La depravación del corazón

A corrupción del género humano después de la caída fue radical y universal: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). Parecería sorprendente que alguien leyera este pasaje de la Biblia y, sin embargo, negara la doctrina de la depravación humana, si no conociéramos la ceguera natural del
entendimiento por razón del pecado.

Sin embargo, una dolorosa verdad está claramente enunciada: el corazón del hombre es malo. Y para que esta solemne verdad pueda ser puesta en una luz más fuerte, se añade además que, no sólo los pensamientos, sino también la imaginación de los pensamientos de su corazón son malos. Por esta declaración, aprendemos cómo la Caída ha corrompido todo el funcionamiento secreto de la mente humana, ya que el bosquejo mismo o el esquema básico de los pensamientos, está contaminado.

Si la fuente está envenenada de esta manera, ¿podemos sorprendernos por esos arroyos mortales que salen de ella? Todos los que se conocen a sí mismos a través de la enseñanza del Espíritu divino pueden dar testimonio de la verdad de esta Escritura desde su propia experiencia. “El corazón conoce la amargura de su alma” (Pr. 14:10). ¡Oh, que la gracia soberana derribe toda imaginación orgullosa y pecaminosa que sea contraria a la santa ley de Dios y lleve cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo!

Algunos, confiando en que el hombre posee algo de bondad natural, tal vez puedan decir: “Es cierto que, a menudo, los pensamientos se contaminan; pero, ¿no debemos reconocer algunos restos de virtud? ¿Qué dice la Escritura? “…que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. (Gn. 6:5). Asumiendo que esto es cierto, ¿no puede haber alguna mezcla del bien con el mal? ¿Qué dice la Escritura? “…que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Admitiendo esto, ¿no puede haber algunos momentos de bondad? ¿Qué dice la Escritura? “… que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. Si éste es, en verdad, el estado del corazón del hombre, ¿no puede ser que los inocentes tiempos de la juventud sean un indulto de este terrible cargo? ¿Qué dice la Escritura? “Porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud” (Gn. 8:21). “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron” (Sal. 58:3). “La necedad está ligada en el corazón del muchacho” (Pr. 22:15). “…porque la adolescencia y la juventud son vanidad” (Ec. 11:10). Y, como si estuviera decidido a humillar el orgullo del hombre caído y a poner la doctrina del pecado original fuera de toda duda, David, hablando bajo la influencia del Espíritu de la Verdad, declara: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5).

Podrían aducirse muchos pasajes pertinentes e importantes, todos los cuales atestiguan esta solemne verdad del pecado original. “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie” (Job 14:4). “¿Qué cosa es el hombre para que sea limpio, y para que se justifique el nacido de mujer?” (Job 15:14). “¿Cómo, pues, se justificará el hombre para con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?” (Job 25:4). Así pues, concluimos, con inspiración divina, que somos “por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef.
2:3); que “no hay justo, ni aun uno” (Ro. 3:10).

¡Oh alma mía! No discutas con tu Creador justamente ofendido, sino confiesa tu culpa, tanto la original como la presente. Buscad la gracia de permanecer a sus pies y de aceptar con corazón gozoso los ofrecimientos de gracia, de perdón y de paz, que tan gratuitamente se os hacen a través del gran sacrificio propiciatorio de su Hijo amado.

La gracia de Dios cuando se ve, como siempre debe ser, en relación con el miserable estado del hombre pecador, brilla como el hermoso arco iris sobre la nube oscura. Sus hermosos tonos alegran y deleitan la mente en medio de la oscuridad que la rodea.

Cuán consoladoras son para un alma contrita bajo un sentido de culpa, las siguientes promesas: “Y yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y cuando estabas en tus sangres te dije ¡Vive! Sí, te dije, cuando estabas en tus sangres: ¡Vive!” (Ez. 16:6). Luego viene la fuente de la misericordia: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jer. 31:3).

Pero, ¿cómo puede una criatura contaminada agradar a un Dios puro y santo? Contemplen los efectos de la gracia soberana: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez. 36: 25-27).

La seguridad y perseverancia de los redimidos está dulcemente declarada en la siguiente maravillosa promesa: “Y les daré un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente, para que tengan bien ellos, y sus hijos después de ellos. Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer. 32:39-40).

El apoyo y el éxito final también se prometen al creyente bajo las diversas pruebas y dificultades para que pueda ser llamado a soportar la causa de su Dios y Salvador del pacto: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10). “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador” (Is. 43:2-3).

Para el consuelo presente y eterno del creyente, se declara por gracia un perdón completo y gratuito de todo pecado: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Is. 43:25). “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Is. 44:22)…

Bien puede el pecador rescatado exclamar: “Cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado. He aquí Dios es salvación mía; me aseguraré y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es JAH Jehová, quien ha sido salvación para mí” (Is. 12:1- 2). “Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre” (Sal. 145:1-2). “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias” (Sal. 103:1-4). “Bendito Jehová Dios, el Dios de Israel, el único que hace maravillas. Bendito su nombre glorioso para siempre, y toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y Amén” (Sal. 72:18-19).

De (Spiritual Exercises of the Heart).

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Thomas Reade (1776-1841)

La depravación humana 2

Tercero, la depravación total significa que el pecado está trágicamente incluido, es decir, que impacta terriblemente cada parte de nosotros. Hay algo terriblemente malo, no sólo con lo que somos interiormente, sino con cada aspecto de nuestro ser. Ningún elemento de nuestra personalidad es menos afectado por el pecado que otro. Nuestro intelecto, nuestra conciencia, nuestras emociones, nuestras ambiciones y nuestra voluntad, que son las ciudadelas de nuestras almas, están todas esclavizadas al pecado por naturaleza. Por eso Jesús se quejó: “Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste” (Mt. 23:27).

