El legado espiritual de Juan Calvino 8

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Calvino y las fuentes de riqueza sociales y económicas

La actividad de Calvino no se circunscribió únicamente al campo religioso y educativo, sino que se manifestó también en la ideación y promoción de importantes proyectos sociales y económicos. Siempre tuvo el Reformador una clara conciencia de las implicaciones prácticas del cristianismo. Bajo su iniciativa se crearon en Ginebra innovadoras fuentes de trabajo y se emprendieron modernas medidas de racionalización de la industria y el comercio que, unidas a unas eficientes disposiciones de ahorro e interés bancario, pronto harían de esta ciudad una de las más prósperas de Europa. A él se debió la reglamentación de todo un conjunto de normas para el servicio de recogida de basura y de ordenación de los cuerpos de policía y de bomberos. También por iniciativa de Calvino se implantaron estrictas normas de seguridad en la construcción de edificios y viviendas. La introducción de la industria de la seda en Ginebra —fuente de gran prosperidad económica y laboral para la ciudad—, se debió también al genio intuitivo del Reformador. Fue también a instancias de Calvino que el Consejo de Ginebra, por primera vez en Europa, aprobara y pusiera en práctica normas sociales de ayuda a los parados y a los refugiados.

Por todas estas iniciativas sociales y laborales, a Calvino le pertenece el honor de haber puesto punto final a la inhibidora banausía de tradición milenaria en Europa. A la luz de la Revelación —afirmaba el Reformador— todas las actividades y tareas del hombre son dignas, honorables e incluso medios para la gloria del Creador. El cristiano no puede desentenderse de la banausía, de lo de “aquí abajo”. Todas las actividades laborales —sean cuales sean— caen bajo el mandato cultural dado por Dios en Génesis, y el hombre debe efectuarlas movido por un profundo sentimiento de vocación. Esta incorporación del trabajo a la esfera religiosa fue una de las grandes aportaciones que hizo Calvino en el orden económico y social. Para el Reformador el ámbito de la soberanía de Dios englobaba también la esfera laboral y la del trabajo bien hecho.

EXTENSIÓN Y PROPAGACIÓN DEL CALVINISMO

Francia

Los grandes líderes del calvinismo, empezando por el propio Calvino, fueron franceses, pero la mayoría de estos no ejercieron su labor evangélica en suelo patrio. Aun así, bajo el ministerio de consagrados pastores y maestros, el movimiento reformado en Francia pronto adquirió importancia numérica e influencia social y política relevante. Ante este rápido crecimiento la represión católica no se hizo esperar, y los hugonotes —como así se conocía a los calvinistas franceses— sufrieron dura persecución. En la tristemente cé-lebre “Noche de San Bartolomé” (1572.), miles de hugonotes perdieron la vida. En el campo cultural, y al amparo de las libertades otorgadas por el Edicto de Nantes (1598), se fundaron las universidades calvinistas de Nimes, Montpelier, Saumur, Montauban y Sedan, que destacaron por la excelencia de sus planes educativos. A la muerte de Enrique IV, las persecuciones y represiones de instigación católica causaron una huida masiva de hugonotes a otros países europeos, e incluso al continente americano. Con la revocación del Edicto de Nantes (1686), por decisión de Luis XIV, los hugonotes que permanecieron en el país vivieron durante un tiempo bajo una dura situación de marginación. Aun así, la población minoritaria calvinista continuó siendo influyente en la cultura, la economía y la política del país. Figura destacada del calvinismo francés contemporáneo es la de Auguste o Reglas de Doctrina de Dordre Lecerf, vigoroso defensor del calvinismo histórico y agudo crítico de la tesis de M. Weber y E. Troeltsch sobre el origen calvinista del capitalismo moderno.

Holanda

Holanda ha sido siempre uno de los bastiones más sólidos y de mas arraigada tradición calvinista. Sus habitantes pronto acusaron una fuerte influencia luterana, que unida a la masiva afluencia de refugiados hugonotes y al destacado ministerio de capacitados líderes evangélicos —formados en su mayoría en el Colegio de Ginebra hicieron posible la rápida calvinización del país. La lista de grandes teólogos reformados que ha pro-ducido la nación holandesa es realmente notable, tanto por su número como por la relevancia de sus escritos. De uno de sus teólogos contemporáneos procede una importante aportación teológica al tema de la depravación total del ser humano por la Caída. Nos referimos a Abraham Kuyper (t 1920). Además de primer ministro de Holanda y fundador de la Universidad Libre de Amsterdam (1880), Kuyper ha sido uno de los teólogos más importantes de los últimos tiempos. Según Kuyper, los efectos de la depravación humana por el pecado no alcanzan total desarrollo y consumación gracias a la intervención del Espíritu Santo, que con su “gracia común” sobre toda la Humanidad, no solo detiene la total perversidad espiritual del hombre, sino que hace posible el que este pueda actualizar logros morales y avanzar culturalmente en todos los campos del saber. De hecho, con su concepto de gracia común, Kuyper amplió y desarrolló una idea teológica intuida ya por Calvino. Al referirse a las huellas que aún persisten de la imagen de Dios en los logros del hombre, el Reformador escribe:

“[…] Cuando al leer a los escritores paganos vemos en ellos esta admirable luz de la verdad que resplandece en sus escritos, ello nos debe servir como testimonio de que el entendimiento humano, por más que haya caído y degenerado de su integridad y perfección, sin embargo no deja de estar aún adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios. Si reconocemos al Espíritu de Dios por única fuente y Manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde quiera que la halláremos […]. Si, pues, Dios ha querido que los infieles nos sirviesen para entender la física, la dialéctica, las matemáticas y otras ciencias, sirvámonos de ellos en esto, temiendo que nuestra negligencia sea castigada si despreciamos los dones de Dios doquiera nos fueren ofrecidos (Institución de la religión nimiana) Felire, Rijssvijk 1986, I, 185, 186).”

