La depravación humana 2

Tercero, la depravación total significa que el pecado está trágicamente incluido, es decir, que impacta terriblemente cada parte de nosotros. Hay algo terriblemente malo, no sólo con lo que somos interiormente, sino con cada aspecto de nuestro ser. Ningún elemento de nuestra personalidad es menos afectado por el pecado que otro. Nuestro intelecto, nuestra conciencia, nuestras emociones, nuestras ambiciones y nuestra voluntad, que son las ciudadelas de nuestras almas, están todas esclavizadas al pecado por naturaleza. Por eso Jesús se quejó: “Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste” (Mt. 23:27).

La depravación total no es depravación absoluta… [esto] no significa que los hombres sean animales o demonios, o que sean tan depravados como podrían ser o serán. Este mundo no es el infierno. La depravación total no significa que un incrédulo sea totalmente malvado en todo lo que hace, sino que nada de lo que hace es totalmente bueno. El hombre no está tan caído para que haya perdido toda sensibilidad hacia Dios o en su conciencia; por la benevolencia común de Dios, todavía es capaz de demostrar afecto familiar, de hacer el bien cívico y de cumplir con sus deberes como ciudadano. Es capaz de un gran heroísmo, de un gran valor físico y de grandes actos de abnegación. Sin embargo, es un pecador corrupto en todos los aspectos de su naturaleza y, como tal, es totalmente incapaz de realizar ningún bien espiritual a los ojos de Dios.


La depravación total significa que cuando Dios escudriña el corazón humano, los afectos, la conciencia, la voluntad o cualquier parte del cuerpo, encuentra cada parte dañada y contaminada por el pecado. Aparte de la gracia salvadora, cada parte se aleja de Dios y persigue activamente el pecado. Si el Espíritu nos enseña mediante nuestra experiencia personal, entenderemos la confesión de Jonathan Edwards: “Cuando miro mi corazón y veo mi maldad, parece un abismo, infinitamente más profundo que el
infierno” . Como escribe D. Martyn Lloyd-Jones: “Cuando un hombre realmente se ve a sí mismo, sabe que nadie puede decir nada de él que sea demasiado malo”.

Cuarto, la depravación total significa incapacidad. Significa que somos activos “adictos al pecado” por naturaleza. No hay pensamiento, ni palabra, ni acto, ni área de la vida humana que no esté afectada por el pecado. Romanos 6:16 dice que somos por naturaleza esclavos del pecado: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?”. Considere esto literalmente por un momento. Un esclavo era propiedad de su amo. Un esclavo no tenía tiempo, propiedad o riqueza propia. No tuvo ningún momento del que pudiera decir: “Este momento es mío; mi amo no tiene derechos sobre este momento”. Siempre fue propiedad de su amo; cada uno de sus movimientos, cada uno de sus talentos, cada una de sus posesiones era enteramente de su amo. Así que, dice Pablo, ustedes eran por naturaleza esclavos del pecado (Ro. 6:16). El pecado era tu amo. El pecado se enseñoreó de ti. El pecado estaba en control. Y, sin embargo, el pecado dio la impresión todo el tiempo de que estabas libre y a cargo de tu propio destino.

La depravación total implica, por lo tanto, una incapacidad moral. Nosotros mismos, no somos capaces de hacer nada con respecto a nuestra condición. Somos espiritualmente impotentes por naturaleza, incapaces y no deseamos la salvación. No podemos apreciar la fe cristiana y somos impotentes para trabajar hacia nuestra conversión. “No podemos hacer otra cosa que pecar”, dice Calvino, “hasta que Él (el Espíritu Santo) forme una nueva voluntad dentro de nosotros”. Por mucho que el hombre natural sea impulsado por la ley o el evangelio a creer en Cristo y apartarse del pecado, “no es capaz, por sus propias fuerzas, de convertirse o de prepararse para ello” (Confesión de Westminster, 9.3). Charles Hodge lo dice de manera conmovedora: “El rechazo del evangelio es una prueba tan clara de depravación moral, como la incapacidad de ver la luz del sol al mediodía es una prueba de ceguera”. El hombre natural puede querer estar libre de algún pecado y de las consecuencias del pecado; puede incluso hacer algún esfuerzo en esa dirección. Pero es demasiado esclavo de ella. No está simplemente “perdido” o “muriendo”, está perdido y está muerto en delitos y pecados (Ef. 2:1).

Cada persona en el mundo es por naturaleza un esclavo del pecado. El mundo, por naturaleza, está en manos del pecado. Qué choque para nuestra autocomplacencia: que todo de nosotros por naturaleza pertenece al pecado. Nuestros silencios pertenecen al pecado, nuestras omisiones pertenecen al pecado, nuestros talentos pertenecen al pecado, nuestras acciones pertenecen al pecado. Cada faceta de nuestra personalidad pertenece al pecado; nos posee y nos domina. Somos sus sirvientes.

La depravación total está activa en nosotros. No es simplemente la ausencia de justicia, sino la presencia de corrupción. Nuestra depravación es enormemente creativa e inventiva, siempre ideando nuevas formas de violar la voluntad de Dios. Es un cáncer creciendo dentro de nosotros, una entidad desenfrenada, productiva, energética y auto-propagadora. Es fuego fuera de control, una fuerza viva, feroz y poderosa. En los horrores del Holocausto, la monstruosidad del terrorismo moderno y los terribles titulares de nuestros periódicos diarios, se nos muestra de lo que es capaz nuestra naturaleza humana corrupta y activa, dadas las condiciones necesarias, si Dios nos deja solos.

