Un evangelio por el que vale la pena morir

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“Para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24).

Pablo dice que, en comparación con su gran objetivo de predicar el evangelio, no estimaba su vida como algo a qué aferrarse; no obstante, estamos seguros de que Pablo consideraba valiosa su vida.

Amaba la vida, igual que los demás, y asimismo sabía que su propia vida era de gran valor para las iglesias y para la causa de Cristo. En otro lugar dijo: “Pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros” (Fil. 1:24). No estaba cansado de la vida, ni era alguien que apreciaba tan poco su vida que podía desperdiciarla como si fuera una broma. Valoraba la vida, pues estimaba el tiempo, que es aquello de lo que está hecha la
vida, y rendía cuentas de cada día y hora, “aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:16). Aun así, les dijo seriamente a los ancianos de la iglesia en Éfeso que no consideraba que su vida fuera de tanto valor en comparación con el testificar el evangelio de la gracia de Dios. Según el versículo que acabamos de citar, el Apóstol consideraba la vida como una carrera que tenía que ser corrida. Ahora bien, cuanto más rápido se corre una carrera, mejor; ciertamente, la distancia no es el objetivo que se debe tener en cuenta. El único pensamiento que domina al corredor es cómo puede alcanzar la  meta lo más rápido posible. No le importa el suelo debajo de sus pies, no le importa el curso de la carrera excepto en lo que se refiere a la manera como tiene que correr para llegar al final deseado. Así fue la vida para Pablo. Todas las energías de su espíritu estaban consagradas a la búsqueda de un objetivo: que en todas partes pudiera testificar del evangelio de la gracia de Dios, y que valoraba la vida que vivía aquí en la tierra únicamente como un medio a ese fin. También consideraba el evangelio y su ministerio de testificar de él como un depósito sagrado que le había sido encargado por el Señor mismo. Se veía a sí mismo como alguien a quien se le había confiado el evangelio (1 Tes. 2:4), y resolvió ser fiel aunque le costara la vida… En su mente, veía al Salvador tomar en sus manos, que habían sido atravesadas por los clavos, la caja inapreciable que contiene la joya celestial de la gracia de Dios, y diciéndole: “Te he redimido con mi sangre, te he llamado por tu nombre, y ahora pongo en tus manos este objeto de valor inapreciable y te encargo que lo cuides y lo guardes aun con tu propia sangre. Te envío para que vayas a todas partes en mi lugar, y hagas conocer a todos los pueblos debajo del cielo el
evangelio de la gracia de Dios”. Todos los creyentes tienen un encargo similar. Ninguno de nosotros ha sido llamado al apostolado, y quizá no hayamos sido llamados a predicar en público la Palabra de Dios, pero todos hemos sido encomendados a ser valientes en pro de la verdad sobre esta tierra y a contender dedicadamente por la fe que otrora fuera entregada a los santos. ¡Oh, hagamos esto en el espíritu del Apóstol de los
gentiles! Como creyentes todos somos llamados a alguna forma de ministerio. Esto debe hacer de nuestra vida una carrera y causar que nos consideremos guardianes del evangelio, de igual forma como el que lleva el estandarte de un regimiento se considera comprometido a sacrificar todo por su preservación…

C.H Spurgeon10

¿Cuál era este evangelio por el cual Pablo estaba dispuesto a morir? No todo lo que se denomina “evangelio” produce tal entusiasmo… tenemos evangelios en la actualidad por el cual no moriría ni recomendaría que ninguno de ustedes viviera por él, ya que son evangelios que desaparecerán en pocos años. Nunca vale la pena morir por una doctrina
que por sí misma morirá. He vivido lo suficiente como para ver surgir, florecer y decaer a media docena de nuevos evangelios. Hace mucho tiempo me dijeron que mi antigua doctrina calvinista era anticuada y que ya había sido desmentida. Después, escuché decir que la enseñanza evangélica en cualquiera de sus formas era cosa del pasado, para ser
suplantada por el “pensamiento avanzado”…

Pero antes había en el mundo un evangelio que consistía de verdades que los cristianos nunca cuestionaban. Antes había en la iglesia un evangelio que los creyentes abrazaban cerca de sus corazones como si fuera la vida de su alma. Antes había en el mundo un evangelio que generaba entusiasmo y requería sacrificio. Decenas de miles se juntaban
para escuchar este evangelio aunque significaba poner en peligro sus vidas. Los hombres lo han proclamado a los tiranos, han sufrido la pérdida de todo lo que poseían e ido a la cárcel y a la muerte por él, cantando salmos todo el tiempo. ¿Queda algo todavía de tal evangelio? ¿O hemos llegado a un punto ilusorio, donde las almas permanecen hambrientas porque viven de suposiciones y se tornan incapaces de sentir confianza o ardor? ¿Son ahora los discípulos de Jesús alimentados con “pensamientos” banales y cosas imaginarias, que llevan a los hombres a ser obstinados y arrogantes? ¡No! En cambio, volvamos a la carne sustancial de la revelación infalible y clamemos al Espíritu Santo que nos alimente de su propia Palabra inspirada.

¿Cuál es este evangelio que Pablo valoraba más que a su propia vida? Él lo llamó “el evangelio de la gracia de Dios”. Lo que tuvo más fuerte impacto sobre el Apóstol con respecto al evangelio fue que era un mensaje de gracia y solo de gracia. Entre la música de las buenas nuevas, se destacaba una nota sobre todas las demás y ésta cautivó al Apóstol. Esa nota era gracia, la gracia de Dios. Él consideraba esa nota como una
característica de toda la melodía: el evangelio era “el evangelio de la gracia de Dios”. En estos días, se escucha con poca frecuencia la palabra gracia: se nos habla de deberes morales, de adaptaciones a la ciencia y del progreso humano; pero, ¿quién nos cuenta de “la gracia de Dios” excepto unos pocos anticuados que pronto ya no estarán? Siendo yo uno de esos anticuados… trataré de explicar esta palabra gracia, para que se gocen los
que conocen su alegre sonido, y los que la detestan se arrepientan.

C.H Spurgeon11
Gracia es la esencia del evangelio. ¡La gracia es la única esperanza para este mundo caído! ¡La gracia es el único consuelo de los santos que esperan la gloria con anticipación!  Es posible que Pablo tuviera una idea más clara de la gracia que aun Pedro, Santiago o Juan, y por ende habla mucho más de ella en el Nuevo Testamento. Los otros escritores
apostólicos sobrepasaban a Pablo en algunos aspectos, pero Pablo con respecto a su profundidad y claridad en lo que concierne a la doctrina de la gracia, ocupaba el primer y más importante lugar. Necesitamos otra vez a Pablo, o al menos el evangelismo paulino y su firmeza. Daría por tierra muy pronto con los nuevos evangelios y diría de los que los siguen: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la
gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo” (Gál. 1:6-7).

Trataré de explicar brevemente cómo el evangelio es las buenas nuevas de gracia: El evangelio es el anuncio de que Dios está preparado para enfrentarse con el hombre culpable sobre la base de su favor gratuito y por pura misericordia. No habría buenas nuevas en decir que Dios es justo; porque, en primer lugar, esa no es una novedad. Ya sabemos que Dios es justo; la conciencia natural le enseña esto al hombre. Que Dios
castigará el pecado y recompensará la rectitud y justicia no es tampoco nada nuevo. Si fuera una noticia, no sería una buena noticia; porque todos hemos pecado, y sobre la base de su justicia tenemos que perecer. Pero es noticia, y noticia de la mejor clase, que el Juez de todos está preparado para perdonar las transgresiones y justificar al impío. Para el pecador es una buena nueva el que el Señor borrará el pecado, lo cubrirá de justicia, y lo recibirá como suyo, y que no es por nada que el pecador haya hecho,
sino por su gracia soberana. Todos, sin excepción, somos culpables, y todos merecemos ser condenados por nuestros pecados; no obstante, Dios está listo para librarnos de la maldición de su Ley y, como un acto de pura misericordia, darnos cuanta bendición le corresponde al hombre justificado. Este es el mensaje por el cual vale la pena morir: ¡que por el pacto de gracia, Dios puede ser justo, y aun así ser el Justificador de aquel que cree en Jesús; que puede ser el Juez justo del hombre, y aun así los hombres que creen pueden ser justificados gratuitamente por su gracia a través de la redención que es en Cristo Jesús! Que Dios es misericordioso y lleno de gracia y está listo para bendecir al más indigno es una noticia maravillosa, la cual merece que el hombre tenga cien vidas para contarla.

