El estado de Gracia

Aunque no es muy probable que los lectores de la revista Tabletalk saquen su teología de las calcomanías para autos, sin duda algunos de ustedes habrán visto una que dice: «¡No soy perfecto, solo perdonado!». Si bien esta calcomanía pretende encapsular la verdad respecto a nuestro estado como pecadores salvados por el perdón de Dios en Cristo que nos llega por gracia, en realidad no logra su objetivo.

Sin duda, los cristianos no son perfectos. No obstante, esa no es toda la historia respecto a lo que la gracia salvadora de Dios en Cristo les otorga en esta vida. La frase pone de relieve una de las principales bendiciones de la obra salvadora de Cristo: el perdón. Pero, deja sin mencionar muchas bendiciones inherentes que también les son impartidas a los creyentes que están unidos a Cristo por medio de la fe. Cuando Cristo, por Su Espíritu y Su Palabra, imparte las múltiples bendiciones de Su obra salvadora como Mediador, estas bendiciones no solo incluyen el perdón, sino también la liberación del dominio del pecado y la renovación mediante el poder santificador de Su Espíritu.

Siguiendo el lenguaje del libro Human Nature in its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], escrito por el gran puritano escocés Thomas Boston, cuando Dios salva a los pecadores perdidos mediante la obra de Cristo y el ministerio del Espíritu, no los deja impotentes ante la tiranía del diablo, de su propia carne pecaminosa y del mundo bajo el dominio del pecado. Los saca de su estado de perdición en Adán y los introduce a su nuevo estado de gracia en Cristo. Si bien todos los pecadores caídos son incapaces de no pecar (non posse non peccare), los pecadores redimidos sí son capaces de no pecar (posse non peccare). Los creyentes son capacitados por gracia mediante el Espíritu de Cristo para comenzar a conformarse a la voluntad de Dios en verdadero conocimiento, justicia y santidad. Este comienzo puede ser «pequeño», pero es un comienzo de «obediencia perfecta», como bien lo expresa el Catecismo de Heidelberg. Los creyentes en unión con Cristo fueron sellados «con el Espíritu Santo de la promesa», quien garantiza su herencia hasta que tomen completa posesión de ella (Ef 1:13-14). Experimentan los albores de la vida eterna en comunión con Dios y estos albores son una especie de primicias de la plenitud de vida que gozarán en los nuevos cielos y la nueva tierra.

LA UNIÓN CON CRISTO Y EL ORDEN DE LA SALVACIÓN

Para poder apreciar las riquezas de las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes en el estado de gracia, debemos recordar que Cristo imparte estos beneficios a través del ministerio del Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Juan Calvino usa una frase encantadora para capturar la relación entre lo que Cristo ha obtenido para Su pueblo y la forma en que el Espíritu obra para unirlos a Cristo de modo que puedan participar en todos los beneficios de Su obra salvadora. El Espíritu Santo, dice Calvino, es el «ministro de la liberalidad de Cristo». Mediante el Espíritu, Cristo otorga libre y generosamente a Su pueblo las bendiciones que ha obtenido para ellos. Tan íntima es la relación entre el Espíritu y Cristo que el apóstol Pablo puede decir que «el Señor es el Espíritu» (2 Co 3:17) o que Él fue hecho «espíritu que da vida» (1 Co 15:45). Como lo expresa Calvino, el Espíritu es el «vínculo de comunión» entre Cristo y Su novia elegida. Él les comunica a los creyentes las riquezas de su herencia en Cristo.

