Dios cumplirá su palabra

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“Dios no es hombre, para que mienta” (Núm. 23:19).

ASI NO hay peor cosa que manifieste con más fuerza la depravación de nuestra naturaleza que esa propensión a mentir que percibimos en los niños en cuanto empiezan a hablar. Cuando los hombres ya han desarrollado su razonamiento, con demasiada frecuencia se desvían de la verdad, a veces por olvido, a veces por un cambio de sentimiento o de manera de pensar y a veces por su incapacidad de cumplir su palabra. Por lo tanto, es característico del hombre mentir: y todos somos tan sensibles a esto, que en cuestiones muy importantes exigimos de los hombres un juramento que confirme su palabra, y hacemos con ellos acuerdos por escrito, que somos cuidadosos en que sean correctamente avalados. Ahora bien, tenemos la tendencia de “pensar que Dios es alguien como nosotros”, y que podemos convencerlo de que “cambie la palabra que ha salido de su boca”. Resulta evidente que Balac tenía este concepto de él y procuró con muchos y repetidos sacrificios desviarlo de su propósito. Pero Balaam fue inspirado a declarar la vanidad de semejante esperanza, y de confirmar por medio de una
comparación muy humillante la inmutabilidad de Jehová.

Para demostrar el significado completo de sus palabras, observamos que:

I. Algunos piensan que Dios miente. Dios nos ha dicho en fuertes y repetidas declaraciones que “tenemos que nacer de nuevo”: pero esto no lo creen para nada:

1. Los profanos
Se convencen a sí mismos que la severidad en la religión que implica el nuevo nacimiento no es necesario; y que irán al cielo a su manera.
2. Los farisaicos
Consideran la regeneración como un sueño de devotos débiles; y se quedan satisfechos con “la forma externa de piedad” sin experimentar “el poder de ella”.
3. Los eruditos hipócritas de la religión
Estos, habiendo cambiado su credo junto con su conducta exterior, se creen cristianos, a pesar de que su fe no “vence al mundo”, ni “obra por amor”, ni “purifica sus corazones”.
No cabe duda de que todas estas personas creen que Dios puede mentir: porque si realmente creyeran que “las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”antes de poder entrar en el reino de Dios, se preocuparían por saber si tal cambio ha ocurrido en ellos; no estarían tranquilos hasta tener una evidencia bíblica de que realmente son “nuevas criaturas en Cristo Jesús”. Pero como esto no es de ninguna manera el caso de ellos; es evidente que “no creen el registro de Dios” y, en consecuencia, por más dura que parezca la expresión, “hacen de Dios un mentiroso”. Mientras que algunos no vacilan en tener estos deshonrosos pensamientos acerca de Dios,

II. Otros temen que pueda mentir. Esto es común entre las personas:

1. Bajo convicción de pecado
Cuando los hombres están profundamente convencidos de pecado, les resulta muy difícil descansar simplemente en las promesas del evangelio. Dios promete no echar fuera a nadie que acuda a él por medio de Cristo Jesús; de lavarles los pecados más negros y de
colmarlos de todas las bendiciones de la salvación gratuitamente “sin dinero y sin precio”. Ahora bien, esto parece demasiado bueno como para ser verdad: no pueden concebir cómo Dios pueda “justificar al impío” y, por lo tanto, se esfuerzan por llegar a ser píos primero, a fin de ser justificados: y si no pueden acercarse primero con algún pago en sus manos, se quedan atrás, y caen en temores desalentadores.
2. Bajo tentación o deserción
Dios ha declarado que “no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar”. Pero cuando se enfrentan con la tentación, es probable que digan, como David; “Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl” (1 Sam. 27:1). No ven modo de escapar y, por lo tanto, temen que la próxima ola los vencerá totalmente.
Si Dios en estas ocasiones esconde su rostro, concluyen que “no hay esperanza”, piensan que “su misericordia ha desaparecido para siempre, su bondad ha terminado para siempre”, pero en realidad Dios con tanta frecuencia y tan expresamente ha declarado que “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5).
Ahora bien, esta personas, a diferencia de los impíos, no piensan a conciencia que Dios puede mentir; pero tienen temores nacidos de la duda de que acaso sí mienta: y que así piensan es obvio porque, de lo contrario, creerían lo que Dios dice: “confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios” (Isa. 50:10).
Así es generalmente la veracidad de Aquél que es la verdad misma, que no puede ser cuestionada ni negada:

III. Dios no miente ni puede mentir. Es inexpresablemente humillante que los pastores se vean forzados a vindicar la veracidad de Dios. Pero en vista de que él mismo ha
considerado apropiado hacerlo en los oráculos sagrados, y como la falta de fe de los hombres es tan profunda, es necesario que procedemos a demostrar que:

1. Dios no miente
Primero, escuchemos los testimonios de los que lo pusieron a prueba. ¿Ha habido alguien con más oportunidad de probar su fidelidad que Moisés, Josué y Samuel? Todos ellos dan testimonio de la manera más solemne de que nunca fueron engañados en nada, ni de que jamás lo serían (Deut. 32:4; Jos. 23:14; 1 Sam. 15:29).
Segundo, prestemos atención a las propias afirmaciones y apelaciones de Dios (Isa. 5:4; 49:19). ¿Acaso se aventuraría a hablar con tanta fuerza para defenderse a sí mismo si sus criaturas pudieran confirmar sus acusaciones en su contra? Amenazó castigar a los
ángeles si desobedecían; pronunció una maldición sobre Adán si comía del árbol prohibido; amenazó destruir todo el mundo con un diluvio; y de destruir a Sodoma y Gomorra con fuego y azufre y de dispersar sobre la faz de la tierra a los que una vez fueron su pueblo escogido. Considere ahora si no cumplió con alguna de estas
amenazas. También prometió que enviaría a su único y amado Hijo a morir por los pecados; y de hacerlo grande entre los gentiles mientras que su propia nación lo rechazaba casi universalmente. ¿Acaso ha sido olvidada cualquiera de estas promesas? O, si tales promesas y amenazas han sido cumplidas, ¿hay alguna razón para dudar de
alguna otra parte que todavía tiene que cumplirse? ¿Acaso no son sus acciones del pasado pruebas y votos de lo que realizará en el futuro? (2 Ped. 2:4-9; Judas 7).
2. No puede mentir
La verdad es tan esencial a la naturaleza divina como lo son la bondad, la sabiduría, el poder o cualquier otro atributo; así que puede tan fácilmente dejar de ser bueno, o sabio o poderoso, como puede dejar que “ni una jota ni un tilde perezca de la ley”. Si pudiera
despojarse por un momento de la verdad, dejaría de merecer toda la confianza o el afecto. Si uno dice de alguien: “Es grande, y sabio, y generoso, pero no se puede depender de su palabra”, ¿no sería considerado en general como una persona despreciable? ¿Cómo
entonces, sería degradado Jehová si se le pudiera imputar semejante debilidad?
Parece que San Pablo fue particularmente cuidadoso en prevenirnos contra tener la duda aun más pequeña acerca de la veracidad divina; porque abunda en expresiones que declaran su perfección. Dice: “Dios… no puede mentir” (Tito 1:2) y también “no
se puede negar a sí mismo” (2 Tim. 2:13) y luego en términos más contundentes: “Es imposible que Dios mienta” (He. 6:18). Ni se piense que esto le quitaría poder a Dios: porque poder mentir sería una debilidad en lugar de una perfección: y así como es una
vergüenza que el hombre esté propenso a violar su palabra, es honroso para Dios el hecho de que no mienta ni pueda mentir.

IV. Aplicación

1. ¡Cuán vanas son las expectativas de los inconversos!
Los hombres, cualquiera sea su estado, se convencen a sí mismos de que serán felices cuando mueran. ¡Pero qué ilusa es esa esperanza que se basa en la expectativa de que Dios resultará ser mentiroso! ¿Quiénes somos nosotros (por así decir) para que Dios deje de ser Dios a causa de nosotros? ¿Y qué seguridad podríamos tener si nos admitiera al cielo en oposición directa a su propia palabra? ¿Acaso no podría volver a cambiar su palabra y arrojarnos al infierno al final? Ciertamente el cielo no sería cielo si estuviéramos en una condición tan precaria. Dejemos a un lado tales esperanzas ilusas. Aprendamos a temblar ante la palabra Dios; y procuremos conseguir ese cambio
total tanto del corazón como de la vida, a los cuales están anexadas las promesas de salvación.
2. ¡Cuán infundados son los temores de los convertidos!
Existe un temor o celo santo que es de alta estima para todos, por más eminentes y maduros que sean. Pero hay un temor atormentador y servil que brota de la falta de fe, que retrasa grandemente nuestro progreso en la vida divina. Nos preguntamos: ¿Este temor surge de una aprehensión de nuestra propia falta de fe o de la de Dios? Si lo
que dudamos es la fidelidad de Dios, sepamos que son “sin arrepentimiento las mercedes y la vocación de Dios” (Rom. 11:29) y que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Pero si desconfiamos de nuestra propia
fidelidad, reflexionemos de quién depende nuestra fidelidad: si dependemos totalmente de nosotros mismos, ¿quién entre nosotros será salvo? Gracias sean dadas a Dios, pues el que ha sido el autor de nuestra fe, se ha comprometido a consumarla; (He. 12:2) y ha
prometido no sólo que no se alejará de nosotros, sino que pondrá su temor en nuestros corazones a fin de que no nos alejemos de él (Jer. 32:39, 40). Entonces afirmemos que “Dios es verdadero” (Juan 3:33).

