Conversión de los miembros de la familia 2

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5. Presérvenlos de una sociedad impía. David no solo aborrecía el pecado en general, sino que detestaba especialmente tenerlo en su casa.

“No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; el que habla mentiras no se afirmará delante de mis ojos” (Sal. 101:7), para que el ejemplo impío y la tiniebla espiritual de personas malas en su medio no se pegara y corrompiera a los moradores. La imitación es natural en los niños: imitan a sus familiares y amigos. Porque, según el proverbio: “El que vive con un cojo aprenderá a cojear” (Prov. 22:24-25). Los niños en especial corren el peligro de infectarse por las compañías lascivas y corruptas. Muchos chicos de padres consagrados se han corrompido por andar siempre con los hijos malos de vecinos impíos.

6. Hagan que las reprensiones prudentes y en el momento preciso sean administradas según la naturaleza y calidad de las fensas. Empiecen suavemente. Usen toda la persuasión posible para atraerlos a los caminos de Dios. Cuéntenles de las recompensas de gloria, la dulce comunidad en el cielo; esfuércense por poner en sus corazones la verdad de que Dios puede llenar sus almas con un gozo imposible de encontrar en el mundo. “A algunos que dudan, convencedlos” (Jud. 22).

Pero si esto no da resultado, comiencen a incluir expresiones más graves de la ira divina contra el pecado. Así como hay un nexo entre las virtudes, lo hay también entre las pasiones. El amor y la ira no son enteramente “sentimientos incompatibles”. No, el amor puede ser el principio y fundamento de la ira, que lanza sus flechas reprochadoras contra el blanco del pecado… Pueden decirle a su hijo con algo de severidad, que si sigue en su camino pecaminoso, Dios se indignará, y ustedes también. Luego háganle saber que “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Heb. 10:31). Esta es la manera de aplicar el “Airaos, pero no pequéis” como manda el apóstol (Ef. 3:26). No permitan que sus pasiones, como torrentes incontrolables, se desborden de los límites establecidos por las Escrituras y la razón. Hay una indignación seria y sobria que produce respeto y conduce a una reforma. Pero la que incluye un estrépito horrible y gritos desaforados fluye del pecho de los necios. Sería en vano que quisieran ustedes ganar a otros cuando ustedes mismos son abusivos y descontrolados. ¿Cómo puede alguien en tal estado razonar con otro en su mismo estado? El que es esclavo de su irascibilidad no puede ofrecer reprensiones nobles.

El niño jamás podrá convencerse de que tal indignación proviene del amor cuando lo obligan a aguantar los abusos diarios de un temperamento encolerizado, cuando por parentesco está siempre expuesto a un temperamento dominado por la ira que se tiene que desquitar con alguien… Entonces, administren con prudencia sus reprensiones. Recubran esas píldoras amargas con la esperanza de volver a ganarse su favor en cuanto se corrige. Consideren igualmente la posición y el lugar de sus distintos familiares. A la esposa no hay que reprenderle delante de los hijos y los sirvientes, para no menoscabar su autoridad. El desprecio mostrado hacia la esposa terminará siendo contraproducente para el marido. También, las pequeñas ofensas de los hijos y sirvientes, si no fueron
cometidas en público, deben ser reprendidas en privado. Pero, sobre todo, tengan cuidado de no reprenderlos más por las ofensas contra usted que por las ofensas contra Dios. Si tienen motivos para indignarse, no empeoren las cosas sino que procuren calmarse antes de tomar alguna medida.

No den demasiada importancia a las debilidades. Si todavía no son pecaminosas, repréndanlos con la expresión de su rostro y no con agresiones amargas. Reserven sus reprensiones públicas y ásperas para las ofensas abiertas y escandalosas, para transgresiones reiteradas que demuestran mucha indiferencia, o desprecio y desdeño.

7. Mantengan una práctica constante y vigorosa de los deberes santos en el seno familiar. “Yo y mi casa serviremos a Jehová”, dijo Josué (Jos. 24:15). Moisés mandó a los israelitas que repitieran una y otra vez en familia y en privado con sus hijos las leyes y los preceptos que Dios les había dado (Deut. 6:7). Las enseñanzas y exhortaciones de los siervos de Dios en público deben ser constantemente repetidas en casa a los pequeños. Samuel hizo una fiesta en su propia casa después del sacrificio (1 Sam. 9:12, 22). Job y otros realizaban sacrificios con sus propias familias. El cordero pascual debía ser comido en cada casa en particular (Éxo. 12:3, 4). Dios dice que derramará su “enojo sobre los pueblos que no te conocen” (Jer. 10:25). Mantener estos deberes familiares hace de cada hogar un santuario, un Betel, una casa de Dios. Aquí quiero recomendar que los cristianos no sean demasiado tediosos en su cumplimiento de los deberes de adoración privada. Cuídense de no hacer que los caminos de Dios sean una carga y una cosa desagradable. Si a veces Dios les toca el corazón de un modo especial, no rechacen ni repriman la inspiración divina, pero en general esfuércense por ser concisos y breves. Muchas veces el espíritu está dispuesto cuando la carne es débil (Mat. 26:41). Y a uno le es fácil no distraerse durante un tiempo breve, pero la plática larga da ocasión para distraerse mucho. “Porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras” (Ecl. 5:2). Igualmente es bueno variar los deberes religiosos: a veces canten y a veces lean, a veces repitan, a veces catequicen, a veces exhorten. Pero hagan dos cosas a menudo: ofrezcan el sacrificio de las oraciones y hagan que los hijos lean cada día alguna porción de las Sagradas Escrituras.

 

Continuara …

 

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Tomado de Puritan Sermons 1659-1689

Samuel Lee (1627-1691): Pastor puritano congregacional en St. Botolph, Bishopsgate; nacido en Londres, Inglaterra.

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El legado espiritual de Juan Calvino 3

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¿Artísticamente, fue el Reformador un hombre falto de sensibilidad estética?

En contra de la opinión de muchos de sus críticos, creemos que Calvino fue un hombre dotado de un fino y profundo sentido de lo bello y lo sublime. Con el fin de empequeñecer la talla artística del francés se le ha juzgado comparativamente con Lutero y se le ha considerado pobre en lo estético. Bien sabido es que Lutero mostró siempre una predilección especial por la pintura y la música. Fue amigo de Durero, de Lucas Cranach —el pintor de la Reforma— y de otros pintores famosos del tiempo. Después de la Biblia, la música era para Lutero el don más grande concedido por Dios al hombre. Proficiente en el laúd y notable en el canto, sus contribuciones en el canto coral y en la himnología llegarían a ser decisivas para el desarrollo de la música de la Reforma. J.S. Bach representa la plenitud de una nueva música religiosa de la que Lutero fue su precursor. La talla artística de Calvino, sin embargo, se manifestó de una manera menos ostentosa y por cauces estéticos distintos. Compartió también con Lutero y Zuinglio afición por la música. Consideraba el canto congregacional de los Salmos como “un medio excelente para enfervorizar el corazón y llenarlo de ardor para la oración”. Sin embargo, fue en el campo de la expresión literaria donde se hacen más patentes sus dones artísticos. Calvino fue un verdadero artista de la prosa: su Institución de la religión cristiana, por su elegancia y belleza de estilo, es una joya literaria de la lengua francesa. En nuestra opinión, la categoría estética que más distingue a Calvino es la de lo sublime. Nadie ha sabido plasmar con mayor elegancia de estilo y sobrecogedora fuerza expresiva el tema de la grandeza y majestad de Dios como Calvino. Calvino es el artista de lo sublime religioso.

Nunca gozó Calvino de una buena salud. Agotado por el trabajo, y vencido su cuerpo por dolorosas enfermedades, el 27 de mayo de 1564 moría en Ginebra. Difícil ha sido siempre valorar la figura del Reformador. En la historia de la Iglesia, escribe Philip Shaff, no hay hombre tan amado y odiado, admirado y aborrecido, ensalzado y culpado, bendecido y condenado como el de Juan Calvino. Su persona no despierta la simpatía de Lutero ni el atractivo de Zuinglio. “Sin embargo, cuanto más se le conoce, más se le aprecia y se le admira”. [History of the Christian Church, Eerdmans, Grand Rapids 1953, vol. VIII, 834 ss.] trás de su temple de acero, voluntad férrea, disciplina estoica, talante intolerante y carácter iracundo, descubrimos a un personaje de la mejor fibra humana. En su lecho de muerte, en una carta a Bucero, confiesa cuán difícil le había sido ‘domar la bestia salvaje de Su ira’. Las riquezas y los honores no tuvieron para él encanto alguno; su vida transcurrió siempre en el marco de una pobreza evangélica y en los cauces de una moralidad estricta e irreprochable. Su única ambición fue la de servir a Dios: ante sus ojos solo Dios era grande, y sin Dios el hombre no era más que vanidad y polvo. El omnipresente y omniabarcador SOLI DEO GLORIA del teocentrismo bíblico que inspiró y motivo la vida y pensamiento teológico de Calvino, es también el principio que fundamenta y condiciona. los grandes catecismos, confesiones y tratados teológicos calvinistas. En el primer artículo de su Catecismo de la Iglesia de Ginebra, de 1541, formula en estas breves palabras el principio teocéntrico que ha de regir en todo la vida del hombre:

P— ¿Cuál es el fin último de la vida humana?

R. — Conocer a Dios.

P. — ¿Por qué es esto así?

R. — Porque Dios nos creó y nos puso en este mundo para ser glorificado en nosotros. Justo es, pues, que nuestra vida, que de Él procede, se consagre a su gloria.

 

El teólogo holandés Herman Bavinck formula en estos términos el teocentrismo evangélico del calvinismo:

“En conformidad con la enseñanza paulina, ‘nosotros tenemos la mente de Cristo’ (1 Co. 2.6). Esta es la mente que descubre a Dios en el trono de su señorío universal en las esferas de la creación y de la gracia, y hace exclamar al creyente, en palabras del Apóstol: ‘Porque de El, y por Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos’ (Ro. 11.36).” [ Our reasonable faith, Eerdmans, Grand Rapids, 1956, p. 134].

Mucho podemos decir sobre Calvino como teólogo y comentarista de la Biblia; pero hay algo en sus escritos que destaca, y hace vibrar el alma del lector con un sentimiento de abrumadora presencia de lo divino en todas sus páginas. Calvino nos impacta profundamente con su desbordante sentimiento de la majestad infinita de Dios. Al acercarnos a Calvino, nos maravilla lo que nos dice, pero también cómo lo dice. Calvino nos habla con la autoridad que infunde la experiencia de un profundo sentimiento de la majestad de Dios. “La verdadera piedad —escribe en los inicios de su Breve instrucción— no consiste en el temor, sino en un puro y auténtico celo que ama a Dios como un verdadero Padre y le reverencia como verdadero Señor, abraza su justicia y tiene más horror de ofenderle que de morir […] . Como la majestad de Dios sobrepasa en sí la capacidad del entendimiento humano, e incluso es incomprensible para este, tenemos que adorar su grandeza más bien que examinarla para no vernos completamente abrumados con tan grande claridad”. La aprehensión de la infinita grandeza de Dios, en el grado en que esto sea posible para el hombre, constituye el fundamento de la verdadera adoración y del genuino culto de alabanza de la piedad cristiana.

 

Continuara…

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Conversión de los miembros de la familia 1

Blog96A

PREGUNTA: “¿Qué podemos hacer, qué medidas podemos tomar, qué método nos recomienda para cumplir este deber tan importante, y ser útiles en la conversión y salvación de nuestros familiares que se encuentran en un estado natural?
Daré indicaciones bajo varios encabezamientos. Algunas, aunque son obligaciones comunes y obvias, pueden cumplirse mejor de lo que se están cumpliendo, por lo que no las pasaré por alto ya que son muy provechosas y no menos prácticas que otras. Muchos hombres bajo el evangelio perecen por no llevar a cabo los deberes que saben que les
corresponden. Por lo tanto les ruego, oh cristianos, que cada indicación sea debidamente evaluada y conscientemente mejorada a fin de lograr el éxito con la ayuda divina.

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1. Preserven y respeten el honor y la preeminencia de la posición en que Dios los ha puesto con toda sabiduría y cuidado. El profeta se queja de los tiempos cuando “el joven se levantará contra el anciano, y el villano contra el noble” (Isa. 3:5). La diferencia de edad requiere una diferencia en la conducta… Los adultos tienen que demostrar gran
respeto hacia los jóvenes si quieren que los jóvenes demuestren gran respeto hacia ellos. Dicho esto, no deben ustedes mostrarse orgullosos, altaneros ni presuntuosos. Sus rostros, aunque serios, no deben ser adustos. Así como no siempre tienen que estar sonriendo, tampoco deben estar con el ceño fruncido. Una severidad rígida en palabras así como en acciones producen en los hijos una disposición servil y de desaliento.
2. Sea la instrucción familiar frecuente, de envergadura y clara. Por naturaleza, todos somos desiertos áridos y rocosos: la instrucción es la cultura y el mejoramiento del alma. Los naturalistas han observado que las abejas “llevan gravilla en las patas” para fijar sus cuerpecitos cuando rugen los vientos tormentosos. Ese mismo fin cumple la instrucción en la mente indecisa y fluctuante de la juventud. La quilla de su poco criterio se hundiría sin el contrapeso de la disciplina… Pero en todos sus momentos de instrucción, cuídense de no ser tediosos por hablar interminablemente. Compensen la brevedad de esas ocasiones aumentando su frecuencia. La Palabra manda hablar de los preceptos
de Dios “cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes” (Deut. 6:7; 11:19), un poco ahora y un poco después. Los largos discursos son una carga para la poca memoria que tienen, y una imprudencia tal bien puede resultar en que terminen teniendo una aversión por el maná espiritual, siendo que todavía están en su estado natural. A una planta joven se la puede matar con demasiado fertilizante y podrirla con demasiada agua. Los ojos que recién se despiertan no aguantan el resplandor, entonces:

“mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá” (Isa. 28:10). Deben guiar a los pequeños como lo hizo Jacob, mansamente hacia Canaán (Gén. 33:13).”

Capten su tierna atención con pláticas acerca de la grandeza infinita y la bondad eterna de Dios, acerca de las glorias del cielo, de los tormentos del infierno. Las cosas que afectan los sentidos tienen que ser espiritualizadas para ellos, gánense su buena disposición con astucia santa. Usen alegorías lo más que puedan. Si están juntos en un jardín, hagan una aplicación espiritual de las hermosas flores. Si están a la orilla de un río, hablen del agua de vida y los ríos de placer que hay a la diestra de Dios. Si en un maizal, hablen de la cualidad nutritiva del pan de vida. Si ven pájaros que vuelan en el aire, o los oyen cantar en la floresta, enséñenles acerca de la providencia omnisapiente de Dios que les da su alimento a su tiempo. Si alzan su mirada al sol, la luna y las
estrellas díganles que son destellos de la antesala del cielo. ¡Oh, entonces qué gloria hay interiormente! Si ven un arcoíris adornando alguna nube acuosa, hablen del pacto de Dios. Estos y muchos más pueden ser como eslabones de oro que van poniendo realidades divinas en sus memorias: “Por medio de los profetas usé parábolas”, dice Dios
(Ose. 12:10). Además, procuren que los pequeños lean y aprendan de memoria algunas porciones de los libros históricos de las Sagradas Escrituras. Pero, sobre todo, la mejor manera de instruir, especialmente a los más chicos, es por medio de catecismos  explícitos, pueden ser citados directamente del texto bíblico y expresados en breves frases según su capacidad, en un estilo directo pero fiel a la Palabra, de modo que queden en la memoria.

Versiculo 219

3. Agreguen requisitos a sus instrucciones. Ínstelos en el nombre de Dios a que escuchen y obedezcan las reglas y costumbres de su hogar. Tenemos un ejemplo en Salomón, quien nos dice que era “hijo de mi padre, delicado y único delante de mi madre. Y él me enseñaba, y me decía: Retenga tu corazón mis razones, guarda mis mandamientos, y
vivirás” (Prov. 4:3-4)… En cuanto a esto, Abraham fue designado por Dios mismo como un modelo para toda posteridad. “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él” (Gén. 18:19), por lo que le
complacía a Dios revelarle secretos.
4. Permanezca atento para percibir las primeras manifestaciones de pecado en su conducta. Deténganlas cuando recién empiezan y son todavía débiles. “De mañana destruiré a todos los impíos de la tierra”, dice David (Sal. 101:8). Hay que empezar este trabajo desde el principio y refrenar cada palabra mala y desagradable desde la primera vez que la oyen. Manténganse en guardia para detectar las primeras señales de
corrupción en ellos. Se puede cortar fácilmente un brote tierno, pero si se deja crecer hasta ser una rama, es mucho más difícil hacerlo.

Continuara …

 

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Tomado de Puritan Sermons 1659-1689

Samuel Lee (1627-1691): Pastor puritano congregacional en St. Botolph, Bishopsgate; nacido en Londres, Inglaterra.

Versiculo 218

El legado espiritual de Juan Calvino 1

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Calvino ha sido, y continúa siendo, el gran teólogo del protestantismo, fraguador del pensamiento evangélico más sólido y coherente que ha dado el cristianismo.

Juan Calvino nació en Noyon, en la región francesa de la Picardía, el 10 de julio de 1509, y murió en Ginebra el 27 de mayo de 1564. Se cumplen, pues, quinientos años de su nacimiento. La efemérides es importante, pues importante ha sido para la historia y la Iglesia cristiana, la persona y obra de este gran reformador protestante. A pesar de los cinco siglos que nos separan de su nacimiento, la actualidad de su impronta histórica y religiosa continúa aún vigente en nuestro tiempo. Y en tanto que la aportación teológica de Calvino está firmemente enraizada en los contenidos de la revelación bíblica, su memoria y obra ofrecen sólida garantía de perdurabilidad en el tiempo. Cierto es, por otro lado, que una distancia temporal de cinco siglos puede favorecer una valoración más serena y equilibrada de la persona y obra del Reformador y permitir coronar conclusiones mejor funda-mentadas sobre el fenómeno religioso calvinista. Y esto es lo que nos proponemos hacer en nuestras reflexiones de quinto centenario. A menos que así lo requieran algunas de las cuestiones que nos proponemos abordar, dejaremos de lado aquello datos y secuencias biográficas sobre el Reformador que son de fácil acceso gracias a los muchos libros que se han escrito sobre el teólogo francés.

El calvinismo representa la madurez teológica de la Reforma protestante del siglo XVI, y el intento más logrado de construir una dogmática cristiana sobre la única base de la Biblia_ Más que el iniciador de la teología calvinista propiamente dicha, Calvino fue el genio sistematizador de todo un conjunto de doctrinas bíblicas que, a lo largo de la historia del cristianismo han proclamado, en mayor o menor grado, y de forma más o menos intermitente, la gracia soberana de Dios en la salvación del pecador y la gloria del Sumo Hacedor en todos los ámbitos de la Creación. Los principios fundamentales del movimiento reformado, presentes ya en el luteranismo y en el zuinglismo, bajo el genio teológico de Calvino adquirieron su pleno desarrollo y se plasmaron en un coherente y sistemático cuerpo de doctrina, único en la historia del cristianismo, tanto por la amplitud de su contenido, como por la profundidad bíblica que lo impregna. No es de extrañar, pues, que está sin par concepción teológica se la conozca bajo el nombre de calvinismo, en directa e inseparable relación con su autor. El concepto de vocación, de llamamiento, que ha de caracterizar la vida y actividad del hombre re-dimido por Cristo, constituye otra de las grandes aportaciones de su pensamiento. En esto Calvino fue el alfarero del hombre reformado. Con su reiterado acento en la doctrina bíblica del sacerdocio universal de los creyentes, Calvino inculcó en los hijos de la Reforma un profundo sentido de responsabilidad ante Dios y ante los hombres hasta entonces desconocido. El hombre reformado es el prototipo más actualizado del hombre responsable. De su responsabilidad ante Dios dimana su responsabilidad con la sociedad y consigo mismo. El hombre reformado es un hombre de vocación, de entrega y compromiso en todas sus acciones y relaciones con el mundo de sus semejantes y el mundo de su trabajo y de sus actividades cotidianas. El cambio doctrinal que supuso el retorno a la Biblia, implicó también un radical cambio de actitud hacia el trabajo y hacia las obligaciones del individuo en el orden creado. No solo, pues, en la esfera religiosa la impronta calvinista ha sido importante: lo ha sido también en el desarrollo político, social y cultural de Occidente.

Calvino: el hombre

En el prólogo de su Comentario a los Salmos, en una de las pocas referencias autobiográficas que nos hace de sí mismo, Calvino habla de una “súbita conversión”. Según observa Teodoro Beza en su reseña biográfica del Reformador, esta súbita experiencia de conversión de hecho marcaría el momento cumbre de un largo proceso espiritual que se iniciaría en sus años de estudiante en París, bajo el impacto de las ideas evangélicas luteranas predicadas con mucho ardor en la capital francesa por discípulos y seguidores del Reformador alemán.

Continuara…

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La vida de Juan Calvino 2

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En Mayo de ese año fue a Noyon para presentar la dimisión de los beneficios que recibía de la Iglesia católica romana. Calvino había recibido beneficios de la iglesia desde los 12 años de edad, pero poco antes de cumplir 25 años lo dejó todo. En aquel tiempo fue encarcelado dos veces brevemente.

Hacia el fin de ese año se encontró en Poitiers, reuniéndose con unos protestantes en una caverna y celebrando con ellos la Santa Cena. En aquel tiempo el rey de Francia, Francisco I, quemó a treinta y dos “herejes” en cuatro lugares públicos en la ciudad de París y declaró que haría lo mismo con sus propios hijos si fueran infectados con las herejías de los que no creían en la misa como celebrada por los católicos. Viendo la situación Calvino y el canónigo salieron de Francia y fueron a Basilea en Suiza.

Allí Calvino estudió más He-breo y terminó la Institución, la cual se publicó (en latín) en 1536 con 6 capítulos. Fue dedicada al rey de Francia, Francisco I. Tenía un propósito doble: quería que el Rey leyera y considerara lo que escribió, y a la vez quiso ayudar a los creyentes verdaderos a entender y confesar su fe.

Después de escribir la Institución hizo un viaje a Italia. En abril de 1536 comenzó a viajar de Italia hacia Estrasburgo en Alemania. Debido a una guerra, en la providencia de Dios Calvino fue obligado a desviarse por Suiza.

