Antídoto contra el papado [9]

A los detalles concretos anteriores con respecto a la iglesia, aún añadiré uno más general que es, en realidad, el que los abarca todos, o la raíz de donde brotan: una raíz portadora de hiel y ajenjo, que concierne a la Iglesia católica.

El apóstol declara lo que pertenece a esta Iglesia católica, lo que constituye su comunión [cf. He. 12:22-24). Es la recapitulación de todas las cosas en el Cielo y la tierra en Cristo Jesús (cf. Ef. 1:10): su cuerpo; su cónyuge o novia; la esposa del Cordero; el templo glorioso donde Dios mora por su Espíritu; una sociedad mística y santa, comprada y purificada por la sangre de Cristo y unida a él por su Espíritu; o la habitación del mismo Espíritu en él y en aquellos que la componen. Por consiguiente, a ellos con él como el cuerpo con su cabeza se les llama místicamente Cristo (cf. 1 Co. 12:12).

Y hay dos partes de él, una de las cuales ya es perfecta en el Cielo en cuanto a sus espíritus.Y la otra aún continúa en el camino de la fe y la obediencia en este mundo. Ambas constituyen “una familia en el cielo y la tierra” (cf.Ef. 3:15), en conjunción con los santos ángeles, un cuerpo místico, una iglesia católica. Y, aunque hay una gran diferencia en su estado y condición presentes entre estas dos ramas de la misma familia, ambas han sido, sin embargo, igualmente compradas por Cristo y unidas a él como su cuerpo. Ambas tienen eficazmente el mismo principio de la vida de Dios en ellas. De una tercera parte de esta iglesia que no está ni en el Cielo ni en la tierra, que se halla en un estado temporal, participando un poco del Cielo y otro poco del Infierno y se llama purgatorio, la Escritura no sabe nada en absoluto. Tampoco es coherente con la analogía de la fe ni de las promesas de Dios a los que creen, como veremos inmediatamente. Esta iglesia, incluso en su parte que esta en este mundo, al estar adornada con todas las gracias del Espíritu Santo, es el más bello y glorioso efecto —junto con la formación y la producción de su Cabeza, en la encarnación del Hijo de Dios— a que la sabiduría, el poder y la gracia divinos se encaminarán aquí abajo. Pero estas cosas —la gloria de este estado— solo son visibles al ojo de la fe. En efecto: solo Cristo mismo las ve y las conoce de una manera perfecta. Nosotros las vemos obscuramente, a la luz de la fe y la revelación, y las experimentamos según participamos de las gracias y de los privilegios de que constan.

Pero aquella luz espiritual necesaria para el discernimiento de esta gloria se perdió entre aquellos de quienes hablamos. No podían ver realidad ni belleza en estas cosas, ni nada que pudiera serles de provecho. De acuerdo con su principio de la absoluta incertidumbre del estado y la condición espiritual de los hombres en este mundo, es evidente que no podían tener ninguna convicción satisfactoria de algún interés en esto. Pero se habían asido de la noción de una iglesia católica, que, con artífices misteriosos, remodelaron para su propio e increíble provecho secular. Se glorían de ella, apropiándosela para sí mismos y convirtiéndola en un pretexto para destruir a otros; lo que reside en ellos de forma temporal y también eterna. Con este fin han elaborado la imagen más deformada y detestable de ella que el mundo contempló jamás. La Iglesia católica que ellos poseen, y de la que se glorían, no tiene nada que ver con la de Cristo. Es una compañía o sociedad de hombres a quienes, para constituir toda esta sociedad, no se les requiere ninguna gracia cristiana verdadera ni unión espiritual con Cristo, la cabeza. Solo tienen que hacer una profesión externa de estas cosas, como expresamente sostienen: es una sociedad unida al papa de Roma, como su cuerpo, mediante una sujeción a él y a su gobiemo según las leyes y cánones por los cuales los guiará. Esta
es la razón y la causa formal que constituye la Iglesia católica que es. Esta concertada en sí misma por horrendos lazos y ligamentos con los fines de la ambición, el dominio mundano y la avaricia. Es una Iglesia católica manifiestamente perversa en la generalidad de sus gobernantes y de los que son gobernados; es cruel en su condición, opresora y esta tenida con la sangre de innumerables santos y mártires. Esta —digo— es la imagen de la santa Iglesia católica, la esposa de Cristo, que han levantado. Y ha sido como la imagen de Moloc que devoró y consumió a los hijos de la Iglesia cuyos gemidos, cuando su cruel madrastra no los compadeció y sus pretendidos padres espirituales los echaron en el fuego, subieron hasta los oídos de Yahveh de los ejércitos. Su sangre aún clama venganza sobre esta generación idólatra. Sin embargo, esta pretensión de la Iglesia católica está impresa en la mente de muchos, con tantos artificios sofisticados, mediante las artimañas de los hombres y la astucia, por los cuales están al acecho para engañar. Se ofrece con el cebo de muchas ventajas seculares y, a menudo,se les impone a los cristianos con tanta fuerza y crueldad, que nada puede guardarnos de su admisión, para la absoluta derrota de la religión, excepto el medio sobre el cual antes hemos insistido.

