La muerte de la predicación bíblica 2

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El entusiasmo religioso es otra desviación más de la fe en el Evangelio. El entusiasmo, que implica buscar nuevas experiencias de Dios constantemente, fue censurado sin rodeos por Lutero y Wesley. Aquí el Espíritu es elevado por encima de la Palabra, y la experiencia religiosa es más apreciada que la fidelidad al Evangelio y a la Ley. El compartir experiencias a menudo ocupa el lugar de la exposición de un texto bíblico. Sin duda, la fe es una experiencia así como un acto de compromiso, pero es una experiencia que nos transporta sobre todas las experiencias a entrar en comunión con el Cristo vivo. En la fe, somos sacados fuera de nuestra subjetividad para entrar al servicio del Reino de Cristo, lo cual implica ministrar a otros. Lutero dijo: “Nuestra teología es cierta porque nos lleva fuera de nosotros mismos, fuera de nuestros sentimientos y experiencias, y nos adentra en las promesas de Dios, que nunca defraudan”. Puede que haya ocasiones cuando la experiencia personal tenga lugar en nuestra predicación; sin embargo, nunca debemos persistir en la experiencia sino señalar siempre a la experiencia de Cristo de nuestro pecado, culpa y muerte, única-mente la cual procuró nuestra salvación.

Por último venimos a la herejía de politizar el Evangelio en que la Iglesia se reduce a una sociedad ético-cultural o una camarilla política. La politización del Evangelio está a menudo asociada con el cristianismo liberal más que con el cristianismo evangélico, pero hoy vemos una agenda ideológica entremetiéndose en la proclamación de la Iglesia conservadora también. El evitar un Evangelio ideológico no significa que deberíamos refrenarnos de señalar a nuestra gente hacia las implicaciones políticas del evangelio bíblico. Tampoco se nos exime de la obligación de predicar contra los males sociales, porque esto está incluido en la predicación de la Ley. Al mismo tiempo, nunca deberíamos confundir el Reino de Dios con un programa social, o la justificación divina con la justicia social. Politizar el Evangelio es una forma de moralismo, porque convierte la Ley, más que el Evangelio, en el tema de nuestro mensaje.

¿Qué ha producido este abismal estado de cosas? Sin duda, un factor determinante es el deseo de hacer el Evangelio agradable a sus despreciadores culturales y así quitar el escándalo de la Cruz (1 Corintios 1:23). En el proceso, el Evangelio ha sido redefinido para incluir la celebración del potencial y la libertad humanos. O sucumbimos a la tentación de interpretar el Evangelio a la luz del carácter religioso cultural que ha modelado nuestra identidad (tal como “El estilo de vida” americano) volviendo rombos los ásperos filos del Evangelio. Aun en círculos conservadores el Evangelio como revelación divina se confunde a menudo con el bagaje cultural de diversas tradiciones de fe. En una ocasión, un amigo en un instituto teológico puso un examen a su clase, pidiéndoles que definieran el Evangelio. Recibió tantas definiciones como estudiantes había en la clase, y muchas de aquellas respuestas no podían concordar. El Evangelio, desde luego, no puede ser encerrado en una simple definición, porque esto convertiría el Evangelio sencillo en un Evangelio simplificado. La doctrina de la justificación por la fe pertenece a la esencia del Evangelio, pero no es el todo del Evangelio. El Evangelio también incluye la santificación por medio del derramamiento del Espíritu. El Evangelio no es solo el mensaje de salvación sino también el poder de salvación (Romanos 1:16), pero este poder no está dentro de nuestro control o posesión.

Hacia el restablecimiento de la predicación bíblica

La iglesia contemporánea (protestante, católica, ortodoxa) penosamente necesita el restablecimiento de la predicación bíblica, evangélica. El protestantismo, en la tradición de la Reforma, ha sido conocido por su acento en el carácter crucial de la predicación, pero ahora es parte del problema más que de la solución.

Tenemos que aprender de nuevo a predicar todo el consejo de Dios (el Evangelio completo) y esto incluye la Ley como también el Evangelio. Predicamos la Ley para convencer de pecado a las personas y también para guiarlas en los caminos de la justicia. Predicamos el Evangelio para consolar y también para inspirar la motivación para hacer obras de fe y amor. Nunca tenemos que confundir la Ley y el Evangelio, pero al mismo tiempo es imperativo que afirmemos su inseparable unidad. El Evangelio nunca debe ser convertido en una nueva Ley, ni debe nunca la Ley ser un sustituto para el Evangelio.