Ginebra era una ciudad en Suiza en la cual la Reforma protestante prevaleció por medio de hombres como Guillermo Farel. En mayo de 1536, “el pueblo reunido en Concilio general, adoptó oficial-mente la Reforma” (Irwin, p. 29). Calvino llegó de paso como dos meses después en julio de 1536, cuando Ginebra estaba comenzando el proceso de seguir la Reforma en serio. El fogoso predicador y reformador Guillermo Farel se enteró de la presencia de Calvino, ya conocido por muchos, y fue a saludarle e invitarle a permanecer con ellos y ayudar en la Reforma. Calvino mismo nos cuenta de lo que pasó:
“Cuando [Farel] comprendió que yo había puesto mi corazón en estudios privados y dándose cuenta de que no conseguía nada con sus súplicas, procedió a proferir una imprecación en el sentido de que Dios condenaría mi reclusión y mi aislamiento si yo no aportaba mi ayuda cuando la necesidad era tan urgente. Me sentí tan aterrado que desistí del viaje que había emprendido; pero, consciente de mi apocamiento y mi timidez, no me até a ninguna promesa para cual-quier particular cometido”. (De la introducción a los Salmos, citado en Calvino, profeta, p. 74).
Así comenzó su asociación con Farel y su compromiso con Ginebra.
Ginebra, Estrasburgo y Ginebra hasta la muerte (1536-1564)

En Ginebra Calvino buscó la verdadera reforma de la iglesia. A la vez las autoridades civiles iban promulgando leyes contra la in-moralidad y eso causó oposición a Calvino hasta en el Concejo, por-que los malvados le echaron la culpa por no poder vivir como quisieran. En 1538 el Concejo de la ciudad tomó dos decisiones:
1. Que no se rehusara a nadie la Cena del Señor. Así quisieron acabar con la disciplina en la iglesia, cosa que Calvino veía como una marca de la verdadera Iglesia.

2. Que el modo de celebrar la Cena del Señor fuera el adoptado en Berna, Suiza (con pan no leudado y vino). Con esa decisión el Concejo se apoderó de la autoridad en la Iglesia, y para Calvino y los otros pastores eso no era aceptable.

Calvino y sus colegas rehusaron someterse a esas directrices. El Consejo les prohibió predicar. Él y Farel predicaron, pero no celebraron la Cena. El Consejo se reunió el día siguiente, 23 de abril de 1538, y los condenó, dando a Calvino y a Farel tres días para salir de la ciudad. Salieron inmediatamente.

Desterrado de Ginebra, a Cal-vino lo buscó Martín Bucero de Estrasburgo en Alemania. Había una pequeña colonia de franceses protestantes que Calvino pastoreó además de enseñarles Teología. Comenzó los estudios bíblicos que luego resultaron en los valiosos comentarios que todavía están disponibles.

En Estrasburgo le hicieron ciudadano y le trataron relativamente bien, aunque vivió con pocos re-cursos. Allí halló una esposa idónea, Idelette de Bure, excelente mujer, la viuda de un hombre creyente. Ellos habían sido desterrados de Bélgica por su fe protestan-te. Se casaron en 1540 pero su vi-da matrimonial duró menos de nueve años. La amó profunda-mente y la honró en cartas escritas a otros. El único hijo que les nació vivo duró poco tiempo.

En Estrasburgo hizo una edición de la Institución en francés; el comentario sobre Romanos, un tratado sobre la Cena del Señor, y otras cosas, incluyendo la Carta al Cardenal Sadoleto. Ese hombre qui-so atraer la gente de Ginebra a la Iglesia católica romana nueva-mente, y Calvino, por amor al Señor y al Evangelio y a la gente de Ginebra, escribió a Sadoleto una carta pública, famosa por la suavidad y manera atractiva con la que trató de ganar al cardenal mismo a la fe.

No fue la voluntad de Dios que Calvino se quedara en Estrasburgo. En Ginebra, sus enemigos habían caídos en problemas graves y los líderes se dieron cuenta de cuánto necesitaban a Calvino.

Debido al maltrato que había recibido en Ginebra, Calvino no quiso volver; sin embargo, los de Ginebra lograron convencer aun a Bucero (que no quiso perder a Calvino de Estrasburgo) que era la voluntad de Dios que Calvino volviera a Ginebra. Negando a sí mismo y sometido al Señor, volvió a Ginebra en septiembre de 1541.

En Ginebra, Calvino tenía sus luchas y enemigos todavía, y tiempos de peligro, pero poco a poco iba logrando las reformas que anhelaba en la Iglesia.

Uno de los males que Calvino enfrentó fue la interferencia de las autoridades civiles en asuntos de la iglesia. Había personas que querían obligar a Calvino y a los otros pastores a no disciplinar a los malhechores y a darles la Cena del Señor. En ese punto Calvino fue intransigente y declaró en un sermón que escogería más bien ir a la muerte que permitir a un pro-fano tomar la Cena.

Aunque Calvino no creía que el Estado pudiera mandar a las iglesias cómo llevar la adoración y el ministerio, sí pensaba que el Estado o los magistrados tenían la potestad de juzgar y matar a los herejes; por lo menos a algunos herejes, condenados y excomulga-dos por la iglesia. El caso más famoso que involucró a Calvino fue el de Miguel Servet.

Servet era un médico español que por años había propugnado una doctrina antitrinitaria (sabelianismo o modalismo). Publicó un libro provocativo que promovía sus convicciones sobre el asunto. Servet había sido condenado por los católicos y estos lo iban a matar pero, logró escapar. Fue a Ginebra sabiendo que no sería bienvenido. Allí fue arrestado, acusado, condenado y quemado. Calvino tuvo una parte en el pro-ceso, como fiscal en la acusación. El estaba de acuerdo en que Servet merecía la muerte, pero Calvino no quiso que lo quemaran y sugirió que lo decapitaran. Los jueces hicieron caso omiso de su su-gerencia y Servet murió en la hoguera el 27 de octubre de 1553. Muchos han usado el caso de Servet para condenar a Calvino. Sin embargo, debemos reconocer que en aquel tiempo esas eran fueron comunes y corrientes. Con la luz y entendimiento que tenemos ahora, no creemos que fuera bien hecho; sin embargo, debemos reconocer la realidad de que Calvino en ese asunto fue un hombre de su tiempo. Servet hubiera sido matado en casi cualquier sitio del mundo europeo en aquel tiempo, porque fue un hombre desafiante y arrogante que había condenado a las iglesias que creían en la doctrina ortodoxa de la Trinidad.

En 1555, después de muchos años de lucha, Calvino logró que el gobierno de Ginebra reconociera la autoridad de la Iglesia en asuntos que pertenecen a la Iglesia.

Calvino trabajó incansable-mente toda su vida. Quizás su duro trabajo causó que tuviera quebrantos de salud, muchos dolores de cabeza y malestares del estómago, pero a pesar de su mala salud, no se detenía.

A la larga no pudo más. El 25 de abril de 1564 hizo su testamento. El día siguiente se reunió con los cuatro síndicos de la ciudad y los senadores para dirigirles unas palabras finales. Otro día reunió a los pastores para darles una palabra final. El 27 de mayo de 1564, después de ese último tiempo de lucidez que muchos experimentan antes de morir, Calvino tranquilamente dio su último suspiro. Según su petición, fue sepultado como cualquier otro creyente de esa ciudad: sin pompa, en el cementerio común y sin señal alguna. Nadie puede indicar el lugar.

Sus enemigos lo acusaron de enriquecerse pero cuando murió era obvio que no había acumula-do bienes terrenales. Para poder dar a sus sobrinos una herencia, vendieron sus libros y pertenencias, porque no tenía mucho más que eso.

En su vida Calvino enseñaba y predicaba varias veces durante la semana. Escribió el equivalente de unos 60 tomos de libros, incluyen-do muchísimas cartas (como 4000 se han preservado) porque tenía contacto con perseguidos y otros en muchos lugares.

Era un hombre de humildad, fe y valor; diligente en su trabajo y fiel pastor. Sobre todo, sus amigos y feligreses reconocieron que era un hombre temeroso de Dios, dedicado a Él y la causa del evangelio.

 

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En inglés Calvin and Augustine, por B. B. Warfield, especialmente el primer capítulo “John Cal-vin: The Man and His Work”.

The Life of John Calvin, pequeño libro, fuente primaria, escrito por Teodoro Beza, un contemporáneo de Calvino, amigo íntimo por 16 años,

En español: Juan Calvino: su vida y su obra, por C.H. Irwin.

Juan Calvino: profeta contemporáneo, compilado por Jacob T. Hoogstra

Calvino, Antología, presentación y se-lección Dr. M Gutiérrez Marín

Así fue Calvino, por Thea B. Van Halse-ma.
Otras referencias útiles en español:

http://es,wikipedia.org/wiki/Juan_Calvino

http://biografas.blogspot.com/2007/05/juan -calvino.html.

http://es.encarta.msn.com/encyclopedia_76 1570916/Juan_Calvino.html.

 

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Maridos amen a sus esposas 3

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.-Acerca de la severidad excesiva de los maridos para con sus esposas: Lo contrario es el rigor y la severidad de muchos maridos, que ejercen al máximo su autoridad, y no ceden nada a sus esposas como si fueran inferiores. Estos son:

1. Los que nunca están conformes ni satisfechos con lo que la esposa haga, sino que son siempre más y más exigentes.
2. Los que no les importa lo detestable y oneroso que resultan para sus esposa: detestables por traer a casa huéspedes que saben que no pueden atender, onerosos por traer visitas con demasiada e inoportuna frecuencia o imponiéndoles responsabilidades fuera de lugar y por sobre los asuntos de la casa. Imponer tales cosas con demasiada
frecuencia no puede más que hartarlas, y hacerlo irrazonablemente no puede menos que alterarlas y ofenderlas en gran manera [como en el caso de que la esposa esté débil por causa de alguna enfermedad, que esté embarazada o recién haya dado a luz, por estar amamantando u otras cosas similares que le impiden dar las atenciones que de otra
manera daría].
3. Sujetan a sus esposas como si fueran niñas o sirvientas, impidiéndoles hacer nada sin su conocimiento y sin su expreso consentimiento.

.-Acerca de los maridos que ingratamente desalientan a sus esposas: Lo contrario es la actitud desagradecida, quizá por envidia de los maridos que no se fijan en las muchas buenas cosas que hacen sus esposas todos los días sin recibir aprobación ni elogio ni recompensa, sino que  están prontos para criticar la menor falta o descuido en ellas. Hacen esto en términos generales como si ellas nunca hicieran nada bien, por lo que ellas tienen derecho a decir: “Hago muchas cosas bien, pero él lo ignora; pero si hago una cosa mal, no cesa de criticarme”.
.-Acerca de la manera como el marido instruye a su esposa: En cuanto a la instrucción, el apóstol agrega humildad. Instruid [dice él] con humildad a “a los que se oponen” (1 Tim. 2:25). Si los pastores deben instruir a su pueblo con humildad, cuanto más los maridos a sus esposas: en caso de encontrar oposición, no debe hacer a un lado la humildad, no debe hacerse a un lado en ningún caso. Observe el marido estas reglas que demuestran humildad:
1. Tome en cuenta la capacidad de su esposa y programe sus instrucciones en consecuencia. Si tiene poca capacidad, enseñe precepto por precepto, línea por línea, un poquito aquí un poquito allá. Un poquito a la vez [día tras día] llegará a ser mucho, y conforme ambos conocen lo enseñado, el amor de la persona que enseña aumentará.
2. Instrúyala en privado, solo usted y ella, para que no se ande pregonando su ignorancia. Las acciones privadas entre el hombre y su esposa son muestras de cariño y confianza.
3. En la familia, instruya a los hijos y sirvientes cuando ella está presente, pues así podrá ella aprender también. No hay manera más humilde y gentil de instruir, que instruir a terceros.
4. Junto con los preceptos añada comentarios dulces y expresivos como testimonios de su gran amor. Lo opuesto es instruir duramente, cuando los maridos pretenden hacerles entrar violentamente en la cabeza a sus esposas cosas que ellas no pueden comprender. Y aun sabiendo que ellas no pueden comprender, se enojan con ellas, y el enojo los lleva a decir groserías y a proclamar su ignorancia delante de los hijos, sirvientes y extraños. Esta dureza es tan contraproducente y exaspera tanto el espíritu de la mujer, que mejor es que el marido deje a un lado este deber si lo pretende cumplir de esta manera.

Acerca de que el marido debe proveer maneras para que la esposa sea edificada espiritualmente: Se deben proveer los medios para la edificación espiritual del alma de ella, tanto en privado como en público. En privado se refiere a los oficios santos y religiosos en el hogar, tales como leer la Palabra, orar, instruir y cosas por el estilo,
que son el alimento espiritual cotidiano del alma como lo es alimento cotidiano para nuestros cuerpos. El hombre, como cabeza de la familia, tiene el deber de proveer estos para el bien de toda su casa; y como marido, en especial para el bien de su esposa: porque para su esposa, al igual que para toda la familia, él es rey, sacerdote y profeta.
Por lo tanto, él solo, para el bien de su esposa, debe realizar estas cosas o conseguir que otro las haga. Cornelio mismo realizaba estos oficios (Hech. 10:2, 30). Micaía empleó a un levita [aunque su idolatría era mala, el hecho de que quisiera a un levita en su casa era
encomiable] (Jue. 17:10). El esposo de la sunamita proveyó un cuarto para el profeta y lo hizo especialmente por su esposa, porque fue ella quien se lo pidió (2 Rey. 4:11).
Medios públicos se refieren a las ordenanzas santas de Dios realizadas por el siervo de Dios. El cuidado del marido por su esposa en este respecto es ver que alguien más haga las cosas imprescindibles de la casa de modo que ella pueda participar de ellas. La Biblia
destaca que Elcana había provisto todo de tal manera que sus esposas podían ir con él todos los años a la casa de Dios (1 Sam. 1:7; 2:19): lo mismo dice de José, el esposo de la virgen María (Luc. 2:41). En aquella época había un lugar público que era la casa de Dios a dónde debían concurrir todos los años [sin importar la distancia desde su casa]. Los lugares donde vivían Elcana y José eran lejos de la casa de Dios, no obstante, ellos dispusieron todo de modo que no solo ellos, sino que sus esposas también fueran a los cultos públicos para adorar a Dios. En la actualidad hay muchas casas de Dios, lugares donde se adora a Dios en público, pero por la corrupción de nuestros tiempos, el ministerio de la Palabra [el medio principal para edificación espiritual] no prevalece en todas partes. Por lo tanto, tal debe ser el cuidado del marido por su esposa en este respecto, que la elección de su vivienda tiene que depender de que sea donde pueda tener el beneficio de la Palabra predicada, o si no, proveerle los medios para llegar semanalmente al lugar de predicación.

 

Tomado de Domestical Duties.

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William Gouge (1575-1653): Durante 46 años pastor en Blackfriars, Londres, considerado como el centro de predicación más importante de aquella época. Muchos creen que se convirtieron miles bajo la predicación expositiva y penetrante de Gouge. Poderoso en las Escrituras y la oración, predicó durante 30 años sobre la epístola a los Hebreos, cuya sustancia se volcó en un comentario famoso; nacido en Stratford-Bow, Middlesex County, Inglaterra.

 

 

Maridos amen a sus esposas 2

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2. En cuanto al manejo correcto de autoridad por parte del marido, principalmente en relación con su esposa: Así como la autoridad debe ser correctamente sostenida, tiene que ser bien manejada. Para esto, dos cosas son necesarias: 1) que el esposo respete tiernamente a su esposa y 2) que la cuide y se ocupe de su mantenimiento.
El lugar de ella es efectivamente de sujeción, pero lo más cerca posible a la igualdad. Su lugar es uno de igualdad en muchos sentidos en que esposo y esposa son fraternales y compañeros. De esto se desprende que el hombre debe considerar a su esposa compañera de yugo y colaboradora (1 Pedro 3:7). En este punto corresponde honrar
a la esposa, ya que la razón para crear una esposa (Gén. 2:18) fue, según fue traducida a nuestro idioma: ser una “ayuda idónea” para él, literalmente “como frente a él”, es decir, como él mismo, uno en quien se puede ver reflejado.
Así como la esposa reconoce que el papel de su esposo es la base de todo los deberes de ella, la de él es reconocer el compañerismo entre él y su esposa que hará que se conduzca con mucha más amabilidad, confianza, cariño y todos los demás tratos hacia ella que corresponden a un buen esposo.
Acerca de la opinión errada de los maridos hacia sus esposas: Es contrario a los preceptos bíblicos lo que muchos piensan: que aparte de los lazos familiares, no hay ninguna diferencia entre una esposa y una sirvienta, de modo que las esposas son tenidas como sirvientas de sus maridos, porque ellos requieren sujeción, temor y obediencia. Por eso muchas veces sucede que las esposas son tratadas apenas un poco
mejor que las sirvientas. Esto es soberbia, una conducta desmedidamente pagana y una arrogancia tonta. ¿Acaso al crearla del costado del hombre tomó Dios a la mujer y la puso bajo los pies de Adán? ¿O la puso a su lado, por encima de todos los hijos, siervos y
demás familiares, para atesorarla? Porque nadie puede estar más cerca que una esposa, y nadie debe ser más querida que ella. Acerca del afecto absoluto de los maridos hacia sus esposas: El afecto del esposo por su esposa será según su opinión de ella. Por lo tanto debe deleitarse totalmente en su esposa, o sea deleitarse solamente en ella. En este sentido la esposa del profeta es llamada “el deleite [placer] de tus ojos” (Eze. 24:16), en quien él más se deleitaba. Un deleite así sintió Isaac por su esposa que le quitó la gran tristeza que sentía por la partida de su madre. La Biblia dice que la amó y que esto lo consoló después de la muerte de su madre (Gén. 24:67).
El sabio expresó con elegancia este tipo de afecto, diciendo:
“Alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela” (Prov. 5:18, 19). Nótese aquí las metáforas al igual que la hipérbole usadas para describir el deleite de un esposo en su esposa. En las metáforas, note tanto las criaturas que dice se parecen a la esposa y los atributos que les da. Las criaturas son dos: una cierva y una gacela, que son las hembras del venado y el corso respectivamente. Aquí cabe mencionar que de todas las bestias, el venado y el corso son los más apasionados con sus hembras.
Estas comparaciones aplicadas a la esposa muestran cómo el marido debiera disfrutar de su esposa… Tanto que le haga olvidar las fallas de su esposa; esas fallas que otros pueden notar o aborrecer, él no ve, ni por ellas se deleita menos en ella. Por ejemplo, si un hombre tiene una esposa, no muy linda ni atractiva, con alguna deformación en el cuerpo, alguna imperfección en su hablar, en su vista, en sus gestos o en cualquier parte de su cuerpo, pero tanto la ama que se deleita en ella como si fuera la mujer más hermosa y en todo sentido la mujer más perfecta del mundo. Además, tanto la estima, con tanto ardor la ama, con tanta ternura la trata al punto que los demás piensan que es un tonto. El afecto de un marido por su esposa no puede ser demasiado grande, siempre y cuando sea sincero, sobrio y decente.
Acerca de la paciencia de los esposos por exigir todo lo que corresponde: tanto la reverencia de la esposa como su obediencia deben ser correspondidas por la cortesía del esposo. Como testimonio, el marido tiene que estar listo para aceptar todo aquello en que su esposa está dispuesta a obedecerle. Tiene que ser moderado y no exigirle demasiado. En este caso, debe decidirse a tener una buena disposición hacia ella; es preferible que la obediencia de ella sea por su propia voluntad con una conciencia limpia ante Dios, porque Dios la ha puesto en una posición de sujeción, y por amor matrimonial que por
la fuerza porque su marido se lo ordena.

Maridos… tienen que considerar lo que es legal, necesario, conveniente, oportuno y apropiado para que sus esposas hagan, sí, lo que están dispuestas a hacer y no negarse.

Por ejemplo:

1. Aunque la esposa debiera ir con su esposo y quedarse donde él diga, él no debiera [a menos que por alguna razón fuera de su control se vea obligado a ello] llevarla de un lado para otro, y sacarla del lugar que a ella le gusta. Jacob consultó con sus esposas y se aseguró de que estuvieran de acuerdo antes de llevárselas de la casa de su padre (Gén.
31:4).
2. Aunque ella debiera atender de buen talante a las visitas que él trae a la casa, él no debiera ser desconsiderado ni insistente con ella en estos casos. La mayor parte de la responsabilidad y el trabajo para atender a las visitas cae sobre la esposa, por lo tanto el marido debiera ser considerado con ella.
Si él ve que ella es responsable y sabia, muy capacitada para administrar y ordenar las cosas de la casa, pero que prefiere no hacer nada sin el consentimiento de él, él debe dar su consentimiento sin reparos, y satisfacer el deseo de ella, como Elcana, y como el esposo de esa excelente mujer que Salomón describe (Prov. 31:10-31).
Para administrar los asuntos de la casa es necesario un consentimiento mutuo, pero es un deber específico de las esposas (1 Tim. 5:14). Porque los asuntos de la casa están a su cargo es lógico que se la llame ama de casa. En vista de esto, los maridos deben dejar a su
cargo la administración de la casa y no ponerle impedimentos por querer intervenir y dar su aprobación a cada cosa. En general, es responsabilidad de la esposa:

1. El arreglo y decoración de la casa (Prov. 31:21, 22),

2. Administrar las provisiones cotidianas para la familia (Prov. 31:15),

3. Supervisar al personal de servicio (Gén. 16:6),

4. Ocuparse de la formación de los hijos mientras todavía son chicos (1 Tim. 5:10, Tito 2:4).
Entonces, en general, todo esto debe dejarse a discreción de ella (2 Rey. 4:19) con solo dos advertencias: 1. Que ella tenga discreción, inteligencia y sabiduría, y no sea ignorante, necia, simple, gastadora, etc.; 2. Que él supervise todo en general, y que haga uso de su
autoridad en caso de tener que prevenir que su esposa o sus hijos, sirvientes u otros hagan algo ilegal o impropio.

 

Tomado de Domestical Duties.

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William Gouge (1575-1653): Durante 46 años pastor en Blackfriars, Londres, considerado como el centro de predicación más importante de aquella época. Muchos creen que se convirtieron miles bajo la predicación expositiva y penetrante de Gouge. Poderoso en las Escrituras y la oración, predicó durante 30 años sobre la epístola a los Hebreos, cuya sustancia se volcó en un comentario famoso; nacido en Stratford-Bow, Middlesex County, Inglaterra.

