EL RESPETO DE LA ESPOSA POR SU ESPOSO 1

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El gran deber de toda esposa es respetar a su propio esposo. Tiene también muchas otras obligaciones que son mutuas, pero ella se caracteriza por esto. Esta es su calificación principal como esposa. No importa cuanta sabiduría, erudición y gracia tenga ella, si no respeta a su esposo, no puede ser una buena esposa.

Veamos su creación: Fue hecha después del hombre, él tiene algo de honor por haber sido creado primero. “Porque Adán fue formado primero, después Eva” (1 Tim. 2:13). Fue hecha del hombre, él fue la roca en que fue formada. “Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón” (1 Cor. 11:8). Vemos aquí que no fue el hombre quien estableció este orden, sino Dios mismo. Volvamos a recordar la Caída donde escuchamos que Dios dice: “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Gén. 3:16). En el Nuevo Testamento, el hecho que Cristo fue “hecho de mujer” pareciera alterar esta ley inviolable: “Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio” (Col. 3:18). “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos” (1 Ped. 3:1), “considerando vuestra conducta casta y respetuosa” (v. 2). “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (v. 5). Volvamos al versículo inicial. Aunque sea ella muy importante, muy buena y su esposo muy malo y muy perverso su deber indispensable es respetar a su esposo… no coincide con la naturaleza ni con la decencia ponerla a la cabeza, ni más abajo ni más arriba de la costilla. Y cuando ella acepte esto, entonces cumplirá muy contenta y fácilmente su deber. Un Dios sabio así lo ha ordenado, y por lo tanto es lo mejor.

I. PARA EMPEZAR: LA NATURALEZA DE ESTE RESPETO.
Es un respeto auténtico, cordial y conyugal, que es característico de una mujer buena. Y yo creo que incluye lo siguiente:

1. La esposa debe honrar y estimar a su esposo: “Todas las mujeres darán honra a sus maridos, desde el mayor hasta el menor” (Es. 1:20). Para este fin, debe contemplar todas las excelencias de su persona, sea del cuerpo o la mente, darles el valor que merecen y no considerar que todo en su esposo es negativo…A aun si su esposo es ignorante,igualmente ella debe valorar la excelencia de su posición, siendo que el Espíritu Santo lo ha descrito como “imagen y gloria de Dios” (1 Cor. 11:7). Sea como sea que él se ve a sí mismo o como sea que lo vean los demás, para su esposa es una persona sin igual. Si lo estimó cuando lo escogió, debe seguir estimándolo… La esposa debe tener en cuenta que su honor y respeto entre sus familiares y vecinos se levanta o cae según su relación con su esposo, de modo que al honrarlo a él se honra a sí misma.

2. Este respeto es generado por el amor: Aunque el versículo enfatiza más el amor del esposo, es también deber de la mujer: “Que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos” (Tit. 2:4). Es así que Sara, Rebeca y Raquel dejaron a sus padres,amigos y a su país por puro amor hacia sus esposos… Y de hecho no hay mejor modo de aumentar el amor del esposo que el respeto de la esposa, lo cual hará que esto sea dulce y fácil.

3. El temor es el tercer ingrediente del respeto hacia el esposo que le corresponde a la esposa… el requisito es que tenga una “conducta casta y respetuosa” (1 Ped. 3:2). El uno no es suficiente sin el otro. Esto… es sencillamente un anhelo cauteloso de complacerle y
prestarle atención, no sea que lo ofenda…

Continuará …

Tomado de “What Are the Duties of Husbands and Wives Towards Each Other?”
Puritan Sermons  1659-1689, Being the Morning Exercises at Cripplegate.

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Richard Steele (1629-1692): Predicador puritano y autor; reconocido como “un gran erudito, estudiante serio y predicador excelente”, autor de The Character of the Upright Man (El carácter del hombre justo) y otros. Nació en Bartholmley, Cheshire, Inglaterra.

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LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 3

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CONSIDEREMOS AHORA LA ELECCIÓN DE NUESTRA PAREJA.

Primero,  la persona seleccionada para ser nuestra pareja de por vida no puede ser unpariente cercano que la ley divina prohíbe (Lev. 18:6-17).

Segundo, el matrimonio debe ser entre cristianos. Desde el principio, Dios ordenó que “un pueblo que vive apartado, que no se cuente entre las naciones” (Núm. 23:9, NVI).La ley para Israel en relacióncon los cananeos era: “Y no emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, ni tomarás a su hija para tu hijo” (Deut. 7:3 y ver Jos. 23:12). Con cuánta más razón entonces, requiere Dios la separación entre los que son su pueblo por un vínculo espiritual y celestial y los que solo tiene una relación carnal y terrenal con él. “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Cor. 6:14)…

Hay solo dos familias en este mundo: los hijos de Dios y los hijos del diablo (1 Juan 3:10). Entonces, ¡si una hija de Dios se casa con un hijo del maligno, ella pasa a ser la nuera de Satanás! ¡Si un hijo de Dios se casa con una hija de Satanás, se convierte en el yerno del diablo! Con este paso tan infame, se forma una afinidad entre uno que pertenece el Altísimo y uno que pertenece a su archienemigo. “¡Lenguaje extraño!” Sí, pero no demasiado fuerte. ¡Ay la deshonra que tal unión le hace a Cristo! ¡Ay la cosecha amarga de tal siembra! En cada caso, es el pobre creyente el que sufre… Como sufriría un atleta que se amarra a una roca pesada y después espera ganar una carrera, así sufriría el que quiere progresar espiritualmente después de casarse con alguien del mundo.

