Una mente depravada y corrupta 2

El hombre natural puede conocer el camino de la justicia como una simple declaración (2 P. 2:21). También puede saber otras cosas, simplemente como ideas que le han sido presentadas (Tit. 1:16; Ro. 2:23-24). Pero estas verdades no tienen ningún efecto transformador en su vida. El hombre espiritual, por otro lado, las conoce en realidad y tienen un efecto transformador en su vida (Ro. 12:2; Ef. 4:22-24).


Ahora bien, antes de que las cosas espirituales puedan ser recibidas, dos cosas son necesarias. Es necesario que las entendamos, estemos de acuerdo con ellas y las recibamos porque están de acuerdo con la sabiduría, santidad y justicia de Dios (1 Co. 1:23-24). Esto también es necesario para que veamos cuán bien adaptados están para glorificar a Dios, la salvación de los pecadores y llevar a la Iglesia a la gracia y la gloria.


El hombre natural no puede hacer esto. Sin embargo, puede recibir exhortaciones, promesas, mandamientos y amenazas en el evangelio (1 Jn. 5:20). Pero para él, la sabiduría de Dios es una locura. Pablo dice: “Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Co. 1:25). Pero para el hombre natural son una
tontería.


El hombre natural no puede conocer las cosas espirituales porque es el Espíritu de Dios quien dota a las mentes de los hombres de esa habilidad, y la luz misma por la cual sólo las cosas espirituales pueden ser discernidas espiritualmente, es creada en nosotros por un acto todopoderoso del poder de Dios (2 Co. 4:6)… El hombre natural no puede discernir las cosas espirituales para marchar hacia la salvación de su alma porque su mente está oscurecida por su propia depravación. Ésta es la miseria de nuestras personas
y el pecado de nuestra naturaleza. Pero no puede ser usado como excusa en el Día del Juicio para no recibir cosas espirituales.


También hay en las mentes de los hombres no regenerados una incapacidad moral por la cual la mente nunca recibirá cosas espirituales porque está dirigida y gobernada por varias lujurias, corrupciones y prejuicios. Estos están tan fijos en la mente no regenerada que le hacen pensar que las cosas espirituales son tontas (Jn. 6:44; 5:40; 3:19).


Pablo nos enseña que Cristo “nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Col. 1:13). En este versículo, se dice que somos liberados del “poder de las tinieblas” (Ef. 5:11; Hch. 26:18; Is. 60:2; Ef. 2:2; 2 Co. 4:4). Pedro habla de “prisiones de oscuridad” (2 P. 2:4). De éstos no hay escapatoria.


Esta oscuridad llena la mente de enemistad contra Dios y contra todas las cosas de Dios (Col. 1: 21; Ro. 8:7). Si Dios es grande en bondad y belleza, ¿por qué le odian los hombres? Este odio surge de esta oscuridad, que es la corrupción y depravación de nuestra naturaleza. Esta oscuridad llena la mente de lujurias perversas que resisten la voluntad de Dios (Ef. 2:3; Fil. 3:19; Col. 2:18; Ro. 8:5). Esta oscuridad llena la mente de prejuicios contra todas las cosas espirituales y la mente es totalmente incapaz de liberarse de estos prejuicios.


La mente oscura ve primero las cosas que desea. Luego, más tarde, reconoce esos deseos en sí mismo. Pero cuando los hombres son llamados a buscar a Dios por encima de todos los demás deseos, entonces esto se considera una tontería porque la mente inconversa piensa que las cosas espirituales nunca traerán contentamiento, felicidad y satisfacción. En particular, la mente no regenerada tiene un sesgo especial en contra del evangelio.


Ahora bien, en el evangelio se predican dos cosas: En primer lugar, están aquellas cosas que pertenecen sólo al evangelio y que no tienen nada de la Ley o de la luz de la naturaleza. Vienen a nosotros sólo por revelación y son únicas al evangelio. Ellas son las que hacen que el Evangelio sea el Evangelio. Y son todas esas cosas concernientes al amor y la voluntad de Dios en Cristo Jesús (1 Co. 2:2; Ef. 3:7-11).


