Antídoto contra el papado [3]

Y es que, en lo que respecta a la representación de Cristo como objeto presente de la fe y del amor del hombre que opera con eficacia en sus afectos, en la Iglesia de Roma hay mil veces más adscritos a ellas que al evangelio en sí. El apóstol escribe sobre todo este asunto: “La justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Más ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos” (Ro. 1 0:6-8). La pregunta es: ¿Cómo podemos llegar a ser partícipes de Cristo y, por él, convertirnos en justicia? ¿O cómo podemos sentir interés por él, o tenerle presente con nosotros? El apóstol dice que esto es obra de la palabra del evangelio que se predica y está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestros corazones. Y estos hombres dicen: “iNol, no podemos entender que esto tenga que ser así; no nos parece que sea así; que esta palabra acerque a Cristo hasta nosotros y haga que esté presente con nosotros. Por tanto, subiremos al Cielo para bajar a Cristo; haremos imágenes suyas en su glorioso estado en el Cielo y, así, estará presente con nosotros, o cerca de nosotros. Y descenderemos al abismo para hacer subir a Cristo de entre los muertos; y lo haremos fabricando primero crucifijos y, a continuación, imágenes de su gloriosa resurrección que le traigan de nuevo a nosotros de entre los muertos. Esto ocupará el lugar de la palabra del evangelio que según vosotros es la única útil y efectiva para estos fines”.

Por tanto, resulta evidente que la introducción de esta abominación, destructiva en la teoría y en la práctica para las almas de los hombres, surgió cuando se dejó de experimentar la representación de Cristo en el evangelio y el poder transformador en las mentes de los hombres que la acompaña en los que creen. “Haznos dioses [dicen los israelitas] que vayan delante de nosotros; porque a este Moises [que nos mostró a Dios] no sabemos que le haya acontecido”. ¿Qué queréis que hagan los hombres? ¿Acaso pretendéis que vivan sin sentido alguno de la presencia de Cristo, o de su cercanía, con ellos? ¿Deberán quedarse sin una representación de él?

No, no. Haznos dioses que vayan delante de nosotros —tengamos imágenes con ese propósito—, porque no entendemos de qué otro modo se puede hacer. Y esta es la razón de su obstinación en esta práctica, contra todo medio de convicción. iSi! Desde entonces viven en una perpetua contradicción consigo mismos. Sus templos están llenos de imágenes talladas, como la casa de Micaías “casa de dioses”— y, sin embargo, en ellos se encuentran las Escrituras (aunque en una lengua desconocida para el pueblo), en las que se condena totalmente esta práctica. Uno creería, pues, que están trastornados: escuchan lo que su libro dice y ven lo que hacen en el mismo lugar. Pero nada logrará convencerles hasta que se aparte el velo de la ceguera y de la ignorancia de sus mentes. Mientras no tengan luz espiritual que les capacite para discernir la gloria de Cristo tal como la representa el evangelio, y para experimentar el poder y la eficacia transformadora de dicha revelación en sus propias almas, nunca se desprenderán de ese medio que les parece útil para conseguir el mismo fin, y que se adecua a su inclinación. Pase lo que pase, aunque les cueste sus almas, jamás se desprenderán de algo que a su modo de ver resulta tan útil para su grandioso fin de acercar a Cristo hasta ellos, para cambiarlo por algo en lo que no encuentran nada de esto y cuyo poder no pueden experimentar en modo alguno.

