Los Frutos del Arrepentimiento 3

Acompañado de restitución donde es necesario y posible. Ningún arrepentimiento puede ser auténtico si no va acompañado por una transformación total de la vida. La oración del alma auténticamente arrepentida es: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Sal. 51:10). Y cuando uno realmente anhela
estar bien con Dios, anhela estarlo también con sus prójimos. Aquel que en su vida pasada ha agraviado a alguien, y ahora no hace todo lo que esté dentro de su alcance para reparar el mal que hizo, ¡por cierto no se ha arrepentido! John G. Paton cuenta cómo después de que cierto sirviente se convirtió, ¡lo primero que hizo fue devolverle a su amo todos los artículos que le había robado!

Estos frutos son permanentes. Porque el verdadero arrepentimiento va precedido por una comprensión de la hermosura y excelencia del carácter divino y una aprehensión por lo extremadamente grave del pecado de haber tratado con desprecio a un Ser tan infinitamente glorioso, la contrición y el aborrecimiento hacia toda impiedad permanecen. Al ir creciendo en la gracia y en el conocimiento del Señor, y de nuestra deuda y responsabilidades para con él, nuestro arrepentimiento se profundiza, nos juzgamos a nosotros mismos más a fondo, y asumimos un lugar cada vez más bajo ante él. Cuanta más sed tiene el corazón por un andar más íntimo con Dios, más descartaremos todo lo que lo impide.

No obstante, el arrepentimiento nunca es perfecto en esta vida. Nuestra fe nunca es tan completa como para llegar al punto en que el corazón ya no es acosado por las dudas. Y nuestro arrepentimiento nunca es tan puro como para estar totalmente libre de la dureza del corazón. El arrepentimiento es un acto de por vida. Tenemos que orar diariamente
pidiendo un arrepentimiento más profundo.

En vista de todo lo dicho, confiamos que ahora le sea muy claro a todo lector imparcial de que aquellos predicadores que repudian el arrepentimiento son, para las almas perdidas, “médicos que no valen nada”. Los que omiten de su predicación el arrepentimiento están predicando “un evangelio diferente” (Gál. 1:6) que el que Cristo (Marc. 1:15; 6:12) y sus apóstoles (Hch. 17:30; 20:21) proclamaron. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, aunque no se puede confiar en ella porque no contribuye nada para salvación. Los que nunca se han arrepentido siguen estando engañados por el diablo (2 Tim. 2:25-26) y están atesorando para sí ira para el día de ira (Rom. 2:4-5).

“Si, por lo tanto, los pecadores han de tomar el camino más sabio a fin de ser más aptos para el uso de los medios de gracia, tienen que procurar seguir los designios de Dios y las influencias del Espíritu, y esforzarse por ver y sentir su estado pecaminoso, culpable y perdido. Para este fin tienen que renunciar a las malas compañías, desistir de sus pasatiempos desmedidamente mundanos, abandonar todo lo que tiende a mantenerlos en pecado y que apaga las acciones del Espíritu, y hacia estos fines tienen que leer, meditar y orar; comparándose con la Ley santa de Dios, tratando de verse a sí mismos como Dios los ve, y emitirse el mismo juicio que él les emite, a fin de estar capacitados para aprobar de la Ley y admirar la gracia del evangelio, de juzgarse a sí mismos y apelar humildemente a la gracia de Dios a través de Jesucristo para todas las cosas, y por medio de él, volver a Dios”

Un resumen de lo antedicho puede ser provechoso para algunos: 1. El arrepentimiento es una responsabilidad evangélica, y ningún predicador merece ser considerado siervo de Cristo si guarda silencio sobre el tema (Luc. 24:47). 2. El arrepentimiento es requerido por Dios en esta dispensación (Hch. 17:30) al igual que en todas las anteriores. 3. El arrepentimiento de ninguna manera constituye un mérito, no obstante, sin él no se puede creer para salvación (Mat. 21:32; Mar. 1:15). 4. El arrepentimiento es una comprensión dada por el Espíritu de lo extremadamente grave del pecado y de ponerse del lado de Dios y en contra de sí mismo. 5. El arrepentimiento presupone una aprobación total de la Ley de Dios y un consentimiento pleno de sus requerimientos justos, los cuales se resumen todos en: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…” 6. El arrepentimiento va acompañado de un auténtico aborrecimiento y dolor por el pecado. 7. El arrepentimiento se evidencia por la renuncia al pecado. 8. El arrepentimiento se reconoce por su permanencia, tiene que haber un rechazo continuo del pecado y dolor por él cada vez que uno cae. 9. El arrepentimiento, aunque permanente, nunca es completo ni perfecto en esta vida. 10. El arrepentimiento debe buscarse como un don de Cristo (Hch. 5:31).