Mi querido amigo no salvo, eres un “adicto al pecado”. Eres un esclavo a esta misma hora, un esclavo en tu cama esta noche, incluso cuando oras. Y serás un esclavo hasta que el poder todopoderoso de Dios te levante de la muerte espiritual, abra tus ojos ciegos, abra tus oídos sordos y rompa las cadenas de depravación que te envuelven. Y aun así, hasta tu último aliento, lucharás contra tu adicción al pecado porque permanecemos como adictos al pecado en recuperación hasta el fin (Ro. 7:24).

Finalmente, la depravación total es un recordatorio descarnado del problema final del pecado: La paga del pecado es la muerte (Ro 6:23). Si sirves al pecado, recibirás la paga del pecado. Éste es un universo moral. Vivimos y nos movemos, y tenemos nuestro ser en Dios. Cada aliento de nuestras vidas está en sus manos. Siembren una semilla de pecado y recogerán la cosecha del juicio. Siembra el viento de la incredulidad y cosecharás el torbellino de la destrucción. “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). El juicio es siempre inminente. Hay un momento en el cual Dios envía la factura y debemos rendir cuentas.

El hecho de la muerte física es totalmente inevitable. Tú y yo tenemos una cita unilateral con la muerte en el libro del registro eterno de Dios. La única certeza absoluta sobre cada uno de nosotros es el desgarramiento de nuestros cuerpos y nuestras almas. Pero más allá de eso, está la muerte espiritual, la separación de nuestra alma de Dios, para que perdamos la imagen de Dios y la comunión con Él, y permanezcamos bajo su maldición. Sobre todo, hay una muerte eterna: el desgarramiento del alma y del cuerpo de Dios para siempre, sin ningún alivio de la gracia común. La muerte eterna es el infierno, la realidad solemne y asombrosa que el libro del Apocalipsis llama “el lago que arde con fuego y azufre… la segunda muerte” (21:8). El infierno es la cloaca del universo. Es ese espantoso incinerador cósmico en el que un día, el Dios Todopoderoso recogerá la basura del mundo, ese lugar que está siempre bajo su Ira sin diluir, donde el gusano de la memoria no muere, donde está el falso profeta, donde están el Dragón y la Bestia (Ap. 12-13), y donde todos estarán, a menos que traten con su pecado. El infierno es la lógica detrás del pecado. Es la respuesta divina a la impenitencia persistente y a la desobediencia final. La contaminación es el precursor de la perdición. Y el infierno es lo que Dios finalmente piensa del pecado impenitente y de la depravación total.

La Escritura enseña la pecaminosidad del pecado y la depravación. Pero declara que el pecado y la depravación son anomalías. En última instancia, están más allá de toda razón. No se los puede describir como demasiado atroces y ruines. Representan el colmo de la estupidez y la locura espiritual. La magnitud de nuestro pecado y depravación exhibe la magnitud o dimensión de nuestra necesidad del camino de salvación del evangelio de Dios.

De (Living for God’s Glory).

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Joel R. Beeke: Autor, teólogo y pastor estadounidense. Presidente del Seminario Teológico Puritano Reformado, donde es maestro de Teología Sistemática y Homilética.

La depravación humana

La Biblia nos dice que aunque el hombre caído es capaz de hacer algunos actos externamente buenos, no puede hacer nada verdaderamente bueno o agradable a los ojos de Dios (Ro. 8:8), a menos que sea regenerado por el Espíritu Santo (Jn. 3:1-8). Desde el punto de vista de Dios, que es el único punto de vista verdadero, el hombre natural es incapaz de ser bueno en pensamiento, palabra o acción y, por lo tanto, no puede contribuir en nada a su salvación. Él está en total rebelión contra Dios.

Cuando hablamos de depravación total, estamos confesando nuestra falta de mérito y corrupción ante Dios por nuestros pecados originales y actuales. No podemos ni borrar nuestra falta de mérito ni hacer nada para merecer el favor salvador de Dios. Para comprender todas las implicaciones de esta verdad, debemos entender cinco cosas que se encuentran en el corazón de lo que la Escritura presenta como depravación total.

Primero, la depravación total es inseparable de la iniquidad. La depravación total es el resultado inevitable de nuestro pecado, y el pecado es el resultado inevitable de nuestra depravación total. No puedes entender lo que es la depravación total, si no entiendes lo que es el pecado. La Biblia nos dice: “Pues el pecado es infracción de la ley” de Dios (1 Jn. 3:4). Por lo tanto, el pecado es cualquier falla en cumplir la ley moral de Dios en nuestras acciones, actitudes o naturaleza —ya sea haciendo o siendo lo que no debemos hacer o ser (pecados de comisión), o no haciendo o no siendo lo que debemos hacer o ser (pecados de omisión)—. El pecado es injusticia y toda injusticia es anti-Dios. En esencia, el pecado es todo lo que está en oposición a Dios. El pecado desafía a Dios; viola su Carácter, su Ley y su Pacto. Se opone, como dijo Martín Lutero, a “dejar que Dios sea Dios”. El pecado apunta a destronar a Dios y se esfuerza por colocar a alguien o a algo más, en su legítimo trono.

La Biblia usa una variedad de palabras para referirse al pecado. Tomados individualmente, significan (1) perder la marca que Dios ha establecido como nuestra meta; es decir, no vivir para su gloria; (2) ser impíos e irreverentes, lo cual es mostrar la ausencia de justicia; (3) transgredir los límites de la ley de Dios; es decir, violar sus límites establecidos; (4) participar en la iniquidad, es decir, desviarse de un curso correcto, mostrar una falta de integridad o fallar en hacer lo que Él ha mandado; (5) desobedecer y rebelarse contra Dios a través de una violación de la confianza o un acto consciente de traición; (6) cometer una perversión al torcer la mente contra Dios y (7) cometer abominación contra Dios al realizar actos particularmente reprensibles ante Dios.

