Obligaciones principales de los padres 3

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Ocúpese de que sus hijos lean la Biblia con reverencia. Instrúyales a considerarla no como la palabra de los hombres, sino lo que verdaderamente es: la Palabra de Dios, escrita por el Espíritu Santo mismo—toda verdad, toda beneficiosa y capaz de hacernos sabios para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús.

Ocúpese de que la lean regularmente. Instrúyales de modo que la consideren como el alimento diario del alma, como algo esencial a la salud cotidiana del alma. Sé bien que no puede hacer que esto sea otra cosa que una práctica, pero quién sabe la cantidad de pecados que una mera práctica puede indirectamente frenar.

Ocúpese de que la lean toda. No deje de hacerles conocer toda doctrina. No se suponga que las doctrinas principales del cristianismo son cosas que los niños no pueden comprender. Los niños comprenden mucho más acerca de la Biblia de lo que por lo general suponemos.

Hábleles del pecado —su culpa, sus consecuencias, su poder, su vileza. Descubrirá que pueden comprender algo de esto.

Hábleles del Señor Jesucristo y de su obra a favor de nuestra salvación— la expiación, la cruz, la sangre, el sacrificio, la intercesión. Descubrirá que hay algo en todo esto que no escapa a su entendimiento.

Hábleles de la obra del Espíritu Santo en el corazón del hombre, cómo lo cambia, renueva, santifica y purifica. Pronto comprobará que pueden, en cierta medida, seguir lo que le va enseñando. En suma, sospecho que no tenemos idea de cuánto puede un niñito entender acerca del alcance y la amplitud del glorioso evangelio. Capta mucho más de lo que suponemos acerca de estas cosas.

Llene su mente con las Escrituras. Permita que la Palabra more ricamente en sus hijos. Deles la Biblia, toda la Biblia, aun cuando sean chicos.

Entrénelos en el hábito de orar. La oración es el aliento mismo de vida de la verdadera religión. Es una de las primeras evidencias que el hombre ha nacido de nuevo. Dijo el Señor acerca de Saulo el día que le envió a Ananías, “He aquí, él ora” (Hech. 9:11). Había empezado a orar, y eso era prueba suficiente.

La oración era la marca que distinguía al pueblo del Señor el día que comenzó una separación entre ellos y el mundo. “Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová” (Gén. 4:26).

La oración es ahora la característica de todos los verdaderos cristianos. Oran, porque le cuentan a Dios sus necesidades, sus sentimientos, sus anhelos, sus temores y lo que dicen es sincero. El cristiano nominal puede recitar oraciones, y oraciones buenas, pero nada más.

La oración es el momento decisivo en el alma del hombre. Nuestro ministerio es estéril y nuestra labor en vano mientras no caigamos de rodillas. Hasta entonces, no tenemos esperanza.

La oración es un gran secreto de la prosperidad espiritual. Cuando hay mucha comunión privada con Dios, el alma crece como el pasto después de la lluvia. Cuando hay poco, estará detenida, apenas podrá mantener su alma con vida. Muéstreme un cristiano que crece, un cristiano que marcha adelante, un cristiano fuerte, un cristiano triunfante, y estoy seguro de que es alguien que habla frecuentemente con su Señor. Le pide mucho, y tiene mucho. Le cuenta todo a Jesús, por lo que siempre sabe cómo actuar.

La oración es el motor más poderoso que Dios ha puesto en nuestras manos. Es la mejor arma para usar en cualquier dificultad y el remedio más seguro para todo problema. Es la llave que abre el tesoro de promesas y la mano que genera gracia y ayuda en el tiempo de la adversidad. Es la trompeta de plata que Dios nos ordena que hagamos sonar en todos nuestros momentos de necesidad, y es el clamor que ha prometido escuchar siempre, tal como una madre cariñosa responde a la voz de su hijo.

La oración es el modo más sencillo que el hombre puede usar para acudir a Dios. Está dentro del alcance de todos —de los enfermos, los ancianos, los débiles, los paralíticos, los ciegos, los pobres, los iletrados—todos pueden orar. De nada le sirve a usted excusarse porque no tiene memoria, porque no tiene educación, porque no tiene libros o porque no tiene erudición en este sentido. Mientras tenga usted una lengua para explicar el estado de su alma, puede y debe orar. Esas palabras: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2) será la temible condenación para muchos en el Día del Juicio.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Obligaciones principales de los padres 2

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Instruya con el siguiente pensamiento continuamente en mente: que el alma de su hijo es lo primero que debe considerar. Preciosos, sin duda, son los pequeños a sus ojos, pero si los ama, piense con frecuencia en el alma de ellos. No debe sentir la responsabilidad de otros intereses tanto como la de los intereses eternos de ellos. Ninguna parte de ellos debiera ser tan querida por usted como esa parte que nunca morirá. El mundo con toda su gloria pasará, los montes se derretirán, los cielos se envolverán como un rollo, el sol dejará de brillar. Pero el espíritu que mora en esas pequeñas criaturas, a quienes tanto ama, sobrevivirá todo eso, y en los momentos felices al igual que los de sufrimiento (hablando como un hombre) dependerán de usted.

Este es el pensamiento que debe ser el principal en su mente en todo lo que hace por sus hijos. En cada paso que toma en relación con ellos, en cada plan y proyecto y arreglo que los afecta, no deje de considerar esa poderosa pregunta: “¿Cómo afectará su alma?”

El amor al alma es el alma de todo amor. Mimar, consentir y malcriar a su hijo, como si este mundo fuera lo único que tiene y esta vida la única oportunidad de ser feliz—hacer esto no es verdadero amor, sino crueldad. Es tratarlo como una bestia del campo que no tiene más que un mundo que tener en cuenta, y nada después de la muerte. Es esconder de él esa gran verdad que debe ser obligado a aprender desde su misma infancia: el fin principal de su vida es la salvación de su alma.

El cristiano verdadero no debe ser esclavo de las costumbres si quiere instruir a sus hijos para el cielo. No debe contentarse con hacer las cosas meramente porque son la costumbre del mundo; ni enseñarles e instruirles en cierta forma, meramente porque es la práctica; ni dejarles leer libros de contenido cuestionable, meramente porque todos los leen; ni dejarles formar hábitos con tendencias dudosas, meramente porque son los hábitos de la época. Debe instruir a sus hijos con su vista en el alma de ellos. No debe avergonzarse de saber que su instrucción es llamada singular y extraña. ¿Y qué si lo es?
El tiempo es breve—las costumbres de este mundo pasarán. El padre que ha instruido a sus hijos para el cielo en lugar de la tierra—para Dios, en lugar del hombre—es el que al final será llamado sabio.

Instruya a su hijo en el conocimiento de la Biblia. Lo admito, no puede obligar usted a sus hijos a amar la Biblia. Ninguno fuera del Espíritu Santo nos puede dar un corazón que disfrute de su Palabra. Pero puede usted familiarizar a sus hijos con la Biblia. Tenga por seguro que nunca puede ser que conozcan la Biblia demasiado pronto ni demasiado bien.

