La Fe que Salva y las Buenas Obras

PRIMERO, LO QUE SIGNIFICA CREER EN DIOS: Significa conocer a Dios en concordancia con la revelación de él mismo, que nos ha sido dada a través de Cristo en los Evangelios. Reconozco que aun los paganos mismos, saben de su poder eterno por las maravillas que han visto. Pero el pecador culpable no tiene ningún conocimiento salvador de Dios. En cambio, el que está en Cristo vive bajo esta premisa: “Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). Y sean las que fueren las brillantes ideas o especulaciones que pueda tener la gente acerca de Dios y de sus excelencias descubiertas en las obras de su creación y sus providencias, si esas nociones acerca de él no están basadas en la revelación del evangelio, no es fe auténtica. Y si
la revelación de Dios en Cristo no es revelada por el Espíritu de sabiduría, quitando el velo de ignorancia e incredulidad que hay en la mente por naturaleza, no puede haber un conocimiento de Dios que salva, satisface y santifica. Sin el fundamento de la Palabra, ninguna fe o creencia es auténtica. Sólo una iluminación verdadera de la mente con el conocimiento de Dios en Cristo reconciliando al mundo con sí mismo, puede producir una fe que salva. Y este conocimiento es tan esencial para tener fe o creer, que lo encontramos a menudo en las Escrituras, expresado con la palabra conocer: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn. 17:3).

Creer en Dios implica una aceptación firme y constante de la verdad y la veracidad de lo que Dios dice en su Palabra. Es creer y aceptar el testimonio de sí mismo. Esto es llamado “recibir la evidencia de Dios, reconocer definitivamente que Dios es auténtico, creer en la veracidad de lo que nos narra el evangelio”. Cuando el hombre escucha “la palabra verdadera del evangelio” (Col. 1:5), está listo para clamar con el Apóstol: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos” (1 Ti. 1:15). Esta palabra está establecida en los cielos; cielo y tierra pasarán, pero esta Palabra de Dios permanece para siempre…

Procederé ahora a examinar qué influencia tiene esta fe sobre las buenas obras:

La fe auténtica une al alma con Cristo, quien es la raíz misma y la fuente de toda santidad. “De mí [dice el Señor] será hallado tu fruto. El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”, esto es por fe. Es cierto que en nuestro estado natural podemos llevar muchos frutos que son moral y materialmente buenos, pero sin estar unidos a Cristo, no podemos hacer ninguna obra que sea espiritualmente buena y aceptable, porque como dice el Maestro: “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn. 15:4). Así como es imposible cosechar uvas de las espinas o higos de los cardos igual de imposible es que alguien lejos de Cristo realice obras espiritualmente buenas…

La fe obra por el amor, y el amor es el cumplimiento de la ley. Amar a Dios en Cristo es el próximo e inmediato fruto de la fe auténtica que salva. El corazón ungido con el amor de Dios en Cristo hace que el hombre abunde en buenas obras: “El amor de Cristo nos constriñe…”, dice el Apóstol (2 Co. 5:14). El amor causa que el hombre guarde los mandamientos de Dios. El amor impulsa al hombre a correr a través del fuego y el agua por él. “Las muchas aguas no podrán apagar el amor” (Cnt. 8:7). “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Ro. 8:35).

La fe aplica las promesas del Nuevo Pacto y de él obtiene gracia para obedecer los preceptos de la ley. La fe, por así decir, se desplaza entre el precepto y la promesa: Lleva al hombre del precepto a la promesa y de la promesa al precepto. Como por ejemplo cuando la ley dice “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dt. 6:5; Lc. 10:27), la fe pasa a la promesa, donde Dios dijo: “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios” (Dt. 30:6)… ¿Dice la ley: “y conocerás a Jehová”? (Os. 2:20). Pues bien, la fe confía en la promesa: “Y les daré corazón para que me conozcan” (Jer. 24:7). ¿Nos obliga la ley a guardar todos sus mandamientos? La fe recurre a la promesa y la aplica: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos” (Ez. 36:27).

