Señales y características del hombre piadoso 5ª Parte

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El hombre piadoso demuestra su amor por la Palabra escrita.

1. Por medio de leerla con diligencia: los nobles bereanos escudriñaban diariamente las Escrituras (Hech. 17:11). Apolo era poderoso en las Escrituras. La Palabra es nuestra Carta Magna, debemos leerla diariamente. La Palabra muestra qué es la verdad y qué es el error. Es el campo donde está escondida la Perla de Gran Precio: ¡cuánto  debiéramos escarbar para encontrar esta Perla! El corazón del hombre piadoso es la biblioteca para guardar la Palabra de Dios; mora en abundancia en él (Col. 3:16). La Palabra tiene una tarea doble: enseñarnos y juzgarnos. Los que se niegan a ser enseñados por la Palabra serán juzgados por la Palabra. ¡Oh, que la Palabra nos sea
familiar! ¿Qué si este fuera un tiempo como el de Diocleciano que ordenó por proclamación que la Biblia fuera quemada, o como los días de la Reina Mary de Inglaterra, cuando poseer una Biblia en inglés era pena de muerte?

Conversando diligentemente con las Escrituras, podemos llevar una Biblia en la mente.

2. Por medio de meditación frecuente: “Todo el día es ella mi meditación” (Sal 119:97). El alma piadosa medita sobre la veracidad y santidad de la Palabra. No solo tiene pensamientos pasajeros, sino que empapa su mente de las Escrituras: al meditar bebe de esta dulce flor y fija la verdad santa en su mente.

3. Por medio de deleitarse en ella. Es su recreación. “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jer. 15:16). Nunca nadie ha disfrutado tanto de una comida que le encanta, como disfruta el profeta de la Palabra. Efectivamente, ¿cómo podría un santo escoger otra cosa que deleitarse
grandemente en la Palabra cuando contiene todo lo que es y será siempre de más valor para él? ¿Acaso no se deleita un hijo al leer el testamento de su padre en que le deja todos sus bienes?

4. Por medio de guardarla. “En mi corazón he guardado tus dichos” (Sal 119:11), tal como uno guarda un tesoro para que nadie lo robe. La Palabra es una joya, el corazón es el joyero donde se debe guardar bajo llave. Muchos guardan la Palabra en su memoria, pero no en su corazón. ¿Y para qué guardaría David la Palabra en su corazón? “Para
no pecar contra ti”. Así como uno llevaría consigo un antídoto cuando va a un lugar infectado, el hombre piadoso lleva la Palabra en su corazón para prevenirse de la infección del pecado. ¿Por qué tantos se han envenenado del error, otros de vicios morales, solo por no haber escondido la Palabra como un antídoto santo en su corazón?

5. Por medio de preferirla por sobre todas las cosas como lo más preciado:
a. por sobre el alimento: “Guardé las palabras de su boca más que mi comida” (Job 23:12).

b. por sobre las riquezas: “Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata”   (Sal. 119:72).

c. por sobre toda honra mundana. Es famosa la anécdota del rey Eduardo VI de
Inglaterra, quien, cuando en el día de su coronación le presentaron  Diocleciano (245-313) – emperador romano que persiguió a los cristianos.

6. Por medio de conformarse a ella. La Palabra es el reloj por el cual uno pone la hora de su vida, la balanza sobre la cual pesa sus acciones. El hombre piadoso vive la Palabra en su diario andar. El hombre piadoso ama la Palabra predicada que en realidad es un
comentario de la Palabra escrita. Las Escrituras son el oleo y bálsamo, la predicación de la Palabra es verterlos. Las Escrituras son las especies preciosas, la predicación de la Palabra es el molido de estas especies que producen una fragancia y un placer maravillosos… La predicación de la Palabra es llamada “poder de Dios para salvación”
(Rom. 1:16). Dice la Biblia que así es como Cristo nos habla desde el cielo (Heb. 12:25). El hombre piadoso ama la Palabra predicada en parte por el bien que ha derivado de ella: ha sentido el rocío caer con este maná, y en parte por ser la institución de Dios: el Señor ha designado esta ordenanza para salvarlo.

El hombre piadoso es un hombre que ora. Esto aparece en el texto: “Por esto orará a ti todo santo” (Sal. 32:6). En cuanto la gracia es derramada en el interior, la oración es derramada en el exterior: “Mas yo oraba” (Sal. 109:4). En el hebreo es: “Pero yo oración”. La oración y yo somos uno. La oración es el camino del alma hacia el cielo. Dios
desciende hasta nosotros por medio de su Espíritu, y nosotros subimos a él por medio de la oración. El hombre piadoso no puede vivir sin oración. El hombre no puede vivir sin respirar, tampoco puede el alma si no exhala hacia Dios sus anhelos. En cuanto nace el
infante de gracia, llora; en cuanto Pablo se convirtió: “Porque he aquí, él ora” (Hech. 9:11). Habiendo sido un fariseo, sin duda habría orado antes, pero lo había hecho superficial o livianamente, pero cuando la obra de gracia se había llevado a cabo en su alma, entonces realmente oraba. El hombre piadoso permanece todos los días en el monte de oración, comienza su día con oración, antes de abrir su negocio, le
descubre su corazón a Dios. Antes solíamos quemar perfumes dulces en nuestros hogares; la casa del hombre piadoso es una casa perfumada: extiende el perfume con el incienso de la oración. No comienza ninguna actividad sin buscar a Dios. El hombre piadoso consulta a Dios en todo.

Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil”  en The Sermons of Thomas Watson.
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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de    A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.

 

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Señales y características del hombre piadoso 1

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“Por esto orará a ti todo santo [piadoso]” Salmo 32:6.

¿Cómo es el hombre piadoso? Para dar una respuesta completa, describiré varias señales y características específicas del hombre piadoso.

La primera señal fundamental del hombre piadoso se muestra en que es un hombre con conocimiento sabio: “los prudentes se coronarán de sabiduría” (Prov. 14:18). Los santos son llamados vírgenes “prudentes” en Mateo 25:4. El hombre natural puede tener algún
conocimiento superficial de Dios, pero no sabe nada como debiera saberlo (1 Cor. 8:2). No conoce a Dios para salvación; puede conocerlo con la razón, pero no discierne las cosas de Dios de un modo espiritual. El agua no puede ir más arriba de su manantial, el vapor no puede elevarse más allá del sol que lo genera. El hombre natural no puede actuar por encima de su esfera. No puede discernir con certidumbre lo sagrado, así como el ciego no puede discernir los colores. 1. No ve la maldad de su corazón: por más que un rostro sea negro o deforme, bajo un velo no se puede ver. El corazón del pecador es tan negro, que nada excepto el infierno le puede dar su forma, no obstante, el velo de la ignorancia lo esconde. 2. No ve las hermosuras de un Salvador: Cristo es una perla, pero una perla escondida.

El conocimiento del hombre piadoso es vivificante. “Nunca jamás me olvidaré de tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado” (Sal. 119:93). El conocimiento en la cabeza del hombre natural es como una antorcha en la mano de un muerto, el conocimiento verdadero aviva. El hombre piadoso es como Juan el Bautista: “Antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35). No solo brilla por iluminación, sino que también arde de afecto. El conocimiento de la esposa la hizo estar “enferma de amor” (Cant. 2:5), o “Estoy herida de amor. Soy como el ciervo que ha sido herido con un dardo; mi alma
yace sangrando y nada me puede curar, sino una visión de Él a quien mi alma ama”.
El conocimiento del hombre piadoso es aplicable. “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25). Un medicamento da resultado cuando se aplica; este conocimiento aplicativo es gozoso. Cristo es llamado Fiador (Heb. 7:22). Cuando me estoy ahogando en deudas, ¡qué gozo es saber que Cristo es mi Fiador! Cristo es llamado Abogado (1 Juan 2:1). La palabra griega traducida abogado significa “consolador”.

Versiculo 198

Cuando tengo un caso difícil, ¡qué consuelo es saber que Cristo es mi Abogado, quien jamás ha perdido un caso en una litigación!

Pregunta: ¿Cómo puedo saber si estoy aplicando correctamente lo que sé acerca de Cristo? El hipócrita puede creer que sí lo está haciendo cuando en realidad no es así.
Respuesta: Todo aquel que aplica el evangelio de Cristo, acepta a Jesús y Señor como uno (Fil. 3:8). Cristo Jesús, es mi Señor: Muchos aceptan a Cristo como Jesús, pero lo rechazan como Señor. ¿El Príncipe y el Salvador son uno para usted? (Hech. 5:31). ¿Acepta ser gobernado por las leyes de Cristo al igual que ser salvo por su sangre? Cristo “desde su trono servirá como sacerdote” (Zac. 6:13, Nueva Traducción Viviente). Nunca será un sacerdote que intercede a menos que el corazón de usted sea el trono donde él alza su cetro. Aplicamos bien el evangelio de Cristo cuando lo tomamos como esposo y nos entregamos a él como Señor.