Un conocimiento profundo de la Biblia es el fundamento de toda opinión clara acerca de la religión cristiana. El que está bien fundamentado en ella, por lo general no será indeciso, llevado de aquí y para allá por cualquier doctrina nueva. Cualquier sistema de instrucción que no dé primera prioridad a las Escrituras es inseguro y precario.

Usted tiene que prestar atención a este punto ahora mismo, porque el diablo anda suelto y el error abunda. Hay entre nosotros algunos que la dan a la iglesia el honor que le corresponde a Jesucristo. Hay quienes hacen de los sacramentos sus salvadores y su pasaporte a la vida eterna. Y también hay los que honran un catecismo más que la Biblia y llenan la mente de sus hijos con patéticos libritos de cuentos en lugar de las Escrituras de la verdad. Pero si usted ama a sus hijos, permita que la Biblia sencillamente sea todo en la instrucción de sus almas, y haga que todos los demás libros sean secundarios.

No se preocupe tanto porque sean versados en el catecismo, sino que sean versados en las Escrituras. Créame, esta es la instrucción que Dios honra. El salmista dice del Señor: “Has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas” (Sal. 138:2). Pienso que el Señor da una bendición especial a todos los que engrandecen su palabra entre los hombres.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Obligaciones principales de los padres

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Me imagino que la mayoría de los cristianos que profesan su fe conocen el texto recién citado. Su sonido seguramente es familiar a sus oídos, como lo es una vieja tonada. Es probable que lo ha oído, lo ha leído, ha hablado de él y lo ha citado muchas veces. ¿Acaso no es así? Pero, aun con todo eso, ¡cuán poco se tiene en cuenta la sustancia de este texto! Pareciera que mayormente se desconoce la doctrina que contiene; pareciera que muy pocas veces se pone en práctica el compromiso que nos presenta. Lector, ¿no es cierto que digo la verdad?

No se puede decir que el tema es nuevo. El mundo es viejo, y contamos con la experiencia de casi seis mil años para ayudarnos. Vivimos en una época cuando hay una gran dedicación a la educación en todas las áreas. Oímos que por todas partes surgen nuevas escuelas. Nos cuentan de sistemas nuevos y libros nuevos de todo tipo para niños y jóvenes. Aun con todo esto, la gran mayoría de los niños no recibe instrucción sobre el camino que debe tomar, porque cuando llegan a su madurez, no caminan con Dios.

Ahora bien, ¿por qué están así las cosas? La pura verdad es que el mandato del Señor en nuestro texto no es tenido en cuenta. Por lo tanto, la promesa del Señor que el mismo contiene no se cumple.

Lector, esta situación debiera generar un profundo análisis del corazón. Reciba pues, una palabra de exhortación de un pastor acerca de la educación correcta de los niños. Créame, el tema es tal que debiera conmover a cada conciencia y hacer que cada uno se pregunte: “En esta cuestión, ¿estoy haciendo todo lo que puedo?”

Es un tema que concierne a casi todos. Pocos son los hogares a los cuales no se aplica. Padres de familia, niñeras, maestros, padrinos, madrinas, tíos, tías, hermanos, hermanas —todos están involucrados.

No todos los comentaristas, pastores y teólogos cristianos interpretan que esta es una promesa de que todos los hijos de creyentes serán salvos infaliblemente. Son pocos, creo yo, los que no influyan sobre algún padre en el manejo de su familia o afecte la educación de algún hijo por sus sugerencias o consejos. Sospecho que todos podemos hacer algo en este sentido, ya sea directa o indirectamente, y quiero mover a todos a recordarlo…

Primero, entonces, si va a instruir correctamente a sus hijos, instrúyalos en el camino que deben andar, y no en el camino que a ellos les gustaría andar. Recuerde que los niños nacen con una predisposición decidida hacia el mal. Por lo tanto, si los deja usted escoger por sí mismos, es seguro que escogerán mal.

La madre no puede saber lo que su tierno infante será cuando sea adulto—alto o bajo, débil o fuerte, sabio o necio. Puede o no ser uno de estos—todo es incierto. Pero una cosa puede la madre decir con certidumbre: tendrá un corazón corrupto. Es natural para nosotros hacer lo malo. Dice Salomón: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho” (Prov. 22:15). “El muchacho consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Nuestro corazón es como la tierra en que caminamos: dejada a su suerte, es seguro que producirá malezas.

Entonces, para tratar con sabiduría a su hijo, no debe dejar que se guíe según su propia voluntad. Piense por él, juzgue por él, actúe por él, tal como lo haría por alguien débil y ciego. Por favor no lo entregue a sus propios gustos e inclinaciones erradas. No son sus gustos y deseos lo que tiene que consultar. El niño no sabe todavía lo que es bueno para su mente y su alma del mismo modo como no sabe lo que es bueno para su cuerpo. Usted no lo deja decidir lo que va a comer, lo que va a tomar y la ropa que va a vestir. Sea consecuente, y trate su mente de la misma manera. Instrúyalo en el camino que es bíblico y bueno y no en el camino que se le ocurra.

Si no se decide usted en cuanto a este primer principio de instrucción cristiana, es inútil que siga leyendo. La obstinación es lo primero que aparece en la mente del niño. Resistirla debe ser el primer paso que usted dé.

Instruya a su hijo con toda su ternura, afecto y paciencia. No quiero decir que debe consentirlo, lo que sí quiero decir es que debe hacer que vea que usted lo ama. El amor debe ser el hilo de plata de toda su conducta. La bondad, dulzura, mansedumbre, tolerancia, paciencia, comprensión, una disposición de identificarse con los problemas del niño, la disposición de participar en las alegrías infantiles—estas son las cuerdas por las cuales el niño puede ser guiado con mayor facilidad—estas son las pistas que usted debe seguir para encontrar su camino hacia el corazón de él…

Ahora bien, la mente de los niños ha sido fundida en el mismo molde que la nuestra. La dureza y severidad de nuestro comportamiento los dejará fríos y los apartará de usted. Esto cierra el corazón de ellos, y se cansará usted de tratar de encontrar la puerta de su corazón. Pero hágales ver que usted siente cariño por ellos—que realmente quiere hacerlos felices y hacerles bien—que si los castiga, es para el propio beneficio de ellos, y que, como el pelícano, daría usted la sangre de su corazón para alimentar el alma de ellos. Deje que vean eso, digo yo, y pronto serán todo suyos. Pero tienen que ser atraídos con bondad si es que va a lograr que le presten atención… El cariño es un gran secreto de la instrucción exitosa. La ira y la dureza pueden dar miedo, pero no persuadirán al niño de que usted tiene razón. Si nota con frecuencia que usted pierde la paciencia, pronto dejará de respetarlo. Un padre que le habla a su hijo como lo hizo Saúl a Jonatán (1 Sam. 20:30) no puede pretender que conservará su influencia sobre la mente de ese hijo.

