Obras, Gracia y Salvación 3

Esto nos trae al último principio, que resumiré de esta manera: El hecho de que seamos cristianos es enteramente el resultado de la obra de Dios. El verdadero problema de muchos de nosotros es que nuestro concepto de lo que nos hace cristianos es tan bajo, tan pobre. Somos incapaces de comprender la grandeza de lo que significa ser cristianos. ¡Pablo dice que “somos hechura suya”! Es Dios quien ha hecho algo, es Dios quien está obrando; somos hechura suya. No nuestras obras, sino su obra. Entonces, vuelvo a repetir que no es nuestra vida recta, ni son todos nuestros esfuerzos, ni nuestra esperanza de ser cristianos al final, lo que nos hace cristianos.

Pero permítanme decir algo más. No es tampoco nuestra decisión, nuestra “decisión de seguir a Cristo” lo que nos hace cristianos; esa es obra nuestra. La decisión tiene su lugar, pero no es nuestra decisión lo
que nos hace cristianos. Pablo dice que somos hechura suya. Vemos, pues, ¡cuán extremadamente grave es nuestro pensamiento superficial y cómo nuestras palabras superficiales representan mal al cristianismo! Recuerdo a un buen hombre —sí, un buen hombre cristiano— cuya manera de dar su testimonio era siempre: “Hace treinta años decidí seguir a Cristo y nunca me he arrepentido”. Éste era su modo de expresarlo. Éste no es el modo como Pablo describe cómo se llega a ser cristiano. “¡Somos hechura suya!”, ese es el énfasis. No algo que yo emprendí, no algo que yo decidí, sino algo que Dios me ha hecho. Aquel hombre lo hubiera expresado mejor si hubiera dicho: “Treinta años atrás, yo estaba muerto en delitos y pecados, pero Dios empezó a hacer algo conmigo, tenía conciencia de que Dios estaba haciendo algo en mí, sentía que Dios me quebrantaba, sentía las manos de Dios que me estaban renovando”. Así era como lo decía Pablo: No decía yo decidí, no yo acepté el cristianismo, no yo decidí seguir a Cristo, no señores. Eso es parte, pero viene después.

Somos hechura suya. El cristiano es alguien en el cual Dios ha obrado. Y podemos notar qué tipo de obra es, según Pablo. No es nada menos que una creación. “Creados en Cristo Jesús para buenas obras”. Al Apóstol le gustaba decir esto. Miren como lo expresa a los filipenses: “[Estoy] convencido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (1:6). ¡Dios! ¡Él es el que ha comenzado la buena obra en ustedes! ¡Es la obra de Dios! Vino cuando estaban muertos y les vivificó, les dio vida. Esto es lo que los convierte en cristianos. No nuestras buenas obras, no nuestra decisión, sino la determinación de Dios en cuanto a nosotros llevada a la práctica.

Es aquí donde comprobamos cómo nuestras ideas de lo que es ser cristiano están irremediablemente equivocadas cuando las consideramos a la luz de lo que enseña la Biblia. El cristiano es una nueva creación. No es simplemente un hombre bueno o un hombre que ha mejorado algo, es un hombre nuevo, “creado en Cristo Jesús”. Ha sido colocado en Cristo y la vida de Cristo mora en él. Somos “participantes de la naturaleza divina” (2 P. 1:4). “¡Participantes de la naturaleza divina!”. ¿Qué es un cristiano? ¿Es un hombre bueno, un hombre de buena moralidad, un hombre que cree ciertas cosas? ¡Sí, pero infinitamente más! ¡Es un hombre nuevo; la vida de Dios ha venido a su alma; ha sido “creado en Cristo, es “hechura de Dios”! ¿Se habían dado cuenta ustedes de que eso es lo que los hace cristianos? No es su asistencia a los cultos. No es cumplir ciertos deberes. Estas cosas son todas excelentes, pero nunca pueden convertirnos en cristianos. (¡Podrían convertirnos en fariseos!). Es Dios quien convierte al hombre y ésta es su manera de hacerlo. Creó todo de la nada al principio y se acerca al hombre y lo
vuelve a crear dándole una nueva naturaleza, convirtiéndolo en un hombre nuevo. El cristiano es “una nueva creación”, nada menos que esto.

“Si están ustedes interesados en las obras”, dice Pablo, “les diré qué tipos de obras son las que le interesan a Dios”. No son las obras lamentables que podemos hacer por naturaleza como criaturas en pecado. Es un nuevo tipo de obra —“Creados en Cristo Jesús para buenas obras”— ¡las buenas obras de Dios! ¿Qué significa esto? Significa que nuestro problema no es sólo que nuestro concepto del cristianismo es inadecuado, sino que nuestro concepto de las buenas obras es más inadecuado todavía. Anote en un papel las buenas obras que, según la gente, son suficientemente buenas para convertir a alguien en un cristiano. Pídales que anoten ellos todas las cosas en que confían. Anótenlas en papel y luego llévenselas a Dios y díganle: “Esto es lo que he hecho”. ¡Es una acción ridícula, es monstruosa! ¡Observen lo que están haciendo! No son las buenas obras lo que le interesa a Dios. ¿Cuáles son las buenas obras de Dios? El Sermón del Monte y la vida de Jesucristo tienen la respuesta: No sólo un poquito de bondad y moralidad, ni hacer ocasionalmente algo bondadoso y tenerlo muy en cuenta, ¡no!
¡Se trata de un amor desinteresado! “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:5-8), que se da a otros sin contar el costo. Esas son las buenas obras de Dios. ¡Amarlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos! ¡No se trata de una buena acción de cuando en cuando, sino de amarlo como a nosotros mismos! ¡Olvidarnos de nosotros mismos mientras nos preocupamos por nuestro prójimo! Esas son las buenas obras de Dios. Y esas son las obras para las cuales nos ha creado.

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

Obras, Gracia y Salvación 2

El primero es esta cuestión de las obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Siempre es en relación con las
obras que somos más susceptibles de jactarnos. Es aquí donde el diablo nos tienta a todos de una manera muy sutil. ¡Obras! Esa era la razón por la cual los fariseos eran los peores enemigos de Jesucristo: no porque simplemente hablaban, sino porque realmente hacían. Cuando aquel fariseo dijo: “ayuno dos veces a la semana”, estaba diciendo la verdad. Cuando dijo: “doy diezmos de todo lo que gano” era exactamente lo que hacía (Lc. 18:12). No era que los fariseos simplemente dijeran que hacían cosas, en realidad las hacían. Y por esto, resintieron tanto la predicación del Hijo de Dios y fueron los más responsables de su crucifixión. ¿Es demasiado decir que siempre es más difícil convertir a una persona buena que a una mala? Creo que la historia de la Iglesia da prueba de ello. Los peores opositores de la religión evangélica han sido siempre gente buena y religiosa. Algunos de los perseguidores más crueles en la historia de la Iglesia han sido de esta clase. Los santos siempre han sufrido al extremo a manos de gente buena, moral y religiosa. ¿Por qué? Por las obras. El verdadero evangelio siempre denuncia la dependencia de las obras y el orgullo por las obras y el jactarse de las obras, y la gente así no puede soportarlo. Toda su posición se basa en eso: En lo que son y lo que han hecho y lo que siempre han estado haciendo. Ésta es toda su posición y si se les quita eso, no tienen nada. Por lo tanto, aborrecen tal predicación y se defenderán hasta el último suspiro. El evangelio nos convierte en mendigos a todos.
Nos condena a cada uno. Nos desnuda. Pablo argumenta en todas partes que no hay diferencia ante Dios, entre el gentil que está fuera del redil y el judío religioso. “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Las
obras deben continuar, pero no ser motivo de jactancia. Sin embargo, tenemos la tendencia de jactarnos de ellas. Nos jactamos de nuestra vida recta, de nuestras buenas obras, de nuestras prácticas religiosas, de nuestra asistencia a los cultos (y particularmente si asistimos temprano en la mañana) y de muchas cosas más. Estas son las cosas, o sea, las actividades religiosas, que nos hacen cristianos. Ese es el argumento.

Pero el Apóstol expone y denuncia todo esto y lo hace, sencillamente, diciendo que hablar de las obras es volver a estar bajo la Ley. Dice que si usted piensa que su vida recta es lo que lo hace cristiano, está
volviendo a estar bajo la Ley. Agrega que hacerlo es inútil, por esta razón: Si vuelve a ponerse bajo la Ley, se condena a sí mismo porque “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de
él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Ro. 3:20). Si trata usted de justificarse por su vida y por sus obras, va rumbo a la condenación porque las mejores obras del hombre no son suficientes a los ojos de Dios. La Ley ha condenado a todos: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). “No hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10). Por tanto, dice Pablo, no sean necios, no le den la espalda a la gracia porque al hacerlo, van camino a la condenación. Las obras de ningún hombre serán jamás suficientes para justificarlo a los ojos de Dios. ¡Qué necio pues, es volver a estar bajo las obras!

Pero no sólo eso, sigue explicando en el versículo diez, hacerlo es poner las cosas al revés. La gente como la mencionada, cree que por sus buenas obras se convierte en cristiana, mientras que Pablo dice
que es exactamente lo contrario: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. La tragedia es que las gentes piensan que hacer ciertas cosas y evitar otras, y que ayudar a los demás, es la manera de llegar a ser cristianos. “¡Qué ceguera!”, dice Pablo. La manera de considerar las buenas obras es ésta: Dios nos convierte en cristianos a fin de que podamos hacer buenas obras. No es cuestión de que las buenas obras conduzcan al cristianismo, sino que el cristianismo conduce a las buenas obras. Es exactamente lo contrario de lo que la gente tiende a creer. Por lo tanto, no hay nada que sea tan completamente contradictorio a la verdadera posición cristiana que esta tendencia de jactarse de las obras y de pensar que por lo que somos y hacemos nos convertimos en cristianos. ¡No! Dios hace que la persona
llegue a ser cristiana por gracia, por medio de la fe, y luego, siendo cristiana ésta hace sus buenas obras. La jactancia queda excluida en lo que llegar a ser cristiano se refiere. No debemos jactarnos de nuestras obras. Si de alguna manera somos conscientes de nuestra bondad o si estamos dependiendo de algo que hemos hecho, estamos negando la gracia de Dios. Es lo opuesto al cristianismo.

Pero, por desgracia, no son sólo las obras y acciones las que tienden a insinuarse. Hay algo más: ¡La fe! La fe tiende a entrar y hace que nos jactemos. Hay mucha controversia sobre el versículo 8 de Efesios 2:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. La gran pregunta es a qué se refiere el “esto”. Y hay dos corrientes de opiniones. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [o sea la fe] no de vosotros, pues es don de Dios”, dice una corriente. Pero según la otra corriente, el “esto” no se refiere a la “fe”, sino a la “gracia” mencionada al principio de la frase: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto [esta posición de gracia] no de vosotros, pues es don de Dios”. ¿Es posible resolver la disputa? No lo es. No es una cuestión de gramática, no es una cuestión de palabras… es una cuestión que no puede ser resuelta. Y hay un sentido en el que realmente no importa para nada porque, al final de cuentas, resulta lo mismo. O sea que es importante que evitemos convertir a la fe en “obras”.

