Caminar en sintonía con el Espíritu

Reseña 12

“El Espíritu Santo nos da fuerzas, nos guía y nos capacita, para crecer y perseverar en nuestra relación con el Padre por medio de Jesucristo. El Espíritu Santo es la persona de la Trinidad menos comprendida, pero aun así, sigue siendo el foco principal de renovación y avivamiento.”

J. I. Packer busca ayudar a los creyentes a reafirmarse en el llamamiento a la santidad, atentos a la función que desempeña el Espíritu en el nuevo pacto con Dios. Packer nos muestra la riqueza y profundidad de la obra en acción del Espíritu, evaluando para ello las facetas de la santidad y de los carismas, permaneciendo Cristo en todo momento en el centro y fundamento de un genuino ministerio del Espíritu. Un capítulo complementario analiza la seguridad con que el cristiano puede contar.

Los acercamientos que ha habido al tema de la persona y obra del Espíritu Santo han estado mediados por prejuicios y presupuestos teológicos que han inclinado la balanza hacia la más sosa pasividad o hacia la más exaltada actividad, olvidando el ministerio distintivo y constante del Espíritu Santo bajo el nuevo pacto, que es mediar la presencia de Cristo a los creyentes con las implicaciones prácticas y radicales que eso supone: comunión personal con Jesús, transformación del carácter en la semejanza de Jesús y la certeza de ser amados, redimidos y adoptados en la familia de Dios.

“El Espíritu Santo de Dios, el Señor, el dador de vida, que sobrevoló las aguas en la creación y habló en la historia por los profetas, se derramó en los discípulos de Jesucristo en Pentecostés para cumplir el nuevo papel del Paracleto que Jesús había definido para ellos. En Su carácter de segundo Paracleto, el sustituto de Jesús y agente representativo en la mente y en el corazón de los hombres, el Espíritu ministra hoy. Paracleto (paraklétos en griego) significa “Consolador; Consejero; Ayudador; Abogado; Fortalecedor; Sostén”. Jesús, el Paracleto original, continúa Su ministerio a la humanidad a través de la obra del segundo Paracleto. Así como Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre, lo mismo ocurre con Su Espíritu; y en cada época desde Pentecostés, dondequiera que ha llegado el evangelio, el Espíritu ha seguido haciendo, en mayor o menor escala, las cosas que Jesús prometió que haría cuando lo enviase en esta nueva capacidad.” Prefacio 1984

Relevante y pleno de significado, este libro aporta un conocimiento vital para una vida cristiana sana y gozosa, mediante el conocimiento y experiencia propia de Dios Espíritu Santo. Un libro que el creyente comprometido leerá una y otra vez.

ÍNDICE

Prólogo a la serie
Prólogo al prólogo (2005)
Prefacio (1984)
1. Enfocar el Espíritu
2. El Espíritu Santo en la Biblia
3. Trazado de la senda del Espíritu: El camino de santidad
4. Trazado de la senda del Espíritu: Versiones de santidad
5. Trazado de la senda del Espíritu: La vida carismática
6. Trazado de la senda del Espíritu: Interpretación de la vida carismática
7. Ven, Espíritu Santo
8. El cielo en la tierra: Una exposición de Pentecostés

* Editorial Andamio 2017* Nº páginas: 420p 

 

 

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¿EN QUÉ CONSISTE EL MENSAJE DEL EVANGELIO?

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En pocas palabras, el mensaje evangelizador es el evangelio de Cristo y de él crucificado, el mensaje del pecado del hombre y de la gracia de Dios, de la culpabilidad humana y del perdón de Dios, de un nuevo nacimiento y de una vida nueva por el don del Espíritu Santo.