La Universidad Libre de Ámsterdam se ha distinguido siempre por la gran erudición de su profesorado. Alumnos de muchos países —particularmente de Estados Unidos— han cursado estudios superiores y de doctorado en este prestigioso centro. Kuyper, junta-mente con H. Bavinck, D.H. Vollenhoven, H. Dooyeweerd, G.C. Berkouwer y otros pensadores y teólogos holandeses contemporáneos, han buscado presentar y aplicar la visión calvinista de la realidad a la problemática del hombre de hoy, para de este modo ofrecer las respuestas —siempre actuales— de las Escrituras a las disyuntivas e interrogantes de una sociedad desorientada y sin rumbo.

Inglaterra y Escocia

En Inglaterra. la teología calvinista ejerció un papel decisivo en el puritanismo, en las iglesias presbiterianas, en algunos sectores del anglicanismo y en las influyentes congregaciones bautistas del país. Todos estos grupos evangélicos, en mayor o menor grado, padecieron la incomprensión y la intolerancia de la Iglesia estatal anglicana. Los puritanos, además de excelentes predicadores y expositores de las Escrituras, fueron grandes teólogos. Puritanos de renombre fueron John Owen, Thomas Goodwin, Thomas Manton, John Flavel y Stephen Charnock. En el siglo. XVII, la labor conjunta de presbiterianos escoceses y puritanos ingleses produjo uno de los documentos teológicos más importante del calvinismo anglosajón: la Confesión de fe de Westminster (1643-1649), base doctrinal de las iglesias presbiterianas y fuente directa de inspiración de las confesiones calvinistas independientes, tanto congregacionalistas como bautistas. Los teólogos escoceses Henderson, Rutherford y Gullispie tuvieron una parte decisiva en la preparación de sus artículos. Es precisamente en esta confesión donde de un modo claro se proclaman los derechos inalienables de la conciencia (“Solo Dios es Señor de la conciencia”).

El Reino Unido ha dado grandes comentaristas de las Escrituras. En el listado de más de 1400 comentarios de la Biblia que detalla y valora C.H. Spurgeon en su Commenting & Comentaries (1876), la casi totalidad de sus autores han sido calvinistas. Además de George Whitefield, otro de las grandes oradores ingleses fue Charles H. Spurgeon (1834- 1892), el gran predicador bautista calvinista de la Inglaterra victoriana. De él realmente se puede decir que “muerto todavía habla” a través de sus numerosos sermones y escritos en constante reedición. En nuestro tiempo, la antorcha de la sana doctrina y el ministerio de la sacra elocuencia han tenido en el Dr. D. Martyn Lloyd-Jones a uno de sus más dignos representantes. Desde el púlpito de la Westminster Chapel londinense, y a través de sus escritos teológicos y comentarios de la Escritura, el Dr. Lloyd-Jones ha dado testimonio fiel del viejo calvinismo bíblico. En las últimas décadas la editorial del Reino Unido The Banner of Truth Trust ha llevado a término una encomiable y meritoria labor de reedición de las obras del tesoro calvinista de los Old Writers ingleses: incluyendo todos los escritos del bautista John Bunyan.

La instauración del calvinismo en Escocia se debió principalmente a la incansable labor reformista de John Knox, y a su continuador Andrew Melville. La kirk escocesa posiblemente ha sido el bastión más importante e influyente del calvinismo mundial. Ce-losa a lo sumo del señorío de Cristo en la esfera eclesial, la Iglesia presbiteriana escocesa se mostró siempre fiel seguidora de las enseñanzas doctrinales de Calvino.

Al igual que Holanda, Escocia ha sido tierra de grandes teólogos, entre los que destacan los nombres de Thomas Crawford. John Craig, William Cunningham, James Bannerman, Thomas Boston, y Thomas Chalmers. De este trasfondo teológico calvinista surgió la “Escuela del sentido común”, Iiderada por Thomas Reid. Posiblemente la escuela escocesa del Common Sense ha sido la expresión más sólida y lograda de un genuino pensamiento filosófico protestante. Los hermanos Haldane, James y Robert, fueron influyentes líderes de la Iglesia bautista escocesa. Robert Haldane fue autor de un importante comentario a la Epístola a los romanos y bajo su ministerio en el sur de Francia, y en la misma ciudad de Ginebra, tuvo lugar un gran avivamiento evangélico de retorno al calvinismo. Entre las muchas conversiones que tuvieron lugar bajo la predicación y enseñanza de Haldane cabe mencionar los nombres de César Malan, prolífico teólogo, predicador y autor de grandes y célebres himnos, y J.H. Merle d’Aubigné, importante historiador de la Reforma.

El calvinismo en otras tierras

Los primeros calvinistas que llegaron al Nuevo Mundo procedieron de Francia y Holanda. A estos se unieron, poco después, grupos numerosos de puritanos ingleses que se establecieron primordialmente en los estados de Nueva Inglaterra. Los emigrantes holandeses se instalaron mayoritariamente en los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Michigan. En la tercera década del siglo XVIII, y como resultado de la predicación del pastor reformado holandés Frelinghuysen y del ministro presbiteriano G. Tennent, se inició el famoso movimiento “avivacionista” conocido como The Great Awakening, y en el que tuvieron una parte muy activa el gran predicador George Whiteficld y el no menos famoso predicador y teólogo Jonatlum Edwards. Los calvinistas americanos ejercieron un papel decisivo en la separación de la Iglesia y el Estado y en el logro de otras libertades democráticas. Entre los firmantes de la Declaración de Independencia estaba el pastor calvinista John Witherspoon. Las más importantes y prestigiosas universidades estadounidenses se fundaron por iniciativa de ministros y líderes educativos calvinistas: Harvard (1636), Yale (1701), Princeton (1769), Auburn (1819), Western (1827) , McCormick (1830), etc. La lista de calvinistas americanos que han destacado en el campo de la teología es muy numerosa. Además del ya citado Jonathan Edwards, cabe destacar los nombres de C. Hodge, RJ. Breckinridge, J. H. Thornwell, H. B. Smith, Shedd, B.B. War-field, G. Machen, C. Van Til, etc. Los tres tomos de la Teología sistemática de Charles Hodge —durante más de cincuenta años profesor de Princeton— ha sido el texto base de teología utilizado por varias generaciones de estudiantes calvinistas en seminarios reformados.