La fe tiene influencia sobre las buenas obras cuando contempla la autoridad de Dios en Cristo interpuesta en cada mandamiento de la Ley. Los ojos de la razón, quizá vean, como hemos sugerido, la autoridad de Dios creador, que es tan evidente en el caso del pagano al contemplar los cielos; pero es únicamente con ojos de la fe que proviene del Señor, que podemos contemplar la autoridad de Dios en Cristo y recibir de sus manos la Ley… ¡Oh! Cuando Dios en Cristo es visto por fe, el alma no puede dejar de clamar: “Dios es mi rey desde tiempo antiguo; el que obra salvación en medio de la tierra, sus mandamientos no son gravosos porque su yugo es fácil y ligera su carga. Ya no lo veo más como un pacto de obras para mí, sino como una regla de obediencia, endulzada con amor y gracia redentora”. Así pues, vemos qué influencia tiene la fe sobre las buenas obras.

Tomado de “The Necessity and Profitableness of Good Works Asserted”en The Whole Works of the Late Rev. Ebenezer Erskine.

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Ebenezer Erskine (1680-1754): Predicador evangélico escocés, fundador principal de la Iglesia Separada de Escocia (formada con disidentes de la Iglesia de Escocia), padre de quince hijos, nacido en Dryburgh, Berwickshire, Escocia.

Arrepentimiento o Fe: ¿Cuál viene primero?

¿Cuál viene primero? ¿Fe o arrepentimiento? Es una pregunta innecesaria, e insistir que uno es anterior al otro es en vano. No existe una prioridad. La fe que es para salvación es una fe penitente y el arrepentimiento que es para vida es un arrepentimiento que cree… La interdependencia de fe y arrepentimiento puede notarse enseguida cuando recordamos que la fe es fe en Cristo para salvación de los pecados. Pero si se dirige la fe hacia la salvación del pecado, tiene que haber aborrecimiento por el pecado y el anhelo de ser salvo de él. Tal aborrecimiento del pecado involucra arrepentimiento, que esencialmente consiste en volvernos del pecado hacia Dios. Lo recalco, si recordamos que el arrepentimiento es volvernos del pecado hacia Dios, el volvernos hacia Dios implica fe en la misericordia de Dios tal como fue revelada en Cristo. Es imposible desenredar la fe del arrepentimiento. La fe salvadora está saturada de arrepentimiento y el arrepentimiento está saturado de fe. La regeneración se expresa conforme practicamos la fe y el arrepentimiento.

El arrepentimiento consiste esencialmente de un cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad. El cambio en el corazón, en la mente y en la voluntad se refiere principalmente a cuatro cosas. Es un cambio en la mente respecto a Dios, respecto a nosotros mismos, respecto al pecado y respecto a la justicia. Sin la regeneración, nuestro pensamiento acerca de Dios, de nosotros mismos, del pecado y de la justicia se encuentra radicalmente pervertido. La regeneración cambia nuestro corazón y nuestra mente. Los renueva radicalmente. Por lo tanto, sucede un cambio radical en nuestros
pensamientos y sentimientos. Las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas. Es muy importante observar que la fe que es para salvación es una fe que va acompañada por el cambio en los pensamientos y en las actitudes. Con demasiada frecuencia en los círculos evangélicos, particularmente en la evangelización popular, lo trascendental del cambio que la fe simboliza no es comprendido ni apreciado. Existen dos errores. Uno es poner la fe fuera del contexto que le da significado. El otro es pensar en la fe en términos de una simple decisión y una, por cierto, bastante barata. Estos errores se relacionan íntimamente y se condicionan mutuamente. El énfasis sobre el arrepentimiento y sobre el cambio profundo de pensamiento y sentimientos que esto involucra es precisamente lo que se necesita para corregir este concepto de la fe, que empobrece y destruye el alma. La naturaleza del arrepentimiento sirve para acentuar la urgencia de las cuestiones en juego en la demanda del evangelio, el apartarse del pecado que la aceptación del
evangelio significa, y la totalmente nueva manera de ver las cosas que la fe del evangelio imparte.

No hemos de pensar en el arrepentimiento como algo que consiste meramente de un cambio general en la manera de pensar. Es muy particular y concreto. Y como es un cambio en la manera de pensar con respecto al pecado, es un cambio en la manera de pensar con respecto a pecados en particular, pecados en toda la particularidad e individualidad que tienen nuestros pecados. Nos es muy fácil hablar del pecado, de censurarlos, y censurar los pecados particulares de otros, y a la vez no estar arrepentidos de nuestros propios pecados en particular. La prueba del
arrepentimiento es la autenticidad y firmeza de nuestro arrepentimiento con respecto a nuestros propios pecados, pecados caracterizados por lo peculiarmente insoportable que nos resultan ser. El arrepentimiento, en el caso de los tesalonicenses, se manifestó en el hecho de que se apartaron de los ídolos para servir al Dios viviente. Era su idolatría lo que caracterizaba la evidencia de su enemistad con Dios, y era el arrepentimiento de esta enemistad la prueba de la autenticidad de su fe y esperanza (1 Tes. 1:9-10).

