El costo del Discipulado

Es fácil seguir a la gente hoy día. Nos seguimos con el clic de un botón en las redes sociales. El costo es minúsculo. Como mucho, perdemos un poco de dignidad (dependiendo de a quién sigamos). Por lo general, queremos seguir a amigos y familiares, o personas cuyas vidas codiciamos. Las celebridades tienen millones de seguidores y no piden mucho a cambio, tal vez un «me gusta» ocasionalmente. Hoy en día, seguir a alguien es fácil, tan fácil que podemos seguir a cientos, incluso miles de personas. Me pregunto si este fenómeno ha ayudado a confundirnos con las palabras de Jesús: «Sígueme».

La comodidad y la gloria que a menudo deseamos para nosotros mismos son radicalmente contrarias a la cruz.

La vida que Jesús nos llama a emular en realidad no fue codiciada por nadie. Si Instagram hubiera existido en el primer siglo, no estoy seguro de que Jesús hubiera tenido muchos seguidores. Él era un marginado religioso, así que los piadosos de aquel tiempo no hubieran querido ser identificados con Él o seguirle. En nuestros días, a «los espirituales pero no religiosos» les resulta igualmente difícil seguir a Jesús por dos razones.

Primero, Jesús exige que le sigamos de manera exclusiva. «Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14:26). Familiares y celebridades están felices de compartir sus seguidores, pero Jesús no. No puedes seguir a Jesús y dedicarte a los demás de la misma manera que te consagras a Él. Este tipo de exclusividad es especialmente difícil en sociedades como la nuestra, donde los no cristianos se alegran de incluir a Jesús entre los grandes maestros religiosos, pero no sobre ellos. Sin embargo, Jesús no compartirá escenario con nadie más, y exige que nuestro amor por Él sea único.

Segundo, Jesús exige que le sigamos precisamente cuando no sea emocionante o cómodo. «El que no carga su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (v. 27). La comodidad y la gloria que a menudo deseamos para nosotros mismos son radicalmente contrarias a la cruz. Sin embargo, seguir a Jesús es abrazar una vida cruciforme. Juan Calvino escribió que los seguidores de Cristo «debían prepararse para una vida dura, trabajosa e inquieta, llena de muchos y diversos tipos de maldad». Tan grande es el costo de seguir a Jesús que Él nos exhorta a considerar la decisión cuidadosamente antes de que hagamos «clic» (vv. 28-32).

Jesús concluyó Su llamado al discipulado en Lucas 14 diciendo: «Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo» (v. 33). En pocas palabras, seguir a Jesús te costará todo, pero lo que ganas es más grande que lo que pierdes. A través de la cruz, obtenemos al Cristo, que por nuestra salvación lo soportó antes que nosotros.

El Rev. Adriel Sánchez es el pastor principal de la iglesia North Park Presbyterian Church en San Diego y conductor del programa de radio Core Christianity.

La Libertad del Discipulado

Cuando yo era adolescente, consideraba la fe cristiana como restrictiva y opresiva. Tenía miedo de que la manera cristiana de vivir fuera esclavizante, que me llevara a una vida de miseria. Por lo tanto, estaba esperando mi tiempo hasta que pudiera escaparme de la supervisión de mis padres y buscar una vida de libertad en la universidad.

Sin embargo, gracias a Dios, durante mi último año de secundaria descubrí que lo que yo pensaba que era libertad era en verdad esclavitud, y lo que pensaba que sería esclavizante era, de hecho, la verdadera libertad, la libertad del discipulado. Llegué a la conclusión de que, aparte de Jesús, no existe la verdadera libertad, solo la esclavitud del pecado.

Es solo cuando nos sometemos al señorío de Jesús y nos convertimos en Sus discípulos que experimentamos la verdadera libertad.

El hombre fue creado por Dios para gobernar sobre la tierra, para aprovechar el mundo material para la gloria de Dios y el beneficio del hombre. Pero cuando el hombre se rebeló contra Dios, se encontró a sí mismo bajo el dominio de la creación en lugar de ejercer el dominio sobre ella. Esto es lo que vemos en la esclavitud de las adicciones. El hombre se convierte en el esclavo de sus propios deseos. Él se convierte en esclavo del pecado. El hombre natural está bajo el cautiverio del pecado.

Este fue, por supuesto, uno de los énfasis principales de los reformadores mientras recuperaban el evangelio de la gracia soberana de Dios. Martín Lutero, en su obra La esclavitud de la voluntad, trata este punto con gran claridad. El hombre natural no es libre sino esclavo del pecado. Él no puede hacer lo contrario. Él debe ser liberado del poder del pecado que lo ata. Esta es la libertad del discipulado.

Jesús dijo: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8:31-32). Es solo cuando nos sometemos al señorío de Jesús y nos convertimos en Sus discípulos que experimentamos la verdadera libertad. Él rompe el poder del pecado en nuestras vidas y nos otorga la libertad bajo Su gobierno benevolente. Somos hechos libres para ser lo que Dios quiere que seamos: seres que están llenos de gozo indescriptible mientras le obedecemos y cumplimos los propósitos para los cuales Él nos creó.

Aquí es cuando somos realmente libres. No es la falsa libertad de la anarquía, sino la verdadera libertad que se experimenta cuando vivimos la vida para la gloria de Dios como discípulos de Jesús. Esto es lo que el apóstol Pablo nos dice en Romanos 6: 20-23. Cuando nuestra esclavitud al pecado y la muerte se rompe por el poder de la gracia de Dios en Jesús, nos convertimos en esclavos (discípulos) de Jesús. En verdad, es una servidumbre gozosa, porque Jesús trata a Sus discípulos como hijos e hijas. De hecho, entramos en la gozosa libertad de los hijos de Dios.

El reverendo Roland Barnes es pastor principal de Trinity Presbyterian Church (PCA) en Statesboro, Georgia.

Los discípulos persiguen la Santidad

Uno de los malentendidos comunes sobre la doctrina de la justificación solo por la fe es de que es una especie de ficción sin consecuencias prácticas en la vida misma. Este ha sido un argumento polémico utilizado por los apologistas católicos contra la visión protestante de sola fide: la verdad bíblica de que somos justificados por gracia por medio de la fe en Cristo solamente. Además, los antinomianos de todo tipo han argumentado que, dado que los creyentes están bajo la gracia y ya no están bajo la ley, se les permite vivir de una manera moralmente «relajada».