Esfuércese mucho por conservar el cariño de su hijo. Es peligroso hacer que le tema. Casi cualquier cosa es mejor que el silencio y la coacción entre su hijo y usted, y esto aparecerá con el temor. El temor da fin a la posibilidad de que su hijo sienta la confianza de poder hablar con usted. El temor lleva a la ocultación y el fingimiento—el temor siembra la semilla de mucha hipocresía y produce muchas mentiras. Hay mucha verdad en las palabras del Apóstol en Colosenses: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Col. 3:21). No desatienda este consejo.

Tomado de Deberes de los padres.
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J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO

 

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ASÍ como Dios ha entretejido los huesos, los tendones, los nervios y el resto del cuerpo para darle fuerza, ha ordenado la unión del hombre y la mujer en matrimonio para fortalecer sus vidas, porque “mejores son dos que uno” (Ecl. 4:9). Por lo tanto, cuando Dios hizo a la mujer para el hombre, dijo: “Le haré ayuda idónea para él” (Gén. 2:18), demostrando que el hombre se beneficia por tener una esposa. Que esto no sea siempre así en la realidad puede atribuirse a que no se obedecen los preceptos divinos. Como este es un tema de vital importancia, creemos oportuno presentar un bosquejo general de las enseñanzas bíblicas sobre el tema, especialmente para beneficio de los jóvenes lectores, aunque esperamos poder incluir cosas que también sean provechosas para los mayores.

Quizá sea una afirmación trillada, pero no de menos importancia por haber sido dicha tantas veces, que con la excepción de la conversión personal, el matrimonio es el evento más trascendental de todos los eventos terrenales en la vida del hombre y la mujer. Forma un vínculo de unión que los une hasta la muerte. El vínculo es tan íntimo que les endulza o amarga la existencia el uno al otro. Incluye circunstancias y consecuencias que tienen un alcance eterno. Qué esencial es, entonces, que tengamos la bendición del cielo sobre un compromiso de tanto valor, y para este fin, qué absolutamente necesario es que lo sometamos a Dios y a su Palabra. Mucho, mucho mejor es permanecer solteros hasta el fin de nuestros días que contraer matrimonio sin la bendición divina. Los anales de la historia y la observación dan fe de la verdad de esta afirmación.

Aun aquellos que no ven más allá que la felicidad temporal humana y el bienestar de la sociedad reconocen la gran importancia de nuestras relaciones domésticas que nos brinda la naturaleza y que aun nuestros deseos y debilidades cimentan. No podemos formar un concepto de virtud o felicidad social ni de la sociedad humana misma que no tenga a la familia como su fundamento. No importa lo excelente que sean la constitución y las leyes de un país, ni lo abundante de sus recursos y su prosperidad, no existe una base segura para un orden social o de virtud pública al igual que privada hasta no contar con la regulación sabia de sus familias. Después de todo, una nación no es más que la suma total de sus familias y a menos que haya buenos maridos y esposas, padres y madres, hijos e hijas, no puede haber buenos ciudadanos. Por lo tanto, la decadencia actual de la vida de hogar y la disciplina familiar amenazan la estabilidad de la nación más que pudiera hacerlo cualquier hostilidad de otro país.

En efecto, el concepto bíblico de los distintos deberes de los integrantes de una familia cristiana destaca los efectos de esta decadencia de una manera muy alarmante, ya que deshonran a Dios, son desastrosos para la condición espiritual de las iglesias y están levantando obstáculos muy serios para el avance del evangelio. No hay palabras para expresar lo triste que es ver que los que profesan ser cristianos son mayormente los responsables de la caída de las normas maritales, del no darle importancia a las relaciones domésticas y de la rápida desaparición de disciplina familiar.

Entonces, como el matrimonio es la base del hogar o sea la familia, es imprescindible que llame a mis lectores a considerar seriamente y con espíritu de oración lo que Dios ha revelado acerca de este tema de vital importancia. Aunque no podemos esperar detener la terrible enfermedad que está carcomiendo el alma misma de nuestra nación, si Dios tiene a bien que este artículo sea de bendición aunque sea a algunos, nuestra labor no habrá sido en vano. Empezaré destacando la excelencia del matrimonio: “honroso sea… el matrimonio”, dice nuestro texto, y lo es, ante todo, porque Dios mismo le ha otorgado honra. Todas las demás ordenanzas e instituciones (excepto el día de reposo) fueron dadas por Dios por medio de hombres o ángeles (Hech. 7:35), en cambio el matrimonio fue ordenado inmediatamente por el Señor mismo; ningún hombre ni ángel trajo la primera esposa a su esposo (Gén. 2:19). Por lo tanto, el matrimonio recibió más honra divina que las demás instituciones divinas porque fue solemnizado directamente por Dios mismo. Lo repito: esta fue la primera ordenanza que instituyó Dios, sí, lo primero que hizo después de crear al hombre y a la mujer, y lo hizo cuando todavía no habían caído. Además, el lugar donde se llevó a cabo el matrimonio demuestra lo honroso de la institución, mientras que todas las otras instituciones (excepto el día de reposo) se formaron fuera del paraíso. ¡El matrimonio fue solemnizado en el Edén mismo lo cual indica lo felices que son los que se casan en el Señor!

El acto creativo máximo de Dios fue crear a la mujer. Al final de cada día de la creación, la Biblia declara formalmente que Dios vio que lo que había hecho era bueno (Gén. 1:31). Pero cuando fue creado Adan, las Escrituras dicen que Dios vio que no era bueno que el hombre estuviera solo (Gén. 2:18). En cuanto al hombre, faltaba completar la obra creativa; así como todos los animales y aun las plantas tenían pareja, a Adán le faltaba una ayuda adecuada, su complemento y compañera. Recién cuando Dios hubo satisfecho esta necesidad vio que la obra creadora del último día también era buena.

“Esta es la primera gran lección bíblica sobre la vida familiar y debemos aprenderla bien… La institución divina del matrimonio enseña que el estado ideal del hombre tanto como el de la mujer no es la separación sino la unión, que cada uno ha sido diseñado y es adecuado para el otro. El ideal de Dios es una unión así, basada en un amor puro y santo que dura toda la vida, sin ninguna rivalidad ni otra pareja, e incapaz de separarse o ser infiel porque es una unión en el Señor, una unión santa del alma y el espíritu con mutuo amor y afecto”.