Continuará …

De Redemption: Accomplished and Applied.

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John Murray (1898-1975): Teólogo reformado, autor de Principles of Conduct (Principios de conducta) y muchos otros, nacido en Badbea, Sutherland County, Escocia.

Sara dio a luz por Fe 2

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. ¡Aquí está el secreto de toda la cuestión! Aquí estaba la base de la confianza de Sara, el fundamento de su fe. No miraba las promesas de Dios a través de la bruma de obstáculos que se interponían, sino que veía las dificultades y los problemas a través de la clara luz de las promesas de Dios. El acto que aquí se adjudica a Sara es que “creyó” o consideró, acreditó y estimó, que Dios era fiel. Estaba segura de que él cumpliría su palabra sobre la cual cifraba su esperanza. Dios había hablado, Sara había escuchado. A pesar de que todo parecía indicar que era imposible que la promesa se cumpliera en su caso, ella creyó firmemente. Lutero bien dijo: “Si va a confiar usted en Dios, tiene que aprender a crucificar la pregunta ‘¿Cómo?’. “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1 Ts. 5:24): Esto es suficiente para que crea el corazón; la fe le dejará confiadamente al Omnisciente que él determine cómo cumplirá la promesa.

“Porque creyó que era fiel quien lo había prometido”. Notemos con cuidado que la fe de Sara sobrepasaba la promesa. Mientras que ella pensaba en el objeto prometido, le parecía totalmente increíble, pero cuando dejaba de pensar en todas las causas secundarias y pensaba en Dios mismo, las dificultades ya no la perturbaban: Su corazón estaba seguro en Dios. Sabía que podía depender de él: Él es “fiel”: ¡capaz, dispuesto y seguro de cumplir su Palabra! Sara elevaba su mirada a la promesa del Prometedor y, cuando lo hacía, toda duda desaparecía. Confiaba plenamente en la inmutabilidad de Aquel que no puede mentir, sabiendo que cuando se incluye la veracidad divina, la omnipotencia cumple. Es por las meditaciones creyendo en el carácter de Dios que la fe se alimenta y refuerza para esperar la bendición, a pesar de todas las dificultades aparentes y las supuestas imposibilidades. Es la contemplación en las perfecciones de Dios lo que hace que la fe triunfe. Como esto es de tanta importancia vital y práctica, ediquemos otro párrafo a profundizar el tema.

Fijar nuestra mente en las cosas prometidas, tener la expectativa segura de disfrutarlas, sin confiar primero en la veracidad, inmutabilidad y omnipotencia de Dios, no es más que engañarnos a nosotros mismos. Como bien dijo John Owen:

“El objeto formal de la fe en las promesas divinas, no es enfocar en primer lugar a las cosas prometidas, sino a Dios mismo en su excelencia esencial de veracidad o fidelidad y poder”.

No obstante, las perfecciones divinas en sí, no obran la fe en nosotros, sino que según el corazón reflexione con fe en los atributos divinos es que “juzgaremos” o llegaremos a la conclusión de que es fiel el que prometió. Es el hombre cuya mente permanece en Dios mismo el que es guardado en “perfecta paz” (Is. 26:3). Es decir, el que reflexiona con
gozo en quién y qué es Dios, el que será guardado de dudar y flaquear mientras espera el cumplimiento de la promesa. Tal como fue con Sara es con nosotros, cada promesa de Dios contiene tácitamente esta consideración:
“¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” (Gn. 18:14)…

Dejemos que nuestro pensamiento final sea sobre la rica recompensa de Dios a Sara por su fe. La palabra: “porque” con que comienza el versículo 12, destaca la consecuente bendición de que ella haya confiado en la fidelidad de Dios en vista de las peores imposibilidades naturales. De su fe nació Isaac y, de él, en última instancia, Cristo mismo. Y esto está consignado para nuestra instrucción. ¿Quién puede estimar los frutos de la fe? ¡Quién puede calcular cuántas vidas se verán afectadas para bien, aun en generaciones todavía por venir, gracias a la fe de usted y la mía hoy! Oh, cuánto debiera este pensamiento conmovernos para clamar con más intensidad: “Señor, aumenta nuestra fe” para
alabanza de la gloria de su gracia. Amén.

