El fracaso y la decepción en las escrituras

Si organizáramos una conferencia sobre “El fracaso y la decepción”, ¿crees que alguien asistiría? Si escribiéramos un libro con ese título, ¿crees que alguien lo compraría? El fracaso y la decepción no son temas muy populares. No venden taquillas ni libros. No generan tráfico, como nos aseguran los mercadólogos de Internet. No nos interesa pensar en nuestros fracasos y decepciones, y mucho menos escuchar los de otras personas. Vivimos en una “cultura del éxito” que endiosa el ganar y la realización; sin embargo, todo eso es tan irreal.

Leer la Biblia es como echarse un balde de agua fría. El fracaso y la decepción se encuentran en casi cada página. Aunque no nos guste, eso es más real que las historias de éxito a las que solemos aspirar alcanzar. Sin duda, ponte metas altas, pero al hacerlo, debes tomar en cuenta que nadie se libra de los fracasos y las decepciones. Entonces, mejor es prepararse para sacarle provecho a esos momentos.

“¿En serio? ¿Sacarle provecho al fracaso y a la decepción?” Así es; igual que muchos dentro del pueblo de Dios, me he dado cuenta de que los momentos más productivos espiritualmente hablando son cuando he fracasado y estoy decepcionado.

Antes de ver cómo la Biblia nos puede ayudar a planificarnos, prepararnos y beneficiarnos de nuestros fracasos y decepciones, debemos definir unos conceptos. El fracaso es la falta de éxito al hacer algo. Es no llenar las expectativas del estándar personal que nos hemos trazado o que otros han determinado por nosotros. Puede ser culpa nuestra (p. ej., reprobamos un examen porque no estudiamos suficiente), o culpa de otro (p. ej., fracasamos en el matrimonio porque nuestro cónyuge nos fue infiel). Y a veces podemos tener una sensación de fracaso cuando en realidad no hemos fallado (p. ej., nos despiden del trabajo porque hubo una fusión o una reestructuración). La decepción es la sensación de tristeza y frustración que proviene del fracaso, ya sea de nuestro propio fracaso, el de otros, o de ambos. Con estas definiciones a mano, ¿qué nos enseña la Biblia sobre el fracaso y la decepción?

El fracaso es inevitable

Si nuestros centros educativos realmente quisieran preparar a nuestros hijos para enfrentar la vida, darían clases sobre el fracaso y la decepción. Puede ser que nuestros hijos jamás tengan que usar álgebra o química en sus vidas, pero sí tendrán que saber lidiar con los fracasos y las decepciones. Sin importar donde nos encontramos en la Biblia, hallamos fracaso y decepción: Adán y Eva (Gen. 3), Caín y Abel (Gen. 4), Noé y sus hijos (Gen. 9), Abraham y Sara (Gen. 16), Lot y sus hijas (Gen. 19), Jacob y Esaú (Gen. 27), José y sus hermanos (Gen. 37), Nadab y Abiú (Lev. 10), Aarón y María (Num. 12), Israel y Canaán (Num. 14), Moisés y la peña (Num. 20), Sansón y Dalila (Jueces 16), Samuel y sus hijos (1 Sam. 8), David y Betsabé (2 Sam. 11), Salomón y su harén (1 Re. 11). Y así continúa, incluso hasta en el Nuevo Testamento, donde vemos discípulo tras discípulo e iglesia tras iglesia marcados por el fracaso y la decepción. El mensaje uniforme de la Biblia es que el fracaso y la decepción son una parte inevitable de la experiencia humana. Imagínate un discurso de graduación o de inauguración con este énfasis bíblico. Esto prepararía a nuestros hijos aún mejor para la vida, particularmente ayudándoles a manejar apropiadamente sus expectativas.

