La exposición de los lobos

El siglo II de la era cristiana vio a la Iglesia emerger de las sombras y comenzar a empuñar armas en el mundo de las ideas. 

El inicio no fue fácil. A principios de siglo, el emperador Trajano (98-117), uno de los cuatro «emperadores buenos» (junto con sus sucesores Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), tomó como política no buscar cristianos y rechazar las denuncias anónimas. De este modo, los cristianos eran perseguidos solamente cuando se daban a conocer. Esta política pudiera entenderse como tolerante y benevolente, pero el resultado, por supuesto, fue el martirio precisamente de aquellos cristianos que no estaban dispuestos a guardar silencio sobre su fe. 

Las autoridades imperiales no fueron los únicos que hostigaron a los cristianos. La hostilidad pagana hacia el cristianismo creció a lo largo del siglo, y numerosos paganos escribieron duramente en contra de este. Los más famosos fueron Luciano de Samósata y el filósofo Celso, cuya diatriba anticristiana, Discurso Verdadero, inspiró la obra apologética de Orígenes de Alejandría, Contra Celso

No obstante, fue un movimiento al interior de la misma Iglesia, un movimiento que se mostraba a sí mismo como una élite, con un entendimiento superior del cristianismo, el que presentó el desafío más significativo a la Iglesia creciente. Este movimiento fue conocido como gnosticismo. 

Irónicamente, el martirio de Potino, obispo de Lyon en la Galia, quien fue llevado a la muerte por Marco Aurelio, el «emperador filósofo», alrededor del 177 d. C., trajo a la fama al hombre que más hábilmente respondió a los gnósticos. Ireneo sucedió a Potino como obispo y llegó a ser uno de los más efectivos defensores tempranos de la verdad cristiana, entregándole a la Iglesia una clara definición frente a la desviación más peligrosa de la ortodoxia cristiana. 

En una época se creyó que el gnosticismo había surgido desde dentro de los círculos cristianos, esto debido a que se había hecho notorio principalmente por los intentos de los cristianos ortodoxos de refutarlo. Más recientemente ha salido a la luz que el gnosticismo, por el cual se entiende un fenómeno subversivo existente dentro del campo cristiano, era el aspecto cristiano de un movimiento gnóstico mucho más grande, que incluso afectaba al judaísmo y al mundo pagano. Hoy existe un paralelo distinto al movimiento gnóstico del segundo siglo. Es conocido como Nueva Era, y tal como el antiguo gnosticismo, tiene representantes dentro de la cristiandad y fuera de ella. 

El gnosticismo, así como el movimiento gnóstico más amplio fuera de la Iglesia, era un fenómeno de muchos rasgos como para caracterizarlo en un par de párrafos —tal como lo es hoy la Nueva Era— pero hay algunas características sobresalientes que eran comunes a la mayoría de los gnósticos. Como su nombre implica (tomado de la palabra griega gnosis, que significa «conocimiento»), los gnósticos consideraban que el conocimiento, o un tipo particular de conocimiento, era la clave para la comprensión de toda verdad y la fuente de salvación. Los gnósticos «cristianos» enseñaron que el Cristo de los Evangelios y los Evangelios mismos eran de hecho una revelación, pero de un nivel inferior, adecuada para los de mente simple (tal como el mundo intelectual y la élite mediática mira hoy a la religión evangélica).

Por lo tanto, el gnosticismo era elitista, pues consideraba que solo una parte de la humanidad, la verdaderamente espiritual, era capaz de recibir la gnosis salvadora o conocimiento oculto, que se transmitía en secreto y que no estaba disponible para la gran masa de personas. Las personas menos espirituales, irremediablemente sumidas en el mundo material, eran rechazadas como «terrenales».

En términos tanto de contenido como de actitud, el movimiento gnóstico representaba una tendencia humana recurrente; como ya se ha sugerido, ha reaparecido en nuestra propia época como el movimiento Nueva Era, con su increíble variedad de ideas fantásticas. Por esta razón, es útil observar el gnosticismo cuasi-cristiano y ver cómo la Iglesia evitó ser subvertida por él, con Ireneo como figura destacada en la lucha.

El combate no solamente se libró en el plano intelectual; parte de la razón del éxito que tuvo la Iglesia en su autodefensa yació en la prontitud con la que líderes de congregaciones individuales tomaron medidas contra los infiltrados o conversos gnósticos. Estos fueron rápidamente identificados, denunciados como falsos creyentes y expulsados. La mayoría de los líderes verdaderamente cristianos reconocieron instintivamente el peligro de tolerar sus ideas, que alegaban, tal como lo ofrecieron, un tipo de conocimiento más elevado a la élite intelectual o la élite en potencia en sus congregaciones. Aún así, la pronta acción disciplinaria de los líderes congregacionales no habría sido suficiente sin el trabajo de los primeros teólogos, quienes contrarrestaron la amenaza gnóstica al tratar en detalle tanto sus principios generales como sus errores particulares.

Uno de los enfoques favoritos de los gnósticos era afirmar que creían y respetaban las enseñanzas del evangelio, y que simplemente estaban trayendo verdades más grandes y secretas a aquellos que eran lo suficientemente espirituales como para recibirlas. En consecuencia, una de las principales tácticas de opositores tales como Ireneo fue insistir en que el mensaje canónico del evangelio era completamente suficiente y que otras verdades aparentes no eran mejoras sino que, de hecho, representaban un peligro real para la salvación, porque la salvación viene por creer en el evangelio, no por aceptar una gnosis elitista.

La necesidad de definir, aclarar y justificar la legítima creencia cristiana frente a las nociones fantasiosas del gnosticismo llevó a Ireneo a producir una de las primeras obras importantes en la teología cristiana, Adversus Haereses [Contra las herejías]. Al leer a Ireneo, incluso podríamos decir que el gnosticismo fue una ayuda para el cristianismo porque estimuló la buena teología cristiana.

Ireneo sucedió a Potino como obispo de Lyon alrededor del 177 d. C., luego de que Potino fuera martirizado. Anteriormente, había sido discípulo de Policarpo, quien también había sido martirizado ya anciano cerca del 167 d. C., durante el reinado del mismo «emperador bueno», Marco Aurelio. Por lo tanto, Ireneo sabía de primera mano el peligro de defender a Cristo en el mundo multicultural y tolerante a la religión del emperador filósofo. Los cristianos del siglo XXI en Estados Unidos probablemente no enfrentan un peligro mayor que ser despreciados y posiblemente perder sus empleos por presentar la enseñanza exclusivista de que la salvación se encuentra solo en Jesucristo. Pero si Ireneo pudo defender la verdad cristiana contra el gnosticismo en los días en que atraer la atención pública como cristiano podía llevar a la muerte, ciertamente deberíamos ser capaces de rechazar sus variantes modernas cuando el peor peligro que corremos es ser denunciados como políticamente incorrectos o intolerantes. Desde la perspectiva de los protestantes ortodoxos del siglo XXI, la exaltación de Ireneo de la suficiencia del evangelio contra las supuestas mejoras de los gnósticos también ofrece un ejemplo útil de cómo manejar la afirmación del catolicismo romano de que la tradición es una fuente esencial de doctrina además de las Escrituras.

El gnosticismo presentaba tres grandes amenazas para los primeros cristianos. Primero, se agregaron «verdades» gnósticas secretas al registro del evangelio, diluyendo los fundamentos de la fe bíblica con enseñanzas extrañas y a menudo fantásticas. Segundo, la afirmación de los maestros gnósticos de tener acceso a verdades secretas socavaba la autoridad de los obispos y presbíteros. Tercero, la impartición de la gnosis solo a un cuerpo selecto o autoseleccionado de buscadores dividió las congregaciones y les dio a los gnósticos neófitos una razón para exaltarse a sí mismos como miembros verdaderamente «espirituales» de una clase de élite muy por encima del rebaño común de aquellos que tenían únicamente una «fe simple».

Además de la Nueva Era, el gnosticismo del siglo II tiene un paralelo en nuestros días en otro tipo de tentación gnóstica, a saber, una fascinación por la experiencia teológica y una disposición acompañante para tomar lo que los «expertos» nos dicen en sus palabras. Algunos que han obtenido doctorados y otras distinciones en el estudio de las Escrituras y la teología actúan como si supieran algo nuevo y verdaderamente esencial, a lo que los cristianos más simples solo pueden acceder al escucharlos. Naturalmente, estos «cristianos más simples», crédulos, inadvertidamente alimentan el elitismo autoinfatuado de estos maestros cuando con su aprendizaje superior difieren, cuestionan o contradicen las claras enseñanzas de las Escrituras.

Como obispo, Ireneo comenzó insistiendo en la autoridad de la comunidad de obispos, afirmando que uno puede estar seguro de la verdad solo si está en comunión con los líderes que han sido designados para defenderla. Su insistencia en la autoridad de los obispos como grupo y no en el obispo de Roma como único jefe de la Iglesia a menudo se ha utilizado como argumento en contra de la supremacía papal. En un controvertido pasaje en Contra las herejías, Ireneo habla de Roma como el lugar donde las iglesias se reúnen y dan fe de su unidad, pero no el lugar al que se someten.

Nadie de la generación de Ireneo pudo estar mejor arraigado que él en la tradición ni, de haber sido necesario, tenido un mejor acceso al conocimiento secreto, porque Ireneo había sido alumno de Policarpo, y Policarpo había sido alumno del apóstol Juan. Esta herencia le da a sus escritos la autenticidad inusual de una conexión distante con el último de los discípulos originales de Cristo. Si Cristo realmente hubiera impartido un conocimiento secreto a su círculo más íntimo durante los 40 días posteriores a la resurrección, que es una de las supuestas fuentes de gnosis, Ireneo habría estado en una buena posición para aprenderlo.

Al igual que Lucas en su Evangelio y en Hechos, Ireneo escribió Contra las herejías para un amigo. El amigo le había preguntado sobre el sistema de Valentín, un atractivo maestro que quería ser considerado un verdadero cristiano, solo que más conocedor (gnóstico) que el rebaño común. Valentín, el gnóstico más importante del siglo II, era un hombre altamente educado y sensible, lleno de celo y pathos religioso. Desafortunadamente, sus doctrinas transformaron la fe simple del evangelio en algo muy diferente. Podríamos comparar a Valentín con un teólogo moderno cuya genialidad y encanto nos hacen perder de vista la naturaleza errónea de sus enseñanzas.

En varios capítulos del Libro I, Ireneo describe el elaborado sistema de Valentín con cierto detalle; de hecho, Contra las herejías es una de nuestras mejores fuentes para conocer a Valentín y su típico rechazo gnóstico de la doctrina bíblica de la creación. Para los gnósticos, la entidad espiritual suprema era demasiado elevada para que se contaminara (a sí misma) mediante la producción o interacción con la materia básica. (La adhesión de la mayor parte del mundo educativo contemporáneo a la evolución naturalista es una presuposición tan grande como la idea gnóstica de que el espíritu no puede afectar la materia). A los ojos gnósticos, la materia era mala y el único Proarché (Protoprincipio) espiritual del cual vinieron todas las cosas no pudo haberse contaminado mediante el contacto con ellas. Valentín, por lo tanto, concibió un orden descendente de entidades espirituales, llamadas eones, un número inmenso con muchos nombres exóticos, agrupados en formaciones con otros nombres exóticos, que incluyen, por ejemplo, la Pléroma (plenitud), la Ogdóada (grupo de ocho), la Década (10) y la Docena (12). Finalmente, al final de una larga y confusa lista de entidades espirituales cada vez menos puras, se genera el mundo burdo de la materia.

Por supuesto, Valentín realmente no tuvo éxito en explicar cómo la creación ex nihilo de la Escritura pudo ser pasada por alto por los eones espirituales que gradualmente se convirtieron en materia, pues nunca resolvió realmente la cuestión de cómo la materia puede existir a través de la degeneración de aquello que es espiritual. La proliferación de sus eones simplemente ocultó la contradicción.

Sin embargo, Ireneo lo expuso de manera brillante y con mucho humor. Luego de entrar en el sistema de eones de Valentín, con sus nombres imaginativos y fascinantes, Ireneo escribió una parodia que expone lo absurdo de evadir la doctrina de la creación mejor que cualquier descripción que podamos idear:

Nada obstaculiza a nadie, al tratar el mismo tema (el origen de la materia a partir del espíritu), para colocar nombres de la siguiente manera: hay un cierto Proarché (Protopincipio), real, que supera todo pensamiento, un poder que existe antes que cualquier otra sustancia, y extendido en el espacio en todas las direcciones. Pero junto con él existe un poder que yo llamo Calabaza, y junto con esta Calabaza existe un poder que nuevamente llamo Vacío Absoluto. Esta Calabaza y este Vacío, dado que son uno, produjeron (y, sin embargo, no produjeron, para estar separados de sí mismos), una fruta, visible en todas partes, comestible y deliciosa, que el lenguaje de las frutas llama Pepino. Junto con este Pepino existe un poder de la misma esencia, que nuevamente llamo Melón. Estos poderes, la Calabaza, el Vacío Absoluto, el Pepino y el Melón, produjeron la multitud restante de los melones delirantes de Valentín.

Ireneo merece respeto por la amplitud y claridad de su pensamiento, y se ubica entre los principales teólogos del cristianismo primitivo. Hizo mucho más que refutar el gnosticismo, contribuyendo a nuestra comprensión de la encarnación, de la obra de Cristo y de la naturaleza humana. Sin embargo, su exitosa defensa contra el gnosticismo haría más para las futuras generaciones que cualquier otro trabajo suyo. ¿Podemos seguir su ejemplo de los melones delirantes al tratar con los innumerables absurdos de la Nueva Era?

El Dr. Harold O.J. Brown fue profesor de teología en Reformed Seminario Theological Seminary en Charlotte, N.C.

Pensamientos de A.W. Pink

El escritor ha conocido a muchas personas que profesan ser cristianas, pero cuya vida diaria no se diferencia en nada de los miles de no profesantes que los rodean. Rara vez, por no decir ninguna, se les encuentra en la reunión de oración, no tienen adoración familiar, pocas veces leen las Escrituras, no hablan con nadie de las cosas de Dios, su caminar es absolutamente mundano y ¡a pesar de todo, están bastante seguros de que irán al cielo! Investiga en el campo de su confianza y te dirán que hace mucho tiempo aceptaron a Cristo como su Salvador y que ahora su consuelo es que “una vez salvo, siempre salvo”. Existen miles de personas como estas en la tierra hoy que, a pesar de
ello, se encuentran en la senda ancha que lleva a destrucción, caminando por ella con una paz falsa en sus corazones y una profesión vana en sus labios. — A. W. Pink

Arthur Walkington Pink (Nottingham, Inglaterra 1 de abril de 1886 – Stornoway, 15 de julio de 1952) fue un teólogo, evangelista, predicador, misionero, escritor y erudito bíblico inglés, conocido por su firme postura calvinista y su gusto por las enseñanzas de las doctrinas puritanas en medio de una era dominada por la oposición a las tradiciones teológicas. Por ejemplo, llamaba al Dispensacionalismo “un error moderno y pernicioso”. Como suscriptores de su revista mensual Estudio sobre las Escrituras estaban Martyn Lloyd-Jones y el Dr. Douglas Johnson, primer director general del InterVarsity.

Paganos y Cristianos

Lo que sigue es un extracto de John G. Paton: Missionary to the New Hebrides (John G. Paton: Misionero a las Nuevas Hébridas) editado por James Paton. Esta extraordinaria autobiografía exhibe las maravillas de la gracia salvífica de Dios. Tras años trabajando duramente entre los caníbales, Dios usó el que Paton cavara un pozo para extraer agua, para quebrantar la garra del paganismo y llevar a los caníbales a inclinarse delante de nuestro Dios soberano. Asombrados al ver el agua saliendo de la tierra, en el pozo, el viejo jefe Namakey dio más tarde su testimonio en la iglesia misionera de Paton:

“Mi pueblo… el pueblo de Aniwa… ¡el mundo está trastocado desde que la palabra de Jehová vino a esta tierra! ¿Quién esperó jamás ver la lluvia subiendo y atravesando la tierra? ¡Siempre había descendido de las nubes! Maravillosa es la obra de este Dios Jehová. Ningún dios de Aniwa había respondido jamás las oraciones como lo ha hecho el Dios de Missi. Amigos de Namakey, todos los poderes del mundo no podían habernos obligado a creer que la lluvia podía salir de las profundidades de la tierra, si no lo hubiéramos visto con nuestros ojos, tocado y probado como lo hacemos aquí. Ahora, con la ayuda de Jehová Dios, el Missi puso ante nuestros ojos esa lluvia invisible de la que nunca habíamos oído hablar ni habíamos visto y… (golpeándose el pecho con la mano, exclamó)… Aquí, dentro de mi corazón, algo me dice que Jehová Dios existe de verdad, el Invisible del que nunca supimos hasta que Missi lo puso en nuestro conocimiento. Se ha eliminado el coral y la tierra se ha limpiado y ¡he aquí que surge el agua! Invisible hasta este día, aunque de todos modos estaba allí, pero nuestros ojos eran demasiado débiles. De modo que yo, vuestro jefe, ahora creo firmemente que cuando muera, cuando se quiten los trozos de coral y los montones de polvo que ahora ciegan mis viejos ojos, veré al invisible Dios Jehová con mi alma, como me dice Missi. Y así será, tan cierto como que he visto la lluvia subir de la tierra de abajo. Desde este día, pueblo mío, debo adorar al Dios que ha abierto el pozo para nosotros y que nos llena de lluvia de abajo. Los dioses de Aniwa no pueden escuchar, no pueden ayudarnos como el Dios de Missi. De aquí en adelante soy un seguidor de Jehová Dios. Que todo aquel que piense como yo vaya ahora a buscar a los ídolos de Aniwa, los dioses a los que temían nuestros padres y los echen al suelo, a los pies de Missi. Quememos estas cosas de madera y piedra, enterrémoslas y destruyámoslas, y que Missi nos enseñe cómo servir al Dios al que no podemos escuchar, el Jehová que nos dio el pozo y que nos dará cualquier otra bendición porque Él envió a su Hijo Jesús a morir por nosotros y llevarnos al cielo. Esto es lo que Missi nos ha estado diciendo cada día desde que desembarcó en Aniwa. Nos reímos de él, pero ahora creemos lo que nos dice. El Dios Jehová nos ha enviado lluvia de la tierra. ¿Por qué no nos mandaría también a su Hijo desde el cielo? ¡Namakey, levántate para Jehová!

Este discurso y la perforación del pozo hicieron el trabajo de quebrantar el paganismo que había en Aniwa. Aquella misma tarde, el viejo jefe y varios hombres de su pueblo trajeron sus ídolos y los echaron a mis pies, junto a la puerta de nuestra casa. ¡Oh, qué entusiasmo tan intenso durante las semanas que siguieron! Unos tras otros vinieron hasta allí, cargados con sus dioses de madera y piedra, haciendo montones con ellos, entre las lágrimas y los sollozos de algunos y los gritos de otros, entre los que se podía oír la palabra “¡Jehová! ¡Jehová!” repetida una y otra vez. Echamos a las llamas todo lo que se podía quemar; otras cosas fueron enterradas en hoyos de entre tres metros y medio y cuatro metros y medio de profundidad y, unas pocas, las más susceptibles de poder alimentar o despertar la superstición, las hundimos muy lejos, en la profundidad del mar. ¡Que ningún ojo pagano pueda volver a fijarse en ellos nunca más!

Con esto no quiero indicar que, en todos los casos, sus motivaciones fueran elevadas o iluminadas. No faltaron los que deseaban hacer pagar a este nuevo movimiento ¡y se disgustaron en gran manera cuando nos negamos a “comprar” sus dioses! Al decirles que Jehová no estaría satisfecho, a menos que ellos los entregaran por su propia voluntad y los destruyeran sin dinero o recompensa, algunos se los volvieron a llevar y esperaron toda una estación junto a ellos y otros, los tiraron con desprecio. Se celebraron reuniones y se pronunciaron discursos, ya que estos vanuatuenses son oradores irreprensibles, floridos y sorprendentemente gráficos. A esto, le seguía mucha conversación y la destrucción de los ídolos continuó aprisa. Enseguida dos Hombres Sagrados y algunas otras personas escogidas se constituyeron como una especie de comité detective que descubriera y expusiera a quienes fingieron entregarlos todos, pero seguían escondiendo ciertos ídolos en secreto, y para alentar a los indecisos a que vinieran a una profunda [conversión] a Jehová. En aquellos días intensos, llenos de entusiasmo, “estuvimos quietos” y vimos la salvación del Se-ñor.

Ahora nos rodeaban en manadas en cada reunión que celebrábamos. Escuchaban con avidez la historia de la vida y la muerte de Jesús. Voluntariamente iban adoptando alguna que otra prenda de vestir. Y todo lo que sucedía, se nos sometía de forma completa y fiel buscando nuestro consejo o información. Uno de los primerísimos pasos en la disciplina cristiana que dieron con buena disposición y casi de forma unánime fue pedir la bendición de Dios en cada comida y alabar al gran Jehová por su pan de cada día. A cualquiera que no actuara así se le consideraba pagano. (Pregunta: ¿cuántos blancos paganos hay?). El siguiente paso, que se dio como si fuera por consenso común y que no fue menos sorprendente que gozoso, fue una forma de adoración familiar, cada mañana y cada noche. Sin lugar a duda, las oraciones eran con frecuencia muy extrañas y se mezclaban con muchas supersticiones que quedaban; pero eran oraciones al gran Jehová, el compasivo Padre, el Invisible… no más dioses de piedra.

Eran características llamativas, por necesidad, de nuestra vida como cristianos en medio de ellos: oración familiar mañana y tarde, y gracia a la mesa; de ahí que, de la forma más natural, su instintiva adopción e imitación de aquello, como primeras muestras externas de la disciplina cristiana. Cada casa donde no hubiera oración a Dios en la familia, se consideraba por ello pagana. Era una prueba directa y práctica de la nueva fe; en un sentido amplio (y, en lo que cabe, es desde luego muy amplio, cuando subyace algo de sinceridad), la prueba era una sobre la que no podía haber error por ninguna de las partes.


Tomado de John G. Paton y James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

La Adoración familiar puesta en práctica 4

3. Para orar

Sean breves: Con pocas excepciones, no oren durante más de cinco minutos. Las oraciones tediosas hacen más mal que bien.

No enseñen en su oración: Dios no necesita la instrucción. Enseñen con los ojos abiertos; oren con los ojos cerrados.
Sean simples sin ser superficiales: Oren por cosas de las que sus hijos sepan ya algo, pero no permitan que sus oraciones se vuelvan triviales. No reduzcan sus oraciones a las peticiones egoístas y poco profundas.

Sean directos: Desplieguen sus necesidades delante de Dios, defiendan su causa y pidan misericordia. Nombren a sus hijos adolescentes y a los pequeños, y las necesidades de cada uno de ellos a diario. Esto tiene un peso tremendo en ellos.

Sean naturales, pero solemnes: Hablen con claridad y reverencia. No usen una voz poco natural, aguda o monótona. No oren demasiado alto ni bajo, demasiado rápido o lento.

Sean variados: No oren todos los días por las mismas cosas; eso se vuelve monótono. Desarrollen mayor variedad en la oración recordando y enfatizando los diversos ingredientes de la oración verdadera como: La invocación, la adoración y la dependencia. Empiecen mencionando uno o dos títulos o atributos de Dios, como “Señor misericordioso y santo…”. Añadan a esto una declaración de su deseo de adorar a Dios y su dependencia de Él por su ayuda en la oración. Por ejemplo, digan: “Nos inclinamos humildemente en tu presencia. Tú que eres digno de ser adorado, oramos para que nuestras almas puedan elevarse a ti. Ayúdanos por tu Espíritu. Ayúdanos a invocar tu Nom-bre, por medio de Jesucristo, el único por quien podemos acercarnos a ti”.

Confesión de los pecados familiares: Confiesen la depravación de nuestra naturaleza, luego los pecados reales, sobre todo los cotidianos y los familiares. Reconozcan el castigo que merecemos a manos de un Dios santo y pídanle a Él que perdone todos sus pecados por amor a Cristo.

Petición por las mercedes familiares: Pídanle a Dios que los libre del pecado y del mal. Podrían decir: “Oh Señor, perdona nuestros pecados a través de tu Hijo. Somete nuestras iniquidades por tu Espíritu. Líbranos de la oscuridad natural de nuestra mente y la corrupción de nuestros propios corazones; de las tentaciones a las que fuimos expuestos hoy”.

Pídanle a Dios el bien temporal y espiritual: Oren por su provisión para toda necesidad en la vida diaria. Rueguen por sus bendiciones espirituales. Supliquen que sus almas estén preparadas para la eternidad.

Recuerden las necesidades familiares e intercedan por los amigos de la familia: Recuerden orar para que, en todas estas peticiones, se haga la voluntad de Dios. Sin embargo, no permitan que la sujeción a la voluntad de Dios les impida suplicarle que escuche sus peticiones. Implórenle por cada miembro de su familia, en su viaje a la eternidad. Oren por ellos basándose en la misericordia de Dios, en su relación de pacto con ustedes y en el sacrificio de Cristo.

Acción de gracias como una familia: Den gracias al Señor por la comida y la bebida, por las misericordias providenciales, las oportunidades espirituales, las oraciones contestadas, la salud recobrada y la liberación del mal.

Confiesen: “Por tus misericordias no hemos sido consumidos como familia”. Recuerden la Pregunta 116 del Catecismo de Heidelberg, que declara: “Dios dará su gracia y su Espíritu Santo sólo a aquellos que, con deseos sinceros, le piden de forma continua y son agradecidos por ellos”.

Bendigan a Dios por quien Él es y por lo que ha hecho. Pidan que su Reino, poder y gloria se manifiesten para siempre. Luego, acaben con “Amén” que significa “ciertamente así será”.

Matthew Henry dijo que la adoración familiar matinal es, de forma especial, un tiempo de alabanza y petición de fuerza para el día y de bendición divina sobre las actividades de la familia. La adoración vespertina debería centrarse en el agradecimiento, las reflexiones de arrepentimiento y las humildes súplicas para la noche.

4. Para cantar

Canten canciones doctrinalmente puras: No hay excusa para cantar un error doctrinal, por atractiva que resulte su melodía. (De ahí la necesidad de himnos doctrinalmente sanos como el Himnario Trinity).

Canten salmos principalmente sin descuidar los himnos sólidos: Recuerden que los Salmos, denominados por Calvino “una anatomía de todas las partes del alma”, son la mina de oro más rica de la piedad profunda, viva y experimental que sigue disponible hoy para nosotros.

Canten salmos sencillos si tienen hijos pequeños: Al escoger Salmos para cantar, busquen cánticos que los niños puedan dominar fácilmente y canciones que sean particularmente importantes para que puedan aprenderlas. Elijan canciones que expresen las necesidades espirituales de sus hijos en cuanto al arrepentimiento, la fe, la renovación del corazón y de la vida; cánticos que revelen el amor de Dios por Su pueblo y el amor de Cristo por los corderos de su rebaño. Palabras como justicia, bondad y misericordia deberían ser señaladas y explicadas de antemano.

Canten con ganas y con sentimiento: Como afirma Colosenses 3:23: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Mediten en las palabras que están cantando. En ocasiones, expliquen una frase del cántico.

Después de la adoración familiar

Al retirarse para pasar la noche, oren pidiendo la bendición de Dios sobre la adoración familiar: “Señor, usa la instrucción para salvar a nuestros hijos y hacer que crezcan en gracia para que puedan depositar su esperanza en ti. Usa la alabanza que brindamos a tu nombre en los cánticos para acercar tu nombre, tu Hijo y tu Espíritu a sus almas inmortales. Usa nuestras oraciones para llevar a nuestros hijos al arrepentimiento. Señor Jesucristo, que tu soplo esté sobre nuestra familia durante este tiempo de adoración con tu Palabra y tu Espíritu. Haz que sean tiempos vivificantes”.


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

El llamado del Evangelio y la conversión verdadera

El Evangelio de Jesucristo es el más grande de todos los tesoros dados a la iglesia y al cristiano individual. No es un mensaje entre muchos, sino el mensaje por encima de todos ellos. Es el poder de Dios para la salvación y la mayor revelación de la multiforme sabiduría de Dios a los hombres y ángeles. Es por esta razón que el apóstol Pablo dio al evangelio el primer lugar en su predicación, se esforzó con toda su fuerza para proclamarlo claramente, e incluso pronunció una maldición sobre todos los que quieren pervertir su verdad.

Cada generación de cristianos es un mayordomo del mensaje del evangelio, y por el poder del Espíritu Santo, Dios nos llama a cuidar este tesoro que ha sido confiado a nosotros. Si vamos a ser fieles mayordomos , debemos estar absortos en el estudio del Evangelio , haciendo grandes esfuerzos por comprender sus verdades , y nos compro-metemos a proteger su contenido. Al hacerlo, nos aseguraremos de la salvación tanto para nosotros como para los que oyen nosotros.

Esta mayordomía impulso a Paul Washer a escribir esta trilogía. Dice el autor “Como Jeremías, si yo no hablo este mensaje, pero si digo: No le recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo. Como el apóstol Pablo exclamó: ¡Ay de mí si no predicara el evangelio!”.

Uno de los mayores crímenes cometidos por la presente generación cristiana es su abandono del evangelio, y es a partir de esta negligencia que todas las otras enfermedades brotan. El mundo perdido no es está tan endurecido del Evangelio, como lo es ignorante del evangelio, porque muchos de los que anuncian el evangelio también son ignorantes de sus verdades más básicas. Los temas esenciales que conforman el núcleo del evangelio la justicia de Dios, la depravación radical del hombre, la expiación por la sangre, la naturaleza de la verdadera conversión, y la base bíblica de la seguridad – están ausentes de muchos púlpitos. Las iglesias reducen el mensaje del evangelio a algunas afirmaciones de credo, enseñan que la conversión es una mera decisión humana, y pronuncian seguridad de la salvación a través de cualquier persona que reza la oración del pecador. El resultado de este reduccionismo del Evangelio ha sido de largo alcance:

En primer lugar, se endurece aún más los corazones de los inconversos. Pocos de los “convertidos” de hoy en día cada vez se abren camino en la comunión de la iglesia, y los que lo hacen a menudo se apartan o tienen vidas marcadas por carnalidad habitual. Incontables millones caminan nuestras calles y se sientan en las bancas sin cambios por el verdadero evangelio de Jesucristo, y sin embargo, están convencidos de su salvación, porque una vez en su vida levantaron una mano en una campaña evangelística o repitieron una oración. Esta falsa sensación de seguridad crea una gran barrera que aísla a menudo este tipo de individuos de haber escuchado el verdadero Evangelio.

En segundo lugar, tal evangelio deforma la iglesia a partir de un cuerpo espiritual de creyentes regenerados en una reunión de hombres carnales que profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan. Con la predicación del verdadero evangelio, los hombres llegan a la iglesia sin el evangelio de entretenimiento, actividades especiales, o la promesa de beneficios más allá de las que ofrece el evangelio. Los que vienen lo hacen porque desean Cristo y tienen hambre de la verdad bíblica, la adoración sincera, y oportunidades de servicio. Cuando la Iglesia proclama un evangelio menor, se llena con hombres carnales que comparten poco interés en las cosas de Dios, y el mantenimiento de tales hombres es una pesada carga para el iglesia. La iglesia entonces atenúa las exigencias radicales del Evangelio a una moral práctica, y la verdadera devoción a Cristo da paso a las actividades destinadas a satisfacer las necesidades sentidas de sus miembros. La iglesia se convierte en impulsada por la actividad en lugar de centrada en Cristo, y se filtra con cuidado, o empaqueta la verdad a fin de no ofender a la mayoría carnal. La iglesia deja a un lado las grandes verdades de la Escritura y el cristianismo ortodoxo, y el pragmatismo (es decir, cual sea lo que mantenga en marcha y creciendo a la iglesia) se convierte en la regla del día.

En tercer lugar, tal evangelio reduce el evangelismo y las misiones a poco más que un esfuerzo humanista impulsado por estrategias de marketing inteligentes basadas en un cuidadoso estudio de las últimas tendencias en la cultura. Después de años de ser testigo de la impotencia de un evangelio que no es bíblico, muchos evangélicos parecen convencidos de que el evangelio no va a funcionar y que el hombre se ha convertido de alguna manera en un ser demasiado complejo para ser salvado y transformado por un mensaje tan simple y escandaloso. Ahora hay un mayor énfasis en la comprensión de nuestra cultura caída y sus caprichos que en la comprensión y proclamación del único mensaje que tiene el poder para salvarlo. Como resultado, el evangelio está siendo constantemente reenvasado para encajar lo que la cultura contemporánea considere más pertinente. Hemos olvidado que el verdadero evangelio es siempre relevante para todas las culturas porque es la Palabra eterna de Dios a todos los hombres.

En cuarto lugar, tal evangelio trae oprobio al nombre de Dios. A través de la proclamación de un evangelio disminuido, el carnal y no convertido entra en la comunión de la iglesia, y por el abandono casi total de la disciplina de la iglesia bíblica, se les permite quedarse sin corrección o reprensión. Esto ensucia la pureza y la reputación de la iglesia y blasfema el nombre de Dios entre los incrédulos. Al final, Dios no es glorificado, la iglesia no está edificada, el miembro de la iglesia no convertidos no se salva , y la iglesia tiene poca o ningún testimonio al mundo no creyente .

No nos favorece como ministros o laicos estar de pie tan cerca y no hacer nada cuando vemos “el glorioso evangelio del Dios bendito” sustituido por un evangelio de menor gloria. Como administradores de esta confianza, tenemos la obligación de recuperar al único verdadero evangelio y proclamarlo con valentía y claridad a todos.

Haríamos bien en prestar atención a las palabras de Charles Haddon Spurgeon:

“En estos días, me siento obligado a repasar las verdades elementales del evangelio en varias ocasiones. En tiempos de paz, podemos sentirnos libres para hacer excursiones en aspectos interesantes de verdad que se encuentran muy lejos, pero ahora hay que quedarse en casa y cuidar los corazones y hogares de la iglesia por la defensa de los principios básicos de la fe En esta época, se han levantado hombres en sí de la iglesia que hablan perversidades. Hay muchos que nos molestan con sus filosofías y nuevas interpretaciones, por lo que niegan las doctrinas que profesan enseñar, y socavan la fe que se han comprometido a mantener. Es así que algunos de nosotros, que sabemos lo que creemos, y no tienen significados secretos de nuestras palabras, debería simplemente poner nuestro pie en el suelo y mantener nuestra posición , asidos de la palabra de vida y claramente declarando las verdades fundamentales del Evangelio de Jesucristo”.