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Sara dio a luz por Fe 1

Fue “por la fe” que Sara “recibió fuerza” y fue también por la fe que después “dio a luz” a un hijo. Lo que aquí se sugiere es la constancia y perseverancia de su fe. No hubo aborto, ni natural ni provocado; ella confió en Dios hasta el fin. Esto nos trae a un tema del que poco se escribe en estos días: El deber y privilegio de la mujer cristiana de contar con Dios para tener un resultado seguro en el trance más difícil y crítico de su vida. La fe no es para ser practicada sólo en los actos de adoración, sino también en las ocupaciones comunes de nuestras actividades diarias. Hemos de comer y beber por fe, trabajar y dormir por fe; y la esposa cristiana debe traer al mundo a su hijo por fe. El peligro es grande y si hay un caso extremo que necesite fe, mucho más donde la vida misma está involucrada. Trataré de condensar algunos comentarios provechosos del puritano Manton.

Primero, tenemos que ser sensibles a qué necesidad tenemos de poner en práctica la fe en este caso, para que no corramos al peligro con los ojos vendados; y si escapamos, que no pensemos que fue por pura casualidad. Raquel murió en esta condición, igualmente la esposa de Finees (1 S. 4:19-20); existe un gran peligro, entonces hay que ser conscientes de ello. Cuánta más dificultad y peligro haya, más oportunidad hay para demostrar fe (cf. 2 Cr. 20:12; 2 Co. 1:9). Segundo, porque los dolores de parto son un monumento al odio de Dios por el pecado (Gn. 3:16), con más razón hay que procurar con mayor fervor un interés en Cristo, a fin de contar con el remedio contra el pecado. Tercero, meditar en la promesa de 1 Timoteo 2:15, que se cumple eterna o temporalmente según Dios quiera. Cuarto, le fe que uno debe practicar tiene que glorificar su poder y someterse a su voluntad. Lo siguiente expresa el tipo de fe que es correcto para todos los favores temporales: “Señor, si tú quieres, puedes salvarme”; esto es suficiente para librar al corazón de mucha tribulación y temor desconcertante.

“Y dio a luz”. Como hemos destacado en el párrafo anterior, esta cláusula fue agregada para mostrar la fe continua de Sara y la bendición de Dios sobre ella. La fe auténtica, no sólo se apropia de su promesa, sino que sigue confiando en la misma hasta que aquello que cree, de hecho, se convierte en realidad. El principio de esto está enunciado en Hebreos 3:14 y Hebreos 10:36. “Retengamos firme”, “hasta el fin nuestra confianza del principio”. Es en este punto que muchos fracasan. Se esfuerzan por apropiarse de una promesa divina, pero durante el periodo de prueba, la pierden. Por eso es que Cristo dijo en Mateo 21:21: “si tuviereis fe, y no dudareis”, etc. “no dudareis”, no sólo en el momento de reclamar la promesa, sino durante el tiempo en que se espera su cumplimiento. Por eso también a “Fíate de Jehová de todo tu corazón”, se le agrega “Y no te apoyes en tu propia prudencia” (Pr. 3:5).

“Aun fuera del tiempo de la edad”. Esta cláusula es agregada para enfatizar el milagro que Dios, en su gracia, realizó en respuesta a la fe de Sara. Ensalza la gloria de su poder. Fue escrita para alentarnos. Nos muestra que ninguna dificultad ni obstáculo debe causar que dejemos de creer en la promesa. Dios no se circunscribe al orden de la naturaleza, ni está limitado por ninguna causa secundaria. Revoluciona la naturaleza antes que faltar a su palabra. Hizo brotar agua de una roca que el hierro flotara (2 R. 6:6) y sustentó a un pueblo de dos millones en un desierto inhóspito. Estas cosas debieran motivar al cristiano a esperar en Dios con una seguridad plena, aun en las peores emergencias. Efectivamente, entre más difíciles sean los obstáculos que enfrentamos, más debiera aumentar nuestra fe. El corazón confiado dice: “Es esta una ocasión apropiada para tener fe; ahora que todas las corrientes humanas se han agotado tengo una oportunidad magnífica para contar con que Dios mostrará su fuerza por mí. ¡Qué hay que él no [pueda] hacer! Hizo que una mujer de noventa años tuviera un hijo –algo muy contrario a la naturaleza— por lo que puedo esperar con seguridad que él hará maravillas también por mí”.

