Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 8

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14. Confianza en la Providencia

Considerando los tremendos esfuerzos de ambos hombres podríamos llegar a creer que fueron personas voluntariosas y extremadamente autosuficientes, sin embargo se nos revela un aspecto en común totalmente distinto: la confianza irrestricta que ambos pusieron en la soberanía y divina providencia.

Lutero, siguiendo su muy particular estilo lo resumió de la siguiente manera:

 “Y mientras yo dormía o bebía la cerveza de Wittenberg junto a mis amigos Philip y Amsdorf, la Palabra debilitaba al papado de forma tan grandiosa que ningún príncipe o emperador consiguió causarles tantas derrotas. Yo nada hice: la Palabra lo hizo todo

En tanto, Calvino señaló que:

Entonces debemos concluir, que mientras este turbulento estado del mundo nos depriva de juicio, Dios, por la pura luz de su propia justicia y sabiduría, regula estas conmociones en el orden exacto y las dirige hacia el fin adecuado[2]”.

15. Confianza Absoluta en las Escrituras

Lutero insistió sobre la idea de que “El Evangelio no es un libro de leyes ni de preceptos que exigen actos de nosotros. Es un libro de promesas divinas, en el que Dios nos promete, nos presenta y nos da en Jesucristo todo cuanto Él posee y todas sus bienaventuranzas”[3]. En este mismo sentido resume esto con las siguientes palabras:

Hice una alianza con Dios: que Él no me mande visiones, ni sueños, ni siquiera ángeles. Estoy satisfecho con el don de las Escrituras Sagradas, que me dan instrucción abundante y todo lo que preciso conocer tanto para esta vida cuanto para lo que ha de venir

Por otra parte, generalmente se ha considerado a Calvino, más como un intelectual que un maestro o predicador de la Biblia, sin embargo la Institución, en su primera edición iba destinada a los laicos. Fue escrita pensando en un medio particular. La última edición, en cambio, era más un manual de teología para pastores. Pero, igual que en la primera, la última versión pretendía transformar vidas y no tenía principalmente un propósito académico o de información intelectual[4]. Como dice Warfield acerca de la obra literaria de Calvino: “no la cabeza, sino el corazón le hizo un gran teólogo, y no a la cabeza, sino al corazón, se dirige primariamente su teología”.

Algunos acusan a Calvino de ser alguien que impone un sistema predeterminado sobre el texto bíblico que le lleva a extraer conclusiones equivocadas del texto. Alejándose de las interpretaciones alegóricas tan comunes en la Edad Media, Calvino se ciñó al sentido del autor, algunos incluso dicen que Calvino fue el creador del método exegético que hoy día se conoce como “histórico – gramatical”. También, se debe apreciar lo mucho que cita la Biblia en la Institución: 2.474 citas del Antiguo Testamento y 4.330 citas del Nuevo Testamento[5].

Luego de este largo recorrido podemos concluir que sin lugar a dudas Martín Lutero y Juan Calvino desde sus diferencias y coincidencias no fueron los únicos protagonistas del proceso de Reforma Protestante, pero sí se han destacado entre el gran número por su valentía, esfuerzos y tremendas proyecciones para este proceso tan relevante. Aprendamos de sus virtudes, evitemos sus errores y sigamos su ejemplo.

[1] Juan Calvino “Institución de la Religión Cristiana”. Libro I, XVIII, 1.

[2] Juan Calvino “Institución de la Religión Cristiana”. Libro I.XVII.6-11.

[3] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A., Barcelona, 1988, Pág. 8

[4]  Matt Leighton “Juan Calvino: Una aproximación biográfica”, En: “Historia, influencia y legado de Juan Calvino”, Andamio, 2010, Pág. 43

[5] Matt Leighton “Juan Calvino: Una aproximación biográfica”, En: “Historia, influencia y legado de Juan Calvino”, Andamio, 2010, Pág. 43

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

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Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 7

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11. Exposición Incansable de las Escrituras

A pesar de las diversas dificultades, penurias de índole ministerial y personal ninguno de ellos dejó de desempeñar la función que consideraban como fundamental en su existencia. Entre febrero y marzo de 1522 el vendaval de anarquía religiosa, la exaltación profética y la iconoclastia sembraron de escombros y desconciertos la pequeña ciudad de Wittenberg, brindando a Lutero y a Melanchton la oportunidad de introducir sin objeciones un orden religioso enteramente nuevo.

De hecho es el momento en que tienen el coraje de declarar abolidos todos los ritos religiosos católicos. Quedaba en pie como motor de la vida comunitaria la predicación[1].  Aunque Martín Lutero se esforzó por mantener las formas litúrgicas de su época, la prédica fue adquiriendo, sin embargo, cada vez mayor

importancia hasta convertirse en el punto céntrico del servicio religioso[2]. Lutero lo resume de la siguiente manera “Por eso, he sido lanzado a la enseñanza y la predicación agarrado por los pelos. Si hubiera sabido lo que ahora sé, ni diez caballos hubieran podido arrastrarme[3].

Así también, la Escritura era central para el entendimiento de Calvino. Podríamos llegar a pensar equivocadamente en la Institución de la Religión Cristiana como un trabajo escolástico de teología sistemática, pero él dijo que tenía como propósito “Preparar e instruir candidatos en sagrada teología para la lectura de la Palabra divina, para que ellos puedan ser capaces de tener fácil acceso a ella y avanzar en ella sin tropezar[4].

 12. Producción Literaria

Este punto es bastante significativo luego de haber recorrido los aspectos públicos y privados de los dos reformadores que hemos analizado, pues si hay algo que podemos dejar claro es que ambos tuvieron vidas muy agitadas. Sin embargo, aún así Lutero escribió al menos 55 obras.

¿Y qué de Calvino? Su obra literaria más conocida es la Institución de la Religión Cristiana. Completó la primera versión cuando tenía 27 años, pero la fue revisando a lo largo de más de veinte años hasta publicar la versión definitiva en 1559. También están sus obras menos conocidas que son los Comentarios, que llegaron a ser de la mayoría de los libros de la Biblia. Pero también, tenemos  muchos otros escritos: un salterio, catecismos, liturgias y libros de ordenanzas para la iglesia. A propósito de su manera de trabajar, Teodoro Beza relata que en 1563, un año antes de su muerte:

Las enfermedades de Calvino se habían agravado mucho y eran tantas que resultaba imposible casi creer que tan fuerte y noble mente pudiese seguir cobijándose en un cuerpo tan frágil, tan agotado por el trabajo y quebrantado por los sufrimientos. Pero ni aun así pudo ser convencido de que se cuidase. Por el contrario, si en alguna ocasión se abstuvo de sus deberes públicos (y nunca lo hizo sin una gran reluctancia), permanecía en su casa respondiendo las numerosas consultas que se le hacían o fatigaba a sus secretarios de tanto dictarles, sin desmayar un momento

La correspondencia de Calvino se extendió por toda Europa, conservándose un número aproximado de 4300 cartas, de las cuales 1369 fueron escritas por Calvino[6].  Un secretario suyo Charles de Jonvilliers estuvo 20 años después de su muerte recogiendo sus cartas. Muchas son largas y muy teológicas (casi tratados), pero otras también nos dejan ver, más que en otros escritos, su lado humano[7].

13. Trabajo Constante

Enlazado con lo anteriormente expuesto queda claro que para Lutero y Calvino el trabajo siempre fue constante. ¿Lo confirman ambos reformadores o es nuestra idea?