Para el lector cristiano que contempla la perspectiva de comprometerse para casarse, la primera pregunta para hacer ante la presencia del Señor tiene que ser: ¿Será esta unión con un inconverso? Porque si tiene usted realmente conciencia de la diferencia inmensa que Dios, en su gracia, ha establecido en su corazón y su alma y aquellos que ––aunque atractivos físicamente–– permanecen en sus pecados, no tendrá ninguna dificultad en rechazar cualquier sugerencia y propuesta de hacer causa común con ellos. Es usted “la justicia de Dios” en Cristo mientras que los no creyentes son “inicuos”. Usted es “luz en el Señor” mientras que ellos son tinieblas. Usted ha sido trasladado al reino del Hijo amado de Dios, mientras que todos los inconversos se encuentran bajo el poder de Belial. Usted es el hijo de paz, mientras que todos los inconversos son “hijos de ira”. Por lo tanto: “Apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Cor. 6:17).

El peligro de formar una alianza así aparece antes del matrimonio o aun antes del compromiso matrimonial, cosa que ningún creyente verdadero consideraría seriamente a menos que hubiera perdido la dulzura de la comunión con el Señor. Tiene que haber un apartarse de Cristo antes de poder disfrutar de la compañía de los que están enemistados con Dios, y cuyos intereses se limitan a este mundo. El hijo de Dios que está guardando su corazón con diligencia (Prov. 4:23) no disfrutará, no puede disfrutar de una amistad cercana con el no regenerado. Ay, con cuánta frecuencia es el buscar o aceptar una amistad cercana con no creyentes el primer paso que lleva a apartarse de Cristo. El sendero que el cristiano está llamado a tomar es realmente uno angosto, pero si intenta ampliarlo o dejarlo por un camino más ancho, lo hará violando la Palabra de Dios y para su propio e irreparable perjuicio.

Tercero,casarse… con tal que sea en el Señor” (1 Cor. 7:39) va mucho más allá que prohibir casarse con un no creyente. Aun entre los hijos de Dios hay muchos que no serían compatibles. Una cara linda es atractiva, pero oh cuán vano es basar en algo tan insignificante aquello que es tan serio. Los bienes materiales y la posición social tienen su valor, pero qué vil y degradante es dejar que controlen una decisión tan seria. ¡Oh, cuánto cuidado y oración necesitamos para regular nuestros sentimientos! ¿Quién entiende cabalmente el temperamento que coincidirá con el mío, que podrá soportar pacientemente mis faltas, corregir mis tendencias y ser realmente una ayuda en mi anhelo de vivir para Cristo en este mundo? ¡Cuántos hacen una magnífica impresión al principio, pero terminan siendo un desastre! ¿Quién sino Dios mi Padre puede protegerme de las muchas maldades que acosan al desprevenido?

“La mujer virtuosa es corona de su marido” (Prov. 12:4). Una esposa consagrada y competente es lo más valioso de todas las bendiciones temporales de Dios; ella es el favor especial de su gracia. “La esposa inteligente es un don del Señor” (Prov. 19:14, NVI) y el Señor requiere que busquemos definitiva y diligentemente una así (ver Gén. 24:12). No basta que tengamos la aprobación de amigos de confianza y de nuestros padres, por más valioso y necesario que esto sea (generalmente) para nuestra felicidad, porque por más
interesados que estén por nuestro bienestar, su sabiduría no es suficiente. Aquel que estableció la ordenanza tiene que ser nuestra prioridad si esperamos contar con su bendición sobre nuestro matrimonio. Ahora bien, la oración nunca puede tomar el lugar del cumplimiento de nuestras responsabilidades; el Señor requiere que seamos cuidadosos y discretos y que nunca actuemos apurados y sin reflexionar…

El que halla esposa halla el bien, y alcanza la benevolencia de Jehová” (Prov. 18:22). “Halla” implica una búsqueda. A fin de guiarnos en esto, el Espíritu Santo nos ha dado dos reglas o calificaciones. Primero, consagración, porque nuestra pareja tiene que ser como la esposa de Cristo, pura y santa. Segundo, adecuada, una “ayuda idónea para él” (Gén. 2:18), que muestra que una esposa no puede ser una “ayuda” a menos que sea “idónea”, y para ello tiene que tener mucho en común con su pareja. Si el esposo es un obrero, sería una locura que escogiera una mujer perezosa; si es un hombre erudito, una mujer sin conocimientos sería muy inadecuada. La Biblia llama “yugo” al matrimonio, y los dos no pueden tirar parejo si todo el peso cae sobre uno solo, como el caso de que alguien débil y enfermizo fuera la pareja escogida.

Continuara …

De “Marriage – 13:4” en An Exposition of Hebrews
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Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.