El conocimiento del hombre piadoso es transformador. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Cor. 3:18). Así como el pintor mira un rostro y dibuja uno similar, al mirar a Cristo en el espejo del evangelio somos transformados a similitud de él. Podemos mirar otros objetos que son gloriosos, pero no por mirarlos nos hacen gloriosos; un rostro deforme puede mirar a uno hermoso pero no por eso se convierte él mismo en uno hermoso. El herido puede mirar al doctor y no por eso curarse. En cambio esta es la excelencia del conocimiento divino: nos brinda tal visión de Cristo que nos hace participar de su naturaleza. Como sucedió con Moisés, cuando su rostro resplandeció cuando vio la espalda de Dios porque algunos de los rayos de la luz de su gloria lo alcanzaron.

El conocimiento del hombre piadoso es creciente. “Creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:10). El conocimiento verdadero es como la luz del amanecer que va en aumento hasta su cenit. Tan dulce es el conocimiento espiritual, que más sabe el creyente, más ansía saber. La Palabra llama a esto enriquecerse en toda ciencia
[conocimiento] (1 Cor. 1:5). Más riquezas tiene uno, más quiere tener.

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Tomado de “The Godly Man’s Picture Drawn with a Scripture-Pencil” en The Sermons of Thomas Watson.

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Thomas Watson (c. 1620-1686): predicador puritano no conformista; prolífico autor de A Body of Divinity, The Lord’s Prayer, The Ten Commandments, Heaven Taken by Storm y muchos otros; lugar y fecha de nacimiento desconocidos.

La naturaleza del hombre íntegro

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1. El de corazón íntegro es de un solo sentir, no tiene divisiones. Para el hipócrita hay muchos dioses y muchos señores, y tiene que dar parte de su corazón a cada uno. Pero para el íntegro, hay un solo Dios el Padre y un Señor Jesucristo, y con un solo corazón servirá a ambos. El hipócrita da su corazón a la criatura, y a cada criatura tiene que darle parte de su corazón, y dividir su corazón lo destruye (Os. 10:2). Las ganancias humanas llaman a su puerta, y tiene que darles una parte de su corazón. Se presentan los placeres carnales, y a ellos también tiene que darles parte de su corazón. Aparecen deseos pecaminosos, y les tiene que dar parte de su corazón. Son pocos los objetos necesarios, pero incontables las vanidades innecesarias. El hombre íntegro ha escogido a Dios y eso le es suficiente.

Un solo Cristo es suficiente para un solo corazón; de allí que el rey David oraba en el Salmo 86:11: “Afirma mi corazón para que tema tu nombre”. Es decir: “Déjame tener un solo corazón y mente, y que sea tuyo”. Hay miles de haces y rayos de luz, pero todos se unen y centran en el sol. Lo mismo sucede con el hombre íntegro, aunque tiene mil
pensamientos, todos (por su buena voluntad) se unen en Dios. El hombre tiene muchos fines subordinados ––procurar su sustento, cuidar su crédito, mantener a sus hijos—pero no tiene más que un fin: ser de Dios. Por lo tanto, tiene firmeza en sus determinaciones, esa concentración en sus deberes santos, esa constancia en sus acciones y esa serenidad en su corazón que los hipócritas miserables no pueden logar.

2. El corazón íntegro es recto y sin corrupción. “Sea mi corazón íntegro en tus estatutos, para que no sea yo avergonzado” (Sal. 119:80). Cuando hay más sinceridad, hay menos vergüenza. La integridad es la gran autora de la confianza. Cada helada sacude al cuerpo enfermo, y cada prueba sacude al alma inicua. El íntegro quizá no siempre tenga
un color tan atractivo como el hipócrita, pero su color es natural: es suyo; no está pintado; su estado es firme. La hermosura del hipócrita es prestada; el fuego de la prueba la derretirá.

El íntegro tiene sus enfermedades; pero su naturaleza nueva las remedia, porque en su interior es recto. La lepra domina al hipócrita, pero la esconde. “Se lisonjea, por tanto, en sus propios ojos, de que su iniquidad no será hallada y aborrecida” (Sal. 36:2). Procura
esconderse de Dios, esconderse más de los hombres, y más aún de sí mismo. Con gusto podría seguir así para siempre creyendo que “su iniquidad no será hallada y aborrecida”. En cambio el hombre íntegro  siempre está examinándose y probándose: “¿Soy recto? ¿Estoy en lo correcto? ¿Estoy cumpliendo bien mis deberes? ¿Son mis debilidades según mi integridad?”

El santo íntegro es como una manzana que tiene manchitas en la cáscara, pero el hipócrita es como la manzana con el centro podrido. El cristiano sincero tiene aquí y allá manchitas de pasión, otras de mundanalidad y alguna de soberbia. Pero si lo cortamos y analizamos, lo encontramos recto de corazón. El hipócrita es como una manzana que es lisa y hermosa por fuera, pero podrida por dentro. Sus palabras son correctas, cumple sus deberes con devoción y su vida es intachable; pero véanlo por dentro: su corazón es una pocilga de pecado, la guarida de Satanás.

Richard Steele 1

3. El corazón íntegro es puro, sin contaminación. No es absolutamente puro, porque esa feliz condición es reservada para el cielo; pero lo es en comparación con la contaminación y la vil mezcla que es el hipócrita. Aunque su mano no puede hacer todo lo que Dios manda, su corazón es sincero en todo lo que hace. Su alma se empeña en lograr una pureza perfecta, de manera que de eso deriva su nombre.

“Bienaventurados los limpios de corazón” (Mat. 5:8). A veces falla con sus palabras, con sus pensamientos y acciones también. Pero al poner su corazón al descubierto, se ve un amor, un anhelo, un plan y un esfuerzo para llegar a tener una limpieza real y absoluta. No es legalmente limpio, o sea, libre de todo pecado; pero es limpio según el evangelio, o sea, libre del dominio de todo pecado, especialmente de la hipocresía, la cual es totalmente contraria al pacto de Gracia. En este sentido, el hombre íntegro es el puritano de las Escrituras, y por lo tanto está más lejos de la hipocresía que cualquier otro. Está realmente contento que Dios es el que escudriña los corazones, porque entonces sabe que encontrará su nombre y naturaleza en su propio pueblo escogido.

No obstante, aun el más íntegro de los hombres en el mundo tiene en él algo de hipocresía. “¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado?” (Prov. 20:9). Detecta, resiste y aborrece esta hipocresía de modo que no se le puede llamar hipócrita en este mundo, ni condenarlo como tal. Sus propósitos son generalmente puros para la gloria de Dios; el estado de su corazón y de sus pensamientos
son generalmente mejor que su exterior; más se lo estudia, mejor es. Es limpio de deshonestidad en sus relaciones, más limpio aún de toda apariencia de iniquidad ante su familia, más limpio aún en su intimidad, y sobre todo, limpio en su corazón. Aunque hay allí pecado, hay también aversión hacia él, de modo que no se mezcla con él.

El hipócrita escoge el pecado, en cambio, si del íntegro dependiera, no tendría ningún pecado. El viajero puede encontrarse con lodo en su camino, pero hace todo lo que puede por quitárselo. Los cerdos lo disfrutan y no pueden estar sin él. Sucede lo mismo con el hombre íntegro y el hipócrita. Aun el santo más íntegro sobre la tierra a veces se ensucia de pecado, pero no lo programó en la mañana, ni se acuesta con él en la noche. En cambio el hipócrita lo programa y se deleita en él; nunca está tan contento como cuando está pecando. En una palabra, el hipócrita puede evitar el pecado, pero nadie aparte del hombre íntegro, aborrece el pecado.

Versiculo 195

4. El íntegro es perfecto y recto sin reservas. “Observa al hombre perfecto, y mira al íntegro” (Sal. 37:37, traducido de la versión King James para esta obra). Ver al uno es ver al otro. Su corazón está enteramente sujeto a la voluntad y los caminos de Dios. El hipócrita siempre busca algunas excepciones y pone las cosas en tela de juicio.

“Tal pecado no puedo abandonar, tal gracia no puedo amar, tal deber no cumpliré.” Y muestra su hipocresía agregando: “Hasta aquí cederé, pero no más, hasta aquí llegaré. Es consecuente con mis fines carnales, pero todo el mundo no me persuadirá a ir más allá” A veces, el razonamiento del hipócrita lo llevará más allá de su voluntad, su conciencia más allá de sus afectos; no es de un solo sentir, su corazón está dividido, así que fluctúa constantemente.

El íntegro tiene solo una felicidad, y esta es disfrutar de Dios; tiene solo una regla, y esta es su santa voluntad; tiene una sola obra, y esta es complacer a su Hacedor. Por lo tanto, es de un solo sentir y resuelto en sus decisiones, en sus anhelos, en sus caminos y su planes. Aunque puede haber alguna tardanza en el cumplimiento de su misión principal, no titubea ni vacila entre dos objetos, porque está enteramente decidido, de modo que de él puede decirse que es “perfecto e íntegro, sin falta alguna”.