Pero hay muchos que lo hacen. Convierten su fe en un tipo de obras. Existe en nuestros días una enseñanza popular sobre evangelización que afirma que la diferencia en el Nuevo Testamento es la siguiente: En el Antiguo Testamento, Dios se dirigió a su pueblo y dijo: “Ésta es mi Ley, estos son los Diez Mandamientos, cúmplanlos y les perdonaré, y serán salvos”. Pero siguen diciendo, ahora no es así. Dios ha descartado todo eso, ya no hay ninguna Ley. Dios simplemente dice: “Cree en el Señor Jesucristo” y si lo haces, serás salvo. En otras palabras, dicen que por creer en el Señor Jesucristo el hombre se salva a sí mismo. Esto es convertir a la fe en obras porque indica que nuestra acción es lo que nos salva. En cambio, el Apóstol dice “esto”. Si “esto” se refiere a la fe o a la gracia no importa; “usted es salvo”, dice Pablo, “por gracia… y esto no de vosotros”. Si es mi creencia lo que me salva, me he salvado a mí mismo. Pero Pablo dice “no de vosotros”, no se trata de mí mismo, por lo que nunca debo hablar de mi fe de manera que sea “de mí”. Y no sólo eso. Si llegara a ser cristiano de esa manera, entonces me da algo de razón para jactarme; pero Pablo dice: “no por obras, Algunas autoridades en la lengua griega creen que esto se refiere a toda la frase “porque por gracia sois salvos por medio de la fe”, lo cual incluye la fe para que nadie se gloríe”. El jactarme tiene que ser totalmente excluido.

Por lo tanto, cuando pensamos en la fe, hemos de tener cuidado de considerarla con base en eso. La fe no es la causa de la salvación. Cristo es la causa de la salvación. La gracia de Dios en el Señor Jesucristo es la causa de salvación y nunca debemos hablar de modo que presentamos a la fe como la causa de nuestra salvación. Entonces, ¿qué es la fe? La fe no es más que el instrumento por medio del cual nos llega. “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe”. La fe es el canal, es el instrumento por medio del cual nos llega esta salvación que es por la gracia de Dios. Somos salvos por gracia “por medio de la fe”. Ésta es simplemente el medio por el cual la gracia de Dios que salva, entra en nuestra vida. Por ende, tenemos que tener siempre mucho cuidado de nunca decir que el hecho de que creemos es lo que nos salva. Creer no salva. La fe no salva. Cristo salva, Cristo y su obra consumada. No nuestra creencia, no nuestra fe, no nuestro entendimiento, nada que podamos hacer nosotros; “no de vosotros”, “la jactancia queda excluida”, “por gracia, mediante la fe”.

Es indudable que toda la finalidad de los tres primeros versículos de este capítulo es mostrar que no hay otra posición posible. ¿Cómo puede el “muerto” en delitos y pecados salvarse a sí mismo? ¿Cómo puede
el hombre “muerto”, cuyo corazón está “enemistado contra Dios” (porque eso es lo que la Biblia nos dice del hombre natural), hacer algo meritorio? Es imposible. Lo primero que nos sucede, nos ha dicho el
Apóstol en los versículos 4 al 7, es que Dios “nos dio vida”. Puso una nueva vida dentro de nosotros. ¿Por qué? Porque sin vida nada podemos hacer. Lo primero que necesita el pecador es vida. No puede pedirla
porque está muerto. Dios le da vida y demuestra que la tiene creyendo en el evangelio. Tener vida es el primer paso. Es lo primero que sucede. Yo no pido tener vida. Si lo pidiera, no necesitaría que me
dieran vida porque ya la tengo. Pero estoy muerto y soy un enemigo, y estoy en contra de Dios; no entiendo y estoy lleno de odio. Pero Dios me da vida. Me ha dado vida juntamente con Cristo. Por lo tanto, jactarse queda totalmente excluido, tanto jactarse de las obras como jactarse de la fe. La jactancia tiene que quedar excluida. La salvación es exclusivamente de Dios.

Continuará …

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

Obras, Gracia y Salvación 1

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. (Efesios 2:8-10).

Somos cristianos total y exclusivamente como resultado de la gracia de Dios. Recordemos que gracia significa “favor inmerecido”. Es una acción que surge enteramente del carácter divino lleno de gracia. Entonces, la proposición fundamental es que la salvación es algo que nos viene enteramente de parte de Dios. Lo que es aún más importante es que, no sólo viene de parte de Dios, sino que viene a pesar de nosotros mismos, es un favor “inmerecido”. Es decir, no es la respuesta de Dios a algo en nosotros. Hay muchos que parecen creer que lo es, que la salvación es la respuesta de Dios a algo en nosotros. Pero la palabra gracia niega eso. Es a pesar de nosotros. El Apóstol, como hemos visto, se ha preocupado mucho por afirmar esto… Préstele atención: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” y luego, en lugar de seguir con su tema, dice en paréntesis “(por gracia sois salvos)” (Ef. 2:5). Aquí lo dice un poco más explícitamente. La salvación no es en ningún sentido la respuesta de Dios a algo en nosotros. No es algo que en ningún sentido merezcamos o nos ganemos. La esencia total de la enseñanza aquí y en todo el Nuevo Testamento es que no tenemos ningún derecho a la salvación; que no
merecemos nada más que castigo y el infierno y ser quitados de la presencia de Dios por toda la eternidad y que, sin embargo Dios, por su propio amor, gracia y maravillosa misericordia, nos ha otorgado esta salvación. Ese pues, es el significado más exacto del término gracia.

Continuemos con este tema que enfocaron los siete versículos anteriores. ¿Cuál es la finalidad de esos versículos? ¿No es simplemente para mostrarnos el mismo tema negativa y positivamente? ¿Cuál es la
finalidad de esa horrible descripción del hombre natural como resultado del pecado en los primeros tres versículos de Efesios 2, sino para mostrar que el hombre, por estar en pecado, sólo merece castigo? Es
hijo de ira por naturaleza y, no sólo por naturaleza, sino también por su comportamiento, su conducta, por toda su actitud hacia Dios, viviendo según las normas de este mundo, siendo gobernado por el príncipe de la potestad del aire. Esa es la clase de criatura que es: Muerta en sus delitos y pecados, una criatura de pasiones, deseos de la carne, “haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos” (Ef. 2:3). No hay descripción posible más atroz. Es imposible imaginar un estado peor. Una criatura así, ¿puede merecer algo? ¿Tiene tal criatura derecho alguno a estar en la presencia de Dios? ¿Puede presentarse con un pedido o una exigencia? La finalidad del Apóstol es declarar que una criatura tal no merece nada de parte de Dios, sino justo castigo. Y luego se prepara para presentar su gran contraste: “pero Dios”… Y todo el propósito de eso es indudablemente exaltar la gracia y la misericordia de Dios, y mostrar que, aunque el hombre no merece nada de nada, Dios no sólo le da, le da generosamente y hasta lo colma de las “abundantes riquezas de su gracia” (Ef. 2:7).

Ese, por lo tanto, es el primer principio: Somos cristianos, total y exclusivamente, como resultado de la gracia de Dios. Me he referido a ese quinto versículo porque es de suma importancia en esta discusión.
Notemos la manera cómo el Apóstol lo insertó aquí, lo deslizó, lo insinuó. ¿Por qué lo hizo? Notemos el contexto. Dice que cuando “aun estando nosotros muertos en pecados”, Dios nos dio vida. Allí de inmediato agrega: “…por gracia sois salvos”. Si no lo comprendemos a estas alturas, no lo comprende-remos nunca. Lo que ha estado diciendo es esto: Estábamos muertos, lo que significa totalmente sin vida, y, por lo tanto, sin ningún tipo de habilidad y, necesariamente, lo primero era que nos vivificara, que nos diera vida. Y dice que eso es exactamente lo que Dios ha hecho por nosotros. Por lo tanto dice: “¿No lo entienden? Es por gracia que sois salvos”. Lo incluye aquí obviamente por esa razón. Es la única conclu-sión a la que podemos llegar. Las criaturas que se encontraban espiritualmente muertas, ahora están vivas, ¿cómo sucedió? ¿Puede un muerto resucitarse a sí mismo? Imposible. Hay sólo una respuesta: “Por gracia sois salvos”. Llegamos, por lo tanto, a esta conclusión inevitable: Somos cristianos en este instante, total y exclusivamente por la gracia de Dios.

El Apóstol nunca se cansaba de decirlo. ¿Qué más podía decir? Cuando recordaba aquel Saulo de Tarso blasfemo, que aborrecía a Cristo, a la Iglesia Cristiana, que respiraba amenazas y muerte y se empeñaba por exterminar al cristianismo; y luego observaba cómo era ahora, ¿qué más podía decir que: “Soy lo que soy por la gracia de Dios?”. Y tengo que confesar que no puedo comprender cómo ningún cristiano puede observarse a sí mismo y decir algo diferente. Cuando se arrodilla usted ante Dios y no percibe que sólo es “un deudor de su misericordia”, confieso que no lo entiendo. Tiene algo trágicamente defectuoso, ya sea en su sentido de pecado o en su comprensión de la grandeza del amor de Dios. Éste es un tema constante del Nuevo Testamento, es la razón por la cual los santos, a través de los siglos, siempre han alabado al Señor Jesucristo. Ven que cuando no tenían ninguna esperanza, cuando estaban realmente muertos y eran viles y repugnantes, “aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3), como lo expresa Pablo cuando le escribe a Tito, Dios posó su vista sobre ellos. Mientras éramos “aún pecadores”, “siendo enemigos” (Ro. 5:8, 10) —estando enemistados, sabiéndonos extraños, viviendo totalmente
opuestos a él— fuimos reconciliados con Dios por medio de su Hijo. No podemos dejar de ver que es por gracia y sólo por gracia que somos cristianos. Es algo enteramente inmerecido, es sólo como resultado de
la bondad de Dios.

La segunda proposición, como lo he indicado, es presentada por el Apóstol en una forma negativa. Dice que el hecho de que seamos cristianos, no nos da ningún derecho a jactarnos. Esa es la forma negativa de la primera proposición. La primera es que somos cristianos, total y exclusivamente como resultado la gracia de Dios. Por lo tanto, en segundo lugar, tenemos que decir que el hecho de ser cristianos no nos da ningún derecho a jactarnos. El Apóstol lo dice en dos declaraciones. La primera es: “esto no de vosotros”. Pero no se conforma con eso, tiene que ser aún más explícito con estas palabras: “para que nadie se gloríe”. Tenemos aquí dos declaraciones de vital importancia. Es indudable que nada puede ser más fuerte que esto: “no de vosotros, para que nadie se gloríe”. Este tiene que ser siempre la prueba crucial de nuestro concepto de la salvación y de lo que nos hace cristianos.

Examínese por un momento. ¿Cuál es su idea de usted mismo como cristiano? ¿Cómo llegó a ser cristiano? Serlo, ¿de qué depende? ¿Cuál es el antecedente, cuál es la razón? Esa es la pregunta crucial, según el Apóstol la prueba vital. Su idea de cómo llegó usted a ser cristiano, ¿le dio algún derecho de jactarse de sí mismo? ¿Refleja de alguna manera sus propios méritos? De ser así, de acuerdo con esta declaración —y no vacilo en decirlo— usted no es cristiano. “No de vosotros, para que nadie se gloríe”. En el tercer capítulo de la epístola a los Romanos, el Apóstol lo dice con más claridad todavía. Hace su pregunta. Aquí, dice, está el camino de salvación y enseguida pregunta en el versículo 27: “¿Dónde, pues, está la jactancia?”. Y contesta diciendo: “Queda excluida”, fue echada por la puerta y se puso bajo llave. Aquí no hay ningún lugar para esto.

