El cisma y los designios de Dios 2

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No nos hagamos ídolos

Existe otro peligro extremo, opuesto. Este peligro consiste en vivir solamente de recuerdos, vueltos los ojos al pasado morbósamente. Es el pecado de los que piensan que porque los reformadores tuvieron razón ayer, nosotros la tenemos siempre hoy. Son los que desearían justificar la Reforma hasta en sus últimos y más pequeños detalles. Los que hacen depender su verdad de la verdad de ayer… Ciertamente, los reformadores no pretendieron nunca ser canonizados, ni por las iglesias ni por las conciencias de sus admiradores. Desde luego, es lícito y loable deshacer todos los “entuertos” mal intencionados que la apologética antiprotestante ha ido acumulando. Gracias a Dios, la Iglesia católica misma está produciendo en Alemania una escuela de historiadores, a la cabeza de los cuales se halla José Lortz, que trata de enjuiciar a los reformadores y a su obra de una manera objetiva. Véase, sobre todo, la obra del autor citado Historia de la Reforma en Alemania. Con todo, los cristianos bíblicos no tenemos la preocupación romana de la hagiografia, la preocupación de buscar, sea como sea, aureolas para co-locar alrededor de las figuras históricas admiradas. No debemos preocuparnos demasiado por justificar con nuestros razonamientos a los promotores de la Reforma, porque en el fondo “Esto [la Reforma] viene de Dios, ha sido él quien la ha querido. Y esta es su máxima justificación histórica. Y, lo que es más importante, su justificación ante Dios. Su única justificación eternamente válida”.

Así, por encima de los que critican y los que justifican, de los que odian el movimiento reformador del siglo XVI y los que lo aman, de los que lo rechazan y los que lo abrazan, está la voluntad de Dios: “Esto lo he hecho yo”, porque como confiesan los autores católicos bien documentados, los reformadores no querían innovar sino reformar: “Lutero no quiso fundar una nueva Iglesia, sino reformar la antigua” (Hanz Kung, El Concilio y la unión de los cristianos, Herder, p. 137). Allá la Iglesia romana con su responsabilidad ante Dios por haber rechazado en el siglo XVI, y continuar rechazándolo persisténtemente hasta hoy, el impulso del Espíritu Santo en su obra de reforma. Pero no juzguemos. Como tampoco pretendamos justificar con argumentos carnales el movimiento reformador. Es Dios quien lo justifica y esto basta. No hay por qué hacer ninguna idolatría, pues existe un camino más excelente.

“Así ha dicho Yahveh: No vayáis, ni peleéis contra vuestros hermanos los hijos de Israel; volveos cada aso a su casa porque esto lo he hecho yo. Y ellos oyeron la Palabra de Dios, y volvieron y se fueron, conforme a la Palabra de Yaveh” (1 Reyes 12:24).

El ejemplo de Cristo

Cristo era el Verbo de Dios, el Hijo eterno del Padre. Pero también era el Hijo del Hombre, el hijo de María. Y su humanidad le dio unos antepasados a los cuales como hombre, y como judío, se halla vinculado. ¿Cómo aceptó Cristo este pasado?

Hay un texto muy curioso, y muy importante, en los Evangelios: la genealogía de Jesús, según el Evangelio de Mateo. !Qué pasado el de los antepasados de Cristo según la carne! Si bien es verdad que hallamos a hombres y mujeres que fueron célebres por su fe y por sus actos, también encontramos a otros de los cuales la Escritura guarda silencio ab-soluto, o casi absoluto (tal vez porque no había nada que decir de ellos), hay, sin embargo, otros personajes cuya historia podría hacer la competencia a ciertas revistas y películas escandalosas, si los periodistas modernos se tomasen la molestia de leer la Biblia. Recordemos la vida de Judá y Tomar, de Rahab, y de David y Betsabé.