Hay en todo hipócrita algún tipo de baluarte que nunca ha sido entregado a la soberanía y el imperio de la voluntad de Dios. Alguna lascivia se fortifica en la voluntad; en cambio, donde entra la integridad esta lleva cada pensamiento cautivo a la obediencia de Dios. Dice: “Jehová Dios nuestro, otros señores fuera de ti se han enseñoreado de nosotros; pero en ti solamente nos acordaremos de tu nombre” (Isa. 26:13). Aquí está el íntegro.

5. El corazón íntegro es cándido y no tiene malicia. “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal. 32:2). He aquí ciertamente un mensaje bendito. ¡Ay! Tenemos grandes y muchas iniquidades; ¿no es mejor para nosotros ser como si nunca hubiéramos pecado? Por cierto que una falta de culpa es tan buena para nosotros como si nunca hubiera sucedido una falta; que los pecados remitidos son como si nunca se hubieran cometido; que en el libro de deudas pendientes estas estuvieran tachadas como si nunca hubiera existido la deuda. Pero, ¿quién es ese hombre bendito? Aquel “en cuyo espíritu no hay engaño”, es decir no hay engaño fundamental.

Él es el hombre que sin engaño ha pactado con Dios. No tiene ningún engaño que lo lleve a ceder a alguna forma de iniquidad. No hace tretas con Dios ni con los hombres ni con su propia conciencia. No esconde sus ídolos cuando Dios está revisando su tienda (Jos. 7:21). En cambio, como sigue diciendo el Salmo 32:5, reconoce, aborrece y deja su pecado. Cuando el hombre íntegro confiesa su pecado, le duele el corazón y está profundamente perturbado por él; no finge para disimularlo. Aquel que le finge a Dios, le fingirá a cualquier hombre en el mundo. Vean la gran diferencia entre Saúl y David. Saúl es acusado de una falta en 1 Samuel 15:14. Él la niega, y vuelve a ser acusado en el versículo 17. Sigue restándole importancia al asunto y busca hojas de higuera para tapar todo. Pero David, de corazón honesto, es distinto: se le acusa, y cede; una pequeña punción abre una vena de sufrimiento en su corazón. Lo cuenta todo, lo vuelca en un salmo que concluye diciendo “He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo” (Sal. 51:6). El hombre sincero dice: “En cuanto a mí, con el íntegro me mostraré íntegro”.

Tomado de The Character of the Upright Man. Soli Deo Gloria

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Richard Steele (1629-1692): Predicador y autor puritano; nacido en Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

El Príncipe de Paz

Blog77

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”.

Una gran bendición que Cristo en su testamento ha legado a sus verdaderos seguidores es su paz.

Aquí hay dos cosas que yo observaría particularmente

Que Cristo ha legado a los creyentes verdadera paz, y que la paz que les ha dado es su paz. Nuestro Señor Jesucristo ha legado verdadera paz y consuelo a sus seguidores. Cristo es llamado Príncipe de paz (Isaías 9:6). Y cuando nació en este mundo, los ángeles en esa feliz y maravillosa ocasión cantaron, Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra. Porque de esa paz que Él procurará y legará a los hijos de los hombres es especialmente el beneficio del que habla el texto. Este Cristo ha provisto para sus seguidores, y ha puesto fundamentos para poder disfrutar de ello, en esto Él ha procurado para ellos las otras dos cosas: Paz con Dios y paz los unos con los otros. Él ha provisto para ellos paz y reconciliación con Dios y su favor y amistad, en esto se satisfizo por sus pecados y estableció fundamentos para la perfecta eliminación de la culpa del pecado, y el perdón de todas sus transgresiones, alcanzó para a ellos una perfecta y gloriosa justicia aceptable ante Dios y suficiente para recomendarles para la aceptación completa de Dios, para la adopción como hijos y para los eternos frutos de su paternal favor.


Jonathan Edwards (5 de octubre de 1703-22 de marzo de 1758) fue un teólogo, pastor congregacional y misionero para los nativoamericanos durante la época colonial. Es conocido como uno de los más grandes y profundos teólogos protestantes en la historia de los Estados Unidos. Su obra tiene un alcance muy amplio, pero suele ser a menudo asociada con su defensa de la teología calvinista y el patrimonio puritano.

La Fidelidad de Dios (de generación en generación). Parte 1

Blog74

Por generación y generación es tu verdad; tú afirmaste la tierra, y persevera

(Salmo 119:90).

ESTAS PALABRAS contienen una verdad que es:

(1.) Confirmada por la experiencia; (2.) Representada por un emblema apropiado y vivo “Tú afirmaste la tierra, y persevera”. Antes había dicho: “Permanece tu palabra en los cielos”. Ahora habla de ella manifestada en la tierra. Allí la constancia de las promesas de Dios es atestiguada por la duración y estabilidad de la moción de los cuerpos celestiales, ahora por la firmeza y lo inamovible de la tierra. La palabra poderosa y la providencia de Dios abarcan todo el mundo, esta parte más baja sobre la tierra al igual que la parte más alta de los cielos.

La doctrina: Que en todas las edades Dios siempre se ha manifestado como un Dios verdadero y fiel a todas sus promesas. Aquí, esto es confirmado por experiencia y manifestado por un emblema.

I. Confirmado por la experiencia
1. La fidelidad de Dios se relaciona con una promesa por la cual se ha comprometido con su pueblo: (He. 11:11) “Porque creyó ser fiel el que lo había prometido”. Es su merced hacer promesas, pero es su fidelidad y verdad las que las cumplen. Su verdad es  empeñada con cada criatura hasta su cumplimiento. “Otorgarás a Jacob la verdad, y
a Abraham la misericordia, que tú juraste a nuestros padres desde tiempos antiguos” (Mic. 7:20).

2. Su verdad depende de su naturaleza inmutable, pero nos es confirmada por la experiencia. “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo, los que nos acogemos a trabarnos de la esperanza propuesta” (He. 6:17, 18). Si podemos discernir que una promesa procede de Dios, no podemos tener más razón para dudarla que para dudar de la naturaleza y la persona de Dios. Sí, la experiencia lo
confirma: (Sal. 18:30) “Es acendrada la palabra de Jehová”. Somos guiados por cosas sensatas, y lo que ha sido hecho nos asegura lo que será hecho, o lo que podemos esperar de Dios.

3. Dios siempre ha sido cuidadoso de su verdad a fin de que la promesa tenga respuesta, y que podamos saber que el Dios que ha sido fiel y se ha mantenido en contacto con el mundo hasta ahora, nos asegura de que ciertamente no fallará. Los paganos atribuían una doble perfección a sus dioses. Así que el Dios verdadero es conocido por su misericordia y su fidelidad; nunca falla en cumplir su parte del pacto: (Sal. 138:2) “Alabaré tu nombre por tu misericordia y tu verdad; porque has hecho magnífico tu nombre, y tu dicho sobre todas las cosas”. Así como nos ha hecho promesas admirables y
grandes de dar a su Hijo, y con él todas las cosas, así también las cumplirá hasta lo sumo. El tema de su palabra es misericordia y bondad, y las pone en práctica verdadera y fielmente; así como ha hecho grandes y excelentes promesas, así también las cumple con la mayor puntualidad. Esto a fin de que al cumplir su palabra, Dios sea puesto sobre todo lo que se nombra, o cree, o comprende o habla. He aquí su gran gloria y excelencia.

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4. La experiencia de todas las generaciones confirma la fidelidad de Dios a sus promesas; porque el texto dice, “Por generación y generación es tu verdad.” En el Hebreo es, “de generación a generación”. Este punto puede ser ampliado considerando dos cosas:
Primero, que algunas promesas han sido recibidas por una generación y cumplidas en otra. Segundo, que las mismas promesas comunes han sido cumplidas a los fieles de todas las épocas.

Primero, que algunas promesas han sido recibidas por una generación y cumplidas en otra, cuando la cuestión así lo requería; como, por ejemplo, la liberación de Israel de Egipto: (Gén. 15:13, 14) “Entonces dijo a Abram: Ten por cierto que tu simiente será
peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con grande riqueza.” Compare ahora Éxo. 12:41: “Y pasados cuatrocientos treinta años, en el mismo día salieron todos los ejércitos de Jehová de la tierra de Egipto.” Se agregaron treinta años, debido a que sus padres moraron en Canaán; pero Dios se mantuvo en contacto hasta el último instante. Así fue también con la promesa del Mesías y el llamado a los gentiles que Dios cumplió a su tiempo enviando un Salvador al mundo; (Gál. 4:4) “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo.