Mi corazón salta de gozo cuando lo anuncio en este auditorio y cuando le digo al penitente, al desanimado y al desesperado, que aunque sus pecados merecen el infierno, la gracia les puede dar el cielo y hacerlos aptos para él, y que es un acto soberano de amor, totalmente independiente del carácter de ellos o de lo que merecen. Porque el Señor ha dicho: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Rom. 9:15), hay esperanza para el más desesperanzado. Dado que “no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Rom. 9:16), hay una puerta abierta de esperanza para aquellos que de otra manera perderían toda esperanza… ¡Ah, Pablo, puedo comprender tu entusiasmo sagrado ante una revelación como la gracia ofrecida sin merecerla! Puedo comprender
tu disposición de dar tu vida a fin de contar a tus hermanos pecadores que la gracia reina a través de la justicia para obtener la vida eterna.

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Pero el evangelio nos dice mucho más que esto, principalmente, que a fin de tratar con el hombre sobre la base de su favor inmerecido, Dios el Padre ha quitado el gran obstáculo que había en el camino de la misericordia. Dios es justo, ésta es una verdad innegable, la conciencia del hombre sabe que lo es, y la conciencia del hombre nunca estará tranquila
a menos que pueda ver que la justicia de Dios es vindicada. Por lo tanto, a fin de que Dios pueda actuar con justicia y por pura misericordia hacia los hombres, dio a su Hijo unigénito, a fin de que por medio de su muerte, la Ley fuera cumplida, y pudieran mantenerse los principios eternos de su gobierno. Jesús fue nombrado para tomar el lugar del hombre, para cargar con los pecados del hombre y sufrir el castigo por la culpabilidad del hombre. ¡Con qué claridad declara esto Isaías en su capítulo cincuenta y
tres! El hombre es ahora salvo sin sombra de dudas, porque el mandamiento no ha sido dejado a un lado, ni se ha revocado la pena. Todo lo que hubiera exigido la ley más dura ha sido cumplido y sufrido, y aún así las manos de la gracia se han desatado para repartir el perdón a quien le plazca. El deudor queda en libertad, porque la deuda ha sido pagada. Vean al Salvador moribundo, y escuchen decir al profeta: “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5). También aquí, todo es por gracia. Hermanos, fue la gracia por parte de Dios decidir, concebir y aceptar una expiación, y especialmente brindar esa expiación a su propio costo.
¡He aquí la maravilla! ¡Aquel quien fue ofendido proporciona la reconciliación! Tenía un solo Hijo, y a fin de evitar cualquier obstáculo para hacer frente a los hombres sobre la base de la gracia pura, tomó a ese Hijo de su regazo, y le permitió asumir nuestra débil naturaleza, y estando en esa naturaleza, le permitió morir, el justo por los injustos para
acercarnos a Dios… “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). Éste, pues, es el evangelio de la gracia de Dios: que Dios puede, sin ser injusto, tratar al hombre con absoluta misericordia, totalmente aparte de sus pecados o sus méritos, porque sus pecados le fueron cargados a Jesucristo, su Hijo amado, quien pagó totalmente el castigo, satisfaciendo así la justicia divina, de modo que Dios es glorioso en santidad y no obstante rico en misericordia. Ah, Pablo querido, aquí sí hay algo que merece ser predicado.

A fin de cumplir los designios de la gracia, además fue necesario que el mensaje del evangelio se anunciara lleno de promesa, aliento y bendición. En verdad, ese es el mensaje que nos ha sido entregado, porque ese evangelio que predicamos hoy está lleno de gracia hasta rebosar. Nos habla sabiamente: Pecador, tal como eres, vuélvete al Señor y él te recibirá, por su gracia y amor, sin costo alguno. Dios ha dicho: “Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Heb. 8:12). Por lo que Cristo hizo, y no por ninguna agonía, lágrima o sufrimiento de tu parte, te quitará tus pecados y los echará tan lejos como el este está del oeste (Sal. 103:12). Dijo: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isa. 1:18). Puedes venir a Jesús tal como eres, y él te otorgará el perdón completo en cuanto creas en él. El Señor dice hoy: “No mires en tu interior, como si buscaras allí algún mérito, en cambio, mírame a mí, y sé salvo. Te bendeciré no por ningún mérito tuyo, sino por la expiación de Cristo a Jesús”. Dice: “No mires en tu interior, como si buscaras allí fuerza para una vida futura: Yo soy tu fuerza al igual que tu salvación; porque cuando estabas sin fuerzas, en el momento preciso, Cristo murió por el impío”… El mensaje del evangelio es de gracia porque va dirigido a aquel cuyo único clamor es su necesidad. Los sanos no necesitan del médico, pero los enfermos sí. Cristo no vino a llamar a los justos sino a los pecadores al arrepentimiento. Ven, pues, tú que estás moralmente enfermo; tú que sufres la lepra del pecado; ven y sé bienvenido, porque para ti es el evangelio gratuito proclamado por autoridad divina.

C.H Spurgeon13

Indudablemente un mensaje como éste vale la pena el trabajo de extenderlo, y es tan bendecido, tan divino, que bien vale la pena derramar nuestra sangre para proclamarlo.
Además, hermanos, a fin de que la bendición de este evangelio sea accesible a los hombres, la gracia de Dios ha adoptado un método apropiado a nuestra condición. “¿Cómo puedo ser perdonado?”, pregunta uno. “¡Dime la verdad de inmediato!” “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hech. 16:31). Dios no nos pide buenas obras, ni buenos sentimientos, sino que estemos dispuestos a aceptar lo que nos da
tan gratuitamente. Salva en el momento que creemos. Esto es la fe: creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, y que podemos entregarnos confiadamente a él: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Si crees, serás salvo. La salvación “es por fe, para que sea por gracia, a fin de
que la promesa sea firme para toda su descendencia” (Rom. 4:16). ¿Dices: “Pero la fe misma parece estar fuera de mi alcance”? El evangelio de la gracia de Dios nos dice que aun la fe es un don de Dios y que él la da a los hombres por medio de su Espíritu Santo.

Porque separado de ese espíritu, el hombre está muerto en sus transgresiones y pecados. ¡Oh, qué gracia es ésta! ¡La fe que se ordena es también conferida! “Pero”, dirán algunos, “si yo creyera en Cristo y mis pecados del pasado fueran perdonados, aun así tendría miedo de volver a pecar, porque me faltan las fuerzas para asegurar lo que haría en el futuro”. ¡Escucha! El evangelio de la gracia de Dios es éste: que él te mantendrá a salvo hasta el final, él mantendrá encendido dentro de ti el fuego que él mismo enciende; porque dice “doy vida eterna a mis ovejas”. Y dice también “el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14). Las ovejas de Cristo nunca perecerán, ni tampoco serán arrebatadas de las manos de Cristo. ¿Oyes esto, tú que eres culpable, tú que no tienes ningún derecho a la gracia de Dios? Su gracia es
para ti, hasta para ti. Y si estás dispuesto a recibirla, eres este día un hombre salvo, y salvo para siempre sin sombra de duda. Vuelvo a repetirlo: éste es un evangelio que vale la pena predicar, que puedo comprender por qué Pablo dijo: “ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”…  ¿Estás dispuesto a aceptar el camino y el método de la gracia? Te pondré a prueba. Algunos piensan que aman algo y sin embargo no es así, pues se han equivocado. ¿Comprendes que no tienes derecho a reclamar nada de Dios? Él dice: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Rom. 9:15). Cuando se trata estrictamente de la gracia, nadie puede acercarse exigiendo sus derechos.

De hecho, no existe un reclamo. Si es por gracia, no se debe nada, y si es una deuda, no es por gracia. Si Dios desea salvar a un hombre, y deja a otro morir en sus propios pecados caprichosos, el primero no puede atreverse a disputar con Dios. Si lo hace, la respuesta es: “¿Acaso no puedo hacer lo que me plazca con los míos?” ¡Oh, pero ahora parece como
si te arrepintieras de ello! ¿Sabes? Tu orgullo se rebela contra la soberanía de la gracia. Permíteme hacerte otra vez la invitación. Aunque no tienes ningún derecho, existe otra verdad que te favorece; porque además, no hay ningún impedimento para obtener misericordia. Si no se necesita ningún tipo de bondad para ser recomendado ante Dios, ya que todo lo que él hace es estrictamente por misericordia, entonces tampoco hay nada tan malo que te pueda negar ese favor. Por más culpable que seas, Dios puede mostrarte misericordia. En otros casos ha llamado al más grande de los pecadores: ¿por qué no también en tu caso? Sea como fuere, ningún pecado, por más grave que sea, ninguna continuación en el pecado,  ninguna extensión del pecado, puede ser razón por la cual no te confiera su gracia; porque si es pura gracia y nada más que la gracia lo que ha de
transformar al transgresor más manchado de pecado, éste puede ser salvo.

