El Juicio y la recompensa de los Santos 2

Tercero, en esa ocasión también seremos recompensados por todas esas dificultades y constantes aflicciones que soportamos por nuestro Señor cuando estábamos en el mundo. Aquí ahora Cristo, comenzando con el peor sufrimiento y terminando con el más pequeño, nos dará por cada uno de ellos una recompensa: Desde la sangre del mártir hasta la pérdida de un cabello. A nada le faltará su recompensa (He. 11:36-40; 2 Co. 8:8-14). “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17). Veamos en las Escrituras cómo Dios ha registrado los
sufrimientos de su pueblo y también cómo ha prometido recompensarlo: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo… Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas” (Mt. 5:11, 12; Lc. 6:22-23). “Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mt. 19:29).

Cuarto, habrá también en aquel día una recompensa por todas las obras más secretas y más desconocidas de la cristiandad. a. No habrá en aquel día ni un acto de fe de nuestra alma, ya sea para Cristo o contra el Diablo y el Anticristo, que no será revelado y elogiado, honrado y glorificado en los cielos (1 P. 1:7). b. No habrá ni una plegaria a Dios en secreto contra nuestras propias lascivias o cuando pedimos más gracia, luz, más de su Espíritu, santificación y fortaleza para vivir en este mundo como un fiel cristiano, que Cristo no recompensará abiertamente cuando venga (Mt. 6:6). c. No habrá ni una lágrima derramada
contra nuestras lascivias y amor por este mundo, ni por una comunión más estrecha con Jesucristo, que no esté en la redoma de Dios, por lo que en aquel día traerá una recompensa tan profusa que resultará ser una abundancia como nunca nos imaginamos que existiera. “Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis” (Lc. 6:21). “Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están ellas en tu libro?” (Sal. 56:8). “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán” (Sal. 126:5, 6)…

Queda por decir unas pocas palabras para mostrarles también algo de lo que serán las recompensas.

Primero, los que serán encontrados en el día de su propia resurrección… Los que Dios considere que fueron los más laboriosos en su obra cuando estuvieron aquí, en aquel día disfrutarán de la porción más grande de Dios o poseerán la mayor parte de la gloria del Altísimo. Porque esa es la porción de los santos en general (Ro. 8:17; Lm. 3:24). ¿Y por qué el que hace más para el Señor en este mundo habrá de disfrutar más de él en la vida venidera? Porque por el hacer y el obrar, el corazón y cada facultad del alma se expande y aumenta su capacidad, teniendo así más lugar para la gloria. En ese día, cada vaso de gloria estará lleno
de ella. Pero no todos serán capaces de contener la misma medida. Si se les tratara de dar la medida entera no tendrían lugar para ella porque hay “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” que los santos disfrutarán en aquel día (2 Co. 4:17) y en ese día, todo vaso se llenará, es decir, tendrá su porción celestial de ella.

No todos los cristianos disfrutan de Dios en igual medida en esta vida, ni serían capaces de hacerlo si tuvieran la oportunidad (1 Co. 3:2). Pero los cristianos que más han trabajado para Dios en esta vida, ya tienen la mayor parte de él en su alma. Esto no es sólo porque ser diligentes en los caminos de Dios es el medio por el cual el Señor se comunica, sino también
porque los sentidos se fortalecen y pueden, en razón de su uso, comprender a Dios y discernir el bien, al igual que el mal (He. 5:13-14)… Pongamos para nosotros mismos un buen fundamento para el día cuando podamos echar mano de la vida eterna (1 Ti. 6:19). Aquí, vida eterna no se refiere a nuestra justificación del pecado a los ojos de Dios porque ésta es dada gratuitamente por gracia por medio de la fe en la sangre de Cristo (de lo que habla el Apóstol aquí es de dar limosnas). Pero es la misma parte que en el otro lugar llama “excelente y eterno peso de gloria”. Y es así que, queriendo motivarlos a realizar buenas obras, les dice que no los exhorta por gusto, “sino que busco fruto que abunde en vuestra cuenta” (Fil. 4:17), tal como lo dice en otro lugar: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Co. 15:58). Por lo tanto, vuelvo a recalcar que la recompensa que los santos recibirán en aquel Día por todo el bien que han hecho, es disfrutar de Dios según sus obras, aunque de hecho, serán justificados y glorificados por gracia sin las obras.

Tomado de “The Resurrection of the Dead and Eternal Judgment” en The Works of John Bunyan, Tomo II

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John Bunyan (28 de noviembre de 1628​ – 31 de agosto de 1688) fue un escritor y predicador cristiano inglés, famoso por su novela El progreso del peregrino.

El Juicio y la recompensa de los Santos

“Ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos” (Hechos 24:15).