La depravación total no es depravación absoluta… [esto] no significa que los hombres sean animales o demonios, o que sean tan depravados como podrían ser o serán. Este mundo no es el infierno. La depravación total no significa que un incrédulo sea totalmente malvado en todo lo que hace, sino que nada de lo que hace es totalmente bueno. El hombre no está tan caído para que haya perdido toda sensibilidad hacia Dios o en su conciencia; por la benevolencia común de Dios, todavía es capaz de demostrar afecto familiar, de hacer el bien cívico y de cumplir con sus deberes como ciudadano. Es capaz de un gran heroísmo, de un gran valor físico y de grandes actos de abnegación. Sin embargo, es un pecador corrupto en todos los aspectos de su naturaleza y, como tal, es totalmente incapaz de realizar ningún bien espiritual a los ojos de Dios.


La depravación total significa que cuando Dios escudriña el corazón humano, los afectos, la conciencia, la voluntad o cualquier parte del cuerpo, encuentra cada parte dañada y contaminada por el pecado. Aparte de la gracia salvadora, cada parte se aleja de Dios y persigue activamente el pecado. Si el Espíritu nos enseña mediante nuestra experiencia personal, entenderemos la confesión de Jonathan Edwards: “Cuando miro mi corazón y veo mi maldad, parece un abismo, infinitamente más profundo que el
infierno” . Como escribe D. Martyn Lloyd-Jones: “Cuando un hombre realmente se ve a sí mismo, sabe que nadie puede decir nada de él que sea demasiado malo”.

Cuarto, la depravación total significa incapacidad. Significa que somos activos “adictos al pecado” por naturaleza. No hay pensamiento, ni palabra, ni acto, ni área de la vida humana que no esté afectada por el pecado. Romanos 6:16 dice que somos por naturaleza esclavos del pecado: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?”. Considere esto literalmente por un momento. Un esclavo era propiedad de su amo. Un esclavo no tenía tiempo, propiedad o riqueza propia. No tuvo ningún momento del que pudiera decir: “Este momento es mío; mi amo no tiene derechos sobre este momento”. Siempre fue propiedad de su amo; cada uno de sus movimientos, cada uno de sus talentos, cada una de sus posesiones era enteramente de su amo. Así que, dice Pablo, ustedes eran por naturaleza esclavos del pecado (Ro. 6:16). El pecado era tu amo. El pecado se enseñoreó de ti. El pecado estaba en control. Y, sin embargo, el pecado dio la impresión todo el tiempo de que estabas libre y a cargo de tu propio destino.

La depravación total implica, por lo tanto, una incapacidad moral. Nosotros mismos, no somos capaces de hacer nada con respecto a nuestra condición. Somos espiritualmente impotentes por naturaleza, incapaces y no deseamos la salvación. No podemos apreciar la fe cristiana y somos impotentes para trabajar hacia nuestra conversión. “No podemos hacer otra cosa que pecar”, dice Calvino, “hasta que Él (el Espíritu Santo) forme una nueva voluntad dentro de nosotros”. Por mucho que el hombre natural sea impulsado por la ley o el evangelio a creer en Cristo y apartarse del pecado, “no es capaz, por sus propias fuerzas, de convertirse o de prepararse para ello” (Confesión de Westminster, 9.3). Charles Hodge lo dice de manera conmovedora: “El rechazo del evangelio es una prueba tan clara de depravación moral, como la incapacidad de ver la luz del sol al mediodía es una prueba de ceguera”. El hombre natural puede querer estar libre de algún pecado y de las consecuencias del pecado; puede incluso hacer algún esfuerzo en esa dirección. Pero es demasiado esclavo de ella. No está simplemente “perdido” o “muriendo”, está perdido y está muerto en delitos y pecados (Ef. 2:1).

Cada persona en el mundo es por naturaleza un esclavo del pecado. El mundo, por naturaleza, está en manos del pecado. Qué choque para nuestra autocomplacencia: que todo de nosotros por naturaleza pertenece al pecado. Nuestros silencios pertenecen al pecado, nuestras omisiones pertenecen al pecado, nuestros talentos pertenecen al pecado, nuestras acciones pertenecen al pecado. Cada faceta de nuestra personalidad pertenece al pecado; nos posee y nos domina. Somos sus sirvientes.

La depravación total está activa en nosotros. No es simplemente la ausencia de justicia, sino la presencia de corrupción. Nuestra depravación es enormemente creativa e inventiva, siempre ideando nuevas formas de violar la voluntad de Dios. Es un cáncer creciendo dentro de nosotros, una entidad desenfrenada, productiva, energética y auto-propagadora. Es fuego fuera de control, una fuerza viva, feroz y poderosa. En los horrores del Holocausto, la monstruosidad del terrorismo moderno y los terribles titulares de nuestros periódicos diarios, se nos muestra de lo que es capaz nuestra naturaleza humana corrupta y activa, dadas las condiciones necesarias, si Dios nos deja solos.

Mi querido amigo no salvo, eres un “adicto al pecado”. Eres un esclavo a esta misma hora, un esclavo en tu cama esta noche, incluso cuando oras. Y serás un esclavo hasta que el poder todopoderoso de Dios te levante de la muerte espiritual, abra tus ojos ciegos, abra tus oídos sordos y rompa las cadenas de depravación que te envuelven. Y aun así, hasta tu último aliento, lucharás contra tu adicción al pecado porque permanecemos como adictos al pecado en recuperación hasta el fin (Ro. 7:24).

