Eduque a los niños para Cristo 5

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10. Cuídese de aceptar que sus hijos vivan “según la costumbre del mundo”; buscando sus honores, involucrándose en sus luchas ambiciosas, en sus costumbres y modas secularizadoras. Los hijos de padres consagrados no deben encontrarse entre los adeptos a la moda; emulando sus alardes y logros inútiles. “¿Cómo le roban a Cristo lo suyo?”, dijo un padre de familia cristiano. “He observado muchos casos de padres ejemplares, fieles y atinados con sus hijos hasta, quizá los quince años. Luego desean que se asocien con personas distinguidas y el temor de que sean distintos, les ha llevado a dar un giro y vestirlos como gente mundana. Hasta les han escogido sus amistades íntimas. Y los padres han sufrido severamente bajo la vara del castigo divino; sí, han sido mortificados, sus corazones han sido quebrantados por tales pecados, debido a las desastrosas consecuencias en lo que al carácter de sus hijos respecta.

11. Cuídese de los conceptos y sentimientos que promueve en sus hijos con respecto a los BIENES MATERIALES. En las familias llamadas cristianas, el amor por los bienes materiales es uno de los mayores obstáculos para el extendimiento del evangelio. Cada año, las instituciones cristianas de benevolencia sufren por esta causa. Los padres enseñan a sus hijos a “apurarse a enriquecerse”, como si esto fuera lo único para lo cual Dios los hizo. Dan una miseria a la causa de Cristo. Y los hijos e hijas siguen su ejemplo, aun después de haber profesado que conocen el camino de santidad y han dicho “no somos nuestros”. Se podrían mencionar hechos que, pensando en la iglesia de Dios, harían sonrojar a cualquier cristiano sincero. Enseñe a sus hijos a recordar lo que Dios ha dicho: “Tu plata y tu oro son míos”. Recuérdeles que usted y ellos son mayordomos que un día darán cuenta de lo suyo. Considere la adquisición de bienes materiales de importancia sólo para poder hacer el bien y honrar a Cristo. No deje que sus hijos esperen que los haga herederos de grandes posesiones. Deje que lo vean dar anualmente “según Dios lo ha prosperado” a todas las grandes causas de benevolencia cristiana. Ellos seguirán su ejemplo cuando usted haya partido. Dejar a sus hijos la herencia de su propio espíritu devoto y sus costumbres benevolentes será infinitamente más deseable que dejarles “miles en oro y plata”. Hemos visto ejemplos tales.

Para ayudar en esto, cada padre debe enseñar a su familia a ser económica, como un principio religioso. Influya en ellos a temprana edad para que se decidan a practicar una economía altruista y entusiasta. Enséñeles que “más bienaventurado es dar que recibir”, a escribir “santidad al Señor” en el dinero que tienen en el bolsillo, en lugar de gastarlo en placeres dañinos; a procurar la sencillez y economía en el vestir, los muebles, su manera de vivir y a considerar todo uso fútil del dinero como un pecado contra Dios.

12. Cuídese de no frustrar sus esfuerzos por lograr el bien espiritual de sus hijos, teniendo malos hábitos en su familia. Las conversaciones livianas, una formalidad aburrida y apurada en el culto familiar; conversaciones mundanas el día del Señor o comentarios de censura provocan que todos los hijos de familias enteras descuiden la religión. Guárdese contra ser pesimista, moralista, morboso. Algunos padres creyentes parecen tener apenas la religión suficiente para hacerlos infelices y para tener toda la fealdad del temperamento y de los hábitos religiosos que proviene naturalmente de una conciencia irritada por su infiel “manera de vivir”. Hay en algunos cristianos una alegría y dulzura celestiales que declaran a sus familias que la religión es una realidad tanto bendita como seria, dándoles influencia y poder para ganarlos para la obra de Cristo. Cultive esto. Deje que “el amor de Dios [que] está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” pruebe constantemente a sus hijos que la religión es el origen del placer más auténtico, de las bendiciones más ricas.

