“Manteniendo Pura a la iglesia de Cristo”

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Pecar, aun en el más mínimo grado, es repugnante para el Señor. Es imposible [expresar] cuánto aborrece Dios al Pecado. ¡Lo detesta con toda la intensidad de su naturaleza infinita! No puede mirar a la iniquidad; le es detestable. El fuego de su ira arderá para siempre contra el pecado porque este le es infinitamente aborrecible a su naturaleza pura y santa. Lo llama levadura, por su acritud. La levadura es, además, el fruto de una especie de corrupción y tiene a dar lugar a más corrupción. El pecado es una corrupción; disuelve la estructura misma de la sociedad. Disuelve la constitución del hombre. Donde sea que penetra nuestra naturaleza, la desordena, la descoyunta, destruye su excelencia y envenena su pureza. La levadura es también algo que se extiende mucho. No importa cuánta harina haya, la levadura sigue haciendo lo suyo. No es como dice el dicho: “Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante” (Job 38:11). Un poquito de levadura leuda toda la masa. Sucede lo mismo con el pecado. Cuando apareció la levadura entre los ángeles hizo que una multitud de ellos fuera echada al infierno. Una mujer pecó, y la raza humana entera fue leudada por su falta. Cuando entra un pecado en la naturaleza, esta se deprava totalmente, se corrompe de principio a fin por el efecto leudante de aquel.

Ahora bien, según el Apóstol, si se permite la levadura de la impiedad en una iglesia, ella se extenderá por toda la iglesia. En la Iglesia cristiana, es seguro que un poquito de falsa doctrina abrirá el camino para más distanciamiento de la verdad, por lo que nadie puede predecir el final ni el resultado de aquella primera falsa enseñanza. Las doctrinas del evangelio tienen una relación tan cercana una con otro que si rompemos un eslabón rompemos toda la cadena. Podemos decir de la totalidad de la verdad del evangelio lo que está escrito acerca de la Ley: “Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Stg. 2:10). Renunciar a una verdad casi indefectiblemente lleva a renunciar a otra; y antes de que nos demos cuenta, nos hemos apartado del evangelio. Si negamos el carácter atroz del castigo del pecado, pronto negaremos la obra de Cristo como sustituto. De hecho, tenemos hoy pruebas vivas de esto, y veremos muchas más antes de que pase mucho tiempo. La nueva enseñanza carcome como lo hace un [cáncer]. Se presenta hermosamente; pero en el corazón anida un enemigo mortal del evangelio mismo. Cuanto antes haya conciencia de que es así, mejor será para la iglesia de Dios.c-h-spurgeon5

La levadura de un vivir maligno es también igualmente repugnante en la iglesia. Cuando se tolera el pecado en una persona, pronto se le justificará a otra; y una manera más laxa de pensar en cuanto al pecado finalmente dominará la iglesia. La tolerancia del pecado en la iglesia pronto lleva a justificarlo, a caer libremente en él y a la inclusión de otros pecados aun peores. Si dejamos que entre un pecado o una falsa doctrina en la iglesia, nadie puede decir hasta dónde es capaz de llegar esa impiedad. Por lo tanto, la iglesia debe ser saneada lo más diligentemente que sea posible de cualquier impiedad práctica y doctrinal.

Si sé que me alimento de Cristo día tras día, quien fue sacrificado por mí, mi felicidad me lleva a decir: “Fui comprado a alto precio; mis pecados mataron a mi Salvador y por tanto yo mataré mis pecados” “¿Me ha amado Cristo a mí y murió por mi? Entonces suyo soy, y si suyo soy, no puedo vivir en pecado. Si he sido redimido, ¿puedo seguir siendo esclavo? Si pertenezco a Jesús, no puedo servir a Satanás. Debo librarme del pecado”…

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Si alguno se cuestiona; “¿Puedo creer en Cristo si estoy viviendo en pecado?”, recibirá como respuesta la paz de saber que Jesús es suyo si sinceramente, por medio del Espíritu Santo, ha renunciado a sus antiguos pecados. Extirpar la levadura da claridad a sus evidencias y le permite celebrar la fiesta (1 Co. 5:8). Mis hermanos, ¿cómo podemos esperar disfrutar de comunión con Jesucristo mientras consentimos al pecado?… Mis queridos hermanos, si no andamos en la luz como anda Cristo en la luz, no es porque él no esté dispuesto de que andemos en su luz, sino porque nosotros nos mantenemos distanciados de él, y como resultado andamos en oscuridad.