Es un mensaje compuesto de cuatro ingredientes esenciales.
1. El evangelio es un mensaje acerca de Dios. Nos cuenta quién es él, cómo es su carácter, cuáles son sus normas y qué requiere de nosotros, sus criaturas. Nos dice que le debemos nuestra existencia; que para bien o para mal estamos siempre en sus manos y bajo su mirada; y que nos hizo para adorarle y servirle, para expresar nuestra alabanza y para vivir para su gloria. Estas verdades son el fundamento de la religión teísta;  y hasta que se comprendan, el resto del mensaje del evangelio no será ni convincente ni relevante. Es aquí, con la afirmación de la total y constante dependencia del hombre en su Creador, que se inicia la historia cristiana. Podemos aprender de Pablo en esta coyuntura. Cuando predicaba a los judíos, como en Antioquía de Pisidia, no necesitaba mencionar el hecho
de que todos los seres humanos son criaturas de Dios. Podía dar por sentado este conocimiento por parte de sus oidores porque éstos profesaban la fe del Antiguo Testamento. Podía empezar inmediatamentea declararles que Cristo era el cumplimiento de las esperanzas del Antiguo Testamento. Pero cuando predicaba a los gentiles, que no
conocían el Antiguo Testamento, Pablo tenía que ir más atrás y comenzar desde el principio. Y el principio desde donde Pablo comenzaba en dichos casos era la doctrina de Dios como Creador y el hombre como criatura creada. Por eso, cuando los atenienses le pidieron que explicara lo que estaba diciendo acerca de Jesús y la resurrección, Pablo les habló primero de Dios el Creador y para qué hizo al hombre. “El Dios que hizo el mundo… pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y… ha hecho todo el linaje de los hombres… para que busquen a Dios” (Hech. 17:24-27). Esto no fue, como han supuesto algunos, un trozo de apologética filosófica de un tipo al cual renunció Pablo más adelante, sino la primera lección básica de la fe teísta. El evangelio comienza   enseñándonos que nosotros, como criaturas, dependemos totalmente de Dios, y que él, como Creador, tiene derecho absoluto sobre nosotros. Solo cuando hemos comprendido esto podemos ver lo que es el pecado, y solo cuando vemos lo que es el pecado podemos comprender las buenas nuevas de salvación del pecado. Tenemos que saber lo que significa llamar Creador a Dios antes de poder captar lo que significa hablar de él como
Redentor. No se logra nada hablar del pecado y la salvación en situaciones donde esta lección preliminar no ha sido aprendida en alguna medida.

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2. El evangelio es un mensaje acerca del pecado. Nos explica cómo hemos fallado en cumplir las normas de Dios, cómo llegamos a ser culpables, inmundos y dependientes del pecado, y cómo nos encontramos ahora bajo la ira de Dios. Nos dice que la razón por la cual pecamos continuamente es que somos pecadores por naturaleza, y que nada de lo que hacemos o tratamos de hacer por nosotros mismos puede reconciliarnos o conseguirnos el favor de Dios. Nos muestra cómo Dios nos ve y nos enseña a pensar de nosotros mismos como Dios piensa de nosotros. Por lo tanto, nos lleva a desesperarnos de nosotros mismos. Y éste es también un paso necesario. No podemos llegar a conocer al Cristo que salva del pecado hasta no haber comprendido nuestra necesidad de reconciliarnos con Dios y nuestra inhabilidad de lograrlo por medio de ningún esfuerzo propio. He aquí una dificultad. La vida de cada uno incluye cosas que causan insatisfacción y vergüenza. Cada uno tiene algún cargo de conciencia por cosas en su pasado, cosas en que no han alcanzado la norma que se puso para uno mismo o que de él esperaban otros. El peligro es que en nuestra evangelización nos conformemos con evocar recuerdos de estas cosas y hacer que la gente se sienta incómoda por ellas, y luego describir a Cristo como el que nos salva de estas faltas que cargamos, sin siquiera cuestionar nuestra relación con Dios. Pero ésta es justamente la cuestión que tiene que ser presentada cuando hablamos del pecado. Porque la idea misma del pecado en la Biblia es que es una ofensa contra Dios que obstaculiza la relación del hombre con Dios. A menos que veamos nuestras faltas a la luz de la Ley y santidad de Dios, no las consideramos en absoluto como pecados. Porque el pecado no es un concepto social, es un concepto teológico. Aunque los pecados son cometidos por el hombre, y muchos pecados son contra la sociedad, el pecado no puede definirse ni en términos del hombre ni de la sociedad. Nunca sabemos qué realmente es el pecado hasta no haber aprendido a pensar en él en términos de Dios y a medirlo, no por normas humanas, sino por el criterio de la demanda total de Dios sobre nuestra vida. Lo que tenemos que entender, entonces, es que los remordimientos del hombre natural no son de ninguna manera lo mismo que la convicción del pecado. No es, por lo tanto, que un hombre se convenza del pecado cuando está afligido por sus debilidades y las faltas que ha cometido.