Consagrémonos a él en quien hemos creído, y tengamos por seguro de que si permanecemos sobre el fundamento de su palabra, estamos inquebrantablemente seguros (2 Tim. 2:19).

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Charles Simeon (1759-1836): predicador y escritor evangélico anglicano que tuvo una influencia duradera sobre el pensamiento evangélico británico; la experiencia angustiosa de su conversión le impresionó para siempre con el poder de la Cruz. Predicó teniendo tres propósitos: “humillar al pecador, exaltar al Salvador, promover la santidad”. Nació en Reading, Inglaterra.

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La Fidelidad de Dios (de generación en generación). Parte 2

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6. Sentirse satisfechos con la verdad de la fidelidad de Dios es de gran importancia para los creyentes. En parte porque la fidelidad de nosotros a Dios recibe mucho aliento de la fidelidad de él para con nosotros. Los que no confían en Dios no pueden serle fieles por
mucho tiempo: (He. 3:12) “Mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo”; y (Stg. 1:8) “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”; uno que no se aferra firmemente a Dios y siempre vacila, estando dividido entre esperanzas y temores con respecto a si es aceptado por Dios. El cristiano indeciso está dividido entre Dios y algún otro camino ilícito “por si acaso”, dividido entre los caminos de Dios y los propios, y no puede depender silenciosamente de sus promesas, sino que es llevado de un lado para otro, no se pone enteramente en las manos de Dios, sino que se apoya en su propia seguridad carnal. Y en parte porque Dios es invisible, él trata con nosotros por medio de representantes, por medio de mensajeros quienes nos traen la palabra. No vemos a Dios en persona: (He. 13:7) “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; la fe de los cuales imitad, considerando cuál haya sido el éxito de su conducta”, su manera de vivir, su perseverancia hasta la muerte en esta fe y esperanza, y en parte porque las promesas son futuras, y las principales se cumplirán en otro mundo. Ahora nada nos sostendrá sino la fidelidad de Dios: (Prov. 11:18) “El impío hace obra falsa: mas el que sembrare justicia, tendrá galardón firme”. Los hombres se creen felices en su pecado, pero al final son engañados; pero nadie que confía en el Dios vivo y verdadero puede ser engañado. En parte porque muchas de las promesas contradicen la lógica; como cuando el alma está llena de angustia por la culpa del pecado: (1 Juan 1:9) “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad”. Y el poder del pecado: (1 Tes. 5:24) “Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará”. Sostenidos en grandes aflicciones; (1 Cor. 10:13) “Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar”. A fin de que podamos resistir en el juicio: (1 Cor. 1:9) “Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo Jesucristo nuestro Señor”. He aquí la gran seguridad y el puntal del cristiano. La fidelidad de Dios, de la cual testifican cristianos de ahora y de todas las épocas, confesando que han descubierto por su experiencia que la palabra de Dios es cierta, nos han transmitido la religión por medio de su consentimiento constante; y nos la han dejado sellada por la fidelidad de Dios; y por lo tanto debemos perseverar en nuestro deber para con Dios.

II. Manifestado por un emblema
Hemos de considerarlo, porque es una ayuda para frecuente meditación, y porque siempre lo tenemos delante de los ojos; y no tienen excusa los que no ven a Dios en esto; cada vez que pisamos el suelo podemos recordar la estabilidad de las promesas de Dios.

 

Y es también una confirmación de fe, en esta forma:
1. La estabilidad de la tierra es el efecto de la palabra de Dios, éste es el verdadero pilar sobre el que permanece la tierra; porque sustenta “todas las cosas con la palabra de su potencia”, (He. 1:3; Sal.33:9): “Porque él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió”. Ahora bien, su palabra poderosa nos ayuda a depender de su palabra de promesa.
Dios, quien hace lo que le place, nunca falla en lo que promete. Vemos claramente que cualquier cosa que permanece por la voluntad y palabra de Dios, no puede ser desbaratada. ¿Cómo fue? ¿Cómo fue que este mundo llegó a ser? Es la obra y el producto de ese Dios cuya palabra y promesa tenemos en las Escrituras. Ciertamente el poder de
este Dios no puede fallar, a él le es tan fácil hacer como decir.

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2. Pareciera que el globo con su tierra y agua no tiene en qué apoyarse y descansar; (Job 26:7) “Extiende el alquilón sobre vacío, cuelga la tierra sobre nada”. Ahora bien, que este cuerpo vasto y voluminoso se esté apoyando sobre el aire inestable como si estuviera
sobre un fundamento firme es algo que maravilla. En el libro de Job, capítulo 38:6 aparece esta pregunta: “¿Sobre qué están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra angular?” Pero firme está, aunque está suspendido como una pelota en el aire. El globo de la tierra está rodeado de regiones de aire y las esferas celestiales, y no tiene ningún
soporte para sostener un cuerpo tan pesado colgando en medio de una expansión tan inmensa; no obstante, Dios la ha colocado y establecido con tanta firmeza como si descansara sobre una base y un fundamento sólido; tan extraño es el lugar en que está que, siendo un cuerpo pesado, uno pensaría que caería en cualquier momento; pero
que, cuando nos lo imaginamos, debe, contrariamente a la naturaleza de tal cuerpo, caer para arriba, y por ende, no puede caer a su ruina pues cae al cielo. Ahora bien, así como su palabra sostiene tal peso, también todo el peso de la iglesia, y nuestra propia carga se apoyan en la promesa de Dios; él puede, por el poder de su palabra, hacer las cosas más grandiosas no por medios visibles; (Luc. 7:7) “Mas di la palabra, y mi siervo será sano”. Por lo tanto, su pueblo puede confiar en su providencia; él puede sostenerlos en cualquier aflicción, cuando aparentemente no hay ninguna ayuda y ningún alivio.

3. La firmeza y estabilidad ofrecen motivos de reflexión. La tierra permanece en la misma órbita y condición en que Dios la dejó, en tanto siga el presente orden natural: (Sal. 104:5) “Él fundó la tierra sobre sus basas; no será jamás removida”. La verdad de Dios es tan inamovible como la tierra; (Sal. 117:2) “La verdad de Jehová es para
siempre”. Ciertamente, si el fundamento de la tierra permanece seguro, el fundamento de nuestra salvación en Jesucristo es mucho más seguro: “Hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas”. (Mat. 5:18). Si la ley dada por Moisés es tan segura, mucho más lo son las promesas de salvación en Cristo: (2 Cor. 1:20) “Porque todas las promesas de Dios son en el Sí, y en el Amén”.

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4. La estabilidad en medio de cambios: (Ecl. 1:4) “Generación va, y generación viene: mas la tierra siempre permanece”. Cuando el hombre muere, la tierra queda como habitación para otros, y permanece donde está cuando los habitantes van de un lado para otro, y ya no la pueden disfrutar. Todas las cosas en el mundo están sujetas a muchas revoluciones, pero la verdad de Dios es una y siempre es la misma. Las vicisitudes en el mundo no derogan su fidelidad a las promesas; él cambia todas las cosas, y él mismo no cambia. Aunque aparezcan cosas nuevas en el mundo, contamos con una regla segura para regirnos, y promesas seguras en las cuales apoyarnos. Y, por lo tanto, en cualquier condición, debemos ser siempre fieles hacia Dios, y no hay duda de que él será siempre fiel para con nosotros.

5. En el hecho de sostener el cuerpo del planeta, se pueden ver todos esos atributos que son puntal firme para el corazón del creyente, como ser: sabiduría, poder y bondad. Sabiduría: (Prov. 3:19) “Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con
inteligencia”. Contémplelo, es la obra de un ser sabio. Lo mismo sucede con el poder: Esta gran estructura es sostenida por su poder supremo. Su bondad se nota en que hizo que la tierra fuera firme y seca, a fin de ser adecuada como hábitat de los hombres; este es un milagro permanente de bondad. Lutero dice que somos mantenidos, como lo fueron los israelitas, en el medio del Mar Rojo. El salmista nos dice; (Sal. 24:2) “Porque él la fundó sobre los mares, y afirmóla sobre los ríos”. Esa parte del planeta en que vivimos sería súbitamente cubierta por las aguas si no fuera por la bondad de Dios, porque éste, el orden de la naturaleza ya se vio en el principio de la creación, (Gén. 1:7), que próximas al aire estaban las aguas que cubrían toda la superficie de la tierra. Pero Dios hizo cavidades en la tierra para recibir en ellas las aguas, y orillas tales que detienen y doman el vasto océano a fin de que no avance (Gén 1:9); y ahora por su providencia el agua está debajo de la tierra, y la tierra permanece tan firme sobre ese cuerpo inestable como si estuviera sobre un fundamento sólido; lo cual, siendo una obra sabía tan bien dispuesta,
es un efecto de la bondad de Dios para la preservación de la humanidad. Y aunque, en un tiempo, por los pecados del mundo, mandó que estas aguas se salieran de sus límites e inundaran la tierra, Dios ha prometido firmemente que eso nunca volvería a suceder; por lo cual su verdad es también verificada y aplicada al pacto de la gracia; (Isa. 54:9) “Porque esto me será como las aguas de Noé; que juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré”. El
pacto de gracia es un pacto tan seguro como él que hizo después del diluvio; por lo cual no podemos considerar a esta tierra más que como un emblema de aquellos atributos que confirman nuestra fe en confiar en Dios hasta que sus promesas se nos cumplan.