En segundo lugar, están las cosas declaradas en el evangelio que tienen su fundamento en la Ley y en la luz de la naturaleza. Estos son todos los deberes morales. Estos deberes morales son conocidos en cierta medida aparte del evangelio (Ro. 1:19; 2:14-15). Hay en todos los hombres una obligación de obedecer estas leyes morales de acuerdo a la luz que se les ha dado.


Ahora, es en este estado que el evangelio añade dos cosas a la mente de los hombres. En primer lugar, muestra la manera correcta de obedecer. Muestra que la obediencia sólo puede surgir de un corazón regenerado que ya no está en enemistad con Dios. También muestra que el propósito de la obediencia es traer gloria a Dios. Muestra que no podemos obedecer hasta que hayamos
sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo. Todas estas cosas ponen los deberes morales en un nuevo marco —el marco del evangelio—.


En segundo lugar, al darnos su Espíritu, Dios nos fortalece y nos permite obedecer de acuerdo al marco del evangelio. El evangelio nos declara las cosas que hacen que la obediencia al evangelio sea obediencia al evangelio y no obediencia legal (1 Co. 15:3; Ro. 6:17; Gá. 4:19; Tit. 2:11, 12; 1 Co. 13:11; 2 Co. 3:18): Primero, el evangelio enseña los misterios de la fe y los pone como
fundamento de la fe y la obediencia. Segundo, el evangelio injerta entonces, todos los deberes de obediencia moral en este árbol de fe en Jesucristo. Esto es lo que Pablo hace en sus epístolas. Comienza enseñando los misterios de la fe cristiana. Entonces, sobre la base de estos misterios y maravillas del evangelio que nos ha traído la gracia y la misericordia de Dios, enseña que, por gratitud, debemos buscar agradar a Aquel que tanto nos amó obedeciéndole…


Así que, mientras la mente del hombre permanezca sin regenerarse, no hay esperanza de que el alma salga de las tinieblas hacia la luz del glorioso evangelio de Cristo.


Conclusión: La mente en el estado de la naturaleza, es tan depravada y corrupta que no es capaz de entender, recibir y abrazar las cosas espirituales. Por lo tanto, mientras la mente permanezca sin regenerarse, el alma no puede ni quiere recibir a Cristo para salvación, ni puede ser hecha santa y apta para el cielo. El corazón y la voluntad no pueden actuar independientemente de la mente. La voluntad no es libre de actuar por sí sola. El ojo es la luz natural del cuerpo. Por medio del ojo, el cuerpo es conducido con seguridad alrededor de obstáculos peligrosos, y así se evita que se lastime a sí mismo. Pero si el ojo está ciego o está rodeado de oscuridad y, por lo tanto, no puede ver, entonces el cuerpo no tiene idea a dónde va e, inevitablemente, chocará con objetos o tropezará con obstáculos.


Lo que el ojo es para el cuerpo, la mente es para el alma. Si la mente ve la gloria y la belleza de Cristo y su salvación presentada en el evangelio, estimulará al corazón para desearlas como verdaderamente buenas y a la voluntad para recibirlas y abrazarlas. Pero si la mente es ignorante del evangelio o está cegada por el prejuicio, entonces el corazón no se despertará para desear a
Cristo ni se le instará a abrazarlo. Si la mente es engañada, tanto la voluntad como el corazón serán engañados también. Donde la mente es depravada, también lo será el corazón (Ro. 1:28-32; 1 Ti. 2:14; He. 3:12, 13; 2 Co. 11:3).


Vemos pues, cuán importantes son las palabras de Jesús cuando dijo: “Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7).

De (The Holy Spirit), compendio R. J. K. Law


John Owen (1616-1683): Pastor congregacional inglés, autor y teólogo. Nacido en Stadhampton, Oxfordshire, Reino Unido.

Una mente depravada y corrupta

La Escritura enseña que la voluntad del hombre y los deseos del corazón son corruptos y depravados. Esto es visto como debilidad o impotencia, y conduce a la terquedad y la obstinación. El alma entera yace en un estado de muerte espiritual.