Señala Lutero:

Soy un hombre muy ocupado; tengo que desempeñar cuatro trabajos, cada uno de los cuales necesitaría para su cumplimiento la dedicación exclusiva de una persona: tengo que predicar en público cuatro veces por semana, dictar dos veces lecciones, oír las causas, escribir cartas y, además, escribir libros para el pú­blico. No obstante, Dios me ha provisto bien al darme una mujer excelente que cuida de todos los asuntos familiares, para que yo no me tenga que ocupar además de este menester[8]

Calvino no fue un autor cuyas actividades literarias tuvieran lugar en la sosegada soledad de un claustro o academia, con su diario descanso para una meditación ininterrumpida. Por el contrario, su voluminosa producción escrita fluyó de su pluma, o fue dictada, en medio de (casi valdría la pena decir a despecho de) una casi aplastante presión de multitud de otras exigencias sobre su tiempo y su energía; para no mencionar la serie de enfermedades que tan frecuentemente asaltaron su frágil estructura física.

Para concluir este punto recogemos la respuesta de un experto ante la interrogante: “¿Era Calvino trabajólico?”

No cabe duda alguna que sí lo era, Calvino no sólo publicó numerosos escritos y mantuvo una amplia correspondencia, en sus últimos 15 años de vida predicó 2300 sermones, lo que da como resultado aproximadamente tres sermones por semana. Con regularidad también se quedaba trabajando en las noches y a veces sólo dormía cuatro horas. En 1553 Calvino se quejó en una oportunidad que hacía un mes que no salía de las puertas de la ciudad, ni siquiera para recuperar fuerzas. Sus numerosas enfermedades también debieron atribuirse a la sobrecarga de trabajo[9]

[1] José García Oro “Historia de la Iglesia. Tomo III: Edad Moderna” Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2005, Pág. 71

[2] María Cristina Prochell A. “El Protestantismo, su música y músicos” Revista Musical Chilena, Pág. 45 en: http://www.revistamusicalchilena.uchile.cl/index.php/RMCH/article/viewFile/16080/16595

[3] Martín Lutero “Charlas de Sobremesa” Pág. 5

[4] Juan Calvino “Institución de la Religión Cristiana”: “Juan Calvino al Lector” 1559. Filadelfia,: The Westminster Press, 1960, Pág. 4.

[5] Jacob T. Hoogstra “Juan Calvino Profeta Contemporáneo” Libros CLIE; 1973, Pág. 43

[6] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 7 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

[7] Matt Leighton, “Juan Calvino una Aproximación Biográfica” en “Historia, influencia y legado de Juan Calvino”, Andamio, 2010, Pág. 45

[8] Martín Lutero “Charlas de Sobremesa” Pág. 8

[9] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 7 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

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Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 6

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9. Enfermedades

Sin embargo, los quebrantos a causa de enfermedades no les fueron ajenas a los mismos padres de familia, pues ellos mismos fueron afectados intensamente por ellas. En la correspondencia de Lutero, podemos encontrar diversas  ocasiones en las cuales registra los quebrantos de su salud:

En 1521, una grave crisis de salud:

En 1527 escribe muy preocupado por la peste: “De manera que si atiendes a las sospechas, ando por aquí en mi casa rodeado de peste; pero si atiendes a la realidad, estamos fuertes y con buena salud, aunque en peligro. Deseo que nos encomiendes a tus oraciones[2]

Reitera su descripción de episodios de enfermedad ahora en 1530:

Pero el «hombre viejo» exterior se iba corrompiendo y se hacía incapaz de seguir y secundar el ímpetu del «hombre nuevo» interior. La cabeza comenzó a llenarse de zumbidos o, mejor, de truenos, y de no haber abandonado todo al instante, hubiera caído en un síncope del que a duras penas he logrado escapar estos dos días últimos[3].

Y dieciséis años después, es decir en 1546, , vuelve a describir los quebrantos de su salud:

En lo personal, esto fue una novedad para mí, pues siempre imaginé a un Lutero vigoroso y pleno de salud y energía. Quizás a los retratos vivaces y su tremendo trabajo además de la comparación con Calvino de quien bien sabidas son sus múltiples enfermedades. De hecho, escribiendo a Farel en febrero de 1550, Calvino se queja de la pérdida de una gran cantidad de tiempo que habría podido emplear en diversos trabajos y que ha perdido en sus enfermedades, una tos fatigante y asmática, catarro crónico, la tortura de la jaqueca y la gastritis[5].

Se presume que Calvino ya desatendía su salud en la juventud a causa del excesivo estudio, lo que posteriormente tampoco cambió.
El inmenso esfuerzo de Calvino por la Reforma tuvo sus consecuencias: padecía de migrañas, cólicos renales y de gota en sus últimos años de vida, además tenía trastornos digestivos y las hemorroides le causaban grandes molestias. Por recomendaciones médicas, Calvino trató de mantener a raya sus enfermedades mediante el reposo en cama, el ayuno y caminatas. Con ayuda de la equitación también logró expulsar en varias oportunidades los atormentadores cálculos renales[6].

Es por ello que describiéndose a sí mismo lo hace de la siguiente manera:

Juan Calvino, siervo de la Palabra de Dios en la iglesia de Ginebra, debilitado por las enfermedades … muchas gracias a Dios que no sólo ha mostrado misericordia para mí, su pobre criatura … y sufrió conmigo en todos los pecados y debilidades, pero lo que es más que eso, me ha hecho partícipe de su gracia para servirle a través de mi trabajo…

A pesar de sus múltiples enfermedades no podríamos decir que era un hipocondríaco. Nunca se condujo como un inválido, sino que constantemente trabajó sin descanso; sin regatear esfuerzo y sin cuidarse en absoluto de su delicada salud. Su íntimo amigo Theodoro Beza nos dice cómo, incluso cuando en 1558 una grave enfermedad le impidió predicar y dar conferencias, privándole además de otros deberes cívicos y pastorales, empleó días enteros y noches dictando o escribiendo cartas:

No tenía otra expresión más frecuentemente en sus labios —dice Beza—que “La vida se haría imposible si tuviese que pasarla en la indolencia”. Cuando sus amigos le rogaron que se ahorrase, mientras estaba enfermo, la fatiga de dictar o escribir, Calvino respondía: “¿Es que queréis que el Señor me encuentre perezoso?

