Antídoto contra el papado [8]

Añadiré un particular mas con referencia al estado de la iglesia, que se halla en su gobierno y disciplina.

Aquí, también ha habido un desacierto fatal como nunca antes se había visto en la religión cristiana. Habiéndose perdido la verdad en cuanto al sentido y la experiencia de su eficacia o poder, enseguida se levantó en su lugar una imagen sangrienta destructiva para las vidas y las almas de los hombres. También trataremos este tema brevemente. Todos reconocen ciertos principios de verdad con respecto a esto, como:

1. Que Cristo el Señor ha señalado un gobierno y disciplina en su iglesia para su bien y su protección. Ninguna sociedad puede subsistir sin el poder y el ejercicio de algún gobierno en sí misma, porque el gobierno no es otra cosa que el mantenimiento del orden, sin el cual no hay sino confusión. La iglesia es la sociedad más perfecta de la tierra, al estar unida y concertada por los mejores y más excelsos lazos de que es capaz nuestra naturaleza (cf. Ef. 4:16; Col. 2:1 9). Debe, por tanto, tener un gobierno y una disciplina en sí misma; teniendo en cuenta la sabiduría y la autoridad de aquel por quien fue instituida, debemos suponer que son los más perfectos.

2.Que esta disciplina es poderosa y efectiva para todos sus fines propios. Así debe estimarse, teniendo en cuenta la sabiduría de aquel que la seña. Y, desde luego, así es. Suponer que Cristo el Señor ordenase un gobierno y una disciplina en su iglesia que no alcanzasen sus fines en sí mismos, y por su sola administración, es proyectar la mayor deshonra sobre él. En efecto: si cualquier iglesia o sociedad de cristianos profesantes cae en este estado y condición, en el cual la disciplina señalada por Cristo no puede ser efectiva para sus fines propios, Cristo ha abandonado a esa iglesia o sociedad. Además, el Espíritu Santo afirma que el ministerio de la iglesia, en su administración, es “poderoso en Dios” para todos sus fines (cf. 2 Co. 10:4,5).

3.Los fines de esta disciplina son el orden, la paz, la pureza, y la santidad de la iglesia, con una representación del amor, el cuidado, y la atención de Cristo sobre ella, y un testimonio de su juicio futuro. La imaginación de otros fines cualesquiera ha sido su ruina.

Y, hasta aquí, todos los que se confiesan cristianos están de acuerdo, al menos de palabra. Ninguno se atreve a negar ninguno de estos principios. No, puesto que ello no aseguraría el abuso de ellos, que es el interés de muchos.

4.Pero a todos ellos debemos añadir también, y esto con la misma evidencia irresistible de verdad, que el poder y la eficacia de esta disciplina, que tiene de la institución de Cristo, son solamente espiritual, y tienen todos sus efectos en las almas y conciencias de aquellos que profesan sujeción a él, con respecto a los fines antes mencionados. Así lo describe, expresamente, el apóstol: “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Co. 10:4, 5). Estos son los fines de la predicación del evangelio, así como también de la disciplina de la iglesia. Son las maneras y los medios de su eficacia: ella es espiritualmente poderosa en Dios para todos estos fines, y no tiene ningún otro. Pero, inmediatamente, veremos la total inversión de este orden en una imagen que se ha puesto en su lugar.

5.Al menos, los cristianos primitivos, experimentaron el poder y la eficacia de esta disciplina espiritual para su fin propio. Durante trescientos años, la iglesia no tuvo otra manera o medio para mantener su orden, su paz, su pureza, y su santidad, excepto la eficacia espiritual de esta disciplina en las almas y las conciencias de los cristianos profesantes. No fracasó en esto ni las iglesias conservaron mejor la paz y la pureza que cuando tuvieron esta única disciplina para su preservación, sin la menor contribución de la asistencia del poder secular ni nada que pudiera operar en los asuntos externos de la humanidad. No podemos dar otra razón de por qué no debería seguir teniendo la misma utilidad y eficacia en todas las iglesias”, sino tan solo la pérdida de todas aquellas gracias internas necesarias para hacer efectiva la institución del evangelio.