Maridos amen a sus esposas 1

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Así como la esposa tiene que saber sus obligaciones, el esposo tiene que saber las suyas porque debe ser un guía y un buen ejemplo para su esposa. Debe vivir con ella sabiamente (1 Ped. 3:7). Más elevado es su lugar, más sabiduría debe tener para andar
digno de él. Descuidar sus obligaciones es sumamente deshonroso para Dios porque, en virtud de su posición, él es la imagen y gloria de Dios (1 Cor. 11:7).
Ese poder y esa autoridad que tiene puede ser perjudicial, no solo para su esposa, sino para toda la familia, pues puede abusar de ellos por su maldad. En su hogar no hay un poder superior que frene su furia, mientras que la esposa, aunque nunca tan malvada, puede por el poder de su esposo, ser sojuzgada y refrenada de sus maldades. Acerca de ese amor que los maridos les deben a sus esposas. Esta cabeza de todo el resto ––el Amor— se estipula y menciona en este y muchos otros lugares de las Escrituras, siendo evidente que todas las demás obligaciones se desprenden de él. Sin tener en cuenta los otros lugares donde se insiste en este deber, el Amor aquí se menciona expresamente cuatro veces. Además, se indica usando muchos otros términos y frases (Ef. 5:25, 28, 33).
Todas las ramas que crecen de esta raíz de amor, en lo que respecta a los deberes de los maridos, pueden categorizarse bajo dos encabezamientos: 1) un mantenimiento sabio de su autoridad y, 2) un manejo correcto de ella.
Estas dos ramas del amor del marido se hacen evidentes por la posición de autoridad en que Dios lo ha colocado. Porque lo mejor que cualquiera puede hacer y los mejores frutos del amor que cualquiera puede demostrar serán en su propia posición y en virtud
de ella. Entonces, si un marido renuncia a su autoridad, se priva de hacer ese bien y de mostrar esos frutos del amor que de otra manera mostraría. Si abusa de su autoridad, es como si desviara el filo y la punta de su espada erróneamente y, en lugar de sostenerla sobre su esposa para protegerla, se la clava en el corazón para su destrucción,
manifestando así más odio que amor. Ahora bien, para tratar estos dos temas más seria y particularmente:
1. En cuanto a que el marido mantenga sabiamente su autoridad: El precepto apostólico lo implica: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente” (1 Ped. 3:7), es decir, hacerlo lo mejor posible manteniendo el honor de la posición que Dios le ha otorgado, no como un tonto y necio que no entiende nada. El honor y la autoridad de Dios y de su Hijo Jesucristo son mantenidos por el honor y la autoridad del marido, así como la autoridad del rey es mantenida por el concilio de sus ministros y por otros magistrados bajo su mando, sí, la autoridad del marido en la familia es mantenida por la autoridad de su esposa: “El varón… es la imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón” (1 Cor. 11:7).
De este modo se promueve en gran manera el bienestar de la esposa, tal como el bienestar del cuerpo es ayudado debido a que la cabeza permanece en su lugar. Si se pusiera la cabeza debajo de cualquier parte del cuerpo, el cuerpo y todas sus partes no harían más que ser dañados por ello. De la misma manera, la esposa y toda la familia serían dañadas por la pérdida de autoridad del marido.
Pregunta: ¿Cuál es la mejor manera de que un marido mantenga su autoridad?
Respuesta: La directiva del apóstol a Timoteo de mantener su autoridad, ha de aplicarse en primer lugar para este propósito al marido: “Sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1 Tim. 4:12)…

Así es que la mejor manera como los maridos pueden mantener su autoridad es siendo un ejemplo de amor, seriedad, piedad, honestidad, etc. Los frutos de estas y otras gracias similares, demostradas por ellos delante de sus esposas y sus familias, no pueden dejar de producir un respeto reverente y consciente hacia él y en consecuencia podrán discernir con mayor claridad la imagen de Dios brillando en sus rostros. Acerca de la pérdida de autoridad de los maridos: Producen el efecto contrario si por sus groserías, descontroles, borracheras, lascivias, irresponsabilidad, despilfarros y otros comportamientos similares generan desprecio perdiendo así su autoridad. Aunque la esposa no debe aprovechar esto para despreciar a su marido, él bien merece ser
despreciado. Contrario también a las directivas bíblicas es la conducta severa,
áspera y cruel del marido quien pretende mantener su autoridad con violencia y tiranía. Esta conducta bien puede causar temor, pero un temor contraproducente ya que genera más odio que amor, más desprecio interior que respeto exterior.

 

Tomado de Domestical Duties.

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William Gouge (1575-1653): Durante 46 años pastor en Blackfriars, Londres, considerado como el centro de predicación más importante de aquella época. Muchos creen que se convirtieron miles bajo la predicación expositiva y penetrante de Gouge. Poderoso en las Escrituras y la oración, predicó durante 30 años sobre la epístola a los Hebreos, cuya sustancia se volcó en un comentario famoso; nacido en Stratford-Bow, Middlesex County, Inglaterra.

 

Señales y características del hombre piadoso 5ª Parte

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El hombre piadoso demuestra su amor por la Palabra escrita.

1. Por medio de leerla con diligencia: los nobles bereanos escudriñaban diariamente las Escrituras (Hech. 17:11). Apolo era poderoso en las Escrituras. La Palabra es nuestra Carta Magna, debemos leerla diariamente. La Palabra muestra qué es la verdad y qué es el error. Es el campo donde está escondida la Perla de Gran Precio: ¡cuánto  debiéramos escarbar para encontrar esta Perla! El corazón del hombre piadoso es la biblioteca para guardar la Palabra de Dios; mora en abundancia en él (Col. 3:16). La Palabra tiene una tarea doble: enseñarnos y juzgarnos. Los que se niegan a ser enseñados por la Palabra serán juzgados por la Palabra. ¡Oh, que la Palabra nos sea
familiar! ¿Qué si este fuera un tiempo como el de Diocleciano que ordenó por proclamación que la Biblia fuera quemada, o como los días de la Reina Mary de Inglaterra, cuando poseer una Biblia en inglés era pena de muerte?

Conversando diligentemente con las Escrituras, podemos llevar una Biblia en la mente.

2. Por medio de meditación frecuente: “Todo el día es ella mi meditación” (Sal 119:97). El alma piadosa medita sobre la veracidad y santidad de la Palabra. No solo tiene pensamientos pasajeros, sino que empapa su mente de las Escrituras: al meditar bebe de esta dulce flor y fija la verdad santa en su mente.

3. Por medio de deleitarse en ella. Es su recreación. “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jer. 15:16). Nunca nadie ha disfrutado tanto de una comida que le encanta, como disfruta el profeta de la Palabra. Efectivamente, ¿cómo podría un santo escoger otra cosa que deleitarse
grandemente en la Palabra cuando contiene todo lo que es y será siempre de más valor para él? ¿Acaso no se deleita un hijo al leer el testamento de su padre en que le deja todos sus bienes?

4. Por medio de guardarla. “En mi corazón he guardado tus dichos” (Sal 119:11), tal como uno guarda un tesoro para que nadie lo robe. La Palabra es una joya, el corazón es el joyero donde se debe guardar bajo llave. Muchos guardan la Palabra en su memoria, pero no en su corazón. ¿Y para qué guardaría David la Palabra en su corazón? “Para
no pecar contra ti”. Así como uno llevaría consigo un antídoto cuando va a un lugar infectado, el hombre piadoso lleva la Palabra en su corazón para prevenirse de la infección del pecado. ¿Por qué tantos se han envenenado del error, otros de vicios morales, solo por no haber escondido la Palabra como un antídoto santo en su corazón?

5. Por medio de preferirla por sobre todas las cosas como lo más preciado:
a. por sobre el alimento: “Guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job 23:12).

b. por sobre las riquezas: “Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata”   (Sal. 119:72).

c. por sobre toda honra mundana. Es famosa la anécdota del rey Eduardo VI de
Inglaterra, quien, cuando en el día de su coronación le presentaron  Diocleciano (245-313) – emperador romano que persiguió a los cristianos.

6. Por medio de conformarse a ella. La Palabra es el reloj por el cual uno pone la hora de su vida, la balanza sobre la cual pesa sus acciones. El hombre piadoso vive la Palabra en su diario andar. El hombre piadoso ama la Palabra predicada que en realidad es un
comentario de la Palabra escrita. Las Escrituras son el oleo y bálsamo, la predicación de la Palabra es verterlos. Las Escrituras son las especies preciosas, la predicación de la Palabra es el molido de estas especies que producen una fragancia y un placer maravillosos… La predicación de la Palabra es llamada “poder de Dios para salvación”
(Rom. 1:16). Dice la Biblia que así es como Cristo nos habla desde el cielo (Heb. 12:25). El hombre piadoso ama la Palabra predicada en parte por el bien que ha derivado de ella: ha sentido el rocío caer con este maná, y en parte por ser la institución de Dios: el Señor ha designado esta ordenanza para salvarlo.

El hombre piadoso es un hombre que ora. Esto aparece en el texto: “Por esto orará a ti todo santo” (Sal. 32:6). En cuanto la gracia es derramada en el interior, la oración es derramada en el exterior: “Mas yo oraba” (Sal. 109:4). En el hebreo es: “Pero yo oración”. La oración y yo somos uno. La oración es el camino del alma hacia el cielo. Dios
desciende hasta nosotros por medio de su Espíritu, y nosotros subimos a él por medio de la oración. El hombre piadoso no puede vivir sin oración. El hombre no puede vivir sin respirar, tampoco puede el alma si no exhala hacia Dios sus anhelos. En cuanto nace el
infante de gracia, llora; en cuanto Pablo se convirtió: “Porque he aquí, él ora” (Hech. 9:11). Habiendo sido un fariseo, sin duda habría orado antes, pero lo había hecho superficial o livianamente, pero cuando la obra de gracia se había llevado a cabo en su alma, entonces realmente oraba. El hombre piadoso permanece todos los días en el monte de oración, comienza su día con oración, antes de abrir su negocio, le
descubre su corazón a Dios. Antes solíamos quemar perfumes dulces en nuestros hogares; la casa del hombre piadoso es una casa perfumada: extiende el perfume con el incienso de la oración. No comienza ninguna actividad sin buscar a Dios. El hombre piadoso consulta a Dios en todo.

Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil”  en The Sermons of Thomas Watson.
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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de    A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.

 

La Biblia y los Reformadores del Siglo XVI 3ª Parte

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Analicemos el legado de Juan Calvino, un profesor, pastor, comentarista, maestro y prolífico autor (con al menos cincuenta y nueve obras[7]). Su obra literaria más conocida es la Institución de la Religión Cristiana. Completó la primera versión cuando tenía 27 años, pero la fue revisando a lo largo de más de veinte años hasta publicar la versión definitiva en 1559. También están sus obras menos conocidas que son los Comentarios, que llegaron a ser de la mayoría de los libros de la Biblia. Pero también, tenemos  muchos otros escritos: un salterio, catecismos, liturgias y libros de ordenanzas para la iglesia, La correspondencia de Calvino se extendió por toda Europa, conservándose un número aproximado de 4300 cartas, de las cuales 1369 fueron escritas por Calvino[8], de hecho, un secretario suyo Charles de Jonvilliers estuvo 20 años después de su muerte recogiendo sus cartas. Muchas son largas y muy teológicas (casi tratados), pero otras también nos dejan ver, más que en otros escritos, su lado humano[9].

Claramente Martín Lutero y Juan Calvino continuaron y sobrepasaron con creces a sus antecesores en el proceso de Reforma a través de su intensa labor, lo que no cesó con ellos sino que fue una constante en el movimiento. A propósito de aquello, los autores del libro “La Reforma Ayer y Hoy” nos aportan una llamativa descripción del proceso en España: “La extensión que alcanza la Reforma en España, antes de desatarse las grandes persecuciones contra la misma en la segunda mitad de siglo XVI, resulta prodigioso. Los abundantes Autos de Fe, así como el gran número de exiliados, lo pondrán de manifiesto. Escribiendo en 1602, Cipriano de Valera nos dice que: “En nuestra España muy muchos doctos, muy muchos nobles y gente de lustre e ilustres han salido por esta causa en los Autos. No hay ciudad y, a manera de decir no hay villa ni lugar, no hay casa noble en España, que no haya tenido ni aún tenga alguno o algunos que Dios, por su infinita misericordia, haya alumbrado con la luz del evangelio. Común refrán es el día de hoy en España cuando hablan de algún hombre docto decir: es tan docto que está en peligro de ser luterano[10].

Así entonces podemos decir sin temor a equivocarnos que la Reforma Protestante implicó también un profundo cambio en los hábitos de lectura pues la intención de sus protagonistas fue dar acceso a las Escrituras y sus verdades a la mayor cantidad de personas posible, aquello a través de la traducción del texto sagrado y la publicación de material de apoyo.

Entonces, ¿qué nos queda para los lectores del Siglo XXI?:

  • Problema de soporte: superado, pues en la actualidad podemos leer en diferentes tipos de ediciones y plataformas (aunque mi favorito siempre será el papel)
  • Problema de acceso: bastante superable (en la actualidad los servicios de envío y mensajería pueden ayudar a que los libfoz estén en nuestras manos, tablets o dispositivos en períodos relativamente razonables de tiempo)
  • Problema de cantidad de libros: superado (Según Google, en 2010 existían en el mundo ciento treinta millones de libros diferentes[11]; una asombrosa cantidad de 129.864.880 libros, de todas las lenguas, de todas las materias, de todas las culturas, de todos los tiempos y según la UNESCO se publican 2.2 millones de libros cada año[12]); el desafío entonces es el criterio para elegir una buena obra para leer.
  • Problema de selección: superado gracias a amigos lectores y distribuidores de limpia conciencia y buena voluntad (como por ejemplo los amigos de Solo Sana Doctrina).

Antes de finalizar, un par de datos interesantes para los amantes de la lectura: en la misma época de la invención de la imprenta y desarrollo de la Reforma Protestante comenzó también la difusión a escala masiva del café (el té ya era bastante más conocido) y también comenzó a llegar desde América el chocolate. Esta combinación de café y chocolate, es muy buena compañía para las jornadas de estudio y lectura. En conclusión, sin lugar a dudas, estamos en una época muy privilegiada. Entonces, organicemos el tiempo y ¿vamos a leer un buen libro?

 

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s

 

[1]Juan Hus, el reformista checo”, en http://www.radio.cz/es/rubrica/especiales/juan-hus-el-reformista-checo

[2] Primero, el sentido literal, considerado el de menor importancia. A éste se sobreponía el sentido alegórico: una vez establecido el sentido literal, se lo dejaba a un lado y se intentaba descubrir el «sentido oculto» referente a la iglesia y su doctrina. Un tercer sentido, el tropológico, apuntaba a la conducta del creyente. Y además estaba el sentido anagógico, relacionado con los fenómenos escatológicos en: http://www.iglesiareformada.com/Lutero_Galatas.html

[3] Iglesia Evangélica Pueblo Nuevo, Biografía de Martín Lutero, en: http://www.iglesiapueblonuevo.es/index.php?codigo=bio_lutero

[4] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A.,Barcelona, 1988, Pág. 6

[5] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A.,Barcelona, 1988, Pág. 5

[6] Un listado de sus títulos puede ser consultado en: https://www.museeprotestant.org/en/notice/martin-luther-his-written-works/  . También, una muy buena selección de textos fundamentales puede ser adquirida en: http://www.solosanadoctrina.com/tienda/index.php?id_product=41&controller=product&search_query=lutero&results=9

[7] Puede revisar el listado en “John Calvin Books List”, https://www.ranker.com/list/john-calvin-books-and-stories-and-written-works/reference

[8] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 7 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

[9] Matt Leighton, “Juan Calvino una Aproximación Biográfica” en “Historia, influencia y legado de Juan Calvino”, Andamio, 2010, Pág. 45

[10] José Moreno Berrocal, Bernard Coster, José de Segovia “La Reforma Ayer y Hoy”, Básicos Andamio, Barcelona, España, 2012, Págs. 30-31. Disponible en: http://www.solosanadoctrina.com/tienda/index.php?id_product=515&controller=product

[11] Artículo: “¿Cuántos libros existen en el mundo?” en: https://www.mundiario.com/articulo/sociedad/cuantos-libros-existen-mundo/20160628180330062423.html

[12] Artículo: “¿Cuántos libros existen en el mundo?” https://hipertextual.com/2017/04/cuantos-libros-existen-mundo

Señales y características del hombre piadoso 3

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Pregunta: ¿En qué encuentra el piadoso su santidad?

Respuesta:

1. En aborrecer la vestidura manchada por la carne (Jud.23). El piadoso se afirma contra la maldad, tanto en sus propósitos como en sus prácticas. Teme a lo que puede parecer pecado (1 Tes. 5:22). La apariencia del mal puede influenciar al creyente débil; si no
profana su propia conciencia, puede ofender la conciencia de su prójimo; y pecar contra él es pecar contra Cristo (1 Cor. 8:12). El hombre piadoso no aprovecha ir hasta donde puede, no sea que vaya más allá de lo que debe.
2. El piadoso descubre su santidad al ser defensor de la santidad: “Hablaré de tus testimonios delante de los reyes, y no me avergonzaré” (Sal. 119:46). Cuando en el mundo se calumnia la piedad, el piadoso se pone de pie para defenderla. Le quita el polvo de
reproche al rostro de la religión. La santidad defiende al piadoso, y el piadoso defiende la santidad. Lo defiende del peligro, y él la defiende de modo que no la avergüencen.
El hombre piadoso es muy exacto e inquisitivo en cuanto a la adoración a Dios. La palabra griega traducida piadoso significa “un adorador correcto de Dios”. El hombre piadoso reverencia las instituciones divinas y prefiere la pureza en la adoración en lugar del esplendor de los ritos… El Señor quiso que Moisés construyera el tabernáculo según el diseño dado en el monte (Éxo. 25:9). Si Moisés hubiera dejado de incluir algo o hubiera agregado algo hubiera sido una provocación. El Señor siempre ha dado testimonios de su
desagrado por todos los que han corrompido el culto a él: Nadab y Abiú “ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová” (Lev. 10:1, 2). Todo aquello que no es ordenado por Dios para el culto a él, lo considera como un fuego extraño. No nos sorprenda que le indigne tanto, como si Dios no tuviera suficiente sabiduría para determinar la manera como se le ha de servir, los hombres pretenden determinarlo, y como si las reglas para la adoración fueran defectuosas, intentan corregirlas y agregarles vez tras vez sus propias invenciones… El hombre piadoso no se atreve a variar el diseño que Dios le ha mostrado en las Escrituras. Esta puede ser una de las razones por las cuales David es llamado un hombre según el corazón de Dios: mantuvo la pureza de la adoración a Dios y en cuestiones sacras no agregó nada de su propia invención.
El hombre piadoso es el que compite para ganar a Cristo como su premio. A manera de ilustración, mostraré que Cristo es precioso en sí: “He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa” (1 Ped. 2:6). Cristo es comparado con cosas muy preciosas. Cristo es precioso en su Persona. Él es la representación de la gloria de su Padre (Heb. 1:3). Cristo es precioso en sus oficios, que son varios rayos del Sol de
Justicia (Mal. 4:2).

1. El oficio profético de Cristo es precioso: Él es el gran oráculo del cielo: Es más precioso que todos los profetas que lo precedieron. Enseña no solo al oído a escuchar, sino también al corazón para que atesore sus palabras. El que tiene la llave de David en su mano abrió el corazón de Lidia (Hech. 16:14).

2. El oficio sacerdotal de Cristo es precioso: Esta es la base sólida de nuestro consuelo: “Se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo” (Heb. 9:26). En virtud de este sacrificio, el alma puede presentarse ante Dios con confianza y decir: “Señor, dame el cielo; Cristo me lo compró; colgó en la cruz para que yo pudiera sentarme en el trono”. La sangre de Cristo y el incienso son las dos bisagras sobre las cuales gira nuestra salvación.

3. El oficio legal de Cristo es precioso “Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (Apoc. 19:16). En lo que a majestad se refiere, Cristo tiene preeminencia sobre todos los demás reyes. Tiene el trono más elevado, la corona de más precio, los dominios más extensos y el reinado más duradero: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo” (Heb. 1:8)… Cristo establece su cetro donde
ningún otro rey lo hace. Gobierna la voluntad y los afectos; su poder obliga la conciencia de los hombres. Si somos competidores para obtener a Cristo como premio, entonces
lo preferimos por encima de todo lo demás. Valoramos a Cristo más que la honra y las riquezas; lo que más anhelamos en nuestro corazón es la perla de gran precio (Mat. 13:46). El que quiere a Cristo como su premio, valora las cosechas de Cristo más que las vendimias del mundo. Considera las peores cosas de Cristo mejor que las mejores cosas del mundo: “Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios” (Heb. 11:26). ¿Sucede así con nosotros? Algunos dicen que valoran mucho a Cristo, pero prefieren sus tierras y propiedades antes que a él. El joven rico en el Evangelio prefirió sus bolsas de oro antes que a Cristo (Mar. 10:17-22); Judas valoró las treinta piezas de plata más que a él (Mat. 26:15). Es de temer que cuando llega el tiempo de pruebas, muchos prefieren renunciar a su bautismo y descartar la ropa de siervo de Cristo antes que arriesgar por él la pérdida de sus posesiones terrenales.
Si preferimos a Cristo por encima de todas las cosas, no podemos vivir sin él. No podemos arreglarnos sin las cosas que valoramos: uno puede vivir sin música, pero no sin alimento. Un hijo de Dios puede carecer de salud y amigos, pero no puede carecer de Cristo. En la ausencia de Cristo, dice como Job: “Ando ennegrecido, y no por el sol” (Job 30:28). Tengo las más brillantes de las comodidades terrenales, pero quiero el Sol de Justicia. “Dame hijos, o si no, me muero” dijo Raquel (Gén 30:1). Lo mismo dice el alma: “¡Señor, dame a Cristo o muero; una gota del agua de vida para apagar mi sed!”… ¿Acaso
prefieren a Cristo los que pueden andar tranquilos sin él? Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, no nos duele tener que pasar por lo que sea para obtenerlo. Aquel que valora el oro se tomará el trabajo de cavar en la mina para encontrarlo: “Está mi alma apegada a ti (Dios)” (Sal 63:8).