Sin embargo, las enfermedades no fueron exclusivas de ambos reformadores, escribiendo a Felipe Melanchton, Lutero le consuela con las siguientes palabras:

Gracia y paz en el Señor. Aquí se quedaron esas cartas, Felipe mío, por falta de con quién enviártelas, hasta que te las lleve este señor Jorge. Siento lo del cólico que te está consumiendo, y ruego a Cristo cuanto me es posible para que te cure y te conserve[8]

10. Tendencia al Desánimo / Preocupación

Hasta aquí el panorama en la vida familiar y personal resulta bastante desolador, a lo cual no podemos dejar de sumar la férrea oposición a sus respectivos ministerios de allí que no nos sorprenda el hecho de para ambos el desánimo y la preocupación fuese una tendencia que afectara sus vidas con relativa frecuencia. En relación a esto, el caso de Lutero es más evidente a través debido a que sus registros más personales como las Cartas y Charlas de Sobremesa son explícitas al respecto:

Ruega por mí, que soy un miserable y abyecto gusano, al que el espíritu de la tristeza está vejando a su gusto según la buena voluntad del padre de la misericordia, en cuya gloria redunde hasta mi miseria. Mi única gloria consiste en haber transmitido sólo la palabra de Dios, sin haberla adulterado con anhelo alguno de gloria u opulencia. Espero que quien comenzó la obra la perfeccione, ya que ni busco ni anhelo más que al Dios propicio, tal como él mismo exige que se le acepte aún por sus enemigos y por quienes le desprecian

“Gracia y paz en Cristo. No dejes de orar por mí ni de agonizar conmigo, mi Jonas, para que Cristo no me abandone ni permita que sea el tormento de los impíos, sino de los hijos; para que no desfallezca del todo mi fe, porque mi tentación a veces se mitiga, pero otras retorna con más fuerza”

Por eso, quien se viere aquejado por el espíritu de tristeza, que se defienda contra él pensando que no está solo. Porque Dios ha creado la comunidad de la iglesia, y esta hermandad ruega para que sus miembros se sostengan unos a otros, como dice la Escritura: «¡Ay de aquel que está solo, porque si llegare a caer, no habrá quien le ayude» [Ecl 4, 10]. Tampoco le resulta grata a Dios la tristeza del corazón, aunque la permita en el mundo; ni desea que me atormente por su causa, puesto que dice: «No quiero la muerte del pecador, etc.», «alégrense vuestros corazones». No quiere servidores que no confíen en é] de buena gana. Pues bien, a pesar de que soy consciente de esto, cien veces al día me veo sacudido por pensamientos contrarios. No obstante, resisto al diablo […] (WA 122)”[12].

Dada su naturaleza introvertida los vaivenes del ánimo no son tan fácilmente ubicables, sin embargo de acuerdo a los estudiosos de él, se conoce que a Calvino a menudo se le asomaban las lágrimas, existen varias ocasiones: una de ellas cuando se enteró de las graves persecuciones a los Valdenses o cuando debió decidirse si permanecía en Estrasburgo o retornaba a Ginebra. También, las preocupaciones por su esposa Idelette y sus amigos lo inquietaban, por ejemplo cuando durante una estadía en Ratisbona se enteró de la aparición de la peste en Estrasburgo, ciudad en que vivía su mujer, y cuando supo que algunos conocidos ya habían muerto a causa de esta epidemia[13].

[1] Cartas de Lutero, día siguiente a la natividad de María, 1521, Pág. 23

[2] Cartas de Lutero, 1527, lunes después de todos los santos, Pág. 45

[3] Cartas de Lutero, Carta a Felipe Melanchton, 12 mayo, 1530. Pág. 56

[4] Cartas de Lutero, Carta a Catalina Lutherina, Vigilia de la Purificación, 1546. Pág. 71

[5] Jacob T. Hoogstra “Juan Calvino Profeta Contemporáneo” Libros CLIE; 1973, Pág. 43

[6] A. Detmers “Calvino como persona”; Pág. 7-8 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

[7] Última voluntad de Calvino (25 de abril 1564), Cartas de Juan Calvino, Pág. 29

[8] Cartas de Lutero, Domingo, víspera de san Simón y san Judas, 1527.Pág. 43

[9] Cartas de Lutero, Domingo, víspera de san Simón y san Judas, 1527.Pág. 44

[10] Cartas de Lutero, después de la navidad de Cristo, 1527.Pág. 47

[11] Martín Lutero, “Charlas de Sobremesa”, Pág. 3

[12] Lutero, “Charlas de Sobremesa” Pág. 3

[13] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 4 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

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Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 5

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7. Relaciones Matrimoniales

Es bien conocido el hecho de que ambos contrajeron nupcias, a esto debemos agregar que se casaron a edades más o menos avanzadas para los estándares de su época, en pleno desarrollo de su ministerios y que para ambos fue un motivo de gratitud a Dios por la gran ayuda y apoyo que encontraron en sus esposas.

Se cuenta que Lutero tardó muchos años en decidirse a contraer matrimonio, y no porque le fuese difícil encontrar una mujer a su gusto, sino quizás porque el fraile o el espíritu monacal seguía viviendo dentro de él aun después de haber abandonado la Iglesia y quemado públicamente todas las leyes canónicas. En mayo o a principios de junio de 1525 se conoció en el círculo íntimo de Lutero su intención de casarse con Catalina. Cuando le faltaban cinco meses para cumplir los cuarenta y dos años, optó por el casamiento. Para evitar cualquier objeción por parte de sus amigos, actuó rápidamente: en la mañana del martes 13 de junio de 1525 se casó legalmente con Catalina, a quien afectuosamente llamaba “Katy”. En las “Charlas de Sobremesa” comenta el mismo Lutero sobre el proceso:

Hablaba el doctor Martín de su compromiso matrimonial y decía: Si hace trece años me hubiera decidido a casarme, habría tomado por esposa a Ave Schónfeldin, que ahora lo es del doctor Basilio, médico en Prusia. No estaba en aquel entonces enamorado de mi Kethe, porque me daba la sensación de ser orgullosa y engreída. Plugo a Dios que me apiadase de ella, y gracias a él, la cosa ha salido bien, porque tengo una mujer piadosa y fiel, en la que puede descansar el corazón del marido, como dice Salomón[1]

Una señal de la alegría que su matrimonio le brindaba se dió cuando en 1526 Lucas Cranach hizo el retrato de Catalina de Bora, su marido Martín lo colgó en la pared del comedor, donde continuamente lo contemplaba lo cual confirmó con las siguientes declaraciones:

Me ha tocado un felicísimo matrimonio por la gracia de Dios. Tengo una mujer fiel, según las palabras de Salomón: Confidit in eam cor viri sui. Ella no me traiciona. ¡Ah, Señor Dios mío! El matrimonio no es una cosa puramente material y física, sino que es un don de Dios, una vida dulcísima; más aún, castísima por encima de todo celibato. Pero, cuando cae mal, es un infierno”

En el caso de Calvino podemos notar varias coincidencias. El 19 de mayo de 1539, Calvino escribiendo a Farel comenta lo siguiente sobre su visión respecto a las relaciones amorosas:

No me considero uno de esos locos enamoradizos que lo olvidan todo cuando ven una cara bonita… la única hermosura que me llama la atención es una mujer que sea amable, casta, sencilla, buena ama de casa, paciente y que se ocupe exclusivamente a atender a su marido[3]

En 1539, a sus 30 años, y luego de rechazar a varias candidatas Juan Calvino contrajo matrimonio con Idelette de Bure, una viuda que tenía un hijo y una hija de su matrimonio anterior con un anabaptista en Estrasburgo. Sobre su matrimonio uno de sus discípulos,  Teodoro Beza nos cuenta lo siguiente:

Todavía no ha nacido el hombre que pudiera atreverse a inculparlo de aquello que se habló [acusaciones de inmoralidad]… Él vivió nueve años en intachable matrimonio. Luego del fallecimiento de su esposa vivió 16 años en viudez hasta su muerte… ¿Quién podría ser un enemigo más firme de toda forma de adulterio que él? Es cierto que en este respecto el Señor lo puso a prueba duramente, a saber, en las personas que estuvieron cerca suyo[4]

 8. Tragedias Familiares

Así como la alegría de la amistad y la calidez de la vida familiar visitó a los reformadores también lo hicieron las tragedias en sus núcleos familiares, como lo pudimos adelantar a partir de la cita anterior. Estas tragedias tuvieron un profundo impacto en las vidas de ambos.