No importa de donde vengan estas caricaturas de la vida cristiana, Pablo no es la fuente de ninguna de ellas. En realidad, él se opone totalmente a ellas. En la carta a los Romanos, el Apóstol describe las profundidades del evangelio de la justificación solo por la fe sobre la cual está enraizada y se desarrolla la nueva vida en Cristo. La justificación es la base de la santificación. La primera es la base de la postrera, y la postrera es el resultado espiritual de la primera. Como Charles Hodge escribió en su comentario de 1886 sobre Romanos: «Es imposible que alguien comparta los beneficios de Su muerte [es decir, Jesucristo] sin conformarse a Su vida».

Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente.

Aquí es donde entra la santidad. La santidad es la marca inevitable del discípulo de Jesucristo. Una vida cristiana impía es simplemente un oxímoron, una contradicción en los términos, una negación de la realidad de la justificación solo por la fe. En Romanos 6:12-16, Pablo revela el significado de una vida santa en términos de una transición radical que tuvo lugar: de estar bajo la ley, lo que significa que el individuo estaba muerto en su pecado y al servicio de la injusticia, a estar ahora bajo la gracia, lo que significa que el individuo ha revivido para Dios y está ahora sirviendo a la causa de la justicia.

La santidad es la evidencia espiritual y práctica de que esta transición ha tenido lugar y está funcionando correctamente en términos reales. Una vez más, vale la pena citar a Hodge: «La gracia, en lugar de conducir a la indulgencia del pecado, es esencial para el ejercicio de la santidad». Bajo la gracia, la santidad es la señal de que la justificación ha ocurrido. Sin la evidencia de santidad en la vida cristiana, todas las caricaturas de la justificación ficticia y el antinomianismo desafortunadamente son posibles. Una vida impía es una excusa para que los burladores de la fe cristiana sean reforzados en sus prejuicios equivocados contra el evangelio. Una vida santa es una señal de la veracidad de la Palabra de Dios y del poder de Su gracia para traer vida donde la muerte y el pecado han reinado anteriormente. Qué gran responsabilidad sobre nosotros los discípulos de Jesús, de ser santos, porque Dios es santo (1 Pedro 1:16).

El Dr. Leonardo De Chirico es el pastor de la iglesia Breccia di Roma en Roma, vicepresidente de la Alianza Evangélica Italiana y director de la Iniciativa Reformanda.

Los discípulos reciben corrección

No es por casualidad que las palabras discípulo y disciplina se parecen. Un “discípulo” es alguien “disciplinado”. Esto puede referirse a la auto-disciplina, como cuando Pablo dice que él “golpea” (o como se traduce en la NTV y otras versiones modernas: “disciplina”) su cuerpo para mantenerlo bajo control (1 Cor. 9:27). O bien puede significar recibir disciplina o corrección cuando uno se desvía, sea por parte de los padres (Ef. 6:4), de otros creyentes (Gal. 6:1) o de Dios (Heb. 12:57-811). La disciplina, particularmente cuando se refiere a la corrección, es vital para el que quiere ser discípulo.

Jesús exhorta a los creyentes a confrontarse unos a otros como parte del proceso de la disciplina eclesiástica (Mat. 18:15-20). La corrección de un creyente cuando está en falta es un requisito bíblico, pero también lo es la aceptación de esa corrección y el arrepentimiento de nuestros pecados. De hecho, aquel que no acepta la corrección debe ser visto y tratado como un incrédulo (v.17).

Esta es la clave para aceptar la corrección: reconocer que todo nuestro pecado es una ofensa nefasta en contra del Dios santo quien nos ama tanto que nos ha hecho Sus hijos.

He aquí el problema: Nosotros detestamos corregir y ser corregidos. Nuestro orgullo se interpone en ambas situaciones. No confrontamos al hermano o hermana porque para esto tenemos que ser honestos y vulnerables, o porque no queremos que nos respondan mal, o porque hemos sido heridos y decidimos simplemente ignorar al que nos ofendió. Y en esas ocasiones en que sí hacemos confrontación, con frecuencia lo hacemos hipócritamente (Mat. 7:3-5) o con ira en vez de mansedumbre (Gal. 6:1). Confrontar y corregir no es sinónimo de desahogo.

Nosotros también odiamos ser corregidos debido a nuestro orgullo. No nos gusta cuando otros señalan nuestro pecado. La buena noticia es que Dios, por medio de Su Palabra y el Espíritu Santo, nos ayuda a superar nuestro orgullo. En primer lugar, Cristo ya ha conquistado nuestro orgullo al acercarnos a Él. El pecado interior permanece, pero para el creyente, el poder del pecado del orgullo ha sido derrotado. Se nos ordena humillarnos, pero Dios es quien nos da la gracia para hacerlo.

Además, la Escritura nos da ejemplos maravillosos de santos que han sido confrontados y han respondido en humildad y con arrepentimiento genuino. Cuando el profeta Natán confrontó a David por su pecado doble de adulterio y asesinato, David no solo se arrepintió, sino que nos dio uno de los pasajes más grandiosos que tenemos en la Biblia: el Salmo 51, una oración hermosa de arrepentimiento. No tuvieramos ese salmo hermoso si Natán no hubiera confrontado a David y si David no se hubiera arrepentido en humildad.

Pero, ¿por qué estuvo David tan presto a arrepentirse? Lo vemos en la respuesta que le da a Natán: “He pecado contra el Señor” (2 Sam. 12:13). Nuevamente lo vemos en el Salmo 51 donde David escribe: “Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (v.4). Esta es la clave para aceptar la corrección: reconocer que todo nuestro pecado es una ofensa nefasta en contra del Dios santo quien nos ama tanto que nos ha hecho Sus hijos. Cuando esa es nuestra perspectiva, aquellos que nos confrontan dejan de ser mensajeros de condenación y se convierten en ángeles de misericordia.

El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”.

Los discípulos atesoran la Palabra de Dios

«¿Yo? ¿Memorizar las Escrituras? Pero ya no soy un niño. Además, ahora enseño a niños. Yo enseño; ellos aprenden». Aunque tal vez no sean las palabras reales de los cristianos adultos, estos sentimientos pueden representar la actitud de muchos. Prácticamente no han memorizado pasajes específicos de las Escrituras en muchos años (o tal vez nunca).

Sin embargo, para un verdadero discípulo de Cristo, que realmente quiere ser como Cristo, memorizar las Escrituras es una disciplina vital. Si memorizaste las Escrituras cuando eras niño, probablemente aprendiste el Salmo 119:11: «En mi corazón he atesorado tu palabra, para no pecar contra ti». El Salmo 119 no es solo el capítulo más largo de la Biblia, sino que también está saturado de aspectos estilísticos notables. El poema hebreo está dividido en veintidós estrofas, una para cada letra del alfabeto hebreo. Cada verso dentro de una estrofa comienza con una letra particular. Esta estructura alfabética era una ayuda para la memorización.