En discusiones recientes en torno a la salvación mediante la unión con Cristo, se ha dicho mucho con respecto a la cuestión de cómo se relaciona esta unión con las bendiciones espirituales que se enumeran en lo que ha sido denominado el orden de la salvación (ordo salutis) en el estado de gracia. Estas discusiones a ratos han generado más calor que luz. Sin embargo, por lo general hay consenso en que el orden de la salvación ofrece un relato bíblico de todas las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes que están unidos a Cristo. A través del ministerio del Espíritu y la Palabra de Dios, los creyentes son llevados a la comunión con Cristo y comienzan a disfrutar de las bendiciones espirituales que son suyas en Él. El orden de la salvación busca proporcionar un relato bíblico de estas bendiciones como aspectos diferentes pero a la vez inseparables de la excepcional y gran obra del Espíritu en la salvación de los pecadores.

Quizás el testimonio bíblico más claro referente a los rudimentos del orden de la salvación es Romanos 8:29-30. En este pasaje, hallamos lo que a menudo se denomina la cadena de oro de la salvación:

Porque a los que [Dios] de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó.

Este pasaje es importante, no porque ofrece un orden completo de la salvación, sino porque nos provee un relato claro de la manera en que el propósito elector de Dios en gracia está ligado al llamamiento eficaz del evangelio, que lleva a los pecadores perdidos a Cristo por la senda de la fe y el arrepentimiento, les otorga la bendición de la justificación y asegura la glorificación del creyente. Cuando se observa en conjunto con otros testimonios escriturales sobre la obra de la gracia de Dios en la salvación de los elegidos, este pasaje es una piedra angular para formular el orden de la salvación de una manera más completa.

Puede ser útil distinguir tres grupos de beneficios que son otorgados mediante el ministerio del Espíritu cuando lleva a los creyentes a la comunión salvadora con Cristo. El primer grupo de beneficios describe la manera en que, normalmente, el Espíritu lleva a los elegidos a la unión con Cristo mediante el llamamiento eficaz, la regeneración y la conversión (la fe y el arrepentimiento). El segundo grupo de beneficios describe el nuevo estatus que los creyentes reciben en unión con Cristo, es decir, la justificación y la adopción. Por último, el tercer grupo de beneficios describe la nueva condición otorgada a los creyentes en unión con Cristo, es decir, su santificación y renovación en conformidad a la imagen de Cristo, que al final culmina en la glorificación. En consecuencia, la representación del orden de la salvación, que es efectuada mediante la unión con Cristo producida por el Espíritu, comúnmente incluye los siguientes aspectos: el llamamiento eficaz, la regeneración, la conversión (la fe y el arrepentimiento), la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación. Algunas de estas bendiciones son inconfundible y definitivamente obra de Dios (el llamamiento eficaz y la regeneración). Otras son acciones que Dios obra en los creyentes, pero que a la vez son propias de ellos (la fe y el arrepentimiento, la santificación y la perseverancia). Algunas se centran en actos judiciales de Dios que tienen relación con el estado del creyente ante Él (la justificación y la adopción). Otras son bendiciones transformadoras o renovadoras que renuevan progresivamente a los creyentes en santidad y conformidad a la imagen de Cristo (la santificación y la perseverancia). Todas ellas son propias del estado de gracia al que son llevados los pecadores perdidos según el propósito salvador de Dios.

