Quinientos años después

Reseña 2

Sin preámbulos, cinco respetados autores presentan en su más puro y sólido estado la fe bíblica, desde un punto de vista directo y reformado, con un enfoque teológico al alcance de cualquier lector.

Desde los comienzos del libro con el pastor Luis Cano dando una introducción a la fe reformada y continuando con el pastor Andrés Birch abordando la soteriología reformada, complementan esta obra, José Grau, dándonos una magistral introducción a los aspectos históricos de la fe reformada. Demetrio Cánovas analiza la manera en como se lleva a cabo la alabanza en el evangelicalismo actual, con un análisis del modelo bíblico y cómo se paso a un espectáculo circense en amplios segmentos de las iglesias evangélicas en el día de hoy. En el siguiente capítulo José Moreno expone con suficiente claridad que el Calvinismo y la evangelización no son dos conceptos excluyentes sino caras de una misma moneda.

Finalmente y como colofón, José de Segovia nos habla de la responsabilidad del cristiano y de la iglesia cristiana en cuanto a áreas como la política, la cultura, la economía, el arte, la educación, etc.

  1. Una fe mal entendida. Luis Cano
  2. Una fe bíblica. Andrés Birch
  3. Una fe con raíces. José Grau
  4. Una fe que lleva a la adoración. Demetrio Canovas
  5. Una fe para un mundo perdido. José Moreno
  6. Una fe para la vida entera. José de Segovia

 

A continuación te ofrecemos una porción del mismo:

JUSTIFICACIÓN POR LA FE SOLA

[El 31 de octubre de 1999], y 482 años después de que Lutero clavara las 95 Tesis en la iglesia de Wittenberg, la Iglesia Luterana Mundial, representada por Christian Krause y el Cardenal Edward I Cassidy, presidente del Consejo Pontificio para la unidad de los cristianos, en representación de la Iglesia de Roma, firmaron en Augsburgo (irónicamente, la Confesión Luterana de F. Melanchton lleva el nombre de este lugar), un documento al que llaman la Declaración Conjunta sobre la Justificación, una declaración que contenta a muchos, entontece a algunos, pero que no convence a casi nadie.

Otra ironía con respecto a esto. Dos meses antes de esa firma, el Cardenal William Baum, Penitenciario Mayor, presentó el Manual (Enchiridion), que intenta actualizar y revitalizar las indulgencias, contra las que luchó Lutero con su “justificación por la fe sola”. Otra vez la astucia de Roma contra el candor protestante.

Había un curioso cuestionario de diez preguntas sobre la justificación por la fe en cierta revista cristiana, que mostraba a los lectores el poco y mal conocimiento que se tiene de esa doctrina. De las veces que yo se la hice a diferentes personas, pocas son las que salieron cien por cien protestantes.

¿Qué quería decir Lutero y qué queremos decir nosotros? ¿Ha cambiado nuestra respuesta? ¿Ha cambiado la de la Iglesia de Roma?

El Catecismo de la Iglesia Católica dice (generalmente citando aquí al Concilio de Trento): “La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior […]. La justificación es concedida por el bautismo, sacramento de la fe. Nos asemeja a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia […]. La justificación implica la santificación de todo el ser. La gracia (de Dios) es una participación en la vida de Dios…”. El cardenal católico J. Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y que fue el presidente de la comisión que preparó el proyecto del catecismo, ha dicho que “si alguno no es justo, no es tampoco justificado”.

Dijo ya Lutero, con referencia a Romanos 3:28:

Al excluir con tanta nitidez cualquier categoría de obras, hay que pensar forzosamente que es solo la fe la que justifica; y el que quiera referirse con claridad y a secas a esta exclusión de las obras tendrá que decir que solamente la fe —y no las obras— es la que justifica. Es una conclusión obligada por la realidad misma y por la lingüística […]. Además, no he sido yo el único ni el primero en decir que solo la fe justifica; lo han afirmado antes que yo Ambrosio, Agustín y otros muchos, y tendrá que afirmarlo también —sin que quepa otra posibilidad— quien esté dispuesto a leer y a comprender a S. Pablo […]. ¡Sería bonito, estupendo, mucho mejor y más cómodo que la gente aprendiese que puede justificarse por las obras junto a la fe! Equivaldría a decir que no ha sido solo la muerte de Cristo la que nos ha remitido los pecados, sino que a ello han contribuido también y en cierta medida nuestras obras.