Por tanto, todo sentido y experiencia de esto —del poder y la eficacia espiritual de esta dísciplina— se perdieron por completo entre la mayoría de los que se llamaban cristianos. Ni los que habían asumido la pretensión de su administración ni aquellos hacia quienes se administraba, podían encontrar nada en ella que afectara a las conciencias de los hombres, con respecto a sus propios fines. Les parecía algo del todo inútil en la iglesia, por lo que ninguna clase de persona se interesaría. ¿Qué harán ahora? ¿Qué curso tomarán? ¿Renunciarán a todos aquellos principios de verdad que hemos expuestos con respecto a ella, y la excluirán a ella y hasta su nombre de la iglesia? Probablemente esto habría sido su fin, de no haber hallado una manera de arrebatarle su pretensión, para su indecible provecho. Por tanto, idearon y fabricaron una horrenda imagen del gobierno y la disciplina santos y espirituales del evangelio. Era una imagen coherente en fuerza y tiranía externas sobre las personas, las libertades y las vidas de los hombres, ejercitadas con armas poderosas por medio del diablo, para arrojar a los hombres a las prisiones y destruirlos. De este modo, habiéndose perdido aquello que fue señalado para la paz y la edificación de la iglesia, se constituyó una maquinaria, bajo su nombre y pretensión, para su ruina y destrucción. Y así sigue siendo hasta el dia de hoy.

En los corazones de los hombres nunca había entrado la disposición de establecer una disciplina en la Iglesia de Cristo con leyes, tribunales, multas, sanciones, encarcelamientos, y hogueras, excepto que hubiesen perdido por completo, y causado que otros implicados también lo hicieran, toda experiencia del poder y la eficacia de la disciplina de Cristo hacia las almas y las conciencias de los hombres. Pero aquí la dejaron a un lado, como una herramienta inútil que podía prestar algún servicio en las manos de los apóstoles y las iglesias primitivas, mientras quedara vida y sentido espiritual entre los cristianos. Pero, en cuanto a ellos y lo que ellos se proponían, no era de ninguna utilidad en absoluto. Sería muy largo de explicar la deformidad de esta imagen en sus varias partes; su disimilitud universal con respecto a aquello cuyo nombre lleva y que pretende ser; las distintas fases en las que fue forjada, formada y erigida, y las ocasiones y ventajas tomadas para su exaltación. Y es que fue sutilmente entretejida con otras abominaciones, en el completo Misterio de la Iniquidad, hasta que llegó a ser la misma vida, o principio animador, del anticristianismo. Porque, comoquiera que los hombres puedan proyectar luz mediante el gobierno y la disciplina de Cristo en su iglesia, así como su poder y su eficacia espiritual hacia las almas y las conciencias de los hombres, el rechazo de ella y el levantamiento de una horrenda imagen de poder, dominio y fuerza mundana en su lugar, y bajo su nombre, fue lo que comenzó, continuó y sigue manteniendo la fatal apostasia de la Iglesia de Roma.

llustraré tan solo un detalle. Sobre el cambio de este gobierno de Cristo y, al mismo tiempo, la colocación de Mauzzim, o una imagen, o “dios de las fortalezas” [Dn. 6:38], en su lugar, se vieron obligados a cambiar todos los fines de aquella disciplina, y a hacer una imagen de ellos también. La razón es que este nuevo instrumento de fuerza externa no tenía ninguna utilidad con respecto a ellos, que son la paz, la pureza, el amor, y la edificación espiritual de la iglesia, como ya hemos dicho. La fuerza externa no es, en modo alguno, adecuada para alcanzar ninguno de estos fines. Por tanto, deben hacer una imagen de ellos también, o poner alguna forma muerta en su lugar. Y fue la sujeción universal al papa, según todas las reglas, órdenes y cánones que debían inventar. Uniformidad, aquí, y obediencia canónica, es todo el fin que permitirán a la disciplina de su iglesia. Y estas cosas concuerdan porque nada, excepto la fuerza externa, por medio de leyes y sanciones, sirve para alcanzar este fin. Así que se fabricó y se erigió una imagen de la santa disciplina de Cristo y de sus benditos fines, que consistía en estas dos partes: la fuerza externa y la sujeción fingida. Difícilmente se podría dar en el mundo el ejemplo de un hombre que se inclinara alguna vez ante esta imagen, o se sometiera a alguna censura eclesiástica, por respeto personal a ella. La fuerza y el temor lo gobiernan todo.