También en el Ulster, Canadá, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, la impronta del calvinismo ha sido notable. Durante un tiempo también en Alemania, en la zona de Heidelberg, el calvinismo echó raíces. y desde allí se extendió a regiones de la checa Bohemia y también a Polonia. El Catecismo de Heidelberg (1563), obra de Zacarías Ursinus y Gaspar Oliviano, por su piedad y estilo sumamente personal, es una de las joyas más preciadas de la catequesis calvinista. En Ginebra, Londres y otras ciudades europeas se fundaron congregaciones de habla hispana e italiana. El italiano Pedro Mártir Vermigli (t 1567) fue teólogo de renombre, pastoreó congregaciones en Zurich y en otras ciudades suizas, y tomó una parte muy activa en la introducción del calvinismo en Inglaterra. Según testimonio de T. Beza, el español Juan Pérez organizó en Ginebra una congregación de creyentes hispanohablantes. Como ya se ha indicado, Casiodoro de Reina, Antonio del Corro, Constantino Ponce la Fuente, Cipriano de Valera y otros reformados españoles del siglo XVI, fueron también calvinistas.

Fin …

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El legado espiritual de Juan Calvino 7

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Calvino y la “teocracia” ginebrina

Ginebra bajo Calvino ha sido definida como teocracia, clerocracia también como bibliocracia. En esta concepción “teocrática” muchos son los estudiosos del Reformador que han llegado a la conclusión de que los fundamentos del gobierno eclesial, político y social desarrollados e implantados por Calvino en Ginebra fueron de carácter más vetotestamentario que neotestamentario. Estas afirmaciones no pueden tomarse a la ligera y, una vez más, merecen un juicio equilibrado a la luz de la enseñanza bíblica.

Las Escrituras describen la historia de la redención como un proceso de progresión creciente, que se inicia con la promesa de salvación dada a Adán y Eva, y que en el curso del tiempo, a través de la ley y los profetas, se amplía y enriquece en sus contenidos, hasta que en la “plenitud de los tiempos”, con la venida del Mesías, adquieren pleno cumplimiento. El Nuevo Testamento marca la pleroma de las crecientes y renovadas promesas de salvación del Antiguo Testamento. Evidentemente, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son Palabra de Dios, pero la luz de revelación soteriológica no es la misma en los dos Testamentos: de menos luz se pasa a más luz, hasta que en el Verbo encarnado la luz de la antigua dispensación se hace plena LUZ. “Dios es luz”, y los que han visto y ven al Hijo de Dios ven la luz del Padre. Y esto es así con todos los contenidos de la Escritura: encierran un mensaje revelacional que va constantemente a más en conformidad con los planes soberanos del Dios de la salvación y de la historia. Po-siblemente Calvino tuvo una idea demasiado horizontal del tiempo bíblico y situó los contenidos de ambos Testamentos a un mismo nivel de actualidad revelacional y de contenido. Esto podría explicar algunas de sus apelaciones al Antiguo Testamento como base argumentativa de sus concepciones más o menos teocráticas. ¿Pasaron estas apelaciones por el filtro de la pleroma del Nuevo Testamento?

Calvino rechazó la idea anabaptista de que toda la estructura eclesial concernía únicamente al ámbito de los creyentes, e hizo suya la distinción zuingliana de una Iglesia invisible en el seno de una Iglesia visible —la ecclesiola en ecclesia de Lutero—. En su aspecto visible la Iglesia es la comunidad de los que profesan la verdadera fe —con sus hijos—, predica fielmente la Palabra de Dios, administra correctamente los sacramentos y ejerce la disciplina sobre sus miembros. En su aspecto invisible la Iglesia es el cuerpo de los elegidos, la comunidad de los creyentes de todos los tiempos: la Iglesia católica, la Iglesia universal. Esta universalidad tiene también una manifestación visible. [Ni Calvino, ni los los reformados posteriores, han logrado clarificar suficientemente y convincentemente la idea de universalidad en la Iglesia visible]. Cristo es la cabeza de la Iglesia y la fuente de toda su autoridad. Cristo, a través de aquellos que han sido llamados a los diferentes ministerios eclesiales, ejerce su autoridad en la Iglesia. La elección de pastores, ancianos y diáconos por parte de la congregación “viene a ser la confirmación externa de la autoridad y llamamiento interno que estos han recibido de Cristo, el Señor de la Iglesia” —afirma Calvino—. El poder de la iglesia local reside en el cuerpo gobernante de la congregación local. La autoridad de la Iglesia es espiritual y concierne únicamente a los creyentes. A los presbíteros incumbe la implantación del buen orden y la disciplina en la Iglesia. Calvino hacía de la disciplina una de las señales de la verdadera Iglesia, y a través de ella confiaba instaurar el más alto grado de santidad y pureza moral en su seno.

En la aplicación de estos principios eclesiológicos, Calvino no fue consecuente. Y ello se debió, en parte, a que nunca pudo desprenderse de todo un lastre de prejuicios religiosos medievales, y que él pretendió de algún modo justificar recurriendo a cuestiona-bles paralelos con la teocracia vetotestamentaria. En contra de sus propias afirmaciones, Calvino fue incapaz de delimitar con precisión las diferencias de competencia entre lo estatal y lo eclesial. En la práctica, su idea de “iglesia visible” terminaría englobando en su seno a la esfera civil, e identificaría el ámbito eclesial con los límites geográficos de un territorio. Y es por esta identificación territorial por lo que en la Ginebra calvinista no había lugar para los disidentes religiosos: si pasado un tiempo razonable los extranjeros venidos a la ciudad no llegaban a identificarse con su credo doctrinal, obligatoriamente debían abandonar el cantón. Por otro lado, ¿era justo someter a los no creyentes de la Iglesia visible al régimen normativo y disciplinario de la autoridad eclesial?
Para Calvino, tanto la Iglesia como el Estado habían de supeditarse y regirse por la Palabra de Dios. Obviamente esto otorgaba a los pastores y teólogos un rango de autoridad superior al de los poderes civiles. Como intérpretes de la Revelación bíblica, los ministros del Evangelio podían determinar las pautas a seguir en todas las cuestiones de ámbito religioso, social y político. Y en tanto que Calvino era el gran expositor de las Escrituras, a todos los niveles sus consejos y dictámenes pesaban y eran tenidos en cuenta. Esto explica también el hecho de que el Reformador nunca pretendiera cargo político alguno, ni se diera prisa en obtener la ciudadanía ginebrina: en última instancia todo los resortes importantes de poder estaban en sus manos; e incluso en asuntos de índole muy secunda-ria, su juicio y opinión eran tenidos muy en cuenta. Al primer den-tista que se personó en Ginebra con ánimo de ejercer su profesión, no se le concedió la debida licencia hasta después de haber probado satisfactoriamente sus habilidades en la boca de Calvino.