Cada vida —incluyendo la suya y la mía— ha fallado en su objetivo y es irreverente por naturaleza. Cada vida ha transgredido las líneas de las prohibiciones de Dios y se ha comprometido en la iniquidad. Toda vida ha desobedecido la voz de Dios, se ha rebelado contra Él, y es propensa a cometer inmoralidad y abominación. Isaías 53:6 dice que “todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” y Romanos 3:23 dice que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.

Por lo tanto, la depravación total significa que somos violadores de la ley en todo momento. Por naturaleza, nunca amamos a Dios sobre todo o a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Estamos en “enemistad contra Dios” (Ro. 8:7), viviendo en una hostilidad activa y frenética hacia Él, y somos “aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3). Siempre estamos pecando porque nuestros motivos nunca son del todo puros.

Segundo, la depravación total es principalmente interna, una interioridad que proviene de nuestra profunda y trágica caída en Adán. Cuando pensamos en el pecado, somos propensos a limitarnos a acciones externas como el asesinato, el robo, el homicidio, la crueldad y cualquier otra cosa que sea externa y observable en el comportamiento humano. Pero la Biblia es mucho más rigurosa y radical. No mira simplemente a lo que es exterior, palpable y escuchado; va a las profundidades de la vida humana y dice que el pecado y la depravación existen también allí, en nuestros pensamientos, nuestras ambiciones, nuestras decisiones, nuestros motivos y nuestras aspiraciones.

Jesús dijo que no es lo que un hombre come o toca lo que lo contamina, sino lo que sale de él lo que lo contamina y afecta todo lo que piensa y hace (Mt. 15:17-20). No es tanto que las acciones o los discursos humanos hayan perdido el objetivo; es que el corazón del hombre ha perdido el objetivo. El corazón mismo del hombre es incrédulo, egoísta, codicioso, sensual y siempre deseoso de desplazar a Dios mismo. Por lo tanto, el mismo deseo de pecar es pecado. Juan Calvino lo dijo de esta manera: “Según la constitución de nuestra naturaleza, el aceite puede ser extraído de una piedra, antes de que podamos realizar una buena obra”.

¿Por qué es esto? ¿Por qué todos somos tan interiormente depravados? ¿Por qué es imposible que el hombre natural produzca justicia? Para responder a estas preguntas, debemos regresar al Paraíso. Allí fuimos afectados por el pecado de Adán de dos maneras. Primero, la culpabilidad de su pecado fue imputada a todos nosotros, así que somos pecadores culpables ante Dios, como Pablo nos dice gráficamente en Romanos 5:18a: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres,…”. Segundo, heredamos la contaminación de su pecado, así que somos pecadores corruptos ante Dios, concebidos y nacidos en iniquidad, como David nos dice gráficamente en Salmo 51:5: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. De este modo, somos completamente depravados en nuestro ser interior a través de nuestra caída en Adán, tanto en nuestro estado de culpabilidad como en nuestra condición de contaminación. Isaías dijo que lo mejor de nuestra justicia —es decir, lo mejor de lo mejor de nosotros— es como “trapo de inmundicia” delante del Dios santo (Is. 64:6). Somos peores de lo que podemos imaginar. Jeremías 17:9 dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”. Calvino declara que nadie sabe ni siquiera el uno por ciento de su pecado. Y un antiguo proverbio común dice: “Si las faltas del mejor hombre estuvieran escritas en su frente, le haría ponerse el sombrero hasta sus ojos”.

Tenemos dos problemas a los ojos de Dios: Tenemos un mal historial y un mal corazón y, el segundo problema es, con mucho, el mayor de los dos. Cuando entendemos nuestra depravación interior en términos bíblicos (Ro. 3:9-20), vemos que esta condición —conocida por el término teológico de pecado original— es una carga mucho mayor que nuestros pecados actuales porque todos nuestros pecados actuales fluyen de la fuente de nuestro pecado original y de nuestro mal corazón. Pecamos porque somos depravados internamente, no porque estemos incapacitados externamente. Por eso Calvino escribe: “Todo pecado debe convencernos de la verdad general de la corrupción de nuestra naturaleza”.

Cuando Pablo vislumbró las profundidades de su depravación, confesó que él era el “principal” pecador entre la humanidad (1 Ti. 1:15). Cuando John Bunyan vio un poco de su depravación interior, dijo que intercambia ría su corazón con cualquiera en toda Inglaterra. Lutero resume bien nuestro problema: “El pecado original está en nosotros como nuestra barba. Hoy estamos afeitados y parecemos limpios; mañana nuestra barba ha vuelto a crecer, y no deja de crecer mientras permanezcamos en la tierra. Del mismo modo, el pecado original no puede ser extirpado de nosotros; brota en nosotros mientras vivimos”

De (Living for God’s Glory).

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Joel R. Beeke: Autor, teólogo y pastor estadounidense. Presidente del Seminario Teológico Puritano Reformado, donde es maestro de Teología Sistemática y Homilética.

Amando a nuestra familia

El amor familiar tiene sus raíces en la creación. Por la misericordia de Dios, los seres humanos caídos todavía tienden a conservar un amor natural por sus familias. Aunque malvados, los padres dan buenos regalos a sus hijos (Mt 7:9-11). La bondad familiar a menudo despierta respuestas de amor incluso en los malvados (Mt 5:46-47). Solo cuando Dios permite que el pecado siga su curso completo, el amor propio del hombre destruye el afecto natural y desintegra a la familia (2 Tim 3: 1-4). Esa es la tragedia que se desarrolla en la cultura occidental.