13. Si desea que sus hijos sean siervos obedientes de Cristo, debe gobernarlos bien. La subordinación es una gran ley de su reino. La obediencia implícita a su autoridad es como la sumisión que su hijo debe rendir a Cristo. ¡Cómo aumenta las penurias de su cristianismo conflictivo el hábito de la insubordinación y terquedad! Muchas veces lo hacen antipático e incómodo en sus relaciones sociales y domésticas, en la iglesia termina siendo un miembro rebelde o un pastor antipático o, si está en la obra
misionera, resulta ser un problema constante y amargo para todos sus colegas. Comentaba un pastor con respecto a un miembro de su iglesia que había partido y para quien había hecho todo lo que podía: “Era uno de los robles más tercos que jamás haya crecido sobre el Monte Sión”.

Cuando se convierte el niño bien gobernado, está listo para “servir al Señor Jesucristo, con toda humildad” en cualquier obra a la cual lo llama y trabajará amable, armoniosa y eficientemente con los demás. Entra al campo del Señor diciendo: “Sí, sí, vengo para hacer tu voluntad, oh mi Dios”. Tendrá el espíritu celestial, “la humildad y gentileza de Cristo” y al marchar hacia adelante de un deber a otro, podrá decir con David: “Como un niño destetado está mi alma”. “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado”. Y con ese espíritu, encontrará preciosa satisfacción en una vida de exitosa labor para su Señor sobre la tierra y “en la esperanza de la gloria de Dios”.

Si desea gobernarlos correctamente a fin de que sus hijos sean aptos para servir a Cristo, estudie la manera como gobierna un Dios santo. El suyo es el gobierno de un Padre, convincente y sin debilidad; de amor y misericordia, pero justo; paciente y tolerante, pero estricto en reprender y castigar las ofensas. Ama a sus hijos, pero los disciplina para su bien; alienta para que lo obedezcan, pero en su determinación de ser obedecido es tan firme como su trono eterno. Da a sus hijos razón para que teman ofenderlo; a la vez, les asegura que amarle y servirle será para ellos el comienzo del cielo sobre la tierra.

Hemos mencionado casualmente el interés de las MADRES en este asunto. A la verdad, el deber y la influencia maternal constituyen el fundamento de toda la obra de educar a los hijos para servir a Cristo. La madre cristiana puede bendecir más ricamente al mundo a través de sus hijos, que muchos que se han sentado sobre un trono. ¡Madres! La Divina Providencia pone a sus hijos bajo su cuidado en un periodo de la vida cuando se forjan las primeras y eternas impresiones.

Sea su influencia “santificada por la palabra de Dios y la oración” y consagrada al alto objetivo de educar a sus hijos e hijas para “la obra de Cristo”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

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7. Mantenga siempre vivo en la mente de su hijo que el gran propósito para el cual debe vivir es la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Hacemos mucho para dar dirección a la mente y formar el carácter del hombre, colocando delante de él un objetivo para la vida. Los hombres del mundo conocen y aplican este principio. Lo mismo debe hacer el cristiano. El objetivo ya mencionado es el único digno de un alma inmortal y renovada y prepara el camino para la nobleza más alta en ella. La elevará por
encima del vivir para sí misma y la constreñirá a ser fiel en la obra de su Señor. Enséñele a su hijo a poner al pie de la cruz sus logros, su personalidad, sus influencias, riquezas; todas las cosas y a vivir anhelando: “Padre, glorifica tu nombre”.