EL LLAMAMIENTO EFICAZ, LA REGENERACIÓN Y LA CONVERSIÓN

La aplicación de la obra salvadora de Cristo por parte del Espíritu Santo comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración. Por la Palabra del evangelio, el Espíritu lleva a las personas que Dios escoge a la comunión con Cristo. El Espíritu acompaña la proclamación del evangelio convenciéndonos de nuestro pecado y de nuestra miseria, iluminando nuestras mentes en el conocimiento de Cristo, y renovando nuestras voluntades (Catecismo Menor de Westminster, 31). Cuando el llamado del evangelio va acompañado del Espíritu vivificador de Cristo, los elegidos son persuadidos, capacitados y llevados a responder a la Palabra con fe y arrepentimiento. Por esta razón, el apóstol Pablo habla del llamamiento eficaz del evangelio como una «demostración del Espíritu y de poder» para que nuestra fe «no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2:4-5). Sin la obra del Espíritu en la regeneración o el nuevo nacimiento, la Palabra por sí sola es incapaz de producir fe y arrepentimiento en los que son llamados a creer en Cristo y volverse de sus pecados. A menos que el Espíritu regenere u otorgue el nuevo nacimiento a los que son llamados por el evangelio, los pecadores perdidos permanecerán muertos en sus delitos y pecados, incapaces e indispuestos a cumplir las demandas del llamado del evangelio. Como Jesús anuncia en Su discurso sobre el nuevo nacimiento, nadie puede «ver» ni «entrar» en el Reino de Dios sin la obra del Espíritu (Jn 3:3-5). El nuevo nacimiento es, por completo, la obra del Espíritu. No producimos nuestro nuevo nacimiento en el plano espiritual más de lo que producimos nuestro nacimiento en el plano natural. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (3:6). Fuera de la obra del Espíritu en la regeneración, el estado de los pecadores caídos queda bien encapsulado en el dicho: «No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír». No obstante, en virtud de la obra del Espíritu en la regeneración, los ciegos pueden ver la gloria de Cristo y los ciegos pueden oír la Palabra hablada en el poder del Espíritu (1 Co 2:13; 2 Co 4:6).

Considerada en su sentido más preciso, la regeneración por el Espíritu puede distinguirse del llamamiento eficaz. En tal sentido, la regeneración se refiere a un acto inefable del Espíritu mediante el cual los pecadores espiritualmente muertos reciben la capacidad de escuchar la Palabra, saber y entender lo que proclama y estar dispuestos a abrazar lo que promete. Sin embargo, como el Espíritu ordinariamente obra con la Palabra, el llamamiento eficaz y la regeneración, aunque son diferentes, no deben separarse. El curso ordinario es que el Espíritu otorgue el nuevo nacimiento mediante el instrumento de la Palabra del evangelio, que es denominada la «simiente de la regeneración» en 1 Pedro 1:23. Mediante el uso que el Espíritu hace de la Palabra de verdad, los pecadores perdidos son nacidos de Dios como una suerte de «primicias de sus criaturas» (Stg 1:18). Cuando la regeneración va ligada a la obra del Espíritu por el ministerio de la Palabra, es virtualmente sinónima al llamamiento eficaz. En su sentido más amplio, la regeneración incluso puede entenderse como algo que incluye la conversión y todos los frutos del ministerio del Espíritu en el estado de gracia. Dichos frutos incluyen la fe y el arrepentimiento, la renovación a la imagen de Cristo, la santificación y la glorificación.

Cuando los pecadores perdidos son eficazmente llamados y convertidos por el ministerio del Espíritu y la Palabra, responden al llamado del evangelio con fe y arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento son gracias evangélicas diferentes pero inseparables que el Espíritu nos otorga a los pecadores perdidos a través del ministerio del evangelio (Hch 11:18; 13:48). La fe verdadera y salvadora consiste en el conocimiento, la convicción y la confianza de que el testimonio de la Palabra de Dios es verídico, en especial la promesa de que Cristo puede salvar «para siempre» a todos los que acuden a Él en fe (Heb 7:25). El arrepentimiento es, a la vez, un dolor profundo por el pecado y un gozo profundo en Dios por medio de Cristo. Cuando los creyentes se arrepienten, se vuelven del pecado a Dios, mortificando su carne pecaminosa y experimentando la vida en su nuevo hombre en Cristo. En lugar de continuar en el sendero del pecado y la desobediencia, comienzan a hacer buenas obras nacidas de la fe verdadera para la gloria de Dios y en conformidad al estándar de Su santa ley. Al igual que la fe, el arrepentimiento no es un mero acto que ocurre al comienzo de la vida del cristiano en el estado de gracia. Toda la vida cristiana, de principio a fin, es un alejamiento continuo o diario del pecado en dirección a Cristo. Durante el curso del peregrinaje del cristiano, la fe necesita ser nutrida y cultivada a través de los medios ordinarios de la gracia (la Palabra, los sacramentos y la oración). De igual forma, la vida del cristiano requiere volverse cada día del pecado a Dios en nueva obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN Y LA ADOPCIÓN: UN NUEVO ESTATUS