Esta es la disciplina para cuya ejecución se ha derramado la sangre de una innumerable compañía de santos mártires, la que actúa en todos los espíritus vitales del papado y por la cual este subsiste. Aún siendo la imagen del celo, o de la primera bestia levantada por el dragón, no se puede negar que se ha acomodado muy sabiamente al estado presente de los que, entre ellos, se llaman cristianos. Siendo tan ciegos como carnales, y habiendo perdido de ese modo todo sentido y experiencia del poder espiritual del gobierno de Cristo en sus conciencias, se han convertido en un rebaño que no es adecuado para ser gobernado o dirigido de ninguna otra manera. Por tanto, deben morar bajo su servidumbre, hasta que se aparte el velo de ceguera, y vuelvan a Dios por su Palabra y su Espíritu. Porque, “donde está el Espíritu del Señor”, allí y únicamente allí, “hay libertad”.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R

Antídoto contra el papado [5]

Todos los cristianos tienen la convicción universal e incuestionable de la existencia de una comunión estrecha e íntima con Cristo, y participacion de él, en la cena del Señor.

No es cristiano quien piense de otro modo. Por consiguiente, desde el principio se consideró, merecidamente, que este era el misterio principal en el programa de la iglesia, porque esta convicción se afirma sobre testimonios divinos infalibles. La comunicación de Cristo en ella y nuestra participación de él, se expresan de tal modo que resultan exclusivas hasta tal punto que no se pueden conseguir de ninguna otra manera ni ordenanza divina; ni en la oración, ni en la predicación, ni en ningún otro ejercicio de fe en la palabra o las promesas. En ella se come el cuerpo y se bebe la sangre de Cristo y esto entraña una incorporación espiritual que solo existe en esta ordenanza. Sin embargo, esta comunión especial y particular con Cristo, y la participación de él, son algo espiritual y místico, por fe; no es carnal ni corporal. Imaginar una participación de Cristo en esta vida, que no sea por fe, es echar por tierra el evangelio. Expresar la verdadera comunicación de sí mismo y los beneficios de su mediación a los que creen, y que esto llegue a ser la comida de sus almas que los nutra para vida eterna, es lo que el mismo define al principio de su ministerio como “comer su came” y “beber su sangre”. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn. 6:53). Sin embargo, muchos se ofendieron al suponer que se refería a comer su carne y beber su sangre de un modo literal, y que les estaba enseñando a ser caníbales. Por tanto, con el fin de instruir a sus discípulos de un modo correcto en cuanto a este misterio, da una regla eterna de la interpretación de dichas expresiones, v. 63: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espiritu y son vida”. Buscar cualquier otro tipo de comunicación con Cristo, o de su carne y sangre, que no sea espiritual es contradecirle en la interpretación que él da de sus propias palabras.

Por consiguiente, esta comunión especial con Cristo y la participación de él son por fe. Si no fuese así, todos los incrédulos deberían participar de Cristo del mismo modo que los creyentes. Esto sería una contradicción, porque creer en Cristo y ser hechos partícipes de él son una misma cosa. Debemos, por tanto, encontrar esta singular participación de Cristo en los actos especiales de la fe, en lo que se refiere a la manifestación especial y particular de Cristo a nosotros en esta ordenanza.

