365 días con George Whitefield

Algunos datos sobre George Whitefield son casi increíbles. ¿En verdad predicó a audiencias atentas de hasta ochenta mil personas al aire libre en una época sin micrófonos? ¿Es cierto que su cuerpo resistió predicar hasta sesenta horas semanales por varios meses a lo largo de su ministerio?

La realidad es que Whitefield fue un hombre usado por Dios de manera única en la historia. El teólogo John Wesley, líder del movimiento metodista, expresó en el funeral de este evangelista:

“¿Hemos leído u oído hablar de alguna persona desde los apóstoles, que haya testificado el evangelio de la gracia de Dios a través de un espacio tan ampliamente extendido, a través de una parte tan grande del mundo habitable? ¿Hemos leído o escuchado de cualquier persona que haya llamado a tantos miles, tantas miríadas de pecadores al arrepentimiento?… ¿Hemos leído o escuchado a cualquiera que haya sido un instrumento bendito en Su mano para traer tantos pecadores de tinieblas a luz, y del poder de Satanás a Dios [como Whitefield]?”.

Predicadores como Martyn Lloyd-Jones, Charles Spurgeon, y J. C. Ryle, —entre otros muy usados por el Señor— han dicho palabras similares sobre Whitefield. Diversos historiadores están de acuerdo con ellas.

¿Quién era este evangelista, qué lo movía, y qué podemos aprender de él?

Renacido para predicar a Cristo

George Whitefield nació el 16 de diciembre de 1714 en Gloucester, Inglaterra. Fue el hijo menor de su familia. Cuando era joven estuvo involucrado en pleitos, mentiras, y robos. El teatro fue su mayor interés en aquel entonces. Tenía un talento indiscutible para la actuación y la oratoria, que luego emplearía en su predicación. El actor David Garrick diría años más tarde: “Daría 100 guineas si tan solo pudiera decir ‘¡Oh!’ como el señor Whitefield”.

A los 18 años, Whitefield entró en Pembroke College, en la Universidad de Oxford, trabajando como conserje. Atendía a estudiantes más adinerados para así poder costear sus estudios. Allí conoció a los hermanos Charles y John Wesley, y se unió a un grupo de estudiantes llamado El Club Santo de Oxford. La meta de los integrantes del grupo era vivir en correcta moralidad religiosa a través de extensos ayunos, oraciones, lectura de la Biblia, etc. Sin embargo, ninguno de sus miembros era un creyente genuino en aquella época.

Whitefield esforzó tanto su cuerpo ayunando y soportando dolores mientras buscaba ser aceptado por Dios, que esto le ocasionó una profunda debilidad física por el resto de su vida. En medio de su esfuerzo agonizante, leyó un libro que le dio su amigo Charles Wesley, “La vida de Dios en el alma del hombre”. Este clásico de la literatura cristiana, escrito por Henry Scougal, habla sobre los primeros versos del capítulo ocho de Romanos. El Señor usó ese libro para que Whitefield entendiera la necesidad del nuevo nacimiento. A los 21 años, George escribió:

“¡Dios me mostró que debo nacer de nuevo o estar condenado! Aprendí que un hombre puede ir a la iglesia, decir oraciones, recibir los sacramentos, y aún así no ser un cristiano… ¡Señor, si no soy un cristiano… muéstrame lo que es el cristianismo, para que yo no sea condenado al final!”.

Whitefield se vio en una intensa lucha dentro de sí al ser confrontado con su incapacidad de salvarse a sí mismo y el significado del evangelio. La tormenta duró hasta el día en que escribió en su diario, estando aún en Oxford,

“Dios se complació en quitar la pesada carga, para permitirme aferrarme a su querido Hijo por una fe viva, y al darme el Espíritu de adopción, para sellarme, hasta el día de la redención eterna. ¡Oh! Con qué alegría, gozo inefable, hasta el gozo lleno y grande de gloria, mi alma se llenó cuando el peso del pecado se apagó, y una sensación permanente del amor de Dios entró en mi alma desconsolada. Seguramente fue un día para ser tenido en eterno recuerdo”.

Desde entonces, Whitefield tuvo el deseo de profundizar en la Palabra y predicarla. La doctrina del nuevo nacimiento fue clave en toda su predicación. Su testimonio nos recuerda que no podemos nacer de nuevo y salvarnos por nuestros esfuerzos. Dependemos por completo de la gracia de Dios.

