Pecados de niños y jóvenes 1

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Mi joven amigo, te ruego que me des tu atención mientras te destaco algunos de los pecados que arruinan a multitudes. Entre estos males, un espíritu irreflexivo e inconsiderado es uno de los más comunes y más fatales entre los jóvenes. Aunque la impiedad manifiesta mata a sus miles, ésta lleva a decenas de miles a la perdición. Llegará el momento cuando tendrás que considerar tus caminos. Desde tu lecho de muerte o desde el mundo eterno, tendrás que repasar tu vida. Pero como amas tu alma, no demores hasta entonces la pregunta cuya respuesta determinará tu estado eterno:“¿Qué he hecho con mi vida?” Piensa en tus años pasados. Se han ido para siempre. ¿Pero que informe ha habido de ellos en el cielo? ¿Qué se escribió acerca de ellos en el libro de Dios? ¿Serán presentados en el juicio en tu contra? Es posible que no verás muchos crímenes flagrantes. ¿Pero no ves nada que la conciencia tiene que condenar? ¿Nada que te alarme, si fueras a presentarte en este instante ante el tribunal de tu Creador? Quizá respondas: “Es cierto, no puedo justificar todas las acciones de mis años juveniles. No obstante, lo peor que veo son los desatinos juveniles”.

Mi amigo, ¿acaso eso es lo que los llaman en el cielo? ¿No los considera tu Juez peor que eso? Siempre ha sido la costumbre de este mundo excusar el pecado y cerrar los ojos a lo aborrecible que son estas aberraciones. Pero, ten conciencia de lo que tomas tan a la ligera, tu Dios los aborrece porque son pecados: pecados, los más pequeños de los cuales, si no son perdonados, sumirán tu alma en una aflicción eterna. “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia” (Rom. 1:18). Aborrece las iniquidades de la juventud al igual que la de los años maduros. Los pecados de la juventud fueron las cosas amargas que lamentó el santo Job: “¿Por qué escribes contra mí amarguras, y me haces cargo de los pecados de mi juventud?” (Job. 13:26). Y fue lo que motivó la súplica devota de ser liberado: “De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes; conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad,oh Jehová” (Sal. 25:7).

Vuelve a repasar tu vida. Comienza con tu niñez. En los primeros años, con frecuencia considerados como un estado de inocencia, comienzan a aparecer las corrupciones de la naturaleza caída. Los primeros años de vida están manchados de mentiras,  desobediencia, crueldad, vanidad y orgullo. ¿Puedes recordar alguna oportunidad en tus primeros años cuando fueron contaminados con un pecado real? ¿Puedes recordar alguna ocasión cuando dijiste una mentira? ¿O cuando abrigaste en tu corazón vanidad, orgullo u obstinación? ¿O cuando la crueldad hacia seres más débiles era tu deporte? No te retraigas del repaso: aunque doloroso, es útil. Es mucho mejor ver y aborrecer tus pecados juveniles en este mundo, cuando puedes encontrar misericordia, que cuando te los recuerden en el momento en que se acabó la misericordia.

Pero los años de tu niñez han pasado. Has avanzado una etapa más en tu camino hacia un mundo sin final. ¿Han disminuido tus pecados a medida que tus años han aumentado? ¿No es cierto que algunas tendencias pecaminosas maduraron y tienen mayor fuerza? ¿No es cierto que otras que no conocías en tus primeros años han comenzado a aparecer? ¿Y no es cierto que más conocimiento agrega una nueva
culpabilidad a todos tus pecados?

Entre las iniquidades prevalecientes de la juventud podemos mencionar el orgullo. Este es un pecado que tienen en común todas las edades, pero con frecuencia infecta particularmente a los jóvenes. Dios lo aborrece. “Al altivo mira de lejos” (Sal. 138:6). “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Stg. 4:6). “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón” (Prov. 16:5). Aborrece a “todo altivo de corazón” (Prov. 6:16-17). “Altivez de ojos, y orgullo de corazón… son pecado” (Prov. 21:4). Dios reprende a los orgullosos (Sal. 119:21). El orgullo es el padre de muchos otros males. Se presenta en miles de maneras; no obstante, a menos que sea sometido por el evangelio, lo encontramos en el palacio y en la choza. Lo vemos demostrado en el carácter del hijo pródigo (Luc. 15:19).

¿Acaso este pecado, que Dios tanto aborrece, no ha entrado sigilosamente en tu corazón? Quizá te ha hecho altanero, cuando debieras ser humilde; obstinado, cuando debieras ser complaciente; vengativo, cuando debieras ser perdonador. Te pareció que demostrabas fuerza de carácter cuando reaccionabas ante una injuria o un insulto, en lugar de aguantar pacientemente como lo hizo aquel a quien llamas tu Señor. Quizá te ha llenado de insatisfacción, cuando debieras haber sido totalmente sumiso. Te pareció injusto en el día de la aflicción de que tenías que sufrir tantas pruebas, y aun si no murmuraste contra Dios, ¿no sentiste el deseo de hacerlo?

