La humanidad de Juan Calvino II

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I. LAS HUMANIDADES DE JUAN CALVINO

Para introducir esta primera parte, citaremos una página del bello libro de Susan Schreiner El teatro de su gloria. La naturaleza y el orden natural en el pensamiento de Juan Calvino.

“Aquellos que estudian la teología de Calvino no deben nunca perder de vista aquello que él afirmó en su debate con Sadoleto, es decir, que la preocupación mayor del cristiano no es la salvación individual de su alma, sino la gloria de Dios. Sin minimizar la importancia del pecado, de la justificación por la fe, o de la seguridad de la salvación en el pensamiento de Calvino, debemos acordarnos que él sabía que la gloria de Dios iba mucho más allá del individuo y se extendía a todos los aspectos de la Creación. Dios creó el mundo como un teatro de su gloria, y bien que el ser humano esté situado a la cabeza de la Creación, no constituye jamás, en su sola persona, toda esta Creación. Desde el movimiento ordenado de las estrellas hasta la estabilidad relativa de los Gobiernos, la naturaleza de Dios y su gloria se manifiestan en cada una de las partes de su Creación. La sugerencia de que “el mundo” se habría convertido en el dominio de las tinieblas, extranjero a la vida de la Iglesia, implicaba para Calvino que el propósito de Dios para su creación —ser el espejo o el teatro (de su gloria] — habría fracasado. Rehusar participar en este dominio terrestre o descuidar la contemplación de la naturaleza, manifiesta para él una ncomprensión del compromiso de Dios hacia su Creación y un olvido incluso de su gobierno del orden creado. En definitiva, limitar la visión de Calvino solamente a las doctrinas de la depravación total de la naturaleza humana, de la justificación por la fe y de la función condenatoria de la naturaleza [caída] sería imponerle una manera de ver a la cual se resiste todo lo que él ha escrito. En la perspectiva de Calvino, la especia humana pertenece al orden de la Creación, orden que revela o refleja el poder, la sabiduría y la gloria de Dios; no es entonces sorprendente que toda la Creación desempeñe un papel importante en su compresión de la naturaleza de Dios y de sus propósitos.”

En su bello libro El hombre cristiano y el saber en la época de la Reforma, E. Harris Harbison llega, en el capítulo que él dedica a Juan Calvino, a conclusiones totalmente parecidas. Hablando de la utilidad incomparable del estudio de la Biblia para los reformadores, Harbison plantea la pregunta: “¿Para qué es útil, según Calvino?”, y responde:

“La respuesta es que este saber bíblico [tal como se manifiesta en particular en la Institución de la religión cristiana] no debe solamente servir a la clarificación intelectual y doctrinal, y a la piedad personal, sino a una empresa mucho más vasta: el avance del Reino de Dios…. Estaba preocupado, de una manera que no era la de Lutero, a la vez en “la comunión y de la comunicación” de los beneficios espirituales. Esta preocupación social estaba asociada a una concepción asombrosamente dinámica de la Historia. El Dios de Calvino era un Dios activo, siempre activo y todopoderoso, tal como escribía, no aquel “imaginado por los sofistas [los escolásticos], vano, inactivo y casi dormido, sino más bien vigilante, eficaz, siempre obrando y continuamente en acción”. De igual manera, sus elegi-dos debían también trabajar en construir su Reino, estando constituidos como un ejército conquistador en marcha, avanzando en el mundo a partir de esta cabeza de puente del Reino de Dios establecida en Ginebra.”

Y Harbison concluye:

“Para Calvino, el saber puro, el hecho de estudiar y escribir por propio placen no podía nunca ser justificado. Pero si Calvino podía persuadirse, y persuadir con él a sus lectores, que esta forma de saber —sensible a las necesidades de los hombres, apropiada a los males sociales, productora de piedad cristiana, capaz para profundizar la comprensión por el cristiano de sus creencias esenciales, viva y concreta, allí donde la antigua tradición escolástica no era sino abstracción muerta— entonces los trabajos del erudito cristiano podían en efecto constituir una verdadera vocación cristiana de la mayor importancia. He aquí lo que se hallaba en el corazón de su visión de la búsqueda del saber como vocación cristiana.”

Continuará …

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