Un ciego en un campanario

Robert Charles Sproul, (13 de febrero de 1939, en Pittsburgh – 14 de diciembre de 2017, Pensilvania) fue un teólogo reformado estadounidense y pastor ordenado en la iglesia Presbiteriana de Estados Unidos. También fundador y presidente de Ligonier Ministries (una organización sin fin lucrativo) poseía un programa de radio Renewing Your Mind, que se podía escuchar a diario en los Estados Unidos y en otros 60 países.​

Bajo la dirección de Sproul, Ligonier Ministries produjo la Declaración Ligonier sobre la inerrancia bíblica, que eventualmente se convertiría en la Declaración de Chicago sobre la inerrancia bíblica de 1978, de la cual Sproul, junto con Norman Geisler, fue uno de los principales arquitectos. Sproul ha sido descrito como “el proponente más grande e influyente de la recuperación de la teología reformada en el último siglo”​.

La Ligonier Ministries realiza varias conferencias teológicas cada año, y la principal conferencia se realiza anualmente en Orlando (Florida) por ende el dr. Sproul era uno de los principales oradores.

Sproul estuvo en el tren de Amtrak que se descarriló en el accidente ferroviario de Big Bayou Canot de 1993, y frecuentemente mencionaba relatos de primera mano de la historia.

La necesidad de ilustraciones en la Predicación

Nosotros no ponemos nuestra confianza en técnicas. Sin embargo, Martín Lutero no menospreció las enseñanzas de ciertos principios de comunicación que pensó eran importantes. Hay cosas que los predicadores pueden aprender sobre cómo construir y entregar un sermón, y cómo transmitir información de manera efectiva desde el púlpito.

Él también dijo que la composición del ser humano es una clave importante para la predicación. Dios nos ha hecho a Su imagen y nos ha dado mentes. Por lo tanto, un sermón está dirigido a la mente, pero no solo es transmisión de información; también hay amonestación y exhortación. Tiene sentido el que nos dirijamos a la voluntad de las personas y los llamemos a cambiar. Los llamamos a actuar de acuerdo a su entendimiento. En otras palabras, queremos llegar al corazón, pero sabemos que el camino al corazón es a través de la mente. Así que, primero la gente debe ser capaz de entender de qué estamos hablando. Es por ello que Lutero dijo que una cosa es enseñar en el seminario, como lo hizo en la universidad, y otra cosa es enseñar desde el púlpito. Dijo que los domingos por la mañana dirigiría sus prédicas a los niños en la congregación para asegurarse que todos pudieran entender. El sermón no es un ejercicio de pensamiento abstracto.

Para Lutero, los tres principios más importantes de comunicación pública eran ilustrar, ilustrar e ilustrar.

Aquello que hace la impresión más profunda y duradera en la gente es la ilustración concreta. Para Lutero, los tres principios más importantes de comunicación pública eran ilustrar, ilustrar e ilustrar. Él animó a los predicadores a usar imágenes y relatos concretos. Aconsejó que, al predicar sobre una doctrina abstracta, el pastor debe encontrar un relato en la Escritura que comunique esa verdad para comunicar lo abstracto a través de lo concreto.

De hecho, así fue como predicó Jesús. Alguien vino a Él y quería debatir lo que significaba amar al prójimo como a uno mismo. “Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores…” (Lucas 10:29-30). No solo dio una respuesta abstracta y teórica a la pregunta; contó la parábola del Buen Samaritano. Respondió a la pregunta en forma concreta dando una situación de la vida real que de seguro aclararía el tema.

Jonathan Edwards predicó su famoso sermón “Pecadores en manos de un Dios airado” en Enfield, Conn. Leyó el sermón de un manuscrito con una voz monótona. Sin embargo, empleó imágenes concretas y aun gráficas. Por ejemplo, Edwards dijo: “Dios… te sostiene sobre el infierno, así como uno sostiene a una araña o algún insecto detestable sobre el fuego”. Luego dijo: “El arco de la ira de Dios está encorvado, la flecha lista en la cuerda”. También declaró: “Cuelgas de un hilo delgado, con las llamas de la ira divina destellando”. Edwards entendía que mientras más gráfica la imagen, más gente estaría dispuesta a escucharla y recordarla.

Lutero dijo lo mismo. No estaba sustituyendo la técnica por la sustancia, sino diciendo que la sustancia de la Palabra de Dios debe ser comunicada al pueblo de Dios de formas ilustrativas simples, gráficas y directas. Ese era todo el asunto para Lutero –el ministro debe ser un portador de la Palabra de Dios– nada más ni nada menos. De esta forma, el predicador enseña al pueblo de Dios.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Si nadie se pierde, entonces la Misión de Cristo fue una perdida de Tiempo

Es fácil recluirnos en nosotros mismos, no de forma consciente, ni maliciosamente; sin embargo pasamos por el otro lado a fin de mantenernos desentendidos del dolor y la desesperanza espiritual que nos rodea. Ese no fue el ejemplo de Jesús. Él buscó el dolor. Buscó a los perdidos. Ese fue su primer paso en la redención de los perdidos.

Jesús ganó una reputación por asociarse con aquellos que eran considerados marginados. Los indeseables, los desestimados de la cultura judía, todos estos se reunían con Jesús. Esto molestó a los fariseos y los escribas, los dignatarios y el clero de la época. Estos habían adoptado una tradición la cual enseñaba que la salvación era por segregación: mantente apartado de todo aquel involucrado en pecado, así es como puedes asegurar tu propia redención. Era parte de su filosofía de trabajo el aislarse de todos aquellos que fuesen pecadores. Jesús vino y desafió aquella tradición al asociarse abiertamente con los rechazados de la cultura.

Jesús no se limitó a decir que vino solo a salvar a los perdidos, sino que vino a buscarlos y salvarlos.

Fue en una de estas ocasiones cuando los fariseos comenzaron a murmurar y a quejarse sobre los compañeros de Jesús. En respuesta, Jesús cuenta una serie de parábolas, la primera de las cuales dice lo siguiente:

¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la que está perdida hasta que la halla? Al encontrarla, la pone sobre sus hombros, gozoso; y cuando llega a su casa, reúne a los amigos y a los vecinos, diciéndoles: “Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido.” Os digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento (Lucas 15:4-7).

Esta parábola se llama «la parábola de la oveja perdida». Hay aquellos hoy en día que no creen que haya quien se pierda, rechazan por completo el concepto de estar perdido. Hay quienes son universalistas, que creen todas las personas irán directo al cielo de forma automática; la justificación no es por fe ni obras, sino simplemente por la muerte, porque nadie está realmente perdido. Luego, hay quienes dicen que dado el tiempo suficiente, los perdidos eventualmente encontrarán su camino de regreso; solo necesitamos dejarlos solos.

Sin embargo, si nadie se pierde o si al final todos terminan encontrando su camino de regreso, entonces la misión de Cristo fue una perdida de tiempo; la expiación de Cristo no era necesaria. Esto ensombrece la misión de Jesús.

Jesús definió su misión diciendo: “el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). No se limitó a decir que vino solo a salvar a los perdidos, sino que vino a buscarlos y salvarlos. Esto es, antes de que los perdidos puedan ser redimidos, estos tienen que ser hallados.

Es el encontrar a los perdidos lo que requiere la labor de las misiones. Es fácil engañarnos a nosotros mismos pensando que no hay nadie perdido y una forma de hacer esto es hacernos a un lado de la búsqueda, esto es, asegurarnos de mantenernos desinformados sobre las necesidades del perdido, aislarnos de forma tal de desconocer qué es lo que realmente está pasando en el mundo. Por ejemplo, no nos salimos de nuestro camino para entender y aprender sobre todas las personas que mueren de hambre en el mundo. Cuando somos confrontados con ello, nuestras conciencias son punzadas y somos movidos a acción. Pero no salimos de nuestro andar para encontrar la miseria; pensamos que ya hay suficiente miseria en nuestras propias vidas, sin tener que buscar más.

Cuando era chico, aún era común que un doctor hiciera visitas a domicilio, y en realidad viniera hasta tu casa. Todos los días conducía por el barrio y visitaba a niños, ancianos y todo aquel que estuviera enfermo. Hoy en día, si estás enfermo, el doctor no es quien va a ti, sino que eres tú quien debe ir al doctor. Por desgracia, muchas iglesias se manejan de esta forma, cuelgan un letrero e invitan a que la gente vaya a ellas.

Jesús no tenía un edificio, no esperaba detrás de puertas cerradas a que la gente se acercara a verlo. Su ministerio era uno de “andar caminando”. Él salía a donde las personas estaban. De eso es lo que se tratan las misiones. El ministerio de Cristo era un ministerio de buscar el dolor y a aquellos que están perdidos.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Si Dios es Soberano, ¿Por qué orar?

Nada escapa a la atención de Dios; nada sobrepasa los límites de su poder. Dios tiene autoridad sobre todas las cosas. Si pensara siquiera por un momento que una sola molécula estuviera corriendo suelta en el universo fuera del control y dominio del Dios omnipotente, no dormiría esta noche. Mi confianza en el futuro descansa en mi confianza en el Dios que controla la historia. Pero, ¿cómo es que Dios ejerce ese control y revela esa autoridad? ¿Cómo Dios lleva a cabo las cosas que Él soberanamente decreta?

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden.

Agustín dice que nada pasa en este universo aparte de la voluntad de Dios y que, en cierto sentido, Dios ordena todo lo que sucede. Agustín no estaba tratando de absolver a los hombres de la responsabilidad de sus acciones, pero su enseñanza plantea una pregunta: ¿Si Dios es soberano sobre las acciones y las intenciones de los hombres, ¿por qué orar entonces? Una preocupación secundaria gira en torno a la pregunta: “¿Realmente la oración cambia algo?” Permítanme responder a la primera pregunta diciendo que el Dios soberano ordena por su Santa Palabra a que oremos. La oración no es opcional para el cristiano, es requerida.

Podríamos preguntar, “¿Qué pasa si no sucede nada?” Ese no es el problema. Independientemente de si la oración haga algún bien, si Dios nos manda a orar, entonces debemos orar. Que el Señor Dios del universo, el creador y sustentador de todas las cosas lo ordene es razón suficiente. Sin embargo, Él no solo nos manda a orar, sino que también nos invita a hacer conocer nuestras peticiones. Santiago dice que nosotros no tenemos es porque no pedimos (Santiago 4:2). También nos dice que la oración del justo puede mucho (Santiago 5:16). Una y otra vez, la Biblia dice que la oración es una herramienta eficaz. Es útil, funciona.

