias obras —exhortaciones que, esperamos, tendrán la unción del Espíritu Santo— será muy difícil que nos malentiendan, al punto de suponer que cuando hablamos hoy sobre buenas obras, queremos que crean que éstas puedan promover su salvación eterna. Hace dos domingos nos esforzamos por hacerles entender la diferencia entre los dos pactos: El pacto de gracia y el pacto de obras. Les ruego que recuerden lo que dijimos en aquella oportunidad y, si por algún desliz dijéramos ahora algo que parece legalismo, por favor cotejen ambos mensajes y, si de alguna manera nos desviamos de la gran verdad de la justificación, rechacen nuestro testimonio…

Los hijos de Dios son un pueblo santo. Fue para este propósito que nacieron y fueron traídos al mundo: Para que fueran santos. Para esto fueron redimidos por sangre y hechos un pueblo adquirido. El propósito de su elección y la intención de todos sus propósitos no se cumplen hasta que se convierten en un pueblo celoso de buenas obras.

Primero, entonces, contestemos la pregunta: “¿Qué son buenas obras?”. Me atrevo a decir que ofenderemos a muchos cuando expliquemos qué son las buenas obras y podemos recorrer mucho camino antes de ver siquiera una buena obra. Usamos aquí la palabra buena en su sentido correcto. Hay muchas obras que son buenas entre un hombre y otro, pero aquí usaremos la palabra buena en un sentido más elevado, a saber, en relación con Dios. Pensamos que podremos mostrarles que hay muy pocas buenas obras, en general, y que no hay ninguna fuera del ámbito de la iglesia de Cristo. Creemos, si leemos las Escrituras correctamente, que ninguna obra puede ser buena, a menos que sea ordenada por Dios. ¡Esto pone en evidencia gran parte de lo que los hombres hacen a fin de obtener la salvación! El fariseo dijo que diezmaba la menta, el anís y el comino, pero ¿podía probar que Dios le había ordenado diezmar su menta, su anís y su comino? Quizá no. Dijo que ayunaba tantas veces por semana. ¿Podía probar que Dios le dijo que ayunara? Si no, su ayuno no era obediencia. Si hacemos algo que Dios no nos ordena hacer, no lo hacemos como un acto de obediencia. Vanas pues, son todas las pretensiones de los hombres que mortifican sus cuerpos, castigan su carne o hacen esto o aquello para obtener el favor de Dios. Ninguna obra es buena, a menos que Dios la haya ordenado. Uno puede edificar muchas casas para desamparados, pero si se construyen sin referencia al mandamiento divino, no se ha realizado ninguna buena obra.

Además, nada es una buena obra, a menos que se realice con una buena motivación y no hay motivación que se pueda llamar buena, a menos que sea para la gloria de Dios. El que realiza buenas obras con la intención de salvarse, no las hace por un buen motivo porque su motivación es egoísta. El que las hace también para ganarse la estima de sus semejantes y por el bien de la sociedad, tiene un motivo loable en cuanto al hombre se refiere, pero es, después de todo, una motivación inferior. ¿Qué fin persigue? Es para beneficio de sus iguales, entonces que ellos le recompensen porque eso no tiene nada que ver con Dios. Una obra no es buena, a menos que se haga para la gloria de Dios. Y nadie puede hacerla para esto hasta que Dios le haya enseñado lo que es su Gloria y uno se haya sometido a la voluntad divina de Dios, de modo que lo único a que uno aspira es al Altísimo y las obras que promuevan su gloria y honra en el mundo.

Incluso, amados, cuando nuestras obras son realizadas con las mejores motivaciones, nada es una buena obra, a menos que sea realizada con fe porque “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6). Al igual que Caín, podemos levantar un altar y colocar sobre él los primeros frutos, pareciendo ser un sacrificio aceptable en sí; pero si carece de la sal de la fe, allí quedará. No será aceptado por Dios porque sin fe es imposible agradarle. Traigan un hombre, quien toda su vida ha invertido su salud y sus fuerzas en sus prójimos. Muéstrenme un servidor público que ha cumplido su deber a cabalidad; que ha trabajado día y noche, aun a expensas de su salud, porque creía que su patria esperaba que cada uno cumpliera su deber y él quiso hacerlo. Traigan a aquel otro hombre, déjenme ver sus obras de caridad, su gran benevolencia, su profusa generosidad. Cuéntennos que siempre ha trabajado para su país con perseverancia y luego, si no puede contestar esta pregunta: “¿Cree usted en el Hijo de Dios?”, tendremos que decirle con toda sinceridad que no ha hecho ni una buena obra en toda su vida, en lo que a Dios se refiere.

Continuará …

De un sermón predicado en la mañana del domingo, 16 de marzo de 1856, en New Park Street Chapel, Southwark.

Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés influyente, el predicador más leído de la historia, aparte de los que se encuentran en las Escrituras. Nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

La Religión que te manda al Infierno

“Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable.” (Mal. 1:6-7) Ellos decían: “¡¿Nunca dijimos eso?!” “¡Nunca dijimos: ‘la mesa de Jehová es despreciable’ !” “¡nunca haríamos algo así !” “¡somos buenos cristianos!”.

Paul David Washer (Estados Unidos, 11 de septiembre de 1961) es un abogado, profesor, pastor bautista reformado, misionero y escritor, reconocido por ser predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur y fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos1​ Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en The Master’s Seminary.

El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

¿Cómo saber si eres parte del Reino de Dios?

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Todos los libros en castellano de Lloyd-Jones encuéntralos en: http://www.solosanadoctrina.com/tienda

Los Discípulos confiesan sus Pecados

El apóstol Juan describe en 1 Juan 1:8-9 dos formas de ver nuestros pecados y las consecuencias de cada uno de ellos. La primera es una renuencia para reconocer nuestra pecaminosidad (v. 8). La segunda es una actitud humilde y honesta de reconocimiento (v. 9). En esta última actitud nos concentraremos en este artículo.

Juan dice: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (v. 9). «Confesar» literalmente significa «decir lo mismo», es decir, estar de acuerdo con lo que otra persona dice. El contexto deja claro que confesar nuestros pecados significa estar de acuerdo con el diagnóstico de Dios de que somos pecadores y de que hemos pecado.

El perdón que Dios nos promete a través de la confesión no es un estímulo para continuar pecando.

Aunque la doctrina católica romana enseña la necesidad de confesar a un sacerdote para obtener absolución, el contexto de nuestro pasaje deja claro la enseñanza de Juan: primero debemos confesar nuestros pecados a Dios, porque solo Él puede perdonarnos y eliminar nuestra falta. Otros pasajes de la Escritura nos enseñan que, en ciertas ocasiones, es necesario confesar nuestra culpa a aquellos que han sido dañados por nuestro pecado, para que la comunión que ha sido interrumpida por nuestro error pueda ser restaurada (Luc 15:21).

Lo que todos los verdaderos creyentes experimentan cuando confiesan sus pecados es que Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Jn 1:9). La palabra «fiel» tiene que ver con ser confiable. La fidelidad o confiabilidad es uno de los atributos de Dios. Su fidelidad consiste en cumplir siempre lo que promete. Dios cumplirá Sus promesas de perdón hechas a Su pueblo, promesas que fueron selladas con la sangre de Jesús (ver 1:7), cuando humildemente le confesamos nuestros pecados. Por lo tanto, sabemos que la certeza del perdón no es una cuestión de sentir que hemos sido perdonados, sino de que Dios es fiel a lo que ha prometido y no puede fallar (2 Tim 2:13).

Juan agrega además que «Dios es justo» para perdonar nuestros pecados (1 Jn 1:9). La muerte sacrificial de Jesús es ciertamente el contexto de esta declaración. Dios hará lo correcto: nos perdonará y nos limpiará de todo mal, porque Jesucristo ya pagó por nuestra culpa.

Juan menciona dos cosas que Dios, el fiel y justo hará si confesamos nuestros pecados: perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Primero, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados (v. 9). Perdonar en el idioma griego, cuando se usa en conexión con el pecado, significa «remitir» o «cancelar». Segundo, Dios es fiel y justo para limpiarnos de toda maldad (v. 9; ver v. 7). Esta última oración enfatiza otro aspecto del perdón de Dios: elimina las manchas y las consecuencias del pecado en nuestra vida.

El perdón que Dios nos promete a través de la confesión no es un estímulo para continuar pecando. El propósito de la manifestación del perdón y la gracia de Dios es para que vivamos una vida sin pecado. Cualquiera que abuse de la confesión como una válvula de escape para el pecado ciertamente nunca ha sido verdaderamente perdonado por Dios y se está engañando a sí mismo.

El Dr. Augustus Nicodemus Lopes es pastor principal de la Iglesia Presbiteriana de Goiânia, Brasil, y vicepresidente de la Iglesia Presbiteriana de Brasil. Fue canciller de la Universidad Mackenzie Presbyterian en São Paulo, Brasil, y es autor de varios libros, entre ellos “The Supremacy and Sufficiency of Christ” [La supremacía y suficiencia de Cristo].

De lo profundo

El arrepentimiento es una cuestión que nadie puede permitirse pasar por alto. Es imposible que una persona se convierta en cristiana sin él. Asimismo, el arrepentimiento es una parte continua e indispensable de la experiencia del cristiano durante su vida en la tierra. Peca a diario y debe arrepentirse, pues, diariamente. Sin el arrepentimiento no conocerá la salvación, la santidad o un gozo verdadero en la vida cristiana.

¿Pero en qué consiste exactamente el arrepentimiento y qué es lo que implica? ¿Cómo podemos estar seguros de haber experimentado un arrepentimiento verdadero y no algo falso? ¿Cómo podemos ser cristianos verdaderamente felices?

En este conmovedor estudio del Salmo 51, el Dr. Martyn Lloyd-Jones examina estas cuestiones y otras similares con un estilo sensible, espiritual y compasivo. Los que buscan con fervor, los cristianos con dificultades y todos aquellos implicados en la labor de aconsejarles encontrarán de gran ayuda esta magistral exposición. Es un verdadero pozo de aplicación práctica y de sabiduría pastoral.

Su lectura no solo infunde humildad, sino que también constituye todo un estímulo.

Es un privilegio presentarles este libro. Consta de una serie de sermones vespertinos sobre el Salmo 51 predicados en Westminster Chapel los domingos de octubre de 1949. Esta no es la primera recopilación de los sermones de Lloyd-Jones sobre el Antiguo Testamento, y espero sinceramente que no sea la última. En lo que a mí concierne, evocan algunas maravillosas noches de domingo que se remontan ya a muchos años atrás. Nunca leo Lucas 24:44-45 sin desear haber formado parte de aquella maravillosa congregación para escuchar a nuestro Señor mismo mostrar a sus discípulos el evangelio del Antiguo Testamento. Pero él mostró el camino, y el Espíritu Santo siempre utilizará a sus siervos para enseñarnos. Deseo que Dios utilice este libro para el enriquecimiento de las almas y para su gloria.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/estudios-biblicos/224-de-lo-profundo.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Los Discípulos guardan los mandamientos de Cristo

Cuando Jesús llamó por primera vez a Simón Pedro y a su hermano Andrés para Su obra, el mandato fue: «Seguidme». ​​Con el tiempo, aquellos que fueron tras Jesús y le siguieron fueron llamados Sus «discípulos», «estudiantes» o «seguidores». A lo largo de Su ministerio, Jesús dejó claro a Sus oyentes que ser Su discípulo no era simplemente recibir una educación o incluso adherirse a un conjunto de principios o estipulaciones éticas. Ser un discípulo de Jesús significaba reconocerlo por lo que realmente era: el Hijo de Dios encarnado, el tan esperado Mesías, y, por lo tanto, reorientar la vida para que se ajuste a los estándares de Su reino celestial.

Nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue como aquellos que realmente le aman.

En Juan 14:15, Jesús dice a Sus discípulos esta verdad de manera llana: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Esta puede parecer una afirmación sencilla, incluso simplista, pero si la miramos de cerca, nos damos cuenta de que nos enseña mucho sobre lo que significa ser un verdadero discípulo de Jesús. Lo primero que hay que notar es que la motivación para la obediencia cristiana es y debe ser el amor, no el miedo. Como cristianos, queremos obedecer a Jesús no porque tengamos miedo de que recibiremos juicio si no lo hacemos, sino porque reconocemos quién Él es y lo que ha hecho por nosotros, y eso a su vez hace nacer en nuestras almas un profundo deseo de honrarlo con nuestras vidas. Como dice Juan en su primera epístola: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4:19), y es esa fuente de amor la que se desborda con un deseo de obedecerle.

Segundo, nota que en Juan 14:21, Jesús pone esta verdad en orden invertido: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”. En otras palabras, nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue como aquellos que realmente le aman. Como Jesús dice en otro lugar: «Porque por el fruto se conoce el árbol» (Mt 12:33).

Tercero, nota que esta obediencia que rendimos a Jesús no es por nuestro propio poder. En el versículo siguiente, Jesús nos dice que pedirá al Padre que envíe a otro Consolador, al Espíritu Santo (Jn 14:16), y luego Pablo nos dice que es Este quien nos da el poder para hacer morir las obras de la carne y que está con nosotros en la tribulación, clamando que somos hijos de Dios (Rom 8:13-17).

Todo esto deja claro que cualquier acusación de antinomianismo en contra del cristianismo, es decir, que este es «contra la ley», es falsa e infundada. El mismo Pablo preguntó: “¿Qué diremos, entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? ¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Rom 6:1-2). Nuestra salvación se basa, entera y completamente, en la justicia de Cristo, tanto en Su vida como en Su muerte, imputada a nosotros. Esa sola justicia es la base de nuestra justificación. Pero hay fruto espiritual evidente en aquellos que han sido justificados: un reconocimiento de Jesús como el Rey, y un amor lleno de gratitud hacia Él que produce un deseo lleno del Espíritu de seguirlo y obedecer Sus mandamientos.

El Dr. Greg D. Gilbert es el pastor principal de la Third Avenue Baptist Church en Louisville, KY. Es autor de varios libros.

El Gozo del Cielo y el Arrepentimiento 2

¿Por qué se regocija el Hijo de Dios por cada pecador que se arrepiente?… Si nos preguntaran por qué Cristo se regocija por los pecadores que se arrepienten, contestaríamos que porque él les ha dado vida espiritual y sustento, porque los ha redimido de una eternidad de sufrimientos y desdichas con su propia sangre preciosa. Él comparte con su Padre y el Espíritu Santo el gozo motivado por otras cosas. En cambio, en este caso la causa del gozo es casi exclusivamente de él. Desde antaño había sido predicho en cuanto a él que vería el fruto de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho (Isa. 53:11). ¡O sea que vería los efectos de sus sufrimientos en el arrepentimiento y la salvación de los pecadores y consideraría esto recompensa suficiente por toda la agonía que tuvo que sufrir! Esta predicción se cumple diariamente. Nuestro Emmanuel ve el fruto de la aflicción de su alma en cada pecador que se arrepiente, y se
regocija porque las aflicciones que tuvo que sufrir, no fueron en vano… ¿Quién puede concebir las emociones con las cuales el Hijo de David contempla a un alma inmortal atraída a sus pies por las cuerdas del amor, rescatada por él del león rugiente por un precio tan infinito? Si nosotros amamos, valoramos y nos regocijamos por cualquier objeto en proporción al trabajo, el sufrimiento y el precio que nos ha costado obtenerlo, ¡cuánto más debe Cristo amar, valorar y regocijarse por cada pecador arrepentido!

Su amor y gozo debe ser tan indescriptible, inefable, infinito… Y quiero agregar que si él se regocija por un pecador que se arrepiente, ¡cuánto más se habrá de regocijar cuando todo su pueblo sea reunido de entre toda lengua y raza y nación y pueblo, y presentado sin mancha ante el trono de su Padre?… ¡Qué especial debe ser ese gozo, esa felicidad que satisface la generosidad de Cristo!

¿Por qué se regocijan los ángeles por cada pecador que se arrepiente? Se regocijan cuando los pecadores se arrepienten porque Dios es glorificado y sus perfecciones se demuestran al darles arrepentimiento y remisión de pecados. Las perfecciones de Dios se ven solo en sus obras. Sus perfecciones morales se ven solo, o al menos principalmente, en sus obras de gracia. Más de Dios, más de su gloria esencial se manifiestan al traer a un pecador al arrepentimiento y perdonar sus pecados en nombre de Cristo, que en todas las demás maravillas de la creación… En esta obra, las criaturas pueden ver, por así decirlo, el propio corazón de Dios.

Es probable que de esta obra, los ángeles mismos hayan aprendido más del carácter moral de Dios de lo que hubieran podido aprender anteriormente. Antes sabían que Dios era sabio y poderoso, porque los había hecho totalmente santos y felices. Sabían que era justo, porque lo habían visto echar del cielo y al infierno a sus hermanos rebeldes por sus pecados. Pero hasta no verlo dar arrepentimiento y remisión de pecados por medio de Cristo, no sabían que era misericordioso. No sabían que podía perdonar a un pecador.

¡Y oh! ¡Qué hora fue aquella en el cielo, cuando se dio a conocer por primera vez esta gran verdad, cuando el primer arrepentido fue perdonado! Entonces a los ángeles les fue dado un canto nuevo, ¡y comenzaron a cantarlo con expresiones indescriptibles de portento, amor y alabanzas, alzando sus voces a un tono más alto, y sintiendo gozos que nunca habían sentido! ¡Oh, cómo los sonidos gozosos de “sus misericordias [que] permanecen para siempre” se extendieron de coro en coro, con sus ecos atravesando los altos arcos del cielo y estremeciendo a todos los embelesados seres angelicales! Y cómo cantaron a una voz: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Luc. 2:14).

Ni es la misericordia de Dios la única perfección demostrada en esta obra. ¡Hay más poder y sabiduría demostrados en traer a un pecador al arrepentimiento que en crear un mundo! Por lo tanto, así como los hijos de Dios aunaron sus voces y se alzaron de puro gozo cuando Dios puso los fundamentos de la tierra, ¡con todavía más razón se regocijan al contemplar las maravillas de la nueva creación en el alma de los hombres! Se deleitan en observar los comienzos de la vida espiritual en aquellos que por tanto tiempo habían estado muertos en pecado: ver la luz y el orden irrumpiendo en la oscuridad natural y la confusión de la mente, ver cómo desaparece la imagen de Satanás y notar las primeras características de la imagen de Dios en el alma. Con satisfacción inexpresable ven cómo el corazón de piedra se transforma en carne, notan las primeras lágrimas de arrepentimiento que brotan de los ojos del pecador, y escuchen las peticiones expresadas toscamente, el llanto infantil del infante en la gracia. Con gran gusto descienden de su morada feliz para ministrar al heredero de salvación recién nacido y rodearlo en tropel, celebrando su nacimiento con cantos de alabanza. “Miren”, claman, “¡otro trofeo de la gracia soberana que todo lo puede!” ¡Miren a otro cautivo liberado por el Hijo de David de la esclavitud del pecado, otro cordero de su rebaño rescatado de las zarpas del león y la boca del oso! Vean frustrados los principados y las potestades de las tinieblas. Vean cómo es echado el hombre fuerte armado. Vean extenderse el reino de Jesús. Vean la imagen de nuestro Dios multiplicada. Vean otra voz sumándose a los aleluyas de los coros celestiales. Esta, oh Creador, es tu obra. ¡Gloria a Dios en las alturas! Este, oh adorable Emmanuel, es el efecto de tus sufrimientos. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendición y honor y poder al que se sienta en el trono y al Cordero para siempre!…

Oh, entonces, convénzanse mis amigos… propónganse darle gozo a Dios, a su Hijo y a los ángeles benditos, a hacer este un día de fiesta en el cielo por haberse arrepentido.

De “Joy in Heaven over Repenting Sinners” en The Complete Works of Edward Payson (Las obras completas de Edward Payson).


Edward Payson (1783-1827): Predicador congregacional norteamericano; sus sermones han sido coleccionados en tres tomos; nacido en Rindge, New Hampshire, EE.UU.

El Gozo del Cielo y el Arrepentimiento 1


“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:10).

¿Por qué se regocijan los moradores del cielo cuando se arrepienten los pecadores?… Dios no se regocija en el
arrepentimiento de pecadores porque pueda agregar algo a su felicidad o gloria esencial. Él ya es infinitamente glorioso y feliz, y lo seguiría siendo aunque todos los hombres sobre la tierra y todos los ángeles del cielo se lanzaran frenéticamente al infierno… Entonces, ¿por qué se regocija Dios cuando nos arrepentimos?

Se regocija porque entonces sus propósitos eternos de gracia y sus compromisos con su Hijo se cumplen. Aprendemos de las Escrituras que todos los que se arrepienten fueron escogidos por él en Cristo Jesús antes de la fundación del mundo y que se los dio como pueblo suyo en el pacto de redención…

Dios se regocija cuando los pecadores se arrepienten porque traerlos al arrepentimiento es obra de él mismo. Es una consecuencia del don de su Hijo y se efectúa por el poder de su Espíritu. Las Escrituras nos informan que él se regocija en todas su obras. Se regocija en ellas con razón, pues todas son muy buenas. Si se regocija en sus demás obras, mucho más se regocija en esta, pues de entre todas sus obras es la más grande, la más gloriosa y la más digna de él. En esta obra, la imagen de Satanás es borrada y la imagen de Dios restaurada en el alma mortal. En esta obra, el
hijo de ira se transforma en heredero de gloria. En esta obra, el hierro candente es quitado del fuego eterno y plantado entre las estrellas en el firmamento celestial, ¡para allí brillar con una luz cada vez más esplendorosa para toda la eternidad! ¿No es cierto que esta es una obra digna de Dios, una obra en la que Dios puede… regocijarse?