En este caso, hay lugar para que la gracia manifieste su grandeza. He oído a los hombres hacer excusas basadas en la doctrina de la elección, y han dicho: “¿Qué si yo no soy escogido?” Me parece más sabio decir: “¿Qué si soy escogido?” Sí, soy escogido si creo en Jesús, porque nunca ha existido todavía un alma que ha aceptado la expiación de Cristo que no haya sido escogida por Dios desde antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4). Este es el evangelio de la gracia de Dios y sé que conmueve el corazón de muchos de ustedes. Me conmueve el alma pensar que la gracia de mi Señor es desde toda la eternidad, una gracia que es constante en su elección y será constante a ella cuando todas estas cosas visibles desaparezcan como chispas que vuelan de la chimenea. Mi corazón se alegra tener que predicar acerca de la gracia ofrecida libremente y del amor… ¡Hay algo en un evangelio de gracia que vale la pena predicar, que vale la pena escuchar, por el cual vale la pena vivir y por el cual vale la pena morir!

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Mi amigo, si el evangelio no ha hecho nada por ti, calla o no hables en su contra. Pero si el evangelio ha hecho por ti lo que hace por algunos de nosotros: si ha cambiado tu vida, si te ha levantado del estiércol y hecho sentar en un trono, si es hoy tu comida y tu bebida, si para tu vida es el propio centro del sol, entonces sé testigo constante de ello. Si el evangelio ha llegado a ser para ti lo que es para mí, la luz de lo más profundo de mi
corazón, el centro de mi ser, entonces, cuéntalo, cuéntalo dondequiera que vayas, y haz saber a los hombres que aun si lo rechazan, para ti es el poder para salvación y que será lo mismo para cada aquel que cree. Se me acaba el tiempo, pero debo demorarlos un minuto más para recordarles las razones por las cuales, mis hermanos, debemos vivir para dar a conocer el evangelio de la gracia de Dios:

Primero, porque, después de todo es el único evangelio en el mundo. Estos evangelios que brotan como hongos por una hora, que vienen y van como un periódico diario, que tienen su día y luego se descartan, no tienen derecho a la consagración del hombre… Pero para escuchar el evangelio de la gracia de Dios vale la pena caminar muchas leguas, y su fuera explicado claramente en todas nuestras iglesias y capillas les aseguro que veríamos menos bancos vacíos: la gente vendría y lo escucharía, porque siempre lo ha hecho. Es el evangelio sin gracia que hace morir de hambre a las manadas hasta que por fin se apartan… El hombre quiere algo que le alegre el corazón en medio de su labor y le dé esperanza bajo convicción de pecado. Así como el sediento necesita agua, necesita el
hombre el evangelio de la gracia de Dios. Y no hay dos evangelios en el mundo así como no hay dos soles en el cielo que alumbran la tierra. Hay una sola atmósfera para que respiremos y un solo evangelio por el cual vivir…

Hazlo, también, porque es para la gloria de Dios. ¿No te das cuenta cómo el evangelio glorifica a Dios? Rebaja al pecador, hace que el hombre no sea nadie, en cambio, Dios es todo en todo. Coloca a Dios en un trono y arrastra al hombre en el polvo; y luego dulcemente lo guía a adorar y reverenciar al Dios de toda gracia, quien pasa por alto la transgresión, la iniquidad y el pecado.  Por lo tanto, propágalo. Hazlo porque así glorificarás a Cristo. ¡Oh, si Cristo subiera a esta plataforma esta mañana, con cuánta alegría lo recibiríamos! ¡Con cuánta devoción lo adoraríamos! Si solo viéramos esa
sien, esa preciada sien majestuosa, ¿no nos inclinaríamos para adorarlo? Y si nos hablara y dijera: “Amados míos, les he encargado a ustedes el evangelio. ¡Sean fieles a él tal como lo recibieron! No se dejen llevar por las nociones e invenciones de los hombres, sino que manténganse fieles a la verdad que han recibido; y vayan y hablen de mi Palabra, porque tengo otras ovejas que todavía no son de mi redil, y tienen que ser rescatadas. ¡Y
ustedes tienen hermanos que todavía son pródigos, y tienen que volver a casa!” Digo que si él los mirara a cada uno en la cara y les dijera eso, el alma de cada uno respondería: “¡Señor, viviré para ti! ¡Haré que te conozcan! Moriré por ti, si es necesario, para anunciar el evangelio de Jesucristo.”

De un sermón predicado el Día del Señor por la mañana, el 12 de agosto, 1883, en Exeter Hall.

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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista influyente en Inglaterra. La colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20 – 25 millones de palabras en sus sermones son equivalentes a 27 tomos de la novena edición de la Enciclopedia Británica. La serie constituye la mayor colección de libros por un solo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Inglaterra.

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EL EVANGELIO Y EL JUICIO

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“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó”   (Hechos 17:30-31).

Ahora bien, según la revelación del evangelio, este Juicio será dirigido por el Hombre Cristo Jesús. Dios juzgará al mundo; pero será por medio de su Hijo, a quien ha ordenado y nombrado para ser el que lleva a cabo la obra de aquel tremendo día final. El que se
sentará en el trono es “el Hijo del hombre”. Será así entronizado, supongo, en parte porque está involucrado en la obra de mediación, sobre la cual el Señor ha puesto todas las cosas “bajo sus pies” (Heb. 2:8). Se encuentra a la diestra de Dios, “y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (1 Ped. 3:22). A Dios le place poner al mundo, no bajo el gobierno directo de una deidad personal, sino bajo el gobierno del Mediador, a fin de que nos trate con misericordia. Ese Mediador es Profeta, Sacerdote y Rey, y su realeza estaría despojada de su gloria si el Rey no tuviera el poder sobre la vida y la muerte, y el poder de formar un tribunal y de juzgar a sus súbditos. Jesucristo, por lo tanto, siendo el Rey y Soberano mediador, a quien le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra, hará uso de su gran poder al final y juzgará a todas las naciones.

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Esta posición es también dada a nuestro Señor como un honor por parte del Padre, por medio de la cual borra todo vestigio de vergüenza y deshonor por la que pasó cuando estuvo entre los hijos de los hombres. Los reyes de la tierra se alzaron para juzgarlo, pero comparecerán delante de él para ser juzgados. Los gobernantes se juntaron para decidir condenarlo, pero los gobernantes comparecerán ante su tribunal para ellos
mismos ser condenados. Estará allí Poncio Pilato y estarán allí los sacerdotes principales, y César y todos los césares, zares, emperadores, reyes y príncipes quienes le rendirán homenaje con toda humildad, presentándose ante su tribunal como prisioneros para ser juzgados por él. No tendrán memoria de su caña cascada porque destruirá a sus enemigos con una vara de hierro (Mat. 12:20; Apoc. 19:15). No tendrá marcas de la
corona de espinas, porque en su sien lucirá muchas diademas. Los hombres ya no podrán pensar en él como “hombre de dolores” con su semblante estropeado por el dolor y la vergüenza, porque sus ojos serán como llamas de fuego y su rostro como el sol brillando en toda su plenitud.

¡Oh Cruz, toda la vergüenza que te rodeó será borrada para siempre entre los hijos de los hombres porque este hombre se sentará en el trono del Juicio! El Padre tuvo a bien darle este honor, y él bien se lo merece. C.H Spurgeon8.jpg

Jesucristo, siendo Dios, tiene la gloria que tenía con el Padre antes de que existiera el mundo; pero como Dios-hombre, tiene una gloria que su Padre le ha dado como recompensa de esa obra de vida y muerte por la que ha redimido a su pueblo. “Dad a Jehová la gloria y el poder” (Sal. 96:7) es la atribución de todos sus santos, y Dios el Padre eterno ha hecho esto por su Hijo, de quien ha jurado que “se doble toda rodilla” ante él y
“toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:10-11). “He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Judas1:14-15)…

Es como Hijo del Hombre al igual que Hijo de Dios que nuestro Señor juzgará al mundo en aquel gran día final. Estemos, pues, seguros de su imparcialidad. Él es Dios, pero también hombre, por lo que tiene una intensa compenetración tanto con el Rey como con sus súbditos, habiendo manifestado su gracia aun a los rebeldes y estando también lleno de un amor intenso por el Padre y su Ley. Si pudiéramos escoger un juez, ¿qué ser suponemos podría ser más imparcial o tan imparcial como el Señor, quien “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6-7)? ¡Oh Juez bendito, sé tu entronizado ya por la voluntad de toda la creación!