Continuará …

Tomado de Studies in the Scriptures.

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A.W. Pink (1886-1852): Pastor, profesor itinerante de la Biblia, autor de Studies in the Scriptures y numerosos libros; nacido en Nottingham, Inglaterra.

Antídoto contra el papado [5]

Todos los cristianos tienen la convicción universal e incuestionable de la existencia de una comunión estrecha e íntima con Cristo, y participacion de él, en la cena del Señor.

No es cristiano quien piense de otro modo. Por consiguiente, desde el principio se consideró, merecidamente, que este era el misterio principal en el programa de la iglesia, porque esta convicción se afirma sobre testimonios divinos infalibles. La comunicación de Cristo en ella y nuestra participación de él, se expresan de tal modo que resultan exclusivas hasta tal punto que no se pueden conseguir de ninguna otra manera ni ordenanza divina; ni en la oración, ni en la predicación, ni en ningún otro ejercicio de fe en la palabra o las promesas. En ella se come el cuerpo y se bebe la sangre de Cristo y esto entraña una incorporación espiritual que solo existe en esta ordenanza. Sin embargo, esta comunión especial y particular con Cristo, y la participación de él, son algo espiritual y místico, por fe; no es carnal ni corporal. Imaginar una participación de Cristo en esta vida, que no sea por fe, es echar por tierra el evangelio. Expresar la verdadera comunicación de sí mismo y los beneficios de su mediación a los que creen, y que esto llegue a ser la comida de sus almas que los nutra para vida eterna, es lo que el mismo define al principio de su ministerio como «comer su came» y «beber su sangre». «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn. 6:53). Sin embargo, muchos se ofendieron al suponer que se refería a comer su carne y beber su sangre de un modo literal, y que les estaba enseñando a ser caníbales. Por tanto, con el fin de instruir a sus discípulos de un modo correcto en cuanto a este misterio, da una regla eterna de la interpretación de dichas expresiones, v. 63: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espiritu y son vida». Buscar cualquier otro tipo de comunicación con Cristo, o de su carne y sangre, que no sea espiritual es contradecirle en la interpretación que él da de sus propias palabras.

Por consiguiente, esta comunión especial con Cristo y la participación de él son por fe. Si no fuese así, todos los incrédulos deberían participar de Cristo del mismo modo que los creyentes. Esto sería una contradicción, porque creer en Cristo y ser hechos partícipes de él son una misma cosa. Debemos, por tanto, encontrar esta singular participación de Cristo en los actos especiales de la fe, en lo que se refiere a la manifestación especial y particular de Cristo a nosotros en esta ordenanza.

Y estos actos de la fe son muchos y diversos, pero se pueden presentar en cuatro apartados:

1.Actúa en sí misma en obediencia a la autoridad de Cristo en esta institución. Este es el fundamento de toda comunión con Cristo, o participación de él, en todas y cada una de las ordenanzas de adoración divina y, en particular, la de su propia designación soberana. Se debe hacer en aquellas circunstancias (en cuanto a tiempo, ocasión y manera) que requieren actos especiales de fe. La institución de esta ordenanza se produjo en el desenlace de su ministerio u oficio profético en la tierra, y cuando empezó a ejercer su oficio sacerdotal ofreciéndose a si mismo en sacrificio a Dios por los pecados de la iglesia. En ese intervalo y con el fin de que ambos fueran eficaces para nosotros, interpuso un decreto de su oficio real al instituir esta ordenanza. Y esto fue «la misma noche en que fue entregado», cuando su corazón santo estaba en el más elevado ejercicio de celo por la gloria de Dios y compasión por las almas de los pecadores. La fe tiene, en esto, un respeto especial hacia todas estas cosas. No actua solamente por sujeción del alma y la conciencia a la autoridad de Cristo en la institución, sino que también respeta el ejercicio de su autoridad en el desenlace de su oficio profético y el inicio del ejercicio de su oficio sacerdotal en la tierra, con todas las demás circunstancias que la recomiendan a las almas y conciencias de los creyentes. Esto es característico de esta ordenanza y, por tanto, de la participación de Cristo. En ella la fe, ejercida como es debido, proporciona al alma una conversación intima con Cristo.