Cuando los creyentes son llevados a la unión con Cristo mediante la fe, gozan de dos beneficios por gracia que reflejan su nuevo estatus ante Dios. En su estado natural, los pecadores caídos están expuestos a la justa sentencia divina de la condenación y la muerte. En el estado de gracia, los creyentes ya no están bajo la condenación de la ley ni tampoco obligados a hallar el favor de Dios haciendo lo que la ley requiere. Más bien, gozan de la gracia de la justificación gratuita. La justificación es el veredicto en que Dios declara por Su gracia que los que están en Cristo por medio de la fe son justos ante Él y tienen derecho a la vida eterna. Dios declara a los creyentes justos en Cristo otorgándoles e imputándoles Su obediencia, Su rectitud y la satisfacción de la justicia divina. Cuando los creyentes reciben la justicia de Cristo a través de la sola fe, gozan de la gracia de la aceptación gratuita de Dios. Además, en virtud del acto divino de adopción en Cristo por gracia, también gozan de todos los derechos y privilegios propios de los que son Sus hijos. Reciben un «espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8:15; Gal 4:5-6). Las gracias de la justificación y la adopción gratuitas les permiten a los creyentes vivir en el gozo, la paz y la confianza de que son aceptados en el favor divino y tienen todos los derechos de los hijos adoptados.

LA SANTIFICACIÓN Y LA PERSEVERANCIA: UNA NUEVA CONDICIÓN

Mediante el Espíritu y la Palabra, los creyentes también disfrutan las bendiciones de la santificación y la perseverancia en unión con Cristo. El propósito de la redención del creyente es la conformidad perfecta a Cristo (Rom 8:29). Aunque este objetivo no puede alcanzarse en esta vida, el Espíritu de Cristo comienza a renovar a los creyentes en la senda de la obediencia. El apóstol Pablo nos presenta una descripción impactante de esta obra del Espíritu en Romanos 8:9-11: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en vosotros» (cp. Gal 5:16-26). La bendición de la santificación libra de su antigua esclavitud al pecado a los que están en el estado de gracia y los posiciona en Cristo para que vivan según la «exigencia justa de la ley» (Rom 8:4, NTV, ver 6:15-23). Aunque el estado de gracia nunca es uno de perfección ni de ausencia de pecado en esta vida, sí constituye la inauguración de la vida de la nueva creación que culmina en el estado de glorificación. En este aspecto, el estado de gracia sobrepasa al estado de inocencia del que gozó la raza humana en Adán antes de la caída. Mientras el estado de inocencia era mutable y susceptible a ser perdido por la desobediencia, el estado de gracia viene con la garantía de vida inmutable e inquebrantable en comunión con Dios. En el estado de gracia, los creyentes tienen al Espíritu habitando en ellos, que es prenda y garantía de su herencia completa en Cristo (Jn 14:16-17; 2 Co 5:5).

Dos consecuencias fluyen de lo que las Escrituras enseñan sobre el estado presente de los creyentes en unión con Cristo mediante la obra del Espíritu. En primer lugar, los creyentes son impulsados a repetir las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 3:12-14:

No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello [conocer a Cristo y el poder de Su resurrección] para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. […] Yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Y en segundo lugar, estas enseñanzas motivan a los creyentes a darles todos los usos posibles a los medios de gracia ―el ministerio de la Palabra por parte de la Iglesia, los sacramentos y la oración― a fin de crecer en la gracia y recibir lo que Cristo les otorga por gracia mediante Su Espíritu.