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El veredicto [del Hijo del Hombre] será final e irreversible. Una vez que Jesús se haya pronunciado, no habrá ninguna apelación, no un segundo juicio por algún error en el primero, ninguna revocación de su decisión. Él mismo lo ha dicho: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mat. 25:46). No habrá ninguna demora en la ejecución ni evasión de la condenación. No habrá endurecimiento del corazón para
soportarlo y nada que sobreviva a la condenación. Durará en todo su terror el veredicto final del Juez de toda la tierra, pronunciado por el Cristo de amor. No sé ni cómo hablar de un tema así, por lo que tengo que dejarlo ante mis lectores tal como lo he presentado. Quiera el Espíritu Santo grabarlo en sus mentes.

De un sermón predicado el Día del Señor por la mañana, 25 de mayo de 1879, en
el Tabernáculo Metropolitano, Newington.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista influyente en Inglaterra. La
colección de sermones de Spurgeon durante su ministerio ocupa 63 tomos. Los 20-25
millones de palabras en sus sermones son equivalentes a 27 tomos de la novena edición
de la Enciclopedia Británica. La serie constituye la mayor colección de libros por un
solo autor en la historia del cristianismo. Nació en Kelvedon, Inglaterra.

¿Por qué se requiere fe?

 

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¿Por qué se requiere fe para recibir las bendiciones de Cristo?

Por razones: 1. Con respecto a Dios; 2. Con respecto a Cristo; 3. Con respecto a la criatura; 4. Con respecto a nuestras consolaciones.
1. Con respecto a Dios:

Para que nuestro corazón posea una percepción completa de su gracia, quien en el Nuevo Pacto10 aparece no como un Dios vengador y condenatorio, sino como un Dios perdonador. El Apóstol lo explica así: “Es por fe, para que sea por gracia” (Rom. 4:16). La Ley produjo pavor hacia Dios, por ser dicha ley el instrumento que revelaba el pecado y el castigo que se merecía: “Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay transgresión” (4:15), tampoco habrá ningún sentido de victoria. Pero el evangelio trajo la gracia. La Ley declaró las faltas, pero el evangelio mostró el camino de nuestra recuperación. Y por lo tanto, la fe coincide más con la gracia, ya que hace que Dios, para nosotros, sea más cariñoso y bueno, y amado por nosotros al descubrir su bondad y su gracia. La salvación del hombre por medio de Cristo, es decir, por su encarnación, vida, sufrimientos, muerte, resurrección y ascensión, tiende a llenar nuestro corazón de gracias abundantes. Lo mismo tiende a suceder con su pacto misericordioso, sus promesas generosas y todas las bendiciones que nos son dadas: su Espíritu, perdón y comunión con Dios en gloria, todo para llenar nuestro corazón con un sentimiento del amor  de Dios. Y todo esto es necesario. Porque una conciencia culpable no se soluciona con facilidad, ni le es fácil buscar cualquier clase de felicidad proveniente de Aquel a quien tanto hemos ofendido. Adán, cuando ya era pecador, se escondía de Dios (Gén. 3:10); y el pecado todavía hace que vacilemos en acercarnos a él. La culpabilidad es desconfiada, y si no contamos con alguien que nos lleve de la mano y nos acerque a Dios, no podemos aguantar su presencia. Para esto sirve la fe: para que los pecadores, siendo poseídos de la bondad y gracia de Dios, puedan recuperarse y volver a él por un medio adecuado. En el Nuevo Pacto, el arrepentimiento se relaciona más claramente con Dios, y la fe, con Cristo:

Versiculo 149

“Arrepentimiento para con Dios; y… fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hech. 20:21).

El arrepentimiento se relaciona más con Dios porque de Dios caímos y a Dios hemos de volver. Caímos de él cuando le retiramos nuestra alianza y buscamos en otra parte nuestra felicidad; a él volvemos como nuestra felicidad legítima y correcta. Pero la fe tiene que ver con el Mediador,11 el que es el único remedio para nuestro sufrimiento y el medio para obtener nuestra felicidad eterna. Él abrió el camino a Dios por sus méritos y satisfacción por el pecado, y realmente nos pone en este camino por su gracia renovadora y reconciliadora, a fin de que tengamos la capacidad de agradar a Dios y
disfrutarlo. Y esa es la razón por la cual insistimos tanto en la fe en Cristo como nuestro derecho y prerrogativa a la santidad del Nuevo Pacto. Tiene una habilidad y capacidad de recuperarnos del pecado para acercarnos a Dios porque se trata especialmente del Mediador por medio de quien acudimos a él.
2. Con respecto a Cristo:
[1] Porque la dispensación total de la gracia de Cristo no puede ser percibida por nada que no sea la fe. En parte porque el camino de nuestra recuperación es tan sobrenatural, extraño y maravilloso que ¿cómo podemos convencernos de él a menos que creamos el testimonio de Dios? Que el hijo del carpintero sea el Hijo del Gran Arquitecto y Constructor que diseñó el cielo y la tierra; que obtuviéramos vida por medio de la
muerte de otro; que Dios se hiciera hombre y el Juez un copartícipe; y que el que no conoció pecado fuera condenado como un criminal; que un crucificado obtuviera la salvación del mundo entero y fuera Señor de la vida y de la muerte y tuviera tal poder sobre toda carne como para dar vida eterna al que él quiere, ¡la razón no entiende todo esto! Solo la fe puede darle significado… La razón considera solo las cosas que ve y
siente; la razón ve los efectos y sus causas… pero la fe es creer las cosas que Dios ha revelado porque él las reveló. Ciertamente, esto es lo único que puede mantenernos a la expectativa de la gracia y misericordia de Dios para vida eterna. Mientras actuamos tan opuestamente a las inclinaciones del corazón carnal y tengamos tantas tentaciones contrarias, ¿qué nos puede mantener firmes más que una fe fuerte y viva?

Thomas Manton 2
[2] Hasta que creamos en Cristo, no podremos tener consuelo ni disfrutar de todo lo que él nos ofrece. ¿Cómo podemos aprender de él el camino de salvación? Cuando creamos que él es el Profeta enviado por Dios para enseñar al mundo el camino hacia la verdadera felicidad. “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mat. 17:5). ¿Cómo podemos obedecerle? Solo cuando creamos en él como nuestro Señor,
quien tiene poder sobre toda carne y ante cuyo juicio caeremos o saldremos victoriosos. “[Dios] ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hech. 17:30-31). Y, ¿cómo podemos depender del mérito de su obediencia y sacrificio, ser confortados por sus promesas y su pacto dados por su gracia, acercarnos ante Dios con confianza y esperanza de misericordia en su nombre, y estar seguros de que él nos justificará, santificará y salvará? Solo cuando creamos que es un Sacerdote que una vez hizo una expiación e intercede continuamente por nosotros (Heb. 9:25). En los días de su encarnación, cuando alguien se acercaba para obtener un beneficio de él, lo ponía a
prueba diciendo: “¿Creéis que puedo hacer esto?” (Mat. 9:28). “Jesús le dijo: ‘Si puedes creer, al que cree todo le es posible’” (Mar. 9:23). “¿Crees esto?” le preguntó a Marta (Juan 11:26). Esto demuestra que no se podía recibir ningún beneficio hasta haber creído.

Thomas Manton 3
3. Con respecto a la santidad y obediencia que Dios esperaba de la criatura:      

Cristo vino para restaurarnos ante Dios, lo cual hace como el Salvador al igual que el Dador de la Ley a su iglesia. Y hasta que creamos en él, estas dos cualidades y funciones no tienen efecto.
[1] Como Salvador, vino para quitar la maldición de la Ley y darnos capacidad de servir y agradar a Dios por medio de darnos su Espíritu para renovar nuestra naturaleza y sanar nuestra alma: “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa. 53:5). “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y
por cuya herida fuisteis sanados” (1 Ped. 2:24). Jamás podremos comprender nuestro deber ni ser capaces de cumplirlo, a menos que creamos que él es un Salvador tal.
[2] Como Dador de la Ley, nos motiva por su autoridad a vivir obedientes a Dios. El reino del Mediador está claramente subordinado al reino de Dios. Porque no vino para anular nuestra responsabilidad, sino para establecerla. Vino para devolver la moneda perdida a su dueño, la oveja perdida a su pastor, al hijo perdido a su padre. Así como la gracia de
Cristo no descarta la misericordia de Dios, la autoridad de Cristo… no nos libra de la autoridad de Dios. Ahora bien, ¿quién se somete a una autoridad que no le convence que lo sea o en la cual no cree? Pero en cuanto creemos, nos doblegamos enteramente ante él de corazón y de hecho.
4. Con respecto a nuestro consuelo:

Las Escrituras con frecuencia representan la fe como una gracia que calma. El consuelo, la quietud y la paz del alma dependen mucho de la fe en Cristo: un Salvador totalmente
suficiente, que quita nuestros temores y hace que en nuestros peores sufrimientos le confiemos nuestra felicidad a Cristo y deleitemos el alma con una paz constante y un gozo eterno. Aunque este mundo sea trastornado y se desvaneciera, aunque estemos en pobreza y enfermedad, o gocemos de salud o riquezas, aunque tengamos mala o buena reputación; aunque tengamos persecución o prosperidad, qué poco nos afectará, si
sabemos en quién hemos creído (2 Tim. 1:12). El cielo está donde siempre estuvo, y Cristo está a la diestra de Dios. Qué poco, entonces, deben todas estas cosas afectar la paz y la tranquilidad del alma que vivirá con Dios para siempre (Sal. 112:7). Pero el pecado es nuestro problema más grande. Si el pecado es su problema, le respondo: “¿Es por la debilidad de la carne o su iniquidad?” Si es por debilidad “ninguna condenación hay para los que están en Cristo” (Rom. 8:1). Si es por iniquidad, apártate de tu pecado y arrepiéntete; y entonces puede haber para ti consuelo, porque Cristo vino para salvarnos de nuestros pecados.
APLICACIÓN 1: Refutar las presunciones de los hombres en cuanto a su buena condición para la eternidad, por las cuales muchos engañan, para condenación, a sus propias almas.
1. Algunos, cuando oyen que todo aquel que cree será salvo, tienen una noción carnal de Cristo. Creen que si estuviera vivo aquí en la tierra, se apropiarían de él, lo recibirían en sus casas y serían más amistosos con él de lo que lo fueron los judíos. Pero es más que conocer a Cristo “en la carne” (2 Cor. 5:16). No es cuestión de recibirlo en nuestra casa, sino en nuestro corazón. Además, no conocemos nuestros propios corazones o lo
que hubiéramos hecho si hubiéramos vivido en aquel entonces. Una persona de una apariencia tan despreciable como era la de Cristo y tan franco en sus reprensiones de los pecados de la época, no nos hubiera caído bien como no les cayó a ellos. Los judíos dijeron: “Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas” (Mat. 23:30). El recuerdo de Coré, Datán y
Abiram era tan detestable para los judíos carnales como lo son Judas y Poncio Pilato para los cristianos; pero no eran ellos mejores hombres, ni tampoco lo somos nosotros.
2. Reverencian mucho su nombre y su recuerdo de él, profesan ser cristianos, y aborrecen a turcos e infieles. No, esto tampoco da resultado. Muchos valoran el nombre de Cristo pero descuidan su responsabilidad. Honrar al médico sin tomar sus remedios nunca sanó a nadie. Han aprendido a hablar bien de Cristo imitando a otros, pero no creen en él sinceramente para salvación, para curar y sanar sus almas ni dejar que él
haga allí su obra de mediador…
3. Están dispuestos a ser perdonados por Cristo y a obtener vida eterna, pero esto es lo menos que se requiere de ellos. No lo dejan realizar toda su obra con el fin de que los santifique y los prepare para vivir para Dios, de apartarlos de sus lascivias más queridas y obvias, y de hacerlos obedientes al evangelio; o se dan por satisfechos cuando aceptan el perdón de Cristo, sin aprovechar estos beneficios o sus medios santos. Pero “puesto que tenemos tales promesas” y un Redentor tan bendito, tenemos que “limpiarnos” (2 Cor. 7:1). La obra es nuestra, pero la gracia procede de él. De allí que Gálatas 5:24 dice: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”.
4. Algunos, por su arrogancia, creen que serán salvos y que Cristo los perdonará. Esto, que ellos llaman su fe, puede ser la falta de fe más grande del mundo. Los hombres que viviendo en sus pecados creen estar en buen camino, están creyendo exactamente lo contrario a lo que Dios ha dicho en su Palabra “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los
afeminados, ni los que se echan con varones… heredarán el reino de Dios” (1 Cor. 6:9-10). No es la fuerza de nuestro engreimiento, sino el fundamento seguro de nuestra esperanza, lo que nos sostendrá…
APLICACIÓN 2: ¿Creemos en el Hijo de Dios? Ésta será la gran cuestión para decidir nuestro destino eterno.
1. Si crees, Cristo te será precioso: “Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso” (1 Ped. 2:7). Cristo no puede ser aceptado donde no es valorado. Y cuando otras cosas compiten con él, Dios no será pródigo con su gracia.
2. Donde hay fe, el corazón será purificado: “Purificando por la fe sus corazones” (Hech. 15:9).
3. Si tú realmente crees en Cristo, tu corazón se apartará del mundo:
“Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4).
4. Si tú tienes una fe auténtica, obra por amor: “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gál. 5:6).
Por estas cosas se determinará el caso. Entonces, el consuelo y la dulzura de esta verdad invaden nuestro corazón: que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

 
De Sermón XVI, “Sermons upon John III.16”  The Complete Works of Thomas Manton,  Tomo 2.
Thomas Manton (1620-1677): prolífico predicador puritano no conformista cuyas
obras comprenden veintidós tomos. Nacido en Lawrence-Lydiat, Somerset, Inglaterra.

El llamado al arrepentimiento

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“Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

El arrepentimiento es una de las piedras fundamentales del cristianismo. En el Nuevo Testamento encontramos por lo menos sesenta referencias al arrepentimiento. ¿Cuál fue la primera doctrina que predicó nuestro Señor Jesucristo? El Evangelio nos cuenta que dijo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Mar. 1:15). ¿Qué proclamaron los apóstoles la primera vez que el Señor los envió en una misión? “Predicaban que los hombres se arrepintiesen” (Mar. 6:12). ¿Cuál fue la comisión que Jesús dio a sus discípulos cuando dejó este mundo? “Que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de
pecados en todas las naciones” (Luc. 24:47). ¿Cuál fue la apelación con la que Pedro concluyó sus primeros discursos? “Arrepentíos, y bautícese cada uno”. “Arrepentíos y convertios” (Hech. 2:38; 3:19). ¿Cuál fue el resumen de la doctrina que Pablo dio a los ancianos de Éfeso cuando se despedía de ellos? Les dijo que les había enseñado públicamente, y casa por casa, “testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hech. 20:21). ¿Cuál fue la descripción que Pablo dio de su propio ministerio cuando presentó
su defensa ante Festo y Agripa? Les dijo que les había mostrado a los hombres que “se arrepintiesen… haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hech. 26:20). ¿Cuál fue la explicación dada por los creyentes en Jerusalén acerca de la conversión de los gentiles? Cuando la oyeron dijeron: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios
arrepentimiento para vida!” (Hech. 11:18)… Seguramente todos coincidimos en que estas son cuestiones serias. Demuestran la importancia de la pregunta que estoy haciendo. Un error acerca del arrepentimiento es un error muy peligroso. Una equivocación en cuanto al arrepentimiento es una equivocación que yace en las raíces mismas de nuestra religión. Entonces, ¿qué es el arrepentimiento? ¿Qué podemos decir de cualquiera que se arrepiente? El arrepentimiento es un cambio absoluto del corazón del hombre natural con respecto al tema del pecado. Todos nacemos en pecado. Amamos el pecado por naturaleza. Empezamos a pecar en cuanto podemos actuar y pensar, así como el pájaro comienza a volar por naturaleza y el pez a nadar. Nunca existió un niño al que había que
educarlo a fin de que aprendiera acerca del engaño, la sensualidad, la pasión, el egocentrismo, la glotonería, el orgullo y la insensatez. Estas cosas no se aprenden de las malas compañías o gradualmente mediante un curso de tediosa instrucción. Surgen solos, aun si los niños y las niñas se crían solos. Las semillas en ellos son evidentemente el producto natural del corazón. La tendencia natural de todos los niños hacia todas estas
cosas es prueba indubitable de la corrupción y la caída del hombre. Ahora, cuando este corazón nuestro es cambiado por el Espíritu Santo, cuando el amor natural por el pecado ha sido echado fuera, entonces sucede ese cambio que la Palabra de Dios llama “arrepentimiento”. Se dice que el hombre, en quien ocurrió este cambio, se “arrepintió”.