Cuando el cetro le había sido quitado a Judá (Gén. 49:10), cuando la corona la tenía Herodes, un tributario y extranjero durante la monarquía romana, a su debido tiempo, Cristo lo destruyó totalmente (Dan. 2:35). Nabucodonosor tuvo una visión de una imagen hecha de cuatro metales distintos: la cabeza de oro, los brazos y pechos de plata, el vientre y sus muslos de bronce y los pies parte hierro y parte barro cocido. Mientras contemplaba la imagen y la revisaba de pies a cabeza, vio que una piedra era cortada de la montaña, sin intervención de manos, y que ésta hirió a la imagen, no en la cabeza,
el pecho o el vientre, sino en los pies de hierro y barro, lo cual desmenuzó la imagen, y la piedra se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra. Daniel interpretó la visión diciendo que representaba cuatro reinos gentiles que su sucederían unos a otros
teniendo un extenso dominio. El primero de los babilonios, que era el de esa época; luego el de medos y persas; el tercero de los griegos; el cuarto de los romanos que conquistó a todos los demás apoderándose de las riquezas y la gloria de los anteriores; durante este último reinado es que la piedra fue cortada de la montaña, e hirió los pies de hierro. Esta piedra era el reino del Dios de los cielos, el cual estableció Cristo. Pero para no hacerla larga con misterios y lindos debates, el apóstol nos dice (Rom. 15:8-10): “Digo, pues, que Cristo Jesús fue hecho ministro de la circuncisión por la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres, y para que los Gentiles glorifiquen a Dios por la misericordia; como está escrito: Por tanto yo te confesaré entre los Gentiles, y cantaré a tu nombre. Y otra vez dice: Alegraos, Gentiles, con su pueblo.” La realidad, en todos
estos casos, habla por sí misma de manera que en todo lo que aún está por venir, debemos depender de la veracidad de Dios; como en el caso del llamado a los judíos, la destrucción del anticristo, una manifestación más amplia de los dones sobre la iglesia, junto con una ampliación de su límites; siguiendo el ejemplo de los patriarcas que
conforme a la fe murieron”: (He. 11:13) “sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y saludándolas.

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Segundo, que las mismas promesas comunes han sido cumplidas en los fieles de todas las épocas; existe sólo un mismo camino a la vida eterna , y las dispensaciones de Dios a cada generación siguen siendo las mismas; así que en cada generación las promesas de Dios todavía se cumplen como si hubieran sido dirigidas a esa época únicamente.
La fidelidad de Dios ha sido puesta a prueba de muchas maneras en muchas épocas, pero cada edad brinda ejemplos de la verdad de sus promesas. Desde el principio del mundo hasta el final, Dios está constantemente cumpliendo su palabra en su gobierno providencial, el cual es doble –externo o interno.

[1.] Externo, en la liberación de su pueblo, las respuestas a las oraciones y las múltiples bendiciones concedidas a los creyentes y su simiente (Sal. 22:4, 5): “En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; esperaron en ti, y no se avergonzaron.” Los creyentes en épocas pasadas confiaban en Dios, y confiaban constantemente en medio de sus dificultades clamando a él, y nunca buscaron en vano a Dios lo cual debe confirmarnos que debemos esperar en Dios y depender de su misericordia y fidelidad; porque los que ponen toda su fe en Dios, y buscan su ayuda con sus oraciones constantes e inoportunas, nunca serán avergonzados.

[2.] Interno, en la conversión a Dios, el consuelo de su Espíritu, en el arraigamiento del alma en las esperanzas del evangelio, en lo que concierne al perdón de pecados y la vida eterna. Ciertamente Dios, quien ha bendecido su palabra a través de muchas generaciones, convirtiendo y reconfortando a muchas almas, nos muestra que podemos depender del pacto de perdón y vida eterna. ¡Cuántos han encontrado consuelo en la promesa! Ahora bien, así como el apóstol habla de Abraham: “y no solamente por él fue escrito… sino también por nosotros;” (Rom. 4:23, 24), así también estos consuelos no fueron dispensados para ellos únicamente, sino también para nuestro beneficio a fin de que seamos reconfortados por Dios; teniendo el mismo Dios, el mismo Redentor, el mismo pacto y las mismas promesas, y el mismo Espíritu que lo aplica todo a nosotros. Si ellos confiaban en Dios y eran confortados, ¿por qué no nosotros? Su fidelidad es para todas las generaciones; él es igual con los creyentes, como ellos son iguales con él: (Rom. 3:22) “Porque no hay diferencia”.

Versiculo 183

5. La experiencia de la fidelidad de Dios en épocas pasadas es provechosa para los que vienen después y triunfan, pues les asegura la fidelidad de Dios; porque las obras maravillosas y misericordiosas de Dios nunca fueron para beneficiar meramente a la época en que fueron hechas, sino también para beneficio de aquellos que tuvieran
noticias de ellas por cualquier medio digno de confianza. Es una burla y un desprecio vil de esas obras maravillosas que Dios ha realizado para que sean recordadas, que los que viven en épocas posteriores las olviden o no las observen o mejoren, sí, es contrario a
las Escrituras: (Sal 145:4) “Generación a generación narrará tus obras, y anunciarán tus valentías”; (Joel 1:3), “De esto contaréis a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la otra generación”; (Jos. 4:6-8) “Para que esto sea señal entre vosotros; y cuando vuestros hijos preguntaren a sus padres mañana, diciendo: ¿Qué os significan estas piedras? Les responderéis: Que las aguas del Jordán fueron partidas delante del arca del pacto de Jehová”. Por lo tanto (Sal. 78:3-7): “Las cuales hemos oído y entendido; que nuestros padres nos las contaron. No las encubriremos a sus hijos, contando a la generación venidera las alabanzas de Jehová, y su fortaleza, y sus maravillas que hizo. Él estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel; la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos; para que lo sepa la generación venidera, y los hijos que nacerán; y los que se levantarán, lo cuenten a sus hijos; a fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, y guarden sus mandamientos”. De todo lo cual observo:

[1.] Que debemos contarles a las generaciones venideras lo que hemos descubierto acerca de Dios en nuestro tiempo, y más especialmente, los padres deben contarles a sus hijos; están obligados a transmitir este conocimiento a sus hijos, y ellos a ampliarlo, ya sea por palabra o por obra. Por palabra, recordando los pasajes que muestran sus actos providenciales, y publicando sus misericordias para la posteridad: (Sal. 89:1) “Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente: en generación y generación haré notoria tu verdad con mi boca”. O por obras, haciendo que se apropien de una religión pura, confirmada a nosotros por tantos actos providenciales y demostraciones de la bondad y verdad de Dios.

[2.] Que esta información sobre las obras misericordiosas de Dios, y ser partícipes de su pacto, son medios especiales para edificación. ¿Por qué otra razón habría Dios de imponerlas, sino para que las generaciones siguientes se beneficiaran de ellas? Ciertamente es una ventaja para ellas oír cómo Dios se ha adueñado de nosotros por
medio de ordenanzas y actos providenciales.

[3.] Y observo más particularmente que esta tradición es una gran razón y ayuda para la fe; porque fue dicho: (Sal. 78:7) “A fin de que pongan en Dios su confianza”.

Fin de la primera parte de “La Fidelidad de Dios (de generación en generación)” un  texto de Thomas Manton (1620-1677).

 

Dios es Fiel porque es Inmutable

Blog67

“Porque yo Jehová, no me mudo; y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Mal. 3:6)

ASÍ COMO la inmutabilidad de Dios exige muchos deberes, también brinda mucho dulce consuelo a su pobre iglesia y pueblo. A decir verdad, no hay otra fuente y tesoro de
consuelo como éste. “La inmutabilidad de Dios (dijo alguien) es la mejor bebida para refrescar el alma desfalleciente.” El gran refresco que Dios envió a Israel en su sufrimiento fue éste: “YO SOY EL QUE SOY” (Éxodo 3:14), o “Soy un Dios que no cambia”; y por cierto que esto les bastó. Pero más particularmente hay varias conclusiones
reconfortantes que brotan de la inmutabilidad de Dios, conclusiones que contienen fuerte consolación:

1. Porque Dios no cambia, su gloria vivirá y a su tiempo brillará conspicuamente delante de todos. Note esto en estas palabras: “Yo Jehová, este es mi nombre” (Isaías 42:8); es decir: “Yo soy el que era, y  es y será.” Él es el Dios que no cambia, y entonces, ¿qué? Pues: “A otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.” En otras palabras: “Mi gloria no morirá sino que vivirá, mi gloria no siempre estará velada y eclipsada, sino que brillará por doquier con un brillo y esplendor perfectos.” Una de las grandes cargas del pueblo de Dios es el sufrimiento de su nombre y gloria. “Los denuestos de los que te vituperaban, cayeron sobre mí”, dijo David en el Salmo 69:9. La gloria de Dios está velada.

Su nombre es blasfemado. Su adoración es interrumpida. Su providencia es negada, todos sus atributos están oscurecidos y su honor, en todo sentido, ha sido arrojado en el polvo, lo cual ocasiona  que las almas santas vivan en dolor día tras día. Pero, mis amados,  esto es lo que reconforta al alma: Dios es inmutable y, por lo tanto, su gloria volverá a vivir y a brillar por doquier. El velo será quitado a su  tiempo, y aparecerá su gloria; sí, será tan eminentemente manifestado y exhibido como antes fue velado y eclipsado.