No es de sorprender que al apóstol Pablo le gustara tanto expresar esto en esa manera particular porque antes de su conversión, antes de ser cristiano, sabía mucho de jactancias. Nunca hubo alguien más
satisfecho de sí mismo, ni más seguro de sí mismo que Saulo de Tarso. Estaba orgulloso de sí mismo en todo sentido: Orgulloso de su nacionalidad, orgulloso de la tribu israelita en que había nacido, orgulloso
del hecho que había sido educado como fariseo y a los pies de Gamaliel, orgulloso de su religión, orgulloso de su moralidad, orgulloso de sus conocimientos. Nos revela todo esto en el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses. Se jactaba. Se ponía de pie y afirmaba, por así decir: “¿Quién puede negar esto? Aquí estoy, un hombre bueno, moral y religioso. Vean cómo cumplo mis deberes religiosos, vean cómo vivo mi vida, véanme en todo sentido; me he entregado a esta vida pía, santa y estoy satisfaciendo a Dios”. Esa era su actitud. Se jactaba. Se creía ser un hombre así y que había vivido de una manera de la que podía sentirse orgulloso. Jactancioso es una de las palabras que mejor lo describían. Pero cuando fue salvo, comprendió que una de las mayores diferencias de ser cristiano le significó que todo eso fue echado fuera y era irrelevante. Por eso es que usaba un lenguaje bastante fuerte. Cuando recordaba todo de lo que tanto se jactaba, decía que estimaba todo como: “pérdida y basura”. No se conformaba con decir que era malo; era vil, sucio, repugnante. ¿Jactancia? ¡Excluida! Pero el Apóstol conoce tan bien el peligro que esto representa, que no se conforma con una declaración general, sino que indica dos sentidos en particular en que somos más susceptibles de jactarnos.

Continuará …

Tomado de Ephesians: God’s Way of Reconciliation.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Probablemente el predicador expositivo más grande del siglo XX. Sucesor de G. Campbell Morgan como pastor de Westminster Chapel, Londres, Inglaterra, 1938-68. Nacido en Newcastle Emlyn, Gales.

¿Cómo saber si eres parte del Reino de Dios?

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Todos los libros en castellano de Lloyd-Jones encuéntralos en: http://www.solosanadoctrina.com/tienda

De lo profundo

El arrepentimiento es una cuestión que nadie puede permitirse pasar por alto. Es imposible que una persona se convierta en cristiana sin él. Asimismo, el arrepentimiento es una parte continua e indispensable de la experiencia del cristiano durante su vida en la tierra. Peca a diario y debe arrepentirse, pues, diariamente. Sin el arrepentimiento no conocerá la salvación, la santidad o un gozo verdadero en la vida cristiana.

¿Pero en qué consiste exactamente el arrepentimiento y qué es lo que implica? ¿Cómo podemos estar seguros de haber experimentado un arrepentimiento verdadero y no algo falso? ¿Cómo podemos ser cristianos verdaderamente felices?

En este conmovedor estudio del Salmo 51, el Dr. Martyn Lloyd-Jones examina estas cuestiones y otras similares con un estilo sensible, espiritual y compasivo. Los que buscan con fervor, los cristianos con dificultades y todos aquellos implicados en la labor de aconsejarles encontrarán de gran ayuda esta magistral exposición. Es un verdadero pozo de aplicación práctica y de sabiduría pastoral.

Su lectura no solo infunde humildad, sino que también constituye todo un estímulo.

Es un privilegio presentarles este libro. Consta de una serie de sermones vespertinos sobre el Salmo 51 predicados en Westminster Chapel los domingos de octubre de 1949. Esta no es la primera recopilación de los sermones de Lloyd-Jones sobre el Antiguo Testamento, y espero sinceramente que no sea la última. En lo que a mí concierne, evocan algunas maravillosas noches de domingo que se remontan ya a muchos años atrás. Nunca leo Lucas 24:44-45 sin desear haber formado parte de aquella maravillosa congregación para escuchar a nuestro Señor mismo mostrar a sus discípulos el evangelio del Antiguo Testamento. Pero él mostró el camino, y el Espíritu Santo siempre utilizará a sus siervos para enseñarnos. Deseo que Dios utilice este libro para el enriquecimiento de las almas y para su gloria.

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Roca de mi Alma

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX.

Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Todos los libros en castellano de Lloyd-Jones encuentralos en: www,solosanadoctrina.com/tienda

Un tiempo de gran sequía espiritual

David Martyn Lloyd-Jones (20 de diciembre de 1899 – 1 de marzo de 1981) fue un médico, pastor protestante y predicador galés que influyó en la época de reformación del movimiento evangélico británico en el siglo XX. Durante casi 30 años, fue ministro de la Capilla de Westminster en Londres. Lloyd-Jones se opuso firmemente al cristianismo liberal que se había extendido en gran parte de muchas denominaciones cristianas, y lo consideraba aberrante. No estaba de acuerdo con el enfoque de la iglesia amplia y animó a los cristianos evangélicos (sobre todo anglicanos) a abandonar sus denominaciones existentes, pues creía que la verdadera comunión cristiana sólo es posible entre aquellos que comparten convicciones comunes acerca de la naturaleza de la fe.

Hijos, autoridad y sociedad 4

Blog145D

Pero creo que hay otra implicación aquí. Hay algo acerca de esta relación entre los hijos y los padres que es única en este sentido: señala aun otra relación más elevada. Después de todo, Dios es nuestro Padre. Ese es el vocablo que él mismo utiliza, ese es el vocablo que nuestro Señor usa en su oración modelo: “Padre nuestro que estás en los cielos”. Por lo tanto, el padre terrenal es, por así decir, un recordatorio del otro Padre, el Padre celestial. En la relación de los hijos con los padres, tenemos un ejemplo de la relación de toda la humanidad originalmente con Dios. Somos todos “hijos” frente a Dios. Él es nuestro Padre: “Porque linaje suyo somos” (Hech. 17:28). Así que de un modo muy maravilloso la relación entre padre e hijo es una réplica y un retrato, una predicación de esta relación total que subsiste entre los que son cristianos y Dios mismo… Toda la relación de padre e hijo debe recordarnos siempre nuestra relación con Dios. En este sentido, esta relación particular es única… Esta relación nos recuerda que Dios mismo es el Padre y que nosotros somos los hijos. Hay algo muy sagrado en cuanto a la familia, en cuanto a esta relación entre padres e hijos. Dios, de hecho, nos lo ha dicho en los Diez Mandamientos. Cuando se dispuso a dar este mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” le agregó esta promesa.

¿Qué promesa? “Que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”. No cabe duda que cuando la promesa fue dada originalmente a los hijos de Israel, significaba lo siguiente: “Si quieren seguir viviendo en esta tierra de promesa a la cual los estoy conduciendo, cumplan estos mandamientos y éste en particular. Si quieren tener bendiciones y felicidad en la Tierra Prometida, si quieren seguir viviendo bajo mi bendición, cumplan estos mandamientos, especialmente éste”. No cabe duda de que esta era la promesa original.

Pero ahora el Apóstol generaliza la promesa porque está tratando aquí con gentiles al igual que con judíos seguidores de Cristo. Entonces, dice en efecto: “Ahora bien, si quieren que todo ande bien con ustedes, y si quieren vivir una vida larga y plena sobre la tierra, honren a su padre y a su madre”. ¿Significa esto que si soy un hijo o una hija que honra a sus padres voy a vivir hasta la vejez? No, esto no es así. Pero la promesa sin duda significa esto: Si quieres vivir una vida bendecida, una vida plena bajo la bendición de Dios, obedece este mandamiento. Él puede elegir mantenerte largo tiempo sobre esta tierra como un ejemplo y una ilustración. Pero sea cual fuere la edad que tengas cuando partas de este mundo, sabrás que estás bajo la bendición y la mano buena de Dios…

Esto nos trae al tercer y último punto. Fíjate cómo lo expresa el Apóstol: “Hijos, obedeced a vuestros padres. Honra a tu padre y a tu madre”. La naturaleza lo dicta, pero no sólo la naturaleza: la Ley lo dicta. Pero tenemos que ir aún más allá: ¡la Gracia! Este es el orden: naturaleza, Ley, Gracia. “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor”. Es importante que agreguemos esa frase “en el Señor” a la palabra correcta. No significa: “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor”. Es, más bien: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres”. Es decir, el Apóstol esta repitiendo justamente lo que dijo en el caso de esposos y esposas. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor”. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia”. Cuando llegamos a sus palabras a los siervos dice: “Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo”. Eso es lo que significa “en el Señor”. O sea que esta es la razón suprema. Hemos de obedecer a nuestros padres y honrarles y respetarles porque es parte de nuestra obediencia a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. En suma, esa es la razón por la cual debemos hacerlo… Hacerlo “como al Señor”. Obedece a tu padre y a tu madre “en el Señor”. Ese es el mejor y más excelente aliciente. Agrada al Señor, es prueba de lo que dijo, estamos avalando sus enseñanzas. Dijo que había venido al mundo para redimirnos, limpiarnos de nuestros pecados, darnos una nueva naturaleza y hacernos hombres y mujeres nuevos. “Bien, compruébalo, demuéstralo con tus acciones”. Hijo, demuéstralo por medio de obedecer a tus padres: ¡serás entonces distinto a todos los demás hijos! No seas como esos hijos arrogantes, agresivos, orgullosos, fanfarrones y mal hablados que te rodean! ¡Demuestra que eres distinto, demuestra que el Espíritu de Dios mora en ti, demuestra que perteneces a Cristo! Tienes una oportunidad maravillosa, y le serás motivo de gran gozo y gran placer.

Pero hagámoslo también por otra razón. “Hijos, obedeced a vuestros padres” también por esta razón: cuando Jesús estaba en este mundo, así lo hizo. Eso es lo que encontramos en Lucas 2:51: “¿Por qué me buscabáis? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”. La frase se refiere al Señor Jesús a los doce años. Había subido a Jerusalén con María y José. Éstos habían emprendido el viaje de regreso y habían viajado un día antes de descubrir que el muchacho no estaba entre los que viajaban con ellos. Regresaron y lo encontraron en el templo, en medio de los doctores de la Ley, escuchando, y haciendo y contestando preguntas, y todos los que lo oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Y él dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Luc. 2:49). Tuvo esta experiencia a los doce años que le hizo entender cuál era su misión. Pero luego dice la Biblia que volvió con ellos a Nazaret: “Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos”. ¡El Hijo de Dios encarnado sometiéndose a María y José! Aunque tenía conciencia de que estaba en este mundo para atender los negocios de su Padre, se humilló a sí mismo y fue obediente a sus padres. Sigamos su ejemplo: comprendamos que lo estaba haciendo principalmente para agradar a su Padre en los cielos, a fin de poder cumplir su Ley en todo sentido y dejarnos un ejemplo para poder seguir en sus pasos.

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Hijos, autoridad y sociedad 2

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Pero existe una segunda razón por la que todos necesitamos esta enseñanza. Según las Escrituras, no sólo la necesitan los cristianos en la forma como he estado indicando, sino que los cristianos necesitan esta exhortación también porque el diablo aparece en este momento de una forma muy sutil y trata de desviarnos. En el capítulo quince del Evangelio de Mateo, nuestro Señor toca este tema con los religiosos de su época porque, de un modo sutil, estaban evadiendo uno de los claros mandatos de los Diez Mandamientos. Los Diez Mandamientos les decían que honraran a sus padres, que los respetaran y cuidaran. Pero lo que estaba sucediendo era que algunos, que pretendían ser ultra religiosos, en lugar de hacer lo que el mandamiento ordenaba, decían en efecto: “Ah, he dedicado este dinero que tengo al Señor. Por lo tanto, no puedo cuidarlos a ustedes, mis padres”. El Señor lo dijo así: “Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre” (Mat. 15:5-6). Estaban diciendo: “Esto es corbán, esto es dedicado al Señor. Por supuesto que quisiera cuidarlos y ayudarlos, pero esto lo he dedicado al Señor”. De esta manera, estaban descuidando a sus padres y sus obligaciones hacia ellos…

Por lo tanto, a la luz de estas cosas, notemos cómo el Apóstol expresa el asunto. Comienza con los hijos, valiéndose del mismo principio que usó en el caso de la relación matrimonial. Es decir, comienza con los que deben obediencia, los que han de sujetarse a ella. Comenzó con las esposas y luego siguió con los maridos. Aquí comienza con los hijos y sigue con los padres. Lo hace porque está ilustrando este punto fundamental: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:21). La orden es: “Hijos, obedeced a vuestros padres”. Luego les recuerda el Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”.