Juan Calvino, en Institución de la Religión Cristiana, hace algunas observaciones profundas con respecto a la oración:

Pero nos dirá alguno, “¿Es que no sabe Él muy bien, sin necesidad de que nadie se lo diga, las necesidades que nos acosan y qué es lo que nos es necesario, por lo que podría parecer en cierta manera superflua que Él debería ser movido por nuestras oraciones, como si Él hiciese que no nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor?” Pero los que así razonan no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado a su pueblo a orar, porque lo ordenó no tanto por su propio bien sino por el nuestro. Él que, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le dé lo que es suyo; es decir, que todo cuanto el hombre desee y en lo que le sirva de provecho, proviene de Él y de la manifestación de las oraciones. Sin embargo, el beneficio de este sacrificio, con el que Él es adorado, vuelve a nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más confiadamente se gloriaban de los beneficios que Dios les había concedido a ellos y a los demás, tanto más vivamente se animaban a orar. . .

Aun así, es muy importante para nosotros el clamarle: En primer lugar, a fin de que nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y servirle siempre, acostumbrándonos a acogernos solamente a Él en todas nuestras necesidades como a una ancla sagrada. En segundo lugar, a fin de que nuestro corazón no se vea tocado por ningún deseo en el cual no nos atrevamos por vergüenza a ponerlo a Él como testigo, mientras aprendemos a poner todos nuestros deseos ante sus ojos y derramemos todo nuestro corazón sin ocultarle nada. En tercer lugar, para prepararnos a recibir sus beneficios con verdadera gratitud de corazón y con acción de gracias; beneficios que nuestra oración nos recuerda que todo viene de su mano.

La oración, como todo lo demás en la vida cristiana, es para la gloria de Dios y para nuestro beneficio, en ese orden. Todo lo que Dios hace, todo lo que Dios permite y ordena es, en todo sentido, para su gloria. También es cierto que mientras Dios busca su propia gloria enteramente, el hombre se beneficia cuando Dios es glorificado. Oramos para glorificar a Dios, pero también oramos con el fin de recibir los beneficios de la oración de su mano. La oración es para nuestro beneficio, aun conociendo el hecho de que Dios conoce el fin desde el inicio. Es nuestro privilegio llevar enteramente nuestra existencia finita a la gloria de su presencia infinita.

Uno de los grandes temas de la Reforma fue la idea de que toda la vida es para ser vivida bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios, en la presencia de Dios. La oración no es simplemente un soliloquio, un mero ejercicio de autoanálisis terapéutico, o una recitación religiosa. La oración es un discurso con el mismo Dios personal. Allí, en el acto y la dinámica de la oración, es que traigo toda mi vida bajo su atenta mirada. Sí, Él sabe lo que está en mi mente, pero aun así tengo el privilegio de poder expresarle lo que hay en ella. Dice: “Ven. Háblame. Haz conocer tus peticiones delante de mí”. Entonces vamos con el fin de conocerle, y para ser conocidos por Él.

Hay algo erróneo en la pregunta: “Si Dios lo sabe todo, ¿por qué orar?” La pregunta asume que la oración es unidimensional y se define simplemente como súplica o intercesión. Por el contrario, la oración es multidimensional. La soberanía de Dios no proyecta sombra sobre la oración de adoración. El previo conocimiento o consejo determinado de Dios no niega la oración de alabanza. Lo único que debe hacer es darnos una mayor razón para expresar nuestra adoración por quién es Dios. Si Dios sabe lo que voy a decir antes de que lo diga, su conocimiento, en lugar de limitar mi oración, realza la belleza de mi alabanza.

Mi esposa y yo nos conocemos mejor que nadie. A menudo sé lo que va a decir casi antes de que ella lo diga. Y viceversa también. Pero aun así me gusta oírla decir lo que está en su mente. Si esto es verdad en el hombre, ¿cuánto más cierto es para con Dios? Tenemos el privilegio inigualable de compartir nuestros pensamientos más íntimos con Dios. Por supuesto que podríamos simplemente entrar en nuestro espacio de oración, dejar que Dios lea nuestras mentes, y llamar a eso oración. Pero eso no es comunión y ciertamente tampoco es comunicación.

Somos criaturas que se comunican principalmente a través del habla. La oración hablada es, obviamente, una forma de expresión, una manera en la que nosotros nos relacionamos íntimamente y comunicamos con Dios. Hay un cierto sentido en el que la soberanía de Dios debe influir en nuestra actitud hacia la oración, al menos con respecto a la adoración. En todo caso, nuestra comprensión de la soberanía de Dios debe provocarnos a una intensa vida de oración de gratitud. Al conocer eso, deberíamos ver que cada beneficio, todo don bueno y perfecto, es una expresión de la abundancia de su gracia. Cuanto más entendamos la soberanía de Dios, nuestras oraciones estarán más llenas de acciones de gracias.

¿De qué manera podría la soberanía de Dios afectar negativamente a la oración de contrición o confesión? Tal vez podríamos llegar a la conclusión de que nuestro pecado es, en última instancia, la responsabilidad de Dios y que nuestra confesión es una “acusación de culpabilidad contra Dios mismo. Cada cristiano verdadero sabe que no puede culpar a Dios por su pecado. Quizás no pueda entender la relación entre la soberanía divina y la responsabilidad humana, pero me puedo dar cuenta de que lo que se deriva de la maldad de mi propio corazón no puede ser culpado a la voluntad de Dios. Así que debemos orar porque somos culpables, suplicando el perdón del Dios Santo a quien hemos ofendido.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Juan 3:16 y la capacidad del hombre para elegir a Dios

Es irónico que en el mismo capitulo en el cual nuestro Señor enseña la necesidad absoluta del nuevo nacimiento para ver el Reino, o siquiera poder escogerlo, aquellos que no son reformados encuentran uno de los textos principales que “apoyan” que el hombre caído retiene una pequeña capacidad de escoger a Cristo. Me refiero al versículo de Juan 3:16 que dice, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquél que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

¿Qué enseña este famoso versículo de la capacidad que tiene el hombre caído para elegir a Cristo? La repuesta sencilla es que no enseña nada. El argumento usado es que el texto enseña que todas las personas en el mundo tienen el poder para aceptar o rechazar a Cristo. Pero una vista cuidadosa del texto revela que no enseña nada de eso. Lo que el texto enseña es que todos los que creen en Cristo serán salvos. Quienquiera que haga lo primero (creer) recibirá lo segundo (la vida eterna). El texto no dice nada, absolutamente nada, de quiénes creerán. No dice nada de la capacidad moral natural del hombre caído. Tanto la gente reformada como la gente no-reformada están de acuerdo que todos los que creen serán salvos; donde no están de acuerdo es sobre quién tiene la capacidad de creer.

El hombre caído está en la carne; en ese estado él no puede hacer nada para complacer a Dios.

Algunos pueden decir “Está bien. El texto no enseña explícitamente que el hombre caído tiene la capacidad de elegir a Cristo sin primero haber nacido de nuevo, pero eso es lo que insinúa”. No estoy diciendo explícitamente que el texto insinúa algo así. Sin embargo, aun si lo hiciera no marcaría una diferencia en el debate. ¿Por qué no? Nuestra regla de interpretar las Escrituras es que las implicaciones que vienen de las Escrituras siempre necesitan ser subordinadas a la enseñanza explicita de las Escrituras. Nunca, nunca, nunca tenemos que revertir este orden para subordinar la enseñanza explicita de las Escrituras a las implicaciones posibles que vienen de las Escrituras.

Si el versículo de Juan 3:16 mostrara una capacidad humana natural y universal del hombre caído de elegir a Cristo, esta implicación sería arrasada por la enseñanza explicita de Jesús en sentido contrario. Jesús enseñó explícitamente y sin ambigüedad que el hombre no tiene la capacidad de venir a Él excepto si Dios hace algo para darle esa capacidad, a menos que lo atraiga a Él.

El hombre caído está en la carne; en ese estado él no puede hacer nada para complacer a Dios. Pablo declara, “la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede hacerlo. Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:7,8).

Preguntamos, entonces, “¿Quienes son los que están ‘en la carne’?” Pablo continúa declarando: “Sin embargo, ustedes no están en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de El” (Romanos 8:9). La palabra crucial aquí es “si”. Lo que distingue a los que están en la carne de los que no están es la presencia del Espíritu Santo. Nadie que no ha nacido de nuevo tiene la presencia del Espíritu Santo que mora en ellos. La gente que está en la carne no ha nacido de nuevo. A menos que primero hayan nacido de nuevo, nacido del Espíritu Santo, no pueden someterse a la ley de Dios. No pueden complacer a Dios.

Dios nos manda a creer en Cristo. Él se complace con los que eligen a Cristo. Si la gente no regenerada pudiera elegir a Cristo, pudiera someterse por lo menos a uno de los mandamientos de Dios y por lo menos pudieran hacer algo agradable a Dios. Si esto es verdad, el apóstol ha errado aquí cuando insiste que los que están en la carne no pueden someterse a Dios ni complacerle.

Llegamos a la conclusión de que el hombre caído todavía está libre para escoger lo que desea, pero ya que sus deseos son absolutamente malvados, le falta la capacidad moral para venir a Cristo. En tanto que permanece en la carne, el no regenerado nunca elegirá a Cristo. No puede elegir a Cristo precisamente porque no puede actuar en contra de su propia voluntad. No tiene ningún deseo para Cristo. No puede elegir a lo que no desea. Su caída es grande. Es tan grande que solo la gracia eficaz de Dios, obrando en su corazón, puede traerlo a la fe.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

¿Cuándo una Iglesia deja de ser Iglesia?

¿Cuándo una iglesia deja de ser iglesia? Esta pregunta ha recibido varias respuestas a lo largo de la historia, dependiendo de la perspectiva y evaluación de ciertos grupos. No existe una interpretación rígida sobre lo que constituye una iglesia verdadera. Sin embargo, en la ortodoxia cristiana clásica han surgido ciertos estándares que definen lo que llamamos el cristianismo “católico” o universal. Este cristianismo universal apunta a las verdades esenciales que han sido expresadas históricamente en los credos del primer milenio y son parte de la confesión de prácticamente cada denominación cristiana en la historia. Entonces, hay al menos dos formas en las que un grupo religioso falla en cumplir con los estándares de ser una iglesia.

