Elevar el nivel de la predicación 2

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“Una de las cosas de ánimo para mí fue una visita a una iglesia en Londres. Muchos que no son evangélicos dicen que lo único para hacer que la gente entre en la iglesia es hablar sobre cosas en las que la gente está interesada: la guerra en Biafra y así sucesivamente. Puedo testificar por experiencia que esto no es verdad. Fui a escuchar a Howard Williams, que es considerado por la Unión Baptista y la televisión como un hombre que ‘trata problemas prácticos’ y ‘atrae a los intelectuales’. ‘Tiene una de las mayores audiencias en Londres’; sin embargo, yo solo vi ciento veinte personas. !No tenía muchos intelectuales aquella noche! Salí de allí realmente animado. La gente sabe que eso es inútil. No tenemos nada de qué preocuparnos con el liberalismo; está muerto y acabado.

“He aquí una maravillosa oportunidad para nosotros. Bien, ¿qué nos pasa? Nuestro planteamiento está equivocado. Ellos (los liberales) empiezan con aquello en lo que la gente está interesada; nuestro peligro está en olvidar del todo a la gente. Nuestras ideas, y los resultados de nuestra predicación, sugieren que no hemos pensado en la gente en absoluto. Somos demasiado objetivos. (Estoy cansado de oír sermones sobre “la iglesia”, de denunciar el Concilio Mundial de Iglesias, etc.). Hubo una vez en que la predicación evangélica era demasiado subjetiva; ahora es demasiado objetiva. Esto conduce a un planteamiento mecánico de la predicación.

“Yo creo en hacer series (de sermones) pero se pueden hacer de una manera equivocada: sin tener en cuenta el estado de la gente que escucha; de tal modo que aunque podamos tratar con un pasaje excelentemente, no haya mensaje para ellos. Hay una diferencia entre un comentario superficial sobre un pasaje y un sermón. Creo en los sermones ex-positivos, no en un comentario rápido. ¿Cuál es la diferencia?

“Un sermón tiene una forma; tiene un mensaje para ser aplicado. Esto es mucho más difícil que un comentario superficial (no estoy seguro de que esto último tenga siquiera un mensaje). La preocupación de un predicador debería ser el tener un mensaje y tiene que trabajar para exponerlo de la mejor forma en que pueda ser predicado. Esta era la gloria de un hombre como Charles Haddon Spurgeon. Sus sermones tenían forma, empuje, y el impacto de un mensaje. Un comentario rápido no es su sermón. Es necesario retomar toda la noción de lo que es un mensaje: “la carga del Señor”. Tiene que haber un impacto, mientras que el dar únicamente una “exposición”, que no lleve ningún mensaje a través de ella, es hacer que la predicación sea meramente intelectual. Tampoco debe ser solo emocional; demasiado a menudo suele ser una u otra de estas dos cosas. iSin vida! iSin poder! Nosotros sí que deberíamos tenerlo. Y el gozo y el poder están íntimamente relacionados, lo uno sin lo otro es falso.

“Lo contrario de la predicación sociológica no es este comentario superficial. La gente dice: “Es bíblico”. No lo es. La predicación bíblica conlleva un mensaje. Una explicación mecánica del significado de las palabras (no fundida en el mensaje con un objetivo y poder que deje a los oyentes gloriándose en Dios) no es predicación. No es suficiente hacer una afirmación de la verdad cristiana; se puede oír solo como un punto de vista frente a otro. Tenemos que traer un mensaje.

“!Desde luego que tenemos que tener ‘la demostración del Espíritu y el poder!’. Esta es nuestra mayor necesidad, y no la separo del gozo. Miremos a Robert M’Cheyne: lo que sabía es lo que finalmente cuenta. El tenía el peso de su gente sobre su alma. Él no venía al púlpito simplemente habiendo preparado un sermón. Él venía de parte de Dios con un mensaje.

“El tiempo ha llegado en que debemos valorar la situación completa. Es del todo equivocado trasladar nuestros problemas a la gente; tenemos que predicar lo que es más provechoso para ellos, lo que realmente va a ayudarles. El principal problema del evangelicismo hoy (aparte del deslizarse fuera de la verdad) es la falta de poder. ¿Qué conoce nuestra gente del ‘gozo en el Espíritu Santo’? iNo conseguirás atraer a la gente hacia la enseñanza si eres un maestro pesado! La esposa de un diácono me dijo acerca de alguien a quien ella había escuchado: ‘Él no es como muchos de nuestros predicadores reformados que son tan pesados’. Si predicas sin conmover a la gente, has fallado tanto como otros. Si no conocemos el gozo del Señor, ¿cuál es el valor de lo que decimos? Tenemos que empezar por nosotros mismos. El oír ‘excelentes conferencias sobre doctrina’ predicadas un domingo por la tarde es verdaderamente espantoso. ¿Estás en lo cierto al presuponer que los que están frente a ti disfrutan de la vida cristiana, y que son capaces de convencer a otros? Estas dos cosas van juntas. El argumentar sobre los detalles no nos ayudará. ¿Cuál es el valor de algo si no somos ‘epístolas vivientes’?