 Los Lutero tuvieron tres hijos y tres hijas, su crianza no estuvo exenta de preocupaciones debido a las varias plagas que amenazaron su salud y lamentablemente dos de sus hijas fallecieron a temprana edad:

  • Johannes[5] Vivió 49 años y durante su infancia sufrió los efectos de la peste según lo que su mismo padre relata: “Mi Hánschen[6] hace ya ocho días que está enfermo con un mal incierto, que yo sospecho que es el que nos azota, aunque crean y digan que es debido a la dentición. No ha fallecido nadie en los dos últimos días después que murió la mujer del capellán. Quiera Cristo que la peste esté ya acabándose[7]
  • Elizabeth[8]. Su temprana muerte a los ocho meses de edad afectó mucho a su padre: “Ha fallecido mi hija Isabelita. Ha dejado mi corazón enfermo, como el de una mujer, que hasta tal punto me ha herido el dolor. Nunca hubiera sospechado antes cómo ablandan los hijos el corazón de los padres. Ruega a Dios por mí y quédate con él[9].
  • Magdalena[10]: La tragedia vuelve a la casa de los Lutero pues a los 13 años la segunda hija muerte en los brazos de su padre, este episodio fue muy duro para sus padres. Escribe Lutero:

Me imagino que habrá llegado a tus oídos la noticia de que mi queridísima Magdalena ha renacido para el reino eterno de Cristo. Es cierto que tanto yo como mi mujer deberíamos estar agradecidos y contentos por este feliz tránsito y por el fin bienaventurado que la ha puesto a salvo del poder de la carne, del mundo, del turco y del diablo; pero es tan grande la fuerza de la ternura, que no podemos librarnos de los sollozos, de los gemidos y de una sensación como de muerte. Están tan fijos aún en lo hondo del corazón el semblante, las palabras, los gestos de esta hija tan respetuosa y obediente, mientras vivía y agonizaba, que ni siquiera el pensar en la muerte de Cristo (en cuya comparación nada significan las demás) puede borrar esta impresión[11].

  • Luego nacieron: Martín[12]; Paul[13] y Margaretha[14], de los cuales sólo Paul vivió una vida más longeva de 60 años, sus hermanos fallecieron relativamente jóvenes.

En la casa de los Calvino, la conformación familiar desde un inicio fue diferente pues Idelette de Bure, la esposa de Calvino, tenía un hijo de su primer matrimonio (cuyo nombre se desconoce) y una hija llamada Judith. Calvino se preocupó de la hija como su verdadero padre, el hijo mayor de Idelette se había quedado en Alemania, sin embargo, gracias a los esfuerzos de Calvino logró llevarlo a Ginebra.

El único hijo en común de la pareja, Jacques, sólo vivió unos pocos días. Desde su nacimiento y muerte en agosto en 1542, la salud de Idelette se vio afectada y no pudo volver a recuperarse por completo de los problemas de salud que le acarreó el alumbramiento. Calvino aceptó la muerte de su hijo como expresión de la voluntad de Dios: “El Señor me dio un hijo, pero pronto se lo llevó. Se reconoce esto entre mis desgracias, que no tenga hijos. Tengo miríadas de hijos a lo largo del mundo cristiano[15]”.

Pero Idelette sufrió una serie de enfermedades y murió siete en el año 1549 de una “enfermedad del sueño”[16]. Este hecho está documentado brevemente en correspondencia que Calvino mantuvo con Pierre Viret y Jean Sturm en aquel año[17]. Luego del fallecimiento de su querida esposa, Calvino se volcó de lleno en el trabajo para olvidar el dolor de esta pérdida. Él mismo señaló que:

Perdí la mejor compañera de vida, una persona que de haber llegado a tal punto no sólo me habría acompañado gustosamente en el exilio y la pobreza, sino hasta la muerte. Mientras vivía fue una fiel ayudante en mi ministerio, jamás me importunó con sus problemas, nunca temió o se preocupó de sí misma

A pesar de su profundo dolor, reflexionando sobre los sufrimientos Calvino comenta:

El apóstol declara que Dios tiene destinado este fin a Sus hijos: que sean conformados con Cristo. De este hecho surge una singular consolación que consiste en que, soportando toda suerte de desdichas y desventuras a las que nosotros llamamos adversidad y mal, participamos en la cruz de Cristo… Cuanto más nos sintamos afligidos por la miseria, más es confirmada nuestra aproximación con Cristo[19].

[1] Martín Lutero “Charlas de Sobremesa” Pág. 6

[2] Ricardo García-villoslada “Martin Lutero el fraile Hambriento de Dios” Biblioteca Autores Cristianos, Pág. 175

[3] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 7 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[4] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 2 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[5] Nacimiento: el 7 de junio de 1526; Fallecimiento: 1575

[6] Hánschen, el hijo mayor de Lutero (ver carta 33).

[7] Cartas de Lutero, 1527, lunes después de todos los santos, Pág. 45

[8] Nacida el 10 de diciembre de 1527, murió prematuramente el 3 de agosto de 1528.

[9] Cartas de Lutero, Wittenberg, 5 agosto 1528.Pág. 48

[10] Magdalena Luther, nacida en 4 mayo 1529 y muerta el 20 septiembre del 1542.

[11] Cartas de Lutero, Al preclarísimo señor Justus Jonas, Sábado después de Mateo, 1542, Pág. 65

[12] Martín hijo, nacido el 9 de noviembre de 1531, estudió Teología pero nunca tuvo un llamado pastoral regular antes de su muerte en 1565.

[13] Paul, nacido el 28 de enero de 1533, fue médico, padre de seis hijos y murió el 8 de marzo de 1593 [60 años], continuando la línea masculina de la familia de Lutero mediante Juan Ernesto, que se extinguiría en 1759.

[14] Margaretha, nacida el 17 de diciembre de 1534, casada con el noble prusiano George von Kunheim, pero falleció en 1570 a la edad de 36 años; es el único linaje de Lutero que se mantiene hasta la actualidad.

[15] Chapman, William. “Idelette de Calvino”.  (1884). En: http://www.contra-mundum.org/castellano/chapman/Idelette.pdf

[16] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 8 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[17] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 2 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[18] Prof. Dra. Irena Backus “Las mujeres en torno a Calvino. Idelette de Bure y Marie Dentière” Ciclo de conferencias de la Facultad de Teología de la Universidad de Basilea 16 junio 2009, Pág. 9 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/theo/Backus_Frauen-um-Calvin_Sp.pdf

[19] Juan Calvino, “Institución de la Religión Cristiana”, Tomo III, viii, 1

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Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” Parte 4

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5. Amistades Complementarias

Además de su círculo amplio de amistades ambos fueron protagonistas de amistades muy profundas y significativas. Un autor aplicó el concepto de simbiosis para la relación entre Lutero y Mellanchton[1], y en este sentido la definición aporta mucho pues la simbiosis es una:  “Asociación íntima de organismos de especies diferentes para beneficiarse mutuamente en su desarrollo vital”. Esta definición refleja de manera excelente los casos los amigos anteriormente mencionados como así también para Calvino y Farel.