Aquí se necesita una luz espiritual, para discernir la belleza, la gloria interna y la espiritual de la verdadera Iglesia católica de Cristo. Cuando esté en su poder, todas las pinturas y ropajes de su deformada imagen caerán de ella, y su abominable suciedad tendrá que aparecer. Esto irá acompañado de una experiencia efectiva de la gloria y la excelencia de la gracia en las almas de los que creen. Procederá de Cristo, la única cabeza de esta iglesia por la cual son transformados “de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor”. El poder, la vida y la dulzura de esto darán satisfacción a sus almas, para verguenza del pretendido orden o dependencia del papa como cabeza. Por estos medios, la verdadera Iglesia católica —que es el cuerpo de Cristo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo—, que crece en todas las cosas en aquel que es la cabeza, desprecia esta imagen, y Dagón caerá al suelo cuando este Arca sea traída; ¡sí!, aunque sea en su propio templo.

3. En la siguiente apertura de esta cámara pintada de imágenes todavía veremos, si es
posible, mayores abominaciones. Como mínimo, la que sigue a continuación es escasamente inferior a cualquiera de las que fueron antes.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

 

Antídoto contra el papado [7]

al negarlo estamos renunciando al evangelio en general, sino porque habían hallado una manera de tornarlo en su provecho. Harían, por tanto, una imagen de Cristo como cabeza de la iglesia, para poseer el lugar y ejercer todos sus poderes. Dicen: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible (como si la iglesia católica, como tal, fuese visible de una manera distinta de como lo es en su cabeza, es decir, por fe). Debe haber una cabeza y un centro de unión en el que todos los miembros de la iglesia puedan estar de acuerdo y unidos, a pesar de sus distintas capacidades y circunstancias; sin embargo, desconocían la forma en que esta debería ser Cristo mismo. Sin un gobernador supremo presente en la iglesia, para resolver todas las diferencias y decidir sobre todas las controversias, incluso las referentes a sí mismo —cosa que pretenden en vano— y afirman expresamente que nunca hubo una sociedad tan neciamente ordenada como la de la iglesia. Y, por esta razón, deciden la insuficiencia de Cristo para ser esta cabeza única de la iglesia. Necesitan otra para estos menesteres. Y esta fue su papa: una imagen de tal clase que es uno de los peores ídolos que jamás hubo en el mundo. A él le dan todos los títulos de Cristo que se relacionan con la iglesia, y le atribuyen todos los poderes de Cristo en y sobre esta, en cuanto a su gobiemo. Pero, aquí, cayeron en un error: cuando creyeron darle el poder de Cristo, le dieron el poder del dragón para usarlo contra Cristo y los suyos. Y cuando creyeron hacer una imagen de Cristo, hicieron una imagen de la primera bestia, impuesta por el dragón, que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón, cuyo carácter y acción se describen detalladamente en Apocalipsis 13:11-1 7.