Finalmente, la depravación total es un recordatorio descarnado del problema final del pecado: La paga del pecado es la muerte (Ro 6:23). Si sirves al pecado, recibirás la paga del pecado. Éste es un universo moral. Vivimos y nos movemos, y tenemos nuestro ser en Dios. Cada aliento de nuestras vidas está en sus manos. Siembren una semilla de pecado y recogerán la cosecha del juicio. Siembra el viento de la incredulidad y cosecharás el torbellino de la destrucción. “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (He. 9:27). El juicio es siempre inminente. Hay un momento en el cual Dios envía la factura y debemos rendir cuentas.

El hecho de la muerte física es totalmente inevitable. Tú y yo tenemos una cita unilateral con la muerte en el libro del registro eterno de Dios. La única certeza absoluta sobre cada uno de nosotros es el desgarramiento de nuestros cuerpos y nuestras almas. Pero más allá de eso, está la muerte espiritual, la separación de nuestra alma de Dios, para que perdamos la imagen de Dios y la comunión con Él, y permanezcamos bajo su maldición. Sobre todo, hay una muerte eterna: el desgarramiento del alma y del cuerpo de Dios para siempre, sin ningún alivio de la gracia común. La muerte eterna es el infierno, la realidad solemne y asombrosa que el libro del Apocalipsis llama “el lago que arde con fuego y azufre… la segunda muerte” (21:8). El infierno es la cloaca del universo. Es ese espantoso incinerador cósmico en el que un día, el Dios Todopoderoso recogerá la basura del mundo, ese lugar que está siempre bajo su Ira sin diluir, donde el gusano de la memoria no muere, donde está el falso profeta, donde están el Dragón y la Bestia (Ap. 12-13), y donde todos estarán, a menos que traten con su pecado. El infierno es la lógica detrás del pecado. Es la respuesta divina a la impenitencia persistente y a la desobediencia final. La contaminación es el precursor de la perdición. Y el infierno es lo que Dios finalmente piensa del pecado impenitente y de la depravación total.

La Escritura enseña la pecaminosidad del pecado y la depravación. Pero declara que el pecado y la depravación son anomalías. En última instancia, están más allá de toda razón. No se los puede describir como demasiado atroces y ruines. Representan el colmo de la estupidez y la locura espiritual. La magnitud de nuestro pecado y depravación exhibe la magnitud o dimensión de nuestra necesidad del camino de salvación del evangelio de Dios.

De (Living for God’s Glory).

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Joel R. Beeke: Autor, teólogo y pastor estadounidense. Presidente del Seminario Teológico Puritano Reformado, donde es maestro de Teología Sistemática y Homilética.

La depravación humana

La Biblia nos dice que aunque el hombre caído es capaz de hacer algunos actos externamente buenos, no puede hacer nada verdaderamente bueno o agradable a los ojos de Dios (Ro. 8:8), a menos que sea regenerado por el Espíritu Santo (Jn. 3:1-8). Desde el punto de vista de Dios, que es el único punto de vista verdadero, el hombre natural es incapaz de ser bueno en pensamiento, palabra o acción y, por lo tanto, no puede contribuir en nada a su salvación. Él está en total rebelión contra Dios.

Cuando hablamos de depravación total, estamos confesando nuestra falta de mérito y corrupción ante Dios por nuestros pecados originales y actuales. No podemos ni borrar nuestra falta de mérito ni hacer nada para merecer el favor salvador de Dios. Para comprender todas las implicaciones de esta verdad, debemos entender cinco cosas que se encuentran en el corazón de lo que la Escritura presenta como depravación total.

Primero, la depravación total es inseparable de la iniquidad. La depravación total es el resultado inevitable de nuestro pecado, y el pecado es el resultado inevitable de nuestra depravación total. No puedes entender lo que es la depravación total, si no entiendes lo que es el pecado. La Biblia nos dice: “Pues el pecado es infracción de la ley” de Dios (1 Jn. 3:4). Por lo tanto, el pecado es cualquier falla en cumplir la ley moral de Dios en nuestras acciones, actitudes o naturaleza —ya sea haciendo o siendo lo que no debemos hacer o ser (pecados de comisión), o no haciendo o no siendo lo que debemos hacer o ser (pecados de omisión)—. El pecado es injusticia y toda injusticia es anti-Dios. En esencia, el pecado es todo lo que está en oposición a Dios. El pecado desafía a Dios; viola su Carácter, su Ley y su Pacto. Se opone, como dijo Martín Lutero, a “dejar que Dios sea Dios”. El pecado apunta a destronar a Dios y se esfuerza por colocar a alguien o a algo más, en su legítimo trono.

La Biblia usa una variedad de palabras para referirse al pecado. Tomados individualmente, significan (1) perder la marca que Dios ha establecido como nuestra meta; es decir, no vivir para su gloria; (2) ser impíos e irreverentes, lo cual es mostrar la ausencia de justicia; (3) transgredir los límites de la ley de Dios; es decir, violar sus límites establecidos; (4) participar en la iniquidad, es decir, desviarse de un curso correcto, mostrar una falta de integridad o fallar en hacer lo que Él ha mandado; (5) desobedecer y rebelarse contra Dios a través de una violación de la confianza o un acto consciente de traición; (6) cometer una perversión al torcer la mente contra Dios y (7) cometer abominación contra Dios al realizar actos particularmente reprensibles ante Dios.

Cada vida —incluyendo la suya y la mía— ha fallado en su objetivo y es irreverente por naturaleza. Cada vida ha transgredido las líneas de las prohibiciones de Dios y se ha comprometido en la iniquidad. Toda vida ha desobedecido la voz de Dios, se ha rebelado contra Él, y es propensa a cometer inmoralidad y abominación. Isaías 53:6 dice que “todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” y Romanos 3:23 dice que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.