‪La primera es cuando caen a la apostasía. La apostasía ocurre cuando una iglesia deja sus amarres históricos, abandona su posición confesional histórica, y se degenera a un estado en el cual las verdades cristianas esenciales son negadas descaradamente, o la negación de tales verdades es ampliamente tolerada.

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable.

Otra prueba de la apostasía es a nivel moral. Una iglesia se convierte en apóstata de facto cuando sanciona y fomenta pecados graves y atroces. Tales prácticas se pueden encontrar hoy en ciertos sistemas de denominaciones controversiales, tales como los conocidos episcopalismo y presbiterianismo tradicionales, los cuales se han alejado de sus amarras confesionales históricas, así como su posición confesional sobre cuestiones éticas básicas. (Nota del editor: Estas denominaciones han apoyado el matrimonio homosexual y aun permitido la ordenación de homosexuales hombres y mujeres).

La caída de una iglesia a la apostasía debe diferenciarse de aquellos grupos que nunca alcanzaron en realidad el estatus de una iglesia viable. De manera particular, nos referimos a las sectas heréticas. Aquí una vez más no encontramos ninguna definición rígida universal sobre lo que constituye una secta. El término tiene más de un significado o denotación. Por ejemplo, todas las iglesias que practican ritos y rituales tienen en su núcleo una preocupación por su “cultus” o “culto”. El “cultus” es el cuerpo organizado de la adoración que se encuentra en cualquier iglesia. Sin embargo, esta dimensión puede ser distorsionada a tal grado que el uso del término “culto” es aplicado en su sentido peyorativo. Por ejemplo, el diccionario puede definir el término “culto” como una religión que es considerada falsa, poco ortodoxa, o extremista. Cuando hablamos de cultos en este sentido, lo que viene a la mente son las distorsiones radicales en grupos marginales, como el fenómeno de Jonestown. Allí un grupo de devotos se sometieron a su líder megalómano, Jim Jones, e ilustraron su devoción a tal grado que voluntariamente se sometieron a la orden de Jones de suicidarse. Esto muestra el comportamiento extremista de las sectas.

Vale la pena notar que casi cualquier compendio que trata con la historia de las sectas incluirá dentro de sus estudios las grandes masas de la religión, tales como los mormones y testigos de Jehová. Sin embargo, el tamaño y la permanencia de estos grupos tienden a darles más credibilidad al paso del tiempo y a medida que más gente se asocia con sus creencias. Cuando miramos a grupos, tales como los mormones y los testigos de Jehová, encontramos elementos de verdad en sus confesiones. Sin embargo, al mismo tiempo, expresan claras negaciones de lo que históricamente podrían ser consideradas verdades esenciales de la fe cristiana. Esto ciertamente incluye su descarada negación de la deidad de Cristo. Los testigos de Jehová y los mormones tienen esta negación en común. Aunque ambos colocan a Jesús en algún tipo de posición exaltada en sus respectivos credos, Él no alcanza el nivel de deidad. Los dos grupos consideran a Cristo una criatura exaltada. Siguiendo la línea de pensamiento del antiguo hereje Arrio, los mormones y testigos de Jehová sostienen que el Nuevo Testamento no enseña la deidad de Cristo; más bien, ellos argumentan que enseña que Él es el primogénito exaltado de toda la creación. Dicen que Él es la primera criatura hecha por Dios, a quien luego se le dio poder superior y autoridad sobre el resto de la creación. Aunque Jesús es exaltado en tal cristología, todavía está muy lejos de la ortodoxia cristiana que confiesa la deidad de Cristo. Los pasajes en el Nuevo Testamento que se refieren a Jesús como siendo “engendrado” y “el primogénito de la creación” se utilizan incorrectamente para justificar esta definición de Cristo como criatura.

En los tres primeros siglos de la historia cristiana, el pasaje bíblico que dominó la reflexión sobre la comprensión de Cristo en la iglesia fue el prólogo del Evangelio de Juan. Este prólogo afirma que Cristo es el “Logos”, o la Palabra eterna de Dios. Juan declara en su Evangelio que el Logos estaba “con Dios en el principio, y era Dios”. Este “con Dios” sugiere una distinción entre el Logos y Dios, pero la identificación por el verbo que une “era” indica una identidad entre el Logos y Dios. La forma en que los mormones y los testigos de Jehová y otros grupos niegan esta verdad es por la substitución del artículo determinado en el texto por el artículo indeterminado, lo que hace que el Logos sea “un dios”. Con el fin de forzar esta interpretación del texto, uno debe afirmar previamente alguna forma el politeísmo. Tal politeísmo es totalmente ajeno a la teología judeocristiana, donde la deidad se entiende en términos monoteístas.

La amenaza de las distorsiones de las sectas es algo con lo que la iglesia tendrá que luchar en cada generación y en cada época. También es importante entender que incluso las iglesias legítimas pueden encontrar en su interior prácticas que reflejan el comportamiento de las sectas. Las sectas pueden surgir dentro de las estructuras de ciertas iglesias. En la comunión romana, por ejemplo, vemos en Haití una mezcla de teología católica romana con las prácticas del culto vudú. También en esa misma comunión no hay duda de que grandes grupos de personas veneran a María a un grado que va más allá de los límites defendidos por la propia iglesia, degenerando su adoración en una mentalidad de secta. Pero tal puede ser el caso entre los luteranos, presbiterianos, o cualquier grupo, cuando la ortodoxia es sacrificada por la devoción a los ídolos.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

Dios es incomprensible

¿Qué podemos saber acerca de Dios? Esta es la pregunta más básica de la teología, ya que lo que podamos saber sobre Él, en caso de ser esto posible, determinará el alcance y contenido de nuestro objeto de estudio. Respecto a esto, debemos tomar en cuenta la enseñanza de los mejores teólogos de la historia, quienes en su totalidad han afirmado la “incomprensibilidad de Dios”.

Al usar el término incomprensible, no se están refiriendo a algo que no podemos comprender o conocer en lo absoluto. Teológicamente hablando, decir que Dios es incomprensible no quiere decir que Dios sea completamente incognoscible; significa que ninguno de nosotros puede comprender a Dios por completo.

La incomprensibilidad está relacionada con un principio clave de la Reforma protestante: lo finito no puede contener (ni retener) lo infinito. Los seres humanos son criaturas finitas, por lo tanto nuestras mentes siempre funcionan desde una perspectiva finita. Vivimos, nos movemos, y existimos en un plano finito, pero Dios vive, se mueve, y existe en lo infinito. Nuestro entendimiento finito no puede contener a un sujeto infinito; por lo tanto, Dios es incomprensible. Este concepto es un equilibrio que nos sirve de advertencia, no sea que pensemos que hemos entendido y dominado cada detalle de Dios. Nuestra finitud siempre limita nuestra comprensión de Él.

Si malinterpretamos la doctrina de la incomprensibilidad de Dios, podemos caer fácilmente en dos graves errores. El primero es sostener que Dios, dado que es incomprensible, debe ser completamente incognoscible, y todo lo que afirmemos sobre Él es palabrería. Pero el cristianismo afirma la racionalidad de Dios junto con su incomprensibilidad. Nuestras mentes pueden llegar únicamente hasta cierto punto en su comprensión de Dios, y para conocerlo, necesitamos su revelación. Pero esa revelación es inteligible, no irracional. No es mera palabrería, o un sinsentido. El Dios incomprensible se ha revelado verdaderamente a sí mismo.

Es entonces que aludimos al principio de la Reforma, según el cual Dios está tanto oculto como revelado. Hay una dimensión misteriosa de Dios que no conocemos. Sin embargo, no nos deja en la oscuridad, buscándolo a tientas en la penumbra. Él se revela a sí mismo, y es este el fundamento de la fe cristiana. El cristianismo es una religión de revelación. El Dios creador se ha revelado claramente en el glorioso teatro de la naturaleza; a esto llamamos “revelación natural”. Dios también se ha revelado a sí mismo verbalmente. Ha hablado, y tenemos su Palabra grabada en la Biblia. Aquí nos referimos a la revelación especial, la información que Dios nos da y que nunca podríamos descubrir por cuenta propia.

Dios permanece incomprensible porque se revela a sí mismo sin revelar todo lo que hay que saber acerca de Él. “Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre” (Dt. 29:29). No es que no tengamos conocimiento de Dios, o que tengamos un conocimiento completo de Él; más bien, tenemos un conocimiento práctico que es útil y crucial para nuestras vidas.

Nuestras mentes pueden llegar únicamente hasta cierto punto en su comprensión de Dios, y para conocerlo, necesitamos su revelación.

Esto plantea la pregunta de cómo podemos hablar de manera significativa sobre el Dios incomprensible. Los teólogos tienen una desafortunada tendencia a oscilar entre dos extremos. Uno es el del escepticismo, considerado anteriormente, el cual asume que nuestro lenguaje acerca de Dios carece por completo de sentido y no tiene ningún punto de referencia respecto a Él. El otro extremo es una forma de panteísmo que asume falsamente que hemos entendido o contenido a Dios. Nos mantenemos al margen de estos errores cuando comprendemos que nuestro lenguaje sobre Dios se basa en la analogía. Podemos decir cómo es Dios, pero tan pronto como igualemos cualquier cosa que usamos para describirlo en su esencia, hemos cometido el error de pensar que lo finito puede contener lo infinito.

Históricamente, vemos al liberalismo protestante y a la neo-ortodoxia vacilar entre los dos errores mencionados anteriormente. La teología liberal del siglo XIX identificó a Dios con el flujo de la historia y con la naturaleza. Promovió un panteísmo en el que todo era Dios y Dios era en todo. En ese contexto, la neo-ortodoxia se negó a identificar a Dios con la creación y buscó restaurar la trascendencia de Dios. En su celo, los teólogos neo-ortodoxos hablaban de Dios como aquel que es “completamente otro”. Esa idea es problemática. Si Dios es completamente otro, ¿cómo podríamos saber cualquier cosa acerca de Él? Si Dios es completamente diferente a nosotros, ¿cómo podría revelarse?, ¿qué medios podría usar?, ¿podría revelarse a través de una puesta de sol?, ¿podría revelarse a través de Jesús de Nazaret? Si Él fuera completamente otro a los seres humanos, ¿qué base común pudo existir alguna vez para la comunicación entre Dios y la humanidad? Si Dios es completamente diferente a nosotros, no habría forma de que nos hablara.