Pero el propósito principal de este discurso es advertir a otros de estas abominaciones e indicarles el camino para evitarlas. Si se viesen externamente instigados a la práctica de esta idolatría, cualquier afecto carnal, ciega devoción o superstición que haya en ellos se aprovechará rápidamente para conspirar contra sus convicciones. Entonces, lo único que podrá protegerlos será haber experimentado la eficacia de la representación de Cristo que se hace en el evangelio. Por consiguiente, la sabiduría y el deber de todos los que deseen estabilidad en la profesión de la verdad están en esforzarse continuamente por obtener esta experiencia y seguir progresando en ella. Aquel que viva en el ejercicio de la fe en el Señor Jesucristo, y del amor a él, tal como revela el evangelio, claramente crucificado y exaltado, y compruebe el resultado de ello en su propia alma, será preservado en el tiempo de la prueba. Sin esto, los hombres acabarán pensando que más vale tener un Cristo falso que ninguno en absoluto. Al no ser capaces de encontrar nada en el evangelio, se figurarán que se debe encontrar algo en las imágenes.

Sección 2

Que la adoración de Dios debería ser bella y gloriosa es una noción predominante de verdad.

La misma luz de la naturaleza parece dirigirmos a este tipo de conceptos. Todo lo que no sea así se puede rechazar, en justicia, por ser impropio de la majestad divina. Por tanto, cuanto más santa y celestial pretenda ser una religión, más gloriosa es la adoración que en ella se prescribe, o así debería ser. En efecto, la verdadera adoración de Dios es el punto más alto y la excelencia de toda la gloria de este mundo. No es inferior a nada, excepto a lo que está en el Cielo, de lo cual es el comienzo, el camino y la mejor preparación. En consecuencia, hasta dicha adoración se declara gloriosa y, esto, de forma eminente sobre toda la adoración externa del Antiguo Testamento, en el tabernáculo y en el templo cuya gloria era enorme, y su pompa externa inimitable. Con este propósito, el apóstol debate extensamente en 2 Corintios 3:6-11. Se acuerda, por tanto, que debería haber belleza y gloria en la adoración divina, y de forma eminente en lo que ordena y requiere el evangelio. Pero, el apóstol declara además, en el mismo lugar, que esta gloria es espiritual y no carnal. Así predijo nuestro Señor Jesucristo que había de ser y que, a tal fin, cualquier distinción de lugares junto con sus ventajas y ornamentos extemos inherentes debían ser abolidos (cf. Jn. 4:20-24). Por tanto, forma parte de nuestro propósito presente dar una breve explicación de su gloria, y señalar en que supera a todas las demás maneras de adoración divina habidas en el mundo, incluida la del Antiguo Testamento que fue de institución divina, y en la que todas las cosas fueron ordenadas “para belleza y gloria”. Se pueden resumir en los puntos siguientes:

1. Dios es su objeto expreso no considerado de manera absoluta, sino como existente en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es la glo ria principal de la religión cristiana y su adoración. Bajo el Antiguo Testamento, las concepciones de la iglesia sobre la existencia de la naturaleza divina en personas distintas eran muy oscuras y difusas. La revelación completa no se haría sino en las distintas actuaciones de cada una de esas personas en las obras de redención y salvación de la iglesia —es decir, en la encarnación del Hijo y la misión del Espíritu después de que el fuera glorificado— (cf. Jn. 7:39). Por tanto, en ninguna de las maneras de adoración natural hubo jamás el más mínimo atisbo de respeto hacia este concepto. Sin embargo, este es el fundamento de toda la gloria de la adoración evangélica. Su objeto, en la fe del adorador, es la sagrada Trinidad, y consiste en una atribución de gloria divina a cada una de las personas, en la misma naturaleza individual, por el mismo acto de la mente. Cuando esto falta, la adoración religiosa carece de toda gloria.