En el ámbito de la disciplina eclesiástica, Calvino creía ver un ejemplo claro de interdependencia entre lo civil y lo eclesial. Esta creencia se basaba, una vez más, en la suposición de que todos los ciudadanos eran a la vez miembros de la Iglesia visible y, en con-secuencia, estaban sujetos también a su disciplina. Por otro lado, y en tanto que la autoridad del gobierno civil regía en el ámbito de las dos tablas de la Ley mosaica, entre sus obligaciones primaba la de “mantener el culto a Dios, preservar la verdadera doctrina y defender la constitución de la Iglesia”. Bajo este régimen autoritario, la vida de los habitantes de Ginebra transcurría dentro de unas reglas de estricta disciplina civil, moral y religiosa. La pena de muerte era preceptiva en casos de herejía, brujería y adulterio. Se castigaba con penas diversas las diversiones mundanas, la blasfemia, la lectura de libros “inmorales”, etc. Durante la semana, las actividades seculares se realizaban en estricta alternancia con las religiosas: estudio de las Escrituras, canto de los Salmos etc. La inasistencia a los servicios religiosos era sanciona-da, y con la finalidad de descubrir a los infractores inasistentes, se autorizaba a “oficiales espías” la entrada en las casas de los ciudadanos.

El juicio y muerte de Miguel Servet se enmarca en este contexto general de intolerancia que se vivía en Ginebra. En la condena y quema de herejes, la mente de muchos protestantes del siglo XVI permaneció ciegamente anclada en el catolicismo. De entre todas las formas de persecución, la más censurable y condenable es la religiosa, pues se practica en nombre de Dios y se opone radicalmente al espíritu del cristianismo y a las normas más esenciales de Humanidad. Y en esto las iglesias de la Reforma mostraron una tortuosa senda de actuación. Lutero —que en Worms revindicó los derechos inalienables de la conciencia, y en sus primeros escritos se nos muestra como campeón de la tolerancia— más tarde sucumbiría también a las viejas prácticas intransigentes del catolicismo.

La condena de Servet constituye la página negra de la biografía de Calvino. Calvino fue gran-de, sumamente grande en sus virtudes y talentos, pero en su talante religioso fue duro y radicalmente intolerante. Conoció personalmente a Servet en 1534, en París, y pronto se percató de que por su agudeza mental y radicalidad de ideas, el aragonés iba a ser un formidable enemigo de la teología reformada: como realmente así fue. Siete años antes de la muerte de Servet, en una carta a G. Farel, Calvino declaraba que de venir el aragonés a Ginebra haría uso de toda su autoridad para que no saliera de allí vivo ( […] Nam si venerit, modo valeat mea auctorita.s, vivum exire nunquam patiar). Para Calvino la persona y los escritos de Servet encarnaban la herejía en su grado más abyecto, y no cejó en su celo persecutorio del aragonés hasta verle en la hoguera ginebrina. (No se olvide, por otro lado, que Servet llegó a Ginebra huyendo de la condena a la hoguera que le había impuesto la Iglesia católica). Al reprobar y condenar a Calvino por la muerte de Servet, de hecho condenamos a toda una época. Los líderes religiosos de aquel tiempo —tanto católicos como protestantes— fueron radicalmente intolerantes con la herejía. Incluso para el suave y gentil Melanchton, la muerte de Servet constituyó “un piadoso y memorable ejemplo para toda la Humanidad”. A juicio de Beza la libertad religiosa era “un dogma diabólico”. Después de la muerte de Servet, y con el propósito de contra-rrestar las duras críticas recibidas por parte de unos pocos teólogos y humanistas del tiempo, Calvino escribió la Declaratio orthodoxae fidei de Sacra Trinitate. A nuestro jui-cio, esta réplica carece de la solidez argumentativa y base bíblica de todas sus otras producciones. Es uno de los escritos “argumentativos” más débiles que fluyeron de su pluma.
En mayor o menor grado, los líderes de la Reforma traicionaron los principios neotestamentarios de libertad religiosa y libertad de conciencia; y de perseguidos pasa-ron a perseguidores. En contra de esta negación de libertades, los protestantes españoles —también calvinistas— fueron unos adelantados de la Reforma. Casiodoro de Reina, Antonio del Corro, y Cipriano de Valera, condenaron siempre la intolerancia religiosa y la imposición de la pena capital a los herejes. Cuando Servet fue condenado y quemado en la hoguera, Casiodoro de Reina —el traductor de la Biblia al castellano (1569)— mos-tró total repulsa con la sentencia. Según el testimonio histórico, siempre que caminaba cerca del lugar en que fue quemado Servet, “las lágrimas fluían de sus ojos”. Antonio del Corro, Casiodoro de Reina y otros reformadores españoles que llegaron a Ginebra —huidos de la Inquisición española—, residieron durante muy poco tiempo en la ciudad de Calvino. No puede alegarse como justificante de la intolerancia protestante la repetida “excusa” de que en este tema Calvino, y los demás reforma-dores, fueron “hijos de su tiempo”. Más correcto sería decir que sucumbieron al tiempo; y sucumbieron con el agravante de haber pecado contra la luz del Nuevo Testamento que ellos mismos habían vislumbrado. Evidentemente, no todos los logros de la Reforma fueron in-mediatos y de fácil consecución. Fueron los calvinistas de segunda generación quienes, haciendo causa común con los bautistas y demás stepchildren de la Reforma, lograron desarrollar en las naciones protestantes los gérmenes democráticos de libertad y tolerancia implícitos en el calvinismo.