“Os he estado comunicando mi experiencia, como paciente y como oyente común. He estado atravesando un periodo de autoexamen y puedo dar gracias a Dios por concederme una pausa que me permita hacerlo. Lo que me quede de vida y vigor me he propuesto usarlo para mostrar este aspecto particular. Sin ello, la situación es desesperada. No es desesperada, pero tenemos que comenzar por nosotros mismos. ¿Conozco yo algo de este fuego y, si no, qué estoy haciendo en el púlpito?”. En el debate que hubo después, surgieron preguntas y un comentario adicional de Martyn Lloyd-Jones. Un defecto en su predicación, opinaba él, era que a veces había sido demasiado exigente en el contenido de la misma, y habló de dos ocasiones en que había sido corregido por hombres mayores debido a este defecto.

“Expondré un concepto, y lo presentaré de tres maneras”, le dijo un amigo mayor que él con quien estaba compartiendo los cultos al principio de su ministerio. El peligro reside en la predicación que se dirige a la mente y no al hombre completo. “Tenemos que diagnosticar tanto a nosotros mismos como a la gente. Si no podemos valorar el estado de nuestra gente, hemos fallado como predicadores. Yo no siempre prediqué sermones largos; tenemos que educar a la gente para ello. Los predicadores antiguos sabían esto; ellos eran grandes exhortadores.

“Hemos de ser como una madre alimentando a su hijo: ella estudia tanto la comida como la canti-ad. No hay nadie sin remedio; todos pueden comprender las doctrinas. Pero nosotros tenemos que cocinarlo todo bien, y hacerlo tan atractivo como podamos. Utilizad la historia y las anécdotas como ilustraciones (yo reaccioné demasiado contra ellas) pero en la medida correcta”.

Durante los anteriores comentarios, añadió de paso: “No estoy seguros ni mi prole me ha hecho honor o si refleja un defecto mío”.

También estoy atribulado sobre nuestro orar, y que se aprueba como oración. La oración no debería ser una confesión de fe, un recital de doctrina; eso es pobreza espiritual. No, en la oración tenemos que apropiarnos de toda esta doctrina”.

Sobre la naturaleza de los sermones, continuó diciendo: “Debería haber un elemento de misterio en la predicación efectiva. Cuando un granjero va a comprar ganado en un mercado, los animales que le atraen son aquellos cuyos esqueletos no están a la vista”. De un modo similar, los sermones no deberían mostrar los libros que lee un predicador, en un “defecto fatal” para un predicador no asimilar su lectura. Más bien debería “atravesarle” de tal modo que saliera como algo nuevo. Algunos hombres, se temía, leen a los puritanos y después transmiten su lectura como discos de gramófono. “No leáis para obtener material para predicar; el leer es primeramente para alimentarme y para hacerme pensar originalmente”. La preparación de un sermón es un proceso difícil. La parte más dura del trabajo de un ministro es la preparación de los sermones. Es por eso por lo que me siento tan bien de momento; no preparo tres sermones por semana. Hay una agonía, un acto de creación, en la preparación. El peso de un sermón tiene que involucrar mi personalidad entera.

Un especialista médico en Cardiff dijo una vez a Martyn Lloyd-Jones que tenía un problema en cuanto a su predicación. Era cómo los inconversos podían evidentemente disfrutarla. Esto no dejó perplejo a Martyn Lloyd-Jones: “Son atraídos por la presen-tación, y eso debería ser atractivo (como la predicación de Whitefield fue para Benjamin Franklin). Presentemos el sermón lo mejor que podamos: las mejores palabras, lo mejor de todo. Tenemos la curiosa noción de que ‘es la doctrina lo que importa’, y pasamos esto por alto. Con el mensaje que tenemos, es trágico que podamos ser fríos, sin vida y pesados”.

La reunión terminó con una oración y el anuncio de que la próxima reunión sería el primer lunes de noviembre (1968). El Dr. Lloyd-Jones iba a presidir la Asociación durante otros once años, y lo hizo por última vez el 3 de diciembre de 1979.

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Iain Hamish Murray (nacido en 1931) es un pastor y autor británico. Fue asistente de Martyn Lloyd-Jones en Westminster Chapel (1956–59) y posteriormente en Grove Chapel, Londres (1961–69) y St. Giles Presbyterian Church, Sydney, Australia, (1981–84). En 1957, él y Jack Cullum fundaron la editorial Reformada, Banner of Truth  de la que sigue siendo fideicomisario.

Nota. El Dr. Lloyd-Jones falleció el 1 de marzo de 1981.

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Elevar el nivel de la predicación 1

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“¡Como oyente, durante cuatro de esos meses, mi impresión general es que para la gente fuera de nuestras iglesias, la mayoría de nuestros cultos son terriblemente deprimentes! Me asombro de que la gente todavía asista”.

                                                                                                         Notas de una conferencia memorable del Dr. Lloyd-Jones

INTRODUCCIÓN

EI Dr. Lloyd-Jones predicó por última vez como pastor de la iglesia Westminster Chapel el viernes 1 de marzo de 1968. La enfermedad (de la cual se recuperó después de ser intervenido quirúrgicamente) le condujo posteriormente a su retiro de aquella obligación pastoral. Pero entre las labores que continuó haciendo después de eso estuvo el ser presidente de la Asociación de Pastores de Westminster, y, al reanudar el ministerio público, uno de sus primeros compromisos fue con la Asociación, en la reunión del 9 de octubre de 1968 en Westminster Chapel. Al igual que con varios sermones de Martyn Lloyd-Jones, no se hizo ninguna grabación de esta conferencia, ni en cinta magnetofónica ni en taquigrafía, y lo que sigue son únicamente mis notas de oyente tomadas de prisa. Aun en esta forma fragmentaria creo que son dignas de ser preservadas.