Comprender que nos relacionamos con el Señor a través de la analogía resuelve el problema. Hay un punto de contacto entre el hombre y Dios. La Biblia nos dice que somos creados a la imagen de Dios (Gn. 1:26-28). En cierto sentido, los seres humanos son como Dios. Eso hace posible que la comunicación ocurra. Dios ha puesto esta capacidad de comunicación en la creación. No somos Dios, pero somos como Él porque llevamos su imagen y somos hechos a su semejanza. Por lo tanto, Dios puede revelarse a nosotros, no en su lenguaje, sino en el nuestro. Él puede hablar con nosotros, puede comunicarse de una manera que podamos entender, no de forma exhaustiva, sino verdadera y significativa. Si te deshaces de la analogía, terminas en el escepticismo.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

¿Tiene la Biblia errores?

“La Biblia es la Palabra de Dios, la cual se equivoca”. Desde la venida de la teología neo-ortodoxa a principios del siglo XX, esta afirmación se ha convertido en un mantra entre aquellos que quieren tener una visión elevada de la Escritura y a la vez evitar la responsabilidad académica de afirmar la infalibilidad bíblica y la inerrancia. Pero afirmar esto es un oxímoron por excelencia.

Volvamos a examinar esta fórmula teológica insostenible. Si eliminamos la primera parte, “La Biblia es”, obtenemos “la Palabra de Dios, la cual se equivoca”. Si lo analizamos más y tachamos “la Palabra de”, y “la cual”, llegamos a la conclusión final:

“Dios se equivoca”.

Pensar que Dios se equivoca de alguna manera, en algún lugar, o en alguna cosa que haga es repugnante tanto para la mente como para el alma. Aquí la crítica bíblica alcanza el punto más bajo del vandalismo bíblico.

¿Cómo podría una criatura sensata concebir una fórmula que habla de la Palabra de Dios como errante? Parecería obvio que si un libro es la Palabra de Dios, no pudiera (en efecto, no puede) errar. Si se equivoca, entonces no es (de hecho, no puede ser) la Palabra de Dios.

Atribuir a Dios cualquier error o falibilidad es teología dialéctica extrema.

Tal vez podamos resolver la antinomia diciendo que la Biblia se origina en la revelación divina de Dios, que lleva la marca de su verdad infalible, pero esta revelación es mediada por autores humanos que, en virtud de su humanidad, manchan y corrompen esa revelación original por su inclinación al error. Errare humanum est (“Errar es humano”), gritó Karl Barth, insistiendo que al negar el error, uno se queda con una Biblia doceta, es decir, una Biblia que simplemente “parece” ser humana, pero que en realidad es el producto de una humanidad fantasmal.

¿Quién argumentaría en contra de la propensión humana al el error? De hecho, debido a esa propensión existen los conceptos bíblicos de la inspiración y la superintendencia divina de la Escritura. La teología clásica ortodoxa siempre ha sostenido que el Espíritu Santo supera el error humano al producir el texto bíblico.

Barth dijo que la Biblia es la “Palabra” (verbum) de Dios, pero no las “palabras” (verba) de Dios. Con esa gimnasia teológica quería resolver el dilema insoluble de llamar a la Biblia la Palabra de Dios, que al mismo tiempo se equivoca. Si la Biblia es errante, entonces es un libro de reflexión humana sobre la revelación divina, solo otro volumen humano de teología. Puede tener un profundo conocimiento teológico, pero no es la Palabra de Dios.

Los críticos de la inerrancia argumentan que la doctrina se inventó en el escolasticismo protestante del siglo XVII, donde la razón superó la revelación, lo que significaría que no era la doctrina de los reformadores magisteriales. Por ejemplo, señalan que Martín Lutero nunca usó el término inerrancia. Eso es correcto. Lo que dijo fue que las Escrituras nunca se equivocan. Juan Calvino tampoco usó el término. Dijo que deberíamos recibir la Biblia como si escucháramos las palabras audibles viniendo de la boca de Dios. Los reformadores, entonces, no usaron el término inerrancia, pero articularon claramente el concepto.

Ireneo vivió muchos antes del siglo XVII, al igual que Agustín, el apóstol Pablo, y Jesús. Ellos, entre otros, enseñaron claramente la veracidad absoluta de la Escritura.

La defensa de la inerrancia de parte de la iglesia descansa sobre la confianza de la iglesia en la visión de la Escritura sostenida y enseñada por Jesús mismo. Queremos tener una visión de las Escrituras que no sea ni más alta ni más baja que el punto de vista de Jesús.

La plena confianza de las Sagradas Escrituras debe ser defendida en cada generación, contra toda crítica.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?

¿Qué dice la Biblia sobre la dirección de Dios? Dice que si reconocemos a Dios en todos nuestros caminos, Él dirigirá nuestras sendas (Pr. 3:5-6). Las Escrituras nos animan a aprender cuál es la voluntad de Dios para nuestras vidas, y lo hacemos al enfocar nuestra atención no en la voluntad de decreto de Dios, sino en la voluntad de precepto de Dios. Si quieres saber la voluntad de Dios para tu vida, la Biblia te dice: “Porque ésta es la voluntad de Dios: su santificación” (1 Ts. 4:3). Así que cuando alguien se pregunta si debe tomar un trabajo en esta ciudad o en aquella, o si casarse con Johana o Marta, debe estudiar cuidadosamente la voluntad de precepto de Dios. Debe estudiar la ley de Dios para aprender los principios por los cuales debe vivir su vida diariamente.

El salmista escribe: “¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del SEÑOR está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche!”. El deleite del hombre piadoso está en la voluntad de precepto de Dios, y el que se enfoca de esta manera será “como árbol plantado junto a corrientes de agua que da su fruto a su tiempo” (v. 3). El impío, sin embargo, no es así, más bien es “como paja que se lleva el viento” (v. 4).

Si quieres saber qué trabajo tomar, debes conocer los principios bíblicos a perfección. Al hacerlo, descubrirás que la voluntad de Dios es que hagas un análisis sobrio de tus dones y talentos. Entonces debes considerar si un trabajo en particular va de acuerdo a tus dones; si no va de acuerdo a ellos, no deberías aceptarlo. En ese caso, la voluntad de Dios es que busques un trabajo diferente. La voluntad de Dios también es que hagas compatible tu vocación, es decir tu llamado, con las oportunidades de trabajo que tengas, y eso requiere mucho más trabajo que usar una tabla Ouija. Significa que debes aplicar la ley de Dios a las muchas cosas de la vida.

Cuando se trata de decidir con quién casarte, debes mirar a todo lo que dicen las Escrituras con respecto a la bendición de Dios sobre el matrimonio. Habiendo hecho eso, quizá descubras que hay varias prospectas o prospectos que cubren los requisitos bíblicos. Entonces, ¿con quién te casas? La respuesta a eso es sencilla: cásate con quien quieras casarte. Siempre y cuando la persona que escojas esté dentro de los parámetros de la voluntad de precepto de Dios, tienes completa libertad para actuar de acuerdo a lo que te plazca, y no tienes por qué perder el sueño preguntando si estás fuera o dentro de la voluntad escondida o de decreto de Dios. Primeramente, no puedes estar fuera de la voluntad de decreto de Dios. Segundo, la única manera en que sabrás la voluntad escondida de Dios para ti hoy es esperar hasta mañana, y mañana será clara porque podrás mirar hacia atrás y saber que cualquiera cosa que sucedió es la obra de la voluntad secreta de Dios. En otras palabras, solo conocemos la voluntad secreta de Dios después de que se ha efectuado. Usualmente queremos saber la voluntad de Dios sobre el futuro, mientras que el énfasis en las Escrituras es en la voluntad de Dios para nosotros en el presente, y eso se refiere a sus mandamientos.

“Las cosas secretas” le pertenecen a Dios, no a nosotros. “Las cosas secretas” no nos incumben porque no nos pertenecen; son de Dios. Sin embargo, Dios ha tomado algunos de sus planes secretos y les ha quitado el secreto, y esas cosas sí nos pertenecen a nosotros. Él ha quitado el velo. A esto lo llamamos revelación. Una revelación es mostrar algo que antes estaba oculto.

El conocimiento que es nuestro a través de la revelación propiamente le pertenece a Dios, pero Dios nos lo ha dado. A eso se refería Moisés en Deuteronomio 29:29. Las cosas secretas le pertenecen a Dios, pero aquello que ha revelado nos pertenece, y no solamente a nosotros, sino también a nuestros hijos. A Dios le ha placido revelarnos ciertas cosas, y tenemos la bendición inefable de compartir esas cosas con nuestros hijos y con otras personas. La prioridad de pasar ese conocimiento a nuestros hijos es uno de los grandes énfasis en Deuteronomio. La voluntad revelada de Dios es dada en y a través de su voluntad de precepto, y esta revelación es dada para que seamos obedientes.

Como dije, muchas personas me preguntan cómo saber la voluntad de Dios para sus vidas, pero rara vez alguien me pregunta cómo puede saber la ley de Dios. La gente no pregunta eso porque sabe cómo conocer la ley de Dios: la encuentra en la Biblia. Uno puede estudiar la ley de Dios para conocerla. La pregunta más difícil es cómo podemos llevar a cabo la ley de Dios. Algunos se preocupan por eso, pero no muchos. La mayoría que pregunta sobre la voluntad de Dios quiere saber algo sobre el futuro, pero eso está cerrado. Si quieres saber la voluntad de Dios en términos de lo que Dios autoriza, de lo que a Dios le agrada, y por lo que Dios te bendecirá, de nuevo, la respuesta se encuentra en su voluntad de precepto, la ley, la cual es clara.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College.

¿Revela la naturaleza a Dios?

¿Revela la naturaleza a Dios? Esta pregunta indica una preocupación acerca de una cuestión fundamental para el cristianismo. La cuestión es: ¿puede Dios ser conocido fuera de la iglesia o de un ambiente religioso?

El secularista de hoy responde a esta pregunta diciendo que no. Con frecuencia se dice que el mundo natural es antitético a creer en Dios, presentándonos tantas anomalías que hacen insostenible la existencia de Dios.

Debido a estas afirmaciones, ya sea desde la esquina del ateísmo militante o de las preguntas del agnóstico turbado, muchos cristianos se han retirado a una esfera de “fe religiosa” como el único marco dentro del cual Dios puede ser conocido. Aquí la naturaleza se negocia para proteger la arena del espacio.

Los Salmos de la naturaleza en el Antiguo Testamento indican que la majestad del Creador brilla a través de la creación. Dios no solo se revela claramente en la creación, sino que la revelación se muestra. Es percibida por los hombres. El juicio de Dios no se retiene ya que los hombres se niegan a recibir la revelación (Ro. 1:18).