Jesús no tiene comunión con los que descuidan su voluntad. Jesús no admitirá nada de levadura donde él está. Si anda usted contrariamente a él, el andará contrariamente a usted. “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Am. 3:3). Le insto con mucho afecto a que reflexione en lo que he dicho, tal como lo he reflexionado yo en mi propio corazón. Me temo que no disfrutaremos de la bendición que hemos gozado como iglesia a menos que haya entre nosotros más celo por ser santos.  ¡Oh, conserve tierna su conciencia!. Cuídese de quemarse. Esta es como los lagos en invierno: primero se forma una delgada capa de hielo en la superficie, pero después toda la superficie se endurece tanto que hasta podría aguantar el peso de medio pueblo. Cuidado con la delgada capa que puede cubrir su conciencia. Mantenga tierno su corazón ante Dios, listo para ser conmovido ante aun el aliento más leve de su Espíritu. Pida ser como las plantas sensitivas, que se marchitan ante el toque del pecado y floreciendo solo en la presencia de nuestro Señor y Maestro. Dios se lo conceda. Dios se lo conceda en nombre de Jesús.

 

De un sermón predicado la mañana del 11 de Diciembre, día del Señor, 1870, en el Tabernáculo Metropolitano de Newington, Inglaterra.

Charles H. Spurgeon (1834-1892): Predicador bautista inglés de gran influencia; predicador cuyos sermones han sido lo más leídos de la historia (aparte de los que se encuentran en las Escrituras); nacido en Kelvedon, Essex, Inglaterra,

 

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“Pureza Visible: El Propósito de la Disciplina Eclesiástica”

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A lo largo de la Biblia, el pueblo de Dios se caracteriza por una pureza distintiva. Su pureza moral no es un logro propio, sino la obra de Dios en medio de él. Como dijo el Señor a los hijos de Israel: “Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo” (Lv. 11:44a). Dado que habían sido escogidos por un Dios santo como pueblo que llevaría su propio nombre, debían reflejar su santidad por su manera de vivir, de adorar a Dios y por sus creencias.

El código de santidad es elemental para comprender el Antiguo Testamento. Como nación escogida por Dios, Israel debía vivir según la Palabra y la Ley de Dios, que diferenciaría visiblemente a los hijos de Israel de sus vecinos paganos.

El Señor le recuerda a la nación que sería conocida por el nombre de Dios y que por ende debía reflejar su santidad. “Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra” (Dt. 7:6).

El Nuevo Testamento también describe a la iglesia como el pueblo de Dios que es visible al mundo por la pureza de su vida y la integridad de su testimonio. Como Pedro dijo a la iglesia: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia” (1 Pe. 2:9,10) – (1 Pe. 11,12).

Como el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia debe verse a sí misma como una comunidad forastera habitando en medio de la oscuridad espiritual, forastera para el mundo, que debe abstenerse de las concupiscencias y las tentaciones del mundo. La Iglesia debe distinguirse por su pureza y santidad y firmeza en su confesión de fe dada por los santos una vez para siempre.

El apóstol Pablo relacionó claramente la santidad que se espera de los creyentes con la obra consumada de Cristo en la redención: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1;21,22).

La identidad de la iglesia como el pueblo de Dios debe ser evidente en su confesión pura de Cristo, su testimonio valiente del evangelio y su santidad moral delante de un mundo que la observa.

DISCIPLINA EN EL CUERPO: La primera dimensión de la disciplina en la iglesia es aquella ejercitada directamente por Dios al tratar con los creyentes.  Como advierte el libro de Hebreos: “Habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ?qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?” (He. 12: 5-7).

A menudo esta disciplina es evidente en el sufrimiento, tanto individual como congregacional. La persecución por parte del mundo tiene un efecto purificador sobre la iglesia. Esta persecución no debe buscarse, pero si la iglesia es “probada por fuego”, tiene que dar prueba de ser pura y auténtica, y recibir este sufrimiento como disciplina del Señor, tal como los hijos reciben la disciplina de su padre.

La disciplina cariñosa de dios para con su pueblo es su derecho soberano y se aplica completamente en acorde con su carácter moral, con su propia santidad.

