Deberes Familiares 1

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EL DEBER DEL PADRE HACIA LA FAMILIA EN GENERAL.
El que es cabeza de una familia tiene, bajo esa relación, una obra que realizar para Dios: Gobernar correctamente a su propia familia. Y su obra es doble.
Primero, tocante a su estado espiritual. Segundo, tocante a su estado exterior.

Primero, tocante al estado espiritual de su familia, ha de ser muy diligente y sobrio, haciendo lo máximo para aumentar la fe donde ya la hay y para iniciarla donde no la hay. Por esta razón, basándose en su Palabra, debe con diligencia y frecuencia, compartir con los de su casa las cosas de Dios que sean apropiadas para cada caso. Y nadie cuestione esta práctica de gobernar de acuerdo con la Palabra de Dios porque si la enseñanza en sí, es de buen nombre y honesta, se encuentra dentro de la esfera y los límites de la naturaleza misma y debe hacerse; con más razón, muchas otras enseñanzas de una naturaleza más elevada. Además, el apóstol nos exhorta: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Fil. 4:8). Poner en práctica este piadoso ejercicio en nuestra familia es digno de elogio y es muy apropiado para todos los cristianos. Ésta es una de las cosas que Dios encomendó tanto a su siervo Abraham y que tanto afectó su corazón. Conozco a Abraham, dice Dios, “conozco” (Gen. 18:19 – VRV 1909) que es, de verás, un buen hombre “porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová,…” (Gén. 18:19). Esto fue algo que también el buen Josué determinó que sería su práctica durante todo el tiempo que viviera sobre esta tierra: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15).

Además, también encontramos en el Nuevo Testamento, que los que no cumplían este deber eran considerados de un rango inferior; sí, tan inferiores que no eran dignos de ser elegidos para ningún oficio en la iglesia de Dios. El [obispo o] pastor tiene que ser alguien que gobierna bien su propia casa, que tiene a sus hijos sujetos con toda seriedad porque el hombre que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar la iglesia de Dios? “Pero es necesario que el obispo sea… marido de una sola mujer,… que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad” (1 Tim. 3:2, 4). Note que el apóstol parece determinar al menos esto: Que el hombre que gobierna bien su familia tiene una de las cualidades que debe tener el pastor o diácono en la casa de Dios porque el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo puede cuidar la iglesia de Dios?

Considerar esto, nos aclara la obra de la cabeza de una familia, tocante al gobierno de su casa.

1. El pastor debe ser firme e incorrupto en su doctrina y, por cierto, que también debe serlo la cabeza de una familia (Tito 1:9; Ef. 6:5).

2. El pastor debe ser apto para enseñar, redargüir y exhortar; y así debe ser también la cabeza de una familia (1 Tim. 3:2; Deut. 6:7).

3. El pastor mismo tiene que ser ejemplo de fe y santidad; y así debe ser también la cabeza de una familia (1 Tim. 3:2-4; 4:12). “Entenderé,…” dice David, “el camino de la perfección… En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa” (Sal. 101:2).

4. El pastor tiene la función de reunir a la iglesia y, cuando la haya reunido, orar juntos y predicar. Esto es recomendable también para la cabeza de la familia cristiana.

Objeción: Pero mi familia es impía y rebelde tocante a todo lo que es bueno. ¿Qué debo hacer?

Respuesta:

1. Aunque esto sea así, igualmente, debe usted gobernarlos ¡y no ellos a usted! Dios lo ha puesto sobre ellos y usted debe usar la autoridad que Dios le ha dado, tanto para reprender sus vilezas, como para mostrarles que la maldad de su rebelión es contra el Señor. Elí lo hizo, pero no lo suficiente; igualmente David (1 Sam. 2:24, 25; 1 Crón. 28:9). También, debe contarles qué triste era su propio estado cuando se encontraba en la condición de ellos, así que esfuércese en recobrarlos de la trampa del diablo (Mar. 5:19).

2. También debe esforzarse para que asistan a los cultos de adoración a Dios, por si acaso Dios convierta sus almas. Jacob le dijo a su familia y a todos los que lo rodeaban “Y levantémonos, y subamos a Bet-el; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia,…” (Gén. 35:3). Ana llevó a Samuel a Silo, a fin de que morara con Dios para siempre (1 Sam. 1:22). El alma tocada por el Espíritu se esforzará por llevar a Jesucristo, no sólo a su familia, sino a toda la ciudad (Juan 4:28-30).

3. Si son obstinados y no quieren acompañarlo, entonces traiga hombres piadosos y de convicciones firmes a su casa, para que allí prediquen la Palabra de Dios cuando usted haya, como Cornelio, reunido a su familia y amigos (Hechos 10).

Usted sabe que el carcelero, Lidia, Crispo, Gayo, Estéfanas y otros fueron salvos, no sólo ellos mismos, sino que también los de su familia por la palabra predicada y algunos de ellos por la palabra predicada en sus casas (Hech. 16:14-34; 18:7, 8; 1 Cor. 1:16). Y ésta puede haber sido una razón, entre muchas, por la cual los apóstoles, en su época, enseñaban, no sólo en público, sino también de casa en casa. Posiblemente, creo yo, para ganar a los miembros de la familia que todavía eran inconversos y vivían en sus pecados (Hech. 10:24; 20:20, 21). Algunos de ustedes saben qué común era invitar a Cristo a sus casas, especialmente si tenían algún enfermo que no quería o no podía acudir a él (Luc. 7:2, 3; 8:41). Si es así con los que tienen enfermos físicos en su familia, entonces cuanto más lo es donde hay almas que necesitan a Cristo, ¡necesitan ser salvas de la muerte y la condenación eterna!

4. No descuide usted mismo los deberes familiares entre ellos; como es leer la Palabra y orar. Si tiene algún familiar que es salvo, esté contento. Si está solo, no obstante, sepa que tiene en ese momento, tanto la libertad de acercarse a Dios por medio de Cristo, como la capacidad de contar con el apoyo de la iglesia universal, uniéndose a usted en oración a favor de todos los que habrán de ser salvos.

5. No permita en su casa libros impíos, profanos o herejes, ni conversaciones del mismo tenor. “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Cor. 15:33). Me refiero a libros profanos o herejes que tienden a provocar una vida liviana o los que son contrarios a las enseñanzas fundamentales del evangelio. Sé que se debe permitir que los
cristianos tengan su libertad con respecto a cosas que no atañen a la fe, pero esas cosas que atacan la fe o la santidad, deben ser abandonadas por todos los cristianos, especialmente por los pastores de las iglesias y las cabezas de familias. Tal como sucedió con Jacob cuando ordenó a su familia y a todos los que estaban con él que se libraran de los dioses extraños entre ellos y que se cambiaran sus vestidos (Gén. 35:2). Dejaron un buen ejemplo o dos aquellos que, según el relato de Hechos, tomaron sus libros mundanos y los quemaron delante de todos los hombres, aunque valían cincuenta mil piezas de plata (Hech. 19:18, 19). El descuido de este cuarto asunto ha ocasionado la ruina de muchas familias, tanto entre los hijos como los sirvientes. El que vanos charlatanes y sus obras engañosas desvíen a familias enteras, es más fácil de lo que muchos suponen (Tito 1:10, 11).