El problema es que no solo Dios se revela a sí mismo, sino que los hombres perciben esa revelación y se niegan a reconocerla. Pablo dice: “Pues aunque conocían a Dios, no Lo honraron como a Dios ni Le dieron gracias” (Rom. 1:21). Aquí se dice que el hombre conoce a Dios. Su pecado es que no glorifica ni agradece al Dios que sabe que existe. Pablo sostiene que Dios se manifiesta tan claramente en la creación que todos los hombres saben que Él existe. La revelación de Dios en la naturaleza hace que el ateísmo honesto sea una imposibilidad intelectual.

El conocimiento de Dios manifiesto en la naturaleza no es de ninguna manera exhaustivo. La revelación natural nunca nos proporcionará conocimiento redentor. Una cosa es saber que Dios existe. Es otra muy distinta tener un conocimiento personal e íntimo del Dios que existe.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk.

Soy feliz no necesito a Jesús

Eso es lo que escucho de mucha gente. Me dicen: “Simplemente no siento la necesidad de Cristo”. ¡Como si el cristianismo fuera algo empaquetado y vendido en una tienda comercial! Eso es muchas veces lo que comunicamos, “Aquí hay algo que te va a hacer sentir bien, y todo mundo necesita un poquito de esto en su clóset o refrigerador”, como si fuera una comodidad que va a agregar un poquito de alegría a nuestras vidas.

Si la única razón por la que un ser humano necesita a Jesús es para ser feliz, y la persona ya es feliz sin Jesús, entonces definitivamente no necesita a Jesús.

Sin embargo, el Nuevo Testamento indica que hay otra razón por la que tú o cualquier otra persona necesita a Jesús. Hay un Dios que es completamente santo, completamente justo, y que declara que juzgará el mundo, y hará responsable a cada ser humano por su vida.

Siendo un Dios perfectamente santo y justo, requiere de cada uno de nosotros una vida de perfecta obediencia y perfecta justicia.

Si existe un Dios así, y si has vivido una vida de perfecta justicia y obediencia —en otras palabras, si eres perfecto— entonces definitivamente no necesitas a Jesús. No necesitas un salvador porque los únicos que tienen un problema son las personas que no son justas.

El problema sencillamente es este: si Dios es justo y requiere perfección de mí, y yo no soy perfecto, entonces Él me tratará con justicia, y por lo tanto me espera en el futuro un castigo a manos de un Dios santo.

Si la única manera de escapar el castigo es a través de un salvador, y si quiero escaparme de dicho castigo, entonces necesito un salvador. Algunos dicen que estamos tratando de predicar a Jesús como un boleto que nos saque del infierno, como una manera de escapar el castigo eterno. Esa no es la única razón por la cual recomendaría a Jesús a una persona, pero es una de las razones.

Creo que mucha gente en la cultura de hoy en realidad no cree que Dios los hará responsable por sus vidas; que Dios en realidad no requiere piedad. Cuando creemos eso, no sentimos el peso de la amenaza del juicio. Si no tienes temor de lidiar con el castigo de Dios, entonces puedes vivir tan feliz como quieras. Yo estaría viviendo en terrible terror y temblor al pensar en caer en las manos de un Dios santo.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Tu testimonio no es el evangelio

“Por segunda vez los Judíos llamaron al hombre que había sido ciego y le dijeron: ‘Da gloria a Dios; nosotros sabemos que este hombre es un pecador’. Entonces él les contestó: ‘Si es pecador, no lo sé; una cosa sé: que yo era ciego y ahora veo’”, Juan 9:24-25.

Este dicho: “Da gloria a Dios”, parece positivo hasta que leemos el resto de la oración, en donde los fariseos revelaron que habían concluido que Jesús era un pecador, y por lo tanto no podía haber hecho el milagro. Estaban diciendo que el hombre debía dar gloria a Dios, no a Jesús. El hombre fue directo al punto con ellos, diciendo: “No sé si sea pecador. Ni siquiera lo conozco. Todo lo que sé es esto: yo era ciego y ahora veo”.

Con estas sencillas palabras, el hombre dio testimonio de Cristo. Testificó de la obra redentora de Cristo. Sin embargo, no predicó el evangelio. ¿Qué intento decir? En la comunidad cristiana evangélica a veces usamos lenguaje que no es siempre correcto o bíblico. Has escuchado esa jerga. Va algo así: “Planeo ser evangelista para poder dar testimonio de Cristo”. Algunas veces decimos: “Tuve la oportunidad de testificar el otro día”, lo que quiere decir: “Compartí el evangelio con alguien”. Tendemos a usar los términos evangelismo y testificar de manera intercambiable, pero no son sinónimos. Cuando apunto a la persona y obra de Cristo, estoy dando testimonio de Cristo. Pero eso no es lo mismo que predicar el evangelio.

Hace más de 30 años aprendí una técnica de evangelismo enseñada por Evangelismo explosivo, y entrené a más de 250 personas en ese programa, y los guíe en actividades evangelísticas en Ohio. Uno de los aspectos más finos de ese programa es que toda persona que lo toma debe escribir y memorizar su testimonio. Tu testimonio es la historia de cómo te convertiste en cristiano. Creo que es muy importante que los cristianos sean capaces de articular a otras personas cómo y por qué se convirtieron en creyentes. Todos deberíamos tener un testimonio preparado, y deberíamos estar dispuestos a compartirlo en cualquier momento.

Pero no debemos confundir nuestro testimonio personal con el evangelio. Compartir nuestro testimonio personal no es evangelismo. Es simplemente pre-evangelismo, una preparación para el evangelismo. Nuestro testimonio pudiera ser o no ser significativo o útil para aquellos con quienes hablamos. Hay muchas personas que pueden identificarse con mi historia; dicen: “Sí, sé de lo que habla porque yo también vivía así”. Pero no todos pueden identificarse con mi historia. De todas maneras, el evangelio no es lo que me pasó a mí. Dios no promete que usará mi historia como su poder para salvación. El evangelio no se trata de mí. El evangelio se trata de Jesús. Es la proclamación de la persona y obra de Cristo, y cómo una persona puede apropiarse de los beneficios de la obra de Cristo por la fe sola.

Vemos esto en este pasaje en el Evangelio de Juan. El hombre sanado podría decir: “Yo era ciego y ahora veo”, y eso es un testimonio maravilloso. Pero no es el evangelio. El hombre no podía decirle a los fariseos sobre la obra salvadora de Jesús y cómo podían ser rescatados de sus pecados por fe en Él. Así que debemos aprender no solamente nuestros testimonios, sino también los elementos concretos y contenido del evangelio bíblico. El evangelismo sucede cuando la buena nueva es proclamada y anunciada a las personas. Eso es el evangelio.

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El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra.

El trauma de la santidad

No hace mucho, una mujer de Oakland, California, se me acercó y me dijo que estaba enojada. Estaba muy angustiada, y lo que me dijo fue que ella estaba muy enojada con su pastor. Le dije: «Bueno ¿y por qué estás así con él?» Ella dijo: «Tengo la sensación de que por alguna razón, mi pastor, cada domingo en la mañana, hace todo lo posible por ocultar la verdadera identidad de Dios a la iglesia». Me dijo: «Vengo a la iglesia con el anhelo de tener la oportunidad de adorar, que mi alma experimente reverencia hacia Dios y adoración” dijo ella “pero el Dios del que oigo hablar está completamente paralizado. Ha sido reprimido. Lo han vuelto inofensivo y “estoy segura de que la razón por la que el pastor hace eso es porque no quiere atemorizarnos explicando el verdadero carácter de Dios».

Ahora señoras y señores, no sé qué tan cierta fue la queja de esta mujer, pero yo sé que todos tenemos una tendencia a suavizar el retrato bíblico de Dios, y hay una razón para ello. La razón es simple: la santidad de Dios es traumática para las personas no santas, y eso se hace evidente si vemos el resto del texto de Isaías.

Ya hemos visto el relato que Isaías hace de su visión de la santidad de Dios, y lo que me gustaría ver ahora es qué sucedió con Isaías en respuesta a lo que vio. Antes de hacer esto, quisiera comentar que en los primeros capítulos de la “Institución de la Religión Cristiana”, escrita por Juan Calvino. Él hace una declaración parecida a esto: «Allí está el temor y temblor con que los santos de la antigüedad temblaron delante de Dios, (coma) como toda la Biblia lo relata». Lo que Calvino decía es esto: que en la Escritura existe un patrón en las respuestas humanas a la presencia de Dios, y pareciera que mientras más justa es descrita la persona, más temblará cuando entra en la inmediata presencia de Dios.

No hay nada despreocupado ni casual en la respuesta de Habacuc cuando encuentra al Dios santo. ¿Recuerdas la queja de Habacuc, donde vio toda la degradación y las injusticias que se estaban extendiendo a lo largo y ancho de toda su patria? Él estaba tan ofendido por esas cosas, que subió a su puesto de guardia y se quejó contra Dios, diciéndole: «Muy limpios son tus ojos para mirar el mal ni … ver el agravio ¿Por qué ves a los menospreciadores, y callas…?» Y Dijo: «… velaré para ver lo que se me dirá, y qué ha de responder… tocante a mi queja». ¿Puedes recordar lo que pasó? Que cuando Dios se le apareció a Habacuc, él dijo: «… temblaron mis labios; pudrición entró en mis huesos, y dentro de mí me estremecí». ¿Qué pasó con Job cuando esperaba la voz de Dios? Y cuando Dios se mostró a sí mismo a Job, él dijo: «… me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza… Una vez hablé, más no responderé… Mi mano pongo sobre mi boca».

Como dijo Calvino, el reporte uniforme de la Sagrada Escritura afirma que todo ser humano que ha sido expuesto a la santidad de Dios, tiembla en su presencia. Eso no fue menos cierto para Isaías. Ahora pensemos en Isaías. No he hecho ninguna investigación moral del siglo octavo en Israel, pero no puedo imaginar que hubiese un humano caminando por la nación judía de aquel entonces que, en términos humanos, fuera más justo que Isaías. Isaías era de los seres humanos más justos que se podían encontrar en aquellos días. Y es él quien tiene ese atisbo de la santidad de Dios, y lo primero que hace al ver la santidad de Dios es gritar de terror, y la versión Reina Valera de 1960 registra sus palabras de esta manera: «¡Ay de mí! que soy muerto». Sé que las traducciones más recientes han tratado de actualizar el lenguaje de Isaías allí porque ya nadie habla más así. Nadie dice: «¡Ay de mí!». Es una expresión un tanto anticuada. Los expertos lo llaman arcaísmo. Es como si alguien dijera hoy «Pardiez» o “Recórcholis (2)» Nadie habla así a menos que seas contemporáneo de Don Quijote.