El fracaso es variado

Al examinar el récord bíblico, nos asombra la variedad y la diversidad de fracasos. Si no llega de una forma, lo hará de otra. Los fracasos espirituales y morales son los más comunes, con múltiples ejemplos muy claros de desobediencia a los Diez Mandamientos de Dios. Por ejemplo, Israel no adoró exclusivamente a Dios (Isa. 2:8), Aarón fracasó al hacer un becerro de oro para adorar (Ex. 32:4); Uza fracasó al no reverenciar a Dios (2 Sam. 6:7); Israel no guardó el día de reposo para santificarlo (Ex. 16:27-30); Elí no disciplinó a sus hijos y sus hijos no lo honraron (1Sam. 2:22-25); David no respetó la santidad de la vida y del matrimonio (2 Sam. 11:1-21); Acán fracasó al robarse objetos de oro (Jos. 7:1); Ananías y Safira fracasaron al mentirle al Espíritu Santo (Hch. 5:3); y Demas fracasó al codiciar las riquezas de este mundo (2 Tim. 4:10). Diez Mandamientos, diez fracasos.

Fracasos familiares se pueden notar en como Abraham y Sara trataron a Agar (Gen. 16:21) y en la rivalidad celosa entre Jacob y Esaú (Gen. 25:29-34). Amistades fracasadas son visibles en el saludo y beso engañoso de aquel que traicionó a Jesús (Mat. 26:49) y en el desacuerdo entre el apóstol Pablo y Bernabé a causa de la utilidad de Marcos (Hch. 15:36-41). Fracasos de liderazgo se evidencian en cada rey de Israel y de Judá (2Cr. 12:14-22:9-10). Vemos fracasos eclesiásticos en casi cada congregación del Nuevo Testamento, como es evidenciado en el tono decepcionado que encontramos en muchas de las cartas de Pablo (1 Co. 1:11-13Gá. 1:6) y en cinco de las cartas de Cristo a las siete iglesias (Ap. 2-3). Fracasos financieros ocurren en las vidas de Giezi (2 Re. 5:22-27), del hombre con un talento (Mat. 25:24-30), y del rico insensato (Lc. 12:16-21). Fracasos nacionales y políticos son muy evidentes en la historia de constante rebelión de Israel en contra de Dios. La Biblia hasta nos muestra un fracaso social con el invitado mal vestido para la boda (Mat. 22:11-13). El fracaso usa una gran variedad de atuendos.

El fracaso puede venir luego de un gran éxito

Una de las lecciones que estas variadas experiencias de fracaso y decepción nos enseñan es que somos más vulnerables cuando tenemos más éxito. El éxito genera confianza, que en muchos casos se convierte en exceso de confianza, que suele ser la antesala del desastre (Pro. 16:18). Sansón, David y Salomón son pruebas dolorosas de esto en el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento destaca a Pedro como un ejemplo de esto (Mat. 26:33-3569-75). Él era de los amigos íntimos de Jesús, hablaba grandes cosas acerca de Dios, estaba siendo grandemente usado por el Señor y tenía una gran confianza en su capacidad de ser fuerte en el momento de la prueba. Pero fracasó en tres ocasiones, dos veces negando a Cristo frente a una joven sierva y una vez ante desconocidos. La narrativa bíblica sobre el peligro de la arrogancia y el orgullo ha probado ser verdadera a través de toda la historia, incluyendo nuestros días, cuando hombres poderosos y exitosos son derrumbados diariamente por las víctimas débiles e indefensas que ellos previamente habían oprimido y abusado.