Continuará …

Tomado del folleto “Christian Behavior”
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John Bunyan (1628-1688): Pastor y predicador inglés, y uno de los escritores más
influyentes del siglo XVII. Autor preciado de El Progreso del Peregrino, La Guerra Santa, El Sacrificio Aceptable y muchas otras obras. Nacido en Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra.

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Los deberes de esposos y esposas 5

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El deber especial de la esposa: Respetar (B)

Cómo cumplir estos deberes
1. Manténganse puros antes del matrimonio. Esto les ayudará más adelante a cumplir los deberes matrimoniales. Cada uno debe “tener su propia esposa en santidad y honor” (1 Tes. 4:4). El fornicario antes de casarse, sigue con su pecado dentro del matrimonio. Cuídense de la primera aparición de la lascivia y huyan de ella como de un veneno. Mantengan su corazón lleno de las cosas de Dios y su cuerpo ocupado en el  cumplimiento de sus obligaciones. Los más grandes incendios comienzan con una chispa. El placer momentáneo que precede al tormento eterno, es pura necedad. Si han pecado ustedes de esta manera, limpien su corazón y sus manos con la sangre de Cristo por medio de la confesión a Dios, con ayuno y oración, pidiéndole perdón y fortaleza contra tentaciones futuras. Gusten de las delicias más espléndidas del favor y las promesas de Dios, el perdón del pecado y la seguridad de vida e inmortalidad. Una vez que hayan bebido de la fuente pura, nunca volverán a preferir las aguas del arroyuelo turbio.

2. Elijan con cuidado a su cónyuge. Ahora que saben lo difícil que es el matrimonio piadoso, deben orar que el Señor les guíe a dar ese paso. No amen primero y consideren después. Primero consideren y después amen. El alma del otro sea su principal preocupación, no su apariencia o dinero. ¿Por qué cargar con una cruz perpetua por una ganancia o un placer pasajero? Cásense sólo con un cristiano, cuanto más piadoso, mejor. Consideren también su personalidad. Hablen honestamente el uno con el otro sobre sus propias faltas y problemas antes de contraer matrimonio. Si alguien les vendiera un animal enfermo pretendiendo que era sano, se sentirían defraudados. ¡Cuánto peor es cuando alguien pretende ser mejor de lo que realmente es para asegurar su matrimonio al que dicen amar!

3. Estudien los deberes matrimoniales bíblicos antes de tenerlos. Ser un cónyuge piadoso es un reto tan grande que tienen que prepararse bien con anterioridad. ¡Con razón tantos matrimonios fracasan! Sucede con demasiada frecuencia que el esposo no sabe cómo gobernar, la esposa no sabe cómo obedecer. Ambos son ignorantes, engreídos e infelices. Por lo tanto, los padres deben enseñar a sus hijos acerca de los deberes del matrimonio. En caso contrario, las familias que deberían ser el semillero de la iglesia, se convierten en caldo de cultivo del desorden y la inmoralidad. Lean no sólo las Escrituras, sino también libros buenos sobre el tema. [El lector moderno tiene muchas opciones en este aspecto].

4. Resuelvan obedecer a Dios sin reservas. Hasta no haber nacido de nuevo y haber sido santificados en su corazón, no pueden agradar a Dios ni ser una bendición total para su cónyuge. El marido que realmente teme a Dios, no puede guardarle rencor a su esposa. Una Biblia colocada entre ustedes eliminará muchas diferencias, confortará en medio de dificultades y les guiará en muchas circunstancias confusas. Recuerden que la razón de los mandatos de Dios es la más elevada, de manera que la obediencia es la mayor dulzura. Guarden la Regla de Oro en su matrimonio. Ser justos y rectos fuera de casa, no excusa la maldad en casa. Cuando ambos se enfocan en sus propios deberes, serán bendecidos.

5. Obtengan y mantengan un afecto auténtico para con su cónyuge. No den lugar a los celos. No escuchen a los murmuradores ni a los chismosos. Con frecuencia, los celos se desarrollan donde faltaba un afecto sincero desde el principio.

6. Oren pidiendo gracias espirituales.
A. Sabiduría. La falta de sabiduría causa muchos problemas en el matrimonio. Necesitamos mucha sabiduría para gobernar como maridos y para someternos como esposas.

B. Humildad. Esto impide que el marido se convierta en un tirano y que la esposa no se sujete de buena voluntad a su marido. “La soberbia concebirá contienda” (Prov. 13:10). El orgulloso no puede llevarse bien, ni siquiera con un ángel; el humilde se lleva bien con cualquiera. La humildad también promueve contentamiento. El marido y la esposa humildes dirán:

“Mi cónyuge es demasiado bueno para un pecador como yo. No me merezco una pareja tan maravillosa. Esa fue una dura reprensión, pero no fue nada en comparación con el infierno, que es lo que me merezco”. La compañía de las personas realmente humildes es agradable.

C. Rectitud. Se necesita un corazón recto para guardar estos mandamientos de Dios. El corazón escogerá el camino más seguro, aunque sea el más difícil. Sufrirá el peor agravio, más bien que causar el más pequeño. Se guardará contra los inicios del pecado que, en el matrimonio, producen las peores dificultades. El esposo y la esposa rectos, se esforzarán por cumplir cada uno su propio deber y serán los más estrictos con sus propios fracasos.

Disponible en forma de tratado. Una versión moderna condensada y parafraseada por D. Scott Meadows, el pastor de Calvary Baptist Church (Iglesia Bautista Calvario), una congregación Reformada Bautista en Exeter, New Hampshire.
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Richard Steele (1629-1692): Predicador y escritor puritano; echado de su púlpito por el Acto de Uniformidad en 1662 y después por “The Five Mile Act”, nunca cesó de proclamar oralmente las riquezas de Cristo. Recordado como “un hombre muy valioso y útil, un buen erudito, un estudioso y excelente predicador”. Nació en Barthomley, Cheshire, Inglaterra.