A veces, se puede escuchar a los judíos decir, » Oy veyzmir», que es la forma judía de la misma expresión, «¡Ay de mí!» No es usual escuchar hablar de este modo en nuestra cultura. Por eso los traductores, tratan de comunicar la Palabra de Dios con expresiones modernas, quitando algunas de estas expresiones arcaicas. Pero al hacerlo, por desgracia, caemos en el peligro de perder otra de esas joyas semiocultas de la literatura bíblica. Hay una razón por la que Isaías utiliza la palabra «ay».

En el Antiguo Testamento, un profeta era un ser humano que fue ungido por Dios para ser portavoz de Dios. La definición más simple que distinguía al profeta del sacerdote en Israel era esta: que era la tarea del sacerdote hablar con Dios en nombre del pueblo. Era la tarea del profeta hablar con el pueblo en nombre de Dios. Cuando el profeta declaraba su mensaje, no presentaba su declaración diciendo: «En mi humilde opinión,» o, «Considero que» o «Creo que quizás este puede ser el caso». Esa no es la forma en que se dirigían al pueblo. Ustedes saben lo que hacían. Cuando entregaban su mensaje, ¿qué es lo que decían al iniciar sus palabras? «Así dice el Señor» porque entendían que eran recipientes de un anuncio divino. Entonces, la forma literaria que era común a los profetas de Israel fue la forma conocida como oráculo.

De seguro que has escuchado del oráculo griego de Delfos, quien entregaba anuncios acerca del futuro. Pues entre los judíos, el recurso literario oracular, el oráculo, era de dos tipos. Existían oráculos de bienestar y oráculos de calamidad. Ahora, esto significa simplemente esto: que había anuncios que procedían de Dios que eran buenas noticias, y había anuncios que venían de Dios que eran malas noticias. Un oráculo de bienestar, o un oráculo de prosperidad, usaba una palabra que, entre los judíos, era importante para este oráculo al presentar buenas noticias, y era la palabra «bienaventurado». Es obvio que Jesús usa la forma del oráculo, consciente de su rol como profeta, cuando predica el sermón del monte. El pueblo de su tiempo habría reconocido la importancia de su presentación al dar esa lista de dichos en las que dice: «Bienaventurados los pobres en espíritu. Bienaventurados los que lloran. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia y los de limpios de corazón»… «Bienaventurados los mansos”. Él estaba pronunciando el oráculo de bienestar de Dios sobre el pueblo, la bendición divina, la bendición para los que hicieran determinadas cosas. Pero la otra cara del oráculo de bienestar era el oráculo de aflicción, que era un anuncio sombrío y aterrador del juicio de Dios. Escucha al profeta Amós cuando anuncia el juicio de Dios sobre las naciones y sobre las ciudades. «Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no revocaré su castigo». Jesús, cuando realizó la dura denuncia contra los fariseos, inició sus palabras de juicio usando el oráculo profético del Antiguo Testamento al decir: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, lo hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros».

Mencioné en nuestra primera sesión lo raro que es, en toda la Biblia, que algo se levante al nivel repetitivo del superlativo, y señalé que el único atributo de Dios que siempre es repetido al tercer grado es el atributo de la santidad: santo, santo, santo. Pero no es lo único que se repite hasta el tercer grado. El profeta Jeremías, cuando fue y pronunció el juicio de Dios delante del templo de los judíos, les dijo con sobriedad: «No fieis en palabras de mentira, diciendo: templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este”. Jeremías estaba, en efecto, diciendo «Tu hipocresía es a la enésima potencia. Confían en palabras mentirosas, palabras sin valor». Y en la hora más oscura de este planeta se nos predice en el Apocalipsis del Nuevo Testamento, y allí se nos dice que en la última hora, la copa de la ira divina se derramará sobre este planeta, y oímos de esa figura celestial volando por el cielo oscurecido, anunciando el juicio final de Dios con la repetición de una sola palabra. ¿Qué es lo que dice? «¡Ay, ay, ay!» No querrás estar cerca cuando esa ave empiece a cantar.

Pero, volviendo al sexto capítulo de Isaías, ¿ves a aquel que es llamado por Dios y separado, cuyas palabras las mismas palabras de Dios mismo en su boca el primer oráculo que pronuncia es un oráculo de condenación sobre sí mismo. «¡Ay de mí!» Tan pronto como se le descubre a Isaías la santidad de Dios, por primera vez en su vida, él entiende quién es Dios; y al segundo de que Isaías entendió quién era Dios, por primera vez en su vida, él entendió quién era Isaías. Y lo que salió de su boca fue algo muy parecido a un grito profundo, en que se maldice a sí mismo. «¡Ay de mí, que soy deshecho!». Las traducciones más modernas utilizan » soy muerto», pero me gusta la vieja versión inglesa King James que dice «deshecho». Porque si nos fijamos en lo que está pasando aquí a través de los lentes del psicoanálisis moderno, describiríamos la experiencia que narra Isaías, como una experiencia de desintegración psicológica, es decir una desintegración.

Utilizamos palabras para describir cuando una persona está sana al decir que está completa. Todo está en su lugar. Y cuando vemos a alguien que lo está perdiendo, ¿Qué decimos? Que se está cayendo a pedazos. ¿No es interesante que un sinónimo que usamos para «virtud» sea la palabra «integridad»? que significa que tenemos todo lo relacionado con nuestra vida bien unido de forma coherente y consistente.

Ahora, señoras y señores, aquí tenemos al hombre que posee la mayor integridad del pueblo judío, quien logra darle un vistazo a la santidad de Dios, e inmediatamente sufre su propia desintegración. Se hace pedazos. Eso es lo que pasa con las personas que le dan una mirada al carácter de Dios, porque ¿Te das cuenta de que pasamos toda nuestra vida escondiéndonos del carácter de Dios? Porque nuestra inclinación natural, amados, es ocultarnos de Dios porque sabemos, instintivamente, que tan pronto como el santo aparece, queda expuesto y se revela todo aquello y todo aquel que no es santo en virtud de ese estándar.

Tenemos un justificativo por cada pecado que cometemos. Somos maestros del autoengaño. Calvino declaró esto: «Mientras nuestra mirada esté fija en el suelo, estamos a salvo”. Nos halagamos. Nos consideramos como semidioses, un poco inferiores a las deidades eternas. Hacemos lo que Pablo nos advirtió que no hiciéramos: «… pero ellos mismos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos».

Déjenme decirles algo de la naturaleza humana. Podríamos salir a las calles de cualquier ciudad y preguntar a todo el mundo, y no creerían cuánta gente contestaría de la misma manera. Si yo preguntara, «¿Es usted perfecto?» Podría apostar que el noventa y nueve por ciento de las personas interrogadas, sin importar cuál sea su trasfondo, dirían: «No, yo no soy perfecto». La afirmación por la que todos los humanos votarían es que nadie es perfecto. “Errare humanum est”: errar es humano. Nadie es perfecto, y eso pareciera no molestarnos en absoluto. No hay persona alguna en el planeta que pueda negar que no es perfecto. (Esta es una doble negación. Lo diré de otra manera): No hay persona alguna en el planeta que pueda afirmar ser perfecta; y amados, no hay una sola persona que entienda la gravedad del no ser perfectos, porque el estándar por el cual seremos finalmente juzgados no es a través del promedio, sino del estándar de la perfección de Dios.

Podría escuchar esto: «Claro, todos tenemos derecho a un error.» ¿Quién lo dice? ¿Es que acaso Dios dijo: «Puedes cometer un error un pecado gratis, un acto gratuito de traición contra mi autoridad, un insulto gratuito a mi integridad”? Nunca lo dijo, ¿O sí? Pero incluso si lo hubiera dicho, ¿Hace cuánto tiempo que ya usaste el tuyo? ¡Todos tienen derecho a cometer un error! Espero tengamos derecho a más de uno. Por lo menos uno por segundo sería mejor. Pero ya ven, estamos cómodos con nuestra imperfección. Nos juzgamos midiéndonos unos a otros. No importa cuán avergonzado esté de las debilidades en mi vida y, hay veces que cuando me miro a mí mismo llego a sentir asco.

¿Se han sentido así? ¿Alguna vez han sentido repulsión de ustedes? “¡No puedo creerlo! No puedo creer que sea tan egoísta”, o ”No puedo creer que sea tan codicioso” o lujurioso, o lo que sea. Pero somos rápidos para excusarnos porque miramos alrededor y siempre podremos encontrar a alguien que es más depravado que nosotros al menos en la superficie. Podemos ser como el publicano o mejor como el fariseo, del cual Jesús dijo que fue al templo a orar. Él dijo: «Dios te doy gracias porque no soy… ni aun como este publicano». Y así encontramos la manera de excusarnos y halagarnos hasta que vemos el estándar, y cuando eso sucede, quedamos deshechos como Isaías fue desbaratado. Cuando vio la santidad pura, pudo comprender lo que era y lo que él no era. No pudo soportarlo y cayó sobre su rostro, y gritó de dolor mientras decía: «¡Ay de mí, que soy deshecho! Porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey…». Me pregunto por qué dijo lo que dijo. Cuando él clamaba en medio de su terror, dijo, «Estoy deshecho porque tengo una boca inmunda». Me pregunto por qué ¿Por qué su boca? Si leemos las enseñanzas de Jesús, podrán notar que una de las cosas que se observa una y otra vez en su enseñanza es una lección que ya casi nadie llega a creer en nuestro siglo nunca más.

Jesús, sí Jesús de Nazaret, enseñó algo, Él enseñó varias veces que algún día todos los seres humanos serían llamados ante el tribunal de Dios. Que cada uno de nosotros tendrá que dar cuentas ante el Creador santo del cielo y de la tierra, y Jesús dijo que en ese día toda palabra ociosa que hayamos dicho será puesta en juicio, todo aquello que hemos hecho, todo aquello que hemos dicho, cada promesa que hicimos y que no cumplimos, cada declaración blasfema que haya salido de nuestros labios, toda calumnia que hayamos levantado contra nuestro prójimo, todo será traído y puesto sobre la mesa. Jesús dijo: «No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale, esto contamina…». Dios nos ha dado la boca como instrumento para alabarle, para expresar su verdad; en lugar de eso mentimos, hacemos daño a otros, blasfemamos contra Dios. Tenemos labios inmundos. Cuando Isaías vio la santidad de Dios, su mano se dirigió automáticamente a su boca, mientras clamaba y se maldecía a sí mismo.