Cuando la duda y la depresión nos acosen, la verdad de Dios que hemos almacenado será un ancla segura y estable para nuestra arca sacudida por la tempestad.

Este salmo se destaca no solo por su extensión y su forma literaria, sino también por lo elevado de su enfoque. Desde su comienzo hasta su final, cada verso es sobre la Palabra de Dios. La estrofa «beth» comienza: «¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra» (v. 9). La estrofa termina: «Meditaré en tus preceptos, y consideraré tus caminos. Me deleitaré en tus estatutos y no olvidaré tu palabra» (v. 15-16). La clave para evitar y escapar de las trampas del enemigo de nuestras almas es conocer la Palabra, meditar en la Palabra y recordar la Palabra. En medio de estas instrucciones se encuentra el mandato bíblico de memorizarla.

Una de las tareas sagradas de un padre judío era familiarizar a su hijo con la Torá (Génesis-Deuteronomio) y enfatizar la importancia de memorizar con precisión lo que Dios había dicho (Deut 6:4-7). Por lo tanto, la Ley se recitaría en la audiencia del niño desde sus primeros días, y los pasajes clave serían repetidos una y otra vez. Puesto que la mayoría de los hogares eran demasiado pobres para tener su propia colección de pergaminos del Antiguo Testamento, la memorización era esencial.

Quien memorice las Escrituras obtendrá muchos beneficios. En primer lugar se encuentra la ayuda que las Escrituras ofrecen para poder resistir las tentaciones de Satanás. La respuesta de Jesús de «escrito está» para cada una de las tentaciones del adversario en el desierto es el mejor ejemplo de esto (Mat 4:4,7,10). Además, la Palabra de Dios escrita en las tablas del corazón permanece ahí para la meditación todo el día (Sal 119:97). Las Escrituras ayudan a la renovación de nuestra mente para que nuestro pensamiento esté formado por la Palabra que mora en nosotros (Rom 12:22 Cor 10:5). La verdad de Dios guardada en el corazón vendrá más fácil a la mente al momento de tomar de decisiones, aconsejar, evangelizar, enseñar, etc. Cuando la duda y la depresión nos acosen, la verdad de Dios que hemos almacenado será un ancla segura y estable para nuestra arca sacudida por la tempestad.

Entonces no te demores. Comienza ahora. Escoge un verso (o pasaje). Escríbelo. Repásalo de manera continua. Ríndele cuentas a alguien. Apréndetelo no para jactarte, sino para que puedas vivirlo y para que Cristo sea visto en ti.

Robert W. Carver se desempeñó como profesor asociado de griego y Biblia en Clearwater Christian College en Clearwater, Florida, durante más de treinta y cinco años.

Los discípulos obedecen a sus padres en el Señor

Si es verdad que un discípulo es un aprendiz, ninguna relación es más adecuada para la práctica del discipulado que la relación de los hijos con sus padres. La familia es el primer gobierno en prácticamente todos los tiempos, culturas y religiones. La vida comienza con una asociación y autoridad. En esta economía natural, las partes interesadas actúan de acuerdo con el amor filial, el interés propio, la tradición y la comunidad para crear un entorno que fomente la salud, el crecimiento, el aprendizaje y la maduración hasta la edad adulta. Pero esta disposición común difícilmente implica un estándar universal. Los padres pueden ser duros, flexibles, prácticos, idealistas, pasivos, activos, cerrados o abiertos; todo antes de que hayan dicho una sola palabra sobre sus objetivos para ti.

Desde la perspectiva del niño, ningún otro mecanismo en la vida es tan adecuado para el discipulado como el hogar.

Pero el hogar cristiano posee tanto el método como la meta en la Palabra revelada de Dios. Considere la forma simple de Efesios 6:1-4:

Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor.

El mandato: obedecer en el Señor. La evaluación: es justo. La promesa: prosperidad y vida. El método: la disciplina y la instrucción del Señor. La manera: sin ira. Este es el discipulado: aprender obediencia a lo que es correcto y bueno mediante la enseñanza, ejemplo, amonestación y práctica.

Desde la perspectiva del niño, ningún otro mecanismo en la vida es tan adecuado para el discipulado como el hogar. No requiere reubicación, no te cuesta nada, y nunca tendrás otro maestro tan invertido en tu éxito. Al simplemente crecer en el hogar de discípulos cristianos, si puedes aprender algo, seguramente aprenderás lealtad, respeto, sumisión y servicio al Señor.

Todo esto debe ser visto en términos de obligaciones de pacto entre padre e hijo. Sigue el paradigma de Deuteronomio 6:4-9: comienza con teología («El Señor uno es»). Habla de la relación («Amarás al Señor tu Dios»). Da dirección («Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón»). Se aplica generacionalmente («Diligentemente las enseñarás a tus hijos»). Y proporciona una metodología («Hablarás de ellas cuando te sientes…andes …te acuestes…te levantes»). Mientras las familias del mundo tienen una versión natural del discipulado, los hogares cristianos tienen el discipulado del evangelio, anclado en la obra salvadora de Cristo, la verdad de Su Palabra, las leyes de Su reino y la disposición del amor. Este discipulado es para bien (Prov. 1:9). Dios obliga a los padres a enseñarlo. Dios obliga a los niños a aprender de sus padres.

El reverendo Scotty Anderson es pastor asistente de familias y jóvenes en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, SC

Los discípulos aman a otros discípulos

Hablamos mucho sobre el amor en la iglesia cristiana. Y con razón, ya que el amor es el centro de nuestro mensaje, el evangelio (Jn 3:16). Pero, ¿qué significa amar a otros cristianos? ¿Es realmente tan importante? ¿No podemos vivir la vida cristiana por nuestra propia cuenta?

La Confesión de Fe de Westminster nos dice: «Los santos, por profesión, están obligados a mantener una comunión y un compañerismo santos en la adoración a Dios y a realizar los otros servicios espirituales que promueven su edificación mutua; y también a socorrerse los unos a los otros en las cosas externas, de acuerdo con sus diferentes habilidades y necesidades». (CFW, cap 26-2). La asistencia regular al culto corporativo es una parte importante de cómo cumplimos con este deber. Nos unimos a nuestros hermanos en Cristo para escuchar la Palabra, participar de los sacramentos, orar juntos, mezclar nuestras voces en canciones de alabanza y confesar la fe que compartimos.

Nuestro amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por nosotros en Cristo.

También estamos llamados a aliviar las necesidades externas de nuestros hermanos en la fe como podamos. Esto puede hacerse en forma de donaciones al fondo de diáconos de la iglesia, donaciones para la obra misionera o participando directamente en operaciones de ayuda: preparando comidas para nuevas madres, visitando a los enfermos y confinados en casa, o ayudando después de un desastre.