Culto familiar 2

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Un antiguo escritor bien dijo: “Una familia sin oración es como una casa sin techo, abierta y expuesta a todas las tormentas del cielo”. Todas nuestras comodidades domésticas y las misericordias temporales que tenemos proceden del amor y la bondad del Señor, y lo mejor que podemos hacer para corresponderle es reconocer con agradecimiento, juntos, su bondad para con nosotros como familia. Las excusas para no cumplir este sagrado deber son inútiles y carecen de valor. ¿De qué nos valdrá decir, cuando rindamos cuentas ante Dios por la mayordomía de nuestra familia, que no
teníamos tiempo ya que trabajábamos sin parar desde la mañana hasta la noche? Cuanto más urgentes son nuestros deberes temporales, más grande es nuestra necesidad de buscar socorro espiritual. Tampoco sirve que el cristiano alegue que no es competente para realizar semejante tarea: Los dones y talentos se desarrollan con el uso y no con descuidarlos.

El culto familiar debe realizarse reverente, sincera y sencillamente. Es entonces que los pequeños recibirán sus primeras impresiones y formarán sus primeros conceptos del Señor Dios. Debe tenerse sumo cuidado a fin de no darles una idea falsa de la Persona Divina. Con este fin, debe mantenerse un equilibrio entre comunicar su trascendencia y su inmanencia, su santidad y su misericordia, su poder y su ternura, su justicia y su gracia. La adoración debe empezar con unas pocas palabras de oración invocando la presencia y bendición de Dios. Debe seguirle un corto pasaje de su Palabra, con breves comentarios sobre el mismo. Pueden cantarse dos o tres estrofas de un salmo y luego concluir con una oración en que se encomienda a la familia a las manos de Dios. Aunque no podamos orar con elocuencia, hemos de hacerlo de todo corazón. Las oraciones que prevalecen son generalmente breves. Cuídese de no cansar a los pequeñitos.

Los beneficios y las bendiciones del culto familiar son incalculables. Primero, el culto familiar evita muchos pecados. Maravilla el alma, comunica un sentido de la majestad y autoridad de Dios, presenta verdades solemnes a la mente, brinda beneficios de Dios sobre el hogar. La devoción personal en el hogar es un medio muy influyente, bajo Dios, para comunicar devoción a los pequeños. Los niños son mayormente criaturas que imitan, a quienes les encanta copiar lo que ven en los demás. “El estableció testimonio en Jacob, y puso ley en Israel, la cual mandó a nuestros padres que la notificasen a sus hijos, para que lo sepa la generación venidera, los hijos que nacerán, y los que se levantarán, lo cuenten a sus hijos. A fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, y guarden sus mandamientos” (Sal. 78:5-7). ¿Cuánto de la terrible condición moral y espiritual de las masas en la actualidad puede adjudicarse al descuido de este deber por parte de los padres de familia? ¿Cómo pueden los que descuidan la adoración a Dios en su familia pretender hallar paz y bienestar en el seno de su hogar? La oración cotidiana en el hogar es un medio bendito de gracia para disipar esas pasiones dolorosas a las cuales está sujeta nuestra naturaleza común. Por último, la oración familiar nos premia con la presencia y la bendición del Señor. Contamos con una promesa de su presencia que se aplica muy apropiadamente a este deber:

Vea Mateo 18:19, 20. Muchos han descubierto en el culto familiar aquella ayuda y comunión con Dios que anhelaban y que no habían logrado en la oración privada.
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A. W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures (Estudios en las Escrituras) y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

Culto familiar 1

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Existen algunas ordenanzas exteriores y medios de gracia exteriores claramente implícitos en la Palabra de Dios, pero en la práctica tenemos pocos, si acaso algunos, preceptos claros y positivos; más bien nos limitamos a recogerlos del ejemplo de hombres santos y de diversas circunstancias secundarias. Se logra un fin importante por este medio y es así cómo se prueba el estado de nuestro corazón. Sirve para hacer evidente si los cristianos descuidan un deber claramente implícito por el hecho de no poder cumplirlo. Así, se descubre más del verdadero estado de nuestra mente y se hace manifiesto si tenemos o no, un amor ardiente por Dios y por servirle. Esto se aplica tanto a la adoración pública como a la familiar. No obstante, no es difícil dar pruebas de la obligación de ser devotos en el hogar.

Considere primero el ejemplo de Abraham, el padre de los fieles y el amigo de Dios. Fue por su devoción a Dios en su hogar que recibió la bendición de: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio” (Gén. 18:19). El patriarca es elogiado aquí por instruir a sus hijos y siervos en el más importante de los deberes, “el Camino del Señor”; la verdad acerca de su gloriosa persona, su derecho indiscutible sobre nosotros, lo que requiere de nosotros. Note bien las palabras “que mandará”, es decir que usaría la autoridad que Dios le había dado como padre y cabeza de su hogar para hacer cumplir en él, los deberes relacionados con la devoción a Dios. Abraham también oraba a la vez que enseñaba a su familia: Dondequiera que levantaba su tienda, edificaba “allí un altar a Jehová” (Gén. 12:7; 13:4). Ahora bien, mis lectores, preguntémonos: ¿Somos “linaje de Abraham” (Gál. 3:29) si no em>“hacéis las obras de Abraham” (Juan 8:39) y descuidamos el serio deber del culto familiar? El ejemplo de otros hombres santos es similar al de Abraham. Considere la devoción que refleja la determinación de Josué quien declaró a Israel: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). No dejó que la posición exaltada que ocupaba ni las obligaciones públicas que lo presionaban, lo distrajeran de procurar el bienestar de su familia. También, cuando David llevó el arca de Dios a Jerusalén con gozo y gratitud, después de cumplir sus obligaciones públicas, “volvió para bendecir su casa” (2 Sam. 6:20). Además de estos importantes ejemplos, podemos citar los casos de Job (1:5) y Daniel (6:10). Limitándonos a sólo uno en el Nuevo Testamento pensamos en la historia de Timoteo, quien se crió en un hogar piadoso. Pablo le hizo recordar la “fe no fingida” que había en él y agregó: “…la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice,…”. ¡Con razón pudo decir enseguida: “…desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras” (2 Tim. 3:15)!

