El legado espiritual de Juan Calvino 2

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En 1536 llegó a Ginebra camino a Estrasburgo. Sin embargo no pudo continuar su viaje debido a que su compatriota Guillaume Farel lo convenció para que se quedara en la ciudad y colaborara con él en las tareas de reforma evangélica allí emprendidas. Por aquel tiempo el movimiento reformado en Suiza, iniciado por Zuinglio en Zurich, había ya arraigado en importantes cantones helvéticos, y contaba con destacados líderes evangélicos: Capito y Ecolampaio en Basilea, Haller en Berna, Vadiano en St. Gall, Viret en Lausana, Farel en Ginebra y Bullinger en Zurich. Si bien al principio Ginebra acogió favorablemente el ministerio de Calvino, las rígidas medidas disciplinarias impuestas por el joven reformador determinaron el rechazo de la población y la consiguiente expulsión de la ciudad. La estancia en Ginebra había durado menos de dos años. Aceptando la invitación de Martín Bucero, Farel y Calvino se instalaron en Estrasburgo. En esta ciudad Calvino pastoreó una pequeña congregación de refugiados franceses e inició un ambicioso esquema de reformas religiosas en conformidad con su visión bíblica de lo que había de ser una verdadera iglesia cristiana. En buena medida estas medidas encontrarían más tarde debido cumplimiento en Ginebra, donde a instancias y súplicas de las autoridades de la ciudad Calvino regresó de nuevo en 1541. Catorce años de “pacificación espiritual”, escribe Beza, fueron los que necesitó Calvino para implantar su plan de reformas religiosas, sociales y políticas . Al término de las mismas, según el testimonio del escocés John Knox, Ginebra se convirtió “en la más perfecta escuela de Cristo que jamás haya existido desde tiempos apostólicos”.

Calvino, ya desde el inicio de su ministerio, tuvo conciencia de su propia excepcionalidad en cuanto a dones espirituales y capacidades intelectuales; pero también tuvo conciencia de la extraordinaria tarea reformadora a él encomendada por llamamiento de Dios. Ante estas dos realidades, Calvino asumió una inquebrantable doble determinación: la de que se le conociera por sus reformas y escritos, y se le desconociera por lo que era en la esfera de lo personal. Sus escritos eran importantes por centrarse en la gloria y grandeza de Dios; mientras que por lo personal y propio él no era más que un insignificante “gusano de Jacob”. Muy celoso fue siempre Calvino de su “escondimiento personal”, al extremo de proyectarlo más allá de su muerte, pues dio estrictas instrucciones a sus amigos para que, llegado el día, se ocultara el lugar exacto donde habían de ser enterrados sus restos mortales. Al igual que Moisés, en modo alguno quería que su tumba fuera profanada por la idolatría. Ante la realidad de esta ocultación personal, motu proprio, poco es lo que sabemos de la biografía del Reformador, y para conocer algo hemos de hacernos eco de la información que sobré él nos ha llegado de los que le conocieron (particularmente de T. Beza). Por lo que podemos colegir de la información biográfica disponible, Calvino fue un hombre de férrea voluntad y determinación, y de profundos sentimientos —a los que siempre controló y sujetó bajo una estricta disciplina—. Por su carácter y actuación personal a la hora de asumir responsabilidades y obligaciones, se nos muestra siempre como un ejemplo modélico de creyente, que al igual que su admirado apóstol Pablo, ante cualquier situación, anímica o de índole exterior, podía afirmar: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. ¿Ha sido por este dominio de sí mismo y de control de sus sentimientos que se le ha juzgado de frío y distante? Los que así piensan deberían leer un buen número de sus más de cuatro mil cartas en las que el Reformador muestra una desbordante riqueza de sentimientos y afectos personales.

Dicho esto, con toda su riqueza personal y de carácter, Calvino no despierta el atractivo humano de Lutero. El reformador alemán, con todos sus defectos y virtudes, se nos aparece como un hombre más “como nosotros”. Con su “reina Catalina”, a la que amaba “tanto o más que a la Epístola a los Gálatas”, fundó un hogar cristiano, ejemplo de virtudes familiares y modelo de hospitalidad bíblica para propios y extraños. Del calor humano de sus Charlas de sobremesa, participan todavía hoy los que a través de la lectura de sus páginas se sientan en torno a la gran mesa preparada por la “reina Catalina”. Gracias a Lutero, el hogar del ministro de Dios pasa a desempeñar un papel decisivo en la esfera religiosa, social y cultural de los países protestantes. Pero en el hogar de Calvino no hemos podido entrar. ¿Qué era para Calvino, por ejemplo, el enamoramiento y la relación afectiva en el matrimonio? Nos asaltan muchos interrogantes sobre este particular al recordar cómo entró el Reformador en la orden de los casados. Al insistir sus amigos en que no “era bueno que el hombre estuviera solo”, y que por su salud débil y enfermiza había de casarse, Calvino accedió a entrar en el estado matrimonial bajo la condición de que fueran sus amigos los que le encontraran “la esposa ideal”. Y así fue: en 1540 contrajo matrimonio con Idelette de Bure, viuda y madre de dos hijos. De este matrimonio nació un hijo que murió en la infancia. Idelette moriría nueve años más tarde. Calvino permaneció viudo el resto de su vida.

Continuara…

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