El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

Antídoto contra El papado [14]

El primero de ellos es la doctrina y la gracia de la mortificación. Todo aquel que tenga algo de religión cristiana en sí mismo debe reconocer que esto no es solamente un importante deber evangélico, sino también de indispensable necesidad para la salvación. La Escritura también determina claramente cual es su naturaleza, sus causas, así como en qué hechos y deberes consiste. Porque se declara con frecuencia que es la crucifixión del cuerpo de pecado, con todas sus concupiscencias. La mortificación debe consistir en traer algo a la muerte, y esto es el pecado. Dar muerte al pecado consiste en la expulsión de todo hábito e inclinación viciosa que surjan de la depravación original de la naturaleza. Por su debilitamiento y gradual extirpación o destrucción, en sus raíces, principios, y operaciones, el alma queda en libertad para actuar, universalmente, por el principio contrario de vida y gracia espiritual. El medio, por parte de Cristo, por el que esto se realiza y efectúa en los creyentes es la comunicación de su Espíritu a ellos, para hacer una aplicación efectiva de la virtud de su muerte a la del pecado. Por su Espíritu mortificamos las obras de la carne y la propia carne y, esto, al ser implantados por él en la semejanza de la muerte de Cristo. Por virtud de ello somos crucificados y muertos al pecado, y la Escritura abunda en tales cosas. El medio de esto, por parte de los creyentes, es el ejercicio de la fe en Cristo crucificado, de quien derivan para la crucifixión del cuerpo de muerte. Y este ejercicio de fe va siempre acompañado de diligencia y perseverancia en todos los deberes santos de la oración, con ayuno, aflicción santa, arrepentimiento diariamente renovado, con vigilia continua frente a toda ventaja del pecado. En esto consiste, principalmente, la batalla y conflicto espiritual a que los creyentes son llamados. Esta es toda la obra de muerte que el evangelio requiere. La de dar muerte a otros hombres por la religión es de fecha posterior y de otro origen. No hay nada, en la manera de su obediencia, que aporte más experiencia de la necesidad, el poder, y la eficacia de las gracias del evangelio.

La Iglesia de Roma retiene este principio de verdad, en cuanto a la necesidad de la mortificación. En efecto: lo pretende, grandemente, para sí, sobre cualquier otra sociedad cristiana. La mortificación de sus devotos es uno de los principales argumentos que alegan, para guiar a almas incautas a su superstición. Sin embargo, en la grandeza de sus pretensiones con respecto a ella, han perdido toda experiencia de su naturaleza, con el poder y la eficacia de la gracia de Cristo. Por tanto, han forjado una imagen suya para sí mismos. Porque:

1. Colocan su eminencia y grandeza en una vida monástica y pretendida separación del mundo. Pero esto puede ocurrir, y así ha sido, en todos o en la mayoría de los casos, sin la menor obra auténtica de mortificación en sus almas. Porque nada se requiere en las más estrictas reglas de estos devotos monásticos que no pueda cumplirse sin la menor operación del Espíritu Santo en sus mentes, con la aplicación de la virtud de la muerte de Cristo. Además, todo este estilo de vida que recomiendan bajo este nombre no se señala ni aprueba en el evangelio. Y algunos de los que han sido más reconocidos por sus severidades en él, fueron hombres de sangre, que promovieron la cruel matanza de multitudes de cristianos, en el nombre de su profesión del evangelio y en quienes no podía haber una sola gracia evangélica: “Porque ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”.

2.Las maneras y los medios que prescriben y usan para su obtención no están dictados en modo alguno por la sabiduría de Cristo en la Escritura, como multiplicadas confesiones a los sacerdotes, irregulares y ridículos ayunos, penitencias, flagelaciones del cuerpo, votos ilícitos, reglas de disciplina y hábitos inventados, con hojarasca parecida innumerable.