Dios se regocija en el arrepentimiento de los pecadores porque esto le brinda una oportunidad de hacer misericordia y demostrar su amor por Cristo al perdonarlos en su nombre. Cristo es su Hijo amado en quien siempre se complace. Lo ama como se ama a sí mismo con un amor infinito, un amor que para nosotros es imposible de concebir tal como lo
son su poder creativo y duración eterna. Ama [a Cristo] no solo por su relación cercana y la unión inseparable que subsiste entre ellos, sino también por la santidad y la excelencia de su carácter, especialmente por la benevolencia infinita que demostró al hacerse cargo la gran obra de la redención del hombre y cumplirla. Como es la naturaleza del amor manifestarse en actos bondadosos hacia el objeto amado, Dios no puede menos que querer demostrar su amor por Cristo y mostrarles a todos los seres inteligentes lo totalmente complacido que está con su carácter y conducta como Mediador…

Dios se regocija cuando los pecadores se arrepienten porque le satisface verlos escapar de la tiranía y las consecuencias del pecado. Dios es luz: santidad perfecta. Dios es amor: benevolencia pura. Su santidad junto con
su benevolencia lo impulsa a regocijarse cuando los pecadores escapan del pecado. El pecado es esa cosa abominable que él aborrece. Lo aborrece por ser algo impío o maligno y algo amargo o destructivo. Indudablemente es ambas cosas. Es la plaga, la lepra, la muerte de seres inteligentes. Infecta y envenena todas sus facultades. Los hunde en las profundidades más bajas de culpabilidad y desdicha y los contamina con una mancha, la cual ni todas las aguas del mar pueden quitar, que todos los fuegos del infierno no pueden quitar, de la cual nadie los puede limpiar sino la sangre de Cristo.

Tal es la perversidad de su naturaleza que si pudiera ser admitido en las regiones celestiales, instantáneamente transformaría a los ángeles en demonios y convertiría el cielo en el infierno… El pecado ya ha transformado a ángeles en demonios. Ya ha convertido a este mundo de ser un paraíso a ser una prisión… Ha traído la muerte al mundo y todas nuestras desgracias… Aun ahora anda por toda la tierra acechando a nuestro mundo subyugado, trayendo ruina y sufrimiento de diez mil diferentes maneras. En su estela deja pleitos y discordias, guerras y derramamientos de sangre, hambrunas y pestilencia, dolor y enfermedad…

Consideren estos males consumados, y para saber la medida entera de la desdicha que tiende a producir el pecado, tienen que seguirla hasta la eternidad. [Tienen] que descender a esas regiones donde la paz y la esperanza nunca llegan. Allí, por la luz de la revelación, contemplen el pecado tiranizando a sus desdichadas víctimas con furia incontrolable, avivando el fuego inextinguible y afilando los dientes del gusano inmortal. Vean ángeles y arcángeles, tronos y dominios, principalidades y poderes despojados de toda su gloria y hermosura original, amarrados con cadenas eternas y ardiendo de furia y malicia contra aquel Ser en cuya presencia antes se gozaron y cuyas alabanzas antes cantaron. Vean multitudes de la raza humana en agonías indescriptibles de angustia y desesperación, maldiciendo al Regalo, al Dador del regalo y Prolongador de su existencia, anhelando en vano ser aniquilados para dar fin a sus sufrimientos. Síganlos a través de largas, largas eras de eternidad y véanlos hundiéndose cada vez más en el abismo sin fondo de la ruina, blasfemando perpetuamente a Dios por sus plagas, y recibiendo el castigo de estas
blasfemias en continuos agregados a sus desdichas. Tal es la paga del pecado. Tal es la condenación inevitable del impenitente hasta el final.

Desde estas profundidades de angustia y desesperación, alcen su mirada a las mansiones de los benditos y vean a qué alturas de gloria y felicidad la gracia de Dios elevará a todo pecador que se arrepiente. Vean a aquellos que han sido así favorecidos en los éxtasis indescriptibles de gozo, amor y alabanza, contemplando a Dios cara a cara, reflejando su imagen perfecta, brillando con un esplendor como el de su glorioso Redentor. Véanlos llenos de la plenitud de la Deidad y bañándose en esos ríos de placer que fluyen eternamente a la diestra de Dios… ¡Contemplen esto, y luego digan si la santidad y benevolencia infinita no tiene razón para regocijarse por cada pecador que por arrepentimiento escapa de las desventuras y se asegura la felicidad aquí descritas con tanta imperfección!

Continuará …

De “Joy in Heaven over Repenting Sinners” en The Complete Works of Edward Payson (Las obras completas de Edward Payson).


Edward Payson (1783-1827): Predicador congregacional norteamericano; sus sermones han sido coleccionados en tres tomos; nacido en Rindge, New Hampshire, EE.UU.

Los Discípulos adoran a Dios

Si me permiten tomar prestado (y ligeramente modificar) un modismo que escuché una vez, diría que existe el discipulado porque no existe la adoración. La razón misma por la cual Jesús ha dado el mandato de discipular a las naciones es porque Él desea que gente de cada tribu, lengua y nación se reúna en una eterna sinfonía armoniosa de adoración al trino Dios. Eso quiere decir, que en la medida en que cumplimos fielmente el mandato del discipulado, debemos buscar la manera de concientizar a la gente de cuán importante es la adoración.

Al escribirle a la iglesia en Filipo, el apóstol Pablo conecta el discipulado con la adoración: “Porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne” (Fil. 3:3). La razón por la cual Pablo apela a la circuncisión es por el contexto en que está escribiendo. Tal como fue ordenado por Dios, la circuncisión tuvo la intención de servir por una señal en la carne que visualmente marcaba al pueblo de Dios, era una muestra del pacto de Dios. Aquellos que habían sido circuncidados conforme a la promesa hecha a Abraham eran seguidores de Jehová. Otra manera de verlo es que en el Antiguo Testamento, la marca de un discípulo era la circuncisión.

La adoración es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a nuestros corazones un entendimiento de la justicia de Jesús provista en el evangelio al nosotros adorar Su gloriosa gracia.

Sin embargo, en Filipo, ciertos maestros habían intentado enseñar su propio estilo de justicia o rectitud. Ellos insistían en lo que Pablo llamaba “la mutilación de la carne”. Al hacer esto, estaban demostrando que no entendían el propósito de la circuncisión al poner su confianza en la carne y no en Jesús. Esto contradice por completo al evangelio de la gracia gratuita de Dios. Cuando no entendemos lo que es el evangelio, trágica e inevitablemente, no logramos entender lo que es la adoración. Eso se da porque reemplazamos a Jesús de tal modo que no le podemos dar toda nuestra adoración, honor y gloria. Ese fue el paso fatal que dieron estos falsos maestros. La circuncisión tenía como propósito ver más allá de la señal física, pero ellos eran de vista muy corta para poder ver la verdad espiritual y se gloriaron en un sustituto de Cristo. Pablo no contuvo su lengua al denunciar esta malvada y vana confianza en la carne.

Los que verdaderamente han sido circuncidados, no en la carne, son aquellos que adoran por medio del Espíritu de Dios y que se glorían en Cristo Jesús. Pablo insiste en esto porque la adoración verdadera no es solo superficial. La adoración es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a nuestros corazones un entendimiento de la justicia de Jesús provista en el evangelio al nosotros adorar Su gloriosa gracia. Esto, según el apóstol, caracteriza una vida de discipulado. El ser un discípulo de Jesús significa renunciar a toda confianza en cualquier cosa fuera de Jesús y gloriarnos en Su persona y obra con la melodía de nuestras bocas y corazones.

El reverendo Kyle Borg es pastor principal de Winchester Reformed Presbyterian Church en Winchester, Kans.

Los medios ordinarios del Discipulado

En Hechos 2:42, Lucas proporciona un resumen de las formas en que los creyentes de la iglesia primitiva crecieron como discípulos. Él escribe: «Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración». Según Lucas, estos cristianos se consagraron a cuatro medios básicos por los cuales habían sido discipulados. Consideremos estos medios y la forma en que el Cristo resucitado todavía los usa hoy en la vida de Su pueblo.

Primero, Lucas nos dice que los discípulos primitivos se dedicaron a las «enseñanzas de los apóstoles». Debemos notar que Lucas elige caracterizar esta actividad en términos de devoción. En otras palabras, ellos hicieron del escuchar y estudiar la verdad tal como se revela en Jesucristo una prioridad, una parte regular e innegociable de sus vidas. Todavía hoy, la mayoría de los ministros te dirán que aquellos que hacen esto son los que, usualmente, llevan la vida cristiana más intensa y fructífera. Aquellos que asisten fielmente a la enseñanza pública de la Palabra con un hambre genuina son los discípulos que hacen discípulos. Cuando la Palabra es predicada con fidelidad, audacia y sabiduría en el poder del Espíritu, estos discípulos son equipados para ser fieles, audaces y sabios influenciadores de Cristo en cada esfera de sus vidas.

Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos.

Lucas también habla de la devoción de los primeros discípulos “a la comunión». Nuestro Dios trino es el Dios de la comunión eterna, y nosotros, como aquellos hechos a Su imagen, fuimos creados para tener comunión con Él y con los demás. Nuestras vidas son deficientes sin un compañerismo genuino con otros, especialmente con otros que comparten nuestro amor por Cristo. A medida que nos animamos proactivamente unos a otros, el cuerpo de Cristo se edifica espiritualmente y, muy a menudo, numéricamente. Cuando somos conocidos por nuestro amor mutuo, aquellos que aún no han probado y visto que el Señor es bueno a menudo se vuelven curiosos y abiertos a escuchar más acerca del Jesús que está en el centro de toda nuestra comunión, y, por la gracia de Dios, también llegan a ser verdaderos partícipes de esa comunión.

Tercero, Lucas nos dice que la iglesia primitiva estaba dedicada “al partimiento del pan». Esto probablemente se refiere a su observancia de la Cena del Señor, lo cual hacían, junto con el bautismo (lee Hechos 2:41), de acuerdo con las instrucciones de Cristo. Metafóricamente, los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor comunican el amor adoptivo del Padre, la gracia sacrificial del Hijo y la comunión vivificante del Espíritu de tal manera que transforman y equipan a los discípulos.

Los sacramentos, como la comunión de los santos, nos recuerdan que estamos destinados a reunirnos corporativamente para crecer como individuos. En una época donde somos tan bendecidos con tantos libros y sermones cristianos disponibles a través de Internet y de otros medios, los sacramentos nos mantienen regresando a la iglesia reunida, para la cual no hay sustituto. Dios se complace en encontrarse con Su pueblo reunido de una manera especial a través de nuestra observancia de los sacramentos.

En cuanto a la forma en que Cristo se encuentra con nosotros cuando participamos de la Cena del Señor por fe, incluso el erudito estudioso Juan Calvino tuvo que admitir: «Lo experimento en lugar de entenderlo». Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos. No hay sustituto para ellos en la vida del discípulo.

Por último, pero no menos importante, Lucas nos dice que los primeros discípulos se dedicaron a «la oración». La oración corporativa ha sido referida como el último mandato de Cristo y la primera responsabilidad de la iglesia (ver Hechos 1:14). La iglesia primitiva conoció por experiencia propia el poder de la oración y se valió de este mientras los discípulos oraban por la llenura, la sabiduría, la guía y la audacia del Espíritu. Como dijo Spurgeon: «Las reuniones de oración fueron las arterias de la iglesia primitiva. A través de ellas corría el poder de sostener la vida».

«La oración» en Hechos 2:42 probablemente sea representativa de la adoración general de la iglesia primitiva. Todavía hoy, cuando la iglesia busca el rostro del Padre mediante la mediación del Hijo encarnado con la ayuda del Espíritu, el Dios trino se complace en habitar entre las alabanzas de Su pueblo para la gloria de Su nombre, la derrota de Sus enemigos. y la edificación de Su iglesia (ver 2 Cro 20:22; Sal 8: 2; Col. 3:16).