La reunión estaba repleta de gente; el amor y el agradecimiento hacia el orador eran los sentimientos principales, y sus elevadoras palabras tuvieron que ser recordadas por mucho tiempo por quienes allí estuvieron. El encabezamiento es mío y no se dio ningún título del contenido de antemano.

El Dr. Lloyd-Jones empezó disculpándose por la interrupción de su presencia en la Asociación, aunque “había estado fuera de mi control“. Quiso decir una sola cosa sobre su operación. Antes de ella había gozado de una salud notable, y había encontrado difícil visualizar cómo sería cuando enfermara. “Creo que ahora conozco ‘la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento’ como algo muy real. Algo que no se puede decir con palabras me fue dado en un modo que nunca olvidaré mientras viva. En cuanto al lado negativo, tengo que confesar que me preguntaba después por qué no sentí como Pablo un ‘deseo de partir y estar con Cristo’. No era que estuviera anhelando vivir, pero mirándolo retrospectivamente faltaba algo allí. Yo sabía que me iba a poner bien. Me digo que debería haber conocido algo de ese otro aspecto al enfrentarme a la muerte: un sentimiento de expectación. Considero la ausencia de eso como una deficiencia. Nuestra relación con nuestro Señor debería hacer que fuera diferente. Deberíamos no estar esperando que las cosas ocurrieran, que la muerte viniera; deberíamos estar preparándonos“. Aquí endosó las palabras de un pastor que estaba muriendo de tuberculosis que instaba a quienes estaban a su alrededor a amar a Dios con todas sus fuerzas, porque cuando la enfermedad llega, la fuerza se va. “Nos volvemos demasiado débiles para leer, incluso las Escrituras. Debemos usar nuestra fuerza, y acumular reservas para el día de comparecer“.

Nuestro peligro está en ser víctimas de nuestra rutina, ser llevados por el ímpetu del trabajo. Necesitamos que nos recuerden las palabras de Edmund Burke. En medio de una campaña electoral parlamentaria en Bristol, Burke estaba a punto de levantarse para hablar cuando le comunicaron que su oponente en las elecciones había muerto repenti-namente: ‘iQué fantasmas somos, y qué fantasmas perseguimos“‘.

Otra cosa me ha inquietado estos últimos meses. El punto en el que mi ministerio pastoral fue interrumpido tenía un mensaje para mí. Estaba predicando sobre Romanos 14: 17: ‘Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo’. Yo había tratado de ‘justicia, y paz’ (esta última el 1 de marzo), y allí se me hizo parar. No se me permitió tratar del ‘gozo en el Espíritu Santo’. Tengo la sensación de que con ‘justicia y paz’ yo tenía una pasajera experiencia de ello, pero la tercera cosa es la más profunda de todas. ¿Por qué no se me permitió tratar de ‘el gozo en el Espíritu Santo’? Porque yo conocía algo, pero no lo suficiente sobre ello. Como si Dios dijera: ‘Quiero que hables sobre esto con mayor autoridad“.

“Estoy convencido de que esta es la cosa más importante de todas y me conduce a lo que quiero exponer ante vosotros. Durante seis meses, hasta septiembre, no prediqué nada. He sido oyente y ha sido una experiencia de lo más valiosa. (Como oyente, durante cuatro de esos meses, mi impresión general es que para la gente fuera de nuestras iglesias, la mayoría de nuestros cultos son terriblemente deprimentes! Me asombro de que la gente todavía asista. La mayoría de los que asisten son mujeres, por encima de la edad de cuarenta, y tengo la sensación de que asisten por obligación; algunas quizá tienen la oportunidad de ser importantes en sus pequeñas esferas. No hay nada que haga que un extraño sienta que se está perdiendo algo. ¡Por el contrario, encuentra que esto supone un terrible peso! Y el pastor al sentir esto piensa que debe ser breve; de esta manera la gente se reúne para separarse. Estoy hablando sobre las iglesias en general pero en este aspecto hay muy poca diferencia en las iglesias evangélicas.”

“Es una gran cosa ser oyente. Uno quiere algo para su alma, quiere ayuda. Yo no quiero un gran sermón. Quiero sentir la presencia de Dios, que estoy adorándole y considerando algo grande y glorioso. Si obtengo esto, no me importa lo pobre que sea el sermón.”

“Os sugiero que nuestro mayor peligro es del profesionalismo. No nos paramos con la suficiente frecuencia a preguntarnos a nosotros mismos qué estamos haciendo realmente. El peligro consiste en únicamente enfrentarnos a un texto, y tratarlo como un fin en sí mismo, con un extraño desapego. Lejos de Londres, y en una iglesia anglicana, oímos predicar a un párroco sobre las palabras de Jeremías, 20:9 “Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo y no pude”. El predicador se había tomado grandes molestias preparando el sermón; estaba bien coordinado, tenía forma; lo único que no había era fuego. Era una ducha fría. Imposible que nadie pudiera salir de aquel culto enardecido! El predicador no pudo haberse preguntado: ‘¿Qué es este fuego, y qué es para mí?’. En lugar de hacerse tal pregunta, había preparado un sermón, y la cosa vital estaba ausente.