 

Continuará …

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El legado espiritual de Juan Calvino 6

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2] . Elección incondicional. Según este segundo punto doctrinal, de entre la humanidad caída, desde antes de la fundación del mundo Dios escogió a un número de pecadores para salvación y dejó a otros en su estado de pecado y condenación. Esta elección des-cansa en el propósito soberano de Dios y en el “puro afecto de su voluntad”. Dios es el Alfarero divino que del barro de su creación dispone de los vasos de honra y deshonra según el beneplácito de su soberana voluntad, y por encima de los criterios humanos de pequeña lógica y justicia. En palabras de Jesús: “Si, Padre, porque así te agradó” (Mr. 11.26). Insiste Calvino en que la elección pone de manifiesto el carácter totalmente gratuito y totalmente inmerecido de la salvación, y descarta, en consecuencia, cualquier pretensión de meritoriedad por parte del hombre. El misterio de la elección involucra a las tres personas de la Trinidad: Dios Padre elige y entrega al Hijo para la salvación de los elegidos; a estos redime Dios Hijo al aplicarles Dios el Espíritu Santo los méritos del Salvador. Es por la obra del Espíritu Santo por la que el pecador es renovado y regenerado espiritualmente y capacitado para oír y aceptar, la invitación del Evangelio. Tanto la justificación como la santificación tienen su origen en la libre gracia de Dios y tienen en Cristo su raíz. Ambas se encuentra en la misma persona: los que son justificados son también santificados. Por la justificación la justicia de Cristo es imputada al pecador. Por la santificación el creyente es renovado a la imagen de Cristo. La justificación es un acto, mientras que la santificación es un proceso. Por la justificación se nos declara justos y por la santificación se nos hace justos. En modo alguno la elección es un decreto aislado del Dios soberano: es siempre una elección en Cristo. Algunos de los pasajes bíblicos sobre el tema a los que alude Calvino, son los siguientes: Ex. 33.19; Dt. 7.6-7; Sal.115.3; Is. 14.24, 27; 46.9-11; Mt. 22.14; 24.24; 22.31;jn. 15.16; Hch. 13.48; Ro. 8.28-30, 33.9, 10-24; 11.4-6, 33-36: I Co. 1.27-29; 3.12; Ef. 1.4-3; 1 Es. 5.9; 2 Ts. 2.13-14; 2 Ti. 1.9; Tit. 1.1; 1 P. 1.1, 2; 2.8-9.

3]. Redención particular. En contra de la posición católica, luterana y arminiana de que Cristo con su obra mesiánica abrió la posibilidad de redención a toda la raza humana —aunque esto no implique necesariamente la salvación de todos los hombres—, la posi-ción de Calvino y de sus seguidores reformados, es de que los beneficios de la redención se limitan exclusivamente al número de los elegidos. El alcance del sacrificio expiatorio de Cristo no rebasa el ámbito de la elección. En defensa de este punto doctrinal, Calvino apela, entre otros, a los siguientes pasajes bíblicos: Mi. 1.21; l.c. 19.10; Jn, 10.11; Hch. 20.28; Ro. 5.10; 8.32-35; 2 Co. 5.21; Gá. 1.4; Ef. 1.7; 5,23-27. (Pasajes como los de in. 1.29; 1 Jri. 2.2; 4,14; 1 Ti. 2.2: Tit. 2.11; y He. 2.9, según Cal-vino han de interpretarse en el sentido de que los elegidos, en cuanto a su nacionalidad, linaje, lengua, raza y posición, proceden de lodo el mundo).

4]. Grada irresistible, o llamamiento eficaz de salvación. Calvino alude con mucha frecuencia a este cuarto punto doctrinal. En tanto que el Espíritu Santo aplica a los elegidos los beneficios de la obra redentora de Cristo, el llamamiento sabático del Evangelio es necesariamente eficaz. La regeneración, o nuevo nacimiento obrado por el Espíritu Santo en el elegido, capacita a este para el arrepentimiento, para su conversión a Dios, y para creer y aceptar voluntariamente a Cristo con fe verdadera. Acepta Calvino la realidad de una voluntad libre (libertan arbitriurn) en el sentido de que el hombre decide voluntariamente y por impulso propio; pero niega, por otro lado, que el hombre sin la intervención del Espíritu Santo tenga facultad para elegir lo que es espiritualmente bueno y en conformidad con la voluntad de Dios (Ro. 6.17; 7.14, 23). Según la enseñanza del Reformador, el hombre tiene arbitrium spontaneurn, pero por depravación de su naturaleza, y sin compulsión exterior, su voluntad está tan dada al pecado que siempre decide por el mal. De ahí, pues, que la espontaneidad y la esclavitud puedan coexistir simultáneamente. La voluntad es espontanea, pero no libera, no es coacta, sin embargo es serva. Es, pues, importante, insiste Calvino, distinguir siempre entre capacidad natural e incapacidad .moral Para refrendar bíblicarnente estas consideraciones en torno a la gracia irresistible. Calvino cita los siguientes pasajes: (a) la salvación como obra del Dios Trino: Ro. 8.14; 1 Co. 2.10-14; 6.11; 12.31; 2 Co. 3.6, 17-18: 1 I. 1.2. (b) La salvación no se supedita a una pretendida cooperación humana, sino que la resurrección espiritual que supone el nuevo nacimiento se debe al obrar de Dios en el hombre; ja. 1.12-13; 3.3-8; Tit, 3.5; 1 P. 1,3, 23; 1 Jn. 5.4. (c) El arrepentimiento y la fe vienen como resultado de la obra regeneradora del Espíritu Santo: Hch. 5.31; 11.18; 13.48; 16.14; 18.27; Ef. 2.8-9: Fil. 1.29. (d) La salvación como resultado del llamamiento divino: Ro. 1.6-7: 8.30; 9.16, 23-23; 1 Co. 1.1, 2, 9, 23, 31; 3.6-7; Gá. 1.15, 16; Ef. 4.4; 2 Ti. 1.9; He. 9.15; 1 P. 1.15; 2.9; 5.10; 2 P. 1.31: Jud. 1; Ap. 17.14.