En consecuencia, cualquiera que sea su designio, pueden decir de él, en esta cuestión,
lo que Aarón dijo de su ídolo: “Eché oro en el fuego, y salió este becerro”. Solo han obtenido una imagen de la mortificación, apartando las mentes de los hombres para que no buscaran lo que ella es verdadera y espiritualmente. Y, bajo esta pretensión, han formado un estado y condición de vida que ha llenado el mundo de toda suerte de pecados y maldad. Muchos de los que han alcanzado algunos de los más altos grados de esta mortificación, basándose en sus principios y por los medios diseñados para dicho fin, han sido preparados de este modo para toda clase de maldad.

Por tanto, la mortificación que retienen, y de la cual se glorían, no es más que una imagen miserable de lo real, puesta en su lugar, y abrazada por aquellos que nunca alcanzaron una experiencia de la naturaleza o el poder de la gracia del evangelio en la verdadera mortificación del pecado.

En lo que respecta a las buenas obras —el segundo deber evangélico del que se glorían—
también tenemos algo que decir. Todos reconocemos la necesidad de estas buenas obras para la salvación, según las oportunidades y capacidades de los hombres, y la gloria de nuestra profesión en este mundo consiste en que abundemos en ellas. Pero la Escritura declara y limita su principio, su naturaleza, sus motivos, su uso, sus fines. Ellos hacen que se distingan de lo que puede parecer materialmente lo mismo que las que realizan los incrédulos. En resumen: son los hechos y deberes de los creyentes  únicamente y, en ellos, son el resultado de la gracia divina, o la operación del Espíritu Santo. Son “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviesen en ellas”. Pero el principal misterio de su gloria, sobre el cual la Escritura insiste, es que aún siendo necesarias como medio para la salvación de los creyentes, no quedan completamente excluidas de toda influencia para la justificación de los pecadores; por tanto, jamás hubo obra evangélicamente buena realizada por alguien que no fuera, antes, gratuitamente justificado.

De estas buenas obras, aquellos de quienes tratamos hacen vehemente reclamación, como si fueran los únicos patronos y abogados de ellas. Pero también las han excluido de la religión cristiana y han levantado una imagen deformada de ellas, en desafio a Dios, a Cristo, y al evangelio. Las obras por las que abogan son unas que, en tal medida, proceden de su libre albedrío y son hechas meritorias ante los ojos de Dios. Las han limitado en parte a actos de devoción supersticiosa, en parte a los de caridad y, principalmente, a los que no lo son de este modo, como la construcción de monasterios, conventos, y otras pretendidas casas religiosas para el mantenimiento de enjambres
de monjes y frailes, llenando el mundo de superstición y corrupción. Decimos que las hacen meritorias y satisfactorias, porque algunas de ellas, que califican de supererogación por encima de todo lo que Dios requiere de nosotros, y de las causas de nuestra justificación delante de Dios. Les atribuyen un merecimiento de la recompensa celestial, haciéndolas de obras y, por tanto, no de gracia, junto con muchas otras imaginaciones contaminantes. Pero cualquier cosa que se haga a partir de estos principios, y con estos fines, es completamente ajeno a aquellas buenas obras que el evangelio recoge como parte de nuestra obediencia nueva o evangélica. Pero, así como en otros casos, han perdido todo sentido y experiencia del poder y la eficacia de la gracia de Cristo que operan en los creyentes para este deber de obediencia, para la gloria de Dios y para beneficio de la humanidad, han levantado la imagen de ellos en desafio a Cristo, su gracia, y su evangelio.