El verdadero amor cristiano por nuestra familia es más grande que el afecto natural, porque ese amor no nace de la carne ni de la voluntad del hombre, sino que brota de Cristo y de Él crucificado. Dios envió a Su Hijo como el sacrificio expiatorio por nuestros pecados para llevar el justo juicio que nuestros pecados merecían: «En esto consiste el amor» (1 Jn 4:10 ). En el mejor de los casos, somos pecadores merecedores de la ira de Dios, pero Él nos ama al más alto grado. El afecto natural es una extensión del amor propio, pero la cruz infunde un amor sacrificial en nuestras almas. Cada fracaso en amar a nuestro padre, madre, hermana, hermano y a cualquier otra persona tiene su raíz en nuestro fracaso de abrazar a Cristo crucificado con una fe viva.

El verdadero amor cristiano por nuestra familia es más grande que el afecto natural, porque ese amor no nace de la carne ni de la voluntad del hombre, sino que brota de Cristo y de Él crucificado.

La familia crece a partir del vínculo matrimonial entre marido y mujer. Ninguna otra relación capta nuestro supremo llamado a reflejar el amor de Cristo: las esposas en su reverente sumisión y los maridos en su abnegado servicio (Ef 5:22-25). Juntos, marido y mujer deben convertirse en mejores amigos a través de la vida que comparten en Cristo (vv. 28-30). O, si el cónyuge de un cristiano no es creyente, entonces el creyente debe vivir con la esperanza de ganar al pecador por el testimonio de la belleza de la santidad, la pureza y el temor divino (1 Pe 3:1-4). Cuando llevar la cruz en el matrimonio atraviesa nuestras almas, debemos recordar que Dios diseñó el matrimonio por algo más que nuestra satisfacción. El matrimonio existe para la gloria de Dios. Un cónyuge amoroso es una imagen de Dios (Gén 1:27).

Unidos como amantes y colaboradores, el esposo y la esposa aman a sus hijos, con el hombre como el principal responsable: «Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos (Ef. 6:4). Esto trasciende las cosas de este mundo y abarca «en la disciplina e instrucción del Señor» (v. 4).

Los padres cristianos actúan en unión con Cristo nuestro Mediador, porque como miembros de Él, comparten Su unción. Por consiguiente, deberían amar a sus hijos como profetas bajo el gran Profeta, hablándoles la Palabra de Dios con pasión y amor (Deut 6:6-7). Deben amar a sus hijos como sacerdotes bajo el Sumo Sacerdote con tierna misericordia, intercesión diaria y adoración conjunta en el hogar y la iglesia (Heb 2:17-18; 4:14-16; 10:19-25; 13:15). También deben amar a sus hijos como reyes bajo el Rey supremo, protegiéndolos de las influencias corruptoras y depredadoras (Jn 10: 12-14), y gobernarlos con disciplina para entrenarlos en el camino de la paz (Is 9:6-7). Sin embargo, deben recordar que ellos mismos no pueden salvar a sus hijos, ya que solo hay un Mediador (1 Tim 2:5-6), y el evangelio a veces divide a una familia como una espada (Mat 10:34-36).

Padres y madres, ¿es Jesús su Profeta, Sacerdote y Rey? ¿Están actuando en el nombre de Jesús como profetas, sacerdotes y reyes en sus hogares con perseverancia, por amor a Él?

El amor de un niño por su padre y su madre se muestra en sumisión a su autoridad y receptividad a su instrucción, tal como Dios lo ordena (Ef 6:1-3). Un niño puede honrar a sus padres correctamente solo por fe, en unión y comunión con Jesucristo («en el Señor», v.1). Hijos e hijas, ¿son como ramas que habitan en la vid (Jn 15:5), extrayendo amor por sus padres de Jesucristo por la fe?

Con el tiempo, los niños crecen y las relaciones se multiplican. El amor requiere que los padres capaciten a los hijos mayores incrementando su libertad para vivir como miembros responsables de la sociedad. Deben sentir el peso de proveerse a sí mismos: «Si alguno no trabaja, tampoco debe comer» (2 Tes 3:10). El amor nos guía a recibir a nuestros yernos y nueras como a nuestros propios hijos, y también a liberar a estas nuevas parejas para que formen sus propios hogares: deben «irse» para «unirse» (Gen 2:24). No tenemos autoridad para seguir gobernándolos, pero siempre debemos amarlos, interesarnos por lo que Dios está haciendo en sus vidas y ser consejeros fieles (Ex 18:7-9, 13-24). Los hijos adultos nunca dejan atrás el deber de honrar y amar a sus padres, ya que abandonar a sus padres ancianos contradice tanto la ley como el evangelio (Mt 15:3-6; 1 Tim 5:8, 16). Por su parte, los abuelos y bisabuelos deberían dar ejemplos de fe perseverante, orar mucho por sus descendientes y compartir la sabiduría de Dios con ellos, para que la bendición de Dios se extienda hasta mil generaciones (Deut 7:9).

El Dr. Joel R. Beeke es presidente del Puritan Reformed Theological Seminary y pastor de Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan.

La Adoración familiar puesta en práctica 4

3. Para orar

Sean breves: Con pocas excepciones, no oren durante más de cinco minutos. Las oraciones tediosas hacen más mal que bien.

No enseñen en su oración: Dios no necesita la instrucción. Enseñen con los ojos abiertos; oren con los ojos cerrados.
Sean simples sin ser superficiales: Oren por cosas de las que sus hijos sepan ya algo, pero no permitan que sus oraciones se vuelvan triviales. No reduzcan sus oraciones a las peticiones egoístas y poco profundas.

Sean directos: Desplieguen sus necesidades delante de Dios, defiendan su causa y pidan misericordia. Nombren a sus hijos adolescentes y a los pequeños, y las necesidades de cada uno de ellos a diario. Esto tiene un peso tremendo en ellos.

