Encontrar la paz en el sufrimiento

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“Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” Génesis 3:19

Quienes se someten mansamente a sus sufrimientos presentan una obediencia aceptable a Dios si cargar con esta cruz junto con una mayor conciencia del pecado les infunde humildad. Ciertamente, solo podemos presentar tal sacrificio ante Dios por medio de la fe. Sin embargo, los fieles también se esfuerzan en ganarse la vida con la ventaja de tener un estímulo para el arrepentimiento y adaptarse a la mortificación de la carne. A menudo, Dios sustrae parcialmente la maldición a sus hijos para que no se desmoronen bajo su pesada carga. Dice el Salmo 127:2: «Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño». Dado que las cosas contaminadas por Adán se restauran por medio de la gracia de Cristo, los piadosos sienten con mayor intensidad que Dios es bueno y disfrutan de la dulzura de su bondad paternal. Sin embargo, debido a que, aun en el mejor de los casos, la carne debe ser sojuzgada, no es raro que los piadosos se fatiguen con la dureza de su trabajo y pasen hambre. Es preferible, pues, que cuando se nos advierta de las desdichas de esta vida presente, derramemos lágrimas por nuestros pecados y busquemos consuelo en la gracia de Cristo, que no solo mitiga la amargura del dolor sino que la endulza.

Cuando nos sentimos abrumados por el trabajo, la enfermedad u otras dificultades, presentar esas cosas a Dios en oración nos sirve de ayuda. ¿Por qué es esto así? ¿Cómo nos enseña misericordiosamente Cristo nuestro Salvador a ser humildes además de disfrutar de la dulzura de su presencia?

 

LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Filipenses 3

 

Extraído del libro “365 días con Juan Calvino” (Editorial Peregrino 2016)

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