Aunque la serie Recuperando el Evangelio no representa una presentación enteramente sistemática del evangelio,si hace frente a la mayor parte de los elementos esenciales, especialmente aquellos que son los más descuidados en el cristianismo contemporáneo. Tengo la esperanza de que estas palabras podrían ser una guía para ayudar a redescubrir el Evangelio en toda su belleza, escándalo y poder salvador. Es mi oración que tal redescubrimiento pueda transformar su vida, fortalecer su proclamación, y traer mayor gloria de Dios.

“Ser cristiano no solo consiste en “tomar una decisión por Jesús” o “pasar página”; es un milagro de la gracia, en el cual un pecador es trasladado de muerte a vida por el poder de Dios. En El Llamado del Evangelio & la Conversión Verdadera, de manera clara y brillante, Paul Washer nos ayuda a entender la verdad; abre las Escrituras y explica cómo el poder del evangelio debe impactar nuestras vidas como cristianos. Este es un libro muy necesario, desafiante y pastoral”. – Greg Gilbert, pastor de Third Avenue Baptist Church y autor de ¿Qué es el evangelio?​ 

“Por la gracia soberana de Dios, el ministerio de Paul Washer ha sido particularmente bendecido para instruir a esta generación acerca del llamado del evangelio y la conversión verdadera. Recomiendo enormemente este simple pero profundo estudio sobre estos temas esenciales”. – Sam Waldron, decano académico de MCTS y autor de El Fin de los Tiempos

“Si Cristo va a ser algo en tu vida, debe ser toda tu vida. Ese es el mensaje del evangelio que tanto necesitamos recordar y reconocer en América Latina. No hay “medios-cristianos”, ya que Cristo vino por un pueblo celoso de buenas obras, que da buen fruto, siempre unido a Él. Este libro es un regalo para ayudarnos como Iglesia de Cristo a no desviarnos de esta antigua senda hermosa y llena de gracia, y Paul Washer ha sido probado como un hombre fiel al llamado de Jesús. Léelo si quieres ser retado en tu caminar con Jesús, y vive sus verdades si quieres glorificar a Dios en tu diario vivir”. – Jairo Namnún, director ejecutivo de Coalición por el Evangelio

INDICE

Prefacio: Recuperando el Evangelio
PRIMERA PARTE: INTRODUCCIÓN APOSTOLICA
Un Evangelio Para Conocerse y Dar a Conocer
Un Evangelio Para Ser Recibido
El Evangelio en el Cual Somos Salvos
Un Evangelio de Primera Importancia
Un Evangelio Transmitido y Entregado

SEGUNDA PARTE: EL PODER DE DIOS PARA LA SALVACIÓN
El Evangelio
Un Evangelio Escandaloso
Un Evangelio Poderoso
Un Evangelio Para Todo Aquel Que Cree

TERCERA PARTE: LA ACRÓPOLIS DE LA FE CRISTIANA
Dar Importancia al Pecado
La Exaltación de Dios
Pecadores Todos y Cada Uno
Pecadores Destituidos
Pecadores Hasta la Médula
Indignación Justa
Guerra Santa
Un Regalo Más Costoso
El Dilema Divino
Un Redentor Calificado
La Cruz de Jesucristo
La Vindicación de Dios
La Resurrección de Jesucristo
El Fundamento de Fe en la Resurrección
La Ascensión de Cristo Como el Sumo Sacerdote de Su Pueblo
La Ascensión de Cristo Como el Señor de Todo
La Ascensión de Cristo Como el Juez de Todos

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/discipulado/582-el-llamado-del-evangelio-la-conversion-verdadera.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

La Adoración familiar puesta en práctica 3

3. Solemnidad esperanzada. “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor”, nos dice el Salmo 2. Es necesario que mostremos este equilibrio de esperanza y sobrecogimiento, de temor y fe, de arrepentimiento y confianza en la adoración familiar. Hablen con naturalidad, pero con reverencia, durante ese tiempo, usando el tono que utilizarían para hablar con un amigo al que respetan profundamente, de un tema serio. Esperen grandes cosas de un gran Dios que cumple el pacto.

Seamos ahora más específicos:

1. Para la lectura de las Escrituras
Tengan un plan: Lean diez o veinte versículos del Antiguo Testamento por la mañana y unos diez a veinte del Nuevo Testamento por la noche. O lean una serie de parábolas, milagros o porciones biográficas. Sólo asegúrense de leer toda la Biblia a lo largo de un periodo de tiempo. Como dijo J. C. Ryle: “Llena sus mentes (de los hijos) con las Escrituras. Que la Palabra more en ellos ricamente. Dales la Biblia, toda la Biblia, aunque sean pequeños”.

Para las ocasiones especiales: Los domingos por la mañana, podrían leer los Salmos 48, 63, 84 o Juan 20. En el Sabbat (el Día del Señor), cuando se debe administrar la Santa Cena, lean el Salmo 22, Isaías 53, Mateo 26 o parte de Juan 6. Antes de abandonar la casa para las vacaciones familiares, reúnan a su familia en el salón y lean el Salmo 91 o el Salmo 121.

Involucren a la familia: Cada miembro de la familia que pueda leer debería tener una Biblia para seguir la lectura. Establezcan el tono leyendo las Escrituras con expresión, como el Libro vivo, viviente que es.

Asignen varias porciones para que las lean sus esposas e hijos: Enseñen a sus hijos cómo leer de manera articulada y con expresión. No les permitan murmurar ni leer a toda prisa. Muéstrenle cómo leer con reverencia. Proporcionen una breve palabra de explicación a lo largo de la lectura, según las necesidades de los hijos más pequeños.

Estimulen la lectura y el estudio de la Biblia en privado: Asegúrense de que sus hijos acaben el día con la Palabra de Dios. Podrían seguir el Calendario para las lecturas de la Biblia de M’Cheyne, de manera que sus hijos lean toda la Biblia por sí mismos una vez al año. Ayuden a cada niño a construir una biblioteca personal de libros basados en la Biblia.

2. Para la instrucción bíblica
Sean claros en cuanto al significado: Pregúntenle a sus hijos si entienden lo que se está leyendo. Sean claros al aplicar los textos bíblicos. A este respecto, el Directorio de la Iglesia de Escocia de 1647 proporciona el siguiente consejo:

“Las Sagradas Escrituras deberían leerse de forma habitual a la familia; es recomendable que, a continuación, consulten y, como asamblea, hagan un buen uso de lo que se ha leído u oído. Por ejemplo, si algún pecado ha sido reprendido en la palabra que se ha leído, se podría utilizar para que toda la familia sea prudente y esté vigilante contra éste. O si se amenaza con algún juicio en dicha porción de las Escrituras leída, se podría usar para hacer que toda la familia tema que un juicio como éste o peor caiga sobre ellos, a menos que tengan cuidado con el pecado que lo provocó. Y, finalmente, si se requiere algún deber o se hace referencia a algún consuelo en una promesa, se puede usar para fomentar que se beneficien de Cristo para recibir la fuerza que los capacite para realizar el deber ordenado y aplicar el consuelo ofrecido en todo lo que el cabeza de familia debe ser el patrón. Cualquier miembro de la familia puede proponer una pregunta o duda para su resolución (Párrafo III)”.

Estimulen el diálogo familiar en torno a la Palabra de Dios, en línea con el procedimiento hebraico de pregunta y respuesta de la familia (cf. Ex. 12; Dt. 6; Sal. 78). Alienten sobre todo a los adolescentes para que formulen preguntas, hagan que salgan de su caparazón. Si desconocen las respuestas, manifiéstenselo; incítenlos a buscar las respuestas. Tengan uno o más, buenos comentarios a mano como los de Juan Calvino, Matthew Poole y Matthew Henry. Recuerden que si no les proporcionan respuestas a sus hijos, irán por ellas a cualquier otro lugar y, con frecuencia, serán las incorrectas.

Sean puros en la doctrina: Tito 2:7 declara: “Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad”. No abandonen la precisión doctrinal cuando enseñen a sus hijos; que su objetivo sea la simplicidad y la solidez.

Que la aplicación sea pertinente: No teman compartir sus experiencias cuando sea adecuado, pero háganlo con sencillez. Usen ilustraciones concretas. Lo ideal es que vinculen la instrucción bíblica con lo que hayan escuchado recientemente en los sermones.

Sean afectuosos: Proverbios usa continuamente la expresión “hijo mío”, mostrando la calidez, el amor y la urgencia en las enseñanzas de un padre temeroso de Dios. Cuando deban tratar las heridas de un padre amigo a sus hijos, háganlo con amor sincero. Díganles que deben transmitirles todo el consejo de Dios porque no pueden soportar la idea de pasar toda la eternidad separados de ellos. Mi padre solía decirnos, con lágrimas en los ojos: “Niños, no quiero echar de menos a ninguno de ustedes en el cielo”. Háganles saber a sus hijos: “Les permitiremos cada privilegio que la Biblia nos permita claramente darles, pero si les negamos algo, deberán saber que lo hacemos por amor”. Como declaró Ryle: “El amor es un gran secreto de entrenamiento exitoso. El amor del alma es el alma de todo amor”.

Exijan atención: Proverbios 4:1 advierte: “Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, y estad atentos, para que conozcáis cordura”. Padres y madres tienen importantes verdades que transmitir. Deben pedir que en sus hogares se escuchen con atención las verdades divinas. Esto puede implicar que se repitan al principio normas como estas: “Siéntate, hijo, y mírame cuando estoy hablando. Estamos hablando de la Palabra de Dios y Él merece ser escuchado”. No permitan que sus hijos abandonen sus asientos durante la adoración familiar.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

La vida a la Luz de la Cruz

Al igual que muchos creyentes reformados, alabo a Dios por Su asombrosa gracia, que no solo se manifestó al salvarme, sino también al hacer que después conociera las doctrinas de la gracia. Recuerdo claramente cuando al fin pude ver que la Escritura enseñaba la soberanía de Dios en todas las cosas: que había nacido de nuevo hace muchos años, no porque yo mismo lo hubiera decidido (Jn 1:13) sino porque Dios me ama (Ef 2:4) y me justificó por la gracia sola a través de la fe sola en Cristo solo (2:8); que Él está obrando todo conforme al consejo de Su voluntad (1:11), y que mi vida y mi futuro están seguros en Sus manos (Jn 10:28). Incluso aprendí a cantar: «¡Oh, maravilla de Su amor, por mí murió el Salvador!». Sin embargo, durante muchos años permití que la fe reformada que acababa de descubrir, e incluso la cruz de Cristo, alimentaran un orgullo espiritual pecaminoso en mí. En vez de humillarme y crecer en amor por los demás miembros del cuerpo de Cristo, me gloriaba en mi superioridad teológica. Tomaría muchos años de la obra santificadora del Espíritu para yo poder ver mi corrupción y debilidad remanente, y para que el asombroso amor de mi Salvador crucificado se desbordara en mi vida y alcanzara a los quebrantados, a los débiles y a los heridos que me rodeaban por todos lados.

La Escritura confirma claramente lo que sabemos que es cierto por revelación general: que la vida de este lado de la gloria está marcada por la debilidad. Los espinos, los abrojos y el sudor de la maldición (Gn 3) nos afectan a todos. Incluso después de haber sido justificados únicamente por la gracia de Dios mediante la fe sola (Rom 3:24-25), e incluso después de haber sido salvados por el poder de la palabra de la cruz (1 Co 1:18), gemimos interiormente en este cuerpo de flaqueza, aguardando la redención de nuestro cuerpo (Rom 8:23). Sin embargo, mientras esperamos, debemos ser equipados para poder servir y ministrar en un mundo caído como parte del cuerpo unificado del Señor Jesucristo (Ef 4:12), quien fue prometido «como luz para las naciones, para [abrir] los ojos a los ciegos, para [sacar] de la cárcel a los presos, y de la prisión a los que moran en tinieblas» (Is 42:6-7).

Lamentablemente, a menudo son nuestros propios ojos los que necesitan abrirse a lo que nos rodea y a la obra que Dios nos llama a realizar. En vez de gloriarnos en nuestro conocimiento teológico superior, el Espíritu de Dios nos exhorta a que animemos «a los desalentados, [sostengamos] a los débiles y [seamos] pacientes con todos» (1 Tes 5:14). De hecho, ¿acaso no somos nosotros, los que vivimos a la luz de la cruz, los medios por los cuales Él alcanza a los débiles? Nuestras órdenes son claras: «Porque él librará al necesitado cuando clame, también al afligido y al que no tiene quien le auxilie. Tendrá compasión del pobre y del necesitado, y la vida de los necesitados salvará» (Sal 72:12-13) y «A los débiles me hice débil, para ganar a los débiles» (1 Co 9:22).

Un punto de inflexión en mi propia vida fue cuando empecé a trabajar con «los pobres y necesitados» en la cárcel de mi condado como capellán a tiempo parcial. Aunque durante años me parecía mucho a los cristianos de Éfeso descritos en Apocalipsis 2, que eran prontos para identificar la herejía teológica pero no tenían amor, servir en la cárcel del condado me abrió los ojos para poder ver las maneras prácticas en que la obra consumada de Cristo y Su Espíritu poderoso están actuando en los más estropeados, débiles, extraviados y heridos.

Hay un día específico que se destaca en mi mente, en el que conocí a un joven centroamericano al que acababan de arrestar por ser acusado de un cargo muy serio, uno que ahuyentaría a la gente «respetable». Era tan serio que ameritaba que él estuviera bajo vigilancia para impedir que se suicidara. Le llevé una Biblia en español, busqué la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lc 18:9-14) y lo animé a leerla en voz alta. Con la Biblia sobre los barrotes de su celda, observé que las lágrimas caían a raudales por su rostro y empapaban las páginas del evangelio de Lucas. Luego, al igual que el recaudador de impuestos, clamó con el corazón quebrantado: «Dios, ten piedad de mí, pecador». Fue un momento santo, una obra poderosa del Espíritu de Dios que hizo que ese joven volviera a su litera justificado esa noche y yo regresara a casa profundamente afectado. Volví a darme cuenta de que, ante la cruz de Cristo, ese hombre y yo ahora éramos parte del mismo cuerpo espiritual: que éramos pecadores débiles y heridos, sin esperanza y necesitados de gracia. Pero ahora, en Cristo Jesús, los dos «que en otro tiempo [estábamos] lejos, [hemos] sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2:13).

Justo la semana pasada, otro nuevo creyente de la cárcel me mandó a decir que necesitaba «confesarme algo». Lo primero que pensé fue que aún tenía remanentes del catolicismo romano, pero cuando al fin nos reunimos, admitió humildemente que no había sido honesto conmigo con respecto a un asunto en particular, que no podía dormir sin pedirme perdón y que se preguntaba si siquiera era cristiano. Cuán grande fue el gozo que llenó mi corazón al ver la obra finalizada de Cristo y el poder del Espíritu, que eran evidentes en este nuevo creyente. Abrí la Biblia para asegurarle, a partir del libro de Romanos, que su lucha era un fruto de su justificación. Ahora estaba viviendo una vida nueva, y esta batalla en su corazón era una parte normal de la vida cristiana (Rom 6 – 7). Le mostré que fue la obra interna del Espíritu Santo (cap. 8) lo que lo impulsó a confesar su pecado. Le aseguré que yo lo perdonaba y que debía cobrar ánimo en la seguridad de su salvación por la sangre derramada de Cristo (3:24-25), la promesa del evangelio (10:13) e incluso la obra del Espíritu Santo, que lo estaba convenciendo poderosamente en ese preciso momento.

A la luz de la cruz y el amor de Cristo por mí, a menudo experimento convicción cuando leo la advertencia a los pastores de Israel:

Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad (Ez 34:4).

¿Es la compasión por los débiles, los descarriados y los necesitados una característica común de nuestras iglesias reformadas? Pido en oración que lo sea en las nuestras, así que regularmente oro así por mí mismo: «Señor, abre mis ojos y ablanda mi corazón hacia cada alma que Tú pones en mi camino, sin importar quién sea, qué haya hecho o cuán débil pueda ser». Esto es parte de lo que significa vivir a la luz de la cruz.

El reverendo Eric Hausler es pastor de la Christ the King Presbyterian Church en Naples, Florida.

¿Por quién murió Cristo?

Soy un calvinista extraño. La idea de que la expiación se limita a los elegidos es la última piedra de tropiezo para muchos, pero fue uno de mis primeros pasos en la teología reformada. Si bien muchas personas aceptan de buena gana que somos totalmente depravados, que Dios nos escogió incondicional y eternamente en Cristo, que creemos en Cristo solo por la gracia irresistible del Espíritu, y que el Dios trino nos preserva para que perseveremos hasta el final, les resulta más difícil aceptar que Cristo murió solamente por los elegidos. Vine a los pies de Cristo al entender que Dios le imputó nuestro pecado a Su Hijo para poder imputarnos la justicia de Su Hijo encarnado (2 Co 5:21). Tan pronto alguien señaló que todas las personas deben ser salvas si Cristo hizo estas cosas por todas las personas, fui convencido de la expiación limitada.

Como dice un catecismo infantil: «Cristo murió por todos los que le fueron dados por el Padre». El asunto es el diseño o la intención del Dios trino en la expiación. Podemos entender mejor el hecho de que Cristo vino a salvar a Su pueblo, y solo a ellos, de sus pecados (Mt 1:21) al enraizar la muerte de Cristo en la obra salvadora de toda la Trinidad, y al responder a dos preguntas comunes.

La obra unida de la Trinidad muestra claramente por qué Cristo murió únicamente por los elegidos. El Padre escogió a los creyentes en Cristo antes de que comenzara el tiempo (Ef 1:4-5). El Espíritu Santo es el sello de propiedad del Padre sobre los elegidos (vv. 13-14). Nadie recibe las cosas de Dios o confiesa que Jesús es el Señor excepto por el Espíritu (1 Co 2:10-16; 12:3). El Padre llama a Sus elegidos hacia Cristo por Su Palabra y Espíritu (2 Co 3:16-18; Stg 1:18). La Trinidad es unánime e indivisible. La muerte de Cristo se extiende hasta el propósito de la elección del Padre (Hch 2:23) y el poder efectivo del Espíritu (13:48). No es que el Padre escogió a algunos y el Espíritu cambia a algunos mientras Cristo murió por todos. El Padre salva por elección particular, el Hijo por redención particular, y el Espíritu por llamado particular. El Hijo no será el eslabón roto en la cadena. Tampoco la obra de Cristo está dividida. El no ora por el mundo cuando le pide al Padre que los guarde, que sean uno y que sean santificados en la verdad (Jn 17:11, 19). Oró estas cosas por aquellos a quienes el Padre escogió y entregó a Cristo (vv. 3, 6, 9-10). El Hijo aplica Su muerte a los elegidos a través de Su intercesión para que puedan estar con Él dónde Él está (v. 24). Aquellos por quienes murió mueren al pecado al estar en Él, así como aquellos por quienes resucitó resucitan a una nueva vida (2 Co 5:14-15). Dios hace lo que hace porque es quien es. Dios es trino y la expiación es un acto trinitario unificado en propósito, producción y perfección.

Entonces ¿por qué algunos pasajes de la Escritura parecen universalizar la muerte de Cristo (p. ej.: 1 Jn 2:2)? Porque Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2:5). No discrimina por motivos de raza, sexo, cultura, estatus ni ninguna otra cosa. Él es la propiciación por nuestros pecados y es el único medio para que cualquiera pueda escapar de la ira de Dios. La Biblia no nos llama a recibir la muerte de Cristo porque Él murió por todos los hombres, sino que nos llama a recibir a Cristo quien «es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes» (4:10).

Esto nos lleva a plantear una pregunta relacionada: ¿Limita la expiación limitada la oferta del evangelio solo a los elegidos? El ministerio del evangelio debe reflejar el ministerio del Espíritu. Él llama a las personas a Cristo de forma general y de forma particular, externa e internamente. Él llama a los pecadores a través de la predicación, aunque algunos se resisten a Su llamado (Hch 7:51). Sin embargo, Él también llama a los elegidos a través de este llamado general, asegurando que responderán al extenderles también el llamado interno. El Espíritu abrió la boca de Pablo para que predicara a Cristo, pero abrió el corazón de Lidia para que recibiera a Cristo (Hch 16:14). Quizás nuestro problema es que mientras le decimos a las personas: «Jesús murió por ti», la Biblia dice: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hch 16:31). La Biblia ofrece a Jesús a todas las personas sin distinción y sin ninguna vergüenza de que Cristo no haya muerto por todas las personas sin excepción. Debemos orar para que todas las personas en todas partes sean salvas (1 Tim 2:1-3), y debemos predicar para que todas las personas en todas partes puedan ser salvas (Mt 28:19-20; Mr 16:15). Si queremos ser instrumentos del llamado específico del Espíritu, nuestra predicación y evangelización deben imitar Su llamado general.

Muchos de los cristianos que niegan que Cristo murió solamente por los elegidos creen que Cristo solo salva a los elegidos. Esto es un problema. Cristo vino a salvar a Su pueblo de sus pecados. Es por ellos que Él ora. Él está preparando un lugar para que estén con Él en el cielo. Cristo nació por Su pueblo, vivió por Su pueblo, resucitó por Su pueblo, ascendió al cielo y se sentó allí por Su pueblo, regresará para reunir a Su pueblo, y envía a Su Espíritu a vivir en Su pueblo. ¿Cómo puede Él hacer todas estas cosas por algunas personas y morir por todas las personas? El Hijo es la segunda persona de la Trinidad. Cristo no nos salvará contradiciendo al Padre y al Espíritu, pero tampoco nos salvará sin Ellos. Así como el Espíritu llama a la gente a Cristo a través del evangelio, así debemos presentar a Cristo. Así como Cristo murió por aquellos que le fueron entregados por el Padre, así debemos recibir a Cristo.  

El Dr. Ryan M. McGraw es profesor de teología sistemática Morton H. Smith y decano académico del Greenville Presbyterian Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos The Day of Worship [El día de adoración].

La Doble Cura

Hay un par de versos en el himno «Roca de la eternidad», escrito por Augustus Toplady en el siglo XVIII, que reflejan lo que la expiación de Cristo produce en la vida del cristiano: «Doble cura del pecado: de su culpa, y su poder» (como dice literalmente en sus versos originales en inglés). Si observamos la vida y enseñanza de otra roca, el apóstol Pedro (Petros significa «piedra»), tendremos una mayor perspectiva del significado de estas estas líneas conmovedoras.

PEDRO COMO HOMBRE

La imagen de Pedro que tenemos en los evangelios es la de un discípulo solía terminar en aprietos por su propia cuenta. A ratos, era descaradamente presuntuoso (Mt 16:22; 17:3-4; Mr 14:29) y celoso por el honor del Señor (Lc 22:49-50). En su peor momento, llegó a negar a Cristo (Jn 18:15-18, 25-27).

Sin embargo, entre los evangelios y las epístolas escritas por él, hay un cambio en Pedro. Luego de ser restaurado en Jn 21:15-19, irrumpe en la escena de la Iglesia primitiva testificando de Cristo con valentía. Es más, en sus cartas, ya no es el apóstol torpe; es un creyente maduro que llama a otros creyentes a la madurez.

¿Qué poder obró en su vida para efectuar tal cambio? Desde luego, podemos apuntar al Espíritu Santo, que sembró las semillas que produjeron un fruto cada vez más visible en la personalidad de Pedro. Pero también hay un punto de referencia objetivo al que podemos apuntar, al que el mismo Pedro apuntó: la sangre de Cristo.

EL MENSAJE DE PEDRO

Al inicio de su primera carta, Pedro se dirige a un grupo diverso de cristianos dispersos por toda Asia Menor (que el día de hoy es Turquía) y celebra la obra del Dios triuno en sus vidas: el Padre los conoció de antemano, el Espíritu los santifica y Jesucristo los roció con Su sangre (1:2). 

El lenguaje del rociamiento evoca imágenes del Antiguo Testamento que vinculaban la sangre con el perdón de los pecados. Hay tres de esos pasajes que nos ayudan a entender el mensaje de Pedro con respecto a la sangre de la crucifixión de Cristo.

Levítico 4 es un capítulo saturado del problema del pecado y de la culpa del hombre delante de Dios. No obstante, está igualmente saturado de la gracia de Dios al proveer la remoción de la culpa a través de la ofrenda por el pecado. El sacerdote mataba un novillo y rociaba su sangre siete veces delante del Señor (vv. 6, 17). Como resultado, había expiación y perdón del pecado.

Éxodo 12 tiene lugar en medio de las plagas que sufrió Egipto debido a que Faraón se negó a dejar ir al pueblo de Dios. La última plaga es la matanza de los primogénitos de toda la tierra. La única manera de evitar este horror es que el pueblo de Dios mate un cordero sin defecto y coloque su sangre en los postes y dinteles de sus puertas (vv. 3-13). ¿El resultado? Dios en Su juicio «pasaría sobre» la casa marcada con la sangre; el cordero moriría y recibiría el juicio en lugar de los que estaban dentro de la casa.

Éxodo 24 nos ofrece una imagen vívida de la expiación sangrienta. Moisés confirma el pacto entre el Señor y Su pueblo escogido, momento en el cual el pueblo promete obedecer las palabras del pacto, y, en respuesta, ellos y el altar son rociados con la sangre del pacto (v. 8). Esto simboliza que, aunque el pueblo había prometido obedecer, hay una provisión para la desobediencia, un encubrimiento por medio de la expiación.

Cada uno de estos tres pasajes se cumple en Cristo. Él es nuestra ofrenda por el pecado, ofrecida una vez para siempre, que quita eternamente nuestra culpa delante de Dios por nuestro pecado (Heb 9:11-12). Él es nuestro sustituto (1 Pe 3:18), el Cordero sin defecto por cuya sangre es quitada nuestra culpa, de modo que Dios nos pasa por alto en Su juicio (1 Pe 1:19). Y Su sangre es la provisión para nuestra batalla continua, en la que mortificamos el pecado de forma imperfecta y buscamos obedecer a Jesucristo. Curiosamente, 1 Pedro 1:2 habla de «obedecer a Jesucristo» además de «ser rociados».

Así que cuando Pedro habla de «ser rociados con su sangre», les está diciendo a los cristianos que el registro de su culpa ha sido cubierto con Su sangre. Dios ya no lo ve, así que lo pasa por alto en Su juicio. Hemos sido «sanados» por las heridas sangrantes de Cristo (1 Pe 2:24). Esta es la primera «cura» de la que Toplady quería que cantáramos.

Sin embargo, las implicaciones de Éxodo 24 empiezan a apuntarnos a la segunda «cura» de la expiación de Cristo: por medio de la sangre reconocemos que hay una provisión continua para el pecado en la vida cristiana, de modo que nuestras transgresiones no son usadas en nuestra contra. De hecho, con la conciencia purificada de la culpa mediante la sangre (Heb 9:14), recibimos una libertad poderosa para procurar la obediencia.

Pedro apunta en esta dirección cuando escribe: «Y Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia» (1 Pe 2:24). Gracias a la sangre expiatoria de la cruz, buscamos la justicia. Sin embargo, no lo hacemos de forma irreal, como si no necesitáramos el perdón continuo de los pecados que caracterizará nuestras vidas hasta que Cristo vuelva. No lo hacemos con temor, como si nuestros esfuerzos estuvieran basados en nuestro propio fundamento tambaleante. Más bien, lo hacemos esperanzados, sabiendo que podemos resistir el pecado mediante esfuerzos basados en el fundamento firme de la sangre expiatoria y en el poder del Espíritu Santo. La sangre de Éxodo 24 constituyó al pueblo de Dios para que pudieran comenzar su peregrinación obediente hacia la tierra prometida, y así también la sangre del nuevo pacto de Cristo nos constituye como un pueblo perdonado que camina hacia Dios en santidad obediente.

Pedro sabía que la crucifixión había limpiado su culpa (1 Pe 5:1). Sabía que por el poder de la sangre podía «resistir» al diablo y buscar la obediencia (v. 9). Rociado con la sangre, Pedro fue muriendo cada vez más al pecado y viviendo cada vez más a la justicia. ¿Cuál fue el resultado? El discípulo que una vez fue impetuoso e inmaduro se transformó en un discípulo maduro y arrepentido, en un un discípulo salvado de la culpa del pecado.

El Dr. D. Blair Smith es profesor auxiliar de teología sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, Carolina del Norte.

Expiación y Propiciación

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento. 

EXPIACIÓN

La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIÓN

La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28). 

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios. 

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

Representación federal

El apóstol Pablo no creía que los seres humanos son básicamente buenas personas que hacen cosas malas. Los primeros capítulos de su epístola a los Romanos están dedicados a la proposición de que, con la excepción de Jesucristo, todo ser humano es por naturaleza injusto, culpable y digno de muerte. Pablo concluye que «tanto judíos como griegos están todos bajo pecado» (Rom 3:9).

Este retrato desolador y despiadado de la humanidad plantea al menos dos preguntas: ¿Por qué no vemos excepciones a la depravación humana universal? ¿Hay esperanza alguna para pecadores que están bajo la justa condenación de Dios y que no pueden hacer nada para librarse a sí mismos del juicio divino?

Pablo responde a ambas preguntas de una manera inesperada en Romanos. Nuestra difícil situación como pecadores se remonta en última instancia a Adán. Nuestra única esperanza como pecadores está en el segundo Adán, Jesucristo. En Romanos 5:12-21, el apóstol nos ayuda a ver cómo la obra de cada hombre, Adán y Jesús, afecta a los seres humanos hoy.

En Romanos 5:14, Pablo dice que Adán «es figura del que había de venir», es decir, Jesucristo. Al igual que Jesús, Adán fue un verdadero ser humano histórico. Aunque Jesús no es un simple hombre, es un verdadero hombre. Aquí Pablo afirma una correspondencia entre Adán y Jesús, pero en 1 Corintios el apóstol usa un lenguaje que nos ayuda a comprender mejor su relación. Si Adán es «el primer hombre», entonces Jesús es «el último Adán» (1 Co 15:45). Adán es «el primer hombre»; Jesús, «el segundo hombre» (v. 47). Adán y Jesús son hombres representativos. Nadie se interpone entre el primer hombre y el último Adán. Y nadie sigue a Jesús, el segundo hombre. Todo ser humano en todos los tiempos y lugares del mundo, nos dice Pablo, tiene una relación representativa con Adán o con Jesús (ver vv. 47-48). Es en el contexto de esta relación que lo que ha hecho el representante pasa a manos del representado.

En Romanos 5, Pablo examina estas relaciones representativas bajo el microscopio. El apóstol quiere que veamos cómo «una transgresión» de Adán afecta a todos los que están en Adán. Lo hace para ayudar a los creyentes (aquellos que están «en Cristo») a ver cómo les afecta la obediencia y la muerte de Cristo.

Algunos de los términos más importantes que usa Pablo en Romanos 5:12-21 se derivan de la sala de tribunal. Contra la «condenación» que pertenece a los que están en Adán está la «justificación» que pertenece a los que están en Cristo (vv. 16, 18). La palabra que a menudo se traduce como «constituidos» en el versículo 19 («Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» [énfasis añadido]) se traduce más precisamente como «designados». El punto de Pablo en este versículo no es que el pecado de Adán nos transforma personalmente en pecadores, ni que la obediencia de Jesús nos transforma personalmente en justos. Su punto aquí es que, a la luz de la desobediencia de Adán, aquellos a quienes Adán representa pertenecen a una nueva categoría legal (pecador). De manera similar, es debido a la obediencia de Jesús que a Su pueblo se le concede la entrada a una nueva categoría legal (justo).

El término teológico técnico que describe esta transacción que involucra al representante y al representado es imputación. El único pecado de Adán es imputado (aplicado) a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Adán» entran en condenación. Es decir, están sujetos a la justicia divina por el único pecado de Adán que se les imputa. Por otro lado, la justicia de Cristo se imputa a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Cristo» son justificados. Dios los considera justos, no por nada que hayan hecho, estén haciendo o hagan. Dios justifica a los pecadores únicamente sobre la base de la perfecta obediencia y plena satisfacción de Cristo, que Dios les imputa y que reciben por medio de la fe sola. 

Las dos imputaciones de Romanos 5:12-21 proporcionan la respuesta a las dos preguntas que planteamos anteriormente. La razón por la que «no hay justo, ni aun uno» (3:10) se deriva del hecho de que todos los seres humanos, excepto el segundo Adán, están por naturaleza condenados en Adán. Pablo nos muestra que junto con la condenación universal está la depravación universal. Es a la luz de la imputación del primer pecado de Adán a los seres humanos que estos seres humanos culpables, desde el momento de su concepción, heredan una naturaleza caída de sus padres.

Por estas razones, no hay esperanza ni ayuda que se pueda encontrar entre los que están «en Adán». Pero la esperanza y la ayuda están disponibles para los pecadores. Se encuentran solo en Jesucristo, el segundo y último Adán. El pecador recibe la justicia de Cristo solo por medio de la fe en Cristo. El pecador es justificado únicamente sobre la base de esta justicia. Sus pecados son perdonados y se le considera justo en el tribunal de Dios. Unido a Cristo y justificado por la fe en Él, el creyente llega a ser transformado a la imagen de Cristo por el poder del Espíritu Santo.

Una dificultad que la gente ha expresado a menudo con la enseñanza de Pablo en Romanos 5:12-21 se puede resumir en la objeción: «¡No es justo!». Muchos preguntan: «¿Es realmente justo que Dios me castigue por algo que otro ha hecho? Después de todo, nadie me preguntó si quería ser representado por Adán. ¿Cómo puede un Dios justo y bueno condenarme de esa manera?».

Esta objeción es seria y merece una cuidadosa reflexión. La realidad es que la relación representativa que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos destaca la bondad, la soberanía y la justicia de Dios. La bondad de Dios es evidente en Sus tratos con Adán en el jardín del Edén, tratos que se relacionan con cada persona a quien Adán representó. Dios creó a Adán como un hombre justo. Los pensamientos, las elecciones, los sentimientos y el comportamiento de Adán fueron todos sin pecado. Dios puso a Adán en el paraíso y le permitió disfrutar de Su generosidad. Dios le ofreció a Adán la promesa de la vida eterna confirmada y solo le pidió que se abstuviera, por un tiempo, de comer de un solo árbol en el jardín. Es difícil concebir circunstancias más ventajosas para nuestro representante, Adán. Cada detalle del pacto que Dios hizo con Adán refleja la bondad de Dios. Como pecadores que viven entre pecadores en un mundo pecaminoso, ¿habríamos tenido esperanza alguna de hacerlo mejor que Adán como nuestro representante en el jardín del Edén?

La relación representativa que Dios designó entre Adán y su descendencia ordinaria también da testimonio de la soberanía y la justicia de Dios. Tanto Adán como nosotros somos criaturas en las manos de Dios. Dios tiene el derecho de ordenar nuestras vidas de la manera que Él quiera, y nosotros no tenemos derecho a pedirle cuentas (ver Rom 9:19-20). Al actuar como lo hace, no nos hace ninguna injusticia. Al contrario, actúa de acuerdo con Su propio carácter justo.