Continuara …

 

De “Marriage – 13:4” en An Exposition of Hebrews
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Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

El llamado al arrepentimiento

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“Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

El arrepentimiento es una de las piedras fundamentales del cristianismo. En el Nuevo Testamento encontramos por lo menos sesenta referencias al arrepentimiento. ¿Cuál fue la primera doctrina que predicó nuestro Señor Jesucristo? El Evangelio nos cuenta que dijo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mar. 1:15). ¿Qué proclamaron los apóstoles la primera vez que el Señor los envió en una misión? “Predicaban que los hombres se arrepintiesen” (Mar. 6:12). ¿Cuál fue la comisión que Jesús dio a sus discípulos cuando dejó este mundo? “Que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de
pecados en todas las naciones” (Luc. 24:47). ¿Cuál fue la apelación con la que Pedro concluyó sus primeros discursos? “Arrepentíos, y bautícese cada uno”. “Arrepentíos y convertios” (Hech. 2:38; 3:19). ¿Cuál fue el resumen de la doctrina que Pablo dio a los ancianos de Éfeso cuando se despedía de ellos? Les dijo que les había enseñado públicamente, y casa por casa, “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hech. 20:21). ¿Cuál fue la descripción que Pablo dio de su propio ministerio cuando presentó
su defensa ante Festo y Agripa? Les dijo que les había mostrado a los hombres que “se arrepintiesen… haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hech. 26:20). ¿Cuál fue la explicación dada por los creyentes en Jerusalén acerca de la conversión de los gentiles? Cuando la oyeron dijeron: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios
arrepentimiento para vida!” (Hech. 11:18)… Seguramente todos coincidimos en que estas son cuestiones serias. Demuestran la importancia de la pregunta que estoy haciendo. Un error acerca del arrepentimiento es un error muy peligroso. Una equivocación en cuanto al arrepentimiento es una equivocación que yace en las raíces mismas de nuestra religión. Entonces, ¿qué es el arrepentimiento? ¿Qué podemos decir de cualquiera que se arrepiente? El arrepentimiento es un cambio absoluto del corazón del hombre natural con respecto al tema del pecado. Todos nacemos en pecado. Amamos el pecado por naturaleza. Empezamos a pecar en cuanto podemos actuar y pensar, así como el pájaro comienza a volar por naturaleza y el pez a nadar. Nunca existió un niño al que había que
educarlo a fin de que aprendiera acerca del engaño, la sensualidad, la pasión, el egocentrismo, la glotonería, el orgullo y la insensatez. Estas cosas no se aprenden de las malas compañías o gradualmente mediante un curso de tediosa instrucción. Surgen solos, aun si los niños y las niñas se crían solos. Las semillas en ellos son evidentemente el producto natural del corazón. La tendencia natural de todos los niños hacia todas estas
cosas es prueba indubitable de la corrupción y la caída del hombre. Ahora, cuando este corazón nuestro es cambiado por el Espíritu Santo, cuando el amor natural por el pecado ha sido echado fuera, entonces sucede ese cambio que la Palabra de Dios llama “arrepentimiento”. Se dice que el hombre, en quien ocurrió este cambio, se “arrepintió”.

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Puede ser llamado, en una palabra, un hombre “penitente”…

(1) El verdadero arrepentimiento comienza con un entendimiento del pecado. Los ojos del penitente son abiertos. Ve con consternación y confusión lo largo y ancho de la Ley santa de Dios, y lo extensas, lo enormemente extensas que son sus propias transgresiones. Descubre, para su sorpresa, que al creerse “un hombre bueno” y un hombre “de buen corazón” se ha estado engañando tremendamente. Descubre que es, en
realidad, perverso, culpable, corrupto y malo ante los ojos de Dios. Su orgullo se desploma. Sus opiniones elevadas de sí mismo se desvanecen. Ve que no es nada más ni nada menos que un gran pecador. Éste es el primer paso hacia el verdadero arrepentimiento.

(2) El verdadero arrepentimiento continúa con un sentimiento de tristeza por el pecado. El corazón del hombre penitente se llena de profundo remordimiento por sus transgresiones del pasado. Se le destroza el corazón al pensar que ha vivido tan alocada y ruinmente. Se lamenta por el tiempo perdido, por los talentos desaprovechados, por haber deshonrado a Dios, por su propia alma herida. El recuerdo de estas cosas
le duele. La carga de estas cosas a veces es casi intolerable. Cuando un hombre sufre, tiene el segundo paso del verdadero arrepentimiento.

(3) El verdadero arrepentimiento procede, luego, a producir en el hombre una confesión de pecado. Se suelta la lengua del penitente. Siente que tiene que hablar con Dios contra quien ha pecado. Algo dentro de él le dice que tiene que clamar a Dior, orar a Dios y hablar con Dios acerca del estado de su alma. Tiene que abrir su corazón y reconocer sus
iniquidades ante el Trono de Gracia. Son una carga pesada dentro de él, y ya no puede guardar silencio. No puede reservarse nada. No puede esconder nada. Va delante de Dios, sin pedir nada para él mismo y dispuesto ha decir: “He pecado contra el cielo y contra ti… mi iniquidad es grande… ¡Dios, se propicio a mí, pecador!” Cuando el hombre se presenta de esta manera ante Dios con su confesión, está en el tercer paso del verdadero arrepentimiento.

(4) Además, el verdadero arrepentimiento se demuestra ante el mundo por un apartarse totalmente del pecado. La vida del hombre penitente se ha alterado. Su conducta diaria ha cambiando completamente. Un nuevo Rey reina en su corazón. Se despoja del viejo hombre (Ef. 4:22). Lo que Dios ordena, ahora anhela y realiza; y lo que Dios prohíbe, ahora anhela evitar (Luc. 8:15; Sal. 25:11; Luc. 18:13). Se esfuerza por evitar el pecado
por todos los medios, luchar contra el pecado, hacerle guerra al pecado, lograr la victoria sobre el pecado. Deja de hacer lo malo. Aprende a hacer lo bueno. Repentinamente se despoja de sus malas costumbres y malas compañías. Se esfuerza, aunque sea débilmente, por vivir una vida nueva. Cuando el hombre hace esto, está en el cuarto paso del verdadero arrepentimiento.

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(5) Por último, el verdadero arrepentimiento se demuestra por producir en el corazón un hábito bien establecido de odio profundo contra todo pecado. La mente del penitente se convierte en una mente habitualmente santa. Aborrece lo malo y se aferra a lo que es bueno (Rom. 12:9). Se deleita en la Ley de Dios (Sal. 1:2). Con frecuencia no puede cumplir sus propios anhelos. Encuentra en sí mismo un principio de maldad que guerrea contra el Espíritu de Dios (Gál. 5:17). Encuentra también que está frío cuando debiera estar caliente, que retrocede cuando quiere avanzar, indiferente cuando quiere ser entusiasta en su servicio a Dios. Es profundamente consciente de sus propias debilidades. Se lamenta porque siente que la corrupción mora en él. Sin embargo, a pesar de todo eso, la inclinación general de su corazón es hacia Dios y contra el
mal. Puede decir con David: “Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrecí todo camino de mentira” (Sal. 119:128). Cuando el hombre puede decir esto, cumple el quinto paso o el paso culminante al verdadero arrepentimiento.
El verdadero arrepentimiento, como el que acabo de describir, nunca está solo en el corazón del hombre. Siempre tiene un compañero, un compañero bendito. Está siempre acompañado de una fe viva en nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Dondequiera que hay fe, hay arrepentimiento; donde quiera que hay arrepentimiento, siempre hay fe. Yo no soy el que decido cuál viene primero, si el arrepentimiento viene antes de la fe o la fe antes del arrepentimiento. Pero me atrevo a decir que ambas gracias nunca están separadas la una de la otra…

Cuídate de no equivocarte en cuanto a la naturaleza del verdadero arrepentimiento. El diablo bien sabe el valor de esa gracia preciosa, tanto que no la disfraza con imitaciones falsas. Donde quiera que haya una moneda buena siempre hay dinero malo. Donde quiera que haya una gracia valiosa, el diablo pone en circulación falsificaciones y parodias de esa gracia y trata de que el alma del hombre las acepte. Asegúrate de no
ser engañado. Sí, ten cuidado de no ser engañado.