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III. Aplicación
Estemos, entonces más firmemente persuadidos de la fidelidad de Dios a fin de poder depender de que preservará tanto a la iglesia como a nosotros, en el camino que debemos seguir, hasta que disfrutemos de nuestra recompensa final.

1. Para preservación del reino de Cristo, la fidelidad de Dios se manifiesta principalmente en el gobierno de su iglesia o del reino espiritual, y éste es un reino que no puede ser conmovido aunque todo lo demás sea sacudido: (He. 12:28) “Así que, tomando el reino inmóvil”. Cristo no puede ser una cabeza sin miembros, ni rey sin
súbditos. Y la palabra nos dice: (Mat. 16:18) “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Suceden muchos desórdenes, pero dependamos de la fidelidad de Dios. El mundo estaba bien dirigido antes de que nosotros hiciéramos nuestra entrada, y otras
generaciones han tenido la experiencia de la fidelidad de Dios, aunque nos quejamos de que no vemos señales para nosotros ni ninguna muestra para bien.

2. Para la preservación de nuestros cuerpos en el reino celestial. Tenemos muchos desalientos adentro y afuera, pero mientras perseveremos en nuestro deber, Dios no nos fallará; su palabra es tan segura como la tierra: (2 Tes. 3:3) “Mas fiel es el Señor, que os
confirmará y guardará del mal”. Dios ha prometido no sólo darnos nuestra recompensa final, sino también asegurar y defender a su pueblo en el camino, a fin de que no sean vencidos por las maldades que encuentran en su peregrinaje.

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Thomas Manton (1620-1677): predicador puritano inconformista. Graduado de Oxford, predicó hasta que se lo prohibió el Acto de Uniformidad de1622. Desde 1662 hasta 1670 predicaba en su propia casa, pero finalmente fue arrestado y encarcelado por seis meses. Después fue el predicador de los comerciantes de Londres en Pinners’ Hall. James Ussher lo llamó “uno de los mejores predicadores en Inglaterra”. Fue nombrado como uno de los tres empleados administrativos en la Asamblea de Westminster. Nació en Lawrence-Lydiat, condado de Somerset, Inglaterra.

La Fidelidad de Dios (de generación en generación). Parte 1

Blog74

Por generación y generación es tu verdad; tú afirmaste la tierra, y persevera

(Salmo 119:90).

ESTAS PALABRAS contienen una verdad que es:

(1.) Confirmada por la experiencia; (2.) Representada por un emblema apropiado y vivo “Tú afirmaste la tierra, y persevera”. Antes había dicho: “Permanece tu palabra en los cielos”. Ahora habla de ella manifestada en la tierra. Allí la constancia de las promesas de Dios es atestiguada por la duración y estabilidad de la moción de los cuerpos celestiales, ahora por la firmeza y lo inamovible de la tierra. La palabra poderosa y la providencia de Dios abarcan todo el mundo, esta parte más baja sobre la tierra al igual que la parte más alta de los cielos.

La doctrina: Que en todas las edades Dios siempre se ha manifestado como un Dios verdadero y fiel a todas sus promesas. Aquí, esto es confirmado por experiencia y manifestado por un emblema.

I. Confirmado por la experiencia
1. La fidelidad de Dios se relaciona con una promesa por la cual se ha comprometido con su pueblo: (He. 11:11) “Porque creyó ser fiel el que lo había prometido”. Es su merced hacer promesas, pero es su fidelidad y verdad las que las cumplen. Su verdad es  empeñada con cada criatura hasta su cumplimiento. “Otorgarás a Jacob la verdad, y
a Abraham la misericordia, que tú juraste a nuestros padres desde tiempos antiguos” (Mic. 7:20).

2. Su verdad depende de su naturaleza inmutable, pero nos es confirmada por la experiencia. “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo, los que nos acogemos a trabarnos de la esperanza propuesta” (He. 6:17, 18). Si podemos discernir que una promesa procede de Dios, no podemos tener más razón para dudarla que para dudar de la naturaleza y la persona de Dios. Sí, la experiencia lo
confirma: (Sal. 18:30) “Es acendrada la palabra de Jehová”. Somos guiados por cosas sensatas, y lo que ha sido hecho nos asegura lo que será hecho, o lo que podemos esperar de Dios.

3. Dios siempre ha sido cuidadoso de su verdad a fin de que la promesa tenga respuesta, y que podamos saber que el Dios que ha sido fiel y se ha mantenido en contacto con el mundo hasta ahora, nos asegura de que ciertamente no fallará. Los paganos atribuían una doble perfección a sus dioses. Así que el Dios verdadero es conocido por su misericordia y su fidelidad; nunca falla en cumplir su parte del pacto: (Sal. 138:2) “Alabaré tu nombre por tu misericordia y tu verdad; porque has hecho magnífico tu nombre, y tu dicho sobre todas las cosas”. Así como nos ha hecho promesas admirables y
grandes de dar a su Hijo, y con él todas las cosas, así también las cumplirá hasta lo sumo. El tema de su palabra es misericordia y bondad, y las pone en práctica verdadera y fielmente; así como ha hecho grandes y excelentes promesas, así también las cumple con la mayor puntualidad. Esto a fin de que al cumplir su palabra, Dios sea puesto sobre todo lo que se nombra, o cree, o comprende o habla. He aquí su gran gloria y excelencia.

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4. La experiencia de todas las generaciones confirma la fidelidad de Dios a sus promesas; porque el texto dice, “Por generación y generación es tu verdad.” En el Hebreo es, “de generación a generación”. Este punto puede ser ampliado considerando dos cosas:
Primero, que algunas promesas han sido recibidas por una generación y cumplidas en otra. Segundo, que las mismas promesas comunes han sido cumplidas a los fieles de todas las épocas.

Primero, que algunas promesas han sido recibidas por una generación y cumplidas en otra, cuando la cuestión así lo requería; como, por ejemplo, la liberación de Israel de Egipto: (Gén. 15:13, 14) “Entonces dijo a Abram: Ten por cierto que tu simiente será
peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con grande riqueza.” Compare ahora Éxo. 12:41: “Y pasados cuatrocientos treinta años, en el mismo día salieron todos los ejércitos de Jehová de la tierra de Egipto.” Se agregaron treinta años, debido a que sus padres moraron en Canaán; pero Dios se mantuvo en contacto hasta el último instante. Así fue también con la promesa del Mesías y el llamado a los gentiles que Dios cumplió a su tiempo enviando un Salvador al mundo; (Gál. 4:4) “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo.

Cuando el cetro le había sido quitado a Judá (Gén. 49:10), cuando la corona la tenía Herodes, un tributario y extranjero durante la monarquía romana, a su debido tiempo, Cristo lo destruyó totalmente (Dan. 2:35). Nabucodonosor tuvo una visión de una imagen hecha de cuatro metales distintos: la cabeza de oro, los brazos y pechos de plata, el vientre y sus muslos de bronce y los pies parte hierro y parte barro cocido. Mientras contemplaba la imagen y la revisaba de pies a cabeza, vio que una piedra era cortada de la montaña, sin intervención de manos, y que ésta hirió a la imagen, no en la cabeza,
el pecho o el vientre, sino en los pies de hierro y barro, lo cual desmenuzó la imagen, y la piedra se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra. Daniel interpretó la visión diciendo que representaba cuatro reinos gentiles que su sucederían unos a otros
teniendo un extenso dominio. El primero de los babilonios, que era el de esa época; luego el de medos y persas; el tercero de los griegos; el cuarto de los romanos que conquistó a todos los demás apoderándose de las riquezas y la gloria de los anteriores; durante este último reinado es que la piedra fue cortada de la montaña, e hirió los pies de hierro. Esta piedra era el reino del Dios de los cielos, el cual estableció Cristo. Pero para no hacerla larga con misterios y lindos debates, el apóstol nos dice (Rom. 15:8-10): “Digo, pues, que Cristo Jesús fue hecho ministro de la circuncisión por la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres, y para que los Gentiles glorifiquen a Dios por la misericordia; como está escrito: Por tanto yo te confesaré entre los Gentiles, y cantaré a tu nombre. Y otra vez dice: Alegraos, Gentiles, con su pueblo.” La realidad, en todos
estos casos, habla por sí misma de manera que en todo lo que aún está por venir, debemos depender de la veracidad de Dios; como en el caso del llamado a los judíos, la destrucción del anticristo, una manifestación más amplia de los dones sobre la iglesia, junto con una ampliación de su límites; siguiendo el ejemplo de los patriarcas que
conforme a la fe murieron”: (He. 11:13) “sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y saludándolas.

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Segundo, que las mismas promesas comunes han sido cumplidas en los fieles de todas las épocas; existe sólo un mismo camino a la vida eterna , y las dispensaciones de Dios a cada generación siguen siendo las mismas; así que en cada generación las promesas de Dios todavía se cumplen como si hubieran sido dirigidas a esa época únicamente.
La fidelidad de Dios ha sido puesta a prueba de muchas maneras en muchas épocas, pero cada edad brinda ejemplos de la verdad de sus promesas. Desde el principio del mundo hasta el final, Dios está constantemente cumpliendo su palabra en su gobierno providencial, el cual es doble –externo o interno.