Plutarco reporta que los galos, pueblo antiguo de Francia, una vez que probaron el vino dulce de las uvas italianas, preguntaron de dónde provenía y no descansaron hasta dar con ellas. Todo el que considera precioso a Cristo no descansa hasta obtenerlo. “Hallé
luego al que ama mi alma; lo así, y no lo dejé” (Cantares 3:1-2, 4). Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, renunciaremos por él a nuestras concupiscencias más queridas. Pablo dice de los gálatas, que tanto lo estimaban, que estaban dispuestos a arrancarse sus propios ojos y dárselos a él (Gál. 4:15). El que estima a Cristo se sacará esas concupiscencias, como lo haría con su ojo derecho (Mat. 5:29). El hombre sabio rechaza lo que es veneno prefiriendo un refresco sano; el que valora grandemente a Cristo se despojará de su orgullo, sus ganancias injustas, sus pasiones pecaminosas. Pondrá sus pies sobre el cuello de sus pecados (Jos. 10:24). Piénselo: ¿Cómo pueden valorar a Cristo por sobre todas las cosas aquellos que no dejan sus vanidades por él? ¡Cuánto se burlan y desprecian al Señor Jesús los que prefieren las concupiscencias antes que a Cristo quien los salva! Si valoramos a Cristo por sobre todas las cosas, estaremos dispuestos a ayudar a otros a tener parte con él. Anhelamos compartir con nuestro  amigo aquello que consideramos excelente. Si un hombre ha encontrado un manantial de agua, llamará a otros para que beban y satisfagan su sed. ¿Recomendamos a Cristo a otros? ¿Los tomamos de la mano y los conducimos a Cristo? Qué pocos hay que valoran a
Cristo, porque no tienen interés en que otros lo conozcan. Adquieren tierras y riquezas para su posteridad, pero no se ocupan de dejarles la Perla de Gran Precio como su legado…

Oh entonces, tengamos pensamientos afectuosos de Cristo; hagamos que sea él nuestro
principal tesoro y placer. Esta es la razón por la cual millones mueren: porque no valoran a Cristo por sobre todas las cosas. Cristo es la Puerta por la cual los hombres entran al cielo (Juan 10:9). Si no saben de esta Puerta, o si son tan soberbios que se niegan a inclinarse para pasar por ella, ¿cómo, entonces, han de ser salvos?
El hombre piadoso es amante de la Palabra: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley” (Sal. 119:97).
Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil”. en The Sermons of Thomas Watson.
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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros.

La Biblia y los Reformadores del Siglo XVI

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“Sola Gratia y Sola Scriptura: ¿por qué el acceso a la Biblia fue tan importante para los Reformadores del Siglo XVI?”

Introducción

¿Qué es la verdad?” Esa fue la pregunta que Poncio Pilato, gobernador romano de Judea, le hizo a Jesucristo mientras lo juzgaba (Juan 18:38). Sin embargo, parece que  a Pilato no le interesaba la respuesta, sino más bien su pregunta fue un reflejo de su incredulidad. Al parecer, para él la verdad era lo que a uno le enseñaban a creer o lo que uno mismo elegía creer.

Para los cristianos la verdad puede ser hallada y el lugar está en la Biblia. Por este motivo, la Biblia, ha sido declarada como la base de la fe y la conducta. ¿Cuáles son las razones que explican tan alto lugar?

 

Respuesta 1: La misma recomendación escritural

  • El Apóstol Pablo en 2ª Timoteo 3:16-17:Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (RV 1960).
  • El autor de la Epístola a los Hebreos 4:12: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (RV 1960).
  • El mismo Jesús. Juan 5:39 “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (RV 1960).

 

Respuesta 2: El legado de la Reforma Protestante

Qué duda cabe, un hito fundamental en la construcción y asimilación de esta convicción fue el proceso histórico conocido como Reforma protestante, esto ha quedado expresado en una de las cinco solas, a saber  el princopio de “Sola Scritpura

Esto debido a que a finales de la Edad Media, la Biblia sólo estaba disponible en latín, un lenguaje que la gente común de Europa ya no hablaba. Por eso, los reformadores se propusieron acercarles las Escrituras al traducirla a idiomas que sí podían entender.

Además estaba el problema de la predicación, pues los curas párrocos fueron incapaces de realizar una predicación cualificada y los Obispos, quienes tenían más conocimiento y capacidades tenían la obligación de predicar sólo diez veces al año.

 

¿Qué había pasado en el Siglo XV? Preparando el terreno

El siglo XV estuvo caracterizado entre otros aspectos de relieve por un sentimiento de creciente crisis en el seno de la Iglesia católica.

Durante aquellas agitadas décadas:

  • La corte papal se trasladó de Roma a Avignon para satisfacer los intereses de los reyes de Francia
  • Se produjo el denominado cisma de Occidente, esto implicó que existieran simultáneamente dos papas que se excomulgaban entre sí y que se presentaban como el único pontífice legítimo
  • Fracasaron los intentos por restaurar la unidad entre el papado y el patriarca de Constantinopla pese a la amenaza turca (que terminó aniquilando Bizancio en 1453)
  • Considerando este panorama, se multiplicaron las voces de aquellos que, como John Wycliffe o Jan Huss, deseaban una reforma en profundidad de la iglesia no sólo en el ámbito moral sino también en el teológico.

De esta manera, si algo parecía indiscutible a finales del siglo XV era que la Iglesia necesitaba una reforma, que ésta tenía que operarse en profundidad y que el momento de su inicio no podía verse retrasado indefinidamente. Posición que era defendida por personajes que iban desde Lorenzo Valla a Erasmo, Tomás Moro y Luis Vives, Cisneros e Isabel la católica[1].

 

El Siglo XVI: un Siglo de cambios profundos

En este periodo, tuvieron lugar varios procesos muy importantes y paralelos:

  • El «descubrimiento» y conquista de América.
  • Desarrollo del Humanismo y Renacimiento.
  • La Reforma Protestante.

El Descubrimiento y la Conquista de América son bien conocidos, y se podría comentar mucho al respecto. Sin embargo, lo relevante es que durante un periodo de escasamente cien años las naciones europeas se derramaron por el resto del mundo, y especialmente por América.

Para la mente del habitante del Siglo XXI resulta difícil calibrar el impacto de este proceso, pero para hacernos una idea esto fue tan impactante y desafiante como la llegada del primer equipo a la luna en 1969 o como lo sería si en un plazo cercano se lograra llegar y colonizar Marte o incluso otro planeta más lejano. Pues esto implica un tremendo avance tecnológico, grandes cambios en los equilibrios de poder de los países involucrados en ello y por supuesto los desafíos propios de incorporar a la administración, comercio y cultura nuevos territorios.

Ahora bien, regresando al Siglo XVI, la conquista del Nuevo Mundo implicó que se multiplicó enormemente el número de los que se llamaban cristianos, aunque claro, esta incorporación fue a la fuerza en la mayoría de los casos y por supuesto no incluyó la fe de los Reformados.

Por otra parte, el movimiento intelectual conocido como Humanismo provocaba que se revisaran las bases del conocimiento acumulado hasta la fecha rescatando los escritos de la Antigüedad Clásica y por cierto cuestionando también los cimientos cristianos de la civilización.

A estos grandes procesos se suma la Reforma Protestante. La fecha que normalmente se señala como el comienzo de la Reforma es 1517, cuando Lutero clavó sus famosas 95 tesis. Aunque, ya habían movimientos reformadores desde mucho antes, lo cierto es que fue con Lutero y sus seguidores que el movimiento cobró un ímpetu incontenible[2]. Señala el historiador Jean Delumeau: “Desde el punto de vista histórico, no cabe la menor duda de que la influencia de Lutero ha sido y continúa siendo enorme y que ha modificado el curso de la historia europea. En principio, es el Padre reconocido del protestantismo[3].

Ahora bien, regresemos a nuestra pregunta inicial: ¿por qué el acceso a la Biblia fue tan importante para los Reformadores del Siglo XVI?” Para ello realizaremos dos recorridos, el primero será a través de la relación de los llamados “Precursores de la Reforma” con las Escrituras[4] y en segundo lugar, del mismo Martín Lutero.

Los Precursores de la Reforma y las Escrituras

  • Los Valdenses: En el siglo XII, los Valdenses tradujeron el Nuevo Testamento del latín a sus dialectos regionales franceses. Según la tradición, tal era su compromiso con la Escritura, que las diferentes familias Valdenses memorizaban grandes porciones de la Biblia, de manera que si las autoridades católicas romanas les encontrasen y confiscasen sus copias impresas, serían capaces de volver a reproducir toda la Biblia de memoria.
  • John Wycliffe: En el siglo XIV, John Wycliffe y sus asociados en Oxford, Inglaterra tradujeron la Biblia del latín al inglés. Los seguidores de Wycliffe, conocidos como los Lolardos, iban de pueblo en pueblo predicando el evangelio y enseñando la Palabra en inglés.
  • Jan Hus: En el siglo XV, Jan Hus se convirtió en el predicador más popular de Praga al predicar en la lengua del pueblo y no en latin. Sin embargo, debido a que Hus insistió en que sólo Cristo es la cabeza de la iglesia y no el papa, el concilio católico de Constanza le condenó como hereje. Murió en como mártir en la hoguera en 1415.

 

 

 

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s

Señales y características del hombre piadoso 1

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“Por esto orará a ti todo santo [piadoso]” Salmo 32:6.

¿Cómo es el hombre piadoso? Para dar una respuesta completa, describiré varias señales y características específicas del hombre piadoso.

La primera señal fundamental del hombre piadoso se muestra en que es un hombre con conocimiento sabio: “los prudentes se coronarán de sabiduría” (Prov. 14:18). Los santos son llamados vírgenes “prudentes” en Mateo 25:4. El hombre natural puede tener algún
conocimiento superficial de Dios, pero no sabe nada como debiera saberlo (1 Cor. 8:2). No conoce a Dios para salvación; puede conocerlo con la razón, pero no discierne las cosas de Dios de un modo espiritual. El agua no puede ir más arriba de su manantial, el vapor no puede elevarse más allá del sol que lo genera. El hombre natural no puede actuar por encima de su esfera. No puede discernir con certidumbre lo sagrado, así como el ciego no puede discernir los colores. 1. No ve la maldad de su corazón: por más que un rostro sea negro o deforme, bajo un velo no se puede ver. El corazón del pecador es tan negro, que nada excepto el infierno le puede dar su forma, no obstante, el velo de la ignorancia lo esconde. 2. No ve las hermosuras de un Salvador: Cristo es una perla, pero una perla escondida.

El conocimiento del hombre piadoso es vivificante. “Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado” (Sal. 119:93). El conocimiento en la cabeza del hombre natural es como una antorcha en la mano de un muerto, el conocimiento verdadero aviva. El hombre piadoso es como Juan el Bautista: “Antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35). No solo brilla por iluminación, sino que también arde de afecto. El conocimiento de la esposa la hizo estar “enferma de amor” (Cant. 2:5), o “Estoy herida de amor. Soy como el ciervo que ha sido herido con un dardo; mi alma
yace sangrando y nada me puede curar, sino una visión de Él a quien mi alma ama”.
El conocimiento del hombre piadoso es aplicable. “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25). Un medicamento da resultado cuando se aplica; este conocimiento aplicativo es gozoso. Cristo es llamado Fiador (Heb. 7:22). Cuando me estoy ahogando en deudas, ¡qué gozo es saber que Cristo es mi Fiador! Cristo es llamado Abogado (1 Juan 2:1). La palabra griega traducida abogado significa “consolador”.

Versiculo 198

Cuando tengo un caso difícil, ¡qué consuelo es saber que Cristo es mi Abogado, quien jamás ha perdido un caso en una litigación!

Pregunta: ¿Cómo puedo saber si estoy aplicando correctamente lo que sé acerca de Cristo? El hipócrita puede creer que sí lo está haciendo cuando en realidad no es así.
Respuesta: Todo aquel que aplica el evangelio de Cristo, acepta a Jesús y Señor como uno (Fil. 3:8). Cristo Jesús, es mi Señor: Muchos aceptan a Cristo como Jesús, pero lo rechazan como Señor. ¿El Príncipe y el Salvador son uno para usted? (Hech. 5:31). ¿Acepta ser gobernado por las leyes de Cristo al igual que ser salvo por su sangre? Cristo “desde su trono servirá como sacerdote” (Zac. 6:13, Nueva Traducción Viviente). Nunca será un sacerdote que intercede a menos que el corazón de usted sea el trono donde él alza su cetro. Aplicamos bien el evangelio de Cristo cuando lo tomamos como esposo y nos entregamos a él como Señor.

El conocimiento del hombre piadoso es transformador. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Cor. 3:18). Así como el pintor mira un rostro y dibuja uno similar, al mirar a Cristo en el espejo del evangelio somos transformados a similitud de él. Podemos mirar otros objetos que son gloriosos, pero no por mirarlos nos hacen gloriosos; un rostro deforme puede mirar a uno hermoso pero no por eso se convierte él mismo en uno hermoso. El herido puede mirar al doctor y no por eso curarse. En cambio esta es la excelencia del conocimiento divino: nos brinda tal visión de Cristo que nos hace participar de su naturaleza. Como sucedió con Moisés, cuando su rostro resplandeció cuando vio la espalda de Dios porque algunos de los rayos de la luz de su gloria lo alcanzaron.

El conocimiento del hombre piadoso es creciente. “Creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:10). El conocimiento verdadero es como la luz del amanecer que va en aumento hasta su cenit. Tan dulce es el conocimiento espiritual, que más sabe el creyente, más ansía saber. La Palabra llama a esto enriquecerse en toda ciencia
[conocimiento] (1 Cor. 1:5). Más riquezas tiene uno, más quiere tener.

Thomas Watson 8

Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil” en The Sermons of Thomas Watson.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.

La Reforma Protestante y la lectura 2

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Continuemos revisando la relación entre los pre reformadores (del Siglo XV) y reformadores (del Siglo XVI) con la lectura y el compromiso con la difusión de libros.

Juan Huss fue sucesor del inglés John Wycliff (Hussenitz, Reino de Bohemia, c. 1370 – Constanza, Sacro Imperio Romano Germánico, 6 de julio de 1415), sus actividades dejaron una huella imborrable en la historia civil y religiosa del Reino Checo: se desempeñó como teólogo y filósofo, rector de la Universidad Carolina de Praga. Como reformador y predicador se le considera uno de los precursores de la Reforma Protestante, sus seguidores son conocidos como husitas. Un hecho muy importante fue su nombramiento como predicador de la capilla Belén, esta capilla había sido construida por dos laicos, con el expreso deseo de que en ella se predicase la Palabra de Dios al pueblo en lengua común. Cuando estuvo lista, se designó a Huss para predicar en ella. Poco después ocurrió un hecho que sería decisivo para el resto de su vida: llegaron a sus manos unos libros de Juan Wiclef, en un principio, los libros le desconcertaron, pero luego los apreció hasta convertirse en su admirador. La combinación de estos hechos produjo una profunda transformación que derivó en una intensa labor de predicación y publicación lo que provocó su destierro, persecución, encarcelación y finalmente su ejecución luego del Concilio de Constanza. Sin embargo, aquellas complejas circunstancias no impidieron que siguiera trabajando en predicar y escribir, de hecho se cuenta que se ganó la simpatía de hasta de sus mismos carceleros, quienes le pidieron instrucción y consejo. A petición de ellos escribió algunos tratados, como: “Los diez mandamientos”, “La oración dominical”, “El matrimonio”, “Los tres enemigos del hombre” y “Del cuerpo y de la sangre de nuestro Señor Jesucristo, por eso en las portadas de los tratados puso los nombres de los carceleros a cuya petición los había escrito, Además de su obra espiritual, también se recuerdan los méritos que Juan Hus tuvo en el campo de la linguística y la gramática checas. Fue él quien hizo cambios importantes en la ortografía checa, que acompañan a los checos hasta el presente[1].

Gerónimo Savonarolla o Jerónimo de Ferrara (Ferrara, Italia, 21 de septiembre de 1452 – Florencia, 23 de mayo de 1498), fue un religioso dominico, predicador italiano, confesor del gobernador de Florencia, Lorenzo de Médici, organizador de las célebres hogueras de las vanidades donde los florentinos estaban invitados a arrojar sus objetos de lujo y sus cosméticos, además de libros que consideraba licenciosos, como los de Giovanni Boccaccio. Predicó contra el lujo, el lucro, la depravación de los poderosos y la corrupción de la Iglesia católica, contra la búsqueda de la gloria y contra la sodomía, sospechando que estaba en toda la sociedad de Florencia, donde él vivió. Se le compara a Lutero en su denuncia de la corrupción de la Iglesia católica, pero no estableció ninguna base doctrinal, a diferencia del propio Lutero, precursor del cisma protestante. A pesar de sus excesos destacó como escritor y expositor, presentando diferentes aspectos: poeta, artista, profeta, apologista, entre otros.

William Tyndale, (Slymbridge, 1495 – Bruselas, 6 de octubre de 1536) era un estudiante inglés destacado en griego y latín, que llegó a ser una figura clave en el movimiento de la reforma protestante durante los años posteriores a su implantación. Estudió las Universidades de Oxford y Cambridge, se enfurecía por las barreras entre la Biblia y la gente y su anhelo era alimentar no solo la mente sino también el alma del pueblo. Así es que trabajó desde el hebreo, arameo y griego para crear una Biblia en inglés vernáculo, tan legible y apropiada como para una persona inglesa pudiera leerla y basarse en ella para su vida diaria. Luego de muchas tribulaciones y esfuerzo logró terminar su tarea siendo reconocido hasta la actualidad por haber traducido la Biblia del griego y hebreo, además de imprimirla en inglés

A través de este recorrido que nos llevó a través de diferentes tiempos y lugares notamos varias constantes: a saber, las intensas dificultades que atravesaron cada uno a causa de sus convicciones y el compromiso por la difusión de las verdades bíblicas a través de la predicación, publicación y divulgación de la Escritura.

La semana próxima y como punto final analizaremos la obra de Martín Lutero y Juan Calvino.

 

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s

La naturaleza del hombre íntegro

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1. El de corazón íntegro es de un solo sentir, no tiene divisiones. Para el hipócrita hay muchos dioses y muchos señores, y tiene que dar parte de su corazón a cada uno. Pero para el íntegro, hay un solo Dios el Padre y un Señor Jesucristo, y con un solo corazón servirá a ambos. El hipócrita da su corazón a la criatura, y a cada criatura tiene que darle parte de su corazón, y dividir su corazón lo destruye (Os. 10:2). Las ganancias humanas llaman a su puerta, y tiene que darles una parte de su corazón. Se presentan los placeres carnales, y a ellos también tiene que darles parte de su corazón. Aparecen deseos pecaminosos, y les tiene que dar parte de su corazón. Son pocos los objetos necesarios, pero incontables las vanidades innecesarias. El hombre íntegro ha escogido a Dios y eso le es suficiente.

Un solo Cristo es suficiente para un solo corazón; de allí que el rey David oraba en el Salmo 86:11: “Afirma mi corazón para que tema tu nombre”. Es decir: “Déjame tener un solo corazón y mente, y que sea tuyo”. Hay miles de haces y rayos de luz, pero todos se unen y centran en el sol. Lo mismo sucede con el hombre íntegro, aunque tiene mil
pensamientos, todos (por su buena voluntad) se unen en Dios. El hombre tiene muchos fines subordinados ––procurar su sustento, cuidar su crédito, mantener a sus hijos—pero no tiene más que un fin: ser de Dios. Por lo tanto, tiene firmeza en sus determinaciones, esa concentración en sus deberes santos, esa constancia en sus acciones y esa serenidad en su corazón que los hipócritas miserables no pueden logar.

2. El corazón íntegro es recto y sin corrupción. “Sea mi corazón íntegro en tus estatutos, para que no sea yo avergonzado” (Sal. 119:80). Cuando hay más sinceridad, hay menos vergüenza. La integridad es la gran autora de la confianza. Cada helada sacude al cuerpo enfermo, y cada prueba sacude al alma inicua. El íntegro quizá no siempre tenga
un color tan atractivo como el hipócrita, pero su color es natural: es suyo; no está pintado; su estado es firme. La hermosura del hipócrita es prestada; el fuego de la prueba la derretirá.

El íntegro tiene sus enfermedades; pero su naturaleza nueva las remedia, porque en su interior es recto. La lepra domina al hipócrita, pero la esconde. “Se lisonjea, por tanto, en sus propios ojos, de que su iniquidad no será hallada y aborrecida” (Sal. 36:2). Procura
esconderse de Dios, esconderse más de los hombres, y más aún de sí mismo. Con gusto podría seguir así para siempre creyendo que “su iniquidad no será hallada y aborrecida”. En cambio el hombre íntegro  siempre está examinándose y probándose: “¿Soy recto? ¿Estoy en lo correcto? ¿Estoy cumpliendo bien mis deberes? ¿Son mis debilidades según mi integridad?”

El santo íntegro es como una manzana que tiene manchitas en la cáscara, pero el hipócrita es como la manzana con el centro podrido. El cristiano sincero tiene aquí y allá manchitas de pasión, otras de mundanalidad y alguna de soberbia. Pero si lo cortamos y analizamos, lo encontramos recto de corazón. El hipócrita es como una manzana que es lisa y hermosa por fuera, pero podrida por dentro. Sus palabras son correctas, cumple sus deberes con devoción y su vida es intachable; pero véanlo por dentro: su corazón es una pocilga de pecado, la guarida de Satanás.

Richard Steele 1

3. El corazón íntegro es puro, sin contaminación. No es absolutamente puro, porque esa feliz condición es reservada para el cielo; pero lo es en comparación con la contaminación y la vil mezcla que es el hipócrita. Aunque su mano no puede hacer todo lo que Dios manda, su corazón es sincero en todo lo que hace. Su alma se empeña en lograr una pureza perfecta, de manera que de eso deriva su nombre.

“Bienaventurados los limpios de corazón” (Mat. 5:8). A veces falla con sus palabras, con sus pensamientos y acciones también. Pero al poner su corazón al descubierto, se ve un amor, un anhelo, un plan y un esfuerzo para llegar a tener una limpieza real y absoluta. No es legalmente limpio, o sea, libre de todo pecado; pero es limpio según el evangelio, o sea, libre del dominio de todo pecado, especialmente de la hipocresía, la cual es totalmente contraria al pacto de Gracia. En este sentido, el hombre íntegro es el puritano de las Escrituras, y por lo tanto está más lejos de la hipocresía que cualquier otro. Está realmente contento que Dios es el que escudriña los corazones, porque entonces sabe que encontrará su nombre y naturaleza en su propio pueblo escogido.

No obstante, aun el más íntegro de los hombres en el mundo tiene en él algo de hipocresía. “¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?” (Prov. 20:9). Detecta, resiste y aborrece esta hipocresía de modo que no se le puede llamar hipócrita en este mundo, ni condenarlo como tal. Sus propósitos son generalmente puros para la gloria de Dios; el estado de su corazón y de sus pensamientos
son generalmente mejor que su exterior; más se lo estudia, mejor es. Es limpio de deshonestidad en sus relaciones, más limpio aún de toda apariencia de iniquidad ante su familia, más limpio aún en su intimidad, y sobre todo, limpio en su corazón. Aunque hay allí pecado, hay también aversión hacia él, de modo que no se mezcla con él.