8. Elija con mucho cuidado los maestros de sus hijos. Sepa elegir la influencia a la cual entrega su hijo o hija. Tiene usted un objetivo grande y sagrado que cumplir. Los maestros de sus hijos deben ser tales que les ayuden a cumplir ese objetivo. Un carácter moral correcto en el maestro no basta. Esto, muchas veces viene acompañado de opiniones religiosas sumamente peligrosas. Su hijo debe ser puesto bajo el cuidado de un maestro consagrado, quien en relación con su alumno debe sentir: “Tengo que ayudar a este padre a capacitar a un siervo para Cristo”. En su elección de una escuela o academia, nunca se deje llevar meramente por su reputación literaria, su lugar en la sociedad, su popularidad, sin considerar también la posibilidad de que su ambiente no cuente con la vitalidad de una decidida influencia religiosa y que hasta puede estar envenenada por los conceptos religiosos erróneos de sus maestros. En cuanto a enviar a su hija a un convento católico para que se eduque, un pastor sensato dijo a un feligrés: “Si no quiere que su hija se queme, no la ponga en el fuego” [Nota del editor: Cuánto más se aplica esto al sistema de escuelas públicas con su educación sexual, evolucionismo y burlas de Dios]. A cierta viuda le ofrecieron educar a uno de sus hijos donde prevalecía la influencia del Unitarismo. Ella rechazó la oferta, confiando que Dios la ayudaría a lograrlo en un ambiente más seguro. Su firmeza y fe fueron recompensadas con el éxito. Una señorita fue puesta bajo el cuidado de una maestra que no era piadosa. Cuando su mente se interesaba profunda y ansiosamente en temas religiosos, la idea “qué pensará de mí mi maestra” y el temor a su indiferencia y aun desprecio, influenciaron sus decisiones y contristaron al Espíritu de Dios. Padre de familia cristiano, sus oraciones, sus mejores esfuerzos pueden verse frustrados por un maestro que no tiene religión.

9. Cuídese de no echar por tierra sus propios esfuerzos por el bienestar espiritual de sus hijos. Ser negligente en algún deber esencial, aunque realice otros, lo causará. La oración sin la instrucción no sirve; tampoco la instrucción sin el ejemplo correcto; ni la oración en familia sin las serias batallas en la cámara de oración; ni todos estos juntos, si no los está vigilando para que no caigan en tentación. Tema consentirlos con entretenimientos vanos. En cierta oportunidad, una madre fue a la reunión de sus amigas y les pidió que oraran por su hija a quien aparentemente ella había permitido, en ese mismo momento, asistir a un baile y justificaba lo impulsivo e inconsistente de su permiso, en sus propios hábitos juveniles de buscar entretenimientos. Si los padres permiten que sus hijos se arrojen directamente en “las trampas del diablo”, al menos, que no se burlen de Dios pidiendo a los creyentes que oren para que los cuide allí. Si lo hacen, no se sorprendan si sus hijos viven como “siervos del pecado” y mueren como vasos de la ira. Guárdese de ser un ejemplo de altibajos en la religión: Ahora, puro fervor y actividad; luego, languidez, casi sin hálito de vida espiritual. El hijo o hija perspicaz dirá: “La religión de mi padre es de saltos y arranques, de tiempos y temporadas. Es todo ahora, pero pronto no será nada, igual que antes”. Si usted anhela que sus hijos sirvan a Cristo con constancia, sírvalo así usted. Tema esa religión periódica, que de pronto brota de en medio de la mundanalidad e infidelidad y en la cual los sentimientos afloran como “una corriente engañosa” o, como lo expresara un autor, “como un torrente de montaña, crecido por las inundaciones primaverales, encrespado, rugiendo, que corre con bríos, pareciendo un río portentoso y permanente, pero que, después de unos días, baja, se
convierte en apenas un hilo de agua o desparece dejando un cauce seco, rocoso, silencioso como la muerte”. La consagración más profunda es como un río profundo y lleno; silencioso, alimentado por fuentes vivas; que nunca desencanta, siempre fluye, fertiliza, embellece. Sea así la humildad, la constancia, el sentimiento, la laboriosidad del carácter cristiano activo, en el cual nuestros hijos vean que servir a Cristo es la gran ocupación de la vida y se sientan constreñidos a hacerlo “de todo corazón”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