[1.] Externo, en la liberación de su pueblo, las respuestas a las oraciones y las múltiples bendiciones concedidas a los creyentes y su simiente (Sal. 22:4, 5): “En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; esperaron en ti, y no se avergonzaron.” Los creyentes en épocas pasadas confiaban en Dios, y confiaban constantemente en medio de sus dificultades clamando a él, y nunca buscaron en vano a Dios lo cual debe confirmarnos que debemos esperar en Dios y depender de su misericordia y fidelidad; porque los que ponen toda su fe en Dios, y buscan su ayuda con sus oraciones constantes e inoportunas, nunca serán avergonzados.

[2.] Interno, en la conversión a Dios, el consuelo de su Espíritu, en el arraigamiento del alma en las esperanzas del evangelio, en lo que concierne al perdón de pecados y la vida eterna. Ciertamente Dios, quien ha bendecido su palabra a través de muchas generaciones, convirtiendo y reconfortando a muchas almas, nos muestra que podemos depender del pacto de perdón y vida eterna. ¡Cuántos han encontrado consuelo en la promesa! Ahora bien, así como el apóstol habla de Abraham: “y no solamente por él fue escrito… sino también por nosotros;” (Rom. 4:23, 24), así también estos consuelos no fueron dispensados para ellos únicamente, sino también para nuestro beneficio a fin de que seamos reconfortados por Dios; teniendo el mismo Dios, el mismo Redentor, el mismo pacto y las mismas promesas, y el mismo Espíritu que lo aplica todo a nosotros. Si ellos confiaban en Dios y eran confortados, ¿por qué no nosotros? Su fidelidad es para todas las generaciones; él es igual con los creyentes, como ellos son iguales con él: (Rom. 3:22) “Porque no hay diferencia”.

Versiculo 183

5. La experiencia de la fidelidad de Dios en épocas pasadas es provechosa para los que vienen después y triunfan, pues les asegura la fidelidad de Dios; porque las obras maravillosas y misericordiosas de Dios nunca fueron para beneficiar meramente a la época en que fueron hechas, sino también para beneficio de aquellos que tuvieran
noticias de ellas por cualquier medio digno de confianza. Es una burla y un desprecio vil de esas obras maravillosas que Dios ha realizado para que sean recordadas, que los que viven en épocas posteriores las olviden o no las observen o mejoren, sí, es contrario a
las Escrituras: (Sal 145:4) “Generación a generación narrará tus obras, y anunciarán tus valentías”; (Joel 1:3), “De esto contaréis a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la otra generación”; (Jos. 4:6-8) “Para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué os significan estas piedras? Les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron partidas delante del arca del pacto de Jehová”. Por lo tanto (Sal. 78:3-7): “Las cuales hemos oído y entendido; que nuestros padres nos las contaron. No las encubriremos a sus hijos, contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová, y su fortaleza, y sus maravillas que hizo. Él estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel; la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos; para que lo sepa la generación venidera, y los hijos que nacerán; y los que se levantarán, lo cuenten a sus hijos; a fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, y guarden sus mandamientos”. De todo lo cual observo:

[1.] Que debemos contarles a las generaciones venideras lo que hemos descubierto acerca de Dios en nuestro tiempo, y más especialmente, los padres deben contarles a sus hijos; están obligados a transmitir este conocimiento a sus hijos, y ellos a ampliarlo, ya sea por palabra o por obra. Por palabra, recordando los pasajes que muestran sus actos providenciales, y publicando sus misericordias para la posteridad: (Sal. 89:1) “Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente: en generación y generación haré notoria tu verdad con mi boca”. O por obras, haciendo que se apropien de una religión pura, confirmada a nosotros por tantos actos providenciales y demostraciones de la bondad y verdad de Dios.

[2.] Que esta información sobre las obras misericordiosas de Dios, y ser partícipes de su pacto, son medios especiales para edificación. ¿Por qué otra razón habría Dios de imponerlas, sino para que las generaciones siguientes se beneficiaran de ellas? Ciertamente es una ventaja para ellas oír cómo Dios se ha adueñado de nosotros por
medio de ordenanzas y actos providenciales.

[3.] Y observo más particularmente que esta tradición es una gran razón y ayuda para la fe; porque fue dicho: (Sal. 78:7) “A fin de que pongan en Dios su confianza”.

Fin de la primera parte de “La Fidelidad de Dios (de generación en generación)” un  texto de Thomas Manton (1620-1677).

 

El escondite de los santos en el día malo

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“Y por eso los que son afligidos según la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como a fiel Creador, haciendo bien.” (1 Pedro 4:19)

TRATARÉ AHORA ESE atributo de Dios que debe movernos a confiar en él, a saber que es un Creador fiel. Ahora bien, Dios es fiel: 1. En su naturaleza. Él es YO SOY, siempre él mismo, inmutable e invariable. 2. En su palabra. Se expresa tal como es. La palabra que procede de Dios es una expresión de la fidelidad de su naturaleza. 3. En sus obras. “Bueno eres tú, y bienhechor” como dice el salmista, (Sal. 119:68).

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Siendo Dios mismo fiel , también lo es todo lo que procede de él. Cualquier relación que asume Dios, es fiel a ella. Como es Creador, preserva y mantiene su propia obra. Como es
Padre, es fiel en cumplir plenamente ese deber para bien de sus hijos. Como es nuestro Amigo, también cumple todos los deberes de esa relación. ¿Y por qué otra razón se rebaja tan bajo para asumir estas relaciones sino para mostrar que ciertamente cumplirá con ellas totalmente? ¿Por qué es que los hombres son fieles a sus relaciones mutuas, que el padre es fiel a su hijo? ¿Acaso no viene de Dios, el Padre soberano? Que un amigo sea fiel a su amigo, ¿no es cosa de Dios, el gran Amigo?

Todos sus caminos son misericordia y verdad. No sólo son misericordiosos y buenos y generosos, sino que son misericordia y verdad mismas. Si él se muestra como un Padre, es un padre verdadero, un amigo verdadero, un creador y protector verdadero. Como ha dicho alguien: ‘¿Causaré que otros teman, y sea yo mismo un tirano?’ Toda otra fidelidad no es más que un vislumbre de lo que es Dios. ¿No ha de ser absolutamente fiel aquel que hace que otras cosas sean fieles?

Ahora bien, esta fidelidad de Dios es aquí una razón para esta obra de consagrarnos a él; y podemos confiar en él cuya palabra ha sido probada siete veces en el fuego (Sal. 12:6). No hay escoria en ella. Cada palabra de Dios es una palabra segura; su verdad es un escudo y un ceñidor; haremos bien en confiar en ella. Por lo tanto, cuando lee usted una promesa en particular en el Nuevo Testamento, dice “Palabra fiel…” (1 Tim. 1:15); es decir, ésta es una declaración en la que podemos confiar; es la declaración de un Creador fiel.  entonces, teniendo en cuenta que Dios es fiel en todo sentido a sus promesas y en sus actos, aprovechémosnos de una manera especial.

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Atesoremos todas las promesas que podemos relacionadas con el perdón de los pecados, de protección y preservación; de que nunca nos abandonará, sino que será nuestro Dios hasta la muerte, etc., y luego estemos seguros de que será fiel en cumplirlas. Cuando nos
sentimos atemorizados por su majestad y su justicia y otros atributos, pensemos en su misericordia y su verdad. Se ha vestido de fidelidad, como dice el salmista. En medio de la infidelidad de los hombres en quienes usted confía, dependa de esto: que Dios sigue siendo el mismo y nunca lo engañará.

Cuando un hombre nos da su palabra, tomamos en cuenta cómo es él, porque las palabras de los hombres son como ellos son. ¿Qué no puede hacer la palabra de un rey? Si un hombre es poderoso y grande, responde por su palabra. Ésta es la razón por la cual hemos de dar tanta importancia a la palabra de Dios, porque es la palabra de Jehová, un poderoso Creador, que da vida a todas las cosas, y no puede menos que ser Señor y Dueño de su palabra. No sabemos el significado de Dios de ninguna otra manera más que por medio de su palabra. Hasta que no lleguemos al conocimiento por vista en el cielo,
hemos de contentarnos con el conocimiento por la revelación en la palabra.

Y en cada promesa, identifique la que mejor se adapta a su condición actual. Si se encuentra en grandes dificultades, piense en el poder supremo de Dios. Señor, tú me formaste de la nada, y puedes librarme de este estado. He aquí, vuelo hacia ti para obtener sustento. Si se encuentra perplejo por falta de dirección, y no sabe qué hacer,
enfoque el atributo de la sabiduría de Dios, y anhele que le enseñe la senda que debe tomar. Si ha sufrido una injusticia, vuele a su justicia, y diga: Oh Dios, de quien es la venganza, escucha y ayuda a tu siervo. Si ha sido sorprendido por la desconfianza y vacilación, entonces acuda a su verdad y fidelidad. Siempre encontrará en Dios algo para
sostener su alma aun en la condición más extrema en que pueda caer; porque si no  hubiera en Dios una plenitud para suplir cada urgente necesidad en que nos  encontramos, no merecería ser adorado, no merecería que confiáramos en él. Puesto en balanza, el hombre es más liviano que la vanidad. Todo hombre es mentiroso, o sea que es falso. Nosotros podemos ser así, siendo humanos, pero Dios es esencialmente veraz.