Ahora, señoras y señores, ¿Qué hizo Dios? ¿Miró Dios desde su trono y vio a su siervo retorciéndose en el polvo en todo su remordimiento y arrepentimiento como un monje medieval en un monasterio, autoflagelándose? ¿Acaso le dijo: «Ya, ya, ya… vamos Isaías. Ya te estás tomando demasiado en serio. No te tortures tanto, preocupándote de forma enfermiza con tu propia culpa. Le vas a dar material de estudio para toda una vida a gente como Sigmund Freud, si sigues así. No seas tan neurótico. Estás con sentimientos de culpa. Seguro que has estado leyendo a Jonathan Edwards o de algún otro puritano con sus excesos acerca de la pureza”?

Eso no fue lo que hizo. Ni tampoco Dios vio a su siervo retorciéndose en el suelo, y le dijo: «Sufre, gusano miserable. Mereces ser destrozado y arruinarte. Continúa así. Que la maldición caiga sobre ti. Estoy harto de personas como tú, Isaías. Nos vemos luego». Eso no fue lo que hizo.

Les diré algo más que Él no hizo, señoras y señores. Dios no dijo a Isaías una sola palabra acerca de la gracia barata. Dios no dijo: «Mira Isaías, todo lo que quiero que hagas es poner tu nombre en una tarjeta de visita o levantar tu mano. Así podrás entrar en mi reino». No, Dios vio su siervo en dolor, e hizo una señal a uno de los serafines, y el serafín se acercó al altar, donde los carbones encendidos al rojo vivo ardían en el lugar santo. Y las brasas estaban tan calientes que incluso la piel del ángel no podía tocarlas. Tuvo que usar unas tenazas, y con ellas tomó uno de esos carbones al rojo vivo, y voló hacia Isaías; y leemos en el texto que colocó este carbón caliente en sus labios. ¿Saben cuán sensibles son los labios humanos? Es con nuestros labios que expresamos una de las formas más íntimas de comunicación táctil el beso. Las terminales nerviosas de los labios son hipersensibles y este hombre tuvo que saber lo que es tener un carbón caliente en sus labios. Lo que pasó fue que tan pronto el carbón tocó sus labios, apareció una enorme ampolla sobre ellos. Se podía oír su carne chisporroteando. ¿Por qué? ¿Porque Dios estaba siendo cruel y bárbaro en su castigo para con Isaías? No. El carbón se aplicó para cauterizar sus labios, para purificarlo, para sanarlos, a fin de prepararlos para el mensaje que iba a dar. Escucha lo que dice. «Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con las tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado».

Soy protestante por convicción, pero una de las cosas que echo de menos de la tradición romana es el confesionario. Sé que el confesionario está en el centro de la controversia protestante, pero es sólo uno de los elementos, y tenemos la tendencia a botar al bebé junto con el agua de baño. Qué ganas de poder ir a algún lugar, a alguien al que puedo ver, oír y experimentar su con una presencia real y decir: «Padre, he pecado. Esto es lo que he hecho», y enumerar mis rebeliones, sacarlas de mi pecho, y luego ser capaz de ponerme de rodillas y escuchar a alguien decir en el nombre de Jesucristo, «Te absuelvo» te libero. Tus pecados te son perdonados. Cómo me gustaría oír a Cristo entrar en este salón ahora mismo y caminar hasta ti, de forma privada, y que te diga: «Conozco cada uno de tus pecados, pero ahora mismo quiero decirte que todo pecado que alguna vez has cometido es perdonado. Tu maldad ha sido borrada: toda. Nunca más tendrás que preocuparte por los pecados que cometiste contra Dios. Yo te perdono y te limpio en este momento y para siempre». ¿Cuánto darías por escuchar a Jesús decir eso hoy? Eso es lo que Dios le dijo a Isaías. «Se ha ido, Isaías toda tu culpa. No tienes que hablar más de la maldición. La he quitado. Tus pecados son perdonados. Han sido expiados».

Y ahora, mientras Isaías trata de lidiar con eso, Dios habla una vez más, y le dice: «¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?» Y ¿Qué es lo primero que dice Isaías después de maldecirse? «Heme aquí, envíame a mí». Noten que él no dijo: «Aquí estoy». Eso sería decirle a Dios su ubicación geográfica. No, él dijo: «Dios, aquí estoy». Difícilmente podía decirlo a través de esos labios. Señoras y señores, el precio del arrepentimiento es muy, muy doloroso. El verdadero arrepentimiento es sincero delante de Dios, y el entrar en la presencia del Dios santo es algo doloroso, pero cuando venimos con humildad, como Isaías; cuando vamos rostro a tierra, Dios está listo para perdonar, limpiar, y enviar. La única justificación para la misión de cualquier misionero, para la predicación de cualquier predicador, es que esa persona ha experimentado el perdón de Dios.

Padre, también tenemos bocas inmundas, y no podríamos sobrevivir en tu presencia de no ser por la expiación que has hecho por nosotros en Cristo. Oramos para que podamos conocer tu perdón ahora y siempre, y que podamos decirte «Heme aquí, envíame a mí». Amén.

Lo que necesitas saber antes de unirte a una Iglesia

Antes de asistir a una iglesia, debemos cerciorarnos de que sea una iglesia legítima. Ahora, obviamente, si sobre la puerta de enfrente se leyera: “iglesia de Satanás”, sabríamos que no es un cuerpo legítimo de creyentes. ¿Pero qué de iglesias que no son legítimas por razones no tan obvias? Algunos cuerpos religiosos dicen ser cristianos, pero a mi juicio y el de muchos otros cristianos, no son iglesias cristianas, sino cuerpos apóstatas. Inclusive, asistir a sus servicios podría ser pecado. No podemos esperar que una iglesia sea perfecta. Pero, ¿obedece a los fundamentos esenciales de la fe? ¿Practica una fe sana en la deidad de Cristo, y en aspectos de Cristo que encontramos bosquejados en el Nuevo Testamento?

Ahora bien, puede ser que estemos adorando cada día con personas que profesan ser cristianas sin serlo. Esto no lo podemos evitar porque Dios no nos ha dado la habilidad de mirar al corazón de otra persona y discernir dónde está espiritualmente. Pero sí podemos inquirir sobre las creencias básicas de un cuerpo eclesiástico, y queremos unirnos en adoración solamente con un grupo de personas que intentan hacer lo que es propio a los ojos de Dios.

Es obvio que esas preguntas básicas deben aplicarse antes de asistir a una iglesia. Antes de unirse a una iglesia me parece que debes mirar aún con más atención. Harías preguntas como: “¿Es esta una iglesia en donde se predica el evangelio, donde hay fidelidad a las Escrituras? ¿Es esta una comunidad en la cual estoy preparado para comprometerme, además de mi tiempo, mi dinero, mi devoción, en dónde seré instruido en crecimiento espiritual, con mi familia?”.

Creo que esas son las preguntas que debes hacerte con mucho cuidado antes de comprometerte y unirte. En nuestro país muchas veces nos unimos a iglesias de la misma manera en que nos unimos a cualquier otra organización, olvidando que cuando nos unimos a una iglesia, tomamos un voto sagrado ante Dios a hacer ciertas cosas: estar presentes en la adoración, hacer uso diligente de los medios de gracia, y ser un miembro activo en esa iglesia. Antes de hacer un voto a hacer algo así, necesitas saber a qué te unes y luego, habiendo hecho dicho voto, prepararte para cumplirlo.

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El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

¿Qué significa CORAM DEO?

Recuerdo a mi madre parada frente a mí, con sus manos en la cadera, sus ojos radiantes como carbones encendidos y diciendo con tono fuerte: «¿Cuál es el plan, jovencito?».

Por instinto sabía que mi madre no me estaba haciendo una pregunta abstracta de teoría. Su pregunta no era una pregunta en absoluto, era más bien una acusación apenas velada. Sus palabras se traducían fácilmente en: «¿Por qué haces lo que estás haciendo?». Ella me desafiaba a justificar mi comportamiento con una razón válida, pero no tenía ninguna.

Recientemente un amigo me hizo la misma pregunta con toda sinceridad. Preguntó: «¿Cuál es el plan de la vida cristiana?». Le interesaba saber cuál era el objetivo principal y final de la vida cristiana.

Vivir toda la vida coram Deo es vivir una vida de integridad.

Para responder su pregunta, recurrí a mi facultad de teólogo y le di un término en latín. Dije: «El plan de la vida cristiana es coram DeoCoram Deo captura la esencia de la vida cristiana».

Esta frase literalmente se refiere a algo que sucede en la presencia o delante del rostro de Dios. Vivir coram Deo es vivir toda la vida en la presencia de Dios, bajo la autoridad de Dios, para la gloria de Dios.

Vivir en la presencia de Dios es entender que lo que sea que hagamos y donde sea que lo hagamos, estamos haciéndolo bajo la mirada de Dios. Dios es omnipresente. No existe lugar tan remoto que podamos escapar de Su mirada penetrante.

Ser consciente de la presencia de Dios es también ser muy consciente de Su soberanía. La experiencia universal de los santos es reconocer que si Dios es Dios, entonces es realmente soberano. Cuando Saúl fue confrontado por la refulgente gloria del Cristo resucitado en el camino a Damasco, su pregunta inmediata fue: «¿Quién eres, Señor?». No estaba seguro de quién le hablaba, pero sabía que quienquiera que fuera, era ciertamente soberano sobre él.

Vivir bajo la soberanía divina envuelve más que una sumisión reacia a la soberanía absoluta motivada por el miedo al castigo. Implica el reconocer que no hay una meta más alta que dar honor a Dios. Nuestras vidas deben ser sacrificios vivos, oblaciones ofrecidas con un espíritu de adoración y gratitud.

Vivir toda la vida coram Deo es vivir una vida de integridad. Es una vida de plenitud que encuentra su unidad y coherencia en la majestad de Dios. Una vida fragmentada es una vida de desintegración. Está marcada por la inconsistencia, la desarmonía, la confusión, el conflicto, la contradicción y el caos.

El cristiano que compartimenta su vida en dos secciones, la religiosa y la no religiosa, no ha entendido el plan. El plan es que, o toda la vida es religiosa, o nada de ella lo es. Dividir la vida entre lo religioso y lo no religioso es, en sí mismo, un sacrilegio.