“Podéis pensar que estaba escuchando como crítico; no lo estaba. En otra localidad oí un sermón sobre Gálatas 3:1 ‘¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?’. Se nos habló mucho sobre ‘fascinar’, y el sermón versó sobre cosas que podrían desviarnos y nos desvían; pero yo estaba consternado de que el predicador no viera la cosa principal en el texto: que estos gálatas se habían desviado de esta gloriosa cosa, Cristo Jesús quien había sido anunciando ante ellos. ¡Esto es sobre lo que debemos hablar!

“Podemos perder de vista el bosque por causa de los árboles y perder la gloria del evangelio. Nuestra tarea es despedir a la gente con la cosa más gloriosa del universo. Esto es apicable a la gente que viene regularmente. No hay esperanza de atraer a los de fuera mientras los de dentro estén como están. Los de fuera ya están deprimidos, y, si no, pronto lo estarán.

Continuara …

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Iain Hamish Murray (nacido en 1931) es un pastor y autor británico. Fue asistente de Martyn Lloyd-Jones en Westminster Chapel (1956–59) y posteriormente en Grove Chapel, Londres (1961–69) y St. Giles Presbyterian Church, Sydney, Australia, (1981–84). En 1957, él y Jack Cullum fundaron la editorial Reformada, Banner of Truth  de la que sigue siendo fideicomisario.

La iglesia y las últimas cosas

La Iglesia 4

Bien conocido por muchos, conocedores de la importancia y relevancia de todo el trabajo realizado por el Dr. Martyn Lloyd-Jones, este libro es el último tomo de una serie de grandes e importantes obras en las que el magistral predicador expone la Biblia para mostrar la esencia de la fe cristiana.

Durante muchos años ante el presente volumen, las personas con las que nos hemos encontrado que se interesaban por esta obra en particular, tomaban el título de la misma comprendiendo que se trataría de un estudio de como afrontará la Iglesia los últimos tiempos, o lo que es lo mismo, un acercamiento escatológico a la doctrina de las últimas profecías que ocurrirán con referencia al fin del mundo en el plan de Dios, centrado en la Iglesia.

Mas bien confundidos siempre hemos aclarado que el presente libro, explora en una primera parte profunda y biblicamente la Iglesia y sus sacramentos, especialmente por una comprensión correcta del bautismo y la cena del Señor e igualmente, las marcas y el gobierno de la iglesia.

Ahora si, en una segunda parte afrontamos en esta misma obra la segunda venida de Cristo, el juicio final y la resurrección del cuerpo. Además de un detallado estudio de la enseñanza clave de la Biblia en Daniel 9 y el Apocalipsis, Lloyd-Jones también examina las distintas ideas al respecto y analiza cómo se lleva a cabo el plan de Dios para los Judios.

 

Integran este libro los siguientes capítulos:
1 La Iglesia
2 Las marcas y el gobierno de la Iglesia
3 Los sacramentos: señales y sellos
4 El bautismo
5 La Cena del Señor
6 La muerte y la inmortalidad
7 ¿La inmortalidad condicional o una segunda oportunidad?
8 La segunda venida: una introducción general
9 El tiempo de su venida: las señales
10 El plan de Dios para los judíos
11 El anticristo
12 La interpretación de Daniel 9:24-27
13 La conclusión de Daniel 9 y el rapto secreto
14 El libro del Apocalipsis: introducción
15 Los conceptos preterista y futurista
16 El concepto historicista espiritual
17 El sufrimiento y la seguridad de los redimidos
18 Las trompetas
19 El juicio final
20 El concepto premilenarista
21 El posmilenarismo y el concepto espiritual
22 La resurrección del cuerpo
23 El destino final

Te ofrecemos a continuación una porción del libro:

“Por una razón u otra, nuestros padres y abuelos creyeron que era suficiente formar movimientos y no pensaron en términos de la Iglesia, con el resultado de que el testimonio se ha diluido entre multitud de denominaciones y los cristianos solo se reúnen en movimientos en lugar de en iglesias. Desde esa perspectiva, pues, se trata de una cuestión sumamente importante. Si tenemos una profunda preocupación por el mensaje evangélico y su vital importancia en la actualidad, entonces estamos obligados a considerar la doctrina de la Iglesia. […] La primera cuestión que debemos tratar es esta: ¿cuál es la relación de la Iglesia con el Reino de Dios? En la Biblia encontramos enseñanza acerca del Reino y enseñanza acerca de la Iglesia. Entre los cristianos suele haber gran confusión con respecto a estas dos cuestiones. Esto se debe en gran medida a la manera como la Iglesia católica identifica a ambas. En la enseñanza católica romana, la Iglesia es el Reino de Dios, y los católicos son completamente coherentes en la forma en que lo desarrollan, reivindicando el derecho a gobernar y dominar hasta el último aspecto de la vida. Y podemos recordar cómo en el Medioevo la Iglesia gobernaba sobre señores, príncipes, países y potestades, sobre la base de que ella era el Reino de Dios, era superior. Y de alguna forma, ese concepto tendió a persistir. Debemos tener clara, pues, la relación entre la Iglesia y el Reino. ¿Qué es el Reino de Dios? Bien, su mejor definición es el gobierno de Dios. El Reino de Dios está presente dondequiera que reine Dios. Ese es el motivo por que nuestro Señor pudo decir que, debido a su actividad y obras, «el reino de Dios está entre vosotros » (Lucas 17:21). «Mas si —dijo— por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lucas 11:20). Si consideramos, pues, el Reino de Dios como el gobierno y el reinado de Dios, el Reino estaba aquí cuando nuestro Señor estuvo en persona. Está presente ahora dondequiera que al Señor Jesucristo se le acepte como Señor. Pero vendrá en toda su plenitud cuando todo el mundo tenga que aceptar su señorío. Podemos, pues, decir que el Reino ha venido, que el Reino está entre nosotros, y que el Reino está por venir. ¿Cuál es, entonces, la relación entre la Iglesia y el Reino? Sin duda esta: la Iglesia es una expresión del Reino pero no es equivalente a él. El Reino de Dios es más amplio que la Iglesia. En la Iglesia, dondequiera que la Iglesia sea verdaderamente la Iglesia, se acepta y se reconoce el señorío de Cristo y este mora allí. El Reino, pues, está ahí en ese punto. De manera que la Iglesia es parte del Reino, pero solo parte. El Reino de Dios es mucho más amplio que eso. Él gobierna fuera de la Iglesia, en lugares donde no se le reconoce, porque todas las cosas, incluyendo la historia, están en su mano. La Iglesia, pues, no es equivalente en extensión al Reino. Ahora bien, permítaseme mostrar algunos de los términos que se utilizan. La palabra griega que se traduce como «iglesia» es el término ekklesia, y ekklesia significa «aquellos que son llamados fuera». No necesariamente llamados fuera del mundo, sino fuera de la sociedad para alguna clase de función o propósito específicos; son «reunidos». Podemos traducir la palabra ekklesia por «asamblea». En las Escrituras ekklesia no está restringido a una asamblea espiritual. Si leemos el relato de Hechos 19 sobre la extraordinaria reunión que tuvo lugar en la ciudad de Éfeso, una reunión que casi se convirtió en revuelta, encontraremos que el escribano de la ciudad lo llama una asamblea, una ekklesia, con lo que quería decir un cierto número de personas que se habían reunido. De la misma manera, Esteban en su discurso de Hechos 7 hace referencia a Moisés estando en «la congregación en el desierto» (versículo 38). Los hijos de Israel, pues, eran una iglesia, una reunión, una asamblea del pueblo de Dios. Eran la ekklesia, la Iglesia en el Antiguo Testamento. Ese es el significado fundamental de la palabra «iglesia». Ahora bien, nuestra palabra «iglesia» y todos los términos y palabras afines, contienen un significado levemente distinto. Utilizamos la palabra aludiendo a nuestra pertenencia al Señor. La palabra inglesa «church» (iglesia) proviene de la palabra griega kurios, que significa «señor», tiene la misma derivación que las palabras káiser y césar. Es importante que recordemos eso, porque debemos unir estos dos significados: la Iglesia se constituye de aquellas personas que pertenecen al Señor, que están reunidas. Pero vayamos más allá. Consideremos ciertas afirmaciones que se hacen en la Escritura con respecto a la Iglesia, y estas son verdaderamente importantes. En la Biblia, la palabra ekklesia, cuando se aplica a los cristianos, en general se utiliza en referencia a una reunión local. Ahora bien, la distinción que estamos estableciendo es la diferencia entre la Iglesia considerada como un concepto general y la Iglesia considerada como un concepto local, particular. El término que se utiliza casi invariablemente en las Escrituras conlleva este significado local. Por ejemplo, en Romanos 16, cuando Pablo envía sus saludos a Aquila y Priscila, hace referencia a «la iglesia de su casa» (versículo 5). Una serie de cristianos se reunía en la casa de Aquila y Priscila y el apóstol Pablo no duda en llamar a esa reunión local una iglesia. No está pensando en término del ideal ecuménico moderno, según el cual la Iglesia es lo grande. Luego, además, Pablo dirige sus epístolas, por ejemplo, «a la iglesia de Dios que está en Corinto. Escribe la Epístola a los Gálatas a «las iglesias de Galacia» (Gálatas 1:2), no a «la Iglesia de Galacia». Pablo no está pensando en una unidad dividida en ramas locales, sino en las iglesias, un número de estas unidades, en Galacia. Ese es un punto sumamente importante y significativo. Ahora bien, si repasamos las Escrituras, hallaremos que esa es la manera apostólica habitual de manejar la cuestión. Pero debemos advertir que hay dos o tres ocasiones donde se emplea la palabra «iglesia» más que «iglesias» y una de ellas muy interesante. La encontramos en Hechos 9:31. Aquí hay una diferencia entre la versión de la Biblia de las Américas y la Reina-Valera. La Reina-Valera dice: «Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas». Pero en la Biblia de las Américas se puede leer en singular, «iglesia», e indudablemente es una traducción mejor. Sí, pero aun así, debemos recordar que la referencia es casi con toda certeza a los miembros de la iglesia en Jerusalén que se habían dispersado como resultado de la persecución. Lucas, pues, probablemente no se estaba refiriendo al concepto de «la Iglesia» como algo distinto de «las iglesias», sino que estaba pensando en la Iglesia diseminada por distintos lugares. En cualquier caso, este no es un punto vital. Por otro lado, en 1 Corintios 12:28 leemos: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas». Pablo no dice que Dios los pusiera «en las iglesias», sino «en la iglesia».”