Por otra parte, podemos observar las terribles amenazas pronunciadas contra los que descuidan este deber. Nos preguntamos cuántos de nuestros lectores han reflexionado seriamente sobre estas palabras impresionantes: “¡Derrama tu enojo sobre las gentes que no te conocen, y sobre las naciones que no invocan tu Nombre!” (Jer. 10:25). Qué tremendamente serio es saber que las familias que no oran son consideradas aquí iguales a los paganos que no conocen al Señor. ¿Esto nos sorprende? Pues, hay muchas familias paganas que se juntan para adorar a sus dioses falsos. ¿Y no es esto causa de vergüenza para los cristianos profesos? Observe también que Jeremías 10:25 registra imprecaciones terribles sobre ambas clases por igual: “Derrama tu enojo sobre…”. Con cuánta claridad nos hablan estas palabras. No basta que oremos como individuos privadamente en nuestra cámara; se requiere que también honremos a Dios. Dos veces cada día como mínimo, –de mañana y de noche— toda la familia debe reunirse para arrodillarse ante el Señor —padres e hijos, amo y siervo— para confesar sus pecados, para agradecer las misericordias de Dios, para buscar su ayuda y su bendición. No debemos dejar que nada interfiera con este deber: Todos los demás quehaceres domésticos deben supeditarse a él. La cabeza del hogar es el que debe dirigir el momento devocional, pero si está ausente o gravemente enfermo, o es inconverso, entonces la esposa tomará su lugar. Bajo ningún concepto ha de omitirse el culto familiar. Si queremos disfrutar de las bendiciones de Dios sobre nuestra familia, entonces reúnanse sus integrantes diariamente para alabar y orar al Señor. “Honraré a los que me honren” es su promesa.

Continuará …

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A. W. Pink (1886-1952): Pastor y maestro itinerante, prolífico autor de Studies in the Scriptures  y muchos libros, incluyendo el muy conocido The Sovereignty of God (La soberanía de Dios).

¿Quién es el Espíritu Santo 2?

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3. El Espíritu Santo es una persona.

Aun reconociendo que la palabra “persona” en este contexto no es perfecta —sobre todo, por cuanto podría dar a entender que las tres personas divinas sean tres Dioses, y no un solo Dios, ya que las otras opciones que a lo largo de los siglos se han propuesto tampoco están exentas de dificultades—, creo que “persona” sigue siendo la opción menos mala.

En el texto bíblico ya citado sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo (Mt. 12:31 y 32), además de constituir un importante argumento a favor de la deidad o divinidad del Espíritu Santo, lo es también a favor de su personalidad; la blasfemia es un pecado no contra objetos inánimes, sino contra seres personales. Si el Espíritu Santo fuera (como algunos dicen) una mera “fuerza activa”, una especie de “energía divina”, ¡¿cómo se podría blasfemar contra tal “fuerza” o “energía”?!

Y en la fórmula bautismal instituida por el Señor de la Iglesia (Mt. 28:19), siendo el Padre y el Hijo indiscutiblemente personas, ¡¿cómo se podría asociar con ellos no una tercera persona, sino una “fuerza activa” o “energía divina”, para bautizar a los nuevos creyentes en “el nombre” de dos personas y de una mera “fuerza” o “energía”?!

Cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en las aguas del Jordán, leemos: “Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lc. 3:21 y 22). En esta escena hermosa y altamente significativa, se ven las tres personas divinas juntas pero claramente diferenciables: el Padre hablando desde el cielo; el Hijo —encarnado— en el agua, siendo bautizado; y: el Espíritu Santo “en forma corporal, como paloma”, descendiendo sobre el Hijo. La persona del Espíritu Santo se manifiesta en la forma de una paloma.

Al hablar con sus discípulos en el aposento alto la noche antes de su muerte, Jesús les dijo: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce […]. El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14:16 y 17, 26). La figura del Consolador (el “Paráclitos”) —”otro Consolador” como Jesús, otro abogado defensor, que viene a los creyentes para ayudarles, enseñarles, guiarles, recordarles cosas, etc.— es claramente la de una persona, y no de una mera “fuerza” o “energía” impersonal.

Se ve la personalidad del Espíritu Santo también en su dirección de los misioneros cristianos en sus viajes evangelísticos: “Les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia […]. Intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió” (Hch. 16:6 y 7). ¿Qué impresión nos dan estas intervenciones del Espíritu Santo: de ser impersonales o personales?

En Romanos capítulo 8, sin duda uno de los capítulos más conocidos y más queridos de toda la Biblia, el apóstol Pablo tiene esto que decir sobre el Espíritu Santo: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; […] el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro. 8:26). !¿Acaso nos podemos imaginar una “fuerza” o “energía” divina ayudándonos así: intercediendo por nosotros “con gemidos indecibles”?! Y además, la palabra “interceder” implica ponerse uno entre otros dos (o más); ¿entre quiénes se pone el Espíritu Santo cuando él intercede por nosotros de esa manera?: entre nosotros y el Padre, se supone. Se trata de otro indicio más de la personalidad del Espíritu Santo.

En la enseñanza del apóstol Pablo sobre los dones espirituales (1 Co. 12), que por cierto contiene claras referencias trinitarias, el autor de los dones y el que decide qué dones dar a cada creyente es el Espíritu Santo: “Todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Co. 12:11). Aquí se ve la voluntad soberana del Espíritu Santo en el reparto de los dones espirituales.

Al igual que en la fórmula bautismal a la que ya hemos hecho referencia, hay otro texto bíblico donde se une la persona del Espíritu Santo a las del Padre y del Hijo: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2 Co. 13:14). Si en esta doxología paulina tanto “Dios” como “el Señor Jesucristo” son personas, ¿cómo no lo va a ser también “el Espíritu Santo”?

Y por último (sobre este punto), el apóstol Pablo escribió a los creyentes en Éfeso: “No contristéis al Espíritu Santo de Dios…” (Ef. 4:30). Por mucho que se recurra al argumento de que se trata de una forma de expresarse altamente metafórica, el sentido más natural de esta frase paulina es que el Espíritu Santo, al igual que el Padre y el Hijo, es una persona divina susceptible a sentir tristeza ante nuestros pecados.

El simple hecho es que en la mayoría de estos textos, por no decir en todos ellos, si intentamos sustituir cualquier alternativa impersonal, como “fuerza activa” o “energía divina”, por el Espíritu Santo como persona, !hacemos violencia a la Palabra de Dios y la reducimos a un texto incomprensible, contradictorio y hasta blasfemo! !No!, ¡el Espíritu Santo es una persona, una persona divina!

4. El Espíritu Santo es una persona distinta del Padre y del Hijo.

En la fórmula bautismal de Mateo 28:19 hay un solo nombre pero tres personas distintas. Casi nadie discute que el Padre y el Hijo son dos personas distintas; por lo tanto, es lógico pensar que el Espíritu Santo es otra persona distinta del Padre y del Hijo. Si no fuera así, la fórmula perdería su evidente paralelismo entre las tres personas.

En el relato del bautismo de Jesús (Lc. 3:21 y 22) llegamos a la misma conclusión: hay tres personas divinas y distintas en el escenario: el Padre en el Cielo; el Hijo en el agua; y el Espíritu Santo en el aire. Lucas distingue entre las tres personas divinas.

Y en las palabras de Jesús a sus discípulos en el aposento alto: “El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre…” (Jn. 14:26), también se ven tres personas distintas: (1) el Padre, quien enviaría al Espíritu Santo en el nombre del Hilo; (2) El Espíritu Santo, a quien el Padre enviaría en el nombre del Hijo; y: (3) El Hijo, en cuyo nombre el Padre enviaría al Espíritu Santo. En otras palabras, el Espíritu Santo no solo es una persona divina; es una persona divina distinta del Padre y del Hijo.