El fracaso puede ser repetido

Hay muchos dichos trillados y simplistas en cuanto al fracaso, incluyendo: “El fracaso es el mejor maestro” y “En todo fracaso hay una oportunidad nueva”. Gracias a Dios, como veremos más adelante, muchas personas logran aprender de sus fracasos y muchos individuos logran avanzar después de una caída. Pero esto no siempre es así. Como nos advierte la Biblia, el fracaso puede ser repetido. Por ejemplo, Abraham no pudo confiar en Dios para cuidar de Sara cuando fueron a Egipto. Terminó diciendo mentiras sobre su relación con ella a un rey pagano que finalmente se enteró de la verdad y lo reprendió por eso (Gen.12:10-20). Pero eso no lo detuvo de hacer prácticamente lo mismo más adelante (Gen. 20). Uno pensaría que Jacob hubiera aprendido la dolorosa lección del favoritismo al recordar la amarga historia de su propia familia. No obstante, hizo lo mismo al demostrar demasiado favoritismo para con su hijo José (Gen.37:3-4). Hasta los mismos discípulos de Jesús, a pesar de que tenían el beneficio de Sus constantes y afectuosas amonestaciones, fracasaron repetidamente en comprender quién era Cristo y qué vino a hacer (Mat. 16:21-23Lc. 18:3423:25-27). A veces el fracaso se duplica al ir de un extremo al otro tal como hizo la iglesia en Corinto. En primera instancia, no disciplinan a un hermano impenitente (1 Co. 5), y luego no le dan la bienvenida cuando se arrepiente (2 Co. 2:5-11). El fracaso no es un maestro perfecto, en parte porque nosotros no somos estudiantes perfectos.

El fracaso es doloroso

Todos los ejemplos bíblicos del fracaso demuestran la dolorosa decepción que le sigue: decepción personal, decepción con otros y hasta decepción con Dios. Pero hay tres fracasos bíblicos que son particularmente agonizantes. Primeramente, tenemos la amarga decepción de Moisés al no poder entrar a la Tierra Prometida por haber golpeado la peña en vez de hablarle a esta como Dios le había pedido. (Nu. 20:10-13). Imagínate todo ese esfuerzo, todo ese estrés, esos cuarenta años vagando por el desierto, todas las quejas y murmuraciones de los Israelitas, para venir a ser detenido en la misma frontera de su destino final, todo por haber perdido los estribos una vez. Moisés le suplicó a Dios que aliviara su decepción y le permitiera entrar a la Tierra Prometida. Pero Dios se negó y en cambio le dio la consolación de verla de lejos (Deu. 3:23-27). Imagínate la decepción de Moisés.

El segundo fracaso bíblico que es particularmente agonizante es el del Rey David, quien fracasó moralmente al cometer adulterio con Betsabé y luego matar a su esposo, Urías (2 Sam. 11). Como nos enseñan los Salmos 32 y 51, la dolorosa decepción de David consigo mismo no fue solo mental, espiritual y emocional, pero también fue física. Aun cuando había sido perdonado, las consecuencias de sus fracasos se evidenciaron durante el resto de su vida en la desintegración de su familia y la pérdida temporal del trono. Grandes convulsiones acompañaron sus fracasos.

El tercer fracaso es el de Pedro, quien negó a Cristo tres veces. Este era un hombre a quien Jesús le había advertido una y otra vez sobre su exceso de confianza; a quien Jesús le dijo claramente que le negaría tres veces y aun así lo hizo. Luego cantó el gallo, los ojos de Jesús se encontraron con los de Pedro, “y saliendo fuera, lloró amargamente” (Lc. 22:62). Piensa en cuánto dolor debió haber llenado la vida de Pedro en los días después de este triple fracaso al pensar en lo que hizo. Cuántas veces debieron haber deseado Moisés, David y Pedro no haber fracasado. Puede ser que los videos de fracasos o “fails” en YouTube nos hagan reír, pero los fracasos de nuestros héroes bíblicos nos hacen llorar.

El fracaso debe ser compartido

Uno de los problemas con las constantes historias de éxito que se nos venden hoy día es el mensaje de que el éxito es para todos y todos serán exitosos. Eso da como resultado la realidad de que nadie está preparado cuando el éxito nunca hace acto de presencia y en cambio es el fracaso que continuamente visita. Consciente de este desequilibrio, Johannes Haushofer de la Universidad de Princeton publicó en Twitter una lista de todos sus fracasos. Hizo esto “en un intento de buscar cierto equilibrio y animar así a otras personas a continuar esforzándose aún frente al fracaso.” Él dice: “La mayoría de las cosas que intento fracasan, pero esos fracasos suelen ser invisibles, mientras que los éxitos son visibles. He notado que esto a veces les da a otros la impresión de que la mayoría de las cosas me salen bien”.