Predicación sin descanso

Los hermanos Wesley, aún inconversos, partieron de Oxford a la colonia americana de Georgia y dejaron a Whitefield como líder del Club Santo. Allí George predicó el evangelio y organizó reuniones de estudio bíblico. Los miembros de este grupo de estudiantes llegaron a ser etiquetados como Metodistas, debido a su estricta disciplina de profundizar en la Palabra.

Luego de su graduación, George fue ordenado como diácono y poco después como pastor. Empezó a predicar el evangelio en distintas iglesias y cada vez más personas se acercaban a donde él estuviese para escucharlo. En una época donde la predicación del evangelio había estado oscurecida en incontables púlpitos, Whitefield fue como un relámpago dondequiera que fuera.

Impulsado por su amigo Howell Harris, Whitefield comenzó a predicar al aire libre a multitudes. Esta fue una de las decisiones más importantes en la vida del predicador, en vista de que algunas iglesias cerraron sus puertas a él. Tal acción del evangelista fue controversial y vista por muchas personas como fanatismo. Su predicación fue confrontante, exponiendo el evangelio, señalando que muchos ministros en la iglesia de sus días no habían nacido de nuevo en realidad, y causando extremo fervor sobre su audiencia de miles y miles.

Cuando llegó a Norteamérica en 1738 a petición de los Wesley, ellos habían regresado a Europa. Allí asumieron el liderazgo del nuevo movimiento conocido como Metodismo. Whitefield aprovechó su viaje a América para predicar a Cristo. Muchedumbres le seguían a todas partes, pueblos enteros fueron trastornados por su predicación. Ese fue el primero de siete viajes que realizó a Norteamérica, entre 1738 y 1770.

Así Whitefield fue instrumento de avivamiento tanto en Europa como al otro lado del Atlántico. “El mundo entero es ahora mi parroquia”, dijo en 1739 y otra vez 30 años después, cerca de su muerte. “A donde sea que mi Maestro me llame, estoy listo para ir y predicar el evangelio eterno”.

Durante su ministerio soportó fuerte adversidad por parte de muchas personas. Incluso por algún tiempo fue vilipendiado por John Wesley, quien se opuso con denuedo al calvinismo enseñado por Whitefield. Más adelante, ambos volvieron a llegar a términos amistosos, aunque tomando caminos separados. A pesar de su popularidad, George fue perseguido en varios lugares a los que iba a predicar. “Somos inmortales hasta que nuestro trabajo en la tierra esté hecho”, dijo, reconociendo la soberanía de Dios luego de sobrevivir a uno de varios intentos de asesinato. Este hombre era imparable en su ambición de anunciar a Cristo.

Se estima que Whitefield predicó a tal vez 10 millones de oyentes durante su ministerio. La historia testifica del poder en sus sermones y el avivamiento polémico que se desató en su predicación, con multitudes llorando a gritos al ser encaradas con los sufrimientos de Cristo y la gracia de Dios, y siendo transformadas por la Palabra. William Cowper, poeta y escritor de himnos, llegó a decir que en Whitefield “los tiempos apostólicos parecen haber regresado a nosotros”.

Whitefield fue conocido por predicar desde el corazón, con una convicción incontenible. Lloraba a menudo por los pecadores en sus sermones y usaba toda su capacidad oratoria en la exposición de la Palabra. Su pasión era conducir a la gente a mirar a Cristo y aferrarse a Él.

Aunque plantó tres iglesias y fundó un orfanato, la proclamación de la Palabra como evangelista itinerante fue el centro de su ministerio; fue lo que consumió su vida en una época en la que no era fácil viajar largas distancias. Su titánico ritmo de predicación tuvo terribles efectos sobre su cuerpo, acortando sus días.

El 29 de septiembre de 1770, cuando George se preparaba para predicar al aire libre en el pueblo de Exeter, en los Estados Unidos, alguien le dijo: “Señor, usted está más apto para ir a la cama que para predicar”. “Eso es verdad”, respondió Whitefield. Entonces oró: “Señor Jesús, estoy cansado en tu obra, pero no de tu obra. Si no he terminado mi curso todavía, déjame ir una vez más y hablar por ti en los campos, sellar tu verdad, y venir a casa y morir”.