Y Cristo, según la carne, es el descendiente de tales hombres y tales mujeres. iNo seamos fariseos! ¿No vino, acaso, a buscar y salvar lo que se había perdido? ¿Y no era condición esencial y básica para ello el identificarse con la humanidad pecadora (aunque siendo él sin pecado)? ¿Y no empezó esta identificación con la encarnación, por la cual el Verbo divino se introdujo en la historia y en la raza pecadoras del género humano?

La genealogía de Jesús es la genealogía del hombre corriente. Jesús no tiene la preocupación falsa y farisaica de la hagiografia. Dios quiere santos, desde luego. Pero para esto vino Cristo al mundo. Para redimir con su sangre a los pecadores, de manera que puedan ser hechos luego (por la gracia divina y la fe) santos. Dios sabe bien que por naturaleza no hay santos (Romanos 3), pues todos somos pecadores, y si desea santos tiene que hacerlos y recrearlos en Cristo. Así, pues, Cristo tampoco trató de justificar su genealogía, aunque sabía que esta había sido dispuesta por el Padre. Y esto bastaba.

Tampoco el evangelista Mateo se preocupa en podar el árbol genealógico de su Salvador de todas aquellas ramas que produjeron frutos dudosos, ni mucho menos cae en la tentación de cortar los injertos extraños (Rut, por ejemplo) que llevaron, sin embargo, mejor fruto. Mateo, como Jesús, acepta a los seres humanos tal como son.

Jesús vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Y asume, por consiguiente, la historia de todos sus antepasados en la carne, los grandes y los menos grandes. Todos pecadores. Los asume porque perdona, porque con su sangre ha venido a vivir y a morir por ellos, justificándolos mediante su perfecta obediencia a la ley de Dios y redimiéndoles con su muerte expiatoria en el Calvario. Vino a asumir la existencia humana para reconciliarla con Dios.

Cristo asume la historia de sus antepasados. De la simiente de David según la carne, reza la Escritura. Y, por tanto, de la simiente de Adán, también. Por esta simiente se encarnó, para salvarla por pura gracia. Tenía, pues, que asumirla. Pero no como si Jesús llamase blanco a lo negro o como si encontrara excusas para todo, al modo como solemos hacerlo nosotros. No, en absoluto. Jesucristo ha venido para comunicar su vida justa y justificante a Abraham y a Isaac, pero también a Jacob, a Judá y a Tomar a David y a Betsabé, y a todos nosotros los creyentes.

Continuará …

José Grau Balcells (1931-2014) Pastor, maestro y escritor prolífico, su legado es el de una vida rica, fructífera, consagrada además de una inmensa labor literaria, gran parte de ella al frente de Ediciones Evangélicas Europeas (EEE).

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El cisma y los designios de Dios 1

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¿Cabe el cisma en los propósitos de Dios?
¿Puede Dios desear la división del que se dice su pueblo?

¿Conoces la historia del cisma entre el Reino del Norte (Israel), y el Reino del Sur (Judá)? Abre tu Biblia en el capítulo 11 del Primer Libro de Reyes y aprenderás que después de la muerte de Salomón, Roboam (su sucesor) en lugar de aligerar el yugo que pesaba sobre el pueblo de Dios, lo agravó todavía más. Entonces, Jeroboam, un hombre del norte, levanta en rebeldía a las tribus del norte. Y consuma la división.

Esto ocurría 931 años antes de Jesucristo.

Desde entonces, ante nosotros se plantea una pregunta grave: ¿Permitirá Dios el que su antiguo pueblo sea dividido? Esta pregunta es de un interés angustioso sobre todo si la hacemos a la luz de los acontecimientos que siguieron al cisma. El cisma no fue un éxito completo ni para unos ni para otros, aunque la bendición de Dios se volcó evidentemente sobre el Reino del Sur. El Reino del Norte, Israel, se convirtió en el baluarte de la idolatría. El Reino del Sur sobrevivió en ciertas épocas y bajo ciertos reyes, pero finalmente también sucumbió. El pecado, inherente a la naturaleza humana, hizo su obra en ambos reinos, aunque la fidelidad a Dios se manifestó particularmente en ciertos hombres y períodos de la historia del Reino del Sur.