Sean naturales, pero solemnes: Hablen con claridad y reverencia. No usen una voz poco natural, aguda o monótona. No oren demasiado alto ni bajo, demasiado rápido o lento.

Sean variados: No oren todos los días por las mismas cosas; eso se vuelve monótono. Desarrollen mayor variedad en la oración recordando y enfatizando los diversos ingredientes de la oración verdadera como: La invocación, la adoración y la dependencia. Empiecen mencionando uno o dos títulos o atributos de Dios, como “Señor misericordioso y santo…”. Añadan a esto una declaración de su deseo de adorar a Dios y su dependencia de Él por su ayuda en la oración. Por ejemplo, digan: “Nos inclinamos humildemente en tu presencia. Tú que eres digno de ser adorado, oramos para que nuestras almas puedan elevarse a ti. Ayúdanos por tu Espíritu. Ayúdanos a invocar tu Nom-bre, por medio de Jesucristo, el único por quien podemos acercarnos a ti”.

Confesión de los pecados familiares: Confiesen la depravación de nuestra naturaleza, luego los pecados reales, sobre todo los cotidianos y los familiares. Reconozcan el castigo que merecemos a manos de un Dios santo y pídanle a Él que perdone todos sus pecados por amor a Cristo.

Petición por las mercedes familiares: Pídanle a Dios que los libre del pecado y del mal. Podrían decir: “Oh Señor, perdona nuestros pecados a través de tu Hijo. Somete nuestras iniquidades por tu Espíritu. Líbranos de la oscuridad natural de nuestra mente y la corrupción de nuestros propios corazones; de las tentaciones a las que fuimos expuestos hoy”.

Pídanle a Dios el bien temporal y espiritual: Oren por su provisión para toda necesidad en la vida diaria. Rueguen por sus bendiciones espirituales. Supliquen que sus almas estén preparadas para la eternidad.

Recuerden las necesidades familiares e intercedan por los amigos de la familia: Recuerden orar para que, en todas estas peticiones, se haga la voluntad de Dios. Sin embargo, no permitan que la sujeción a la voluntad de Dios les impida suplicarle que escuche sus peticiones. Implórenle por cada miembro de su familia, en su viaje a la eternidad. Oren por ellos basándose en la misericordia de Dios, en su relación de pacto con ustedes y en el sacrificio de Cristo.

Acción de gracias como una familia: Den gracias al Señor por la comida y la bebida, por las misericordias providenciales, las oportunidades espirituales, las oraciones contestadas, la salud recobrada y la liberación del mal.

Confiesen: “Por tus misericordias no hemos sido consumidos como familia”. Recuerden la Pregunta 116 del Catecismo de Heidelberg, que declara: “Dios dará su gracia y su Espíritu Santo sólo a aquellos que, con deseos sinceros, le piden de forma continua y son agradecidos por ellos”.

Bendigan a Dios por quien Él es y por lo que ha hecho. Pidan que su Reino, poder y gloria se manifiesten para siempre. Luego, acaben con “Amén” que significa “ciertamente así será”.

Matthew Henry dijo que la adoración familiar matinal es, de forma especial, un tiempo de alabanza y petición de fuerza para el día y de bendición divina sobre las actividades de la familia. La adoración vespertina debería centrarse en el agradecimiento, las reflexiones de arrepentimiento y las humildes súplicas para la noche.

4. Para cantar

Canten canciones doctrinalmente puras: No hay excusa para cantar un error doctrinal, por atractiva que resulte su melodía. (De ahí la necesidad de himnos doctrinalmente sanos como el Himnario Trinity).

Canten salmos principalmente sin descuidar los himnos sólidos: Recuerden que los Salmos, denominados por Calvino “una anatomía de todas las partes del alma”, son la mina de oro más rica de la piedad profunda, viva y experimental que sigue disponible hoy para nosotros.

Canten salmos sencillos si tienen hijos pequeños: Al escoger Salmos para cantar, busquen cánticos que los niños puedan dominar fácilmente y canciones que sean particularmente importantes para que puedan aprenderlas. Elijan canciones que expresen las necesidades espirituales de sus hijos en cuanto al arrepentimiento, la fe, la renovación del corazón y de la vida; cánticos que revelen el amor de Dios por Su pueblo y el amor de Cristo por los corderos de su rebaño. Palabras como justicia, bondad y misericordia deberían ser señaladas y explicadas de antemano.

Canten con ganas y con sentimiento: Como afirma Colosenses 3:23: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Mediten en las palabras que están cantando. En ocasiones, expliquen una frase del cántico.

Después de la adoración familiar

Al retirarse para pasar la noche, oren pidiendo la bendición de Dios sobre la adoración familiar: “Señor, usa la instrucción para salvar a nuestros hijos y hacer que crezcan en gracia para que puedan depositar su esperanza en ti. Usa la alabanza que brindamos a tu nombre en los cánticos para acercar tu nombre, tu Hijo y tu Espíritu a sus almas inmortales. Usa nuestras oraciones para llevar a nuestros hijos al arrepentimiento. Señor Jesucristo, que tu soplo esté sobre nuestra familia durante este tiempo de adoración con tu Palabra y tu Espíritu. Haz que sean tiempos vivificantes”.


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

La Adoración familiar puesta en práctica 3

3. Solemnidad esperanzada. “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor”, nos dice el Salmo 2. Es necesario que mostremos este equilibrio de esperanza y sobrecogimiento, de temor y fe, de arrepentimiento y confianza en la adoración familiar. Hablen con naturalidad, pero con reverencia, durante ese tiempo, usando el tono que utilizarían para hablar con un amigo al que respetan profundamente, de un tema serio. Esperen grandes cosas de un gran Dios que cumple el pacto.

