Pecados de niños y jóvenes 4

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Un amor desmedido por el placer sensual y las alegrías mundanas es otro pecado muy común de los jóvenes. La Palabra de Dios describe a los que viven entregados a los placeres como viviendo estando muertos (1 Tim. 5:6) y los cataloga con los malvados más abominables, los que son “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:4). Aunque tales son las declaraciones del Señor, el placer es el objetivo de miles de jóvenes. Algunos lo buscan en las sendas grotescas y embrutecedoras de las borracheras, dando rienda suelta a sus bajas pasiones. Los juegos de azar, el baile, las carreras de caballo, las salas de fiestas, los parques de diversiones y las veladas son los escenarios de su mayor felicidad. Joven varón, ¿abrigas en tu corazón este amor por los placeres mundanos? Quizá no te hayas dado a excesos escandalosos y vergonzosos, pero, ¿has amado más los placeres mundanos que a Dios y el evangelio? De ser así, lamentablemente llevas la terrible marca de ser un hijo de destrucción: eres amante de los placeres más que de Dios. ¿Has estado presente en ambientes de diversiones pecaminosas y festividades culposas? ¿Has ansiado, como lo han ansiado otros, esos deleites sensuales que más se adaptan a tus gustos? Y, mientras has amado así a este mundo, ¿te has olvidado de lo que vendrá? ¿Acaso has estado más contento con alguna diversión barata o con un juguete titilante que con las bendiciones que hay en el evangelio? ¿Y has sido más entusiasta por un día de placer prometido que por asegurar una eternidad de sano gozo celestial?

No interpretes que quiero insinuar que el cristiano debe ser un esclavo de la melancolía. ¡Al contrario! Ninguno tiene mayor razón para estar alegre que el que asegura su entrada al cielo. Pero tremenda es la diferencia entre la alegría inocente y el gozo humilde del cristiano y los placeres vanos de un mundo necio. El que es verdaderamente cristiano tiene sus deleites, aunque sabe que no hay aquí lugar para una jovialidad superficial.

Deja que responda ahora tu conciencia, como estando en la presencia de Dios: ¿Has atesorado en tu corazón un amor por los placeres mundanos y sensuales? Aun si tu situación te ha impedido seguir libremente los deleites de la carne, ¿has abrigado dentro de ti un amor por ellos? Si así ha sido, aunque no hayas tenido la oportunidad de darte tus gustos mundanos en más de un mes o un año, sigues siendo a los ojos de Dios un amante de los placeres igual que si hubieras dedicado a ellos todo tu tiempo…

El Apóstol Pablo, cuando enumeró algunos de los pecados de la humanidad, concluye la terrible lista con el hecho de que también se complacen con los que las practican (Rom. 1:32). Esto, aunque uno de los peores, es uno de los más comunes y abunda mucho más entre la juventud que entre otros. Los jóvenes son con frecuencia los tentadores y destructores unos de otros. Los lascivos y profanos tientan a otros a serlo también. Los irreflexivos y [los adictos a la vida social] persuaden a otros a imitar su superficialidad y sus locuras. ¡Como si no fuera suficiente tener que rendir cuentas por sus propios pecados, muchos son partícipes de los pecados de otros! Y, como si esto no fuera bastante para arruinar sus propias almas, muchos caen en la culpa de ayudar a destruir con esto a sus compañeros y amigos.

¿Nunca has llevado a otros a pecar? Quizá algunos, que ahora están perdidos para siempre, se estén lamentando en total oscuridad y desesperación la hora fatal cuando te conocieron. ¿Ha aprendido de ti alguno a jugar con el evangelio? ¿A desperdiciar sus años dorados de gracia? ¿A rechazar a su Dios y elegir la perdición? Si no por palabras,quizá por algún ejemplo despreocupado e irreligioso, le has enseñado estas atroces lecciones.

He mencionado algunas iniquidades juveniles, pero no creas que estas son todas. ¡No! Cada pecado al que es propenso nuestra naturaleza caída ha aparecido no meramente en aquellos quienes, por sus años, maduraron cargando su culpabilidad, sino también en aquellos que apenas empezaban la jornada de la vida. Y sin enumerar los crímenes más oscuros de la multitud que vive en iniquidad, ¿dónde, mi joven amigo, está el corazón juvenil que nunca ha sentido aflorar las emociones de esas pasiones infernales: orgullo, envidia, malicia o venganza? ¿Dónde está la lengua juvenil que nunca ha dicho una palabra profana, libertina o al menos cruel o calumniadora? ¿Dónde
está el joven, que posee los formulismos de la piedad que nunca se ha burlado de Dios “con los sonidos lamentables de una lengua irreflexiva”? ¿Dónde está el oído juvenil que nunca se ha abierto para beber en el placer de las conversaciones del superficial y el necio? ¿Y dónde el ojo juvenil que nunca ha tenido una mirada orgullosa, airada,desvergonzada o insultante? ¿Eres tú tal persona? ¿Puedes apelar al que escudriña los corazones y basar tu esperanza eterna en el éxito de la apelación de que el amor –amor puro para con Dios y el hombre– siempre ha morado en tu corazón? ¿Que ninguna emoción de resentimiento, envidia o crueldad jamás ha morado allí? ¿Que una ley de benignidad constante siempre ha gobernado tu boca? ¿Que tus ojos han destilado sólo humildad, ternura y bondad? ¿Que tu oído nunca escuchó con placer acerca de la vergüenza de tu hermano? ¿Puedes hacer esta apelación?