El hipócrita escoge el pecado, en cambio, si del íntegro dependiera, no tendría ningún pecado. El viajero puede encontrarse con lodo en su camino, pero hace todo lo que puede por quitárselo. Los cerdos lo disfrutan y no pueden estar sin él. Sucede lo mismo con el hombre íntegro y el hipócrita. Aun el santo más íntegro sobre la tierra a veces se ensucia de pecado, pero no lo programó en la mañana, ni se acuesta con él en la noche. En cambio el hipócrita lo programa y se deleita en él; nunca está tan contento como cuando está pecando. En una palabra, el hipócrita puede evitar el pecado, pero nadie aparte del hombre íntegro, aborrece el pecado.

Versiculo 195

4. El íntegro es perfecto y recto sin reservas. “Observa al hombre perfecto, y mira al íntegro” (Sal. 37:37, traducido de la versión King James para esta obra). Ver al uno es ver al otro. Su corazón está enteramente sujeto a la voluntad y los caminos de Dios. El hipócrita siempre busca algunas excepciones y pone las cosas en tela de juicio.

“Tal pecado no puedo abandonar, tal gracia no puedo amar, tal deber no cumpliré.” Y muestra su hipocresía agregando: “Hasta aquí cederé, pero no más, hasta aquí llegaré. Es consecuente con mis fines carnales, pero todo el mundo no me persuadirá a ir más allá” A veces, el razonamiento del hipócrita lo llevará más allá de su voluntad, su conciencia más allá de sus afectos; no es de un solo sentir, su corazón está dividido, así que fluctúa constantemente.

El íntegro tiene solo una felicidad, y esta es disfrutar de Dios; tiene solo una regla, y esta es su santa voluntad; tiene una sola obra, y esta es complacer a su Hacedor. Por lo tanto, es de un solo sentir y resuelto en sus decisiones, en sus anhelos, en sus caminos y su planes. Aunque puede haber alguna tardanza en el cumplimiento de su misión principal, no titubea ni vacila entre dos objetos, porque está enteramente decidido, de modo que de él puede decirse que es “perfecto e íntegro, sin falta alguna”.

Hay en todo hipócrita algún tipo de baluarte que nunca ha sido entregado a la soberanía y el imperio de la voluntad de Dios. Alguna lascivia se fortifica en la voluntad; en cambio, donde entra la integridad esta lleva cada pensamiento cautivo a la obediencia de Dios. Dice: “Jehová Dios nuestro, otros señores fuera de ti se han enseñoreado de nosotros; pero en ti solamente nos acordaremos de tu nombre” (Isa. 26:13). Aquí está el íntegro.

5. El corazón íntegro es cándido y no tiene malicia. “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal. 32:2). He aquí ciertamente un mensaje bendito. ¡Ay! Tenemos grandes y muchas iniquidades; ¿no es mejor para nosotros ser como si nunca hubiéramos pecado? Por cierto que una falta de culpa es tan buena para nosotros como si nunca hubiera sucedido una falta; que los pecados remitidos son como si nunca se hubieran cometido; que en el libro de deudas pendientes estas estuvieran tachadas como si nunca hubiera existido la deuda. Pero, ¿quién es ese hombre bendito? Aquel “en cuyo espíritu no hay engaño”, es decir no hay engaño fundamental.

Él es el hombre que sin engaño ha pactado con Dios. No tiene ningún engaño que lo lleve a ceder a alguna forma de iniquidad. No hace tretas con Dios ni con los hombres ni con su propia conciencia. No esconde sus ídolos cuando Dios está revisando su tienda (Jos. 7:21). En cambio, como sigue diciendo el Salmo 32:5, reconoce, aborrece y deja su pecado. Cuando el hombre íntegro confiesa su pecado, le duele el corazón y está profundamente perturbado por él; no finge para disimularlo. Aquel que le finge a Dios, le fingirá a cualquier hombre en el mundo. Vean la gran diferencia entre Saúl y David. Saúl es acusado de una falta en 1 Samuel 15:14. Él la niega, y vuelve a ser acusado en el versículo 17. Sigue restándole importancia al asunto y busca hojas de higuera para tapar todo. Pero David, de corazón honesto, es distinto: se le acusa, y cede; una pequeña punción abre una vena de sufrimiento en su corazón. Lo cuenta todo, lo vuelca en un salmo que concluye diciendo “He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo” (Sal. 51:6). El hombre sincero dice: “En cuanto a mí, con el íntegro me mostraré íntegro”.

Tomado de The Character of the Upright Man. Soli Deo Gloria

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Richard Steele (1629-1692): Predicador y autor puritano; nacido en Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

Descripción de la verdadera piedad

Blog78

Siendo la Verdadera Piedad muy extraña para la mayoría de los hombres y por ende conocida por pocos, en primer lugar y antes de entrar de lleno en el tema, trataré de describirla. Muchos erran grandemente al entenderla como Moralidad; otros la confunden con Piedad Falsa; y otros, ya sea por ignorancia o malicia, la pregonan
desvergonzadamente llamándola Singularidad, Terquedad, Orgullo o Rebelión. Estos últimos declaran que esta no merece existir por ser una perturbadora sediciosa de la paz y el orden dondequiera que aparece.

Sí, una compañera tan contenciosa y querellosa que es la causa de todas esas desdichadas diferencias, divisiones, problemas y desgracias que abundan en el mundo. Por lo tanto, he llegado a la conclusión que no hay nada más necesario que quitar esa máscara que sus enemigos implacables le han puesto y exonerarla de todas las calumnias y los reproches de los hijos de Belial. Cuando entonces aparece en su propia inocencia original e inmaculada, nadie necesita tenerle miedo, ni negarse a aceptarla o estar avergonzado de hacerla suya y de convertirla en la compañera de su corazón.

Sepamos, entonces, en primer lugar, que la piedad consiste del conocimiento correcto de las verdades divinas o los principios fundamentales del evangelio, los cuales todos los hombres deben conocer y dominar. “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la  piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Tim. 3:16). Vemos por este texto que las grandes verdades de la religión cristiana son llamadas piedad.

Ahora bien, si alguno quiere saber más en detalle qué son esos principios de la verdad divina o los fundamentos de la fe cristiana, los cuales son lo esencial de la Verdadera Piedad, respondo:

1. Que hay un Dios eterno, infinito, santísimo, omnisapiente, absolutamente justo, bueno y lleno de gracia, o la Deidad gloriosa que existe en tres Personas ––el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— y estos son uno, a saber, uno en su esencia.

2. Que este Dios, por su gran amor y bondad, nos ha dado una regla de fe y práctica segura e infalible que son las Santas Escrituras. Por ellas, podemos conocer, no solo que hay un Dios y Creador, sino también la manera como fue creado el mundo, con los designios o la razón por la cual hizo todas las cosas. También nos es dado saber cómo entró el pecado en el mundo y cuál es la justicia que Dios requiere para nuestra justificación (o la liberación de la culpabilidad del pecado), a saber, por un Redentor: su propio Hijo, a quien mandó al mundo. No existe ninguna otra regla o camino para saber estas cosas a fin de que los hombres sean salvos aparte de la revelación o los registros de las Sagradas Escrituras, siendo el misterio de la salvación muy por encima del razonamiento humano y por lo tanto, imposible conocer por medio de la iluminación natural en los hombres.

3. Que nuestro Redentor, el Señor Jesucristo, quien es la Garantía del Nuevo Pacto y el único Mediador entre Dios y los hombres, es realmente Dios (de la esencia del Padre) y realmente hombre (de la sustancia de la virgen María), teniendo estas dos naturalezas en una Persona, y que la redención, paz y reconciliación son únicamente por medio de este Señor Jesucristo.

4. Que la justificación y el perdón del pecado son exclusivamente por esa satisfacción plena que Cristo hizo de la justicia de Dios y se logran solo por fe a través del Espíritu Santo.

5. Que todos los hombres que son o pueden ser salvos tienen que ser renovados, regenerados y santificados por el Espíritu Santo.

6. Que en el Día Final habrá una resurrección de los cuerpos de todos los hombres.

7. Que habrá un juicio eterno, a saber, todos comparecerán ante el tribunal de Jesucristo en el gran Día y darán cuenta de todas las cosas hechas en el cuerpo, y que habrá un estado futuro de gloria y felicidad eterna para todos los creyentes verdaderos, y de tormento y sufrimiento eterno para todos los no creyentes y pecadores, quienes viven y mueren en sus pecados. Ahora bien, en el verdadero conocimiento y creencia de estos principios (que son el fundamento de la verdadera religión o de la fe cristiana) radica la Verdadera Piedad en lo que respecta a su parte esencial.

En segundo lugar, Piedad en lo más profundo es una conformidad santa con estos principios sagrados y divinos, que el hombre natural no comprende. La Verdadera Piedad consiste de la luz de las verdades y la vida de gracia sobrenaturales, Dios manifestándose a la luz de esos gloriosos principios y obrando la vida de gracia sobrenatural en el alma por medio del Espíritu Santo. Consiste del conocimiento salvador y personal de Dios y Jesucristo y de habérsele quitado las cualidades
pecaminosas del alma y habérsele infundido hábitos celestiales en su lugar o en una conformidad e inclinación hacia el corazón de Dios, aferrándose a todas las verdades que nos han sido dadas a conocer y encontrando las poderosas influencias del evangelio y del Espíritu de Cristo sobre nosotros, de manera que nuestras almas son a imagen y
parecido de su muerte y resurrección. Esto es Verdadera Piedad. No es meramente atenerse a los principios naturales de moralidad ni a un conocimiento dogmático o teórico de los evangelios sagrados y sus preceptos; sino una conformidad fiel a los principios del evangelio, cumpliendo nuestros deberes con la mejor predisposición hacia Dios al igual que hacia los hombres, para que nuestra conciencia se mantenga libre de ofensas hacia ambos (Hech. 24:16).

Consiste en abandonar el pecado y aborrecerlo como la peor maldad y aferrarse a Dios de corazón, valorándolo a él por sobre todas las cosas, estando dispuestos a sujetarnos al principio del amor divino, a todas sus leyes y mandatos. La piedad lleva al hombre a decir con el salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?” (Sal. 73:25). San Agustín dice: “Aquel que no ama a Cristo por sobre todas las cosas, no lo ama en absoluto”. El que tiene Verdadera Piedad es celoso de la obra de la religión al igual que de la paga de la religión. Hay algunos que sirven a Dios para poder servirse de Dios. En cambio, el cristiano auténtico anhela gracia, no solo que Dios lo glorifique en el cielo, sino también poder él glorificar a Dios en la tierra. Exclama: “Señor, dame un corazón bueno en lugar de muchos bienes”. Aunque ama muchas cosas además de amar a Dios, no ama esas cosas más de lo que ama a Dios. Este hombre teme al pecado más que a los sufrimientos, y por lo tanto prefiere sufrir que pecar.

En tercer lugar, para poder tener un conocimiento completo y perfecto de ella, quizá no esté de más describir su forma (2 Tim. 1:13; 3:5) junto con las vestimentas que usa continuamente. Las partes externas de la Verdadera Piedad son muy hermosas. No sorprende que lo sean, ya que fueron diseñadas por la sabiduría del único y sabio Dios, nuestro Salvador, cuyas manos son totalmente gloriosas. Pero esto, la formación de la Piedad, siendo uno de los más elevados y más admirables actos de su sabiduría eterna, por supuesto excede toda gloria y belleza. Su forma y hermosura externa son tales que no necesitan artificios humanos para adornarla o para demostrar o destacar la beldad de su semblante; porque no hay nada defectuoso en lo que respecta a su forma evangélica y apostólica, debido a que surgió de las manos de su gran Creador. Como de pies a cabeza no hay nada superfluo, igualmente sus líneas y figura, venas, nervios y tendones:
todos están en un orden tan exacto y admirable, que nada se le puede agregar a su belleza. Por lo tanto, cualquiera que agrega o altera cualquier cosa relacionada con la forma de la verdadera Piedad, la mancha y profana en lugar de embellecerla. Además, Dios ha prohibido estrictamente que se haga esto. “No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso” (Prov. 30:6), adjudicando a Dios algo que no es suyo. ¿Acaso no llaman los papistas adoración a Dios a esas ceremonias supersticiosas y vanas usadas en su iglesia? ¿Y qué es esto más que mentirle? Además, tratar de cambiar
o alterar algo a la forma de la Piedad es cuestionar a Dios, como si Dios no supiera cuál es la mejor manera de adorarle y tuviera que recurrir al hombre para obtener su ayuda, sabiduría e ingenio, agregando muchas cosas que este considera decentes y necesarias. ¿Acaso no es cuestionar el cuidado y la fidelidad de Dios, suponer que no tendría cuidado él de incluir en su bendita Palabra las cosas que son imprescindibles para la Piedad, sin tener que depender del cuidado y sabiduría del hombre débil para que agregue lo que él omite?

Todos, entonces, pueden percibir que la Verdadera Piedad nunca cambia su semblante. Su aspecto no ha cambiado ni en lo más mínimo del que tenía en la antigüedad. No, ciertamente nada le resulta más insólito que esas vestimentas pomposas, esas vestiduras,
supersticiones, imágenes, cruces, sales, óleo, agua bendita y otras ceremonias que para muchos son necesarias para su existencia. Por lo Descripción de la verdadera piedad tanto, hay que tener cuidado de no confundir la forma falsa de la Piedad con la verdadera. Solo falta destacar una cosa más, a saber, tenemos que estar seguros de recibir el poder de la Piedad junto con su forma, pues su forma sin su vida interior y su poder de nada sirve: es como el cuerpo sin el alma, la mazorca sin el grano o el alhajero sin las joyas. Tampoco debe nadie descuidar su forma, porque recordemos lo que el Apóstol dice de “forma de doctrina” (Rom. 6:17) y de “la forma de las sanas palabras” (2 Tim. 1:13); porque así como hemos de aferrarnos a la fe auténtica, hemos también de profesarla.

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Benjamin Keach (1640-1704): Predicador y autor bautista particular inglés y defensor ardiente de los principios bautistas, aún contra Richard Baxter. A menudo en prisión y en peligro por predicar el evangelio, fue el primero en incluir el canto de himnos en el culto de las congregaciones inglesas. Nació en Stokeham, Buckinghamshire, Inglaterra.

El Príncipe de Paz

Blog77

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”.

Una gran bendición que Cristo en su testamento ha legado a sus verdaderos seguidores es su paz.

Aquí hay dos cosas que yo observaría particularmente

Que Cristo ha legado a los creyentes verdadera paz, y que la paz que les ha dado es su paz. Nuestro Señor Jesucristo ha legado verdadera paz y consuelo a sus seguidores. Cristo es llamado Príncipe de paz (Isaías 9:6). Y cuando nació en este mundo, los ángeles en esa feliz y maravillosa ocasión cantaron, Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra. Porque de esa paz que Él procurará y legará a los hijos de los hombres es especialmente el beneficio del que habla el texto. Este Cristo ha provisto para sus seguidores, y ha puesto fundamentos para poder disfrutar de ello, en esto Él ha procurado para ellos las otras dos cosas: Paz con Dios y paz los unos con los otros. Él ha provisto para ellos paz y reconciliación con Dios y su favor y amistad, en esto se satisfizo por sus pecados y estableció fundamentos para la perfecta eliminación de la culpa del pecado, y el perdón de todas sus transgresiones, alcanzó para a ellos una perfecta y gloriosa justicia aceptable ante Dios y suficiente para recomendarles para la aceptación completa de Dios, para la adopción como hijos y para los eternos frutos de su paternal favor.


Jonathan Edwards (5 de octubre de 1703-22 de marzo de 1758) fue un teólogo, pastor congregacional y misionero para los nativoamericanos durante la época colonial. Es conocido como uno de los más grandes y profundos teólogos protestantes en la historia de los Estados Unidos. Su obra tiene un alcance muy amplio, pero suele ser a menudo asociada con su defensa de la teología calvinista y el patrimonio puritano.

Dios cumplirá su palabra

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“Dios no es hombre, para que mienta” (Núm. 23:19).

ASI NO hay peor cosa que manifieste con más fuerza la depravación de nuestra naturaleza que esa propensión a mentir que percibimos en los niños en cuanto empiezan a hablar. Cuando los hombres ya han desarrollado su razonamiento, con demasiada frecuencia se desvían de la verdad, a veces por olvido, a veces por un cambio de sentimiento o de manera de pensar y a veces por su incapacidad de cumplir su palabra. Por lo tanto, es característico del hombre mentir: y todos somos tan sensibles a esto, que en cuestiones muy importantes exigimos de los hombres un juramento que confirme su palabra, y hacemos con ellos acuerdos por escrito, que somos cuidadosos en que sean correctamente avalados. Ahora bien, tenemos la tendencia de “pensar que Dios es alguien como nosotros”, y que podemos convencerlo de que “cambie la palabra que ha salido de su boca”. Resulta evidente que Balac tenía este concepto de él y procuró con muchos y repetidos sacrificios desviarlo de su propósito. Pero Balaam fue inspirado a declarar la vanidad de semejante esperanza, y de confirmar por medio de una
comparación muy humillante la inmutabilidad de Jehová.

Para demostrar el significado completo de sus palabras, observamos que:

I. Algunos piensan que Dios miente. Dios nos ha dicho en fuertes y repetidas declaraciones que “tenemos que nacer de nuevo”: pero esto no lo creen para nada:

1. Los profanos
Se convencen a sí mismos que la severidad en la religión que implica el nuevo nacimiento no es necesario; y que irán al cielo a su manera.
2. Los farisaicos
Consideran la regeneración como un sueño de devotos débiles; y se quedan satisfechos con “la forma externa de piedad” sin experimentar “el poder de ella”.
3. Los eruditos hipócritas de la religión
Estos, habiendo cambiado su credo junto con su conducta exterior, se creen cristianos, a pesar de que su fe no “vence al mundo”, ni “obra por amor”, ni “purifica sus corazones”.
No cabe duda de que todas estas personas creen que Dios puede mentir: porque si realmente creyeran que “las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”antes de poder entrar en el reino de Dios, se preocuparían por saber si tal cambio ha ocurrido en ellos; no estarían tranquilos hasta tener una evidencia bíblica de que realmente son “nuevas criaturas en Cristo Jesús”. Pero como esto no es de ninguna manera el caso de ellos; es evidente que “no creen el registro de Dios” y, en consecuencia, por más dura que parezca la expresión, “hacen de Dios un mentiroso”. Mientras que algunos no vacilan en tener estos deshonrosos pensamientos acerca de Dios,

II. Otros temen que pueda mentir. Esto es común entre las personas:

1. Bajo convicción de pecado
Cuando los hombres están profundamente convencidos de pecado, les resulta muy difícil descansar simplemente en las promesas del evangelio. Dios promete no echar fuera a nadie que acuda a él por medio de Cristo Jesús; de lavarles los pecados más negros y de
colmarlos de todas las bendiciones de la salvación gratuitamente “sin dinero y sin precio”. Ahora bien, esto parece demasiado bueno como para ser verdad: no pueden concebir cómo Dios pueda “justificar al impío” y, por lo tanto, se esfuerzan por llegar a ser píos primero, a fin de ser justificados: y si no pueden acercarse primero con algún pago en sus manos, se quedan atrás, y caen en temores desalentadores.
2. Bajo tentación o deserción
Dios ha declarado que “no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar”. Pero cuando se enfrentan con la tentación, es probable que digan, como David; “Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl” (1 Sam. 27:1). No ven modo de escapar y, por lo tanto, temen que la próxima ola los vencerá totalmente.
Si Dios en estas ocasiones esconde su rostro, concluyen que “no hay esperanza”, piensan que “su misericordia ha desaparecido para siempre, su bondad ha terminado para siempre”, pero en realidad Dios con tanta frecuencia y tan expresamente ha declarado que “No te desampararé, ni te dejaré” (He. 13:5).
Ahora bien, esta personas, a diferencia de los impíos, no piensan a conciencia que Dios puede mentir; pero tienen temores nacidos de la duda de que acaso sí mienta: y que así piensan es obvio porque, de lo contrario, creerían lo que Dios dice: “confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios” (Isa. 50:10).
Así es generalmente la veracidad de Aquél que es la verdad misma, que no puede ser cuestionada ni negada:

III. Dios no miente ni puede mentir. Es inexpresablemente humillante que los pastores se vean forzados a vindicar la veracidad de Dios. Pero en vista de que él mismo ha
considerado apropiado hacerlo en los oráculos sagrados, y como la falta de fe de los hombres es tan profunda, es necesario que procedemos a demostrar que:

1. Dios no miente
Primero, escuchemos los testimonios de los que lo pusieron a prueba. ¿Ha habido alguien con más oportunidad de probar su fidelidad que Moisés, Josué y Samuel? Todos ellos dan testimonio de la manera más solemne de que nunca fueron engañados en nada, ni de que jamás lo serían (Deut. 32:4; Jos. 23:14; 1 Sam. 15:29).
Segundo, prestemos atención a las propias afirmaciones y apelaciones de Dios (Isa. 5:4; 49:19). ¿Acaso se aventuraría a hablar con tanta fuerza para defenderse a sí mismo si sus criaturas pudieran confirmar sus acusaciones en su contra? Amenazó castigar a los
ángeles si desobedecían; pronunció una maldición sobre Adán si comía del árbol prohibido; amenazó destruir todo el mundo con un diluvio; y de destruir a Sodoma y Gomorra con fuego y azufre y de dispersar sobre la faz de la tierra a los que una vez fueron su pueblo escogido. Considere ahora si no cumplió con alguna de estas
amenazas. También prometió que enviaría a su único y amado Hijo a morir por los pecados; y de hacerlo grande entre los gentiles mientras que su propia nación lo rechazaba casi universalmente. ¿Acaso ha sido olvidada cualquiera de estas promesas? O, si tales promesas y amenazas han sido cumplidas, ¿hay alguna razón para dudar de
alguna otra parte que todavía tiene que cumplirse? ¿Acaso no son sus acciones del pasado pruebas y votos de lo que realizará en el futuro? (2 Ped. 2:4-9; Judas 7).
2. No puede mentir
La verdad es tan esencial a la naturaleza divina como lo son la bondad, la sabiduría, el poder o cualquier otro atributo; así que puede tan fácilmente dejar de ser bueno, o sabio o poderoso, como puede dejar que “ni una jota ni un tilde perezca de la ley”. Si pudiera
despojarse por un momento de la verdad, dejaría de merecer toda la confianza o el afecto. Si uno dice de alguien: “Es grande, y sabio, y generoso, pero no se puede depender de su palabra”, ¿no sería considerado en general como una persona despreciable? ¿Cómo
entonces, sería degradado Jehová si se le pudiera imputar semejante debilidad?
Parece que San Pablo fue particularmente cuidadoso en prevenirnos contra tener la duda aun más pequeña acerca de la veracidad divina; porque abunda en expresiones que declaran su perfección. Dice: “Dios… no puede mentir” (Tito 1:2) y también “no
se puede negar a sí mismo” (2 Tim. 2:13) y luego en términos más contundentes: “Es imposible que Dios mienta” (He. 6:18). Ni se piense que esto le quitaría poder a Dios: porque poder mentir sería una debilidad en lugar de una perfección: y así como es una
vergüenza que el hombre esté propenso a violar su palabra, es honroso para Dios el hecho de que no mienta ni pueda mentir.