  • Caso Martín Lutero / Felipe Melanchton: Sobre esta se ha dicho que: “La simbiótica unión entre Lutero y Melanchton y, por lo tanto, entre el nuevo movimiento de la Reforma y el Humanismo, iba a poner de manifiesto la importancia de ambos. Lutero se benefició sobre todo del conocimiento de Melanchton de las lenguas antiguas y bíblicas — sus traducciones del Nuevo Testamento (1522) y del Antiguo (1534), grandes acontecimientos en la historia de la lengua alemana, probablemente no habrían sido posibles sin la ayuda de Melanchton, al menos no en la forma en que las conocemos ahora — mientras que Melanchton logró, con la ayuda de Lutero, penetrar en las más recónditas profundidades teológicas y poner sus recién adquiridos conocimientos al servicio del movimiento de la Reforma[2].

En tanto, Lutero mismo se refiere a su amistad a través de las siguientes palabras: “Soy rudo, vocinglero, tormentoso y completamente belicoso… Mi tarea es quitar los troncos y piedras, cortar la maleza y las zarzas, y limpiar los bosques salvajes, y el maestro Felipe viene después suave y gentilmente, sembrando y regando con gozo, según los dones que Dios abundantemente le ha dado

  • Caso Juan Calvino / Guillermo Farel: Repitiendo el patrón anterior, y evidentemente gracias a la acción de la Providencia, tenemos otra notable asociación la cual tiene su dramático inicio durante el inicialmente breve paso de Calvino por Ginebra. El cual se verá alterado por la siguiente escena: “Sentado en una silla, se encontraba el otro hombre, mas joven, delgado y pálido, con ojos penetrantes que sobresalían de su rostro barbudo; movía la cabeza y levantaba las manos para interrumpir. Cuando encontró un hueco en el torrente de palabras del otro, el joven protestó diciendo que no podía hacerlo. “No es para mi -dijo- soy tímido y vergonzoso. Odio el meterme en problemas. Por otra parte caigo enfermo muy a menudo. Mi lugar está en los estudios. Soy hombre de libros y escritos. ¿Cómo puedo atarme a una iglesia, si quiero servirlas a todas? No puede pedir esto de mi. En el nombre del Señor tenga piedad de mi y déjenle servir a Dios de otra forma. La candela encima de la mesa se consumía lentamente. Ambos personajes seguían discutiendo. Finalmente el mas anciano, señalando con el dedo al cielo rugió con voz de trueno: Te digo, en nombre del Dios todopoderoso, que si solamente te ocupas de tus estudios, y no nos ayudas a llevar a cabo la obra de Dios. El te maldecirá, porque estarás buscando tu propia gloria y no la de Cristo[4]

Luego de tan tremenda reconvención Calvino se queda por varios años en Ginebra en donde cuenta con el apoyo de Farel, tanto así que para resumir de manera gráfica, a Calvino junto con sus dos amigos y compañeros reformadores Farel y Viret se les llamaba en Ginebra medio en broma y medio sarcásticamente “trípode” (le trepied), en comparación a un taburete que con sus tres patas se mantiene estable, pero que se vuelca al quebrarse una de ellas[5].

6. Preocupación por la Música:

Como podemos notar, ambos reformadores no se abstraían de asuntos de la vida cotidiana como la amistad, en este mismo sentido hemos encontrado un área que debido a la diferencia en las personalidades de ambos hubiera parecido poco probable, sin embargo ambos valoraron el aporte de la música en sus vidas y congregaciones.

La relación de Lutero con la música fue más intensa, se dice que fue un apasionado admirador de la música. Se dice que de niño poseía una bella voz y se ganaba la vida como “kurrende-singer”, es decir, cantaba en las calles frente a las casas de los ricos burgueses quienes recompensaban estos servicios. Más tarde, ayudado financieramente por la viuda Cotta de Eisenach, amplió sus conocimientos musicales con el estudio de teoría y el aprendizaje de la flauta y el laúd[6].

Se puede inferir que era un buen conocedor de la música, gustaba de ella y conocía el arte de la composición. Además ejecutaba el laúd, admiraba el canto gregoriano y apreciaba los motetes católicos de famosos compositores. Por otro lado, conocía diversas melodías populares, muchas de las cuales se convirtieron en cánticos de contenido religioso[7].

En una carta de 1530, declara:

“…Sólo después de la teología, la música produce lo que la teología, al margen de ella, es única en producir: a saber, un alma tranquila y alegre, y es evidentemente por esta razón que el Diablo, causante de tristes preocupaciones, de turbaciones o inquietudes, huye al oír la música como huye ante la voz de la teología. De ahí que los profetas no usaran otro arte que la música para expresar su teología. Ni la geometría, ni la aritmética, ni la astronomía, sino la música. De esta forma, teología y música se encuentran íntimamente unidas y con ello nos anuncian la Verdad por salmos y cánticos[8]

En tanto, en Francia Calvino o destierra del todo la música como lo hizo Zwinglio; aunque también modfica radicalmente las formas del servicio religioso de su época. Reemplaza el latín por la lengua nacional, conserva de la Misa solamente el Kyrie y el Gloria (Misa Brevis), no es muy tolerante con cantos corales ni música figural, aleja el órgano y permite solamente el canto en su forma más sencilla, a una voz. Fue así como nació el salterio hugonote, obra de Clément Marot y Thedor Beza[9]. En 1539 editó en Estrasburgo una colección, que después se difundió en Ginebra. Comprendía como la versión española actual, sólo diecinueve Salmos, el canto de Simeón, los Diez Mandamientos y el Símbolo o Credo Apostólico, todos ellos en verso[10].

Hasta aquí hemos examinado los aspectos coincidentes del perfil público de los reformadores. A lo largo de los siguientes cuatro puntos examinaremos la esfera más privada de ambos donde nos encontraremos con similitudes gozosas y trágicas de las cuales podemos sacar valiosas lecciones de vida.

 

[1] Del gr. συμβίωσις symbíōsis ‘vida en común’, de συν- syn- ‘sin-1‘ y βίωσις bíōsis ‘modo de vivir’.

[2] Horst F. Rupp “Philipp Melanchton (1497-1560)” Perspectivas: revista trimestral de educación comparada (París. UNESCO: Oficina Internacional de Educación), vol. XXVI, n° 3, septiembre 1996, Pág. 4 en: http://www.ibe.unesco.org/sites/default/files/melanchs.pdf

[3] Citado por H. H. Lentz, “Reformation Crossroads: A Comparison the Theology Luther and Melanchthon” Minneapolis, 1958, Pág. 2

[4] Van Hanselma, Tea. “Así fue Calvino”, Zondervan Publishing House, Gran Rapids, Michigan, Pág.91

[5] A. Detmers “Calvino como persona”, Pág. 5 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/bio/Detmers_Calvin-als-Mensch_SP.pdf

[6] María Cristina Prochell A. “El Protestantismo, su música y músicos” Revista Musical Chilena, Pág. 43 en: http://www.revistamusicalchilena.uchile.cl/index.php/RMCH/article/viewFile/16080/1659

[7] Jerónimo Granados “Martín Lutero y la Música” Cuadernos de Teología, Vol XXVI, 2007, Pág. 131

[8] Jean Delumeau, “El Caso Lutero”, Caralt Editores, S.A., Barcelona, 1988, Pág. 9

[9] María Cristina Prochell A. “El Protestantismo, su música y músicos” Revista Musical Chilena, Pág. 42 en: http://www.revistamusicalchilena.uchile.cl/index.php/RMCH/article/viewFile/16080/16595

[10] José de Segovia “Calvino y la Música de los Salmos” Boletín del Jubileo de Juan Calvino 2009

Núm. 10-11 | México, D.F.-Barcelona, España | septiembre-octubre de 2009 en: http://www.calvin09.org/media/pdf/Materialpool/Boletin10-11JubileoJuanCalvino.pdf

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

*Se permite compartir incluyendo la fuente http://www.solosanadoctrina.com y la autora. Publicado con permiso para el presente y los siguiente Blog´s  (“Lutero y Calvino: “Dos Pilares fundamentales de la Reforma Protestante del Siglo XVI” ”).