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No puede engañar y a la vez ser Dios. Por lo tanto, cuando esté decepcionado de alguien, acuda a Dios y sus promesas, y edifique sobre esto: que el Señor no dejará que le falte nada que pueda hacerle a usted bien. Entre los hombres hay pactos rotos: entre nación y nación, y entre hombre y hombre. Casi no se puede confiar en nadie; pero para todas
las circunstancias confusas hay un consuelo. La persona religiosa puede echarse audázmente en los brazos del Todopoderoso, y acudir a él en cualquier dificultad, como el Creador fiel que no lo abandonará. Oh, avergoncémonos de deshonrar al que está listo para empeñar en nosotros su fidelidad y verdad. Si confesamos nuestros pecados,
Dios “es fiel… para que nos perdone” (1 Juan 1:9). No nos dejará ser tentados “más de lo que podéis llevar” (1 Cor. 10:13). Cuando nos llenamos de dudas y temores pensando si cumplirá o no sus promesas, deshonramos su Majestad. ¿Acaso no creemos que Dios
permanece verdadero y fiel? Sin lugar a dudas que así es y no podemos deshonrarlo más que si desconfiamos de él, especialmente en lo relativo a sus promesas evangélicas. Si no descansamos seguros en él, lo hacemos mentiroso, y le robamos aquello en lo cual él más se gloría, su misericordia y fidelidad.

Considere la bajeza de la naturaleza del hombre. Dios ha hecho fieles a todas las cosas que lo son, y podemos confiar en ellas; pero siempre andamos cuestionando la verdad de su promesa. Con razón podemos hacer nuestra la queja de Salvian en su época. Dijo: ‘¿Quién, sino Dios, ha hecho que pudiéramos confiar que la tierra diera su fruto? De hecho, podemos confiar en la tierra al sembrar nuestra semilla. ¿Quién, sino sólo Dios, hace fiel al hombre, que es por naturaleza la criatura más engañosa y vana? No obstante, confiamos en un hombre vano, usurero, y esperamos grandes cosas de su mano, antes que del Dios todo suficiente que no cambia. ¿Quién, sino Dios, hace que los mares y los vientos sean fieles, que no nos hagan daño? No obstante, antes confiamos en el viento y el tiempo que en Dios, al ver a muchos marineros en un barco pequeño, echar sus bienes en un océano inmenso para ser llevados de un lado a otro, en lugar de confiárselos a Dios.’

Sí, dejen a Satanás, por sus medios malévolos, llevar al hombre a los razonamientos que le convienen, porque el diablo no conversa inmediatamente con el mundo, sino con sus instrumentos, y el hombre confiará antes en él que en Dios. Nuestros corazones están
propensos a desconfiar del Todopoderoso, de poner su verdad en tela de juicio y de confiar en las mentiras de sus propios corazones y de otros hombres, antes que confiar en él. Lamentemos, pues, nuestra infidelidad, que teniendo tal Creador omnipotente y fiel en quien apoyarnos, no podemos hacer que nuestros corazones confíen en él.

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Hay dos columnas principales en la fe del cristiano: El poder de Dios y la bondad de Dios.
Estas dos, como Aarón y Hur, sostienen los brazos de nuestras oraciones. Por más desesperante que sea nuestra condición, Dios sigue siendo un Creador. Nunca son tan grandes nuestros pecados y debilidades, que no tenga él el poder para sanarlos. Oh, cómo debe esto alegrar nuestras almas, y reanimar nuestros espíritus caídos en todas nuestras luchas y conflictos con el pecado y Satanás, de tal manera que no cedamos a la más mínima tentación, teniendo un Dios todopoderoso al cual acudir para sustentarnos.

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Richard Sibbes (1577-1635): reconocido predicador de la Palabra de Dios inglés a
principios del movimiento puritano; educado en Cambridge.

 

Todas sus promesas me ayudarán a vencer las tentaciones de Satán. Puedo yo confiar en que mi Salvador con su dulce voz me guiará. La fidelidad de Dios!
–Isaac Watts (1674–1748)

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El refugio del hombre justo – La Fidelidad de Dios II

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II. Seguidamente consideremos la fidelidad de Dios, tal como se relaciona con las muchas grandes y ricas promesas hechas a su pueblo para su seguridad en sus intereses temporales, y intereses espirituales.

Encontramos que la fidelidad de Dios fue prometida para la seguridad de su pueblo, en pro de sus intereses espirituales y eternos contra todos los peligros y temores que los amenazan, muy especialmente en estas tres formas.

1. Les es dada como la más grande y mejor seguridad del perdón de sus pecados (1 Juan 1:9): “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.” Nuestro peligro más grande se deriva del pecado; la culpabilidad es una fuente de lágrimas, el alma perdonada puede encarar otros problemas de frente: tal como la culpa genera temor, el perdón produce valentía, y la fidelidad de Dios en el pacto es, por decirlo así, esa oficina de perdón de donde obtenemos nuestra liquidación y absolución. (Isa. 43:25): “Yo, yo soy el que borro tus
rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus pecados.” Las promesas de remisión se hacen en nombre de Cristo, y cuando se hacen, tienen que ser cumplidas para honrar su fidelidad.

2. Es dada para la perseverancia de los santos, y su permanencia en los caminos de Dios en los tiempos más peligrosos y difíciles; éste fue el aliento que les dio. (1 Cor. 1:8, 9): “El cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis sin falta en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo Jesucristo nuestro Señor.” ¡Ah, Señor! podrían haber dicho los corintios, los poderes de este mundo están en contra de nosotros, tenemos por delante sufrimiento y muerte, y dentro nuestro un corazón traicionero y miedoso. Ah, pero aún así no teman, Cristo
confirmará a quien se oponga a ustedes; aunque el mundo y sus propios corazones sean engañosos, consuélense con esto, su Dios es fiel.

3. La fidelidad de Dios es dada como promesa para la seguridad de su pueblo y aliento contra todos los sufrimientos y aflicciones en este mundo. (2 Tes. 3:2, 3): “Y que seamos librados de hombres importunos y malos; porque no es de todo la fe. Mas fiel es el Señor,
que os confirmará y guardará del mal.” El ora pidiendo que sean librados de los hombres absurdos, traicioneros e impíos quienes los aplastarían y traicionarían causando su ruina; pero propone lo siguiente como su alivio: que cuando la traición de los hombres los meta en dificultades, la fidelidad de Dios los sostendrá en esas dificultades y los librará de ellas; tendrán el apoyo de Dios en medio de los sufrimientos más profundos generados por los hombres (1 Ped. 4:19).

Dios garantiza su fidelidad para la indemnización y seguridad de su pueblo, en medio de males temporales y externos a los que están sujetos en este mundo; y esto, ya sea para preservarlos de las dificultades (Sal. 91:1-4) o para abrirles una puerta oportuna para
librarlos de las dificultades (1 Cor. 10:13). En ambos casos, o en cada uno, el corazón del cristiano puede permanecer tranquilo en este mundo lleno de dificultades porque, ¿qué necesidad hay de que esas dificultades nos asusten, ya que nunca nos tocarán o, si lo hacen, nunca nos dañarán y, mucho menos, arruinarán?

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III. Habiendo considerado brevemente la fidelidad de Dios en sus promesas, será espléndido volver a considerarla tal como actúa o se manifiesta en sus providencias sobre su pueblo. Créanlo, cristianos, la fidelidad de Dios está incluida en todas sus obras providenciales, siempre que sale para obrar en el mundo, “Será… la fidelidad ceñidor de sus riñones” (Isa. 11:5). Es una alusión a los obreros quienes, saliendo a trabajar de mañana, se ciñen sus lomos o se fajan; ahora bien, no hay obra realizada en este mundo en que su fidelidad no sea como la faja que ciñe su cintura. La consideración de esto debe ocasionar que el creyente más desalentado, ciña los lomos de su mente, es decir, aliente y fortalezca su corazón caído y desanimado. Contemplar aquellas obras de Dios realizadas fielmente y con el fin de lograr sus propósitos eternos y cumplir sus promesas misericordiosas, debería alegrarnos en lugar de atemorizarnos. El que David considerara que la propia fidelidad de Dios era la que lo había afligido, le quitó el aguijón de su aflicción (Sal. 119:89, 90). Pero más particularmente, contemplemos con beneplácito la fidelidad de Dios en cumplir siete tipos de promesas a su pueblo, en los días de aflicción y sufrimiento: 1. Las promesas de preservación; 2. Las promesas de apoyo; 3. Las promesas de orientación; 4. Las promesas de providencia; 5. Las promesas de liberación; 6. Las promesas de ordenar y dirigir los acontecimientos para beneficio de ellos.

1. Hay promesas en la palabra para que sea usted preservado de la ruina, y lo que lee en estas promesas comprueba diariamente que las mismas se cumplen en sus propias experiencias. Tiene usted la promesa en el Salmo 57:3: “El enviará desde los cielos, y me salvará de la infamia del que me apura.” Piénselo, ¿no ha descubierto que es así? Cuando el infierno ha enviado sus tentaciones para deshonrarlo, el mundo sus persecuciones para destruirlo, su propio corazón sus temores incrédulos para desviarlo y hundirlo, ¿acaso no ha enviado su Dios su misericordia y su verdad para salvarle? ¿Acaso no ha sido su verdad su escudo y protector (Sal. 91:4). ¿Acaso no puede usted decir con la iglesia, que es por su misericordia que no es consumido, que sus misericordias son nuevas cada mañana y que grande es su fidelidad (Lam. 3:23)? (Nota de los editores: ¡Digo Amén! ¡Alabado sea el Señor!)