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4. Empiece la instrucción religiosa TEMPRANO. Esté atento para ver las oportunidades para esto en todas las etapas de la niñez. Las impresiones tempranas duran toda la vida, aun cuando las posteriores desaparecen. Dijo una misionera americana: “Recuerdo particularmente que cierta vez, estando yo sentada en la puerta, mi mamá se acercó y se paró junto a mí y me habló tiernamente acerca de Dios y de asuntos relacionados con mi alma, y sus lágrimas cayeron sobre mi cabeza. Eso me convirtió en una misionera” Cecil dice: “Tuve una madre piadosa, siempre me daba consejos. Nunca me podía librar de ellos. Yo era un inconverso profeso, pero en aquel entonces, prefería ser un inconverso con compañía que estar solo. Me sentía desdichado cuando estaba solo. La influencia de los padres se aferra al hombre; lo acosa; se pone continuamente en su camino”. John Newton nunca pudo quitarse las impresiones que dejaron en él, las enseñanzas de su madre.

5. Procure la conversión temprana de sus hijos. Considere cada día que siguen sin Cristo como un aumento del peligro en que están y la culpa que llevan. Cuenta una misionera: “Alguien le preguntó a cierta madre que había criado a muchos hijos, todos de los cuales eran creyentes consagrados, qué medios había usado para lograr su conversión. Ella respondió: ‘Sentía que si no se convertían antes de los siete u ocho años, probablemente se perderían y cuando llegaban a esa edad, yo me angustiaba ante la posibilidad de que pasaran impenitentes a la eternidad y me acercaba al Señor con mi angustia. Él no rechazó mis oraciones ni me negó su misericordia”. Ore por esto: “Levántate y da voces en la noche, en el comienzo de las vigilias. Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor. Levanta hacia él tus manos por la vida de tus pequeñitos”. Espere el don temprano de gracia divina basado en promesas como ésta: “Mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos; y brotarán entre hierba, como sauces junto a las riberas de las aguas. Este dirá: Yo soy de Jehová; el otro se llamará del nombre de Jacob, y otro escribirá con su mano: A Jehová, y se apellidará con el nombre de Israel” (Isa. 44:3-5). La historia de algunas familias es un deleitoso cumplimiento de
esta promesa. Los corazones jóvenes son los mejores en los cuales echar, profunda y ampliamente, los fundamentos de una vida útil. No se puede esperar que su hijo haga nada para Cristo hasta no verlo al pie de la cruz, arrepentido, creyendo y consagrándose al Señor.

Algunos suponen que la religión no puede penetrar la mente del niño; que se requiere haber llegado a una edad madura para “arrepentirse y creer el evangelio”. Por lo tanto, el niño creyente es considerado muchas veces como un prodigio y que la gracia en un alma joven es una dispensación de la misericordia divina demasiado inusual como para esperar que suceda normalmente. “Padres”, decía cierta madre, “trabajen y oren por la conversión de sus hijos”. Hemos visto a padres llorando por la muerte de sus hijos de cuatro, cinco, seis, siete años, quienes no parecían sentir ninguna inquietud, si acaso habrían muerto en un estado espiritual seguro, ningún auto reproche por haber sido negligentes en procurar su conversión. Es un hecho interesante y uno serio, en relación con la negligencia de los padres, que se ha sabido de niños menores de cuatro años que han sentido convicciones profundas de haber pecado contra Dios y de su estado perdido, se han arrepentido de sus pecados, han creído en Cristo, han demostrado su amor por Dios y han dado todas las evidencias de la gracia que se observan en personas adultas. El biógrafo de la que fuera en vida la Sra. Huntington, cuenta que, escribiéndole ella a su hijo “habla de tener un recuerdo vívido de una solemne consulta en su mente a los tres años de edad con respecto a que si en ese momento era mejor ser creyente o no, y que había llegado a la decisión que no”. La biografía de Janeway y de muchos otros prohíben la idea de que la religión en el corazón joven sea un milagro y muestran que los padres tienen razón de preocuparse ante la posibilidad que sus hijos pequeños mueran sin esperanza, a la vez que se les debe alentar a procurar su conversión.