IV. Aplicación

1. ¡Cuán vanas son las expectativas de los inconversos!
Los hombres, cualquiera sea su estado, se convencen a sí mismos de que serán felices cuando mueran. ¡Pero qué ilusa es esa esperanza que se basa en la expectativa de que Dios resultará ser mentiroso! ¿Quiénes somos nosotros (por así decir) para que Dios deje de ser Dios a causa de nosotros? ¿Y qué seguridad podríamos tener si nos admitiera al cielo en oposición directa a su propia palabra? ¿Acaso no podría volver a cambiar su palabra y arrojarnos al infierno al final? Ciertamente el cielo no sería cielo si estuviéramos en una condición tan precaria. Dejemos a un lado tales esperanzas ilusas. Aprendamos a temblar ante la palabra Dios; y procuremos conseguir ese cambio
total tanto del corazón como de la vida, a los cuales están anexadas las promesas de salvación.
2. ¡Cuán infundados son los temores de los convertidos!
Existe un temor o celo santo que es de alta estima para todos, por más eminentes y maduros que sean. Pero hay un temor atormentador y servil que brota de la falta de fe, que retrasa grandemente nuestro progreso en la vida divina. Nos preguntamos: ¿Este temor surge de una aprehensión de nuestra propia falta de fe o de la de Dios? Si lo
que dudamos es la fidelidad de Dios, sepamos que son “sin arrepentimiento las mercedes y la vocación de Dios” (Rom. 11:29) y que “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Pero si desconfiamos de nuestra propia
fidelidad, reflexionemos de quién depende nuestra fidelidad: si dependemos totalmente de nosotros mismos, ¿quién entre nosotros será salvo? Gracias sean dadas a Dios, pues el que ha sido el autor de nuestra fe, se ha comprometido a consumarla; (He. 12:2) y ha
prometido no sólo que no se alejará de nosotros, sino que pondrá su temor en nuestros corazones a fin de que no nos alejemos de él (Jer. 32:39, 40). Entonces afirmemos que “Dios es verdadero” (Juan 3:33).

Consagrémonos a él en quien hemos creído, y tengamos por seguro de que si permanecemos sobre el fundamento de su palabra, estamos inquebrantablemente seguros (2 Tim. 2:19).

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Charles Simeon (1759-1836): predicador y escritor evangélico anglicano que tuvo una influencia duradera sobre el pensamiento evangélico británico; la experiencia angustiosa de su conversión le impresionó para siempre con el poder de la Cruz. Predicó teniendo tres propósitos: “humillar al pecador, exaltar al Salvador, promover la santidad”. Nació en Reading, Inglaterra.

La Fidelidad de Dios (de generación en generación). Parte 2

 Blog75

6. Sentirse satisfechos con la verdad de la fidelidad de Dios es de gran importancia para los creyentes. En parte porque la fidelidad de nosotros a Dios recibe mucho aliento de la fidelidad de él para con nosotros. Los que no confían en Dios no pueden serle fieles por
mucho tiempo: (He. 3:12) “Mirad, hermanos, que en ninguno de vosotros haya corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo”; y (Stg. 1:8) “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”; uno que no se aferra firmemente a Dios y siempre vacila, estando dividido entre esperanzas y temores con respecto a si es aceptado por Dios. El cristiano indeciso está dividido entre Dios y algún otro camino ilícito “por si acaso”, dividido entre los caminos de Dios y los propios, y no puede depender silenciosamente de sus promesas, sino que es llevado de un lado para otro, no se pone enteramente en las manos de Dios, sino que se apoya en su propia seguridad carnal. Y en parte porque Dios es invisible, él trata con nosotros por medio de representantes, por medio de mensajeros quienes nos traen la palabra. No vemos a Dios en persona: (He. 13:7) “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; la fe de los cuales imitad, considerando cuál haya sido el éxito de su conducta”, su manera de vivir, su perseverancia hasta la muerte en esta fe y esperanza, y en parte porque las promesas son futuras, y las principales se cumplirán en otro mundo. Ahora nada nos sostendrá sino la fidelidad de Dios: (Prov. 11:18) “El impío hace obra falsa: mas el que sembrare justicia, tendrá galardón firme”. Los hombres se creen felices en su pecado, pero al final son engañados; pero nadie que confía en el Dios vivo y verdadero puede ser engañado. En parte porque muchas de las promesas contradicen la lógica; como cuando el alma está llena de angustia por la culpa del pecado: (1 Juan 1:9) “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad”. Y el poder del pecado: (1 Tes. 5:24) “Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará”. Sostenidos en grandes aflicciones; (1 Cor. 10:13) “Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar”. A fin de que podamos resistir en el juicio: (1 Cor. 1:9) “Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo Jesucristo nuestro Señor”. He aquí la gran seguridad y el puntal del cristiano. La fidelidad de Dios, de la cual testifican cristianos de ahora y de todas las épocas, confesando que han descubierto por su experiencia que la palabra de Dios es cierta, nos han transmitido la religión por medio de su consentimiento constante; y nos la han dejado sellada por la fidelidad de Dios; y por lo tanto debemos perseverar en nuestro deber para con Dios.

II. Manifestado por un emblema
Hemos de considerarlo, porque es una ayuda para frecuente meditación, y porque siempre lo tenemos delante de los ojos; y no tienen excusa los que no ven a Dios en esto; cada vez que pisamos el suelo podemos recordar la estabilidad de las promesas de Dios.

 

Y es también una confirmación de fe, en esta forma:
1. La estabilidad de la tierra es el efecto de la palabra de Dios, éste es el verdadero pilar sobre el que permanece la tierra; porque sustenta “todas las cosas con la palabra de su potencia”, (He. 1:3; Sal.33:9): “Porque él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió”. Ahora bien, su palabra poderosa nos ayuda a depender de su palabra de promesa.
Dios, quien hace lo que le place, nunca falla en lo que promete. Vemos claramente que cualquier cosa que permanece por la voluntad y palabra de Dios, no puede ser desbaratada. ¿Cómo fue? ¿Cómo fue que este mundo llegó a ser? Es la obra y el producto de ese Dios cuya palabra y promesa tenemos en las Escrituras. Ciertamente el poder de
este Dios no puede fallar, a él le es tan fácil hacer como decir.

Thomas Manton 5

2. Pareciera que el globo con su tierra y agua no tiene en qué apoyarse y descansar; (Job 26:7) “Extiende el alquilón sobre vacío, cuelga la tierra sobre nada”. Ahora bien, que este cuerpo vasto y voluminoso se esté apoyando sobre el aire inestable como si estuviera
sobre un fundamento firme es algo que maravilla. En el libro de Job, capítulo 38:6 aparece esta pregunta: “¿Sobre qué están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra angular?” Pero firme está, aunque está suspendido como una pelota en el aire. El globo de la tierra está rodeado de regiones de aire y las esferas celestiales, y no tiene ningún
soporte para sostener un cuerpo tan pesado colgando en medio de una expansión tan inmensa; no obstante, Dios la ha colocado y establecido con tanta firmeza como si descansara sobre una base y un fundamento sólido; tan extraño es el lugar en que está que, siendo un cuerpo pesado, uno pensaría que caería en cualquier momento; pero
que, cuando nos lo imaginamos, debe, contrariamente a la naturaleza de tal cuerpo, caer para arriba, y por ende, no puede caer a su ruina pues cae al cielo. Ahora bien, así como su palabra sostiene tal peso, también todo el peso de la iglesia, y nuestra propia carga se apoyan en la promesa de Dios; él puede, por el poder de su palabra, hacer las cosas más grandiosas no por medios visibles; (Luc. 7:7) “Mas di la palabra, y mi siervo será sano”. Por lo tanto, su pueblo puede confiar en su providencia; él puede sostenerlos en cualquier aflicción, cuando aparentemente no hay ninguna ayuda y ningún alivio.

3. La firmeza y estabilidad ofrecen motivos de reflexión. La tierra permanece en la misma órbita y condición en que Dios la dejó, en tanto siga el presente orden natural: (Sal. 104:5) “Él fundó la tierra sobre sus basas; no será jamás removida”. La verdad de Dios es tan inamovible como la tierra; (Sal. 117:2) “La verdad de Jehová es para
siempre”. Ciertamente, si el fundamento de la tierra permanece seguro, el fundamento de nuestra salvación en Jesucristo es mucho más seguro: “Hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas”. (Mat. 5:18). Si la ley dada por Moisés es tan segura, mucho más lo son las promesas de salvación en Cristo: (2 Cor. 1:20) “Porque todas las promesas de Dios son en el Sí, y en el Amén”.

Versiculo 188

4. La estabilidad en medio de cambios: (Ecl. 1:4) “Generación va, y generación viene: mas la tierra siempre permanece”. Cuando el hombre muere, la tierra queda como habitación para otros, y permanece donde está cuando los habitantes van de un lado para otro, y ya no la pueden disfrutar. Todas las cosas en el mundo están sujetas a muchas revoluciones, pero la verdad de Dios es una y siempre es la misma. Las vicisitudes en el mundo no derogan su fidelidad a las promesas; él cambia todas las cosas, y él mismo no cambia. Aunque aparezcan cosas nuevas en el mundo, contamos con una regla segura para regirnos, y promesas seguras en las cuales apoyarnos. Y, por lo tanto, en cualquier condición, debemos ser siempre fieles hacia Dios, y no hay duda de que él será siempre fiel para con nosotros.

5. En el hecho de sostener el cuerpo del planeta, se pueden ver todos esos atributos que son puntal firme para el corazón del creyente, como ser: sabiduría, poder y bondad. Sabiduría: (Prov. 3:19) “Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con
inteligencia”. Contémplelo, es la obra de un ser sabio. Lo mismo sucede con el poder: Esta gran estructura es sostenida por su poder supremo. Su bondad se nota en que hizo que la tierra fuera firme y seca, a fin de ser adecuada como hábitat de los hombres; este es un milagro permanente de bondad. Lutero dice que somos mantenidos, como lo fueron los israelitas, en el medio del Mar Rojo. El salmista nos dice; (Sal. 24:2) “Porque él la fundó sobre los mares, y afirmóla sobre los ríos”. Esa parte del planeta en que vivimos sería súbitamente cubierta por las aguas si no fuera por la bondad de Dios, porque éste, el orden de la naturaleza ya se vio en el principio de la creación, (Gén. 1:7), que próximas al aire estaban las aguas que cubrían toda la superficie de la tierra. Pero Dios hizo cavidades en la tierra para recibir en ellas las aguas, y orillas tales que detienen y doman el vasto océano a fin de que no avance (Gén 1:9); y ahora por su providencia el agua está debajo de la tierra, y la tierra permanece tan firme sobre ese cuerpo inestable como si estuviera sobre un fundamento sólido; lo cual, siendo una obra sabía tan bien dispuesta,
es un efecto de la bondad de Dios para la preservación de la humanidad. Y aunque, en un tiempo, por los pecados del mundo, mandó que estas aguas se salieran de sus límites e inundaran la tierra, Dios ha prometido firmemente que eso nunca volvería a suceder; por lo cual su verdad es también verificada y aplicada al pacto de la gracia; (Isa. 54:9) “Porque esto me será como las aguas de Noé; que juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré”. El
pacto de gracia es un pacto tan seguro como él que hizo después del diluvio; por lo cual no podemos considerar a esta tierra más que como un emblema de aquellos atributos que confirman nuestra fe en confiar en Dios hasta que sus promesas se nos cumplan.

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III. Aplicación
Estemos, entonces más firmemente persuadidos de la fidelidad de Dios a fin de poder depender de que preservará tanto a la iglesia como a nosotros, en el camino que debemos seguir, hasta que disfrutemos de nuestra recompensa final.

1. Para preservación del reino de Cristo, la fidelidad de Dios se manifiesta principalmente en el gobierno de su iglesia o del reino espiritual, y éste es un reino que no puede ser conmovido aunque todo lo demás sea sacudido: (He. 12:28) “Así que, tomando el reino inmóvil”. Cristo no puede ser una cabeza sin miembros, ni rey sin
súbditos. Y la palabra nos dice: (Mat. 16:18) “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Suceden muchos desórdenes, pero dependamos de la fidelidad de Dios. El mundo estaba bien dirigido antes de que nosotros hiciéramos nuestra entrada, y otras
generaciones han tenido la experiencia de la fidelidad de Dios, aunque nos quejamos de que no vemos señales para nosotros ni ninguna muestra para bien.

2. Para la preservación de nuestros cuerpos en el reino celestial. Tenemos muchos desalientos adentro y afuera, pero mientras perseveremos en nuestro deber, Dios no nos fallará; su palabra es tan segura como la tierra: (2 Tes. 3:3) “Mas fiel es el Señor, que os
confirmará y guardará del mal”. Dios ha prometido no sólo darnos nuestra recompensa final, sino también asegurar y defender a su pueblo en el camino, a fin de que no sean vencidos por las maldades que encuentran en su peregrinaje.

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Thomas Manton (1620-1677): predicador puritano inconformista. Graduado de Oxford, predicó hasta que se lo prohibió el Acto de Uniformidad de1622. Desde 1662 hasta 1670 predicaba en su propia casa, pero finalmente fue arrestado y encarcelado por seis meses. Después fue el predicador de los comerciantes de Londres en Pinners’ Hall. James Ussher lo llamó “uno de los mejores predicadores en Inglaterra”. Fue nombrado como uno de los tres empleados administrativos en la Asamblea de Westminster. Nació en Lawrence-Lydiat, condado de Somerset, Inglaterra.

La Fidelidad de Dios (de generación en generación). Parte 1

Blog74

Por generación y generación es tu verdad; tú afirmaste la tierra, y persevera

(Salmo 119:90).

ESTAS PALABRAS contienen una verdad que es:

(1.) Confirmada por la experiencia; (2.) Representada por un emblema apropiado y vivo “Tú afirmaste la tierra, y persevera”. Antes había dicho: “Permanece tu palabra en los cielos”. Ahora habla de ella manifestada en la tierra. Allí la constancia de las promesas de Dios es atestiguada por la duración y estabilidad de la moción de los cuerpos celestiales, ahora por la firmeza y lo inamovible de la tierra. La palabra poderosa y la providencia de Dios abarcan todo el mundo, esta parte más baja sobre la tierra al igual que la parte más alta de los cielos.

La doctrina: Que en todas las edades Dios siempre se ha manifestado como un Dios verdadero y fiel a todas sus promesas. Aquí, esto es confirmado por experiencia y manifestado por un emblema.

I. Confirmado por la experiencia
1. La fidelidad de Dios se relaciona con una promesa por la cual se ha comprometido con su pueblo: (He. 11:11) “Porque creyó ser fiel el que lo había prometido”. Es su merced hacer promesas, pero es su fidelidad y verdad las que las cumplen. Su verdad es  empeñada con cada criatura hasta su cumplimiento. “Otorgarás a Jacob la verdad, y
a Abraham la misericordia, que tú juraste a nuestros padres desde tiempos antiguos” (Mic. 7:20).

2. Su verdad depende de su naturaleza inmutable, pero nos es confirmada por la experiencia. “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo, los que nos acogemos a trabarnos de la esperanza propuesta” (He. 6:17, 18). Si podemos discernir que una promesa procede de Dios, no podemos tener más razón para dudarla que para dudar de la naturaleza y la persona de Dios. Sí, la experiencia lo
confirma: (Sal. 18:30) “Es acendrada la palabra de Jehová”. Somos guiados por cosas sensatas, y lo que ha sido hecho nos asegura lo que será hecho, o lo que podemos esperar de Dios.

3. Dios siempre ha sido cuidadoso de su verdad a fin de que la promesa tenga respuesta, y que podamos saber que el Dios que ha sido fiel y se ha mantenido en contacto con el mundo hasta ahora, nos asegura de que ciertamente no fallará. Los paganos atribuían una doble perfección a sus dioses. Así que el Dios verdadero es conocido por su misericordia y su fidelidad; nunca falla en cumplir su parte del pacto: (Sal. 138:2) “Alabaré tu nombre por tu misericordia y tu verdad; porque has hecho magnífico tu nombre, y tu dicho sobre todas las cosas”. Así como nos ha hecho promesas admirables y
grandes de dar a su Hijo, y con él todas las cosas, así también las cumplirá hasta lo sumo. El tema de su palabra es misericordia y bondad, y las pone en práctica verdadera y fielmente; así como ha hecho grandes y excelentes promesas, así también las cumple con la mayor puntualidad. Esto a fin de que al cumplir su palabra, Dios sea puesto sobre todo lo que se nombra, o cree, o comprende o habla. He aquí su gran gloria y excelencia.

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4. La experiencia de todas las generaciones confirma la fidelidad de Dios a sus promesas; porque el texto dice, “Por generación y generación es tu verdad.” En el Hebreo es, “de generación a generación”. Este punto puede ser ampliado considerando dos cosas:
Primero, que algunas promesas han sido recibidas por una generación y cumplidas en otra. Segundo, que las mismas promesas comunes han sido cumplidas a los fieles de todas las épocas.

Primero, que algunas promesas han sido recibidas por una generación y cumplidas en otra, cuando la cuestión así lo requería; como, por ejemplo, la liberación de Israel de Egipto: (Gén. 15:13, 14) “Entonces dijo a Abram: Ten por cierto que tu simiente será
peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con grande riqueza.” Compare ahora Éxo. 12:41: “Y pasados cuatrocientos treinta años, en el mismo día salieron todos los ejércitos de Jehová de la tierra de Egipto.” Se agregaron treinta años, debido a que sus padres moraron en Canaán; pero Dios se mantuvo en contacto hasta el último instante. Así fue también con la promesa del Mesías y el llamado a los gentiles que Dios cumplió a su tiempo enviando un Salvador al mundo; (Gál. 4:4) “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo.

Cuando el cetro le había sido quitado a Judá (Gén. 49:10), cuando la corona la tenía Herodes, un tributario y extranjero durante la monarquía romana, a su debido tiempo, Cristo lo destruyó totalmente (Dan. 2:35). Nabucodonosor tuvo una visión de una imagen hecha de cuatro metales distintos: la cabeza de oro, los brazos y pechos de plata, el vientre y sus muslos de bronce y los pies parte hierro y parte barro cocido. Mientras contemplaba la imagen y la revisaba de pies a cabeza, vio que una piedra era cortada de la montaña, sin intervención de manos, y que ésta hirió a la imagen, no en la cabeza,
el pecho o el vientre, sino en los pies de hierro y barro, lo cual desmenuzó la imagen, y la piedra se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra. Daniel interpretó la visión diciendo que representaba cuatro reinos gentiles que su sucederían unos a otros
teniendo un extenso dominio. El primero de los babilonios, que era el de esa época; luego el de medos y persas; el tercero de los griegos; el cuarto de los romanos que conquistó a todos los demás apoderándose de las riquezas y la gloria de los anteriores; durante este último reinado es que la piedra fue cortada de la montaña, e hirió los pies de hierro. Esta piedra era el reino del Dios de los cielos, el cual estableció Cristo. Pero para no hacerla larga con misterios y lindos debates, el apóstol nos dice (Rom. 15:8-10): “Digo, pues, que Cristo Jesús fue hecho ministro de la circuncisión por la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres, y para que los Gentiles glorifiquen a Dios por la misericordia; como está escrito: Por tanto yo te confesaré entre los Gentiles, y cantaré a tu nombre. Y otra vez dice: Alegraos, Gentiles, con su pueblo.” La realidad, en todos
estos casos, habla por sí misma de manera que en todo lo que aún está por venir, debemos depender de la veracidad de Dios; como en el caso del llamado a los judíos, la destrucción del anticristo, una manifestación más amplia de los dones sobre la iglesia, junto con una ampliación de su límites; siguiendo el ejemplo de los patriarcas que
conforme a la fe murieron”: (He. 11:13) “sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y saludándolas.

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Segundo, que las mismas promesas comunes han sido cumplidas en los fieles de todas las épocas; existe sólo un mismo camino a la vida eterna , y las dispensaciones de Dios a cada generación siguen siendo las mismas; así que en cada generación las promesas de Dios todavía se cumplen como si hubieran sido dirigidas a esa época únicamente.
La fidelidad de Dios ha sido puesta a prueba de muchas maneras en muchas épocas, pero cada edad brinda ejemplos de la verdad de sus promesas. Desde el principio del mundo hasta el final, Dios está constantemente cumpliendo su palabra en su gobierno providencial, el cual es doble –externo o interno.

[1.] Externo, en la liberación de su pueblo, las respuestas a las oraciones y las múltiples bendiciones concedidas a los creyentes y su simiente (Sal. 22:4, 5): “En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; esperaron en ti, y no se avergonzaron.” Los creyentes en épocas pasadas confiaban en Dios, y confiaban constantemente en medio de sus dificultades clamando a él, y nunca buscaron en vano a Dios lo cual debe confirmarnos que debemos esperar en Dios y depender de su misericordia y fidelidad; porque los que ponen toda su fe en Dios, y buscan su ayuda con sus oraciones constantes e inoportunas, nunca serán avergonzados.

[2.] Interno, en la conversión a Dios, el consuelo de su Espíritu, en el arraigamiento del alma en las esperanzas del evangelio, en lo que concierne al perdón de pecados y la vida eterna. Ciertamente Dios, quien ha bendecido su palabra a través de muchas generaciones, convirtiendo y reconfortando a muchas almas, nos muestra que podemos depender del pacto de perdón y vida eterna. ¡Cuántos han encontrado consuelo en la promesa! Ahora bien, así como el apóstol habla de Abraham: “y no solamente por él fue escrito… sino también por nosotros;” (Rom. 4:23, 24), así también estos consuelos no fueron dispensados para ellos únicamente, sino también para nuestro beneficio a fin de que seamos reconfortados por Dios; teniendo el mismo Dios, el mismo Redentor, el mismo pacto y las mismas promesas, y el mismo Espíritu que lo aplica todo a nosotros. Si ellos confiaban en Dios y eran confortados, ¿por qué no nosotros? Su fidelidad es para todas las generaciones; él es igual con los creyentes, como ellos son iguales con él: (Rom. 3:22) “Porque no hay diferencia”.