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2. Así como ha visto el cumplimiento de las promesas para su preservación, puede también verlo en cuanto a todas las promesas en su palabra acerca de sostenerlo en sus dificultades. Esta es una dulce promesa (Sal. 91:15): “Con el estaré yo en la angustia: lo libraré”.

Tiene usted también una promesa muy sustentadora en Isaías 41:10: “No temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” ¡Oh! ¡con cuánta brillantez se ha manifestado la fidelidad de Dios al cumplir su palabra en este sentido! Usted es su
testigo de que se hubiera hundido en las profundas aguas de las dificultades si él no hubiera cumplido su palabra. Así lo dice David (Sal. 73:26: “Mi carne y mi corazón desfallecen: mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” ¿Acaso no ha visto que es con usted como dice 2 Cor. 12:10: “Por lo cual me gozo en las flaquezas, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso”? El poder de Dios se ha perfeccionado en su debilidad, por él pudo superar sus dificultades: hasta ahora él lo ha ayudado.

3. Así como ha visto el cumplimiento de las promesas para su preservación y sostenimiento, ha podido verlo en la orientación que le ha brindado en sus caminos. Así dice la promesa (Sal. 32:8): “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar. Sobre ti fijaré mis ojos.” Es cierto que “el hombre no es señor de su camino” (Jer.
10:23). ¡Oh, con cuánta fidelidad lo ha guiado su Dios, y lo ha apoyado en todas las circunstancias difíciles de su vida! ¿Acaso no se cumple fielmente hasta el más mínimo detalle aquella promesa (He. 13:5): “No te desampararé, ni te dejaré”? De seguro que puede ponerle usted su sello a lo que afirma Juan 17:17: “Tu palabra es verdad”; si hubiera sido dejado que se las arreglara solo según su propio consejo, ciertamente hubiera perecido, como dice el Salmo 81:12: “Dejélos por tanto a la dureza de su corazón: caminaron en sus consejos. ”

4. Así como hay promesas en la palabra para su preservación, sostenimiento y orientación, así también, en cuarto lugar, hay promesas acerca de su providencia, como en el Salmo 34:9: El Señor ha prometido que los que le temen no tendrán falta de nada. Cuando son llevados a los extremos, él proveerá (Isa. 41:17): “Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, que no hay; secóse de sed su lengua; yo Jehová los
oiré, yo el Dios de Israel no los desampararé.” ¿Acaso esto no se lleva a cabo fielmente? “Dio mantenimiento a los que le temen; para siempre se acordará de su pacto” (Sal. 111:5). En todas las contingencias de su vida lo ha encontrado fiel hasta este día; usted es
su testigo de que sus providencias nunca le fallaron, su cuidado se renueva para usted cada mañana; ¡cuán grande es su fidelidad!

5. También encuentra usted en la palabra algunas promesas estimulantes en cuanto a sus liberaciones. Cuenta usted con la dulce promesa en el Salmo 91:14: “Por cuanto en mí ha puesto su voluntad, yo también lo libraré” y también en el Salmo 50:15: “E invócame en el día de la angustia: te libraré”. Usted lo ha hecho, y él le ha dado una salida.
Nuestras vidas son monumentos de misericordia; hemos vivido entre leones, pero hemos sido preservados (Sal. 57:4). La zarza ardiente era un emblema de la iglesia preservada milagrosamente.

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6. Hay promesas en el mundo para ordenar y dirigir los acontecimientos de la providencia para beneficiarlo grandemente a usted; tal es la promesa (Rom. 8:28): “Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien”. No tema, cristiano, no importa el estado en que ahora se encuentra; mientras sea arrojado de aquí para allá en las ondas inestables de este mundo, encontrará, ciertamente, cuando
llegue al cielo, que todas las dificultades de su vida eran guiadas firmemente por esta promesa como un barco en el mar es dirigido a su puerto por el compás o la estrella polar.

IV. Aplicación
Qué queda ahora más que volver a insistirle; 1. Que entre en esta cámara de fidelidad divina; 2. Que cierre la puerta detrás suyo; 3. Y que entonces viva confortablemente allí durante los días malos.

1. Entre en esta cámara de la fidelidad de Dios por medio de la fe, y escóndase allí.
Todo hombre es una mentira, pero Dios es verdad, eterna e inmutablemente fiel. ¡Oh! deposite su fe en esto, descanse en esto.

Ahora bien, hay dos grandes argumentos de peso para instarlo a entrar en esta cámara de fidelidad divina. El primero se basa en la naturaleza de Dios, “que no puede mentir”
(Tito 1:2). “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Recuerde sobre qué base eterna y firme se basa la fidelidad de Dios. Estas son cosas inmutables (He. 6:18). Sobre esto se basó Abraham (Rom. 4:21): “Plenamente convencido de que todo lo
que había prometido, era también poderoso para hacerlo”. Tuvo por fiel al que prometió. ¿Qué esperaría o exigiría usted de la persona en que va a confiar?

Espere una promesa clara; y ¡atención! cuenta usted con mil a través de la Biblia, adecuadas para todos las circunstancias de su alma y cuerpo. Por lo tanto, puede rogarle a Dios, como lo hiciera David (Sal. 119:49): “Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar”. Así también rogó Jacob (Gén. 32:12): “Y tú has dicho: Yo te haré bien”. Estos son los votos y las obligaciones de Dios.

Espere el poder suficiente como para cumplir lo que promete. En Dios, esto es un fundamento justo de fe, (Isa. 26:4): “Confiad en Jehová perpetuamente: porque en el Señor Jehová está la fortaleza de los siglos”. Por la fortaleza de él podemos esperar en él: las criaturas no pueden, pero Dios sí puede hacer lo que determina hacer. Espere una bondad y misericordia infinitas de parte del Señor que lo predisponen a ayudarle y salvarle. Así es aquí (Sal. 130:7): “Espere Israel a Jehová; porque en Jehová hay misericordia y abundante redención con él”. Y Moisés rogó (Éxo. 33:18): “Ruégote que me
muestres tu gloria”. El pedido era de poder ver la gloria de Dios: La respuesta fue: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”, lo cual nos indica que aunque los atributos de Dios son gloriosos, aquello en lo que más se gloría es su bondad. Espere que ninguna de sus promesas serán jamás borradas o manchadas en ningún momento por su infidelidad; y así lo afirma aquí (Josué 23:14). No ha fallado una sola cosa; todo se ha cumplido, las edades han sellado esta conclusión. Tu palabra es verdad, tu palabra es verdad.

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El segundo se basa en el aliento que brindan todas las experiencias pasadas, tanto de los demás como las suyas propias, como un argumento para instarlo a entrar en esta cámara de seguridad, la fidelidad de Dios. Cuenta usted con las experiencias de los demás. Los santos han considerado las experiencias de otros que vivieron mil años antes que ellos, como argumentos excelentes para aumentar su fe. Así fue según Oseas 12:4. Tenía poder sobre el ángel, y prevaleció; lo encontró en Betel, y allí nos habló. Recuerde que había un José en la cárcel con nosotros, un Jeremías en el calabozo, un Daniel en el foso, un Pedro
en cadenas y un Ezequías al borde de la muerte; y todos ellos encontraron la ayuda de Dios que los protegió con la mayor fidelidad, salvándolos de todas sus dificultades. A esto se aplica el Salmo 22:4, 5: “En ti esperaron nuestros padres: esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados: esperaron en ti, y no se avergonzaron.”

Sus propias experiencias pueden ser de aliento para su fe: Así fue con David (1 Sam 17:37): “Jehová que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este Filisteo”. También en el caso de Pablo sus experiencias eran una aliento para su fe; dijo en 2 Cor 1:10: “El cual nos libró y libra de
tanta muerte; en el cual esperamos que aun nos librará”. Entre en la fidelidad de Dios por fe.

2. Que cierre la puerta detrás suyo. Le ruego que cierre la puerta detrás suyo, dejando fuera todas las dudas incrédulas, los celos y las desconfianzas en la fidelidad de
Dios; el mejor de los hombres puede encontrarse con tentaciones de esta naturaleza; como el bueno de Asaph, quien aunque era un santo eminente dijo: (Sal. 77:7, 8): “¿Desechará el Señor par siempre, y no volverá más a amar? ¿Hase acabado para siempre su misericordia? ¿Hase acabado la palabra suya para generación y generación?” Estos celos pueden entrar solapadamente en la mente de los hombres, especialmente cuando Dios demora la respuesta a nuestra oración que esperábamos contestara inmediatamente; nos apura recibir una respuesta rápida, olvidando que nuestras épocas de oración son nuestros tiempos de siembra; y cuando hemos sembrado la preciosa
semilla, tenemos que esperar el tiempo de la cosecha, como lo hace el granjero. Aun un precioso Hemán puede tener un ataque de incredulidad y depresión cuando las respuestas de Dios están en suspenso (Sal. 88:9, 10, 11).

Será difícil cerrarle la puerta a la incredulidad cuando todos nuestros sentidos y razonamientos parecen obrar en contra de la promesa; se requerirá la fe de un Abraham en un momento así para glorificar a Dios, creyendo con esperanza a pesar de que todo indique lo contrario (Rom 4:18). Si espera usted disfrutar del dulce reposo y descanso de un cristiano en tiempos malos, tiene que resolver, sea lo que sea que sus ojos vean o sus sentidos reporten, aferrarse a esto como la conclusión más segura; Dios es fiel y su palabra es segura, y que aunque haya: “Nube y oscuridad alrededor de él: justicia y juicio
son el asiento de su trono” (Sal. 97:2).