Las tinieblas espirituales están en todos los hombres y recaen sobre todos los hombres hasta que Dios, por medio de la obra todopoderosa del Espíritu Santo, resplandece en los corazones de los hombres o crea luz en ellos (Mt. 4:16; Jn. 1:5; Hch. 26:18; Ef. 5:8; Col. 1:13; 1 P. 2:9)… La naturaleza de estas tinieblas espirituales debe ser entendida. Cuando los hombres no tienen luz para ver, entonces están en tinieblas (Éx. 10:23). Los ciegos están en tinieblas, ya sea por nacimiento, por enfermedad o accidente (Sal. 69:23; Gn. 19:11; Hch. 13:11). Un hombre, espiritualmente ciego, está en tinieblas espirituales y es ignorante de las cosas espirituales.


Hay una oscuridad exterior sobre el hombre y una oscuridad interior dentro del hombre. Oscuridad exterior es cuando los hombres no tienen esa luz que les permite ver. Entonces, la oscuridad exterior está sobre los hombres cuando no hay nada que los ilumine sobre Dios y las cosas espirituales (Mt. 4:16; Sal. 119:105; Sal. 19:1-4, 8; 2 P. 1:19; Ro. 10:15, 18). Es obra del Espíritu Santo quitar esta oscuridad enviando la luz del evangelio (Hch. 13:2, 4;
16:6-10; Sal. 147:19, 20).


Por otro lado, la oscuridad interior surge de la depravación y corrupción natural de las mentes de los hombres con respecto a las cosas espirituales. La mente del hombre es depravada y corrompida en cosas que son naturales, civiles, políticas y morales, así como en cosas que son espirituales, celestiales y evangélicas. Esta depravación, a menudo, se ve impedida de tener sus efectos completos por la gracia común del Espíritu Santo. Entonces, al oscurecerse la mente del hombre, es incapaz de ver, recibir, comprender o creer para salvar su alma. Las cosas espirituales o los misterios del evangelio, no pueden traer la salvación sin que el Espíritu Santo primero, cree dentro del alma una nueva luz por la cual puedan ver y recibir esas cosas.


Por muy brillante que sea la mente y por muy brillante que sea la predicación y presentación del evangelio, sin que el Espíritu Santo cree esta luz en ellos, no pueden recibir, entender y estar de acuerdo con las verdades predicadas y, por lo tanto, no serán guiados a la salvación (Ef. 4:17-18). Así pues, los no regenerados “andan en la vanidad [futilidad] de su mente” (Ef. 4:17). La inclinación natural de la mente no regenerada es buscar las cosas que no pueden satisfacer (Gn. 6:5).

Es una mente inestable (Pr. 7:11-12). El entendimiento no regenerado se oscurece y no puede juzgar las cosas correctamente (Jn. 1:5). El corazón no regenerado está ciego. En la Escritura, el corazón también incluye la voluntad. La luz es recibida por la mente, aplicada por el entendimiento y utilizada por el corazón. “Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas,…” —dijo Jesús—, “… ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” (Mt. 6:23).


Hay tres cosas que surgen de la futilidad46 natural de la mente en su condición depravada entre los creyentes. En primer lugar, hace que el creyente vacile y sea inestable e inconstante en los deberes sagrados de meditación, oración y escucha de la Palabra. La mente deambula y se distrae con muchos pensamientos mundanos. En segundo lugar, esta inestabilidad es la causa de las recaídas en los creyentes, llevándolos a conformarse al mundo, y a sus hábitos y costumbres, que son vanos y tontos. Y, en tercer lugar, esta futilidad de la mente engaña a los creyentes para que provean para la carne y los deseos de la carne. Puede y, a menudo, conduce a la autocomplacencia.


Para obtener la victoria sobre esta mente corrupta y fútil, debemos fijar nuestras mentes y deseos en las cosas espirituales que nos muestra el Espíritu Santo. Pero al fijar nuestras mentes en las cosas espirituales, debemos observar que la mente no vuelva a caer en pensamientos e ideas vanas, insensatas e inútiles. Debemos adquirir el hábito de meditar en cosas santas y espirituales (Col. 3:2). Debemos ser humillados al darnos cuenta de cuán insensatas y vanas son nuestras mentes.