Versiculo 183

5. La experiencia de la fidelidad de Dios en épocas pasadas es provechosa para los que vienen después y triunfan, pues les asegura la fidelidad de Dios; porque las obras maravillosas y misericordiosas de Dios nunca fueron para beneficiar meramente a la época en que fueron hechas, sino también para beneficio de aquellos que tuvieran
noticias de ellas por cualquier medio digno de confianza. Es una burla y un desprecio vil de esas obras maravillosas que Dios ha realizado para que sean recordadas, que los que viven en épocas posteriores las olviden o no las observen o mejoren, sí, es contrario a
las Escrituras: (Sal 145:4) “Generación a generación narrará tus obras, y anunciarán tus valentías”; (Joel 1:3), “De esto contaréis a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la otra generación”; (Jos. 4:6-8) “Para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué os significan estas piedras? Les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron partidas delante del arca del pacto de Jehová”. Por lo tanto (Sal. 78:3-7): “Las cuales hemos oído y entendido; que nuestros padres nos las contaron. No las encubriremos a sus hijos, contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová, y su fortaleza, y sus maravillas que hizo. Él estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel; la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos; para que lo sepa la generación venidera, y los hijos que nacerán; y los que se levantarán, lo cuenten a sus hijos; a fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, y guarden sus mandamientos”. De todo lo cual observo:

[1.] Que debemos contarles a las generaciones venideras lo que hemos descubierto acerca de Dios en nuestro tiempo, y más especialmente, los padres deben contarles a sus hijos; están obligados a transmitir este conocimiento a sus hijos, y ellos a ampliarlo, ya sea por palabra o por obra. Por palabra, recordando los pasajes que muestran sus actos providenciales, y publicando sus misericordias para la posteridad: (Sal. 89:1) “Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente: en generación y generación haré notoria tu verdad con mi boca”. O por obras, haciendo que se apropien de una religión pura, confirmada a nosotros por tantos actos providenciales y demostraciones de la bondad y verdad de Dios.

[2.] Que esta información sobre las obras misericordiosas de Dios, y ser partícipes de su pacto, son medios especiales para edificación. ¿Por qué otra razón habría Dios de imponerlas, sino para que las generaciones siguientes se beneficiaran de ellas? Ciertamente es una ventaja para ellas oír cómo Dios se ha adueñado de nosotros por
medio de ordenanzas y actos providenciales.

[3.] Y observo más particularmente que esta tradición es una gran razón y ayuda para la fe; porque fue dicho: (Sal. 78:7) “A fin de que pongan en Dios su confianza”.

Fin de la primera parte de “La Fidelidad de Dios (de generación en generación)” un  texto de Thomas Manton (1620-1677).

 

El escondite de los santos en el día malo

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“Y por eso los que son afligidos según la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como a fiel Creador, haciendo bien.” (1 Pedro 4:19)

TRATARÉ AHORA ESE atributo de Dios que debe movernos a confiar en él, a saber que es un Creador fiel. Ahora bien, Dios es fiel: 1. En su naturaleza. Él es YO SOY, siempre él mismo, inmutable e invariable. 2. En su palabra. Se expresa tal como es. La palabra que procede de Dios es una expresión de la fidelidad de su naturaleza. 3. En sus obras. “Bueno eres tú, y bienhechor” como dice el salmista, (Sal. 119:68).

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Siendo Dios mismo fiel , también lo es todo lo que procede de él. Cualquier relación que asume Dios, es fiel a ella. Como es Creador, preserva y mantiene su propia obra. Como es
Padre, es fiel en cumplir plenamente ese deber para bien de sus hijos. Como es nuestro Amigo, también cumple todos los deberes de esa relación. ¿Y por qué otra razón se rebaja tan bajo para asumir estas relaciones sino para mostrar que ciertamente cumplirá con ellas totalmente? ¿Por qué es que los hombres son fieles a sus relaciones mutuas, que el padre es fiel a su hijo? ¿Acaso no viene de Dios, el Padre soberano? Que un amigo sea fiel a su amigo, ¿no es cosa de Dios, el gran Amigo?

Todos sus caminos son misericordia y verdad. No sólo son misericordiosos y buenos y generosos, sino que son misericordia y verdad mismas. Si él se muestra como un Padre, es un padre verdadero, un amigo verdadero, un creador y protector verdadero. Como ha dicho alguien: ‘¿Causaré que otros teman, y sea yo mismo un tirano?’ Toda otra fidelidad no es más que un vislumbre de lo que es Dios. ¿No ha de ser absolutamente fiel aquel que hace que otras cosas sean fieles?

Ahora bien, esta fidelidad de Dios es aquí una razón para esta obra de consagrarnos a él; y podemos confiar en él cuya palabra ha sido probada siete veces en el fuego (Sal. 12:6). No hay escoria en ella. Cada palabra de Dios es una palabra segura; su verdad es un escudo y un ceñidor; haremos bien en confiar en ella. Por lo tanto, cuando lee usted una promesa en particular en el Nuevo Testamento, dice “Palabra fiel…” (1 Tim. 1:15); es decir, ésta es una declaración en la que podemos confiar; es la declaración de un Creador fiel.  entonces, teniendo en cuenta que Dios es fiel en todo sentido a sus promesas y en sus actos, aprovechémosnos de una manera especial.

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Atesoremos todas las promesas que podemos relacionadas con el perdón de los pecados, de protección y preservación; de que nunca nos abandonará, sino que será nuestro Dios hasta la muerte, etc., y luego estemos seguros de que será fiel en cumplirlas. Cuando nos
sentimos atemorizados por su majestad y su justicia y otros atributos, pensemos en su misericordia y su verdad. Se ha vestido de fidelidad, como dice el salmista. En medio de la infidelidad de los hombres en quienes usted confía, dependa de esto: que Dios sigue siendo el mismo y nunca lo engañará.

Cuando un hombre nos da su palabra, tomamos en cuenta cómo es él, porque las palabras de los hombres son como ellos son. ¿Qué no puede hacer la palabra de un rey? Si un hombre es poderoso y grande, responde por su palabra. Ésta es la razón por la cual hemos de dar tanta importancia a la palabra de Dios, porque es la palabra de Jehová, un poderoso Creador, que da vida a todas las cosas, y no puede menos que ser Señor y Dueño de su palabra. No sabemos el significado de Dios de ninguna otra manera más que por medio de su palabra. Hasta que no lleguemos al conocimiento por vista en el cielo,
hemos de contentarnos con el conocimiento por la revelación en la palabra.

Y en cada promesa, identifique la que mejor se adapta a su condición actual. Si se encuentra en grandes dificultades, piense en el poder supremo de Dios. Señor, tú me formaste de la nada, y puedes librarme de este estado. He aquí, vuelo hacia ti para obtener sustento. Si se encuentra perplejo por falta de dirección, y no sabe qué hacer,
enfoque el atributo de la sabiduría de Dios, y anhele que le enseñe la senda que debe tomar. Si ha sufrido una injusticia, vuele a su justicia, y diga: Oh Dios, de quien es la venganza, escucha y ayuda a tu siervo. Si ha sido sorprendido por la desconfianza y vacilación, entonces acuda a su verdad y fidelidad. Siempre encontrará en Dios algo para
sostener su alma aun en la condición más extrema en que pueda caer; porque si no  hubiera en Dios una plenitud para suplir cada urgente necesidad en que nos  encontramos, no merecería ser adorado, no merecería que confiáramos en él. Puesto en balanza, el hombre es más liviano que la vanidad. Todo hombre es mentiroso, o sea que es falso. Nosotros podemos ser así, siendo humanos, pero Dios es esencialmente veraz.

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No puede engañar y a la vez ser Dios. Por lo tanto, cuando esté decepcionado de alguien, acuda a Dios y sus promesas, y edifique sobre esto: que el Señor no dejará que le falte nada que pueda hacerle a usted bien. Entre los hombres hay pactos rotos: entre nación y nación, y entre hombre y hombre. Casi no se puede confiar en nadie; pero para todas
las circunstancias confusas hay un consuelo. La persona religiosa puede echarse audázmente en los brazos del Todopoderoso, y acudir a él en cualquier dificultad, como el Creador fiel que no lo abandonará. Oh, avergoncémonos de deshonrar al que está listo para empeñar en nosotros su fidelidad y verdad. Si confesamos nuestros pecados,
Dios “es fiel… para que nos perdone” (1 Juan 1:9). No nos dejará ser tentados “más de lo que podéis llevar” (1 Cor. 10:13). Cuando nos llenamos de dudas y temores pensando si cumplirá o no sus promesas, deshonramos su Majestad. ¿Acaso no creemos que Dios
permanece verdadero y fiel? Sin lugar a dudas que así es y no podemos deshonrarlo más que si desconfiamos de él, especialmente en lo relativo a sus promesas evangélicas. Si no descansamos seguros en él, lo hacemos mentiroso, y le robamos aquello en lo cual él más se gloría, su misericordia y fidelidad.

Considere la bajeza de la naturaleza del hombre. Dios ha hecho fieles a todas las cosas que lo son, y podemos confiar en ellas; pero siempre andamos cuestionando la verdad de su promesa. Con razón podemos hacer nuestra la queja de Salvian en su época. Dijo: ‘¿Quién, sino Dios, ha hecho que pudiéramos confiar que la tierra diera su fruto? De hecho, podemos confiar en la tierra al sembrar nuestra semilla. ¿Quién, sino sólo Dios, hace fiel al hombre, que es por naturaleza la criatura más engañosa y vana? No obstante, confiamos en un hombre vano, usurero, y esperamos grandes cosas de su mano, antes que del Dios todo suficiente que no cambia. ¿Quién, sino Dios, hace que los mares y los vientos sean fieles, que no nos hagan daño? No obstante, antes confiamos en el viento y el tiempo que en Dios, al ver a muchos marineros en un barco pequeño, echar sus bienes en un océano inmenso para ser llevados de un lado a otro, en lugar de confiárselos a Dios.’

Sí, dejen a Satanás, por sus medios malévolos, llevar al hombre a los razonamientos que le convienen, porque el diablo no conversa inmediatamente con el mundo, sino con sus instrumentos, y el hombre confiará antes en él que en Dios. Nuestros corazones están
propensos a desconfiar del Todopoderoso, de poner su verdad en tela de juicio y de confiar en las mentiras de sus propios corazones y de otros hombres, antes que confiar en él. Lamentemos, pues, nuestra infidelidad, que teniendo tal Creador omnipotente y fiel en quien apoyarnos, no podemos hacer que nuestros corazones confíen en él.

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Hay dos columnas principales en la fe del cristiano: El poder de Dios y la bondad de Dios.
Estas dos, como Aarón y Hur, sostienen los brazos de nuestras oraciones. Por más desesperante que sea nuestra condición, Dios sigue siendo un Creador. Nunca son tan grandes nuestros pecados y debilidades, que no tenga él el poder para sanarlos. Oh, cómo debe esto alegrar nuestras almas, y reanimar nuestros espíritus caídos en todas nuestras luchas y conflictos con el pecado y Satanás, de tal manera que no cedamos a la más mínima tentación, teniendo un Dios todopoderoso al cual acudir para sustentarnos.

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Richard Sibbes (1577-1635): reconocido predicador de la Palabra de Dios inglés a
principios del movimiento puritano; educado en Cambridge.

 

Todas sus promesas me ayudarán a vencer las tentaciones de Satán. Puedo yo confiar en que mi Salvador con su dulce voz me guiará. La fidelidad de Dios!
–Isaac Watts (1674–1748)

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El refugio del hombre justo – La Fidelidad de Dios II

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II. Seguidamente consideremos la fidelidad de Dios, tal como se relaciona con las muchas grandes y ricas promesas hechas a su pueblo para su seguridad en sus intereses temporales, y intereses espirituales.

Encontramos que la fidelidad de Dios fue prometida para la seguridad de su pueblo, en pro de sus intereses espirituales y eternos contra todos los peligros y temores que los amenazan, muy especialmente en estas tres formas.

1. Les es dada como la más grande y mejor seguridad del perdón de sus pecados (1 Juan 1:9): “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.” Nuestro peligro más grande se deriva del pecado; la culpabilidad es una fuente de lágrimas, el alma perdonada puede encarar otros problemas de frente: tal como la culpa genera temor, el perdón produce valentía, y la fidelidad de Dios en el pacto es, por decirlo así, esa oficina de perdón de donde obtenemos nuestra liquidación y absolución. (Isa. 43:25): “Yo, yo soy el que borro tus
rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus pecados.” Las promesas de remisión se hacen en nombre de Cristo, y cuando se hacen, tienen que ser cumplidas para honrar su fidelidad.

2. Es dada para la perseverancia de los santos, y su permanencia en los caminos de Dios en los tiempos más peligrosos y difíciles; éste fue el aliento que les dio. (1 Cor. 1:8, 9): “El cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis sin falta en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo Jesucristo nuestro Señor.” ¡Ah, Señor! podrían haber dicho los corintios, los poderes de este mundo están en contra de nosotros, tenemos por delante sufrimiento y muerte, y dentro nuestro un corazón traicionero y miedoso. Ah, pero aún así no teman, Cristo
confirmará a quien se oponga a ustedes; aunque el mundo y sus propios corazones sean engañosos, consuélense con esto, su Dios es fiel.

3. La fidelidad de Dios es dada como promesa para la seguridad de su pueblo y aliento contra todos los sufrimientos y aflicciones en este mundo. (2 Tes. 3:2, 3): “Y que seamos librados de hombres importunos y malos; porque no es de todo la fe. Mas fiel es el Señor,
que os confirmará y guardará del mal.” El ora pidiendo que sean librados de los hombres absurdos, traicioneros e impíos quienes los aplastarían y traicionarían causando su ruina; pero propone lo siguiente como su alivio: que cuando la traición de los hombres los meta en dificultades, la fidelidad de Dios los sostendrá en esas dificultades y los librará de ellas; tendrán el apoyo de Dios en medio de los sufrimientos más profundos generados por los hombres (1 Ped. 4:19).

Dios garantiza su fidelidad para la indemnización y seguridad de su pueblo, en medio de males temporales y externos a los que están sujetos en este mundo; y esto, ya sea para preservarlos de las dificultades (Sal. 91:1-4) o para abrirles una puerta oportuna para
librarlos de las dificultades (1 Cor. 10:13). En ambos casos, o en cada uno, el corazón del cristiano puede permanecer tranquilo en este mundo lleno de dificultades porque, ¿qué necesidad hay de que esas dificultades nos asusten, ya que nunca nos tocarán o, si lo hacen, nunca nos dañarán y, mucho menos, arruinarán?

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III. Habiendo considerado brevemente la fidelidad de Dios en sus promesas, será espléndido volver a considerarla tal como actúa o se manifiesta en sus providencias sobre su pueblo. Créanlo, cristianos, la fidelidad de Dios está incluida en todas sus obras providenciales, siempre que sale para obrar en el mundo, “Será… la fidelidad ceñidor de sus riñones” (Isa. 11:5). Es una alusión a los obreros quienes, saliendo a trabajar de mañana, se ciñen sus lomos o se fajan; ahora bien, no hay obra realizada en este mundo en que su fidelidad no sea como la faja que ciñe su cintura. La consideración de esto debe ocasionar que el creyente más desalentado, ciña los lomos de su mente, es decir, aliente y fortalezca su corazón caído y desanimado. Contemplar aquellas obras de Dios realizadas fielmente y con el fin de lograr sus propósitos eternos y cumplir sus promesas misericordiosas, debería alegrarnos en lugar de atemorizarnos. El que David considerara que la propia fidelidad de Dios era la que lo había afligido, le quitó el aguijón de su aflicción (Sal. 119:89, 90). Pero más particularmente, contemplemos con beneplácito la fidelidad de Dios en cumplir siete tipos de promesas a su pueblo, en los días de aflicción y sufrimiento: 1. Las promesas de preservación; 2. Las promesas de apoyo; 3. Las promesas de orientación; 4. Las promesas de providencia; 5. Las promesas de liberación; 6. Las promesas de ordenar y dirigir los acontecimientos para beneficio de ellos.

1. Hay promesas en la palabra para que sea usted preservado de la ruina, y lo que lee en estas promesas comprueba diariamente que las mismas se cumplen en sus propias experiencias. Tiene usted la promesa en el Salmo 57:3: “El enviará desde los cielos, y me salvará de la infamia del que me apura.” Piénselo, ¿no ha descubierto que es así? Cuando el infierno ha enviado sus tentaciones para deshonrarlo, el mundo sus persecuciones para destruirlo, su propio corazón sus temores incrédulos para desviarlo y hundirlo, ¿acaso no ha enviado su Dios su misericordia y su verdad para salvarle? ¿Acaso no ha sido su verdad su escudo y protector (Sal. 91:4). ¿Acaso no puede usted decir con la iglesia, que es por su misericordia que no es consumido, que sus misericordias son nuevas cada mañana y que grande es su fidelidad (Lam. 3:23)? (Nota de los editores: ¡Digo Amén! ¡Alabado sea el Señor!)

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2. Así como ha visto el cumplimiento de las promesas para su preservación, puede también verlo en cuanto a todas las promesas en su palabra acerca de sostenerlo en sus dificultades. Esta es una dulce promesa (Sal. 91:15): “Con el estaré yo en la angustia: lo libraré”.

Tiene usted también una promesa muy sustentadora en Isaías 41:10: “No temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” ¡Oh! ¡con cuánta brillantez se ha manifestado la fidelidad de Dios al cumplir su palabra en este sentido! Usted es su
testigo de que se hubiera hundido en las profundas aguas de las dificultades si él no hubiera cumplido su palabra. Así lo dice David (Sal. 73:26: “Mi carne y mi corazón desfallecen: mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” ¿Acaso no ha visto que es con usted como dice 2 Cor. 12:10: “Por lo cual me gozo en las flaquezas, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso”? El poder de Dios se ha perfeccionado en su debilidad, por él pudo superar sus dificultades: hasta ahora él lo ha ayudado.

3. Así como ha visto el cumplimiento de las promesas para su preservación y sostenimiento, ha podido verlo en la orientación que le ha brindado en sus caminos. Así dice la promesa (Sal. 32:8): “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar. Sobre ti fijaré mis ojos.” Es cierto que “el hombre no es señor de su camino” (Jer.
10:23). ¡Oh, con cuánta fidelidad lo ha guiado su Dios, y lo ha apoyado en todas las circunstancias difíciles de su vida! ¿Acaso no se cumple fielmente hasta el más mínimo detalle aquella promesa (He. 13:5): “No te desampararé, ni te dejaré”? De seguro que puede ponerle usted su sello a lo que afirma Juan 17:17: “Tu palabra es verdad”; si hubiera sido dejado que se las arreglara solo según su propio consejo, ciertamente hubiera perecido, como dice el Salmo 81:12: “Dejélos por tanto a la dureza de su corazón: caminaron en sus consejos. ”

4. Así como hay promesas en la palabra para su preservación, sostenimiento y orientación, así también, en cuarto lugar, hay promesas acerca de su providencia, como en el Salmo 34:9: El Señor ha prometido que los que le temen no tendrán falta de nada. Cuando son llevados a los extremos, él proveerá (Isa. 41:17): “Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, que no hay; secóse de sed su lengua; yo Jehová los
oiré, yo el Dios de Israel no los desampararé.” ¿Acaso esto no se lleva a cabo fielmente? “Dio mantenimiento a los que le temen; para siempre se acordará de su pacto” (Sal. 111:5). En todas las contingencias de su vida lo ha encontrado fiel hasta este día; usted es
su testigo de que sus providencias nunca le fallaron, su cuidado se renueva para usted cada mañana; ¡cuán grande es su fidelidad!

5. También encuentra usted en la palabra algunas promesas estimulantes en cuanto a sus liberaciones. Cuenta usted con la dulce promesa en el Salmo 91:14: “Por cuanto en mí ha puesto su voluntad, yo también lo libraré” y también en el Salmo 50:15: “E invócame en el día de la angustia: te libraré”. Usted lo ha hecho, y él le ha dado una salida.
Nuestras vidas son monumentos de misericordia; hemos vivido entre leones, pero hemos sido preservados (Sal. 57:4). La zarza ardiente era un emblema de la iglesia preservada milagrosamente.

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6. Hay promesas en el mundo para ordenar y dirigir los acontecimientos de la providencia para beneficiarlo grandemente a usted; tal es la promesa (Rom. 8:28): “Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien”. No tema, cristiano, no importa el estado en que ahora se encuentra; mientras sea arrojado de aquí para allá en las ondas inestables de este mundo, encontrará, ciertamente, cuando
llegue al cielo, que todas las dificultades de su vida eran guiadas firmemente por esta promesa como un barco en el mar es dirigido a su puerto por el compás o la estrella polar.

IV. Aplicación
Qué queda ahora más que volver a insistirle; 1. Que entre en esta cámara de fidelidad divina; 2. Que cierre la puerta detrás suyo; 3. Y que entonces viva confortablemente allí durante los días malos.

1. Entre en esta cámara de la fidelidad de Dios por medio de la fe, y escóndase allí.
Todo hombre es una mentira, pero Dios es verdad, eterna e inmutablemente fiel. ¡Oh! deposite su fe en esto, descanse en esto.

Ahora bien, hay dos grandes argumentos de peso para instarlo a entrar en esta cámara de fidelidad divina. El primero se basa en la naturaleza de Dios, “que no puede mentir”
(Tito 1:2). “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Recuerde sobre qué base eterna y firme se basa la fidelidad de Dios. Estas son cosas inmutables (He. 6:18). Sobre esto se basó Abraham (Rom. 4:21): “Plenamente convencido de que todo lo
que había prometido, era también poderoso para hacerlo”. Tuvo por fiel al que prometió. ¿Qué esperaría o exigiría usted de la persona en que va a confiar?

Espere una promesa clara; y ¡atención! cuenta usted con mil a través de la Biblia, adecuadas para todos las circunstancias de su alma y cuerpo. Por lo tanto, puede rogarle a Dios, como lo hiciera David (Sal. 119:49): “Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar”. Así también rogó Jacob (Gén. 32:12): “Y tú has dicho: Yo te haré bien”. Estos son los votos y las obligaciones de Dios.