5]. Perseverancia y seguridad del creyente. Los elegidos, además de participar de una plena salvación en Cristo, son también guardados en la fe por el poder de Dios. Podrán caer en la tentación y en las asechanzas del maligno, pero se levantarán espiritualmente y, por la gracia de Dios, perseverarán hasta el fin y eternamente. Para fundamentar esta doctrina de la seguridad del creyente y su perseverancia en el camino de la salvación, Calvino recurre a los siguientes pasajes bíblicos: Is. 43.1-31; 54.10; Jer. 32.40; Mt. 18.12-14; Jn. 3.16, 36; 5.24; 6.35-40; 10.27-30; 17.11, 15; Ro. 5.5-10; 8.1, 29-30, 35-39; 1 Co. 1.7, 9; 10.13; Ef. 1.5, 13, 14; 1 Ts. 5.23, 24; He. 9.12, 15; 10.14; 12.28; 1 P. 1.3, 5; Jud. 1.24, 25.

En oposición a los cinco puntos del calvinismo, el teólogo holandés Jacobo Arminio (t 1609), defendió las siguientes tesis: (a) una elección basada en la presciencia divina de los que en el curso del tiempo creerían en el Evangelio, (b) una redención universal, (c) una depravación parcial, (d) una gracia salvífica resistible, (e) y la posibilidad de una caída final de la gracia. Las tesis de Arminio introducían un elemento sinergista, o de cooperación humana, en el esquema de la sola gracia de la Reforma. Las enseñanzas de Arminio —de aquí el término arminianismo— serían poco después ampliadas y desarrolladas por Simón Episcopius, J. Oldenbarnevelt y Hugo Grotius. El Sínodo de Dort (1618-1619), con representantes calvinistas holandeses y de otros países, condenó las tesis arminianas. Evidentemente, la teología arminiana muestra afinidades con la católica en temas diversos de antropología y soteriología. Los católicos defienden la cooperación del hombre en la salvación con sus obras y con su libre elección. Los arminianos, por su parte, otorgan al pecador la libre capacidad de aceptar o rechazar la oferta de salvación evangélica. En uno y otro caso, tanto católicos como protestantes arminianos no aceptan la incapacidad total del hombre caído en el tema de la voluntad: el pecador, a pesar de su condición lapsaria, puede aceptar o rechazar la oferta salvífica (de ahí que en la predicación arminiana se apele a “los buenos sentimientos del peca-dor” para aceptar a Cristo).

Lejos de acarrear inactividad de testimonio, o inactividad evangélica, la doctrina de la predestinación ha infundido siempre celo misionero en sus creyentes. Las grandes sociedades y comités misioneros protestantes, así como los misioneros más célebres, han sido de persuasión calvinista. Entre estos cabe recordar los nombres de William Carey, Robert Morrison, Henry Martin, Alexander Duff, Adoniram Hudson, Robert Mofat, David Brainerd y David Livingstone .

Continuará …

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El legado espiritual de Juan Calvino 5

Blog94E

Los principios básicos de la teología calvinista

La teología de Calvino está firmemente anclada en las escrituras en el principio de autoridad divina que emana de la misma.  La polémica religiosa del siglo XVI planteó una decisiva y radical cuestión de autoridad. durante siglos de tensiones y confrontaciones entre la Iglesia y el poder civil, la jerarquía católica llegó a convertirse en una poderosa estructura de poder. En el plano religioso la Iglesia actuaba como depositaria infalible de la verdad del cristianismo y ejercía en lo doctrinal una autoridad absoluta. A través de su sistema sacramental se convertía en agencia exclusiva de mediación espiritual. En todas las facetas de la vida, los preceptos de la Iglesia eran ineludibles e incontestables. En la esfera del pensamiento imponía la escolástica —sobre todo el tomismo— como sistema verdadero de interpretación de la realidad. Con el advenimiento de la Reforma se hunde toda esta estructura de poder y autoridad: Roma pierde su poder hegemónico y ve cuestionado los cimientos de su autoridad. En nombre de una autoridad superior —la de las Escrituras—, la Reforma se enfrenta a Roma con valor y firmeza en su es-fuerzo de retorno a la fe apostólica. Toda la obra de Calvino constituye una constante apelación a la autoridad de la Biblia. Calvino escribe con autoridad: con la autoridad que emana del texto sagrado de las Escrituras. Una objeción que con frecuencia tanto católicos como protestantes arminianos esgrimen en contra del calvinismo tiene que ver con la doctrina de la predestinación. Se acusa al calvinismo de presentar a un Dios inmisericorde y cruel en sus designios de salvación: a algunos hombres, por decreto de elección soberana, otorga salvación, y a otros, por decretum horribile, condena a reprobación eterna. En este, como en otros temas también cuestionados, se hace imperativo el estudio sosegado y directo de los textos de Calvino a la luz de la ver-dad revelada. Los que rechazan la soberanía de Dios en todo lo con-cerniente a la predestinación, decía y repetía el predicador Spurgeon, deberían mutilar previamente sus Biblias y eliminar muchos de sus pasajes. Posiblemente sea la doctrina de la elección la peor entendida y más caricaturizada de la teología bíblica. Aconsejable sería, por consiguiente, leer y estudiar a Calvino con el fin de “enderezar entuertos teológicos” y clarificar ideas sobre la doctrina. Con frecuencia se habla también de la predestinación como si fuera la doctrina central y distintiva del calvinismo. Los que así piensan ignoran que sobre esta doctrina lo que dice Calvino no difiere de lo expuesto por san Agustín en el siglo IV, y Zuinglio, Lutero y demás reformadores en el siglo XVI. Dicho esto debe afirmarse que el decreto de elección y predestinación no es el principio formal en torno al cual gira y se estructura el sistema teológico calvinista. En el calvinismo la predestinación (y todas las demás doctrinas) se subordina a un principio revelacional superior: el del teísmo bíblico. De no captarse el significado del teísmo bíblico, no se llegará a entenderá nunca la verdadera esencia del calvinismo. El calvinismo es un sistema radicalmente teocéntrico. El principio fundamental del calvinismo es inseparable de una experiencia de profunda aprehensión de Dios en su majestad y gloria. En palabras de B.B. Warfield:

“El calvinista es el hombre que ha visto a Dios, y ante la visión divina se apodera de él un pro-fundo sentimiento de indignidad como criatura, y mucho más como pecador. Pero al mismo tiempo el calvinista se ve embargado por un desbordante sentimiento de asombro adorante al darse cuenta de que este Dios es también el Dios que recibe a los pecadores. Aquel, pues, que en completa entrega y sin reserva al-una cree en Dios y le acepta como Dios en la totalidad de su corazón, mente y voluntad —en la esfera completa de sus actividades intelectuales, morales y espirituales, y a través de todas sus relaciones individuales, sociales y religiosas—es, por necesidad, un calvinista.” [“Calvinism”, The New SchaffHerzog Encyclopedia of Religious Knowledge, Baker, Grand Rapids 1958, ad. loc.].