Por lo tanto, la depravación total significa que somos violadores de la ley en todo momento. Por naturaleza, nunca amamos a Dios sobre todo o a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Estamos en “enemistad contra Dios” (Ro. 8:7), viviendo en una hostilidad activa y frenética hacia Él, y somos “aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros” (Tit. 3:3). Siempre estamos pecando porque nuestros motivos nunca son del todo puros.

Segundo, la depravación total es principalmente interna, una interioridad que proviene de nuestra profunda y trágica caída en Adán. Cuando pensamos en el pecado, somos propensos a limitarnos a acciones externas como el asesinato, el robo, el homicidio, la crueldad y cualquier otra cosa que sea externa y observable en el comportamiento humano. Pero la Biblia es mucho más rigurosa y radical. No mira simplemente a lo que es exterior, palpable y escuchado; va a las profundidades de la vida humana y dice que el pecado y la depravación existen también allí, en nuestros pensamientos, nuestras ambiciones, nuestras decisiones, nuestros motivos y nuestras aspiraciones.

Jesús dijo que no es lo que un hombre come o toca lo que lo contamina, sino lo que sale de él lo que lo contamina y afecta todo lo que piensa y hace (Mt. 15:17-20). No es tanto que las acciones o los discursos humanos hayan perdido el objetivo; es que el corazón del hombre ha perdido el objetivo. El corazón mismo del hombre es incrédulo, egoísta, codicioso, sensual y siempre deseoso de desplazar a Dios mismo. Por lo tanto, el mismo deseo de pecar es pecado. Juan Calvino lo dijo de esta manera: “Según la constitución de nuestra naturaleza, el aceite puede ser extraído de una piedra, antes de que podamos realizar una buena obra”.

¿Por qué es esto? ¿Por qué todos somos tan interiormente depravados? ¿Por qué es imposible que el hombre natural produzca justicia? Para responder a estas preguntas, debemos regresar al Paraíso. Allí fuimos afectados por el pecado de Adán de dos maneras. Primero, la culpabilidad de su pecado fue imputada a todos nosotros, así que somos pecadores culpables ante Dios, como Pablo nos dice gráficamente en Romanos 5:18a: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres,…”. Segundo, heredamos la contaminación de su pecado, así que somos pecadores corruptos ante Dios, concebidos y nacidos en iniquidad, como David nos dice gráficamente en Salmo 51:5: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. De este modo, somos completamente depravados en nuestro ser interior a través de nuestra caída en Adán, tanto en nuestro estado de culpabilidad como en nuestra condición de contaminación. Isaías dijo que lo mejor de nuestra justicia —es decir, lo mejor de lo mejor de nosotros— es como “trapo de inmundicia” delante del Dios santo (Is. 64:6). Somos peores de lo que podemos imaginar. Jeremías 17:9 dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”. Calvino declara que nadie sabe ni siquiera el uno por ciento de su pecado. Y un antiguo proverbio común dice: “Si las faltas del mejor hombre estuvieran escritas en su frente, le haría ponerse el sombrero hasta sus ojos”.

Tenemos dos problemas a los ojos de Dios: Tenemos un mal historial y un mal corazón y, el segundo problema es, con mucho, el mayor de los dos. Cuando entendemos nuestra depravación interior en términos bíblicos (Ro. 3:9-20), vemos que esta condición —conocida por el término teológico de pecado original— es una carga mucho mayor que nuestros pecados actuales porque todos nuestros pecados actuales fluyen de la fuente de nuestro pecado original y de nuestro mal corazón. Pecamos porque somos depravados internamente, no porque estemos incapacitados externamente. Por eso Calvino escribe: “Todo pecado debe convencernos de la verdad general de la corrupción de nuestra naturaleza”.

Cuando Pablo vislumbró las profundidades de su depravación, confesó que él era el “principal” pecador entre la humanidad (1 Ti. 1:15). Cuando John Bunyan vio un poco de su depravación interior, dijo que intercambia ría su corazón con cualquiera en toda Inglaterra. Lutero resume bien nuestro problema: “El pecado original está en nosotros como nuestra barba. Hoy estamos afeitados y parecemos limpios; mañana nuestra barba ha vuelto a crecer, y no deja de crecer mientras permanezcamos en la tierra. Del mismo modo, el pecado original no puede ser extirpado de nosotros; brota en nosotros mientras vivimos”

De (Living for God’s Glory).

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Joel R. Beeke: Autor, teólogo y pastor estadounidense. Presidente del Seminario Teológico Puritano Reformado, donde es maestro de Teología Sistemática y Homilética.

En Adán todos Mueren

A doctrina de la Caída, con todas sus horribles consecuencias, resplandece con terrible claridad en el libro de Dios: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12).

La doctrina de la Caída está en el fundamento de la expiación: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Lc. 5:31). Jesús no vino “a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc. 5:32). Vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15). Su gloriosa obra fue anunciada a José por el ángel, cuando dijo: Llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21).

Mientras vemos a la entonces feliz pareja20, después de su terrible caída, nos vemos obligados a usar el lenguaje del profeta llorón: “¡Cómo se ha ennegrecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo!” (Lam. 4:1). El pecado de Adán fue un compuesto de incredulidad, orgullo, sensualidad, ingratitud y rebelión. La incredulidad, al dar crédito al tentador, más que a Dios. Orgullo, en el deseo de ser sabios como dioses, conociendo el bien y el mal. La sensualidad, en la lujuria por el fruto prohibido. Ingratitud, en alianza con los ángeles caídos. Rebelión, al pisotear la autoridad de Jehová.