Estas son algunas de las abominaciones que se encuentran retratadas sobre los muros
de la Cámara pintada de imágenes de la Iglesia de Roma. Y se añadirán más en la consideración de la propia imagen del celo que, Dios mediante, seguirá en otra ocasión. Estas son las sombras a que se entregan, ante la pérdida de la luz espiritual para discernir la verdad y gloria del misterio del evangelio, y la carencia de una experiencia de su poder y eficacia, para todos los fines de la vida de Dios en sus propias mentes y almas. Y, aunque la letra de la Escritura las condena todas de forma expresa —y con esto es suficiente para guardar a las mentes de los verdaderos creyentes de admitirlas—, su afianzamiento contra todas las alegaciones, pretensiones, y fuerza para su cumplimiento, dependen de su experiencia del poder de cada verdad del evangelio con su fin propio, al comunicarnos la gracia de Dios y transformar nuestras mentes a imagen y semejanza de Jesucristo.

FIN

John Owen. Extraído de N. R

Antídoto contra El papado [13]

Aun mencionaré otros ejemplos de la misma abominación, pero con más brevedad. Tendremos que pasar otros por alto en estos momentos y dejarlos sin descubrir. El conocido método de la fe y la obediencia del evangelio —manera en que Dios trata a los creyentes en el pacto de gracia— es que, después de su iniciación e implantación en Cristo, deben trabajar por prosperar y crecer en la gracia, por su continuo ejercicio, hasta llegar a ser fortalecidos y confirmados en ella. Y esto, en la manera normal en que Dios trata a su iglesia, nunca les faltará, a menos que sea por su propia negligencia. Porque hay muchas promesas divinas con este propósito, y esto reside en la naturaleza de las propias cosas. Las simientes de la gracia son de aquel tipo de constitución  que se incrementa y se fortalece por el ejercicio. Por tanto, esta confirmación en la gracia es la de la que los creyentes tienen una bendita experiencia. Esta verdad, en general, de una  implantación en Cristo y la subsiguiente confirmación en la gracia, se admite universalmente. Nadie puede negarla sin rechazar toda la doctrina del evangelio. Pero su sentido y experiencia se perdieron entre aquellos de quienes estamos tratando. Sin embargo, no renunciarán a la profesión del propio principio, que los habría proclamado apóstatas de la gracia de Cristo. Por tanto, formaron una imagen de ella, o de sus distintas partes, para poder dirigirlas hacia sus propios fines, y hacer que las mentes carnales de los hombres estuviesen dispuestas a obedecer y a descansar en ellas. Así como en el otro sacramento convirtieron los signos externos en las cosas señaladas, en este del bautismo lo colocan en el lugar de la propia cosa; esto lo convierte, si no en un ídolo, al menos en una imagen suya. La participación externa de esta ordenanza es, para ellos, la regeneración e implantación en Cristo, sin consideración de la gracia interna que ella significa. De este modo, lo que en sí mismo es una representación sagrada, se convierte en una imagen para engañar a las almas de los hombres.

Y lo que impondrían en el lugar de la confirmación espiritual en la gracia es aún más extraño. La imagen que levantaron de esto es la imposición episcopal de manos. Cuando alguien bautizado es capaz de responder a unas pocas preguntas de un catecismo, por muy ignorante y manifiestamente vicioso que sea en su conversación, esta imposición de manos le confirma en la gracia.

Puede que algunos digan que, en cierto modo, este tipo de cosas no tienen mayor importancia. Confieso que yo no pienso así. Aunque hubiera en ella cualquier cosa menos mera formalidad y costumbre —aunque se confiara en ellas como las cosas de las que llevan el nombre— son perniciosas a las almas de los hombres. Porque, si todos los que se han bautizado externamente sobre esta base se juzgaran implantados en Cristo, sin considerar el lavamiento interno de regeneración y renovación del Espíritu Santo, y si hubiéramos de suponer que todos los que han tenido esta imposición de manos sin más, estuvieran confirmados en la gracia, la verdad es que están en el camino correcto que lleva a la ruina eterna.

Todos los cristianos admiten que nuestras ayudas, nuestro socorro, nuestra liberación del pecado, de Satanás y del mundo vienen únicamente de Cristo.