De Repentance: What Saith the Scriptures? (Arrepentimiento: ¿Qué dicen las Escrituras?), reimpreso y disponible de Chapel Library.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Los Frutos del Arrepetimiento 2

Confesión de pecado. “El que encubre sus pecados no prosperará” (Prov. 28:13). Es “segunda naturaleza” del pecador negar sus pecados, directa o indirectamente, restarles importancia o excusarlos. Eso hicieron Adán y Eva en el principio. Pero cuando el Espíritu Santo obra en un alma, sus pecados son expuestos a la luz, y él, a su vez, los reconoce ante
Dios. No hay alivio para el corazón quebrantado hasta que lo hace: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos. En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Sal. 32:3-4). Reconocer francamente y con corazón contrito nuestros pecados es imperativo si hemos de mantener en paz nuestra conciencia. Este es el cambio de actitud que Dios requiere.

Dejar definitivamente el pecado. “Seguramente no habrá nadie aquí tan aturdido por el láudano1 de una indiferencia infernal como para imaginar que puede deleitarse en sus lascivias y después usar las vestiduras blancas de los redimidos en el Paraíso. Si se imaginan ustedes que pueden ser partícipes de la sangre de Cristo, y a la vez beber de la
copa de Belial; si se imaginan que pueden ser miembros de Satanás y a la vez miembros de Cristo, tienen menos inteligencia de la que parecen tener. No, ustedes saben que la mano derecha tiene que ser amputada y el ojo derecho arrancado —que tienen que renunciar a los pecados más queridos— si van a entrar en el reino de Dios” (de Spurgeon sobre Lucas 12:24).

El Nuevo Testamento usa tres palabras griegas para presentar diferentes fases del arrepentimiento. Primero, metanoeo, que significa “un cambio en la manera de pensar” (Mat. 3:2; Mar. 1:15, etc.). Segundo, metanolomai, que significa “un cambio en la manera de sentir” (Mat. 21:29, 32; Heb. 7:21). Tercero, metanoia, que significa “un cambio en la manera
de vivir” (Mat. 3:8; 9:13; Hch. 20:21). Tienen que darse los tres para que haya un arrepentimiento auténtico. Muchos experimentan un cambio en su manera de pensar: son educados y saben la diferencia entre el bien y el mal, pero siguen desobedeciendo a Dios. Algunos hasta se sienten inquietos o les remuerde la conciencia, pero siguen en pecado. Algunos se reforman, pero no por amor a Dios y aborrecimiento por el pecado. Tienen que darse los tres. “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). El que no lo anhela de todo corazón y deja, cada vez más, sus malos caminos en su diario vivir, no se ha arrepentido. Si yo realmente aborrezco el pecado y me duelo por él, ¿acaso no lo abandonaré? ¡Fíjese cuidadosamente en la frase “en otro tiempo” de Efesios 2:2 y el “éramos” de Tito 3:3! “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia” (Isa. 55:7). Este es el cambio en la manera de vivir que Dios requiere.

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures? (Arrepentimiento: ¿Qué dicen las Escrituras?), reimpreso y disponible de Chapel Library.


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Los Frutos del Arrepentimiento

CON el fin de ayudar al lector preocupado a identificar el verdadero arrepentimiento, consideremos los frutos que demuestran un arrepentimiento según Dios.

Un aborrecimiento auténtico por el pecado como pecado, no meramente por sus consecuencias. Un aborrecimiento no solo por este o aquel pecado, sino por todo pecado, y particularmente por la raíz misma: contumacia. “Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones” (Eze. 14:6). El que no aborrece el pecado, lo ama. La demanda de Dios es: “y os aborreceréis a vosotros mismos a causa de todos vuestros pecados que cometisteis” (Eze. 20:43). El que realmente se ha arrepentido puede decir honestamente: “He aborrecido todo camino de mentira” (Sal. 119:104). El mismo que en el pasado creía que vivir una vida santa era una cosa lúgubre, piensa muy distinto ahora. El que anteriormente considerara una vida de autocomplacencia como atractiva, ahora la detesta y se ha propuesto dejar todo pecado para siempre. Este es el cambio de manera de pensar que Dios requiere.

