Obligaciones principales de los padres

Blog132A.jpg

Me imagino que la mayoría de los cristianos que profesan su fe conocen el texto recién citado. Su sonido seguramente es familiar a sus oídos, como lo es una vieja tonada. Es probable que lo ha oído, lo ha leído, ha hablado de él y lo ha citado muchas veces. ¿Acaso no es así? Pero, aun con todo eso, ¡cuán poco se tiene en cuenta la sustancia de este texto! Pareciera que mayormente se desconoce la doctrina que contiene; pareciera que muy pocas veces se pone en práctica el compromiso que nos presenta. Lector, ¿no es cierto que digo la verdad?

No se puede decir que el tema es nuevo. El mundo es viejo, y contamos con la experiencia de casi seis mil años para ayudarnos. Vivimos en una época cuando hay una gran dedicación a la educación en todas las áreas. Oímos que por todas partes surgen nuevas escuelas. Nos cuentan de sistemas nuevos y libros nuevos de todo tipo para niños y jóvenes. Aun con todo esto, la gran mayoría de los niños no recibe instrucción sobre el camino que debe tomar, porque cuando llegan a su madurez, no caminan con Dios.

Ahora bien, ¿por qué están así las cosas? La pura verdad es que el mandato del Señor en nuestro texto no es tenido en cuenta. Por lo tanto, la promesa del Señor que el mismo contiene no se cumple.

Lector, esta situación debiera generar un profundo análisis del corazón. Reciba pues, una palabra de exhortación de un pastor acerca de la educación correcta de los niños. Créame, el tema es tal que debiera conmover a cada conciencia y hacer que cada uno se pregunte: “En esta cuestión, ¿estoy haciendo todo lo que puedo?”

Es un tema que concierne a casi todos. Pocos son los hogares a los cuales no se aplica. Padres de familia, niñeras, maestros, padrinos, madrinas, tíos, tías, hermanos, hermanas —todos están involucrados.

No todos los comentaristas, pastores y teólogos cristianos interpretan que esta es una promesa de que todos los hijos de creyentes serán salvos infaliblemente. Son pocos, creo yo, los que no influyan sobre algún padre en el manejo de su familia o afecte la educación de algún hijo por sus sugerencias o consejos. Sospecho que todos podemos hacer algo en este sentido, ya sea directa o indirectamente, y quiero mover a todos a recordarlo…

Primero, entonces, si va a instruir correctamente a sus hijos, instrúyalos en el camino que deben andar, y no en el camino que a ellos les gustaría andar. Recuerde que los niños nacen con una predisposición decidida hacia el mal. Por lo tanto, si los deja usted escoger por sí mismos, es seguro que escogerán mal.

La madre no puede saber lo que su tierno infante será cuando sea adulto—alto o bajo, débil o fuerte, sabio o necio. Puede o no ser uno de estos—todo es incierto. Pero una cosa puede la madre decir con certidumbre: tendrá un corazón corrupto. Es natural para nosotros hacer lo malo. Dice Salomón: “La necedad está ligada en el corazón del muchacho” (Prov. 22:15). “El muchacho consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Nuestro corazón es como la tierra en que caminamos: dejada a su suerte, es seguro que producirá malezas.

Entonces, para tratar con sabiduría a su hijo, no debe dejar que se guíe según su propia voluntad. Piense por él, juzgue por él, actúe por él, tal como lo haría por alguien débil y ciego. Por favor no lo entregue a sus propios gustos e inclinaciones erradas. No son sus gustos y deseos lo que tiene que consultar. El niño no sabe todavía lo que es bueno para su mente y su alma del mismo modo como no sabe lo que es bueno para su cuerpo. Usted no lo deja decidir lo que va a comer, lo que va a tomar y la ropa que va a vestir. Sea consecuente, y trate su mente de la misma manera. Instrúyalo en el camino que es bíblico y bueno y no en el camino que se le ocurra.

Si no se decide usted en cuanto a este primer principio de instrucción cristiana, es inútil que siga leyendo. La obstinación es lo primero que aparece en la mente del niño. Resistirla debe ser el primer paso que usted dé.

Instruya a su hijo con toda su ternura, afecto y paciencia. No quiero decir que debe consentirlo, lo que sí quiero decir es que debe hacer que vea que usted lo ama. El amor debe ser el hilo de plata de toda su conducta. La bondad, dulzura, mansedumbre, tolerancia, paciencia, comprensión, una disposición de identificarse con los problemas del niño, la disposición de participar en las alegrías infantiles—estas son las cuerdas por las cuales el niño puede ser guiado con mayor facilidad—estas son las pistas que usted debe seguir para encontrar su camino hacia el corazón de él…

Ahora bien, la mente de los niños ha sido fundida en el mismo molde que la nuestra. La dureza y severidad de nuestro comportamiento los dejará fríos y los apartará de usted. Esto cierra el corazón de ellos, y se cansará usted de tratar de encontrar la puerta de su corazón. Pero hágales ver que usted siente cariño por ellos—que realmente quiere hacerlos felices y hacerles bien—que si los castiga, es para el propio beneficio de ellos, y que, como el pelícano, daría usted la sangre de su corazón para alimentar el alma de ellos. Deje que vean eso, digo yo, y pronto serán todo suyos. Pero tienen que ser atraídos con bondad si es que va a lograr que le presten atención… El cariño es un gran secreto de la instrucción exitosa. La ira y la dureza pueden dar miedo, pero no persuadirán al niño de que usted tiene razón. Si nota con frecuencia que usted pierde la paciencia, pronto dejará de respetarlo. Un padre que le habla a su hijo como lo hizo Saúl a Jonatán (1 Sam. 20:30) no puede pretender que conservará su influencia sobre la mente de ese hijo.

Esfuércese mucho por conservar el cariño de su hijo. Es peligroso hacer que le tema. Casi cualquier cosa es mejor que el silencio y la coacción entre su hijo y usted, y esto aparecerá con el temor. El temor da fin a la posibilidad de que su hijo sienta la confianza de poder hablar con usted. El temor lleva a la ocultación y el fingimiento—el temor siembra la semilla de mucha hipocresía y produce muchas mentiras. Hay mucha verdad en las palabras del Apóstol en Colosenses: “Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten” (Col. 3:21). No desatienda este consejo.

Tomado de Deberes de los padres.
________________________
J. C. Ryle (1816-1900): obispo de la Iglesia Anglicana; autor venerado de Holiness, Knots Untied, Old Paths, Expository Thoughts on the Gospels (Santidad, nudos desatados, sendas antiguas, pensamientos expositivos de los Evangelios) y muchos otros, nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra.

Anuncios