De pasada, notamos el punto interesante de que aquí, nuevamente, tenemos algo que distingue al cristianismo del paganismo. Los paganos en estos asuntos no relacionaban a la madre con el padre, sino que hablaban únicamente del padre. La posición cristiana, que es la posición judía según fue dada por Dios a Moisés, coloca a la madre con el padre. El mandato es que los hijos tienen que obedecer a sus padres, y la palabra obedecer significa, no sólo escucharles, sino escucharles sabiendo que están bajo su autoridad… No sólo escuchar, sino reconocer su posición de subordinación, y proceder a ponerla en
práctica.

Pero es imprescindible que esto sea gobernado y controlado por la idea que lo acompaña: la de “honrar”. “Honra a tu padre y a tu madre”. Esto significa “respeto”, “reverencia”. Esta es una parte esencial del Mandamiento. Los hijos no deben obedecer mecánicamente o a regañadientes. Eso es malo. Eso es observar la letra y no el espíritu. Eso es lo que nuestro Señor condenaba tan fuertemente en los fariseos. No, tienen que observar el espíritu al igual que la letra de la Ley. Los hijos deben reverenciar y respetar a sus padres, tienen que comprender su posición para con ellos, y deben regocijarse en ella. Tienen que considerarla un gran privilegio, y por lo tanto, tienen que hacer lo máximo siempre para demostrar esta reverencia y este respeto en cada una de sus acciones.

La súplica del Apóstol da a entender que los hijos cristianos deben ser totalmente lo opuesto a los hijos descarriados que por lo general muestran irreverencia hacia sus padres y preguntan: “Y ellos, ¿quiénes son?” “¿Por qué tengo que escucharles?” Consideran a sus padres “pasados de moda” y hablan de ellos irrespetuosamente. Imponen su opinión y sus propios derechos y su “modernismo” en toda esta cuestión de conducta. Eso estaba sucediendo en la sociedad pagana de la cual provenían estos efesios, tal como está sucediendo en la sociedad pagana a nuestro alrededor en la actualidad. Leemos constantemente en los periódicos de cómo se está infiltrando este desorden, y cómo los hijos, según lo expresan: “están madurando tempranamente”. Por supuesto, tal cosa no existe. La fisiología no cambia. Lo que está cambiando es la mentalidad y actitud que llevan a la agresividad y un apartarse de ser gobernados por principios bíblicos y enseñanzas bíblicas. Uno escucha esto por todas partes: los hijos hablan irrespetuosamente a sus padres, los miran sin respeto insubordinándose abiertamente a todo lo que les dicen, e imponen su propia opinión y sus propios derechos. Es una de las manifestaciones más feas de la pecaminosidad y el desorden de esta época. Ahora bien, una y otra vez, el Apóstol se declara contra tal conducta, diciendo: “Hijos, obedeced a vuestros padres, honrad a vuestros padres y vuestras madres, tratadlos con respeto y reverencia, demostradles que sabéis vuestra posición y lo que significa”.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

Hijos, autoridad y sociedad

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Vivimos en un mundo en que vemos un alarmante colapso en la disciplina. El desorden en este sentido reina por doquier. Hay un colapso en la disciplina en todas las siguientes unidades fundamentales de la vida: en el matrimonio y en las relaciones familiares. Cunde un espíritu de anarquía, y las cosas que antes prácticamente se daban por hecho no sólo se cuestionan sino que son ridiculizadas y desechadas. No hay duda de que estamos viviendo en una época en que hay un fermento de maldad obrando activamente en la sociedad en general. Podemos decir más, –y estoy diciendo sencillamente algo en que todos los observadores de la vida coinciden, sean cristianos o no– y afirmar que de muchas maneras estamos frente a un colapso y desintegración total de lo que llamamos “civilización” y sociedad. Y no hay ningún aspecto en que esto sea más evidente que en la relación entre padres e hijos.

Sé que mucho de lo que estamos viendo es probablemente una reacción de algo que, desafortunadamente, era demasiado común hacia el final de la era victoriana y en los primeros años del siglo XX. Hablaré más de esto más adelante, pero lo menciono ahora de pasada a fin de presentar este problema con claridad. No hay duda de que existe una reacción contra el tipo de padre victoriano severo, legalista y casi cruel. No estoy excusando la posición actual, pero es importante que la comprendamos, y que tratemos de investigar su origen. Pero sea cual fuere la causa, no hay duda que tiene su parte en este colapso total en materia de disciplina y en las normas de conducta.

La Biblia, en su enseñanza y en su historia, nos dice que esto es algo que siempre pasa en épocas irreligiosas, en épocas de impiedad. Por ejemplo, tenemos un excelente ejemplo en lo que el apóstol Pablo dice acerca del mundo en la epístola a los Romanos en la segunda mitad del primer capítulo, desde el versículo 18 hasta el final. Allí nos da una descripción horrorosa del estado del mundo en el momento cuando vino nuestro Señor. Era un estado de total descontrol. Y entre las diversas manifestaciones de ese descontrol que lista, incluye precisamente el asunto que estamos ahora considerando.

Primero, dice: “Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (1:28). Enseguida sigue la descripción: Están “atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades, murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia”. En esa lista horrible, Pablo incluye esta idea de ser desobedientes a los padres.

También en la Segunda Epístola a Timoteo, probablemente la última carta que escribiera, lo encontramos diciendo en el capítulo 3, versículo 1: “En los postreros días vendrán tiempos peligrosos”. Luego detalla las características de esos tiempos: “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos,desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:2-4).

En ambos casos, el Apóstol nos recuerda que en los tiempos de apostasías, en los tiempos de total impiedad e irreligión, cuando los mismos fundamentos tiemblan, una de las manifestaciones más impresionantes de descontrol es la “desobediencia a los padres”. Así que no sorprende que llamara la atención a aquello aquí, al darnos ilustraciones de cómo la vida que está “llena del Espíritu” de Dios se manifiesta (Ef. 5:18). ¿Cuándo se darán por enterados todas las autoridades civiles de que hay una relación indisoluble entre la impiedad e inmoralidad y la decencia? Existe un orden en estas cuestiones. “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”, dice el Apóstol en Romanos 1:18. Si tienes impiedad, serás siempre insubordinado. Pero la tragedia es que las autoridades civiles – sea cual fuere el partido político en el poder– parecen todas regirse por la psicología moderna en lugar de las Escrituras. Todas están convencidas de que pueden manejar la insubordinación directamente, aisladamente. Pero eso es imposible. La insubordinación es siempre el resultado de la impiedad. La única esperanza de recuperar alguna medida de la rectitud y justicia en la vida es tener un avivamiento de la piedad. Eso es precisamente lo que el Apóstol les está diciendo a los efesios y a nosotros…

Por lo tanto, las condiciones actuales demandan que consideremos la afirmación del Apóstol. Creo que los padres e hijos cristianos, las familias cristianas, tienen una oportunidad única de testificar al mundo en esta época sencillamente por ser diferentes. Podemos ser verdaderos evangelistas demostrando esta disciplina, este respeto al orden público, esta verdadera relación entre padres e hijos. Podemos, actuando bajo la mano de Dios, llevar a muchos al conocimiento de la verdad. Por lo tanto, sea ésta nuestra actitud.

Continuará …

Tomado de “Submissive Children”  en Life in the Spirit in Marriage, Home, & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9

David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981): Posiblemente el predicador expositivo más
grande del siglo XX; Westminster Chapel, Londres, 1938-68, nacido en Gales.

El arte de una disciplina equilibrada 2

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Llegamos ahora a la cuestión de la administración de la disciplina… La disciplina es esencial y tenemos que llevarla a cabo. Pero el Apóstol nos exhorta a ser muy cuidadosos en cómo la llevamos a la práctica porque podemos hacer más daño que bien si no la dispensamos de la manera correcta…

El Apóstol divide sus enseñanzas en dos secciones: la negativa y la positiva. Dice que este problema no se limita a los hijos: los padres de familia también deben tener cuidado. Negativamente, les dice: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Positivamente, dice: “Criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Mientras recordemos ambos aspectos todo andará bien.

Comencemos con lo negativo: “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Estas palabras podrían traducirse: “No exasperen a sus hijos, no irriten a sus hijos, no provoquen a sus hijos a tener resentimiento”. Existe siempre un peligro muy real cuando disciplinamos. Y si somos culpables de generar estos sentimientos haremos más daño que bien… Como hemos visto, ambos extremos son totalmente malos. En otras palabras, tenemos que disciplinar de una manera que no irritemos a nuestros hijos o los provoquemos a tener un resentimiento pecaminoso. Se requiere de nosotros que seamos equilibrados.

¿Cómo lo logramos? ¿Cómo pueden los padres llevar a cabo una disciplina equilibrada? Una vez más tenemos que referirnos a Efesios, esta vez al capítulo 5, versículo 8. “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” Esta es siempre la llave. Vimos cuando tratábamos ese versículo que la vida vivida en el Espíritu, la vida del que está lleno del Espíritu, se caracteriza siempre por dos factores principales: poder y control. Es un poder disciplinado. Recuerde cómo Pablo lo expresa cuando escribe a Timoteo. Dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino
de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7). No un poder descontrolado, sino un poder controlado por el amor y el dominio propio: ¡disciplina!. Esa es siempre la característica del hombre que está “lleno del Espíritu”…

¿Cómo, entonces, aplicamos disciplina? “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Este debe ser el primer principio que gobierna nuestras acciones. No podemos aplicar una disciplina verdadera a menos que podamos poner en práctica nosotros mismos dominio propio y auto disciplina… Las personas que están llenas del Espíritu siempre se caracterizan por su control. Cuando disciplina usted a un niño, primero tiene que controlarse a sí mismo. Si trata de disciplinar a su hijo cuando ya perdió la paciencia, ¿qué derecho tiene de decirle a su hijo que necesita disciplina cuando resulta obvio que usted mismo la necesita? Tener dominio propio, controlar el mal genio es un requisito esencial para controlar a otros… Así que el primer principio es que tenemos que empezar con nosotros mismos. Tenemos que estar seguros de que estamos controlados, no alterados… Tenemos que ejercitar esta disciplina personal, o sea el dominio propio que nos capacita para ver la situación objetivamente y manejarla de un modo equilibrado y controlado. ¡Qué importante es esto!…

El segundo principio se deriva, en cierto sentido, del primero. Si el padre o la madre va a aplicar esta disciplina correctamente, nunca puede hacerlo caprichosamente. No hay nada más irritante para el que está siendo disciplinado que sentir que la persona que la aplica es caprichosamente inestable y que no es digna de confianza porque no es consecuente. No hay cosa que enoje más a un niño que tener el tipo de padre que, un día, estando de buen humor es indulgente y deja que el chico haga casi cualquier cosa que quiere, pero que al día siguiente se enfurece por cualquier cosa que hace. Esto hace imposible la vida para el niño. Un progenitor así, vuelvo a repetirlo, no aplica una disciplina correcta y provechosa, y el niño termina en una posición imposible. Se siente provocado e irritado a ira y no tiene respeto por ese progenitor.