Seamos ahora más específicos:

1. Para la lectura de las Escrituras
Tengan un plan: Lean diez o veinte versículos del Antiguo Testamento por la mañana y unos diez a veinte del Nuevo Testamento por la noche. O lean una serie de parábolas, milagros o porciones biográficas. Sólo asegúrense de leer toda la Biblia a lo largo de un periodo de tiempo. Como dijo J. C. Ryle: “Llena sus mentes (de los hijos) con las Escrituras. Que la Palabra more en ellos ricamente. Dales la Biblia, toda la Biblia, aunque sean pequeños”.

Para las ocasiones especiales: Los domingos por la mañana, podrían leer los Salmos 48, 63, 84 o Juan 20. En el Sabbat (el Día del Señor), cuando se debe administrar la Santa Cena, lean el Salmo 22, Isaías 53, Mateo 26 o parte de Juan 6. Antes de abandonar la casa para las vacaciones familiares, reúnan a su familia en el salón y lean el Salmo 91 o el Salmo 121.

Involucren a la familia: Cada miembro de la familia que pueda leer debería tener una Biblia para seguir la lectura. Establezcan el tono leyendo las Escrituras con expresión, como el Libro vivo, viviente que es.

Asignen varias porciones para que las lean sus esposas e hijos: Enseñen a sus hijos cómo leer de manera articulada y con expresión. No les permitan murmurar ni leer a toda prisa. Muéstrenle cómo leer con reverencia. Proporcionen una breve palabra de explicación a lo largo de la lectura, según las necesidades de los hijos más pequeños.

Estimulen la lectura y el estudio de la Biblia en privado: Asegúrense de que sus hijos acaben el día con la Palabra de Dios. Podrían seguir el Calendario para las lecturas de la Biblia de M’Cheyne, de manera que sus hijos lean toda la Biblia por sí mismos una vez al año. Ayuden a cada niño a construir una biblioteca personal de libros basados en la Biblia.

2. Para la instrucción bíblica
Sean claros en cuanto al significado: Pregúntenle a sus hijos si entienden lo que se está leyendo. Sean claros al aplicar los textos bíblicos. A este respecto, el Directorio de la Iglesia de Escocia de 1647 proporciona el siguiente consejo:

“Las Sagradas Escrituras deberían leerse de forma habitual a la familia; es recomendable que, a continuación, consulten y, como asamblea, hagan un buen uso de lo que se ha leído u oído. Por ejemplo, si algún pecado ha sido reprendido en la palabra que se ha leído, se podría utilizar para que toda la familia sea prudente y esté vigilante contra éste. O si se amenaza con algún juicio en dicha porción de las Escrituras leída, se podría usar para hacer que toda la familia tema que un juicio como éste o peor caiga sobre ellos, a menos que tengan cuidado con el pecado que lo provocó. Y, finalmente, si se requiere algún deber o se hace referencia a algún consuelo en una promesa, se puede usar para fomentar que se beneficien de Cristo para recibir la fuerza que los capacite para realizar el deber ordenado y aplicar el consuelo ofrecido en todo lo que el cabeza de familia debe ser el patrón. Cualquier miembro de la familia puede proponer una pregunta o duda para su resolución (Párrafo III)”.

Estimulen el diálogo familiar en torno a la Palabra de Dios, en línea con el procedimiento hebraico de pregunta y respuesta de la familia (cf. Ex. 12; Dt. 6; Sal. 78). Alienten sobre todo a los adolescentes para que formulen preguntas, hagan que salgan de su caparazón. Si desconocen las respuestas, manifiéstenselo; incítenlos a buscar las respuestas. Tengan uno o más, buenos comentarios a mano como los de Juan Calvino, Matthew Poole y Matthew Henry. Recuerden que si no les proporcionan respuestas a sus hijos, irán por ellas a cualquier otro lugar y, con frecuencia, serán las incorrectas.

Sean puros en la doctrina: Tito 2:7 declara: “Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad”. No abandonen la precisión doctrinal cuando enseñen a sus hijos; que su objetivo sea la simplicidad y la solidez.

Que la aplicación sea pertinente: No teman compartir sus experiencias cuando sea adecuado, pero háganlo con sencillez. Usen ilustraciones concretas. Lo ideal es que vinculen la instrucción bíblica con lo que hayan escuchado recientemente en los sermones.

Sean afectuosos: Proverbios usa continuamente la expresión “hijo mío”, mostrando la calidez, el amor y la urgencia en las enseñanzas de un padre temeroso de Dios. Cuando deban tratar las heridas de un padre amigo a sus hijos, háganlo con amor sincero. Díganles que deben transmitirles todo el consejo de Dios porque no pueden soportar la idea de pasar toda la eternidad separados de ellos. Mi padre solía decirnos, con lágrimas en los ojos: “Niños, no quiero echar de menos a ninguno de ustedes en el cielo”. Háganles saber a sus hijos: “Les permitiremos cada privilegio que la Biblia nos permita claramente darles, pero si les negamos algo, deberán saber que lo hacemos por amor”. Como declaró Ryle: “El amor es un gran secreto de entrenamiento exitoso. El amor del alma es el alma de todo amor”.