 

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Otros dos volúmenes que forman parte de la trilogía:

  1. https://solosanadoctrinablog.wordpress.com/2018/01/18/dios-el-padre-dios-el-hijo-2/
  2. https://solosanadoctrinablog.wordpress.com/2018/04/15/dios-el-espiritu-santo/

Dios el Espíritu Santo


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Este es el segundo tomo de una serie de grandes e importantes obras de el Dr. Martyn Lloyd-Jones en el que el magistral predicador expone la Biblia para mostrar la esencia de la fe cristiana. Aquí se explora detalladamente la persona y la obra vital del Espíritu Santo.

Ya le hemos hablado del primero de los tomos de esta trilogía esencial en toda biblioteca reformada que se precie, “Dios el Padre, Dios el Hijo” en nuestro apartado de reseñas literarias: (https://solosanadoctrinablog.wordpress.com/2018/01/18/dios-el-padre-dios-el-hijo-2/).

En este libro,  El Espíritu Santo se muestra claramente como un tremendo poder divino que actúa en la conversión, la redención, la regeneración, la santificación y la seguridad. Se hace una consideración adicional de Pentecostés, el bautismo y los dones del Espíritu Santo, dando así a los lectores una mejor comprensión de la persona menos conocida de la Trinidad.

Se estudian en este tomo los siguientes capítulos:

1. La persona del Espíritu Santo 10
2. La divinidad del Espíritu Santo 22
3. Creación y gracia común 34
4. El significado de Pentecostés 44
5. La obra del Espíritu Santo en general 58
6. La obra del Espíritu Santo en la redención 72
7. El llamamiento eficaz 84
8. La regeneración: una nueva disposición 96
9. El nuevo nacimiento 108
10. Un hijo de Dios y en Cristo 122
11. La unión con Cristo 136
12. La conversión 150
13. El arrepentimiento 164
14. La fe salvadora 178
15. La seguridad 194
16. La justificación por la fe 212
17. La adopción 226
18. La santificación: las distintas ideas 240
19. La santificación: la obra de Dios y la nuestra 252
20. El poderoso proceso del Espíritu Santo 264
21. La santificación en Romanos 6 al 8 278
22. El bautismo y el ser llenos 294
23. Otras reflexiones acerca del bautismo del Espíritu 306
24. El sello y las arras 320
25. Los dones del Espíritu Santo 332

A continuación te ofrecemos un fragmento de “Dios el Espíritu Santo”, de Lloyd-Jones:

“La mejor forma de enfocar la doctrina del Espíritu Santo es comenzar por advertir los nombres y títulos que se atribuyen a esta persona.

En primer lugar, están todos los nombres que lo relacionan con el Padre; permítaseme enumerar algunos de ellos: el Espíritu de Dios (Génesis 1:2); el Espíritu del Señor (Lucas 4:18); el Espíritu de nuestro Señor (1 Corintios 6:11).

Luego hay otro que es el Espíritu de Jehová el Señor, que se encuentra en Isaías 61:1. Nuestro Señor habla, en Mateo 10:20 del Espíritu de vuestro Padre, mientras que Pablo se refiere al Espíritu del Dios viviente (2 Corintios 3:3).

Mi Espíritu, dice Dios en Génesis 6:3, y el Salmista pregunta: “¿A dónde me iré de tu Espíritu?” (Salmo 139:7). Hay referencias a Él como su Espíritu —el Espíritu de Dios— en Números 11:29; y Pablo, en Romanos 8:11, utiliza la frase y si el Espíritu de aquel [Dios el Padre] que levantó de los muertos a Jesús.

Todos estos son títulos descriptivos que se refieren al Espíritu Santo en términos de su relación con el Padre.

En el segundo grupo se encuentran los títulos que relacionan al Espíritu Santo con el Hijo.

Primero: “Y si alguno no tiene el espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9), lo que constituye una frase muy importante. La palabra “Espíritu” se refiere aquí al Espíritu Santo.

En Filipenses 1:19, Pablo habla acerca del Espíritu de Jesucristo, y en Gálatas 4:6 dice: “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo”. Finalmente, hay referencias a Él como el Espíritu del Señor (Hechos 5:9).

Finalmente, el tercer grupo reúne los títulos directos o personales y aquí, en primer lugar y antes que nada está, por supuesto, el de Espíritu Santo. La palabra “Espíritu” se deriva del latín spiritus.

Un segundo título dentro de este grupo es el Espíritu de santidad. Romanos 1:4 dice: “Declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de Santidad, por la resurrección de entre los muertos”.

Otro título es el de el Santo: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo” (1 Juan 2:20). En Hebreos 9:14 se habla de Él como el Espíritu eterno y Pablo, en Romanos 8:2, dice: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”.

En Juan 14:17 se le denomina el Espíritu de verdad, y en los capítulos 14, 15 y 16 del Evangelio de Juan, se habla de Él como el Consolador.

Esos son, entonces, los nombres o títulos principales que se le aplican. ¿Pero nos hemos preguntado alguna vez por qué se le denomina Espíritu Santo? Ahora bien, si planteamos esa pregunta a la gente, creo que su repuesta será: “Se le describe así porque es santo”.

Pero esa no puede ser la verdadera explicación porque el propósito de un nombre es diferenciar a alguien de los demás, pero Dios el Padre es santo y Dios el Hijo es igualmente santo.