Esto se incluye en todas sus relaciones con la iglesia —en todos sus oficios y en el desempeño de estos—, y es la expresa doctrina del evangelio. Por lo general no resulta menos reconocido —al menos, la Escritura no es menos clara y positiva en ello— que recibimos y derivamos todas nuestras provisiones de socorro de Cristo por la fe. Otras maneras de participación de cualquier cosa suya no conoce la Escritura. Por tanto, es nuestro deber, en todas las ocasiones, encomendarnos a él por la fe, para toda provisión, socorro y liberación. Pero estos hombres no pueden hallar vida ni poder en esto. Aún admitiendo que se pudiera hacer algo en este sentido, no saben como hacerlo, siendo ignorantes de la vida de la fe y de su ejercicio debido. Deben tener una manera más disponible y sencilla, asequible a las capacidades de toda clase de personas, buenas o malas. En efecto: ella servirá a los peores de los hombres para estos fines. Una imagen, por tanto, debe levantarse para uso común, en el lugar de esta encomienda espiritual a Cristo para obtener socorro.: hacer el signo de la cruz. Que un hombre no haga más que el signo de la cruz en su frente, su pecho, o algo parecido —que puede hacer tan fácilmente como recoger o soltar una paja— y no se requiere nada más para involucrar a Cristo en su asistencia, en cualquier momento. Y las virtudes que atribuyen a esto son innumerables. Pero esto también es un ídolo, un maestro de mentiras, no inventado ni levantado para otro fin que satisfacer las mentes carnales de los hombres con una suposición presuntuosa, ante la negligencia del ejercicio de la fe, espiritualmente laborioso. Una experiencia de la obra de la fe, en la derivación de toda provisión de vida, gracia, y fuerza espiritual, con liberación y provisiones, de Jesucristo, guardará a los creyentes de prestar atención a este trivial engaño.

Podemos mencionar una cosa más del mismo tipo, entre otras muchas. Es una noción de verdad que se deriva de la luz de la naturaleza: Los que se acercan a Dios en adoración divina, deberían tener cuidado de ser puros y limpios, sin contaminaciones ofensivas.
De esto, los propios paganos dan testimonio, y Dios lo confirma en las instituciones de la ley. ¿Pero cuáles son estas contaminaciones y poluciones que nos hacen inapropiados para acercarnos a la presencia de Dios? ¿Cómo y por qué medios podemos ser purificados y limpiados de ellas? El evangelio es el único que lo declara. En oposición a todas las demás formas y maneras de hacerlo, revela claramente que solo podemos servir al Dios vivo por la sangre de Cristo rociada sobre nuestras conciencias, para limpiarlas de obras muertas. Véase Hebreos 9:14; 10:19-22. Pero esto es una cosa misteriosa: nada excepto la luz espiritual y la fe salvífica pueden dirigirnos aquí. Los hombres, destituidos de ellas, nunca pudieron alcanzar una experiencia de purificación en este sentido. Por tanto, retuvieron la propia noción de verdad, pero hicieron una imagen suya para su uso, desatendiendo la propia cosa. Y fue lo más ridículo que podían imaginar: rociarse a sí mismos y a otros con lo que llaman agua bendita cuando entran en los lugares de culto sagrado, algo que además tomaron de los paganos. ¡Tan estúpidas y embrutecidas son las mentes de los hombres, tan oscuras e ignorantes de las cosas celestiales, que han dejado que sus almas sean engañadas y arruinadas por semejantes vanas y supersticiosas trivialidades!

Este discurso ha alcanzado ya una extensión mayor de lo que, en un principio, se pretendía. Y muchísimo más lo haría si nos adentráramos en todas las partes de esta Cámara pintada de imágenes y expusieramos todas las abominaciones que hay ella. Acabaré, por tanto, con uno o dos detalles en los que la Iglesia de Roma se gloría de retener la verdad y el poder del evangelio de modo particular, cuando, en realidad, los han destruido y levantado imágenes corruptas, de su propiedad, en su lugar.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R