Convicción de pecado no es meramente sentirse abatido por lo que uno es, por sus fracasos y su ineptitud para cumplir las demandas de la vida. Tampoco es salvadora una fe si el hombre en esa condición recurre al Señor Jesucristo meramente para que lo tranquilice, le levante el ánimo y lo haga sentirse seguro de sí mismo. Tampoco estaríamos predicando el evangelio (aunque podamos suponernos que sí) si lo único que hiciéramos fuera presentar a Cristo en términos de lo que el hombre siente que quiere: “¿Eres feliz? ¿Te sientes satisfecho? ¿Quieres tener tranquilidad? ¿Sientes que has fracasado? ¿Estás harto de ti mismo? ¿Quieres un amigo? Entonces acércate a Cristo, él satisfará todas sus necesidades”—como si el Señor Jesucristo fuera un hada madrina o un superpsiquiatra… Estar  convencido de pecado significa no solo sentir que uno es un total fracaso, sino comprender que uno ha ofendido a Dios, y ha despreciado su autoridad, le ha desobedecido y se ha puesto en su contra, de manera que ha arruinado su relación con él. Predicar a Cristo significa presentarlo como Aquel quien por su cruz vuelve a reconciliar al hombre con Dios… Es muy cierto que el Cristo real, el Cristo de la Biblia quien se nos revela como un Salvador del pecado y un Abogado ante Dios, en realidad da paz, gozo, fortaleza moral y el privilegio de ser amigo de los que confían en él. Pero el Cristo que es descrito y deseado meramente para hacer que los reveses de la vida sean más fáciles porque brinda ayuda y consolación, no es el Cristo verdadero, sino un Cristo mal representado y mal concebido; de hecho, un Cristo imaginario. Y si enseñamos a las personas a confiar en un Cristo imaginario, no tendremos nada de base para esperar que encuentren una salvación verdadera. Hemos de estar en guardia, entonces, contra equiparar una conciencia naturalmente mala y el sentirnos desagraciados con la convicción espiritual de pecado, y así omitir de nuestra evangelización el hacer entender a los pecadores la verdad básica acerca de su condición, a saber, que su pecado los ha separado de Dios y los ha expuesto a su condenación, su hostilidad e ira, de modo que su primera necesidad es restaurar su relación con él…

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3. El evangelio es un mensaje acerca de Cristo: Cristo, el Hijo de Dios, encarnado; Cristo, el Cordero de Dios, muriendo por el pecado; Cristo, el Señor resucitado; Cristo, el Salvador perfecto. Es necesario destacar dos cosas en cuanto a declarar esta parte del mensaje: (i) No se debe presentar a la Persona de Cristo aparte de su obra salvadora. A veces se afirma que es la presentación de la Persona de Cristo, en lugar de las doctrinas acerca de él, lo que atrae a los pecadores a sus pies. Es cierto que es el Cristo viviente quien salva y que ninguna teoría sobre la expiación, por más ortodoxa que sea, puede sustituirlo. Pero cuando alguien hace esta observación, lo que usualmente sugiere es que una enseñanza doctrinal no es indispensable en la predicación evangelística, y que lo único que el evangelista necesita hacer es presentar una descripción vívida del hombre de Galilea que iba por todas partes haciendo el bien, y luego asegurar a sus oyentes que este Jesús todavía está vivo para ayudarles en sus dificultades. Pero a un mensaje así no se le puede  llamar evangelio. No sería en realidad más que una adivinanza, que sirve solo para desconcertar… la verdad es que la figura histórica de Jesús no adquiere sentido hasta no saber de la Encarnación: que este Jesús era realmente Dios, el Hijo, hecho hombre para salvar a los pecadores de acuerdo con el propósito eterno del Padre. Tampoco tiene sentido la vida de Jesús hasta que uno sabe de la expiación, que él vivió como hombre a fin de morir como hombre para los hombres, y que su Pasión y su homicidio judicial fueron realmente su acción salvadora de quitar los pecados del mundo. Ni puede uno saber sobre qué base acudir a él hasta saber acerca de su resurrección, ascensión y actividad celestial: que Jesús ha sido levantado, entronizado y coronado Rey, y que vive para salvar eternamente a todos los que aceptan su señorío. Estas doctrinas, sin mencionar otras, son esenciales al evangelio… La realidad es que sin estas doctrinas no tendríamos ningún evangelio que predicar.
(ii) Pero hay un segundo punto complementario: no debemos presentar la obra salvadora de Cristo separadamente de su Persona. Los predicadores evangelísticos y los que hacen obra personal a veces cometen este error. En su preocupación por enfocar la atención en la muerte expiatoria de Cristo como el fundamento único y suficiente para que los pecadores puedan ser aceptados por Dios, presentan la invitación a tener una fe
salvadora en estos términos: “Cree que Cristo murió por tus pecados”. El efecto de esta exposición es representar la obra salvadora de Cristo en el pasado, disociada de su Persona en el presente, como el objeto total de nuestra confianza. Pero no es bíblico aislar de este modo la obra del Obrador. En ninguna parte del Nuevo Testamento el llamado a creer es expresado en estos términos. Lo que requiere el Nuevo Testamento es fe en (en) o adentrarse en (eis) o sobre (epi) Cristo mismo, poner nuestra fe en el Salvador viviente quien murió por los pecados. Por lo tanto, hablando estrictamente, el objeto de la fe salvadora no es la expiación, sino el Señor Jesucristo, quien hizo la expiación. Al presentar el evangelio, no debemos aislar la cruz y sus beneficios del Cristo a quien pertenecía la cruz. Porque las personas a quienes les pertenecen los beneficios de la muerte de Cristo son simplemente las que confían en su Persona y creen, no simplemente por su muerte salvadora, sino en él, el Salvador viviente “Cree en el Señor
Jesucristo, y serás salvo” dijo Pablo (Hech. 16:31). “Venid a mí…y yo os haré descansar,” dijo nuestro Señor (Mat.11:28).