Este es el resumen de lo que ofreceré bajo este apartado: los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”, perdieron toda luz espiritual que les ayudaba a discernir la belleza y la gloria del gobierno de Cristo sobre la iglesia como cabeza suya. Y aquí, sus mentes acabaron por no poder experimentar el poder y la eficacia de su Espíritu y Palabra para ordenar continuamente sus asuntos, mediante los medios, los usos y las maneras que el mismo señaló. No sabían como consentir estas cosas ni de que forma podían estas proteger a la iglesia. Por tanto, en este caso, “cada cual ayudó a su vecino, y a su hermano dijo: Esfuérzate. El carpintero animó al platero, y el que alisaba con el martillo al que batía con el yunque”. Se pusieron, según sus diversas capacidades, a forjar este ídolo que levantaron en el lugar y en el puesto de Cristo, estableciéndolo así en el templo de Dios, de modo que pudiera mostrarse desde allí como Dios. Este ídolo tampoco se expulsará jamás de la iglesia hasta que todos los cristianos en general lleguen a experimentar, de una forma espiritual, la autoridad de Cristo ejercida en el gobiemo de la iglesia por su Espíritu y palabra, con todos los fines de unidad, orden, paz y edificación. Hasta que esto no ocurra, seguirán pensando que un papa, o algo parecido a él, son necesarios para estos fines. Jamás hubo una imagen más horrenda y deformada de una cabeza tan bella y gloriosa: toda la astucia de Satanás, todo el ingenio de los hombres no podrían inventar algo más distinto de Cristo, como cabeza de la iglesia, que este papa. No puede haber ni se podría hacer peor figura ni representación de él.

Es alguien de quien no se puede pensar o decir nada que no sea grande, poco común, que no exceda el estado normal de la humanidad, por un lado u otro. Unos dicen que es “la cabeza y el marido de la iglesia”; “el vicario de Cristo sobre todo el mundo”; “el representante de Dios”; “un vice-dios”; “el sucesor de Pedro”; “la cabeza y centro de unidad” de toda la iglesia católica, dotado de plenitud de poder, y con otras innumerables atribuciones de la misma naturaleza. Por todo esto, es necesario que toda el alma este sujeta a él, so pena de condenación. Otros afirman que es el “anticristo”; “el hombre de pecado”; “el hijo de perdición”; “la bestia que subía de la tierra con dos cuernos semejantes a los de un cordero pero que hablaba como dragón”; “el falso profeta”; “el pastor idolatra”; “el siervo malo que golpea a sus consiervos”; “el adúltero de una iglesia engañosa o falsa”. Y no hay término medio entre estos; sin duda es lo uno o lo otro. El Señor Jesucristo, que ya ha determinado esta controversia en su palabra, no tardará en darle el desenlace final en su gloriosa persona y por el resplandor de su venida. Y este es un ídolo eminente en la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Pero, por ahora, es evidente donde reside la protección de los creyentes para que no sean inducidos a inclinarse ante esta imagen y adorarla. Un debido sentido de la única autoridad de Cristo en y sobre su iglesia, y experimentar el poder de su palabra y de su Espíritu para todos los fines de su gobiemo y orden, será lo que los guarde en la verdad. Ninguna otra cosa lo hará. Si alguna vez bajan de este nivel en algún caso en particular, por muy pequeño que parezca, y llegan a admitir alguna cosa en la iglesia o en su adoración que no proceda directamente de su autoridad, estarán preparados para admitir otro guía y cabeza en todas las demás cosas también.