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

El arte de una disciplina equilibrada

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“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.—Efesios 6:4

Note que Pablo menciona a los padres únicamente. Acaba de citar las palabras de la Ley: “Honra a tu padre y a tu madre”. Pero ahora señala en particular a los papás porque su enseñanza ha sido, como hemos visto, que el padre es el que tiene la posición de autoridad. Eso es lo que encontramos siempre en el Antiguo Testamento, así es como Dios siempre ha enseñado a las personas a portarse bien, así que naturalmente dirige este mandato en particular a los padres. Pero el mandato no se limita a los padres, incluye también a las madres; y en una época como la actual, ¡hemos llegado a un estado en que el orden es a la inversa! Vivimos en una especie de sociedad matriarcal donde el padre y marido ha renunciado a su posición en el hogar de modo que deja casi todo a la madre. Por lo tanto, tenemos que comprender que lo que aquí dice de los padres se aplica igualmente a las madres. Se aplica al que está en la posición de disciplinar. En otras palabras, lo que la Biblia nos presenta aquí en este cuarto versículo, y está incluido en el versículo anterior, es todo el problema de la disciplina.

Tenemos que examinar este tema con cuidado, y es, por supuesto, uno muy extenso. No hay tema, repito, cuya importancia sea más urgente en este país y en todos los demás países, que el problema de la disciplina. Estamos viendo un desmoronamiento de la sociedad, y éste se relaciona principalmente con esta cuestión de disciplina. Lo vemos en el hogar, lo vemos en las escuelas, lo vemos en la industria, lo vemos en todas partes. El problema que enfrenta hoy la sociedad en todos sus aspectos es ultimadamente un problema de disciplina. ¡Responsabilidad, relaciones, cómo se vive la vida, cómo debe proceder la vida! El futuro entero de la civilización, creo yo, depende de esto…
Me aventuro a afirmar, a profetizar: Si el Occidente se desploma y es vencido, será por una sola razón: podredumbre interna… Si seguimos viviendo por los placeres, trabajando cada vez menos, exigiendo más y más dinero, más y más placeres y supuesta felicidad, abusando más y más de las lascivias de la carne, negándonos a aceptar nuestras responsabilidades, habrá sólo un resultado inevitable: un fracaso completo y lamentable. ¿Por qué pudieron los godos y los vándalos y otros pueblos bárbaros conquistar el antiguo Imperio Romano? ¿Por su superioridad militar? ¡Por supuesto que no! Los historiadores saben que hay una sola respuesta: la caída de Roma sucedió porque un espíritu de tolerancia invadió el mundo romano: los juegos, los placeres, los baños públicos. La podredumbre moral que había entrado en el corazón del Imperio Romano fue la causa de la “declinación y caída” de Roma. No fue un poder superior desde afuera, sino la podredumbre interna lo que significó la ruina para Roma. Y lo que es realmente alarmante en la actualidad es que estamos siendo testigos de una declinación similar en este país y en otros de Occidente. Esta desidia, esta falta de disciplina, todo el modo de pensar y ese espíritu es característico de un periodo de decadencia. La manía por los placeres, la manía por los deportes, la manía por las bebidas y las drogas han dominado a las masas. Este el problema principal: ¡La pura ausencia de disciplina y de orden y de integridad en el gobierno!

Estas cuestiones, según creo, son tratadas con mucha claridad en estas palabras del Apóstol. Procederé a presentarlas en más detalle para identificarlas y mostrar cómo las Escrituras nos iluminan con respecto a ellas. Pero antes de hacerlo, quiero mencionar algo que ayudará y estimulará todo el proceso de su propio pensamiento. Los periódicos lo hacen en nuestro lugar, los entrevistados en la radio y televisión lo hacen en nuestro lugar, y nos sentamos muy cómodos y escuchamos. Esa es una manifestación del desmoronamiento de la autodisciplina. ¡Tenemos que aprender a disciplinar nuestra mente! Por eso daré dos citas de la Biblia, una de un extremo y una del otro extremo de esta posición. El problema de la disciplina cae entremedio de ambas. En un extremo, el límite es: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece” (Prov. 13:24). El otro extremo es: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos”. Todo el problema de la disciplina se  encuentra entre estos dos extremos, y ambos se encuentran en las Escrituras. Resuelva el problema basándose en las Escrituras, trate de saber los principios que gobiernan esta cuestión vital y urgente, que es en este momento, el peor problema que enfrentan todas las naciones de Occidente y probablemente otras. Todos nuestros problemas son el resultado de que practicamos un extremo o el otro. La Biblia nunca recomienda ninguno de los dos extremos. Lo que caracteriza las enseñanzas de la Biblia siempre y en todas partes, es su equilibrio perfecto, una postura justa que nunca falla, el modo  extraordinario en que la gracia y la ley armonizan divinamente…

Tomado de Life in the Spirit in Marriage, Home & Work: An Exposition of Ephesians 5:18 to 6:9.

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David Martyn Lloyd-Jones (1899-1981)

Elevar el nivel de la predicación 2

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“Una de las cosas de ánimo para mí fue una visita a una iglesia en Londres. Muchos que no son evangélicos dicen que lo único para hacer que la gente entre en la iglesia es hablar sobre cosas en las que la gente está interesada: la guerra en Biafra y así sucesivamente. Puedo testificar por experiencia que esto no es verdad. Fui a escuchar a Howard Williams, que es considerado por la Unión Baptista y la televisión como un hombre que ‘trata problemas prácticos’ y ‘atrae a los intelectuales’. ‘Tiene una de las mayores audiencias en Londres’; sin embargo, yo solo vi ciento veinte personas. !No tenía muchos intelectuales aquella noche! Salí de allí realmente animado. La gente sabe que eso es inútil. No tenemos nada de qué preocuparnos con el liberalismo; está muerto y acabado.

“He aquí una maravillosa oportunidad para nosotros. Bien, ¿qué nos pasa? Nuestro planteamiento está equivocado. Ellos (los liberales) empiezan con aquello en lo que la gente está interesada; nuestro peligro está en olvidar del todo a la gente. Nuestras ideas, y los resultados de nuestra predicación, sugieren que no hemos pensado en la gente en absoluto. Somos demasiado objetivos. (Estoy cansado de oír sermones sobre “la iglesia”, de denunciar el Concilio Mundial de Iglesias, etc.). Hubo una vez en que la predicación evangélica era demasiado subjetiva; ahora es demasiado objetiva. Esto conduce a un planteamiento mecánico de la predicación.

“Yo creo en hacer series (de sermones) pero se pueden hacer de una manera equivocada: sin tener en cuenta el estado de la gente que escucha; de tal modo que aunque podamos tratar con un pasaje excelentemente, no haya mensaje para ellos. Hay una diferencia entre un comentario superficial sobre un pasaje y un sermón. Creo en los sermones ex-positivos, no en un comentario rápido. ¿Cuál es la diferencia?

“Un sermón tiene una forma; tiene un mensaje para ser aplicado. Esto es mucho más difícil que un comentario superficial (no estoy seguro de que esto último tenga siquiera un mensaje). La preocupación de un predicador debería ser el tener un mensaje y tiene que trabajar para exponerlo de la mejor forma en que pueda ser predicado. Esta era la gloria de un hombre como Charles Haddon Spurgeon. Sus sermones tenían forma, empuje, y el impacto de un mensaje. Un comentario rápido no es su sermón. Es necesario retomar toda la noción de lo que es un mensaje: “la carga del Señor”. Tiene que haber un impacto, mientras que el dar únicamente una “exposición”, que no lleve ningún mensaje a través de ella, es hacer que la predicación sea meramente intelectual. Tampoco debe ser solo emocional; demasiado a menudo suele ser una u otra de estas dos cosas. iSin vida! iSin poder! Nosotros sí que deberíamos tenerlo. Y el gozo y el poder están íntimamente relacionados, lo uno sin lo otro es falso.

“Lo contrario de la predicación sociológica no es este comentario superficial. La gente dice: “Es bíblico”. No lo es. La predicación bíblica conlleva un mensaje. Una explicación mecánica del significado de las palabras (no fundida en el mensaje con un objetivo y poder que deje a los oyentes gloriándose en Dios) no es predicación. No es suficiente hacer una afirmación de la verdad cristiana; se puede oír solo como un punto de vista frente a otro. Tenemos que traer un mensaje.

“!Desde luego que tenemos que tener ‘la demostración del Espíritu y el poder!’. Esta es nuestra mayor necesidad, y no la separo del gozo. Miremos a Robert M’Cheyne: lo que sabía es lo que finalmente cuenta. El tenía el peso de su gente sobre su alma. Él no venía al púlpito simplemente habiendo preparado un sermón. Él venía de parte de Dios con un mensaje.

“El tiempo ha llegado en que debemos valorar la situación completa. Es del todo equivocado trasladar nuestros problemas a la gente; tenemos que predicar lo que es más provechoso para ellos, lo que realmente va a ayudarles. El principal problema del evangelicismo hoy (aparte del deslizarse fuera de la verdad) es la falta de poder. ¿Qué conoce nuestra gente del ‘gozo en el Espíritu Santo’? iNo conseguirás atraer a la gente hacia la enseñanza si eres un maestro pesado! La esposa de un diácono me dijo acerca de alguien a quien ella había escuchado: ‘Él no es como muchos de nuestros predicadores reformados que son tan pesados’. Si predicas sin conmover a la gente, has fallado tanto como otros. Si no conocemos el gozo del Señor, ¿cuál es el valor de lo que decimos? Tenemos que empezar por nosotros mismos. El oír ‘excelentes conferencias sobre doctrina’ predicadas un domingo por la tarde es verdaderamente espantoso. ¿Estás en lo cierto al presuponer que los que están frente a ti disfrutan de la vida cristiana, y que son capaces de convencer a otros? Estas dos cosas van juntas. El argumentar sobre los detalles no nos ayudará. ¿Cuál es el valor de algo si no somos ‘epístolas vivientes’?

“Os he estado comunicando mi experiencia, como paciente y como oyente común. He estado atravesando un periodo de autoexamen y puedo dar gracias a Dios por concederme una pausa que me permita hacerlo. Lo que me quede de vida y vigor me he propuesto usarlo para mostrar este aspecto particular. Sin ello, la situación es desesperada. No es desesperada, pero tenemos que comenzar por nosotros mismos. ¿Conozco yo algo de este fuego y, si no, qué estoy haciendo en el púlpito?”. En el debate que hubo después, surgieron preguntas y un comentario adicional de Martyn Lloyd-Jones. Un defecto en su predicación, opinaba él, era que a veces había sido demasiado exigente en el contenido de la misma, y habló de dos ocasiones en que había sido corregido por hombres mayores debido a este defecto.

“Expondré un concepto, y lo presentaré de tres maneras”, le dijo un amigo mayor que él con quien estaba compartiendo los cultos al principio de su ministerio. El peligro reside en la predicación que se dirige a la mente y no al hombre completo. “Tenemos que diagnosticar tanto a nosotros mismos como a la gente. Si no podemos valorar el estado de nuestra gente, hemos fallado como predicadores. Yo no siempre prediqué sermones largos; tenemos que educar a la gente para ello. Los predicadores antiguos sabían esto; ellos eran grandes exhortadores.

“Hemos de ser como una madre alimentando a su hijo: ella estudia tanto la comida como la canti-ad. No hay nadie sin remedio; todos pueden comprender las doctrinas. Pero nosotros tenemos que cocinarlo todo bien, y hacerlo tan atractivo como podamos. Utilizad la historia y las anécdotas como ilustraciones (yo reaccioné demasiado contra ellas) pero en la medida correcta”.

Durante los anteriores comentarios, añadió de paso: “No estoy seguros ni mi prole me ha hecho honor o si refleja un defecto mío”.