Lo mismo ocurre con la doxología paulina en 2 Corintios 13:14: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”. Si, como algunos alegan, el Espíritu Santo no fuera una persona distinta del Padre, entonces en este texto nos encontraríamos ante el muy improbable resultado de tres bendiciones: gracia, amor y comunión, impartidas por solo dos personas: el Hijo y el Padre.

5. El Espíritu Santo tiene los mismos atributos que el Padre y el Hijo.

Sobre este aspecto del tema existe una tendencia, incluso por parte de muchos creyentes, de repartir los atributos de Dios entre las tres personas divinas. Pero, tal como nos enseña la buena teología bíblica, las tres personas divinas tienen exactamente los mismos atributos; las tres son santas y buenas, eternas e infinitas, omnipotentes, omniscientes y omnipresentes, etc.

Y tal como se puede apreciar en los siguientes textos bíblicos, el Espíritu Santo es todo lo que son el Padre y el Hijo: es santo (tal como indica su nombre); es bueno (Neh. 9:20; Sal. 143:10); es eterno (He. 9:14); es omnipresente (Sal. 139:7a); es poderoso (Mi. 3:8; Lc. 4:14; Ro. 15:13, 19); es soberano (Hch. 16:6 y 7; 1 Co. 12:11); es el Crea-dor (Gn. 1:1 y 2; Job 26:13a; 33:4; Sal. 104:30); y participa, tanto como lo hacen el Padre y el Hijo, en nuestra salvación (Jn. 3:1 y ss.; Tit. 3:5; etc.).

Continuará …

Andrés Birch es pastor de la Iglesia Bautista Reformada de Palma de Mallorca.

El Teólogo de la Reforma Juan Calvino

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INTRODUCCIÓN: UNA REHABILITACIÓN PARA LA MODERNIDAD

“No podré nunca unirme a Calvino para invocar su Dios. De hecho, él fue un ateo, lo cual yo nunca podré ser; o más bien su religión fue el demonismo. Si alguien adoró a un Dios falso, fue él. El Ser descrito en los cinco puntos, no es el Dios a quien usted y yo reconocemos y adoramos, el Creador y benevolente Gobernador del mundo; sino un demonio y un espíritu maligno. Sería más perdonable no creer en absoluto en Dios, que blasfemarlo con los atroces atributos de Calvino.”

Estas palabras fueron pronunciadas, en 1823, por el que fuera el tercer Presidente de los Estados Unidos, y el principal redactor de la Declaración de Independencia americana, el unitario (antitrinitario), deísta y filósofo liberal Thomas Jefferson.

Calvino entró, pues, en la época de la Modernidad, de la mano de algunos de sus mayores artífices, ocupando literalmente el papel de diablo. De hecho, durante siglos el Reformador había sido largamente demonizado por sus tradicionales adversarios católicos romanos y, en el bando protestante, por los arminianos. A ellos se sumaban entonces también los detractores provenientes de lo que ahora conocemos como liberalismo, tanto filosófico como teológico.

Desde que estas palabras de Jefferson fueron pronunciadas, en estos últimos y escasos doscientos años, hemos venido asistiendo a una lenta y en buena medida sorprendente recuperación de la figura del reformador Juan Calvino. Bien paradójicamente, saliendo poco a poco de su ancestral demonización, Calvino goza ahora incluso de cierta reputación, siendo aun señalado como uno de los precursores de la liberal civilización de la Modernidad, de la que la formación de los Estados Unidos de América sería uno de sus mayores hitos. Convertido en abuelo lejano de este país de talla mayúscula, hoy por hoy resulta bastante menos impropio reclamarse de Calvino en público que doscientos años atrás.

Esta recuperación de Calvino se ha extendido, también, hasta el ámbito teológico. Ello ha sido sobre todo fruto de las tareas de eminentes plumas neoliberales, de origen europeo pero que tuvieron durante el siglo XX una enorme repercusión en el protestantismo americano, como Philip Schaff o, sobre todo, Karl Barth. De hecho, hoy en día todavía es predominante la visión de un Calvino como teólogo barthiano por adelantado, enfrentado no solo a la escolástica medieval sino aun a la escolástica u ortodoxia re-formada posterior a él, manteniendo así, en esencia, el mismo espíritu libre de toda “atadura” dogmática que hoy día disfrutaríamos. Recuperación, pues, fruto, en buena medida, del quehacer de la escolástica neoliberal (que no, como es frecuentemente llamada, “neoortodoxa”) básicamente barthiana, escolástica que ha dominado en el gran mundo académico internacional durante la segunda mitad del pasado siglo XX.

A todo esto, y como dato hartamente significativo, esta lenta y progresiva rehabilitación de Calvino en todos los frentes para la Modernidad, ha ido a la par, durante esta misma Modernidad, de una devastadora pérdida de casi todo vestigio de ortodoxia doctrinal en las grandes iglesias reformadas y presbiterianas de Europa y Estados Unidos. Ello ha conllevado una no menos catastrófica mengua de la base social de dichas iglesias y la desaparición de toda relevancia religiosa y moral de dichas iglesias en el tiempo en que vivimos. Ciertamente, un hecho que bien invita a la reflexión.

En este río revuelto de visiones contradictorias, pues, cabe preguntarse acerca de la verdadera importancia y significado de la teología de Juan Calvino. ¿Qué representó la enseñanza del reformador de Ginebra en su día y qué representa esta para nosotros hoy? ¿Se trata simplemente de una escuela de pensamiento más dentro del protestantismo, este una más de las distintas versiones del cristianismo, el cual sería una más de las manifestaciones del espíritu religioso de la Humanidad? ¿Estamos abocados, en nuestros días de multiculturalismo triunfante, a considerar y presentar así la enseñanza de Calvino?

La tesis de este artículo es que la enseñanza de Juan Calvino representa, en su espíritu y en su letra, la mejor y más alta expresión de lo que fue la Reforma del siglo XVI. Profundizada por la siguiente generación de teólogos de la Reforma (conocida como la esco-lástica o la ortodoxia reformada), transmitida y codificada en las confesiones de fe de las Iglesias reformadas, el mantenimiento de la enseñanza del Reformador Calvino ha sido y representa hoy la preservación y proclamación, íntegramente y sin compromisos, del mensaje de la Reforma.