El orgullo posiblemente te ha llevado a descuidar los consejos sabios: no escuchar a los que desean tu bien eterno. Vanidad de los adornos de vistes: ¿no es cierto que has pensado más en la ropa que vistes que en la salvación de tu alma inmortal? ¿No es cierto que te has preocupado más por el aspecto de una prenda de vestir o si lo que vistes está de moda, que de la vida o muerte eterna? Quizá has sido uno de esos que se pasa más tiempo mirándose al espejo que en buscar el favor de su Dios. ¡Ay! ¿Nunca te llevó el orgullo a esta auto idolatría? ¿Nunca, nunca te llenaste de vanidad porque creíste tener un rostro atractivo o un cuerpo hermoso o vigor varonil? ¡Ay! ¡Necia vanidad! ¿Nunca
sucedió que le decías a la corrupción: “A la corrupción he dicho: Mi padre eres tú; a los gusanos: Mi madre y mi hermana” (Job 17:14), por más necio que fuera hacerlo? “¿Dónde hay un rostro más desagradable que no fuera objeto de auto adoración al mirarse al espejo? ¿Dónde un cuerpo, aunque fuera deforme, que el espíritu caído que lo habita no lo convirtiera en una ídolo favorito?”

Continuará …

De Persuasives to Early Piety.

J. G. Pike (1784-1854)

Maridos amen a sus esposas 2

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2. En cuanto al manejo correcto de autoridad por parte del marido, principalmente en relación con su esposa: Así como la autoridad debe ser correctamente sostenida, tiene que ser bien manejada. Para esto, dos cosas son necesarias: 1) que el esposo respete tiernamente a su esposa y 2) que la cuide y se ocupe de su mantenimiento.
El lugar de ella es efectivamente de sujeción, pero lo más cerca posible a la igualdad. Su lugar es uno de igualdad en muchos sentidos en que esposo y esposa son fraternales y compañeros. De esto se desprende que el hombre debe considerar a su esposa compañera de yugo y colaboradora (1 Pedro 3:7). En este punto corresponde honrar
a la esposa, ya que la razón para crear una esposa (Gén. 2:18) fue, según fue traducida a nuestro idioma: ser una “ayuda idónea” para él, literalmente “como frente a él”, es decir, como él mismo, uno en quien se puede ver reflejado.
Así como la esposa reconoce que el papel de su esposo es la base de todo los deberes de ella, la de él es reconocer el compañerismo entre él y su esposa que hará que se conduzca con mucha más amabilidad, confianza, cariño y todos los demás tratos hacia ella que corresponden a un buen esposo.
Acerca de la opinión errada de los maridos hacia sus esposas: Es contrario a los preceptos bíblicos lo que muchos piensan: que aparte de los lazos familiares, no hay ninguna diferencia entre una esposa y una sirvienta, de modo que las esposas son tenidas como sirvientas de sus maridos, porque ellos requieren sujeción, temor y obediencia. Por eso muchas veces sucede que las esposas son tratadas apenas un poco
mejor que las sirvientas. Esto es soberbia, una conducta desmedidamente pagana y una arrogancia tonta. ¿Acaso al crearla del costado del hombre tomó Dios a la mujer y la puso bajo los pies de Adán? ¿O la puso a su lado, por encima de todos los hijos, siervos y
demás familiares, para atesorarla? Porque nadie puede estar más cerca que una esposa, y nadie debe ser más querida que ella. Acerca del afecto absoluto de los maridos hacia sus esposas: El afecto del esposo por su esposa será según su opinión de ella. Por lo tanto debe deleitarse totalmente en su esposa, o sea deleitarse solamente en ella. En este sentido la esposa del profeta es llamada “el deleite [placer] de tus ojos” (Eze. 24:16), en quien él más se deleitaba. Un deleite así sintió Isaac por su esposa que le quitó la gran tristeza que sentía por la partida de su madre. La Biblia dice que la amó y que esto lo consoló después de la muerte de su madre (Gén. 24:67).
El sabio expresó con elegancia este tipo de afecto, diciendo:
“Alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela” (Prov. 5:18, 19). Nótese aquí las metáforas al igual que la hipérbole usadas para describir el deleite de un esposo en su esposa. En las metáforas, note tanto las criaturas que dice se parecen a la esposa y los atributos que les da. Las criaturas son dos: una cierva y una gacela, que son las hembras del venado y el corso respectivamente. Aquí cabe mencionar que de todas las bestias, el venado y el corso son los más apasionados con sus hembras.
Estas comparaciones aplicadas a la esposa muestran cómo el marido debiera disfrutar de su esposa… Tanto que le haga olvidar las fallas de su esposa; esas fallas que otros pueden notar o aborrecer, él no ve, ni por ellas se deleita menos en ella. Por ejemplo, si un hombre tiene una esposa, no muy linda ni atractiva, con alguna deformación en el cuerpo, alguna imperfección en su hablar, en su vista, en sus gestos o en cualquier parte de su cuerpo, pero tanto la ama que se deleita en ella como si fuera la mujer más hermosa y en todo sentido la mujer más perfecta del mundo. Además, tanto la estima, con tanto ardor la ama, con tanta ternura la trata al punto que los demás piensan que es un tonto. El afecto de un marido por su esposa no puede ser demasiado grande, siempre y cuando sea sincero, sobrio y decente.
Acerca de la paciencia de los esposos por exigir todo lo que corresponde: tanto la reverencia de la esposa como su obediencia deben ser correspondidas por la cortesía del esposo. Como testimonio, el marido tiene que estar listo para aceptar todo aquello en que su esposa está dispuesta a obedecerle. Tiene que ser moderado y no exigirle demasiado. En este caso, debe decidirse a tener una buena disposición hacia ella; es preferible que la obediencia de ella sea por su propia voluntad con una conciencia limpia ante Dios, porque Dios la ha puesto en una posición de sujeción, y por amor matrimonial que por
la fuerza porque su marido se lo ordena.