También estoy atribulado sobre nuestro orar, y que se aprueba como oración. La oración no debería ser una confesión de fe, un recital de doctrina; eso es pobreza espiritual. No, en la oración tenemos que apropiarnos de toda esta doctrina”.

Sobre la naturaleza de los sermones, continuó diciendo: “Debería haber un elemento de misterio en la predicación efectiva. Cuando un granjero va a comprar ganado en un mercado, los animales que le atraen son aquellos cuyos esqueletos no están a la vista”. De un modo similar, los sermones no deberían mostrar los libros que lee un predicador, en un “defecto fatal” para un predicador no asimilar su lectura. Más bien debería “atravesarle” de tal modo que saliera como algo nuevo. Algunos hombres, se temía, leen a los puritanos y después transmiten su lectura como discos de gramófono. “No leáis para obtener material para predicar; el leer es primeramente para alimentarme y para hacerme pensar originalmente”. La preparación de un sermón es un proceso difícil. La parte más dura del trabajo de un ministro es la preparación de los sermones. Es por eso por lo que me siento tan bien de momento; no preparo tres sermones por semana. Hay una agonía, un acto de creación, en la preparación. El peso de un sermón tiene que involucrar mi personalidad entera.

Un especialista médico en Cardiff dijo una vez a Martyn Lloyd-Jones que tenía un problema en cuanto a su predicación. Era cómo los inconversos podían evidentemente disfrutarla. Esto no dejó perplejo a Martyn Lloyd-Jones: “Son atraídos por la presen-tación, y eso debería ser atractivo (como la predicación de Whitefield fue para Benjamin Franklin). Presentemos el sermón lo mejor que podamos: las mejores palabras, lo mejor de todo. Tenemos la curiosa noción de que ‘es la doctrina lo que importa’, y pasamos esto por alto. Con el mensaje que tenemos, es trágico que podamos ser fríos, sin vida y pesados”.

La reunión terminó con una oración y el anuncio de que la próxima reunión sería el primer lunes de noviembre (1968). El Dr. Lloyd-Jones iba a presidir la Asociación durante otros once años, y lo hizo por última vez el 3 de diciembre de 1979.

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Iain Hamish Murray (nacido en 1931) es un pastor y autor británico. Fue asistente de Martyn Lloyd-Jones en Westminster Chapel (1956–59) y posteriormente en Grove Chapel, Londres (1961–69) y St. Giles Presbyterian Church, Sydney, Australia, (1981–84). En 1957, él y Jack Cullum fundaron la editorial Reformada, Banner of Truth  de la que sigue siendo fideicomisario.

Nota. El Dr. Lloyd-Jones falleció el 1 de marzo de 1981.

Elevar el nivel de la predicación 1

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“¡Como oyente, durante cuatro de esos meses, mi impresión general es que para la gente fuera de nuestras iglesias, la mayoría de nuestros cultos son terriblemente deprimentes! Me asombro de que la gente todavía asista”.

                                                                                                         Notas de una conferencia memorable del Dr. Lloyd-Jones

INTRODUCCIÓN

EI Dr. Lloyd-Jones predicó por última vez como pastor de la iglesia Westminster Chapel el viernes 1 de marzo de 1968. La enfermedad (de la cual se recuperó después de ser intervenido quirúrgicamente) le condujo posteriormente a su retiro de aquella obligación pastoral. Pero entre las labores que continuó haciendo después de eso estuvo el ser presidente de la Asociación de Pastores de Westminster, y, al reanudar el ministerio público, uno de sus primeros compromisos fue con la Asociación, en la reunión del 9 de octubre de 1968 en Westminster Chapel. Al igual que con varios sermones de Martyn Lloyd-Jones, no se hizo ninguna grabación de esta conferencia, ni en cinta magnetofónica ni en taquigrafía, y lo que sigue son únicamente mis notas de oyente tomadas de prisa. Aun en esta forma fragmentaria creo que son dignas de ser preservadas.

La reunión estaba repleta de gente; el amor y el agradecimiento hacia el orador eran los sentimientos principales, y sus elevadoras palabras tuvieron que ser recordadas por mucho tiempo por quienes allí estuvieron. El encabezamiento es mío y no se dio ningún título del contenido de antemano.

El Dr. Lloyd-Jones empezó disculpándose por la interrupción de su presencia en la Asociación, aunque “había estado fuera de mi control“. Quiso decir una sola cosa sobre su operación. Antes de ella había gozado de una salud notable, y había encontrado difícil visualizar cómo sería cuando enfermara. “Creo que ahora conozco ‘la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento’ como algo muy real. Algo que no se puede decir con palabras me fue dado en un modo que nunca olvidaré mientras viva. En cuanto al lado negativo, tengo que confesar que me preguntaba después por qué no sentí como Pablo un ‘deseo de partir y estar con Cristo’. No era que estuviera anhelando vivir, pero mirándolo retrospectivamente faltaba algo allí. Yo sabía que me iba a poner bien. Me digo que debería haber conocido algo de ese otro aspecto al enfrentarme a la muerte: un sentimiento de expectación. Considero la ausencia de eso como una deficiencia. Nuestra relación con nuestro Señor debería hacer que fuera diferente. Deberíamos no estar esperando que las cosas ocurrieran, que la muerte viniera; deberíamos estar preparándonos“. Aquí endosó las palabras de un pastor que estaba muriendo de tuberculosis que instaba a quienes estaban a su alrededor a amar a Dios con todas sus fuerzas, porque cuando la enfermedad llega, la fuerza se va. “Nos volvemos demasiado débiles para leer, incluso las Escrituras. Debemos usar nuestra fuerza, y acumular reservas para el día de comparecer“.

Nuestro peligro está en ser víctimas de nuestra rutina, ser llevados por el ímpetu del trabajo. Necesitamos que nos recuerden las palabras de Edmund Burke. En medio de una campaña electoral parlamentaria en Bristol, Burke estaba a punto de levantarse para hablar cuando le comunicaron que su oponente en las elecciones había muerto repenti-namente: ‘iQué fantasmas somos, y qué fantasmas perseguimos“‘.

Otra cosa me ha inquietado estos últimos meses. El punto en el que mi ministerio pastoral fue interrumpido tenía un mensaje para mí. Estaba predicando sobre Romanos 14: 17: ‘Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo’. Yo había tratado de ‘justicia, y paz’ (esta última el 1 de marzo), y allí se me hizo parar. No se me permitió tratar del ‘gozo en el Espíritu Santo’. Tengo la sensación de que con ‘justicia y paz’ yo tenía una pasajera experiencia de ello, pero la tercera cosa es la más profunda de todas. ¿Por qué no se me permitió tratar de ‘el gozo en el Espíritu Santo’? Porque yo conocía algo, pero no lo suficiente sobre ello. Como si Dios dijera: ‘Quiero que hables sobre esto con mayor autoridad“.

“Estoy convencido de que esta es la cosa más importante de todas y me conduce a lo que quiero exponer ante vosotros. Durante seis meses, hasta septiembre, no prediqué nada. He sido oyente y ha sido una experiencia de lo más valiosa. (Como oyente, durante cuatro de esos meses, mi impresión general es que para la gente fuera de nuestras iglesias, la mayoría de nuestros cultos son terriblemente deprimentes! Me asombro de que la gente todavía asista. La mayoría de los que asisten son mujeres, por encima de la edad de cuarenta, y tengo la sensación de que asisten por obligación; algunas quizá tienen la oportunidad de ser importantes en sus pequeñas esferas. No hay nada que haga que un extraño sienta que se está perdiendo algo. ¡Por el contrario, encuentra que esto supone un terrible peso! Y el pastor al sentir esto piensa que debe ser breve; de esta manera la gente se reúne para separarse. Estoy hablando sobre las iglesias en general pero en este aspecto hay muy poca diferencia en las iglesias evangélicas.”

“Es una gran cosa ser oyente. Uno quiere algo para su alma, quiere ayuda. Yo no quiero un gran sermón. Quiero sentir la presencia de Dios, que estoy adorándole y considerando algo grande y glorioso. Si obtengo esto, no me importa lo pobre que sea el sermón.”

“Os sugiero que nuestro mayor peligro es del profesionalismo. No nos paramos con la suficiente frecuencia a preguntarnos a nosotros mismos qué estamos haciendo realmente. El peligro consiste en únicamente enfrentarnos a un texto, y tratarlo como un fin en sí mismo, con un extraño desapego. Lejos de Londres, y en una iglesia anglicana, oímos predicar a un párroco sobre las palabras de Jeremías, 20:9 “Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo y no pude”. El predicador se había tomado grandes molestias preparando el sermón; estaba bien coordinado, tenía forma; lo único que no había era fuego. Era una ducha fría. Imposible que nadie pudiera salir de aquel culto enardecido! El predicador no pudo haberse preguntado: ‘¿Qué es este fuego, y qué es para mí?’. En lugar de hacerse tal pregunta, había preparado un sermón, y la cosa vital estaba ausente.

“Podéis pensar que estaba escuchando como crítico; no lo estaba. En otra localidad oí un sermón sobre Gálatas 3:1 ‘¡Oh gálatas insensatos! ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?’. Se nos habló mucho sobre ‘fascinar’, y el sermón versó sobre cosas que podrían desviarnos y nos desvían; pero yo estaba consternado de que el predicador no viera la cosa principal en el texto: que estos gálatas se habían desviado de esta gloriosa cosa, Cristo Jesús quien había sido anunciando ante ellos. ¡Esto es sobre lo que debemos hablar!

“Podemos perder de vista el bosque por causa de los árboles y perder la gloria del evangelio. Nuestra tarea es despedir a la gente con la cosa más gloriosa del universo. Esto es apicable a la gente que viene regularmente. No hay esperanza de atraer a los de fuera mientras los de dentro estén como están. Los de fuera ya están deprimidos, y, si no, pronto lo estarán.

Continuara …

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Iain Hamish Murray (nacido en 1931) es un pastor y autor británico. Fue asistente de Martyn Lloyd-Jones en Westminster Chapel (1956–59) y posteriormente en Grove Chapel, Londres (1961–69) y St. Giles Presbyterian Church, Sydney, Australia, (1981–84). En 1957, él y Jack Cullum fundaron la editorial Reformada, Banner of Truth  de la que sigue siendo fideicomisario.

La iglesia y las últimas cosas

La Iglesia 4

Bien conocido por muchos, conocedores de la importancia y relevancia de todo el trabajo realizado por el Dr. Martyn Lloyd-Jones, este libro es el último tomo de una serie de grandes e importantes obras en las que el magistral predicador expone la Biblia para mostrar la esencia de la fe cristiana.

Durante muchos años ante el presente volumen, las personas con las que nos hemos encontrado que se interesaban por esta obra en particular, tomaban el título de la misma comprendiendo que se trataría de un estudio de como afrontará la Iglesia los últimos tiempos, o lo que es lo mismo, un acercamiento escatológico a la doctrina de las últimas profecías que ocurrirán con referencia al fin del mundo en el plan de Dios, centrado en la Iglesia.

Mas bien confundidos siempre hemos aclarado que el presente libro, explora en una primera parte profunda y biblicamente la Iglesia y sus sacramentos, especialmente por una comprensión correcta del bautismo y la cena del Señor e igualmente, las marcas y el gobierno de la iglesia.

Ahora si, en una segunda parte afrontamos en esta misma obra la segunda venida de Cristo, el juicio final y la resurrección del cuerpo. Además de un detallado estudio de la enseñanza clave de la Biblia en Daniel 9 y el Apocalipsis, Lloyd-Jones también examina las distintas ideas al respecto y analiza cómo se lleva a cabo el plan de Dios para los Judios.