1. LA PERSONA Y LA OBRA DE CALVINO

No es exagerado afirmar que desde el tiempo de la Reforma hasta nuestros días, la figura de Calvino descuella como la del mayor teólogo que ha tenido la Iglesia cristiana, lo cual es indudablemente cierto al menos en el bando de la Reforma. Don valiosísimo de Cristo a su Iglesia, podemos incluso decir que desde entonces Calvino aparece como el prototipo de teólogo, tanto en lo que este ha de ser en cualidades, como en lo que ha de realizar en cuanto a obra.

En esta primera dimensión, Calvino reunía en sí mismo todas las cualidades que hacen al teólogo, aquellas que son necesarias para el estudio, exposición y proclamación de la Palabra de Dios a toda una generación. Comenzando por su maestría en su propio idio-ma, el francés, y también en la lengua de cultura de su tiempo, el latín; siguiendo por su vasto conocimiento de la cultura clásica o, por su formación en leyes, del ordenamiento jurídico medieval; su asombrosa erudición en la literatura patrística; su excelencia en las lenguas bíblicas, especialmente en el griego, aunque también mostrara un notable dominio del hebreo; su genio a la hora de sistematizar las doctrinas cristianas de una manera excepcional en su época; su expresión escrita elegante y precisa, pero tremenda-mente elocuente; su sólida predicación bíblica, que buscaba continuamente su aplicación en la vida de los oyentes y su culminación en la persona de Cristo, presentada siempre a sus oyentes, cosa destacable, en la manera de la predicación ex tempore más viva y comunicativa; estas cualidades, pues, presentes todas ellas en un grado excepcional en la misma persona, explica por qué la voz de Calvino transformó su propia generación y ha atravesado los siglos hasta hoy día. Si a ello sumamos una vida completamente entregada para la causa de la Reforma, habiendo sufrido en propias carnes el destierro o la pobreza, innumerables oposiciones y enemistades fuera y dentro de las filas de la Reforma, el acoso incesante de la enfermedad y la pérdida temprana de los suyos, además de su propia muerte en olor de santidad, entonces la figura de Calvino adquiere ante la Historia dimensiones verdaderamente colosales.

Asimismo, la obra teológica de Calvino es asombrosa por diversas razones. Primero, por su enorme fecundidad. La obra completa del Reformador comenzó a ser publicada en 1860 y se tardó cuarenta años en acabarla, y el resultado fue una colección de, nada menos, cincuenta y nueve voluminosos tomos. Uno no puede dejar de asombrarse, además, al considerar el contenido de esta su obra. Los volúmenes de sus obras completas están compuestos como sigue: las distintas ediciones de la Institución de la religión cristiana (volúmenes 1-4) , tratados teológicos (5-10) , epístolas (11-20), y comentarios y sermones (23-55). Si nos fijamos, pues, la producción teológica de Calvino se corresponde exactamente con el periplo de su ministerio de la Palabra al frente de la Iglesia de Ginebra. En su mayor parte, sus comentarios fueron el fruto de sus clases magistrales durante la semana, recogidos diligentemente por secretarios, de igual mane-ra que lo fueron sus predicaciones. Por otro lado, sus tratados teológicos, así como su sorprendente actividad epistolar, se corresponden siempre a las necesidades pastorales del momento, que van desde encuentros entre las iglesias de la Reforma, hasta las inter-minables polémicas y disputas a las que tuvo que hacer frente. Con todo lo vasta que ella es, puesto que cubrió prácticamente la totalidad de la Escritura y de la doctrina cristiana, su producción teológica termina aquí y no va más allá.

Por tanto, lo asombroso de la obra de Calvino es, al mismo tiempo que su fecundidad, podemos decir, también su humildad. Su obra teológica tiene un propósito y conoce unos límites. Es decir, con Calvino, la teología deja de ser un ejercicio académico la mayoría de las veces especulativo y sobre todo sin ninguna relación con la vida real de la Iglesia, que fue en lo que derivó en el período escolástico medieval, para volver a situarse en el área de acción del púlpito. Al volver a estar unida intrínsecamente al ministerio de la Palabra, la teología con Calvino es devuelta a la Escritura y ambas a la Iglesia, que es la depositaria de la Revelación de Dios y la responsable de vivirla. Y es de esta manera como se puede establecer un paralelo entre Calvino y los mayo-res Padres de la Iglesia antigua, a la que Calvino tanto admiraba.

En efecto, se puede perfectamente decir que la obra de Calvino recupera el carácter de la patrística, en el que la teología era una dimensión más del ministerio de la Palabra en la Iglesia, es decir, del ministerio pastoral. Por supuesto, que este carácter de su obra va ligado con una concepción de lo que la Iglesia es y lo que ella no debe dejar de ser nun-ca. En concreto, a la concepción medieval de la Iglesia como “madre de los creyentes” (la cual el Reformador acepta) Calvino añade el calificativo de “escuela”: “Mi intención es tratar aquí de la Iglesia visible, y por eso aprendamos ya de solo su título de madre qué provechoso y necesario nos es conocerla […]. Porque nuestra debilidad no sufre que se-amos despedidos de la escuela hasta que hayamos pasado toda nuestra vi-da como discípulos”. El profesor David C. Steinmetz explica en qué se traduce esta concepción de Calvino de la “Iglesia madre y maestra”:

“El ideal calvinista era situar a un glosador erudito en cada púlpito. La iglesia local vino a ser menos un espacio sagrado para la celebración de los misterios religiosos que una sala de asambleas para la educación teológica del pueblo laico. Los historiadores no deben sorprenderse de que el pastor en las iglesias reformadas a menudo fuera conocido como un anciano docente. La enseñanza se convirtió en la función central del ministro de la iglesia local en una iglesia que era tanto madre como escuela.”

Continuará …

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LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 4

Blog101D

Ahora, destaquemos para beneficio de los lectores jóvenes algunas de las características por las cuales se puede identificar una pareja consagrada e idónea.

Primero, la reputación: un hombre bueno por lo general tiene un buen nombre (Prov. 22:1). Nadie puede acusarlo de pecados patentes.

Segundo, el semblante: nuestro aspecto revela nuestro carácter, y es por eso que las Escrituras hablan de “miradas orgullosas” y “miradas lascivas”, “La apariencia de sus rostros testifica contra ellos” (Isa. 3:9).

Tercero, lo que dice: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12:34). “El corazón del sabio hace prudente su boca, y añade gracia a sus labios” (Prov. 16:23). “Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua” (Prov. 31:26).

Cuarto, la ropa: la mujer modesta se conoce por la modestia de su ropa. Si la ropa es vulgar o llamativa, el corazón es vanidoso. Quinto, la gente con quien anda: Dios los cría y ellos se juntan: se puede conocer a una persona por las personas con quien se asocia.