¿Por qué, entonces, se le denomina santo? Sin duda, la explicación es que su obra particular consiste en producir la santidad y el orden en todo lo que hace al aplicar la obra de salvación de Cristo.

Su objetivo es producir la santidad, y lo hace en la creación y en la naturaleza, así como en los seres humanos.Pero en última instancia, su obra es hacernos personas santas, santos como los hijos de Dios.

Es probable también que se le describa como el Espíritu Santo a fin de diferenciarlo de otros espíritus: los espíritus malignos. Ese es el motivo por que se nos dice que probemos los espíritus y sepamos si son de Dios o no (1 Juan 4:1).

A continuación, el siguiente y gran asunto es la personalidad o la persona del Espíritu. Ahora bien, esto es vital y por ello es esencial que lo exprese de la siguiente forma. El Espíritu Santo no ha sido olvidado solo por aquellos que definimos como liberales o modernistas en su teología (siempre es cierto en su caso), sino que nosotros mismos a menudo somos culpables de exactamente lo mismo.”

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Dios el Padre, Dios el Hijo

Reseña 6

El libro que nos ocupa en esta ocasión, es el primer tomo de una trilogía, que se han convertido en obras indispensables para cualquier biblioteca Sana que se precie de serlo (biblioteca y Sana) así, de esta manera, se transforma en  un material de estudio y consulta  inigualable a la vez que un placer para los sentidos y el conocimiento su lectura y discernimiento.

Nos cuentan los editores de la dificultad que supuso su creación, debido a que estas conferencias en las que se basa el texto fueron impartidas en los primeros tiempos de las grabaciones en cinta, por lo que en algunas ocasiones hay palabras difíciles de descifrar, aparte de que algunas de las cintas se han perdido. Además, solo se tomaron notas taquigráficas de muy contadas conferencias, por lo que en uno o dos casos no contaban ni con la cinta ni con el manuscrito. Por fortuna nos siguen relatando los editores, el Doctor conservaba sus muy extensas notas de todas las conferencias, de modo que las han empleado. Es una lástima que durante muchos años la editorial encargada de la publicación de estos textos nos hallan restado bendición al no publicar estos libros que tanto esfuerzo les costó dar forma en un principio, anteponiendo otros textos no de menos calidad, pero sin duda, si menos relevancia para el seno histórico y reformado. Echamos de menos igualmente tras tanto tiempo sin ser publicadas, el que no apareciera una nueva edición revisada y actualizada trás siete años en el armario desde la última edición.

Estas exposiciones doctrinales magistrales, fueron realizadas entre los años 1952 a 1955 convirtiendose en regulares debido al aprecio de las grandes congregaciones que los escucharon y, años después, mucho han dado testimonio de la forma en que sus vidas cristianas resultaron fortalecidas por ellos. Libros de gran fuerza en sus estudios doctrinales sin ser áridas conferencias debido a que no fueron concebidas en forma de libro de texto. El doctor Lloyd-Jones por encima de todo era un predicador, y eso sale a relucir en todos ellos. Fue también un pastor, y quería que los hombres y las mujeres compartieran su sentimiento de asombro y gratitud hacia Dios por los poderosos hechos del Evangelio, de modo que su lenguaje es claro y no está cargado de una compleja terminología académica. Quería que la verdad estuviera en palabras “comprendidas por la gente”. Además, no quería que la enseñanza permaneciera solo en la cabeza, por lo que en cada conferencia hay una aplicación para asegurar que el corazón también resulte tocado. En cada uno de los tres libros encontramos las verdades fundamentales y esenciales de la Palabra de Dios.

Se divide este primer libro en los siguientes capítulos:
1 Mi propósito y método
2 La revelación
3 La autoridad de la Biblia
4 Cómo encontramos las doctrinas
5 La existencia y el ser de Dios
6 Los atributos de la personalidad absoluta de Dios
7 Los atributos morales de Dios
8 Los nombres de Dios y la Santísima Trinidad
9 Los decretos eternos de Dios
10 Los ángeles buenos
11 El diablo y los ángeles caídos
12 La creación del mundo
13 La providencia
14 La creación del hombre
15 La imagen divina en el hombre
16 La Caída
17 La posteridad de Adán y el pecado original
18 La contaminación original
19 La redención: el plan eterno de Dios
20 El pacto de gracia en el Antiguo Testamento
21 El pacto de gracia en el Nuevo Testamento
22 El Señor Jesucristo
23 La encarnación
24 Evidencias de la deidad y humanidad de Cristo
25 El Dios-hombre: la doctrina
26 Cristo el Profeta
27 Cristo el Sacerdote
28 La expiación
29 La sustitución
30 La necesidad de la expiación
31 Cristo el Vencedor
32 Las bendiciones del nuevo pacto
33 Cristo el Rey

Te ofrecemos a continuación una porción del libro:

La revelación

Quizá nos vendría bien tener en mente las palabras que encontramos en Hechos 14:15–17:

Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay. En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones.