2. Su gloria consiste en el respeto constante hacia cada una de las personas divinas, por su obra y sus actuaciones particulares para la salvación de la iglesia. Se describe como sigue: “Por medio de él [es decir, el hijo como mediador] tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Ef. 2:18). Esta es la gloria inmediata de la adoración evangélica que abarca todas las gracias y privilegios del evangelio. Suponer que su gloria consiste en cualquier cosa que no sea la luz, las gracias y los privilegios que ella misma exhibe, es una imaginación vana. No tomará prestada la gloria que proceda de la invención de los hombres. Por tanto, consideraremos brevemente como la presenta aquí el apóstol:

a)Bajo esta perspectiva, su objeto máximo es Dios como el Padre: “Tenemos acceso [en ella] al Padre”. Y, en nuestra adoración, considerar a Dios como Padre —por toda la dispensación de su amor y gracia a través de Jesucristo, al ser su Dios y nuestro Dios, su Padre y nuestro Padre— es característico de la adoración del evangelio, y contiene el indicio clave de su gloria. Nosotros no solo adoramos a Dios como Padre —hasta los paganos tenían la noción de que él era el Padre de todas las cosas—, sino que veneramos al que es el Padre, porque serlo en lo que respecta al engendramiento eterno del Hijo así como en la comunicación de la gracia, por medio de él, a nosotros como nuestro Padre. Así, “a Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, el le ha dado a conocer” (Jn. 1: 1 8). Este acceso que tenemos en la adoración a la persona del Padre, en el Cielo, lugar santo en las alturas, y en un trono de gracia, es la gloria del evangelio. Véase Mateo 4:9; Hebreos 4:16; 10:19-21.

b)El Hijo se considera aquí como Mediador: a través de él tenemos entrada al Padre. Esta es la gloria que se mantuvo oculta en épocas anteriores…

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano.

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Antídoto contra El Papado [2]

Como veremos, de este modo casi se perdió por completo la verdad de la religión en el mundo. Sin embargo, no llegará a perderse ni de otra manera ni por ningún otro medio. Cuando las iglesias o las naciones poseen la verdad y la profesan, no habrá leyes ni multas, ni encarcelamientos, ni horcas, ni hogueras que las desposean o priven de ella. Aunque se siguió experimentando el poder de la religión en los tiempos primitivos, toda la ira sangrienta y la crueldad del mundo, la astucia de Satanás y la sutileza de los seductores, que abundaban, fracasaron rotundamente en su intento de privar a los cristianos de la verdad y de su profesión. Sin embargo, cuando comenzó a decaer y a perderse entre ellos, fueron rápidamente engañados y apartados de la simplicidad del evangelio. En cuanto a la reforma de la religión en estas partes del mundo —cuando la verdad se recibía en su amor y poder, y las multitudes experimentaban el beneficio y el provecho espiritual que recibían por ella en libertad, santidad y paz—, todas las prisiones, torturas, espadas y hogueras empleadas para su extirpación no hicieron más que difundir su profesión y arraigarla con más firmeza en las mentes de los hombres. De esta forma no se pudo perder; tendría que ser de otra manera y por otros medios. Los jesuitas y sus asociados llevan cien años ideando métodos y artes para desposeer a naciones e iglesias de la verdad recibida, e introducir la superstición romana. Han escrito libros acerca de ello, y actuado según sus principios en cada reino y estado de Europa de religión protestante. Pero la necedad de la mayoría de sus pretendidas artimañas y maquinaciones para este fin, ha sido ridícula y sin éxito. Y lo que han añadido a esto de fuerza se ha derrotado por mediación divina. Solo existe una manera, un motor efectivo para privar a cualquier pueblo de profesar la verdad que un día recibió: conducirlo por una vida profana y de ignorancia que les impida experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas y, con ello, les prive de todo sentido del provecho que podrían haber tenido por ella. Cuando esto ocurre, los hombres se deshacen de la profesión de la religión con la misma facilidad con la que dejan la ropa de abrigo en verano.