De Persuasives to Early Piety.

J. G. Pike (1784-1854)

Pecados de niños y jóvenes 2

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Uno de los tipos de orgullo más común y más dañino es el que llamo el orgullo del fariseísmo. Nuestro Señor, en la parábola del fariseo y el publicano, da una descripción impresionante de este pecado. El fariseo alardeaba de que no era como los demás, que él cumplía los deberes que los otros no cumplían. En este fundamento arenoso parece haberse levantado su esperanza de la eternidad. Nada que pudiera parecerse a la humildad entró en su corazón, sino que se acercó a Dios con el orgullo de su imaginada virtud. Éste es exactamente el espíritu de miles en la actualidad. Y donde los jóvenes han sido frenados de francas inmoralidades, ¡qué común es verlo entre ellos! Se dice, respecto a ellos: “¡No son como tantos jóvenes inmorales a su alrededor! No se han dado a profanaciones y mentiras, a las borracheras o la deshonestidad; en cambio, han sido amables y conscientes de sus deberes, tiernos y atentos, tienen un corazón bueno y son jóvenes buenos”. Quizá hayan vivido toda su vida sin importarles Dios ni sus almas, pero esto no lo tienen en cuenta. Otros los elogian, y están dispuestos a creer estos elogios. Se halagan a sí mismos con sus virtudes imaginarias y se creen muy buenas personas. Se sienten orgullosos de lo buenos que son y marchan adelante para luego descubrir que Dios ve en ellos diez mil crímenes y aborrece más que cualquier otra cosa el orgullo del fariseísmo en una criatura contaminada por iniquidades diarias.

Otro pecado común de la juventud es la desobediencia a los padres. “Honra a tu padre y a tu madre… para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra” (Ef. 6:2-3). Este es el mandamiento divino. Hay, es cierto, una caso en que los padres no deben ser obedecidos: cuando sus instrucciones y deseos se oponen a los de Dios. “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5:29), y amar al Redentor más que a los padres mismos. Por lo general, los padres son los amigos más tiernos, y los padres piadosos están entre los guías más seguros que los jóvenes y faltos de experiencia pueden tener para llevarlos a los pies de Dios. Tus intereses son los de ellos. Tu bienestar la felicidad de ellos. Pero, ¡ay! ¿ha sido su ternura correspondida como se merece? ¿Quiénes, mi joven amigo, merecen más tu obediencia y afecto que los que te dieron vida y te han cuidado en tu infancia indefensa? El padre, cuyos años han sido invertidos en satisfacer tus necesidades, la madre que te dio pecho y te cuidó todos tus primeros días: ¿Han recibido ellos de ti esta obediencia y este afecto?

Quizá me esté dirigiendo a alguien cuya desobediencia y crueldad han hecho sufrir a sus cariñosos y piadosos padres, llenándolos de tristeza en lugar de alegría. El anhelo de ellos ha sido verte andar en el camino de Dios. Para esto te han llevado a la casa del Señor. Para esto sus oraciones han subido a lo Alto en público y en privado. Para esto han sido sus primeras enseñanzas y sus admoniciones posteriores, te han advertido con respecto al fin principal de la vida, como el único asunto que debiera interesarte, más que ningún otro, y ocupar tu corazón por completo. Y ahora te ven negligente de Dios y el evangelio. Lloran en secreto porque el hijo que aman es aún un hijo de Satanás. ¡Ay! Joven o señorita, si este es tu caso, Dios te juzgará por abusar de los preciosos privilegios y descuidar la enseñanza de tus padres. Las oraciones, las lágrimas y las exhortaciones de tus padres serán terribles testigos contra ti. No creas que por ser afectuoso y amable con ellos atenuarás en algún grado los sufrimientos de padres realmente piadosos. No. Seguirán llorando ante el pensamiento de que el hijo afectuoso que tanto aman no es un hijo de Dios. Les dolerá profundamente considerar lo cercano que estás a una  destrucción sin fin y cuán pronto te tienen que decir adiós para siempre, cuando van a su descanso donde no tienen esperanza de verte.

¡Ay! Mi joven amigo, si desprecias al evangelio, tus padres piadosos partirán, diciendo con tristeza a la hora de su muerte: “Hijo amado nuestro, no te veremos más. Porque en nuestro Dios no has confiado como tu Dios, a nuestro Salvador no has buscado como tu Salvador. ¡El cielo al cual vamos es un descanso al cual no tienes derecho y en el cual, muriendo como estás, no puedes entrar! Sí, con amargura llorarán al pensar que a pesar de todo lo que es hermoso a la vista de ellos, no hay nada en ti que sea hermoso ante los ojos de Dios. Todo lo que valoran tanto en ti pronto será enterrado en las profundidades del infierno.

Continuará …

De Persuasives to Early Piety.

J. G. Pike (1784-1854)