Cuando los santos resuciten tendrán que dar cuenta de todas las cosas que hicieron aquí en este mundo, en general, hayan sido
buenas o malas… En esa ocasión, todas las acciones serán contadas, desde la primera buena que hizo Adán o Abel, hasta la última
que se realizará en el mundo…

Primero, entonces [cuando los santos resuciten] habrá una recompensa para todos los que han andado sinceramente en la Palabra y la doctrina, sí, una recompensa para todas las almas que han sido salvas y regadas por sus palabras. Ese día, Pablo, el que plantó, y Apolo, el que regó, junto con todos sus compañeros, recibirán su recompensa conforme a su labor (1 Co. 3:6-8).

Ese día, toda la predicación, oración, fidelidad y labor en que nos hemos ocupado para quitarle gente a Satanás y llevarla a Dios, será recompensada con una gloria esplendorosa. Cada alma que hayamos llevado al Señor Jesús, cada alma que hayamos consolado, fortalecido o ayudado con sanos consejos, exhortaciones y conversaciones útiles, será una perla en nuestra corona: “la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Ti. 4:7-8). Esto es, si hemos enaltecido, entusiasta y gozosamente, el nombre de Dios entre los hombres y si lo hemos hecho con amor, anhelando la salvación de los pecadores porque, de otra manera, tendremos sólo la carga que significó nuestros esfuerzos y nada más. “Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si
de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada” (1 Co. 9:17; Fil. 1:15). Repito, si lo hacemos por gracia, recibiremos una recompensa: “Porque ¿cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo” (1 Ts. 2:19, 20). Por lo tanto, cobremos aliento porque Cristo nos ha puesto a trabajar en su cosecha, animémonos en medio de toda nuestra aflicción y sepamos que Dios reconoce que “el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Stg. 5:20). Por lo tanto, trabajemos para convertir, trabajemos para regar, trabajemos para edificar y para atender el consejo apostólico: “Apacentad la
grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto, y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 P. 5:2, 4).

Segundo, así como los ministros del evangelio de Cristo serán recompensados en aquel día, lo serán también los miembros de la congregación de los santos. El Señor posará sus ojos sobre ellos con tierno amor y serán recompensados por toda su obra de amor al servir a sus santos y sufrir por su nombre (He. 6:10). “Sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre” (Ef. 6:8). ¡Ah! El pueblo de Dios rara vez piensa con cuánta generosidad y plenitud reconocerá y recompensará él todas las buenas y santas acciones de su pueblo en aquel día. Cada detalle, cada gota de agua, cada vestido y cada
acto de hospitalidad, aunque haya parecido ser lo más insignificante, será recompensado delante de los hombres y de los ángeles, “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Mt. 10:42). Por lo tanto, dice él: “Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos” (Lc. 14:13-14). Si acaso hubiera algún arrepentimiento entre los fieles en aquel día, sería porque no habrían honrado más, ni tenido más en cuenta ni servido más al Señor Jesús con sus hechos y palabras cuando estaban en este mundo. Porque será extraordinario para todos comprobar la importancia que le da el Señor Jesús a las monedas de las viudas. Traerá a luz todos los actos de misericordia y bondad que por él hicieron cuando estaban aquí entre los hombres. Él recordará, anunciará y proclamará ante ángeles y santos aquellos hechos nuestros que ya hemos olvidado creyendo que en aquel día no merecían ninguna mención. Él las presentará con tanta presteza y tan plenamente que nos hará clamar: “Señor, ¿cuándo hice esto? ¿Y cuándo hice aquello?
¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? ¿O sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te servimos? ¿O desnudo y te vestimos? ¿O cuando te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a visitarte? Entonces el Rey responderá diciendo: ‘De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Me nutrí con el alimento que me dieron y disfruté la calidez del abrigo que me hicieron llegar. Recuerdo sus amables y reconfortantes visitas cuando estuve tan enfermo y cuando caí en prisión… y tantas otras buenas obras. Bien, buen siervo y fiel… Entra en el gozo de tu Señor’” (cf. Mt. 25:21-23, 34-47).

Continuará …

Tomado de “The Resurrection of the Dead and Eternal Judgment” en The Works of John Bunyan, Tomo II

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John Bunyan (28 de noviembre de 1628​ – 31 de agosto de 1688) fue un escritor y predicador cristiano inglés, famoso por su novela El progreso del peregrino.

EL EVANGELIO Y EL JUICIO

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“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó”   (Hechos 17:30-31).