Hemos de ser cautelosos en desconfiar sin razón de la aparente conversión de los niños. Cuide a los pequeños discípulos cariñosa y fielmente. Sus tiernos años demandan una protección más cuidadosa y tierna. No les dé razón para decir: “Fueron negligentes conmigo porque pensaban que era demasiado pequeño para ser creyente”. Es cierto, muchas veces padres de familia y pastores se han decepcionado con niños que parecían haberse entregado al Señor. Pero el día del juicio posiblemente revele que han habido, entre los adultos, más casos de decepción e hipocresía que no se han detectado, que desengaños con respecto a niños que se supone se han entregado al Señor. La niñez es más cándida que la adultez; el niño es más propenso a quitarse la máscara de la religión, si de hecho es la suya una máscara y siendo sensible nuevamente a la convicción de pecado, quizá de veras, se convierta. El adulto, más cauteloso, engañador, atrevido en su falsa profesión de fe, usa la máscara, hace a un lado la convicción, exclama: “Paz y seguridad” y sigue decente, solemne y formalmente su descenso al infierno.

Anhele la conversión temprana de sus hijos a fin de que tengan el mayor tiempo posible en este mundo para servir a Cristo. Si “el rocío de nuestra juventud” se dedica a Dios, sin duda, con el transcurso de los años se notará una madurez proporcional de su carácter cristiano y su capacidad para realizar obras más eficaces para Cristo.

6. Mantenga una relación familiar cristiana con sus hijos. Converse con ellos tan libre y cariñosamente sobre temas religiosos como conversa sobre otros. Si es usted un cristiano próspero y cariñoso, le resultará natural y fácil hacerlo. Deje que la intimidad religiosa se entreteja con todas las costumbres de su familia. De esta manera, sabrá cómo aconsejar, advertir, reprender, alentar; sabrá también cómo van madurando; cuál es la “la razón de la fe que hay en ellos”; particularmente para qué tipo de obra para Cristo tienen capacidad. Y si mueren jóvenes o antes de usted, tendrá usted el consuelo de haber observado y conocido el progreso de su preparación para “partir y estar con Cristo”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.

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A Iglesia del Señor Jesucristo fue instituida en este mundo pecador para procurar su conversión. Hace mil ochocientos años recibió el mandato: “Predicad el evangelio a toda criatura”. Debe su tiempo, talentos y recursos a su Señor, para cumplir su propósito. No obstante, “todo el mundo está puesto en maldad”. Pocos, comparativamente hablando, han oído “el nombre de Jesús”; “que hay un Espíritu Santo” o que existe un Dios que gobierna en la tierra.

En esta condición moral que afecta a este mundo, los amigos de Cristo han de considerar seriamente las preguntas: “¿No tenemos algo más que hacer? ¿No hay algún gran deber que hemos pasado por alto; algún pacto que hemos hecho con nuestro Señor, que no hemos cumplido?”. Encontramos la respuesta si observamos a los hijos de padres cristianos, quienes han profesado dedicar todo a Dios pero que, mayormente, han descuidado educar a sus hijos con el propósito expreso de servir a Cristo en la extensión de su reino. Dijo cierta madre cristiana, cuyo corazón está profundamente interesado en este tema: “Me temo que muchos de nosotros pensamos que nuestro deber parental se limita a labores en pro de la salvación de nuestros hijos; que hemos orado por ellos sólo que sean salvos; los hemos instruido sólo para que sean salvos”. Pero si ardiera en nuestro corazón, como una flama inextinguible, el anhelo ferviente por la gloria de nuestro Redentor y por la salvación de las almas, las oraciones más sinceras desde su nacimiento serían que, no sólo ellos mismos sean salvos, sino que fueran instrumentos usados para salvar a otros.

En lo que respecta al servicio de Cristo, parece ser que consiste en llegar a ser creyente, profesar la religión, cuidar el alma de uno mismo, mantener una buena reputación en la iglesia, querer lo mejor para la causa de Cristo, ofrendar cuanto sea conveniente para su extensión y, al final, dejar piadosamente este mundo y ser feliz en el cielo. De este modo, “pasa una generación y viene otra” para vivir y morir de la misma manera. Y realmente la tierra “permanece para siempre” y la masa de su población sigue en ruinas, si los cristianos siguen viviendo así.