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Siendo esto así, enseguida vemos claramente que la cuestión de la amplitud de la expiación, que es algo de lo cual se habla mucho en algunos ambientes, no tiene ninguna relación con el contenido del mensaje evangelístico en este sentido en particular. No me propongo discutir esta cuestión ahora, ya lo he hecho en otro lugar.  No estoy preguntando aquí si piensas que es cierto decir que Cristo murió a fin de salvar o no a cada ser humano del pasado, presente y futuro. Ni le estoy invitando ahora a decidirse sobre esta cuestión, si no lo ha hecho ya. Lo único que quiero recalcar aquí es que aun si cree que la afirmación anterior es cierta, su presentación de Cristo al evangelizar no debería diferir de la que presenta al hombre que no cree que sea cierta. Lo que quiero decir es esto: resulta obvio que si un predicador cree que la afirmación “Cristo murió por cada uno de ustedes”, hecha a cualquier congregación, sería algo que no se puede verificar y que probablemente no es cierta, se cuidaría de incluirla en su predicación del evangelio. Uno no encuentra afirmaciones tales en sermones como, por ejemplo, los de
George Whitefield  o de Charles Spurgeon. Pero ahora, la cuestión es que, aun si alguien piensa que esta afirmación sería cierta si la hiciera, no es algo que necesita decir ni tendría jamás razón para decirla cuando predica el evangelio. Porque predicar el evangelio, como acabamos de ver, significa llamar a los pecadores a acudir a Jesucristo, el Salvador viviente, quien, en virtud de su muerte expiatoria, puede perdonar y salvar a todos los que ponen su fe en él. Lo que tiene que decirse acerca de la cruz cuando se predica el evangelio es sencillamente que la muerte de Cristo es el fundamento sobre el cual Cristo perdona. Y eso es lo único que hay que decir. La cuestión de la amplitud designada de la expiación no viene para nada al caso… El hecho es que el Nuevo Testamento nunca llama a nadie al arrepentimiento sobre el fundamento de que Cristo murió específica y particularmente por él.
El evangelio no es: “Cree que Cristo murió por los pecados de todos, y por lo tanto por los tuyos” como tampoco lo es: “Cree que Cristo murió solo por los pecados de ciertas personas, y entonces quizá no por los tuyos”… No nos corresponde pedir a nadie que ponga su fe en ningún concepto de la amplitud de la expiación. Nuestro deber es conducirlos al Cristo vivo, llamarlos a confiar en él. Esto nos trae al ingrediente final del
mensaje del evangelio.

