La ciudad de Dios

San Agustín III

Obras escogidas de Agustín de Hipona III

La ciudad de Dios

Agustín de Hipona

El Tomo III presenta la obra clave de Agustín: “De Civitate Dei” o La Ciudad de Dios. Planteada en 22 libros, La Ciudad de Dios es la obra más extraordinaria que jamás se haya podido escribir para sintetizar el conjunto de la historia universal y divina, la lucha habida desde el siglo I al siglo V, entre el mundo antiguo agonizante con el cristianismo naciente.

Agustín escribió La Ciudad de Dios como réplica a las críticas que hacían contra el cristianismo los paganos ricos y cultos tras la caída de Roma en poder de los Visigodos (año 410) obligándoles a tener que huir y exilarse al norte de África. Y lo hace describiendo la contraposición entre dos tipos de hombres y sociedades: la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre. En sus propias palabras: «Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor».

Sobre esta base los temas tratados son inagotables: partiendo del origen y naturaleza de Dios; problema del bien y el mal, el pecado y la culpa, la muerte, el derecho y la ley, el tiempo y el espacio, la Providencia, el destino y la historia, y una extensa lista.

1040 pp. Rústica

Ref. 1734 – 24,99€

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Confesiones

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Obras escogidas de Agustín de Hipona II

Confesiones

Agustín de Hipona

Este Tomo II de los tres dedicados a las obras de Agustín va dedicado por completo a su obra autobiográfica, probablemente la más leída y conocida y que más ha influenciado a la sociedad. Sus: Confesiones, trece libros autobiográficos de san Agustín de Hipona escritos entre el 397 y el 398.

Agustín escribe sus Confesiones para dar a conocer a Dios. Siguiendo la humildad impuesta por el cristianismo a la vanidad humana, Agustín no busca glorificarse a sí mismo, sino todo lo contrario. Su autobiografía le sirve para conocerse a sí mismo conociendo a Dios y, al conocer a Dios, conocerse a sí mismo y a los demás. Siendo ya Obispo, afamado orador y escritor, para evitar las alabanzas de sus dones en lugar del dador de los mismos, o sea, Dios, Agustín se propone escribir unas confesiones que resalten la grandeza de Dios y el lector llegue a conocerle en sus debilidades.

Las Confesiones son el primer intento de acercamiento del hombre a sí mismo, por vías de profunda intimidad. Agustín descubre el prodigio y la maravilla de la personalidad humana: a Dios en el hombre y al hombre en Dios. Durante siglos haber leído las Confesiones se consideraba como requisito indispensable de toda persona culta. Y en nuestros días siguen siendo la mejor exposición del contraste entre la maldad e incapacidad humana para superarse espiritualmente; frente a la exaltación de la gracia y poder divino que doblegan esa resistencia natural del hombre.

512 pp. Rústica

Ref. 1735 – 19,00

La verdadera Religión – La utilidad de creer – El enquiridion

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Obras escogidas de Agustín de Hipona I

La verdadera Religión – La utilidad de creer – El enquiridion

Agustín de Hipona

La verdadera religión
La utilidad de creer
El enquiridion

Agustín de Hipona [353-429] es un fenómeno único en la historia de la Iglesia cristiana, admirado y respetado por igual por católicos y protestantes como el Campeón de la verdad, frente a los errores maniqueos, arrianos y pelagianos. Lutero, refiriéndose a los Padres de la Iglesia, dijo: «Agustín me agrada más que todos los demás, porque enseño una doctrina pura y sometió sus libros, con humildad cristiana, a la Sagrada Escritura». Su influencia teológica y filosófica sigue vigente. Apela por igual a la razón, a las emociones y a la voluntad, y constituye una fuente clara a la que muchos recurren después de sentirse cansados de un cristianismo superficial.

Dentro de la colección PATRÍSTICA, los escritos de Agustín de Hipona son uno de sus pilares básicos. Este Tomo I de los tres dedicados a las obras de Agustín incluye tres escritos fundamentales de su producción literaria:

La verdadera religión. En “vera religione” Agustin plantea la búsqueda de la verdad trascendente, lo que le lleva a adoptar un enfoque más filosófico.