El ser un cuerpo en Cristo tiene implicaciones importantes para nuestras relaciones con otros creyentes. Juan nos dice que debemos amarnos los unos a los otros, «porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4: 7). Juan también registra a Cristo mismo hablando del mismo tema: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13: 34-35). Nuestro amor por los demás tiene como base el amor que Dios tiene por nosotros en Cristo.

El amor de Dios por nosotros obra en nuestras vidas de varias maneras. Nos mueve a responder a Dios con amor, y nos mueve a amar a nuestros hermanos y hermanas en la fe (1 Jn 4: 11-125: 1-3). Esto se debe a que somos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. Nadie odia su propio cuerpo, sino que desea lo que es bueno para él (Ef 5:29); de la misma manera, aquellos que están unidos al cuerpo de Cristo hacen su parte para cuidar ese cuerpo. Adoramos juntos, usamos los dones dados por Dios para el beneficio del cuerpo, sufrimos juntos, nos regocijamos juntos y llevamos los unos las cargas de los otros (1 Cor. 12: 12-31Gal. 6:2).

Juan advierte que si no somos movidos de esta manera, es posible que no seamos parte del cuerpo (1 Jn 4:20). Cualquiera que se separe de este cuerpo no tiene ninguna base de seguridad. Un cristiano solitario no tiene sentido bíblico: estamos unidos en Cristo como el nuevo templo de Dios (Ef. 2: 19-22). Cristo no mora en nadie que no esté unido a ese cuerpo.

Así que, amigos, no abandonemos la santa comunión del cuerpo de Cristo, sino amémonos unos a otros, animémonos unos a otros y cuidemonos unos a otros (1 Jn 4:21Heb. 10: 23-25).

Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.

Los Discípulos discipulan a sus hijos

El Señor diseñó el hogar como un lugar especial para el desarrollo de discípulos. En Deuteronomio 6:6-7 se les ordena a los padres a enseñar a sus hijos la palabra de Dios diligentemente y a hablar de ella cuando se sienten en su casa, cuando anden por el camino, cuando se acuesten y cuando se levanten. En el Nuevo Testamento, cuando una cabeza de familia se convertía en discípulo, traía consigo implicaciones para su familia (Lc. 19:91 Cor. 7:142 Tim. 1:5). Efesios 6:4 contiene un mandamiento directo de discipular a los hijos: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor”. El Señor claramente llama a Sus discípulos a discipular a sus hijos.

La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de opciones o el establecimiento de límites.

Nunca es demasiado temprano para empezar con las rutinas del discipulado. Canta salmos e himnos cuando acurrucas a los más pequeños y aparta tiempo a diario para una lectura familiar de la Biblia y para orar. Eventualmente, puedes motivarlos a memorizar las Escrituras y a estudiar catecismos (Sal. 119:9-11). Haz que la adoración el día del Señor sea una prioridad y una delicia. Háblales frecuentemente de la Palabra de Dios, de las obras en Su creación, de Sus providencias y de las oraciones contestadas. Estos hábitos sentarán las bases para el resto de sus vidas.

A medida que los hijos van creciendo, el discipulado debe estar ligado aún más con la vida cotidiana. La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de opciones o el establecimiento de límites. Los hijos necesitan reglas basadas en la Palabra de Dios para poder aprender cómo obedecer y cuáles son las consecuencias de la desobediencia. Este proceso no debería causar una relación disfuncional, sino que debería llevar a un mejor entendimiento de que la disciplina es amorosa (Heb. 12:2-11). Busca la manera de hacerles ver cómo cada situación los puede alejar de Dios o llevarlos a la cruz de Cristo y a la reconciliación.

A medida que los hijos crecen, las conversaciones se convierten en el aspecto más importante del discipulado. El Salvador respondió muchísimas preguntas de Sus discípulos, y los padres también deberían convertirse en una fuente primaria de respuestas. Esto puede ser un gran reto, por lo tanto, no dudes en tomarte tu tiempo para responder, para investigar o hasta para tú mismo pedir consejo, pero se constante en dar respuestas. Convierte tu hogar en un lugar de discusiones piadosas, hasta de debates saludables. Enséñales a tus hijos dónde encontrar las respuestas correctas, particularmente en esta era informática, lo que incluye ayudarlos a cultivar relaciones con sus mayores. Cuando las preguntas se tornan difíciles, ora con tus hijos pidiendo sabiduría al Espíritu Santo (Lc. 11:13; San. 1:5).

Podemos decir que los hogares cristianos son como invernaderos donde los hijos crecen como plantitas por un tiempo. Se les da agua y son nutridos por la Palabra, cultivados y podados, y hasta cierto punto protegidos. Es tu llamado como padre ser diligente en discipular y proteger, pero también de ser alentado por el hecho de que el Espíritu Santo usa hogares santos para nutrir la fe, a pesar de nuestros fracasos inevitables. Confía en Su obra por encima de todo y se fiel orando para que Dios dé el crecimiento.

El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

Los discípulos hacen discípulos

Tito 2 describe la dinámica entre los creyentes bajo el Nuevo Pacto donde el pastor enseña la sana doctrina y una generación discípula a la próxima generación; y a veces el discipulado es específico de acuerdo al género: «las ancianas… que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes» (v. 3-4).

Las mujeres enseñamos lo que es bueno al reforzar la buena doctrina enseñada desde nuestros púlpitos. Enseñamos al mostrar cómo la sana doctrina informa y transforma nuestras actitudes y acciones. Pablo practicó esta dinámica de discipulado informacional/relacional. «Más bien demostramos ser benignos entre vosotros, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos… nos hemos complacido en impartiros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas», Pablo escribe a los Tesalonicenses (1 Tes 2: 7-8).

Las mujeres somos madres espirituales de otras mujeres al compartir con ellas el evangelio y nuestras vidas, mientras las animamos y equipamos para vivir para la gloria de Dios.

Las mujeres somos madres espirituales de otras mujeres al compartir con ellas el evangelio y nuestras vidas, mientras las animamos y equipamos para vivir para la gloria de Dios. Esto es tan importante en la vida de la iglesia que cuando Dios envió a Su Hijo al mundo, proporcionó una mujer mayor para discipular a la joven elegida para ser madre del Mesías. Elisabet y María personifican el discipulado de Tito 2.

Cuando Elisabet quedó embarazada, dijo: «Así ha obrado el Señor conmigo en los días en que se dignó mirarme para quitar mi afrenta entre los hombres» (Lc 1:25), haciéndose eco de la oración de Ana: «Oh Señor de los ejércitos, si tú te dignas mirar la aflicción de tu sierva» (1 Sam 1:11).