(1) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea asunto de tu corazón. No es el gesto adusto, el rostro santurrón ni de imponerte a ti mismo una serie de penitencias o de mortificar tu cuerpo, no es esto en sí lo que constituye el verdadero arrepentimiento hacia Dios. La verdadera gracia es mucho más profunda que una mera cuestión del rostro, la ropa, los días santos y los formulismos. Acab se ponía el saco de duelo cuando le convenía, pero Acab nunca se arrepintió.

(2) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea un arrepentimiento que te lleve a Dios… Félix temblaba cuando escuchaba predicar al Apóstol Pablo. Pero… ese no es el verdadero arrepentimiento. Cerciórate de que tu arrepentimiento te lleve a Dios y te haga acudir a él como tu mejor Amigo.

(3) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea un arrepentimiento que incluye una renuncia total al pecado. La gente sentimental puede derramar lágrimas cuando los domingos escucha sermones llenos de emoción, y no obstante, vuelven al baile, al teatro y a la ópera durante la semana… los sentimientos en la religión son más que inservibles, a menos que estén acompañados por la práctica. Una mera emoción sentimental, sin abandonar totalmente el pecado, no es el arrepentimiento que Dios aprueba.

(4) Asegúrate, sobre todo, de que tu arrepentimiento esté bien arraigado en la fe en el Señor Jesucristo. Cerciórate de que tus convicciones sean convicciones, que nunca descansan, excepto al pie de la Cruz donde murió Jesucristo. Judas Iscariote podía decir: “He pecado” (Mat. 27:4), pero Judas nunca se volvió a Jesús. Judas nunca puso su fe en
Jesús, y por lo tanto, Judas murió en sus pecados. Dame esa convicción de pecado que te obliga a correr a Cristo y lamentarte porque tus pecados han herido al Señor quien te compró. Dame esa contrición del alma bajo la cual sientes mucho amor hacia Cristo y se duele al pensar en los desprecios que la ha hecho al Salvador tan lleno de gracia. Yendo al Sinaí, escuchando acerca de los Diez Mandamientos, contemplando el infierno,
pensando en los terrores de la condenación, todo esto puede atemorizar a contrición – tristeza o remordimiento por haber hecho algo malo. Las personas, y tiene su lugar. Pero ningún arrepentimiento dura si el hombre no pone su vista en el Calvario más que en el Sinaí, y ve en un Jesús sangrando la motivación más fuerte para la contrición. Tal
arrepentimiento baja del cielo. Tal arrepentimiento está plantado en el corazón del hombre por Dios el Espíritu Santo.

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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; respetado autor de Holiness (http://www.solosanadoctrina.com/tienda/index.php?id_product=183&controller=product&search_query=La+Santidad&results=19)
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Una comprensión correcta del Pecado

Blog33

“El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

La verdad lisa y llana es que una comprensión correcta del pecado es la raíz de todo cristianismo salvador. Sin ella, las doctrinas como justificación, conversión, santificación son “palabras y nombres” que no tienen nada de significado para la mente. Lo primero, entonces, que Dios realiza cuando hace de alguien una nueva criatura en Cristo es darle luz a su corazón para mostrarle que es un pecador culpable… Creo que una de las mayores carencias de la iglesia contemporánea ha sido, y es, una enseñanza más clara y más completa acerca del pecado.

1. Comenzaré el tema ofreciendo algunas definiciones del pecado.
Todos, por supuesto, estamos familiarizados con los términos “pecado” y “pecadores”. Hablamos con frecuencia del “pecado” que hay en el mundo y de los hombres que cometen “pecados”. Pero, ¿qué queremos decir con estos términos y frases? ¿Lo sabemos realmente? Me temo que existe mucha confusión e incertidumbre en cuanto a ellos. Trataré, lo más brevemente posible, dar una respuesta.
“Pecado”, hablando en general es… “la imperfección y corrupción de la naturaleza de todo hombre que ha sido engendrado naturalmente de los descendientes de Adán; por lo cual el hombre dista de tener la justicia y rectitud original, y está, por su propia naturaleza, predispuesto al mal, de manera que la carne lucha siempre contra el espíritu; y, por lo tanto, cada persona nacida en el mundo merece la ira y condenación de Dios”.
Pecado es esa enfermedad moral extensa que afecta a toda la raza humana de toda posición, clase, nombre, nación, pueblo y lengua, una enfermedad sin la cual solo uno nació de mujer. ¿Necesito decir que ese Uno es Cristo Jesús el Señor?
Es más, afirmo que “un pecado”, hablando más particularmente, consiste en hacer, decir, pensar o imaginar cualquier cosa que no se conforma perfectamente a la mente y Ley de Dios. “Pecado”, en suma, como dicen las Escrituras, es “infracción de la ley” (1 Juan 3:4). El más leve desvío externo o interno del paralelismo matemático absoluto con la voluntad y el carácter revelado de Dios es un pecado, e inmediatamente nos hace culpables ante Dios.
Por supuesto que no tengo que decirle a nadie que lea su Biblia con atención que uno puede quebrantar la Ley de Dios en su corazón y pensamiento sin que necesariamente haya un acto exterior y visible de maldad. Nuestro Señor lo hizo muy claro e inequívoco en el Sermón del Monte (Mat. 5:21-28)… Tampoco tengo que decirle a un estudiante serio
del Nuevo Testamento que existen pecados de omisión al igual que de comisión, y que pecamos, como nuestro Libro de Oración acertadamente nos recuerda, al “no hacer las cosas que deberíamos hacer”, tanto como “hacer las cosas que no deberíamos hacer”… Creo que en estos tiempos es necesario recordar a mis lectores que uno puede cometer pecado y aun así ignorar que lo ha cometido, creyéndose inocente cuando es culpable…
Nuestro Señor enseña expresamente que “el que sin conocer la voluntad de Señor no la hizo”, no fue excusado por su ignorancia sino que fue “azotado” o castigado (Luc. 12:48). Nos conviene recordar que cuando hacemos que nuestro lamentosamente imperfecto conocimiento y conciencia sea la medida con la cual medimos nuestra pecaminosidad,
andamos en un terreno muy peligroso…