Tanto para el Norte como para el Sur, la historia termina trágicamente. Lee los libros de Crónicas y Reyes y verás en qué terminó la idolatría y la apostasía de Judá e Israel.

Y nosotros hacemos la pregunta: ¿Quería Dios el cisma?

La respuesta es clara y terminante. Dios mismo nos dice: “Esto lo he hecho yo” (I Reyes 12:24).

Y si todavía esto no fuera suficiente para convencernos, la Biblia misma nos invita a volver al capítulo 11, el anterior, en donde veríamos que, ya en vida de Salomón, Dios había enviado otro profeta, Ahías silonita (I Reyes 11:29 y ss), para predecir el cisma y escoger, anticipadamente, a Jeroboam como rey de las tribus del norte.

Nuestra posición ante el cisma del siglo XVI.
Está, pues, bien claro. Ha sido Dios mismo el que ha querido, preparado y realizado, el cisma en su pueblo. Y ha previsto incluso a aquellos que se opondrían al mismo. Esto nos permitirá poder hablar fraternalmente a todos cuantos hacen del problema de la unidad visible de la Iglesia de Cristo la más angustiosa de las cuestiones religiosas. La preocupación por la unidad del pueblo de Dios es una preocupación santa, siempre que se albergue dentro de una perspectiva equilibrada en la que la verdad sea más importante que la unidad misma. El peligro de desorbitar el problema de la unidad conduce a un falso ecumenismo (tan extendido, desgraciadamente, en nuestros días) que tiende a contagiar a muchas iglesias y personas.

La Biblia enseña otras perspectivas muy diferentes de las que tiene cierto ecumenismo moderno para enjuiciar el problema del cisma y la unidad.

Ciertamente, aunque nada nuevo hay debajo del sol, por otro lado la historia no se repite nunca exactamente igual. No se trata de aplicar, como si fuera una calcomanía, la situación del antiguo Israel a las circunstancias de la Iglesia. Pero sería menospreciar la enseñanza de la Palabra de Dios si no supiésemos ver en el A.T. la norma y el ejemplo para el pueblo de Dios de todas las edades, pues como escribió Pablo, las viejas cosas fueron dichas para nuestra admonición.

Resulta claro que el Primer Libro de Reyes muestra cómo Dios puede querer el cisma y puede efectuarlo por sí mismo. Además, la Biblia enseña que la coyuntura a que es llevado el “cismático”, considerada para algunos como la más grande de las tragedias, puede inspirarse en una necesidad de obediencia y fidelidad a Dios y su Palabra.

Desde luego, no queremos decir con ello que todos los “cismas” han sido queridos por Dios, ni mucho menos. Del mismo modo que no todos los anhelos ecuménicos son según la voluntad de Dios. Tan solo queremos subrayar el hecho de que hay “cismas” y “cismas”. Y por consiguiente, los hay que son deseados y efectuados por Dios.

Enjuiciando la Reforma del siglo XVI, la cual produjo un cisma en la Iglesia visible, hay quien le reprocha el no haber podido alcanzar a toda la comunidad nominal de la cristiandad. Por consiguiente, piensan que puestos a elegir entre reformar a una parte solamente de la Iglesia (a expensas de su unidad visible) o guardar esta unidad (a expensas de dejar a la Iglesia sin reformar), era mejor optar por lo segundo. En otras palabras: estas personas consideran la Unidad visible como algo mucho más importante que la fidelidad a la verdad de la Palabra revelada. Pero este concepto entra en pugna con la enseñanza bíblica.

Decir que la Reforma del siglo XVI fue un fracaso porque no logró reformar a toda la cristiandad equivale a decir que Dios también fracasó al provocar el cisma entre Israel y Judá, cisma que tan solo consiguió mantener un destello de fe en el Reino del Sur, y aún no siempre.