La utilidad de creer. En “De utilitate credendi” explica el asentimiento personal a la fe, esa realidad maravillosa que se sitúa por encima de la ilusión y la necedad, es una obra más teológica.

El Enquiridion. En su “Enchiridion sive de fide, spe et caritate” (Tratado de la fe, la esperanza y la caridad), cubre los aspectos dogmáticos y morales de esa fe revelada y descubierta por la experiencia creyente, que se traduce en adoración al Dios verdadero, consistente en “la fe que obra por el amor” (Gá. 5:6), verdadero principio espiritual alrededor del cual gira todo su pensamiento.

En todas ellas Agustín trata las cuestiones más preocupantes del momento que renacen en el seno del cristianismo una y otra vez.

368 pp. Rústica

Ref. 1736 – 16,99€

Confesiones

Reseña 19

La nueva edición de estos libros en 3 tomos, sobre obras escogidas de Agustín de Hipona [353-429]. El primero de ellos incluye tres escritos fundamentales de su producción literaria:

“La verdadera religión. En “vera religione” Agustin plantea la búsqueda de la verdad trascendente, lo que le lleva a adoptar un enfoque más filosófico.” 

“La utilidad de creer. En “De utilitate credendi” explica el asentimiento personal a la fe, esa realidad maravillosa que se sitúa por encima de la ilusión y la necedad, es una obra más teológica.” 

“El Enquiridion. En su “Enchiridion sive de fide, spe et caritate” (Tratado de la fe, la esperanza y la caridad), cubre los aspectos dogmáticos y morales de esa fe revelada y descubierta por la experiencia creyente, que se traduce en adoración al Dios verdadero, consistente en “la fe que obra por el amor” (Gá. 5:6), verdadero principio espiritual alrededor del cual gira todo su pensamiento.” 

En todas ellas Agustín trata las cuestiones más preocupantes del momento que renacen en el seno del cristianismo una y otra vez.

“El tercer tomo íntegramente esta dedicado a la obra “La Ciudad de Dios”, escrito como réplica a las críticas que hacían los paganos ricos y cultos, durante su huida tras la caída de Roma, contra el cristianismo. Y lo hace describiendo la contraposición entre dos tipos de hombres y sociedades: la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre. En sus propias palabras: «Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor”.

Esta reseña la realizamos del segundo tomo de esta colección dedicada a las obras de Agustín. El libro “Confesiones” es uno de los más conocidos, apreciados e influyentes. Escrito entre el 397 y 398, como una oración a Dios, es una autobiografía donde el autor relata aspectos de su vida antes y después de su conversión, y está repleto de líneas que quedan en la memoria al pasar de los años.

El libro como un todo se puede dividir en dos partes. La primera, un relato honesto y detallado de su caminar por la vida sin Cristo. La segunda, sus impresiones ya como un nuevo creyente.

La mención a su madre Mónica es recurrente a lo largo del libro. Agustín no es mezquino en ofrecer elogios a la piedad y devoción de su progenitora. Reconoce el carácter piadoso y las oraciones de su madre de esta manera:

“Mi madre cuyo corazón era puro en tu fe y quien buscaba vehementemente a Dios por mi salvación…”.

Luego recuerda con nostalgia que:

“Ella empapaba el suelo cada día con sus lagrimas por mi”.

Por eso, entre las varias lecciones que nos otorga las Confesiones de Agustín, su devoción por su madre nos recuerda la necesidad y el incalculable valor de la intercesión de los padres por los hijos, en especial cuando se trata de la salvación de ellos.

El libro narra ciertas experiencias que marcaron la vida de Agustín de una manera muy particular, sobretodo aquellas que le revelaron su corrupción. Quizá la historia del robo de peras junto a sus amigos, es uno de los momentos que lo ayudó a comprender la naturaleza de su maldad de una manera reveladora. Tras un riguroso autoexamen acerca de las motivaciones que lo llevaron a robar y de las oscuras emociones que lo acompañaron, Agustín se horroriza por la bajeza de su perverso corazón. En esa contemplación le confiesa a Dios:

“Y lo hicimos solo por gusto, por el disgusto causado. Este es mi corazón, Señor del que tuviste compasión cuando me encontraba en el fondo de un pozo sin fondo. Deja que mi corazón te cuente lo que buscaba ahí: ser malvado porque sí, sin tentación para obrar el mal, solo por la fechoría en sí”.