Existen muchas profecías y predicciones en cuanto a esto, con respecto a que así debía ser, y a tal efecto se nos dan diversas descripciones. Su relacion con Cristo, con el amor y la valoración de él hacia ella, requerían que fuera muy gloriosa. En efecto; su gran propósito hacia ella era hacerla de este modo [cf. Ef. v. 25-27). Por tanto, todos los que profesan la religion cristiana están de acuerdo en esto. Pero no recuerdan cuál es esta gloria y en que consiste; de dónde viene y en qué es gloriosa. En realidad la Escritura declara de forma muy clara que esta gloria es espiritual e interna; que consiste en su unión con Cristo y en su presencia en ella; en la comunicación de su Espíritu vivifícador; en vestirla de su justicia, su santificación; y en purificarla de la contaminación del pecado; así como en sus frutos de obediencia para alabanza de Dios. Añadan a esto la celebración del culto divino en ella, con su gobierno y orden, según el mandamiento de Cristo, y tendremos la sustancia de esta gloria. Los creyentes la disciernen de tal manera que se sienten satisfechos con su excelencia. Saben que todas las glorias del mundo no pueden, en modo alguno, compararse a ella, porque consiste y se origina en cosas que valoran y prefieren, infinitamente, sobre todo lo que este mundo pueda proporcionar. Ellas son un reflejo de la gloria de Dios, o de Cristo mismo, sobre la iglesia; ¡sí!, una comunicación de él a ella. Es algo que valoran en el conjunto y en cada miembro de ella. Ni la naturaleza ni el uso, ni el fin de la iglesia admitirán que su gloria pueda consistir en cosas de cualquier otra naturaleza. Sin embargo, la humanidad en general perdió aquella luz espiritual que era la única que les permitía discernir esta gloria. No podían ver forma ni belleza en la esposa de Cristo, solamente adornada con sus gracias. Hablar de un estado glorioso de los hombres, cuando son pobres y están destituídos, quizá vestidos de harapos, y son arrastrados a las prisiones o a las hogueras, como ha sido la suerte de la iglesia en la mayoría de las épocas, era a su juicio absurdo y necio. Por tanto, viendo que es cierto que la iglesia de Cristo es muy gloriosa e ilustre a la vista de Dios, los santos ángeles y los buenos hombres, debía hallarse una manera de hacerla así para que el mundo también la viera así. Por consiguiente, acordaron una imagen mentirosa de esta gloria, es decir, la dignidad, la promoción, la riqueza, el dominio, el poder, y el esplendor de todos los que tenían el gobierno de la iglesia. Y, aunque para todos sea evidente que estas cosas pertenecen a las glorias de este mundo, de las que la gloria de la iglesia no solo se distingue, sino que es lo opuesto a todo esto, no tendrán más remedio que contemplarla [¿a ellas?] como aquello que representa su gloria. Y es así, aunque no tenga una gracia salvífica en sí, como expresamente afirman. Cuando se alcanzan estas cosas, todas las predicciones de su gloria se cumplen. A esta imagen corrupta de la verdadera gloria espiritual de la iglesia —originada en la ignorancia y la carencia de una auténtica experiencia del valor, y la excelencia de las cosas internas, espirituales y celestiales— se le ha prestado atención, con perniciosas consecuencias en el mundo. Muchos se han encaprichado y enamorado de ella, para su propia perdición. Porque, como maestra de mentiras, solo es adecuada para desviar las mentes de los hombres de una comprensión y valoración de la verdadera gloria; sin dejan de tener interés en ella, deben perecer para siempre.

Considerad las regiones extranjeras como Italia o Francia, donde estos hombres pretenden que su iglesia está en su mayor gloria: ¿Cuál es esta si no la riqueza, y la pompa, y el poder de los hombres, en su mayor parte manifiestamente ambiciosos, sensuales y mundanos? ¿Es esta la gloria de la Iglesia de Cristo? ¿Pertenecen estas cosas a su reino? [No], sino que por el levantamiento de esta imagen, por el avance de esta noción, toda la gloria de la iglesia se ha perdido y despreciado. Sin embargo, por mucho que estas cosas fueran adecuadas para los propósitos de las mentes carnales de los hombres, y satisfactorias para todas sus concupiscencias —con esta pintura y el falso brillo sobre ella para que la Iglesia de Cristo sea gloriosa—, han sido el medio para llenar este mundo de oscuridad, sangre y con fusión. Porque esta es la gloria de la iglesia por la que se contiende con ira y violencia. Y no pocos están aún encandilados por estas imágenes, y no son partícipes del provecho que traen a sus principales adoradores, cuyo encaprichamiento es de lamentar.