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2. En cuanto al origen y la raíz de esta extensa enfermedad moral llamada “pecado”, me temo que los puntos de vista de muchos que profesan ser cristianos lamentablemente son defectuosos y carecen de fundamento en este sentido. No puedo pasar esto por alto. Entonces, sepamos y fijémoslo en nuestra mente que la pecaminosidad del hombre
no comienza de afuera, sino de adentro. No es resultado de una mala formación en los primeros años. No se contagia de las malas compañías y los malos ejemplos, como les gusta decir a algunos cristianos débiles. ¡No! Es una enfermedad de familia, que todos heredamos de Adán y Eva, nuestros primeros padres, y con la cual nacemos. Creados “a la imagen de Dios”, inocentes y rectos al principio, nuestros padres cayeron de la rectitud y justicia original, y pasaron a ser pecadores y corruptos. Y desde ese día hasta ahora, todos los hombres y mujeres nacen caídos, a la imagen de Adán y Eva, y heredan un corazón y naturaleza con una predisposición al mal. “El pecado entró al mundo por un hombre”. “Lo que es nacido de la carne, carne es”. “Éramos por naturaleza hijos de ira”. “Los designios de la carne son enemistad contra Dios”. “Porque de dentro, del corazón…
salen los malos pensamientos, los adulterios” y cosas similares (Rom. 5:12; Juan 3:6; Ef. 2:3; Rom. 8:7; Mar. 7:21).
El más hermoso de los infantes nacido este año y que es el rayito de sol de la familia, no es un “angelito” o “chiquito inocente”, como su madre lo llama cariñosamente, sino un chiquito “pecador”. ¡Qué triste! Ese infante, sea niño o niña, sonriendo y gorgojeando en su cuna, ¡esta pequeña criatura tiene en su corazón las semillas de todo tipo de maldad! No tenemos más que observarlo con cuidado mientras va creciendo en estatura y su mente se va desarrollando a fin de detectar pronto su incesante tendencia a hacer lo malo, y un retroceso en hacer lo que es bueno. Veremos en él los brotes y gérmenes del engaño, mal humor, egoísmo, egocentrismo, terquedad, avaricia, envidia, celos, pasión, los cuales, si se aceptan y se dejan sin atender, crecerán con dolorosa rapidez. ¿Quién le enseñó al niño estas cosas? ¿Dónde las aprendió? ¡Solo la Biblia puede contestar estas preguntas!…
3. En cuanto a la extensión de esta extensa enfermedad moral llamada “pecado”, cuidémonos de no equivocarnos. El único fundamento seguro es el que nos presenta las Escrituras. “Todo designio de los pensamientos de su corazón” es por naturaleza “malo” y eso “continuamente” (Gén. 6:5).
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). El pecado es una enfermedad que invade y se extiende por cada parte de nuestra fibra moral y cada facultad de nuestra mente. El entendimiento, los afectos, el poder de razonar y la voluntad están todos infectados de un modo u otro. Aun la conciencia está tan ciega que no se puede depender de ella como un guía seguro, y puede llevar a los hombres al mal
haciéndolo parecer bien, a menos que sean iluminados por el Espíritu Santo. En suma “desde la planta del pie hasta la cabeza no hay… cosa sana” en nosotros (Isa. 1:6). La enfermedad puede disimularse bajo un velo fino de cortesía, buena educación, buenos modales y decoro exterior, pero duerme en las profundidades del ser… en lo espiritual está totalmente “muerto” y no tiene nada de conocimiento natural, ni amor, ni temor de Dios. Lo mejor del ser humano está entrelazado y entremezclado con corrupción de tal modo que el contraste no hace más que destacar más claramente la verdad y la amplitud de la Caída. Que una misma criatura sea en algunas cosas tan altruista y en otras tan interesada, tan grande en unas y tan poca cosa en otras, a veces tan noble y otras veces tan innoble; tan magnífico en su concepción y ejecución de cosas materiales y sin
embargo tan bajo y vil en lo que concierne a sus afectos… todo es una gran enigma para los que desprecian la “Palabra escrita de Dios” y se burlan de nosotros considerándonos idólatras de la Biblia. Pero es un nudo que podemos desatar con la Biblia en nuestras manos…

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Además de esto, recordemos que cada parte del mundo testifica del hecho que el pecado es la enfermedad universal de toda la humanidad. Hagamos un sondeo en todo el mundo de este a oeste, de polo a polo; investiguemos cada nación de cada clima en todos los puntos cardinales de la tierra; investiguemos cada rango y clase en nuestro propio país,
desde el más elevado al más inferior, y bajo toda circunstancia y condición, el resultado será siempre el mismo… En todas partes el corazón humano es por naturaleza “engañoso más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Por mi parte, no conozco una prueba más fuerte de la inspiración de Génesis y el relato de Moisés del origen del hombre, que el poder, la extensión y la universalidad del pecado…

4. En cuanto a la culpabilidad, vileza y lo ofensivo del pecado ante los ojos de Dios, mis palabras serán pocas… No creo que, por la naturaleza de las cosas, el hombre pueda percibir para nada la pecaminosidad extrema del pecado ante los ojos de ese Ser santo y perfecto con quien tenemos que contender. Por un lado, Dios es aquel Ser eterno que “notó necedad en sus ángeles” y a cuyos ojos “ni aun los cielos son limpios”. Él es aquel que lee los pensamientos y las motivaciones al igual que las acciones, y requiere “la verdad en lo íntimo” (Job 4:18; 15:15; Sal. 51:6). Nosotros, por otra parte, pobres criaturas ciegas, hoy aquí y mañana no, nacidos en pecado, rodeados de pecadores, viviendo en un ambiente constante de debilidad, enfermedad e imperfección, no podemos formar más que los conceptos totalmente inadecuados de lo aborrecible que es la impiedad. No tenemos un perfil por medio del cual comprenderla ni una medida para calcularla… Pero de igual manera fijemos firmemente en nuestra mente que el pecado es lo “abominable” que Dios “aborrece”, que Dios es “muy limpio de ojos para ver el mal, ni puede ver el agravio”, que la transgresión aun más pequeña a la Ley de Dios nos “hace culpable de
todas”, que “el alma que pecare, esa morirá”, que “la paga del pecado es muerte” que Dios “juzgará… los secretos de los hombres”, que hay un gusano que nunca muere y un fuego que nunca se apaga, que “los malos serán trasladados al Seol” e “irán éstos al castigo eterno”, y que “no entrará [en el cielo] ninguna cosa inmunda” (Jer. 44:4; Hab. 1:13; Stg. 2:10; Eze. 18:4; Rom. 6:23; 2:16; Mar. 9:44; Sal. 9:17; Mat. 25:46; Apoc. 21:27). ¡Éstas son, ciertamente, palabras tremendas, cuando tenemos en cuenta que están escritas en el libro de un Dios sumamente misericordioso!