Imagen y diseño, Pamela Peralta Uribe.

Las Mujeres de la Reforma: Catalina de Borbón (1559 – 1604). Isabel I (1553 – 1603).

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Las Mujeres de la Reforma: Catalina de Borbón (1559 – 1604). Isabel I (1553 – 1603).

 

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Catalina de Borbón (1559 – 1604)

Catalina de Borbón (París, 7 de febrero de 1559, Nancy, 13 de febrero de 1604), fue hija de la reina Juana de Navarra y Antonio de Borbón y nieta de Margarita de Navarra (Angulema, hermana del rey Francisco I de Francia). Su madre como y abuela fueron ejemplares en cultura y amor por su fe reformada.

Fue educada, junto con su hermano (el futuro rey de Francia), en un cristianismo consecuente; su madre había hecho profesión pública de fe calvinista la navidad de 1560. Durante 13 años fue preparada a través de la enseñanza en las artes y cultura, pero especialmente en el temor de Dios por los brazos protectores de su madre, y todo ello en medio de dificultades sin número (guerras de religión, persecuciones, traiciones, deserción religiosa y moral de su padre, etc.). El cristianismo que la madre de los hermanos trató de inculcar se resumía en dos conceptos: “Firmeza”, y “Hasta la muerte”. Catalina mantuvo su fe firme.

Sin embargo, no podemos decir lo mismo de su hermano el príncipe Enrique, pues su fe tenía una fuerte competencia ante la influencia de los valores de la educación y práctica política católica. De tal manera que ante la posibilidad de acceder al trono y siguiendo la máxima de “París bien vale una misa” que le propuso uno de sus consejeros[1], de esta manera aplicó la llamada razón de estado (es decir, la justificación, basada en la conveniencia política, que un gobierno o individuo aduce para actuar de una manera determinada) y renunció a la fe protestante a través de varios episodios de abjuraciones hasta el ritual final para ser coronado rey de Francia en 1594.

Cuando su hermano le propuso, bajo amenazas de negarle su protección, también la conveniencia de su conversión a la iglesia papal, Catalina le contestó: “Si me desamparáis, Dios nunca lo hará: esa es mi confianza. Prefiero ser la más miserable en la tierra, que dejarle por los hombres.” Siempre mostró gran respeto a su hermano, como hermano y como rey, pero sin negar el fundamento donde se encontraba para ella la fuente de toda autoridad y respeto: la fidelidad a la Escritura.

Un episodio trágico en la vida de Catalina fue cuando abjuró de su fe protestante en el contexto de la de su propio hermano en la masacre de la noche de San Bartolomé. En ese momento tenía 13 años (acababa de perder a su madre y estaba en un ambiente infernal en París), y así formalmente permaneció varios años. Pero luego se reafirmó en su calvinismo hasta su muerte. Cuando tuvo que vivir la renuncia de su hermano a la fe de su madre para ser coronado rey de Francia, ella se mantuvo fiel, y así lo refirió expresamente a Teodoro de Beza (del que solicitaba se orase por ella en tan difícil situación)

En 1577, a la edad de 18 años fue nombrada regente de sus territorios por su hermano allí  se dedicó en cuerpo y alma a la preservación de la obra religiosa y política que había iniciado su madre. No fue fácil, pues algunos sectores nunca admitieron de buen grado las reformas religiosas y políticas instauradas por Juana de Albret. Debió defender los derechos de esos territorios, especialmente del Bearne y del reino de Navarra, en el proceso de coronación de su hermano (Enrique III de Navarra y IV de Francia), que al final quedan excluidos de la anexión a Francia, conservando su autonomía y leyes propias.

Catalina fue la reconocida (aunque muy borrada de la memoria histórica) defensora de los derechos de los hugonotes en la corte, donde ganó para ellos batallas muy importantes, aunque sin el ruido de las armas en el campo abierto. Sin duda, es el pilar necesario para comprender incluso el edicto posterior de tolerancia de Nantes. Y a pesar de que solo fue regente de unos pequeños y problemáticos territorios, es toda una mujer de estado, pero sin seguir los patrones de la época. En este sentido es el contrapeso de la acción de su hermano. Catalina se puede considerar la propulsora de una política “laica”.

Como cristiana fiel era consciente de sus deberes y responsabilidades. Renunció por ello a sentimientos y gustos; no pudo casarse con quien amaba. Su hermano “la casó” en 1599 como pieza de un tratado político. Ella aceptó, pero con una sola condición: conservar la fe de su casa. Catalina escribió: “Oh Dios, tú has prometido, por tu bondad divina, ayudar a los afligidos que acuden a ti. Mi corazón está lleno de aflicción. Padre, consuélame, hazme sentir el efecto de tu favor divino. …. Mi pecado aborrezco. Perdóname, Señor, mira tu promesa y no mi error, en tu bondad espero, no en mi inocencia. …. Cuando hay que ir a escuchar tu palabra, mis pies se entumecen y van a paso lento, pero si hay que ir a las diversiones mundanas, en lugar de caminar, parece que vuelo. …. Pero recíbeme, Señor, de mirada dulce y propicia, pues reconozco mis pecados ante ti. Mira a tu amado Hijo, sacrificado por mí, quien tomando mis pecados, me reviste de su justicia[2]

[1] Enrique pudo ser rey protestante de Francia debido a sus victorias militares con el bando hugonote, pero la intervención final de Felipe II ordenando la colaboración de los tercios fue decisiva para que se produjera una situación de equilibrio, de la que finalmente no se percibió otra salida que la de su abjuración. La iglesia papal entendió su conversión como disimulo de razón de estado y lo consideró, en la práctica, enemigo..
[2] Emilio Monjo Bellido “Catalina de Borbón” Leer más: http://protestantedigital.com/magacin/11846/Catalina_de_Borbon Traducción en formato libre] (R. Ritter: Lettres et poésies de Catherine de Bourbon (1570-1605). Paris, Champion, 1927)

 

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Isabel I (1553 – 1603)

En inglés, Elizabeth I, a menudo referida como La Reina Virgen, Gloriana o La Buena Reina Bess (Greenwich, 7 de septiembre de 1533-Richmond, 24 de marzo de 1603) fue reina de Inglaterra e Irlanda desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el día de su muerte. Isabel fue la quinta y última monarca de la Dinastía Tudor.

Hija de Enrique VIII, nació como princesa, pero su madre, Ana Bolena, fue ejecutada cuando ella tenía tres años, con lo que Isabel fue declarada hija ilegítima. Sin embargo, tras la muerte de sus hermanos Eduardo VI y María I, Isabel asumió el trono.