Existe pues, la necesidad de apelar a los PADRES DE FAMILIA CRISTIANOS, en vista de la actual condición del mundo. Usted da sus oraciones y una porción de su dinero. Pero, como dijera la creyente ya citada: “¿Qué padre cariñoso no ama a sus hijos más que a su dinero? ¿Y por qué no han de darse a Cristo estos tesoros vivientes?”. Este “procurar lo nuestro, no las cosas que son de Cristo” debe terminar, si es que alguna vez el mundo se convertirá. Debemos poner manos a la obra y enseñar a nuestros hijos a conducirse con fidelidad, de acuerdo con ese versículo: “por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, más para aquel que murió y resucitó por ellos”.

Entiéndanos. No decimos que dedique sus hijos a la causa de la obra misionera exclusivamente o a alguna obra de beneficencia. Debe dejar su designación al “Señor de la mies”. Él les asignará sus posiciones, sean públicas o privadas; o esferas de extensa o limitada influencia, según “le parezca bien”. Su deber es realizar todo lo que incluye el requerimiento “instruye a tus hijos en la ley de Jehová” con la seguridad de que llegará el momento cuando la voz del Señor diga, con respecto a cada uno “el Señor tiene necesidad de él” y será guiado hacia esa posición en la que al Señor le placerá bendecirlo. Y si es retirada y humilde o pública y eminente, esté seguro de esto: Encontrará suficiente trabajo asignado a él y suficientes obligaciones designadas a él, como para mantenerlo de rodillas, buscando gracia para fortalecerlo y para pedir el empleo intenso y diligente de todos sus poderes mientras viva.

Por lo tanto, padres de familia cristianos, una pregunta interesante es: “¿Qué CUALIDADES prepararán mejor a nuestros hijos para ser siervos eficaces de Cristo?”. Hay muchas relacionadas con el CORAZÓN, la MENTE y la CONSTITUCIÓN FÍSICA.

Ante todo, piedad. Deben amar fervientemente a Cristo y su reino; consagrarse de corazón a su obra y estar listos para negarse a sí mismos y sacrificarse en la obra a la cual él puede llamarlos. Debe ser una piedad sobresaliente, “pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo”.

Dijo una mujer, actualmente esposa de un misionero americano: “Hacer y recibir visitas, intercambiar saludos cordiales, ocuparse de la ropa, cultivar un jardín, leer libros buenos y entretenidos y, aun, asistir a reuniones religiosas para complacerme a mí misma, nada de esto me satisface. Quiero estar donde cada detalle se relacione, constantemente y sin reservas, con la eternidad. En el campo misionero espero encontrar pruebas y obstáculos nuevos e inesperados; aun así, escojo estar allí y, en lugar de pensar que es difícil sacrificar mi hogar y mi patria, siento que debo volar como un pájaro hacia aquella montaña”.

Una piedad tal que brilla y anhela vivir, trabajar y sufrir para Cristo es la primera y gran cualidad para inculcar en su hijo. Es necesario actuar eficazmente para Cristo en cualquier parte, en casa o afuera; en una esfera elevada o en una humilde. El Señor Jesús no tiene trabajo adaptado a los cristianos que viven en “un pobre estado moribundo” con el cual tantos se conforman. Es todo trabajo para aquellos que son “firmes en la gracia que es en Cristo Jesús” y están dispuestos y decididos a ser “fieles hasta la muerte”.

Continuará …

Edward William Hooker (1794–1875) nació en Goshen, Connecticut. Él era un descendiente de Thomas Hooker. Fue educado en el Middlebury College y en el Seminario Teológico Andover. Fue pastor en la Iglesia de la Congregación Green’s Farm, Connecticut, 1821-1829; Primera Iglesia Congregacional en Bennington, Vermont, 1832-1844; Fideicomisario de Middlebury College, 1834-1844; Profesor de retórica e historia eclesiástica en el Seminario Teológico de East Windsor, 1844-1848; Ministrado en South Windsor, Connecticut, 1849-1856; y Fair Haven, Vermont 1856-1862.