La Biblia publica la lista de fracasos de prácticamente todos sus personajes. Algunos hasta publican sus propios fracasos. Por ejemplo, los salmistas no solo confiesan sus fracasos, sino que también cantan de ellos no para celebrarlos sino para lamentarse de ellos y buscar la ayuda de Dios. Son muy sinceros en cuanto a sus vidas y cómo en realidad no todo les sale bien. En los Salmos 73 y 78, Asaf confiesa como él fracasa mientras que los malhechores tienen éxito, llevándolo a fallar en su fe. Él deja todo sobre la mesa y básicamente confiesa: “No estoy manejando bien esta situación”. Es entonces que Dios interviene para recordarle Sus promesas y propósitos, y Asaf empieza a recuperar su compostura y equilibrio espiritual. ¡Cuán agradecidos debemos estar por estos cantos de fracaso con los cuales podemos identificarnos, recordándonos que no estamos solos, ayudándonos a aceptar que lo anormal es normal y guiándonos a llevar nuestros fracasos ante Dios al igual que compartirlos con otros!

Job es otro ejemplo de un fracaso compartido. Él era un hombre justo (Job 1:1). Sin embargo, cuando le tocó un sufrimiento extremo, en parte, terminó culpando a Dios. Es cierto, se mantuvo firme al inicio (vv.20-22), y es verdad que hubo grandes momentos de éxito espiritual ante grandes pruebas espirituales (19:23-27; 23:8-10). Pero esa no es toda la historia; ni siquiera es la mayor parte de la historia. Su libro incluye momentos en que su respuesta fue muy inadecuada, mientras expresaba decepción con sus amigos y hasta con Dios y Su providencia. Nuevamente, somos animados por el registro honesto tanto de los fracasos como los éxitos de Job (aunque escritores y predicadores suelen ignorar lo primero).

El compartir los fracasos de estos hombres nos motiva a ser honestos y abiertos en cuanto a nuestras propias vidas. Dejemos a un lado las historias de éxito que el mundo nos cuenta para seguir el ejemplo bíblico de autenticidad valiente al compartir con otros creyentes las altas y bajas de nuestras vidas. ¡Cuán diferente sería esto de tantos perfiles en Facebook!

El fracaso evita peores fracasos

Una cosa que he notado al reflexionar sobre mi propia vida es que mis fracasos me han evitado peores fracasos, no sólo por lo que he aprendido a través de ellos, pero también al enseñar a otros. Esto también lo vemos en la Biblia. Si las iglesias del Nuevo Testamento no hubieran fracasado tan miserablemente en muchos aspectos, en nuestras biblias no tuviéramos hoy las cartas que les fueron enviadas y de las cuales aprendemos y tomamos medidas para evitar o lidiar con fracasos similares. ¿Cuántas iglesias han evitado caer en el caos carismático gracias a las cartas a los corintios fracasados? ¿Cuántas iglesias han evitado comprometer la doctrina de la justificación solo por fe gracias a la carta a los gálatas fracasados? ¿Cuántas iglesias han sido libradas de la fiebre de los últimos tiempos gracias a las cartas de Pablo a los tesalonicenses fracasados? ¿Cuántas iglesias han retornado a su primer amor gracias a la carta de Cristo a los efesios fracasados en Apocalipsis? ¿Cuántos cristianos han evitado el exceso de confianza gracias a los fracasos de Pedro?

Podemos mirar a nuestro alrededor y escuchar las sirenas sonando al lado de los escombros de iglesias y pastores que han fracasado en permanecer firme en pureza doctrinal y moral. Ni siquiera tenemos que ver más allá de nuestras propias vidas para ver las señales de advertencia. Hace un par de años mi salud se deterioró a causa del mucho trabajo y estrés. Terminé siendo hospitalizado en dos ocasiones con enfermedades que amenazaban mi vida. Sin embargo, al reflexionar sobre lo acontecido, puedo ver cómo Dios usó el fracaso de mi salud para evitarme posibles fracasos espirituales. En ese sentido, el fracaso puede ser un regalo precioso. Dios usa hasta nuestros fracasos para nuestro bien (Ro. 8:28).