Estos medios de gracia pueden parecer débiles a los ojos del mundo, pero a los ojos del Señor y del creyente que discierne, ellos son canales a través de los cuales los pecadores se relacionan con el Cristo resucitado y los discípulos son facultados para vivir vidas agradecidas que dan un maravilloso testimonio de su Salvador.

En lugar de confiar en la última innovación o novedad, sigamos los pasos de la iglesia primitiva y hagamos uso de estos medios ordinarios de gracia. Al hacerlo, Cristo equipará a Sus discípulos para hacer discípulos, y Su alabanza continuará extendiéndose hasta los confines de la tierra.

El Dr. Mantle A. Nance es pastor de la iglesia presbiteriana Ballantyne en Charlotte, N.C.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 3

Ahora ha llegado el gran periodo en que el estado final y eterno de la humanidad ha sido determinado sin posibilidad de cambios. Desde esta era de primordial importancia, su felicidad o infelicidad sigue en un tenor
uniforme e ininterrumpido: ningún cambio, ninguna graduación, sino de gloria en gloria en la escala de la perfección o de abismo en abismo en el infierno. Este es el día en que terminan todos los designios de la Providencia, los cuales se fueron cumpliendo durante miles de años.

¡El tiempo era, pero ya no es más! Ahora todos los hijos de los hombres entran en una duración que no se mide por las revoluciones del sol ni por los días, meses y años. Ahora amanece la eternidad, un día que nunca tendrá noche. Esta mañana terriblemente gloriosa está solemnizada con la ejecución de la sentencia. En cuanto es dictada, los impíos pasan inmediatamente a su castigo eterno, mientras que los justos a vida eterna. ¡Vean la multitud atónita a la izquierda, con sus miradas de horror, dolor y desesperación, llorando y retorciéndose las manos y contemplando con
ansiedad aquel cielo que perdieron! ¡Ahora un adiós eterno a la tierra y todos sus placeres! ¡Adiós a la alegre luz del cielo! ¡Adiós a la esperanza, el dulce consuelo del sufrimiento!

El cielo muestra su desaprobación desde lo alto, los horrores del infierno se extienden por todas partes a su alrededor, y desde adentro, la conciencia les carcome el corazón. ¡Conciencia! ¡Oh tú, poder maltratado y exasperado que duerme ahora en tantos seres, qué venganza severa y abundante te tomarás sobre los que ahora se atreven a violentarte! ¡Oh,
qué nefastas reflexiones sugerirá entonces la mente! ¡El recuerdo de misericordias atropelladas! ¡De un Salvador despreciado! ¡De medios y oportunidades de salvación desaprovechados y perdidos! Estos recuerdos arderán en el corazón como escorpiones. Pero, ¡oh eternidad! ¡Eternidad! ¡Con cuánto horror circulará tu nombre por los abismos del infierno! ¡Eternidad de sufrimiento! ¡Aflicción sin fin, sin ninguna esperanza de un final! ¡Oh, este es el infierno de los infiernos! ¡Este es el padre de la desesperación! Desesperación: el ingrediente directo del sufrimiento, la pasión más atormentadora que sienten los demonios.

Pasemos a contemplar una escena más encantadora y gloriosa. Observen el ejército brillante y triunfador marchando, bajo la dirección del Capitán de su salvación, hacia su hogar eterno donde estarán para siempre con el Señor, todo lo feliz que su naturaleza en su más elevada expresión puede serlo. ¡Con qué exclamaciones de gozo y triunfo ascienden! ¡Con qué aleluyas sublimes coronan a su Libertador!…

Y ahora cuando todos los habitantes de nuestro mundo, para quienes este fue formado, son llevados a otras regiones, también la tierra se encuentra con su destino. Es apropiado que un planeta tan culpable, que ha sido el escenario del pecado durante tantos miles daños, que sostuvo la cruz sobre la cual su Hacedor expiró, se ha convertido en un monumento de la desaprobación divina… Y ¡vean! ¡La llamarada universal comienza! ¡Los cielos desaparecen con gran estruendo! ¡Los elementos se derriten en el calor intenso! ¡La tierra y las obras que en ella hay se consumen en el
fuego! Ahora las estrellas se salen de sus órbitas, los cometas centellean iracundos, la tierra se estremece. ¡Los Alpes, los Andes y todos los altos picos de largas cadenas montañosas estallan como Montes Etna ardientes, o truenan y relampaguean y humean y flamean y se sacuden como el Sinaí cuando Dios descendió sobre él para publicar su fogosa Ley! Las rocas se derriten y corren en torrentes de llamas; los ríos, lagos y océanos hierven y se evaporan. Irrumpen capas de fuego y columnas de humo, se escuchan ensordecedores e insufribles truenos y relámpagos, y todo arde y se extiende en la atmósfera de polo a polo… ¡Todo el planeta se ha disuelto ahora en un desordenado océano de fuego líquido! ¿Dónde encontraremos ahora los lugares donde estaban las ciudades, donde los ejércitos luchaban,
donde las montañas extendían sus crestas y levantaban sus cabezas en alto? ¡Ay! Todos se han perdido y no han dejado ni un vestigio en los lugares que una vez eran. ¿Dónde estás, o patria mía? Sumida con todo lo demás como una gota en el océano ardiente…

Todos tendremos que aparecer ante el Tribunal Divino y recibir nuestra sentencia según nuestras obras realizadas en el cuerpo. Si es así, ¿qué estamos haciendo que no nos preparamos con más diligencia?… ¿Qué piensan ahora los pecadores entre ustedes acerca del arrepentimiento? El arrepentimiento es el gran preparativo para este terrible día. En mi texto, como lo he destacado ya, el Apóstol menciona el juicio final como un motivo poderoso para arrepentirse. ¿Y qué pensarán los criminales acerca del arrepentimiento cuando vean que el Juez asciende al trono? Ven, pecador,
mira hacia delante y ve el tribunal ardiente ya listo, tus crímenes expuestos, tu condenación pronunciada y tu infierno que ya comienza. ¡Ve al mundo entero destruido y arrasado por el fuego inagotable debido a tus pecados!

Con estos estas realidades por delante, ¡te llamo al arrepentimiento!… Dios, el Dios grande a quien obedecen cielo y tierra, manda que te arrepientas. Sea cual fuere tu reputación, seas rico o pobre, anciano o joven, blanco o negro, sea donde sea que te sientas o paras, este mandato te llega a ti. Dios manda ahora que todos los hombres en todas partes se arrepientan. Estás este día firmemente obligado a hacerlo por su autoridad. ¿Te atreves a desobedecer ante la perspectiva de todas las terribles consecuencias del Juicio que pronto te espera?… Arrepiéntete por orden de
Dios porque él ha designado un día en que juzgará al mundo en justicia por medio de aquel Hombre que él ha decretado, de lo cual te ha dado total seguridad de que lo ha levantado de entre los muertos.

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 2

Ya el Juez ha venido, el tribunal divino ha sido constituido, los muertos han resucitado. ¿Y ahora, qué sigue? Pues, ahora es la convención universal de todos los hijos de los hombres ante el tribunal divino. ¡Qué convocación augusta, qué asamblea vasta es esta! Todos los hijos de los hombres se reúnen en una numerosísima asamblea. Adán contempla la larga línea de su posteridad, y esta contempla al padre que tienen en común… En esa asamblea prodigiosa, hermanos míos, tenemos que estar ustedes y yo. No nos perderemos en el gentío, ni pasaremos desapercibidos para nuestro Juez: fijará su vista en cada uno en particular como si no hubiera más que uno ante él.

Ahora el Juez ha tomado asiento. Millones de personas ansiosas permanecen de pie delante de él, esperando su condenación. Hasta entonces, no existe ninguna separación entre ellos… Pero, ¡miren! A la orden del Juez, el gentío entra en movimiento. Se separan. Se agrupan según su carácter y se dividen a la derecha y la izquierda… ¡Oh! ¡Qué
separaciones sorprendentes se hacen ahora! ¡Cuántas multitudes que antes se contaban entre los santos y eran altamente estimados por otros —y por ellos mismos— debido a su consagración, ahora han sido desterrados de
entre ellos y han sido colocados con los criminales temblando de terror en el lado izquierdo! ¡Y cuántas almas pobres, sinceras de corazón y desalentadas, cuyos temores aprensivos frecuentemente los habían colocado allí, se encuentran ahora con la agradable sorpresa de estar en el lado derecho de su Juez quien con su sonrisa, les muestra su aprobación! ¡Cuántas conexiones se han quebrantado ahora! ¡Cuántos corazones destrozados! ¡Cuántos amigos cercanos, cuántos seres queridos, separados para siempre! Vecino de vecino, amos de sus siervos, amigo de amigo,
padres de sus hijos, esposos de sus esposas… Porque, ¿quiénes son esas multitudes miserables en el lado izquierdo? Allí, por el medio de la revelación, veo al borracho, al maldiciente, al rufián, al mentiroso, al fraudulento, y a las diversas clases de pecadores profanos y lascivos. Allí veo a las familias que no claman al Señor, naciones enteras que lo olvidan.
Y, ¡oh! ¡Qué multitudes vastas, cuántos millones de millones de millones son!

Pero, ¿quiénes son esos inmortales gloriosos en el lado derecho? Son los que ahora lloran por sus pecados, los resisten y abandonan. Son los que se han entregado enteramente a Dios por medio de Jesucristo, que han cumplido con entusiasmo el plan de salvación revelado en el evangelio; que han sido hechos criaturas nuevas por el soberano poder de Dios; que han intentado por todos los medios y con perseverancia obrar en su vida su propia salvación y vivir correcta, sobria y piadosamente en el mundo…

Ahora comienza el juicio. Dios juzga los secretos de los hombres a través de Jesucristo. Todas las obras de todos los hijos de los hombres serán juzgadas… ¡Qué descubrimientos extraños habrá en este juicio! ¡Qué inclinaciones nobles que nunca brillaron en toda su hermosura ante la vista mortal; qué acciones piadosas y nobles escondidas detrás del velo de la modestia; qué aspiraciones afectuosas, qué devotos ejercicios del corazón vistos solo por los ojos de Omnisciencia, son ahora traídos a plena luz para recibir la aprobación del Juez supremo ante el universo reunido!

Pero, por otro lado, ¡qué obras vergonzosas y tenebrosas; qué deshonestidades secretas; qué nefastos secretos de traiciones, hipocresías, lascivias y diversas formas de maldad, astuta y cuidadosamente escondidos de la vista humana; qué explotaciones horribles de pecado ahora se iluminan de todos los colores infernales para confusión de los culpables y asombro y horror del universo! ¡Sí, la historia de la humanidad parecerá ser entonces los anales del infierno o la biografía de los demonios! Allí la marca de la hipocresía será arrancada. Caracteres nebulosos se verán con
claridad, y tanto los hombres como las cosas se verán como realmente son. ¿No les horroriza a algunos de ustedes la perspectiva de tal descubrimiento? Porque muchas de sus acciones, y en especial sus corazones, no aguantarán la luz. ¡Cómo les desconcertaría si fueran publicados ahora, aun en el pequeño círculo de sus conocidos! ¿Cómo pueden, entonces, soportar que sean expuestos totalmente delante de Dios, los ángeles y los hombres?