Después del anuncio del ángel a María, ella «fue con prisa» a la casa de Elisabet. La mujer joven fue; la mujer mayor le dio la bienvenida.

«…y Elisabet fue llena del Espíritu Santo» (Lc 1:41). Dios nos da poder para ser y hacer discípulos.

«Y bienaventurada la que creyó … lo que le fue dicho de parte del Señor»(v. 45). Elisabet le enseña a María que la bendición proviene de la obediencia a la Palabra de Dios.

Mientras María ayuda a Elisabet en sus quehaceres cotidianos y mientras hablan sobre cómo ser esposa y madre, no es difícil imaginar a Elisabet diciendo con asombro: «María, el Señor me miró. . . . el Señor me miró. . . .Él se llevó mi vergüenza». Y cuando María canta, hay una hermosa continuidad con su madre espiritual: «Mi alma engrandece al Señor …. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva» (v 46-48).

María salió de la casa de Elisabet preparada para glorificar a Dios, incluso en la cruz cuando el Padre apartó la mirada de Su Hijo porque Este estaba cubierto por el pecado de ella y por el nuestro para que así pudiéramos vivir coram Deo, ante el rostro de Dios por el bien de Su gloria. Nosotros hoy podemos continuar contando la historia: Él ha mirado mi humilde condición.

Dios nos llama a ser discípulos que hacen discípulos. La continuidad del Nuevo Pacto es convincente. El resultado también es convincente: «para que la palabra de Dios no sea blasfemada» (Tito 2:5).

Susan Hunt es esposa, madre, abuela y ex directora de ministerios de mujeres de la Iglesia Presbiteriana en América. Es autora de Spiritual Mothering [Maternidad espiritual] y Titus 2 Tools [Las herramientas de Tito 2].

El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

Los Discípulos confiesan sus Pecados

El apóstol Juan describe en 1 Juan 1:8-9 dos formas de ver nuestros pecados y las consecuencias de cada uno de ellos. La primera es una renuencia para reconocer nuestra pecaminosidad (v. 8). La segunda es una actitud humilde y honesta de reconocimiento (v. 9). En esta última actitud nos concentraremos en este artículo.

Juan dice: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (v. 9). «Confesar» literalmente significa «decir lo mismo», es decir, estar de acuerdo con lo que otra persona dice. El contexto deja claro que confesar nuestros pecados significa estar de acuerdo con el diagnóstico de Dios de que somos pecadores y de que hemos pecado.

El perdón que Dios nos promete a través de la confesión no es un estímulo para continuar pecando.

Aunque la doctrina católica romana enseña la necesidad de confesar a un sacerdote para obtener absolución, el contexto de nuestro pasaje deja claro la enseñanza de Juan: primero debemos confesar nuestros pecados a Dios, porque solo Él puede perdonarnos y eliminar nuestra falta. Otros pasajes de la Escritura nos enseñan que, en ciertas ocasiones, es necesario confesar nuestra culpa a aquellos que han sido dañados por nuestro pecado, para que la comunión que ha sido interrumpida por nuestro error pueda ser restaurada (Luc 15:21).

Lo que todos los verdaderos creyentes experimentan cuando confiesan sus pecados es que Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Jn 1:9). La palabra «fiel» tiene que ver con ser confiable. La fidelidad o confiabilidad es uno de los atributos de Dios. Su fidelidad consiste en cumplir siempre lo que promete. Dios cumplirá Sus promesas de perdón hechas a Su pueblo, promesas que fueron selladas con la sangre de Jesús (ver 1:7), cuando humildemente le confesamos nuestros pecados. Por lo tanto, sabemos que la certeza del perdón no es una cuestión de sentir que hemos sido perdonados, sino de que Dios es fiel a lo que ha prometido y no puede fallar (2 Tim 2:13).

Juan agrega además que «Dios es justo» para perdonar nuestros pecados (1 Jn 1:9). La muerte sacrificial de Jesús es ciertamente el contexto de esta declaración. Dios hará lo correcto: nos perdonará y nos limpiará de todo mal, porque Jesucristo ya pagó por nuestra culpa.

Juan menciona dos cosas que Dios, el fiel y justo hará si confesamos nuestros pecados: perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Primero, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados (v. 9). Perdonar en el idioma griego, cuando se usa en conexión con el pecado, significa «remitir» o «cancelar». Segundo, Dios es fiel y justo para limpiarnos de toda maldad (v. 9; ver v. 7). Esta última oración enfatiza otro aspecto del perdón de Dios: elimina las manchas y las consecuencias del pecado en nuestra vida.

El perdón que Dios nos promete a través de la confesión no es un estímulo para continuar pecando. El propósito de la manifestación del perdón y la gracia de Dios es para que vivamos una vida sin pecado. Cualquiera que abuse de la confesión como una válvula de escape para el pecado ciertamente nunca ha sido verdaderamente perdonado por Dios y se está engañando a sí mismo.

El Dr. Augustus Nicodemus Lopes es pastor principal de la Iglesia Presbiteriana de Goiânia, Brasil, y vicepresidente de la Iglesia Presbiteriana de Brasil. Fue canciller de la Universidad Mackenzie Presbyterian en São Paulo, Brasil, y es autor de varios libros, entre ellos “The Supremacy and Sufficiency of Christ” [La supremacía y suficiencia de Cristo].

Los Discípulos guardan los mandamientos de Cristo

Cuando Jesús llamó por primera vez a Simón Pedro y a su hermano Andrés para Su obra, el mandato fue: «Seguidme». ​​Con el tiempo, aquellos que fueron tras Jesús y le siguieron fueron llamados Sus «discípulos», «estudiantes» o «seguidores». A lo largo de Su ministerio, Jesús dejó claro a Sus oyentes que ser Su discípulo no era simplemente recibir una educación o incluso adherirse a un conjunto de principios o estipulaciones éticas. Ser un discípulo de Jesús significaba reconocerlo por lo que realmente era: el Hijo de Dios encarnado, el tan esperado Mesías, y, por lo tanto, reorientar la vida para que se ajuste a los estándares de Su reino celestial.

Nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue como aquellos que realmente le aman.

En Juan 14:15, Jesús dice a Sus discípulos esta verdad de manera llana: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Esta puede parecer una afirmación sencilla, incluso simplista, pero si la miramos de cerca, nos damos cuenta de que nos enseña mucho sobre lo que significa ser un verdadero discípulo de Jesús. Lo primero que hay que notar es que la motivación para la obediencia cristiana es y debe ser el amor, no el miedo. Como cristianos, queremos obedecer a Jesús no porque tengamos miedo de que recibiremos juicio si no lo hacemos, sino porque reconocemos quién Él es y lo que ha hecho por nosotros, y eso a su vez hace nacer en nuestras almas un profundo deseo de honrarlo con nuestras vidas. Como dice Juan en su primera epístola: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4:19), y es esa fuente de amor la que se desborda con un deseo de obedecerle.