La predicación desempeña un papel de eje en el culto de adoración, pero no agota la adoración. Debería tener lugar en el contexto de la adoración, pero la adoración conlleva mucho más que la predicación. La adoración es la respuesta corporativa (en oración, canto y reflexión) a la revelación de Dios de sí mismo y a la obra reconciliadora en Cristo Jesús. La adoración no es una representación diseñada para producir la fe sino una celebración de los hechos poderosos de Dios, incluyendo el don de la fe por el poder de su Espíritu. La adoración, como la predicación misma, está centrada en lo audible, no en lo visual. Respondemos a lo que oímos de la lectura de la Escritura y de la boca del predicador. Lo visual no está excluido, pues adoramos a Dios por medio de la celebración de los sacramentos así como a través de la oración y el oír. Sin embargo, lo visual está subordinado a lo audible, pues el sacramento obtiene su poder únicamente en su unidad con la Palabra de Dios proclamada y escrita.

Idealmente, el sermón es una interpretación del texto de la Escritura, no una exhibición de conocimiento superior o la demostración de las habilidades de comunicación. La predicación, así como la adoración entera, tiene como objeto la gloria de Dios y la regeneración de la humanidad pecadora. Está también concebida para equipar a los santos para el servicio en el Reino de Dios.

Los sermones que son bíblicos serán ipsofacto teológicos también. Lo que es desconcertante es que tantos sermones desde los púlpitos evangélicos hoy son palpablemente no teológicos. Los intereses prácticos hacen sombra a los intereses doctrinales, un punto de vista bien pensado por parte de Os Guinness, Marfk Noll, David Wells y muchos otros agudos observadores de la escena evangélica. El enfoque está en resolver problemas más que en interpretar la Palabra de Dios correctamente. Necesitamos urgentemente sobreponemos a nuestro temor a la teología si hemos de ser buenos expositores de la Palabra de Dios y, por tanto, instrumentos de la gracia de Dios.

Hace unas pocas décadas, la predicación bíblica era primordial para las principales denominaciones protestantes. Bajo la influencia del movimiento de teología bíblica y neoortodoxia, los seminarios teológicos se ocupaban en la desafiante tarea de hacer que la Biblia fuera central de nuevo en la adoración y la misión de la Iglesia. Sin embargo, el acento estaba puesto en librarse de la duda personal y la ansiedad interior más que en la libertad del pecado, la muerte y el Infierno. La obra reconciliadora de Dios en Cristo era debidamente celebrada, pero a menudo se hacía para servir a una agenda social (la reconciliación de las clases y las razas). Mientras que la predicación todavía se veía como un elemento vital en la vida de la iglesia y en la adoración, el cambio de la predicación por el hacer, del dogma por la práctica era ya evidente. Con la aparición de las teologías de la revolución, la liberación y el multiculturalismo, la predicación ha sido cada vez mas relegada al último término. También no tomado nuevas formas: por ejemplo, el compartir listadas de lucha y triunfo personal. La Biblia ya no es la infalible guía y norma de fe y práctica sino que hora es una fuente para el crecimiento y la realización espiritual. La Escritura se interpreta a través de los lentes de una hermenéutica de suspicacia más que a través de las lentes de la fe en el Salvador crucificado y resucitado.

No niego que aún haya muchos pastores fieles que se esfuerzan con la Escritura y que saben lo que es el Evangelio. Aun así, raramente sabemos de ellos porque gastan sus energías en el servicio de darse a sí mismos para sus congregaciones más que en buscar puestos de influencia y poder con sus conferencias y denominaciones. Aún existe un remanente (incluidos algunos ministros conferenciantes y obispos) que confiesan el nombre de Cristo y cuyo testimonio es usado, por el Espíritu de Dios para preservar la Iglesia de la capitulación ante las fuerzas desmoralizantes dentro de la cultura. Pero no es suficiente que la Iglesia sea preservada. La Iglesia está llamada a avanzar bajo la bandera del Evangelio y a llevar al mundo entero bajo la sumisión a Cristo Jesús. Los símbolos de la Iglesia adquirirán nueva vitalidad y poder cuando el Evangelio sea recuperado tanto por los clérigos como por los laicos. Cuando las personas vuelvan a oír el Evangelio y la Ley proclamados desde los púlpitos, serán motivados a confesar sus pecados y convertirse en luz y sal en la sociedad que vehementemente necesita regeneración.