Al pensar en la relación que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos, debemos recordar al menos dos consideraciones adicionales que están relacionadas. Primero, Dios no instituyó tal relación entre los ángeles. Cada ángel es individual ante Dios. Algunos ángeles han permanecido obedientes a Dios, mientras que otros ángeles cayeron en pecado. Dios no ha provisto ningún mediador para estos ángeles caídos y no les ofrece misericordia salvífica. Habiendo abandonado «su morada legítima, los ha guardado en prisiones eternas, bajo tinieblas para el juicio del gran día» (Jud 6).

En segundo lugar, Dios ha redimido a pecadores caídos e indignos a través del mismo tipo de relación representativa en la que caímos en pecado por medio de Adán. Cuando el pecador se une a Jesucristo por la fe sola, pasa de la condenación a la justificación y recibe gratuitamente la justicia de Jesucristo. El pecador no recibe este regalo de justicia por nada que él mismo haya hecho, esté haciendo o haga. Más bien, Dios en Su gracia atribuye esa justicia al pecador, quien la recibe por fe. E incluso esa fe es un don de Dios (Ef 2:8; Flp 1:29).

Por esta razón, como cristianos miramos la salvación que hemos recibido en Cristo y decimos: «¡No es justo!». Decimos esto no con un puño cerrado que muestra ira y desafío, sino con una mano abierta que muestra alabanza y acción de gracias. La buena noticia del evangelio es que Dios no nos ha dado lo que merecemos. Lo que merecemos es la condenación eterna. Pero Dios cargó nuestros pecados sobre Jesucristo en la cruz, y nos imputó la justicia de Su Hijo cuando creímos (2 Co 5:21). Dios no nos ha dado lo que nos corresponde. Nos ha dado lo que corresponde a Cristo. Él nos ha dado bendición en vez de maldición, justificación en vez de condenación, vida en vez de muerte y esperanza en vez de desesperación. Y al hacerlo, ha mostrado ser justo y el justificador del que tiene fe en Su Hijo (ver Rom 3:26).

En el día del juicio, los pecadores impenitentes no podrán culpar a nadie más que a sí mismos (2:1-11). Serán sentenciados y condenados justamente, y toda boca callará (Rom 3:19). Ese mismo día, los redimidos no nos jactaremos de nosotros mismos. Daremos toda alabanza y gloria a nuestro Salvador, el segundo Adán, el Señor Jesucristo.

Ese día aún no ha llegado. Hasta entonces, los cristianos podemos comenzar la obra de alabar a Cristo con nuestros cuerpos y nuestras mentes, con nuestras palabras y nuestras obras. Y podemos apuntar a otros hacia el Dios que, al ser rico en misericordia y abundante en amor, da vida junto con Cristo a pecadores muertos (Ef 2:4-5).

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

Conociéndome a mi mismo

«¿Qué quieres ser cuando seas grande?». Prácticamente todas las personas enfrentan esta pregunta en algún momento de su niñez.

Cuando yo era pequeño, las respuestas más comunes de los niños varones incluían «vaquero», «bombero» o  «jugador de béisbol», sin embargo, pocos de nosotros terminamos siendo vaqueros, bomberos o jugadores de béisbol. En algún momento, cuando la persona deja la niñez, pasa por la adolescencia y entra en la adultez, la pregunta «¿quién soy?» se libera (al menos en parte) de la fantasía infantil y es respondida en términos más serios, términos que a menudo están determinados por los duros golpes de la realidad.

Lo que es cierto para niños y niñas suele también serlo para las instituciones. De la misma forma que los individuos buscan una identidad, así también lo hacen las organizaciones . La Iglesia no es la excepción. Durante el segundo siglo de la historia cristiana, la Iglesia estuvo ocupada respondiendo la pregunta «¿quiénes somos?». Fue un tiempo de amalgama, codificación y definición. En ese siglo, la Iglesia reflexionó sobre su autoridad suprema (la Escritura), su teología y su organización.

Muy frecuentemente las organizaciones, incluso las naciones, se ven forzadas a definirse con mayor claridad y precisión por sus competidores o enemigos. Eso fue lo que le ocurrió a la Iglesia. Los primeros apologistas cristianos, como Justino Mártir, se esmeraron por clarificar la naturaleza de la Iglesia y el cristianismo para contrarrestar las falsas concepciones difundidas por personas ajenas a la Iglesia como los paganos y los judíos. De forma similar, la doctrina «ortodoxa» fue forjada con el martillo de la herejía. En ese entonces, al igual que ahora, la mayoría de los herejes afirmaban ser defensores del cristianismo verdadero. Sus errores y tergiversaciones obligaron a la Iglesia a definir sus creencias con más claridad.

La Iglesia del siglo II hizo importantes avances para definir la vida eclesiástica y la práctica cristiana.

El año 2001 Hans Küng, el controvertido teólogo católico-romano, publicó un nuevo libro sobre la Iglesia. Este tenía el simple título de La Iglesia católica: breve historia universal. Küng observó un cambio decisivo en cuanto a la actividad y la autoconciencia de la Iglesia prístina del primer siglo y la «institucionalización» de la Iglesia en el segundo siglo. Él señala que, para responder a los gnósticos y otros herejes como Marción y Montano, la Iglesia estableció claros cánones o estándares con respecto a lo que es verdaderamente cristiano, dentro de los cuales tenemos:

  1. Un credo resumido que comúnmente se usaba en el bautismo. El primer credo bautismal fue la simple afirmación «Jesús es el Señor». Más tarde, esta fórmula fue expandida para incluir afirmaciones de fe en el Dios Todopoderoso y en Jesucristo, el Hijo de Dios nacido el Espíritu Santo. Los rudimentos de lo que llegó a conocerse como «el Símbolo» o el Credo Apostólico, fueron añadidos en este momento. Posteriormente, se agregaron más afirmaciones para formar la versión final del credo.
  2. El canon del Nuevo Testamento. La elaboración de la lista de los libros inspirados fue provocada en gran parte por el trabajo del hereje Marción, que produjo su propio Nuevo Testamento expurgado. A pesar de que el canon neotestamentario no fue finalizado sino hasta finales del siglo IV, casi todo estaba formalmente en su lugar para fines del siglo II.
  3. El oficio docente episcopal. Este oficio evolucionó a medida que la Iglesia se movía en dirección al episcopado monárquico. Se volvió común apelar a las enseñanzas de los obispos para resolver las controversias teológicas. Küng sostiene que este tercer estándar representó un giro con respecto a la Iglesia de la era apostólica, que estaba compuesta por comunidades libres sin un único episcopado ni presbiterio. Él considera que las comunidades apostólicas eran iglesias completas y bien equipadas, que no carecían de nada. Más adelante, las iglesias congregacionalistas (y muchos puritanos) apelarían a estas comunidades como representantes de la estructura original de la Iglesia.

A pesar de que en ciertos aspectos estos cambios históricos lo entristecen, Küng afirma: «No se puede ignorar el hecho de que con los tres estándares mencionados anteriormente, la Iglesia católica creó una estructura para la teología y la organización, y junto a ella, un orden interno muy sólido».

La apreciación de Küng no es muy diferente del análisis protestante. En el libro Historia de la Iglesia cristiana, Williston Walker señala: «Así, de la lucha contra el gnosticismo y el montanismo surgió la Iglesia católica, con su fuerte organización episcopal, estándar de credo y canon autoritario. Era muy diferente de la Iglesia apostólica, pero había preservado el cristianismo histórico y lo había resguardado durante una tremenda crisis». 

Por cierto, Küng señala que los tres estándares establecidos por la Iglesia en el siglo II fueron atacados en eras posteriores. En el siglo XVI, la Reforma planteó dudas con respecto a la estructura episcopal de Roma. Luego, la Ilustración cuestionó tanto el canon de la Escritura como también la Regla de la fe del credo.

La Iglesia del siglo II también hizo importantes avances para definir la vida eclesiástica y la práctica cristiana. Durante los comienzos de la historia del cristianismo, la Iglesia hizo una distinción entre la proclamación (kerygma) y la instrucción (didache). La Iglesia apostólica era una iglesia misionera que iba más allá de las fronteras del judaísmo. Los gentiles eran alcanzados por la proclamación del evangelio en su forma básica. Se hacía énfasis en la persona y la obra de Cristo, en Su muerte y resurrección. Cuando los convertidos abrazaban a Cristo por medio de la fe, eran bautizados e ingresaban a la comunidad de la Iglesia. Luego, se les daba una instrucción más rigurosa en cuanto a la fe. Para este fin, en el siglo II se produjo un manual de orden eclesiástico conocido como Didaché o «La enseñanza de los doce apóstoles».

Este manual, descubierto apenas en 1873, provee reglas simples para las congregaciones locales, y aborda el bautismo, el aborto (que era considerado como asesinato), las limosnas, el ayuno, la Cena del Señor y otros asuntos. Establece un marcado contraste entre dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. Muchas de las amonestaciones que se encuentran en él son citas textuales de las Escrituras del Nuevo Testamento.

La Didaché terminó siendo utilizada como herramienta catequística y también como una guía para la vida cristiana. Como tal, representa el primer código escrito posapostólico de moralidad cristiana. A pesar de que no forma parte del canon de la Escritura, ofrece valiosas perspectivas sobre la manera en que la Iglesia primitiva se veía a sí misma.

La Iglesia del siglo II desarrolló un fuerte sentido de identidad. Este proceso continuó hasta bien entrado el siglo III, cuando nuevas herejías y nuevos conflictos con el Estado produjeron incluso más desarrollo y nuevas estructuras en la Iglesia.

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El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La Adoración familiar puesta en práctica 2

2. El dónde. La adoración familiar puede celebrarse alrededor de la mesa del comedor. Sin embargo, es posible que sea mejor trasladarse al salón, donde hay menos distracciones. Cualquiera que sea la habitación escogida, asegúrense de que contenga todo el material devocional. Antes de comenzar, descuelguen el teléfono u organicen que sea el contestador automático o el correo de voz, quien responda. Los hijos deben entender que la adoración familiar es la acti-vidad más importante del día y que no debe interrumpirse por nada.

  1. El cuándo. De manera ideal, la adoración familiar debería llevarse a cabo dos veces al día, por la mañana y por la tarde. Esto encaja mejor con las directrices bíblicas para la adoración en la administración del Antiguo Testamento, en el que se santificaba el principio y el final de cada día mediante el ofrecimiento de un sacrificio matutino y otro vespertino, así como las oraciones de la mañana y de la tarde. El Directorio de Adoración de Westminster declara: “La adoración familiar que debería realizar cada familia, es generalmente por la mañana y por la tarde, y consiste en oración, lectura de las Escrituras y alabanzas cantadas”.

Para algunos, la adoración familiar es rara vez posible más de una vez al día, después de la cena. De una manera u otra, los cabezas de familia deberían ser sensibles al programa familiar y mantener implicados a todos sus miembros. Cuando no puedan cumplir con los horarios programados, planeen con esmero y prepárense de antemano para que cada minuto cuente. Luchen contra todos los enemigos de la adoración familiar.

Durante la adoración familiar, que sus objetivos sean los siguientes:

  1. Brevedad. Como dijo Richard Cecil: “Haz que la adoración familiar sea breve, agradable, sencilla, tierna y celestial”. Cuando es demasiado larga, los niños se vuelven intranquilos y pueden ser provocados a ira.

Si adoran dos veces al día, prueben con diez minutos por la mañana y un poco más por la noche. Un periodo de veinticinco minutos de adoración familiar podría dividirse como sigue: Diez minutos para la lectura de las Escrituras y la instrucción; cinco minutos para leer una porción diaria o un libro edificante, o conversar sobre alguna preocupación bajo una luz bíblica; cinco minutos para cantar y cinco minutos para la oración.

2. Coherencia. Más vale tener veinte minutos de adoración familiar cada día que probar periodos más extensos unos cuantos días, por ejemplo cuarenta y cinco minutos el lunes y saltarse el martes. La adoración familiar nos proporciona “el maná que cae cada día a la puerta de la tienda, para que nuestras almas se mantengan vivas”, escribió James W. Alexander en su excelente libro sobre la adoración familiar.

No se permitan excusas para evitar la adoración familiar. Si pierden el dominio propio con su hijo media hora antes de la reunión, no digan: “Sería una hipocresía dirigir la adoración familiar, de modo que esta noche lo vamos a dejar”. No tienen que escapar de Dios en esos momentos. Más bien, deben regresar a él como el publicano arrepentido. Empiecen el tiempo de adoración pidiéndoles a cada uno de los que han presenciado su falta de dominio propio que les perdonen; a continuación, oren a Dios pidiendo perdón. Los niños los respetarán por ello. Tolerarán las debilidades y hasta los pecados en sus padres, siempre y cuando estos confiesen sus equivocaciones y procuren seguir al Señor con sinceridad. Ellos y ustedes saben que el sumo sacerdote del Antiguo Testamento no era descalificado por ser un pecador, pero sí tenía que ofrecer sacrificio primeramente por sí mismo, antes de poder presentarlo por los pecados del pueblo. Tampoco quedamos descalificados, ni ustedes ni nosotros, por el pecado confesado, porque nuestra suficiencia está en Cristo y no en nosotros mismos. Como afirmó A. W. Pink: “No son los pecados del cristiano, sino sus pecados no confesados, los que estrangulan el canal de bendición y hacen que tantos otros se pierdan lo mejor de Dios”.

Dirijan la adoración familiar con una mano firme, paternal y un corazón blando y arrepentido: Aun cuando estén extenuados después de su día de trabajo, oren pidiendo la fuerza de llevar a cabo su deber paternal. Recuerden que Cristo Jesús fue a la cruz por ustedes, agotado y exhausto, pero nunca dio un paso atrás en su misión. Al negarse ustedes a sí mismos, verán cómo Él los fortalece durante la adoración familiar, de manera que en el momento en que acaben, habrán vencido su agotamiento.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

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La Adoración familiar puesta en práctica 1

Acontinuación, unas sugerencias para ayudarles a establecer en sus hogares una adoración familiar que honre a Dios. Confiamos en que esto evite dos extremos: El planteamiento idealista que supera el alcance hasta del hogar más temeroso de Dios y el enfoque minimalista que abandona la adoración familiar diaria porque el ideal parece estar absolutamente por encima de sus capacidades.

Preparación para la adoración familiar
Antes de que ésta dé comienzo, deberíamos orar en privado pidiendo la bendición divina sobre esa adoración. A continuación, deberíamos planear el qué, el dónde y el cuándo de la misma.

El qué. Hablando de forma general, esto incluye la instrucción en la Palabra de Dios, la oración delante de su trono y cantar para su gloria. Sin embargo, es necesario determinar más detalles de la adoración familiar.

Primero, tengan Biblias y copias de El Salterio y hojas de canciones para todos los niños que saben leer. En el caso de niños demasiados pequeños, que no saben leer, lean unos cuantos versículos de las Escrituras y seleccionen un texto para memorizarlo como familia. Repítanlo en alto, todos juntos, varias veces como familia. A continuación, refuércenlo con una breve historia de la Biblia para ilustrar el texto. Tómense tiempo para enseñar sobre una o dos estrofas de una selección del Salterio a estos niños y aliéntenlos a cantar con ustedes.

Para los niños no tan pequeños, intenten usar Truths of God’s Word [Verdades de la Palabra de Dios], una guía para maestros y padres que ilustra cada doctrina. Para niños de nueve años en adelante, pueden usar Bible Doctrine [La doctrina bíblica] de James W. Beeke, una serie que va acompañada de directrices para el maestro. En cualquier caso, expliquen lo que han leído a sus hijos y formúlenles una o dos preguntas.

A continuación, canten uno o dos salmos, un buen himno o coro como “Dare to be a Daniel” (Atrévete a ser como Daniel). Terminen con una oración.

Para niños más mayores, lean un pasaje de las Escrituras, memorícenlo juntos y lean un proverbio y aplíquenlo. Hagan unas preguntas sobre cómo aplicar estos versículos a la vida cotidiana o, tal vez, lean una porción de los Evangelios y su correspondiente sección en el libro Expository Thoughts on the Gospels [Meditaciones sobre los Evangelios] de J. C. Ryle. Este autor es sencillo, a la vez que profundo. Sus claras ideas ayudan a generar conversación. Quizás les gustaría leer partes de una biografía inspiradora. No obstante, no permitan que la lectura de la literatura edificante sustituya la lectura de la Biblia o su aplicación.

El progreso del peregrino de John Bunyan, Guerra Santa o meditaciones diarias de Charles Spurgeon [como Morning and Evening (Mañana y tarde) o Faith’s Checkbook (Cheques del banco de la fe)] son adecuados para niños más espirituales. Los niños más mayores también se beneficiarán de Morning and Evening Exercises (Ejercicios matinales y vespertinos) de William Jay, Spiritual Treasury (Antología espiritual) de William Mason o Poor Man’s Morning and Evening Portions (Porciones matinales y vespertinas del pobre) de Robert Hawker. Después de esas lecturas, canten unos cuantos salmos familiares y, tal vez, podrían aprender uno nuevo antes de acabar con oración.

Asimismo, deberían utilizar los credos y las confesiones de su iglesia. Se les debería enseñar a los niños pequeños a recitar el Padrenuestro. Si se adhieren a los principios de Westminster, hagan que sus hijos memoricen poco a poco el Catecismo Menor. (Si su iglesia usa La Segunda Confesión Bautista de Londres, pueden usar el Catecismo de Spurgeon o el Catecismo de Keach.) Si en su congregación se usa el Catecismo de Heidelberg, la mañana del Sabbat cristiano (domingo) lean en el Catecismo la parte correspondiente al Día del Señor, del que predicará el ministro en la iglesia. Si tienen El Salterio, pueden hacer un uso ocasional de las formas de devoción que se encuentran en las oraciones cristianas. Utilizando estas formas en el hogar les dará la oportunidad —a ustedes y a sus hijos— de aprender a usarlas de una forma edificante y provechosa, una técnica que resulta muy útil cuando se usan las formas litúrgicas como parte de la adoración pública.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

Recuerdos de la adoración familiar 2

Cada uno de nosotros, desde nuestra más temprana edad, no considerábamos un castigo ir con nuestro padre a la iglesia; por el contrario, era un gran gozo. Los seis kilómetros y medio (4 millas) eran un placer para nuestros jóvenes espíritus, la compañía por el camino era una nueva incitación y, de vez en cuando, algunas de las maravillas de la vida de la ciudad recompensaban nuestros ávidos ojos. Otros cuantos hombres y mujeres piadosos del mejor tipo evangélico iban desde la misma parroquia a uno u otro de los clérigos favoritos en Dumfries; durante todos aquellos años, el servicio de la iglesia parroquial era bastante desastroso. Y, cuando aquellos campesinos temerosos de Dios se “juntaban” en el camino a la Casa de Dios o al regresar de ella, nosotros los más jóvenes captábamos inusuales vislumbres de lo que puede y debería ser la conversación cristiana. Iban a la iglesia llenos de hermosas ansias de espíritu; sus almas estaban en la expectativa de Dios. Volvían de la iglesia preparados e incluso ansiosos por intercambiar ideas sobre lo que habían oído y recibido sobre las cosas de la vida. Tengo que dar mi testimonio en cuanto a que la fe cristiana se nos presentaba con gran cantidad de frescura intelectual y que, lejos de repelernos, encendía nuestro interés espiritual. Las charlas que escuchábamos eran, sin embargo, genuinas; no era el tipo de conversación religiosa fingida, sino el sincero resultado de sus propias personalidades. Esto, quizás, marca toda la diferencia entre un discurso que atrae y uno que repele.

Teníamos, asimismo, lecturas especiales de la Biblia cada noche del Día del Señor: Madre e hijos junto con los visitantes leían por turnos, con nuevas e interesantes preguntas, respuestas y exposición, todo ello con el objeto de grabar en nosotros la infinita gracia de un Dios de amor y misericordia en el gran don de su amado Hijo Jesús, nuestro Salvador. El Catecismo menor se repasaba con regularidad, cada uno de nosotros contestábamos a la pregunta formulada, hasta que la totalidad quedaba explicada y su fundamento en las Escrituras demostrado por los textos de apoyo aducidos. Ha sido sorprendente para mí, encontrarme de vez en cuando con hombres que culpaban a esta “catequización” de haberles producido aversión por la fe cristiana; todos los que forman parte de nuestro círculo piensan y sienten exactamente lo contrario. Ha establecido los fundamentos sólidos como rocas de nuestra vida cristiana. Los años posteriores le han dado a estas preguntas y a sus respuestas un significado más profundo o las han modificado, pero ninguno de nosotros ha soñado desear siquiera que hubiéramos sido entrenados de otro modo. Por supuesto, si los padres no son devotos, sinceros y afectivos, —si todo el asunto por ambos lados no es más que trabajo a destajo o, peor aún, hipócrita y falso—, ¡los resultados deben ser de verdad muy distintos!

¡Oh, cómo recuerdo aquellas felices tardes del Día de reposo; no cerrábamos las persianas ni las contraventanas para que no entrara ni el sol, como afirman algunos escandalosamente! Era un día santo, feliz, totalmente humano que pasaban un padre, una madre y sus hijos. ¡Cómo paseaba mi padre de un lado a otro del suelo de losas, hablando de la sustancia de los sermones del día a nuestra querida madre quien, a causa de la gran distancia y de sus muchos impedimentos, iba rara vez a la iglesia, pero aceptaba con alegría cualquier oportunidad, cuando surgía la posibilidad o la promesa, de que algunos amigos la llevaran en su carruaje! ¡Cómo nos convencía él para que le ayudáramos a recordar una idea u otra, recompensándonos cuando se nos ocurría tomar notas y leyéndolas cuando regresábamos! ¡Cómo se las arreglaba para convertir la conversación de una forma tan natural hasta alguna historia bíblica, al recuerdo de algún mártir o cierta alusión feliz al Progreso del peregrino! Luego, sucedía algo parecido a una competición. Cada uno de nosotros leía en voz alta, mientras el resto escuchaba y mi padre añadía aquí y allí algún pensamiento alegre, una ilustración o una anécdota. Otros deben escribir y decir lo que quieran como quieran; pero yo también. Éramos once, criados en un hogar como éste, y nunca se oyó decir a ninguno de los once, chico o chica, hombre o mujer, ni se nos oirá, que el Día de reposo era aburrido o pesado para nosotros, o sugerir que hubiéramos oído hablar o visto una forma mejor de hacer brillar el Día del Señor y que fuera igual de bendito para los padres como para los hijos. ¡Pero que Dios ayude a los hogares donde estas cosas se hacen a la fuerza y no por amor!

Tomado de John G. Paton and James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

El estado de Gracia

Aunque no es muy probable que los lectores de la revista Tabletalk saquen su teología de las calcomanías para autos, sin duda algunos de ustedes habrán visto una que dice: «¡No soy perfecto, solo perdonado!». Si bien esta calcomanía pretende encapsular la verdad respecto a nuestro estado como pecadores salvados por el perdón de Dios en Cristo que nos llega por gracia, en realidad no logra su objetivo.

Sin duda, los cristianos no son perfectos. No obstante, esa no es toda la historia respecto a lo que la gracia salvadora de Dios en Cristo les otorga en esta vida. La frase pone de relieve una de las principales bendiciones de la obra salvadora de Cristo: el perdón. Pero, deja sin mencionar muchas bendiciones inherentes que también les son impartidas a los creyentes que están unidos a Cristo por medio de la fe. Cuando Cristo, por Su Espíritu y Su Palabra, imparte las múltiples bendiciones de Su obra salvadora como Mediador, estas bendiciones no solo incluyen el perdón, sino también la liberación del dominio del pecado y la renovación mediante el poder santificador de Su Espíritu.

Siguiendo el lenguaje del libro Human Nature in its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], escrito por el gran puritano escocés Thomas Boston, cuando Dios salva a los pecadores perdidos mediante la obra de Cristo y el ministerio del Espíritu, no los deja impotentes ante la tiranía del diablo, de su propia carne pecaminosa y del mundo bajo el dominio del pecado. Los saca de su estado de perdición en Adán y los introduce a su nuevo estado de gracia en Cristo. Si bien todos los pecadores caídos son incapaces de no pecar (non posse non peccare), los pecadores redimidos sí son capaces de no pecar (posse non peccare). Los creyentes son capacitados por gracia mediante el Espíritu de Cristo para comenzar a conformarse a la voluntad de Dios en verdadero conocimiento, justicia y santidad. Este comienzo puede ser «pequeño», pero es un comienzo de «obediencia perfecta», como bien lo expresa el Catecismo de Heidelberg. Los creyentes en unión con Cristo fueron sellados «con el Espíritu Santo de la promesa», quien garantiza su herencia hasta que tomen completa posesión de ella (Ef 1:13-14). Experimentan los albores de la vida eterna en comunión con Dios y estos albores son una especie de primicias de la plenitud de vida que gozarán en los nuevos cielos y la nueva tierra.

LA UNIÓN CON CRISTO Y EL ORDEN DE LA SALVACIÓN

Para poder apreciar las riquezas de las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes en el estado de gracia, debemos recordar que Cristo imparte estos beneficios a través del ministerio del Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Juan Calvino usa una frase encantadora para capturar la relación entre lo que Cristo ha obtenido para Su pueblo y la forma en que el Espíritu obra para unirlos a Cristo de modo que puedan participar en todos los beneficios de Su obra salvadora. El Espíritu Santo, dice Calvino, es el «ministro de la liberalidad de Cristo». Mediante el Espíritu, Cristo otorga libre y generosamente a Su pueblo las bendiciones que ha obtenido para ellos. Tan íntima es la relación entre el Espíritu y Cristo que el apóstol Pablo puede decir que «el Señor es el Espíritu» (2 Co 3:17) o que Él fue hecho «espíritu que da vida» (1 Co 15:45). Como lo expresa Calvino, el Espíritu es el «vínculo de comunión» entre Cristo y Su novia elegida. Él les comunica a los creyentes las riquezas de su herencia en Cristo.

En discusiones recientes en torno a la salvación mediante la unión con Cristo, se ha dicho mucho con respecto a la cuestión de cómo se relaciona esta unión con las bendiciones espirituales que se enumeran en lo que ha sido denominado el orden de la salvación (ordo salutis) en el estado de gracia. Estas discusiones a ratos han generado más calor que luz. Sin embargo, por lo general hay consenso en que el orden de la salvación ofrece un relato bíblico de todas las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes que están unidos a Cristo. A través del ministerio del Espíritu y la Palabra de Dios, los creyentes son llevados a la comunión con Cristo y comienzan a disfrutar de las bendiciones espirituales que son suyas en Él. El orden de la salvación busca proporcionar un relato bíblico de estas bendiciones como aspectos diferentes pero a la vez inseparables de la excepcional y gran obra del Espíritu en la salvación de los pecadores.

Quizás el testimonio bíblico más claro referente a los rudimentos del orden de la salvación es Romanos 8:29-30. En este pasaje, hallamos lo que a menudo se denomina la cadena de oro de la salvación:

Porque a los que [Dios] de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó.

Este pasaje es importante, no porque ofrece un orden completo de la salvación, sino porque nos provee un relato claro de la manera en que el propósito elector de Dios en gracia está ligado al llamamiento eficaz del evangelio, que lleva a los pecadores perdidos a Cristo por la senda de la fe y el arrepentimiento, les otorga la bendición de la justificación y asegura la glorificación del creyente. Cuando se observa en conjunto con otros testimonios escriturales sobre la obra de la gracia de Dios en la salvación de los elegidos, este pasaje es una piedra angular para formular el orden de la salvación de una manera más completa.

Puede ser útil distinguir tres grupos de beneficios que son otorgados mediante el ministerio del Espíritu cuando lleva a los creyentes a la comunión salvadora con Cristo. El primer grupo de beneficios describe la manera en que, normalmente, el Espíritu lleva a los elegidos a la unión con Cristo mediante el llamamiento eficaz, la regeneración y la conversión (la fe y el arrepentimiento). El segundo grupo de beneficios describe el nuevo estatus que los creyentes reciben en unión con Cristo, es decir, la justificación y la adopción. Por último, el tercer grupo de beneficios describe la nueva condición otorgada a los creyentes en unión con Cristo, es decir, su santificación y renovación en conformidad a la imagen de Cristo, que al final culmina en la glorificación. En consecuencia, la representación del orden de la salvación, que es efectuada mediante la unión con Cristo producida por el Espíritu, comúnmente incluye los siguientes aspectos: el llamamiento eficaz, la regeneración, la conversión (la fe y el arrepentimiento), la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación. Algunas de estas bendiciones son inconfundible y definitivamente obra de Dios (el llamamiento eficaz y la regeneración). Otras son acciones que Dios obra en los creyentes, pero que a la vez son propias de ellos (la fe y el arrepentimiento, la santificación y la perseverancia). Algunas se centran en actos judiciales de Dios que tienen relación con el estado del creyente ante Él (la justificación y la adopción). Otras son bendiciones transformadoras o renovadoras que renuevan progresivamente a los creyentes en santidad y conformidad a la imagen de Cristo (la santificación y la perseverancia). Todas ellas son propias del estado de gracia al que son llevados los pecadores perdidos según el propósito salvador de Dios.

EL LLAMAMIENTO EFICAZ, LA REGENERACIÓN Y LA CONVERSIÓN

La aplicación de la obra salvadora de Cristo por parte del Espíritu Santo comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración. Por la Palabra del evangelio, el Espíritu lleva a las personas que Dios escoge a la comunión con Cristo. El Espíritu acompaña la proclamación del evangelio convenciéndonos de nuestro pecado y de nuestra miseria, iluminando nuestras mentes en el conocimiento de Cristo, y renovando nuestras voluntades (Catecismo Menor de Westminster, 31). Cuando el llamado del evangelio va acompañado del Espíritu vivificador de Cristo, los elegidos son persuadidos, capacitados y llevados a responder a la Palabra con fe y arrepentimiento. Por esta razón, el apóstol Pablo habla del llamamiento eficaz del evangelio como una «demostración del Espíritu y de poder» para que nuestra fe «no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2:4-5). Sin la obra del Espíritu en la regeneración o el nuevo nacimiento, la Palabra por sí sola es incapaz de producir fe y arrepentimiento en los que son llamados a creer en Cristo y volverse de sus pecados. A menos que el Espíritu regenere u otorgue el nuevo nacimiento a los que son llamados por el evangelio, los pecadores perdidos permanecerán muertos en sus delitos y pecados, incapaces e indispuestos a cumplir las demandas del llamado del evangelio. Como Jesús anuncia en Su discurso sobre el nuevo nacimiento, nadie puede «ver» ni «entrar» en el Reino de Dios sin la obra del Espíritu (Jn 3:3-5). El nuevo nacimiento es, por completo, la obra del Espíritu. No producimos nuestro nuevo nacimiento en el plano espiritual más de lo que producimos nuestro nacimiento en el plano natural. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (3:6). Fuera de la obra del Espíritu en la regeneración, el estado de los pecadores caídos queda bien encapsulado en el dicho: «No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír». No obstante, en virtud de la obra del Espíritu en la regeneración, los ciegos pueden ver la gloria de Cristo y los ciegos pueden oír la Palabra hablada en el poder del Espíritu (1 Co 2:13; 2 Co 4:6).

Considerada en su sentido más preciso, la regeneración por el Espíritu puede distinguirse del llamamiento eficaz. En tal sentido, la regeneración se refiere a un acto inefable del Espíritu mediante el cual los pecadores espiritualmente muertos reciben la capacidad de escuchar la Palabra, saber y entender lo que proclama y estar dispuestos a abrazar lo que promete. Sin embargo, como el Espíritu ordinariamente obra con la Palabra, el llamamiento eficaz y la regeneración, aunque son diferentes, no deben separarse. El curso ordinario es que el Espíritu otorgue el nuevo nacimiento mediante el instrumento de la Palabra del evangelio, que es denominada la «simiente de la regeneración» en 1 Pedro 1:23. Mediante el uso que el Espíritu hace de la Palabra de verdad, los pecadores perdidos son nacidos de Dios como una suerte de «primicias de sus criaturas» (Stg 1:18). Cuando la regeneración va ligada a la obra del Espíritu por el ministerio de la Palabra, es virtualmente sinónima al llamamiento eficaz. En su sentido más amplio, la regeneración incluso puede entenderse como algo que incluye la conversión y todos los frutos del ministerio del Espíritu en el estado de gracia. Dichos frutos incluyen la fe y el arrepentimiento, la renovación a la imagen de Cristo, la santificación y la glorificación.

Cuando los pecadores perdidos son eficazmente llamados y convertidos por el ministerio del Espíritu y la Palabra, responden al llamado del evangelio con fe y arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento son gracias evangélicas diferentes pero inseparables que el Espíritu nos otorga a los pecadores perdidos a través del ministerio del evangelio (Hch 11:18; 13:48). La fe verdadera y salvadora consiste en el conocimiento, la convicción y la confianza de que el testimonio de la Palabra de Dios es verídico, en especial la promesa de que Cristo puede salvar «para siempre» a todos los que acuden a Él en fe (Heb 7:25). El arrepentimiento es, a la vez, un dolor profundo por el pecado y un gozo profundo en Dios por medio de Cristo. Cuando los creyentes se arrepienten, se vuelven del pecado a Dios, mortificando su carne pecaminosa y experimentando la vida en su nuevo hombre en Cristo. En lugar de continuar en el sendero del pecado y la desobediencia, comienzan a hacer buenas obras nacidas de la fe verdadera para la gloria de Dios y en conformidad al estándar de Su santa ley. Al igual que la fe, el arrepentimiento no es un mero acto que ocurre al comienzo de la vida del cristiano en el estado de gracia. Toda la vida cristiana, de principio a fin, es un alejamiento continuo o diario del pecado en dirección a Cristo. Durante el curso del peregrinaje del cristiano, la fe necesita ser nutrida y cultivada a través de los medios ordinarios de la gracia (la Palabra, los sacramentos y la oración). De igual forma, la vida del cristiano requiere volverse cada día del pecado a Dios en nueva obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN Y LA ADOPCIÓN: UN NUEVO ESTATUS

Cuando los creyentes son llevados a la unión con Cristo mediante la fe, gozan de dos beneficios por gracia que reflejan su nuevo estatus ante Dios. En su estado natural, los pecadores caídos están expuestos a la justa sentencia divina de la condenación y la muerte. En el estado de gracia, los creyentes ya no están bajo la condenación de la ley ni tampoco obligados a hallar el favor de Dios haciendo lo que la ley requiere. Más bien, gozan de la gracia de la justificación gratuita. La justificación es el veredicto en que Dios declara por Su gracia que los que están en Cristo por medio de la fe son justos ante Él y tienen derecho a la vida eterna. Dios declara a los creyentes justos en Cristo otorgándoles e imputándoles Su obediencia, Su rectitud y la satisfacción de la justicia divina. Cuando los creyentes reciben la justicia de Cristo a través de la sola fe, gozan de la gracia de la aceptación gratuita de Dios. Además, en virtud del acto divino de adopción en Cristo por gracia, también gozan de todos los derechos y privilegios propios de los que son Sus hijos. Reciben un «espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8:15; Gal 4:5-6). Las gracias de la justificación y la adopción gratuitas les permiten a los creyentes vivir en el gozo, la paz y la confianza de que son aceptados en el favor divino y tienen todos los derechos de los hijos adoptados.