El Apóstol dice: “Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1Ti. 2:14). La serpiente sedujo primero a Eva con su sutileza y luego, Eva ganó una fácil conquista sobre su marido porque está escrito: “Y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella” (Gn. 3:6). Por este acto, Adán [cedió] a la gratificación pecaminosa de la tentación y se convirtió en un participante pleno de su culpa y miseria. En esta culpa, toda su descendencia estaba igualmente involucrada, pues está escrito: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres” (Ro. 5:18). “… en Adán todos mueren,…” (1 Co. 15:22).

El efecto de la Caída fue la vergüenza, el compañero inseparable del pecado. “Y conocieron que estaban desnudos;…” (Gn. 3:7). La imagen de Dios se había ido. Su túnica de natural inocencia se había ido. Su paz y pureza se habían ido. ¡Horrible condición! De hecho, estaban en verdad, desnudos y sin protección ante todos los terrores de la justicia indignada de Dios y sin ninguna cobertura para apaciguar su ira.

Otro efecto de la Caída fue la oscuridad de la mente. “Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Gn. 3:8). Asombrosa ceguera: esconderse de ese Ser, cuyos ojos son más brillantes que diez mil soles, que llena el cielo y la tierra con su presencia, y de quien no se esconde ningún secreto.

El miedo esclavizante fue otro fruto de la Caída. Cuando Dios le preguntó a Adán por qué se escondía, él respondió: “Tuve miedo” (Gn. 3:10). ¡Ah, qué tormento interior produjo el pecado en el alma de nuestros primeros padres! ¡Cómo cambió su condición! Ahora tenían miedo de mirar a Aquel cuya presencia era su cielo y su alegría.

La impiedad y la impenitencia fueron también los viles hijos de la Caída. Cuando Dios amonestó a Adán por comer del árbol del cual Él le había ordenado que no comiera, Adán respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn. 3:12). Note la impiedad: “La mujer que me diste por compañera”, cargando la culpa sobre el Todopoderoso, como si hubiera dicho: “Si nunca me hubieras dado a esta mujer, nunca habría pecado contra ti”. ¡Oh! ¡Qué insulto impío a la benevolencia, bondad y amor divinos! Note también la impenitencia de Adán: “Ella me dio del árbol, y yo comí”, evadiendo la responsabilidad de haber comido el fruto que le dio Eva, como si se viera obligado a comer porque ella le presentó el fruto y como si su propia voluntad no tuviera nada que ver con ello.

No vemos aquí ninguna convicción de pecado, ninguna confesión de culpabilidad, ningún [remordimiento] a causa de ello. En el Jardín del Edén no se vieron signos de penitencia, ni de quebrantamiento de un corazón… Eva era tan mala como su marido. Ella, de la misma manera, se esforzó por [justificarse] diciendo: “La serpiente me engañó, y comí” (Gn. 3:13).

Ahora observa, oh alma mía; sí, observa con asombro, gratitud y amor la ilimitada gracia y misericordia de Jehová. Aquel que no perdonó a los ángeles que pecaron, proclamó una salvación rica y libre para el hombre rebelde. El Señor prometió un libertador, la simiente de la mujer, que hiriera la cabeza de la serpiente. En la plenitud de los tiempos, Jesús, el Salvador, nació de una virgen pura, nacido para salvar a su pueblo de sus pecados y para vencer los poderes de la muerte y el infierno. Este precioso Jesús es predicado ahora, a través del evangelio eterno a todos los hijos e hijas culpables de Adán, con la bendita seguridad de que todos los que creen en Él serán salvos.

De esta breve visión de la apostasía y la recuperación del hombre, es evidente que el hombre es el único autor de su destrucción y que su salvación es por gracia, totalmente gratuita, no buscada e inmerecida. A través de la Caída, el hombre perdió todo el poder espiritual y la voluntad de amar y servir a Dios. Pero por el pacto de la gracia, él recupera ambos, “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).

Una atenta lectura de los capítulos tercero y cuarto del Génesis convencerá a todo humilde indagador de la verdad, mediante la enseñanza del Espíritu divino, de que todo hombre nacido en este mundo, no merece otra cosa que la condenación eterna, puesto que “lo que es nacido de la carne, carne es” (Jn. 3:6) y “que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Co. 15:50). “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:7), fue la respuesta del Salvador al inquisitivo Nicodemo. El pecador puede poner reparos y discutir, pero su propio corazón lo condenará. Su propia vida lo condenará. La ley de Dios lo condenará. El pecado de su naturaleza, como hijo caído de Adán, lo condenará. Él no encontrará nada más que condenación aquí y juicio en el mundo venidero. Pero que mire fuera de sí mismo al segundo Adán, el Señor del cielo —a Jesucristo, el libertador prometido. Allí encontrará todo lo necesario para reparar las ruinas de la Caída—, sí, para elevarlo a un estado más glorioso, tanto como si Adán nunca hubiera pecado…

¡Un misterio asombroso! ¡Oh! ¡Maravillosa sabiduría de Dios!, al impartir así tanto bien a partir de tanto mal, y lo hizo para mostrar, aún más, las riquezas de su gloria y manifestar el resplandor de sus perfecciones; aunque Satanás desatara una terrible plaga sobre su nueva y justa creación.

Así, Satanás fue frustrado, y “así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Ro. 5:21). “Cantad loores, oh cielos, porque Jehová lo hizo; gritad con júbilo, profundidades de la tierra; prorrumpid, montes, en alabanza; bosque, y todo árbol que en él está; porque Jehová redimió a Jacob, y en Israel será glorificado” (Is. 44:23).