Esto significa que si una persona cumple su vocación como herrero, abogado o ama de casa coram Deo, entonces esa persona está actuando tan religiosamente como un evangelista ganador de almas que cumple su vocación. Significa que David fue tan religioso cuando obedeció el llamado de Dios para ser pastor como lo fue cuando fue ungido con la gracia especial para ser rey. Significa que Jesús fue tan religioso cuando trabajó en la carpintería de Su padre como lo fue en el huerto de Getsemaní.

La integridad está presente en los hombres y mujeres que viven sus vidas con un patrón de consistencia. Es un patrón que funciona de la misma forma básica tanto en la iglesia como fuera de ella. Es una vida que está abierta ante Dios. Es una vida en la que todo lo que se hace se hace como para el Señor. Es una vida vivida por principios, no por conveniencia; con humildad ante Dios, no en desafío. Es una vida vivida bajo la guía de una conciencia que está cautiva de la Palabra de Dios.

Coram Deo… ante el rostro de Dios. Ese es el plan. Al lado de esta idea nuestras otras metas y ambiciones se convierten en meras nimiedades.

Pasajes de la Escritura para un estudio más profundo: Mateo 24:13; Romanos 8:31-36; 2 Corintios 4:7-16; Hebreos 6:9-12; 10:35-39.

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Conociéndome a mi mismo

«¿Qué quieres ser cuando seas grande?». Prácticamente todas las personas enfrentan esta pregunta en algún momento de su niñez.

Cuando yo era pequeño, las respuestas más comunes de los niños varones incluían «vaquero», «bombero» o  «jugador de béisbol», sin embargo, pocos de nosotros terminamos siendo vaqueros, bomberos o jugadores de béisbol. En algún momento, cuando la persona deja la niñez, pasa por la adolescencia y entra en la adultez, la pregunta «¿quién soy?» se libera (al menos en parte) de la fantasía infantil y es respondida en términos más serios, términos que a menudo están determinados por los duros golpes de la realidad.

Lo que es cierto para niños y niñas suele también serlo para las instituciones. De la misma forma que los individuos buscan una identidad, así también lo hacen las organizaciones . La Iglesia no es la excepción. Durante el segundo siglo de la historia cristiana, la Iglesia estuvo ocupada respondiendo la pregunta «¿quiénes somos?». Fue un tiempo de amalgama, codificación y definición. En ese siglo, la Iglesia reflexionó sobre su autoridad suprema (la Escritura), su teología y su organización.

Muy frecuentemente las organizaciones, incluso las naciones, se ven forzadas a definirse con mayor claridad y precisión por sus competidores o enemigos. Eso fue lo que le ocurrió a la Iglesia. Los primeros apologistas cristianos, como Justino Mártir, se esmeraron por clarificar la naturaleza de la Iglesia y el cristianismo para contrarrestar las falsas concepciones difundidas por personas ajenas a la Iglesia como los paganos y los judíos. De forma similar, la doctrina «ortodoxa» fue forjada con el martillo de la herejía. En ese entonces, al igual que ahora, la mayoría de los herejes afirmaban ser defensores del cristianismo verdadero. Sus errores y tergiversaciones obligaron a la Iglesia a definir sus creencias con más claridad.

La Iglesia del siglo II hizo importantes avances para definir la vida eclesiástica y la práctica cristiana.

El año 2001 Hans Küng, el controvertido teólogo católico-romano, publicó un nuevo libro sobre la Iglesia. Este tenía el simple título de La Iglesia católica: breve historia universal. Küng observó un cambio decisivo en cuanto a la actividad y la autoconciencia de la Iglesia prístina del primer siglo y la «institucionalización» de la Iglesia en el segundo siglo. Él señala que, para responder a los gnósticos y otros herejes como Marción y Montano, la Iglesia estableció claros cánones o estándares con respecto a lo que es verdaderamente cristiano, dentro de los cuales tenemos:

  1. Un credo resumido que comúnmente se usaba en el bautismo. El primer credo bautismal fue la simple afirmación «Jesús es el Señor». Más tarde, esta fórmula fue expandida para incluir afirmaciones de fe en el Dios Todopoderoso y en Jesucristo, el Hijo de Dios nacido el Espíritu Santo. Los rudimentos de lo que llegó a conocerse como «el Símbolo» o el Credo Apostólico, fueron añadidos en este momento. Posteriormente, se agregaron más afirmaciones para formar la versión final del credo.
  2. El canon del Nuevo Testamento. La elaboración de la lista de los libros inspirados fue provocada en gran parte por el trabajo del hereje Marción, que produjo su propio Nuevo Testamento expurgado. A pesar de que el canon neotestamentario no fue finalizado sino hasta finales del siglo IV, casi todo estaba formalmente en su lugar para fines del siglo II.
  3. El oficio docente episcopal. Este oficio evolucionó a medida que la Iglesia se movía en dirección al episcopado monárquico. Se volvió común apelar a las enseñanzas de los obispos para resolver las controversias teológicas. Küng sostiene que este tercer estándar representó un giro con respecto a la Iglesia de la era apostólica, que estaba compuesta por comunidades libres sin un único episcopado ni presbiterio. Él considera que las comunidades apostólicas eran iglesias completas y bien equipadas, que no carecían de nada. Más adelante, las iglesias congregacionalistas (y muchos puritanos) apelarían a estas comunidades como representantes de la estructura original de la Iglesia.

A pesar de que en ciertos aspectos estos cambios históricos lo entristecen, Küng afirma: «No se puede ignorar el hecho de que con los tres estándares mencionados anteriormente, la Iglesia católica creó una estructura para la teología y la organización, y junto a ella, un orden interno muy sólido».

La apreciación de Küng no es muy diferente del análisis protestante. En el libro Historia de la Iglesia cristiana, Williston Walker señala: «Así, de la lucha contra el gnosticismo y el montanismo surgió la Iglesia católica, con su fuerte organización episcopal, estándar de credo y canon autoritario. Era muy diferente de la Iglesia apostólica, pero había preservado el cristianismo histórico y lo había resguardado durante una tremenda crisis». 

Por cierto, Küng señala que los tres estándares establecidos por la Iglesia en el siglo II fueron atacados en eras posteriores. En el siglo XVI, la Reforma planteó dudas con respecto a la estructura episcopal de Roma. Luego, la Ilustración cuestionó tanto el canon de la Escritura como también la Regla de la fe del credo.

La Iglesia del siglo II también hizo importantes avances para definir la vida eclesiástica y la práctica cristiana. Durante los comienzos de la historia del cristianismo, la Iglesia hizo una distinción entre la proclamación (kerygma) y la instrucción (didache). La Iglesia apostólica era una iglesia misionera que iba más allá de las fronteras del judaísmo. Los gentiles eran alcanzados por la proclamación del evangelio en su forma básica. Se hacía énfasis en la persona y la obra de Cristo, en Su muerte y resurrección. Cuando los convertidos abrazaban a Cristo por medio de la fe, eran bautizados e ingresaban a la comunidad de la Iglesia. Luego, se les daba una instrucción más rigurosa en cuanto a la fe. Para este fin, en el siglo II se produjo un manual de orden eclesiástico conocido como Didaché o «La enseñanza de los doce apóstoles».

Este manual, descubierto apenas en 1873, provee reglas simples para las congregaciones locales, y aborda el bautismo, el aborto (que era considerado como asesinato), las limosnas, el ayuno, la Cena del Señor y otros asuntos. Establece un marcado contraste entre dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. Muchas de las amonestaciones que se encuentran en él son citas textuales de las Escrituras del Nuevo Testamento.

La Didaché terminó siendo utilizada como herramienta catequística y también como una guía para la vida cristiana. Como tal, representa el primer código escrito posapostólico de moralidad cristiana. A pesar de que no forma parte del canon de la Escritura, ofrece valiosas perspectivas sobre la manera en que la Iglesia primitiva se veía a sí misma.

La Iglesia del siglo II desarrolló un fuerte sentido de identidad. Este proceso continuó hasta bien entrado el siglo III, cuando nuevas herejías y nuevos conflictos con el Estado produjeron incluso más desarrollo y nuevas estructuras en la Iglesia.

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El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

¿Es la Navidad un fiesta pagana?

Esa pregunta surge cada año en Navidad. En primer lugar, no hay un mandamiento bíblico directo para celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre. No hay nada en la Biblia que incluso indique que Jesús nació un 25 de diciembre. De hecho, hay mucho en las narrativas del Nuevo Testamento que indicaría que no ocurrió durante esa época del año. Resulta que el 25 de diciembre en el Imperio romano había una fiesta pagana ligada a las religiones mistéricas; los paganos celebraban su fiesta el 25 de diciembre. Los cristianos no querían participar en eso, así que dijeron: «Mientras todos los demás celebran esta cosa pagana, nosotros vamos a tener nuestra propia celebración. Vamos a celebrar lo que es más importante en nuestras vidas, la encarnación de Dios, el nacimiento de Jesucristo. Así que, este va a ser un tiempo de gozosas festividades, celebración y adoración a nuestro Dios y Rey».

No puedo pensar en nada que sea más grato para Cristo que la Iglesia festejando Su cumpleaños cada año. Ten en cuenta que todo el principio de festividad y celebración anual está profundamente arraigado en la antigua tradición judía. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, hubo momentos en que Dios enfáticamente ordenó al pueblo que recordara ciertos eventos con celebraciones anuales. Aunque el Nuevo Testamento no requiere que celebremos la Navidad todos los años, ciertamente no veo nada de malo en que la Iglesia entre en este tiempo de gozo de celebrar la Encarnación, que es el evento que divide toda la historia humana. Originalmente, tuvo la intención de honrar, no a Mitras o a cualquier otro culto de la religión mistérica, sino el nacimiento de nuestro Rey.

No puedo pensar en nada que sea más grato para Cristo que la Iglesia festejando Su cumpleaños cada año.

A propósito, la Pascua puede ser rastreada hasta la diosa Ishtar en el mundo antiguo. Pero que la Iglesia cristiana se reúna para celebrar la resurrección de Jesús no creo que sea algo que provoque la ira de Dios. Ojalá tuviéramos más festividades anuales. La Iglesia católica romana, por ejemplo, celebra con gran gozo la Fiesta de la Ascensión cada año. Algunas entidades protestantes lo hacen, pero la mayoría no. Desearía que celebráramos ese gran evento en la vida de Cristo cuando fue levantado al cielo para ser coronado Rey de reyes y Señor de señores. Celebramos Su nacimiento; celebramos Su muerte. Desearía que también celebráramos Su coronación.

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.