2.En esta ordenanza divina existe una representación particular del amor y la gracia de Cristo en su muerte y sufrimientos, en cuanto al medio y a la forma de nuestra reconciliación con Dios por su sangre. Sin embargo, la representación de ambos es tan eminente que no se puede hacer solo de palabra. Es una imagen espiritual de Cristo que se nos propone y que afecta, íntimamente, a toda nuestra alma. Estas cosas —es decir, el inefable amor y la gracia de Cristo; la amargura de sus sufrimientos y muerte en nuestro lugar; el sacrificio que ofreció a Dios por su sangre, con su efecto de expiación y reconciliación—, reunidas aquí en una propuesta completa para nuestras almas, hacen que la fe se ejercite de una manera especial como en ninguna [otra] ordenanza divina, o manera de proponérnoslas. En realidad, las Escrituras nos presentan todas estas cosas de forma distinta y por partes para nuestra instrucción y edificación. La luz se creó primero y se difundió por toda la creación, y bastó para iluminarla toda ella de forma general. Sin embargo, fue mucho mas útil, gloriosa y llamativa al ser reducida y contraída en el cuerpo del sol. Lo mismo ocurre con las verdades con respecto a Cristo: cuando se difunden a lo largo de la Escritura son suficientes para iluminar e instruir a la iglesia; pero cuando, por sabiduría e instrucción divina, son contraídas en esta ordenanza, su gustación y eficacia son más eminentes y comunicativas a los ojos de nuestro entendimiento —es decir, nuestra fe— que meras propuestas parciales en la Palabra. De este modo, la fe conduce al alma a una comunión particular con Cristo y, en ella, participa de él de una manera especial.

3.Aquí, la fe respeta la manera particular de la comunicación y de manifestarse Cristo a nosotros por símbolos o signos externos perceptibles que son el pan y el vino. En su elección encuentra la sabiduría divina y soberanía de Cristo, no teniendo otro fundamento en la razón o la luz de la naturaleza. Y la representación que aquí se hace de él junto con los beneficios de su muerte y oblación solo es adecuada para la fe, sin ayuda de los sentidos o la imaginación. Aunque los símbolos sean visibles, los sentidos y la razón no pueden discernir su relación con aquellas cosas que dan a entender. Si él hubiese escogido para este fin una imagen, un crucifijo, o acciones que, por un tipo de semejanza natural y significativa, manifestasen su pasión, lo que el hizo y sufrió, la fe no habría sido necesaria en este asunto. Por tanto, como veremos, son aquellos que, habiendo perdido el uso y el ejercicio de la fe en este menester, han descubierto estas cosas. Además, la fe es la única que abarca la unión sacramental existente entre los signos externos y las cosas que representan, en virtud de la institución divina. De este modo, lo uno [estas últimas] (es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo) se manifiesta realmente y se comunica a las almas de los creyentes del mismo modo que los signos externos lo hacen con sus sentidos corporales. De este modo, por medio del sacramento, los signos llegan a ser para nosotros aquello que las cosas señaladas son en sí mismas, y, por tanto, se las llama por sus nombres. Esto conlleva un ejercicio exclusivo de fe y una participación propia de Cristo, que no se haya en ninguna otra ordenanza. En efecto; los actos de la fe con respecto a la unión y la relación sacramental entre los signos y las cosas que señalan, en virtud de la institución y la promesa divina, son aqui su uso y su ejercicio principal.

4.Existe un ejercicio de fe singular en la recepción de Cristo, puesto que su cuerpo y sangre se nos ofrecen y presentan en sus signos externos. Aunque no contienen fisicamente la carne y sangre de Cristo en ellos ni se transforman en ellas, al participar de ellos Cristo se está manifestando verdaderamente a los que creen. La fe es la gracia que hace que el alma reciba a Cristo y, el medio por el cual lo recibe realmente. «A todos los que le reciben, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Jn. 1:12). Y lo recibe según nos lo propone y manifiesta la declaración y la promesa del evangelio, que es donde se presenta. Lo recibe por el asentimiento de la mente a esta verdad, por medio de la gracia, eligiéndole a él, aferrándose y confiando en él con la voluntad, el corazón y el afecto, en todos los fines de su persona y sus decisiones como mediador entre Dios y el hombre. En su misterioso ofrecimiento sacramental, su cuerpo y su sangre —es decir, en la eficacia de su muerte y sacrificio— en esta ordenanza de adoración, al recibirlo la fe actúa en toda el alma, en todos los propósitos especiales para los cuales se manifiesta a nosotros por este medio y de esta forma. Este no es el lugar adecuado para declarar cuales son estos fines que dan fuerza y eficacia a los actos de la fe en este menester.