Cuando Whitefield subió al púlpito luego de esa oración, se hizo un silencio en la multitud mientras él se encontraba muy débil para hablar. “Esperaré por la asistencia de gracia del Señor”, dijo luego de varios minutos. Y entonces predicó sobre 2 Corintios 13:5, tal vez su sermón más célebre. A la mañana siguiente, Whitefield partió a la presencia del Salvador que lo llamó a predicar su Palabra.

Las doctrinas de la gracia nos impulsan a evangelizar

Así como Whitefield nos confronta a buscar vivir en más integridad, también nos reta a evangelizar más si hemos creído las doctrinas de la gracia. Estas enseñanzas permeaban su predicación, con la convicción de que eran bíblicas y preciosas.

“Yo abrazo el esquema calvinista, no por Calvino, sino porque Jesucristo me lo ha enseñado”, expresó. A su amigo, James Harvey, le escribió en una carta: “Déjame aconsejarte, querido señor Harvey, dejando todo prejuicio a un lado, que leas y ores sobre las epístolas de Pablo a los Romanos y Gálatas, y entonces déjale decirme qué piensa de esta doctrina”. También afirmó:

“Las doctrinas de nuestra elección y justificación gratuita en Cristo Jesús se imprimen cada día más y más en mi corazón. Ellas llenan mi alma con un fuego santo y me brindan una gran confianza en Dios mi Salvador. Espero que el fuego se contagie entre cada uno de nosotros… Nada más que la doctrina de la Reforma puede hacer esto”.

Las doctrinas de la gracia llenaban de gozo a Whitefield. Él no las veía como simple información para el entretenimiento intelectual, sino como combustible para su ambición de alcanzar a los perdidos para Cristo y adorar al Señor. En una carta sobre predicación a su amigo a Howell Harris, dijo:

“Coloca en sus mentes la libertad y la eternidad del amor elector de Dios, y anímalos a apoderarse de la perfecta justicia de Jesucristo por la fe. Habla con ellos, oh habla con ellos hasta la medianoche, de las riquezas de Su gracia . Diles, oh diles, lo que Él ha hecho por sus almas, y cuán fervientemente Él está ahora intercediendo por ellos en el cielo … ¡Presiona sobre ellos para [llamarlos a] creer inmediatamente! Dispersa oraciones con tus exhortaciones, y por tanto llama al fuego del cielo, incluso el fuego del Espíritu Santo [para que descienda]… Habla en todo momento, mi querido hermano, como si fuera el último. Llora, si es posible, cada argumento y, por así decirlo, obliga a gritar: ‘¡Mira cómo nos ama [Dios]!’”.

La soberanía de Dios en la salvación debe conducirnos a decir con Pablo, “todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna” (2 Tim 2:10). Whitefield entendió eso. Su ejemplo es relevante para quienes estamos en el despertar a las doctrinas de la gracia que vemos hoy en la iglesia de habla hispana.

Los calvinistas deberíamos ser los más fervientes evangelistas, caracterizados por humildad y amor. Si nuestro Dios es el mismo que rescató a George Whitefield, y creemos las mismas verdades que él, ¿cómo podemos justificar a menudo tanto orgullo en nosotros, y tan poca pasión para compartir el evangelio con otras personas? Esta pregunta retumba en mi mente cuando veo a este hombre.

Whitefield fue un personaje único en la historia que Dios está escribiendo en y con la Iglesia, pero la Biblia sí nos dice a cada creyente que somos “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquél que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable” (1 Pedro 2:9). Por tanto, cobremos ánimo al mirar el ejemplo de este gran evangelista. Busquemos anunciar más el evangelio en medio de las diversas vocaciones que el Señor nos ha dado.

Te ofrecemos los 7 primeros días del mes de Enero:

1 ENERO

El hombre natural

«Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden». Romanos 8:7

Caminar con Dios significa que su bendito Espíritu quita el poder de la enemistad que prevalece en el corazón de una persona. Quizá a algunos les resulte difícil escuchar tal cosa, pero nuestra experiencia diaria demuestra, tal como las Escrituras afirman en tantos pasajes, que la mente carnal, la mente del hombre natural inconverso, y aun la mente del regenerado, en la medida en que cualquier parte suya siga sin renovar, es enemistad, no solo un enemigo, sino «enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden». Ciertamente, uno puede sorprenderse ante el hecho de que una criatura, especialmente una criatura maravillosa como el ser humano, creada a imagen y semejanza de su Creador, pudiera tener algún tipo de enemistad, y mucho menos una enemistad continuada, contra el mismísimo Dios en quien vive, se mueve y tiene su ser. Pero, por desgracia, así es. Nuestros primeros padres la contrajeron cuando cayeron de Dios al comer del fruto prohibido […] y esta misma enemistad gobierna y prevalece en todo hombre engendrado naturalmente del linaje de Adán […]. Quien no es capaz de aprehender esto sigue viviendo en la ignorancia, en términos de salvación, de las Sagradas Escrituras y el poder de Dios. Y todos los que lo sepan, reconocerán de buen grado que, para que una persona pueda caminar con Dios, es preciso destruir el poder de esta enemistad que prevalece en el corazón, puesto que quienes albergan una enemistad y una hostilidad recíproca no caminan juntos ni mantienen relación entre sí […]. Queda destruida en toda alma verdaderamente nacida de Dios y se va debilitando gradualmente a medida que el creyente crece en gracia y el Espíritu de Dios adquiere un dominio cada vez mayor sobre el corazón.

2 ENERO

Orad por nosotros

«Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros». 2 Tesalonicenses 3:1

Debemos orar por aquellos a los que el Espíritu Santo ha encomendado nuestro cuidado. Esto es lo que S. Pablo ruega una y otra vez a las iglesias a las que escribe […]. Sin duda, si el gran S. Pablo, ese vaso escogido, ese predilecto del Cielo, necesitaba las más importunas oraciones de sus conversos cristianos, mucho más habrán de necesitar los ministros comunes del evangelio la intercesión de sus respectivos rebaños […]. Son muchos los que a menudo se privan de un gran bien por su falta de oración por sus ministros, un bien que habrían disfrutado si hubiesen orado por ellos como debieran. Eso por no hablar de la extendida queja por la falta de pastores fieles y diligentes. Pero, ¿cómo habrán de merecer buenos pastores quienes no oran fervientemente a Dios por ellos? Si no oramos al Señor por la cosecha, ¿acaso podremos esperar que envíe a segadores para recolectarla? ¡Qué ingrato es, además, no orar por nuestros ministros! Porque, ¿habrán de velar y obrar en la Palabra y la doctrina por nosotros y por nuestra salvación y no habremos de orar nosotros por ellos a cambio? […] A esto debemos añadirle que orar por nuestros ministros será una prueba tangible de nuestra creencia en que, si bien Pablo planta y Apolos riega, es únicamente Dios quien da el crecimiento. Y también comprobaremos que es el mejor medio que podemos emplear para la mejora de nuestro propio bienestar; porque Dios, en respuesta a nuestras oraciones, quizá les imparta una doble medida de su Espíritu Santo, lo que a su vez les permitirá multiplicar la medida del conocimiento de las cosas espirituales que pueden ofrecernos y usar más eficazmente la palabra de verdad.

3 ENERO

Salmo 46

«Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones». Salmo 46:1

Había una tradición entre los antiguos judíos de que el maná que caía del cielo, a pesar de ser como una pequeña semilla de cilantro, satisfacía todos los paladares, y era como leche para los niños y alimento sólido para los adultos. Con independencia de que esta suposición sea verídica o no, es una observación que mantiene una gran validez con respecto a las afirmaciones de David; si tenemos ojos para ver y oídos para oír, si Dios se ha complacido en retirar el velo de nuestros corazones, tendremos la feliz experiencia de que el libro de Salmos, sin que importen nuestras circunstancias, nos sirva de arsenal espiritual, del que extraer armas espirituales en la batalla más encarnizada, especialmente aquellos que atraviesan tribulaciones, cuando la mano del Señor parece oponerse a ellos. Cuando la incredulidad les impulsa a exclamar: «¡Tengo todo en mi contra!». Si tenemos la presencia de ánimo de acudir al libro de Salmos, podremos encontrar algo que se ajuste a nuestra situación, una palabra de estímulo en la lucha contra nuestro enemigo espiritual. Esto es especialmente aplicable al Salmo 46 […]. No se sabe en qué momento o por qué motivo lo escribió David. Es probable que estuviera atravesando alguna difícil aflicción que lo llevara a expresarse con semejante elocuencia; o que fuera cuando la aflicción hubo pasado, cuando su corazón rebosaba de gratitud y de amor, y esa profunda conciencia de ello le diera a su pluma la precisión de un escribiente muy ligero. Era uno de los salmos favoritos de Lutero. Y cuandoquiera que Philip Melanchthon o cualquier otro de sus amigos le traía noticias tristes, solía decir: «Vamos, cantemos el Salmo 46» y, tras haberlo cantado, su corazón estaba en paz.