Con seguridad, sólo los tontos pueden burlarse del pecado… El orgullo, la malicia, la envidia, la murmuración, la impureza y toda abominación odiosa a un Dios santo, y destructiva para nuestra raza miserable, brotan de esta raíz venenosa. Cada partícula de pecado contiene una infinidad de maldad y merece la condenación eterna.

Pero, oh alma mía, si quieres ver el pecado en los colores más oscuros y en los efectos más terribles, ve a Belén y pregunta: “¿Por qué el Rey del cielo se convirtió en un niño de días? ¿Por qué estaba Él, que llena todo el espacio, envuelto en pañales y acostado en un pesebre?”. Ve a Getsemaní y pregunta: “¿Por qué el Dios encarnado agonizó y sudó grandes gotas de sangre?”. Ve al tribunal y pregunta: “¿Por qué se sometió a juicio el Juez soberano de los hombres y de los ángeles? ¿Por qué el inocente sufrió tales
indignidades? ¿Por qué fue condenado a morir el inocente?”. Ve al Calvario y pregunta: “¿Por qué el Señor de la gloria colgó del árbol maldito? ¿Por qué el Señor de la vida se dignó derramar su alma hasta la muerte?”.

Fue para salvarte de tu pecado, para redimirte de la maldición de la Ley al ser hecho maldición por ti, para liberarte de ir al infierno, convirtiéndose en tu rescate. Fue para merecer el cielo para ti por su preciosa expiación y obediencia hasta la muerte. Fue para comprar para vosotros el Espíritu eterno, por cuya poderosa ayuda podéis creer y amar, y deleitaros en este precioso Salvador, este adorable Redentor, este libertador Todopoderoso, a través del cual vuestros pecados son perdonados y por el cual tenéis acceso
a Dios como vuestro Padre reconciliado. ¡Oh alma mía! Alabado sea el Señor por su misericordia y nunca deje de hablar bien de su nombre.

El pecado —incluso tu pecado— clavó, traspasó y afligió al Señor de la gloria. ¡Oh! Entonces odien el pecado y evítenlo como si temblaran al clavar una lanza en el pecho de su Salvador, como si temblaran al pisotear su sangre sagrada. “La paga del pecado es muerte,…”. ¡Oh, pero regocijaos en esta amable declaración!: “…más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

De (Spiritual Exercises of the Heart), Reformation Heritage Books,


Thomas Reade (1776-1841): Laico inglés y autor; nacido en Manchester, Inglaterra, Reino Unido.

Una pregunta vital para hoy 2

Éste no es un dogma sombrío inventado por la Iglesia en “las edades oscuras”, sino una verdad de la Sagrada Escritura. George Whitefield dijo: “Lo veo, no sólo como una doctrina de las Escrituras, la gran fuente de la verdad, sino como una muy fundamental, de la cual espero que Dios no permita que ninguno de ustedes sea seducido”. Es un tema al que la Biblia da gran importancia. Cada parte de las Escrituras tiene mucho que decir sobre el terrible estado de degradación y esclavitud al que la Caída ha llevado al hombre. Constantemente, se insiste en la corrupción, la ceguera, la hostilidad de todos los descendientes de Adán a todo lo que sea de naturaleza espiritual. No sólo se describe plenamente la ruina total del hombre, sino también su impotencia para salvarse a sí mismo de la misma. En las declaraciones y denuncias de los profetas, de Cristo y de sus Apóstoles, se exponen repetidamente, no de manera indirecta y vaga, sino enfáticamente y con gran detalle, la esclavitud de todos los hombres a Satanás y su completa impotencia para volverse a Dios en busca de liberación. Ésta es una de las cientos de pruebas de que la Biblia no es un invento humano, sino una revelación del tres veces Santo.

Es un tema tristemente descuidado. A pesar de las claras y unívocas enseñanzas de la Escritura, la condición de ruina del hombre y su separación de Dios son débilmente percibidas y rara vez escuchadas en el púlpito moderno, y se les da poco lugar, incluso en lo que se considera como los centros de la ortodoxia. Más bien, toda la tendencia del pensamiento y la enseñanza actuales van en la dirección opuesta e, incluso, cuando no aceptan la hipótesis darwiniana, a menudo, se ven sus influencias perniciosas. Como
consecuencia del silencio culpable del púlpito moderno, ha surgido una generación de feligreses que, deplorablemente, ignoran las verdades básicas de la Biblia, de modo que, quizás no más de uno de cada mil, tiene un conocimiento mental de las cadenas de dureza e incredulidad que atan el corazón natural o la mazmorra de las tinieblas en la que yacen. Miles de predicadores, en lugar de exponer fielmente a sus oyentes acerca de su lamentable estado natural, están perdiendo el tiempo relatando las últimas noticias del Kremlin o del desarrollo de armas nucleares. Es, por lo tanto, una doctrina de prueba, especialmente de la solidez del
predicador en la fe. La ortodoxia de un hombre sobre este tema determina su punto de vista de muchas otras doctrinas de gran importancia. Si su creencia aquí es bíblica, entonces percibirá claramente cuán imposible es que los hombres se mejoren a sí mismos y que Cristo es su única esperanza. Él sabrá que, a menos que el pecador nazca de nuevo, no puede entrar en el reino de Dios. Tampoco considerará la idea del libre albedrío de la criatura caída para alcanzar la bondad. Será preservado de muchos errores. Andrew Fuller declaró: “Nunca conocí a una persona que estuviera al lado del arminiano, el arriano, el sociniano o el antinomiano, sin antes distraerse con las diminutas nociones de depravación humana o dedad”….