El principio fundamental del calvinismo está enraizado en un teísmo omniabarcador. En palabras del propio Calvino: “en la totalidad de nuestra vida tenemos negocio con Dios (negotium cum Deo)”. Es sobre la base del teísmo bíblico donde el Reformador desarrolla el tema de la predestinación y levanta todo el edificio de su teología. La soteriología calvinista se la resume tradicionalmente en cinco puntos doctrinales: depravación total del hombre, elección incondicional, redención particular, gracia irresistible y perseverancia del creyente en la salvación.

1]. Depravación total del hombre. Aquí el adjetivo total, más que intensivo, es incluyente: todas las facultades del hombre se han visto afectadas por el pecado. Delante de Dios el hombre es incapaz de lograr ningún bien espiritual o de valor soteriológico. En lo social, moral e intelectual el hombre puede conseguir grandes y loables metas. Sin embargo, en tanto que estos logros no están motivadas por un genuino amor y obediencia a Dios, no son aceptables ni meritorios. La voluntad del hombre caído no es libre: es esclava del pecado. Las conclusiones de Calvino sobre este punto se derivan de la exégesis de pasajes bíblicos tales como los de: Gn. 6.5; Job 15. 14-16; Sal. 51.5; Ec. 7.20; 9.31; Is. 64.6; Jer. 17.9; Mr. 7.21-23; Jn. 3.5-7; 8.7-8; 6.44, 1 Co. 65; Ro. 3.9-12; 2.14; Ef. 2.1-3; 6.20; 4.17-19,24; Col. 3.10; Tit. 1.5; 3.3. Sobre la imagen de Dios en el hombre, Calvino distingue entre la imagen natural, que tiene que ver con la espiritualidad, racionalidad, moralidad e inmortalidad de su ser, y la imagen moral, que tiene que ver con el conocimiento verdadero, la justicia y la santidad. La primera imagen se vio afectada por la caída; mientras que la segunda se perdió por el pecado y es restaurada por Cristo.

Continuará …

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El legado espiritual de Juan Calvino 4

Blog94D

Calvino y sus escritos

La producción teológica de Calvino es amplia y variada: escritos doctrinales, exegéticos, catequéticos, litúrgicos y epistolares. Sin duda alguna, la Institución de la religión cristiana es su obra doctrinal más importante. La primera edición, en latín, apareció en Basilea en 1536. La versión francesa, obra del propio Calvino, mucho más extensa, apareció en Ginebra en 1541. Fue traducida al castellano por Cipriano de Valera en 1597. La Institución es la expresión más completa de la teología de Calvino. Han transcurrido cerca de cinco siglos desde su aparición, pero por las excelencias bíblicas de su contenido continua siendo la obra maestra de la teología protestante.

Los comentarios bíblicos de Calvino son también obras clásicas de la Reforma. Sus comentarios cubren todos los libros del Antiguo Testamento —con excepción de los “salomónicos” y algunos de los históricos—. Del Nuevo Testamento —salvo 1 y 2 de Juan y el Apocalipsis— escribió comentarios a todos los demás libros. Por su importancia, y trascendencia posterior sobre otros estudios bíblicos, cabe destacar su comentario a los Salmos y el de la Epístola a los Romanos. Calvino es el gran exegeta de la Reforma. Emancipó la exégesis bíblica del apriorismo dogmático del catolicismo y de las interpretaciones alegóricas tradicionales, que en vez de hacer hablar el texto por sí mismo lo acallaban con añadidos totalmente ajenos al mismo. Gran conocedor del he-breo y el griego, se esforzó siempre por encontrar el sentido filológico correcto del original. Su amplio y profundo conocimiento de la Escritura explica y avala la solidez bíblica de sus escritos teológicos. En el campo de la apologética, sus tratados en defensa de las doctrinas de la Reforma son numerosos y de gran fuerza y agudeza argumentativa. Entre estos, cabe mencionar la Respuesta al Cardenal Sadoleto, Antídoto contra el Concilio de Trento y el Tratado contra las reliquias.

En la esfera de lo pastoral y litúrgico Calvino escribió tratados modélicos de catequesis. Su Catecismo de Ginebra de 1541, por ejemplo, inspiró a otros tan importantes como los Short y Larger catecismos de Craig, de 1581 — primer catecismo de la Iglesia escocesa; los catecismos de Westminster  —The Larger y The Shorter, ambos de 1648—; y el Catecismo de Heidelberg de 1563. Pero no solo los catecismos, también las grandes confesiones reformadas vienen marcadas por la impronta teológica de Calvino: la Confesión Helvética (1562) —en la que Bullinger tuvo una intervención muy directa y que fue aceptada como confesión de las iglesias reformadas de Suiza—; la Confesión Belga. preparada por Guy de Brés, y que a partir de 1566 llegaría a ser la base doctrinal de la Iglesia Reformada de Holanda—; la Confesión de fe de Westminster (1643-1649) -credo de doctrina de los presbiterianos y base de las confesiones bautistas; como la Second London Confesion of Faith (1689) y la Philadelphia confession of Faith (1742)—.

Ya desde sus días de pastoreo de la pequeña congregación de Estrasburgo mostró Calvino un especial interés por la introducción de la salmodia en el culto de adoración y alabanza. A él se deben varias versiones métrica de los Salmos que, sumadas a las excelentes versificaciones del poeta ( Clément Marot, integrarían y daría forma final al Salterio calvinista. El canto de los salmos ha dado una marcada nota de reverente solemnidad al culto de adoración reformado.