4 ENERO

Agradecimiento debido

«El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios». Salmo 50:23

Cuando Dios puso al primer hombre en el paraíso, es indudable que este rebosaba de tal conciencia de las riquezas del amor divino que dedicaba continuamente su aliento vital, que el Todopoderoso le acababa de infundir, a bendecir y exaltar a ese infinitamente generoso y misericordioso Dios en quien vivía, se movía y tenía su ser. Y la mejor idea que podemos formarnos de la jerarquía angélica de lo alto, así como de los espíritus de los justos que acaban de ser perfeccionados, es que rodean continuamente el trono de Dios y claman incesantemente, noche y día: «El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza» (Apocalipsis 5:12). Aquello que era la perfección del hombre en el comienzo de los tiempos, y que será su dedicación cuando la muerte haya quedado derrotada y el tiempo ya no exista, es indiscutiblemente parte de nuestra perfección, y debiera ser nuestra práctica habitual en este mundo. No dudo que esos benditos espíritus, enviados a ministrar a quienes serán herederos de la salvación, se admiran con frecuencia al acampar a nuestro alrededor y ver nuestros corazones tan escasamente henchidos, y nuestros labios tan infrecuentemente abiertos, para manifestar el bondadoso amor del Señor o cantar sus alabanzas.

5 ENERO

Nuestra primogenitura

«Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él». Efesios 1:17

Dios es amor. Si nuestras propias voluntades o el mundo pudieran hacernos felices, jamás habría enviado a Jesucristo, su Hijo amado, para que muriese y resucitase, y de tal forma liberarnos del dominio de ellos. Pero, debido a que solo pueden atormentarnos y son incapaces de satisfacernos, Dios nos pide que renunciemos a ellos. Si alguien hubiese persuadido al profano Esaú de que no perdiera tan glorioso privilegio, tan solo por satisfacer la inclinación corrupta del momento, cuando le vio a punto de vender su primogenitura por un pequeño plato de lentejas, ¿no cabría pensar que tal persona habría sido amiga de Esaú? Y esa es la situación entre Dios y nosotros. Por medio de la muerte y resurrección de Jesucristo, somos recién nacidos con una herencia celestial junto con todos los santificados; sin embargo, nuestras voluntades corruptas nos tientan a vender tal gloriosa primogenitura a cambio de las vanidades del mundo, que, tal como sucedía con las lentejas de Esaú, pueden satisfacernos durante un tiempo, pero pronto se agotarán. Dios lo sabe; nos pide que renunciemos a ellas un tiempo, en lugar de perder el glorioso privilegio de esa primogenitura a cambio de un breve disfrute, ya que, si conocemos el poder de la resurrección de Jesucristo, estamos acreditados a la primera. ¡Qué profundas son las riquezas y la excelencia del cristianismo! Bien podía estimar el gran S. Pablo todas las cosas como pérdida y basura por la excelencia de su conocimiento. ¡Bien podemos desear conocer tan ardientemente a Jesús y el poder de su resurrección! Porque aun en este lado de la eternidad nos eleva por encima del mundo y nos hace sentarnos en los lugares celestiales en Jesucristo.

6 ENERO

Los muertos resucitarán

«En los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. 2 Corintios 4:4

Existen más incrédulos en el seno de la iglesia que fuera de ella. Permítaseme repetirlo, puedes pensar en ello cuando yo esté arremetiendo contra el bramido de las olas4, hay más incrédulos en el seno de la iglesia que fuera de ella. No todo el que hace profesión de fe la posee, no todos poseen lo que se ha prometido, no todos participan de la promesa, ni los que hablan de Dios y lo bendicen tienen al Salvador prometido. Puede que yo lo tenga entre los labios y en la lengua, sin tener lo que se ha prometido o la bendita promesa en el corazón. Una persona moral e intachable en lo que a la ley respecta, una persona que se considera justa debido a que no sabe en qué se basa para ello, una persona que no tiene otra religión más que ir a un lugar de adoración, se valora a sí misma por pertenecer a la iglesia oficial o ser un independiente […]. Sin embargo, por mucho que se consideren a salvo, esas personas no tardarán en ir a un lugar, lo crean o no. Pronto se les convocará ante un tribunal, ante la voz de un arcángel que resuene diciendo: «Levantaos, muertos, y venid a juicio». Los muertos se levantarán y se presentarán ante el Hijo de Dios como Juez de toda la humanidad. Estos, al igual que los infieles, querrán que se les exima de ello, y tal como estos en tiempos dijeron: «Desearía que se me dispensara de presentarme ante Cristo», también querrán evitar presentarse ante él y sufrir su condena. Pero todos habrán de ir al mismo sitio y, dado que no conocen a Dios ni la vida divina, deberán oír y sufrir esta terrible sentencia: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (Mateo 25:41).