Ahora bien, cualquier consideración de las doctrinas bíblicas, y de la doctrina cristiana en general, obviamente, en última instancia, está centrada en esta gran pregunta: ¿Cómo podemos conocer a Dios? El clamor está ahí en el corazón humano, como lo expresa Job tan acertadamente: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!”. Damos por supuesto lo que muchas veces se ha señalado: que en toda la raza humana encontramos lo que se podría describir como un “sentimiento de Dios”. Muchos dicen que no creen en Dios, pero, al decirlo, deben luchar contra algo fundamental e innato en ellos que les dice que Dios existe, que tienen una relación con Él y que, de una forma u otra, deben enfrentarse a Él, aun cuando ese enfrentamiento consista en negarle por completo. Aquí, por tanto, hay algo básico en la naturaleza del ser humano, y fundamental en toda la raza humana. Y este sentimiento de Dios, esta sensación de Dios, es algo que o bien bendice a los hombre y mujeres o bien los atormenta. Y todo el mundo debe encararlo.

Aquellos a los que esto les preocupa, y que desean encontrar a Dios y conocerle, se encuentran con dos maneras posibles de hacerlo. La primera, y la que nos viene instintivamente debido a nuestra naturaleza caída, es creer que nosotros, por nuestra propia búsqueda y esfuerzos, podemos encontrar a Dios; y desde el principio de la Historia, los hombres y las mujeres se han dedicado a esta búsqueda. Lo han hecho por medio de dos métodos principalmente. Uno es seguir esa especie de sensación instintiva o intuitiva que tenemos, y eso se manifiesta de varias maneras. A veces la gente habla de una “luz interior”, y dicen que lo único que hay que hacer es seguir esa luz adonde nos conduce.

Ese es el camino de los místicos y otros más. Dicen: “Si quieres conocer a Dios, lo mejor que puedes hacer es sumergirte en ti mismo, dentro de todos hay una luz que finalmente conduce a Dios. No te hace falta ningún conocimiento”. “No necesitas más que someter tus fuerzas y tu ser a esta luz y su guía”. Ese método intuitivo es algo que a todos nos resulta familiar. Se manifiesta de muchas maneras, y está presente en muchas de las sectas del mundo moderno.

El otro método que se ha adoptado ha sido el que se basa en la razón, la sabiduría y el conocimiento. La gente, por ejemplo, puede empezar por la naturaleza y la creación, y razonar a partir de eso. Sostienen que, como resultado de ese proceso, pueden llegar al conocimiento de Dios. Otros dicen que mirando a la Historia, y razonando sobre su desarrollo, pueden llegar a creer en Dios. Y aún hay otros que dicen que el camino para llegar a Dios se reduce a un proceso de razón pura. Dicen que si nos ponemos a razonar verdadera y correctamente, debemos llegar por fuerza a creer en Dios. Recordemos que está ilustrado por el argumento moral: puesto que en este mundo soy consciente de un bueno y un mejor morales, eso supone que debe de haber un óptimo en algún sitio. ¿Pero dónde está? No lo encuentro en este mundo; por tanto, debe de estar fuera de él, y la creencia es que eso es Dios.

Por otra parte, no quiero adentrarme en esos asuntos. Simplemente te estoy recordando que esas son las formas en las que muchas personas piensan que pueden encontrar a Dios y llegar a un conocimiento de Él. Pero la respuesta cristiana es que ese método está inevitablemente condenado al fracaso. El apóstol Pablo lo expresa en estas palabras memorables: “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Corintios 1:21); y es significativo que lo dijera a los corintios, que eran griegos y que, por tanto, estaban familiarizados con las enseñanzas filosóficas. Pero a pesar de que Pablo dijera eso, la gente aún confía en las ideas y los razonamientos humanos para encontrar a Dios.

Me parece que éste no es un asunto sobre el que se pueda discutir, porque simplemente es una cuestión de hechos, y el hecho es que uno no puede llegar al conocimiento de Dios siguiendo esa dirección por dos razones muy obvias. La primera es (como esperamos ver más adelante al tomar en consideración estas doctrinas en particular) la naturaleza de Dios mismo: su infinitud, su carácter absoluto y su completa santidad. Todo en Él y sobre Él hace imposible tener un conocimiento de Dios en términos de razón o intuición.

Pero cuando a eso se le añade la segunda razón, que es el carácter y la naturaleza de los hombres y las mujeres en su estado pecaminoso, la cosa se vuelve doblemente imposible. La mente humana es demasiado pequeña para abarcar o aprehender a Dios y comprenderle. Y cuando llegamos a la comprensión de que, a causa de la Caída, todas nuestras facultades se ven afectadas por el pecado y la enemistad natural, entonces, de nuevo, un conocimiento de Dios por medio del esfuerzo humano se torna completamente imposible.

Ahora bien, la Biblia siempre ha empezado por eso y, sin embargo, las personas en su necedad aún intentan emplear estos desgastados métodos que ya han probado ser un fracaso. Debemos, pues, empezar por asentar este postulado: nuestra única esperanza de conocer a Dios verdaderamente es que Él en su gracia se complazca en revelarse a nosotros, y la enseñanza cristiana es que Dios lo ha hecho. Está claro, pues, que la primera doctrina que habremos de considerar juntos es la doctrina bíblica de la revelación. No puedo llegar a Dios sin ayuda, por medio de mis propios esfuerzos. Dependo de que Dios se revele a sí mismo. La pregunta es: “¿Lo ha hecho?”. La respuesta: “Sí, lo ha hecho”, y la Biblia nos habla de ello………..

Puedes saber más del libro viendo el siguiente video:

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