Segundo, nota que en Juan 14:21, Jesús pone esta verdad en orden invertido: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”. En otras palabras, nuestra obediencia a Jesús es una de las características que nos distingue como aquellos que realmente le aman. Como Jesús dice en otro lugar: «Porque por el fruto se conoce el árbol» (Mt 12:33).

Tercero, nota que esta obediencia que rendimos a Jesús no es por nuestro propio poder. En el versículo siguiente, Jesús nos dice que pedirá al Padre que envíe a otro Consolador, al Espíritu Santo (Jn 14:16), y luego Pablo nos dice que es Este quien nos da el poder para hacer morir las obras de la carne y que está con nosotros en la tribulación, clamando que somos hijos de Dios (Rom 8:13-17).

Todo esto deja claro que cualquier acusación de antinomianismo en contra del cristianismo, es decir, que este es «contra la ley», es falsa e infundada. El mismo Pablo preguntó: “¿Qué diremos, entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? ¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Rom 6:1-2). Nuestra salvación se basa, entera y completamente, en la justicia de Cristo, tanto en Su vida como en Su muerte, imputada a nosotros. Esa sola justicia es la base de nuestra justificación. Pero hay fruto espiritual evidente en aquellos que han sido justificados: un reconocimiento de Jesús como el Rey, y un amor lleno de gratitud hacia Él que produce un deseo lleno del Espíritu de seguirlo y obedecer Sus mandamientos.

El Dr. Greg D. Gilbert es el pastor principal de la Third Avenue Baptist Church en Louisville, KY. Es autor de varios libros.

Los Discípulos adoran a Dios

Si me permiten tomar prestado (y ligeramente modificar) un modismo que escuché una vez, diría que existe el discipulado porque no existe la adoración. La razón misma por la cual Jesús ha dado el mandato de discipular a las naciones es porque Él desea que gente de cada tribu, lengua y nación se reúna en una eterna sinfonía armoniosa de adoración al trino Dios. Eso quiere decir, que en la medida en que cumplimos fielmente el mandato del discipulado, debemos buscar la manera de concientizar a la gente de cuán importante es la adoración.

Al escribirle a la iglesia en Filipo, el apóstol Pablo conecta el discipulado con la adoración: “Porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne” (Fil. 3:3). La razón por la cual Pablo apela a la circuncisión es por el contexto en que está escribiendo. Tal como fue ordenado por Dios, la circuncisión tuvo la intención de servir por una señal en la carne que visualmente marcaba al pueblo de Dios, era una muestra del pacto de Dios. Aquellos que habían sido circuncidados conforme a la promesa hecha a Abraham eran seguidores de Jehová. Otra manera de verlo es que en el Antiguo Testamento, la marca de un discípulo era la circuncisión.

La adoración es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a nuestros corazones un entendimiento de la justicia de Jesús provista en el evangelio al nosotros adorar Su gloriosa gracia.

Sin embargo, en Filipo, ciertos maestros habían intentado enseñar su propio estilo de justicia o rectitud. Ellos insistían en lo que Pablo llamaba “la mutilación de la carne”. Al hacer esto, estaban demostrando que no entendían el propósito de la circuncisión al poner su confianza en la carne y no en Jesús. Esto contradice por completo al evangelio de la gracia gratuita de Dios. Cuando no entendemos lo que es el evangelio, trágica e inevitablemente, no logramos entender lo que es la adoración. Eso se da porque reemplazamos a Jesús de tal modo que no le podemos dar toda nuestra adoración, honor y gloria. Ese fue el paso fatal que dieron estos falsos maestros. La circuncisión tenía como propósito ver más allá de la señal física, pero ellos eran de vista muy corta para poder ver la verdad espiritual y se gloriaron en un sustituto de Cristo. Pablo no contuvo su lengua al denunciar esta malvada y vana confianza en la carne.

Los que verdaderamente han sido circuncidados, no en la carne, son aquellos que adoran por medio del Espíritu de Dios y que se glorían en Cristo Jesús. Pablo insiste en esto porque la adoración verdadera no es solo superficial. La adoración es una respuesta que surge cuando el Espíritu Santo le da a nuestros corazones un entendimiento de la justicia de Jesús provista en el evangelio al nosotros adorar Su gloriosa gracia. Esto, según el apóstol, caracteriza una vida de discipulado. El ser un discípulo de Jesús significa renunciar a toda confianza en cualquier cosa fuera de Jesús y gloriarnos en Su persona y obra con la melodía de nuestras bocas y corazones.

El reverendo Kyle Borg es pastor principal de Winchester Reformed Presbyterian Church en Winchester, Kans.

Los medios ordinarios del Discipulado

En Hechos 2:42, Lucas proporciona un resumen de las formas en que los creyentes de la iglesia primitiva crecieron como discípulos. Él escribe: «Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración». Según Lucas, estos cristianos se consagraron a cuatro medios básicos por los cuales habían sido discipulados. Consideremos estos medios y la forma en que el Cristo resucitado todavía los usa hoy en la vida de Su pueblo.

Primero, Lucas nos dice que los discípulos primitivos se dedicaron a las «enseñanzas de los apóstoles». Debemos notar que Lucas elige caracterizar esta actividad en términos de devoción. En otras palabras, ellos hicieron del escuchar y estudiar la verdad tal como se revela en Jesucristo una prioridad, una parte regular e innegociable de sus vidas. Todavía hoy, la mayoría de los ministros te dirán que aquellos que hacen esto son los que, usualmente, llevan la vida cristiana más intensa y fructífera. Aquellos que asisten fielmente a la enseñanza pública de la Palabra con un hambre genuina son los discípulos que hacen discípulos. Cuando la Palabra es predicada con fidelidad, audacia y sabiduría en el poder del Espíritu, estos discípulos son equipados para ser fieles, audaces y sabios influenciadores de Cristo en cada esfera de sus vidas.

Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos.

Lucas también habla de la devoción de los primeros discípulos “a la comunión». Nuestro Dios trino es el Dios de la comunión eterna, y nosotros, como aquellos hechos a Su imagen, fuimos creados para tener comunión con Él y con los demás. Nuestras vidas son deficientes sin un compañerismo genuino con otros, especialmente con otros que comparten nuestro amor por Cristo. A medida que nos animamos proactivamente unos a otros, el cuerpo de Cristo se edifica espiritualmente y, muy a menudo, numéricamente. Cuando somos conocidos por nuestro amor mutuo, aquellos que aún no han probado y visto que el Señor es bueno a menudo se vuelven curiosos y abiertos a escuchar más acerca del Jesús que está en el centro de toda nuestra comunión, y, por la gracia de Dios, también llegan a ser verdaderos partícipes de esa comunión.