Todo aquel que juzga el pasado desde una posición de cómoda crítica se expone a que el pasado lo juzgue a él. Todos estos, católicos o no católicos, que en aras de un mal entendido ecumenismo dicen, o piensan, más o menos: “Si nosotros hubiéramos vivido en tiempos de la Reforma, ubiésemos sido menos dogmáticos, menos intransigentes, me-nos rigurosos, en suma: ¡menos reformados”. Todos los que piensan así, explícita o implícitamente, ¿qué papel hubieran desempeñado en el siglo XVI? Por más que nos esforcemos, no podemos asignarles otro que el de espectadores, insensibles o sensibles (pero de sensibilidad sentimentaloide e ineficaz), de los autos de fe y serviles aduladores de hombres y doctrinas en los cuales ya no creían sinceramente.  En suma, su papel hubiera sido bien triste y cobarde … Y, por tanto, si actitud hoy, pretendiendo juzgar a la Reforma, olvidando su contexto histórico, y hablando de lo que o no entienden o no aman, en la Biblia se llama fariseísmo.

Ante la Reforma, y ante los reformadores, no podemos decir otra casa que: “Esto viene de Dios”. ¡Ni más ni menos.

Continuará …

José Grau Balcells (1931-2014) Pastor, maestro y escritor prolífico, su legado es el de una vida rica, fructífera, consagrada además de una inmensa labor literaria, gran parte de ella al frente de Ediciones Evangélicas Europeas (EEE).

El más inspirado cántico de amor

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El más inspirado cántico de amor

José Grau

Obviamente, el amor conyugal no es el único objetivo de la vida, pero sí uno de sus componentes principales para la inmensa mayoría de seres humanos. Para el Cantar de los Cantares es su tema único, hasta tal punto que ciertas cuestiones que podríamos considerar afines, como la procreación y la paternidad, hay que buscarlas en otros libros de la Escritura.

El amor de la pareja humana es suficientemente importante para que la Biblia le dedique de manera exclusiva uno de sus libros.

304.pp Rústica

Ref. 1496 – 7,99 €

Eclesiastés

Eclesiastes

Eclesiastés

José Grau

Eclesiastés es el libro menos eclesiástico de los libros de la Biblia.

En medio de un mundo secularizado, hedonista y escéptico, donde el “ego”, el “eros”, el “poder” y la “riqueza” son sacralizados, ¿cómo podemos comunicar la Palabra de Dios? Eclesiastés nos marca la pauta.

“¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?” Eclesiastés 3:21

“¿Quién sabe cuál es el bien del hombre en la vida todos los días de la vida de su vanidad?” Eclesiastés 6:12

¿Quién lo sabe? Eclesiastés nos brinda la respuesta.

218.pp Rústica

Ref. 1496 – 7,99 €

¿Por qué, Señor, por qué…?

Porque

¿Por qué, Señor, por qué…?

José Grau

Las dudas y las perplejidades de la fe.
Un comentario de la profecía de Habacuc.

¿Hasta cuándo, oh Señor, clamaré y no oirás?
¿Por qué callas cuando destruye el impío al más justo que él?
¿Qué significa la respuesta divina: “El justo por su fe vivirá”?

¿Qué relación existe entre la idolatría y la alienación?
¿Cuáles son las características -según la Biblia- del verdadero avivamiento?

168.pp Rústica

Ref. 1495 – 6,99 €

Quinientos años después

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Quinientos años después

Luis Cano, Andrés Birch, José Grau, Demetrio Cánovas, José Moreno Berrocal y José de Segovia

“Para mí es un privilegio y un honor animar al lector a hacer de este libro el comienzo de una investigación de aquellas doctrinas que hacían nuestra fe, la fe de los reformadores, la fe del apóstol Pablo, grande en sus momentos. En el año 500 de la Reforma tenía que salir una nueva edición de este libro que sin lugar a duda figura entre mis libros favoritos en lengua castellana”.

