EL RESPETO DE LA ESPOSA POR SU ESPOSO 3

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III. ESTO NOS TRAE A LAS DEMOSTRACIONES DEL RESPETO DE LA ESPOSA POR EL ESPOSO, QUE ES LO TERCERO QUE VOY A DESCRIBIR.

Estas son:

1. De palabra: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12:34). Si hay ese temor y respeto interior en su corazón, como Dios lo requiere, será evidente en las palabras que dice. La misma ley que se aplica al corazón en este caso, también gobierna la lengua. “Y la ley de clemencia está en su lengua” (Prov. 31:26). Y ciertamente aquí “la lengua apacible es árbol de vida”, mientras que “la perversidad de ella es quebrantamiento de espíritu” (Prov. 15:4).

Este respeto de la esposa se demuestra:

(1) En sus palabras acerca de su esposo: Las cuales siempre deben estar llenas de respeto y honra. El Apóstol menciona a Sara como ejemplo de esto: “Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien” (1 Pedro 3:6). Este era el lenguaje de su corazón como lo dice antes Génesis 18:21. Y ninguna esposa es demasiado grande o buena como para no imitar su ejemplo en esto, hablando respetuosamente de su esposo… todas las críticas acerca de su esposo y las palabras que lo deshonran tienen infaliblemente consecuencias para su propia
vergüenza; su honra y respeto se mantienen o caen juntos.

(2) Las palabras de la esposa hacia su esposo deben ser llenas de respeto.

Tiene que evitar: (I) Hablar en exceso, interrumpir ridículamente a su esposo mientras él está hablando, y responder con diez palabras cuando una hubiera bastado. Porque el silencio demuestra más la sabiduría de una mujer que las palabras, y la que es sabia es de pocas palabras. Aunque parezca ser religiosa, si no controla su lengua, su religión es en vano.

Y (II) ella tiene que cuidarse que sus palabras sean de calidad, es decir, humildes y respetuosas. Porque el gran deseo de la esposa debe ser “un espíritu afable y apacible”, sí, y del hombre también “es de grande estima delante de Dios” (1 Ped. 3:4). Cuando el corazón ha sido humillado por la gracia de Dios, se notará en sus palabras… ¿Acaso no ha dicho Dios “la lengua blanda quebranta los huesos” (Prov. 25:15)? Esto es más de lo que puede hacer una lengua virulenta… Le será un consuelo indescriptible en la muerte y el juicio reflexionar en las victorias que su paciencia ha logrado y con cuánta frecuencia su silencio y sus respuestas blandas han mantenido la paz… Es indudable que si la mansedumbre y el respeto no prevalecen, menos lo harán la ira y la pasión…

2. La demostración del respeto de la esposa hacia su esposo tiene que ser también de hecho. Y eso por su obediencia a sus directivas y restricciones… La esposa ha de obedecer a su esposo en todo lo que no sea contrario a la voluntad de Dios. Pero si le manda hacer algo pecaminoso según la Ley de Dios—si le pide que mienta, que dé falso testimonio o algo parecido—ella tiene que negarse modesta y resueltamente. Si le prohíbe hacer algo que, según los mandatos de Dios es un deber indispensable—si él le prohíbe orar, leer la Biblia, santificar el día del Señor o algo parecido—entonces tiene ella que “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5:29). Pero en todos los
demás casos, aunque ella puede presentarle respetuosamente a él sus razonamientos, si él sigue insistiendo, su mejor sacrificio será obedecer y hacer lo que le pide lo cual alivianará su yugo…

El hogar es el lugar que le corresponde: porque ella es la hermosura del hogar. Allí están sus ocupaciones, allí está segura… Cuando desaparecen el sol y la luna, el cielo está oscuro; y cuando tanto esposo y esposa están fuera de casa, se fomentan muchos problemas en el hogar, y ya sabemos de quién es la culpa: “Alborotadora y rencillosa, sus pies no pueden estar en casa” (Prov. 7:11). Donde sea que el esposo juzgue mejor vivir, allí tiene la esposa que alegremente consentir vivir, aunque quizá por los amigos de ella o de él, sea incómodo para ella. Entonces… aquel que designa “amar a sus maridos” (Ti. 2:4) en el versículo que sigue le indica “ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada” (2:5). Porque aunque se pueden silenciar las palabras de una mujer buena, nunca se podrán silenciar sus buenas obras…

Pocos esposos hay tan malos que la discreción y el respeto de una esposa no los reformaría; y pocas esposas hay de tan mal genio, que la sabiduría y el afecto de un esposo no la mejoraría.

 

Tomado de “What Are the Duties of Husbands and Wives Towards Each Other?”
Puritan Sermons  1659-1689, Being the Morning Exercises at Cripplegate.

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Richard Steele (1629-1692): Predicador puritano y autor; reconocido como “un gran erudito, estudiante serio y predicador excelente”, autor de The Character of the Upright Man (El carácter del hombre justo) y otros. Nació en Bartholmley, Cheshire, Inglaterra.