El reinado de la reina Isabel I de Inglaterra fue uno de los más largos y determinantes de la historia de su país. Llegó al poder después de ver cómo su madre era decapitada por orden de su propio padre y vivir unos años recluida y alejada del orden sucesorio. Pero el destino quiso que Isabel subiera al trono en 1558 y reinara sobre Inglaterra e Irlanda hasta su muerte, en 1603[1]. La reina estrechó lazos con Francia, se enfrentó a su rival María de Escocia y plantó cara al imperio de Felipe II. Una de las primeras medidas que tomó fue establecer una iglesia protestante independiente de Roma, que luego evolucionaría en la actual Iglesia de Inglaterra, de la que se convirtió en la máxima autoridad.

El principal objetivo de Isabel I al sentarse en el trono fue poner orden en la cuestión religiosa que venía sacudiendo el país desde tiempos de Enrique VIII. Su estrategia en este sentido consistió en el restablecimiento del anglicanismo como religión oficial.

A pesar de haber sido coronada según el rito romano, Isabel pronto evidenció su voluntad de continuar la política eclesiástica de su padre. En ello se dejó guiar por consideraciones puramente políticas: la reina deseaba ejercer la autoridad eclesiástica suprema, lo que al mismo tiempo la oponía a católicos y calvinistas. Actuando con gran prudencia, promulgó en 1559 el Acta de Supremacía que puso nuevamente en vigor las leyes religiosas de Enrique VIII y Eduardo VI, abolidas en tiempos de María Tudor. Una parte integral de la conciencia histórica protestante fue el martirio de los protestantes ingleses con la hija de Enrique VIII y hermanastra de Isabel, «María la sangrienta». El libro de los mórtires de Foxe (1563), que detallaba del modo más cruento este martirio, fue enormemente popular durante el periodo victoriano[2].

El edicto de 1559, aunque reforzaba el protestantismo y declaraba la celebración de la misa ilegal, era excepcionalmente tolerante con la población católica. Los católicos quedaron en principio exentos de la asistencia obligatoria a la iglesia parroquial a cambio del pago de una moderada contribución, y la celebración privada de su culto no fue perseguida excepto en los casos en que se sospechara traición a la monarquía.

El Acta de Uniformidad, votada ese mismo año por el Parlamento, restableció el Libro de la Plegaria Común de Eduardo VI eliminando las fórmulas que pudieran resultar más ofensivas para los católicos. Los obispos católicos nombrados durante el reinado de María I protestaron e Isabel respondió deponiéndolos a todos, quedando así renovada por completo la alta jerarquía eclesiástica del reino. Sin embargo, Isabel se cuidó de no verse superada por el fanatismo protestante. En 1563, cuando el Parlamento adoptó la profesión de fe de los Treinta y Nueve Artículos que rechazaba la transubstanciación y sólo admitía dos sacramentos, la reina decretó al mismo tiempo el mantenimiento de la jerarquía y la liturgia católicas.

Isabel tuvo que hacer frente a una doble oposición: la de los católicos, que se consideraron desligados de su deber de lealtad tras la excomunión de 1570 y que pusieron sus esperanzas en la católica reina de Escocia, María Estuardo, y la de los calvinistas presbiterianos, que rechazaban la jerarquía episcopal y cualquier vestigio de catolicismo dentro de la Iglesia reformada. Isabel recrudeció las medidas represivas contra la disidencia religiosa. La celebración de la misa católica fue prohibida por completo, así como los sínodos presbiterianos de los calvinistas, que ya por entonces comenzaban a conocerse como puritanos. En 1595 se hizo obligatoria, bajo pena de prisión, la asistencia al culto anglicano. Sin embargo, hubo muchas menos ejecuciones por motivos religiosos durante los veintiocho años del reinado isabelino que durante los cinco en que María Tudor se sentó en el trono. La obra religiosa de Isabel fue duradera: dio al anglicanismo su carácter definitivo y emprendió el camino hacia la convivencia de las distintas sectas religiosas[3].

Su reinado sentó las bases de un largo tiempo de hegemonía inglesa sobre los mares y amplios territorios de ultramar. También fueron años de gran esplendor en el mundo del arte y de la literatura, con Marlowe y Shakespeare como adalides de las letras inglesas. Solamente su extraña aversión al matrimonio y su empeño por ser recordada como la reina virgen exaltando su relación con su pueblo por encima de un solo hombre, hicieron de ella un personaje un tanto excéntrico y misterioso.

[1] María Tudor se convertía en María I el 1 de octubre de 1553. Durante su reinado, Inglaterra volvió al catolicismo y se vivieron tiempos convulsos en los que la nueva reina se ganó el triste apodo de María la Sanguinaria. Su matrimonio con su primo, Felipe II, tampoco fue del agrado de los ingleses quienes intentaron colocar a Isabel en el trono. La princesa terminó recluida en la Torre de Londres pero su hermana no consiguió que fuera alejada de la sucesión ni tampoco su conversión al catolicismo.
[2] http://www.victorianweb.org/espanol/religion/protestantheritage.html
[3] Isabel I Tudor, http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=isabel-i-tudor-reina-de-inglaterra

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

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Las mujeres de la reforma

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Reformadas, reformando hogares y reinos.

Este 2017 es un año muy especial, estamos a las puertas de celebrar el Quinto Centenario del comienzo de la Reforma Protestante.

Se conoce como Reforma al movimiento desarrollado en la iglesia occidental a partir del siglo XVI que planteó transformaciones doctrinales e institucionales de enorme trascendencia para el cristianismo, los cuales llevaron a la separación de algunas iglesias, conocidas a partir de entonces con el nombre de protestantes.

Cuando leemos y aprendemos sobre dicho proceso los nombres de los referentes son, en su gran mayoría, masculinos: Martín Lutero, Juan Calvino, Felipe Melanchton, Ulrich Swinglio, Guillermo Farel, John Knox, Gaspar de Colligny y así suma y sigue.

Sin embargo, una autora afirmó: “Nuestro pueblo no sólo tiene padres, también tiene madres. La historia protestante también tiene nombre mujer ”

Esto nos lleva a plantearnos muchas dudas: ¿Qué ha pasado con la memoria de las mujeres en el movimiento de la Reforma protestante del siglo XVI? ¿Participaron las mujeres en el movimiento de la Reforma? ¿Existen remembranzas escritas acerca de ellas? ¿Por qué no han llegado hasta nosotras el día de hoy? ¿Qué fue lo que pasó?
Ante esto podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos que las mujeres protestantes tenemos historia, hubo mujeres que contribuyeron a la Reforma Protestante, el objetivo de esta serie es recuperar parte de ésta. En el siglo XVI el protagonismo de la mujer aunque fue escaso, también fue significativo, existieron mujeres que se impusieron por encima de las costumbres de su tiempo y desempeñaron un papel muy importante en la escena política o religiosa de su tiempo. A favor de la Reforma se proclaman jóvenes y adultas mayores, burguesas y campesinas.

¿A qué se debe esta ausencia del registro de las mujeres en el desarrollo de la Reforma Protestante?