Se debate mucho sobre la existencia de un complot y una conspiración para destruir la religión protestante e introducir, de nuevo, el papado entre nosotros. Quiénes se ocupan de los asuntos públicos harían bien en tener cuidado con esto, pero, en lo referente a la acción, solo hay una conspiración que se deba temer: la que hay entre Satanás y las concupiscencias de los hombres. Si consiguen prevalecer y privar a los hombres, en términos generales, de experimentar en sus propias mentes el poder y eficacia de la verdad, con el provecho espiritual que de ella puedan obtener, los convertirá en presa fácil para los demás maquinadores. Con este propósito se utilizan dos motores: la ignorancia y la vida profana, o sensual. Siempre que uno de ellos prevalezca, se perderá y se excluirá de necesidad la experiencia procurada. Los medios para prevalecer son: la carencia de la instrucción debida por parte de los líderes del pueblo, y el fomento de la sensualidad a causa de la impunidad y de los grandes ejemplos. Esta es la única conspiración formidable contra la profesión de la verdad en esta nación, sin cuya ayuda todo poder y fuerza se verán finalmente frustrados. Y puesto que, según puede parecer, cuentan con el permiso divino para tal estado de cosas en la actualidad, entre nosotros, si además las dirige el consejo, y la ignorancia y la sensualidad se apoyan y promueven con este mismo fin, al haberse perdido el poder de la verdad, resultará fácil renunciar a su profesión: solo la gracia soberana puede detener este propósito. Y es que el principio que hemos declarado es irresistible en razón y experiencia, es decir, que al dejar de experimentar el poder de la religión, de una manera u otra, el resultado será la pérdida de la verdad de la religión y su profesión. ¿Qué ha causado que tantas opiniones corruptas hayan hecho tal incursión en la religión protestante y su profesión? ¿Acaso no será porque muchos han dejado de experimentar el poder y la eficacia de la verdad, apartándose así de ella? ¿Cómo es que la profanidad y la sensualidad de vida, con toda suerte de concupiscencias corruptas de la carne, han crecido, para verguenza de la profesión? ¿No será por la misma razón que el apóstol declara expresamente? (cf. 2 Timoteo 4:2-5). De una manera u otra, la pérdida de la experiencia del poder de la verdad desembocará en la pérdida de su profesión.

Pero procedo con el particular que me propongo en la Iglesia de Roma; a día de hoy, su religión no es sino una imagen muerta del evangelio erigida sobre la pérdida de la experiencia de su poder espiritual, deponiendo su uso, adecuándose al gusto de los hombres, carnales, ignorantes y supersticiosos. Demostraré esto con toda clase de ejemplos, en lo referente a: 1. La persona y los oficios de Cristo; 2. El estado, el orden y la adoración de la Iglesia; y 3. Las gracias y deberes de obediencia requeridos en el evangelio. Mi propósito principal es demostrar cuál es la única manera y el medio de guardar nuestras almas —ya sea una iglesia o una nación— para que no las atrape y las venza el papado.

Sección 1

En su persona y su gracia, se ha de proponer a Cristo el Señor a los hombres y representarlo ante ellos como el principal objeto de su fe y amor, esto es una noción general de verdad.