Ahora bien, según la revelación del evangelio, este Juicio será dirigido por el Hombre Cristo Jesús. Dios juzgará al mundo; pero será por medio de su Hijo, a quien ha ordenado y nombrado para ser el que lleva a cabo la obra de aquel tremendo día final. El que se
sentará en el trono es “el Hijo del hombre”. Será así entronizado, supongo, en parte porque está involucrado en la obra de mediación, sobre la cual el Señor ha puesto todas las cosas “bajo sus pies” (Heb. 2:8). Se encuentra a la diestra de Dios, “y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (1 Ped. 3:22). A Dios le place poner al mundo, no bajo el gobierno directo de una deidad personal, sino bajo el gobierno del Mediador, a fin de que nos trate con misericordia. Ese Mediador es Profeta, Sacerdote y Rey, y su realeza estaría despojada de su gloria si el Rey no tuviera el poder sobre la vida y la muerte, y el poder de formar un tribunal y de juzgar a sus súbditos. Jesucristo, por lo tanto, siendo el Rey y Soberano mediador, a quien le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra, hará uso de su gran poder al final y juzgará a todas las naciones.

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Esta posición es también dada a nuestro Señor como un honor por parte del Padre, por medio de la cual borra todo vestigio de vergüenza y deshonor por la que pasó cuando estuvo entre los hijos de los hombres. Los reyes de la tierra se alzaron para juzgarlo, pero comparecerán delante de él para ser juzgados. Los gobernantes se juntaron para decidir condenarlo, pero los gobernantes comparecerán ante su tribunal para ellos
mismos ser condenados. Estará allí Poncio Pilato y estarán allí los sacerdotes principales, y César y todos los césares, zares, emperadores, reyes y príncipes quienes le rendirán homenaje con toda humildad, presentándose ante su tribunal como prisioneros para ser juzgados por él. No tendrán memoria de su caña cascada porque destruirá a sus enemigos con una vara de hierro (Mat. 12:20; Apoc. 19:15). No tendrá marcas de la
corona de espinas, porque en su sien lucirá muchas diademas. Los hombres ya no podrán pensar en él como “hombre de dolores” con su semblante estropeado por el dolor y la vergüenza, porque sus ojos serán como llamas de fuego y su rostro como el sol brillando en toda su plenitud.

¡Oh Cruz, toda la vergüenza que te rodeó será borrada para siempre entre los hijos de los hombres porque este hombre se sentará en el trono del Juicio! El Padre tuvo a bien darle este honor, y él bien se lo merece. C.H Spurgeon8.jpg

Jesucristo, siendo Dios, tiene la gloria que tenía con el Padre antes de que existiera el mundo; pero como Dios-hombre, tiene una gloria que su Padre le ha dado como recompensa de esa obra de vida y muerte por la que ha redimido a su pueblo. “Dad a Jehová la gloria y el poder” (Sal. 96:7) es la atribución de todos sus santos, y Dios el Padre eterno ha hecho esto por su Hijo, de quien ha jurado que “se doble toda rodilla” ante él y
“toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:10-11). “He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Judas1:14-15)…

Es como Hijo del Hombre al igual que Hijo de Dios que nuestro Señor juzgará al mundo en aquel gran día final. Estemos, pues, seguros de su imparcialidad. Él es Dios, pero también hombre, por lo que tiene una intensa compenetración tanto con el Rey como con sus súbditos, habiendo manifestado su gracia aun a los rebeldes y estando también lleno de un amor intenso por el Padre y su Ley. Si pudiéramos escoger un juez, ¿qué ser suponemos podría ser más imparcial o tan imparcial como el Señor, quien “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6-7)? ¡Oh Juez bendito, sé tu entronizado ya por la voluntad de toda la creación!

C.H Spurgeon9

El veredicto [del Hijo del Hombre] será final e irreversible. Una vez que Jesús se haya pronunciado, no habrá ninguna apelación, no un segundo juicio por algún error en el primero, ninguna revocación de su decisión. Él mismo lo ha dicho: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mat. 25:46). No habrá ninguna demora en la ejecución ni evasión de la condenación. No habrá endurecimiento del corazón para
soportarlo y nada que sobreviva a la condenación. Durará en todo su terror el veredicto final del Juez de toda la tierra, pronunciado por el Cristo de amor. No sé ni cómo hablar de un tema así, por lo que tengo que dejarlo ante mis lectores tal como lo he presentado. Quiera el Espíritu Santo grabarlo en sus mentes.

De un sermón predicado el Día del Señor por la mañana, 25 de mayo de 1879, en
el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista influyente en Inglaterra. La
colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20-25
millones de palabras en sus sermones son equivalentes a 27 tomos de la novena edición
de la Enciclopedia Británica. La serie constituye la mayor colección de libros por un
solo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Inglaterra.