He mencionado estas cosas por ser la gran alegación de los papistas de hoy, en nombre de su transubstanciación: si rechazamos la masticación oral o material de la carne de Cristo y beber de su sangre, no existirá ninguna otra manera de participar de Cristo al recibirlo en este sacramento, aparte de la que se hace en la predicación de la palabra. Sin embargo, como veremos, con esto no hacen más que declarar que ignoran este misterio celestial. En la institución divina del culto, los creyentes experimentan esta bendita e íntima comunión con Cristo con gozo inefable y para su satisfacción. Descubren que es la comida espiritual de sus almas que los nutre para vida eterna, mediante la incorporación espiritual con él. Disciernen la verdad de este misterio y experimentan su poder. Aunque al ser cada vez más carnales y destituidos de la luz espiritual junto con la sabiduría de la fe, los hombres perdieron toda experiencia de comunión con Cristo y participación de él en este sacramento. Basándose en los principios de la verdad del evangelio no podían encontrar nada en esto: ningún poder, ninguna eficacia —nada que respondiese a las grandes y gloriosas cosas que se decían sobre ello—, y tampoco era posible que lo hicieran. Y es que ciertamente esto no contiene nada en sí mismo excepto para la fe, así como la luz del sol no significa nada para los que no tienen ojos. Un perro y un bastón son de más utilidad para un ciego que el sol. Tampoco la música más melodiosa representa nada para los sordos. Pero, a pesar de haber perdido esta experiencia espiritual, retuvieron la noción de la verdad: en este sacramento debe haber una participación particular de Cristo distinta de todos los demás medios y formas de la misma gracia.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Lo que el boleto de avión no te dice

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“Nuestro matrimonio es uno que se basa en Dios. Para los que no creen esto suena absurdo, pero no puedo justificar mi fe ante unos que no la tienen y no la ven. Es como tratar de hacer distinguir a un daltónico el rojo del verde o el azul. Dios ha planificado todo esto y gracias a Él estamos aquí, pero no es fácil. El hecho de ser cristianos no nos promete una vida en la que falten las aflicciones. Al contrario”.

Sabía que tenía que comenzar con esta porción. Lo supe desde la primera vez que leí el libro, lo hice en 3 horas. Pocos libros he leído tan rápido. Es tan lindo, tan real, tan sentido, tan nuestro. Nuestro, sí, el de personas que creen, que creen en la Soberana Voluntad Divina de Dios, tanto Predestinando nuestras vidas para la salvación, como escribiendo cada una de las cosas que nos han de ocurrir a lo largo de este largo periplo al que llamamos vida. Una invitación a la lectura (resuena en mi mente esta frase de Abraham). No sé si estos párrafos animaran a alguien a la lectura, espero que sí, (como a mí que ya voy por la segunda vez), aunque prefiero pensar que aparezcan en el prólogo del libro o en la contraportada (soy más pretencioso).

Esta historia, como la describí en mi primer pensamiento, es: “una historia de fe, real, sincera, de cambio. Una historia para compartir, para soñar. Un cambio de vida, de estado, pero también un paso de la inocencia a la realidad, como de la juventud a la edad adulta en tan solo el tiempo que dura un vuelo de avión”. Puedo añadir ahora que es una historia de hoy. Un libro que presenta ante el lector una historia de amor (a la antigua usanza) en pleno siglo XXI. Dos jóvenes cristianos, separados por 13.212 kilómetros para el mundo, y tan solo un paso para Dios, quien bajo su pluma escribió cada una de sus vidas por separado y unos capítulos después juntó sus caminos según sus designios. Lo que es imposible para el mundo, es el día a día para Dios, lo inalcanzable para muchos está a un tiro de piedra para los que tienen fe. Por eso este libro es una historia de fe. Sí claro, es una historia de amor, pero no se puede entender sin la fe, la fe en el mismísimo amor, la fe en Dios.

Una red social tan acorde y valida en nuestros días, (aunque muchos piensen lo contrario) es el cauce utilizado en principio para hacerles coincidir. Dos culturas diferentes, dos idiomas distintos, las familias, el trabajo, la escasez económica, son problemas que se rompen con solo un abrazo, en un aeropuerto.