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¿Cómo restaurar la verdadera piedad del hombre 2?

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Ahora todo su cuerpo sufría un horrible tormento. Mientras tanto, sus enemigos  permanecían a su alrededor, señalándolo con desprecio, burlándose de él y de sus oraciones y deleitándose de su sufrimiento.

Él dijo: “Tengo sed” (Juan. 19:28), y le dieron vinagre. Al poco tiempo dijo: “Consumado es” (Juan. 19:30). Había soportado el máximo sufrimiento y dado evidencia plena de la justicia divina. Recién entonces entregó su espíritu. En tiempos pasados, hombres santos han comentado con amor los sufrimientos de nuestro Señor, y yo no vacilo en hacer lo mismo, confiando que los pecadores tiemblen y vean la salvación en la dolorosa “llaga” del Redentor. No es fácil describir el sufrimiento físico de nuestro Señor. Reconozco que he fallado en mi intento. En cuanto al sufrimiento del alma de Cristo, ¿quién de nosotros lo puede imaginar, o mucho menos expresar? Al principio dijimos que sudó gotas de sangre. Eran su corazón derramando a la superficie su vida a través de la terrible tristeza que dominaba su espíritu. Dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mat. 26:38). La traición de Judas y la deserción de los doce discípulos entristecieron a nuestro Señor, pero el peso de nuestro pecado fue la verdadera presión sobre su corazón. Murió por nuestro pecado. Ningún lenguaje podrá jamás explicar la agonía de su pasión. ¡Qué poco podemos entonces concebir el sufrimiento de su pasión!

Cuando estaba clavado en la cruz, soportó lo que ningún mártir ha sufrido. Ante la muerte, los mártires han sido tan sustentados por Dios que han podido regocijarse aun en medio del dolor. Pero el Padre permitió que nuestro Redentor sufriera tanto, que exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46). Ese fue el clamor más amargo de todos, la muestra más viva de su inmenso dolor. Pero era necesario que padeciera este dolor, porque Dios no soporta el pecado y en ese momento, a él “por nosotros lo hizo pecado” (2 Cor. 5:21). El alma del gran Sustituto sufrió el horror de la agonía en lugar de dejar que nosotros sufriéramos el horror del infierno al cual estábamos destinados los pecadores si él no hubiese tomado sobre sí nuestros pecados y la maldición que nos correspondía. Escrito está: “Maldito todo el que es colgado en un madero” (Gál. 3:13). Pero, ¿quién sabe lo que significa esa maldición?
El remedio para nuestro pecado se encuentra en el sufrimiento sustituto de nuestro Señor Jesucristo y en sus heridas. Nuestro Señor sufrió esta “llaga” por nosotros. Nos preguntamos: “¿Hay algo que debamos hacer, para quitar la culpa del pecado?” La respuesta: “No hay nada que debamos hacer. Por las heridas de Jesús, somos sanos. Él llevó todas las heridas y no nos dejó ninguna”.

¿Pero, debemos creer en él? Si, debemos creerle. Si decimos que cierto bálsamo cura, no negamos que necesitamos una venda para aplicarla a la herida. La fe es la venda que une nuestra reconciliación en Cristo con la herida de nuestro pecado. La venda no cura; el bálsamo es lo que cura. Así que la fe no sana; la expiación de Cristo es lo que nos cura. “Pero debemos arrepentirnos”, dice otro. Ciertamente debemos, porque el arrepentimiento es la primera señal de que hemos sido sanados. Pero son las heridas de Jesús las que nos sanan, y no nuestro arrepentimiento. Cuando aplicamos sus heridas a nuestro orazón, producen arrepentimiento. Aborrecemos el pecado porque causó el sufrimiento de Jesús. Cuando sabiamente confiamos que Jesús ha sufrido por nosotros, descubrimos que Dios nunca nos castigará por el pecado por cual Cristo murió. Su justicia no permitirá que la deuda sea pagada primero por el Garante y luego por el deudor. La justicia no puede permitir doble pago. Si nuestro sufriente Garante ha cargado con la culpa, entonces nosotros no podemos llevarla. Al aceptar que Cristo sufrió por nosotros, aceptamos una cancelación completa de nuestra culpa. Hemos sido condenados en Cristo, por tanto ya no hay condenación en nosotros. Esta es la base de la seguridad que tiene el pecador que cree en Jesús. Vivimos porque Jesús murió en nuestro lugar. Somos aceptados en la presencia de Dios, porque Jesús es aceptado. Quienes aceptan este acto sustitutivo de Jesús son libres de culpa. Nadie puede acusarnos. Somos libres.

Oh amigo, ¿quieres aceptar que Jesús ocupó tu lugar? Si lo aceptas eres libre. “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18). Porque, “por su llaga fuimos nosotros curados” (Isa 53:5).

Tomado de Around the Wicket Gate.
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Charles H. Spurgeon (1834-1892): Pastor bautista inglés, el predicador más leído de la historia (aparte de los escritores bíblicos); nacido en Kelvedon, Essex.