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4. El evangelio es un llamado a la fe y al arrepentimiento. Todos los que escuchan el evangelio son llamados por Dios a arrepentirse y creer. “Pero Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan,” le dijo Pablo a los atenienses (Hech. 17:30). Cuando sus oyentes le preguntaron qué debían hacer para “poner en práctica las obras
de Dios”, nuestro Señor respondió: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29). Y en 1 Juan 3:23 leemos: “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo…”.
El arrepentimiento y la fe pasan a ser una cuestión de deber por el mandato directo de Dios, por lo tanto la impenitencia e incredulidad son señaladas en el Nuevo Testamento como pecados muy serios. Estos mandatos universales, como lo hemos indicado anteriormente, van acompañados con promesas universales de salvación para todos los que obedecen: “Que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hech. 10:43). “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apoc. 22:17). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Estas palabras son promesas que Dios cumplirá mientras dure el tiempo. Necesitamos decir que la fe no es meramente un sentido de optimismo, así como el arrepentimiento no es un mero sentido de lamentarse o de remordimiento. La fe y el arrepentimiento son acciones, y acciones del hombre integral… la fe es esencialmente entregarse, descansar y confiar en las promesas de misericordia que Cristo ha dado a los pecadores, y en el Cristo que dio esas promesas. De igual modo, el arrepentimiento es más que sentir tristeza por el pasado, el arrepentimiento es un cambio de la mentalidad y del corazón, una vida nueva de negarse a uno mismo y servir al Salvador como Rey en lugar de uno mismo…

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Necesitamos presentar también dos puntos más:
(i) Se requiere fe al igual que arrepentimiento. No basta con decidir apartarse del pecado, renunciar a hábitos malos y tratar de poner en práctica las enseñanzas de Cristo siendo religiosos y haciendo todo el bien posible a otros. Aspiraciones, resoluciones, moralidad y religiosidad no son sustitutas de la fe… sino que si ha de haber fe, primero tiene que haber un fundamento de conocimiento: el hombre tiene que saber acerca de Cristo, su cruz y sus promesas antes de que la fe salvadora pueda ser una posibilidad
para él. Por lo tanto, en nuestra presentación del evangelio, tenemos que enfatizar estas cosas, a fin de llevar a los pecadores a abandonar toda confianza en sí mismos y confiar totalmente en Cristo y en el poder de su sangre redentora para hacerlos aceptos a Dios. Nada que sea menos que esto es fe.

(ii) Se requiere arrepentimiento al igual que fe… Si ha de haber arrepentimiento, tiene que haber, volvemos a decirlo, un fundamento de conocimiento… Más de una vez, Cristo deliberadamente llamó la atención a la ruptura radical del pasado que involucra ese
arrepentimiento. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame… todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mat. 16:24-25). “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida [o sea: considerarlos a todos en segundo lugar] no puede ser mi discípulo… cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:26, 33). El arrepentimiento que  Cristo requiere de su pueblo consiste del rechazo contundente a poner cualquier límite a las demandas que él pueda hacer a sus vidas… Él no tenía interés en juntar grandes gentíos que profesaran ser sus seguidores para luego desaparecer en cuanto se enteraban de lo que seguirle requería de ellos. Por lo tanto, en nuestra propia presentación del evangelio de
Cristo, tenemos que poner un énfasis similar en lo que cuesta seguir a Cristo, y hacer que los pecadores lo enfrenten con seriedad antes de instarlos a responder al mensaje de perdón gratuito. Simplemente por honestidad, no debemos ignorar el hecho de que el perdón gratuito en un sentido cuesta todo; de otro modo, nuestro evangelizar se convierte en una especie de estafa. Y donde no existe un conocimiento claro, y por ende
nada de reconocimiento realista de las verdaderas demandas de Cristo, no puede haber arrepentimiento y por lo tanto tampoco salvación. Tal es el mensaje evangelístico que somos enviados a anunciar.

Evangelism & the Sovereignty of God (Evangelismo y la soberanía de Dios)

James (Jim) Innell Packer (nacido el 22 de julio de 1926) es un teólogo cristiano canadiense nacido en Gran Bretaña en las tradiciones Anglicana y Reformada de la iglesia baja . 

¿Está tu fe basada en la Biblia? – J.I.Packer

James (Jim) Innell Packer (nacido el 22 de julio de 1926) es un teólogo cristiano canadiense de origen británico educado en las tradiciones de la iglesia anglicana y reformada. Actualmente desempeña su labor en la Junta directiva de Profesores de Teología en la Universidad Regent en Vancouver, Columbia Británica . Se le considera uno de los más influyentes evangélicos en América del Norte. Ha sido teólogo emérito de la Iglesia Anglicana en América del Norte , desde su creación en 2009.