El fracaso puede ser perdonado

En muchos sentidos, la pregunta no es cuándo, dónde ni cómo fracasaremos. La interrogante más importante es: ¿qué haremos con nuestros fracasos? Como hemos podido ver, muchos fracasos no solamente son lecciones para ser aprendidas sino también pecados para ser confesados. No se trata simplemente de recordarlos para aprender de ellos; debemos llevarlos ante Dios para recibir el perdón por ellos. Eso es difícil, pero a la vez libertador. La confesión nos libra de culpa y vergüenza y nos asegura perdón y aceptación (Pro. 28:13). En vez de negar, minimizar, ocultar o evitar nuestros fracasos, debemos sacarlosa la luz del día y ante la luz de Dios, confesar ante Él nuestra culpabilidad, y en oración pedir de Su misericordia. Sin importar la gravedad, la frecuencia o la torpeza de nuestra caída, si confesamos nuestros fracasos ante Dios, hallaremos misericordia (1Jn. 1:9). Le puedes llevar fracasos de cada área de tu vida y Él te hará más blanco que la nieve. Si me permitieran hacerle un cambio al muy querido villancico navideño, lo titularía: “Venid fracasados todos”.

No solo eso, pero Cristo también nos da Su perfección. Así es, Él no solo nos quita lo negativo dejándonos en un estado neutral, Él nos da Su justicia para que estemos más que bien (2 Co. 5:21). La perfección de Cristo se nos otorga y es contada como nuestra (Ro.3:21-26). No importa lo que ha sucedido en nuestro pasado o lo que sucederá en nuestro futuro, cuando Dios nos juzga, Él no ve fracaso sino éxito, no ve imperfección sino perfección, no ve injusticia sino justicia, no ve razones para condenar sino para celebrar (Ro. 8:1). Por fe en Cristo, nuestros fracasos son intercambiados por Sus logros.

El fracaso no nos define

El resultado de esto no es que nunca más fracasamos. No, el resultado es que el fracaso ya no es lo que nos define. Nuestro Dios y Salvador no define a Su pueblo por sus fracasos sino por su fe. Mira los fracasos de los santos en el Antiguo Testamento, sin embargo, mira como Dios los define en Hebreos 11. No es el salón del fracaso sino el salón de la fe. Él no recuerda sus tropezones, sino que celebra sus éxitos por su fe solo en Cristo. El fracaso sigue siendo parte de nuestra identidad, pero ya no es la mayor parte. Sigue siendo parte de nuestras vidas, pero ya no es crucial, no tiene la última palabra, y definitivamente no tiene la primera palabra tampoco. El fracaso no es lo que Dios ve a primera vista cuando mira a Su pueblo, y no debe ser lo primero que veamos nosotros al mirarnos a nosotros mismos o a otros cristianos. En Cristo somos justos. Esa es nuestra identidad primordial. Eso es lo que Dios ve primero, y, por lo tanto, eso es lo que nosotros debemos ver primero también.

El fracaso nos acerca al cielo

Sin importar cuantas veces confesamos nuestros fracasos, somos perdonados por nuestros fracasos, e intercambiamos nuestros fracasos por la justicia de Cristo. Mientras estemos en este mundo, fracasaremos; una y otra vez, fracasaremos. Esto nos mantiene humildes, nos mantiene dependientes y nos mantiene mirando hacia Cristo. Pero, sobre todo, nos mantiene con la mirada hacia el cielo, el lugar donde no habrá más fracasos. ¿Recordaremos nuestros fracasos allí? Si, pero sin dolor, solo como algo cubierto del perdón de Cristo, y solo para motivarnos a alabarle más:

Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con Su sangre, e hizo de nosotros un reino y sacerdotes para Su Dios y Padre, a Él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén. (Ap. 1:5-6)

Todos veremos nuestros fracasos desde una nueva perspectiva, no solo nuestros fracasos morales y espirituales, pero también las decepciones relacionales y vocacionales. Veremos la sabia providencia de Dios al permitir esa ruptura relacional, esa entrevista fatal, esa pérdida del trabajo y ese examen reprobado. Cuando Dios re-enmarca nuestros fracasos, poniéndoles el marco dorado de Su sabia soberanía, estos son transformados de feas casualidades abstractas a diseños bellamente elaborados.