Lo que la Iglesia necesita hoy no es una vuelta a la ortodoxia escolástica ni a la neoortodoxia. Ni tampoco deberíamos tratar de restaurar la prístina teología de la Reforma. En lugar de eso, deberíamos volver a la Biblia como oidores y aprendices, esperando que Dios nos hable en una manera pura a través de su Espíritu. Deberíamos vernos a nosotros mismos no como maestros de una sabiduría secreta sino como siervos de la Palabra. No somos corredentares ni cocreadores en forjar el Reino de Dios, sino que somos embajadores del Señor Jesucristo que tenemos un mensaje que proclamar y una comisión que cumplir. Si tomamos esta tarea en serio, las palabras de Jesús serán satisfechas: “El que a vosotros oye, a mí me oye” (Lucas, 10:16). Entonces, y solo entonces, seremos un medio de gracia para un mundo perdido y doliente.

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Donald G. Bloesch fue Profesor de Teología Emérito en el Seminario Teológico Dubuque. Ha escrito numerosos libros, incluido The Future of Evangelical Christianity, The Struggle for Prayer, Freedom for Obedience.

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La muerte de la predicación bíblica 1

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Las distorsiones del Evangelio y su restablecimiento.

Un amigo mío informó recientemente que una iglesia que él había pastoreado anteriormente en Nueva Zelanda ha quitado el gran púlpito central (su único púlpito) y lo ha sustituido por una pantalla, que se usa para himnos y coros de alabanza y también para imprimir historias gráficamente ilustradas y mensajes de sermones. Lo que es sorprendente y desconcertante es que esta iglesia está relacionada con la Iglesia de Escocia, una rama de la cristiandad que se ha preciado de la predicación bíblica y expositiva. Sin embargo, lo que ocurrió en esta iglesia no es poco común: a lo largo y ancho del mundo protestante, hoy hay un movimiento inconfundible desde lo audible hacia lo visual, de la palabra a la imagen. La adoración se está convirtiendo rápidamente en entretenimiento; la meta ya no es la gloria de Dios y el servicio para su Reino sino el bienestar y la realización de la criatura humana. Además de la predicación, otras víctimas en este megafraude incluyen la oración de intercesión y la confesión de pecados corporativa seguida de la seguridad del perdón. La lectura extensa de la Escritura como preparación para el sermón está también siendo menos frecuente. Los solos musicales por algún conjunto especial están reemplazando cada vez mas al canto congregacional.

El legado evangélico que proviene de la Reforma protestante y los movimientos de renovación del puritanismo y el pietismo buscaban mantener la Palabra y los sacramentos juntos en tensión dialéctica, pero el acento estaba puesto en la Palabra de Dios predicada. Karl Barth observó acertadamente que, en la teología de la Reforma, la predicación prácticamente llegó a ser un tercer sacramento. El contenido del sermón era la Ley y el Evangelio. Hemos de confortar a los afligidos por medio de la predicación del Evangelio y afligir a los que se sienten bien por medio de la predicación de la Ley (Lutero). La meta de la predicación era la fe y la obediencia. La verdad de la Revelación divina era considerada como algo tanto objetivo como subjetivo. Sus bases y su contenido eran objetivos, debido a que se trataba de la pronunciación de Dios mismo en conjunción con los acontecimientos de la historia sagrada. Su comunicación era tanto objetiva como subjetiva, puesto que esta verdad era dada por el Espíritu en la experiencia evangélica de un corazón despertado.

Aberraciones después de la Reforma

La Reforma recuperó el poder revitalizante de la predicación bíblica, pero en el espacio de una generación, una orientación antropocéntrica empezó a suplantar al teocentrismo de los Reformadores. El acento ya no estaba en la justificación por la libre gracia recibida por medio de la fe y demostrada en una vida de obediencia, sino mas bien en la justifi-cación por creer en una doctrina correcta (como la ortodoxia) o en humanos preparativos y confirmaciones de la justificación (como en el pietismo). Un sermón bíblico acarreará por cierto un llamamiento a tomar una decisión, pero nuestra decisión constituye una respuesta al Evangelio y no al contenido del Evangelio. Es una respuesta, más aún, inducida por el derramamiento del Espíritu Santo y no un logro del libre albedrío humano, lo cual convertiría entonces la justificación en un asunto tanto de obras como de gracia.