Más tarde, Felipe Melanchton —que colaboró con Lutero, entre otras cosas, en la traducción de la Biblia al alemán— dijo en la Confesión de Augsburgo —que antes he citado y que ha mencionado la Iglesia Luterana Mundial— en el artículo IV: “Asimismo, enseñamos que no somos justificados ante Dios en virtud de nuestros méritos y obras, sino que somos justificados gratuitamente en virtud de Cristo, por la fe, creyendo que Cristo murió para expiar nuestros pecados y que nosotros recibimos por Cristo el perdón de los pecados. Pues Dios imputa nuestra fe por justicia”.

H.C.G. Moule dijo que “la justificación por la fe es la aceptación del culpable ante Dios por razón de un Cristo en quien se ha depositado confianza […]. No es una virtud, no es un mérito, sino el proceso correcto”.

Cuando decimos, entonces, que somos justificados por la fe sola, estamos diciendo que:

1.º- Esta justificación debe ser tomada en sentido forense: “Una declaración meramente ante el tribunal de Dios”, como dijo el Dr. Lloyd-Jones.

2.º- La justificación no nos hace mejores, ni un poco siquiera.

3.º- Realmente, sí somos salvos por obras, pero las obras de Cristo fuera de nosotros.

4.º- La fe es la causa instrumental por la que el creyente se une a Cristo.

5.º- La fe no tiene valor alguno por sí misma, si no está puesta en Cristo. El mérito de la justificación no es la fe, sino el objeto donde descansa la fe. Todos los seres humanos en todas las religiones dicen creer en algo, pero eso no los salva. Solo Cristo salva.

6.º- La fe que salva, que lleva a Cristo, la fe bíblica no es innata en el ser humano ni producto de acción alguna suya, sino un regalo no merecido y soberano de parte de Dios (Efesios 2:8).

7.º- Todo añadido a la fe, ya sea bautismos, cumplimientos sabáticos u otros méritos, mandatos u obligaciones humanas invalidan la fe. Dios no necesita ritos humanos para hacer declaraciones. “No se merece nada por el acto de aceptarlo todo”

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Toda buena obra

Reseña 1

¿Cuál es tu papel como cristiano en tu vida laboral? ¿Lo has pensado alguna vez?. “Toda buena obra” escrito por Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf  aborda este fundamental aspecto de la vida cristiana.

Este libro nos ayuda a recordar la posición como cristianos en nuestro trabajo. En cualquier faceta de nuestra vida debemos de brillar y que el mundo pueda ver el reflejo de lo que decimos creer, en todo lugar, en todo momento, algo tan natural y esencial como el respirar, ¿cómo no en nuestro puesto de trabajo?, en la relación con nuestros compañeros, jefes, clientes.

Debemos de ser profesionales en cualquier trabajo, y que nuestra fe se vea reflejada en todo lo que hacemos, con excelencia y gratitud. Vivir el evangelio, es desarrollar el fundamento del mismo, compartiéndolo con todo aquel que nos rodea.

Índice del libro. “Toda buena obra”

Primera parte: El Plan de Dios para el Trabajo
01 > El diseño del trabajo
02 > La dignidad del trabajo
03 > El trabajo como cultivo
04 > El trabajo como servicio

Segunda parte: Nuestros Problemas con el Trabajo
05 > El trabajo se vuelve infructuoso
06 > El trabajo deja de tener sentido
07 > El trabajo se vuelve egoísta
08 > El trabajo revela nuestros ídolos

Tercera parte: El Evangelio y el Trabajo
09 > Una nueva historia para el trabajo
10 > Una nueva concepción del trabajo
11 > Una nueva brújula para el trabajo
12 > Un nuevo poder para el trabajo

A continuación te ofrecemos una porción del mismo:

Una audiencia diferente
En Efesios 6 Pablo expone un principio simple pero profundo que ennoblece el trabajo
(para los que tienen el peligro de verlo como una pesadez) y a la vez desmitifica el
trabajo (para los que tienen el peligro de convertirlo en su identidad). Dice que todo el
trabajo debería hacerse “como si sirvieras al Señor”.
La clave de la enseñanza de Pablo aquí es tanto psicológica como espiritual. Le dice tanto
a empleados como a empleadores que cambien su audiencia. ¿Quién está observando
tu trabajo? ¿Para quién estás trabajando? ¿Qué opinión importa más al final?
Para empleados. Primero, se dice que los trabajadores sean diligentes en su trabajo
(“con integridad de corazón”, v. 5). No deben hacer solo el trabajo mínimo necesario
para evitar el castigo; no solo deben trabajar duro cuando sus supervisores los observan;
no deben trabajar mecánicamente ni distraídos. Más bien, los cristianos deben
comprometerse totalmente con el trabajo como personas completas, dando sus
mentes, corazones y cuerpos para hacer el mejor trabajo posible con la tarea que tienen
entre manos. ¿Por qué?
Los trabajadores cristianos pueden pensar y trabajar de este modo porque tienen una
nueva motivación para el trabajo. Trabajan “como quien sirve al Señor” (v. 5). Así que
debido a que tienen una recompensa inimaginable en Cristo (v. 8), su trabajo no tiene
que estar demasiado condicionado por la cantidad de recompensa que obtienen de sus
amos.
Los cristianos han sido liberados para disfrutar del trabajo. Si comenzamos a trabajar
como si sirviéramos al Señor, seremos libres tanto del exceso como de la escasez de
trabajo. Ni la perspectiva del dinero ni de la alabanza, ni de la falta de ella, será lo que
nos controle. El trabajo será en primer lugar un modo de complacer a Dios haciendo su
obra en el mundo, en honor a su nombre.
Segundo, los cristianos deben trabajar con “integridad de corazón”, que literalmente
significa sinceridad de corazón, un término que connota tanto resolución como
honradez. Significa que nuestro trabajo debe ser ético, no deshonesto ni engañoso en
ningún aspecto. Tercero, debemos trabajar no “solo cuando os estén mirando, como los
que quieren ganarse el favor humano”. Esto significa que no debemos trabajar duro solo
cuando se nos observa; ni que hagamos solo lo necesario para salir del paso. Finalmente,
el término “de buena gana” en el versículo 7 significa que los cristianos deben trabajar
con alegría y energía.
Para empleadores. Aquí Pablo dice a los amos que ellos también son esclavos… esclavos
de Cristo (v. 9). Esto es algo muy extraordinario y radical en una cultural rígidamente
jerárquica. Está diciendo: “¡Comportaos con vuestros sirvientes como si vosotros
también fueseis esclavos!”. Es fácil pasar por alto esta pequeña frase, “haced con ellos
lo mismo”. ¿En qué sentido? En el que los esclavos debían tratar a sus amos: ¡con el
mayor respeto por sus necesidades! 
La razón de Pablo para esta actitud radical no solo es que sean iguales que los esclavos
ante el Señor, sino también que el Señor (para quien todos son igualmente
responsables) e imparcial. No hay favoritismos con él. Dios no trata a nadie de manera
diferente con base en la raza, la clase o la educación.
Todos trabajamos para una audiencia, seamos conscientes de ello o no. Algunos se
esfuerzan por complacer a los padres, otros para impresionar a los compañeros, otros
para convencer a los superiores, mientras que muchos hacen lo que hacen
estrictamente para vivir según sus propios estándares. Todas estas audiencias son
inadecuadas. Trabajar solo para ellas conducirá a un exceso o a una carencia de trabajo:
a veces una mezcla de ambas, basándonos en quién mira. Pero los cristianos miramos a
una Audiencia de Uno, nuestro amoroso Padre celestial y eso nos da responsabilidad
como alegría en el trabajo.

Fragmento adaptado de “Toda buena obra. Conectando tu trabajo con la obra de Dios”.
Timothy Keller y Katherine Leary Alsdorf, Publicaciones Andamio, 2017