¿Fracasaremos allá? No, nunca. No fracasaremos, ni tampoco lo hará nadie más. Las lágrimas de la decepción serán parte del torrente que serán enjugado de nuestros ojos (Ap. 21:4). El cielo será una gran y larga historia de éxito: éxito moral, éxito espiritual, éxito intelectual, éxito físico, éxito relacional, éxito vocacional y éxito eclesiástico.

Así que, sí, nuestros fracasos del presente deben llevarnos a Cristo, pero a la vez, nos deben hacer anhelar el cielo, para apresurar el día en que el dolor del fracaso y la tortura de la decepción desaparecerán para siempre.

El Dr. David P. Murray es profesor de Antiguo Testamento y teología práctica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan, y pastor de Grand Rapids Reformed Church.

La realidad de la decepción

La vida es una larga y constante decepción. La mayoría de la gente se da cuenta de esto cuando llega a sus treintas. En la niñez todo se ve posible. Los años de la adolescencia están llenos  de angustia y ansiedad, pero incluso esa ansiedad deja entrever algo de esperanza, ya que es solo una indignación silenciosa ante la idea de que las cosas podrían ser mejores. En sus veintes, una persona puede todavía conservar la ilusión de que el mundo pronto florecerá. No es hasta los treintas que una persona se da cuenta de que mucho de lo que viene no será mejor de lo que ya ha pasado. Los cuarentas, cincuentas y siguientes, con frecuencia reafirman la famosa bienaventuranza de Alexander Pope: “Bienaventurado el hombre que no espera nada, porque nunca será decepcionado”. Vivir es ser decepcionado.

Así que anímate. Por extraño que parezca, la decepción puede ser un indicador de que estás viendo el mundo correctamente. Nadie disfruta sentirse decepcionado. En sí misma, la decepción es similar a la tristeza por una pérdida y, en última instancia, no fuimos diseñados para ella. Pero, como todas las emociones, la decepción es un indicador de cómo una persona percibe su vida: qué es lo que cree y quiere de ella. Cuando estás viviendo en un mundo caído, a veces creer y querer lo correcto significa que serás decepcionado.

La experiencia de la decepción

Los seres humanos pueden decepcionarse porque son capaces de tener expectativas. Estamos hechos para anhelar mejores días. Todo fanático de un equipo perdedor sabe esto. Lo mismo ocurre con cada adolescente con acné, cada padre insomne de un recién nacido, cada joven profesional en búsqueda de una carrera, cada recién divorciado sentado en una casa ahora vacía. Todos en nuestra mente soñamos en pantalla gigante con una mejor vida, libre de las partes más dolorosas del presente. Vivimos en un desierto, pero imaginamos un jardín.

La decepción es lo que experimentamos cuando ese jardín nunca florece. Por supuesto, sabemos que no florecerá de inmediato. Pero, ¿tal vez lo hará incrementalmente? ¿Tal vez en el próximo capítulo  de la vida? ¿Tal vez al doblar la próxima esquina? Todos estos “tal vez” son los proyectores en la pantalla de la mente. Lo que proyectan podríamos llamar expectativas.

Experimentamos decepción como una sensación de pérdida cuando la realidad no cumple con nuestras expectativas. Las palabras clave son realidad y expectativas, y ambos términos están cargados de significado teológico.

La decepción es un indicador de cómo una persona percibe su vida: qué es lo que cree y quiere de ella.

Una teología de la decepción

La realidad es el mundo que nos rodea, un mundo que existía antes de que cualquiera de nosotros tomara su primer respiro. El mundo es un componente dado de nuestra experiencia, el contexto en el que nacemos y en el que nos movemos. Está fuera de nuestro control, está fuera de nuestra determinación y opera de acuerdo a leyes que no legislamos. En pocas palabras,la realidad es realidad. Y esta realidad constantemente falla en parecerse al Edén imaginario en el que tanto amamos habitar.