Usted sabe cómo Dios habla acerca de la gloria de su nombre en respuesta a la oración de Cristo: “Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:28). ¿Qué respuesta le da el Padre? “Y lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.” Es decir, “Hasta aquí he cuidado mi gloria, y la
seguiré cuidando.” Oh mis amados, la gloria de Dios le ha sido muy querida a él, y hasta ahora la ha mantenido en el mundo, y él es inmutable y, por lo tanto, su gloria le es tan querida como siempre lo fue. Puede vindicarla y mantenerla absolutamente como siempre lo ha hecho. Tengan por seguro que sabe cómo hacerla brillar por doquier tanto más gloriosa y conspícuamente después. No dejaría que estuviera tan velada y eclipsada siempre como a veces lo hace. Si, permítanme decir que él siempre está activo —tanto por su interés en la felicidad de su pueblo como en el cuidado de su propia gloria.

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2. Porque Dios no cambia, su iglesia será preservada y librada —preservada bajo sus sufrimientos y aflicciones y, a su tiempo, librada de todos ellos; ¡y qué dulce es eso! La pobre iglesia de Dios muchas veces cae en dificultades profundas y serias, tanto que parece que se hunde y la vencen. Muchas veces es “pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo” (Isaías 54:11). Tal es ciertamente su condición en la actualidad; y así como el buen anciano Eli “su corazón estaba temblando por causa del arca de Dios” (1 Samuel
4:13), un tipo de la iglesia, es posible que ahora algunos tiemblen por  la iglesia de Dios, temiendo cómo le irá; y ciertamente no es uno de los hijos de Sión el que no se preocupa por las aflicciones de Sión.

Pero, he aquí, mis amados, que en todos estos temores y temblores del corazón, existe una fuerte consolación. Dios es inmutable y, siendo inmutable, es seguro que apoyará y librará a su iglesia, y que lo hará de la mejor manera y en el momento más apropiado.
Dios nunca le ha fallado a su iglesia en sus aflicciones. Sí, es admirable considerar como en el pasado la ha llevado adelante en medio de sus dificultades; cuán dulcemente la ha sostenido y cómo, en el tiempo propicio, la ha librado. Cuando estaban en Egipto bajo el yugo de la esclavitud; cuando estaban en el desierto; cuando estaban en el mar Rojo, cuando estaban en Babilonia, en la época de Hamán y en la de Herodes; cuando el cuello de toda la iglesia de Dios se encontraba en la guillotina, por así decir, y también a través de todas las épocas de tiranía y persecución anticristiana hasta este día, oh,  ¡cuán admirablemente ha obrado Dios a su favor sosteniéndola y liberándola! Y, ciertamente, lo que él ha hecho, él puede hacer y hará por ella nuevamente según se requiera. Dios es inmutable.

Versiculo 25

He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír” (Isaías 59:1).

Porque Dios no cambia, él es tierno y cuidadoso con su iglesia y  pueblo como siempre lo fue. Porque no cambia, es, en todo sentido, el mismo para su pueblo ahora como lo era en el pasado; el mismo en su amor por ellos, su celo por ellos, su compasión por ellos y su interés en ellos. Permanece en la misma relación de pacto con ellos como siempre. Él es su Rey, su Cabeza, su Esposo, su Amigo, su Padre, su Pastor, ahora como lo fue hasta el presente. Tiene la capacidad de ayudarles en todo sentido y, en consecuencia, los sostendrá y, a su tiempo, los librará; y la fe ve y descansa segura en esto. “Despiértate,
despiértate, vístete de fortaleza, oh brazo de Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo, en los siglos pasados. ¿No ere tú el que cortó a Rahab, y el que hirió al dragón? ¿No eres tú el que secó la mar, las aguas del grande abismo; el que al profundo de la mar tornó en camino, para que pasasen los redimidos?” (Isaías 51:9, 10). Y nuevamente: “Mas nosotros tuvimos en nosotros mismos respuesta de muerte, para que no confiemos en nosotros mismos, sino en Dios que levanta los muertos: el cual nos libró y libra de tanta muerte; en el cual esperamos que aun nos librará” (2 Corintios 1:9, 10).

Porque la fe aboga en base a lo que Dios ha hecho pasando a lo que hará por su pobre iglesia y pueblo, y ¿qué otro motivo puede tener para hacerlo sino su inmutabilidad? Cuídese Sión, o sea la iglesia y el pueblo de Dios, de aquello que dijeron en la antigüedad: “Mas Sión dijo: Dejóme Jehová, y el Señor se olvidó de mí” (Isaías 49:14). Pero Dios cambiaría si así fuera. Es cierto, Dios puede permitir que su iglesia sufra mucha aflicción, como sucede ahora, pero no es más que para ensalzar aún más su propia gloria al sostenerla y librarla.

3. Porque Dios no cambia, sus enemigos serán destruidos; todos morirán y perecerán. Me refiero a sus enemigos incorregibles, implacables que no se inclinan ante el cetro de su reino. Dios puede permitir que sus enemigos y los enemigos de su pueblo actúen y prosperen, y a veces lo hace, y por mucho tiempo los abandona en sus pecados y oposiciones contra él y su pueblo, sí, aun “hincha sus vientres de su tesoro” (como dice el Salmo 17:14). Los deja disfrutar en gran medida algunos de los mejores conforts y placeres externos, y luego en su plenitud, lo cual muchas veces resulta ser una carga y
tentación para el pueblo pobre, afligido, tanto que están prestos a caer en el pecado y ser vencidos por la situación en que se encuentran.

Así sucedía con el salmista en el Salmo 73, y así sucede tantas veces con nosotros; pero recuerden que Dios es inmutable y, siendo inmutable, aunque puede permitir que sus enemigos y los enemigos de su pueblo actúen y prosperen por un tiempo, no será para siempre.

Edward Peace 2

No, serán destruidos, y su destrucción será grande. Les ruego que observen en ese mismo salmo, cómo terminan las cosas: “Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer. ¡Cómo han sido asolados! ¡Cuán en un punto! Acabáronse, fenecieron con turbaciones” (Salmo 73:18, 19). Observen, por favor, que al igual como su prosperidad lo ofendía antes y era objeto de su envidia, ahora se admira ante su ruina y destrucción. “Vi yo al impío sumamente ensalzado, y que se extendía como un laurel verde.

Empero pasose, y he aquí no parece; y busquelo, y no fue hallado… Mas los transgresores fueron todos a una destruidos; la postrimería de los impíos fue talada” (Salmo 37:35-38) Dios dice, con respecto a sus enemigos y los enemigos de su pueblo: “Mía es la venganza y el pago, al tiempo que su pie vacilará; porque el día de su aflicción está cercano, y lo que les está preparado se apresura. Porque Jehová juzgará a su pueblo” (Deuteronomio 32:35, 36). Como ven, aunque Dios permite que sus enemigos y los enemigos de su pueblo
prosperen por un tiempo, al final serán destruidos, y tan seguro como que Dios es inmutable, seguro es que serán destruidos.

Les ruego que comparen el texto al principio de este escrito con el versículo que lo precede: “Y llegarme he a vosotros a juicio (dice Dios), y seré pronto testigo contra los hechiceros y adúlteros; y contra los que juran mentira, y los que detienen el salario del jornalero, de la viuda, y del huérfano, y los que hacen agravio al extranjero, no
teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3:5).

“Destruiré súbita y terriblemente a todos mis enemigos, a todos los que pequen contra mí.” Pero, ¿cómo podemos estar seguros de que así sea? Lo dice en las próximas palabras, porque “yo Jehová, no me mudo”. Es como si hubiera dicho: “Tan seguro como que soy Dios e inmutable, seguro es que serán destruidos.”

Oh señores, aunque Dios permite que sus enemigos y los enemigos de su pueblo prosperen por un tiempo, siempre los destruye al final, y así lo sigue haciendo, porque él no cambia. Dios es el mismo ahora como lo fue siempre, el mismo en santidad, celo, justicia y poder. Es tan santo ahora como lo fue siempre, y odia el pecado tanto como lo odió siempre. Es tan justo ahora como siempre lo fue, y tan preparado y dispuesto a vengarse como siempre. Es tan celoso ahora, tan celoso en cuanto a su nombre, al culto que se le rinde, al evangelio y al pueblo, como siempre lo fue; así que poco tolerará a los que a se oponen a ellos y los maltratan. Es tan sabio y poderoso ahora como lo fue
siempre, y tiene capacidad para vencer a sus enemigos. Es un gran versículo el que dice: “El es sabio de corazón, y poderoso en fortaleza; ¿Quién se endureció contra él, y quedó en paz?” (Job 9:4). Nadie jamás lo hizo y nadie jamás lo hará. No, sino que “Ciertamente Dios herirá la cabeza de sus enemigos, la cabelluda mollera del que camina en sus pecados” (Salmo 68:11). Oh, que todos los enemigos de Dios y de su pueblo, y todos los rebeldes e impenitentes, tomaran esto en serio.