7 ENERO

Un cambio profundo

«El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía». Apocalipsis 22:11

Nuestro Señor lanzó terribles endechas contra los fariseos. Así también los ministros deben enfrentarse a todos los que no se sometan a la justicia de Jesucristo y advertirlos diciendo «ay de vosotros». Casi diría que este fue el último golpe que Jesús asestó a Pablo al convertirlo al cristianismo real; puesto que, tras haberlo golpeado como perseguidor de la religión verdadera, le hizo entrar en razón manifestando su persona y su papel de Salvador. «Yo soy Jesús», dijo nuestro Señor. De ahí que el apóstol escriba: «Aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Filipenses 3:8). No solo le oímos hablar como un blasfemo, sino también como un fariseo; y de nada nos servirá hablar de estar convertidos hasta que se nos haga entrar en razón y acudamos al Señor Jesucristo como pobres pecadores perdidos para ser lavados en su sangre y vestidos con su gloriosa justicia imputada. La consecuencia de esta imputación o aplicación de la justicia de nuestro Señor será una conversión del pecado a la santidad […]. Quienes están verdaderamente convertidos a Jesús y justificados por medio de la fe en el Hijo de Dios se ocuparán de dar muestras de su conversión, no solo por tener la gracia implantada en sus corazones, sino con esa gracia propagándose por todas las facultades del alma y obrando un cambio universal en todo el hombre.

Puedes solicitar tu ejemplar en el siguiente link:

http://www.solosanadoctrina.com/tienda/devocionales/977-365-dias-con-george-whitefield.html

Puedes ver más sobre este libro en nuestro canal de Youtube:

El Método de la Gracia

Blog25

Mis queridos amigos, debemos mantener un andar dócil, íntimo con el Señor Jesucristo.

Muchos de nosotros perdemos nuestra paz por nuestro andar indisciplinado; alguna cosa u otra se interpone entre Cristo y nosotros, y caemos en la oscuridad; una cosa u otra nos aparta de Dios y esto entristece al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo nos deja librados a nuestros propios recursos. Permítanme, pues, exhortarles a ustedes que tienen paz con Dios, que se cuiden de no perder esta paz. Es cierto que una vez que están en Cristo, no pueden apartarse permanentemente de Dios: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Pero aunque no pueden apartarse permanentemente, si pueden apartarse desastrosamente, y pueden vivir el resto de sus días con huesos rotos.

Cuídense de retroceder en nombre de Jesucristo, no entristezcan al Espíritu Santo porque puede ser que nunca en su vida recobren su bienestar. Oh, cuídense de no andar rodando por este mundo de Dios después de haber acudido a Jesucristo. Mis queridos amigos, yo he pagado caro mi infidelidad.

Nuestros corazones son tan malditamente impíos, que si no nos cuidamos, si no nos mantenemos continuamente en guardia, nuestro impío corazón nos engañará y desviará. Será triste ser objeto del azote de un Padre que corrige; recuerde los azotes de Job, David y otros santos en las Escrituras. Por lo tanto, permítanme exhortarles a ustedes que tienen paz, que anden cerca de Jesucristo, se diferencian tan poco de los demás que casi ni se reconocen como verdaderos cristianos. Son cristianos que tienen miedo de hablar por Dios se dejan llevar por la corriente; hablan del mundo como si estuvieran en su elemento; esto no lo hacen cuando recién descubren el amor de Cristo; entonces pueden hablar sin parar de la luz del Señor que brilló en su corazón.

 

George Whitefield (16 de diciembre de 1714 – 30 de septiembre de 1770)