La segunda dimensión de la disciplina en la iglesia es aquella responsabilidad disciplinaria dada a la iglesia misma. Así como es la disciplina paternal de Dios para los que ama, debe ser la disciplina que lleva a cabo la iglesia como una parte integral de su responsabilidad moral y teológica.

El Apóstol Pablo confrontó un caso de fracaso moral escandaloso en la congregación corintia que incluía “fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombre entre los gentiles” (1 Co. 5:1). Les indicó que actuaran con rapidez y audacia para quitar semejante mancha de su congregación. También les advirtió: “Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?” (vv. 6-7a). La indignación moral de un Apóstol herido es evidente en estos incisivos versículos, que llama a la iglesia corintia a la acción y ejercer disciplina. Ahora la iglesia ha caído en un pecado corporativo por tolerar en ella la presencia de un pecador tan descarado y arrogante. El pecado manifiesto en su medio es como un cáncer que, dejado a su suerte, se extenderá por todo el cuerpo.

En la segunda carta a los Tesalonicenses, Pablo ofrece una directiva similar, combinando su preocupación por la pureza moral y la ortodoxia doctrinal: “Os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente y según la enseñanza que recibisteis de nosotros” (2 Ts. 3:6). Pablo indica a los tesalonicenses que sigan su ejemplo: “pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros” (3.7).

EL MODELO DE LA DISCIPLINA CORRECTA: ¿Cómo debían haber respondido los corintios a este pecado público? Pablo habla en 1 Corintios acerca de entregar a este pecador a Satanás y sacarlo de la congregación. ¿Cómo hacer esto? A los gálatas, Pablo escribió diciendo:” Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre,  considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gá.6:1) Esta enseñanza es clara, indicando que los lideres espirituales de la iglesia debían confrontar con espíritu de humildad y mansedumbre al miembro que estaba pecando, y hacerlo con miras a restaurarlo. Pero, ¿cuáles son los pasos precisos a tomar?

El Señor mismo proveyó estas instrucciones cuando enseñó a sus discípulos (Mt. 18:15-17).

El Señor instruyó a sus discípulos indicándoles que debían primero confrontar en privado al hermano que estaba pecando. En caso de que la confrontación privada no lleve al arrepentimiento, la restauración y reconciliación, el paso siguiente es llevar testigos. Si el hermano no escucha aun en la presencia de uno o dos testigos, pasa a ser asunto de la congregación.

Lamentablemente, la confrontación congregacional puede no dar el resultado deseado. Si no lo da, la única alternativa es la separación del hermano en pecado.

¿Qué del líder de la iglesia que está en pecado?  Pablo le indicó a Timoteo que los líderes de la iglesia -los ancianos- deben ser considerados “dignos de doble honor” cuando cumplen bien su ministerio (1 Ti. 5:17) Pero cuando un anciano cae en pecado, eso es un asunto de grandes consecuencias. Primero, ninguna acusación debe ser recibida en base a solo un testigo sin corroborar. Sin embargo, si el cargo es confirmado por dos o tres testigos, (Pablo dice) “repréndelos delante  de todos, para que los demás también teman” (1 Ti. 5:20). Indudablemente, los líderes llevan una carga mayor, y los pecados de un anciano causan aún más perjuicios a la iglesia. La reprensión pública es necesaria, porque el anciano peca contra toda la congregación. Como advirtió Santiago: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Stg. 3;1).

Los escándalos de inmoralidad por parte de los lideres de la iglesia han causado tremendos perjuicios a la causa de Cristo. El juicio más estricto debe ser una viva advertencia para aquellos que violan la Palabra de Dios y, por su ejemplo, causan que otros pequen. El incumplimiento de la iglesia contemporánea en aplicar consistentemente la disciplina bíblica ha dejado la mayoría de estos escándalos sin resolver sobre una base bíblica, por lo que siguen siendo una mancha sobre iglesia.

 

Tomado de The Disappearance of Church Discipline | How Can We Recover?  Partes 1 – 4.

R.Albert Mohler, Jr.

 

 

 

 

Cuando desaparece “La Disciplina Eclesiástica” R.Albert Mohler, Jr.

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La declinación de la disciplina eclesiástica es quizá el fracaso más visible de la iglesia contemporánea. Habiendo perdido el interés en mantener la pureza de la confesión o el estilo de vida, la iglesia contemporánea se ve a sí misma como una asociación voluntaria de miembros autónomos con una mínima rendición de cuentas a Dios, y mucho menos unos a otros, con respecto a la moralidad.