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Puede ser llamado, en una palabra, un hombre “penitente”…

(1) El verdadero arrepentimiento comienza con un entendimiento del pecado. Los ojos del penitente son abiertos. Ve con consternación y confusión lo largo y ancho de la Ley santa de Dios, y lo extensas, lo enormemente extensas que son sus propias transgresiones. Descubre, para su sorpresa, que al creerse “un hombre bueno” y un hombre “de buen corazón” se ha estado engañando tremendamente. Descubre que es, en
realidad, perverso, culpable, corrupto y malo ante los ojos de Dios. Su orgullo se desploma. Sus opiniones elevadas de sí mismo se desvanecen. Ve que no es nada más ni nada menos que un gran pecador. Éste es el primer paso hacia el verdadero arrepentimiento.

(2) El verdadero arrepentimiento continúa con un sentimiento de tristeza por el pecado. El corazón del hombre penitente se llena de profundo remordimiento por sus transgresiones del pasado. Se le destroza el corazón al pensar que ha vivido tan alocada y ruinmente. Se lamenta por el tiempo perdido, por los talentos desaprovechados, por haber deshonrado a Dios, por su propia alma herida. El recuerdo de estas cosas
le duele. La carga de estas cosas a veces es casi intolerable. Cuando un hombre sufre, tiene el segundo paso del verdadero arrepentimiento.

(3) El verdadero arrepentimiento procede, luego, a producir en el hombre una confesión de pecado. Se suelta la lengua del penitente. Siente que tiene que hablar con Dios contra quien ha pecado. Algo dentro de él le dice que tiene que clamar a Dior, orar a Dios y hablar con Dios acerca del estado de su alma. Tiene que abrir su corazón y reconocer sus
iniquidades ante el Trono de Gracia. Son una carga pesada dentro de él, y ya no puede guardar silencio. No puede reservarse nada. No puede esconder nada. Va delante de Dios, sin pedir nada para él mismo y dispuesto ha decir: “He pecado contra el cielo y contra ti… mi iniquidad es grande… ¡Dios, se propicio a mí, pecador!” Cuando el hombre se presenta de esta manera ante Dios con su confesión, está en el tercer paso del verdadero arrepentimiento.

(4) Además, el verdadero arrepentimiento se demuestra ante el mundo por un apartarse totalmente del pecado. La vida del hombre penitente se ha alterado. Su conducta diaria ha cambiando completamente. Un nuevo Rey reina en su corazón. Se despoja del viejo hombre (Ef. 4:22). Lo que Dios ordena, ahora anhela y realiza; y lo que Dios prohíbe, ahora anhela evitar (Luc. 8:15; Sal. 25:11; Luc. 18:13). Se esfuerza por evitar el pecado
por todos los medios, luchar contra el pecado, hacerle guerra al pecado, lograr la victoria sobre el pecado. Deja de hacer lo malo. Aprende a hacer lo bueno. Repentinamente se despoja de sus malas costumbres y malas compañías. Se esfuerza, aunque sea débilmente, por vivir una vida nueva. Cuando el hombre hace esto, está en el cuarto paso del verdadero arrepentimiento.

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(5) Por último, el verdadero arrepentimiento se demuestra por producir en el corazón un hábito bien establecido de odio profundo contra todo pecado. La mente del penitente se convierte en una mente habitualmente santa. Aborrece lo malo y se aferra a lo que es bueno (Rom. 12:9). Se deleita en la Ley de Dios (Sal. 1:2). Con frecuencia no puede cumplir sus propios anhelos. Encuentra en sí mismo un principio de maldad que guerrea contra el Espíritu de Dios (Gál. 5:17). Encuentra también que está frío cuando debiera estar caliente, que retrocede cuando quiere avanzar, indiferente cuando quiere ser entusiasta en su servicio a Dios. Es profundamente consciente de sus propias debilidades. Se lamenta porque siente que la corrupción mora en él. Sin embargo, a pesar de todo eso, la inclinación general de su corazón es hacia Dios y contra el
mal. Puede decir con David: “Por eso estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrecí todo camino de mentira” (Sal. 119:128). Cuando el hombre puede decir esto, cumple el quinto paso o el paso culminante al verdadero arrepentimiento.
El verdadero arrepentimiento, como el que acabo de describir, nunca está solo en el corazón del hombre. Siempre tiene un compañero, un compañero bendito. Está siempre acompañado de una fe viva en nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Dondequiera que hay fe, hay arrepentimiento; donde quiera que hay arrepentimiento, siempre hay fe. Yo no soy el que decido cuál viene primero, si el arrepentimiento viene antes de la fe o la fe antes del arrepentimiento. Pero me atrevo a decir que ambas gracias nunca están separadas la una de la otra…

Cuídate de no equivocarte en cuanto a la naturaleza del verdadero arrepentimiento. El diablo bien sabe el valor de esa gracia preciosa, tanto que no la disfraza con imitaciones falsas. Donde quiera que haya una moneda buena siempre hay dinero malo. Donde quiera que haya una gracia valiosa, el diablo pone en circulación falsificaciones y parodias de esa gracia y trata de que el alma del hombre las acepte. Asegúrate de no
ser engañado. Sí, ten cuidado de no ser engañado.

(1) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea asunto de tu corazón. No es el gesto adusto, el rostro santurrón ni de imponerte a ti mismo una serie de penitencias o de mortificar tu cuerpo, no es esto en sí lo que constituye el verdadero arrepentimiento hacia Dios. La verdadera gracia es mucho más profunda que una mera cuestión del rostro, la ropa, los días santos y los formulismos. Acab se ponía el saco de duelo cuando le convenía, pero Acab nunca se arrepintió.

(2) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea un arrepentimiento que te lleve a Dios… Félix temblaba cuando escuchaba predicar al Apóstol Pablo. Pero… ese no es el verdadero arrepentimiento. Cerciórate de que tu arrepentimiento te lleve a Dios y te haga acudir a él como tu mejor Amigo.

(3) Asegúrate de que tu arrepentimiento sea un arrepentimiento que incluye una renuncia total al pecado. La gente sentimental puede derramar lágrimas cuando los domingos escucha sermones llenos de emoción, y no obstante, vuelven al baile, al teatro y a la ópera durante la semana… los sentimientos en la religión son más que inservibles, a menos que estén acompañados por la práctica. Una mera emoción sentimental, sin abandonar totalmente el pecado, no es el arrepentimiento que Dios aprueba.

(4) Asegúrate, sobre todo, de que tu arrepentimiento esté bien arraigado en la fe en el Señor Jesucristo. Cerciórate de que tus convicciones sean convicciones, que nunca descansan, excepto al pie de la Cruz donde murió Jesucristo. Judas Iscariote podía decir: “He pecado” (Mat. 27:4), pero Judas nunca se volvió a Jesús. Judas nunca puso su fe en
Jesús, y por lo tanto, Judas murió en sus pecados. Dame esa convicción de pecado que te obliga a correr a Cristo y lamentarte porque tus pecados han herido al Señor quien te compró. Dame esa contrición del alma bajo la cual sientes mucho amor hacia Cristo y se duele al pensar en los desprecios que la ha hecho al Salvador tan lleno de gracia. Yendo al Sinaí, escuchando acerca de los Diez Mandamientos, contemplando el infierno,
pensando en los terrores de la condenación, todo esto puede atemorizar a contrición – tristeza o remordimiento por haber hecho algo malo. Las personas, y tiene su lugar. Pero ningún arrepentimiento dura si el hombre no pone su vista en el Calvario más que en el Sinaí, y ve en un Jesús sangrando la motivación más fuerte para la contrición. Tal
arrepentimiento baja del cielo. Tal arrepentimiento está plantado en el corazón del hombre por Dios el Espíritu Santo.

De Old Paths (Sendas antiguas) (http://www.solosanadoctrina.com/tienda/index.php?id_product=392&controller=product&search_query=Sendas+antiguas&results=22

_______________________
J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; respetado autor de Holiness (http://www.solosanadoctrina.com/tienda/index.php?id_product=183&controller=product&search_query=La+Santidad&results=19)
Knots Untied, Old Paths (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas).

¿EN QUÉ CONSISTE EL MENSAJE DEL EVANGELIO?

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En pocas palabras, el mensaje evangelizador es el evangelio de Cristo y de él crucificado, el mensaje del pecado del hombre y de la gracia de Dios, de la culpabilidad humana y del perdón de Dios, de un nuevo nacimiento y de una vida nueva por el don del Espíritu Santo.