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4. Porque Dios no cambia, los propósitos y las promesas de su gracia hacia su iglesia y su pueblo ciertamente se cumplirán. El corazón de Dios, mis amados, ha estado repleto de consejos y propósitos de amor hacia su pueblo desde la eternidad, y él también les ha hecho muchas promesas benditas, “preciosas y grandísimas promesas” (2 Pedro 1:4),
porque están llenos de cosas sumamente grandes y preciosas. La grandeza y lo precioso no siempre van juntos; muchas cosas son grandes, pero no son preciosas; y muchas cosas son preciosas, pero no son grandes. Pero en las promesas de Dios a su iglesia y su pueblo, la grandeza y lo precioso se unen.

Ahora bien, sean cuales fueren los propósitos que Dios tenía en su corazón, y sean cuales fueren las promesas que hizo en este mundo a su pueblo, todas se cumplirán porque él es un Dios inmutable. Es el mismo ahora que el que era cuando adoptó esos propósitos e hizo esas promesas, y por lo tanto indudablemente las llevará a cabo a su tiempo. Y así nos lo dice: “Porque yo soy Dios, y no hay más Dios, y nada hay a mí semejante; que anuncio lo por venir desde el principio, y desde antiguo lo que aun no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quisiere. Yo hablé, y lo haré venir:
helo pensado, y también lo haré” (Isaías 46:9-11).

Tome nota que primero afirma su deidad y su inmutabilidad, y luego les dice que todo lo que él quiere permanecerá y se llevará a cabo. Como, ante todo, Dios es inmutable, nada puede variar o cambiar de idea. “Empero si él se determina en una cosa, ¿quién lo apartará? Su alma deseó, e hizo. El pues acabará lo que ha determinado para mí” (Job 23:13, 14). Aun al más sabio y más resuelto entre los hombres se le puede presionar y hacer cambiar de idea en cuanto a lo que proponía hacer; pero no así a Dios. FOTO

Segundo, nadie puede impedirle cumplir sus propósitos y promesas. “Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre: si yo hiciere, ¿quién lo estorbará?” (Isaías 43:13). Pobre alma, sea quien sea, que pertenece al pueblo del Señor, recuerde los
consejos y propósitos eternos de su amor hacia usted, y serán para usted una fuente grande y profunda de dulzura infinita. En ellos verá montones de amor y tesoros de la gracia; y luego fije su vista en las promesas de su pacto, que le serán inexpresablemente dulces y perfectamente adecuadas para su condición, para todas sus necesidades, y luego sepa con seguridad que todo, tanto de lo uno como de lo otro, se cumplirá para usted a su tiempo. Es cierto que sus consejos a veces nos parecen que han sido frustrados, y que sus
promesas han sido quizá diferidas o demoradas por un tiempo, tanto que quizá nuestros corazones apurados e incrédulos llegan a la conclusión de que nunca se cumplirán, diciendo con el salmista; “¿Hase acabado la palabra suya para generación y generación?”
(Salmo 77:8). Pero, alma, espere un poco, y todas se cumplirán hasta el último detalle.
¿Ha prometido Dios perdonarle, limpiarle, darle un corazón nuevo y un espíritu nuevo y escribir la ley de él en su corazón? ¿Ha prometido salvarle y tomarlo al final en sus propios brazos? Entonces sepa que todo se cumplirá. ¡Oh, cuán dulce es esto! Oh, aferrarse a una promesa y verla cumplirse, como bien podemos por la inmutabilidad de Dios. Allí veremos que todo es seguro, como si todo ya se hubiera cumplido. ¡Oh, qué gran consuelo brinda esto! ¡Qué dulzura inexpresable dará esto al alma!

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5. Porque Dios no cambia, los santos son inalterablemente felices, y tienen un refugio bendito al cual huir bajo todos esos cambios y emergencias que les pueden suceder en cualquier momento. Les ruego, mis amados, que noten que Dios es el Dios de los santos y su porción. Y la felicidad de ellos está en él. Porque Dios es inmutable, ellos tienen una felicidad inmutable; son un pueblo feliz y lo serán sin cambios. “El consejo de Jehová permanece para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones”; y después ¿qué? “Bienaventurada la gente de que Jehová es su Dios; el pueblo a quien escogió por heredad para sí” (Salmo 33:11, 12).

Los santos (como alguien bien ha observado) son, en todo respecto, un pueblo bienaventurado. Son bienaventurados porque sus pecados son perdonados:

“Bienaventurado aquel cuya iniquidades son perdonadas, y borrados sus pecados” (Salmo 32:1). Son bienaventurados con respecto a la disposición de sus almas:
“Bienaventurados los pobres en espíritu… Bienaventurados los mansos… Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia” (Mateo 5:3, 5, 6). Son bienaventurados en su obediencia y su andar con Dios: “Bienaventurados los perfectos de camino” (Salmo 119:1).

Son bienaventurados en sus esperanzas y expectativas:

“Bienaventurados todos los que le esperan [a Dios]” (Isaías 30:18). Así son en todo sentido y en todos los respectos, un pueblo bienaventurado; pero en esto radica la perfección y la gloria máxima de su bienaventuranza, lo cual incluye todo lo demás, a saber, que el
Dios inmutable es su Dios y su porción. “Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová” (Salmo 144:15). Oh, esto les insta a ser infinita e inmutablemente felices y, en consecuencia, deben vivir apoyados en él cuando sufren todos sus problemas y dificultades.

Oh lector, ¿existe algo en esto que no le sea de apoyo y consuelo? ¿Cambian sus amigos y sus conforts? Pero Dios, su mejor amigo y confort, no cambia, y eso basta. ¿Cambia el tiempo y las estaciones y para peor, del sol a las tormentas? Bueno, alma, pero su Dios no
cambia, y eso basta para endulzar todo. Usted mismo, ¿acaso no cambia? Los cambios y los conflictos lo acosan y, lo que es peor, su espíritu cambia, y no permanece con Dios ni una hora. Bueno, aún así, Dios no cambia, y eso basta. ¿Acaso no vuelven a surgir
tentaciones y viejas corrupciones? ¿Se reaviva y recurre en usted el sentido de culpa? Aunque así sea, su Dios es inmutable, y entonces puede aliviarlo y consolarlo ahora como lo hizo antes, y de hecho lo hará; y eso basta.

Sí, ¿cambian las dispensaciones de Dios para con usted? Antes sonreía, ahora frunce el ceño. Antes lo levantó, ahora lo echa abajo.

La luz de su rostro brillaba esplendorosamente sobre usted, ahora está velada y nublada. Sin embargo, Dios mismo no cambia: su corazón, su consejo, su pacto y su amor siguen siendo los mismos de antes hacia usted, aunque su dispensación haya cambiado. Oh, esta
sola frase: “Dios es mío, y es inmutable”, contiene una infinita dulzura, y me insta a ser infinita e inmutablemente feliz. Oh, usted que es parte del pueblo de Dios, procure ver y regocijarse en esta felicidad suya. A fin de que pueda hacer esto mejor, agregaré sólo dos breves palabras, y daré fin a todo el discurso.

Versiculo 24

Primero, considere que como su Dios es inmutable, usted está inmutablemente interesado en él. Este Dios inmutable es inmutablemente su Dios. No obstante, aunque Dios es inmutable, alguna pobre alma puede decir: “¿De qué me sirve? Me temo que mi interés en él cambiará y fallará; pronto acabará.”

No, alma, el Dios inmutable siendo de veras suyo, es suyo para siempre. Así dijo la iglesia: “Porque este Dios es Dios nuestro eternalmente y para siempre” (Salmo 48:14). Oh, alma, usted, por medio de la gracia infinita, gratuita y rica, tiene una parte y una
relación de pacto con el Dios inmutable, y esta parte y relación es firme, duradera, y una parte y relación inmutable. Nada que puedan hacer los hombres, los demonios o las lujurias puede romperlas o resquebrajarlas.

Agregaré aquí solo uno o dos dichos de Agustín. “El bien mayor, que es Dios, no es otorgado a quienes no están dispuestos a tenerlo, ni es quitado de los que no están dispuestos a separarse de él.” Y en otra parte dice: “Ningún hombre te pierde o puede perderte, oh Dios, a menos que esté dispuesto a perderte y a andar sin ti. Y el que
voluntariamente se aleja de ti, ¿a dónde va? ¿A dónde huye, sino sólo de tu sonrisa a tu ceño fruncido; de ti, un Padre reconciliado a ti, un juez airado?” Oh, alma, mientras esté usted dispuesto a tener a Dios como suyo, es suyo; sí, es más, su parte en él no depende de su disposición de tenerlo, sino en el amor y pacto inmutable de él; y tanto su amor
como su pacto tendrían que cambiar antes de que su parte en él pudiera disminuir y cambiar.