En primer lugar a un asunto propio del desarrollo de la disciplina histórica, esto debido a que cuando comenzó el registro los temas más relevantes tenían relación con hechos bélicos, líderes y en general con los procesos que afectaban la conformación de las grandes unidades territoriales (Reinos e Imperios principalmente). Con la llegada del siglo XIX y la sistematización de la Historia como disciplina científica, aquella costumbre continuó. Entonces, aquellos primeros textos seguían la llamada corriente positivista, estos libros son los más abundantes y hablan muy poco sobre las mujeres y su participación en los grandes procesos (como también la Reforma Protestante), en este mismo sentido ocurre con otros actores sociales y temas (tales como jóvenes, niños, minorías, entre otros). En consecuencia, el contexto de la Reforma algunos mencionan a las mujeres cuando están asociadas a hombres destacados.

En segundo lugar, a mediados del siglo XX surgieron nuevas formas de ver y escribir la historia considerando los temas “olvidados”, entre ellos el aporte de las mujeres a través de los tiempos. Sin embargo, existe el problema del acceso a la información por los límites de las fuentes de información debido a la época en la que fueron registrados los hechos y personajes lo cual no es un obstáculo insalvable.

Por eso, a pesar de no haber estado considerados en la historiografía tradicional, un considerable número de mujeres estuvieron implicadas en la Reforma Protestante y podemos seguir sus rastros en diferentes ámbitos, a diferentes niveles y en varios países como Alemania, Italia, Francia, Inglaterra y España. Algunas de ellas tenían cierta actividad política: reinas como Margarita de Navarra, Juana de Albret quienes patrocinaron, influyeron en su corte y hombres cercanos a ellas, promulgaron leyes o escribieron para promover la Reforma. Así también, no sólo las de familias nobles participaron en este movimiento de cambio eclesiástico, mujeres anónimas y de estamentos más humildes lucharon a favor de su fe.

Las Predecesoras: Las Beguinas

Las beguinas fueron importante movimiento religioso. Surgieron en un momento de sobrepoblación femenina, cuando dos siglos de guerras habían reducido una gran proporción de los hombres y los conventos estaban colmados como la alternativa al matrimonio o a la clausura.

Corría el siglo XII y las comunidades de beguinas, integrados por mujeres de todas los estamentos sociales, empezaron a extenderse en Flandes, Brabante y Renania. Gracias a las labores que hacían para la comunidad: eran enfermeras, atendían desvalidos y maestras para niñas sin recursos e incluso fueron responsables de numerosas ceremonias litúrgicas, muchas familias adineradas les dejaban herencias y así también, mujeres ricas se instalaban en las beguinarias (las casas donde desarrollaban las labores y algunas vivían en comunidad). La mayoría de hermanas practicaban algún arte, especialmente la música

Las beguinas eran intensamente religiosas. Querían servir a Dios, dentro y fuera de sus comunidades en el servicio a los demás por eso daban alimentos y enseñaron la Palabra de Dios en los idiomas locales.

Esto fue considerado un sacrilegio porque el lenguaje permitido para el mensaje sagrado era solamente el latín. Y, por escribir y predicar en el idioma de la gente la beguina itinerante Margarita Porette fue acusada por la Inquisición y llevada a la hoguera. Ella escribió la obra “Espejo de las almas simples y aniquiladas por amor a Dios”, que describe la trayectoria de un alma hasta la aniquilación total.

Estas eran ideas contrarias a la predicación de la Iglesia e incluso contrarias a nuestra propia comprensión y a la posterior predicación de la Reforma sobre la salvación por la fe y no por obras. Para Porette, había que hacer un esfuerzo, un camino a seguir para que la persona alcanzase la salvación. Su libro fue quemado, y a ella se le prohibió difundir su mensaje, pero no obedeció y fue quemada por no retractarse de sus creencias. Serenamente llegó hasta la hoguera y muchos lloraron al verla en sus últimos momentos.

La condena de Margarita Porette tuvo como consecuencia el aumento de opositores al movimiento y el desarrollo desde el Siglo XIV al XVII de iniciativas para desalentar su crecimiento. El 14 de abril de 2013, murió en Kortrijk (Bélgica) la hermana Marcella Pattyn, a los 92 años, siendo la última representante de este movimiento religioso.
Gracias a a este movimiento comenzado en el Siglo XII las mujeres como se incluyeron como actores sociales y religiosos. Al comenzar la Reforma, un significativo número de mujeres estuvieron involucradas, en diferentes grados y circunstancias, en la Reforma en países como Alemania, Francia, Italia o Reino Unido.

Nos encontramos con muchas mujeres, como:
Catalina de Bora (1499-1550), quien fue la esposa de Martín Lutero;
Idelete de Bure (1509 – 1549), quien fue la esposa de Juan Calvino;
Argula de Grumbach ( 1492-1563);
Catalina Zell (de Schütz) (1497-1562);
Elisabeth Cruciger (1500-1535) que también participaba en las discusiones teológicas de Lutero y Melanchton;
Elisabeth Ron Brandenburgo (1485-1545);
Olimpia de Morato (1526-1555) que a los 13 años ya sabía griego y latín y leía a Cicerón;
Giulia Gonzaga (1513-1556);
Elisabeth de Brunswick (1510-1558);
Margarita de Navarra (1555-1572);
Juana de Albret (1528-1572);
Renata Ferrara (1510-175);
Giulia Gonzaga (1512-1566);
Catherina Cibo (1501-1557);
Vittoria Colona (14901547);
Isabella Bresegna (1510-1567), española pero exiliada en Nápoles huyendo de la Inquisición)

Nuestra invitación en las próximas semanas en Solo Sana Doctrina, es a analizar los casos más significativos a través de algunas categorías, sin embargo la invitación a profundizar queda más que extendida.

 

[1] Joanna Ortega. «La Reforma Protestante: ¿Qué pasó con las mujeres?» 2 de julio de 2008.

[2] Amparo Lerín Cruz. «Las mujeres en la Reforma Protestante del siglo XVI».  Diario los Andes. 13 de octubre de 2013, año 21, nº 935, p. 18. 

 

 

Ximena Prado Dagnino (Licenciada en Educación, Profesora de Historia, Magíster en Historia Económica y Social PUCV).

 

 

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Mi huida del Auto de Fe de Valladolid

Mi huida del auto de fe de Valladolid

Mi huida del Auto de Fe de Valladolid

Anónimo (D. Fernando de la Mina)

 

En los durísimos días de la Reforma protestante, Don Fernando de la Mina, un noble terrateniente de Simancas, Valladolid, está detenido por el Santo Oficio de la Inquisición y sentenciado a morir en la hoguera por su “herejía”. Debido a sus convicciones reformadas no permitidas en aquellos tiempos de intolerante fanatismo religioso, encuentra una serie de circunstancias providenciales que le libran de la llamas, pero no de una odisea de épicas proporciones, hasta su consiguiente llegada al protestante reino de Navarra Baja en Francia.
Mi huida del Auto de Fe de Valladolid no solo relata el siniestro trato de todos los sospechosos de herejía luterana en España, culpables o no, sino que también cautiva al lector por su intrigante historia de suspense, esperanza y amor. El relato se cuenta con fascinante fervor, y sin duda hará a todos recordar el antiguo adagio: “Los que rehúsan aprender de los fracasos de la Historia, están destinados a repetirlos”.
En una nueva traducción, se ofrece al público este tomo para conmemorar el 450 aniversario de los autos de fe en Valladolid, el 21 de mayo y el 8 de octubre de 1559.
Tanto el prólogo como el epílogo han sido escritos por Alfredo Pérez Alencart, poeta y profesor de la Universidad de Salamanca.

 

153 pp. Rústica

Ref. 1364 – 10,00 €