En el campo de la enseñanza Calvino fue un avanzado de su tiempo. Sus planes educativos fueron de sólida integración cultural. Además de escuelas para niños Calvino fundó la famosa academia de Ginebra, dirigida desde sus origenes por Teodoro Beza, en la que se formaron los lideres del calvinismo europeo y semtaria el modelo de la institución educativa de estudios superiores en todos los países protestantes. tanto Europeos como norteamericanos. Para Calvino la incultura era tierra de cultivo de la ignorancia religiosa, de la superstición y del atraso social y humano.

Continuará …

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El legado espiritual de Juan Calvino 3

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¿Artísticamente, fue el Reformador un hombre falto de sensibilidad estética?

En contra de la opinión de muchos de sus críticos, creemos que Calvino fue un hombre dotado de un fino y profundo sentido de lo bello y lo sublime. Con el fin de empequeñecer la talla artística del francés se le ha juzgado comparativamente con Lutero y se le ha considerado pobre en lo estético. Bien sabido es que Lutero mostró siempre una predilección especial por la pintura y la música. Fue amigo de Durero, de Lucas Cranach —el pintor de la Reforma— y de otros pintores famosos del tiempo. Después de la Biblia, la música era para Lutero el don más grande concedido por Dios al hombre. Proficiente en el laúd y notable en el canto, sus contribuciones en el canto coral y en la himnología llegarían a ser decisivas para el desarrollo de la música de la Reforma. J.S. Bach representa la plenitud de una nueva música religiosa de la que Lutero fue su precursor. La talla artística de Calvino, sin embargo, se manifestó de una manera menos ostentosa y por cauces estéticos distintos. Compartió también con Lutero y Zuinglio afición por la música. Consideraba el canto congregacional de los Salmos como “un medio excelente para enfervorizar el corazón y llenarlo de ardor para la oración”. Sin embargo, fue en el campo de la expresión literaria donde se hacen más patentes sus dones artísticos. Calvino fue un verdadero artista de la prosa: su Institución de la religión cristiana, por su elegancia y belleza de estilo, es una joya literaria de la lengua francesa. En nuestra opinión, la categoría estética que más distingue a Calvino es la de lo sublime. Nadie ha sabido plasmar con mayor elegancia de estilo y sobrecogedora fuerza expresiva el tema de la grandeza y majestad de Dios como Calvino. Calvino es el artista de lo sublime religioso.

Nunca gozó Calvino de una buena salud. Agotado por el trabajo, y vencido su cuerpo por dolorosas enfermedades, el 27 de mayo de 1564 moría en Ginebra. Difícil ha sido siempre valorar la figura del Reformador. En la historia de la Iglesia, escribe Philip Shaff, no hay hombre tan amado y odiado, admirado y aborrecido, ensalzado y culpado, bendecido y condenado como el de Juan Calvino. Su persona no despierta la simpatía de Lutero ni el atractivo de Zuinglio. “Sin embargo, cuanto más se le conoce, más se le aprecia y se le admira”. [History of the Christian Church, Eerdmans, Grand Rapids 1953, vol. VIII, 834 ss.] trás de su temple de acero, voluntad férrea, disciplina estoica, talante intolerante y carácter iracundo, descubrimos a un personaje de la mejor fibra humana. En su lecho de muerte, en una carta a Bucero, confiesa cuán difícil le había sido ‘domar la bestia salvaje de Su ira’. Las riquezas y los honores no tuvieron para él encanto alguno; su vida transcurrió siempre en el marco de una pobreza evangélica y en los cauces de una moralidad estricta e irreprochable. Su única ambición fue la de servir a Dios: ante sus ojos solo Dios era grande, y sin Dios el hombre no era más que vanidad y polvo. El omnipresente y omniabarcador SOLI DEO GLORIA del teocentrismo bíblico que inspiró y motivo la vida y pensamiento teológico de Calvino, es también el principio que fundamenta y condiciona. los grandes catecismos, confesiones y tratados teológicos calvinistas. En el primer artículo de su Catecismo de la Iglesia de Ginebra, de 1541, formula en estas breves palabras el principio teocéntrico que ha de regir en todo la vida del hombre:

P— ¿Cuál es el fin último de la vida humana?

R. — Conocer a Dios.

P. — ¿Por qué es esto así?

R. — Porque Dios nos creó y nos puso en este mundo para ser glorificado en nosotros. Justo es, pues, que nuestra vida, que de Él procede, se consagre a su gloria.

 

El teólogo holandés Herman Bavinck formula en estos términos el teocentrismo evangélico del calvinismo:

“En conformidad con la enseñanza paulina, ‘nosotros tenemos la mente de Cristo’ (1 Co. 2.6). Esta es la mente que descubre a Dios en el trono de su señorío universal en las esferas de la creación y de la gracia, y hace exclamar al creyente, en palabras del Apóstol: ‘Porque de El, y por Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por los siglos’ (Ro. 11.36).” [ Our reasonable faith, Eerdmans, Grand Rapids, 1956, p. 134].

Mucho podemos decir sobre Calvino como teólogo y comentarista de la Biblia; pero hay algo en sus escritos que destaca, y hace vibrar el alma del lector con un sentimiento de abrumadora presencia de lo divino en todas sus páginas. Calvino nos impacta profundamente con su desbordante sentimiento de la majestad infinita de Dios. Al acercarnos a Calvino, nos maravilla lo que nos dice, pero también cómo lo dice. Calvino nos habla con la autoridad que infunde la experiencia de un profundo sentimiento de la majestad de Dios. “La verdadera piedad —escribe en los inicios de su Breve instrucción— no consiste en el temor, sino en un puro y auténtico celo que ama a Dios como un verdadero Padre y le reverencia como verdadero Señor, abraza su justicia y tiene más horror de ofenderle que de morir […] . Como la majestad de Dios sobrepasa en sí la capacidad del entendimiento humano, e incluso es incomprensible para este, tenemos que adorar su grandeza más bien que examinarla para no vernos completamente abrumados con tan grande claridad”. La aprehensión de la infinita grandeza de Dios, en el grado en que esto sea posible para el hombre, constituye el fundamento de la verdadera adoración y del genuino culto de alabanza de la piedad cristiana.

 

Continuara…

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