Es una doctrina de gran valor práctico y de importancia espiritual. El fundamento de toda la verdadera piedad, yace en una visión correcta de nosotros mismos y de nuestra vileza, y en una creencia bíblica en Dios y en su Gracia. No puede haber un verdadero aborrecimiento de sí mismo o arrepentimiento, ni una apreciación real de la misericordia salvadora de Dios, ni fe en Cristo, sin ella. No hay nada como un conocimiento de esta doctrina tan bien calculado para desengañar al hombre vano, y convencerlo de la inutilidad y la podredumbre de su propia justicia. Sin embargo, el predicador que es consciente de la plaga de su propio corazón, sabe muy bien que no puede presentar esta verdad de tal manera que sus oyentes realmente se den cuenta y sientan lo mismo, y que les ayude a dejar de estar enamorados de sí mismos y hacer que renuncien para siempre a toda esperanza en sí mismos. Por lo tanto, en lugar de confiar en su fidelidad al presentar la verdad, se la confiará a Dios para que la aplique con gracia y poder a quienes lo escuchen y bendiga sus débiles esfuerzos.

Es una doctrina excesivamente iluminadora. Puede ser triste y humillante; sin embargo, arroja una avalancha de luz sobre misterios que, de otro modo, serían insolubles. Proporciona la clave para el curso de la historia humana y muestra por qué gran parte de ella ha sido escrita con sangre y lágrimas. Proporciona una explicación de muchos problemas que desconciertan y turban a los pensativos. Revela por qué el niño es propenso al mal y tiene que ser enseñado y disciplinado a todo lo que es bueno. Explica por qué cada mejora en el ambiente del hombre, cada intento de educarlo, todos los esfuerzos de los reformadores sociales, no están disponibles para efectuar ninguna mejora radical en su naturaleza y carácter. Esto explica el horrible trato que recibió Cristo cuando obró tan misericordiosamente en este mundo, y por qué todavía es despreciado y rechazado por los hombres. Permite, al mismo cristiano, comprender mejor el doloroso conflicto que siempre está presente en su interior y que le hace gritar a menudo: “¡Oh, miserable de mí!” (Ro. 7:24).

Por lo tanto, es una doctrina muy necesaria, pues la gran mayoría de nuestros semejantes la ignoran. A veces, se piensa que los siervos de Dios hablan demasiado fuerte y tristemente del terrible estado del hombre a través de su apostasía de Dios. El hecho es que es imposible exagerar en el lenguaje humano la oscuridad y la contaminación del corazón del hombre, o describir la miseria y la total impotencia de una condición como la que la Palabra de verdad describe en estos pasajes solemnes: “Pero si nuestro
evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co. 4:3-4). “Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane”. (Jn. 12:39-40). Esto es aún más evidente cuando contrastamos el estado de ánimo de aquellos en quienes se realiza un milagro de gracia (Lc. 1:78-79).

Es una doctrina [beneficiosa] —una que Dios usa a menudo para hacer que los hombres recobren el sentido—… Nada más que un sentido real de nuestra condición perdida nos pone en el polvo ante Dios.

De (Studies in the Scriptures).

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Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor; nacido en Nottingham, Inglaterra, Reino Unido.

Una pregunta vital para hoy

ESTAMOS profundamente convencidos de que la pregunta vital que más se debe plantear hoy es ésta: ¿Es el hombre una criatura total y completamente depravada 1 por naturaleza? ¿Entra en el mundo completamente arruinado e indefenso, espiritualmente ciego y muerto en delitos y pecados? Acorde con nuestra respuesta a esta pregunta, serán nuestros puntos de vista sobre muchas otras cosas. Es sobre la base de este oscuro telón de fondo que toda la Biblia se genera. Cualquier intento de modificar o disminuir, repudiar o atenuar la enseñanza de las Escrituras sobre el asunto es fatal. Ponga la pregunta en otra forma: ¿Está el hombre ahora en tal condición que no puede ser salvado sin la intervención especial y directa del Dios trino en su favor? En otras palabras, ¿hay alguna esperanza para él aparte de la elección personal del Padre, su redención particular por el Hijo y las operaciones sobrenaturales del Espíritu dentro de él? O, dicho de otra manera: Si el hombre es un ser totalmente depravado, ¿puede dar el primer paso para regresar a Dios?

La respuesta bíblica a esa pregunta pone de manifiesto la absoluta futilidad de los esquemas de los reformadores sociales para “la elevación moral de las masas”, los planes de los políticos para la paz de las naciones y las ideologías de los soñadores para dar paso a una edad de oro para este mundo. Es patético y trágico ver a muchos de nuestros más grandes hombres poniendo su fe en tales quimeras4. Las divisiones y las discordias, el odio y el derramamiento de sangre, no pueden ser desterrados mientras la naturaleza humana sea lo que es. Pero durante el siglo pasado, la tendencia constante de una cristiandad en deterioro, ha sido subestimar la maldad del pecado y sobrevalorar la capacidad moral de los hombres. En vez de proclamar la atrocidad del pecado, se ha insistido más en sus inconvenientes y, la descripción abrumadora de la condición perdida del hombre como se establece en la Sagrada Escritura, ha sido oscurecida, si no borrada, por las halagadoras disquisiciones6 sobre el progreso humano. Si la religión popular de “las iglesias” —incluido el noventa por ciento de lo que se denomina Cristianismo Evangélico— se pone a prueba en este momento, se descubrirá que riñe directamente con la idea del hombre caído, arruinado y espiritualmente muerto.