Segundo, considere, así como su Dios es inmutable, así usted después de un tiempo disfrutará de él y estará con él inmutablemente; su visión y satisfacción de él serán inmutables.

“Nuestra felicidad (dijo Agustín) empieza aquí con la elección, pero se perfecciona en el más allá con plena satisfacción.” Usted, que ha elegido al Dios inmutable, después de unos días disfrutará del Dios que eligió; su felicidad es grande por haberlo escogido, ¡pero cuánto más grande será su disfrutar de él! “Hasme guiado según to consejo, y
después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos? Y fuera de ti nade deseo en la tierra” (Salmo 73:24, 25). “Te he escogido, y vuelvo a escogerte como mi Dios y mi porción. Te disfruto algo ahora, y te disfrutaré más en el cielo. Antes de que pase mucho
tiempo seré llevado para disfrutar de ti en tu gloria, plena, inmediatamente y para siempre, porque tú eres mío, y te he escogido solemnemente a ti.”

¡Oh santos! El Dios inmutable es de ustedes, y algo de comunión tienen con él aquí en los caminos de su gracia, que es dulce y feliz, pero después que hayan disfrutado de los caminos de su gracia por un tiempo aquí, serán llevados a disfrutar inmutablemente de él en su gloria en los cielos, lo cual será infinitamente más dulce y feliz. El disfrutar suyo de él aquí es limitado y remoto, al igual que variable e inconstante; pero su disfrutar de él en lo Alto será pleno, estrecho y sin cambios. Aquí tienen, de cuando en cuando, una visita de gracia de parte de él. Él los visita en medio de esta obra y aquella ordenanza, en esta merced o en aquella aflicción; pero, oh, ¡qué breves son muchas veces esas visitas suyas! ¡Ay! Se va nuevamente en un momento. Pero después de un tiempo disfrutarán de él en su gloria, y no tendrán sólo una breve visita de cuando en cuando, sino su presencia constante para siempre. “Y allí estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:17).
¡Oh, almas bienaventuradas! Allí Dios les será un placer inmutable, brillará inmuta- blemente sobre ustedes, inmutablemente se comunicará con ustedes en su gracia y gloria. ¡Oh qué dulzura y qué bendición será esto!

Bueno, en conclusión. Santos, el Dios inmutable es inmutablemente de ustedes, a pesar de que sus visiones de él son aún oscuras, y su comunicación con él escasa, esperen un poco y el día llegará cuando todas sus sombras desaparecerán. Cambiarán ustedes
las aguas en reflujo por la marea alta, sus primeros rayos y amaneceres por el sol del mediodía, sus comienzos imperfectos por una consumación de la comunicación plena y perfecta con él. Aunque haya ahora un velo sobre el rostro de Dios de modo que no puedan verlo, esperen un poco y el velo será quitado, y contemplarán su rostro, su gloria para siempre; de tal modo que serán transformados plenamente en su imagen, y serán consolados y satisfechos eternamente en él, de acuerdo con su promesa.

Concluiré todo con esto: “Yo en justicia veré tu rostro: Seré saciado cuando despertare a tu semejanza” (Salmo 17:15). Amén. (Nota del editor: Yo también quiero decir amén: ¡Amén! ¡Alabanzas al Señor!)

Tomado de su libro: “A Beam of Divine Glory” 
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Edward Pearce (1633-1702): puritano, fue echado de la parroquia de St Margaret, Westminster, cuando se adoptó el Acto de Uniformidad (que forzó a muchos evangélicos a renunciar a sus pastorados más bien que adoptar las doctrinas y prácticas erróneas de la Iglesia Anglicana). Era conocido como “un predicador muy afectuoso y servicial”. Su obra más conocida, Beams of Divine Glory (Rayos de gloria divina), exalta a Cristo y brinda gran esperanza al cristiano.

Isaac Wats 1

Todas las promesas del Señor serán, gozo y fuerza en nuestra vida terrenal; Ellas en la dura lid nos sostendrán, y triunfar podremos sobre el mal. La fidelidad de Dios!   – Isaac Watts (1674–1748)

Perdón para el más grande pecador

Blog52

Por amor de tu nombre, oh Jehová, perdonarás también mi pecado, que es grande (Salmo 25:11).

Doctrina: Si de verdad nos acercamos a Dios pidiendo misericordia, lo inmenso de nuestro pecado no será un impedimento para que nos perdone…

Esto es lo que necesitamos a fin de poder acercarnos a Dios pidiendo misericordia:
Necesitamos ver nuestra desdicha a fin de ser sensibles a nuestra necesidad de misericordia. Los que no tienen conciencia de su desdicha no pueden acudir a Dios en busca de misericordia, porque es justamente la noción de la misericordia divina lo que constituye la bondad y gracia de Dios hacia el desdichado. Sin la desdicha en la ecuación, no se puede ejercer misericordia. Es una contradicción querer misericordia sin sentir
desdicha, o comprensión sin tener una calamidad. Por lo tanto, los hombres no pueden considerarse objetos adecuados de misericordia, a menos que tengan primero conciencia de que son desdichados. Así que, a menos que éste sea el caso, es imposible que acudan a Dios en busca de misericordia.

Jonathan Edwards 2

Tienen que ser sensibles al hecho de que son hijos de ira, que la Ley está en su contra y que están expuestos a su maldición: que la ira de Dios mora en ellos y que él está disgustado con ellos cada día que están bajo la culpa del pecado. Tienen que ser sensibles al hecho de que es cosa terrible ser el objeto de la ira de Dios, que es cosa terrible tenerlo como enemigo, y tienen que saber que no pueden sobrevivir su ira. Tienen que ser sensibles a que la culpa del pecado los convierte en criaturas desdichadas, sean cuales sean los placeres temporales que tienen; que no pueden ser más que criaturas desdichadas, arruinadas, en tanto Dios está disgustado con ellos; que no tienen fuerza y deben perecer, y esto, eternamente, a menos que Dios los ayude. Tienen que ver que su caso es totalmente desesperante, que no hay nada que nadie puede hacer por ellos; que están al borde del foso de la desdicha eterna; y que tendrán que caer en él, si Dios no tiene misericordia de ellos…

1. La misericordia de Dios es suficiente para perdonar los pecados más grandes, así como lo es para perdonar los más pequeños, porque su misericordia es infinita. Lo que es infinito es tan superior a lo que es grande como lo es a lo que es pequeño. Entonces, siendo Dios infinitamente grande es superior a los reyes, así como lo es a los mendigos. Es superior al ángel principal, así como lo es al gusano más inferior. Una medida de lo infinito no depende de la distancia entre lo infinito y lo que no lo es. Por lo tanto, siendo la misericordia de Dios infinita, es tan suficiente para perdonar todo pecado, así como lo es para perdonar uno solo…

Jonathan Edwards 3

2. Lo que Cristo pagó por el pecado es suficiente para quitar la culpabilidad más grande, así como lo es para quitar la más pequeña. “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). “De todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hech. 13:39). Todos los pecados de
quienes verdaderamente se acercan a Dios para pedir misericordia, sean los que sean, han sido saldados si Dios, quien lo dice, no miente. Y si la pena de todos ha sido saldada, es fácil creer que Dios está listo para perdonarla. De modo que Cristo, habiendo satisfecho plenamente el castigo de todos los pecados, y habiendo hecho un pago que es apto para todos, no desmerece la gloria de los atributos divinos perdonar los pecados
más grandes de aquellos que de una manera correcta acuden a él pidiendo perdón. Dios puede ahora perdonar a los pecadores más grandes sin menoscabar el honor de su santidad. La santidad de Dios no lo deja pasar por alto el pecado, sino que lo lleva a dar testimonios claros de su aborrecimiento por él. Porque Cristo satisfizo el castigo por el pecado, Dios puede ahora amar al pecador y no tener en cuenta para nada su pecado, no importa lo grande que haya sido. El hecho que descargó su ira en su propio Hijo amado cuando éste tomó sobre sí la culpa del pecado es testimonio suficiente de cuánto aborrece Dios al pecado. No hay nada mejor que esto para mostrar el odio que Dios siente por el pecado…

Dios puede, por medio de Cristo, perdonar al más grande pecador sin menoscabar el honor de su majestad. El honor de la majestad divina ciertamente requiere ser satisfecho, pero los sufrimientos de Cristo reparan plenamente el agravio. Aunque la ofensa sea muy grande, si una persona tan honorable como Cristo asume la función de Mediador del que cometió la ofensa y sufre tanto por él, repara plenamente el agravio hecho a la Majestad del cielo y de la tierra. Los sufrimientos de Cristo satisfacen
plenamente su justicia. La justicia de Dios, como Soberano y Juez de la tierra, requiere que el pecado sea castigado. El Juez supremo tiene que juzgar al mundo de acuerdo con la ley de la justicia…

La Ley no es un impedimento para el perdón del pecado más grande, siempre y cuando el hombre realmente acuda a Dios pidiendo misericordia, porque Cristo, por medio de sus sufrimientos, ha cumplido la Ley, él cargó con la condena del pecado, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en su madero)” (Gál. 3:13).