Llegamos ahora a la gran crisis, a lo que el estado eterno de toda la humanidad depende. Me refiero a dictar la gran sentencia decisiva. Cielo y tierra guardan silencio y escuchan atentamente mientras el Juez, con rostro sonriente y una voz más dulce que una música celestial, se vuelve a la gloriosa compañía a su derecha y derrama todas las alegrías del cielo en sus almas en esa extática frase de la cual en su gracia nos dejó una copia. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mat. 25:34). Cada palabra está llena de
énfasis, llena del cielo y coincide exactamente con los deseos de aquellos a quienes va dirigida. Ellos deseaban, anhelaban y ansiaban estar cerca de su Señor. Ahora su Señor les invita: “Acérquense a mí, y moren conmigo
para siempre”. No anhelaban otra cosa que la bendición de Dios, no temían más que su maldición. Ahora sus temores han sido totalmente eliminados, y sus deseos totalmente cumplidos porque el Juez supremo los pronuncia benditos de su Padre. Habían sido pobres en espíritu, la mayoría de ellos pobres en este mundo, y todos conscientes de su falta de mérito. ¡Qué contentos están entonces ante la sorpresa de oír que son… invitados a heredar un reino, como príncipes de sangre real nacidos para los tronos y coronas!… Pero ¡escuchen! Otra sentencia es pronunciada como un trueno
vengador por un Juez airado. ¡La naturaleza lanza un profundo y tremendo gemido! ¡Los cielos se oscurecen y quedan en tinieblas, la tierra tiembla, y los millones de culpables languidecen con horror ante su sonido! Y vean, Aquel cuyas palabras son obras, cuyo puño produjo de la nada los mundos, Aquel que puede reducir diez mil mundos a la nada con son solo fruncir su seño; Aquel cuyo trueno venció la insurrección de ángeles rebeldes en el cielo y los lanzó de cabeza a las profundidades del infierno; vean, se vuelve a su izquierda, hacia el gentío culpable. Su rostro denota la justa indignación que late en su pecho. Su rostro se muestra inexorable, que no hay ya lugar para oraciones y lágrimas. Ahora ya ha pasado la hora dulce, gentil, mediadora, y nada aparece más que la majestad y el terror del Juez. Horror y tinieblas surcan su frente, y de sus ojos salen relámpagos vindicadores. Ahora — ¡Oh! ¡Quién puede tolerar el rugido! El Señor habla: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41). ¡Oh, el énfasis cortante de cada palabra! ¡Apartaos! ¡Apartaos de mí! De mí, el autor de todo lo bueno, la fuente de toda felicidad. Apartados de mí con todo mi profunda y total maldición sobre vosotros. Apartaos al fuego, al fuego
eternal preparado, abastecido de combustible y que arde con furia, preparado para el diablo y sus ángeles.

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

El Arrepentimiento y el Juicio Universal 1

“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31).

En los tiempos oscuros de ignorancia que precedieron a la publicación del evangelio, Dios parecía pasar por alto o cerrar los ojos a la idolatría y a las diversas formas de impiedad que se habían extendido por el mundo. Es decir, parecía no tener en cuenta ni notarlas como para castigarlas ni para dar a las naciones llamados explícitos para
que se arrepintieran. Ahora, dice San Pablo, la situación ha cambiado. Ahora el evangelio es publicado por todo el mundo, y por lo tanto Dios ya no parece indiferente a la maldad y la impenitencia de la humanidad, sino que publica su gran mandato a un mundo rebelde, explícitamente y a gran voz, mandando que todos los hombres en todas partes se arrepientan. Les da motivos y exhortaciones particulares a este fin.

Un motivo de mayor peso, que antes no había sido publicado clara y extensivamente, es la doctrina del juicio universal. Sin lugar a dudas, la perspectiva de un juicio debe ser una motivación fuerte para que los pecadores se arrepientan; esto, si acaso se puede, tiene que despertarlos de su seguridad irreflexiva y traerlos al arrepentimiento.

Dios ha asegurado a todos los hombres, es decir, a todos los que oyen el evangelio, que tiene un día designado a este gran propósito, y que Jesucristo, el Dios-hombre, habrá de presidir en persona esta majestuosa solemnidad. Ha garantizado esto… La resurrección de Cristo lo garantiza varios modos. Es un ejemplo y promesa de una resurrección general, ese gran preparativo para el Juicio. Es también una prueba auténtica de que el Señor es quien afirma ser y prueba irrefutable de su misión divina…

Entremos ahora a la escena majestuosa. Pero, ¡ay!, ¿qué imágenes usaré para representarlo? Nada que hayamos visto, nada que hayamos oído, nada que jamás haya sucedido en el curso del tiempo puede proporcionarnos ilustraciones adecuadas. Todo es bajo y humillante, todo es débil y obsceno debajo del sol en comparación con el gran fenómeno de aquel día. Estamos tan acostumbrados a lo bajo y a las pequeñeces que es imposible elevar nuestro pensamiento a una altura apropiada. Dentro de pronto seremos espectadores atónitos de estas maravillas majestuosas, y nuestros ojos y nuestros oídos serán nuestros instructores. Pero ahora es necesario que tengamos los conceptos de ellos que puedan afectar nuestro corazón y prepararnos para la escena. Pasemos, pues, a mostrar esas representaciones que nos da la revelación divina que es nuestra única guía para este caso…

En cuanto a la persona del Juez, nos dice el salmista, Dios mismo es el Juez. Sin embargo, Cristo nos dice que el Padre no juzga a nadie, sino que ha encargado todo el juicio a su Hijo, y que le ha dado autoridad para ejecutar el juicio porque él es el Hijo del hombre. Es, por lo tanto, Cristo Jesús, el Dios-hombre, como ya lo mencioné, quien tendrá esta elevada misión. Por razones ya mencionadas, comprendemos que es muy apropiado que le fuera delegada a él. Siendo Dios y hombre, todas las ventajas de la divinidad y la humanidad se centran en él y lo hacen más digno para este oficio que si fuera únicamente Dios o únicamente hombre. Este es el Juez augusto ante quien hemos de comparecer. Tal perspectiva puede inspirarnos reverencia, gozo y terror.

En cuanto a la forma de su aparición, será la apropiada para la dignidad de su persona y oficio. Brillará en todas las glorias intachables de la Divinidad y en las glorias más moderadas del hombre perfecto. Sus asistentes agregarán dignidad a su gran aparición, y la alegría de la naturaleza aumentará la solemnidad y el terror de ese día. Sus propias
palabras lo describen: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria” (Mat. 25:31). “Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 1:7-8). Este es el Juez ante quien hemos de comparecer…

Continuará …

De “The Universal Judgment” en Sermons on Important Subjects.


Samuel Davies (1723-1761): Pastor presbiteriano, cuarto presidente de Princeton y predicador durante el Gran Despertar, nacido cerca de Summit Ridge, Delaware, EE.UU.

No tienes la capacidad de cambiar a tus hijos

El Dr. Paul David Tripp es pastor, conferencista en eventos y autor galardonado y de mayor venta. Con más de 30 libros y series de videos sobre la vida cristiana, la pasión que impulsa a Paul es conectar el poder transformador de Jesucristo con la vida cotidiana. Paul asistió al Colegio Bíblico de Columbia (ahora Universidad Internacional de Columbia) y se especializó en Educación Bíblica y Cristiana. Luego recibió su maestría en Div del Seminario Episcopal Reformado y su maestría en Consejería Bíblica del Seminario Teológico de Westminster.

¿Qué es un Discípulo?

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?

En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o «aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo, si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc 1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro. En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús, es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo.

Un discípulo escucha a Jesús

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd» (Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.

Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69). Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree. Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita en ellas día y noche (Sal 1:2).

Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus mandamientos (Jn 14:21, 23; 15:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos, fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y así sigue siendo hoy.

El reverendo Anthony Carter es pastor de East Point Church en East Point, Ga. Es autor de varios libros, incluido Blood Work.

El Espíritu Santo

¡El Espíritu Santo! En mis días de estudiante, era habitual que autores, profesores y predicadores comenzasen sus comentarios acerca del tema del Espíritu Santo con una afirmación como: “El Espíritu Santo ha sido hasta hace poco la persona olvidada de la Trinidad”. Nadie que escribiese sobre este asunto actualmente emplearía ese lenguaje. El impacto generalizado del pentecostalismo y el movimiento carismático ha sido tan grande que la literatura sobre el Espíritu Santo ha adquirido tal proporción que el dominio del corpus estaría fuera del alcance de la capacidad de cualquier individuo.

El Espíritu Santo ya no se considera más la “persona olvidada” de la Trinidad y, siempre que ello sea cierto, los cristianos de todas las tendencias deberían regocijarse. De hecho, podríamos pensar que el péndulo ha llegado tan lejos en la dirección de la obsesión con los poderes del Espíritu, que sería deseable una moratoria en los libros sobre este asunto; únicamente las exigencias de una serie parecerían justificar la elaboración de otro estudio acerca de un tema actualmente bien trillado.

No obstante, la suposición que pasó a ser prácticamente un artículo de ortodoxia entre los evangélicos, así como entre otros, de que el Espíritu Santo se había descubierto casi de novo en el siglo XX, está en peligro ante la herejía de la modernidad, y es culpable al menos de una cortedad de miras histórica. Se olvida de que existían buenas razones para describir al pastor-teólogo de la Reforma Juan Calvino como “el teólogo del Espíritu Santo”) Además, desde su época, cada siglo ha sido testigo de acontecimientos atribuidos a la obra inusual del Espíritu Santo. Incluso a finales del siglo XX, las dos opera magna sobre el mismo siguen siendo los estudios exhaustivos llevados a cabo por el puritano del siglo XVII John Owen, vicecanciller de la Universidad de Oxford, y por el gran teólogo-político holandés Abraham Kuyper, fundador de la Universidad Libre de Amsterdam. Si nos remontamos aún más atrás, la suposición de que el siglo XX había recuperado la verdad perdida desde los dos primeros siglos exhibe una actitud arrogante hacia el material descubierto por H. B. Swete en su valiosa serie de estudios sobre el Espíritu iniciada hace más de un siglo. Estas obras demuestran abundantemente la atención prestada a honrar al Espíritu junto al Padre y el Hijo en los siglos anteriores.

Ya no es necesario volver a formular la afirmación de que el Espíritu Santo, olvidado en el pasado, lo es asimismo en la actualidad, porque, aunque muchos reconocen su obra, él mismo sigue teniendo un aspecto anónimo y sin rostro para muchos cristianos. Incluso el título “Espíritu Santo” evoca un abanico de emociones diferente de las expresadas en respuesta a los títulos “Padre” e “Hijo”. Es posible que los hechos de la situación puedan exponerse mejor describiéndolo como la persona desconocida de la Trinidad, en lugar de la olvidada (o incluso “tímida”, como se ha dicho recientemente).

Las exigencias de una serie doctrinal requieren colaboradores que cubran el terreno básico del lugar que se les ha asignado. En este volumen de la serie de Perfiles de teología cristiana, la preocupación se centra en trazar la revelación de la identidad y la obra del Espíritu de una forma bíblico-teológica y redentora-histórica. Esto no quiere decir que la teología histórica se encuentra en bancarrota, y tampoco significa una negación del principio apostólico de que entendemos las riquezas del evangelio acordes con la iglesia en su conjunto (Efesios 3:18-19). Espero que mi interés en el entendimiento del Espíritu por parte de la iglesia y mi sentido de endeudamiento con el mismo sean evidentes.

