Las buenas obras y los justificados 2

Hemos sido comprados por precio para ser nuevas criaturas en Cristo Jesús. Somos perdonados para poder ser como él, quien nos perdona. Nos pone en libertad y saca de la esclavitud del pecado para que
podamos ser santos. El amor gratuito e inconmensurable de Dios, vertido en nosotros, se expande y eleva todo nuestro ser y, entonces, le servimos, no a fin de ganarnos su favor, sino porque ya lo hemos obtenido por, sencillamente, creer lo que Dios ha dicho referente a su Hijo. Si la raíz es santa, también lo son sus ramas. Hemos sido conectados con la raíz santa y, en consecuencia, por esta conexión nosotros somos santos también.

El perdón no anula ninguna ley ni interfiere con la justicia divina. Los indultos humanos a menudo lo hacen; el perdón de Dios nunca. El perdón duplica nuestras ligaduras con una vida santa, pero ya no son
de hierro, sino de oro. Nos quita el yugo pesado, a fin de darnos uno liviano y fácil. El amor es más fuerte que la ley. Sea lo que fuere que conecta nuestra obediencia con el amor es mucho más influyente que lo
que nos conecta con la ley.

El amor de Dios por nosotros y nuestro amor por Dios obran juntos para producir en nosotros santidad. El temor no logra ninguna verdadera obediencia. El suspenso no da frutos para santidad. Sólo la certidumbre del amor, del amor perdonador, lo puede hacer. Es esta certidumbre la que derrite el corazón, disuelve nuestras cadenas y alivia la carga sobre nuestros hombros para poder ponernos de pie y correr en el camino de los mandamientos divinos.

La condenación es lo que nos amarra al pecado. El perdón desata este temible amarre y nos separa del pecado. La certidumbre del amor, del amor perdonador, puede hacerlo. El poder condenatorio que posee
la Ley es lo que lo hace tan fuerte y terrible. Cancelado este poder, el espíritu liberado se eleva a la esfera del amor y en esa esfera encuentra tanto la voluntad como la fuerza para guardar la Ley, la ley que es
antigua y a la vez nueva: Antigua en cuanto a su sustancia —“Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón” (Dt.6:5)— nueva en su modalidad y motivación —“Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:2) —; esto es, la ley del Espíritu que nos da la vida que tenemos en Cristo Jesús, ha cortado la conexión condenatoria de aquella Ley que no hace más que llevar al pecado y la muerte. “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne [es decir, incapaz de llevar a cabo sus mandamientos en nuestra vieja naturaleza], Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro. 8:3, 4).

La eliminación de la condenación significa disolución de la esclavitud legal y esa horrible presión sobre la conciencia que nos encadenaba y nos irritaba, quitándonos la capacidad, tanto como la inclinación, hacia toda obediencia, haciendo que la santidad pareciera desagradable y mala, por lo cual nos sometíamos sólo por temor a sufrir una tragedia… Pero el mensaje “Dios es amor” es como el sol irrumpiendo a través de los nubarrones de una larga tempestad. Recibir las buenas nuevas “por medio de él se os anuncia perdón de pecados” (Hch. 13:38), es como abrir la puerta de la celda al prisionero. Termina la esclavitud dando paso a la libertad. La desconfianza desaparece y se gana el corazón. “El perfecto amor echa fuera el temor” (1 Jn. 4:18). Nos apresuramos a abrazar a Aquel quien nos amó, aborrecemos aquello que nos había enemistado; descartamos todo lo que puso distancia entre nosotros y él, anhelamos ser tan perfectos como él y participar de su santidad. Ser “participantes de la naturaleza divina” (2 P. 1:4), que
antes nos era tan desagradable, de ahora en adelante es agradable y placentero, nada parece ahora más deseable que escapar de las corrupciones que hay en el mundo por la lascivia.

Nos sometemos a muchos cambios falsos, que parecen santidad, pero que realmente no lo son… el tiempo nos cambia, pero no nos hace santos. El deterioro por el paso de los años nos cambia, pero no rompe el poder del mal. Un deseo carnal sucede a otro, la fragilidad sucede a la fragilidad, el error origina otro error, una vanidad se debilita, pero otra irrumpe resuelta a tomar su lugar, una mala costumbre es cambiada por otra, pero nuestra carne sigue igual. La cruz no nos ha tocado con su poder regenerador, el Espíritu Santo no ha purificado los orígenes interiores de nuestro ser y nuestra vida.

La moda nos cambia, el ejemplo de los amigos nos cambia, la sociedad nos cambia, el entusiasmo nos cambia, nuestros intereses nos cambian, el afecto nos cambia, el dolor nos cambia, el temor del mal
que vendrá nos cambia, pero el corazón sigue igual que antes. De los numerosos cambios en nuestro carácter y comportamiento, ¡cuántos son engañosos, cuán pocos son auténticos y profundos! Sólo aquello que puede penetrar en lo más profundo de nuestro ser espiritual puede producir un cambio digno de ese nombre.

Lo único que puede realmente transformarnos es la Cruz. La poderosa consigna es: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Jn. 12:32)… “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” (Jn. 17:19). Cristo se presenta a Dios como el Santo, el Consagrado, para que los suyos puedan participar de su santificación y ser como él: Santos, consagrados, hombres apartados para Dios por el derramamiento de su sangre. A través de la verdad, son santificados por el poder del Espíritu Santo. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (He. 10:14), de modo que la perfección de sus santos, tanto en cuanto a la conciencia como a su santidad personal, está conectada al sacrificio único y surge de la obra consumada en el Calvario. “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (He. 10:10). También aquí la santificación está vinculada con el sacrificio del cuerpo de Cristo. Sea cual fuere el lugar que “el poder de su resurrección” ocupe en nuestra historia espiritual, la cruz es el origen de toda esa variedad de plenitud por la cual somos justificados y purificados. El secreto del creyente que anda en santidad es su continuo recurrir a la sangre de la Garantía y su relación cotidiana con un Señor crucificado y resucitado…

La falta de sensibilidad a la diferencia entre verdad y error es una de las características pecaminosas del protestantismo moderno. Las palabras grandilocuentes, cuadros bien logrados y una lógica fatua arrastra a multitudes. La diferencia entre evangelio y falta de evangelio es definitiva y muy trascendental; no obstante, muchos habiendo escuchado un sermón en que el evangelio de gracia para todos ha sido
velado, no se percatan de que algo faltaba y para colmo alaban al predicador. Las conversiones de los últimos años no cuentan con la profundidad de las conversiones del pasado. Las conciencias están avivadas a medias y pacificadas a medias, la herida ha sido expuesta superficialmente y curada insubstancialmente. De allí la falta de discernimiento espiritual entre la verdad y el error. La conciencia no es sensible, si lo fuera, rechazaría de inmediato y resentiría cualquier declaración, no importa lo bien argumentada o explicada, que interfiere, aun en el grado más mínimo, con el evangelio de gracia del amor de Dios en Cristo que pone algún obstáculo entre el pecador y la cruz o que, simplemente, habla sobre la cruz sin decirnos específicamente cómo salva y cómo purifica.

Tomado de The Everlasting Righteousness.

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Horatius Bonar (1808-1889): Pastor presbiteriano escocés y prolífico autor de tratados, libros e himnos. Nacido en Edimburgo, Escocia.