En su persona divina, es absolutamente invisible para nosotros y, en su naturaleza humana, está ausente, ya que el Cielo debe recibirle “hasta el tiempo de la restitución de todas las cosas”. Por tanto, debemos hacemos una imagen o representación de él en nuestras mentes o no podría ser el objeto adecuado de nuestra fe, confianza, amor y deleite. Esto es exactamente lo que se hace en el evangelio y en predicación del mismo, porque lo “presenta claramente” ante nuestros ojos como “crucificado” entre nosotros (cf. Gd. 3:1), y, del mismo modo, plantea todas las demás cuestiones sobre su persona y oficios con claridad. ¡Si! Este es el fin principal del evangelio: representar debidamente la persona, los oficios, la gracia y la gloria de Cristo a las almas de los hombres para que crean en él y, “creyendo, tengan vida eterna” (cf. Jn. 20:31). Sobre esta representación de Cristo y su gloria que hacen el evangelio y la predicación del mismo, los creyentes experimentan el poder y la eficacia de la verdad divina que contiene, en la manera antes mencionada, como declara el apóstol: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Con esa luz espiritual para discernir y contemplar la gloria de Cristo, representada en el espejo del evangelio, experimentan su poder transformador y su eficacia que los cambian a la semejanza de esa imagen que les ha sido presentada —es decir, de Cristo mismo— que es el efecto salvífico del poder del evangelio. Pero esta luz espiritual se perdió entre los hombres por la eficacia de su oscuridad e incredulidad. No conseguían descubrir la gloria de Cristo según la revela y la plantea el evangelio, con el fin de convertirlo a él en el objeto presente de su fe y su amor. Una vez perdida esta luz, ya no podían experimentar en modo alguno el poder de la verdad divina en cuanto a ser cambiados a su imagen. Ya no podían descubrir algo impresionante o conmovedor en cuanto a él en la Escritura. Todo su contenido les resultaba oscuro y confuso o, como poco, parecían ser un misterio inaccesible que no podían llevar a la práctica. Por consiguiente, los responsables de dirigir publicamente la religión, apartaron a la gente de la lectura de la Escritura, como si fuera algo inútil y más bien peligroso para ellos. ¿A qué se dirigirán, entonces, estos hombres? ¿Rechazarán la noción general de que es necesario hacer una representación de Cristo en las mentes de los hombres que encienda su devoción, suscite su fe y avive su amor por él? Es imposible hacerlo sin renunciar abiertamente a él y considerar que el evangelio es una fábula. Por tanto, descubrirán otra manera —otro medio para el mismo fin—: la fabricación de imágenes suyas de madera y piedra, u oro y plata, o pintura. Pensaron que, de esta forma, estaría presente para sus adoradores, que esto lo representaría de tal manera que se sentirían inmediatamente impulsados a abrazar la fe y el amor. Para su gran satisfacción, con esto si consiguieron efectos apreciables, porque siendo sus mentes oscuras, carnales y propensas a la superstición —como es la mente de todo hombre naturaleza—, no veían nada en la representación espiritual de él en el evangelio que tuviera poder alguno sobre ellos ni que les afectara en ninguna medida. Por medio de la vista y la imaginación, estas imágenes demostraron operar verdaderamente en sus afectos y, como ellos pensaban, les incitaba al amor de Cristo.

Y este fue el verdadero origen de toda la imaginería de la Iglesia de Roma, así como algo de esta misma naturaleza, en general, lo fue de todo el culto a las imágenes en el mundo. Lo mismo ocurrió con los israelitas en el desierto: cuando hicieron el becerro de oro buscaban tener la representación de una deidad cerca de ellos, de un modo visible que afectara sus almas. Asi lo expresaron ellos mismos en Éxodo 32:1. De este modo, Por encontrarse en este estado, habiendo perdido la luz y la experiencia espiritual, las mentes supersticiosas de los hombres hicieron que se enredaran. Sabían que era necesaria una representación de Cristo que lo convirtiera en el objeto presente de la fe y el amor que los emocionara inmediatamente. No sabían como se hacia esto en el evangelio, como tampoco lo podían entender u experimentar en modo alguno su poder y su eficacia para conseguirlo. Sin embargo, el principio mismo debe ser retenido como aquello sin lo cual no podía haber religión. No obstante, el principio en sí debe retenerse como algo sin lo cual no podría haber religión; por esta razón y para zafarse de esta dificultad, volvieron del revés los mandamientos de Dios, y se dedicaron a fabricar imágenes de Cristo, y a adorarlas. A medida que iban creciendo la oscuridad y la superstición en las mentes de los hombres, y a partir de aquellos pequeños comienzos, esta práctica fue progresando hasta que las imágenes arrebataron, por asi decirlo, la totalidad de la obra de representación de Cristo y de su gloria de manos del evangelio, y se adueñaron de ella. No me estoy refiriendo a ellas ahora como imágenes de Cristo, u objetos de adoración, sino como imágenes muertas del evangelio; es decir, que en cierto modo se han erguido en el lugar y con los fines del evangelio, como medio de enseñanza e instrucción. Ellas harán la obra que Dios había designado para el evangelio.

