La sangre del rociamiento y los niños

Blog125.jpg

“Y Moisés convocó a todos los ancianos de Israel, y les dijo: Sacad y tomaos corderos por vuestras familias, y sacrificad la pascua. Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en el lebrillo; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana. Porque Jehová pasará hiriendo a los egipcios; y cuando vea la sangre en el dintel y en los dos postes, pasará Jehová aquella puerta, y no dejará entrar al heridor en vuestras casas para herir. Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre. Y cuando entréis en la tierra que Jehová os dará, como prometió, guardaréis este rito. Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas. Entonces el pueblo se inclinó y adoró”. –Éxodo 12:21-27

EL cordero pascual era un prototipo especial de nuestro Señor Jesucristo. No deducimos esto por el hecho general de que todos los sacrificios en la antigüedad eran una sombra de la sustancia única y verdadera; sino que el Nuevo Testamento nos asegura que “nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Cor. 5:7). Así como el cordero pascual no debía tener mancha, tampoco la tenía nuestro Señor y la muerte y quemado al fuego de aquel cordero, tipifica su muerte y sufrimiento. Aun con respecto al tiempo, nuestro Señor fue el cumplimiento del prototipo porque su crucifixión sucedió en la pascua. Así como el sello deja su impresión, el sacrificio de nuestro Señor coincide con todos los elementos de la ceremonia pascual. Lo vemos “separado” de entre los hombres y llevado como un cordero al matadero; vemos su sangre derramada y rociada; lo vemos ardiendo en el fuego de la angustia; por fe nos alimentamos de él y damos sabor al banquete con las hierbas amargas de la penitencia. Vemos a Jesús y la salvación donde el ojo carnal sólo ve un cordero sacrificado y a un pueblo salvado de la muerte.

El Espíritu de Dios en la ceremonia pascual enfatiza de manera especial el rociar la sangre. Aquello a lo que los hombres tanto se oponen, él diligentemente presenta como la cabeza y el frente de la revelación. La sangre del cordero escogido se recogía en un tazón y no se derramaba en el suelo desperdiciándola porque la sangre de Cristo es preciosísima. En este tazón con sangre se mojaba un manojo de hisopo. Los ramilletes de ese pequeño arbusto retenían las gotas carmesí de modo que pudieran ser rociadas con facilidad. Luego el padre de familia iba afuera y golpeaba el dintel y los dos postes a los costados de la puerta con el hisopo y, de esta manera, la casa quedaba marcada con rayas carmesí. No se ponía sangre en el umbral. ¡Ay del hombre que pisotea la sangre de Cristo y la trata como una cosa impura! ¡Ay! Me temo que muchos lo están haciendo en esta hora, no sólo los que andan en el mundo, sino también los que profesan a Cristo y se llaman cristianos a sí mismos.

Procuraré presentar dos cosas. Primero, la importancia que se adjudica a la sangre rociada y, segundo, la institución relacionada con ella, principalmente, que los niños deben recibir instrucción con respecto al significado del sacrificio, a fin de que ellos, a su vez, lo enseñen a sus hijos y mantengan vivo el recuerdo de la gran liberación que obró el Señor.

I. Primero, LA IMPORTANCIA QUE SE ADJUDICA A LA SANGRE ROCIADA resulta muy claro aquí. Se nota un esfuerzo especial para que el sacrificio sea visto, sí, para obligar a toda la gente a verlo.

Observo, primero, que se convirtió en la marca nacional y la siguió siendo. Si hubiera usted recorrido las calles de Menfis o Ramesés la noche de Pascua, hubiera podido identificar quiénes eran los israelitas y quiénes los egipcios por una marca sobresaliente. No hubiera tenido que esconderse debajo de la ventana a fin de escuchar lo que se hablaba en la casa, ni esperar a que alguien saliera a la calle para poder observar su vestimenta. Esta señal sola, sería indicación suficiente –el israelita tenía la marca de  sangre en su puerta, el egipcio no. Téngalo por seguro, éste sigue siendo el gran punto de diferencia entre los hijos de Dios y los hijos del maligno. Existen, en realidad, dos denominaciones sobre esta tierra –la iglesia y el mundo; aquellos que son justificados en Cristo Jesús y aquellos que están condenados en sus pecados. Esto será la señal que nunca falla del “verdadero israelita”; él ha acudido a la sangre rociada, que manifiesta
cosas mejores que las de Abel. El que cree en el Hijo de Dios, como el único sacrificio aceptado por el pecado, tiene salvación, y el que no cree en él morirá en sus pecados. El verdadero Israel confía en el sacrificio ofrecido una vez por el pecado; es su descanso, su consuelo, su esperanza. En cuanto a los que no confían en el sacrificio expiatorio, han rechazado el consejo de Dios en su contra, declarando de esta manera su verdadero carácter y condición. Jesús dijo: “No creéis, porque no sois de mis ovejas, como les he dicho” y la falta de fe en el derramamiento de sangre, sin el cual no hay remisión de pecado, es la marca de condenación de aquel que es un extraño para la congregación de Israel. No lo dudemos: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios” (2 Juan 9). Aquel que no acepta la propiciación que Dios ha establecido, tiene que cargar con su propia iniquidad. No obstante, nada más justo, nada más terrible puede sucederle a tal hombre que el hecho de que su iniquidad no sea purgada eternamente por ningún sacrificio ni ninguna ofrenda. Si rechaza a su Hijo, no importa cuál sea su supuesta justicia, ni cómo piensa encomendarse a Dios, él lo rechazará a usted. Si acude ante Dios sin la sangre expiatoria y no está incluido en la herencia del pacto, entonces no se cuenta entre el pueblo de Dios. El sacrificio es la marca nacional del Israel espiritual y el que no la tiene es un extraño; no tendrá herencia entre los santificados, ni verá al Señor en gloria.

Tomado del sermón “La sangre del rociamiento y los niños”.
_______________________
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente pastor bautista inglés; nació en Kelvedon, Essex, Inglaterra.

Anuncios