 

Integran este libro los siguientes capítulos:
1 La Iglesia
2 Las marcas y el gobierno de la Iglesia
3 Los sacramentos: señales y sellos
4 El bautismo
5 La Cena del Señor
6 La muerte y la inmortalidad
7 ¿La inmortalidad condicional o una segunda oportunidad?
8 La segunda venida: una introducción general
9 El tiempo de su venida: las señales
10 El plan de Dios para los judíos
11 El anticristo
12 La interpretación de Daniel 9:24-27
13 La conclusión de Daniel 9 y el rapto secreto
14 El libro del Apocalipsis: introducción
15 Los conceptos preterista y futurista
16 El concepto historicista espiritual
17 El sufrimiento y la seguridad de los redimidos
18 Las trompetas
19 El juicio final
20 El concepto premilenarista
21 El posmilenarismo y el concepto espiritual
22 La resurrección del cuerpo
23 El destino final

Te ofrecemos a continuación una porción del libro:

“Por una razón u otra, nuestros padres y abuelos creyeron que era suficiente formar movimientos y no pensaron en términos de la Iglesia, con el resultado de que el testimonio se ha diluido entre multitud de denominaciones y los cristianos solo se reúnen en movimientos en lugar de en iglesias. Desde esa perspectiva, pues, se trata de una cuestión sumamente importante. Si tenemos una profunda preocupación por el mensaje evangélico y su vital importancia en la actualidad, entonces estamos obligados a considerar la doctrina de la Iglesia. […] La primera cuestión que debemos tratar es esta: ¿cuál es la relación de la Iglesia con el Reino de Dios? En la Biblia encontramos enseñanza acerca del Reino y enseñanza acerca de la Iglesia. Entre los cristianos suele haber gran confusión con respecto a estas dos cuestiones. Esto se debe en gran medida a la manera como la Iglesia católica identifica a ambas. En la enseñanza católica romana, la Iglesia es el Reino de Dios, y los católicos son completamente coherentes en la forma en que lo desarrollan, reivindicando el derecho a gobernar y dominar hasta el último aspecto de la vida. Y podemos recordar cómo en el Medioevo la Iglesia gobernaba sobre señores, príncipes, países y potestades, sobre la base de que ella era el Reino de Dios, era superior. Y de alguna forma, ese concepto tendió a persistir. Debemos tener clara, pues, la relación entre la Iglesia y el Reino. ¿Qué es el Reino de Dios? Bien, su mejor definición es el gobierno de Dios. El Reino de Dios está presente dondequiera que reine Dios. Ese es el motivo por que nuestro Señor pudo decir que, debido a su actividad y obras, «el reino de Dios está entre vosotros » (Lucas 17:21). «Mas si —dijo— por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lucas 11:20). Si consideramos, pues, el Reino de Dios como el gobierno y el reinado de Dios, el Reino estaba aquí cuando nuestro Señor estuvo en persona. Está presente ahora dondequiera que al Señor Jesucristo se le acepte como Señor. Pero vendrá en toda su plenitud cuando todo el mundo tenga que aceptar su señorío. Podemos, pues, decir que el Reino ha venido, que el Reino está entre nosotros, y que el Reino está por venir. ¿Cuál es, entonces, la relación entre la Iglesia y el Reino? Sin duda esta: la Iglesia es una expresión del Reino pero no es equivalente a él. El Reino de Dios es más amplio que la Iglesia. En la Iglesia, dondequiera que la Iglesia sea verdaderamente la Iglesia, se acepta y se reconoce el señorío de Cristo y este mora allí. El Reino, pues, está ahí en ese punto. De manera que la Iglesia es parte del Reino, pero solo parte. El Reino de Dios es mucho más amplio que eso. Él gobierna fuera de la Iglesia, en lugares donde no se le reconoce, porque todas las cosas, incluyendo la historia, están en su mano. La Iglesia, pues, no es equivalente en extensión al Reino. Ahora bien, permítaseme mostrar algunos de los términos que se utilizan. La palabra griega que se traduce como «iglesia» es el término ekklesia, y ekklesia significa «aquellos que son llamados fuera». No necesariamente llamados fuera del mundo, sino fuera de la sociedad para alguna clase de función o propósito específicos; son «reunidos». Podemos traducir la palabra ekklesia por «asamblea». En las Escrituras ekklesia no está restringido a una asamblea espiritual. Si leemos el relato de Hechos 19 sobre la extraordinaria reunión que tuvo lugar en la ciudad de Éfeso, una reunión que casi se convirtió en revuelta, encontraremos que el escribano de la ciudad lo llama una asamblea, una ekklesia, con lo que quería decir un cierto número de personas que se habían reunido. De la misma manera, Esteban en su discurso de Hechos 7 hace referencia a Moisés estando en «la congregación en el desierto» (versículo 38). Los hijos de Israel, pues, eran una iglesia, una reunión, una asamblea del pueblo de Dios. Eran la ekklesia, la Iglesia en el Antiguo Testamento. Ese es el significado fundamental de la palabra «iglesia». Ahora bien, nuestra palabra «iglesia» y todos los términos y palabras afines, contienen un significado levemente distinto. Utilizamos la palabra aludiendo a nuestra pertenencia al Señor. La palabra inglesa «church» (iglesia) proviene de la palabra griega kurios, que significa «señor», tiene la misma derivación que las palabras káiser y césar. Es importante que recordemos eso, porque debemos unir estos dos significados: la Iglesia se constituye de aquellas personas que pertenecen al Señor, que están reunidas. Pero vayamos más allá. Consideremos ciertas afirmaciones que se hacen en la Escritura con respecto a la Iglesia, y estas son verdaderamente importantes. En la Biblia, la palabra ekklesia, cuando se aplica a los cristianos, en general se utiliza en referencia a una reunión local. Ahora bien, la distinción que estamos estableciendo es la diferencia entre la Iglesia considerada como un concepto general y la Iglesia considerada como un concepto local, particular. El término que se utiliza casi invariablemente en las Escrituras conlleva este significado local. Por ejemplo, en Romanos 16, cuando Pablo envía sus saludos a Aquila y Priscila, hace referencia a «la iglesia de su casa» (versículo 5). Una serie de cristianos se reunía en la casa de Aquila y Priscila y el apóstol Pablo no duda en llamar a esa reunión local una iglesia. No está pensando en término del ideal ecuménico moderno, según el cual la Iglesia es lo grande. Luego, además, Pablo dirige sus epístolas, por ejemplo, «a la iglesia de Dios que está en Corinto. Escribe la Epístola a los Gálatas a «las iglesias de Galacia» (Gálatas 1:2), no a «la Iglesia de Galacia». Pablo no está pensando en una unidad dividida en ramas locales, sino en las iglesias, un número de estas unidades, en Galacia. Ese es un punto sumamente importante y significativo. Ahora bien, si repasamos las Escrituras, hallaremos que esa es la manera apostólica habitual de manejar la cuestión. Pero debemos advertir que hay dos o tres ocasiones donde se emplea la palabra «iglesia» más que «iglesias» y una de ellas muy interesante. La encontramos en Hechos 9:31. Aquí hay una diferencia entre la versión de la Biblia de las Américas y la Reina-Valera. La Reina-Valera dice: «Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas». Pero en la Biblia de las Américas se puede leer en singular, «iglesia», e indudablemente es una traducción mejor. Sí, pero aun así, debemos recordar que la referencia es casi con toda certeza a los miembros de la iglesia en Jerusalén que se habían dispersado como resultado de la persecución. Lucas, pues, probablemente no se estaba refiriendo al concepto de «la Iglesia» como algo distinto de «las iglesias», sino que estaba pensando en la Iglesia diseminada por distintos lugares. En cualquier caso, este no es un punto vital. Por otro lado, en 1 Corintios 12:28 leemos: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas». Pablo no dice que Dios los pusiera «en las iglesias», sino «en la iglesia».”

 

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Otros dos volúmenes que forman parte de la trilogía:

  1. https://solosanadoctrinablog.wordpress.com/2018/01/18/dios-el-padre-dios-el-hijo-2/
  2. https://solosanadoctrinablog.wordpress.com/2018/04/15/dios-el-espiritu-santo/

Dios el Espíritu Santo


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Este es el segundo tomo de una serie de grandes e importantes obras de el Dr. Martyn Lloyd-Jones en el que el magistral predicador expone la Biblia para mostrar la esencia de la fe cristiana. Aquí se explora detalladamente la persona y la obra vital del Espíritu Santo.

Ya le hemos hablado del primero de los tomos de esta trilogía esencial en toda biblioteca reformada que se precie, “Dios el Padre, Dios el Hijo” en nuestro apartado de reseñas literarias: (https://solosanadoctrinablog.wordpress.com/2018/01/18/dios-el-padre-dios-el-hijo-2/).

En este libro,  El Espíritu Santo se muestra claramente como un tremendo poder divino que actúa en la conversión, la redención, la regeneración, la santificación y la seguridad. Se hace una consideración adicional de Pentecostés, el bautismo y los dones del Espíritu Santo, dando así a los lectores una mejor comprensión de la persona menos conocida de la Trinidad.

Se estudian en este tomo los siguientes capítulos:

1. La persona del Espíritu Santo 10
2. La divinidad del Espíritu Santo 22
3. Creación y gracia común 34
4. El significado de Pentecostés 44
5. La obra del Espíritu Santo en general 58
6. La obra del Espíritu Santo en la redención 72
7. El llamamiento eficaz 84
8. La regeneración: una nueva disposición 96
9. El nuevo nacimiento 108
10. Un hijo de Dios y en Cristo 122
11. La unión con Cristo 136
12. La conversión 150
13. El arrepentimiento 164
14. La fe salvadora 178
15. La seguridad 194
16. La justificación por la fe 212
17. La adopción 226
18. La santificación: las distintas ideas 240
19. La santificación: la obra de Dios y la nuestra 252
20. El poderoso proceso del Espíritu Santo 264
21. La santificación en Romanos 6 al 8 278
22. El bautismo y el ser llenos 294
23. Otras reflexiones acerca del bautismo del Espíritu 306
24. El sello y las arras 320
25. Los dones del Espíritu Santo 332

A continuación te ofrecemos un fragmento de “Dios el Espíritu Santo”, de Lloyd-Jones:

“La mejor forma de enfocar la doctrina del Espíritu Santo es comenzar por advertir los nombres y títulos que se atribuyen a esta persona.

En primer lugar, están todos los nombres que lo relacionan con el Padre; permítaseme enumerar algunos de ellos: el Espíritu de Dios (Génesis 1:2); el Espíritu del Señor (Lucas 4:18); el Espíritu de nuestro Señor (1 Corintios 6:11).

Luego hay otro que es el Espíritu de Jehová el Señor, que se encuentra en Isaías 61:1. Nuestro Señor habla, en Mateo 10:20 del Espíritu de vuestro Padre, mientras que Pablo se refiere al Espíritu del Dios viviente (2 Corintios 3:3).

Mi Espíritu, dice Dios en Génesis 6:3, y el Salmista pregunta: “¿A dónde me iré de tu Espíritu?” (Salmo 139:7). Hay referencias a Él como su Espíritu —el Espíritu de Dios— en Números 11:29; y Pablo, en Romanos 8:11, utiliza la frase y si el Espíritu de aquel [Dios el Padre] que levantó de los muertos a Jesús.

Todos estos son títulos descriptivos que se refieren al Espíritu Santo en términos de su relación con el Padre.

En el segundo grupo se encuentran los títulos que relacionan al Espíritu Santo con el Hijo.

Primero: “Y si alguno no tiene el espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8:9), lo que constituye una frase muy importante. La palabra “Espíritu” se refiere aquí al Espíritu Santo.