Es un mensaje compuesto de cuatro ingredientes esenciales.
1. El evangelio es un mensaje acerca de Dios. Nos cuenta quién es él, cómo es su carácter, cuáles son sus normas y qué requiere de nosotros, sus criaturas. Nos dice que le debemos nuestra existencia; que para bien o para mal estamos siempre en sus manos y bajo su mirada; y que nos hizo para adorarle y servirle, para expresar nuestra alabanza y para vivir para su gloria. Estas verdades son el fundamento de la religión teísta;  y hasta que se comprendan, el resto del mensaje del evangelio no será ni convincente ni relevante. Es aquí, con la afirmación de la total y constante dependencia del hombre en su Creador, que se inicia la historia cristiana. Podemos aprender de Pablo en esta coyuntura. Cuando predicaba a los judíos, como en Antioquía de Pisidia, no necesitaba mencionar el hecho
de que todos los seres humanos son criaturas de Dios. Podía dar por sentado este conocimiento por parte de sus oidores porque éstos profesaban la fe del Antiguo Testamento. Podía empezar inmediatamentea declararles que Cristo era el cumplimiento de las esperanzas del Antiguo Testamento. Pero cuando predicaba a los gentiles, que no
conocían el Antiguo Testamento, Pablo tenía que ir más atrás y comenzar desde el principio. Y el principio desde donde Pablo comenzaba en dichos casos era la doctrina de Dios como Creador y el hombre como criatura creada. Por eso, cuando los atenienses le pidieron que explicara lo que estaba diciendo acerca de Jesús y la resurrección, Pablo les habló primero de Dios el Creador y para qué hizo al hombre. “El Dios que hizo el mundo… pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y… ha hecho todo el linaje de los hombres… para que busquen a Dios” (Hech. 17:24-27). Esto no fue, como han supuesto algunos, un trozo de apologética filosófica de un tipo al cual renunció Pablo más adelante, sino la primera lección básica de la fe teísta. El evangelio comienza   enseñándonos que nosotros, como criaturas, dependemos totalmente de Dios, y que él, como Creador, tiene derecho absoluto sobre nosotros. Solo cuando hemos comprendido esto podemos ver lo que es el pecado, y solo cuando vemos lo que es el pecado podemos comprender las buenas nuevas de salvación del pecado. Tenemos que saber lo que significa llamar Creador a Dios antes de poder captar lo que significa hablar de él como
Redentor. No se logra nada hablar del pecado y la salvación en situaciones donde esta lección preliminar no ha sido aprendida en alguna medida.

J.I.Paker 3
2. El evangelio es un mensaje acerca del pecado. Nos explica cómo hemos fallado en cumplir las normas de Dios, cómo llegamos a ser culpables, inmundos y dependientes del pecado, y cómo nos encontramos ahora bajo la ira de Dios. Nos dice que la razón por la cual pecamos continuamente es que somos pecadores por naturaleza, y que nada de lo que hacemos o tratamos de hacer por nosotros mismos puede reconciliarnos o conseguirnos el favor de Dios. Nos muestra cómo Dios nos ve y nos enseña a pensar de nosotros mismos como Dios piensa de nosotros. Por lo tanto, nos lleva a desesperarnos de nosotros mismos. Y éste es también un paso necesario. No podemos llegar a conocer al Cristo que salva del pecado hasta no haber comprendido nuestra necesidad de reconciliarnos con Dios y nuestra inhabilidad de lograrlo por medio de ningún esfuerzo propio. He aquí una dificultad. La vida de cada uno incluye cosas que causan insatisfacción y vergüenza. Cada uno tiene algún cargo de conciencia por cosas en su pasado, cosas en que no han alcanzado la norma que se puso para uno mismo o que de él esperaban otros. El peligro es que en nuestra evangelización nos conformemos con evocar recuerdos de estas cosas y hacer que la gente se sienta incómoda por ellas, y luego describir a Cristo como el que nos salva de estas faltas que cargamos, sin siquiera cuestionar nuestra relación con Dios. Pero ésta es justamente la cuestión que tiene que ser presentada cuando hablamos del pecado. Porque la idea misma del pecado en la Biblia es que es una ofensa contra Dios que obstaculiza la relación del hombre con Dios. A menos que veamos nuestras faltas a la luz de la Ley y santidad de Dios, no las consideramos en absoluto como pecados. Porque el pecado no es un concepto social, es un concepto teológico. Aunque los pecados son cometidos por el hombre, y muchos pecados son contra la sociedad, el pecado no puede definirse ni en términos del hombre ni de la sociedad. Nunca sabemos qué realmente es el pecado hasta no haber aprendido a pensar en él en términos de Dios y a medirlo, no por normas humanas, sino por el criterio de la demanda total de Dios sobre nuestra vida. Lo que tenemos que entender, entonces, es que los remordimientos del hombre natural no son de ninguna manera lo mismo que la convicción del pecado. No es, por lo tanto, que un hombre se convenza del pecado cuando está afligido por sus debilidades y las faltas que ha cometido.

Convicción de pecado no es meramente sentirse abatido por lo que uno es, por sus fracasos y su ineptitud para cumplir las demandas de la vida. Tampoco es salvadora una fe si el hombre en esa condición recurre al Señor Jesucristo meramente para que lo tranquilice, le levante el ánimo y lo haga sentirse seguro de sí mismo. Tampoco estaríamos predicando el evangelio (aunque podamos suponernos que sí) si lo único que hiciéramos fuera presentar a Cristo en términos de lo que el hombre siente que quiere: “¿Eres feliz? ¿Te sientes satisfecho? ¿Quieres tener tranquilidad? ¿Sientes que has fracasado? ¿Estás harto de ti mismo? ¿Quieres un amigo? Entonces acércate a Cristo, él satisfará todas sus necesidades”—como si el Señor Jesucristo fuera un hada madrina o un superpsiquiatra… Estar  convencido de pecado significa no solo sentir que uno es un total fracaso, sino comprender que uno ha ofendido a Dios, y ha despreciado su autoridad, le ha desobedecido y se ha puesto en su contra, de manera que ha arruinado su relación con él. Predicar a Cristo significa presentarlo como Aquel quien por su cruz vuelve a reconciliar al hombre con Dios… Es muy cierto que el Cristo real, el Cristo de la Biblia quien se nos revela como un Salvador del pecado y un Abogado ante Dios, en realidad da paz, gozo, fortaleza moral y el privilegio de ser amigo de los que confían en él. Pero el Cristo que es descrito y deseado meramente para hacer que los reveses de la vida sean más fáciles porque brinda ayuda y consolación, no es el Cristo verdadero, sino un Cristo mal representado y mal concebido; de hecho, un Cristo imaginario. Y si enseñamos a las personas a confiar en un Cristo imaginario, no tendremos nada de base para esperar que encuentren una salvación verdadera. Hemos de estar en guardia, entonces, contra equiparar una conciencia naturalmente mala y el sentirnos desagraciados con la convicción espiritual de pecado, y así omitir de nuestra evangelización el hacer entender a los pecadores la verdad básica acerca de su condición, a saber, que su pecado los ha separado de Dios y los ha expuesto a su condenación, su hostilidad e ira, de modo que su primera necesidad es restaurar su relación con él…