Exijan atención: Proverbios 4:1 advierte: “Oíd, hijos, la enseñanza de un padre, y estad atentos, para que conozcáis cordura”. Padres y madres tienen importantes verdades que transmitir. Deben pedir que en sus hogares se escuchen con atención las verdades divinas. Esto puede implicar que se repitan al principio normas como estas: “Siéntate, hijo, y mírame cuando estoy hablando. Estamos hablando de la Palabra de Dios y Él merece ser escuchado”. No permitan que sus hijos abandonen sus asientos durante la adoración familiar.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

La Adoración familiar puesta en práctica 2

2. El dónde. La adoración familiar puede celebrarse alrededor de la mesa del comedor. Sin embargo, es posible que sea mejor trasladarse al salón, donde hay menos distracciones. Cualquiera que sea la habitación escogida, asegúrense de que contenga todo el material devocional. Antes de comenzar, descuelguen el teléfono u organicen que sea el contestador automático o el correo de voz, quien responda. Los hijos deben entender que la adoración familiar es la acti-vidad más importante del día y que no debe interrumpirse por nada.

  1. El cuándo. De manera ideal, la adoración familiar debería llevarse a cabo dos veces al día, por la mañana y por la tarde. Esto encaja mejor con las directrices bíblicas para la adoración en la administración del Antiguo Testamento, en el que se santificaba el principio y el final de cada día mediante el ofrecimiento de un sacrificio matutino y otro vespertino, así como las oraciones de la mañana y de la tarde. El Directorio de Adoración de Westminster declara: “La adoración familiar que debería realizar cada familia, es generalmente por la mañana y por la tarde, y consiste en oración, lectura de las Escrituras y alabanzas cantadas”.

Para algunos, la adoración familiar es rara vez posible más de una vez al día, después de la cena. De una manera u otra, los cabezas de familia deberían ser sensibles al programa familiar y mantener implicados a todos sus miembros. Cuando no puedan cumplir con los horarios programados, planeen con esmero y prepárense de antemano para que cada minuto cuente. Luchen contra todos los enemigos de la adoración familiar.

Durante la adoración familiar, que sus objetivos sean los siguientes:

  1. Brevedad. Como dijo Richard Cecil: “Haz que la adoración familiar sea breve, agradable, sencilla, tierna y celestial”. Cuando es demasiado larga, los niños se vuelven intranquilos y pueden ser provocados a ira.

Si adoran dos veces al día, prueben con diez minutos por la mañana y un poco más por la noche. Un periodo de veinticinco minutos de adoración familiar podría dividirse como sigue: Diez minutos para la lectura de las Escrituras y la instrucción; cinco minutos para leer una porción diaria o un libro edificante, o conversar sobre alguna preocupación bajo una luz bíblica; cinco minutos para cantar y cinco minutos para la oración.

2. Coherencia. Más vale tener veinte minutos de adoración familiar cada día que probar periodos más extensos unos cuantos días, por ejemplo cuarenta y cinco minutos el lunes y saltarse el martes. La adoración familiar nos proporciona “el maná que cae cada día a la puerta de la tienda, para que nuestras almas se mantengan vivas”, escribió James W. Alexander en su excelente libro sobre la adoración familiar.

No se permitan excusas para evitar la adoración familiar. Si pierden el dominio propio con su hijo media hora antes de la reunión, no digan: “Sería una hipocresía dirigir la adoración familiar, de modo que esta noche lo vamos a dejar”. No tienen que escapar de Dios en esos momentos. Más bien, deben regresar a él como el publicano arrepentido. Empiecen el tiempo de adoración pidiéndoles a cada uno de los que han presenciado su falta de dominio propio que les perdonen; a continuación, oren a Dios pidiendo perdón. Los niños los respetarán por ello. Tolerarán las debilidades y hasta los pecados en sus padres, siempre y cuando estos confiesen sus equivocaciones y procuren seguir al Señor con sinceridad. Ellos y ustedes saben que el sumo sacerdote del Antiguo Testamento no era descalificado por ser un pecador, pero sí tenía que ofrecer sacrificio primeramente por sí mismo, antes de poder presentarlo por los pecados del pueblo. Tampoco quedamos descalificados, ni ustedes ni nosotros, por el pecado confesado, porque nuestra suficiencia está en Cristo y no en nosotros mismos. Como afirmó A. W. Pink: “No son los pecados del cristiano, sino sus pecados no confesados, los que estrangulan el canal de bendición y hacen que tantos otros se pierdan lo mejor de Dios”.

Dirijan la adoración familiar con una mano firme, paternal y un corazón blando y arrepentido: Aun cuando estén extenuados después de su día de trabajo, oren pidiendo la fuerza de llevar a cabo su deber paternal. Recuerden que Cristo Jesús fue a la cruz por ustedes, agotado y exhausto, pero nunca dio un paso atrás en su misión. Al negarse ustedes a sí mismos, verán cómo Él los fortalece durante la adoración familiar, de manera que en el momento en que acaben, habrán vencido su agotamiento.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

La Adoración familiar puesta en práctica 1

Acontinuación, unas sugerencias para ayudarles a establecer en sus hogares una adoración familiar que honre a Dios. Confiamos en que esto evite dos extremos: El planteamiento idealista que supera el alcance hasta del hogar más temeroso de Dios y el enfoque minimalista que abandona la adoración familiar diaria porque el ideal parece estar absolutamente por encima de sus capacidades.

Preparación para la adoración familiar
Antes de que ésta dé comienzo, deberíamos orar en privado pidiendo la bendición divina sobre esa adoración. A continuación, deberíamos planear el qué, el dónde y el cuándo de la misma.

El qué. Hablando de forma general, esto incluye la instrucción en la Palabra de Dios, la oración delante de su trono y cantar para su gloria. Sin embargo, es necesario determinar más detalles de la adoración familiar.

Primero, tengan Biblias y copias de El Salterio y hojas de canciones para todos los niños que saben leer. En el caso de niños demasiados pequeños, que no saben leer, lean unos cuantos versículos de las Escrituras y seleccionen un texto para memorizarlo como familia. Repítanlo en alto, todos juntos, varias veces como familia. A continuación, refuércenlo con una breve historia de la Biblia para ilustrar el texto. Tómense tiempo para enseñar sobre una o dos estrofas de una selección del Salterio a estos niños y aliéntenlos a cantar con ustedes.