LA SANTIFICACIÓN Y LA PERSEVERANCIA: UNA NUEVA CONDICIÓN

Mediante el Espíritu y la Palabra, los creyentes también disfrutan las bendiciones de la santificación y la perseverancia en unión con Cristo. El propósito de la redención del creyente es la conformidad perfecta a Cristo (Rom 8:29). Aunque este objetivo no puede alcanzarse en esta vida, el Espíritu de Cristo comienza a renovar a los creyentes en la senda de la obediencia. El apóstol Pablo nos presenta una descripción impactante de esta obra del Espíritu en Romanos 8:9-11: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en vosotros» (cp. Gal 5:16-26). La bendición de la santificación libra de su antigua esclavitud al pecado a los que están en el estado de gracia y los posiciona en Cristo para que vivan según la «exigencia justa de la ley» (Rom 8:4, NTV, ver 6:15-23). Aunque el estado de gracia nunca es uno de perfección ni de ausencia de pecado en esta vida, sí constituye la inauguración de la vida de la nueva creación que culmina en el estado de glorificación. En este aspecto, el estado de gracia sobrepasa al estado de inocencia del que gozó la raza humana en Adán antes de la caída. Mientras el estado de inocencia era mutable y susceptible a ser perdido por la desobediencia, el estado de gracia viene con la garantía de vida inmutable e inquebrantable en comunión con Dios. En el estado de gracia, los creyentes tienen al Espíritu habitando en ellos, que es prenda y garantía de su herencia completa en Cristo (Jn 14:16-17; 2 Co 5:5).

Dos consecuencias fluyen de lo que las Escrituras enseñan sobre el estado presente de los creyentes en unión con Cristo mediante la obra del Espíritu. En primer lugar, los creyentes son impulsados a repetir las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 3:12-14:

No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello [conocer a Cristo y el poder de Su resurrección] para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. […] Yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Y en segundo lugar, estas enseñanzas motivan a los creyentes a darles todos los usos posibles a los medios de gracia ―el ministerio de la Palabra por parte de la Iglesia, los sacramentos y la oración― a fin de crecer en la gracia y recibir lo que Cristo les otorga por gracia mediante Su Espíritu.

El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

Recuerdos de la adoración familiar 1

El “cuartito de oración” era una habitación pequeña entre las otras dos, que sólo tenía cabida para una cama, una mesita y una silla, con una ventana diminuta que arrojaba luz sobre la escena. Era el santuario de aquel hogar de campo. Allí, a diario y con frecuencia varias veces al día, por lo general después de cada comida, veíamos a mi padre retirarse y encerrarse; nosotros, los niños, llegamos a comprender a través de un instinto espiritual (porque aquello era demasiado sagrado para hablar de ello) que las oraciones se derramaban allí por nosotros, como lo hacía en la antigüedad el Sumo Sacerdote detrás del velo en el Lugar Santísimo. De vez en cuando oíamos los ecos patéticos de una voz temblorosa que suplicaba, como si fuera por su propia vida, y aprendimos a deslizarnos y a pasar por delante de aquella puerta de puntillas para no interrumpir el santo coloquio. El mundo exterior podía ignorarlo, pero nosotros sabíamos de dónde venía esa alegre luz de la sonrisa que siempre aparecía en el rostro de mi padre: Era el reflejo de la Divina Presencia, en cuya conciencia vivía. Jamás, en templo o catedral, sobre una montaña o en una cañada, podría esperar sentir al Señor Dios más cerca, caminando y hablando con los hombres de forma más visible, que bajo el techo de paja, zarzo y roble de aquella humilde casa de campo. Aunque todo lo demás en la religión se barriera de mi memoria por alguna catástrofe impensable, o quedara borrado de mi entendimiento, mi alma volvería a esas escenas tempranas y se encerraría una vez más en aquel cuartito santuario y, oyendo aún los ecos de aquellos clamores a Dios, rechazaría toda duda con el victorioso llamado: “Él caminó con Dios, ¿por qué no lo haría yo?”.

Al margen de su elección independiente de una iglesia para sí mismo, había otra marca y fruto de su temprana decisión piadosa que, a lo largo de todos estos años, parece aún más hermosa. Hasta ese momento, la adoración familiar se había celebrado en el Día de Reposo, en la casa de su padre; pero el joven cristiano conversó con su simpatizante madre y consiguió convencer a la familia que debía haber una oración por la mañana y otra por la noche, cada día, así como una lectura de la Biblia y cánticos sagrados. Y esto, de buena gana, ya que él mismo accedió a tomar parte con regularidad en ello y aliviar así al vie-jo guerrero de las que podrían haber llegado a ser unas tareas espirituales de-masiado arduas para él. Y así comenzó, a sus diecisiete años, esa bendita costumbre de la oración familiar, mañana y tarde, que mi padre practicó probablemente sin una sola omisión hasta que se vio en su lecho de muerte, a los setenta y siete años de edad; cuando, hasta el último día de su vida, se leía una porción de las Escrituras y se oía cómo su voz se unía bajito en el Salmo y sus labios pronunciaban en el soplo de su aliento, la oración de la mañana y la tarde, cayendo en dulce bendición sobre la cabeza de todos sus hijos, muchos de ellos en la distancia por toda la tierra, pero todos ellos reunidos allí ante el Trono de la Gracia. Ninguno de ellos puede recordar que uno solo de aquellos días pasara sin haber sido santificado de ese modo; no había prisa para ir al mercado, ni precipitación para correr a los negocios, ni llegada de amigos o invitados, ni problema o tristeza, ni gozo o entusiasmo que impidiera que, al menos, nos arrodilláramos en torno al altar familiar, mientras que el Sumo Sacerdote dirigiera nuestras oraciones a Dios y se ofreciera allí él mismo y sus hijos. ¡Bendita fue para otros como también para nosotros mismos la luz de semejante ejemplo! He oído decir que muchos años después, la peor mujer del pueblo de Torthorwald, que entonces llevaba una vida inmoral, fue cambiada por la gracia de Dios y se dice que declaró que lo único que había impedido que cayera en la desesperación y en el infierno del suicidio, fue que en las oscuras noches de invierno ella se acercaba con cautela, se colocaba debajo de la ventana de mi padre y lo escuchaba suplicar en la adoración familiar que Dios convirtiera “al pecador del error de los días impíos y lo puliera como una joya para la corona del Redentor”. “Yo sentía —contaba ella— que era una carga en el corazón de aquel buen hombre y sabía que Dios no lo decepcionaría. Ese pensamiento me mantuvo fuera del infierno y, al final, me condujo al único Salvador”.

Mi padre tenía el gran deseo de ser un ministro del evangelio; pero cuando finalmente vio que la voluntad de Dios le había asignado otro lote, se reconcilió consigo mismo haciendo con su propia alma este solemne voto: Que si Dios le daba hijos, los consagraría sin reservas al ministerio de Cristo, si al Señor le parecía oportuno aceptar el ofrecimiento y despejarles el camino. Podría bastar aquí con decir que vivió para ver cómo tres de nosotros entrábamos en el Santo Oficio y no sin bendiciones: Yo, que soy el mayor, mi hermano Walter, varios años menor que yo y mi hermano James, el más joven de los once, el Benjamín de la manada…

Continuará …

Tomado de John G. Paton and James Paton, John G. Paton: Missionary to the New Hebrides.


John G. Paton (1824-1907): Misionero presbiteriano escocés en las Nuevas Hébridas; empezó su obra en la isla de Tanna, que estaba habitada por caníbales salvajes; posteriormente evangelizó Aniwa; nació en Braehead, Kirkmaho, Dumfriesshire, Escocia.

Iglesia Radical

En este libro, hay dos principios clave fundamentales que deberían dar forma a la manera en que ‘hacemos iglesia’: el evangelio y la comunidad. Los cristianos estamos llamados a una fidelidad doble, fidelidad primeramente al núcleo esencial del evangelio, y fidelidad también al contexto particular de la comunidad en que se vive lo que se cree. Sea que pensemos en la evangelización, en un compromiso social, en el cuidado pastoral, en la apologética, en el discipulado o en la enseñanza y formación, el contenido esencial tendrá siempre como referencia el evangelio cristiano, siendo su contexto el de una comunidad cristiana comprometida. Nuestra identidad como creyentes queda necesariamente configurada por el evangelio y por la comunidad. Centralidad en el contenido y mensaje del evangelio que tiene una doble vertiente. En primer lugar, supone un estar centrados en palabras, porque así es como se comunica. El evangelio es una buena noticia y es un mensaje muy concreto y particular. En segundo lugar, conlleva plantearse una misión especial por ser el evangelio palabra para proclamación —el evangelio es buena noticia y también un mensaje para ser proclamado y difundido. Todo ello se traduce en el fondo en ¡tres principios fundamentales! Una adecuada puesta en práctica ha de caracterizarse por (1) estar centrada en la palabra contenida en el Evangelio, (2) una fidelidad a su contenido por ser palabra misionera y (3) estar centrada en la comunidad.

Centrada en el Evangelio:

a. centrada en la palabra.

b. centrada en la misión.

2. Centrada en la comunidad.

Tal vez el lector piense que es decir algo obvio. Y, de hecho, eso es precisamente lo que esperamos que ocurra. Pero, antes de seguir adelante, nos gustaría dejar bien claros un par de puntos más a modo de introducción.

En su práctica, los creyentes evangélicos conservadores ponían un debido énfasis en el Evangelio o en la Palabra. Otros, en cambio, y de forma más o menos simultánea, como los que pertenecen a la denominada iglesia emergente, resaltan la importancia de la comunidad. La iglesia emergente es un movimiento de contornos no muy bien definidos, constituido por personas que se plantean nuevas formas de hacer iglesia. Cada uno de estos grupos recela del enfoque contrario, considerándolo débil y no muy adecuado en los puntos en que, respectivamente, creen ser más fuertes que la parte contraria. A los creyentes de talante conservador les preocupa que la iglesia emergente se toma a la ligera lo relacionado con una verdad y el que estén excesivamente influidos por el posmodernismo. La iglesia emergente, a su vez, acusa a las iglesias tradicionales de estar demasiado institucionalizadas, excesivamente centradas en la programación y con un trato duro y poco considerado entre sus miembros.

Llegados a este punto (Dicen los autores), permítasenos, como autores, mostrar nuestra enseña personal al respecto. De entrada, coincidimos con los conservadores en que la iglesia emergente no se toma en serio la existencia de una verdad básica de referencia. Aun así, no creemos que la solución esté en sospechar de su valor comunitario. De hecho, estamos convencidos de que la iglesia emergente puede errar en la faceta comunitaria por no prestar la necesaria atención al factor de la verdad esencial. Si la comunidad cristiana deja de gobernarse por la verdad, tal como debería ser en todos sus posibles apartados, puede caer muy fácilmente en lo caprichoso o indulgente. Existe el peligro real de que la comunidad se reduzca al plano limitado de mi persona y de aquellos con los que me reúno para hablar sencillamente de Dios —una especie de iglesia al estilo de la generación de Friends, esto es, de treintañeros de clase media. No es que esto sea cierto en todas las congregaciones que se autodenominan iglesia emergente, pero el peligro sigue estando ahí. Únicamente la verdad del Evangelio traspasa las barreras de edad, raza y clase social.

Con frecuencia, nos encontramos con personas que reaccionan en contra de la experiencia tenida en iglesias conservadoras de corte muy institucional, con programas en extremo rígidos y con una falta de autenticidad. En esos casos, la iglesia emergente parece ser la única opción viable. Pero también tenemos contacto con personas dentro del movimiento de la iglesia emergente que tienen un deseo de ‘hacer iglesia’ en una forma distinta, pero que, aun así, no quieren aceptar sin más las nociones posmodernas o postevangélicas de la noción de verdad. En ese sentido, creemos que existe una alternativa. Tenemos que volver a entusiasmarnos con la verdad y con la misión evangelizadora, y debemos asimismo mostrar entusiasmo en nuestras relaciones personales y en la comunidad de la fe.

La fiel aplicación de estos principios tiene el potencial necesario para poner en marcha cambios fundamentales y de largo alcance respecto a nuestro modo de vivir esa realidad que es la iglesia local. La teología que realmente cuenta no es aquella que decimos creer, sino la que realmente practicamos y hacemos nuestra. John Stott expresó unas muy acertadas palabras al respecto:

‘Las estructuras estáticas, inflexibles y centradas en ellas mismas no merecen otro calificativo que el de ‘estructuras heréticas’, y ello por encerrar en sí una doctrina herética de la iglesia’. Si, en nuestra vivencia particular, la vida de iglesia se ha convertido en ‘una estructura que se tiene a sí misma como fin, no siendo un medio para transmitir salvación al mundo, será, sin duda alguna, una estructura herética.

Como puntos distintivos de una iglesia centrada en el Evangelio y en la comunidad, cabe señalar:

Ver la iglesia como una seña de identidad y no como una carga de responsabilidad que solucionar junto con otros compromisos; disfrutar con las cosas cotidianas de la existencia como contexto en el que la palabra de Dios se proclama de forma espontánea y natural; no sobrecargar a la iglesia con actividades propias para poder dedicar más tiempo a personas no creyentes; poner en marcha nuevas congregaciones, en lugar de engrosar las ya existentes; preparar charlas bíblicas con otras personas, en vez de limitarnos a estudiar la Biblia por nuestra cuenta y a solas; hacer verdaderamente nuestra una conciencia de misión pastoral que abarque la totalidad de nuestra existencia y no empeñarnos en solucionarlo todo con ministerios específicos; cambiar el énfasis de enseñanza de la Biblia a aprendizaje de la Biblia, y a una puesta en acción; pasar más tiempo con los marginados de la sociedad; aprender a ‘discipularnos’ entre nosotros en el trato diario; ser congregaciones con compromiso, aun con sus fallos, antes que ser iglesias de apariencias.

El título que hemos escogido para este libro, Iglesia radical, apunta a una Iglesia que no es tan sólo un local al que asistir o visitar. La iglesia tiene que ser una identidad hecha nuestra en Cristo. Identidad que da forma y fondo a la totalidad de nuestras vidas, y ello de tal forma que vida y misión se fundan en una ‘iglesia total’. ¿Es nuestra experiencia la de un ‘evangelio y algo más’, y que requiere por tanto un ‘extra’ —en nuestro caso, una comunidad cristiana—, o, por el contrario, es algo que pone trabas al poder de salvación del Evangelio? La respuesta, evidentemente, variará según transmitamos el contenido y mensaje de ese evangelio, dependiendo todo ello en gran medida de si vemos el Evangelio tan sólo como la historia de Dios salvando a las personas de forma individual, o si es Dios dando forma y fondo a una nueva humanidad en Cristo. La primera parte del libro está dedicada al ‘Evangelio y comunidad como principios’, indicándose varias de las razones que han de llevarnos a hacer del evangelio y de la vida de comunidad lo esencial y principal en la práctica cristiana como vivencia y como misión. En la segunda parte, ‘Evangelio y comunidad en la práctica’, se aplica ese doble enfoque a diversas áreas de funcionamiento dentro de la vida de iglesia. Los miembros de la iglesia más dados a la actividad puede que tengan la tentación de saltarse la primera parte para concentrarse directamente en la segunda, pero lo cierto es que las aplicaciones prácticas de la segunda parte están ligadas al contenido y convicciones de la primera. Nuestra intención es ir más allá de una mera recopilación de ‘buenas ideas’ para la vida de iglesia. Es por eso por lo que analizamos detalladamente las implicaciones de lo que proclamamos y creemos respecto al Evangelio y su mensaje.

ÍNDICE

Introducción

Parte 1: El Evangelio y la comunidad como principios fundamentales.

1 ¿Por qué el Evangelio?

2 ¿Por qué la comunidad?

Parte 2: El Evangelio y la comunidad en la práctica.

3 La evangelización

4 El compromiso social

5 Creación de nuevas iglesias

6 La misión mundial

7 Discipulado y formación

8 El cuidado pastoral

9 La espiritualidad

10 La teología

11 La apologética

12 Niños y jóvenes

13 El éxito

Conclusión: Pasión por Dios

Andamio Editorial 254 pp. Junio 2014

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http://www.solosanadoctrina.com/tienda/iglesia/882-iglesia-radical-evangelio-y-comunidad.html

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El estado de naturaleza

La vida en el Edén era maravillosa. Nuestros primeros padres experimentaron la vitalidad completa en lo mejor de una creación prístina y hermosa. Era un mundo sin sufrimiento ni muerte. Todo era muy bueno, y, en el centro de todo, Adán y Eva disfrutaban de una comunión perfecta con Dios y entre ellos en su estado de inocencia.

Luego del gozo del matrimonio de Adán y Eva en Génesis 2, la serpiente, que «era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho» (Gn 3:1), apareció en el Edén. Sabemos por otros pasajes de la Escritura que Dios, quien es soberano sobre todo en santidad perfecta, no es ni puede ser el autor del mal (Dt 32:4; Job 34:10; Is 6:3). Génesis no revela la razón por la que Dios permitió a Satanás rebelarse, calumniar y engañar, ni tampoco está revelado plenamente por qué Dios se propuso que el hombre pudiera pecar contra Él. Pero, como en el caso del libro de Job, sí se nos revela lo que necesitamos saber. Los eventos de Génesis 3 son acordes al consejo de la santa voluntad de Dios, y, en última instancia, sirven para revelar Su gloria y cooperan para el bien de Su pueblo.

Luego de haber caído de la gloria angelical en su propia rebelión, Satanás entabló una conversación con Eva en el Edén. Usando el engaño y la calumnia, tentó a Eva a que probara el fruto del único árbol que Dios había prohibido: «¿Conque Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”?… Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal» (Gn 3:1, 4-5).

Eva interiorizó la tentación externa de Satanás, dando espacio en su corazón y en su mente a la narrativa de la serpiente, pasando de la atracción al deseo de actuar. Y a pesar de esto, el pecado de Eva no fue el más importante: Adán estaba allí a su lado (v. 6). El apóstol Pablo nos dice que «el pecado entró en el mundo por un hombre» (Rom 5:12). Dios había creado primero a Adán y le ordenó personalmente que no comiera del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:17). Adán era el esposo y la cabeza federal de Eva; él representaba a Eva y a todos los hijos que ellos tendrían delante de Dios. Si bien Eva también estaba consciente de la prohibición de Dios respecto a comer del árbol, Adán sabía en todo momento que las palabras de Satanás eran mentira. Él no fue engañado (1 Tim 2:14), aunque Eva sí lo fue. Adán sabía que ella estaba siendo engañada, pero permaneció en silencio. En lugar de reprender y rechazar la tentación externa, tanto Adán como Eva eligieron libremente interiorizarla y aprobarla. Este fue el comienzo de su pecado, que precedió al acto de tomar el fruto y comerlo: «Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer… y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió» (Gn 3:6). El deseo pecaminoso dio a luz al acto pecaminoso cuando Adán y Eva fueron «llevados y seducidos» por sus propios deseos (Stg 1:14).

Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él. 

Cuando Adán y Eva pecaron, ocurrió un cambio masivo. Dios los había creado con «conocimiento, justicia y verdadera santidad, según su propia imagen. Ellos tenían la ley de Dios escrita en sus corazones y el poder para cumplirla… sin embargo, con la posibilidad de transgredirla, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad» (Confesión de Fe de Westminster 4.2). Tenían la capacidad tanto de no pecar como de pecar (posse non peccare et posse peccare). Pero ahora sucedió aquello de lo que Dios les había advertido amorosamente: «En el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:17). Adán y Eva comenzarían a morir físicamente, encontrándose ahora expuestos a la enfermedad, los accidentes y a la muerte inevitable. Sin embargo, también murieron espiritualmente, cayendo a un estado de ser incapaces de no pecar (non posse non peccare). El pecado, la culpa y la incapacidad de no pecar se convirtieron en realidades determinantes de su estado de existencia. La Confesión de Fe de Westminster lo expresa de esta manera: «Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado, y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo» (6:2). En ese momento, pasaron de la maravillosa luz y comunión con Dios a la muerte espiritual, las tinieblas y la separación de Él.

El cambio de Adán y Eva fue dramático. La ley de Dios escrita en sus corazones ya no era su gozo y sabiduría, sino su condenación. Luego de comer del fruto, los marcó de inmediato un sentido de vergüenza, culpa, y exposición, tanto entre ellos como ante Dios. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (Gn 3:7). Su instinto inmediato como pecadores fue tratar de cubrir su vergüenza con hojas de higuera, escondiéndose entre los árboles del jardín en un intento inútil de evitar la presencia de Dios. Tenían miedo de Él, así que buscaron la oscuridad en lugar de la luz. Cuando fueron llamados a rendir cuentas, tanto Adán como Eva rehusaron responder honestamente las preguntas del Señor. «Con injusticia [restringieron] la verdad… Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido» (Rom 1:18, 21). Adán culpó a Eva; Eva culpó a la serpiente. Su integridad anterior en conocimiento, justicia y santidad desapareció. Aunque la imagen de Dios permaneció en ellos, ahora estaba distorsionada y desfigurada por el pecado.

La vida de Adán y Eva en el jardín antes de la caída existía en el contexto del pacto de vida (también conocido como pacto de obras) realizado con ellos. Los teólogos consideran que dicho pacto fue establecido en la creación de Adán y Eva a la imagen de Dios y fue expresado tanto de forma positiva en la bendición y el llamado a ser fructíferos, multiplicarse y ejercer dominio (Gn 1:28-30) como en la provisión de todo árbol del jardín para sustento junto con la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2:16-17). La Escritura deja claro que este pacto de vida fue realizado específicamente con Adán como el representante federal de toda la humanidad. Pablo habla de esto en Romanos 5, donde describe a Adán como el hombre por medio del cual el pecado, con la consecuencia de la muerte, entró al mundo «a todos los hombres» (Rom 5:12). Primera a los Corintios 15 hace eco de esto al comparar al primer hombre, «Adán [en quien] todos mueren», con Cristo (1 Co 15:22, 45-49).

Mientras el Nuevo Testamento nos habla de la posición de Adán como cabeza pactual, cuando leemos Génesis 1 – 3 con esto en mente, nos damos cuenta que ya era evidente. El Señor le ordena a Adán las disposiciones y la prohibición del pacto de vida antes de la creación de Eva. Cuando Adán y Eva caen en pecado, Adán es el primero en ser llamado a rendir cuentas. Él es quien, como cabeza del pacto, recibe las palabras que promulgan la maldición pactual de la muerte: «Comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (3.19). Como Adán era el primer padre de toda la humanidad y también su cabeza pactual, la consecuencia de su pecado tuvo un alcance universal: «Toda la raza humana descendiente de Adán por generación ordinaria, pecó y cayó en él en su primera transgresión» (Catecismo Menor de Westminster, 16). Es por esto que todos desde Adán, excepto nuestro Señor Jesucristo, han sido concebidos y han nacido en pecado (Sal 51.5). Es por esto que «no hay justo, ni aun uno» (Rom 3:10). Pecamos en Adán: su pecado como nuestra cabeza federal nos es imputado. Como sus descendientes, nacemos en el consecuente estado caído de la naturaleza. 

Pero el alcance de las consecuencias va más allá de la humanidad universalmente caída. John Murray observa:

El pecado se origina en el espíritu y reside en el espíritu… pero afecta drásticamente lo físico y lo no espiritual. Sus relaciones son cósmicas. «Maldita será la tierra por tu causa… espinos y abrojos… la creación fue sometida a vanidad… la creación entera a una gime».

El desorden, el sufrimiento y la muerte se introdujeron en el tejido de todo el cosmos bajo el peso de la maldición.

Cuando entendemos estas realidades, comenzamos a entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Por qué el sufrimiento y la muerte afligen a la creación? ¿Por qué deseamos las cosas que deseamos? ¿Por qué las personas que nos rodean hacen lo que hacen de la manera en que lo hacen? Es porque estamos caídos en Adán en el estado de naturaleza, separados de la vida y la comunión con Dios, y bajo Su maldición. Es porque, libremente y apartados de la gracia, solo queremos «cambiar la verdad de Dios por la mentira» y adorar y servir «a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos» (Rom 1:25). Estos efectos del pecado en la raza humana se describen con los términos teológicos de depravación total e incapacidad total. A menos que sean traídos por Dios al estado de gracia, todos los seres humanos son «por nacimiento hijos de ira, incapaces de ningún bien salvífico, e inclinados al mal, muertos en pecados y esclavos del pecado… y no quieren ni pueden volver a Dios… sin la gracia del Espíritu Santo, que es quien regenera» (Cánones de Dort 3/4.3).

Esto no significa que Adán, Eva y toda su posteridad sean inmediata o constantemente tan malvados como podrían serlo. Génesis narra mucho pecado y miseria, pero queda claro que algunos en el estado de naturaleza son más malvados que otros (ver Gn 4:23-24) y que ha habido momentos en los que la maldad aumentó y fue «mucha en la tierra» (6:5) en mayor medida que en otros tiempos. Los creyentes muestran el pecado remanente al mismo tiempo que los incrédulos muestran la gracia común. Tanto Faraón como Abimelec hicieron un bien externo al reprender a Abraham por su engaño (Gn 12:18, 20:9-10). Los Cánones de Dort señalan de manera útil que «después de la caída aún queda en el hombre alguna luz de la naturaleza, mediante la cual conserva algún conocimiento de Dios, de las cosas naturales, de la distinción entre lo lícito y lo ilícito, y también muestra alguna práctica hacia la virtud y la disciplina externa» (3/4.4). Aunque sigue estando distorsionada, la imagen de Dios en el hombre no está perdida completamente en el estado de naturaleza, debido a Su gracia común o restrictiva. Por eso, disfrutamos de la compañía de los buenos vecinos que no son cristianos, pero comparten sus herramientas de jardinería o nos ayudan después de una tormenta, aunque viven desafiando a Dios. No obstante, sus «buenas obras» no son verdaderas buenas obras que se conforman al estándar de Dios para lo que es bueno porque no son hechas en obediencia a Dios, para Su gloria ni son fruto de la fe en Cristo.

Hoy en día, las realidades del estado de naturaleza que nos son reveladas en la Escritura están siendo cuestionadas en varios frentes. Uno de ellos se encuentra en nuestro contexto evangélico contemporáneo, donde hay esfuerzos continuos por rechazar la historicidad de Adán y Eva como los primeros padres de toda la humanidad. Hay una creciente variedad de intentos de leer los primeros capítulos de Génesis usando nuevos métodos hermenéuticos. Aunque el impulso parece ser el deseo de armonizar el Génesis con la teoría de la evolución, las pérdidas bíblicas y teológicas son significativas. Algunos revisionistas tratan de argumentar que los primeros capítulos de Génesis no importan siempre y cuando haya existido un «Adán» en algún momento de la historia evolutiva que haya funcionado como cabeza federal de la humanidad contemporánea, futura y posiblemente incluso anterior. Si bien podemos estar agradecidos de que conserven vestigios de un Adán histórico, este planteamiento trae consigo la pregunta del lugar que tiene el hecho de que Adán haya actuado como cabeza pactual en su relación con todos sus descendientes por generación ordinaria. Si abandonamos eso, también estamos abandonando el fundamento bíblico y teológico de la generación extraordinaria y única de Jesús, la Simiente de la mujer, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la virgen María como el segundo Adán.

Un segundo cuestionamiento de la comprensión bíblica del pecado dice relación con la doctrina del pecado sostenida por los evangélicos en las discusiones sobre la sexualidad humana. Algunos han adoptado una visión terapéutica del pecado o incluso articulan una doctrina católico romana de la concupiscencia. Según el catolicismo romano, la inclinación a pecar, o la «concupiscencia», no puede dañar a quienes luchan con ella y no es una ofensa para Dios a menos que sea puesta en acción. La visión terapéutica del pecado es muy similar. Ninguna de las dos concuerda con el testimonio de Génesis y de toda la Escritura: el pecado no solo incluye las acciones sino también las atracciones y los deseos pecaminosos que pueden producir el fruto de la acción pecaminosa. Aquí hay un peligro espiritual y teológico importante. Dar lugar al pecado en las atracciones y los deseos de los cristianos es, sin duda, una negación de la doctrina bíblica de la santificación y, en consecuencia, tendrá también repercusiones en la visión que se tiene de la persona y la obra de Cristo. En Gálatas, el apóstol Pablo, proclamando la palabra del Cristo ascendido, nos dice que «[el deseo] del Espíritu es contra la carne» (Gal 5:17). Los deseos que «llevan y seducen» no son neutrales, sino que son «terrenales, naturales y diabólicos» (Stg 1:14; 3:15).  

Aunque ninguno de nosotros se regocija grandemente cuando le recuerdan las realidades de nuestra condición caída en Adán, entenderla como el Señor nos la revela en Su gracia es esencial para recibir Su evangelio. Es esencial para recibir la plenitud de Su revelación en la persona y obra de Cristo. Es para nuestro bien. Dios ha incluido en la Biblia el relato de nuestra caída en Adán no solo para que tengamos claridad al vernos a nosotros mismos, sino también para nuestra vida y adoración en Él.  «Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino… Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (Sal 119:105, 111).

El Dr. William VanDoodewaard es profesor de historia de la iglesia en The Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Mich. Es autor o editor de varios libros, incluyendo The Quest for the Historical Adam y Charles Hodge’s Exegetical Lectures and Sermons on Hebrews .

La adoración dirigida por mujeres

Pregunta: Algunos han deseado recibir la siguiente información: “¿En el caso de la ausencia o enfermedad de un esposo, en una familia, le correspondería a la esposa mantener dicho deber familiar?”. Y ocurre lo mismo con las viudas u otras personas de ese mismo sexo que son las únicas que están a la cabeza de las familias.

Respuesta: Debemos decir que una norma no puede adaptarse a todos los casos. Puede haber una gran variedad porque las circunstancias difieren. Pero,

  1. Nada es tan claro como que mientras la relación conyugal permanece, la parte femenina desempeña una parte real en el gobierno de la familia. Esto se afirma de forma explícita en 1 Timoteo 5:14: “…que gobiernen su casa”. El término es oikodespotein, tener un poder despótico en la familia, un poder de gobierno que debe recaer en ella exclusivamente en ausencia o pérdida del otro cónyuge, y esto es algo que no puede abandonarse ni dejarse de hacer en modo alguno. Y dado que todo el poder y toda orden proceden de Dios, no se puede negar, repudiar ni dejar a un lado sin herirle.
  2. De modo que, si en una familia hay un hijo o un criado prudente y piadoso a quien se le pueda asignar esta labor, estos podrían hacerlo de manera bastante adecuada por asignación de ella. Y, así, la autoridad que le pertenece a ella por su rango se conserva y el deber queda realizado. Que semejante tarea pueda serle adjudicada a otra persona más adecuada que lo haga como es debido, queda fuera de toda duda y debería ser así. Y nadie cuestiona lo apropiado de asignar esa tarea oficialmente a otro en las familias donde las personas se mantienen con el propósito de desempeñar los deberes familiares.
  3. Es posible que haya familias que, en la actualidad, estén formadas por completo por personas del sexo femenino; en cuanto a ellas no hay pregunta alguna.
  4. Donde la familia es más numerosa, está formada por personas del sexo masculino y ninguno es adecuado ni está dispuesto a emprender esa tarea, y la mujer no puede hacerlo con propiedad, en ese caso, deberá seguir el ejemplo de Ester (digno de gran elogio), con sus criadas y los niños más pequeños cumpliendo con esta adoración en su familia; en todo lo que esté en su mano, deberá advertir y encargar al resto que no omitan su parte (aunque no estén de acuerdo), juntos o por separado, que invoquen el nombre del Señor a diario.

Tomado de Family Religion and Worship, Sermón 5.

John Howe (17 Mayo 1630 – 2 Abril 1705) fue un teólogo puritano inglés. Sirvió como capellán de Oliver Cromwell.

El Padre y la Adoración Familiar 3

La hora de la oración y la alabanza domésticas también es el momento de la instrucción bíblica. El padre ha abierto la palabra de Dios en presencia de su pequeña manada. Admite, pues, ser su maestro y subpastor. Tal vez no sea más que un hombre sencillo, que vive de su trabajo, poco familiarizado con escuelas o bibliotecas y, como Moisés, “tardo en el habla y torpe de lengua” (Éx. 4:10). No obstante, está junto al pozo abierto de la sabiduría y, como el mismísimo Moisés, puede sacar el agua suficiente y dar de beber al rebaño (Éx. 2:19). Por ahora, se sienta en “la silla de Moisés” y ya no “ocupa el lugar de simple oyente” (1 Co. 14:16). Esto es alentador y ennoblecedor. Así como la madre amorosa se regocija de ser la fuente de alimentación del bebé que se aferra a su cálido seno, el padre cristiano se deleita en transmitir mediante la lectura reverente “la leche espiritual no adulterada” (1 P. 2:2). Ha resultado buena para su propia alma; se regocija en un medio señalado para transmitírsela a sus retoños. El señor más humilde de una casa puede muy bien sentirse exaltado reconociendo esta relación con aquellos que están a su cuidado.

Se reconoce que el ejemplo del padre es importantísimo. No se puede esperar que el manantial sea más alto que la fuente. El cabeza de familia cristiano se sentirá constreñido a decir: “Estoy guiando a mi familia a dirigirse solemnemente a Dios; ¿qué tipo de hombre debería ser? ¿Cuánta sabiduría, santidad y ejemplaridad?”. Éste ha sido, sin duda y en casos innumerables, el efecto que la adoración familiar ha tenido sobre el padre de familia. Como sabemos, los hombres mundanos y los cristianos profesantes que no son consecuentes, están disuadidos de llevar a cabo este deber mediante la conciencia de una discrepancia entre su vida y cualquier acto de devoción. Así también, los cristianos humildes se guían por la misma comparación para ser más prudentes y para ordenar sus caminos de manera que puedan edificar a los que dependen de ellos. No pueden haber demasiados motivos para una vida santa ni demasiadas salvaguardas para el ejemplo parental. Establece la adoración a Dios en cualquier casa y habrás erigido una nueva barrera en torno a ella contra la irrupción del mundo, de la carne y del diablo.