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3. El evangelio es un mensaje acerca de Cristo: Cristo, el Hijo de Dios, encarnado; Cristo, el Cordero de Dios, muriendo por el pecado; Cristo, el Señor resucitado; Cristo, el Salvador perfecto. Es necesario destacar dos cosas en cuanto a declarar esta parte del mensaje: (i) No se debe presentar a la Persona de Cristo aparte de su obra salvadora. A veces se afirma que es la presentación de la Persona de Cristo, en lugar de las doctrinas acerca de él, lo que atrae a los pecadores a sus pies. Es cierto que es el Cristo viviente quien salva y que ninguna teoría sobre la expiación, por más ortodoxa que sea, puede sustituirlo. Pero cuando alguien hace esta observación, lo que usualmente sugiere es que una enseñanza doctrinal no es indispensable en la predicación evangelística, y que lo único que el evangelista necesita hacer es presentar una descripción vívida del hombre de Galilea que iba por todas partes haciendo el bien, y luego asegurar a sus oyentes que este Jesús todavía está vivo para ayudarles en sus dificultades. Pero a un mensaje así no se le puede  llamar evangelio. No sería en realidad más que una adivinanza, que sirve solo para desconcertar… la verdad es que la figura histórica de Jesús no adquiere sentido hasta no saber de la Encarnación: que este Jesús era realmente Dios, el Hijo, hecho hombre para salvar a los pecadores de acuerdo con el propósito eterno del Padre. Tampoco tiene sentido la vida de Jesús hasta que uno sabe de la expiación, que él vivió como hombre a fin de morir como hombre para los hombres, y que su Pasión y su homicidio judicial fueron realmente su acción salvadora de quitar los pecados del mundo. Ni puede uno saber sobre qué base acudir a él hasta saber acerca de su resurrección, ascensión y actividad celestial: que Jesús ha sido levantado, entronizado y coronado Rey, y que vive para salvar eternamente a todos los que aceptan su señorío. Estas doctrinas, sin mencionar otras, son esenciales al evangelio… La realidad es que sin estas doctrinas no tendríamos ningún evangelio que predicar.
(ii) Pero hay un segundo punto complementario: no debemos presentar la obra salvadora de Cristo separadamente de su Persona. Los predicadores evangelísticos y los que hacen obra personal a veces cometen este error. En su preocupación por enfocar la atención en la muerte expiatoria de Cristo como el fundamento único y suficiente para que los pecadores puedan ser aceptados por Dios, presentan la invitación a tener una fe
salvadora en estos términos: “Cree que Cristo murió por tus pecados”. El efecto de esta exposición es representar la obra salvadora de Cristo en el pasado, disociada de su Persona en el presente, como el objeto total de nuestra confianza. Pero no es bíblico aislar de este modo la obra del Obrador. En ninguna parte del Nuevo Testamento el llamado a creer es expresado en estos términos. Lo que requiere el Nuevo Testamento es fe en (en) o adentrarse en (eis) o sobre (epi) Cristo mismo, poner nuestra fe en el Salvador viviente quien murió por los pecados. Por lo tanto, hablando estrictamente, el objeto de la fe salvadora no es la expiación, sino el Señor Jesucristo, quien hizo la expiación. Al presentar el evangelio, no debemos aislar la cruz y sus beneficios del Cristo a quien pertenecía la cruz. Porque las personas a quienes les pertenecen los beneficios de la muerte de Cristo son simplemente las que confían en su Persona y creen, no simplemente por su muerte salvadora, sino en él, el Salvador viviente “Cree en el Señor
Jesucristo, y serás salvo” dijo Pablo (Hech. 16:31). “Venid a mí…y yo os haré descansar,” dijo nuestro Señor (Mat.11:28).

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Siendo esto así, enseguida vemos claramente que la cuestión de la amplitud de la expiación, que es algo de lo cual se habla mucho en algunos ambientes, no tiene ninguna relación con el contenido del mensaje evangelístico en este sentido en particular. No me propongo discutir esta cuestión ahora, ya lo he hecho en otro lugar.  No estoy preguntando aquí si piensas que es cierto decir que Cristo murió a fin de salvar o no a cada ser humano del pasado, presente y futuro. Ni le estoy invitando ahora a decidirse sobre esta cuestión, si no lo ha hecho ya. Lo único que quiero recalcar aquí es que aun si cree que la afirmación anterior es cierta, su presentación de Cristo al evangelizar no debería diferir de la que presenta al hombre que no cree que sea cierta. Lo que quiero decir es esto: resulta obvio que si un predicador cree que la afirmación “Cristo murió por cada uno de ustedes”, hecha a cualquier congregación, sería algo que no se puede verificar y que probablemente no es cierta, se cuidaría de incluirla en su predicación del evangelio. Uno no encuentra afirmaciones tales en sermones como, por ejemplo, los de
George Whitefield  o de Charles Spurgeon. Pero ahora, la cuestión es que, aun si alguien piensa que esta afirmación sería cierta si la hiciera, no es algo que necesita decir ni tendría jamás razón para decirla cuando predica el evangelio. Porque predicar el evangelio, como acabamos de ver, significa llamar a los pecadores a acudir a Jesucristo, el Salvador viviente, quien, en virtud de su muerte expiatoria, puede perdonar y salvar a todos los que ponen su fe en él. Lo que tiene que decirse acerca de la cruz cuando se predica el evangelio es sencillamente que la muerte de Cristo es el fundamento sobre el cual Cristo perdona. Y eso es lo único que hay que decir. La cuestión de la amplitud designada de la expiación no viene para nada al caso… El hecho es que el Nuevo Testamento nunca llama a nadie al arrepentimiento sobre el fundamento de que Cristo murió específica y particularmente por él.
El evangelio no es: “Cree que Cristo murió por los pecados de todos, y por lo tanto por los tuyos” como tampoco lo es: “Cree que Cristo murió solo por los pecados de ciertas personas, y entonces quizá no por los tuyos”… No nos corresponde pedir a nadie que ponga su fe en ningún concepto de la amplitud de la expiación. Nuestro deber es conducirlos al Cristo vivo, llamarlos a confiar en él. Esto nos trae al ingrediente final del
mensaje del evangelio.

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4. El evangelio es un llamado a la fe y al arrepentimiento. Todos los que escuchan el evangelio son llamados por Dios a arrepentirse y creer. “Pero Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan,” le dijo Pablo a los atenienses (Hech. 17:30). Cuando sus oyentes le preguntaron qué debían hacer para “poner en práctica las obras
de Dios”, nuestro Señor respondió: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29). Y en 1 Juan 3:23 leemos: “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo…”.
El arrepentimiento y la fe pasan a ser una cuestión de deber por el mandato directo de Dios, por lo tanto la impenitencia e incredulidad son señaladas en el Nuevo Testamento como pecados muy serios. Estos mandatos universales, como lo hemos indicado anteriormente, van acompañados con promesas universales de salvación para todos los que obedecen: “Que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hech. 10:43). “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apoc. 22:17). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Estas palabras son promesas que Dios cumplirá mientras dure el tiempo. Necesitamos decir que la fe no es meramente un sentido de optimismo, así como el arrepentimiento no es un mero sentido de lamentarse o de remordimiento. La fe y el arrepentimiento son acciones, y acciones del hombre integral… la fe es esencialmente entregarse, descansar y confiar en las promesas de misericordia que Cristo ha dado a los pecadores, y en el Cristo que dio esas promesas. De igual modo, el arrepentimiento es más que sentir tristeza por el pasado, el arrepentimiento es un cambio de la mentalidad y del corazón, una vida nueva de negarse a uno mismo y servir al Salvador como Rey en lugar de uno mismo…

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Necesitamos presentar también dos puntos más:
(i) Se requiere fe al igual que arrepentimiento. No basta con decidir apartarse del pecado, renunciar a hábitos malos y tratar de poner en práctica las enseñanzas de Cristo siendo religiosos y haciendo todo el bien posible a otros. Aspiraciones, resoluciones, moralidad y religiosidad no son sustitutas de la fe… sino que si ha de haber fe, primero tiene que haber un fundamento de conocimiento: el hombre tiene que saber acerca de Cristo, su cruz y sus promesas antes de que la fe salvadora pueda ser una posibilidad
para él. Por lo tanto, en nuestra presentación del evangelio, tenemos que enfatizar estas cosas, a fin de llevar a los pecadores a abandonar toda confianza en sí mismos y confiar totalmente en Cristo y en el poder de su sangre redentora para hacerlos aceptos a Dios. Nada que sea menos que esto es fe.

(ii) Se requiere arrepentimiento al igual que fe… Si ha de haber arrepentimiento, tiene que haber, volvemos a decirlo, un fundamento de conocimiento… Más de una vez, Cristo deliberadamente llamó la atención a la ruptura radical del pasado que involucra ese
arrepentimiento. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame… todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mat. 16:24-25). “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida [o sea: considerarlos a todos en segundo lugar] no puede ser mi discípulo… cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:26, 33). El arrepentimiento que  Cristo requiere de su pueblo consiste del rechazo contundente a poner cualquier límite a las demandas que él pueda hacer a sus vidas… Él no tenía interés en juntar grandes gentíos que profesaran ser sus seguidores para luego desaparecer en cuanto se enteraban de lo que seguirle requería de ellos. Por lo tanto, en nuestra propia presentación del evangelio de
Cristo, tenemos que poner un énfasis similar en lo que cuesta seguir a Cristo, y hacer que los pecadores lo enfrenten con seriedad antes de instarlos a responder al mensaje de perdón gratuito. Simplemente por honestidad, no debemos ignorar el hecho de que el perdón gratuito en un sentido cuesta todo; de otro modo, nuestro evangelizar se convierte en una especie de estafa. Y donde no existe un conocimiento claro, y por ende
nada de reconocimiento realista de las verdaderas demandas de Cristo, no puede haber arrepentimiento y por lo tanto tampoco salvación. Tal es el mensaje evangelístico que somos enviados a anunciar.

Evangelism & the Sovereignty of God (Evangelismo y la soberanía de Dios)

James (Jim) Innell Packer (nacido el 22 de julio de 1926) es un teólogo cristiano canadiense nacido en Gran Bretaña en las tradiciones Anglicana y Reformada de la iglesia baja .