José Hutter

“En el fondo de la cuestión se halla el asunto de nuestra identidad protestante o evangélica […]. Esto es, precisamente, lo que se propone este libro: rescatar las enseñanzas características del protestantismo y proyectarlas a nuestras iglesias y a la sociedad entera sin afán inmovilista, sino genuinamente renovador.

[…] No obstante su acento en las doctrinas básicas de la Reforma -pues no puede ser de otro modo, a menos que renunciemos a nuestras raíces-, [este libro] se abre ampliamente a la vida de piedad auténtica y adoración genuina, a la ética cristiana y al mundo que nos rodea con los grandes aspectos de la realidad que nos toca vivir, y todo ello construido sobre unos sólidos fundamentos bíblicos alejados del emocionalismo en boga”

Pedro Puigvert

168 pp. Rústica

Ref. 1514 – 14 €

¿Ha hablado Dios?

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¿Ha hablado Dios?

José Grau – J. R, W. Stott

¿Existe Dios?

La Biblia, desde la primera hasta la última de sus páginas, habla de Dios. Pero no se preocupa de demostrar su existencia. ¿Por qué?

La Biblia nos plantea el problema de Dios de manera distinta. Nos hace saber que a Dios no se le descubre por ningún procedimiento filosófico, científico o esotérico; no, a Dios no se le descubre de ninguna manera porque es Él mismo quien se descubre en un proceso de autorrevelación, cuyo relato -y su interpretación- ha quedado registrado en las páginas del libro que llamamos la Biblia.

¿Ha hablado, pues, Dios? ¡Veamos qué ha dicho!

88.pp Rústica

Ref. 1494 – 5 €

El Ecumenismo y la Biblia

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El Ecumenismo y la Biblia

José Grau

No podemos dejarnos desconcertar por la gran confusión que rodea la noción de democracia en nuestros días. Como cristianos, tenemos necesidad de abrirnos camino a través de las ideas y los conceptos, con la esperanza de contribuir positivamente a la reflexión y a la voluntad de vivir democráticamente.

¿Existe un concepto bíblico de la democracia?

Herederos de una de las dinámicas espirituales que más han contribuido al triunfo del pensamiento democrático en el mundo -con muchos años de antelación a la Revolución Francesa y al socaire de otras motivaciones-, aparece este libro que intenta ofrecer una concepción cristiana de la democracia a partir de los datos revelados de la Biblia.

84.pp Rústica

Ref. 1488 – 5 €

Aquí va la respuesta

Aquí va la respuesta

Aquí va la respuesta

José Grau

 

Es propio de la dignidad del ser humano plantearse preguntas trascendentes sobre sí mismo, Dios y el mundo que le rodea: ¿De dónde vengo? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Adónde voy? ¿Existe Dios? Pero a veces no nos resulta fácil hallar una respuesta satisfactoria a algunos interrogantes: ¿Por qué hay tantas religiones? Si Dios existe, ¿por qué permite el mal? ¿Qué es la Biblia? ¿Por qué murió Cristo? En esta obra se tienen en consideración estas y otras cuestiones similares y se les da una respuesta clara, sencilla y comprensible para toda clase de lectores; pero, sobre todo, respaldada por la autoridad de la Palabra de Dios: la Biblia.

No te quedes, pues, con tus dudas e interrogantes. Examina con una mente abierta estas páginas, y así podrás comenzar a ver las cosas bajo el punto de vista de Dios. Si tienes preguntas al respecto, aquí va la respuesta.

 

95 pp. Rústica

Ref. 1213 – 8,00 €

¿Independencia? ¿Libertad total?

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“No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor; que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice el Señor” (Jeremías 9:23-24).

¿ES EGOÍSTA DIOS?