Y estos actos de la fe son muchos y diversos, pero se pueden presentar en cuatro apartados:

1.Actúa en sí misma en obediencia a la autoridad de Cristo en esta institución. Este es el fundamento de toda comunión con Cristo, o participación de él, en todas y cada una de las ordenanzas de adoración divina y, en particular, la de su propia designación soberana. Se debe hacer en aquellas circunstancias (en cuanto a tiempo, ocasión y manera) que requieren actos especiales de fe. La institución de esta ordenanza se produjo en el desenlace de su ministerio u oficio profético en la tierra, y cuando empezó a ejercer su oficio sacerdotal ofreciéndose a si mismo en sacrificio a Dios por los pecados de la iglesia. En ese intervalo y con el fin de que ambos fueran eficaces para nosotros, interpuso un decreto de su oficio real al instituir esta ordenanza. Y esto fue “la misma noche en que fue entregado”, cuando su corazón santo estaba en el más elevado ejercicio de celo por la gloria de Dios y compasión por las almas de los pecadores. La fe tiene, en esto, un respeto especial hacia todas estas cosas. No actua solamente por sujeción del alma y la conciencia a la autoridad de Cristo en la institución, sino que también respeta el ejercicio de su autoridad en el desenlace de su oficio profético y el inicio del ejercicio de su oficio sacerdotal en la tierra, con todas las demás circunstancias que la recomiendan a las almas y conciencias de los creyentes. Esto es característico de esta ordenanza y, por tanto, de la participación de Cristo. En ella la fe, ejercida como es debido, proporciona al alma una conversación intima con Cristo.

2.En esta ordenanza divina existe una representación particular del amor y la gracia de Cristo en su muerte y sufrimientos, en cuanto al medio y a la forma de nuestra reconciliación con Dios por su sangre. Sin embargo, la representación de ambos es tan eminente que no se puede hacer solo de palabra. Es una imagen espiritual de Cristo que se nos propone y que afecta, íntimamente, a toda nuestra alma. Estas cosas —es decir, el inefable amor y la gracia de Cristo; la amargura de sus sufrimientos y muerte en nuestro lugar; el sacrificio que ofreció a Dios por su sangre, con su efecto de expiación y reconciliación—, reunidas aquí en una propuesta completa para nuestras almas, hacen que la fe se ejercite de una manera especial como en ninguna [otra] ordenanza divina, o manera de proponérnoslas. En realidad, las Escrituras nos presentan todas estas cosas de forma distinta y por partes para nuestra instrucción y edificación. La luz se creó primero y se difundió por toda la creación, y bastó para iluminarla toda ella de forma general. Sin embargo, fue mucho mas útil, gloriosa y llamativa al ser reducida y contraída en el cuerpo del sol. Lo mismo ocurre con las verdades con respecto a Cristo: cuando se difunden a lo largo de la Escritura son suficientes para iluminar e instruir a la iglesia; pero cuando, por sabiduría e instrucción divina, son contraídas en esta ordenanza, su gustación y eficacia son más eminentes y comunicativas a los ojos de nuestro entendimiento —es decir, nuestra fe— que meras propuestas parciales en la Palabra. De este modo, la fe conduce al alma a una comunión particular con Cristo y, en ella, participa de él de una manera especial.