En la adoración familiar, el señor de la casa aparece como el intercesor de su familia. El gran Intercesor está verdaderamente arriba, pero “rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias” (1 Ti. 2:1) han de hacerse aquí abajo y ¿por quién si no el padre por su familia? Este pensamiento debe producir solemnes reflexiones. El padre, quien con toda sinceridad viene a diario a implorar las bendiciones sobre su esposa, sus hijos y sus trabajadores domésticos, tendrá la oportunidad de pensar en las necesidades de cada uno de ellos. Aquí existe un motivo urgente para preguntar sobre sus carencias, sus tentaciones, sus debilidades, sus errores y sus transgresiones. El ojo de un padre genuino es rápido; su corazón es sensible a estos puntos; y la hora de la devoción reunirá estas solicitudes. Por tal motivo, como ya hemos visto, después de las fiestas de sus hijos, el santo Job “enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5). Cualquiera que haya sido el efecto que esto tuvo en sus hijos, el efecto sobre Job mismo, sin duda, fue un despertar sobre su responsabilidad parental. Y éste es el efecto de la adoración familiar en el cabeza de familia.

El padre de una familia se encuentra bajo una influencia sana cuando se le lleva cada día a tomar un puesto de observación y dice a su propio corazón: “Por este sencillo medio, además de todos los demás, estoy ejerciendo alguna influencia definida, buena o mala, sobre todos los que me rodean. No puedo omitir este servicio de manera innecesaria; tal vez no puedo omitirlo por com-pleto sin que sea en detrimento de mi casa. No puedo leer la Palabra, no puedo cantar ni orar sin dejar alguna huella en esas tiernas mentes. ¡Con cuánta solemnidad, afecto y fe debería, pues, acercarme a esta ordenanza! ¡Con cuánto temor piadoso y preparación! Mi conducta en esta adoración puede salvar o matar. He aquí mi gran canal para llegar al caso de quienes están sometidos a mi cargo”. Estos son pensamientos sanos, engendrados naturalmente por una ordenanza diaria que, para demasiadas personas, no es más que una formalidad.

El marido cristiano necesita que se le recuerden sus obligaciones; nunca será demasiado. El respeto, la paciencia, el amor que las Escrituras imponen hacia la parte más débil y más dependiente de la alianza conyugal, y que es la corona y la gloria del vínculo matrimonial cristiano, no se ponen tanto en marcha como cuando aquellos que se han prometido fe el uno al otro hace años son llevados día tras día al lugar de oración y elevan un corazón unido a los pies de una misericordia infinita. Como la Cabeza de todo hombre es Cristo, así también la cabeza de la mujer es el hombre (cf. 1 Co. 11:3). Su puesto es responsable, sobre todo en lo espiritual. Rara vez lo siente con mayor sensibilidad que cuando cae con la compañera de sus cargas ante el trono de gracia.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense  que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

El Padre y la Adoración Familiar 1

No hay miembro de una familia cuya piedad tenga tanta importancia para el resto como el padre o cabeza. Y no hay nadie cuya alma esté tan directamente influenciada por el ejercicio de la adoración domés-tica. Donde el cabeza de familia es tibio o mundano, hará que el frío recorra toda la casa. Y si se da alguna feliz excepción y otros lo sobrepasan en fidelidad, será a pesar de su mal ejemplo. Él, que mediante sus instrucciones y su vida, debería proporcionar una motivación perpetua a sus subalternos y sus hijos, se sentirá culpable de que en el caso de semejante negligencia ellos tengan que buscar dirección en otra parte, aunque no lloren en lugares secretos por el descuido de él. Donde la cabeza de la familia es un hombre de fe, de afecto y de celo, que consagra todas sus obras y su vida a Cristo, resulta muy raro encontrar que toda su familia piense de otro modo. Ahora bien, uno de los medios principales para fomentar estas gracias individuales en la cabeza es éste: Su ejercicio diario de devoción con los miembros. Le incumbe más a él que a los demás. Es él quien preside y dirige en ello, quien selecciona y transmite la preciosa Palabra y quien conduce la súplica, la confesión y la alabanza en común. Para él equivale a un acto adicional de devoción personal en el día; pero es mucho más. Es un acto de devoción en el que su afecto y su deber para con su casa son llevados de forma especial a su mente y en el que él se pone en pie y defiende la causa, de todo lo que más ama en la tierra. No es necesario preguntarse, pues, por qué situamos la oración en familia entre los medios más importantes de revivir y mantener la piedad de aquel que la dirige.

La observación muestra que las familias que no tienen adoración familiar se encuentran de capa caída en las cosas espirituales; que las familias donde se realiza de un modo frío, perezoso, descuidado o presuroso, se ven poco afectadas por ella y por cualquier medio de gracia; y que las familias en las que se adora a Dios cada mañana y cada tarde, en un culto solemne y afectuoso de todos los que viven en la casa, reciben la bendición de un aumento de piedad y felicidad. Cada individuo es bendecido. Cada uno recibe una porción del alimento celestial.

La mitad de los defectos y de las transgresiones de nuestros días surgen de la falta de consideración. De ahí el valor indecible de un ejercicio que, dos veces al día, llama a cada miembro de la familia, como poco, a pensar en Dios. Hasta el hijo o criado más negligente e impío debe, de vez en cuando, ser forzado a hablar un poco con la conciencia y meditar en el juicio cuando el padre, ya de cabello gris, se inclina delante de Dios, con voz temblorosa y derrama una fuerte súplica y oración. ¡Cuánto más poderosa debe ser la influencia sobre ese número más amplio de personas que, en diez mil familias cristianas del país tengan grabada, en mayor o menor medida, la importancia de las cosas divinas! ¡Y qué peculiar, tierna y educativa debe ser la misma in-fluencia en aquellos del grupo doméstico que adoran a Dios en espíritu y que con frecuencia secan las lágrimas que salen a borbotones, cuando se levantan después de haber estado arrodillados, y miran a su alrededor al esposo, padre, madre, hermano, hermana, niño, todos recordados en la misma devoción, todos bajo la misma nube del incienso de la intercesión!

Tal vez entre nuestros lectores, más de uno pueda decir: “Durante tiempos inmemoriales he sentido la influencia de la adoración doméstica en mi propia alma. Cuando todavía era niño, ningún medio de gracia público o privado despertó tanto mi atención como cuando se oraba por los niños día a día. En la rebelde juventud nunca me sentí tan acuciado por mi convicción de pecado como cuando mi respetable padre suplicaba con fervor a Dios por nuestra salvación. Cuando, por fin, en infinita misericordia empecé a abrir el oído a la instrucción, ninguna oración llegó tanto a mi corazón ni expresó mis afectos más profundos como las que pronunciaba mi venerado padre”.

James Waddel Alexander (13 de marzo de 1804 – 31 de julio de 1859) fue un ministro y teólogo  presbiteriano estadounidense que siguió los pasos de su padre, el reverendo Archibald Alexander .

Tomado de Thoughts on Family Worship.

7 razones por las que las familias deberían orar 3

RAZÓN Nº 5: Deberían orar a Dios en familia a diario porque todos están sujetos cada día a las tentaciones. Tan pronto como se levantan, el diablo estará luchando por sus primeros pensamientos. Y cuando se hayan levantado, los instará a hacerle a él el primer servicio y los ayudará todo el día para arrastrarlos a algún pecado odioso antes de la noche. ¿No es el diablo un enemigo sutil, vigilante, poderoso e incansable? ¿No necesitan todos ustedes juntarse por la mañana para que Satanás no pueda prevalecer contra ninguno de ustedes antes de la noche, hasta que vengan de nuevo juntos delante de Dios? ¡A cuántas tentaciones se enfrentarán en sus llamados y su compañía, que, sin Dios, no podrán resistir! ¡Y cómo caerían y deshonrarían a Dios, desacreditarían su profesión, contaminarían sus almas, perturbarían su paz y herirían sus conciencias! Orígenes lo denunciaba en su lamento. Y es que ese día [en el que] omitió la oración, pecó odiosamente: “Pero yo, ¡oh infeliz criatura! Me deslicé de mi cama al amanecer del día y no pude acabar mi acostumbrado devocional ni llevar a cabo mi habitual oración; [sino que] cedí y me envolví en las trampas del diablo”.

RAZÓN Nº 6: Deberían orar en familia a diario porque todos están sujetos a los riesgos, las casualidades y las aflicciones cotidianas y la oración puede prevenirlos, dar fuerza para soportarlos y prepararlos para ellos. ¿Saben ustedes qué aflicción podría caer sobre su familia en un momento del día o de la noche, ya sea por una enfermedad, la muerte o pérdidas externas en su propiedad? ¿Tal vez podría ser una persona que no paga una deuda y se marcha con mucho de tu dinero y otra persona se lleva otro tanto? ¿Están ustedes realmente tan alejados del mundo que esto no provocaría en ustedes una mala reacción que los haría pecar contra Dios? ¿O será que pueden soportarlo sin murmurar y sin descontento, que no necesitan orar para tener un corazón sereno, si estas cosas vienen sobre ustedes? ¿Si salen al extranjero o envían a un hijo o criado están seguros que ustedes o ellos regresarán con vida? Aunque salgan con vida, pueden ser traídos de vuelta muertos. ¿No tienen, pues, necesidad de orar a Dios por la mañana para que guarde sus salidas y entradas, y no deben bendecirle juntos por la noche si lo hiciera? ¿A cuántos males está el hombre expuesto, esté en su casa o fuera? Los pecados que se cometen diariamente, ¿no claman en voz alta que también merecen un castigo diario? ¿Y no deberían ustedes clamar tan alto en su oración diaria que Dios, en sus misericordias, los impida? ¿O si caen sobre ustedes, que los santifique para su bien o los quite? ¿O si permanecen, que los afirme bajo el peso de ellos? Sepan que en ningún lugar estarán a salvo sin la protección de Dios, de día o de noche. Si sus casas tuvieran cimientos de piedra y los muros estuvieran hechos de cobre o de diamante, y las puertas de hierro, con todo, no podrían seguir estando a salvo si Dios no los protege de todo peligro. Oren, entonces.

RAZÓN Nº 7: Deben orar a Dios en familia a diario o los paganos mismos se levantarán contra ustedes, los cristianos, y los condenarán. Los que nunca tuvieron los medios de gracia (como ustedes los han tenido) ni una Biblia para dirigirlos y enseñarles (como ustedes la han tenido), ni ministros enviados hasta ellos (como ustedes los han tenido en abundancia), avergüenzan a muchos de los que se llaman “cristianos” y que hasta hacen grandes profesiones. Cuando he leído lo que dicen algunos paganos que mostraban lo que acostumbraban hacer, y observado la práctica y la negligencia de muchos cristianos en sus familias, he estado a punto de concluir que los paganos eran mejores hombres. Como ustedes pueden saber a través de sus poetas, era su costumbre el sacrificar a sus dioses por la mañana y por la tarde, para poder tener el favor de ellos y tener éxito en sus propiedades.

¿No avergüenzan los paganos a muchos de ustedes? Decían: “Ahora hemos sacrificado, vayamos a la cama”. Ustedes dicen: “Ahora que hemos cenado, acostémonos” o “juguemos una partida o dos de naipes y vayámonos a la cama”. ¿Son ustedes hombres o cerdos con aspecto humano? El Sr. Perkins asemejó a tales hombres a los cerdos que viven sin oración en sus familias, “que están siempre alimentándose de bellotas
con avaricia, pero que nunca miran la mano que las hace caer ni al árbol del que han caído”.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

La Sangre de la Vida


La Biblia dice que el amor de Dios es mejor que la vida (Sal 63:3 NVI). A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido quienes han tomado en serio Su Palabra, eligiendo creer que es mejor morir por el amor de Dios que vivir sin este. Esos son los mártires, quienes bebieron de la copa del sufrimiento hasta lo más profundo, y lo consideraron como un privilegio.

Joseph Tson, de la Sociedad Misionera de Rumania, dijo: «El cristianismo es una religión de martirio porque su fundador fue un mártir». De hecho, la palabra griega traducida como «mártir», que en realidad significa «testigo», llegó a referirse a aquellos que murieron por su fe. 

En la Iglesia del primer siglo (así como hoy), ser un testigo fiel a menudo significaba la muerte. Esteban fue apedreado porque dio un testimonio fiel (Hch 7:59). Más tarde, Jacobo se convirtió en el primer apóstol en ser asesinado cuando Herodes lo mató a espada (Hch 12:2). La tradición afirma que Pablo, Pedro y todos los demás apóstoles, a excepción de Juan, fueron ejecutados, así como también muchos otros santos ordinarios sufrieron el martirio. 

Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia.

Luego, cerca del final del período del Nuevo Testamento, el apóstol Juan tuvo una visión del cielo y vio bajo el altar las almas de los que habían sido martirizados. Ellos clamaban a Dios, preguntándole cuándo se levantaría, mostraría Su triunfo y los reivindicaría (Ap 6:10), algo que los santos que estaban vivos deben haberse preguntado también. 

La respuesta de Dios en Apocalipsis 6:11 es impresionante. Él les dice a los santos martirizados que descansen un poco más, hasta que fuera completado tanto el número de sus consiervos como el de sus hermanos que habrían de ser muertos como ellos. La clara implicación es que hay un número de mártires determinado por el Señor y ese número debe cumplirse antes de que llegue la consumación. «Descansen —dice el Señor— hasta que se complete el número de personas que morirán como ustedes murieron». 

El martirio no es algo accidental, no es algo que toma a Dios desprevenido, no es inesperado, y enfáticamente, no es una derrota estratégica para la causa de Cristo. Sí, puede parecer una derrota, pero es parte de un plan celestial que ningún estratega humano concebiría ni podría diseñar jamás. 

La muerte de Esteban debió haber aturdido a la Iglesia de Jerusalén. Dios permitió que tomaran al portavoz más brillante de la Iglesia, pero la persecución que surgió después de la muerte de Esteban hizo que la Iglesia se dispersara por todas partes en servicio misionero (Hch 8:1, 4). Del mismo modo, la muerte de Jacobo debió haber sacudido a la comunidad. Dios permitió que uno de los doce, el fundamento de la Iglesia, fuera brutalmente asesinado, pero un gran torrente de oración se desató cuando la cabeza de Pedro corría la misma suerte (Hch 12:5). Más tarde, las muertes de Pablo y Pedro en Roma debieron haber provocado que los miembros de este joven movimiento se preguntaran qué sería de ellos si los dos líderes más importantes pudieron ser asesinados en una sola persecución. Muchos vacilaron, pero muchos también se mantuvieron firmes y durante tres siglos el cristianismo creció en un suelo empapado con la sangre de los mártires. 

Hasta la llegada del emperador Trajano (cerca del año 98), la persecución estaba permitida pero no era legal. Desde Trajano hasta Decio (cerca del año 250), la persecución fue legal pero principalmente local. Desde Decio, que odiaba a los cristianos y temía el impacto de ellos en sus reformas, hasta el primer edicto de tolerancia en el 311, la persecución no solo era legal, sino también extendida y generalizada. 

Así es como un escritor describió la situación en este tercer período: «El horror se extendió por todas partes en las congregaciones; y el número de lapsi (los que renunciaban a su fe cuando eran amenazados) … era enorme. Sin embargo, no faltaron quienes permanecieron firmes y sufrieron el martirio en lugar de ceder; y, a medida que la persecución se hacía más amplia y más intensa, el entusiasmo de los cristianos y su poder de resistencia se hicieron más y más fuertes» (Schaff-Herzog Encyclopedia, Enciclopedia Schaff-Herzog, Vol. 1). 

Tertuliano, el defensor de la fe que murió en el 225, dijo a sus enemigos: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por ustedes: la sangre de los cristianos es [la] semilla [de la Iglesia]» (Apologeticus, Cap. 50). Y Jerónimo dijo unos cien años después: «La Iglesia de Cristo se ha fundado derramando su propia sangre, no la de otros; soportando el oprobio, no infligiéndolo. Las persecuciones la han hecho crecer; los martirios la han coronado» (Carta 82). 

Durante trescientos años, ser cristiano era un inmenso riesgo para la vida, las posesiones y la familia. Era una prueba a lo que más amaba una persona. En el extremo de esa prueba estaba el martirio, pero por encima de ese martirio estaba un Dios soberano que dijo: «Hay un número determinado». 

Y continúa siendo así hoy en día. Los mártires tienen un papel especial que desempeñar en la plantación y el fortalecimiento de la Iglesia. Tienen un papel especial que desempeñar para taparle la boca a Satanás, quien constantemente dice que el pueblo de Dios solo le sirve por conveniencia, porque le va mejor en la vida, y porque tienen un lugar especial en el coro celestial. Los mártires no están muertos; ellos están vivos, y alaban a Dios en el cielo hoy; el noble ejército de mártires continúa alabando a Dios porque todos dijeron: «Pues para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21). Todos creyeron que Cristo valía más que la vida, más que enamorarse, más que casarse y tener hijos, más que ver a sus hijos crecer, más que hacerse de una reputación para ellos mismos, más que tener el cónyuge de sus sueños, la casa de sus sueños y el crucero de sus sueños. Para ellos Cristo valía más que todos sus planes y sus sueños. Todos ellos dijeron: «Es mejor ser privado de mis sueños, si es que puedo ganar a Cristo». 

¿Dirías tú con el apóstol Pablo que el deseo de tu corazón es que Cristo sea exaltado en tu cuerpo, ya sea por vida o por muerte? ¿Amas tanto a Jesús? ¿Lo amas tanto que perderlo todo para estar con Él (2 Co 5:8) sería una ganancia? 

¿Amas a Cristo más que a la vida?

John Stephen Piper (11 de enero de 1946, Tennessee, Estados Unidos) es un  predicador  evangélico bautista evangelista, autor, escritor bautista, y sirvió como pastor en la iglesia Bautista de Bethlehem en Minneapolis, afiliada a Converge, durante 33 años.

7 razones por las que las familias deberían orar 2

RAZÓN Nº 3: Deberían ustedes elevar sus plegarias a Dios en familia cada día porque son muchas las carencias que tienen a diario y nadie las puede suplir, sino Él. ¡Dios no [necesita] sus oraciones, pero ustedes y los suyos [necesitan] las misericordias que vienen de Él! Si desean estas bendiciones ¿por qué no oran por ellas? ¿Pueden ustedes suplir las necesidades de su familia? Si les falta salud, ¿acaso pueden ustedes dársela? Si no tienen pan, ¿pueden ustedes proporcionárselo, a menos que Dios lo provea? ¿Por qué, pues, nos dirigió Cristo a orar de la siguiente manera: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mt. 6:11)? Si están faltos de gracia, ¿pueden ustedes obrarla en ellos? ¿O es que nos les importa que mueran sin ella? ¿No es Dios el Dador de toda cosa buena? “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (Stg. 1:17).

Las bendiciones son del cielo y las buenas dádivas vienen de lo alto; la oración es un medio señalado por Dios para hacerlas descender. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios” (Stg. 1:5). ¿Piensan que no necesitan sabiduría para realizar sus deberes hacia Dios y hacia el hombre, para guiar a sus familias para su bien temporal, espiritual y eterno? Si es ésta su convicción, son ustedes unos necios. Y si creen que no tienen necesidad de sabiduría, por esos mismos pensamientos pueden discernir su [falta] de ella. Si creen que tienen suficiente, es evidente que no tienen ninguna. ¿Y no se la pedirían a Dios si quisieran tenerla? Si ustedes y los suyos carecen de salud en sus familias, ¿no deberían pedírsela a Dios? ¿Pueden ustedes vivir sin depender de Él? ¿O pueden decir que no necesitan su ayuda para suplir sus necesidades? Si es así, ustedes se contradicen y es que estar pasando necesidades y no ser seres dependientes es una contradicción. Pensar que no viven en dependencia de Dios es creer que no son hombres ni criaturas. Y si en verdad dependen de Él y necesitan su ayuda para suplir sus [necesidades], su propia pobreza debería hacerlos caer de rodillas para orar a Él.

RAZÓN Nº 4: Deberían orar en familia a diario, por los empleos y las tareas cotidianas. Cada uno que pone su mano a trabajar, su cabeza a idear, debería poner su corazón a orar. ¿No sería su actividad comercial en vano, su labor y su trabajo, sus preocupaciones y sus proyectos para el mundo, sin propósito sin la bendición de Dios? ¿Les convencería que Dios mismo se lo dijera? Entonces lean el Salmo 127:1-2:“Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican… Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores”. ¡Pan de dolores! Sin Dios, trabajan en vano para conseguir pan para ustedes y sus familias. Podrían sufrir necesidad aun después de todo su afán. Y sin la bendición de Dios, si lo comen cuando lo han conseguido con mucho esfuerzo y preocupación, lo comerán en vano porque sin Él no podrá nutrir sus cuerpos.

Después de considerar estas cosas, ¿no es necesario orar a Dios para prosperar y tener éxito en sus llamados? La oración y el duro trabajo deberían fomentar aquello que es su objetivo. Orar y no hacer las obras de sus llamados sería esperar provisiones mientras son negligentes. Trabajar duro y comerciar sin orar sería esperar prosperar y tener provisión sin Dios. La fe cristiana que les da deberes santos no les enseña a descuidar sus llamados ni tampoco a confiar en sus propios esfuerzos sin orar a Dios. Pero ambas cosas deben mantener su lugar y tener una porción de su tiempo. La oración es una cosa media entre la dádiva de Dios y nuestra recepción. ¿Cómo pueden recibir si Dios no da? ¿Y por qué esperan que Dios de, si no piden? “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2).

Oren por aquello por lo que trabajan. Y en aquello por lo que oran, trabajen y esfuércense. Y ésta es la verdadera conjunción de trabajo y oración. ¿O acaso serán ustedes como [aquellos] a los que les habla el apóstol? “¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos” (Stg. 4:13). ¿Harán, pero no pedirán permiso a Dios con respecto a si pueden o no? ¿Irán, aunque Dios los postre en una cama de enfermedad o en sus tumbas? Háganlo si pueden. ¿Pasarán allá un año? ¿Y qué si la muerte los arrastra tan pronto como lleguen allí? Si la muerte manda que sus cuerpos vuelvan al polvo, a la tumba y los demonios vienen a buscar sus almas para llevarlas al infierno, después de esto “¿seguirán en esa ciudad durante un año?”. Si una parte de ustedes está en la tumba y la otra en el in-fierno, ¿qué parte de ustedes va a seguir en la ciudad? ¿Comprarán y venderán? ¿Y si Dios no les da ni dinero ni crédito? Me pregunto con quiénes negociarán. ¿Obtendrán ganancia? Están decididos a hacerlo; piensan que lucharán y prosperarán y que se harán ricos. ¿Y si Dios maldice sus esfuerzos y dice: “¡No lo harán!”? Quieren todo esto y tendrán lo que quieren; pero su poder no equivale a su voluntad. Aquí hay mucha voluntad, pero ni una palabra de oración. No deberían ir a su trabajo ni a sus tiendas y llamados hasta haber orado primero a Dios.

Continuará …

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

7 razones por las que las familias deberían orar 1

RAZÓN Nº 1: Porque cada día recibimos misericordias de la mano de Dios para la familia. Cada día nos colma de beneficios (Sal. 68:19). Cuando se despiertan por la mañana y encuentran que su morada está segura, que no la ha consumido el fuego ni ha sido allanada por ladrones, ¿no es esto una misericordia de Dios para la familia? Cuando despiertan y no encuentran a nadie muerto en su cama, ni reciben malas noticias por la mañana, ni hay ningún niño muerto en una cama y otro en otra; y no hay dormitorio en la casa, en el que la noche anterior muriera alguien, sino que, al contrario, los encuentran a todos bien por la mañana, refrescados por el descanso y el sueño de la noche, ¿no son estas y muchas otras bendiciones de Dios sobre la familia suficientes para que al levantarse ustedes llamen a su familia y todos juntos bendigan a Dios por ello? De haber sido de otro modo, [si] el amo o la ama de casa [estuvieran] muertos, o los niños, o los criados, ¿no diría el resto: “Habría sido una misericordia para todos nosotros si Dios lo hubiera dejado vivo a él, a ella, a ellos?”. Si sus casas hubieran sido consumidas por las llamas y Dios los hubiera dejado a todos en la calle antes del amanecer, ¿no habrían dicho: “Habría sido una misericordia si Dios nos hubiera mantenido a salvo a nosotros y nuestra morada, y hubiéramos descansado, dormido y nos hubiéramos levantado a salvo?”. ¿Por qué no reconocen ustedes, señores, que las misericordias son misericordias hasta que Dios se las quita? Y si lo admiten, ¿no deberían alabar a diario a Dios? ¿Acaso no fue Él mismo quien vigilaba mientras ustedes dormían y no podían cuidar de ustedes mismos? “Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia… Pues que a su amado dará Dios el sueño” (Sal. 127:1-2).

De la misma manera en que las familias reciben muchas misericordias durante la noche para que bendigan a Dios por la mañana, también tienen muchas otras durante el día para que puedan darle gracias, por la noche, antes de acostarse. Me parece que no deberían dormir tranquilamente hasta haber estado juntos, arrodillados, no vaya a ser que Dios diga: “Esta familia que no ha reconocido mi misericordia hacia ellos en este día ni me ha dado la gloria por esos beneficios con los que los he confortado, no volverá a ver la luz de otro día ni tendrá misericordias un día más por las que bendecirme”. ¿Qué ocurriría si Dios les dijera cuando ya están acostados en su cama: “Esta noche vendrán a pedir sus almas, ustedes que se han ido a la cama antes de alabarme por las misericordias que he tenido con ustedes durante todo el día y antes de que oraran pidiendo mi protección sobre ustedes en la noche”? Pongan atención: Aunque Dios sea paciente, no lo provoquen.

RAZÓN Nº 2: Deberían orar a Dios a diario con sus familias porque hay pecados que se cometen a diario en la familia. ¿Pecan ustedes juntos y no orarán juntos? ¿Y si fueran condenados todos juntos? ¿Acaso no comete cada miembro de su familia muchos pecados cada día? ¿Cuán grande es el número de todos ellos cuando se consideran o se contemplan juntos? ¡Cómo! ¿Tantos pecados cada día bajo el mismo techo, entre sus paredes, cometidos contra el glorioso y bendito Dios, y ni una sola oración? Un pecado debería lamentarse con un millar de lágrimas; pero no se ha derramado ni una sola, nadie ha llorado por nada, juntos en oración, ni por un millar de pecados. ¿Es esto arrepentirse cada día cuando no confiesan sus pecados a diario? ¿Quieren que Dios perdone todos los pecados de su familia? ¡Contesten! ¿Sí o no? Si no quieren, Dios podría dejarles ir a la tumba y también al infierno con la culpa del pecado sobre sus almas. Si quieren [que Dios perdone todos los pecados de su familia], ¿no merece la pena pedir perdón? ¿Querrían y no lo suplicarían de las manos de Dios? ¿No juzgarían todos que un hombre justamente condenado, que aún pudiera tener vida solo con pedirla y no lo hiciera, merecería la muerte? ¿Cómo pueden acostarse tranquilamente y dormir con la culpa de tantos pecados sobre sus almas, sin haber orado para que sean borrados? ¿De qué está hecha su almohada, que sus cabezas pueden descansar sobre ella bajo el peso y la carga de tanta culpa? ¿Acaso es su cama tan mullida o su corazón tan duro que pueden descansar y dormir cuando a todos los pecados que han cometido en el día le añaden por la noche, este otro de la omisión? Tómense en serio los pecados que a diario se cometen en sus familias y sentirán que hay una razón por la que deberían orar a Dios juntos cada día.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”, Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

Una Iglesia del primer Siglo

No es raro escuchar a los cristianos modernos decir que asisten a una iglesia del Nuevo Testamento. Tomando en cuenta todo lo que eso podría significar, mi primer impulso es preguntar algo como: «¿Por qué querrías hacer eso?». ¿Borracheras en la Cena del Señor? ¿Controversias sobre tocino, idolatría y circuncisión? Por supuesto, si el que hace la declaración simplemente intenta afirmar la sola Scriptura, entonces no hay nada excepcional en esa opinión, aunque haría bien en incluir el Antiguo Testamento. Sin embargo, la situación suele ser mucho más compleja.

Un conjunto de suposiciones románticas sobre la revelación y la historia impulsa esta opinión. En este punto de vista, la Iglesia en el primer siglo era pura, bien gobernada y madura, y no fue hasta que los apóstoles empezaron a morir que las corrupciones comenzaron a inundarla. En esto vemos la típica creencia evangélica sobre la historia de la Iglesia: hubo una Edad de Oro que duró de cien a trescientos años, luego mil años o más de oscuridad. 

A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. 

Ahora, todos los herederos de la Reforma reconocen que sí hubo corrupciones de doctrina y de práctica —de lo contrario, ¿para qué hacer una Reforma entonces?— pero la posición protestante clásica  coloca el verdadero problema mucho más adelante en el tiempo, y lo ve como un proceso muy gradual que infectó a algunas facciones de la Iglesia mucho más que a otras. Por ejemplo, sabemos que en la corte de Carlomagno estaban sucediendo cosas maravillosas, y durante la Plena Edad Media encontramos a santos fieles trabajando en la obra del evangelio. 

La insatisfacción con la forma en la que algunas cosas marchaban fue lo que impulsó la Reforma, un movimiento desde dentro de la Iglesia para reformar esa misma Iglesia. Ahora, esto nos lleva de regreso al siglo I. Nuestras perspectivas de ese siglo son una buena prueba de fuego para los cristianos modernos. Una perspectiva es que la Iglesia moderna es una restauración: la Iglesia original casi desapareció, pero Dios la ha traído de vuelta. Esta mentalidad restauracionista ve la obra de Dios en este continente en los últimos dos siglos como si Dios hubiera comenzado de nuevo. Cuando se hace la pregunta: «¿Dónde estaba tu iglesia antes de (inserta la fecha de la fundación de tu denominación)?», la respuesta habitual es: «En el siglo I». Pero el protestante clásico, cuando se le pregunta dónde estaba su iglesia antes de la Reforma, responde preguntando: «¿Dónde estaba tu cara antes de que te la lavaras?». 

El contraste es entre una visión de la historia que ve la levadura trabajando a través del pan y una visión que ve el reino de Dios viniendo de manera definitiva pero inconstante, con altas y bajas. Según este último punto de vista, debido a que la Iglesia del primer siglo estaba completa, lo que tenemos ahora debe estar completo. Es una mentalidad de todo o nada. La visión inicial contempla espacio para el desarrollo, el retroceso, la reforma, el avance del credo y así sucesivamente; no es perfeccionista. Pero la suposición de todo o nada es perfeccionista, y esto explica su dogmatismo defensivo sobre las cosas más indefendibles. 

Considera algunos de los problemas con nuestros estilos de adoración, con nuestras tradiciones. Debido a nuestro compromiso a priori de ser «la Iglesia del Nuevo Testamento», tendemos a entender nuestras prácticas anacrónicamente.  A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. Es por esto que se ha llegado a creer que formas de adoración inventadas en la frontera de Kentucky fueron las prácticas de Pedro, Santiago y Juan. Un coro con tres acordes acompañados de una guitarra parece mucho más espiritual, simple, sencillo y piadoso que, digamos, una pared de tubos para un órgano. Y hay gente que realmente cree que el vino del Nuevo Testamento era 100% jugo de uva, y piensan esto porque alguien empezó a insistir en que era jugo de uva en algún lugar en Missouri hace poco más de un siglo. Pero a la luz de la historia, insistir en que Pablo sirvió jugo de uva en la Cena del Señor es tan tonto como afirmar que él usó una corbata. 

Algunas tradiciones de la Iglesia medieval se alejaron de los estándares establecidos por la Escritura en el primer siglo, y esta desviación era de condenar y requería una reforma. Los reformadores querían, con razón, regresar ad fontes, «a las fuentes». Sin embargo, las fuentes a las que apelaban no se limitaban a la Escritura, aunque la Escritura era la norma final e infalible. Los reformadores eran los mejores eruditos patrísticos en la Europa de su tiempo, y comprendían los patrones fieles que la Iglesia había seguido durante siglos. 

En contraste a esto, en lugar de ver nuestra era a la luz de la revelación y la historia subsiguiente, tendemos a colocar las Escrituras en un contexto cultural —el nuestro— y leerlas e interpretarlas de acuerdo a ello. Por la gracia de Dios, muchos de los elementos del evangelio han sido interpretados con precisión. No obstante, de muchas otras maneras, nuestras tradiciones evangélicas son simplemente tontas o absurdas, y esto se debe a que, en muchos aspectos, lo último que quisiéramos tener es una Iglesia del primer siglo.

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Douglas Wilson es pastor de Christ Church en Moscow, Idaho, y escritor de numerosos libros.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

La Palabra de Dios y la oración familiar 2

  1. Considera los grandes y profundos misterios contenidos en la Palabra de Dios que deben leer juntos. Verás que también aparecerá la necesidad de orar juntos. ¿No encierra, acaso, esa Palabra la doctrina concerniente a Dios, la forma en que se le debería conocer, amar, obedecer, adorar y deleitarse uno en Él? En cuanto a Cristo, Dios y hombre, es un misterio sobre el cual se maravillan los ángeles y que ningún hombre puede entender o expresar, y que ninguno puede explicar por completo. Con respecto a los oficios de Cristo, la Palabra declara que son los de Profeta, Sacerdote y Rey. El ejemplo y la vida de Cristo, sus milagros, las tentaciones que soportó, sus sufrimientos, su muerte, sus victorias, su resurrección, ascensión e intercesión y su venida para juzgar se plasman en la Palabra divina. ¿No se encuentran en las Escrituras la doctrina de la Trinidad, de la miseria del hombre por el pecado y su remedio en Cristo? ¿Y también el pacto de gracia, las condiciones de éste y los sellos del mismo? ¿Los muchos privilegios preciosos y gloriosos que tenemos por Cristo: La reconciliación con Dios, la justificación, la santificación y la adopción? ¿Las diversas gracias por obtener, los deberes que realizar y el estado eterno de los hombres en el cielo o en el infierno? ¿No están estas cosas y otras como ellas, en la Palabra de Dios que se debe leer a diario en tu hogar? ¿Y sigues sin ver la necesidad de orar antes y después de leer la Palabra de Dios? Sopésalo bien y lo comprenderás.

3. Considera cuánto le incumbe a toda la familia saber y entender estas cosas tan necesarias para la salvación. Si las ignoran, están perdidos. Si no conocen a Dios, ¿cómo podrán amarlo? Podemos amar a un Dios y a un Cristo invisibles (1 P. 1:8), pero nunca a un Dios desconocido. Si tu familia no conoce a Cristo, ¿cómo creerán en Él? Y, sin embargo, tienen que perecer y ser condenados de no hacerlo. Tendrán que perder para siempre a Dios y a Cristo, al cielo y sus almas, si no se arrepienten, creen y se convierten. Y dime, si la lectura de este Libro es la que los hará comprender la naturaleza de la verdadera gracia salvífica, ¿no será necesaria la oración? Sobre todo cuando muchos poseen la Biblia y la leen, pero no entienden las cosas que tienen que ver con su paz.

4. Considera, además, la ceguera de sus mentes y su incapacidad, sin las enseñanzas del Espíritu de Dios, para conocer y comprender estas cosas. ¿No es necesaria la oración?