Tanto en el protestantismo conservador como en el liberal que siguieron a la Reforma, la predicación a menudo degeneró en moralismo, en el cual nuestra aceptación por parte de Dios se hizo recaer sobre el esfuerzo humano. El moralismo es predicar la Ley sin el Evangelio de tal modo que a nuestros oyentes se les dice lo que hacer para asegurarse un lugar en el Reino de Dios, en lugar de lo que Dios ha hecho ya en Cristo Jesús por nosotros en el mundo entero. A veces el Evangelio se convierte en una nueva ley: ya no es la divina promesa sino el divino mandamiento. Aquí el protestantismo se acerca pe-ligrosamente al estilo de predicación prevalente en las iglesias católicas en las que una homilía moral, generalmente breve y yendo al grano, ocupa el lugar de la proclamación kerigmática.

El gnosticismo es otra tentación contra la que necesitamos guardarnos si hemos de permanecer fieles al mandato bíblico y de la Reforma de predicar el Evangelio a la creación entera. En el gnosticismo la predicación está diseñada para despertar los poderes latentes en la psique humana. La tarea del predicador consiste en capacitamos para descubrir nuestra propia divinidad o para darnos cuenta de las posibilidades humanas no descubiertas. También lleva consigo la pretensión de un conocimiento se-creto del futuro basado en la correcta interpretación de la profecía bíblica. El misterio de la Revelación ya no es el conocimiento de los poderosos hechos de Dios abiertos a todas las personas de fe, sino una sabiduría secreta disponible solo para aquellos que se someten a la disciplina de descifrar el lenguaje del código apocalíptico en que una porción de la Biblia está escrita.

Otra aberración es lo que algunos en el Movimiento de Santidad wesleyano llaman creencia fácil [en inglés, easy believism] y que Dietrich Bonhoeffer denominó gracia barata. Aquí nos encontramos confrontados con una forma truncada de ortodoxia en la que el mensaje de la justificación está completamente afirmado, pero el llamamiento a la santificación personal (nuestra respuesta al acto de misericordia de Dios) está mutado o rebajado. En esta clase de predicación discernimos el Evangelio pero no la Ley, mientras que el Evangelio completo consta tanto de la predicación de la Ley como de las Buenas Noticias de la victoria de Cristo sobre el pecado. Un sermón completamente bíblico hará sonar el llamamiento tanto a un discipulado costoso como a celebrar el don de la costosa gracia (gracia que costó a Dios la vida de su Hijo; se nos manda proclamar no solo el mensaje de la Cruz, sino también se nos manda tomar nuestras propias cruces y seguir a Cristo) no para ganar la salvación sino para hacer patente una salvación ya llevada a cabo por medio de la obra reconciliadora de Dios en Cristo Jesús.

Donald G. Bloesch 1

En lo que yo escojo llamar ortodoxismo, la enseñanza toma prioridad sobre la predicación y el sermón se reduce a un estudio bíblico, que puede ser edificante e instructivo, pero no es el poder de Dios para salvación. El desarrollo de la mente hu-mana es una meta digna, pero lo que más necesita el pecador es la regeneración del corazón humano. La predicación ciertamente transmitirá una dimensión tanto didáctica como kerigmática, pero si solo permanece didáctica, tendrá poca eficacia para convencer a las personas de pecado o para inspirar fe. Jesús no fue simplemente un gran Maestro sino el Salvador del mundo, y hasta que reconozcamos debidamente este hecho, careceremos del poder para tomar una genuina decisión de fe. Es posible predicar de la Biblia y, sin embargo, no predicar a Cristo Jesús ni el Evangelio y esto es lo que los protestantes, tanto conservadores como liberales, necesitan tener en mente al preparar a hombres y mujeres para el ministerio.

El exhibicionismo también tienta a muchos protestantes a deshacerse de las ataduras de la Reforma y de la Biblia. Aquí el propósito de la predicación es causar una impresión en nuestra audiencia en lugar de dar una interpretación fiel del mensaje de la Escritura. La predicación se convierte en una actuación en lugar de en un acto de obediencia. El culto de adoración ya no se centra en la Palabra sino en el predicador, en la personalidad y los talentos que él o ella aportan. Se espera que los predicadores sean maestros en el arte de la comunicación más que diligentes estudiantes de la Biblia. Su éxito está determinado por el número de personas que asistan a sus cultos o que lleven a cabo actividades en la iglesia y no por la obra del Espíritu Santo convenciendo de pecado a las personas y volviéndolas hacia la Cruz en arrepentimiento y fe.

Continuará

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Donald G. Bloesch fue Profesor de Teología Emérito en el Seminario Teológico Dubuque. Ha escrito numerosos libros, incluido The Future of Evangelical Christianity, The Struggle for Prayer, Freedom for Obedience.