Un dolor profundo por haber pecado. El arrepentimiento de tantos, que no salva, es principalmente una angustia ocasionada por una aprensión de la ira divina. En cambio, el arrepentimiento evangélico produce un dolor profundo que nace del sentido de haber ofendido a un Ser tan infinitamente excelente y glorioso como lo es Dios. El uno es el
efecto del temor, el otro del amor. El uno es solo por poco tiempo, el otro es una práctica habitual para toda la vida. Muchos están llenos de pesar y remordimiento por una vida desaprovechada, pero aun así no tienen un dolor agudo en el corazón por su ingratitud y rebelión contra Dios. En cambio, el alma regenerada se duele hasta el alma por haber hecho caso omiso y haberse opuesto a su gran Benefactor y legítimo Soberano. Este es el cambio de corazón que Dios requiere.

“Fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios…, porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Cor. 7:9-10). Tal contrición es producida en el corazón por el Espíritu Santo y tiene a Dios como su objeto. Es dolor por haber despreciado a un Dios tal, por haberse rebelado
contra su autoridad y haber sido indiferente hacia su gloria. Es esto lo que causa que lloremos “amargamente” (Mat. 26:75). El que no se ha entristecido por el pecado siente placer en él. Dios requiere que “aflijamos” nuestra alma (Lev. 16:29). Su llamado es: “Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente” (Joel 2:12-13). Solo esa aflicción por el pecado es auténtica causando que crucifiquemos “la carne con sus pasiones y deseos” (Gál. 5:24).

Continuará …

De Repentance: What Saith the Scriptures?


Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia; autor de The Sovereignty of God (La soberanía de Dios), Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos más; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Sara dio a luz por Fe 2

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. ¡Aquí está el secreto de toda la cuestión! Aquí estaba la base de la confianza de Sara, el fundamento de su fe. No miraba las promesas de Dios a través de la bruma de obstáculos que se interponían, sino que veía las dificultades y los problemas a través de la clara luz de las promesas de Dios. El acto que aquí se adjudica a Sara es que “creyó” o consideró, acreditó y estimó, que Dios era fiel. Estaba segura de que él cumpliría su palabra sobre la cual cifraba su esperanza. Dios había hablado, Sara había escuchado. A pesar de que todo parecía indicar que era imposible que la promesa se cumpliera en su caso, ella creyó firmemente. Lutero bien dijo: “Si va a confiar usted en Dios, tiene que aprender a crucificar la pregunta ‘¿Cómo?’. “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts. 5:24): Esto es suficiente para que crea el corazón; la fe le dejará confiadamente al Omnisciente que él determine cómo cumplirá la promesa.

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. Notemos con cuidado que la fe de Sara sobrepasaba la promesa. Mientras que ella pensaba en el objeto prometido, le parecía totalmente increíble, pero cuando dejaba de pensar en todas las causas secundarias y pensaba en Dios mismo, las dificultades ya no la perturbaban: Su corazón estaba seguro en Dios. Sabía que podía depender de él: Él es “fiel”: ¡capaz, dispuesto y seguro de cumplir su Palabra! Sara elevaba su mirada a la promesa del Prometedor y, cuando lo hacía, toda duda desaparecía. Confiaba plenamente en la inmutabilidad de Aquel que no puede mentir, sabiendo que cuando se incluye la veracidad divina, la omnipotencia cumple. Es por las meditaciones creyendo en el carácter de Dios que la fe se alimenta y refuerza para esperar la bendición, a pesar de todas las dificultades aparentes y las supuestas imposibilidades. Es la contemplación en las perfecciones de Dios lo que hace que la fe triunfe. Como esto es de tanta importancia vital y práctica, ediquemos otro párrafo a profundizar el tema.

Fijar nuestra mente en las cosas prometidas, tener la expectativa segura de disfrutarlas, sin confiar primero en la veracidad, inmutabilidad y omnipotencia de Dios, no es más que engañarnos a nosotros mismos. Como bien dijo John Owen:

“El objeto formal de la fe en las promesas divinas, no es enfocar en primer lugar a las cosas prometidas, sino a Dios mismo en su excelencia esencial de veracidad o fidelidad y poder”.