3. Que entonces viva confortablemente allí durante los días malos. ¡Oh! ¡que de una vez aprendiera usted a depender firmemente en la fidelidad de Dios, y a obtener de ella su alivio y sostén diario, en los momentos cuando está oprimido y es atacado!

1. Por problemas espirituales. Cuando camina en la oscuridad y no tiene luz, entonces debe vivir por actos de fe y completa dependencia del más fiel (Isa. 50:10).

2. Por dificultades temporales; así lo hizo el pueblo de Dios en la antigüedad (He. 11:17, 18, 19). Vivieron por fe en este atributo, cuando faltaban todos los conforts y provisiones.
Pero especialmente, ¡quiero advertirle y prevenirle contra cinco enemigos principales de su descanso en la fidelidad de Dios!

1. Los cuidados que distraen, que dividen la mente y carcomen la paz y el confort del corazón y, peor de todo, reflejan deshonra a Dios quien ha prometido su fidelidad y verdad para nuestra seguridad; contra estos, le ruego, tranque la puerta con estos dos pasajes, (Fil. 4:6): “Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones
delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias” y (1 Ped. 5:7): “Echando toda vuestra solicitud en él, porque él tiene cuidado de vosotros”.

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2. Tranque la puerta contra la depresión impía, otro enemigo del dulce descanso de su alma en esta cámara cómoda y silenciosa de fidelidad divina: descubrirá que lo ataca lentamente un estado de ánimo indebido e incómodo, a menos que crea y lo razone, como lo hizo David (Sal. 42:11): “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te conturbas en mí? Espera a Dios; porque aun le tengo de alabar”.

3. Tranque la puerta de su corazón contra las políticas carnales y los vaivenes pecaminosos, que batallan contra su propia fe en la fidelidad de Dios tanto como cualquier otro enemigo. Ésta fue la falta del buen David en el día de la dificultad (1 Sam. 27:1): “Y dijo David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl: nada por tanto me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos”. ¡Ay, pobre David! ¿No tiene nada mejor que esto? Hubo un tiempo cuando podía pensar en una salida mejor, cuando podía decir que cuando tuviera temor confiaría en Dios. ¡Cómo se ha olvidado en esta situación! ¿Le fallaría ahora el antiguo refugio en Dios? ¿Pueden los
filisteos apresarlo mejor que las promesas? ¿Volará de su mejor amigo hacia sus peores enemigos? Pero no nos extrañemos de David, quien tuvo la misma reacción nuestra, casi inevitable en casos similares.

4. Cierre la puerta contra el descontento y las murmuraciones, contra las disposiciones de la providencia, sea lo que sea que siente o teme le insto a no ser un estoico apático ni insensible a los males de la época, que descarta el ejercicio de la paciencia. Si todos los mártires hubieran tenido parálisis antes de llegar a la hoguera, su fe y paciencia no hubieran triunfado tan gloriosamente como lo hicieron; cuídese de quejarse contra los caminos y la voluntad de Dios, lo cual obra como ninguna otra cosa contra su fe y la paz y quietud de su corazón.

5. Para concluir, cierre la puerta contra todas las sospechas y desconfianzas en cuanto a la firmeza y estabilidad de las promesas cuando todo su mundo se sacude y tiembla bajo sus pies; cuídese de preguntas peligrosas como ésta (Sal. 77:8): “¿Hase acabado la palabra
suya?” Estas son las cosas que socavan el fundamento de tanto su fe como de su tranquilidad.

En una palabra, poner su alma en esta cámara de descanso, y cerrar la puerta detrás suyo es todo lo que tiene que hacer para descansar en Dios y disfrutar el placer de una alma entregada en las manos de un Creador fiel, oponiéndose con la fidelidad de Dios a todo el capricho e incredulidad que encuentra diariamente en los hombres, (Mic. 7:6, 7), sí, al decaimiento y desvanecimiento de su propia fortaleza y habilidad naturales (Sal. 73:26): “Mi carne y mi corazón desfallecen: mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.”

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John Flavel (c. 1630-1691): Presbiteriano inglés y pastor en Dartmouth, Devonshire, Inglaterra. Autor prolífico de obras evangélicas como The Fountain of Life Opened (La fuente de la vida abierta) y Keeping the Heart (Guardando el corazón). Sus vívidas ilustraciones daban como resultado sermones memorables y transformadores de vidas. Uno de sus oyentes dijo que “los que pueden estar bajo su ministerio sin que éste los afecte tiene que tener una cabeza muy blanda o un corazón muy duro, o ambos. Nació en Bromagrove, Worcestor.

El refugio del hombre justo – La Fidelidad de Dios I

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EL GLORIOSO atributo de la fidelidad divina se abre como una tercera cámara de seguridad para el pueblo de Dios en tiempos de sufrimientos y peligros. Habiendo visto el refugio del santo en el poder y la sabiduría de  Dios, pasamos a la tercera cámara segura para refugio de los santos:

La fidelidad de Dios.
En este atributo está nuestra seguridad y nuestro descanso en medio de las confusiones del mundo y los desencantos cotidianos que nos desconciertan por doquier, en medio de la vanidad y la falsedad de la criatura. En cuanto a las criaturas, aun las mejores entre ellas no son más que vanidad, sí, vanidad de vanidades, la vanidad más vana ( Ecl. 1:2).

“Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive” (Sal. 39:5). Sí, aquellos de quienes más esperamos nos causan los mayores problemas (Mic. 7:5). Las relaciones más cercanas forman la retaguardia de los sufrimientos (Job. 6:15). “Mis hermanos han mentido cual arroyo.” Especialmente, sus engaños aparecen más cuando más necesitamos de su ayuda (Sal. 142:4). Qué misericordia  grande es, entonces, tener un refugio en la fidelidad de Dios como la  tenía David: “Miraba a la mano derecha, y observaba; mas no había quien me conociese; no tuve refugio, no había quien volviese por mi vida”. Y de la misma manera la iglesia (Mic. 7:7). “Yo empero a Jehová esperaré, esperaré al Dios de mi salud: el Dios mío me oirá.”

Puede llegar el momento cuando usted no sepa en qué confiar en este mundo. Por lo tanto, permítame abrirle a usted esta cámara de descanso en la fidelidad de Dios para tal momento, y lo haré bajo dos consideraciones.

I. Es absoluta en cuanto a su propia naturaleza.

II. Es relativa en cuanto a las promesas y providencias de Dios.

I. Es absoluta, así es la fidelidad de Dios en su sinceridad, firmeza y constancia en llevar a cabo su palabra dada a su pueblo en todo  momento y en todos los casos. Así lo describe Moisés a Israel, (Deut. 7:9) “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel.” Y Josué apela a la experiencia de ellos para vindicarla, (Jos. 23:14) “Reconoced, pues, con todo vuestro  corazón y con toda vuestra alma, que no se ha perdido una palabra de
todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros: todas os han venido, no se ha perdido de ellas ni una.” Y también se reafirma plenamente, (Jer. 31:35-37) y se admira  grandemente aun en el día más tenebroso (Lam. 3:23). Grande es tu
fidelidad. Y es bueno para nosotros que su fidelidad es grande, porque grande es el peso que se apoya en ella, aun nuestras esperanzas para ambos mundos, para este mundo y para el venidero (Tito 1:2). “Para la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no
puede mentir, prometió antes de los tiempos de los siglos. ”

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A. Ahora bien, Dios es fiel y eso puede verse en las siguientes evidencias.

1. Por el cumplimiento exacto de sus promesas que datan de más tiempo. Efectivamente (Hechos 7:6), pasaron cuatrocientos treinta años antes de que la promesa de la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto se cumpliera; no obstante, (Hechos 7:17) cuando
llegó el tiempo de cumplir la promesa, Dios fue absolutamente puntual. Setenta años en Babilonia, y cumplido ese lapso, regresaron (2 Crón. 36:21). Los hombres pueden olvidar, pero Dios no (Isa. 49:15, 16).

2. Abriendo el camino para sus promesas a través de las más grandes dificultades y aparentes imposibilidades. Tal fue en el caso de Abraham cuando era anciano (Gén. 18:13, 14). “¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, según el tiempo de la vida, y Sara tendrá un hijo. ” Y del mismo modo en el caso de los israelitas: “¿Vivirán estos huesos?” (Eze. 37:3). Las dificultades son para los hombres, no para Dios, (Gén. 18:14). “¿Quién eres tú, oh gran monte?” (Zac. 4:7). “Si esto parecerá dificultoso a los ojos del resto de este pueblo en aquellos días, también será dificultoso delante
de mis ojos?” (Zac. 8:6).

3. Cumpliendo las promesas a su pueblo cuando habían perdido  sus esperanzas y expectativas. Así fue, (Eze. 37:11) “Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo talados.” También (Isa. 49:14) “Más Sión dijo: Dejóme Jehová, y el Señor se olvidó de mí ” Puede haber mucho descreimiento en los hombres buenos, su fe puede tambalear mucho, no obstante, Dios es fiel; los hombres pueden cuestionar sus promesas, no obstante, Dios no puede negarse a sí mismo (2 Tim. 2:13).