El medio que nos protege contra la adoración de estas imágenes es, también, evidente en los principios sobre los que seguimos adelante. No se hará sin luz para discernir la gloria de las cosas espirituales e invisibles, que son las únicas en las que la iglesia es gloriosa. A la luz de la fe, aparecen como lo que son realmente en sí mismas, de la misma naturaleza que la gloria que está arriba. Y yo digo que la gloria presente de la iglesia es su iniciación en la gloria del Cielo y, en general, es de la misma naturaleza que ella. Aquí está en sus amaneceres e inicios; allí en su plenitud y perfección. Buscar algo que sea afin, o estrechamente ligado a la gloria del Cielo, o que guarde algún cercano parecido con ella, en las glorias externas de este mundo, es una imaginación vana. Cuando la mente está capacitada para discernir la belleza y la gloria verdadera de las cosas espirituales, y su alianza con lo que está arriba, se verá protegida contra el deseo de buscar la gloria de la iglesia en las cosas de este mundo y de colocar algún valor sobre ellas con este fin.

La abnegación, indispensablemente prescrita en el evangelio a todos los discípulos de Cristo, es también un requisito aquí. Su poder y su práctica son completamente incoherentes con el entendimiento de que el poder, la riqueza y el dominio secular contribuyen en algo a la gloria de la iglesia. Si la mente está así crucificada a una valoración y estimación de estas cosas, nunca las entenderá como parte de aquellas vestiduras de la iglesia que la hacen gloriosa. Sin embargo, cuando la innata oscuridad discapacita las mentes de los hombres para discernir la gloria de las cosas espirituales y, mediante su afecto carnal e inmortificado, se aferran y sienten la más alta estima por la grandeza mundana, no resulta extraño que supongan que la belleza y gloria de la iglesia consistan en esto.

John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [6]

Aquí se empleó a fondo el ingenio de los hombres para hallar una imagen de esta comunión espiritual que no podían experimentar en sus mentes. A pesar de todo fueron haciendo una por etapas, y engrandecieron el misterio con palabras y expresiones (aunque no sabían nada de su poder) que respondieran a aquello que iban a levantar en su lugar; acabaron engendrando el horrendo monstruo de la transubstanciación y el sacrificio de la misa. Con esto estipularon que todas aquellas cosas que son espirituales en esta comunión, debían convertirse y actuar como cosas carnales: el pan será el cuerpo físico de Cristo, la boca será la fe, los dientes serán el ejercicio, el vientre será el corazón, y el sacerdote entregará a Cristo en ofrenda a Dios. Jamás se inventó una imagen más vil. En esto no se requiere nada de fe, porque no es más que reforzar la imaginación contra todo sentido y razón. Por este misterio singular de la unión sacramental entre los signos externos y las cosas que señalan —donde los unos se llaman por el nombre de las otras, así como el pan se define como cuerpo de Cristo—, y que la fe discierne en su manifestación y recepción, ellos han inventado para su representación, con una prodigiosa imaginación, la conversión real, o transubstanciación, de la sustancia del pan y del vino en la del cuerpo y la sangre de Cristo, de tal manera que se destruye toda fe, razón y también sentido. En el lugar de aquella reverencia santa de Cristo mismo cuando instituyó esta ordenanza; en la mística manifestación de sí mismo a las almas de los creyentes; en la demostración de su amor, gracia y sufrimientos por ellos, han levantado la espantosa imagen de una adoración y un culto idolatras a la “Hostia” —como la llaman—, para ruina de las almas de los hombres. El Señor Jesucristo, “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”, y designó esta ordenanza en memoria de ello. Pero ellos habían perdido”la luz espiritual por la cual podían discernir la eficacia de aquella ofrenda única que se realizó mucho tiempo atrás. Por tanto, al aplicarla por medio de esta ordenanza para el verdadero perfeccionamiento de la iglesia, han erigido una nueva imagen de ella, en una pretendida repetición diaria del mismo sacrificio, en el cual profesan ofrecer a Cristo otra vez por los pecados de vivos y muertos, para destrucción del fundamento principal de la fe y de la religión. Todas estas abominaciones surgieron tras haber perdido la experiencia de aquella comunión espiritual con Cristo, y la participación de él por la fe, que hay en esta ordenanza de institución divina. Esto arrastró los pensamientos de los hombres a la invención de estas imágenes, para adecuar la noción de verdad a la superstición de sus mentes carnales. Tampoco resulta posible, por lo general, liberarlos de estos encaprichamientos, a menos que le plazca a Dios transmitirles la luz espiritual que les haga discernir la gloria de este misterio celestial, y experimentar la manifestación de Cristo a las almas de los creyentes en él, sin necesidad de aquellos. Con sus innumerables prejuicios y sus inflamados afectos por sus ídolos no solo morarán en su oscuridad contra todo medio de convicción, sino que se esforzarán en la destrucción temporal y eterna de todos los que piensen de otro modo.