La falta de disciplina eclesiástica ya no es algo que asombra, por lo general ni se nota. De hecho, la mayoría de los cristianos a quienes se les presenta la enseñanza bíblica acerca de la disciplina eclesiástica, encaran la cuestión como una idea con la que nunca antes se habían topado. Lo cierto es que, sin una recuperación de la disciplina funcional para la iglesia – firmemente establecida sobre los principios revelados en la Biblia – la iglesia continuará su deslizamiento hacia la disolución moral y el relativismo. La disciplina auténtica y bíblica no es opcional, sino una característica necesaria e integral del cristianismo auténtico.

¿Cómo ocurrió esto? ¿Cómo pudieron las iglesias abandonar con tanta rapidez y de forma tan generalizada una de sus funciones y responsabilidades más esenciales?. El abandono de la disciplina en las iglesias está ligado directamente al acomodo paulatino del cristianismo a la cultura norteamericana.

En los inicios del siglo XX, la disciplina eclesiástica estaba en franca decadencia. La cultura en general comenzaba a adoptar una moralidad individualista autónoma. El resultado de estos desarrollos fue el abandono de la disciplina eclesiástica, y cada vez más áreas de la vida de los miembros se comenzaron a considerar fuera de la incumbencia de la congregación.

Este gran cambio en la vida de las iglesias fue seguido por las tremendas transformaciones culturales en los primeros años del siglo XX, caracterizadas por el pensamiento “progresista” y la liberación moral. Ya para la década de 1960, solo una minoría de iglesias pretendía  practicar el principio regulativo de la disciplina. Significativamente, la  rendición de cuentas y la disciplina moral confesional generalmente fueron conjuntamente abandonadas.

La categoría teológica del pecado ha sido reemplazada, en muchos círculos, por el concepto psicológico de la terapia.de la terapia.

Los individuos reclaman para sí mismos un enorme espacio de privacidad personal y autonomía moral. La congregación redefinida ahora como una mera asociación voluntaria no tiene derecho a  invadir este espacio. Muchas congregaciones han renunciado a cualquier responsabilidad de confrontar hasta los pecados más públicos de sus miembros. Dominados por los métodos pragmáticos, por el llamado iglecrecimiento y por la “Ingeniería congregacional”, la mayoría de las iglesias dejan los asuntos relacionados con la moralidad librados a la conciencia individual de cada miembro…

La noción misma de la vergüenza ha sido descartada por una generación para la cual este término es innecesario y solo un obstáculo para lograr una pretendida realización personal total.

La demostración de este abandono de la moral puede verse en las principales denominaciones protestantes, que se han rendido ante la ética de “liberación” sexual. Los protestantes liberales ya perdieron toda credibilidad moral en la esfera sexual. El homoxesualismo no es condenado, aunque la Biblia lo condene claramente. Por el contrario, los homosexuales tienen su lugar especial en las denominaciones, sus propias publicaciones y sus derechos especiales en las asambleas de las denominaciones.

Los evangélicos, aunque todavía afirman que siguen las normas bíblicas de moralidad, se han rendido por completo ante la cultura del divorcio. ¿Dónde están las congregaciones evangélicas que afirmaban que los votos matrimoniales debían ser cumplidos? Unido a esta preocupación por no ofender a los miembros de la iglesia está la aparición de la “cultura de derechos”, la cual entiende a la sociedad meramente en términos de derechos individuales en lugar de responsabilidad moral.

Los miembros de las iglesias se aferran tanto a su propio “diálogo sobre los derechos” que las congregaciones han tenido que llegar a considerar casi cualquier tipo de conducta, o “estilo de vida” como aceptable, o por lo menos, fuera de los límites de la sanción congregacional.

El resultado de esto es la pérdida del modelo bíblico para la iglesia y el inminente colapso del cristianismo auténtico en esta generación. Como Carl Laney lamenta: “La iglesia de hoy está sufriendo de una infección que se ha dejado empeorar… Así como una infección debilita el cuerpo destruyendo sus mecanismos de defensa, la iglesia se ha debilitado por causa de esta horrenda llaga. La iglesia ha perdido su poder y efectividad de servir como un canal de cambio social, moral y espiritual. Esta enfermedad es causada, por lo menos en parte, por la negligencia en el ejercicio de la disciplina eclesiástica.

 

Tomado de “The Disappearance of Church Discipline – How Can We Recover?” Partes 1-4