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3. Cristo no se negará a salvar a los más grandes pecadores, quienes de la manera correcta acuden a Dios pidiendo misericordia, porque esa es su obra. Es su deber ser el Salvador de los pecadores, pues es la obra por la que vino al mundo y, por lo tanto, no se opondrá a hacerlo. No vino a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento (Mat. 9:13). El pecado es justamente el mal que vino al mundo a remediar: por lo tanto,
no tendrá objeciones contra nadie porque sea muy pecador. Más pecador es, más necesita a Cristo. La pecaminosidad del hombre fue la razón por la que Cristo vino al mundo… El médico no se niega a sanar a alguien que acude a él porque tiene gran necesidad de su ayuda….

4. En esto consiste la gloria de la gracia por la redención de Cristo: en que es suficiente para perdonar a los más grandes pecadores. Todo el plan del camino de salvación es hacia este fin: glorificar la gracia de Dios. Desde toda la eternidad fue la intención de Dios glorificar este atributo; y por lo tanto es así que concibió el recurso de salvar al pecador a través de Cristo. La grandeza de la gracia divina se muestra claramente en esto: que Dios por medio de Cristo salva a los más grandes ofensores. Más grande la
culpa de cualquier pecador, más gloriosa y maravillosa es la gracia manifestada en su perdón: “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Rom. 5:20)… El Redentor es glorificado, en el sentido que da prueba de ser suficiente para redimir a los que son excesivamente pecadores, en el sentido que su sangre prueba ser suficiente para limpiar
la culpa más grande, en que puede salvar al máximo y en que redime hasta de la desdicha más grande.

Es el honor de Cristo salvar a los más grandes pecadores cuando acuden a él, así como es un honor para el médico poder curar las enfermedades o heridas más desesperantes. Por lo tanto, no cabe duda de que Cristo estará dispuesto a salvar a los más grandes pecadores si acuden a él, porque no vacilará en glorificarse a sí mismo y de elogiar el valor y la virtud de su propia sangre. Siendo que se dio a sí mismo para redimir a
los pecadores, no le faltará disposición para mostrar que es capaz de redimir al máximo… Si tú no aceptas la suficiencia de Cristo para perdonarte, sin ninguna rectitud y justicia propia que te recomiende, nunca llegarás al punto de ser aceptado por él. La manera de ser aceptado es acudir—no por ningún aliento que te da el saber que has podido mejorar, o que eres más digno, y no tan indigno sino—por el mero aliento
de lo digno que es Cristo y lo misericordioso que es Dios.

De “Great Guilt No Obstacle to the Pardon of the Returning Sinner” (Una gran
culpa no es obstáculo al perdón del pecador que vuelve) en The Works of Jonathan
Edwards.

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Jonathan Edwards: (1703-1758) Predicador congregacionalista norteamericano usado
poderosamente por Dios durante el Gran Avivamiento. Nacido en East Windsor,
Colonia de Connecticut.

Matthew Henry. Comentario Expositivo y Práctico de Toda La Biblia”

Matthew Henry 2

Matthew Henry (octubre 18, 1662 hasta junio 22, 1714 ) fue un inconformista ministro y autor, nacido en Gales , Reino Unido, aunque pasó gran parte de su vida en Inglaterra .
Henry nació en Broad Oak, Iscoyd, una casa de campo en las fronteras de Flint y Shropshire , Gales , Reino Unido . Su padre, Philip Henry , era clérigo en una Iglesia de Inglaterra y acababa de ser expulsado en virtud de la Ley de la uniformidad 1662 . A diferencia de la mayoría de sus compañeros de fatigas, Philip poseían algunos medios privados, y por lo tanto era capaz de dar a su hijo una buena educación. Mateo fue primero a una escuela en Islington , en ese momento un pueblo a las afueras de Londres, y luego al corazón de la capital. Pronto abandonó sus estudios de derecho para la teología , y en 1687 se convirtió en ministro de una congregación presbiteriana en Chester. Si bien en Chester, Henry fundó la capilla presbiteriana en la calle Trinidad. Se trasladó de nuevo en 1712 a la calle Mare , Hackney. Dos años más tarde (22 de junio 1714), murió repentinamente de apoplejía.
Los comentarios bíblicos escritos por Matthew Henry “Exposición de seis volúmenes de Matthew Henry del Antiguo y Nuevo Testamento (1708-1710)” o el comentario completo, ofrece un estudio exhaustivo de cada versículo de la Biblia. Que cubre la totalidad del Antiguo Testamento y los Evangelios y Hechos en el Nuevo Testamento . Después de la muerte del autor, la obra fue terminada (Romanos hasta Apocalipsis) por otros trece no conformistas ministros, en parte, en base a las notas tomadas por los oyentes de Henry, y editado por George Burder y John Hughes en 1811.
Los Comentarios de Henry son principalmente exegéticos , que trata de la escritura de texto tal como se presenta, con su mejor intención de ser Explicados, a efectos prácticos y devocionales. La exposición de Henry da el resultado de un análisis crítico de la original como parte de su tiempo, con la aplicación práctica. Se consideró sensata y con estilo, un comentario con fines devocionales.
Famosos evangélicos predicadores protestantes tales como George Whitefield y Charles Spurgeon utilizaron y de corazón elogiaron el trabajo, Spurgeon dijo, “Cada ministro debería leer por completo y con cuidado al menos una vez” John Wesley escribió de Henry:
Él es confirmado por todos los jueces competentes, como una persona de buen entendimiento, de diversos aprendizajes, de piedad sólida y mucha experiencia en los caminos de Dios. Y su exposición es generalmente clara e inteligible, los pensamientos que se expresan en palabras sencillas: También se encuentra, conforme al tenor de las escrituras, y la analogía de la fe. Con frecuencia es completa, dando una explicación suficiente de los pasajes que requieren explicación. Es en muchas partes de profundidad, penetrando más en los escritos inspirados que la mayoría de los comentarios existentes. No nos entretienen con vanas especulaciones, pero es práctico en todo. Y por lo general también espiritualmente nos enseña cómo adorar a Dios, no en forma única, pero en espíritu y en verdad.
Por ser el primero entre los mejores en cuanto a utilidad, estamos obligados a mencionar a aquel cuyo nombre es ya una palabra cotidiana: MATTHEW HENRY. Es sumamente piadoso y conciso, sólido y sensato, sugerente y sobrio, sucinto y de confianza. Encontraréis que resplandece con metáforas, es rico en analogías, rebosa de ilustraciones y abunda en reflexiones. Se deleita en las aposiciones y las aliteraciones, pero su estilo es, por lo general, sencillo, evocador y lleno de contenido. Ve el sentido del texto directamente y ofrece el resultado de un minucioso conocimiento crítico de los originales a la altura de los mejores críticos de su época. Es profundamente espiritual, celestial y beneficioso, encuentra el contenido de cada texto y de todos ellos extrae lecciones enormemente prácticas y acertadas. El suyo es un tipo de comentario que debe colocarse donde lo vi en la antigua casa de reunión en Chester: encadenado en el vestíbulo para que cualquier persona pudiera leerlo. Es el comentario del hombre de a pie, el viejo compañero del cristiano, adecuado para cualquiera, instructivo para todos.
Editorial Peregrino presenta esta nueva y fiel traducción, en varios tomos, con el deseo de que una nueva generación de pastores y creyentes descubra al «príncipe de los comentaristas» que es Matthew Henry.
Puedes solicitarlos. Ponte en contacto con nosotros:
SoloSanaDoctrina@ono.com
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Comentario Mathew Henry

La Victoria – Arthur Bennett

Victoria

OH, DIVINO REDENTOR

Grande fue tu bondad
al llevar a cabo mi redención,
al consentir que se te convirtiera en pecado por mí,
al vencer a todos mis enemigos.

Grande fue tu fuerza
al soportar la aflicción de la ira divina,
al cargar con mis iniquidades.

Grande fue tu amor
al manifestarte vivo,
al mostrar tus llagas sagradas,
para que todo temor desapareciera y toda duda quedara despejada.

Grande fue tu misericordia
al ascender al Cielo,
al ser coronado y entronizado
allí para interceder por mí,
allí para socorrerme en la tentación,
allí para abrir el libro eterno,
allí para recibirme por fin en tu seno.

Grande fue tu sabiduría
al idear este camino de salvación.

Baña mi alma en los ricos consuelos de tu vida resucitada.

Grande fue tu gracia
al ordenarme acudir al Padre de tu mano,
para estar unido por siempre a él,
para encontrar mi descanso en él,
para encontrar mi paz en él,
para contemplar su gloria,
para honrar al único que es digno de ello;
al ofrecerme al Espíritu como maestro, guía y fuerza para
que pueda vivir arrepintiéndome del pecado,
vencer a Satanás
y encontrar la victoria en la vida.

Cuando estás ausente, todas las desdichas están presentes;
Cuando estás presente, disfruto de todas las bendiciones.