Según Tomás de Aquino, la teología viene de Dios, enseña sobre él y nos lleva a él (a Deo docetun Deum docet, ad Deum ducit). Eso es cierto en un sentido especial de la teología del Espíritu Santo. El gran objetivo., esencial en toda nuestra reflexión sobre el Espíritu es sin duda la meta de la comunión personal e íntima con aquel que nos lleva a adorar, glorificar y obedecer al Padre y al Hijo. Este matrimonio de la teología con la doxología es normativo a lo largo de las Escrituras y esta es la razón por la que las páginas que siguen trazan la obra del Espíritu de una forma bíblico-teológica.

Lo que viene a continuación dejará claro que he seguido al pie de la letra el canon del Antiguo y Nuevo Testamentos, con la creencia de que en ellos tenemos la palabra de Dios y de que la forma en que nos ha llegado (indudablemente por diversos medios) es el único fundamento fiable sobre el que construir una teología del Espíritu Santo. No obstante, de acuerdo con el interés general de la serie Perfiles de teología cristiana, junto con el Padre Peregrino John Robinson, comparto la convicción de que la palabra de Dios sigue proyectando nueva luz sobre la iglesia.

La persona y la obra del Espíritu Santo siguen constituyendo un área de controversia entre los cristianos. A este respecto, algunos lectores, quizá muchos, creerán ver luz donde yo no la veo. Hay que destacar que, en la historia reciente de la iglesia, convicciones controvertidas en mi época de estudiante en los años 60 y 70 se han adoptado actualmente de forma tan amplia que las corrientes principales de aquellos días son los que se consideran discutibles hoy. A pesar de todo, he tratado de tener en mente tanto la orden apostólica de mantener la unidad en el vínculo de la paz como los votos de mi propia ordenación de preservar un espíritu de hermandad con todo el pueblo del Señor. Mi esperanza y oración son que las opiniones expresadas en áreas de controversia tocadas en este libro no creen prejuicios en los cristianos contra el conjunto.

Este volumen de la serie Perfiles de teología cristiana se encuentra situado entre el estudio de La obra de Cristo y el de La Iglesia. Incluye, por tanto, alguna exposición sobre elementos de soteriología (la aplicación de la obra de Cristo) y eclesiología (los dones del Espíritu al cuerpo de Cristo). Así pues, sirve como puente entre esos estudios complementarios y se espera que se lea junto a los mismos.

Me gustaría dar las gracias a Gerald Bray, editor general de esta serie, por la invitación a contribuir con el volumen El Espíritu Santo. Estoy agradecido a David Kingdon, editor de libros teológicos de IVP, tanto por su amistad como por su paciencia con un autor que se demora, ¡avezado únicamente con una pizca ocasional de persuasión! La terminación de estas páginas representa un primer pago de dos deudas más: la primera con el Consejo de administración del Seminario Teológico de Westminster, Philadelphia, por concederme un permiso sabático en el semestre de otoño de 1994; y principalmente con mi esposa Dorothy, que me ha animado más que nadie a completar esta obra.


Sinclair B. Ferguson Westminster Theological Seminary Philadelphia, Pennsylvania.

El Espíritu Santo, una vez olvidado, se ha “vuelto a descubrir” en el siglo XXI, ¿o no? Sinclair Ferguson cree que deberíamos reformular de nuevo esta afirmación común: “Aunque su obra se ha reconocido, el Espíritu mismo sigue siendo hoy un aspecto anónimo y sin rostro del ser divino para muchos cristianos”. Con el fin de restablecer el equilibrio, Ferguson busca recuperar por completo el quién del Espíritu así como el qué y el cómo, en la misma medida.

El estudio de Ferguson está arraigado en la historia bíblica del Espíritu en la creación y en la redención, e impulsado por ella. De principio a fin demuestra ser absolutamente conocedor de la teología histórica que la iglesia mantiene con respecto al Espíritu, a la vez que está familiarizado con la amplia variedad de cristianos contemporáneos que han explorado la doctrina del Espíritu Santo.

Se hace un estudio de las cuestiones fundamentales y se aclaran estas. Se escudriñan las preguntas difíciles y se les da respuesta. Cada página irradia claridad y un profundo conocimiento. Cristianos de todos los trasfondos teológicos pueden aprender mucho de este enfoque amplio de la doctrina del Espíritu Santo.

ÍNDICE

Prefacio

Capítulo 1. El Espíritu Santo y su historia

Capítulo 2. El Espíritu de Cristo

Capítulo 3. El don del Espíritu

Capítulo 4. ¿Pentecostés hoy?

Capítulo 5. El Espíritu del orden

Capítulo 6. Spiritus recreator

Capítulo 7. El Espíritu de la santidad

Capítulo 8. La comunión del Espíritu

Capítulo 9. El Espíritu y el cuerpo

Capítulo 10. Dones para el ministerio

Capítulo 11. El Espíritu cósmico

* Andamio Editorial 290 pp. Rústica.- 2016

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/doctrina-y-teologia/1279-el-espiritu-santo.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Pensamientos de John Bunyan

“Cuántos hay en nuestro día quienes, debido a que el evangelio se ha hecho tan popular, de pronto tienen una noción de cosas buenas y por esa noción hacen una profesión del nombre de Cristo, entran en las iglesias, obtienen la designación de hermano, santo, miembro de una congregación evangélica, habiendo ignorado totalmente el arrepentimiento.”

John Bunyan (28 de noviembre de 1628 – 31 de agosto de 1688) fue un escritor y predicador cristiano inglés, famoso por su novela El progreso del peregrino. A pesar de ser un bautista reformado, en la Iglesia de Inglaterra es recordado con un festival el 30 de agosto y en el calendario litúrgico de la Iglesia Episcopal el 29 de agosto.

El motivo principal para el Arrepentimiento 2

Mira fijamente al que fue traspasado, y nota el sufrimiento que incluye la palabra “traspasado”. Nuestro Señor sufrió mucho y terriblemente. No puedo en un discurso cubrir la historia de sus sufrimientos; los sufrimientos de su vida de pobreza y persecución; los sufrimientos de Getsemaní y de su sudor de sangre; los sufrimientos de haber sido objeto
de deserción, negación y traición; los sufrimientos ante Pilato; los azotes, las escupidas y las burlas; los sufrimientos de la cruz con su deshonra y agonía… Nuestro Señor fue hecho maldición por nosotros. La pena del pecado, o lo que es equivalente, él soportó: “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Ped. 2:24). “El castigo de
nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5).

¡Hermanos, los sufrimientos de Jesús debieran derretir nuestro corazón! Lloro esta mañana porque no lloro como debiera hacerlo. Me acuso a mí mismo de esa dureza del corazón que condeno porque puedo contarles esta
historia sin emocionarme. Los sufrimientos de mi Señor son inimaginables. ¡Pensemos y consideremos si alguna vez hubo dolor como su dolor! Aquí nos inclinamos para ver un abismo aterrador y mirar en sus profundidades sin fondo… Si consideramos tenazmente el que Jesús fuera traspasado por nuestros pecados y todo lo que esto significa, nuestro
corazón tendría que ceder. Tarde o temprano, la cruz sacará a luz todos los sentimientos de los cuales somos capaces y nos dará capacidad para más. Cuando el Espíritu Santo pone la cruz en el corazón, el corazón se disuelve de ternura… La dureza del corazón muere cuando vemos a Jesús morir tan trágicamente.

Hemos de notar también quiénes lo hirieron: “Y mirarán a mí, a quien traspasaron”. En cada caso, los que están actuando son las mismas personas. Nosotros dimos muerte al Salvador, aun nosotros, los que miramos a él y vivimos… En el caso del Salvador, el pecado fue la causa de su muerte. Las transgresiones lo traspasaron. Pero, ¿las transgresiones de quién? No fueron las de él, porque él no conoció pecado, ni había malicia alguna en su boca. Pilato dijo: “Ningún delito hallo en este hombre” (Luc. 23:4). Hermanos, el Mesías fue ajusticiado, pero no por su propia culpa. Fueron nuestros pecados los que mataron al Salvador. Él sufrió porque no había otra manera de vindicar la justicia de Dios y dejarnos escapar. La espada, que nos hubiera herido a nosotros, entró en acción contra el Pastor
del Señor, contra el Hombre que era el Compañero de Jehová (Zac. 13:7)… Si esto no nos destroza y derrite el corazón, pasemos entonces a notar por qué llegó al punto en que pudo ser traspasado por nuestros pecados. Fue amor, amor poderoso, ninguna cosa sino el amor lo que lo llevó a la cruz. Ningún otro cargo más que este puede jamás serle imputado: “Fue culpable de un exceso de amor”. Se puso a disposición para ser traspasado porque estaba decidido a salvarnos… ¿Podemos oír esto, pensar en esto, considerar esto y aún permanecer indiferentes? ¿Somos peores que
las bestias? ¿Hemos dejado toda humanidad que es humana? Si Dios el Espíritu Santo está obrando ahora, una mirada de Cristo indudablemente derretirá nuestro corazón de piedra…

Quiero decirles también, amados, que cuanto más se fijen en Jesús crucificado, más se afligirán por sus pecados. Cuanto más piensen en él más se enternecerán. Quiero que miren mucho al Traspasado, para que aborrezcan mucho al pecado. Los libros que tratan sobre la pasión de nuestro Señor y los himnos que cantan acerca de su cruz han sido muy atesorados por la mente de los santos debido a su influencia santa sobre el corazón y la conciencia. Vivan en el Calvario, amados, porque allí vivirán una vida cada vez más plena en él. Vivan en el Calvario, hasta que vivir y amarle sea una misma cosa. Les digo, miren al Traspasado hasta que su propio corazón haya sido traspasado. Un teólogo del pasado dijo: “Mira la cruz hasta que todo lo que está en la cruz esté en tu corazón”. Dijo además: “Mira a Jesús hasta que él te mire a ti”. Miren constantemente a su persona sufriente hasta que él parezca volver la cabeza y mirarlos a
ustedes, como lo hizo con Pedro cuando este salió y lloró amargamente. Miren a Jesús hasta que se vean así mismos: lloren por él hasta que lloren por sus propios pecados… Él sufrió en el lugar, reemplazo y sustitución de hombres pecadores. Este es el evangelio. Sea lo que sea que otros prediquen, “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Cor. 1:23). Siempre llevaremos la cruz en la mente. La sustitución de Cristo por el pecador es la esencia del evangelio. No restamos importancia a la doctrina de la Segunda Venida; pero, primero y ante todo, predicamos al Traspasado: esto es lo que los llevará al arrepentimiento evangélico cuando el Espíritu de gracia se derrame.

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).