La realidad es el mundo en el que Dios nos colocó. Es fácil pasar por alto el significado teológico de Génesis 2:8: «Y plantó el Señor Dios un huerto hacia el oriente, en Edén; y puso allí al hombre que había formado». Dios hizo a Adán como una imagen corporal de Él en una ubicación física. Este mundo precedió a Adán. Estaba fuera de su determinación aunque bajo su dominio para ser el contexto de su obediencia (1:28). Adán no podría simplemente haber vivido en su mente; él tenía que moverse en una realidad fuera de su mente.

Las expectativas, por otro lado, son una respuesta humana a la realidad; y como respuestas, tenemos participación en ellas. Las expectativas son en parte esperanza, en parte predicción de lo que será la realidad. Son en parte esperanza en el sentido de que son una expectativa de lo bueno. Nadie se decepciona cuando no sucede algo malo que esperaban; en cambio, experimentan alivio. La esperanza es la anticipación de que la realidad se caracterizará por un mayor gozo, una mayor provisión, mayores logros, mayor paz.

Adán perdió su lugar en una realidad ideal al desobedecer a Dios, quien lo envió a él y a su esposa fuera del Edén y hacia la decepción suprema de un mundo acechado por la muerte y la decadencia (Gé 3:8-24). Un mundo que una vez fue generoso con fruto se volvió hostil con espinas. Esta es la realidad que los nietos de Adán han heredado. Pero también han heredado la memoria de ese jardín. Nuestra misma capacidad para decepcionarnos muestra que tenemos expectativas de un mundo mejor que el que vivimos.

Entonces, en cierto sentido, la decepción es una respuesta correcta a un mundo decepcionante. Vemos expectativas decepcionadas en todas partes en las Escrituras: desde Job maldiciendo el día en que nació, hasta los hijos de Coré comparando este lugar con la tierra de los muertos, hasta Pablo describiendo a la creación misma gimiendo de dolor y desilusión (Job 3:3Sal 88:12Ro 8:19-22). Esta decepción colectiva es una señal segura de que sabemos que podemos esperar más.

Entonces, ¿cómo procesamos nuestra decepción personal? Aquí hay algunos principios.

Tus decepciones específicas son solo la manifestación de una decepción más amplia. Como dijimos al principio, la vida es una decepción larga y constante. Esta gran decepción se manifiesta en muchas otras que son pequeñas. Familias rotas, carreras fallidas, salud en declive. Años de planificación y trabajo que resultan solo en más incertidumbre, no menos. Temor de que tus hijos adultos no mantengan los valores de la familia. Las relaciones que deberían haber sido de por vida ni siquiera alcanzan su vida media. O quizás lo peor de todo es que has obtenido las posesiones que deseabas y simplemente no te dan la satisfacción que buscabas.

Estas decepciones ordinarias guardan relación con cosas que van más allá de la situación que te decepciona. El sabio de Eclesiastés, sentado bajo los árboles frutales de su jardín soleado, festejando con funcionarios aduladores de todo el mundo, miraba fijamente al cielo, diciendo: «He visto todas las obras que se han hecho bajo el sol, y he aquí, todo es vanidad y correr tras el viento» (Ecl 1:14).

La decepción del predicador no se debió a los árboles, la comida o los funcionarios. Su decepción fue una comprensión abarcadora y exhaustiva, no de que simplemente este mundo no proporciona la satisfacción final, sino que no puede proporcionar la satisfacción final. Sus decepciones específicas son solo el reconocimiento propio de esta misma realidad.

Si deseas manejar la decepción de una manera piadosa, debes comenzar simplemente reconociendo que tus decepciones específicas no son exclusivas. El mundo no es particularmente injusto contigo. Es injusto con todos. Pensar que tus propias decepciones son una carga mayor para ti que las de los demás, te conducirá rápidamente a la autocompasión y al primo más sutil de la autocompasión, el auto-desprecio.