Para los niños no tan pequeños, intenten usar Truths of God’s Word [Verdades de la Palabra de Dios], una guía para maestros y padres que ilustra cada doctrina. Para niños de nueve años en adelante, pueden usar Bible Doctrine [La doctrina bíblica] de James W. Beeke, una serie que va acompañada de directrices para el maestro. En cualquier caso, expliquen lo que han leído a sus hijos y formúlenles una o dos preguntas.

A continuación, canten uno o dos salmos, un buen himno o coro como “Dare to be a Daniel” (Atrévete a ser como Daniel). Terminen con una oración.

Para niños más mayores, lean un pasaje de las Escrituras, memorícenlo juntos y lean un proverbio y aplíquenlo. Hagan unas preguntas sobre cómo aplicar estos versículos a la vida cotidiana o, tal vez, lean una porción de los Evangelios y su correspondiente sección en el libro Expository Thoughts on the Gospels [Meditaciones sobre los Evangelios] de J. C. Ryle. Este autor es sencillo, a la vez que profundo. Sus claras ideas ayudan a generar conversación. Quizás les gustaría leer partes de una biografía inspiradora. No obstante, no permitan que la lectura de la literatura edificante sustituya la lectura de la Biblia o su aplicación.

El progreso del peregrino de John Bunyan, Guerra Santa o meditaciones diarias de Charles Spurgeon [como Morning and Evening (Mañana y tarde) o Faith’s Checkbook (Cheques del banco de la fe)] son adecuados para niños más espirituales. Los niños más mayores también se beneficiarán de Morning and Evening Exercises (Ejercicios matinales y vespertinos) de William Jay, Spiritual Treasury (Antología espiritual) de William Mason o Poor Man’s Morning and Evening Portions (Porciones matinales y vespertinas del pobre) de Robert Hawker. Después de esas lecturas, canten unos cuantos salmos familiares y, tal vez, podrían aprender uno nuevo antes de acabar con oración.

Asimismo, deberían utilizar los credos y las confesiones de su iglesia. Se les debería enseñar a los niños pequeños a recitar el Padrenuestro. Si se adhieren a los principios de Westminster, hagan que sus hijos memoricen poco a poco el Catecismo Menor. (Si su iglesia usa La Segunda Confesión Bautista de Londres, pueden usar el Catecismo de Spurgeon o el Catecismo de Keach.) Si en su congregación se usa el Catecismo de Heidelberg, la mañana del Sabbat cristiano (domingo) lean en el Catecismo la parte correspondiente al Día del Señor, del que predicará el ministro en la iglesia. Si tienen El Salterio, pueden hacer un uso ocasional de las formas de devoción que se encuentran en las oraciones cristianas. Utilizando estas formas en el hogar les dará la oportunidad —a ustedes y a sus hijos— de aprender a usarlas de una forma edificante y provechosa, una técnica que resulta muy útil cuando se usan las formas litúrgicas como parte de la adoración pública.

Continuará…


Joel R. Beeke: Presidente y Profesor de Teología Sistemática y Homilética en el Seminario Teológico Reformado Puritano. Pastor de la Heritage Netherlands Reformed Congregation en Grand Rapids, Michigan, Estados Unidos; autor, coautor y editor de cuarenta libros, ha contribuido con unos 1.500 artículos para libros, revistas, periódicos y enciclopedias reformadas.

El Gemido de la creación

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«Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida». Génesis 3:17

Dios, en respuesta al pecado de Adán, anuncia que la tierra quedará maldita. Dado que la Escritura nos dice que la bendición de la tierra hace referencia a la fertilidad que Dios le infunde por medio de su poder oculto, la maldición es la privación de eso, lo que significa que Dios le retira su favor. De este modo, pues, el estado del mundo varía con respecto a los seres humanos dependiendo de si Dios está airado con ellos o bien les demuestra su favor. Cabe añadir que el castigo no se aplica a la tierra en sí misma, sino únicamente al hombre, puesto que la tierra no da fruto para sí misma, sino para proveernos de alimento. No obstante, el Señor determinó que su ira, cual diluvio, alcanzara todos los rincones de la tierra, de tal forma que el hombre viera la atrocidad de su pecado allá donde mirara. Antes de la Caída el mundo era un hermoso y límpido espejo de la bondad y el favor paternos de Dios para con el hombre. Ahora todos los elementos nos muestran que estamos malditos. Y, aunque –tal como dice David– la tierra sigue llena de la misericordia de Dios (Sal. 33:5), ahora vemos las señales de su terrible distanciamiento de nosotros. Si esas señales no nos perturban, estaremos traicionando nuestra ceguera y nuestra insensibilidad. Sin embargo, para que la tristeza y el horror no nos abrumen, el Señor también reparte muestras de su bondad por doquier. Y no solo eso, sino que, aun cuando la bendición de Dios nunca se ve de forma tan transparente y pura como en su primera manifestación en la época de la inocencia humana, sus vestigios, considerados por sí mismos, permiten que David exclame veraz y fidedignamente: «De la misericordia de Jehová está llena la tierra».

La perturbadora brutalidad del mundo natural que nos rodea es resultado de nuestro pecado. El sufrimiento y el dolor de los animales es a consecuencia de nuestra transgresión. ¿Acaso no debiera eso impulsarnos a lamentar el pecado y sus consecuencias para toda la creación?

Lectura recomendada Romanos 8:18-25

Extraído del libro “365 días con Juan Calvino” (Editorial Peregrino 2016)