Este libro te abraza, te acaricia los sentidos, te enamorara, te hará llorar, soñar, sufrir. Te hará creer o volver a hacerlo. Te acercará a Dios, al Dios de las vidas de sus dos protagonistas y sentirás el amor que tan solo separa un billete de avión, que ahora sí, tiene muchas cosas que contarte.

 

Georgia Blidar. Rumana de nacimiento, pero peregrina en esta tierra, hoy está radicada en Chile junto a su esposo Abraham Serey, comenzando una nueva vida. De profesión periodista, nos presenta esta primera novela que te recomendamos encarecidamente. 

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Puedes hacerte con una copia digital del libro en:

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Puedes saber más de este libro en:

Oración y Fe

Blog47

La fe cubre las necesidades temporales y espirituales; disipa la ansiedad y los cuidados sobre lo que comeremos, beberemos o con qué nos vestiremos. La fe vive en el presente y mira cada día como suficiente dentro de su propio afán, disipando todos los temores del mañana; lleva descanso a la mente y perfecta paz al corazón:

«Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera» (Is. 26:3).

Y aquel que vive en el presente saca lo mejor de la vida, pues sus planes y su «horario» siempre coinciden con los de Dios.

Las verdaderas oraciones surgen de las pruebas y necesidades presentes: el pan para hoy es suficiente para la necesidad presente, y constituye la garantía más sobresaliente de que también habrá pan para mañana; la victoria de hoy día, es la seguridad de que mañana habrá victoria … Por ello, nuestras oraciones han de estar enfocadas sobre el presente. Debemos confiar en Dios cada día, y dejar el mañana enteramente en sus manos.

El presente es nuestro y la oración es la tarea y el deber para cada día; pero el futuro pertenece sólo a Dios.  De lo dicho concluimos, pues, que así como cada día requiere su pan, del mismo modo requiere su oración. Ninguna oración, por más larga que haya sido hoy, suplirá a la de mañana. Por otra parte, ninguna oración dedicada al mañana es de valor para el día de hoy. El maná de hoy es lo que realmente necesitamos; mañana Dios se encargará de que nuestras necesidades estén suplidas. Ésta es la fe que Dios desea inspirar. De manera que dejemos el mañana, con sus cuidados, necesidades y problemas, en las manos de Dios: «Baste a cada día su propio mal» (Mt. 6:34)

 

 

Extraido de «La necesidad de la oración»

 

Edward McKendree Bounds (15 de agosto de 1835 – 24 de agosto de 1913) conocido como EM Bounds , fue un autor estadounidense y abogado. Él es conocido por escribir 11 libros, nueve de los cuales se centraron en el tema de la oración . Sólo dos de los libros de Bounds fueron publicados antes de su muerte. Después de su muerte, el Rev. Claudius (Claude) Lysias Chilton, Jr., nieto de William Parish Chilton y admirador de Bounds, trabajó en la preservación y preparación de la colección de Bounds de manuscritos para su publicación. Hacia 1921, más trabajo editorial estaba siendo hecho por el Rev. Homer W. Hodge.

La Fe

 

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La fe es una cosa viva, laboriosa, activa, poderosa, de manera que es imposible que no produzca el bien sin cesar.

Tampoco interroga si hay que hacer obras buenas, sino que antes que se pregunte las hizo y está siempre en el hacer. Pero quien no hace tales obras es un hombre incrédulo, anda a tientas. Busca la fe y las buenas obras y no sabe lo que es fe o las buenas obras, y habla y charla mucho sobre ambas.

La fe es una viva e inconmovible seguridad en la gracia de Dios, tan cierta que un hombre moriría mil veces por ella. Y tal seguridad y conocimiento de la gracia divina hace al hombre alegre, valiente y contento frente a Dios y a todas las criaturas, que es lo que realiza el Espíritu Santo en la fe. Por eso se está dispuesto y contento sin ninguna imposición para hacer el bien y servir a cualquiera, para sufrir todo por amor y alabanza a Dios que le ha mostrado tal gracia.

Por consiguiente, es imposible separar la obra de la fe, tan imposible como es separar el arder y el resplandecer del fuego. Por ello debes tener tanto cuidado ante tus propios falsos pensamientos y ante inútiles charlatanes que quieren ser inteligentes para juzgar sobre las buenas obras y son los más torpes. Ruega a Dios para que produzca en ti la fe, de lo contrario quedarás eternamente privado de ella aunque inventes o hagas lo que quieras o puedas.

 

Martín Lutero

Extraído del Comentario a la Epístola de Romanos de Lutero