¿Por quién murió Cristo?

Soy un calvinista extraño. La idea de que la expiación se limita a los elegidos es la última piedra de tropiezo para muchos, pero fue uno de mis primeros pasos en la teología reformada. Si bien muchas personas aceptan de buena gana que somos totalmente depravados, que Dios nos escogió incondicional y eternamente en Cristo, que creemos en Cristo solo por la gracia irresistible del Espíritu, y que el Dios trino nos preserva para que perseveremos hasta el final, les resulta más difícil aceptar que Cristo murió solamente por los elegidos. Vine a los pies de Cristo al entender que Dios le imputó nuestro pecado a Su Hijo para poder imputarnos la justicia de Su Hijo encarnado (2 Co 5:21). Tan pronto alguien señaló que todas las personas deben ser salvas si Cristo hizo estas cosas por todas las personas, fui convencido de la expiación limitada.

Como dice un catecismo infantil: «Cristo murió por todos los que le fueron dados por el Padre». El asunto es el diseño o la intención del Dios trino en la expiación. Podemos entender mejor el hecho de que Cristo vino a salvar a Su pueblo, y solo a ellos, de sus pecados (Mt 1:21) al enraizar la muerte de Cristo en la obra salvadora de toda la Trinidad, y al responder a dos preguntas comunes.

La obra unida de la Trinidad muestra claramente por qué Cristo murió únicamente por los elegidos. El Padre escogió a los creyentes en Cristo antes de que comenzara el tiempo (Ef 1:4-5). El Espíritu Santo es el sello de propiedad del Padre sobre los elegidos (vv. 13-14). Nadie recibe las cosas de Dios o confiesa que Jesús es el Señor excepto por el Espíritu (1 Co 2:10-16; 12:3). El Padre llama a Sus elegidos hacia Cristo por Su Palabra y Espíritu (2 Co 3:16-18; Stg 1:18). La Trinidad es unánime e indivisible. La muerte de Cristo se extiende hasta el propósito de la elección del Padre (Hch 2:23) y el poder efectivo del Espíritu (13:48). No es que el Padre escogió a algunos y el Espíritu cambia a algunos mientras Cristo murió por todos. El Padre salva por elección particular, el Hijo por redención particular, y el Espíritu por llamado particular. El Hijo no será el eslabón roto en la cadena. Tampoco la obra de Cristo está dividida. El no ora por el mundo cuando le pide al Padre que los guarde, que sean uno y que sean santificados en la verdad (Jn 17:11, 19). Oró estas cosas por aquellos a quienes el Padre escogió y entregó a Cristo (vv. 3, 6, 9-10). El Hijo aplica Su muerte a los elegidos a través de Su intercesión para que puedan estar con Él dónde Él está (v. 24). Aquellos por quienes murió mueren al pecado al estar en Él, así como aquellos por quienes resucitó resucitan a una nueva vida (2 Co 5:14-15). Dios hace lo que hace porque es quien es. Dios es trino y la expiación es un acto trinitario unificado en propósito, producción y perfección.

Entonces ¿por qué algunos pasajes de la Escritura parecen universalizar la muerte de Cristo (p. ej.: 1 Jn 2:2)? Porque Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2:5). No discrimina por motivos de raza, sexo, cultura, estatus ni ninguna otra cosa. Él es la propiciación por nuestros pecados y es el único medio para que cualquiera pueda escapar de la ira de Dios. La Biblia no nos llama a recibir la muerte de Cristo porque Él murió por todos los hombres, sino que nos llama a recibir a Cristo quien «es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes» (4:10).

Esto nos lleva a plantear una pregunta relacionada: ¿Limita la expiación limitada la oferta del evangelio solo a los elegidos? El ministerio del evangelio debe reflejar el ministerio del Espíritu. Él llama a las personas a Cristo de forma general y de forma particular, externa e internamente. Él llama a los pecadores a través de la predicación, aunque algunos se resisten a Su llamado (Hch 7:51). Sin embargo, Él también llama a los elegidos a través de este llamado general, asegurando que responderán al extenderles también el llamado interno. El Espíritu abrió la boca de Pablo para que predicara a Cristo, pero abrió el corazón de Lidia para que recibiera a Cristo (Hch 16:14). Quizás nuestro problema es que mientras le decimos a las personas: «Jesús murió por ti», la Biblia dice: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hch 16:31). La Biblia ofrece a Jesús a todas las personas sin distinción y sin ninguna vergüenza de que Cristo no haya muerto por todas las personas sin excepción. Debemos orar para que todas las personas en todas partes sean salvas (1 Tim 2:1-3), y debemos predicar para que todas las personas en todas partes puedan ser salvas (Mt 28:19-20; Mr 16:15). Si queremos ser instrumentos del llamado específico del Espíritu, nuestra predicación y evangelización deben imitar Su llamado general.

Muchos de los cristianos que niegan que Cristo murió solamente por los elegidos creen que Cristo solo salva a los elegidos. Esto es un problema. Cristo vino a salvar a Su pueblo de sus pecados. Es por ellos que Él ora. Él está preparando un lugar para que estén con Él en el cielo. Cristo nació por Su pueblo, vivió por Su pueblo, resucitó por Su pueblo, ascendió al cielo y se sentó allí por Su pueblo, regresará para reunir a Su pueblo, y envía a Su Espíritu a vivir en Su pueblo. ¿Cómo puede Él hacer todas estas cosas por algunas personas y morir por todas las personas? El Hijo es la segunda persona de la Trinidad. Cristo no nos salvará contradiciendo al Padre y al Espíritu, pero tampoco nos salvará sin Ellos. Así como el Espíritu llama a la gente a Cristo a través del evangelio, así debemos presentar a Cristo. Así como Cristo murió por aquellos que le fueron entregados por el Padre, así debemos recibir a Cristo.  

El Dr. Ryan M. McGraw es profesor de teología sistemática Morton H. Smith y decano académico del Greenville Presbyterian Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos The Day of Worship [El día de adoración].