Quizá no vendría mal una advertencia. No importa con cuánto cuidado y oración uno elige su pareja, su matrimonio nunca será perfecto. No que Dios no la haya hecho perfecto, sino que, desde entonces el hombre ha caído, y la caída ha estropeado todo. Puede ser que la manzana siga siendo dulce, pero tiene un gusano adentro. La rosa no ha perdido su fragancia, pero tiene espinas. Queramos o no, en todas partes leemos de la ruina que causa el pecado. Entonces no soñemos de esa persona perfecta que una imaginación enferma inventa y que los novelistas describen. Aun los hombres y mujeres más consagrados tienen sus fallas, y aunque son fáciles de sobrellevar cuando existe un amor auténtico, de igual manera hay que sobrellevarlas.

Agreguemos algunos comentarios breves sobre la vida familiar de la pareja casada. Obtendrás luz y ayuda aquí si tienes en cuenta que el matrimonio es usado como un ejemplo de la relación entre Cristo y su iglesia. Esto, pues, incluye tres cosas.

Primero, la actitud y las acciones del esposo y la esposa tienen que ser reguladas por el amor. Ese es el vínculo que consolida la relación entre el Señor Jesús y su esposa; un amor santo, un amor sacrificado, un amor perdurable que nunca puede dejar de ser. No hay nada como el amor para hacer que todo marche bien en la vida diaria del hogar. El esposo tiene con su pareja la misma relación que el Redentor con el redimido, y de allí la exhortación: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia” (Ef. 5:25), con un amor fuerte y constante, buscando siempre el bien para ella, atendiendo sus necesidades, protegiéndola y manteniéndola, aceptando sus debilidades, “dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Ped. 3:7).

Segundo, el liderazgo del esposo. “El varón es la cabeza de la mujer” (1 Cor. 11:3). “Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia” (Ef. 5:23). A menos que esta posición dada por Dios se observe, habrá confusión. El hogar tiene que tener un líder, y Dios ha encargado su dirección al esposo, haciéndolo responsable del orden en su administración. Se perderá mucho si el hombre cede el gobierno a su esposa. Pero esto no significa que la Biblia le da permiso para ser un tirano doméstico, tratando a su esposa como una sirvienta: su dominio debe ser llevado a cabo con amor hacia la que es su consorte. “Vosotros maridos, igualmente, vivid con ellas” (1 Ped. 3:7). Busquen su compañía cuando haya acabado la labor del día…

Tercero, la sujeción de la esposa. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” (Ef. 5:22). Hay una sola excepción en la aplicación de esta regla: cuando el esposo manda lo que Dios prohíbe o prohíbe lo que Dios manda. “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” (1 Ped. 3:5). ¡Ay, qué poca evidencia de este “adorno” espiritual hay en la actualidad! “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza” (1 Ped. 3:6). La sujeción voluntaria y amorosa hacia el marido por respeto a la autoridad de Dios es lo que caracteriza a las hijas de Sara. Donde la esposa se niega a someterse a su esposo, es seguro que los hijos desobedecerán a sus padres ––quien siembra vientos, recoge tempestades…

De “Marriage – 13:4) en An Exposition of Hebrews
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Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de
Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La
soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y
muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más
adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

LA EXCELENCIA DEL MATRIMONIO 2

Blog101B

Así como Dios el Padre honró la institución del matrimonio, también lo hizo Dios el Hijo.

Primero: por haber “nacido de mujer”(Gál. 4:4). Segundo: por sus milagros, porque su primera señal sobrenatural fue en la boda en Caná de Galilea (Juan 2:8), donde transformó el agua en vino, sugiriendo que si Cristo está presente en la boda de usted (es decir, si se “casa en el Señor”) su vida será gozosa o bendecida.

Tercero: por sus parábolas, porque comparó el reino de Dios con un matrimonio (Mat. 22:2) y la santidad con un “vestido de boda” (Mat. 22:11). Lo mismo hizo en sus enseñanzas. Cuando los fariseos trataron de tenderle una trampa con el tema del divorcio, dio su aprobación oficial al orden original, agregando “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mat. 19:4-6).
La institución del matrimonio también ha sido honrada por el Espíritu Santo: Porque la usó como un ejemplo de la unión que existe entre Cristo y la iglesia: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.

Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Ef. 5:31-32). La Biblia compara repetidamente la relación entre el Redentor y el redimido con la que existe entre un hombre y una mujer casados: Cristo es el “Esposo” (Isa. 54:5), la iglesia es la “esposa” (Apoc. 21:9). “Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo” (Jer. 3:14). Así que cada persona de la bendita Trinidad ha puesto su sello de aprobación sobre el estado matrimonial.

No hay duda de que en el matrimonio verdadero, cada parte ayuda de igual manera a la otra, y en vista de lo que he señalado anteriormente, cualquiera que se atreve a creer o enseñar otra doctrina o filosofía lo hace en contra del Altísimo. No es que esto establezca la regla absoluta de que todos los hombres y todas las mujeres están obligados a contraer matrimonio: puede haber buenas y sabias razones para vivir solos y motivos adecuados para quedarse solteros física y moralmente, doméstica y socialmente. No obstante, la soltería debe ser considerada… la excepción en lugar de lo ideal. Cualquier enseñanza que lleve a los hombres y a las mujeres a pensar en el matrimonio como una esclavitud y el sacrificio de toda independencia o que considera que ser esposa y ser madre es algo desagradable que interfiere con el destino más importante de la mujer, cualquier sentimiento público que sugiere el celibato como algo más deseable y honroso o que sustituye cualquier otra cosa por el matrimonio y el hogar, no solo contradice la ordenanza de Dios sino que abre la puerta a crímenes indescriptibles y amenaza el fundamento mismo de la sociedad.

ES LÓGICO PENSAR QUE EL ESTABLECIMIENTO DEL MATRIMONIO TIENE QUE TENER SUS RAZONES.

Las Escrituras dan tres:
Primero, procrear hijos: Este es el propósito obvio y normal. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén 1:27), no ambos hombres o ambos mujeres, sino una hombre y una mujer. Para que esto fuera claro y no diera pie a equivocaciones, Dios dijo: “Fructificad y multiplicaos” (1:28). Por esta razón, a esta unión se la llama “matrimonio” lo cual significa maternidad, porque es el resultado de que vírgenes lleguen a ser madres. Por lo tanto, es preferible contraer matrimonio en la juventud, antes de haber pasado la flor de la vida: dos veces leemos en las Escrituras acerca de “la mujer de tu juventud” (Prov. 5:18; Mal. 2:15). Hemos destacado que tener los hijos es una finalidad “normal” del matrimonio; no obstante, hay momentos especiales que causan una “angustia” aguda como la que indica 1 Corintios 7:29.