Levantaron una vez esta imagen, como la de Nabucodonosor, en esta nación con una ley: que todo aquel que no se inclinare ante ella y la adorare, fuese arrojado en el homo de fuego. ¡Dios no lo permita nunca más! Pero, si así fuere, contra la influencia de la fuerza y el fuego no hay más que una cosa que nos pueda proteger: la verdadera experiencia de una comunicación eficaz de Cristo a nuestras almas en esta santa ordenanza, administrada segun el dispuso. Por tanto, en esto deberíamos esforzarnos con toda diligencia, y no solo como único medio y forma de edificación en esta ordenanza, por medio del ejercicio de la gracia, el fortalecimiento de nuestra fe y la consolación presente, sino como el medio efectivo de nuestra preservación en la profesión de la verdad, y nuestra liberación de los lazos de nuestros adversarios. Aún siendo innegable que esta singular institución, distinta de todas las demás, pretende ser y se ofrece como comunicación y manifestación distintas de Cristo, al insistir en que se deben hacer por la transubstanciación y masticación oral de él, y de ningún otro modo, lo único que podrá protegemos contra sus pretensiones es haber experimentado el poder y la eficacia de la comunión mística con Cristo en esta ordenanza, antes descrita. Por consiguiente, en todo lo que sabemos de la gracia y la verdad no hay nada que deba preocupar más a los creyentes que el debido ejercicio de la luz espiritual y de la fe que nos lleva a experimentar satisfactoriamente la participación singular de Cristo en esta institución santa.

Con la iglesia y todos sus asuntos principales ha ocurrido lo mismo entre ellos, por haber perdido lo que pertenecía a su constitución primitiva, o por haber renunciado a ello. En su lugar han erigido una imagen deformada, como mostrare en algunos ejemplos.

Es un principio de verdad incuestionable que la Iglesia de Cristo es, en sí misma, un cuerpo, que tiene una cabeza de la que depende, y sin la que se vería inmediatamente disuelto.

Un cuerpo sin cabeza no es sino un cadáver o parte de él. Esta cabeza debe estar siempre presente con él. Una cabeza distante del cuerpo —separada de él, que no este unida a él por los medios y maneras propias de su naturaleza— no tiene utilidad alguna. Véase Efesios 4:15, 16; Colosenses 2:19.

Pero existe una doble noción de cabeza, como también la hay de cuerpo, porque ambos son naturales o políticos. Hay un cuerpo natural y uno político. Y, en cada uno de estos sentidos, debe tener una cabeza del mismo tipo. Un cuerpo natural debe tener una cabeza de influencia vital, y un cuerpo político debe tener una cabeza de dominio y gobiemo. A la iglesia se le llama cuerpo y —comparándola con lo anterior— es un cuerpo en ambos sentidos, o en ambas partes de la comparación, y en ambas debe tener una cabeza. Puesto que es un cuerpo espiritualmente vivo, si lo comparamos con el natural, debe tener una cabeza de influencia vital, sin la cual no puede subsistir. Y, puesto que es una sociedad ordenada para los fines comunes de su institución, comparándola con el político, debe tener una cabeza de dominio y gobiemo, sin la cual no se pueden conservar ni su ser ni su uso. Pero estas no son sino distintas consideraciones de la iglesia, que, en cada sentido es una sola. No son dos cuerpos, por qué entonces debería tener dos cabezas. Es un cuerpo bajo dos perspectives distintas que no dividen su esencia, sino que declaran la relación distinta de cada una con su cabeza.