No obstante, las perfecciones divinas en sí, no obran la fe en nosotros, sino que según el corazón reflexione con fe en los atributos divinos es que “juzgaremos” o llegaremos a la conclusión de que es fiel el que prometió. Es el hombre cuya mente permanece en Dios mismo el que es guardado en “perfecta paz” (Is. 26:3). Es decir, el que reflexiona con
gozo en quién y qué es Dios, el que será guardado de dudar y flaquear mientras espera el cumplimiento de la promesa. Tal como fue con Sara es con nosotros, cada promesa de Dios contiene tácitamente esta consideración:
“¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn. 18:14)…

Dejemos que nuestro pensamiento final sea sobre la rica recompensa de Dios a Sara por su fe. La palabra: “porque” con que comienza el versículo 12, destaca la consecuente bendición de que ella haya confiado en la fidelidad de Dios en vista de las peores imposibilidades naturales. De su fe nació Isaac y, de él, en última instancia, Cristo mismo. Y esto está consignado para nuestra instrucción. ¿Quién puede estimar los frutos de la fe? ¡Quién puede calcular cuántas vidas se verán afectadas para bien, aun en generaciones todavía por venir, gracias a la fe de usted y la mía hoy! Oh, cuánto debiera este pensamiento conmovernos para clamar con más intensidad: “Señor, aumenta nuestra fe” para
alabanza de la gloria de su gracia. Amén.

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Sara dio a luz por Fe 1

Fue “por la fe” que Sara “recibió fuerza” y fue también por la fe que después “dio a luz” a un hijo. Lo que aquí se sugiere es la constancia y perseverancia de su fe. No hubo aborto, ni natural ni provocado; ella confió en Dios hasta el fin. Esto nos trae a un tema del que poco se escribe en estos días: El deber y privilegio de la mujer cristiana de contar con Dios para tener un resultado seguro en el trance más difícil y crítico de su vida. La fe no es para ser practicada sólo en los actos de adoración, sino también en las ocupaciones comunes de nuestras actividades diarias. Hemos de comer y beber por fe, trabajar y dormir por fe; y la esposa cristiana debe traer al mundo a su hijo por fe. El peligro es grande y si hay un caso extremo que necesite fe, mucho más donde la vida misma está involucrada. Trataré de condensar algunos comentarios provechosos del puritano Manton.

Primero, tenemos que ser sensibles a qué necesidad tenemos de poner en práctica la fe en este caso, para que no corramos al peligro con los ojos vendados; y si escapamos, que no pensemos que fue por pura casualidad. Raquel murió en esta condición, igualmente la esposa de Finees (1 S. 4:19-20); existe un gran peligro, entonces hay que ser conscientes de ello. Cuánta más dificultad y peligro haya, más oportunidad hay para demostrar fe (cf. 2 Cr. 20:12; 2 Co. 1:9). Segundo, porque los dolores de parto son un monumento al odio de Dios por el pecado (Gn. 3:16), con más razón hay que procurar con mayor fervor un interés en Cristo, a fin de contar con el remedio contra el pecado. Tercero, meditar en la promesa de 1 Timoteo 2:15, que se cumple eterna o temporalmente según Dios quiera. Cuarto, le fe que uno debe practicar tiene que glorificar su poder y someterse a su voluntad. Lo siguiente expresa el tipo de fe que es correcto para todos los favores temporales: “Señor, si tú quieres, puedes salvarme”; esto es suficiente para librar al corazón de mucha tribulación y temor desconcertante.

“Y dio a luz”. Como hemos destacado en el párrafo anterior, esta cláusula fue agregada para mostrar la fe continua de Sara y la bendición de Dios sobre ella. La fe auténtica, no sólo se apropia de su promesa, sino que sigue confiando en la misma hasta que aquello que cree, de hecho, se convierte en realidad. El principio de esto está enunciado en Hebreos 3:14 y Hebreos 10:36. “Retengamos firme”, “hasta el fin nuestra confianza del principio”. Es en este punto que muchos fracasan. Se esfuerzan por apropiarse de una promesa divina, pero durante el periodo de prueba, la pierden. Por eso es que Cristo dijo en Mateo 21:21: “si tuviereis fe, y no dudareis”, etc. “no dudareis”, no sólo en el momento de reclamar la promesa, sino durante el tiempo en que se espera su cumplimiento. Por eso también a “Fíate de Jehová de todo tu corazón”, se le agrega “Y no te apoyes en tu propia prudencia” (Pr. 3:5).