En Filipenses 1:19, Pablo habla acerca del Espíritu de Jesucristo, y en Gálatas 4:6 dice: “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo”. Finalmente, hay referencias a Él como el Espíritu del Señor (Hechos 5:9).

Finalmente, el tercer grupo reúne los títulos directos o personales y aquí, en primer lugar y antes que nada está, por supuesto, el de Espíritu Santo. La palabra “Espíritu” se deriva del latín spiritus.

Un segundo título dentro de este grupo es el Espíritu de santidad. Romanos 1:4 dice: “Declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de Santidad, por la resurrección de entre los muertos”.

Otro título es el de el Santo: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo” (1 Juan 2:20). En Hebreos 9:14 se habla de Él como el Espíritu eterno y Pablo, en Romanos 8:2, dice: “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”.

En Juan 14:17 se le denomina el Espíritu de verdad, y en los capítulos 14, 15 y 16 del Evangelio de Juan, se habla de Él como el Consolador.

Esos son, entonces, los nombres o títulos principales que se le aplican. ¿Pero nos hemos preguntado alguna vez por qué se le denomina Espíritu Santo? Ahora bien, si planteamos esa pregunta a la gente, creo que su repuesta será: “Se le describe así porque es santo”.

Pero esa no puede ser la verdadera explicación porque el propósito de un nombre es diferenciar a alguien de los demás, pero Dios el Padre es santo y Dios el Hijo es igualmente santo.

¿Por qué, entonces, se le denomina santo? Sin duda, la explicación es que su obra particular consiste en producir la santidad y el orden en todo lo que hace al aplicar la obra de salvación de Cristo.

Su objetivo es producir la santidad, y lo hace en la creación y en la naturaleza, así como en los seres humanos.Pero en última instancia, su obra es hacernos personas santas, santos como los hijos de Dios.

Es probable también que se le describa como el Espíritu Santo a fin de diferenciarlo de otros espíritus: los espíritus malignos. Ese es el motivo por que se nos dice que probemos los espíritus y sepamos si son de Dios o no (1 Juan 4:1).

A continuación, el siguiente y gran asunto es la personalidad o la persona del Espíritu. Ahora bien, esto es vital y por ello es esencial que lo exprese de la siguiente forma. El Espíritu Santo no ha sido olvidado solo por aquellos que definimos como liberales o modernistas en su teología (siempre es cierto en su caso), sino que nosotros mismos a menudo somos culpables de exactamente lo mismo.”

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Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

Dios el Padre, Dios el Hijo

Reseña 6

El libro que nos ocupa en esta ocasión, es el primer tomo de una trilogía, que se han convertido en obras indispensables para cualquier biblioteca Sana que se precie de serlo (biblioteca y Sana) así, de esta manera, se transforma en  un material de estudio y consulta  inigualable a la vez que un placer para los sentidos y el conocimiento su lectura y discernimiento.

Nos cuentan los editores de la dificultad que supuso su creación, debido a que estas conferencias en las que se basa el texto fueron impartidas en los primeros tiempos de las grabaciones en cinta, por lo que en algunas ocasiones hay palabras difíciles de descifrar, aparte de que algunas de las cintas se han perdido. Además, solo se tomaron notas taquigráficas de muy contadas conferencias, por lo que en uno o dos casos no contaban ni con la cinta ni con el manuscrito. Por fortuna nos siguen relatando los editores, el Doctor conservaba sus muy extensas notas de todas las conferencias, de modo que las han empleado. Es una lástima que durante muchos años la editorial encargada de la publicación de estos textos nos hallan restado bendición al no publicar estos libros que tanto esfuerzo les costó dar forma en un principio, anteponiendo otros textos no de menos calidad, pero sin duda, si menos relevancia para el seno histórico y reformado. Echamos de menos igualmente tras tanto tiempo sin ser publicadas, el que no apareciera una nueva edición revisada y actualizada trás siete años en el armario desde la última edición.

Estas exposiciones doctrinales magistrales, fueron realizadas entre los años 1952 a 1955 convirtiendose en regulares debido al aprecio de las grandes congregaciones que los escucharon y, años después, mucho han dado testimonio de la forma en que sus vidas cristianas resultaron fortalecidas por ellos. Libros de gran fuerza en sus estudios doctrinales sin ser áridas conferencias debido a que no fueron concebidas en forma de libro de texto. El doctor Lloyd-Jones por encima de todo era un predicador, y eso sale a relucir en todos ellos. Fue también un pastor, y quería que los hombres y las mujeres compartieran su sentimiento de asombro y gratitud hacia Dios por los poderosos hechos del Evangelio, de modo que su lenguaje es claro y no está cargado de una compleja terminología académica. Quería que la verdad estuviera en palabras “comprendidas por la gente”. Además, no quería que la enseñanza permaneciera solo en la cabeza, por lo que en cada conferencia hay una aplicación para asegurar que el corazón también resulte tocado. En cada uno de los tres libros encontramos las verdades fundamentales y esenciales de la Palabra de Dios.

Se divide este primer libro en los siguientes capítulos:
1 Mi propósito y método
2 La revelación
3 La autoridad de la Biblia
4 Cómo encontramos las doctrinas
5 La existencia y el ser de Dios
6 Los atributos de la personalidad absoluta de Dios
7 Los atributos morales de Dios
8 Los nombres de Dios y la Santísima Trinidad
9 Los decretos eternos de Dios
10 Los ángeles buenos
11 El diablo y los ángeles caídos
12 La creación del mundo
13 La providencia
14 La creación del hombre
15 La imagen divina en el hombre
16 La Caída
17 La posteridad de Adán y el pecado original
18 La contaminación original
19 La redención: el plan eterno de Dios
20 El pacto de gracia en el Antiguo Testamento
21 El pacto de gracia en el Nuevo Testamento
22 El Señor Jesucristo
23 La encarnación
24 Evidencias de la deidad y humanidad de Cristo
25 El Dios-hombre: la doctrina
26 Cristo el Profeta
27 Cristo el Sacerdote
28 La expiación
29 La sustitución
30 La necesidad de la expiación
31 Cristo el Vencedor
32 Las bendiciones del nuevo pacto
33 Cristo el Rey

Te ofrecemos a continuación una porción del libro:

La revelación

Quizá nos vendría bien tener en mente las palabras que encontramos en Hechos 14:15–17:

Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay. En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones.

Ahora bien, cualquier consideración de las doctrinas bíblicas, y de la doctrina cristiana en general, obviamente, en última instancia, está centrada en esta gran pregunta: ¿Cómo podemos conocer a Dios? El clamor está ahí en el corazón humano, como lo expresa Job tan acertadamente: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!”. Damos por supuesto lo que muchas veces se ha señalado: que en toda la raza humana encontramos lo que se podría describir como un “sentimiento de Dios”. Muchos dicen que no creen en Dios, pero, al decirlo, deben luchar contra algo fundamental e innato en ellos que les dice que Dios existe, que tienen una relación con Él y que, de una forma u otra, deben enfrentarse a Él, aun cuando ese enfrentamiento consista en negarle por completo. Aquí, por tanto, hay algo básico en la naturaleza del ser humano, y fundamental en toda la raza humana. Y este sentimiento de Dios, esta sensación de Dios, es algo que o bien bendice a los hombre y mujeres o bien los atormenta. Y todo el mundo debe encararlo.

Aquellos a los que esto les preocupa, y que desean encontrar a Dios y conocerle, se encuentran con dos maneras posibles de hacerlo. La primera, y la que nos viene instintivamente debido a nuestra naturaleza caída, es creer que nosotros, por nuestra propia búsqueda y esfuerzos, podemos encontrar a Dios; y desde el principio de la Historia, los hombres y las mujeres se han dedicado a esta búsqueda. Lo han hecho por medio de dos métodos principalmente. Uno es seguir esa especie de sensación instintiva o intuitiva que tenemos, y eso se manifiesta de varias maneras. A veces la gente habla de una “luz interior”, y dicen que lo único que hay que hacer es seguir esa luz adonde nos conduce.

Ese es el camino de los místicos y otros más. Dicen: “Si quieres conocer a Dios, lo mejor que puedes hacer es sumergirte en ti mismo, dentro de todos hay una luz que finalmente conduce a Dios. No te hace falta ningún conocimiento”. “No necesitas más que someter tus fuerzas y tu ser a esta luz y su guía”. Ese método intuitivo es algo que a todos nos resulta familiar. Se manifiesta de muchas maneras, y está presente en muchas de las sectas del mundo moderno.

El otro método que se ha adoptado ha sido el que se basa en la razón, la sabiduría y el conocimiento. La gente, por ejemplo, puede empezar por la naturaleza y la creación, y razonar a partir de eso. Sostienen que, como resultado de ese proceso, pueden llegar al conocimiento de Dios. Otros dicen que mirando a la Historia, y razonando sobre su desarrollo, pueden llegar a creer en Dios. Y aún hay otros que dicen que el camino para llegar a Dios se reduce a un proceso de razón pura. Dicen que si nos ponemos a razonar verdadera y correctamente, debemos llegar por fuerza a creer en Dios. Recordemos que está ilustrado por el argumento moral: puesto que en este mundo soy consciente de un bueno y un mejor morales, eso supone que debe de haber un óptimo en algún sitio. ¿Pero dónde está? No lo encuentro en este mundo; por tanto, debe de estar fuera de él, y la creencia es que eso es Dios.

Por otra parte, no quiero adentrarme en esos asuntos. Simplemente te estoy recordando que esas son las formas en las que muchas personas piensan que pueden encontrar a Dios y llegar a un conocimiento de Él. Pero la respuesta cristiana es que ese método está inevitablemente condenado al fracaso. El apóstol Pablo lo expresa en estas palabras memorables: “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Corintios 1:21); y es significativo que lo dijera a los corintios, que eran griegos y que, por tanto, estaban familiarizados con las enseñanzas filosóficas. Pero a pesar de que Pablo dijera eso, la gente aún confía en las ideas y los razonamientos humanos para encontrar a Dios.

Me parece que éste no es un asunto sobre el que se pueda discutir, porque simplemente es una cuestión de hechos, y el hecho es que uno no puede llegar al conocimiento de Dios siguiendo esa dirección por dos razones muy obvias. La primera es (como esperamos ver más adelante al tomar en consideración estas doctrinas en particular) la naturaleza de Dios mismo: su infinitud, su carácter absoluto y su completa santidad. Todo en Él y sobre Él hace imposible tener un conocimiento de Dios en términos de razón o intuición.

Pero cuando a eso se le añade la segunda razón, que es el carácter y la naturaleza de los hombres y las mujeres en su estado pecaminoso, la cosa se vuelve doblemente imposible. La mente humana es demasiado pequeña para abarcar o aprehender a Dios y comprenderle. Y cuando llegamos a la comprensión de que, a causa de la Caída, todas nuestras facultades se ven afectadas por el pecado y la enemistad natural, entonces, de nuevo, un conocimiento de Dios por medio del esfuerzo humano se torna completamente imposible.

Ahora bien, la Biblia siempre ha empezado por eso y, sin embargo, las personas en su necedad aún intentan emplear estos desgastados métodos que ya han probado ser un fracaso. Debemos, pues, empezar por asentar este postulado: nuestra única esperanza de conocer a Dios verdaderamente es que Él en su gracia se complazca en revelarse a nosotros, y la enseñanza cristiana es que Dios lo ha hecho. Está claro, pues, que la primera doctrina que habremos de considerar juntos es la doctrina bíblica de la revelación. No puedo llegar a Dios sin ayuda, por medio de mis propios esfuerzos. Dependo de que Dios se revele a sí mismo. La pregunta es: “¿Lo ha hecho?”. La respuesta: “Sí, lo ha hecho”, y la Biblia nos habla de ello………..

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