4. Apelando Dios a su pueblo, y refiriéndoles la cuestión para que ellos mismos la juzgaran (Mic. 6:3, 4, 5). “Pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he molestado? Responde contra mí. Porque yo te El refugio del hombre justo —La fidelidad de Dios 23
hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de siervos te redimí; y envié delante de ti a Moisés, y a Aarón, y a María. Pueblo mío, acuérdate ahora qué aconsejó Balac rey de Moab, y qué le respondió Balaam, hijo de Beor, desde Sitim hasta Gilgal, para que conozcas las  justicias de Jehová.” “Si he faltado en alguna forma a mi promesa,
muéstrenmelo. No me cortejaron Balac y Balaam, e intentaron de todas formas ganar mi favor presentándome multitudes de sacrificios? Aun así no los abandoné”. De la misma manera (Jer. 2:31), “¡Oh generación! Ved vosotros la palabra de Jehová: ¿He sido yo
a Israel soledad, o tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: Señores somos; nunca más vendremos a ti?” También:

Versiculo 17

“Bienaventurado aquel en cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza es en Jehová su Dios: El cual hizo los cielos y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay; que guarda verdad para siempre.” (Sal. 146:5, 6). 

5. La fidelidad de Dios es comprobada abundantemente por los constantes testimonios presentados en todas las edades por los que la probaron, todos han testificado de Dios y confirmado su fidelidad sin mancha para bien de las generaciones venideras. Así lo hizo Josué (cap. 23:14) “todas os han venido, no se ha perdido de ellas ni una,” y también Daniel, (cap. 9:4) “Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman,” con los cuales coincide el testimonio de David (Sal. 146:5, 6):

“Bienaventurado aquel en cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza es en Jehová su Dios: El cual hizo los cielos y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay; que guarda verdad para siempre.” Es así que su pueblo ha sido testigo, a lo largo de todas las generaciones, de la fidelidad de Dios a sus promesas; lo cual no deja lugar a dudas u
objeciones.

B. Y si preguntamos las razones por las que Dios es, y siempre tendrá que ser, fiel en llevar a cabo sus promesas, descubriremos que se edifican sobre pilares estables y firmes: 1. La santidad de su naturaleza; 2. La omnisuficiencia de su poder; 3. El honor de su nombre; 4. La inmutabilidad de su naturaleza.

1. La fidelidad de Dios se edifica sobre la santidad perfecta de su naturaleza en razón de que es imposible que Dios mienta, (Tito 1:2; He. 6:11). La falsedad del hombre surge de la corrupción de la naturaleza humana, pero “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no ejecutará? ” (Núm. 23:19). Si no hay defecto en su ser, no puede haberlo en sus obras; si su naturaleza es santidad pura, todos sus caminos tienen que ser perfectamente fieles.

2. Se edifica sobre la omni suficiencia de su poder; sea lo que sea que ha prometido a su
pueblo, tiene la capacidad de llevarlo a cabo; los hombres a veces falsifican sus promesas
porque no tienen la habilidad de llevarlas a cabo; pero Dios nunca promete lo que no
cumple; si determina obrar, nadie se lo puede impedir (Isa. 43:13). Puede hacer cualquier
cosa que le place hacer (Sal. 135:6). La santidad de su naturaleza lo compromete, y lo
ilimitado de su poder lo capacita para ser fiel.

3. La gloria y honra de su nombre nos da seguridad en cuanto a su fidelidad, en que cumplirá las promesas, y todo el bien que las promesas contienen, aun en el más mínimo detalle; porque dondequiera uno encuentra una promesa de Dios, también encuentra
el nombre y la honra de Dios presentados como una garantía de que será llevada a cabo; y por eso su nombre siempre ha sido presentado a él por su pueblo como un poderoso argumento para que obre a favor de ellos. (Jos. 7:9): “¿Qué harás tú a tu gran nombre?” Señor, tu honor vale mil veces más que nuestras vidas, no importa qué llegue a ser de
nosotros; pero, oh Señor, es infinitamente más importante que la gloria de tu nombre sea asegurado, y que tu fidelidad permanezca pura y sin mancha en este mundo. También (Éxo. 32:11, 12):

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“Entonces Moisés oró a la faz de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encuentra tu furor en tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran fortaleza, y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los Egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la haz de la tierra? Vuélvete del furor de tu ira, y arrepiéntete del mal de tu pueblo.” Sería triste que las manos de los egipcios cayeran sobre su pueblo, pero mucho peor que las lenguas de los egipcios cayeran sobre su nombre.

4. La inmutabilidad de su naturaleza nos de la más completa seguridad de su fidelidad a las promesas. (Mal. 3:6): “Porque yo Jehová, no me mudo; y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.” La inmutabilidad de Dios es la indemnización de su pueblo, y la mejor seguridad en medio de los peligros; para Dios no hay ni un sí ni un no, tampoco debe haberlos con nuestra fe. Lo que da firmeza a las promesas debe dar también firmeza a nuestras expectativas de que se cumplirán. Hasta aquí, brevemente, la consideración de la fidelidad de Dios, considerada absoluta por su naturaleza y sus razones.

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John Flavel (c. 1630-1691): Presbiteriano inglés y pastor en Dartmouth,
Devonshire, Inglaterra. Autor prolífico de obras evangélicas como The Fountain of
Life Opened (La fuente de la vida abierta) y Keeping the Heart (Guardando el
corazón). Sus vívidas ilustraciones daban como resultado sermones memorables y
transformadores de vidas. Uno de sus oyentes dijo que “los que pueden estar bajo
su ministerio sin que éste los afecte tiene que tener una cabeza muy blanda o un
corazón muy duro, o ambos. Nació en Bromagrove, Worcestor.

 

 

Sesión de oración y ayuno

Blog69

Pasé el día en ayuno y oración privada, desde la mañana hasta la noche. Temprano por la mañana tuve algo de ayuda en la oración. Después leí la historia de Elías el profeta: 1 de Reyes, capítulos 17, 18 y 19, y también 2 de Reyes, capítulos 2 y 4. Mi alma entonces, exclamó con Eliseo: ¿Dónde está el Dios de Elías? ¡Oh, anhelaba tener más fe! Mi alma suspiraba por Dios, y le imploré que una porción doble des espíritu que fue dado a Elías pudiera descansar sobre mí.

Y lo que constituyó un refrigerio y corroboración divina para mi alma fue ver que Dios era el mismo de los días de Elías. Me sentí capacitado para luchar con Dios en oración en una forma sentida, ferviente, humilde, intensa e insistente, más de lo que he podido en los últimos meses. Nada me parecía demasiado difícil para que Dios no pudiera hacerlo; nada demasiado grande para mí que yo no pudiera hacerlo por Él.

Había perdido durante muchos meses toda esperanza de ser un instrumento para hacer algún servicio especial para Dios en el mundo; me parecía totalmente imposible que alguien tan vil pudiera ser empleado en esto por Dios. Pero en aquel momento Dios tuvo a bien reavivar esta esperanza. Mi alma fue ardiente en la oración fue capacitada para luchar ardientemente por mi mismo, por los amigos cristianos, por la Iglesia de Dios. Y sentí más deseos de ver el poder de Dios en la conversión de almas de lo que había sentido desde hacía ya mucho tiempo. ¡Bendito sea Dios por esta sesión de ayuno y oración! Que su bondad permanezca siempre conmigo y atraiga mi alma hacia Él!.

“Escrito el 5 de Noviembre de 1745 en el diario de David Brainerd, uno de los primeros misioneros entre los pueblos nativos de Norteamérica.”

 

El lema de la vida

blog

Andrew Murray

¡Tu salvación esperé , oh Jehová! (Génesis 49:18)

No es fácil decir exactamente en que sentido usó Jacob estas palabras en medio de sus profecías con respecto al futuro de sus hijos. Pero, sin duda indican que tanto él como sus hijos esperaban solamente en Dios. Era la salvación de Dios lo que esperaban; una salvación que Dios había prometido y que Dios solo podría obrar. Jacob sabía que tanto él como sus hijos estaban bajo el cuidado de Dios; Jehová el Dios eterno mostraría en ellos su poder.

Estas palabras señalan la maravillosa historia de la redención, que no ha concluido todavía, y el glorioso futuro en la eternidad a la cual conduce. Nos sugieren que no hay más salvación que la salvación de Dios, y que el esperar de Dios esta salvación, sea para nuestra experiencia personal, o para círculos más extensos, es nuestro primer deber y nuestra verdadera bienaventuranza. Pensemos en nosotros mismos y en la gloriosa salvación que Dios ha obrado por nosotros en Cristo, y que ahora quiere perfeccionar en nosotros por medio del Espíritu Santo.

Meditemos hasta que comprendamos que cada participación en su gran salvación, momento tras momento, debe ser la obra de Dios mismo. Dios no puede separarse de su gracia, bondad, fuerza como algo externo que nos entrega, como si se tratara de las gotas de lluvia que envía desde el cielo. No, Él solo puede dárnosla, y nosotros podemos disfrutar de ella obrándola directamente en nosotros y de modo incesante. Y la única razón por la cual no la realiza más efectiva y continuamente es porque no le dejamos. Se lo impedimos sea por nuestra indiferencia o por nuestro esfuerzo propio, de manera que Él no puede hacer lo que desea. Lo que nos pide, nuestra entrega, obediencia, deseo y confianza, todo ello está comprendido en esta palabra: Esperar en Él, esperar nuestra salvación de Él. Aquí se combina un sentimiento profundo de total invalidez nuestra para hacer lo que es bueno a los ojos de Dios, y nuestra perfecta confianza en que Dios lo hará con su divino poder.

Extraído de Esperando en Dios