Ninguna prueba de la plenitud del pecado es, al final de cuentas, tan abrumadora e irrebatible como la Cruz y la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y toda la doctrina de su sustitución y expiación. Muy negra ha de ser esa culpa por la que nada que no sea la sangre del Hijo de Dios, puede ofrecer satisfacción. Pesado ha de ser el peso del pecado humano que hizo gemir a Jesús y sudar gotas de sangre en la agonía del Getsemaní
y clamar en el gólgota: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46). Estoy convencido de que nada nos asombrará tanto, al despertar en el Día de resurrección, como la vista que tendremos del pecado y ver retrospectivamente nuestras propias faltas y defectos. Jamás hasta la hora cuando Cristo venga por segunda vez
comprenderemos plenamente la “pecaminosidad del pecado”.

5. Queda solo un punto por considerar acerca del tema del pecado… lo engañoso que es. Es un punto de suma importancia, y me atrevo a decir que no recibe la atención que merece. Se ve lo engañoso que es en: 1) la predisposición increíble de los hombres de considerar al pecado menos pecaminoso y peligroso de lo que es a los ojos de Dios, y en lo pronto que pretenden atenuarlo, excusarlo y minimizar su culpabilidad. “¡Es
insignificante! ¡Dios es misericordioso! Dios no es tan extremista como para tener en cuenta los errores que cometo! ¡Tenemos buenas intenciones! ¡Uno no puede ser tan puntilloso! ¿Qué tiene de malo? ¡Hacemos lo que hace todo el mundo!” ¿A quién no le resulta familiar este tipo de justificaciones? Las vemos en el montón de palabras y frases
suaves que los hombres han acuñado a fin de darles una designación a las cosas que Dios llama totalmente impías y ruinosas para el alma. ¿Qué significan expresiones como “mujer fácil”, “divertido”, “loco”, “inestable”, “desconsiderado” y “tuvo un desliz”. Demuestra que los hombres tratan de engañarse de que el pecado no es tan pecaminoso como Dios dice que lo es, y que ellos no son tan malos como realmente son. Lo podemos ver en la tendencia aún de los creyentes que consienten a sus hijos aprobando sus conductas cuestionables, y que son ciegos al resultado inevitable de amar el dinero, jugar con la tentación y sancionar normas bajas para la religión familiar. Me temo que no percibimos suficientemente la sutileza extrema de la enfermedad de nuestra alma.
Tendemos a olvidar que la tentación de pecar raramente se nos presenta en su verdadera forma, diciendo: “Soy tu enemigo mortal y quiero tu ruina eterna en el infierno”. ¡Ah no!

Y ahora… Sentémonos ante el cuadro del pecado que nos muestra la Biblia y consideremos qué criaturas culpables, viles y corruptas somos todos a los ojos de Dios. ¡Cuánta necesidad tenemos todos de un cambio total de corazón llamado regeneración, nuevo nacimiento o conversión!… Les pido a mis lectores que observen lo profundamente agradecidos que deberíamos estar por el glorioso evangelio de la gracia de Dios. Existe un remedio para la necesidad del hombre, tan amplia y grande y profunda como la enfermedad de éste. No tenemos que tener miedo de mirar el pecado y estudiar su naturaleza, origen, poder, amplitud y vileza, siempre y cuando a la vez miremos el medicamento todopoderoso provisto para nosotros en la salvación que es en Jesucristo.

De Holiness (Part One): Its Nature, Hindrances, Difficulties, and Roots.
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J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; respetado autor de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos sobre los Evangelios) y muchos otros. Nacido
en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

¡Feliz Cumpleaños! J.C.Ryle

JC-Ryle

Introducción

El 10 de mayo de 1816 nació en Macclesfield, Cheshire, Inglaterra, uno de los autores evangélicos más valorados: el obispo anglicano de Liverpool Juan Carlos Ryle. Es incontable el número de personas que se han beneficiado de sus escritos a lo largo de los años. En su propia época fue muy apreciado por sus propios contemporáneos. Spurgeon lo consideraba como «el mejor hombre que había en la Iglesia de Inglaterra». En nuestros días, Ryle fue recomendado muy efusivamente por autores de la talla de Jim Packer y Martyn Lloyd-Jones, entre otros. Sus obras han sido traducidas a muchos idiomas, entre ellos al español. Es bueno aprovechar los doscientos años de su nacimiento para preguntarnos sobre algunas de las razones que han hecho que sus libros hayan tenido tanta popularidad en el pueblo evangélico. Es igualmente interesante que podamos extraer algunas lecciones de su obra que puedan ayudarnos a nosotros hoy. Y es que muchas de las cuestiones que preocuparon a Ryle, y las respuestas que dio, siguen siendo muy relevantes hoy. Pero, de entrada, repasemos por un momento su vida.

Breve bosquejo biográfico

J. C. Ryle procedía de una familia que había prosperado económicamente. Las empresas de su abuelo y su padre habían tenido mucho éxito comercial. Con el tiempo, su padre entró en un negocio bancario que resultó también muy floreciente. Juan Carlos, que era el hijo mayor, pudo por ello estudiar en prestigiosos lugares como Eton y, posteriormente, en Oxford. Ryle se convirtió al evangelio en 1837. Hasta ese momento había recibido las verdades del cristianismo de una manera externa y nominal, pero en el verano de ese año experimentó el nuevo nacimiento del que habla Cristo en Juan 3. De su testimonio, que dejó plasmado para sus hijos en un escrito de naturaleza autobiográfica, destaca su profunda convicción de pecado, lo precioso que le resultó entonces Cristo, y el gran valor de la Biblia para orientar su vida. Pero la bancarrota azotó a su familia en 1841, perdiendo tanto su casa como toda la fortuna familiar. Este acontecimiento marcará su vida de una manera muy especial, pues ese mismo año Ryle toma la decisión de entrar en el ministerio de la Iglesia de Inglaterra. Su primer pastorado comenzó en 1842 en Fawley, Hants, aunque a lo largo de su vida pastoreó congregaciones en otros muchos lugares de Inglaterra. En 1845 se casó con Matilda Plumptre. Este año es igualmente importante porque comenzó a publicar sus primeros tratados, que luego, agrupados, formarían los capítulos de sus muchos libros. Su primera hija, Georgina, nació en 1847. Al año siguiente muere su mujer. En 1850 se volvió a casar. Su nueva esposa, Jessy Walker, le dio cuatro hijos: Isabelle, Reginald, Herbert y Arthur. En 1851 comenzó la publicación de sus tratados y mensajes en forma de libro. A los diez años de su segundo matrimonio y después de una larga enfermedad, falleció también su segunda esposa. En 1861 se vuelve a casar con Henrietta Clowes. En 1865 aparece el volumen de Juan de suComentario Expositivo de los Evangelios. Este será el primero de una serie sobre los cuatro evangelios, que forma parte de las obras más apreciadas por los numerosos lectores de Ryle. En 1868 aparece su libro sobreLos Líderes Cristianos del siglo XVIII. Ryle es muy conocido ya, por lo que recibe muchas invitaciones para predicar en otros muchos lugares de Inglaterra como Oxford, Londres y Cambridge. Entre los años 1877 y 1879 aparecerán sus obras más famosas, entre ellas La Santidad o Sendas Antiguas. Con 63 años es elegido primer obispo de Liverpool. En 1889 muere su tercera esposa. Diez años después predica su último sermón, muriendo el 10 de junio de 1900 en Lowestoft, Inglaterra.

