El Método de la Gracia

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Mis queridos amigos, debemos mantener un andar dócil, íntimo con el Señor Jesucristo.

Muchos de nosotros perdemos nuestra paz por nuestro andar indisciplinado; alguna cosa u otra se interpone entre Cristo y nosotros, y caemos en la oscuridad; una cosa u otra nos aparta de Dios y esto entristece al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo nos deja librados a nuestros propios recursos. Permítanme, pues, exhortarles a ustedes que tienen paz con Dios, que se cuiden de no perder esta paz. Es cierto que una vez que están en Cristo, no pueden apartarse permanentemente de Dios: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Pero aunque no pueden apartarse permanentemente, si pueden apartarse desastrosamente, y pueden vivir el resto de sus días con huesos rotos.

Cuídense de retroceder en nombre de Jesucristo, no entristezcan al Espíritu Santo porque puede ser que nunca en su vida recobren su bienestar. Oh, cuídense de no andar rodando por este mundo de Dios después de haber acudido a Jesucristo. Mis queridos amigos, yo he pagado caro mi infidelidad.

Nuestros corazones son tan malditamente impíos, que si no nos cuidamos, si no nos mantenemos continuamente en guardia, nuestro impío corazón nos engañará y desviará. Será triste ser objeto del azote de un Padre que corrige; recuerde los azotes de Job, David y otros santos en las Escrituras. Por lo tanto, permítanme exhortarles a ustedes que tienen paz, que anden cerca de Jesucristo, se diferencian tan poco de los demás que casi ni se reconocen como verdaderos cristianos. Son cristianos que tienen miedo de hablar por Dios se dejan llevar por la corriente; hablan del mundo como si estuvieran en su elemento; esto no lo hacen cuando recién descubren el amor de Cristo; entonces pueden hablar sin parar de la luz del Señor que brilló en su corazón.

 

George Whitefield (16 de diciembre de 1714 – 30 de septiembre de 1770)

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Encontrar la paz en el sufrimiento

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“Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” Génesis 3:19

Quienes se someten mansamente a sus sufrimientos presentan una obediencia aceptable a Dios si cargar con esta cruz junto con una mayor conciencia del pecado les infunde humildad. Ciertamente, solo podemos presentar tal sacrificio ante Dios por medio de la fe. Sin embargo, los fieles también se esfuerzan en ganarse la vida con la ventaja de tener un estímulo para el arrepentimiento y adaptarse a la mortificación de la carne. A menudo, Dios sustrae parcialmente la maldición a sus hijos para que no se desmoronen bajo su pesada carga. Dice el Salmo 127:2: «Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño». Dado que las cosas contaminadas por Adán se restauran por medio de la gracia de Cristo, los piadosos sienten con mayor intensidad que Dios es bueno y disfrutan de la dulzura de su bondad paternal. Sin embargo, debido a que, aun en el mejor de los casos, la carne debe ser sojuzgada, no es raro que los piadosos se fatiguen con la dureza de su trabajo y pasen hambre. Es preferible, pues, que cuando se nos advierta de las desdichas de esta vida presente, derramemos lágrimas por nuestros pecados y busquemos consuelo en la gracia de Cristo, que no solo mitiga la amargura del dolor sino que la endulza.

Cuando nos sentimos abrumados por el trabajo, la enfermedad u otras dificultades, presentar esas cosas a Dios en oración nos sirve de ayuda. ¿Por qué es esto así? ¿Cómo nos enseña misericordiosamente Cristo nuestro Salvador a ser humildes además de disfrutar de la dulzura de su presencia?

 

LECTURA ADICIONAL RECOMENDADA: Filipenses 3

 

Extraído del libro “365 días con Juan Calvino” (Editorial Peregrino 2016)