Tercero, Lucas nos dice que la iglesia primitiva estaba dedicada “al partimiento del pan». Esto probablemente se refiere a su observancia de la Cena del Señor, lo cual hacían, junto con el bautismo (lee Hechos 2:41), de acuerdo con las instrucciones de Cristo. Metafóricamente, los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor comunican el amor adoptivo del Padre, la gracia sacrificial del Hijo y la comunión vivificante del Espíritu de tal manera que transforman y equipan a los discípulos.

Los sacramentos, como la comunión de los santos, nos recuerdan que estamos destinados a reunirnos corporativamente para crecer como individuos. En una época donde somos tan bendecidos con tantos libros y sermones cristianos disponibles a través de Internet y de otros medios, los sacramentos nos mantienen regresando a la iglesia reunida, para la cual no hay sustituto. Dios se complace en encontrarse con Su pueblo reunido de una manera especial a través de nuestra observancia de los sacramentos.

En cuanto a la forma en que Cristo se encuentra con nosotros cuando participamos de la Cena del Señor por fe, incluso el erudito estudioso Juan Calvino tuvo que admitir: «Lo experimento en lugar de entenderlo». Sobrenaturalmente, incomprensiblemente, el Dios trino se comunica con nosotros, nos nutre, nos anima y nos equipa para ser discípulos a través de los sacramentos. No hay sustituto para ellos en la vida del discípulo.

Por último, pero no menos importante, Lucas nos dice que los primeros discípulos se dedicaron a «la oración». La oración corporativa ha sido referida como el último mandato de Cristo y la primera responsabilidad de la iglesia (ver Hechos 1:14). La iglesia primitiva conoció por experiencia propia el poder de la oración y se valió de este mientras los discípulos oraban por la llenura, la sabiduría, la guía y la audacia del Espíritu. Como dijo Spurgeon: «Las reuniones de oración fueron las arterias de la iglesia primitiva. A través de ellas corría el poder de sostener la vida».

«La oración» en Hechos 2:42 probablemente sea representativa de la adoración general de la iglesia primitiva. Todavía hoy, cuando la iglesia busca el rostro del Padre mediante la mediación del Hijo encarnado con la ayuda del Espíritu, el Dios trino se complace en habitar entre las alabanzas de Su pueblo para la gloria de Su nombre, la derrota de Sus enemigos. y la edificación de Su iglesia (ver 2 Cro 20:22; Sal 8: 2; Col. 3:16).

Estos medios de gracia pueden parecer débiles a los ojos del mundo, pero a los ojos del Señor y del creyente que discierne, ellos son canales a través de los cuales los pecadores se relacionan con el Cristo resucitado y los discípulos son facultados para vivir vidas agradecidas que dan un maravilloso testimonio de su Salvador.

En lugar de confiar en la última innovación o novedad, sigamos los pasos de la iglesia primitiva y hagamos uso de estos medios ordinarios de gracia. Al hacerlo, Cristo equipará a Sus discípulos para hacer discípulos, y Su alabanza continuará extendiéndose hasta los confines de la tierra.

El Dr. Mantle A. Nance es pastor de la iglesia presbiteriana Ballantyne en Charlotte, N.C.

¿Qué es un Discípulo?

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?

En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o «aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo, si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc 1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro. En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús, es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo.

Un discípulo escucha a Jesús

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd» (Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.

Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69). Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree. Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita en ellas día y noche (Sal 1:2).

Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus mandamientos (Jn 14:21, 23; 15:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos, fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y así sigue siendo hoy.

El reverendo Anthony Carter es pastor de East Point Church en East Point, Ga. Es autor de varios libros, incluido Blood Work.

El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

El mandato del Discipulado

Algunos años atrás, en el condado donde trabajaba como pastor asociado, unas iglesias evangélicas decidieron unirse para patrocinar una campaña evangelística. Serví como líder del comité de organización de dicha campaña y tomamos la decisión de invitar a un predicador de radio bien reconocido para que fuese el evangelista. Miles de personas asistieron a la primera noche de campaña. Nunca olvidaré la invitación del predicador al final de su sermón.

Primeramente invitó a pasar al frente a todos los que habían aceptado a Cristo como su Señor y Salvador. Unas treinta o cuarenta personas pasaron al frente. Luego dijo algo que me asombró. Invitó a pasar a todos aquellos que ya eran cristianos pero que nunca habían sido discípulos de Cristo. Para mi sorpresa, muchos creyentes, algunos a quienes conocía muy bien, pasaron al frente pensando que en ese instante se estaban haciendo discípulos de Jesucristo por primera vez.

Esta segunda invitación me perturbó. En esencia, el predicador estaba enseñando que hay dos tipos de cristianos: los convertidos y los discípulos. Conforme a su enseñanza, los convertidos son los que confían en Cristo como su Salvador; discípulos son aquellos que toman un paso posterior para seguir a Cristo como su Señor. Técnicamente, alguien podría convertirse y ser cristiano sin ser un discípulo. No obstante, en los evangelios, Jesús no hace tal distinción. Ser cristiano es ser discípulo; ser discípulo es ser cristiano.

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos.

Precisamente eso es lo que Jesús le recuerda a Sus discípulos en la Gran Comisión al final del evangelio de Mateo. Nota lo que dice Jesús: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mat. 28:19). El imperativo de Jesús no es de convertir personas sino de hacer discípulos. En otras palabras, para el cristiano no es opcional el seguir y obedecer a Cristo. El apóstol Juan es aún más franco cuando escribe: “El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda Sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él” (1Jn. 2:4).

La verdadera fe salvífica es la fe que nos obliga a seguir y a obedecer a Cristo como Sus discípulos. Nuestros primeros pasos como cristianos, aunque a menudo pequeños y titubeantes, son pasos que siguen a nuestro Salvador.

Me temo que mucho de lo que podríamos llamar cristianismo evangélico ha perdido de vista esta verdad importante. Muchos se han dejado engañar al pensar que por tan solo haber orado una oración, firmado una tarjeta o pasado al altar ya tienen el cielo garantizado. Pero Jesús nos pide algo más. Jesús nos exige confiar en Él con nuestras vidas. Jesús nos exige seguirle (Lc. 9:23). En pocas palabras, Jesús exige que seamos Sus discípulos.