5. Considera también, que el atraso de sus corazones a la hora de prestar atención a estas verdades importantes y necesarias de Dios, y su falta de disposición natural al aprendizaje demuestran que es necesario que Dios los capacite y les dé la voluntad de recibirlas.

6. Una vez más, considera que la oración es el medio especial para obtener conocimiento de Dios y su bendición sobre las enseñanzas y las instrucciones del cabeza de familia. David oró pidiéndole a Dios: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Sal. 119:18). En la Palabra de Dios hay “maravillas”. Que el hombre caído pueda ser salvo es algo maravilloso. Que un Dios santo se reconciliara con el hombre pecador es maravilloso. Que el Hijo de Dios adoptara la naturaleza del hombre, que Dios se manifestara en la carne y que el creyente fuera justificado por la justicia de otro son, todas ellas, cosas maravillosas.

Sin embargo, existe oscuridad en nuestra mente y un velo sobre nuestros ojos; además, las Escrituras forman un libro con broche, cerrado, de manera que no podemos entender estas cosas grandiosas y maravillosas de una forma salvífica, y depositar nuestro amor y nuestro deleite principalmente en ellas, a menos que el Espíritu de Dios aparte el velo, quite nuestra ignorancia e ilumine nuestra mente. Y esta sabiduría es algo que debemos buscar en Dios, mediante la oración ferviente. Ustedes, los que son cabezas de familias, ¿no querrían que sus hijos y criados conocieran estas cosas y que estas tuvieran un efecto sobre ellos? ¿No querrían, ustedes, que se grabaran en sus mentes y en sus corazones las grandes preocupaciones de su alma? ¿Los instruyen ustedes a este respecto? La pregunta es: ¿Pueden ustedes llegar a sus corazones? ¿Pueden ustedes despertar sus conciencias? ¿No pueden? Y aun así, ¿no te lleva esto a orar a Dios con ellos para que Él lo lleve a cabo? Mientras estén orando juntamente con ellos, Dios puede estar disponiendo en secreto y preparando poderosamente sus corazones para que reciban su Palabra y las instrucciones de ustedes a partir de estas.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”. Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

Trazando la historia de la Navidad

Para poder entender la historia de la Navidad, necesitamos retroceder en el tiempo. No solo un par de miles de años hasta el nacimiento de Jesús, sino retroceder por completo hasta llegar a nuestros primeros padres, Adán y Eva. Dios los puso en el frondoso y perfecto jardín del Edén. Ellos tenían todo lo que necesitaban. Era perfecto. Pero luego, ellos pecaron. Como consecuencia, Dios los expulsó del jardín. Y desde ese entonces, Adán y Eva vivieron bajo maldición. Pero mientras Dios resonaba desde el cielo declarando la maldición, también les dio una promesa.

Dios les dio la promesa de una Simiente, una Simiente que nacería de una mujer. Esa Simiente transformaría todo el mal en bien. Él restauraría completamente todo lo que estuviera roto. Esta Simiente traería paz y armonía donde las luchas y los conflictos bramaran como un mar tempestuoso.

Dios dijo que el hijo de David sería Rey para siempre y que Su Reino no tendría fin.

En el Antiguo Testamento, el tercer capítulo del primer libro, Génesis, habla de conflicto y enemistad. Adán y Eva, quienes habían conocido solo la experiencia de la tranquilidad, ahora vivirían continuamente en conflictos amargos. Incluso la tierra los desafiaría. Los pinchazos de las espinas serían un recordatorio constante. Como dicen los poetas: “La naturaleza, roja en uñas y dientes”. Hasta la Simiente prometida entraría en este conflicto, luchando contra la Serpiente, el gran saboteador. Pero Génesis 3 promete que la Simiente triunfaría contra la Serpiente, asegurando así la victoria final y marcando el comienzo de una ola de paz tras otra.

Sin embargo, la Simiente tardaría mucho en llegar.

Adán y Eva tuvieron a Caín y a Abel, y ninguno resultó ser la Simiente. Cuando Caín mató a Abel, Dios trajo a Set a través de Adán y Eva, una pequeña muestra de gracia en un mundo lleno de problemas. Pero Set no era la Simiente. Más hijos nacieron. Generaciones llegaron y generaciones pasaron.

Luego apareció Abraham en el escenario mundial. Dios llamó a este hombre desde tiempos antiguos para crear a través de él y de su esposa Sara una nación nueva y grande que sería un faro de luz en medio de un mundo perdido y sin esperanza. Dios nuevamente prometió una Simiente a esta pareja, un hijo. Ellos pensaron que era Isaac, pero Isaac murió.

La misma historia se repitió de generación en generación, aumentando la expectación sobre la llegada de Aquel que vendría a traer paz y rectitud. Una viuda llamada Noemí y su nuera viuda, Rut, también fueron parte de esta historia. Ellas se encontraban en circunstancias desesperantes. En el mundo antiguo no existían ayudas sociales que se encargaran de personas tan marginadas.

Sin esposos y sin hijos, sin derechos y sin recursos, las viudas vivían sin saber de dónde vendría su próxima comida. Cada día era una lucha por no perder la esperanza. Luego llegó Booz y se dio la clásica historia de un chico que conoce a una chica. Booz conoció a Rut y se casó con ella. Poco tiempo después, casi al final de la historia bíblica de Rut, vemos que ella dio a luz un hijo, una simiente. Este hijo sería un restaurador de vidas, un redentor. Pero él era solo una sombra de la Simiente que vendría. Él también murió.

El hijo de Rut y Booz fue llamado Obed. Obed tuvo un hijo llamado Isaí. Isaí tuvo muchos hijos, y uno de ellos fue un pastor de ovejas. Un día, este pastor tomó un puñado de piedras y derribó a un gigante. Se enfrentó a leones, y también fue un gran músico. Para sorpresa de todos, incluso para su padre, este hijo de Isaí, el bisnieto de Rut y Booz, fue ungido como rey de Israel.

Mientras David ocupaba el trono, Dios hizo otra promesa a él directamente. Esta era otra promesa de un hijo. Dios dijo que el hijo de David sería Rey para siempre y que Su Reino no tendría fin. Esa fue la promesa de Dios.

El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our SalvationJonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and ThoughtPeace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life.

La Palabra de Dios y la oración familiar 1

Los cabeza de familia deberían leer las Escrituras a sus familias e instruir a sus hijos y criados en los asuntos y las doctrinas de la salvación. Por tanto, deben orar en familia y con sus familias. Ningún hombre que no niegue las Escrituras, puede oponerse al incuestionable deber de leerlas en el hogar; [el deber que tienen] los gobernantes de la familia de enseñar e instruir a sus miembros de acuerdo con la Palabra de Dios. Entre una multitud de versículos expresos, analicemos estos: “Y sucederá que cuando vuestros hijos os pregunten: “¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas” (Éx. 12:26-27). Los padres cristianos tienen el mismo deber de explicar a sus hijos los sacramentos del Nuevo Testamento para instruirlos en la naturaleza, el uso y los fines del Bautismo y de la Santa Cena: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”, es decir, mañana y tarde (Dt. 6:6-7; 11:18-19). “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4). Y a Dios le agradó esto en Abraham: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová” (Gn. 18:19). Esto es, pues, innegable si se ha de creer en la Palabra que hemos recibido como reglamento y a la que debemos brindar obediencia. Incluso los paganos enseñaban la necesidad de instruir a la juventud a tiempo.

La razón de esta consecuencia, desde la lectura familiar hasta las instrucciones de orar en familias, es evidente ya que necesitamos rogar a Dios para que nos proporcione la iluminación de Su Espíritu, que abra los ojos de todos los miembros de la misma y que derrame su bendición sobre todos nuestros esfuerzos, sin la cual no hay salvación. Esto será más paten-te si consideramos y reunimos los siguientes argumentos:

  1. ¿De quién es la palabra que se ha de leer juntos en familia? Acaso no es la Palabra del Dios eterno, bendito y glorioso. ¿No requiere esto y, hasta exige, oración previa en mayor medida que si uno fuera a leer el libro de algún hombre mortal? La Palabra de Dios es el medio a través del cual Él habla con nosotros. Por medio de ella nos instruye y nos informa acerca de las preocupaciones más elevadas e importantes de nuestras almas. En ella debemos buscar los remedios para la cura de nuestras enfermedades espirituales. De ella debemos sacar las armas de defensa contra los enemigos espirituales que asaltan nuestras almas para ser dirigidos en las sendas de la vida. ¿Acaso no es necesario orar juntos, pues, para que Dios prepare todos los corazones de la familia para recibir y obedecer lo que se les lea, procedente de la mente de Dios? ¿Es tan formal y sensible toda la familia a la gloria, la santidad y la majestad de aquello que Dios les transmite en su Palabra que ya no haya necesidad de orar para que así sea? Y si ven la necesidad, ¿no debería ser lo primero que hagan? Después de leer las Escrituras y de escuchar las amenazas, los mandamientos y las promesas del glorioso Dios; cuando los pecados han quedado al descubierto y también la ira divina contra ellos; cuando se han impuesto los deberes y explicado los preciosos privilegios y las promesas de un Dios fiel, “promesas grandes y preciosas” para quienes se arrepienten, creen y acuden a Dios con todo su corazón, sin fingimientos, ¿no tienen ustedes la necesidad de caer juntos de rodillas, rogar, llorar e invocar a Dios pidiendo perdón por esos pecados de los que los ha convencido esta Palabra, de los que son culpables y por los que deben lamentarse delante del Señor? ¿[No tienen la necesidad de orar] para que cuando se descubra el deber, todos tengan un corazón dispuesto para obedecer y ponerlo en práctica, y juntos arrepentirse sin fingimientos y acudir a Dios, para que puedan aplicarse esas promesas y ser copartícipes de esos privilegios? Basándonos en todo esto, pues, existe una buena razón para que cuando lean juntos, también oren juntos.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?”. Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate.

Thomas Doolittle (1632 –1707) fue un ministro, tutor y autor inglés inconformista.

El Enrejado y la Vid

¿Cuál es la meta de la iglesia? ¿Llenar los asientos cada domingo? ¿Aumentar su presupuesto? ¿Crear un montón de programas populares?

En “El Enrejado y La Vid”, Colin Marshall y Tony Payne sugieren algo más sencillo y sumamente más importante: hacer y desarrollar discípulos. El enfoque de la iglesia debe ser el hacer discípulos, alcanzando a los perdidos para madurarlos en Cristo para la gloria de Dios.

La metáfora principal del libro describe la relación de la Iglesia (la vid) y su infraestructura, comités, programas, y actividades (el enrejado). El argumento de los autores es que el enrejado debe apoyar el crecimiento de la vid, no dominarlo. Sin embargo, muchas iglesias se enfocan en los programas, la administración, las actividades y viajes, y no en el crecimiento de las personas en el evangelio.

¿Cómo es que crecen los discípulos?

“La tarea fundamental de todo ministerio cristiano es la de predicar el evangelio de Jesucristo en el poder del Espíritu Santo, cuidando que la gente se convierta, cambie y alcance una mayor madurez en ese evangelio. Este trabajo es como plantar, regar, fertilizar y cuidar una planta”. (p. 14)

Cuando una iglesia se enfoca demasiado en las actividades del enrejado, el hacer de discípulos se deja a un lado. La iglesia necesita un enfoque que tome en serio la meta de hacer discípulos. Además, es necesario que los pastores y las congregaciones entiendan que el hacer discípulos es la responsabilidad de cada creyente, no sólo de los pastores.

“Nuestro argumento es que las estructuras no hacen crecer el ministerio, así como los enrejados no hacen crecer las vides, y que la mayoría de las iglesias necesitan hacer un cambio deliberado: dejar de erigir y mantener estructuras, y dedicarse a formar personas que sean discípulos de Cristo hacedores de discípulos de Cristo. Eso puede requerir de algunos cambios de mentalidad radicales que pueden ser dolorosos”. (p. 23)

Cambios de mentalidad radicales

Los autores presentan a lo menos once cambios de mentalidad en el capítulo que se llama “Todos los cristianos deben ser viñadores”. Los nuevos enfoques incluyen:

  1. Enfocarnos en las personas, en vez de llevar a cabo programas.
  2. Preparar a las personas, en vez de llevar a cabo eventos.
  3. Desarrollar a las personas, en vez de usarlas.
  4. Capacitar a nuevos trabajadores, en vez de llenar vacantes.
  5. Ayudar a las personas a avanzar, en vez de solucionar problemas.
  6. Desarrollar liderazgo de equipo, en vez de aferrarse a los pastores ordenados.
  7. Forjar sociedades pastorales, en vez de concentrarse en la estructura política de la iglesia.
  8. Establecer sistemas locales de capacitación, en vez de depender de otras instituciones dedicadas a ella.
  9. Apuntar a una expansión a largo plazo, en vez de concentrarnos en las presiones inmediatas.
  10. Ocuparse del ministerio, en vez de en la administración.
  11. Buscar el crecimiento del evangelio, en vez del crecimiento de la iglesia.

Obviamente, leer este libro no es suficiente para llevar todo esto cabo. Tampoco es suficiente predicar dos o tres sermones, o enseñar una clase nueva acerca del discipulado. Cultivar una iglesia llena de discípulos que hacen discípulos requiere intencionalidad, fidelidad y paciencia en cada parte de la iglesia.

Los autores sugieren cuatro etapas en el proceso de crecimiento individual en el evangelio: acercamiento, seguimiento, crecimiento, y discipulado (o capacitación). Esto quiere decir que cada persona en nuestras iglesias requiere que alguien le acerque el evangelio, le hable más sobre el evangelio, le ayude a crecer en el evangelio, y le capacite a servir en alguna forma.

La intencionalidad requiere un plan para capacitar a creyentes y a líderes dentro de la iglesia a cómo ser discípulos que hacen discípulos. Los últimos capítulos del libro hablan de manera práctica sobre cómo buscar y capacitar obreros (capítulos 9 y 10), los beneficios del aprendizaje en el ministerio (capítulo 11), y cómo empezar a crear una cultura de discipulado (capítulo 12).

Un llamado a volver a las Escrituras

El Enrejado y La Vid” ha creado muchas conversaciones importantes sobre el discipulado y el ministerio. No es que Payne y Marshall hayan inventado un sistema radical para discipular; lo que hacen es un llamado para volver a las Escrituras para ver cómo la iglesia debe pensar en su identidad y papel de hacer discípulos.

Este llamado es importante, porque es muy fácil que perdamos el enfoque central. Es más sencillo medir el ministerio por el número de asistentes y por los programas que se ofrecen. Es más difícil medir el crecimiento espiritual en una iglesia; por eso tendemos a ser pragmáticos en vez de esperar a que el Espíritu de Dios use la Palabra de Dios para hacer la obra de Dios, usando las palabras de David Jackman.

No exagero al decir que este libro es para cada pastor y plantador de iglesias que quiere desarrollar una cultura del discipulado dentro de su congregación. Si has sido bendecido por los libros de 9Marks, “El Enrejado y La Vid” te encantará.

El contenido de este libro tiene el potencial de transformar tu iglesia para que sea más bíblica y llena del evangelio. Cómpralo. Léelo. Toma notas. Ora por tu iglesia y por ti. Y, sobre todo, cumple tu llamado a hacer discípulos.

Kevin Halloran trabaja con Leadership Resources International en el equipo de América Latina entrenando pastores cómo predicar la palabra de Dios con el corazón de Dios. También sirve en el ministerio hispano de The Orchard – Arlington Heights en los suburbios de Chicago, IL. Puedes encontrarlo en su blog personal donde escribe semanalmente sobre temas evangelio-céntricos y seguirlo en Facebook y Twitter.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/discipulado/549-el-enrejado-y-la-vid.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Motivos para la Adoración Familiar 2

3. Para producir verdadero gozo en el hogar: ¡Y qué delicia, qué paz, qué felicidad verdadera hallará una familia cristiana al erigir un altar familiar en medio de ellos y al unirse para ofrecer sacrificio al Señor! Tal es la ocupación de los ángeles en el cielo ¡y benditos los que anticipan estos gozos puros e inmortales! “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna” (Sal. 133). ¡Oh qué nueva gracia y vida le proporciona la piedad a una familia! En una casa donde se olvida a Dios, hay falta de educación, mal humor e irritación de espíritu. Sin el conocimiento y el amor de Dios, una familia no es más que una colección de individuos que pueden sentir más o menos afecto natural unos por otros; pero falta el verdadero vínculo, el amor de Dios nuestro Padre en Jesucristo nuestro Señor. Los poetas están llenos de hermosas descripciones de la vida doméstica; ¡pero, desafortunadamente, qué distintas suelen ser las imágenes de la realidad! A veces existe falta de confianza en la providencia de Dios; otras veces hay amor a la riqueza; otras, una diferencia de carácter; otras, una oposición de principios. ¡Cuántas aflicciones, cuantas preocupaciones hay en el seno de las familias!.

La piedad doméstica impedirá todos estos males; proporcionará una confianza perfecta en ese Dios que da alimento a las aves del cielo; proveerá amor verdadero hacia aquellos con quienes tenemos que vivir; no será un amor exigente y susceptible, sino un amor misericordioso que excusa y perdona, como el de Dios mismo; no un amor orgulloso, sino humilde, acompañado por un sentido de las propias faltas y debilidades; no un amor ficticio, sino un amor inmutable, tan eterno como la caridad. “Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos” (Sal. 118:15).

4. Para consolar durante momentos de prueba: Cuando llegue la hora de la prueba, esa hora que tarde o temprano debe llegar y que, en ocasiones, visita el hogar de los hombres más de una vez, ¡qué consuelo proporcionará la piedad! ¿Dónde tienen lugar las pruebas si no en el seno de las familias? ¿Dónde debería administrarse, pues, el remedio para las pruebas si no en el seno de las familias? ¡Cuánta lástima debe dar una familia donde hay lamento, si no hay esa consolación! Los diversos miembros de los que se compone incrementan los unos la tristeza de los otros. Sin embargo, cuando ocurre lo contrario y la familia ama a Dios, si tiene la costumbre de reunirse para invocar el santo nombre de Dios de quien viene toda prueba y también toda buena dádiva, ¡cómo se levantarán las almas desanimadas! Los miembros de la familia que siguen quedando alrededor de la mesa sobre la que está el Libro de Dios, ese libro donde encuentran las palabras de resurrección, vida e inmortalidad, donde hallan promesas seguras de la felicidad del ser que ya no está en medio de ellos, así como la justificación de sus propias esperanzas.

Al Señor le complace enviarles al Consolador; el Espíritu de gloria y de Dios viene sobre ellos; se derrama un bálsamo inefable sobre sus heridas y se les da mucho consuelo; se transmite la paz de un corazón a otro. Disfrutan momentos de felicidad celestial: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4). “Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol… Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal. 30:3, 5).

5. Para influir en la sociedad: ¿Y quién puede decir, hermanos míos, la influencia que la piedad doméstica podría ejercer sobre la sociedad misma? ¡Qué estímulos tendrían todos los hombres al cumplir con su deber, desde el hombre de estado hasta el más pobre de los mecánicos! ¡Cómo se acostumbrarían todos a actuar con respeto, no sólo a las opiniones de los hombres, sino también al juicio de Dios! ¡Cómo aprendería cada uno de ellos a estar satisfecho con la posición en la que ha sido colocado! Se adoptarían buenos hábitos; la voz poderosa de la conciencia se reforzaría: La prudencia, el decoro, el talento, las virtudes sociales se desarrollarían con renovado vigor. Esto es lo que podríamos esperar, tanto para nosotros mismos como para la sociedad. La piedad tiene promesa en la vida que transcurre ahora y la que está por venir.

Tomado de “Family Worship”


J. H. Merle D’Aubigne (1794-1872): Pastor, catedrático de historia de la Iglesia, presidente y catedrático de teología histórica en la Escuela de teología de Ginebra; autor de varias obras sobre la historia de la Reforma, incluido su famoso History of the Reformation of the Sixteenth Century (Historia de la Reforma del siglo XVI) y The Reformation in England (La Reforma en Inglaterra).

El Cristiano con toda La Amardura de Dios

El libro de William Gurnall, El cristiano con toda la armadura de Dios, es sin duda excepcional por varias razones.

En primer lugar este autor puritano editó el material en tres tomos entre 1655 y 1662, dedicando el primero a los habitantes de Lavenham, donde fue rector de la iglesia en ese lugar, en Sufflok, ciudad entonces de unos 1800 habitantes, de los cuales la mitad eran feligreses suyos. Es decir, estamos ante una rareza porque fue profeta en su propia tierra. De hecho, las evidencias indican que vivió y murió a 50 km de su lugar de nacimiento, y salvo el pastorado y su vida familiar tras casarse con Sarah Mott, con la que tuvo diez hijos en sus 35 años de matrimonio sabemos pocas cosas de este escritor, de no ser por esta gran obra literaria que en vida del autor acumuló seis ediciones. Por otro lado, es uno de esos personajes que a pesar de tener mala salud, centró todos sus esfuerzos en servir a Dios en la iglesia local, dejando a un lado otros compromisos cuando empezaron a conocerle por la relevancia de sus predicaciones, llegando incluso a rechazar una invitación para predicar ante la Cámara de los Comunes en Londres. Gurnall vivió como puritano una vida celosa guardando las enseñanzas de la Palabra de Dios, y abrazando las doctrinas de la Reforma que seguían convulsionando Europa.

Las recomendaciones a la obra de Gurnall durante décadas llegan de hombres como John Newton, quien después de la Biblia tenía este libro como favorito, J. C. Ryle, o Charles Haddon Spurgeon, quien decía que “tiendo a pensar que habrá sugerido más sermones que ningún otro volumen no inspirado. A menudo he recurrido al mismo cuando mi propio fuego ardía bajo, y pocas veces he dejado de encontrar algún carbón encendido en el hogar de Gurnall”. Por todo esto, esta versión abreviada de la obra original, es una buena manera de buscar textos en tiempos próximos a la Reforma de autores con grandes convicciones morales y fuego del Espíritu.

No sé si este libro sirvió como inspiración a C.S. Lewis, cuando escribió Cartas del diablo a su sobrino, donde un diablo experimentado enseñaba las malas artes como tentador y acusador a un joven aprendiz en un tono irónico, pero también Gurnall con mucha sabiduría consigue discernir el comportamiento humano, y en esa línea destila una comprensión poco común de la forma en la que Satanás intenta derribar al cristiano de múltiples formas.

La guerra espiritual tratada con equilibrio y de la que deberían aprender algunos de los supuestos nuevos teólogos neuróticos actuales, fue seguida en momentos históricos complejos e ilumina nuestra experiencia cristiana hoy.

Esta edición recoge de forma resumida los tres libros originales de Gurnall en un solo volumen con un lenguaje actual bien revisado, algo que no es fácil encontrar cuando tratamos obras algo lejanas en el tiempo y es por este motivo que hay que felicitar a la Editorial Peregrino y el Estandarte de la Verdad. Es un libro que a pesar de su extensión se lee con relativa facilidad, y donde destaca el lenguaje para ser soldados en base al texto de Efesios sobre la armadura del cristiano que con ese tono de alerta recorre la Biblia, para mostrar la forma en la cual debemos velar ante las asechanzas de Satanás y sus huestes.

La primera sección que corresponde al primer tomo: Es una llamada al valor y servicio siendo fuertes en el Señor explicando el motivo por el que el cristiano debe armarse, mientras razona cómo es nuestro enemigo y la naturaleza de esta batalla espiritual. No es el momento de dormirse, vivimos para luchar siempre al igual que Satanás está a nuestro alrededor habitualmente buscando a quien devorar (1 P. 5:8). En palabras del autor: “Todo soldado está llamado a una vida de servicio activo, igual que el creyente. La misma naturaleza de ese llamamiento excluye una vida ociosa. Si pensabas ser soldado de verano, considera con cuidado tu comisión” (pág. 46). “En el presente debes vestir el traje de reglamento día y noche. Has de andar, trabajar y dormir con él puesto… Y si ese tentador descarado vigiló tan de cerca a Cristo, ¿no te parece que también te acechará a ti, esperando tarde o temprano sorprenderte con las virtudes dormidas” (pág. 86-87).

La segunda sección que contiene el resumen del segundo tomo:Describe la armadura del cristiano enfatizando la necesidad de un corazón sincero, es necesaria integridad cuyas deficiencias cubre el amor de Dios. En esta parte nos adentramos en la importancia de la santidad, cuestión que caracterizó muchos de los mensajes de los autores puritanos que aspiraban a vivir conforme a la voluntad de Dios en todo. Aquí también se muestra la importancia del evangelio, un mensaje tan grande como bueno, en palabras de Gurnall: “El evangelio trae promesas que anuncian el bien que Dios tiene reservado para los pecadores, mientras que las amenazas son la lengua nativa de la ley. La ley no puede hablar más que juicio para los pecadores; pero el evangelio de la gracia de Cristo les sonríe y alisa las arrugas de la frente de la ley” (pág. 478).

La tercera sección, vinculada al tercer tomo: Continúa desarrollando más elementos de la armadura, exhortándonos porque como se menciona en la segunda sección: “Vivimos en una época crucial. El que esté tan preocupado por proteger su nombre que no tolere sufrir por Cristo ni soportar el barro lanzado por las malas lenguas contra él, tendrá que buscar su propio camino al Cielo… Los reproches externos se pueden soportar y llevar triunfalmente como una corona, si no tienes que luchar con una conciencia que te reproche desde dentro” (pág. 380).

Sólo podemos decir, que este libro es una joya literaria evangélica y que la edición que presentamos tiene todo nuestro respeto por su calidad. Puede solicitarse por Internet siguiendo este enlace: 

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/vida-cristiana/411-el-cristiano-con-toda-la-armadura-de-dios.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Hijos que andan la verdad 2

Te digo que los hijos que andan en la verdad sirven a Dios con un corazón sincero. Estoy seguro de que sabes que es muy posible servir a Dios sirviéndole sólo exteriormente. Muchos así lo hacen. Ponen cara de santos y pretenden ser sinceros cuando en realidad no lo son. Dicen hermosas oraciones con sus labios pero no son sinceros en lo que dicen. Se sientan en sus lugares en la iglesia cada domingo y a la vez están pensando todo el tiempo en otras cosas: y tal servicio es un servicio externo y muy errado.

Lamento tener que decir que hay hijos malos que frecuentemente son culpables de este pecado. Dicen sus oraciones regularmente cuando sus padres les obligan, pero no si no los obligan. Parecen prestar atención en la iglesia cuando los observa el maestro, pero no en otros momentos.

Los hijos que andan en la verdad no son así. Tienen otro espíritu en ellos. Su deseo es ser honestos en todo lo que hacen con Dios y le adoran en espíritu y en verdad. Cuando oran, tratan de ser sinceros y todo lo que dicen lo dicen en serio. Cuando van a la iglesia, tratan de ser serios y concentrarse en lo que oyen. Y uno de sus principales lamentos es que no pueden servir a Dios más de lo que lo hacen.

Niño, jovencito: esta es la tercera señal de que uno anda en la verdad. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Es tu corazón falso o sincero?

Te diré, en último lugar, que los hijos que andan en la verdad
realmente se esfuerzan por hacer las cosas que son correctas ante los
ojos de Dios.
Dios nos ha dicho con mucha claridad lo que él piensa es lo correcto. Nadie que lea la Biblia con un corazón honesto puede quivocarse. Pero es triste ver cómo pocos hombres y mujeres se interesan en complacer a Dios. Muchos desobedecen sus mandamientos continuamente y no parece que esto les importara. Algunos mienten, insultan, se pelean, engañan y roban. Otros dicen malas palabras, no observan el día de reposo, nunca oran a Dios y nunca leen su Biblia. Otros son malos con sus familiares o haraganes o glotones o malhumorados o egoístas. Todas estas cosas, opine lo que opine la gente, son malvadas y desagradan a un Dios Santo.

Los hijos que andan en la verdad siempre tratan de evitar las cosas malas.
No les gustan las cosas pecaminosas de ninguna clase, y no les gusta la
compañía de los que las hacen. Su gran anhelo es ser como Jesús: santo,
inocente y apartado de las prácticas pecaminosas. Se esfuerzan por ser
bondadosos, gentiles, dispuestos a hacer favores, obedientes, honestos,
veraces y buenos en todos sus caminos. Les entristece no ser más santos
de lo que son.

Niño, Jovencito: esta es la última señal de los que andan en la verdad que te daré. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Son tus acciones buenas o malas?

Has oído ahora las señales de andar en la verdad. He tratado de presentártelas claramente. Espero que las hayas entendido. Saber la
verdad acerca del pecado; amar al verdadero Salvador, Jesucristo; servir a Dios con un corazón sincero; hacer las cosas que son buenas y aceptables ante los ojos de Dios: estas son las cuatro. Te ruego que pienses en ellas, y pregúntate: “¿Qué estoy haciendo en este mismo momento? ¿Estoy andando en la verdad?”…

Confía en Cristo, y él se ocupará de todo lo que concierne a tu alma. Confía en él en todo momento. Confía en él sea cual fuere tu condición: en enfermedad y en salud, en tu juventud y cuando seas adulto, en la pobreza o en la riqueza, en la tristeza y en el gozo. Confía en él, y él será un Pastor que te cuidará, un Guía que te guiará, un Rey que te protegerá, un Amigo que te ayudará cuando lo necesites. Confía en él, y recuerda que él mismo dice: “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb. 13:5). Pondrá su Espíritu dentro de ti y te dará un corazón nuevo. Te dará poder para llegar a ser un verdadero hijo de Dios. Te dará gracia para controlar tu temperamento, para dejar de ser egoísta, para amar a los demás como a ti mismo. Hará más livianos tus problemas y más fácil tu trabajo. Te confortará en el momento de aflicción. Cristo puede hacer felices a los que confían en él… Querido niño o jovencito, Juan sabía muy bien estas cosas. Las había aprendido por experiencia. Vio que los hijos de esta señora serían felices en este mundo, ¡con razón se regocijó!

Tomado de Boys and Girls Playing.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana, venerado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) , y muchos otros; nacido en Mcclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

Hijos que andan la verdad

¿Qué quiere decir aquí “andando”? No creas que significa andar con tus pies… En cambio, significa nuestro modo de comportarnos: nuestra manera de vivir y de seguir adelante. ¿Y puedo decirte por qué la Biblia llama a esto “andando”? Lo llama así porque la vida del hombre es justamente como un viaje. Desde el momento cuando nacimos al momento de nuestra muerte, estamos siempre andando y siguiendo adelante. La vida es un viaje desde la cuna hasta la tumba, y la manera de vivir de una persona es llamada con frecuencia su “andar”.

Pero, ¿qué significa “andar en la verdad”? Significa andar en los caminos del evangelio bíblico, y no en los caminos malos de este mundo impío. El mundo, lamento decirte, está lleno de nociones falsas y mentiras, y especialmente lleno de mentiras acerca del evangelio. Todas proceden del diablo, nuestro gran enemigo. El diablo engañó a Adán y Eva y causó que pecaran por decirles una mentira. Les dijo que no morirían si comían del fruto prohibido, y eso era mentira. El diablo está siempre ocupado en ese mismo trabajo ahora. Siempre está tratando de lograr que hombres, mujeres y niños tengan nociones falsas de Dios y del cristianismo. Los persuade a creer que lo malo es realmente bueno, y que lo que es realmente bueno es malo: que servir a Dios no es agradable, y que el pecado no les hará ningún daño. Y, lamento decir, muchísimas personas son engañadas por él y creen estas mentiras.

¡Pero los que andan en la verdad son muy distintos! No prestan atención a las nociones falsas que hay en el mundo acerca del cristianismo.
Siguen el camino correcto que Dios nos muestra en la Biblia. Sea lo que se que hacen los demás, su anhelo principal es complacer a Dios y ser sus verdaderos siervos. Ahora bien, éste era el carácter de los hijos del que habla el texto. Juan escribe a casa a su madre y dice: “He hallado a… tus hijos andando en la verdad”.

Queridos hijos, ¿quieren saber si están ustedes andando en la verdad? ¿Les gustaría saber las señales por lo que podemos saberlo? Escuchen cada uno de ustedes, mientras trato de presentarles estas señales en orden. Venga cada hijo e hija a escuchar lo que voy a decir.

Les digo, pues, que por un lado, los hijos que andan en la verdad saben la verdad acerca del pecado. ¿Qué es pecado? Desobedecer cualquier mandato de Dios es pecado. Hacer cualquier cosa que Dios dice que no debemos hacer es pecado. Dios es muy santo y muy puro, y cada pecado que es cometido le desagrada muchísimo. Pero, a pesar de esto, la mayoría de las personas en el mundo, ancianas al igual que jóvenes, casi ni piensan en el pecado. Algunos procuran pretender que no son grandes pecadores y que no desobedecen con frecuencia los mandamientos de Dios. Otros dicen que el pecado, al final de cuentas, no es tan terrible y que Dios no es tan detallista y estricto como dicen los pastores que lo es. Estos son dos grandes y peligrosos errores. Los hijos que andan en la verdad piensan muy distinto. No tienen semejante orgullo ni sentido de superioridad. Se sienten llenos de pecado, y esto los entristece y humilla. Creen que el pecado es la cosa abominable que Dios aborrece. Consideran el pecado como su gran
enemigo y como una plaga. ¡Lo aborrecen más que a cualquier otra cosa sobre la tierra! No hay nada de lo que se quieran librar tanto como librarse del pecado.Niñó, jovencito: esa es la primera señal de estar andando en la verdad. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Aborreces tú el pecado?

Les digo también que los hijos que andan en la verdad aman al
verdadero Salvador de los pecadores y lo siguen.
Hay pocos hombres y mujeres que de alguna manera no sientan la necesidad de ser salvos.
Sienten que después de la muerte viene el juicio, y les gustaría salvarse
de aquel juicio terrible. Pero, ¡ay! pocos de ellos verán que la Biblia dice que hay un solo Salvador, y que éste es Jesucristo. Y pocos acuden a Jesucristo y le piden que los salve. En cambio, confían en sus propias oraciones, su propio arrepentimiento, su propia asistencia a la iglesia o algo por el estilo. Pero estas cosas, aunque tienen su lugar, no pueden salvar del infierno ni siquiera a un alma. Estos son caminos falsos de salvación. No pueden borrar el pecado. No son Cristo. Nada te puede salvar a ti o a mí sino Jesucristo quien murió en la cruz por los pecadores. Sólo los que confían exclusivamente en él reciben el perdón de sus pecados e irán al cielo. Sólo ellos encontrarán que tienen un Amigo Todopoderoso en el Día del Juicio. Esta es la manera verdadera de ser salvos. Los hijos que andan en la verdad han aprendido todo esto. Si les preguntas en qué confían, responderán: “Solamente en Cristo”. Recuerdan sus palabras llenas de su gracia: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis” (Mar. 10:14). Tratan de seguir a Jesús como los corderos siguen al buen pastor. Y lo aman porque leen en la Biblia que él los amó y se dio a sí mismo por ellos. Niño, jovencito: aquí tienes la segunda señal de que uno anda en la verdad. Concéntrate en ella. Piensa en ella. ¿Amas a Cristo?