(Continuará)…

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano.

Antídoto contra El Papado [1]

PREGUNTA: ¿Cómo es el amor práctico a la verdad la mejor protección contra el papado?

“Si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 P. 2: 3).

Cuando la falsa adoración prevaleció en la iglesia de antaño, para ruina de esta, Dios la mostró y la representó a su profeta bajo el nombre y la apariencia de “una cámara pintada de imágenes” (Ez. 8:11-12), porque en ella se retrataban todas las abominaciones que contaminaron la adoración de Dios y corrompieron la religión. Todo lo relacionado con la verdad y la adoración divinas han vuelto a tomar el mismo curso en el mundo, especialmente en la Iglesia de Roma. Mi propósito, aquí, es contemplar sus cámaras pintadas de imágenes y mostrar cuáles fueron la ocasión y las circunstancias de su construcción. En ellas veremos toda la abominación que ha corrompido la adoración divina del evangelio y arruinado la religión cristiana. Para ello será necesario establecer algunos principios de verdad sagrada que demuestren, y manifiesten, los fundamentos y las causas de esa transformación de la sustancia y del poder de la religión en la imagen sin vida que, como demostraremos, ha surgido entre ellos. Y puesto que procuro el beneficio, principalmente, de quienes resuelven toda su convicción en la Palabra de Dios, deduciré estos principios del texto en 1 Pedro 2:1-3.

El primer versículo contiene una exhortación, o mandato de santidad universal, que aparta o desecha todo lo que sea contrario a ella: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones”, cuyo dominio se extiende a todos los demás hábitos viciosos de la mente, cualesquiera que sean.

En el segundo hay una profesión del medio por el cual se puede alcanzar este fin, a saber: cómo puede fortalecer la gracia a una persona de manera que consiga desechar toda inclinación y práctica pecaminosa contrarias a la santidad, como se nos requiere (es decir, la palabra divina que se compara con la comida, medio preservador de la vida natural que aumenta su fuerza): “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis”.

Sobre esto, el apóstol procede a declarar en el versículo tres la condición de la que dependen nuestro beneficio, crecimiento y prosperidad por la palabra y que es haber experimentado su poder, puesto que es el instrumento por el cual Dios nos comunica su gracia: “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor”. Véase 1 Tesalonicenses 1: 5. En esto reside el primer principio esencial de nuestra subsiguiente demostración:

Principio 1: Todo beneficio y provecho que cualquier hombre reciba, o pueda recibir, por la palabra o las verdades del evangelio dependen de experimentar su poder y eficacia en la comunicación de la gracia de Dios a sus almas.

Este principio es evidente en sí mismo y no puede ser cuestionado por nadie, excepto por quienes nunca tuvieron el menor sentido verdadero de religión en sus propias mentes. Además, está evidentemente contenido en el testimonio del apóstol antes declarado. Junto a este se dan por sentados otros tres principios de igual evidencia implicitamente contenidos en él.

Principio 2: Hay poder y eficacia en la Palabra y en su predicación. “No me averguenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación” (Ro. 1:16).

Tiene un poder divino, el poder de Dios, que la acompaña y se manifiesta en ella para sus fines propios: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz” (He. 4: 12).

Principio 3: El poder de la Palabra de Dios consiste en su eficacia para comunicar la gracia de Dios a las almas de los hombres.

En y por Él, gustan la benignidad del Señor. Esa es su eficacia para alcanzar sus fines propios, es decir, la salvación con todo lo que ella requiere: la iluminación de nuestra mente, la renovación de nuestra naturaleza, la justificación de nuestras personas, la vida de Dios en adoración y obediencia santas que nos conduzcan al pleno disfrute eterno de Él. Estos son los fines para los cuales el evangelio está diseñado en la sabiduría de Dios y a los cuales se limita su eficacia.

Principio 4: Se puede experimentar el poder y la eficacia de la palabra.