“Aun fuera del tiempo de la edad”. Esta cláusula es agregada para enfatizar el milagro que Dios, en su gracia, realizó en respuesta a la fe de Sara. Ensalza la gloria de su poder. Fue escrita para alentarnos. Nos muestra que ninguna dificultad ni obstáculo debe causar que dejemos de creer en la promesa. Dios no se circunscribe al orden de la naturaleza, ni está limitado por ninguna causa secundaria. Revoluciona la naturaleza antes que faltar a su palabra. Hizo brotar agua de una roca que el hierro flotara (2 R. 6:6) y sustentó a un pueblo de dos millones en un desierto inhóspito. Estas cosas debieran motivar al cristiano a esperar en Dios con una seguridad plena, aun en las peores emergencias. Efectivamente, entre más difíciles sean los obstáculos que enfrentamos, más debiera aumentar nuestra fe. El corazón confiado dice: “Es esta una ocasión apropiada para tener fe; ahora que todas las corrientes humanas se han agotado tengo una oportunidad magnífica para contar con que Dios mostrará su fuerza por mí. ¡Qué hay que él no [pueda] hacer! Hizo que una mujer de noventa años tuviera un hijo –algo muy contrario a la naturaleza— por lo que puedo esperar con seguridad que él hará maravillas también por mí”.

Continuará …

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

La Fidelidad de Dios

 Blog66

LA INFIDELIDAD es uno de los pecados más preponderantes en esta época impía en que vivimos. En el mundo de los negocios, dar la palabra de uno, con muy raras excepciones, ya no es algo en que se puede confiar. En el mundo social, la infidelidad matrimonial abunda por todas partes, los vínculos sagrados del matrimonio se rompen con la misma facilidad que se descarta una vieja prenda de vestir. En el terreno eclesiástico, miles que han prometido solemnemente predicar la verdad no tienen ningún escrúpulo en atacarla y negarla. Ni puede el lector o el escritor declararse completamente inmune a este terrible pecado: ¡De cuántas maneras hemos sido infieles a Cristo y a la luz y los privilegios que Dios nos confió! Qué refrescante, entonces, que bendición indescriptible es levantar nuestra vista de esta escena de ruina, y contemplar a Aquél que es fiel, fiel en todas las cosas, fiel en todas las épocas.

“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel” (Deut. 7:9). Esta cualidad es esencial a su ser, sin ella él no puede ser Dios. Que Dios fuera infiel sería un acto contrario a su naturaleza, lo cual sería imposible: “Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo” (2 Tim. 2:13). La fidelidad es una de las perfecciones gloriosas de su ser. Él está cubierto de ella; “Oh Jehová, Dios de los ejércitos, ¿Quién como tú? Poderoso eres, Jehová, y tu verdad está en torno de ti” (Sal. 89:8). De la misma manera, cuando Dios se encarnó fue dicho: “Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor
de sus riñones” (Isa. 11:5).  Qué palabra es la de Salmo 36:5: “Jehová, hasta los cielos es tu
misericordia; tu verdad hasta las nubes.” Mucho más allá de toda la comprensión finita se encuentra la fidelidad inmutable de Dios. Todo lo que se refiere a Dios es grande, vasto, incomparable. Él nunca olvida, nunca falla, nunca tambalea, nunca es infiel a su palabra. El  Señor se ha ceñido exactamente a cada declaración de promesa o profecía, cumplirá cada pacto o amenaza porque “Dios no es hombre,  para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: El dijo, ¿y no hará?; habló, ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Por lo tanto, el creyente exclama: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lam. 3:22, 23).

Versiculo 31

En las Escrituras abundan las ilustraciones de la fidelidad de Dios.  Hace más de cuatro mil años dijo: “Todavía serán todos los tiempos de la tierra; la sementera y la siega, y el frío y calor, verano e invierno,  y día y noche, no cesarán” (Gén. 8:22). Cada año que llega brinda un nuevo testimonio del cumplimiento de esta promesa por parte de Dios. En Génesis 15 encontramos que Jehová le declaró a Abraham: “Tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá á los de allí,… Y en la cuarta generación volverán acá” (vv. 13-16). Los siglos pasaron sin pausa. Los descendientes de Abraham se quejaban en medio de los hornos de ladrillos de Egipto. ¿Había olvidado Dios su promesa? Por cierto que no. Lea Éxodo 12:41: “Y pasados cuatrocientos treinta años, en el mismo día salieron todos los ejércitos  de Jehová de la tierra de Egipto.” Por medio de Isaías el Señor declaró: “He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su  nombre Emmanuel” (7:14). Nuevamente pasaron siglos, pero “Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer” (Gál. 4:4).