Comentarios como estos son de vital importancia, puesto que aquello que hoy conocemos como el Calvinismo fue formulado mucho antes por Agustín, basado en lo que enseña la Palabra.

La muerte de un amigo cercano, después de una profunda tristeza, despertó un obsesivo temor por la muerte. Esa interrogante acerca de esta realidad lo persiguió por años e influyó mucho para su posterior conversión. Agustín era un maestro en retórica, y más adelante dejó su ciudad natal para emprender una nueva etapa como maestro en la ciudad de Roma, que lo llevaría hasta la ciudad de Milán.

Ese viaje sería el inicio de su transformación. Aunque narra que su madre Mónica daba por sentado la definitiva perdición de su hijo, Dios estaba obrando sus propósitos de una manera que ella no comprendía. Fue precisamente en Milán que Agustín conoció al Obispo de la ciudad: Ambrosio. Su interés por la retórica lo llevó a escuchar a este conocido predicador, aunque no tenía ningún interés por el Dios que él predicaba:

“Escuchaba con diligencia sus predicaciones al pueblo, no con la intención debida, sino probando su elocuencia, para ver si se correspondía con la fama… Me deleitaba en la dulzura de su discurso….aunque no me esforzaba por aprender lo que decía”.

Dios estaba martillando el corazón de Agustín con las palabras de Ambrosio, quien más adelante se convirtió en una especie de mentor para él.

El clímax del libro se encuentra en la descripción de su dramática conversión estando a las afueras de un hotel junto a su amigo Alipio. Su nuevo nacimiento fue precedido por una lucha interna en su mente y corazón, pues no estaba dispuesto a abandonar sus pasiones. Pero en esa lucha Dios lo doblegó y reconoció que “salió toda mi miseria a la vista de mi corazón, se levantó una fuerte tempestad que trajo una caudalosa lluvia de lágrimas”.

Sin embargo, lo que sucedió inmediatamente después añadió certeza a su experiencia. Mientras lloraba, escuchó desde atrás el cántico de un niño que decía: “Toma y lee, toma y lee”. Agustín tomó estas palabras como una señal divina y cuando abrió su Biblia sus ojos dieron con un pasaje del Nuevo Testamento:

“Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”, Romanos 13:13-14.

Agustín había entendido el mensaje como el sello de su nueva fe. Agustín había nacido de nuevo.

La última parte del libro se enfoca en su nueva vida como creyente, dejando en claro que su conversión y crecimiento espiritual solo fueron posibles a través de la gracia divina. Expresa la incapacidad humana en la celebre frase “mándame lo que quieras, y dame lo que mandas”. Esta expresión luego fue objeto de rechazo por parte de Pelagio, quien no miraba en el hombre la corrupción del pecado.

Acerca de la libertad humana, Agustín reconoce “que el libre albedrío era la causa de nuestro mal hacer…”, pues somos esclavos del pecado hasta que su gracia nos libere.

Agustín culmina el libro haciendo una consideración acerca de la creación y la verdad descubierta, inclinándose en reverencia y adoración ante tal majestad.

Conclusión

Confesiones, por un lado, es el relato de la maldad y de la incapacidad humana. Por el otro, es la exaltación de la gracia y poder divino que doblegan esa resistencia natural del hombre. Confesiones es el necesario contraste entre nuestra depravación humana y la gracia transformadora de Dios.

Este clásico de la literatura cristiana nos invita a la consideración de nuestra propia corrupción y miseria, porque solo de esa manera la majestad, santidad y gracia divina toman una dimensión justa en nuestros corazones. En otras palabras, mientras más reconocemos nuestra bajeza, mayor será nuestra convicción, admiración y devoción por la grandeza de Dios, tal como lo experimentó Agustín.

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