El motivo principal para el Arrepentimiento

LA SENSIBILIDAD DIVINA QUE HACE QUE LOS HOMBRES SE AFLIJAN POR HABER PECADO SURGE DE UNA OPERACIÓN DIVINA. No está en el hombre caído renovar su propio corazón. ¿Puede el adamantino convertirse en cera o el granito ablandarse hasta llegar a ser barro? Solo él, que extiende el cielo y pone el fundamento de la tierra, puede formar y reformar desde adentro el espíritu del hombre. El poder para que la roca de nuestra naturaleza fluya con ríos de arrepentimiento no radica en la roca misma. El poder radica en el Espíritu omnipotente de Dios…
Cuando trata con la mente humana por medio de sus operaciones secretas y misteriosas, la llena de nueva vida, percepción y emoción. “Dios me debilita el corazón”, dijo Job (Job 23:16, Reina Valera Contemporánea); y, en el mejor sentido de la palabra, esto es verdad. El Espíritu Santo nos ablanda como cera, de manera que puede grabar en nosotros su sello sagrado… Pero ahora paso al núcleo y meollo de nuestro tema—

LA SENSIBILIDAD DE CORAZÓN Y AFLICCIÓN POR EL PECADO DE HECHO ES CAUSADA POR UNA MIRADA DE FE AL HIJO DE DIOS QUE FUE TRASPASADO. El verdadero dolor por el pecado no viene sin el Espíritu de Dios. Pero aun el Espíritu de Dios mismo no obra sino por medio de llevarnos a mirar a Jesús el crucificado. No existe un verdadero pesar por el pecado hasta que la mirada se pose en Cristo… Oh alma, cuando te acercas a mirar al que todos los ojos debieran mirar, a aquel que fue traspasado, entonces tus ojos comienzan a llorar por aquello que los ojos debieran llorar, ¡el pecado que dio muerte a tu Salvador! No existe el arrepentimiento salvador a menos que esté a la vista de la cruz… El arrepentimiento evangélico y ningún otro, es el arrepentimiento aceptable. La esencia del arrepentimiento evangélico es que posa su mirada en él, a quien hirió con su pecado… Ten por seguro que por dondequiera que el
Espíritu Santo realmente se acerque, siempre conduce al alma a mirar a Cristo. Hasta ahora nadie ha recibido el Espíritu de Dios para salvación, a menos que lo haya recibido por haber sido llevado a mirar a Cristo y a afligirse por el pecado.

La fe y el arrepentimiento nacen juntos, viven juntos y prosperan juntos. ¡No separe el hombre lo que Dios ha juntado! Nadie puede arrepentirse del pecado sin creer en Jesús ni creer en Jesús sin arrepentirse de su pecado. Acuda entonces con amor a él quien sangró por usted en la cruz, porque al hacerlo encontrará perdón y será maleable en sus manos. Qué maravillo es que todas nuestras impiedades son remediadas por esa única receta: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isa. 45:22). No obstante, nadie mirará hasta que el Espíritu de Dios lo impulse a hacerlo. No obra en nadie para salvación a menos que se someta a sus influencias y pose su vista en Jesús…

La mirada que nos bendice con el fin de ablandar el corazón es una que ve a Jesús como aquel que fue traspasado. Quiero comentar esto por una razón. No es mirar a Jesús como Dios lo único que afecta el corazón, sino que es mirar a este mismo Señor y Dios como crucificado por nosotros. Es cuando vemos al Señor herido, que nuestro propio corazón comienza a ser herido. Cuando el Señor nos revela a Jesús, empieza a revelarnos nuestros pecados…

Vengan, almas queridas, vayamos juntos a la cruz por un ratito y fijémonos quién fue el que recibió la estocada del soldado romano. Miren su costado, y noten esa terrible herida que ha traspasado su corazón y dio inicio al doble torrente. El centurión exclamó: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mat. 27:54). Él, quien por naturaleza es Dios sobre todas las cosas, “y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3), tomó sobre sí nuestra naturaleza y se hizo hombre como nosotros, excepto que no estaba manchado por el pecado. En su condición de hombre, fue
obediente hasta la muerte, aun la muerte en la cruz. ¡Fue él quien murió! ¡Él, el único que tiene inmortalidad, condescendió a morir! ¡Fue todo amor y gracia, no obstante, murió! ¡La bondad infinita fue crucificada en un madero! ¡Una riqueza sin medida fue traspasada por una lanza! ¡Esta tragedia excede a todas las demás! Por más deplorable que pueda ser la ingratitud del hombre, ¡es en este caso la más deplorable de todas! Por más horrible que sea su inquina contra la virtud, ¡esa inquina es más cruel en este caso! Aquí el infierno ha sobrepasado todas sus villanías anteriores, clamando: “Este es el heredero; venid, matémosle” (Mat. 21:38).

Dios vivió entre nosotros, y el hombre nada quiso saber de él. Hasta donde el hombre pudo herir a su Dios y dar muerte a su Dios, se ocupó de cometer este horroroso crimen. ¡El hombre dio muerte al Señor Jesucristo y lo traspasó con una lanza! Al hacerlo, demostró lo que le haría al Eterno mismo si pudiera. El hombre es, de hecho, un deicida. Estaría contento si no hubiera un Dios. Dice en su corazón: “No hay Dios” (Sal. 14:1). Si su mano se pudiera extender todo lo que se puede extender su corazón, Dios no existiría ni una hora más. Esto es lo que significa herir a nuestro Señor con tanta intensidad de pecado: significó herir a Dios.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué es el buen Dios perseguido de este modo? Por la bondad de nuestro Señor Jesús, por la gloria de su persona y por la perfección de su carácter, les ruego: ¡Siéntanse sobrecogido y avergonzados de que fue herido! ¡Esta no es una muerte común! Este homicidio no es un crimen cualquiera. ¡Oh hombre, aquel que fue herido con la lanza era tu Dios! Allí, en la cruz, ¡contempla a tu Creador, tu Benefactor, tu mejor Amigo!

Continuará …

De un sermón predicado el Día del Señor a la mañana, el 18 de septiembre, 1887, en el Tabernáculo Metropolitano, Newington.

Charles Haddon Spurgeon (Kelvedon, Reino Unido, 19 de junio de 1834 – Menton, Francia, 31 de enero de 1892).

El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

La necesidad de ilustraciones en la Predicación

Nosotros no ponemos nuestra confianza en técnicas. Sin embargo, Martín Lutero no menospreció las enseñanzas de ciertos principios de comunicación que pensó eran importantes. Hay cosas que los predicadores pueden aprender sobre cómo construir y entregar un sermón, y cómo transmitir información de manera efectiva desde el púlpito.

Él también dijo que la composición del ser humano es una clave importante para la predicación. Dios nos ha hecho a Su imagen y nos ha dado mentes. Por lo tanto, un sermón está dirigido a la mente, pero no solo es transmisión de información; también hay amonestación y exhortación. Tiene sentido el que nos dirijamos a la voluntad de las personas y los llamemos a cambiar. Los llamamos a actuar de acuerdo a su entendimiento. En otras palabras, queremos llegar al corazón, pero sabemos que el camino al corazón es a través de la mente. Así que, primero la gente debe ser capaz de entender de qué estamos hablando. Es por ello que Lutero dijo que una cosa es enseñar en el seminario, como lo hizo en la universidad, y otra cosa es enseñar desde el púlpito. Dijo que los domingos por la mañana dirigiría sus prédicas a los niños en la congregación para asegurarse que todos pudieran entender. El sermón no es un ejercicio de pensamiento abstracto.

Para Lutero, los tres principios más importantes de comunicación pública eran ilustrar, ilustrar e ilustrar.

Aquello que hace la impresión más profunda y duradera en la gente es la ilustración concreta. Para Lutero, los tres principios más importantes de comunicación pública eran ilustrar, ilustrar e ilustrar. Él animó a los predicadores a usar imágenes y relatos concretos. Aconsejó que, al predicar sobre una doctrina abstracta, el pastor debe encontrar un relato en la Escritura que comunique esa verdad para comunicar lo abstracto a través de lo concreto.

De hecho, así fue como predicó Jesús. Alguien vino a Él y quería debatir lo que significaba amar al prójimo como a uno mismo. “Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores…” (Lucas 10:29-30). No solo dio una respuesta abstracta y teórica a la pregunta; contó la parábola del Buen Samaritano. Respondió a la pregunta en forma concreta dando una situación de la vida real que de seguro aclararía el tema.

Jonathan Edwards predicó su famoso sermón “Pecadores en manos de un Dios airado” en Enfield, Conn. Leyó el sermón de un manuscrito con una voz monótona. Sin embargo, empleó imágenes concretas y aun gráficas. Por ejemplo, Edwards dijo: “Dios… te sostiene sobre el infierno, así como uno sostiene a una araña o algún insecto detestable sobre el fuego”. Luego dijo: “El arco de la ira de Dios está encorvado, la flecha lista en la cuerda”. También declaró: “Cuelgas de un hilo delgado, con las llamas de la ira divina destellando”. Edwards entendía que mientras más gráfica la imagen, más gente estaría dispuesta a escucharla y recordarla.

Lutero dijo lo mismo. No estaba sustituyendo la técnica por la sustancia, sino diciendo que la sustancia de la Palabra de Dios debe ser comunicada al pueblo de Dios de formas ilustrativas simples, gráficas y directas. Ese era todo el asunto para Lutero –el ministro debe ser un portador de la Palabra de Dios– nada más ni nada menos. De esta forma, el predicador enseña al pueblo de Dios.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Los Frutos del Arrepentimiento 3

Acompañado de restitución donde es necesario y posible. Ningún arrepentimiento puede ser auténtico si no va acompañado por una transformación total de la vida. La oración del alma auténticamente arrepentida es: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:10). Y cuando uno realmente anhela
estar bien con Dios, anhela estarlo también con sus prójimos. Aquel que en su vida pasada ha agraviado a alguien, y ahora no hace todo lo que esté dentro de su alcance para reparar el mal que hizo, ¡por cierto no se ha arrepentido! John G. Paton cuenta cómo después de que cierto sirviente se convirtió, ¡lo primero que hizo fue devolverle a su amo todos los artículos que le había robado!

Estos frutos son permanentes. Porque el verdadero arrepentimiento va precedido por una comprensión de la hermosura y excelencia del carácter divino y una aprehensión por lo extremadamente grave del pecado de haber tratado con desprecio a un Ser tan infinitamente glorioso, la contrición y el aborrecimiento hacia toda impiedad permanecen. Al ir creciendo en la gracia y en el conocimiento del Señor, y de nuestra deuda y responsabilidades para con él, nuestro arrepentimiento se profundiza, nos juzgamos a nosotros mismos más a fondo, y asumimos un lugar cada vez más bajo ante él. Cuanta más sed tiene el corazón por un andar más íntimo con Dios, más descartaremos todo lo que lo impide.

No obstante, el arrepentimiento nunca es perfecto en esta vida. Nuestra fe nunca es tan completa como para llegar al punto en que el corazón ya no es acosado por las dudas. Y nuestro arrepentimiento nunca es tan puro como para estar totalmente libre de la dureza del corazón. El arrepentimiento es un acto de por vida. Tenemos que orar diariamente
pidiendo un arrepentimiento más profundo.

En vista de todo lo dicho, confiamos que ahora le sea muy claro a todo lector imparcial de que aquellos predicadores que repudian el arrepentimiento son, para las almas perdidas, “médicos que no valen nada”. Los que omiten de su predicación el arrepentimiento están predicando “un evangelio diferente” (Gál. 1:6) que el que Cristo (Marc. 1:15; 6:12) y sus apóstoles (Hch. 17:30; 20:21) proclamaron. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, aunque no se puede confiar en ella porque no contribuye nada para salvación. Los que nunca se han arrepentido siguen estando engañados por el diablo (2 Tim. 2:25-26) y están atesorando para sí ira para el día de ira (Rom. 2:4-5).