Dios es verdad. Su Palabra de promesa es segura. Dios es fiel en todas sus relaciones con su pueblo. Se puede confiar plenamente en él. Hasta ahora, nadie ha confiado en él en vano. Encontramos esta valiosa verdad expresada casi en todas partes en las Escrituras,
porque su pueblo necesita saber que la fidelidad es una parte esencial  del carácter divino. Esta es la base de nuestra confianza en él. Pero una cosa es aceptar la fidelidad de Dios como una verdad divina, y muy otra actuar de acuerdo con ella. Dios nos ha dado muchas “preciosas y grandísimas promesas”, pero, ¿realmente esperamos que las cumpla? ¿Estamos realmente esperando que haga por nosotros todo lo que ha dicho? ¿Nos apoyamos en la seguridad implícita de estas palabras: “Fiel es el que prometió” (Heb. 10:23)?

Hay temporadas en la vida de todos cuando no es fácil, ni siquiera para los cristianos, creer que Dios es fiel. Nuestra fe es puesta muy a prueba, nuestros ojos están llenos de lágrimas, y ya no podemos distinguir la obra de su amor. Nuestros oídos están distraídos con los ruidos del mundo, acosados por los susurros ateísticos de Satanás, y ya no podemos escuchar los dulces acentos de su quieta y apacible voz. Planes anhelados se han desmoronado, amigos en quienes confiábamos nos han fallado, alguno que profesaba ser hermano o hermana en Cristo nos ha traicionado. Estamos estupefactos.
Quisimos ser fieles a Dios, y ahora una nube tenebrosa lo esconde de nuestra vista. Nos resulta difícil, sí, hasta imposible por razones La fidelidad de Dios, carnales, armonizar su providencia severa con sus promesas llenas de su gracia. Ah, alma que flaquea, compañero peregrino que ha sido probado duramente, busque la gracia para atender lo que dice Isaías 50:10: “¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de
su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios ” Cuando se sienta tentado a dudar de la fidelidad de Dios, clame:
“Retírate, Satanás.” Aunque no pueda armonizar los tratos misteriosos de Dios con las declaraciones de su amor, espere en él hasta recibir más luz. En el momento propicio se lo hará ver con claridad. “Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás
después” (Juan 13:7). Lo que luego vendrá demostrará que Dios no ha abandonado ni engañado a su hijo. “Empero Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto será ensalzado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios de juicio:
bienaventurados todos los que le esperan” (Isa. 30:18). “No juzgues al Señor con la debilidad de los sentidos”.  En cambio, confía en que te hará objeto de su gracia,
Detrás de una providencia que frunce el ceño  Se esconde un rostro que sonríe.

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Santos que teméis, armaos de nueva valentía, Los nubarrones que tanto os aterrorizan,
Están repletos de misericordias, e irrumpirán Derramando bendiciones sobre vuestras cabezas.”  “Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles” (Sal. 119:138). Dios no sólo nos ha dicho lo mejor, no ha reprimido lo peor. Ha descrito fielmente la ruina que la Caída ha producido. Ha diagnosticado fielmente el terrible estado que el pecado ha  producido. Ha dado a conocer fielmente su inveterado odio por el mal, y que debe castigarlo. Nos ha advertido fielmente de que él es “fuego consumidor” (Heb. 12:29). Su Palabra no sólo abunda en ilustraciones de su fidelidad en cumplir sus promesas, sino que también registra numerosos ejemplos de su fidelidad en cumplir sus amenazas. Cada etapa de la historia de Israel es un ejemplo de esta realidad solemne. Así fue que individuos como Faraón, Korah, Achan y muchos otros son prueba de ello. Y lo mismo sucederá con usted, mi lector: a menos que haya huido o huya hacia Cristo en busca de
refugio, el Lago de Fuego que arde eternamente será su porción cierta y segura. Dios es fiel. Dios es fiel en preservar a su pueblo. “Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo…” (1 Cor. 1:9). En el versículo anterior aparece la promesa de que Dios confirmará a su pueblo hasta el fin. La confianza del Apóstol en la seguridad absoluta del creyente  se basaba no en la fuerza de sus resoluciones o en su habilidad de
perseverar, sino en la veracidad de Aquél que no puede mentir. Dado que Dios ha prometido a su Hijo un pueblo determinado como su herencia, librarlos del pecado y la condenación, y hacerlos partícipes de la vida eterna en gloria, ciertamente no dejará que ninguno de ellos perezca.