Hasta este punto, y de forma general, todos los que se llaman cristianos están de acuerdo: nada es de la iglesia, nada le pertenece que no dependa, o este unido a la cabeza. Lo que sostiene a la cabeza es la verdadera iglesia; aquella que no lo hace, no es una iglesia en absoluto. En esto estamos de acuerdo con nuestros adversarios, es decir, en que todos los privilegios de la iglesia, todo derecho y título de los hombres en ella dependen, totalmente, de la debida relación con su cabeza, según sus distintas consideraciones. Sea esa cabeza quien o lo que sea, lo que no este unido a la cabeza, no dependa de ella o este separado de ella, no pertenece a la iglesia. Solo Cristo Jesús es la cabeza de la iglesia. Porque la iglesia no es sino una aunque, en diversas consideraciones, se compare con dos tipos de cuerpo. La iglesia católica se considera como creyente, o como profesante. Pero la iglesia creyente no es una y la profesante otra. Si imagináis otra iglesia católica aparte de esta, quienquiera que fuere su cabeza, no nos interesa. Pero, de esta iglesia, la única cabeza es Cristo. Solo él responde a todas las propiedades y propósitos de una cabeza adecuada para la iglesia. La Escritura lo afirma de una forma tan positiva y frecuente, y sin la menor insinuación, directa o indirecta a otra cabeza, que es formidable ver que alguien lo pueda imaginar en su mente y desecharlo en la Biblia.

Pero, así como la cabeza debe estar presente con el cuerpo, o este no puede subsistir, la pregunta es: ¿En qué forma está presente el Señor Jesucristo con su iglesia? Y la Escritura no ha dejado posibilidad de duda en cuanto a esto. Lo está por su Espíritu y por su palabra, mediante los cuales comunica continuamente todos los poderes y las virtudes de una cabeza. Por este medio y de esta manera, multiplica las promesas de su presencia a la iglesia. De esto dependen su ser, su vida, su uso y su continuidad. Donde Cristo no está presente por su Espíritu y su palabra, no hay iglesia. Y aquellas que pretenden que sea así, son sinagogas de Satanás. Ellos son inseparables y forman un conjunto en su operación, puesto que él es la cabeza de influencia para la iglesia, así como también es cabeza de gobiemo. En el primer sentido, el Espíritu opera por la palabra y, en este último, la palabra se hace efectiva por el Espíritu. Pero, durante mucho tiempo, el sentido y la comprensión de esto se perdieron en el mundo, entre los que se llamaban a sí mismos “la iglesia”. La iglesia —reconocían— debe tener una cabeza, sin la cual no puede subsistir. Y confesaron que, en algún sentido, él era cabeza de influencia para esta. No sabían cómo tener una imagen suya, aunque con muchas otras perniciosas doctrinas destruyeron su eficacia y beneficio. Pero no podían entender de qué manera debía él ser la única cabeza de gobierno para la iglesia. No veían como podría ejercer la sabiduría y la autoridad de una cabeza semejante y, por otra parte, sin ella, la iglesia debía quedarse sin cabeza. Decían: “El está ausente y es invisible”. Debían tener a uno al que pudieran ver y al que poder acceder. El está en el Cielo y no saben como dirigirse a él cuando la ocasión lo requiere. Todas las cosas se desordenarían a pesar de tenerle por cabeza. Pensaban: La iglesia es visible y debe tener una cabeza visible. Asimismo, lo adecuado era que esa cabeza tuviera toda la grandeza y la pompa en el mundo que correspondía a la cabeza de una sociedad tan grande y tan gloriosa como la iglesia. No sabían como aplicar estas cosas a Cristo y a su presencia en la iglesia, por su palabra y por su Espíritu. ¿Renunciarán, entonces, al principio de que la iglesia ha de tener una cabeza y un gobernador supremo como el que ellos imaginaban? Esto es algo que no se debe hacer, sino que hay que retenerlo de una forma sagrada. Y no es solamente porque…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R