Algunas preguntas surgen naturalmente en nuestra mente después de leer estas palabras del profeta Jeremías. ¿Por qué es mejor alabar a Dios que alabarnos a nosotros mismos? ¿A santo de qué esa insistencia por parte de Dios en que nos gloriemos en Él? (2 Corintios 10:17). ¿No produce esto la impresión de que Dios es un poco egoísta? Nosotros debemos renunciar a toda jactancia y Él, en cambio, insiste en que no dejemos de alabarle. ¿Por qué?

No es difícil hallar razones en contra del engreimiento propio. Ya de por sí el espectáculo de una persona que no hace más que decir grandezas acerca de sí misma es sumamente desagradable.

El orgullo es una insensatez manifiesta. Nadie reúne suficientes cualidades para poder hacer un elogio de su propia persona “en regla”, porque nadie es tan perfecto como supone.

¿Qué hay de malo en la pedantería? Quizá el propio Jeremías (17:5) nos facilite un comienzo de respuesta cuando declara: “Así ha dicho el Señor: Maldito el varón que confía en el hombre”. Esta respuesta implica que la alabanza propia equivale a confianza en las capacidades humanas. Cuando empezamos a decir que somos listos, pronto nos lo creemos hasta nosotros mismos. Y esto de tal manera que, a la larga, no confiaremos más que en nosotros como si fuéramos los seres más sabios del mundo. Así la alabanza propia nos lleva a la pedantería, y esta nos aleja de la confianza en Dios. De tales personas dice el Señor: “Será como la retama en el desierto y no verá cuando viene el bien, sino que morará en las sequedades en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada” (Jeremías 17:6). El simbolismo es obvio. Una mata de retama en el desierto no tiene agua. Está reseca. Verdad es que, hasta cierto punto, puede parecer independiente, pero precisamente a causa de su independencia no recibe del exterior lo que necesita para su crecimiento, y, de hecho, la retama en el desierto solo puede sobrevivir por el agua que recibe del mundo que la rodea.

Cuando una persona hace alardes de autosuficiencia, confiando en sí misma y desechando a Dios de su vida, cierra la puerta y las ventanas de su existencia al sol y a la salud que emanan de la fuente de la Vida. Es decir, el petulante busca la independencia; y la independencia es el gran pecado, porque conduce a la ruina del hombre. En el huerto de Edén (Génesis 3:5), el tentador dijo a la mujer: “Seréis como Dios”; o sea: seréis independientes.

“Bien -acaso diga alguien-, ¿y qué hay de malo en que se quiera ser independiente?”. Sencillamente, que si una persona consigue ser completamente independiente, muere. Y muchos lo han conseguido: de ahí que haya tanta muerte espiritual. Si nos desentendemos del medio ambiente, del agua y de la tierra, no podemos vivir. Si no queremos saber nada de Dios, habremos perdido el contacto con Aquel que dijo: “Yo soy la verdad y la vida”(S. Juan 14:6).

La independencia es muerte porque corta la fuente de suministros. Dios sostiene el universo y le comunica su poder preservándolo. Solo podrán sobrevivir, en consecuencia, los que sean sostenidos por el poder de Dios.

Examinemos al hombre que quiere ser dependiente. Es como un árbol plantado junto a arroyos de aguas: “Bendito el varón que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto” (Jeremías 17:7,8).

El único árbol que puede llevar fruto es aquel que con sus raíces busca el agua y el sostenimiento en el mundo exterior a él. Igualmente, el único hombre que puede llevar fruto es el que confía en Dios y espera de Él la energía y el poder vivificantes.

Por supuesto, cualquiera puede escoger el ser independiente. Tiene libertad para hacerlo; puede elegir la independencia y morirse. Pero si quiere fruto, si quiere fortaleza, si quiere poder y -lo que es más importante- si quiere vida (en abundancia y eterna) debe encajar en el universo que Dios ha creado.