La mente no regenerada es perversa y depravada, así que los hombres son “ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Ef. 4:18). Esta separación de la vida de Dios es porque sus mentes son pecaminosas y depravadas (Col. 1:21).


La vida de Dios de la cual los hombres están extraviados, es la vida que Dios requiere de nosotros para que podamos agradarle aquí y disfrutar de Él en el futuro (Ro. 1:17; Gá. 2:20; Ro. 6 y 7). Es la vida que Dios obra en nosotros… espiritualmente por su gracia (Ef. 2:1, 5; Fil. 2:13). Es la vida por la cual vivimos para Dios (Ro. 6 y 7). Dios es la meta suprema de esa vida, ya que Él es también el creador de esa vida.


Por medio de esta vida, buscamos hacer todas las cosas para la gloria de Dios (Ro. 14:7-8). Por esta vida, llegamos al gozo eterno de Dios como nuestra bendición y recompensa eterna (Gn. 15:1). La vida de Dios es aquella vida por la cual Dios vive en nosotros por medio de su Espíritu a través de Jesucristo (Gá. 2:20; Col. 3:3). Es aquella vida cuyos frutos son la santidad y la obediencia espiritual evangélica (Ro. 6:22; Fil. 1:11). Y esta vida de Dios nunca muere porque es eterna (Jn. 17:3).

Ahora, la mente no regenerada está extraviada de esta vida de Dios, y esta separación se revela de dos maneras. Se revela por la falta de voluntad y la incapacidad de la mente inconversa para recibir las cosas concernientes a esta vida de Dios (Lc. 24:25; He. 5:11-12; Jer. 4:22). También se revela por la mente inconversa que escoge cualquier otra vida que no sea la vida de Dios (1 Ti. 5:6; Stg. 5:5; Ro. 7:9; 9:32; 10:3). Aunque la mente inconversa es altamente educada y talentosa, es totalmente incapaz de recibir y entender espiritualmente esas cosas necesarias para su salvación eterna. No responderá a la predicación del evangelio hasta que sea renovada, iluminada y capacitada para hacerlo por el Espíritu Santo: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Co. 2:14). El tema de este versículo es el hombre natural (el hombre no regenerado). El hombre natural es muy opuesto al hombre espiritual (1 Co. 15:44; Jud. v. 19)…


En el versículo catorce, vemos cosas opuestas al hombre natural. Estas cosas son “las cosas del Espíritu de Dios”. ¿Qué son estas cosas del Espíritu de Dios que son opuestas al hombre natural? He aquí algunas de ellas, todas del capítulo 2 de 1 Corintios: “A Jesucristo, y a éste crucificado” (2:2); “la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria” (2:7); “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (2:12); “la mente de Cristo” (2:16).


Estas son las cosas del Espíritu de Dios. Estas son cosas que no pueden ser recibidas excepto por la soberana y sobrenatural iluminación. Estas son las cosas que “ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9). Son cosas del consejo eterno de Dios. Estas son las cosas que la mente del hombre, en su primera creación, no tenía idea de que existían (Ef. 3:8-11).


Se pueden decir dos cosas del hombre natural y las cosas del Espíritu de Dios. Primero, que él no las recibe. Y segundo, que él no puede conocerlas.


En esta doble afirmación, aprendemos, en primer lugar, que el poder de recibir cosas espirituales se le niega al hombre natural (Ro. 8:7). No puede recibirlas porque son discernidas espiritualmente. Aprendemos, en segundo lugar, que el hombre natural las rechaza voluntariamente. Esto está implícito en las palabras “no recibe las cosas del Espíritu de Dios”. Y las rechaza porque le parecen tontas. El hombre natural no puede, no quiere y no recibe las cosas del Espíritu de Dios. Puede conocer el sentido literal de las doctrinas que se le presentan. Puede saber que Jesucristo fue crucificado, pero hay una gran diferencia entre recibir doctrinas como meras declaraciones que se le presentan y conocer la realidad que esas declaraciones presentan. Continuará …

De (The Holy Spirit), compendio R. J. K. Law


John Owen (1616-1683): Pastor congregacional inglés, autor y teólogo. Nacido en Stadhampton, Oxfordshire, Reino Unido.