La importancia crucial de la historia

La primera lección que podemos aprender de Ryle tiene que ver con la historia. Hemos de recordar que la fe cristiana es una fe histórica. Dios se ha revelado a nosotros, en el tiempo y en el espacio, por medio de personas que vivieron y acontecimientos que han tenido lugar en la historia. Es más, las Escrituras abundan en exhortaciones a no olvidar la historia de la intervención de Dios a favor de su pueblo: Deuteronomio 5:15; 7:18; 15:15; 24:18, etc. Uno de los pasajes que más me gustan en ese sentido es el de Josué 4, en el que el sucesor de Moisés ordena que un representante de cada una de las tribus de Israel recoja una piedra del lecho del Jordán, v. 5. Josué las tomó y con ellas levantó en Gilgal un memorial para las generaciones futuras, vv. 20,21. Su propósito era recordar que Dios, como había hecho con el Mar Rojo anteriormente, secó el Jordán delante de su pueblo, vv. 22,23, para que así pudieran pasar a tomar posesión de la Tierra Prometida. Así el pueblo no olvidaría que fue por la mano poderosa de Dios que pudieron pasar el Jordán y, de esa manera, no se apartaría de él, v. 24.

De la misma manera, Ryle creía imprescindible recordar la historia de la Reforma Protestante del siglo XVI, a los puritanos, a los que consideraba como los expositores bíblicos más fieles a la «mente de la Escritura» y el Gran Despertar Evangélico del siglo XVIII con aquellos grandes hombres que Dios levantó entonces como Jorge Whitefield y los hermanos Wesley, entre otros muchos. Era importante hacerlo, porque, como Israel en el pasado, es fácil olvidar que esos acontecimientos fueron actos poderosos y significativos de Dios a favor de su pueblo. Los escritos del obispo evangélico están imbuidos de los principios de la Reforma. Vemos la ascendencia de la Reforma en Ryle en su clara denuncia de los peligros del catolicismo romano para la salud espiritual de las almas. Pocos autores se expresan con tanta perspicacia acerca de las enseñanzas de la Iglesia católica romana. La impronta puritana está igualmente presente en su obra, en su riguroso análisis de los textos bíblicos y en la aplicación de esa enseñanza a la vida de los creyentes. El avivamiento aparece también en sus escritos, no solo recordando a aquellos líderes del mismo sino incluso por medio de su estilo práctico y directo que recuerda también a los predicadores del Gran Despertar. La primera lección, pues, que nos transmite Ryle es la de no olvidar nuestra identidad evangélica. Ryle prestaba mucha atención a la Reforma en Inglaterra y a los hombres que Dios levantó en esa época. También escribió sobre los predicadores del avivamiento. No quería que sus compatriotas olvidaran lo que Dios había hecho por el Reino Unido. En cuanto a nosotros, es imprescindible leer acerca de nuestra historia evangélica, conocer bien nuestro pasado: la Reforma en Europa, pero también la Reforma en España y lo que pasó con ella.

Doctrina y vida

A lo largo de su ministerio pastoral como predicador y escritor, Ryle no dejó de subrayar que la naturaleza esencial del cristianismo es asimismo doctrinal. Para Ryle, la importancia de la Reforma Protestante, del puritanismo o del Gran Despertar radicaba en el hecho de que fueron movimientos del Espíritu de Dios en los que se redescubrieron y se mostró la pertinencia para la vida cristiana de las doctrinas esenciales de las Escrituras. Y este es justamente el otro aspecto que creo que muestra la actualidad de Ryle en nuestros días:el acento que puso en la doctrina y el fin práctico que tiene. Pero la doctrina no es un mero conocimiento frío y seco, académico, de las enseñanzas de la Biblia. Es, fundamentalmente, la manera en la que el Dios vivo actúa en su pueblo, para salvarlo y transformarlo. La doctrina, por la presencia del Espíritu Santo, trae vida espiritual. Este aspecto es muy claro en las Escrituras; la fe tiene un contenido que confesar y que Dios usa para hacernos bien: 1 Timoteo 4:13-16; 2 Timoteo 1:13,14; 1 Juan 4:1-6; Romanos 10:8-14, entre otros. La doctrina tiene un fin práctico, nos salva y nos santifica, haciéndonos útiles para la gloria de Dios: Romanos 6:17-19.

En ese sentido, la Reforma fue una vuelta a las enseñanzas de las Escrituras que habían quedado enterradas y marginadas por la Iglesia medieval. Los puritanos mostraron también la amplitud y profundidad de la Biblia y cómo se aplica eficazmente en la vida cotidiana. Los predicadores del Gran Despertar demostraron cómo la proclamación del evangelio puede, con la bendición de Dios, salvar a muchos e, incluso, cambiar el curso de las naciones. Ryle temía que se pudiera abandonar estas enseñanzas que tantas cosas buenas habían traído, por lo que una y otra vez advirtió en su ministerio acerca de los peligros de olvidar la gloria de la fe cristiana. En esto Ryle reflejaba la exhortación de Pablo en Hechos 20:28-32. De la misma manera, nosotros hoy hemos de tener claro que las diferencias con el catolicismo romano son doctrinales. No podemos despistarnos en cuanto a lo que creemos y las razones por las que lo creemos. Asimismo debemos hacer hincapié en la importancia práctica de la doctrina. Tenemos que ser diferentes, la conversión tiene que notarse en nuestras vidas. Ese es el gran legado del puritanismo que Ryle renovó y enfatizó constantemente en su ministerio. Al mismo tiempo, debemos fomentar la pasión por extender el evangelio, una nota distintiva de los tiempos de los avivamientos.

Nada mejor, pues, que leer los mismos escritos de Ryle para beneficiarnos de las doctrinas bíblicas y de su pertinencia para nuestras vidas cristianas. A diferencia de otros buenos autores, hay bastantes títulos de Ryle en español, por lo que es relativamente fácil tener acceso a los mismos. Su estilo llano y directo, partiendo siempre del texto bíblico, hace que sea una delicia leerle. Ryle siempre reta a sus lectores y eso siempre nos resultará conveniente.

José Moreno Berrocal

http://www.editorialperegrino.com

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