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

¿Qué es un Discípulo?

La Biblia nos recuerda que los primeros seguidores de Jesucristo fueron llamados cristianos por primera vez cuando el testimonio de la fe llegó a la ciudad de Antioquía (Hch 11:25). Aunque inicialmente fue un término de burla, los seguidores de Cristo pronto abrazaron la designación cristianos porque los identificaba abierta y desvergonzadamente con Cristo. Pero antes de que el título de cristiano fuera ampliamente aceptado, ¿cómo eran llamados los primeros seguidores de Cristo? Simplemente los llamaban «discípulos». Discípulo era la referencia preferida para los creyentes. Pero, ¿qué es un discípulo?

En resumen, un discípulo es un estudiante. Un discípulo es aquel que se disciplina a sí mismo en las enseñanzas y prácticas de otro. La palabra discípulo, al igual que disciplina, proviene de la palabra latina discipulus, que significa «alumno» o «aprendiz». En consecuencia, aprender es disciplinarse uno mismo. Por ejemplo, si se quiere avanzar en las artes o las ciencias o el atletismo, uno tiene que disciplinarse y aprender y seguir los principios y fundamentos de los mejores maestros en esa área de estudio. Así fue y es con los discípulos de Cristo. Un discípulo sigue a Jesús.

Cuando Jesús llamó a Sus primeros discípulos, simplemente dijo: «Sígueme» (Mc 1:17; 2:14; Jn 1:43). Un discípulo es un seguidor, uno que confía y cree en un maestro y sigue sus palabras y ejemplo. Por lo tanto, ser un discípulo es estar en una relación. Es tener una relación íntima, instructiva e imitativa con el maestro. En consecuencia, ser un discípulo de Jesucristo es estar en una relación con Jesús, es buscar ser como Jesús. En otras palabras, seguimos a Cristo para ser como Cristo (1 Cor 11:1) porque como Sus discípulos, pertenecemos a Cristo. El discípulo de Jesús tiene ciertas características que son acordes con una relación con Jesús. ¿Cuáles son las cualidades de un discípulo de Cristo? ¿Cuáles son los rasgos de aquellos que siguen y son llamados discípulos de Cristo?

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo.

Un discípulo escucha a Jesús

Nadie puede decir que es un discípulo de un maestro a menos que esté listo para escucharlo. El mundo está inundado de maestros compitiendo por oyentes y seguidores. Escuchar a Jesús es lo que un discípulo cristiano hace . Cuando Jesús habla, el discípulo escucha. El discípulo se aferra a cada palabra del Maestro como si esa palabra fuera pan para el hambriento o agua para el sediento. Cuando Jesús se reunió con Sus discípulos en el Monte de la Transfiguración, Dios el Padre habló desde el cielo con un mandato claro: «Este es mi Hijo amado… a Él oíd» (Mt 17:5). No puedes ser cristiano y no escuchar a Jesús.

Un discípulo aprende de Jesús

Escuchar a Jesús no es suficiente. Un discípulo no escucha y luego se aleja como si las palabras del maestro no tuvieran impacto. Cuando Jesús llama a Sus discípulos, los llama a aprender y a escuchar. Cuando vienen, Él dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mat 11:29). El discípulo es un aprendiz, y las palabras de Cristo le son de peso. Cuando Jesucristo expulsó a los buscadores de panes y peces en el pasaje de Juan 6, se volvió hacia los doce discípulos y preguntó: «¿Acaso queréis vosotros iros también?» Pedro, hablando en nombre de los demás, respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6:68-69). Aprender de Cristo es el mayor deseo del discípulo. Es la base de todo lo que cree. Con gozo recibe las palabras de su Maestro. Estas son su pan de cada día. Medita en ellas día y noche (Sal 1:2).

Un discípulo obedece a Jesús

Nadie puede realmente llamarse a sí mismo un discípulo de Jesús si no está dispuesto a obedecerlo. El discípulo, el que realmente escucha y aprende, pondrá en práctica lo que aprende. Para el discípulo, la obediencia no es opcional. Jesús ha demostrado ser digno de toda obediencia. Aquellos que lo conocen mejor están más conscientes de esto. Cuando la boda en Caná se quedó sin vino, María (la madre de Jesús) les dijo a los sirvientes de la casa que buscaran a Jesús y «haced todo lo que Él os diga» (Jn 2:5). Ese fue un gran consejo. Poner en práctica las enseñanzas del Maestro es el fruto del verdadero discipulado. Jesús mismo declaró que aquellos que lo aman demuestran su amor por Él guardando Sus mandamientos (Jn 14:21, 23; 15:10).

Algunos tratan de hacer una distinción entre ser un discípulo y ser un cristiano. Sin embargo, la Biblia nunca hace tal distinción. Antes de ser llamados cristianos, fueron llamados discípulos. Ser un discípulo de Cristo es ser un cristiano. Ser cristiano es confiar en Cristo, escuchar a Cristo, aprender de Cristo y obedecer a Cristo. En consecuencia, ser cristiano es ser un discípulo. Fue así en el comienzo y así sigue siendo hoy.

El reverendo Anthony Carter es pastor de East Point Church en East Point, Ga. Es autor de varios libros, incluido Blood Work.

Una vida centrada en el evangelio Steve Timmis

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Una vida centrada en el evangelio

Steve Timmis

Llegando a ser la persona que Dios quiere que seas

Juan no entiende qué tiene que ver la Biblia con su vida llena de responsabilidades monótonas: trabajo, familia, trabajo. Natalia trata de ser una buena cristiana, pero está muy decepcionada con Dios porque no le ha dado lo que siente que merece.Mónica va juiciosa todos los domingos a la iglesia, pero no se conecta con nadie.Andrés siente mucha culpa porque cada vez que intenta compartir el evangelio con amigos le da vergüenza y se acobarda.

¿Te conectas con alguno de ellos? ¿Estás viviendo una situación aún más compleja? ¡El evangelio puede transformar cada situación de tu vida! Este libro comprende las situaciones difíciles que enfrentamos y las trata de manera clara,directa y relevante para el mundo real en el que vivimos. Enseña cómo cada cristiano puede vivir la vida extraordinaria a la que Dios nos ha llamado. Al enfocarnos en la gracia de Dios que vemos en el evangelio, cada situación puede ser transformada cuando la cruz de Cristo llega a ser el motivo y el modelo para todo lo que hacemos.

Usa este libro como herramienta de discipulado en tu vida personal o en un grupo pequeño. Lleno de ejemplos concretos y prácticos, ¡este libro te ayudará a entender cómo el evangelio puede transformar cada rincón de tu vida!

96 pp. Rústica

Ref. 009004 – 10,00 €