Para cambiar de figura consideremos nuestro reloj: tiene un maravilloso engranaje en el cual todas las piezas están ajustadas y relacionadas de manera perfecta. Pero imaginemos, por un instante, que cada una de las piezas quisiera ser independiente o, siquiera, que una sola dijese: “Estoy cansada de encajar siempre en el mismo sitio. Quiero ser independiente. Me libraré de todo lo que no sea yo misma, y volveré a ajustar cuando me dé la gana, no cuando el mecanismo del reloj me lo ordene”. Esta pieza habrá obtenido la independencia; sí, pero al costo de su vida. Pues, desencajada, ya no sirve para nada. Unida al engranaje ayudaba a señalar las horas, ahora solo le queda ser arrojada a la basura.

Como estas piezas, también nosotros -si queremos vivir vidas con sentido- debemos tratar de “adaptarnos” al mundo de Dios.

“SI EL HIJO OS LIBERTARE…”

Nuestra “adaptación” debe empezar estableciendo contacto con la principal Fuente de poder espiritual qué es Dios mismo. Pero la Palabra de Dios nos asegura que existe un gran impedimento para que este “contacto” pueda establecerse: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar su rostro de vosotros para no oír ” (Isaías 59:2). Nuestro alejamiento de Dios, nuestro vivir desentendidos de Él, constituyen la esencia del pecado, y este nos cierra el paso a la comunión con el Señor. ¿Qué debemos, pues, hacer para establecer la comunicación? Solucionar el problema del pecado.

¿Y cuál es la solución para el problema del pecado? No se trata de una cosa, sino de una Persona: Jesucristo. “De cierto os digo -enseñó Él (S. Juan 8:34-36)- que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”. Es decir: el pecador es un esclavo. Esta es la paradoja de la independencia: creemos ser libres cuando en realidad estamos sujetos al absurdo del pecado y la condenación. En cambio, la sublime paradoja del salvación consiste en que, renunciando a nuestra independencia anárquica para unirnos a Dios por medio de Cristo, obtenemos, no solo la plenitud de vida sino también la libertad. La verdadera libertad es: “Llevad mi yugo sobre vosotros y hallaréis descanso para vuestras almas”; “si el hijo os libertare seréis verdaderamente libres” (S. Mateo 11:29; S. Juan 8:34-36). Libres del pecado y de la muerte. Jesucristo viene a decir:”sed mis esclavos y os convertiréis en hombres verdaderamente libres”.

Pero aún no hemos respondido a la pregunta formulada al principio: ¿ Por qué Dios reclama siempre ser enaltecido? ¿Por qué debemos alabarle a Él si sabemos que toda jactancia es mala?.

La respuesta es clara y contundente: Dios es el único Ser verdaderamente independiente, Él existe sin ayuda de nadie; más aún: “sin Él nada de lo que ha sido hecho,  fue hecho” (S. Juan 1:3). Él es el Creador de cuanto existe, el Cerebro que se esconde detrás de todas las leyes de la Naturaleza, el Corazón y la Fuente de la Vida. Eterno e Infinito. Omnipotente y Omnipresente. No es, pues, malo que estemos “orgullosos” de nuestro Dios, ni es egoísmo de su parte el que nos pida nuestra sumisión y acatamiento; más bien esto forma parte de sus bendiciones para con nosotros. Y es, por otro lado, un reconocimiento de la Verdad y de la Realidad.

Más no solamente el interés o la necesidad deben impulsarnos a nuestra entrega a Dios, para “encajar” (para “adaptarnos” a la verdadera Vida), sino que a ello debiera movernos, sobre todo, el hecho de que podemos unirnos a Dios gracias al amor manifestado por el Señor a favor nuestro. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, sino tenga vida eterna ” (S. Juan 3:16).

¿Seguirás con tu vida independiente? de hacerlo así ya sabes el fin.

¿No crees que vale la pena renunciar a tu triste independencia actual para encontrar – en el único Independiente- la verdadera libertad y la verdadera vida? Cristo te espera. Él es el único que podrá dar sentido a tu vida, incorporándola a los sublimes planes de su soberana y perfecta voluntad.

“Aquí va la respuesta” José Grau, Editorial Peregrino