Por lo tanto, hoy existe una necesidad imperiosa de que el pecado sea visto a la luz de la ley de Dios y del evangelio, para que su excesiva pecaminosidad pueda ser demostrada y las oscuras profundidades de la depravación humana sean expuestas por la enseñanza de la Sagrada Escritura, para que podamos aprender lo que implican esas temibles palabras “muerto en delitos y pecados”. El gran objetivo de la Biblia es darnos a conocer a Dios, describir al hombre tal como aparece a los ojos de su Creador y mostrar la relación de uno con el otro. Es, por lo tanto, asunto de sus siervos, no sólo declarar el carácter y las perfecciones divinas, sino también delinear la condición original y la apostasía del hombre, así como el remedio divino para su ruina. Hasta que no veamos realmente el horror del pozo en el que por naturaleza yacemos, nunca podremos apreciar apropiadamente la gran
salvación de Cristo. Es la condición caída del hombre, la terrible enfermedad para la cual la redención divina es la única cura, y nuestra estimación y valoración de las provisiones de la gracia divina serán necesariamente modificadas, en la medida en que modifiquemos la necesidad que se pretendía satisfacer.

David Clarkson, uno de los puritanos, señaló este hecho en su sermón sobre el Salmo 51:5: “El fin del ministerio del evangelio es traer a los pecadores a Cristo. Su camino hacia este fin radica en el sentido de su miseria sin Cristo. Los ingredientes de esta miseria son nuestra pecaminosidad, original y actual; la ira de Dios, a la cual el pecado nos ha expuesto; y nuestra impotencia para liberarnos del pecado o de la ira. Para que podamos promover este gran fin, nos esforzaremos, tanto como el Señor nos asista, para guiarlo de esta manera, por un sentido de miseria, hacia a Aquel que es el único que puede librar de ella. Ahora, siendo la corrupción el origen de la miseria de nuestras naturalezas o del pecado original, pensamos que era apropiado comenzar aquí y, por lo tanto, hemos puesto estas palabras como muy apropiadas para nuestro propósito”: …He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.

Este tema es realmente muy solemne y nadie puede escribirlo o predicarlo, a menos que su corazón esté profundamente impresionado por él. No es algo de lo que cualquier hombre pueda desprenderse, y escribir largo y tendido como si no estuviera directamente involucrado en él; menos aún, desde un nivel superior despreciando a aquellos a quienes denuncia. Nada es más [inadecuado] e impropio que un joven predicador capaz de recitar los pasajes de la Escritura que retratan su propia vileza natural. Más bien, deben ser leídos o citados con la mayor solemnidad. J. C. Philpot declaró: “Como ningún corazón puede concebir suficientemente, tampoco ninguna lengua puede expresar adecuadamente, el estado de miseria y ruina en el cual el pecado ha hecho al hombre culpable y miserable. Al separarlo de Dios, lo ha separado de la única fuente y origen de toda felicidad y toda
santidad. Lo ha arruinado, en cuerpo y alma. Lo ha llenado de enfermedad y dolencia; ha desfigurado y destruido la imagen de Dios en la cual fue creado. Ha destrozado todas sus facultades humanas; ha roto su juicio, ha contaminado su imaginación y ha enajenado sus afectos. Le ha hecho amar el pecado y odiar a Dios”.

La doctrina de la depravación total es muy humillante. No es que el hombre se incline hacia un lado y necesite apoyo, ni que sea meramente ignorante y requiera instrucción, ni que esté agotado y pida un tónico; sino más bien que está deshecho, perdido, espiritualmente muerto. En consecuencia, él está “sin fuerzas” y es completamente incapaz de valerse por sí mismo. Él está expuesto a la ira de Dios y es incapaz de realizar una sola obra que pueda ser aceptada por Él. Casi todas las páginas de la Biblia dan testimonio de esta verdad. Todo el esquema de redención lo da por sentado. El plan de salvación enseñado en las Escrituras no se podía establecer sobre ninguna otra hipótesis. La imposibilidad de que un hombre obtenga la aprobación de Dios por sus propias obras aparece claramente en el caso del joven rico que vino a Cristo. Juzgado por los estándares humanos, fue un modelo
de virtud y logros religiosos. Sin embargo, como todos los que confían en el esfuerzo propio, ignoraba la espiritualidad y el rigor de la Ley de Dios; cuando Cristo lo puso a prueba, sus justas expectativas fueron desvanecidas y “se fue triste” (Mt. 19:22).

Por lo tanto, es una doctrina de lo más desagradable11. Y no puede ser de otra manera para el amor no regenerado que quiere oír hablar de la grandeza, la dignidad y la nobleza del hombre. El hombre natural piensa muy bien de sí mismo y sólo aprecia lo que le es halagador. Nada le agrada más que escuchar lo que ensalza la naturaleza humana y alaba el estado de la humanidad, aunque sea en términos que, no sólo repudian la enseñanza de la Palabra de Dios, sino que se contradicen de plano por la observación común y la experiencia universal. Y hay muchos que [lo gratifican] por sus abundantes elogios de la excelencia de la civilización y el progreso constante de la raza humana. Por lo tanto, afirmar que la popular teoría de la evolución es mentira, es muy desagradable para sus engañados adeptos. Sin embargo, el deber de los siervos de Dios es manchar el orgullo de todo aquello en lo que el hombre se gloría, despojarlo de sus plumas robadas, ponerlo en el polvo ante Dios. Por repugnante que sea esta enseñanza, el
emisario de Dios debe cumplir fielmente con su deber así “escuchen o dejen de escuchar” (Ez. 3:11).

Continuará …

De (Studies in the Scriptures).

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Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro itinerante de la Biblia, autor; nacido en Nottingham, Inglaterra, Reino Unido.