Dios es fiel en disciplinar a su pueblo. Es fiel en lo que retiene, tanto como en lo que da. Es fiel en enviar dolor tanto como en dar gozo. La fidelidad de Dios es una verdad que hemos de confesar no sólo cuando vivimos tranquilos sino también cuando estamos
sufriendo bajo la más aguda reprensión. Tampoco debe ser esta confesión meramente de nuestros labios, sino también de nuestros corazones. Cuando Dios nos golpea con la vara del castigo, su fidelidad es la mano que la sostiene. Reconocer esto significa que nos
humillamos ante él, admitimos que merecemos plenamente su corrección y, en lugar de murmurar, se la agradecemos. Dios nunca aflige sin tener una razón. “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros” (1 Cor. 11:30), dice Pablo, ilustrando este
principio. Cuando su vara cae sobre nosotros, digamos con Daniel: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro” (9:7). “Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (Sal. 119:75). El sufrimiento y la aflicción no sólo coinciden con el amor de Dios prometido en el pacto eterno, sino que son partes del mismo. Dios no sólo es fiel en impedir aflicciones, sino fiel en enviarlas. “Entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, y ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:32, 33). Disciplinar no sólo va de acuerdo con el amor y bondad de Dios, sino que es su efecto y expresión. Tranquilizaría mucho la mente del pueblo de Dios si recordaran que su amor de pacto lo obliga a ejercer sobre ellos una corrección apropiada. Las aflicciones nos son necesarias: “En su angustia madrugarán a mí” (Oseas 5:15).

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Dios es fiel en glorificar a su pueblo. “Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará” (1 Tes. 5:24). La referencia inmediata aquí es al hecho de que los santos serán “guardados… sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Dios no trata con nosotros en base a nuestros méritos (porque no tenemos ninguno), sino para que
su nombre sea glorificado. Dios es constante a sí mismo y a su propio La fidelidad de Dios propósito de gracia: “A los que llamó… a éstos también glorificó” (Rom. 8:30). Dios brinda una completa demostración de la constancia de su bondad eterna hacia sus elegidos llamándolos eficazmente de las tinieblas a su luz maravillosa, y esto debe darles la plena seguridad de la certidumbre de su continuidad. “El fundamento de Dios está firme” (2 Tim. 2:19). Pablo descansaba sobre la fidelidad de Dios cuando dijo: “Porque yo sé a quién he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito ara aquel día” (2 Tim. 1:12).

Apropiarnos de esta bendita verdad nos guardará de las preocupaciones. Estar llenos de cuidados, ver nuestra situación con oscura aprensión, anticipar el mañana con triste ansiedad, es una mal reflejo de la fidelidad de Dios. El que ha cuidado a su hijo a través de los años no lo abandonará en su vejez. El que ha escuchado sus oraciones en el pasado no se negará a suplir su necesidad en la emergencia del presente. Descanse en Job 5:19: “En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal”

Apropiarnos de esta bendita verdad detendrá nuestras murmuraciones. El Señor sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y uno de los efectos de descansar en esta verdad será silenciar nuestra quejas petulantes. Honramos grandemente a Dios
cuando, pasando por pruebas y disciplinas, tenemos buenos pensamientos de él, vindicamos su sabiduría y justicia, y reconocemos su amor justamente en sus reprimendas.

Apropiarnos de esta bendita verdad engendrará una confianza en Dios que va aumentando. “Y por eso los que son afligidos según la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como a fiel Criador, haciendo bien” (1 Ped. 4:19). Cuando confiadamente nos ponemos nosotros mismos y ponemos todos nuestros asuntos en las manos de Dios, plenamente convencidos de su amor y fidelidad, nos sentiremos satisfechos con sus providencias y comprenderemos que “Él hace bien todas las cosas.”

 

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A. W. Pink (1886-1952): pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).