“Si, por lo tanto, los pecadores han de tomar el camino más sabio a fin de ser más aptos para el uso de los medios de gracia, tienen que procurar seguir los designios de Dios y las influencias del Espíritu, y esforzarse por ver y sentir su estado pecaminoso, culpable y perdido. Para este fin tienen que renunciar a las malas compañías, desistir de sus pasatiempos desmedidamente mundanos, abandonar todo lo que tiende a mantenerlos en pecado y que apaga las acciones del Espíritu, y hacia estos fines tienen que leer, meditar y orar; comparándose con la Ley santa de Dios, tratando de verse a sí mismos como Dios los ve, y emitirse el mismo juicio que él les emite, a fin de estar capacitados para aprobar de la Ley y admirar la gracia del evangelio, de juzgarse a sí mismos y apelar humildemente a la gracia de Dios a través de Jesucristo para todas las cosas, y por medio de él, volver a Dios”

Un resumen de lo antedicho puede ser provechoso para algunos: 1. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, y ningún predicador merece ser considerado siervo de Cristo si guarda silencio sobre el tema (Luc. 24:47). 2. El arrepentimiento es requerido por Dios en esta dispensación (Hch. 17:30) al igual que en todas las anteriores. 3. El arrepentimiento de ninguna manera constituye un mérito, no obstante, sin él no se puede creer para salvación (Mat. 21:32; Mar. 1:15). 4. El arrepentimiento es una comprensión dada por el Espíritu de lo extremadamente grave del pecado y de ponerse del lado de Dios y en contra de sí mismo. 5. El arrepentimiento presupone una aprobación total de la Ley de Dios y un consentimiento pleno de sus requerimientos justos, los cuales se resumen todos en: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…” 6. El arrepentimiento va acompañado de un auténtico aborrecimiento y dolor por el pecado. 7. El arrepentimiento se evidencia por la renuncia al pecado. 8. El arrepentimiento se reconoce por su permanencia, tiene que haber un rechazo continuo del pecado y dolor por él cada vez que uno cae. 9. El arrepentimiento, aunque permanente, nunca es completo ni perfecto en esta vida. 10. El arrepentimiento debe buscarse como un don de Cristo (Hch. 5:31).

De Repentance: What Saith the Scriptures? (Arrepentimiento: ¿Qué dicen las Escrituras?), reimpreso y disponible de Chapel Library.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

Los Frutos del Arrepetimiento 2

Confesión de pecado. “El que encubre sus pecados no prosperará” (Prov. 28:13). Es “segunda naturaleza” del pecador negar sus pecados, directa o indirectamente, restarles importancia o excusarlos. Eso hicieron Adán y Eva en el principio. Pero cuando el Espíritu Santo obra en un alma, sus pecados son expuestos a la luz, y él, a su vez, los reconoce ante
Dios. No hay alivio para el corazón quebrantado hasta que lo hace: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos. En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Sal. 32:3-4). Reconocer francamente y con corazón contrito nuestros pecados es imperativo si hemos de mantener en paz nuestra conciencia. Este es el cambio de actitud que Dios requiere.

Dejar definitivamente el pecado. “Seguramente no habrá nadie aquí tan aturdido por el láudano1 de una indiferencia infernal como para imaginar que puede deleitarse en sus lascivias y después usar las vestiduras blancas de los redimidos en el Paraíso. Si se imaginan ustedes que pueden ser partícipes de la sangre de Cristo, y a la vez beber de la
copa de Belial; si se imaginan que pueden ser miembros de Satanás y a la vez miembros de Cristo, tienen menos inteligencia de la que parecen tener. No, ustedes saben que la mano derecha tiene que ser amputada y el ojo derecho arrancado —que tienen que renunciar a los pecados más queridos— si van a entrar en el reino de Dios” (de Spurgeon sobre Lucas 12:24).

El Nuevo Testamento usa tres palabras griegas para presentar diferentes fases del arrepentimiento. Primero, metanoeo, que significa “un cambio en la manera de pensar” (Mat. 3:2; Mar. 1:15, etc.). Segundo, metanolomai, que significa “un cambio en la manera de sentir” (Mat. 21:29, 32; Heb. 7:21). Tercero, metanoia, que significa “un cambio en la manera
de vivir” (Mat. 3:8; 9:13; Hch. 20:21). Tienen que darse los tres para que haya un arrepentimiento auténtico. Muchos experimentan un cambio en su manera de pensar: son educados y saben la diferencia entre el bien y el mal, pero siguen desobedeciendo a Dios. Algunos hasta se sienten inquietos o les remuerde la conciencia, pero siguen en pecado. Algunos se reforman, pero no por amor a Dios y aborrecimiento por el pecado. Tienen que darse los tres. “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). El que no lo anhela de todo corazón y deja, cada vez más, sus malos caminos en su diario vivir, no se ha arrepentido. Si yo realmente aborrezco el pecado y me duelo por él, ¿acaso no lo abandonaré? ¡Fíjese cuidadosamente en la frase “en otro tiempo” de Efesios 2:2 y el “éramos” de Tito 3:3! “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia” (Isa. 55:7). Este es el cambio en la manera de vivir que Dios requiere.

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures? (Arrepentimiento: ¿Qué dicen las Escrituras?), reimpreso y disponible de Chapel Library.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Los Frutos del Arrepentimiento

CON el fin de ayudar al lector preocupado a identificar el verdadero arrepentimiento, consideremos los frutos que demuestran un arrepentimiento según Dios.

Un aborrecimiento auténtico por el pecado como pecado, no meramente por sus consecuencias. Un aborrecimiento no solo por este o aquel pecado, sino por todo pecado, y particularmente por la raíz misma: contumacia. “Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones” (Eze. 14:6). El que no aborrece el pecado, lo ama. La demanda de Dios es: “y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis” (Eze. 20:43). El que realmente se ha arrepentido puede decir honestamente: “He aborrecido todo camino de mentira” (Sal. 119:104). El mismo que en el pasado creía que vivir una vida santa era una cosa lúgubre, piensa muy distinto ahora. El que anteriormente considerara una vida de autocomplacencia como atractiva, ahora la detesta y se ha propuesto dejar todo pecado para siempre. Este es el cambio de manera de pensar que Dios requiere.

Un dolor profundo por haber pecado. El arrepentimiento de tantos, que no salva, es principalmente una angustia ocasionada por una aprensión de la ira divina. En cambio, el arrepentimiento evangélico produce un dolor profundo que nace del sentido de haber ofendido a un Ser tan infinitamente excelente y glorioso como lo es Dios. El uno es el
efecto del temor, el otro del amor. El uno es solo por poco tiempo, el otro es una práctica habitual para toda la vida. Muchos están llenos de pesar y remordimiento por una vida desaprovechada, pero aun así no tienen un dolor agudo en el corazón por su ingratitud y rebelión contra Dios. En cambio, el alma regenerada se duele hasta el alma por haber hecho caso omiso y haberse opuesto a su gran Benefactor y legítimo Soberano. Este es el cambio de corazón que Dios requiere.

“Fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios…, porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Cor. 7:9-10). Tal contrición es producida en el corazón por el Espíritu Santo y tiene a Dios como su objeto. Es dolor por haber despreciado a un Dios tal, por haberse rebelado
contra su autoridad y haber sido indiferente hacia su gloria. Es esto lo que causa que lloremos “amargamente” (Mat. 26:75). El que no se ha entristecido por el pecado siente placer en él. Dios requiere que “aflijamos” nuestra alma (Lev. 16:29). Su llamado es: “Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente” (Joel 2:12-13). Solo esa aflicción por el pecado es auténtica causando que crucifiquemos “la carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24).

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures?


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

La Cruz. El Camino de Salvación según Dios

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” Gálatas 6:14

Pueden caber pocas dudas de que el Dr. Martyn Lloyd-Jones ha sido el predicador más importante que haya alumbrado el mundo anglófono en el siglo XX. Los que tuvimos el privilegio de escucharle no olvidaremos con facilidad la reverencia experimentada cuando la gloria del Evangelio se apoderaba de su alma y Dios hablaba con tal poder a través de él. Sin embargo, no era un hombre que se quedara en el intelecto, ni tampoco eran unos dones humanos o una capacidad intelectual lo que más huella dejaba. Más bien era el poder de la Verdad, la grandeza de Dios, la pobreza del hombre y la gloriosa pertinencia y autoridad de la Santa Escritura los que marcaban de forma indeleble a sus oyentes.

La publicación de sus sermones, pues, debe ser motivo de inmensa gratitud para toda la Iglesia cristiana. Esta serie en particular se predicó en Westminster Chapel, Londres, en otoño de 1963, inspirada por las palabras del Apóstol en Gálatas 6:14: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. Es un magnífico ejemplo de la exhaustiva exposición que hacía el doctor de un texto como este, pero también es una brillante muestra de su predicación de Cristo crucificado.

Cuando observas la Cruz de Cristo, ¿qué ves? ¿La derrota de un hombre crucificado que sufre injusta y vergonzosamente?

No —dice el Dr. Lloyd-Jones—. Considerar la Cruz un fracaso es perder de vista el propósito y la gloria de ese acontecimiento decisivo que se produjo en el monte Calvario. Porque en Jesucristo, y especialmente en su muerte. Dios estaba cumpliendo una promesa hecha en el amanecer de la Historia humana. Estaba posibilitando que mujeres y hombres imperfectos tuvieran una relación personal con su Creador perfecto.

En el presente libro, el Dr. Lloyd-Jones muestra clara y detalladamente la veracidad de esta impresionante afirmación y analiza sus enormes implicaciones para todo el mundo en la actualidad.

La predicación del Dr. Martyn Lloyd-Jones era una extraordinaria combinación de apasionada elocuencia y de razonamiento lógico, de una profundidad que era motivo de reflexión para el más maduro de sus oyentes y de una sencillez que permitía que hasta los niños pudieran entenderle. Todas estas características quedan ejemplificadas en esta serie de sermones. Difícilmente podrían ser más necesarios en la actualidad, en parte por el declive de una predicación bíblica poderosa en el mundo anglófono y en parte por la cuestión que tratan. Necesitamos que se nos recuerde urgentemente esta verdad esencial del Evangelio cristiano, estudiarla y proclamarla y, por encima de todo, gloriarnos en ella. En otro contexto, el Dr. Lloyd-Jones dijo en cierta ocasión: “Las ideas superficiales con respecto a la obra de Cristo conducen a vidas cristianas superficiales”. Que Dios utilice grandemente la lectura de estas páginas para alentar en nosotros un renovado gloriarnos en la Cruz, un renovado deseo de predicación bíblica y un renovado amor a Cristo.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/estudios-biblicos/221-la-cruz-el-camino-de-la-salvacion-segun-dios.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

¿Qué es un Discípulo?

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?

En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o «aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo, si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc 1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro. En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús, es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo.

Un discípulo escucha a Jesús

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd» (Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.

Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69). Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree. Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita en ellas día y noche (Sal 1:2).

Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus mandamientos (Jn 14:21, 23; 15:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos, fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y así sigue siendo hoy.

El reverendo Anthony Carter es pastor de East Point Church en East Point, Ga. Es autor de varios libros, incluido Blood Work.