Espere el poder suficiente como para cumplir lo que promete. En Dios, esto es un fundamento justo de fe, (Isa. 26:4): “Confiad en Jehová perpetuamente: porque en el Señor Jehová está la fortaleza de los siglos”. Por la fortaleza de él podemos esperar en él: las criaturas no pueden, pero Dios sí puede hacer lo que determina hacer. Espere una bondad y misericordia infinitas de parte del Señor que lo predisponen a ayudarle y salvarle. Así es aquí (Sal. 130:7): “Espere Israel a Jehová; porque en Jehová hay misericordia y abundante redención con él”. Y Moisés rogó (Éxo. 33:18): “Ruégote que me
muestres tu gloria”. El pedido era de poder ver la gloria de Dios: La respuesta fue: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”, lo cual nos indica que aunque los atributos de Dios son gloriosos, aquello en lo que más se gloría es su bondad. Espere que ninguna de sus promesas serán jamás borradas o manchadas en ningún momento por su infidelidad; y así lo afirma aquí (Josué 23:14). No ha fallado una sola cosa; todo se ha cumplido, las edades han sellado esta conclusión. Tu palabra es verdad, tu palabra es verdad.

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El segundo se basa en el aliento que brindan todas las experiencias pasadas, tanto de los demás como las suyas propias, como un argumento para instarlo a entrar en esta cámara de seguridad, la fidelidad de Dios. Cuenta usted con las experiencias de los demás. Los santos han considerado las experiencias de otros que vivieron mil años antes que ellos, como argumentos excelentes para aumentar su fe. Así fue según Oseas 12:4. Tenía poder sobre el ángel, y prevaleció; lo encontró en Betel, y allí nos habló. Recuerde que había un José en la cárcel con nosotros, un Jeremías en el calabozo, un Daniel en el foso, un Pedro
en cadenas y un Ezequías al borde de la muerte; y todos ellos encontraron la ayuda de Dios que los protegió con la mayor fidelidad, salvándolos de todas sus dificultades. A esto se aplica el Salmo 22:4, 5: “En ti esperaron nuestros padres: esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados: esperaron en ti, y no se avergonzaron.”

Sus propias experiencias pueden ser de aliento para su fe: Así fue con David (1 Sam 17:37): “Jehová que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este Filisteo”. También en el caso de Pablo sus experiencias eran una aliento para su fe; dijo en 2 Cor 1:10: “El cual nos libró y libra de
tanta muerte; en el cual esperamos que aun nos librará”. Entre en la fidelidad de Dios por fe.

2. Que cierre la puerta detrás suyo. Le ruego que cierre la puerta detrás suyo, dejando fuera todas las dudas incrédulas, los celos y las desconfianzas en la fidelidad de
Dios; el mejor de los hombres puede encontrarse con tentaciones de esta naturaleza; como el bueno de Asaph, quien aunque era un santo eminente dijo: (Sal. 77:7, 8): “¿Desechará el Señor par siempre, y no volverá más a amar? ¿Hase acabado para siempre su misericordia? ¿Hase acabado la palabra suya para generación y generación?” Estos celos pueden entrar solapadamente en la mente de los hombres, especialmente cuando Dios demora la respuesta a nuestra oración que esperábamos contestara inmediatamente; nos apura recibir una respuesta rápida, olvidando que nuestras épocas de oración son nuestros tiempos de siembra; y cuando hemos sembrado la preciosa
semilla, tenemos que esperar el tiempo de la cosecha, como lo hace el granjero. Aun un precioso Hemán puede tener un ataque de incredulidad y depresión cuando las respuestas de Dios están en suspenso (Sal. 88:9, 10, 11).

Será difícil cerrarle la puerta a la incredulidad cuando todos nuestros sentidos y razonamientos parecen obrar en contra de la promesa; se requerirá la fe de un Abraham en un momento así para glorificar a Dios, creyendo con esperanza a pesar de que todo indique lo contrario (Rom 4:18). Si espera usted disfrutar del dulce reposo y descanso de un cristiano en tiempos malos, tiene que resolver, sea lo que sea que sus ojos vean o sus sentidos reporten, aferrarse a esto como la conclusión más segura; Dios es fiel y su palabra es segura, y que aunque haya: “Nube y oscuridad alrededor de él: justicia y juicio
son el asiento de su trono” (Sal. 97:2).

3. Que entonces viva confortablemente allí durante los días malos. ¡Oh! ¡que de una vez aprendiera usted a depender firmemente en la fidelidad de Dios, y a obtener de ella su alivio y sostén diario, en los momentos cuando está oprimido y es atacado!

1. Por problemas espirituales. Cuando camina en la oscuridad y no tiene luz, entonces debe vivir por actos de fe y completa dependencia del más fiel (Isa. 50:10).

2. Por dificultades temporales; así lo hizo el pueblo de Dios en la antigüedad (He. 11:17, 18, 19). Vivieron por fe en este atributo, cuando faltaban todos los conforts y provisiones.
Pero especialmente, ¡quiero advertirle y prevenirle contra cinco enemigos principales de su descanso en la fidelidad de Dios!

1. Los cuidados que distraen, que dividen la mente y carcomen la paz y el confort del corazón y, peor de todo, reflejan deshonra a Dios quien ha prometido su fidelidad y verdad para nuestra seguridad; contra estos, le ruego, tranque la puerta con estos dos pasajes, (Fil. 4:6): “Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones
delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias” y (1 Ped. 5:7): “Echando toda vuestra solicitud en él, porque él tiene cuidado de vosotros”.

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2. Tranque la puerta contra la depresión impía, otro enemigo del dulce descanso de su alma en esta cámara cómoda y silenciosa de fidelidad divina: descubrirá que lo ataca lentamente un estado de ánimo indebido e incómodo, a menos que crea y lo razone, como lo hizo David (Sal. 42:11): “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te conturbas en mí? Espera a Dios; porque aun le tengo de alabar”.

3. Tranque la puerta de su corazón contra las políticas carnales y los vaivenes pecaminosos, que batallan contra su propia fe en la fidelidad de Dios tanto como cualquier otro enemigo. Ésta fue la falta del buen David en el día de la dificultad (1 Sam. 27:1): “Y dijo David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl: nada por tanto me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos”. ¡Ay, pobre David! ¿No tiene nada mejor que esto? Hubo un tiempo cuando podía pensar en una salida mejor, cuando podía decir que cuando tuviera temor confiaría en Dios. ¡Cómo se ha olvidado en esta situación! ¿Le fallaría ahora el antiguo refugio en Dios? ¿Pueden los
filisteos apresarlo mejor que las promesas? ¿Volará de su mejor amigo hacia sus peores enemigos? Pero no nos extrañemos de David, quien tuvo la misma reacción nuestra, casi inevitable en casos similares.

4. Cierre la puerta contra el descontento y las murmuraciones, contra las disposiciones de la providencia, sea lo que sea que siente o teme le insto a no ser un estoico apático ni insensible a los males de la época, que descarta el ejercicio de la paciencia. Si todos los mártires hubieran tenido parálisis antes de llegar a la hoguera, su fe y paciencia no hubieran triunfado tan gloriosamente como lo hicieron; cuídese de quejarse contra los caminos y la voluntad de Dios, lo cual obra como ninguna otra cosa contra su fe y la paz y quietud de su corazón.

5. Para concluir, cierre la puerta contra todas las sospechas y desconfianzas en cuanto a la firmeza y estabilidad de las promesas cuando todo su mundo se sacude y tiembla bajo sus pies; cuídese de preguntas peligrosas como ésta (Sal. 77:8): “¿Hase acabado la palabra
suya?” Estas son las cosas que socavan el fundamento de tanto su fe como de su tranquilidad.

En una palabra, poner su alma en esta cámara de descanso, y cerrar la puerta detrás suyo es todo lo que tiene que hacer para descansar en Dios y disfrutar el placer de una alma entregada en las manos de un Creador fiel, oponiéndose con la fidelidad de Dios a todo el capricho e incredulidad que encuentra diariamente en los hombres, (Mic. 7:6, 7), sí, al decaimiento y desvanecimiento de su propia fortaleza y habilidad naturales (Sal. 73:26): “Mi carne y mi corazón desfallecen: mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.”

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John Flavel (c. 1630-1691): Presbiteriano inglés y pastor en Dartmouth, Devonshire, Inglaterra. Autor prolífico de obras evangélicas como The Fountain of Life Opened (La fuente de la vida abierta) y Keeping the Heart (Guardando el corazón). Sus vívidas ilustraciones daban como resultado sermones memorables y transformadores de vidas. Uno de sus oyentes dijo que “los que pueden estar bajo su ministerio sin que éste los afecte tiene que tener una cabeza muy blanda o un corazón muy duro, o ambos. Nació en Bromagrove, Worcestor.

El refugio del hombre justo – La Fidelidad de Dios I

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EL GLORIOSO atributo de la fidelidad divina se abre como una tercera cámara de seguridad para el pueblo de Dios en tiempos de sufrimientos y peligros. Habiendo visto el refugio del santo en el poder y la sabiduría de  Dios, pasamos a la tercera cámara segura para refugio de los santos:

La fidelidad de Dios.
En este atributo está nuestra seguridad y nuestro descanso en medio de las confusiones del mundo y los desencantos cotidianos que nos desconciertan por doquier, en medio de la vanidad y la falsedad de la criatura. En cuanto a las criaturas, aun las mejores entre ellas no son más que vanidad, sí, vanidad de vanidades, la vanidad más vana ( Ecl. 1:2).

“Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive” (Sal. 39:5). Sí, aquellos de quienes más esperamos nos causan los mayores problemas (Mic. 7:5). Las relaciones más cercanas forman la retaguardia de los sufrimientos (Job. 6:15). “Mis hermanos han mentido cual arroyo.” Especialmente, sus engaños aparecen más cuando más necesitamos de su ayuda (Sal. 142:4). Qué misericordia  grande es, entonces, tener un refugio en la fidelidad de Dios como la  tenía David: “Miraba a la mano derecha, y observaba; mas no había quien me conociese; no tuve refugio, no había quien volviese por mi vida”. Y de la misma manera la iglesia (Mic. 7:7). “Yo empero a Jehová esperaré, esperaré al Dios de mi salud: el Dios mío me oirá.”

Puede llegar el momento cuando usted no sepa en qué confiar en este mundo. Por lo tanto, permítame abrirle a usted esta cámara de descanso en la fidelidad de Dios para tal momento, y lo haré bajo dos consideraciones.

I. Es absoluta en cuanto a su propia naturaleza.

II. Es relativa en cuanto a las promesas y providencias de Dios.

I. Es absoluta, así es la fidelidad de Dios en su sinceridad, firmeza y constancia en llevar a cabo su palabra dada a su pueblo en todo  momento y en todos los casos. Así lo describe Moisés a Israel, (Deut. 7:9) “Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel.” Y Josué apela a la experiencia de ellos para vindicarla, (Jos. 23:14) “Reconoced, pues, con todo vuestro  corazón y con toda vuestra alma, que no se ha perdido una palabra de
todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros: todas os han venido, no se ha perdido de ellas ni una.” Y también se reafirma plenamente, (Jer. 31:35-37) y se admira  grandemente aun en el día más tenebroso (Lam. 3:23). Grande es tu
fidelidad. Y es bueno para nosotros que su fidelidad es grande, porque grande es el peso que se apoya en ella, aun nuestras esperanzas para ambos mundos, para este mundo y para el venidero (Tito 1:2). “Para la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no
puede mentir, prometió antes de los tiempos de los siglos. ”

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A. Ahora bien, Dios es fiel y eso puede verse en las siguientes evidencias.

1. Por el cumplimiento exacto de sus promesas que datan de más tiempo. Efectivamente (Hechos 7:6), pasaron cuatrocientos treinta años antes de que la promesa de la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto se cumpliera; no obstante, (Hechos 7:17) cuando
llegó el tiempo de cumplir la promesa, Dios fue absolutamente puntual. Setenta años en Babilonia, y cumplido ese lapso, regresaron (2 Crón. 36:21). Los hombres pueden olvidar, pero Dios no (Isa. 49:15, 16).

2. Abriendo el camino para sus promesas a través de las más grandes dificultades y aparentes imposibilidades. Tal fue en el caso de Abraham cuando era anciano (Gén. 18:13, 14). “¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, según el tiempo de la vida, y Sara tendrá un hijo. ” Y del mismo modo en el caso de los israelitas: “¿Vivirán estos huesos?” (Eze. 37:3). Las dificultades son para los hombres, no para Dios, (Gén. 18:14). “¿Quién eres tú, oh gran monte?” (Zac. 4:7). “Si esto parecerá dificultoso a los ojos del resto de este pueblo en aquellos días, también será dificultoso delante
de mis ojos?” (Zac. 8:6).

3. Cumpliendo las promesas a su pueblo cuando habían perdido  sus esperanzas y expectativas. Así fue, (Eze. 37:11) “Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo talados.” También (Isa. 49:14) “Más Sión dijo: Dejóme Jehová, y el Señor se olvidó de mí ” Puede haber mucho descreimiento en los hombres buenos, su fe puede tambalear mucho, no obstante, Dios es fiel; los hombres pueden cuestionar sus promesas, no obstante, Dios no puede negarse a sí mismo (2 Tim. 2:13).

4. Apelando Dios a su pueblo, y refiriéndoles la cuestión para que ellos mismos la juzgaran (Mic. 6:3, 4, 5). “Pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he molestado? Responde contra mí. Porque yo te El refugio del hombre justo —La fidelidad de Dios 23
hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de siervos te redimí; y envié delante de ti a Moisés, y a Aarón, y a María. Pueblo mío, acuérdate ahora qué aconsejó Balac rey de Moab, y qué le respondió Balaam, hijo de Beor, desde Sitim hasta Gilgal, para que conozcas las  justicias de Jehová.” “Si he faltado en alguna forma a mi promesa,
muéstrenmelo. No me cortejaron Balac y Balaam, e intentaron de todas formas ganar mi favor presentándome multitudes de sacrificios? Aun así no los abandoné”. De la misma manera (Jer. 2:31), “¡Oh generación! Ved vosotros la palabra de Jehová: ¿He sido yo
a Israel soledad, o tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: Señores somos; nunca más vendremos a ti?” También:

Versiculo 17

“Bienaventurado aquel en cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza es en Jehová su Dios: El cual hizo los cielos y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay; que guarda verdad para siempre.” (Sal. 146:5, 6). 

5. La fidelidad de Dios es comprobada abundantemente por los constantes testimonios presentados en todas las edades por los que la probaron, todos han testificado de Dios y confirmado su fidelidad sin mancha para bien de las generaciones venideras. Así lo hizo Josué (cap. 23:14) “todas os han venido, no se ha perdido de ellas ni una,” y también Daniel, (cap. 9:4) “Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman,” con los cuales coincide el testimonio de David (Sal. 146:5, 6):

“Bienaventurado aquel en cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza es en Jehová su Dios: El cual hizo los cielos y la tierra, la mar, y todo lo que en ellos hay; que guarda verdad para siempre.” Es así que su pueblo ha sido testigo, a lo largo de todas las generaciones, de la fidelidad de Dios a sus promesas; lo cual no deja lugar a dudas u
objeciones.

B. Y si preguntamos las razones por las que Dios es, y siempre tendrá que ser, fiel en llevar a cabo sus promesas, descubriremos que se edifican sobre pilares estables y firmes: 1. La santidad de su naturaleza; 2. La omnisuficiencia de su poder; 3. El honor de su nombre; 4. La inmutabilidad de su naturaleza.

1. La fidelidad de Dios se edifica sobre la santidad perfecta de su naturaleza en razón de que es imposible que Dios mienta, (Tito 1:2; He. 6:11). La falsedad del hombre surge de la corrupción de la naturaleza humana, pero “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no ejecutará? ” (Núm. 23:19). Si no hay defecto en su ser, no puede haberlo en sus obras; si su naturaleza es santidad pura, todos sus caminos tienen que ser perfectamente fieles.

2. Se edifica sobre la omni suficiencia de su poder; sea lo que sea que ha prometido a su
pueblo, tiene la capacidad de llevarlo a cabo; los hombres a veces falsifican sus promesas
porque no tienen la habilidad de llevarlas a cabo; pero Dios nunca promete lo que no
cumple; si determina obrar, nadie se lo puede impedir (Isa. 43:13). Puede hacer cualquier
cosa que le place hacer (Sal. 135:6). La santidad de su naturaleza lo compromete, y lo
ilimitado de su poder lo capacita para ser fiel.

3. La gloria y honra de su nombre nos da seguridad en cuanto a su fidelidad, en que cumplirá las promesas, y todo el bien que las promesas contienen, aun en el más mínimo detalle; porque dondequiera uno encuentra una promesa de Dios, también encuentra
el nombre y la honra de Dios presentados como una garantía de que será llevada a cabo; y por eso su nombre siempre ha sido presentado a él por su pueblo como un poderoso argumento para que obre a favor de ellos. (Jos. 7:9): “¿Qué harás tú a tu gran nombre?” Señor, tu honor vale mil veces más que nuestras vidas, no importa qué llegue a ser de
nosotros; pero, oh Señor, es infinitamente más importante que la gloria de tu nombre sea asegurado, y que tu fidelidad permanezca pura y sin mancha en este mundo. También (Éxo. 32:11, 12):

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“Entonces Moisés oró a la faz de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encuentra tu furor en tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran fortaleza, y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los Egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la haz de la tierra? Vuélvete del furor de tu ira, y arrepiéntete del mal de tu pueblo.” Sería triste que las manos de los egipcios cayeran sobre su pueblo, pero mucho peor que las lenguas de los egipcios cayeran sobre su nombre.

4. La inmutabilidad de su naturaleza nos de la más completa seguridad de su fidelidad a las promesas. (Mal. 3:6): “Porque yo Jehová, no me mudo; y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.” La inmutabilidad de Dios es la indemnización de su pueblo, y la mejor seguridad en medio de los peligros; para Dios no hay ni un sí ni un no, tampoco debe haberlos con nuestra fe. Lo que da firmeza a las promesas debe dar también firmeza a nuestras expectativas de que se cumplirán. Hasta aquí, brevemente, la consideración de la fidelidad de Dios, considerada absoluta por su naturaleza y sus razones.

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John Flavel (c. 1630-1691): Presbiteriano inglés y pastor en Dartmouth,
Devonshire, Inglaterra. Autor prolífico de obras evangélicas como The Fountain of
Life Opened (La fuente de la vida abierta) y Keeping the Heart (Guardando el
corazón). Sus vívidas ilustraciones daban como resultado sermones memorables y
transformadores de vidas. Uno de sus oyentes dijo que “los que pueden estar bajo
su ministerio sin que éste los afecte tiene que tener una cabeza muy blanda o un
corazón muy duro, o ambos. Nació en Bromagrove, Worcestor.

 

 

Sesión de oración y ayuno

Blog69

Pasé el día en ayuno y oración privada, desde la mañana hasta la noche. Temprano por la mañana tuve algo de ayuda en la oración. Después leí la historia de Elías el profeta: 1 de Reyes, capítulos 17, 18 y 19, y también 2 de Reyes, capítulos 2 y 4. Mi alma entonces, exclamó con Eliseo: ¿Dónde está el Dios de Elías? ¡Oh, anhelaba tener más fe! Mi alma suspiraba por Dios, y le imploré que una porción doble des espíritu que fue dado a Elías pudiera descansar sobre mí.

Y lo que constituyó un refrigerio y corroboración divina para mi alma fue ver que Dios era el mismo de los días de Elías. Me sentí capacitado para luchar con Dios en oración en una forma sentida, ferviente, humilde, intensa e insistente, más de lo que he podido en los últimos meses. Nada me parecía demasiado difícil para que Dios no pudiera hacerlo; nada demasiado grande para mí que yo no pudiera hacerlo por Él.

Había perdido durante muchos meses toda esperanza de ser un instrumento para hacer algún servicio especial para Dios en el mundo; me parecía totalmente imposible que alguien tan vil pudiera ser empleado en esto por Dios. Pero en aquel momento Dios tuvo a bien reavivar esta esperanza. Mi alma fue ardiente en la oración fue capacitada para luchar ardientemente por mi mismo, por los amigos cristianos, por la Iglesia de Dios. Y sentí más deseos de ver el poder de Dios en la conversión de almas de lo que había sentido desde hacía ya mucho tiempo. ¡Bendito sea Dios por esta sesión de ayuno y oración! Que su bondad permanezca siempre conmigo y atraiga mi alma hacia Él!.

“Escrito el 5 de Noviembre de 1745 en el diario de David Brainerd, uno de los primeros misioneros entre los pueblos nativos de Norteamérica.”

 

El lema de la vida

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Andrew Murray

¡Tu salvación esperé , oh Jehová! (Génesis 49:18)

No es fácil decir exactamente en que sentido usó Jacob estas palabras en medio de sus profecías con respecto al futuro de sus hijos. Pero, sin duda indican que tanto él como sus hijos esperaban solamente en Dios. Era la salvación de Dios lo que esperaban; una salvación que Dios había prometido y que Dios solo podría obrar. Jacob sabía que tanto él como sus hijos estaban bajo el cuidado de Dios; Jehová el Dios eterno mostraría en ellos su poder.

Estas palabras señalan la maravillosa historia de la redención, que no ha concluido todavía, y el glorioso futuro en la eternidad a la cual conduce. Nos sugieren que no hay más salvación que la salvación de Dios, y que el esperar de Dios esta salvación, sea para nuestra experiencia personal, o para círculos más extensos, es nuestro primer deber y nuestra verdadera bienaventuranza. Pensemos en nosotros mismos y en la gloriosa salvación que Dios ha obrado por nosotros en Cristo, y que ahora quiere perfeccionar en nosotros por medio del Espíritu Santo.

Meditemos hasta que comprendamos que cada participación en su gran salvación, momento tras momento, debe ser la obra de Dios mismo. Dios no puede separarse de su gracia, bondad, fuerza como algo externo que nos entrega, como si se tratara de las gotas de lluvia que envía desde el cielo. No, Él solo puede dárnosla, y nosotros podemos disfrutar de ella obrándola directamente en nosotros y de modo incesante. Y la única razón por la cual no la realiza más efectiva y continuamente es porque no le dejamos. Se lo impedimos sea por nuestra indiferencia o por nuestro esfuerzo propio, de manera que Él no puede hacer lo que desea. Lo que nos pide, nuestra entrega, obediencia, deseo y confianza, todo ello está comprendido en esta palabra: Esperar en Él, esperar nuestra salvación de Él. Aquí se combina un sentimiento profundo de total invalidez nuestra para hacer lo que es bueno a los ojos de Dios, y nuestra perfecta confianza en que Dios lo hará con su divino poder.

Extraído de Esperando en Dios