Tus decepciones pueden mostrar que tus expectativas no se alinean con lo que Dios dice acerca de la realidad. Dios nos dice que el mundo está caído. Tus decepciones pueden deberse a que esperas más de este mundo de lo que Dios dijo que daría. Todos prefieren secretamente un regreso inmediato al jardín anterior que esperar por el nuevo. Pero Dios dice que este mundo está marcado por futilidad y dificultad. La felicidad que experimentamos es genuina, pero es fugaz. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a vivir a la manera de Dios en un mundo caído?

Tomemos, por ejemplo, los tipos de decepción que acabo de mencionar: una familias rotas, una carrera fallida o una salud en declive. Dios, de hecho, diseñó la familia para proporcionar intimidad y seguridad, pero en un mundo caído, las relaciones se rompen. El esperar una familia ideal ha impedido que muchas personas disfruten de su familia real. El trabajo y la carrera son una parte esencial de nuestro llamado o vocación, destinados a proporcionar satisfacción y provisión, pero en un mundo caído, las carreras no están garantizadas. Esperar por la carrera ideal no nos permite disfrutar el trabajo que ahora tenemos. Lo mismo sucede con la salud. Dios hizo al cuerpo humano con la facultad de auto sanarse, pero nuestra condición caída es evidente en cada molestia y dolor. Nuestro anhelo de una buena salud puede llevarnos a ser ingratos por cada día de vida.

Esperamos un mundo no afectado por la caída. Cuando hacemos eso, estamos insistiendo en nuestra propia versión de lo que el mundo debería ser, en lugar de confiar en Dios por el mundo que es.

Tus decepciones pueden, por otro lado, mostrar que tus expectativas se alinean con lo que Dios dice acerca de la realidad. Aunque Dios te dice que el mundo está caído, Él también te dice que no debería ser así. Tus desilusiones pueden mostrar que estás de acuerdo con Él. Sientes el dolor de una familia rota porque sabes que fuimos creados para estar en cercanía. Estás desilusionado por la pérdida inesperada de tu trabajo porque Dios diseñó el trabajo para producir una recompensa. Estás frustrado con un cuerpo que no responde cómo quieres porque sabes que Dios hizo los cuerpos para sean perfectos. La diferencia entre las expectativas que se alinean con las de Dios y las que no lo hacen está en tu disposicion de someterte a la manera de Dios de ver la vida: plagada de dificultades por ahora con el fin de agudizar tu anhelo por el mundo venidero. El dolor de darse cuenta de que el mundo está roto puede ser una plataforma para adorar al Dios que, incluso ahora, está preparando un mundo inquebrantable.

Tus decepciones deberían producir dos acciones en ti: lamentación y búsqueda. El predicador de Eclesiastés nos enseña a lamentar nuestra decepción. Lamentar significa quejarse con fe delante de Dios. Expresar nuestras decepciones a Dios es lo opuesto de albergarlas en nuestras almas. El lamento es una manera de entregar nuestras expectativas a Él, confiando en que Él va a solucionar la situación de acuerdo con Su sabiduría y en Su tiempo.

La gente de fe en Hebreos 11 nos enseña a buscar una mejor nación. La fe hace que las personas actúen de forma extraña en su realidad presente: no se conforman con ella. Habitantes de tierra firme construyen botes para salvarse de la destrucción venidera. Hombres ricos dejan todo para deambular. Ancianas deshonradas engendran naciones. Príncipes se identifican con esclavos para obtener un mejor reino. Prostitutas se convierten en las únicas con ojos para ver una vida mejor. Todos estaban insatisfechos con el presente con la esperanza de un futuro mejor, un futuro con Dios.

Así que anímate. La decepción puede ser refinada para un buen uso. Si nuestra realidad actual nos enseña a lamentarnos y a buscar, estamos bien encaminados a través de esta  larga y constante decepción. Y en el mundo inquebrantable que nos espera, llegaremos firmemente al final de la decepción.

El Dr. Jeremy Pierre es decano de estudiantes y profesor asistente de Consejería Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Ky., pastor en Clifton Baptist Church y coautor de The Pastor and Counseling [El pastor y la consejería].