Maridos… tienen que considerar lo que es legal, necesario, conveniente, oportuno y apropiado para que sus esposas hagan, sí, lo que están dispuestas a hacer y no negarse.

Por ejemplo:

1. Aunque la esposa debiera ir con su esposo y quedarse donde él diga, él no debiera [a menos que por alguna razón fuera de su control se vea obligado a ello] llevarla de un lado para otro, y sacarla del lugar que a ella le gusta. Jacob consultó con sus esposas y se aseguró de que estuvieran de acuerdo antes de llevárselas de la casa de su padre (Gén.
31:4).
2. Aunque ella debiera atender de buen talante a las visitas que él trae a la casa, él no debiera ser desconsiderado ni insistente con ella en estos casos. La mayor parte de la responsabilidad y el trabajo para atender a las visitas cae sobre la esposa, por lo tanto el marido debiera ser considerado con ella.
Si él ve que ella es responsable y sabia, muy capacitada para administrar y ordenar las cosas de la casa, pero que prefiere no hacer nada sin el consentimiento de él, él debe dar su consentimiento sin reparos, y satisfacer el deseo de ella, como Elcana, y como el esposo de esa excelente mujer que Salomón describe (Prov. 31:10-31).
Para administrar los asuntos de la casa es necesario un consentimiento mutuo, pero es un deber específico de las esposas (1 Tim. 5:14). Porque los asuntos de la casa están a su cargo es lógico que se la llame ama de casa. En vista de esto, los maridos deben dejar a su
cargo la administración de la casa y no ponerle impedimentos por querer intervenir y dar su aprobación a cada cosa. En general, es responsabilidad de la esposa:

1. El arreglo y decoración de la casa (Prov. 31:21, 22),

2. Administrar las provisiones cotidianas para la familia (Prov. 31:15),

3. Supervisar al personal de servicio (Gén. 16:6),

4. Ocuparse de la formación de los hijos mientras todavía son chicos (1 Tim. 5:10, Tito 2:4).
Entonces, en general, todo esto debe dejarse a discreción de ella (2 Rey. 4:19) con solo dos advertencias: 1. Que ella tenga discreción, inteligencia y sabiduría, y no sea ignorante, necia, simple, gastadora, etc.; 2. Que él supervise todo en general, y que haga uso de su
autoridad en caso de tener que prevenir que su esposa o sus hijos, sirvientes u otros hagan algo ilegal o impropio.

 

Tomado de Domestical Duties.

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William Gouge (1575-1653): Durante 46 años pastor en Blackfriars, Londres, considerado como el centro de predicación más importante de aquella época. Muchos creen que se convirtieron miles bajo la predicación expositiva y penetrante de Gouge. Poderoso en las Escrituras y la oración, predicó durante 30 años sobre la epístola a los Hebreos, cuya sustancia se volcó en un comentario famoso; nacido en Stratford-Bow, Middlesex County, Inglaterra.

Los Cristianos y la Política

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Los Cristianos y la Política

K. Runia, P. Wells, E. L. Taylor, J. D. Dengerink

¿Qué actitud deben tomar los cristianos frente al complejo fenómeno político?
¿Qué relación existe entre fe cristiana y opciones políticas?

Una investigación cristiana del tema no puede hacerse más que a partir de los datos de la Revelación bíblica.

Los estudios que componen este libro se deben a la reflexión de diversos autores, de distintos países, de varias Iglesias Evangélicas, unidos todos ellos por el común denominador de una idéntica fidelidad al Señor, y de una escucha paciente y perseverante de su Palabra. La obra que el lector tiene en sus manos puede ser un valioso instrumento de estudio, de meditación y orientación en las responsabilidad cívicas que confrontan al creyente de manera creciente.

136 pp. Rústica

Ref. 1481 – 5 €