En el pasaje del apóstol se define como “gustar”. Pero antes de la gustación, que es como se denominaba concretamente, existe algo que la causa y que es inseparable de ella; por tanto, se trata de algo que pertenece a la experiencia de la que hablamos:

1. Lo primero que aquí se requiere es luz, una luz espiritual y sobrenatural que nos capacite espiritualmente para discernir la sabiduría, la voluntad y la mente de Dios en la Palabra. Sin ella no podemos experimentar su poder en forma alguna. Por consiguiente, el evangelio está oculto a los que perecen, aunque se les declare externamente (cf. 2 Co. 4:3). Este es el único medio que introduce en la mente y la conciencia un sentido de esta eficacia. El apóstol ruega, en nombre de los creyentes, que puedan recibirla y que vaya en aumento para que tengan esta experiencia (cf. Ef. 1:16-19; 3:16-19), y declara su naturaleza (cf. 2 Co. 4:6).

2. La gustación que se procura viene después de esto. En ella consisten la vida y la sustancia de la experiencia suplicada. Y esta gustación consiste en un sentido espiritual de la bondad, del poder y de la eficacia de la palabra, y todo lo que ella contiene; en la transmisión de la gracia de Dios a nuestras almas; en los particulares mencionados y otros más de similar naturaleza. Y es que, en la gustación hay dulzura al paladar y satisfacción del apetito. La una refresca nuestras mentes en esta gustación y, la otra, nutre nuestras almas; los creyentes experimentan ambas cosas. La luz espiritual es la que introduce todo esto en la mente y, sin ella, nada de ello es alcanzable. “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese luz [que resplandezca en vuestros corazones, para iluminación del conocimiento de su gloria] en la faz de Jesucristo” (cf. 2 Co. 4:6).

3. Para completar la experiencia procurada, debe seguirle una conformidad de toda el alma y de la manera de vivir a la verdad de la Palabra, o de la mente de Dios en ella, operada en nosotros por su poder y eficacia. Asi lo expresa el apóstol: “Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por el enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:20-24). A esto le sigue nuestro último principio que es el fundamento inmediato del subsiguiente discurso, o aquello que ha de ser confirmado:

Principio 5: La verdad de la religión se ha perdido por haber dejado de experimentar el poder de la religión. Esto ha causado el rechazo de su sustancia y ha conducido a levantar una sombra, o imagen, en su lugar.

Esta transformación de todo lo que forma la religión comenzó, y procedió, desde esta base. Los responsables de conducirla siempre poseyeron las nociones generales de la verdad que no podían abandonar sin una renuncia total del evangelio mismo. Pero, habiendo perdido toda experiencia de este poder en sí mismos, las transformaron en cosas de una naturaleza muy distinta, destructivas para la verdad y desprovistas de su poder. Aconteció que se fabricó una imagen muerta de la religión y se levantó en todas sus partes. Recibió el nombre de aquello que era verdadero y vivo, pero que se había perdido irremediablemente. Sin experimentar ya el poder y la eficacia del misterio del evangelio y su verdad en la comunicación de la gracia de Dios a las almas de los hombres, se retuvo una noción general con la que idearon y forjaron una imagen externa, o representación de ella, adecuada a su ignorancia y su superstición…

(Continuará…)

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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano.

John MacArthur (19 de junio de, 1939…)

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John Fullerton MacArthur Jr. (nacido el 19 de junio de, 1939) es un pastor y escritor estadounidense. Ha sido el pastor -Teacher de Grace Community Church en Los Ángeles, California desde febrero 9, 1969 y actualmente es el presidente de la Universidad de la Maestría en Newhall, California y el Seminario de la Maestría en Los Ángeles, California.

Teológicamente, MacArthur se considera un calvinista , y un fuerte defensor de la predicación expositiva . Ha sido reconocido por la revista Christianity Today como uno de los predicadores más influyentes de su tiempo.

MacArthur autor o editor de más de 150 libros.