3.Aquí, la fe respeta la manera particular de la comunicación y de manifestarse Cristo a nosotros por símbolos o signos externos perceptibles que son el pan y el vino. En su elección encuentra la sabiduría divina y soberanía de Cristo, no teniendo otro fundamento en la razón o la luz de la naturaleza. Y la representación que aquí se hace de él junto con los beneficios de su muerte y oblación solo es adecuada para la fe, sin ayuda de los sentidos o la imaginación. Aunque los símbolos sean visibles, los sentidos y la razón no pueden discernir su relación con aquellas cosas que dan a entender. Si él hubiese escogido para este fin una imagen, un crucifijo, o acciones que, por un tipo de semejanza natural y significativa, manifestasen su pasión, lo que el hizo y sufrió, la fe no habría sido necesaria en este asunto. Por tanto, como veremos, son aquellos que, habiendo perdido el uso y el ejercicio de la fe en este menester, han descubierto estas cosas. Además, la fe es la única que abarca la unión sacramental existente entre los signos externos y las cosas que representan, en virtud de la institución divina. De este modo, lo uno [estas últimas] (es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo) se manifiesta realmente y se comunica a las almas de los creyentes del mismo modo que los signos externos lo hacen con sus sentidos corporales. De este modo, por medio del sacramento, los signos llegan a ser para nosotros aquello que las cosas señaladas son en sí mismas, y, por tanto, se las llama por sus nombres. Esto conlleva un ejercicio exclusivo de fe y una participación propia de Cristo, que no se haya en ninguna otra ordenanza. En efecto; los actos de la fe con respecto a la unión y la relación sacramental entre los signos y las cosas que señalan, en virtud de la institución y la promesa divina, son aqui su uso y su ejercicio principal.

4.Existe un ejercicio de fe singular en la recepción de Cristo, puesto que su cuerpo y sangre se nos ofrecen y presentan en sus signos externos. Aunque no contienen fisicamente la carne y sangre de Cristo en ellos ni se transforman en ellas, al participar de ellos Cristo se está manifestando verdaderamente a los que creen. La fe es la gracia que hace que el alma reciba a Cristo y, el medio por el cual lo recibe realmente. “A todos los que le reciben, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Y lo recibe según nos lo propone y manifiesta la declaración y la promesa del evangelio, que es donde se presenta. Lo recibe por el asentimiento de la mente a esta verdad, por medio de la gracia, eligiéndole a él, aferrándose y confiando en él con la voluntad, el corazón y el afecto, en todos los fines de su persona y sus decisiones como mediador entre Dios y el hombre. En su misterioso ofrecimiento sacramental, su cuerpo y su sangre —es decir, en la eficacia de su muerte y sacrificio— en esta ordenanza de adoración, al recibirlo la fe actúa en toda el alma, en todos los propósitos especiales para los cuales se manifiesta a nosotros por este medio y de esta forma. Este no es el lugar adecuado para declarar cuales son estos fines que dan fuerza y eficacia a los actos de la fe en este menester.

He mencionado estas cosas por ser la gran alegación de los papistas de hoy, en nombre de su transubstanciación: si rechazamos la masticación oral o material de la carne de Cristo y beber de su sangre, no existirá ninguna otra manera de participar de Cristo al recibirlo en este sacramento, aparte de la que se hace en la predicación de la palabra. Sin embargo, como veremos, con esto no hacen más que declarar que ignoran este misterio celestial. En la institución divina del culto, los creyentes experimentan esta bendita e íntima comunión con Cristo con gozo inefable y para su satisfacción. Descubren que es la comida espiritual de sus almas que los nutre para vida eterna, mediante la incorporación espiritual con él. Disciernen la verdad de este misterio y experimentan su poder. Aunque al ser cada vez más carnales y destituidos de la luz espiritual junto con la sabiduría de la fe, los hombres perdieron toda experiencia de comunión con Cristo y participación de él en este sacramento. Basándose en los principios de la verdad del evangelio no podían encontrar nada en esto: ningún poder, ninguna eficacia —nada que respondiese a las grandes y gloriosas cosas que se decían sobre ello—, y tampoco era posible que lo hicieran. Y es que ciertamente esto no contiene nada en sí mismo excepto para la fe, así como la luz del sol no significa nada para los que no tienen ojos. Un perro y un bastón son de más utilidad para un ciego que el sol. Tampoco la música más melodiosa representa nada para los sordos. Pero, a pesar de haber perdido esta experiencia espiritual, retuvieron la noción de la verdad: en este sacramento debe haber una participación particular de Cristo distinta de todos los demás medios y formas de la misma gracia.

(Continuará)…
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John Owen (1625-1699) fue un líder eclesiástico, teólogo y administrador académico no conformista de la Universidad de Oxford. Puritano. Extraído de N. R