Continuará …

Tomado de Boys and Girls Playing.


J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana, venerado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) , y muchos otros; nacido en Mcclesfield, Cheshire County, Inglaterra.

Por qué necesitan nuestros hijos e hijas fe en Cristo 2

Ahora bien, sabes lo que Dios nos ha dicho en las Sagradas Escrituras acerca de su Hijo. Recuerdas lo que la Biblia dice acerca del nacimiento, la vida y la muerte de Jesús. Aunque moraba en el cielo y estaba con Dios y era Dios (Juan 1:1)… se hizo hombre, creció como otros niños. “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Luc. 2:52). Cuando tenía treinta años, comenzó su ministerio. Predicó que todos tenían que arrepentirse y creer en él (Mar. 1:15), de otra manera nunca entrarían en el Reino de los Cielos. Realizó muchos milagros maravillosos que probaban que Dios estaba con él y que realizaba las obras de Dios. Su vida fue enteramente santa, libre de todo pecado. Su ejemplo fue perfectamente bueno… Su enseñanza fue sabia y buena. Aun sus enemigos decían: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46). Habló de todos los deberes que los seres humanos se deben unos a otros y a Dios… Por último dejó que hombres malos lo apresaran y crucificaran, a fin de que, por su muerte, pudiera hacer expiación por los pecados del mundo1 (1 Juan 2:2) y preparar el camino a fin de que todos los pecadores que se arrepienten y creen en él puedan ser salvos y felices en el cielo para siempre. Después de su muerte, resucitó, apareció vivo a sus discípulos, les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15). Luego ascendió al cielo en presencia de muchos de sus amigos, “viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25).

Este es un breve resumen de lo que la Biblia nos informa con respecto al Salvador. Ahora Dios requiere que creamos esto, y creer de tal manera que creerlo regirá nuestra conducta y nos convertirá en seguidores y discípulos de Jesucristo. No basta con que digas que no disputas o niegas
lo que Dios dice acerca de su Hijo. No basta con decir que crees en el relato bíblico acerca del Salvador. Si tu creencia no es del tipo que gobierna tus acciones, si no te lleva a hacer lo que el Salvador te indica, si no te hace su amigo y discípulo, no es verdadera fe en él.

Ahora bien, mi joven lector, si has leído atentamente y comprendido lo que has leído, ves que cuando tienes una fe verdadera en Cristo te pondrás totalmente en sus manos. Confiarás únicamente en él para ser salvo. Obedecerás sus órdenes y te esforzaras por ser como él… Esta es la fe de la cual Dios habla en la Biblia… Considera, mi joven amigo, por qué tú mismo necesitas fe. Es porque eres pecador. ¿Alguna vez has considerado esto en serio? Eres un pecador. Tienes, por naturaleza, un corazón malvado, has desobedecido a Dios, y has venido a condenación. La Biblia dice: “El que no cree, ya ha sido condenado” (Juan 3:18). La única manera de escapar de esta condenación es por la fe en Cristo. Él vino para salvar a pecadores. Dice: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc. 19:10). Tú estás perdido. Te has apartado del deber y de Dios, y perecerás para siempre si no eres salvo por Jesucristo. Y esta es la razón por lo que necesitas fe en él.

Tomado de Repentance and Faith Explained to the Uniderstanding of the Young,.

Charles Walker (1791-1870): Pastor congregacional, consagrado a enseñar la
verdad de Dios a los jóvenes; nacido en Woodstock, Connecticut.

Niños: Busquen al buen pastor

Blog147

Niños queridos: Jesús es el Buen Pastor. Extendió sus brazos en la cruz, y su seno fue atravesado por una lanza. Esos brazos les pueden recoger, y ese seno está listo para recibirlos. Oro por ustedes todos los días pidiendo que Cristo los salve. Él me dijo a mí: “Apacienta mis corderos”, y todos los días le devuelvo a él sus palabras: “Señor, apacienta mis corderos”. Anhelo verles en el regazo de Jesucristo. Creo que Cristo ha recogido a algunos de ustedes. ¿Pero no habrá más para recoger? ¿No habrá más retoños verdes para quitar del fuego? ¿No habrá otros que deseen cobijarse bajo la vestidura blanca de Jesús? ¡Ay, vengan! Porque “aún hay lugar” (Luc. 14:22). Eleven sus corazones a Dios mientras les cuento algo más del Buen Pastor.

1. JESÚS TIENE UN REBAÑO: Todo pastor debe tener un rebaño, y Cristo también. Cierta vez vi un rebaño en un valle cerca de Jerusalén. El pastor iba al frente y llamaba a las ovejas, y ellas conocían su voz y le seguían. Dije: “¡Este es el modo como Jesús guía a sus ovejas!” ¡Ah, que sea yo una de ellas!

(1) El rebaño de Cristo es un rebaño pequeño. Escucha lo que dice Jesús: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Luc. 12:32). Ora pidiendo estar en el rebaño pequeño. Fíjate en el mundo: [billones] de hombres, mujeres y niños de distintos países, color, idioma, marchan hacia el tribunal. ¿Es éste el rebaño de Cristo? ¡Ay, no! Millones sin cuenta jamás han escuchado el dulce nombre de Jesús, y del resto, la mayoría no ve la hermosura de la Rosa de Sarón. El rebaño de Cristo es pequeño. Fíjate en esta ciudad. ¡Cuántos andan por las calles en un día de descanso! ¡Qué rebaño tan grande! ¿Es este el rebaño de Cristo? No. Me temo que la mayoría no son hermanos y hermanas de Cristo. No se parecen a él. No siguen al Cordero ahora y no lo seguirán en la eternidad. ¡Observa las escuelas dominicales! ¡Cuántos rostros infantiles y juveniles vemos allí! ¡Cuántos ojos radiantes de alegría! ¡Cuántas almas preciosas! ¿Es éste el rebaño de Cristo? No, no. La mayoría tiene un corazón duro y de piedra. La mayoría ama el placer más que a Dios. La mayoría ama el pecado y no le dan importancia a Cristo… quiero llorar cuando pienso cuántos vivirán una vida de pecado, morirán una muerte horrible y pasarán la eternidad en el infierno. Queridos niños: oren pidiendo ser como un lirio entre muchas espinas: ser los pocos corderos en medio de un mundo de lobos.

(2) Las ovejas de Cristo son ovejas marcadas. En la mayoría de los rebaños, las ovejas están marcadas a fin de que el pastor pueda identificarlas. La marca se hace con frecuencia con alquitrán en el lomo lanudo de la oveja. A veces es la primera letra del nombre del dueño. Se ponen las marcas para no perderlas cuando andan entre otras ovejas. Lo mismo sucede con el rebaño de Jesús. Cada una de sus ovejas tiene dos marcas:

Una marca está hecha con la sangre de Jesús. Cada oveja y cordero en el rebaño de Cristo una vez fue culpable y manchado de pecado, totalmente inmundo. Pero cada uno ha sido atraído por la sangre de Jesús y limpiado en ella. Son cono ovejas “que suben del lavadero” (Cant. 4:2). Todos pueden decir: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apoc. 1:5). ¿Tienes tú esta marca? Fíjate y mira si la tienes. Nunca podrás estar en el cielo a menos que la tengas. Cada uno allí ha lavado sus vestiduras y “las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (Apoc. 7:14).

Otra marca está hecha por el Espíritu Santo. Esta no es una marca que puedes ver desde afuera, como la marca en la lana blanca de las ovejas. Está muy, muy adentro en el interior, donde al hombre le es imposible ver. Es un nuevo corazón. “Os daré corazón nuevo” (Eze. 36:26). Este es el sello del Espíritu Santo que da a todos los que creen. Con poder infinito, extiende su mano invisible, y silenciosamente cambia el corazón de todos los que realmente son de Cristo. ¿Tienes tú un corazón nuevo? Nunca irás al cielo sin él. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Rom. 8:9). Queridos niños, oren pidiendo estas dos marcas de las ovejas de Jesús: perdón a través de su sangre y un nuevo corazón. Toma esto muy en serio y procura muy en serio obtener las dos ahora mismo. Pronto vendrá el Pastor Principal, y pondrá sus ovejas a su mano derecha, y las cabras a su izquierda. ¿Dónde estarás tú aquel día?

(3) Todas las ovejas de Cristo se mueven en rebaño. A las ovejas les encanta andar juntas. Una oveja nunca anda con un lobo o un perro, sino siempre con el rebaño. Especialmente cuando amenaza una tormenta, se mantienen cerca unas de las otras. Cuando los nubarrones oscurecen el cielo y comienzan a caer las primeras gotas de lluvia, los pastores dicen que entonces ven a las ovejas bajando desde los cerros y juntándose en algún valle resguardado. Les encanta mantenerse juntas. Lo mismo sucede con el rebaño de Jesús. No les gusta andar con el mundo, sino siempre unos con los otros. El cristiano ama al cristiano. Tienen la misma paz, el mismo Espíritu, el mismo Pastor, el mismo rebaño en los cerros de la inmortalidad. Especialmente en el día oscuro y nublado –como tarde o temprano uno lo será– las ovejas de Cristo se sienten impulsadas a estar juntas y llorar juntas. Les encanta orar juntas, cantar alabanzas y esconderse juntas en Cristo… Pequeños: “amémonos unos a otros” (1 Juan 4:7). Hazte compañero de los que temen a Dios. Huye de todos los demás. ¿Quién puede abrazar el fuego y no quemarse?…

Continuará …

Tomado de “To the Lambs of the Flock”  en Memoir and Remains of Robert Murray M’Cheyne.
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Robert Murray M’Cheyne (1813-1843): Pastor presbiteriano escocés de St. Peter’s
Church, Dundee, cuyo ministerio se caracterizó por una profunda santidad personal, oración y poderosa predicación evangélica; nacido en Edimburgo, Escocia.

El conocimiento del Dios Santo

Reseña 47

Oseas 4:6 nos enseña que “Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento”. Esto no solo aplica a la falta de conocimiento de Su ley sino también a la falta de conocimiento de la persona de Dios. Dios nos dio Su Palabra para que le conociésemos, y es la principal forma de así hacerlo. Pero Él también dio sabiduría para que algunos hombres pudieran escribir sobre ese tema. Con más de un millón de copias vendidas solo en los Estados Unidos, El conocimiento del Dios Santo es considerado uno de los clásicos de la literatura cristiana, probando que J.I. Packer es uno de estos hombres dotados por Dios.

Cada capítulo de esta obra describe un atributo de Dios, lo que nos permite quedarnos meditando en las diversas características de nuestro Dios.

Su inmutabilidad. Todos sabemos que Dios no cambia, pero ¿qué significa eso para la vida del cristiano? Packer nos explica:

Jamás se vuelve menos veraz, menos misericordioso, menos justo, menos bueno de lo que una vez fue. El carácter de Dios es hoy, y lo será siempre, exactamente lo que fue en los tiempos bíblicos (100).

No solo su carácter no cambia: Su verdad no cambia, Sus propósitos no cambian, Su amor no cambia, Su fidelidad no cambia. Toda Su persona es eternamente inmutable, lo que nos lleva a confiar plenamente en Él.

Su verdad. Su Palabra es verdad. Dios se ha comunicado con nosotros a través de toda la historia, y el instrumento principal es mediante Su Palabra:

Dios, nuestro Hacedor, nos conoce antes que digamos nada; pero nosotros no podemos conocerlo Él a menos que se nos dé a conocer. Aquí, por lo tanto, tenemos una nueva razón de por qué Dios nos habla: no solo para movernos a hacer lo que Él quiere, sino para hacer posible que lo conozcamos a fin de que podamos amarlo (142).

Su amor. Es el atributo más conversado y  más mal entendido, tanto por los no creyentes como por los creyentes. Decimos con frecuencia que Dios es amor, pero olvidamos que Su amor, al igual que sus demás atributos, es santo. Tenemos que entender qué es realmente el amor de Dios de una manera bíblica:

El amor de Dios, como se refleja en la Biblia, jamás lo conduce a cometer acciones necias, impulsivas o inmorales, como ocurre con el amor humano…El amor de Dios es severo, porque es expresión de santidad en el que ama y procura la santidad de aquel que es amado (194;158).

Su ira. Packer llama la atención a que una de las cosas más notables sobre la Biblia es el vigor con que ambos Testamentos destacan la realidad y el terror de la ira de Dios. Una mirada a la concordancia nos revelará que en las Escrituras hay más referencias al enojo, al furor y la ira de Dios, que a su amor y su benevolencia (192).

Por esto Dios envió a Su Hijo, para librarnos de Su ira:

Entre nosotros los pecadores y las tormentosas nubes de la ira divina está ubicada la cruz del Señor Jesucristo (201).

¿Conoces tú a tu Dios?

¿Quieres saber qué tanto conoces a Dios? Revisa tu contentamiento, ya que la medida de nuestro contentamiento es uno de los elementos mediante el cual podemos juzgar si realmente conocemos a Dios (40). Dicho de otra manera: mientras menos gozo tengo, menos conozco a mi Dios.

Una vez que comprendemos que el propósito principal para el cual estamos aquí es el de conocer a Dios, la mayoría de los problemas de la vida encuentran solución por sí solos (43).

Lo que hace de El conocimiento del Dios santo un libro tan especial es la increíble capacidad que tiene de apuntar más allá de sí mismo; de levantar nuestros ojos de sus letras a nuestro Creador. Así, con el favor de Dios, podemos hacer nuestras las hermosas palabras de Jeremías:

No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza;  mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra, porque en estas cosas me complazco —declara el Señor”, Jeremías 9:23-24.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/doctrina-y-teologia/184-el-conocimiento-del-dios-santo.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

El Conocimiento del Dios Santo 2

Pecados de niños y jóvenes 4

Blog146D

Un amor desmedido por el placer sensual y las alegrías mundanas es otro pecado muy común de los jóvenes. La Palabra de Dios describe a los que viven entregados a los placeres como viviendo estando muertos (1 Tim. 5:6) y los cataloga con los malvados más abominables, los que son “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:4). Aunque tales son las declaraciones del Señor, el placer es el objetivo de miles de jóvenes. Algunos lo buscan en las sendas grotescas y embrutecedoras de las borracheras, dando rienda suelta a sus bajas pasiones. Los juegos de azar, el baile, las carreras de caballo, las salas de fiestas, los parques de diversiones y las veladas son los escenarios de su mayor felicidad. Joven varón, ¿abrigas en tu corazón este amor por los placeres mundanos? Quizá no te hayas dado a excesos escandalosos y vergonzosos, pero, ¿has amado más los placeres mundanos que a Dios y el evangelio? De ser así, lamentablemente llevas la terrible marca de ser un hijo de destrucción: eres amante de los placeres más que de Dios. ¿Has estado presente en ambientes de diversiones pecaminosas y festividades culposas? ¿Has ansiado, como lo han ansiado otros, esos deleites sensuales que más se adaptan a tus gustos? Y, mientras has amado así a este mundo, ¿te has olvidado de lo que vendrá? ¿Acaso has estado más contento con alguna diversión barata o con un juguete titilante que con las bendiciones que hay en el evangelio? ¿Y has sido más entusiasta por un día de placer prometido que por asegurar una eternidad de sano gozo celestial?

No interpretes que quiero insinuar que el cristiano debe ser un esclavo de la melancolía. ¡Al contrario! Ninguno tiene mayor razón para estar alegre que el que asegura su entrada al cielo. Pero tremenda es la diferencia entre la alegría inocente y el gozo humilde del cristiano y los placeres vanos de un mundo necio. El que es verdaderamente cristiano tiene sus deleites, aunque sabe que no hay aquí lugar para una jovialidad superficial.

Deja que responda ahora tu conciencia, como estando en la presencia de Dios: ¿Has atesorado en tu corazón un amor por los placeres mundanos y sensuales? Aun si tu situación te ha impedido seguir libremente los deleites de la carne, ¿has abrigado dentro de ti un amor por ellos? Si así ha sido, aunque no hayas tenido la oportunidad de darte tus gustos mundanos en más de un mes o un año, sigues siendo a los ojos de Dios un amante de los placeres igual que si hubieras dedicado a ellos todo tu tiempo…

El Apóstol Pablo, cuando enumeró algunos de los pecados de la humanidad, concluye la terrible lista con el hecho de que también se complacen con los que las practican (Rom. 1:32). Esto, aunque uno de los peores, es uno de los más comunes y abunda mucho más entre la juventud que entre otros. Los jóvenes son con frecuencia los tentadores y destructores unos de otros. Los lascivos y profanos tientan a otros a serlo también. Los irreflexivos y [los adictos a la vida social] persuaden a otros a imitar su superficialidad y sus locuras. ¡Como si no fuera suficiente tener que rendir cuentas por sus propios pecados, muchos son partícipes de los pecados de otros! Y, como si esto no fuera bastante para arruinar sus propias almas, muchos caen en la culpa de ayudar a destruir con esto a sus compañeros y amigos.

¿Nunca has llevado a otros a pecar? Quizá algunos, que ahora están perdidos para siempre, se estén lamentando en total oscuridad y desesperación la hora fatal cuando te conocieron. ¿Ha aprendido de ti alguno a jugar con el evangelio? ¿A desperdiciar sus años dorados de gracia? ¿A rechazar a su Dios y elegir la perdición? Si no por palabras,quizá por algún ejemplo despreocupado e irreligioso, le has enseñado estas atroces lecciones.

He mencionado algunas iniquidades juveniles, pero no creas que estas son todas. ¡No! Cada pecado al que es propenso nuestra naturaleza caída ha aparecido no meramente en aquellos quienes, por sus años, maduraron cargando su culpabilidad, sino también en aquellos que apenas empezaban la jornada de la vida. Y sin enumerar los crímenes más oscuros de la multitud que vive en iniquidad, ¿dónde, mi joven amigo, está el corazón juvenil que nunca ha sentido aflorar las emociones de esas pasiones infernales: orgullo, envidia, malicia o venganza? ¿Dónde está la lengua juvenil que nunca ha dicho una palabra profana, libertina o al menos cruel o calumniadora? ¿Dónde
está el joven, que posee los formulismos de la piedad que nunca se ha burlado de Dios “con los sonidos lamentables de una lengua irreflexiva”? ¿Dónde está el oído juvenil que nunca se ha abierto para beber en el placer de las conversaciones del superficial y el necio? ¿Y dónde el ojo juvenil que nunca ha tenido una mirada orgullosa, airada,desvergonzada o insultante? ¿Eres tú tal persona? ¿Puedes apelar al que escudriña los corazones y basar tu esperanza eterna en el éxito de la apelación de que el amor –amor puro para con Dios y el hombre– siempre ha morado en tu corazón? ¿Que ninguna emoción de resentimiento, envidia o crueldad jamás ha morado allí? ¿Que una ley de benignidad constante siempre ha gobernado tu boca? ¿Que tus ojos han destilado sólo humildad, ternura y bondad? ¿Que tu oído nunca escuchó con placer acerca de la vergüenza de tu hermano? ¿Puedes hacer esta apelación?

De Persuasives to Early Piety.

J. G. Pike (1784-1854)

Honra a tu Padre y a tu Madre 2

Blog143B

III. Las razones por las cuales los hijos deben honrar a sus padres son:

(1) Es un mandato serio de Dios. “Honra a tu padre”: así como la Palabra de Dios es la regla, su voluntad debe ser la razón de nuestra obediencia.

(2) Merecen la honra por el gran amor y afecto que sienten por sus hijos. La evidencia de ese amor es en su cuidado al igual que el costo. Su cuidado en criar y educar a sus hijos es una señal de que sus corazones están llenos de amor por ellos. Muchas veces los padres cuidan mejor a sus hijos a que lo que se cuidan ellos mismos. Los cuidan cuando son tiernos, no suceda que sean como frutales en un muro que son podados cuando apenas florecen. Al ir creciendo los hijos, aumenta el cuidado de los padres. Temen que sus hijos se caigan cuando son chicos y que tengan cosas peores que caídas cuando son más grandes. Su amor se evidencia en su costo (2 Cor. 12:14). Ahorran y gastan para sus hijos. No son como los avestruces que son crueles con sus hijos (Job 39:16). Los padres a veces se empobrecen ellos mismos para enriquecer a sus hijos. Los hijos nunca pueden igualar el amor de un padre, porque los padres son instrumentos de vida para los hijos, y los hijos no pueden ser eso para sus padres.

(3) Agrada al Señor (Col. 3:20). Tal como produce gozo en los padres, es un gozo para el Señor. ¡Hijos! ¿No es vuestro deber agradar a Dios? Al honrar y obedecer a sus padres, agradan a Dios tal como lo hacen cuando se arrepienten y creen en él. Para demostrar cuánto le agrada a Dios, quien los recompensa cumpliendo la promesa: “para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. Jacob no dejaba ir al ángel hasta que lo bendijera, y Dios no dejó este mandamiento hasta que lo bendijo. Pablo lo llama “el primer mandamiento con promesa” (Ef. 6:2)… Una larga vida es mencionada como una bendición. “Y veas a los hijos de tus hijos” (Sal. 128:6). Fue un gran favor de Dios a Moisés el que, aunque tenía ciento veinte años, no necesitaba anteojos: “Sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor” (Deut. 34:7). Dios amenazó a Elí con la maldición de que nadie en su familia llegaría a la ancianidad (1 Sam. 2:31). Desde el diluvio, la vida es mucho más breve: para algunos, la matriz es su tumba. Otros cambian su cuna por su sepultura. Otros mueren en la flor de la vida. La muerte se lleva todos los días a unos u otros. Ahora, aunque la muerte nos acecha continuamente, Dios nos sacia de larga vida, diciendo (como en el Sal. 91:16): “Lo saciaré de larga vida”, algo que hemos de apreciar como una bendición. Es una bendición cuando Dios nos da mucho tiempo para arrepentirnos, mucho tiempo para servirle y largo tiempo para disfrutar a nuestros seres queridos.

IV. ¿Para quiénes es esta bendición de larga vida sino para los hijos obedientes? “Honra a tu padre para que tus días se alarguen”. Nada acorta la vida más pronto que la desobediencia a los padres. Absalón fue un hijo desobediente que quiso quitarle la vida y la corona a su padre. No vivió ni la mitad de lo que hubiera sido normal. El asno que montaba, cansado de tanta carga, lo dejó colgando de una rama de árbol entre el cielo y la tierra, como si no mereciera caminar sobre una ni entrar el otro. La obediencia a los padres va desenrollando la vida. La obediencia a los padres no sólo alarga la vida, sino que la hace más dulce. Vivir una larga vida y no poseer nada de bienes es una miseria, pero la obediencia a los padres asegura la herencia de tierras para el hijo. “¿No tienes más que una sola bendición, padre mío? Bendíceme también a mí, padre mío” (Gén. 27:38). Dios tiene más que una bendición para el hijo obediente. No sólo gozará de larga vida, sino de una tierra que da fruto: y no sólo tendrá tierras, sino que ellas le serán dadas con amor: “la tierra que Jehová tu Dios te da”. Disfrutaras de tierras no sólo por el favor de Dios, sino por su amor. Todos estos son argumentos poderosos para hacer que los hijos honren y obedezcan a sus padres.

Tomado de The Ten Commandments.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): Predicador puritano protestante no conformista y
autor; se desconocen el lugar exacto y la fecha de su nacimiento.

Una oración para los lectores, especialmente para hijos e hijas 1

Blog142A

Mi querido joven: Si alguien se levantara de entre los muertos para hablarte, si pudiera venir del otro mundo para contarte lo que allí vio, ¡con cuánta atención escucharías sus palabras y cuánto te afectarían! No obstante, un mensajero de entre los muertos no te podría decir cosas más importantes que las que ahora te ruego escuches.

He venido para rogarte que creas en DIOS, que ahora sigas al REDENTOR divino, y que andes tempranamente en la agradable senda de la piedad. ¡Ah, que pudiera yo con todo el fervor de un moribundo rogarte que te ocupes de los únicos asuntos realmente importantes! Porque, ¡de qué poca consecuencia es para ti este pobre mundo transitorio cuando tienes un mundo eterno que atender! ¡No es una insignificancia que pido des tu atención a tu vida, tu todo, tu todo eterno, tu Dios, tu Salvador, tu cielo y a todas las cosas que merecen que reflexiones en ellas y las anheles! No dejes que un extraño esté más ansioso que tú de tu bienestar eterno. Si hasta ahora no has tomado esto en serio, hazlo ahora. Ya es hora que lo hagas. Ya has malgastado
bastantes años.

Piensa en las palabras de Sir Francis Walsingham2: “Aunque reímos, todas las cosas a nuestro alrededor son serias. Dios, él que nos preserva y nos tiene paciencia, es serio. Cristo, él que derramó su sangre por nosotros, es serio. El Espíritu Santo es serio, cuando lucha por nosotros. Toda la creación es seria en servir a Dios y en servirnos a nosotros. Todos en el más allá son serios. ¡Qué apropiado es que el ser humano sea serio! Entonces, ¿cómo podemos nosotros ser superficialmente alegres?”

¿Sonríes ante estas palabras graves y dices: “Este es el lenguaje del fanatismo eeligioso”?… La advertencia amistosa puede descuidarse y las verdades de la Biblia rechazarse, pero la muerte y la eternidad pronto obligan a los corazones aun más indiferentes a estar profundamente convencidos de que la religión es lo que necesitan. Sí, mi joven amigo, es lo que necesitas. Así lo dijo el Señor de la vida (Luc. 10:42), es lo que necesitamos tú, yo y todos. Los vivientes la descuidan, pero los muertos conocen su valor. Cada santo en el cielo siente el valor de la religión al ser partícipes de las bendiciones a las que lleva. Y cada alma en el infierno sabe su valor al carecer de ellas. Es sólo sobre la tierra que encontramos a los indiferentes: ¿Serás tú uno de ellos? ¡No lo permita Dios!

Lee, te ruego, este breve mensaje orando seriamente. Recuerda que lo que busco es tu bienestar. Anhelo que seas feliz aquí y, cuando tu tiempo se haya cumplido, que seas feliz para siempre. Anhelo persuadirte que busques un Refugio en los cielos y amigos que nunca fallan. Defiendo ante ti un caso que es más importante que cualquiera que jamás se haya presentado ante un juez. No es uno que concierne al tiempo solamente, sino que concierne a una larga eternidad. No es uno del que depende alguna riqueza o reputación, sino uno del cual dependen tus riquezas eternas o pobreza eterna, gloria eterna o vergüenza eterna, la sonrisa o el ceño fruncido de Dios, un cielo eterno o un infierno eterno. Es tu caso el que defiendo y no el mío: ¿Lo defenderé en vano ante ti? ¡Ay, mi Dios, no lo permitas!

Sé, mi joven amigo, que tenemos la tendencia de leer los llamados más serios como si fueran meras formalidades, de un poco más de consecuencia para nosotros que las trivialidades que publica el periódico, pero no leas de esta manera estas líneas. Créeme: te hablo muy en serio. Lee, te ruego, lo que sigue tomándolo como un serio mensaje… de Dios para ti.

Reflexiona en lo que significarán dentro de cien años los consejos que aquí te daré. Mucho antes de entonces, habrás dejado este mundo para siempre. Para entonces, tu cuerpo, ahora vigoroso y juvenil, se habrá convertido en polvo y tu nombre probablemente habrá sido olvidado sobre la tierra. No obstante, tu alma inmortal estará viviendo en otro mundo en un gozo o sufrimiento más consciente de lo que ahora es posible. En aquel entonces, mi querido joven, ¿qué pensarás de esta advertencia de amigo? ¡Qué feliz estarás si seguiste los consejos que contiene! No te creas que los habrás olvidado. Los llamados y las bendiciones olvidados aquí serán recordados allá, cuando cada pecado será traído a la memoria del pecador… pero tu día de gracia es ahora; después, otra generación será la que viva su día de gracia.

Piénsalo: mientras tú lees esto, miles se están regocijando en el cielo porque hicieron caso en años pasados a llamados tan importantes. Antes fueron tan indiferentes como quizá lo has sido tú, pero la gracia divina les dio disposición para escuchar la Palabra de vida. Hicieron caso a las advertencias dirigidas a ellos. Encontraron salvación. Han ido a su descanso. Ahora, con cuánto placer pueden recordar el sermón ferviente Una oración para los lectores,especialmente para hijos e hijas o el librito que bajo la mano de Dios, primero despertó su atención y primero impresionó sus corazones… Sí, creo que mientras tú lees… miles de almas desgraciadas en total oscuridad y desesperación están maldiciendo esa locura descabellada que los llevó a no escuchar las advertencias amistosas que alguna vez les dirigieron. ¡Ay, mi joven amigo, te ruego por los gozos de los santos en el cielo y por los horrores de los pecadores en el infierno que no trates con ligereza este afectuoso llamado!

Continuará …

Tomado de Persuasives to Early Piety.
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J. G. Pike (1784-1854): pastor bautista, nacido en Edmonton, Alberta, Canadá.

Obstáculos principales en la formación 3

Blog137C

CUARTO: La conducta inconstante de los padres mismos es frecuentemente un obstáculo poderoso para obtener el éxito en la educación cristiana… ¿Cómo, pues, tiene que ser la influencia del ejemplo de los padres? Ahora bien, como me estoy dirigiendo a padres de familia cristianos, doy por hecho que demuestran, en alguna medida, la realidad de la religión cristiana… Los hijos pueden captar algo de ésta en la conducta de sus padres. Pero cuando ésta incluye tantas pequeñas contradicciones, tal bruma de imperfecciones, qué poco aporta a que formen una buena opinión o que la estimen más. En algunos cristianos hay tanta mundanalidad, tanto conformarse a las necedades de moda, tanta irregularidad en la piedad doméstica, tantos arranques de ira que nada tienen de cristianos, tanto dolor inconsolable y quejas lastimeras bajo las pruebas de la vida, tantas frecuentes actitudes negativas hacia sus hermanos cristianos que sus hijos ven a la religión como algo sumamente desagradable. La consecuencia es que rebaja su opinión de la piedad o inspira en ellos puro disgusto.

Padre de familia, si quiere que sus enseñanzas y amonestaciones a su familia tengan éxito, hágalas respetar por el poder de un ejemplo santo. No basta que sea usted piadoso en general, sino que debe serlo totalmente; no sólo debe ser un verdadero discípulo, sino uno excelente; no sólo un creyente sincero, sino uno consecuente. Sus normas religiosas tienen que ser muy altas. Me atrevo a dar este consejo a algunos padres: Hablen menos acerca de religión a sus hijos o demuestren más de su influencia. Dejen a un lado la oración familiar o dejen a un lado los pecados familiares. Tengan cuidado de cómo actúan, porque todas sus acciones son vistas en el hogar. Nunca hablen de la religión cristiana si no es con reverencia. No se apuren en hablar de las faltas de sus hermanos cristianos. Cuando se presenta el tema, que sea en un espíritu caritativo hacia el ofensor y de un decidido aborrecimiento por la falta. Muchos padres han dañado irreparablemente la mente de sus hijos por su tendencia a averiguar, comentar y casi alegrarse de las inconstancias de otros que profesan ser cristianos. Nunca pongan reparos triviales ni traten de encontrar faltas en las actividades de su pastor. En cambio, elogien sus sermones a fin de que sus hijos quieran escucharlos con más atención. Guíe sus pensamientos hacia los mejores cristianos. Destáqueles la hermosura de una piedad ejemplar. En resumen, en vista de que su ejemplo puede ayudar o frustrar sus esfuerzos por lograr la conversión de sus hijos, considere el imperativo: “debéis andar en santa y piadosa manera de vivir” (2 Ped. 3:11).

QUINTO: Otro obstáculo para lograr el éxito en la educación religiosa se encuentra a veces en la conducta desenfrenada de alguien mayor en la familia, especialmente en el caso de un hijo libertino. En general los hijos mayores tienen una influencia considerable sobre los demás, y muchas veces establecen el tono moral entre ellos. Sus hermanos y hermanas menores los admiran. Traen amigos, libros, diversiones a la casa y con ello forman el carácter de los menores. Por lo tanto, es muy importante que los padres presten particular atención a sus hijos mayores. Si, por desgracia, los hábitos de éstos son decididamente contraproducentes para la formación cristiana de los otros, deben ser separados de la familia, si es factible hacerlo. Un hijo disoluto puede llevar a todos sus hermanos por mal camino. He visto algunos casos dolorosos de esto. El padre puede vacilar en echar de casa a un hijo libertino por temor de que empeore más. Pero ser bueno con él de esta manera es una crueldad hacia los demás. La maldad es contagiosa, especialmente cuando la persona con esta enfermedad es un hermano.

SEXTO: Las malas compañías fuera de casa neutralizan toda la influencia de la enseñanza cristiana del hogar. El padre creyente tiene que mantenerse siempre atento para vigilar las amistades que sus hijos tienden a tener. He dicho mucho a los jóvenes mismos sobre este tema en otra obra. Pero es un tema que también concierne a los padres. Un amigo mal escogido por sus hijos puede dar por tierra todo lo bueno que usted está haciendo en su casa. Es imposible que usted sea demasiado cuidadoso en esto. Desde la primera infancia de sus hijos, anímelos a verlo a usted como el seleccionador de sus compañías. Enséñeles la necesidad de que usted lo sea, y forme en ellos la costumbre de consultarlo en todo momento. Nunca aliente una amistad que difícilmente tenga una influencia positiva en el carácter cristiano de ellos. Nunca como ahora ha sido necesaria esta advertencia. Las instituciones cristianas de ahora acercan al evangelio a los niños y jóvenes que a ellas asisten… Pero aun en el mejor de los casos, es demasiado pretender que todos los amigos activos en la escuela dominical, grupo juvenil, etc., sean amigos adecuados para nuestros hijos y nuestras hijas.

SÉPTIMO: Las divisiones que surgen a veces en nuestras iglesias y que causan enemistad entre cristianos tienen una influencia muy negativa sobre la mente de los niños y jovencitos. Ven en ambas partes tanto que es contrario al espíritu y carácter distintivo del cristianismo y ello tiene un impacto tan profundo sobre sus opiniones y
sentimientos acerca de una de las partes, que su atención deja de centrarse en lo esencial de la religión cristiana, o brota un prejuicio contra ella. Considero esto como una de las consecuencias más dolorosas y malas de las controversias en la iglesia…

POR ÚLTIMO: El espíritu de independencia filial, sancionada por las costumbres, si no las opiniones de esta época, es el último obstáculo que mencionaré, sobre el tema de lograr buenos resultados en la educación cristiana. La tendencia, demasiado aparente en esta época, de aumentar los privilegios de los hijos por medio de reducir la prerrogativa de sus padres, no es para bien de unos ni de otros. La rebeldía contra una autoridad constituida correctamente nunca puede ser una bendición; todos los padres sabios, junto con todos los niños y jóvenes sabios, coinciden en que la autoridad paternal es una bendición. Algunos chicos precoces pueden sentirla opresiva, pero otros cuya madurez es más natural y lenta reconocerán que es una bendición. Los hijos que sienten que el yugo de los padres es una carga, raramente considerarán a Cristo como un beneficio.