Segundo, el matrimonio fue concebido como una prevención contra la inmoralidad: “Pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido” (1 Cor 7:2). Si alguno fuera exento, se supone que serían los reyes a fin de evitar que no tuvieran un sucesor al trono por la infertilidad de su esposa; no obstante, al rey se le prohíbe tener más de una esposa (Deut. 17:17), demostrando que el hecho de poner en peligro la monarquía no es suficiente razón para justificar el pecado del
adulterio. Por esta razón, a la prostituta se la llama “mujer extraña” (Prov. 2:16), mostrando que debiera ser una extraña para nosotros; y a los niños nacidos fuera del matrimonio, se los llama “bastardos” los cuales bajo la Ley eran excluidos de la congregación del Señor (Deut. 23:2).

El tercer propósito del matrimonio es evitar la soledad: Esto es lo que quiere decir “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén. 2:18), como si el Señor estuviera diciendo: “Esta vida sería tediosa e infeliz si al hombre no se le diera una compañera”. “¡Ay del solo! Que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (Ecl. 4:10). Alguien ha dicho: “Como una tortuga que ha perdido su pareja, como una pierna cuando amputaron la otra, como un ala cuando la otra ha sido cortada, así hubiera sido el hombre si Dios no le hubiera dado una mujer”. Por lo tanto, Dios unió al hombre y a la mujer para compañía y bienestar mutuo, de modo que los cuidados y temores de esta vida fueran mitigados por el optimismo y la ayuda de su pareja.

Continuara …

De “Marriage – 13:4” en An Exposition of Hebrews
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Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro de la Biblia itinerante, autor de Studies in the Scriptures, The Sovereignty of God (Estudios en las Escrituras, La soberanía de Dios—ambos reimpresos y a su disposición en Chapel Library), y muchos más. Nacido en Gran Bretaña, inmigró a los Estados Unidos y más adelante volvió a su patria en 1934. Nació en Nottingham, Inglaterra.

Conversión de los miembros de la familia 3

Blog96C

8. Procuren por todos los medios que todos participen de las ordenanzas públicas, porque allí Dios está presente de un modo más especial. Hace que el lugar de sus pies sea glorioso. Aunque el mandato de Dios era que solo los varones fueran a las fiestas solemnes en Silo, Elcana llevaba a toda su familia al sacrificio anual (1 Sam. 1:21). Quería que su esposa, hijos y siervo estuvieran “en la casa de Jehová” para “contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo” (Sal. 27:4). También Cornelio, cuando Pedro llegó a Cesarea para predicar por mandato de Dios, llamó a todos sus familiares y conocidos para escuchar el sermón (Hech. 10:24)… Recuerden examinarlos para ver si prestaron atención, como lo hizo Jesús cuando predicó su famoso sermón junto al mar. Les preguntó a sus discípulos: “¿Habéis entendido todas estas cosas?” (Mat. 13:51). Cuando ya estaban solos les explicó más en detalle las cosas que había enseñado (Mar. 4:34).

9. Si lo antedicho no da resultado, sino que los que están a su cargo siguen pecando, tendrán que recurrir a la corrección paternal. Ahora bien, las reprensiones tienen que depender de la edad, el temperamento, carácter y las diversas cualidades y tipos de ofensas de cada uno. Otorgue su perdón por faltas leves en cuanto muestran arrepentimiento y pesar. Tienen que considerar si las faltas de ellos proceden de su imprudencia y debilidad, en qué circunstancias y como resultado de qué provocaciones o tentaciones. Observen si parecen estar realmente arrepentidos y verdaderamente humillados… En estos y otros casos similares, deben los padres tener mucho cuidado y prudencia. El castigo merecido es una parte de la justicia familiar, y hay que tener cuidado de que por eximirlos de castigo, ellos y sus amigos se endurezcan en sus pecados y se pongan obstinados y rebeldes en contra de los mandamientos de Dios. “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige. Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol” (Prov. 13:24; 23:14). Esta es una orden y un mandato de Dios. “Tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos” (Heb. 12:9). Algunos progenitores y maestros se conducen más como bestias embravecidas que como seres humanos: disfrutan de corregir tiránicamente. Pueden dejar que sus hijos digan groserías, mentiras y que roben, y cometan cualquier otro pecado sin corregirlos para nada. Pero si no hacen lo que ellos quieren que hagan, caen sobre ellos y los despedazan como bestias salvajes. ¡Sepan que en el Día del Juicio, estos  rendirán cuenta de sus acciones viles! ¡Ay, mejor déjenles ver que están  indignados por lo hecho contra Dios y no contra ustedes! Tienen que sentir mucha compasión por sus almas y un amor santo mezclado con su ira contra el pecado… Tengan cuidado, sean imparciales y reúnase con ambas partes cuando hay quejas mutuas. Pero si están convencidos de que ninguna otra cosa fuera de la corrección daría resultado, sigan el mandato de Dios: “corrige a tu hijo, y te dará descanso” (Prov. 29:17)… pero eviten toda corrección violenta y apasionada. El que ataca cuando arde su pasión se arriesga demasiado a sobrepasar los límites de la moderación… tengan cuidado, no sea que por demasiados castigos físicos su hijo termine sintiéndose envilecido ante sus propios ojos (Deut. 25:3).

10. Si los medios ya mencionados son eficaces por bendición divina, entonces elogien a sus hijos y anímelos, pero no demasiado. Al igual que los magistrados, los padres a veces tienen que elogiar a los que hacen el bien (Rom. 13:3). Nuestro Señor a veces se acerca y dice: “Bien, buen siervo y fiel” (Mat. 25:21). Entonces, cuando los resultados son prometedores y los que están a su cargo demuestran ser responsables, tienen ustedes que alentarlos demostrando su aprobación… Pero no demasiado, porque los barquitos no pueden aguantar grandes velámenes. Muchas veces el exceso de elogios genera orgullo y arrogancia, y a veces altanería y exceso de confianza.

11. ¿Comienzan ellos a mejorar y prosperar en su obediencia y empiezan a aceptar con buena actitud sus preceptos? Entonces, conquístenlos todavía más con recompensas según sus diversas capacidades y su posición. Dios se complace en atraernos a los caminos de santidad con la promesa de una recompensa: “es galardonador de los que le buscan” (Heb. 11:6). A medida que van creciendo, deles recompensas que son las apropiadas para su edad. En algunos casos, han probado ser muy motivadoras, al menos en lo que se refiere a la obra externa de la religión en los pequeños… Recuerde que cuando el hijo pródigo de la parábola volvió a su hogar para vivir una vida nueva, el padre hizo matar el becerro gordo, le hizo poner el mejor vestido, poner un anillo en su mano y calzado en sus pies (Luc. 15:22).

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Tomado de Puritan Sermons 1659-1689, Being the Morning Exercises at Cripplegate

Samuel Lee (1627-1691): Pastor puritano congregacional en St. Botolph,
Bishopsgate; nacido en Londres, Inglaterra.