Mis queridos amigos, pienso que éstos son los obstáculos principales para lograr el éxito en los esfuerzos que muchos hacen para lograr la formación cristiana de sus hijos. Considérenlos seriamente, y habiéndolo hecho, procuren evitarlos… A la vez, no descuiden ninguno de los otros medios que promueven el bienestar, reputación y utilidad de ellos en este mundo, concéntrense en emplear sus mejores energías para poner en práctica un plan bíblico y sensato de educación religiosa.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Obstáculos principales en la formación 2

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SEGUNDO: El descuido de la disciplina doméstica es otro obstáculo en el camino hacia una educación cristiana exitosa. Los padres son investidos por Dios con un grado de autoridad sobre sus hijos, que no pueden dejar de ejercer sin ser culpables de pisotear las instituciones del cielo. Cada familia es una comunidad, un gobierno que es estrictamente despótico, aunque no tirano. Cada padre es un soberano, pero no un opresor. Es el legislador, no meramente el consejero. Su voluntad debe ser ley, no sólo consejo. Debe ordenar, refrenar, castigar; los hijos tienen que obedecer. Él, en caso necesario, tiene que amenazar, reprender, disciplinar; y ellos tienen que someterse con reverencia. Él tiene que decidir qué libros leerán, qué amigos pueden tener, qué actividades pueden realizar y lo que harán con su tiempo libre. Si ve algo incorrecto, no debe responder con una protesta tímida, débil, ineficaz como la de Elí: “¿Por qué hacéis cosas semejantes?” (1 Sam. 2:23), sino con una firme, aunque cariñosa prohibición. Tiene que gobernar su propia casa y por medio de toda su conducta, hacer que sus hijos sientan que tiene derecho a exigirles su obediencia.

Dondequiera que existe la falta de disciplina, ésta va acompañada de confusión y anarquía doméstica. Si falta la disciplina todo anda mal. El jardinero puede sembrar las mejores semillas. Pero si no quita las malezas y poda el crecimiento excesivo no puede esperar que sus flores crezcan ni que su jardín florezca. De la misma manera, el padre puede presentar las mejores enseñanzas. Si no desarraiga el mal carácter, corrige los malos hábitos, reprime las corrupciones flagrantes, no puede esperar nada excelente. Puede ser un buen profeta y un buen sacerdote, pero si no es también un buen rey todo lo demás es en vano. Cuando un hombre rompe su cetro y deja que sus hijos lo usen como un juguete, puede renunciar a sus esperanzas de ser exitoso con la educación cristiana… La desgracia en muchas familias es que la disciplina es inconstante e  inestable, a veces realizada con tiranía y otras, tan descuidada que hasta parece que se ha suspendido la ley. En estos casos, los hijos a veces tiemblan como esclavos, y otras veces, se sublevan como rebeldes; a veces gimen bajo la mano de hierro, otras veces se amotinan en un estado de libertad sin ley. Este es un sistema maligno, y sus efectos son generalmente lo que se puede esperar de él.

En algunos casos, la disciplina comienza demasiado tarde. En otros, termina demasiado pronto. El oficio del padre como autoridad dura casi lo mismo que la relación paternal. El niño, en cuanto puede razonar, tiene que aprender que debe ser obediente a sus padres. Si llega a la edad escolar antes de estar sujeto al control cariñoso de la autoridad paternal, probablemente se resista al yugo, como lo resiste el toro que no ha sido domado. Por otro lado, mientras los hijos sigan bajo el techo paternal, tienen que estar sujetos a las reglas de una disciplina doméstica. Muchos padres se equivocan grandemente por abdicar el trono a favor de un hijo o hija porque está llegando a ser un hombre o una mujer. Es realmente lamentable ver a un chico o chica de quince… a quien le dejan sembrar las semillas de la rebeldía en el hogar y actuar en contra de la autoridad paternal de un padre demasiado conformista, que hasta pone las riendas del gobierno en las manos de sus hijos o cae en alguna otra conducta que muestra que se conforma porque considera que sus hijos son independientes. No tiene que haber ninguna lucha por el poder. Donde un hijo ha estado acostumbrado a obedecer, aun desde la primera infancia, el yugo de la obediencia será generalmente ligero y fácil de llevar. Si no, y un carácter rebelde comienza a notarse tempranamente, el padre sensato tiene que estar en guardia y no tolerar ninguna intrusión en sus prerrogativas como padre. A la misma vez, el creciente poder de su autoridad, tal como sucede con la presión creciente de la atmósfera, debe ser sentida sin ser vista. Esto la hará irresistible.

TERCERO: Por otro lado, una severidad indebida es tan perjudicial como una tolerancia ilimitada. La transigencia desatinada ha matado sus diez miles, la dureza innecesaria también ha destruido sus miles. Una autoridad que infalible nos ha dicho que las cuerdas del amor son los lazos que unen a los seres humanos. Hay un poder formativo en el amor. La mente humana fue hecha de manera que cede con gusto a la influencia del cariño. Es más fácil guiar a alguien a cumplir su deber que forzarlo a hacerlo… El amor parece un elemento tan esencial en el carácter paternal que hay algo repugnante no sólo en un padre cruel, en un padre hiriente o severo sino también en un padre de corazón frío. Estudie el carácter paternal como lo presenta ese exquisitamente conmovedor retrato moral que es la Parábola del Hijo Pródigo. No se puede esperar que la formación cristiana prospere cuando un padre gobierna enteramente por medio de una autoridad fría, estricta, mísera, meramente con órdenes, prohibiciones y amenazas, con el ceño fruncido sin suavizarlo con una sonrisa; cuando el amigo nunca está combinado con el legislador, ni la autoridad modificada con amor; cuando su conducta produce sólo un temor servil en el corazón de sus hijos en lugar de un afecto generoso; cuando le sirven por temor a los efectos de la desobediencia en lugar de un sentido de placer en la obediencia; cuando en el círculo familiar temen al padre porque parece estar siempre de mal humor más bien que considerarlo el ángel guardián de sus alegrías; cuando aún alguna acción accidental desata una tormenta o las faltas producen un huracán de pasiones en su pecho, cuando los ofensores se ven obligados a disimular o mentir con la esperanza de no ser objeto de las severas correcciones que enterarse de ellas siempre generan en sus padres; cuando se hacen interrupciones innecesarias a los inocentes momentos de diversión; cuando de hecho no pueden ver nada del padre pero todo del tirano. La formación cristiana no puede prosperar en un ambiente así de la misma manera como uno no puede esperar que una planta tierna de invernadero prospere en los rigores de una helada eterna.

Es inútil que un padre así pretenda enseñar bíblicamente. Enfría el alma de sus alumnos. Endurece sus corazones. Los prepara para que corran con premura a su ruina en cuanto se hayan librado del yugo de su esclavitud y puedan dar rienda suelta a su libertad que expresan con una gratificación descontrolada.

Por lo tanto, los padres deben combinar su conducta de legisladores con la de amigos, atemperar su autoridad con gentileza… Deben actuar de tal manera que los hijos lleguen a la convicción de que su ley es santa y sus mandatos santos, y justos, y buenos, y que ser gobernados de esta manera es ser bendecidos.

Tomado de The Christian Father’s Present to His Children.
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John Angell James (1785-1859): Pastor congregacional inglés, autor de Female Piety, A Help to Domestic Happiness, An Earnest Ministry (Piedad femenina, Una ayuda para la felicidad doméstica, Un ministerio serio) y muchos otros; nacido en Blandford, Dorsetshire, Inglaterra.

Formación del carácter de los niños 1

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Hay que educar a los niños de modo que sean obedientes a sus padres. Este es un mandato que Dios ordenó desde el Monte Sinaí anexando al mismo la singular promesa de larga vida, una bendición que los jóvenes desean mucho (Éxo. 20:12). Es por eso que el Apóstol observa que es el primer mandamiento con promesa, o sea, un mandato muy excepcional por la forma como incluye la promesa. Y es por cierto una disposición sabia de la Providencia la que otorga a los padres tanta autoridad, especialmente durante sus primeros años, cuando mentalmente no pueden juzgar y actuar por sí mismos en cuestiones importantes. Por lo tanto hay que enseñar temprano y con un convencimiento bíblico de que Dios los ha puesto en manos de sus padres. En consecuencia, hay que enseñarles que la reverencia y obediencia a sus padres es parte de sus deberes hacia Dios y que la desobediencia es una rebelión contra él. Los padres no deben dejar que los niños actúen directamente y resueltamente en oposición a sus padres en cuestiones grandes y chicas, recordando: “El muchacho consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Y con respecto a la sujeción al igual que el afecto: “Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud” (Lam. 3:27).

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Hay que educar a los niños de modo que sean considerados y buenos con todos. El gran Apóstol nos dice que “el cumplimiento de la ley es el amor” (Rom. 13:10), y que todas sus ramificaciones que se relacionan con nuestro prójimo se resumen en esa sola palabra: amor. Entonces, hemos de esforzarnos por enseñarles este amor. Descubriremos que en muchos casos será una ley en sí y los guiará bien en muchas acciones en particular, cuyo cumplimiento puede depender de principios de equidad que escapan a su comprensión infantil. No existe una instrucción relacionada con nuestro deber que se adapte mejor a la capacidad de los niños que la Regla de Oro (tan importante para los adultos): “Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mat. 7:12). Debemos enseñarles esta regla, y por ella debemos examinar sus acciones. Desde su cuna hemos de inculcarles con frecuencia que gran parte de la religión consiste en hacer el bien, que la sabiduría de lo Alto está llena de misericordia y buenos frutos, y que todos los cristianos deben hacer el bien a todos los que tengan oportunidad de hacerlo.

Para que nuestros hijos reciban con buena disposición tales enseñanzas, hemos de esforzarnos usando todos los métodos prudenciales, por ablandar sus corazones predisponiéndolos hacia sentimientos de humanidad y ternura, y de cuidarse de todo que pueda ser una tendencia opuesta. En lo posible, hemos de prevenir que vean cualquier tipo de espectáculo cruel y sangriento, y desalentar con cuidado que traten mal a los animales. De ninguna manera hemos de permitirles que tomen en broma la muerte o el sufrimiento de animales domésticos, sino más bien enseñarles a tratarlos bien y a cuidarlos, sabiendo que no hacerlo es una señal despreciable de una disposición salvaje y maligna. “El justo cuida la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel” (Prov. 12:10).

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Debemos, igualmente, asegurarnos de enseñarles lo odioso y necio de un temperamento egoísta y animarles a estar dispuestos a hacerles a los demás lo que les gusta que les hagan a ellos mismos. Hemos de esforzarnos especialmente de fomentar en ellos sentimientos de compasión por los pobres. Hemos de mostrarles donde Dios ha dicho: “Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová”. El que muestra compasión hacia el pobre es como si lo hiciera para el Señor, y lo que le da le será devuelto. Y tenemos que mostrarles, con nuestra propia práctica que realmente creemos que estas promesas son ciertas e importantes. No sería impropio que alguna vez hagamos que nuestros hijos sean los mensajeros cuando enviamos alguna pequeña ayuda al indigente o al que sufre necesidad; y si descubren una disposición de dar algo de lo poco que ellos tienen que les permitimos llamar suyo, debemos animarlos con gozo y asegurarnos que nunca salgan perdedores por su caridad, sino que de un modo prudencial hemos de compensarlos con abundancia. Es difícil imaginar que los niños educados así vayan a ser más adelante perjudiciales u opresivos; en cambio serán los ornamentos de la religión y las bendiciones del mundo, y probablemente se cuenten entre los últimos que la Providencia deje sufrir necesidad.

Tomado de The Godly Family.

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Philip Doddridge DD (26 de junio de 1702 – 26 de octubre de 1751) fue un ministro, educador y compositor de himnos inglés no conformista.

El arte de una disciplina equilibrada 3

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Me estoy refiriendo no sólo a reacciones por haber perdido la paciencia, sino también a su conducta. El padre que no es consecuente en su conducta no puede realmente aplicar disciplina al hijo. El padre que hace una cosa hoy y lo opuesto mañana no puede aplicar una disciplina sana. Tiene que ser sistemáticamente constante, no sólo en las reacciones sino también en su conducta. Tiene que haber una modalidad constante en la vida del padre, porque el hijo está siempre mirando y observando. Pero si observa que la conducta de su padre es imprevisible y que él mismo hace lo que le prohíbe a su hijo que haga, tampoco puede esperar que éste se beneficie de la aplicación de tal disciplina…

Otro principio importante es que los padres nunca pueden ser irrazonables o no estar dispuestos a escuchar el punto de vista de su hijo. No hay nada que indigne más al que está recibiendo una disciplina que sentir que todo el procedimiento es totalmente
irrazonable. En otras palabras, es un padre realmente malo el que no toma en consideración ninguna circunstancia y que no está dispuesto a escuchar ninguna explicación. Algunos padres y madres, en un anhelo por aplicar disciplina corren el peligro de ser totalmente irrazonables, y de ser culpables de esto. El informe que recibieron acerca de su hijo puede estar equivocado, o puede haber circunstancias que desconocen, pero ni siquiera dejan que el niño les dé su punto de vista ni ninguna clase de explicación. Es cierto que el niño puede aprovecharse. Lo único que estoy diciendo es que nunca debemos ser irrazonables. Permita que el niño presente su explicación, y si no es una razón válida, puede castigarlo por eso también, al igual que por el hecho particular que constituye la ofensa. Pero negarse a escuchar, prohibir todo tipo de respuestas es inexcusable… Tal conducta es incorrecta, y provoca a ira a los hijos. Es seguro que los exasperará e irritará llevándolos a una actitud de rebeldía y de antagonismo…

Eso lleva inevitablemente a otro principio: La disciplina nunca debe ser demasiado severa. Éste, quizá, sea el peligro que enfrentan muchos buenos padres de familia en la actualidad al ver el desorden social todo alrededor, que con razón lamentan y condenan. El peligro es estar tan profundamente influenciado por la repugnancia que le produce que se van a este otro extremo y son demasiado severos. Lo contrario a no disciplinar para nada no es la crueldad, sino que es una disciplina equilibrada, es una disciplina controlada…

Permítame resumir mi argumento. La disciplina debe ser aplicada siempre con amor; y si no puede usted aplicarla con amor, no la intente. En ese caso, necesita mirarse usted mismo primero. El Apóstol ya nos ha dicho que digamos la verdad con amor en un sentido más general, pero lo mismo se aplica aquí. Hable la verdad, pero con amor. Sucede precisamente lo mismo con la disciplina: tiene que ser gobernada y controlada por el amor. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, antes bien sed llenos del Espíritu”. ¿Qué es “el fruto del espíritu”? “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad… templanza” (Gál. 5:22). Si, como padres de familia, estamos “llenos del Espíritu” y producimos esos frutos, en lo que a nosotros concierne, la disciplina será un problema muy pequeño… Debe usted tener un concepto correcto de lo que significa la formación de sus hijos en el hogar y considerar al niño como una vida que Dios le ha dado. ¿Para qué? ¿Para guardárselo y para moldearlo conforme a como usted es, para imponerle la personalidad de usted? ¡De ninguna manera! Dios lo puso a su cuidado y se lo ha encargado para que su alma pueda llegar a conocerle y a conocer al Señor Jesucristo…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

El Evangelio para los Musulmanes

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«No crean que cuando oramos a Dios… y ellos oran a Alá…» Nos encontrábamos en una conferencia misionera enfocada en la evangelización mundial. La encuesta se relacionaba con los medios de comunicación cristianos, pero aquella mirada arrogante asumía que cualquier persona razonable estaría de acuerdo con la evaluación generosa que él estaba a punto de hacer. —¿No creen que le estamos hablando al mismo Dios? —concluyó. —Y… la verdad que no —dije—. En realidad, creo que pensar así es peligroso.¿Peligroso? —respondió, mirándome fijamente—. ¿Por qué?Bueno —dije—, por supuesto que hay algunas similitudes entre ambas creencias, especialmente si hablamos de ciertas acciones morales. Sin embargo, cuando nos referimos a los temas más importantes (por ejemplo, cómo conocer a Dios) confundir al dios del islam con el Dios de la Biblia hace que el evangelio (punto crucial de nuestra salvación eterna) se torne confuso.

SUPONGA QUE HOY TIENE LA OPORTUNIDAD DE COMPARTIR EL EVANGELIO CON UN MUSULMÁN ¿SE SENTIRLA PREPARADO’?

Desearía sentirse preparado y emocionado. En vez de eso, se siente con el pecho tenso mientras que un pánico ligero empieza a surgir.

¿Qué pasaría si digo algo equivocado?

¿Y si me preguntan y no se cómo responder?

¿Qué pasaría si la situación se torna insoportablemente extraña?

Todos nos hemos hecho estas preguntas, pero la confianza no llega por casualidad: viene de la preparación. En El evangelio para los musulmanes, Thabiti Anyabwile, un exmusulmán que encontró a Jesús, le equipará para evangelizar con confianza, enseñándole:

• A maravillarse ante el evangelio y a confiar en el Espíritu Santo;

• Qué preguntas esperar y cómo responderlas;

• Cómo permanecer firme y mostrar gracia cuando es importante.

Es este un libro esencial en este plano de evangelización por cuatro razones:

En primer lugar, Thabiti es una persona compasiva. Aunque nunca lo vi amilanarse ante la verdad, tampoco es descortés. Su modo de hablar está lleno de gracia y verdad, y eso se destaca en este libro.

En segundo lugar, Thabiti es audaz. Lo he visto hablar de Jesús en una multitudinaria conferencia de musulmanes, de los cuales la gran mayoría era amigable, algunos estaban muy enojados y todos estaban en desacuerdo. Y, aun así, honró a Dios y no a los hombres diciendo toda la verdad acerca de la cruz. Después de todo, él sabe qué es lo que está en juego. Él mismo cruzó la línea del islamismo al cristianismo. Y lo he visto poner su fe al límite entre sus amigos musulmanes una y otra vez.

Tercero, en un mundo abarrotado de métodos y técnicas, él detalla claramente que el método más importante para estar equipados para transmitir nuestra fe a amigos y vecinos musulmanes es conocer el evangelio del derecho y del revés. Nos llama a confiar en que el evangelio es verdaderamente «el poder de Dios para la salvación». Si usted conoce el evangelio tiene la herramienta más importante que existe para transmitir su fe a un musulmán.

Finalmente, Thabiti convoca a todos los cristianos a que perfeccionen su fe. La doctrina islámica ortodoxa es siniestramente similar a la nuestra al punto de que puede falsificar el cristianismo. Los musulmanes creen que Jesús era simplemente un profeta, no Dios; y que nuestras buenas obras nos dan la entrada al cielo. Creen que la Biblia está corrompida y que, por lo tanto, contiene algunas palabras de Dios pero no es la Palabra de Dios. Creen que la expiación substitutiva es un escándalo y que Dios nunca permitiría que su Hijo sufriera el horror del sacrificio y el derramamiento de su sangre en la cruz. Además dicen que, de todas maneras, no somos tan pecadores.

¿Acaso estas doctrinas ortodoxas del islam no suenan como los malentendidos nominales y populares del cristianismo de Occidental? Durante varios he escuchado que Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo; que Jesús era solo un gran maestro que enseñaba moral; que la Biblia está llena de errores. Hoy en día hasta a expiación penal sustitutiva de la cruz está bajo ataque y se la presenta como un abuso infantil cósmico. Por lo tanto, no debe sorprendernos que mi amigo de los medios de comunicación de aquella conferencia misionera estuviera confundido acerca de a quién oramos.

Thabiti nos convoca a que agudicemos nuestro pensamiento acerca de los fundamentos básicos de la fe cristiana a fin de que sepamos de qué estamos hablando.

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THABITI ANYABWILE es un esposo que brinda atención permanente a su amorosa esposa y es padre de tres hijos adorables. Actualmente, sirve como pastor de la iglesia Anacostia River en Washington, D. C. Previamente, sirvió como pastor principal en la Primera Iglesia Bautista en Gran Caimán, Islas Caimán, y como pastor asistente en la iglesia bautista Capitol Hill. Thabiti cuenta con grados de licenciatura y maestría en psicología de la universidad North Carolina State. n es el autor de los libros Reviving of the Black Church, The Decline of African American Theology, The Faithful Preacher y Miembro Saludable de la Iglesia, ¿Qué Significa?.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/apologetica/953-el-evangelio-para-los-musulmanes.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

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Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 3

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La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Por medio de estas escenas de la vida de Jesús, hemos de guiarlos a conocer su muerte. Hemos de mostrarles con cuánta facilidad hubiera podido librarse de esa muerte—de lo cual dio clara evidencia de que hubiera podido aniquilar con una palabra a los que llegaron para apresarlo (Juan 18:6)—pero con cuánta paciencia se sometió a lasheridas más crueles: ser azotado y dejar que lo escupieran, ser coronado de espinas y cargar su cruz. Hemos de mostrarles cómo esta Persona divina inocente y santa fue llevada como un cordero el matadero; y, mientras los soldados clavaban con clavos, en lugar de cargarlos de maldiciones, oró por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Y cuando sus pequeños corazones se hayan maravillado y derretido ante una historia tan extraña, hemos de contarles que sufrió, sangró y murió por nosotros, recordándoles con frecuencia cómo están ellos incluidos en esos sucesos.

Hemos de guiar sus pensamientos a fin de que vean la gloria de la resurrección y ascensión de Cristo, y contarles con cuánta bondad todavía recuerda a su pueblo en medio de su exaltación, defendiendo la causa de criaturas pecadoras, y utilizando su interés en el tribunal del cielo para procurar la vida y gloria para todos los que creen en él y lo aman.

Hemos luego de seguir instruyéndoles en los detalles de la obediencia por la cual la sinceridad de nuestra fe y nuestro amor recibirá aprobación. A la vez, tenemos que recordarles su propia debilidad y contarles cómo Dios nos ayuda enviando su Espíritu Santo a morar en nuestro corazón para hacernos aptos para toda palabra y obra buena. ¡Es una lección importante sin la cual nuestra instrucción será en vano y lo que ellos oigan será igualmente en vano!

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa)
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y
escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

Cómo enseñar a los niños acerca de Dios 2

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2. Hay que criar a los hijos en el camino de la fe en el Señor Jesucristo. Ustedes saben, mis amigos, y espero que muchos de ustedes lo sepan por la experiencia cotidiana de gozo en sus almas, que Cristo es “el camino, la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Es por él que podemos acercarnos a Dios confiadamente, que de otro modo es “un fuego
consumidor” (Heb. 12:29). Por lo tanto, es de suma importancia guiar a los niños lo más pronto posible hacia el conocimiento de Cristo, que es sin duda, una parte considerable de la “disciplina y amonestación” del Señor que el Apóstol recomienda y que quizá fue lo que intentó decir con esas palabras (Ef. 6:4).

Por lo tanto, tenemos que enseñarles lo antes posible que los primeros padres de la raza humana se rebelaron contra Dios y se sometieron a sí mismos y a sus descendientes a la ira y maldición divina (Gén. 1-3). Debe explicar las terribles consecuencias de esto, y esforzarse por convencerlos que ellos se hacen responsables de desagradar a Dios—¡cosa terrible!—por sus propias culpas. De este modo, por medio del conocimiento de la Ley, abrimos el camino el evangelio, a las nuevas gozosas de la liberación por medio de Cristo.

Al ir presentando esto, hemos de tener sumo cuidado de no llenarles la mente con una antipatía hacia una persona sagrada mientras tratamos de atraerlos hacia otra. El Padre no debe ser presentado como severo y casi implacable, convencido casi por fuerza, por la intercesión de su Hijo compasivo, a ser misericordioso y perdonador. Al contrario,  hemos de hablar de él como la fuente llena de bondad, que tuvo compasión de nosotros en nuestro sufrimiento impotente, cuyo brazo todopoderoso se extendió para salvarnos, cuyos consejos eternos de sabiduría y amor dieron forma a ese importante plan al cual debemos toda nuestra esperanza. Les he mostrado a ustedes que esta es la doctrina bíblica. Debemos enseñarla a nuestros niños a una edad temprana, y enseñar lo que era ese plan, en la medida que sean capaces de recibirlo y nosotros capaces de explicarlo. Debemos decirles repetidamente que Dios es tan santo, tan generoso que, en lugar de destruir con una mano o con la otra dejar sin castigo al pecado, hizo que su propio Hijo fuera un sacrificio por él, haciendo que él se humillara a fin de que nosotros pudiéramos ser exaltados, que muriera a fin de que nosotros pudiéramos vivir.

También hemos de presentarles—¡con santa admiración y gozo!— con cuánta disposición consintió el Señor Jesucristo procurar nuestra liberación de un modo tan caro. ¡Con cuánta alegría dijo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb. 10:7, 9)! Para mostrar el valor de este asombroso amor, debemos esforzarnos, según nuestra débil capacidad, por enseñarles quién es este Redentor compasivo, presentarles algo de su gloria como Hijo eterno de Dios y el gran Señor de ángeles y hombres. Hemos de instruirles en su asombrosa condescendencia al dejar esta gloria para ser un niño pequeño, débil e indefenso, y luego un hombre afligido y de dolores. Hemos de guiarlos al conocimiento de esas circunstancias en la historia de Jesús que tengan el impacto más grande sobre su mente y para inculcarles desde pequeños, un sentido de gratitud y amor por él. Hemos de contarles cuán pobre se hizo a fin de enriquecernos a nosotros, con cuánta diligencia anduvo haciendo el bien, con cuánta disposición predicaba el evangelio a los más humildes. Debemos contarles especialmente lo bueno que era con los niñitos y cómo mostró su desagrado a sus discípulos cuando trataban de impedir que se acercaran a él. La Biblia dice expresamente que Jesús estaba muy disgustado y dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios” (Luc. 18:16)—un momento tierno que quizá quedó registrado, por lo menos en parte, por esta razón: que los niños de épocas venideras lo conocieran y se vieran afectados por él.

Tomado de The Godly Family (La familia piadosa).
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Philip Doddridge (1702-1751): pastor inglés no conformista, prolífico autor y escritor de himnos; nacido en Londres, Inglaterra.

La razón de Dios

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Desde Solo Sana Doctrina damos el testigo a José Moreno Berrocal, pastor de la Iglesia Cristiana Evangélica de Alcázar de San Juan y Presidente del Consejo Evangélico de Castilla La Mancha (España) CECLAM, cuyo escrito sobre el presente libro, protagonista en nuestras reseñas, “La razón de Dios” de Tim Keller, representa una oportunidad de hacernos una clara y concisa visión de esta obra. 

A uno de mis más queridos profesores en el Seminario donde estudié en Inglaterra, Daniel Webber, le gustaba decir que, hoy, más que nunca, es necesario hacer apologética. Y esto es lo que justamente lleva a cabo Timothy Keller en La razón de Dios, defender la fe cristiana histórica. Vivimos, en pleno siglo XXI, en una época de creciente escepticismo. Pero, al mismo tiempo, se han levantado, ya en el siglo anterior, numerosos defensores de la fe cristiana histórica.

Nombres como C.S. Lewis, Francis  Schaeffer, R.C. Sproul, Ravi Zacharias, Alister MacGrath, Vishal Mangalwadi o José Grau entre otros, por mencionar algunos de mis favoritos. Yo colocaría a Tim Keller en esta lista también, como uno de los pensadores evangélicos más incisivos de nuestros días. Todavía recuerdo vívidamente el impacto que me causó leer este libro cuando apareció en inglés en 2008.Aquella primera lectura me proporcionó un fuerte estímulo para proseguir con denuedo en esta imprescindible labor apologética. Tuve la oportunidad de leerlo nada más salir de la imprenta. De hecho, tengo la primera edición en tapa dura que me regaló mi buen amigo Steve Phillips, pastor de una iglesia en Vilassar de Mar, en Barcelona. Creo, por tanto, que es un gran acierto que esta obra se haya traducido al español.

El libro comienza con una inteligente Introducción en la que Keller, de entrada, traza un breve bosquejo autobiográfico, acompañado por el testimonio de otros neoyorquinos y esto, para analizar la situación actual de la fe y el escepticismo “desde Manhattan”, pp 17. Desde esta plataforma, el pastor de Nueva York desafía a creyentes y escépticos por igual, a reconocer sus dudas y a examinar lo que hay debajo de las mismas. Keller nos dice que su libro puede ser de utilidad para creyentes y escépticos. Es más, Keller lanza un reto personal a cada uno. En sus propias palabras, que puedas “avanzar en tu compresión del origen y naturaleza de tus dudas”, pp 30.

El libro está dividido en dos partes, El Salto de la Duda y Las Razones de la Fe. Entre las mismas coloca Keller un Intermedio, que es, en un sentido, un resumen de la primera parte, concluyendo la obra con un fascinante Epílogo. En la primera parte, El Salto de la Duda, Timothy Keller contesta a siete objeciones a la fe cristiana que aparecen constantemente en nuestros días. Estas son: No puede haber una sola religión verdadera. ¿Cómo puede un Dios bueno permitir el sufrimiento? El Cristianismo es una camisa de fuerza. La iglesia es la responsable de tanta injusticia. ¿Cómo puede un Dios bueno condenar a tantas personas al infierno? La ciencia ha demostrado que el Cristianismo está en un error y, finalmente, la Biblia no puede tomarse al pie de la letra. La manera en la que Keller aborda estas serias objeciones es, en mi opinión, uno de los grandes aciertos de este libro. A Keller le gusta desentrañar las suposiciones que la gente tiene a la hora de opinar y, poniéndolas de manifiesto, contestar a las mismas.

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El pastor Keller es un maestro en desvelar nuestras premisas ocultas o, incluso, desconocidas por nosotros mismos, pero que están detrás de nuestra manera de pensar y actuar. Él pone de manifiesto las razones, o falta de ellas, por las que creemos o no creemos. Keller sigue un método de argumentación que va desde pensadores clásicos como Agustín de Hipona, pasando por su querido C.S. Lewis, hasta llegar a la apologética de Alvin Plantinga. Por otro lado, me gusta mucho la manera en la que Keller trata a sus oponentes. Bien se le puede aplicar el conocido adagio latino suaviter in modo fortiter in re, es decir, amable en las formas, pero formidable en la argumentación. Creo que esta actitud es la que nos inculca el Apóstol Pedro a la hora de dar testimonio: “… santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 P. 3.15). Keller es siempre respetuoso, ¿se puede acaso dar testimonio sin serlo, me pregunto?

Al mismo tiempo, Keller siempre toma el punto de vista más fuerte de su oponente para refutar. No hace, como se suele decir, un hombre de paja de aquellos que disienten de su pensamiento. Esto, en sí mismo, le da una gran robustez a sus argumentos, pues enfrenta las objeciones en su punto más fuerte. Así, por ejemplo, en cuanto a la afirmación de que no puede haber una sola religión verdadera, Keller contesta, básicamente, que aquel que hace una afirmación tan categórica como esa, asume que su premisa ¡sí es absoluta y no puede cuestionarse! Sin darse cuenta se está colocando a sí mismo en una posición superior y que considera que es inabordable. Pero, ¿por qué su afirmación acerca de las religiones debería ser considerada infalible? De hecho, Keller deja entrever que esa misma afirmación ¡tiene también naturaleza religiosa!

En la segunda parte, bajo el título de Las Razones de Dios, el pastor de Nueva York detalla una serie de evidencias positivas a favor de depositar nuestra confianza en el Dios que nos presenta la Biblia, el Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Son otros siete capítulos: Los indicios de Dios. El conocimiento de Dios. El problema del pecado. La religión y el Evangelio. La (verdadera) historia de la cruz. La realidad de la resurrección y finalmente, La danza de Dios. Las razones para creer, admite el mismo Keller, puede que no sean más que indicios de la divinidad. Ahora bien, todas ellas juntas tienen un formidable efecto apologético. Me gustan los sistemas apologéticos que favorecen esta idea del testimonio acumulativo acerca de la fe. En este sentido es aquí donde podemos apreciar también su confesada deuda con la apologética integral de C.S. Lewis.

En esta segunda parte se exponen más detalladamente las doctrinas cristianas más, aparentemente, conocidas, centrándose en los aspectos esenciales de las mismas, lo que llamamos el evangelio. Keller nos ayuda a distinguir nítidamente entre el mensaje de las religiones y el de la cruz. De hecho, Keller es muy cuidadoso aquí. Le preocupa, no solo el escepticismo sino también la religiosidad que, aunque se disfrace incluso con un ropaje cristiano, no hace sino oscurecer, cuando no negar, el mensaje del Evangelio de una salvación por gracia y solo por la cruz de Cristo. Este acento de Keller es extraordinariamente relevante, pues, como enseña repetidamente el Nuevo Testamento, el gran peligro de la iglesia es siempre el de sustituir el evangelio por la religión. Particularmente notable es la reflexión sobre la necesidad de la cruz del capítulo titulado La (verdadera) historia de la cruz.

El libro concluye con un excelente Epílogo. Este es una invitación a considerar seriamente a Cristo y su Evangelio, resumiendo admirablemente los temas centrales de su exposición con vistas a que los lectores puedan alcanzar una conclusión. Un compromiso que requiere arrepentimiento y fe, y una comunidad o iglesia donde vivirla. Solo Dios puede salvarnos es la nota distintiva de esta parte final del libro.

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Finalmente, en los Agradecimientos, Timothy Keller reconoce, con gratitud, su dependencia de C.S. Lewis y de Jonathan Edwards. ¡Creo que hay pocos autores tan lúcidos como estos dos, algunos no nos cansamos de releerlos constantemente! La influencia de Edwards reside en el hecho de que su impronta, en palabras del mismo Keller, conforma el fondo “de lo que podría considerarse mi teología”, pp 358. Es decir, no lo cita directamente, como si hace frecuentemente con los escritos de C.S. Lewis, pero el pensamiento del pastor de Northampton está presente en toda su obra. Donde sí aparece explícitamente es en el capítulo titulado La Danza de Dios. Unos de los capítulos más originales, pues basa su apologética en la doctrina de la Trinidad. Creo que el pensamiento de Richard F. Lovelace por medio de su extraordinario volumen Dynamics of Spiritual Life ha dejado también su huella en Keller.

Además de estos pensadores, Keller se hace eco de otros muchos más, como reflejan sus copiosas Notas. Maneja una gran cantidad de pensadores y de fuentes que informan, enriquecen y fortalecen su argumentación. En este sentido, me recuerda a algunos de los libros de John R.W. Stott, que también refuerza sus posiciones con múltiples referencias.

Considero que La razón de Dios es el buque insignia de la flota de obras de Tim Keller. El pastor de Nueva York posee una gran capacidad para hablar con amenidad e interés al público de nuestra creciente aldea global. Estamos ante uno de esos libros que ¡uno no puede dejar sin leer y sin recomendar o regalar a otros!